Juan 1
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Comentarios sobre el Evangelio según San Juan
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Habiendo ya introducido a Juan el Bautista en el prólogo (versículos 6-8), el autor de este evangelio, el Cristo Jesús: El Verbo de Dios hecho
Carne (Juan 1: 10-18)
apóstol Juan, procede a relatar una historia que él personalmente, como discípulo anterior de Juan el
Bautista, pudo presenciar antes de seguir los pasos del más grande de los maestros, es decir, Cristo
Jesús.
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Juan el Bautista mismo se daba cuenta de sus limitaciones como maestro y como profeta en el plan
divino que Dios mismo le trazó. Por esta a razón, y por ser además varón justo ante los ojos de Yahveh, La Divinidad de Jesús
Juan no busco exaltarse a sí mismo en ningún momento, sino que más bien quiso exaltar a Jesús por
Dimensiones Sociales del Cristianismo
ser Hijo del Altísimo. El Bautista daba cuenta que su misión en la tierra era simplemente el de preparar
Primitivo
los caminos del Señor (Isaías 40:3; Marcos 1:3). Estaba asimismo consiente que era necesario que el
ministerio de Cristo creciera, y que de allí, su propio ministerio iba a menguar (Juan 3:30). La Ética Bíblica Cristiana: La Imagen de
Cristo y la Conducta del Creyente
En esta oportunidad, Juan el Bautista iba a ser interrogado por un grupo de levitas y sacerdotes. Su
ministerio de arrepentimiento y bautismo cerca del río Jordán estaba llamando la atención de todos en Ética Cristiana y el Antiguo Testamento: El
Hombre Íntegro en la Poesía Hebrea
aquella región, incluyendo, por supuesto, la atención de las autoridades de Jerusalén (cf. Mateo 3:5), y
aunque estos últimos no creían que Juan tenía una misión divina (cf. Lucas 20:3-6), aun así, tenían Ética Cristiana Aplicada: Dictadura y
interés en saber que era lo que él mismo decía de su propia persona. Libertad de Cultos
Pensaban quizás que Juan el Bautista tenía ilusiones mesiánicas, o por lo menos proféticas, pero la Ética Cristiana y el Antiguo Testamento:
verdad era que él no quería ni siquiera hablar mucho de sí mismo, sino que más bien quería enfatizar su La Ley Moral de los 10 Mandamientos
mensaje de arrepentimiento por medio del bautismo, para así poder preparar los caminos de Jesús, al En Defensa de la Santa Trinidad:
testificar sobre Su procedencia divina, es decir, de ser nadie menos que el mismo “Dios con nosotros” Cristianismo Histórico (Parte 1)
(Mateo 1:23; Isaías 7:14).
Leamos ahora los detalles de esta historia tan edificante, pero primero pidamos la ayuda de Dios en
oración para entender su mensaje. Maestría en Estudios Teológicos (MET)
(Programa Online) en el Southwestern
Baptist Theological Seminary (Seminario
Lectura I: Juan 1: 19-24: El Testimonio de Juan el Bautista Teológico Bautista del Suroeste)
1:19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas para Fatela Online: Facultad de Teología Bíblica
que le preguntasen: ¿Tú, quién eres? (Iglesia Alianza Cristiana y Misionera)
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1: 19 Este es el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron de Jerusalén sacerdotes y levitas
para que le preguntasen: ¿Tú, quién eres?
Aunque el apóstol Juan es quien relata esta historia, en el Evangelio que lleva su nombre (como Reina-
Valera lo llama: “El Santo Evangelio según San Juan”), el testimonio que aquí menciona no es el
testimonio del autor sobre Jesús, sino que aquí está hablando más bien del testimonio de Juan el
Bautista, el profeta que prepararía los caminos del Señor y predicaría con todo “el poder y el espíritu de
Elías” (Lucas 1:17; cf. Mateo 17:10-13).
El versículo 19 también menciona que la delegación que interrogaría al Bautista provenía de Jerusalén y
consistía de sacerdotes y levitas, y que estos a su vez fueron enviados por los judíos. Esta palabra última
palabra, los “judíos”, aparece 71 veces en el Evangelio según San Juan y generalmente representaba a los
líderes judíos que eran abiertamente hostiles al Señor Jesús (Morris 115; Burge, 71).
Con respecto a la pregunta, “¿Tú, quién eres?”, noten que este grupo de sacerdotes y levitas no le
estaban preguntando cuál era su nombre, “Juan”, pues ellos aparentemente si sabían que su nombre era
Juan. Sino que al igual que muchos hombres en nuestros tiempos (donde muchas veces el título o
rango de la persona era más importante que el mismo nombre), esta gente religiosa no quería realmente
preguntarle cuál era su nombre, sino más bien cuál era su misión en la tierra.
Noten además que los judíos no le estaban preguntando a Juan el Bautista si él era específicamente “el
Cristo” (algo interesante por la respuesta que él da en el próximo versículo), sino solo ¿Tú, quién eres?
(subrayando aquí el “Tú” para enfatizar la palabra a discutir). El énfasis, entonces, de la pregunta está en
el “tú” (en el griego original, “σύ”; ver también el comentario de Lenski, en p.107, quien no considera que
esta fue una pregunta hostil, pero otros como Bartley, p. 69, si creen que podría haber sido despectivo),
pronombre que aparece al comienzo de la oración (ver el léxico de Juan 1:19), como se muestra en Reina
Valera, usando una estructura sintáctica correcta aunque no muy familiar en nuestro idioma. Lo más
natural hubiera sido la traducción “¿Quién eres tú?” como la realiza LBLA, la cual es también correcta,
pero no tiene el énfasis de “tú” como Reina-Valera 1960.
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más directa: “¿Eres tu Elías?” Y en este caso también, Juan niega ser la persona que ellos pensaba, es
decir, el profeta Elías del Antiguo Testamento (AT).
Ahora bien, ¿alguno de Uds. sabe porque entre tantos profetas que los judíos habían tenido en el
Antiguo Testamento, porque de todos ellos los judíos le preguntaron precisamente por Elías? ¿Por
qué “Elías”? ¿Por qué no Moisés, o Eliseo, Samuel, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Óseas o algún otro
profeta del AT?
Bueno, como mencione antes, Dios no había levantado a ningún profeta hacia cuarenta décadas.
Estaban pues a la expectativa de que algo grande iba a pasar. Ellos estaban pues, muy alertas sobre la
venida de un profeta nuevo, y si Juan ya había negado rotundamente ser el Mesías, entonces podría ser
más bien el profeta Elías, el cual se esperaba que viniese antes que el Cristo, y por eso también se le
consideraba ser un personaje mesiánico.
Aparte de eso, Elías nunca murió. Según 2 Reyes 2: 11, él fue llevado al cielo vivo, en carne y huesos. De
hecho que los judíos también habían interpretado lo que Dios había dicho por medio de otro profeta,
Malaquías, que antes que viniese el Mesías, tenía que regresar Elías. Esta profecía esta específicamente
en Malaquías 4: 5:
4:5 He aquí, yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová, grande y terrible.
Este pasaje llevó a los judíos a concluir que Elías estaba todavía vivo y que regresaría en los tiempos
finales (Burge, 72). Además, el estilo de vida y la forma de vestir de Juan el Bautista lo asociaría también
con el profeta del AT (comparar esta semejanza con Mateo 3:4 y 2 Reyes 1:8), pero esto no era algo que
seguramente Juan quería escuchar tampoco, pues creo que podríamos asumir que él estaba
familiarizado con algunos falsos profetas del pasado habían tratado de aparentar tal conexión (Carson,
The Gospel according to John, 143; Zacarías 13:4).
Por eso Juan el Bautista también negó que él era exactamente el mismo profeta Elías que los judíos
tenían en mente. Juan no era la misma persona que Elías, quien había vivido unos 900 años antes que
Juan.
Sin embargo, ya antes el ángel Gabriel había aclarado indirectamente que lo que Dios quiso decir por
medio de su siervo Malaquías era que Juan el Bautista iba a venir con “el poder y el espíritu de Elías”
(Lucas 1:17; cf. Mateo 11:14), una frase bastante descriptiva y que nos hace acordar también de la petición
que Eliseo había hecho a Elías de heredar “una doble porción de tu espíritu” (2 Reyes 2:9), petición que
poco después le fue confirmada con el poder de hacer milagros sobrenaturales tal y como su antiguo
mentor, el profeta Elías, había hecho anteriormente (cf. v. 8 y v. 14 en 2 Reyes 2).
El Profeta.
También le preguntaron en el versículo 21 si Juan era el profeta. Noten que dice el profeta, no “un”
profeta, sino “el” profeta.
Y la verdad es que la primera vez que yo leí estos versículos, hace ya bastante tiempo, todavía me
acuerdo que yo también pensé que estos judíos le estaban preguntando a Juan si él se consideraba un
profeta, es decir, un hombre con el prestigio y la autoridad que cualquier profeta de Dios tendría. Pero
esto no era así de simple, pues aunque los judíos aparentemente esperaban que todo tipo de profetas se
iban a aparecer en los días finales, el artículo definido “el” sugiere que tenían un profeta específicamente
en mente (Morris, 119).
Entonces, se cree que la tercera pregunta era sobre un profeta en particular, uno que Dios
específicamente le prometió a Moisés en Deuteronomio 18:15 (Bartley, Jamieson, Morris, Mounce, y
otros autores también mencionan este pasaje en sus respectivos comentarios sobre este versículo de
Juan): “Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él
oiréis” (Reina-Valera 1960; ver este versículo en contexto: Deuteronomio 18:15–18, especialmente el 18).
Pero a esta tercera pregunta Juan el Bautista también les contesta negativamente; es decir, él no era
tampoco este profeta. Sin embargo, como mencione antes, los sacerdotes y levitas tenían el
presentimiento que algo grande iba a pasar, y que Juan no era simplemente un predicador más, sino
que tenía que ser alguien más importante que eso, aunque Juan en su humildad no se consideraba
nadie importante.
Ante estas negaciones continuas de Juan, estos fariseos que habían venido desde Jerusalén, y que
habían caminado quizás varios días, no iban a regresar a la capital para decirles que solamente sabían
que Juan el Bautista no era ni el Cristo, el ungido de Dios, ni tampoco Elías o el profeta del que hablo
Moisés. Estos hombres entonces tenían que justificarse con sus respuestas. Por eso insistían a Juan el
Bautista, que tenían que llevar una respuesta a los que los mandaron, y que tenían que decirle a esa
gente importante en Jerusalén, quien era realmente Juan en términos de su misión en la tierra.
Nuevamente, para Juan no era importante decir o mencionar quien él era, sino lo que era importante
era el mensaje que él estaba tratando de llegar, un mensaje de arrepentimiento: Enderezar sus caminos.
Abrir sus corazones a Dios.
Juan el Bautista me parece que es un buen ejemplo para todos los pastores y predicadores de hoy,
para que no busquen glorificar su nombre, si no que regresen a las doctrinas básicas y
fundamentales del cristianismo, lo cual incluye hablar del mensaje divino de Cristo y su Persona.
Menciono esto con mucha tristeza, ya que para muchos hoy en día, no es suficiente considerarse
“pastores”, sino ahora está de moda también considerarse “apóstoles”, situándose a la altura de
Juan, Pedro y Pablo.
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Juan 1: 23: Juan el Bautista como la voz que clama en el desierto (Isaías 40:3)
1:23 Dijo: Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dijo el
profeta Isaías.
Mientras que los evangelios sinópticos invocan en tercera persona a Juan el Bautista como aquel de
quien Isaías habló en 40:3 (cp. Mateo 3:3; Marcos 1:3; Lucas 3:4), aquí se menciona al propio Juan el
Bautista citando y aplicando tal pasaje a su propia persona y a su misión (MacArthur, Morris y Mounce).
“Él no es una figura prominente sino solo ‘una voz en el desierto.’ Su propósito era simplemente hablar
una palabra en el nombre de la Palabra Eterna” (Mounce, 378; ver también comentario en Juan 1: 2-3
sobre la posible razón por la cual creo que en Reina Valera y otras traducciones llaman a Jesucristo, el
“Logos” Eterno, el “Verbo” en vez de la “Palabra”). Entonces, la persona de Juan el Bautista no era
importante, ¡pero su mensaje sí que lo era!
La cita que Juan el Bautista menciona se encuentra en Isaías 40:3. La forma en que Juan contestaba a
esta pregunta, aquí en Juan 1:23, seria posiblemente también emotiva y sobre todo alta en volumen, lo
cual evoca la forma original hebrea de Isaías. La palabra clave en este sentido para entender el sentido
personal del autor original veterotestamentario sería la palabra “clama”, en la cita de Isaías 40:3.
La versión bíblica norteamericana de NASB traduce al inglés esta parte del versículo 23 como: “Yo
soy la voz de uno gritando en el desierto.” Aquí, “clama” en griego es βοῶντος, la palabra número
994 que significa “clama, voces, claman, para llamar a.” Ver también Juan 1:23 en Reina-Valera 1909
con números de Strong, y sobre todo si desea examinar más a fondo el significado de la palabra
“clamar”, ver enlace 994 boaó, palabra griega que incluye posibles traducciones como “exclamó,” o
inclusive “gritó”.
Entonces, Juan el Bautista tenía un propósito bastante importante que cumplir, y ese propósito giraba
en torno a Dios, es decir, la misión de Juan el Bautista en la tierra era la de preparar “el camino a
Jehová” (Isaías 40:3), y aquí se refería claramente al camino del Dios hecho Hombre (Juan 1:14).
Para entender la cita del AT en Juan 1:23 mejor, creo que sería útil entender el contexto de Isaías 40:3, y
MacArthur lo hace de una forma breve pero clara:
En el contexto original de Isaías 40:3, el profeta oyó una voz que hacía un llamado a la preparación
de un sendero derecho que atravesara el desierto oriental para que el Dios de Israel guiara a su
pueblo de regreso a la Tierra Prometida tras su exilio en Babilonia (MacArthur, Juan 1:23).
La idea es que, así como Dios regresó a su pueblo por un camino derecho (para morar de una forma
representativa en el Templo que se iba a construir) después de la deportación a Babilonia, pasando por
el desierto oriental; así también este caso Jesús también (quien es Dios; ver Juan 20:28, entre otros),
regresaría a su pueblo empezando por un lugar escasamente poblado, en vez de comenzar directamente
en una ciudad grande como Jerusalén (cf. Mounce, 378).
En aquellos tiempos, reparaban los caminos llenándolos hoyos y enderezándolos, arreglos o
reparaciones que espiritualmente simbolizaban el arrepentimiento y la confesión de pecados para que
la buena voluntad de Dios viniera y se acercaba a ellos (cf. Dongell, 46). Además, la voz que clama en el
desierto — la voz de grito de Isaías — simbolizaba la venida de la “gloria de Jehová,” un evento en que
“toda carne,” es decir todo el mundo, “la verá” o la podrá presenciar (Isaías 40:5, Reina-Valera 1960).
Este texto encaja correctamente con la descripción del mandato de Juan de introducir al glorioso Hijo de
Dios (Juan 1:14) al mundo entero (Juan 1:9).
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De todas formas, regresando al Juan 1:26, creo que es indiscutible que Juan el Bautista busco la
oportunidad de testificar acerca de Jesucristo, y lo hace trazando una línea clara entre él y el Señor
Jesús:
“Yo bautizo con agua; más en medio de vosotros está uno a quien vosotros no conocéis” (Reina-
Valera 1960, y subrayado por motivos de énfasis).
Parece que Juan el Bautista quería decir algo así como que no se preocuparan mucho su autoridad o de
sus bautismos, que la verdadera autoridad la tiene Aquel quien ya estaba entre ellos y que sin embargo
no lo conocían. Había una diferencia enorme entre lo que Juan estaba haciendo y lo que el Mesías iba a
hacer. Todo lo que Juan el Bautista podía hacer era administrar una señal, por medio del agua, pero solo
el Cristo iba a poder derramar el bendito Espíritu de Dios sobre los creyentes. Es como si Juan estaba
diciendo: “El Mesías ya ha llegado, está presente en esta generación, esta entre ustedes, pero, aun así, no
lo reconocen. Está a punto de comenzar su ministerio, pero ustedes no parecen estar interesados en
Él.” Tenían tanto celo en denunciar a falsos Mesías, pero cuando llega el Verdadero, lo único que hacen
es ignorarlo (Hendriksen, 102).
De una forma similar, Bartley nos hace acordar unos detalles adicionales en esta importantísima
declaración de Juan el Bautista, una que se registra en Mateo [Link]
1:11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí, … él os
bautizará en Espíritu Santo y fuego (Reina-Valera 1960).
Ver también Lucas 3:16. La información adicional que Mateo y Lucas proveen es que, a diferencia del
bautismo de Juan, el cual era solo de agua, el bautismo de Cristo iba a ser un bautismo en el “Espíritu
Santo y fuego” (en Mateo).
Aquí, en este contexto, el bautismo de agua representaba el ritual de la purificación antigua, es decir, la
conversión del paganismo al judaísmo en el Antiguo Testamento (bautismo que fue reemplazado con la
venida de Cristo). El bautismo en el Espíritu Santo es el bautismo espiritual que todo creyente recibe
por medio de Jesucristo, y el de fuego se refiere al juicio eterno (MacArthur, Mateo 3:11). Aquellos que se
arrepientan recibirán la bendición del Espíritu Santo, los que no se arrepientan recibirán en cambio
juicio de fuego eterno. El fuego para el creyente simboliza purificación, pero para el inconverso el fuego
representa la destrucción eterna (cf. Crossway Bibles, 1824).
Mientras que en Mateo 3:11 el contraste que se enfatiza está en el tipo de bautismo, en Juan 1:26 el
énfasis esta entre las personas, es decir, el contraste entre el “yo” de Juan el Bautista y el “uno” que se
refiere a Jesucristo (y es posible también una diferenciación con el “vosotros” de los judíos). Es como
que Juan estaría diciendo algo así como: “tienen razón de que yo bautizo,” y “aunque yo no soy el
Mesías, yo bautizo porque el Mesías ya está presente entre ustedes” (Stallings, 30).
Algunos inclusive creen que en esos momentos Jesús estaba allí, presente físicamente entra la multitud,
en ese mismo momento que Juan el Bautista hablaba con esta delegación judía (ibíd).
Un último comentario que también proviene de Stallings. En este pasaje de Juan se discierne también
un contraste entre el conocimiento y la ignorancia: el conocimiento de Juan el Bautista sobre Jesús el
Mesías, y la ignorancia de los sacerdotes, levitas y fariseos acerca del Cristo. No era un contraste que
Juan el Bautista quería hacer para jactarse de si mimo, pues lo que él buscaba de ellos era el
arrepentimiento y la salvación, pero implícitamente existía ese contraste.
Su deseo era más bien demostrar la superioridad espiritual de Cristo sobre Juan, y lograr que este
conocimiento fuera transmitido a esta delegación de hombres religiosos para el arrepentimiento de sus
pecados y la salvación de sus almas. Después de todo, esa era la misión de Juan el Bautista, y en cierta
forma, esa es también una misión de todos los cristianos.
Esa misión y mensaje evangelístico, por supuesto, está todavía vigente en el día de hoy: “Preparen
el camino del Señor, háganle sendas derechas” (Marcos 1:3, NBD). Cuando nosotros mostramos a la
gente que nuestro deseo no es demostrarles que nosotros somos gente importante o que sabemos
más que ellos, sino que con toda humildad lo único que sabemos es que somos seres indignos
delante de Cristo, quien, si puede ayudarles y salvarles, la gente va a poder bajar sus propias
defensas intelectuales y emocionales que tienen en contra del Evangelio. Recién allí, entonces, va a
ver una verdadera oportunidad de conversión, una oportunidad que va a ser solo posible con la
intervención directa del Espíritu Santo en sus corazones.
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En aquellos tiempos, nos dicen los historiadores, la tarea del más humilde de los esclavos en una casa o
hacienda era la de desatar las correas de las sandalias de su amo, remover el calzado, lavar los pies y
después lavar también las sandalias (Lenski, 122).
Con respecto a las reglas del judaísmo rabínico, a los maestros no se les pagaba por impartir sabiduría.
¡Hubiera sido algo sumamente terrible pedir dinero a cambio de enseñar las leyes de Dios! (Morris).
Pero como una forma de compensación parcial, se esperaba a cambio que los discípulos hicieran
algunas tareas serviles para sus maestros. Por consiguiente, un rabino podría esperar que sus
discípulos le ayudasen en todo tipo de trabajos similares a lo que un esclavo haría por su amo — excepto
la de desatar la correa de su calzado. Esta era una tarea demasiado degradante (ver Morris y Utley en
sus comentarios sobre Juan 1:27).
Entonces, la expresión “no ser digno de desatar la correa del calzado” era simplemente una expresión
muy conocida en aquellos tiempos que indicaba suma inferioridad (Ryle, 82).
Conclusión
Vimos entonces que el tema central de este pasaje leído es el testimonio que Juan el Bautista dio sobre
nuestro Señor Jesucristo en el transcurso de una conversación (o quizás deberíamos describir este
dialogo como discusión o aun interrogación). Esta narración relata como los líderes religiosos de
Jerusalén mandaron a una delegación a preguntar a Juan el Bautista si él era el Mesías, el profeta Elías o
el profeta que Moisés mencionó (Deuteronomio 18:15–18). Ante la presión o insistencia de proveerles
una respuesta más concreta acerca de su identidad, o misión, Juan el Bautista procede a mencionar que
él es solo una voz que proclama la venida de Dios (Stallings, 31–32).
Lo que también podemos extraer de este corto pasaje sobre la persona de Juan el Bautista es que,
aunque Jesucristo lo considero después como el más grande de entre los hombres (Mateo 11:11), Juan no
se consideró él mismo una persona importante (Juan 1:27). No quería ni siquiera hablar de él mismo,
sino que quería más bien utilizar cualquier oportunidad que tuviera para transmitir su mensaje, el
mensaje de arrepentimiento de pecados, y sobre todo hablar de Cristo, el Mesías, el bendito Hijo de Dios
(cf. Lucas 14:11).
La meta de Juan el Bautista, como lo fue la del autor de este evangelio, el apóstol Juan, siempre era la
salvación eterna por medio del conocimiento del Hijo de Dios. Este es, después de todo, el propósito de
este Evangelio, algo que es importante mantener en mente durante el transcurso de la lectura y el
estudio de del cuarto Evangelio (Juan 20:31).
Con respecto a su aplicación para nuestras vidas, este relato nos enseña, por supuesto, que nosotros
también debemos aprovechar cualquier oportunidad para testificar de la Gran Persona de nuestro Señor
y Salvador, Cristo Jesús. Al hacerlo, creo que nunca es provechoso hablar de nuestros propios valores y
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principios morales, sino más bien hablar de Aquel quien si nunca conoció pecado, el Señor Jesucristo
(Hebreos 4:15; 1 Pedro 2:22).
Además, me parece interesante notar la actitud de la delegación judía. Estos hombres de religión –
levitas, sacerdotes y fariseos – que supuestamente buscaban la verdad, en realidad solamente querían
llevar una respuesta a sus jefes de Jerusalén. Cuando Juan el Bautista los confronta y les da a entender
claramente que él no era el Cristo, pero que, sin embargo, el Mesías si ya estaba allí, en la tierra, entre
ellos, y que aun así, ellos no lo conocían; uno hubiera pensado que le iban a preguntar por la identidad
del Ungido – pero esto no es exactamente lo que leemos.
En otras palabras, las ultimas preguntas que la delegación debería haber hecho a Juan el Bautista
deberían haber sido algo así: “Si tú no eres el Cristo, quien es entonces Él? ¿Dinos quien es el Mesías?
Pero este grupo de religiosos judíos no hicieron estas preguntas. No eran el tipo de preguntas cuyas
respuestas sus jefes les encomendaron buscar, por tanto, su falta de interés de saber la identidad del
Mesías realmente delató sus verdaderas condiciones espirituales (en contraste, ver Juan 1: 35-37).
Desafortunadamente, este es también el tipo de actitud que muchas veces notamos en la gente religiosa
de hoy. Muchos van a las iglesias porque sienten que eso es lo que deben de hacer para “cumplir” con
Dios, pero en realidad no les interesa verificar que lo que están escuchando predicar es lo que la Biblia
realmente enseña. No tienen interés genuino en descubrir la verdad. Solo quieren cumplir con lo que
ellos creen ser sus obligaciones. Pero eso no es el cristianismo.
El cristianismo no es una religión (aunque técnicamente eso podrían decir los diccionarios). Según la
Biblia, es un estilo de vida que comienza con una relación personal con Cristo, y para tener esa relación,
uno primero tiene que conocer quién es realmente Él. Uno debe de conocer, y no solo saber, quien es el
verdadero Cristo.
CC
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