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Un Punto Azul Palido Carl Sagan

Este documento habla sobre la historia de la exploración espacial y los logros alcanzados por la Unión Soviética y Estados Unidos. Incluye una lista detallada de las primeras hazañas en la exploración de diferentes planetas y objetos del sistema solar. También contiene información sobre las primeras misiones tripuladas y robóticas.
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Un Punto Azul Palido Carl Sagan

Este documento habla sobre la historia de la exploración espacial y los logros alcanzados por la Unión Soviética y Estados Unidos. Incluye una lista detallada de las primeras hazañas en la exploración de diferentes planetas y objetos del sistema solar. También contiene información sobre las primeras misiones tripuladas y robóticas.
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La

obra más completa de divulgación científica de todos los tiempos. En Un punto azul pálido,
Carl Sagan prosigue el espectacular viaje científico que inicio Cosmos, el libro que hizo
descender a la Tierra la magnificencia del universo, haciéndola accesible a millones de
personas. Cosmos ha sido el libro científico más vendido de la historia. En esta continuación
de Cosmos, Carl Sagan, ganador del Premio Pulitzer, nos brinda una emocionante visión del
universo, ilustrada profusamente. Un punto azul pálido revela como la ciencia ha
revolucionado nuestra comprensión de donde estamos y de quienes somos, y nos desafía a que
valoremos de qué manera vamos a utilizar esos conocimientos.

«Dentro de un milenio nuestra época se recordará como el tiempo en que nos alejamos por
primera vez de la Tierra y la contemplamos desde más allá del último de los planetas, como un
punto azul pálido casi perdido en un inmenso mar de estrellas». Carl Sagan .
Carl Sagan

Un punto azul pálido

Una visión del futuro humano en el espacio

ePub r1.2

Horus 13.01.2018
Título original: Pale Blue Dot

Carl Sagan, 1994

Traducción: Marina Widmer Caminal

Editor digital: Horus

ePub base r1.2


PARA SAM

Otro nómada.

Deseo que su generación pueda ver

maravillas inimaginables
La Tierra, un punto azul pálido en un rayo de sol, fotografiado por el Voyager 2 desde más allá
de la órbita de Neptuno.
EXPLORACIÓN ESPACIALDEL SISTEMA SOLAR

PRIMEROS LOGROS IMPORTANTES

UNIÓN SOVIÉTICA/RUSIA

1957

Primer satélite artificial de la Tierra

Sputnik 1

1957

Primer animal en el espacio

Sputnik 2

1959

Primera nave espacial que escapa de la gravedad de la Tierra

Luna 1

1959

Primer planeta artificial del Sol

Luna 1

1959

Primera nave espacial que impacta en otro mundo

Luna 2

con la Luna)
1959

Primera visión de la cara oculta de la Luna

Luna 3

1961

Primer hombre en el espacio

Vostok 1

1961

Primer hombre en órbita alrededor de la Tierra

Vostok 1

1961

Primeras naves espaciales que se aproximan a otros planetas

Venera 1 a Venus;

1962

Mars 1

a Marte)

1963

Primera mujer en el espacio

Vostok 6

1964

Primera misión espacial con varios tripulantes

(
Voskhod 1

1965

Primer «paseo» espacial

Voskhod 2

1966

Primera nave espacial que penetra en la atmósfera de otro planeta

Venera 3

a Venus)

1966

Primera nave espacial que orbita a otro mundo

Luna 10

a la Luna)

1966

Primer aterrizaje suave en otro mundo con éxito

Luna 9

a la Luna)

1970

Primera misión robótica que trae muestras de otro mundo

Luna 16

de la Luna)

1970

Primer vehículo rodante sobre otro mundo

(
Luna 17

en la Luna)

1971

Primer aterrizaje suave sobre otro planeta

Mars 3

en Marte)

1972

Primer aterrizaje sobre otro planeta coronado por el éxito científico

Venera 8

en Venus)

1980-1981

Primer vuelo espacial que se aproxima al año de duración (

comparable al tiempo de vuelo hasta Marte

Soyuz 35

1983

Primer mapa completo orbital por radar de otro planeta

Venera 15

de Venus)

1985

Primera estación de globo desplegada en la atmósfera de otro planeta

Vega 1

a Venus)

1986
Primer encuentro cometario cercano

Vega 1

al cometa Halley)

1986

Primera estación espacial habitada por sucesivas tripulaciones

Mir

ESTADOS UNIDOS

1958

Primer descubrimiento científico en el espacio: el cinturón de radiación de Van Allen

Explorer 1

1959

Primeras imágenes de televisión de la Tierra vista desde el espacio

Explorer 6

1962

Primer descubrimiento científico en el espacio interplanetario: observación directa del viento


solar

Mariner 2

1962

Primera misión interplanetaria coronada por el éxito científico

(
Mariner 2

a Venus)

1962

Primer observatorio astronómico en el espacio

OSO-1

1968

Primera nave tripulada que orbita a otro mundo

Apolo 8

a la Luna)

1969

Primer aterrizaje de seres humanos sobre otro mundo

Apolo 11

en la Luna)

1969

Primeras muestras de otro mundo que llegan a la Tierra

Apolo 11

de la Luna)

1971

Primer vehículo rodante conducido sobre otro mundo

Apolo 15

en la Luna)

1971

Primera nave espacial en órbita alrededor de otro planeta

(
Mariner 9

a Marte)

1974

Primera misión planetaria doble

Mariner 10

a Venus y Mercurio)

1976

Primer aterrizaje con éxito sobre Marte; primera nave en busca de vida sobre otro planeta

Viking 1

1973

Primeras aproximaciones a Júpiter (

Pioneer 10

),

1974

a Mercurio (

Mariner 10

),

1977

a Saturno (

Pioneer 11

),

Primeras naves espaciales que consiguen velocidad de escape del sistema solar

Pioneers 10 y 11

, lanzados en 1973 y 1974; Voyagers 1 y 2, 1977)

1981

Primera nave espacial tripulada reutilizable


(

STS-1

1980-1984

Primera recuperación, reparación y recolocación de un satélite en el espacio

Misión Solar Maximum

1985

Primer encuentro cometario distante

International Cometary Explorer

al cometa Giacobini-Zimmer)

1986

Primera aproximación a Urano (

Voyager 2

1989

a Neptuno (

Voyager 2

1992

Primera detección de la heliopausa

Voyager

1992

Primer encuentro con un asteroide del Cinturón principal

Galileo
a Gaspra)

1994

Primera detección de una luna de un asteroide

Galileo

a Ida)
Los mundos del sistema solar tal como se conocían hacia el final de la época preliminar de
exploración espacial. Los planetas terrestres, excepto Mercurio, y los satélites galileicos de
Júpiter son mostrados en tres meridianos diferentes. Algunas de las lunas de Saturno y Urano
aparecen en dos meridianos distintos. No se ofrece ningún detalle de Titán, porque no
conocemos casi nada de su superficie. Partes de algunos mundos —por ejemplo Rea, Calisto y
Mercurio— revelan escasos detalles, dado que dichas regiones nunca han sido visitadas por
naves interplaneterias. Los detalles referentes a Plutón y Caronte fueron deducidos a partir de
observaciones de ocultación efectuadas desde la Tierra. Muchas de las lunas pequeñas del
sistema solar exterior quedan omitidas. Los mundos aparecen a escala, excepto los indicados.
(Mimas, por ejemplo, aparece a una escala tres veces mayor de lo que se la compararía, por
ejemplo, con la Tierra). La gran mayoría de datos en que se basa esta imagen fueron
obtenidos por naves lanzadas al espacio por la NASA. Los datos referentes a Venus proceden
en parte de naves espaciales de la Unión Soviética, y la información acerca del cometa Halley,
de una misión de la Agencia Espacial Europea (ESA). Cortesía de la NASA y la USGS. Un
póster de esta ilustración se halla a la venta en el U. S. Geological Survey, Map Distribution,
Box 25286, Federal Center, Denver, CO 80225.
Introducción

NÓMADAS

Pero decidme, ¿Quiénes son esos nómadas?

RAINER MARIA RILKE «La Quinta Elegía» (1923)

FUIMOS NÓMADAS DESDE LOS COMIENZOS. Conocíamos la posición de cada árbol en cien
millas a la redonda. Cuando sus frutos o nueces habían madurado, estábamos allí. Seguíamos
a los rebaños en sus migraciones anuales. Disfrutábamos con la carne fresca, con sigilo,
haciendo amagos, organizando emboscadas y asaltos a fuerza viva, cooperando unos cuantos
conseguíamos lo que muchos de nosotros, cazando por separado, nunca habríamos logrado.
Dependíamos los unos de los otros. Actuar de forma individual resultaba tan grotesco de
imaginar como establecernos en lugar fijo. Trabajando juntos protegíamos a nuestros hijos de
los leones y las hienas. Les enseñábamos todo lo que iban a necesitar. También el uso de las
herramientas. Entonces, igual que ahora, la tecnología constituía un factor clave para nuestra
supervivencia.

Cuando la sequía era prolongada o si un frío inquietante persistía en el aire veraniego,


nuestro grupo optaba por ponerse en marcha, muchas veces hacia lugares desconocidos.
Buscábamos un entorno mejor. Y cuando surgían problemas entre nosotros en el seno de la
pequeña banda nómada, la abandonábamos en busca de compañeros más amistosos. Siempre
podíamos empezar de nuevo.

Durante el 99,9% del tiempo desde que nuestra especie inició su andadura fuimos cazadores y
forrajeadores, nómadas moradores de las sabanas y las estepas. Entonces no había guardias
fronterizos ni personal de aduanas. La frontera estaba en todas partes. Únicamente nos
limitaban la tierra, el océano y el cielo; y, ocasionalmente, algún vecino hostil.

No obstante, cuando el clima era benigno y el alimento abundante estábamos dispuestos a


permanecer en lugar fijo. Sin correr riesgos. Sin sobrecargas. Sin preocupaciones. En los
últimos diez mil años —un instante en nuestra larga historia— hemos abandonado la vida
nómada. Hemos domesticado a animales y plantas. ¿Por qué molestarse en cazar el alimento,
cuando podemos conseguir que éste acuda a nosotros?

Con todas sus ventajas materiales, la vida sedentaria nos ha dejado un rastro de inquietud, de
insatisfacción. Incluso tras cuatrocientas generaciones en pueblos y ciudades, no hemos
olvidado. El campo abierto sigue llamándonos quedamente, como una canción de infancia ya
casi olvidada. Conquistamos lugares remotos con cierto romanticismo. Esa atracción,
sospecho, se ha ido desarrollando cuidadosamente, por selección natural, como un elemento
esencial para nuestra supervivencia. Veranos largos, inviernos suaves, buenas cosechas, caza
abundante; nada de eso es eterno. No poseemos la facultad de predecir el futuro. Los eventos
catastróficos están al acecho, nos cogen desprevenidos. Quizá debamos nuestra propia
existencia, la de nuestra banda o incluso la de nuestra especie a unos cuantos personajes
inquietos, atraídos por un ansia que apenas eran capaces de articular o comprender hacia
nuevos mundos y tierras por descubrir.

Herman Melville, en Moby Dick, habla en favor de los aventureros de todas las épocas y
latitudes: «Me agita una atracción permanente hacia las cosas remotas. Adoro surcar mares
prohibidos…».

Para los antiguos griegos y romanos, el mundo conocido comprendía Europa, y unas Asia y
África limitadas, rodeadas de un mundo oceánico infranqueable. Los viajeros podían toparse
con seres inferiores, a los que llamaban bárbaros, o bien con seres superiores, que eran los
dioses. Todo árbol poseía su dríade[1] toda región, su héroe legendario. Pero no había muchos
dioses, al menos al principio, quizá sólo unas cuantas docenas. Habitaban en las montañas,
bajo la superficie de la tierra, en el mar o ahí arriba, en el cielo. Enviaban mensajes a los
hombres, intervenían en los asuntos humanos y se cruzaban con nuestra especie.

Con el paso del tiempo, cuando el hombre descubrió su capacidad para explorar, empezaron
las sorpresas: los bárbaros podían ser tan ingeniosos como los griegos y los romanos. África y
Asia eran más extensas de lo que nadie había imaginado. El mundo oceánico no era
infranqueable. Existían las antípodas. También se supo de tres nuevos continentes, que habían
sido colonizados por los asiáticos en tiempos pasados sin que tales noticias alcanzaran nunca
a Europa. Por otra parte, los dioses resultaban decepcionantemente difíciles de encontrar.

La primera migración humana a gran escala del Viejo Mundo al nuevo se produjo durante el
último periodo glaciar, unos 11.500 años atrás, cuando las crecientes capas de hielo polar
rebajaron la profundidad de los océanos e hicieron posible el traslado por terreno sólido desde
Siberia hasta Alaska. Mil años después llegábamos a Tierra del Fuego, la punta más al sur de
Sudamérica. Mucho antes que Colón, argonautas indonesios en canoas con balancín
exploraron la parte occidental del Pacífico; oriundos de Borneo se establecieron en
Madagascar; egipcios y libios circunnavegaron África; e incluso hubo una gran flota de juncos
de alta mar, perteneciente a la dinastía china Ming, que cruzó el océano índico, estableció una
base en Zanzíbar, rodeó el cabo de Buena Esperanza y penetró en el océano Atlántico.

«En cuanto a la fábula de que existen antípodas —escribió san Agustín en el siglo V—, es
decir, personas en el extremo opuesto de la Tierra, donde el sol sale cuando se pone para
nosotros y cuyos habitantes caminan con los pies opuestos a los nuestros, no es creíble en
modo alguno. Incluso en el caso de que allí existiera una gran masa de tierra desconocida y no
sólo océano, únicamente hubo una pareja de antepasados originales, y es de todo punto
inconcebible que regiones tan distantes pudieran ser pobladas por los descendientes de
Adán.»

Entre los siglos XV y XVII, barcos de vela europeos descubrieron nuevos continentes (nuevos,
claro está, para los europeos) y circunnavegaron el planeta. En los siglos XVIII y XIX,
exploradores americanos y rusos, mercaderes y colonos rivalizaron en su carrera por este y
oeste, a través de dos vastos continentes hacia el Pacífico. Este entusiasmo desenfrenado por
explorar y explotar, con independencia de lo irreflexivos que fueran quienes lo materializaron,
entraña un claro valor de supervivencia. No se circunscribe a ninguna nación o grupo étnico
concreto. Remite a un don que compartimos todos los miembros de la especie humana.

Desde el momento en que surgimos, hace unos cuantos millones de años en el este de África,
hemos ido forjando nuestro camino a través del planeta. Hoy hay gente en todos los
continentes, en la isla más remota, de polo a polo, desde el Everest hasta el mar Muerto, en
las profundidades del océano e incluso, ocasionalmente, puede haber humanos acampados a
trescientos kilómetros cielo arriba, como los dioses de la antigüedad.

En los tiempos que corren parece que ya no queda nada por explorar, al menos en el área
terrestre de nuestro planeta. Víctimas de su notable éxito, hoy en día la gran mayoría de los
exploradores prefieren quedarse en casa.

Importantes migraciones de población —algunas voluntarias, pero la mayoría no— han


modelado la condición humana. Hoy son mucho más numerosas las personas que se ven
obligadas a huir de la guerra, la represión y la hambruna que en ningún otro periodo de la
historia humana. Y dado que el clima de la Tierra va a cambiar en las próximas décadas, es
muy probable que aumenten extraordinariamente las cifras de refugiados medioambientales.
Siempre acudiremos a la llamada de lugares más propicios. Las mareas humanas continuarán
creciendo y menguando alrededor del planeta. Sin embargo, los países que han de acogernos
hoy en día ya están poblados. Otras personas, a menudo poco comprensivas con nuestra
situación, han llegado allí antes que nosotros.

A FINES DEL SIGLO XIX, Leib Gruber crecía en algún lugar de la Europa central, en un
humilde pueblo perdido en el inmenso y políglota antiguo Imperio austrohúngaro. Su padre
vendía pescado cuando podía. Pero los tiempos eran difíciles. De joven, el único empleo
honesto que Leib fue capaz de encontrar consistía en ayudar a la gente a cruzar el cercano río
Bug. El cliente, ya fuera hombre o mujer, montaba a espaldas de Leib; calzando sus queridas
botas, las herramientas de su trabajo, el muchacho vadeaba el río por un tramo poco profundo
con el cliente a cuestas y dejaba a su pasajero en la orilla opuesta. En ocasiones el agua le
cubría hasta la cintura. Allí no había un solo puente, ni tampoco ferrys. Quizá los caballos
podían haber servido para ese fin, pero tenían otros usos. Ese trabajo quedaba para Leib y
otros chicos jóvenes como él.

Ellos no tenían otros usos. No había otro trabajo disponible. Así pues, deambulaban por la
orilla del río anunciando sus precios y alardeando ante potenciales clientes de su superioridad
como porteadores. Se alquilaban a sí mismos como animales cuadrúpedos. Mi abuelo era una
bestia de carga.

Dudo mucho que, en toda su existencia, Leib se hubiera alejado más de cien kilómetros de
Sassow, el pequeño pueblo que le vio nacer. Pero entonces, en 1904, según cuenta una
leyenda familiar, a fin de evitar una condena por asesinato decidió de repente huir al Nuevo
Mundo, dejando tras de sí a su joven esposa. Qué distintas de aquella atrasada aldea hubieron
de parecerle las grandes ciudades portuarias alemanas, qué inmenso el océano, qué extraños
los altísimos rascacielos y el frenético ajetreo de su nuevo hogar. Nada sabemos de su viaje
transoceánico, pero encontramos la lista de pasajeros correspondiente al trayecto cubierto
con posterioridad por su esposa, Chaiya, que fue a reunirse con Leib en cuanto hubo
conseguido ahorrar lo suficiente. Viajó en la clase más económica a bordo del Batavia , un
buque registrado en Hamburgo. En el documento se aprecia una concisión que, en cierto
modo, parte el corazón: «¿Sabe leer o escribir?». «No». «¿Habla inglés?». «No». «¿Cuánto
dinero lleva?». Me imagino lo vulnerable y avergonzada que debió de sentirse al responder:
«Un dólar».

Desembarcó en Nueva York, se reunió con Leib, vivió el tiempo suficiente para dar a luz a mi
madre y a mi tía y luego murió a causa de «complicaciones» del parto. Durante esos pocos
años en América, en algunas ocasiones habían adaptado su nombre al inglés y la llamaban
Clara. Un cuarto de siglo después, mi madre puso a su primogénito, un varón, el nombre de la
madre que nunca llegó a conocer.

NUESTROS ANTEPASADOS LEJANOS, observando las estrellas, descubrieron cinco que no se


limitaban a salir y ocultarse en imperturbable progresión, como hacían las llamadas estrellas
«fijas». Esas cinco presentaban un movimiento curioso y complejo. En el transcurso de los
meses parecían avanzar despacio entre las demás estrellas. A veces ejecutaban rizos. Hoy las
llamamos planetas[2] , la palabra griega para designar a los nómadas. Era, me imagino, una
peculiaridad que nuestros antepasados podían relacionar.

Hoy sabemos que los planetas no son estrellas, sino otros mundos, gravitacionalmente ligados
al Sol. Cuando estábamos completando la exploración de la Tierra, empezamos a reconocerla
como un mundo entre una incontable multitud de ellos, que giran alrededor del Sol o bien
orbitan alrededor de los demás astros que conforman la galaxia Vía Láctea. Nuestro planeta y
nuestro sistema solar se hallan rodeados por un nuevo mundo oceánico, las profundidades del
espacio. Y no es más infranqueable que el de otras épocas.

Quizá todavía es pronto. Puede que no haya llegado el momento. Pero esos otros mundos, que
prometen indecibles oportunidades, nos hacen señas.

En las últimas décadas, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética han logrado un hito
histórico realmente asombroso, la exploración cercana de todos aquellos puntos de luz, desde
Mercurio hasta Saturno, que maravillaron y despertaron la curiosidad científica de nuestros
antepasados. Desde que, en 1962, se llevara a cabo con éxito el primer vuelo interplanetario,
nuestras máquinas se han aproximado, han orbitado o tomado tierra en más de sesenta
nuevos mundos. Hemos «errado» entre los «errantes». Hemos descubierto enormes
elevaciones volcánicas que empequeñecen la montaña más alta de la Tierra; antiguos valles
fluviales en dos planetas, curiosamente uno de ellos demasiado frío y el otro demasiado
caliente como para albergar agua; un planeta gigante, con un interior líquido de hidrógeno
metálico en el cual cabría mil veces la Tierra; lunas enteras que se han fundido; un lugar
envuelto en nubes con una atmósfera compuesta de ácidos corrosivos, cuya temperatura,
incluso en los altiplanos más elevados, supera la del punto de fusión del plomo; superficies
milenarias sobre las cuales ha quedado fielmente grabada la violenta formación del sistema
solar; mundos de hielo refugiados en las profundidades transplutonianas; sistemas de anillos,
exquisitamente modelados, que ofrecen testimonio de las sutiles armonías de la gravedad y un
mundo rodeado de nubes compuestas de complejas moléculas orgánicas como las que, en la
historia primitiva de nuestro planeta, condujeron al origen de la vida. Silenciosamente, todos
ellos describen órbitas alrededor del Sol, esperando.

Hemos descubierto maravillas jamás soñadas por aquellos antepasados, pioneros en especular
acerca de la naturaleza de las luces itinerantes que adornan el cielo nocturno. Hemos
sondeado los orígenes de nuestro planeta y de nosotros mismos. Sacando a la luz otras
posibilidades, enfrentándonos cara a cara con destinos alternativos de otros mundos similares
al nuestro, hemos empezado a comprender mejor la Tierra. Cada uno de esos mundos es
hermoso e instructivo. Pero, por lo que hasta hoy sabemos, son también, todos y cada uno de
ellos, mundos desolados y estériles. Ahí fuera no existe «un lugar mejor». Al menos por el
momento.

Durante la misión robótica Viking, que se inició en julio de 1976, pasé, en cierto modo, un año
en Marte. Examiné los cantos rodados y las dunas arenosas, el cielo rojo, incluso al mediodía,
los antiguos valles fluviales, las altísimas montañas volcánicas, la feroz erosión del viento, el
laminado terreno polar, las dos lunas oscuras en forma de patata. Pero no había vida, ni un
triste grillo ni una brizna de hierba, ni siquiera —en la medida en que podemos asegurarlo—
un microbio. Esos mundos no han sido agraciados con la vida, como lo ha sido el nuestro.
Comparativamente, la vida es una rareza. Podemos inspeccionar docenas de mundos y
descubrir que solamente en uno de ellos surge, evoluciona y persiste la vida.

No habiendo cruzado, en toda su existencia, nada más ancho que un río, Leib y Chaiya se
graduaron en atravesar océanos. Contaban con una gran ventaja: al otro lado de las aguas los
esperaban otros seres humanos, de costumbres extranjeras, eso es cierto, pero que hablaban
su lengua y compartían, por lo menos, algunos de sus valores; también personas con las que
establecieron una relación más íntima.

En la actualidad hemos cruzado el sistema solar y enviado cuatro naves a las estrellas.
Neptuno se encuentra un millón de veces más alejado de la Tierra que la ciudad de Nueva
York de las orillas del río Bug. Sin embargo, no alberga parientes lejanos, no hay humanos ni,
aparentemente, forma de vida alguna esperándonos en esos otros mundos. No hay cartas
remitidas por emigrados recientes que puedan ayudarnos a comprender ese nuevo territorio,
solamente datos digitales transmitidos a la velocidad de la luz por robots emisarios precisos e
insensibles. Nos comunican que esos nuevos mundos no se parecen al nuestro. Pero seguimos
buscando posibles habitantes. No podemos evitarlo. La vida busca a la vida.

No hay nadie en la Tierra, ni siquiera el más rico de los hombres, que pueda permitirse el
viaje; así pues, no podemos optar por marcharnos a Marte o a Titán por capricho o porque nos
aburrimos, no tenemos trabajo, nos han reclutado para el ejército, nos sentimos oprimidos o
porque, justa o injustamente, hemos sido acusados de un crimen. Este tema no parece
prometer suficientes beneficios a corto plazo como para motivar a la industria privada. Si
nosotros, los humanos, llegamos a viajar alguna vez a dichos mundos, será porque una nación
o un consorcio de naciones opina que puede sacar algún provecho o que ello representa un
beneficio para la especie humana. En este momento nos acucian muchos y muy graves
problemas que compiten por esos fondos requeridos para enviar personas a otros mundos.

De eso trata este libro: de otros mundos, sobre qué nos espera en ellos, qué nos revelan
acerca de nosotros mismos y, dada la urgencia de los problemas a los que se enfrenta nuestra
especie, si tiene o no sentido acudir a ellos. ¿Debemos primero resolver nuestros problemas?
¿Constituyen esos problemas un motivo para recurrir a otros mundos?

En muchos aspectos, este libro es optimista en lo que se refiere a las perspectivas de la


Humanidad. A primera vista puede parecer que los primeros capítulos se deleitan demasiado
con nuestras imperfecciones. No obstante, proporcionan una base espiritual y lógica que
resulta esencial para el desarrollo de mi argumentación.

He tratado de presentar más de una faceta de cada tema. Habrá pasajes en los que doy la
sensación de estar discutiendo conmigo mismo. De hecho es lo que hago. Cuando descubro
méritos en más de una de las partes, a menudo discuto conmigo mismo. Confío en que al
llegar al último capítulo habrá quedado clara mi posición.
Someramente, el plan de la obra es el siguiente: en primer lugar pasamos revista a las
extendidas reivindicaciones formuladas a lo largo de toda la historia humana, en cuanto a que
nuestra especie y nuestro mundo son únicos y desempeñan un papel central en el
funcionamiento y la finalidad del cosmos. A continuación, nos aventuramos a través del
sistema solar siguiendo los pasos de los últimos viajes de exploración y descubrimiento, para
valorar los motivos aducidos generalmente en favor de enviar seres humanos al espacio. En la
última parte del libro, la más especulativa, elaboro un esbozo de cómo imagino que puede
desarrollarse a largo plazo nuestro futuro en el espacio.

Un punto azul pálido trata de una nueva concepción, que va asentándose poco a poco, acerca
de nuestras coordenadas, del lugar que ocupamos en el universo y de cómo, aunque la
llamada de la aventura ha quedado amortiguada en nuestros días, un elemento central del
futuro de la Humanidad está situado más allá de la Tierra.
La posición de la Tierra y el Sol (y de muchas de las estrellas de nuestro cielo nocturno) vista
desde un punto exterior a la Vía Láctea. Cómo encaja esta escena en la estructura de nuestra
galaxia puede deducirse comparándola con las del capítulo 22. Pintura de Jon Lomberg.
Capítulo 1

ESTAMOS AQUÍ

La Tierra entera no es más que un punto, ni el lugar que habitamos más que una
insignificante esquina del mismo.

MARCO AURELIO,emperador romano. Meditaciones, Vol. 4 (aprox. 170)

De acuerdo con las enseñanzas de los astrónomos, la circunferencia de la Tierra, que a


nosotros nos parece tan interminable, comparada con la grandiosidad del universo ofrece el
aspecto de un mero punto diminuto.

AMIANO MARCELINO (aprox. 330-391) el último gran historiador romano, Crónica de los
sucesos

LA NAVE ESPACIAL SE ENCONTRABA MUY LEJOS DE CASA, más allá de la órbita del
planeta más exterior y muy por encima del plano de la eclíptica, una superficie plana
imaginaria, algo así como una pista, en la que generalmente se hallan confinadas las órbitas
de los planetas. La astronave se alejaba del Sol a 65.000 kilómetros por hora. Pero a
principios de febrero de 1990 recibió un mensaje urgente de la Tierra.

Obediente, modificó la orientación de sus cámaras, dirigiéndolas hacia los planetas ahora
distantes. Tras girar su plataforma de exploración científica de un lugar del cielo a otro, captó
sesenta imágenes y las almacenó, digitalizadas, en su cinta registradora. Luego, lentamente,
en marzo, abril y mayo, fue radiando los datos hacia la Tierra. Cada imagen estaba compuesta
de 640.000 elementos individuales (pixels), como los puntos que aparecen en una foto impresa
o en un cuadro puntillista. La nave espacial se encontraba a seis mil millones de kilómetros de
la Tierra, tan lejos, que cada pixel tardaba cinco horas y media, viajando a la velocidad de la
luz, en alcanzarla. Las imágenes podían haber sido reintegradas antes, pero los grandes
radiotelescopios ubicados en California, España y Australia que reciben estos susurros
procedentes de los bordes del sistema solar tenían responsabilidades con otras naves que
surcan el océano espacial, entre ellas la sonda Magallanes , en dirección a Venus, y Galileo ,
en tortuoso viaje hacia Júpiter.

El Voyager 1 se encontraba tan por encima del plano de la eclíptica porque, en 1981, se había
aproximado mucho a Titán, la luna gigante de Saturno. Para su nave hermana, el Voyager 2 ,
fue programada una trayectoria distinta dentro de dicho plano, y pudo así llevar a cabo sus
celebradas exploraciones de Urano y Neptuno. Los dos robots Voyager han investigado cuatro
planetas y casi sesenta lunas. Constituyen notables triunfos de la ingeniería humana y se
cuentan entre las glorias del programa espacial norteamericano. A buen seguro ambas
figurarán en los libros de historia cuando muchas otras cosas de nuestro tiempo hayan
quedado relegadas al olvido.

El buen funcionamiento de los Voyager sólo estaba garantizado hasta que efectuaran su
encuentro con Saturno. Se me ocurrió que podía ser una buena idea que, una vez se hubiera
producido, echaran un último vistazo en dirección a la Tierra. Yo sabía que desde Saturno la
Tierra se vería demasiado pequeña como para que el Voyager pudiera percibir detalles.
Nuestro planeta aparecería como un mero punto de luz, un pixel solitario, apenas distinguible
de los otros muchos puntos de luz visibles, planetas cercanos y soles remotos. Pero
precisamente por la oscuridad de nuestro mundo puesta así de manifiesto, podía valer la pena
disponer de esa imagen.

Los navegantes dibujaron esmerados mapas de las líneas costeras de los continentes. Los
geógrafos tradujeron esos hallazgos a mapas y globos terráqueos. Fotografías de pequeños
trozos de la Tierra fueron tomadas primero desde globos y aviones, luego por cohetes en
breves vuelos balísticos y, finalmente, por naves espaciales puestas en órbita, que ofrecen una
perspectiva como la que se consigue observando un gran globo terráqueo a tres centímetros
de distancia. Si bien a casi todos nosotros nos han enseñado que la Tierra es una esfera a la
que, en cierto modo, estamos pegados por la fuerza de la gravedad, no empezamos a darnos
verdadera cuenta de la realidad de nuestra circunstancia hasta ver la famosa foto de gran
cobertura que la nave Apolo tomó de la esfera terrestre, la que obtuvieron los astronautas del
Apolo 17 en el último viaje del hombre a la Luna.

La Tierra entera fotografiada en la misión Apolo 17 . Cedida por NASA.

Esa imagen se ha convertido en una especie de icono de nuestra época. En ella aparece la
Antártida, que americanos y europeos tan rápidamente consideran el punto más inferior, y
luego todo el continente africano extendiéndose hacia arriba: puede verse Etiopía, Tanzania y
Kenya, donde vivieron los humanos primitivos. Arriba, a la derecha, se vislumbra Arabia Saudí
y lo que los europeos llaman el Próximo Oriente. En la porción superior, sobresaliendo apenas,
se encuentra el mar Mediterráneo, a orillas del cual emergió una parte importante de nuestra
civilización global. Se distingue también el azul del océano, el color rojo amarillento del
Sahara y del desierto árabe, el verde pardo de bosques y prados.

Pero no hay rastro de los humanos en esa foto; tampoco de la remodelación de la superficie de
la Tierra que nuestra especie ha llevado a cabo, de nuestras máquinas o de nosotros mismos:
somos demasiado pequeños y nuestra organización política demasiado débil para ser captados
por una nave espacial situada a caballo entre la Tierra y la Luna. Desde esa posición no se
percibe ninguna evidencia de nuestra obsesión por el nacionalismo. Las imágenes de la Tierra
obtenidas por el Apolo transmitieron a las multitudes algo de sobra conocido para los
astrónomos: a la escala de los mundos —por no mencionar a estrellas o galaxias—, los
humanos somos insignificantes, una fina película de vida sobre un oscuro pedazo de roca y
metal.

Me pareció que otra instantánea de la Tierra, esta vez desde una distancia cien mil veces
superior, podía ser útil en el constante proceso de revelarnos a nosotros mismos nuestra
verdadera circunstancia y condición. Los científicos y filósofos de la antigüedad clásica habían
comprendido correctamente que la Tierra es un mero punto en la inmensidad del cosmos,
pero nadie la había visto nunca como tal. Esa era nuestra primera oportunidad (y quizá
también la última en décadas y décadas).

Eran muchos los que apoyaban el proyecto Voyager en la NASA. Pero desde el sistema solar
exterior la Tierra está situada muy cerca del Sol, como una polilla cautiva alrededor de una
llama.

¿Debíamos aproximar tanto la cámara al Sol y arriesgarnos a que se quemara el sistema


vidicón de la sonda espacial? ¿No sería mejor esperar a que hubiera tomado todas las
instantáneas científicas —las de Urano y Neptuno—, si es que la nave lograba conservarse
todo ese tiempo?

Así pues esperamos —y resultó bien—, desde 1981 en Saturno y 1986 en Urano, hasta 1989,
en que ambas sondas hubieron pasado las órbitas de Neptuno y Plutón. Por fin llegó el
momento. Sin embargo, primero era necesario efectuar una serie de calibraciones
instrumentales, y aguardamos un poquito más. A pesar de que las naves se encontraban en las
posiciones correctas, su instrumental funcionando a la perfección y ya no había más fotos que
tomar, algunos miembros del personal se mostraron contrarios a llevarlo a cabo. Aquello no
tenía nada que ver con la ciencia, adujeron. Luego descubrimos que, en una NASA agobiada
por los problemas económicos, los técnicos que diseñan y transmiten las órdenes por radio a
los Voyager iban a ser despedidos de inmediato o transferidos a otros puestos. Si realmente
querían tomarse esas imágenes, debía hacerse en ese preciso momento. En el último minuto
—de hecho se produjo en mitad del encuentro del Voyager 2 con Neptuno—, el entonces
responsable de la NASA, el contralmirante Richard Truly, intervino y se aseguró de que se
realizara el trabajo. Los científicos espaciales Candy Hansen, del Laboratorio de Propulsión a
Chorro (JPL) de la NASA, y Carolyn Porco, de la Universidad de Arizona, diseñaron la
secuencia de órdenes y calcularon los tiempos de exposición de la cámara.

De modo que aquí están, un mosaico de cuadrados colocados sobre los planetas y un esbozo
de lo que son las estrellas más distantes. No sólo fue posible fotografiar la Tierra, sino
también cinco de los nueve planetas conocidos del Sol. Mercurio, el más interior, se hallaba
perdido en medio del deslumbrante resplandor solar, mientras Marte y Plutón eran demasiado
pequeños, estaban escasamente iluminados y excesivamente alejados. Urano y Neptuno son
tan oscuros, que registrar su presencia requirió largos periodos de exposición; por
consiguiente, esas imágenes quedaron borrosas a causa del movimiento de la nave cósmica.
Ese es el aspecto que ofrecerían los planetas a un vehículo espacial extraterrestre que se
acercase al sistema solar tras un largo viaje interestelar.
Posición de los planetas contra el fondo de las estrellas más distantes, en el momento en que
el Voyager 1 tomó la foto de familia del sistema solar. El Sol y los planetas interiores hasta
Marte aparecen aglomerados a la izquierda. Las cuatro órbitas a la izquierda. Las cuatro
órbitas exteriores corresponden a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Los cuadrados muestran
las posiciones de la nave espacial. Esta vista sólo fue posible porque el Voyager 1 se hallaba
muy por encima del plano de la eclíptica, sobre el cual los planetas giran alrededor del Sol. La
Tierra aparece como un elemento individual de la imagen, aunuqe Júpiter y Saturno, con sus
anillos, son en realidad más grandes que un solo punto. Cedida por JPL/NASA.

Desde la distancia, los planetas parecen sólo puntos de luz, con manchas o sin ellas, incluso a
través del telescopio de alta resolución instalado a bordo del Voyager . Son como los planetas
observados a simple vista desde la superficie de la Tierra, puntos luminosos más brillantes
que la mayoría de estrellas. Por espacio de unos meses, nuestro planeta, al igual que los
demás, da la sensación de flotar entre las estrellas. Con sólo mirar uno de esos puntos no
somos capaces de decir lo que alberga, cuál ha sido su pasado y si, en esta época concreta,
vive alguien allí.

Como consecuencia del reflejo de la luz solar de la nave hacia la Tierra, ésta parece envuelta
en un haz de luz, como si ese pequeño mundo tuviera algún significado especial. Pero se trata
solamente de un accidente achacable a la geometría y a la óptica. El Sol emite su radiación
equitativamente en todas direcciones. Y si la imagen hubiera sido tomada un poco antes o un
poco después, no habría habido haz de rayos solares que iluminara la Tierra.
Seis de los nueve planetas fotografiados el 14 de febrero de 1990 desde más allá de las órbitas
de Neptuno y Plutón por el Voyager 1 .

¿Y por qué ese color azul celeste? El azul procede en parte del mar y en parte del cielo.
Dentro de un vaso, el agua es transparente y absorbe ligeramente más luz roja que azul. Pero
si lo que hay son decenas de metros de ese elemento o más, éste absorbe toda la luz roja y lo
que se refleja de vuelta al espacio es el azul. Del mismo modo, a corta distancia, a través del
aire, el objeto se ve transparente. No obstante —y eso es algo que Leonardo da Vinci explicó a
la perfección—, cuanto más distante se encuentra, más azul parece. ¿Por qué? Ello es debido a
que el aire dispersa mucho mejor la luz azul que la roja. Por ello, el matiz azulado de ese
puntito es debido a su espesa pero transparente atmósfera y a sus profundos océanos de agua
líquida. ¿Y el blanco? En un día normal, la Tierra aparece medio cubierta de blancas nubes de
agua.

Nosotros somos capaces de explicar ese azul pálido que presenta nuestro pequeño mundo
porque lo conocemos bien. Sin embargo, es menos probable que un científico extraterrestre,
recién llegado a los aledaños de nuestro sistema solar, fuera capaz de deducir la existencia de
océanos, nubes y una atmósfera densa. Neptuno, por ejemplo, es azul, pero fundamentalmente
por razones distintas. Desde esa posición tan alejada puede parecer que la Tierra no reviste
ningún interés especial.

Pero para nosotros es distinta. Echemos otro vistazo a ese puntito. Ahí está. Es nuestro hogar.
Somos nosotros. Sobre él ha transcurrido y transcurre la vida de todas las personas a las que
queremos, la gente que conocemos o de la que hemos oído hablar y, en definitiva, de todo
aquel que ha existido. En ella conviven nuestra alegría y nuestro sufrimiento, miles de
religiones, ideologías y doctrinas económicas, cazadores y forrajeadores, héroes y cobardes,
creadores y destructores de civilización, reyes y campesinos, jóvenes parejas de enamorados,
madres y padres, esperanzadores infantes, inventores y exploradores, profesores de ética,
políticos corruptos, superstars , «líderes supremos», santos y pecadores de toda la historia de
nuestra especie han vivido ahí… sobre una mota de polvo suspendida en un haz de luz solar.

La Tierra constituye sólo una pequeña fase en medio de la vasta arena cósmica. Pensemos en
los ríos de sangre derramada por tantos generales y emperadores con el único fin de
convertirse, tras alcanzar el triunfo y la gloria, en dueños momentáneos de una fracción del
puntito. Pensemos en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de un rincón
de ese pixel a los moradores de algún otro rincón, en tantos malentendidos, en la avidez por
matarse unos a otros, en el fervor de sus odios.

El Sol visto por el objetivo gran angular de la cámara Voyager 1 con su filtro más oscuro y el
mínimo tiempo posible de exposición (0,005 segundos). Desde más allá del planeta más
exterior el tamaño del Sol es solamente de 1/40 en comparación con su tamaño desde la
Tierra. Pero todavía es casi ocho millones de veces más brillante que Sirio, la estrella más
brillante de nuestro cielo. Cedida por JPL/NASA.

Nuestros posicionamientos, la importancia que nos auto atribuimos, nuestra errónea creencia
de que ocupamos una posición privilegiada en el universo son puestos en tela de juicio por ese
pequeño punto de pálida luz. Nuestro planeta no es más que una solitaria mota de polvo en la
gran envoltura de la oscuridad cósmica. Y en nuestra oscuridad, en medio de esa inmensidad,
no hay ningún indicio de que vaya a llegar ayuda de algún lugar capaz de salvarnos de
nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo hasta hoy conocido que alberga vida. No existe otro lugar adonde
pueda emigrar nuestra especie, al menos en un futuro próximo. Sí es posible visitar otros
mundos, pero no lo es establecernos en ellos. Nos guste o no, la Tierra es por el momento
nuestro único hábitat.

Se ha dicho en ocasiones que la astronomía es una experiencia humillante y que imprime


carácter. Quizá no haya mejor demostración de la locura de la vanidad humana que esa
imagen a distancia de nuestro minúsculo mundo. En mi opinión, subraya nuestra
responsabilidad en cuanto a que debemos tratarnos mejor unos a otros, y preservar y amar
nuestro punto azul pálido, el único hogar que conocemos.
Las estrellas salen y se ponen a nuestro alrededor, apoyando la creencia de que la Tierra se
haya en el centro del universo. Con este periodo de exposición se ve el centro de la Vía Láctea
en la constelación Sagitario. Cada estrella es un Sol. Existen aproximadamente cuatrocientos
mil millones de ellos en la Vía Láctea.

Fotografía de Frank Zullo, Superstition Mountains, Arizona. Copyright © Frank Zullo, 1987.
Capítulo 2

ABERRACIONES DE LA LUZ

Si la Humanidad fuera borrada del mundo, el resto parecería estar fuera de lugar, sin ningún
sentido ni finalidad… y no conducir a nada.

FRANCIS BACON, Sabiduría de los antiguos (1619)

ANN DRUYAN SUGIERE UN EXPERIMENTO: observemos de nuevo el punto azul pálido del
capítulo anterior. Contemplémoslo durante un rato. Miremos ese puntito el tiempo que haga
falta y luego tratemos de convencernos de que Dios creó todo el universo exclusivamente para
una de entre los diez millones de especies que habitan esa mota de polvo. Demos ahora un
paso más: imaginemos que todo fue creado para un solo matiz de esa especie, o género, o
subdivisión étnica o religiosa. Si eso no nos parece demasiado improbable, tomemos otro
puntito. Supongamos que ese está habitado por una forma distinta de vida inteligente.
También ellos defienden la noción de un Dios que lo ha creado todo para su beneficio.
¿Tomaremos en serio su reivindicación?

La nebulosa que rodea la estrella moribunda Eta Carinae. La nebulosa se forma a causa de
una sucesión de violentas explosiones en la estrella. (La última explosión fue observada en
1841, cuando a pesar de la distancia —se encuentra a diez mil años luz de la Tierra— Eta
Carinae se convirtió brevemente en la segunda estrella más brillante de nuestro cielo). Si
estuvieramos tan cerca de Eta Carinae como lo estamos del Sol, ésta aparecería cuatro
millones de veces más brillante que dicho astro. La superficie de la Tierra se fundiría —rocas,
montañas y todo— a causa de las elevadas temperaturas. Fotografía de David Malin, cedida
por Anglo-Australian Observatory.

—¿VES ESA ESTRELLA?

—¿Te refieres a esa roja brillante? —inquiere la hija por su parte.

—Sí. ¿Sabes? Es posible que ya no se encuentre allí. Hoy puede haber desaparecido, quizá
haya explotado o algo así. Su luz todavía está viajando por el espacio y no ha llegado a
nuestros ojos hasta ahora. No la vemos como es, sino como fue.

Muchas personas se quedan absolutamente maravilladas cuando se ven confrontadas por


primera vez con esta simple verdad. ¿Por qué? ¿Por qué ha de parecemos tan increíble? En
nuestro pequeño mundo la luz viaja, a todos los efectos prácticos, de forma instantánea. Si
una bombilla está encendida, es evidente que brilla exactamente donde la vemos. Extendemos
el brazo y la tocamos: en efecto, ahí está, y además quema. Si se rompe el filamento se apaga
la luz. No la percibimos en el mismo lugar, resplandeciente, iluminando la estancia años
después de que se haya fundido y la hayamos retirado del portalámparas. El concepto en sí
parece un disparate. Pero, si nos encontramos lo suficientemente lejos, un sol entero puede
apagarse y nosotros seguiremos viéndolo brillar intensamente; no nos enteraremos de su
muerte tal vez durante siglos, de hecho, durante todo el tiempo que tarde la luz —que viaja
rápido, pero no infinitamente— en cruzar la inmensidad que nos separa.
Primer plano de Eta Carinae vista por el telescopio espacial Hubble . Dos vastas nubes de
polvo estelar han sido expulsadas, una (a la izquierda) viaja aproximadamente en dirección a
nosotros y la otra (arriba, a la derecha) se aleja. Las escenas de violencia cósmicas
constituyen un elemento central de la astronomía moderna. Cedida por J. Hester, Universidad
del Estado de Arizona y NASA.

Las ingentes distancias que median hasta las estrellas y las galaxias son responsables de que
en el espacio todo lo veamos en el pasado, y que incluso percibamos algunos cuerpos celestes
tal como eran antes de la formación de la Tierra. Los telescopios son en realidad máquinas del
tiempo. Mucho tiempo atrás, cuando una galaxia primitiva empezaba a verter luz a la
oscuridad que la envolvía, ningún testigo podía saber que, miles de millones de años después,
unos cuantos pedazos remotos de roca y metal, hielo y moléculas orgánicas acabarían por
juntarse para formar un lugar llamado Tierra; o que la vida nacería y evolucionaría hasta dar
seres pensantes que, un buen día, tomarían un fragmento de esa luz galáctica y tratarían de
averiguar qué era lo que la había colocado en su camino.

Y cuando la Tierra muera, dentro de unos cinco mil millones de años, cuando haya quedado
reducida a cenizas o haya sido tal vez engullida por el Sol, surgirán otros mundos, estrellas y
galaxias que nada sabrán de un lugar llamado en su día la Tierra.

CASI NUNCA PARECE UN PREJUICIO. Al contrario, la idea de que, a raíz de un nacimiento


casual, nuestro grupo (sea el que sea) debe ocupar una posición central en el universo social,
parece acertada y justa. Entre príncipes faraónicos y pretendientes de la dinastía
Plantagenet[3] , hijos de capitalistas sin escrúpulos[4] y burócratas del Comité Central, bandas
callejeras y conquistadores de naciones, miembros de confiadas mayorías, oscuras sectas y
denostadas minorías, esta actitud narcisista parece tan natural como la acción de respirar.
Bebe de las mismas fuentes psíquicas que alimentan al sexismo, racismo, nacionalismo y otros
perniciosos chauvinismos que azotan a nuestra especie. Es necesaria una gran fuerza de
carácter para soportar la arrogancia de los que sostienen que gozamos de una superioridad
clara —o incluso que nos ha sido otorgada por Dios— sobre nuestros congéneres. Cuanto más
precaria es nuestra autoestima, mayor es nuestro grado de vulnerabilidad ante tales
afirmaciones.

Dado que los científicos son personas, no es extraño que pretensiones comparables a la
expresada se hayan insinuado también en el ámbito de la visión científica del mundo. En
realidad, muchos de los debates centrales en la historia de la ciencia parecen, en parte,
discusiones acerca de si la condición humana es especial. Casi siempre, de entrada se asume
que somos especiales. No obstante, después de examinar la cuestión con mayor rigor se
descubre —con desaliento en muchos casos— que no lo somos.

Nuestros antepasados vivieron al aire libre. Estaban tan familiarizados con el cielo nocturno
como la mayoría de nosotros lo estamos con nuestro programa favorito de televisión. El Sol, la
Luna, las estrellas y los planetas salían todos ellos por el este y se ponían por el oeste,
atravesando el cielo sobre sus cabezas en el ínterin. El movimiento de los cuerpos celestes no
era para ellos un mero entretenimiento que les provocara una reverencial inclinación de
cabeza o una exclamación de admiración; era el único modo de saber la hora del día y las
estaciones del año. Tanto para cazadores y forrajeadores como para la gente que vivía de la
agricultura, el conocimiento del cielo era cuestión de vida o muerte.

¡Qué suerte para nosotros que el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas conformen un reloj
cósmico tan elegantemente configurado! No parecía una casualidad. Fueron puestos ahí con
un propósito, nada menos que para nuestro beneficio. ¿Quién si no iba a hacer uso de ellos?
¿Para qué servirían, de no ser así?

¿Y si las luces del cielo salen y se ponen a nuestro alrededor, no es evidente que nos
encontramos en el centro del universo? Esos cuerpos celestes, tan claramente dotados de
poderes sobrenaturales —especialmente el Sol, de cuya luz y calor dependemos—, dan vueltas
a nuestro alrededor cual cortesanos adulando servilmente a su rey. Incluso si todavía no lo
hubiéramos adivinado, el más elemental examen de los cielos revela que somos especiales. El
universo parece diseñado para los seres humanos. Resulta difícil contemplar esas
circunstancias sin experimentar una punzada de orgullo y reafirmación. ¡El universo entero
hecho para nosotros! ¡Qué importantes debemos ser!

Una muestra de la sorprendente riqueza de la Vía Láctea. En la imagen original de esta foto
hay quizá diez mil estrellas, pero representan menos de una diezmillonésima parte del número
de estrellas de la galaxia. La nebulosa que fulgura en gas hidrógeno, arriba a la izquierda, es
M17. Fotografía de David Malin, cedida por ROE/Anglo-Australian Observatory.

Esta satisfactoria demostración de nuestra importancia, apuntalada por la observación diaria


de los cielos, hizo de la noción geocéntrica una verdad transcultural que se enseñó en las
escuelas, se introdujo en el lenguaje y fue parte esencial de la literatura y las escrituras
sagradas. Todo el que se mostraba en desacuerdo era disuadido de su postura, en ocasiones
mediante tortura o incluso la muerte. No es pues de extrañar que durante la mayor parte de la
historia humana nadie cuestionara dicha teoría.

Esa era sin duda la postura de nuestros antepasados cazadores y recolectores. El gran
astrónomo de la antigüedad Claudio Tolomeo sabía, en el siglo II, que la Tierra era una esfera,
que su tamaño era «un punto» comparado con la distancia de las estrellas, y postuló que
estaba ubicada «justo en mitad de los cielos». Aristóteles, Platón, san Agustín, santo Tomás de
Aquino y casi todos los grandes filósofos y científicos de todas las culturas, a lo largo de tres
mil años hasta el siglo XVII, cayeron en ese error. Algunos se concentraron en averiguar cómo
el Sol, la Luna, las estrellas y los planetas podían estar tan hábilmente ligados a esferas
cristalinas perfectamente transparentes —las grandes esferas, centradas, claro está, en la
Tierra— que explicarían los complejos movimientos de los cuerpos celestes, tan
meticulosamente referidos por generaciones de astrónomos. Y lo consiguieron: con
modificaciones posteriores, la hipótesis geocéntrica explicaba de forma adecuada los aspectos
del movimiento planetario tal como se conocían en el siglo II, y en el XVI.

A partir de ahí solamente era necesaria una ligera extrapolación para dar forma a una
reivindicación todavía más grandiosa: que la «perfección» del mundo quedaría incompleta en
ausencia de los seres humanos, tal como afirmaba Platón en el Timeo. «El hombre… lo es todo
—escribía el poeta y clérigo John Donne en 1625—. No es una pieza del mundo, sino el mundo
en sí mismo y, cercano a la gloria de Dios, es la razón que explica la existencia del mundo».

Y a pesar de todo, sin importar cuántos reyes, papas, filósofos, científicos y poetas insistieran
en lo contrario, a lo largo de esos milenios la Tierra se obstinó tozudamente en seguir
describiendo órbitas alrededor del Sol. No es difícil imaginar a un riguroso observador
extraterrestre contemplando a nuestra especie durante todo ese tiempo —viéndonos alardear
excitados con afirmaciones como «el universo fue creado para nosotros», «nosotros somos el
centro», «todo rinde homenaje a nuestra especie»— y extrayendo la conclusión de que
nuestras pretensiones son grotescas, nuestras aspiraciones patéticas y de que ése debe de ser
el planeta de los necios.

Pero se trata de una opinión demasiado severa. Lo hicimos lo mejor que supimos. Lo que
ocurrió fue que se produjo una desgraciada coincidencia entre las apariencias cotidianas y
nuestras esperanzas secretas. Tenemos tendencia a no ser especialmente críticos cuando nos
vemos confrontados con evidencias que parecen confirmar nuestros prejuicios. Y en este caso
hubo pocos indicios que lo contrarrestaran.

En apagado contrapunto, unas cuantas voces disidentes que aconsejaban humildad y


perspectiva pudieron escucharse a través de los siglos. En los albores de la ciencia, los
filósofos atomistas de la Grecia y Roma antiguas —los primeros que sugirieron que la materia
está compuesta de átomos— Demócrito, Epicuro y sus seguidores (y Lucrecio, el primer
divulgador de la ciencia) proclamaron escandalosamente la existencia de multitud de mundos
y de formas de vida extrañas, todas ellas compuestas de los mismos tipos de átomos que
nosotros. Ofrecieron para nuestra consideración inmensidades en tiempo y espacio. Pero en
los cánones vigentes en Occidente, seculares y sacerdotales, paganos y cristianos, las ideas
atomistas eran rechazadas. En su lugar, los cielos no eran como nuestro mundo. Eran
«inalterables y perfectos». La Tierra era mutable y «corrupta». El estadista y filósofo romano
Cicerón resumió la visión común de la época: «En el cielo… no existe el azar o la casualidad,
no hay error ni frustración, sino orden absoluto, precisión, cálculo y regularidad».

La filosofía y la religión advertían que los dioses (o Dios) eran mucho más poderosos que
nosotros, celosos de sus prerrogativas e implacables a la hora de repartir justicia en casos de
arrogancia intolerable. Al mismo tiempo, estas disciplinas no tenían la más mínima idea de
que sus propias enseñanzas acerca de cómo está ordenado el universo constituían un acto de
vanidad y un error.

La filosofía y la religión presentaban una mera opinión —que podía ser rebatida mediante la
observación y el experimento— como un hecho probado. Eso no las preocupaba en absoluto.
Que algunas de sus creencias más acérrimamente defendidas podían resultar erróneas era
una posibilidad apenas tomada en consideración. La humildad doctrinal debían practicarla
otros. Sus enseñanzas eran inerrables e infalibles. En realidad, tenían mejores motivos para
ser humildes de lo que podían imaginar.

EMPEZANDO CON COPÉRNICO a mediados del siglo XVI, el tema fue formalmente unificado.
La imagen del Sol, y no la Tierra, en el centro del universo fue considerada peligrosa.
Servicialmente, muchos estudiosos se apresuraron a asegurar a la jerarquía religiosa que esta
hipótesis recién inventada no representaba ningún desafío serio para la sabiduría
convencional. En una especie de compromiso «conciliador»[5] , el sistema centrado en el Sol
fue tratado como una simple conveniencia computacional, no como realidad astronómica, es
decir, realmente , la Tierra se encontraba en el centro del universo, como todo el mundo
sabía; pero si se trataba de predecir dónde estaría situado Júpiter el segundo martes del mes
de noviembre a dos años vista, entonces estaba permitido suponer que era el Sol el que
ocupaba el centro. De este modo podían efectuarse los cálculos pertinentes sin afrentar a las
autoridades.

«Ello no entraña ningún peligro», escribió Robert Cardinal Bellarmine, el principal teólogo del
Vaticano, a principios del siglo XVII,

y satisface a los matemáticos. Pero afirmar que el Sol se halla realmente fijo en el centro de
los cielos y que la Tierra da vueltas muy rápidamente a su alrededor es algo ciertamente
peligroso, que no sólo irrita a los teólogos y a los filósofos, sino que atenta contra nuestra
sagrada fe y tilda de falsas las sagradas Escrituras.

«La libertad de pensamiento es perniciosa —escribió Bellarmine en otra ocasión—. No es nada


más que la libertad de estar equivocado.»

Además, si la Tierra giraba alrededor del Sol, debería parecer que las estrellas cercanas
avanzaban hacia el fondo de las estrellas más distantes, ya que cada seis meses cambiamos
nuestra perspectiva de un lado de la órbita terrestre al otro. No obstante, no se había hallado
evidencia de un «paralaje anual» de ese tipo. Los copernicanos adujeron que eso era debido a
que las estrellas se encontraban extremadamente lejos, quizá un millón de veces más
distantes que la Tierra del Sol. Posiblemente en tiempos futuros se encontraría un paralaje
anual. Los geocentristas, por su parte, lo consideraron un intento desesperado de salvar una
hipótesis defectuosa y, en vista de ello, absurda.

Cuando Galileo apuntó al cielo con el primer telescopio astronómico, la marea empezó a
cambiar. Descubrió que Júpiter llevaba un pequeño séquito de lunas girando a su alrededor,
las más interiores con mayor rapidez que las exteriores, tal como Copérnico había deducido
para el movimiento de los planetas alrededor del Sol. Halló asimismo evidencias de que
Mercurio y Venus atravesaban diversas fases, al igual que la Luna (demostrando que
describían órbitas alrededor del Sol). Además, los cráteres de la Luna y las manchas del Sol
ponían en entredicho la perfección de los cielos. En parte, éste podría ser el problema que
había preocupado a Tertuliano mil trescientos años antes, cuando imploró: «Si tenéis alguna
modestia o sentido común, dejad de fisgar en las regiones del cielo, en el destino y secretos
del universo».

Por el contrario, Galileo proclamó que podemos interrogar a la Naturaleza a través de la


observación y la experiencia. Si lo hacemos, «hechos que a primera vista parecen
inverosímiles, aunque no queden suficientemente explicados, dejarán caer el manto que los
mantenía ocultos y aparecerán ante nuestros ojos con toda su simple y desnuda belleza». ¿No
constituyen tales hechos, que incluso los más escépticos pueden confirmar, una visión más
acertada del universo de Dios que todas las especulaciones de los teólogos? Pero ¿y si esos
hechos contradicen las creencias de aquellos que consideran su religión incapaz de cometer
errores? Los príncipes de la Iglesia amenazaron al anciano astrónomo con torturarle si
persistía en su actitud de enseñar la abominable doctrina de que la Tierra se movía.
Finalmente fue condenado a una especie de arresto domiciliario para el resto de su vida.

Una o dos generaciones más tarde, allá por los tiempos en que Isaac Newton demostró que
unos simples y elegantes principios de la física podían explicar cuantitativamente —y predecir
— todos los movimientos lunares y planetarios observados (siempre que se admitiera que el
Sol se halla en el centro del sistema solar), la noción geocéntrica sufrió un nuevo desgaste.
Nebulosa de la Cabeza de Caballo o IC434. Fotografía de David Malin, cedida por ROE/Anglo-
Australian Observatory.

En 1725, en un intento de descubrir el paralaje estelar, el esmerado astrónomo aficionado


inglés James Bradley tropezó con la aberración de la luz. El término «aberración» transmite,
supongo yo, algo de lo inesperado del descubrimiento. Bradley se dio cuenta de que,
observadas en el transcurso de un año, las estrellas trazan pequeñas elipses en el cielo. No
obstante, todas las estrellas presentaban ese fenómeno. Eso no podía ser el paralaje estelar,
pues cabría esperar un gran paralaje para las estrellas cercanas y uno prácticamente
indetectable para las alejadas. En cambio, la aberración es similar al fenómeno que se
produce cuando caen las gotas de lluvia sobre el cristal de un coche en marcha; los pasajeros
tienen la impresión de que caen en sentido oblicuo y, cuanto más rápido circula el vehículo,
más inclinadas parecen caer las gotas. Si la Tierra se mantuviera fija en el centro del universo
y no se moviera en su órbita alrededor del Sol, Bradley no habría descubierto la aberración de
la luz. Ésa era pues una demostración aplastante de que la Tierra gira alrededor del Sol.
Convenció a la mayoría de los astrónomos y también a otras personas, pero no —pensó
Bradley— a los «anticopernicanos».

Sin embargo, hasta 1837 la observación directa no consiguió probar de manera clara y nítida
que es cierto que la Tierra da vueltas alrededor del Sol. Finalmente se descubrió también el
tan debatido paralaje anual, pero no mediante argumentos mejores, sino gracias a
instrumentos más avanzados. Dado que explicar en qué consiste es mucho más directo que
explicar la aberración de la luz, su descubrimiento resultó muy importante. Supuso el último
clavo para sellar el ataúd del geocentrismo. Basta con mirarse un dedo, primero con el ojo
izquierdo y luego con el derecho, para descubrir que da la sensación de moverse. El paralaje
es muy fácil de comprender.

Hacia el siglo XIX todos los científicos geocentristas se habían convertido o extinguido. Una
vez convencidos la mayoría de ellos, la opinión pública informada cambió rápidamente, en
algunos países en sólo tres o cuatro generaciones. Naturalmente, en tiempos de Galileo y
Newton, e incluso mucho más tarde, quedaba todavía quien no estaba de acuerdo, quien
trataba de impedir que se aceptara o llegara a conocerse la nueva imagen del universo con el
Sol en el centro. También había mucha gente que mantenía, al menos en secreto, sus reservas
al respecto.

Bien entrado el siglo XX, por si quedaba todavía algún indeciso, hemos podido dejar
definitivamente zanjada la discusión. Hemos sido capaces de comprobar si vivimos en un
sistema centrado por la Tierra, con planetas unidos a esferas transparentes de cristal, o si
más bien se trata de un sistema centrado en el Sol, con planetas controlados a distancia por la
gravedad que ejerce dicho astro. Hemos sondeado, por ejemplo, los planetas mediante radar.
Cuando hacemos rebotar una señal en una luna de Saturno, no recibimos ningún eco de radio
procedente de alguna esfera de cristal más cercana, adherida a Júpiter. Nuestras naves
espaciales arriban a sus destinos programados con una precisión asombrosa, exactamente
como había vaticinado la gravitación newtoniana. Cuando nuestros vehículos espaciales llegan
a Marte, pongamos por caso, sus instrumentos no registran estallidos ni detectan fragmentos
de cristal roto al chocar contra las «esferas» que —de acuerdo con las opiniones autorizadas
que prevalecieron durante milenios— propulsan a Venus o al Sol en sus concienzudos
movimientos alrededor de la Tierra central.

Cuando el Voyager 1 realizó la exploración del sistema solar desde más allá del planeta más
exterior, comprobó, tal como Copérnico y Galileo habían afirmado, que el Sol se halla en el
centro y los planetas describen órbitas concéntricas a su alrededor. Lejos de estar ubicada en
el centro del universo, la Tierra no es más que uno de esos puntos orbitantes. Sin estar ya
confinados en un mundo solitario, ahora podemos llegar a otros y determinar de forma
decisiva qué tipo de sistema planetario habitamos.

CUALQUIER OTRA PROPUESTA, y son legión, encaminada a desplazarnos del centro del
cosmos ha sido igualmente combatida, en parte por razones similares. Al parecer anhelamos
un privilegio, merecido no por nuestros esfuerzos, sino por nacimiento, digamos que por el
mero hecho de ser humanos y de haber nacido en la Tierra. Podríamos llamarla la noción
antropocéntrica, «centrada en el ser humano».

Esta noción alcanza su culminación en la idea de que fuimos creados a imagen y semejanza de
Dios: «El Creador y Gobernador de todo el universo es precisamente como yo. ¡Caramba, qué
coincidencia! ¡Qué adecuado y satisfactorio!». El filósofo griego del siglo VI a. J.C. Jenófanes
comprendió la arrogancia de esta perspectiva:

Los etíopes plasman a sus dioses negros y de nariz respingona; los tracianos dicen de los
suyos que tienen los ojos azules y el pelo rojo… Sí, y si bueyes, caballos o leones tuvieran
manos y pudieran pintar con ellas, y producir obras de arte como los hombres, los caballos
pintarían a sus dioses con forma de caballo, los bueyes con forma de buey…

Este tipo de actitudes se han descrito alguna vez como «provincianas»; la ingenua expectativa
de que las jerarquías políticas y las convenciones sociales de una provincia humilde se
extienden a un vasto imperio compuesto de muchas tradiciones y culturas diferentes; que el
entorno familiar, nuestro pequeño reducto, constituye el centro del mundo. Los palurdos de
pueblo no saben casi nada acerca de otras posibilidades. No alcanzan a comprender la
insignificancia de su provincia o la diversidad del imperio. Con toda tranquilidad aplican sus
propias normas y costumbres al resto del planeta. Pero trasladados a Viena, por ejemplo, o
Hamburgo o Nueva York, reconocen apesadumbrados cuán limitada ha sido hasta entonces su
perspectiva. Se «desprovincializan».

La ciencia moderna ha supuesto un viaje a lo desconocido, con una lección de humildad


aguardando en cada parada. Muchos pasajeros habrían preferido quedarse en casa.
El universo de galaxias . Esta espectacular fotografía, obtenida por el telescopio espacial
Hubble , muestra la periferia del cúmulo galáctico Coma, que se halla a unos 370 millones de
años luz de distancia. Virtualmente todos los objetos que se ven son galaxias. La más
destacada, en el centro, es la NGC 4881, una galaxia elíptica gigante. La segunda en tamaño,
a su izquierda, es una galaxia espiral, como la Vía Láctea, vista de frente. Las galaxias
alargadas son otras galaxias espirales vistas de perfil. El objeto de color naranja y blanco que
arrastra dos colas son dos galaxias en colisión; la gravedad de cada una de ellas ha
distorsionado la forma de la otra. Los cuadros negros representan ausencia de datos.

Muchas de las galaxias más vagas que se ven en la imagen no forman parte del cúmulo
galáctico Coma, si bien son galaxias considerables que aparecen más tenues por hallarse
mucho más alejadas. Futuras generaciones de telescopios serán capaces de captar la luz de
un número enormemente mayor de galaxias distantes, que hoy nos resultan completamente
desconocidas.

El campo visual que abarca esta imagen corresponde a un pequeño cuadrado en el cielo de
menos de un uno por ciento del área angular aparente de la Luna. Por ello no representa más
que una cienmillonésima del cielo, aproximadamente. El número total de estrellas en este
campo de visión —la gran mayoría de ellas situadas en otras galaxias y demasiado débiles
para ser captadas por el Hubble — asciende a más de cien billones. El número de planetas
distantes en esta minúscula porción de cielo es, sobre la base de las evidencias modernas,
comparablemente enorme.

Cada una de estas galaxias gira, efectuando por lo general una rotación cada pocos cientos de
millones de años. También están en movimiento unas respecto a las otras. Todo el cúmulo
galáctico Coma, del cual la imagen muestra una porción minúscula, se mueve con respecto a
otros cúmulos galácticos. Finalmente, todas las galaxias del cúmulo galáctico Coma se hallan
colectivamente en expansión respecto a los demás cúmulos galácticos. Respecto al Grupo
Local de galaxias —del cual forma parte la Vía Láctea—, el cúmulo galáctico Coma se aleja a
unos siete mil kilómetros por segundo. Este es el movimiento denominado expansión del
universo que se deriva del big bang.

Cedida por William A. Baum, Equipo WFPC1 del telescopio Hubble y NASA.
Capítulo 3

LAS GRANDES DEGRADACIONES

Un filósofo afirmó que conocía el secreto… Examinó a los dos extranjeros celestiales de la
cabeza a los pies y les espetó en plena cara que sus personas, sus mundos, sus soles y sus
estrellas fueron creados únicamente para el uso de los hombres. Ante tal afirmación, nuestros
dos viajeros se dejaron caer uno contra otro, tomados por un ataque de… risa incontrolable.

VOLTAIRE, Micromegas. Una historia filosófica (1752)

EN EL SIGLO XVII quedaba todavía alguna esperanza de que, aunque la Tierra no fuera el
centro del universo, pudiera ser el único «mundo». Pero el telescopio de Galileo reveló que «la
Luna no posee en modo alguno una superficie lisa y pulida» y que otros mundos podían tener
«el mismo aspecto que la superficie de la Tierra». La Luna y los planetas dejaban constancia,
sin lugar a dudas, de que tenían tanto derecho a ser considerados mundos como la Tierra, con
sus montañas, cráteres, atmósferas, casquetes de hielo polar, nubes y, en el caso de Saturno,
un deslumbrante e inédito conjunto de anillos circumplanetarios. Después de milenios de
debate filosófico, el tema quedó definitivamente saldado en favor de «la pluralidad de
mundos». Tal vez fueran profundamente distintos de nuestro planeta. Puede que ninguno de
ellos fuera tan compatible con la vida. Pero, decididamente, la Tierra no era el único mundo.

Esta fue la siguiente en la serie de grandes degradaciones, de experiencias decepcionantes,


de demostraciones de nuestra aparente insignificancia, heridas que la ciencia, en su búsqueda
de confirmación a los hechos presentados por Galileo, infligió al orgullo humano.

DE ACUERDO , concedieron algunos, pero aunque la Tierra no se encuentre en el centro del


universo, el Sol sí. El Sol es nuestro Sol. Así pues, la Tierra se halla aproximadamente en el
centro del universo . Quizá de esta manera pudiera salvarse parte de nuestro orgullo. Sin
embargo, en el siglo XIX la astronomía observacional había dejado bien claro que el Sol no es
más que una estrella entre un enorme conjunto de soles autogravitatorios que recibe el
nombre de galaxia Vía Láctea. Lejos de ocupar el centro de la galaxia, nuestro Sol, con su
entorno de pálidos y minúsculos planetas, se encuentra ubicado en un sector indistinto de un
oscuro brazo espiral. Nos encontramos a treinta mil años luz del centro.

De acuerdo. Pero entonces nuestra Vía Láctea es la única galaxia . La galaxia Vía Láctea es
una entre miles de millones, quizá cientos de miles de millones de galaxias, y no se destaca ni
por su dimensión ni por su brillo ni por cómo están configuradas o dispuestas las estrellas que
la conforman. Una fotografía moderna del fondo del cielo revela la existencia de más galaxias
allende la Vía Láctea que estrellas dentro de la misma. Cada una de ellas constituye un
universo isla que puede llegar a contener cien mil millones de soles. Una imagen así supone
un profundo sermón sobre humildad.
Observaciones modernas confirman la conclusión a la que llegó Galileo de que la superficie de
la Luna no es lisa y pulida. Imagen tomada por el Apolo 17 , cedida por NASA.

De acuerdo. Pero entonces, por lo menos, nuestra galaxia se encuentra en el centro del
universo . No, tampoco eso es cierto. Al principio, cuando se descubrió la expansión del
universo, mucha gente asumió de forma natural la noción de que la Vía Láctea se hallaba en el
centro de la expansión y todas las demás galaxias se alejaban de nosotros. Hoy sabemos que
los astrónomos de cualquier otra galaxia verían también a todas las restantes alejándose de
ellos; a menos que fueran muy meticulosos, todos concluirían que ellos se encuentran en el
centro del universo. En realidad, la expansión no tiene centro, no hay punto de origen del big
bang, al menos no en el espacio tridimensional ordinario.

De acuerdo. Pero entonces, aunque existan cientos de miles de millones de galaxias, cada una
de ellas compuesta de miles de millones de estrellas, no hay otra estrella que tenga planetas .
Si no existen otros planetas más allá de nuestro sistema solar, quizá no haya más vida que la
humana en el universo. De ese modo, nuestra singularidad quedaría salvaguardada. Dado que
los planetas son pequeños y brillan débilmente por el reflejo de la luz solar, son difíciles de
encontrar. A pesar de que la tecnología aplicable progresa a una velocidad pasmosa, incluso
un mundo gigante como Júpiter, orbitando alrededor de la estrella más cercana , Alfa
Centauro, sería difícil de detectar. En nuestra ignorancia los geocentristas hallan esperanza.

Hubo una vez una hipótesis científica —no sólo fue bien recibida sino que llegó a ser
predominante— que establecía que nuestro sistema solar se formó como consecuencia de una
colisión cercana del antiguo Sol con otra estrella; la interacción de la marea gravitatoria
arrancó emanaciones de polvo solar que se condensaron rápidamente formando planetas.
Dado que el espacio se halla esencialmente vacío y las colisiones estelares cercanas son
extraordinariamente raras, se llegó a la conclusión de que habían de ser muy pocos los demás
sistemas planetarios existentes, quizá solamente uno, alrededor de esa otra estrella que
mucho tiempo atrás cooriginó los mundos de nuestro sistema solar. En el curso de mis
primeros estudios me sorprendió y decepcionó que alguna vez fuera tomada en serio una
visión así, el hecho de que, en lo que hace referencia a planetas de otras estrellas, la ausencia
de evidencia se considerara evidencia de ausencia.

Hoy en día contamos con una prueba bastante firme de la existencia de al menos tres planetas
orbitando una estrella extremadamente densa, el pulsar clasificado como B 1257 + 12, sobre
el cual volveré más adelante. Y hemos hallado, para más de la mitad de estrellas con masas
similares a la del Sol, que al principio de sus vidas están rodeadas por grandes discos de gas y
polvo a partir de los cuales parecen formarse los planetas. Otros sistemas planetarios son hoy
un lugar común en el cosmos, quizá lo sean incluso mundos parecidos a la Tierra. En el
transcurso de las próximas décadas deberíamos ser capaces de inventariar al menos los
planetas más grandes —si es que existen— de cientos de estrellas cercanas.

De acuerdo. Pero si nuestra posición en el espacio no nos atribuye un rol especial, nuestra
posición en el tiempo sí: hemos estado presentes en el universo desde el principio (día más,
día menos). El Creador nos ha asignado unas responsabilidades especiales . En otro tiempo
parecía muy razonable pensar que el universo comenzó un poquito antes de que nuestra
memoria colectiva quedara oscurecida por el paso del tiempo y la ignorancia de nuestros
antepasados. Hablando en términos generales, hace de eso cientos o miles de años. Las
religiones que implican una descripción del origen del universo suelen especificar —explícita
o implícitamente— una fecha de origen aproximadamente de esa antigüedad, el aniversario
del mundo.

Si sumamos las edades de todos los «patriarcas» que aparecen en el Génesis, por ejemplo,
obtendremos la edad de la Tierra: seis mil años, poco más o menos. Ese es todavía el criterio
de los fundamentalistas judíos, cristianos y musulmanes, y queda claramente reflejado en el
calendario judío.

No obstante, un universo tan joven plantea una pregunta engorrosa: ¿Cómo es posible que
existan objetos astronómicos a más de seis mil años luz de distancia? La luz tarda un año en
cubrir un año luz, diez mil años en cubrir diez mil años luz, y así sucesivamente. Cuando
observamos el centro de la galaxia Vía Láctea, la luz que detectamos abandonó su fuente
treinta mil años atrás. La más cercana galaxia espiral como la nuestra, M31, en la
constelación de Andrómeda, se encuentra a dos millones de años luz de distancia, de modo
que la estamos viendo cómo era cuando su luz inició el largo viaje hacia la Tierra, dos millones
de años atrás. Y cuando contemplamos quasars que distan cinco mil millones de años luz, los
estamos viendo tal como eran hace cinco mil millones de años, antes de que se formara la
Tierra. (Hoy son, casi con certeza, muy diferentes).

Si a pesar de todo ello hubiéramos de aceptar literalmente las verdades de esos libros
sagrados, ¿cómo podríamos reconciliar los datos? La única conclusión plausible es, en mi
opinión, que Dios se ha encargado recientemente de que todos los fotones de luz lleguen a la
Tierra en un formato lo suficientemente coherente como para inducir a generaciones enteras
de astrónomos a caer en el error de pensar que existen tales cosas como las galaxias y los
quasars, conduciéndolos deliberadamente a la falsa conclusión de que el universo es vasto y
antiguo. Se trata de una teología tan malévola, que todavía me cuesta creer que alguien —sea
lo devoto que sea de la inspiración divina contenida en cualquier libro sagrado— pueda
defenderla seriamente.
La galaxia Vía Láctea vista con luz infrarroja desde el exterior de la atmósfera de la Tierra.
Los brazos en espiral, de los que forma parte nuestro Sol, aparecen de perfil (porque el Sol
está situado cerca del plano de nuestra galaxia). Nos hallamos a casi treinta mil años luz de su
centro. Imagen tomada por COBE, cedida por NASA.

Aparte de eso, el fechado radiactivo de rocas, la abundancia de cráteres por impacto en


muchos mundos, la evolución de las estrellas, así como la expansión del universo,
proporcionan de por sí evidencias precisas e independientes de que nuestro universo tiene
muchos miles de millones de años de edad, a pesar de las confiadas afirmaciones de
reverenciados teólogos en el sentido de que un mundo tan antiguo contradice directamente la
palabra de Dios y que, sea como fuere, la información referente a la antigüedad del mundo
resulta inaccesible excepto para la fe.

San Agustín dice en «La ciudad de Dios»: «Como no han pasado seis mil años desde que el
primer hombre… ¿no deben ser ridiculizados, más que rebatidos, los que tratan de
convencernos de una antigüedad tan diferente, e incluso contraria, a la verdad establecida?…
Nosotros, apoyados por la autoridad divina en la historia de nuestra religión, no tenemos duda
de que todo lo que se opone a ella es falso en su mayor parte». Tilda también de «mentira
abominable» la antigua tradición egipcia que establece que el mundo tiene más de cien mil
años. Santo Tomás de Aquino, en su Suma teológica, afirma categóricamente que «la
antigüedad del mundo no puede ser demostrada por el propio mundo». Así de seguros
estaban.

Dichas pruebas también deberían haber sido fabricadas por una deidad engañosa y maléfica,
a menos que el mundo sea mucho más antiguo de lo que los literalistas de la religión
judeocristiano-islámica suponen. Naturalmente, este problema no es tal para las muchas
personas religiosas que manejan la Biblia y el Corán como guías históricas y morales y
literatura sagrada, pero que reconocen que la perspectiva de dichas Escrituras en el mundo
natural refleja lo rudimentario de la ciencia en la época en que fueron escritas.

Antes de que surgiera la Tierra transcurrió mucho tiempo. Y mucho tiempo transcurrirá antes
de que se destruya. Es necesario efectuar una distinción entre la edad de la Tierra (alrededor
de 4500 millones de años) y la edad del universo (unos quince mil millones de años desde el
big bang). Del inmenso intervalo de tiempo entre el origen del universo y nuestra época, dos
tercios se habían agotado con anterioridad a la formación de la Tierra. Algunas estrellas y
sistemas planetarios son miles de millones de años más jóvenes, otros, miles de millones de
años más viejos. Sin embargo en el Génesis, capítulo 1, versículo 1, el universo y la Tierra son
creados el mismo día. La tradición hinduista-budista-jainista tiende a no confundir ambos
acontecimientos.

Por lo que respecta a los seres humanos, somos recién llegados, aparecidos en el último
instante del tiempo cósmico. La historia del universo hasta hoy había transcurrido en un
99,998% antes de que nuestra especie entrara en escena. Durante esa enorme extensión de
eones no habríamos podido asumir ninguna responsabilidad especial sobre nuestro planeta, o
nuestra vida o cualquier otra cosa. No estábamos aquí.

De acuerdo. Pero si no podemos encontrar nada especial acerca de nuestra posición o de


nuestra época, quizá nuestro movimiento tenga algo especial . Newton y los demás físicos
clásicos sostenían que la velocidad de la Tierra en el espacio constituía «un marco privilegiado
de referencia». Así lo llamaron. Albert Einstein, un agudo crítico del prejuicio y el privilegio
durante toda su vida, consideró esta física «absoluta» el remanente de un chauvinismo
terrestre cada vez más desacreditado. En su opinión, las leyes de la Naturaleza deben ser las
mismas independientemente de la velocidad o el punto de referencia del observador. Tomando
esta máxima como base de partida, desarrolló la teoría especial de la relatividad. Sus
consecuencias son extravagantes, violan la intuición y contradicen en gran medida el sentido
común, pero solamente a velocidades muy elevadas. Observaciones rigurosas y repetidas
demuestran que esta justamente celebrada teoría constituye una descripción precisa de cómo
está constituido el mundo. Las intuiciones de nuestro sentido común pueden ser erróneas.
Nuestras preferencias no cuentan. No vivimos en un marco privilegiado de referencia.

Una consecuencia de la relatividad especial es la dilatación del tiempo, la deceleración del


tiempo a medida que el observador se aproxima a la velocidad de la luz. Todavía hay quien
opina que la dilatación del tiempo se da en relojes y partículas elementales y,
presumiblemente, en ritmos circadianos y otros ritmos en plantas, animales y microbios, pero
no en los relojes biológicos humanos. A nuestra especie le ha sido otorgada, se sugiere, una
inmunidad especial frente a las leyes de la Naturaleza, la cual debe, en consecuencia, ser
capaz de distinguir entre conjuntos de materia que las merecen y otros que no las merecen.
(De hecho, la prueba que aportó Einstein de la relatividad especial no admite tales
distinciones). La idea de que los seres humanos constituyen excepciones a la relatividad
parece otra encarnación de la noción de la creación especial.

De acuerdo. Pero aunque nuestra posición, nuestra edad, nuestro movimiento y nuestro
mundo no sean únicos, quizá nosotros lo seamos. Nosotros somos distintos de los demás
animales, Hemos sido creados de forma especial, la devoción particular del Creador del
universo queda patente en nosotros . Esta postura fue apasionadamente defendida en el
ámbito religioso y en otros. No obstante, a mediados del siglo XIX Charles Darwin demostró
de manera convincente cómo una especie puede evolucionar hasta dar lugar a otra mediante
procesos enteramente naturales, que llegan a rebajarse hasta la despiadada tarea de la
Naturaleza de salvar las herencias que funcionan y descartar las que no lo hacen. «En su
arrogancia, el hombre se considera una obra grandiosa, digna de la intervención de una
deidad —escribió telegráficamente Darwin en su cuaderno de notas—. Es más humilde y, en
mi opinión, más cierto considerarle creado a partir de los animales». Las íntimas y profundas
conexiones de la especie humana con otras formas de vida sobre la Tierra han sido
irrebatiblemente demostradas a fines del siglo XX por la nueva disciplina científica de la
biología molecular.

EN CADA ÉPOCA los chauvinismos autocomplacientes son puestos en tela de juicio en


ámbitos distintos del debate científico; en este siglo, por ejemplo, ello ha ocurrido a raíz de
diversas tentativas por comprender la naturaleza de la sexualidad humana, la existencia de la
mente inconsciente y el hecho de que muchos trastornos psiquiátricos y «defectos» del
carácter humano tienen un origen molecular. Pero, aun así:

De acuerdo. Pero incluso si estamos íntimamente relacionados con algunos de los demás
animales, somos diferentes —no sólo en rango, sino en género— en lo que realmente interesa:
raciocinio, autoconciencia, fabricación de herramientas, ética, altruismo, religión, lenguaje,
nobleza de carácter . Si bien es cierto que los seres humanos, al igual que todos los animales,
poseen características que los diferencian —de otro modo, ¿cómo podríamos distinguir una
especie de otra?—, la singularidad humana se ha exagerado, en ocasiones enormemente. Los
chimpancés razonan, son autoconscientes, fabrican herramientas, demuestran devoción,
etcétera. Chimpancés y seres humanos tienen un 99,6% de sus genes activos en común. (Ann
Druyan y yo examinamos esta evidencia en nuestro libro Sombras de antepasados olvidados).

En la cultura popular se esgrime también la postura contraria, aunque también viene


condicionada por el chauvinismo humano (y por un fracaso de la imaginación): los cuentos y
dibujos animados infantiles presentan a los animales vestidos, viviendo en casas, comiendo
con cuchillo y tenedor y hablando. Los tres ositos duermen en camas. La lechuza y el gatito
salen a la mar en una bonita barca de color verde. La mamá dinosaurio mima a sus pequeños.
Los pelícanos reparten el correo. Los perros conducen coches. Un gusano atrapa a un ladrón.
Los animales domésticos llevan nombres humanos. Muñecas, cascanueces, tazas y platitos
bailan y expresan opiniones. El plato se escapa con la cuchara. En la serie Thomas the Tank
Engine aparecen incluso locomotoras y vagones de tren antropomórficos, exquisitamente
diseñados. No importa lo que pensemos al respecto, tenemos tendencia a investirlo todo,
animado o inanimado, con rasgos humanos. No podemos evitarlo. Las imágenes acuden de
inmediato a nuestra mente. Es evidente que a los niños les encanta.

Cuando hablamos de la «ira» del cielo, la «agitación» del mar, la «resistencia» de los
diamantes a ser tallados, la «atracción» que ejerce la Tierra sobre un asteroide cercano o la
«excitación» de un átomo, de nuevo pensamos en una especie de visión animista del mundo.
Estamos atribuyendo existencia real a objetos inertes. Algún nivel primitivo de nuestro
pensamiento dota a la Naturaleza inanimada de vida, pasiones y premeditación.

La noción de que la Tierra tiene espíritu propio se ha desarrollado últimamente bajo los
auspicios de la hipótesis de la «Gaia». No obstante, era una creencia común, tanto entre los
antiguos griegos como entre los cristianos primitivos. Orígenes se preguntaba si «la Tierra es
también, de acuerdo con su propia naturaleza, responsable de algún pecado». Muchos de los
estudiosos antiguos pensaban que las estrellas estaban vivas, y esa era, asimismo, la postura
de Orígenes, de san Ambrosio (el mentor de san Agustín) e incluso, de una forma más
cualificada, de santo Tomás de Aquino. La postura filosófica de los estoicos acerca de la
naturaleza del Sol fue resumida por Cicerón en el siglo I a. J.C.: «Puesto que el Sol se parece a
los fuegos contenidos en los cuerpos de las criaturas vivientes, el Sol también debe de estar
vivo».

Existen algunas evidencias de que, en general, las actitudes animistas se están extendiendo
en los últimos tiempos. En un estudio americano de 1954, el 75% de las personas encuestadas
estaban dispuestas a afirmar que el Sol no tiene vida; en 1989, en cambio, solamente el 30%
de los interrogados apoyaban tan arriesgada afirmación. A la pregunta de si una rueda de
automóvil podía sentir, un 90% respondieron en sentido negativo en 1954, pero ese porcentaje
bajó a un 73% en 1989.

Reconocemos en ello una disminución —bastante seria en algunas circunstancias— de nuestra


habilidad para comprender el mundo. De forma característica, nos guste o no, parecemos
abocados a proyectar nuestra propia naturaleza sobre la Naturaleza. Si bien ello puede tener
como consecuencia una seria distorsión en nuestra visión del mundo, conlleva una gran
virtud: la proyección es una premisa esencial para la compasión.

De acuerdo, quizá no seamos gran cosa, puede que estemos humillantemente emparentados
con los simios, pero por lo menos somos lo mejor que existe. Exceptuando a Dios y a los
ángeles, somos los únicos seres inteligentes del universo . Un corresponsal me escribe lo
siguiente: «Estoy tan seguro de esto como de que estoy vivo. No existe vida consciente en
ninguna otra parte del universo». Sin embargo, en parte gracias a la influencia de la ciencia y
de la ciencia ficción, hoy la mayoría de la gente, al menos en Estados Unidos, rechaza tal
afirmación por razones que, en esencia, estableció el filósofo griego antiguo Crisipo: «Para
todo ser humano, pensar que en todo el mundo no hay nada superior a él supondría un acto de
insana arrogancia».

Pero el hecho es que hasta ahora no hemos encontrado vida extraterrestre. Cierto que nos
hallamos en las primeras fases de búsqueda. La cuestión está todavía completamente abierta.
Si yo tuviera que aventurar una opinión —especialmente teniendo en cuenta nuestra larga
secuencia de fracasados chauvinismos—, diría que el universo está repleto de seres mucho
más inteligentes, mucho más avanzados que nosotros. Naturalmente, podría equivocarme.
Esta conclusión, en el mejor de los casos, está basada en un razonamiento de verosimilitud,
derivado del número de planetas, de la ubicuidad de la materia orgánica, de las inmensas
cantidades de tiempo disponibles para la evolución, etcétera. No se trata de una demostración
científica. Este problema se cuenta entre los más fascinantes de toda la ciencia. Tal como
describe este libro, estamos empezando a desarrollar las herramientas necesarias para
abordarlo con seriedad.

¿Y qué hay del tema de si somos capaces de crear intelectos más perfectos que el nuestro?
Los ordenadores solucionan rutinariamente problemas matemáticos que un ser humano no es
capaz de afrontar sin ayuda, crean campeones mundiales en el juego de las damas y grandes
maestros de ajedrez, hablan y comprenden el inglés y otros idiomas, escriben relatos y
composiciones musicales presentables, aprenden de sus errores y pilotan de manera
competente barcos, aviones y naves espaciales. Sus habilidades progresan constantemente.
Cada vez son más pequeños, más rápidos y más baratos. Todos los años la marea del progreso
científico gana terreno a las playas de la isla de la singularidad del intelecto humano, con sus
náufragos fortificados. Si en un estadio tan temprano de nuestra evolución tecnológica hemos
sido capaces de llegar tan lejos a la hora de crear inteligencia a partir de metal y silicona,
¿qué no será posible en las décadas y siglos por venir? ¿Qué ocurre cuando máquinas
ingeniosas son capaces de fabricar máquinas aún más ingeniosas?

QUIZÁ LA INDICACIÓN MÁS CLARA de que la búsqueda de una inmerecida posición


privilegiada para el ser humano no será nunca abandonada del todo reside en lo que en física
se denomina el Principio Antrópico. Debería llamarse con mayor propiedad el principio
antropocéntrico. Se presenta bajo diversas formas. El principio antrópico «débil» establece
solamente que si las leyes de la Naturaleza y las constantes físicas —tales como la velocidad
de la luz, la carga eléctrica del electrón, la constante gravitacional de Newton o la constante
de Planck en la mecánica cuántica— hubieran sido distintas, el curso de los acontecimientos
que condujo al origen de la especie humana nunca se habría producido. Bajo otras leyes y
constantes, los átomos no se fusionarían o las estrellas evolucionarían con tal rapidez que no
dejarían tiempo suficiente para el desarrollo de la vida en los planetas cercanos o los
elementos químicos que conforman la vida nunca habrían sido generados, y así
sucesivamente.

No existe controversia acerca del principio antrópico débil: bastaría con modificar las leyes y
constantes de la Naturaleza, de ser eso posible, para que emergiera un universo muy
diferente, en muchos casos, un universo incompatible con la vida[6] .

El mero hecho de que existamos implica (aunque no impone) constreñimientos a las leyes de
la Naturaleza. En contraste, los diversos principios antrópicos «fuertes» van mucho más allá;
algunos de sus defensores llegan casi a la deducción de que las leyes de la Naturaleza y los
valores de las constantes físicas fueron establecidos (mejor no preguntar cómo ni por quién)
para que , con el tiempo, los seres humanos llegaran a existir. Casi todos los demás universos
posibles, afirman, son inhabitables. De este modo, resucita la antigua noción de que el
universo fue creado para nosotros.

A mí me recuerda al doctor Pangloss en el Cándido de Voltaire, convencido de que este


mundo, con todas sus imperfecciones, es el mejor posible. Suena como si yo jugara mi primera
mano de bridge , ganara y, aun sabiendo que existen 54.000 billones de billones (5,4 x 1028 )
de otras manos posibles que yo podía, con igual probabilidad, haber elegido… concluyera
alocadamente que existe un dios del bridge que me favorece, un dios que ha amañado las
cartas y la baraja predeterminando mi victoria desde el principio. Desconocemos cuántas
otras manos ganadoras existen en la baraja cósmica, cuántos tipos de universos distintos,
leyes de la Naturaleza y constantes físicas que también pueden producir vida e inteligencia y
quizá, incluso, errores de «autoimportancia». Puesto que no sabemos prácticamente nada de
cómo se creó el universo —ni incluso si fue creado—, resulta difícil desarrollar estas nociones
de manera productiva.

Voltaire se preguntó: «¿Por qué existimos?». La formulación que Einstein dio a la cuestión fue
preguntarse si Dios tuvo elección en el momento de crear el universo. Pero si el universo es
infinitamente viejo —si el big bang que tuvo lugar unos quince mil millones de años atrás es
solamente la cúspide más reciente en una serie infinita de contracciones y expansiones—,
entonces nunca fue creado y la pregunta de por qué es como es no tiene ningún sentido.

Si, por otra parte, el universo tiene una edad finita, ¿por qué es como es? ¿Por qué no le
fueron dadas unas características completamente distintas? ¿Qué leyes de la Naturaleza van
asociadas a qué otras? ¿Existen metaleyes que especifiquen dichas conexiones? ¿Está en
nuestras manos descubrirlas? De todas las leyes concebibles de la gravedad, por ejemplo,
¿cuáles tienen «permiso» para existir simultáneamente con qué leyes concebibles de la física
cuántica que determinan la existencia misma de la materia macroscópica? ¿Son posibles todas
las leyes que podamos imaginar o bien sólo un restringido número de ellas puede, de algún
modo, llegar a existir? Está claro que no tenemos la más mínima idea de cómo determinar qué
leyes de la Naturaleza son «posibles» y cuáles no. Tampoco tenemos más que una noción
extremadamente rudimentaria de qué correlaciones de las leyes naturales están «permitidas».

Por ejemplo, la ley de la gravedad universal de Newton especifica que la fuerza gravitacional
mutua que atrae a dos cuerpos entre sí es inversamente proporcional al cuadrado de la
distancia entre ambos. Si nos desplazamos a doble distancia del centro de la Tierra,
pesaremos un cuarto menos; si nos desplazamos diez veces más lejos, pesaremos solamente
una centésima parte de nuestro peso ordinario; y así sucesivamente. Es esta ley del cuadrado
inverso la que da lugar a las delicadas órbitas circulares y elípticas de los planetas alrededor
del Sol, y de las lunas alrededor de los planetas, así como a la precisión de las trayectorias de
nuestros vuelos interplanetarios. Si r equivale a la distancia entre los centros de dos masas,
decimos que la fuerza gravitacional varía en la relación de 1/r2 .

Pero si este exponente fuera distinto —si la ley de la gravedad fuera 1/r4 , pongamos por caso,
en lugar de 1/r2 —, las órbitas no llegarían a cerrarse; durante miles de millones de
revoluciones los planetas se irían moviendo en espiral hacia dentro hasta ser consumidos en
las feroces profundidades del Sol, o bien lo harían hacia afuera y se perderían en la
inmensidad del espacio interestelar. Si el universo estuviera gobernado por una ley de la
cuarta potencia inversa en lugar de una ley del cuadrado inverso, pronto no quedarían
planetas que pudieran habitar los seres vivientes.

Así pues, con todas las leyes de la fuerza de la gravedad posibles, ¿cómo somos tan
afortunados de vivir en un universo que presenta una ley compatible con la vida? En primer
lugar, naturalmente, somos tan «afortunados», porque si no lo fuéramos no estaríamos aquí
para plantear la cuestión. No es ningún misterio que seres inquisitivos que se desarrollan
sobre planetas solamente pueden ser hallados en universos que admitan la existencia de
planetas. En segundo lugar, la ley del cuadrado inverso no es la única compatible con la
estabilidad a lo largo de miles de millones de años. Cualquier ley potencial menos
pronunciada que l/r3 (l/r2.99 o l/r, por ejemplo) mantendrá a un planeta en la proximidad de
una órbita circular, incluso aunque reciba algún impacto. Tenemos tendencia a pasar por alto
la posibilidad de que otras leyes concebibles de la Naturaleza sean también compatibles con
la vida.

Pero hay otro matiz. No es arbitrario que tengamos una ley del cuadrado inverso de la
gravedad. Cuando tomamos la teoría de Newton en los términos más amplios de la teoría de la
relatividad general, reconocemos que el exponente de la ley de la gravedad es dos porque el
número de dimensiones físicas en las que vivimos es tres. No todas las formas de la ley de la
gravedad están disponibles para someterse a la elección de un Creador. Incluso dado un
número infinito de universos tridimensionales para que un dios grandioso los maneje a su
antojo, la ley de la gravedad siempre habría de ser la ley del cuadrado inverso. La gravedad
newtoniana, podríamos decir, no es una faceta casual sino necesaria de nuestro universo.

En la relatividad general, la gravedad es debida a la dimensionalidad y a la curvatura del


espacio. Cuando hablamos de gravedad, hablamos de irregularidades locales en el espacio-
tiempo. Ello no resulta obvio en absoluto, sino que más bien contradice nociones de sentido
común. Pero, analizadas en profundidad, las ideas de gravedad y masa no son cuestiones
separadas, más bien son ramificaciones de la misma geometría subyacente del espacio-
tiempo.

Me pregunto si algo de este estilo no podría aplicarse en general a todas las hipótesis
antrópicas. Las leyes o constantes físicas de que depende nuestra vida forman parte de una
categoría, quizá incluso de una amplia categoría, de leyes y constantes físicas, algunas de las
cuales son también compatibles con algún tipo de vida. A menudo no investigamos (o no está
en nuestras manos averiguar) lo que permiten esos otros universos. Aparte de eso, puede que
no toda elección arbitraria de una ley de la Naturaleza o de una constante física sea posible,
ni siquiera para un creador de universos. Nuestra comprensión acerca de qué leyes de la
Naturaleza y qué constantes físicas se hallan disponibles es, en el mejor de los casos,
fragmentaria.

Además, no tenemos acceso a ninguno de esos universos putativos alternativos. No contamos


con ningún método experimental para poner a prueba las hipótesis antrópicas. Aunque la
existencia de dichos universos hubiera de ser firmemente constatada empleando teorías
probadas —por ejemplo, la de la mecánica cuántica o de la gravedad—, no podríamos estar
seguros de que no hubiera teorías mejores que postularan que no existen universos
alternativos. Hasta que llegue ese día, si es que ha de llegar alguna vez, me parece prematuro
confiar en el principio antrópico como argumento en favor de la centralidad y singularidad de
la especie humana.
La galaxia espiral barrada NGC 1365. Fotografía de David Malin, cedida por Anglo-Australian
Observatory.

Hay algo sorprendentemente obtuso en la formulación del Principio Antrópico. En efecto,


solamente determinadas leyes y constantes de la Naturaleza son compatibles con nuestra
clase de vida. Pero, en esencia, son necesarias las mismas leyes y constantes para formar una
roca. Así pues, ¿por qué no hablar de un universo diseñado para que, al cabo del tiempo,
puedan llegar a existir las rocas, y de principios líticos débiles y fuertes? Si las piedras
pudieran filosofar, supongo que los principios líticos serían considerados el no va más de la
intelectualidad.

Y, finalmente, aunque el universo hubiera sido creado intencionadamente para dar lugar a la
emergencia de seres vivientes o inteligentes, puede haberlos en incontables mundos. De ser
así, constituiría un consuelo de tontos para antropocentristas pensar que habitamos uno de
los pocos universos que permiten la vida y la inteligencia.

Hoy en día se están formulando modelos cosmológicos en los que ni siquiera el conjunto del
universo es considerado algo especial. Andrei Linde, en otros tiempos en el Instituto Físico
Lebedev, en Moscú, y que actualmente trabaja en la Universidad de Stanford, ha incorporado
la interpretación común de las fuerzas nucleares fuertes y débiles a un nuevo modelo
cosmológico. Linde imagina un cosmos vastísimo, más grande que nuestro universo —quizá
extendiéndose hasta el infinito, tanto en el espacio como en el tiempo—, no los despreciables
quince mil millones de años luz de radio y los quince mil millones de años de edad que se le
atribuyen por norma general. En ese cosmos existe, como en el nuestro, una especie de
espuma cuántica en la que por todas partes se forman, reforman y disipan unas estructuras
minúsculas, mucho más pequeñas que un electrón; en dicho cosmos, como aquí, las
fluctuaciones en un espacio completamente vacío crean pares de partículas elementales, un
electrón y un positrón, por ejemplo. En el seno de esa espuma de burbujas de cuanto, la gran
mayoría de ellas permanecen en un estadio submicroscópico. No obstante, una ínfima fracción
de las mismas se infla, crece y adquiere una universalidad respetable. Pero se encuentran tan
lejos de nosotros —mucho más alejadas que los quince mil millones de años luz que
constituyen la escala convencional de nuestro universo— que, si existen, resultan
completamente inaccesibles e indetectables.

Muchos de esos otros universos alcanzan un tamaño máximo y luego se colapsan, se contraen
hasta quedar reducidos a un punto y luego desaparecen para siempre. Otros pueden oscilar. Y
aun hay otros que pueden expandirse sin límite. En universos distintos habrá leyes de la
Naturaleza diferentes. Nosotros vivimos, argumenta Linde, en uno de esos universos, un
universo donde la física es compatible con crecimiento, inflamiento, expansión, galaxias,
estrellas, mundos, vida. Imaginamos que nuestro universo es único, pero no es más que uno
entre un número inmenso —quizá infinito— de universos igualmente válidos, igualmente
independientes, igualmente aislados. En algunos habrá vida, en otros no. De acuerdo con esta
visión[7] , el universo observable no es más que un confín recién formado de un cosmos mucho
más vasto, infinitamente viejo y enteramente inobservable. Si algo de eso es cierto, incluso
nuestro orgullo residual —descolorido como debe de estar— de vivir en el único universo
existente nos es negado.

Puede que algún día, a despecho de la evidencia común, llegue a diseñarse un medio para
penetrar en universos adyacentes, con unas leyes de la naturaleza muy diferentes, y entonces
veremos qué otras cosas son posibles. O quizá habitantes de dichos universos puedan llegar a
alcanzar el nuestro. Naturalmente, con este tipo de especulaciones hemos transgredido
ampliamente los límites del conocimiento. Pero si algo parecido al cosmos de Linde es cierto,
sorprendentemente nos aguarda todavía otra desprovincialización devastadora.

Nuestros poderes se hallan lejos de ser los apropiados para crear universos en un futuro
próximo. Las ideas del principio antrópico fuerte no pueden ser demostradas (si bien la
cosmología de Linde sí contiene algunos rasgos demostrables). Dejando aparte la vida
extraterrestre, si las pretensiones autocomplacientes de centralidad se han atrincherado hoy
en bastiones empíricamente impenetrables, entonces toda la secuencia de batallas científicas
contra el chauvinismo humano parece, al menos en gran medida, ganada.

LA ANTIGUA VISION, tal como la resume el filósofo Immanuel Kant, de que «sin el hombre…
toda la Creación no sería más que un desierto, un acto en vano que no tendría finalidad
última», se revela como un disparate de autoindulgencia. Un Principio de Mediocridad parece
aplicable a todas nuestras circunstancias. No podíamos saber de antemano que la evidencia se
revelaría, de forma tan repetida y convincente, incompatible con la noción de que los seres
humanos ocupamos un lugar central en el universo. Pero hoy la mayoría de los debates se han
decantado decisivamente en favor de una postura que, aunque nos resulte penosa de aceptar,
puede resumirse en una sola frase: no nos ha sido otorgado el papel principal en el drama
cósmico.

Quizá se lo hayan dado a otros. Tal vez a nadie. En cualquier caso, tenemos buenas razones
para ser humildes.
La fábrica del espacio , acuarela de Greg Mont. El universo contemplado como un regalo
inesperado.
Capítulo 4

EL UNIVERSO NO SE HIZO PARA NOSOTROS

El Mar de la Fe estuvo también, en su día, lleno hasta los topes, y se mecía a lo largo de la
orilla terrestre como los pliegues de una brillante banda ondulada. Pero ahora oigo solamente
su largo, melancólico y lejano rugido, al retirarse en pos del aliento del viento nocturno, al
descender por los vastos márgenes del mundo lóbregos y desnudos guijarros.

MATTHEW ARNOLD, «Dover Beach» (1867)

QUÉ BONITO CREPÚSCULO, exclamamos, o bien «Me levanto antes del amanecer». No
importa lo que afirmen los científicos, en el lenguaje cotidiano solemos ignorar sus hallazgos.
No decimos que la Tierra gira, sino que el Sol sale y se pone. Tratemos de formularlo en
términos copernicanos. ¿Diríamos acaso: «Billy, estarás de vuelta en casa cuando la Tierra
haya rotado lo suficiente como para ocultar al Sol bajo el horizonte local»? Billy se habría
marchado mucho antes de que hubiéramos terminado de hablar. No hemos sido capaces de
dar con una frase elegante que transmita apropiadamente el discernimiento heliocéntrico. La
idea[8] de que nosotros nos hallamos en el centro y todo lo demás gira a nuestro alrededor se
ha incorporado a nuestras lenguas y la enseñamos a nuestros hijos. Somos geocentristas
retrógrados, ocultos bajo un barniz copernicano.

En 1633 la Iglesia católica romana condenó a Galileo por postular que la Tierra gira alrededor
del Sol. Vale la pena analizar la famosa controversia con mayor atención. En el prefacio del
libro donde comparaba ambas hipótesis —la de la Tierra en el centro del Universo y la que
atribuye ese lugar al Sol—, Galileo escribe:

Los fenómenos celestes serán analizados reforzando la hipótesis copernicana, hasta que
quede claro que ésta debe triunfar de forma absoluta.

Y más adelante, en su libro, confiesa:

Nunca podré admirarlos lo suficiente [a Copérnico y sus seguidores]; mediante pura fuerza
del intelecto riñeron hasta tal punto con su sentido común como para preferir lo que les
dictaba la razón a lo que la experiencia responsable les mostraba claramente.

En el auto de acusación de Galileo, la Iglesia declaró:

La doctrina de que la Tierra no se halla en el centro del universo ni está inmóvil sino que gira,
incluso en una rotación diaria, es absurda; es falsa desde el punto de vista psicológico y
teológico y constituye, cuando menos, una ofensa a la fe.

Galileo respondió:

Se condena la doctrina que postula que la Tierra se mueve y el Sol está fijo, porque las
Escrituras mencionan en muchos pasajes que el Sol se mueve y la Tierra permanece fija…
Afirman los piadosos que las Escrituras no pueden mentir. Pero nadie negará que con
frecuencia son abstrusas y su verdadero significado difícil de comprender; su importancia va
más allá de las meras palabras. Opino que, en la discusión de los problemas naturales, no
deberíamos empezar por las Escrituras, sino por los experimentos y las demostraciones.

No obstante, en su retractación (22 de junio de 1633), Galileo fue obligado a afirmar:

Habiendo sido amonestado por el Sagrado Oficio para que abandone por completo la falsa
opinión de que el Sol se halla en el centro del universo y está inmóvil y de que la Tierra no
ocupa el centro del mismo sino que se mueve… he sido… sospechoso de herejía, es decir, de
haber manifestado y creído que el Sol es el centro del universo y está fijo, y que la Tierra no
ocupa el centro del mismo sino que gira… Yo abjuro con toda sinceridad y con genuina fe,
execro y detesto los mismos pecados y herejías y, en general, todas y cada una de las ofensas
y sectas contrarias a la Santa Iglesia católica.

Hasta 1832 la Iglesia no consintió en borrar el trabajo de Galileo de la lista de libros cuya
lectura quedaba prohibida a los católicos bajo riesgo de horrendos castigos para sus
inmortales almas.

El desasosiego pontificio frente a la ciencia moderna ha subido y bajado como la marea desde
los tiempos de Galileo. Las aguas llegaron al nivel más alto de la historia reciente en el año
1864, con el Syllabus errorum de Pío IX, el Papa que convocó también el Concilio Vaticano, en
el cual, por primera vez y ante su insistencia, fue proclamada la doctrina de la infalibilidad
papal. He aquí algunos pasajes:

La revelación divina es perfecta y, por ello, no está sujeta a un progreso continuo e indefinido
a fin de equipararla con el progreso humano… Ningún hombre es libre de abrazar y profesar
la religión que crea verdadera, guiado por la luz de la razón… La Iglesia tiene poder para
definir dogmáticamente que la religión de la Iglesia católica es la única religión verdadera…
Es necesario, incluso en el día de hoy, que la religión católica sea considerada la única
religión del Estado, excluyendo todas las demás formas de devoción… La libertad civil para
elegir el tipo de fe y la concesión de poder absoluto a todos para manifestar abierta y
públicamente sus ideas y opiniones conduce con mayor facilidad a la corrupción moral y
mental de las personas… El Pontífice romano no puede ni debe reconciliarse ni estar de
acuerdo con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna.

En aras de su buen nombre, si bien con retraso y a regañadientes, en 1992 la Iglesia repudió
su denuncia de Galileo. Sin embargo, todavía hoy no se resigna del todo a reconocer la
importancia que revistió en su día la oposición que ejerció. En un discurso de 1992, el Papa
Juan Pablo II adujo:

Desde los comienzos de la época de la Ilustración hasta nuestros días, el caso de Galileo ha
constituido una especie de «mito», en torno al cual la imagen fabricada de los acontecimientos
se ha alejado bastante de la realidad. En esta perspectiva, el caso de Galileo fue un símbolo
del supuesto rechazo, por parte de la Iglesia católica, del progreso científico, o bien del
«oscurantismo» dogmático opuesto a la libre búsqueda de la verdad.

No obstante, sin duda el hecho de que la Santa Inquisición condujera al anciano y enfermizo
Galileo a inspeccionar los instrumentos de tortura en las mazmorras de la Iglesia no
solamente admite, sino que requiere con justicia una interpretación así. No se trataba de
cautela y reserva frente a la ciencia, de renuencia a cambiar de paradigma hasta disponer de
evidencias probadas, como en el caso del paralaje anual. Era puro temor a la discusión y al
debate. La censura de visiones alternativas y la amenaza de torturar a sus defensores revelan
una falta de fe en la propia doctrina y los mismos feligreses que ostensiblemente están siendo
protegidos. ¿Para qué habían de servir las amenazas y el arresto domiciliario de Galileo?
¿Acaso no puede la verdad defenderse a sí misma en su confrontación con el error?

A pesar de ello, el Papa añade:

El error de los teólogos de la época al defender la centralidad de la Tierra residió en pensar


que nuestra comprensión de la estructura física del mundo nos venía impuesta, en cierto
modo, por el sentido literal de las Sagradas Escrituras.

Con ello, verdaderamente, se ha efectuado un progreso considerable, a pesar de que los


defensores de doctrinas fundamentalistas quedarán angustiados al escuchar de boca del
Pontífice que las Sagradas Escrituras no siempre son literalmente ciertas.

Pero si lo que contiene la Biblia no es verdad punto por punto, ¿qué partes son fruto de la
inspiración divina y cuáles son meramente falibles y humanas? Además, si admitimos que las
Escrituras contienen errores (o concesiones a la ignorancia de los tiempos), entonces ¿cómo
puede ser la Biblia una guía infalible para la ética y la moral? ¿Deberán, a partir de ahora, las
sectas y los individuos aceptar como auténticas las partes de la Biblia que más les gusten y
rechazar aquellas que no les convengan o les resulten onerosas? La prohibición de matar, por
ejemplo, es esencial para que una sociedad pueda funcionar, pero si se llegara a considerar
improbable el castigo divino por dicho pecado, ¿no habría más gente que pensara que podía
salir indemne de dicho delito?

Un cambio de perspectiva: la Tierra saliendo sobre la antigua cuenca de impacto Mar Smythii
en la Luna. Si viviéramos en la Luna, ¿la consideraríamos el centro del universo, con la Tierra
rindiéndonos homenaje? Fotografía del Apolo 11 , cedida por NASA.

Eran muchos los que opinaban que Copérnico y Galileo no hacían nada bueno y por contra
erosionaban el orden social. Ciertamente, cualquier cuestionamiento, proceda de donde
proceda, de la verdad literal de la Biblia podría acarrear este tipo de consecuencias. Así pues,
queda claro cómo empezó la ciencia a poner nerviosa a la gente. En lugar de criticar a
aquellos que perpetuaban los mitos, el rencor público se dirigió hacia quienes los
desacreditaban.

NUESTROS ANTEPASADOS CONCEBÍAN los orígenes extrapolando a partir de su propia


experiencia. ¿Cómo iban a hacerlo de otro modo? Así pues, el universo surgió de un huevo
cósmico o fue concebido mediante el ayuntamiento carnal de una diosa madre y un dios padre
o bien fue un producto manufacturado en los talleres de Dios, quizá el último de un sinnúmero
de intentos fracasados. Y el universo no era mucho más grande de lo que vemos, ni mucho
más viejo de lo que alcanzan nuestros registros escritos y orales, ni demasiado distinto en
ninguna de sus partes de los lugares que conocemos.

En nuestras cosmologías hemos tenido tendencia a plasmar las cosas de tal modo que nos
resultaran familiares. A pesar de todos nuestros esfuerzos, no hemos hecho gala de mucha
inventiva. En Occidente, el cielo es plácido y confortable y el infierno es parecido al interior
de un volcán. En muchas historias ambos reinos se hallan gobernados por jerarquías
dominantes, encabezadas por dioses y demonios. Los monoteístas hablaban del Rey de Reyes.
En cada cultura hemos imaginado algo parecido a nuestro propio sistema político dirigiendo el
universo. Pocos encontraron sospechosa dicha semejanza.
Luego llegó la ciencia y nos enseñó que nosotros no somos la medida de todas las cosas, que
existen maravillas jamás imaginadas, que el universo no está obligado a ajustarse a lo que
nosotros consideramos cómodo o plausible. Algo hemos aprendido acerca de la naturaleza
idiosincrática de nuestro sentido común. La ciencia ha encaramado a la autoconciencia
humana a un nivel más elevado. Se trata sin duda de un rito de paso, un paso hacia la
madurez. Contrasta severamente con la puerilidad y narcisismo de nuestras nociones
precopernicanas.

Pero ¿por qué hemos de empeñarnos en pensar que el universo fue hecho para nosotros? ¿Por
qué resulta tan atractiva esa idea? ¿Por qué seguimos alimentándola? ¿Es tan precaria
nuestra autoestima que no podemos conformarnos con nada inferior a un universo hecho a
nuestra medida?

Naturalmente, la cuestión apela a nuestra vanidad. «Lo que un hombre desea, también lo
imagina como cierto», dijo Demóstenes. «La luz de la fe nos hace ver lo que creemos», admitió
alegremente santo Tomás de Aquino. No obstante, yo creo que debe de haber algo más. Entre
los primates se da una especie de etnocentrismo. Desarrollamos amor y lealtad apasionados
hacia el grupo en el que nacemos, por pequeño que éste sea. Los miembros de otros grupos
no llegan a ser dignos ni de desprecio, y merecen nuestro rechazo y hostilidad. El hecho de
que ambos grupos pertenezcan a la misma especie, que sean prácticamente indistinguibles a
los ojos de un observador externo, no tiene ninguna importancia. Ese es sin duda el modelo
vigente entre los chimpancés, nuestros parientes más cercanos del reino animal. Ann Druyan
y yo describimos cómo esta manera de concebir el mundo pudo tener un enorme sentido
evolutivo hace algunos millones de años, a pesar de lo peligrosa que se ha vuelto en la
actualidad. Incluso los miembros de tribus de cazadores y recolectores —tan alejados de las
hazañas tecnológicas de nuestra civilización global actual— describen solemnemente a su
pequeño grupo, sea el que sea, como «la gente». Todos los demás son diferentes, ni siquiera
llegan a humanos.

Si es ésta nuestra forma natural de contemplar el mundo, no debe sorprendernos que cada
vez que formulamos una opinión ingenua acerca de nuestro lugar en el universo —un juicio
que no haya sido moderado por un cuidadoso y escéptico análisis científico— optemos casi
siempre por la centralidad de nuestro grupo y circunstancia. Por si fuera poco, queremos
creer que ésos son los hechos objetivos, y no nuestros prejuicios que buscan un desahogo
sancionado.

Así pues, no debe hacer mucha gracia escuchar incesantemente a una cuadrilla de científicos
arengándonos con afirmaciones del tipo: «Somos de lo más común, no tenemos importancia,
nuestros privilegios son inmerecidos, no somos nada especial». Al poco tiempo, incluso las
personas más pacíficas podrían irritarse por causa del conjuro y con aquellos que insisten en
pronunciarlo. Casi parece como si los científicos obtuvieran una rara satisfacción en el desaire
de la especie humana. ¿Por qué no encuentran algún modo de presentarnos como superiores?
¡Que eleven nuestra moral! ¡Que nos exalten! En esta clase de debates, la ciencia, con su
mantra de desánimo, se nos antoja fría y remota, desapasionada, indiferente, insensible a las
necesidades humanas.

Y, de nuevo, si no somos importantes, ni centrales, ni somos «la niña de los ojos» de Dios,
¿qué implica eso para nuestros códigos morales fundados en la teología? El descubrimiento de
nuestro verdadero valor en el cosmos se vio frustrado durante tanto tiempo y hasta tal punto
que muchos vestigios de aquel debate todavía persisten y, en ocasiones, han salido a la luz los
motivos de los geocentristas. He aquí, por ejemplo, un revelador comentario, sin firma,
aparecido en la revista británica The Spectator en el año 1892:

Es del todo cierto que el descubrimiento del movimiento helio céntrico de los planetas, que
relegó a la Tierra a su adecuada «insignificancia» en el sistema solar, tuvo gran influencia en
la reducción a una «insignificancia» similar —aunque muy lejos de ser apropiada— de los
principios morales por los cuales se habían guiado y moderado hasta entonces las razas
predominantes de la Tierra. Parte de ese efecto fue debido, sin duda, a la evidencia que
proporcionó el hecho de que la ciencia física de diversos e inspirados autores fuese errónea en
lugar de ser infalible, una convicción que socavó también, indebidamente, la confianza que se
tenía en sus enseñanzas morales y religiosas. Sin embargo, buena parte de ello es únicamente
atribuible a la; sensación de «irrelevancia» con que el hombre se ha contemplado a sí mismo
desde que descubrió que no habita más que un oscuro rincón del universo, en lugar de un
mundo central alrededor del cual giran el Sol, la Luna y las estrellas. No puede caber duda de
que el hombre puede sentirse, y se ha sentido a menudo, demasiado insignificante para ser
objeto de cualquier enseñanza o cuidado divino particular. Si contempláramos la Tierra como
una especie de hormiguero, y la vida y la muerte de los seres humanos como la vida y la
muerte de tantas hormigas que entran y salen de un sinfín de agujeros en busca de comida y
luz solar, a buen seguro no otorgaríamos la importancia adecuada a las tareas de la vida
humana y asociaríamos al esfuerzo humano un profundo fatalismo y desesperanza, en lugar de
abordarlo con esperanza renovada.

Al menos por el momento, nuestros horizontes son lo suficientemente amplios…; hasta que
logremos habituarnos a los infinitos horizontes con que ya contamos, y no perdamos con tanta
frecuencia el equilibrio al contemplarlos, es prematuro anhelar horizontes más amplios.

¿QUE BUSCAMOS REALMENTE en la filosofía y la religión? ¿Paliativos? ¿Terapia?


¿Consuelo? ¿Buscamos fábulas tranquilizadoras o la comprensión de nuestras circunstancias
reales? Consternarnos porque el universo no se ajusta a nuestras preferencias parece una
puerilidad. Uno podría pensar que los adultos se sentirían avergonzados de publicar sus
frustraciones. La forma elegante de hacerlo no pasa por echar la culpa al universo —lo cual
realmente no tiene ningún sentido—, sino que más bien habría que echarla al medio a través
del cual conocemos el universo, es decir, la ciencia.

En el prólogo a su obra Santa Juana, George Bernard Shaw describió a la ciencia como
disciplina que abusa de nuestra credulidad, nos impone una visión extraña del mundo,
intimida a la religión:

En la Edad Media, la gente creía que la Tierra era plana, para lo cual contaban al menos con
la evidencia que les proporcionaban los sentidos: nosotros creemos que es redonda, y no
porque un nimio uno por ciento de entre nosotros pueda aducir las razones de la física que
explican tan peregrina creencia, sino porque la ciencia moderna nos ha convencido de que
nada de lo que parece obvio es cierto, y de que todo lo mágico, improbable, extraordinario,
gigantesco, microscópico, despiadado o atroz es científico.

Un ejemplo más reciente y muy instructivo lo constituye la obra Understanding the Present:
Science and the Soul of Modern Man («Comprender el presente: la ciencia y el alma del
hombre moderno») de Bryan Appleyard, un periodista británico. Este libro alude
explícitamente a lo que muchas personas en todo el mundo piensan, pero no se atreven a
decir. El candor de Appleyard resulta refrescante. Él es un verdadero creyente y no permitirá
que quitemos importancia a las contradicciones entre la ciencia moderna y la religión
tradicional:

«La ciencia nos ha arrebatado nuestra religión», se lamenta. ¿Y qué clase de religión es la que
anhela? Una religión en la que «la raza humana era el centro, el corazón, la causa final de
todo el sistema. Colocaba definitivamente nuestro yo sobre el mapa universal… Nosotros
éramos la finalidad, el objetivo, el eje racional alrededor del cual giraban los grandes
armazones etéreos». Añora «el universo de la ortodoxia católica», en el cual «el cosmos es
presentado como una máquina construida alrededor del drama de la salvación»; con ello
Appleyard hace referencia al hecho de que, a pesar de las órdenes explícitas en el sentido
contrario, un hombre y una mujer comieron un día de una manzana, y ese acto de
insubordinación transformó el universo en un dispositivo para el condicionamiento operante
de sus descendientes remotos.

En contraste, la ciencia moderna «nos presenta como casualidades. Somos causados por el
cosmos pero no somos la causa del mismo. El hombre moderno a la postre no es nada, no
tiene ningún papel en la creación». La ciencia es «espiritualmente corrosiva, reduce a cenizas
a las autoridades y tradiciones antiguas. No puede, en verdad, coexistir con ninguna otra
cosa… La ciencia, silenciosa e inexplícitamente, nos está persuadiendo para que abandonemos
nuestra identidad propia, nuestro verdadero yo… Los seres humanos no podemos vivir con
semejante revelación. La única moralidad que nos queda es la de la mentira consoladora».
Cualquier cosa antes que luchar con la insoportable carga de sabernos insignificantes.
En un pasaje con reminiscencias de Pío IX, Appleyard llega a condenar el hecho de que «una
democracia moderna tenga la potestad de admitir la coexistencia de una serie de doctrinas
religiosas contradictorias, que sí deben coincidir en un cierto, aunque limitado, número de
preceptos generales, pero nada más. No les está permitido prender fuego a los lugares
recíprocos de culto, pero pueden negar e incluso abusar de su respectivo Dios. Ésta es la
forma efectiva, científica de proceder».

Pero ¿qué alternativa nos queda? ¿Fingir obstinadamente la certidumbre en un mundo


incierto? ¿Adoptar un credo reconfortante, dejando de lado el grado en que éste pueda diferir
de los hechos? Por razones prácticas, no podemos permitirnos vivir demasiado de la fantasía.
¿Acaso debemos censurarnos mutuamente nuestras religiones y quemarnos unos a otros
nuestros lugares de culto? ¿Cómo podemos saber cuál de entre los miles de credos humanos
debe convertirse en el sistema indisputable, ubicuo, obligatorio?

Estas citas delatan un ataque de nervios ante la grandeza y magnificencia del universo, pero
especialmente ante su indiferencia. La ciencia nos ha enseñado que, como tenemos gran
talento para decepcionarnos a nosotros mismos, puede que la subjetividad no llegue a reinar
libremente. Ése es uno de los motivos por los que Appleyard desconfía tanto de la ciencia:
parece demasiado razonada, mesurada e impersonal. Sus conclusiones se derivan de
interrogar a la Naturaleza, y no en todos los casos están prediseñadas para satisfacer
nuestros deseos. Appleyard deplora la moderación. Suspira por una doctrina infalible, liberada
del ejercicio del juicio, y por la obligación de creer sin cuestionar. No ha comprendido la
falibilidad humana. No reconoce la necesidad de institucionalizar la maquinaria del error-
corrección ni en nuestras instituciones sociales ni en nuestra visión del universo.

Es el grito angustiado del bebé cuando los padres no acuden a su lado. Pero la mayoría de las
personas acaban haciendo frente a la realidad, y también a la dolorosa ausencia de unos
progenitores, que siempre son garantía de que nada malo va a ocurrir a los pequeños
mientras éstos hagan lo que se les manda. A la larga, la mayoría encuentra el modo de
adaptarse al universo, especialmente cuando les son proporcionados los instrumentos para
pensar correctamente.

«Lo único que les legamos a nuestros hijos» en la era de la ciencia, se lamenta Appleyard, «es
la convicción de que nada es verdadero, decisivo o perdurable, incluyendo la cultura que les
ha visto nacer». Cuánta razón tiene en lo que se refiere a la insuficiencia de nuestro legado.
Pero ¿lograríamos enriquecerlo añadiéndole certidumbres sin base? Él desdeña «la esperanza
piadosa de que la ciencia y la religión son dominios independientes que pueden separarse con
facilidad». Por el contrario, «la ciencia, tal como la conocemos hoy, no es en absoluto
compatible con la religión».

Pero, en realidad, ¿no nos está diciendo Appleyard que algunas religiones tienen hoy
dificultades para efectuar pronunciamientos indisputables acerca de la naturaleza del mundo
que sean completamente falsos? Nosotros admitimos que incluso los líderes religiosos más
reverenciados, productos de su época tal como nosotros lo somos de la nuestra, pudieron
cometer errores. Las religiones se contradicen unas a otras, tanto en temas menores —tales
como si debemos ponernos sombrero para entrar en un lugar de culto o bien quitárnoslo o si
es conveniente comer cordero y abstenerse de comer cerdo o al revés— como en las
cuestiones fundamentales, como la de no tener dioses, adorar a un solo Dios o a muchos.

La ciencia nos ha llevado, a muchos de nosotros, al estado en que Nathaniel Hawthorne


encontró a Herman Melville: «No es capaz ni de creer ni de sentirse cómodo sin creer». O a
Jean-Jacques Rousseau: «No me habían convencido, pero me habían alterado. Sus argumentos
me estremecieron sin llegar nunca a convencerme… Es duro abstenerse de creer lo que uno
desea tan profundamente». Cuando los sistemas de creencias propugnados por las
autoridades seculares y religiosas se ven socavados, en general es probable que se erosione el
respeto por la autoridad. La lección es clara: incluso los líderes políticos deben ser precavidos
a la hora de abrazar una doctrina falsa. Ese no es un defecto de la ciencia, sino una de sus
virtudes.

Naturalmente, el consenso en lo que respecta a la visión del mundo es alentador, en tanto que
el conflicto de opiniones puede resultar inquietante y exigirnos un mayor esfuerzo. Pero a
menos que insistamos, en contra de toda evidencia, en que nuestros antepasados eran
perfectos, el avance en el conocimiento requerirá que deshilemos y luego volvamos a hilar el
consenso que ellos establecieron.

En algunos aspectos la ciencia ha superado ampliamente a la religión en lo que a provocar


pavor se refiere. ¿Cómo es posible que casi ninguna religión importante haya analizado la
ciencia y concluido: «¡Esto es mejor de lo que habíamos pensado! El universo es mucho más
grande de lo que decían nuestros profetas, más preeminente, más sutil, más elegante. Dios
tiene que ser aún más grande de lo que habíamos soñado.»? En lugar de eso, exclaman: «¡No,
no y no! Mi Dios es un Dios pequeño, y quiero que siga siéndolo». Una religión, antigua o
nueva, que subrayara la magnificencia del universo como la ha revelado la ciencia moderna,
podría ser capaz de levantar reservas en la reverencia y el temor apenas intuidas por los
credos convencionales. Tarde o temprano deberá surgir una religión así.

DOS O TRES MILENIOS ATRÁS, nadie se avergonzaba por el hecho de pensar que el universo
fue hecho para nosotros. Era una tesis atractiva, y compatible con todo lo que conocíamos; era
lo que propugnaban los más eruditos sin salvedad. Pero hemos descubierto muchas cosas
desde entonces. Defender hoy en día semejante postura equivale a pasar premeditadamente
por alto la evidencia, y a una huida del autoconocimiento.

Aun así, a muchos de nosotros esas desprovincializaciones nos causan encono. Si bien no
llegan a triunfar, suponen un desgaste de las esperanzas, a diferencia de las felices certezas
antropocéntricas de otros tiempos, que comulgan con la utilidad social. Queremos estar aquí
con una finalidad, aunque, a pesar de tanta decepción, nada es evidente. «La vacía
irracionalidad de la vida —escribió León Tolstoi— es el único conocimiento incuestionable a
que tiene acceso el hombre». Nuestra época sobrelleva la carga del peso acumulado en los
sucesivos desprestigios de nuestras concepciones: somos recién llegados. Vivimos en una
región olvidada del cosmos. Surgimos de microbios y detritus. Los simios son nuestros primos.
Nuestros pensamientos y sentimientos no se hallan enteramente bajo nuestro control. Es
posible que existan seres muy diferentes y mucho más listos en algún lugar. Y, por si fuera
poco, estamos estropeando nuestro planeta y convirtiéndonos en un peligro para nosotros
mismos.

Bajo nuestros pies, la trampilla está abierta. Nos descubrimos precipitándonos en caída libre,
pero sin fondo. Estamos perdidos en una inmensa oscuridad y no hay nadie que pueda
mandarnos un equipo de rescate. Ante tan dura realidad, naturalmente, nos sentimos tentados
a cerrar los ojos y fingir que nos encontramos seguros y confortables en casa, que la caída no
es más que una pesadilla.

No hemos alcanzado un consenso acerca de nuestro lugar en el universo. No hay acuerdo


generalizado sobre una visión a largo plazo del objetivo de nuestra especie, de no ser, quizá,
la simple supervivencia. Especialmente cuando corren malos tiempos, andamos desesperados
buscando aliento y no nos sentimos receptivos para atender a la letanía de las grandes
decepciones y las esperanzas frustradas. Sí estamos, en cambio, mucho más dispuestos a
escuchar que somos especiales, sin importarnos que las evidencias que lo avalan tengan el
grueso de una hoja de papel. Si solamente hace falta algo de mito y ritual para que podamos
soportar una noche que parece interminable, ¿quién no va a compadecerse y comprendernos?

Pero si nuestro objetivo apunta al conocimiento profundo, más que a una tranquilidad
superficial, los beneficios de esta nueva perspectiva sobrepasan con mucho a las pérdidas.
Tan pronto como superamos nuestro miedo a ser insignificantes nos descubrimos en el umbral
de un universo vasto e imponente que empequeñece del todo —en tiempo, espacio y potencial
— el ordenado proscenio antropocéntrico de nuestros antepasados. Miramos a través de miles
de millones de años luz de espacio para vislumbrar el universo poco después del big bang, y
sondeamos la magnífica estructura de la materia. Escudriñamos el núcleo de nuestro planeta,
el llameante interior de nuestra estrella. Ponemos al descubierto capítulos ocultos en el
registro de nuestros propios orígenes y, con cierta congoja, comprendemos mejor nuestra
naturaleza y perspectivas. Inventamos y refinamos la agricultura, sin la cual moriríamos casi
todos de inanición. Creamos medicinas y vacunas que salvan la vida a miles de millones de
personas. Nos comunicamos a la velocidad de la luz y damos la vuelta a la Tierra en una hora
y media. Hemos enviado docenas de naves a más de sesenta mundos y cuatro astronaves a las
estrellas. Es justo que nos deleitemos con nuestros logros, que nos sintamos orgullosos de que
nuestra especie haya sido capaz de llegar tan lejos, y también que atribuyamos parte del
mérito a esa misma ciencia que tanto ha rebajado nuestras pretensiones.

Para nuestros antepasados, la Naturaleza escondía muchos factores dignos de temer,


relámpagos, tormentas, terremotos, volcanes, plagas, sequías, inviernos largos. Las religiones
afloraron en parte como intentos de aplacar y controlar, si no de comprender, las turbulencias
de la Naturaleza. La revolución científica nos permitió vislumbrar un universo ordenado
subyacente, en el que existía una armonía literal de los mundos (la frase es de Johannes
Kepler). Si comprendemos la Naturaleza, tenemos alguna expectativa de controlarla o, al
menos, de mitigar el mal que puede ocasionar. En este sentido, la ciencia trajo esperanza.

Orden en la Naturaleza. ¿Indica la exquisita regularidad de los sistemas de anillos


circumplanetarios o de las galaxias espirales la intervención directa de una deidad que
considera el orden una virtud? (Saturno iluminado desde detrás, visto por el Voyager 2
después de pasar las astronave cerca de él en su camino hacia Urano. Cedida por NASA).
Messier 100, en el cúmulo galáctico de Virgo, situado a unos 62 millones de años luz.
Fotografía David Malin, cedida por Anglo-Australian Observatory.

La mayoría de los grandes debates desprovincializadores se abordaron sin pensar en sus


implicaciones prácticas. Seres humanos apasionados y curiosos anhelaban comprender sus
circunstancias reales, hasta qué punto eran únicos u ordinarios, ellos y su mundo, sus
orígenes y destinos últimos, cómo funciona el universo. Sorprendentemente, algunos de esos
debates han acarreado los más profundos beneficios prácticos. El propio método de
razonamiento matemático que introdujo Isaac Newton para explicar el movimiento de los
planetas alrededor del Sol ha desembocado en la mayor parte de la tecnología de nuestro
mundo moderno. La revolución industrial, con todas sus deficiencias, sigue siendo el
paradigma global de cómo puede una nación agrícola salir de la pobreza. Esos debates suelen
tener consecuencias prácticas.

Podía haber sucedido de otro modo. La balanza podía haberse inclinado del otro lado; cabía la
posibilidad de que los seres humanos no hubiésemos querido saber nada de un universo
inquietante, que no hubiéramos estado dispuestos a tolerar que se cuestionara la sabiduría
vigente. A pesar de una determinada resistencia en cada época, dice mucho en nuestro favor
que nos permitiéramos seguir el hilo de la evidencia, extraer conclusiones que a primera vista
parecían intimidatorias: un universo tanto más grande y antiguo, que nuestra experiencia
personal e histórica quedaba empequeñecida y humillada, un universo en el cual cada día
nacen soles y se desvanecen mundos, un universo en el cual la Humanidad, recién llegada, se
aferra a un oscuro terrón de materia.

¿No habría sido más satisfactorio que nos hubieran colocado en un jardín hecho a medida
para nosotros, cuyos restantes ocupantes se mantuvieran a nuestra disposición para que los
utilizáramos cuando lo tuviésemos a bien? En la tradición occidental existe una historia
similar, muy celebrada, sólo que allí no estaba absolutamente todo a nuestra disposición.
Había un árbol en particular del cual no debíamos participar, el árbol del conocimiento. El
conocimiento, la comprensión y la sabiduría nos estaban vetados en esa historia. Debíamos
permanecer ignorantes. Pero no pudimos resistirlo. Nos mataba el hambre de conocimientos;
nos crearon hambrientos, piensa uno. Ahí residió la causa de todos nuestros problemas. En
concreto, ésa es la razón por la que ya no vivimos en un jardín: quisimos saber demasiado.
Mientras permanecimos indiferentes y obedientes, supongo, podíamos consolarnos con
nuestra importancia y centralidad, y decirnos a nosotros mismos que éramos la razón por la
que fue creado el universo. Sin embargo, tan pronto como fuimos cediendo a nuestra
curiosidad, a nuestras ansias de explorar, de aprender cómo es realmente el universo, nos
autoexpulsamos del edén. A las puertas del paraíso se apostaron ángeles guardianes,
blandiendo espadas en llamas, para impedir nuestro retorno. Los jardineros nos convertimos
en exiliados y peregrinos. A veces sentimos nostalgia de ese mundo perdido, pero eso, me
parece a mí, es sentimental y sensiblero. No podíamos ser felices permaneciendo ignorantes
para siempre.

Hay en este universo muchas cosas que parecen designios. Cada vez que tropezamos con ellas
dejamos escapar un suspiro de alivio. Eternamente albergamos la esperanza de encontrar, o
por lo menos de inferir sin lugar a dudas, un Designador. Pero en lugar de eso, descubrimos
repetidamente que los procesos naturales —por ejemplo, la selección colisional de mundos o
la selección natural en agrupaciones de genes o, incluso, el modelo de convección en una olla
de agua hirviendo— pueden extraer orden a partir del caos, y nos engañamos deduciendo
intención donde no la hay. En la vida cotidiana a menudo tenemos la sensación —al entrar en
la habitación de un adolescente, o en la política nacional— de que el caos es natural y el orden
nos viene impuesto desde arriba. Existen en el universo regularidades más importantes que
las simples circunstancias que generalmente describimos como ordenadas, y ese orden,
simple y complejo, parece derivarse de las leyes de la Naturaleza establecidas en el big bang
(o antes), más que ser consecuencia de la tardía intervención de una imperfecta deidad. «Dios
debe buscarse en los detalles», reza el famoso dicho del estudioso alemán Aby Warburg. Pero,
en medio de tanta elegancia y precisión, los detalles de la vida y del universo exhiben también
algo de azar, arreglos provisionales y mucha planificación deficiente. ¿Qué vamos a hacer con
él: un edificio abandonado por el arquitecto en sus primeras fases de construcción?

La evidencia, por lo menos hasta ahora y dejando aparte las leyes de la Naturaleza, no
requiere un Designador. Quizá haya uno escondido en alguna parte, obstinadamente
empeñado en no darse a conocer. Aunque a veces parece una esperanza muy débil.

El significado de nuestras vidas y de nuestro frágil planeta viene, pues, únicamente


determinado por nuestra propia sabiduría y coraje. Somos nosotros los guardianes del sentido
de la vida. Ansiamos unos progenitores que cuiden de nosotros, que nos perdonen nuestros
errores, que nos salven de nuestras infantiles equivocaciones. Pero el conocimiento es
preferible a la ignorancia. Es mejor, con mucho, comprender la dura verdad que creer una
fábula tranquilizadora.

Si ardemos en deseos de hallar una finalidad cósmica, encontremos primero una meta digna
para nosotros.
¿Hay vida en la Tierra? La isla Eleuthera, en las Bahamas. Imagen en color falso tomada por el
satélite Spot , cedida por SPOT Image Corporation.
Capítulo 5

¿HAY VIDA INTELIGENTE EN LA TIERRA?

Viajaron durante largo tiempo y no hallaron nada. A lo lejos distinguieron una tenue luz, que
era la Tierra… Pero no pudieron encontrar la más mínima razón para sospechar que nosotros
y nuestros congéneres sobre este globo tenemos el honor de existir.

VOLTAIRE, Micromegas. Una historia filosófica (1752)

HAY LUGARES, dentro y fuera de nuestras grandes ciudades, donde el mundo natural casi ha
desaparecido. En ellos puede uno encontrar calles, callejuelas, coches, aparcamientos, vallas
anunciadoras, monumentos de cristal y acero, pero ni un solo árbol, brizna de hierba o animal,
aparte, claro está, de los seres humanos. Hay multitud de seres humanos. Solamente cuando
uno mira hacia arriba, a través de las gargantas de rascacielos, puede vislumbrar una estrella
o un pedacito de azul, vestigios de lo que había mucho antes de que la Humanidad iniciara su
andadura. Pero las deslumbrantes luces de las grandes ciudades hacen palidecer a las
estrellas, y a veces casi desaparece el pedacito azul, teñido de marrón por la tecnología
industrial.

No es difícil, trabajando cada día en un lugar así, que quedemos impresionados de nosotros
mismos. ¡Cómo hemos transformado la Tierra para nuestro beneficio y conveniencia! Sin
embargo, unos cuantos cientos de kilómetros hacia arriba o hacia abajo no hay humanos.
Aparte de una fina capa de vida en la misma superficie de la Tierra, alguna intrépida
astronave ocasional y un cierto número de interferencias de radio, nuestro impacto en el
universo es cero. Nada sabe de nosotros.
La Tierra desde la nave Galileo . No hay indicio de vida. Cedida por JPL/NASA.

IMAGINEMOS QUE SOMOS EXPLORADORES EXTRATERRESTRES penetrando en los


confines del sistema solar, tras un largo viaje a través del negro espacio interestelar. Nos
disponemos a examinar desde lejos los planetas de ese astro vulgar; son unos cuantos,
algunos grises, otros azules, otros rojos, otros amarillos. Nos interesa saber qué tipos de
mundos son ésos, si sus entornos medioambientales son estáticos o cambiantes y,
especialmente, si albergan vida e inteligencia. No tenemos ningún conocimiento previo acerca
de la Tierra. Acabamos de descubrir su existencia.
La Tierra, con luz solar visible reflejada, observada desde el espacio. Se percibe claramente el
este de África, la cuna de la especie humana, pero con este grado de resolución no se detectan
señales de vida. Imagen del Meteosat , cedida por la Agencia Espacial Europea (ESA).

Supongamos que existe una ética galáctica: se mira, pero no se toca. Nos está permitido
aproximarnos a esos mundos, orbitarlos, pero queda terminantemente prohibido tomar tierra
en ellos. Bajo tales condiciones, ¿seríamos capaces de averiguar cómo es el medio ambiente
de la Tierra y si vive alguien allí?

A medida que nos vamos acercando, la primera impresión de conjunto del planeta se resume
en nubes blancas, blancos casquetes polares, continentes marrones y una sustancia azul que
cubre dos tercios de la superficie. Al tomarle a ese mundo la temperatura, a partir de la
radiación infrarroja que emite, descubrimos que en la mayoría de las latitudes ésta se sitúa
por encima del punto de congelación del agua, mientras que en las capas polares se encuentra
por debajo del mismo. El agua es un material muy abundante en el universo; sería razonable
suponer la existencia de capas polares de agua sólida, así como de nubes de agua sólida y
líquida.
La Tierra desde espacio con radiación infrarroja emitida. Esta imagen fue tomada en el mismo
momento que la anterior. Las regiones calientes aparecen en amarillo, derivando a rojo, gris y
luego azul. Este día en particular hacía calor en el Sahara occidental. Densas nubes cubren
Zaire y se observa niebla sobre Europa. Imagen del Meteosat , cedida por ESA.

Quizá nos tiente la idea de achacar esa materia azul a enormes cantidades —de kilómetros de
profundidad— de agua líquida. Pero esa conjetura es grotesca, en cierto modo, al menos en lo
que concierne a este sistema solar, pues ningún otro planeta alberga en su superficie océanos
de agua líquida. Mirando en el espectro de la luz visible y en la franja del infrarrojo cercano,
en busca de indicios reveladores sobre su composición química, descubriremos sin duda hielo
de agua en las capas polares y suficiente vapor de agua en el aire como para justificar las
nubes; es también la cantidad justa que debe derivarse de la evaporación, si los océanos
contienen realmente agua líquida. Por tanto, una hipótesis que parecía descabellada queda
confirmada.
La Tierra, con luz reflejada en el infrarrojo cercano, a una longitud de onda en que el
anhídrido carbónico y el vapor de agua atmosférica absorben luz. Todos los detalles captados
reflejan las condiciones en la atmósfera superior. El suelo no se adivina en modo alguno. La
diferencia entre esta imagen y las dos precedentes es de por sí suficiente para inferir un
sustancial efecto invernadero sobre la Tierra. Imagen del Meteosat , cedida por ESA.

Por otra parte, los espectrómetros ponen de manifiesto que una quinta parte del aire de este
mundo es oxígeno, O2 . No hay otro planeta en el sistema solar que se acerque ni por asomo a
tal cantidad de oxígeno. ¿De dónde procede? La intensa luz ultravioleta que emite el Sol
descompone el agua, H2 O, en oxígeno e hidrógeno, y el hidrógeno, el gas más ligero, se
escapa rápidamente al espacio. Esa es, ciertamente, una fuente de O2 , pero no alcanza a
justificar tal cantidad de oxígeno.

Otra posibilidad residiría en que la luz visible ordinaria, que el Sol vierte en grandes
cantidades, fuera empleada en la Tierra para descomponer el agua, de no ser que no hay
forma conocida de hacerlo en ausencia de vida. Necesariamente tendría que haber plantas,
formas de vida coloreadas por un pigmento que absorbe intensamente la luz visible, sabe
cómo descomponer una molécula de agua a base de acumular la energía de dos fotones de luz,
libera el O y retiene el H, que luego utiliza para sintetizar moléculas orgánicas. Las plantas
deberían cubrir la mayor parte del planeta. Y todo eso ya es pedir mucho. Si fuéramos buenos
científicos, lo suficientemente escépticos, tal cantidad de O2 no constituiría para nosotros una
prueba concluyente de la existencia de vida, aunque, desde luego, daría pie a la sospecha.
La temperatura media de la Tierra (en enero de 1979). La imagen superior corresponde a las
temperaturas diurnas. El marrón va asociado a las más cálidas, y las temperaturas disminuyen
desde el rojo, pasando por el azul claro, hasta el azul marino. En esta proyección Mercator,
África aparece dos veces. En el sur es verano y Australia, la mitad sur de Sudamérica y
Sudáfrica se cuentan entre los lugares más calurosos de la Tierra. La imagen central refleja
las temperaturas nocturnas. Todos los lugares cálidos durante el día se han enfriado, el
Sahara en mayor medida. La imagen inferior muestra la diferencia entre las temperaturas
diurnas y las nocturnas. El Sahara y Australia revelan el cambio más acusado de temperaturas
entre el día y la noche; se trata de una característica de los desiertos. No se detecta diferencia
alguna entre temperaturas diurnas y nocturnas en el seno de los océanos. Este hecho por sí
solo nos induce suponer que los océanos se componen de agua líquida, una sustancia
remarcable por sus resistencia a cambiar de temperatura. Datos de satélites de la NASA,
cedida por Moustafa Chahine, JPL.

Con todo ese oxígeno, no nos sorprende encontrar ozono (O3 ). El ozono absorbe la peligrosa
radiación ultravioleta. De modo que, si el oxígeno es debido a la vida, ésta curiosamente se
está protegiendo a sí misma. No obstante, la vida que estamos detectando podría ser
meramente achacable a la presencia de plantas fotosintéticas. No cabe suponer, por ahora, la
existencia de un nivel elevado de inteligencia.

Al examinar más de cerca los continentes averiguamos que hay, a grandes rasgos, dos tipos
de regiones. Una muestra el espectro de rocas y minerales comunes como los hay en muchos
mundos. La otra revela un dato inusual: un material que cubre extensas áreas y que absorbe
en gran medida la luz roja. (El Sol, naturalmente, emite luz de todos los colores, alcanzando
un máximo en el amarillo). Podría ser justamente este pigmento el agente necesario, si es que
efectivamente la luz visible común se está empleando para descomponer agua, y también el
responsable del oxígeno en el aire. Ya tenemos otra pista, esta vez algo más sólida, de la
existencia de vida, y no precisamente de un bichito aquí o allá, sino de una superficie
planetaria rebosante de vida. En realidad, el pigmento es la clorofila: absorbe la luz azul al
igual que la roja y a ella se debe que las plantas sean verdes. Lo que estamos contemplando es
un planeta con una densa vegetación.

La Tierra, pues, ha revelado poseer tres propiedades únicas, al menos en este sistema solar:
océanos, oxígeno y vida. Se hace difícil no relacionarlas entre sí, sobre todo teniendo en
cuenta que los océanos son los lugares de origen de abundante vida y el oxígeno su producto.

Espectro infrarrojo de la Tierra, obtenido por la nave Galileo , que muestra la presencia de
vapor de agua, metano, anhídrido carbónico, monóxido de carbono y óxido nitroso.

Observando cuidadosamente el espectro infrarrojo de la Tierra damos con los componentes


menores del aire. Además del vapor de agua, hay también anhídrido carbónico (CO2 ), metano
(CH4 ) y otros gases, que absorben el calor que la Tierra trata de emitir al espacio durante la
noche. Estos gases calientan el planeta. Sin ellos, la Tierra tendría una temperatura global
inferior a la del punto de congelación del agua. Acabamos de descubrir el efecto invernadero
que presenta este mundo. El metano y el oxígeno, juntos en la misma atmósfera, constituyen
un hecho peculiar. Las leyes de la química son muy claras: ante un exceso de O2 el CH4
debería quedar convertido enteramente en H2 O y CO2 . El proceso es tan eficaz que ni una
sola molécula en toda la atmósfera de la Tierra debería ser de metano. En cambio,
constatamos que una de cada millón de moléculas es metano, lo cual supone una inmensa
discrepancia. ¿Qué puede significar?
Espectro visible y del infrarrojo cercano de la Tierra, obtenidos por la nave Galileo , que
muestran la presencia de vapor de agua y de grandes cantidades de oxígeno molecular.

La única explicación plausible radica en la posibilidad de que el metano esté siendo inyectado
en la atmósfera de la Tierra con tal celeridad, que su reacción química con el oxígeno no
pueda seguir el ritmo. ¿De dónde procede todo ese metano? Tal vez se filtre desde las
profundidades del interior de la Tierra, aunque cuantitativamente ello no parece concordar.
Además, Marte y Venus no presentan en modo alguno esa importante cantidad de metano. Las
únicas alternativas son de orden biológico, una conclusión que no se basa en conjeturas sobre
la química de la vida o de cómo es ésta, sino que se deriva meramente de constatar cuán
inestable es el metano en una atmósfera de oxígeno. De hecho, el metano surge de fuentes
como las bacterias en los pantanos, los cultivos de arroz, la quema de vegetación, el gas
natural procedente de los yacimientos petrolíferos y las flatulencias bovinas. En una
atmósfera de oxígeno, el metano constituye un síntoma de vida.
La tierra desde la nave Galileo , fotografiada con longitudes de onda especialmente
seleccionadas en el rojo lejano y el infrarrojo cercano, y compuesta en imágenes de color
falso. La contemplamos con luz solar reflejada. El oxígeno en el aire se ve de color azul.
Parece que haya una mayor acumulación del mismo hacia los polos, debido a que los miramos
en una línea más oblicua a través de la atmósfera. El vapor de agua adopta el color magenta y
está asociado a las nubes. Los minerales comunes de silicato aparecen en gris. Pero los
continentes de este planeta están teñidos con un pigmento que, en eseta composición de color
falso, da un tono anaranjado. No existe otro planeta en el sistema solar que muestre este
pigmento. De hecho, se trata de clorofila, un indicio claro de la existencia de vida en la Tierra.
En secuencia, las imágenes estan centradas en Sudamérica, el Pacífico central, Australia e
Indonesia y África, respectivamente. En su aproximación a la Tierra en diciembre de 1990,
Galileo efectuó su mayor acercamiento (solamente novencientos kilómetros) sobre Australia y
la Antártida. Imágenes de color falso preparadas por W. Reid Thompson, Universidad de
Cornell.

El hecho de que las actividades intestinales más íntimas de las vacas sean detectables desde
el espacio interplanetario resulta desconcertante, especialmente si tenemos en cuenta que
hay tantas cosas por las que sentimos gran apego que no lo son. No obstante, un científico
extraterrestre que volara en las proximidades de la Tierra sería incapaz, llegado a este punto,
de deducir la existencia de pantanos, arroz, fuego, petróleo o vacas. Detectaría sencillamente
vida.

Todos los indicios de vida que hemos discutido hasta el momento son debidos a formas de
existencia comparativamente simples (el metano en la panza de las vacas es generado por
bacterias que residen allí). Si la astronave se hubiera aproximado a la Tierra cien millones de
años atrás, en la era de los dinosaurios, cuando no existía ni la especie humana ni la
tecnología, habría detectado igualmente oxígeno y ozono, el pigmento de la clorofila y una
enorme cantidad —demasiado— de metano. Hoy, sin embargo, sus instrumentos se topan con
señales que no solamente indican la existencia de vida, sino también de alta tecnología, algo
que no habrían registrado ni tan sólo cien años atrás.

Nos encontramos con un tipo concreto de onda de radio que emana de la Tierra. Las ondas de
radio no apuntan necesariamente hacia la vida y la inteligencia. Muchos procesos naturales
las generan. Sin duda habremos percibido ya emisiones de radio en otros mundos
aparentemente deshabitados, generadas por electrones cautivos en los poderosos campos
magnéticos de los planetas, por movimientos caóticos en el frente de choque que separa
dichos campos del campo magnético interplanetario, y también por relámpagos. (Los
«silbidos» suelen pasar rápidamente de las notas altas a las bajas para luego comenzar de
nuevo). Algunas de estas emisiones de radio son continuas; otras se producen en ráfagas
repetitivas; algunas duran pocos minutos y luego se desvanecen.

No obstante, esto es algo distinto: una porción de la transmisión de radio de la Tierra se halla
precisamente en las frecuencias en que las ondas de radio comienzan a escaparse de la
ionosfera del planeta, la región eléctricamente cargada situada sobre la estratosfera que
refleja y absorbe las ondas de radio. Se observa una frecuencia central constante en cada
transmisión, además de una señal modulada (una secuencia compleja de pulsos de encendido
y apagado). No hay electrón en campo magnético, ni onda de choque, ni descarga eléctrica de
relámpago que pueda generar algo de ese estilo. La presencia de vida inteligente parece la
única explicación posible. Nuestra conclusión de que la transmisión de radio es debida a la
tecnología de la Tierra es independiente de lo que puedan significar esas secuencias de
encendido y apagado: no es necesario descodificar el mensaje para estar seguros de que es un
mensaje. (Supongamos, por ejemplo, que esa señal es en realidad producto de la
comunicación a larga distancia de la Armada de Estados Unidos con sus submarinos
nucleares).

Así pues, en nuestra calidad de exploradores extraterrestres, sabríamos que por lo menos una
especie residente en la Tierra ha desarrollado tecnología de radio. ¿De cuál de ellas se trata?
¿De los seres que producen el metano? ¿De los que generan oxígeno? ¿De aquellos cuyo
pigmento hace que el paisaje sea verde? ¿O acaso de otros, de seres más sutiles, seres que de
otro modo no serían detectables desde una nave espacial que se aproximara al planeta? A fin
de investigar esa especie tecnológica, tal vez nos resulte conveniente examinar la Tierra con
un mayor grado de resolución, en busca, si no de los seres en sí, al menos de sus artefactos.

En primer lugar observamos el planeta a través de un modesto telescopio, de tal modo que la
mayor precisión que podemos conseguir corresponde a uno o dos kilómetros de distancia. No
distinguimos ni la arquitectura monumental, ni formaciones extrañas, ni remodelación
artificial del paisaje, ni señales de vida. Lo que percibimos es una densa atmósfera en
movimiento. El abundante agua debe de evaporarse y luego caer de nuevo a la Tierra a través
de la lluvia. Los antiguos cráteres de impacto, tan visibles en la cercana Luna, apenas parecen
presentes. Ello significa que deben de tener lugar una serie de procesos por los cuales se crea
tierra nueva y posteriormente se erosiona en un espacio de tiempo mucho menor a la edad de
este mundo. El agua corriente está implicada en esos procesos. A medida que vamos
contemplándolo, cada vez con mayor definición, descubrimos cordilleras montañosas, valles
fluviales y muchos otros indicios de que el planeta se encuentra geológicamente activo.
Esporádicamente vislumbramos lugares desnudos de vegetación, aunque se hallan rodeados
de ella. Tienen la apariencia de manchas descoloridas en el paisaje.
Europa occidental a una resolución de decenas de kilómetros. No se percibe todavía la
presencia de vida. Imagen del Meteosat , cedida por ESA.
Región al norte del estado de Nueva York en una de las primeras imágenes de color falso del
Landsat . El agua aparece en negro, las nubes en blanco y la vegetación en rojo. En la parte
superior vemos el lago Ontario. En la porción inferior, los lagos Finger; los dos más grandes
son el lago Séneca (a la izquierda) y el lago Cayuga (a la derecha). En la punta más al sur del
lago Cayuga se encuentra Ithaca, N. Y., lugar de residencia del autor. En esta imagen no hay
signo aparente de vida. Cedida por NASA.

Imagen de color falso de la ciudad de Nueva York y proximidades efectuadas por uno de los
primeros orbitadores Landsat . La resolución es de aproximadamente cien metros y la ciudad
de Nueva York —como todas las ciudades de la Tierra— aparece como una mancha oscura.
Cedida por NASA.
Márgenes del desierto de Gobi, China, en imagen de color falso del Landsat 6 . Las dunas
arenosas aparecen en marrón abajo a la derecha; la nieve es azul, los abanicos aluviales
púrpura claro y la vegetación floreciente es verde. Reproducida con el permiso Earth
Observation Satellite Company, Lanham, Maryland.
Un indicio de vida en la tierra: en esta imagen de color falso, el objetivo negro oblongo es el
lago Salton, al sur de California. La franja a cuadritos verdes es debida a la vegetación,
campos de cultivos organizados en nítidos cuadrados. El límite horizontal junto al borde de la
franja a cuadros es la frontera entre Estados Unidos (arriba) y México (abajo). Fotografía del
Landsat 6 ; reproducida con el permiso de Earth Observation Satellite Company, Lanham,
Maryland.

Cuando examinamos la Tierra con unos cien metros de resolución, todo cambia. El planeta
aparece ante nuestros ojos cubierto de líneas rectas, cuadrados, rectángulos, círculos, en
ocasiones apiñados a lo largo de las márgenes de un río o agrupados en las laderas de las
montañas más bajas, otras veces extendiéndose por las llanuras, pero raras veces en desiertos
o montañas altas y nunca en los océanos. Su regularidad, complejidad y distribución sería
difícil de explicar de otro modo que no fuera mediante la presencia de vida y de inteligencia,
si bien es posible que una comprensión más profunda de función y finalidad se nos escapara.
Puede que sólo llegáramos a la conclusión de que las formas de vida dominantes tienen una
pasión simultánea por la territorialidad y por la geometría euclídea. Con ese grado de
resolución no podríamos verlos, y mucho menos identificarlos.

Muchas de las manchas deforestadas muestran una geometría similar a la de un tablero de


ajedrez. Son las ciudades del planeta. Sobre gran parte del paisaje —no solamente en las
ciudades— se observa una enorme profusión de líneas rectas, cuadrados, rectángulos,
círculos. Las manchas oscuras de las ciudades aparecen altamente geometrizadas, no dejando
más que unas pocas porciones de vegetación, aunque de contornos perfectamente
delimitados. Ocasionalmente se aprecia algún triángulo y, en una de las ciudades, incluso un
pentágono.

Hielo glacial en el mar de Wedell, Antártida, a una resolución de unos diez metros. Se
observan líneas rectas, pero no hay indicios de vida. Copyright © CNES, 1994, proporcionada
por SPOT Image Corporation.
Arabia Saudí en foto de color falso del Landsat 6 : vegetación en el desierto. Las formas
circulares son campos de cultivo irrigados mediante sistemas de riego por aspersión; los
campos recién sembrados aparecen en negro, y la vegetación natural en rojo. Reproducida
con el permiso de Earth Observation Satellite Company, Lanham, Maryland.

Cuando tomamos imágenes con un metro de resolución o mayor definición aún, descubrimos
que las líneas rectas entrecruzadas que presentan las ciudades y las líneas rectas más largas
que las conectan con otros centros urbanos están llenas de unos seres aerodinámicos y
multicolores, de pocos metros de largo, que avanzan educadamente uno detrás de otro en
lenta, larga y ordenada procesión. Son muy pacientes. Una corriente de seres se detiene en
los ángulos rectos, a fin de permitir que otra corriente pueda seguir adelante. Periódicamente
les es devuelto el favor. De noche encienden dos luces potentes en su parte delantera para
poder ver por dónde van. Algunos, una privilegiada minoría, se retiran a unas casas pequeñas
para pasar la noche, una vez finalizada la jornada laboral. No obstante, la mayoría de ellos no
tienen techo y duermen en las calles.

¡Por fin! Hemos hallado la fuente de toda esa tecnología, la forma de vida predominante sobre
el planeta. Evidentemente, las calles de las ciudades y las carreteras de la campiña han sido
construidas en su beneficio. Podríamos pensar que estamos empezando a comprender
realmente la vida en la Tierra. Y quizá tengamos razón.

Si solamente pudiéramos mejorar un poco el grado de definición, descubriríamos que existen


unos minúsculos parásitos que entran y salen a menudo de los organismos dominantes. Al
parecer deben de jugar un papel más importante, porque el organismo dominante inmóvil se
pone en marcha justo después de ser reinfectado por un parásito, y vuelve a pararse instantes
antes de que el parásito sea expulsado. Esto sí que resulta enigmático. Pero nadie dijo que la
vida en la Tierra fuera fácil de entender.
La ciudad de Nueva York y alrededores desde la nave Spot a una resolución de alrededor de
diez metros. La geometría regular de calles, autopistas, puentes y muelles queda de
manifiesto. Nótese la forma rectangular perfecta del todavía rebosante de vegetación Central
Park, en la isla de Manhattan. Copyright © CNES, 1994, proporcionada por SPOT Image
Corporation.
París. La imagen aparece diseccionada por el sinuoso río Sena. Se perciben claramente tres
aeropuertos. Observando con mayor detenimiento se detectan multitud de puentes que cruzan
el Sena, así como las calles principales. El Arco de Triunfo se encuentra en mitad de la
imagen, en la parte izquierda, y es a su vez el centro del que parten las avenidas radiales,
incluyendo los Campos Eliseos. Copyright © CNES, 1994, proporcionada por SPOT Image
Corporation.

Washington D.C. a un resolución aún mayor. En el centro de la imagen se reconoce el


Capitolio, rodeado de vegetación (en color rojo falso), del cual parten numerosas calles
radiales. Cerca de los puentes que cruzan el Potomac (centro) se percibe entre muchas líneas
rectas, cuadrados y rectángulos, un pentágono. Copyright © CNES, 1994, proporcionada por
SPOT Image Corporation.

Todas las imágenes que hemos tomado hasta el momento son con luz solar reflejada, es decir,
en la cara diurna del planeta. Pero un hecho extraordinariamente interesante se pone de
manifiesto cuando fotografiamos la Tierra durante la noche: el planeta está iluminado. La
región más luminosa, cerca del círculo polar ártico, se halla iluminada por la aurora boreal,
que no es generada por la vida, sino por electrones y protones procedentes del Sol, atraídos
por el campo magnético de la Tierra. El resto de lo que vemos es debido a la vida. Las luces
delimitan de manera reconocible los mismos continentes que descubrimos durante el día, y
muchas se corresponden con las ciudades que ya hemos cartografiado. Las ciudades se
concentran cerca de las líneas costeras. Tienden a ser mucho más escasas en las zonas
interiores de los continentes. Puede que los organismos dominantes necesiten
desesperadamente el agua del mar (o tal vez los barcos de navegación oceánica fueron en su
día esenciales para el comercio y la emigración).

La Tierra de noche en proyección Mercator. Imagen tomada por el satélite meteorológico de


defensa, cedida por Woodruff Sullivan, Universidad de Washington, y Departamento de
Defensa de Estados Unidos.

Sin embargo, algunas de las luces no son achacables a ciudades. En el norte de África, Oriente
Medio y Siberia, por ejemplo, se perciben luminosidades muy intensas en un paisaje
comparativamente desolado, debidas, según parece, a incendios en pozos de petróleo y gas
natural. En el mar de Japón, el primer día que lo observamos, avistamos una extraña área de
luz con forma triangular. Ese lugar corresponde durante el día a mar abierto. Allí no hay
ciudad alguna. ¿Qué puede ser? Se trata de la flota pesquera japonesa dedicada a la pesca del
calamar, que emplea una potente iluminación para atraer hacia la muerte bancos enteros de
dicho molusco. Otros días, este tipo de luz deambula por todo el Pacífico en busca de presa,
En efecto, acabamos de descubrir el sushi.

Me parece grave que resulte tan sencillo percibir desde el espacio tales retazos de vida en la
Tierra como los hábitos gastrointestinales de los rumiantes, la cocina japonesa o los sistemas
para comunicarse con submarinos nómadas que transportan la muerte de doscientas
ciudades, mientras tantas obras de nuestra arquitectura monumental, nuestros más grandes
trabajos de ingeniería y nuestros esfuerzos para cuidarnos unos a otros, entre otras cosas,
permanecen casi por completo ocultos en la sombra. Es como una especie de parábola.

A ESTAS ALTURAS NUESTRA expedición a la Tierra puede considerarse ya todo un éxito.


Hemos dado con las características del medio ambiente, hemos detectado vida, hallado
manifestaciones de seres inteligentes y puede que incluso hayamos identificado a la especie
predominante, la que parece completamente imbuida de geometría y rectilinearidad. Sin duda
alguna este planeta merece un estudio más largo y detallado. Por eso optamos por colocar la
nave en órbita alrededor de la Tierra.

Observando a fondo el planeta desentrañamos nuevos enigmas. Por toda la Tierra hay
chimeneas que vierten al aire anhídrido carbónico y productos químicos tóxicos. Lo mismo
hacen los seres dominantes que pueblan las carreteras. Pero el anhídrido carbónico es un gas
de invernadero. Nos percatamos de que la cantidad de ese gas en la atmósfera se halla en
constante incremento, año tras año. Lo mismo ocurre con el metano y otros gases de
invernadero. Si esto sigue así, la temperatura del planeta aumentará. Espectroscópicamente
registramos otro tipo de moléculas que están siendo inyectadas al aire, los
clorofluorocarbonos. No solamente se trata de gases de invernadero, sino que además son
devastadoramente eficaces en la destrucción de la capa protectora de ozono.

Decidimos observar con mayor atención el centro del continente sudamericano, que —como
ahora ya sabemos— es una vasta selva tropical[9] .

Todas las noches vislumbramos miles de fuegos. Durante el día, la región aparece cubierta de
humo. Al cabo de los años, por todo el planeta, hay cada vez menos bosques y más desiertos
áridos.
Imagen crepuscular de la selva amazónica. Cada punto luminoso corresponde a un fuego. Las
nubes blancas son el humo resultante. Copyright © CNES, 1994, proporcionada por SPOT
Image Corporation.

Contemplamos a continuación la gran isla de Madagascar. Los ríos fluyen teñidos de color
marrón y generan amplias manchas en el océano próximo. Es la tierra mantillosa, que es
arrastrada hacia el mar a un ritmo tan desenfrenado que, en unas cuantas décadas, se habrá
agotado. Lo mismo está sucediendo, según hemos observado, en las desembocaduras de todos
los ríos.

Pero si no hay suelo, no hay agricultura. ¿Qué van a comer dentro de un siglo? ¿Qué
respirarán? ¿Cómo van a enfrentarse con un medio ambiente cada vez más cambiante y
peligroso?

Desde nuestra perspectiva orbital nos damos cuenta de que, indudablemente, algo ha salido
mal. Los organismos dominantes, que, sean quienes sean, se han tomado tantas molestias
para remodelar la superficie, destruyen al mismo tiempo su capa de ozono y sus bosques,
erosionan su suelo y llevan a cabo masivos e incontrolados experimentos con el clima de su
planeta. ¿Es que no se dan cuenta de lo que está ocurriendo? ¿Es que no piensan en su
destino? ¿O bien son incapaces de trabajar juntos en beneficio del entorno que los mantiene?

Tal vez, concluimos entonces, ha llegado el momento de replantearnos la conjetura que


apunta a que en la Tierra existe vida inteligente.
Buscando vida en otros lugares: una calibración

EN NUESTROS DÍAS, naves espaciales procedentes de la Tierra se han aproximado a docenas


de planetas, lunas, cometas y asteroides, equipadas con cámaras, instrumentos para medir
ondas de calor y de radio, espectrómetros para determinar la composición química y un buen
número de otros sistemas. Pero no hemos encontrado indicios de vida en ningún otro lugar del
sistema solar. No obstante, hay quien puede mostrarse escéptico respecto a nuestra habilidad
para detectar vida, especialmente si se trata de vida diferente de la que conocemos. Hasta
hace poco, nunca se había llevado a cabo el test más obvio de calibración: aproximar una
astronave interplanetaria moderna a la Tierra y comprobar si somos capaces de detectarnos a
nosotros mismos. Dicha circunstancia cambió el 8 de diciembre de 1990.

La nave Galileo emerge del compartimento de carga de la lanzadera espacial Atlantis , de


camino hacia los asteroides del Cinturón Principal Gaspra e Ida, hacia Júpiter y (de paso)
hacia Venus y la Tierra. Cedida por JPL/NASA.
Galileo es una nave espacial de la NASA diseñada para explorar Júpiter, el planeta gigante,
sus lunas y sus anillos. Lleva el nombre del heroico científico italiano que desempeñó un papel
tan capital en el derribo de las pretensiones geocéntricas. Fue él el primero en considerar a
Júpiter un mundo, y también quien descubrió sus cuatro grandes lunas. Para llegar a Júpiter,
la nave debía pasar cerca de Venus (una vez) y de la Tierra (dos veces) y dejarse acelerar por
las gravedades de estos planetas, pues de otro modo no dispondría de la energía necesaria
para llegar a su destino. Esta necesidad en el diseño de su trayectoria nos permitió, por
primera vez, observar sistemáticamente la Tierra desde una perspectiva extraterrestre.

Galileo pasó a sólo 960 kilómetros de la superficie de la Tierra. Exceptuando las imágenes que
muestran una definición inferior a un kilómetro y las nocturnas —obtenidas por otra nave en
órbita—, la mayoría de los datos recabados por una nave espacial que aparecen en este
capítulo fueron obtenidos por la nave Galileo . Gracias a ella pudimos deducir una atmósfera
de oxígeno, agua, nubes, océanos, hielo polar, vida e inteligencia. La aplicación de los
instrumentos y protocolos desarrollados para explorar los planetas al control de la salud
medioambiental del nuestro —algo que la NASA está llevando a cabo con ahínco en la
actualidad— fue bautizada por la astronauta Sally Ride como «Misión al planeta Tierra».

Otros miembros del equipo científico de la NASA que trabajaron conmigo en la detección de
vida en la Tierra por la nave Galileo fueron el doctor W. Reid Thompson, de la Universidad de
Cornell; Robert Carlson, del JPL; Donald Gurnett, de la Universidad de Iowa, y Charles Hord,
de la Universidad de Colorado.

El éxito que obtuvo la misión en su sondeo de la Tierra, sin efectuar suposiciones de antemano
acerca del tipo de vida de que podía tratarse, incrementa nuestra confianza en que el
resultado negativo que ha arrojado hasta ahora la búsqueda de vida en otros planetas es
altamente significativo. ¿Es este razonamiento antropocéntrico, geocéntrico, provinciano? No
lo creo. No nos limitamos a buscar la biología que conocemos. Cualquier pigmento
fotosintético extendido, gas en fuerte desequilibrio con el resto de la atmósfera,
transformación de la superficie mediante modelos altamente geometrizados, constelación de
luces en el hemisferio nocturno o fuente no astrofísica de emisión de radio revelaría la
presencia de vida. Naturalmente, en la Tierra hemos hallado solamente nuestro tipo de vida,
pero muchas otras clases habrían sido detectables en otros lugares. No las hemos encontrado.
Esta exploración del tercer planeta refuerza nuestra conclusión provisional de que, de todos
los mundos del sistema solar, solamente el nuestro ha sido agraciado con la vida.

No hemos hecho más que empezar a buscar. Quizá la vida se esconda en Marte o Júpiter,
Europa o Titán. Puede que la galaxia esté llena de mundos tan ricos en vida como el nuestro.
Es posible también que estemos a punto de efectuar esa clase de descubrimientos. No
obstante, en los términos del conocimiento actual, en este momento la Tierra es única. No hay
otro mundo del que hoy se sepa que alberga ni un triste microbio, y mucho menos una
civilización tecnológica.
Saturno fotografiado por el Voyager 1 , el 3 de noviembre de 1980, desde una distancia de
trece millones de kilómetros. La mayor separación entre los anillos se conoce como la División
de Cassini, en honor al astrónomo italofrancés del siglo XVII J. D. Cassini. Las dos lunas de
Saturno que aparecen en la imagen son Tetis (arriba) y Dione (abajo). Las sombras de los
anillos de Saturno y de la luna Tetis se reflejan en las nubes de Saturno. Cedida por
JPL/NASA.
Capítulo 6

EL TRIUNFO DE LOS «VOYAGER»

Los que al mar descendieran en sus naves, a traficar entre sus grandes aguas; Éstos vieron de
Dios los altos hechos, sus grandes maravillas en el piélago.

Salmos, 107 (aprox. 150 a.J.C.)

LAS VISIONES DE FUTURO que transmitimos a nuestros hijos dan forma a ese futuro. Por
ello es importante cuáles son esas visiones, pues a menudo se convierten en profecías de
autorrealización. Los sueños son como mapas.

No considero irresponsable que se esbocen los más temibles escenarios de futuro; si


queremos evitarlos, debemos comprender que son posibles. Pero ¿dónde están las
alternativas? ¿Dónde quedan los sueños que deben motivarnos e inspirarnos? Ansiamos mapas
realistas de un mundo que podamos legar con orgullo a nuestros hijos. ¿Dónde permanecen
los cartógrafos de la finalidad humana? ¿Dónde se ocultan las visiones de futuros
esperanzadores, la concepción de la tecnología como instrumento en favor del progreso
humano y no como arma apuntando a nuestras cabezas?

La NASA, en su forma normal de hacer negocios, ofrece una visión. Pero en cambio, a finales
de los ´80 y principios de los ´90, muchas personas vieron el programa espacial de EE.UU.
como una sucesión de catástrofes; siete valientes estadounidenses murieron en una misión
que tenía como principal función la de poner un satélite de comunicaciones que podría
haberse lanzado a un costo menor sin poner en riesgo a nadie, un telescopio de mil millones
de dólares enviado con un mal caso de miopía, una nave espacial a Júpiter, cuya principal
antena —esencial para devolver datos a la Tierra— no se despliega; una sonda perdida cuando
estaba a punto de entrar en órbita de Marte. Algunas personas tiemblan cada vez que la NASA
describe como exploración el envío de una pocos astronautas 200 millas hacia arriba en una
pequeña cápsula que describe incesantemente círculos alrededor de la Tierra y no va a
ninguna parte. En comparación con los brillantes logros de misiones robóticas, es
sorprendente la poca frecuencia con que descubrimientos científicos fundamentales surgen de
las misiones tripuladas. A excepción de la reparación de satélites ineptamente fabricados o
que han fallado, o el lanzamiento de un satélite que podría haber sido enviado en un lanzador
no tripulado, el programa tripulado, desde la década de 1970, parecía incapaz de generar
logros proporcionales al costo. Otros vieron a la NASA como un pretexto de planes grandiosos
para poner armas en el espacio, a pesar de que un arma en órbita es en muchos casos un
blanco fácil. Y la NASA mostró síntomas de estar envejecida, arteriosclerótica, excesivamente
precavida y burocrática, poco audaz. La tendencia tal vez esté empezando a revertirse.

Pero estas críticas —muchos de ellas ciertamente válidas— no deben hacernos olvidar los
triunfos de la NASA en el mismo período: la primera exploración de los sistemas de Urano y
Neptuno, la reparación en órbita del telescopio espacial Hubble, la prueba de que la
existencia de las galaxias es compatible con el Big Bang, las primeras observaciones cercanas
de asteroides, el cartografiado de Venus de polo a polo, el seguimiento de la reducción de la
capa de ozono, la demostración de la existencia de un agujero negro con la masa de mil
millones de soles en el centro de una galaxia cercana, y un compromiso histórico con los
esfuerzos conjuntos en el espacio por parte EE.UU. y Rusia.

Las implicaciones del programa espacial son de largo alcance, visionarias, e incluso
revolucionarias. Satélites de comunicaciones que enlazan el planeta, son fundamentales para
la economía global, y, a través de la televisión, habitualmente nos transmiten el hecho
esencial de que vivimos en una comunidad global. Los satélites meteorológicos predicen el
clima, salvan vidas en los huracanes y tornados, y evitan muchos miles de millones de dólares
en pérdidas de cosechas cada año. Satélites militares de reconocimiento y seguimiento de
tratados hacen a las naciones y a la civilización mundial más seguras; en un mundo con
decenas de miles de armas nucleares, tranquilizan a los fanáticos y paranoicos en todos los
lados, son herramientas esenciales para la supervivencia en un planeta problemático e
impredecible.

Satélites de observación terrestre, sobre todo una nueva generación que pronto será
desplegada, vigilan la salud del medio ambiente global: el calentamiento por el efecto
invernadero, la erosión del suelo, el agotamiento de la capa de ozono, corrientes oceánicas,
lluvia ácida, efectos de inundaciones y sequías, y nuevos peligros que no hemos descubierto
hasta ahora. Es simple higiene planetaria.

El sistema de posicionamiento global se encuentra ahora en su lugar para que tu localización


sea radio-triangulada por varios satélites. Sosteniendo un pequeño instrumento del tamaño de
una radio moderna de onda corta, puedes leer con gran precisión tu latitud y longitud. Ningún
avión estrellado, ningún barco en la niebla y bancos de arena, ningún conductor en una
ciudad desconocida tienen que estar perdidos de nuevo.

Satélites astronómicos fuera de la órbita de la Tierra hacen observaciones con claridad sin
igual, estudiando cuestiones que van desde la posible existencia de planetas alrededor de
estrellas cercanas, hasta el origen y destino del Universo. Sondas planetarias exploran desde
corta distancia el magnífico conjunto de otros mundos de nuestro sistema solar, comparando
sus destinos con los nuestros.

Todas estas actividades son con miras al futuro, esperanzadoras, emocionantes y rentables.
Ninguna de ellas requiere vuelos espaciales «tripulados». Una cuestión clave de cara al futuro
de la NASA y que es tratada en este libro es si las supuestas justificaciones de los vuelos
espaciales tripulados son coherentes y sostenibles. ¿Vale la pena el costo?

Pero primero, vamos a considerar las visiones de un futuro esperanzador confirmadas una
sonda espacial que anda entre los planetas.

VOYAGER 1 Y VOYAGER 2 son las naves que abrieron a la especie humana las puertas del
sistema solar, inaugurando un camino para las generaciones futuras. Antes de su lanzamiento,
en Agosto y Septiembre de 1977, éramos casi completamente ignorantes en lo que se refiere a
la mayor parte de la porción planetaria del sistema solar. En los doce años siguientes ellas nos
proporcionaron la primera información detallada y fiable acerca de muchos mundos nuevos;
algunos solamente se conocían hasta entonces en forma de discos borrosos en los oculares de
los telescopios ubicados en la Tierra, otros eran para nosotros meros puntos de luz y, de un
tercer grupo, ni siquiera se sospechaba su existencia. Todavía hoy los Voyager siguen
transmitiendo montones de datos.

Esas naves nos han enseñado muchas cosas sobre las maravillas de otros mundos, acerca de
la singularidad y fragilidad del nuestro, y también respecto a principios y finales. Nos han
dado acceso a gran parte del sistema solar, tanto en extensión como en masa. Fueron las
primeras naves que exploraron mundos que algún día podrían ser el hogar de nuestros
descendientes remotos.

Las lanzaderas espaciales americanas de hoy son demasiado débiles para llevar una nave
espacial de estas características hasta Júpiter en unos pocos años empleando únicamente la
propulsión por cohete. Pero si somos listos (y tenemos suerte) podemos hacerlo de otro modo:
existe la posibilidad (como hizo la nave Galileo años más tarde) de volar cerca de un mundo y
dejar que su gravedad nos impulse hasta el siguiente. Es lo que llamamos ayuda gravitatoria.
No nos cuesta más que ingenio. Es algo así como agarrarse a una barra de un tiovivo en
marcha para que nos acelere y salgamos despedidos en una nueva dirección. La aceleración
de la nave se ve compensada por una deceleración en el movimiento orbital del planeta
alrededor del Sol. Pero, dado que el planeta es tan masivo comparado con el vehículo espacial,
su movimiento apenas sufre alteración alguna. La velocidad que cada uno de los Voyager
recibió de la gravedad de Júpiter fue un empuje cercano a los 65.000 kilómetros por hora. El
movimiento de Júpiter alrededor del Sol sufrió, por su parte, una deceleración. ¿De cuánto?
Dentro de cinco mil millones de años, cuando nuestro Sol se convierta en un hinchado gigante
rojo, Júpiter se encontrará a un milímetro menos de donde habría estado si el Voyager no se
hubiera aproximado a él a fines del siglo XX.
El Voyager 2 se aprovechó de una rara alineación de los planetas: la aproximación a Júpiter le
impulsó hasta Saturno, Saturno lo disparó hasta Urano, Urano hasta Neptuno, y Neptuno
hacia las estrellas. Pero esa posibilidad no está siempre a nuestro alcance: la anterior
oportunidad para practicar este juego de billar celeste se había presentado nada menos que
durante la presidencia de Thomas Jefferson. En esa época la fase de exploración en que nos
encontrábamos no iba más allá del lomo del caballo, las canoas y los barcos veleros. (El
desarrollo del barco a vapor era la tecnología más innovadora que nos esperaba a la vuelta de
la esquina).

Trayectorias de las dos naves Voyager . Cedia por JPL/NASA.

En vista de que los fondos necesarios no estaban disponibles, el Laboratorio de Propulsión a


Chorro (JPL) de la NASA solamente podía permitirse la construcción de naves espaciales que
funcionaran de forma fiable hasta cubrir la distancia que nos separa de Saturno. Más allá de
la misma no había nada que hacer. Sin embargo, gracias a la excelencia del diseño de
ingeniería —y al hecho de que los ingenieros del JPL que radiaban las instrucciones a la nave
ganaban en sagacidad más de prisa de lo que se desgastaba la astronave— ambos vehículos
pasaron a explorar Urano y Neptuno. En la actualidad nos están transmitiendo
descubrimientos desde más allá del más distante planeta conocido del Sol.

Por lo general, se habla mucho más de los éxitos que nos han proporcionado las naves que de
ellas mismas o de sus constructores. Siempre ha sido así. Ni siquiera esos libros de historia,
fascinados con los viajes de Cristóbal Colón, nos dicen demasiado acerca de los constructores
de la Niña , la Pinta y la Santa María , ni tampoco sobre los principios en que se basa la
carabela. Esas naves espaciales, sus diseñadores, constructores, pilotos y controladores son
ejemplos de lo que la ciencia y la ingeniería, cuando se dedican libremente a propósitos
pacíficos bien definidos, son capaces de conseguir. Esos científicos e ingenieros deberían
erigirse en modelos para una América que busca la excelencia y la competitividad
internacional. Deberían figurar en nuestros sellos de correos.
Ganímedes, regiones ecuatoriales. Muchos de los accidentes visibles llevan los nombres de
antiguas ciudades y dioses sumerios. Mapa en relieve sombreado de USGS.

Una o ambas naves estudiaron cada uno de los cuatro planetas gigantes —Júpiter, Saturno,
Urano y Neptuno—, así como sus anillos y sus lunas. En Júpiter, en 1979, tuvieron que
enfrentarse con una cáscara de partículas cargadas de alta energía, mil veces más intensa de
la necesaria para matar a un ser humano; envueltas en esa gran cantidad de radiación,
descubrieron los anillos del planeta más grande, el primer volcán activo fuera de la Tierra y
un posible océano subterráneo en un mundo sin aire, entre un sinfín de otros asombrosos
descubrimientos. En Saturno, entre 1980 y 1981, sobrevivieron a una tempestad de hielo y no
hallaron sólo algunos anillos nuevos, sino miles de ellos. Examinaron lunas heladas,
misteriosamente fundidas en un pasado comparativamente reciente, un gran mundo con un
océano putativo de hidrocarburos líquidos coronado por nubes de materia orgánica.

El 25 de enero de 1986, el Voyager 2 penetró en el sistema de Urano y transmitió desde allí


una sucesión de maravillas. El encuentro no duró más que unas pocas horas, pero los datos
que fielmente devolvió a la Tierra han revolucionado nuestro conocimiento del planeta
aguamarina, sus quince lunas, sus anillos negros como la noche y su cinturón de partículas
cautivas, cargadas de alta energía. El 25 de agosto de 1989 el Voyager 2 pasó a través del
sistema de Neptuno y observó, ligeramente iluminadas en la distancia por el Sol, nubes de
formas calidoscópicas y una extraña luna sobre la cual flotaban como unas plumas de finas
partículas orgánicas mecidas por un aire sorprendentemente ligero. Y en 1992, habiendo
llegado más allá del planeta más exterior conocido, ambas naves Voyager detectaron
emisiones de radio que, según se cree, emanaban de la todavía remota heliopausa, el lugar
donde el viento solar da paso al viento estelar.
Exquisitas formaciones nubosas en Júpiter, vistas por el Voyager . Cedidas por JPL/NASA.
Júpiter visto desde la superficie de Europa. La luna que aparece a la derecha, rodeada de una
nube de gases en escape, es Ío. Algunos científicos creen que existe un océano subterráneo de
agua en Europa. Pintura de Don Davis.
Fotomosaico de una porción de la superficie de Europa vista por el Voyager . Cedido por
USGS/NASA.
Europa en un fotomosaico de alta resolución del Voyager . Cedida por USGS/NASA.
Los abundantes anillos de Saturno en color falso, enormemente exagerado, con la Tierra
colocada a escala para fines comparativos. Imagen del Voyager ; cedida por S. P. Meszaros y
NASA.
Saturno en color falso, enormemente exagerado, visto por el Voyager . Cedida por JPL/NASA.
Las nubes de Saturno en color falso, altamente exagerado. Imagen del Voyager ; cedida por
JPL/NASA.
Primer plano de la Gran Mancha Roja de Júpiter en color falso, comparada en tamaño con la
Tierra. Cedida por S. P. Meszaros y NASA.
La volcánica Ío. Fotomosaico del Voyager ; cedido por USGS/NASA.

Como estamos fijos en la Tierra, nos vemos obligados a escudriñar los mundos distantes a
través de un océano de aire distorsionador. Muchas de las ondas ultravioletas, infrarrojas y de
radio que emiten esos mundos no penetran nuestra atmósfera. Es, pues, evidente por qué
nuestras naves espaciales han revolucionado el estudio del sistema solar: ascendemos a una
claridad total en el vacío del espacio y de allí nos acercamos a nuestros objetivos, pasando
junto a ellos, como hicieron los Voyager , orbitándolos o tomando tierra en sus superficies.
Imagen en negativo de la cuenca de impacto multianillada Valhalla en Calisto. Cedida por
USGS/NASA.

Esas naves han mandado cuatro billones de bits de información a la Tierra, equivalentes
aproximadamente a cien mil volúmenes de enciclopedia. Ya describí en Cosmos los encuentros
de los Voyager 1 y 2 con el sistema de Júpiter. En las páginas siguientes hablaré de los
encuentros con Saturno, Urano y Neptuno.

POCO ANTES QUE EL VOYAGER 2 llegara al sistema de Urano, el diseño de la misión había
programado una maniobra final, un breve encendido del sistema de propulsión de a bordo, a
fin de posicionar correctamente la nave para que pudiera enfilar su camino en la trayectoria
predeterminada, sorteando las lunas existentes. No obstante, dicha corrección se reveló
innecesaria. La nave espacial se encontraba ya a doscientos kilómetros de su trayectoria
prevista, tras efectuar un viaje de cinco mil millones de kilómetros describiendo un arco. Ello
equivaldría a enhebrar una aguja a cincuenta kilómetros de distancia o a disparar un rifle en
Washington y hacer diana en Dallas.

Los filones principales del tesoro planetario fueron radiados de vuelta a la Tierra. Pero la
Tierra queda tan lejos que para cuando la señal de Neptuno era recogida en los
radiotelescopios de nuestro planeta, la potencia de recepción era tan sólo de 10 elevado a -16
vatios (quince ceros entre la coma y el uno). Esta débil señal guarda la misma proporción con
la potencia lumínica emitida por una lámpara normal que el diámetro de un átomo con la
distancia que separa la Tierra de la Luna. Es como escuchar el paso de una ameba.

La misión fue concebida a fines de los sesenta. Los primeros fondos de financiación se
recabaron en 1972, pero no fue aprobada en su formulación definitiva (incluyendo los
encuentros con Urano y Neptuno) hasta que las naves hubieron completado su reconocimiento
de Júpiter. Ambas fueron lanzadas desde la Tierra empleando un cohete propulsor
Titán/Centauro no reutilizable. El tamaño de una nave Voyager , que pesa cerca de una
tonelada, ocuparía una casa pequeña. Cada una consume 400 vatios de potencia —
considerablemente menos que un hogar americano medio— de un generador que convierte
plutonio radiactivo en electricidad. (Si tuviera que basarse en la energía solar, la potencia
disminuiría rápidamente a medida que la nave fuera alejándose del Sol. De no haber sido por
la energía nuclear, el Voyager no habría podido transmitir ningún dato del sistema solar
exterior, exceptuando quizá algunos referentes a Júpiter).

La corriente de electricidad en el interior de la nave generaría magnetismo suficiente como


para trastocar el sensible instrumento que mide los campos magnéticos interplanetarios. Por
ello, el magnetómetro se aloja en el extremo exterior de un brazo extensible, lejos de las
perniciosas corrientes eléctricas. Sumado a otras proyecciones que lleva la nave, da al
Voyager un cierto aspecto de puerco espín. Las cámaras, los espectrómetros infrarrojo y
ultravioleta, así como un instrumento denominado fotopolarímetro, están ubicados en la
plataforma de exploración científica, que es giratoria, de forma que dichos sistemas pueden
apuntar al mundo que constituya en cada momento nuestro objetivo de análisis. La nave debe
saber siempre dónde se encuentra la Tierra si se pretende que la antena quede correctamente
dispuesta y pueda enviar datos a nuestro planeta. También debe conocer la posición del Sol y,
al menos, la de una estrella brillante, para poder orientarse en tres dimensiones y apuntar
correctamente hacia cualquier mundo al pasar junto a él. Evidentemente, si no somos capaces
de dirigir bien las cámaras, de poco sirve que éstas puedan devolver imágenes desde miles de
millones de kilómetros de distancia.
La nave espacial Voyager . La plataforma de exploración científica que contiene las cámaras y
los espectrómetros se halla en el extremo izquierdo. Los detectores de partículas y de campos
se hallan alojados en las proyecciones restantes. La antena para radiar datos y recibir órdenes
de la Tierra, de color blanco y en forma de disco, se encuentra en la parte superior. Las
computadoras, cintas registradoras, dispositivos de control térmico y otros instrumentos
tienen cabida en la estructura octogonal, situada en la parte central de la nave, en una de
cuyas caras se halla el registro interestelar Voyager. Cedida por JPL/NASA.

Cada nave espacial cuesta aproximadamente lo mismo que un bombardero estratégico


moderno. Pero a diferencia de los bombarderos, un Voyager no puede, una vez lanzado, volver
a los hangares para ser reparado. Por eso las computadoras y aparatos electrónicos de la nave
se diseñan de forma redundante. Gran parte de la maquinaria clave, incluyendo el esencial
transmisor de radio, lleva al menos un sustituto a bordo, preparado para ser requerido si
alguna vez se plantea la necesidad. Cuando uno de los Voyager se encuentra en dificultades,
las computadoras utilizan la lógica del «árbol de contingencias ramificadas» para elaborar la
secuencia apropiada de actuación. En caso de que tampoco eso funcionara, la nave pide ayuda
a la Tierra.

A medida que la astronave se va alejando más de nuestro planeta, va incrementándose


también el tiempo que invierten las ondas de radio en su viaje de ida y vuelta, que alcanza las
once horas cuando el Voyager se halla a la distancia de Neptuno. Así pues, en caso de
emergencia la nave debe saber cómo situarse en una posición segura de reserva, mientras
espera instrucciones procedentes de la Tierra. Por otra parte, a medida que va pasando el
tiempo es de esperar que se vayan produciendo más fallos, tanto en sus componentes
mecánicos como en el sistema informático que lleva incorporado, si bien hasta el momento no
hay indicios de ningún deterioro serio de la memoria, de lo que podríamos llamar
«enfermedad de Alzheimer» de los robots.
Ello no significa, claro está, que los Voyager sean perfectos. Ha habido que lidiar ya con serios
contratiempos, que han supuesto amenazas reales para la misión. En cada una de esas
ocasiones se asignaron equipos especiales de ingenieros —algunos habían formado parte del
programa Voyager desde el principio— para «trabajar» el problema. Estudiaban las materias
científicas implícitas en el contratiempo y recurrían a su experiencia previa con los
subsistemas defectuosos. Para experimentar empleaban equipos idénticos a los de la nave
Voyager que nunca llegaron a ponerse en órbita, o bien optaban por fabricar gran cantidad de
componentes del mismo tipo que los que estaban fallando, a fin de alcanzar una comprensión
de orden estadístico respecto a los motivos de la avería.

En abril de 1978, casi ocho meses después del lanzamiento y mientras la nave se aproximaba
al cinturón de asteroides, la omisión de una orden en la Tierra —un error humano— hizo que
la computadora de a bordo del Voyager 2 desconectara el transmisor principal de radio y
conectara su sustituto. Durante la siguiente conexión con la nave, el transmisor de reserva se
negó a desconectarse de acuerdo con la orden que le llegaba desde la Tierra. Un componente
de los circuitos, un condensador, había fallado. Transcurridos siete días, durante los cuales el
Voyager 2 estuvo totalmente fuera de contacto, el software de protección antierrores ordenó
de repente al transmisor de reserva que se desconectara y puso de nuevo en marcha el
principal. Misteriosamente —hasta el día de hoy nadie sabe a qué se debió—, momentos
después el transmisor principal falló. Nunca más se ha sabido de él. Para colmo, la
computadora de a bordo comenzó entonces a insistir alocadamente en utilizar el transmisor
principal defectuoso. Por culpa de una desgraciada concatenación de errores humanos y
robóticos, la nave se encontraba ahora verdaderamente en peligro. A nadie se le ocurría el
modo de conseguir que el Voyager 2 conectara de nuevo el transmisor de reserva. Y aunque lo
hiciera, dicho transmisor tampoco podía recibir órdenes de la Tierra por causa del
condensador averiado. Fueron momentos en que muchos miembros del personal del proyecto
se temieron lo peor.

Pero al cabo de una semana de obstinada indiferencia ante todas las órdenes, las
instrucciones de puesta en marcha entre transmisores fueron aceptadas y programadas en la
caprichosa computadora de a bordo. En el transcurso de esa misma semana, los ingenieros
del JPL diseñaron un innovador procedimiento de control de la frecuencia de transmisión de
las órdenes, a fin de garantizar que las más esenciales fueran comprendidas por el transmisor
de reserva averiado.

Ahora los ingenieros podían comunicarse de nuevo, al menos de manera rudimentaria, con la
astronave. Pero desgraciadamente dicho transmisor había quedado tocado y se había vuelto
extremadamente sensible al calor disperso liberado cuando determinados componentes de la
nave aumentaban o disminuían de potencia. En los meses siguientes los ingenieros del JPL
diseñaron y llevaron a cabo pruebas que les permitieran comprender a fondo las implicaciones
térmicas que acarrean muchas de las operaciones en una nave espacial: ¿cuáles impedirían y
cuáles permitirían la recepción de órdenes desde la Tierra?

Con esta información pudo solventarse por completo el problema con el transmisor de reserva
y éste registró todas las órdenes procedentes de la Tierra acerca de cómo recabar datos en los
sistemas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. Los ingenieros habían conseguido salvar la
misión. (Para curarse en salud, y durante la mayor parte del subsiguiente viaje del Voyager 2 ,
siempre proporcionaron de antemano a la computadora de a bordo la secuencia de órdenes
nominales referente a la toma de datos para el próximo planeta con que debía encontrarse, no
fuera que le diera de nuevo por hacer oídos sordos a las demandas que le formulaban desde
casa).

Otro acongojante percance se produjo justo después de que el Voyager 2 emergiera desde
detrás de Saturno (visto desde la Tierra) en agosto de 1981. La plataforma de exploración
científica había estado moviéndose febrilmente, apuntando, ahora aquí ahora allá, hacia los
anillos, lunas y la misma superficie del planeta durante los momentos —demasiado breves—
de mayor aproximación. Repentinamente, la plataforma se atascó. Una plataforma de
exploración encallada constituye un apuro capaz de volver loco a cualquier astrónomo: tener
conciencia de que la astronave está volando junto a maravillas que nunca nadie ha
presenciado, que no volveremos a ver en años o quizá en décadas, y la nave espacial mirando
fijamente al espacio con total indiferencia, ignorándolo absolutamente todo.
La plataforma de exploración es movida por actuadores que contienen trenes de engranajes.
Así pues, primero, los ingenieros del JPL hicieron funcionar una copia idéntica de un actuador
de vuelo en una misión simulada. Este falló tras 348 giros; el actuador de la nave espacial se
había atascado al cabo de 352 giros. Se descubrió que el problema residía en un fallo de
lubricación. Bueno era saberlo, pero ¿qué se podía hacer para solucionarlo? Evidentemente
era imposible llegar hasta el Voyager provistos de una lata de aceite.

Los ingenieros se preguntaban si podrían poner de nuevo en marcha el actuador averiado


mediante calentamiento y enfriamiento alternos; quizá las tensiones térmicas resultantes
inducirían la expansión y contracción en grados diversos de los componentes del actuador y
desatascarían el sistema. Probaron esta idea en el laboratorio con actuadores fabricados para
la ocasión y, con gran alborozo, descubrieron que de esta manera se podía poner de nuevo en
funcionamiento la plataforma de exploración científica en el espacio. El personal del proyecto
diseñó también métodos para diagnosticar cualquier tendencia adicional al fallo de los
actuadores con la antelación suficiente para evitar el problema. Después de eso, la plataforma
de exploración del Voyager 2 funcionó a la perfección.

Todas las imágenes tomadas en los sistemas de Urano y Neptuno deben su existencia a este
trabajo. Los ingenieros, una vez más, habían logrado evitar el desastre.

Sala de operaciones de la misión en el JPL durante la fase de crucero del Voyager (con
posteridad al encuentro con Saturno). Cedida por JPL/NASA.

Los Voyager 1 y 2 fueron concebidos para explorar solamente los sistemas de Júpiter y
Saturno. Cierto que sus trayectorias iban a llevarlos hacia Urano y Neptuno, pero oficialmente
esos planetas nunca fueron contemplados como objetivos de exploración para los Voyager : no
estaba calculado que dichas naves duraran tanto. En vista de nuestro deseo de aproximarnos
al misterioso mundo de Titán, el Voyager 1 fue impulsado por Saturno en una senda en la que
nunca podría toparse con ningún otro mundo conocido; fue el Voyager 2 el que voló hacia
Urano y Neptuno consiguiendo un notabilísimo éxito. A esas inmensas distancias la luz solar
es cada vez más apagada y las señales de radio transmitidas a la Tierra se vuelven
paulatinamente más débiles. Eran problemas predecibles, aunque no por ello menos serios, a
los que los ingenieros y científicos del JPL debieron hacer frente.

A causa de los bajos niveles de luz en Urano y Neptuno, las cámaras de televisión del Voyager
se veían forzadas a aplicar periodos largos de exposición. Pero la nave circulaba tan de prisa a
través, por poner un ejemplo, del sistema de Urano (a unos 56.000 kilómetros por hora) que la
imagen habría quedado manchada o borrosa. Para compensarlo, toda la nave debía moverse
durante los tiempos de exposición, del mismo modo que hacemos girar lentamente la cámara
en la dirección opuesta para tomar una foto de un coche en movimiento, en plena calle. Suena
muy sencillo, pero no lo es: es necesario neutralizar el más leve movimiento. Con gravedad
cero, el mero hecho de poner en marcha o parar el aparato de cassette de la nave puede
hacerla oscilar lo suficiente como para estropear una imagen.

También este obstáculo pudo ser salvado enviando órdenes a los pequeños motores cohete
(llamados thrusters ) de la nave, unas máquinas de una sensibilidad exquisita. Mediante un
pequeño golpe de gas al principio y al final de cada secuencia de toma de datos, los thrusters
compensaban la oscilación provocada por la cinta registradora, haciendo girar solamente un
poco toda la nave. A fin de solucionar la baja potencia de radio recibida en la Tierra, los
ingenieros diseñaron un modo nuevo y más eficaz de registro y transmisión de datos, y los
radiotelescopios en la Tierra fueron vinculados electrónicamente a otros para incrementar su
sensibilidad. En conjunto, el sistema de imagen funcionó mejor, bajo muchos criterios, en
Urano y Neptuno de lo que lo hizo en Saturno e incluso en Júpiter.

Los Voyager todavía no han dejado de explorar. Cabe, claro está, la posibilidad de que mañana
mismo falle algún subsistema vital, pero en lo que concierne a la desintegración radiactiva de
la fuente de energía que supone el plutonio, ambas naves deberían ser capaces de continuar
mandando datos a la Tierra hasta el año 2015 aproximadamente.

El Voyager es un ser inteligente, parte robot, parte humano, Transporta los sentidos del
hombre hasta mundos remotos. Para tareas simples y problemas a corto plazo se fía de su
propia inteligencia, pero para trabajos más complejos y problemas de mayor alcance se pone
en manos de la inteligencia colectiva y de la experiencia de los ingenieros del JPL. Esta
tendencia está destinada a crecer. Los Voyager encarnan la tecnología de principios de los
años setenta; si hoy se diseñara una nave para una misión de estas características,
incorporaría asombrosos avances en cuanto a inteligencia artificial, miniaturización, velocidad
de procesamiento de datos, habilidad para la autodiagnosis y reparación, así como a la
capacidad para aprender de la experiencia. También resultaría mucho más económica.
Última imagen del punto más cercano de encuentro. El Voyager 2 , de camino hacia las
estrellas, fotografía Neptuno y su extraordinaria luna Tritón, ambos como finos crecientes.

En los múltiples entornos peligrosos para las personas, tanto en la Tierra como en el espacio,
el futuro pertenece a asociaciones de robots y humanos que reconocerán en las naves Voyager
a sus antecesoras y pioneras. En circunstancias de accidente nuclear, desastres mineros,
exploración y arqueología subterránea, fabricación, inspección del interior de los volcanes y
como ayuda en el hogar, por nombrar solamente unas pocas aplicaciones potenciales, podría
suponer un enorme adelanto el poder contar con una generación de robots compactos,
ingeniosos, móviles y dirigibles, capaces de diagnosticar y reparar sus propias disfunciones.
Es muy probable que los de su tribu sean mucho más numerosos en un futuro próximo.

Hoy, la certeza de que cualquier cosa que construya el gobierno va a resultar un desastre ha
pasado a formar parte de la sabiduría convencional. Pero las dos naves Voyager fueron
construidas por el gobierno (en asociación con ese otro fantasma, la academia). Y se hicieron
dentro de los costes presupuestados, en el tiempo previsto, excediendo además ampliamente
de sus especificaciones de diseño, así como de los sueños más osados de sus constructores.
Sin tener como fin el control, la amenaza, el perjuicio o la destrucción, estas elegantes
máquinas representan la faceta exploradora de nuestra naturaleza, liberada para vagar por el
sistema solar y más allá de sus confines. Este tipo de tecnología —hallándose los tesoros que
descubre libremente disponibles para todos los seres humanos del mundo— ha supuesto, en el
transcurso de las últimas décadas, una de las pocas actividades llevadas a cabo por Estados
Unidos unánimemente admiradas, tanto por los que aborrecen muchas de sus políticas, como
por los que en general se muestran de acuerdo con la nación. Los Voyager vienen costando a
cada americano menos de un centavo al año, desde su lanzamiento hasta su encuentro con
Neptuno. Las misiones a otros planetas constituyen una de las cosas que mejor hacemos, y no
lo digo solamente en referencia a Estados Unidos, sino a toda la especie humana.
A principios del próximo siglo, el vehículo de aterrizaje Huygens , de la Agencia Espacial
Europea (ESA), desciende a través de las nubes altas de Titán hacia la desconocida superficie
que se esconde debajo. Pintura cedida por Hamid Hassan, ESA.
Capítulo 7

ENTRE LAS LUNAS DE SATURNO

Siéntate como un sultán entre las lunas de Saturno.

HERMAN MELVILLE, Moby Dick, cap. 107 (1851)

EXISTE UN MUNDO, cuyo tamaño se encuentra a medio camino entre la Luna y Marte, donde
el aire, en sus capas superiores, se riza a causa de la electricidad, que fluye en torrentes
procedente de su vecino, el arquetípico planeta de los anillos. Su perpetua envoltura marrón
está teñida de un curioso tono anaranjado tostado, y la materia de la vida cae sin cesar de los
cielos sobre su oculta y desconocida superficie. Este mundo se encuentra tan lejos que la luz
del Sol tarda más de una hora en llegar a él. Las naves espaciales necesitan años. Muchos
datos acerca de él siguen siendo un misterio, entre ellos si alberga grandes océanos. No
obstante, sabemos lo suficiente como para reconocer que puede haber a nuestro alcance un
lugar donde se están desarrollando determinados procesos que, eones atrás, condujeron en la
Tierra al origen de la vida.

Fotomontaje de Saturno y algunas de sus lunas. Titán aparece en la parte superior.

En nuestro mundo se está llevando a cabo un experimento a largo plazo —en algunos aspectos
bastante prometedor— acerca de la evolución de la materia. Los fósiles más antiguos
conocidos tienen unos 3600 millones de años de antigüedad. Pero hace 4200 o 4300 millones
de años, la Tierra estaba siendo devastada hasta tal punto, en las etapas finales de su
formación, que es imposible que la vida ya hubiera surgido: colisiones masivas fundían la
superficie, convirtiendo los océanos en vapor y dejando escapar al espacio cualquier
atmósfera que hubiera podido acumularse desde el último impacto. Así pues, cuatro mil
millones de años atrás existió una ventana, bastante limitada —tal vez solamente de unos cien
millones de años de amplitud—, en la que nuestros antepasados más distantes nacieron a la
vida. En cuanto las condiciones lo permitieron, la vida se desarrolló con rapidez. En cierto
modo.
Es muy probable que los primeros seres vivientes fueran muy ineptos, mucho menos capaces
que el más humilde de los microbios de la actualidad, y eso que éstos a duras penas llegan a
efectuar bastas copias de sí mismos. Pero la selección natural, el proceso crucial descrito por
primera vez con coherencia por Charles Darwin, constituye un instrumento dotado de tan
inmenso poder que a partir de los comienzos más modestos puede emerger toda la riqueza y
hermosura del mundo biológico.

Aquellos primeros seres vivientes se componían de piezas, partes, bloques constructivos que
hubieron de surgir por sí solos, es decir, alentados por las leyes de la física y la química, sobre
una Tierra carente de vida. Los bloques constructivos de toda vida terrestre reciben el
nombre de moléculas orgánicas y se basan en el carbono. Del prodigioso número de posibles
moléculas orgánicas, muy pocas participan en la creación de vida. Las dos clases más
importantes son los aminoácidos, bloques constructivos de las proteínas, y las bases de
nucleótidos, bloques constructivos de los ácidos nucleicos.

Y justo antes del origen de la vida, ¿de dónde surgieron esas moléculas? Solamente existen
dos posibilidades: del exterior o del interior del planeta. Sabemos que en esos tiempos
impactaban en la Tierra muchísimos más cometas y asteroides que hoy; que esos pequeños
mundos constituyen almacenes rebosantes de moléculas orgánicas complejas, y que algunas
de ellas pudieron escapar al negro destino que esperaba a la mayoría de moléculas a
consecuencia del impacto. Estoy describiendo aquí bienes caseros, no importados: las
moléculas orgánicas generadas en el aire y las aguas de la Tierra primitiva.

Lamentablemente, no conocemos demasiado acerca de la composición del aire primitivo, y hay


que señalar también que las moléculas orgánicas se fabrican con mayor facilidad en unas
atmósferas que en otras. No podía haber mucho oxígeno, porque el oxígeno es generado por
las plantas verdes, y en esa época todavía no existían. Probablemente habría más hidrógeno,
pues el hidrógeno es muy abundante en el universo y escapa al espacio desde las capas altas
de la atmósfera de la Tierra mejor que cualquier otro átomo (debido a que es muy ligero). Si
somos capaces de imaginar diversas posibilidades de atmósferas primitivas, podemos
duplicarlas en el laboratorio, aplicar energía y ver qué moléculas orgánicas se generan y en
qué cantidades. Este tipo de experimentos se han revelado estimulantes y prometedores a lo
largo de los años. Pero nuestra ignorancia de las condiciones iniciales limita su relevancia.

Mimas la luna más interior de Saturno conocida antes de la misión Voyager. Los rasgos más
definidos son imágenes de alta resolución del Voyager . Los detalles más borrosos, como el
cráter Herschel, se cuentan entre los datos de menor resolución del Voyager . Las áreas
blancas nunca han sido fotografiadas y constituyen zonas todavía desconocidas. Mapa en
relieve sombreado cedido por USGS.
La luna saturniana Tetis, mapa en relieve sombreado. Los accidentes en dicho mundo llevan
en su mayor parte nombres tomados de lugares y personajes de la Odisea de Homero. El
cráter de impacto más grande es Odiseo. La sima de Ítaca casi circunnavega este mundo.
Cedido por USGS.

Encélado, una luna helada de Saturno inmersa en uno de los anillos del planeta. Nótese la
ausencia de cráteres de impacto en estas provincias, lo cual indica que la superficie de este
mundo se fundió recientemente. Nadie se explica cómo pudo ser. Mapa en relieve sombreado
de USGS.

Lo que necesitamos es un mundo real cuya atmósfera conserve todavía algunos de esos gases
ricos en hidrógeno, un mundo que en otros aspectos sea parecido a la Tierra, un mundo en
que los bloques orgánicos constructivos de vida estén siendo masivamente generados en la
actualidad, y al cual podamos acudir en busca de nuestros propios orígenes. Solamente existe
un mundo así en el sistema solar. Se trata de Titán, la gran luna de Saturno. Tiene alrededor
de 5150 kilómetros de diámetro, un poco menos de la mitad del tamaño de la Tierra. Necesita
dieciséis de nuestros días para completar una órbita alrededor de Saturno.

No hay ningún mundo que sea una réplica perfecta de otro y, al menos en un aspecto
importante, Titán es muy distinto de la Tierra primitiva: al hallarse tan alejado del Sol, su
superficie es extremadamente fría, muy por debajo del punto de congelación del agua,
alrededor de 180 °C bajo cero. Así pues, mientras en la época del origen de la vida la Tierra
estaba —como ahora— cubierta en su mayor parte por océanos, en Titán no pueden existir
océanos de agua líquida. (Que haya océanos compuestos de otra materia ya es otra historia,
como veremos más adelante). Sin embargo, las bajas temperaturas proporcionan una ventaja,
pues una vez sintetizadas las moléculas en Titán, tienden a conservarse: cuanto más elevadas
son las temperaturas, más rápido se destruyen las moléculas. En Titán puede que todavía se
conserven las moléculas que han estado lloviendo del cielo como maná durante los últimos
cuatro mil millones de años, completamente inalteradas, congeladas, aguardando la llegada
de los químicos de la Tierra.

LA INVENCIÓN DEL TELESCOPIO en el siglo XVII condujo al descubrimiento de muchos


mundos nuevos. En 1610 Galileo espió por primera vez los cuatro grandes satélites de Júpiter.
Parecía un sistema solar en miniatura, con aquellas pequeñas lunas dando vueltas alrededor
de Júpiter, tal como pensaba Copérnico que los planetas orbitaban al Sol. Fue otro duro golpe
para los geocentristas. Cuarenta y cinco años más tarde, el renombrado físico holandés
Christiaan Huygens descubrió una luna que se movía alrededor del planeta Saturno, y la llamó
Titán[10] .

Era un punto de luz a más de 1600 millones de kilómetros de distancia, fulgurando en luz
solar reflejada. Desde el momento de su descubrimiento, una época en que los hombres
europeos llevaban largas pelucas de tirabuzones, hasta la segunda guerra mundial, cuando los
americanos se cortaban el pelo al uno, casi no se supo nada más de Titán, exceptuando el
hecho de que presenta un curioso color tostado. Los telescopios basados en la Tierra apenas
pudieron averiguar algún detalle enigmático. El astrónomo español J. Comas Sola aportó, en
los albores del siglo XX, una vaga e indirecta evidencia de la existencia de una atmósfera.

En cierto modo, yo crecí con Titán. Desarrollé mi tesis doctoral en la Universidad de Chicago
bajo la tutela de Gerard P. Kuiper, el astrónomo que efectuó el descubrimiento definitivo de
que Titán posee atmósfera. Kuiper era holandés y descendiente intelectual en línea directa de
Christiaan Huygens. En 1944, mientras llevaba a cabo un examen espectroscópico de Titán,
Kuiper quedó asombrado al descubrir los rasgos espectrales característicos del gas metano.
Cuando apuntó el telescopio hacia Titán, ahí estaba la rúbrica del metano[11] .

Cuando lo retiraba, en cambio, ni rastro del metano. Pero las lunas no tienen por qué retener
atmósferas considerables y, desde luego, no es ése el caso de la luna de la Tierra. Kuiper
comprendió que Titán podía retener una atmósfera aunque su gravedad fuera inferior a la de
la Tierra, al ser muy fría su atmósfera superior. Simplemente, las moléculas no se mueven con
la celeridad suficiente para que un número significativo de ellas alcance la velocidad de
escape y huya al espacio.

Daniel Harris, alumno de Kuiper, demostró de manera concluyente que Titán es rojo. Tal vez
estuviéramos contemplando una superficie herrumbrosa como la de Marte. Si queríamos
aprender más cosas sobre Titán, podíamos medir la polarización de la luz solar reflejada en él.
La luz solar ordinaria no está polarizada. Joseph Veverka, actualmente compañero mío en el
cuerpo docente de la Universidad de Cornell, se graduó bajo mi tutela en la Universidad de
Harvard y es, en consecuencia, por así decirlo, «descendiente» de Kuiper. En su tesis
doctoral, alrededor de 1970, midió la polarización de Titán y descubrió que ésta cambiaba
cuando se modificaban las posiciones relativas de Titán, el Sol y la Tierra. Pero el cambio era
muy distinto del exhibido, por ejemplo, por la Luna. Veverka llegó a la conclusión de que la
naturaleza de esta variación era coherente con la existencia de nubes o niebla extensiva en
Titán. Cuando lo observábamos a través del telescopio no estábamos viendo su superficie. No
sabíamos nada de cómo podía ser, ni teníamos tampoco la más ligera idea de la distancia que
la separaba de la cubierta de nubes.

Así, a principios de los años setenta, a modo de legado de Huygens y de su línea de


descendencia intelectual, quedó claro por lo menos que Titán posee una atmósfera densa rica
en metano y que probablemente se halla envuelto en un velo rojizo de nubes o neblina aerosol.
Pero ¿qué tipo de nube puede ser roja? A comienzos de la década de los setenta, mí colega
Bishun Khare y yo llevamos a cabo unos experimentos en Cornell consistentes en irradiar
diversas atmósferas ricas en metano con luz ultravioleta o electrones, con lo cual se generaba
un sólido rojizo o marronoso; este material formaba una capa en el interior de nuestros vasos
de reacción. Se me ocurrió que si Titán, que era rico en metano, poseía esas nubes de tonos
entre rojo y marrón, éstas podían muy bien ser similares a lo que estábamos fabricando en el
laboratorio. Llamamos a ese material tholin (tollina , en griego, significa «fangoso»). Al
principio teníamos una muy vaga idea de cuál podía ser su composición. Se trataba de algún
tipo de mezcolanza orgánica, producto de la disgregación de nuestras moléculas iniciales, que
permitía la recombinación de los átomos —carbono, hidrógeno, nitrógeno— y de los
fragmentos moleculares.

La forma más simple de producir el tholin de Titán: Arriba, una corriente eléctrica pasa a
través de un filamento de cobre en espiral, dispuesto envolviendo un tubo de cristal a través
del cual fluye nitrógeno y metano. La descarga eléctrica resultante descompone estos gases.
Los fragmentos moleculares se recombinan posteriormente para formar materiales más
complejos. Abajo, una vez terminado el experimento, las zonas de más intensa electrificación
durante el mismo aparecen recubiertas en mayor medida por la capa sólida marrón que
llamamos tholin de Titán. Resultados similares se obtienen con fuentes más elaboradas de
electrones energéticos. Experimentos a cargo de Bishun N. Khare y el autor, Laboratorio de
Estudios Planetarios, Universidad de Cornell.

La palabra «orgánico» no lleva implícita ninguna atribución de origen biológico; de acuerdo


con la vieja usanza química, que tiene más de un siglo de antigüedad, sirve meramente para
describir moléculas compuestas por átomos de carbono (excluyendo algunas muy simples,
como el monóxido de carbono, CO, y el anhídrido carbónico, CO2 ). Dado que la vida en la
Tierra está basada en moléculas orgánicas y visto que hubo un tiempo anterior a la existencia
de vida en la Tierra, algún proceso tuvo que dar lugar a moléculas orgánicas en nuestro
planeta antes de que apareciera el primer organismo. Algo similar, propuse yo, podría estar
ocurriendo hoy en Titán.

El acontecimiento de la época, en lo que se refiere a nuestra comprensión de Titán, fue la


llegada en 1980 y 1981 de las naves espaciales Voyager 1 y 2 al sistema de Saturno. Los
instrumentos de medición ultravioleta, infrarrojo y radio registraron la presión y la
temperatura a través de la atmósfera, desde la superficie oculta hasta el borde del espacio.
Averiguamos a qué altura llegaban los puntos más altos de las nubes y que el aire en Titán se
compone principalmente de nitrógeno, N2 , como ocurre hoy en la Tierra. El otro componente
fundamental, como descubrió Kuiper, es el metano, CH4 , la materia prima a partir de la cual
se generan allí moléculas orgánicas basadas en el carbono.

Se encontró también una gama de moléculas orgánicas simples, presentes en forma de gases,
principalmente hidrocarburos y nitrilos. Las más complejas llevan cuatro átomos «pesados»
(carbono y/o nitrógeno). Los hidrocarburos son moléculas compuestas únicamente de átomos
de carbono e hidrógeno, y los conocemos en forma de gas natural, petróleo y ceras. (Son
bastante distintos de los hidratos de carbono, como son los azúcares y las féculas, que
también llevan átomos de oxígeno). Los nitrilos son moléculas con un átomo de carbono y otro
de hidrógeno, unidos de una manera especial. El nitrilo más conocido es el HCN, cianuro de
hidrógeno, un gas letal para los seres humanos. No obstante, este gas tuvo también su
participación en los pasos que sobre la Tierra condujeron al origen de la vida.

El hecho de haber encontrado estas simples moléculas orgánicas en las capas superiores de la
atmósfera de Titán —aunque su presencia se reduzca a una parte por millón o incluso por mil
millones— resulta muy tentador. ¿Pudo la atmósfera de la Tierra primitiva ser algo similar? En
Titán hay diez veces más aire del que tenemos hoy en la Tierra, pero es perfectamente posible
que la Tierra, en sus orígenes, tuviera una atmósfera más densa.

Además, los Voyager descubrieron una amplia región de electrones y protones energéticos
alrededor de Saturno, atrapados en el campo magnético del planeta. Durante el curso de su
movimiento orbital alrededor de Saturno, Titán entra y sale con rapidez de su magnetosfera.
Haces de electrones (además de luz solar ultravioleta) caen sobre las capas superiores de aire
de Titán, al igual que fueron interceptadas por la atmósfera de la Tierra primitiva partículas
cargadas (y luz solar ultravioleta).

Así pues, resulta lógica la idea de irradiar la mezcla apropiada de nitrógeno y metano con luz
ultravioleta o electrones, a presiones muy bajas, y determinar qué moléculas de mayor
complejidad pueden formarse. ¿Podemos simular lo que está ocurriendo en la atmósfera
superior de Titán? En nuestro laboratorio de Cornell —con la colaboración fundamental de mi
colega W. Reid Thompson— efectuamos la réplica de algunas de las producciones de gases
orgánicos en Titán. Los hidrocarburos más simples son elaborados allí mediante la luz
ultravioleta procedente del Sol. Pero en lo que se refiere a todos los demás productos
gaseosos, los que conseguimos con mayor facilidad mediante electrones en el laboratorio
corresponden a los descubiertos por el Voyager en Titán, y en iguales proporciones. La
correspondencia es de uno a uno. En futuros estudios de Titán buscaremos los siguientes
gases en orden de abundancia obtenidos en el laboratorio. Los gases orgánicos más complejos
que fabricamos llevan seis o siete átomos de carbono y/o nitrógeno. Estas moléculas de
producto se hallan en camino de formar el tholin .

TENÍAMOS LA ESPERANZA DE UN CAMBIO en la meteorología cuando el Voyager 1 estaba


aproximándose a Titán. A gran distancia, su apariencia era la de un minúsculo disco; desde el
punto más cercano, el campo de visión de nuestra cámara abarcó una pequeña provincia de
Titán. Si la capa de niebla y nubes hubiera presentado alguna interrupción, de unos pocos
kilómetros por lo menos, al explorar el disco habríamos visto algo de su superficie oculta. Pero
no había indicios de ningún boquete. Ese mundo está completamente enmascarado. Nadie en
la Tierra sabe lo que hay en la superficie de Titán. Y un observador de allí, mirando hacia
arriba con luz visible normal, no podría imaginar las maravillas que le aguardaban si
atravesara la capa de nubes y pudiera contemplar Saturno con sus imponentes anillos.

Gracias a las mediciones del Voyager , del observatorio International Ultraviolet Explorer en
la órbita de la Tierra y de telescopios basados en nuestro planeta disponemos de bastantes
datos sobre las partículas que componen la capa de nubes y niebla, de colores entre naranja y
marrón, que envuelve la superficie de Titán: qué colores de la luz absorbe con mayor
profusión, cuáles deja pasar, hasta qué punto refracta la luz que la atraviesa y cómo son de
grandes las nubes que la componen. (La mayoría de ellas tienen el tamaño de las partículas
contenidas en el humo de un cigarrillo). Las «propiedades ópticas» dependerán,
naturalmente, de la composición de las partículas de la niebla.
Un mundo enmascarado: Titán visto en primer plano por el Voyager 1 . No pudo hallarse
ninguna abertura en la capa de niebla de gran altura. La naturaleza de la superficie
permanece en el misterio. Cedida por JPL/NASA.
Capas de niebla desgajadas (aquí en azul) por encima del nivel principal de niebla. Su
composición nos resulta desconocida. Cedida por JPL/NASA.

En colaboración con Edward Arakawa del Oak Ridge National Laboratory en Tennessee,
Khare y yo analizamos las propiedades ópticas del tholin de Titán. Resultó ser clavado a la
verdadera niebla de Titán. No existe otro candidato, ni material ni mineral ni orgánico, que
concuerde con las constantes ópticas de Titán. Así pues, podemos decir que hemos conseguido
embotellar la niebla de Titán, que, tras formarse en las capas altas de su atmósfera, va
precipitándose lentamente y acumulándose en copiosas cantidades en su superficie. ¿De qué
se compone ese material?
Equiparación del tholin con la niebla de Titán. En este diagrama, k corresponde a la medición
de la absorción de un material dado y se marca en el eje vertical. La longitud de onda de la luz
en micras (o micrómetros) se marca en el eje horizontal. La luz visible oscila entre 0,4 y 0,7
micras. En la franja inferior a dichos valores se encuentra la luz ultravioleta y los rayos X; en
la franja superior se hallan las ondas infrarrojas y las ondas de radio. Sombreadas en marrón
se muestran las propiedades de la niebla de Titán, determinadas mediante telescopios ópticos
ubicados en la Tierra, el International Ultraviolet Explorer en la órbita terrestre y los datos
aportados por el Voyager . La línea roja muestra los valores de k para el tholin de Titán
producido en nuestro laboratorio. La equiparación se cuenta entre los errores probables de
medición. Otros dos sólidos orgánicos, marcados mediante líneas negras, el polímero del
cianuro de hidrógeno y el polímero del acetileno, no se corresponden con las observaciones.
Del trabajo desarrollado por Bishun N. Khare y el propio autor en la Universidad de Cornell y
por Edward Arakawa en el Oak Ridge National Laboratory.

Es muy difícil determinar la composición exacta de un sólido orgánico complejo. Por ejemplo,
la química del carbón no está, todavía hoy, del todo esclarecida, a pesar de los cuantiosos
incentivos económicos que se han dedicado a ello. No obstante, sí hemos descubierto algunas
cosas acerca del tholin de Titán. Contiene muchos de los bloques esenciales constructivos de
vida de la Tierra. De hecho, si ponemos en agua el tholin de Titán, conseguiremos gran
número de aminoácidos, los constituyentes fundamentales de las proteínas, y también de
bases de nucleótidos, los bloques constructivos del DNA y RNA. Algunos de los aminoácidos
obtenidos por este procedimiento tienen una amplia representación entre los seres vivientes
de la Tierra. Otros son de una clase completamente diferente. También aparecen muchas
otras moléculas orgánicas, algunas de importancia para la vida y otras no. Durante los últimos
cuatro mil millones de años, inmensas cantidades de moléculas orgánicas se formaron en la
atmósfera y sedimentaron en la superficie de Titán. Si en los eones transcurridos desde
entonces todo ha permanecido congelado y sin sufrir cambios, la cantidad acumulada debería
de haber formado una capa, como mínimo, de decenas de metros de espesor; estimaciones
extremas le atribuyen kilómetros de profundidad.

Ahora bien, a 180 °C por debajo del punto de congelación del agua, muy bien podríamos
pensar que nunca llegarían a formarse aminoácidos. Sumergir el tholin en agua pudo tener
relevancia en la Tierra primitiva, pero no —cabría suponer— en Titán. Sin embargo,
ocasionalmente deben de producirse impactos de cometas y asteroides contra la superficie de
Titán. (Las demás lunas de Saturno cercanas a Titán presentan abundantes cráteres de
impacto, y la atmósfera de Titán no es lo suficientemente gruesa como para impedir que
objetos que se mueven a gran velocidad alcancen su superficie). Aunque no hemos visto nunca
la superficie de Titán, los científicos planetarios saben algunas cosas en relación con su
composición. La densidad media de Titán se halla entre la del hielo y la de la roca. Es
plausible pensar que contiene ambas cosas. El hielo y la roca son abundantes en mundos
cercanos; algunos de ellos se componen de hielo prácticamente puro. Si la superficie de Titán
está helada, el impacto de un cometa a gran velocidad fundiría temporalmente el hielo.
Thompson y yo estimamos que cualquier lugar dado de la superficie de Titán tiene una
probabilidad del cincuenta por ciento de haberse derretido alguna vez, con una duración
media del fluido resultante de casi mil años.

Ese dato, naturalmente, cambia sustancialmente las cosas. El origen de la vida en la Tierra
parece que tuvo lugar en océanos y marismas poco profundas. La vida en la Tierra se
compone principalmente de agua, que juega un papel esencial tanto en la física como en la
química. En realidad, a nosotros, criaturas adictas al agua, nos resulta extraordinariamente
difícil imaginar la vida sin ella. Si en nuestro planeta el origen de la vida se prolongó por un
espacio de tiempo inferior a cien millones de años, ¿cabe alguna posibilidad de que en Titán
se produjera en mil años? Con el tholin mezclado con agua líquida —aunque fuera solamente
durante mil años— la superficie de Titán podría hallarse mucho más adelantada en su camino
hacia el origen de la vida de lo que pensábamos.

A PESAR DE TODO ESTO, lamentablemente sabemos muy poco acerca de Titán. Esta
circunstancia se puso claramente de manifiesto en un simposio científico sobre Titán
celebrado en Toulouse, Francia, y patrocinado por la Agencia Espacial Europea (ESA). Si bien
la existencia de océanos de agua líquida es imposible en Titán, no lo son los océanos de
hidrocarburos líquidos. Se supone que, no muy por encima de la superficie, hay nubes de
metano (CH4 ), el hidrocarburo más abundante. El siguiente hidrocarburo más abundante, el
etano (C2 H6 ), debe de condensarse en la superficie del mismo modo que el vapor de agua se
convierte en líquido cerca de la superficie de la Tierra, donde las temperaturas oscilan entre
el punto de congelación y el punto de fusión. Así pues, vastos océanos de hidrocarburos
líquidos deberían de haberse acumulado durante el periplo de vida de Titán. Estarían
ubicados muy por debajo de la niebla y las nubes. Aunque ello no significa que fueran
completamente inaccesibles para nosotros, ya que las ondas de radio penetran fácilmente la
atmósfera de Titán con las finas partículas suspendidas en ella, que van precipitándose
lentamente.
Otra de las lunas de Saturno: Encélado, en color falso (en realidad es muy blanca y está
cubierta de hielo). Gran profusión de antiguos cráteres de impacto son visibles en la porción
derecha, pero en la izquierda todos ellos han sido borrados por algún tipo de evento que los
fundió. Imagen del Voyager , cedida por JPL/NASA.

Otra de las lunas de Saturno: el hemisferio posterior de Dione. Imagen del Voyager ; cedida
por JPL/NASA.

En Toulouse, Duane O. Muhleman, del Instituto de Tecnología de California, nos describió la


difícil proeza técnica de transmitir una secuencia de pulsos de radio desde un radiotelescopio
en el desierto Mojave, en California, con el objeto de que alcancen Titán, penetren a través de
la capa de niebla y nubes hasta su superficie, sean reflejadas de vuelta al espacio y luego
regresen a la Tierra. Una vez de vuelta, la debilitada señal es recogida por una serie de
radiotelescopios cerca de Socorro, Nuevo México. Estupendo. Si Titán posee una superficie de
hielo o de roca, un pulso de radar rebotado de su superficie debería ser detectable en la
Tierra. Pero si Titán estuviera cubierto de océanos de hidrocarburos, Muhleman no captaría
nada: los hidrocarburos líquidos son negros a estas ondas de radio y no habrían devuelto
ningún eco a la Tierra. De hecho, el sistema de radar gigante de Muhleman capta una
reflexión cuando ciertas longitudes de Titán miran hacia la Tierra, en tanto que no lo hace en
otras longitudes. Podríamos concluir, en ese caso, que Titán posee océanos y continentes, y
que debe de ser un continente el que ha reflejado las señales de vuelta a la Tierra. Pero si
Titán es en este aspecto igual que la Tierra —para determinados meridianos (pongamos a
través de Europa y África) principalmente continente y para otros (a través del Pacífico
central, por poner un ejemplo) principalmente océano—, entonces se plantea otro problema.

La órbita de Titán alrededor de Saturno no es un círculo perfecto. Es notablemente achatada,


o elíptica. Sin embargo, si Titán poseyera amplios océanos, el planeta gigante Saturno,
alrededor del cual órbita, levantaría en Titán mareas sustanciales, y la fricción resultante de
la marea daría forma circular a la órbita de Titán en un periodo de tiempo mucho menor a la
edad del sistema solar.

En un informe científico de 1982 titulado La marea en los océanos de Titán, Stanley Dermott,
actualmente en la Universidad de Florida, y yo argumentamos que, por esta razón, Titán debe
de ser o bien un mundo todo océano o bien un mundo todo continente. De otro modo la
fricción de la marea en lugares donde el océano es poco profundo habría pasado su factura.
Tal vez pudiera haber lagos e islas, pero nada más, y Titán tendría una órbita muy diferente
de la que vemos.

Así pues, tenemos tres argumentos científicos: uno llega a la conclusión de que este mundo
está prácticamente cubierto de océanos de hidrocarburos; otro sostiene que es una mezcla de
continentes y océanos, y el tercero nos obliga a elegir entre unos u otros, aduciendo que Titán
no puede tener amplios océanos y vastos continentes a la vez. Será interesante descubrir cuál
es la respuesta definitiva.
Japeto vista desde el Voyager . Imagen en negativo cedida por USGS/NASA.

Lo que acabo de referir es una especie de informe del progreso científico. Mañana mismo
puede producirse un nuevo hallazgo que aclare estos misterios y contradicciones. Tal vez haya
algún error en los resultados del radar de Muhleman, aunque es difícil saber de cuál podría
tratarse: su sistema le dice que está viendo Titán cuando éste se halla más cerca, cuando
efectivamente debería estar viendo Titán. Puede que exista algún fallo en nuestros cálculos
sobre la evolución de las mareas sobre la órbita de Titán, pero hasta ahora nadie ha sido
capaz de encontrar ningún error. Y es difícil imaginar cómo podría evitar el etano
condensarse en la superficie de Titán.

Quizá, a pesar de las bajas temperaturas, a lo largo de billones de años se ha producido un


cambio en la química; o puede que alguna combinación de cometas impactando del cielo y
volcanes u otros eventos tectónicos, ayudados por los rayos cósmicos, sean capaces de
congelar los hidrocarburos líquidos, convirtiéndolos en algún sólido orgánico complejo que
refleje las ondas de radio de vuelta al espacio. O podría ser también que algo reflectivo a las
ondas de radio flote en la superficie del océano. No obstante, los hidrocarburos líquidos son
de muy baja densidad: cualquier sólido orgánico conocido, a menos que sea extremadamente
espumoso, se hundiría como una piedra en los mares de Titán.

Concepción artística de la superficie de Japeto, un extraño mundo de hielo y materia orgánica


compleja, en una órbita exterior a Titán. Saturno se vislumbra en su cielo. Pintura de Ron
Miller.
El vehículo de aterrizaje Huygens penetra en la neblina de Titán con su paracaidas
desplegado, en el momento en que se produce la separación de su escudo de ablación. Pintura
cedida por Hamid Hassan, ESA.

Dermott y yo nos preguntamos ahora si cuando imaginamos continentes y océanos en Titán no


nos hallábamos demasiado anclados en nuestra experiencia de lo que es nuestro propio
mundo, si no fuimos demasiado chauvinistas de la Tierra en nuestro modo de razonar. Los
terrenos batidos, salpicados de cráteres y con abundantes cuencas de impacto cubren otras
lunas en el sistema de Saturno. Si imagináramos hidrocarburos líquidos acumulándose
lentamente en uno de esos mundos, no los consideraríamos océanos globales, sino grandes
cráteres aislados llenos, aunque no hasta el borde, de hidrocarburos líquidos. Multitud de
mares circulares de petróleo, algunos de más de 160 kilómetros de diámetro, salpicarían la
superficie, pero no habría olas perceptibles estimuladas por el distante Saturno, y lo lógico
sería pensar que no habría barcos, ni nadadores, ni surfistas, ni pescadores. La fricción de la
marea debería ser insignificante, pensamos, en un caso así, y la órbita alargada, elíptica de
Titán no se habría convertido en una órbita circular. No podremos tener ninguna certeza
hasta que empecemos a recibir imágenes por radar o del infrarrojo cercano de su superficie.
Pero puede que sea ésta la resolución de nuestro dilema: Titán como un mundo de grandes
lagos de hidrocarburos, más abundantes en determinadas longitudes que en otras.
El vehículo de aterrizaje Huygens sobre la superficie de Titán. Los rasgos de la superficie de
Titán. Los rasgos de la superficie son pura conjetura, puesto que nadie sabe lo que va a
encontrarse allí. Si tenemos suerte, la sonda continuará transmitiendo datos desde la
superficie. A causa de la niebla, desde la superficie de Titán no se distingue Saturno en luz
visible ordinaria, pero tal vez la concepción del artista muestre la visión en el infrarrojo
cercano. Pintura cedida por Hamid Hassan, ESA.
Otra panorámica de la sonda de descenso a punto de tocar la superficie de Titán. Ésta parece
estar cubierta de oscuras moléculas orgánicas complejas. Pintura cedida por Hamid Hassan,
ESA.

¿Debemos esperar una superficie helada, cubierta con profundos sedimentos de tholin , un
océano de hidrocarburos con unas cuantas islas como mucho, con materia orgánica incrustada
elevándose aquí y allá, un mundo de cráteres lacustres o algo más sutil que no hemos podido
imaginar todavía? No se trata meramente de una pregunta académica, ya que se está
diseñando una nave espacial auténtica para viajar a Titán. En un programa conjunto de la
NASA y la ESA, una astronave bautizada con el nombre de Cassini será lanzada en octubre de
1997, si todo marcha de acuerdo con lo previsto. Con dos aproximaciones a Venus, una a la
Tierra y una a Júpiter, en aras de la ayuda gravitatoria, tras un viaje de siete años de
duración, la nave será inyectada en la órbita de Saturno. Cada vez que la astronave se
acerque a Titán, la luna será examinada por un conjunto de instrumentos, incluyendo el radar.
Puesto que Cassini estará mucho más cerca de Titán, podrá resolver muchos detalles oscuros
relacionados con su superficie que resultaban indetectables por medio del pionero sistema de
Muhleman, basado en la Tierra. Es también muy probable que pueda contemplarse la
superficie en el infrarrojo cercano. En alguna fecha del verano del año 2004 podríamos tener
en nuestras manos mapas de la superficie oculta de Titán.

Cassini lleva también incorporado un vehículo de aterrizaje, oportunamente llamado Huygens


, que se desacoplará de la nave principal y se dejará caer en la atmósfera de Titán,
desplegando un gran paracaídas. El equipo instrumental irá descendiendo lentamente a través
de la niebla orgánica hacia las capas bajas de la atmósfera, atravesando las nubes de metano.
En su descenso analizará la química orgánica y, en caso de que sobreviva al aterrizaje, hará lo
propio en la superficie de dicho mundo.

Nada está garantizado. Pero la misión es técnicamente realizable, se está construyendo el


hardware; un impresionante enjambre de especialistas, incluyendo muchos jóvenes científicos
europeos, están trabajando duro en ello, y todas las naciones responsables parecen
comprometidas con el proyecto. Tal vez llegue a hacerse realidad. Quizá ese vuelo a través de
miles de millones de kilómetros de espacio interplanetario pueda traernos noticias, en un
futuro no demasiado distante, acerca del punto a que ha llegado Titán en su camino hacia la
vida.

La nave espacial Cassini , en primer plano —en misión de reconocimiento de Saturno, sus
anillos, su atmósfera magnética y sus lunas—, lanza la sonda Huygens hacia Titán, abajo, a la
izquierda. Pintura cedida por JPL/NASA.
Miranda, el satélite de Urano, tal vez la luna más extraña del sistema solar. Fotomosaico del
Voyager ; cedido por USGS/NASA.
Capítulo 8

EL PRIMER PLANETA NUEVO

Le imploro, ¿no esperará, acaso, ser capaz de aducir las razones para explicar el número de
planetas? Esa preocupación ha sido ya resuelta…

JOHANNES KEPLER, Epítome de astronomía copernicana, vol. 4 (1621)

ANTES DE QUE INVENTÁRAMOS LA CIVILIZACIÓN, nuestros antepasados vivían


principalmente al aire libre, fuera, bajo el cielo. Antes de que ideáramos luces artificiales,
polución atmosférica y formas modernas de ocio nocturno, nos dedicábamos a contemplar las
estrellas. Había razones calendáricas prácticas que lo avalaban, desde luego, pero había algo
más que eso. Todavía hoy, el más hastiado de los habitantes de la ciudad puede sentir alguna
vez la tentación de descubrir, en una noche clara, un cielo salpicado de miles de estrellas
fulgurantes. Cuando me ocurre a mí, después de todos estos años, aún se me corta la
respiración.

En toda cultura, el cielo y el impulso religioso se hallan entrelazados. Estoy tumbado en un


prado y el cielo me rodea. Me siento subyugado por sus proporciones. Es tan vasto y está tan
lejos que hace palpable mi insignificancia. Pero no me siento rechazado por él. Yo soy una
parte del cielo, minúscula, claro está, pero todo es minúsculo comparado con esa abrumadora
inmensidad. Y cuando me concentro en las estrellas, los planetas y sus movimientos me asalta
una irrefrenable sensación de organización, de mecanismo de relojería, de elegante precisión
funcionando a una escala que, con independencia de lo alto a que apunten nuestras
aspiraciones, nos hace pequeños y humildes.

La mayor parte de los grandes inventos en la historia de la Humanidad —desde los utensilios
de piedra y la domesticación del fuego hasta el lenguaje escrito— fueron realizados por
benefactores desconocidos. Nuestra memoria institucional en relación con eventos de un
pasado lejano es débil. No sabemos el nombre de aquel antepasado que, por primera vez,
comprendió que los planetas eran distintos de las estrellas. Ella o él vivió seguramente
decenas o incluso centenas de miles de años atrás. Pero, finalmente, todo el mundo
comprendió que cinco, no más, de esos puntos brillantes de luz que adornan el cielo nocturno
rompen filas respecto a los demás durante un periodo de meses, moviéndose de forma
extraña, casi como si estuvieran dotados de inteligencia.

Compartiendo el curioso movimiento aparente de esos planetas estaban el Sol y la Luna,


sumando en total siete cuerpos itinerantes. Estos siete eran importantes para los antiguos, y
les asignaron nombres de dioses, pero no de dioses antiguos cualesquiera, sino los nombres
de los dioses principales, los jefes, los que dictan a los demás dioses (y a los mortales) lo que
deben hacer. A uno de los planetas, relumbrante y de lento movimiento, los babilonios lo
bautizaron con el nombre de Marduk, los nórdicos con el de Odín, los griegos con el de Zeus y
los romanos con el de Júpiter, en cada caso el rey de los dioses. Al planeta pálido y de veloz
movimiento que nunca se hallaba lejos del Sol los romanos lo llamaron Mercurio, el nombre
del mensajero de los dioses; el más brillante de ellos recibió el nombre de Venus, la diosa del
amor y la belleza; el de color rojo como la sangre fue Marte, como el dios de la guerra; y el
más perezoso del grupo se llamó Saturno, en honor al dios del tiempo. Estas metáforas y
alusiones eran lo mejor que podían hacer nuestros antepasados: no poseían más instrumento
científico que sus propios ojos, se hallaban confinados en la Tierra y no tenían la menor idea
de que también ésta es un planeta.

Hubo un momento en los últimos cuatro mil años en que esos siete cuerpos celestes se
colocaron en línea. Poco antes del amanecer del 4 de marzo del año 1953 a. J.C. la Luna
creciente brillaba en el horizonte. Venus, Mercurio, Marte, Saturno y Júpiter se hallaban
alineados como perlas en un collar junto al gran cuadrado en la constelación Pegaso, cerca del
lugar del cual emana en la actualidad la lluvia de meteoritos de las Perseidas. Incluso los
observadores casuales del firmamento debieron de quedarse trasmudados por el
acontecimiento. ¿Qué era? ¿Una comunión de los dioses? Según Kevin Pang, del JPL, dicho
evento constituyó el punto de partida de los ciclos planetarios de los antiguos astrónomos
chinos.

No ha habido otra ocasión en los últimos cuatro mil años (ni la habrá en los próximos) en que
la danza de los planetas alrededor del Sol los conjugue de este modo, vistos desde la Tierra.
Pero el 5 de mayo del año 2000 los siete serán visibles en la misma parte del cielo, si bien
algunos al amanecer y otros durante el crepúsculo, y unas diez veces más separados que en
esa mañana de invierno del año 1953 a. J.C. Aun así, ésa será probablemente una noche
idónea para celebrar una fiesta.

Cuando llegó el momento de diseñar la semana —un lapso de tiempo que, a diferencia del día,
el mes y el año, no tiene una significación astronómica intrínseca— le fueron asignados siete
días, cada uno de ellos bautizado con el nombre de una de esas anómalas luces del cielo
nocturno, Los remanentes de dicha convención son hoy evidentes. En inglés, Saturday
(sábado) es el día de Saturno. Sunday (domingo) y Mo(o)nday (lunes) quedan suficientemente
claros[12] .

Los días restantes reciben los nombres de los dioses de los pueblos sajones y teutónicos
invasores de la Britania céltico-romana: Wednesday (miércoles), por ejemplo, corresponde al
día de Odín (o Wodin), lo cual quedaría más claro si lo pronunciáramos como se escribe,
Wedn's Day; Thursday (jueves) es el día de Thor; Friday (viernes) es el día de Freya, diosa del
amor. En el último día de la semana se conservó la tradición romana, pero el resto adoptó la
germánica.

La alineación de Mercurio, Marte y Saturno (de derecha a izquierda) con el Sol emergiendo
por detrás del hemisferio nocturno de la Luna. Imagen de la nave espacial Clementina desde
la órbita lunar. Cedida por el Naval Research Laboratory.

En todas las lenguas neolatinas, como el francés, castellano e italiano, la conexión es aún más
obvia, ya que todas ellas derivan del latín, donde los nombres de los días de la semana (en
orden, empezando por el domingo) derivan del Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y
Saturno. El día del Sol se convirtió en el día del Señor, en latín dominus . Podían haber
nombrado los días por orden de resplandor de los cuerpos astronómicos correspondientes, el
Sol, la Luna, Venus, Júpiter, Marte, Saturno, Mercurio (así pues, domingo, lunes, viernes,
jueves, martes, sábado y miércoles), pero no lo consideraron oportuno. Si los días de la
semana en las lenguas romance hubieran sido ordenados según la distancia de los planetas
respecto al Sol, la secuencia sería domingo, miércoles, viernes, lunes, martes, jueves y
sábado. No obstante, nadie conocía el orden de los planetas en los tiempos en que se estaban
asignando los nombres a los mismos planetas, a los dioses y a los días de la semana. El orden
de los días de la semana parece pues arbitrario, aunque quizá reconoce la primacía del Sol.

Urano con sus cinco lunas más grandes. Fotomontaje del Voyager 2 en su encuentro exterior
de enero de 1986. De derecha a izquierda: Titania, Miranda, Oberón, Umbriel y (a la
izquierda, en primer plano) Ariel. Cedida por JPL/NASA.

Esta agrupación de siete dioses, siete días y siete mundos —el Sol, la Luna y los cinco planetas
itinerantes— se introdujo de forma generalizada en la percepción de la gente. El número siete
empezó a adquirir connotaciones sobrenaturales. Había siete «cielos», las esferas
transparentes centradas en la Tierra que, se suponía, inducían el movimiento de esos mundos.
El más exterior, el séptimo cielo, era donde se suponía que residían las estrellas «fijas». Están
también los siete días de la Creación (si incluimos el día en que Dios descansó), los siete
orificios de la cabeza, las siete virtudes, los siete pecados capitales, los siete demonios
maléficos del mito sumerio, las siete vocales del alfabeto griego (cada una asociada a un dios
planetario), los siete gobernadores del destino en la tradición hermética, los siete grandes
libros del maniqueísmo, los siete sacramentos, los siete sabios de la Antigua Grecia y los siete
«cuerpos» de la alquimia (oro, plata, hierro, mercurio, plomo, estaño y cobre; el oro asociado
con el Sol, la plata con la Luna, el hierro con Marte, etc.). El séptimo hijo de un séptimo hijo
está dotado de poderes sobrenaturales. El siete es un número de la «suerte». En el Apocalipsis
del Nuevo Testamento se abren siete sellos que lacran un rollo de papiro, se tocan siete
trompetas, se llenan siete copas. San Agustín argumenta confusamente en favor de la
importancia mística del siete alegando que el tres «es el primer número impar» (¿y qué pasa
con el uno?) y el «cuatro es el primer número par» (¿y qué pasa con el dos?), y «con ambos…
se compone el siete». Etcétera, etcétera. En nuestros días persisten estas asociaciones.
Proyección del polo sur de Titania, otra de las lunas de Urano. Mapa en relieve sombreado de
USGS.
Proyección del polo sur de Oberón, otra de las lunas de Urano. Los cráteres de Oberón han
sido bautizados con nombres de héroes de las obras de Shakespeare. Mapa en relieve
sombreado de USGS.

Incluso la existencia de los cuatro satélites de Júpiter que descubrió Galileo —apenas planetas
— fue rechazada por poner en duda la precedencia del número siete. A medida que fue
creciendo la aceptación del sistema copernicano, la Tierra fue añadida a la lista de planetas y
el Sol y la Luna fueron tachados de la misma. En consecuencia, al parecer existían solamente
seis planetas (Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter y Saturno). Así pues, se inventaron
argumentos académicos aprendidos que demostraban por qué tenía que haber seis. Por
ejemplo, seis es el primer número «perfecto», igual a la suma de sus divisores (1+2+3). Quod
erat demonstrandum (lo que queríamos demostrar). Y, de todos modos, fueron solamente seis
los días de la Creación, no siete. La gente buscaba formas de acomodarse de siete planetas a
seis.

Cuando estos adeptos al misticismo numerológico se ajustaron al sistema copernicano, esta


manera autoindulgente de pensar cambió los planetas por lunas. La Tierra tenía una luna;
Júpiter contaba con las cuatro lunas galileanas. Sumaban cinco. Estaba claro que faltaba una.
(No olvidemos que seis es el número perfecto). Cuando Huygens descubrió Titán en 1655, él y
muchos otros se convencieron a sí mismos de que era la última: seis planetas, seis lunas y
Dios en su Cielo.

El historiador de la ciencia I. Bernard Cohen, de la Universidad de Harvard, ha señalado que,


de hecho, Huygens abandonó la búsqueda de otras lunas porque de esos argumentos se
desprendía que ya no quedaban más lunas por encontrar. Dieciséis años más tarde,
irónicamente con Huygens de servicio, G. D. Cassini[13] , del Observatorio de París, descubrió
una séptima, Japeto, un extraño mundo con un hemisferio negro y el otro blanco, en una
órbita exterior a la de Titán. Poco después Cassini dio con Rea, la siguiente luna saturniana,
interior a Titán.

Se presentaba pues otra oportunidad para la numerología, esta vez aprovechada para la tarea
práctica de adulación de un benefactor. Cassini sumó el número de planetas (seis) y el número
de satélites (ocho) y obtuvo el número catorce. Se dio la circunstancia de que el hombre que
construyó para Cassini su observatorio y pagaba su salario era Luis XIV de Francia, el Rey
Sol. El astrónomo no tardó en «presentar» estas dos nuevas lunas a su soberano y proclamar
que las «conquistas» de su majestad alcanzaban hasta los confines del sistema solar. A partir
de entonces, Cassini renunció discretamente a la búsqueda de nuevas lunas. Cohen sugiere
que el hombre temía que el hallazgo de una más ofendería a Luis, un monarca con el que no
se debía jugar, pues no vacilaba en arrojar a sus súbditos a las mazmorras por el mero crimen
de ser protestantes. Sin embargo, al cabo de doce años Cassini volvió a la carga y encontró —
no exento, sin duda, de cierto nerviosismo— dos lunas más. (Probablemente fue una suerte
que no continuáramos con esa vena, pues de otro modo Francia habría tenido que soportar la
carga de sesenta y tantos reyes borbones llamados Luis).

CUANDO SE REIVINDICABA LA EXISTENCIA de nuevos mundos a fines del siglo XVIII, la


fuerza de esta clase de argumentos numerológicos había disminuido notablemente. Aun así, el
anuncio en 1781 del descubrimiento de un nuevo planeta a través del telescopio fue acogido
con auténtica sorpresa. Comparativamente, el hallazgo de nuevas lunas ya no impresionaba
demasiado, en especial después de las primeras seis u ocho. Pero que hubiera nuevos planetas
por descubrir y que el ser humano hubiera creado un medio para hacerlo se consideró del
todo asombroso. Si todavía queda un planeta desconocido, puede haber muchos más, tanto en
este sistema solar como en otros. ¿Quién puede aventurar lo que se puede llegar a encontrar
si hay multitud de nuevos mundos ocultos en la oscuridad?

La diana en el cielo: Urano fotografiado por el Voyager 2 el 17 de enero de 1986 (a la


izquierda, tal como habríamos visto el planeta si hubiéramos viajado a bordo de la nave; a la
derecha, en color falso, con contrastes muy exagerados y empleando luz ultravioleta). El polo
sur del planeta apunta aproximadamente hacia la Tierra. El oscuro casquete polar, aquí en
color anaranjado, se compone probablemente de hidrocarburos, generados por los electrones
del campo magnético de Urano al precipitarse en la atmósfera polar. Los pequeños círculos
multicolores, en la parte inferior de la imagen, se deben a partículas individuales de polvo en
las lentes de la cámara del Voyager . Cedida por JPL/NASA.

El descubrimiento ni siquiera fue realizado por un astrónomo profesional, sino por William
Herschel, un músico cuyos parientes habían llegado a Gran Bretaña con la familia de otro
alemán anglicanizado, el monarca reinante y futuro opresor de los colonos americanos
Jorge III. Herschel se empeñó en llamar Jorge al planeta («estrella de Jorge», en realidad), el
nombre de su protector, pero, providencialmente, éste no llegó a mantenerse. (Parece que los
astrónomos andaban muy ocupados lisonjeando a los reyes). En su lugar, el planeta
descubierto por Herschel se denomina Urano (una inagotable fuente de hilaridad, renovada en
cada generación de vástagos angloparlantes de nueve años[14] ). Debe su nombre al antiguo
dios del cielo, quien, según la mitología griega, era el padre de Saturno y, por tanto, el abuelo
de los dioses del Olimpo.

Ya no consideramos al Sol y la Luna como planetas y —ignorando los asteroides y cometas


comparativamente insignificantes— contamos a Urano como el séptimo planeta, ordenándolos
desde el Sol (Mercurio, Venus, la Tierra, Marte, Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón).
Se trata del primer planeta que era desconocido en la antigüedad. Los cuatro planetas
exteriores, jovianos, son muy diferentes de los cuatro interiores, terrestres. Plutón es un caso
aparte.

A medida que fueron pasando los años y mejorando la calidad de los instrumentos
astronómicos fuimos aprendiendo más cosas en relación con el distante Urano. Lo que refleja
la pálida luz solar de vuelta hasta nosotros no es una superficie sólida, sino atmósfera y nubes,
al igual que sucede con Titán, Venus, Júpiter, Saturno y Neptuno. El aire en Urano se
compone de hidrógeno y helio, los dos gases más simples. También están presentes el metano
y otros hidrocarburos. Justo por debajo de las nubes visibles para los observadores terrestres
hay una atmósfera masiva, con enormes cantidades de amoniaco, sulfuro de hidrógeno y,
especialmente, agua.

En profundidad sobre Júpiter y Saturno, las presiones son tan grandes que los átomos sudan
electrones y el aire se convierte en un metal. Eso no parece ocurrir en Urano, menos masivo,
ya que las presiones en profundidad son menores. Más abajo todavía, descubierta únicamente
por sus sutiles tirones sobre las lunas de Urano, completamente inaccesible a la vista, bajo el
peso agobiante de la atmósfera existente, hay una superficie rocosa. Un gran planeta parecido
a la Tierra se esconde allí, envuelto en una inmensa manta de aire.

La temperatura de la superficie de la Tierra es debida a la luz solar que intercepta. Si


apagáramos el Sol, el planeta se enfriaría rápidamente; no sufriríamos un frío antártico, no
llegarían a congelarse los mares, pero sí haría un frío intenso que provocaría la precipitación
del aire, formando una capa de diez metros de espesor de nieves de oxígeno y nitrógeno que
cubriría todo el planeta. La pequeña cantidad de energía que aflora del caliente interior de la
Tierra resultaría insuficiente para fundir dichas nieves. Los casos de Júpiter, Saturno y
Neptuno son distintos. Sus interiores desprenden casi tanto calor como el que absorben de los
rayos del distante Sol. Si el Sol se extinguiera se verían muy poco afectados.

Pero Urano ya es harina de otro costal. Dicho planeta constituye una anomalía entre los
planetas jovianos. Urano es como la Tierra: su interior desprende muy poco calor. No sabemos
a qué achacarlo, por qué razón Urano —que en muchos aspectos es tan similar a Neptuno—
carece de una fuente potente de calor interno. Por esa razón, entre otras, no podemos decir
que comprendamos lo que sucede en las profundidades interiores de esos mundos
extraordinarios.

Urano gira alrededor del Sol en sentido horizontal. En la década de los noventa, el polo sur es
calentado por el Sol, y es ese polo el que perciben los observadores de la Tierra a fines del
siglo XX al contemplar Urano. Este planeta invierte 84 años terrestres en completar una
vuelta al Sol. Así pues, en la década del 2030 el polo norte se encontrará apuntando al Sol (y a
la Tierra). En la del 2070 será de nuevo el polo sur el que mire en dirección al Sol. Entretanto,
los astrónomos destacados en la Tierra estarán vislumbrando principalmente latitudes
ecuatoriales del planeta Urano.

Proyección del polo sur de Ariel, una de las lunas de Urano. Mapa en relieve sombreado de
USGS.

Los demás planetas efectúan la rotación mucho más verticales en sus órbitas. No se conoce
con seguridad la razón que explica esa rotación anómala del planeta Urano; la sugerencia más
prometedora aduce que en algún momento de su historia primitiva, miles de millones de años
atrás, Urano fue impactado por un planeta errante, aproximadamente del tamaño de la Tierra,
en una órbita muy excéntrica. Semejante colisión, si es que tuvo lugar, debió de provocar una
gran conmoción en el sistema de Urano; por lo poco que sabemos, es posible que nos queden
por hallar otros vestigios de esa antigua devastación. Pero la lejanía de Urano tiende a
preservar sus misterios.

En 1977, un equipo de científicos dirigido por James Elliot, en aquel entonces trabajando en la
Universidad de Cornell, descubrió casualmente que, al igual que Saturno, Urano posee anillos.
Los científicos sobrevolaban el océano Índico en un avión especial de la NASA —el
Observatorio Aerotransportado Kuiper— para presenciar el paso de Urano frente a una
estrella. (Estos acontecimientos, que reciben el nombre de ocultaciones, se producen de vez
en cuando, precisamente porque Urano se mueve muy lentamente respecto a las estrellas
distantes). Los observadores quedaron asombrados al comprobar que la estrella centelleaba
intermitentemente repetidas veces antes de pasar por detrás de Urano y su atmósfera, y luego
varias veces más justo después de emerger. Dado que el esquema de parpadeo intermitente se
repetía antes y después de la ocultación, este hallazgo (y mucho del trabajo subsiguiente)
condujo al descubrimiento de nueve anillos circumplanetarios muy finos y oscuros, que
otorgan a Urano la apariencia de una diana en el cielo.

Proyección del polo sur de Umbriel, una de las lunas de Urano. Mapa en relieve sombreado de
USGS.

Los observadores terrestres llegaron a la conclusión de que, rodeando a los anillos, se


hallaban las órbitas concéntricas de las cinco lunas conocidas hasta entonces: Miranda, Ariel,
Umbriel, Titania y Oberón. Sus nombres se deben a personajes de las obras de Shakespeare El
sueño de una noche de verano y La tempestad y de El rizo robado de Alexander Pope. Dos de
ellas fueron descubiertas por el mismo Herschel. La más interior de las cinco, Miranda[15] ,
fue detectada por mi profesor G. P. Kuiper en fecha tan reciente como el año 1948. Recuerdo
hasta qué punto se consideró un gran logro en esa época el descubrimiento de una nueva luna
de Urano. La luz en el infrarrojo cercano reflejada por esas cinco lunas dejó patente la rúbrica
espectral de la presencia de hielo común de agua en sus superficies. Y no es de extrañar, pues
Urano se halla tan alejado del Sol que no puede haber allí más luz al mediodía de la que hay
en la Tierra tras la puesta de sol. Las temperaturas son muy frías. El agua que pueda haber
tiene que estar congelada.

Primer plano de los anillos de Urano en color falso. Las nueve líneas más claras (en grupos —
contando desde la derecha— de tres, dos, tres y uno) corresponden a los nueve anillos
conocidos. Las líneas de fondo en colores pastel son producto del aumento de la computadora.
El más marcado o anillo épsilon, a la izquierda, es de un color neutro, mientras que los ocho
restantes muestran diferencias reales de color, si bien esta imagen aparecen altamente
exagerados. A diferencia de los anillos de Saturno, los de Urano son muy oscuros y se cree
que están formados de materia orgánica procesada por la radiación. Cedida por JPL/NASA.

LA REVOLUCIÓN EN NUESTRA COMPRENSIÓN del sistema de Urano —el planeta, sus


anillos y sus lunas— se inició el 24 de enero de 1986. Ese día, tras un viaje de ocho años y
medio, la nave espacial Voyager 2 llegó muy cerca de Miranda y acertó en el blanco de la
diana. Entonces la gravedad de Urano lo impulsó hasta Neptuno. La nave transmitió 4300
primeros planos del sistema de Urano y gran profusión de otros datos.

Se descubrió que Urano está rodeado por un cinturón de radiación intensa, electrones y
protones cautivos en el campo magnético del planeta. El Voyager voló a través de dicho
cinturón, midiendo a su paso el campo magnético y las partículas cargadas atrapadas.
Asimismo, detectó —con timbres, armonías y matices cambiantes, pero fundamentalmente en
fortissimo — una cacofonía de ondas de radio generadas por las partículas cautivas en
movimiento. Algo similar fue hallado en Júpiter y Saturno, y se encontraría más tarde en
Neptuno, aunque siempre con un tema y contrapunto característicos de cada mundo.

En la Tierra, los polos magnéticos y geográficos se hallan bastante cercanos. En Urano, en


cambio, el eje magnético y el eje de rotación presentan unos sesenta grados de separación
entre sí. Nadie hasta el momento ha logrado explicarse el porqué: hay quien sugiere que
estamos tomando a Urano con una inversión de sus polos magnéticos norte y sur, al igual que
ocurre periódicamente en la Tierra. Otros proponen que también eso es producto de esa
extraordinaria colisión de la antigüedad que volteó al planeta. Pero no lo sabemos.

Urano emite mucha más luz ultravioleta de la que recibe del Sol, generada probablemente por
las partículas cargadas que escapan de la magnetosfera y chocan contra las capas altas de la
atmósfera. Desde alguna posición en el sistema de Urano, la nave espacial examinó una
estrella brillante que parpadeaba de forma intermitente a medida que iban pasando los anillos
del planeta. Encontró nuevas y tenues bandas de polvo. Desde la perspectiva de la Tierra, el
Voyager pasó por detrás de Urano; así pues, las señales de radio que transmitía de vuelta a
casa pasaron tangencialmente a través de la atmósfera de Urano, sondeándola por debajo de
sus nubes de metano. Algunos han deducido la existencia de un vasto y profundo océano de
agua líquida a temperaturas muy elevadas, tal vez de unos ocho mil kilómetros de espesor,
flotando en el aire.

Otra panorámica de los anillos de Urano. El más ancho, épsilon, tiene menos de cien
kilómetros de anchura. Algunos de los restantes miden poco más de diez kilómetros de ancho.
Cedida por JPL/NASA.
Entre las principales glorias del encuentro con Urano se cuentan las imágenes. Con las dos
cámaras de televisión del Voyager descubrimos diez nuevas lunas, determinamos la longitud
del día en las nubes de Urano (alrededor de unas diecisiete horas) y estudiamos cerca de una
docena de anillos. Las imágenes más espectaculares fueron las que recibimos de las cinco
lunas más grandes de Urano, ya conocidas con anterioridad, especialmente las de la más
pequeña, la Miranda de Kuiper. Su superficie es un tumulto de valles de fallas, aristas
paralelas, abruptos acantilados, montañas bajas, cráteres de impacto y torrentes congelados
de material de la superficie, que en su momento se fundió. Este agitado paisaje resulta
inesperado para un mundo pequeño, frío y helado, tan distante del Sol. Es posible que la
superficie se fundiera y reestructurara en una época remota, cuando una resonancia
gravitacional entre Urano, Miranda y Ariel bombeó energía desde el planeta vecino al interior
de Miranda. O quizá lo que vemos sean los resultados de la colisión primitiva que se cree que
volteó a Urano. Aunque también cabría dentro de lo concebible que Miranda hubiera sido
destruida por completo, desmembrada, reducida a añicos por un salvaje mundo tambaleante y
hubieran quedado muchos fragmentos de la colisión en la órbita de dicha luna. Estos restos,
tras chocar lentamente entre sí y atraerse gravitatoriamente unos a otros, pudieron
reagregarse formando un mundo revuelto, hecho de parches e inacabado como es Miranda en
la actualidad.

Dos primeros planos de Miranda, obtenidos por el Voyager 2 el 24 de enero de 1986. Sea cual
sea el origen de este extraño terreno, los cráteres que presenta indican que es muy antiguo;
tal vez se remonte al periodo de formación del sistema de Urano. Cedidas por JPL/NASA.
Miranda, una luna de Urano, según una proyección polar. Los bordes discontinuos entre las
diferentes partes de este mundo son reales. Mapa en relieve sombreado de USGS.

Para mí, hay algo que da pavor en las imágenes de la oscura Miranda, porque me acuerdo
perfectamente de cuando no era más que un punto de luz casi perdido en el resplandor de
Urano, descubierto con gran dificultad por los astrónomos a fuerza de habilidad y paciencia.
En tan sólo media vida ha pasado de ser un mundo desconocido a constituir un destino cuyos
antiguos e idiosincráticos secretos han sido revelados, al menos parcialmente.
Urano creciente fotografiado por el Voyager al mirar atrás. Cedida por USGS/NASA.
Al filo de la noche interestelar, Neptuno visto desde un punto cercano a la superficie de su
luna Tritón. Las nubes en la atmósfera de Neptuno se mueven, en esta imagen, de arriba
abajo. Fotomontaje del Voyager , cedido por USGS/NASA.
Capítulo 9

UNA NAVE AMERICANA EN LAS FRONTERAS DEL SISTEMA SOLAR

… junto a la orilla del Lago de Tritón… Voy a limpiar mi pecho de secretos.

EURÍPIDES, Ion (aprox. 413 a. J.C.)

NEPTUNO ERA EL PUERTO FINAL del gran tour alrededor del sistema solar que debía
realizar el Voyager 2 . Por lo general es considerado el penúltimo planeta, siendo Plutón el
más exterior. Pero dado lo estirado y elíptico de la órbita de Plutón, Neptuno viene siendo
últimamente el planeta más exterior, y así permanecerá hasta el año 1999. Las temperaturas
típicas en sus nubes más altas rondan los -240 centígrados, al encontrarse tan alejado de los
calientes rayos del Sol. Todavía estaría más frío de no ser por el calor que se filtra desde su
interior. Neptuno se desliza por el borde de la noche interestelar. Es tanta la distancia que lo
separa del Sol que, en su cielo, éste aparece como poco más que una estrella
extraordinariamente brillante.

Primer plano de Neptuno. Las tres principales formas nubosas, de arriba abajo, a la derecha,
han sido apodadas «la Gran Mancha Oscura», «el Patinete» y (la del núcleo brillante)
«Mancha Oscura 2». Cada una de ellas efectua su rotación a una velocidad distinta, lo cual
explica que «el Patinete» aparezca en la imagen de la derecha pero no en la de la izquierda.
Todas ellas se mueven de oeste a este. Nosotros estamos contemplando las nubes desde lo
alto de una profunda atmósfera. Muy por debajo de ella existe un núcleo rocoso. Cedidas por
JPL/NASA.

¿Muy lejos? Tan lejos que todavía hoy no ha completado ni una sola vuelta alrededor del Sol,
que equivale a un año de Neptuno, desde su descubrimiento en 1846[16] .

Se encuentra tan alejado que no es perceptible a simple vista. Tan alejado, que la luz —que
viaja más rápido que ninguna otra cosa— tarda más de cinco horas en llegar de Neptuno a la
Tierra.

Cuando el Voyager 2 atravesó el sistema de Neptuno en 1989, sus cámaras, espectrómetros,


detectores de campo y de partículas y demás instrumentos examinaron a un ritmo febril el
planeta, sus lunas y también sus anillos. El planeta, al igual que sus primos Júpiter, Saturno y
Urano, es un gigante. Todos los planetas son en el fondo mundos similares a la Tierra, pero los
cuatro gigantes llevan disfraces muy pesados y elaborados. Júpiter y Saturno son grandes
mundos gaseosos con núcleos rocosos y helados relativamente pequeños. Pero Urano y
Neptuno son fundamentalmente mundos de roca y hielo envueltos en densas atmósferas que
los ocultan a la vista.

Neptuno es cuatro veces mayor que la Tierra. Cuando contemplamos su frío y austero color
azul, de nuevo estamos viendo solamente atmósfera y nubes, no superficie sólida. Su
atmósfera, una vez más, se compone principalmente de hidrógeno y helio, con una pequeña
porción de metano y rastros de otros hidrocarburos. También puede haber algo de nitrógeno.
Sus nubes luminosas, que al parecer son cristales de metano, flotan sobre otras más espesas y
profundas de composición desconocida. A partir del movimiento de las nubes pudimos
descubrir la existencia de feroces vientos, de intensidad cercana a la velocidad local del
sonido. También detectamos la presencia de una Gran Mancha Oscura, curiosamente, casi en
la misma latitud en que se encuentra la Gran Mancha Roja de Júpiter. El color azul celeste
parece apropiado para un planeta que lleva el nombre del dios de los mares.

Proyección del polo sur de Neptuno. Cedida por JPL/NASA.

Alrededor de ese mundo tenuemente iluminado, gélido, tormentoso y remoto, existe —también
aquí— un sistema de anillos, cada uno de ellos compuesto de innumerables objetos orbitantes
cuyo tamaño oscila entre el de las finas partículas del humo de un cigarrillo y el de un camión
pequeño. Al igual que los anillos de los restantes planetas jovianos, los de Neptuno son,
aparentemente, evanescentes; se calcula que la gravedad y la radiación solar acabarán por
disgregarlos en un periodo de tiempo mucho menor a la edad del sistema solar. Si se
destruyen rápidamente, ello significa que podemos verlos gracias a que se formaron
recientemente. Pero ¿cómo pueden formarse esos anillos?

Tritón vista por el Voyager 2 en su acercamiento, aproximadamente desde una distancia de


cuatro millones de kilómetros. Cedida por JPL/NASA.

La luna más grande en el sistema de Neptuno se llama Tritón[17] . Necesita casi seis días de
los nuestros para completar la órbita alrededor de Neptuno, lo cual lleva a cabo —es la única
de las grandes lunas del Sistema Solar que lo hace— en la dirección opuesta a la rotación de
su planeta (en el sentido de las agujas del reloj si convenimos que Neptuno lo hace en el
sentido contrario). Tritón posee una atmósfera rica en nitrógeno, en cierto modo similar a la
de Titán; pero, dado que el aire y la niebla son mucho más delgados, podemos vislumbrar su
superficie. Sus paisajes son variados y espléndidos. Se trata de un mundo de hielos: hielo de
nitrógeno y hielo de metano, probablemente con un fondo de hielo de agua y roca. Se observa
la presencia de cuencas de impacto que, al parecer, estuvieron inundadas de líquido antes de
congelarse (de modo que en algún momento hubo lagos en Tritón); también presenta cráteres
de impacto, valles cruzados en todas direcciones, amplias llanuras cubiertas de nieves de
nitrógeno, caídas recientemente, terreno arrugado que se asemeja a la piel de un
cantaloupe[18] y unas rayas largas, oscuras y más o menos paralelas que parecen haber sido
arrastradas por el viento y luego depositadas sobre la superficie helada, a pesar de lo escasa
que es la atmósfera de Tritón (aproximadamente 1/10.000 del espesor de la atmósfera de la
Tierra).

Tritón vista por el Voyager . Esta imagen dará pie a un examen más concienzudo. Si los
cráteres de impacto son raros, la superficie, tal como sucede en la Tierra, debe de ser joven,
es decir, ello indica que los cráteres han sido rellenados o cubiertos por algún tipo de proceso.
En este mundo, concretamente, se cree que dicho proceso consistió en océanos de metano o
de nitrógeno que se congelaron, además de su cobertura estacional por nieves de metano y
nitrógeno. Nótese, en su parte superior, la profusión de rayas negras, todas ellas arrastradas
por los vientos de oeste a este. Son muchos los datos de esta imagen que todavía no se han
podido explicar. Fotomosaico del Voyager ; cedido por USGS/NASA.

Todos los cráteres de Tritón son prístinos, como si hubieran sido estampados por algún
enorme mecanismo de acuñación. No se observan paredes derruidas ni relieves modificados.
Incluso con la periódica caída y evaporación de nieves, parece como si nada hubiera
erosionado la superficie de Tritón a lo largo de miles de millones de años. Así pues, todos los
cráteres que fueron excavados durante la formación de Tritón debieron de rellenarse y quedar
cubiertos por algún fenómeno primitivo de reestructuración global de la superficie. Tritón
órbita alrededor de Neptuno en la dirección opuesta a la rotación de dicho planeta, a
diferencia de lo que sucede con la Tierra y su luna, así como con la mayoría de las grandes
lunas del sistema solar. Si Tritón se hubiera formado a partir del mismo disco rotatorio que
produjo a Neptuno, debería dar vueltas a su alrededor en la misma dirección de rotación que
éste. Así pues, Tritón no se originó en la nebulosa local original alrededor de Neptuno, sino
que surgió en alguna otra parte —quizá mucho más allá de Plutón— y fue capturada de forma
casual por su gravedad al pasar demasiado cerca de él. Este evento tuvo que levantar
enormes mareas de cuerpos sólidos en Tritón, frunciendo su superficie y borrando toda huella
de su topografía anterior.

Primer plano de algunos de los penachos de Tritón. Cedida por JPL/NASA.

En algunos lugares la superficie es tan blanca y brillante como las nieves antárticas recién
caídas (y puede ofrecer una experiencia de esquí sin igual en todo el sistema solar). En otros
aparece teñida, presentando matices que van desde el rosa hasta el marrón. Una explicación
posible sería la siguiente: nieves recién caídas de nitrógeno, metano y otros hidrocarburos son
irradiadas por luz solar ultravioleta y por electrones atrapados en el campo magnético de
Neptuno, a través del cual avanza laboriosamente Tritón. Sabemos que semejante irradiación
convertiría las nieves (y los gases correspondientes) en sedimentos orgánicos complejos,
rojizos y oscuros, tholin de hielo, sin indicios de vida, pero también aquí compuesto de algunas
de las moléculas implicadas en el origen de la vida en la Tierra, cuatro mil millones de años
atrás.
Concepción artística de un penacho de Tritón. Abriéndose camino hacia la superficie, después
de haber desarrollado presiones considerables, un géiser de materia orgánica oscura emerge
a la ligera atmósfera tritoniana. Al fondo se ve otro penacho, atrapado en los vientos
habituales del lugar. Pintura de Ron Miller.

Durante el invierno local, las capas de hielo y nieve van acumulándose sobre la superficie.
(Afortunadamente, la duración de nuestros inviernos es, en comparación, tan sólo de un
cuatro por ciento). A lo largo de la primavera sufren una lenta transformación y van
acumulándose cada vez más moléculas orgánicas rojizas. Hacia el verano, el hielo y la nieve se
han evaporado. Los gases liberados en el proceso emigran a través del planeta hasta el
hemisferio de invierno y, una vez allí, cubren de nuevo la superficie de hielo y nieve. Pero las
moléculas orgánicas rojizas no se evaporan ni son transportadas, constituyen un depósito
rezagado y, al invierno siguiente, son cubiertas por nuevas nieves, que reciben a su vez la
radiación, de manera que cada verano la capa de sedimento se hace más gruesa. A medida
que pasa el tiempo, cantidades sustanciales de materia orgánica van apilándose sobre la
superficie de Tritón, lo cual puede explicar sus delicadas marcas de color.
Tritón visto justo sobre su polo. Las diferencias de color se han exagerado en gran medida.
Cedida por USGS/NASA.

Las rayas se inician en regiones de origen pequeñas y oscuras, quizá cuando las altas
temperaturas primaverales y veraniegas calientan las volátiles nieves subterráneas. Al
vaporizarse, el gas sale disparado como en un geiser, arrastrando consigo las nieves y materia
orgánica oscura menos volátil de la superficie. Los vientos de intensidad moderada se llevan
por delante la materia orgánica, que va sedimentando lentamente en ese aire ligero y es
depositada en el suelo, generando la apariencia de las rayas. Ésta es, por lo menos, una
reconstrucción de la historia tritoniana reciente.

Tritón podría tener grandes casquetes polares estacionales de liso hielo de nitrógeno bajo
capas de materiales orgánicos oscuros. Nieves de nitrógeno parecen haber caído
recientemente en el ecuador. Precipitaciones de nieve, géiseres, polvo orgánico movido por el
viento, así como nieblas de gran altitud, son fenómenos que resultan del todo inesperados en
un mundo que posee una atmósfera tan delgada.
Neptuno y sus tenues anillos en el cielo de Tritón. Pintura de Don Davis.

¿Por qué es tan ligero el aire? La razón es que Tritón se encuentra extremadamente alejado
del Sol. Si pudiéramos coger este mundo y ponerlo en órbita alrededor de Saturno, los hielos
de nitrógeno y metano se evaporarían rápidamente, se formaría una atmósfera mucho más
densa de nitrógeno y metano gaseosos y la radiación generaría una niebla opaca de tholin . Se
convertiría entonces en un mundo muy parecido a Titán. Si, a la inversa, situáramos a Titán en
órbita alrededor de Neptuno, casi toda su atmósfera se helaría produciendo nieves y hielos, el
tholin desaparecería y no sería reemplazado, el aire se aclararía y su superficie sería visible
con luz normal. Obtendríamos un mundo muy parecido a Tritón.

Diagrama esquemático del Cinturón de cometas de Kuiper. Se cree que millones de pequeños
mundos helados orbitan alrededor del Sol, justo después de Neptuno y Urano. Las órbitas de
Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno aparecen en color violeta, en tanto que la de Plutón es
mostrada en color verde. La órbita de Plutón está inclinada respecto a las órbitas de los
demás planetas. (De este modo queda patente por qué Plutón no es, en ocasiones, el planeta
más exterior). Mucho más allá de los planetas y también del Cinturón de Kuiper existe una
enorme formación esférica de mundos helados que orbitan alrededor del Sol, que recibe el
nombre de Nube de cometas de Oort. Diagrama elaborado por Harold Levinson, Southwest
Research Institute.

Esos dos mundos no son idénticos. El interior de Titán parece contener mucho más hielo que
el de Tritón, y una cantidad de roca notablemente menor. El diámetro de Titán dobla casi al de
Tritón.

Aun así, si estuvieran ubicados a la misma distancia del Sol, parecerían hermanos. Alan Stern,
del Instituto de Investigación del Sudoeste, sugiere que se trata de dos miembros de una
amplia colección de pequeños mundos, ricos en nitrógeno y metano, que se formaron en el
sistema solar primitivo. Plutón, que todavía debe ser visitado por una nave espacial, parece
otro miembro de dicho grupo. Puede que más allá de Plutón, muchos más estén esperando a
ser descubiertos. Las delgadas atmósferas y superficies heladas de todos esos mundos están
siendo irradiadas —al menos por rayos cósmicos, si no por otro tipo de rayos— y se están
formando conglomerados orgánicos ricos en nitrógeno. Así pues, parece indudable que la
materia de la vida no solamente se halla presente en Titán, sino que se encuentra esparcida
por los pálidos y fríos confines más exteriores de nuestro sistema planetario.

Recientemente se ha descubierto otra clase de objetos pequeños, cuyas órbitas los llevan —al
menos parte del tiempo— más allá de Neptuno y Plutón. Llamados en ocasiones planetas
menores o asteroides, es más probable que se trate de cometas inactivos (sin cola, claro está;
tan lejos del Sol sus hielos no tienen ocasión de vaporizarse con facilidad). No obstante, son
más grandes que los cometas que comúnmente conocemos. Podrían ser la vanguardia de una
amplia serie de pequeños mundos que se extienden desde la órbita de Plutón hasta medio
camino de la estrella más cercana. La provincia más interior de la Nube de cometas de Oort,
de la cual posiblemente formen parte estos nuevos objetos, recibe el nombre de Cinturón de
Kuiper, en honor a mi tutor Gerard Kuiper, el primero en sugerir su existencia. Los cometas
de corto periodo —como el Halley— surgen en el Cinturón de Kuiper, responden a los
impulsos gravitatorios, van a parar a la parte interior del sistema solar, desarrollan sus colas y
adornan nuestros cielos.

A fines del siglo XIX, esos bloques constructivos de mundos —entonces meras hipótesis— eran
llamados «planetesimales». La palabra nos recuerda, supongo, de alguna manera, a
«infinitesimales»: se necesita un número infinito de ellos para llegar a formar algo. No es tan
extremo el caso de estos corpúsculos del espacio, si bien sería necesario un gran número de
ellos para formar un planeta. Por ejemplo, para llegar a formar un planeta con la masa de la
Tierra se requeriría la aglutinación de billones de cuerpos del tamaño de un kilómetro cada
uno. Una vez hubo cantidades mucho mayores de pedazos de mundo en la porción planetaria
del sistema solar. La mayoría de ellos han desaparecido en la actualidad, ya sea eyectados al
espacio interestelar, engullidos por el Sol o sacrificados en la gran empresa de construir,
lunas y planetas. Pero, más allá de Neptuno y Plutón, los desechos, los remanentes que nunca
fueron agregados a mundos pueden estar a la espera, unos pocos más bien grandes, del orden
de los cien kilómetros, y cantidades realmente imponentes de cuerpos de un kilómetro y más
pequeños, salpicando el sistema solar exterior en todo el camino hacia la Nube de Oort.
Plutón y su luna Caronte fotografiados por el telescopio espacial Hubble . Ésta es la mejor foto
de ambos objetos de que disponemos. Plutón es más rojo que Caronte. Además, dicho planeta
es más pequeño que la Luna de la Tierra y Caronte tiene solamente cerca de 1.270 kilómetros
de diámetro. Cedida por R. Albrecht, ESA/ESO y NASA.

En este sentido, sí hay planetas más allá de Neptuno y Plutón, pero ni con mucho tan grandes
como los planetas jovianos, ni siquiera como Plutón. Mundos más grandes podrían ocultarse,
por lo que sabemos, en la oscuridad más allá de Plutón, mundos que pueden ser llamados con
toda propiedad planetas. Cuanto más alejados se encuentran, menos probabilidades existen
de que hayamos podido detectarlos. Sin embargo, no pueden estar demasiado cerca de
Neptuno, pues sus tirones gravitatorios habrían alterado perceptiblemente las órbitas de
Neptuno y Plutón, así como las trayectorias de las naves espaciales Pioneer 10 y 11 y
Voyager 1 y 2 .

Los cuerpos cometarios recién descubiertos (con nombres como 1992 QB y 1993 FW) no son
planetas en este sentido. Si nuestro umbral de detección no ha podido abarcarlos hasta ahora,
es muy probable que queden muchos de ellos por descubrir en el sistema solar exterior, tan
lejos, que difícilmente son visibles desde la Tierra, tan lejos, que llegar hasta ellos requiere un
viaje larguísimo. Pero naves pequeñas y rápidas con destino a Plutón y más allá entran dentro
de nuestras capacidades. Sería una excelente idea lanzar una misión de exploración a Plutón y
su luna Caronte, y luego, si fuera posible, programar un encuentro exterior con alguno de los
residentes del Cinturón de cometas Kuiper.
Una nave espacial del futuro visita Plutón y su luna Caronte. Por lo general se ignoran las
características de la superficie de dichos mundos, pero el artista ha imaginado, con razón, que
Plutón se parece a Tritón. Trabajo artístico de la NASA efectuado por Pat Rawlings/SAIC.

Los núcleos rocosos de Urano y Neptuno, similares al de la Tierra, parecen haberse apretado
primero y haber atraído luego gravitatoriamente cantidades masivas de los gases hidrógeno y
helio de la antigua nebulosa a partir de la cual se formaron los planetas. Originalmente, vivían
en una tormenta de granizo. Sus gravedades eran apenas suficientes para eyectar lejos del
dominio de los planetas, cuando se acercaban demasiado, trozos de mundo helados que
pasaban a poblar la Nube de cometas de Oort. Júpiter y Saturno se convirtieron en gigantes
gaseosos por ese mismo proceso. Pero sus gravedades eran demasiado fuertes para formar
parte de la Nube de Oort: los mundos helados que se acercaban a ellos salían
gravitatoriamente despedidos hacia el exterior del sistema solar, condenados a vagar para
siempre en el inmenso océano de la oscuridad interestelar.

Por tanto, los hermosos cometas que ocasionalmente nos causaban a los humanos admiración
y temor, que producían cráteres en las superficies de los planetas interiores y de las lunas
exteriores, y que hoy ponen en peligro la vida en la Tierra, resultarían desconocidos e
inofensivos para nosotros si Urano y Neptuno no se hubieran desarrollado hasta convertirse
en mundos gigantes, 4.500 millones de años atrás.

HA LLEGADO EL MOMENTO de dedicar un breve interludio a los planetas situados mucho


más allá de Neptuno y Plutón, los planetas de otras estrellas.
A LA IZQUIERDA: El disco preplanetario que rodea a la estrella Beta Pictoris. La estrella en sí
parece esbozada gracias a un dispositivo de ocultamiento en el retículo (de otro modo la luz
de la estrella haría invisible el disco, que aquí aparece de perfil).

A LA DERECHA: Una concepción artística de lo que está ocurriendo en el disco si no lo


viéramos de perfil, sino más de frente. En la parte interior del mismo se están formando
planetas, a base de aglutinar materia del disco en sus «zonas de alimentación». Fotografía de
la izquierda de Bradford Smith y Rich Terrile, cedida por JPL/NASA. Diagrama de la derecha
cedido por Astronomical Society of the Pacific.

Muchas estrellas próximas se hallan rodeadas por delgados discos de gas y polvo orbitante,
que se extienden a menudo hasta cientos de unidades astronómicas (UA)[19] desde la estrella
local (los planetas más exteriores, Neptuno y Plutón, se encuentra a unas 40 UA del Sol).
Estrellas más jóvenes similares al Sol tienen más probabilidades de poseer discos que las
viejas. En algunos casos existe un agujero en el centro del disco al igual que en un disco de
vinilo. El agujero se extiende a unas 30 o 40 UA de la estrella. Eso se cumple, por ejemplo, en
el disco que rodea las estrellas Vega y Epsilon Eridani. El agujero en el disco que rodea Beta
Pictoris solamente se proyecta 15 UA desde la estrella. Existe una posibilidad real de que esas
zonas interiores libres de polvo hayan sido desalojadas por planetas que se han formado allí
recientemente. De hecho, dicho proceso de barrido es el que se ha pronosticado para la
historia primitiva de nuestro sistema planetario. A medida que van progresando las
observaciones, quizá puedan detectarse detalles reveladores en la configuración de las
regiones de polvo y de las zonas carentes de él que indiquen la presencia de planetas
demasiado pequeños y oscuros para ser vistos directamente. Los datos espectroscópicos
sugieren que dichos discos giran y que la materia se precipita hacia las estrellas centrales, tal
vez procedente de cometas formados en el disco, desviados por los planetas que no
percibimos, y se evapora al aproximarse demasiado al sol local.

Dado que los planetas son pequeños y brillan con luz reflejada, tienden a desvanecerse en el
resplandor del sol local. Sin embargo, actualmente se están efectuando importantes esfuerzos
para descubrir planetas formados enteramente alrededor de las estrellas cercanas. Dichos
trabajos consisten en detectar cualquier disminución, por breve y débil que sea, de la luz de la
estrella, al interponerse entre ella y el observador en la Tierra un planeta oscuro, o bien
tratan de registrar leves fluctuaciones en el movimiento de la estrella al ser tirada, primero de
un lado y luego del otro, por un compañero de órbita de otro modo invisible. De todas
maneras, las técnicas de transporte espacial serán mucho más sensibles a dichos fenómenos.
Un planeta joviano moviéndose alrededor de una estrella cercana es aproximadamente mil
millones de veces más pálido que su sol; no obstante, una nueva generación de telescopios
basados en la Tierra, capaces de compensar el centelleo en la atmósfera terrestre, podrán
detectar planetas así en un futuro próximo, con tan sólo unas pocas horas de observación. Un
planeta terrestre de una estrella vecina es incluso cien veces más pálido, pero ahora parece
que naves espaciales, de bajo coste comparativamente hablando, podrían detectar otras
Tierras por encima de la atmósfera de nuestro planeta. Ninguna de estas investigaciones ha
tenido éxito hasta el momento, pero está claro que estamos a punto de ser capaces de
detectar planetas, al menos del tamaño de Júpiter, alrededor de las estrellas más cercanas, si
es que existen realmente.

Un descubrimiento reciente de extraordinaria importancia, y muy afortunado por lo casual, es


el hallazgo de un sistema planetario auténtico alrededor de una estrella remota, a unos 1300
años luz de distancia, realizado mediante una técnica de lo más inesperada: el pulsar
designado como B 1257 + 12 es una estrella de neutrones en rotación rápida, un sol
increíblemente denso, un residuo de una estrella masiva que sufrió una explosión de
supernova. Esta estrella gira, a un ritmo medido con impresionante precisión, una vez cada
0,0062185319388187 segundos. Dicho pulsar se mueve a diez mil revoluciones por minuto.

Las partículas cargadas cautivas en su intenso campo magnético generan ondas de radio que
alcanzan la Tierra, de alrededor de 160 parpadeos por segundo. Cambios pequeños pero
discernibles en la proporción de los destellos fueron interpretados experimentalmente, en
1991, por Alexander Wolszczan, actualmente en la Universidad Estatal de Pennsylvania, como
un minúsculo movimiento reflejo del pulsar en respuesta a la presencia de planetas. En 1994,
las anteriormente predichas interacciones gravitatorias mutuas de esos planetas fueron
confirmadas por Wolszczan a partir de un estudio de medición del ritmo a nivel de
microsegundos en el transcurso de años. La evidencia de que se trata realmente de nuevos
planetas y no de temblores sobre la superficie de neutrones de la estrella (o algo así) es hoy
aplastante o, tal como lo formula Wolszczan, «irrefutable»; un nuevo sistema solar ha sido
«identificado sin ambigüedades». A diferencia de todas las técnicas restantes, el método de
medición del ritmo de los pulsares hace que la detección de los planetas terrestres cercanos
sea comparativamente más fácil, mientras que la de los planetas jovianos más distantes
resulta más dificultosa.

Restos de la supernova Vela. ¿Podrían los planetas sobrevivir a una explosión de supernova?
La línea corresponde a la rotación de un satélite artificial de la Tierra captado al atravesar el
campo de visión del telescopio en el momento de la exposición. Fotografía de David Malin,
cedida por Anglo-Australian Observatory.

El planeta C, unas 2,8 veces más masivo que la Tierra, completa una órbita alrededor del
pulsar cada 98 días, a una distancia de 0,47 unidades astronómicas (UA) (La Tierra, por
definición, se encuentra a una UA de su estrella, el Sol.); el planeta B, con una masa de cerca
de 3,4 veces la de la Tierra, tiene un año de 67 días terrestres y está a 0,36 UA. Un mundo
más pequeño, el planeta A, todavía más cercano a la estrella, con cerca de 0,015 masas de la
Tierra, se encuentra a 0,19 UA. A grandes rasgos, el planeta B se halla aproximadamente a la
distancia que separa a Mercurio de nuestro Sol; el planeta C se encuentra a medio camino
entre las distancias de Mercurio y Venus; y en una posición interior a los dos se sitúa el
planeta A, que tiene una masa cercana a la de la Luna y se halla aproximadamente a la mitad
de la distancia entre Mercurio y nuestro Sol. Si estos planetas son residuos de un sistema
planetario primitivo que, de alguna manera, sobrevivió a la explosión de supernova que
produjo el pulsar, o si se formaron a partir del disco de acreción circunestelar resultante de la
explosión de supernova, es algo que desconocemos. Pero, en cualquier caso, hemos aprendido
que existen otras Tierras.

Tres anillos de gas fulgurante rodeando la posición de la supernova llamada 1987 A. Se


encuentra en la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana satélite de la Vía Láctea que se
halla a 169.000 años luz de la Tierra. Los astrónomos de la Tierra observan la explosión en
febrero de 1987, pero ésta se produjo, naturalmente, 169.000 años atrás. ¿Es posible que
puedan formarse nuevos planetas a partir de anillos semejantes, residuos de las explosiones
de supernova? Imagen del telescopio espacial Hubble , cedida por Christopher Burrows,
Agencia Espacial Europea/Space Telescope Science Institute, y NASA.

La energía que genera el B 1257 + 12 es de cerca de 4,7 veces la del Sol. Pero, a diferencia
del Sol, mucha de esa energía no se canaliza en luz visible, sino en un potente huracán de
partículas cargadas eléctricamente. Supongamos que dichas partículas chocan contra los
planetas y los calientan. En ese caso, incluso un planeta a 1 UA soportaría en su superficie
una temperatura de alrededor de 280 centigrados por encima del punto normal de ebullición
del agua, una temperatura, en definitiva, más elevada que la de Venus.

Por lo tanto, estos planetas oscuros y tórridos no parecen habitables. No obstante puede
haber otros, más allá del B 1257 + 12, que sí lo sean. (Existen algunas pistas que apuntan a
por lo menos un mundo joviano exterior y más frío en el sistema del B 1257 +12).
Naturalmente, ni siquiera sabemos si esos mundos conservan sus atmósferas; tal vez toda
atmósfera fue desmantelada en la explosión de supernova, si se remontan tan atrás. Pero sí
parece que estamos detectando un sistema planetario reconocible. Probablemente, muchos
más serán descubiertos en las próximas décadas, tanto alrededor de estrellas ordinarias del
tipo del Sol como alrededor de enanas blancas, pulsares y otros estadios finales de la
evolución estelar.
Con el tiempo dispondremos de una lista de sistemas planetarios, tal vez cada uno de ellos con
planetas terrestres y jovianos, y quizá también nuevas clases de planetas. Examinaremos
dichos mundos espectroscópicamente y con otros medios. Seguiremos buscando nuevas
Tierras, así como la posible existencia de vida.

EN NINGUNO DE LOS MUNDOS del sistema solar exterior pudo el Voyager encontrar
indicios de vida, y mucho menos de inteligencia. Sí había materia orgánica en abundancia —la
materia de la vida, la premonición de vida, quizá— pero, por lo que pudo verse, ni un solo ser
viviente. No había oxígeno en sus atmósferas, ni tampoco gases completamente fuera del
equilibrio químico, como es el caso del metano en el oxígeno de la Tierra. Muchos de los
mundos aparecían teñidos de sutiles colores, pero ninguno presentaba rasgos de absorción
tan agudos y distintivos como el que provee la clorofila sobre la mayor parte de la faz de la
Tierra. En muy pocos mundos fue capaz el Voyager de captar detalles con una resolución tan
grande como supone un kilómetro de distancia. A ese nivel, ni siquiera habría detectado
nuestra propia civilización tecnológica de haber sido ésta trasplantada al sistema solar
exterior. Pero por lo que merece la pena, no encontramos formas regulares, ni
geometrización, ni pasión por los círculos pequeños, los triángulos, los cuadrados o los
rectángulos. No había constelaciones de puntos fijos de luz en los hemisferios nocturnos. No
se hallaron indicios de civilización técnica alguna remodelando la superficie de ninguno de
esos mundos.

Los planetas jovianos son prolíficos transmisores de ondas de radio, generadas en parte por
las abundantes partículas cargadas cautivas y dirigidas en sus campos magnéticos, en parte
por relámpagos y en parte por sus calientes interiores. No obstante, ninguna de esas
emisiones reviste las características producidas por la vida inteligente o, al menos, ésa es la
opinión de los expertos en la materia.

Claro está que nuestros razonamientos pueden ser obtusos. Puede que se nos esté escapando
algo. Por ejemplo, hay un poco de anhídrido carbónico en la atmósfera de Titán que coloca su
atmósfera de nitrógeno y metano fuera del equilibrio químico. Pienso que el CO2 es debido a
la lluvia constante de cometas que se precipitan sobre la atmósfera de Titán, aunque puede
que no sea así. También cabe la posibilidad de que haya algo en su superficie que,
inexplicablemente, genere CO2 a pesar de todo ese metano.

Las superficies de Miranda y Tritón son distintas de cualquier otra cosa que conozcamos.
Presentan vastos territorios en forma de galón y líneas rectas entrecruzadas, que sobrios
geólogos planetarios llegaron a describir alguna vez maliciosamente como «autopistas».
Creemos que comprendemos (apenas) esas formas del terreno en términos de imperfecciones
y colisiones, pero naturalmente podemos estar equivocados.

Las manchas de materia orgánica de la superficie —que en ocasiones, como en Tritón,


adoptan delicados matices— se atribuyen a las partículas cargadas eléctricamente, que
producen reacciones químicas en los hielos de hidrocarburos simples, generando materiales
orgánicos más complejos, aunque nada de eso tiene que ver con la intermediación de la vida.
No obstante, también podemos estar equivocados.

Las complejas formas de parásitos, estallidos y silbidos de radio que recibimos de los cuatro
planetas jovianos parecen explicables, de un modo general, por la física de plasma y la
emisión térmica. (Todavía hoy hay muchos aspectos concretos que no se comprenden del
todo). Pero, naturalmente, es posible que estemos equivocados.

No hemos encontrado nada en docenas de mundos, y podemos afirmarlo con tanta claridad y
contundencia como se manifestaron los signos de vida que detectó la nave Galileo en sus
vuelos junto a la Tierra. La vida es una hipótesis de último recurso. Acudimos a ella cuando no
existe otro modo de explicar lo que estamos percibiendo. Si tuviera que aventurar un juicio,
diría que no hay vida en ningún otro mundo de los que hemos estudiado, exceptuando, claro
está, el nuestro. Pero podría estar equivocado, y, verdadera o falsa, mi opinión se halla
necesariamente restringida a este sistema solar. Tal vez en alguna nueva misión hallemos algo
distinto, algo sorprendente, algo del todo inexplicable con las herramientas comunes de la
ciencia planetaria. En ese caso, trémula y cautelosamente, nos volveremos hacia una
explicación biológica. Sin embargo, por el momento, nada nos mueve a recurrir a ese camino.
Hasta el día de hoy, la única vida en el sistema solar es la que procede de la Tierra. En los
sistemas de Urano y Neptuno el único indicio de vida fue la propia nave Voyager .

Cuando identifiquemos los planetas de otras estrellas, en el momento en que descubramos


otros mundos, aproximadamente del tamaño y la masa de la Tierra, los escudriñaremos a
fondo en busca de indicios de vida. Puede que en algún mundo que nunca hayamos
fotografiado se detecte una densa atmósfera de oxígeno. Al igual que en la Tierra, ello puede
constituir en sí una señal de la presencia de vida. Una atmósfera de oxígeno con cantidades
apreciables de metano sería un síntoma de vida casi seguro, lo mismo que la captación de
emisiones de radio moduladas. Algún día, gracias a observaciones de nuestro sistema
planetario o de otro, la noticia del hallazgo de vida en otro lugar nos sorprenderá a la hora del
desayuno.

Diagrama del sistema solar encajado dentro del viento solar: la extensa atmósfera del Sol
expandiéndose hacia el espacio interestelar. Cuatro naves de exploración se dirigen hacia el
exterior del sistema solar y tienen la posibilidad de detectar la frontera entre el viento solar y
el viento estelar antes de que agoten su potencia: los Pioneer 10 y 11 , aparecen con flechas
rojas, y los Voyager 1 y 2 , marcados con flechas amarillas. Los Voyager viajan a mayor
velocidad y tendrán mayor poder de transmisión en el futuro. De EOS Transactions, 19 de
abril de 1994, cedido por American Geophysical Union.

LAS NAVES ESPACIALES V OYAGER viajan con destino a las estrellas. Se hallan en
trayectorias de escape del sistema solar, surcando el espacio a razón de casi un millón
seiscientos mil kilómetros diarios. Los campos gravitatorios de Júpiter, Saturno, Urano y
Neptuno las han impulsado a velocidades tan altas que han roto los vínculos que en otro
tiempo los unían con el Sol.

¿Han abandonado ya el sistema solar? La respuesta depende mucho de cómo definamos la


frontera de los dominios del Sol. Si ésta se sitúa en la órbita del planeta de tamaño regular
más exterior, entonces los Voyager ya la han atravesado hace tiempo; probablemente no
existan Neptunos todavía por descubrir. Si nos referimos al planeta más exterior, puede que
haya otros planetas —similares quizá a Tritón— mucho más allá de Neptuno y Plutón; de ser
así, el Voyager 1 y el Voyager 2 se encuentran todavía dentro de los confines del sistema
solar. En caso de que definamos los límites exteriores del sistema solar como la heliopausa —
donde las partículas y campos magnéticos interplanetarios son reemplazados por sus
contrapartidas interestelares—, entonces ninguno de los Voyager ha abandonado todavía el
sistema solar, si bien puede que lo hagan en el plazo de unas pocas décadas.[20] Pero si su
definición del borde del sistema solar corresponde a la distancia en la cual nuestra estrella no
puede ya mantener mundos en órbita a su alrededor, en ese caso los Voyager no dejarán el
sistema solar durante cientos de siglos.
Débilmente afectada por la gravedad del Sol, que se propaga en el cielo en todas direcciones,
se encuentra esa inmensa horda de un billón de cometas o más, la Nube de Oort. Las dos
naves espaciales concluirán su paso a través de la Nube de Oort aproximadamente dentro de
veinte mil años. Luego, por fin, completando su largo adiós al sistema solar, liberándose del
yugo gravitatorio que los había mantenido encadenados al Sol, los Voyager llegarán al mar
abierto del espacio interestelar. Solamente entonces dará comienzo la Fase Dos de su misión.

Con sus transmisores de radio fallecidos mucho tiempo atrás, las naves deambularán durante
incontables años por la tranquila y fría negrura del espacio interestelar, donde no hay
prácticamente nada que pueda erosionarlas. Una vez abandonado el sistema solar,
permanecerán intactas durante mil millones de años o más, circunnavegando el centro de la
galaxia Vía Láctea.

No sabemos si existen en la Vía Láctea otras civilizaciones que naveguen por el espacio. Si las
hay, no sabemos cuántas son, ni mucho menos dónde se encuentran. Pero existe al menos una
posibilidad de que, en algún momento del futuro remoto, uno de los Voyager sea interceptado
y examinado por alguna nave extraterrestre.

En consecuencia, cuando los Voyager partieron de la Tierra con rumbo a los planetas y las
estrellas, se llevaron consigo un disco fonográfico recubierto de oro, protegido por una
reluciente funda de oro, que contenía entre otras cosas; saludos en 59 idiomas humanos y en
un lenguaje de ballenas; un ensayo evolutivo en audio, de doce minutos de duración, sobre
«los sonidos de la Tierra», que incluye un beso, el llanto de un bebé y el registro de un
electroencefalograma con las reflexiones de una joven enamorada; 116 imágenes codificadas
sobre nuestra ciencia, nuestra civilización y nosotros mismos; y también noventa minutos de
la mejor música del mundo —de Oriente y Occidente, clásica y folk, incluyendo un canto
nocturno de los navajos, un shakuhachi japonés, una canción de iniciación de una niña
pigmeo, una canción de boda peruana, una composición china de tres mil años de antigüedad
para quin titulada Corrientes que fluyen , Bach, Beethoven, Mozart, Stravinsky, Louis
Armstrong, Blind Willie Johnson y el Johnny B. Goode de Chuck Berry.

El espacio está casi vacío. No existe virtualmente ninguna posibilidad de que uno de los
Voyager penetre alguna vez en otro sistema solar, y ello es cierto incluso en el caso de que
cada estrella del firmamento vaya acompañada de planetas. Las instrucciones en las fundas de
los discos, escritas en lo que consideramos jeroglíficos científicos fácilmente comprensibles,
podrán ser leídas y entendidos los contenidos del disco, solamente si seres extraterrestres en
algún momento del futuro remoto encuentran un Voyager en las profundidades del espacio
interestelar. Y dado que los Voyager estarán dando vueltas por el centro de la galaxia Vía
Láctea para siempre, queda muchísimo tiempo para que los discos puedan ser hallados, si es
que hay alguien ahí afuera para efectuar el descubrimiento.

No podemos saber hasta qué punto comprenderían los discos. A buen seguro los saludos les
resultarán indescifrables, aunque puede que no la intención que entrañan. (Pensamos que
habría sido de mala educación no decir hola). Es probable que los hipotéticos extraterrestres
sean muy diferentes a nosotros, al haber evolucionado de forma independiente en otro mundo.
¿Seguro que podrán entender algo de nuestro mensaje? Pero cada vez que me asalta esa
preocupación me tranquilizo; sea cual sea el grado de incomprensibilidad del disco de los
Voyager , cualquier nave extraterrestre que lo encuentre dispondrá de otros elementos para
juzgarnos. Cada Voyager constituye un mensaje en sí mismo. Con su finalidad de exploración,
la elevada ambición de sus objetivos, su total ausencia de intención de causar daño y la
brillantez de su diseño y funcionamiento, esos robots hablan elocuentemente en nuestro favor.

Siendo científicos e ingenieros mucho más avanzados que nosotros —pues de otro modo
nunca habrían sido capaces de hallar y recoger las diminutas y silenciosas naves en el espacio
interestelar—, quizá los extraterrestres no tendrían dificultad en descifrar lo que llevan
codificado esos discos de oro. Puede que reconocieran el carácter experimental de nuestra
sociedad, el desajuste entre nuestra tecnología y nuestra sabiduría. Y se preguntarían, tal vez,
si nos hemos destruido ya a nosotros mismos desde que lanzamos los Voyager o si, por el
contrario, hemos avanzado hacia una mayor sofisticación.

Cabe también la posibilidad de que los Voyager nunca lleguen a ser interceptados. Quizá en
cinco mil millones de años nadie se los encuentre. Cinco mil millones de años es mucho
tiempo. En ese plazo todos los humanos se habrán extinguido o habrán evolucionado hacia
seres diferentes, ninguno de nuestros artefactos habrá sobrevivido sobre la Tierra, los
continentes se habrán alterado hasta quedar irreconocibles o habrán quedado destruidos, y la
evolución del Sol habrá reducido nuestro planeta a cenizas o lo habrá transformado en un
remolino de átomos.

Lejos de casa, inalterados por tan remotos acontecimientos, los Voyager , portadores de la
memoria de un mundo ya extinguido, continuarán navegando por el espacio.
La banda azul corresponde a la atmósfera de la Tierra vista de perfil. Esta imagen fue tomada
por la tripulación de la lanzadera espacial Discovery en la misión 41-D, lanzada al espacio el
30 de agosto de 1984 y que regresó a la Tierra seis días después. Partieron de la costa de Río
de Janeiro, Brasil, durante la puesta de sol. Se aprecian masas de cúmulos pentrando en la
estratosfera. Más allá de la banda de azul se encuentra la negrura del espacio. Cedida por
Johnson Space Center/NASA.
Capítulo 10

NEGRO SAGRADO

El cielo profundo es, de entre todas las impresiones visuales, la que más se asemeja a un
sentimiento.

SAMUEL TAYLOR COLERIDGE, Notebooks (1805)

EL INTENSO AZUL DE UNA DESPEJADA MAÑANA del mes de mayo o los tonos rojos y
anaranjados de una puesta de sol sobre el mar han maravillado desde siempre a los seres
humanos y los han empujado a la poesía y a la ciencia. No importa en qué punto de la Tierra
vivamos, cuál sea nuestro idioma, costumbres o régimen político. Compartimos un mismo
cielo. La mayoría de nosotros esperamos ese azul celeste y quedaríamos boquiabiertos —con
razón— si una mañana nos levantásemos de la cama y descubriéramos un cielo sin nubes, de
color negro, amarillo o verde. (Los habitantes de Los Angeles y de Ciudad de México se han
habituado a cielos marrones, en tanto que los de Londres o Seattle los tienen grises, por lo
general, pero aun así consideran el azul celeste como la norma planetaria). No obstante, en
realidad sí existen mundos con cielos negros o amarillos, y quizá incluso verdes. El color del
cielo caracteriza el mundo. Si me dejaran caer en cualquiera de los planetas del sistema solar,
sin que pudiera sentir la gravedad ni examinar el suelo, echando una rápida mirada al Sol y al
cielo, creo que sería perfectamente capaz de deducir dónde me encuentro. Ese familiar matiz
de azul, interrumpido aquí y allá por esponjosas nubes blancas, constituye la rúbrica de
nuestro mundo. Los franceses han acuñado la expresión sacre-bleu! , que se traduce más o
menos por «¡Cielo santo!».[21]

Literalmente significa «¡azul sagrado!». Y verdaderamente, si tuviéramos que escoger una


bandera genuina para representar a la Tierra, ése debería ser su color.

Cualquier foto del horizonte de la Tierra desde una órbita baja muestra la banda de azul,
como esta imagen desde una lanzadera, que reproduce una tormenta tropical. Cedida por
Johnson Space Center/NASA.

Los pájaros vuelan por él, las nubes se hallan suspendidas en él, los seres humanos lo
admiramos y lo atravesamos rutinariamente, la luz del Sol se extiende por él. Pero ¿qué es el
cielo? ¿De qué está hecho? ¿Dónde termina? ¿De qué cantidad de cielo disponemos? ¿De
dónde procede todo ese azul? Si es un lugar común para todos los humanos, si caracteriza
nuestro mundo, seguro que sabemos algo de él. ¿Qué es el cielo?

En agosto de 1957, por primera vez, un ser humano ascendió más arriba del azul y miró a su
alrededor. Eso fue cuando David Simmons, un físico y oficial retirado de las Fuerzas Armadas,
se convirtió en el ser humano que voló más alto de la historia. Completamente solo, pilotó un
globo en el que se elevó a una altitud de más de treinta kilómetros y, a través de sus gruesas
ventanas, contempló un cielo distinto. Actualmente profesor en la Escuela de Medicina de la
Universidad de California en Irvine, el doctor Simmons recuerda que el cielo sobre su cabeza
era oscuro y de un intenso color púrpura. Había alcanzado la región de transición donde el
azul del nivel terrestre se ve alcanzado por el negro perfecto del espacio.

Desde el ya casi olvidado vuelo de Simmons, personas de muchas naciones han volado por
encima de la atmósfera. Hoy ha quedado claro, gracias a la repetida y directa experiencia
humana (y robótica), que en el espacio el cielo diurno es negro. El Sol proyecta sus rayos
sobre la nave. Abajo, la Tierra aparece brillantemente iluminada. Pero arriba, el cielo es negro
como la noche.

He aquí la memorable descripción de Yuri Gagarin en relación con lo que vio en el primer
vuelo espacial de la especie humana, a bordo del Vostok 1 , el 12 de abril de 1961:

El cielo es completamente negro, y contra el fondo de este cielo negro las estrellas aparecen
en cierto modo más brillantes y diferenciadas. La Tierra presenta un halo azul muy hermoso y
característico, que se ve muy bien al observar el horizonte. Hay una suave transición de color
que va del azul celeste, al azul, azul marino y púrpura, para acabar en el tono completamente
negro del cielo. Es una transición realmente bella.

La Tierra y la Luna en medio de la negrura del espacio. Si nos elevamos por encima de ambos
mundos, el cielo se volverá negro. Imagen de la nave Galileo , cedida por JPL/NASA.

Sin duda alguna, el cielo diurno —todo ese azul— está conectado de algún modo con el aire.
Pero cuando uno mira al otro lado de la mesa, el comensal de enfrente no es azul (por lo
general); el color del cielo no debe ser una propiedad de una cantidad reducida de aire, sino
de una gran cantidad. Si uno contempla detenidamente la Tierra desde el espacio, la verá
rodeada de una estrecha banda de azul, del espesor de las capas bajas de la atmósfera; de
hecho, lo que estará viendo son las capas bajas de la atmósfera. Por encima de esa banda
descubrirá el azul del cielo diluyéndose en la negrura del espacio. Esa es la zona de transición
que Simmons fue el primero en penetrar y Gagarin el primero en contemplar desde arriba. En
vuelos espaciales rutinarios se parte de la base azul, se atraviesa por completo esa franja,
pocos minutos después del despegue, y a continuación se penetra en esos dominios sin
fronteras donde resulta imposible tomar una sola bocanada de aire sin la ayuda de
sofisticados sistemas de respiración asistida. La vida humana depende absolutamente de ese
cielo azul. Tenemos mucha razón al apreciarlo y considerarlo sagrado.

Durante el día percibimos el azul porque la luz del Sol rebota en el aire que nos rodea y que
está encima de nosotros. En una noche despejada, el cielo es negro al no haber una fuente de
luz lo suficientemente intensa para ser reflejada por el aire. En cierto modo, el aire refleja
hacia nosotros preferentemente la luz azul. ¿Cómo lo hace?

La luz visible del Sol se compone de muchos colores —violeta, azul, verde, amarillo, naranja,
rojo—, que corresponden a la luz de distintas longitudes de onda. (La longitud de onda es la
distancia de cresta a cresta a medida que la onda viaja a través del aire o del espacio). Las
ondas de luz violeta y azul tienen las longitudes de onda más cortas; el naranja y el rojo las
más largas. Lo que percibimos como color es el modo que tienen nuestros ojos y cerebros de
leer las longitudes de onda de la luz. (Podríamos, por ejemplo, traducir las longitudes de onda
de la luz en tonos captados por el oído, en lugar de en colores registrados por la vista, pero
nuestros sentidos no han evolucionado por esa vía).

Cuando todos esos colores del arco iris se mezclan, como en la luz solar, resulta un tono
prácticamente blanco. Esas ondas viajan juntas por espacio de ocho minutos a través de los
150 millones de kilómetros que se interponen entre el Sol y la Tierra, y chocan contra la
atmósfera, compuesta en su mayor parte de moléculas de nitrógeno y oxígeno. Algunas ondas
son rebotadas por el aire de regreso al espacio. Otras son rebotadas antes de que la luz
alcance el suelo y pueden ser detectadas por el ojo al pasar. (Asimismo, hay ondas que son
rebotadas por nubes o por el suelo de vuelta al espacio). Ese rebote en todas direcciones de
las ondas de luz en la atmósfera recibe el nombre de «dispersión».

Pero no todas las ondas son dispersadas en igual medida por las moléculas de aire. Las
longitudes de onda mucho más largas que el tamaño de las moléculas se dispersan menos;
superan a las moléculas sin apenas recibir ninguna influencia por su presencia. Las longitudes
de onda más cercanas al tamaño de las moléculas sufren una mayor dispersión. En general,
las ondas difícilmente pueden ignorar la presencia de obstáculos, sea cual sea su tamaño.
(Ello se pone claramente de manifiesto en el agua, cuando las ondas se topan con el pilote que
sostiene un puente, por ejemplo, o en una bañera con el grifo abierto, cuando el agua choca
con el obstáculo de un patito de goma). Las longitudes de onda más cortas, las que
apreciamos como luz violeta y azul, se dispersan con mayor eficacia que las más largas, las
que percibimos como luz naranja y roja. Cuando miramos al cielo en un día despejado y
admiramos su color azul, estamos presenciando la dispersión preferente de las ondas cortas
de la luz solar. El fenómeno recibe el nombre de dispersión Rayleigh, en honor al físico
británico que ofreció la primera explicación coherente para el mismo. El humo de un cigarrillo
es azul por la misma razón: las partículas que lo componen son aproximadamente de la misma
medida que la longitud de onda de la luz azul. Entonces ¿por qué es roja la puesta de sol? El
rojo del crepúsculo es lo que queda de la luz solar una vez el aire ha dispersado ya el azul.
Dado que la atmósfera es una delgada envoltura de gas, sujeta a la gravedad que rodea a la
Tierra sólida, la luz solar debe efectuar una trayectoria más larga y oblicua a través del aire
durante el crepúsculo (o el amanecer) que al mediodía. Como las ondas violetas y azules se
dispersan aún más durante su ahora más largo trayecto a través del aire que cuando el Sol
está en su punto más alto, lo que vemos cuando miramos hacia el Sol es el residuo, las ondas
de luz que apenas se dispersan, especialmente los rojos y anaranjados. Un cielo azul implica
una puesta de sol roja. (El Sol del mediodía parece más amarillo, en parte porque emite más
luz amarilla que de otros colores y, en parte, porque incluso cuando está más alto, algo de luz
azul de los rayos solares es dispersada por la atmósfera de la Tierra).

En ocasiones se dice que los científicos no son románticos en absoluto, que su pasión por los
descubrimientos despoja al mundo de una parte de su belleza y misterio. Pero ¿acaso no es
estimulante comprender cómo funciona el mundo realmente, saber que la luz se compone de
colores, que el aire transparente refleja la luz, que haciendo eso discrimina entre las ondas y
que el cielo es azul por la misma razón que el crepúsculo es rojo? No le hace ningún daño al
romanticismo de una puesta de sol saber algunas cosas sobre la misma. Dado que muchas
moléculas simples son aproximadamente del mismo tamaño (más o menos de una
cienmillonésima de centímetro), el color azul del cielo terrestre no depende demasiado de la
composición del aire, mientras éste no absorba la luz. Las moléculas de oxígeno y de
nitrógeno no absorben la luz visible, solamente la rebotan en otra dirección. Sin embargo,
otras moléculas devoran la luz. Los óxidos de nitrógeno —producto de los motores de
automoción y de los fuegos industriales— constituyen una fuente de la sombría coloración
marrón del smog . Los óxidos de nitrógeno (compuestos de oxígeno y nitrógeno) sí absorben la
luz. La absorción, al igual que la dispersión, puede colorear el cielo.

OTROS MUNDOS, OTROS CIELOS: Mercurio, la Luna de la Tierra y la mayor parte de


satélites de los demás planetas son mundos pequeños; a causa de la debilidad de sus
gravedades son incapaces de retener sus atmósferas, que escapan al espacio. Entonces el
vacío del espacio alcanza el suelo de esos mundos. La luz solar choca sin impedimentos con
sus superficies, sin sufrir ni dispersión ni absorción en su camino. Los cielos de dichos
mundos son negros, incluso al mediodía, circunstancia que hasta el momento ha sido
presenciada solamente por doce seres humanos, las tripulaciones de alunizaje de las naves
Apolo 11 y 12 , y del 14 al 17 .

La siguiente tabla ofrece una completa lista de satélites del sistema solar. (Casi la mitad de
ellos fueron descubiertos por las naves Voyager ). Todos tienen cielos negros, exceptuando
Titán, la luna de Saturno, y quizá Tritón, el satélite de Neptuno, que son lo suficientemente
grandes como para tener atmósfera. Y también todos los asteroides.

Sesenta y dos mundos para el tercer milenio, lunas conocidas de los planetas (y un asteroide),
enumeradas por orden según la distancia que las separa de sus respectivos planetas.

Satélites

Tierra

Luna

Ida

(sin nombre)

Júpiter

16

Metis, Adrastea, Amaltea, Tebas, Ío, Europa, Ganímedes, Calisto, Leda, Himalia, Lisitea,
Elara, Ananke, Carme, Pasifae

Saturno

18
Pan, Atlas, Prometeo, Pandora, Epimeteo, Jano, Mimas, Encélado, Tetis, Telesto, Calipso,
Dione, Elena, Rea, Titán

Urano

15

Cordelia, Ofelia, Bianca, Crésida, Desdémona, Juliet, Porcia, Rosalind, Belinda, Puck, Miranda,
Ariel, Umbriel, Titania, Oberón

Neptuno

Náyade, Thalasa, Despina, Galatea, Larisa, Proteo, Tritón, Nereida

Plutón

Caronte

[i]

Venus tiene cerca de noventa veces más aire que la Tierra. Pero no está compuesto
principalmente de oxígeno y nitrógeno, como el de nuestro planeta, sino que es anhídrido
carbónico. No obstante, el anhídrido carbónico tampoco absorbe la luz visible. ¿Cuál sería la
apariencia del cielo desde la superficie de Venus si éste no tuviera nubes? Con tanta
atmósfera en medio no solamente se dispersan las ondas violetas y azules, sino también todos
los colores restantes, el verde, el amarillo, el naranja y el rojo. Sin embargo, el aire es tan
grueso que apenas nada de luz azul consigue llegar al suelo; es dispersada de vuelta al
espacio por rebotes sucesivos cada vez más arriba. Así pues, la luz que alcanza el suelo
debería estar fuertemente dominada por el rojo, como una puesta de sol de la Tierra en todo
el cielo. Por otra parte, la presencia de azufre en las nubes altas debería teñir el cielo de
amarillo. Las imágenes tomadas por los vehículos soviéticos de aterrizaje Venera confirman
que los cielos de Venus presentan tonalidades que oscilan entre los amarillos y los
anaranjados.

El caso de Marte es distinto. Es un mundo más pequeño que la Tierra con una atmósfera
mucho más delgada. La presión en la superficie de Marte, de hecho, equivale
aproximadamente a la de la altitud en la estratosfera de la Tierra a la cual ascendió Simmons.
En consecuencia, cabría esperar que el cielo de Marte fuera negro o púrpura oscuro. La
primera imagen en color de la superficie de dicho planeta fue obtenida en julio de 1976 por el
vehículo de aterrizaje americano Viking 1 , la primera nave que aterrizó con éxito sobre la
superficie del planeta rojo. Los datos digitales fueron debidamente radiados desde Marte a la
Tierra, así como la imagen en color compuesta por computadora. Para sorpresa de todos los
científicos, pero de nadie más, esa primera imagen, difundida por la prensa, mostraba el cielo
marciano de un confortable y familiar color azul, imposible para un planeta con una atmósfera
tan insustancial. Algo había salido mal.
La primera foto en color tomada en la superficie de Marte mostraba erróneamente un cielo
azul como el de la Tierra (arriba). Empleando la correcta calibración de colores de las
cámaras de la nave, se puso de manifiesto un cielo mucho más rojizo (abajo). Cedida por
JPL/NASA.

La imagen en una pantalla de televisión en color es una mezcla de tres imágenes


monocromas, cada una de un tono distinto de luz, roja, verde y azul. Este mismo método de
composición de color se emplea en los sistemas de proyección de imágenes de vídeo, que
proyectan haces de luz roja, verde y azul para generar una imagen a todo color (incluyendo
los tonos amarillos). Para obtener la composición de color adecuada, el aparato debe mezclar
o equilibrar correctamente estas tres imágenes monocromas. Si se sube la intensidad del azul,
por ejemplo, la imagen resultante será demasiado azul. Las imágenes que nos llegan del
espacio requieren un equilibrio de colores similar. En ocasiones, los analistas informáticos
disponen de una libertad considerable para efectuar dicha mezcla. Los analistas del Viking no
eran astrónomos planetarios y, en lo que se refiere a esta primera imagen de Marte, se
limitaron a mezclar los colores hasta que la composición les pareció «correcta». Estamos tan
condicionados por nuestra experiencia sobre la Tierra que «correcto», naturalmente, implica
un cielo azul. El color de la imagen fue inmediatamente corregido —empleando pautas de
calibración de colores que la nave llevaba incorporadas para este propósito— y la composición
resultante no daba en modo alguno un cielo azul; la tonalidad oscilaba más bien entre el ocre
y el rosa. Cierto que no era azul, pero tampoco era negro púrpura.
Los cielos de cuatro planetas terrestres —Mercurio, Venus, la Tierra y Marte—, según
pinturas de Don Davis.
Cambios en el color del cielo de Marte. En estas imágenes, tomadas por la cámara del
vehículo de aterrizaje Viking 1 , el cielo ha sido reproducido intencionadamente más azul de lo
que es en realidad. Los colores del cielo pueden ir comparándose día a día. Alrededor del día
1742 de la misión, se produjo una gran tormenta de polvo, que oscureció y enrojeció el cielo.
Imágenes del Viking , cedidas por JPL/NASA.

Ese es el verdadero color del cielo marciano. Gran parte de la superficie de Marte es
desértica, y roja porque la arena es rojiza. De vez en cuando se producen violentas tormentas
de arena que arrastran finas partículas de la superficie hacía las capas altas de la atmósfera.
Estas tardan bastante tiempo en desaparecer y, antes de que el cielo se haya limpiado por
completo, siempre se produce otra tempestad. Las tormentas de arena globales o casi
globales tienen lugar prácticamente cada año marciano. Dado que las partículas rojizas se
hallan en permanente suspensión en ese cielo, las futuras generaciones de seres humanos,
que habrán nacido en Marte y pasarán toda su vida allí, considerarán este color salmón del
cielo tan natural y familiar como nosotros nuestro azul celeste. Con una sola mirada al cielo
diurno serán probablemente capaces de deducir cuánto tiempo ha pasado desde la última
gran tormenta de arena.
Los cielos de tres planetas: Venus, Júpiter y Urano. No podrán efectuarse mediciones directas
de la composición de las nubes en ninguno de los planetas jovianos con anterioridad a la
misión de la sonda de descenso Galileo sobre Júpiter. Pinturas de Don Davis.

Los planetas del sistema solar exterior —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno— son de distinta
clase. Se trata de mundos enormes con atmósferas gigantes, compuestas principalmente de
hidrógeno y helio. Sus superficies sólidas se hallan a tal profundidad que no penetra hasta
ellas ni un atisbo de luz solar. Allí abajo el cielo es negro, sin perspectivas de recibir nunca un
solo rayo de sol. Esa perpetua noche sin estrellas puede iluminarse quizá, ocasionalmente, por
algún relámpago. En cambio, en las capas altas de la atmósfera, donde alcanza la luz del Sol,
aguarda una panorámica mucho más hermosa.

En Júpiter, por encima de una capa de niebla situada a gran altitud que se compone de
partículas de hielo de amoniaco (más que de agua), el cielo es casi negro. Mucho más abajo,
en la región de cielo azul, existen nubes multicolores con diferentes matices de amarillo-
marrón, cuya composición es hoy por hoy desconocida. (Los posibles materiales que las
conforman incluyen el azufre, el fósforo y moléculas orgánicas complejas). Aún más abajo, el
color del cielo se moverá entre el rojo y el marrón, a menos que las nubes en esa franja sean
de espesores variados, de tal modo que donde sean delgadas puede aparecer algún pedazo de
azul. A mayor profundidad, regresamos gradualmente a la noche perpetua. Algo similar
ocurre en Saturno, pero allí los colores son mucho más apagados. Urano y especialmente
Neptuno presentan un misterioso y austero color azul, a través del cual las nubes —algunas
un poco más blanquecinas— son transportadas por vientos de fuerte intensidad. La luz solar
llega a una atmósfera comparativamente limpia, compuesta básicamente de hidrógeno y helio,
pero también rica en metano. Largas sendas de metano absorben la luz amarilla y
especialmente la roja, dejando pasar los filtros verde y azul, aunque una delgada neblina de
hidrocarburos rebaja un poco el azul. Puede que haya un nivel de profundidad donde el cielo
sea verdoso.

La sabiduría convencional sostiene que la absorción por el metano y la dispersión Rayleigh de


la luz solar por una atmósfera profunda explican los azules de Urano y Neptuno. No obstante,
el análisis de los datos del Voyager realizado por Kevin Baines, del JPL, parece demostrar que
dichas causas son insuficientes. Al parecer, a una gran profundidad —quizá en las
proximidades de unas hipotéticas nubes de sulfuro de hidrógeno— existe una sustancia azul
muy abundante. Hasta ahora nadie ha sido capaz de explicar lo que podría ser. Los materiales
azules son muy raros en la Naturaleza. Como ocurre siempre en la ciencia, los viejos misterios
se disipan tan sólo para dar paso a otros nuevos. Tarde o temprano hallaremos también una
explicación para éste.

TODOS LOS MUNDOS CON CIELOS QUE NO SON NEGROS tienen atmósferas. Si nos
encontramos en la superficie y existe una atmósfera lo suficientemente gruesa para que
podamos verla, es probable que haya una forma de atravesarla. En la actualidad mandamos
nuestros instrumentos a surcar los cielos de colores de otros mundos. Algún día iremos
nosotros mismos.

Ya se ha utilizado el paracaídas en las atmósferas de Venus y Marte, y está previsto emplearlo


para Júpiter y Titán. En 1985 dos globos franco-soviéticos navegaron a través de los cielos
amarillos de Venus. El globo Vega 1 , de unos cuatro metros de diámetro, llevaba colgando a
trece metros de distancia un equipo de instrumentos. El globo se infló en el hemisferio
nocturno, estuvo flotando a 54 kilómetros de la superficie y transmitió datos durante casi dos
días terrestres antes de que le fallaran las baterías. Durante ese tiempo cubrió 11.600
kilómetros sobre la superficie de Venus, mucho más abajo. El globo Vega 2 tenía un perfil casi
idéntico. La atmósfera de Venus se ha empleado también como freno aéreo, modificando la
órbita de la nave Magallanes por fricción con ese aire tan denso; se trata de una tecnología de
futuro clave para convertir las naves de aproximación a Marte en vehículos de orbitaje y
aterrizaje.

Una misión a Marte, programada para ser lanzada en 1998 y dirigida por Rusia, incluye un
enorme globo de aire caliente de fabricación francesa, con el aspecto de una gran medusa.
Está diseñado para posarse sobre la superficie de Marte con el frío de cada crepúsculo y alzar
el vuelo al día siguiente, una vez calentado por la luz solar. Los vientos son tan fuertes que, si
todo va bien, avanzará cientos de kilómetros cada día, saltando incluso por encima del polo
norte. A primeras horas de la mañana, cuando se encuentre cerca del suelo, obtendrá
imágenes de alta resolución y otros datos, El globo lleva una cuerda de arrastre, esencial para
su estabilidad, concebida y diseñada por una organización privada con sede en Pasadena,
California, la Sociedad Planetaria.

Dado que la presión sobre la superficie de Marte es aproximadamente la que hay a una altitud
de 30.480 metros en la Tierra, sabemos que allí podemos volar con aviones. El U-2, por
ejemplo, o el SR-71 Blackbird se acercan rutinariamente a presiones tan bajas. Para Marte se
han diseñado aviones con alas de incluso mayor envergadura.

El sueño de volar y el de los viajes espaciales son gemelos, concebidos por visionarios
similares, dependientes de tecnologías aliadas y que han evolucionado más o menos a la par.
Cuando se alcanzan determinados límites prácticos y económicos en lo que respecta a los
vuelos terrestres, surge la posibilidad de volar a través de los multicolores cielos de otros
mundos.
El globo francés para Marte desciende a la superficie marciana al anochecer, arrastrando su
cuerda de arrastre instrumentada, que se ha designado con el nombre de «Snake» (serpiente).
Este globo podría lanzarse formando parte de la misión rusa a Marte prevista para 1998.
Pintura de Michael Carroll.

HOY CASI ES POSIBLE asignar combinaciones de color, basadas en los colores de las nubes y
el cielo, a cada planeta del sistema solar, desde los cielos azufrados de Venus a los
herrumbrosos cielos de Marte, pasando por los cielos aguamarina de Urano y el hipnótico y
fantástico azul de Neptuno. Sacre-jaune, sacre-rouge, sacre-vert . Tal vez un día adornen las
banderas de asentamientos humanos distantes en el sistema solar, en un tiempo en que las
nuevas fronteras se están trasladando del Sol a las estrellas, y los exploradores se ven
rodeados por el negro infinito del espacio. Sacre-noir .
Una nave espacial del tipo Mariner en el espacio interplanetario. El Mariner 2 en 1962 realizó
con éxito, por primera vez, una misión interplanetaria y, también con éxito el sondeo de
Venus. Se abrió, con ello la era de la exploración planetaria. Cedida por JPL.
Capítulo 11

LUCERO DE LA TARDE Y DEL ALBA

He aquí otro mundo que no pertenece a los hombres.

LI BAI, «Pregunta y respuesta en las montañas» (China, dinastía Tang, aprox. 730)

LO VEMOS BRILLAR AL OESTE durante el crepúsculo, persiguiendo al Sol en su descenso


hacia el fondo del horizonte. Muchas personas tienen por costumbre formular un deseo («a
una estrella») cada noche cuando lo vislumbran. Algunas veces el deseo se hace realidad.

También podemos espiarlo en el este, cuando huye del Sol poco antes del amanecer. En
ambos casos más relumbrante que cualquier otro objeto celeste a excepción del Sol o la Luna,
se le conoce como el lucero de la tarde y del alba. Nuestros antepasados no se percataron de
que se trataba de un mundo, nunca demasiado alejado del Sol, pues describe una órbita a su
alrededor más interior que la de la Tierra. Momentos antes de la puesta de sol o poco después
del alba, se presenta a veces la ocasión de contemplarlo junto a una esponjosa nube blanca, y
entonces descubrimos al compararlos que Venus presenta un pálido tono amarillo limón.

Las nubes más altas de Venus fotografiadas por la nave espacial Galileo . La copia ha sido
coloreada en azul para poner de relieve los sutiles contrastes (y para indicar que fue tomada a
través de un filtro violeta). Estas nubes de ácido sulfúrico son altamente convectivas;
atravesarlas en avión supondría un viaje cargado de turbulencias. No se distingue ni una sola
pista referente a las características de la superficie. Cedida por JPL/NASA.
Por más que miremos por el ocular de un telescopio —aunque sea un gran telescopio, incluso
el telescopio óptico de mayor envergadura de toda la Tierra— no nos será posible obtener
ningún detalle. Durante meses y meses veremos un disco sin características aparentes que va
atravesando fases sistemáticamente, como la Luna: Venus creciente, Venus lleno, Venus casi
lleno, Venus nuevo. Ni una sola pista en relación con continentes u océanos.

Algunos de los primeros astrónomos que contemplaron Venus a través de un telescopio


reconocieron que estaban examinando un mundo oculto bajo un manto de nubes. Las nubes,
como sabemos ahora, están compuestas de gotitas de ácido sulfúrico concentrado y se tiñen
de amarillo a causa de la presencia de cierta cantidad de azufre elemental. Se encuentran a
gran altura. En luz visible ordinaria no se percibe una sola pista de cómo es la superficie de
este planeta, situada a unos cincuenta kilómetros bajo la capa nubosa, y durante siglos no
contábamos más que con vagas suposiciones y teorías.

Cabría conjeturar que, observando con mayor atención, quizá pudiéramos descubrir algunas
aberturas entre las nubes que nos irían revelando, día a día, pedazo a pedazo, la misteriosa
superficie que es habitualmente inescrutable para nosotros. Entonces habría quedado atrás el
tiempo de las suposiciones. Por término medio, la Tierra se halla semicubierta de nubes. En
las primeras etapas de la exploración venusiana no considerábamos lógico que Venus
estuviera tapada en un ciento por ciento. Si en lugar de eso lo estuviera solamente en un
noventa por ciento, o incluso en un noventa y nueve por ciento, los parches
momentáneamente despejados podrían revelarnos mucho.

En los años 1960 y 1961 se estaban ultimando los Mariners 1 y 2 , las primeras naves
americanas diseñadas para visitar Venus. Había quien, como yo mismo, opinaba que las naves
debían ir equipadas con cámaras de vídeo, a fin de que pudieran transmitir imágenes a la
Tierra. La misma tecnología se utilizaría unos cuantos años después cuando los Rangers 7, 8 y
9 fotografiaron la Luna de camino hacia sus aterrizajes de emergencia, el último haciendo
diana en el cráter Alfonso. Pero quedaba poco tiempo para la misión de Venus, y las cámaras
eran muy pesadas. Algunos sostenían que las cámaras no eran propiamente instrumentos
científicos, sino más bien objetos para la improvisación, el deslumbramiento y la gratificación
del público, pero incapaces de responder a una sola incógnita científica directa y bien
formulada. Se me ocurrió que la cuestión de si la capa de nubes presentaba realmente
interrupciones podía ser muy bien una de esas preguntas. Argumenté que las cámaras eran
asimismo susceptibles de dar respuesta a preguntas que nosotros éramos reticentes a
plantear. Aduje que las fotos constituían el único recurso para mostrar al público —que,
después de todo, era quien pagaba la factura— lo estimulantes que resultaban las misiones
robóticas. Sea como fuere, finalmente no se incluyeron cámaras, y otras misiones
subsiguientes justificaron, al menos en parte, la conclusión a que se llegó respecto a este
planeta en particular: incluso con la elevada resolución de aproximaciones cercanas, en luz
visible es manifiesto que no hay aberturas en la capa de nubes que recubre Venus, al igual
que ocurre con el manto nuboso de Titán[22] .

Son mundos que se hallan tapados de forma permanente.

En la franja ultravioleta se aprecian detalles, si bien son debidos a parches transitorios en la


niebla de gran altura, muy por encima de la capa nubosa principal. Las nubes giran alrededor
del planeta con mucha mayor rapidez de lo que lo hace el planeta en sí: algo que se conoce
como la superrotación. Así pues, en el ultravioleta tenemos incluso menores posibilidades de
captar su superficie.

En cuanto supimos con certeza que la atmósfera de Venus es mucho más densa que el aire de
la Tierra —ahora sabemos que la presión en su superficie es noventa veces mayor que la que
soportamos en nuestro planeta—, inmediatamente dedujimos que en luz visible ordinaria no
iba a ser posible vislumbrar la superficie, aunque existieran efectivamente interrupciones en
la envoltura nubosa. De ser así, la poca luz solar que consiguiera abrirse camino a través, de
la tortuosa y densa atmósfera hasta el suelo sería reflejada de vuelta, eso es cierto, pero los
fotones estarían tan revueltos a causa de la repetida dispersión de moléculas en las capas
bajas de aire que no serían capaces de retener ninguna imagen de las características de la
superficie. Algo así como tratar de distinguir un oso polar en medio de una tormenta de nieve.
No obstante, este efecto, la intensa dispersión Rayleigh, declina rápidamente a medida que se
incrementa la longitud de onda; en el infrarrojo cercano —resultó fácil calcularlo— se podía
ver la superficie siempre que hubiera aberturas en la capa de nubes o bien si éstas eran
transparentes en esa zona.

Fotografía de Venus tomada desde la Tierra en el infrarrojo cercano, que apenas revela datos
sobre las formas de la superficie oculta bajo las nubes. Fotografía de David Allen, cedida por
Anglo-Australian Observatory.

Así pues, en 1970, Jim Pollack, Dave Morrison y yo fuimos al Observatorio McDonald de la
Universidad de Texas para efectuar un intento de observar Venus en el infrarrojo cercano.
«Hipersensibilizamos» nuestras emulsiones; tratamos con amoniaco las placas fotográficas de
cristal, el viejo método de siempre,[23] y algunas veces las calentábamos o las iluminábamos
brevemente antes de colocarlas en el telescopio y exponerlas a la luz de Venus. Durante una
temporada, los sótanos del Observatorio McDonald apestaron a amoniaco. Tomamos muchas
fotografías, pero ninguna mostraba detalle alguno. Llegamos a la conclusión de que o bien no
habíamos penetrado lo suficiente en el infrarrojo o las nubes de Venus eran opacas y
continuas en el infrarrojo cercano.

Más de veinte años después, en una aproximación muy cercana a Venus, la nave Galileo
examinó el planeta con mayor resolución y sensibilidad, y a unas longitudes de onda que
penetraban un poco más en el infrarrojo de lo que nosotros podíamos conseguir con nuestras
vulgares emulsiones sobre cristal. Galileo fotografió grandes cordilleras montañosas. En
realidad, ya conocíamos su existencia; una técnica mucho más potente se había empleado ya
con anterioridad: el radar. Las ondas de radio traspasan sin esfuerzo las nubes y la densa
atmósfera de Venus, rebotan en su superficie y regresan a la Tierra, donde son recogidas y
utilizadas para componer una imagen. Los primeros trabajos habían sido realizados
principalmente por los radares americanos del JPL ubicados en la Tierra, en la estación de
seguimiento Goldstone, en el desierto de Mojave, y del Observatorio Arecibo de Puerto Rico,
dirigido por la Universidad de Cornell.
Galileo observa la topografía de Venus a través de las densas nubes que envuelven el planeta.
Esta imagen en color está construida a partir de observaciones a 1,18, 1,74, y 2,3 micras en la
franja del espectro que corresponde al infrarrojo cercano. El blanco está arriba, el azul abajo.
Las observaciones son comparadas con los resultados obtenidos por el instrumental de radar
del Pioneer 12 . Datos del Galileo /NIMS, cedidos por Robert Carlsson/JPL y NASA.

Posteriormente, los Venera 15 y 16 soviéticos y la misión americana Magallanes insertaron


telescopios de radar en órbita alrededor de Venus y cartografiaron el planeta de polo a polo.
Cada nave transmitía una señal de radar hacia la superficie y luego la recogía al rebotar ésta.
Mediante el registro del grado de reflexión cada porción de la superficie y del periodo de
tiempo que invertía la señal en regresar (más corto desde las montañas, más largo desde los
valles) pudo construirse lenta y laboriosamente un mapa de toda la superficie.

El mundo que se puso así de manifiesto resultó hallarse singularmente esculpido por flujos de
lava (y, en menor grado, por el viento), tal como se describe en el próximo capítulo. Las nubes
y la atmósfera de Venus se han vuelto hoy transparentes para nosotros, y hemos añadido otro
mundo a la lista de los ya visitados por los bravos robots exploradores procedentes de la
Tierra. Actualmente estamos aplicando a otras misiones la experiencia obtenida gracias a
Venus, especialmente a las destinadas a Titán, donde, una vez más, una impenetrable cubierta
de nubes mantiene oculta una enigmática superficie, y el radar está empezando a
proporcionarnos pistas sobre lo que podría esconder.

DURANTE LARGO TIEMPO, VENUS SE CONSIDERÓ el planeta hermano de la Tierra. Es el


que se encuentra más cerca de nosotros. Y, además, tiene prácticamente la misma masa,
tamaño, densidad y atracción gravitatoria que nuestro planeta. Se halla algo más cerca del Sol
que la Tierra, pero sus brillantes nubes reflejan mayor cantidad de luz solar de vuelta al
espacio que las nuestras. De entrada sería lógico suponer que, bajo esa ininterrumpida capa
de nubes, la superficie de Venus debe de parecerse bastante a la de la Tierra. Las primeras
especulaciones científicas al respecto imaginaban la existencia de fétidos pantanos rebosantes
de monstruosos anfibios, como en la Tierra durante el periodo Carbonífero: un mundo
desierto, un mar global de petróleo y un océano de seltz, salpicado aquí y allá por islas
incrustadas de piedra caliza. Aunque basados en algunos datos científicos, estos «modelos» de
Venus —el primero se remonta a principios de siglo, el segundo a los años treinta y los dos
últimos fueron esbozados a mediados de los cincuenta— eran poco más que romances
científicos, apenas constreñidos por los escasos datos de que se disponía.
Uno de los primeros mapas de radar de Venus, basado en observaciones desde la Tierra y
también del Pioneer 12 a través de las nubes. La escala de color aparece a la derecha: blanco,
rosa y rojo estan arriba; azul y púrpura, abajo. Nótese en particular la region Lakshmi Planum
a 65º de latitud norte y 330º de longitud (arriba, a la izquierda). Cedida por USGS/NASA.

Luego, en 1956, Cornell H. Mayer y sus colegas publicaron un informe en The Astrophysical
Journal. Habían colocado sobre el tejado del Laboratorio de Investigaciones Navales, en
Washington D.C., un radiotelescopio recién montado, construido en parte para investigaciones
clasificadas, enfocado hacia Venus, y habían medido el flujo de ondas de radio que llegaban a
la Tierra. No se trataba de un radar: no había ondas de radio que rebotaran de la superficie de
Venus. Pretendían captar las ondas de radio que Venus emite de por sí al espacio. El planeta
resultó ser mucho más brillante que el fondo de las estrellas y galaxias distantes. Aunque ello
en sí no era demasiado sorprendente. Cualquier objeto más caliente que el cero absoluto (-273
centígrados) libera radiación por todo el espectro electromagnético, incluyendo la región de
radio. Una persona, por ejemplo, emite ondas de radio a una temperatura efectiva o de
«brillo» de alrededor de 35 centígrados y, si se encontrara en un entorno más frío que su
temperatura corporal, un radiotelescopio sensible podría detectar las débiles ondas de radio
que transmite en todas direcciones. Todos somos emisores de ondas estáticas frías.
Mapas de aerógrafo en relieve sombreado de Lakshmi Planum en Venus, que reúnen datos del
observatorio de Arecibo, de la nave espacial americana Pioneer 12 y de las misiones soviéticas
Venera 15 y 16 . El Lakshmi Planum tiene aproximadamente el tamaño de Australia. Presenta
una elevación de unos cinco kilómetros sobre el nivel medio de la superficie del planeta y se
halla enmarcado por montañas (color naranja) que superan los diez kilóemtros de altitud. Las
áreas grises corresponden a las zonas donde los cartógrafos se basaron únicamente en los
datos de las naves Venera 15 y 16 . En la imagen inferior, panorámica oblicua de Lakshmi
Planum, elaborada con los mismos datos. Imágenes cedidas por Alfred McEwen y USGS.

Lo sorprendente del descubrimiento de Mayer fue que la temperatura de brillo de Venus


supera los 300 grados centígrados, siendo mucho más elevada que la temperatura de la
superficie de la Tierra o la registrada en el infrarrojo de las nubes de Venus. La temperatura
de algunos lugares de dicho planeta parecía superar al menos en 200 grados centígrados el
punto normal de ebullición del agua. ¿Qué podía significar?

Pronto surgió un aluvión de explicaciones. Argumenté que la elevada temperatura de brillo en


la región de radio constituía una indicación directa de una superficie caliente, y que las altas
temperaturas eran debidas a un masivo efecto invernadero por anhídrido carbónico y vapor de
agua, en el cual se transmite algo de luz solar a través de las nubes que calienta la superficie,
pero ésta tiene una enorme dificultad para radiarla de vuelta al espacio a causa de la elevada
opacidad infrarroja de ambos componentes. El anhídrido carbónico absorbe una serie de
longitudes de onda del infrarrojo, pero aparentemente existían «ventanas» entre las bandas
de absorción del CO2 , a través de las cuales la superficie podía enfriarse fácilmente al
espacio.

Sin embargo, el vapor de agua absorbe las frecuencias del infrarrojo que corresponden, en
parte, a las ventanas que presenta la opacidad del anhídrido carbónico. Ambos gases juntos —
se me ocurrió—podían muy bien absorber casi la totalidad de la emisión infrarroja, aunque
hubiera muy poco vapor de agua, algo así como dos vallas de estacas superpuestas,
casualmente colocadas de tal manera que las estacas de una cubren los huecos de la otra.
Imagen tomada por la nave Magallanes en Lakshmi Planum desde unos pocos cientos de
kilómetros de distancia. La cordillera montañosa Danu Montes aparece a la izquierda, en la
parte inferior de la imagen. Cedida por JPL/NASA.

Se propuso también una explicación de orden muy distinto, según la cual la elevada
temperatura de brillo de Venus nada tenía que ver con su superficie. Esta podía ser templada,
clemente, asequible. Se sugirió que debía de ser alguna región en la atmósfera de Venus o en
la magnetosfera que la rodea la que emitía esas ondas de radio al espacio. También se
apuntaron posibles descargas eléctricas entre las gotitas de agua de las nubes del planeta. Y
una descarga de luminosidad mediante la cual los iones y los electrones se recombinaban en
las capas altas de la atmósfera durante el crepúsculo y el amanecer. Asimismo, hubo quien
defendió la posibilidad de una ionosfera muy densa, en la cual la aceleración mutua entre
electrones sueltos («emisión libre-libre») liberaba ondas de radio. (Un defensor de esta idea
llegó a sugerir que la elevada ionización requerida era debida a un nivel de radiactividad, por
término medio, diez mil veces mayor en Venus que en la Tierra, tal vez como consecuencia de
una reciente guerra nuclear en ese planeta). Y, finalmente, a la luz del descubrimiento de la
radiación en la magnetosfera de Júpiter, parecía lógico pensar que la emisión de radio pudiera
proceder de una inmensa nube de partículas cargadas, cautivas de un hipotético campo
magnético venusiano muy intenso.

En una serie de trabajos que publiqué a mediados de la década de los sesenta, muchos de
ellos en colaboración con Jim Pollack,[24] sometimos a análisis esos contradictorios modelos
que presentaban una región emisora de elevado calor y una superficie fría.

Para entonces contábamos ya con dos importantes nuevos indicios: el espectro de radio de
Venus y las pruebas aportadas por el Mariner 2 de que la emisión de radio es más intensa en
el centro del disco de Venus que hacia los bordes. En 1967 pudimos excluir los modelos
alternativos con bastante fiabilidad y concluir que la superficie de Venus, a diferencia de la de
la Tierra, se encuentra a unas temperaturas elevadísimas, que superan los 400 °C. Pero dicho
argumento fue una deducción que supuso muchos pasos intermedios. Deseábamos efectuar
una medición más directa.

En octubre de 1967, conmemorando el décimo aniversario del Sputnik I , la nave soviética


Venera 4 lanzó un módulo de descenso sobre las nubes de Venus. Éste pudo mandar datos
desde las calientes capas inferiores de la atmósfera, pero no sobrevivió a su contacto con la
superficie. Un día después, la nave espacial de Estados Unidos Mariner 5 voló próxima a
Venus, y la transmisión de radio que envió a la Tierra desgranaba la atmósfera a
profundidades cada vez mayores. El grado de desvanecimiento de la señal proporcionó
información acerca de las temperaturas atmosféricas. Si bien parecían existir ciertas
discrepancias (posteriormente solucionadas) entre las secuencias de datos de ambas naves,
todos ellos indicaban inequívocamente que la superficie de Venus es muy caliente.

Desde entonces, toda una serie de naves soviéticas Venera y unas cuantas naves americanas
desde la misión Pioneer 12 han penetrado la atmósfera profunda o tomado tierra sobre la
superficie de Venus y han medido directamente —casi siempre sosteniendo un termómetro en
el exterior— las temperaturas de la superficie y de las zonas cercanas a la misma. Estas
oscilan alrededor de los 470 grados centígrados, casi 900 Farenheit. Si tenemos en cuenta
factores tales como los errores de calibración de los radiotelescopios terrestres y la
emisividad de la superficie, las primeras radioobservaciones y las posteriores mediciones
directas de las naves se corresponden bien.

Los primeros vehículos soviéticos de aterrizaje fueron diseñados para una atmósfera, en cierto
modo, semejante a la nuestra. Dichas sondas fueron aplastadas por las altas presiones como
una lata entre los dedos de un forzudo luchador o como un submarino de la segunda guerra
mundial en la fosa de Tonga. Tras dichas experiencias, las sondas soviéticas de descenso a
Venus fueron notablemente reforzadas, al igual que los submarinos modernos, y consiguieron
aterrizar con éxito sobre la ardiente superficie. Una vez conocida la profundidad de la
atmósfera y el espesor de las nubes, los diseñadores soviéticos empezaron a preocuparse por
el hecho de que la superficie pudiera ser negra como el carbón. Las naves Venera 9 y 10 iban
equipadas con reflectores. Pero éstos se revelaron innecesarios. Un bajo porcentaje de la luz
solar que cae sobre las nubes logra abrirse camino hasta el suelo, y Venus posee más o menos
la luz de que disfruta la Tierra en un día encapotado.

Una panorámica de lava sólida: la superficie basáltica de Venus vista por la sonda de descenso
Venera 14 . Arriba, a izquierda y derecha, se perciben pequeños triángulos amarillos, una
visión fugaz del cielo de Venus. Cedida por Instituto Vernadsky, Moscú.

La resistencia a imaginar una superficie incandescente para Venus puede atribuirse, supongo,
a nuestra renuencia a abandonar la noción de que el planeta más cercano es compatible con la
vida, con la exploración futura y quizá incluso, a más largo plazo, con la posibilidad de
establecer en él asentamientos humanos. No obstante, al parecer allí no hay lodazales como
los del Carbonífero, ni océanos globales de petróleo ni de seltz. Por el contrario, Venus es un
asfixiante infierno en continua ebullición. Hay algunos desiertos, pero es fundamentalmente
un planeta de mares de lava solidificada. Nuestras esperanzas se han desvanecido por
completo. La llamada de este mundo es hoy mucho más matizada que en las primeras etapas
de exploración, cuando casi todo era posible y nuestras nociones más románticas respecto a
Venus podían todavía, por lo que sabíamos entonces, hacerse realidad.
Datos de la sonda espacial Magallanes referentes a la superficie de Venus. Los colores en la
imagen central denotan altitud; en la primera y la última indican la eficacia con que la
superficie refleja el radar. Las líneas negras rectas corresponden a regiones donde no se
recabaron datos. Cedida por USGS.

MUCHAS NAVES ESPACIALES CONTRIBUYERON a la comprensión que actualmente


tenemos de Venus. Pero la misión pionera fue la del Mariner 2 . El Mariner 1 falló durante el
lanzamiento y —como se dice cuando un caballo de carreras se rompe una pata— tuvo que ser
sacrificado. El Mariner 2 trabajó a la perfección y proporcionó los primeros datos de radio,
que resultaron vitales para determinar el clima del planeta. Realizó observaciones en el
infrarrojo de las propiedades de las nubes. En su trayectoria desde la Tierra a Venus
descubrió y midió el viento solar, el flujo de partículas cargadas que emana del Sol hacia el
exterior, llenando las magnetosferas de todos los planetas que se cruzan en su camino,
hinchando las colas de los cometas y estableciendo la distante heliopausa. El Mariner 2 fue la
primera sonda planetaria que conoció el éxito, la nave que inauguró la era de la exploración
planetaria.

Todavía se encuentra en órbita alrededor del Sol, acercándose cada pocos cientos de días,
más o menos tangencialmente, a la órbita de Venus. No obstante, cada vez que eso ocurre,
Venus no está allí. Pero si esperamos lo suficiente, algún día lo estará y el Mariner 2 será
acelerado por la gravedad del planeta hacia otra órbita distinta. Finalmente, al igual que
algún que otro corpúsculo celeste de épocas pasadas, el Mariner 2 será absorbido por otro
planeta, engullido por el Sol o bien eyectado fuera del sistema solar.

Hasta entonces, este precursor de la era de exploración planetaria, este minúsculo planeta
artificial, continuará orbitando en silencio al Sol. Un poco como si el barco bandera de Colón,
la Santa María , con una tripulación fantasma, estuviera todavía cubriendo el recorrido a
través del Atlántico, desde Cádiz hasta La Española. En medio del vacío del espacio
interplanetario, el Mariner 2 debería conservarse en su condición original durante muchas
generaciones.

El deseo que yo le formulo al lucero de la tarde y del alba es el siguiente: que, bien entrado el
siglo XXI, una nave grande en tránsito común, mediante ayuda gravitatoria, hacia el exterior
del sistema solar intercepte a esta antigua reliquia y la suba a bordo, a fin de que pueda ser
expuesta en un museo sobre tecnología espacial primitiva, ya sea en Marte, Europa o Japeto.

Mundos hermanos: la Tierra despojada de océanos y Venus de su densa atmósfera. Puede que
se originaron bajo cirscuntancias muy similares, pero ambos planetas han evolucionado en
direcciones muy diferentes. Imagen cedida por JPL/NASA.
Los volcanes de Ío saludan a la nave espacial Galileo en diciembre de 1995. Júpiter y su
delgado anillo se asoman al fondo. Pintura de David A. Hardy.
Capítulo 12

EL SUELO SE FUNDE

A medio camino entre Thira y Therasia brotaron fuegos en el océano que prendieron durante
cuatro días, de tal forma que todo el mar hervía y llameaba, y los fuegos formaron una isla que
se fue elevando gradualmente, como levantada por palancas… Concluida la erupción, los
habitantes de Rhodas, en pleno apogeo de su supremacía marítima, fueron los primeros en
llegar a escena y erigir sobre la isla un templo.

ESTRABÓN, Geografía (aprox. 7 a. J.C.)

POR TODA LA TIERRA podemos encontrar un tipo de montaña provista de una sorprendente e
inusual característica. Hasta un niño la reconocería: su cima parece cortada, como amputada.
Si trepamos hasta la cumbre o la sobrevolamos descubriremos que se halla coronada por un
agujero o cráter. Algunas montañas de este tipo tienen cráteres pequeños; en otras son casi
tan grandes como la montaña en sí. A veces los cráteres están llenos de agua. En otras
ocasiones contienen un líquido extraño: subimos hasta arriba y observamos amplios y
brillantes lagos de un líquido entre amarillo y rojo, así como surtidores de fuego. Estos
agujeros en la cima de las montañas reciben el nombre de calderas, y las montañas que
coronan son, naturalmente, los volcanes, que deben su nombre a Vulcano, el dios del fuego de
los romanos. Se han contado en la Tierra alrededor de seiscientos volcanes activos. Y todavía
quedan por descubrir algunos bajo las aguas oceánicas.

Una típica montaña volcánica parece del todo inofensiva. La vegetación natural se enfila por
sus laderas. Campos en terraza decoran sus flancos. Villorrios y santuarios adornan sus bases.
Sin embargo, de pronto y sin previo aviso, después de siglos de lasitud, esa montaña puede
explotar. Torrentes de grandes piedras y cenizas salen despedidos hacia el cielo. Ríos de roca
fundida se deslizan por sus laderas. Hubo un tiempo en que se pensaba que un volcán activo
era un gigante aprisionado o un demonio luchando por salir al exterior.

Las erupciones del monte Santa Helena y del Pinatubo constituyen recordatorios recientes,
pero se han dado multitud de ejemplos a lo largo de toda la historia. En 1902, una
resplandeciente nube volcánica incandescente bajó reptando por las laderas del monte Pelee y
mató a 35.000 personas en la ciudad de St. Pierre, en la isla caribeña de la Martinica.
Enormes corrientes de barro procedentes de la erupción del volcán Nevado del Ruiz acabaron
en 1985 con la vida de más de veinticinco mil colombianos. La erupción del monte Vesubio, en
el siglo I, enterró bajo la ceniza a los desventurados habitantes de Pompeya y Herculano, y
acabó con la vida del intrépido naturalista Plinio el Viejo, cuando éste ascendía hacia la cima
en un intento de adquirir una mejor comprensión de su funcionamiento. (Y, ciertamente, Plinio
no fue el último: quince vulcanólogos han perdido la vida en diversas erupciones volcánicas
entre 1979 y 1993). La isla mediterránea de Santorini (también llamada Thira) es en realidad
la única parte que emerge a la superficie de un volcán hoy inundado por el mar[25] .

En opinión de algunos historiadores, la explosión del volcán de Santorini, en 1623 a. J.C., pudo
contribuir a la destrucción de la gran civilización minoica en la cercana isla de Creta y
provocar un cambio en el equilibrio de poderes de la civilización clásica primitiva. Dicho
desastre puede ser también el origen de la leyenda de la Atlántida tal como la refiere Platón,
según el cual una civilización entera fue destruida «en un solo día y una sola noche de
infortunio». Debió de ser fácil por aquel entonces pensar que algún dios se había enfadado.
El monte Santa Helena, en el estado de Washington, en una imagen en color falso tomada por
el Landsat 6 . Once años después de la erupción de 1980, el área que rodea al volcán se
mantiene desolada (tal como indican los tonos púrpura). La vegetación aparece en verde.
Reproducida con permiso de Earth Observation Satellite Company, Lanham, Maryland.

Los volcanes han sido contemplados desde siempre con espanto y admiración temerosa.
Cuando los cristianos de la Edad Media presenciaron la erupción del monte Hekla en Islandia,
y vieron fragmentos incandescentes de lava blanda precipitarse al exterior desde su cúspide,
imaginaron que estaban contemplando las almas de los condenados esperando para entrar en
el infierno. Dejaron la debida constancia de «los terribles gritos, el llanto y el crujir de
dientes», así como de «los aullidos de melancolía y los lamentos» que se escuchaban. Los
relucientes lagos rojos y los gases sulfurosos de la caldera del Hekla fueron considerados una
panorámica real del temible mundo subterráneo y una confirmación palpable de la creencia
popular en el infierno (así como, por simetría, de la existencia de su polo opuesto, el cielo).

Un volcán es, de hecho, una abertura hacia un mundo subterráneo mucho más vasto que la
fina capa superficial que habitan los seres humanos, y además mucho más hostil. La lava que
escupe un volcán es roca líquida, roca llevada hasta su punto de fusión, generalmente
alrededor de los mil grados. La lava emerge de un agujero en la Tierra; cuando se enfría y
solidifica, genera y luego va remodelando los flancos de una montaña volcánica.
Sección de un volcán drenando los yacimientos subterráneos de roca líquida. Pintura de
Kazuaki Iwasaki.

Las zonas de la Tierra más activas en lo que a volcanes se refiere tienden a estar situadas a lo
largo de las dorsales oceánicas en el fondo marino y en los arcos de las islas, donde confluyen
dos grandes placas de corteza oceánica, ya sea en proceso de separación una de otra o bien
de deslizamiento una bajo la otra. En suelo marino hay largas zonas de erupciones volcánicas
—acompañadas de multitud de temblores de tierra y columnas de humo abisal y agua caliente
— que estamos únicamente empezando a observar mediante robots y vehículos sumergibles
tripulados.

Las erupciones de lava indican que el interior de la Tierra está extremadamente caliente. De
hecho, la evidencia sísmica demuestra que, solamente a unos cientos de kilómetros debajo de
su superficie, casi todo el cuerpo de la Tierra se encuentra, al menos ligeramente, fundido. El
interior de la Tierra está caliente, en parte porque contiene elementos radiactivos, como el
uranio, que liberan calor a medida que se van desintegrando, y en parte porque la Tierra
retiene algo del calor original liberado durante su proceso de formación, cuando muchos
mundos pequeños, por sus gravedades mutuas, confluyeron para formar la Tierra, y el hierro
se aglutinó dando lugar al núcleo de nuestro planeta.

La roca fundida, o magma, asciende a través de fisuras en las rocas sólidas circundantes, más
pesadas. Cabe imaginar amplias cavernas subterráneas, inundadas de líquidos rojos
resplandecientes, burbujeantes y viscosos, que son disparados hacia la superficie tan pronto
como, por casualidad, encuentran un canal apropiado. El magma, denominado lava, una vez se
precipita al exterior a través de la caldera, procede efectivamente del mundo subterráneo.
Pero hasta ahora no se ha detectado ningún rastro de las almas de los condenados al infierno.

Cuando el volcán ha completado en erupciones sucesivas su proceso de formación y deja de


escupir lava por la caldera, se convierte en una montaña como cualquier otra y sufre la lenta
erosión que provoca la lluvia o los materiales arrastrados por el viento, así como,
eventualmente, el movimiento de las placas tectónicas a lo largo de la superficie terrestre.
«¿Cuántos años puede existir una montaña antes de ser arrastrada hacia el mar?», se
preguntaba Bob Dylan en la balada Blowing in the wind . La respuesta depende del planeta al
que nos estemos refiriendo. En el caso de la Tierra, normalmente tarda unos diez millones de
años. En consecuencia, las montañas, tanto volcánicas como de otro tipo, deben formarse en
el mismo plazo de tiempo, pues de otro modo la Tierra sería toda ella tan lisa como Kansas[26]
.

Las explosiones volcánicas pueden lanzar grandes cantidades de materia —principalmente


finas gotitas de ácido sulfúrico— a la estratosfera. Allí, durante un año o dos, rebotan la luz
solar al espacio y enfrían la Tierra. Eso es lo que sucedió recientemente con el volcán filipino
Pinatubo, y también, aunque con visos de desastre, en 1815-1816, tras la erupción del volcán
indonesio monte Tambora, que provocó «el año sin verano», marcado por la hambruna. Una
erupción volcánica en Taupo, Nueva Zelanda, en el año 177, enfrió el clima del Mediterráneo,
a medio mundo de distancia, y arrojó finas partículas sobre el casquete polar de Groenlandia.
La explosión del monte Mazama, en Oregón (que originó la caldera hoy conocida como cráter
Lake), en el año 4803 a. J.C., acarreó consecuencias climáticas en todo el hemisferio norte.
Diversos estudios relacionados con los efectos de los volcanes sobre el clima formaban parte
de la línea de investigación que condujo finalmente al descubrimiento del invierno nuclear.
Dichos estudios proporcionan importantes pruebas para nuestro empleo de modelos
computerizados en la predicción de futuros cambios climáticos. Las partículas volcánicas
inyectadas en las capas altas de la atmósfera constituyen, por otra parte, una causa adicional
de la reducción de la capa de ozono.

Así pues, una gran explosión volcánica en un oscuro y poco frecuentado lugar del mundo es
capaz de alterar el medio ambiente a escala global. Tanto en sus orígenes como en sus
efectos, los volcanes nos recuerdan lo vulnerables que somos frente a eructos y estornudos
menores del metabolismo interno de la Tierra y lo importante que puede ser para nosotros
comprender cómo funciona ese motor calorífico subterráneo.

SE CREE QUE, EN LOS ESTADIOS FINALES de formación de la Tierra —y también de la


Luna, Marte y Venus—, los impactos de pequeños mundos generaron océanos globales de
magma. La roca fundida inundaba la topografía preexistente. Grandes crecidas de magma
líquido rojo e incandescente, acompañadas de olas de kilómetros de altura, surgieron del
corazón del planeta, extendiéndose por su superficie y quemándolo todo a su paso: montañas,
canales, cráteres y quizá también la última evidencia de tiempos más clementes y mucho más
antiguos. El odómetro geológico volvió a colocarse a cero. Todos los registros accesibles de la
geología superficial empiezan con la última inundación global de magma. Antes de enfriarse y
solidificarse, los océanos de lava pueden tener cientos y aun miles de kilómetros de espesor.
En nuestro tiempo, miles de millones de años después, la superficie de un mundo así puede
ser tranquila, inactiva, sin mostrar indicio alguno de vulcanismo común. O bien puede
conservar, como la Tierra, algunos recordatorios a pequeña escala de una época en que la
totalidad de la superficie estaba inundada de roca líquida.

En las primeras etapas de la geología planetaria todos los datos de que disponíamos se
limitaban a las observaciones de telescopios basados en la Tierra. Durante medio siglo se
mantuvo un ardiente debate acerca de si los cráteres de la Luna eran debidos a impactos o a
volcanes. Se detectaron unos pocos montículos bajos coronados por calderas, casi con
seguridad volcanes lunares. Pero los cráteres grandes en forma de ensaladera o de cazuela,
asentados sobre terreno llano y no en las cumbres de las montañas, eran distintos. Algunos
geólogos quisieron ver en ellos similitudes con ciertos volcanes altamente erosionados que
hay en la Tierra. Otros discrepaban. El mejor argumento en contra radicaba en reconocer que
tenemos la certeza de que existen cometas y asteroides transitando junto a la Luna, y que
deben colisionar con ella en alguna ocasión, formando cráteres. A lo largo de la historia de la
Luna deben de haber sido excavados de ese modo gran número de ellos. Así pues, si los
cráteres que vemos no se deben a impactos, ¿dónde están los cráteres de impacto? Hoy
tenemos la certeza, gracias al análisis directo en el laboratorio, de que los cráteres lunares se
originaron casi en su totalidad a causa de impactos. Pero cuatro mil millones de años atrás ese
pequeño mundo, hoy prácticamente muerto, burbujeaba y ardía a consecuencia del
vulcanismo primigenio provocado por fuentes de calor interno que se apagaron hace mucho
tiempo.
Océanos de roca fundida inundan la superficie de un planeta terrestre en los primeros
estadios de su historia. Pintura de Michael Carroll.

En noviembre de 1971, la nave espacial Mariner 9 , de la NASA, llegó a Marte y encontró el


planeta completamente oscurecido por una tormenta global de polvo. Los únicos rasgos
visibles eran cuatro lugares con forma circular que emergían de la rojiza lobreguez. Estos
lugares presentaban una característica peculiar: sus cimas estaban agujereadas. Cuando se
disipó la tormenta pudimos ver claramente que habíamos estado contemplando cuatro
enormes montañas volcánicas a través de la nube de polvo, coronadas cada una de ellas por
una gran caldera.

Pasada la tormenta se puso de manifiesto la verdadera envergadura de dichos volcanes. El


más grande —oportunamente bautizado como Olympus Mons o monte Olimpo, igual que el
hogar de los dioses griegos— tiene más de veinticinco kilómetros de altura, y empequeñece no
sólo el volcán más grande de la Tierra, sino también la montaña más grande de cualquier tipo,
el monte Everest, que se eleva nueve kilómetros por encima de la meseta tibetana. En Marte
hay unos veinte volcanes grandes, pero ninguno tan colosal como el Olympus Mons, que tiene
un volumen equivalente a cien veces el volcán más grande de la Tierra, el Mauna Loa, de
Hawai.

IZQUIERDA: Los volcanes del Tharsis Plateau (plataforma de Tharsis) de Marte. DERECHA: El
Olympus Mons (monte Olimpo), el mayor cono volcánico del sistema solar. Fotomosaico con
datos del Viking . Las cimas de estos cuatro volcanes, con sus correspondientes calderas,
fueron todo lo que pudo observar la nave espacial Mariner 9 de la superficie de Marte durante
el punto de máxima intensidad de la tormenta de polvo de 1971. Cedida por USGS/NASA.

Vista oblicua del monte Olimpo, reconstruida a partir de los datos del Viking . La escasa
presencia de cráteres de impacto en las laderas de esta gran montaña apunta a su
comparativa juventud. Fotomosaico del Viking , cedido por USGS/NASA.

Contando los cráteres de impacto acumulados en los flancos de los volcanes (causados por
colisiones de pequeños asteroides y fácilmente distinguibles de las calderas de sus cimas),
pueden realizarse estimaciones en relación con su edad. Algunos volcanes marcianos tienen
unos pocos miles de millones de años de antigüedad, aunque ninguno se remonta a la época
de origen del planeta, que se sitúa alrededor de los 4.500 millones de años. Otros, como el
monte Olimpo, son comparativamente nuevos, quizá de hace sólo unos pocos cientos de
millones de años. Está claro que en la historia primitiva de Marte se produjeron enormes
explosiones volcánicas, propiciando tal vez una atmósfera mucho más densa de la que
presenta dicho planeta en la actualidad. ¿Qué aspecto habría tenido ese lugar si hubiéramos
podido visitarlo entonces?

La eminencia volcánica Arsia Mons, en Marte, coronada por su enorme caldera. El mapa
abarca desde el ecuador hasta 15º al sur. Mapa en relieve sombreado de USGS.

Algunas ondulaciones volcánicas (por ejemplo, en Cerberus) se formaron en fecha tan reciente
como doscientos millones de años atrás. Incluso es posible, supongo, aunque no existe
ninguna prueba en un sentido o en otro, que el Olympus Mons, el volcán más grande conocido
en el sistema solar, entre de nuevo en actividad. Los vulcanólogos, una especie dotada de
enorme paciencia, darían sin duda la bienvenida al acontecimiento.

En 1990-1993 la nave Magallanes obtuvo asombrosos datos de radar referentes a las formas
del paisaje de Venus[27] . Los cartógrafos prepararon mapas de casi todo el planeta, muy
detallados al disponer de una resolución de unos cien metros, la distancia que separa ambas
líneas de gol en un campo de fútbol. Magallanes radió más datos a la Tierra que todas las
restantes misiones planetarias juntas. Dado que la mayor parte del fondo marino terrestre
permanece inexplorado (exceptuando quizá algunos datos todavía clasificados, obtenidos por
las fuerzas navales americanas y soviéticas), puede que sepamos más sobre la topografía de la
superficie de Venus que de la de cualquier otro planeta, incluida la Tierra. Gran parte de la
geología de Venus es distinta de todo lo que se ha visto hasta ahora en la Tierra o más allá.
Los geólogos planetarios han puesto nombres a esos accidentes geográficos, aunque eso no
significa que comprendamos del todo cómo se han formado.

Al ser la temperatura sobre la superficie de Venus de unos 470 grados centígrados, las rocas
venusianas se encuentran mucho más cerca de su punto de fusión que en la superficie de la
Tierra. Las rocas comienzan a ablandarse y a fluir a profundidades mucho menores en Venus
que en nuestro planeta. Esa es muy probablemente la razón que explica que muchos rasgos
geológicos de Venus tengan la apariencia de plástico deformado.

El planeta está cubierto de llanuras volcánicas y altiplanos. Las construcciones geológicas


incluyen conos volcánicos, probables escudos volcánicos y calderas. En muchos lugares se
aprecia cómo la lava ha cubierto vastas extensiones. Las características de algunas llanuras,
que superan los doscientos kilómetros de extensión, han propiciado que se las denomine
festivamente «ácaros» y «arácnidos» (vulgarmente, «similares a las arañas»), por ser
depresiones circulares rodeadas de anillos concéntricos, de cuyo centro parten radialmente
largas grietas superficiales. También se observan ocasionales «tortas abovedadas», un
accidente geológico desconocido en la Tierra que es probablemente algún tipo de volcán,
formadas por lava espesa y viscosa que fluye lenta y uniformemente en todas direcciones. Hay
multitud de ejemplos de flujos de lava más irregulares. Las «coronas», unas curiosas
estructuras anulares, aparecen alineadas a lo largo de extensiones de hasta dos mil
kilómetros. Los flujos de lava distintivos sobre el ardiente planeta Venus nos brindan un rico
menú de misterios geológicos.

Hendiduras posteriormente inundadas por lava en las tierras altas de la Ovda Regio de Venus.
El relieve vertical ha sido aumentado 22,5 veces para una mayor claridad. Reconstrucción con
datos de la sonda Magallanes , cedida por JPL/NASA.
Tres cráteres de impacto (comparativamente raros) sobre la superficie de Venus. El Howe, en
primer plano, tiene 37 kilómetros de diámetro. El Danilova (segundo plano) y el Aglaonice
(segundo plano a la derecha) aparecen también en la imagen. Observaciones de la sonda
Magallanes , cedida por JPL/NASA.
Vistas de las montañas de Venus tomadas por la sonda Magallanes . Cedida por JPL/NASA.
El volcán Maat Mons de Venus. Los ríos de lava se extienden a lo largo de cientos de
kilómetros, a través de las fracturadas llanuras que aparecen en primer plano, hasta la base
de este volcán de ocho kilómetros de altitud. Observaciones de la sonda Magallanes , cedida
por JPL/NASA.
Un «arácnido». Imagen en color falso de un tipo de construcción volcánica desconocida en la
Tierra, situada, en este caso, en Eistla Regio, en Venus. Tiene aproximadamente 66 kilómetros
de diámetro en su base. Datos de la sonda Magallanes , cedida por JPL/NASA.

Los rasgos más peculiares e inesperados son los sinuosos canales que, con sus meandros y
recodos, ofrecen la apariencia de los valles fluviales terrestres. Los más largos lo son más que
los de los ríos más importantes de la Tierra. Pero en Venus la temperatura es demasiado
elevada como para que pueda haber agua líquida. Y podemos afirmar, debido a la ausencia de
cráteres de impacto pequeños, que la atmósfera ha tenido la misma densidad —y ha inducido
tan importante efecto invernadero— durante toda la etapa de existencia de la superficie
actual. (De haber sido mucho más ligera, los asteroides de tamaño mediano no se habrían
desintegrado al penetrar en ella, sino que habrían sobrevivido para excavar cráteres al
colisionar con la superficie del planeta). La lava que fluye ladera abajo forma, efectivamente,
canales tortuosos (en ocasiones bajo la tierra, causando el posterior colapso del techo del
canal). Pero incluso a temperaturas como la de Venus, la lava irradia calor, se enfría, va
ralentizando su avance, cuaja y se detiene. El magma se solidifica. En general, los canales de
lava no llegan a alcanzar el diez por ciento de la longitud de los largos canales de Venus,
antes de solidificarse. Algunos geólogos planetarios opinan que en dicho planeta se genera un
tipo de lava especialmente ligera, acuosa y poco viscosa. Sin embargo, se trata de una
especulación que no se apoya en ningún otro dato y supone una confesión de nuestra
ignorancia.

Otra construcción desconocida en la Tierra, esta vez en forma de cúpulas, que se cree
también de origen volcánico (aunque este dato queda todavía lejos de ser confirmado). Se las
ha denominado «tortas». Datos de la sonda Magallanes , cedida por JPL/NASA.

La gruesa atmósfera se mueve lentamente y, al ser tan densa, es muy propensa a levantar y
transportar partículas finas. En consecuencia, se observan en Venus rayas creadas por el
viento, que emanan principalmente de los cráteres de impacto, donde los habituales vientos
del planeta han barrido montones de arena y polvo, originando una especie de veleta climática
impresa en la superficie. Aquí y allá nos ha parecido distinguir campos de dunas arenosas y
provincias donde la erosión eólica ha esculpido formas volcánicas sobre el terreno. Estos
procesos dirigidos por el viento tienen lugar a cámara lenta, como si se tratara del fondo del
mar. Los vientos son leves en la superficie de Venus. Una suave ráfaga puede ser suficiente
para levantar una nube de finas partículas, aunque en ese infierno incandescente es difícil
conseguir una racha de viento.
En Venus hay muchos cráteres de impacto, pero nada comparable con el elevado número de
ellos que presentan la Luna o Marte. Singularmente, no existen en ese planeta cráteres
inferiores en tamaño a unos cuantos kilómetros de diámetro. El motivo es comprensible: los
asteroides y cometas pequeños se desintegran al penetrar en su densa atmósfera y no llegan a
impactar en la superficie. La limitación observada en el tamaño de los cráteres se corresponde
muy bien con la densidad actual de la atmósfera de Venus. Determinadas manchas irregulares
que aparecen en las imágenes tomadas por la nave Magallanes se atribuyen a restos de
cuerpos de impacto que se fragmentaron a causa del espesor del aire antes de que pudieran
llegar a excavar un cráter.

Muchos de los cráteres de impacto son notablemente prístinos y se conservan muy bien; sólo
un reducido porcentaje de los mismos ha sido inundado por posteriores corrientes de lava. La
superficie de Venus, tal como la ha revelado Magallanes , es extremadamente joven. Se
observan tan pocos cráteres, que todo lo que sea más antiguo que quinientos millones de años
debe de haber sido erradicado, sobre un planeta cuya edad alcanza, casi con seguridad, los
4500 millones de años. Solamente hay un agente erosivo que resulte plausible y adecuado
para explicar lo que vemos: el vulcanismo. A lo largo de todo el planeta, cráteres, montañas y
otros rasgos geológicos han sido inundados por mares de lava que, en su día, fueron lanzados
al exterior desde el interior, fluyendo a sus anchas, y luego se solidificaron.

Sinuoso canal al norte de las montañas Freyja, de Venus. Datos de la sonda Magallanes ,
cedida por JPL/NASA.

Tras pasar revista a una superficie tan joven cubierta de magma sólido, nos preguntaremos si
queda todavía algún volcán activo. No se ha detectado ninguno de manera inequívoca, pero
hay unos cuantos —por ejemplo el que llamamos Maat Mons— que aparecen rodeados de lava
fresca y que es posible que estén todavía ardiendo y humeando. Existen algunas evidencias de
que la abundancia de compuestos de azufre en las capas altas de la atmósfera varía con el
tiempo, como si los volcanes de la superficie estuvieran inyectando episódicamente en ella
dichos materiales. Cuando los volcanes están extinguidos, simplemente no se detectan
compuestos de azufre en el aire. También existe alguna evidencia, aunque bastante discutida,
de la acción de relámpagos alrededor de las cimas de las montañas de Venus, como ocurre a
veces sobre volcanes activos de la Tierra. No obstante, no podemos asegurar que haya
vulcanismo activo en Venus. Esa será una cuestión que deberán resolver futuras misiones.
Algunos científicos sostienen que, hasta hace unos quinientos millones de años, la superficie
de Venus carecía casi por completo de formas. Corrientes y océanos de roca fundida afluían
implacablemente desde su interior, rellenando y sumergiendo cualquier relieve que hubiera
podido formarse. Si en ese momento nos hubiésemos dejado caer a través de las nubes,
habríamos descubierto una superficie prácticamente uniforme y sin accidentes. De noche, el
paisaje habría mostrado un resplandor infernal, debido al rojo calor de la lava fundida. En esta
visión, el gran motor calorífico de Venus, que aportó copiosas cantidades de magma a la
superficie hasta hace quinientos millones de años, se encuentra parado en la actualidad. El
motor calorífico planetario ha dejado al fin de funcionar.

En otro provocativo modelo teórico, éste concebido por el geofísico Donald Turcotte, Venus
posee una tectónica de placas como la de la Tierra, pero en este caso se activa y se desactiva.
En este momento, propone, la tectónica de placas se halla desactivada; los «continentes» no
se mueven a través de la superficie, no chocan unos con otros y no erigen, por tanto, cadenas
montañosas, que luego no se precipitan hacia las profundidades del interior. Sin embargo,
después de cientos de años de silencio, la tectónica de placas siempre acaba por activarse y
las formas superficiales se inundan de lava, son destruidas por la formación de montañas y la
subducción, siendo finalmente borradas del mapa. El último proceso activo concluyó hace
unos quinientos millones de años, sugiere Turcotte, y desde entonces todo ha permanecido
tranquilo. No obstante, la presencia de coronas puede significar —a un plazo que
geológicamente se sitúa en un futuro próximo— que nuevamente están a punto de producirse
cambios masivos en la superficie de Venus.

MÁS INESPERADO INCLUSO que los grandes volcanes marcianos o la superficie inundada de
lava que presenta Venus es lo que descubrimos después de que, en marzo de 1979, la nave
espacial Voyager 1 se encontrara con Ío, la más interior de las cuatro grandes lunas galileanas
de Júpiter. Se abrió ante nuestros ojos un pequeño y extraño mundo multicolor totalmente
plagado de volcanes. Contemplándolo asombrados, descubrimos ocho penachos activos que
lanzaban al aire gas y partículas finas. El más grande, hoy llamado Pelé —como la diosa
hawaiana de los volcanes—, proyectaba una fuente de material a 250 kilómetros de distancia
en el espacio, a mayor altitud sobre la superficie alcanzada por algunos astronautas sobre la
Tierra. Cuando el Voyager 2 llegó a Ío, Pelé se había apagado, si bien otros seis penachos aún
se mantenían activos, se descubrió por lo menos uno nuevo y otra caldera, denominada Surt,
había cambiado remarcablemente de color.

IZQUIERDA: La boca del Loki Patera, en Ío, vista desde arriba (en el centro, abajo). Datos del
Voyager , imagen cedida por USGS/NASA.

DERECHA: El penacho del volcán activo Loki Patera, en la luna Ío, de Júpiter. Datos en color
falso del Voyager , cedida por USGS/NASA.
Chorros del volcán Prometheus, en Ío, penetrando en la fina atmósfera y cayendo de nuevo al
suelo. Datos del Voyager , impresos aquí en negativo para realzar el contraste. Cedida por
USGS/NASA.

Los colores de Ío, aunque exagerados en las imágenes de colores intensificados de la NASA,
no tienen parangón en ningún otro lugar del sistema solar. La explicación comúnmente
aceptada es que los volcanes de Ío no lanzan al aire roca fundida, como los de la Tierra, la
Luna, Venus y Marte, sino dióxido de azufre y azufre fundido. La superficie se halla salpicada
de montañas volcánicas, calderas volcánicas, fisuras y lagos de azufre fundido. Diversas
formas y compuestos de azufre han sido detectados sobre la superficie de Ío y en el espacio
circundante; los volcanes barren ciertas cantidades del azufre de Ío[28] .

Estos hallazgos han inducido a pensar en la existencia de un mar subterráneo de azufre


líquido que emerge a la superficie por puntos débiles, genera un montículo volcánico poco
profundo, se desliza ladera abajo y va solidificándose, quedando su color definitivo
determinado por su temperatura en el momento de la erupción.

En la Luna o Marte pueden encontrarse muchos lugares que apenas han cambiado en el
transcurso de mil millones de años. En Ío, a lo largo de un solo siglo gran parte de la
superficie debería inundarse de nuevo, quedando recubierta o borrada a causa de nuevas
corrientes de lava volcánica. En ese caso, los mapas de Ío pronto serán obsoletos, y la
cartografía de ese mundo se convertirá en una industria en constante crecimiento.
Construcción volcánica Maasaw Patera, en Ío. Corrientes de lava, quizá de azufre fundido,
surgieron de su caldera en un determinado momento. Datos del Voyager , cedida por
USGS/NASA.
Imagen en color falso de la región del polo sur de Ío. Datos del Voyager , cedida por
USGS/NASA.

Todo esto parece desprenderse de las observaciones efectuadas por el Voyager . La medida en
que la superficie aparece cubierta por flujos volcánicos comunes implica el advenimiento de
cambios masivos en cincuenta o cien años, una predicción que afortunadamente ha podido ser
comprobada. Las imágenes de Ío tomadas por dicha nave pueden compararse con otras
mucho más pobres, obtenidas cincuenta años atrás por telescopios desde la Tierra, y con las
del telescopio espacial Hubble, captadas trece años después. La sorprendente conclusión
parece indicar que las grandes marcas superficiales de Ío apenas han sufrido ningún cambio.
Está claro que se nos está escapando algo.

UN VOLCAN ENCARNA en cierto sentido las entrañas de un planeta manando a chorro, hacia
el exterior, una herida que finalmente se cura al enfriarse, sólo para ser reemplazada por
nuevos estigmas. Mundos distintos poseen entrañas diferentes. El hallazgo de vulcanismo de
azufre líquido en Ío fue algo así como descubrir, a raíz de un accidente, que de las venas de un
amigo brota sangre verde. No teníamos ni idea de que fueran posibles tales diferencias.
Parecía tan normal…

Naturalmente, estamos deseosos de encontrar indicios adicionales de vulcanismo en otros


mundos. En Europa, el segundo de los satélites galileanos de Júpiter, vecino de Ío, no hay
montañas volcánicas en absoluto, pero parece que ha brotado a la superficie hielo fundido —
agua líquida—, a través de un enorme número de marcas oscuras entrecruzadas, antes de
congelarse. Y más hacia el exterior, entre las lunas de Saturno, se observan asimismo indicios
de ese mismo fenómeno, que ha borrado los cráteres de impacto. Aun así, nunca hemos visto
nada que plausiblemente pudiera ser un volcán de hielo, ni en el sistema de Saturno ni en el
de Júpiter. Posiblemente hayamos observado vulcanismo de nitrógeno o metano en Tritón.

Los volcanes de otros mundos nos proporcionan un espectáculo excitante. Incrementan


nuestra admiración, nuestro gozo por la belleza y diversidad del cosmos. Pero esos exóticos
volcanes rinden además otro servicio: contribuyen a nuestro conocimiento de los volcanes de
nuestro propio mundo, y quizá algún día nos enseñarán incluso a predecir sus erupciones. Si
no somos capaces de comprender lo que ocurre en otras circunstancias en que los parámetros
físicos son distintos, ¿hasta qué punto podremos comprender la circunstancia que nos
concierne en mayor medida? Una teoría general sobre el vulcanismo debe abarcar todos los
casos. Cuando nos topamos con enormes eminencias volcánicas en un Marte geológicamente
tranquilo, cuando descubrimos que la superficie de Venus ha sido renovada tan sólo ayer por
inundaciones de magma, cuando encontramos un mundo fundido, no por el calor que
desprende la desintegración radiactiva, como en la Tierra, sino por las mareas gravitatorias
que ejercen mundos cercanos, cuando observamos vulcanismo de azufre en lugar de ser de
silicato, y cuando empezamos a preguntarnos, respecto a las lunas de los planetas exteriores,
si estamos contemplando vulcanismo de agua, amoniaco, nitrógeno o metano, estamos
aprendiendo qué otras posibilidades existen.
Una gran cuenca inundada, de unos doscientos kilómetros de ancho por cuatrocientos de
largo, en Tritón, una de las lunas de Neptuno. El material que causó la inundación no se
conoce de forma directa, pero se cree que pudiera ser nitrógeno o metano (aunque también
podría ser agua) helado en su interior, que salió a la superficie a través de cráteres, de forma
fluida aunque después se solidificó, de manera análoga a lo que ocurre con la lava líquida de
los volcanes de la Tierra. Imagen del Voyager 2 , cedida por JPL/NASA.
Un astronauta del Apolo posa para la posteridad sobre la superficie de la Luna. El fotógrafo se
refleja en el visor de su casco. El Rover está aparcado en el borde alejado del cráter de
impacto. Entre los minúsculos cráteres de impacto que se ven en primer plano se aprecia una
huella de la pisada de un astronauta. En la imagen aparece el astronauta del Apolo 16 Charles
Duke. Cedida por NASA.
Capítulo 13

EL OBSEQUIO DEL APOLO

Las puertas del Cielo están abiertas de par en par; pies para qué os quiero…

CHUANG TZU (atribuido a CHU YUAN), «Las nueve canciones», canción V, «El gran señor de
las vidas» (China, aprox. Siglo III a. J.C.)

CORRE UNA BOCHORNOSA NOCHE del mes de Julio. Nos hemos quedado dormidos en la
butaca. De repente, nos despertamos sobresaltados, desorientados. La tele está encendida,
pero no hay sonido. Hacemos un esfuerzo por comprender lo que estamos presenciando. Dos
fantasmagóricas figuras blancas, vestidas con ampulosos monos y cascos, bailan suavemente
bajo un cielo negro como la noche. Van dando pequeños saltos que los impulsan hacia arriba,
levantando nubes de polvo apenas perceptibles. Pero hay algo que no cuadra. Tardan
demasiado tiempo en bajar. Sobrecargados como van, parecen volar… un poco. Nos frotamos
los ojos, pero la onírica escena persiste.

De todos los acontecimientos que rodearon el aterrizaje del Apolo 11 en la Luna, el 20 de Julio
de 1969, el recuerdo más vívido que conservo es la sensación de irrealidad que lo envolvió.
Neil Armstrong y Buzz Aldrin avanzando penosamente por la gris y polvorienta superficie
lunar, con la Tierra asomando en grande en aquel cielo, mientras Michael Collins, en ese
momento luna de la propia Luna, orbitaba sobre ellos en solitaria vigilia. Cierto, fue una
asombrosa hazaña tecnológica y un triunfo para Estados Unidos. Cierto, los astronautas
demostraron un coraje realmente admirable.

Y cierto también que, como dijo Armstrong al descender de la nave, era un momento histórico
para la especie humana. Pero si uno prescindía del volumen de la retransmisión, que
reproducía la conversación entre la base de control de la misión y el Mar de la Tranquilidad —
con su charla rutinaria y deliberadamente mundana— y se fijaba únicamente en el monitor en
blanco y negro, comprendía que nosotros, los humanos, estábamos penetrando en los
dominios del mito y la leyenda.
Despegue del Apolo 11 . Cedida por NASA.
Tercera fase de separación del lanzador Saturno en la misión del Apolo 7 de 1968. Cedida por
NASA.

Conocíamos la Luna desde tiempo inmemorial. Allí estaba cuando nuestros antepasados
descendieron de los árboles hacia la sabana, cuando aprendimos a caminar erguidos, cuando
fabricamos las primeras herramientas de piedra, cuando domesticamos el fuego, inventamos
la agricultura, construimos ciudades y empezamos a dominar la Tierra. El folclore y las
canciones populares celebran una misteriosa conexión entre la Luna y el amor. El primer día
de la semana, «Lunes», debe su nombre a dicho astro. El hecho de que crezca y mengüe —de
menguante a llena a creciente y a nueva— era ampliamente considerado una metáfora
celestial de muerte y renacimiento. Se la relacionaba también con el ciclo de ovulación de las
mujeres, que presenta casi el mismo periodo, tal como nos recuerda la palabra
«menstruación» (del latín mensis , de medir). Los que duermen a la luz de la luna se vuelven
locos, dicen; la conexión se conserva en el adjetivo «lunático». En la historia de la Persia
antigua preguntan a un visir, conocido por su gran sabiduría, qué es más útil, si el Sol o la
Luna. «La Luna —responde él— porque el Sol sale de día, cuando hay luz de todos modos».
Especialmente cuando vivíamos al aire libre, la Luna constituía una presencia mayor —aunque
singularmente intangible— en nuestras vidas.
Una huella de pisada sobre la Luna. Si ésta permanece virgen a los visitantes, este recuerdo
de las expediciones Apolo se conservará un millón de años o más. Cedida por NASA.

La Luna era una metáfora para lo inalcanzable: «Estás pidiendo la luna», solía decirse.
Durante la mayor parte de nuestra historia no teníamos la menor idea de lo que podía ser.
¿Un espíritu? ¿Un dios? ¿Un objeto? No parecía algo grande y alejado, sino más bien algo
pequeño y cercano, una cosa del tamaño de un plato, colgado en el cielo encima de nuestras
cabezas. Los filósofos de la Grecia antigua debatieron la afirmación de que «la Luna es
exactamente tan grande como parece» (poniendo de manifiesto una irremediable confusión
entre tamaño lineal y angular). Caminar sobre la Luna habría parecido una idea estrafalaria
en aquel entonces; tenía más sentido imaginarse uno mismo subiendo al cielo por una
escalera o sentado a lomos de un pájaro gigante, cogiendo la Luna y bajándola a la Tierra.
Jamás nadie pudo conseguirlo, aunque circulaban infinidad de leyendas sobre héroes que lo
habían intentado.
Una fotografía tomada por el Apolo 11 de la meseta lunar, extraordinariamente rica en
cráteres. Cedida por NASA.

Hasta hace pocos siglos no se impuso de forma definitiva la concepción de la Luna como un
lugar situado a 385.000 kilómetros de distancia. Y en ese insignificante parpadeo temporal
hemos dado el salto desde nuestros primeros pasos en la comprensión de la naturaleza de la
Luna hasta poner pie y transitar a placer por su superficie. Calculamos cómo se mueven los
objetos celestes por el espacio, licuamos el oxígeno del aire, inventamos grandes cohetes,
telemetría, electrónica digna de confianza, dirección por inercia y muchas cosas más. Luego
salimos a surcar el espacio.

Tuve la suerte de estar implicado en el programa Apolo, pero no culpo a las personas que
piensan que todo el asunto fue simulado en un estudio de cine de Hollywood. En el Imperio
romano tardío, los filósofos paganos habían atacado la doctrina cristiana que postulaba la
ascensión al cielo del cuerpo de Cristo y la promesa de la resurrección de los muertos,
basándose en que la fuerza de la gravedad atrae hacia la Tierra a todos los «cuerpos
terrestres». San Agustín replicó: «Si la inteligencia humana es capaz de fabricar, mediante
alguna invención, navíos que flotan a partir de metales que se hunden… ¿cómo no iba a
resultar mucho más creíble que Dios, utilizando alguna operativa oculta, pueda conseguir que
esas masas terrestres se emancipen de las cadenas que las atan a la Tierra?». Pero que los
humanos llegaran a descubrir un día dicha operativa era algo que trascendía la imaginación. Y
sin embargo, ciento cincuenta años más tarde, nos emancipamos.

La proeza suscitó una amalgama de admiración temerosa y preocupación. Algunos se


acordaron de la historia de la torre de Babel. Otros, entre ellos los musulmanes ortodoxos,
consideraban impudente y sacrílego el hecho de poner pie en la Luna. Muchos saludaron el
evento como un punto de inflexión en la historia.

La Luna ya no es inalcanzable. Una docena de seres humanos, todos americanos, han


efectuado esos singulares movimientos a saltos, a los que se ha dado en llamar «paseo lunar»,
sobre la crujiente y antigua lava gris, sembrada de cráteres, empezando precisamente ese día
de julio de 1969. No obstante, desde 1972 no ha habido persona de ninguna nación que haya
vuelto a pisarla. En realidad, nadie ha ido a ninguna parte desde los gloriosos días de la
misión Apolo, exceptuando, claro está, la órbita terrestre, algo así como un niño que se
aventura a dar sus primeros pasos en solitario, pero vuelve de inmediato, casi sin aliento, a la
seguridad de las faldas de su madre.

En otro tiempo nos adentramos en el sistema solar. Durante unos pocos años. Luego nos
apresuramos a regresar a casa. ¿Por qué? ¿Qué sucedió? ¿Qué perseguía realmente la misión
Apolo?

El alcance y la audacia del mensaje que John F. Kennedy pronunció el 25 de mayo de 1961 en
una sesión conjunta del Congreso sobre «Necesidades nacionales urgentes» —el discurso que
puso en marcha el programa Apolo— me deslumbra. Íbamos a emplear cohetes todavía por
diseñar, aleaciones que aún debían ser concebidas, esquemas de navegación y acoplamiento
por planificar, todo para enviar hombres a un mundo desconocido, un mundo que nunca había
sido explorado, ni siquiera de forma preliminar, ni tan sólo por robots; íbamos a traerles de
vuelta a casa sanos y salvos, y lo íbamos a hacer antes de que finalizara la década. Este
confiado pronunciamiento fue efectuado antes de que ningún americano hubiera conseguido
ni siquiera surcar la órbita terrestre.

En mi recién estrenada condición de doctor en Filosofía, lo primero que pensé fue que todo
aquello tenía que ver fundamentalmente con la ciencia. Pero el presidente no hablaba de
descubrir el origen de la Luna, ni tampoco de traer muestras para su posterior estudio. Lo
único que parecía interesarle era mandar a alguien allí y traerle luego de regreso a casa. Era
una especie de gesto . El asesor científico de Kennedy, Jerome Wiesner, me explicó después
que había hecho un trato con el presidente: si Kennedy no reivindicaba objetivos científicos
para la misión Apolo, entonces él, Wiesner, la apoyaría. Pero, si no estaba relacionada con la
ciencia, ¿cuáles eran sus objetivos?

«El programa Apolo es en realidad un asunto político», me explicaron otros. Eso ya sonaba
más prometedor. Las naciones no alineadas podían sentirse tentadas de girar en la órbita de
la Unión Soviética si ésta se adelantaba en la carrera espacial, si Estados Unidos demostraba
un «vigor nacional» insuficiente. No me cabía en la cabeza. Ahí estaba Estados Unidos de
América, por delante de la Unión Soviética virtualmente en todas las áreas tecnológicas —
líder mundial económico, militar y, en ocasiones, también moral—, y sin embargo ¿Indonesia
iba a adoptar el régimen comunista porque Yuri Gagarin había alcanzado antes que John
Glenn la órbita terrestre? ¿Qué es lo que hace de la tecnología espacial algo tan especial? De
pronto caí en la cuenta.
En la misión del Apolo 10 , en 1969, se observa el módulo de mando y de servicio sobre la
superficie lunar. Cedida por NASA.

Poner personas en órbita alrededor de la Tierra o robots a orbitar el Sol requiere cohetes,
cohetes grandes, fiables y potentes. Esos mismos cohetes pueden utilizarse en una guerra
nuclear. La misma tecnología que transporta un hombre a la Luna puede transportar cabezas
nucleares a medio mundo de distancia. La misma tecnología que coloca en la órbita terrestre
a un astrónomo y un telescopio puede lanzar al espacio un «puesto de combate» láser. En
aquellos tiempos se oían extravagantes conversaciones en los círculos militares de Oriente y
Occidente, que hablaban del espacio como de la nueva «base de operaciones» y sostenían que
la nación que «controlara» el espacio «controlaría» la Tierra. Naturalmente, los cohetes
estratégicos ya estaban siendo probados en la Tierra. No obstante, lanzar un misil balístico
con una estúpida ojiva de combate sobre un objetivo seleccionado en mitad del océano
Pacífico no acarrea demasiada gloría, en tanto que enviar personas al espacio consigue
cautivar la atención e imaginación del mundo.
El módulo de excursión lunar del Apolo 11 elevándose de la superficie de la Luna. Cedida por
NASA.

No se iba a invertir todo ese dinero en mandar astronautas a la Luna solamente por esa razón,
pero de todas las formas existentes para demostrar potencia en tecnología espacial, ésta era
la que mejor funcionaba. Se trataba, en suma, de un rito de «hombría» nacional; el tamaño de
las lanzaderas hacía este punto suficientemente comprensible, sin necesidad de que nadie
hubiera de explicarlo. La comunicación parecía transmitirse de mente inconsciente a mente
inconsciente, sin que las facultades mentales más elevadas captaran el más leve soplo de lo
que estaba ocurriendo.

En la actualidad, mis colegas —que luchan por cada dólar desembolsado para la ciencia
espacial— deben de haber olvidado lo fácil que resultaba, en los gloriosos días del Apolo y en
el periodo inmediatamente anterior, conseguir dinero para el «espacio». De entre los muchos
ejemplos que se podrían citar, consideremos esta conversación ante el Subcomité de
Asignaciones para Defensa de la Cámara de Representantes en 1958, unos pocos meses
después de la misión Sputnik 1 . Testifica el secretario de la Asesoría de la Fuerza Aérea
Richard E. Horner; su interlocutor es el representante Daniel J. Flood (demócrata de
Pennsylvania):

HORNER: ¿Por qué es deseable desde el punto de vista militar tener a un hombre en la Luna?
En parte, desde el punto de vista clásico, porque existe. En parte también, porque puede que
temamos que la URSS se nos adelante y pueda extraer ventajas asociadas que nosotros no
habíamos calculado…

FLOOD: Si les concediéramos todo el dinero que ustedes consideraran necesario,


independientemente de la suma de que se tratase, ¿podría la Fuerza Aérea alcanzar la Luna,
digamos, antes de Navidad?
HORNER: Estoy seguro de que podríamos. Este tipo de empresas encierran siempre cierta
proporción de riesgo, pero creemos que somos capaces de hacerlo; sí, señor.

FLOOD: ¿Se ha pedido a alguien de la Fuerza Aérea o del Departamento de Defensa que sean
otorgados los fondos, el hardware y el personal necesarios para, empezando esta misma
medianoche, ir a coger un trozo de esa bola de queso verde para regalárselo a Tío Sam por
Navidad? ¿Se ha planteado esa demanda?

HORNER: Hemos sometido un programa de ese tipo a la aprobación de la Oficina del


Secretario de Defensa. Actualmente lo están considerando.

FLOOD: Estoy a favor de concedérselo en este mismo minuto, señor presidente, con nuestro
beneplácito, sin tener que esperar a que algún pez gordo se decida a pedirlo. Si este hombre
habla en serio y sabe lo que está diciendo (que yo creo que lo sabe), entonces este comité no
debería esperar ni cinco minutos más. Deberíamos darles todo el dinero, todo el hardware y
todo el personal que precisen, sin importar lo que otras personas puedan opinar o querer, y
pedirles que se suban a una colina y lo hagan sin contemplaciones.

La Tierra «sale» sobre la Luna, Apolo 15 . Cedida por NASA.

Cuando el presidente Kennedy formuló el programa Apolo, el Departamento de Defensa tenía


en marcha un montón de proyectos relacionados con el espacio, maneras de trasladar
personal militar al espacio, formas de transportarlo alrededor de la Tierra y armas robotizadas
sobre plataformas orbitales con la finalidad de derribar satélites y misiles balísticos de otras
naciones, entre otros. El Apolo suplantó a todos esos programas. Nunca alcanzaron estatus
operativo. Podría defenderse el punto de vista de que el Apolo sirvió para otro fin, el de
trasladar la carrera espacial entre la URSS y Estados Unidos del ámbito militar al civil. Hay
quien opina que Kennedy pensaba en el programa Apolo como sustituto de una carrera
armamentística en el espacio. Puede ser.

Para mí, lo más irónico de ese momento de la historia es la placa firmada por el presidente
Richard Nixon que se llevó el Apolo 11 a la Luna. Reza así: «Vinimos en son de paz y en
nombre de toda la Humanidad». Mientras Estados Unidos estaba soltando siete megatones y
medio de explosivos convencionales sobre naciones pequeñas del sudeste asiático, nos
congratulábamos de nuestra humanidad: no íbamos a hacer daño a nadie sobre esa roca sin
vida. La placa sigue todavía allí, fijada a la base del módulo lunar del Apolo 11 , en medio de la
irrespirable desolación del Mar de la Tranquilidad. Si no se interpone nadie, seguirá siendo
legible durante un millón de años a partir de ahora.

Un paisaje lunar. Imágenes de NASA; panorama procesado digitalmente por el Artis


Planetarium de Amsterdam.

Seis nuevas misiones siguieron al Apolo 11 y todas menos una alunizaron con éxito. El
Apolo 17 fue la primera en incluir a un científico en su tripulación. Pero tan pronto como éste
llegó a su destino, el programa fue cancelado. El primer científico y el último ser humano que
aterrizaron en la Luna eran la misma persona. El programa ya había cumplido con su misión
en aquella noche de julio de 1969.

Mosaico de la Luna obtenido por la nave Galileo . Se ha empleado color falso para realzar los
depósitos minerales. El verde y el amarillo indican mayor abundancia de hierro y magnesio.
Fotomosaico cedido por USGS/NASA.
El programa Apolo no versaba principalmente sobre ciencia. Ni siquiera estaba centrado en el
espacio. El Apolo trataba sobre confrontación ideológica y guerra nuclear, a menudo descritos
con eufemismos tales como «liderazgo» mundial y «prestigio» nacional. Sin embargo, se
avanzó de todos modos en la ciencia espacial. Hoy sabemos mucho más acerca de la
composición, edad, así como de la historia de la Luna y del origen de las formas de su
superficie. Hemos avanzado en la comprensión relacionada con su procedencia. Algunos de
nosotros hemos empleado estadísticas sobre los cráteres lunares para entender mejor la
Tierra en el momento del origen de la vida. Pero lo más importante de todo es que el Apolo
proporcionó un escudo, un paraguas bajo el cual se enviaron naves robotizadas de brillante
ingeniería por todo el sistema solar para que efectuaran un reconocimiento preliminar de
docenas de mundos. La descendencia del Apolo ha alcanzado hoy las fronteras planetarias.

La Tierra y la Luna a escala. La Tierra tiene casi cuatro veces el diámetro de la Luna y es 81
veces más masiva. La Tierra —aquí aprecian las Américas desde Nueva Inglaterra hasta la
Patagonia—, por término medio, refleja de vuelta al espacio cerca de cuatro veces más luz que
la oscura Luna. Imagen cedida por USGS.

De no haber sido por la misión Apolo —y, en consecuencia, de no haber sido por el propósito
político al cual sirvió— tengo mis dudas acerca de si realmente se habrían llevado a cabo las
históricas expediciones americanas de exploración y descubrimiento en el sistema solar. Los
Mariner , Viking , Pioneer , Voyager y Galileo se cuentan entre los obsequios que nos ha traído
el programa Apolo. Magallanes y Cassini quedan ya más distantes en la línea de descendencia.
Algo similar puede aplicarse a los pioneros esfuerzos soviéticos en pos de la exploración del
sistema solar, incluyendo los primeros aterrizajes blandos de naves robotizadas —Luna 9 ,
Mars 3 , Venera 8 — en otros mundos.

Apolo transmitió una confianza, energía y amplitud de miras que cautivaron de verdad la
imaginación del mundo. Esa constituía de hecho una parte de sus objetivos. Inspiraba
optimismo en relación con la tecnología y entusiasmo de cara al futuro. Si podíamos volar a la
Luna como tantos exigían, ¿qué más éramos capaces de hacer? Incluso los detractores de las
políticas y actuaciones de Estados Unidos —incluso los que pensaban lo peor de nosotros—
reconocieron el genio y el heroísmo del programa Apolo. Gracias a él, Estados Unidos rozó la
grandeza.

Cuando hacemos las maletas para un viaje largo, nunca sabemos lo que nos espera. Los
astronautas del Apolo fotografiaron su planeta, la Tierra, en su camino de ida y vuelta a la
Luna. Era lógico, pero tuvo consecuencias que muy pocos habían previsto. Por primera vez,
los habitantes de la Tierra tenían la oportunidad de ver su mundo desde arriba, la Tierra
entera, la Tierra en colores, la Tierra como una hermosa bola giratoria, blanca y azul,
colocada contra la amplia oscuridad del espacio. Dichas imágenes contribuyeron a despertar
nuestra adormecida conciencia planetaria. Y proporcionan una evidencia incontestable de que
todos compartimos el mismo planeta vulnerable. Nos recuerdan lo que es importante y lo que
no lo es. Son precursoras del punto azul pálido del Voyager .

Puede que hayamos dado con esa perspectiva justo a tiempo, precisamente cuando nuestra
tecnología está amenazando la habitabilidad de nuestro planeta. Fuera cual fuera la razón que
puso en marcha el programa Apolo y con independencia de lo comprometido que se hallara
con el nacionalismo de la guerra fría y con los instrumentos de la muerte, el ineludible
reconocimiento de la unidad y fragilidad de la Tierra constituye su claro y luminoso dividendo,
el inesperado regalo final del Apolo. Lo que empezó en mortífera competencia nos ha ayudado
a comprender que la cooperación global es una condición esencial para nuestra supervivencia.

Viajar resulta instructivo.

Ha llegado la hora de hacer de nuevo las maletas.


Un ser humano orbitando la Tierra contempla el planeta que constituye su hogar con su
«delgado estrato de luz azul marino»: el astronauta Bruce McCandless en su unidad de
maniobra tripulada (MMU), en febrero de 1984. Fotografía tomada desde el transbordador
espacial Challenger , cedida por Johnson Space Center/NASA.
Capítulo 14

EXPLORAR OTROS MUNDOS Y PROTEGER EL NUESTRO

Los planetas, en sus distintas fases de desarrollo, se hallan sujetos a las mismas fuerzas
formativas que operan en nuestra Tierra y presentan, por ello, la misma formación geológica,
y probablemente la misma vida, de nuestro propio pasado y quizá futuro; pero más allá de
dichas consideraciones, estas fuerzas están actuando, en algunos casos, bajo condiciones
totalmente diferentes de las que imperan en la Tierra y, en consecuencia, deberán evolucionar
hacia formas distintas de las conocidas hasta ahora por el hombre. El valor de un material
como ése para las ciencias comparativas es demasiado obvio como para requerir discusión
alguna.

ROBERT H. GODDARD (1907)

Por primera vez en mi vida contemplé el horizonte en forma de línea curva. Este se veía
acentuado por una delgada franja de luz azul marino, nuestra atmósfera. Obviamente, no se
trataba del océano de aire del que tantas veces había oído hablar en la vida. Me aterrorizó su
frágil apariencia.

ULE MERBOLD, astronauta alemán del transbordador espacial (1988)

CUANDO CONTEMPLAMOS LA Tierra desde altitudes orbitales, vemos un mundo frágil y


hermoso encastrado en negro vacío. Pero observar una porción de la Tierra a través de la
portilla de una nave espacial nada tiene que ver con la sensación de verla entera contra el
fondo negro o —mejor aún— avanzando a través de nuestro campo visual, mientras flotamos
en el espacio fuera de la nave espacial. El primer ser humano que efectuó dicha experiencia
fue Alexei Leonov, quien el 18 de marzo de 1965 salió del Voskhod 2 a dar un original «paseo»
espacial: «Miré hacia abajo, a la Tierra —recuerda— y el primer pensamiento que cruzó por
mi mente fue: “Después de todo, el mundo es redondo”. En una sola ojeada podía ver desde
Gibraltar hasta el mar Caspio… Me sentí como un pájaro, provisto de alas, capaz de volar».

Cuando se contempla la Tierra desde más lejos, como hicieron los astronautas del Apolo , su
tamaño aparente parece contraerse hasta que no queda nada más que un poco de geografía.
Impresiona ver lo silenciosa que es. Ocasionalmente salta un átomo de hidrógeno; llega un
suave golpeteo de polvo cometario. La luz solar generada por el inmenso y silencioso motor de
las profundidades del interior solar se derrama en todas direcciones, y la Tierra intercepta
bastante cantidad como para asegurarse un poco de iluminación y el calor suficiente para
nuestros modestos propósitos. Aparte de eso, ese pequeño mundo se encuentra
completamente solo.

Desde la superficie de la Luna se puede ver, quizá en fase creciente, sin poder ni siquiera
distinguir sus continentes. Y desde cualquier posición del planeta más exterior es un mero
punto de pálida luz.

Desde la órbita terrestre nos sorprende el delicado arco azul del horizonte; es la delgada
atmósfera de la Tierra, vista tangencialmente. Así resulta más que comprensible que no exista
un problema medioambiental local. Las moléculas son tontas. Los venenos industriales, los
gases de invernadero y las sustancias que atacan la capa protectora de ozono, dada su
abismal ignorancia, no respetan fronteras. Se olvidan de la noción de la soberanía nacional. Y
así, a causa de los casi míticos poderes de nuestra tecnología (y de la prevalencia del
pensamiento a corto plazo), estamos empezando —a escala continental y planetaria— a
representar un peligro para nosotros mismos. Evidentemente, si se pretende resolver esos
problemas, ello requerirá que muchas naciones actúen coordinadas durante muchos años.

Me asombra una vez más la ironía que entraña el hecho de que los vuelos espaciales —
concebidos en el caldero de las rivalidades y odios nacionalistas— traigan consigo una
sorprendente visión transnacional. Basta con contemplar un ratito la Tierra desde su órbita
para que los nacionalismos más fuertemente arraigados comiencen a erosionarse. Parecen
ácaros disputándose una migaja.

La Tierra «sale» sobre la Luna. Con este grado de resolución, incluso los continentes de la
Tierra son invisibles. Fotografía del Apolo 14 , cedida por NASA.

Si permanecemos anclados en un mundo, quedamos limitados a un único caso; no podemos


saber qué otras posibilidades existen. En ese caso —al igual que un amante del arte que sólo
conoce las pinturas funerarias de Fayum, un dentista que sólo sabe de molares, un filósofo
que sólo ha estudiado el neoplatonismo, un lingüista que sólo habla chino o un físico cuyo
conocimiento de la gravedad se restringe a los cuerpos que caen sobre la Tierra—, nuestra
perspectiva es reducida, nuestras miras estrechas y nuestra capacidad de predicción
totalmente limitada. Por el contrario, cuando exploramos otros mundos, lo que en su momento
nos pareció la única forma posible de entender un planeta resulta encontrarse en algún punto
intermedio de un amplio espectro de posibilidades. Al examinar esos otros mundos vamos
comprendiendo lo que ocurre cuando hay algo en exceso o una cantidad insuficiente de otra
cosa. Aprendemos cómo puede estropearse un planeta. La comprensión adquiere una nueva
dimensión, prevista ya por el pionero de los vuelos espaciales Robert Goddard, denominada
planetología comparativa.
Imágenes obtenidas por radar en color falso del monte Pinatubo, en Filipinas. El principal
cráter volcánico o caldera, que se originó en la gran explosión de junio de 1991, se aprecia en
la frontera entre el naranja/marrón y los colores mas claros. Las cuencas oscuras que se ven
son inundaciones de lodo, un peligro permanente en épocas de lluvias abundantes. Las finas
gotitas de ácido sulfúrico inyectadas en la atmósfera por la explosión del Pinatubo acarrearon
consecuencias casi a escala mundial, contribuyendo temporalmente a la reducción de la capa
de ozono y ralentizando la tendencia al calentamiento atribuida a un creciente efecto
invernadero. La imagen fue tomada por el radar de composición de imágenes a bordo del
transbordador espacial Endeavor , en la órbita 78, el 13 de abril de 1994. Cedida por
JPL/NASA.

La exploración de otros mundos nos ha abierto los ojos en el estudio de los volcanes,
terremotos, así como de la climatología. Algún día puede tener también profundas
implicaciones para la biología, porque toda la vida existente sobre la faz de la Tierra está
construida según un plan maestro común en el ámbito de la bioquímica. El hallazgo de un solo
organismo extraterrestre —aunque fuera algo tan humilde como una bacteria— revolucionaría
nuestra comprensión del mundo de los seres vivos.
Pero la conexión entre la exploración de otros mundos y la protección del nuestro se hace más
evidente en el estudio de la climatología de la Tierra y en el brote amenazador para la misma
que ha sembrado hoy nuestra tecnología. Otros mundos nos proporcionan informaciones
cruciales sobre las estupideces que no debemos cometer en la Tierra.

Recientemente se han descubierto tres potenciales catástrofes ambientales, todas ellas con
efectos a escala global: la reducción de la capa de ozono, el calentamiento fruto del efecto
invernadero y el invierno nuclear. Y resulta que los tres hallazgos se hallan íntimamente
relacionados con la exploración planetaria:

1) Fue inquietante llegar a la conclusión de que un material inerte con todo tipo de
aplicaciones prácticas —se utiliza como fluido activo en frigoríficos y aparatos de aire
acondicionado, como propelente en aerosoles de desodorantes y otros productos, en los
ligeros embalajes de espuma de las comidas rápidas y como agente limpiador en
microelectrónica, por nombrar solamente algunos de sus usos— puede poner en peligro la
vida en la Tierra. ¿Quién iba a imaginarse una cosa así?

Las moléculas en cuestión se denominan clorofluorocarbonos (CFC). Químicamente son


extremadamente inactivas, lo que significa que son del todo invulnerables, hasta que alcanzan
la capa de ozono, donde son descompuestas por la luz ultravioleta del Sol. Los átomos de
clorina así liberados atacan y destruyen el ozono protector, facilitando la penetración hasta el
suelo de dicha luz. El incremento de la intensidad ultravioleta propicia una terrible procesión
de potenciales consecuencias nocivas que no solamente se manifiestan en enfermedades como
los cánceres de piel y las cataratas, sino también en el debilitamiento del sistema inmunitario
humano y, la más peligrosa de todas, en el perjuicio a la agricultura y a los organismos
fotosintéticos, que constituyen la base de la cadena alimentaria de la cual depende, en gran
medida, la vida en la Tierra.

¿Quién descubrió que los CFC suponían una amenaza para la capa de ozono? ¿Acaso fue su
principal productor, la DuPont Corporation, ejerciendo responsabilidades corporativas? ¿Fue
la Agencia de Protección del Medio Ambiente en un afán de salvaguardarnos? No, fueron dos
científicos universitarios de bata blanca, enclaustrados en sus torres de marfil, que estaban
trabajando en otra cosa: Sherwood Rowland y Mario Molina, de la Universidad de California,
Irvine. Ni siquiera se trataba de una universidad de la Ivy League[29] .

Nadie les dio instrucciones para que investigaran acerca de los peligros para el medio
ambiente. Estaban enfrascados en investigaciones de base. Eran científicos dedicados a sus
intereses particulares. Sus nombres deberían aprenderse en las escuelas.
Suelo frito por la luz ultravioleta en Marte. A la izquierda, el brazo de muestreo del Viking
despeja una piedra vesicular de su camino y excava. Una vez recogida una muestra del suelo
(derecha) y analizada en el interior de la nave, no se detectan ni siquiera trazas de materia
orgánica. A diferencia de la Tierra, Marte no posee escudo protector de ozono. Imágenes del
Viking , cedidas por JPL/NASA.

En sus cálculos originales, Rowland y Molina emplearon constantes tipos de las reacciones
químicas en las que participa la clorina y otros halógenos, que habían sido medidas en parte
con apoyo de la NASA. ¿Por qué de la NASA? Porque la atmósfera de Venus contiene
moléculas de clorina y fluorina, y los aerónomos planetarios se proponían investigar lo que
está sucediendo allí.

La confirmación del trabajo teórico sobre la responsabilidad de los CFC en la reducción de la


capa de ozono no tardó en producirse, de la mano de un grupo de investigación de Harvard
capitaneado por Michael McElroy. ¿Y cómo se explica que tuvieran todas esas redes
ramificadas de dinámicas químicas de los halógenos preparadas en sus ordenadores? Porque
estaban trabajando en los procesos químicos de la clorina y la fluorina en la atmósfera de
Venus. Venus contribuyó a efectuar y confirmar el descubrimiento de que la capa de ozono
que protege a la Tierra se encuentra en peligro. Se detectó una conexión completamente
inesperada entre los procesos fotoquímicos de ambos planetas. Un resultado de tan crucial
importancia para todos los habitantes de la Tierra se derivó de lo que podía parecer el más
abstracto y poco práctico de los trabajos, la comprensión de la química de constituyentes
menores en la atmósfera superior de otro mundo.

También existe una conexión con Marte. A través del Viking descubrimos que la superficie de
Marte carecía aparentemente de vida y presentaba una notable deficiencia incluso en
moléculas orgánicas simples. Pero tenía que haber moléculas orgánicas simples, a raíz de los
impactos de meteoritos orgánicamente ricos procedentes del cercano cinturón de asteroides.
Esta carencia se atribuye unánimemente a la ausencia de ozono en Marte. Los experimentos
microbiológicos del Viking determinaron que la materia orgánica transportada a Marte desde
la Tierra y diseminada sobre el polvo de la superficie marciana se oxida y destruye
rápidamente. Los materiales en el polvo que desencadenan esa destrucción son moléculas
parecidas al peróxido de hidrógeno, que nosotros empleamos como antiséptico porque mata a
los microbios a base de oxidarlos. La luz ultravioleta del Sol alcanza la superficie de Marte sin
topar con el obstáculo de una capa de ozono; si hubiera algo de materia orgánica, sería
rápidamente aniquilada por la luz ultravioleta en sí y por sus productos de oxidación. Por
tanto, parte de los motivos de que las capas superiores del suelo marciano sean antisépticas
reside en que Marte posee un agujero, en lo que al ozono se refiere, de dimensiones
planetarias, un dato altamente útil y amonestador para nosotros, que trabajosamente estamos
reduciendo y perforando nuestra capa de ozono.

2) Se ha vaticinado que un calentamiento global del planeta se derivaría del creciente efecto
invernadero, causado en gran medida por el anhídrido carbónico generado a raíz de la quema
de combustibles fósiles, pero también por la acumulación progresiva de otros gases
absorbentes del infrarrojo (óxidos de nitrógeno, metano, los mismos CFC y otras moléculas).

Supongamos que disponemos de un modelo computerizado de circulación general


tridimensional sobre el clima de la Tierra. Los programadores sostienen que es capaz de
predecir cómo será la Tierra si aumenta la cantidad de uno de los componentes atmosféricos o
si disminuye la de otro. El modelo funciona muy bien en la «predicción» del clima actual. Pero
existe una preocupación latente: este modelo ha sido «afinado» para que salga bien, esto es,
determinados parámetros ajustables son elegidos no a partir de principios primarios de la
física, sino con el objetivo de obtener la respuesta correcta. No significa eso que hagamos
trampa, pero si aplicamos el mismo modelo a regímenes climáticos bastante distintos —el del
profundo calentamiento global, por ejemplo— el afinamiento podría resultar entonces
inapropiado. El modelo podría ser adecuado para el clima de hoy, pero no extrapolable a
otros.

Una forma de probar este programa consiste en aplicarlo a los climas tan diferentes de otros
planetas. ¿Es capaz de predecir la estructura de la atmósfera en Marte y el clima de dicho
planeta? ¿El tiempo que hace allí? ¿Y el de Venus? Si fallara en esos casos tendríamos razones
para desconfiar de él cuando efectúa predicciones para nuestro propio planeta. De hecho, los
modelos climáticos que se emplean en la actualidad son muy fiables en sus predicciones de los
climas de Venus y Marte, basadas en principios primarios de la física.

En la Tierra se conocen enormes emanaciones de lava fundida que son atribuidas a


gigantescos volcanes que ascienden desde las profundidades del manto y generan amplias
placas de basalto petrificado. Un ejemplo espectacular tuvo lugar alrededor de cien millones
de años atrás y virtió a la atmósfera unas diez veces su contenido actual de anhídrido
carbónico, induciendo un sustancial calentamiento global. Se cree que estas emanaciones se
han venido produciendo de forma episódica a lo largo de la historia de la Tierra. Ascensiones
similares del manto parecen haberse dado en Marte y en Venus. Tenemos pues sólidas
razones prácticas para estar interesados en comprender cómo podría llegarnos,
repentinamente y sin aviso, procedente de cientos de kilómetros bajo nuestros pies, un
importantísimo cambio para la superficie y el clima de la Tierra.

Una parte del trabajo más significativo efectuado recientemente en relación con el
calentamiento global del planeta ha sido llevado a cabo por James Hansen y sus colegas del
Instituto Goddard de Ciencias Espaciales, una instalación de la NASA en la ciudad de Nueva
York. Hansen desarrolló uno de los principales modelos climáticos computerizados y lo empleó
para predecir lo que podría sucederle a nuestro clima si prosigue la acumulación de gases de
invernadero. Este científico es pionero en probar estos modelos con climas de la Tierra en
tiempos pasados. (Es interesante constatar que, durante los últimos periodos glaciales, una
mayor cantidad de anhídrido carbónico y metano aparecen sorprendentemente relacionados
con temperaturas más elevadas). Hansen recogió una amplia gama de datos climáticos del
presente siglo y del pasado, a fin de comprobar lo que ha ocurrido realmente con la
temperatura global, y luego los comparó con las predicciones del modelo computerizado
acerca de lo que debía haber sucedido. Ambas series coinciden dentro del margen de error de
medida y cálculo, respectivamente. Valerosamente, Hansen testificó ante el Congreso,
haciendo frente a una orden política procedente de la Oficina de Dirección y Presupuestos de
la Casa Blanca (eso fue en los años de Reagan) en el sentido de exagerar las incertidumbres y
minimizar los peligros. Sus cálculos sobre la explosión del volcán filipino Pinatubo y su
predicción del consiguiente descenso transitorio de la temperatura terrestre (alrededor de
medio grado) dieron en el clavo. Él ha sido un peso pesado a la hora de convencer a los
gobiernos mundiales del hecho de que el calentamiento global es algo digno de ser tomado
muy en serio.

La ardiente superficie de Venus, tal como la captó directamente la nave espacial Venera , es
debida a un masivo efecto invernadero por anhídrido carbónico. Cedida por Instituto
Vernadsky, Moscú.

Pero ¿cómo fue que Hansen se interesara prioritariamente por el efecto invernadero? Su tesis
doctoral (que leyó en la Universidad de Iowa en 1967) versaba sobre Venus. Se mostró de
acuerdo en que la elevada temperatura de brillo de Venus es debida a la presencia de una
superficie muy caliente, pero sugirió que la principal fuente de energía era el calor interior
del planeta, más que la luz solar. La misión del Pioneer 12 con destino a Venus lanzó sondas
de descenso a la atmósfera y éstas demostraron de forma directa que el efecto invernadero
ordinario —la superficie calentada por el Sol y el calor retenido por la manta de aire—
constituía la causa operativa. Pero fue Venus lo que impulsó a Hansen a pensar en el efecto
invernadero.
Un futuro satélite de observación de la Tierra sobre Japón. Pintura de Pat Rawlings, copyright
© Pat Rawlings, 1994.

Hay que mencionar que los radioastrónomos consideran a Venus una prolífica fuente de ondas
de radio. No obstante, otras explicaciones para las emisiones de radio fallan. Ello induce a
concluir que la superficie de Venus debe de estar grotescamente caliente. Intentamos
comprender de dónde proceden tan elevadas temperaturas y ello nos conduce
inexorablemente a uno u otro tipo de efecto invernadero. Décadas más tarde nos damos
cuenta de que ese entrenamiento nos ha preparado para comprender y ha contribuido a
predecir una inesperada amenaza para nuestra civilización global. Conozco muchas otras
instancias en que científicos que investigaban las atmósferas de otros mundos están
realizando importantes y muy prácticos descubrimientos en relación con el nuestro. Los
demás planetas proporcionan un soberbio campo de ensayo para los estudiosos de la Tierra,
puesto que requieren una notable amplitud y riqueza de conocimientos, y ponen a prueba la
imaginación.

Aquellos que se muestran escépticos acerca del calentamiento derivado del efecto
invernadero por anhídrido carbónico harían bien en fijarse en el masivo efecto invernadero
observable sobre el planeta Venus. Nadie ha sugerido que dicho efecto se derive de la
imprudencia de los venusianos al quemar demasiado carbón, conducir coches alimentados por
combustibles ineficaces o dedicarse a deforestar sus bosques. Mi punto de vista es distinto. La
historia climatológica de nuestro vecino planetario, un planeta por lo demás similar a la Tierra
cuya superficie se volvió lo suficientemente caliente como para fundir estaño o plomo, vale la
pena ser tenida en cuenta, especialmente por los que afirman que el creciente efecto
invernadero que afecta a la Tierra se irá corrigiendo por sí solo, que no es necesario que nos
preocupemos por ello, o (y eso podemos leerlo en las publicaciones de algunos grupos que se
autodenominan conservadores) que el efecto invernadero en sí no es más que una «patraña».

3) El invierno nuclear es el oscurecimiento y enfriamiento de la Tierra —principalmente a


causa de la inyección en la atmósfera de finas partículas de humo como consecuencia de la
quema de ciudades y de instalaciones petrolíferas— que, según las predicciones, se derivaría
de una confrontación termonuclear global. La cuestión suscitó un acalorado debate científico,
centrado en la gravedad que podía llegar a revestir el invierno nuclear. Aquí es total la
convergencia de opiniones. Todos los modelos computerizados de circulación general
tridimensional predicen que las temperaturas globales resultantes de una guerra
termonuclear a escala mundial serían más frías que las de los tiempos glaciales del
pleistoceno. Las implicaciones para nuestra civilización planetaria —en especial a causa del
colapso de la agricultura— serían espantosas. Se trata de una consecuencia de la
confrontación nuclear que, de algún modo, fue pasada por alto por las autoridades civiles y
militares de Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China cuando
decidieron acumular una cantidad sensiblemente superior a las sesenta mil armas nucleares.
Si bien es difícil estar seguros de cosas de este estilo, podría afirmarse que el invierno nuclear
jugó un papel constructivo (aunque, naturalmente, hubo otras causas) a la hora de convencer
a las naciones que poseen armamento nuclear, especialmente a la Unión Soviética, de la
inutilidad de una guerra nuclear.

El invierno nuclear fue calculado y nombrado en 1982-1983 por un grupo de cinco científicos,
al cual tengo el orgullo de pertenecer. Se dio a dicho equipo el acrónimo de TTAPS (por
Richard P. Turco, Owen B. Toon, Thomas Ackerman, James Pollack y yo mismo). De los cinco
científicos miembros de TTAPS, dos eran científicos planetarios, y los otros tres habían
publicado numerosos informes sobre ciencia planetaria. El primer indicio relacionado con el
invierno nuclear surgió durante esa misma misión a Marte del Mariner 9 , cuando hubo una
tormenta global de polvo que nos impidió ver la superficie del planeta; el espectrómetro
infrarrojo de la nave determinó que la temperatura en las capas altas de la atmósfera era más
elevada y la de la superficie más baja de lo que deberían. Jim Pollack y yo nos sentamos para
tratar de calcular cómo era eso posible. En el transcurso de los doce años siguientes, esta
línea de investigación condujo desde las tormentas de polvo en Marte hasta los aerosoles
volcánicos en la Tierra, pasando por la posible extinción de los dinosaurios por polvo de
impacto y el invierno nuclear. Nunca se sabe adónde va a llevarnos la ciencia.

LA CIENCIA PLANETARIA FOMENTA un amplio punto de vista interdisciplinario que se


revela enormemente útil para descubrir y tratar de atenuar las catástrofes naturales que van
surgiendo. Cuando uno «hinca el diente» a otros planetas gana perspectiva acerca de la
fragilidad de sus entornos medioambientales, así como sobre qué otros entornos, muy
diferentes, son posibles. Es probable que todavía nos queden potenciales catástrofes globales
por descubrir. Si las hay, apuesto cualquier cosa a que los científicos planetarios
desempeñarán un papel fundamental en lo que se refiere a su comprensión.

De todos los campos de la matemática, la tecnología y la ciencia, el ámbito que implica una
mayor cooperación internacional (como prueba la frecuencia con que los coautores de
trabajos de investigación proceden de dos o más países distintos) es el denominado «la Tierra
y las ciencias del espacio». Por su misma naturaleza, el estudio de este mundo y otros tiende a
no ser localista, ni nacionalista, ni chauvinista. Es raro, no obstante, que la gente se dedique a
este campo por ser internacionalista. Casi siempre se penetra en él por otras razones y,
posteriormente, se cae en la cuenta de que científicos de otras naciones están desarrollando
un trabajo espléndido, trabajo que, además, se complementa con el nuestro; o bien se da el
caso de que tenemos que solucionar algún problema, necesitamos datos o quizá una
perspectiva (acceso a la porción sur del cielo, por ejemplo) que no se halla disponible en
nuestro país. Una vez experimentado ese grado de cooperación —personas de diferentes
partes del planeta, trabajando temas de interés común en estrecha colaboración, empleando
un lenguaje científico inteligible para todos— se hace difícil no imaginar su aplicación a otros
problemas ajenos al ámbito científico. Personalmente considero que este aspecto del estudio
de las ciencias del espacio y de la Tierra nos brinda una fuerza saludable y unificadora para la
política mundial. Beneficioso o no, resulta de todo punto ineludible.
Stewardship , acuarela de Greg Mort.

Cuando contemplo esa evidencia, me da la sensación de que la exploración planetaria se halla


entre las utilidades más prácticas y urgentes para nosotros aquí en la Tierra. Aunque no nos
estimulara la perspectiva de explorar otros mundos, aunque no tuviéramos ni un nanogramo
de espíritu aventurero, incluso si sólo nos preocupáramos de nosotros mismos en el sentido
más estricto, la exploración planetaria seguiría siendo una soberbia inversión.
La región de Oxia Palus en Marte, entre el ecuador y la latitud 25º al norte. El lugar de
aterrizaje del Viking 1 , en Crise Planitia, aparece arriba a la izquierda. Grandes inundaciones
dividieron este terreno miles de millones de años atrás. Pero la escasez de ríos tributarios en
los valles fluviales apunta a que el agua emergió del subsuelo, en lugar de caer de los cielos
en forma de lluvia. Se había previsto inicialmente que el Viking 1 aterrizara en la confluencia
de dichos canales fluviales, pero intervinieron razones de seguridad. Se desconoce la razón
por la cual el clima de Marte se halla hoy tan lejos del ambiente más cálido y húmedo que,
según las deducciones, reinó en el planeta hace cuatro mil millones de años. Abajo, a la
derecha, se ve un cráter que ha tomado su nombre del astrónomo Galileo. Mapa en relieve
sombreado de USGS.
Capítulo 15

EL MUNDO DE LAS MARAVILLAS ABRE SUS PUERTAS

Se abrieron de par en par las grandes compuertas del mundo de las maravillas.

ERMAN MELVILLE, Moby Dick, cap. 1 (1851)

ALGÚN DÍA, quizá justo a la vuelta de la esquina, habrá una nación —o, más probablemente,
un consorcio de naciones— que dará el próximo paso importante en la aventura humana del
espacio. Tal vez se consiga rodeando burocracias y llevando a cabo un uso eficaz de las
actuales tecnologías. Tal vez sean necesarias tecnologías nuevas, que trasciendan el gran
trabucazo de los cohetes químicos. Las tripulaciones de dichas naves pisarán nuevos mundos.
El primer bebé nacerá en algún lugar ahí arriba. Se efectuarán los primeros pasos para vivir
fuera de tierra firme. Estaremos en camino. Y el futuro lo recordará.

MAJESTUOSO Y PROVOCADOR, Marte es nuestro vecino, el planeta más cercano sobre el


cual puede aterrizar de forma segura un astronauta o cosmonauta. Aunque a veces hace tanto
calor como en octubre en Nueva Inglaterra, Marte es un lugar frío, tan frío que una parte de
su delgada atmósfera de anhídrido carbónico se congela como hielo seco en el polo invernal.

Se trata del planeta más cercano cuya superficie podemos observar con un telescopio
pequeño. Es el planeta más parecido a la Tierra de todo el sistema solar. Dejando aparte los
encuentros exteriores, solamente ha habido dos misiones a Marte coronadas por el éxito: la
del Mariner 9 en 1971 y los Vikings 7 y 2 en 1976. Estas revelaron la existencia de un
profundo valle que cubriría la distancia entre Nueva York y San Francisco; inmensas
montañas volcánicas, la mayor de las cuales se eleva 24.000 metros por encima de la altitud
media de la superficie de Marte, casi tres veces la altura del Everest; una intrincada
estructura de capas en los hielos polares, que parece una pila de fichas de póquer desechadas
y que constituye, probablemente, un registro de pasados cambios climáticos; rayas brillantes y
oscuras, pintadas sobre la superficie por el polvo arrastrado por el viento, que proporcionan
mapas de los vientos de gran velocidad sobre Marte durante las décadas y siglos pasados;
tormentas de polvo que abrazan todo el planeta y enigmáticos rasgos superficiales.

Cientos de tortuosos canales y valles, con una antigüedad de varios miles de millones de años,
se extienden por la superficie de Marte, principalmente en las mesetas salpicadas de cráteres
del sur. Estos nos inducen a pensar en una época anterior, de condiciones más benignas y
parecidas a las de la Tierra, muy distinta de la que se constata bajo la enrarecida y frígida
atmósfera actual. Algunos antiguos canales parecen excavados por la lluvia, otros por el
derrumbamiento y colapso subterráneos, y otros por grandes corrientes que emergieron del
suelo. Caudalosos ríos inundaban grandes cuencas de impacto de miles de kilómetros de
diámetro, que hoy aparecen tan secas como el polvo. El agua caía en cascadas, que dejarían
pequeño el salto de agua más importante de la Tierra, sobre los lagos del antiguo Marte.
Vastos océanos de cientos de metros o incluso de un kilómetro de profundidad pueden haber
bañado unas orillas hoy apenas discernibles. Ése sí habría sido un mundo para explorar.
Hemos llegado cuatro mil millones de años tarde.

En la Tierra, entretanto, en ese mismo periodo, estaban surgiendo y evolucionando los


primeros microorganismos. La vida en la Tierra se halla íntimamente conectada, por las más
básicas razones químicas, con el agua líquida. Nosotros los seres humanos, sin ir más lejos,
estamos hechos de tres cuartas partes de agua. El mismo tipo de moléculas orgánicas que
cayeron del cielo y fueron generadas en el aire y los mares de la Tierra primitiva deberían
haberse acumulado también sobre el Marte primitivo. ¿Resulta plausible pensar que la vida
surgiera con rapidez en las aguas de la Tierra primigenia, pero quedara de algún modo
restringida e inhibida en las aguas del Marte primitivo? ¿O bien es posible que los mares
marcianos estuvieran rebosantes de vida, flotando, desarrollándose abundantemente y
evolucionando? ¿Qué extrañas bestias nadaron en esas aguas en un pasado remoto?
Sucediera lo que sucediera en esos lejanos días, lo cierto es que todo empezó a torcerse
alrededor de 3.800 millones de años atrás. Se ha comprobado que la erosión de los antiguos
cráteres disminuyó drásticamente a partir de ese momento. Cuando la atmósfera empezó a
aligerarse, los ríos dejaron de fluir, los océanos se fueron secando y las temperaturas cayeron,
la vida hubo de retirarse a los pocos hábitats compatibles que le quedaban, amontonándose
quizá en el fondo de los lagos cubiertos de hielo hasta que también éstos se solidificaron y los
restos de cadáveres y fósiles de exóticos organismos —construidos tal vez mediante principios
muy diferentes de los que rigen la vida en la Tierra— se congelaron, aguardando a los
exploradores que, en un futuro distante, podrían llegar a Marte.

LOS METEORITOS SON FRAGMENTOS DE OTROS MUNDOS que han sido recuperados en la
Tierra. Muchos se originan en colisiones entre los numerosos asteroides que orbitan al Sol,
entre las órbitas de Marte y Júpiter. No obstante, algunos pocos son generados cuando un
gran meteorito sufre un impacto con un planeta o asteroide a gran velocidad, excava un cráter
e impulsa el material excavado hacia el espacio. Millones de años después, puede que una
fracción muy pequeña de las rocas eyectadas intercepte otro mundo.

Proyección de áreas iguales de todo el planeta Marte en fotomosaico del Viking . El extenso
casquete polar nórdico y el reducido casquete polar del sur crecen y menguan según las
estaciones. La forma circular amarillenta que se observa en el sur es Hellas, una gigantesca
cuenca de impacto llena de polvo, que posiblemente fue un lago miles de millones de años
atrás. El grado de resolución de esta imagen es apenas comparable con el de las mejores
observaciones telescópicas desde la superficie de la Tierra. Quizá pueda reconocerse por qué
algunos de los primeros observadores visuales creyeron descubrir la presencia de «canales».
Cedida por USGS/NASA.
El gran valle de cinco mil kilómetros de longitud denominado Vallis Marineris (valle del
Mariner), en honor a la nave espacial Mariner 9 , que reveló por primera vez el aspecto de
Marte en la actualidad. Al oeste del mismo se aprecia uno de los escudos volcánicos sobre
Elysium Plateau. Fotomosaico del Viking , cedido por USGS/NASA.
Panorámica de gran resolución de la parte central del Vallis Marineris. Sus paredes verticales
tienen varios kilómetros de altura. Fotomosaico del Viking , cedido por USGS/NASA.
Detalles del interior del valle del Mariner. El fondo del valle aparece cubierto de escombros
que se han precipitado desde las paredes de los acantilados en enormes avalanchas.
Fotomosaicos del Viking , cedidos por USGS/NASA.

Fotomosaico de una profusa red de valles fluviales. Fotomosaico del Mariner 9 , cedido por
JPL/NASA.
Interior de un valle fluvial de Marte captado por el Viking . Este tipo de lugares constituyen
escenarios de excepción para futuros vehículos robot rodantes. Cedida por JPL/NASA.

En los páramos de la Antártida, el hielo aparece de vez en cuando salpicado de meteoritos,


preservados por las bajas temperaturas y, hasta hace poco tiempo, ni siquiera descubiertos
por los humanos. Unos pocos de entre los mismos, denominados meteoritos SNC[30]
(pronunciado «snick»), presentan una característica que en un principio parecía increíble: en
el interior de sus estructuras minerales y cristalinas, a resguardo de la contaminante
influencia de la atmósfera de la Tierra, aparece atrapada una pequeña cantidad de gas.

Al analizar ese gas se descubre que éste presenta exactamente la misma composición química
y proporciones isotópicas que el aire en Marte. Poseemos datos del aire marciano no
solamente a partir de la inferencia espectroscópica, sino también a través de mediciones
directas realizadas desde la superficie de Marte por los vehículos de aterrizaje del Viking .
Para sorpresa de casi todo el mundo, los meteoritos SNC proceden de Marte.
Seis de los diez meteoritos SNC conocidos, representados en este fotomontaje en su viaje
desde Marte hasta la Tierra. El oxígeno ligado a los minerales en dichos meteoritos presenta
una composición isotópica característica de la atmósfera marciana. Cedida por Johnson Space
Center/NASA.

Originalmente, eran rocas que se habían fundido y resolidificado. El fechado radiactivo de


todos los meteoritos SNC demuestra que las rocas a partir de las cuales se formaron eran
condensaciones de lava de entre 180 millones y 1300 millones de años de antigüedad.
Posteriormente fueron expulsados del planeta por colisiones procedentes del espacio. A partir
del tiempo que estuvieron expuestos a los rayos cósmicos, en sus viajes interplanetarios entre
Marte y la Tierra, podemos deducir su edad y cuánto tiempo hace que fueron eyectados de
Marte. En este sentido, su edad se sitúa entre los diez millones y los setecientos mil años.
Ofrecen, pues, una muestra de un 0,1% de la historia reciente de dicho planeta.

Algunos de los minerales que contienen esos meteoritos demuestran claramente que alguna
vez estuvieron sumergidos en agua, en agua líquida caliente. Estos minerales hidrotermales
revelan que, de alguna manera, hubo recientemente agua líquida, probablemente por todo el
planeta. Puede que se originara al fundirse hielos subterráneos a causa del calor interior.
Fuera cual fuera la causa de su existencia, es lógico preguntarse si cabe la posibilidad de que
la vida sobre Marte todavía no se haya extinguido del todo, si de algún modo ha conseguido
conservarse hasta nuestros días en lagos subterráneos pasajeros o, incluso, en delgadas
películas de agua que pudieran humedecer ciertas franjas subterráneas.

Una gota de agua marciana, extraída de un meteorito SNC. Cedida por Johnson Space
Center/NASA.

Los geoquímicos Everett Gibson y Hal Karlsson, del Johnson Space Flight Center de la NASA,
han extraído una única gota de agua de uno de los meteoritos SNC. Las proporciones
isotópicas de los átomos de oxígeno e hidrógeno que contiene no son en modo alguno
terrestres. Contemplo este agua de otro mundo como un estímulo para futuros exploradores y
colonizadores.

Imaginemos lo que podríamos encontrar si trajéramos a la Tierra gran número de muestras,


incluyendo suelo jamás fundido y rocas tomadas en localidades marcianas especialmente
seleccionadas por su interés científico. Nos encontramos muy cerca de poder llevarlo a cabo,
empleando pequeños vehículos robotizados.

El transporte de material subterráneo de un mundo a otro plantea una cuestión interesante:


cuatro mil millones de años atrás había dos planetas vecinos, ambos cálidos y húmedos. En las
últimas fases de la acreción de dichos planetas, los impactos del espacio se producían a un
ritmo mucho mayor que en la actualidad. Muestras de cada uno de esos mundos eran lanzadas
al espacio. Estamos seguros de que, en ese periodo, había vida al menos en uno de ellos.
Sabemos que una porción de los escombros eyectados no se calienta durante los procesos de
impacto, eyección y recepción por parte de otro mundo. Así pues, ¿pudieron algunos de los
organismos terrestres ser trasplantados a Marte por ese procedimiento cuatro mil millones de
años atrás, iniciando la vida en dicho planeta? O, especulando más todavía, ¿es posible que la
vida en la Tierra surgiera a partir de una transferencia de este tipo procedente de Marte?
¿Cabe la posibilidad de que ambos planetas intercambiaran regularmente formas de vida
durante cientos de millones de años? Son tesis que podrían ser comprobadas. Si
descubriéramos vida en Marte y ésta se revelara muy parecida a la vida en la Tierra —y si,
además, estuviéramos seguros de que no se trata de una contaminación microbiana que
nosotros mismos hubiéramos introducido en el curso de nuestras exploraciones—, la hipótesis
de que la vida fue transferida, en un pasado remoto, a través del espacio interplanetario
debería ser tomada en serio.

HUBO UNA EPOCA EN QUE SE PENSABA que el Marte contemporáneo rebosaba vida.
Incluso el severo y escéptico astrónomo Simon Newcomb (en su Astronomy for everybody
—«Astronomía para todos»—, del que se efectuaron numerosas ediciones en las primeras
décadas del presente siglo, y constituyó el libro de astronomía de mi infancia) concluía:
«Parece que hay vida sobre el planeta Marte. Hace algunos años esta afirmación era
unánimemente considerada un mero producto de la fantasía. Hoy es ampliamente aceptada».
No «vida humana inteligente», se apresuraba a añadir, sino plantas verdes. Sin embargo, hoy
hemos visitado Marte y hemos buscado plantas, al igual que animales, microbios y seres
inteligentes. Aunque las formas restantes no se encontraran, sería lógico imaginar que, tal
como sucede hoy en los desiertos terrestres, y como ha ocurrido en la Tierra prácticamente
durante toda su historia, íbamos a detectar abundante vida microbiana.

Los experimentos de «detección de vida» del Viking fueron diseñados para registrar
únicamente unos determinados subconjuntos de biologías concebibles; fueron predispuestos
para hallar el tipo de vida de la cual tenemos noticia. Habría sido una locura mandar
instrumentos que no fueran capaces ni siquiera de detectar vida en la Tierra. Eran aparatos
exquisitamente sensibles, capaces de encontrar microbios en los desiertos y páramos más
áridos y poco prometedores de la Tierra.
Un gigantesco cráter de impacto en Marte: la Argyre Planitia en el hemisferio sur. Existe
evidencia de que miles de millones de años atrás estaba lleno de agua. Mapa en relieve
sombreado de USGS.

Uno de ellos medía los gases intercambiados entre el suelo y la atmósfera marcianos en
presencia de materia orgánica de la Tierra. Un segundo ensayo diseminaba una gran variedad
de alimentos orgánicos, marcados mediante un indicador radiactivo, para observar si había
bichos en el suelo de Marte que los consumieran y los oxidaran, convirtiéndolos en anhídrido
carbónico radiactivo. Una tercera prueba introducía anhídrido carbónico radiactivo (y también
monóxido de carbono) en el suelo marciano, a fin de comprobar si los microbios marcianos lo
absorbían. Para sorpresa inicial de, yo creo, todos los científicos involucrados, los tres
experimentos dieron lo que al principio parecían resultados positivos. Se constataba
intercambio de gases y se producía incorporación de anhídrido carbónico al suelo del planeta.

Pero existen razones para ser cautos. Estos estimulantes resultados no se consideran de modo
general un indicio válido de la existencia de vida en Marte: los procesos metabólicos putativos
de los microbios marcianos se produjeron bajo una amplia serie de condiciones específicas
dentro de las sondas del Viking , humedad (mediante agua líquida procedente de la Tierra) y
sequedad, luz y oscuridad, frío (sólo algo por encima del punto de congelación) y calor
(prácticamente la temperatura normal de ebullición). Muchos microbiólogos consideran
improbable que los microbios marcianos fueran tan capaces bajo condiciones tan variadas.
Otro punto que induce en gran medida al escepticismo estriba en el hecho de que se llevara a
cabo un cuarto experimento, con el objetivo de buscar materias químicas orgánicas en el suelo
de Marte, que dio resultados negativos generalizados a pesar de su elevada sensibilidad. Cabe
esperar que la vida en Marte, como la terrestre, esté organizada alrededor de moléculas
basadas en el carbono. No encontrar en absoluto dicho tipo de moléculas amilanó a los
exobiólogos más optimistas.
La región Margaritifer Sinus de Marte, entre el ecuador y la latitud de 30º al sur. Arriba, a la
izquierda, se aprecia el extremo este del gran valle del Mariner. En esta provincia de Marte
hay muchos valles fluviales a pequeña escala con sus valles afluentes. ¿Pudieron ser
originados por la caída de lluvias? Mapa en relieve sombreado de USGS.

Los resultados aparentemente positivos obtenidos en los experimentos de detección de vida se


atribuyen hoy, de manera generalizada, a sustancias químicas que oxidan el suelo y que se
derivan en última instancia de la luz solar ultravioleta (tal como refiere el capítulo anterior).
Hay todavía un puñado de científicos del programa Viking que se preguntan si podría haber
organismos extremadamente resistentes y competentes diseminados en una fina capa del
suelo marciano, de tal manera que no pudiera ser detectada su química orgánica, pero sí sus
procesos metabólicos. Dichos científicos no niegan que el suelo de ese planeta contenga
oxidantes generados por los rayos ultravioletas, pero subrayan que la mera presencia de los
mismos no ha ofrecido hasta el momento una explicación completa para los resultados de
detección de vida del Viking . También se ha reivindicado experimentalmente la presencia de
materia orgánica en los meteoritos SNC, pero más bien parece tratarse de contaminantes que
se han introducido en el meteorito con posterioridad a su llegada a nuestro mundo. Hasta el
momento, nadie ha encontrado microbios marcianos en estas rocas caídas del cielo.

Tal vez por el hecho de que parece complacer a la opinión pública, la NASA y muchos de los
científicos de la misión Viking se han mostrado muy cautelosos a la hora de perseguir las
hipótesis biológicas. Incluso ahora podría hacerse mucho más en lo que respecta a la revisión
de los datos con que contamos, a la inspección con instrumentos del mismo tipo que los del
Viking de suelos antarticos u otros que alberguen pocos microbios, a la simulación en el
laboratorio del papel de los oxidantes en suelo marciano y al diseño de experimentos para
dilucidar esas cuestiones —sin excluir, claro está, nuevas exploraciones en busca de vida—,
por medio de futuros vehículos de aterrizaje sobre Marte.

Si realmente no se encontró una rúbrica inequívoca de la presencia de vida, a través de


experimentos de elevada sensibilidad en dos lugares separados por una distancia de cinco mil
kilómetros, en un planeta marcado por un transporte global de partículas finas a cargo del
viento, ello sugiere al menos que Marte podría ser, por lo menos hoy, un planeta carente de
vida. Pero si Marte carece de vida, nos hallamos ante dos planetas que tienen virtualmente la
misma edad y condiciones primitivas, evolucionando uno junto al otro en el mismo sistema
solar: la vida prolifera en uno, pero en el otro no. ¿Por qué razón?

El Viking 1 en Marte. La estructura elevada que aparece a la derecha es el brazo que sostiene
la antena de gran amplificación que envió los datos y recibió las órdenes de la Tierra. Cedida
por JPL/NASA.

Dunas de arena en la posición del Viking 1 . Cedida por JPL/NASA.

Quizá los restos químicos o fósiles de la vida marciana primitiva puedan hallarse todavía, en
algún nivel subterráneo, bien protegidos de la radiación ultravioleta y sus productos de
oxidación, que hoy están friendo la superficie del planeta. Tal vez en las caras de las rocas que
han quedado expuestas por desprendimientos de tierra, o en las orillas de un antiguo valle
fluvial o en el lecho de un lago ahora seco, o bien en terreno polar laminado, nos están
esperando pruebas concluyentes de la existencia de vida en otro planeta.
La luna interior Fobos sobre la superficie de Marte. Imagen obtenida por la misión soviética
Fobos 2 ; datos procesados por USGS.

A pesar de su ausencia sobre la superficie de Marte, las dos lunas del planeta, Fobos y
Deimos, parecen ricas en materia orgánica compleja, cuya edad se remonta a la historia
primitiva del sistema solar. La nave soviética Phobos 2 halló evidencias de la presencia de
vapor de agua emanando de Fobos, como si ésta poseyera un interior helado calentado por
radiactividad. Es posible que las lunas de Marte fueran capturadas mucho tiempo atrás de
algún lugar del sistema solar exterior; cabe imaginar que constituyan los ejemplos más
cercanos de que disponemos de materia inalterada desde los días primitivos del sistema solar.
Fobos y Deimos son muy pequeñas, alcanzando cada una de ellas un diámetro de apenas diez
kilómetros, con lo que la gravedad que ejercen es prácticamente insignificante. Así pues,
resulta comparativamente fácil llegar a ellas, aterrizar allí, examinarlas, emplearlas como
base de operaciones para el estudio de Marte y luego regresar a casa.
Deimos, la luna exterior de Marte, aquí en negativo para realzar los detalles. Imagen del
Viking , procesada por USGS.

Marte nos llama, un almacén de información científica importante por derecho propio, pero
también en virtud de la luz que arroja sobre el entorno de nuestro propio planeta. Hay
misterios que esperan ser resueltos en relación con el interior de Marte y su origen, la
naturaleza de los volcanes en un mundo carente de placas tectónicas, la persistencia de las
formas geográficas sobre un planeta que sufre tormentas de arena ni siquiera soñadas en la
Tierra, glaciares y formas polares, el escape de atmósferas planetarias y la captura de lunas,
por mencionar al azar unas cuantas muestras de entre las incógnitas científicas que nos
plantea. Si Marte disfrutó en su día de abundante agua líquida y de un clima clemente, ¿qué
fue lo que lo estropeó todo? ¿Cómo pudo un mundo similar a la Tierra volverse tan reseco, frío
y carente de aire, comparativamente hablando? ¿Acaso encierra algún secreto sobre nuestro
propio planeta que debiéramos conocer?

Nosotros los humanos hemos sido así con anterioridad. Los antiguos exploradores habrían
entendido la llamada de Marte. No obstante, la mera exploración científica no requiere la
presencia humana. Siempre podemos enviar ingeniosos robots. Resultan mucho más baratos,
no replican con insolencia, puedes mandarlos a lugares mucho más peligrosos y, siempre
asumiendo algún riesgo de fracaso de la misión, evitan poner en peligro vidas humanas.

«¿ALGUIEN ME HA VISTO?», reza el reverso del cartón de leche. «Mars Observer , 6' x 4,5' x
3', 2.500 kg. Se supo de él por última vez el 21-08-93, a 627.000 Km de Marte».

«M.O . llamando a casa», era el lastimero mensaje que difundía una banderola colgada en el
exterior de la base de operaciones de la misión, instalada en el Laboratorio de Propulsión a
Chorro (JPL), a fines de agosto de 1993. El fallo de la nave espacial americana Mars Observer
, justo antes de que se insertara en la órbita de Marte, supuso una decepción colosal. En
veintiséis años, era la primera misión lunar o planetaria americana que fracasaba en una fase
posterior a su lanzamiento. Muchos científicos e ingenieros habían dedicado una década de su
vida profesional al M. O. Constituía además la primera misión de Estados Unidos a Marte en
diecisiete años, desde las dos sondas orbitales y las dos de descenso de la misión Viking en
1976. Era también la primera nave espacial propiamente dicha de la época posterior a la
guerra fría: científicos rusos formaban parte de varios de los equipos de investigadores, y el
Mars Observer debía actuar como un circuito repetidor de radio esencial para las sondas de
aterrizaje de la que estaba programada como la próxima misión rusa Mars '94, así como para
una ambiciosa misión con vehículos rodantes y globos denominada Mars '96.

Fotomosaico del Viking en Elysium Plateau. Campos de brillantes rayas transportadas por el
viento se aprecian sobre el fondo oscuro (así como, abajo, a la derecha, rayas oscuras
permanentes). Los intensos vientos que formaron dichas rayas viraron desde el nordeste.
USGS/NASA.

Los instrumentos científicos a bordo del Mars Observer habrían cartografiado la geoquímica
del planeta y preparado el camino para futuras misiones determinando además las decisiones
respecto a los lugares óptimos de aterrizaje. Por otra parte, habría echado nueva luz sobre la
cuestión del importantísimo cambio climático que parece haber tenido lugar en la historia
primitiva del planeta. La nave también habría fotografiado algunas partes de la superficie de
Marte con una resolución de menos de dos metros. Como es lógico, no tenemos ni idea de las
maravillas que habría descubierto el Mars Observer . Pero cada vez que examinamos un
mundo con instrumentos nuevos y con una resolución ampliamente mejorada emerge una
asombrosa serie de hallazgos, como ocurrió cuando Galileo enfocó el primer telescopio hacia
el cielo e inauguró la era de la astronomía moderna.

Según la comisión de investigación, la causa del fallo radicó probablemente en una rotura del
tanque de combustible durante la fase de presurización, lo que provocó que salieran
despedidos gases y líquidos, y que la nave averiada empezara a girar totalmente fuera de
control. Tal vez podría haberse evitado. Quizá no fue más que un accidente desafortunado. No
obstante, a fin de adquirir una perspectiva sobre el asunto, demos un breve repaso a todas las
misiones con destino a la Luna y los planetas diseñadas por Estados Unidos y la antigua Unión
Soviética.

Al principio, nuestros registros fueron pobres. Los vehículos espaciales explotaban durante el
despegue, fallaban a la hora de alcanzar sus objetivos o bien dejaban de funcionar una vez en
ellos. A medida que fue pasando el tiempo, los humanos fuimos mejorando nuestros vuelos
interplanetarios. Hubo una curva de aprendizaje. Los cuadros anexos muestran dichas curvas
(basadas en datos de la NASA con sus definiciones relativas a misiones coronadas por el
éxito). Aprendimos a buen ritmo. Nuestra habilidad actual para reparar naves espaciales en
pleno vuelo ha quedado ilustrada a la perfección con el ejemplo de las misiones Voyager
anteriormente descrito.
Tasa de éxitos de las misiones norteamericanas y rusas a la Luna y a los planetas: arriba,
lanzamientos coronados por el éxito. Abajo, misiones globales coronadas por el éxito. Se
aprecia claramente una curva de progreso constante, pero es inevitable un determinado
porcentaje de fracasos.

Constatamos en el gráfico que aproximadamente hasta el lanzamiento número 35 con destino


a la Luna o a los planetas, y no antes, la tasa acumulativa de éxitos en misiones de Estados
Unidos no alcanzó el cincuenta por ciento. Los rusos necesitaron cerca de cincuenta
lanzamientos para alcanzar dicho porcentaje. Efectuando la media entre los vacilantes
comienzos y la mejor actuación reciente, concluimos que tanto Estados Unidos como Rusia
presentan una tasa acumulativa de éxitos en los lanzamientos de alrededor de un ochenta por
ciento. Pero la tasa acumulativa de éxitos globales de las misiones se sitúa todavía por debajo
del setenta por ciento para Estados Unidos y del sesenta por ciento para la URSS/Rusia. O, lo
que viene a ser lo mismo, las misiones lunares y planetarias han fracasado por término medio
en un treinta o cuarenta por ciento de las ocasiones.

Las misiones a otros mundos se situaron desde sus comienzos en la vanguardia de la


tecnología. Y todavía hoy continúan estándolo. Son diseñadas con subsistemas de reserva y
comandadas por ingenieros experimentados y de plena dedicación, pero aun así no son
perfectas. Lo asombroso del asunto no es que lo hayamos hecho tan mal, sino, por el
contrario, que lo hayamos hecho tan bien.

Desconocemos si el fallo del Mars Observer se debió a la incompetencia o simplemente a


cuestiones estadísticas, pero en las misiones de exploración de otros mundos debemos contar
siempre con una cuota fija de fracasos. No se arriesgan vidas humanas cuando se pierde una
nave espacial robotizada. Incluso si fuéramos capaces de mejorar de forma significativa esta
tasa de éxito, resultaría, con mucho, demasiado costoso. Es preferible asumir mayores riesgos
y mandar mayor número de naves.

Conociendo la imposibilidad de reducir los riesgos, ¿por qué limitamos nuestras actuales
misiones espaciales a una sola nave? En 1962 el Mariner 1 , programado para viajar a Venus,
cayó al Atlántico; el casi idéntico Mariner 2 se convirtió en la primera misión planetaria de la
especie humana coronada por el éxito. El Mariner 3 fracasó y su gemelo, el Mariner 4 , de
1964, fue la primera nave que tomó primeros planos de Marte. O bien consideremos la misión
de doble lanzamiento, en 1971, de los Mariner 8 y Mariner 9 , con destino a Marte. El
Mariner 8 debía cartografiar el planeta, mientras que el Mariner 9 tenía el encargo de
estudiar los enigmáticos cambios estacionales y seculares de las marcas de su superficie. El
Mariner 8 cayó al océano. El Mariner 9 llegó hasta Marte y se convirtió en la primera nave
espacial de la historia humana que orbitó alrededor de otro planeta. Descubrió los volcanes, el
terreno laminado en los casquetes polares, los antiguos valles fluviales, así como la naturaleza
eólica de los cambios observados en su superficie. Refutó la teoría de los «canales».
Cartografió el planeta de polo a polo y puso de manifiesto todas las características geológicas
importantes que hoy conocemos de Marte. Proporcionó, asimismo, las primeras observaciones
cercanas de miembros de toda una clase de mundos pequeños (apuntando a las lunas
marcianas, Fobos y Deimos). Si hubiéramos lanzado únicamente el Mariner 8 , el esfuerzo nos
habría reportado un fracaso absoluto.

Hubo también dos Viking , dos Voyager , dos Vega y varios pares de Venera . ¿Por qué se
lanzó solamente un Mars Observer ? La respuesta estándar reside en el coste. Sin embargo,
una de las razones de que resultara tan cara responde al hecho de que se decidiera
proyectarla mediante lanzadera espacial, una sección propulsora casi absurdamente costosa
para misiones planetarias y, en este caso, decididamente, demasiado cara para el lanzamiento
de dos M.O. Tras numerosos retrasos e incrementos de coste relacionados con la lanzadera, la
NASA cambió de opinión y optó por lanzar el Mars Observer mediante un cohete propulsor
Titán. Ello trajo consigo un retraso adicional de dos años y la necesidad de un adaptador para
acoplar la nave al nuevo vehículo de lanzamiento. Si la NASA no se hubiera empeñado en
proporcionar negocio a la industria de las lanzaderas, cada vez menos lucrativa, podríamos
haber puesto en marcha la misión un par de años antes y con dos naves en lugar de una.

Ya sea en lanzamientos individuales o por parejas, las naciones que efectúan vuelos espaciales
han decidido claramente que ha llegado el momento de mandar de nuevo robots exploradores
a Marte. Los diseños de las misiones cambian; nuevas naciones entran en juego; algunas de
las que participaban descubren que ya no disponen de los medios para hacerlo. Incluso los
programas que han recibido los fondos necesarios no siempre llegan a realizarse. Pero los
planes que están en marcha dicen mucho de la intensidad de los esfuerzos y de la enorme
dedicación que merecen.

Mientras escribo este libro, Estados Unidos, Rusia, Francia, Alemania, Japón, Austria,
Finlandia, Italia, Canadá, la Agencia Espacial Europea y otras entidades poseen planes en fase
experimental para la exploración robótica coordinada de Marte. En los siete años que median
entre 1996 y el 2003, una flotilla de unas veinticinco naves —la mayoría de ellas
comparativamente pequeñas y económicas— debe ser enviada a Marte desde la Tierra. Entre
ellas no habrá ninguna que se limite a acercarse de manera rápida; todas son misiones de
larga duración, con sondas orbitales y de aterrizaje. Estados Unidos tiene previsto mandar de
nuevo la totalidad de los instrumentos científicos que se perdieron con el Mars Observer . Las
naves rusas llevarán consigo experimentos particularmente ambiciosos en los que se hallan
implicadas unas veinte naciones. Los satélites de comunicación harán posible que las
estaciones experimentales puedan enviar sus datos de vuelta a la Tierra desde cualquier
punto del planeta Marte. Una serie de perforadores caerán silbando desde la órbita, se
clavarán en el suelo de Marte y transmitirán datos de sus capas subterráneas. Globos
instrumentales y laboratorios ambulantes se pasearán sobre las arenas del planeta. Algunos
de los microrrobots no pesarán más de unos cuantos kilos. Los instrumentos se calibrarán de
forma cruzada y, además, podrán intercambiarse libremente los datos. Existen, pues, todas las
razones para pensar que, en los años venideros, Marte y sus misterios se irán haciendo cada
vez más familiares para los habitantes del planeta Tierra.

EN LA BASE DE MANDO DE LA TIERRA, en una sala especial, nos encontramos ataviados con
casco y guantes. Giramos la cabeza hacia la izquierda y la cámara del robot en Marte gira
hacia la izquierda. Podemos ver, en imagen de muy alta definición y a todo color, lo que está
viendo la cámara. Efectuamos un paso adelante y el robot avanza hacia adelante. Extendemos
el brazo para recoger algo que brilla en el suelo, y el brazo de la máquina hace lo propio. Las
arenas de Marte nos resbalan entre los dedos. La única dificultad que plantea esta tecnología
de realidad remota es que todo ocurre, tediosamente, a cámara lenta: las órdenes desde la
Tierra a Marte y el regreso a la Tierra de la respuesta pueden tardar más de media hora. Pero
eso es algo que podemos aprender a hacer. Podemos aprender a contener nuestra impaciencia
exploratoria, si es ése el precio que cuesta explorar Marte. El vehículo puede ser lo
suficientemente ingenioso como para solucionar eventualidades rutinarias. Si se le presenta
cualquier obstáculo, se detiene, se coloca en posición de seguridad y se pone en contacto con
la Tierra para que un paciente controlador se haga cargo de dirigirla.
Un vehículo robot altamente maniobrable (ver las huellas) circula por la superficie de Marte.
Su antena apunta hacia la Tierra. Pintura de Michael Carroll.

Inventemos ingenios mecánicos ambulantes, cada uno de ellos un pequeño laboratorio


científico, que aterricen en lugares aburridos pero seguros y vayan a contemplar en primer
plano algunas de las profusas maravillas marcianas. Tal vez tendríamos cada día un robot
avanzando hacia su propio horizonte; cada mañana podríamos ver de cerca lo que el día
anterior era solamente una elevación distante. Los progresos de una ruta a través del paisaje
de Marte aparecerían en los telediarios y serían observados en las escuelas. La gente
aventuraría especulaciones sobre lo que se va a encontrar. Noticias nocturnas procedentes de
otro planeta, cargadas de revelaciones sobre nuevos terrenos y nuevos hallazgos científicos,
harían que en la Tierra todos nos sintiéramos partícipes de la aventura.

Luego está la realidad virtual marciana: los datos que nos lleguen de Marte, almacenados en
un ordenador moderno, son transferidos a nuestro casco, guantes y botas. Estamos caminando
en una habitación vacía de la Tierra, pero a nosotros nos parece estar en Marte: cielos
rosados, campos salpicados de montículos, dunas de arena extendiéndose en el horizonte, por
donde asoma un inmenso volcán; escuchamos la arena crujir bajo nuestras botas, apartamos
piedras, cavamos un agujero, tomamos muestras del aire ligero, damos la vuelta a una esquina
y aparece ante nuestros ojos… cualquier nuevo descubrimiento que se pueda efectuar en
Marte, todo ello copias exactas del Marte real y todo experimentado sin correr peligros, en la
seguridad de una sala de realidad virtual de nuestra ciudad. No es ése, claro está, el motivo
para explorar Marte, pero es evidente que necesitaremos robots de exploración que nos
manden la realidad real para poder reconfigurarla en realidad virtual.

Especialmente si se efectúa una inversión continua en el campo de la robótica y de la


inteligencia mecánica, enviar seres humanos a Marte no puede justificarse únicamente
mediante la ciencia. Además, muchísimas más personas podrán experimentar el Marte virtual
de las que sería posible mandar al Marte real. Podemos arreglárnoslas muy bien con los
robots. Si de verdad queremos mandar personas a Marte, vamos a necesitar mejores
argumentos que la ciencia y la exploración.

En este fotomosaico del Viking aparecen diversos tipos de terreno. Especialmente arriba, a la
derecha, canales secos desembocan en cráteres que, en su día, debieron de estar llenos de
agua. Abajo, en el centro, aparece un campo de rayas brillantes creadas por el viento y
asociadas a un cráter. La naturaleza del material que cubre muchos de los fondos de los
cráteres es desconocida; puede que se trate simplemente de depósitos de grandes franjas
menos fácilmente movibles, de la misma composición que los brillantes depósitos que cubren
esta provincia de Marte. Cedida por USGS/NASA.

En los años ochenta creía tener una justificación coherente para las misiones humanas con
destino a Marte. Imaginaba a Estados Unidos y a la Unión Soviética, los dos rivales
enfrentados en la guerra fría que habían puesto en peligro nuestra civilización global,
aliándose en un esfuerzo tecnológico de largo alcance que abriría las puertas de la esperanza
a los seres humanos de todo el mundo, imaginaba un programa del estilo del Apolo pero al
revés, en el cual la cooperación y no la competición constituiría la fuerza motriz, en el cual las
dos naciones que lideraban la carrera del espacio aportarían unidas las bases para un avance
crucial en la historia humana, la colonización de otro planeta.

El simbolismo parecía venir como anillo al dedo. La misma tecnología capaz de propulsar
armas apocalípticas de un continente a otro haría posible el primer viaje humano a otro
planeta. Se trataba de una elección con unos poderes míticos muy apropiados: abrazar un
planeta que se denomina como el dios de la guerra, en lugar de poner en práctica la locura
que con él se asocia.
Conseguimos interesar a los científicos e ingenieros soviéticos en la realización de un esfuerzo
común de esa envergadura. Roald Sagdeev, entonces director del Instituto de Investigación
Espacial de la Academia Soviética de la Ciencia en Moscú, se hallaba ya profundamente
implicado en la cooperación internacional, en misiones robóticas soviéticas con destino a
Venus, Marte y el cometa Halley, mucho antes de que surgiera la idea. El proyecto del uso
conjunto de la estación espacial soviética Mir y del cohete Energiya, de la clase Saturn V, hizo
atractiva la cooperación para las organizaciones soviéticas que fabricaban esas piezas de
hardware, organizaciones que, por otra parte, estaban teniendo dificultades para justificar sus
mercancías. Mediante una serie de argumentos (siendo el de la contribución al final de la
guerra fría el más importante) se convenció al entonces líder soviético Mijaíl S. Gorbachov.
Durante la cumbre de Washington de diciembre de 1987, preguntado el líder soviético acerca
de cuál era la actividad conjunta más importante que pudiera simbolizar el cambio en las
relaciones entre ambas naciones, Gorbachov respondió sin titubear: «Vayamos juntos a
Marte».

Pero la Administración Reagan no estaba interesada en el tema. Cooperar con los rusos,
reconocer que determinadas tecnologías soviéticas eran más avanzadas que sus
contrapartidas norteamericanas, revelar los secretos de algunas tecnologías americanas a los
soviéticos, compartir méritos y proporcionar una alternativa a los fabricantes de armas eran
conceptos que no eran del agrado del gobierno en el poder. En consecuencia, la oferta fue
rechazada. Marte tendría que esperar.

En unos pocos años, los tiempos han cambiado. La guerra fría ha quedado atrás. La Unión
Soviética ya no existe. El beneficio derivado de la colaboración de ambas naciones ha perdido
fuerza. Otros países, especialmente Japón y los miembros constituyentes de la Agencia
Espacial Europea, se han convertido en viajeros interplanetarios. Muchas demandas urgentes
y justificadas gravan los presupuestos discrecionales de las naciones.

Pero la sección propulsora de carga pesada Energiya todavía espera que se le asigne una
misión. El cohete Protón ya está disponible como caballo de tiro. La estación espacial Mir —
con una tripulación a bordo casi de forma continua— todavía describe cada hora y media una
órbita alrededor de la Tierra. A pesar de las turbulencias internas, el programa espacial ruso
sigue adelante con fuerza. La cooperación espacial entre Rusia y Estados Unidos se está
acelerando. Un cosmonauta ruso, Sergei Krikalev, voló en 1994 a bordo del transbordador
espacial Discovery (en la misión habitual de una semana de duración; Krikalev había cubierto
ya 464 días a bordo de la estación espacial Mir ). Está previsto además que astronautas
norteamericanos visiten la estación Mir . Los vehículos espaciales rusos con destino a Marte
llevarán a bordo aparatos científicos americanos, entre los cuales se incluye uno para
examinar los oxidantes, a los que se atribuye la destrucción de las moléculas orgánicas del
suelo marciano. El Mars Observer fue diseñado para servir de estación de relevo a las sondas
de aterrizaje de las misiones rusas a Marte. Los rusos, por su parte, han ofrecido incluir un
orbitador de Estados Unidos en una próxima misión a Marte, propulsada por el lanzador
multicarga Protón.

La capacidad de Estados Unidos y la de Rusia en tecnología y ciencia espaciales encajan bien,


discurren por vías complementarias. Una es fuerte donde la otra es débil. Se trata de un
matrimonio forjado en el cielo, pero que ha resultado sorprendentemente difícil de consumar.

El 2 de Septiembre de 1993 el vicepresidente norteamericano Al Gore y el primer ministro


ruso Viktor Chernomyrdin firmaron en Washington un acuerdo de cooperación en
profundidad. La Administración Clinton ha ordenado a la NASA rediseñar la estación espacial
norteamericana (bautizada Freedom en la era Reagan) a fin de que circule en la misma órbita
que la Mir y pueda acoplarse a ella: se unirán también módulos japoneses y europeos, así
como un brazo robot de nacionalidad canadiense. El diseño ha evolucionado actualmente
hacia la que se ha dado en llamar estación espacial Alpha , en la que se hallan involucradas
casi todas las naciones con presupuesto espacial. (China constituye la excepción más notable).

A cambio de la cooperación espacial de Estados Unidos, y tratándose de un tema de difícil


aceptación, Rusia accedió, en efecto, a detener sus ventas de componentes de misiles
balísticos a otras naciones y, de forma general, a imponer un severo control sobre sus
exportaciones de tecnología de armas estratégicas. De este modo, una vez más el espacio se
convierte, como lo fue en los momentos culminantes de la guerra fría, en un instrumento de
política estratégica nacional.

Sin embargo, esta nueva tendencia ha incomodado profundamente a una parte de la industria
aeroespacial, así como a algunos miembros clave del Congreso. Sin competencia
internacional, ¿seremos capaces de motivar la realización de esfuerzos tan ambiciosos? ¿Va a
significar cada vehículo ruso lanzado y utilizado de forma cooperativa un menor apoyo para la
industria aeroespacial norteamericana? ¿Pueden los americanos confiar en un apoyo estable y
en la continuidad de esfuerzos en los proyectos conjuntos con los rusos? (Estos, claro está, se
formulan preguntas similares en relación con los americanos). No obstante, los programas de
cooperación suponen un ahorro a largo plazo, aprovechan el extraordinario talento científico y
de ingeniería distribuido por el planeta y proporcionan inspiración acerca del futuro global.
Puede haber fluctuaciones en los compromisos nacionales. Es probable que demos pasos hacia
adelante y también hacia atrás. Pero la tendencia generalizada parece clara.

A pesar de las crecientes dificultades, los programas espaciales de los dos antiguos
adversarios están empezando a converger. Hoy es posible prever una estación espacial
internacional —adscrita no a una nación concreta sino a todo el planeta Tierra— que será
montada a 51º de inclinación hacia el ecuador y a unos pocos cientos de kilómetros cielo
arriba. Se está discutiendo una espectacular misión conjunta, denominada «Fuego y hielo»,
que pretende un rápido acercamiento a Plutón, el último planeta inexplorado; pero para llegar
allí se emplearía la ayuda gravitatoria del Sol, en el curso de la cual pequeñas sondas
penetrarían de facto en la atmósfera solar. Y parece que nos encontramos en el umbral de un
consorcio mundial para la exploración científica de Marte. Todo indica que esos proyectos van
a llevarse a cabo de forma cooperativa o, de otro modo, no llegarán a realizarse.

SI EXISTEN RAZONES VÁLIDAS, justificativas de los costes y ampliamente defendibles, para


mandar seres humanos a Marte es una pregunta que permanece abierta. Ciertamente, no hay
consenso. La cuestión es abordada en el próximo capítulo.

Yo apuntaría que, si finalmente no vamos a enviar personas a mundos tan distantes como
Marte, hemos perdido el argumento principal en favor de la estación espacial, un puesto de
avanzada humana permanente o intermitentemente ocupado en la órbita terrestre. Una
estación espacial queda lejos de ser una plataforma óptima de investigación científica, lo
mismo mirando hacia la Tierra que apuntando hacia el espacio o para emplear la
microgravedad (la mera presencia de astronautas complica las cosas). En cuanto al
reconocimiento militar, es de calidad muy inferior al que pueden llevar a cabo las naves
espaciales robotizadas. No existen aplicaciones apremiantes económicas o de fabricación.
Comparada con las naves robotizadas resulta cara. Y, naturalmente, comporta algún riesgo de
pérdida de vidas humanas. Cada lanzamiento de un transbordador para ayudar a construir o
abastecer una estación espacial implica un uno o dos por ciento de probabilidades estimadas
de fracaso catastrófico. Anteriores actividades espaciales civiles y militares han diseminado
escombros que se mueven con rapidez por el nivel inferior de la órbita terrestre y que, tarde o
temprano, colisionarían con una estación espacial (si bien hasta el momento la estación Mir no
ha tenido fallos atribuibles a dicho peligro). Una estación espacial resulta asimismo
innecesaria para la exploración humana de la Luna. Apolo llegó perfectamente a ella sin la
intervención de estación espacial alguna. Mediante cohetes de la categoría del Saturn V o el
Energiya se podría llegar a asteroides cercanos a la Tierra, o incluso a Marte, sin necesidad
de ensamblar el vehículo interplanetario en una estación espacial en órbita.

Una estación espacial podría servir de estímulo y como medio de formación, y ayudaría a
reforzar las relaciones entre las naciones con programas espaciales, particularmente Estados
Unidos y Rusia. No obstante, la única función esencial de una estación espacial que alcanzo a
vislumbrar se concretaría en los vuelos espaciales de larga duración. ¿Cómo se comporta el
cuerpo humano en una situación de microgravedad? ¿Cómo podemos combatir los cambios
progresivos en la química sanguínea y una pérdida estimada de masa ósea de un seis por
ciento anual en un entorno de gravedad cero? (En una misión de tres o cuatro años a Marte, a
todo ello se suma que los viajeros tendrían que moverse a cero grados).

No son cuestiones de biología básica como el DNA o el proceso evolutivo; más bien introducen
temas de biología humana aplicada. Por supuesto que es importante conocer las respuestas,
pero solamente si pretendemos viajar a algún lugar muy alejado del espacio que vayamos a
tardar mucho tiempo en alcanzar. La única finalidad tangible y coherente de una estación
espacial radica en la posibilidad de eventuales misiones humanas con destino a asteroides
cercanos a la Tierra, a Marte y más allá. Históricamente, la NASA ha sido cauta a la hora de
explicarlo de una forma clara, probablemente por miedo a que algunos miembros del
Congreso se echaran las manos a la cabeza, denunciaran la estación espacial como la punta
de lanza de una partida extremadamente costosa y declararan que el país no estaba
preparado para comprometerse a mandar seres humanos a Marte. Efectivamente, pues, la
NASA ha mantenido en silencio la auténtica finalidad del proyecto de la estación espacial. Y,
sin embargo, si dispusiéramos de una estación espacial, nada nos obligaría a ir directos a
Marte. Podríamos utilizarla para acumular y refinar conocimientos relevantes e invertir en
ello el tiempo que nos pareciera oportuno, de tal modo que, cuando de verdad llegara el
momento, cuando estuviéramos realmente preparados para viajar a los planetas, contáramos
con los conocimientos y la experiencia necesarios para hacerlo de una forma segura.

IZQUIERDA: vista oblicua hacia el horizonte sobre la Argyre Basin y la meseta del sur.

DERECHA: se aprecia una capa de polvo separada, levantada en la última tormenta


importante de polvo y arena. Imágenes del Viking , cedidas por JPL/NASA.

El fracaso del Mars Observer y la catastrófica pérdida del transbordador espacial Challenger
en 1986 nos recuerdan que existe una irreducible posibilidad de desastre en los futuros viajes
humanos a Marte o a cualquier otro lugar del espacio. La misión del Apolo 13 , que fue
incapaz de tomar tierra en la Luna y a duras penas pudo regresar sana y salva a la Tierra,
subraya lo afortunados que hemos sido. No podemos fabricar coches y trenes ciento por
ciento seguros, a pesar de que venimos haciéndolo desde hace más de un siglo. Cientos de
miles de años después de que lográramos domesticar el fuego, todas las ciudades del mundo
poseen hoy un servicio de bomberos, siempre pendiente de que se produzca algún incendio
que requiera su intervención. En los cuatro viajes de Colón al Nuevo Mundo, éste perdió
barcos a diestro y siniestro, llegando hasta un tercio de la pequeña flota que partió en el año
1492.

Si decidimos enviar personas al espacio, tendrá que ser por una razón de peso y sin perder de
vista en ningún momento el hecho de que casi con seguridad ello va a implicar la pérdida de
vidas humanas. Los astronautas y cosmonautas siempre lo han tenido claro. Y, a pesar de ello,
nunca ha habido ni habrá escasez de voluntarios.

Pero ¿por qué a Marte? ¿Por qué no volver a la Luna? Está cerca y hemos demostrado que
sabemos cómo enviar seres humanos hasta allí. Me temo que la Luna, cercana como se
encuentra, represente un largo rodeo, si no un callejón sin salida. Ya hemos estado allí.
Incluso hemos traído trozos de la misma. La gente ha tenido ocasión de ver rocas lunares y,
por razones, creo yo, básicamente acertadas, la Luna los aburre. Se trata de un mundo
estático, sin aire, sin agua, de cielos negros, un mundo muerto. Su aspecto más interesante
estriba quizá en los cráteres que presenta su superficie, un registro de antiguos impactos
catastróficos, tanto en la Tierra como en la Luna.

Marte, por el contrario, posee meteorología, tormentas de polvo, sus propias lunas, volcanes,
casquetes de hielo polar, accidentes geográficos peculiares, antiguos valles fluviales, así como
evidencias de un masivo cambio climático en un planeta que, en su día, fue parecido a la
Tierra. Conserva una expectativa de vida en el pasado y, tal vez, también en el presente y es el
planeta más compatible para la vida en el futuro, la vida de seres humanos llegados desde la
Tierra, viviendo de la tierra. Nada de todo eso se cumple en el caso de la Luna. Marte posee
también su propia historia, deducible a partir de los cráteres. Si en lugar de la Luna hubiera
sido Marte el que hubiera estado a nuestro alcance, no habríamos dejado de lado los vuelos
espaciales tripulados.

El Olympus Mons emerge por encima de las nubes que circundan su cima. Basada en
imágenes del Viking , cedida por JPL/NASA.

Tampoco es que la Luna constituya un banco de pruebas especialmente interesante, ni una


estación intermedia de camino hacia Marte. Los entornos medioambientales de Marte y de la
Luna son muy distintos, y esta última se encuentra tan alejada de Marte como lo está la
Tierra. La maquinaria para la exploración marciana puede ser comprobada, al menos igual de
bien, en la órbita terrestre, en asteroides cercanos a la Tierra o en la misma Tierra, por
ejemplo en la Antártida.
Japón tiende a mostrarse escéptico acerca del compromiso de Estados Unidos y otras naciones
para planificar y ejecutar proyectos importantes de cooperación espacial. Esa es una de las
razones por las que Japón, más que cualquier otra nación con programa espacial, se ha
inclinado por actuar de forma individual. La Sociedad Lunar y Planetaria de Japón es una
organización que representa a los entusiastas del espacio en el seno del gobierno, de las
universidades y de las principales empresas. En el momento de redactar estas líneas, dicha
sociedad ha presentado la propuesta de construir y abastecer enteramente mediante mano de
obra robótica una base lunar. Se prevé invertir unos treinta años en su construcción y que
cueste alrededor de mil millones de dólares anuales (cifra que representaría un siete por
ciento del actual presupuesto espacial civil estadounidense). No albergaría humanos hasta
que la base estuviera completamente a punto. Se afirma que la utilización de equipos de
construcción robotizados, comandados por radio desde la Tierra, arroja unos costes diez veces
inferiores. El único problema que presenta el proyecto, según los informes, radica en que
otros científicos se siguen preguntando: «¿Para qué sirve?». Es una buena pregunta que se
plantea en todas las naciones.

Probablemente, la primera misión humana a Marte resulte hoy demasiado costosa para que
una nación la ponga en marcha por separado. Tampoco es positivo que un paso histórico de
esas características sea asumido de forma unilateral por representantes de una pequeña
fracción de la especie humana. Pero un proyecto de cooperación entre Estados Unidos, Rusia,
Japón, la Agencia Espacial Europea, y quizá otras naciones, como China, podría resultar
factible en un futuro no demasiado lejano. La estación espacial internacional habrá puesto a
prueba nuestra capacidad para trabajar juntos en grandes proyectos de ingeniería espacial.

Actualmente, el coste de enviar un kilo de cualquier material no más lejos del nivel bajo de la
órbita terrestre es equiparable al coste de un kilo de oro. Esa es, con seguridad, una razón de
peso que tenemos para pisar las antiguas orillas de Marte. Los cohetes químicos de etapas
múltiples constituyeron los medios que nos llevaron por primera vez al espacio y son lo que
hemos venido usando desde entonces. Hemos intentado refinarlos, hacerlos más seguros, más
fiables, más simples, más baratos. Pero no ha funcionado, o al menos no al ritmo que muchos
habían esperado.

Por tanto, quizá exista un modo mejor: tal vez podrían emplearse cohetes de una sola etapa
que pudieran poner sus cargas directamente en órbita; o quizá múltiples cargas pequeñas
puedan dispararse mediante cañones o por cohetes desde aviones; a lo mejor la solución
estriba en los estatorreactores supersónicos. Es posible que exista un método mucho mejor
que no se nos haya ocurrido todavía. Si somos capaces de fabricar propelentes a partir del
aire y del suelo de nuestros destinos en el espacio para el trayecto de regreso, la dificultad del
viaje se vería considerablemente reducida.

Una vez arriba, en el espacio, viajando hacia los planetas, los cohetes no constituyen
necesariamente el mejor medio para transportar grandes cargas de un lugar a otro, incluso
contando con la ayuda gravitatoria. Hoy en día, nos servimos de unos cuantos impulsos de
cohete en las primeras fases, así como para las correcciones posteriores a medio trayecto, y el
resto del camino funcionamos a velocidad de crucero. Pero existen sistemas de propulsión
iónica y nuclear/eléctrica que ejercen una pequeña y constante aceleración. O bien, como
imaginó por primera vez el pionero ruso del espacio Konstantin Tsiolkovsky, podríamos
emplear velas solares, una carabela de kilómetros de anchura avanzando por el vacío entre los
mundos. Especialmente para viajes a Marte y más allá, dichos métodos resultan mucho
mejores que los cohetes.

Al igual que sucede con muchas tecnologías, cuando algo parece que funciona, cuando es el
primero de su clase, existe una tendencia natural a mejorarlo, a desarrollarlo, a explotarlo.
Pronto se ha originado una inversión institucional de tales dimensiones en la tecnología
original que, independientemente de lo defectuosa que sea, resulta muy difícil sustituirla por
algo mejor. La NASA no dispone prácticamente de recursos para investigar tecnologías de
propulsión alternativas. Ese dinero debería proceder de misiones a corto plazo, misiones que
pueden proporcionar resultados palpables y aumentar el registro de éxitos de la institución.
Invertir fondos en tecnologías alternativas puede dar sus frutos en una década o dos. He ahí
una de las maneras en que el éxito a corto plazo puede sembrar las semillas del fracaso a
largo plazo; algo muy parecido ocurre a veces en la evolución biológica. Pero, tarde o
temprano, alguna nación —tal vez una que no realice enormes inversiones en tecnología
marginalmente eficaz— desarrollará alternativas efectivas.

Incluso antes, si optamos por la vía de la cooperación, llegará un día —quizá en las primeras
décadas del nuevo siglo y milenio— en que una nave espacial interplanetaria será ensamblada
en la órbita terrestre, y el informativo de la noche nos brindará el progreso en todo su
esplendor. Astronautas y cosmonautas, flotando en el aire como moscas, manejarán y
acoplarán las partes prefabricadas. Finalmente la nave, comprobada y lista, será abordada por
su tripulación internacional y lanzada a velocidad de escape. Durante todo el viaje hacia
Marte y de regreso, las vidas de los miembros de la misión dependen unas de otras, un
microcosmos de nuestras circunstancias reales aquí en la Tierra. Quizá la primera misión
interplanetaria conjunta con tripulaciones humanas consistirá únicamente en acercarse u
orbitar Marte. Con anterioridad, vehículos robot con freno aerodinámico, paracaídas y
retrocohetes se habrán posado suavemente sobre la superficie del planeta para recoger
muestras y mandarlas a la Tierra, así como para dejar suministros para exploradores futuros.
En definitiva, tengamos o no razones coherentes e importantes, estoy convencido de que —a
menos que nos autodestruyamos antes— llegará el día en que los seres humanos pisarán el
planeta Marte. Se trata solamente de una cuestión de tiempo.

Uno de los muchos lugares de aterrizaje propuestos para futuras misiones ambulantes a
Marte: terreno blando cercano al antiguo valle fluvial Mangala Vallis. Fotomosaico del Viking ,
cedido por USGS/NASA.

De acuerdo con un solemne tratado, firmado en Washington y Moscú el 27 de enero de 1967,


ninguna nación podrá reclamar la soberanía sobre parte o la totalidad de otro planeta. Sin
embargo —por razones históricas que Colón habría comprendido muy bien— hay quien se
preocupa por la cuestión de quién va a pisar primero el suelo de Marte. Si eso nos inquieta
realmente, podemos asegurarnos de que los miembros de la tripulación vayan todos atados
por los tobillos en el momento de descender de la nave a la suave gravedad marciana.

Las tripulaciones recogerían muestras nuevas, previamente separadas, en parte para buscar
vida y en parte para tratar de comprender el pasado y el futuro de Marte y de la Tierra.
Realizarían experimentos para posteriores expediciones, encaminados a extraer agua, oxígeno
e hidrógeno de las rocas y del aire, así como del permafrost subterráneo, con miras a beber, a
alimentar sus máquinas, como combustible y oxidante para cohetes y para propulsar el viaje
de regreso. Investigarían los materiales marcianos para la eventual fabricación de bases y
asentamientos sobre el planeta.
Y continuarían explorando. Cuando imagino las primeras misiones de exploración humana en
Marte, siempre aparecen vehículos rodantes parecidos a jeeps, descendiendo por las laderas
de alguno de los valles, con una tripulación equipada con martillos geológicos, cámaras e
instrumentos analíticos. Buscan rocas de tiempos pasados, señales de antiguos cataclismos,
pistas acerca del cambio climático, sustancias químicas raras, fósiles o bien —lo más
excitante, pero también más improbable— seres vivos. Sus descubrimientos son televisados en
la Tierra, a donde llegan a la velocidad de la luz. Acurrucados en la cama con los niños,
exploramos con avidez los antiguos lechos de ríos sobre el planeta Marte.
Mirando hacia abajo, a la parte occidental de Australia. En primer término, la bodega de
carga del transbordador espacial Endeavor . El astronauta Story Musgrave se acerca al
telescopio espacial Hubble averiado (cilindro vertical). En una misión de reparación sin tacha,
que requería cinco «paseos» espaciales, el telescopio miope fue equipado con lentes
correctoras. Algunas de las asombrosas consecuencias de dicha misión pueden verse en este
libro. Cedida por Johnson Space Center/NASA.
Capítulo 16

SUBIR AL CIELO

¿Quién, amigo mío, es capaz de subir al cielo?

Poema épico de Gilgamesh (Sumeria, III milenio a. J.C.)

¿CÓMO ES POSIBLE?, me pregunto a veces fascinado: nuestros antepasados se trasladaron


del este de África a Nueva Zembla, a Ayers Rock y a la Patagonia, cazaron elefantes con
puntas de lanza hechas de piedra, atravesaron los mares polares en botes abiertos, siete mil
años atrás, circunnavegaron la Tierra sin más propulsión que el viento, pisaron la Luna al
cabo de una década de haber penetrado en el espacio… ¿y a nosotros nos intimida un viaje a
Marte? Pero luego me recuerdo a mí mismo todo el sufrimiento evitable sobre la Tierra, cómo
unos pocos dólares pueden salvar la vida de un niño a punto de morir deshidratado, cuántos
niños podríamos salvar por el coste de un viaje a Marte, y entonces, al momento, cambio de
opinión. ¿Supone un mérito quedarse en casa o el mérito radica en ir? ¿O acaso he planteado
una falsa dicotomía? ¿No es posible construir una vida mejor para todos los habitantes de la
Tierra y llegar a los planetas y a las estrellas?

Tuvimos una carrera expansiva en los años sesenta y setenta. Uno habría podido pensar, como
yo entonces, que nuestra especie habría pisado Marte antes de finalizar el siglo. Pero, en
lugar de eso, nos hemos echado atrás. Dejando de lado los robots, nos hemos retirado de los
planetas y las estrellas. Y yo sigo preguntándome: ¿se debe a una falta de nervio o es más bien
un síntoma de madurez?

Quizá es lo máximo que razonablemente cabía esperar. En cierto modo, resulta asombroso
que lo conseguido llegara a ser posible: enviamos a una docena de seres humanos a realizar
excursiones de una semana de duración con destino a la Luna. Y nos fueron concedidos los
medios para efectuar un reconocimiento preliminar de todo el sistema solar, hasta Neptuno en
todo caso, misiones que nos proporcionaron gran profusión de datos pero ningún valor
práctico, ningún dividendo a corto plazo, de uso cotidiano. Levantaron, eso sí, la moral
humana. Nos iluminaron en lo que se refiere a nuestro lugar en el universo. Resulta fácil
imaginar una maraña de causalidad histórica que no llegara a desembocar en la carrera a la
Luna y en los programas planetarios.

Pero también entra dentro de lo posible imaginar una dedicación mucho más seria a la
exploración, a consecuencia de la cual hoy tendríamos vehículos robotizados sondeando las
atmósferas de todos los planetas jovianos y de docenas de lunas, cometas y asteroides; una
red de estaciones científicas automáticas desplegadas en Marte transmitirían a diario sus
hallazgos, y muestras de numerosos mundos estarían siendo analizadas en los laboratorios de
la Tierra, poniendo al descubierto la geología, la química e incluso, quizá, la biología de los
mismos. Avanzadillas humanas podrían haberse establecido ya en los asteroides cercanos a la
Tierra, en la Luna y en Marte.

Había muchos caminos históricos posibles. Nuestra particular maraña de causalidad nos ha
llevado a una modesta y rudimentaria —si bien en muchos aspectos heroica— serie de
exploraciones. No obstante, es muy inferior a lo que habría podido y puede que llegue a ser
algún día.

«LLEVAR LA PROMETÉICA CHISPA VERDE hasta el vacío estéril y prender allí el fuego de la
materia animada constituye el verdadero destino de nuestra raza», reza el folleto de la
llamada Fundación del Primer Milenio. Promete, por ciento veinte dólares al año, «la
categoría de ciudadano» en «colonias espaciales, cuando llegue el momento». «Los
benefactores» que contribuyan en mayor medida recibirán también «la imperecedera gratitud
de una civilización abocada a las estrellas, y su nombre figurará grabado en el monolito que
ha de erigirse en la Luna». Éste representa un extremo en el continuum del entusiasmo por la
presencia humana en el espacio. El otro extremo —representado de forma óptima por el
Congreso— cuestiona la necesidad de nuestra presencia en el espacio, especialmente la de
seres humanos en lugar de robots. El programa Apolo fue un «engañabobos», según lo calificó
en una ocasión el crítico social Amitai Etzioni; habiendo puesto punto final a la guerra fría, no
existe justificación alguna para el programa espacial tripulado, digan lo que digan los
defensores de dicha orientación. ¿En qué parte de ese espectro de opciones políticas
debíamos situarnos?

Desde que Estados Unidos batiera a la Unión Soviética en la carrera hacia la Luna, parece
haberse desvanecido una justificación coherente y ampliamente asumida para la presencia
humana en el espacio. Presidentes y comités del Congreso se preguntan qué hacer con el
programa espacial tripulado. ¿Para qué sirve? ¿Para qué lo necesitamos? Pero las hazañas de
los astronautas y los aterrizajes sobre la superficie lunar despertaron —con razón— la
admiración en todo el mundo. Suspender los vuelos espaciales tripulados supondría un
rechazo a ese sorprendente logro norteamericano, se dicen los líderes políticos. ¿Qué
presidente, qué Congreso desea asumir la responsabilidad de decretar el fin del programa
espacial americano? Y en la antigua Unión Soviética se escucha un argumento similar; se
preguntan: ¿debemos abandonar la única alta tecnología en la que todavía somos líderes
mundiales? ¿Vamos a ser herederos desleales de Konstantin Tsiolkovsky, Sergei Korolev y
Yuri Gagarin?

La primera ley de la burocracia es la que prescribe la garantía de su propia continuidad.


Dejada a su libre albedrío, sin recibir instrucciones claras desde arriba, la NASA degeneró
rápidamente en un programa encaminado a mantener beneficios, puestos de trabajo y
emolumentos. Políticas oportunistas[31] , lideradas por el Congreso, se convirtieron en una
fuerza decisiva a la hora de diseñar y ejecutar las misiones y objetivos a largo plazo. La
burocracia se enquistó. La NASA se desvió de su camino.

El 20 de Julio de 1989, en el vigésimo aniversario del alunizaje del Apolo 11 , el presidente


George Bush anunció una orientación a largo plazo para el programa espacial de Estados
Unidos. Bautizada como Iniciativa de Exploración Espacial (SEI), proponía una secuencia de
objetivos entre los que se incluía una estación espacial norteamericana, el retorno de los seres
humanos a la Luna y el primer aterrizaje de una nave tripulada sobre Marte. En una
declaración posterior, el presidente Bush fijó el año 2019 como plazo tope para alcanzar esta
última meta.

Y, sin embargo, la Iniciativa de Exploración Espacial, a pesar de las claras consignas dictadas
desde el poder, fracasó. Cuatro años después de que se impartiera el mandato, la SEI ni
siquiera contaba con una oficina de la NASA dedicada a ella. Algunas misiones lunares
robóticas de poca envergadura y escaso presupuesto, que de otro modo habrían sido
aprobadas sin problemas, fueron canceladas por el Congreso debido a cargos de conciencia
asociados con la SEI.

En primer lugar se planteaba el problema del plazo temporal. El proyecto de la SEI se


extendía en el futuro a lo largo de cinco periodos de mandatos presidenciales (abarcando de
media una presidencia un periodo y medio). Eso facilita que un presidente intente
comprometer a sus sucesores, pero deja bastante en la duda lo fiable que pueda ser ese
compromiso. SEI contrastaba dramáticamente con el programa Apolo, que —como podía
haberse conjeturado cuando se puso en marcha— podía haber triunfado estando el presidente
Kennedy o sus inmediatos sucesores todavía ejerciendo el cargo.

En segundo lugar, preocupaba la cuestión de si la NASA, que recientemente había tenido


enormes dificultades para lanzar a unos cuantos astronautas a poco más de trescientos
kilómetros de la Tierra, sería capaz de enviar astronautas, en una trayectoria arqueada de un
año de duración, hacia un destino situado a 160 millones de kilómetros de distancia y
conseguir que regresaran con vida.

En tercer lugar, el programa estaba concebido exclusivamente en términos nacionalistas. La


cooperación con otras naciones no resultaba fundamental ni para su diseño ni para su
ejecución. El vicepresidente Dan Quayle, que poseía la responsabilidad nominal en el tema
espacial, justificó la estación espacial como una demostración de que Estados Unidos
constituía «la única superpotencia mundial». No obstante, al disponer la Unión Soviética de
una estación espacial operativa que se hallaba diez años por delante de la de Estados Unidos,
el argumento del señor Quayle difícilmente se sostenía.

Finalmente estaba el asunto de la procedencia, en términos de política práctica, de los fondos


necesarios para llevarlo a cabo. Los costes necesarios para hacer llegar a los primeros seres
humanos a Marte habían suscitado estimaciones diversas que podían alcanzar hasta los
quinientos mil millones de dólares.

Naturalmente, es imposible predecir los costes antes de tener a punto el diseño de la misión.
Y éste depende de cuestiones tales como el número de tripulantes, hasta qué punto van a
tomarse medidas de precaución ante los peligros que plantean las radiaciones solar y cósmica,
o la gravedad cero, y también qué otros riesgos estamos dispuestos a asumir en relación con
las vidas de los hombres y mujeres que han de viajar a bordo. Si cada miembro de la
tripulación tiene una especialidad esencial, ¿qué ocurriría si uno de ellos cayera enfermo?
Cuanto más numeroso es el equipo, más posibilidad hay de recambio. A buen seguro no
mandaríamos a un cirujano dentario de dedicación completa, pero ¿y si necesitamos una
operación dentaria y nos encontramos a 160 millones de kilómetros del odontólogo más
cercano? ¿O bien podría solucionarlo un especialista en endodoncias desde la Tierra,
mediante telemetría?

Wernher von Braun fue el ingeniero nazi americano que nos llevó verdaderamente, más que
ninguna otra persona, al espacio. Su libro de 1952 Das Marsprojekt («El proyecto Marte»)
imaginaba una primera misión compuesta de diez naves espaciales interplanetarias, una
tripulación de setenta miembros y tres «botes de aterrizaje». La redundancia tenía un papel
preeminente en sus concepciones. Los requisitos logísticos, escribió, «no superan los de una
operación militar menor sobre un escenario de guerra limitado». Él pretendía «acabar de una
vez por todas con la teoría del cohete espacial solitario y su pequeña banda de intrépidos
aventureros interplanetarios» y apeló al ejemplo de los tres barcos de Colón, sin los cuales y
según «tiende a demostrar la historia, éste nunca habría regresado a tierras españolas». Los
diseños de las misiones modernas a Marte han ignorado estos consejos. Son mucho menos
ambiciosas que la de Von Braun, incluyendo por lo general una o dos naves, tripuladas por un
número de astronautas que oscila entre tres y ocho, además de una o dos naves robóticas de
carga. El cohete solitario y la pequeña banda de aventureros permanecen todavía entre
nosotros.

Otras incertidumbres en relación con el diseño y el coste de la misión estriban en si conviene


enviar por delante los suministros de la Tierra y esperar a que hayan aterrizado sin problema
para lanzar las naves tripuladas; si hay posibilidad de utilizar materiales marcianos para
generar oxígeno para respirar, agua para beber y propelentes para que el cohete pueda
enfilar viaje de regreso; si el aterrizaje debe emplear la ligera atmósfera de Marte como freno
aerodinámico; la cantidad prudente de equipos de reserva; en qué medida van a emplearse
sistemas ecológicos cerrados o se dependerá simplemente de los víveres, agua y sistemas de
eliminación de desperdicios traídos desde la Tierra; el diseño de los vehículos ambulantes
para la exploración del paisaje de Marte por parte de la tripulación y, finalmente, los equipos
que se desea incluir para comprobar nuestra capacidad de supervivencia en el planeta, en
viajes posteriores.

Antes de haber decidido estas cuestiones, era absurdo aceptar cualquier cifra de coste para el
programa. Por otra parte, estaba claro de todos modos que la SEI iba a resultar
extraordinariamente cara. Por todas estas razones, el programa era de entrada un caballo
retirado de competición. Nació muerto. La Administración Bush no efectuó ni una sola
tentativa eficaz de invertir capital político para ponerlo en marcha.

A mí me parece que la lección está muy clara: puede que no haya manera de mandar seres
humanos a Marte en un futuro comparativamente próximo, aun tratándose de algo que entra
perfectamente dentro de nuestras capacidades tecnológicas. Los gobiernos no se gastan esas
ingentes sumas de dinero solamente para fines científicos o para explorar. Necesitan otros
motivos, y hacerlo ha de tener verdadero sentido político.

Quizá resulte imposible ir ahora, pero cuando por fin esté a nuestro alcance, la misión debe
ser, en mi opinión, internacional desde el principio, con costes y responsabilidades
equitativamente compartidos por todas las naciones en liza; el precio deberá ser razonable; el
lapso de tiempo desde su aprobación hasta su lanzamiento deberá encajar dentro de plazos
políticos prácticos y las agencias espaciales implicadas tendrán que demostrar su habilidad
para organizar misiones de exploración pioneras con tripulaciones humanas, que resulten
seguras y funcionen de acuerdo con los plazos establecidos, así como con los presupuestos. Si
pudiéramos imaginar una misión así por menos de cien mil millones de dólares y en un plazo
desde su aprobación a su lanzamiento de menos de quince años, quizá fuera factible. (En
términos de coste, ello representaría solamente una fracción de los presupuestos espaciales
civiles anuales de las naciones que hoy disponen de programas para el espacio). Contando con
freno aerodinámico, combustible y oxígeno para el viaje de vuelta fabricados a partir del aire
de Marte, ahora parece que un presupuesto y un plazo de tiempo como los mencionados
podrían ser verdaderamente realistas.

Cuanto más barata y más rápida sea la misión, mayores riesgos debemos estar dispuestos a
asumir en lo que respecta a las vidas de los astronautas y cosmonautas de a bordo. Pero tal
como ilustran, entre los numerosos ejemplos existentes, los samurais del Japón medieval,
siempre es posible encontrar voluntarios competentes para misiones altamente peligrosas, en
lo que es percibido como una gran causa. No hay presupuesto ni plazo de tiempo que resulte
fiable cuando nos proponemos llevar a cabo algo a tan gran escala, algo que no se ha hecho
nunca antes. Y cuanto más margen pidamos, mayores serán los costes y más tiempo
tardaremos en llegar. Hallar el compromiso adecuado entre factibilidad política y éxito de la
empresa puede resultar una cuestión bastante delicada.

EL HECHO DE QUE ALGUNOS lo hayamos soñado desde pequeños o de que parezca el


objetivo más lógico de exploración a largo plazo no basta para justificar una expedición a
Marte. Si estamos hablando de gastar todo ese dinero, deberemos justificar la inversión.

Hoy tenemos planteados otros problemas —necesidades nacionales claras y apremiantes—


que no pueden ser solucionados sin la inversión de grandes sumas. Al mismo tiempo, el
presupuesto federal discrecional se halla preocupantemente constreñido. La eliminación de
venenos químicos y radiactivos, la eficacia energética, las alternativas a los carburantes
fósiles, el declive de las tasas de innovación tecnológica, el colapso de las infraestructuras
urbanas, la epidemia del sida, una endemoniada mezcla de cánceres, la indigencia, la
malnutrición, la mortalidad infantil, la educación, el desempleo, la atención sanitaria… la lista
es dolorosamente larga. Ignorarla pondría en peligro el bienestar de la nación. Un dilema
similar se plantea en todas las naciones que tienen en marcha un programa espacial.

Buscar una solución para casi todas esas cuestiones podría costar cientos de miles de millones
de dólares. Reparar la infraestructura costará varios billones de dólares. Las alternativas a la
economía basada en los combustibles fósiles representan claramente una inversión mundial
de varios billones, si es que podemos hacerlo. En ocasiones se nos dice que esos proyectos
quedan más allá de nuestra capacidad de pago. ¿Cómo podemos entonces permitirnos el lujo
de viajar a Marte?

Si el presupuesto federal de Estados Unidos (o los presupuestos de las restantes naciones de


la carrera espacial) contara con un veinte por ciento más de fondos discrecionales,
probablemente no tendría tantos cargos de conciencia a la hora de defender la oportunidad de
una misión espacial tripulada con destino a Marte. Si, en cambio, dispusiera de un veinte por
ciento menos de fondos, no creo que ni el más obcecado entusiasta de la aventura espacial se
atreviera a abogar por una misión así. A buen seguro existe algún punto en que la economía
nacional está atravesando tan terribles apuros que mandar personas a Marte resulta cuando
menos inmoral. La cuestión es dónde debe colocarse el límite. Porque está claro que existe un
límite, y todos y cada uno de los participantes en estos debates deberían estipular dónde debe
situarse ese límite, qué fracción del producto nacional bruto dedicada al programa espacial lo
transgrede. Y me gustaría que hiciéramos lo mismo con la partida de «defensa».

Las encuestas de opinión pública demuestran que muchos ciudadanos americanos creen que
el presupuesto de la NASA es prácticamente equivalente al de defensa. En realidad, la
totalidad del presupuesto de la NASA, incluyendo misiones espaciales humanas y robóticas,
así como la aeronáutica, alcanza apenas el cinco por ciento del presupuesto norteamericano
de defensa. ¿Qué cantidad invertida en defensa puede decirse que debilita realmente al país?
Incluso en el caso de que la NASA fuera eliminada de raíz, ¿liberaríamos los fondos necesarios
para solventar nuestros problemas nacionales?

LOS VUELOS ESPACIALES TRIPULADOS EN GENERAL —por no hablar de las expediciones a


Marte— podrían ser defendidos con mayor facilidad si —como en los argumentos de Colón y
de Enrique el Navegante, en el siglo XV— llevaran implícito un aliciente lucrativo.

Aun así no les resultó fácil. El cronista portugués Gomes Eanes de Zurara recoge la siguiente
afirmación del príncipe Enrique el Navegante: «Le pareció a su alteza el infante que si él o
algún otro príncipe no hacían el esfuerzo para alcanzar ese conocimiento, no habría marinero
ni mercader que se atreviera a intentarlo jamás, pues está claro que ninguno de ellos se
molestaría nunca en navegar hasta un lugar que no alberga una esperanza segura de extraer
provecho».

Se han adelantado algunos argumentos. El entorno de elevado vacío y baja gravedad o de


radiación intensa del espacio cercano a la Tierra podría utilizarse, se dice, para usos
comerciales. Este tipo de propuestas quedan en entredicho ante la siguiente incógnita:
¿podrían fabricarse en la Tierra productos comparables o mejores, si los fondos que pudieran
destinarse a su desarrollo fueran equivalentes a los que se asignan al programa espacial? A
juzgar por las pobres sumas de dinero que las empresas se han mostrado dispuestas a invertir
en estas tecnologías —aparte de las que se dedican a la construcción de cohetes y naves
espaciales—, las perspectivas, al menos actualmente, no prometen demasiado.

La idea de que materiales raros pudieran estar disponibles en otros lugares queda mitigada al
tratarse de grandes cargamentos. Por lo que sabemos, en Titán puede haber océanos de
petróleo, pero transportarlo hasta la Tierra resultaría muy caro. Los metales preciosos del
grupo del platino pueden ser abundantes en determinados asteroides. Si pudiéramos traer
esos asteroides a orbitar la Tierra, quizá podríamos extraerlos convenientemente. Pero, al
menos por cuanto hace a un futuro previsible, eso parece peligrosamente imprudente, como
me propongo describir más adelante en este libro.

En su clásica novela de ciencia ficción The man who sold the moon («El hombre que vendió la
Luna»), Robert Heinlein imaginó el motivo lucrativo como clave para los viajes espaciales. No
había previsto, sin embargo, que la guerra fría vendería la Luna. Pero reconoció que un
argumento lucrativo honesto sería difícil de encontrar. Por ello, Heinlein imaginó la superficie
de la Luna salpicada de diamantes, para que futuros exploradores pudieran descubrirlos
atónitos y desencadenar una «fiebre» del diamante. Entretanto, sin embargo, hemos traído
muestras de la Luna y no hemos dado con ninguna pista que indique la presencia de
diamantes de interés comercial.

No obstante, Kiyoshi Kuramoto y Takafumi Matsui, de la Universidad de Tokio, han estudiado


cómo se formaron los núcleos centrales de hierro de la Tierra, Venus y Marte, y opinan que el
manto (entre corteza y núcleo) de este último planeta debería ser rico en carbono, más rico
que la Luna, Venus o la Tierra. A más de trescientos kilómetros de profundidad, las presiones
deberían transformar el carbono en diamante. Sabemos que Marte ha estado geológicamente
activo a lo largo de su historia. Los materiales que alberga su interior, a gran profundidad,
habrían sido expulsados ocasionalmente hacia la superficie, y no solamente a través de los
grandes volcanes. Así pues, sí parece posible que haya diamantes en otros mundos, si bien en
Marte, no en la Luna. En qué cantidades, de qué calidad y tamaño y en qué lugares, no lo
sabemos todavía.

El retorno a la Tierra de una nave espacial cargada de magníficos diamantes de muchos


quilates provocaría, sin duda, la depreciación de dichas piedras (así como de las acciones de
las corporaciones De Beers y General Electric). Pero dadas las aplicaciones ornamentales e
industriales de los diamantes, quizá la caída de los precios se detuviera en un límite
determinado. Es de suponer que las empresas afectadas darían con algún motivo para
promocionar la exploración pionera de Marte.

La idea de que los diamantes de Marte puedan pagar la exploración de dicho planeta
constituye, en el mejor de los casos, una conjetura a muy largo plazo, pero es también un
ejemplo de cuán raras y valiosas sustancias pueden llegar a descubrirse en otros mundos. Aun
así, sería una locura fiarse de ese tipo de contingencias. Si lo que pretendemos es justificar las
misiones a otros mundos, tendremos que encontrar otras razones.
MÁS ALLÁ DE LA DISCUSIÓN sobre ganancias y costes, incluso costes reducidos, debemos
describir también los beneficios, si es que existen. Los defensores de las misiones humanas a
Marte deben clarificar si, a largo plazo, las misiones que allí se dirijan tienen posibilidades de
mitigar alguno de los problemas que nos acucian aquí. Consideremos el conjunto de
justificaciones estándar y decidamos si las consideramos válidas, no válidas o preferimos no
definirnos:

Las misiones humanas a Marte mejorarían de forma espectacular nuestro conocimiento del
planeta, incluyendo la investigación acerca de su vida presente y pasada. Es probable que el
programa incremente nuestra comprensión del entorno de nuestro propio planeta, como se ha
empezado a vislumbrar gracias a las misiones robóticas. La historia de nuestra civilización
demuestra que la búsqueda del conocimiento básico constituye la vía a través de la cual se
han producido los descubrimientos prácticos más significativos. Las encuestas de opinión
sugieren que la argumentación más popular en favor de la «exploración espacial» reside en
«la mejora de los conocimientos». Pero ¿es necesaria la presencia de seres humanos en el
espacio para alcanzar dicho objetivo? Las misiones robóticas, de concedérseles alta prioridad
nacional y estar equipadas con inteligencia mecánica mejorada, me parecen perfectamente
capaces de responder, tan bien como los astronautas, a todas las cuestiones que deseemos
plantearles, y quizá tan sólo por un diez por ciento del coste.

Se aduce también que se producirán efectos secundarios —enormes beneficios tecnológicos


que de otro modo no verían la luz—, gracias a los cuales se incrementará nuestra
competitividad internacional y mejorará nuestra economía doméstica. Pero ése es un
argumento trillado: «Gaste ochenta mil millones de dólares (en dinero contemporáneo) para
enviar a los astronautas del Apolo a la Luna y le obsequiaremos con una estupenda paella
antiadherente». Francamente, si lo que buscamos son paellas, podemos invertir directamente
el dinero y ahorrar casi la totalidad de esos ochenta mil millones de dólares.

El argumento es también engañoso por otras razones, una de las cuales radica en que la
tecnología Teflon de la DuPont se adelantó notablemente a la misión Apolo. Lo mismo ocurre
con el marcapasos cardiaco, el bolígrafo, el velcro y otros supuestos descubrimientos
paralelos del programa Apolo. (En una ocasión tuve oportunidad de hablar con el inventor del
marcapasos cardiaco, quien casi sufre un accidente coronario mientras me describía la
injusticia de lo que él percibió como un intento de la NASA de acaparar el mérito que
correspondía a su persona). Si hay determinadas tecnologías que necesitamos con urgencia,
mejor gastar el dinero preciso para desarrollarlas. ¿Qué falta hace ir a Marte para
conseguirlo?

Como es lógico, resultaría impensable que, con tanta tecnología nueva como requiere la
NASA, no cayera de vez en cuando alguna migaja en la economía general, algunos inventos
útiles aquí en casa. Por ejemplo, el zumo de naranja en polvo denominado Tang fue un
producto del programa espacial tripulado, y también ha habido descubrimientos paralelos en
el ámbito de los aparatos inalámbricos, los desfibriladores cardiacos implantados, los trajes
con refrigeración líquida y la imagen digital, por mencionar unos cuantos. Pero éstos apenas
justifican los viajes tripulados a Marte o la existencia de la NASA.

Podíamos ver el viejo motor del invento jadeando y resoplando en los días del declive de la
Guerra de las Galaxias, en la era Reagan. «Los láser de rayos X movidos por bomba de
hidrógeno en estaciones orbitales de combate contribuirán a perfeccionar la cirugía láser»,
nos vendían. Pero si necesitamos cirugía láser, si se trata de una importante prioridad
nacional, aportemos de todos modos los fondos para desarrollarla. Dejemos aparte la Guerra
de las Galaxias. La justificación por medio de los descubrimientos paralelos constituye un
modo de admitir que el programa no se sostiene por sí solo, que no puede justificarse
mediante el propósito por el que originalmente fue vendido.

En su día estaba bastante extendida la opinión, basada en modelos econométricos, de que por
cada dólar invertido en la NASA se inyectaban muchos dólares en la economía
norteamericana. Si este efecto multiplicador fuera más válido para la NASA que para la mayor
parte de agencias gubernamentales, proporcionaría una potente justificación fiscal y social
para el programa espacial. Los defensores de la NASA no fueron tímidos a la hora de echar
mano de este argumento. No obstante, un estudio de 1994 de la Oficina de Presupuestos del
Congreso reveló que eso era falso. Si bien es cierto que el gasto de la NASA beneficia a
algunos sectores de producción de la economía norteamericana —especialmente a la industria
aeroespacial—, no provoca un efecto multiplicador preferente. Asimismo, mientras el gasto de
la NASA, ciertamente, crea o mantiene puestos de trabajo y ganancias, no lo hace de manera
más eficaz que muchas otras agencias gubernamentales.

Luego está la educación, un argumento que, de vez en cuando, se ha revelado muy atractivo
en la Casa Blanca. Los doctorados en ciencias alcanzaron un punto álgido en algún momento
de la época del Apolo 11 , quizá incluso durante la fase de divulgación, posterior al inicio del
programa. Tal vez no quede demostrada la relación causa-efecto, aunque resulta plausible.
Pero ¿y qué ? Si estamos interesados en mejorar la educación, ¿acaso es viajar a Marte el
camino idóneo para ello? Pensemos en lo que se podría hacer con cien mil millones de dólares
dedicados a formación y salarios para el profesorado, a laboratorios y bibliotecas escolares, a
becas para estudiantes de baja condición económica, a equipos de investigación y ayudas de
posgrado. ¿Realmente es cierto que la mejor manera de promover la educación científica
radica en viajar a Marte?

Otro argumento se basa en que las misiones humanas a Marte proporcionarán ocupación al
complejo militar-industrial, diluyendo la tentación de emplear su considerable músculo
político para exagerar amenazas externas y conseguir el incremento del presupuesto de
defensa. La otra cara de esta particular moneda reside en que, viajando a Marte, mantenemos
una capacidad tecnológica sostenida que podría ser importante en caso de futuras
contingencias militares. Naturalmente, podríamos simplemente pedirles a esos chicos que
hicieran algo directamente útil para la economía civil. Pero, como tuvimos ocasión de
comprobar en los años setenta con los autobuses Grumman y los trenes regionales
Boeing/Vertoil, la industria aeroespacial tiene auténticas dificultades para producir de forma
competitiva para la economía civil. Ciertamente, un tanque puede cubrir 1500 kilómetros al
año y un autobús 1500 kilómetros a la semana, de modo que sus diseños básicos deben ser
distintos. No obstante, al menos en cuestiones de fiabilidad, el Departamento de Defensa
parece ser mucho menos exigente.

La colaboración en el ámbito espacial, como he mencionado anteriormente, se está


convirtiendo en un instrumento de cooperación internacional, por ejemplo en lo que se refiere
al freno a la proliferación de armas estratégicas en naciones que todavía no las poseen. Los
cohetes que dejaron de encargarse a causa del final de la guerra fría podrían ser
provechosamente empleados en misiones a la órbita de la Tierra, la Luna, los planetas,
asteroides y cometas. Pero todo ello puede conseguirse prescindiendo de los viajes tripulados
a Marte.

Se brindan también otro tipo de justificaciones. Una de ellas es que la solución definitiva a los
problemas energéticos del mundo pasa por extraer las reservas de la Luna, devolver a la
Tierra el helio-3 implantado allí por el viento solar y utilizarlo en reactores de fusión. Pero
¿qué reactores de fusión? Aunque eso fuera posible, incluso si resultara rentable, se trata de
una tecnología a cincuenta o cien años vista. Nuestros problemas energéticos deben ser
solucionados a un ritmo menos ocioso.

Todavía más extraño resulta el argumento de que hemos de mandar seres humanos al espacio
para solventar la crisis de la superpoblación. Resulta que cada día nacen nada menos que
250.000 personas más de las que mueren, lo cual significa que tendríamos que lanzar al
espacio 250.000 personas diarias a fin de mantener la población mundial en sus niveles
actuales. Parece que eso queda del todo fuera de nuestras posibilidades actuales.

REVISO LA LISTA Y TRATO de añadir pros y contras, teniendo en cuenta las demás demandas
urgentes que contempla el presupuesto federal. En mi opinión, el razonamiento nos aboca
hacia la pregunta siguiente: ¿puede la suma de gran número de justificaciones
individualmente insuficientes resultar en una justificación suficiente?

No creo que ninguno de los puntos de mi lista de supuestas justificaciones pueda valer de
forma demostrable quinientos mil o incluso cien mil millones de dólares, y a buen seguro no a
corto plazo. Por otra parte, es evidente que la mayoría de ellos valen algo, y si tengo cinco
puntos, cada uno de los cuales pueda valer veinte mil millones de dólares, quizá llegue a los
cien mil. Si lo hacemos bien a la hora de reducir costes y forjar una auténtica cooperación
internacional, las justificaciones adquieren un peso mayor.

Hasta que se haya producido un debate nacional sobre el tema, hasta que tengamos una idea
más clara de la razón de ser y de la relación coste/beneficio de las misiones humanas a Marte,
¿qué debemos hacer? Sugiero que persigamos la investigación y el desarrollo de proyectos
que puedan justificarse por sus propios méritos o por su relevancia para alcanzar otros
objetivos, pero que puedan a la vez contribuir a dichas misiones espaciales, por si más
adelante nos decidimos a ponerlas en marcha. En una agenda así se incluiría:

Encuentro del transbordador y la estación Mir y acoplamiento, en la primera fase de la


cooperación Rusia/Estados Unidos —con otros socios internacionales— para la creación de
una estación espacial internacional. Ilustración de John Frassanito y asociados, cedida por
NASA.

La presencia de astronautas norteamericanos en la estación espacial rusa

Mir

, con el fin de llevar a cabo vuelos conjuntos de duración gradualmente más larga, hasta
alcanzar el objetivo de uno o dos años, el tiempo de vuelo hasta Marte.

Configuración de la estación espacial internacional, de tal modo que su función principal sea
el estudio de los efectos a largo plazo del entorno espacial sobre los seres humanos.

Puesta en marcha prioritaria en la estación espacial internacional de un módulo de «gravedad


artificial» rotatorio o atado para otros animales y posteriormente también para seres
humanos.

Intensificación de los estudios sobre el Sol, incluyendo la distribución de un grupo de sondas


robot en órbita alrededor del mismo, a fin de controlar la actividad solar y proporcionar lo
antes posible aviso a los astronautas acerca de los peligrosos «estallidos solares», eyecciones
masivas de electrones y protones de la corona solar.

Desarrollo multilateral y Estados Unidos/Rusia de la tecnología de cohetes Energiya y Protón


para los programas espaciales norteamericanos e internacionales. Si bien es improbable que
Estados Unidos dependa principalmente de una lanzadera soviética, Energiya proporciona
aproximadamente la misma capacidad propulsora que el Saturn V que mandó a los
astronautas del

Apolo

a la Luna. Estados Unidos dejó morir la línea de montaje del Saturn V, y ahora no resulta fácil
resucitarla. La Protón es la lanzadera de grandes dimensiones más fiable actualmente en
servicio. Y Rusia está deseosa de vender esta tecnología a cambio de moneda firme.

Proyectos conjuntos con la NASDA (agencia espacial japonesa) y la Universidad de Tokio, con
la Agencia Espacial Europea y con la Agencia Espacial Rusa, además de con Canadá y otras
naciones. En la mayoría de los casos deberían establecerse consorcios igualitarios, y que no
fuera Estados Unidos quien insistiera en lanzar las iniciativas. En lo que respecta a la
exploración robótica de Marte, ya están funcionando programas de ese tipo. Para los vuelos
humanos, la principal actividad es claramente la estación espacial internacional. Finalmente,
podríamos incluir la puesta en marcha de programas conjuntos para misiones planetarias
simuladas en el nivel inferior de la órbita terrestre. Uno de los objetivos fundamentales de
estos programas debería ser el desarrollo de una tradición de excelencia técnica cooperativa.

Desarrollo tecnológico —empleando los elementos más avanzados en robótica e inteligencia


artificial— de vehículos espaciales, globos y aviones para la exploración de Marte, y ejecución
de la primera misión internacional de recogida de muestras en dicho planeta. Las naves
espaciales robóticas necesarias pueden probarse en asteroides cercanos a la Tierra y en la
Luna. Las muestras recogidas en regiones de la Luna cuidadosamente seleccionadas pueden
analizarse para determinar su edad, y contribuir de manera fundamental a nuestra
comprensión de la historia primitiva de la Tierra.

Desarrollo de las tecnologías destinadas a fabricar combustible y oxidantes a partir de


materiales de Marte. Una estimación, basada en un prototipo diseñado por Robert Zubrin y
colegas en la Martin Marietta Corporation, apunta que varios kilos de suelo marciano pueden
ser transportados automáticamente a la Tierra utilizando un modesto y fiable lanzador Delta,
y además por cuatro chavos (comparativamente hablando).

Simulaciones en la Tierra de viajes de larga duración a Marte, centradas en el estudio de


potenciales problemas sociales y psicológicos. Enérgico fomento del desarrollo de nuevas
tecnologías, como la velocidad de propulsión constante, para acortar en lo posible el viaje a
Marte; ello puede resultar esencial si se determina que los peligros de la microgravedad o la
radiación hacen demasiado arriesgados los vuelos de un año (o más) de duración.

Estudio intensivo de los asteroides cercanos a la Tierra, que pueden proporcionar mejores
objetivos de escalas de tiempo intermedias que la Luna.

Mayor énfasis en la ciencia, incluyendo las ciencias básicas que subyacen a la exploración del
espacio, y análisis concienzudo de los datos de que ya disponemos, tanto a cargo de la NASA
como por parte de otras agencias espaciales.
Encuentro de dos futuras naves espaciales sobre la superficie lunar. Ilustración de NASA por
Pat Rawlings/SAIC.

Estas recomendaciones no suponen más que una fracción del coste total de una misión
humana con destino a Marte y —extendidas a lo largo de toda una década y llevadas a cabo
conjuntamente con otras naciones— tampoco representan más que una porción de los
actuales presupuestos espaciales. No obstante, en caso de ponerlas en práctica, nos ayudarían
a realizar minuciosas estimaciones de costes y una valoración más ajustada de los peligros y
beneficios.

Nos permitirían, asimismo, mantener un vigoroso progreso en pos de las expediciones


humanas a Marte, sin necesidad de asumir prematuramente compromisos respecto a ningún
tipo de hardware específico para la misión. La mayor parte, tal vez todas esas
recomendaciones, poseen otras justificaciones, aun para el caso de que estuviéramos seguros
de no ser capaces de mandar seres humanos a ningún otro mundo durante las próximas
décadas. Además, el eco constante de los logros que incrementen las posibilidades del viaje
humano a Marte combatiría —al menos en las mentes de muchos— el extendido pesimismo
frente al futuro.
Un vehículo robot diseñado para Marte (primer término) es probado en la superficie de la
Luna. Ilustración de NASA por Pat Rawlings/SAIC.

PERO HAY ALGO MÁS. Existe un conjunto de argumentos menos tangibles, muchos de los
cuales, lo admito sin reservas, me parecen atractivos y resonantes. Los vuelos espaciales
están relacionados con algo muy profundo que albergamos en nuestro interior muchos de
nosotros, si no todos. Una perspectiva cósmica emergente, una mejorada comprensión de
nuestro lugar en el universo, un programa muy notorio que afecta a nuestra visión de nosotros
mismos y que podría clarificar la fragilidad de nuestro entorno planetario, y el peligro y
responsabilidad común de todas las naciones y personas de la Tierra. Asimismo, las misiones
humanas a Marte proporcionarían una perspectiva esperanzadora, rica en aventuras, para los
espíritus viajeros de entre nosotros, especialmente para los jóvenes. Incluso la exploración
indirecta reviste una utilidad social.
Un futuro vehículo de propulsión eléctrica se acerca al planeta Marte. Ilustración de NASA
por Pat Rawlings/SAIC.

Me encuentro una y otra vez, cuando doy conferencias sobre el futuro del programa espacial
—en universidades, empresas y grupos militares, así como organizaciones profesionales—, con
que las audiencias tienen mucha menos paciencia ante los obstáculos prácticos, políticos y
económicos del mundo real de la que tengo yo. Se muestran ansiosos por despejar todos los
impedimentos, por recuperar los días de gloria del Vostok y del Apolo , por que se retome la
cuestión y puedan pisarse de nuevo otros mundos. «Ya lo hemos hecho antes, podemos
hacerlo de nuevo», no cesan de repetir. Pero me prevengo a mí mismo de que las personas
que acuden a este tipo de conferencias suelen ser selectos entusiastas del espacio.

En 1969, menos de la mitad de la población norteamericana opinaba que el coste del


programa Apolo valió la pena. No obstante, con ocasión del vigesimoquinto aniversario del
aterrizaje en la Luna la cifra se había incrementado hasta los dos tercios. A pesar de los
problemas, el 63% de los ciudadanos norteamericanos valoran que la NASA ha llevado a cabo
un trabajo entre bueno y excelente. En lo que se refiere a los costes, el 55% de los
preguntados (de acuerdo con una encuesta de CBS News) se mostraron a favor de que
«Estados Unidos envíen astronautas a explorar Marte». Entre los jóvenes, la cifra alcanzaba el
68%. Me parece que «explorar» es la palabra clave.

No es casual que, a pesar de sus humanos defectos, y de lo moribundo que parece en la


actualidad el programa espacial tripulado (una tendencia que la misión de reparación del
telescopio espacial Hubble puede haber ayudado a invertir), los astronautas y cosmonautas
todavía son unánimemente considerados héroes de nuestra especie. Una científica compañera
mía me contaba un reciente viaje que realizó a la meseta de Nueva Guinea, donde visitó una
tribu todavía en la edad de piedra que apenas había tenido contactos con la civilización.
Ignoraban lo que son los relojes de pulsera, las bebidas refrescantes y los alimentos
congelados. Pero conocían el Apolo 11 . Sabían que los humanos han pisado la Luna. Les eran
familiares los nombres de Armstrong, Aldrin y Collins. Estaban muy interesados en saber
quién está visitando la Luna en nuestros días.

Los proyectos orientados al futuro que, pese a las dificultades políticas que plantean, podrían
completarse en alguna década lejana, constituyen recordatorios permanentes de que va a
haber un futuro. El hecho de poner un pie en otros mundos nos susurra al oído que somos más
que pictos, servios o tongas: somos humanos.

Los vuelos espaciales de exploración colocan las nociones científicas, el pensamiento


científico y el vocabulario científico ante el ojo público. Elevan el nivel general de indagación
intelectual. La idea de que ahora hemos comprendido algo que nunca había captado nadie con
anterioridad, ese regocijo —especialmente intenso para los científicos implicados, pero
perceptible para casi todo el mundo— se propaga en el seno de la sociedad, rebota en sus
muros y regresa a nosotros. Nos estimula a solventar problemas de otros ámbitos, que
tampoco habían hallado nunca solución. Incrementa el grado de optimismo de la sociedad. Da
rienda suelta a esa clase de pensamiento crítico que tanto necesitamos, si queremos resolver
temas sociales hasta ahora intratables. Contribuye a estimular a una nueva generación de
científicos. A mayor presencia de la ciencia en los medios de comunicación —especialmente si
se describen los métodos, las conclusiones y sus implicaciones— más sana es, según mi
parecer, la sociedad. La gente de todas partes siente ansias de comprender.

CUANDO ERA NIÑO, mis sueños más exultantes se centraban en el hecho de volar, pero no
mediante algún tipo de máquina, sino yo solito. Saltaba y saltaba, y poco a poco se iba
elevando mi trayectoria. Cada vez tardaba más en regresar al suelo, hasta que me encontraba
ya tan alto que no volvía a bajar. Luego descendía, como una gárgola en un nicho, sobre la
cúspide de un rascacielos o me posaba suavemente sobre una nube. En el sueño —que debo
haber tenido, en sus múltiples variaciones, al menos un centenar de veces— conseguir alzar el
vuelo requería una determinada propensión mental. Resulta imposible describirlo con
palabras, pero todavía hoy recuerdo cómo iba. Había que desencadenar algo dentro de la
cabeza y en la boca del estómago, y entonces te elevabas únicamente mediante fuerza de
voluntad; surcabas el aire, con las extremidades colgando flaccidamente.

Sé que muchas personas han tenido sueños similares. Quizá la mayoría de la gente. Tal vez
debamos remontarnos diez millones de años atrás, cuando nuestros antepasados saltaban con
elegancia de rama en rama, en los bosques primitivos. El deseo de volar como los pájaros
motivó a muchos de los pioneros de la aviación, incluidos Leonardo da Vinci y los hermanos
Wright. Quizá también eso forme parte del atractivo de los vuelos espaciales.

En órbita alrededor de cualquier mundo o en los vuelos interplanetarios somos literalmente


ingrávidos. Podemos propulsarnos hasta el techo de la nave con un leve impulso desde el
suelo. Podemos ir dando tumbos en el aire siguiendo el largo eje del vehículo espacial. Los
seres humanos experimentamos placer en estado de ingravidez; eso es algo en lo que
coinciden prácticamente todos los astronautas y cosmonautas. Pero como las naves todavía
son pequeñas y los «paseos» espaciales se han realizado con extremada precaución, ningún
ser humano ha podido todavía disfrutar de esta maravilla: autopropulsarnos mediante un
impulso casi imperceptible, sin máquina alguna que nos dirija y sin ataduras, y elevarnos
hacia el cielo, al negro espacio interplanetario. Nos convertiríamos así en un satélite viviente
de la Tierra o en un planeta humano del Sol.
El más excitante, aunque quizá menos probable, resultado de la exploración de Marte: el
descubrimiento de una civilización antigua desconocida. Aquí es desenterrado un globo
terráqueo, tal como era 250 millones de años atrás, con inscripciones jeroglíficas
desconocidas. Pintura de Pat Rawlings; copyright © Pat Rawlings, 1991.

Dos astronautas o cosmonautas se acercan al módulo de aterrizaje Viking 2 en Utopia Planitia,


en Marte. Con la tenue luz del alba es difícil distinguir qué bandera llevan. Tal vez se trate de
la bandera de la Tierra. Ilustración de NASA por Pat Rawlings/SAIC.

La exploración planetaria satisface nuestra inclinación por las grandes empresas, los viajes y
la indagación, que nos ha acompañado desde nuestros días como cazadores y recolectores en
las sabanas del este de África, un millón de años atrás. Por casualidad —pues es posible,
afirmo yo, imaginar muchas marañas de causalidad históricas según las cuales esto no habría
ocurrido—, en nuestra época podemos empezar de nuevo.

La exploración de otros mundos hace uso, precisamente, de las mismas cualidades de audacia,
planificación, cooperación y coraje que encarnan lo más valorado en la tradición militar. Ya no
se trata de aquella noche del lanzamiento de una nave Apolo con destino a otro mundo. Eso
predetermina la conclusión. Basta con ser testigos del despegue, desde una plataforma
adyacente, de unos cuantos F-14, verlos inclinarse graciosamente a izquierda y derecha, arder
sus quemadores auxiliares, y súbitamente hay algo que nos arrebata, al menos a mí. Ningún
tipo de conocimiento acerca de los potenciales abusos que puedan cometer las fuerzas de los
portaaviones consigue afectar a la profundidad de ese sentimiento. Simplemente está
apelando a otra parte de nosotros. No repara en recriminaciones ni consideraciones políticas.
Sólo quiere volar.

«Yo… tenía la ambición no solamente de llegar más lejos de lo que nadie había llegado hasta
entonces —escribió el capitán James Cook, el explorador del Pacífico del siglo XVIII—, sino de
ir tan lejos como le fuera posible a un hombre». Dos siglos más tarde, Yuri Romanenko, de
regreso a la Tierra tras lo que entonces era el viaje espacial más largo de la historia, dijo: «El
cosmos es un imán… Una vez has estado allí, sólo puedes pensar en la manera de volver a él.»

Incluso Jean-Jacques Rousseau, que no era entusiasta de la tecnología, se dio cuenta de ello:

Las estrellas se encuentran muy por encima de nosotros; necesitamos un saber preliminar,
instrumentos y máquinas, que son como tantas inmensas escaleras que nos permiten
acercarnos a ellas y ponerlas al alcance de nuestra comprensión.

«Las posibilidades futuras de los viajes espaciales», escribió el filósofo Bertrand Russell en
1959,

… que ahora están fundamentalmente reservadas a fantasías infundadas, podrían tratarse con
mayor sobriedad sin dejar de ser interesantes y demostrarían, incluso al más intrépido de los
jóvenes, que un mundo sin guerras no tiene que ser necesariamente un mundo carente de
gloriosas aventuras y peligros.[32] Esta clase de competición no tiene límites. Cada victoria
constituye solamente el preludio de otra, y a la esperanza racional no se le pueden poner
fronteras.

A largo plazo, éstas —más que ninguna otra justificación «práctica» de las anteriormente
comentadas— pueden ser las razones que nos impulsen a viajar a Marte y a otros mundos.
Entretanto, el paso más importante que podemos dar hacia Marte estriba en progresar de
manera significativa en la Tierra. Incluso mejoras modestas en lo que respecta a los
problemas sociales, económicos y políticos que tiene planteados en la actualidad nuestra
civilización global podrían liberar enormes recursos, tanto materiales como humanos, para
destinarlos a otras metas.

Hay mucho trabajo doméstico por hacer aquí en la Tierra, y nuestro compromiso debe ser
firme. Pero somos la clase de especie que precisa de una frontera, por razones biológicas
fundamentales. Cada vez que la Humanidad se despereza y da la vuelta a una nueva esquina,
recibe una sacudida de vitalidad productiva que puede impulsarla durante siglos.

Hay un mundo nuevo esperando en la esquina. Y nosotros sabemos cómo llegar a él.
Un cometa choca contra Júpiter. La pieza más grande, el fragmento G, del cometa Shoemaker-
Levy colisionó con Júpiter el 18 de julio de 1994. Imagen del infrarrojo a una longitud de onda
de 2,3 micras, tomada por Peter McGregor con el telescopio de la Universidad Nacional
Australiana en Siding Spring.
Capítulo 17

LA RUTINA DE LA VIOLENCIA INTERPLANETARIA

Es ley de la naturaleza que la Tierra y todos los demás cuerpos deben permanecer en los
puestos que les corresponden, pudiendo ser desplazados de ellos solamente a través de la
violencia.

ARISTÓTELES, Física (384-322 a.J.C.)

HAY UNA ANÉCDOTA CURIOSA EN TORNO a Saturno. Cuando en 1610 Galileo utilizó el
primer telescopio astronómico del mundo para contemplar dicho planeta —por aquel
entonces, el mundo más distante conocido—, descubrió que tenía dos apéndices, uno a cada
lado. Él los comparó con dos «asas». Otros astrónomos los llamaron «orejas». El cosmos
encierra multitud de maravillas, pero un planeta con asas de tinaja es demasiado. Galileo se
fue a la tumba sin que se hubiera resuelto este extraño misterio. A medida que fueron
pasando los años, los observadores se dieron cuenta de que las orejas… bueno, crecían y
menguaban. Finalmente, quedó claro que lo que había descubierto Galileo era un anillo
extraordinariamente delgado que rodea a Saturno por su ecuador, sin tocar el planeta en
ningún punto. Algunos años, debido a las cambiantes posiciones orbitales de la Tierra y
Saturno, se había visto el anillo de perfil y, dada su extremada finura, daba la impresión de
que había desaparecido. Otros años, en cambio, había sido observado más de cara y las
«orejas» parecían más grandes. Pero ¿qué significa que haya un anillo alrededor de Saturno?
¿Un delgado disco sólido, plano, con un agujero en medio para que cupiera el planeta? ¿Cómo
se explicaba una cosa así?

Esta línea de indagación nos lleva rápidamente a las colisiones que despedazan mundos, a dos
peligros notablemente distintos para nuestra especie, y a razonar que —además de por los
motivos ya descritos— para nuestra propia supervivencia es necesario que tomemos
posiciones ahí afuera, entre los planetas.

Hoy sabemos que los anillos (enfáticamente en plural) de Saturno se componen de una vasta
horda de minúsculos mundos, cada uno de ellos en su propia órbita, cada uno ligado a Saturno
por la gravedad del gigantesco planeta. En lo que a sus medidas se refiere, estos retazos de
mundo van desde finas partículas de polvo hasta alcanzar el tamaño de una casa. Ninguno es
lo suficientemente grande como para ser fotografiado, ni siquiera en acercamientos muy
próximos. Espaciados formando un exquisito conjunto de finos círculos concéntricos, algo así
como los surcos de un disco (aunque, en realidad, claro está, tienen forma espiral), los anillos
fueron captados por primera vez en toda su majestuosidad por las dos naves espaciales
Voyager , en sus encuentros exteriores de 1980-1981. En nuestro tiempo, los anillos Art decó
de Saturno se han convertido en un icono del futuro.

En una reunión científica, a fines de los años sesenta, fui requerido para resumir los
problemas más destacados en el ámbito de la ciencia planetaria. Uno, sugerí yo, era la
cuestión de por qué de entre todos los planetas solamente Saturno poseía anillos. Esa, según
puso posteriormente de manifiesto el Voyager , era una cuestión baladí. Los cuatro planetas
gigantes de nuestro sistema solar —Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno— poseen anillos. Pero
en aquel momento nadie lo sabía.
Los anillos de Saturno son más delgados, comparadas con su anchura, que el papel sobre el
que están impresas estas palabras. Si los viéramos exactamente de perfil, casi
desaparecerían. Imagen del Voyager con colores intensificados cedida por JPL/NASA.

Complejo detalle en los cientos de anillos que rodean Saturno. Estos detalles llevan escrita
una historia de catástrofes pasadas. Imagen del Voyager , cedida por JPL/NASA.

Cada sistema de anillos tiene sus características distintivas. El de Júpiter es fino y está hecho
principalmente de partículas oscuras muy pequeñas. Los brillantes anillos de Saturno, por su
parte, se componen básicamente de agua helada; en este caso se observan miles de anillos
separados, algunos retorcidos, con extrañas marcas negruzcas en forma de radio generándose
y disipándose. Los oscuros anillos de Urano parecen estar compuestos de carbono elemental y
moléculas orgánicas, algo así como carbón de leña y hollín; Urano posee nueve anillos
principales, unos pocos de los cuales parecen a veces «respirar», pues se expanden y se
contraen. Los anillos de Neptuno son los más finos de todos, variando tanto en espesor que,
cuando se detectan desde la Tierra, aparecen solamente como arcos y círculos incompletos.
Muchos anillos parecen mantenerse por los tirones gravitatorios de dos lunas errantes, una un
poco más cerca y la otra un poco más lejos del planeta que el anillo. Cada sistema de anillos
presenta, pues, su propia belleza sobrenatural.

¿Cómo se forman los anillos? Una posibilidad son las mareas: si un mundo errante transita
junto a un planeta, el hemisferio más cercano del intruso es más atraído gravitatoriamente por
el planeta que su cara alejada; en caso de que se acerque lo suficiente, si su cohesión interna
fuera baja, puede que se hiciera literalmente añicos. Ocasionalmente podemos contemplar
cómo ocurre eso a los cometas cuando pasan demasiado cerca de Júpiter, o del Sol. Otra
posibilidad, que se puso de manifiesto a partir del reconocimiento efectuado por el Voyager
del sistema solar exterior, es la siguiente: los anillos se forman cuando los mundos colisionan
y las lunas son hechas trizas. Ambos mecanismos pueden haber jugado su papel.

El espacio entre los planetas es atravesado por una esporádica colección de cuerpos errantes,
cada uno de ellos en órbita alrededor del Sol. Algunos son tan grandes como un condado
entero o incluso como un estado, mientras que otros muchos presentan áreas de superficie
comparables a la de un pueblo o ciudad. Se encuentran mayor cantidad de mundos pequeños
que grandes, y la gama llega hasta el ínfimo tamaño de las partículas de polvo. Algunos de
ellos viajan en largas trayectorias elípticas que los llevan periódicamente a cruzar la órbita de
uno o más planetas.

A veces, desafortunadamente, hallan un mundo en su camino. La colisión puede destrozar y


pulverizar a ambos, al intruso y a la luna que sufre el impacto (al menos la zona del territorio
directamente debajo de la explosión). Los escombros resultantes —eyectados de la luna, pero
que no se mueven con la rapidez suficiente como para escapar de la gravedad del planeta—
pueden crear, temporalmente, un nuevo anillo. Éste estará formado por el material que
componía los dos cuerpos que entraron en colisión, pero normalmente contiene en mayor
medida materiales de la luna que del objeto errante que provocó el impacto. Si los cuerpos
que colisionan son mundos helados, el resultado se concretará en anillos de partículas de
hielo; si están formados por moléculas orgánicas, se originarán anillos de partículas orgánicas
(que lentamente serán procesados por la radiación para formar carbono). Toda la masa en los
anillos de Saturno no excede a la que resultaría de la pulverización completa por impacto de
una única luna helada. La desintegración de lunas pequeñas puede, asimismo, ser la causa de
los sistemas de anillos de los otros tres planetas gigantes.
Panorámica de la superficie de un asteroide acercándose al polo norte de Marte. Pintura de
William K. Hartmann.

A menos que se encuentre muy cercana a su planeta, una luna diseminada va reacumulándose
de forma gradual (o al menos lo hace una fracción importante de la misma). Las piezas,
grandes y pequeñas, próximas a la órbita en que se hallaba la luna antes del impacto, se van
reagregando sin orden ni concierto. Lo que antes era un pedazo de núcleo ahora se encuentra
en la superficie y viceversa. La mezcolanza resultante puede tener un aspecto muy original.
Miranda, una de las lunas de Urano, tiene una apariencia desconcertantemente accidentada y
puede haber tenido ese origen.

El geólogo planetario norteamericano Eugene Shoemaker propone que muchas lunas del
sistema solar exterior fueron aniquiladas y formadas de nuevo, no sólo en una, sino en
numerosas ocasiones cada una, a lo largo de los 4500 millones de años desde que el Sol y los
planetas se condensaron a partir de gas y polvo interestelar. La imagen que emerge del
reconocimiento que efectuó el Voyager del sistema solar exterior es la de una serie de
mundos, cuyas plácidas y solitarias vigilias son espasmódicamente interrumpidas por intrusos
del espacio; de colisiones devastadoras de mundos, y de lunas formándose de nuevo a partir
de los escombros, renaciendo como aves fénix a partir de sus propias cenizas.
Versión aerografiada de la luna de Marte, Fobos, que según se cree es un asteroide capturado
del Cinturón Principal. Tiene aproximadamente diez kilómetros de longitud, el tamaño del
mundo que hace 65 millones de años terminó con la era de los dinosaurios en la Tierra.
Cedida por USGS.

No obstante, una luna que vive junto a un planeta no puede volver a formarse si ha sido
pulverizada, pues las mareas gravitatorias del mismo lo impiden. Los escombros resultantes,
una vez diseminados en el interior de los sistemas de anillos, pueden ser muy duraderos, al
menos si lo comparamos con la duración estándar de una vida humana. Tal vez muchas de las
pequeñas e indiscernibles lunas que hoy orbitan a los planetas gigantes evolucionarán un día
hasta formar vastos y hermosos anillos.

Estas ideas se apoyan en la apariencia de gran número de satélites del sistema solar. Fobos, la
luna interior de Marte, presenta un gran cráter denominado Stickney; Mimas, una luna
interior de Saturno, posee también uno de grandes dimensiones llamado Herschel. Estos
cráteres —al igual que los que posee nuestra propia Luna y los que se encuentran por todo el
sistema solar— fueron producidos por colisiones. Un intruso choca contra un mundo más
grande y provoca una inmensa explosión en el punto de impacto. Ésta excava un cráter en
forma de ensaladera y el objeto más pequeño implicado en la colisión queda destruido. Si los
intrusos que formaron los cráteres Stickney y Herschel hubieran sido solamente algo más
grandes, habrían tenido energía suficiente para romper en pedazos Fobos y Mimas. Esas
lunas escaparon por los pelos a las destructivas consecuencias de la bola cósmica de derribos.
Muchas otras no tuvieron tanta suerte.

Cada vez que un mundo recibe un impacto, queda en el espacio un intruso menos; es algo así
como un concurso de demolición a la escala del sistema solar, una guerra de desgaste. El
mismo hecho de que se hayan producido muchas de estas colisiones significa que los pedazos
de mundo errantes se han consumido en una cantidad elevada. Los que viajan en trayectorias
circulares alrededor del Sol, los que no cruzan las órbitas de otros mundos, es poco probable
que lleguen a chocar nunca contra un planeta. Pero los que siguen trayectorias muy elípticas,
los que sí atraviesan las órbitas de otros planetas, tarde o temprano colisionarán o, tras
escapar por los pelos a ese destino, serán eyectados gravitacionalmente fuera del sistema
solar.
La vapuleada y devastada región del polo sur de la Luna. Fotomosaico de la misión
Clementine , cedida por Naval Research Laboratory y USGS.
Terrenos llenos de cráteres en Mercurio. El fenómeno de la craterización es patente en todo el
sistema solar, desde el planeta más interior —aquí— hasta las lunas de los planetas exteriores.
Violentas colisiones debieron de ocurrir de forma rutinaria a lo largo de la historia primitiva
del sistema solar. Fotomosaico del Mariner 10 , cedido por USGS/NASA.
IZQUIERDA: Los cráteres de impacto existen también en algunos lugares de la superficie de
la Tierra, aunque en número enormemente inferior a los de la Luna, dada la eficacia de la
erosión en nuestro planeta. Esta es una vista aérea del cráter de Arizona, formado unos
cuarenta mil años atrás. NASA.

DERECHA: Las cuencas lunares inundadas de lava presentan pocos cráteres, al registrar
solamente los impactos de meteoros que tuvieron lugar una vez solidificada la lava. Cedida
por NASA.
Los cráteres salpican el paisaje lunar en esta imagen de color falso tomada por la nave Galileo
. Cedida por JPL/NASA.

Se tiene prácticamente la certeza de que los planetas se acumularon a partir de pedazos de


mundo que, a su vez, se habían condensado a partir de una gran nube plana de polvo y gas
que rodeaba al Sol, el mismo tipo de nube que hoy se observa alrededor de estrellas jóvenes
cercanas. Así pues, en la historia primitiva del sistema solar, antes de que las colisiones
despejaran el panorama, tuvo que haber muchísimos más mundos de los que hoy podemos
ver.

En realidad, tenemos pruebas inequívocas de ello delante de nuestras propias narices: si


contamos los cuerpos intrusos en el espacio de nuestro vecindario, podemos estimar con qué
frecuencia chocarán con la Luna. Supongamos muy modestamente que la población de
intrusos nunca ha sido más pequeña de lo que es en la actualidad. Podemos entonces calcular
cuántos cráteres debería haber en la Luna. El número que obtenemos resulta ser muy inferior
al número de cráteres que, efectivamente, vislumbramos en las devastadas mesetas de la
Luna. La inesperada profusión de cráteres sobre la Luna nos habla de una época primitiva en
la que el sistema solar atravesaba un período de inusitada agitación, revolviéndose en la
abundancia de mundos con trayectorias de colisión. Y ello tiene perfecto sentido, pues
precisamente se formaron a partir de la agregación de trozos de mundo más pequeños, los
cuales asimismo habían crecido a partir del polvo interestelar. Cuatro mil millones de años
atrás, los impactos lunares eran cientos de veces más frecuentes que hoy; y 4500 millones de
años atrás, cuando los planetas estaban todavía incompletos, las colisiones se producían quizá
mil millones de veces más a menudo que en nuestra sosegada época actual.

El caos pudo haber sido mitigado por muchos más flamantes sistemas de anillos que los que
adornan los planetas en la actualidad. Si éstos poseían en esa época pequeñas lunas, es
posible que la Tierra, Marte y los demás planetas pequeños estuvieran provistos de anillos.

La explicación más satisfactoria en relación con el origen de nuestra propia Luna, basada en
su composición química (revelada por las muestras que aportaron las misiones Apolo),
sostiene que se formó hace casi 4500 millones de años, cuando un mundo del tamaño de
Marte colisionó con la Tierra. Gran parte del manto rocoso de nuestro planeta quedó reducido
a polvo y gas calientes, y salió disparado al espacio. Posteriormente, algunos de los
escombros, en órbita alrededor de la Tierra, fueron reacumulándose gradualmente, átomo por
átomo, roca por roca.[33] Si ese desconocido mundo causante del impacto hubiera sido
solamente un poco más grande, el resultado habría sido la destrucción total de la Tierra.
Puede que en otras épocas hubiera otros mundos en nuestro sistema solar —quizá incluso
mundos con presencia de vida— que sufrieron el impacto de algún endemoniado objeto
celeste, fueron demolidos por completo y no ha quedado de ellos el menor indicio.

Por consiguiente, la imagen del sistema solar primigenio que paulatinamente va dibujándose,
en nada se parece a una solemne procesión de eventos destinados a formar la Tierra. En su
lugar, parece que nuestro planeta se originó y sobrevivió por una afortunada casualidad, en
medio de increíbles escenas de violencia. Nuestro mundo no parece haber sido esculpido por
un maestro en el arte. Una vez más, no existen indicios de un universo hecho para nosotros.

Tal vez el impacto más masivo que haya de sufrir la Tierra en toda su historia se produjo unos
4.500 millones de años atrás, y se cree que formó la Luna. El objeto que impactó tendría
aproximadamente el tamaño de Marte. De haber sido un poco más grande, la Tierra habría
sido destruida por completo. Pintura de William K. Hartmann.
Asteroide 243 del Cinturón Principal, denominado Ida, fotografiado por la nave Galileo el 28
de agosto de 1993. Ida tiene 52 kilómetros de longitud y efectúa una rotación cada 4,6 horas.
Presenta multitud de cráteres a consecuencia de colisiones con otros asteroides más pequeños
del cinturón. En la parte derecha de la imagen asoma su luna. Cedida por JPL/NASA.

El asteroide Ida del Cinturón Principal (arriba) con las lunas de Marte, Deimos (izquierda) y
Fobos (derecha), todo a escala. Cedida por JPL/NASA.

LA PROVISIÓN CADA VEZ MENOR de pedazos de mundo recibe hoy en día distintas
denominaciones: asteroides, cometas, lunas pequeñas. Pero se trata de categorías arbitrarias,
los auténticos trozos de mundo son capaces de quebrar estas clasificaciones concebidas por el
hombre. Algunos asteroides (la palabra significa «parecidos a las estrellas», aunque desde
luego no lo son) son rocosos, otros metálicos y aún hay otros ricos en materia orgánica.
Ninguno supera los mil kilómetros de diámetro. Se alojan principalmente en un cinturón entre
las órbitas de Marte y Júpiter. Los astrónomos pensaban en su día que los asteroides del
«cinturón principal» eran los restos de un mundo demolido, pero, tal como he descrito, hoy
parece estar más en boga otra idea: el sistema solar estuvo una vez lleno de mundos similares
a los asteroides, algunos de los cuales formaron los planetas. Únicamente en el cinturón de
asteroides, cerca de Júpiter, las mareas gravitatorias de este planeta más masivo impidieron
que los escombros adyacentes se unieran para formar un mundo nuevo. Los asteroides, en
lugar de representar a un mundo que alguna vez existió, parecen ser los bloques constructivos
de un mundo destinado a no existir nunca.

De tamaño inferior a un kilómetro puede que existan varios millones de asteroides, pero en
ese enorme volumen de espacio interplanetario, incluso esa cantidad es demasiado
insignificante para plantear un peligro serio a las naves espaciales de camino hacia el sistema
solar exterior. Los primeros asteroides del cinturón principal, Gaspra e Ida, fueron
fotografiados, en 1991 y 1993 respectivamente, por la nave Galileo en su sinuoso viaje a
Júpiter.

Los asteroides del cinturón principal suelen, en su mayor parte, quedarse en casa. Para
investigarlos, estamos obligados a ir a visitarlos, tal como hizo Galileo . Los cometas, por su
parte, acuden en ocasiones a hacernos una visita, como hizo el cometa Halley muy
recientemente, en 1910 y 1986. Los cometas están compuestos básicamente de hielo, además
de roca y material orgánico en cantidades mucho menores. Cuando se calientan, el hielo se
vaporiza formando las largas y hermosas colas, desplazadas hacia atrás por el viento solar y la
presión de la luz del Sol. Tras pasar varias veces junto al Sol, el hielo se ha evaporado por
completo, dejando en ocasiones tras de sí un mundo muerto de roca y materia orgánica. Otras
veces las partículas que quedan, habiendo desaparecido el hielo que las mantenía unidas, se
esparcen por la órbita del cometa, generando un sendero de escombros alrededor del Sol.

Imagen tomada por la nave Galileo del asteroide 951, Gaspra, del Cinturón Principal, visitado
durante la larga trayectoria rizada de la nave hacia Júpiter. Cedida por JPL/NASA.

Cada vez que un fragmento de masa cometaria del tamaño de un grano de arena penetra en la
atmósfera de la Tierra a gran velocidad, se quema, produciendo una momentánea estela de
luz que los observadores terrestres denominan meteorito esporádico o bien «estrella fugaz».
Algunos cometas que están desintegrándose poseen órbitas que cruzan la de la Tierra. Por
ello, cada año, la Tierra, en su permanente circunnavegación del Sol, se sumerge también en
cinturones de escombros cometarios orbitales. Tenemos entonces ocasión de presenciar una
lluvia de meteoros, o incluso una tormenta de meteoros, durante la cual los cielos
resplandecen con las partes del cuerpo de un cometa. Por ejemplo, la lluvia de meteoros
Perseidas, que puede observarse cada año hacia el 12 de agosto, procede de un cometa
moribundo llamado Swift-Tuttle. Pero la belleza de una lluvia de meteoros no debe llamarnos
a engaño: hay un continuo que conecta a esos resplandecientes visitantes de nuestros cielos
nocturnos con la destrucción de mundos.

Gaspra comparado con el sistema de autopista de Los Ángeles. Cedida por JPL/NASA.

Algunos asteroides sueltan de vez en cuando pequeñas emanaciones de gas o incluso forman
temporalmente una cola, lo cual sugiere que se hallan en fase de transición entre la condición
de cometa y asteroide. Algunas lunas pequeñas que giran alrededor de los planetas son
probablemente cometas o asteroides capturados; las lunas de Marte y los satélites exteriores
de Júpiter pueden pertenecer a esta categoría.
Dos vistas del núcleo del cometa Halley. El núcleo es muy oscuro y está recubierto de materia
orgánica. Chorros de vapor de agua y de finas partículas brotan de su superficie, donde serán
moldeados por la presión de la luz solar y por el viento solar hasta formar una magnífica cola.
El cometa Halley tiene también unos diez kilómetros de diámetro, el tamaño del cuerpo que
impactó en el cretáceo-terciario. Imágenes de la cámara multicolor Halley a bordo de la nave
Giotto , de la Agencia Espacial Europea. Cedida por ESA.

La gravedad se encarga de pulir cualquier cosa que sobresalga demasiado. Pero solamente en
cuerpos muy grandes resulta suficiente como para provocar el colapso de montañas y otras
proyecciones bajo su propio peso, redondeando los contornos del mundo en cuestión. Y
verdaderamente, cuando contemplamos sus formas, casi siempre nos encontramos con que los
pedazos de mundo de pequeñas dimensiones son deformes, irregulares, en forma de patata.

HAY ASTRÓNOMOS CUYA IDEA de lo que es pasar un buen rato consiste en permanecer en
vela hasta el amanecer de una fría noche sin luna, tomando fotos del cielo, el mismo cielo que
fotografiaron el año anterior… y también el anterior a ése. «Si ya les había salido bien la
última vez, ¿por qué lo repiten?», podríamos preguntarnos. La respuesta es que el cielo
cambia. En cualquier año dado puede haber cuerpos celestes completamente desconocidos,
nunca vistos hasta entonces, que se acerquen a la Tierra, y que pueden ser espiados por esos
pertinaces observadores.

El 25 de marzo de 1993, un grupo de cazadores de cometas y asteroides, contemplando la


cosecha fotográfica de una noche intermitentemente nubosa en el monte Palomar, en
California, descubrieron en la película una pálida mancha alargada. Se encontraba cerca de
un objeto muy brillante en el cielo, el planeta Júpiter. Carolyn y Eugene Shoemaker y David
Levy pidieron entonces a otros observadores que le echaran un vistazo. La mancha resultó ser
algo asombroso: unos veinte pequeños objetos brillantes orbitando alrededor de Júpiter, uno
detrás de otro, como perlas en un collar. Colectivamente reciben el nombre de cometa
Shoemaker-Levy 9 (ésta es la novena ocasión en que estos colaboradores descubren juntos un
cometa periódico).
Observaciones de los componentes del cometa Shoemaker-Levy 9 efectuada en la primavera y
el verano de 1993. A medida que pasa el tiempo, los fragmentos, aunque confinados en la
misma órbita, van separándose unos de otros. Cedida por David Jewett, Universidad de Hawai.

No obstante, llamar cometa a esos objetos puede inducir a equívoco. Había todo un enjambre
de los mismos, probablemente los fragmentados restos de un solo cometa que hasta ahora no
ha sido descubierto. Orbitó en silencio alrededor del Sol durante cuatro mil millones de años
antes de pasar demasiado cerca de Júpiter y ser capturado, posiblemente unas cuantas
décadas atrás, por la gravedad del planeta más grande del sistema solar. El 7 de julio de 1992
fue despedazado por las mareas gravitatorias del mismo.

Debemos conceder que la cara interior de un cometa de estas características sería atraída
hacia Júpiter con algo más de fuerza que la exterior, pues lógicamente la primera se halla más
cercana al planeta que la segunda. La diferencia del tirón es ciertamente pequeña. Nuestros
pies se encuentran algo más cerca del centro de la Tierra que nuestra cabeza, pero ello no es
motivo para que la gravedad de la Tierra nos rompa en pedazos. Para que la marea ocasionara
tal grado de destrucción, el cometa original debía de estar muy débilmente cohesionado.
Pensamos que antes de la fragmentación era una masa muy poco compacta de hielo, roca y
materia orgánica, de unos diez kilómetros de diámetro, aproximadamente.

La órbita de este cometa destruido pudo determinarse con gran precisión. Entre el 16 y el 22
de julio de 1994 todos los fragmentos cometarios, uno tras otro, colisionaron con Júpiter. Las
piezas más grandes tenían al parecer unos pocos kilómetros de diámetro. Sus impactos contra
dicho planeta fueron espectaculares.

Nadie sabía de antemano qué efectos iban a tener sobre la atmósfera y las nubes de Júpiter
esos múltiples impactos. Tal vez los fragmentos cometarios, rodeados de halos de polvo, eran
mucho más pequeños de lo que parecían. O quizá ni siquiera eran cuerpos cohesionados, sino
que presentaban una mínima consistencia, algo así como un montón de gravilla con todas sus
partículas viajando juntas por el espacio en órbitas prácticamente idénticas. Si alguna de
estas posibilidades era cierta, Júpiter se tragaría los fragmentos sin dejar rastro. Otros
astrónomos defendían la opinión de que, como mínimo, iban a formarse resplandecientes
bolas de fuego y penachos gigantescos cuando los fragmentos cometarios se sumergieran
dentro de la atmósfera del planeta. Y aun otro grupo sugería que la densa nube de finas
partículas que acompañaba los fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9 hacia el planeta
Júpiter destruiría su magnetosfera o bien formaría un nuevo anillo.

Se calcula que un cometa de estas dimensiones debe impactar con Júpiter solamente una vez
cada mil años. No se trataba del acontecimiento astronómico de una vida, sino de una docena.
Desde la invención del telescopio no ha ocurrido nada de tal envergadura. De modo que, a
mediados de julio de 1994, en un esfuerzo científico internacional muy bien coordinado,
telescopios de toda la Tierra y también del espacio enfocaron Júpiter.

Los astrónomos tardaron más de un año en prepararse. Se efectuó una estimación de la


trayectoria de los fragmentos en su órbita alrededor de Júpiter y se descubrió que todos ellos
iban a chocar con el planeta. Se refinaron también las predicciones en cuanto al momento en
que el evento debía producirse. La decepción fue grande cuando los cálculos revelaron que
todos los impactos tendrían lugar en el hemisferio nocturno de Júpiter, la cara invisible desde
la Tierra (aunque accesible a las naves Galileo y Voyager en el sistema solar exterior).
Felizmente, no obstante, todas las colisiones se producirían sólo pocos minutos antes del
amanecer joviano, antes de que la zona impactada fuera trasladada por la rotación de Júpiter
hasta la línea visual desde la Tierra.

Los fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9, vistos por el telescopio espacial Hubble ,
incrustados en una nube de polvo esparcida por el cometa. Cedida por H. A. Weaver y T. E.
Smith, Space Telescope Science Institute/NASA.

Llegó y pasó el momento calculado para el impacto de la primera pieza, el fragmento A. No


hubo informes de los telescopios basados en la Tierra. Los científicos planetarios
contemplaban con creciente desaliento un monitor de televisión que reproducía los datos
transmitidos por el telescopio espacial Hubble al Instituto de Ciencias Telescópicas de
Baltimore. No se veía nada anormal. Los astronautas del transbordador dejaron
momentáneamente de lado la reproducción de las moscas de la fruta, de los peces y de las
salamandras para observar Júpiter a través de sus binoculares. Según informaron, no
percibían nada extraño. El impacto del milenio empezaba a adquirir visos de fiasco
monumental.

De pronto se recibió un informe del telescopio óptico de La Palma, en las islas Canarias,
seguido de varios avisos procedentes de un radiotelescopio en Japón; también llegaron
noticias del observatorio Europeo del Sur, en Chile, así como de un instrumento de la
Universidad de Chicago, ubicado en los helados páramos del polo sur. En Baltimore, los
jóvenes científicos que se agolpaban alrededor del monitor de televisión —siendo ellos mismos
retransmitidos por las pantallas de la CNN— comenzaron a percibir algo y, además, en el
lugar indicado de Júpiter. La consternación se tornó en perplejidad y luego en alborozo.
Estaban como locos de contento, chillando y saltando sin parar. Amplias sonrisas se
extendieron por la sala. Descorcharon el champán. Se trataba de un grupo de jóvenes
científicos americanos —de aspecto tan sano como los integrantes del coro de una iglesia, y
siendo mujeres alrededor de un tercio de los mismos, incluyendo a la líder del equipo, Heidi
Hammel—, pero viéndolos, cabría imaginar a jóvenes de todo el mundo pensando que ser
científico debe de ser divertido, una buena profesión o, incluso, una vía de realización
espiritual.

De casi todos los fragmentos, los observadores situados en algún punto de la Tierra vimos
elevarse la bola de fuego, tan rápido y tan alto, que pudo ser contemplada a pesar de que la
zona de impacto quedaba todavía en el lado oscuro de Júpiter. Los penachos ascendían y luego
se aplanaban, quedando en forma de tortas. Percibimos también ondas gravitatorias y de
sonido, extendiéndose a partir del punto de impacto, así como, en el caso de los fragmentos
más grandes, un parche descolorido que alcanzaba la dimensión de la Tierra.

Chocando contra Júpiter a sesenta kilómetros por segundo (210.000 kilómetros por hora), los
fragmentos grandes convirtieron su energía cinética parcialmente en ondas de choque y
parcialmente en calor. La temperatura en la bola de fuego fue estimada en miles de grados.
Algunas de las bolas y penachos de fuego resplandecían más que todo el resto del planeta
Júpiter.

¿Cuál podía ser la causa de las manchas oscuras que quedaban tras el impacto? Podría
tratarse de materia de las nubes profundas de Júpiter —de la región generalmente no visible
para los observadores terrestres— que emergió y se extendió. No obstante, los fragmentos no
parecen haber penetrado a tanta profundidad. O quizá las moléculas responsables de las
manchas se hallaran en los fragmentos cometarios desde el principio. Gracias a las misiones
soviéticas Vega 1 y 2 y a la misión Giotto de la Agencia Espacial Europea —ambas con destino
al cometa Halley— sabemos que los cometas pueden estar compuestos hasta en una cuarta
parte por moléculas orgánicas complejas. Ellas son la causa de que el núcleo del cometa
Halley sea completamente negro. Si una parte de la materia orgánica cometaria sobrevivió a
los sucesos de impacto, puede que fuera responsable de la mancha. O, finalmente, la mancha
podría ser debida a materia orgánica no suministrada por los fragmentos cometarios que
impactaron, sino sintetizada por sus ondas de choque a partir de la atmósfera de Júpiter.

La pieza más grande, el fragmento G del cometa Shoemaker-Levy 9 colisiona con Júpiter. El
penacho y el anillo de gas caliente que la rodean son vistos en luz azul en esta imagen en
color falso del infrarrojo. Cedida por Peter McGregor y Mark Allen, telescopio de la
Universidad Nacional Australiana en Siding Spring.
Dos imágenes de Júpiter tomadas el 17 de julio de 1994, a la izquierda con luz violeta y a la
derecha con luz ultravioleta. Las tres manchas oscuras que aparecen en el hemisferio sur son
los lugares de colisión de los fragmentos C, A y E, contando de izquierda a derecha, del
Shoemaker-Levy 9. Con luz violeta, estas tres manchas oscuras son aproximadamente del
tamaño de la Tierra. Con luz ultravioleta son considerablemente más grandes. Las manchas
pueden ser debidas a moléculas orgánicas complejas llevadas hasta Júpiter por el cometa o
bien generadas en la atmósfera joviana por las ondas de choque del mismo. Nótense los
casquetes polares con violeta oscuro y ultravioleta, causados probablemente por moléculas
orgánicas complejas generadas por electrones que penetran en la atmósfera de los polos
desde la magnetosfera de Júpiter. Las trazas brillantes que aparecen en los polos son auroras
jovianas. Imágenes obtenidas por la cámara planetaria 2 de amplio campo del telescopio
espacial Hubble . Cedida por John Clarke, Universidad de Michigan, y NASA.

La colisión de los fragmentos del cometa Shoemaker-Levy 9 con Júpiter fue presenciada en
siete continentes. Incluso los astrónomos aficionados con telescopios pequeños pudieron
contemplar los penachos y la subsiguiente decoloración de las nubes jovianas. Al igual que los
eventos deportivos son cubiertos desde todos los ángulos por cámaras de televisión
distribuidas por el campo de juego y también desde un dirigible que lo sobrevuela, seis naves
espaciales de la NASA desplegadas por el sistema solar, con diferentes especialidades
observacionales, registraron esta nueva maravilla: el telescopio espacial Hubble , el
International Ultraviolet Explorer , y el Extreme Ultraviolet Explorer en la órbita terrestre; la
nave Ulysses , robando tiempo a su investigación del polo sur del Sol; Galileo , de camino a su
propio encuentro con Júpiter y el Voyager 2 , situado ya mucho más allá de Neptuno, en su
trayectoria hacia las estrellas. A medida que se van acumulando y analizando datos, nuestros
conocimientos acerca de los cometas, de Júpiter y de las violentas colisiones de los mundos
deberían mejorar de forma sustancial.
Impactos de los fragmentos A y C del cometa Shoemaker-Levy 9 sobre Júpiter (abajo a la
izquierda). Esta imagen fue tomada por el observatorio Keck, en Hawai, que posee el
telescopio óptico más grande del mundo.

Un componente del cometa Shoemaker-Levy 9 impacta en la atmósfera de Júpiter, elevando


una bola de fuego desde sus profundidades. Pintura de Don Davis.
Para muchos científicos —pero especialmente para Carolyn y Eugene Shoemaker y David Levy
— había algo conmovedor en ese salto de los fragmentos cometarios, uno detrás del otro, a
una muerte segura en Júpiter. Habían vivido con ese cometa, por decirlo de alguna manera,
durante dieciséis meses, lo habían visto descomponerse, y habían contemplado cómo sus
trozos, envueltos en nubes de polvo, jugaban al escondite y se diseminaban por sus órbitas. En
cierto modo, cada fragmento tenía su propia personalidad. Ahora todos ellos se han
desvanecido, convertidos en moléculas y átomos en las capas altas de la atmósfera del planeta
más grande del sistema solar. En cierto modo sentimos pesar por ellos. Pero también
aprendemos de sus valientes muertes. Nos reconforta saber que quedan todavía cientos de
billones de ellos en el rico tesoro de mundos que representa el Sol.

HAY UNOS DOSCIENTOS ASTEROIDES CONOCIDOS, cuyas trayectorias los llevan cerca de
la Tierra. Son debidamente llamados «asteroides cercanos a la Tierra». Su apariencia
detallada (como la de sus primos del cinturón de asteroides) indica de forma inmediata que
son productos de una violenta historia colisional. Muchos de ellos pueden ser los fragmentos y
restos de pedazos de mundo que habían sido más grandes.

Con algunas excepciones, los asteroides cercanos a la Tierra tienen solamente unos pocos
kilómetros de diámetro o ni siquiera llegan a eso, y tardan entre uno y unos pocos años en
efectuar su circuito alrededor del Sol. Un veinte por ciento de los mismos tienen posibilidades
de colisionar tarde o temprano con nuestro planeta, con consecuencias devastadoras. (Pero en
astronomía, la expresión «tarde o temprano» puede abarcar hasta miles de millones de años).
La aseveración atribuida a Cicerón de que «nada casual o fruto del azar» puede encontrarse
en un cielo absolutamente ordenado y regular constituye un profundo error. Incluso hoy, tal
como nos recuerda el encuentro del cometa Shoemaker-Levy con Júpiter, se produce
rutinariamente violencia interplanetaria, aunque no a la escala que marcó la historia primitiva
del sistema solar.

Una muestra de alguno de los dos mil asteroides más grandes cuyas órbitas cruzan la de la
Tierra. Las órbitas de Mercurio, Venus, la Tierra, Marte y Júpiter aparecen en rojo. Tarde o
temprano algunos de estos objetos celestes deberán colisionar con la Tierra. Diagrama cedido
por JPL/NASA.
Al igual que los asteroides del cinturón principal, muchos asteroides cercanos a la Tierra
están hechos de roca. Algunos son fundamentalmente de metal, y se ha sugerido que llevar
uno de esos asteroides a orbitar la Tierra y explotar su minería de forma sistemática podría
reservarnos una enorme recompensa, una montaña de metal de elevada pureza flotando a
unos cientos de kilómetros sobre nuestras cabezas. Ya sólo el valor de los metales del grupo
del platino que podría contener uno de esos mundos se ha estimado en varios billones de
dólares, si bien está claro que su precio de mercado caería en picado, si aumentara de forma
espectacular la oferta de este tipo de materiales. Se están estudiando métodos para extraer
metales y minerales de los asteroides que lo permitan; por ejemplo, por John Lewis, un
científico planetario de la Universidad de Arizona.

Algunos asteroides cercanos a la Tierra son ricos en materia orgánica, aparentemente


preservada desde los mismos comienzos del sistema solar. Steven Ostro, del Laboratorio de
Propulsión a Chorro, ha descubierto que algunos de esos asteroides son dobles, dos cuerpos
en contacto. Tal vez un mundo más grande se partiera en dos al pasar a través de las fuertes
mareas gravitatorias de un planeta como Júpiter; más interesante todavía es la posibilidad de
que dos mundos en órbitas similares sufrieran una leve colisión y quedaran pegados. Ese
proceso pudo ser clave en la formación de los planetas y también de la Tierra. Al menos uno
de los asteroides conocidos (Ida, visto por la nave Galileo ) tiene su pequeña luna propia.
Cabría suponer que dos asteroides en contacto y dos asteroides orbitándose el uno al otro
poseen orígenes relacionados.

Molares volantes no identificados: aquí, en modelo computerizado, el asteroide cercano a la


Tierra 4769 Castalia rotando alrededor de un eje vertical. El modelo se basa en los datos del
radar de Arecibo, obtenido por Steven Ostro, del JPL, y sus compañeros en 1989, cuando el
asteroide se encontraba a 5,6 millones de kilómetros de distancia. Con una resolución mayor
se verían sin duda multitud de cráteres en su superficie. Puede que se formara cuando un
asteroide se precipitó sin demasiada fuerza sobre otro, un proceso que podría arrojar luz
sobre el origen de los planetas. Cedida por JPL/NASA.

En ocasiones, se oye decir que un asteroide ha efectuado un «escape por los pelos». (¿Por qué
lo llamamos «escape» cuando queremos decir «choque»?). Pero entonces leemos con mayor
atención y resulta que lo más que se acercó a la Tierra fue a una distancia de cientos de miles
o millones de kilómetros. Eso no cuenta, es demasiado lejos, incluso más que la Luna. Si
dispusiéramos de un inventario de todos los asteroides cercanos a la Tierra, incluyendo los
que son considerablemente más pequeños que un kilómetro de diámetro, podríamos proyectar
sus órbitas en el futuro y predecir cuáles resultan potencialmente peligrosos para nosotros.
Más grandes que un kilómetro de diámetro se estima que hay unos dos mil, de los cuales
solamente hemos observado un reducido porcentaje. Mas grandes que cien metros de
diámetro puede haber quizá unos doscientos mil.

Los asteroides cercanos a la Tierra llevan nombres mitológicos evocativos: Orfeo, Hator,
Icaro, Adonis, Apolo, Cerbero, Kufu, Amor, Tántalo, Atena, Midas, RaSalom, Faetón, Tutatis,
Quetzalcóatl. Unos cuantos ofrecen un potencial exploratorio especial, por ejemplo Nereo. En
general, resulta mucho más fácil llegar a ellos y volver que ir y regresar de la Luna. Nereo, un
mundo minúsculo de cerca de un kilómetro de diámetro, es uno de los más accesibles.[34]

Supondría una auténtica exploración de un mundo verdaderamente nuevo.

Algunos seres humanos (todos ellos de la antigua Unión Soviética) ya han vivido en el espacio
durante periodos superiores al tiempo que exigiría un viaje de ida y vuelta a Nereo. La
tecnología de cohete necesaria para llevarlo a cabo existe ya. Se trata de un paso mucho más
pequeño del que representaría viajar a Marte, o incluso, en ciertos aspectos, volver a la Luna.
Sin embargo, si algo saliera mal, no podríamos regresar a la Tierra para ponernos a salvo en
unos pocos días. En ese aspecto, su nivel de dificultad se sitúa en algún punto entre el viaje a
Marte y el viaje a la Luna.

De las muchas posibles misiones futuras a Nereo, hay una que tarda diez meses en llegar
desde la Tierra, pasa treinta días allí y luego requiere solamente tres semanas para regresar a
casa. Podríamos visitar Nereo con robots o bien, si nos lo proponemos, con humanos.
Podríamos examinar la forma, constitución, interior, historia pasada, composición química
orgánica, evolución cósmica y posible relación con cometas de este pequeño mundo.
Podríamos también traer muestras del mismo para analizarlas a placer en los laboratorios de
la Tierra. Podríamos investigar si contiene realmente recursos de valor comercial —metales o
minerales—. Si es que de verdad hemos de enviar alguna vez seres humanos a Marte, los
asteroides cercanos a la Tierra proporcionan un objetivo intermedio conveniente y apropiado
para probar los protocolos de equipamiento y exploración, al mismo tiempo que estudiamos
un pequeño mundo desconocido, prácticamente, por completo. Sería una manera de calentar
de nuevo los motores, cuando estemos dispuestos a enfilar otra vez el océano cósmico.
La época del periodo geológico del cretáceo concluye: un asteroide o cometa de diez
kilómetros de diámetro choca contra la Tierra, cerca de lo que hoy corresponde a la península
del Yucatán. Todos los dinosaurios y el setenta y cinco por ciento de las restantes especies que
habitaban nuestro planeta se extinguen a consecuencia del suceso. Pintura de Don Davis.
Capítulo 18

EL PANTANO DE CAMARINA

Ya es tarde para hacer mejoras ahora. El universo está concluido; la clave está en su sitio, y se
han llevado en carro los escombros hace un millón de años.

HERMAN MELVILLE, Moby Dick, cap. 2 (1851)

CAMARINA ERA UNA CIUDAD DEL SUR de Sicilia, fundada por colonos de Siracusa en el año
598 a J.C. Al cabo de una o dos generaciones, se vio amenazada por una epidemia de peste,
incubada, según sostenían algunos, en un pantano adyacente. (Aunque, ciertamente, la teoría
de la enfermedad por gérmenes no era aceptada de manera general, ya se apuntaban algunos
indicios; por ejemplo, el aportado por Marcus Varro en el siglo 1 a. J.C, quien había advertido
explícitamente en contra de construir ciudades en las proximidades de pantanos, «pues son
caldo de cultivo de unas criaturas diminutas que nuestros ojos no pueden ver, pero que flotan
en el aire y penetran en el cuerpo por la boca y la nariz, causando graves infecciones»). Un
serio peligro acechaba, pues, a la ciudad de Camarina. Por ello se hicieron planes para drenar
el pantano. Sin embargo, al consultar al oráculo, éste prohibió que se llevara a término tal
resolución, aconsejando en su lugar paciencia. Pero como había vidas en juego, se decidió
ignorar al oráculo y abordar el drenaje de la ciénaga. Pronto pudo contenerse la epidemia.
Desgraciadamente ya era demasiado tarde cuando los habitantes de Camarina se dieron
cuenta de que el pantano los había protegido hasta entonces de sus enemigos, entre los cuales
debían contarse ahora sus primos, los ciudadanos de Siracusa. Como sucedería en América
2300 años después, los colonos se habían peleado con la madre patria. En el año 552 a. J.C,
las fuerzas de Siracusa cruzaron las tierras secas, antes inundadas por el lodo, masacraron a
hombres, mujeres y niños y arrasaron la ciudad. El pantano de Camarina se convirtió en un
símbolo de cómo es posible que por eliminar un peligro se cree otro mucho peor.
Un objeto interplanetario, probablemente un fragmento de cometa, se precipita a través de la
atmósfera de la Tierra, desintegrándose antes de alcanzar su superficie. (Se observan muchas
estrellas distantes. Por casualidad, la bola de fuego pasa directamente por delante de una
galaxia espiral distante). Los objetos de impacto del grupo de los de cien metros de diámetro y
más grandes constituyen una amenaza para nuestra civilización global. Fotografía de David
Malin, cedida por Anglo-Australian Observatory.

LA COLISIÓN DEL CRETACEO-TERCIARIO (o colisiones, ya que pudo haber más de una)


ejemplifica el peligro que representan los cometas y asteroides. A consecuencia de dicho
impacto un fuego de dimensiones mundiales redujo a cenizas la vegetación por todo el
planeta; una nube de polvo estratosférica oscureció el cielo, hasta tal punto que las plantas
supervivientes tuvieron dificultades para seguir viviendo de la fotosíntesis; las temperaturas
se tornaron gélidas en toda la Tierra, que se vio afectada por lluvias torrenciales de ácidos
cáusticos, por una reducción masiva de la capa de ozono y, para colmo, cuando nuestro
mundo se había curado ya de tantas agresiones, sufrió un prolongado calentamiento a causa
del efecto invernadero (pues, al parecer, el impacto principal volatilizó una profunda capa de
carbonatos sedimentarios, liberando al aire enormes cantidades de anhídrido carbónico). No
fue pues una catástrofe individual, sino un desfile de catástrofes, una concatenación de
horrores. Los organismos que habían quedado debilitados por uno de los desastres
sucumbieron al siguiente. No sabemos si nuestra civilización actual sobreviviría a una colisión
de este tipo, aunque fuera considerablemente menos enérgica.

Al existir muchos más asteroides pequeños que grandes, por lo general las colisiones con la
Tierra serán causadas por los primeros. Pero cuanto más tiempo estemos dispuestos a
esperar, más devastador puede ser el impacto. Por término medio, una vez cada pocos cientos
de años la Tierra es alcanzada por un objeto de unos setenta metros de diámetro; la energía
liberada a consecuencia de la colisión equivale a la explosión del arma nuclear más potente
que nunca se haya lanzado. Cada diez mil años nos golpea un objeto de doscientos metros,
que podría provocar serias consecuencias climáticas regionales, y cada millón de años se
produce el impacto de un cuerpo de más de dos kilómetros de diámetro, equivalente a casi un
millón de megatones de TNT, una explosión que desencadenaría una catástrofe global,
eliminando a una porción significativa de la especie humana (a menos que se tomaran
precauciones sin precedentes). Un millón de megatones de TNT corresponden a cien veces la
potencia explosiva de todas las armas nucleares que hay sobre el planeta, detonadas de forma
simultánea. Y, dejando pequeña incluso a esa hecatombe, dentro de unos cien millones de
años cabe esperar un suceso similar al del cretáceo-terciario, el impacto de un mundo de diez
kilómetros de diámetro o aun mayor. La potencia destructiva latente en un asteroide cercano
de grandes dimensiones pone en ridículo a cualquier artefacto que pueda inventar la especie
humana. Como demostraron por primera vez el científico planetario americano Christopher
Chyba y sus colaboradores, los asteroides o cometas pequeños, de algunas decenas de metros
de diámetro, se rompen y carbonizan al penetrar en nuestra atmósfera. Comparativamente, la
alcanzan con relativa frecuencia, pero no producen daños significativos. Tenemos alguna idea
de con qué asiduidad penetran en la atmósfera de la Tierra, gracias a una serie de datos no
clasificados del Departamento de Defensa, obtenidos por satélites especiales que controlan
permanentemente nuestro planeta, en busca de explosiones nucleares clandestinas. Parece
que en el transcurso de los últimos veinte años se han producido impactos de cientos de
pequeños fragmentos de mundo (y al menos uno de un cuerpo más grande). No causaron
daños, pero debemos estar muy seguros de que somos capaces de distinguir entre la colisión
de un pequeño cometa o asteroide y una explosión nuclear en la atmósfera.

La Tierra poco después del impacto de un asteroide o cometa de diez kilómetros, como el que
tuvo como consecuencia la extinción de la mayoría de especies vivas 65 millones de años
atrás. En esta concepción artística, el impacto se produce en la costa este de los Estados
Unidos, en las proximidades de Washington D.C. El cráter de impacto está empezando a
llenarse de agua de la bahía de Chesapeake. El suceso desencadena incendios por toda la
Tierra. Pintura de Don Davis.
Qué nivel de daño producen los asteroides según su tamaño y con qué frecuencia chocan
contra la Tierra. Este diagrama, elaborado por Clark R. Chapman, del Planetary Sciences
Institute de Tucson, Arizona, y por David Morrison, del Ames Research Center de la NASA,
resume el nivel actual de conocimientos al respecto. Hay que interpretarla de la siguiente
manera: consideremos el punto marcado por el suceso de «Tunguska», un objeto que penetró
en la atmósfera de la Tierra sobre Siberia en el año 1908. Mientras se descomponía antes de
excavar un cráter en el suelo, tuvo la suficiente potencia como para arrasar bosques y ser
detectado en medio mundo. Un suceso como el de Tunguska pudo ser provocado por un
asteroide de cincuentra metros de diámetro y pudo liberar una energía equivalente a diez
megatones de TNT, la potencia de una arma nuclear contemporánea bastante fuerte, pero no
la más potente. Sobre el eje vertical se aprecia que cabe esperar un impacto de la importancia
del de Tunguska una vez cada pocos siglos. A medida que descendemos por la curva hacia la
derecha, nos encontramos con cuerpos más grandes, impactos más peligrosos, pero
simultáneamente se alarga también el tiempo de espera para dichos impactos. Abajo, a la
derecha, aparece marcado el impacto del cretáceo-terciario (K/T).

Los impactos amenazadores para nuestra civilización requieren cuerpos celestes de varios
cientos de metros de diámetro, o más (cien metros viene a ser la longitud de un campo de
fútbol). Estas colisiones se producen aproximadamente una vez cada doscientos mil años.
Nuestra civilización tiene solamente unos diez mil años de antigüedad, de modo que no hay
razón para que conservemos en nuestra memoria institucional el último impacto de esas
características. Y lo cierto es que no lo tenemos registrado.

La sucesión de violentas explosiones que provocó sobre Júpiter el cometa Shoemaker-Levy 9


en julio de 1994 nos recuerda que esa clase de colisiones ocurren realmente en nuestro
tiempo, y que el impacto de un cuerpo de unos pocos kilómetros de diámetro puede diseminar
escombros en un área tan grande como la Tierra. Fue una especie de premonición.

La misma semana del impacto del Shoemaker-Levy, el Comité para la Ciencia y para el
Espacio de la Cámara de Representantes de Estados Unidos elaboró un proyecto de
legislación que requiere a la NASA, «en coordinación con el Departamento de Defensa y las
agencias espaciales de otros países», para que identifique y determine las características
orbitales de todos los «cometas y asteroides de más de un kilómetro de diámetro» que se
aproximen a la Tierra. El trabajo deberá estar concluido para el año 2005. Muchos científicos
planetarios ya habían reivindicado anteriormente un programa de investigación de esas
características. Pero fue necesario escuchar el grito agónico de un cometa para que por fin se
llevara a la práctica.

Repartidos en el tiempo, los peligros de la colisión de asteroides no parecen demasiado


preocupantes. Pero si se produjera un impacto de grandes proporciones ocasionaría una
catástrofe sin precedentes para la Humanidad. Aproximadamente, existe una posibilidad entre
dos mil de que se dé una colisión de esa envergadura durante la vida de un recién nacido
actual. La mayoría de nosotros rehusaríamos volar en avión si las posibilidades de accidente
afectaran a uno de cada dos mil vuelos. (En realidad, en vuelos comerciales, la posibilidad es
una entre dos millones. Y aun así, son muchos los que consideran esa proporción suficiente
como para preocuparse, o incluso para contratar una póliza de seguros). Cuando nuestra vida
está en juego, a menudo cambiamos de comportamiento para procurarnos unas circunstancias
más favorables. Y entre los que no lo hacen se observa una mayor tendencia a que no se
encuentren ya en este mundo.

Tal vez sería recomendable ir practicando la cuestión de cómo llegar a esos pedazos de
mundo y apartarlos de sus órbitas, por si algún día se presentara la necesidad de hacerlo. A
pesar de lo que dijera Melville, quedan todavía sueltas algunas de las fichas de la creación, y
es evidente que hay que hacer algo al respecto. Siguiendo caminos paralelos y sólo levemente
interconectados, la comunidad de la ciencia planetaria y los laboratorios norteamericanos y
rusos de armas nucleares, conscientes de los escenarios antes descritos, han venido
planteándose las siguientes cuestiones: cómo inspeccionar todos los objetos interplanetarios
de grandes dimensiones cercanos a la Tierra, cómo caracterizar su naturaleza física y
química, cómo predecir cuáles podrían encontrarse, en un futuro, en una trayectoria de
colisión con la Tierra y, finalmente, cómo evitar que se produzca el impacto.

El pionero ruso de los vuelos espaciales Konstantin Tsiolkovsky sostuvo hace un siglo que
debía de haber cuerpos de un tamaño intermedio entre los grandes asteroides observados y
los fragmentos de asteroide —los meteoritos— que ocasionalmente se precipitan sobre la
Tierra. En sus escritos apuntó la posibilidad de vivir en asteroides pequeños del espacio
interplanetario. Él no contemplaba sus posibles aplicaciones militares. No obstante, a
principios de los años ochenta, a algunos miembros de los círculos armamentísticos
norteamericanos se les ocurrió que los soviets podían estar pensando en emplear asteroides
cercanos a la Tierra como proyectiles de impacto; el presunto plan fue bautizado como «el
Martillo de Iván». Había que tomar medidas preventivas de inmediato. Al mismo tiempo, se
sugirió que quizá no fuera mala idea que Estados Unidos aprendiera también cómo utilizar
pequeños mundos a modo de armas. La Organización de Defensa mediante Misiles Balísticos
del Departamento de Defensa, sucesora de la oficina de la «Guerra de las Galaxias» de los
ochenta, lanzó una innovadora nave con el nombre de Clementine a fin de que orbitara la
Luna y se acercara al asteroide Geographos. (Tras completar un exhaustivo reconocimiento de
la Luna, en mayo de 1994, la nave falló antes de poder alcanzar Geographos).
Con un aspecto similar al de un ojo amoratado, se aprecia la decoloración de las nubes de
Júpiter provocada por el fragmento G del cometa Shoemaker-Levy 9, el 18 de julio de 1994. El
óvalo más grande y oscuro tiene aproximadamente el tamaño de la Tierra. Se halla rodeado de
una onda de sonido en expansión, en la parte exterior de la cual se observa un menor grado
de decoloración. La mancha oscura es la cicatriz del fragmento D. Esta imagen constituye un
útil recordatorio de que un cometa o asteroide de unos pocos kilómetros de diámetro puede
generar escombros en un área del tamaño de la Tierra. Imagen del telescopio espacial Hubble
cedida por Heidi Hammel, MIT y NASA.
Desvío de asteroides: un asteroide peligroso —alejándose (en imagen parada) del lector
situada en primer término a la izquierda, por su órbita— impactaría en la Tierra meses
después si no fuera obstaculizado. Para evitarlo en el momento preciso se disparan uno o dos
misiles desde la Tierra (órbita en color rojo) a fin de provocar una explosión nuclear junto al
punto más cercano en la órbita del asteroide con el Sol. Un golpe relativamente suave es
suficiente para alterar la órbita (en color morado) de forma que no afecte a la Tierra.
Diagrama cortesía de JPL/NASA.

En principio, cabe la posibilidad de hacerlo mediante motores de cohetes grandes, impactos


por proyectil o equipando al asteroide con paneles reflectores gigantes y empujándolo a
fuerza de luz solar o con potentes haces de láser desde la Tierra. No obstante, con la
tecnología que en este momento tenemos a nuestro alcance, solamente hay dos maneras. La
primera consistiría en que uno o más proyectiles nucleares de gran potencia hicieran estallar
el asteroide o cometa en pedazos, que se desintegrarían y atomizarían al penetrar en la
atmósfera de la Tierra. Si el pedazo de mundo ofensor sólo estuviera débilmente cohesionado,
quizá unos pocos cientos de megatones bastarían. Como teóricamente no hay un límite
superior para la potencia explosiva de un arma termonuclear, parece que en los laboratorios
de fabricación de armas hay quien considera que hacer bombas aún más potentes no
solamente constituye un desafío excitante, sino también un método para hacer cambiar de
talante a los engorrosos defensores del medio ambiente, al conseguir que las armas nucleares
ocupen un puesto en el carro de los abanderados del lema «Salvemos la Tierra».[35]

Otra aproximación al problema, que se discute con mayor seriedad, resulta menos dramática,
aunque contribuye igualmente a mantener el establishment armamentístico, y se concreta en
un plan para alterar la órbita de cualquier cuerpo errante haciendo explotar armas nucleares
en sus cercanías. Las explosiones (por lo general, en el punto más cercano del asteroide con el
Sol) van encaminadas a desviarlo de la Tierra.

Una ráfaga de proyectiles nucleares de baja potencia, proporcionando cada uno un pequeño
empujón en la dirección deseada, sería suficiente para desviar un asteroide de tamaño medio,
recibiéndose el aviso con unas pocas semanas de antelación. El método ofrece también, o al
menos eso se espera, una solución para hacer frente a un cometa de largo periodo detectado
de forma repentina en una trayectoria de inminente colisión con la Tierra: el cometa sería
interceptado mediante un asteroide pequeño. (No hace falta decir que este juego de billar
celeste resulta incluso más difícil e incierto —y por ello mucho menos práctico en un futuro
próximo— que el acorralamiento, con meses o incluso años por delante, de un asteroide en
una órbita conocida y que haga gala de buenos modales).
Desconocemos los efectos que puede tener sobre un asteroide una explosión nuclear
adyacente. La respuesta puede variar de unos a otros. Algunos pequeños mundos pueden ser
muy compactos, mientras que otros constituyen poco más que pilas de gravilla con gravedad
propia. Si una explosión quiebra, pongamos por caso, un asteroide de diez kilómetros en
cientos de fragmentos de un kilómetro, la posibilidad de que al menos uno de ellos impacte
con la Tierra se verá probablemente incrementada, y el carácter apocalíptico de las
consecuencias no quedará atenuado. Por otra parte, si la explosión descompone el asteroide
en multitud de objetos de cien metros de diámetro o menos, puede que todos ellos se
desintegren como meteoritos gigantes al penetrar en la atmósfera de nuestro planeta. En ese
caso causarían pocos daños por impacto. No obstante, aunque el asteroide resultara
completamente pulverizado, la capa de polvo que se originaría a gran altura podría ser tan
opaca como para bloquear la luz solar e inducir un cambio climático. Por el momento,
desconocemos sus posibles consecuencias.

Hasta aquí se ha ofrecido una visión que coloca docenas o cientos de misiles nucleares a
punto para hacer frente a asteroides o cometas amenazadores. Aun siendo prematura en esta
aplicación concreta, esta visión resulta muy familiar; solamente ha cambiado el enemigo.
También parece muy peligrosa.

El problema, según sugerimos Steven Ostro, del JPL, y yo, es que si somos capaces de desviar
de forma fiable un cuerpo interplanetario amenazador para que no colisione con la Tierra,
también podemos desviar con garantías un cuerpo inofensivo a fin de que impacte contra la
Tierra. Supongamos que dispusiéramos de un inventario completo, con sus órbitas incluidas,
de los trescientos mil asteroides cercanos que se estima tienen más de cien metros, cada uno
de ellos lo suficientemente grande como para producir consecuencias serias en caso de
colisión con nuestro planeta. Además, imaginemos que también obra en nuestro poder la lista
de un número enorme de asteroides inofensivos, cuyas órbitas son susceptibles de ser
alteradas mediante cabezas nucleares con el objetivo de que colisionen rápidamente con la
Tierra.

Continuemos suponiendo que centramos nuestra atención en los aproximadamente dos mil
asteroides cercanos de un kilómetro o más de diámetro, es decir, los que presentan más
probabilidades de causar una catástrofe global. En la actualidad, con sólo unos cien de esos
objetos catalogados, nos llevaría cerca de un siglo seleccionar uno fácilmente desviable hacia
la Tierra y alterar su órbita. Creemos que hemos encontrado uno, un asteroide todavía sin
nombre, hasta ahora conocido como 1991 OA.

¿Cómo deberíamos llamar a ese mundo? Parece inadecuado bautizarlo con los nombres de las
parcas, las furias o de Némesis, pues se halla enteramente en nuestras manos que haga o no
blanco en la Tierra. Si no lo tocamos, errará el tiro. Si lo empujamos de forma precisa y
certera, dará en el blanco. Quizá deberíamos llamarlo la «bola negra».

En el año 2070, este mundo, de cerca de un kilómetro de diámetro, se acercará a unos 4,5
millones de kilómetros de la órbita terrestre, solamente quince veces la distancia que nos
separa de la Luna. Para desviar el 1991 OA de forma que impacte con la Tierra solamente es
necesario detonar correctamente el equivalente a sesenta megatones de TNT, esto es, la
cantidad correspondiente a un número habitualmente disponible de cabezas nucleares.

Ahora imaginemos que llega un momento, dentro de unas décadas, en que todos estos
asteroides cercanos están debidamente inventariados con sus respectivas órbitas. Entonces,
tal como hemos demostrado Alan Harris, del JPL, Greg Canavan, del laboratorio Nacional de
Los Alamos, Ostro y yo mismo, puede que sólo nos lleve un año seleccionar un objeto
adecuado, alterar su órbita y mandarlo a chocar contra la Tierra produciendo efectos
cataclísmicos.

Toda la tecnología que requeriría una empresa así —grandes telescopios ópticos, detectores
sensibles, sistemas de propulsión de cohetes capaces de poner en órbita unas pocas toneladas
de carga y de efectuar un encuentro preciso en el espacio cercano, y armas termonucleares—
ya existe en la actualidad. Y cabe esperar mejoras en todos esos factores, exceptuando quizá
el último de ellos. Si no nos andamos con tiento, muchas naciones pueden disponer de esas
capacidades en las próximas décadas. ¿Qué clase de mundo habremos logrado entonces?
Tenemos tendencia a minimizar los peligros de las nuevas tecnologías. Un año antes del
desastre de Chernobyl, un ministro comisionado de la industria nuclear soviética fue
preguntado sobre la seguridad de los reactores nucleares en su país, y eligió Chernobyl como
un ejemplo de seguridad. El plazo medio de tiempo hasta el desastre, estimó confiado, era de
cien mil años. Pero antes de que transcurriera un año… llegó la devastación. Similares
garantías de seguridad fueron ofrecidas por contratistas de la NASA el año anterior al
desastre del Challenger : según sus estimaciones, habría que esperar diez mil años para que
se produjera un fallo de consecuencias catastróficas en el transbordador. Pero al cabo de un
año… llegó la angustia.

Los clorofluorocarbonos (CFC) fueron específicamente desarrollados como un refrigerante


ciento por ciento seguro, con la intención de reemplazar al amoniaco y otros refrigerantes
que, al filtrarse, habían causado enfermedades y algunas muertes. Químicamente inertes, no
tóxicos (en concentraciones normales), inodoros, insípidos, no alergénicos y no inflamables,
los CFC representan una brillante solución técnica para un problema práctico bien definido.
Encuentran empleo en muchas otras industrias, aparte de la refrigeración y el aire
acondicionado. Sin embargo, como he descrito anteriormente, los químicos que los
desarrollaron pasaron por alto un hecho esencial: que el elevado grado de inercia de las
moléculas garantiza que circulen hasta altitudes estratosféricas, donde son descompuestas
por la luz solar liberando átomos de clorina que atacan la capa protectora de ozono. Gracias al
trabajo de unos pocos científicos, puede que los peligros se hayan reconocido y prevenido a
tiempo. Hoy los humanos hemos frenado prácticamente del todo la producción de CFC. No
obstante, no sabremos si hemos conseguido evitar un perjuicio real hasta dentro de un siglo,
más o menos; ése es el tiempo que tardará en completarse todo el daño que esos gases
puedan haber causado. Al igual que los antiguos habitantes de Camarina, hemos cometido
errores.

Naturalmente, la tecnología poderosamente devastadora que hemos inventado en los últimos


tiempos nos ha acarreado un amplio abanico de otros problemas. Pero, en la mayoría de los
casos, no se trata de desastres al estilo del de Camarina: malo si lo hacemos y malo si no lo
hacemos. Son más bien dilemas de conocimiento o de plazo: por ejemplo, la equivocada
elección, entre otras muchas alternativas posibles, de un refrigerante o principio físico para la
refrigeración.

No sólo ignoramos con frecuencia los vaticinios de los oráculos, sino que por lo general ni
siquiera nos molestamos en consultarlos.

La idea de traer asteroides a la órbita terrestre se ha revelado atractiva para algunos


científicos espaciales y planificadores del futuro, que acarician la posibilidad de explotar los
recursos minerales y de metales preciosos que puedan contener esos mundos o de proveer
materiales para la construcción de infraestructura espacial sin necesidad de luchar con la
gravedad terrestre para ir a buscarlos ahí arriba. Se han publicado artículos sobre cómo
llevarlo a cabo y acerca de cuáles pueden ser los beneficios. En discusiones recientes se ha
hablado de insertar el asteroide en órbita alrededor de la Tierra, haciéndolo pasar primero a
través de la atmósfera terrestre, que lo frenaría, una maniobra con escaso margen de error.
En mi opinión, para un futuro cercano debemos reconocer que todo ese esfuerzo resultaría
extraordinariamente peligroso y arriesgado, en especial si se trata de cuerpos de metal de
más de unas decenas de metros de diámetro. Es ése el tipo de actividad donde los errores de
navegación, propulsión o diseño de la misión pueden acarrear las consecuencias más
destructivas y catastróficas.

Los ejemplos precedentes ilustran el peligro que se derivaría de un descuido. Pero existe otro
tipo de peligro: en ocasiones se nos intenta convencer de que no es posible que este o ese otro
invento se utilicen de forma indebida. Se aduce que nadie sería tan temerario como para
hacerlo. Es el típico argumento del «loco de la colina». Cada vez que lo escucho (y sale con
frecuencia a colación en este tipo de debates), me recuerdo a mí mismo que los locos existen
de verdad. En ocasiones consiguen alcanzar las cotas más altas del poder en las naciones
desarrolladas. Vivimos en el siglo de Hitler y de Stalin, tiranos que supusieron el más grave de
los peligros, no solamente para la familia humana en general, sino también para su propia
gente. Durante el invierno y la primavera de 1945, Hitler ordenó la destrucción de Alemania
—«incluso lo más elemental para la supervivencia del pueblo»— porque los alemanes que
todavía vivían le habían «traicionado» y eran muy «inferiores» a los que ya habían muerto. Si
Hitler hubiera tenido a su disposición armas nucleares, la amenaza de un contragolpe de las
armas nucleares aliadas, de haber sido posible, probablemente no le habría disuadido, sino al
contrario, le habría espoleado.

¿Somos dignos los humanos de que nos sean confiadas tecnologías que amenazan nuestra
civilización? Si la probabilidad de que gran parte de la población humana perezca a causa de
un impacto en el siglo próximo es de casi una entre mil, ¿no es más probable que la tecnología
de desvío de asteroides caiga en manos inapropiadas dentro de un siglo más; en manos de
algún sociópata misantrópico, como Hitler o Stalin, deseoso de cargarse a todo el mundo, o de
un megalomaniaco ansioso de «grandeza» y «gloria», de una víctima de la violencia étnica con
afán de venganza, de alguien que se debate en las garras de un envenenamiento por
testosterona inusualmente severo, de algún fanático religioso tratando de precipitar el día del
Juicio Final o, simplemente, de técnicos incompetentes o insuficientemente vigilantes a la
hora de manejar los controles y los dispositivos de seguridad? Realmente existe gente así. Los
riesgos parecen mucho más importantes que los beneficios, el remedio peor que la
enfermedad. La nube de asteroides cercanos a través de la cual avanza laboriosamente
nuestro planeta puede constituir un pantano de Camarina moderno.

Secuencia de aproximación de la nave Galileo al asteroide Ida y a su luna, del Cinturón


Principal de asteroides. La secuencia se inicia arriba a la izquierda, se curva en la parte
inferior de la imagen, avanza hacia arriba a la derecha y luego hacia el centro de la misma,
donde solamente se aprecia una porción de su superficie. Un asteroide que se aproximara a
impactar con la Tierra revelaría, en días sucesivos, una secuencia como la de la izquierda.
Nótese que en su primera aparición el asteroide no es más que un punto. Su satélite, la primer
luna de asteroide que se descubre, no se hace aparente hasta la décima imagen. Cedida por
NASA y Alfred McEwan, USGS.

Es fácil pensar que el uso indebido sería altamente improbable, mera fantasía temerosa.
Seguro que ganarían las mentes sobrias, nos diríamos. Pensemos en cuánta gente habría
involucrada en la preparación y lanzamiento de las cabezas nucleares, en la navegación
espacial, en la detonación de las bombas, en la comprobación de la perturbación nuclear que
ha causado cada una de las explosiones, en la conducción del asteroide para que adopte una
trayectoria de impacto con la Tierra, etcétera. ¿Acaso no es remarcable que, a pesar de que
Hitler diera órdenes a las tropas nazis para que incendiaran París en su retirada y
destruyeran la propia Alemania, éstas no fueran cumplidas? A buen seguro, alguien esencial
para el éxito de la misión de desvío reconocería el peligro a tiempo. Aunque se asegurara que
el proyecto iba encaminado a la destrucción de alguna vil nación enemiga, probablemente no
se lo creerían, porque los efectos de la colisión son susceptibles de afectar al planeta entero
(y, de todos modos, sería muy difícil asegurar que el asteroide fuera a excavar su cráter
monstruo en una nación que lo tuviera particularmente merecido).

Pero ahora imaginemos, no un estado totalitario invadido por tropas enemigas, sino un
floreciente estado independiente. Imaginemos una tradición en que las órdenes fueran
cumplidas sin ser cuestionadas. Imaginemos que a las personas implicadas en la operación se
les contara una mentira encubridora: que el asteroide iba a colisionar con la Tierra y ellos
debían desviarlo, pero, para no preocupar innecesariamente a la población, la operación
debería llevarse a cabo en secreto. En un ambiente militar con una jerarquía de mandos
firmemente establecida, distribución selectiva de la información, ocultación general y,
además, una mentira encubridora, ¿podemos confiar en que la orden fuera desobedecida, por
muy apocalíptica que pareciera? ¿Podemos estar seguros de que en las próximas décadas,
siglos y milenios no va a suceder una cosa así? ¿Hasta qué punto?

Ni que decir tiene que todas las tecnologías pueden emplearse con fines benévolos y
malévolos. Eso, desde luego, es verdad, pero cuando los fines «malévolos» alcanzan una
escala lo suficientemente apocalíptica, quizás tengamos que poner límites al tipo de
tecnologías que podemos desarrollar. (En cierto modo ya lo estamos haciendo, porque no
podemos permitirnos llevarlas todas adelante. Algunas se ven favorecidas y otras no). O, de
otro modo, la comunidad de naciones deberá poner freno a los locos, a los autárquicos y al
fanatismo.

La localización de cometas y asteroides es prudente, es un buen objetivo científico y no


resulta demasiado cara. Pero, conociendo nuestras debilidades, ¿por qué íbamos ahora
siquiera a considerar el desarrollo de la tecnología necesaria para desviarlos? En aras de la
seguridad, ¿debemos imaginar esa tecnología en manos de muchas naciones, cada una de las
cuales aportaría su dosis de control y equilibrio contra un mal uso de la misma por parte de
otra? Esto no es comparable al viejo equilibrio nuclear del terror. Un loco que intente
provocar una catástrofe global no va a echarse atrás por el hecho de saber que si no se da
prisa, un rival puede cogerle la delantera. ¿Hasta qué punto podemos confiar en que la
comunidad de naciones será capaz de detectar el desvío clandestino e inteligentemente
diseñado de un asteroide con el tiempo suficiente como para evitarlo? En el caso de que se
desarrollara una tecnología así, ¿podría establecerse una salvaguarda internacional que
presentara un grado de fiabilidad acorde con el riesgo?

Aunque nos restringiéramos a una mera vigilancia, el riesgo persistiría. Imaginemos que
dentro de una generación averiguamos las características de las órbitas de treinta mil objetos
de cien metros de diámetro o más, y que esa información es hecha pública, como
naturalmente debe ser. Se darían a conocer una serie de mapas, que reflejarían el negro
espacio que rodea la Tierra con las órbitas de asteroides y cometas, treinta mil espadas de
Damocles colgando sobre nuestra cabeza, diez veces más que el número de estrellas visibles a
simple vista, en condiciones de óptima claridad atmosférica. La ansiedad pública sería mucho
mayor en una época así, marcada por el conocimiento, que en nuestra actual época de
ignorancia. Ello podría tener como consecuencia una insostenible presión del público para que
se desarrollaran métodos destinados a mitigar amenazas, incluso imaginarias, que
alimentarían por su parte el peligro de que se hiciera un mal uso de la tecnología de desvío de
asteroides. Es por esa razón que la detección y seguimiento de asteroides puede no ser una
mera herramienta neutral de la política futura, sino más bien una trampa explosiva. Para mí,
la única solución previsible estriba en una combinación de la estimación precisa de las órbitas,
la valoración realista del factor amenaza y una educación pública efectiva, de tal forma que, al
menos en los regímenes democráticos, los ciudadanos puedan tomar sus propias decisiones
con toda la información a mano. Ésa es una tarea que corresponde a la NASA.

Los asteroides cercanos a la Tierra y los medios para alterar sus órbitas están siendo
estudiados a fondo. Se observan algunos indicios de que los oficiales del Departamento de
Defensa, así como los laboratorios de producción de armas, están empezando a comprender
que «jugar» con los asteroides puede entrañar peligros reales. Científicos civiles y militares
han mantenido reuniones para debatir la cuestión. Cuando la gente oye por primera vez
alguna referencia al peligro que representan los asteroides, muchos lo consideran un cuento
chino. «Ahora dicen que el cielo se nos va a caer encima», bromean. Esta tendencia a
menospreciar cualquier catástrofe de la que no hayamos sido testigos presenciales resulta, a
largo plazo, altamente imprudente. Pero en este caso puede ser un aliado de la prudencia.
ENTRETANTO DEBEMOS ENFRENTARNOS todavía al dilema del desvío. Si desarrollamos y
aplicamos la tecnología pertinente, puede liquidarnos. Si no lo hacemos, algún asteroide o
cometa puede acabar con nosotros. La solución a este dilema radica, según mi parecer, en el
hecho de que los plazos de tiempo que implican ambos peligros son enormemente distintos,
corto para el primero y largo para el segundo.

En algún momento del siglo XXI: los exploradores de la Tierra saludan a un asteroide pequeño
al verlo pasar. La especie humana está examinando cuidadosamente esos pedazos de mundo
—una vez ha quedado claro que incluso circunstancias bastante improbables no pueden
desencadenar un uso indebido de la tecnología asociada—, y empieza a experimentar con la
tecnología para desviarlos. Pintura de Don Davis.

Deseo pensar que nuestra implicación futura en el tema de los asteroides cercanos se
desarrollará más o menos de la siguiente manera: desde observatorios basados en la Tierra
iremos descubriendo los más grandes, trazaremos y verificaremos sus órbitas,
determinaremos sus frecuencias de rotación y su composición. Los científicos suelen ser
diligentes a la hora de exponer los peligros, prescindiendo de exagerarlos o de modificar las
perspectivas. Mandaremos naves espaciales robotizadas para que se acerquen a unos cuantos
cuerpos seleccionados, los orbitaremos, tomaremos tierra en ellos y recogeremos muestras de
sus superficies para analizarlas en los laboratorios de la Tierra. Finalmente, enviaremos seres
humanos. (Debido a la baja gravedad reinante, los astronautas serán capaces de efectuar
amplísimos saltos, de diez kilómetros o más, hacia el cielo, y poner en órbita una pelota de
béisbol alrededor del asteroide sin más esfuerzo que lanzarla al aire). Plenamente conscientes
de los peligros, no intentaremos modificar las trayectorias de esos cuerpos hasta que el
potencial de uso indebido de tecnologías que puedan alterar el mundo sea mucho menor. Eso
puede llevarnos bastante tiempo.

Si somos demasiado rápidos en lo que se refiere al desarrollo de tecnologías para mover


mundos a voluntad, podemos autodestruirnos; si somos demasiado lentos, nos destruiremos
con seguridad. La fiabilidad de las organizaciones políticas mundiales tendrá que efectuar
progresos significativos antes de que se les pueda confiar un problema tan serio. Al mismo
tiempo, no parece que exista una solución nacional aceptable. ¿Quién iba a dormir tranquilo
sabiendo los medios para la destrucción del mundo en manos de una declarada (o incluso
potencial) nación enemiga, tuviera o no la nuestra poderes comparables? La existencia de ese
peligro de las colisiones interplanetarias, cuando es comprendido de manera generalizada,
contribuye a unir a nuestra especie. Los humanos hemos conseguido proezas que todo el
mundo creía imposibles cuando hemos tenido que enfrentarnos a un peligro común, hemos
dejado de lado nuestras diferencias, al menos hasta que el peligro ha pasado.

No obstante, este peligro nunca queda atrás. Los asteroides, al agitarse gravitacionalmente,
van alterando lentamente sus órbitas; sin previo aviso, nuevos cometas se acercan a nosotros
tambaleándose desde la oscuridad transplutoniana. Siempre estará presente la necesidad de
ocuparnos de ellos mediante un procedimiento que no nos ponga en peligro. Al plantearnos
dos clases distintas de riesgo —uno natural y el otro inducido por el hombre—, los pequeños
mundos cercanos a la Tierra nos brindan una nueva y potente motivación para crear
instituciones transnacionales eficaces y para unificar nuestra especie. Se hace difícil
encontrar una alternativa satisfactoria.

Con nuestro nerviosismo habitual, con nuestra costumbre de dar siempre dos pasos adelante y
uno atrás, nos dirigimos de todos modos hacia la unificación. Poderosas influencias emanan de
la tecnología del transporte y de las comunicaciones, de la interdependiente economía
internacional, así como de la crisis global del medio ambiente. El peligro de impacto
solamente acelera el ritmo.

Al final, con cautela y escrupuloso cuidado de no intentar nada con asteroides que pudiera
causar inadvertidamente una catástrofe en la Tierra, me imagino que iremos aprendiendo
cómo modificar las órbitas de pequeños mundos no metálicos, de menos de cien metros de
diámetro. Empezaremos con explosiones menores y, poco a poco, iremos incrementando su
intensidad. Iremos ganando experiencia en la modificación de órbitas de cometas y asteroides
de diferente composición y solidez. Intentaremos determinar cuáles pueden ser movidos y
cuáles no. Tal vez hacia el siglo XXII seremos capaces de mover mundos pequeños por el
sistema solar, empleando (véase el capítulo siguiente ) no explosiones nucleares sino motores
de fusión nuclear o sus equivalentes. Insertaremos en la órbita terrestre pequeños asteroides
hechos de metales industriales y preciosos. Paulatinamente desarrollaremos una tecnología
defensiva para desviar un asteroide o cometa de grandes proporciones que pudiera golpear la
Tierra en un futuro previsible, al tiempo que, con meticuloso cuidado, vamos construyendo
capas protectoras contra su uso indebido.

Dado que el peligro de la utilización incorrecta de la tecnología de desvío de asteroides parece


mucho mayor que el de un impacto inminente, podemos permitirnos el lujo de invertir
décadas, y probablemente siglos, en tomar precauciones y reformar las instituciones políticas.
Si jugamos bien nuestras cartas y la suerte nos acompaña, podemos marcar el ritmo de lo que
hacemos ahí arriba a través de los progresos que vamos efectuando aquí abajo. Ambas cosas
se hallan, en cualquier caso, profundamente conectadas.

La amenaza que representan los asteroides nos obliga a pasar a la acción. A la larga
deberemos establecer una formidable presencia humana por todo lo largo y ancho del sistema
solar interior. En un tema de tanta importancia no creo que nos contentemos con métodos de
disuasión exclusivamente robóticos. Y, para llevarlo a cabo de forma segura, estamos
obligados a efectuar cambios en nuestros sistemas políticos e internacionales. Si bien buena
parte de nuestro futuro se vislumbra bastante encapotado, esta conclusión parece algo más
robusta y es independiente de los caprichos de las instituciones humanas.

A largo plazo, aunque no seamos los descendientes de nómadas profesionales ni nos sintamos
inspirados por la pasión exploratoria, algunos de nosotros tendremos que abandonar la Tierra,
simplemente para garantizar la supervivencia de todos. Y, una vez nos encontremos ahí fuera,
necesitaremos bases, infraestructuras. No habrá de transcurrir mucho tiempo para que
algunos de nosotros vivamos en hábitats artificiales en otros mundos. Este es uno de los dos
argumentos que faltaban —omitido en nuestra discusión de las misiones a Marte— en favor de
la presencia humana en el espacio.

OTROS SISTEMAS PLANETARIOS deben hacer frente a su propia amenaza de impactos, ya


que los mundos primordiales pequeños, de los cuales se consideran restos los cometas y
asteroides, constituyen la materia a partir de la cual, también allí, se forman los planetas. Una
vez formados dejan tras de sí muchos de esos corpúsculos celestes. En la Tierra, el plazo
medio entre impactos que amenacen nuestra civilización es quizá de unos doscientos mil años,
veinte veces su edad. En cambio, las civilizaciones extraterrestres, si es que existen, tendrán
tiempos de espera muy diferentes, dependiendo éstos de factores como las características
físicas y químicas del planeta y su biosfera, la naturaleza biológica y social de la civilización
que en él haya florecido, así como la tasa de colisiones en sí. Los planetas con presiones
atmosféricas más elevadas estarán, en cierto modo, protegidos de los cuerpos de impacto más
grandes, aunque la presión tampoco puede ser mucho más elevada sin que el calentamiento
por efecto invernadero y otras consecuencias hagan improbable la vida. Si la gravedad es
mucho menor que la de la Tierra, los impactores provocarán colisiones mucho menos
enérgicas y el peligro se verá reducido, si bien no puede reducirse mucho sin que la atmósfera
escape al espacio.

La tasa de impactos en otros sistemas planetarios permanece incierta. Nuestro sistema


contiene dos grandes poblaciones de pequeños cuerpos que alimentan la presencia de
potenciales impactores en órbitas que cruzan la de la Tierra. Tanto la existencia de las
poblaciones de origen como los mecanismos que mantienen la tasa de colisiones dependen de
cómo están distribuidos los mundos. Por ejemplo, nuestra Nube de Oort parece haberse
poblado por eyecciones gravitatorias de fragmentos de mundo helados procedentes de las
proximidades de Urano y Neptuno. En caso de que no existan planetas que jueguen el papel
de Urano y Neptuno en sistemas que, por lo demás, son como el nuestro, sus Nubes de Oort
pueden estar mucho menos pobladas. Las estrellas en cúmulos estelares abiertos o globulares,
las que se encuentran en sistemas dobles o múltiples, las que ocupan un lugar más cercano al
centro de la galaxia o las que experimentan encuentros más frecuentes con las nubes
moleculares gigantes en el espacio interestelar pueden tener, todas ellas, unos flujos de
impacto más elevados en sus planetas terrestres. El flujo cometario en la Tierra podría ser
cientos o miles de veces mayor si nunca se hubiera formado el planeta Júpiter, según cálculos
de George Wetherill, de la Institución Carnegie de Washington. En sistemas que no poseen
planetas como Júpiter, el escudo gravitacional contra cometas es reducido y los impactos
amenazadores de la civilización mucho más frecuentes.

En cierta medida, los flujos elevados de objetos interplanetarios pueden incrementar el ritmo
de la evolución de las especies, como en el caso de los mamíferos, que proliferaron y se
diversificaron tras la colisión del cretáceo-terciario, que barrió a los dinosaurios de la faz de la
Tierra. Pero debe de haber un punto de clara disminución del rendimiento: está claro que
llega un momento en que el flujo es demasiado elevado para la continuación de cualquier tipo
de civilización.

Una consecuencia de esta línea de argumentación es que, aunque las civilizaciones estuvieran
surgiendo de forma habitual sobre los planetas por toda la galaxia, habrá muy pocas que sean
a la vez duraderas y no tecnológicas. Dado que los peligros que plantean los asteroides y
cometas deben afectar a los planetas habitados de toda la galaxia, los seres inteligentes de
todas partes se verán obligados a unificar políticamente sus mundos, a abandonar sus
planetas y a mover los mundos pequeños que los rodean. Al final habrán de elegir, como
nosotros, entre los vuelos espaciales o la extinción.
Marte en el curso de la terraformación, vista desde su luna Fobos. El valle del Mariner
aparece lleno de agua líquida. Nótense las luces de las ciudades en el hemisferio nocturno.
Pintura © David A. Hardy.
Capítulo 19

REMODELAR LOS PLANETAS

¿Quién puede negar que, en cierto modo, el hombre también sería capaz de fabricar Cielos si
tuviera a su alcance los instrumentos y el material celestial?

MARSILIO FONO, «El alma del hombre» (aprox. 1474)

EN MITAD DE LA Segunda Guerra Mundial, un joven escritor americano llamado Jack


Williamson imaginó un sistema solar habitado. Según su visión, en el siglo XXII Venus habría
sido colonizada por China,[36] Japón e Indonesia; Marte por Alemania; y las lunas de Júpiter,
por Rusia. Las poblaciones de habla inglesa, la lengua en la que escribía Williamson,
quedarían confinadas en los asteroides y, naturalmente, en la Tierra.

Hábitats superficiales o subterráneos sobre asteroides o en la Luna parecen técnicamente


factibles para mediados o fines del siglo XXI. Muchos de los recursos necesarios podrían ser
tomados del propio mundo a colonizar. Al poseer una gravedad tan baja, los vuelos
propulsados por energía humana serían sencillos de concebir. Pintura de Pat Rawlings;
copyright © Pat Rawlings, 1986.

La historia, publicada en Astounding Science Fiction («Asombrosa ciencia ficción») en julio de


1942, se tituló Collision Orbit («Órbita de colisión») y fue escrita bajo el seudónimo de Will
Stewart. El argumento giraba en torno a la inminente colisión de un asteroide inhabitado con
uno colonizado y presentaba la búsqueda de un método para alterar las trayectorias de los
mundos de pequeñas dimensiones. Si bien nadie en la Tierra corría peligro, ésta puede haber
sido la primera visión —exceptuando algunas tiras de cómics publicadas en periódicos— de las
colisiones de asteroides como amenaza para los seres humanos. (El peligro principal hasta
entonces radicaba en los impactos de cometas contra la Tierra).

Los entornos ambientales de Marte y Venus apenas se conocían a principios de los años
cuarenta; todavía se suponía que los seres humanos podrían vivir allí sin necesidad de
sofisticados equipos. Pero los asteroides eran harina de otro costal. Ya entonces era de sobra
conocido que los asteroides eran mundos pequeños, áridos y asfixiantes. Si se pretendía
habitarlos, sobre todo por gran número de personas, esos pequeños mundos deberían ser
preparados de alguna manera.

En Collision Orbit, Williamson retrata a un grupo de «ingenieros espaciales» capaces de hacer


habitables esos inhóspitos lugares. Acuñando un término especial, Williamson denominó
«terraformación» al proceso de metamorfosis necesario para conseguir un mundo similar a la
Tierra. Él sabía que la baja gravedad en un asteroide significa que cualquier atmósfera allí
generada o transportada escaparía rápidamente al espacio. Por ello, su tecnología clave para
la «terraformación» era la «paragravedad», una gravedad artificial que lograría conservar una
atmósfera densa.

Por cuanto hoy podemos decir, la paragravedad constituye una imposibilidad física. Pero
podemos imaginar hábitats transparentes en forma de cúpula sobre la superficie de los
asteroides, tal como sugirió Konstantin Tsiolkovsky, o bien comunidades establecidas en los
interiores de esos cuerpos celestes, según propuso en los años veinte el científico británico
J. D. Bernal. Al ser los asteroides de tamaño reducido y sus gravedades tan bajas, incluso
masivas construcciones subterráneas podrían resultar comparativamente fáciles de crear. Si
se excavara un túnel que atravesara el asteroide de parte a parte, se podría entrar por un
extremo y salir por el otro al cabo de 45 minutos, oscilando indefinidamente arriba y abajo a
lo largo de todo el diámetro de este mundo. En el interior del tipo de asteroide que nos
conviene, el carbónico, pueden encontrarse los materiales apropiados para fabricar
construcciones de piedra, metal y plástico, además de agua abundante, en definitiva, todo lo
necesario para construir un sistema ecológico cerrado bajo tierra, un jardín subterráneo. Su
ejecución requeriría dar un significativo paso más allá de lo que hoy tenemos, pero, a
diferencia de la «paragravedad», la idea no contiene elementos cuyo desarrollo parezca
imposible. Todos ellos pueden encontrarse en la tecnología contemporánea. Si tuviéramos
motivos suficientes, un considerable número de seres humanos podría estar viviendo sobre (o
dentro de) asteroides hacia el siglo XXII.

Naturalmente necesitarían una fuente de energía no sólo para mantenerse, sino también,
como sugirió Bernal, para mover sus hogares asteroidales de un lugar a otro. (No parece que
medie un paso tan grande entre la alteración por explosivos de las órbitas de asteroides y un
método más suave de propulsión para uno o dos siglos después). Si se generara una atmósfera
de oxígeno mediante agua fijada químicamente, entonces podría quemarse materia orgánica
para conseguir energía, como la obtenida actualmente en la Tierra al quemar combustibles
fósiles. También podría considerarse la opción de la energía solar, aunque en el caso de los
asteroides del cinturón principal la intensidad de la luz solar alcanza solamente alrededor de
un diez por ciento de la que disfrutamos en la Tierra. Aun así, podríamos imaginar amplios
campos de paneles solares cubriendo las superficies de los asteroides habitados y
convirtiendo la luz solar en electricidad. La tecnología fotovoltaica se emplea habitualmente
en las naves espaciales que orbitan la Tierra y, en la actualidad, se está incrementando su uso
sobre la superficie terrestre. Pero mientras esa energía parece suficiente para calentar y
alumbrar a estos descendientes nuestros, no bastaría para modificar las órbitas de asteroides.

Por ello, Williamson propuso que se empleara antimateria. La antimateria es igual que la
materia normal, pero presenta una diferencia significativa. Consideremos, por ejemplo, el
caso del hidrógeno: un átomo normal de hidrógeno se compone de un protón cargado
positivamente en el interior y un electrón cargado negativamente en el exterior. Un átomo de
antihidrógeno se compone, en cambio, de un protón cargado negativamente en el interior y un
electrón cargado positivamente (también llamado positrón) en el exterior. Los protones, sea
cual sea el signo de sus cargas, tienen la misma masa al igual que los electrones. Las
partículas con cargas opuestas se atraen. Un átomo de hidrógeno y un átomo de
antihidrógeno son estables, pues en ambos casos las cargas eléctricas positiva y negativa
mantienen el equilibrio.

La antimateria no es una construcción hipotética, producto de las ardientes meditaciones de


los autores de ciencia ficción o de los físicos teóricos. La antimateria existe. Los físicos la
consiguen en aceleradores nucleares; puede encontrarse también en rayos cósmicos
altamente energéticos. Pero entonces, ¿por qué no se oye hablar más de ella? ¿Por qué nadie
nos ha tendido un trozo de antimateria para que podamos inspeccionarla? Pues porque la
materia y la antimateria se aniquilan violentamente una a otra al entrar en contacto,
desapareciendo en un intenso estallido de rayos gamma. No podemos decir si una cosa está
hecha de materia o de antimateria solamente con mirarla. Las propiedades espectroscópicas,
por ejemplo, del hidrógeno y del antihidrógeno son idénticas.
Un modo insignificante en que los humanos han intentado poner su sello en el sistema solar
ha sido bautizar rasgos geológicos de otros mundos con los nombres de los héroes de su
propia cultura. En estos mapas en relieve sombreado de Mercurio, elaborados por el U. S.
Geological Survey, vemos (arriba) los cráteres bautizados por la Unión Astronómica
Internacional como Chaikovski, Dvorcaronák, Homer, Ibsen, Kuiper, Melville, Matisse, Proust
y Rafael, así como los valles llamados según los observatorios de radar de Arecibo (Cornell) y
Goldstone (JPL). En la proyección de la foto inferior, casi exactamente en el polo sur, aparece
el cráter Chao Meng-Fu, donde, según sugieren los datos de radar, podría haber agua helada,
oculta en regiones permanentemente en sombra.

La respuesta de Albert Einstein a la pregunta de por qué vemos solamente la materia y no la


antimateria fue: «Porque venció la materia»; con ello quería decir que, al menos en nuestro
sector del universo, después de que casi toda la materia y la antimateria entraran en
interacción y se aniquilaran mutuamente mucho tiempo atrás, sobró algo de lo que llamamos
materia normal.

De haber sido al revés, los seres humanos, y todo lo demás en esta parte del universo,
estaríamos hechos de antimateria. Nosotros, claro está, lo llamaríamos materia, y la idea de
que los mundos y la vida están hechos de esa otra clase de material, esa materia con las
cargas eléctricas invertidas, la consideraríamos sin duda alocadamente especulativa.

Por lo que hoy sabemos, gracias a la astronomía de rayos gamma y otros métodos, el universo
está compuesto, casi en su totalidad, de materia. La razón que lo explica va ligada a
cuestiones cosmológicas profundas, en las que ahora no vamos a entrar. Pero solamente con
que hubiera habido al principio una diferencia de una-partícula-sobre-un-billón en la
preponderancia de la materia sobre la antimateria, incluso esa insignificante diferencia habría
bastado para explicar el universo que vemos hoy.

Williamson imaginó que los humanos del siglo XXII podrían mover asteroides a su voluntad
mediante la aniquilación mutua controlada de materia y antimateria. Los rayos gamma
resultantes, alineados, rebasarían con mucho la potencia de un cohete. La antimateria estaría
disponible en el cinturón principal de asteroides (entre las órbitas de Marte y Júpiter), pues
era ésa su explicación para la existencia de dicho cinturón. En el pasado remoto, propuso
Williamson, un antimundo intruso de antimateria llegó al sistema solar procedente de las
profundidades del espacio, y colisionó con lo que entonces era un planeta similar a la Tierra,
el quinto desde el Sol, aniquilándolo. Los fragmentos de ese poderoso impacto son los
asteroides, y algunos de ellos todavía están compuestos de antimateria. Aprovechando uno de
esos asteroides de antimateria —aunque reconoció que ello podía ser bastante delicado—
pueden moverse mundos a placer.

En su época, las ideas de Williamson eran futuristas, pero estaban muy lejos de ser
descabelladas. Algunas partes de Collision Orbit pueden considerarse auténticamente
visionarias. Hoy, sin embargo, tenemos buenas razones para pensar que en el sistema solar no
existen cantidades significativas de antimateria, y que el cinturón de asteroides, lejos de ser
un planeta terrestre fragmentado, es un enorme conjunto de pequeños corpúsculos a los que
las mareas gravitatorias de Júpiter impiden formar un mundo similar a la Tierra.

No obstante, actualmente generamos (muy) pequeñas cantidades de antimateria en


aceleradores nucleares y, hacia el siglo XXII, probablemente seremos capaces de fabricar
cantidades mucho mayores. Como es tan eficaz —convierte toda la materia en energía, E =
mc2 , con un ciento por ciento de eficacia—, quizá para entonces los motores de antimateria
serán ya una tecnología práctica, reivindicando a Williamson.

A falta de eso, ¿qué fuentes de energía se puede esperar de forma realista que estén
disponibles para remodelar asteroides, iluminarlos, calentarlos y moverlos de un lugar a otro?

El Sol brilla a base de apiñar protones y convertirlos en núcleos de helio. En el proceso se


libera energía, si bien con una eficacia inferior al 1 por ciento de la que consigue la
aniquilación entre materia y antimateria. Pero incluso las reacciones protón-protón se hallan
mucho más allá de lo que sería realista imaginar para nosotros en un futuro próximo. Las
temperaturas requeridas son, con mucho, demasiado elevadas. Sin embargo, en lugar de
apiñar protones, podríamos emplear tipos de hidrógeno más pesados. Ya lo estamos haciendo
en las armas termonucleares. El deuterio es un protón fijado por fuerzas nucleares a un
neutrón; el tritio es un protón fijado por fuerzas nucleares a dos neutrones. Parece probable
que dentro de un siglo contemos con proyectos energéticos prácticos que impliquen la fusión
controlada del deuterio y del tritio, y del deuterio y el helio. El deuterio y el tritio se hallan
presentes como constituyentes menores en el agua (en la Tierra y en otros mundos). El tipo de
helio necesario para la fusión, 3 He (dos protones y un neutrón conforman su núcleo), se ha
ido implantando a lo largo de miles de millones de años sobre la superficie de los asteroides a
cargo del viento solar. Estos procesos no son ni de lejos tan eficientes como las reacciones
protón-protón en el Sol, pero podrían proporcionar suficiente energía para abastecer a una
ciudad pequeña durante un año, mediante un filón de hielo de sólo unos pocos metros de
tamaño.

Los reactores de fusión parecen estar progresando con excesiva lentitud como para poder
jugar un papel importante en la solución, o al menos en una atenuación significativa, del
calentamiento global. Pero hacia el siglo XXII podrían estar ampliamente disponibles.
Mediante motores de cohete por fusión será posible mover asteroides y cometas por el
sistema solar interior, tomando un asteroide del cinturón principal, por ejemplo, e
insertándolo en órbita alrededor de la Tierra. Un mundo de diez kilómetros de diámetro
podría ser transportado, pongamos, desde Saturno hasta Marte mediante la combustión
nuclear del hidrógeno contenido en un cometa helado de un kilómetro de diámetro. (Una vez
más, doy por sentado un periodo de estabilidad política y seguridad mucho mayores).

DEJEMOS DE LADO POR UN MOMENTO cualquier escrúpulo relacionado con cuestiones


éticas que podamos albergar con respecto a la remodelación de mundos o a nuestra habilidad
para hacerlo sin consecuencias catastróficas. Excavar los interiores de corpúsculos celestes,
reconfigurarlos a fin de hacerlos habitables y moverlos de un lugar a otro por el sistema solar
parece que puede estar a nuestro alcance dentro de un siglo o dos. Quizá para entonces
contemos también con las garantías internacionales adecuadas. Pero ¿qué hay de la
transformación de los entornos ambientales no de asteroides y cometas, sino de planetas?
¿Podríamos vivir en Marte?

Si quisiéramos hacer Marte habitable, es fácil llegar a la conclusión de que, al menos en


principio, podríamos hacerlo: el planeta disfruta de abundante luz solar. Además posee
también agua en cantidad en las rocas y en el subsuelo, así como hielo polar. Su atmósfera se
compone principalmente de anhídrido carbónico. Por otra parte, la cercana Fobos cuenta con
gran cantidad de materia orgánica, que podría ser extraída y suministrada a Marte. (De
hecho, la superficie de Fobos ya está acanalada, como si alguien hubiera estado allí antes que
nosotros, pero los geólogos planetarios piensan que las fuerzas de las mareas gravitatorias o
la craterización por impacto pueden haber generado esos surcos). Parece plausible que, en
hábitats independientes —tal vez en habitáculos en forma de cúpula—, fuéramos capaces de
producir cultivos, manufacturar oxígeno a partir del agua, así como de reciclar desperdicios.

Al principio dependeríamos de los suministros terrestres, pero con el tiempo los iríamos
fabricando por nuestra cuenta y así, progresivamente, seríamos cada vez más autosuficientes.
Los habitáculos en forma de cúpula dejarían pasar la luz solar, pero mantendrían a raya la luz
ultravioleta aunque estuvieran hechos de cristal normal. Provistos de máscaras de oxígeno y
trajes protectores —si bien nada tan incómodo y voluminoso como los trajes espaciales—
podríamos salir de nuestros enclaves para ir de exploración o bien para construir otras
ciudades y granjas bajo cúpulas.

Todo ello parece muy evocativo de la experiencia colonizadora americana, pero con al menos
una diferencia importante: en sus primeras fases son esenciales grandes subvenciones. La
tecnología necesaria para llevarlo a cabo es demasiado cara para que una familia modesta,
como mis abuelos hace un siglo, pueda pagarse el pasaje a Marte. Los primeros pioneros
marcianos serán enviados por los gobiernos y deberán demostrar aptitudes altamente
especializadas. No obstante, dentro de una o dos generaciones, cuando hijos y nietos nazcan
allí —especialmente cuando esté a nuestro alcance la autosuficiencia— las cosas empezarán a
cambiar. Los jóvenes nacidos en Marte recibirán una educación especial en relación con la
tecnología esencial para la supervivencia en este nuevo entorno. Los colonizadores serán cada
vez menos heroicos y menos excepcionales. Poco a poco se irá imponiendo toda la gama de
cualidades y defectos de la especie humana. Gradualmente, en parte debido a la dificultad de
trasladarse de la Tierra a Marte, irá emergiendo una cultura marciana diferenciada, con
aspiraciones y temores distintos ligados al entorno, tecnologías distintas, problemas sociales
distintos y soluciones diferentes y, tal como ha ocurrido en todas las circunstancias similares a
lo largo de la historia humana, se irá imponiendo también una gradual sensación de
alejamiento cultural y político con respecto al planeta madre.

Grandes naves de transporte de tecnología esencial llegarán desde la Tierra, así como nuevas
familias de colonizadores y algunos recursos. Resulta difícil saber, sobre la base de nuestro
limitado conocimiento de Marte, si esas naves volverán a casa de vacío o si se llevarán consigo
algo que solamente puede encontrarse en Marte, algo considerado muy valioso en la Tierra.
Inicialmente gran parte de la investigación científica de las muestras de la superficie
marciana se realizará en nuestro planeta. Pero, con el tiempo, el estudio científico de Marte (y
de sus lunas Fobos y Deimos) se efectuará in situ .

Finalmente, tal como ha ocurrido con virtualmente cualquier otro tipo de medio de transporte
humano, el viaje interplanetario acabará siendo accesible a la gente corriente: podrán llevarlo
a cabo científicos con sus propios proyectos de investigación, colonizadores hartos de la
Tierra y también turistas aventureros. Y, naturalmente, habrá exploradores.
Parte de un esfuerzo internacional para preparar Marte para los humanos: un astronauta
americano recibe un mensaje de casa. Ilustración de NASA por Pat Rawlings/SAIC.

Cambio de turno: miembros del equipo de una base en Marte ascienden a la órbita marciana,
donde subirán a bordo de un transporte interplanetario para regresar a la Tierra. Ilustración
de NASA por Pat Rawlings/SAIC.
Si llegara alguna vez el día en que fuera posible transformar el entorno ambiental de Marte en
un medio ambiente similar al de la Tierra —de tal modo que se pudiera prescindir de trajes
protectores, máscaras de oxígeno y granjas y ciudades bajo cúpulas—, la atracción y
accesibilidad de Marte se verían incrementadas de forma significativa. Lógicamente, lo mismo
sucedería con cualquier otro mundo que pudiera ser transformado para que los humanos lo
habitaran sin tener que usar complicados dispositivos, pensados para evitar un entorno
planetario hostil. Nos sentiríamos mucho más cómodos en nuestro nuevo hogar si lo que nos
separara de la muerte no fuera algo tan insignificante como una cúpula aislante o un traje
espacial. (Aunque tal vez estoy exagerando el grado de preocupación que nos causaría tal
circunstancia. De hecho, los habitantes de los Países Bajos parecen al menos tan adaptados y
despreocupados como los demás habitantes de la Europa del norte; y eso que sus diques
constituyen la única barrera que hay entre ellos y el mar).

Admitiendo de antemano la naturaleza especulativa de la pregunta, así como las limitaciones


de nuestros conocimientos, ¿tiene sentido imaginar la terraformación de los planetas?

No hace falta mirar más allá de nuestro propio mundo para darnos cuenta de que los seres
humanos somos hoy capaces de alterar profundamente los entornos medioambientales de un
planeta. La reducción de la capa de ozono, el calentamiento global derivado de un creciente
efecto invernadero y el enfriamiento global resultante de una hipotética guerra nuclear son
maneras en que la tecnología actual es capaz de trastrocar de forma significativa el entorno
de nuestro mundo y, en todos los casos, se trata de una consecuencia inadvertida de llevar a
cabo otra actividad. Si nos hubiéramos propuesto modificar nuestro entorno planetario,
seríamos plenamente capaces de generar una alteración todavía mayor. A medida que nuestra
tecnología vaya haciéndose más poderosa podremos poner en marcha cambios mucho más
profundos.

No obstante, igual que en un aparcamiento en paralelo resulta más sencillo salir de nuestra
plaza que entrar en ella, es más fácil destruir el entorno medioambiental de un planeta que
reconducirlo hacia una serie de temperaturas, presiones, composiciones, etcétera,
estrictamente prescritas. Conocemos ya una multitud de mundos desolados e inhóspitos y —
con estrechos márgenes— solamente sabemos de uno verde y acogedor. Esta es una de las
primeras y principales conclusiones de la era de exploración espacial del sistema solar. Al
alterar la Tierra, o cualquier mundo que posea atmósfera, debemos tener muchísimo cuidado
con las retroacciones positivas, por las que incidimos levemente sobre un entorno
medioambiental y éste se dispara por su cuenta, un poco de enfriamiento que conduce a una
glaciación incontrolable, como pudo ocurrir en Marte, o un poco de calentamiento que
desencadena un desbocado efecto invernadero, como pudo ser el caso de Venus. No está claro
en absoluto que nuestros conocimientos sean suficientes para llevar a cabo una empresa de
tanta envergadura.
Primeras fases de colonización de Marte por los humanos, concebidas por Chesley Bonestell.
Pintura perteneciente a la colección del autor.

Por cuanto yo sé, la primera sugerencia en la literatura científica referente a la


terraformación de planetas apareció en un artículo de 1961 que escribí sobre Venus. Yo
estaba bastante seguro de que la superficie de Venus se encuentra a una temperatura que
rebasa con creces el punto normal de ebullición del agua, y ello a consecuencia de un efecto
invernadero por anhídrido carbónico/vapor de agua. Imaginé la posibilidad de sembrar sus
nubes altas con microorganismos producidos genéticamente, que se encargarían de absorber
CO2 , N2 y H2 O de la atmósfera y convertirlos en moléculas orgánicas. Cuanto más CO2
extrajeran, menor sería el efecto invernadero y más fría la superficie. Los microbios serían
transportados por la atmósfera hasta la superficie donde quedarían fritos, de tal modo que el
vapor de agua pudiera regresar a la atmósfera; pero el carbono del CO2 sería
irreversiblemente convertido en grafito o alguna otra forma no volátil del carbono a causa de
las elevadas temperaturas. A la larga, las temperaturas caerían por debajo del punto de
ebullición y la superficie de Venus se haría habitable, y aparecería salpicada de lagunas y
lagos de agua caliente.

Esta idea fue pronto adoptada por un cierto número de autores de ciencia ficción en el baile
continuo entre ciencia y ciencia ficción, en el cual la ciencia estimula a la ficción y la ficción a
una nueva generación de científicos, un proceso que beneficia a ambos géneros. Pero, como
paso siguiente en el baile, ahora ha quedado claro que sembrar Venus de microorganismos
fotosintéticos especiales no funcionaría. Desde 1961 hemos descubierto que las nubes de
Venus se componen de una solución de ácido sulfúrico que convierte la posibilidad de aplicar
ingeniería genética en un reto todavía mayor. Sin embargo, tal circunstancia no constituye en
sí misma un inconveniente definitivo. (Existen microorganismos que viven en soluciones
concentradas de ácido sulfúrico). El inconveniente definitivo es el siguiente: Yo pensaba en
1961 que la presión atmosférica en la superficie de Venus era de unos pocos barios, algo
superior a la presión en la superficie de la Tierra. Hoy sabemos, en cambio, que es de 90
barios, de modo que, aunque el invento funcionara, el resultado sería una superficie enterrada
bajo cientos de metros de fino grafito y una atmósfera compuesta de 65 barios de oxígeno
molecular casi puro. Queda abierta la incógnita de si primero implosionaríamos bajo esa
aplastante presión atmosférica o bien si antes nos encenderíamos de forma espontánea y
seríamos pasto de las llamas en medio de ese exceso de oxígeno. Pero, mucho antes de que
pudiera acumularse todo ese oxígeno, el grafito volvería a quemarse espontáneamente para
convertirse en CO2 , frustrando todo el proceso. En el mejor de los casos, un procedimiento de
este tipo podría acarrear sólo la terraformación parcial de Venus.

La superficie de Venus tal como la imaginó el pionero artista espacial Chesley Bonestell en los
años cincuenta. Tuve a bien reproducir esta pintura en un informe científico sobre Venus del
año 1961, publicado en la revista Science , en el cual sugería una opción para la
terraformación de dicho planeta. Pintura perteneciente a la colección del autor.

Supongamos que, a principios del siglo XXII, disponemos de vehículos para el transporte de
cargas pesadas comparativamente económicos, de modo que podemos llevar grandes
cargamentos hasta otros mundos; reactores de fusión abundantes y potentes, y también una
ingeniería genética bien desarrollada. Las tres suposiciones entran dentro de lo probable, a
juzgar por las tendencias actuales. ¿Podríamos abordar la terraformación de los planetas?

Jack Williamson, profesor emérito de inglés de la Universidad Oriental de Nuevo México, me


escribió a sus ochenta y cinco años diciendo que estaba «sorprendido de comprobar lo lejos
que ha llegado ya la ciencia» desde que él sugiriera por primera vez la terraformación.
Estamos acumulando la tecnología que un día podrá hacerla posible, pero actualmente todo lo
que tenemos son sugerencias, muchísimo menos revolucionarias que las ideas originales de
Williamson.

James Pollack, del Centro de Investigación, Ames, de la NASA, y yo estudiamos este problema.
He aquí un resumen de nuestras conclusiones:

VENUS: Claramente, el problema de Venus es su masivo efecto invernadero. Si pudiéramos


reducirlo casi a cero, el clima resultante sería suave. Pero una atmósfera de 90 bares de CO2
es opresivamente densa. Sobre cada cuadrito de superficie del tamaño de un sello de correos,
el aire pesa tanto como seis jugadores profesionales de fútbol colocados uno encima de otro.
Hacer desaparecer todo eso nos va a dar bastante quehacer.

Imaginemos que bombardeamos Venus con cometas y asteroides. Cada impacto se llevaría por
delante algo de atmósfera. Pero hacerla desaparecer casi por completo requeriría agotar más
asteroides grandes y cometas de los que existen, al menos en la porción planetaria del sistema
solar. Aunque existiera esa enorme cantidad de potenciales proyectiles, aunque fuéramos
capaces de lanzarlos todos contra Venus (ésta sería la forma «supermegadestructiva» de
abordar el problema de la amenaza de los impactos), pensemos en lo que habríamos perdido.
Quién sabe qué maravillas, qué conocimientos prácticos podrían contener. Asimismo,
borraríamos gran parte de la hermosa geología superficial de Venus, que precisamente ahora
estamos empezando a comprender y puede enseñarnos muchas cosas acerca de la Tierra. Éste
es un ejemplo de terraformación a lo bruto. Sugiero que prescindamos por completo de esos
métodos, incluso si algún día podemos permitírnoslos (cosa que dudo mucho). Nos conviene
algo más elegante, más sutil, más respetuoso con el medio ambiente de otros mundos. La
solución microbiana tiene algunas de esas virtudes, pero no resuelve el problema, como ya
hemos visto.

También cabe imaginar la pulverización de un asteroide oscuro y la diseminación del polvo


por la atmósfera superior de Venus, o bien la extracción de ese polvo de la misma superficie
del planeta. Ese sería el equivalente físico al invierno nuclear o al clima posterior al impacto
del cretáceo-terciario. Si la luz solar que alcanza el suelo está lo suficientemente atenuada, la
temperatura de la superficie debe caer. Pero por su propia naturaleza, esta opción sumiría a
Venus en una profunda oscuridad, con niveles de luz diurna equiparables como mucho a los de
una noche iluminada por la Luna sobre la Tierra. Por otra parte, la opresiva y aplastante
atmósfera de 90 barios permanecería intacta. Dado que el polvo inyectado iría sedimentando
con los años, la capa de polvo debería ser renovada en ese mismo plazo de tiempo. Puede que
dicha opción fuera aceptable para misiones de exploración de corta duración, pero el entorno
generado parece demasiado severo para el mantenimiento de una comunidad humana
permanente sobre Venus.

Otra posibilidad sería emplear una sombra artificial gigante, en órbita alrededor de Venus,
para enfriar su superficie, pero saldría extraordinariamente caro y además presentaría
muchas de las deficiencias de la opción de la capa de polvo. Sin embargo, si se pudiera lograr
que las temperaturas bajasen lo suficiente, el CO2 de la atmósfera se precipitaría en forma de
lluvia. Entonces se produciría un periodo transicional de océanos de CO2 sobre Venus. Si se
pudiera tapar luego esos océanos para evitar que se evaporasen —por ejemplo mediante
océanos de agua conseguidos a base de fundir una gran luna de hielo, transportada desde el
sistema solar exterior—, entonces es de suponer que podría separarse el CO2 y Venus se
convertiría en un planeta de agua (o de seltz poco gaseoso). También se ha sugerido convertir
el CO2 en rocas de carbonato.

En cualquier caso, todas estas propuestas para la terraformación de Venus insisten en el


empleo de la fuerza bruta, son poco elegantes y absurdamente caras. La metamorfosis
planetaria deseada podría estar fuera de nuestro alcance durante largo tiempo, aunque
nosotros pensáramos que es deseable y responsable llevarla a cabo. La colonización asiática
que Jack Williamson imaginó para el planeta Venus quizá tenga que ser reorientada hacia otro
lugar.

MARTE: En el caso de Marte se nos presenta justamente el problema contrario. No hay


suficiente efecto invernadero. Ese planeta es un desierto helado. Pero el hecho de que Marte
parece haber disfrutado de una gran profusión de ríos, lagos y quizá incluso océanos cuatro
mil millones de años atrás —en una época en que el Sol era menos brillante de lo que es hoy—
nos induce a preguntarnos si su clima no presenta algún tipo de inestabilidad natural, alguna
reacción violenta que, una vez desencadenada, devolvería por sí sola al planeta a su pasado
estado de clemencia climática. (Digamos desde el principio que actuar sobre el planeta
significaría destruir los accidentes geológicos de Marte, que encierran datos clave sobre su
pasado, especialmente el terreno polar laminado).
Como muy bien sabemos por la Tierra y por Venus, el anhídrido carbónico es un gas de
invernadero. En Marte hay minerales de carbonato, así como hielo seco en una de las capas
polares. Podrían ser convertidos en gas CO2 . No obstante, generar un efecto invernadero de
escala suficiente como para conseguir temperaturas confortables sobre Marte requeriría
revolver toda la superficie de Marte y procesarla hasta una profundidad de kilómetros. Aparte
de los intimidatorios obstáculos que ello representaría para la ingeniería práctica —con
energía de fusión o sin ella— y de los inconvenientes para cualquier sistema ecológico cerrado
que los humanos hubieran podido establecer de antemano sobre el planeta, esta opción
comportaría también la irresponsable destrucción de una fuente científica de primer orden, de
la magnífica base de datos que ofrece la superficie de Marte.

IZQUIERDA: El casquete del polo sur de Marte visto desde arriba. Fotomosaico del Viking ,
cedida por USGS/NASA.

DERECHA: Primer plano del casquete polar nórdico de Marte. La cantidad de anhídrido
carbónico liberado en los casquetes polares de Marte parece insuficiente para explicar la
densa atmósfera que, según las deducciones, poseía este planeta en el pasado. Tal vez haya
carbonatos abundantes en el suelo marciano. Sin embargo, con el anhídrido carbónico de los
casquetes polares y el suelo de Marte, y otros gases que pueden fabricarse sobre el planeta,
ahora parece que sería posible generar un efecto invernadero suficiente como para ir
transformando el entorno medioambiental de Marte hacia condiciones mucho más similares a
las de la Tierra. Fotomosaico del Viking , cedido por USGS/NASA.

Y ¿qué hay de los gases de invernadero? Podríamos transportar a Marte clorofluorocarbonos


(CFC o HCFC) fabricados en la Tierra. Estas sustancias artificiales no se encuentran, por lo
que sabemos, en ninguna otra parte del sistema solar. Ciertamente, podemos imaginarnos
muy bien fabricando suficientes CFC en la Tierra como para calentar la superficie de Marte,
pues accidentalmente , en unas pocas décadas con la tecnología presente sobre la Tierra, nos
las hemos ingeniado para sintetizar una cantidad suficiente como para contribuir al
calentamiento global de nuestro propio planeta. Sin embargo, el transporte de estos gases a
Marte saldría caro: incluso empleando cohetes del tipo Saturn V o Energiya, ello requeriría al
menos un lanzamiento diario durante un siglo. Aunque quizá también pudieran fabricarse esos
gases a partir de minerales marcianos que contuvieran fluorina.

Existe además un serio inconveniente: en Marte, al igual que en la Tierra, una abundancia de
CFC impediría la formación de una capa de ozono. Los CFC podrían hacer soportables las
temperaturas de Marte, pero garantizarían, por otra parte, que el peligro ultravioleta
procedente del Sol fuera extremadamente grave. Tal vez la luz solar ultravioleta pudiera ser
absorbida por una capa atmosférica de escombros pulverizados —ya fueran éstos de origen
asteroidal o de la propia superficie—, inyectados en cantidades cuidadosamente tituladas por
encima de los CFC. Pero ahora nos encontramos ante la problemática circunstancia de tener
que afrontar efectos secundarios que se propagan, cada uno de los cuales requiere su propia
solución tecnológica a gran escala.

Un tercer gas de invernadero susceptible de calentar Marte es el amoniaco (NH3 ). Solamente


un poco de amoniaco sería suficiente para calentar la superficie de Marte por encima del
punto de congelación del agua. En principio, ello podría hacerse mediante microorganismos
creados por ingeniería genética especialmente para tal fin, que convertirían el N2 de la
atmósfera de Marte en NH3 , tal como hacen en la Tierra algunos microbios, aunque en este
caso lo harían bajo las condiciones de Marte. O bien esa misma conversión podría llevarse a
cabo en fábricas especiales. Alternativamente, el nitrógeno requerido podría ser llevado a
Marte desde alguna otra parte del sistema solar. (El N2 es el constituyente principal en las
atmósferas de la Tierra y de Titán). La luz ultravioleta convertiría de nuevo el amoniaco en N2
en un plazo de unos treinta años, de modo que sería necesario un continuo reabastecimiento
de NH3 .

Terrazas del casquete polar norte de Marte. Presentan capas alternas de polvo y hielo que,
potencialmente, contienen información vital sobre la historia del cambio climático que Marte
experimentó en su pasado. Pintura de Ron Miller.

Una combinación sensata de los efectos de invernadero por CO2 , CFC y NH3 sobre Marte
parece que podría ser capaz de llevar las temperaturas lo suficientemente cerca del punto de
congelación del agua como para que pudiera empezar la segunda fase de la terraformación, la
elevación suplementaria de las temperaturas debida a una cantidad sustancial de vapor de
agua en el aire, la producción generalizada de O2 a cargo de plantas fabricadas por ingeniería
genética y el ajuste fino del medio ambiente en la superficie del planeta. Se podría establecer
en Marte microbios, plantas más grandes y animales antes de que el medio ambiente global
fuera apropiado para colonizadores humanos sin protección. La terraformación de Marte es
mucho más fácil que la de Venus. Pero sigue resultando muy cara con los criterios actuales y
destructiva del entorno medioambiental. Sin embargo, si hubiera justificación suficiente, tal
vez la terraformación de Marte podría estar en marcha hacia el siglo XXII.

LAS LUNAS DE JÚPITER Y SATURNO: La terraformación de satélites de los planetas jovianos


presenta grados diversos de dificultad. Quizá el más fácil de abordar sea Titán. Ya posee una
atmósfera, compuesta principalmente de N2 como la de la Tierra, y se halla mucho más
cercano a las presiones atmosféricas terrestres que Venus o Marte. Por si fuera poco,
importantes gases de invernadero como el NH3 y el H2 O se encuentran, casi con seguridad,
congelados en su superficie. La fabricación de gases de invernadero incipientes que no se
congelaran a las temperaturas actuales de Titán, más un calentamiento directo de su
superficie por fusión nuclear podrían, al parecer, ser los primeros pasos clave para abordar un
día la terraformación de Titán.

SI TUVIERAMOS UNA RAZÓN DE PESO para terraformar otros mundos, estos grandes
proyectos de ingeniería podrían ser factibles en el plazo de tiempo antes mencionado; los
asteroides, con seguridad; Marte, Titán y otras lunas de los planetas exteriores, posiblemente;
y Venus, probablemente no. Pollack y yo nos dimos cuenta de que hay gente que encuentra
poderosamente atractiva la idea de hacer habitables para los seres humanos otros mundos del
sistema solar, así como el hecho de establecer allí observatorios, bases de exploración,
comunidades y hogares. Debido a su historia de colonización, esa idea parece particularmente
natural y atractiva en Estados Unidos.

De todos modos, la alteración masiva de los entornos medioambientales de otros mundos


solamente puede llevarse a cabo de forma competente y responsable, en caso de que se
disponga de unos conocimientos mucho más profundos que los actuales acerca de esos
lugares. Los defensores de la terraformación deberán convertirse primero en defensores de
una concienzuda exploración científica a largo plazo de otros mundos.

Tal vez cuando comprendamos realmente las dificultades de la terraformación, los costes o los
daños medioambientales se revelarán demasiado importantes y rebajaremos nuestras visiones
de ciudades cubiertas por cúpulas o subterráneas, o cualesquiera otros sistemas ecológicos
cerrados y locales en otros mundos, versiones muy mejoradas de Biosfera II. Quizás
abandonaremos el sueño de convertir las superficies de otros mundos en algo parecido a la
Tierra. O puede también que haya soluciones mucho más elegantes, con una mejor relación
coste/efecto y más responsables desde el punto de vista medioambiental para llevar a cabo la
terraformación, que no se nos hayan ocurrido todavía.

Si realmente queremos tirar adelante el asunto, debemos plantearnos determinadas


cuestiones: dado que toda opción para la terraformación está sujeta a un balance de costes y
beneficios, ¿hasta qué punto podemos estar seguros antes de proceder de que no
destruiremos con ello información científica clave? ¿Qué grado de comprensión necesitamos
del mundo en cuestión antes de poder fiarnos de la ingeniería planetaria para producir el
resultado final deseado? ¿Podemos garantizar un compromiso humano a largo plazo para
mantener y reabastecer un mundo prefabricado, teniendo en cuenta que las instituciones
políticas humanas tienen una vida tan corta? Si un mundo se supone inhabitado —o tal vez
habitado únicamente por microorganismos—, ¿tenemos derecho los seres humanos a
alterarlo? ¿Cuál es nuestro grado de responsabilidad en la conservación en sus actuales
estados salvajes de los mundos del sistema solar para generaciones futuras, que tal vez
contemplen usos que hoy somos demasiado ignorantes para descubrir? Estos interrogantes
podrían condensarse quizá en una pregunta final: nosotros, que hemos convertido este mundo
en un mayúsculo embrollo, ¿somos realmente dignos de que nos sean confiados otros
mundos?
Concepción artística sobre la terraformación de una luna de un planeta joviano en un futuro
lejano. Pintura de Michael Carroll.

Cabe la posibilidad de que algunas de las técnicas que podrían servir para la terraformación
de otros mundos pudieran ser aplicadas para mitigar el daño que le hemos hecho al nuestro.
Considerando las urgencias relativas, una indicación útil acerca de cuándo vamos a estar
preparados para considerar seriamente la terraformación apunta a que lo estaremos cuando
hayamos puesto en orden nuestro propio mundo. Podemos considerarlo como un test para
medir la profundidad de nuestra comprensión y de nuestro compromiso. El primer paso para
abordar la manipulación del sistema solar reside en garantizar la habitabilidad de la Tierra.

En ese momento estaremos a punto para extendernos a los asteroides, los cometas, Marte, las
lunas del sistema solar exterior y más allá. La predicción de Jack Williamson que apunta que
podemos estar listos para el siglo XXII puede no quedar muy lejos de la verdad.

LA VISION DE NUESTROS DESCENDIENTES viviendo y trabajando en otros mundos, y


moviendo incluso algunos de ellos según su conveniencia parece sacada del más extravagante
libro de ciencia ficción. «Seamos realistas», me aconseja una voz en mi interior. Pero esto es
realista. Nos hallamos en la cúspide de la tecnología, cerca del punto medio entre lo imposible
y la rutina. Es lógico que sostengamos una pugna a este respecto. Si no nos hacemos algo
terrible a nosotros mismos en el ínterin, dentro de un siglo la terraformación no nos parecerá
más imposible de lo que hoy se nos antoja la posibilidad de una estación espacial instalada por
seres humanos.

Pienso que la experiencia de vivir en otros mundos inevitablemente nos cambiará. Nuestros
descendientes, nacidos y educados en otro lugar, comenzarán de forma natural a ser leales al
mundo que los vio nacer, aunque sigan profesando un cierto afecto a la Tierra. Sus
necesidades físicas, sus métodos para cubrir dichas necesidades, sus tecnologías y sus
estructuras sociales serán necesariamente distintas.

Una brizna de hierba constituye un lugar común en la Tierra, pero sería un auténtico milagro
en Marte. Nuestros descendientes en Marte conocerán bien el valor de un pedazo de césped.
Y si una brizna de hierba no tiene precio, ¿cuál es el valor de un ser humano? El
revolucionario americano Tom Paine, al describir a sus contemporáneos, tuvo pensamientos
como el que sigue:

Los deseos que necesariamente acompañan el cultivo de un desierto produjeron entre ellos un
estado social, cuyo cuidado había sido negligido hasta entonces por países largamente
hostigados por las disputas e intrigas de sus gobiernos. En una situación así el hombre se
convierte en lo que debería ser. Contempla a su especie… como grupo.

La asociación de Exploradores Espaciales es una de las orgnizaciones más exclusivistas de la


Tierra: para ser miembro de la misma uno debe haber efectuado algún viaje espacial. Este
póster, firmado por astronautas y cosmonautas de veinticinco naciones, fue diseñado para la
reunión anual de la asociación correspondiente al año 1992, que estuvo dedicada a las
misiones humanas a Marte. En lo que respecta a Marte en sí, qué parte del póster
corresponde arriba es meramente una cuestión de convención. De la colección del autor.

Habiendo visto de primera mano una procesión de mundos estériles y desolados, sería lógico
que nuestros descendientes en el espacio mimaran la vida. Habiendo también aprendido algo
de la actuación de nuestra especie en la Tierra, quizá deseen aplicar esas lecciones a otros
mundos, a fin de ahorrar a las generaciones venideras un sufrimiento evitable que sus
antepasados se vieron obligados a soportar, y hacer uso de nuestra experiencia y de nuestros
errores en el momento de iniciar nuestra evolución abierta al espacio.
Los radiotelescopios examinan el cielo nocturno, que presenta un aspecto muy distinto en
ondas de radio que en luz visible ordinaria. Muchas de las «estrellas» no son tales, sino
brillantes galaxias y quasars de radio a miles de millones de años luz de distancia. Entre esas
fuentes de radio y el ruido de radio de nuestra civilización técnica ¿podemos encontrar
evidencias en la oscuridad de la presencia de otras civilizaciones en el espacio? Imagen cedida
por National Radio Astronomy Observatory.
Capítulo 20

OSCURIDAD

Lejos, ocultos a los ojos de la luz diurna, hay vigilantes en los cielos.

EURÍPIDES, Los bacantes (aprox. 406 a. J.C.)

CUANDO SOMOS NIÑOS, tememos la oscuridad. En ella puede haber oculta cualquier cosa.
Lo desconocido nos angustia. Irónicamente, nuestro destino es vivir en la oscuridad. Este
inesperado descubrimiento de la ciencia tiene solamente unos tres siglos de antigüedad.
Distanciémonos de la Tierra en cualquier dirección y —tras un flash inicial de azul y una
espera algo más larga hasta que la luz del Sol se desvanece— nos encontraremos rodeados de
negro, solamente salpicado aquí y allá por tenues y distantes estrellas.

Incluso una vez alcanzada la edad adulta, la oscuridad sigue manteniendo su poder para
asustarnos. Por ello, hay quien sostiene que no deberíamos insistir demasiado en averiguar
quién más habita en esa oscuridad. «Mejor no saberlo», afirman.

En la galaxia Vía Láctea hay cuatrocientos mil millones de estrellas. De entre esa inmensa
multitud, ¿es posible que nuestro Sol, siendo tan vulgar, sea el único que posea un planeta
habitado? Quizá el hecho de que se origine vida o inteligencia sea extraordinariamente
improbable. O tal vez todo el tiempo estén surgiendo civilizaciones, pero se autoaniquilen tan
pronto como tengan ocasión.

Cabe también la posibilidad de que, diseminados por el espacio, orbitando otros soles, existan
mundos parecidos al nuestro sobre los cuales haya seres que miren hacia arriba y se
pregunten, como hacemos nosotros, quién más debe vivir en la oscuridad. ¿Es posible que la
Vía Láctea esté repleta de vida y de inteligencia —mundos que llaman a otros mundos— y
nosotros, en la Tierra, estemos viviendo el momento decisivo en que hemos decidido por vez
primera escuchar esa llamada?

Nuestra especie ha descubierto una forma de comunicarse a través de la oscuridad, de


trascender distancias inmensas. No hay medio de comunicación más rápido, más barato o que
tenga mayor alcance. Se llama radio.

Al cabo de miles de millones de años de evolución biológica —en su planeta y en el nuestro—


una civilización extraterrestre no puede estar al mismo nivel tecnológico que la nuestra. Ha
habido humanos durante más de veinte mil siglos, pero sólo hace un siglo que conocemos la
radio. Si las civilizaciones extraterrestres están más atrasadas que nosotros, es probable que
lo estén demasiado como para tener radio. Y si están más adelantadas que nosotros, lo
estarán también mucho más. Pensemos en los avances tecnológicos que hemos conseguido en
nuestro mundo durante los últimos siglos. Lo que a nosotros nos resulta tecnológicamente
difícil o imposible, lo que nos parecería mágico, a ellos podría parecerles banal, de tan fácil.
Podría ser que emplearan otros medios mucho más avanzados para comunicarse con sus
semejantes, pero conocerían la radio como un modo de aproximación a civilizaciones
emergidas recientemente. Incluso con un nivel tecnológico no más adelantado que el nuestro
en sus estaciones de transmisión y recepción, hoy podríamos comunicarnos a través de gran
parte de la galaxia. Ellos deberían ser capaces de llegar mucho más allá.

Eso si es que existen.

Pero nuestro temor a la oscuridad se subleva. La idea de la posible existencia de seres


extraterrestres nos preocupa. Nos inventamos objeciones:

«Es demasiado caro ». Pero, en su plena expresión tecnológica moderna, cuesta menos que un
helicóptero de combate al año.
«Nunca llegaremos a comprender lo que dicen ». Pero, dado que el mensaje se transmite por
radio, nosotros y ellos debemos tener radiofísica, radioastronomía y radiotecnología en
común. Las leyes de la Naturaleza son las mismas en todas partes; así pues, la misma ciencia
proporciona un medio y un lenguaje de comunicación incluso entre especies de seres muy
diferentes, siempre, claro está, que ambas dispongan de ciencia. Descifrar el mensaje, si
tenemos la suerte de recibir alguno, puede ser mucho más fácil que captarlo.

«Resultaría desmoralizante enterarnos de que nuestra ciencia está en un estadio primitivo ».


Pero, con los criterios de los próximos siglos, al menos una parte de nuestra ciencia actual
será considerada primitiva, con extraterrestres o sin ellos. (Lo mismo ocurrirá con nuestras
actuales política, ética, economía y religión). Ir más allá de la ciencia actual constituye uno de
los objetivos principales de la ciencia. Los estudiantes serios no suelen caer en la
desesperación cuando, al pasar las páginas de un libro de texto, descubren que el autor
conoce un tema que ellos todavía desconocen. Por lo general, los estudiantes se esfuerzan un
poco, adquieren ese nuevo conocimiento y, siguiendo una antigua tradición humana,
continúan pasando páginas.

«A lo largo de toda la historia, las civilizaciones avanzadas han arruinado a otras civilizaciones
que les iban ligeramente a la zaga ». Ciertamente. Pero los extraterrestres maléficos, si
existen, no van a descubrir nuestra presencia por el mero hecho de que les estemos
escuchando. Los programas de búsqueda se limitan a recibir, no envían.

Sorprendentemente, a muchas personas, incluyendo los editorialistas del New York Times ,
los preocupa el hecho de que cuando los extraterrestres descubran dónde estamos, puedan
venir aquí a comernos. Dejando aparte las profundas diferencias biológicas que deben de
existir entre los hipotéticos alienígenas y nosotros, imaginemos que constituimos un manjar
gastronómico interestelar. ¿Por qué iban a molestarse en transportar multitud de humanos
hasta los restaurantes extraterrestres? Los cargamentos serían enormes. ¿No sería mejor que
se limitaran a robar unos cuantos humanos, determinaran nuestra secuencia de aminoácidos,
o cualquiera que fuera el origen de nuestro sabroso sabor, y luego se dedicaran a sintetizar
ese mismo producto alimenticio desde un buen principio?

POR EL MOMENTO, el debate sigue vivo. Actualmente, a una escala sin precedentes, estamos
tratando de captar señales de radio de otras posibles civilizaciones en las profundidades del
espacio. Hoy vive la primera generación de científicos que está interrogando a la oscuridad.
Resulta también plausible que sea la última antes de establecer contacto, y éste, el último
momento antes de que descubramos que alguien en la oscuridad nos está llamando.

Este rastreo se denomina «Búsqueda de inteligencia extraterrestre» (Search for


Extraterrestrial Intelligence , SETI). Permítanme describir hasta dónde hemos llegado.

El primer programa SETI fue llevado a cabo por Frank Drake en el Observatorio Nacional de
Radioastronomía de Greenbank, West Virginia, en 1960. Estuvo escuchando durante dos
semanas dos estrellas cercanas parecidas al Sol en una frecuencia determinada. («Cercanas»
es una manera muy relativa de expresarlo: la más cercana se encuentra a doce años luz de
distancia).

Casi en el mismo momento en que Drake enfocó el radiotelescopio y puso en marcha el


sistema, captó una señal muy fuerte. ¿Se trataba de un mensaje de seres extraterrestres?
Luego ésta se esfumó. Si la señal desaparece, no se puede escrutar. No podemos determinar
si, a causa de la rotación de la Tierra, se mueve con el cielo. Si no es repetible, no podemos
averiguar casi nada de ella, podría tratarse de interferencias de radio terrestres o de un fallo
de nuestro amplificador o detector… o de una señal alienígena. Los datos que no se repiten,
independientemente de lo insigne que sea el científico que dé cuenta de los mismos, no sirven
para gran cosa.

Semanas más tarde, la señal fue detectada de nuevo. Resultó ser un avión militar
transmitiendo en una frecuencia no autorizada. Drake informó de los resultados negativos que
había obtenido. Pero en ciencia un resultado negativo no equivale a un fracaso. Su gran logro
fue poner de manifiesto que la tecnología moderna sería plenamente capaz de captar señales
de hipotéticas civilizaciones residentes en planetas de otras estrellas.
Desde entonces ha habido una serie de intentos, a menudo aprovechando tiempo escatimado a
otros programas de observación por radiotelescopio, y casi nunca durante más de unos pocos
meses. Se ha producido alguna otra falsa alarma, en el estado de Ohio, en Arecibo, en Puerto
Rico, en Francia, en Rusia y en otros lugares, pero nada aceptable para la comunidad
científica mundial.

Entretanto, la tecnología para la detección se ha ido abaratando; el grado de sensibilidad de la


misma continúa mejorando; la respetabilidad científica del programa SETI ha ido en aumento;
e incluso la NASA y el Congreso han perdido un poco el miedo a apoyarlo. No obstante, son
posibles y necesarias diversas estrategias de búsqueda complementarias. Hace años que
quedó claro que, si la tendencia continuaba, la tecnología que permitiría aplicar ampliamente
el programa SETI acabaría estando al alcance incluso de organizaciones privadas (o de
individuos con alto nivel de recursos) y, tarde o temprano, el gobierno se decidiría a apoyar un
programa de mayor importancia. Tras treinta años de trabajo, para algunos de nosotros ha
sido más bien tarde que temprano. Pero por fin ha llegado el momento.

LA SOCIEDAD PLANETARIA —una asociación sin ánimo de lucro que Bruce Murray, entonces
director del JPL, y yo fundamos en 1980— está dedicada a la exploración planetaria y a la
búsqueda de vida extraterrestre. Paul Horowitz, un físico de la Universidad de Harvard, había
ideado una serie de importantes innovaciones para el SETI y estaba deseoso de probarlas. Si
podíamos conseguir el dinero para ponerlo en marcha, pensamos que podríamos continuar
apoyando el programa con donaciones de nuestros asociados.

En 1983 Ann Druyan y yo sugerimos al director de cine Steven Spielberg que éste era un
proyecto ideal para que él le concediera su apoyo. Rompiendo con la tradición de Hollywood,
el cineasta había hecho dos películas de extraordinario éxito en las que transmitía la idea de
que los seres extraterrestres no tenían por qué ser hostiles y peligrosos. Spielberg accedió
gustoso. Con su apoyo inicial y a través de la Sociedad Planetaria, se puso en marcha el
programa META.

META es un acrónimo para Megachannel ExtraTerrestrial Assay («Ensayo extraterrestre por


megacanales»). La frecuencia única del primer sistema de Drake llegaba hasta los 8,4
millones. Pero cada canal, cada «estación», que sintonizamos posee una gama de frecuencias
extraordinariamente ajustada. No existen procesos conocidos ahí fuera, entre las estrellas y
las galaxias, capaces de generar «líneas» de radio tan definidas. Si captáramos algo que
hubiera caído en un canal tan estrecho, tendría que ser, pensamos, un indicio de inteligencia y
tecnología.

Y lo que es más, la Tierra gira, lo cual significa que cualquier fuente de radio distante tendrá
un movimiento aparente considerable, igual que la salida y la puesta de las estrellas. Al igual
que el tono fijo de la bocina de un coche se vuelve más grave a medida que el vehículo se
aleja, cualquier fuente de radio extraterrestre auténtica exhibirá una desviación fija en su
frecuencia, debido a la rotación de la Tierra. En contraste, cualquier fuente de interferencias
de radio en la superficie de la Tierra rotará a la misma velocidad que el receptor META. Las
frecuencias de escucha del META se modifican continuamente para compensar la rotación de
la Tierra, de tal modo que cualquier señal de banda estrecha procedente del cielo aparecerá
siempre en un canal único. En cambio, cualquier interferencia de radio aquí en la Tierra se
pondrá en evidencia al pasarse a los canales adyacentes.

El radiotelescopio META en Harvard, Massachusetts, tiene 26 metros de diámetro. Cada día, a


medida que la Tierra hace rotar el telescopio bajo el cielo, una hilera de estrellas más
estrecha que la luna llena es barrida y examinada. Al día siguiente le toca el turno a la hilera
de al lado. A lo largo de un año se observa todo el cielo del hemisferio norte y parte del
hemisferio sur. Un sistema idéntico, también esponsorizado por la Sociedad Planetaria, se
halla en funcionamiento en las afueras de Buenos Aires, Argentina, con el objeto de examinar
el cielo del hemisferio sur. De este modo, ambos sistemas META han venido explorando la
totalidad del cielo.

El radiotelescopio, gravitatoriamente pegado a la Tierra en rotación, contempla cada estrella


durante dos minutos, A continuación pasa a la siguiente. 8,4 millones de canales suena a
mucho, pero recordemos que cada canal es muy estrecho. Todos ellos juntos constituyen
solamente unas pocas de entre las cien mil partes que componen el espectro de radio
disponible. Así pues, tenemos que estacionar nuestros 8,4 millones de canales en algún lugar
del espectro de radio para cada año de observación, cerca de alguna frecuencia en la que una
civilización alienígena, sin saber nada de nosotros, pudiera concluir de todos modos que
estamos escuchando.

El hidrógeno es, con mucho, el tipo de átomo más abundante en el universo. Se halla
distribuido en nubes y en forma de gas difuso por todo el espacio interestelar. Cuando capta
energía, libera una porción de la misma emitiendo ondas de radio en una frecuencia precisa
de 1420,405751768 megahertzios. (Un hertzio significa que la cresta y el valle de una onda
llegan a nuestro instrumento de detección cada segundo. Por tanto, 1420 megahertzios
equivalen a un billón cuatrocientos veinte mil millones de ondas por segundo, entrando en
nuestro detector. Dado que la longitud de onda de la luz corresponde a la velocidad de la luz
dividida por la frecuencia de la onda, 1420 megahertzios corresponden a una longitud de onda
de veintiún centímetros). Los radioastrónomos de todos los puntos de la galaxia estarán
estudiando el universo a 1420 megahertzios y serán capaces de anticipar que otros
radioastrónomos, independientemente de lo diferente que sea su apariencia física, harán lo
mismo.

Es como si alguien le dijera que la banda de frecuencias de su aparato de radio casero tiene
solamente una estación, pero que nadie conoce su frecuencia. ¡Ah!, y otra cosa: el dial de
frecuencias de su aparato, con su fino marcador de frecuencias que ajustamos girando un
botón, resulta que alcanza desde la Tierra hasta la Luna. Buscar sistemáticamente a través de
este amplísimo espectro de radio, girando pacientemente el botón, nos llevaría mucho tiempo.
El problema es ajustar correctamente el dial desde el principio, seleccionar la frecuencia
indicada. Si pudiéramos adivinar en qué frecuencias nos están transmitiendo los
extraterrestres —las frecuencias «mágicas»—, entonces nos ahorraríamos mucho tiempo y
problemas. Éstas son la clase de cuestiones que escuchamos primero, como había hecho
Drake, en frecuencias cercanas a los 1420 megahertzios, la frecuencia «mágica» del
hidrógeno.

Datos y registro de una señal candidata impreso por el Sistema META, 26 de noviembre de
1986. De Paul Horowitz y Carl Sagan, The Astrophysical Journal , 20 de septiembre de 1993.

Horowitz y yo hemos publicado resultados detallados correspondientes a cinco años de


búsqueda a plena dedicación con el proyecto META y dos años de seguimiento. No podemos
afirmar que hayamos dado con una señal de seres extraterrestres. Pero sí encontramos algo
enigmático, algo que, de vez en cuando, en momentos tranquilos, cuando pienso en ello me
pone la carne de gallina:

Naturalmente, hay un cierto nivel de fondo de ruidos de radio achacables a la Tierra:


estaciones de radio y televisión, aviones, teléfonos portátiles, naves espaciales cercanas y
distantes. Asimismo, como ocurre con todos los receptores de radio, cuanto más esperas, más
probabilidades hay de que se produzca una fluctuación casual del aparato electrónico tan
fuerte que pueda generar una falsa señal. Por ello solemos ignorar todo lo que no tenga
mucho más volumen que el fondo.

Cualquier señal fuerte de banda estrecha que permanezca en un único canal es tomada muy
en serio. Cuando queda registrada en los datos, META comunica automáticamente a los
operadores humanos que deben prestar atención a determinadas señales. En el transcurso de
esos cinco años efectuamos unos sesenta billones de observaciones en diversas frecuencias,
mientras examinábamos todo el cielo accesible. Unas pocas docenas de señales superaron el
proceso de selección. Éstas fueron sometidas a un mayor escrutinio y casi todas acabaron
siendo rechazadas, por ejemplo, porque los microprocesadores detectores de fallos que
examinan los microprocesadores detectores de señales han descubierto un error.
Distribución de las fuentes de radio META por el cielo. La declinación y la ascensión recta son
las coordenadas de latitud y longitud del cielo empleadas en astronomía. Arriba aparecen
todas las señales candidatas captadas en cinco años de observación en la frecuencia «mágica»
de 2.840 megahertzios (el reflejo de la línea de hidrógeno de 1.420 megahertzios) y que
cumplían también con los criterios previamente establecidos para la vida extraterrestre,
incluyendo el hecho de que aparecieran en un único canal de banda estrecha (ch). Un examen
más detallado nos permite descartar la mayoría de los datos, atribuyéndolos a ruidos debidos
a la electrónica o a interferencias de la frecuencia de radio procedentes de la Tierra y de
naves espaciales. Los que nos quedan (abajo) en esta frecuencia son cuatro acontecimientos.
Se encuentran muy cercanos al plano de la galaxia Vía Láctea (marcado mediante línea
punteada). Dos de ellos se sitúan cerca del centro galáctico, marcado con una «x». De Paul
Horowitz y Carl Sagan, The Astrophysical Journal , 20 de septiembre de 1993.

Las señales que quedaron —las más firmes candidatas después de tres estudios del cielo— son
once «acontecimientos». Satisfacen todos menos uno de nuestros criterios para ser declaradas
señales alienígenas genuinas. Pero el criterio que falla es supremamente importante: la
verificabilidad. Nunca hemos podido volver a detectar ninguna de esas señales. Miramos de
nuevo a esa parte del cielo al cabo de tres minutos y ya no había nada. Miramos otra vez al día
siguiente, y nada. La examinamos al cabo de un año, o de siete, y sigue sin haber nada.

Parece improbable que cada señal que recibimos de una civilización extraterrestre se apague
al cabo de dos minutos de empezar a escucharla, para no repetirse jamás. (¿Cómo podrían
saber ellos que los estamos escuchando?). Pero es posible que sea un efecto del parpadeo. Las
estrellas parpadean porque hay masas de aire turbulento que se interponen en la línea visual
entre la estrella y nosotros. En ocasiones esas masas de aire actúan como lentes y hacen que
los rayos de luz de una determinada estrella converjan un poco, haciéndola
momentáneamente más brillante. De modo similar, las fuentes de radio astronómicas pueden
parpadear, debido a nubes de gas cargado eléctricamente (o «ionizado») que se mueven en el
vasto vacío interestelar. Eso es algo que observamos de forma rutinaria en el caso de los
pulsares.

Imaginemos una señal de radio que se halla levemente por debajo de la fuerza que, de otro
modo, detectaríamos en la Tierra. En algún momento y por casualidad la señal se concentra
temporalmente, se amplifica y entra en la franja de detectabilidad de nuestros
radiotelescopios. Lo interesante es que las duraciones de estos abrillantamientos, que han
podido deducirse gracias a la física del gas interestelar, son de unos pocos minutos, y la
probabilidad de que podamos captar de nuevo la señal es reducida. Realmente, tendríamos
que estar enfocando permanentemente esas coordenadas en el cielo, observándolas durante
meses.

A pesar de que ninguna de esas señales se repite, se da un hecho adicional al respecto que me
provoca un escalofrío: ocho de las once mejores candidatas se encuentran dentro o cerca del
plano de la galaxia Vía Láctea. Las cinco más fuertes fueron localizadas en las constelaciones
Casiopea, Monoceros, Hidra y dos en la de Sagitario, aproximadamente en dirección al centro
de la galaxia. La Vía Láctea es un cúmulo de gas, polvo y estrellas en forma de disco plano. El
hecho de que sea plana explica que la veamos como una banda de luz difusa a través del cielo
nocturno. Es allí donde residen casi todas las estrellas de nuestra galaxia. Si nuestras señales
candidatas fueran en realidad interferencias de radio de la Tierra o algún fallo que hubiera
pasado inadvertido en la electrónica de detección, no las veríamos preferentemente cuando
enfocamos hacia la Vía Láctea.

Las 37 señales más fuertes del programa META que han superado la selección. Los puntos
amarillos marcan las detecciones a 1.420 megahertzios y los rojos las obtenidas a 2.840
megahertzios. Los puntos más grandes constituyen las señales de mayor intensidad. De nuevo,
nótese la concentración hacia el plano de la galaxia Vía Láctea. Diagrama adaptado por José
R. Díaz para la revista Sky and Telescope . Copyright © Sky Publishing Corporation, 1994.
Reproducido con permiso de Paul Horowitz y Carl Sagan, The Astrophysical Journal , 20 de
septiembre de 1993.

Aunque quizá fuimos víctimas de un funcionamiento especialmente desafortunado y engañoso


de la estadística. La probabilidad de que esta correlación con el plano de la galaxia sea
meramente atribuible a la casualidad es menor de un 0,5%. Imaginemos un mapa del cielo del
tamaño de una pared que abarque desde la estrella del Norte en su parte más superior hasta
las estrellas más tenues hacia las que apunta el polo sur de la Tierra en la parte más inferior.
Serpenteando a través del mapa aparecen las irregulares fronteras de la Vía Láctea. Ahora
supongamos que nos vendan los ojos y nos piden que lancemos cinco dardos al azar sobre el
mapa (con una gran parte del cielo del hemisferio sur, inaccesible desde Massachusetts,
declarada fuera de los límites). Deberíamos lanzar los cinco dardos más de doscientas veces
para que, por casualidad, consiguiéramos que cayeran tan juntos dentro del área de la Vía
Láctea como lo hicieron las cinco señales más fuertes captadas por el programa META. No
obstante, en ausencia de señales repetibles, no hay manera de que podamos concluir que,
efectivamente, hemos tropezado con inteligencia extraterrestre.

O quizá los eventos que hemos hallado son causados por algún nuevo tipo de fenómeno
astrofísico, algo en lo que nadie ha reparado hasta ahora y por lo cual, no civilizaciones, sino
estrellas o nubes de gas (o alguna otra cosa) que se encuentran en el plano de la Vía Láctea
emiten fuertes señales en bandas de frecuencia desconcertantemente estrechas.

Pero permitámonos un momento de extravagante especulación. Imaginemos que todos los


acontecimientos seleccionados son debidos, en efecto, a radiofaros de otras civilizaciones. En
ese caso, podemos estimar —a partir del poco tiempo que hemos invertido en observar cada
porción del cielo— cuántos transmisores hay en toda la Vía Láctea. La respuesta es que hay
una cifra cercana al millón. Si estuvieran diseminados al azar por el espacio, el más cercano
estaría a unos cuantos cientos de años luz de distancia, demasiado lejos para que ellos
hubieran podido captar nuestras señales de televisión o de radar. Durante unos cuantos siglos
más, ellos seguirían sin saber que en la Tierra ha emergido una civilización tecnológica. La
galaxia estaría palpitando de vida y de inteligencia, pero —a menos que estuvieran explorando
febrilmente un ingente número de oscuros sistemas estelares— se hallarían completamente in
albis acerca de lo que ha venido ocurriendo últimamente por aquí. Dentro de unos cuantos
siglos, cuando se enteren de nuestra presencia, las cosas pueden ponerse muy interesantes.
Afortunadamente, tendremos muchas generaciones para prepararnos.

Si, por el contrario, ninguna de nuestras señales candidatas es un auténtico radiofaro


alienígena, entonces nos vemos forzados a extraer la conclusión de que hay muy pocas
civilizaciones transmitiendo, quizá ninguna, al menos en nuestras frecuencias mágicas y lo
suficientemente fuerte como para que podamos captarlo.

Consideremos una civilización como la nuestra, pero que ha dedicado toda su energía
disponible (alrededor de un billón de vatios) a transmitir una señal de radiofaro en una de
nuestras frecuencias mágicas y en todas direcciones en el espacio. En ese caso, los resultados
del programa META implicarían que no hay civilizaciones así en un espacio de veinticinco
años luz, un volumen que abarcaría unas doce estrellas semejantes al Sol. No se trata pues de
un límite muy estricto. Si, en cambio, esa civilización estuviera transmitiendo directamente
hacia nuestra posición en el espacio, empleando una antena no más avanzada que la del
observatorio de Arecibo, entonces si META no ha encontrado nada, cabe concluir que no hay
civilizaciones así en ninguna parte de la Vía Láctea, de entre cuatrocientos mil millones de
estrellas, ni una sola. Pero incluso asumiendo que quisieran, ¿cómo sabrían transmitir en
nuestra dirección?

Consideremos ahora, en el extremo tecnológico opuesto, una civilización muy avanzada


transmitiendo pródigamente en todas direcciones con un nivel de energía diez billones de
veces mayor (10 elevado a la 26 vatios, toda la energía liberada por una estrella como el Sol).
Entonces, si los resultados del programa META son negativos, podemos concluir no solamente
que no existen civilizaciones así en la Vía Láctea, sino que no hay ninguna en un área de
setenta millones de años luz, ni en la M31, la galaxia más cercana semejante a la nuestra, ni
en la M33, o el Sistema Fornax, ni en la M81, o la nebulosa Torbellino, ni en Centaurus A, ni
en el cúmulo de galaxias Virgo, ni en las galaxias Seifert más cercanas; no hay ninguna
civilización inteligente entre los cien billones de estrellas de las miles de galaxias cercanas.
Herida de muerte o no, la noción geocéntrica despierta de nuevo.

Naturalmente, podría ser un indicio, no de inteligencia, sino de supina estupidez dilapidar


tanta energía en la comunicación interestelar (o intergaláctica). Quizá tengan buenas razones
para no estar interesados en dar la bienvenida a todo el que llegue de fuera. O puede que les
tengan sin cuidado las civilizaciones tan atrasadas como la nuestra. Pero aun así, ¿es posible
que en cien billones de estrellas no haya una sola civilización transmitiendo con esa potencia
energética, en esa frecuencia precisa? Si los resultados del programa META son negativos,
hemos establecido un límite ilustrativo, pero no tenemos manera de saber si tiene relación con
la abundancia de civilizaciones muy avanzadas o con su estrategia de comunicación. Aunque
el programa META no haya encontrado nada, un amplio término medio permanece abierto, de
numerosas civilizaciones más avanzadas que la nuestra y transmitiendo de modo
omnidireccional en frecuencias mágicas. Todavía no tenemos noticia de su existencia.

EL 12 DE OCTUBRE DE 1992 —para bien o para mal, fecha del quingentésimo aniversario del
«descubrimiento» de América por Cristóbal Colón— la NASA puso en marcha su nuevo
programa SETI. A través de un radiotelescopio ubicado en el desierto de Mojave se inició una
búsqueda que pretendía cubrir sistemáticamente todo el cielo, como el META, sin efectuar
presuposiciones sobre qué estrellas podían presentar un mayor índice de probabilidad, pero
expandiendo en gran medida la cobertura de frecuencias. En el observatorio de Arecibo se
inició un estudio de la NASA, con mayor grado de sensibilidad, que se concentraba en
prometedores sistemas estelares cercanos. Una vez alcanzado el nivel de plena operatividad,
estos sondeos de la NASA habrían sido capaces de detectar señales mucho más débiles que el
programa META, así como de buscar tipos de señales a las que el META no tenía acceso.

La experiencia del programa META revela un grueso de interferencias de fondo estáticas y de


radio. La rápida reobservación y confirmación de la señal —especialmente en otros
radiotelescopios independientes— es la clave para estar seguros. Horowitz y yo dimos a los
científicos de la NASA las coordenadas de los fugaces y enigmáticos acontecimientos captados
por nosotros. Tal vez ellos fueran capaces de confirmar y clarificar nuestros resultados. El
programa de la NASA estaba desarrollando además nuevas tecnologías, estimulando ideas y
cautivando a los niños en las escuelas. A los ojos de muchas personas valía la pena gastar los
diez millones de dólares anuales que se estaban invirtiendo en el proyecto. Pero casi
exactamente un año después de ser autorizado, el Congreso «desenchufó» el programa SETI
de la NASA. Salía demasiado caro, según se dijo. No obstante, el presupuesto de defensa de
Estados Unidos para la época posguerra fría era unas treinta mil veces mayor.

El principal argumento del oponente más importante al programa SETI —el senador Richard
Bryan, de Nevada— fue el siguiente (del Registro del Congreso correspondiente al 22 de
Septiembre de 1993):

Hasta ahora, el programa SETI de la NASA no ha encontrado nada. En realidad, todas las
décadas de investigación SETI no han logrado dar con indicios confirmables de vida
extraterrestre.

Incluso con la versión SETI actual de la NASA, no creo que muchos de sus científicos
estuvieran dispuestos a garantizar que tenemos posibilidades de ver resultados tangibles en
un futuro (previsible)…

La investigación científica raras veces, por no decir nunca, ofrece garantías de éxito —y yo lo
comprendo—, y el verdadero alcance de los beneficios de este tipo de investigaciones suele
desconocerse hasta muy entrado el proceso. Y acepto eso también.

Sin embargo, en el caso del programa SETI las posibilidades de éxito son tan remotas y los
potenciales beneficios tan limitados, que existe escasa justificación para invertir doce millones
de dólares de los contribuyentes en este programa.

Pero ¿cómo podemos «garantizar», antes de descubrir inteligencia extraterrestre, que vamos
a dar con ella? Y, por otra parte, ¿cómo podemos saber que las probabilidades de éxito son
«remotas»? Y si encontráramos inteligencia extraterrestre, ¿pueden ser los beneficios
realmente «tan limitados»? Como sucede en todas las grandes aventuras de exploración, no
sabemos lo que vamos a encontrar, ni tampoco la probabilidad que tenemos de dar con ello. Si
lo supiéramos, ya no sería necesario que buscáramos.

El SETI es uno de esos programas de investigación que irritan a los que persiguen siempre
unas tasas coste/beneficios bien definidas. Si va a encontrarse realmente inteligencia
extraterrestre, cuánto tiempo será necesario para ello y cuánto va a costar en términos
económicos son factores que desconocemos. Los beneficios podrían ser enormes, pero ni
siquiera de eso podemos estar seguros. Naturalmente, sería una temeridad invertir una
fracción mayor del tesoro nacional en aventuras de este tipo, pero me pregunto si las
civilizaciones no podrían ser calibradas por el hecho de si prestan alguna atención a intentar
solucionar las grandes cuestiones.

A pesar de estos reveses, un esforzado grupo de científicos e ingenieros, concentrados en el


Instituto SETI en Palo Alto, California, ha decidido seguir adelante, con la participación del
gobierno o sin ella. La NASA ha dado su permiso para emplear los equipos que ya habían sido
pagados; los capitanes de la industria electrónica han donado unos cuantos millones de
dólares; al menos está disponible un radiotelescopio apropiado y las fases iniciales de éste, el
más grande de los programas SETI, están en marcha. Si es capaz de demostrar que se puede
llevar a cabo un estudio útil del cielo sin ser inundados por ruidos de fondo —y especialmente
si, como parece probable después de la experiencia META, existen señales candidatas sin
explicación plausible— quizá el Congreso cambie de opinión una vez más y subvencione el
proyecto.

Entretanto, Paul Horowitz ha sacado un nuevo programa —distinto del META y de lo que
estaba haciendo la NASA— denominado BETA. BETA equivale a «Billion-channel
ExtraTerrestrial Assay » («Ensayo extraterrestre de los mil millones de canales»). Combina la
sensibilidad de la banda estrecha con la amplia cobertura de frecuencias y una ingeniosa
manera de verificar señales en cuanto son detectadas. Si la Sociedad Planetaria consigue
encontrar apoyo adicional, este sistema —mucho más barato que el anterior programa de la
NASA— estará pronto en el aire.

¿ME GUSTARIA CREER QUE con el META hemos interceptado transmisiones de otras
civilizaciones ahí fuera, en la oscuridad, diseminadas por la inmensidad de la galaxia Vía
Láctea? Sin duda alguna. Después de décadas de reflexión y estudio de este problema,
naturalmente me encantaría. Un descubrimiento como ése sería emocionante para mí. Lo
cambiaría todo. Tendríamos noticia de otros seres, independientemente evolucionados
durante miles de millones de años, que tal vez contemplaran el universo de un modo muy
distinto, quizá más ingenioso y, ciertamente, nada humano. ¿Cuántas cosas saben que
nosotros desconocemos?

Para mí, la ausencia de señales, el hecho de que nadie nos esté llamando, constituye una
perspectiva muy deprimente. «El silencio completo —dijo Jean-Jacques Rousseau en un
contexto distinto— induce a la melancolía; es una imagen de la muerte». Pero yo estoy de
acuerdo con Henry David Thoreau: «¿Por qué habríamos de sentirnos solos? ¿Acaso no se
encuentra nuestro planeta en la Vía Láctea?».

Darnos cuenta de que existen otros seres y que, tal como requiere el proceso evolutivo, deben
ser muy diferentes de nosotros, comportaría una implicación impresionante: sean cuales sean
las diferencias que nos dividen aquí en la Tierra, son del todo triviales comparadas con las
diferencias entre cualquiera de nosotros y cualquiera de ellos. Tal vez no sea más que una
conjetura aventurada, pero el descubrimiento de inteligencia extraterrestre podría jugar un
papel importante en la unificación de nuestro litigante y dividido planeta. Sería la última de
las grandes degradaciones, un rito de transición para nuestra especie y un acontecimiento
que transformaría la antigua búsqueda de nuestro lugar en el universo.

En nuestra fascinación por el SETI, podríamos sentirnos tentados de sucumbir a las creencias;
pero eso sería autoindulgente e imprudente. ¿Debemos renunciar a nuestro escepticismo
solamente frente a evidencias sólidas como la roca? La ciencia exige una cierta tolerancia
frente a la ambigüedad. Cuando nos sentimos ignorantes nos negamos a creer. Cualquier
molestia que pueda generar la incertidumbre sirve a un propósito más elevado: nos conduce a
acumular mejores datos. En esta actitud reside la diferencia entre la ciencia y tantas otras
cosas. La ciencia ofrece pocas emociones baratas. Los criterios de la evidencia son rigurosos.
Pero, si los seguimos, nos permiten ver muy lejos, siendo incluso capaces de iluminar una
profunda oscuridad.
Campo de estrellas en la Cruz del Sur. Copyright © A. Fuizii/Ciel et Espace .
Capítulo 21

¡HACIA EL CIELO!

La escalera del cielo ha sido desplegada para él, para que pueda ascender por ella hasta el
cielo. Oh dioses, colocad vuestros brazos bajo el rey: levantadle, izadle hacia el cielo. ¡Hacia el
cielo! ¡Hacia el cielo!

Himno a un faraón muerto (Egipto, aprox. 2600 a. J.C.)

CUANDO MIS ABUELOS ERAN NIÑOS, la luz eléctrica, el coche, el avión y la radio eran
avances tecnológicos asombrosos, las maravillas de la época. Sobre ellos se escuchaban
historias alucinantes, pero no había ni un solo ejemplar en aquel pequeño pueblo del Imperio
austrohúngaro, a orillas del río Bug. Pero en esa misma época, hacia fines del siglo pasado,
hubo dos hombres que previeron otras invenciones mucho más ambiciosas, Konstantin
Tsiolkovsky, el teórico, un maestro de escuela al borde de la sordera, oriundo del lóbrego
pueblo ruso de Kaluga, y Robert Goddard, el ingeniero, profesor en un college americano casi
igual de lóbrego, del estado de Massachusetts. Los dos soñaban en utilizar cohetes para viajar
a los planetas y a las estrellas. Paso a paso fueron desarrollando los principios físicos
fundamentales y muchos de los detalles relacionados con su sueño. Sus máquinas fueron
tomando forma paulatinamente. A la larga, su sueño se revelaría contagioso.

En su época, la idea de estos pioneros fue considerada vergonzosa, un síntoma claro de algún
oscuro trastorno mental. Goddard se encontró con que el mero hecho de mencionar un viaje a
otros mundos le dejaba en ridículo, y no se atrevió a publicar, ni siquiera a exponer en
público, su visión a largo plazo de los vuelos con destino a las estrellas. Cuando eran
adolescentes, ambos tuvieron visiones epifanales sobre vuelos espaciales, visiones que ya
nunca los abandonarían. «Todavía tengo sueños en los que surco el cielo en mi máquina, con
rumbo a las estrellas —escribió Tsiolkovsky en el ecuador de su vida—. Resulta difícil trabajar
siempre solo durante tantos años, en condiciones adversas, sin una chispa de esperanza y sin
ninguna ayuda». Muchos de sus contemporáneos pensaban realmente que estaba loco. Los
que «sabían más» de física que Tsiolkovsky y Goddard —incluyendo a The New York Times en
un descalificador artículo editorial del que no se retractaría hasta los albores de la misión del
Apolo 11 — insistieron en que los cohetes no funcionarían en el vacío, que la Luna y los
planetas quedarían eternamente fuera del alcance de los seres humanos.

Una generación más tarde, inspirado por Tsiolkovsky y Goddard, Wernher von Braun
construía el primer cohete capaz de llegar a los bordes del espacio, el V-2. Pero, en una de
esas ironías de las que el siglo XX está repleto, Von Braun lo llevó a cabo por encargo de los
nazis, como un instrumento para la matanza indiscriminada de civiles, como un «arma al
servicio de la venganza» en poder de Hitler, con las fábricas de cohetes movidas por mano de
obra sometida a la esclavitud, exigiendo la construcción de cada cohete indecibles
sufrimientos humanos, y con el propio Von Braun convertido en oficial de las SS. «Teníamos la
Luna por objetivo, pero en su lugar alcanzamos Londres», bromeaba sin inmutarse.

Una generación más tarde, basándonos en el trabajo de Tsiolkovsky y Goddard y superando el


genio de Von Braun, conseguimos llegar al espacio, circunnavegar silenciosamente la Tierra y
pisar la antigua y desolada superficie lunar. Nuestras máquinas —cada vez más competentes y
autónomas— se han extendido por el sistema solar, descubriendo nuevos mundos,
examinándolos a conciencia, buscando vida en ellos y comparándolos con la Tierra.
Pintura clásica de Chesley Bonestell de un cohete V-2 cerca de su estructura de lanzamiento,
siendo preparado para el lanzamiento. Cedida por Frederick C. Durant, III.

Ésa es una de las razones por las que, en una perspectiva astronómica amplia, hay algo de
realmente trascendental en el «ahora», que podemos definir como los pocos siglos centrados
en el año en que el lector está leyendo este libro. Y hay todavía una segunda razón: es la
primera vez en la historia de nuestro planeta en que una especie se ha convertido en un
peligro para sí misma y para un enorme número de otras especies, a consecuencia de sus
propias acciones voluntarias. Recordemos cómo:

Hemos estado quemando carburantes fósiles durante cientos de miles de años. Para 1960
éramos tantos los que quemábamos madera, carbón, aceite y gas natural, y a tan gran escala,
que los científicos empezaron a preocuparse por el creciente efecto invernadero; los peligros
de un calentamiento global comenzaron a filtrarse lentamente en la conciencia pública.

Los CFC fueron inventados en las décadas de los veinte y los treinta; en 1974 se descubrió
que atacaban la capa protectora de ozono. Quince años más tarde entraba en vigor, a escala
mundial, la prohibición de producirlos.
Las armas nucleares fueron inventadas en 1945. Hasta 1983 no se comprendieron las
consecuencias globales de una hipotética guerra termonuclear. Hacia 1992 se inició el
desmantelamiento de grandes cantidades de cabezas nucleares.

El primer asteroide se descubrió en 1801. Propuestas más o menos serias para desplazarlos
de un lugar a otro han sido lanzadas desde 1980. El reconocimiento del potencial peligro que
encierra la tecnología de desvío de asteroides se produjo poco después.

La guerra biológica nos ha acompañado durante siglos, pero su letal emparejamiento con la
biología molecular es bastante reciente.

Nosotros, los humanos, hemos precipitado ya la extinción de especies a una escala sin
precedentes desde el final del periodo cretáceo. Pero la magnitud de estas extinciones no se
ha puesto de manifiesto hasta esta última década, al igual que la creciente posibilidad de que,
en nuestra ignorancia de las interrelaciones de la vida en la Tierra, podamos estar poniendo
en peligro nuestro propio futuro.

Fijémonos en las fechas de esta lista y consideremos la profusión de nuevas tecnologías que se
están desarrollando en la actualidad. ¿No es probable que queden todavía por descubrir otros
peligros producto de nuestras propias acciones, algunos de ellos quizá aún más graves?

En el embarullado campo de los desacreditados chauvinismos autocongratulatorios, solamente


hay uno que parece sostenerse, un aspecto en el que «somos especiales»: a causa de nuestras
acciones o inacciones y del uso indebido de nuestra tecnología, vivimos en un momento
extraordinario, al menos para la Tierra; es la primera vez que una especie se ha vuelto capaz
de autodestruirse. Pero también es la primera vez, recordémoslo, que una especie se ha vuelto
capaz de viajar a los planetas y a las estrellas. Ambos acontecimientos, que ha hecho posibles
la misma tecnología, coinciden en el tiempo, unos pocos siglos en la historia de un planeta de
4500 millones de años de antigüedad. Si nos dejaran caer en la Tierra al azar, en algún
momento del pasado o del futuro, las posibilidades de llegar en este momento crítico serían
inferiores a uno entre diez millones. Nuestro poder de influencia sobre el futuro es elevado en
este preciso momento.

Podría tratarse de una progresión corriente, que podría tener lugar en muchos mundos: un
planeta recién formado gira plácidamente alrededor de su estrella; la vida emerge con
lentitud; una procesión calidoscópica de criaturas va evolucionando; surge la inteligencia,
que, al menos hasta cierto punto, confiere un enorme valor de supervivencia; y entonces se
inventa la tecnología. Se empieza a comprender que hay cosas tales como las leyes de la
Naturaleza, que estas leyes pueden revelarse por la vía del experimento y que el conocimiento
de las mismas puede emplearse tanto para salvar como para eliminar vidas, ambas cosas a
una escala sin precedentes. La ciencia, reconocen, garantiza inmensos poderes. En un abrir y
cerrar de ojos crean dispositivos que pueden alterar el mundo. Algunas civilizaciones
planetarias encuentran el camino, establecen límites sobre lo que se puede y lo que no se
debe hacer, y logran superar con éxito la época de los peligros. Otras, menos afortunadas o
prudentes, perecen en el intento.

Dado que, a largo plazo, cualquier sociedad planetaria se verá amenazada por impactos
procedentes del espacio, toda civilización superviviente está obligada a abordar la navegación
espacial, no por ahínco exploratorio o romántico, sino por la razón más práctica imaginable:
permanecer vivos. Y una vez ahí fuera en el espacio durante siglos y milenios, moviendo
pequeños mundos de un lugar a otro y practicando la ingeniería planetaria, nuestra especie se
habrá alejado de su cuna. Si es que existen, muchas otras civilizaciones acabarán
aventurándose lejos de casa.

¿Le quedarían ganas a una civilización planetaria que ha sobrevivido a su adolescencia para
animar a otras a que desarrollaran sus tecnologías emergentes? Quizá efectuaran un esfuerzo
especial para transmitir noticias de su existencia, para difundir el triunfante anuncio de que
es posible evitar la autoaniquilación. ¿O tal vez fueran muy cautos, al principio? Habiendo
evitado catástrofes provocadas por ellos mismos, puede que tuvieran miedo de dar a conocer
su existencia, por temor a que alguna civilización exaltada, desconocida, ahí fuera en la
oscuridad estuviera buscando un Lebensraum (hábitat) o babeando por suprimir a un
potencial competidor. Ese podría ser un motivo que nos impulsara a explorar los sistemas
estelares vecinos, pero con discreción.

Tal vez se mantuvieran en silencio por otra razón: porque transmitir la existencia de una
civilización avanzada podría propiciar que las civilizaciones emergentes no se esforzaran al
máximo por salvaguardar su futuro, esperando que surgiera alguien de la oscuridad y los
salvara de sí mismos.

SE HA PROPUESTO UN MÉTODO para estimar el grado de precariedad de nuestras


circunstancias y, remarcablemente, sin dirigir en ningún sentido la naturaleza de los riesgos.
J. Richard Gott III es un astrofísico de la Universidad de Princeton. Nos sugiere que
adoptemos un principio copernicano generalizado, lo que en otra parte he descrito como el
principio de la mediocridad. Existen muchas posibilidades de que no estemos viviendo una
época verdaderamente extraordinaria. Apenas nadie la ha vivido nunca. Hay un elevado índice
de probabilidades de que hayamos nacido, vivamos nuestros días y fallezcamos en algún punto
de la amplísima gama media de la vida de nuestra especie (o civilización, o nación). Casi con
seguridad, afirma Gott, no vivimos los comienzos ni el final. Así pues, si nuestra especie es
muy joven, se deduce que es improbable que dure mucho, porque si hubiera de durar mucho,
nosotros (y el resto de los que hoy vivimos) seríamos extraordinarios, al vivir,
proporcionalmente hablando, tan cerca del principio.

¿Cuál es entonces la proyectada longevidad de nuestra especie? Gott concluye, con el 97,5%
de seguridad, que los humanos no durarán más de ocho millones de años. Este es su límite
superior, aproximadamente equivalente a la supervivencia media de muchas especies de
mamíferos. En ese caso, nuestra tecnología ni perjudica ni ayuda. Pero el límite inferior de
Gott, para el cual reivindica idéntico porcentaje de fiabilidad, es de sólo doce años. No
apostaría cuarenta contra uno porque los seres humanos estemos todavía en este mundo para
cuando los bebés actuales lleguen a la adolescencia. En la vida diaria hacemos todo lo posible
para no incurrir en riesgos tan grandes, para no subir a un avión, por ejemplo, que tenga una
posibilidad entre cuarenta de estrellarse. Accederemos a someternos a una operación a la cual
sobreviven el 95% de los pacientes, solamente en el caso de que nuestra enfermedad presente
una probabilidad superior al cinco por ciento de llevarnos a la tumba. Unas probabilidades
solamente de cuarenta a uno de que nuestra especie sobreviva otros doce años
representarían, de ser válida la predicción, una causa de suprema preocupación. Si Gott tiene
razón, no sólo puede que nunca lleguemos a tener presencia entre las estrellas, sino que es
muy probable que ni siquiera vivamos lo suficiente como para poner el pie en otro planeta.

En mi opinión, este argumento tiene extraños visos de hipocondría. Sin saber nada sobre
nuestra especie más que su edad, efectúa estimaciones numéricas, para las que reclama un
elevado índice de fiabilidad, con respecto a sus perspectivas de futuro. ¿Cómo lo hace?
Nosotros nos ponemos del lado de los ganadores. Los que ya estaban aquí tienen posibilidades
de permanecer aquí. Los recién llegados tienden a desaparecer. La única presunción que
resulta bastante plausible es la de que no hay nada especial en el momento en que
investigamos la cuestión. ¿Entonces por qué resulta tan insatisfactorio el argumento? ¿Es
simplemente que nos sentimos consternados por sus implicaciones?

Una teoría del estilo del principio de mediocridad debe tener un grado de aplicabilidad muy
amplio. Pero no somos tan ignorantes como para imaginar que todo es mediocre. Hay
realmente algo especial en nuestro tiempo, no solamente el chauvinismo temporal que
experimentan sin duda todos los que residen en una época determinada, sino algo, como he
señalado anteriormente, claramente único y estrictamente relevante para las posibilidades de
futuro de nuestra especie: es la primera vez que a) nuestra tecnología punta ha llegado al
borde del precipicio de la autodestrucción, pero también es la primera vez que b) somos
capaces de posponer o evitar la destrucción marchándonos a otro lugar, a alguna parte fuera
de la Tierra.

Estos dos cúmulos de capacidades, a y b , hacen que nuestro tiempo sea extraordinario de
maneras directamente contradictorias que a refuerzan y b debilitan a la vez la argumentación
de Gott. Desconozco el modo de predecir si las nuevas tecnologías destructivas van a acelerar,
más que las nuevas tecnologías espaciales a retrasar, la extinción de la raza humana. Pero
como nunca hasta ahora habíamos inventado los medios para autoaniquilarnos y nunca hasta
ahora habíamos desarrollado la tecnología para colonizar otros mundos, opino que
disponemos de elementos definitivos para afirmar que nuestro tiempo es extraordinario,
precisamente en el contexto de la argumentación de Gott. Si eso es verdad, se incrementa de
forma significativa el margen de error en este tipo de estimaciones en relación con la
longevidad futura. Lo peor es todavía peor y lo mejor aún mejor: nuestras perspectivas a corto
plazo son más sombrías si cabe y —en caso de que sobrevivamos al corto plazo— nuestras
posibilidades a largo plazo son todavía más brillantes de lo que Gott calcula.

Pero el primer supuesto no es mayor causa de desesperación que el segundo lo es de


complacencia. Nada nos obliga a desempeñar un papel de observadores pasivos, hundidos en
el desánimo mientras nuestro destino se cumple inexorablemente. Si no podemos coger al
destino por el cuello, quizá sí podamos desviarlo o suavizarlo, o bien escapar a él.

Naturalmente, debemos mantener habitable nuestro planeta, y no en un ocioso plazo de siglos


o milenios, sino con urgencia, en pocas décadas o incluso años. Ello implicará cambios en su
gobierno, en la industria, en la ética, en la economía y en la religión. Nunca hemos hecho
antes nada similar, y menos a escala global. Puede que nos resulte difícil. Tal vez las
tecnologías peligrosas se encuentren ya demasiado extendidas. La corrupción puede haber
penetrado en exceso. Demasiados líderes pueden haberse centrado en el corto plazo,
ignorando las perspectivas a largo plazo. Puede que haya demasiados grupos étnicos,
naciones y estados en conflicto como para que pueda instituirse el cambio global adecuado.
Puede que seamos demasiado temerarios como para darnos cuenta de cuáles son los peligros
reales o de que mucho de lo que escuchamos sobre ellos viene determinado por personas que
tienen un interés consumado en reducir al mínimo cambios fundamentales.

Pero los humanos también poseemos tradición en aplicar cambios sociales duraderos que casi
todo el mundo creía imposibles. Desde nuestros tiempos primigenios hemos trabajado no sólo
para nuestro propio beneficio, sino también para el de nuestros hijos y nietos. Mis abuelos y
mis padres lo hicieron por mí. A menudo, a pesar de nuestra diversidad, a pesar de los odios
endémicos, nos hemos unido para hacer frente a un enemigo común. En nuestros días,
parecemos mucho más dispuestos a reconocer los peligros que tenemos delante de lo que lo
estábamos hace sólo una década. Las amenazas que hemos descubierto recientemente pesan
sobre todos por igual. Nadie es capaz de decir lo que nos puede pasar.

LA LUNA ESTABA DONDE CRECÍA el árbol de la inmortalidad según la antigua leyenda


china. Al parecer, el árbol de la longevidad, si no de la inmortalidad, crece de verdad en otros
mundos. Si estuviéramos presentes ahí, entre los planetas, si hubiera comunidades humanas
autosuficientes en muchos mundos, nuestra especie quedaría a resguardo de catástrofes. La
reducción del escudo absorbente de la luz ultravioleta en un mundo supondría un aviso para
que se prestara especial atención al problema en otro. Un impacto cataclísmico contra un
planeta dejaría probablemente intactos todos los demás. Cuantos más representantes de
nuestra especie haya más allá de la Tierra, cuanto mayor sea la diversidad de mundos que
habitemos, más variada será la ingeniería planetaria, más rica la gama de sociedades y
valores, y más segura podrá sentirse la especie humana.

Si creciéramos bajo tierra, en un mundo con una centésima de la gravedad de la Tierra en el


que no vemos más que cielos negros a través de las portillas, tendríamos unas percepciones,
intereses, prejuicios y predisposiciones muy distintos de los de una persona que habita en la
superficie del planeta madre. Lo mismo nos sucedería si viviéramos en la superficie de Marte,
dedicados al penoso esfuerzo de la terraformación, o en Venus, o en Titán. Esta estrategia —
dividirnos en multitud de grupos reducidos y que se propagan, cada uno de ellos con aptitudes
y preocupaciones diferentes, pero todos marcados por un orgullo local— ha sido empleada con
profusión en el proceso de evolución de la vida sobre la Tierra y, en particular, por nuestros
antepasados[37] . De hecho, puede ser clave para la comprensión de por qué los humanos
somos como somos.

Esta es la segunda de las justificaciones que faltaban para apoyar una presencia humana
permanente en el espacio: mejorar nuestras posibilidades de supervivencia, no solamente en
referencia a las catástrofes que podemos prever, sino también a las que no son previsibles.
Gott aduce también que el hecho de establecer comunidades humanas en otros mundos es
nuestra mejor baza para ganar nuestra apuesta.
Contratar esta póliza de seguros no ha de salimos demasiado caro, no a la escala a la que
hacemos las cosas en la Tierra. Ni siquiera requeriría doblar los presupuestos espaciales de
las naciones que se hallan actualmente en condiciones de viajar al espacio (presupuestos que,
en todos los casos, suponen únicamente pequeñas fracciones de los destinados a defensa y de
muchos desembolsos voluntarios que podrían considerarse marginales o incluso frívolos).
Pronto podríamos estar estableciendo asentamientos humanos en asteroides cercanos a la
Tierra y colocando bases en Marte. Sabemos cómo hacerlo, incluso con la tecnología actual,
en un plazo inferior a una vida humana. Y la tecnología progresará con rapidez. Iremos
mejorando en lo que se refiere a los vuelos espaciales.

Un esfuerzo serio para mandar seres humanos a otros mundos es, en términos relativos, tan
barato sobre una base anual que no puede suponer una competencia seria para las agendas
sociales urgentes que tiene hoy planteadas la Tierra. Si elegimos ese camino, una tromba de
imágenes de otros mundos lloverá sobre la Tierra a la velocidad de la luz. La realidad virtual
hará accesible la aventura para los millones de individuos que se han quedado en casa. La
participación indirecta será mucho más real que en cualquier otra época de exploración y
descubrimientos. Y a cuantas más culturas y personas logre inspirar y estimular, más
posibilidades tendrá de salir adelante.

Pero podríamos preguntarnos qué derecho tenemos nosotros a habitar, alterar y conquistar
otros mundos. Ésa sería una pregunta importante si hubiera alguien más viviendo en el
sistema solar. No obstante, si no hay nadie más que nosotros, ¿por qué no vamos a tener
derecho a colonizarlo?

Naturalmente, nuestra exploración y colonización debería estar presidida en todo momento


por el respeto a los entornos medioambientales planetarios y al conocimiento científico que
encierran. Se trata de una cuestión de simple prudencia. Es evidente también que la
exploración y los asentamientos deberían emprenderse de manera equitativa y transnacional,
por representantes de toda la especie humana. Nuestra pasada historia colonial no puede
servirnos de ejemplo, pues esta vez no estaremos motivados por el oro, las especias, los
esclavos o el afán de convertir a los paganos a la única fe verdadera, como lo estaban los
exploradores europeos de los siglos XV y XVI. En realidad, ésta es una de las principales
razones por las que estamos experimentando un progreso tan intermitente, tan a trompicones,
de los programas espaciales tripulados de todas las naciones.

A pesar de todos los provincialismos de los que me he quejado al principio de este libro, en
este aspecto me considero un chauvinista humano sin excusa. Si hubiera otros seres vivos en
este sistema solar, se verían acechados por un peligro inminente porque los humanos estaban
al caer. En un caso así, incluso se me podría convencer de que salvaguardar nuestra especie
conquistando otros mundos constituiría una equivocación, al menos en parte, dado el peligro
que representaríamos para todos los demás. Pero, en la medida en que podemos asegurarlo,
por lo menos hasta hoy, no hay más vida en este sistema solar, ni siquiera un triste microbio.
Solamente hay vida en la Tierra.

En tal caso, en beneficio de la vida terrestre, me atrevo a urgir a que, con pleno conocimiento
de nuestras limitaciones, incrementemos ampliamente nuestro conocimiento del sistema solar
y nos dispongamos a colonizar otros mundos.

Éstos son los argumentos prácticos que faltaban: salvaguardar la Tierra de impactos
catastróficos de otro modo inevitables y compensar nuestra apuesta por muchas otras
amenazas, conocidas y desconocidas, para el entorno que nos da la vida. En ausencia de estos
argumentos, quizá nos faltarían razones de peso para defender el hecho de mandar seres
humanos a Marte y a otros lugares del espacio. Pero con ellos y con los argumentos
colaterales relacionados con ciencia, educación, perspectiva y esperanza, opino que la
cuestión es susceptible de ser defendida con convicción. Si está en juego nuestra
supervivencia a largo plazo, tenemos la responsabilidad fundamental para con nuestra especie
de aventurarnos hacia otros mundos.

Marineros estancados en la calma chicha, sentimos la agitación de la brisa.


Habiendo cruzado años luz durante muchas generaciones, un hábitat asteroidal llega a un
planeta similar a la Tierra perteneciente a otra estrella. Pintura © David A. Hardy.
Capítulo 22

DE PUNTILLAS POR LA VÍA LÁCTEA

Juro por la protección de los astros (un poderoso juramento, si supieras)…

Corán, sura 56 (siglo VII)

Es evidente que resulta extraño dejar de habitar la Tierra, renunciar a unas costumbres que
uno apenas ha tenido tiempo de aprender…

RAINER MARÍA RILKE, «La primera elegía» (1923)

LA PERSPECTIVA DE ESCALAR AL FIRMAMENTO, de ascender al cielo, de alterar otros


mundos para que sirvan a nuestros propósitos —independientemente de que llevemos buenas
intenciones— dispara de inmediato la alarma: recordamos entonces la inclinación humana
hacia el orgullo presuntuoso; nos viene a la memoria nuestra falibilidad y nuestros juicios
errados cuando nos vemos confrontados con nuevas y poderosas tecnologías. Rememoramos
la historia de la torre de Babel, un edificio «que debía llegar al cielo» y el temor de Dios a que
nuestra especie «no encuentre restricciones en nada de lo que se haya propuesto hacer».

El mejor retrato de la galaxia Vía Láctea según los conocimientos actuales. Esta panorámica
corresponde a un punto que se encuentra a casi sesenta mil años luz del centro de la galaxia y
a unos diez mil años luz por encima del plano de la misma. Estamos tan lejos que solamente
pueden verse las estrellas y nebulosas más brillantes. El Sol está en las afueras del brazo
espiral Sagitario, hacia el centro de la imagen y a medio camino hacia abajo desde el centro
galáctico. Pintura de Jon Lomberg. Copyright © Jon Lomberg y National Air and Space
Museum, 1992. Un póster de la misma 100 × 72 cm puede obtenerse dirigiéndose a la
Sociedad Planetaria, en la dirección que figura en el capítulo de agradecimientos.

Ahí está el salmo 15 , que reivindica la filiación divina de los demás mundos: «Los cielos
pertenecen al Señor, pero ha cedido la Tierra para los hijos del hombre». O la versión de
Platón del análogo griego de Babel, la leyenda de Otys y Ephialtes. Hubo unos mortales que
«se atrevieron a subir al cielo». Los dioses se vieron ante la necesidad de tener que elegir.
¿Debían eliminar a esos advenedizos humanos «y aniquilar su raza enviándoles un rayo»? Por
una parte, «eso significaría el fin de los sacrificios y de la devoción que les ofrecían los
hombres», prebendas a las que ellos no deseaban renunciar. «Pero, por otra parte, los dioses
no podían tolerar que tamaña insolencia quedara impune».

Sin embargo, si a largo plazo no tenemos otra alternativa, si nuestra elección está entre
muchos mundos o ninguno, lo que necesitamos son otro tipo de leyendas, leyendas que nos
estimulen. Y de hecho existen. Muchas religiones, del hinduismo al cristianismo gnóstico,
pasando por la doctrina mormona, postulan —por más impío que pueda sonar— que el
objetivo del ser humano estriba en alcanzar la condición de dios. O bien consideremos una
historia que aparece en el Talmud judío y que fue omitida en el libro del Génesis. (Se halla en
indudable relación con el relato de la manzana, el árbol del conocimiento, el pecado original y
la expulsión del Edén). En el jardín del Paraíso, Dios dice a Eva y a Adán que ha dejado
intencionadamente inacabado el universo. Será responsabilidad de los humanos, a lo largo de
incontables generaciones, colaborar con Dios en un «glorioso» experimento, el de «concluir la
Creación».

Una responsabilidad de esa envergadura supone una carga pesada, especialmente para una
especie tan débil e imperfecta como la nuestra, con una historia tan desdichada. Nada
remotamente similar a la «conclusión» puede abordarse sin un nivel mucho mayor de
conocimientos del que hoy poseemos. Pero tal vez si nuestra misma existencia corre peligro,
nos veremos capaces de estar a la altura de ese desafío supremo.

AUNQUE NO EMPLEÓ PRÁCTICAMENTE ninguno de los argumentos del capítulo anterior,


Robert Goddard intuyó que «debía emprenderse la navegación del espacio interplanetario
para asegurar la continuidad de la raza». Konstantin Tsiolkovsky expresó una opinión similar:

Existen incontables planetas, muchas Tierras isla… El hombre ocupa una de ellas. ¿Por qué no
iba a aprovecharse de otras y del poder de innumerables soles?… Cuando el Sol haya agotado
su energía, sería lógico abandonarlo y buscar otra estrella, recién alumbrada y en toda su
plenitud.

Y ello podrían emprenderlo antes, sugirió, mucho antes de que el Sol muera, «almas
aventureras, en busca de mundos frescos por conquistar».

No obstante, cuando reviso toda esta argumentación, me preocupa. ¿Recuerda demasiado a


Buck Rogers? ¿Acaso exige una confianza absurda en la tecnología futura? ¿Ignora mis
propias advertencias acerca de la falibilidad humana? Lo que es seguro es que, a corto plazo,
predispone en contra de las naciones tecnológicamente menos desarrolladas. ¿No existen
alternativas prácticas para evitar estos peligros latentes?

Todos los problemas medioambientales que nos hemos autoinfligido, todas nuestras armas de
destrucción masiva son productos de la ciencia y la tecnología. Podríamos pensar quizá en
retirarnos de la vía científica y tecnológica. Podríamos admitir que, sencillamente, esas
herramientas queman demasiado para tocarlas. Podríamos optar por crear una sociedad más
simple, en la que aunque seamos descuidados o cortos de miras, no nos sea posible alterar el
medio ambiente a escala global o incluso regional. Podríamos retroceder hacia un nivel
tecnológico mínimo, intensivo en el ámbito de la agricultura, con rigurosos controles sobre los
nuevos conocimientos. Una teocracia autoritaria constituye un método probado para hacer
cumplir los controles.

Sin embargo, una cultura mundial de esas características es inestable, a largo plazo si no a
corto, dada la velocidad de los avances tecnológicos. La propensión humana hacia el progreso,
la envidia y la competencia latirán siempre en el subsuelo; tarde o temprano se aprovecharán
las oportunidades para conseguir una ventaja local. A menos que se impongan severas
restricciones sobre el pensamiento y la acción, en un tris estaremos de nuevo donde nos
hallamos hoy. Una sociedad tan controlada debe garantizar enormes poderes a la élite que
lleva a cabo el control, invitando al abuso flagrante y a una eventual rebelión. Es muy difícil —
una vez conocidas las riquezas, comodidades y medicinas capaces de salvar vidas que ofrece
la tecnología— ahogar el ingenio y la avidez humanos. Y mientras semejante involución de la
civilización global, de ser posible, solucionaría previsiblemente el problema de la catástrofe
tecnológica autoinfligida, nos dejaría por otra parte indefensos frente a eventuales impactos
de asteroides y cometas.

También podríamos imaginarnos retrocediendo mucho más atrás, hasta la sociedad de


cazadores-recolectores, en la que viviríamos de los productos naturales de la tierra y
abandonaríamos incluso la agricultura. La jabalina, el arco, las flechas y el fuego serían en ese
caso toda la tecnología que necesitaríamos. Pero la Tierra podría mantener como mucho a
unas pocas decenas de millones de cazadores-recolectores. ¿Cómo podríamos reducir la
población hasta esos niveles sin instigar las mismas catástrofes que tratamos de evitar?
Aparte de eso, apenas sabríamos vivir como cazadores-recolectores: hemos olvidado cómo era
su cultura, sus habilidades, sus herramientas. Hemos acabado con casi todos los que
quedaban y destruido gran parte del entorno que los sustentaba. Exceptuando una minúscula
fracción de nosotros, posiblemente no seríamos capaces, aun asignándole la máxima
prioridad, de volver atrás. Y de nuevo, aunque pudiéramos retroceder, quedaríamos
indefensos ante la catástrofe del impacto que inexorablemente llegará.

Las alternativas parecen más que crueles: son ineficaces. Muchos de los peligros a los que nos
enfrentamos arrancan, efectivamente, de la ciencia y la tecnología, pero más concretamente
porque nos hemos vuelto poderosos sin volvernos sensatos en la misma medida. Los poderes
capaces de alterar el mundo que la tecnología ha puesto en nuestras manos requieren hoy un
grado de consideración y previsión que nunca se nos había exigido con anterioridad.

La ciencia ofrece dos caminos, está claro; sus productos pueden utilizarse para el bien y para
el mal. Pero no hay vuelta atrás para la ciencia. Las primeras advertencias acerca de los
peligros tecnológicos proceden también de la ciencia. Y las soluciones pueden muy bien exigir
más de nosotros que un simple arreglo tecnológico. Muchas personas tendrán que adquirir
cultura científica. Puede que tengamos que cambiar instituciones y comportamientos. Pero
nuestros problemas, sea cual sea su origen, no pueden ser solventados prescindiendo de la
ciencia. Tanto las tecnologías que nos amenazan como la eliminación de esas amenazas
manan de la misma fuente. Ambas corren parejas.

En cambio, con sociedades humanas establecidas en diversos mundos, nuestras perspectivas


serían mucho más favorables. Nuestros valores estarían diversificados. Habríamos colocado
nuestros huevos, casi literalmente, repartidos en varias cestas. Cada sociedad se sentiría
inclinada a estar orgullosa de las virtudes de su mundo, de su ingeniería planetaria, de sus
convenciones sociales, de sus predisposiciones hereditarias. Necesariamente, se cuidarían y
exagerarían las diferencias culturales. Esa diversidad serviría como herramienta de
supervivencia.

Cuando los asentamientos fuera de la Tierra fueran más capaces de valerse por sí mismos,
tendrían buenas razones para fomentar el avance tecnológico, la abertura de miras y la
aventura, aunque los que quedaran en la Tierra estuvieran obligados a ser cautelosos, a temer
los nuevos conocimientos y a instituir controles sociales draconianos. Una vez asentadas las
primeras comunidades autosuficientes en otros mundos, quizá los habitantes de la Tierra
pudieran también relajarse un poco y volverse más alegres. Los humanos en el espacio
proporcionarían a los de la Tierra una protección real contra excepcionales pero catastróficas
colisiones de asteroides o cometas con trayectorias errantes. Naturalmente, por esa misma
razón, los humanos residentes en el espacio dominarían en caso de alguna disputa seria con
los de la Tierra.

Las perspectivas de una época así contrastan enormemente con las predicciones que apuntan
a que el progreso de la ciencia y la tecnología se encuentran actualmente cerca de un límite
asintótico; que el arte, la literatura y la música nunca se acercarán, y mucho menos
superarán, el apogeo que nuestra especie ha alcanzado ya en alguna ocasión, y que la vida
política sobre la Tierra está a punto de cristalizar en un gobierno mundial de corte
democrático liberal, estable como una roca, identificado, según Hegel, como «el final de la
historia». Una expansión de estas características hacia el espacio contrasta también con una
tendencia —distinta pero claramente perceptible en los últimos tiempos— hacia el
autoritarismo, la censura, los conflictos étnicos y un profundo recelo ante la curiosidad y las
ganas de aprender. En cambio, pienso que, después de una etapa de limpieza a fondo, la
colonización del sistema solar presagia una era abierta a deslumbrantes avances de la ciencia
y la tecnología, el florecimiento cultural, así como experimentos de gran alcance tanto ahí
arriba, en el cielo, como aquí abajo, en nuestra organización social y de gobierno. En más de
un contexto, la exploración del sistema solar y la toma de posiciones en otros mundos
constituye, más que el final, el comienzo de la historia.

RESULTA IMPOSIBLE, al menos para nosotros, los seres humanos, adivinar el futuro, y
todavía más con siglos de antelación. Nadie lo ha logrado nunca, al menos de forma coherente
y detallada. Y, desde luego, yo no me considero capaz de hacerlo. Si he llegado, admito que
con cierto azoramiento, tan lejos como lo he hecho hasta ahora en este libro, es porque
estamos sólo empezando a reconocer los retos verdaderamente sin precedentes que ha traído
consigo nuestra tecnología. En mi opinión, estos desafíos tienen en ciertos casos implicaciones
directas, algunas de las cuales he tratado de exponer con brevedad. También conllevan
implicaciones menos directas, a mucho más largo plazo, de las que me siento aún menos
seguro. Sin embargo, me gustaría exponerlas también a su consideración:

Incluso cuando nuestros descendientes se hayan establecido en los asteroides cercanos a la


Tierra, en Marte, así como en las lunas del sistema solar exterior y del Cinturón de cometas
Kuiper, no estarán del todo seguros. A la larga, el Sol puede generar asombrosos estallidos de
rayos X y ultravioletas; el sistema solar entrará en una de las enormes nubes interestelares
cercanas que se hallan al acecho y los planetas se oscurecerán y enfriarán; una lluvia de
letales cometas surgirá rugiendo de la Nube de Oort, amenazando las civilizaciones de
muchos mundos adyacentes; nos daremos cuenta de que una estrella de las proximidades está
a punto de convertirse en una supernova. En el largo plazo real , el Sol —de camino a
convertirse en una estrella gigante roja— se irá haciendo más grande y brillante, el aire y el
agua de la Tierra comenzarán a escaparse al espacio, el suelo se carbonizará, los océanos
hervirán y se evaporarán, las rocas se vaporizarán y es posible, incluso, que nuestro planeta
sea engullido por el Sol.

La mejor imagen obtenida hasta el momento por un telescopio con base en la Tierra de la
Gran Nebulosa de Orión, un campo abonado para las estrellas. Fotografía de David Malin,
cedida por ROE/Anglo-Australian Observatory.

Lejos de haber sido creado para nosotros, con el tiempo el sistema solar se volverá demasiado
peligroso para nuestra especie. A la larga, tener todos los huevos guardados en una sola cesta
estelar, independientemente de lo fiable que haya sido hasta ahora el sistema solar, puede
resultar demasiado arriesgado. A largo plazo, pues, como supieron reconocer hace mucho
tiempo Tsiolkovsky y Goddard, deberemos abandonar el sistema solar.

Pero si eso es cierto por cuanto respecta a nosotros, ¿por qué no va a serlo para otros? Y si es
cierto en lo que afecta a otros seres, ¿por qué no están aquí? Existen muchas respuestas
posibles, incluyendo el punto de vista de que ya nos han visitado, si bien, lamentablemente,
las evidencias que lo apoyan son prácticamente insignificantes. O puede que no haya nadie
más ahí fuera, porque se destruyen a sí mismos, casi sin excepción, antes de alcanzar la
facultad de volar al espacio interestelar; o porque, en una galaxia de cuatrocientos mil
millones de soles, la nuestra es la primera civilización técnica.

Una explicación más plausible, pienso yo, emana del simple hecho de que el espacio es
inmenso y las estrellas están separadas por enormes distancias. Aunque existieran
civilizaciones mucho más antiguas y avanzadas que la nuestra —expandiéndose a partir de sus
mundos de origen, remodelando nuevos mundos y prosiguiendo luego su camino hacia otras
estrellas— sería improbable, según los cálculos realizados por William I. Newman, de UCLA, y
yo mismo, que hubieran llegado aquí. Y dado que la velocidad de la luz es finita, las señales de
TV y radar que deberían anunciarles que en un planeta del Sol ha surgido una civilización
técnica, no los han alcanzado. Todavía.

Primer plano de la Nebulosa de Orión tomado por el telescopio espacial Hubble . La inmensa
nube de gas aparece iluminada por estrellas brillantes, calientes y muy jóvenes en la parte
superior de la imagen. Diseminados por el centro de la misma se observan una serie de
objetos en forma de capullo. Se trata de estrellas jóvenes, de tan sólo unos cientos de miles de
años de antigüedad, rodeadas de discos de polvo y gas del tamaño aproximado de nuestro
sistema solar. Cedida por C. R. O'Dell/Rice Unisersity/NASA.

Primer plano de algunas de las nubes preplanetarias de polvo y gas en la Nebulosa de Orión.
De las 110 estrellas examinadas aquí, se han detectado discos alrededor de 56 de ellas.
Resulta mucho más fácil detectar la estrella que el disco, de modo que es posible que todas las
estrellas jóvenes posean discos preplanetarios a su alrededor. La implicación es clara:
muchas, quizá la mayoría, y tal vez incluso todas las estrellas maduras pueden poseer
sistemas planetarios. Ello representa un estímulo para los aspirantes a viajeros del espacio
interestelar. Cedida por C. R. O'Dell/Rice University/NASA.

En caso de que las estimaciones optimistas tuvieran validez y una de entre cada millón de
estrellas amparara a una civilización tecnológica cercana, y si todas ellas estuvieran
esparcidas al azar por la galaxia Vía Láctea —si se cumplieran esas condiciones—, la más
cercana, recordémoslo, estaría situada a unos cuantos cientos de años luz de distancia: lo más
cerca, tal vez cien años luz, pero es más probable que estuviera a mil años luz, y,
naturalmente, quizá no se encuentra en ninguna parte, independientemente de la distancia.
Supongamos que la civilización más cercana sobre un planeta perteneciente a otra estrella se
sitúa, por decir algo, a doscientos años luz. En ese caso, dentro de unos ciento cincuenta años
empezarán a recibir nuestras débiles emisiones de televisión y radar de los años posteriores a
la segunda guerra mundial. ¿Qué van a hacer con eso? A cada año que pase aumentará la
intensidad de la señal, ésta se hará más interesante y tal vez más alarmante. Con el tiempo
puede que se decidan a contestar: ya sea devolviendo un mensaje de radio o bien honrándonos
con una visita. En ambos casos la respuesta se verá limitada, probablemente, por el valor
finito de la velocidad de la luz. Con estos números tan descaradamente inciertos, la respuesta
a nuestra llamada no intencionada a las profundidades del espacio, enviada a mitad del
presente siglo, no nos llegará hasta los albores del año 2350. Si se encuentran aún más lejos,
claro está, tardará más tiempo; y si lo están mucho más, todavía más. Existe la interesante
posibilidad de que nuestra primera recepción de un mensaje procedente de una civilización
extraterrestre, un mensaje expresamente dirigido a nosotros (no simplemente un boletín
lanzado al buen tuntún), se produzca en una época en la que estemos bien situados en muchos
mundos de nuestro sistema solar, preparándonos ya para proseguir nuestra expansión.

No obstante, con mensaje o sin él, tendremos motivos suficientes para continuar adelante, en
busca de otros sistemas solares. O —todavía más seguro para nosotros en este imprevisible y
violento sector de la galaxia— para separar a una porción de nuestra especie en hábitats
autosuficientes en el espacio interestelar, lejos de los peligros que suponen las estrellas. Un
futuro así iría evolucionando, según mi parecer, de forma natural, mediante pequeños
incrementos, aun en ausencia de un claro objetivo de viaje interestelar:
Por razones de seguridad, algunas comunidades podrían optar por romper sus vínculos con el
resto de la Humanidad y seguir su camino sin influencias de otras sociedades, con códigos
éticos distintos y otros imperativos tecnológicos. En una época en que los cometas y
asteroides serían reposicionados de manera rutinaria, tendríamos la potestad de poblar un
mundo pequeño y luego dejar que funcionara a su libre albedrío. En generaciones sucesivas, a
medida que dicho mundo se fuera alejando, la Tierra iría cambiando para ellos de estrella
brillante a pálido puntito y, al final, acabaría por desaparecer; el Sol se iría apagando hasta
quedar en un punto vagamente amarillo, perdido entre otros miles. Los viajeros irían
acercándose a la noche interestelar. Algunas de esas comunidades se contentarían tal vez con
comunicaciones esporádicas por radio y por láser con sus mundos de origen. Otras, confiadas
de la superioridad de sus propias posibilidades de supervivencia y precavidas ante la
contaminación, intentarían quizá desaparecer. Puede que al final se perdiera todo contacto
con ellos y su misma existencia quedara relegada al olvido.

No obstante, los recursos de un asteroide o cometa son finitos, por grande que éste sea, y a la
larga sería necesario buscarlos en otra parte, especialmente el agua, indispensable para
beber, para el mantenimiento de una atmósfera respirable de oxígeno y para conseguir la
energía necesaria para los reactores de fusión. Así pues, a largo plazo, estas comunidades
deberían migrar de mundo en mundo sin demostrar una lealtad duradera a ninguno.
Podríamos llamarlo «colonización» o también «toma de posiciones», aunque un observador
menos escrupuloso tal vez lo describiera como explotación descarada de los recursos de un
pequeño mundo tras otro. Pero la Nube de cometas de Oort se compone de un billón de
pequeños mundos.

Viviendo en grupos pequeños, en un modesto mundo madrastra lejos del Sol, tendríamos muy
presente que cada migaja de alimento y cada gota de agua que consumimos depende del
funcionamiento ininterrumpido de una tecnología previsora, pero estas condiciones no son
radicalmente distintas de aquellas a las que ya estamos acostumbrados. Extraer recursos del
subsuelo y dar caza a los que transitan ante nosotros se nos antoja singularmente familiar,
como un olvidado recuerdo de infancia: es, con unos cuantos cambios significativos, la
estrategia de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Durante el 99,9% de la andadura
del hombre sobre la Tierra hemos llevado este tipo de vida. A juzgar por la existencia de
algunos de los últimos supervivientes cazadores-recolectores antes de que fueran engullidos
por la civilización global de nuestros días, debimos de ser relativamente felices. Ese es el tipo
de vida que nos forjó. Así pues, tras un breve experimento saldado con un éxito parcial
podemos convertirnos en nómadas una vez más, más tecnológicos, eso sí, que la última vez,
pero incluso en aquel entonces nuestra tecnología —los instrumentos de piedra y el fuego—
fueron nuestra única baza para luchar contra la extinción.
Una nueva Tierra rota alrededor de una estrella similar al Sol en un sistema estelar binario
ampliamente separado. Pintura de Don Davis.

Si la salvación reside en el aislamiento y la lejanía, nuestros descendientes emigrarán a la


larga hacia los cometas más exteriores de la Nube de Oort. Con un billón de núcleos
cometarios, cada uno de ellos separado del siguiente por una distancia equiparable a la que
media entre la Tierra y Marte, habrá mucho por hacer ahí fuera.

Aunque no tengamos demasiada prisa, puede que para entonces seamos capaces de hacer que
los mundos pequeños se muevan a mayor velocidad de lo que hoy conseguimos que lo haga
una nave espacial. De ser así, nuestros descendientes acabarán por adelantar a las dos naves
Voyager , lanzadas en el remoto siglo XX, antes de que éstas dejen atrás la Nube de Oort para
adentrarse en el espacio interestelar. Tal vez decidan recuperar estas astronaves, auténticas
reliquias del pasado. O quizá opten por permitir que prosigan su camino.

El margen más exterior de la Nube de Oort del Sol se halla posiblemente a mitad de camino
hasta la estrella más cercana. No todas las estrellas poseen una Nube de Oort, pero es
probable que muchas sí la tengan. Cuando el Sol pase junto a estrellas cercanas, nuestra
Nube de Oort se encontrará —y en parte pasará a su través— con otras nubes de cometas,
como dos enjambres de abejas interpenetrándose sin colisionar. En ese momento, ocupar un
cometa de otra estrella no debería resultar mucho más difícil que colonizar uno de la nuestra.
Desde las fronteras de algún otro sistema solar, los hijos del punto azul atisbarían
anhelosamente los puntos de luz ambulantes, que denotarían cuantiosos (y bien iluminados)
planetas. Algunas comunidades —sintiendo agitarse en su interior el antiguo amor humano
por los océanos y la luz solar— optarían por iniciar el largo viaje de descenso hacia los
brillantes, pálidos y acogedores planetas de un nuevo sol.

Otras comunidades tal vez consideraran esa estrategia como una debilidad. No en vano los
planetas van asociados con catástrofes naturales; pueden, además, albergar vida inteligente;
son fácilmente localizables por otros seres. Es mejor continuar en la oscuridad. Mejor
diseminarse por numerosos mundos pequeños y oscuros. Mejor permanecer ocultos.

EN CUANTO SEAMOS CAPACES de enviar nuestras máquinas y a nosotros mismos lejos de


los planetas, cuando penetremos por fin en el teatro de operaciones del universo, es muy
probable que nos topemos con fenómenos que no tengan parangón con nada de lo que nos
hemos encontrado hasta ahora. He aquí tres ejemplos:

Primero: alejándonos unas 550 unidades astronómicas (UA) —unas diez veces más lejos del
Sol que Júpiter, y por ello mucho más accesible que la Nube de Oort—, daremos con un
fenómeno extraordinario. Al igual que una lente ordinaria enfoca imágenes distantes, la
gravedad también. (El enfoque a través del campo gravitatorio de estrellas y galaxias
distantes está empezando a ser detectado en la actualidad). A 550 UA del Sol —a sólo un año
de distancia si pudiéramos viajar a un uno por ciento de la velocidad de la luz— es donde
comienza el enfoque (aunque si se tienen en cuenta los efectos de la corona solar, el halo de
gas ionizado que rodea al Sol, el enfoque puede situarse considerablemente más lejos). En esa
zona, las remotas señales de radio aumentan enormemente, amplificando susurros. La
ampliación de imágenes distantes nos permitiría (con un radiotelescopio modesto) distinguir
un continente desde la distancia de la estrella más cercana y el sistema solar interior desde la
distancia de la galaxia espiral más próxima. Si tenemos libertad para hacer deambular una
esfera imaginaria a la distancia focal apropiada y centrada en el Sol, también somos libres de
explorar el universo con un maravilloso aumento, contemplarlo con una claridad sin
precedentes, escuchar furtivamente las señales de radio de civilizaciones remotas, si hay
alguna, y dar un vistazo a los primeros acontecimientos que se produjeron en su historia.
Alternativamente, la lente podría utilizarse al revés, para amplificar una muy modesta señal
de las nuestras, a fin de que pudiera ser oída a distancias inmensas. Existen razones que nos
atraen a cientos y miles de UA. Otras civilizaciones tendrán sus propias regiones de enfoque
gravitatorio, dependiendo de la masa y el radio de sus estrellas, algunas un poco más cerca y
otras un poco más lejos que la nuestra. El enfoque gravitatorio puede servir a las
civilizaciones de aliciente común para explorar las regiones que se encuentran justo después
de las partes planetarias de sus sistemas solares.

Segundo: pensemos un momento en enanas marrones, hipotéticas estrellas de muy baja


temperatura, considerablemente más masivas que Júpiter, pero mucho menos que el Sol.
Nadie sabe si las enanas marrones existen. Algunos expertos, utilizando las masas de estrellas
más cercanas para detectar la presencia de otras más distantes mediante enfoque
gravitatorio, reivindican haber hallado evidencias de la existencia de enanas marrones. A
partir de la minúscula fracción del cielo que se ha observado hasta ahora mediante esta
técnica, se deduce un número enorme de enanas marrones. Si eso es verdad, puede haber en
la galaxia más enanas marrones que planetas. En los años cincuenta, el astrónomo Harlow
Shapley, de Harvard, sugirió que las enanas marrones —él las llamaba «estrellas
liliputienses»— estaban habitadas. Imaginó sus superficies tan cálidas como un día de junio en
Cambridge, y con abundante terreno.
Una enana marrón, una hipotética estrella muy templada que algunos astrónomos creen que
podría ser abundante en el espacio interestelar. En la superficie de algunas de ellas se
disfrutaría, según parece, de temperaturas terrestres. Pintura de Michael Carroll.

Tercero: el físico B. J. Carr y Stephen Hawking, de la Universidad de Cambridge, han


demostrado que fluctuaciones en la densidad de la materia, en los estadios más primitivos del
universo, podrían haber generado una amplia variedad de pequeños agujeros negros. Los
agujeros negros primordiales —en caso de existir— deben desintegrarse emitiendo radiación
al espacio, a consecuencia de las leyes de la mecánica cuántica. Cuanto menos masivo es el
agujero negro, más rápido se disipa. Cualquier agujero negro primordial que actualmente se
encuentre en sus fases finales de desintegración tendría que pesar casi tanto como una
montaña. Todos los menores que eso han desaparecido. Dado que la abundancia —por no
mencionar la existencia— de agujeros negros primordiales depende de lo que ocurrió en los
primeros momentos tras el big bang, nadie puede tener la certeza de que vaya a encontrarse
alguno; y desde luego no podemos saber si hay alguno cerca de nosotros. No se han
establecido límites superiores demasiado restrictivos en lo que se refiere a la cantidad, al no
haber podido hasta ahora detectar pulsos de rayos gamma, un componente de la radiación
Hawking.

En un estudio separado, G. E. Brown, de Caltech, y el pionero físico nuclear Hans Bethe, de


Cornell, sugieren que cerca de mil millones de agujeros negros no primordiales, generados en
los procesos evolutivos de las estrellas, se hallan esparcidos por la galaxia. De ser así, el más
cercano podría estar solamente a diez o veinte años luz de distancia.

Si hay agujeros negros a nuestro alcance —ya sean tan masivos como montañas o como
estrellas— dispondremos de unos fenómenos físicos sorprendentes para estudiar, así como
una formidable nueva fuente de energía. En modo alguno estoy afirmando que existan enanas
marrones y agujeros negros primordiales a una distancia de pocos años luz o donde sea. Pero
cuando penetremos en el espacio interestelar, será inevitable que tropecemos con categorías
completamente nuevas de maravillas, algunas de ellas con aplicaciones prácticas
transfiguradoras.

No sé dónde concluye mi argumentación. Cuando pase más tiempo, nuevos y atractivos


habitantes del zoo cósmico nos atraerán todavía más hacia fuera, y catástrofes letales
crecientemente improbables tendrán que producirse. Las probabilidades son acumulativas.
Pero, a medida que vaya transcurriendo el tiempo, las especies tecnológicas irán
acrecentando más y más sus poderes, superando con mucho lo que hoy somos capaces de
imaginar. Tal vez, si somos muy ingeniosos (la suerte, pienso yo, no va a ser suficiente),
finalmente nos multiplicaremos lejos de casa, navegando a través del estrellado archipiélago
de la inmensa galaxia Vía Láctea. En el caso de que encontremos a alguien más —o, más
probablemente, de que nos encuentren— nos relacionaremos de manera armoniosa. Dado que
es muy probable que otras civilizaciones de navegantes del espacio sean mucho más
avanzadas que nosotros, los humanos pendencieros no tendrán demasiadas posibilidades de
perdurar en el espacio interestelar.

A la larga, nuestro futuro podría ser como Voltaire —precisamente él tenía que ser— lo
imaginó:

A veces con la ayuda de un rayo de sol, y otras por la conveniencia de un cometa, fueron
deslizándose de esfera en esfera, como un pájaro salta de rama en rama. En muy poco tiempo,
atravesaban raudos la Vía Láctea…

Estamos descubriendo, incluso ahora, enormes cantidades de discos de gas y polvo alrededor
de estrellas jóvenes, las mismas estructuras a partir de las cuales, 4500 millones de años atrás
en nuestro sistema solar, se formaron la Tierra y los planetas. Estamos empezando a
comprender cómo finos granos de polvo se convierten en mundos, cómo grandes planetas
similares a la Tierra se acretan y luego capturan rápidamente hidrógeno y helio para formar
los núcleos ocultos de gigantes gaseosos, y cómo los pequeños planetas terrestres se quedan
comparativamente escasos de atmósfera. Estamos reconstruyendo la historia de los mundos,
cómo se reunieron principalmente hielos y materia orgánica en los fríos suburbios del sistema
solar primitivo, y básicamente roca y metal en las regiones interiores calentadas por un joven
Sol. Hemos empezado a reconocer el papel predominante de las colisiones primitivas a la hora
de voltear mundos, excavar enormes cráteres y cuencas en sus superficies e interiores,
hacerlos girar, crear y destruir lunas, formar anillos, y luego depositar una capa de materia
orgánica, a modo de hábil toque final en la creación de mundos. Estamos empezando a aplicar
este conocimiento a otros sistemas.

En las próximas décadas dispondremos de una oportunidad real para examinar la disposición
y algo de la composición de muchos otros sistemas planetarios maduros que rodean a estrellas
cercanas. Empezaremos a conocer qué aspectos de nuestro sistema constituyen la regla y qué
otros la excepción. ¿Qué resulta más común, planetas como Júpiter, planetas como Neptuno o
planetas como la Tierra? ¿O bien todos los demás sistemas poseen Júpiters, Neptunos y
Tierras? ¿Qué otras categorías de mundo existen que desconozcamos en la actualidad? ¿Están
todos los sistemas solares incrustados en una vasta nube esférica de cometas? La mayor parte
de las estrellas del cielo no son soles solitarios como el nuestro, sino sistemas dobles o
múltiples en los cuales las estrellas se orbitan mutuamente. ¿Hay planetas en esos sistemas?
De ser así, ¿cómo son? Si, como ahora creemos, los sistemas planetarios constituyen una
consecuencia rutinaria del origen de soles, ¿han seguido en otra parte caminos evolutivos muy
distintos? ¿Qué aspecto tienen los sistemas planetarios más antiguos, miles de millones de
años más evolucionados que el nuestro? En los próximos siglos nuestro conocimiento de otros
sistemas tendrá un alcance cada vez mayor. Empezaremos a saber cuáles debemos visitar,
cuáles sembrar y cuáles colonizar.

Imaginemos que pudiéramos acelerar de forma continua a 1 g —con lo bien que se está en
nuestra vieja tierra firme— hasta la mitad del viaje, y decelerar de forma continua a 1 g hasta
que alcanzáramos nuestro destino. En ese caso, nos llevaría un día llegar a Marte, una
semana y media a Plutón, un año a la Nube de Oort y unos pocos años a las estrellas más
cercanas.

Incluso una modesta extrapolación de nuestros avances recientes en el ámbito del transporte
sugiere que, en sólo unos pocos siglos, seremos capaces de viajar a una velocidad cercana a la
de la luz. Quizá sea una predicción desesperadamente optimista. Tal vez, en realidad,
tardemos milenios o más. Pero, a menos que nos autodestruyamos antes, estaremos
inventando nuevas tecnologías, tan extrañas para nosotros como los Voyager lo serían para
nuestros antepasados cazadores-recolectores. Ya en la actualidad podemos imaginar maneras
—torpes, ruinosamente caras e ineficaces, sin duda alguna— de construir una nave espacial
que se aproxime a la velocidad de la luz. Con el tiempo, los diseños se harán más elegantes,
más asequibles, más eficientes. Llegará un día en que superaremos la necesidad de saltar de
cometa en cometa. Comenzaremos a planear sobre los años luz y, como dijo san Agustín de los
dioses de los antiguos griegos y romanos, colonizaremos el cielo.
ARRIBA: Velocidad de los transportes humanos durante los últimos siglos. En el siglo XX
hemos experimentado una mejora de un factor de casi tres mil, desde las poco más de 10
millas (16 kilómetros) por hora de los primeros automóviles hasta aproximadamente las
30.000 millas (48.000 kilómetros) por hora de la nave espacial Voyager . ¿Cómo va a continuar
esta tendencia?

ABAJO: Extrapolación de las tendencias recientes en la velocidad de los transportes. El eje


vertical va de una milla (1,6 kilómetros) por hora a mil millones de millas (1.600 millones de
kilómetros) por hora, un poco más que la velocidad de la luz. En tanto que tomar en serio
cualquier extrapolación en particular sería muy arriesgado, las tres extrapolaciones que se
muestran aquí sugieren como mínimo que la tecnología humana se acercará a la velocidad de
la luz dentro de pocos siglos, o quizá incluso antes.

Esos descendientes pueden estar a decenas o centenas de generaciones de distancia de todo


el que alguna vez habitó la superficie de un planeta. Sus culturas serán diferentes, sus
tecnologías mucho más avanzadas, su asociación con la inteligencia mecánica mucho más
íntima, sus lenguajes habrán cambiado, y quizá su misma apariencia estará marcadamente
alterada en comparación con la de sus casi míticos antepasados que intentaron por primera
vez, avanzado el siglo XX, zarpar hacia el mar del espacio. Pero serán humanos, al menos en
una parte importante; serán profesionales de la alta tecnología; tendrán memoria histórica. A
pesar del juicio de Agustín sobre la mujer de Lot, de que «nadie que sea salvado debe añorar
lo que deja atrás», ellos no olvidarán del todo la Tierra.

Pero estamos muy lejos de estar preparados, puede estar pensando alguien. Como escribió
Voltaire en su Memnon, «nuestro pequeño globo terráqueo es el manicomio de esos cien mil
millones de mundos».[38]

Nosotros, que ni siquiera somos capaces de poner orden en nuestro propio hogar planetario,
convulsionado por rivalidades y odios, nosotros que saqueamos nuestro entorno
medioambiental, nos matamos unos a otros llevados por la ira y el descuido, así como de
forma intencionada; una especie, además, que hasta hace muy poco tiempo estaba convencida
de que el universo se había creado para su exclusivo beneficio… ¿nosotros vamos a
aventurarnos en el espacio, desplazar mundos, remodelar planetas y extendernos a sistemas
estelares vecinos?

Me imagino que no seremos precisamente nosotros , con nuestras actuales costumbres y


convenciones sociales, los que estaremos presentes ahí fuera. Si continuamos acumulando
solamente poder y no sensatez, con toda seguridad nos autodestruiremos. Nuestra misma
existencia en ese futuro distante requiere que hayamos cambiado nuestras instituciones y
también nuestra forma de ser. ¿Cómo puedo atreverme a efectuar suposiciones sobre los
humanos en un futuro lejano? Yo creo que es una mera cuestión de selección natural. Si nos
volvemos sólo un poco más violentos, cortos de miras, ignorantes y egoístas de lo que somos
hoy, casi seguro que no tendremos futuro.

Si es usted joven, cabe la posibilidad de que a lo largo de su vida demos los primeros pasos
sobre los asteroides cercanos y sobre Marte. Extender esa predicción a las lunas de los
planetas jovianos y al Cinturón de cometas Kuiper exigirá más generaciones. La Nube de Oort
deberá esperar todavía mucho más. Cuando llegue la época en que estemos preparados para
colonizar otros sistemas planetarios, incluso los más cercanos, habremos cambiado. El simple
tránsito de tantas generaciones nos habrá cambiado. Las diferentes circunstancias bajo las
que viviremos nos habrán cambiado. Las prótesis y la ingeniería genética nos habrán
cambiado. La necesidad nos habrá cambiado. Somos una especie adaptable.

No seremos nosotros los que alcancemos Alpha Centauri y las demás estrellas cercanas. Será
una especie muy parecida, pero con mayor presencia de nuestras virtudes y menos de
nuestros defectos, una especie que ha regresado a unas circunstancias más parecidas a
aquellas para las cuales evolucionó, más confiada, más perspicaz, más capaz y más prudente,
la clase de seres que nos gustaría que nos representasen en un universo, por lo que sabemos,
repleto de especies más antiguas, mucho más poderosas y muy diferentes.

Las inmensas distancias que separan las estrellas son providenciales. Los seres y los mundos
están en cuarentena unos frente a otros. Y la cuarentena se levanta solamente a aquellos que
tienen autoconocimiento y juicio suficientes como para haber viajado de forma segura de
estrella a estrella.
Un mundo habitable, casi comparable a la Tierra, orbita un planeta joviano, en primer plano,
de una estrella cercana. Pintura de Kasuaki Iwasaki.

Una nave espacial de iones capaz de viajar a una velocidad próxima a la de la luz llega a un
planeta habitable de una estrella cercana. Pintura © David A. Hardy.

EN PLAZOS INMENSOS DE TIEMPO, en cientos de miles de millones de años, los centros de


las galaxias explotan. Contemplamos, esparcidas por el espacio profundo, galaxias con
«núcleos activos», quasars, galaxias deformadas por colisiones, con sus brazos espirales rotos,
sistemas estelares reventados por la radiación o absorbidos ávidamente por agujeros negros,
y deducimos que, en esos plazos, incluso el espacio interestelar y las galaxias pueden no ser
seguros. Existe un halo de materia negra rodeando a la Vía Láctea, extendiéndose quizá hasta
la mitad de la distancia que nos separa de la siguiente galaxia espiral (M31 en la constelación
de Andrómeda, la cual contiene también cientos de miles de millones de estrellas). No
sabemos qué es esa materia oscura, ni cómo está dispuesta, pero una parte de la misma puede
hallarse en mundos que no están ligados a estrellas individuales.

Puede ser en su mayor parte materia que no está compuesta por partículas subatómicas, que
no contiene nuestros conocidos protones y neutrones, y tampoco es antimateria. Más del
noventa por ciento de la masa del universo parece estar sumido en este oscuro, depuradísimo
y profundamente misterioso material, completamente desconocido en la Tierra. Quizá un día
no sólo comprenderemos lo que es, sino que además tal vez encontremos una manera de
utilizarlo.

De ser así, nuestros descendientes del futuro remoto tendrán una oportunidad, en
inimaginables intervalos de tiempo, de establecerse en el espacio intergaláctico y de pasar a
otras galaxias.

La Gran Nube de Magallanes (GNM), una galaxia satélite de la Vía Láctea, a unos 170.000
años luz de distancia. Fotografía de David Malin, cedida por ROE/Anglo-Australian
Observatory.

Pero en el plazo de tiempo necesario para poblar nuestra galaxia, si no mucho antes, debemos
preguntarnos: ¿hasta qué punto es inmutable este anhelo de seguridad que nos empuja hacia
fuera? ¿Nos sentiremos un día satisfechos con el nivel que ha alcanzado nuestra especie y con
sus éxitos y nos retiraremos voluntariamente del escenario cósmico? Dentro de millones de
años a partir de ahora —probablemente mucho antes— nos habremos convertido en seres
diferentes. Aunque no hagamos nada de forma intencionada, el proceso natural de mutación y
selección habrá labrado nuestra extinción o nos habrá hecho evolucionar hacia alguna otra
especie precisamente en ese plazo de tiempo (a juzgar por el ejemplo que nos brindan otras
especies de mamíferos). Durante el plazo de existencia de una especie de mamíferos —incluso
aunque fuéramos capaces de viajar a la velocidad de la luz y no nos dedicáramos a ninguna
otra cosa— no podríamos, en mi opinión, explorar ni siquiera una porción representativa de la
galaxia Vía Láctea. Sencillamente, es demasiado grande. Y más allá hay cien mil millones de
galaxias más. ¿Perdurarán nuestras motivaciones actuales a lo largo de plazos geológicos, y
no digamos ya cosmológicos, si nosotros nos hemos transformado? En el transcurso de
épocas, puede que encontremos salidas mucho más importantes y dignas para nuestras
ambiciones que el mero hecho de poblar un número ilimitado de mundos.
En el cielo nocturno de un planeta en la GNM aparece la Vía Láctea. Pintura de Michael
Carroll.

M31, la gran galaxia en la constelación de Andrómeda (con sus galaxias satélite), vista a
través de un primer plano de estrellas de la Vía Láctea. La M31 se encuentra
aproximadamente a 2,2 millones de años luz de distancia. Cedida por Bill y Sally Fletcher.
La peculiar galaxia elíptica Centaura A, a catorce millones de años luz de distancia. Fotografía
de David Malin, cedida por Anglo-Australian Observatory.

La NGC 3628, una galaxia espiral vista de canto. Fotografía de David Malin por Anglo-
Australian Observatory.

Algunos científicos han imaginado que tal vez un día crearemos nuevas formas de vida,
conectaremos mentes, colonizaremos estrellas, reconfiguraremos galaxias o impediremos, en
un volumen cercano del espacio, la expansión del universo. En un artículo de 1993 en la
publicación Nuclear Physics, el físico Andrei Linde —posiblemente en tono humorístico—
sugiere que a la larga podría ser posible crear, en experimentos de laboratorio —aunque
tendría que ser todo un señor laboratorio—, universos separados, independientes y en
expansión. «Sin embargo —me escribe—, ni yo mismo sé si [esta sugerencia] no es más que
una broma o es algo más». Ante una lista así de proyectos para el futuro lejano no tendremos
reparos en reconocer una constante ambición humana por arrogarnos poderes que, en su día,
fueron considerados propios de un dios, o, empleando una metáfora más estimulante, por
concluir la Creación.

A LO LARGO DE MUCHAS PÁGINAS hemos abandonado el dominio de las conjeturas


plausibles para pasar a la temeraria intoxicación que supone la especulación casi sin límites.
Ya es hora de volver a nuestra propia época.

Mi abuelo, que nació antes de que las ondas de radio fueran ni siquiera una curiosidad de
laboratorio, vivió casi lo suficiente como para ver el primer satélite artificial contemplándonos
desde el espacio. Hay personas nacidas antes de que existiera nada parecido a un avión que
vieron en el crepúsculo de sus vidas cómo eran lanzadas cuatro naves rumbo a las estrellas.
Con todos nuestros fallos, a pesar de nuestras limitaciones y falibilidades, los seres humanos
somos capaces de lograr la grandeza. Eso es válido para nuestra ciencia y para algunas áreas
de nuestra tecnología, para nuestro arte, música, literatura, altruismo y compasión, e incluso,
en raras ocasiones, para nuestra política. ¿Qué nuevas maravillas jamás soñadas en nuestro
tiempo serán labradas en otra generación? ¿Y en otra? ¿Hasta dónde habrá caminado nuestra
especie de nómadas a fines del próximo siglo? ¿Y al finalizar el próximo milenio?

Dos mil millones de años atrás nuestros antepasados eran microbios; quinientos millones de
años atrás, peces; cien millones de años atrás eran parecidos a los ratones; y hace un millón
de años, protohumanos intentando domesticar el fuego. Nuestro linaje evolutivo está marcado
por la supremacía del cambio. En nuestro tiempo, el ritmo se está acelerando.

La primera vez que viajemos a un asteroide cercano, habremos penetrado en un hábitat que
puede cautivar a nuestra especie para siempre. El primer viaje de hombres y mujeres a Marte
constituye el paso clave para transformarnos en una especie multiplanetaria. Estos
acontecimientos son tan trascendentales como la colonización de la tierra por nuestros
antepasados anfibios y el descenso de nuestros antepasados primates de los árboles al suelo.

Los peces, provistos de rudimentarios pulmones y aletas poco adaptadas para caminar,
debieron morir en ingentes cantidades antes de poner un pie en firme sobre la tierra. A
medida que las selvas retrocedían lentamente, nuestros antepasados bípedos parecidos a los
simios se escondían a menudo entre los árboles, huyendo de los predadores que acechaban en
las sabanas. Las transiciones fueron dolorosas, se prolongaron durante millones de años, y
fueron imperceptibles para los que se hallaban involucrados. En nuestro caso, la transición
ocupa solamente unas cuantas generaciones y comporta solamente la pérdida de un puñado
de vidas. El ritmo es tan vertiginoso que apenas somos capaces de comprender lo que está
ocurriendo.

En cuanto nazcan los primeros niños fuera de la Tierra; cuando tengamos bases y puestos en
asteroides, cometas, lunas y planetas; cuando vivamos de la tierra y eduquemos nuevas
generaciones en otros mundos, algo habrá cambiado para siempre en la historia humana. No
obstante, habitar otros mundos no implica abandonar éste, al igual que la evolución de los
anfibios no significó el fin de los peces. Durante muchísimo tiempo solamente una pequeña
porción de nosotros estará ahí fuera.

En la moderna sociedad occidental , escribe el estudioso Charles Lindholm,

la erosión de la tradición y el colapso de las creencias religiosas aceptadas nos deja sin telos
(un fin por el que luchar), una noción santificada del potencial de la humanidad. Privados de
un proyecto sagrado, nos queda solamente una imagen desmistificada de una humanidad
frágil y falible, que ya no será capaz de alcanzar la condición de dios.

Opino que es muy saludable —en realidad es esencial— que tengamos bien presente nuestra
fragilidad y falibilidad. Me preocupa la gente que aspira a ser como un dios. Pero, en lo que
hace referencia al objetivo a largo plazo y al proyecto sagrado, sí tenemos uno ante nosotros.
De él depende la propia supervivencia de nuestra especie. Si hemos estado encerrados bajo
llave en una prisión del yo, aquí se nos brinda una trampilla para escapar, algo que vale la
pena, algo mucho más grande que nosotros mismos, un acto crucial en beneficio de la
Humanidad. Poblar otros mundos unifica naciones y grupos étnicos, liga a las generaciones y
requiere de nosotros que seamos inteligentes y sensatos a la vez. Libera nuestra naturaleza y,
en parte, nos devuelve a nuestros comienzos. Incluso ahora, este nuevo telos se halla a
nuestro alcance.

Fotografía de David Malin, cedida por ROE/Anglo-Australian Observatory.

El pionero psicólogo William James denominó religión al hecho de «sentirse en casa en el


universo». Nuestra tendencia ha sido, tal como he descrito en los primeros capítulos de este
libro, fingir que el universo es como quisiéramos que fuera nuestro hogar, en lugar de poner
en duda nuestra noción de qué hay de hogareño en abrazar el universo. Si al considerar la
definición de James estamos pensando en el universo real, entonces no poseemos todavía
ninguna religión verdadera. Eso queda para otra época, cuando el aguijón de las grandes
degradaciones haya quedado bien atrás, cuando estemos aclimatados a otros mundos y ellos a
nosotros, cuando nos estemos extendiendo hacia las estrellas.

El cosmos se proyecta, a todos los efectos prácticos, para siempre. Tras un breve hiato
sedentario, estamos recuperando nuestro antiguo estilo de vida nómada. Nuestros
descendientes remotos, instalados bien seguros en muchos mundos del sistema solar y más
allá, estarán unidos por una herencia común, por la estimación hacia su planeta y por el
conocimiento de que, aunque el universo pueda albergar otra clase de vida, los únicos
humanos en toda su extensión proceden de la Tierra.
Mirarán hacia arriba y se esforzarán por localizar el punto azul en sus cielos. No por ver su
oscuridad y fragilidad lo amarán menos. Se admirarán de cuán vulnerable fue en su día el
depositario de todo nuestro potencial, cuán azarosa nuestra infancia, cuán humildes nuestros
comienzos, cuántos ríos tuvimos que cruzar antes de encontrar nuestro camino.
AGRADECIMIENTOS

La mayor parte del material de este libro es nuevo. Algunos capítulos son desarrollos más
amplios de artículos publicados primero en la revista Parade, un suplemento dominical de la
prensa diaria americana que, con un volumen estimado de lectores que alcanza los 73
millones, es posiblemente la revista más leída en todo el mundo. Me siento enormemente en
deuda con Walter Anderson, jefe de redacción, y David Currier, editor ejecutivo, por su apoyo
y saber editorial, así como con los lectores de Parade, cuyas cartas me han ayudado a
comprender en qué pasajes me he expresado con claridad y en cuáles lo he hecho de manera
más confusa, y me han dado una idea de cómo eran recibidos mis argumentos. Partes de otros
capítulos han surgido de artículos publicados en Issues in Science and Technology, Discover,
The Planetary Report, Scientific American y Popular Mechanics.

Determinados aspectos de este libro han sido discutidos con numerosos amigos y colegas,
cuyos comentarios lo han enriquecido en gran medida. Aunque son demasiados para
mencionarlos nombre por nombre, deseo expresar mi más sincera gratitud a todos y cada uno
de ellos. No obstante, quiero agradecer especialmente a Norman Augustine, Roger Bonnet,
Freeman Dyson, Louis Friedman, Everett Gibson, Daniel Goldin, J. Richard Gott III, Andrei
Linde, Jon Lomberg, David Morrison, Roald Sagdeev, Steven Soter, Kip Thorne y Frederick
Turner sus comentarios sobre partes o la totalidad del manuscrito; a Seth Kaufmann, Peter
Thomas y Joshua Grinspoon su ayuda con los cuadros y los gráficos; así como a un brillante
grupo de artistas especializados en astronomía, cuyos nombres figuran en cada ilustración,
por haberme permitido actuar como escaparate de su trabajo. Gracias a la generosidad de
Kathy Hoyt, Al McEwen y Larry Soderblom, he tenido la oportunidad de dar a conocer algunos
de los excepcionales fotomosaicos, mapas aerografiados y otras reducciones de imágenes de
la NASA llevadas a cabo en el Departamento de Astrogeología del U. S. Geological Survey.

Debo agradecer también a Andrea Barnett, Laura Parker, Jennifer Bland, Loren Mooney,
Karen Gobrecht, Deborah Pearlstein, así como a la difunta Eleanor York su capacitada
asistencia técnica; y a Ann Godoff, Kathy Rosenbloom, Andy Carpenter y Martha Schwartz su
colaboración en la producción. Beth Tondreau es responsable del elegante diseño de estas
páginas.

En materia de política espacial, me he beneficiado de discusiones con otros miembros de la


junta directiva de la Sociedad Planetaria, especialmente con Bruce Murray, Louis Friedman,
Norman Augustine, Joe Ryan y el difunto Thomas O. Paine. Dedicada a la exploración del
sistema solar, la búsqueda de vida extraterrestre y las misiones internacionales tripuladas a
otros mundos, es la organización que mejor encarna la perspectiva que presenta este libro.
Los lectores que estén interesados en obtener una información más detallada sobre esta
organización sin ánimo de lucro, el grupo más importante de interesados por los temas
espaciales en toda la Tierra, pueden ponerse en contacto con:

THE PLANETARY SOCIETY 65 N. Catalina Avenue Pasadena, CA 91106 Tel: 1-800-9WORLDS

Tal como ha ocurrido en cada uno de los libros que he escrito desde 1977, no tengo palabras
para expresar mi gratitud a Ann Druyan, por sus aportaciones críticas y fundamentales
contribuciones, tanto en lo que se refiere al contenido como al estilo. En la inmensidad del
espacio y del tiempo, me siento feliz de poder disfrutar del privilegio de compartir un mismo
planeta y una misma época con Annie.
NOTAS SOBRE EL AUTOR

CARL SAGAN ha jugado un papel principal en el programa espacial americano desde sus
comienzos. Siendo consejero de la NASA a partir de los años cincuenta, instruyó a los
astronautas del programa Apolo antes de que partieran hacia la Luna, y formó parte del
equipo de experimentación en las expediciones de los Mariner , Viking , Voyager y Galileo a
los planetas, incluyendo la primera misión planetaria coronada por el éxito, la del Mariner 2 .
Contribuyó a resolver los misterios de la elevada temperatura de Venus (origen: un masivo
efecto invernadero), de los cambios estacionales observados en Marte (origen: polvo
levantado por el viento) y de la envoltura roja de Titán (origen: presencia de moléculas
orgánicas complejas).

Asimismo, ha sido pionero en la comprensión de las consecuencias globales de una


confrontación nuclear, en la búsqueda de vida en otros planetas mediante naves espaciales,
en la caza de señales de radio procedentes de civilizaciones distantes en el espacio, así como
en lo que concierne a los estudios realizados en el laboratorio respecto a los pasos que
conducen al origen de la vida.

El trabajo del doctor Sagan ha sido reconocido con las medallas de la NASA por Méritos
Científicos Excepcionales y (en dos ocasiones) por Servicio Público Distinguido, así como el
Premio Apollo Achievement de la NASA. El asteroide 2709 Sagan fue bautizado con su
nombre. También le fue concedido el Premio de Astronáutica John F. Kennedy de la Sociedad
Americana de Astronáutica, el premio del 15º aniversario del Explorers Club, la medalla
Tsiolkovsky de la Federación Soviética de Cosmonáutica, el Premio Masursky de la Sociedad
Americana de Astronomía («por su extraordinaria aportación al desarrollo de la ciencia
planetaria») y, en 1994, la medalla del Bienestar Público, la más alta distinción de la
Academia Nacional de Ciencias («por su notable tributo a la aplicación de la ciencia al
bienestar público… Nadie ha conseguido nunca transmitir las maravillas ni el carácter
estimulante y jubiloso de la ciencia con tanta amplitud como lo ha hecho Cari Sagan… Su
habilidad para cautivar la imaginación de millones de personas y para explicar conceptos
complejos en términos comprensibles constituye un magnífico logro»).

Ganador del Premio Pulitzer, el doctor Sagan es autor de muchos bestsellers, entre los que
destaca Cosmos, el libro científico más leído de cuantos se han publicado en lengua inglesa.
La serie de televisión homónima, ganadora de los premios Emmy y Peabody, ha sido seguida
por más de quinientos millones de personas en sesenta países. Actualmente, Sagan es
profesor de la cátedra David Duncan de Astronomía y Ciencias del Espacio, así como director
del Laboratorio de Estudios Planetarios de la Universidad de Cornell; Distinguished Visiting
Scientist del Laboratorio de Propulsión a Chorro del Instituto de Tecnología de California, y
cofundador y presidente de la Sociedad Planetaria, la asociación más importante del mundo
dedicada a temas del espacio.
BIBLIOGRAFÍA

(Citas y sugerencias para profundizar el tema)

Exploración planetaria en general:

J. Kelly Beatty y Andrew Chaiken, eds., The New Solar System, 3.a ed., Cambridge, Cambridge
University Press, 1990.

Eric Chaisson y Steve McMillan, Astronomy Today, Englewood Cliffs, N. J., Prentice Hall,
1993.

Esther C. Goddard, ed., The Papers of Robert H. Goddard, 3 vols., Nueva York, McGraw-Hill,
1970.

Ronald Greeley, Planetary Landscapes, 2.a ed., Nueva York, Chapman and Hall, 1994.

William J. Kaufmann III, Universe, 4.a ed., Nueva York, W. H. Freeman, 1993.

Harry Y. McSween, Jr., Stardust to Planets, Nueva York, St. Martin's, 1994.

Ron Miller y William K. Hartmann, The Grand Tour: A Traveler's Guide to the Solar System,
edición revisada, Nueva York, Workman, 1993.

David Morrison, Exploring Planetary Worlds, Nueva York, Scientific American Books, 1993.

Bruce C. Murray, Journey to the Planets, Nueva York, W. W. Norton, 1989.

Jay M. Pasachoff, Astronomy: From Earth to the Universe, Nueva York, Saunders, 1993.

Carl Sagan, Cosmos, Barcelona, Planeta, 1982.

Konstantin Tsiolkovsky, The Call of the Cosmos, Moscú, Foreign Languages Publishing House,
1960 (trad. inglesa).

Capítulo 3. Las grandes degradaciones

John D. Barrow y Frank J. Tipler, The Anthropic Cosmological Principie, Nueva York, Oxford
University Press, 1986.

A. Linde, Particle Physics and Inflationary Cosmology, Harwood Academy Publishers, 1991.

B. Stewart, «Science or Animism?», Creation/Evolution, vol. 12, núm. 1, 1992, pp. 18-19.

Steven Weinberg, Dreams of a Final Theory, Nueva York, Vintage Books, 1994.

Capítulo 4. El universo no se hizo para nosotros


Bryan Appleyard, Understanding the Present: Science and the Soul of Modern Man, Londres,
Picador/Pan Books Ltd., 1992. (Los pasajes citados aparecen por orden en las páginas
siguientes: 232, 27, 32, 19, 19, 27, 9, XIV, 137, 112-113, 206, 10, 239, 8, 8.)

J. B. Bury, History of the Papacy in the 19th Century, Nueva York, Schocken, 1964. Aquí, como
en muchas otras fuentes, el Syllabus de 1864 aparece transcrito a su forma «positiva» (por
ejemplo: «La revelación divina es perfecta»), en lugar de formar parte de una lista de errores
condenados («La revelación divina es imperfecta»).

Capítulo 5. ¿Hay vida inteligente en la tierra?

Carl Sagan, W. R. Thompson, Robert Carlsson, Donald Gurnett y Charles Hord, «A Search for
Life on Earth from the Galileo Spacecraft», Nature, vol. 365, 1993, pp. 715-721.

Capítulo 7. Entre las lunas de saturno

Jonathan Lunine, «Does Titan Have Oceans?», American Scientist, vol. 82, 1994, pp. 134-144.

Carl Sagan, W. Reid Thompson y Bishun N. Khare, «Titan: A Laboratory for Prebiological
Organic Chemistry», Accounts of Chemical Research, vol. 25, 1992, pp. 286-292.

J. William Schopf, Major Events in the History of Life, Boston, Jones and Bartlett, 1992.

Capítulo 8. El primer planeta nuevo

I. Bernard Cohen, «G. D. Cassini and the Number of the Planets», en Nature, Experiment and
the Sciences, Trevor Levere y W. R. Shea, eds., Dordrecht, Kluwer, 1990.

Capítulo 9. Una nave americana en las fronteras del sistema solar

Murmurs of Earth, CD-ROM del disco interestelar de la nave Voyager , con introducción de
Carl Sagan y Ann Druyan, Los Ángeles, Warner New Media, 1992, WNM 14022.

Alexander Wolszczan, «Confirmation of Earth-Mass Planets Orbiting the Millisecond Pulsar


PSR B1257 + 12», Science, vol. 264, 1994, pp. 538-542.

Capítulo 12. El suelo se funde

Peter Cattermole, Venus: The Geologica! Survey, Baltimore, Johns Hopkins University Press,
1994.

Peter Francis, Volcanoes: A Planetary Perspective, Oxford, Oxford University Press, 1993.

Capítulo 13. El obsequio de Apolo


Andrew Chaikin, A Man on the Moon, Nueva York, Viking, 1994.

Michael Collins, Liftoff, Nueva York, Grove Press, 1988.

Daniel Deudney, «Forging Missiles into Spaceships», World Policy Journal, vol. 2, núm. 2,
primavera 1985, p. 271-303.

Harry Hurt, For All Mankind, Nueva York, Atlantic Monthly Press, 1988.

Richard S. Lewis, The Voyages of Apollo: The Exploration of the Moon, Nueva York,
Quadrangle, 1974.

Walter A. McDougall, The Heavens and the Earth: A Political History of the Space Age, Nueva
York, Basic Books, 1985.

Alan Shepherd, Deke Slayton et al., Moonshot, Atlanta, Hyperion, 1994.

Don E. Wilhelms, To a Rocky Moon: A Geologist's History of Lunar Exploration, Tucson,


University of Arizona Press, 1993.

Capítulo 14. Explorar otros mundos y proteger el nuestro

Kevin W. Kelley, ed., The Home Planet, Reading, M. A. Addison-Wesley, 1988.

Carl Sagan y Richard Turco, A Path Where No Man Thought: Nuclear Winter and the End of
the Arms Race, Nueva York, Random House, 1990.

Richard Turco, Earth Under Siege: Air Pollution and Global Change, Nueva York, Oxford
University Press, en prensa.

Capítulo 15. El mundo de las maravillas abre sus puertas

Victor R. Baker, The Channels of Mars, Austin, University of Texas Press, 1982.

Michael H. Carr, The Surface of Mars, New Haven, Yale University Press, 1981.

H. H. Kieffer, B. M. Jakosky, C. W. Snyder, y M. S. Matthews, eds., Mars, Tucson, University of


Arizona Press, 1992.

John Noble Wilford, Mars Beckons: The Mysteries, the Challenges, the Expectations of Our
Next Great Adventure in Space, Nueva York, Knopf, 1990.

Capítulo 18. El pantano de Camarina

Clark R. Chapman y David Morrison, «Impacts on the Earth by Asteroids and Comets:
Assessing the Hazard», Nature, vol. 367, 1994, pp. 33-40.

A. W. Harris, G. Canavan, C. Sagan, y S. J. Ostro, «The Deflection Dilemma: Use vs. Misuse of
Technologies for Avoiding Interplanetary Collision Hazards», en Hazards Due to Asteroids and
Comets, T. Gehrels, ed., Tucson, University of Arizona Press, 1994.

John S. Lewis y Ruth A. Lewis, Space Resources: Breaking the Bonds of Earth, Nueva York,
Columbia University Press, 1987.

C. Sagan y S. J. Ostro, «Long-Range Consequences of Interplanetary Collision Hazards»,


Issues in Science and Technology, verano 1994, pp. 67-72.

Capítulo 19. Remodelar los planetas

J. D. Bernal, The World, the Flesh and the Devil, Bloomington, Indiana University Press, 1969;
primera edición, 1929.

James B. Pollack y Carl Sagan, «Planetary Engineering», en J. Lewis y M. Matthews, eds.,


Near-Earth Resources, Tucson, University of Arizona Press, 1992.

Capítulo 20. Oscuridad

Frank Drake y Dava Sobel, Is Anyone Out There?, Nueva York, Delacorte, 1992.

Paul Horowitz y Carl Sagan, «Project META: A Five-Year All-Sky Narrowband Radio Search
for Extraterrestrial Intelligence», Astrophysical Journal, vol. 415, 1992, pp. 218-235.

Thomas R. McDonough, The Search for Extraterrestrial Intelligence, Nueva York, John Wiley
and Sons, 1987.

Carl Sagan, Contact: A Novel, Nueva York, Simon and Schuster, 1985.

Capítulo 21. ¡Hacia el cielo!

J, Richard Gott III, «Implications of the Copernican Principie for Our Future Prospects»,
Nature, vol. 263, 1993, pp. 315-319.

Capítulo 22. De puntillas por la vía láctea

LA. Crawford, «Interestellar Travel: A Review for Astronomers», Quarterly Journal of the Roy
al Astronomical Society, vol. 31, 1990, p. 377.

I. A. Crawford, «Space, World Government, and The End of History», Journal of the British
Interplanetary Society, vol. 46, 1993, pp. 415-420.

Freeman J. Dyson, The World, the Flesh, and the Devil, Londres, Birkbeck College, 1972.

Ben R. Finney y Eric M. Jones, eds., Interstellar Migration and the Human Experience,
Berkeley, University of California Press, 1985.

Francis Fukuyama, The End of History and the Last Man, Nueva York, The Free Press, 1992.

Charles Lindholm, Charisma, Oxford, Blackwell, 1990. El comentario acerca de la necesidad


de un telos se encuentra en este libro.

Eugene F. Mallove y Gregory L. Matloff, The Starflight Handbook, Nueva York, John Wiley and
Sons, 1989.
Carl Sagan y Ann Druyan, Comet, Nueva York, Random House, 1985.
CARL SAGAN nació un 11 de noviembre de 1934, en Nueva York. Realizó sus estudios
preparatorios en la Radway High School en New Jersey. A los 20 años se graduó como físico
puro y poco después obtiene su doctorado en Astronomía y Astrofísica. Apareció en la
comunidad científica como un joven, cuyas conjeturas fascinaban y a su vez amenazaban lo
establecido.

Participó activamente en el proyecto Mariner 4 , primera sonda en llegar a Marte, en junio de


1965. Su trabajo en la NASA lo combinó como profesor en la Universidad de Harvard. Carl
comenzó a colaborar con el científico soviético I. S. Shklovski para debatir científicamente la
búsqueda de vida extraterrestre. Estos debates se publicaron en el libro OVNIS: Un Debate
Científico. Sin embargo la conservadora universidad de Harvard no aprobaba estas
actividades y le negaron la renovación de su contrato.

Pasó entonces a la Universidad de Cornell en Ithaca, Nueva York. Se convirtió en el director


del Laboratorio de Ciencias Espaciales en Cornell, puesto que junto con sus clases en dicha
universidad, ocupó por el resto de su vida. En Cornell realizó numerosos experimentos acerca
del origen de la vida y confirmó que las moléculas orgánicas base de la vida pueden
reproducirse bajo condiciones controladas en el laboratorio.

Participó activamente en el proyecto Apolo 11 en 1969 y en la misión Mariner 9 a Marte, la


cual estaba diseñada para orbitar el planeta y de las cuales se dedujo que alguna vez pudo
albergar vida. Igualmente formó parte de los proyectos Pioneer y Voyager , sondas que,
después de explorar los planetas más alejados del sistema solar, debían viajar indefinidamente
por el universo. En cada una de estas naves Sagan incluyó un disco de oro con información
acerca de la vida en la tierra, fotos, sonidos, saludos en distintas lenguas, y las ondas
cerebrales de una mujer de la tierra (Ann Druyan, luego su esposa).

También fue por la insistencia de Sagan que las Voyager fotografiaron la Tierra desde las
confines del sistema solar. Fue cofundador y presidente de la Sociedad Planetaria, la mayor
organización con intereses espaciales en el mundo.

Criticó a las grandes potencias por producir armamento nuclear. Formó parte activa en la
erradicación de los CFC y otros programas de protección ecológica. Fue cofundador del
Comité Para la Investigación Escéptica de los Fenómenos Paranormales (CISCOP).

Mantuvo una oposición y crítica constante en contra de las pseudo-ciencias. En su libro El


mundo y sus demonios, las critica duramente, al igual que a las religiones. Estudió el origen
de los organismos con los genetistas Hermann J. Muller y Joshua Lederberg. Trabajó como
astrofísico en el Observatorio Astrofísico Smithsoniano desde 1962 hasta 1968.

Dedicó la mayor parte de su vida a divulgar las ciencias. Publicó numerosos libros y artículos
en revistas y diarios. Su amplio conocimiento del cosmos hizo posible su explicación con
palabras sencillas. Uno de sus primeros libros, Los Dragones del Edén, publicado en 1978, fue
galardonado con un premio Pulitzer.

En 1979 tuvo la gran idea de utilizar el medio de comunicación más atrayente y masivo para
divulgar la cosmología, la historia y la astronomía: la televisión. A través de ella llevó a miles
de personas a un fascinante viaje por el universo en la serie «Cosmos» de la cual también se
publicó uno de sus más populares libros. La serie ganó 3 premios Emmy y un Peabody, y se
convirtió en la serie científica de mayor éxito en toda la historia de la televisión.

Después de realizar «Cosmos», Sagan dedica un tiempo a escribir una novela, Contacto, en la
cual, asesorado por un grupo de científicos, quiso escribir un libro de ficción científica en
donde todo y cada uno de lo propuesto fuera teóricamente posible.

Fue un científico de mente abierta, fascinado por las estrellas, y el misterio de la vida. Lideró
proyectos como el SETI (Búsqueda de inteligencia extraterrestre). Tras diagnosticársele una
enfermedad llamada mielodisplasia, comenzó una agonizante y fatal etapa en la vida de
Sagan. Fue sometido en tres ocasiones a transplante de médula ósea y quimioterapia, la
ultima de ellas en 1995. En la madrugada del 20 de diciembre de 1996 murió a los 62 años, en
Seattle, a causa de una neumonía.
Notas

[1] «Ninfa de los bosques, cuya vida duraba lo que el árbol a que se suponía unida», definición
de Julio Casares. (N. de la t. ) <<

[2] En el original «planets » (planetas), aunque en realidad la palabra griega que significa
«nómadas» es «astros». (N. de la t. ) <<

[3] Dinastía de soberanos ingleses (1154-1485). Perteneciente al linaje francés de los condes
de Anjou, su pretensión al trono de Francia provocó la guerra de los Cien Años. (Nota de la
traductora) <<

[4] En el original, «robber barons », que Simon and Schuster's International Dictionary
traduce como capitalistas de Estados Unidos que a fines del siglo XIX adquirieron inmensas
riquezas por medio de la explotación, el cohecho, etc. (Nota de la t. ) <<

[5] El famoso libro de Copérnico se publicó primero con una introducción del teólogo Andrew
Ossiander, incluida sin el conocimiento del astrónomo agonizante. La bienintencionada
tentativa de Ossiander de reconciliar la religión y la astronomía copernicana terminaba con
las palabras siguientes: «Que nadie espere certezas de la astronomía, pues la astronomía no
puede ofrecernos ninguna certeza, no sea que si alguien asume como verdad lo que ha sido
construido para otros usos, acabe saliendo de esa disciplina más loco que cuando acudió a
ella». La certeza sólo podía ofrecerla la religión. <<

[6] Nuestro universo es casi incompatible con la vida, o al menos en lo que entendemos como
necesario para la misma. Aunque una estrella entre un centenar de miles de millones de
galaxias tuviera un planeta similar a la Tierra, en ausencia de medidas tecnológicas
impresionantes la vida solamente podría prosperar aproximadamente en un 10% del volumen
del universo. Para que quede bien claro, vale la pena escribirlo: solamente 0,0000​0000​0000​‐
0000​0000​0000​0000​0000​00001 de nuestro universo es compatible con la vida. Treinta y seis
ceros antes del uno. El resto es negro vacío, frío y lleno de radiación. <<

[7] Para expresar ideas así, las palabras tienden a fallarnos. El término alemán para designar
el universo es (das) All (el Todo), que deja bien patente la inclusividad. Podríamos decir que
nuestro universo no es más que uno en un «multiverso», pero yo prefiero emplear la palabra
«cosmos» para el todo y «universo» para el único que podemos conocer. <<

[8] Una de las pocas expresiones casi-copernicanas en inglés y en castellano es: «El universo
no gira a tu alrededor», una verdad astronómica que pretende hacer bajar de nuevo a la
Tierra a narcisistas novatos. <<

[9] En el original, «rain forest », bosque tropical muy denso donde llueve todo el año. (Nota de
la traductora) . <<

[10] No porque la viera especialmente grande, sino porque en la mitología griega los miembros
de la generación precedente a los dioses del Olimpo —Saturno, sus hermanos y sus primos—
eran llamados Titanes. <<

[11] La atmósfera de Titán no posee oxígeno detectable, de modo que el metano no se halla
violentamente fuera de equilibrio químico, como lo está en la Tierra, y su presencia no
representa en modo alguno un indicio de vida. <<

[12] En inglés, moon significa luna y sun , sol. (Nota de la traductora) . <<
[13] Con el nombre del cual ha sido bautizada la misión europeo-americana al sistema de
Saturno. <<

[14] En inglés se pronuncia igual que «your anus », que significa «tu ano». (Nota de la
traductora) . <<

[15] La llamó así recordando las palabras de Miranda, la heroína de La Tempestad: «¡Oh,
valeroso nuevo mundo, que alberga en él gente así!» (A lo cual Próspero responde: «Es nuevo
para ti». Así de claro. Como todos los demás mundos del sistema solar, Miranda tiene cerca de
4500 millones de años de antigüedad). <<

[16] Tarda tanto tiempo en completar una vuelta alrededor del Sol porque su órbita es
extraordinariamente amplia, 37.000 millones de kilómetros en derredor, y porque la fuerza de
la gravedad del Sol, que le impide salir despedido hacia el espacio interestelar, es a esa
distancia comparativamente débil, menos de una milésima de la fuerza que ejerce en las
proximidades de la Tierra. <<

[17] Robert Goddard, el inventor del cohete moderno de combustible líquido, imaginó un
tiempo en que las expediciones a las estrellas se equiparían y serían lanzadas desde Tritón.
Eso fue en una ocurrencia posterior, fechada en 1927, a un manuscrito de 1918 llamado La
última migración. Considerado atrevido en extremo para ser publicado, fue depositado en la
caja fuerte de uno de sus amigos. La portada contiene una advertencia: «Estas notas sólo
deben ser leídas con atención por personas optimistas». <<

[18] Cierta variedad de melón. (Nota de la traductora) . <<

[19] Una unidad astronómica equivale a 150.000.000 de kilómetros. (Nota de la traductora) .


<<

[20] Se cree que las señales de radio que ambas naves Voyager detectaron en 1992 son
debidas a una colisión de fuertes rachas de viento solar con el gas ligero que se halla entre las
estrellas. A partir de la inmensa potencia de la señal (más de 10 billones de vatios) se puede
efectuar una estimación de la distancia hasta la heliopausa: aproximadamente cien veces la
distancia desde el Sol a la Tierra. A la velocidad a que se aleja del sistema solar, el Voyager 1
podría penetrar en la heliopausa e introducirse en el espacio interestelar alrededor del año
2010. Si su fuente de energía radiactiva todavía lo permite, transmitirá a la Tierra las noticias
de esa travesía. La energía liberada por la colisión de esta onda de choque con la heliopausa
la convierte en la fuente más potente de emisión de radio en el sistema solar. Uno se pregunta
si choques todavía más fuertes en otros sistemas planetarios serían detectables por nuestros
radiotelescopios. <<

[21] Esta exclamación era originalmente un eufemismo para los que consideraban que Sacre-
Dieu! era una blasfemia demasiado fuerte, considerando debidamente el segundo
mandamiento, para ser pronunciada en voz alta. <<

[22] En el caso de Titán, las imágenes revelaron una sucesión de capas separadas sobre la
cubierta principal de la aerosfera. Así pues, Venus resulta ser el único mundo del sistema
solar en el cual las cámaras que funcionan con luz visible ordinaria no han descubierto nada
importante. Por fortuna, en la actualidad hemos obtenido imágenes de prácticamente todos
los mundos que hemos visitado. (El International Cometary Explorer de la NASA, que atravesó
la cola del cometa Giacobini-Zimmer en 1985, volaba a ciegas, dedicándose
fundamentalmente a partículas cargadas y campos magnéticos). <<

[23] Hoy día, muchas imágenes telescópicas se obtienen mediante dispositivos electrónicos y
son procesadas por computadora, tecnologías que los astrónomos no tenían a mano en 1970.
<<

[24] James B. Pollack efectuó importantes contribuciones en todas las áreas de la ciencia
planetaria. Fue el primero de mis alumnos en doctorarse y, desde ese momento, le consideré
siempre un colega muy apreciado. Convirtió el Centro de Investigación Ames de la NASA en
líder mundial en el ámbito de la investigación planetaria, así como en lugar predilecto para la
realización de prácticas posdoctorales para los científicos planetarios. Su bondad era tan
extraordinaria como sus habilidades científicas. Murió en 1994, en pleno apogeo de sus
facultades. <<

[25] La erupción de un volcán submarino adyacente y la rápida construcción de una nueva isla
en el año 197 a. J.C. son descritas por Estrabón en el epígrafe que abre el presente capítulo.
<<

[26] A pesar de sus montañas y sus fosas submarinas, nuestro planeta es sorprendentemente
liso. Si la Tierra tuviera el tamaño de una bola de billar, las protuberancias más grandes
tendrían menos de una décima de milímetro, rozando el umbral de ser demasiado pequeñas
para poder verlas o tocarlas. <<

[27] La edad de la superficie de Venus, determinada a partir de las imágenes de radar


obtenidas por Magallanes , socava todavía más las tesis de Immanuel Velikovsky, quien
propuso alrededor de 1950, con una sorprendente aclamación por parte de la prensa, que
3.500 años atrás Júpiter escupió un «cometa» gigante que efectuó diversas colisiones rozando
la Tierra, desencadenando determinados acontecimientos que aparecen en crónicas de libros
antiguos (tales como el cese de la rotación de la Tierra por orden de Josué) y, a continuación,
se transformó en el planeta Venus. Todavía hay gente que se toma en serio esta clase de
teorías. <<

[28] Los volcanes de Ío constituyen, asimismo, la copiosa fuente de átomos cargados


eléctricamente, como el oxígeno y el azufre, que componen un fantasmal tubo de materia en
forma de rosquilla, rodeando a Júpiter. <<

[29] Grupo de universidades en el noroeste de Estados Unidos, famosas por su prestigio


académico y social. (Nota de la traductora) . <<

[30] Abreviación para Shergotty-Nakhla-Chassigny. Parece obvio por qué se utiliza el


acrónimo. <<

[31] En el original «pork barrel politics », que según definición del Simon and Schuster's
significa: apropiación o partida del presupuesto que se usa para patronazgo político. (Nota de
la traductora ). <<

[32] Vale la pena destacar la frase de Russell: «gloriosas aventuras y peligros». Aunque
fuéramos capaces de llevar a cabo vuelos espaciales tripulados libres de riesgos —y
naturalmente no lo somos— ello podría resultar contraproducente. El peligro es un
componente inseparable de la gloria. <<

[33] De no haber sido así, quizá hoy habría otro planeta, más cerca o más lejos del Sol, sobre el
cual otros seres bastante distintos estarían intentando reconstruir sus orígenes. <<

[34] El asteroide 1991 JW tiene una órbita muy parecida a la de la Tierra y es todavía más
sencillo de alcanzar que el 4660 Nereo. No obstante, su órbita parece demasiado similar a la
de la Tierra como para ser un objeto natural. Tal vez se trate de algún módulo superior del
cohete Saturn V Apolo con destino a la Luna. <<

[35] El Tratado del Espacio Exterior, al cual están adheridos tanto Estados Unidos como Rusia,
prohíbe el uso de armas de destrucción masiva en el «espacio exterior». La tecnología de
desviación de asteroides constituye precisamente una de esas armas, pues es en realidad el
arma de destrucción masiva más potente que jamás se haya diseñado. Los interesados en
desarrollar dicha tecnología pretenderán que se revise el tratado. Pero aun en el caso de que
éste no fuera modificado, si se descubriera un asteroide de grandes dimensiones cuya
trayectoria revelara una futura colisión con la Tierra, es de suponer que las sutilezas de la
diplomacia internacional no representarían ningún obstáculo. Sin embargo, si relajamos la
prohibición de emplear dichas armas en el espacio, existe el peligro de que podamos
volvernos menos atentos en lo que respecta al posicionamiento con propósitos ofensivos de
cabezas nucleares en el espacio. <<

[36] En el mundo real, los oficiales chinos del espacio están proponiendo, en la actualidad,
poner en órbita, para el cambio de siglo, una cápsula con dos astronautas. Emplearía como
propulsión un cohete Long March 2E modificado y sería lanzada desde el desierto de Gobi. Si
la economía china exhibiera un crecimiento continuado, aunque sea moderado, mucho menor
al crecimiento exponencial que ha marcado desde los comienzos hasta la mitad de la década
de los noventa, China puede ser una de las primeras potencias espaciales del mundo hacia
mediados del siglo XXI. O incluso antes. <<

[37] Véase Sombras de antepasados olvidados, por Carl Sagan y Ann Druyan, Planeta,
Barcelona, 1993. <<

[38] Un valor que precisamente se aproxima a las estimaciones modernas del número de
planetas que orbitan a estrellas en la galaxia Vía Láctea. <<

[i] Plutón tiene cuatro satélites descubiertos hasta ahora. El 31 de octubre de 2005 el
Telescopio Espacial Hubble anunció el posible descubrimiento de dos satélites adicionales de
menor tamaño. Estas lunas fueron observadas en mayo de 2005 y confirmada su existencia en
junio de 2006. Han recibido los nombres de Nix (nombre provisional S/2005 P 1) e Hidra
(nombre provisional S/2005 P 2). El Hubble descubrió a P4 (también conocido como S/2011 P
1) el 28 de junio de 2011 y fue vuelto a fotografiar los días 3 de julio y 18 de julio de 2011 y se
verificó su estatus de nuevo satélite el 20 de julio de 2011. El satélite orbita en la región entre
Nix e Hydra y efectúa una órbita completa de Plutón cada casi 31 días terrestres. (Nota
edición digital). <<

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