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Guia de Realismo

Este documento resume tres períodos literarios del siglo XIX: Romanticismo, Realismo y Naturalismo. Explica que el Romanticismo se desarrolló en la primera mitad del siglo y se caracterizó por valorar la emoción, la imaginación y la naturaleza. El Realismo surgió en la segunda mitad y se enfocó en representar la realidad de forma objetiva. Finalmente, el Naturalismo derivó del Realismo y se centró en describir los factores ambientales y hereditarios que influyen en el comportamiento humano.

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Guia de Realismo

Este documento resume tres períodos literarios del siglo XIX: Romanticismo, Realismo y Naturalismo. Explica que el Romanticismo se desarrolló en la primera mitad del siglo y se caracterizó por valorar la emoción, la imaginación y la naturaleza. El Realismo surgió en la segunda mitad y se enfocó en representar la realidad de forma objetiva. Finalmente, el Naturalismo derivó del Realismo y se centró en describir los factores ambientales y hereditarios que influyen en el comportamiento humano.

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PERÍODOS LITERARIOS:

El siglo XIX: Romanticismo, Realismo y Naturalismo.

- La sociedad europea del siglo XIX está marcada por dos circunstancias:
→ La influencia de la Revolución Francesa: se difunden las ideas de libertad, igualdad y fraternidad.
→La industrialización.
- Repartimos el siglo XIX en dos etapas:
→Primera mitad de siglo: el Romanticismo
→Segunda mitad de siglo: el Realismo y Naturalismo.

1. ROMANTICISMO

El Romanticismo fue un movimiento artístico y cultural que nació en Europa (principalmente Alemania) a fines del
siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX. Este movimiento iba contra las ideas del Neoclasicismo y su énfasis en el
orden y la razón. La imaginación del ser humano llegó a ser una facultad muy importante y se la usaba para “crear la
realidad” más que reproducirla.
El romanticismo valoraba la emoción más que la razón. En el período del Romanticismo, se dejan las convenciones
clásicas del arte y emerge la libertad de las reglas. En las obras artísticas y literarias podemos ver un énfasis en la
naturaleza, el individuo y el interior del ser humano.

CARACTERÍSTICAS Y TEMAS DE LA LITERATURA ROMÁNTICA

Búsqueda de libertad: El romántico se concibe como un ser libre, no puede aceptar leyes ni sumisión a
ninguna autoridad. Busca romper con las leyes tradicionales que divulgaban los neoclásicos y toda regla que limitara
su genio artístico. Este deseo de libertad, además, impulsa al autor romántico a buscar la soledad o huir
imaginariamente a países lejanos, exóticos, míticos. El romántico se da la libertad también de conducir sus
pensamientos hacia el pasado a través del recuerdo o hacia el futuro por medio del ensueño. Esto produce al
romántico cierta melancolía por lo que ya no está o por lo que no va a estar nunca.
Subjetivismo: Los románticos expresaban libre y con mucha sinceridad su mundo interior, su yo personal, su ego. El
interior del ser humano es lo principal en el romanticismo. Manifiesta tristeza, melancolía y desesperación, por que
el romántico es un ser fantasioso, cuyos deseos e ilusiones chocan constantemente con la realidad.
Predominio del sentimiento sobre la razón: El romanticismo valora más la pasión antes que la racionalidad.
Valoración del “genio creador” por sobre las reglas: en esta época se valora la inspiración, la creatividad, el genio
creador, mucho más que escribir siguiendo las reglas o los patrones establecidos.
Nacionalismo: No solo exalta el yo personal, sino también el yo colectivo, la patria. Surge así el interés y el gusto por
las leyendas, las tradiciones populares y todo lo que encarna más vivamente el espíritu nacional.
Revaloración de la naturaleza: Uno de los rasgos principales del romanticismo fue su preocupación por la naturaleza.
El gusto por la vida rural se funde generalmente con la característica melancolía romántica.
Valoración de la Edad Media: Se valoran los ideales medievales de honor caballeresco, de aventuras y de fe cristiana
y figuración de la mujer amada.
La pasión por lo exótico: Llenos de un nuevo espíritu de libertad, los escritores románticos de todas las culturas
ampliaron sus horizontes imaginarios en el espacio y en el tiempo. La nostalgia por el pasado gótico se funde con la
tendencia a la melancolía y genera una especial atracción hacia las ruinas, los cementerios y lo sobrenatural.
El amor y la muerte: El amor atrae al romántico como sentimiento puro, aunque muchas veces esté asociado con la
muerte. El romántico ama el amor y éste le precipita a la muerte. En el amor romántico hay una aceptación de la
autodestrucción, de la tragedia. En el amor se encarna toda la rebeldía romántica.
El elemento sobrenatural: El gusto por los elementos irracionales y sobrenaturales figura entre las principales
características de la literatura del periodo romántico. Esta tendencia se vio reforzada en un sentido por la desilusión

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con el racionalismo del siglo XVIII, y en otro por la recuperación de una abundante cantidad de literatura antigua y
popular.

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1.2.- PRINCIPALES GÉNEROS DEL ROMANTICISMO:

En el romanticismo se dan todos los géneros literarios posibles: poesía, obras dramáticas, novelas, ensayo,
periodismo, etc. Sin embargo, hay géneros que tuvieron un especial auge en esta época, como:
La novela histórica: La novela histórica nace como expresión artística del nacionalismo de los románticos y de su
nostalgia ante los cambios brutales en las costumbres y los valores del mundo. Estas novelas estaban ambientadas
en épocas lejanas, principalmente medievales. Su principal exponente fue Walter Scott.
Los artículos de costumbres: Se basa en la observación del presente. Narran historias donde lo más importante es la
descripción de ambientes y personajes típicos de determinado lugar (están considerados como precedentes del
Realismo) poniendo en primer plano el nacionalismo y lo pintoresco. Muchas veces tenían, además, una intención
crítica. El mayor autor de este género es el español Mariano José de Larra.

1.3.- AUTORES ROMÁNTICOS.


AUTOR OBRA REPRESENTATIVA
Lord Byron Don Juan
Víctor Hugo (francés) Los Miserables
Walter Scott (inglés) Ivanhoe
Mary Shelley (inglesa) Frankenstein
Bram Stoker (irlandés) Drácula
José Zorrilla (español) Don Juan Tenorio
Gustavo Adolfo Bécquer (español) Rimas y leyendas

2. REALISMO

A mediados del siglo XIX los elementos del romanticismo se van suavizando y dejan paso a una visión de la realidad
mucho menos idealista y menos ligada a la subjetividad. El interés por los temas inspirados en el pasado medieval va
disminuyendo y la atención de los escritores se centra cada vez más en las costumbres contemporáneas. Este cambio
se explica por factores económicos, sociales y políticos: el desarrollo económico, la industrialización, el triunfo de la
burguesía, la aparición del proletariado y la consolidación del Estado liberal.
Surgió así el Realismo, un movimiento cultural propio de una sociedad burguesa que se propuso representar la
realidad lo más fielmente posible y con la mayor verosimilitud; los artistas se volcaron en la observación de la
sociedad y en el análisis de los acontecimientos cotidianos.
En el Realismo los escritores dejaron de centrarse en sí mismos y pusieron su interés en la sociedad, observando y
describiendo objetivamente los problemas sociales, y para ello se valieron principalmente de la  novela como género.
En cuanto a la expresión, prefirieron un estilo más sencillo, sobrio y preciso, en el que adquirió relevancia la
reproducción del habla coloquial, especialmente en los diálogos; el uso de la descripción detallada y minuciosa; el
párrafo largo y complejo.
El Realismo tuvo su origen en Francia. A Balzac (La Comedia humana), se le considera el fundador del movimiento,
que continuaría con Stendhal (Rojo y negro) y triunfaría con Flaubert (Madame Bovary). En España, el movimiento se
inicia en torno a 1870 y tuvo su apogeo en la década de1880, coincidiendo con el acceso al poder de la burguesía.
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Los temas más recurrentes en la literatura realista principalmente están derivados de la mentalidad burguesa: el
poder, el dinero, la influencia social o las cuestiones políticas del momento. En cuanto a los personajes, reflejan los
cambios y tensiones sociales, aparecen proletarios, mendigos, políticos y la clase media.

2.1.- CARACTERÍSTICAS DEL REALISMO.

- Procura mostrar en las obras una reproducción fiel y exacta de la realidad


- Se opone a lo sentimental y lo trascendental (propio del romanticismo) y aspira, en cambio, a reflejar la realidad
individual y social.
- Hace un uso minucioso de la descripción, para mostrar perfiles exactos de los temas, personajes, situaciones e
incluso lugares; lo cotidiano y no lo exótico es el tema central, exponiendo problemas políticos, humanos y sociales.
- El lenguaje utilizado en las obras abarca diversos registros y niveles de lenguaje, ya que expresa el habla común y se
adapta a los usos de los distintos personajes.
- Las obras muestran a los personajes como testimonio de una época, una clase social, un oficio, etc.
- El autor analiza, reproduce y denuncia los males que aquejan a su sociedad.
- Transmite ideas de la forma más verídica y objetiva posible.

2.2.- AUTORES REPRESENTATIVOS

Stendhal (francés) Rojo y negro


Honoré de Balzac  (francés) La comedia humana
Gustave Flaubert (francés) Madame Bovary
Charles Dickens (Inglés) David Copperfield
Leon Tolstoi (Ruso) Anna Karenina
Fiódor Dostoyevski Crimen y castigo
Mark Twain Las aventuras de Tom Sawyer
Benito Pérez Galdós (Español) Marianela

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3. NATURALISMO

En los últimos veinte años del siglo XIX se vivió en Europa una evolución de las técnicas realistas que condujo al
Naturalismo, cuyo fundador y máximo representante fue el escritor francés EMILE ZOLA (1840-1902). Este autor no
sólo publicó novelas naturalistas sino que expuso su teoría en obras de divulgación como La novela experimental
(1880). Según Zola, el Naturalismo no es sólo una corriente literaria sino una nueva concepción del hombre y un
nuevo método de estudiar su comportamiento.
En el naturalismo, la reproducción de la realidad sigue siendo el objetivo del escritor, pero ya no se conforma con
escribir lo que ve, sino que observa el mundo tal como un científico mira por un microscopio. Las novelas que escribe
equivalen a estudios sobre la condición humana y en su configuración influyen la teoría de la selección natural de
Darwin y las leyes de la herencia de Mendel, que enseñaban que el desarrollo y la subsistencia de los seres vivos
están ligados a una serie de circunstancias biológicas y medioambientales. En el caso de la narrativa, esto implica la
presencia del determinismo, que niega la libertad de los personajes; sus actuaciones están determinadas por la
herencia genética y el ambiente social que los rodea y condiciona.
Algunos de sus rasgos más característicos:
- Trata asuntos como la miseria humana, la corrupción, el alcoholismo, las enfermedades mentales y hereditarias y,
en general, la marginación en todas sus vertientes. Todo ello pretende ser una denuncia de la sociedad burguesa y
denota una falta total de esperanzas individuales.
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- Los ambientes descritos reflejan ese pesimismo del que parten los autores. Ambientes sórdidos, tristes, negativos;
en definitiva, los aspectos más desagradables de la sociedad.
- En las técnicas narrativas siguen la documentación y la observación proclamada por el realismo, llevándolo al
extremo con el máximo rigor.
- Técnicamente se extreman los rasgos del Realismo: descripciones minuciosas, temas tratados con crudeza,
reproducción fiel de la lengua hablada.
- El experimentalismo: El desarrollo de las ciencias experimentales anima a los naturalistas a aplicar ese método a la
creación literaria. El novelista experimenta con sus personajes, colocándole en situaciones complejas de modo que
se verifique la hipótesis del determinismo social y biológico. Para ello, el autor debe partir de la observación y la
documentación rigurosa.
- El determinismo biológico y social: La herencia biológica condiciona el destino del hombre, que, en ningún
momento es un ser libre, a pesar de lo que pueda creer. Por otra parte, las circunstancias sociales en las que nace y
se desarrolla determinan de la misma manera su comportamiento. Es lo que se denomina la presión del medio social.
En consecuencia, la libertad no existe.
Fuera de Francia el Naturalismo no consiguió un triunfo total, si bien algunos de sus elementos se incorporaron
desde entonces a la novela europea.

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VOCABULARIO

Énfasis:

Sumisión:

Auge:

Verosimilitud:

Coloquial:

Apogeo:

Minucioso:

Determinismo:

Sórdido:

LEE LOS SIGUENTES CUENTO Y REALIZA LAS ACTIVIDADES SIGUIENTES:

El rayo de luna
Gustavo Adolfo Bécquer

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Yo no sé si esto es una historia que parece cuento o un cuento que parece historia; lo que puedo decir es que en su
fondo hay una verdad, una verdad muy triste, de la que acaso yo seré uno de los últimos en aprovecharme, dadas
mis condiciones de imaginación.
Otro, con esta idea, tal vez hubiera hecho un tomo de filosofía lacrimosa; yo he escrito esta leyenda que, a los que
nada vean en su fondo, al menos podrá entretenerles un rato.
Era noble, había nacido entre el estruendo de las armas, y el insólito clamor de una trompa de guerra no le hubiera
hecho levantar la cabeza un instante ni apartar sus ojos un punto del oscuro pergamino en que leía la última cantiga
de un trovador.
Los que quisieran encontrarle, no lo debían buscar en el anchuroso patio de su castillo, donde los palafreneros
domaban los potros, los pajes enseñaban a volar a los halcones, y los soldados se entretenían los días de reposo en
afilar el hierro de su lanza contra una piedra.
-¿Dónde está Manrique, dónde está vuestro señor? -preguntaba algunas veces su madre.
-No sabemos -respondían sus servidores:- acaso estará en el claustro del monasterio de la Peña, sentado al borde de
una tumba, prestando oído a ver si sorprende alguna palabra de la conversación de los muertos; o en el puente,
mirando correr unas tras otras las olas del río por debajo de sus arcos; o acurrucado en la quiebra de una roca y
entretenido en contar las estrellas del cielo, en seguir una nube con la vista o contemplar los fuegos fatuos que
cruzan como exhalaciones sobre el haz de las lagunas. En cualquiera parte estará menos en donde esté todo el
mundo.
En efecto, Manrique amaba la soledad, y la amaba de tal modo, que algunas veces hubiera deseado no tener
sombra, porque su sombra no le siguiese a todas partes.
Amaba la soledad, porque en su seno, dando rienda suelta a la imaginación, forjaba un mundo fantástico, habitado
por extrañas creaciones, hijas de sus delirios y sus ensueños de poeta, tanto, que nunca le habían satisfecho las
formas en que pudiera encerrar sus pensamientos, y nunca los había encerrado al escribirlos.
Creía que entre las rojas ascuas del hogar habitaban espíritus de fuego de mil colores, que corrían como insectos de
oro a lo largo de los troncos encendidos, o danzaban en una luminosa ronda de chispas en la cúspide de las llamas, y
se pasaba las horas muertas sentado en un escabel junto a la alta chimenea gótica, inmóvil y con los ojos fijos en la
lumbre.
Creía que en el fondo de las ondas del río, entre los musgos de la fuente y sobre los vapores del lago, vivían unas
mujeres misteriosas, hadas, sílfides u ondinas, que exhalaban lamentos y suspiros, o cantaban y se reían en el
monótono rumor del agua, rumor que oía en silencio intentando traducirlo.
En las nubes, en el aire, en el fondo de los bosques, en las grietas de las peñas, imaginaba percibir formas o escuchar
sonidos misteriosos, formas de seres sobrenaturales, palabras ininteligibles que no podía comprender.
¡Amar! Había nacido para soñar el amor, no para sentirlo. Amaba a todas las mujeres un instante: a ésta porque era
rubia, a aquélla porque tenía los labios rojos, a la otra porque se cimbreaba al andar como un junco.
Algunas veces llegaba su delirio hasta el punto de quedarse una noche entera mirando a la luna, que flotaba en el
cielo entre un vapor de plata, o a las estrellas que temblaban a lo lejos como los cambiantes de las piedras preciosas.
En aquellas largas noches de poético insomnio, exclamaba:
-Si es verdad, como el prior de la Peña me ha dicho, que es posible que esos puntos de luz sean mundos; si es verdad
que en ese globo de nácar que rueda sobre las nubes habitan gentes, ¡qué mujeres tan hermosas serán las mujeres
de esas regiones luminosas, y yo no podré verlas, y yo no podré amarlas!… ¿Cómo será su hermosura?… ¿Cómo será
su amor?…
Manrique no estaba aún lo bastante loco para que le siguiesen los muchachos, pero sí lo suficiente para hablar y
gesticular a solas, que es por donde se empieza.
Sobre el Duero, que pasaba lamiendo las carcomidas y oscuras piedras de las murallas de Soria, hay un puente que
conduce de la ciudad al antiguo convento de los Templarios, cuyas posesiones se extendían a lo largo de la opuesta
margen del río.
En la época a que nos referimos, los caballeros de la Orden habían ya abandonado sus históricas fortalezas; pero aún
quedaban en pie los restos de los anchos torreones de sus muros, aún se veían, como en parte se ven hoy, cubiertos
de hiedra y campanillas blancas, los macizos arcos de su claustro, las prolongadas galerías ojivales de sus patios de
armas, en las que suspiraba el viento con un gemido, agitando las altas hierbas.

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En los huertos y en los jardines, cuyos senderos no hollaban hacía muchos años las plantas de los religiosos, la
vegetación, abandonada a sí misma, desplegaba todas sus galas, sin temor de que la mano del hombre la mutilase,
creyendo embellecerla. Las plantas trepadoras subían encaramándose por los añosos troncos de los árboles; las
sombrías calles de álamos, cuyas copas se tocaban y se confundían entre sí, se habían cubierto de césped; los cardos
silvestres y las ortigas brotaban en medio de los enarenados caminos, y en dos trozos de fábrica, próximos a
desplomarse, el jaramago, flotando al viento como el penacho de una cimera, y las campanillas blancas y azules,
balanceándose como en un columpio sobre sus largos y flexibles tallos, pregonaban la victoria de la destrucción y la
ruina.
Era de noche; una noche de verano, templada, llena de perfumes y de rumores apacibles, y con una luna blanca y
serena, en mitad de un cielo azul, luminoso y transparente.
Manrique, presa su imaginación de un vértigo de poesía, después de atravesar el puente, desde donde contempló un
momento la negra silueta de la ciudad, que se destacaba sobre el fondo de algunas nubes blanquecinas y ligeras
arrolladas en el horizonte, se internó en las desiertas ruinas de los Templarios.
La media noche tocaba a su punto. La luna, que se había ido remontando lentamente, estaba ya en lo más alto del
cielo, cuando al entrar en una oscura alameda que conducía desde el derruido claustro a la margen del Duero,
Manrique exhaló un grito leve y ahogado, mezcla extraña de sorpresa, de temor y de júbilo.
En el fondo de la sombría alameda había visto agitarse una cosa blanca, que flotó un momento y desapareció en la
oscuridad. La orla del traje de una mujer, de una mujer que había cruzado el sendero y se ocultaba entre el follaje, en
el mismo instante en que el loco soñador de quimeras o imposibles penetraba en los jardines.
-¡Una mujer desconocida!… ¡En este sitio!…, ¡a estas horas! Esa, esa es la mujer que yo busco -exclamó Manrique; y
se lanzó en su seguimiento, rápido como una saeta.
Llegó al punto en que había visto perderse entre la espesura de las ramas a la mujer misteriosa. Había desaparecido.
¿Por dónde? Allá lejos, muy lejos, creyó divisar por entre los cruzados troncos de los árboles como una claridad o una
forma blanca que se movía.
-¡Es ella, es ella, que lleva alas en los pies y huye como una sombra! -dijo, y se precipitó en su busca, separando con
las manos las redes de hiedra que se extendían como un tapiz de unos en otros álamos. Llegó rompiendo por entre la
maleza y las plantas parásitas hasta una especie de rellano que iluminaba la claridad del cielo… ¡Nadie!
-¡Ah!, por aquí, por aquí va -exclamó entonces-. Oigo sus pisadas sobre las hojas secas, y el crujido de su traje que
arrastra por el suelo y roza en los arbustos; -y corría y corría como un loco de aquí para allá, y no la veía. -Pero siguen
sonando sus pisadas -murmuró otra vez;- creo que ha hablado; no hay duda, ha hablado… El viento que suspira entre
las ramas; las hojas, que parece que rezan en voz baja, me han impedido oír lo que ha dicho; pero no hay duda, va
por ahí, ha hablado… ha hablado… ¿En qué idioma? No sé, pero es una lengua extranjera… Y tornó a correr en su
seguimiento, unas veces creyendo verla, otras pensando oírla; ya notando que las ramas, por entre las cuales había
desaparecido, se movían; ya imaginando distinguir en la arena la huella de sus propios pies; luego, firmemente
persuadido de que un perfume especial que aspiraba a intervalos era un aroma perteneciente a aquella mujer que se
burlaba de él, complaciéndose en huirle por entre aquellas intrincadas malezas. ¡Afán inútil!
Vagó algunas horas de un lado a otro fuera de sí, ya parándose para escuchar, ya deslizándose con las mayores
precauciones sobre la hierba, ya en una carrera frenética y desesperada.
Avanzando, avanzando por entre los inmensos jardines que bordaban la margen del río, llegó al fin al pie de las rocas
sobre que se eleva la ermita de San Saturio.
-Tal vez, desde esta altura podré orientarme para seguir mis pesquisas a través de ese confuso laberinto -exclamó
trepando de peña en peña con la ayuda de su daga.
Llegó a la cima, desde la que se descubre la ciudad en lontananza y una gran parte del Duero que se retuerce a sus
pies, arrastrando una corriente impetuosa y oscura por entre las corvas márgenes que lo encarcelan.
Manrique, una vez en lo alto de las rocas, tendió la vista a su alrededor; pero al tenderla y fijarla al cabo en un punto,
no pudo contener una blasfemia.
La luz de la luna rielaba chispeando en la estela que dejaba en pos de sí una barca que se dirigía a todo remo a la
orilla opuesta.
En aquella barca había creído distinguir una forma blanca y esbelta, una mujer sin duda, la mujer que había visto en
los Templarios, la mujer de sus sueños, la realización de sus más locas esperanzas. Se descolgó de las peñas con la

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agilidad de un gamo, arrojó al suelo la gorra, cuya redonda y larga pluma podía embarazarle para correr, y
desnudándose del ancho capotillo de terciopelo, partió como una exhalación hacia el puente.
Pensaba atravesarlo y llegar a la ciudad antes que la barca tocase en la otra orilla. ¡Locura! Cuando Manrique llegó
jadeante y cubierto de sudor a la entrada, ya los que habían atravesado el Duero por la parte de San Saturio,
entraban en Soria por una de las puertas del muro, que en aquel tiempo llegaba hasta la margen del río, en cuyas
aguas se retrataban sus pardas almenas.
Aunque desvanecida su esperanza de alcanzar a los que habían entrado por el postigo de San Saturio, no por eso
nuestro héroe perdió la de saber la casa que en la ciudad podía albergarlos. Fija en su mente esta idea, penetró en la
población, y dirigiéndose hacia el barrio de San Juan, comenzó a vagar por sus calles a la ventura.
Las calles de Soria eran entonces, y lo son todavía, estrechas, oscuras y tortuosas. Un silencio profundo reinaba en
ellas, silencio que sólo interrumpían, ora el lejano ladrido de un perro; ora el rumor de una puerta al cerrarse, ora el
relincho de un corcel que piafando hacía sonar la cadena que le sujetaba al pesebre en las subterráneas caballerizas.
Manrique, con el oído atento a estos rumores de la noche, que unas veces le parecían los pasos de alguna persona
que había doblado ya la última esquina de un callejón desierto, otras, voces confusas de gentes que hablaban a sus
espaldas y que a cada momento esperaba ver a su lado, anduvo algunas horas, corriendo al azar de un sitio a otro.
Por último, se detuvo al pie de un caserón de piedra, oscuro y antiquísimo, y al detenerse brillaron sus ojos con una
indescriptible expresión de alegría. En una de las altas ventanas ojivales de aquel que pudiéramos llamar palacio, se
veía un rayo de luz templada y suave que, pasando a través de unas ligeras colgaduras de seda color de rosa, se
reflejaba en el negruzco y grieteado paredón de la casa de enfrente.
-No cabe duda; aquí vive mi desconocida -murmuró el joven en voz baja sin apartar un punto sus ojos de la ventana
gótica;- aquí vive. Ella entró por el postigo de San Saturio… por el postigo de San Saturio se viene a este barrio… en
este barrio hay una casa, donde pasada la media noche aún hay gente en vela… ¿En vela? ¿Quién sino ella, que
vuelve de sus nocturnas excursiones, puede estarlo a estas horas?… No hay más; ésta es su casa.
En esta firme persuasión, y revolviendo en su cabeza las más locas y fantásticas imaginaciones, esperó el alba frente
a la ventana gótica, de la que en toda la noche no faltó la luz ni él separó la vista un momento.
Cuando llegó el día, las macizas puertas del arco que daba entrada al caserón, y sobre cuya clave se veían esculpidos
los blasones de su dueño, giraron pesadamente sobre los goznes, con un chirrido prolongado y agudo. Un escudero
reapareció en el dintel con un manojo de llaves en la mano, restregándose los ojos y enseñando al bostezar una caja
de dientes capaces de dar envidia a un cocodrilo.
Verle Manrique y lanzarse a la puerta, todo fue obra de un instante.
-¿Quién habita en esta casa? ¿Cómo se llama ella? ¿De dónde es? ¿A qué ha venido a Soria? ¿Tiene esposo?
Responde, responde, animal -ésta fue la salutación que, sacudiéndole el brazo violentamente, dirigió al pobre
escudero, el cual, después de mirarle un buen espacio de tiempo con ojos espantados y estúpidos, le contestó con
voz entrecortada por la sorpresa:
-En esta casa vive el muy honrado señor D. Alonso de Valdecuellos, montero mayor de nuestro señor el rey, que
herido en la guerra contra moros, se encuentra en esta ciudad reponiéndose de sus fatigas.
-Pero ¿y su hija? -interrumpió el joven impaciente;- ¿y su hija, o su hermana; o su esposa, o lo que sea?
-No tiene ninguna mujer consigo.
-¡No tiene ninguna!… Pues ¿quién duerme allí en aquel aposento, donde toda la noche he visto arder una luz?
-¿Allí? Allí duerme mi señor D. Alonso, que, como se halla enfermo, mantiene encendida su lámpara hasta que
amanece.
Un rayo cayendo de improviso a sus pies no le hubiera causado más asombro que el que le causaron estas palabras.
-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi seguro de que he de conocerla… ¿En qué?…
Eso es lo que no podré decir… pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a oír,
un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para conseguirlo. Noche y día estoy mirando
flotar delante de mis ojos aquellos pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí
dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus ininteligibles palabras… ¿Qué dijo?… ¿qué
dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo que dijo, acaso… pero aún sin saberlo la encontraré… la encontraré; me lo da el
corazón, y mi corazón no me engaña nunca. Verdad es que ya he recorrido inútilmente todas las calles de Soria; que
he pasado noches y noches al sereno, hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en
hacer charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una vieja, arrebujada con tal arte en

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su manto de anascote, que se me figuró una deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido
como un tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el del traje de mi desconocida;
pero no importa… yo la he de encontrar, y la gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.
¿Cómo serán sus ojos?… Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de la noche; me gustan tanto los ojos
de ese color; son tan expresivos, tan melancólicos, tan… Sí… no hay duda; azules deben de ser, azules son,
seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten… Me parece que los vi flotar aquella noche,
al par que su traje, y eran negros… no me engaño, no; eran negros.
¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera suelta, flotante y oscura, a una
mujer alta… porque… ella es alta, alta y esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos
ovalados rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de granito! ¡Su voz!… su voz la he
oído… su voz es suave como el rumor del viento en las hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso
como las cadencias de una música.
Y esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que piensa como yo pienso, que
gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de
mi ser, ¿no se ha de sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo ya, con
todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto… ¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga
de la soledad y el misterio, como todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el silencio
de la noche?
Dos meses habían transcurrido desde que el escudero de D. Alonso de Valdecuellos desengañó al iluso Manrique;
dos meses durante los cuales en cada hora había formado un castillo en el aire, que la realidad desvanecía con un
soplo; dos meses, durante los cuales había buscado en vano a aquella mujer desconocida, cuyo absurdo amor iba
creciendo en su alma, merced a sus aún más absurdas imaginaciones, cuando después de atravesar absorto en estas
ideas el puente que conduce a los Templarios, el enamorado joven se perdió entre las intrincadas sendas de sus
jardines.
La noche estaba serena y hermosa, la luna brillaba en toda su plenitud en lo más alto del cielo, y el viento suspiraba
con un rumor dulcísimo entre las hojas de los árboles.
Manrique llegó al claustro, tendió la vista por su recinto y miró a través de las macizas columnas de sus arcadas…
Estaba desierto.
Salió de él, encaminó sus pasos hacia la oscura alameda que conduce al Duero, y aún no había penetrado en ella,
cuando de sus labios se escapó un grito de júbilo.
Había visto flotar un instante y desaparecer el extremo del traje blanco, del traje blanco de la mujer de sus sueños,
de la mujer que ya amaba como un loco.
Corre, corre en su busca, llega al sitio en que la ha visto desaparecer; pero al llegar se detiene, fija los espantados
ojos en el suelo, permanece un rato inmóvil; un ligero temblor nervioso agita sus miembros, un temblor que va
creciendo, que va creciendo y ofrece los síntomas de una verdadera convulsión, y prorrumpe al fin una carcajada,
una carcajada sonora, estridente, horrible.
Aquella cosa blanca, ligera, flotante, había vuelto a brillar ante sus ojos, pero había brillado a sus pies un instante, no
más que un instante.
Era un rayo de luna, un rayo de luna que penetraba a intervalos por entre la verde bóveda de los árboles cuando el
viento movía sus ramas.
Habían pasado algunos años. Manrique, sentado en un sitial junto a la alta chimenea gótica de su castillo, inmóvil
casi y con una mirada vaga e inquieta como la de un idiota, apenas prestaba atención ni a las caricias de su madre, ni
a los consuelos de sus servidores.
-Tú eres joven, tú eres hermoso -le decía aquélla;- ¿por qué te consumes en la soledad? ¿Por qué no buscas una
mujer a quien ames, y que amándote pueda hacerte feliz?
-¡El amor!… El amor es un rayo de luna -murmuraba el joven.
-¿Por qué no despertáis de ese letargo? -le decía uno de sus escuderos;- os vestís de hierro de pies a cabeza, mandáis
desplegar al aire vuestro pendón de ricohombre, y marchamos a la guerra: en la guerra se encuentra la gloria.
-¡La gloria!… La gloria es un rayo de luna.
-¿Queréis que os diga una cantiga, la última que ha compuesto mosén Arnaldo, el trovador provenzal?

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-¡No! ¡No! -exclamó el joven incorporándose colérico en su sitial-; no quiero nada… es decir, sí quiero… quiero que
me dejéis solo… Cantigas… mujeres… glorias… felicidad… mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra
imaginación y vestimos a nuestro antojo, y los amamos y corremos tras ellos, ¿para qué?, ¿para qué?, para encontrar
un rayo de luna.
Manrique estaba loco: por lo menos, todo el mundo lo creía así. A mí, por el contrario, se me figuraba que lo que
había hecho era recuperar el juicio.

I.-ITEM I Completa el siguiente esquema en tu cuaderno:

PERSONAJES Y AMBIENTES: DEL RELATO: Temáticas del cuento leído:

PROTAGONISTA: TIPO DE NARRADOR (escribir dos 1.-Señala tres características del


ejemplos): cuento según la corriente literaria
(ROMANTICISMO):

ANTAGONISTA: ARGUMENTO DEL CUENTO: 2.-Según el cuento, ¿el amor puede


ser una ilusión?

AMBIENTE FÍSICO: PROBLEMA PRINCIPAL DEL 3.-¿Existen otras formas en que el


PROTAGONISTA: ser humano se engañe o piense
cosas que no son?

AMBIENTE SOCIAL: POSIBLE SOLUCIÓN: 4.-¿Qué habrías aconsejado tú al


protagonista?

AMBIENTE PSICOLÓGICO DESENLACE DEL CUENTO: 5.-¿Te podría pasar algo en tu vida
a ti mismo? ¿Por qué?

Pobres gentes
León Tolstoi

En una choza, Juana, la mujer del pescador, se halla sentada junto a la ventana, remendando una vela vieja.
Afuera aúlla el viento y las olas rugen, rompiéndose en la costa… La noche es fría y oscura, y el mar está
tempestuoso; pero en la choza de los pescadores el ambiente es templado y acogedor. El suelo de tierra
apisonada está cuidadosamente barrido; la estufa sigue encendida todavía; y los cacharros relucen, en el
vasar. En la cama, tras de una cortina blanca, duermen cinco niños, arrullados por el bramido del mar

9
agitado. El marido de Juana ha salido por la mañana, en su barca; y no ha vuelto todavía. La mujer oye el
rugido de las olas y el aullar del viento, y tiene miedo.
Con un ronco sonido, el viejo reloj de madera ha dado las diez, las once… Juana se sume en reflexiones. Su
marido no se preocupa de sí mismo, sale a pescar con frío y tempestad. Ella trabaja desde la mañana a la
noche. ¿Y cuál es el resultado?, apenas les llega para comer. Los niños no tienen qué ponerse en los pies:
tanto en invierno como en verano, corren descalzos; no les alcanza para comer pan de trigo; y aún tienen que
dar gracias a Dios de que no les falte el de centeno. La base de su alimentación es el pescado. “Gracias a
Dios, los niños están sanos. No puedo quejarme”, piensa Juana; y vuelve a prestar atención a la tempestad.
“¿Dónde estará ahora? ¡Dios mío! Protégelo y ten piedad de él”, dice, persignándose.
Aún es temprano para acostarse. Juana se pone en pie; se echa un grueso pañuelo por la cabeza, enciende
una linterna y sale; quiere ver si ha amainado el mar, si se despeja el cielo, si hay luz en el faro y si aparece
la barca de su marido. Pero no se ve nada. El viento le arranca el pañuelo y lanza un objeto contra la puerta
de la choza de al lado; Juana recuerda que la víspera había querido visitar a la vecina enferma. “No tiene
quien la cuide”, piensa, mientras llama a la puerta. Escucha… Nadie contesta.
“A lo mejor le ha pasado algo”, piensa Juana; y empuja la puerta, que se abre de par en par. Juana entra.
En la choza reinan el frío y la humedad. Juana alza la linterna para ver dónde está la enferma. Lo primero
que aparece ante su vista es la cama, que está frente a la puerta. La vecina yace boca arriba, con la
inmovilidad de los muertos. Juana acerca la linterna. Sí, es ella. Tiene la cabeza echada hacia atrás; su rostro
lívido muestra la inmovilidad de la muerte. Su pálida mano, sin vida, como si la hubiese extendido para
buscar algo, se ha resbalado del colchón de paja, y cuelga en el vacío. Un poco más lejos, al lado de la
difunta, dos niños, de caras regordetas y rubios cabellos rizados, duermen en una camita acurrucados y
cubiertos con un vestido viejo.
Se ve que la madre, al morir, les ha envuelto las piernecitas en su mantón y les ha echado por encima su
vestido. La respiración de los niños es tranquila, uniforme; duermen con un sueño dulce y profundo.
Juana coge la cuna con los niños; y, cubriéndolos con su mantón, se los lleva a su casa. El corazón le late
con violencia; ni ella misma sabe por qué hace esto; lo único que le consta es que no puede proceder de otra
manera.
Una vez en su choza, instala a los niños dormidos en la cama, junto a los suyos; y echa la cortina. Está pálida
e inquieta. Es como si le remordiera la conciencia. “¿Qué me dirá? Como si le dieran pocos desvelos
nuestros cinco niños… ¿Es él? No, no… ¿Para qué los habré cogido? Me pegará. Me lo tengo merecido…
Ahí viene… ¡No! Menos mal…”
La puerta chirría, como si alguien entrase. Juana se estremece y se pone en pie.
“No. No es nadie. ¡Señor! ¿Por qué habré hecho eso? ¿Cómo lo voy a mirar a la cara ahora?” Y Juana
permanece largo rato sentada junto a la cama, sumida en reflexiones.
La lluvia ha cesado; el cielo se ha despejado; pero el viento sigue azotando y el mar ruge, lo mismo que
antes.
De pronto, la puerta se abre de par en par. Irrumpe en la choza una ráfaga de frío aire marino; y un hombre,
alto y moreno, entra, arrastrando tras de sí unas redes rotas, empapadas de agua.
-¡Ya estoy aquí, Juana! -exclama.
-¡Ah! ¿Eres tú? -replica la mujer; y se interrumpe, sin atreverse a levantar la vista.
-¡Vaya nochecita!
-Es verdad. ¡Qué tiempo tan espantoso! ¿Qué tal se te ha dado la pesca?
-Es horrible, no he pescado nada. Lo único que he sacado en limpio ha sido destrozar las redes. Esto es
horrible, horrible… No puedes imaginarte el tiempo que ha hecho. No recuerdo una noche igual en toda mi
vida. No hablemos de pescar; doy gracias a Dios por haber podido volver a casa. Y tú, ¿qué has hecho sin
mí?
Después de decir esto, el pescador arrastra la redes tras de sí por la habitación; y se sienta junto a la estufa.
-¿Yo? -exclama Juana, palideciendo-. Pues nada de particular. Ha hecho un viento tan fuerte que me daba
miedo. Estaba preocupada por ti.
-Sí, sí -masculla el hombre-. Hace un tiempo de mil demonios, pero… ¿qué podemos hacer?
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Ambos guardan silencio.
-¿Sabes que nuestra vecina Simona ha muerto?
-¿Qué me dices?
-No sé cuándo; me figuro que ayer. Su muerte ha debido ser triste. Seguramente se le desgarraba el corazón
al ver a sus hijos. Tiene dos niños muy pequeños… Uno ni siquiera sabe hablar y el otro empieza a andar a
gatas…
Juana calla. El pescador frunce el ceño; su rostro adquiere una expresión seria y preocupada.
-¡Vaya situación! -exclama, rascándose la nuca-. Pero, ¡qué le hemos de hacer! No tenemos más remedio
que traerlos aquí. Porque si no, ¿qué van a hacer solos con la difunta? Ya saldremos adelante como sea.
Anda, corre a traerlos.
Juana no se mueve.
-¿Qué te pasa? ¿No quieres? ¿Qué te pasa, Juana?
-Están aquí ya -replica la mujer descorriendo la cortina.
FIN

PERSONAJES Y AMBIENTES: DEL RELATO: Temáticas del cuento leído:

PROTAGONISTA: TIPO DE NARRADOR (escribir dos 1.-Señala tres características del


ejemplos): cuento según la corriente literaria
(REALISMO):

ANTAGONISTA: ARGUMENTO DEL CUENTO: 2.-Según el cuento, ¿qué actitud


inicialmente podría presentar el
padre en relación a lo que hizo la
mujer?

AMBIENTE FÍSICO: PROBLEMA PRINCIPAL DEL 3.-¿La madre podría haber tomado
PROTAGONISTA: otra decisión mejor, en esas
condiciones? ¿Por qué?

AMBIENTE SOCIAL: POSIBLE SOLUCIÓN: 4.-¿Qué habrías aconsejado tú a la


protagonista?

AMBIENTE PSICOLÓGICO DESENLACE DEL CUENTO: 5.-¿Podría pasar algo así a ti


mismo? ¿Cómo actuarías? ¿Por
qué?

¡Sin trabajo!
Émile Zola

Por la mañana, cuando los obreros llegan al taller, encuéntranlo frío, como oscurecido con la tristeza que se desprende
de una ruina. En el fondo de la sala principal, la máquina está silenciosa, con sus brazos delgados, sus ruedas
inmóviles; y ella, cuyo soplo y movimiento animan habitualmente toda la casa, con los latidos de su corazón de
gigante, incansable en la faena, agrega al conjunto una melancolía más.
El amo baja de su despacho y con aire de tristeza dice a sus obreros:
—Hijos míos, hoy no hay trabajo… Ya no vienen pedidos, de todas partes recibo contraórdenes, voy a quedarme con
las existencias entre las manos. Este mes de diciembre, con el cual contaba, este mes que otros años es de tanto
trabajo, amenaza arruinar las casas más fuertes… Es preciso suspenderlo todo.
Y al ver que los obreros se miran unos a otros, con el espanto que les imbuye la idea de volver a casa, con el miedo
del hambre que los amenaza para el día siguiente, añade en voz más baja:
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—No soy egoísta, no, se los juro… Mi situación es tan terrible, más terrible tal vez que la de ustedes. En ocho días he
perdido cincuenta mil billetes. Hoy paro el trabajo para no ahondar más la sima; ni siquiera tengo los primeros cinco
céntimos de la suma que necesito para mis vencimientos del 15…
Ya lo ven, les hablo como un amigo, nada les oculto. Tal vez mañana mismo vengan a embargarme. No es nuestra la
culpa, ¡no es cierto! Hemos luchado hasta última hora. Hubiera querido ayudarlos a pasar días de apuro; pero todo ha
acabado, estoy hundido; no tengo ya ni un pedazo de pan para partirlo.
Después les tiende la mano. Los obreros se la estrechan silenciosamente. Y durante algunos minutos permanecen allí,
mirando sus herramientas inútiles, con los puños cerrados. Otros días, desde el amanecer, las limas cantaban, los
martillos marcaban el ritmo; y todo aquello parece que duerme ya en el polvo de la quiebra. Son veinte, son treinta
familias que no tendrán qué comer la semana próxima.
Algunas mujeres que trabajan en la fábrica sienten las lágrimas humedecerles los ojos. Los hombres quieren aparecer
más resueltos. Se hacen los valientes, diciendo que la gente no se muere de hambre en París. Luego, cuando el amo los
deja y lo ven alejarse, encorvado en ocho días, abrumado tal vez por un desastre de mayores proporciones que las
confesadas por él, van saliendo uno por uno, ahogados por la angustia, con el corazón oprimido, como si salieran del
cuarto de un muerto. El muerto es el trabajo, es la máquina grande que permanece muda y cuyo esqueleto se destaca
siniestro en la sombra.

II
El obrero está fuera de su casa, en la calle, en medio del arroyo. Ha paseado las aceras durante ocho días sin encontrar
trabajo. De puerta en puerta ha ido ofreciendo sus brazos, sus manos, ofreciéndose él en cuerpo y alma para cualquier
faena, para la más repugnante, la más dura, la más nociva. Y todas las puertas se han cerrado.
Entonces se ofreció a trabajar por la mitad del jornal; pero las puertas permanecieron cerradas. Aunque trabajase de
balde no se le podría admitir. Es la paralización del trabajo, la terrible paralización que toca a muerto para los que
habitan en las buhardillas. El pánico ha parado las industrias, y el dinero, cobarde, se ha escondido.
Al cabo de ocho días todo ha concluido. El obrero ha hecho una tentativa suprema y ahora vuelve con paso tardo, con
las manos vacías, abrumado de miseria. La lluvia cae; aquella tarde París, inundado de barro, aparece fúnebre. El
hombre va andando, recibiendo el chaparrón sin sentirlo, no oyendo más que su hambre y deteniéndose para llegar
menos pronto. Inclínase sobre el parapeto del Sena: el río, cuyo caudal ha aumentado, corre con un rumor prolongado;
la espuma blanca se desgarra en salpicaduras en uno de los tramos del puente. Inclínase más, la colosal riada pasa
debajo de él lanzándole un llamamiento furioso. Después, piensa que sería una cobardía y se va.
La lluvia ha cesado. El gas flamea en los escaparates de las joyerías. Si rompiese un cristal, tomaría pan para algunos
años con abrir y cerrar la mano. Las cocinas de los restaurantes se encienden; y detrás de las cortinas de muselina
blanca, ve gentes que comen. Apresura el paso, vuelve a subir a los barrios extremos, encontrando en el camino las
asadurías y pastelerías del todo París comilón, que se exhibe a las horas del hambre.
Como la mujer y la pequeña lloraban por la mañana, les ofreció llevarles pan por la tarde. No se ha atrevido a decirles
que había mentido, antes de que anocheciese. Al ir andando, pregúntase cómo entrará y qué les contestará para que
tengan paciencia. Sin embargo, no pueden permanecer más tiempo sin comer. Él probaría aún, pero la mujer y la
pequeña son muy débiles.
Un momento se le ocurre pedir limosna; pero cuando una señora o un caballero pasan a su lado y él intenta alargar la
mano, su brazo se paraliza y la voz se ahoga en su garganta. Entonces permanece plantado en la acera, mientras los
transeúntes adinerados le vuelven la espalda, creyéndolo borracho, al ver su feroz semblante de hambriento.

III
La mujer del obrero ha bajado a la puerta de la calle, dejando arriba a la niña dormida. La mujer es muy delgada; lleva
un vestido de percal. El viento helado de la calle la hace tiritar.
Ya no le queda nada en casa: todo lo llevó al Montepío. Ocho días sin trabajo bastan para vaciar una casa. La víspera
vendió a un trapero el último puñado de lana de su colchón: el colchón se fue así; ahora no queda más que la tela. Allá
arriba la colgó delante de la ventana, para impedir que entre el aire, porque la niña tose mucho.
Sin decir nada a su marido, ella también ha buscado por su parte. Pero la falta de trabajo ha alcanzado con más dureza
a las mujeres que a los hombres. En la meseta de su cuarto oye a unas desgraciadas que lloran durante la noche.
Encontró una de pie en el rincón de una calle; otra ha muerto; otra ha desaparecido.
Afortunadamente, ella tiene un buen hombre, un marido que no bebe. Vivirían sin apuros si la falta de trabajo no los
hubiese despojado de todo. Ha agotado el crédito: debe al panadero, al especiero, a la frutera y ya ni siquiera se atreve

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a pasar delante de las tiendas. Por la tarde fue a casa de su hermana a pedirle una moneda prestada, pero allí encontró
también tal miseria, que se echó a llorar, sin decir nada, y las dos, su hermana y ella, estuvieron llorando mucho
tiempo. Luego, al marcharse, le ofreció llevarle un pedazo de pan si su marido volvía con algo.
El marido no vuelve. La lluvia cae; la mujer se refugia en la puerta; grandes gotas de agua caen a sus pies; un polvillo
de agua atraviesa su falda. A ratos se impacienta, se echa fuera a pesar de la lluvia, va hasta el final de la calle para ver
si ve a lo lejos al que espera. Y cuando vuelve, toda mojada, pasa la mano por sus cabellos para escurrir el agua; aun
cobra paciencia, sacudida por cortos escalofríos de fiebre.
Los transeúntes al ir y venir la codean y la pobre mujer se encoje cuanto puede para no molestar a nadie. Los hombres
la miran frente a frente y a ratos siente alientos calientes que le rozan el cuello. Todo el París sospechoso, la calle con
su lodo, sus claridades crudas y el rodar de los coches, parecen querer cogerla y arrojarla al arroyo. Tiene hambre,
pertenece a todo el mundo. Enfrente hay un panadero, y la pobre mujer piensa en la pequeña que duerme arriba.
Después, cuando al fin el marido aparece, rozando como un miserable las paredes de las casas, se precipita a su
encuentro, y lo mira ansiosamente.
—¿Qué hay? —dice balbuceando.
En vez de contestar, el obrero baja la cabeza. Entonces, la mujer sube la primera, pálida como una muerta.

IV
Arriba la pequeña no duerme. Se ha despertado, y está pensando enfrente de un cabo de vela que se extingue en un
extremo de la mesa. Y no se sabe qué pensamiento terrible y doloroso pasa sobre la faz de aquella chicuela de siete
años, con rasgos serios y marchitos de mujer hecha.
Está sentada sobre el borde del cofre que le sirve de cama. Sus pies desnudos tiemblan de frío, sus manos de muñeca
enfermiza aprietan contra el pecho los trapos con que se cubre. Siente allí una quemadura, un fuego que quisiera
apagar. Está pensando. Nunca ha tenido juguetes. No puede ir a la escuela porque no tiene zapatos. Recuerda que
cuando era más pequeña su madre la llevaba a tomar el sol. Pero aquello está lejos. Fue preciso mudar de habitación, y
desde aquella época le parece que un gran frío sopló dentro de su casa. Desde entonces nunca ha estado contenta;
siempre ha tenido hambre.
Es una cosa profunda en la cual penetra sin poder comprenderla. Pues qué, ¿todo el mundo tiene hambre? Ha
procurado, sin embargo, acostumbrarse a eso, pero no ha podido. Piensa que es demasiado pequeña y que es preciso
ser grande para saber. La madre sabe, sin duda, esa cosa que se oculta a los niños. Si se atreviese, preguntaría quién
nos trae así al mundo para que se tenga hambre.
¡Luego, en su casa todo es tan feo! Mira la ventana, donde el viento sacude la tela del colchón, las paredes desnudas,
los muebles rotos, toda aquella vergüenza de buhardilla, que la falta de trabajo ensucia con su desesperación.
Imagina haber soñado con habitaciones bien calientes, en las que había cosas que relucían; cierra los ojos para
volverlas a ver, y a través de sus párpados adelgazados, la llama de la vela se convierte en un gran resplandor de oro,
en el que desearía entrar. Pero el viento sopla y por la ventana llega una corriente tan fuerte de aire que le produce un
acceso de tos. La niña tiene los ojos llenos de lágrimas.
Antes tenía miedo cuando la dejaban sola; ahora no sabe, lo mismo le da. Como no ha comido desde la víspera, cree
que su madre ha bajado a buscar pan. Entonces esta idea le divierte. Cortará su pan en pedazos pequeñitos, los irá
cogiendo despacio, uno por uno. Jugará con su pan.
La madre ha vuelto, el padre ha cerrado la puerta. La niña les mira las manos a los dos, muy sorprendida. Y, como
nada dicen, al cabo de un momento la pequeña repite un canto monótono:
—Tengo hambre, tengo hambre.
El padre, en un rincón, se ha cogido la cabeza entre los puños; allí permanece abrumado, sacudidas las espaldas por
desgarradores y silenciosos gemidos. La madre, conteniendo las lágrimas, acuesta la pequeña. La tapa con todos los
andrajos que hay en la casa; le dice que sea buena, que duerma. Pero la niña, a la que el frío hace dar diente con
diente y que siente el fuego de su pecho quemarla con más fuerza, se hace atrevida. Se cuelga del cuello de su madre y
muy quedito:
—Di, mamá —le pregunta— ¿por qué tenemos hambre?
FIN

PERSONAJES Y AMBIENTES: DEL RELATO: Temáticas del cuento leído:

PROTAGONISTA: TIPO DE NARRADOR (escribir dos 1.-Señala tres características del


ejemplos): cuento según la corriente literaria
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(REALISMO):

ANTAGONISTA: ARGUMENTO DEL CUENTO: 2.-Según el cuento, ¿por qué el


padre no pudo pedir limosna?

AMBIENTE FÍSICO: PROBLEMA PRINCIPAL DEL 3.-Señala tres ejemplos de la


PROTAGONISTA: extrema pobreza de los personajes.

AMBIENTE SOCIAL: POSIBLE SOLUCIÓN: 4.-¿Cómo demuestra el sufrimiento


la niña?

AMBIENTE PSICOLÓGICO DESENLACE DEL CUENTO: 5.-¿Podría pasar algo así a ti


mismo? ¿Cómo actuarías? ¿Por
qué?

GUÍA DE ESTUDIO NEOCLASICISMO, ROMANTICISMO, REALISMO Y NATURALISMO


El interés por la cultura graco-latina resurge con fuerza a partir de la segunda mitad del siglo XVIII con los
descubrimientos de de Herculano y Pompeya, antiguas ciudades romanas que habían sido sepultadas con la erupción del
Vesubio en el siglo I. Con esto, la atracción por el mundo antiguo, los viajes con intereses arqueológicos hacia las regiones
recien descubiertas y las consiguientes publcaciones de estudios y documentos que estos viajes generaron, sirvieron de
modelo para muchos artistas de la época.
A este siglo se le conoce como El Siglo de las Luces, puesto que el hombre rechaza todo aquello que le sea impuesto
desde fuera, y solo admite aquello que le llega a través de la luz de su razón. Esta se convierte en la norma con la que se
valoran todas las manifestaciones humanas. Debido a esto, aparecen en Europa una serie de pensadores con un espíritu
científico que toman la experimentación como el método para adquirir conocimiento, sin temor a equivocarse. Es por
esto que, más que un período de creación artística, este período se caracteriza por ser una etapa de estudio y análisis
metódico. A este espíritu de revisión de las ideas tradicionales se le conoce como Ilustración.
El hombre adoptó, en esta época, una posición de rebeldía ante el sometimiento intelectual al pasado tradicional y sintió
que, por sí mismo, gracias a la capacidad de su razón e inteligencia, podía explicar los misterios de la vida. Existía una
necesidad de someter a revisión crítica todos los conocimientos alcanzados hasta ese momento. Es por esto que se
desechan la revelación y la intuición como medios para acceder a la verdad. Surge aquí el mito del progreso, ya que se
supone que la sociedad debe alcanzar una perfección ideal. Lograr el progreso es una tarea de todos los hombres, en
general, y de los intelectuales, en particular. Con este fin, ilustrar al hombre para hacerlo participar activamente en el
progreso, los intelectuales ilustrados franceses crearon la Enciclopedia, “diccionario razonado de las ciencias, de las artes
y de los oficios”.
Los fundamentos que basan el pensamiento de este período neoclásico son, por una parte, una filosofía empirista, es
decir, lo trascendental no es relevante, sino que la razón es, ahora, el método y la experiencia de cada hombre
14
particular, el camino para llegar a ella. Otro fundamento en el que se basa este siglo se encuentra en el pensamiento de
Rene Descartes. Este filósofo sostiene el triunfo de la razón por sobre cualquier otra forma de conocimiento: “pienso,
luego existo”, de esta forma separa la ciencia de la fe.

1. EL NEOCLASICISMO
Este movimiento artístico pone su foco y afirma el carácter ejemplar del arte clásico de la Antigüedad y postula un
criterio de imitación de este. Se sostiene, por lo tanto, como un hecho ineludible la superioridad de los antiguos por
haber creado arquetipos perfectos de belleza y buen gusto. Todo aquello que no se ajustara a los parámetros establecidos
en el mundo antiguo era considerado extravagante y de mal gusto, herencia de una “oscura” Edad Media. El escritor que
pretendía ser tal, debía “disciplinar” su don natural mediante el estudio de los mejores autores de la antigüedad.
Por ser una época normativa, es decir, el arte, y en especial la literatura, están sujetas a normas que encauzan al artista
por la vía de la razón e impiden la manifestación de cualquier capricho individual. Además, las reglas neoclásicas se
organizaron en torno a dos direcciones fundamentales:
a) las que se refieren a la elaboración de la razón para lograr obras verosímiles y universales, y
b) las que apuntan a la finalidad moral educativa de las obras artísticas.
La verosimilitud se logra a través del ejercicio de la razón en la literatura, ya que esta impide los excesos de la fantasía y
la imaginación. Esto se justifica por la necesidad educativa del arte. Para cumplir con esto, necesariamente debe ser
entendida por todos, por lo que sólo la razón puede contribuir a la manifestación de un arte comprensible.
El arte, como se dijo, debe tender hacia el progreso moral del individuo, mediante el ejemplo educativo, es decir, la obra
se convierte en un instrumento para mostras algo. Esto favorece al auge de la fábula, ya que su afán docente está
destinado a promover o corregir una conducta en el individuo.
LA FÁBULA
Es un relato breve de contenido didáctico. En el siglo VI a. de C., encontramos a Esopo, escritor griego, como su máximo
exponente. En el siglo I d. de C. El más célebre era el poeta latino Fedro. 
Durante el siglo XVIII, el hecho de que la literatura tenga una finalidad didáctica, explica el auge de la fábula. Por la
misma naturaleza de este tipo de obras, facilitan la función que se asigna a la literatira de este período, pues permite
poner el arte al servicio de la educación. Los más importantes fabulistas españoles fueron Felix Maria de Samaniego y
Tomás de Iriarte.
“Así frecuentemente
el hombre se deslumbra con lo hermoso,
elige lo aparente,
abrazando tal vez lo más dañoso;
pero escarmiente ahora en tal cabeza:
el útil bien es la mejor belleza.”

La poesía neoclásica se caracteriza por el tema bucólico de idealizados pastores que cantan las gracias de su amada, una
pastora, mientras esta retoza en una idílica naturaleza.

2. EL ROMANTICISMO
Este movimiento, junto con el Renacimiento, es considerado uno de los más importantes de la vida intelectual europea.
Se inicia, aproximadamente, a fines del siglo XVIII y se prolonga hasta 1825. Se propaga por toda Europa y América, donde
su dominio alcanza hasta los años 1850 – 1860, siendo desplazado por un movimiento de sentido opuesto y de finalidad
realista.
Las manifestaciones románticas son de renovación espiritual y artística, lo que lo lleva a oponerse a las fuentes de
inspiración grecolatinas, a rechazar la estética clásica con sus separaciones de géneros literarios y sus unidades de acción,
tiempo y espacio, y a repudiar cualquier tipo de academicismo. Las fuentes de inspiración procedieron del medievo y de
los valores consagrados en ese momento, proyectados a través de la poesía épica, de las leyendas y los romances. Este
espíritu inquieto del romántico lo llevará a estudiar otras culturas: hacia el Oriente antiguo donde el hombre parecía
haber mantenido un misterioso contacto con la naturaleza y hacia el desconocido mundo de América, donde los pueblos
primitivos podía entregar el secreto de la vida.
Fundamentalmente, el Romanticismo propone la posibilidad de unión de la vida y la literatura, conectadas ambas gracias
a la inspiración o intuición del creador. Atrás quedan las normas y exigencias neoclásicas, ahora el escritor es libre para
dar forma a su inspiración y sensibilidades personales a través del lenguaje.
El Romanticismo va a oponer al racionalismo de lo neoclásico, el misterio de la vida; a la tentativa de limitar al hombre a
una esfera de conciencia donde cada acto está definido por las concretas relaciones de todo cuanto le rodea, una
posibilidad de liberar al individuo del cerco lógico para conectarlo con los valores eternos del espíritu.
Si bien son movimientos contrarios, la influencia de las ideas de la Ilustración son importantes para el desarrollo del
omanticismo, puesto que de este movimiento se extraen el espíritu crítico, el afán individualista y la idea de libertad,
pero, naturalmente, rechaza la fría lógica racionalista. También se ve influenciado por las ideas de la Revolución
15
Francesa, ya que esta modificó el concepto de lo tradicional y los privilegios de la monarquía.
Los sentimientos nacionalistas se ven exaltados, puesto que se pretende eliminar todo vestigio del dominio napoleónico. A
partir de esto se entiende la admiración por la Edad Media, momento en que surgen las naciones, las lenguas romances y
cada país se prepara para vivir su propia historia, cultura, religión, folklore, idioma y literatura.
El hombre del Romanticismo se caracteriza por valorar el Yo por sobre el colevtivo. Tendía a la exacerbación de la
personalidad individual. Además, este exagerado subjetivismo del romántico lo lleva a desechar la autoridad de la norma
y a protestar contra los convencionalismos sociales, en pos de un ansia ilimitada de libertad. Si el Yo puede manifestarse
de manera espontánea y sincera, ningún precepto, traba moral o social puede coartar su natural expresión. Esta libertad
se manifiesta en la literatura a través de la creación de un arte peculiar de cada individuo y de cada nación. Esto lleva a
la valoración del pasado, del folklore, de la leyenda, el retorno a lo típico de cada país. Asimismo, este deseo de libertad
se manifiesta en la estructura formal de las obras: variados metros en la poesía, mezcla de prosa y verso, combinación de
tragedia y comedia, ruptura de las unidades dramáticas, rechazo a la finalidad didáctica, unión del tono íntimo y delicado
con la estridencia del fervor patriótico. Se remarca en esta época la libertad de los ciudadanos por expresar y manifestar
su opinión y para intervenir en el gobierno de su país, en pos de sus ideas liberales. Tambiés se hace visible una libertad
moral y social, puesto que el romántico protesta en contra de estas normas e inaugura la pasión y el sentimiento como las
pautas más adecuadas de conducta.
Sin embargo este deseo de ser libre, en el hombre romántico se aloja un sentimiento de melancolía. El hombre de esta
época es un idealista que vive no la realidad externa, sino la idealidad de sus ilusiones proyectadas hacia el mundo. Este
antagonismo se produce entre el mundo interno, creado y subjetivo, y el mundo exterior, objetivo y circundante: la
mujer ideal no existe, la patria no lo comprende, la humanidad lo rechaza. Esta tensión entre un mundo y otro
desemboca en la desilusión. El romántico busca algo que dé plenitud a su alma, pero no lo encuentra. Es este choque con
la realidad lo que lo lleva a huir hacia países lejanos y exóicos, o hacia la Edad Media.
Las decepciones ante la vida por un ideal soñado, irrealizable, provocan la melancolía, el mal del siglo, sentimiento
indefinido de tristeza, dolor, sufrimiento y desengaño.
La literatura de esta época se caracteriza por su anhelo de libertad, que se entiende entre sentidos de
a) Libertad artística: Ser creativos sin necesidades de las reglas reverenciadas por los rígidos neoclásicos.
b) Libertad en el espacio: Impulsa al autor romántico a buscar la soledad o huir imaginariamente a países lejanos míticos,
cuya vida y paisaje se pinta con devoción.
c) Libertad en el tiempo: Conduce hacia el pasado a través del recuerdo o hacia el futuro por medio del ensueño. 
d) Subjetivismo: Expresa libre y con mucha sinceridad su mundo interior, su yo personal, su ego: emociones, sentimientos,
anhelos. Busca su originalidad en su propia intimidad. Manifiesta tristeza, melancolía y desesperación, por que el
romántico es un ser fantasioso, cuyos deseos e ilusiones chocan constantemente con la realidad.
e) Predominio del sentimiento sobre la razón: Pone mayor pasión antes que racionalidad.
f) Nacionalismo: Se interesa por las leyendas y tradiciones, de ahí su predilección por el medioevo, por lo popular y por
todo lo que encarna más vivamente el espíritu nacional.
g) Revaloración de la naturaleza: Uno de los rasgos principales del romanticismo fue su preocupación por la naturaleza. El
placer que proporcionan los lugares intactos.
h) Valoración del medioevo: Se valoran los ideales medievales de honor caballeresco, de aventuras y de fe cristiana y
figuración de la mujer amada.
i) Abarcó todos los géneros: Como corriente literaria encontró su expresión en la poesía, el teatro, la novela pero también
renovó todos los géneros, como la historia, la música y la crítica, extendiéndose así mismo al campo de las bellas artes.
j) La pasión por lo exótico: Imbuidos de un nuevo espíritu de libertad, los escritores románticos de todas las culturas
ampliaron sus horizontes imaginarios en el espacio y en el tiempo. Regresaron a la edad media en busca de temas y
escenarios y ambientaron sus obras en lugares exóticos. La nostalgia por el pasado gótico se funde con la tendencia a la
melancolía y genera una especial atracción hacia las ruinas, los cementerios y lo sobrenatural.
k) El amor y la muerte: El romántico asocia amor y muerte, como ocurre en el Werther de Goethe. El amor atrae al
romántico como vía de conocimiento, como sentimiento puro, fe en la vida y cima del arte y la belleza. El romántico ama
el amor por el amor mismo, y éste le precipita a la muerte y se la hace desear, descubriendo en ella un principio de vida,
y la posibilidad de convertir la muerte en vida: la muerte de amor es vida, y la vida sin amor es muerte. 
l) El elemento sobrenatural: El gusto por los elementos irracionales y sobrenaturales figura entre las principales
características de la literatura inglesa y alemana del periodo romántico. Esta tendencia se vio reforzada en un sentido por
la desilusión con el racionalismo del siglo XVIII, y en otro por la recuperación de una abundante cantidad de literatura.

2.1 EL ROMANTICISMO ALEMÁN


Alemania es la cuna del Romanticismo. Responde a las mismas características anteriormente señaladas de este
movimiento. Sin embargo, se caracterizó porque no fue un movimiento unitario. Por ello se habla en las historias
literarias de varias fases del Romanticismo. Una etapa fundamental fueron los años noventa del siglo XVIII (Primer
Romanticismo), pero las últimas manifestaciones alcanzan hasta la mitad del siglo XIX.
La figura más significativo de esta época fue Johann W. von Goethe. Este intelectual alemán, que se desarrollo en
diferentes ámbitos de la cultura y las ciencias, se caracteriza por demostrar un conocimiento profundo de la interioridad
humana. Este autor ejerció una influencia importante en el resto de los autores de la época, por lo que es considerado
como uno de los precursores del movimiento romántico. Su novela Las desventuras del joven Werther, presenta la vida de
un joven artista a través de las cartas que le envía a un amigo. Este joven artista tiene un temperamento sensible y
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apasionado, pero sufre por un amor que no puede ser correspondido.

2.2 EL ROMANTICISMO ESPAÑOL


En la poesía, los poetas plasman con euforia y pasión todo cuanto sienten. Los principales temas son el amor pasional, las
reivindicaciones sociales, el Yo del poeta y la naturaleza, ambientada en lugares oscuros y misteriosos. Su representante
más destacado de la poesía del Romanticismo es José de Espronceda

¿Por qué volvéis a la memoria mía,


Tristes recuerdos del placer perdido,
A aumentar la ansiedad y la agonía
De este desierto corazón herido?
¡Ay!, que de aquellas horas de alegría
Le quedó al corazón sólo un gemido,
¡Y el llanto que al dolor los ojos niegan,
Lágrimas son de hiel que el alma anegan!

¿Dónde volaron, ¡ay!, aquellas horas 


De juventud, de amor y de ventura,
Regaladas de músicas sonoras,
Adornadas de luz y de hermosura?
Imágenes de oro bullidoras,
Sus alas de carmín y nieve pura,
Al sol de mi esperanza desplegando,
Pasaban, ¡ay!, a mi alrededor cantando.

En cuanto a la prosa, la producción española es más bien escasa, limitándose en muchas ocasiones a traducir novelas
extranjeras. La prosa española se limita básicamente en la novela, la prosa científica o erudita, el periodismo y el cultivo
intenso del costumbrismo. Entre los prosistas españoles se destaca Mariano José de Larra, periodista, crítico satírico y
literario, y escritor costumbrista, publica en prensa más de doscientos artículos a lo largo de tan sólo ocho años, y
considerado uno de los más fieles representantes del espíritu romántico.

2.3 EL ROMANTICISMO INGLÉS

El romanticismo inglés fue contemporáneo al alemán, del cual recibió influencia directa. En Inglaterra, el Romanticismo
no se constituyó en una escuela o grupo literario, ni siquiera hubo lugares habituales de reunión, como sucedió en otros
países. El movimiento romántico inglés, pese a todo, fue muy importante y se caracterizó por la evocación de la Edad
Media y por el exotismo que llevaba a los escritores a países lejanos, desconocidos, imaginados.
Son autores destacados de esta época los poetas William Wordsworth, Coleridge, Lord Byron, Percy B. Shelley y John
Keats. Entre los prosistas destacan Sir Walter Scott y Mary Shelley con su novela Frankenstein, que narra la historia de
Víctor Frankenstein, un joven suizo, estudiante de medicina en Ingolstadt, obsesionado por conocer "los secretos del cielo
y la tierra". En su afán por desentrañar "la misteriosa alma del hombre", Víctor crea un cuerpo a partir de la unión de
distintas partes de cadáveres diseccionados. El experimento concluye con éxito cuando Frankenstein le da vida al
monstruoso cuerpo.

3. EL REALISMO
El Realismo es aquella tendencia artística que surge como respuesta al espíritu romántico. Esta nueva forma de sentir el
arte toma sus contenidos de la experiencia cotidiana, del mundo de los sentidos, de las realidades concretas inmediatas y
del dinamismo de las pasiones humanas.
El Realismo podría ser definido como un movimiento artístico que busca reproducir la realidad tal como es, sin pretender
idealizarla o modificarla, a diferencia del Romanticismo. Por eso, la literatura realista no es expresión libre de una
conciencia creadora, sino manifestación de un mundo concreto configurado del modo más objetivo e impersonal posible.
Los autores, entonces, pretenden entregar una visión total del hombre y su realidad histórica, tanto en sus aspectos
sublimes y altruistas como en los vulgares, insignificantes y grotescos.
A diferencia del artista romántico, que fundamentaba la realidad en su mundo íntimo y desechaba –por ser hostil o
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frustrante– el espacio y tiempo del presente. La realidad se le ofrecía como una fuerza antagónica a sus deseos, sueños,
ideales, esperanzas, ilusiones y aspiraciones. De aquí la desilusión ante una existencia que lo decepcionaba, lo frustaba y,
a veces, incluso lo destruía, y que se refugiaba dentro de sí mismo, más allá de su propio tiempo y espacio, tras la
búsqueda de una intemporalidad más acorde con su modo de ser, lo cual lo llevaba a una despreocupación de los
problemas de su época y a una nostalgia de edades pasadas o de lugares más acogedores; para el hombre realista, en
cambio, el concepto de lo real se vincula con el mundo material-histórico en que le corresponde vivir: un cosmos
configurado por personas, objetos y situaciones propios de la época. Lo real, por tanto, no reside en el espacio
internalizado de la conciencia del yo, sino, al contrario, es un espacio material, concreto, externo al hombre, que lo
limita, pero, al mismo tiempo, le ofrece múltiples posibilidades de ser. El realista pensaba que conocer el dinamismo de
la vida del hombre a aprehender la verdad que regula la existencía en una época. A la verdad se llega por un proceso
lógico de causa-efecto.
La literatura realista se caracteriza por
a) La valoración de la realidad externa: Se tiende a un conocimiento comprensivo del hombre inserto en un espacio y
tiempo determinados.
b) El afán de actualidad: La aprehensión del mundo externo del modo más exacto, lleva a integrar a la literatura todos los
aspectos desechados en el período anterior: la vida cotidiana.
c) La descripción de personajes y situaciones comunes: la descripción de personajes vulgares que viven situaciones
comunes, diarias, repetitivas, incluso, a veces, insignificantes.
d) La integración de problemas sociales, económicos e ideológicos a la literatura: Los asuntos fantásticos, intimistas,
confesionales, el relato de acontecimientos trascendentes del pasado nacional, son superados en una literatura que
pretende entregar el testimonio de su época, tanto en sus afanes materiales como en sus síntomas espirituales.
e) La técnica de la descripción fotográfica: Con el Realismo cobra un valor especial la técnica de la descripción
fotográfica de personas, cosas y paisajes, pues se rehuye toda posible idealización o proyección sentimental del autor en
el objeto observado.
f) La función cognoscitiva y la finalidad docente: Si el arte realista debía reflejar las condiciones espirituales de la época
y los afanes del hombre en colectividad, entonces, a la obra literaria le corresponde una función cognoscitiva. Es decir, la
literatura es un documento o testimonio que sirve para conocer la realidad. De aquí surge la finalidad docente, pues el
escritor reproduce el mundo ex-terno, pero lo ordena de acuerdo con una motivación ideológica o moral. Interesa no
emocionar al lector n0i hacer vibrar su imaginación, sino orientarlo y convencerlo hacia determinadas conductas morales
o ideas sociales.
El arte realista no es el despliegue libre del genio creador; al contrario, ya sabemos, el artista debe ajustarse a la
realidad y desechar su subjetividad. Tal criterio de precisión se fundamenta en un principio de objetividad. La obra,
entonces, no emana de la inspiración del autor ni de sus ensueños o de sus aspiraciones de un mundo ideal, sino que parte
de la observación atenta y minuciosa de los hombres en sus circunstancias comunes de vida. El punto de origen, por
tanto, es el mundo y éste se capta mediante la técnica de la observación. Con el fin de ajustar el quehacer artístico a la
calidad, el hombre de letras de este momento simula su narración como un testimonio.
Los grandes exponentes de este tipo de obras son: en Rusia, León Tolstoy (La guerra y la paz, Ana Karenina) y Fiodor
Dostoievski (Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, El jugador, El idiota, entre otras); en España, Benito Pérez
Galdós (Doña Perfecta, Marianela, Fortunata y Jacinta, entre otras); en Francia, Honore de Balzac (Comedia humana),
Gustave Flaubert (Madame Bovary) y Victo Hugo (Los miserables, Nuestra señora de París, María Tudor, Ruy Blas, entre
otras); en Inglaterra, Charles Dickens (David Copperfield, Oliver Twist) y George Eliot (Escenas de la vida clerical, El
molino de Floss); y en Estados Unidos, Mark Twain (Las aventuras de Tom Sawyer, Principe y mendigo, Un yanqui en la
corte del Rey Arturo, Huckleberry Finn, entre otras).

4. EL NATURALISMO
El Naturalismo es una intensificación de la tendencia realista; sin embargo, posee rasgos propios que lo diferencian de
aquélla. Estos proceden de:
a) la filosofía positivista, para quien el pensamiento debe apoyarse en hechos reales con el objeto de llegar a formular
leyes de conducta
b) la medicina experimental, que lleva a la literatura hacia una atracción desmedida por las ciencias empíricas;
c) el determinismo, que somete la vida del hombre a los condicionamientos genéticos, ambientales e históricos;
d) la teoría evolucionista, en relación con las leyes de la herencia, la adaptación al medio y la lucha por sobrevivir, y
e) la filosofía del pesimismo, quien concibe el amor como un embrujo de la Naturaleza para conservar la especie, a través
de la reproducción y selección natural.

Desde esta perspectiva, el novelista comienza su tarea literaria con la recolección de los datos, base del experimento.
Posteriormente, éste se lleva a cabo a través del desarrollo de una historia, para llegar a com-probar, con el rigor propio
de la ciencia empírica, que los procesos sicológicos están de-terminados, sujetos a leyes inexorables, del mismo modo que
los fenómenos físicos.
Las características de las obras que pertenecen a este estilo son:
a) Determinismo positivista como orden vital supremo, traducido, con frecuencia, en fatalismo mecanicista. El naturalista
presenta al ser humano sin albedrío, sin libertad, determinado por la herencia genética y el medio en que vive. 
b) La fisiología como motor de la conducta de los personajes;
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c) Anticlericalismo radical;
d) Sátira y denuncia social. La novela naturalista no vale como simple pasatiempo, es un estudio serio y detallado de los
problemas sociales, cuyas causas procura encontrar y mostrar de forma documental.
e) Concepción de la literatura como arma de combate político, filosófico y social;
f) Feísmo y tremendismo como repulsivos. Puesto que se presentan casos de enfermedad social, el novelista naturalista no
puede vacilar al enfrentarse con lo más crudo y desagradable de la vida social. 
g) Adopción de los temas relativos a las conductas sexuales como elemento central de las novelas. No se trata de un
erotismo deleitoso y agradable, sino que es una manifestación de enfermedad social, suciedad y vicio. Por ello,
frecuentemente el novelista naturalista se centra en el mundo de la prostitución, vista como lacra social y como tragedia
individual.

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