LO ANTROPOLÓGICO EN EL DISCURSO ESCÉNICO
LATINOAMERICANO *
Magaly Muguercia
Aproximadamente hacia 1986 inicié un intento de adentrarme en
el teatro latinoamericano y captar en este, por encima de su
inocultable diversidad, algunas señales de una lógica estética
global. En aquel momento me pareció percibir que, en relación
con la actividad escénica que se desarrolló en las décadas de los
sesentas y los setentas, comenzaba a configurarse en la escena
latinoamericana una nueva sensibilidad y, en consecuencia, un
modo nuevo de encarar las prácticas significantes, de producir el
discurso escénico y orientarlo hacia el espectador. Resultaban
más "metafóricos", diría yo entonces, los procedimientos de
figuración, y parecía que la escena, antes conquistada de manera
predominante por el propósito didáctico y la apelación política
directa propias de la época de auge de la "creación colectiva",
iniciaba ahora un "viaje a la subjetividad"1. La estética
brechtiana, interesada en proponer un nítido "cuadro del mundo"
y de las relaciones sociales básicas que lo explican, parecía ahora
contrastar con una nueva tendencia que ponía en primer plano la
óptica subjetiva, personal, interiorizante, que trataba de
reivindicar lo existencial y de articularlo con lo histórico en un
nuevo nivel. Lo observado y meditado desde entonces no ha
hecho sino intensificar esta convicción; con el paso del tiempo se
hace más perceptible lo novedoso de la problemática estética y
cultural que subyace a estos cambios en la escena
latinoamericana. Si realmente existe esa modificación de
perspectivas que sugiero, la comprensión de este fenómeno nos
remite obligatoriamente a la necesidad de reconocer que en estos
últimos años se ha ido configurando una América Latina distinta
a la de hace dos o tres décadas.
A las puertas del siglo XXI este continente, a su manera
peculiar, aparece traspasado por todas las mutaciones que sufre el
mundo contemporáneo: el del boyante capitalismo multinacional
con su triunfal proclamación de los mitos del neoliberalismo; y el
del derrumbe estrepitoso del antiguo campo socialista.
Esa América Latina, que conserva persistentes rasgos
pre-modernos en un mundo que se declara posmoderno, modifica
vertiginosamente su rostro y sufre una honda sacudida espiritual.
A estas alturas, por ejemplo, la hipótesis sobre una crisis del
pensamiento de izquierda latinoamericano ha dejado de ser una
irreverente conjetura para convertirse en un dato real sin con-
ciencia del cual toda reflexión sobre la proyección política, social
y cultural del mundo latinoamericano quedaría invalidada y
reducida a la encubridora repetición de retóricas caducas.
El teatro latinoamericano acusa de manera aguda la situación de
inestabilidad, diáspora y afanes de rearticulación que precede a la
que sin duda será una nueva época histórica para el continente y
el mundo.
El teatro es un acto físico concreto de socialización de la
experiencia humana, de puesta en práctica de relaciones inter-
personales. Por esta razón, en él se infiltran de manera acelerada
las nuevas mediaciones ideológicas que una realidad distinta,
inédita, impone a los productores de esas imágenes dramáticas
vivas. La escena resulta un campo privilegiado para el análisis de
las intrincadas repercusiones que los cambios del mundo real
refractan sobre la lógica de la producción cultural. La posibilidad
del teatro de espacializar materialmente sus propuestas lo sitúan
en el vórtice de las contradicciones que caracterizan esta nueva
época: ante la globalización del mundo impuesta por la era del
capital multinacional, y ante la tendencia a la indiferenciación de
los espacios que ella introduce, ante la uniformización de las
respuestas personales que los mecanismos del consumo y la
cultura de la reproducción de imágenes promueven, el teatro se
ve urgido de repensar el más elemental de sus códigos: el de la
reproducción de micro-universos ideales -espacios dinámicos,
totalizantes-, capaces de desencadenar en sus agentes -artistas y
espectadores- procesos vivos de comunicación que contrarresten
el adormecimiento, la neutralización de los sujetos , que les
restituyan a estos su capacidad de respuestas propias y
diferenciadas. ¿Cómo rescatar la posibilidad de la comunicación
en un mundo que parece estar cediendo a la expansión de redes
gigantescas de producción y, sobre todo, de reproducción -video,
computación, telecomunicaciones- que hacen al individuo cada
vez más difícil el conocimiento del lugar que ocupa en ese
espacio cada vez más despersonalizado?
La política se ha desacreditado. Palabras como revolución,
progreso, socialismo se pronuncian, en todo caso, con pudor y
mala conciencia. En efecto, la política, al menos en sus formas
tradicionales, se muestra ineficaz hoy en día en la América Latina
para proveer una estrategia y un proyecto de transformación
social radical que resulte confiable. Si el componente utópico de
las prácticas sociales progresistas aparece hoy a los ojos de
muchos pensadores del "primer mundo" como un viejo rezago de
la época en que los hombres tenían una historia dentro de la cual
pensarse, ¿cómo puede el teatro latinoamericano -sin caer en la
trampa de las simples y nostálgicas regresiones- entroncar de
forma auténtica y renovadora con su raigal función movilizadora,
con la radicalidad que marcó su poderoso período de insurgencia,
enmarcado en los años del triunfo de la revolución cubana?
Resulta por esto indispensable abrir los ojos ante los elementos
nuevos de lenguaje que ya se hacen visibles con gran fuerza en
los procesos de figuración y comunicación escénica en la
América Latina. Y, dentro de estos elementos, distinguir aquellos
que permitan entrever modos viables de orientar una práctica
transformadora y remodelar una ética, aquellos que apuntan hacia
la posibilidad, incluso, de un teatro político de nuevo tipo que,
con toda evidencia, ha de ser muy diferente a aquellos modelos
que respondieron a una situación económica, histórica y política
que ha resultado profundamente modificada en los años más
recientes. Hacer esto, desde luego, obliga a abandonar posiciones
moralizantes mediante las cuales podríamos calificar
ideológicamente nuestro objeto desde juicios previos, pero
correríamos el riesgo de no identificar los nuevos sentidos que
alientan tras algunas rupturas de lenguaje.
Una primera tarea de deslinde obliga pues a reconocer, más allá
de las intencionalidades del creador, un vasto campo en el que se
generan nuevas estrategias de simbolización que demandan ser
clarificadas.
Pudiera parecer excesivamente provocadora mi anterior
invocación a la posibilidad de que pueda aparecer un nuevo
"teatro político" latinoamericano, a menos que nos instalemos en
la compresión de que, según todo lo anterior, uno de los retos del
momento latinoamericano consiste en la necesidad de abordar
modos nuevos de pensar y hacer la política. Esta es la tarea de las
más sanas corrientes del pensamiento de izquierda
latinoamericano hoy en día. Los que tengan el coraje de asumir
con una óptica nueva la estrategia de la liberación, saben ya hoy
que la primera tarea es ir al rescate del papel de los individuos, de
las personas concretas, con sus múltiples demandas materiales y
espirituales, pragmáticas y utópicas, en la construcción de ese
movimiento liberador; no puede seguir la política de las
izquierdas descansando sobre una gruesa capa de abstracciones,
sobre una abusiva ideologización que corte el vínculo con lo
específico y vivencial y ensordezca el latido de lo humano y
personal. La política no puede ser más, para las izquierdas
renovadoras, la "movilización", por una vanguardia, de "masas"
solidarias e indiferenciadas, poco conscientes de su intrínseco
potencial creador. Un nuevo concepto de política tendría que
decidirse a activar todos los resortes del protagonismo popular
efectivo que se enmascara tras estructuras políticas tradicionales
que, algunas progresistas en su momento, han sido finalmente
despojadas de legitimidad por la vida y la experiencia.
En la relaciones de las izquierdas consigo mismas se impone la
necesidad de desterrar el gesto autoritario y de comenzar a
concebir el poder no como un fin en sí, aislado del camino de
descubrimientos -muchas veces empíricos y locales- en el que ese
poder debe irse construyendo.
Hago todos estos señalamientos para subrayar que, hoy en día,
los movimientos más profundos de la vida social y política y por
ende de la cultura latinoamericana, han de llevar la marca dual de
la desdogmatización y de la fidelidad a nosotros mismos. Hay
que abandonar muchos preconceptos y hay que encontrar modos
nuevos de concebir la noción de identidad. Desdogmatización, y
una comprensión más profunda de lo que implica nuestra relación
con el tema de la identidad; tenemos que asumir tales demandas
como una unidad inseparable.
No hay ya búsqueda de la soberanía ni construcción de la
propia identidad que no pasen por el enfrentamiento de esta
contradicción. Esto obliga a una profunda revisión de teoriza-
ciones y prácticas que se revelan insuficientes para dar respuesta
a las nuevas tensiones que debe ser capaz de enfrentar la
ideología progresista y el proyecto liberador integral que subyace,
sin desmayo, a la historia y las mejores tradiciones del universo
latinoamericano.
Si volvemos al teatro sin olvidar este complejo panorama y los
retos que él implica, nos veremos obligados a reconocer que hoy
en día multitud de prácticas y poéticas de excepcional vitalidad,
están precisamente dando cuenta del trance crítico que vive la
cultura latinoamericana y el pensamiento progresista de este lado
del mundo.
Mientras que, en los años sesentas, en el teatro del "primer
mundo" se debilitaban los ecos de la comprometida estética
brechtiana, en la América Latina, por el contrario, en estos
mismos años tiene lugar la franca y transformadora irrupción del
teatro de Brecht. Su estética alimenta, con resonancias muy
originales, un momento de auge revolucionario y de ofensiva de
los movimientos populares en el continente. Esta ruptura reno-
vadora tiene su más clara expresión en el teatro de "creación
colectiva" latinoamericano. Este y Brecht se adentran aún con
fuerza en la década de los setentas produciendo cambios
sustanciales en las relaciones de la escena latinoamericana con su
práctica significante y con su público. Queda atrás la óptica de
clase media predominante en los progresistas teatros indepen-
dientes de los años treintas a los cincuentas y se coloca en el
centro el diálogo con el espectador popular. El empleo de
técnicas de investigación de campo y la revisión crítica de la
historia confirman el enfoque eminentemente sociológico predo-
minante de la escena latinoamericana de aquellos años.
¿Qué es lo nuevo y autóctono del brechtianismo
latinoamericano? Creo que, sin duda, su poderoso principio
democratizador que, trascendiendo el nivel programático, se
introduce en los propios procesos creadores mediante conceptos
como grupo y dramaturgia colectiva. En los años sesentas y
setentas estas categorías incorporan, a la estética del compromiso
político propia del teatro latinoamericano de aquellos años,
apoyos estructurales nuevos y decisivos. No había sido explorada
antes con tal grado de concreción la expresión de lo democrático
en términos operativos y escénicos. El teatro político desde
Meyerhold y Piscator había permanecido mucho más fiel a las
estructuras verticales de una dramaturgia tradicional. Es el
latinoamericano, un modo de asimilación de Brecht
sustancialmente renovado desde realidades que, en años de sub-
versión popular, demanda con urgencia la transformación radical
de los sujetos del poder a escala continental y, en consecuencia,
un discurso escénico que represente tal demanda.
Ya sin embargo en los años sesentas, cuando el teatro de
creación colectiva ha alcanzado su auge, la escena latinoameri-
cana comienza a enfrentar la necesidad de reajuste con una
dinámica social que ve alejarse los sueños de una inmediata
liberación. Otras corrientes de influencia comienzan entonces a
ser asimiladas, también de manera original, por los teatristas
latinoamericanos.
En 1988 Juan Carlos Gené, durante un diálogo sostenido en La
Habana entre destacados maestros del teatro latinoamericano,
afirmaba que estábamos comenzando un ciclo nuevo y que era
necesario pensarnos de otra manera, "barajar y dar de nuevo", sin
prejuicios. Gené contrastaba la visión del futuro de los años
sesentas y de comienzo de los setentas, marcados, según él, por
"cierto 'izquierdismo'", pero también por "grandes ilusiones", con
el momento actual:
Nuestra realidad de hoy es tan compleja que aquí estamos
sentados compatriotas latinoamericanos de algunos países, a
quienes lo mejor que les puede ocurrir en este momento es la
democracia gris, liberal, formal y absolutamente carente de
proyectos[...] y tenemos que defender estos procesos
democráticos en los que en el fondo no creemos.2
Este sería según él uno de los signos de la enorme
complejización que se habría producido en la realidad
latinoamericana. En aquella misma conversación Enrique Dacal
y Fernado Peixoto reconocían la pérdida, en el teatro de sus
países, de un sentido de totalidad. Destacaban el fenómeno de
fragmentación que, a partir de los procesos de democratización
más recientes en el cono sur, habían desmovilizado a los fuertes
movimientos teatrales de Argentina y Brasil. Ahora -decía
Peixoto reproduciendo palabras de Gianfrancesco Guarnieri- "se
han acabado los movimientos : solo hay eventos". Según Dacal,
el poderoso movimiento teatral presente en los años sesentas y
aún durante la dictadura en la Argentina, se había desarticulado :
"Es como si el teatro dejara de tener proyectos". En aquel mismo
diálogo Miguel Rubio afirmaba : "la creación colectiva es un
método que de alguna manera está cansado; o más bien no el
método sino los grupos".
A finales de los años setentas obras magistrales de la
dramaturgia latinoamericana que cerraban aquella década ya
expresaban este sentimiento de inestabilidad y una necesidad de
formularse las experiencias de las militancias en la izquierda y de
la propia identidad individual con una óptica inusual hasta
entonces. Rásgate corazón, del brasileño Oduvaldo Vianna y El
día que me quieras de José Ignacio Cabrujas son los dos ejemplos
más elocuentes. Más adelante, ya a mediados de los ochentas, en
Arriba Corazón, de Osvaldo Dragún, vuelve a ponerse de
manifiesto esta revisión crítica de la militancia de izquierda y de
los ideales éticos. En 1989, la última pieza de Gianfrancesco
Guarnieri, Pegando fuego allá fuera, nos ofrece el testimonio
crítico de un artista muy comprometido en las luchas
revolucionarias. En ella el importante autor y hombre político
pretende "un exorcismo de todos los fantasmas que nos
acompañan." Es preciso, dice, "discutir las cosas de otra
manera". "La izquierda tiene mil problemas, es una izquierda con
ideología de clase media." "Siento nostalgia de aquellos tiempos
en que las cosas eran más visibles, más nítidas." 3
Yo recuerdo cómo en aquel diálogo de 1988 Santiago García
parecía oponer algunas reservas a la idea de la apertura de un
nuevo ciclo en la escena latinoamericana, que otros acentuába-
mos. Al refutar mi tesis sobre la presencia creciente, en la escena
latinoamericana, de lo que entonces llamé el "viaje a la
subjetividad", Santiago subrayaba la vigencia de los patrones
estéticos que hegemonizaron otro momento del teatro latinoame-
ricano: "...yo creo que lo que más ha servido al desarrollo de
nuestro teatro en la América Latina ha sido voltear los ojos hacia
nuestros problemas y hacia nuestra realidad, más que hacia
nuestra subjetividad". "Probablemente lo que más ha ayudado es
esa manera de ver la historia que propuso Bertolt Brecht."4 Sin
embargo, en aquel mismo año en que hacía estas aseveraciones el
maestro García estaba enfrascado en la producción de El paso,
que poco después causaba impacto en los escenarios de América
Latina y Europa. Este maduro espectáculo no dejaba lugar a
dudas de que nuevos vientos impulsaban la ruta de La Candelaria.
El paso es el resultado de una idea inicial de producir una obra
sobre la historia nicaragüense y la figura de Sandino -opción
consecuente con lo que hasta entonces había sido el universo
temático y poético preferencial del grupo. Pero el colectivo, al
profundizar en sus investigaciones, ya en la etapa de
improvisación, se desvió del proyecto inicial. En este discurso
escénico, ahora referido nítidamente a la perplejidad y a la
incomunicación, al miedo, quedaba brillantemente plasmado un
cambio de perspectivas estéticas -y desde luego, ideológicas-
cuya novedad sorprendió a la crítica. En El paso el trabajo sobre
el personaje prevalece sobre la acción; los movimientos
interiores, las sutilezas de las relaciones subjetivas, pasan a un
primer plano y se traducen en una atención privilegiada a la
levedad del gesto, al murmullo casi ininteligible, a la tensa
atmósfera. Como ha señalado la crítica Ileana Diéguez5, esto no
significaba sin embargo una involución hacia el elemental
sicologismo naturalista. El subyacente mundo de esta hostería
situada en un cruce de caminos, en una geografía y un tiempo
indeterminados, nace de un juego entre depuradas técnicas de
distanciamiento y una intensa inmersión en lo existencial
profundo, casi inasible. Creo que precisamente El paso quedará,
con su relativización de lo fabular, la merma de una perspectiva
narrativa cohesionante en favor de la sensible incorporación de
los "no dichos", con su dramaturgia que sobre la escena da
cuenta, en signos concretos, de una espiritualidad consternada por
la inseguridad y la violencia, como uno de los más sólidos
ejemplos de la tendencia de reorientación estética que
experimenta la escena latinoamericana. De esta manera un gran
artista como Santiago García no renuncia al esencial estímulo
brechtiano del que pocos como él han sabido apropiarse de este
lado del Atlántico, sino que lo modula sagazmente, incorporando
los cambios que se han producido no sólo en él sino en la
sensibilidad de su admirable grupo de colaboradores,
compulsados a reaccionar de manera inédita por una realidad
como la colombiana, cada vez más brutal y delirante.
No trato, desde luego, de afirmar, con mecanicismo que
resultaría imperdonable, que se ha producido en la escena
latinoamericana un remplazo simple, categórico y absoluto de la
influencia que puede haber tenido Brecht y la perspectiva
sociológica que tan auténticamente supimos asimilar; pero sería
empobrecedor y correríamos el riesgo de estancar la reflexión y
la experimentación escénica si no reconocemos y tratamos de
sistematizar el sentido de no pocas modificaciones de lenguaje
presentes con toda evidencia en nuestros escenarios actuales.
Destaco además que, deliberadamente, he traído hasta aquí en
ayuda de mi tesis no las rupturistas formulaciones programáticas
-muy abundantes por cierto- de los más jóvenes, ni el comentario
sobre los espectáculos que está produciendo hoy la generación de
nuevos teatristas que emerge con naturales impulsos iconoclastas,
sino que, por el contrario, me he apoyado en las reacciones, ya
teóricas, ya prácticas, que se gestan al interior del universo moral
y estético de maestros que estuvieron plenamente comprometidos
y aportaron una obra decisiva a la "fase insurreccional" de la
escena latinoamericana; aquellos que hicieron conformarse los
principales rasgos de aquella etapa y que hoy dan señales
evidentes de una reconsideración de sus propias concepciones y
lenguajes.
La marca antropológica
Para llevar adelante la pesquisa de esas señales de modificación
del discurso escénico latinoamericano que se están produciendo
en los años más recientes , hemos optado por remitirnos en este
trabajo a uno de los caminos del teatro contemporáneo que, a mi
modo de ver, ha tenido y está teniendo una influencia
significativa sobre el teatro de nuestro continente. Creo que hoy
en día el enfoque sociológico que en décadas pasadas predominó,
se está enriqueciendo con una óptica que lo complementa y que
coincide con aquella demanda de que hablábamos más arriba: la
que lleva hoy al pensamiento de izquierda latinoamericano a
prestar mucha mayor atención a lo existencial, vivencial,
humano, personal. Se trata del enfoque antropológico, con la
revalorización que este lleva implícita de lo humano universal, de
la unicidad de la condición humana, de la relación del hombre
consigo mismo, de nuevas perspectivas para el abordaje del tema
de la identidad. Desde luego que algunas de las conclusiones en
las que el enfoque antropológico suele desembocar, pudieran
invalidar o perturbar la mirada historizante, al absolutizar el
carácter incondicionado, supracultural y suprahistórico de la
experiencia humana. Esto no niega sin embargo la necesidad de
reconocer -en la perspectiva antropológica en general, y en la
particular vertiente de la antropología teatral-, elementos críticos
válidos que reaccionan contra la pérdida de identidad y contra la
simplista reducción del hombre a la condición de vehículo pasivo
de la fatalidad histórica. Los reduccionismos que convierten la
esfera de la actividad espiritual en un mero resonador de los
procesos económicos y materiales, son propios del sociologismo
preconizado, en este siglo principalmente, por un marxismo
primitivo. Y la humanidad está viviendo un momento crucial en
que se impone la renovación y la apertura del pensamiento
progresista, el abandono de dogmas que, de manera muy trágica a
veces, han puesto en peligro de muerte al pensamiento
revolucionario y al propio marxismo como fuente de proyectos
liberadores. Es desde esta perspectiva que me parece de todo
punto necesario intentar concederle un sentido preciso a vías de
apropiación del paradigma antropológico que están presentes hoy
en nuestra escena.
A finales de los años sesentas, cuando el teatro político y la
influencia de Brecht todavía vivían un momento de florecimiento
en la América Latina, ya la escena europea y norteamericana
iniciaban su etapa pos-brechtiana, como hoy damos en
llamarla. En la creación dramática se introducían tendencias
que, por diferentes caminos, expresaban en el plano ideológico el
abandono de las convicciones del radicalismo político.
A mediado de los años sesentas las investigaciones de
Grotowski, Peter Brook y Eugenio Barba, e incluso el sesgo
anarquizante de las producciones del Living Theatre -todavía en
ese entonces comprometidas con un teatro de denuncia-
comienzan a configurar una estética subversiva que, retomando el
hilo de las visiones artaudianas, reacciona tanto contra el arte
oficial como contra las aspiraciones, tenidas por obsoletas, de una
escena que pretende influir por la vía política en los destinos de la
sociedad. Detrás de las exploraciones técnicas y de los conceptos
estéticos de los artistas que representan esta nueva orientación de
la actividad dramática, se erige una filosofía que proclama el
rencuentro con la memoria perdida de la especie, que invoca las
fuentes del inconsciente personal y colectivo. Se trata de un
retorno a los orígenes que enfatiza la liberación al nivel de la
experiencia individual o al interior de células grupales
voluntariamente marginadas de los valores que operan en la
sociedad competitiva y represora. De alguna manera la
inmersión -típica de muchos de estos artistas- en las "culturas
exóticas", su afán transcultural, expresa el deseo de escapar a
condicionamientos históricos que impedirían su plena expansión
al afecto universalista característico de estas posiciones.
Nociones como "toma del poder" y "lucha de clases" resultan
obviamente prescindibles si se trata de romper con las devaluadas
pretensiones del arte político y partir, ya sin tales ataduras, al
encuentro de una "autenticidad" liberadora.6
Intentemos observar más de cerca cómo, en diferentes niveles
de la creación escénica latinoamericana, aparecen hoy día rasgos
que, en alguna medida, pudieran ser vinculados con la instaura-
ción en la escena de un paradigma antropológico.
El grupo
Desde los años treintas en los teatros independientes lati-
noamericanos se introduce el grupo como una célula vital de la
creación dramática. El significado de esta célula básica se
ensancha en los años del teatro de creación colectiva. Los grupos
de esta etapa proyectaban claramente en su funcionamiento una
metáfora del orden social democrático al que aspiraban. Esto iba
desde la ética que presidía el esfuerzo común (voto de austeridad
para sobrevivir sin apoyo oficial, solidaridad en las relaciones
humanas, autoexigencia, participación militante junto a las causas
populares) hasta las formas mismas de la producción artística,
que garantizaban la participación de todos en la conformación del
núcleo ideológico del espectáculo y en la elección de los caminos
formales.
Posteriormente esta noción de grupo se ha medido con el con-
cepto que del grupo proponen las corrientes antropológicas. Para
estas el grupo es el microuniverso -la"isla flotante" barbiana- que
aparecía como la última apuesta por la autenticidad en las
relaciones humanas en un mundo sometido a las exclusiones y la
falsificación. Aunque a veces tal noción del grupo ha cobijado en
la América Latina reacciones de rechazo anarquizantes y ha
mitificado de manera ingenua la automarginación, creo que
mucho de su mística y de su rigurosidad no ha hecho sino
coincidir y reforzar los principios de la célula grupal que tanto
han significado para el desarrollo del teatro latinoamericano.
La influencia antropológica ha llamado la atención sobre el
grupo como la instancia en la que puede verificarse una expe-
riencia liberadora, humanizadora y de agudo sentido cultural,
como modo de resistencia a los patrones oficiales, en una relación
que excede lo estrictamente artístico.
En este punto valdría la pena recordar la significación que
concede un sector de la nueva izquierda latinoamericana a la
dimensión local, grupal, al trabajo comunitario con células
poblacionales de base, como principal vehículo de un nuevo
concepto de la estrategia democratizadora.
Igualmente es necesario tomar en cuenta la importancia de la
antropología como disciplina de la que se ha nutrido el pensa-
miento social latinoamericano. La antropología social, al
investigar las peculiaridades culturales de diferentes etnias y
comunidades, muchas veces sirve de apoyo a la labor teatral
cuando esta ha dirigido su mirada hacia el estudio de las culturas
marginadas.
Por otra parte en la actualidad el pensamiento social
latinoamericano tiende a enfatizar el surgimiento, como agentes
de los posibles cambios sociales, de nuevos sectores y nuevos
movimientos con visiones del mundo y comportamientos
peculiares que alcanzan a veces niveles muy significativos de
autonomía e influencia. Clases medias empobrecidas, nuevos
pobladores migrantes a la urbe, economías informales,
cristianismo liberador, movimientos sociales, educación popular,
son algunas de las instacias en que se manifiesta esta
heterogeneidad que contrasta con el simple esquema clasista que
orientaba las reflexiones y las acciones de otro tiempo. La escena
latinoamericana, que ya de antiguo venía trabajando en contacto
directo con los sectores populares, no ha permanecido indiferente
al surgimiento de estos nuevos sujetos sociales. Así lo ilustran
los grupos que, orientados por profesionales, trabajan hoy en día
en los barrios populares de Bogotá, Montevideo, Santiago, Río
Piedras o Ciudad México; los grupos que, en Lima, incorporan a
la escena al desarraigado migrante que circunda la urbe y
alimenta su economía subterránea; el teatro de las comunidades
rurales en Jamaica y Nicaragua; el de las parroquias en Honduras;
el de las "zonas de emergencia" en el Perú andino; los "teatros
laboratorios" surgidos en varias comunidades indígenas en el
interior de México; el teatro que se hace en todo el continente con
las mujeres de los barrios humildes, con los padres, con los niños,
con indígenas, con presos, con estudiantes, con enfermos, con
creyentes. Este teatro participa muchas veces en proyectos
integrales de dinamización social en las comunidades de base y
contribuye a reforzar en ellas su autoconciencia, a capacitarlas
para el ejercicio con voz propia de sus demandas. Lo sociológico,
lo etnológico y lo antropológico se une muchas veces en tales
experiencias escénicas, que se ven precisadas a hacerse eco tanto
de carencias y conflictos de la vida cotidiana como del rescate de
la memoria colectiva a través del estudio y reinserción en el
discurso escénico contemporáneo de valores culturales
tradicionales, de rituales ancestrales. Grupos profesionales de alto
desarrollo son muchas veces los impulsores de estas experiencias.
Al nutrirse de ellas y elaborarlas al nivel de una práctica artística
"culta", incorporan, también por esa vía, cierta, llamémosle,
"sensibilidad antropológica", que de alguna manera los conecta
-desde un ángulo que suele traer una fuerte marca de lo
sociológico y hasta de lo político- con los enfoques de la
antropología teatral en la acepción sistematizada principalmente
por Eugenio Barba. Vale señalar la diferencia esencial de que,
cuando nuestros creadores latinoamericanos realizan
indagaciones antropológicas de campo, no están, como los
europeos, entrando en el fascinante mundo de las "culturas
exóticas", que dispensa del compromiso a que obligaría la
incidencia sobre una atenazante circunstancia inmediata y
culturalmente propia. El teatrista latinoamericano, al insertarse en
experiencias locales asistido por el instrumental de la
antropología social, pero influido también muchas veces por los
enfoques de la antropología teatral, resulta confrontado con su
propio sustrato cultural y con una realidad social que es
apremiante y al mismo tiempo suya. Su antropologismo -visto
desde este ángulo- tiene muchas posibilidades de convertirse,
antes que en una evasión universalista y suprahistórica, en
estímulo y vehículo de una actitud transformadora y
comprometida.
Ludicidad
La ludicidad supone un tgipo de comportamiento no utilitario,
placentero, que propicia el libre curso de la fantasía y que al
mismo tiempo se sujeta a ciertas normas internas (gestos y
palabras claves, duración, espacio, etc.) que emanan de sí mismo
y no de sistemas exteriores.
Las convenciones del ludus traen la marca de la comunidad,
pero se aceptan voluntaria y por lo tanto gustosamente puesto que
permiten el acceso a un remanso de libertad y de gozosa
autoexpresión; aunque desde luego se manifiesta en las formas
particulares propias de cada cultura, la capacidad de juego es
universal, común y reconocible por todo hombre.
El juego nos permite por un momento ponernos al margen de
los patrones cotidianos y afirmar el impulso vital, desplegar con
fruición la energía reprimida; el hedonismo, el lujo y la movilidad
de nuestra mestizada cultura latinoamericana propicia la
incorporación del elemento lúdicro a nuestras manifestaciones
artísticas y, desde luego, a la escena. Ni siquiera en los años de la
euforia militante de los sesentas era fácil que el teatro político
strictu sensu se asociara de manera ortodoxa a un didactismo
seco y racionalista. El baile y la fiesta popular se entremezclaban
con el mensaje urgente, era reñido el duelo entre el acto vital y la
consigna.
Hoy en día, cuando las ideas más progresistas en nuestro
continente buscan humanizar, insuflar vida concreta y tangible a
las relaciones personales, sociales y a la misma política, el factor
lúdicro refuerza su presencia en la escena latinoamericana. El
juego se valoriza de manera insistente como un factor teatral
liberador que remite a la conciliación del hombre consigo mismo,
convoca a la participación y funde en uno a actores y
espectadores. Los pone a salvo de un doctrinarismo excesivo, del
desvalorizado parloteo ideológico. Les devuelve identidad.
En este sentido resulta muy ilustrativo el testimonio de Rosa
Luisa Márquez y Antonio Martorell, dos teatreros puertorrique-
ños, luchadores antimperialistas convictos y confesos, que en
fecha reciente reclamaban "otro lenguaje" para el teatro político:
Yo me niego a ir a otro piquete más, pancarta en
mano, a vocear las mismas consignas que sólo
nosotros oímos, memorizamos y repetimos como el
papagayo. Hay que proponer otro lenguaje. [...]
Estamos ante la disyuntiva de [...] manifestarnos
políticamente también de un modo establecido,
normativo y aburrido que no tiene que ver con
nuestras inquietudes en el arte, o de buscar
alternativas integradoras de nuestra persona
artística y política. [...] Primero el placer [...] el
placer de imaginar, de soñar, y concebir algo que
todavía no tiene fallas, perfecto en su realidad ideal
[...] el de reunirse, jugar, descubrir elementos y
situaciones que ni siquiera habíamos soñado,
mejores y peores que el ideal, que nos vienen por las
manos, por los pies, por todo nuestro cuerpo y el de
nuestros compañeros de juego. 7
Bajo la bandera de esta gozosa y comprometida ludicidad, de este
culto a los sentidos y a la imaginación, estos boricuas se
manifiestan en su país a favor de la Nicaragua sandinista, por el
respeto a la lengua materna, o hacen campañas preventivas contra
el SIDA. En 1989, durante el primer taller de la Escuela
Internacional de Teatro celebrado en Cuba, en el que fueron
pedagogos, la exuberante inventiva de Rosa Luisa y Toño logró
contagiarse no sólo a los teatreros, sino a los plácidos pobladores
de Machurrucutu, quienes, por una vez, miraron con ojos
distintos, advirtieron que su satisfecha y relativamente próspera
comunidad estaba adomercida, esperaba por el incentivo de la
imaginación y el juego.
Señales de esta ludicidad que reacciona contra lo rígido y
prelaborado y promueve el encuentro del hombre con sus valores
esenciales, están presentes también en la línea seguida en Cuba
por Flora Lauten. Animadora en los años setentas del movimiento
del "teatro nuevo",(la "creación colectiva" cubana), en el que se
desarrolló y dio frutos originales un teatro de orientación
sociológica, en 1980 esta directora imprime un nuevo sesgo a su
trabajo escénico: convierte la escenificación de La emboscada,
típico exponente de una dramaturgia lineal y cerrada, concebida
para el debate de una temática ideológico-política, en un
experimento de largas consecuencias en el teatro cubano
contemporáneo. Allí se revelaba un nuevo tipo de vitalidad, una
noción más ancha del concepto de dramaturgia y de la relación
actor-espectador. A contrapelo del texto básico, los jóvenes
actores, a partir de improvisaciones, jugaban -literalmente- a
"representar", desde la perspectiva del presente, los hechos
narrados. Introducían así en la propuesta escénica una ruptura
liberadora, al tiempo que ejercían una punzante operación crítica
relacionada con la estrechez de determinados valores éticos. Esta
directora, que más tarde funda el grupo Buendía, ha desarrollado
desde entonces un consecuente discurso cuestionador al respecto
de nuestros estereotipos culturales. La ludicidad ha sido uno de
los recursos de que se ha valido para promover en el actor -y en
el espectador- un tipo de comportamiento que debloquee sus
hábitos interpretativos y comunicativos y los lance al riesgo de lo
sensible y vivencial, de lo abierto e imprevisto.
Hoy en día son inumerables en el teatro latinoamericano ejem-
plos como estos donde la escena, valiéndose del elemento
lúdicro, se apropia de estructuras rituales, despliega la magia y el
regalo sensorial, desenmascara mitos, devela valores auténticos y
falsos. Puedo recordar asociados con este mundo, las Postales
argentinas de Ricardo Bartís. El Clé del Claun, los magníficos
espectáculos callejeros colombianos. El bar de la calle Luna,
también colombiano, los crueles Juegos de la trastienda del
cubano Tomás González, la "magia" de los actores de Juan
Carlos Gené en el Memorial del cordero asesinado, por citar
universos estéticos muy diversos, pero en todos los cuales está
presente una actitud lúdicra que trata de movilizar zonas
profundas de nuestra identidad.
El cuerpo comunicante
El acento sobre lo sensorial, biológico y corporal constituye una
de las principales y más nítidas influencias de orientación
antropológica que se ejercen hoy sobre la escena latinoamericana.
Esta nueva comprensión de lo corporal constituye una de las
principales formas en que el arte teatral contemporáneo
manifiesta su rechazo al alejamiento entre cultura y vida, a la
proliferación de mediaciones ideológicas que acaban por entregar
a la percepción un mundo ajeno, en el que los afectos y
convicciones aparecen manipulados y el hombre, por lo tanto,
lesionado en su identidad, despojado de ella.
Todas las técnicas y teorizaciones que proponen el empleo
integral del cuerpo como una unidad bio-síquica inseparable a los
efectos de la expresión y la comunicación, indican la aspiración a
impedir que se infiltren en el comportamiento escénico, res-
puestas estereotipadas, mecanizadas, y a hacer que sea el propio
cuerpo el que "piense", al margen de lo que dicta la razón a veces
falaz, encubridora y engañosamente lineal.
En este sentido el teatro latinoamericano realiza importantes
exploraciones que van desde el empleo de la "memoria sensible"
en que basa el grupo Yuyachkani el proceso investigativo del
actor, hasta la traslación que propone Santiago García de la teoría
lingüística del "acto de habla" a una estrategia dramatúrgica que
asume lo gestual, los signos del cuerpo, como eventos del
lenguaje (es decir, de nuevo, un cuerpo que "habla", que "piensa"
(8
). La danza-teatro o la danza posmoderna, de tanta fuerza hoy en
la América Latina y muy especialmente en Cuba, indaga con
originalidad en torno a técnicas que "descolonizan" el cuerpo
(escuchar, sentir los propios huesos, los músculos, la respiración,
dejar que sean ellos los que guíen la expresión). La danza-teatro
en Cuba en los últimos años se ha erigido como un movimiento
de profundo sentido renovador que ha extendido su influjo a todo
el quehacer escénico durante los últimos tres-cuatro años, y
aparece muy vinculada a las modalidades más audaces del arte
que hoy hacen en Cuba los jóvenes (en la plástica, la canción, la
poesía, la narrativa). Lejos de refugiarse en una actitud de
evasión, esta danza experimental, que ha borrado las fronteras
con el teatro, tiene en su centro una marcada preocupación
conceptual y ética, la preside un agresivo aliento crítico
relacionado con la denuncia de valores deformados presentes en
la actual sociedad cubana, tales como la doble moral, el imperio
de la retórica, la consagración de la banalidad; al mismo tiempo,
la danza teatro en Cuba realiza una importante exploración que
tiende al acercamiento de lo culto y lo popular.9
Posiblemente sea el maestro brasileño Antunes Filho quien
haya desarrollado de manera más sistemática y original en la
América Latina una técnica y una poética que sitúan el bios
actoral en el centro de la creación escénica. Sus ejercicios sobre
el desequilibrio y la mímica no figurativa tratan de "deculturar"
-según su propia expresión- el cuerpo del actor, de hacerlo perder
sus condicionamientos previos, de despojarlo de la gestualidad
cotidiana para permitirle el acceso a zonas más profundas de
significación. 10
En su espléndido espectáculo Paraíso zona norte, el más re-
ciente del grupo Macunaíma, toda la creación actoral está vincu-
lada con un ejercicio que surgió durante el proceso de montaje y
que él denomina "la burbuja": se trata de una relación del actor
con su cuerpo y con el espacio que comunica una transparente
imagen de flotación, de atracción-rechazo, de descentramiento y
búsqueda de un eje. Esa elaborada técnica corporal lograda
mediante las sucesivas apropiaciones, por el actor, de las diversas
resonancias corporales y vocales de un mismo texto dramático,
está sustentada por una pauta conceptual que nos remite a un
modo diferente de plantearse el problema de la identidad: este
cuerpo precariamente equilibrado nos sugiere una huidiza
"brasilidad" que no descansa en las tipificaciones manidas de la
actitud folklórica -que tanto desprecia Antunes- sino en la
visionaria representación del forcejeo perenne a que se ve
sometida una cultura como la brasileña, atrapada entre su
irreductible aliento de universalidad y el sofocante
provincianismo, entre la modernidad y el atraso, entre lo
gigantesco y sublime y la pequeñez, la vulnerabilidad, lo
mezquino y aparencial.
Vitalismo-vivencialidad
En una zona de la actual escena latinoamericana es fuerte la
tendencia a hacer prevalecer, en el proceso de conformación de la
imagen dramática, el acto vivo y entrañable por sobre la inter-
pretación sistematizada, intelectualizada de la realidad.
Este que podríamos llamar "vitalismo" escénico tiene evidente
conexión con las trazas de signo antropológico que estamos
intentando caracterizar. Aquí está la reacción del artista que,
huyendo de la múltiples adulteraciones que se gestan en el seno
del mundo civilizado, anhela sumergirse en la naturaleza, en lo
puro y virgen, "tocar" la vida. Las plataformas teóricas que dan
cuenta en mayor o menor medida de ese vitalismo no escasean. A
veces están fuertemente asociadas a un sentimiento anarquizante
y "libertario" (así he oído empleado este término en Colombia,
donde los teatreros que continúan fieles a la razón hablan con
ironía de la casta poco confiable de los "libertarios"). Tal
sentimiento de rechazo de los principios represivos que imperan
en la realidad y la exaltación de una vitalidad indominable se
traduce en la práctica de algunos artistas de manera visceral y
sincera; en otros,no va más allá de una mimética pose. Pero en
cualquier caso estamos ante una reacción cultural genuina que
habla de una crisis de valores, del llamado "desencanto de las
ideologías". En artistas tan genuinos como la brasileña Denise
Stoklos alienta claramente esta sensibilidad; recientemente la
artista declaraba:
Este es el teatro que hoy, en su plenitud, preconiza Denise
Stoklos; lo llama "teatro esencial".11
En otra parte de este mismo texto declara:
Soy cada vez más anarquista, cada vez me río más
de los políticos (de los de profesión y de los de
actuación), cada vez me evado más por el camino
personal, individual, único. Si mis ex-alumnos me
preguntan qué hacer, siempre les digo: Inventen,
pues los principios se están desmoronando, hay
algo corrompido en todas partes.
El joven y talentoso colombiano Samuel Vázquez, director de
Técnica mixta, El arquitecto y el empreador de Asiria, y muy
recientemente de El bar de la calle Luna, liderea desde hace siete
años el Taller de Artes de "la ciudad más peligrosa del planeta":
Medellín. Su valiosa práctica escénica aparece acompañada de
profusas declaraciones programáticas hijas inocultables de un
vitalismo que en el aspecto teórico resulta virulento:
La naturaleza externa, "lo otro más puro", está, no para ser
conquistada, violada y dominada por un ejercicio despótico del
principio de la realidad, sino para ser vivida y transformada. Es
por esto que el principio de la realidad no debe prevalecer sobre
el principio del placer. Se trata, entonces, de establecer una
ecología teatral donde la vida sea lo importante.[...] El actor
engendra el Tiempo; lo engendra "viviendo" el espacio escénico.
Para ocupar, para vivir el espacio escénico el actor pone a andar
el tiempo. Lo pone a andar con un movimiento que implica
dirección, rumbo, itinerario. Y es el movimiento el que hace
vivible y medible el espacio. [...] La vivencia del espacio escénico
por el actor es la realización de la fuerza que en cada momento el
hombre necesita para consumar lo Libre, en lugar de someterse al
condicionamiento de lo necesario.
La participación de un ser humano vivo como material constitutivo
de una obra de arte, implica una posibilidad de trascendencia que
se desprecia y se desperdicia en demasiadas ocasiones.
El bar de la calle Luna, de Samuel Vázquez, trasciende cierta
absolutización de las nociones de libertad y universalidad que
este director gusta desplegar en sus pronunciamientos conceptua-
les, para erigirse en un convincente experimento de recontextua-
lización de la función comunicativa de la escena. Los que, al filo
de la madrugada, penetran en aquel bar real de la peligrosa
Colombia, se ven confrontados con un fino ejercicio dramático en
virtud del cual el espectador pasa a ser actor de una densa
relación en la que erotismo, sensualidad y poesía aparecen
conectados con un aguda interrogante en torno a la incomunica-
ción y las trampas morales. En aquel bar real somos partícipes del
ominoso ambiente de violencia al que nadie que entre en contacto
con la actual realidad colombiana puede sustraerse. Cae la
frontera entre teatro y vida y quedamos convertidos en parte de la
existencia azarosa de una ciudad.
Al margen de la fundamentación filosófica que adoptan, una y
otra vez encontramos hoy en nuestro continente propuestas
dramáticas que insisten en un fuerte reclamo de vida, de vivencia,
como componente esencial del tejido dramático.
Peter Elmore, al comentar el proceso de creación de Encuentro
de zorros de Yuyachkani señalaba: "La clave estaba en convertir
los hechos en experiencias: filtrarlos por la conciencia
traumatizada, conflictiva de quien los había vivido."12 En efecto,
en este espectáculo el gestus del actor traía una marca del
interior, no aparecía como el resultado de un modo de significar
de orientación explicativa, ilustrativa; allí el actor y la escena
toda eran como el vehículo de un poderoso flujo de vida
subterránea que, quebrando la fábula, aparecía y desaparecía
creando un accidentado relieve, una desigual secuencia de "reve-
laciones" profundas.
El espectáculo cubano La cuarta pared, que centró las mayores
polémicas de público y crítica en 1988, partía de este mismo
principio de desnudamiento de la conducta, de penetración de los
resortes escondidos tras la conciencia y capturaba al espectador
por la agresiva sinceridad, por el grado de sacrificio al que se
exponían aquellos jóvenes oficiantes que hacían venirse abajo la
cuarta pared.
Varios espectáculos cubanos de esta misma época o posteriores
-Juegos de la trastienda, El grito, los monólogos del grupo
Teatro a Cuestas- verifican esta misma inmersión en las zonas
profundas de la psiquis del actor. Pero no se trata, en ninguno de
los casos hasta aquí enumerados, de una actitud naturalista; todo
lo contrario, lo fundamental de este nuevo acento en lo vivencial
consiste en que el actor se ve obligado a romper con el principio
de la representación verosímil y acercarse mediante técnicas
distanciadoras o desestructurantes a una expresión simbólica,
donde lo vivenvial se torna trascendente.
Fragmentación y descentramiento
Una escena que se plantea en tales términos de riesgo y ruptura
el concepto de la actuación y que consecuentemente subvierte
con osadía su relación con el público, necesariamente tendrá que
introducir modificaciones sustanciales en el plano narrativo y
dramatúrgico. Tales cambios reclaman, en primer lugar, una
trasgresión de la estructura fabular tradicional (centrada en un
conflicto, lineal, "cerrada"). El trabajo del actor, entendido como
una violentación de lo evidente y comúnmente aceptado, se
convierte en el polo de una aguda tensión, en el otro extremo de
la cual actúa el principio ordenador que tiende a establecer el
nexo entre las acciones y a preservar la coherencia compositiva,
expresiva, conceptual.
Sobre los personajes de Ulf, la obra más reciente de Juan Carlos
Gené, dice el propio autor: "No es fácil determinar si son sus
mentes las que deliran o es la realidad, más desfasada, cruelmente
enloquecida y agraviante que los fantasmas que pueblan sus
memorias desarticuladas."13
En este texto , de alta precisión y belleza, todos los pormenores
del discurso parecen de principio a fin atravesados por una
interrogante angustiosa: ¿cómo fijar los contornos de la identidad
y la verdad reales? De ahí que el tratamiento compositivo se
aleje, como el propio autor destaca, de la lógica lineal, realice
digresiones en el espacio y en el tiempo y recorra los mismos
caminos que esas "memorias desarticuladas".
En relación con Encuentro de zorros del grupo Yuyachkani,
Miguel Rubio ha declarado: "Nosotros no buscamos una lectura
sociológica o documental de la obra, por eso nos planteamos una
narración deliberadamente de pesadilla, para evitar los límites del
realismo didáctico."14
"Narración de pesadilla", "memorias desarticuladas"... La
realidad -y las conciencias- se han descolocado y problematizado
en medida tal que las diversas instancias de constitución de las
imágenes dramáticas por fuerza aparecen desagregadas, móviles,
ambivalentes. Es por eso que en el nivel narrativo, no es difícil
comprobar cómo el teatro latinoamericano actual con mucha fre-
cuencia se acoge a esta fragmentación de la fábula y, más aún, de
la dramaturgia. Surge tal desestructuración no de una simple
voluntad de estilo, sino de un acto de la sensibilidad incontenible,
prácticamente reflejo, que responde a las arremetidas de una
realidad descentrada y caótica.
Ocurre, en una palabra, que como nunca, hoy los
procedimientos de la estricta lógica racional resultan
insuficientes para regentar el discurso escénico latinoamericano;
prolifera no sólo la fragmentación de la fábula sino de toda la
armazón dramatúrgica; ese delicado tejido escénico de planos
significantes diversos, tiende ahora a poner en evidencia no lo
coincidente, sino más bien lo divergente y contrapuntístico;
múltiples lenguajes escénicos corren de manera simultánea en
diferentes direcciones acentuando el valor del eje sincrónico. La
escena aspira a la apertura, a la polisemia, a la ambigüedad. En el
reciente Festival de Teatro Iberoamericano de Bogotá me golpeó,
literalmente, el espectáculo del joven dramaturgo, director y actor
Fabio Rubiano llamado Desencuentros. En su creación y la de su
magnífico equipo de jóvenes artistas veía materializado con total
plenitud, desde las perspectivas de la generación emergente, este
camino del despiezamiento, las duplicaciones, los planos
significantes que se intersectan, la diáspora de significaciones.
Sería de interés en este punto volver al grupo Yuyachkani. Nos
remitimos a él como una especie de modelo porque creo que en
su desarrollo, por lo orgánico y coherente, se hacen
perfectamente visibles muchos rasgos que son generalizables a
una parte significativa de la escena latinoamericana.
A lo largo de su trayectoria se percibe con claridad en los
trabajos del colectivo peruano la pérdida de linealidad y la
creciente complejización de su dramaturgia. Desde sus orígenes
Yuyachkani ha relacionado sus experimentaciones escénicas con
el estudio de los mitos y los códigos de comunicación emanados
del complicado sustrato cultural peruano. Ha transitado desde el
descubrimiento e incorporación de las raíces andinas al texto
escénico, hasta la indagación actual en torno a los nuevos mitos y
códigos de carácter mestizo-urbano que la desbordada migración
hacia Lima ha hecho surgir en el lapso de muy breves años.15 En
las complejas y fracturadas soluciones dramáticas de sus
espectáculos más recientes, en una suerte de eclecticismo es-
tilístico que allí es posible reconocer, aparecen refractados,
incorporados desde la médula misma, los muchos e intrincados
conflictos de la sociedad peruana: de una parte, el imperio de una
violencia traumática de signos múltiples, en la que se confunden
las razones del conservadurismo político y las del mesianismo
populista de la ultraizquierda sin que las alternativas progresistas
más maduras logren tomar cuerpo; de la otra, la ardua gestación
de un proceso de identificación nacional que, imbricado en este
casi indiscernible rejuego de tendencias, lucha por cristalizar y
producir una síntesis capaz de contener la abigarrada realidad
multicultural de este país.
La densidad de la problemática cognoscitiva, ideológica y
espiritual que han debido enfrentar, ha impuesto al discurso
escénico de Yuyachkani una visible tensión que yo definiría
como una lucha entre la necesidad de esclarecimiento conceptual
por un lado -es conocida la profesión brechtiana dentro de la que
el grupo se gesta desde hace veinte años y, por otro, la fuerte
intuición -atrapada en el tejido de sus actuales imágenes
dramáticas- de que estos esclarecimientos no pueden resolverse
en la univocidad. En sus espectáculos más recientes se ha
acentuado la contradicción entre el nivel narrativo -en el que la
fábula trata de garantizar una totalidad conceptual- y un texto
escénico que les brota naturalmente fracturado, ecléctico,
plurilingüe y desborda los marcos de un relato excesivamente
encauzador del discurso.
Podría decirse que en Encuentro de zorros, creado en 1986, esta
tensión se mantenía en un equilibrio. Su último espectáculo,
Contraelviento, estrenado en 1989, está más inmerso aún que el
anterior en los trastornadores procesos de conciencia que afectan,
entre otras cosas, la formulación de un proyecto liberador viable
en el Perú. El espectáculo se percibe como un texto escénico
inarmónico, de una inquietante hibridez. La escena se puebla de
la autonomía casi caótica de múltiples sistemas escénicos -gesto,
voz, ritmo, decorado, luz, sonido, verbo-; al mismo tiempo, una
minuciosa pauta narrativa lucha, "contra el viento", por imponer
su linealidad ordenadora. Es posible que en este momento el
riguroso grupo peruano se encamine hacia la solución de este
desequilibrio creciente y entre en una etapa sintetizadora dentro
de su trayectoria.
Por eso no me parece casual en modo alguno el impacto y la
sensación de madurez que trasmitió al público el esbozo titulado
No me toquen ese vals, ejercicio para dos actores realizado en
1990, del que podría desprenderse un futuro espectáculo; de
pronto percibimos aquí una nueva relación con la fábula que
ahora totalmente descentrada, parece ser el único vehículo
posible para acoger las virtuosas exploraciones de la actriz
Rebeca Ralli en un universo ambiguo de afectos muy
contradictorios. Sólo el tratamiento aleatorio del plano narrativo
era capaz de trasmitir la mezcla de cansancio e infatigable
disponibilidad que consumen a la actriz, su impulso
autodestructivo y su tenaz entidad.
La marca posmoderna
Llegados a este punto deseo enfatizar que no son, con mucho,
estos rasgos vinculados con una presunta "sensibilidad
antropológica" el único factor de influencia ni la única manera en
que se canaliza la necesidad interna de la escena latinoamericana
de modificar su lenguaje, de avanzar hacia una armonización de
sus preocupaciones sociales y ciudadanas con un enfoque capaz
de profundizar en el nivel ontológico, existencial, cada vez más
imprescindible para poder hacer frente a una humanidad que
sufre la estremecedora crisis de valores que acompaña el cierre
del siglo XX.
Me parece, por ejemplo, insoslayable, el examen de un para-
digma como el de la posmodernidad, y los modos posibles en que
el teatro latinoamericano la asume, para intentar avanzar en la
caracterización de las modificaciones que actualmente se
producen en el discurso escénico de este continente.
Aunque no sea el objetivo central de estas notas, vale la pena
detenerse un instante en las posibles conexiones existentes entre
lo que he dado en llamar la "marca antropológica" y las huellas
de la tan discutida noción de posmodernidad. Habría que estudiar
los puntos comunes entre una y otra sensibilidad así como sus
respectivas definiciones estéticas, a veces divergentes, a veces
cercanas y curiosamente intercambiables.
Tanto la escena que recoge la influencia antropológica como la
posmoderna, organizan sus respuestas centrales en torno al
problema de la comprensión de lo histórico; aparecen
fuertemente atraídas por el tema de la relación entre el arte y la
vida, reaccionan a la carga adulterante inherente a las
representaciones culturales del mundo. Antropologismo y
posmodernidad abordan como problema central desde sus
definiciones ideo-estéticas peculiares la relación del arte con la
tradición y el pasado, con la memoria colectiva, aportan visiones
sobre el tratamiento del saber y el lenguaje popular, insisten en
las limitaciones de la lógica racional, en la relativización de
nociones como totalidad, y coherencia. Las cuestiones de la
identidad y la orientación utópica son sometidas a intenso debate
por la práctica de estos dos paradigmas de la cultura y el arte
contemporáneos.
El síndrome de la fragmentación y el descentramiento que
acabamos de ver, por ejemplo, no es, con mucho, patrimonio
exclusivo de una escena influida por la perspectiva antropológica.
También la escena y en general el arte posmoderno se plantean
como un problema central el tema de la globalidad y la
coherencia de la obra de arte y proponen alternativas que tienden
a relativizar o disolver el sentido de totalidad. La voluntad
desestructurante posmoderna es un gesto cultural que impregna
experiencias de muy diverso rango.
Vale la pena, sin embargo, subrayar una diferencia que me
parece importante. Si la correlacionamos con el paradigma
posmoderno tal y como este suele manifestarse en los escenarios
del "primer mundo", podríamos afirmar que la escena de
vocación antropológica es "moderna", en tanto conserva un
principio de radicalidad y de polémica16. El teatro antropológico
mantiene el reclamo de la trascendencia, la fuerte presencia de un
horizonte utópico. La escena posmoderna, al menos en sus más
ortodoxas manifestaciones procedentes de los países altamente
desarrollados, parece proclamar la "derrota del pensamiento", ya
no necesita de radicalidad y parecería no aspirar a la
trascendencia. Mientras el discurso antropológico no renuncia al
desvelamiento de un sentido, que se desea encontrar en las
profundidades del comportamiento humano, a veces presumiendo
que este puede aparecer allí puro y absoluto, incondicionado; la
posmodernidad, por su parte, ostenta su indiferencia en relación
con la posibilidad de aprehender algún sentido; prefiere jugar
hasta el infinito con la polisemia y la ambigüedad de los signos;
proclama una especie de neutralidad ante la pretensión de instituir
significaciones y parece más bien absorta en la propia operación
significante; se confiesa más atenta a la "escritura" que a la
realidad misma.
A esta especie de neutralidad posmoderna subyace una pérdida
o disminución de la orientación utópica, una suerte de renuncia o
cautela extrema ante la trascendencia, lo que se convierte incluso
en ocasiones en un juego deliberado con la intrascendencia que
aparece bajo la forma de una provocadora exaltación de la
banalidad. Insisto en que hablo, desde luego, de manifestaciones
"puras" de posmodernidad, las generadas en los países que mejor
representan el capitalismo "post-industrial". Precisamente la
cuestión radicaría en cómo un contexto cultural como el
latinoamericano, capaz de aunar pre-capitalismo y trasnacionales,
atraso y supertecnologización, complacencia neo-liberal y
utopismo, "mundialidad" e impostergables reivindicaciones
nacionales, se apodera de este paradigma y lo fagocita llegando
incluso a invertirle algunos de los signos que parecerían
definitorios. ¿Es posible una obra de arte política y a la vez
posmoderna? Ese arte, que en Europa y Estados Unidos parece
planear por encima de semejantes devaluadas nociones como
política, historia, progreso, puede, sin perder muchos rasgos que
permitirían seguir tipificándolo como posmoderno, dar a luz, de
este lado del Atlántico, inconfundibles obras de arte político...
posmoderno. Trazos de esta idea de un arte político posmoderno
que el norteamericano Fredric Jameson se planteaba en 1986
como una osada expectativa 17, los podemos encontrar hoy sin
mayores dificultades si, por ejemplo, leemos la obra Democracia
en el bar, del uruguayo Leo Maslíah, notable compositor y
narrador, además de dramaturgo (18), o si nos paseamos por las
salas habaneras donde exponen sus obras los muy talentosos -y
polémicos- artistas plásticos cubanos de la más reciente
promoción. La danza-teatro en Cuba es peleadora, comprometida
y... quizás posmoderna. Postales argentinas sería un espectáculo
a considerar dentro de este rango de una posmodernidad escénica
latinoamericana de insistente aliento utópico.
La presencia en el discurso escénico latinoamericano de rasgos
relacionados con una dramaticidad de orientación antropológica
constituye pues un ángulo necesario, pero no el único, desde el
cual conviene examinar la cuestión de la renovación de los len-
guajes en la escena latinoamericana. Por este y por muchos otros
caminos que esperan por el estudio, será posible ir encontrando
un sentido, una lógica a las modificaciones que están teniendo
lugar en nuestra práctica escénica.
Creo en conclusión que ya en el momento presente es necesario
reconocer:
Que la escena latinoamericana está hoy inmersa en una
coyuntura de cambio de las dominantes estéticas e ideológicas de
las décadas de los sesentas y los setentas.
Que esta transformación, que afecta al conjunto de la escena
latinoamericana, está relacionada con una revisión o reformula-
ción -a veces un franco abandono- del enfoque eminentemente
sociológico que caracterizó a una amplia zona de la escena lati-
noamericana en aquellos años.
La perspectiva sociológica y didáctica, o al menos las formas
que ella asumió, hoy se revelan insuficientes para dar cuenta de
una realidad social, política y cultural hondamente transformada.
octubre de 1990
* Publicado por primera vez en la revista Conjunto, no. --, -- de
199--.
1 Muguercia, Magaly: "¿Nuevos caminos en el teatro
latinoamericano?", Conjunto, no. 73, julio-septiembre 1987.
2 "Diálogo en La Habana"; conversatorio de Atahualpa del
Cioppo, Nissim Sharim, Santiago García, Enrique Dacal, José
Solé, Juan Carlos Gené, Miguel Rubio, Raquel Carrió y Magaly
Muguercia, Conjunto, n. 80, julio-septiembre 1989, pp. 44 y 46.
3 Avelima, Luis y Marco Antonio Araujo: "Guarnieri exorciza
sus fantasmas" Entrevista.Conjunto, n.80, julio-septiembre 1989.
4 Diálogo en la Habana, p.37.
5 Ver Diéguez, Ileana:El paso de La Candelaria por Cádiz:
parábola en el tiempoConjunto, n.79, abril-junio 1989.
6 Ver Pavis, Patrice: Dictionnaire du théâtre (artículo
Antropología teatral). Mesidor, Paris, 1987, pp. 39-42.
7 Márquez, Rosa Luisa y Antonio Martorell: Uno,dos,tres...
probandoConjunto, n. 82, enero-marzo 1990, p. 62.
8 Ver García, Santiago: El acto de habla en el teatro Conjunto,
n.77, julio-septiembre 1988, p. 27.
9 Ver Sacoto, Tania: " La danza-teatro en Cuba", Conjunto, n.
82, enero-marzo 1990. pp. 50-51
10 Ver Loyola, Guillermo: Un mes con Antunes FilhoConjunto,
n. 84, julio-septiembre 1990.
11 Stoklos, Denise: Ir a ti, Conjunto, n. 81, octubre-diciembre
1989, pp. 69,70 y 71.
12 Elmore, Peter: Encuentro de zorros: testimonio de parte,
Conjunto, n. 81, octubre-diciembre 1989, p. 24.
13 Citado por Rodríguez Neyra, José en Entreactos, Conjunto n.
79, abril-junio 1989, p. 106.
14 Citado por Hugo Salazar de Alcázar en Encuentro de zorros de
Yuyachkani: no uno sino varios encuentros, Conjunto, n. 81,
octubre-diciembre 1989, p. 28.
15 Ver Salazar del Alcázar, Hugo, op.cit., p. 27.
16 Ver Pavis, Patrice: ¿Hacia una puesta en escena posmoderna?,
Tablas, n. 2, abril-junio 1989, p. 10-16.
17 Ver Jameson, Fredric: El posmodernismo o la lógica cultural
del capitalismo tardío, revista Casa, no. 155-156, marzo-junio
1986, p.173.
18 Conjunto, n. 82, enero-marzo 1990.