Bibliotecologia
Bibliotecologia
'149
En la actualidad, la enorme producción bibliográfica y
los fondos, siempre escasos, de que dispone el bibliotecario, ha-
cen necesario especializarse. No se pueden adquirir todos los
libros que salen a luz, ni siquiera es posible adquirir todos los
mejores. Razones de espacio y de dinero se oponen a ello, sin
contar que la selección es tarea delicada, sino imposible, cuan-
do queda en mano de una sola persona ( 2 ) . Las colecciones de
una biblioteca no especializada serán siempre incompletas y
su masa, enorme y heterogénea, será poco manejable a menos
de contar con una organización casi perfecta. Este último as-
pecto del problema ya preocupaba a Renán, quien hace casi
un siglo, escribía:
" S i la Biblioteca Nacional [de París] continúa enrique-
ciéndose de todas las producciones nuevas, dentro de cien años
será absolutamente impracticable y su riqueza misma la anu-
lará. De paso diré que sólo concibo un medio de salvar esta
valiosa colección y conservarla manejable, es el de clausurar-
la, y declarar, por ejemplo, que no se admitirá en ella ningún
libro posterior a 1850. Un depósito separado sería habilitado
para las publicaciones más recientes. Evidentemente hay un
límite pasado el cual la riqueza de una biblioteca se transfor-
ma en un obstáculo y en un verdadero empobrecimiento por
la imposibilidad de orientarse." ( 3 )
No debemos nunca olvidar que una biblioteca se valora
no por el mero hecho de poseer muchos libros sino por la cir-
cunstancia de tener éstos interés y de ser accesibles al lector.
Tal resultado sólo puede obtenerse con la especialización de
las bibliotecas, especialización que trae numerosas ventajas:
Es dable pretender reunir colecciones orgánicas de libros
'150
cuidando que las series estén completas. Las clasificaciones
pueden ser minuciosas y detalladas. El personal adquiere una
fuerte preparación en la disciplina a la que se consagra la
institución y a la vez que clasifica mejor los libros que tra-
tan de temas que él personalmente conoce, puede asesorar con
eficacia al lector.
'151
excitación siquiera débil y lejana, basta para hacer surgir la
noción de lo antes visto ( 4 ) " .
Por otra parte la especialización de la biblioteca es qui-
zás el medio más eficaz para orientarnos a través de esa sel-
va de papel impreso que amenaza sumergirnos, según la fuer-
te expresión de Ortega y Gasset. ( 5 ) .
En una nota que publicara el entonces Embajador argen-
tino en Estados Unidos, Dr. Le Bretón, se bregaba por la es-
pecialización de nuestras "librerías" ( e ) . Ampliando esas
acertadas sugestiones, podríamos formular el siguiente plan
de trabajo para nuestras bibliotecas de Estado:
La Biblioteca Nacional se dedicaría a formar el archivo
tipográfico del país, reuniendo en sus anaqueles todas las
obras impresas en la Argentina. Trataría de adquirir las que
le faltan, especialmente las impresas antes de la institución
del Depósito Legal y podría vigilar el estricto cumplimiento
de ese depósito ( 7 ) , formalidad que muchos autores omiten.
En cuanto a los libros editados en el extranjero sólo ad-
quiriría los que atañen a nuestro país.
Por su parte, cada una de las Facultades y Escuelas Su-
periores trataría de formar una biblioteca referente a su es-
pecialidad, adquiriendo las obras nacionales o extranjeras ( 8 )
'152
relativas a la misma. Estas bibliotecas deberían consultarse
entre ellas antes de comprar colecciones muy costosas que, pe-
se a su alto valor documental, son poco solicitadas. Se evita-
ría así el caso de la Patrología de Migne cuyos varios cientos
de tomos se hallan a la vez en la Biblioteca Nacional y en la
Facultad de Derecho de Buenos Aires y que, si bien es una
obra indispensable de poseer, es muy raramente pedida, ra-
zón por la cual una sola colección en la Capital Federal se-
ría suficiente.
'153
Las bibliotecas del tipo llamado "populares" son las que
más deben rehuir el fácil y superficial enciclopedismo. Pri-
meramente deben adquirirse los libros fundamentales, que
responden al carácter propio de esas instituciones: dicciona-
rios, autores clásicos, algunas obras serias de vulgarización,
etc., para llenar su finalidad de difusión cultural. Luego la
biblioteca debe esforzarse en reunir las obras sobre historia y
autores locales, las que traten de las producciones o industrias
regionales, etc. En muchos casos con una colección selecciona-
da de manuales y revistas técnicas se puede formar una valiosa
biblioteca profesional, la cual será de mayor utilidad que una
deshilvanada masa de libros diversos.
Por último y como ya lo dijéramos en otra ocasión ( 1 0 ),
la confección de un archivo en el que se acumularan todos los
recortes de periódicos, fotografías referentes a la ciudad o a
sus personajes, etc. puede constituir una fuente de documen-
tos para el futuro i 1 1 ).
* m *
la mitad de sus fronteras formadas por montañas. Es, sin embargo, casi
imposible encontrar en una biblioteca las numerosas publicaciones hechas
por los clubs andinos argentino, referentes a la exploración y conoci-
miento de la cordillera. Por lo que respecta a las muy interesantes revis-
tas publicadas por los clubs andinos de Chile, ninguna biblioteca las
posee y únicamente es dado consultarlas en casa de algún particular!.. .
( 10 ) J. F. FINÓ: Elementos de Bibliología. Buenos Aires, 1940, pág.
182, nota 1.
(") Estas piezas pueden conservarse pegadas sobre hojas de papel
grueso que luego se reúnen en carpetas del tipo biblioratos, o bien guar-
dadas directamente en sobres de tamaño apropiado.
'154
una especialidad" según las acertadas palabras del historia-
dor Duruy.
Se deberá luego establecer una lista de las obras a adqui-
rir, lista que formará el plan de trabajo de la casa. Esta lista
se redactará en colaboración con profesores de la materia u
otras personas capacitadas y teniendo a la vista las bibliogra-
fías y catálogos de instituciones similares. Para su confección
dos criterios pueden imperar: adquirir todas las obras, adqui-
rir únicamente las mejores. La primera solución es la más na-
tural y, aparentemente, la más simple, pero en la práctica,
salvo casos especiales de tratarse de una ciencia escasamente
cultivada, no es posible aceptarla: insume mucho dinero y se
arriesga malgastarlo en obras de poco valor ( 1 2 ) y que sólo
ofrecen interés en el caso, excepcional, de querer hacer una
historia de esa disciplina. Se deberá pues tratar de adquirir
sólo los mejores libros, o, para hablar con exactitud, los libros
realmente interesantes, pese a las dificultades que la tal selec-
ción importa ( 1 3 ).
Para adquirir estos libros, además de la compra directa
en librerías especializadas y a veces en las librerías de lance,
se acudirá al canje y a las donaciones. El canje de libro con
otras instituciones dará siempre excelentes resultados. Entre
establecimientos que persiguen finalidades semejantes se po-
drán canjear las obras que, por motivos diversos, se posean
duplicadas. Con bibliotecas de diferentes orientación, se po-
drán canjear aquellas obras que no responden al plan de la
una y si al de la otra.
Las reparticiones oficiales (Institutos de Facultades, Di-
recciones Generales de Ministerios, etc.) publican series de
trabajos referentes a temas determinados, constituyendo así
colecciones especializadas de gran valor documental. Por lo
general los envían gratuitamente a quienes los solicitan, pero
'155
debe vigilarse las remesas y reclamar las obras que no llegan
. . . o no se remiten.
En cuanto a los autores mismos, muchas veces donan un
ejemplar de sus obras (especialmente folletos y tiradas aparte
de artículos de revistas) a las bibliotecas que se especializan
en similares investigaciones, pero en tal caso no debe omitirse
acusar recibo de los mismos.
* * •
'156
voto desearía que éstas no se multiplicasen en demasía), estos
periódicos mantendrían a los lectores al corriente de lo que
se hace en cada taller de investigaciones. Que las bibliotecas
de ciudades y de facultades contengan las colecciones que los
particulares difícilmente pueden poseer. Que cada uno cuide
su propia biblioteca como una parte de sí mismo, y la dife-
rencia existente entre París y la provincia respecto al trabajo
no existirá más" ( 1 4 ).
Las palabras del maestro nos parecen constituir todo un
programa y en su realización un gran rol incumbe a las biblio-
tecas especializadas. El día en cada una de nuestras ciudades
posea buenas bibliotecas locales que reúnan no sólo la docu-
mentación histórica sobre la región ( 1 5 ), sino también los tra-
bajos referentes a su geología, a sus producciones, etc., la cul-
tura científica del país habrá dado un gran paso.
J. FRÉDÉRIC FINÓ
'157
LA BIBLIOTECONOMIA EN LOS PLANES DE
ENSEÑANZA MEDIA. NECESIDAD
DE SU ESTUDIO n
'159
había llevado a término, en los años anteriores al actual con-
flicto bélico, una sabia política de orientación, asesoramiento,
propaganda y fomento del libro y de la biblioteca, sobre la
base de principios uniformes de organización técnica y de la
necesidad de la formación profesional del bibliotecario. Debe-
mos reconocer, a pesar de todo, que actualmente se advierte
entre nosotros un saludable movimiento de inquietud y reno-
vación sobre la materia, promovido por algunas entidades de
iniciativa privada, entre ellas —es de justicia recordarlo— el
Comité Argentino de bibliotecarios de instituciones científicas
y técnicas y el Museo Social Argentino con su escuela anexa
de biblioteconomía.
Pero ello, indudablemente, no basta. La tarea más ur-
gente e inmediata debe tender a la creación de centros oficia-
les de estudios para formar un cuerpo homogéneo y discipli-
nado de técnicos de probada eficiencia —misioneros de una
nueva cruzada cultural— que afronten con entusiasmo el ár-
duo problema de la reorganización de nuestras bibliotecas pú-
blicas, de acuerdo a un plan metódico y racional.
Eso es lo que están haciendo hoy algunos países de Amé-
rica como Brasil, que cuenta para ello con un organismo mo-
delo, el Instituto Nacional do Livro, y otros como Cuba, Ve-
nezuela, Perú y Chile que envían becarios para perfeccionar
sus estudios en el extranjero y contratan técnicos para diri-
gir la reforma de sus bibliotecas más importantes.
En Estados Unidos —país que marcha a la vanguardia
en materia bibliotecaria— existen, desde 1887 en que se fun-
dó por iniciativa del célebre Mélvil Déwey la primera escue-
la, más de cuarenta institutos superiores especializados y al-
gunas universidades, como las de Chicago y Columbia en Nue-
va York, han instituido recientemente el título de doctor eu
bibliotecología.
" L a perocupación oficial y particular ha ido tan lejos
—dice Ernesto G. Gietz, de regreso de un reciente viaje a esa
nación— que desde la escuela primaria a las aulas de la uni-
versidad, reciben los jóvenes las nociones fundamentales de
'160
esta ciencia, así como los consejos indispensables para utili-
zar eficazmente las bibliotecas y sus elementos". Es, precisa-
mente, lo que falta entre nosotros.
En efecto, como bien se sabe, la educación no consiste
tanto en poseer conocimientos, como en saber dónde y de qué
modo obtenerlos. De ahí la importancia fundamental de toda
actividad dirigida a familiarizar al alumno con las fuentes de
información, uso de ficheros, consulta de catálogos, manejo
de repertorios bibliográficos, esto es de todo el instrumental
erudito y documental que habrá de necesitar para sus estu-
dios e investigaciones futuras.
No debemos olvidar que " l a función del maestro se en-
riquece —dice Ernesto Nelson, en su conocida obra— si es
capaz de lograr que sus discípulos aprendan el arte de ser-
virse del libro."
Los educadores de la gran república del norte han com-
prendido bien el hondo significado de esta verdad elemental
y para darle efectiva realización han creado, además de las
escuelas superiores especializadas, cursos de biblioteconomía
en las escuelas normales para maestros. En estos cursos —de
carácter más cultural que técnico— los alumnos reciben no-
ciones elementales sobre organización y administración de bi-
bliotecas, instrucciones para fichado y catalografía de libros
y elementos de bibliografía crítica sobre las asignaturas de in-
terés profesional.
En nuestro país nada se ha hecho en este orden de ideas
y los múltiples proyectos de reforma de planes de enseñanza
media que se han sucedido en los últimos años han descuida-
do esta cuestión interesante y fundamental. Es oportuno re-
cordar, sin embargo, dos iniciativas privadas que se vinculan
a este punto.
En 1916 el Congreso Internacional Americano de biblio-
grafía e historia reunido en Buenos Aires, formuló una su-
gestión atinada que se tradujo en este triple voto:
" a ) Que las autoridades de la instrucción pública en los
países americanos establezcan cursos de bibliología que ense-
'161
ñen el estudio del libro como ciencia (análisis de las obras, crí-
tica, clasificación, etc.); como industria (impresión, encua-
demación, etc.); como elemento de biblioteca (ordenación, no-
menclatura, distribución, conservación, etc.); como intercam-
bio intelectual entre las diversas regiones de un Estado o en-
tre Estados diversos (canje, traducciones, etc.);
b) Que deben agregarse a los planes de estudio de las es-
cuelas de maestros y profesores, la biblioteconomía como asig-
natura, de modo que los egresados, los educadores de mañana,
sean personas aptas para organizar y dirigir bibliotecas;
c) Que en las escuelas se instruya a los niños sobre la
mejor manera de usar los libros y conservarlos".
En 1938 el diputado socialista Angel M. Giménez pre-
sentó a la Cámara de que formaba parte, un proyecto de ley
completo y bien inspirado por el que se creaba, en reemplazo
de la actual Comisión Protectora, una Dirección Nacional de
Bibliotecas Públicas, con más atribuciones y recursos. Se es-
tablecía, además, para formar un personal técnico competen-
te, la carrera oficial de bibliotecario. Para ello las distintas
Universidades del país crearían escuelas de bibliotecarios de
primera clase y sus egresados tendrían derecho de ocupar
puestos en las bibliotecas del estado, institutos de enseñanza
superior y altas reparticiones técnicas. El Ministerio de Ins-
trucción Pública, por su parte, expediría títulos profesionales
de bibliotecarios de segunda clase para desempeñar cargos en
las bibliotecas populares creando, a tales efectos, cursos teó-
rico-prácticos de biblioteconomía en las escuelas normales e
institutos del profesorado.
Hasta la fecha ninguna de estas dos plausibles iniciati-
vas ha encontrado eco en los hombres que tienen la respon-
sabilidad del gobierno de la enseñanza pública.
Convendría, pues, meditar sobre ellas y recoger la lección
de la experiencia propia y ajena para hacer algo útil en es-
te sentido. Concretando, diríamos que la biblioteca es un ins-
trumento de cultura y un factor de educación indispensable
en el proceso formativo del alumno. Siendo ello así, como evi-
'162
dentemente lo es, debe establecerse un régimen de cooperación
entre la misma y el aula, de tal manera que la enseñanza di-
recta a cargo del profesor se complemente con la tarea de
aprendizaje técnico que debe realizar el estudiante para el
mejor aprovechamiento de los recursos bibliográficos.
Para lograr eficientemente todo ello es necesario: l 9 ) re-
organizar las bibliotecas de los establecimientos de enseñanza
media, equipararlas con muebles y útiles adecuados y dotarlas
de material bibliográfico —textos y obras de consulta— rigu-
rosamente seleccionado; 2?) crear en todas las bibliotecas de
los institutos oficiales de enseñanza media —especialmente en
los del magisterio— una sección escolar y otra infantil para
que el niño se habitúe desde un principio en el manejo del
libro y adquiera el gusto de la lectura; 3°) incorporar a los
planes de estudio de las escuelas normales, la enseñanza de la
biblioteconomía que se impartirá en un curso anual teórico-
práctico de cuatro horas semanales. Los profesores de dicha
materia, que deberán ser, desde luego, técnicos diplomados en
la especialidad, tendrán a su cargo, además, la dirección de la
biblioteca del respectivo establecimiento.
El Ministerio de Instrucción Pública podría organizar,
también, en la Capital y grandes centros, cursos de vacaciones,
breves e intensivos, como, por ejemplo, los llamados cursos de
verano de la Universidad de Chile, (*) para maestros del inte-
rior.
De esta manera se contribuiría a mejorar, en algo por lo
menos, la organización de nuestras bibliotecas públicas y a
dignificar la carrera profesional del bibliotecario.
DOMINGO BUONOCORE
'163
PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE LA
BIBLIOTECONOMIA
'165
conomie", publicado en París en 1839 y traducido luego al
alemán y al español, hicieron escuela y dominaron en el mun-
do bibliotecario durante medio siglo.
En 1856 el bibliotecario alemán Julius Petzholdt publicó
en Leipzig su "Katechismus der Bibliothekenlehre", que
alcanzó tres ediciones y luego fué modernizado y aumentado
dos veces por Arnim Graesel, en 1890 con el título "Grund-
züge der Bibliothekslehre" y en 1902 con el título "Handbuch
der Bibliothekslehre", y traducido al italiano, al francés
y al español. Durante la segunda mitad del siglo X I X los
bibliotecarios estudiosos de Europa y América fueron discípu-
los de los citados autores alemanes.
En 1876 el bibliotecario norteamericano Melvil Dewey
modificó una clasificación bibliográfica de N. Shurtleff y la
publicó en el folleto titulado " A classification and subject
index for cataloging and arranging the books and pamphlets
of a library" que apareció en Amherst (Massachusetts). Esa
clasificación bibliográfica triunfó en el Primer Congreso In-
ternacional de Bibliografía reunido en Bruselas en 1895, y
gracias a una constante propaganda que ha fanatizado a mu-
chos logró que fuera empleada en la organización de nume-
rosas bibliotecas de los Estados Unidos y de algunas de los
demás países de América y de Europa que estaban organizadas
por el viejo sistema de Brunet. En la práctica se ha visto el
fracaso de la clasificación decimal, modificada y extendida
por el Instituto Internacional de Bibliografía de Bruselas en
varias ediciones, pero como el caudal de libros de esas biblio-
tecas ha aumentado mucho y no es posible reorganizarlas sin
cerrar sus puertas durante largo tiempo y sin gastar mucho
dinero, continúan atadas a esa vieja clasificación bibliográfi-
ca que cada vez se vuelve más enredada y deficiente.
Al mismo tiempo que Dewey enseñaba a organizar bi-
bliotecas por el sistema decimal, otro bibliotecario norteameri-
cano, Charles Ammi Cutter, enseñaba en su libro "Rules for
a dictionary catalog" a hacer el catálogodiccionario con sub-
ject headings y miles de reenvíos que complican demasiado la
'166
confección de los ficheros. Las enseñanzas de las monografías
de Dewey y Cutter están dominando desde hace cerca de me-
dio siglo en muchas bibliotecas de los Estados Unidos y en
algunas de la América latina y de Europa a consecuencia de
la tenaz y costosa propaganda que les hacen ciertas institu-
ciones de Wàshington, Chicago y Nueva York. Pero no es po-
sible dejar que se fosilice la biblioteconomia, y como en este
siglo los bibliotecarios norteamericanos no han creado una cla-
sificación bibliográfica que reemplace con ventajas al viejo
sistema decimal y a las igualmente viejas clasificaciones bi-
bliográficas de James Duff Brown y de la biblioteca del Con-
greso de Wàshington ( x ) , es fácil prever que la bibliotecono-
mia norteamericana será reemplazada en breve por otra más
moderna, así como la biblioteconomia francesa fué reempla-
zada por la alemana, y la alemana por la norteamericana des-
pués de haber dominado alrededor de medio siglo cada una.
¿Y cuál país dominará mañana en el mundo bibliotecario?
Todos los que se ocupan de asuntos bibliotecarios saben que
después de los Estados Unidos, la Argentina es el único país
del mundo que ha creado un sistema bibliotecario moderno, el
más moderno, puesto que está todavía en gestación. Por lo
tanto puede asegurarse desde ya que la biblioteconomia ar-
gentina dominará en América y en Europa en la segunda mi-
tad del siglo X X si hay recursos para convertirla en realidad
y ejemplo del mundo y para hacerle una propaganda eficiente.
ALFREDO CÒNSOLE
'167
TRADICION BIBLIOTECARIA
167
Por otra parte, en el arte de organizar bibliotecas no exis-
ten leyes absolutas, racionalmente impuestas, sino simplemen-
te reglas prácticas, fruto de larga experiencia y cuyo princi-
pal interés consiste en fijar un punto de vista y asegurar la
continuidad de criterio. La adopción de reglas uniformes ha
sido llevado a un alto grado en los Estados Unidos y leemos en
un libro reciente sobre su organización bibliotecaria: " E l ras-
go más notable de estos procesos técnicos es su uniformidad.
Un ayudante que deja una biblioteca para trabajar en otra
está ya familiarizado con la técnica general de ambas, aunque
existan pequeñas diferencias en los detalles prácticos. Todas
las bibliotecas conservan la mayoría de sus datos en formas de
fichas o tarjetas. Todas tienen catálogos que sirven de guía a
la colección de libros. Cada tarjeta identifica una de las varias
maneras que un libro puede estar catalogado. Una da su autor,
otra su título, una tercera, y en varios casos muchas, explican
el tema o temas de que trata el libro... Los materiales para
uso en las bibliotecas son también de fabricación uniforme,
para lograr mayor eficacia y más economía. Algunas biblio-
tecas muy grandes tienen máquinas para imprimir fichas de
catálogo o de pedidos, para encuadernar o reparar los libros
deteriorados etc., pero la mayoría compran el material que
necesitan de casas que se especializan en fabricar equipos uni-
formes. Los materiales para encuademación y reparación de
libros también pueden comprarse en estas mismas casas y el
visitante a las bibliotecas de Estados Unidos queda sorpren-
dido al ver muebles y equipos exactamente iguales de un ex-
tremo a otro del país" (*).
'170
En Europa, la existencia de establecimientos de enseñan-
za, tal 1 'École des Chartes, que ha formado generaciones de
bibliotecarios, así como la necesidad de practicar uno o más
años en una biblioteca de Estado para obtener el título, y la
existencia misma de estas grandes instituciones, ha creado una
fuerte tradición bibliotecaria, que si bien acarrea algunos in-
convenientes cuando llega a transformarse en rutina, ofrece,
por otra parte, innegables ventajas.
En la Argentina no hay cursos de bibliotecarios, salvo los
recientemente organizados por el Museo Social. Tampoco exis-
te, hablando con exactitud, la carrera bibliotecaria y la mayo-
ría de los nuestros — entre los cuales hay algunos excelentes—
son autodidactas.
Los inconvenientes que trae esta situación saltan a la vis-
ta. No hablamos de la persona designada para un cargo para
el que no está capacitada y en el cual se desempeña mal. No
es aquí el lugar de ocuparnos de esta cuestión, pero aun en el
caso de quienes se interesan por su profesión, la falta de estu-
dios regularmente cursados suele acarrear serios inconvenien-
tes. Este bibliotecario, sí es algo presuntuoso, se siente tentado
de rehacer " a b ovo", de reorganizar, según el vocablo de mo-
da, las colecciones cuya custodia y ordenación le fuera con-
fiada. Olvida las sabias palabras que Graesel escribiera en un
libro que desconoce o desdeña:
" E n el interés mismo del establecimiento cuya dirección
se le confía, el bibliotecario que asume el cargo, no debe tener
la pretensión de querer siempre imponer su modo de ver y de
rehacer todo nuevamente, dejando de lado, intencionalmente,
el sistema aplicado hasta entonces. Procediendo así, arriesga-
ría, por amor propio mal entendido, el retrasar indefinida-
mente la organización de la biblioteca. Desgraciadamente su-
cede muy a menudo que el bibliotecario no sabe apreciar en
su justo valor los trabajos realizados por sus predecesores; los
condena como insuficientes, concebidos sin reflexión y efec-
tuado sin método, cuando un examen más atento le permitiría
reconocer que son el fruto de un pensamiento experimentado
'171
y serio y que han plenamente alcanzado la finalidad para la
cual fueron emprendidos. Por consiguiente, un bibliotecario
debe evitar el declarar: que el sistema seguido hasta su llega-
da es sin valor, pasado de moda, bueno para ser puesto de lado,
sin haberlo estudiado antes en todas sus partes y sin haber
ensayado familiarizarse con él, aplicándolo. A veces es posible
mejorar los antiguos catálogos, hasta hacerlos, por así decir,
perfectos, lo que economiza gran parte del tiempo y del dinero
que una refacción completa habría insumido. Esos antiguos
catálogos tienen, además, y en razón misma de los largos ser-
vicios que han prestado, la gran ventaja de estar casi total-
mente purgados de errores, mientras que los nuevos, pese al
cuidado y a la atención que se pone al confeccionarlos, son
siempre inexactos y exigen, para ser llevados al mismo punto
de perfección, una serie de mejoras que únicamente pueden
ser obra del tiempo" ( 2 ) .
En su afan de reformas e ignorando lo ya hecho, nues-
tro bibliotecario emprende luego la ímproba tarea de resolver
nuevamente problemas ya resueltos o cuya solución es imposi-
ble, malgasta fuerzas, paciencia, dedicación y el resultado ob-
tenido es deficiente.
Por último, y esto no es menos grave, el individuo llega
a ensobecerse y en vez de la simpática figura de un SIL-
VESTRE BONNARD, surge la del pére SARIETTE, inventor de una
clasificación bibliográfica tan perfecta, que únicamente él po-
día entenderla!...
El través adquiere entonces las proporciones de un ver-
dadero caso clínico. El enfermo, poseído de excitación maniá-
tica y de una especie de delirio de persecución, quiere refor-
marlo todo, rehacerlo todo, crear la ciencia biblioteconómica,
considerando que ella, hasta su llegada, no hizo sino divagar
y no vacila en creerse el único bibliotecario verdadero del país:
'172
" O n a beau refuter ses vains raisonnements,
Son esprit se compláit dans ses faux jugements;
Et sa faible raison de clarté dépourvue,
Pense que rien n'échappe á sa débile v u e " ( 3 )
'173
espíritu necesaria para corregirnos, es decir, para poder rea-
lizar un trabajo eficaz.
Y cuando vemos que uno de los grandes bibliólogos del
pasado cometió un error, error, que frecuentemente es el mis-
mo en que nosotros íbamos a incurrir, la constatación del yerro,
en vez de hacernos desdeñar a su autor, debe ponernos en
guardia contra la dulce tentación de creernos infalibles.
A propósito de la magna empresa de terminar los catá-
logos de las colecciones de impresos de la Biblioteca Nacional
de París, Julien Cain ( 6 ) ha demostrado los inconvenientes
acarreados por la falta de continuidad en los trabajos y por
no tenerse en cuenta la experiencia de los predecesores que
hubiera permitido sortear las dificultades que ellos habían
indicado, y el artículo concluye con estas palabras dignas de
meditarse: "Recordar esas experiencias y esas controversias,
citar esos ejemplos y esos textos no me ha parecido tarea inú-
til. La conclusión que se desprende es que en una institución
que aparece como un vasto organismo todos los problemas están
ligados entre sí. A través de la minuciosidad de los detalles,
a lo largo de la exposición de tantos trabajos realizados por
hombres cuya memoria debemos honrar, aparece más clara-
mente la continuidad de una institución".
No se argumente aquí que el respeto hacia los maestros
traba nuestra actividad, limita nuestras iniciativas y que pre-
conizamos una vuelta al estéril principio de autoridad, tan
funesto para la ciencia. Lo que sostenemos es otra cosa. No
debemos adoptar ciegamente las soluciones e ideas de nuestros
antecesores, pero debemos conocer lo que han producido para
beneficiarnos con sus enseñanzas y aprovechar los resultados
obtenidos a fin de continuar la obra emprendida, corrigiéndola
cuando tengamos sólidas razones para ello, pero sin apasionar-
nos por lo novedoso por el mero hecho de ser novedoso. Claude
Bernard, renovador de la ciencia médica, es decir de una de
'174
las disciplinas en las cuales los progresos son más veloces y
en que las técnicas envejecen más rápidamente, ha escrito sin
embargo unas páginas luminosas para poner de relieve la dife-
rencia que hay entre el ciego acatamiento a las ideas de los
predecesores y el respecto que deben merecernos las figuras
de los grandes investigadores del pasado y concluye: " L o s
grandes hombres han sido comparados a gigantes sobre cuyas
espaldas han trepado pigmeos que no obstante ven más lejos
que ellos. Esto quiere decir sencillamente que la ciencia realiza
progresos después de esos grandes hombres y precisamente a
causa de su influencia, de donde resulta que sus sucesores ten-
drán conocimientos científicos adquiridos más numerosos que
lo que aquellos grandes hombres poseían en su tiempo, pero
el gran hombre es siempre el gran hombre, es decir el gigan-
te". ( 7 ) .
Puedan estas palabras servirnos de lección de modestia
y moderación.
J. FRÉDÉRIC FINÓ
'175