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Bibliotecologia

Este documento discute la especialización de las bibliotecas. Argumenta que debido al enorme crecimiento de la producción bibliográfica, es necesario que las bibliotecas se especialicen en determinadas áreas para poder reunir colecciones completas y accesibles en lugar de tratar de ser enciclopédicas. Propone que la Biblioteca Nacional se especialice en obras publicadas en Argentina y que las bibliotecas universitarias se centren en la literatura relacionada con sus campos respectivos para crear colecciones orgánicas y completas.

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Bibliotecologia

Este documento discute la especialización de las bibliotecas. Argumenta que debido al enorme crecimiento de la producción bibliográfica, es necesario que las bibliotecas se especialicen en determinadas áreas para poder reunir colecciones completas y accesibles en lugar de tratar de ser enciclopédicas. Propone que la Biblioteca Nacional se especialice en obras publicadas en Argentina y que las bibliotecas universitarias se centren en la literatura relacionada con sus campos respectivos para crear colecciones orgánicas y completas.

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TEMAS BIBLIOTECARIOS

ESPECIALIZACION DE LAS BIBLIOTECAS

Defecto común de nuestras bibliotecas es el de querer ser


enciclopédicas; de ahí sus deficiencias como instrumentos de
trabajo pues sus colecciones son incompletas y se repiten las
unas a las otras, ofreciendo todas ellas igual abundancia de
las mismas obras corrientes y careciendo casi siempre de aque-
llos libros raros o costosos cuya posesión, es una de las razo-
nes de ser de las bibliotecas ( 1 ) . En efecto, cualquier estudioso
puede adquirir para su biblioteca particular la Histoire de la
littérature française de Lanson o la Química de Cury, pero
escasos son aquéllos que pueden adquirir la colección comple-
ta del Journal des Savants, con sus dos siglos de existencia o
los numerosos tomos del Dictionnaire de Daremberg et Saglio
que alcanza precios prohibitivos.
No negaremos que todas las bibliotecas deben poseer, sea
cual fuere su orientación, algunas obras de carácter general
tales los diccionarios, pero estos libros son pocos y la mayoría
de las obras que se publican contienen trabajos referentes a
temas determinados que únicamente interesan al que cultiva
esa disciplina y que, a menudo, cobran valor sólo si se dispo-
ne de la serie completa de ellas, como ser las Memorias de los
diversos ministerios, las Actas de congresos y conferencias, et-
cétera.

(*) Exceptuamos, evidentemente, las bibliotecas de Facultades, casi


siempre especializadas, y las de algunas agrupaciones profesionales como
ser los Colegios de Abogados, Centros de Ingenieros, Médicos, etc..

'149
En la actualidad, la enorme producción bibliográfica y
los fondos, siempre escasos, de que dispone el bibliotecario, ha-
cen necesario especializarse. No se pueden adquirir todos los
libros que salen a luz, ni siquiera es posible adquirir todos los
mejores. Razones de espacio y de dinero se oponen a ello, sin
contar que la selección es tarea delicada, sino imposible, cuan-
do queda en mano de una sola persona ( 2 ) . Las colecciones de
una biblioteca no especializada serán siempre incompletas y
su masa, enorme y heterogénea, será poco manejable a menos
de contar con una organización casi perfecta. Este último as-
pecto del problema ya preocupaba a Renán, quien hace casi
un siglo, escribía:
" S i la Biblioteca Nacional [de París] continúa enrique-
ciéndose de todas las producciones nuevas, dentro de cien años
será absolutamente impracticable y su riqueza misma la anu-
lará. De paso diré que sólo concibo un medio de salvar esta
valiosa colección y conservarla manejable, es el de clausurar-
la, y declarar, por ejemplo, que no se admitirá en ella ningún
libro posterior a 1850. Un depósito separado sería habilitado
para las publicaciones más recientes. Evidentemente hay un
límite pasado el cual la riqueza de una biblioteca se transfor-
ma en un obstáculo y en un verdadero empobrecimiento por
la imposibilidad de orientarse." ( 3 )
No debemos nunca olvidar que una biblioteca se valora
no por el mero hecho de poseer muchos libros sino por la cir-
cunstancia de tener éstos interés y de ser accesibles al lector.
Tal resultado sólo puede obtenerse con la especialización de
las bibliotecas, especialización que trae numerosas ventajas:
Es dable pretender reunir colecciones orgánicas de libros

( ' ) En cuanto al asesoramiento por una comisión especial ello es


poco realizable en este caso pues una de dos: o se reúnen verdaderos
especialistas para cada rama de conocimientos y la comisión es entonces
muy numerosa y difícil de formar, o bien se confían vastas secciones a
personas que, pese a su mérito y saber, no pueden dominar suficiente-
mente cada una de las partes.
( ' ) ERNEST RENÁN : L 'Avenir de la Science. Pensées ele 1848. 26e éd..
París, 1934, pp. 250 y nota 106.

'150
cuidando que las series estén completas. Las clasificaciones
pueden ser minuciosas y detalladas. El personal adquiere una
fuerte preparación en la disciplina a la que se consagra la
institución y a la vez que clasifica mejor los libros que tra-
tan de temas que él personalmente conoce, puede asesorar con
eficacia al lector.

Refiriéndose a los trabajos de erudición, Langlois y Seig-


nobos han escrito unas páginas muy acertadas que, pese a su
extensión, merecen ser reproducidas, pues se aplican exacta-
mente a nuestra tesis: " n o basta, lo sabemos, haber seguido
un curso regular de ciencias auxiliares de la historia o haber
leído atentamente los mejores tratados didácticos de Biblio-
grafía, de Paleografía, de Filología, etc., ni siquiera haber ad-
quirido, mediante ejercicios prácticos, alguna experiencia per-
sonal para estar siempre bien informado, todavía menos para
resultar infalible... Los que han estudiado durante mucho tiem-
po documentos de cierto género o de determinada fecha, po-
seen con respecto a estos últimos, nociones intransmisibles que
le permiten hacer, en condiciones muy superiores, el examen
crítico de documentos nuevos, de ese género o de esa fecha,
que encuentren. Nada substituye a la erudición especial, re-
compensa de los especialistas que han trabajado mucho." Y
aclarando el concepto, escriben: " ¿ Q u é ha de entenderse jus-
tamente por esas nociones intransmisibles de que hablamos?
En el cerebro del especialista muy familiarizado con documen-
tos de cierta clase, o de determinada época, se establecen aso-
ciaciones de ideas, surgen bruscamente analogías ante el exa-
men de un documento nuevo de esa clase o de esa época, ana-
logías que no percibe cualquiera otro menos experimentado,
aún cuando disponga, por lo demás, de los repertorios más
perfectos. Es que no pueden distinguirse todas las particula-
ridades de los documentos y las hay imposibles de clasificar
bajo denominaciones claras, y que no se encuentran, por con-
siguiente, repertoriadas en parte alguna. Pero la memoria hu-
mana, cuando es buena, conserva la impresión de ellas, y una

'151
excitación siquiera débil y lejana, basta para hacer surgir la
noción de lo antes visto ( 4 ) " .
Por otra parte la especialización de la biblioteca es qui-
zás el medio más eficaz para orientarnos a través de esa sel-
va de papel impreso que amenaza sumergirnos, según la fuer-
te expresión de Ortega y Gasset. ( 5 ) .
En una nota que publicara el entonces Embajador argen-
tino en Estados Unidos, Dr. Le Bretón, se bregaba por la es-
pecialización de nuestras "librerías" ( e ) . Ampliando esas
acertadas sugestiones, podríamos formular el siguiente plan
de trabajo para nuestras bibliotecas de Estado:
La Biblioteca Nacional se dedicaría a formar el archivo
tipográfico del país, reuniendo en sus anaqueles todas las
obras impresas en la Argentina. Trataría de adquirir las que
le faltan, especialmente las impresas antes de la institución
del Depósito Legal y podría vigilar el estricto cumplimiento
de ese depósito ( 7 ) , formalidad que muchos autores omiten.
En cuanto a los libros editados en el extranjero sólo ad-
quiriría los que atañen a nuestro país.
Por su parte, cada una de las Facultades y Escuelas Su-
periores trataría de formar una biblioteca referente a su es-
pecialidad, adquiriendo las obras nacionales o extranjeras ( 8 )

(4) C. V. LANGLOIS y C. SEIGNOBOS: Introducción a los Estudios His-


tóricos. Traducción de la 4* edición francesa por Domingo Vaca (Biblio-
teca Científico-Filosófica). Madrid, 1913, pp. 62, 63 y nota.
( ) JOSÉ ORTEGA Y GASSET: Misión del Bibliotecario. En "Revista
6

de Occidente". Madrid, mayo 1935, año X I I I , N» C X L I I I , pp. 121-162.


Interesante artículo, inspirado en parte en lo que escribiera Renán en
L'Avenir ed la Science, (en el capítulo X I I I especialmente).
(9) TOMÁS A. LE BRETÓN: Sobre la orientación de nuestras bibliote-
cas. Formula interesantes consideraciones en " L a N a c i ó n " , Bs. As., 13
de julio de 1941.
(') El requisito del Depósito Legal no debería estar a cargo del
editor, sino del impresor. De tal manera sería mucho más fácil exigir
su cumplimiento, y las sanciones (multas, etc.) contra el negligente deja-
rían de ser ilusorias.
(") No compartimos el criterio seguido por nuestra Comisión Pro-
tectora de Bibliotecas Populares, que sólo adquiere para éstas, las obras
impresas en la Argentina. La ciencia no tiene frontera y poco importa
qnien escribió el libro y donde se imprimió, sólo interesa que el libro
sea útil.

'152
relativas a la misma. Estas bibliotecas deberían consultarse
entre ellas antes de comprar colecciones muy costosas que, pe-
se a su alto valor documental, son poco solicitadas. Se evita-
ría así el caso de la Patrología de Migne cuyos varios cientos
de tomos se hallan a la vez en la Biblioteca Nacional y en la
Facultad de Derecho de Buenos Aires y que, si bien es una
obra indispensable de poseer, es muy raramente pedida, ra-
zón por la cual una sola colección en la Capital Federal se-
ría suficiente.

La realización de estas aspiraciones escapa a las posibi-


lidades del bibliotecario y es por ello que trataremos de de-
mostrar que toda biblioteca puede especializarse, aún con la
organización actual.
Las bibliotecas de escuelas y colegios, a más de los tex-
tos necesarios a sus profesores y alumnos para el trabajo dia-
rio, pueden tratar de reunir la producción bibliográfica ed
unos y otros. Estas adquisiciones por lo general costarán po-
co a la institución, pues raro es el caso de un profesor o de
un ex-alumno que no quiera donar un ejemplar de sus obras
a la casa donde enseña o estudió. Igualmente pueden colec-
cionarse los trabajos sobre el pueblo, ciudad o región en la
cual funciona la escuela, tratando de reunir los libros y, sobre
todo, los artículos dispersos aparecidos en diarios y revistas
que, a menudo, permanecen ignorados pese a su interés con
frecuencia considerable.
Las bibliotecas de entidades deportivas pueden formar
interesantes colecciones de obras referentes a las actividades a
que 3e dedican, adquiriendo no solo la producción nacional
sino la extranjera que frecuentemente el lector ignora o no
puede adquirir ( 9 ) .

( ' ) Apuntemos un caso práctico. El andinismo es una actividad que


no sólo está adquiriendo gran incremento como deporte, sino que puedo
revestir capital importancia en un país que, como el nuestro tiene casi

'153
Las bibliotecas del tipo llamado "populares" son las que
más deben rehuir el fácil y superficial enciclopedismo. Pri-
meramente deben adquirirse los libros fundamentales, que
responden al carácter propio de esas instituciones: dicciona-
rios, autores clásicos, algunas obras serias de vulgarización,
etc., para llenar su finalidad de difusión cultural. Luego la
biblioteca debe esforzarse en reunir las obras sobre historia y
autores locales, las que traten de las producciones o industrias
regionales, etc. En muchos casos con una colección selecciona-
da de manuales y revistas técnicas se puede formar una valiosa
biblioteca profesional, la cual será de mayor utilidad que una
deshilvanada masa de libros diversos.
Por último y como ya lo dijéramos en otra ocasión ( 1 0 ),
la confección de un archivo en el que se acumularan todos los
recortes de periódicos, fotografías referentes a la ciudad o a
sus personajes, etc. puede constituir una fuente de documen-
tos para el futuro i 1 1 ).

* m *

Respecto a la manera práctica de realizar la especializa-


•ción apuntaremos algunas sugestiones. Primeramente es nece-
sario que el bibliotecario conozca y ame su oficio y que ade-
más tenga un suficiente conocimiento de las materias sobre las
cuales va a trabajar. Esto, sin olvidar, claro está, que una
amplia cultura general es indispensable al bibliotecario y que
únicamente ella le permitirá "ser universal en provecho de

la mitad de sus fronteras formadas por montañas. Es, sin embargo, casi
imposible encontrar en una biblioteca las numerosas publicaciones hechas
por los clubs andinos argentino, referentes a la exploración y conoci-
miento de la cordillera. Por lo que respecta a las muy interesantes revis-
tas publicadas por los clubs andinos de Chile, ninguna biblioteca las
posee y únicamente es dado consultarlas en casa de algún particular!.. .
( 10 ) J. F. FINÓ: Elementos de Bibliología. Buenos Aires, 1940, pág.
182, nota 1.
(") Estas piezas pueden conservarse pegadas sobre hojas de papel
grueso que luego se reúnen en carpetas del tipo biblioratos, o bien guar-
dadas directamente en sobres de tamaño apropiado.

'154
una especialidad" según las acertadas palabras del historia-
dor Duruy.
Se deberá luego establecer una lista de las obras a adqui-
rir, lista que formará el plan de trabajo de la casa. Esta lista
se redactará en colaboración con profesores de la materia u
otras personas capacitadas y teniendo a la vista las bibliogra-
fías y catálogos de instituciones similares. Para su confección
dos criterios pueden imperar: adquirir todas las obras, adqui-
rir únicamente las mejores. La primera solución es la más na-
tural y, aparentemente, la más simple, pero en la práctica,
salvo casos especiales de tratarse de una ciencia escasamente
cultivada, no es posible aceptarla: insume mucho dinero y se
arriesga malgastarlo en obras de poco valor ( 1 2 ) y que sólo
ofrecen interés en el caso, excepcional, de querer hacer una
historia de esa disciplina. Se deberá pues tratar de adquirir
sólo los mejores libros, o, para hablar con exactitud, los libros
realmente interesantes, pese a las dificultades que la tal selec-
ción importa ( 1 3 ).
Para adquirir estos libros, además de la compra directa
en librerías especializadas y a veces en las librerías de lance,
se acudirá al canje y a las donaciones. El canje de libro con
otras instituciones dará siempre excelentes resultados. Entre
establecimientos que persiguen finalidades semejantes se po-
drán canjear las obras que, por motivos diversos, se posean
duplicadas. Con bibliotecas de diferentes orientación, se po-
drán canjear aquellas obras que no responden al plan de la
una y si al de la otra.
Las reparticiones oficiales (Institutos de Facultades, Di-
recciones Generales de Ministerios, etc.) publican series de
trabajos referentes a temas determinados, constituyendo así
colecciones especializadas de gran valor documental. Por lo
general los envían gratuitamente a quienes los solicitan, pero

(") Especialmente tratándose de temas literarios o de crítica general.


(") Puede utilizarse, con precauciones, un registro de pedidos puesto
a la disposición del público.

'155
debe vigilarse las remesas y reclamar las obras que no llegan
. . . o no se remiten.
En cuanto a los autores mismos, muchas veces donan un
ejemplar de sus obras (especialmente folletos y tiradas aparte
de artículos de revistas) a las bibliotecas que se especializan
en similares investigaciones, pero en tal caso no debe omitirse
acusar recibo de los mismos.

* * •

Creemos haber demostrado en las líneas precedentes la


necesidad y posibilidad de tener bibliotecas especializadas. Es-
ta especialización sería sobre todo conveniente tratándose de
las bibliotecas del interior, puesto que permitiría la descen-
tralización intelectual del país. Refiriéndose a las posibilida-
des de trabajar en provincia, Renán tuvo cierta vez conceptos
muy acertados: Decía entre otras cosas: " S i n hablar de la
historia local tan llena de interés, una mitad por lo menos de
la labor científica puede realizarse por el trabajo de gabinete.
En muchas ramas de la ciencia, en la mayoría de los estudios
orientales por ejemplo, la consulta de los viejos libros anterio-
res al advenimiento de los métodos modernos solo tiene una
importancia secundaria. A costas de sacrificios bastante limi-
tados, un investigador sagaz puede, sobre una cantidad de
temas de primer orden, tener a su alrededor todos los elemen-
tos necesarios para trabajos críticos totalmente nuevos. Es
asimismo notable que son las ciencias más jóvenes, las que
exigen menor aparato y las que pueden mejor cultivarse en
ciudades poco ricas en colecciones de libros antiguos. Sea por
ejemplo la filología comparada. Con un primer gasto de algu-
nos miles de francos y la suscripción a tres o cuatro publica-
ciones especiales, se poseerían todos los instrumentos necesa-
rios para esas largas y pacientes comparaciones para las cua-
les la tranquilidad de espíritu de que se goza en provincia
ofrece condiciones tan favorables... Que cada rama de la cien-
cia tenga sus revistas (y si me fuese permitido formular un

'156
voto desearía que éstas no se multiplicasen en demasía), estos
periódicos mantendrían a los lectores al corriente de lo que
se hace en cada taller de investigaciones. Que las bibliotecas
de ciudades y de facultades contengan las colecciones que los
particulares difícilmente pueden poseer. Que cada uno cuide
su propia biblioteca como una parte de sí mismo, y la dife-
rencia existente entre París y la provincia respecto al trabajo
no existirá más" ( 1 4 ).
Las palabras del maestro nos parecen constituir todo un
programa y en su realización un gran rol incumbe a las biblio-
tecas especializadas. El día en cada una de nuestras ciudades
posea buenas bibliotecas locales que reúnan no sólo la docu-
mentación histórica sobre la región ( 1 5 ), sino también los tra-
bajos referentes a su geología, a sus producciones, etc., la cul-
tura científica del país habrá dado un gran paso.

J. FRÉDÉRIC FINÓ

(") ERNEST RENAN : Feuilles Détachées faisant suite aux Souvenir$


d'Enfance et de Jeunesse. Paria, 1892, pp 99-101.
(") Nuestros archivos provinciales suelen con frecuencia revestir ca-
pital importancia y un sinnúmero de cuestiones solo pueden resolverse
por su consulta.

'157
LA BIBLIOTECONOMIA EN LOS PLANES DE
ENSEÑANZA MEDIA. NECESIDAD
DE SU ESTUDIO n

En general, las bibliotecas públicas existentes en el país,


yacen en el más completo estado de abandono. Mal organi-
zadas y peor dotadas aún, carecen de recursos y de personal
idóneo para atender eficientemente sus servicios. Diversos fac-
tores contribuyen a malograr, entre nosotros, la misión social
e intelectual que realizan estas instituciones de cultura en
diversos países extranjeros. Los poderes públicos —duele con-
fesarlo— no se han decidido todavía a abordar el estudio de
este problema ni han tratado de crear una política bibliote-
caria de acuerdo a bases y directivas científicas.
La labor meritísima que, bajo el impulso tenaz y bien
orientado de su presidente actual, Juan Pablo Echagüe, cum-
ple la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares es, no
obstante, restringida y precaria en muchos aspectos de la ma-
teria debido, principalmente, a la escasez de medios financie-
ros y a la falta de una ley orgánica que regule sus activida-
des de conformidad con las exigencias del momento.
En este sentido nos hallamos lejos, por ejemplo, de la ac-
ción proficua desarrollada en diversos países europeos por el
Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, órgano que

(*) Disertación pronunciada el 12 de abril del corriente año por Ra-


dio del Estado en el programa preparado por la Comisión Protectora
de Bibliotecas Populares.

'159
había llevado a término, en los años anteriores al actual con-
flicto bélico, una sabia política de orientación, asesoramiento,
propaganda y fomento del libro y de la biblioteca, sobre la
base de principios uniformes de organización técnica y de la
necesidad de la formación profesional del bibliotecario. Debe-
mos reconocer, a pesar de todo, que actualmente se advierte
entre nosotros un saludable movimiento de inquietud y reno-
vación sobre la materia, promovido por algunas entidades de
iniciativa privada, entre ellas —es de justicia recordarlo— el
Comité Argentino de bibliotecarios de instituciones científicas
y técnicas y el Museo Social Argentino con su escuela anexa
de biblioteconomía.
Pero ello, indudablemente, no basta. La tarea más ur-
gente e inmediata debe tender a la creación de centros oficia-
les de estudios para formar un cuerpo homogéneo y discipli-
nado de técnicos de probada eficiencia —misioneros de una
nueva cruzada cultural— que afronten con entusiasmo el ár-
duo problema de la reorganización de nuestras bibliotecas pú-
blicas, de acuerdo a un plan metódico y racional.
Eso es lo que están haciendo hoy algunos países de Amé-
rica como Brasil, que cuenta para ello con un organismo mo-
delo, el Instituto Nacional do Livro, y otros como Cuba, Ve-
nezuela, Perú y Chile que envían becarios para perfeccionar
sus estudios en el extranjero y contratan técnicos para diri-
gir la reforma de sus bibliotecas más importantes.
En Estados Unidos —país que marcha a la vanguardia
en materia bibliotecaria— existen, desde 1887 en que se fun-
dó por iniciativa del célebre Mélvil Déwey la primera escue-
la, más de cuarenta institutos superiores especializados y al-
gunas universidades, como las de Chicago y Columbia en Nue-
va York, han instituido recientemente el título de doctor eu
bibliotecología.
" L a perocupación oficial y particular ha ido tan lejos
—dice Ernesto G. Gietz, de regreso de un reciente viaje a esa
nación— que desde la escuela primaria a las aulas de la uni-
versidad, reciben los jóvenes las nociones fundamentales de

'160
esta ciencia, así como los consejos indispensables para utili-
zar eficazmente las bibliotecas y sus elementos". Es, precisa-
mente, lo que falta entre nosotros.
En efecto, como bien se sabe, la educación no consiste
tanto en poseer conocimientos, como en saber dónde y de qué
modo obtenerlos. De ahí la importancia fundamental de toda
actividad dirigida a familiarizar al alumno con las fuentes de
información, uso de ficheros, consulta de catálogos, manejo
de repertorios bibliográficos, esto es de todo el instrumental
erudito y documental que habrá de necesitar para sus estu-
dios e investigaciones futuras.
No debemos olvidar que " l a función del maestro se en-
riquece —dice Ernesto Nelson, en su conocida obra— si es
capaz de lograr que sus discípulos aprendan el arte de ser-
virse del libro."
Los educadores de la gran república del norte han com-
prendido bien el hondo significado de esta verdad elemental
y para darle efectiva realización han creado, además de las
escuelas superiores especializadas, cursos de biblioteconomía
en las escuelas normales para maestros. En estos cursos —de
carácter más cultural que técnico— los alumnos reciben no-
ciones elementales sobre organización y administración de bi-
bliotecas, instrucciones para fichado y catalografía de libros
y elementos de bibliografía crítica sobre las asignaturas de in-
terés profesional.
En nuestro país nada se ha hecho en este orden de ideas
y los múltiples proyectos de reforma de planes de enseñanza
media que se han sucedido en los últimos años han descuida-
do esta cuestión interesante y fundamental. Es oportuno re-
cordar, sin embargo, dos iniciativas privadas que se vinculan
a este punto.
En 1916 el Congreso Internacional Americano de biblio-
grafía e historia reunido en Buenos Aires, formuló una su-
gestión atinada que se tradujo en este triple voto:
" a ) Que las autoridades de la instrucción pública en los
países americanos establezcan cursos de bibliología que ense-

'161
ñen el estudio del libro como ciencia (análisis de las obras, crí-
tica, clasificación, etc.); como industria (impresión, encua-
demación, etc.); como elemento de biblioteca (ordenación, no-
menclatura, distribución, conservación, etc.); como intercam-
bio intelectual entre las diversas regiones de un Estado o en-
tre Estados diversos (canje, traducciones, etc.);
b) Que deben agregarse a los planes de estudio de las es-
cuelas de maestros y profesores, la biblioteconomía como asig-
natura, de modo que los egresados, los educadores de mañana,
sean personas aptas para organizar y dirigir bibliotecas;
c) Que en las escuelas se instruya a los niños sobre la
mejor manera de usar los libros y conservarlos".
En 1938 el diputado socialista Angel M. Giménez pre-
sentó a la Cámara de que formaba parte, un proyecto de ley
completo y bien inspirado por el que se creaba, en reemplazo
de la actual Comisión Protectora, una Dirección Nacional de
Bibliotecas Públicas, con más atribuciones y recursos. Se es-
tablecía, además, para formar un personal técnico competen-
te, la carrera oficial de bibliotecario. Para ello las distintas
Universidades del país crearían escuelas de bibliotecarios de
primera clase y sus egresados tendrían derecho de ocupar
puestos en las bibliotecas del estado, institutos de enseñanza
superior y altas reparticiones técnicas. El Ministerio de Ins-
trucción Pública, por su parte, expediría títulos profesionales
de bibliotecarios de segunda clase para desempeñar cargos en
las bibliotecas populares creando, a tales efectos, cursos teó-
rico-prácticos de biblioteconomía en las escuelas normales e
institutos del profesorado.
Hasta la fecha ninguna de estas dos plausibles iniciati-
vas ha encontrado eco en los hombres que tienen la respon-
sabilidad del gobierno de la enseñanza pública.
Convendría, pues, meditar sobre ellas y recoger la lección
de la experiencia propia y ajena para hacer algo útil en es-
te sentido. Concretando, diríamos que la biblioteca es un ins-
trumento de cultura y un factor de educación indispensable
en el proceso formativo del alumno. Siendo ello así, como evi-

'162
dentemente lo es, debe establecerse un régimen de cooperación
entre la misma y el aula, de tal manera que la enseñanza di-
recta a cargo del profesor se complemente con la tarea de
aprendizaje técnico que debe realizar el estudiante para el
mejor aprovechamiento de los recursos bibliográficos.
Para lograr eficientemente todo ello es necesario: l 9 ) re-
organizar las bibliotecas de los establecimientos de enseñanza
media, equipararlas con muebles y útiles adecuados y dotarlas
de material bibliográfico —textos y obras de consulta— rigu-
rosamente seleccionado; 2?) crear en todas las bibliotecas de
los institutos oficiales de enseñanza media —especialmente en
los del magisterio— una sección escolar y otra infantil para
que el niño se habitúe desde un principio en el manejo del
libro y adquiera el gusto de la lectura; 3°) incorporar a los
planes de estudio de las escuelas normales, la enseñanza de la
biblioteconomía que se impartirá en un curso anual teórico-
práctico de cuatro horas semanales. Los profesores de dicha
materia, que deberán ser, desde luego, técnicos diplomados en
la especialidad, tendrán a su cargo, además, la dirección de la
biblioteca del respectivo establecimiento.
El Ministerio de Instrucción Pública podría organizar,
también, en la Capital y grandes centros, cursos de vacaciones,
breves e intensivos, como, por ejemplo, los llamados cursos de
verano de la Universidad de Chile, (*) para maestros del inte-
rior.
De esta manera se contribuiría a mejorar, en algo por lo
menos, la organización de nuestras bibliotecas públicas y a
dignificar la carrera profesional del bibliotecario.

DOMINGO BUONOCORE

( ' ) La Escuela de Verano de la Universidad de Chile dicta cursos


anuales de biblioteconomía divididos en dos asignaturas: "Organización
y administración de biblioteras", a cargo de la señorita Magda Arce,
egresada de la Escuela de Bibliotecarios de la Universidad de Columbia
en Nueva York, y ' ' Catalogación y Clasificación'' a cargo del señor
Héctor Fuenzalida, director de la biblioteca Central de la Universidad
de Santiago, quien ha realizado también estudios especiales sobre la
materia en Estados Unidos.

'163
PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE LA
BIBLIOTECONOMIA

A pesar de sus antecedentes antiguos, la biblioteconomía


es una ciencia moderna como su nombre, y se desarrolla en
períodos de unos cincuenta años. Algunos bibliógrafos dicen
que el' ' Philobiblon " , del célebre humanista inglés Richard
de Bury, publicado hacia 1345, es el primer tratado de biblio-
teconomía que se conoce porque en un capítulo trata de las
condiciones en que deben ser prestados los libros a domicilio.
Giuseppe Fumagalli menciona algunos folletos sobre asuntos
bibliotecarios que fueron escritos en Italia durante el Renaci-
miento y después. En 1627 se publicó en París el libro titulado
"Advis pour dresser une bibliothèque", de Gabriel Naudé, que
tiene un gran valor histórico según parece. Pero los primeros
tratados o manuales de biblioteconomía de verdad aparecieron
en Alemania, Dinamarca, Bélgica y Francia a principios del
siglo X I X . Los libreros alemanes y franceses que concurrían
a la feria de Francfort del Meno empezaron a resolver el pro-
blema de la clasificación bibliográfica en la segunda mitad
del siglo X V I , y en 1810 el librero de París Jacobo Carlos
Brunet tuvo un gran éxito con su famosa clasificación de ma-
terias que dió a conocer en el catálogo titulado "Manuel du
libraire et de l'amateur de livres", pues fué adoptada en
seguida en la organización de grandes bibliotecas de Europa
y América. Brunet con su catálogo para la venta de libros y
el bibliotecario L. A. Constantin con su manual "Bibliothé-

'165
conomie", publicado en París en 1839 y traducido luego al
alemán y al español, hicieron escuela y dominaron en el mun-
do bibliotecario durante medio siglo.
En 1856 el bibliotecario alemán Julius Petzholdt publicó
en Leipzig su "Katechismus der Bibliothekenlehre", que
alcanzó tres ediciones y luego fué modernizado y aumentado
dos veces por Arnim Graesel, en 1890 con el título "Grund-
züge der Bibliothekslehre" y en 1902 con el título "Handbuch
der Bibliothekslehre", y traducido al italiano, al francés
y al español. Durante la segunda mitad del siglo X I X los
bibliotecarios estudiosos de Europa y América fueron discípu-
los de los citados autores alemanes.
En 1876 el bibliotecario norteamericano Melvil Dewey
modificó una clasificación bibliográfica de N. Shurtleff y la
publicó en el folleto titulado " A classification and subject
index for cataloging and arranging the books and pamphlets
of a library" que apareció en Amherst (Massachusetts). Esa
clasificación bibliográfica triunfó en el Primer Congreso In-
ternacional de Bibliografía reunido en Bruselas en 1895, y
gracias a una constante propaganda que ha fanatizado a mu-
chos logró que fuera empleada en la organización de nume-
rosas bibliotecas de los Estados Unidos y de algunas de los
demás países de América y de Europa que estaban organizadas
por el viejo sistema de Brunet. En la práctica se ha visto el
fracaso de la clasificación decimal, modificada y extendida
por el Instituto Internacional de Bibliografía de Bruselas en
varias ediciones, pero como el caudal de libros de esas biblio-
tecas ha aumentado mucho y no es posible reorganizarlas sin
cerrar sus puertas durante largo tiempo y sin gastar mucho
dinero, continúan atadas a esa vieja clasificación bibliográfi-
ca que cada vez se vuelve más enredada y deficiente.
Al mismo tiempo que Dewey enseñaba a organizar bi-
bliotecas por el sistema decimal, otro bibliotecario norteameri-
cano, Charles Ammi Cutter, enseñaba en su libro "Rules for
a dictionary catalog" a hacer el catálogodiccionario con sub-
ject headings y miles de reenvíos que complican demasiado la

'166
confección de los ficheros. Las enseñanzas de las monografías
de Dewey y Cutter están dominando desde hace cerca de me-
dio siglo en muchas bibliotecas de los Estados Unidos y en
algunas de la América latina y de Europa a consecuencia de
la tenaz y costosa propaganda que les hacen ciertas institu-
ciones de Wàshington, Chicago y Nueva York. Pero no es po-
sible dejar que se fosilice la biblioteconomia, y como en este
siglo los bibliotecarios norteamericanos no han creado una cla-
sificación bibliográfica que reemplace con ventajas al viejo
sistema decimal y a las igualmente viejas clasificaciones bi-
bliográficas de James Duff Brown y de la biblioteca del Con-
greso de Wàshington ( x ) , es fácil prever que la bibliotecono-
mia norteamericana será reemplazada en breve por otra más
moderna, así como la biblioteconomia francesa fué reempla-
zada por la alemana, y la alemana por la norteamericana des-
pués de haber dominado alrededor de medio siglo cada una.
¿Y cuál país dominará mañana en el mundo bibliotecario?
Todos los que se ocupan de asuntos bibliotecarios saben que
después de los Estados Unidos, la Argentina es el único país
del mundo que ha creado un sistema bibliotecario moderno, el
más moderno, puesto que está todavía en gestación. Por lo
tanto puede asegurarse desde ya que la biblioteconomia ar-
gentina dominará en América y en Europa en la segunda mi-
tad del siglo X X si hay recursos para convertirla en realidad
y ejemplo del mundo y para hacerle una propaganda eficiente.

ALFREDO CÒNSOLE

(') Henry Evelyn BHSB, en su libro A system of bibliographic


classification. New York, 1936, presenta una nueva clasificación de las
ciencias y no una clasificación bibliográfica como indica el título. Pierce
Butler llama filósofo a Bliss y no bibliógrafo.

'167
TRADICION BIBLIOTECARIA

El respeto de la tradición así como el espíritu de conti-


nuidad y la modestia personal, son requisitos indispensables
para desempeñarse con eficacia en la profesión de biblioteca-
rio.
Las grandes colecciones de libros, no son, por lo general
obra de un hombre, sino de generaciones y frecuentemente de
siglos, cada uno de los cuales va aportando su contribución.
Si a cada cambio de bibliotecario se quisieran introducir téc-
nicas totalmente nuevas, el desorden sería pronto espantoso.
Reorganizar una biblioteca de unos 100.000 volúmenes es tarea
que hace reflexionar. ¿Qué decir entonces de aquéllas que lle-
gan al medio millón, como nuestra Nacional o la de la Facul-
tad de Derecho de Buenos Aires o que superan los tres o cua-
tro millones como las de París, Londres, Berlín o Wàshington?.
Un simple cálculo nos dará cabal idea del problema. Sea la
tarea de fichar de nuevo una colección de 100.000 obras. Cada
obra lleva, en promedio, cinco fichas (autor, título, topográfi-
ca y dos por materia). Se requiere, pues, la confección de
500.000 fichas. Ahora bien; un empleado corriente hace unas
cincuenta fichas por día, es decir, que rehacer el fichado de
nuestra biblioteca insumirá, aproximadamente tres años y me-
dio de trabajo a diez empleados. Sin contar que durante ese
lapso de tiempo las colecciones siguen acrecentándose con nue-
vos volúmenes y que disponer de diez empleados-fichadores
está fuera del alcance de las bibliotecas corrientes.

167
Por otra parte, en el arte de organizar bibliotecas no exis-
ten leyes absolutas, racionalmente impuestas, sino simplemen-
te reglas prácticas, fruto de larga experiencia y cuyo princi-
pal interés consiste en fijar un punto de vista y asegurar la
continuidad de criterio. La adopción de reglas uniformes ha
sido llevado a un alto grado en los Estados Unidos y leemos en
un libro reciente sobre su organización bibliotecaria: " E l ras-
go más notable de estos procesos técnicos es su uniformidad.
Un ayudante que deja una biblioteca para trabajar en otra
está ya familiarizado con la técnica general de ambas, aunque
existan pequeñas diferencias en los detalles prácticos. Todas
las bibliotecas conservan la mayoría de sus datos en formas de
fichas o tarjetas. Todas tienen catálogos que sirven de guía a
la colección de libros. Cada tarjeta identifica una de las varias
maneras que un libro puede estar catalogado. Una da su autor,
otra su título, una tercera, y en varios casos muchas, explican
el tema o temas de que trata el libro... Los materiales para
uso en las bibliotecas son también de fabricación uniforme,
para lograr mayor eficacia y más economía. Algunas biblio-
tecas muy grandes tienen máquinas para imprimir fichas de
catálogo o de pedidos, para encuadernar o reparar los libros
deteriorados etc., pero la mayoría compran el material que
necesitan de casas que se especializan en fabricar equipos uni-
formes. Los materiales para encuademación y reparación de
libros también pueden comprarse en estas mismas casas y el
visitante a las bibliotecas de Estados Unidos queda sorpren-
dido al ver muebles y equipos exactamente iguales de un ex-
tremo a otro del país" (*).

Tal resultado se ha obtenido por la formación profesional


de los bibliotecarios realizada en escuelas especiales y por la
abundante literatura que sobre el tema se ha desarrollado en
Norteamérica.

( ' ) MARIAN S. CAKNOVSKY: Introducción a la práctica bibliotecaria


en los Estados Unidos. (American Library Asaociation). Chicago, 1941,
pp. 100-101.

'170
En Europa, la existencia de establecimientos de enseñan-
za, tal 1 'École des Chartes, que ha formado generaciones de
bibliotecarios, así como la necesidad de practicar uno o más
años en una biblioteca de Estado para obtener el título, y la
existencia misma de estas grandes instituciones, ha creado una
fuerte tradición bibliotecaria, que si bien acarrea algunos in-
convenientes cuando llega a transformarse en rutina, ofrece,
por otra parte, innegables ventajas.
En la Argentina no hay cursos de bibliotecarios, salvo los
recientemente organizados por el Museo Social. Tampoco exis-
te, hablando con exactitud, la carrera bibliotecaria y la mayo-
ría de los nuestros — entre los cuales hay algunos excelentes—
son autodidactas.
Los inconvenientes que trae esta situación saltan a la vis-
ta. No hablamos de la persona designada para un cargo para
el que no está capacitada y en el cual se desempeña mal. No
es aquí el lugar de ocuparnos de esta cuestión, pero aun en el
caso de quienes se interesan por su profesión, la falta de estu-
dios regularmente cursados suele acarrear serios inconvenien-
tes. Este bibliotecario, sí es algo presuntuoso, se siente tentado
de rehacer " a b ovo", de reorganizar, según el vocablo de mo-
da, las colecciones cuya custodia y ordenación le fuera con-
fiada. Olvida las sabias palabras que Graesel escribiera en un
libro que desconoce o desdeña:
" E n el interés mismo del establecimiento cuya dirección
se le confía, el bibliotecario que asume el cargo, no debe tener
la pretensión de querer siempre imponer su modo de ver y de
rehacer todo nuevamente, dejando de lado, intencionalmente,
el sistema aplicado hasta entonces. Procediendo así, arriesga-
ría, por amor propio mal entendido, el retrasar indefinida-
mente la organización de la biblioteca. Desgraciadamente su-
cede muy a menudo que el bibliotecario no sabe apreciar en
su justo valor los trabajos realizados por sus predecesores; los
condena como insuficientes, concebidos sin reflexión y efec-
tuado sin método, cuando un examen más atento le permitiría
reconocer que son el fruto de un pensamiento experimentado

'171
y serio y que han plenamente alcanzado la finalidad para la
cual fueron emprendidos. Por consiguiente, un bibliotecario
debe evitar el declarar: que el sistema seguido hasta su llega-
da es sin valor, pasado de moda, bueno para ser puesto de lado,
sin haberlo estudiado antes en todas sus partes y sin haber
ensayado familiarizarse con él, aplicándolo. A veces es posible
mejorar los antiguos catálogos, hasta hacerlos, por así decir,
perfectos, lo que economiza gran parte del tiempo y del dinero
que una refacción completa habría insumido. Esos antiguos
catálogos tienen, además, y en razón misma de los largos ser-
vicios que han prestado, la gran ventaja de estar casi total-
mente purgados de errores, mientras que los nuevos, pese al
cuidado y a la atención que se pone al confeccionarlos, son
siempre inexactos y exigen, para ser llevados al mismo punto
de perfección, una serie de mejoras que únicamente pueden
ser obra del tiempo" ( 2 ) .
En su afan de reformas e ignorando lo ya hecho, nues-
tro bibliotecario emprende luego la ímproba tarea de resolver
nuevamente problemas ya resueltos o cuya solución es imposi-
ble, malgasta fuerzas, paciencia, dedicación y el resultado ob-
tenido es deficiente.
Por último, y esto no es menos grave, el individuo llega
a ensobecerse y en vez de la simpática figura de un SIL-
VESTRE BONNARD, surge la del pére SARIETTE, inventor de una
clasificación bibliográfica tan perfecta, que únicamente él po-
día entenderla!...
El través adquiere entonces las proporciones de un ver-
dadero caso clínico. El enfermo, poseído de excitación maniá-
tica y de una especie de delirio de persecución, quiere refor-
marlo todo, rehacerlo todo, crear la ciencia biblioteconómica,
considerando que ella, hasta su llegada, no hizo sino divagar
y no vacila en creerse el único bibliotecario verdadero del país:

( A ) ARNIM GRAESEL: Manuel du Bibliothécaire. Traduction de Jules


Laude. París, 1897, pp. 211-213. Pasaje citado por MANUEL SELVA:
Manual de Bibliotecnia. Buenos Aires, 1939, pp. 239-240.

'172
" O n a beau refuter ses vains raisonnements,
Son esprit se compláit dans ses faux jugements;
Et sa faible raison de clarté dépourvue,
Pense que rien n'échappe á sa débile v u e " ( 3 )

En estos casos de orgullo profesional agudo, sólo el neu-


rólogo puede intervenir eficazmente, pero para evitar tales
extremos, creemos existen dos remedios:
Primeramente la carrera de bibliotecario debería ser una
realidad, merced a la creación de cursos oficiales y la forma-
ción de agrupaciones profesionales ( 4 ) . Gracias a ello iríamos
formando poco a poco una escuela bibliotecaria argentina que,
ante problemas similares, adoptase soluciones semejantes. Esto
reportaría, además, mayor facilidad y economía en el trabajo
y el público se hallaría menos desorientado al pasar de una
biblioteca a otra.
Por su parte, y he aquí quizás lo más importante, el bi-
bliotecario, cualquiera sea el modo como se ha formado, debe
esforzarse en desconfiar del hallazgo de soluciones personalí-
simas cuya aparente novedad atrae al incauto. Por el contra-
rio debe recordar que desde hace siglos existen los bibliólogos y
que no es razonable pensar que toda la obra de estos haya si-
do vana e inútil. Es entonces indispensable leer y respetar las
obras de los maestros para acrecentar nuestro saber con el co-
nocimiento de las experiencias pasadas ( 5 ) .
En estas obras hallamos a menudo las razones por las cua-
les no se debe adoptar una solución aparentemente convenien-
te. Del estudio de los clásicos de la bibliografía puede surgir
más de una feliz sugestión y su lectura nos da la libertad de

(3) BOILEAU: Art Poétique, Chant IV, vers. 65-68.


(4) Se ha formado recientemente en la Capital Federal una "Asocia-
ción Cultural de Bibliotécnicos " .
(!) Si cada bibliotecario quiere dejar de lado los resultados adquiri-
dos y comenzar todo de nuevo, comete una incongruencia con su misma
profesión, pues ¿para qué conservar libros si no ha de utilizarse la ex-
periencia acumulada que ellos representan?

'173
espíritu necesaria para corregirnos, es decir, para poder rea-
lizar un trabajo eficaz.
Y cuando vemos que uno de los grandes bibliólogos del
pasado cometió un error, error, que frecuentemente es el mis-
mo en que nosotros íbamos a incurrir, la constatación del yerro,
en vez de hacernos desdeñar a su autor, debe ponernos en
guardia contra la dulce tentación de creernos infalibles.
A propósito de la magna empresa de terminar los catá-
logos de las colecciones de impresos de la Biblioteca Nacional
de París, Julien Cain ( 6 ) ha demostrado los inconvenientes
acarreados por la falta de continuidad en los trabajos y por
no tenerse en cuenta la experiencia de los predecesores que
hubiera permitido sortear las dificultades que ellos habían
indicado, y el artículo concluye con estas palabras dignas de
meditarse: "Recordar esas experiencias y esas controversias,
citar esos ejemplos y esos textos no me ha parecido tarea inú-
til. La conclusión que se desprende es que en una institución
que aparece como un vasto organismo todos los problemas están
ligados entre sí. A través de la minuciosidad de los detalles,
a lo largo de la exposición de tantos trabajos realizados por
hombres cuya memoria debemos honrar, aparece más clara-
mente la continuidad de una institución".
No se argumente aquí que el respeto hacia los maestros
traba nuestra actividad, limita nuestras iniciativas y que pre-
conizamos una vuelta al estéril principio de autoridad, tan
funesto para la ciencia. Lo que sostenemos es otra cosa. No
debemos adoptar ciegamente las soluciones e ideas de nuestros
antecesores, pero debemos conocer lo que han producido para
beneficiarnos con sus enseñanzas y aprovechar los resultados
obtenidos a fin de continuar la obra emprendida, corrigiéndola
cuando tengamos sólidas razones para ello, pero sin apasionar-
nos por lo novedoso por el mero hecho de ser novedoso. Claude
Bernard, renovador de la ciencia médica, es decir de una de

(•) JULIEN CAÍN: A la Bibliothèque Nationale. Autour du catalogue,


en "Revue des Deux Mondes", Paris, 15 de marzo de 1936, pp. 440-457.

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las disciplinas en las cuales los progresos son más veloces y
en que las técnicas envejecen más rápidamente, ha escrito sin
embargo unas páginas luminosas para poner de relieve la dife-
rencia que hay entre el ciego acatamiento a las ideas de los
predecesores y el respecto que deben merecernos las figuras
de los grandes investigadores del pasado y concluye: " L o s
grandes hombres han sido comparados a gigantes sobre cuyas
espaldas han trepado pigmeos que no obstante ven más lejos
que ellos. Esto quiere decir sencillamente que la ciencia realiza
progresos después de esos grandes hombres y precisamente a
causa de su influencia, de donde resulta que sus sucesores ten-
drán conocimientos científicos adquiridos más numerosos que
lo que aquellos grandes hombres poseían en su tiempo, pero
el gran hombre es siempre el gran hombre, es decir el gigan-
te". ( 7 ) .
Puedan estas palabras servirnos de lección de modestia
y moderación.

J. FRÉDÉRIC FINÓ

(') CLAUDE BERNARD: Introduction à l'Étude de la Médecine Expé-


rimentale. 12e éd., Paris, 1924. II, $ IV, pp. 73-74.

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