El Segundo Pecado
El Segundo Pecado
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Thomas Szasz
El segundo pecado
Reflexiones de un iconoclasta
ePub r1.1
Titivillus 26.05.15
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Título original: The Second Sin
Thomas Szasz, 1973
Traducción: Jordi Beltrán
Retoque de portada: libra
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A mi madre
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Campo de Agramante
Las autoridades de la Universidad de Yale definieron la «libertad sin trabas» como
«el derecho a pensar lo impensable, a discutir lo indiscutible y a desafiar lo
indesafiable».
La idea es cautivante.
Hasta ahora muchos de nosotros hemos vivido prisioneros de mitologías y
estereotipos que nos impedían pensar desprejuiciadamente. Para cada problema
teníamos una solución prefabricada, dictada por algún esquema sectario, y sobre
quienes opinaban que no se debía pasar la realidad por el filtro mutilador del dogma,
recaía una descalificación fulminante.
El resultado es una esclerosis aguda del espíritu crítico: el mundo nos machaca,
día tras día, con novedades desquiciantes, y no atinamos a reaccionar eficazmente
porque hemos perdido la costumbre de razonar sin muletas y porque tenemos miedo
de abrazar causas impopulares. Si no aprendemos a flexionar, metafóricamente, los
músculos del cerebro, nuestra civilización no tardará en quedar arrumbada en el
desván de la historia como muchas otras, no menos deslumbrantes, que la
precedieron.
Sobre este tema me explayé en un artículo periodístico en el que confesaba,
precisamente, cuáles eran mis perplejidades más acuciantes, relacionadas, faltaría
más, con esta época plegada de fundamentalismos y chauvinismos, de demagogias y
populismos, de apelaciones cotidianas a los sentimientos más primitivos e
irracionales del ser humano.
«Campo de Agramante» es el fruto de aquel balance de perplejidades. Como su
nombre indica, no se trata de una colección aglutinada en torno a una cosmovisión
monolítica, sino, más bien, de un esfuerzo editorial encaminado a estimular el placer
de la controversia, la costumbre de valorar opiniones heterodoxas, la apertura mental
indispensable para tomar en consideración puntos de vista antagónicos. Lo cual
tampoco implica neutralidad, ni mucho menos indiferencia.
Está claro que un proyecto de esta naturaleza sólo puede materializarse en una
sociedad laica y pluralista como la nuestra, y por tanto, aunque dejemos la puerta
abierta al debate y a la expresión de teorías con las que discrepamos, nos ponemos en
guardia contra el empleo de las nociones de religión, nacionalidad o ideología como
categorías excluyentes, discriminatorias, apuntadas por legislaciones coercitivas. En
lo político, en lo moral, en lo filosófico, daremos preferencia a quienes los guardianes
de las verdades absolutas consideran herejes, contestatarios o cosmopolitas. A
quienes toman partido por el humanismo y el racionalismo. A quienes no verían
publicadas sus obras bajo dictaduras de izquierda o de derecha, ni bajo regímenes
teocráticos en integristas.
El campo de Agramante que nos legó la literatura era un lugar donde la confusión
impedía entenderse. En su nueva versión editorial lo imaginamos poblado de
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discrepancias clamorosas, pero al mismo tiempo fecundas y estimulantes, que hagan
realidad «el derecho a pensar lo impensable, a discutir lo indiscutible y a desafiar lo
indesafiable». Para ser auténticamente libres.
EDUARDO GOLIGORSKY
Director de colección
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Thomas Szasz, incómodo y necesario
El individualismo democrático instaurado políticamente por los revolucionarios del
siglo XVIII y culturalmente por los románticos del XIX puso el examen de la
subjetividad a la orden del día. La pasión por escudriñar los ideales y manías propias
—la forma de ser intransferible de cada cual— estuvo antes reservada a pioneros
excepcionales de la intimidad personal: Agustín de Hipona, Montaigne, Rousseau…
Poco a poco se ha ido convirtiendo en un anhelo de la mayoría, para desembocar
finalmente en lo obsesivo… Los disecadores de espíritus y los forenses de almas han
conocido el mayor éxito ideológico de la modernidad. Hay entre ellos taxidermistas,
chamanes, comisarios, verdugos y hasta poetas: de vez en cuando, aparece un
auténtico hereje, iconoclasta y burlón. El doctor Thomas Szasz es uno de ellos
miembro destacado de tan sospechosa relea libertaria.
Admirador de Karl Kraus, con quien comparte la mordacidad aforística y la
insumisión a los tópicos, Thomas Szasz nació en Hungría en 1920 y se traslado a
Estados Unidos al cumplir los dieciocho años. Estudió medicina y psiquiatría,
doctorándose con una brillante tesis sobre el dolor y el placer, conocidos ya desde
Platón como los dos acicates básicos de toda conducta humana. Pero su polémica
entrada en la orden de los grandes inconformistas reflexivos de este siglo tuvo lugar
en 1961, cuando publicó El mito de la enfermedad mental, uno de los libros menos
prescindibles de los últimos cincuenta años. A partir de ese momento, la naciente
antipsiquiatría le tuvo por uno de sus mentores principales, a pesar de que Szasz
siempre se encargó de marcar sus distancias respecto a esa tendencia a menudo tan
ideológicamente dogmática como la institución que pretendía combatir.
A lo largo de más de veinte libros, Szasz se ha ocupado de los mitos del
psicoanálisis y de la psiquiatría, de las exigencias éticas de la relación médico-
paciente, de los abusos autoritarios de que ha llamado «el Estado terapéutico»
(persecución ritual de las drogas, internamiento clínico de pacientes contra su
voluntad, medicalización despótica del sexo o de las conductas socialmente
reprobables…). Su método consiste principalmente en denunciar los estereotipos
lingüísticos que someten la realidad de las diversas opciones humanas al control de
los poderes establecidos, según imitaciones políticas o científicas de la vieja
teocracia. Se ha dicho que todo poder viene de Dios; lo indudable es que todo tiende
a comportarse como si viniese de Dios…
En el mundo latino y germánico (¡por no mencionar a los eslavos!) estamos
acostumbrados a que los rebeldes y agitadores del pensamiento sean visionarios,
iluminados, místicos o profetas, muy imperfectamente secularizados y seguidos por
un público que los azuza a delirar antes de concederles patente de subversivos. Por el
contrario, Thomas Szasz pertenece a la estirpe de los iconoclastas pragmáticos, llenos
de sentido común y humor antitrágico: como H. L. Mencken, Bertrand Russell o
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Gregory Bateson. Su personal cruzada irónica no quiere conquistar el sepulcro vacío
de ninguna divinidad sino potenciar la vida de la especie más amenazada de nuestro
planeta: el individuo autónomo, libre frente a las instituciones y por tanto responsable
sin remilgo de sus actos. Un individuo que no quiere que nadie quiera por él, ni que
se le salve a la fuerza de sí mismo, ni que se le declare oficialmente peor de lo que es
porque se resiste a ser todo lo bueno que el Big Brother de turno pretende obligarle a
mostrarse. En una época en que la derecha se declara liberal (sólo en lo económico,
claro) pero no se sonroja al encabezar la caza de brujas contra las drogas, el aborto,
las conductas sexuales «desviadas» o las blasfemias contra los cultos establecidos…,
en un tiempo en el que muchos izquierdistas se han convertido al «liberalismo»
derechista ante todo en lo que éste tiene de represivo…, es muy aconsejable que
alguien sin miedo ni prejuicios como Thomas Szasz nos recuerde las posibilidades
revolucionariamente libertarias que encierra la plena asunción del proyecto liberal.
FERNANDO SAVATER
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Agradecimientos
George Szasz, mi hermano y maestro y crítico durante toda la vida, me ayudó a
escribir y reescribir el presente libro; Bill Whitehead, mi editor en Doubleday, me
ayudó a darle forma; y Margaret Bassett, mi secretaria, me ayudó a darlo a luz
protegiendo mi tiempo y mi intimidad y empleando su devoción, su energía y su
ingenio infalibles. A todos ellos les estoy profundamente agradecido.
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Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un sólido
lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que
han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua,
para que ninguno entienda el habla de su compañero… Por esto fue llamado
el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de toda la
tierra…
GÉNESIS, 11, 6-9.
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Prefacio
Todos sabemos cuál es el primer pecado o pecado «original»: «el conocimiento del
bien y del mal».
Pero no sabemos, o tendemos a olvidar, cuál es el segundo pecado: ¡hablar claro!
He aquí cómo lo describe la Biblia: «Tenía entonces toda la tierra una sola lengua
y unas mismas palabras. Y aconteció que cuando salieron de oriente, hallaron una
llanura en la tierra de Sinar, y se establecieron allí. Y se dirigieron unos a otros:
Vamos, hagamos ladrillo y cozámoslo con fuego. Y les sirvió el ladrillo en lugar de
piedra, y el asfalto en lugar de mezcla. Y dijeron: Vamos, edifiquemos una ciudad y
una torre, cuya cúspide llegue al cielo; y hagámonos un nombre, por si fuéremos
esparcidos sobre la faz de toda la tierra. Y descendió Jehová para ver la ciudad y la
torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es
uno, y todos estos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará
desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, confundamos
allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero. Así los esparció
Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad. Por
esto fue llamado el nombre de ella Babel, porque allí confundió Jehová el lenguaje de
toda la tierra…».
Esta narrativa alegórica —la parábola del segundo pecado— muestra una
percepción profundísima de la naturaleza del hombre y, de modo más particular, de la
naturaleza de la autoridad y de su dependencia de un monopolio, no solo de la
información, sino del lenguaje mismo: expresándose correctamente, el hombre es
capaz de alzarse hacia el cielo, con lo cual invade el territorio de Dios. Por este
motivo, Dios castiga al hombre una vez más, confundiendo su lengua.
Conocer y hacer el bien y el mal, pensar y hablar con claridad: he aquí las
afrentas fundamentales del hombre contra Dios, del niño contra el padre o la madre,
del ciudadano contra el Estado, Por esto se ordena al hombre que evite estos pecados;
y por esto, cuando los ha cometido —porque si es humano, forzosamente los
cometerá—, ha sido castigado por la Familia, la Iglesia, el Estado y, en nuestros días,
la Psiquiatría.
A mí me parece que los estudiosos del hombre y del lenguaje han olvidado de
forma asombrosa el segundo pecado del Hombre, el pecado de utilizar el lenguaje
como es debido, el segundo castigo de Dios, la Divina Confusión. Sin embargo, la
importancia y el carácter intemporal de la lección que esta parábola nos enseña son
sumamente obvios. Las autoridades siempre han tendido a honrar a quienes cierran la
mente del hombre confundiendo su lengua, así como a castigar a quienes la abren
mediante la utilización sencilla y apropiada del lenguaje. Al hacer esto, la autoridad
se ha puesto sucesivamente el manto de la Religión, del Estado, y, en nuestro tiempo,
de la Salud Mental o Psiquiatría. Pero no importa si la confusión y la estupefacción
son de inspiración divina, gubernamental o psiquiátrica; el resultado es el mismo: la
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paternalización de la autoridad y la infantilización de todo lo demás.
Es contra este proceso —un mal que la autoridad siempre define como bien— que
han luchado muchos de los grandes polemistas y satíricos de Occidente. Pascal y La
Rochefoucauld, Voltaire y Nietzsche, Bierce y Mencken son, pues, mis modelos.
Espero que resulte evidente al lector, y me apresuro a reconocerla, la deuda que tengo
contraída con ellos por inspirar la forma y estilo de los aforismos, definiciones y
máximas reunidos en el presente libro.
Muchos de ellos se refieren a ideas o practicas que en otro tiempo se
consideraban propias de la psiquiatría y psicología. No ocurre lo mismo con otras, a
no ser que se crea —como, al parecer, cree un número cada vez mayor de personas—
que todo lo que hace la gente es materia legítima para la inspección y el tratamiento
psiquiátricos. He procurado borrar esta idea y otras mitificaciones psiquiátricas y
ridiculizar las paparruchas de la psiquiatría que van desplazando progresivamente
nuestro sentido común y nuestro lenguaje corriente.
THOMAS S. SZASZ
Syracuse, Nueva York
1 de junio de 1972
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Introducción
El hombre es una animal que habla. Así pues, comprender el lenguaje es la clave para
comprender al hombre; y controlar el lenguaje, para controlar al hombre.
De aquí de los hombres no luchen sólo por cuestión de territorios, alimentos y
materias primas, sino que hoy en día quizá luchen principalmente por cuestión de
lenguaje. Porque controlar la Palabra es ser el Definidor: Dios, rey. Papa. Presidente,
legislador, científico, psiquiatra, loco… usted y yo. Dios lo define todo y a todos. El
líder totalitario aspira a una grandeza parecida. La persona normal y corriente define
algunos aspectos de sí misma y de unas cuantas otras personas. Pero incluso el
hombre más modesto y con menos poder define algo que nadie más puede definir:
sus propios sueños.
Y además, a todos nos definen: nuestros genes, que nos dan forma; nuestros
padres que nos dan nombre; nuestra sociedad, que nos clasifica; y así sucesivamente.
Desde hace mucho tiempo me parece que algunos de los problemas
fundamentales de la psiquiatría son en realidad muy sencillos: tienen por centro la
lucha en pos de definición entre, por un lado, el supuesto paciente mental y, por otro,
su familia, la sociedad y el psiquiatra. Cada uno de los que participan en esta lucha
habla un lenguaje diferente, cuyo contenido y consecuencias trata de imponer a su
adversario. Aunque a veces la pugna parece un debate, en realidad es una lucha
encarnizada por la supervivencia, y, al igual que todas las luchas, no la decide la
lógica, sino el poder.
Por ejemplo, el «paciente» afirma ser Jesús: el psiquiatra dice que no es Jesús,
sino un esquizofrénico. El lenguaje de la locura es, por tanto, una especie de jerga, y
el del psiquiatra, otra clase de jerga. Dicho de otro modo, algunas (aunque no todas,
por supuesto) de las personas a las que llaman locas abusan del lenguaje; y lo mismo
hacen muchas de las personas que las clasifican y tratan psiquiátricamente. El
resultad —ya sea la afirmación esquizofrénica llamada «síntoma» o la
contraafirmación psiquiátrica denominada «diagnóstico»— es lenguaje envilecido y
deshumanizado.
Aunque los lenguajes tienen «grandes reservas de vida», como señaló George
Steiner, no son inagotables: «… llega un punto de ruptura. Utilizad un lenguaje para
concebir, organizar y justificar Belsen; utilizadlo para redactar las especificaciones de
los hornos de gas; utilizadlo para deshumanizar al hombre durante doce años de
bestialidad calculada. Algo le ocurrirá… Una parte de las mentiras y del sadismo se
depositará en la médula del lenguaje»[1].
Lo que, a juicio de Steiner, le ocurrió a la lengua alemana bajo la influencia del
nazismo es aplicable, mutatis mutandis, pero con fuerza todavía mayor, a lo que le
ocurre al lenguaje corriente bajo la influencia de la psiquiatría. Utilizad el lenguaje
para concebir, organizar y justificar la Salpétriére, el Burgholzli y el St. Elizabeths
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Hospital; utilizadlo para las especificaciones de las cadenas y las camisas de fuerza,
el electrochoque y la lobotomía frontal; utilizadlo par deshumanizar al hombre
durante trescientos años de bestialidad calculada, y algo le sucederá… Una parte de
las mentiras y el sadismo se depositará en la médula del lenguaje.
El abuso que ha sufrido el lenguaje corriente en manos del loco y del médico ha
durado ya no doce años, como el régimen nazi, sino casi trescientos. Y su fin no se ve
en ninguna parte.
He mostrado en otro lugar[2] cómo a resultas de este proceso, ni el lenguaje del
paciente menta ni el del psiquiatra sirven para definir de forma apropiada la locura o
las reacciones que provoca en nosotros. Los dos lenguajes se ven envilecidos por la
fraudulencia sistemática, por el esfuerzo irresistible que hace el protagonista con el
fin de imponer al otro su propia imagen del mundo, y por la justificación de todos los
medios que se usen para alcanzar este fin.
Desde luego, hay algunos que, quizá porque creen que la opinión general es la
verdad, se niegan a poner en entredicho el lenguaje de la psiquiatría y ven en él una
clave para la cura de la enfermedad mental. Y hay otros que, tal vez porque creen que
el desamparado siempre tiene razón, envuelven el lenguaje de la locura con una capa
atractiva y romántica y lo consideran la clave para comprender debidamente el
dilema humano.
Sin embargo, para mí elegir entre estos dos lenguajes no es elegir. Una
comprensión digna y humanitaria del hombre, sus experiencias y conflictos, sus
virtudes y flaquezas, su santidad y su bestialidad, para todo esto es necesario rechazar
tanto el lenguaje del loco como el de los médicos de los locos y comprometerse de
nuevo con el empleo convencional, disciplinado y artístico del lenguaje del profano
culto.
Resumiendo, he optado por seguir el ejemplo de George Orwell. Orwell planteó
el problema —cuyas dimensiones médica y psiquiátrica son lo que me incumbe— de
la manera siguiente: «El gran enemigo del lenguaje es la sinceridad. Cuando hay un
abismo entre tus objetivos reales y tus objetivos declarados, recurres, como por
instinto, a las palabras largas y los modismos agotados, como una jibia lanzando
chorritos de tinta. En nuestra época es imposible “no meterse en política”. Todos los
asuntos son asuntos políticos, y la política misma es una masa de mentiras, evasiones,
insensatez, odio y esquizofrenia»[3].
Dado que el poder de todas las profesiones que sirven al público se apoya en gran
parte en la capacidad de sus leales miembros para confundir al público y, por ende,
dominarlo, no debería sorprendernos que no sólo los lenguajes de la medicina y la
psiquiatría, sino también los de la educación y el derecho, se compongan
principalmente de lo que Orwell llamó «frases hechas», cuya función es «anestesiar
el cerebro»[4].
El remedio que Orwell proponía para todo esto se enmarcaba en la tradición
cristiana que tiene esperanza y trabaja por aliviar los grandes males mediante
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pequeños cambios en el comportamiento del individuo. Orwell concluía diciendo que
«debería reconocerse que el actuar caos político está relacionado con la decadencia
del lenguaje y que probablemente puede efectuarse alguna mejora empezando por la
parte verbal. Si simplificas tu inglés, te liberas de las peores necedades de la
ortodoxia. No puedes hablar ninguno de los dialectos necesarios, y cuando haces un
comentario estúpido, su estupidez resultará obvia, incluso a ti mismo. El lenguaje
político… está pensado para hacer que las mentiras suenen como verdades y el
asesinato sea respetable, y para dar apariencia de solidez al puro viento. Todo esto no
puede cambiarse en un momento, pero al menos puedes cambiar tus propios
hábitos…»[5].
Efectivamente, puedes cambiarlos, pero sólo si estás dispuesto a llevar sobre tus
hombros la carga de culpabilidad en que incurriste al cometer, no sólo el primero,
sino también el segundo pecado.
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La infancia
La infancia es una sentencia de cárcel que dura veintiún años.
***
Para el niño control significa atención y amor; para el adulto desdén y represión.
En esto consisten el dilema y la tarea fundamentales de la sociedad: alentar a los
padres a querer y controlar a sus hijos, y a los políticos a respetar a sus
conciudadanos y a dejarles en paz (excepto cuando estos conciudadanos priven a
otros de su vida, su libertad, o sus propiedades).
Las sociedades modernas han recorrido gran parte del camino que lleva a la
inversión de este proceso: alientan a los padres a fingir que respetan a sus hijos y de
esta manera justifican su incapacidad para controlarlos; y a los políticos a fingir amor
por sus conciudadanos y así justifican sus esfuerzos por ejercer un control ilimitado
sobre ellos.
***
La permisividad es el principio consistente en tratar a los niños como si fueran
adultos; y la táctica para asegurarse de que nunca lleguen a esa etapa.
***
Si a un niño se le trata bien, puede que al hacerse mayor espere obtener algo sin
dar nada a cambio; si se le trata mal, quizá esperará que le hagan dar algo sin recibir
nada por ello. Navegar sin peligro entre la Escila de la «psicopatía» y el Caribdis del
«masoquismo» es la tarea difícil, primero del padre y luego del propio niño en
proceso de desarrollo.
***
Un niño se hace adulto cuando se da cuenta de que tiene derecho, no sólo a tener
razón, sino también a estar en un error.
***
En Estados Unidos existe hoy una tendencia general a tratar a los niños como a
adultos y a los adultos como a niños. Hablamos de infantilizar a los adultos, y
hablamos de infantilismo a su comportamiento pueril. Deberíamos reconocer el
equivalente de esta pauta: hacer que los niños se comporten de manera adulta, lo cual
da por resultado el «adultismo». Las opciones de los niños se amplían
ininterrumpidamente mientras que las de los adultos van reduciéndose
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progresivamente.
En pocas palabras, cada vez son menos las personas a las que tratamos como son
en realidad. Protegiendo supuestamente a los niños de los males del autoritarismo, y a
los adultos de los males de la competencia, definimos y mantenemos el control sobre
ellos al mismo tiempo que afirmamos que les estamos ayudando.
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La familia
En la familia moderna los problemas psicológicos de sus miembros no son el
complejo de Edipo y el de Electra, sino, más a menudo, la competencia por los
cuidados, la atención y la libertad. Por ejemplo, en una familia con niños pequeños es
frecuente que el padre y los niños se disputen a la madre y que ésta tenga que
proteger a los niños de los esfuerzos que hace el padre por privarlos del afecto
materno; mientras que en una familia con niños que están al borde de la madurez a
menudo la madre y los niños se disputan al padre y puede que éste tenga que proteger
a los niños de los esfuerzos de la madre por infantilizarlos.
***
Una madre (o un padre) dice: «Quise darles a mis hijos lo que yo misma no tuve
de niña». El resultado final es que se agota por culpa del esfuerzo, llega a tenerle
envidia a su propio hijo y acaba retirándose dándole al niño todavía menos de lo que
sus padres le dieron a ella.
Moraleja: considérate afortunada si cuidas tus hijos como tus padres te cuidaron a
ti. Incluso puede que lo hagas un poco mejor, siempre y cuando no apuntes
demasiado alto.
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El matrimonio
El matrimonio es un don que el hombre concede a la mujer que nunca le perdona
por ello.
***
El certificado de matrimonio es una prueba de normalidad heterosexual. Muchos
jóvenes lo necesitan para convencerse a sí mismos y a otros de que son normales.
***
El símbolo más poderoso que existe hoy de la «venta» de mujeres, e incluso más
del «venderse» por parte de éstas, no es la prostitución, ni la «Playmate del mes», ni
ninguna de las numerosas discriminaciones de que se quejan las mujeres; en vez de
ello, creo que es la sección nupcial de la prensa del domingo. Esta institución
periodística confirma y legitima el hecho de que, del mismo modo que la forma
apropiada de definir a un niño es la asociación con su familia de origen, también el
medio que utiliza una mujer joven para definirse apropiadamente es la asociación con
el que va a ser su esposo.
***
Los psiquiatras inventan teorías complicadas para explicar por qué las personas se
casan y se divorcian. Pero el significado de estos actos es bastante claro de por sí. Lo
que requiere una explicación es por qué los individuos permanecen casados.
***
El matrimonio es un contrato que obliga jurídicamente, pero de las partes
contrayentes se espera que lo firmen sin ayuda jurídica, a la vez que la ley les prohíbe
disolverlo sin dicha ayuda.
***
El matrimonio moderno es tan difícil porque no es un una relación
verdaderamente contractual ni una verdadera relación jerárquica. Debido a ello,
ninguno de los cónyuges sabe exactamente lo que el otro espera de él, y es muy
frecuente que ambos se sientan sometidos a los caprichos del otro. Resumiendo, en el
matrimonio contemporáneo a menudo se combinan las limitaciones del contrato y los
caprichos de la jerarquía.
***
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Si los hombres y las mujeres que van a casarse fueran realmente iguales, ¿por qué
se casarían? En vez de un contrato formal, un acuerdo libre serviría igual de bien.
Pero, dado que no son iguales, el matrimonio sirve ahora para que la novia engañe al
novio y viceversa: cada uno de ellos piensa que sacará la mejor parte del trato. Con
frecuencia cada uno de ellos llega a la conclusión de que ha sacado la peor. Así pues,
empleando el lenguaje de la teoría de los juegos el matrimonio contemporáneo suele
ser un juego con dos jugadores y ambos pueden perder y con frecuencia pierden
simultáneamente.
Sin embargo, cabe que el matrimonio moderno sea una etapa de transición entre,
por un lado, el concierto de antaño, que se basaba en la dominación y la
subordinación y era un claro juego de suma cero, en el cual normalmente el hombre
ganaba lo que perdía la mujer, y, por el otro, la igualdad jurídica, la cual no sería un
claro juego de suma cero y cada parte ganaría algo como resultado de la cooperación
entre los dos.
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El amor
A menudo hablamos del amor cuando en realidad deberíamos hablar del impulso
de dominar o subyugar, con lo cual pretendemos confirmamos a nosotros mismos
como agentes activos, en posesión del control de nuestro propio destino y
merecedores del respeto de los demás.
***
El amor es admiración o temor reverencial; compasión o lástima. Podríamos
hablar, pues, de esa tragedia humana que es la improbabilidad entre iguales. Pero
quizá la tragedia esté en otra parte, a saber, en el espíritu de la modernidad que ha
situado al amor por encima de la dignidad, el deseo de ser amado por encima del
deseo de ser respetado.
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El sexo
En los seres humanos el sexo no es tanto un instinto como un lenguaje, un
dispositivo de señales. Ser deseable sexualmente (típicamente para una mujer)
significa: «Él me desea, debo de valer la pena». Tener deseo sexual (típicamente para
un hombre) significa: «La deseo, debo de saber para qué sirve la vida».
***
Lo que consideramos normalidad sexual es el resultado de antiquísimas
relaciones de dominación y sumisión entre los hombres y las mujeres. Esto asigna a
cada sexo ciertas pautas para seguir las reglas; también hace posible cierto número de
cometidos sexuales complementarios por medio de la identificación cruzada y varias
tácticas de rechazo de cometido. La igualdad entre los sexos significaría que cada
persona y cada sexo se convierten en fuente legítima de reglas sobre cómo deben
conducirse las relaciones sexuales. El resultado de esto sería anomía sexual, estado en
que muchos hombres y muchas mujeres se encuentran hoy. En esta situación no hay
pautas de comportamiento fijas que permitan a los hombres confirmarse como
hombres y a las mujeres como mujeres, Al no sabe qué regla deben seguir, si es que
deben seguir alguna, los individuos dudan del sentido de cualquier cometido sexual.
Pronto sienten anhelo de líderes sexuales; de aquí la popularidad de Albert Ellis,
Daved Reuben, Masters y Johnson.
***
La competencia en heterosexualidad, o al menos la apariencia o la pretensión de
tal competencia, tiene tanto de asunto público como de asunto privado. Así, ir en
serio con una persona del sexo opuesto es un diploma de enseñanza secundaria en
heterosexualidad; el compromiso matrimonial, un bachillerato; el matrimonio, una
licenciatura; y los hijos, un doctorado.
***
Masturbación: la actividad sexual primaria del género humano. En el siglo XIX era
una enfermedad; en el XX es una cura.
Es el método de satisfacción sexual favorito de quienes prefieren lo imaginario a
lo real.
***
La masturbación es más una cuestión de autodominio que de amor de uno mismo.
***
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Perversión: práctica sexual que el hablante desaprueba.
***
El moderno ideal erótico: hombre y mujer, unidos en amoroso abrazo sexual,
experimentan un orgasmo simultáneo mediante la relación genital. Se trata de un mito
psiquiátrico-sexual que es útil para fomentar sentimientos de deficiencia sexual y de
inferioridad personal. También es una rica cantera de «pacientes psiquiátricos».
***
No se puede ser un individuo, una persona separada de los demás (de la familia,
la sociedad, etcétera), sin tener secretos. Los secretos separan a las personas y por
esto los individualistas les conceden muchísimo valor, mientras que los colectivistas
los condenan.
Del mismo modo que guardar secretos separa a las personas, compartirlos las une.
Los chismorreos, la confesión, el psicoanálisis, cada una de estas cosas supone
comunicar secretos y establecer así relaciones humanas. El sexo ha sido
tradicionalmente una actividad muy privada, secreta. Quizá en ello resida su gran
poder para unir a las personas mediante un fuerte lazo. Al hacer que el sexo sea
menos secreto, puede que le despojemos de su facultad de unir a los hombre y a las
mujeres.
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Las mujeres
Llevar una vida independiente le resulta más difícil a una mujer, especialmente si
es atractiva, que a un hombre, y ello se debe a que una pseudocompetencia prematura
pero falsa desvía fácilmente a las jóvenes a la paciente búsqueda de competencia. En
realidad, cuesta muy poco prestar el «servicio» de satisfacer sexualmente a un joven,
pero generalmente a las jóvenes se las «recompensa» por ello mediante el matrimonio
y la participación en la posición económica y social de sus maridos. Cuando las
mujeres descubren más adelante que poco pueden hacer, que carecen de competencia
en muchos campos, y que, en cierto sentido, «no sirven para nada», es demasiado
tarde. A decir verdad, cuanto más intensamente comprenden y expresan su situación,
más probable es que les diagnostiquen una enfermedad mental, esto es, histeria,
depresión, o esquizofrenia; y cuanto más fuertes sean sus quejas, mayor será la
probabilidad de que las castiguen psiquiátricamente por ellas, es decir,
administrándoles fármacos tóxicos, ingresándolas por la fuerza en algún hospital
mental y aplicándoles electrochoques y la lobotomía.
***
Al igual que los judíos esperando a su Mesías, las mujeres esperan a su hombre,
cada una de ellas espera su propio «salvador».
***
Hay dos razones principales por las cuales las mujeres no son iguales a los
hombres, y que son esencialmente las mismas por las cuales algunos hombres no son
iguales a otros. Una es el dinero: por lo regular, los hombres lo «ganan», mientras que
las mujeres lo «reciben»… de los hombres, por servicios domésticos, sexuales o de
otra clase. La otra razón es la importancia de lo que hacen: los hombres «se ocupan»
de cosas «importantes», como la política y la economía. La ciencia y la tecnología,
mientras que las mujeres «se ocupan» de cosas «sin importancia» como cuidar a los
niños y hacer la compra, limpiar y preparar la comida. En la medida en que las
mujeres obtengan el autodominio económico (que no es lo mismo que obtener
riqueza) y realcen la importancia social de sus actividades cotidianas, y sólo en esta
medida, serán iguales a los hombres… y superiores.
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La ética
La ética, caída en desuso; sustituida por el diagnóstico y el tratamiento de las
enfermedades.
***
Bueno: caído en desuso; sustituido por cuerdo, mentalmente sano, sano.
***
Malo: caído en desuso; sustituido por loco, mentalmente enfermo, enfermo.
***
Hay sólo tres grandes modos éticos de conducta:
1. La Regla de Oro: tratar a los demás como quisiéramos que ellos nos trataran a
nosotros.
2. La Regla del Respeto: tratar a los demás como ellos quieran que les tratemos.
3. La Regla del Paternalismo: tratar a los demás como nosotros, en nuestra
sabiduría superior, sabemos que debería tratárseles por su propio bien.
***
Hay tres grandes sistemas éticos, cada uno de ellos identificable por su objeto o
símbolo de valor último; Dios, el Estado, el Hombre. En cada uno de ellos la ofensa
más grave es no creer, no respetar, no tomarse en serio a Dios, el Estado, el Hombre.
En el teísmo la ofensa más grave es el ateísmo; en el estatismo, el anarquismo; y en el
humanismo es no creer y no respetar al individuo, la persona. Una indicación de lo
lejos que estamos ahora de una ética auténticamente humanística es el hecho de que
no creen en los seres humanos, no respetarlos y no tomarlos en serio no sólo no
constituye una ofensa grave, sino que, al contrario, se considera como una muestra de
virtud, a saber, como una señal de que se cree sinceramente en el «socialismo
científico», en el Este, y el Occidente en la «psicología y la psiquiatría científicas».
***
Los tres requisitos básicos: leer, escribir y calcular. Las tres columnas de la ética
de la autonomía.
***
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La igualdad es inspiradora como ideal jurídico, asfixiante como realidad social.
***
Dios es una metáfora de la Ley Superior. Para el ateo el hombre es la medida de
todas las cosas. Esto le plantea el problema de: ¿qué hombre? El esclavo contesta: ¡el
gran líder! El amo responde: ¡yo! Ambos están equivocados. Para que los seres no se
justifiquen a sí mismos con demasiada facilidad, tiene que haber una ley por encima y
más allá de ellos. Pocos pueden aceptar esta proposición como principio abstracto;
casi todo el mundo puede aceptarla cuando se presenta con la imagen de una deidad.
***
En el Infierno, Dante asigna un castigo apropiado para quien en vida no estaban a
favor del bien ni del mal, y para los que no tomaron partido en la Rebelión de los
Ángeles. Confinados para siempre en el Vestíbulo del Infierno, Dante los describe del
modo siguiente:
«Dulce espíritu,
¿qué almas son estas que corren entre esta negra neblina?».
Y él [Virgilio] me dijo: «Son los casi desalmados
cuya vida concluyó sin recibir reprobación ni alabanza.
Aquí se mezclan con la despreciable hueste de ángeles
que no estaban por Dios ni por Satanás, sino
sólo por ellos mismos. El Gran Creador los expulsó
del Cielo por su perfecta belleza, y el Infierno
no quiere acogerlos porque los perversos podrían
orgullecerse un poco al verlos». Y yo dije:
«Maestro, ¿qué es lo que los atormenta tan horriblemente que sus
lamentaciones aturden el aire mismo?». «No tienen ninguna
esperanza de morir», me respondió él,
y en su ceguera y su impotencia sus
desdichadas vidas tan bajo han caído que deben de
envidiar cualquier otra suerte. Ninguna palabra suya dura
más que su vida. La Misericordia y la Justicia les niegan
incluso un nombre. No hablemos de ellos:
míralos y sigue tu camino»[6].
En los modernos libros de texto de psiquiatría, los hombres sin alma de Dante son
los que más se acercan a los clasificados como mentalmente sanos, y a todos los
demás, los que muestran pasión, ya sea por el bien o por el mal, se les clasifica como
hombres que sufren de alguna u otra forma de enfermedad mental.
[Link] - Página 27
La educación
Un maestro debería tener la máxima autoridad y el mínimo poder.
***
En la educación de los adultos existe una relación inversa entre el poder y el
aprendizaje. Si el experto tiene demasiado poder sobre el estudiante, deja de ser un
maestro y en su lugar se convierte en un líder o un propagandista.
***
Todo acto de aprendizaje consciente requiere estar dispuesto a que tu amor propio
resulte herido. Por esto los niños pequeños aprenden con tanta facilidad, porque
todavía no son conscientes de su propia importancia; y por esto las personas mayores
no pueden aprender en absoluto, especialmente si son vanidosas o importantes.
Anatole France acertó al comentar que: «Les savants en sont pas curieux» («Los
sabios no son curiosos»). No pueden permitírselo; su elevada posición depende de
que sepan, y se ve perjudicada, o al menos eso suelen pensar ellos (y otros), si no
saben pero tratan de averiguar.
Así pues, el orgullo y la vanidad pueden ser obstáculos mayores que la estupidez
en lo que se refiere a aprender. El psicoanálisis es un esfuerzo encaminado a
enseñarle al «paciente» algo sobre él mismo sin humillarle mientras se le enseña; con
frecuencia lo que el analista le enseña podría aprenderlo de su esposa (o de su
marido), sus amigos, sus hijos, o de él mismo; pero esto entrañaría perder prestigio y
él piensa que no puede permitírselo.
De modo parecido, la persona que es incapaz de dejar de hablar, que divaga en
vez de escuchar, muestra su temor a que le encuentren inadecuada: habla no para
decir algo, sino para impedir que el otro ponga al descubierto su debilidad.
***
La educación obligatoria es la grieta en la armadura de las sociedades capitalistas:
tratan de enseñarlos a los niños los valores del contrato y la iniciativa, pero basan su
sistema educativo en la obligatoriedad y el conformismo. Las sociedades comunistas
no sufren de semejante inconsecuencia; tratan de enseñarles a los niños los valores
del mando y la obediencia, y su sistema educativo concuerda con la inculcación de
esta ética.
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El lenguaje
Parece probable que al principio el hombre aborigen vocalizara de forma
idiosincrásica; esto es, cada hombre hacía un ruido en vez de hablar un lenguaje.
Cuando dos o más individuos adaptaron los ruidos que hacían hacia una pauta
común, nació el lenguaje. Por consiguiente, puede que el lenguaje constituya el
contrato social original, del cual nacieron todos los demás.
***
El lenguaje separa a los hombres de los otros animales. También los reduce al
nivel de los animales; por ejemplo, cuando alguien llama «sabandijas» a los judíos o
«cerdos» a los policías.
***
En el reino animal la regla es: comed o sed comidos; en el reino humano: definid
o sed definidos.
***
La mitificación es la principal herramienta semántica del que pretende ser líder; la
desmitificación, la del hombre que quiere ser su propio dueño. Rousseu, Marx, Freud
mitificaron; Emerson, Mill, Adler desmitificaron. Quizá una de las tragedias
inmutables de la condición humana sea que mientras que el desmitificador influye en
individuos, el mitificador mueve multitudes.
***
Un proverbio húngaro advierte: «Di la verdad, y te aplastarán la cabeza». Solo en
situaciones libres e igualitarias puede la gente decir la verdad. Como tales situaciones
son raras, decir la verdad es un lujo que pocos pueden permitirse.
***
A menudo llamamos «brutales» a las verdades y «piadosas» a las mentiras. Si el
lenguaje refleja el alma del hombre, este uso refleja un Dorian Gray que envejece.
***
Cuando expresamos el comportamiento empleado el lenguaje de la religión lo
legitimamos; cuando lo expresamos con el lenguaje de la psiquiatría lo ilegitimamos.
Decimos que los católicos que no comen carne los viernes y los judíos que nunca
comen carne de cerdo son devotamente religiosos; no decimos que los católicos
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sufren de ataques recurrentes de fobia a la carne, ni que a los judíos les aflige una
fobia fija a la carne de cerdo.
En cambio, decimos que las mujer que no salen de casa sufren agorafobia y que
los hombres que no viajan en avión padecen de miedo patológico a volar; no decimos
que estos hombres y estas mujeres son cobardes devotos.
***
La lucha por la definición es en verdad la lucha por la vida misma. En la típica
película del Oeste dos hombres luchan desesperadamente por la posesión de un
revólver que alguien ha arrojado al suelo: el primero que se haga con el arma dispara
y vive; su adversario recibe el balazo y muere. En la vida corriente no se lucha por la
posesión de armas de fuego, sino de palabras: el primero que define la situación es el
vencedor; su adversario la víctima. Por ejemplo, en la familia, marido y mujer, madre
e hijo no se llevan bien: ¿quién define a quién como elemento molesto o enfermo
mental? O, en la anécdota apócrifa en la que Emerson visita a Thoreau en la cárcel;
Emerson pregunta: «Henry, ¿qué haces ahí?». Resumiendo, el primero que toma la
palabra impone la realidad al otro: quien así define domina y vive; y quien es
definido es subyugado y puede que muerto.
***
Para el psiquiatra institucional las mentiras son ilusiones. Al abolir la mentira,
hace lo mismo con el lenguaje; y al abolir el lenguaje, hace lo propio con el hombre,
como C. S. Lewis advirtió que haría.
***
A los conceptos como el suicidio, el homicidio y el genocidio deberíamos añadir
el «semanticidio», es decir, el asesinato del lenguaje. El mal uso deliberado (o casi
deliberado) del lenguaje por medio de la metáfora oculta y la mitificación profesional
rompe el contrato básico entre las personas, a saber, el acuerdo tácito sobre el uso
apropiado de las palabras. Así es que los «grandes» filósofos y políticos cuyo
objetivo era controlar al hombre, desde Rousseau hasta Stalin y Hitler, han predicado
y practicado el semanticidio; mientras que los que han tratado de liberar al hombre
para que fuera su propio dueño, desde Emerson hasta Kraus y Orwell, han predicado
y practicado el respeto por el lenguaje.
***
Los definidores (esto es, las personas que insisten en definir a las demás) son
como microorganismos patógenos; cada uno de ellos invade, parasita y con
frecuencia destruye a su víctima; y, en cada caso, los que tienen poca resistencia son
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los más susceptibles de ser atacados. Por ende, aquellos cuyas defensas
inmunológicas son débiles tienen las mayores probabilidades de contraer
enfermedades infecciosas; y aquellos cuyas defensas sociales son débiles —esto es,
los jóvenes y los viejos, los enfermos y los pobres, etcétera— son los que con más
probabilidad contraerán odiosas definiciones de ellos mismos.
***
«Quien se excusa se acusa», reza un proverbio francés. Dicho de otro modo,
quien habla utilizando el lenguaje de las excusas —empleando la incapacidad, la
enfermedad física o mental, la ignorancia, la pobreza o lo que sea como excusa por
no hacer tal o cual cosa— tiene medio perdida la batalla por el amor propio incluso
antes de que empiece la lucha.
***
Los retóricos de la raza no se dan por satisfechos repudiando la opresión del
negro, sino que proclaman que «lo negro es bello»; a los retóricos de las drogas no les
bastan con rechazar las afirmaciones falsas acerca del carácter dañino de ciertas
drogas, sino que afirman que los tóxicos «ensanchan la mente»; los retóricos de la
locura no se limitan a oponerse a la violencia psiquiátrica que se inflige a las personas
a las que se pone la etiqueta de enfermos mentales, sino que dicen que la
esquizofrenia no es un «colapso» sino un «avance». Resumiendo, la nuestra es una
época en la cual verdades parciales se transforman incansablemente en falsedades
totales y luego se proclaman como revelaciones revolucionarias.
***
Si la esencia de la histeria de conversión es que se trata de un tipo indirecto y
ambiguo de comunicación, entonces la jerga profesional puede considerarse como
histeria semántica. Cuando una persona habla o escribe una jerga política,
psiquiátrica o sociológica se expresa utilizando cierto modo indirecto y ambiguo; y al
igual que el histérico, dramatiza lo que dice como si fuera algo profundo, aunque
puede ser trivial. Este carácter indirecto también permite que el hablante exprese
ideas peligrosas y prohibidas sin miedo al justo castigo que le imponga el censor o los
colegas. Compárense los artículos que aparecen en las publicaciones psicoanalíticas
de hoy con los primeros casos de que dio noticia Freud; o los estudios sociológicos
de la guerra con los relatos de Hemingway. En resumen, si usted quiere aprender algo
de psicología o psiquiatría, no lea psicología ni psiquiatría, sino la gran literatura, y,
especialmente, biografías. En la literatura profesional, por cada frase que clarifica
(suponiendo que haya alguna) hay dos que ofuscan y mitifican. Si un novelista o un
dramaturgo escribiera así, nunca lograría publicar nada.
[Link] - Página 31
***
Filosofía es, literalmente, amor al conocimiento; fobosofía es miedo al mismo.
Obviamente, en el mundo hay más «fobósofos» que «filósofos».
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Mendacidades médicas:
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Quod licet Jovi, non licet bovi (Lo que se permite a Júpiter no se permite a la vaca):
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La clasificación
La mayoría de los acertijos psiquiátricos se basan en un problema no expresado
que consiste en encajar un acto, un concepto o una persona en alguna categoría. ¿Qué
es un brazo paralizado histéricamente: fingimiento o prueba de la enfermedad
llamada «histeria»? ¿Qué es la afirmación de que eres Jesús: mentira o ilusión? Los
problema que se esconden detrás de los conflictos básicos del género humano,
conflictos ideológicos y religiosos, son de la misma clase: ¿El negro es una cosa o un
hombre? ¿Jesús es hombre o Dios?
***
Los diagnósticos psiquiátricos son etiquetas estigmatizadoras que se expresan de
un modo que les haga parecer diagnósticos médicos y se aplican a personas cuyo
comportamiento molesta y ofende a otras. A los que sufren y se quejan de su propio
comportamiento se les suele clasificar como «neuróticos»: aquellos cuyo
comportamiento hace sufrir a otros y que provocan quejas de los demás se les
acostumbra a clasificar como «psicóticos».
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La nosología psiquiátrica (la clasificación de las enfermedades mentales): el
lenguaje del aborrecimiento.
***
Si falsificas dinero, te llaman monedero falso; si falsificas un documento oficial,
falsificador; si falsificas una identidad, estafador, psicópata o esquizofrénico; si
falsificas una enfermedad, histérico; si falsificas curaciones, curandero; si hablas una
jerga ininteligible, dirán que padeces glosolalia; y así sucesivamente. En cada caso
jamás debemos olvidar que una persona o grupo puede aceptar como real lo que de
hecho es falso, y rechazar, por considerarlo falso, lo que en realidad es verdadero.
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La Justificación
Experimentamos o generamos ciertos sentimientos para justificar lo que tenemos
intención de hacer. Por ejemplo, la joven que quiere tener relaciones sexuales con su
chico: «Le amo (por consiguiente, está bien que me acueste con él)»; el joven que no
quiere trabajar para su padre; «Le odio (por lo tanto, no puedo trabajar para él)».
***
Lo que la inquietud es para los medrosos el valor lo es para los valientes; la
inquietud y el valor son los motivos y las justificaciones para hacer o dejar de hacer
algo.
***
El hombre debe justificar su existencia. A la pregunta «¿Para qué soy (útil)?»
ofrece diversas respuestas, que dependerán principalmente de su edad.
El niño se justifica siendo obediente: «Soy bueno. Complazco a mis padres».
El adolescente, siendo prometedor: «Seré importante, triunfador, feliz».
El adulto joven, siendo sexual: «Atraigo a X. Le doy (a él o a ella) placer».
El adulto, siendo responsable: «Mi esposa (marido), mis hijos, etc. me necesitan.
No podrían arreglárselas sin mí».
La persona de mediana edad, siendo poderosa: «Domino a mi esposa (marido), a
mis hijos, a mis colegas, etcétera».
La persona de edad avanzada, siendo un superviviente: «He conseguido seguir en
la brecha; todavía estoy vivo».
Cada una de estas proposiciones confirma la importancia del individuo en el
mundo. Sin semejante confirmación es probable que el individuo enferme, muera, se
suicide, o sufra un «colapso mental».
***
El hombre debe justificar como autoafirmación su canibalismo simbólico, el
hecho de que convierta a los demás en víctimas. En política, la conversión de los
demás en víctimas se justifica con las imágenes del «bienestar del pueblo»; en la vida
doméstica, con el «amor»; en medicina, con el «tratamiento».
***
A los hombres no se les recompensa ni castiga por lo que hacen, sino más bien
por cómo se definen sus actos. Por esto a los hombres les interesa más justificarse
mejor que mejorar su comportamiento.
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La significación
Si el hombre no puede soportar una vida insignificante, y si un sentido de la
significación es lo mismo que una «perspectiva religiosa» ante la vida, entonces la
salud mental se convierte en una búsqueda de significación. Esto lo comprendió Jung:
«Durante los últimos treinta años me han consultado personas de todos los países
civilizados… Entre todos mis pacientes en la segunda mitad de la vida —es decir, de
más de treinta y cinco años de edad— no ha habido ni uno solo cuyo problema no
fuera esencialmente el de encontrar una perspectiva religiosa ante la vida. Puede
decirse que todos ellos se sentían enfermos porque habían perdido lo que las
religiones vivas de todas las época han dado a sus seguidores, y ninguno de ellos se
ha curado realmente si haber recuperado su perspectiva religiosa»[7].
Con todo, es curioso que incluso Jung llame «enfermos» a estas personas que
acudieron a él con sus problemas. Pero precisamente el vocabulario técnico de la
medicina y la psiquiatría es lo que obstaculiza la tarea de reconocer y poner remedio
a estos problemas morales.
***
El tema dramático central de la vida puede reducirse a la siguiente exigencia que
las personas se hacen unas a otras: «¡Acepta, haz válida y refuerza mi fantasía acerca
de mí mismo! Si no, no te amaré, te castigaré, te dejaré, te mataré». Resumiendo:
«¡Certifica mi autenticidad, o ya verás!».
***
En la vida de muchas personas la necesidad de atención es el motivo dominante.
Esto explica por qué a menudo defienden ahora una opinión y poco después
defienden la contraria: no importa lo que digan siempre y cuando llame la atención
sobre ellas. Tolstoi era un ejemplo manifiesto de ello.
En su biografía de Tolstoi, Henri Troyat comenta que la familia y las amistades
del escritor «… no podían comprender cómo se había casado con una muchacha de
clase alta después de declarar que “casarse con una mujer de sociedad es tragarse
todo el veneno de la civilización”».
***
Los psicoanalistas interpretan este tipo de comportamiento como expresión de
ambivalencia. Los moralistas lo llaman hipocresía. Puede que sea ambas cosas. Pero
con frecuencia es sencillamente el resultado de un deseo apasionado de atención, un
deseo que no puede satisfacerse con tanta facilidad por medio del comportamiento
consecuente.
[Link] - Página 35
Lo que los psiquiatras llaman «delirio de grandezas» consiste en asumir una
identidad superior a la verdadera. La persona que asume esta identidad falsa se
empeña en afirmarla, y quienes la rodean muestran el mismo empeño en repudiarla.
El rechazo de este tipo de impostura suele expresarse con el lenguaje de la psiquiatría
y se dice que el impostor «delira» y es «psicótico», con lo cual se oculta tras un
diagnóstico el amargo conflicto entre sus afirmaciones y las contraafirmaciones de
los demás.
***
Lo que los psiquiatras llaman «manía persecutoria» es una de las defensas más
dramáticas que utilizan los seres humanos contra la sensación de insignificancia
personal, de no valer nada. De hecho, a nadie le importa un comino lo que haga
Jones. Es un extra en la película de la vida. Pero él quiere ser un astro. No puede
llegar a serlo ganado una fortuna en la Bolsa o recibiendo el premio Nobel. Así que
afirma que el FBI o los comunistas vigilan todos sus movimientos, tiene intervenido
su teléfono, etcétera. ¿Harían esto si Jones no fuera una persona importantísima? En
resumen, el delirio paranoico es un problema para la familia, el patrono y los amigos
del paciente; para el paciente es una solución del problema relativo al sentido (falta
de sentido) de su vida.
***
El psicótico (y especialmente el esquizofrénico paranoico) desafía a la sociedad
creando con arrogancia sentido para sí mismo, despreciando escandalosamente las
convenciones que para ello tiene la sociedad. Por ejemplo, declara que es Jesús o que
los comunistas le persiguen. Esto hace que todos los que le rodean le envidien en
secreto: ¿cómo es posible que la vida de este hombre sea tan interesante e importante
cuando la de ellos es tan aburrida e insignificante? Sintiéndose seguros en su
convencimiento de que el paciente no merece el sentido que se atribuye a sí mismo,
le castigan degradándole: definen sus afirmaciones como ilusiones, le declaran loco y
le tratan como a una persona que no merece la más mínima atención.
***
Actualmente, en muchas situaciones sociales la gente se empuja
desordenadamente en el escenario de la vida; cada persona empuja a las demás para
echarlas del escenario y colocarse ella en primer lugar. ¿Quién es el «astro» o la
«estrella» de la familia: el padre, la madre o el hijo? En la escuela: ¿el maestro o el
alumno? En la sala del tribunal: ¿el acusado, el juez o el defensor? Y hay medios
nuevos de alcanzar el estrellato: prohibir el consumo de drogas y consumir drogas
prohibidas; secuestrar aviones; hacer afirmaciones extravagantes… sobre los efectos
del LSD, la satisfacción sexual, los conflictos y la integración raciales, el desarme, la
[Link] - Página 36
preponderancia y los peligros de las enfermedades mentales, etc.
***
La negación es uno de los medios más básicos que usa el hombre para crear
sentido. Si la autoridad afirma que «X es bueno», la afirmación de que «X es malo»
(o de que «anti-X es bueno») se convierte inmediatamente en una posibilidad de
afirmar la propia identidad e incluso superioridad. Experimentar placer sexual, como
hacer la guerra contra tus enemigos son valores antiguos, precristianos. Han generado
compromisos feroces con la castidad, el ayuno riguroso y el pacifismo (como en los
casos de los primeros cristianos, de Gandhi, etc.). De modo parecido, en nuestro
tiempo si se considera que la autoridad padece de inhibiciones sexuales, la juventud
proclama que la desinhibición sexual es un valor transcendente. La misma afirmación
del valor por medio de la negación cabe verla en conceptos opuestos, tales como
limpio-sucio, rico-pobre, competitivo-no competitivo, afeitado-barbudo, de pelo
corto-de pelo largo.
***
Un adolescente que no es despierto ni laborioso, que en casa es reprimido y
dominado, comete un delito violento con la certeza de que le cogerán. ¿Por qué lo
hace? Porque tenía la sensación de ser un «don nadie», de que no existe salvo como
objeto de insulto y escarnio. Una vez detenido por la policía, pasa a ser actor en un
drama significativo: su «responsabilidad» del delito le hace renacer, empezar a
existir, como persona. Más adelante, cuando todavía es menor de edad, piensa casarse
aunque el matrimonio no hace más que prometer un aumento de las cargas pesadas
que todavía lleva encima. Le pregunto por qué (quiere casarse con la joven que ya es
la madre de su hijo). Me contesta: «Porque entonces seré al menos responsable de
una esposa y un hijo».
Algunas personas pueden dar sentido a su vida por medio de sus aciertos en el
arte y la ciencia, las finanzas y la política; otras haciéndose responsables de quienes
«dependen» de ellas, esposas o maridos, hijos o pacientes; y las que no pueden o no
quieren seguir ninguno de estos caminos pueden dar sentido a su vida infringiendo las
leyes penales o de la higiene mental y asumiendo así la responsabilidad de su
condición de delincuentes o víctimas, locos o genios incomprendidos.
***
El proverbio te exhorta a encender una vela en lugar de maldecir la oscuridad.
Este consejo aparentemente bueno pasa por alto las ventajas de maldecir la oscuridad
y no encender una vela: a saber, el amor propio que se adquiere, por poco precio, de
la justa indignación que sientes al verte como una víctima, y la evitación de la
necesidad de afrontar el problema de lo que tendrás que hacer una vez hayas
[Link] - Página 37
encendido la vela. En esto radica los beneficios que para los «pacientes» tienen las
enfermedades mentales supuestamente graves; mientras que estas «enfermedades»
aparecen como problemas a ojos del psiquiatra, para los «pacientes» son soluciones,
del mismo tipo que maldecir la oscuridad.
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Las emociones
El aburrimiento es la sensación de que todo es una pérdida de tiempo; la
serenidad, de que nada lo es.
***
La felicidad es una condición imaginaria que antes los vivos atribuían con
frecuencia a los muertos, pero que ahora los adultos suelen atribuir a los niños y éstos
a los adultos.
***
La inquietud es la falta de disposición a jugar incluso cuando sabes que las
probabilidades te son favorables.
El valor es la disposición a jugar incluso cuando sabes que tienes las
probabilidades en contra.
***
La gratitud depende de sentimientos de igualdad o de superioridad. Así los
hombres se sienten agradecidos no tanto porque los demás les hayan tratado bien
(aunque esto suele ser un prerequisito para sentirse agradecido), sino más bien porque
han igualado o superado a su antiguo benefactor. Moraleja: espera gratitud sólo de
quienes te hayan igualado o superado en la vida, ya sea gracias a tu ayuda o por su
propio esfuerzo.
[Link] - Página 39
La libertad
Los hombres aman la libertad porque les protege del control y humillación a
manos de los demás y con ello les da la posibilidad de ser dignos. Aborrecen la
libertad porque les hace recurrir de nuevo a su capacidad y recursos propios, y con
ello les plantea la posibilidad de que sean insignificantes.
***
La libertad es lo que la mayoría de las personas quieren para sí mismas y lo que
más desean negarles a los demás.
***
Cuando el psiquiatra aprueba lo que hace una persona juzga que ésta ha hecho
uso de su «libertad de elección»; cuando desaprueba, piensa que la persona ha
actuado sin «libertad de elección». No es raro, pues, que la «libertad de elección» les
parezca una idea confusa a las personas: da la impresión de que la «libertad de
elección» es algo que califica lo que hace una persona a la que se está juzgando
(llamada con frecuencia el «paciente»), cuando en realidad es lo que piensa la
persona que juzga (que suele ser un psiquiatra u otro especialista de la salud mental).
[Link] - Página 40
La ley
El Estado no puede «legalizar» ningún acto: lo único que puede hacer es
«penalizar» los actos o dejarlos en paz.
***
El hecho de que los norteamericanos hablen de «legalizar» el aborto provocado,
el juego, la marihuana, etcétera, demuestra que ya no consideran al gobierno como su
servidor sino como su amo. Porque legalizar es permitir; y permitir entraña una
relación entre un superior y un subordinado, como ocurre cuando un padre o una
madre permite a un hijo que vaya a nadar, se acueste tarde o coma dulces al terminar
la comida.
***
La justicia tradicional se basa en los conceptos del bien y del mal; la justicia
moderna, en los de la salud y la enfermedad mentales. Cuando Salomón se encontró
ante dos mujeres que afirmaban ser la madre del mismo niño, les habló e hizo que
ellas le hablaran a él, y concedió en niño a la mujer que, a juzgar por la información
que obtuvo, era la madre auténtica. Un moderno juez norteamericano procedería de
forma muy diferente. De las afirmaciones contradictorias sacaría la conclusión de que
una de las mujeres debía de «engañarse» al creer que era la madre y haría que los
psiquiatras las examinaran a ambas. Los psiquiatras descubrirían entonces que una de
las mujeres era una fanática e insistía en que quería o todo el niño o nada, mientras
que la otra era razonable y estaba dispuesta a aceptar una solución intermedia y
recibir la mitad del niño; por consiguiente, declararían que la madre verdadera sufría
esquizofrenia y recomendarían que se concediese el niño a la impostora,
recomendación que el juez aprobaría automáticamente por respeto a las conclusiones
de los expertos médicos.
***
En otro tiempo, a los norteamericanos acusados de asesinato se les consideraba
inocentes hasta que se demostrara su culpabilidad; hoy se les considera locos hasta
que se prueba que están cuerdos.
***
Testimonio de perito psiquiátrico: mendacidad disfrazada de medicina.
***
[Link] - Página 41
Jueces y fiscales, abogados y psiquiatras, todos insisten mucho en que desean
saber por qué el acusado de un crimen hizo lo que hizo. Pero sus actos contradicen
por completo sus palabras: sus esfuerzos van dirigidos ahora a dejar que en la sala
hable todo el mundo menos el propio acusado, especialmente si se le imputa un delito
político o psiquiátrico.
***
Un antiguo refrán (cuya fuente no logro localizar) advierte al aspirante a
legislador que no imponga prohibiciones que no pueda hacer cumplir. Los
legisladores norteamericanos llevan ya algún tiempo siguiendo la regla contraria, a
saber, que lo que no pueden controlar al menos puedan prohibirlo.
***
Los norteamericanos siguen gozando de libertad para comprar armas de fuego
cargadas, pero ya no la tienen para adquirir jeringuillas vacías. Quizá mejor que
cualquier otro, estos hechos simbolizan hasta qué extremo el gobierno
norteamericano ha abandonado la tarea de proteger la seguridad y asumido la de
invadir la intimidad.
***
Las leyes sobre higiene mental poseen las características más temibles tanto del
derecho civil como del penal: son como las leyes civiles porque no están sujetas a
limitaciones constitucionales; y como las penales porque entre sus castigos de facto
se encuentran la privación de la vida, de la libertad, y de la propiedad.
[Link] - Página 42
El castigo
Si no se castiga al que infringe la ley, se estafa a quien la obedece. Por eso, y nada
más que por esto, debería castigarse a los infractores: para certificar como bueno y
fomentar como útil el comportamiento respetuoso de las leyes.
El objetivo del derecho penal no puede ser la corrección o la disuasión: solo
puede consistir en el mantenimiento del orden jurídico.
***
El castigo ya no está de moda. ¿Por qué? Porque —junto con su corolario, la
recompensa— hace que algunas personas sean culpables y otras, inocentes; algunas
buenas y otras, malas; resumiendo, crea distinciones morales entre los hombres y esto
es odioso para la mentalidad «democrática». Al parecer nuestra época prefiere una
culpabilidad colectiva sin sentido a una responsabilidad individual con sentido.
***
No puede haber ninguna penología humanitaria mientras el castigo no se disfrace
de «corrección». Ninguna persona o grupo tiene el derecho a «corregir» a un ser
humano; sólo Dios lo tiene. Pero las personas y los grupos tienen el derecho a
protegerse por medio de sanciones que son «castigos» y a las que debería llamarse
así, sanciones que, por supuesto, pueden ser tan leyes como una regañina o una
pequeña multa, o tan serias como la cadena perpetua o la muerte.
[Link] - Página 43
Control y autodominio
La finalidad del engaño es controlar y aniquilar al otro; el resultado de engañarse
a uno mismo es perder el control y aniquilar el ser propio.
***
«Creer tu propio pensamiento —señaló Emerson—, creer que lo que es verdad
para ti en tu fuero interno es verdad para todos los hombres… eso es el genio». Pero
imponer lo que crees que es verdad a todos los hombres, incluso a un solo
individuo… eso es despotismo.
***
En el trabajo generalmente ejercemos control sobre alguna cosa o persona.
Cuando cazamos o pescamos, aramos la tierra o recogemos la cosecha, controlamos
cosas. Cuando damos de comer a un bebé, operamos a un paciente enfermo o
juzgamos a un delincuente, controlamos a una persona. Sin embargo, en las
sociedades complejas y materialmente avanzadas hay muchas situaciones que no
requieren ninguna de estas posturas, sino que, al contrario, hacen necesario que nos
controlemos a nosotros mismos y que cedamos una parte de nuestro autodominio a
otros, normalmente a cambio de dinero. Esto se da especialmente en el trabajo
profesional.
Se dice que la prostitución es la profesión más antigua del mundo. Es, en verdad,
un modelo de todo el trabajo profesional: el trabajador renuncia al control de sí
mismo (misma), de su cuerpo —normalmente de una manera definida con claridad,
concreta— a cambio de dinero. Debido a la pasividad que entraña, es un papel difícil
y que muchos consideran desagradable.
***
El proverbio advierte que «no debes morder la mano que te da de comer». Pero
quizá sí deberías morderla si te impide comer sin ayuda ajena.
La adicción, la obesidad, la inapetencia (anorexia nerviosa) son problemas
políticos y no problemas psiquiátricos: cada uno de ellos condensa y expresa una
pugna entre el individuo y alguna otra persona o personas de su entorno por el control
del cuerpo de aquél.
***
Todo benefactor quiere controlar a la persona a quien hace bien. El sacerdote
controla en nombre de Dios; el médico en nombre de la salud. Esta propensión
universal a controlar a los demás choca y se contradice con el objetivo de hacer del
[Link] - Página 44
hombre un individuo responsable de sí mismo.
***
La reciprocidad: el espejismo que llama al género humano que vaga por el
desierto de la dominación-sumisión.
***
La cooperación depende de la interdependencia mutua. Un exceso tanto de
control como de autodominio perjudica la cohesión social. Demasiado control
produce opresión y lleva a la no cooperación por medio de la rebelión. Un exceso de
autodominio da por resultado la autarquía personal y conduce a la no cooperación por
medio del aislamiento. El delicado equilibrio entre el control y el autodominio que
requiere la vida social es una de las razones por las cuales la tragedia es inherente a la
existencia humana.
***
La mayoría de las personas quieren la autodeterminación para ellas mismas y la
subyugación para las demás; algunas quieren subyugación para todo el mundo; solo
unas cuantas quieren autodeterminación para todos.
***
Si alguien hace algo que desaprobamos y si creemos que podemos evitar que
persista en su conducta, le consideramos malo; pero si creemos que nos será
imposible evitarlo, le consideramos loco. En los dos casos, el factor crítico es el
control que ejercemos sobre el otro; cuanto más control de esta clase perdamos, y
cuanto más dominio de sí mismo adquiera el otro, mayor es la probabilidad de que,
en caso de conflicto, le consideremos loco en lugar de simplemente malo.
***
Un loco es alguien que ha perdido o dicen que ha perdido el control de sí mismo.
La psiquiatría proporciona la justificación para controlarle. La persona que goza de
autodominio firme impide que otras la controlen; de ahí que sea objeto tanto de
admiración como de envidia, temor reverencial y odio.
[Link] - Página 45
La conducta personal
Los hombres suelen tratar a los demás peor de lo que se tratan a sí mismos, pero
raramente tratan mejor a alguien. Esperar consideración y decencia de una persona
que se maltrata a sí misma es el colmo de la necedad.
***
Prestamos demasiada atención a aprender a adquirir hábitos y demasiado poca a
aprender a romperlos.
***
El conocimiento se adquiere aprendiendo; la confianza, por medio de la duda; la
habilidad, mediante la práctica, y el amor, por medio del amor.
***
La calidad de nuestra vida depende en gran parte de que haya concordancia o
discordancia entre nuestros deseos y nuestras obligaciones.
Si podemos definir y experimentar nuestro deber como nuestro deseo, entonces
somos felices, bien adaptados, normales. Si esta congruencia se desmorona, nos
sentimos engañados, frustrados, deprimidos; incluso es posible que sintamos rabia y
envidia contra quienes fueron más egoístas que nosotros y, por ende, menos atentos a
las obligaciones.
Si nuestro deseo podemos definirlo y experimentarlo como obligación, entonces
nuestra felicidad o falta de ella dependerá de si podemos persuadir de ello a otros.
Nos acreditaremos como líderes morales de forma proporcional con la medida en que
consigamos persuadirles. Tolstoi y Gandhi salieron sumamente victoriosos de este
empeño. Si no alcanzamos a persuadirles, nos definirán como fanáticos locos: un
ejemplo de ello es el esquizofrénico que mata a alguien intenta librarse del castigo
afirmando que actuó siguiendo órdenes de Dios; otro ejemplo es el líder
desacreditado de una revolución política que haya fracasado. Si esta congruencia
entre nuestro deseo y nuestro deber se rompe y reconocemos que lo que creíamos que
era una obligación era simplemente un deseo, entonces puede que la culpa nos haga
enloquecer; entonces nuestra conciencia nos perseguirá y puede que nos suicidemos
en un esfuerzo por pagar nuestras malas acciones y restaurar el equilibrio interior
entre nuestros deseos y nuestras obligaciones.
***
Es más fácil cumplir con nuestro deber para con los demás que para con nosotros
mismos. Si cumples con tu deber para con los demás, te considerarán digno de
[Link] - Página 46
confianza. Si cumples con tu deber para contigo mismo, te considerarán egoísta.
***
Con frecuencia, los hombres temen hacer que zozobre la barca en la que esperan
atravesar las corrientes de la vida hasta llegar a lugar seguro, cuando, en realidad, la
barca está encallada en una barra de arena. Sería mejor que movieran la barca para
tratar de desembarrancarla o, mejor todavía, saltar al agua y nadar hasta la orilla.
***
La expresión «hombre que ha triunfado por su propio esfuerzo» (self-made man)
es típicamente norteamericana del siglo XIX. En otras partes y en épocas anteriores, a
los hombres los hacía Dios; y desde entonces, en todas las culturas, al hombre lo han
hecho las sociedades, los padres, los genes, y los entornos. Resumiendo, hoy día la
culpa y el mérito de lo que es una persona se imputa y se atribuye a todos y a todo
menos a la persona misma. El hecho es irónico, ya que en la actualidad el hombre
tiene más oportunidades para crearse a sí mismo que en cualquier otro tiempo pasado.
***
La gente dice a menudo que tal o cual persona todavía no se ha encontrado a sí
misma. Pero el ser propio no es algo que se encuentra; es algo que se crea.
***
Del mismo modo que el motor de combustión interna funciona con gasolina, la
persona funciona con amor propio; si está llena de él, puede hacer un largo recorrido;
si está llena parcialmente, pronto necesitará repostar; y si está vacía se detendrá.
***
El hombre no puede sobrevivir mucho tiempo sin aire, agua y sueño. El siguiente
lugar en orden de importancia lo ocupan los alimentos. Y pisándoles los talones a
éstos, la soledad.
***
Encerrar a una persona en un lugar incomunicado es un castigo severo porque las
personas necesitan a otras personas. Pero las personas también necesitan estar solas.
Para muchas de ellas tener que estar con otras es mucho más doloroso que tener que
estar solas.
***
[Link] - Página 47
Pensar claro requiere más valor que inteligencia.
***
«Querer es poder», dice el proverbio. No es del todo cierto; pero es verdad que
donde no se quiere no se puede.
***
Por lo general, se cree que actividad y dominio son virtualmente sinónimos.
Aprender a andar, nadar, conducir un coche, etcétera, requiere el dominio activo de
nuestro cuerpo o nuestro entorno. Pero hay ciertas cosas que requieren una especie de
pasividad controlada, un dominio a nuestro temor a la pasividad y a la incapacidad.
Entre ellas las siguientes son interesantes:
El sexo. Las relaciones sexuales placenteras con una pareja que es igual o
superior son posibles sólo si se acepta la necesidad de ser pasivo y en proporción con
la medida en que se acepte. Se sigue recurriendo a la masturbación y a las prostitutas
porque hacen posible una actividad sexual totalmente «activa» y controlada por uno
mismo.
El aprendizaje. La persona que es incapaz de aceptar su ignorancia no puede
aprender. La inventiva y la creatividad dependen de la capacidad del individuo para
dejarse hundir profundamente en una sensación de misterio que luego vencerán los
esfuerzos proporcionales por adquirir dominio. Imitar a los demás y apoyarse en
autoridades aceptadas son procedimientos clásicos y populares porque permiten una
actividad intelectual enteramente «activa» y controlada por uno mismo.
La enfermedad y la muerte. Para enfermar y morir como es debido hay que ser
pasivo. La hipocondría y el suicidio brindan opciones porque sustituyen la pasividad
por la actividad, la impotencia (o el miedo a ella) por el dominio (o la ilusión de
tenerlo). De modo más general, alcanzamos el dominio «activo» de la enfermedad y
la muerte delegando en los médicos toda la responsabilidad de su tratamiento, y
exiliando a los enfermos y los moribundos en los hospitales. Pero los hospitales
funcionan a comodidad del personal que trabaja en ellos y no de los pacientes: en un
hospital no podemos estar enfermos como es debido ni morir decentemente; estas
cosas sólo podemos hacerlas entre quienes nos quieren y valora. El resultado es la
deshumanización institucionalizada de los enfermos, característica de nuestra época.
***
Los tontos no perdonan ni olvidan; los ingenuos perdonan y olvidan; los sabios
perdonan, pero no olvidan.
***
[Link] - Página 48
La conciencia: hecha a partir de expectativas razonables; soluble en alcohol;
destruida por las burocracias y otros tipos de colectividades.
[Link] - Página 49
Las relaciones sociales
Una persona no puede hacer feliz a otra, pero sí puede hacerla desgraciada.
Principalmente por esto hay más infelicidad que felicidad en el mundo.
***
Un concepto clave para comprender el comportamiento (tanto el «normal» como
el «anormal») es la personificación. Hay dos clases básicas de personificación: las
que reciben apoyo y legitimidad públicos y las que no los reciben. Ejemplos de la
primera clase son el actor que interpreta un papel en una obra o el niño pequeño que
juega a ser bombero. Ejemplos de la segunda son el ama de casa sana que se queja de
achaques y dolores o el carpintero sin trabajo que afirma ser Jesús. Cuando alguien se
aferra empecinadamente a la definición de un papel que no es apoyado y lo proclama
de forma pública y agresiva, le llamamos psicótico.
***
Todo encuentro humano valida o invalida a algunos o a todos los que participan
en él. Ninguno de ellos es neutral.
En las «profesiones asistenciales», especialmente en la psiquiatría institucional y
la asistencia social, cada encuentro valida típicamente al profesional (porque da algo
que tiene valor) e invalida al cliente (porque recibe ese algo). En las transacciones
comerciales cada encuentro valida típicamente a ambas partes (porque las dos ofrecen
algo valioso). Cuando las relaciones afectivas íntimas como el matrimonio y la
amistad fracasan, cada encuentro invalida típicamente a ambas partes (porque cada
una de ellas ofende a la otra).
***
Las relaciones humanas son problemáticas porque a los hombres los impulsan
necesidades y pasiones que son opuestas pero a menudo igualmente poderosas,
especialmente la necesidad de seguridad de la de libertad. Para satisfacer la necesidad
de seguridad, las personas buscan intimidad y entrega, y cuanto más las consiguen,
más oprimidas se sienten. Para satisfacer la necesidad de libertad las personas buscan
independencia y alejamiento, y cuanto más los consiguen, más aisladas se sienten.
Como en todos los casos de esta índole, los sabios buscan el justo medio; y los
afortunados lo encuentran.
***
El misticismo junta y une; la razón divide y separa. Generalmente las personas
anhelan más pertenecer a algo que comprender. De aquí que el misticismo desempeñe
[Link] - Página 50
un papel destacado en los asuntos humanos, mientras que el papel de la razón es
limitado.
***
¿A quién pertenece el cuerpo de una persona? ¿A sus padres, como en medida
muy grande pertenecía cuando era niño o niña? ¿Al Estado? ¿Al soberano? ¿A Dios?
¿O, finalmente, a ella misma? Incontables polémicas morales y psiquiátricas —sobre
el aborto, la anticoncepción, las drogas, el sexo y el suicidio— giran en torno a
premisas que no son explícitas ni están claras y que tienen relación con esta pregunta.
***
Nietzsche definió al hombre diciendo que es el «animal que puede hacer
promesas…»[8]. Yo añadiría que es también el animal o el ser que puede romper
promesas, mejor dicho, al que le encanta romperlas. Resumiendo, el hombre es un
mentiroso que posee una capacidad sin límite para engañarse a sí mismo y para que le
regañen los demás.
***
La igualdad en las relaciones humanas es como el gas ideal del físico: un modelo
cuya realización es imposible. Hay que ser definidor o definido; no se puede dejar de
ser las dos cosas ni ser ambas a la vez. Así pues, lo más que cabe esperar de las
relaciones humanas es una reciprocidad mutuamente satisfactoria del papel que se
desempeña, lo cual no resulta, por fuerza, más fácil gracias a la búsqueda de la
igualdad.
***
El poder corrompe. Pero también corrompe no tenerlo. El respeto a la dignidad
humana requiere una amplia distribución del poder; dicho de otro modo, que el poder
de un hombre esté moderado por el de otro. El poder limitado es, pues, una condición
necesaria, pero no suficiente, para que florezca el respeto por unos mismo y por los
demás. El requisito complementario del mismo es el amor a la justicia.
***
La adultez es el período en continua disminución que hay entre la infancia y la
vejez. Al padecer, el objetivo de las modernas sociedades industriales es reducir
dicho período al mínimo.
***
[Link] - Página 51
Es frecuente que los adultos definan el sometimiento a la autoridad como señal de
madurez. Por ejemplo, un niño se resiste a ir a la escuela o al dentista y su padre le
dice: «¡Compórtate como un hombre!». Lo que realmente quiere decir es que desea
que su hijo se comporte como un niño obediente.
Los hombres y las mujeres a menudo no distinguen entre cuándo deben o cuándo
quieren acatar la autoridad, y cuándo deben o cuándo quieren resistirse a sus
exigencias. En la Alemania nazi, los judíos y también los gentiles se comportaban
ante la autoridad como los «buenos soldados» que a los niños pequeños les dicen
cómo deben ser. Tanto en las sociedades comunistas como en las capitalistas,
actualmente los pacientes y los médicos muestran la misma sumisión infantil ante las
exigencias que el estado expresa utilizando la retórica de la enfermedad y el cuidado
de la salud.
En pocas palabras, la sumisión y la resistencia indiscriminadas a la autoridad son
infantiles. La persona madura se caracteriza por su capacidad de decidir, de acuerdo
con criterios moralmente significativos, cuando cooperará y cuando no cooperará con
la autoridad.
***
Tener a otra persona esperando es una táctica básica para definirla como inferior,
al mismo tiempo que te defines a ti mismo como superior. Cuando las cortejan las
mujeres hacen esperar a los hombres; una vez casados los maridos hacen esperar a las
esposas. Al final, a todos nos hacen esperar ¡y todos lo detestamos! ¡Cómo detestan
los hombres mientras la mujer compra ropa y chucherías! ¡Cómo detestan las mujeres
esperar, a menudo durante gran parte de su vida, mientras el marido busca fama y
gloria!
***
El respeto propio es al alma lo que es el oxígeno es al cuerpo. Privad a una
persona de oxígeno y mataréis su cuerpo; privadla de respeto a sí misma y mataréis
su espíritu. Por esto los sabios consideran que el respeto propio no es negociable y no
están dispuestos a cambiarlo por salud, riqueza o cualquier otra cosa; mientras que
los necios comerciarán con él y sólo lograrán descubrir, ya demasiado tarde, que a un
hombre no le sirve de nada conquistar el mundo entero si ello le cuesta el respeto a sí
mismo.
***
Las personas intolerantes rechazan a las que no son como ellas mismas; las
tolerantes las aceptan… siempre y cuando se vuelvan contra ellas mismas. Por eso se
suele aceptar a los niños sólo como adultos en potencia; a los pacientes enfermos,
sólo como personas potencialmente sanas; a los judíos, únicamente como cristianos
[Link] - Página 52
en potencia; y así sucesivamente.
***
Parece que el hombre no puede o no quiere aceptar la realidad del conflicto
humano. Nunca es sencillamente el hombre quien ofende a su semejante. Siempre
interviene alguien o algo —el diablo, la masturbación, la enfermedad mental— que
oscurece, excusa y explica la aterradora inhumanidad del hombre con el hombre.
***
Hay dos clases de liderazgo: a favor de la dependencia y a favor de la
independencia. En el curso de la historia la única clase de liderazgo fácilmente
reconocible y públicamente visible ha sido el partidario de la dependencia de la
autoridad. Cuando este tipo de liderazgo triunfa encuentra seguidores fieles que con
sus afirmaciones y su conducta confirman la gloria y acreditan la sabiduría del «gran
líder». En contraste con ello, el liderazgo partidario de la independencia tiene poca
visibilidad y, por ende, es difícil reconocerlo. Cuando este tipo triunfa el resultado no
son fieles seguidores, sino individuos independientes que con sus afirmaciones y su
conducta confirma únicamente su propia autenticidad.
***
¿Qué hace el hombre con su semejante que ha quedado rezagado en la carrera de
la vida? El liberal le pone dinero en el bolsillo y un asistente social en la espalda.
¿Quién de nosotros intenta realmente ayudarle a levantarse para que pueda seguir
corriendo y quizá incluso adelantarnos? ¿Cuándo se ayuda realmente a quien lo
necesita y cuando se da fuerza al débil? ¿Y cuándo es la ayuda meramente una
estrategia cuyo fin es confirmar a quien la presta en su papel de sacerdote, médico,
filántropo?
***
Cuando las personas hablan del trato deshumanizador que se dispensa a algunos
grupos —especialmente a los ancianos, los retrasados mentales y los locos— es
frecuente que recalquen su desaprobación afirmando que a tales personas las tratan
como a animales. Pero esto es muy falso. La gente casi nunca trata a los animales tan
mal como a otras personas. Y nunca los maltrata de forma tan sistemática.
El motivo es obvio: no radica en la maldad del hombre, sino en su sensatez. Los
animales —por ejemplo, los perros, el ganado vacuno o los pollos— son útiles para el
hombre y, por tanto, éste tiene buenos motivos para tratarlos razonablemente bien.
Cuando estos animales dejan de ser útiles el hombre los mata y, por consiguiente, ya
no tiene motivo para maltratarlos. Y a los animales —en especial los domésticos— es
[Link] - Página 53
fácil controlarlos, más fácil que controlar a las personas; así pues, no hay necesidad
de tratarlos mal.
En cambio, los individuos (y los grupos) a quienes la gente trata peor son los que
no responden a ninguno de los criterios que acabamos de señalar: los ancianos, los
retrasados mentales y los locos no son útiles; no pueden controlarse fácilmente, y no
es posible matarlos. Su existencia misma, por lo tanto, la consideran una carga todas
las personas de quienes dependen y que las cuidan y, por tanto, estas personas
responden infligiéndoles una suerte que no sólo es peor que la muerte, sino también
mucho peor que la que se inflige a los animales.
***
Las múltiples caras de la intimidad: los victorianos podían experimentarla
mediante la correspondencia, pero no por medio de la cohabitación; los hombres y las
mujeres de hoy pueden experimentarla por medio de la fornicación, pero no de la
amistad.
***
Desconfiad de las personas que no saben pedir perdón. Son débiles, están
asustadas y, a veces, a la menor provocación lucharán con la ferocidad desesperada
de un animal asustado que se siente acorralado.
***
Dos errores no crean un acierto, pero son una buena excusa.
***
Cuando una persona ya no es capaz de reírse de sí misma, ha llegado el momento
de que otros se rían de ella.
[Link] - Página 54
La medicina
El control en la relación médica lo define y simboliza, sutilmente el territorio en
el cual tiene lugar (y que depende en parte de quien paga el servicio): cuando es en
casa del paciente, éste tiene el control; cuando es en el consultorio del médico, lo
tiene éste; y cuando es en el hospital, el control está en poder de la entidad médica o
del Estado. Cuando el ejercicio de la medicina tenía lugar en el mercado libre (como
en el siglo XIX), a los ricos les visitaba el médico en sus domicilios y a los pobres se
les visitaba en hospitales benéficos; cuando quedó bajo la dominación de la clase
media (durante la primera mitad del siglo XX en Estados Unidos), los ricos acudían al
consultorio del médico y los pobres a clínicas públicas de diversa clase; y cuando fue
el Estado quien pasó a dominarla (desde el final de la segunda guerra mundial), el
centro de gravedad del ejercicio de la medicina fue desplazándose cada vez más hacia
un fenómeno consistente en que el hospital, los ricos y los pobres, el paciente y el
médico, todos ellos perdieron el control en beneficio de los administradores médicos
y los burócratas del gobierno. Cabe que esto explique en parte por qué, si bien los
médicos ahora pueden hacer más por sus pacientes que en cualquier otra época
anterior, tanto los pacientes como los médicos están más insatisfechos que nunca con
la medicina.
***
En el mundo de los negocios, donde los monopolios ya no son el peligro que
fueron en otro tiempo, nos protegemos celosamente de ellos. En las profesiones
liberales, donde los monopolios constituyen un peligro inmenso, pedimos a gritos,
estúpidamente, que se amplíe su alcance y se aumente su poder.
En el mundo de los negocios, el vendedor se anuncia y compite con otros
empresarios, y el comprador puede escoger entre abundantes productos y servicios.
En medicina, el médico no puede anunciarse y no compite con otros médicos, y el
paciente, por lo tanto, debe escoger entre un número limitado de productos y
servicios.
Y, a pesar de ello, nos preguntamos qué funciona mal en la «entrega» de
asistencia médica y redoblamos nuestros esfuerzos por transformar la medicina en un
monopolio controlado por el gobierno.
***
El mayor analgésico, soporífero, estimulante, tranquilizante, narcótico y, en cierta
medida, incluso antibiótico —es decir, lo que más se acerca a una auténtica panacea
— que conoce la ciencia médica es el trabajo.
[Link] - Página 55
***
Idiopático: palabra de la jerga médica que significa «No sabemos qué es, cuál es
su causa ni que podemos hacer para curarlo…, pero no lo reconoceremos ante los
profanos y parientes».
***
Palabras tranquilizadoras: tipo de mendacidad médica consistente en que el
doctor le comunica al paciente falsedades calculadas que, según el doctor, son lo que
el paciente quiere oír.
***
Tratamiento: 1. Intervención que el paciente pide al médico para aliviar o curar
una enfermedad. 2. Castigo (como en la expresión «Vamos a aplicarle el
tratamiento…»); goza de especial popularidad en las instituciones psiquiátricas y en
los países totalitarios. 3. Cualquier cosa, generalmente de naturaleza desagradable,
que queramos hacerle a otra persona. A menudo se confunde con lo que nuestros
insensibles antepasados llamaban «castigo», pero que ahora, gracias a los
descubrimientos de la psiquiatría moderna, comprendemos que son formas de
tratamiento médico.
***
El concepto de «tratamiento» es el gran legitimador de nuestra época. Llamen
«tratamiento» a lo que quieran hacer y al instante les aclamaran como grandes
bienhechores y científicos. Freud decidió escuchar a las personas y hablar con ellas,
de modo que llamó «terapia» a la conversación y a ahora se reconoce el psicoanálisis
como una forma de tratamiento médico. Cerletti decidió aplicar sacudidas eléctricas a
las personas, así que llamó «terapia» al electrochoque y también a éste se le reconoce
ahora como un tipo de tratamiento médico. Masters decidió enseñar a los hombres a
actuar sexualmente, de manera que llamó «terapia» a proporcionarles prostitutas y el
proxenetismo se convirtió en una nueva variedad de tratamiento médico.
***
Cuando una persona come demasiado acortan sus intestinos; a esto lo llaman
«operación de derivación por obesidad».
Cuando una persona piensa demasiado le extirpan parte del cerebro: a esto lo
llaman «lobotomía frontal por esquizofrenia».
***
[Link] - Página 56
La definitiva solución médica de los problemas humanos: eliminar del cuerpo
todo lo que esté enfermo o proteste y dejar sólo órganos suficientes para que —por sí
solos o conectados con las máquinas apropiadas— todavía esté justificado llamar
«caso» a lo que quede de la persona, y dar al procedimiento el nombre de
«humanoctomía».
[Link] - Página 57
Las drogas y los fármacos
Ningún fármaco puede expandir la consciencia; lo único que un fármaco puede
expandir son las ganancias de la compañía que lo fabrica.
***
Voltaire dijo: «Desaprobaré lo que decís, pero defenderé hasta la muerte vuestro
derecho a decirlo». Pero, hoy día, ¿quién dirá: «Desapruebo lo que tomas pero
defenderé hasta la muerte tu derecho a tomarlo»? Sin embargo, a mí me parece que el
derecho a tomar cosas es más elemental que el derecho a decirlas, porque es menos
probable que tomar cosas haga daño a los demás que decirlas. En una sociedad libre,
la idea que un hombre meta en su cabeza no es asunto del gobierno; tampoco debería
serlo la droga que introduce en su cuerpo.
***
Los nazis decían tener un problema judío. Nosotros decimos que tenemos un
problema con el abuso de las drogas. En realidad, «el problema judío» era el nombre
que daban los alemanes a la persecución de los judíos; «el problema del abuso de las
drogas» es el que damos nosotros a la persecución de las personas que consumen
ciertas drogas.
***
Las leyes referentes a los narcóticos son nuestras leyes dietéticas. Dado que ésta
es la edad de la ciencia y no de la religión, los psiquiatras son nuestros rabinos, la
heroína es nuestra carne de cerdo y el adicto es nuestra persona impura.
***
Tratar la adicción a la heroína con metadona es como tratar la adicción al whisky
escocés con whisky norteamericano.
***
En realidad, vencer las «adicciones» fuertes —ya sea a fumar cigarrillos o a
inyectarse heroína— es a la vez muy difícil y muy fácil. Algunas personas se pasan
decenios luchando en vano contra uno de estos hábitos; otras «deciden» dejarlo y lo
dejan; y a veces los que llevan tiempo luchando inútilmente de pronto se liberan del
hábito. ¿Cómo podemos explicar todo esto? La farmacología de la sustancia llamada
adictiva no es lo único que no tiene nada que ver con el acertijo; tampoco la
personalidad del llamado adicto tiene nada que ver con ello. Lo que sí que tiene que
[Link] - Página 58
ver es si «la adicción» —fumar, beber, chutarse heroína— forma o no parte de una
producción dramática internamente significativa en la cual el «paciente-víctima» es la
estrella. Mientras lo sea (y, si lo es, la lucha por combatir la adicción es sólo una parte
de la obra), a la persona le resultará difícil o imposible dejar el hábito, mientras que,
una vez haya decidido dejar de representar la obra y abandonar el escenario, verá que
la dominación del hábito se habrá roto y se «curará» de la «adicción» con
sorprendente facilidad.
***
Algunos abogan por la prohibición de la heroína; otros piden que se distribuya
«gratis» entre los «adictos». Ambas posturas revelan una escandalosa falta de sentido
de la equidad. ¿Por qué debe prohibirse la heroína si el alcohol y la nicotina no están
prohibidos? ¿Por qué iba a facilitarse heroína a expensas del contribuyente a quienes
ansían tomarla cuando las bebidas alcohólicas y los cigarrillos no se distribuyen
gratis a quienes gustan de ellos? Además, un detalle revelador de nuestra propensión
a meternos en los asuntos ajenos lo tenemos en el hecho de actualmente se aboga en
serio por toda intervención concebible en la vida de los «adictos», y esta postura goza
del apoyo general; es decir, todas menos una: derogar todas las leyes contra la droga
y dejar en paz a los llamados adictos.
***
La nuestra es verdaderamente una época de materialismo. No lo digo porque
seamos aficionados al dinero o a los objetos, sino porque las amenazas materiales nos
infunden más miedo que las espirituales. De hecho, a las cosas espirituales les
negamos el poder que tienen, a la vez que dotamos a las materiales de una influencia
que no tienen. Así decimos que una persona está «bajo los efectos o la influencia» del
alcohol, de la heroína o de las anfetaminas, y creemos que queda dominada por ellas,
sin poder evitarlo. Por lo tanto, consideramos que, desde el punto de vista científico,
está justificado tomar las precauciones más rigurosas contra estas cosas y con
frecuencia prohibimos sus aplicaciones no médicas, o incluso las médicas. Pero una
persona puede hallarse bajo la influencia no sólo de sustancias materiales, sino
también de ideas y sentimientos espirituales como, por ejemplo, el patriotismo, el
catolicismo o el comunismo. Pero no tememos a estas influencias y creemos que cada
persona es o debería ser capaz de defenderse sola en un libre mercado de las ideas. En
esto reside precisamente nuestra torpeza moral; que mostramos más respeto por las
drogas que por las ideas.
[Link] - Página 59
El suicidio
El suicidio es un derecho humano fundamental. Esto no quiere decir que sea
moralmente deseable. Sólo significa que la sociedad no tiene el derecho moral a
entrometerse por la fuerza cuando una persona decide cometer dicho acto.
***
Prohibir lo que no puedes hacer que se cumpla degrada tanto la autoridad como la
obediencia, y con ello perjudica no sólo el respeto a la ley, sino también el respeto a
la decencia. Así pues, prohibir el suicidio es una tontería y una indecencia supremas.
***
Quien no acepta y respeta a quienes quieren rechazar la vida en realidad no acepta
y respeta la vida misma.
***
El médico tiene acceso ilimitado a la moderna tecnología farmacológica del
suicidio. ¿Por qué no iban a tener todos los demás seres humanos el mismo
«derecho» a matarse con facilidad, sin dolor, y de forma segura?
***
Los médicos tratan de salvar vidas; los suicidas intentan tirarlas. No es extraño,
pues, que unos y otros se lleven tan mal. Al igual que los avaros y los
despilfarradores, lo único que tienen en común son sus diferencias.
***
«Intento de suicidio» es retórica estratégica de la psiquiatría; en la mayoría de los
casos «intento de suicidio» en realidad significa «suicidio fingido».
***
Llaman al aborto «asesinato» o «feticidio» quienes lo desaprueban; quienes son
partidarios de él o no lo condenan o lo denominan «control de la natalidad». De modo
parecido, a causar la propia muerte sólo lo deberían llamar «suicidio» quienes lo
desaprueban; y los que lo aprueban —o al menos no lo condenan— deberían llamarlo
«control de la mortalidad».
[Link] - Página 60
La psiquiatría
Hay dos clases de psiquiatrías: voluntaria e involuntaria, o contractual e
institucional. Confundirlas es como confundir amigo con enemigo, verdad con
falsedad, libertad con esclavitud, vida con muerte. La psiquiatría contractual
comprende todas las intervenciones psiquiátricas que obtienen para sí mismas unas
personas a las que empujan sus propias dificultades o sufrimientos personales. Estas
intervenciones se caracterizan por el hecho de que el cliente retiene el control total de
su relación con el experto. La característica económica más importante del tipo
contractual es que el psiquiatra es un empresario privado a quien el cliente paga sus
servicios. Su característica social más importante es el evitar la coacción y el engaño
(su empleo está penado por la ley) y el recurrir a un claro acuerdo contractual entre el
cliente y el experto (Véase también «La psiquiatría institucional»).
***
La psiquiatría es una empresa moral y social. El psiquiatra se ocupa de problemas
de la conducta humana. Por consiguiente, se ve atraído hacia situaciones conflictivas,
que a menudo son entre el individuo y el grupo. Si deseamos comprender la
psiquiatría, no podemos apartar los ojos de este dilema: debemos saber por quién
toma partido el psiquiatra, si es por el individuo o por el grupo.
***
En general, quienes pagan para recibir un servicio psiquiátrico son sus
beneficiarios; cuando las personas reciben un servicio psiquiátrico sin pagarlo son las
víctimas, y no los beneficiarios, de la psiquiatría.
***
Gran parte de lo que actualmente pasa por ser enfermedad mental en realidad es
coacción y engaño; el supuesto paciente trata de coaccionar a los demás fingiendo
que está enfermo. De forma parecida, gran parte de lo que ahora pasa por psiquiatría
es también coacción y engaño: el llamado médico psiquiatra intenta coaccionar a los
demás fingiendo que es un curador que lucha contra una epidemia de peste.
Algunos citarían aquí las características desagradables del loco para justificar el
comportamiento del psiquiatra. Otros citarían las del psiquiatra para justificar la
conducta del loco. El resultado es que se da un tono romántico a la locura o a la
existencia de locos cuando, en realidad, con demasiada frecuencia ambas son
ejemplos de comportamiento deplorable.
***
[Link] - Página 61
Los comunistas pretenden elevar a los pobres por encima de los ricos y justifican
su objetivo afirmando que los pobres son nobles, mientras que los ricos están
corrompidos. La motivación de la envidia se oculta debajo de la retórica que habla de
«liberarse» de la opresión económica capitalista.
***
La antipsiquiatría y los psiquiatras radicales (todos ellos se declaran socialistas,
comunistas o, como mínimo, anticapitalistas) pretenden elevar a los «locos» por
encima de los «cuerdos», y justifican su pretensión afirmando que los «enfermos
mentales» son auténticos y honrados, mientras que los «cuerdos» no son auténticos y
están corrompidos. La motivación de la envidia queda ahora oculta debajo de la
retórica de «librarse» de la opresión psiquiátrica capitalista.
***
El diagnóstico psiquiátrico es una afirmación relativa al paciente que tiene
utilidad para el psiquiatra. El síntoma psiquiátrico es una afirmación relativa al
paciente que es útil para el paciente.
***
So capa de diagnosticar una enfermedad, el psiquiatra descalifica las
desviaciones.
***
El problema de los diagnósticos psiquiátricos no estriba en que carezcan de
sentido, sino en que pueden usarse y a menudo se usan como porras semánticas:
romper la dignidad y la respetabilidad del paciente le destruye tan eficazmente como
partirle el cráneo. La diferencia es que todo el mundo reconoce al de la porra como
un criminal, pero no ocurre lo mismo en el caso de quien empuña un diagnóstico
psiquiátrico.
***
La formación psiquiátrica es el adoctrinamiento ritualizado del joven médico en
la teoría y la práctica de la violencia psiquiátrica.
***
La psiquiatría tradicional distingue entre enfermedades mentales menores y
mayores (neurosis y psicosis) la distinción depende de si el paciente percibe o no su
enfermedad. En realidad, los psiquiatras clasifican a una persona como neurótica si
[Link] - Página 62
sufre a causa de sus problemas en la vida, y de psicótica si hace sufrir a otras
personas.
Los psiquiatras dicen que los pacientes mentales niegan la realidad. Yo digo que
son los psiquiatras quienes niegan la realidad al llamar «pacientes mentales» a las
personas ingobernables y «enfermedad mental» a su comportamiento molesto. Por
ejemplo, si un hombre va a un banco y dispara contra el cajero para robar dinero que
le permita librarse de la opresión de la pobreza, lo llaman «atraco a mano armada»;
pero si un hombre llega a casa y dispara contra su esposa para matarla y librarse de la
opresión del matrimonio, lo llaman «locura transitoria».
***
Los actos sexuales de carácter sadomasoquista y las intervenciones psiquiátricas
forzosas tienen algo en común: en los primeros, el varón se impone a la hembra que
se le resiste, le da «placer» por medio de la propia manipulación sexual, y esconde su
propia dominación y su propio anhelo de orgasmos detrás de los dramáticos orgasmos
con que responde su «pareja»; en el segundo caso, el médico se impone a un
«paciente» que ofrece resistencia, le administra un «tratamiento» por medio de las
apropiadas manipulaciones médicas y oculta su propia dominación y su propio deseo
de curas detrás de la dramática respuesta terapéutica de su «paciente». En cada caso,
la respuesta justifica la violación.
***
El psiquiatra orgánico cree que el cerebro «segrega ilusiones» del mismo modo
que el riñón segrega orina.
***
La psiquiatría comunitaria promete acercarnos al día en que todo el mundo
cuidará a todos los demás y nadie cuidará de sí mismo.
***
En ciencia, las teorías se construyen para que encajen en los hechos; en la
psiquiatría forense, los «hechos» se construyen de forma que encajen en las teorías.
O, expresado de otra forma: en ciencia se utilizan teorías para explicar hechos, y en la
psiquiatría forense se usan para justificar actos.
***
Tal como la han escrito los psiquiatras y los historiadores de la medicina, la
historia de la psiquiatría parte de una premisa básica que es defectuosa, a saber; que
el psiquiatra institucional ayuda y cura al paciente forzoso. Si Hitler hubiera ganado
[Link] - Página 63
la guerra, los alemanes también hubiesen podido escribir una crónica terapéutica de la
historia de los campos de concentración. Por consiguiente, no puede haber una
apreciación popular de la verdadera naturaleza del problema de la enfermedad mental
hasta que se «desnacifiquen», por así decirlo, las historias de la psiquiatría. A los
«grandes psiquiatras» —como Rush, Kraepelin, Alexander, Menninger, e incluso
Pinel y Freud— hay que verlos como grandes líderes antes que grandes curadores.
Ayudaron a sus colegas y a los dirigentes de la sociedad, pero hicieron daño al loco y
a las víctimas de la sociedad.
[Link] - Página 64
La psiquiatría institucional
La psiquiatría institucional comprende todas las intervenciones y prácticas
psiquiátricas que unas personas imponen a otras. Estas intervenciones se caracterizan
por el hecho de que el cliente pierde totalmente el control de su relación con el
experto: por ejemplo, en el ingreso forzoso en un hospital mental. La característica
económica más importante de este tipo de psiquiatra reside en que el psiquiatra es un
empleado burocrático cuyos servicios para alguna organización privada o pública (en
lugar de pagarlos el individuo que es su cliente ostensible). Su característica social
más importante es que utiliza la coacción y el engaño. El cliente real de la psiquiatría
institucional es algún interés y organización sociales (por ejemplo, el Cuerpo de
Voluntarios para la Paz, el servicio de sanidad de alguna universidad, el departamento
de higiene mental del algún Estado); la mayoría de las veces su cliente ostensible es
su víctima más que su beneficiario.
***
No hay ni puede haber abusos de la psiquiatría institucional porque la psiquiatría
institucional es ella misma un abuso, del mismo modo que no había ni podía haber
abusos de la Inquisición porque la misma Inquisición era un abuso. A decir verdad,
de igual manera que la Inquisición era el abuso característico y, quizá evitable, del
cristianismo, la psiquiatría institucional es el abuso característico y tal vez inevitable
de la medicina.
***
El problema principal de la psiquiatría institucional es la violencia: la posible y
temida violencia del loco, y la violencia real de la sociedad y la psiquiatría
institucional contra él.
***
La legitimidad de la psiquiatría institucional se apoya directamente en la premisa
dual de que los «pacientes» carecen de autodominio y, por consiguiente, son
incapaces de ejercer la autodeterminación, y de que los «terapeutas» no sólo poseen
estas cualidades, sino que son además expertos capacitados profesionalmente para la
«protección de los mejores intereses de los enfermos mentales».
***
La psiquiatría institucional satisface una necesidad básica de los seres humanos:
validarse uno mismo como bueno (normal) invalidando al otro como malo (enfermo
mental).
[Link] - Página 65
***
El «depresivo» tiene la moral abatida; el psiquiatra se la levanta por medio de
fármacos.
El «maníaco» tiene la moral alta; el psiquiatra utiliza fármacos para bajársela.
Estos ejemplos ilustran el principio en que se basa la psiquiatría institucional (y
orgánica): todo lo que haga el paciente está mal, y todo lo que haga el psiquiatra está
bien.
***
La psiquiatría institucional se ocupa de juicios; la teoría psicoanalítica, de
justificaciones.
[Link] - Página 66
La hospitalización mental
Los hospitales mentales son los campos de prisioneros de nuestras guerras civiles
no declaradas ni expresadas.
***
La hospitalización mental voluntaria: la amenaza de que «Si no vienes por las
buenas, será peor para ti» aplicada a personas a las que se acusa de enfermedad
mental.
***
La hospitalización mental forzosa: según los pacientes de los hospitales mentales,
encarcelamiento por un período indefinido sin delito, juicio ni sentencia; según los
psiquiatras de los hospitales mentales, un procedimiento tan raro que prácticamente
no existe, al que sólo se recurre para proteger a los enfermos mentales y que
únicamente rechazan los que sienten temores paranoicos y hostilidad ante los
psiquiatras institucionales.
***
De hecho ninguna persona encerrada en un hospital mental es libre de irse cuando
quiera. No obstante, la ley distingue entre dos clases de pacientes de hospital mental:
voluntarios y forzosos. Los pacientes voluntarios piensan que pueden irse del
hospital; los forzosos saben que no pueden. El paciente voluntario está equivocado y
el forzoso está en lo cierto. No obstante, los psiquiatras insisten en que los pacientes
voluntarios sufren de enfermedades mentales benignas, mientras que las que padecen
los pacientes forzosos son graves. Ello se debe a que los primeros tienen creencias
falsas que convienen al psiquiatra, mientras que los segundos tienen creencias
verdaderas que no le convienen.
***
Desde hace mucho tiempo, está de moda lamentar y denunciar la inhumanidad de
encarcelar a hombres cuerdos en manicomios. Según los que piensan así, encarcelar a
los supuestos locos es permisible, toda vez que para ellos la «hospitalización» es una
forma de tratamiento médico, sin duda desagradable, pero siempre necesario y a
menudo útil.
Esta opinión es desacertada, y no sólo porque la enfermedad mental no existe.
También lo es porque se basa en un error fundamental al interpretar la ética médica.
En medicina se permite una intervención peligrosa o mutiladora no tanto porque
ayude a la persona enferma a recuperarse de su enfermedad como porque dicha
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persona la desea. Por ejemplo, a un paciente que tiene cáncer de pulmón se le puede
extirpar parte de ese órgano. Sería verdaderamente horrible si un cirujano le hiciera lo
mismo a una persona cuyo pulmón está sanísimo. Pero también sería horrible si un
cirujano se lo hiciera a un enfermo de cáncer contra la voluntad de éste. Porque, a fin
de cuentas, lo que hace que una intervención médica sea permisible desde el punto de
vista moral no es el hecho de que sea terapéutica, sino que el paciente la desea. De
modo parecido, lo que hace que la intervención casi médica de la hospitalización
psiquiátrica forzosa no sea moralmente permisible no es su carácter dañino, sino que
se trate de algo que el supuesto paciente no quiere.
***
La hospitalización mental involuntaria es como la esclavitud. Mejorar los criterios
que rigen el ingreso en un hospital mental viene a ser como adornar las plantaciones
de esclavos. El problema no consiste en cómo mejorar los requisitos de ingreso, sino
en cómo abolir esta clase de hospitalización.
[Link] - Página 68
El psicoanálisis
El psicoanálisis es un intento de examinar las autojustificaciones de una persona.
Por lo tanto, sólo puede emprenderse con la cooperación del paciente, y únicamente
puede dar buen resultado cuando el paciente gana algo abandonando o modificando
su sistema de autojustificación.
***
Los primeros freudianos creían que la percepción interior «curaba». Más adelante
se vio que no era así, pero los psicoanalistas nunca explicaron qué era lo que curaba.
En primer lugar, no tiene sentido hablar de una cura donde no hay ninguna
enfermedad. En segundo lugar, entre la percepción interior y el cambio de
personalidad existe la misma relación que entre el «es» y el «debería», el hecho y el
valor, o la ciencia y la política. Esto explica por qué la percepción interior no basta
para cambiar a nadie, y también por qué los que afirman que es innecesaria en la
psicoterapia están tan equivocados como los que la califican de indispensable.
***
Filósofos, psiquiatras y otros han debatido largamente sobre la cuestión de si el
psicoanálisis es una creencia o no. Pero la cuestión es engañosa: lo que en realidad se
discute es si el psicoanálisis es bueno, verdadero o válido. Los que abogan por la base
científica del psicoanálisis afirman que es «bueno», mientras que los que niegan
dicha base dicen que no lo es. Es una confusión irónica, en primer lugar porque se
apoya en el supuesto tácito de que lo que es científico es bueno; y, en segundo lugar,
porque, si bien el psicoanálisis no es una ciencia, algo bueno hay en él.
***
Freud dijo que el histérico «sufre de reminiscencias». No es cierto. Sufre porque
no puede o no quiere afrontar y ocuparse de sus reminiscencias. ¿De qué otra forma
podría ayudarle el psicoanalista?
***
Freud dijo que la religión era una neurosis. Se ajustaría más a la verdad decir que
la neurosis es una religión.
***
Freud nunca se cansaba de hacer dos afirmaciones contradictorias: una, que no
era necesario que una persona tuviera preparación médica o psiquiátrica para ejercer
[Link] - Página 69
el psicoanálisis; la otra, que las neurosis (y las perversiones, psicosis, etc.) eran
enfermedades. Creo que hacía estas afirmaciones por una sencilla razón: por un lado,
quería adquirir el prestigio y la protección de la medicina para el culto religioso que
estaba creando y sobre el que quería reinar… desde la Berggasse en vida y desde la
tumba una vez muerto; por el otro, sabía, y se daba cuenta de que otros sabrían, que
la conversación no es una forma de tratamiento médico.
***
Asociación libre: el término que usa el psicoanalista para manifestar que no
aprueba que el paciente hable de lo que quiere hablar en vez de lo que el analista
desea.
***
Teoría de la libido: la letanía de las liturgias freudianas.
***
Narcisista: término psicoanalítico que se aplica a la persona que se quiere más a sí
misma que a su analista; se considera manifestación de una horrenda enfermedad
mental cuyo tratamiento dará buen resultado sólo si el paciente aprende a querer más
al analista y menos a sí mismo.
***
Instituto psicoanalítico: escuela cuyo profesorado, compuesto de hombres y
mujeres ancianos y de mediana edad, los llamados psicoanalistas, degrada e
infantiliza a los alumnos, que son psiquiatras que se acercan a grandes zancadas a la
mediana edad y se someten ansiosamente a esta ceremonia de degradación con la
esperanza, a menudo frustrada, de que, una vez despojados por completo de todo
juicio independiente, así como de la capacidad de formar tales juicios, podrán infligir
el mismo tratamiento a otras personas, llamarlo psicoanálisis y cobrar unos elevados
honorarios por él.
***
Encuentros psicoanalíticos: las liturgias de Yom Kipur o Expiación de los fieles
secularizados y «científicos»: en vez de obsequiar a Dios con el relato en hebreo de
sus propios pecados, los fieles se obsequian unos a otros, empleando la jerga del
psicoanálisis, con descripciones de las aberraciones mentales de sus pacientes.
***
[Link] - Página 70
La teoría psicoanalítica: el canto de trabajo de los barqueros freudianos.
***
El inconsciente: el «territorio» de la mafia psicoanalítica.
***
En psicoanálisis se llama «interpretación» a la explicación que da el analista de
por qué otras personas se comportan de tal o cual manera. Estas explicaciones son
básicamente de dos tipos: las que los analistas formulan acerca de los pacientes y
comunican a éstos, y las que formulan acerca de figuras públicas y dan al público en
general.
Las interpretaciones que hace el analista en la sesión psicoanalítica se ajustan a la
formula general que afirma que el paciente no quiere decir lo que dice o piensa que
quiere decir, a menos que se trate de algo malo. Por ejemplo, cuando el paciente dice
que ama a su madre, padre o esposa, lo que «realmente» quiere decir es que odia a
esa persona; pero cuando dice que la odia también quiere decir «realmente» que la
odia.
Las interpretaciones que hacer el analista fuera de la sesión psicoanalítica se
ajustan a la fórmula general según la cual el paciente no es lo que parece ser o no
hace lo que parece que hace, a menos que lo que es o lo que hace sea malo. Por
ejemplo, cuando el analista interpreta a Leonardo da Vinci afirma que «en realidad»
lo que hacía no era pintar cuadros, sino embadurnar con heces fecales; pero cuando
interpreta a Oscar Wilde no afirma que éste fuera «realmente» heterosexual.
***
Cuando un hombre tiene relaciones sexuales con muchas mujeres los
psicoanalistas dicen que tiene un complejo de Don Juan, que significa
homosexualidad latente. Pero cuando un hombre tiene relaciones sexuales con
muchos hombres los psicoanalistas no dicen que tiene un complejo de Oscar Wilde,
que significa heterosexualidad latente. Resumiendo, en el vocabulario psicoanalítico
abundan las imágenes y los términos que degradan e invalidan, a la vez que escasean
los que dignifican y validan.
***
En la jerga psicoanalítica se denomina «per-elaboración» a repensar y revivir
experiencias y recuerdos dolorosos del pasado con el objeto de librarse de sus
efectos. Un riesgo grande del psicoanálisis (y de otras formas de psicoterapia
intensiva) es que la «per-elaboración» puede convertirse en «reelaboración»; dicho de
otro modo, que en vez de librarse de recuerdos dolorosos el paciente no pare de
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rumiarlos y recrearlos en su vida actual. En una palabra, ayudados y alentados por
analistas corruptos, a menudo pacientes que no tienen nada mejor que hacer utilizan
la sesión psicoanalítica para transformar lastimaduras insignificantes de la infancia en
santuarios particulares donde rinden incesantemente culto a la enormidad de las
ofensas de que les hicieron objeto. Esta solución es inmensamente halagadora para
los pacientes, como lo son todas las formas de exaltación inmerecida de uno mismo;
y es inmensamente provechosa para los analistas, igual que todas las formas de
mimar la vanidad de la gente; y a menudo es desagradabilísima para casi todas las
otras personas que forman parte de la vida del paciente.
***
El analista docente no enseña ni analiza. Lo que hace es espiar por cuenta del
instituto psicoanalítico que le ha nombrado para el cargo y por cuenta de la American
Psychoanalytic Association, que acredita dicho instituto. De esta manera el analista
modelo se convierte en un símbolo de todo lo que es la antítesis del espíritu del
análisis. Y de esta manera el analista docente, cuya misión era purificar y reforzar el
psicoanálisis, pasa a ser el medio de contaminación y destrucción del mismo.
***
Cuidado con el psicoanalista que analiza los chistes en vez de reír con ellos.
***
Actualmente, el psicoanálisis funciona como una religión disfrazada de ciencia y
método de tratamiento. Del mismo modo que Abrahán recibió las Leyes de Dios de
Jehová, a quien, según el, tenía acceso especial, Freud recibió las Leyes de la
Psicología del Inconsciente, al que, también según él, tenía acceso especial.
***
«Las palabras que están saturadas de mentiras o atrocidades —escribe George
Steiner— no resumen fácilmente la vida.»[9] Por esto el lenguaje de la locura y el de
los médicos de los locos son lenguas muertas. Cada uno de ellos trata de negar su
propia mendacidad: el loco, por medio de la retórica fraudulenta de sus «síntomas»;
el médico de los locos, mediante la retórica fraudulenta de sus «diagnósticos» y
«tratamientos».
También Sartre comenta el papel de la mentira en la epistemología del
psicoanálisis: «Así el psicoanálisis sustituye el concepto de mala fe por la idea de una
mentira sin mentiroso; me permite comprender cómo es posible que me mientan sin
mentirme a mí mismo…; sustituye la dualidad del engañador y el engañado, la
condición esencial de la mentira, por la del “id” y el “ego”»[10].
[Link] - Página 72
Pero, al rehabilitar la mentira, el psicoanálisis aniquila la verdad.
[Link] - Página 73
La enfermedad mental
Todas las enfermedades «corrientes» que tienen las personas también las tienen
los cadáveres. Así pues, cabe decir que un cadáver «tiene» cáncer, neumonía o un
infarto de miocardio. La única enfermedad que es seguro que un cadáver no puede
«tener» es la mental. No obstante, la postura oficial de la American Psychiatric
Association y de otros grupos médicos y psiquiátricos es que «la enfermedad mental
es como cualquier otra enfermedad».
***
La enfermedad corporal es algo que el paciente tiene, mientras que la mental es
en realidad algo que el paciente es o hace. Si la neurosis y la psicosis fueran
enfermedades, como la neumonía o el cáncer, seria posible que una persona tuviera a
la vez una neurosis y una psicosis. Pero las reglas de la sintaxis psiquiátrica hacen
que sea absurdo dar esta combinación diagnóstica. En realidad, usamos las palabras
«neurótica» y «psicótica» (y otros términos que se emplean en los diagnósticos
psiquiátricos) para caracterizar a las personas y para nombrar enfermedades.
***
La enfermedad mental es una definición falsa de un problema relativo a ti mismo
y a los demás. No decimos: «Vivo mal. Soy inmoral»; en vez de ello decimos; «Estás
confundido. Tu mente no funciona como es debido. Estás enfermo».
***
La enfermedad mental es coacción disimulada como pérdida de autodominio; la
psiquiatría institucional es contracoacción disimulada como terapia.
***
La enfermedad mental es un engaño que realza a uno mismo, una estrategia para
autopromoverse.
***
Para la familia y la sociedad del paciente, la enfermedad es un «problema»; para
el paciente mismo es una «solución». Éste fue el gran descubrimiento de Freud.
Actualmente, los psicoanalistas hacen caso omiso de esto, y los psiquiatras lo niegan.
***
Gran parte de lo que se denomina enfermedad mental es hábito, que será bueno o
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malo según quién lo juzgue y cuándo se juzgue. Así se lo sugiero a un paciente mío
que ha tenido un largo análisis con otro terapeuta antes de venir a verme y que poseen
«percepción» de todo lo que hace y de todo lo que no hace. Me responde secamente:
«¡Yo no suelto una pauta de treinta años en una conversación!».
***
La mayoría de las cosas que los psiquiatras llaman «síntomas mentales» son en
realidad declaraciones de independencia y dependencia, que hace el supuesto
paciente mental. Característicamente, los llamados síntomas psicóticos son
declaraciones de independencia, esto es, afirmaciones de incremento de facultades y
adquisición de control sobre uno mismo y los demás, como ocurre cuando una
persona afirma que es Jesús; mientras que los llamados síntomas neuróticos son
declaraciones de dependencia, es decir, afirmaciones de disminución de facultades y
pérdida de control sobre uno mismo y los demás, como en los casos en que una
persona dice que le da miedo salir de casa o buscarse un empleo.
Hay que añadir que estas declaraciones se convierten en síntomas, o se perciben
como tales, sólo en la medida en que las ilegitimen los «seres queridos» de quienes
las hace o los profesionales de la salud mental.
***
Entre las personas a las que se incluye en la categoría de enfermos mentales hay
dos tipos radicalmente distintos que los psiquiatras sistemáticamente no diferencian y
que, por ende, confunden. Uno lo componen los inadecuados, no especializados,
perezosos o estúpidos; en resumen, los ineptos (por relativo que pueda ser este
término). El otro, los que protestan, los revoluciones, los que se declaran en huelga
contra sus parientes o la sociedad; en una palabra, los reacios.
Como no hacen una distinción entre estos dos grupos, los psiquiatras con
frecuencia atribuyen la ineptitud a que la persona es reacia, y el que la persona sea
reacia a la ineptitud.
***
La Ley de Parkinson afirma que «El trabajo se ensancha hasta llenar el tiempo de
que se dispone para terminarlo»[11]. De modo parecido, la angustia crece hasta llenar
el espacio mental de que se dispone para su contemplación. Esto es un
replanteamiento de la opinión de que los trastornos mentales nacen del vacío
espiritual.
***
Cuando la resistencia de una persona contra la coacción malévola se encuentra en
[Link] - Página 75
su punto más bajo, cuando ya no puede defenderse de la intrusión del otro, entonces
esta persona sufre lo que popularmente se llama una «crisis nerviosa»; en la jerga
psiquiátrica se vuelve «psicótica». Entonces o bien afirma que le están ocurriendo
cosas terribles (lo cual es cierto), o que es invulnerable y poderosa (lo cual es una
forma de engañarse a sí misma para que la vida sea tolerable), o ambas cosas.
***
No esperamos que todo el mundo sea buen nadador, jugador de golf, ajedrecista o
tirador; tampoco consideramos «enfermos» a los malos jugadores. Las actividades
que constituyen ser estudiante, padre o madre, trabajador, etcétera, se parecen en
muchas cosas a las que constituyen ser jugador de golf o ajedrecista. Sin embargo,
pretendemos que todo el mundo sea competente en los juegos de su propia vida; y a
los que juegan mal —a ser marido o esposa, madre o padre— les consideramos
«enfermos», esto es, «enfermos mentales».
***
Toda creencia y todo comportamiento son, entre otras cosas, un acto de
autoafirmación, como si el individuo estuviera afirmando que «Yo soy la persona
que… cree que los judíos son el Pueblo Escogido o que Jesús es el Hijo de Dios»,
que tiene miedo del cáncer o de cruzar la calle, etcétera. Estas autoafirmaciones
pueden complacer o molestar a los demás, según sus propios valores y relaciones con
el individuo que las hace, y según las medidas que éste haya tomado o prometa tomar
para llevar sus ideas a la práctica. Las «enfermedades mentales» son miembros de
una clase determinada de autoafirmaciones que molestan.
***
Si un hombre nos cuenta mentiras sobre su coche para sacarnos más dinero, se
trata de un comportamiento económico comprensible. Pero si nos miente sobre sí
mismo para llamar más la atención, se trata de una locura misteriosa. A lo primero
respondemos regateando en torno al precio, y a lo segundo, combatiendo la
«enfermedad mental».
***
El supuesto paciente mental hace afirmaciones y representaciones que no afirma
ningún hecho, sino que más bien empujan al espectador a hacer algo. Por ejemplo, el
«esquizofrénico» expansivo, con ínfulas de grandeza, ordena: «Tienes que
subordinarte a mí; yo te ayudaré, te daré órdenes, etcétera». La persona «deprimida»,
agitada, que se acusa a sí misma, ordena: «Tienes que dominarme: ódiame,
castígame, etcétera».
[Link] - Página 76
***
Cuando una persona hace algo malo, como disparar contra el presidente,
enseguida se piensa en la posibilidad de que esté loca, ya que se considera que la
locura es una «enfermedad» que podría «explicar» por qué lo ha hecho. Cuando una
persona hace algo bueno, como descubrir un remedio para una enfermedad que se
consideraba incurable, no se hace ninguna suposición parecida. Propongo que se
necesita nada más para probar que la «enfermedad mental» no es el nombre de una
dolencia biológica cuya naturaleza está por dilucidar, sino el nombre de un concepto
que tiene por fin disimular lo que es obvio.
***
Gran parte de lo que actualmente pasa por enfermedad mental es en realidad el
fruto de la aprensión y el temor. Hablamos de «la paga del pecado», que sin duda es
real. En justa correspondencia, deberíamos hablar de «la paga del miedo»: el miedo a
ser, el miedo a vivir y a morir, el miedo a equivocarse, el miedo a que nos tengan
envidia o lástima, el miedo a ser diferente. La paga de estos miedos son las
numerosas autoinhibiciones a las que llamamos enfermedad mental.
***
La duda es a la certeza lo que la neurosis es a la psicosis. El neurótico duda y
teme a personas y cosas; el psicótico tiene convicciones y hace afirmaciones relativas
a ellas. En resumen, el neurótico tiene problemas, el psicótico tiene soluciones.
***
Decimos que un hombre «tiene» una neurosis o una psicosis cuando no estamos
de acuerdo con lo que dice o con su forma de vivir. Disimulamos este desacuerdo
atribuyéndolo a una enfermedad: si el paciente estuviera bien, viviría como nosotros,
no como vive ahora. Voltaire tenía razón: «Si Dios no existiera, sería necesario
inventarlo». Mutatis mutandis: si no existieran enfermedades mentales, sería
necesario inventarlas.
***
En el siglo XIX los psiquiatras se encontraban a veces con pacientes, generalmente
mujeres, que afirmaban ser incapaces de permanecer de pie o de andar y que, al
instarles a intentarlo, andaban de forma vacilante, de un modo dramáticamente torpe.
Lo consideraban una manifestación de la enfermedad que se conoce con el nombre de
histeria, y le daban el nombre de «astasia-abasia», que viene del griego. En realidad,
estos pacientes estaban en huelga contra quienes dependían de su ayuda; en efecto,
[Link] - Página 77
utilizando el lenguaje corporal decían: «No puedo levantarme, salir y hacer cosas
contigo o para ti». Si sencillamente lo hubieran dicho, se hubiesen sentido culpables y
también habrían sido objeto de desprecio y castigos, de manera que «convirtieron» su
mensaje en síntomas histéricos.
La mujer moderna que se convierte en ama de casa y tiene la sensación de ser una
esclava doméstica muestra la misma clase de solución para el mismo conflicto en su
incapacidad de conducir un coche o en el miedo que ello le inspira. Se siente
moralmente obligada a hacer cosas para su familia y entonces se encuentra en la
difícil situación de la esclava competente: cuanto más útil se hace, más la explota o se
siente explotada. Cuanto menos capaz se siente una mujer así de controlar las
exigencias que le hacen los hijos y el marido, más empujada se siente a alegar
incapacidad o incompetencia como únicas formas de protegerse de la explotación.
***
La histeria de conversión es a la enfermedad orgánica lo que la falsa moneda es al
dinero de verdad, o lo que un cuadro falsificado es a una auténtica obra maestra.
***
Sartre dice que la histeria es una mentira sin mentiroso. También podría decirse
que el histérico es un mentiroso que no admite ni reconoce sus mentiras.
***
Fobia: un tipo de dramatización del ser, como si la persona se dijera a sí misma:
«Tengo miedo a X (los gatos, las arañas, estar sola, etcétera), aun cuando no hay
ningún motivo para tener miedo a X». La vida empobrecida de esta persona (que
suele ser una mujer) se convierte así en una especie de relato detectivesco, una
película de misterio o una función de gran guiñol. Una vida vacía se transforma de
este modo, sin ningún esfuerzo o trabajo real, en una vida llena de interesantes
peligros, amenazas y terrores. Esto resuelve el problema que tiene el paciente, el
problema de qué hacer con su vida: debe protegerse de los peligros que le amenazan.
***
Hipocondría: atención exagerada a la propia mala salud (real o fingida). La
«enfermedad» resuelve el problema del aburrimiento y de la elección de la carrera: el
hipocondríaco es un jeremías de su propia fisiología.
***
Al adulto joven que teme construir o se niega a ello lo llamamos
«esquizofrénico». A la persona que trata de vivir en casa ajena le damos el nombre de
[Link] - Página 78
«psicópata» o «dependiente pasivo». A la que desprecia lo que ha construido la
calificamos de «deprimida». A la que muestra su tabuco como su fuera un palacio la
llamamos «maníaca». Una vez hemos diagnosticado estas enfermedades mentales,
nos ponemos a buscar las enzimas defectuosas o las moléculas torcidas en el cerebro
del supuesto paciente. Decimos que andamos buscando las causas de la enfermedad
mental. En realidad no tratamos de ver nada, sino que, al contrario, tratamos de no
ver las tragedias de la vida que nos miran fijamente a los ojos. Y nos sale muy bien.
La enfermedad mental como falsificación:
***
La enfermedad mental como drama:
Depresión: tragedia.
Manía: comedia.
Histeria: melodrama.
Travestismo: farsa.
***
La enfermedad mental como caricatura:
***
Hoy día, especialmente en Estados Unidos, todas las dificultades y todos los
problemas de la vida se consideran enfermedades psiquiátricas y, en mayor o menor
medida, a casi todo el mundo se le considera un enfermo mental. De hecho, no es
exagerado decir que la vida misma se ve ahora como una enfermedad que empieza
con la concepción y termina con la muerte, y que mientras dura necesita a cada paso
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la ayuda de los médicos y sobre todo de los profesionales de la salud mental.
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El mito de la enfermedad mental
Enfermedad significa enfermedad del cuerpo. El diccionario Médico de Gould
define la enfermedad como alteración de la función o la estructura de un órgano o una
parte del cuerpo. La mente (sea lo que sea) no es un órgano ni una parte del cuerpo.
Por consiguiente, no puede estar enferma en el mismo sentido en que el cuerpo puede
estarlo. Así pues, cuando hablamos de enfermedad mental hablamos
metafóricamente. Decir que la mente de una persona está enferma es como decir que
la economía está enferma o que un chiste está enfermo. Cuando se confunde la
metáfora con la realidad y se usa con fines sociales tenemos los elementos para
fabricar un mito. Los conceptos de salud mental y enfermedad mental son conceptos
mitológicos que se usan estratégicamente para facilitar el avance de algunos intereses
sociales y retrasar el de otros, de forma muy parecida al uso que se ha hecho en el
pasado de los mitos nacionales y religiosos.
***
El mito de la enfermedad mental combina y confunde tres interrogantes y al
respuestas apropiadas a ellos.
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ello justificaría el tratamiento psiquiátrico forzoso de los pacientes a los que les
hiciese tal diagnóstico. Pero eso no justificaría tal tratamiento más de lo que el
diagnóstico de un tumor cerebral justificaría el tratamiento forzoso de las personas
aquejadas de esta enfermedad.
***
La enfermedad mental es un mito cuya función consiste en disimular y, por ende,
hacer más agradable, la amarga píldora de los conflictos morales en las relaciones
humanas. Al afirmar que la enfermedad mental no existe, no niego que las personas
tengan problemas al hacer frente a la vida y al trato con otras personas.
***
La enfermedad corporal es a la enfermedad mental lo que el sentido literal es al
sentido metafórico.
***
Puede que no nos sintamos satisfechos con la televisión por dos razones muy
diferentes: porque nuestro televisor no funciona, o porque no nos gusta el programa
que estamos recibiendo. De modo parecido podemos sentirnos descontentos de
nosotros mismos por dos motivos muy distintos: porque nuestro cuerpo no funciona
(enfermedad orgánica), o porque no nos agrada nuestra conducta (enfermedad
mental). Qué estúpido, ruinoso y destructivo sería que tratáramos de eliminar los
anuncios de cigarrillos de la televisión pidiéndole a un técnico que manipulase el
receptor. Mucho más estúpido, ruinoso y destructivo sería que intentáramos eliminar
las fobias, las obsesiones, las ilusiones y demás pidiéndoles a los psiquiatras que
trabajaran en nuestro cerebro (con fármacos, electrochoque y lobotomía).
***
Los deseos son aspiraciones que queremos que se cumplan. Las enfermedades
son limitaciones que queremos superar. No podría haber dos cosas más distintas. Sin
embargo, los deseos pueden convertirse en enfermedades en manos del psiquiatra
moderno. El deseo de abortar, de divorciarse, de abrazar sexualmente a una persona
del mismo sexo, de tomar drogas prohibidas y, por supuesto, de suicidarse, a todos
estos deseos se les suele considerar actualmente como enfermedades mentales.
***
Cuando afirmo que las llamadas enfermedades mentales son «problemas de la
vida» lo único quiero decir es que son cuestiones de existencia y sentido y no de
salud y enfermedad. Freud lo sabía y así lo dijo cuando reconoció que sus historias
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clínicas parecían escritas por un novelista más que por un doctor. De esto se trata
precisamente: los novelistas escriben sobre cómo viven las personas, y a menudo
gran parte de lo que escriben es autobiográfico. Cuando los supuestos pacientes
psiquiátricos cuentan esta clase de «historias» a sus doctores, éstos sacan la
conclusión de que las personas que viven así tienen que estar enfermas y diagnostican
una enfermedad mental. Si esto es diagnóstico, es la mayor necedad de la ciencia
moderna.
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La esquizofrenia
Si hablas con Dios, estás rezando; si Dios habla contigo, tienes esquizofrenia. Si
los muertos hablan contigo, eres un espiritista; si Dios habla contigo, eres un
esquizofrénico.
***
Cuando un hombre dice que es Jesús o Napoleón, o que los marcianos le
persiguen, o afirma alguna otra cosa que escandaliza el sentido común, se le pone la
etiqueta de psicótico y se le encierra en el manicomio.
La libertad de palabra es sólo para las personas normales.
***
Un hombre que dice ser Jesús no se está quejando, se está jactando.
Consideramos que su afirmación es un síntoma de enfermedad; él lo considera una
señal de grandeza.
***
Si crees que eres Jesús, o que has descubierto una cura para el cáncer (y no es
verdad), o que los comunistas te persiguen (y tampoco es verdad), entonces es
probable que tus creencias se consideren síntomas de esquizofrenia. Pero si crees que
los judíos son el Pueblo Escogido, o que Jesús era el Hijo de Dios, o que el
comunismo es la única forma de gobierno científica y moralmente correcta, entonces
es probable que tus creencias se tomen como reflejo de quién eres; judío, cristiano,
comunista. Por esto creo que descubriremos la causa química de la esquizofrenia
cuando descubramos la causa química del judaísmo, el cristianismo y el comunismo.
Ni antes ni después.
***
Los psiquiatras buscan moléculas retorcidas y genes defectuosos como causas de
la esquizofrenia, porque esquizofrenia es el nombre de una enfermedad. Si
llamáramos enfermedad al cristianismo o al comunismo, ¿buscarían entonces los
psiquiatras las «causas» químicas y genéticas de estas «dolencias»?
***
Con frecuencia, lo que denominamos esquizofrenia es el resultado de cierta clase
de desarrollo infantil en lo que se refiere a seguir reglas. Normalmente el niño
aprende su repertorio básico de reglas mediante la sumisión amorosa a la autoridad de
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los adultos: el lenguaje, las pautas de vestir y gran parte de la conducta cotidiana se
aprenden de esta manera. Si el adulto no presta atención o si el niño no le respeta,
vemos la aparición de la megalomanía coactiva que tan típica es del comportamiento
de la persona a la que más adelante se le diagnostica una esquizofrenia. Esto
acostumbra a empezar en los comienzos de la adolescencia. Al carecer de una
persona que dicte reglas y a la que pueda respetar, el joven se convierte en su propio
legislador. Actúa y se siente como si no hubiera nada que no pudiese hacer (en
especial esforzándose lo suficiente), y como si no debiera prohibirsele nada. Y llega a
creer que si no puede hacer algo, entonces ese algo no debe de valer la pena. Una
persona así, entonces, no trata de vivir de acuerdo con la máxima de que sólo vale la
pena hacer las cosas que ya sabe hacer bien; y, como no hay nada que sepa hacer
bien, finge y afirma que domina artes, oficios y conocimientos que no posee, y
rechaza con desprecio el valor de todos los esfuerzos prácticos. Resumiendo, la
esquizofrenia es (a veces) un tipo de arrogancia e inmodestia.
***
La inflación es al dinero lo que la ensalada de palabras del esquizofrénico es al
lenguaje; las dos cosas ilustran, primero, que el hombre, como dijo Nietzsche, es un
«animal que hace promesas», y, en segundo lugar, que romper promesas es más fácil
que cumplirlas.
***
El «paranoico» oye, piensa y afirma que otros se burlan de él, le ridiculizan, esto
es, que le minimizan, que hacen que su amor propio disminuya. Así es como justifica
su respuesta, que consiste en burlarse de los demás y de la sociedad. El hombre
corriente obedece las leyes del país; el «paranoico» obedece las órdenes de su propia
«ley superior» (Dios, las voces que le hablan), las órdenes de odiar y matar. Al
rechazar las expectativas de la sociedad, y al invertir las reglas de ésta, se venga de
sus enemigos.
***
El paranoico se siente ridiculizado, despreciado, porque es ridiculizado,
despreciado, ya sea por otras personas o por su propio juicio válido de su fracaso en
la vida.
Gerald Murphy (un amigo de los Fitzgerald) visita a Zelda en el sanatorio suizo
donde Scott la tiene encerrada y donde se ve reducida a tejer cestos. Murphy describe
la visita así: «Me moví con toda la serenidad de que pude hacer acopio y al llegar
junto a ella, sonreí y le dije que durante toda la vida había querido hacer cestos como
los suyos…, cestos grandes, pesados, resistentes… Estuve menos de cinco minutos
con ellas, pero fue una experiencia horripilante»[12].
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Si los hombres de letras tratan la locura con tan profundo engaño de sí mismos,
¿qué podemos esperar de personas menos dadas a reflexionar sobre la vida?
***
¿Por qué los psiquiatras han prestado tanta atención a los llamados síntomas del
esquizofrénico y tan poca a sus derechos? Quizá porque muchos esquizofrénicos se
comportan como si los demás no tuvieran ningún derecho: violan su intimidad, por
no decir su sentido de la realidad. Así pues, al esquizofrénico puede tratársele como:
1) un loco peligroso; 2) una persona que tiene experiencias sumamente dramáticas e
insólitas; o 3) una persona que no respeta los derechos ajenos.
El primer punto de vista es de la psiquiatría tradicional; el segundo, el de los que
presentan la esquizofrenia bajo una luz favorable; el tercero es el mío propio.
***
Cuando Jones dice que es Jesús, la psiquiatría científica declara que sufre de una
ilusión. Yo digo que miente. ¿Cuál es la diferencia? Una ilusión es algo que te ocurre,
algo que «tienes». Una mentira es algo que tú haces que ocurra, algo que tú haces.
¿Cuál de los dos puntos de vista es correcto? Algo que le ocurre a una persona —un
accidente o un error— es neutral en lo que a motivaciones se refiere; por lo tanto,
puede que beneficie a la persona. Pero las personas que tienen ilusiones nunca
afirman ser Fulano (sus amigos y vecinos): siempre insisten en que son Jesús o
Napoleón.
***
Algunas de las ilusiones llamadas paranoicas son, en realidad, la expresión de
falta de valor. Por ejemplo, la mujer de edad avanzada que se queja de que su marido
la está envenenando. Acusa. Se queja. Pero no actúa. ¿Por qué no mata a su marido?
¿O le abandona? ¿Por qué no predica con el ejemplo? Porque le falta valor. Quiere
que otra persona haga algo guiándose por lo que ella cree y que esa persona se haga
responsable de las consecuencias.
***
Una mujer de cincuenta años y pico, cuyo marido murió hace cuatro años y cuyos
hijos se fueron de casa al hacerse mayores, ha sido sometida a electrochoque,
internada, etcétera, por obra y gracia de su extensa familia. Viene a verme por
iniciativa propia. ¿Qué quiere? «Me están envenenando. Se burlan de mí». Y sonríe.
Cuando le sugiero que quizá prefiera pensar estas cosas a pensar que su vida está
vacía, que no tiene sentido, me dice: «Si supiera usted el daño que me hacen…». Una
sonrisa fugaz vuelve a pasar por su rostro. El llamado afecto impropio —lo que los
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psiquiatras consideran el síntoma clásico de la esquizofrenia— tal vez sea el regocijo
mal disimulado del estafador, que se ríe en secreto de víctima.
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La psicología
No existe ninguna psicología: solamente existen la biografía y la autobiografía.
***
Ante el tribunal de justicia la ignorancia de la ley no es excusa. Ante el tribunal
de la psicología la ignorancia de la historia no sólo es una excusa, sino también un
requisito para ser reconocido.
***
Las pruebas de inteligencia: trucos que los psicólogos utilizan para demostrar que
ellos son brillantes y sus clientes, estúpidos. La aceptación general de estas pruebas
induce a pensar que esta afirmación quizá no carezca de fundamento.
***
Las pruebas proyectivas: trucos que usan los psicólogos para probar que ellos son
normales y que sus clientes están chiflados. Su aceptación popular sugiere que quizá
también esta afirmación tenga algún fundamento.
***
La teoría de la personalidad: normas de actuación familiar y social disfrazadas de
observaciones empíricas y promovidas como leyes científicas.
***
La psicología freudiana es la psicología del varón adolescente: privado de
actividad sexual y obsesionado por la sexualidad, viendo el mundo en termino de
frustraciones y satisfacciones sexuales.
La psicología de Adler es la psicología del joven varón adulto: anhelando control
y poder, viendo el mundo en términos de dominación y sumisión.
La psicología de Jung es la psicología de la persona de mediana edad, hombre y
mujer: ansiando religión, pero incapaz de creer, viendo el mundo en términos de
variedades infinitas de sentidos y misterios.
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La psicoterapia
Psicoterapia es el nombre que damos a una clase determinada de influencia
personal: por medio de comunicaciones, una persona, a la que se identifica con el
título de «psicoterapeuta», ejerce una influencia ostensiblemente terapéutica en otra,
a la que llamamos «paciente». Sin embargo, es obvio que este proceso no es sino un
miembro especial de una clase mucho más numerosa: tan inmensa, de hecho, que
virtualmente todas las interacciones humanas entran en ella. No sólo en psicoterapia,
sino también en incontables situaciones de otro tipo, tales como la publicidad, la
educación, la amistad y el matrimonio, las personas se influyen mutuamente. ¿Quién
tiene derecho a decir si esas interacciones son útiles o perjudiciales y a quién se lo
puede decir? El concepto de psicoterapia nos traiciona en este aspecto al prejuzgar la
interacción como terapéutica para el paciente, ya sea en su intención, en su efecto o
en ambos.
***
A las personas que acuden a los psicoterapeutas en busca de ayuda se las puede
dividir en dos grupos: las que desean afrontar sus dificultades y sus limitaciones y
cambiar de vida cambiando ellas mismas; y las que desean evitar las consecuencias
inevitables de sus estrategias vitales por medio de la intervención mágica o táctica del
terapeuta en su vida. Las del primer grupo pueden beneficiarse mucho de la terapia en
cosa de semanas o meses; las del segundo grupo pueden permanecer en el mismo
sitio, o hundirse cada vez más en el cenagal en que ellas mismas han convertido su
vida, después de años, e incluso decenios, de encuentros con psicoterapeutas.
***
En la mayoría de los tipos de psicoterapia voluntaria, el terapeuta intenta elucidar
las reglas no explícitas del juego por las cuales se rige el cliente, y ayudar a éste a
examinar las metas y los valores de los juegos vitales a que juega o se entrega.
***
El éxito en psicoterapia —esto es, la capacidad de cambiar en una dirección en la
cual quieres cambiar— requiere valor antes que percepción.
***
La psicoterapia autónoma se caracteriza por su objetivo: incrementar en el cliente
el conocimiento de sí mismo y de los demás y, por ende, su libertad de elegir el modo
de conducir su vida; por su método: el análisis de comunicaciones, reglas y juegos; y
por su contexto social: una relación contractual antes que terapeuta entre el analista y
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el analizado.
***
El papel del psicoterapeuta autónomo respecto de su cliente es como el del bufón
de la corte respecto del monarca: el terapeuta presenta la dolorosa realidad al cliente,
pero la presenta tan amistosamente como es posible; el cliente conserva toda su
capacidad de decidir si quiere escuchar o no (esto es, si quiere continuar la relación
terapéutica o darla por terminada).
***
La gente que tiene problemas personales a menudo se comporta como el
proverbial borracho que busca la llave de su casa bajo la luz del farol, no porque es
allí donde se le ha caído, sino porque es allí donde hay luz. Si una persona en estas
circunstancias consultara con un psicoterapeuta autónomo, la tarea de este no sería
encontrar la llave, sino sugerirle al paciente que encienda una cerilla o le pida a un
vecino que le preste una linterna y se vaya a buscar la llave allí donde se le cayó.
***
«Casos difíciles equivalen a ley mala» es una buena máxima jurídica. Mutatis
mutandis: clientes desesperados equivalen a mala psicoterapia. Las reglas buenas y
sensatas para la psicoterapia tienen que apoyarse en un contrato entre un cliente capaz
de inspeccionar su propia vida y aprender de sus errores, y un psicoterapeuta
competente para ayudarle a llevar a cabo dicha tarea. Los clientes desesperadamente
turbados a menudo padecen las consecuencias de su estupidez agravada por su
tozudez, y con frecuencia logran provocar una serie pareja de respuestas estúpidas y
tozudas por parte de sus psiquiatras, los cuales las racionalizan e incluso glorifican
como «métodos psicoterapéuticos de urgencia».
***
Cuando las personas (especialmente las mujeres) consultan con un psicoterapeuta
es frecuente que estén a punto de tener que elegir entre dos estrategias vitales
contradictorias; esto es, entre incrementar la compasión de sí mismas, mostrándose
desamparadas y haciéndose las víctimas, para arrancarles a los demás lo que creen
necesitar, e incrementar su amor propio, volviéndose más competentes y seguras de sí
mismas con el objeto de procurarse ellas mismas lo que quieren.
***
Las psicoterapias (y todos los llamados tratamientos psiquiátricos) habría que
verlas como algo que es análogo a las relaciones sexuales y que, por ende, el Estado
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debería reglamentar: mientras haya consenso —esto es, mientras ambas partes (o
todas las partes) que intervienen en la «terapia» estén satisfechas con ella—, deberían
estar permitidas; y a nadie debería importarle si son buenas o malas («terapéuticas» o
«nocivas»). La terapia psiquiátrica forzosa, al igual que la violación, debería estar
prohibida y castigada por el derecho penal.
***
La hipnosis: dos personas mintiéndose mutuamente, cada una de ellas fingiendo
creer tanto sus propias mentiras como las de la otra persona.
[Link] - Página 91
El profesionalismo
Paternalismo: el principio moral que ordena a una persona darla a otra toda menos
respeto. La doctrina según la cual nadie está aún preparado para la libertad y la
autodeterminación excepto la persona que habla y el grupo al cual pertenece. El
fundamento del profesionalismo.
***
Alguien definió una vez al psicoanalista diciendo que era una persona que no
sabía nadar y trabajaba de socorrista. Muy cierto con mucha frecuencia. La mayoría
de los profesionales son personas que no saben nadar y trabajan de socorristas. La
profesionalización es dar a los que no saben nadar certificados de socorristas e
impedir que los nadadores trabajen de socorristas.
***
El doble rasero sexual, la discriminación entre hombres y mujeres —basándose
en el antiguo principio de que Quod licet Jovi, non licet bovi (Lo que se permite a
Júpiter no se permite a la vaca)— tiene una analogía en el doble rasero que existe
entre el experto y el profano, un doble rasero que es todavía más hipócrita y
generalizado. El doble rasero sexual dice que los hombres son viriles y las mujeres
son ninfómanas. El doble rasero profesional dice que los expertos son sexólogos y
terapeutas, mientras que los profanos son pornógrafos, macarras y prostitutas; los
expertos son médicos e investigadores del mantenimiento con metadona, los profanos
son traficantes y corruptores de la nación; los expertos son escépticos y exigen
pruebas, los profanos son suspicaces y sufren de paranoia.
***
El nacimiento y la muerte, los dos acontecimientos más naturales y «normales»,
han pasado a ser propiedad de la clase médica. Así el embarazo y la senilidad se
consideran enfermedades cuyo tratamiento requieres la ayuda de un experto en
medicina. No es raro que la clase médica tiranice la vida cotidiana de unas personas
que se niegan a aceptar la responsabilidad de las tareas más elementales que su
composición biológica les plantea.
***
Que te juzgue un colega de profesión es como apostar con una persona que sigue
esta regla: «Si sale cara, yo gano; si sale cruz, tú pierdes». Si tus datos o tu
razonamiento no son correctos, el colega demostrará que estás equivocado echando
mano de los datos verdaderos y del razonamiento correcto; y si tus datos y tu
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razonamiento son correctos, demostrará tu error atribuyendo inmoralidades a tu
carácter y enfermedades mentales a tu personalidad.
[Link] - Página 93
La ciencia y el cientificismo
La esencia de la empresa científica es el esfuerzo por comprender algo con el fin
de controlarlo mejor. En las ciencias naturales esto significa que el científico,
hombre, estudia y controla el objeto que le interesa, cosa. La cosa que se estudia no
tiene voz en el asunto. Por consiguiente, las dimensiones y los dilemas morales de las
ciencias naturales no nacen de un conflicto entre el científico y el objeto que estudia,
sino de un conflicto entre el científico y otras personas o grupos que tal vez
desaprueban las consecuencias personales y sociales de su trabajo.
En las ciencias humanas o morales (si se les puede llamar «ciencias») la situación
es radicalmente diferente. En estos casos, el científico, hombre, estudia y controla el
objeto de su interés, una persona. El sujeto estudiado se preocupa mucho por este
proceso. Así pues, las dimensiones y los dilemas morales proceden de dos fuentes
distintas: en primer lugar, de un conflicto entre el científico y el sujeto, y, en segundo
lugar, de un conflicto entre el científico y otras personas o grupos que quizá
desaprueban las consecuencias personales y sociales de su trabajo.
En resumen, aunque tanto la ciencias naturales como las morales pretenden
comprender los objetos que someten a observación, en las ciencias naturales el
propósito de ello es poder controlarlos mejor, mientras que en las ciencias morales es,
o debería ser, poder dejarlos más en paz. Así pues, el objetivo moralmente apropiado
de la psicología es el autodominio.
***
En otro tiempo, cuando la religión era fuerte y la ciencia era débil, los hombres
confundían la magia con la medicina; ahora, cuando la ciencia es fuerte y la religión
es débil, confunden la medicina con la magia.
***
La psiquiatría es cientificismo institucionalizado; es imitación, personificación,
falsificación y engaño sistemático. Ésta es la fórmula: todo adulto fuma (bebe, tiene
relaciones sexuales, etcétera); luego, para demostrar que es adulto, el adolescente
fuma (bebe, tiene relaciones sexuales, etcétera). Mutatis mutandis: toda ciencia
consiste en clasificación, control y predicción; luego para demostrar que la psiquiatría
es una ciencia, el psiquiatra clasifica, controla y predice. El resultado es que clasifica
a las personas como locas, que encierra a las personas por peligrosas (para ellas
mismas o los demás), y que predice el comportamiento de las personas, robándoles el
libre albedrío y, por ende, su humanidad misma.
***
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Los judíos dicen que el Mesías nunca ha venido; los cristianos dicen que ha
venido una sola vez; para el hombre moderno aparece y desaparece con creciente
rapidez. Los salvadores del hombre moderno, los «científicos» que prometen la
salvación por medio de los «descubrimientos» de la etología y la sociología, la
psicología y la psiquiatría, y todas las demás religiones falsas, salen periódicamente,
como si los seleccionara algún «Club del Mesías del Mes».
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El Estado Terapéutico
Un Estado Teológico se caracteriza, entre otras cosas, por la preocupación de su
pueblo por la religión en general y por la herejía en particular. De modo parecido, lo
que caracteriza al Estado Terapéutico es, entre otras cosas, la preocupación de su
pueblo por la salud en general y el curanderismo en particular. Mutatis mutandis:
igual que en una sociedad donde hay libertad religiosa el concepto de herejía pierde
su importancia, en una sociedad donde existiera libertad médica el concepto de
curanderismo perdería su significación. El absurdo mismo de la segunda perspectiva
es una indicación de hasta que punto confiamos en que el Estado proteja nuestros
cuerpos. Es una confianza totalmente análoga a la que nuestros antepasados
depositaban en la Iglesia como protectora de sus almas.
***
Libertad religiosa significa que se es libre de dominación y persecución por
motivos religiosos. De modo parecido, libertad médica, quiere decir que se es libre de
dominación y persecución por parte de los médicos. Del mismo modo que la primera
ha requerido la separación de la Iglesia y el Estado, la otra requiere separar la
medicina del Estado.
Si verdaderamente valoramos la curación médica y nos negamos a confundirla
con la opresión terapéutica —del mismo modo que los Padres Fundadores[13]
valoraban de verdad la fe religiosa y rehusaban confundirla con la opresión teológica
—, entonces deberíamos dejar que cada hombre buscara su propia salvación médica y
erigiese un muro invisible, pero impenetrable, entre la medicina y el Estado.
***
No tenemos ninguna religión nacional. Tampoco los rusos la tienen. Pero tanto
Estados Unidos como la Unión Soviética (y muchas otras naciones modernas) tienen
medicina nacional o medicina reconocida y apoyada por el Estado. Esto corrompe la
medicina del mismo modo que en otro tiempo la religión se corrompió a causa de su
alianza con el Estado. Aunque la existencia de esta corrupción se reconoce de forma
general, su causa suele atribuirse a un defecto en vez de a un exceso de control del
Estado. Para que la medicina vuelva a estar al servicio del individuo es de todo punto
imprescindible que la protección de la Primer Enmienda se haga extensiva a las artes
curativas y se garantice que «el Congreso no formulará ninguna ley con respecto al
un establecimiento de medicina o prohibiendo el libre ejercicio de ésta…».
***
La Primera Enmienda protege la libertad religiosa, pero a los mormones se les
[Link] - Página 96
prohíbe practicar la poligamia. Dado que actualmente la opinión progresista
considera que el tratamiento médico es un derecho, los mormones debería reclamar
diciendo que necesitan varias esposas para su salud mental, más que para su bienestar
religioso. Luego, del mismo modo que se dice a los heroinómanos que tienen
«derecho» a la metadona, quizá los mormones obtendrían el «derecho» a la
poligamia.
***
La Iglesia de la Ciencia Cristiana niega la enfermedad; la define y percibe como
pecado.
La ciencia atea niega el mal; define y percibe el pecado como enfermedad.
En realidad, tanto la enfermedad como el pecado existen y son reales. Con
frecuencia los confundimos para confundir a los demás y de este modo controlarlos.
***
Medignosis: la doctrina de que todos los problemas humanos son enfermedades
médicas que pueden curarse mediante las apropiadas intervenciones terapéuticas, las
cuales, si es necesario, se impondrán por la fuerza al paciente. La sucesora
«científica» de las formas precristianas y cristianas de gnosticismo; la fe religiosa
dominante del hombre moderno.
***
Los malos hábitos que se tratan como enfermedades:
El mal uso del alcohol se denomina «alcoholismo» y se trata con Antabuse.
Al mal uso de los alimentos se le llama «anorexia nerviosa» u «obesidad»; la
primera se trata con electrochoques; la segunda con anfetaminas u operaciones de
derivación intestinal.
El mal uso de la sexualidad recibe el nombre de perversión y se trata con
estimulación mediante electrodos implantados en el cerebro y con operaciones de
cambio de sexo.
Al mal uso del lenguaje se le llama «esquizofrenia» y su tratamiento es la
lobotomía.
***
Terapeutismo: el sucesor del patriotismo. El último refugio —o el primero, según
la autoridad que se consulte— de los canallas. El credo que justifica proclamar amor
eterno a aquellos a quienes odiamos, e infligirles castigos despiadados en nombre del
tratamiento de enfermedades cuyos síntomas principales son su negativa a someterse
a nuestra dominación.
[Link] - Página 97
***
Vivimos en una época que se caracteriza por una tremenda necesidad de que haya
muchísimos pacientes mentales sobre los cuales pueda trabajar el resto de la
población, como si fueran productos o cosas, y a quienes puedan apoyar con orgullo
aquellos a los que se considera mentalmente sanos. El resultado es el Estado
Terapéutico, cuya finalidad no consiste en proporcionar condiciones favorables para
la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, sino reparar la salud mental
defectuosa de sus ciudadanos. Los dignatarios de tal estado parodian los papeles del
médico y del psicoterapéuta. Esta organización da sentido a la vida de incontables
burócratas, médicos y personas que trabajan en el campo de la salud mental, para lo
cual despoja a los supuestos pacientes del sentido de su vida. De esta manera,
perseguimos a millones de seres —por ser toxicómanos, homosexuales, propensos al
suicidio, etcétera— mientras no paramos de decirnos a nosotros mismos que somos
grandes sanadores y les curamos sus enfermedades mentales. Hemos conseguido
cambiar el envoltorio de la Inquisición y la vendemos como un nuevo curalotodo
científico.
***
Que el hombre domine a un semejante es algo tan viejo como la historia; y
podemos dar por sentado, sin riesgo de equivocarnos, que es un fenómeno que se
remonta a la prehistoria y a nuestros antepasados prehumanos. En todas las épocas
los hombres han oprimido a las mujeres; los blancos, a los negros; los cristianos, a los
judíos. Sin embargo, en decenios recientes las razones y justificaciones que
tradicionalmente se referían a la discriminación entre los hombres —basándose en
criterios nacionales, raciales o religiosos— han perdido gran parte de su verosimilitud
y atractivo. ¿Qué justificación tiene ahora el antiquísimo deseo del hombre de
dominar y controlar a su semejante? El liberalismo moderno —que en realidad es un
tipo de estatismo—, aliado con el cientificismo, ha satisfecho la necesidad de una
nueva defensa de la opresión y ha proporcionado un nuevo grito de guerra: ¡La salud!
En esta visión terapéutico-meliorativa de la sociedad los enfermos forman una
clase especial de «víctimas» a las que, por su propio bien y en interés de la
comunidad, deben «ayudar» —de manera coactiva y contra su voluntad si es
necesario— las personas sanas, y en especial los médicos que estén capacitados
«científicamente» para ser sus amos. Esta perspectiva nació y alcanzó sus mayores
avances en la psiquiatría, donde la opresión de los «pacientes locos» por parte de los
«médicos cuerdos» es ya una costumbres social santificada por las tradiciones médica
y jurídica. En la actualidad, el conjunto de la clase médica parece emular este
modelo. En el Estado Terapéutico hacia el que, al parecer, vamos avanzando, el
principal requisito para ocupar el puesto de Gran Hermano quizá sea un título de
médico.
[Link] - Página 98
El Campo de Agramante que nos legó la literatura era un lugar donde la
confusión impedía entenderse. En su nueva versión editorial lo imaginamos poblado
de discrepancia clamorosas, pero al mismo tiempo fecundas y estimulantes, que
hagan realidad «el derecho a pensar lo impensable, a discutir lo indiscutible y a
desafiar lo indesafiable».
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THOMAS ISTVAN SZASZ (Budapest, 1920 - 2012). Fue profesor emérito de
psiquiatría en la Universidad de Siracusa en Nueva York. Szasz fue crítico de los
fundamentos morales y científicos de la psiquiatría y uno de los referentes de la
antipsiquiatría.
Su postura sobre el tratamiento involuntario es consecuencia de sus raíces
conceptuales en el liberalismo clásico y el principio de que cada persona tiene
jurisdicción sobre su propio cuerpo y su mente. Szasz considera que la práctica de la
medicina y el uso de medicamentos debe ser privado y con consentimiento propio,
fuera de la jurisdicción del Estado, a su vez cuestiona los regímenes autoritarios y los
Estados policiales.
Es conocido por sus libros El mito de la enfermedad mental y La fabricación de la
locura: un estudio comparativo de la inquisición con el movimiento de salud mental,
en los que planteó sus principales argumentos con los que se le asocia.
and reportage, Harcourt, Brace, jovanovich. Nueva York 1956, pp. 355-366, 363-
364. <<
cargo de John Ciardi, Mentor, Nueva York, 1954, pp. 42-43. (Ed. castellana:
Comedia: Infierno, Seix Barral, 1982). <<