EL ACEITE DE SAN JOSÉ
El aceite para curar lo usaban los apóstoles. Dice el Evangelio: “Echaban demonios y, ungiendo con
aceite muchos enfermos, los curaban” (Mc 6, 13). El apóstol Santiago dice en su carta: ¿Está
enfermo alguno de vosotros? Haga llamar a los sacerdotes de la Iglesia y oren sobre él,
ungiéndolo con aceite en el nombre del Señor y la oración de la fe salvará al enfermo y el
Señor lo hará levantarse y los pecados que hubiere cometido le serán perdonados (Sant 5, 14-
15).
El fundador de los religiosos de la santa Cruz, padre Emilio Moreau, tenía un amigo laico, León Dupont,
llamado el santo de Tours (Francia), cuya causa de beatificación está introducida, que aconsejaba tomar
aceite de la lámpara que brillaba delante de una imagen de la Santa Faz; y con él frotaba a los enfermos
y muchos se curaban. Un día una postulante a religiosa se enfermó gravemente y se temió por su vida,
pues estaba ya inconsciente. El padre Kilroy, de la comunidad de la Santa Cruz, dio a las hermanas aceite
que había recibido de señor León Dupont, le frotaron a la enferma la espalda y, ante la sorpresa de todos,
abrió los ojos y comenzó a hablar. Esta curación completa sucedió en 1851.
El hermano André les aconseja orar a san José y hacer novenas; a otros frotarse con la medalla o con el
aceite de san José y a otros les dice: “Voy a rezar por usted”. ¿Por qué esa diferencia? Respondió: “A
veces es muy fácil de ver”. ¿Eran simples inspiraciones o su ángel o san José le decía las cosas? Cuando
él frotaba algún enfermo no usaba medalla, lo hacía con su mano sobre la ropa y decía que producía el
mismo efecto. Él frotaba fuerte y, en ocasiones media hora o una hora, incluso durante varios días. Él
nunca frotaba con el aceite para no tocar directamente el cuerpo del enfermo. Frotaba con la medalla o
sin la medalla sobre la ropa en las partes honestas del cuerpo. El señor Henri Dagenais, empresario,
sufría de un reumatismo inflamatorio. El hermano le frotó y le dejó la medalla y el aceite de san José
para que continuara frotándose. El señor Dagenais no tenía mucha confianza, pero lo hizo; y después de
una semana de frotaciones se sintió curado definitivamente. Este señor le ofreció al hermano un billete
de diez o veinte dólares. El hermano le dijo: “Suelta otro”. Le iba a dar otro, cuando el hermano le dijo:
“No te preocupes, es una broma”. Pero el señor Dagenais respondió: “Le voy a dar voluntariamente 500
dólares por haberme curado”.
Un día, en el colegio, curó a un alumno en la enfermería. Le había frotado y le había hecho desaparecer
la fiebre. El alumno se fue a la clase. Cuando el médico fue a ver al enfermo y supo que estaba en clase,
se disgustó. Después habló mal del hermano Andrés y lo trataba de un viejo sobador y charlatán, que
engañaba a la gente. Luego vino un hombre a decirle que su esposa estaba mal de salud y él estaba muy
preocupado. El hermano le respondió: Pero su esposa no está enferma, ella está en pie y, cuando vaya,
le abrirá la puerta. Cuando él llegó a su casa, encontró a su esposa curada. Esta curación y la del niño
curado en la enfermería del colegio, le dio fama y empezaron a visitarlo otros muchos enfermos. El padre
Coderre refiere: Algunos religiosos de la comunidad, en particular el hermano Henri, se burlaban de él.
Este hermano Henri se quejó al doctor Charette, que era el médico del colegio, e hicieron sufrir mucho
al hermano Andrés con sus desprecios. Felipe Perrier, vicario de la diócesis de Montreal, declaró: Algunos
médicos reprochaban al hermano Andrés de ejercer ilegalmente la medicina. Sus quejas llegaron hasta
el arzobispo, Monseñor Bruchesi, quien nombró una comisión, entre los que me encontraba yo. Los tres
fuimos al colegio donde él era portero. Lo interrogamos durante algunas sesiones para saber si el culto
que el hermano daba a san José era supersticioso y, si se oponía a los medios naturales de curación que
usaban los médicos o si solamente se contentaba con pedir a Dios por intercesión de san José la curación
de los pacientes. La comisión envió el reporte al arzobispo sin pronunciarse sobre la veracidad o
autenticidad de los milagros que se decían suceder. La comisión declaró que la devoción a san José tal
como se practicaba en el Oratorio era sencilla y enteramente conforme con la dignidad de la Iglesia.
Adelardo Fabre añade: Un día fue al Oratorio el arzobispo de Montreal Mons. Bruchesi. Había recibido
malos informes sobre el hermano André. Ese día el arzobispo se sintió entumecido y le pidió al hermano
Andrés de frotarle y, como se sintió bien, le dijo: “Continúa frotando a los enfermos como antes”. Con el
tiempo era tanta la demanda de aceite que tuvieron que venderlo en botellitas en la tienda del Oratorio.
Extraído del libro “San Andres Besette: El más Grande Devoto de San José”