4 Shir Hashirim
Reynaldo Pérez Só
17 Gelindo Casasola
Jairo Rojas Rojas
Jesús Montoya
Daniel Arella
Gelindo Casasola
28 Jorge Gustavo Portella
Adalber Salas Hernández
María Antonieta Flores
Alberto Hernández
Jorge Gustavo Portella
37 Pedro Luis Hernández
Néstor Mendoza
Víctor Manuel Pinto
César Panza
Pedro Luis Hernández
50 Teófilo Tortolero
Robert Rincón
Daniel Oliveros
Gonzalo Ramírez
Teófilo Tortolero
60 Textos y autores
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3
SHIR HASHIRIM
El cántico de los cantos de Salomón
La Amada
Béseme con los besos de su boca,
que mejor que el vino es tu amor.
Dulce es el olor de tus aceites,
el aroma que emanan está en tu nombre,
por eso las jóvenes te van amando.
Atráeme, correré tras de ti, el rey
me trajo a sus aposentos, gocémonos,
y alegrémonos contigo. Recordemos
tu amor más que el vino.
Con razón te han ido amando.
La Amada
Trigueña yo soy y hermosa soy, oh
hijas de Jerusalén como las carpas de Quedar,
como las cortinas de Salomón.
No se inquieten por ser trigueña,
sólo que el sol al verme me ha quemado.
Los hijos de mi madre se volvieron en mi contra,
me pusieron a cuidar los viñedos,
pero mi viña la mía no la pude cuidar.
Dime a mí, el más querido de mi alma,
dónde apacientas tu rebaño,
dónde descansas al mediodía.
Por qué he de estar cubierta
entre el ganado de tus amigos.
Coro
Si no lo sabes tú misma, oh la más bella
4
de las mujeres, sigue tú las huellas del rebaño
y apacienta tus cabritos
junto a las tiendas de los pastores.
El Amado
Como mi yegua en los carros del Faraón
te comparo, oh amor mío.
Hermosas son tus mejillas entre pendientes,
tu cuello entre las perlas.
Zarcillos de oro con pespuntes
de plata haremos para ti.
Duo
Mientras el rey se reclina en su mesa, mi nardo
despliega su aroma. Un envuelto
de mirra es mi amado en mí
que entre mis senos reposa.
Un ramillete de alheña es mi amado,
entre parrales de Ein Guedí.
Cómo eres hermosa amada mía,
cómo eres bella. Tus ojos son de paloma.
Tú eres bello, amado mío,
y tan dulce, nuestro lecho también
tan lleno de frescura.
Las vigas de nuestra casa son de cedro,
Los entrepaños de ciprés.
II
Soy un narciso de Sharón,
azucena de los valles.
Como azucena entre espinos
así es mi amada entre las jóvenes.
Como manzano entre malezas del bosque,
así es mi amado entre los jóvenes.
5
A su sombra de anhelo busqué sentarme
y su fruto endulza mi boca.
Me trajo a las bodegas del vino,
su bandera sobre mí fue de amor.
Susténtame con dulces de pasas,
confórtame con manzanas,
porque estoy doliente de amor.
Su mano izquierda bajo mi cabeza
y con su derecha me envuelve. Hijas de Jerusalén
por las gacelas o las ciervas del campo,
yo les ruego que no despierten
ni le quiten el sueño al amor
por mí hasta que sea deseado.
La Amada
La voz de mi amado está aquí, viene
saltando sobre los montes,
brincando por las colinas.
Es una gacela mi amado
o un cervato pequeño. Aquí
detrás de nuestro muro está parado
acechando por las ventanas,
fijándose por la celosía.
Habló mi amado y me dijo:
“Levántate amada mía,
hermosa mía, vente ya.
El invierno ya pasó.
Ya la lluvia ha terminado, ya se ha ido.
Los brotes de las flores están floreciendo, en la tierra
el tiempo del ruiseñor ha llegado
y el canto de la tórtola ya se escucha en nuestra huerta.
Vienen madurando los higos
y las viñas floridas dejan escapar su perfume.
Levántate amada mía, hermosa mía, vente ya.
Paloma mía, escondida en las grietas de los riscos,
en la madriguera de las peñas, muéstrame tu presencia,
déjame escuchar tu voz, porque dulce es tu voz
y tu presencia es bella”.
6
Atrápennos las zorras,
las pequeñas raposas que destruyen las viñas
y las nuestras ya están floreciendo.
Mío es mi bien amado y yo soy suya,
él que apacienta entre azucenas.
Antes que sople del día la brisa
y se levanten las sombras,
vuelve como la gacela, amado mío,
o el cervato pequeño por las montañas escarpadas.
III
Por las noches, sobre mi cama he buscado
a quien ama mi alma, yo intenté,
pero no lo encuentro.
Voy a levantarme ahora a recorrer la ciudad,
por las calles y por las plazas iré buscando
al amado de mi alma.
Lo procuro y no lo encuentro.
La ronda de la ciudad
me encuentra. ‘‘A quien ama mi alma, lo han visto“.
A poco de haberla dejado
me topo a quien mi alma ama
lo tomo y no lo suelto
hasta llevarlo a la casa de mi madre
al cuarto donde me concibiera.
El Amado
Hijas de Jerusalén
por las gacelas o las ciervas del campo,
yo les ruego que no despierten
ni le quiten el sueño al amor
por mí hasta que sea deseado.
Los amigos
Qué es lo que viene del desierto subiendo
en támaras de humo perfumado
7
con mirra y olíbano, y todos los polvos
aromáticos del perfumista.
Es la litera de Salomón, sesenta
guerreros lo escoltan,
selectos soldados de Israel.
Todos portan su espada
diestros para la guerra.
Cada hombre con la espada
sobre el muslo temiendo la noche.
El rey Salomón se hizo unas andas
de madera del Líbano, sus columnas, de plata,
su respaldo de oro, de púrpura su coche,
su interior taraceado con amor
de las hijas de Jerusalén.
Salgan y vean, Hijas de Sion,
al rey Salomón con la diadema
que le impusiera su madre el día de su boda
y el día del regocijo de su corazón.
IV
El Amado
Cómo eres hermosa amada mía,
cómo eres hermosa. Tus ojos
son palomas a través de tu velo.
Tu cabello, un rebaño de cabras
bajando del monte Galaad. Tus dientes,
manadas de ovejas esquiladas
ascendiendo del lavadero,
todas gemelas y ninguna estéril.
Una cinta carmesí son tus labios
y amena tu conversa.
Cascos de granada, tus mejillas
tras tu velo. Tu cuello
es la Torre de David construida
con sillares donde mil escudos cuelgan
sobre él sellos todos de guerreros.
Tus dos senos
son críos mellizos
de gacela pastando entre azucenas.
8
Antes que la brisa sople del día
y suban las sombras
voy al monte de mirra
y a la colina del olíbano.
Eres toda hermosa, amada mía,
ningún defecto en ti existe.
Del Líbano vente conmigo, oh novia mía,
Vente conmigo del Líbano.
Camina desde la cumbre del Amana,
desde las filas del Senir y del Hermón,
desde los nidos de leones,
desde los montes del tigre.
Oh hermana mía, oh novia mía,
con una mirada de tus ojos,
con una gargantilla de tu cuello,
mi corazón me robaste.
Hermana mía, oh novia mía,
qué bello es tu amor, es más suave
que los vinos tu amor
y el aroma de tus aceites
mejor que todos los perfumes.
Tus labios son panales de donde
manan, oh novia mía,
leche y miel bajo tu lengua,
y el olor de tu ropa el aroma
del Líbano. Eres un jardín cercado,
hermana mía, oh novia mía,
un manantial cerrado, una fuente sellada.
Tus retoños son una huerta
de granados con frutos deliciosos,
alheñas con nardos,
nardo y azafrán, caña limón y canela,
con árboles todos de incienso. Mirra
y aloes con todos los más finos aromas.
Manantial de jardines eres, pozo
de aguas vivas brotando
desde el Líbano.
9
La Amada
Despierta viento norte y vente
viento del Yemen,
ventea sobre mi huerto,
que se esparzan sus aromas.
Que venga mi amado a su huerto y coma
de sus frutos exquisitos.
V
El Amado
Me vine a mi huerto
hermana mía, oh novia mía,
he cosechado mi mirra con mi bálsamo,
mi panal con mi miel he comido,
y con mi leche mi vino he tomado.
Coman, beban queridos, embriáguense
caros amigos.
La Amada
Yo dormía pero mi corazón
estaba en vela. Una voz resuena,
mi amado golpea la puerta.
Ábreme hermana mía, novia mía,
honesta paloma mía,
que mi cabeza está llena de rocío,
mis cabellos escurren sereno de la noche.
Me he sacado mi manto,
cómo vestirme de nuevo,
he lavado mis pies, cómo
voy a ensuciarlos. Mi amado
introduce su mano por la hendija
de la puerta y todo mi vientre
se estremece por él. Me levanto
para abrirle a mi amado
y mis manos destilan mirra
y sobre el pomo del cerrojo
de mis dedos mana mirra.
10
A mi amado yo le abrí, y se había ido
mi amado. Se me salió mi alma
cuando hablara. Lo fui buscando
pero no lo encuentro. Lo llamo y no responde.
La guardia de ronda en la ciudad
me encuentra. Me golpea, me hiere.
Me sacan el manto
los guardianes de los muros.
Hijas de Jerusalén, les ruego,
que si encuentran a mi amado,
qué le van a decir,
que enferma de amor ando yo.
Coro
Qué tiene tu amado más que los otros,
oh hermosa entre las mujeres,
qué tiene tu amado más que los otros
para que así nos ruegues.
La Amada
Radiante y sonrosado es mi amado,
descollante entre diez mil.
Su cabeza, de oro bien fino,
Sus bucles, negros
racimos como el cuervo.
Sus ojos son de palomas
sobre acequias de agua, bañándose en leche,
puestos en su engaste .
Sus mejillas, canteros de bálsamo,
vivero de yerbas aromáticas. Sus labios,
azucenas que rezuman
mirra que va fluyendo.
Sus manos, torneados de oro
repletos de topacios. Su vientre,
de marfil labrado revestido en zafiros. Sus piernas,
pilares de alabastro
fundados sobre zócalos de fino oro. Su porte,
el del Líbano, selecto como los cedros. Dulzuras,
su boca y todo en él es amable.
11
Este es mi amado y este es mi amigo,
oh hijas de Jerusalén.
VI
Coro
A dónde se fue tu amado,
oh la más hermosa entre las mujeres.
A dónde se volvió tu amado,
para buscarlo contigo.
La Amada
Mi amado bajó a su huerto,
a los canteros de bálsamo,
para apacer en los huertos
y recoger azucenas.
De mi amado soy yo y mi amado es mío,
el que apacienta entre azucenas.
El Amado
Bella eres tú, amada mía, como Tirsa, hermosa
como Jerusalén, terrible
como batallones embanderados eres.
Aleja tus ojos de mí
que ellos me inquietan. Tu cabello
es un rebaño de cabras bajando desde los altos
del Galaad. Tus dientes,
un rebaño de ovejas que suben del baño,
todas gemelas y ninguna estéril.
Cascos de granada son tus mejillas a través de tu velo.
Sesenta son las reinas y ochenta las amantes
e incontables las jóvenes doncellas.
Sólo una es ella mi paloma pura, elegida,
de su madre que la generara.
La observaban las jóvenes y asentían.
Las reinas y las amantes
la elogiaban. Quién es la que despunta como el amanecer, hermosa
como la luna. Limpia
como el sol. Terrible
como batallones embanderados.
12
Al jardín de nogales
bajé para ver los brotes del río, si la viña ha florecido,
si en ciernes estaban las granadas.
Nada supe hasta que mi alma me puso
en los carros de mi pueblo noble.
VII
Coro
Vuelve, vuelve, oh Sulamit,
queremos contemplarte, vuelve, vuelve.
El Amado
Qué veremos de la Sulamit.
Algo como en la danza de dos campamentos.
Qué hermosos van tus pasos
con las sandalias, oh hija de noble.
Las curvas de tus muslos
son ornamentos hechos
por mano de orfebre. Tu ombligo
es un cuenco en media luna
donde no falta el vino aromado. Tu vientre,
un manojo de trigo cercado de azucenas.
Tus senos son dos cervatos
gemelos de gacela. Tu cuello,
una torre de marfil. Tus ojos,
lagunas de Jesbón, en la puerta de Bat Rabim. Tu nariz,
la torre del Líbano que mira
hacia Damasco. Tu cabeza
en ti, es el monte Carmelo, y tu cabello coral
ata un rey entre las trenzas.
Qué hermosa eres
y qué agradable eres, oh amada
entre deleites.
Tu porte, una támara de dátiles,
y tus pechos, racimos.
Me dije: voy a trepar esta palmera,
agarrarme de sus frondas y que sean
13
tus senos racimos de uva,
y el aroma de tu nariz, manzanas.
Y tu boca, un vino bueno
La Amada
que va hacia mi amado
suavemente balbuciendo sobre los labios
palabras de quienes duermen.
Yo soy de mi amado
y hacia mí va su deseo.
Ven amado mío, vayamos
al campo, durmamos en los pueblos.
Madruguemos y veamos si las parras
han florecido, si la vid abre sus flores
y si las granadas ya maduran. Allí
voy a darte mis amores. Las mandrágoras
dejan salir su perfume, y a nuestra entrada
hay toda clase nueva de frutas
e incluso viejas, oh amado mío
que estoy conservando para ti.
VIII
Si fueras hermano mío
que toma pecho en los senos de mi madre
al encontrarte afuera
te besara y nadie
se indignaría conmigo. Te guiara, te traería
a la casa de mi madre para que me enseñases. Te diera
vino aromado, te diera el jugo de mis granadas.
Su mano izquierda bajo mi cabeza
y con su derecha me envuelve.
El Amado
Hijas de Jerusalén,
yo les ruego, que no despierten ni le quiten el sueño
al amor por mí hasta que sea deseado.
14
Final
Coro
Quién es ésta que viene subiendo
del desierto apoyándose en su amado.
El Amado
Bajo el manzano te desperté,
allí tuvo los dolores de parto por ti,
tu madre tuvo dolores de parto, quien
a la luz te diera.
La Amada
Ponme como sello en tu corazón,
sobre tu brazo, como sello,
pues fortaleza tiene el amor
como la muerte. Cruel
como una tumba son los celos,
sus chispas son ascuas de fuego de una llamarada.
Toda el agua no puede apagar
el amor que te tengo, ni los ríos en su inundación
podrán ahogarlo.
Apéndices
Si un hombre diera
todos los bienes de su casa por amor,
con desprecio
se burlarían.
Dos epigramas
Una hermana pequeña tenemos,
y aún no le despuntan sus senos.
Qué haremos por nuestra hermana
en el día que nos la pidan.
Si ella fuese muralla
le construimos encima
una almena de plata
y si fuese una puerta
la encerramos con tablas de cedro.
15
Yo soy una muralla
y mis senos son las torres,
entonces a sus ojos era
como quien halla la paz.
Salomón tenía un viñedo en Baal-Hamón.
Ofreció a la guardia la viña
y cada quien por su fruto mil
piezas de plata entregaba.
Mi viña la mía está frente mí,
las mil piezas de plata para ti, Salomón
y doscientas son para la guardia del fruto.
Oh tú que te asientas en los huertos,
los amigos sienten tu voz, déjamela oír.
Escapa amado mío, sé una gacela
o un cervato de ciervos
por los montes de bálsamos.
Versión directa del hebreo: REYNALDO PÉREZ SÓ
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17
GELINDO CASASOLA
Querido Gelindo: puede que haya transcurrido un tiempo im-
portante desde que vio luz tu libro El honguero apasionado (1980); pero
hoy quiero agradecer la valentía de ir cantando la búsqueda de tu
alma de cara a un mundo que cada vez más aspira su total desacrali-
zación. La poesía la entiendo como extensión de esa pesquisa, la ne-
cesidad de responder preguntas cruciales que lleven al autocono-
cimiento, por ello, poeta, de cuando en cuando vuelvo a tu escritura
porque cuestiona ideas dominantes y remarca el carácter rebelde del
poema que aspira a revelar un alma y a nombrar uno de los pliegues
del mundo que extrañamente se olvida. Eso aprendí de ti y por ello
pude más tarde reconocer que materia y energía no son espacios se-
parados sino áreas vinculadas en continuo vaivén. Cualquier enfer-
medad, por tanto, echa raíces en la fértil tierra del espíritu. Tú
perteneces al linaje de seres que comulgan con las visiones, esas noti-
cias que hacen desvanecer las fronteras entre interioridad y exteriori-
dad estrechando lazos de alma en alma en cualquier geografía y
tiempo. Tu obra es un ejemplo de pertenencia al cosmos que no le in-
teresa la uniformidad del mundo, pero sí su camuflada unidad, ver-
sos que se dejan intervenir por lo sagrado sin excusas y sin trauma.
Una montaña no es la misma luego de comulgar con la revelación
que te invitó a tensar el lenguaje aspirando lo indecible porque yo
también he visto los ríos que surcan el cielo merideño, las estrellas
que anidan en los árboles para iluminar la gente sola, también he es-
cuchado el lenguaje del agua que trae noticias de mi infancia. Recibe
pues este agradecimiento en presente de un amigo que lleva el mar
en las manos y gusta escuchar el pulso del plexo constelado que me
recuerda la forma irradiante de tu lenguaje.
Con cariño: JAIRO ROJAS ROJAS
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POSTAL
Todo el mundo florece como una amapola
sobre el cadáver de un perro descompuesto.
Gelindo Casasola, Oda a la belleza del mundo
La hiedra miente cuando canta si el hongo me duerme
hongo metálico en la ciudad-potrera pintada podrida oh
su bus me arrea como un río arrollando a las mulas
/arriba arriba arriba
amanecías en su sangre y desperté
quiero Valle sonido deforme línea del cielo entre las bestias
estoy confundido te vi nublado allá ave que desmaya
que abandona sus plumas al espacio infinito
yo te nombro a ti y a los demás congregados como cenizas
/arrastradas súbeme sin cielo
te encontré recostado en la finísima corteza de ese árbol blanco
tocando tu flauta
idéntico a un asno en transparencia
eras hermoso en mí
pero entenderás que la ciudad me coronó maldito entonces
que la planicie se iluminó con chispas cabillas violentas manchas y
/mariposas ultrajadas que el
agua perfumada hierba mía alrededor que te embargó helado
/acabó por pisotearme
fui púrpura junto a la hondura del campo como tú tlín tlán
pero de las aceras sólo bebo el propio fuego que vomito tardío
al lirio al alba y al tambor que te amapolan juro que
/también me cargarán
de espaldas desangrado hacia la alta esquina de mi incendio
helada helada helada
la hondura dibujé contigo tras el verdor
pero tu río es mi alcantarilla
andina carretera tragada entre sus ruidos
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la sangre hierve pegada a las paredes ¿el canto aniquilado de
/las formas sublimes?
Horrendo me siento enloquecer
no existo entre las cosas
y las paredes son tan altas
y detenido al filo del espanto te encuentro la sangre
/hierve a las paredes
viajo para enterrar el cuerpo del humo del viento no sé
estoy confundido
ríos ríos en casa grande como vidrios encerrados
los ojos se te abren semejantes a preciosas
/piedras amarillas
dibujas los fantasmas
el rocío riega tu rastro maldito
todo el campo abierto está maldito y conoces la razón
esta es la geografía espectral la oriunda luz que te
/arrancó de tu cabeza
vistes las cosas los árboles calzan un vientre envenenado
los árboles
y todo el vendaval te devolvieron hacia allá sin mí
perdónalo
cuando dejó la vida todavía la amaba
puedo jurarlo
contigo besé el borde de la cima en picada del pájaro
que atraviesa tus venas despidiendo la colina
nunca saldré de mí conocí la ilusión
/de algo como una niebla
obedecí ese reflejo inconfesable
no estoy aquí pero estoy aquí
¿dónde es mí? ¿Quién es mí?
Lo puedo jurar también yo
deambulé por la ciudad sin nombre yo solo andaba
puro
tejiendo el ruiseñor arriba arriba arriba
tejiendo el laurel Esposa Esposo herido
tuve el impulso de mi estrella
pero ellos traían ojos o eran hojas secas ya
¿qué palabra?
Embrujado por la tarde calcé el bosque y me maté
eran hoyos
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era yo mi hijo
machaqué la brisa con el corazón hincado
persiguiendo un hombre parecido a mí mismo
tuve miedo tanto miedo
no lo confesaré
si abro la boca
nacen las cenizas.
JESÚS MONTOYA
21
Gelindo Casasola (1956-1980), el poeta venezolano, es un perso-
naje. En su cuartucho de 4 x 4 metros de una cabañita de bareque al
pie de monte de Santa Rosa camina de un lado a otro obstinado y fe-
bril. El cunaguaro más allá del fondo del bosque chilla como la luz en
sus venas. No le preocupa esa pura condescendencia antigua con la
angustia, es relativa con la verticalidad de su asombro, porque lo que
se llama inocencia desde el vértigo lo hizo viejo a los 24 años. La mesa
de noche de caoba del cuarto también es un personaje. Sobre la super-
ficie ennegrecida por la distancia desde donde relato reposan tensos
una edición pálida de José Antonio Ramos Sucre, el libro en portu-
gués de los poemas de Alberto Caeiro, las obras completas de Unga-
retti en italiano, un diccionario de latín, San Juan de la Cruz y a punto
de deslizarse sobre la orilla de la mesa, como si quedándose dormido
se olvidara, un librito de carácter borroso vacila sobre el vacío. Aun-
que Gelindo Casasola, el poeta venezolano, sea el Alberto Caeiro de
Ramos Sucre y Pessoa un heterónimo de Pessoa y Leopoldo María
Panero un heterónimo de España, Gelindo Casasola sigue siendo un
personaje visto con las manos vendadas. El cunaguaro se queja con
pujanza y maldice entre la espesura su destino violento. Gelindo ca-
mina del secreter hasta la cama con la compulsión de un torturado
que lo vienen a buscar. Quiere matarse ahora, quiere matarse ya, le
ruge la idea desde hace semanas, pero el chillido insaciable del cuna-
guaro lo hizo desistir. Gelindo vive alquilado en una cabañita muy
cerca del zoológico de Los Chorros, el cunaguaro no ha dejado de in-
sistir toda la noche desde allá. Sabía que tenía que hacer algo, pronto,
cualquier cosa, es necesario romper tajante con el hechizo maldito del
retorno, se dijo, sombrío. No ha regresado desde hace tres días de su
último viaje. Prendió un tabaco de marihuana para calmarla. El porro
se lo había cambiado a Machera por un poema que escribió sobre
Anú, la bailarina del local El Nuevo Hombre, “La de cara de margari-
ta”, como dijo El Conde Blue después. ¿Por qué matarse después de
Anú? Machera dijo del poema algo que no recuerda pero lo hizo reír a
pesar de su tristeza. La cadencia del humo trepaba entre las cosas
mientras el cunaguaro no dejaba de hervir su protesta continua. Anú
al revés es U-n-a, pensó y sonrió atravesado por un dardo en el pe-
22
cho. El veneno para ratas servido sobre el secreter acechaba. ¿Por qué
matarse por el estómago después de tanta luz por esos ojos bajos? Era
cierto, Anú, margarita, resplandecía sobre las tablas, aireaba su can-
dor entre todos, su levedad no era como la del ruiseñor ni como la de
una bailarina, parecía girar en la luz su órbita dorada de forma casi lí-
quida, eso, agua aérea es Anú. El poema que le entregó a Machera era
largo, descuidado, lo escribió con rabia, con el inverso de la ilusión
recién nacida. Machera le dio a cambio un taquito de marihuana “pa
que le bajes dos a esa trona”. El cunaguaro arrecia su queja inmarcesi-
ble, chilla como si le apagaran cigarrillos sobre la piel. Nunca debió
perder esa partida de ajedrez, nunca, nunca; Aladdym le había dicho
todo, nunca debió perder esa partida, nunca, fue la comprobación de
todo ese oráculo. El tizón arde como el ojo oculto dentro del estóma-
go. Le llega desde la soledad de la negrura la piedad de una música
insomne, prefiere esperar para que la palabra fulja su ritmo entre la
sed y su hambre, pero la angustia es más poderosa que su corazón. El
poema inalcanzable como el grito de la luz lo inclina hacia la presen-
cia fatídica. Le da un jalón al porro casi con fastidio; lo había enrolado
en la página 345 del Quijote, la arrancó con especial paciencia para
fumar. La ganja de Machera es la mejor como le gustaba repetir a Si-
necio; los ojos se te afilan con el aire leve de los puntos rojos que se
aglutinan en el vacío de la penumbra del cuarto lleno de humo. Des-
de pequeño siempre se preguntó sobre esa efervescencia de puntos
rojos concéntricos acercándose hacia sus ojos como una constelación
en miniatura que viaja en trance desde un horizonte minúsculo y ne-
gro. En el apogeo de todos esos derrames se fundan los telares que su
imaginación enhebra, entonces confía por unos segundos, pero el tor-
mento es mayor, una mancha negra socava su pecho, lo devora, es la
angustia, esa otra cara maldita de la inocencia que se muestra como
un rostro ciego y deforme de Narciso sombrío. Le volvió con el porro
la nota de hongos; el cunaguaro le menta su luz en el eco de sus ve-
nas. Es insoportable su lucha, la cadencia de un alud soporta su con-
dición de pobre misterio. Confía en los puntos rojos, esas islas
intermitentes que son a la vez poros de la piel del espacio, vendrán a
llover con los gnomos, esos albos rebaños, se dice, empezando a deli-
rar. El cunaguaro chilla como si le apagaran cigarros ardiendo sobre
la piel ¿Acaso es el único que lo escucha? En un arrebato, obedecien-
do al despiadado cruce de dolores en su pecho, agarra amenazante el
mango de la daga que le regaló su padre antes de irse de la casa y se la
hunde en el cuello apretando los dientes. La piel de gallina del cuello
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asoma sangre negra que gotea espesa sobre el suelo, quiere hundirla
más, pero dentro de su cabeza, como si el viento frotara sus metales
invisibles contra un vidrio se eleva un sonido chillón parecido al
amarillo que lo hace recapacitar antes que se te termine de enterrar el
filo de la daga en la yugular. Es el cunaguaro que grita implacable
desde el zoológico de los Chorros de Milla que queda cerca de su ca-
baña. “Soltaré a ese Cunaguaro y después me mato”, dijo con rabia, y
dio una última calada al porro, intensa, aguantando en los pulmones
todo el humo hasta que los ojos vieron cómo de la florescencia de los
puntos rojos en la penumbra del cuarto se agrupaba un círculo rosa-
do y verde y se iban formando espirales de pétalos hasta vislumbrar
la figura blanca de un loto perfecto que se incendiaba ante sus ojos
como la cola de un pavo real.
DANIEL ARELLA
24
CÁNTICO DEL CÉNIT Y EL NADIR
ESPOSO Rey hastiado de astros
bajé de las estrellas galácticas del perfume
henchido y sombrío tal un diamante.
Vine a pacer en tus prados de rocío
en tus cataratas rojas de amor.
Esposa
ESPOSA Has venido tardío
lúgubre como el sonido de los tambores
salvaje de zarzamoras
hirsuto y hermoso como las piedras
del río.
Pero has venido.
ESPOSO Esperé largamente en las noches frías mirando
las constelaciones doradas,
las máquinas del mundo temblaban
y en la cerca de las flores tan sólo había
un mulo.
Yo era helado como las aguas
al viento místico mis brazos parecían ramas
yo era vacío y llenaba mis días
de soles, de albas ardientes
de mares procurando
desconocerte
odiarte
olvidarte
como el ruido de las hojas de laurel que caen
y no suben ya más.
Y mis ojos no tenían ya color.
No tenían ya color mis ojos.
ESPOSA Un halcón enamorado de una paloma pareces a veces
otras un león mordido de luces que ahora crecen en ti
y te hacen aún más solitario te hacen aún más hermoso.
25
ESPOSO Vagabundos de estrellas inmaculadas me han dicho
que debo venir a ti
a descansar al fin
la terrible tregua del mundo, del aire
del tiempo.
Cómo anhelo tocarte los labios para que vuelen
en mariposas sedosas
a los míos
y los fulguren de blanco.
Cómo en los rayos de tus colores multicolores
deseo flotar
y perderme
para siempre.
Son tales mis deseos. Son muy sencillos.
ESPOSA Si llamas a la puerta con cuidado
se abrirá sin chirriar
para que veas el cromo de los valles
la fuente infinita.
ESPOSO Amada, surge tu voz como un eco y yo lo sigo.
Si tus pies de nenúfares ardientes me llevan
al cielo blanco
te abriré con la Llave de Oro suavemente
y sonarás a ruiseñores sonarás a pájaros
sonarás a mares
dulcemente
mientras caemos como una lluvia en las aguas.
ESPOSA Amado, tus lenguas son el Oro y rompen las murallas
las blancas torres donde guardaba
las azucenas.
Venado, vuela a comerlas.
ESPOSO Racimos de uvas, almenas albas sobre los campos
de la Luna
música de cóncavas especies son tus senos
cuando me paseo sobre ellos.
Palmera: sabes a sombra-sabes a sol hiriente
a agua fina deshelada
y la noche es tu morada.
Son tus tributos como el álgido día
y los menciono con voz umbrosa.
26
ESPOSA Esposo, búscame el amor.
ESPOSO Esposa, las gargantas infinitas de las rocas
no contienen tantos diamantes
como tu boca
dientes albeando que me fulgen.
Bajo por los torrentes eléctricos que de ti
van al mar de las estrellas
y tul es tu piel como una orquídea blanca.
Y mi boca apasionada descansa
entren las junturas de las rocas.
Abre la Llave de Oro.
ESPOSA Amado, tu pene floreciendo entre mí
fructificando en cometas
como una fuente me lleva al blanco cielo
y me fulgura.
ESPOSO Valles del aire. Valles del aire.
Ya sólo el respiro abre los caminos
en la cima del arcoíris
en la cima de los pájaros del fuego.
Todo quema.
Y en la gracia del olvido
En la gracia del olvido todo se va olvidando.
GELINDO CASASOLA
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28
JORGE GUSTAVO PORTELLA
UN RECUERDO
Jorge Gustavo Portella fue siempre indistinguible de su poesía
para mí. Tuve la fortuna de ser su amigo mientras estudiaba Letras en
la UCAB –institución donde él dictaba clases y en cuyo periódico, El
Ucabista, trabajaba. De gestos amables, sonrisa tímida, comedido,
Portella podía parecer algo distante al principio. Sin embargo, poco
después alguna frase, algún tema de conversación abrían de golpe un
espacio donde se podía confiar. Él bien sabía cómo unas pocas pala-
bras pueden hacer el aire más delgado. Justo como su poesía, de ma-
neras discretas, sabe abrir regiones inusitadas de la intimidad.
Su obra está estrictamente purgada de grandilocuencias. No qui-
siera sugerir con esto que se tratara de una poesía ascética. Antes
bien, conseguía en ella algo mucho más raro que el ascetismo: la sen-
cillez. Se trataba de la misma simplicidad generosa que permeaba sus
gestos. Sin efusiones, sin delirio, sin ceder al pulso rabioso de la metá-
fora, sus poemas iban tramándose poco a poco, atendiendo al peso de
cada vocablo, dándole espacio para respirar en la página, sostenien-
do el hilo lógico de un texto que, al final, conducía –y conduce– al
hallazgo.
Un recuerdo: sus libros. Su cubículo en la sede de El Ucabista es-
taba repleto de libros, volúmenes amontonados que parecían tener
que hacer piruetas para no caerse. Invariablemente me prestaba
aquellos que me llamaran la atención –e invariablemente me tardaba
en devolvérselos. Incluso en una ocasión, al volver de un festival de
poesía en Colombia, me obsequió un ejemplar de El canto de las mos-
cas, de María Mercedes Carranza. Cada libro parecía traer consigo un
pedazo de su voz: todos sonaban un poco a Portella, todos parecían
tener algo que decir de su poética. En ellos se respiraba el mismo cul-
to por la palabra. Eran libros que prolongaban esa intimidad que
construyen sus poemas y que, a la postre, termina por modelar y enri-
quecer la nuestra, la de aquellos que hemos tenido la fortuna de ser
sus lectores.
ADALBER SALAS HERNÁNDEZ
29
TRAZOS EN MEMORIA DE
JORGE GUSTAVO PORTELLA (1973-2011)
Conocí a Jorge Gustavo en la sala de espera de una emisora de ra-
dio en 2005. Estábamos allí para hablar de nuestros nuevos títulos.
Ambos habíamos sido editados por Editorial Eclepsidra. Ambos es-
cribíamos siguiendo la tradición de las minúsculas que [Link]-
mings instauró a inicios del siglo XX. Indudablemente, 2005 era un
gran año para su obra. Además de publicar un par de poemarios, ob-
tuvo el premio “Francisco Lazo Martí” con su Compendio de historia
natural y remató el año con el III Premio Letra Erecta de novela erótica
Alfaldil 2005 con su segunda novela, La diosa es un pretexto. Una de las
mejores novelas nacionales sobre tal tópico. Narración en la tradición
que nos dejaron los autores surrealistas, entreteje con textura interge-
nérica varios niveles discursivos: la historia erótica que escribe un es-
critor llamado Jorge, la historia de Jorge, las reflexiones teóricas que
va haciendo mientras escribe la novela, fragmentos de poemas eróti-
cos ajenos conviven con el metadiscurso sobre el oficio de escribir.
Sin duda, un acto poético llevado a la narrativa. Ya había demostrado
su dominio del discurso erótico en Compendio de historia natural, el li-
bro más sólido de los que alcanzó a publicar, editado en Renacimien-
to, la editorial sevillana que sumaba su voz a las ya publicadas de
Montejo, Eduardo Chirinos, José Watanabe, libro del cual fui la pro-
loguista. Durante los cinco años que nos tratamos, concretamos pro-
yectos buenos para ambos.
Cuando publicó su antología poética A corto plazo, editada por
Baquiana en Miami, Portella presintió la brevedad de su historia.
Treintiocho años vividos, diez años de actividad pública como escri-
tor. Poco, pero bastó para colocarnos ante uno de los mejores poetas
de su generación.
MARÍA ANTONIETA FLORES
30
COMPENDIO DE HISTORIA NATURAL
Jorge Gustavo Portella no aborda el origen de las tormentas, la
biografía de las células o la evolución ósea de los elefantes. Este es un
libro que recoge una serie de poemas en los que el hombre y los ani-
males se desplazan por la imaginación del autor, quien advierte la
tensión entre la palabra y sus hallazgos.
Esta lectura nos conduce al poema “Como un insecto grande
roto”, título para entrar de lleno en el mundo sonoro del Compendio de
historia natural, obra con la que ganara el Premio Bienal de Poesía
Francisco Lazo Martí del Ateneo de Calabozo en el año 2005.
Este primer encuentro recorre como un choque eléctrico la confu-
sión, la locura urbana de occidente. Texto que ambula entre la violen-
cia y la cotidianidad citadinas, para desembocar en “apenas una voz:
la de Babel”.
Pasado este instante, Portella nos adentra en una “Brevísima des-
cripción de los animales del Nuevo Mundo”, suerte de bestiario que
metaforiza a ciertos sujetos de la fauna más próximos al aliento hu-
mano: La ternura del gato es algo débil / es un poco giro salto y ronroneo /
algo de jugar con la muerte en las cornisas / y en el veneno que deja cada día
el vecino / que teme tanto su silenciosa maldad. La particularidad de esta
visión radica en que el animal es el que mira al hombre, el que lo pien-
sa, el que lo intuye, de modo que el gato sabe cuándo sufres / o cuándo es
el placer que te desborda.
Luego de enlazarse con algunos comportamientos animales, el
autor se aparta de ellos y busca en los comienzos del hombre. “Notas
antropológicas” contiene textos como estos: Sospecha que al entrar / po-
drá ver sus sombras / aun tocándose (‘‘La caverna’’); Y cuál sería entonces
la primera palabra / si luego de comer la boca es beso // pero antes de gruñir
uno es amante” (‘‘Etimológica’’), y así hasta llegar al asombro urbano
de Adán y Eva en Nueva York. Este episodio evolutivo nos enfrenta
con el registro anterior, donde los animales son humanos o los huma-
nos son las bestias del futuro.
31
Un descanso en la travesía: el conocimiento ancla en ‘‘Biografía
del explorador’’: La palabra / escrita en un papel blanco / la palabra el papel
la ruina / de la mano que roza toca oprime. El gruñido inicial se hace soni-
do articulado, voz inteligente, individuo afectivo: Mi abuela era una
casa grande / cubil de armiños feroces y graciosos / estallando confusos a la
vista / hermanos primos padres / todo tipo seres, consciente de que somos
al final tal fatalmente niños.
¿Qué tiene que ver el método científico con esta declaración?: Hay
algo de horizonte en una espalda / algo de tierra prometida / donde brotan los
niños con sus verdes / y algún hombre desea abandonarse / morir muy lenta-
mente // en una espalda hay algo de horizonte / algo de pertenencia // cuando
uno deja caer los ojos / la comulga. Mucho, hasta descubrir que el paraíso
está al final de la tarde. Poesía, naturaleza convertida en juego, en
imaginación, en la cuclilla de quien alcanza a ver la curva de la tierra.
Los ojos son capaces de advertir que el gato puede jugar con la muerte
en las cornisas, pero no alcanzan la claridad del día.
ALBERTO HERNÁNDEZ
32
NUEVO CICLO DE LA NATURALEZA: VERSIÓN FABULADA
I
Llegas a mí sucia
mojada aún de tus oscuros juegos
desde esa misma cama donde entregaste a otro mi cabeza
lúdica Salomé creyendo ser una Diosa
en el mejor de los casos
no eres bella eres fácil
cómo decirte que no soy
esa voz que clama en el desierto de la cama
no quise serlo
mientras tú simplemente entregabas contigo
nuestra vida.
II
Tu siempre desafinada cancioncita
tu sonrisita débil
que es más débil aún después de él
rota como una anciana
ni siquiera doblada de la sífilis
todavía rodeada por aquellos espíritus
que aprobaron tu libertad y cada día te dejan
llevando tu cestita
si quedarás sola o no entre los bosques
no es mi asunto
he lanzado el hacha al río
ya no puedes morir
nunca naciste:
en tu entrepierna la mordida del sucio lobo feroz
es la evidencia.
33
III
Es un milagro la luz de tu placer
capaz de engendrar siempre mentiras
estrellas pesebres evangelios
al final morirán todos los niños que has creado.
34
(SONATA)
a Cristina
Mar de amar flores amapolas pétalos
mar distancia marea
que me mareo y muero mar
que estoy a la deriva: no has llegado
mar de amargo estremecimiento
de quebrarse los tallos
y sólo ser raídas raíces algas detritus
o el angustiado mar
destrozando olas delfines
insospechadas medusas sirenas
siempre desganadas sirenas
perezosas
blandas de colmillos
tristes estúpidas
mar que me mareo
y casi como voy vuelvo
amarre lastre volcadura
mar de pronto sosiego
flamas y tormentos
(marítima calidez)
mar tus ojos tus labios
mar tu pelo
que somos esa gota
cuyas pequeñas ondas
son terribles con las piedras
y las costas
35
que te ahogas de amor
de gritos
de empecinamiento
y tu voz se quiebra
como se debe quebrar
el cristal más fino o la cáscara
seca dulce fría de un metal
(tantas tantas mentiras
que las grandes verdades las admite el cuerpo
mano de luz ornamento del silencio)
mar exasperación aliento
ahogo desahogo
secreto mar abriéndose profundo
luz ciega miedo desespero
mar remar muslos cadera cuello
rumor de olas en los labios
pura salinidad sudor saliva
niños algas turbulencias
exceso de placer
palabras ojos luz que amariza
gaviotas despegándose del firmamento si sonríes
mar encuentro
sintonía hundimiento
incandescencia
mar que voy más tuyo amor
y que me vengo.
36
37
PEDRO LUIS HERNÁNDEZ
LA AMISTAD DE MILODAS
Pedro Luis Hernández se propuso crear una constelación para
cada libro. Un esfuerzo implícito lo motivaba y un objetivo prevale-
cía: dotar a cada texto de una presencia legítima. Sus poemas son pre-
dominantemente breves, versículos que a veces se prolongan a
páginas siguientes y se interrumpen por puntos suspensivos y repen-
tinas pausas. Algunos tienen la apariencia espontánea del arte naïf,
dotados de árboles coloridos meticulosamente dispuestos; otros poe-
mas, quizá los más sentenciosos (El tiempo es un esfuerzo sin retribu-
ción), se dejan apreciar como prendas pulidas con esmero.
En la poesía de Pedro Luis Hernández notamos un aparente des-
prendimiento de los referentes poéticos. ¿Buscaba borrarlos o volver-
los casi imperceptibles? No intentaremos gastar tiempo en especular
sobre sus intenciones, pero sí podríamos pensar que buscaba un estilo
propio, acorde con sus pulsaciones vitales y tomando distancia de los
gremios culturales de la época. De allí que también intervinieran ele-
mentos que se sostienen desde la ficción y la fábula, como Aléctor y
Bethilde, relato de amor colegial, ingenuo como la espontaneidad de
la niñez y provocador como el paulatino despertar de las hormonas:
Mi seno ha crecido/ las gotitas tardan al resbalarlo.
Otro libro suyo, El árbol de Milodas, propone una interesante relec-
tura de la manida noción de patria: Sin límites era esa patria que crecía,
cubriéndose su sombra dócil, sometida. ¿Quién es Milodas? Según el pro-
pio Hernández, es un elegido que vive en un árbol y observa, canta, sugie-
re. El árbol era la patria de Milodas, y en él, transcurría la historia
humana y la metáfora del hombre. Estas apreciaciones, que se pueden
leer en el pórtico del libro, intentan justificar el tránsito poético de los
textos sucesivos. El árbol de Milodas (así como Aléctor y Bethilde) es un
largo canto segmentado.
Independientemente de las enumeraciones críticas que pudieran
destacarse en torno a estos dos libros, hay un elemento que se impone
con especial ímpetu: la amistad. Este talante, genuinamente humano,
38
se deja ver en su humilde presencia, como si fuese labrada por manos
artesanas, con la maestría que solo da la devoción: (Desde jóvenes/ta-
llan la silla que/debemos ofrecer a los amigos).
Su obra poética completa abarca una extensión de trece años. Tre-
ce años intensos que transcurren, específicamente, desde 1976 hasta
1989. Pocos años si se comparan con la copiosa trayectoria de otros
creadores. Pero ya sabemos que la cronología, en la vida de todo poe-
ta, marcha con paciencia y pausas obligatorias. Se trataría, entonces,
de darle la calma necesaria que todo poema requiere para elevarse,
para habitar el árbol tupido de Milodas.
NÉSTOR MENDOZA
39
ALÉCTOR Y BETHILDE
Hace cuarenta años (1976), la Dirección de Cultura de la Univer-
sidad Central de Venezuela publicó uno de los libros más conmove-
dores de la poesía venezolana contemporánea: Aléctor y Bethilde, de
Pedro Luis Hernández Bencomo. La historia de dos colegiales, como
también algunos la conocen, sigue siendo hoy un trabajo poético que
concentra una escritura precisa, lúcida y fresca. La delicadeza y el
cuidado en la elaboración de cada uno de los 117 poemas que la com-
ponen, así como la detallada recreación de un mundo íntimo y simul-
táneamente familiar resaltado en estampas de la vida liceísta, hacen
de Aléctor y Bethilde una creación que sentimos inevitablemente cer-
cana y enternecedora. La voz femenina que nos despliega la historia
traspasa la delicada membrana que separa a la niñez de la adolescen-
cia, ofreciéndonos la palabra confidente de sus afectos a través del
lenguaje de una sensualidad que sentimos intensa y virginal, casi
prohibida.
Pedro Luis Hernández es un creador de mundos y personajes con
la atinada capacidad de otorgarles verosimilitud. Esa es una de las
características de su escritura, bien sea a través de escenarios soñados
como en su libro Kí()nesis (1985), donde el poeta nos convoca a la bús-
queda de una letra perdida y misteriosa, o redefiniendo la semántica
del lenguaje a partir de las cosas y el mundo nominado: Breves de IG
(1978), o en obras que parecen levantarse cimentadas en las reflexio-
nes del ser humano en torno a la ética, el arte y su propia naturaleza:
El árbol de Milodas (1983), El Gonfaloniero (1989).
En Aléctor y Bethilde, Hernández diseña minuciosamente a sus
personajes y sus realidades psíquicas, brindándoles un hábitat a tra-
vés de una expresión poética sencilla, sin pretensiones de monumen-
talidad y desprovista de cultismos foráneos. Su estilo breve y
narrativo envuelve rápidamente al lector, quien va de un texto a otro
sin percatarse que detrás de sí se cierran las verjas de un mundo del
que es difícil salir indemne al efecto casi narcótico de su ternura.
40
Tal vez el hecho de que Hernández nació en una frontera es lo
que permite que sea allí, en los pliegues, en los límites de su propio
trabajo, donde podemos encontrar las piezas que brindan coherencia
a su muy bien definida intención de construir un mundo alterno a sus
otros escenarios escritos; una orbe paralela a su obra que aguarda
para ser descubierta por los lectores de hoy. En ese espacio que sub-
yace en sus libros con las propiedades del mineral dorado, aún se
buscan incesantemente sus dos personajes iniciáticos: Aléctor y Bethil-
de, convirtiéndose así el propio Hernández en la dimensión en la que
más allá de la muerte, los jóvenes amantes persisten en su encanta-
miento.
VÍCTOR MANUEL PINTO
41
DEL NÚMERO Y EL TIEMPO
1949 - 1958
Hijo de venezolanos en el exilio, el poeta Pedro Luis Hernández
Bencomo, nace en 1949 en la frontera sur de México, país en el que vi-
vió hasta la edad de ocho años. Tras el 23 de enero de 1958, sus padres
retornan a Venezuela y Hernández obtiene entonces la nacionalidad
venezolana.
1961 - 1975
Luego de realizar sus primeros estudios en México y posterior-
mente en el Colegio San José de la ciudad de Mérida, Hernández con-
tinúa su formación académica en el Liceo Andrés Bello de Caracas,
donde el desarrollo de su pensamiento crítico se encuentra con la
práctica al participar en el centro de estudiantes como secretario de
finanzas, y posteriormente como secretario general.
Se convierte más tarde en estudiante de la Escuela de Periodismo
de la Universidad Central de Venezuela. Mientras tanto trabaja en los
Tribunales Penales de la capital venezolana, donde funda el primer
sindicato de trabajadores tribunalicios. Al final de la década del 60,
participa en el movimiento estudiantil Renovación Universitaria. En
1972 nace, de la unión con María Vale, su hijo Emiliano, nombrado
así en memoria del revolucionario mexicano Emiliano Zapata. Un
año después se aparta de los compromisos universitarios, exponien-
do públicamente sus razones en un periódico mural. Trabajando jun-
to a Alfredo Maneiro, se incorpora a la Causa R y viaja a Guayana
para participar en el movimiento sindical de los obreros de la Side-
rúrgica del Orinoco como redactor del periódico Matancero. No obs-
tante, descubre su incomodidad en la turbulenta escena política
nacional, retorna a Caracas y varía la intensidad de su militancia.
1976 - 1987
Es la era más productiva para su trabajo poético. Gracias al apoyo
del poeta Carlos Augusto León, la Dirección de Cultura de la UCV
42
publica Aléctor y Bethilde (1976) cuyo bautizo convoca masivamente a
jóvenes liceístas del Andrés Bello. Luego aparecen las Breves de IG
(1978), libro que vez luz por el auspicio de su madre, Luisa Bencomo.
Al comienzo de la década de los 80, se introduce en una especie de
exilio interior y vuelve a Guayana, esta vez al sur, asumiendo la ma-
gistratura rural del pueblo de San Francisco de la Paragua. En esos
años, dos libros más son publicados por el esfuerzo de sus familiares
y amigos: El Árbol de Milodas (1983) y Kí()nesis (1985).
Con la idea de sacar a la poesía de los libros y traerla a la gente,
continúa con su empeño por llevar a cabo un enorme proyecto de
poesía de lectura rápida para los pasajeros del Metro de Caracas. Per-
sonas cercanas a su vida cuentan que calculó el tiempo exacto entre
las estaciones más cercanas, para escribir poemas que pudiesen ser
leídos en ese lapso de tiempo, con la firme convicción de que bastaría
un año leyendo un poco de poesía para que sucediese un profundo
cambio en la vida de los usuarios. Ante la negativa por parte de la di-
rectiva del Metro de acompañar tal proyecto, elabora él mismo unos
cuadernos en los que escribe centenas de poemas cortos y los reparte
a los pasajeros personalmente, solo.
En 1987 ocupa el cargo de asesor de la viceministra de Justicia So-
nia Sgambatti. Escribe El Gonfaloniero, que será publicado de manera
póstuma en 1989 por la Fundación Rómulo Gallegos del estado Apu-
re.
1988
El 8 de junio, el poeta Pedro Luis Hernández Bencomo se impuso
el más definitivo de todos sus exilios. Tenía 39 años.
CÉSAR PANZA
43
BETHILDE
Ayer paseando por el parque
bajo las intermitentes claraboyas naturales
un hombre me ha mirado con fijeza.
en sus ojos tenaces
había una lucidez distinta.
le conté a mi madre
y besándome la frente
dijo que he crecido.
INQUIETUD
Caminé con el aire amanecido
que aproxima a los limones
el camino matutino reconforta
es el primer aire
y son ampulosos
los tirantes del uniforme…
el silencio ha elaborado
los mejores frutos.
Bullo más en estos días
en que la primavera ha traicionado
con sus flores
mi tranquilidad
sin quererlo.
44
LA ESCUELA
Al llegar nos envolvía
el frío
de los pasillos
y el eco didáctico
en los salones de clase
LA AMIGA
Irene me presentó a su novio
y a Aléctor un amigo
al marcharse ellos
me confió sus besos
bajo la escalera.
reímos
de regreso pensé en Aléctor
el amigo de Irene.
45
ARDIDES
Con intención he mirado a Aléctor
Pescando que él lo haga.
Cuando la fuerza de mis ojos
Ardieron su espalda volteó
Sorprendiéndome tal como quería
Fingí distraerme con el techo
Y me delaté a conciencia:
He presentido algo.
CONFIDENCIAS
Fuimos lentamente despellejándonos
cediendo entonces secretos
inquietudes
hasta enceguecernos
de calefacción
estar imprescindibles
y cubrirnos fidedignos
como de musgos
los precipicios
46
EL BESO
Con redoble de campanas
sin badajo mi sien
en vilo
su boca hielo tocó la mía
la sangre dejó de circular
hasta dejarnos
transparentes.
LA BAILARINA
Aléctor y yo nos contamos
los sueños.
Dije que había soñado
con un airoso cabalero azulecido
que danzaba entre rojísimas
nochebuenas;
él narró que había soñado de nuevo
con la bailarina del vestido blanco
a quien daba su rosa – bajé los ojos
y tomando mi barbilla agregó – son
sólo sueños.
47
EL VADO
De nuevo al río:
en uno de sus parajes más hermosos
dormita un vado
sobre él la fronda declina
para dejar caer alguna vez
sus hojas.
Me bañé desnuda jugué con la fronda
pero deseé que Aléctor estuviese.
Al salir no estaba mi ropa
corrí asustada boicoteándome
a fabulosas miradas
hasta que Aléctor riendo
me detuvo. Estuve mojada frente a él
apurruñadita;
amontonamos las ropas
y retozamos sendos en el vado.
QUÉDATE ASÍ
Quédate tal cual
dijo muy suave
al verme y
le complací en silencio.
48
PESADILLA
Aléctor me dejó sola
frente al precipicio
y como reo
reía al otro lado.
En el fondo lejos
un río
(o una serpiente)
rielaba mínimo.
En ese casi caerme
cuando rodaban cascajos
grité despertándome.
PEDRO LUIS HERNÁNDEZ
49
50
TEÓFILO TORTOLERO
LO TELÚRICO POR LAS VENAS NO TERMINA
Cuando se reúne una serie de poemas y se le asigna en su conjunto
un título como La última tierra, invita a ser leído de inmediato, bien sea
por primera vez o por un llamado orgánico a ser leído de nuevo; cierta-
mente, la relectura es un acto donde lo nuevo se revela, salta a la vista,
al oído y a la emoción. Lo recordado poco importa. Es un imperativo
estar en contacto como si fuese ‘‘por primera vez’’, ante algo que invita
a dialogar y a ser partícipe de un mundo que se ordena, donde todo lo
que se nombra en este espacio que se construye, cobra sentido.
El poemario La última tierra (1990) de Teófilo Tortolero (1936-
1990), fue su último texto en vida. Una lectura revelaría lo visible que
signan estos poemas, cercanos a un paisaje marchito, los recodos de
patios húmedos, de animales que saltan en el ambiente de color sepia
que se desvanece en el tiempo, de marcha mortuoria, de nostalgia fa-
miliar, de un amor que no se tuvo o del sabor a óxido de objetos a la
intemperie. Sin embargo, otro aspecto es abordado en este poemario
del poeta carabobeño, y que se configura en una visión del hombre y
su relación con el entorno.
No nos referimos al hombre derrotado ante las ausencias o que
desvaría ante el dolor y la oscuridad, sino al hombre que observa des-
de su desarraigo un motivo dichoso de abrirse con los sentidos ple-
nos a ese sentir interno que lo une a su entorno: Desabrocha mi pecho
luz / y llágame / Sé que estampas mi sangre / como el vaivén de un molino
cualquiera (…) Sin embargo, luz eviterna, te aprisiono / en los pomos de
esencias / a campo traviesa / en los pasamanos … / Entiendo de un golpe en la
tarde / amarilla / que ondeas en el sahumerio de mi / sangre . (p. 7). La sangre
es el vínculo que el hombre comparte con los otros seres, es la vida que ha de
ser purificada pese a la muerte que ronda la existencia: Le ofrendo mi vida a
mi muerte / Escasas hojas trae el verano a los ojos de mi extraño sueño / Te
exhalo, te exhalo y tiemblo en ti / como si tu sangre fuera / el último refugio
de la mía (…) (p. 43).
51
Observamos, ante el recurrente signo de muerte que pareciera
atormentar esta voz, una luz con atributos telúricos y sanguíneos que
expresan una convocatoria a la vida, donde cada palabra, imagen o
emoción, en su conjunto, es una petición que renombra este vínculo
perdido en esta última tierra.
ROBERT RINCÓN
52
EL AROMA DE LA MÚSICA
Dicen que Teófilo siempre quiso ser chef de cocina o director de
orquesta; para bien o para mal, nunca llegó a desempeñar ninguno
de estos oficios. Por otro lado, egresó de abogado y dedicó los prime-
ros años de su vida profesional a trabajar en el Departamento de Me-
dios y Publicaciones en la Universidad de Carabobo, donde, junto a
otros poetas como Eugenio Montejo, exploró la geografía formada
por los poetas carabobeños y de otras latitudes del país para ese en-
tonces, dándoles nuevo valor a través de revistas literarias y edicio-
nes periódicas editadas a través de la universidad como lo es
Separata.
Si bien nadie pudo degustar un plato preparado por él en un res-
taurante o escuchó una sinfonía conducida por su mano, Teófilo
consiguió la forma de estimular los sentidos a través del ejercicio
poético. Basta con leer cualquiera de sus libros para estremecerse
entre versos que evocan los aromas de los licores que él disfrutaba o
las sensaciones más sutiles que podrían pasar por inescribibles.
Extraño y raro licor de tus ojos / como una leche que brotara / ansiosa y ti-
bia / de un rincón donde el café / guarda la noche / de la mirada de un rayo /
abatido por su propio perfume.
Teófilo Tortolero, quien podría atribuírsele haber traído la van-
guardia a Venezuela sin haber salido del país, dirigía sus versos pre-
cisos al cuerpo de quien lo estuviera leyendo. Más allá de un estímulo
intelectual exorbitante, T.T. buscaba establecer un diálogo con otros
canales del lector, una línea que comunicara su intimidad y emocio-
nes a través de un lenguaje verdaderamente genuino. Mejor fuera te-
ner la breve vida / donde una dulce muerte me aguardara / con ventiscas y
anhelados rebaños / retuviera.
Sus libros son el testimonio de una poesía singular, el trabajo de
quien tenía una inquietud por lo expresado y la forma en como esta-
ba escrito; la suya era una poética hecha con transparencia, compues-
ta de versos que se revelan uno a uno durante la lectura del poema.
Teófilo pasó sus últimos años en Nirgua; siendo juez, continuó escri-
53
biendo y guardando correspondencia con otros poetas del país. Hoy,
a ochenta años de su nacimiento, se hace necesario evocar la memoria
de un poeta cuya vida estuvo signada por la propia poesía, con una
obra que si bien no es extensa, goza de un cuerpo y una pulsión sin-
gular e inédita, digna de ser leída, revisada y discutida con más am-
plitud en nuestra literatura.
DANIEL OLIVEROS
54
UN ALIADO SUSTANCIAL
Teófilo Tortolero: un aliado sustancial. Así ha sido y es desde mi
ya lejano encuentro con Las drogas silvestres (1972), comprado en la
portentosa librería Historia allá por la década del 80, donde oficiaba y
oficia Don Jonás Castellanos, y con Demencia precoz (1968) que llegó a
mí de la mano de otro aliado sustancial: mi maestro Juan Sánchez Pe-
láez quien mucho quería y admiraba a Teófilo.
Luego vinieron otros libros para seguir leyendo y leyéndome en
la palabra de este poeta de veras excepcional. Me ganó un sentimien-
to de devoción por su poesía que no solo se ha mantenido intacto,
sino que ha continuado acrecentándose.
En mi biografía como lector, algunas antiguas admiraciones han
menguado y de qué manera. En cambio, la luz real y verdaderamente
cruda de la poesía de Teófilo no vacila: mantiene y aumenta su
conflictiva interpelación.
Un aliado sustancial, reitero, y a la vez tan exigente como desa-
fiante: pocas veces la poesía venezolano ha llegado tan lejos en mate-
ria de alucinación, de desgarradura, de conocimiento por los abis-
mos. Un aliado sustancial: un orate magnífico. De esos orates, como
bien dice Armando Rojas Guardia, que saben que la locura solo es
creadora cuando deviene intemperie.
Hablamos, entonces, de una experiencia poética que, desde un
principio, se deslindó radicalmente del carrerismo y de la infinita va-
nidad de la literatura. No pocos de sus contemporáneos, y no pocos
poetas posteriores, cayeron en esta dinámica de jueguitos y manio-
britas. En este sentido, Teófilo encarna un negativo que nos remite a
una ética: a una ética sin sanción, que no depende de premio ni de
castigo; una ética del fuego.
Al margen de todo, a contracorriente y a contracompás, Teófilo
Tortolero se la jugó y de qué manera: con un coraje que no puede sino
conmovernos y conmocionarnos.
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Alguien que se arriesga y se arriesga a fondo, alguien que no cae
en la deleznable autosatisfacción, es alguien a cuya voz hay que aten-
der, en cuya voz somos convocadas y convocados a oírnos. Así Teófi-
lo Tortolero quien pertenece a esa estirpe que Olga Orozco llamó
rehenes de otro mundo: la estirpe de quienes se adelantaron de un salto
hasta el final. Seguir ese salto, acompañarlo desde nuestro aquí y nuestro
ahora, no es fácil: se trata de una experiencia demandante pero cómo vale la
pena.
Y hoy cómo me asalta la memoria de aquel poema ‘‘Antes de que
el duelo se haga una costumbre’’ que está en El libro de los cuartetos
(1994). Toda la podredumbre de la Venezuela de la octava década del
siglo pasado se nos transmitía con una fuerza que ciertamente impre-
caba pero sin pose, sin altisonancia. Era un dolor venezolano que no
se justificaba a sí mismo, y no buscaba mampara o guarimba para
transmitir su crispación.
Hace falta reunir toda su poesía: El Perro y La Rana o Monte Ávi-
la tienen este trascendente cometido porque se trata de hacer justicia,
de saldar una deuda. Estamos en deuda con Teófilo por el acento tan
perturbador con el que le dio una sacudida necesaria a nuestra
expresión poética.
Teófilo Tortolero: un aliado sustancial. Uno de los poetas venezo-
lanos que ha llegado más lejos. Uno de los que nunca se traicionó.
GONZALO RAMÍREZ
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A Silva Estrada
La bruja de pelo negro
crece para mí dolientemente
Súbita viene a mí en una llama de sonrisas
y besos de lástimas
llamándome a su bosque,
a sus moradas y nieblas de otro mundo
Yo palpo su otredad
y el fino aroma de sus ojos vivos
Entiendo que la tiza que traza sus pestañas
amamanta una mirada,
endurece la hoja
de un cuchillo terrenal y materno
Has de saber alma
que la bruja me toma y conduce
a ventanas que sangran, a corredores tristes,
siempre ofrendándome un beso
que ha de terminar en la caída
y en un rodar sueños abajo, noche abajo
muerte abajo.
Has de saber alma
que en las bebidas sus venas extraño
y se turba mi pulso y la vista y se aniebla
al recordarla.
Has de saberlo.
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V
Allá en la lluvia camina la risa de mi amor
Pongan en mi cuerpo el Agnus Dei
que dormiré en su pecho fresco
como el aceite del campo
en la gran luz de mi cabeza
Ella fácil incesto
la falsa portada del olivo
brillando para mí como Edipo delirio
Edipo abierto a la máscara de escopolamina
Anillo de hongos en el agua
mi suerte no es preciso nombrar
si mi poder cae en su caja de manzanas
Comprendan que no tengo posesión
para llevarme el corazón de su palacio
hablo de sus mareas y estoy ciego
Jerusalén tus muros con la luna
otra vez vuelves a mis ojos su velo
su seda esmeralda
Pero llegará el éter a la gran servidumbre
y quebraré sus huesos en la piedra
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Para mi padre Teófilo II
Padre mío padre de la esperma que hizo
posible
la turbulencia junto a mi madre bienamada
de pronto creo que nos desconocemos y
conocemos
y soy la espuma que flota en tus aguas
y alguna vez nos miramos y acunamos
sorprendiendo como la madre va resplandeciente
el sol en sus espaldas
Padre atiéndeme que soy tronco y raíz de tu paño
del trébol amable de tus ojos -iris contra iris-
y en el nombre tuyo hijo que soy
no espíritu santo
a ti imploro un campo silencioso
junto a los vellos de tu pecho
al lado del ombligo de mi vista
Padre perla caído sobre un bastón que no manda
y es un sencillo sostén de madera para tus manos
rugosas y manchadas
Por favor hazme este bien de sostenerme en tus
sencillos
huesos
y que yo no sea viejo de los tímidos nervios
cuyos dolores pudieran girar en un tíovivo
el hijo que está ausente de tu llanto
y el coraje que dio alimento a tanto sueño
como nos dimos tú y yo
en nuestras silenciosas osamentas.
TEÓFILO TORTOLERO
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TEXTOS Y AUTORES
Shir Hashirim o El cántico de los cantos de Salomón es una versión di-
recta del hebreo realizada por el poeta Reynaldo Pérez Só (1945),
miembro fundador de Poesía. La ilustración del rey Salomón es un
grabado de Gustave Doré.
Del poeta venezolano Jairo Rojas Rojas (1980), recibimos la carta
a Gelindo Casasola escrita especialmente para esta edición. Rojas Ro-
jas forma parte del equipo de corresponsales de Poesía.
Con el título «Postal», Jesús Montoya (1993) rinde tributo a la
vida y obra de Gelindo Casasola. El poeta Jesús Montoya actualmen-
te culmina sus estudios superiores en Letras y ha publicado los libros
Primer viaje (2014) y La noche de mis años (2016)
El poeta Daniel Arella (1988), nos remite una visión sobre las últi-
mas horas de vida de Gelindo Casasola. Arella actualmente cursa es-
tudios de posgrado en Filosofía y ha sido reconocido recientemente
con el XIX Premio de Poesía Iberoamericano Ciro Mendía por su libro
Anatomía del grito.
El Cántico del cénit y el nadir del poeta Gelindo Casasola
(1957-1980) está incluido en su libro El honguero apasionado (1979). La
fotografía de Casasola fue tomada por Gabriel Pilonieta.
De Adalber Salas Hernández (1987), hemos recibido «Un recuer-
do», una breve y cálida nota sobre su relación con el poeta Jorge Gus-
tavo Portella. Salas Hernández es poeta, ensayista y traductor.
Actualmente cursa estudios de doctorado en la NYU ([Link].) y for-
ma parte de la redacción de Poesía.
«Trazos en memoria de Jorge Gustavo Portella (1973-2011)», es el
trabajo con el que la poeta María Antonieta Flores (1960), nos acerca a
la vida y obra de Portella. Flores, además de poeta, es ensayista, pro-
fesora universitaria y magíster en Literatura Latinoamericana. Entre
sus libros figuran: Indigo (2001); La voz de mis hermanas (2005); Regresa-
ba a las injurias (2009); Madera de orilla (2013); y Temples (2014).
Alberto Hernández nació en Calabozo en el año 1952. Es poeta,
narrador, periodista y miembro de la redacción de la revista Poesía.
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«Compendio de Historia Natural» es el nombre del trabajo con el que
Hernández rinde homenaje a Jorge Gustavo Portella en esta edición.
«Nuevo ciclo de la naturaleza: versión fabulada» y «Sonata» fue-
ron tomados del libro A corto plazo. Antología poética 2000-2007 (2007);
de Jorge Gustavo Portella (1973-2011). El autor de la fotografía de
Portella es desconocido.
Néstor Mendoza (1985), nos envía el texto «La amistad de Milo-
das» donde explora parte de la obra poética de Pedro Luis Hernán-
dez Bencomo. Mendoza es poeta, ensayista, promotor cultural y
forma parte de la redacción de Poesía. Pasajero (2015) es su libro de
poemas más reciente.
Víctor Manuel Pinto (1982) firma el texto «Aléctor y Bethilde»,
ofreciéndonos una apreciación crítica sobre el trabajo de Pedro Luis
Hernández a partir de la lectura de uno de sus libros. Pinto es editor,
profesor universitario y se desempeña como jefe del Departamento de
Literatura de la Dirección de Cultura de la U.C. y director de Poesía.
«Del número y el tiempo» es una breve cronología de la vida de
Pedro Luis Hernández Bencomo que el poeta César Panza realizó
para esta edición. Panza es licenciado en matemáticas, ejerce labores
docentes en la Universidad de Carabobo y es parte de la redacción de
Poesía.
Los poemas de Pedro Luis Hernández Bencomo (1949-1988), que
incluimos para esta edición, han sido escogidos de su primer libro
Aléctor y Bethilde (1976). La fotografía de Hernández fue tomada de la
portada de su Obra Poética (1976-1989) publicada por el Fondo Edi-
torial Arturo Cardozo en 2005.
«Lo telúrico por la venas no termina» es el trabajo que Robert Rin-
cón (1985) consignó sobre el poeta Teófilo Tortolero para este núme-
ro. El poeta Rincón es licenciado en educación y actualmente cursa
un doctorado en Estudios Culturales. Su libro más reciente Emaús y el
vientre de arena fue galardonado con el V Premio Nacional Universita-
rio de Literatura Alfredo Armas Alfonzo.
Daniel Oliveros (1991) es poeta, traductor, licenciado en educa-
ción y miembro del equipo de Poesía. Bajo el título «El aroma de la
música» nos brinda unas líneas conmemorativas sobre el poeta Teófi-
lo Tortolero.
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Gonzalo Ramírez (1963), nos remite «Un aliado sustancial», texto
donde expone algunas impresiones sobre su admiración y cercanía
emocional a la obra de Teófilo Tortolero, a través de una lectura con-
tinuada por años. Gonzalo Ramírez es escritor, poeta y forma parte
de la redacción de Poesía.
Los poemas de Teófilo Tortolero (1936-1990), que se incluyen en
esta edición, fueron seleccionados del libro El día perdurable y otros
poemas (1997) publicado por el Departamento de Literatura de la Di-
rección de Cultura de la Universidad de Carabobo. El autor de la fo-
tografía de Tortolero es Héctor López Orihuela.
El artista plástico Flóres Soláno (1988) es licenciado en adminis-
tración comercial por la UCV. Es miembro fundador del colectivo Los
Primarios inscrito en la corriente Sangrismo americano. Ha realizado
afiches y artes discográficos para múltiples bandas musicales. Cuen-
ta con numerosas participaciones en exposiciones individuales y co-
lectivas. Su obra Mujer con conocimientos avanzados en la Teoría de los
Universos Perpendiculares (2016) fue realizada exclusivamente para
ilustrar la portada y contraportada de esta edición, que conmemora
los 45 años de Poesía.
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