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Última actualización web: 09/10/2021
El psicópata y su partener
Artículo |
Trastornos de la Personalidad | 05/02/2001
Autor(es): Roberto Mazzuca
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RESUMEN
El psicópata y su partener
Formo parte de esta mesa por invitación del Dr. Hugo Marietán como continuación del diálogo entre diferentes perspectivas en el campo de la
salud mental sobre las personalidades psicopáticas, diálogo iniciado en una mesa redonda del Congreso del año pasado.
Destaqué en esa
oportunidad cuatro rasgos que dan su marco a esta cuestión. Primero, se trata de un tema que, como muy bien planteó el Dr. Marietán, no se
puede considerar completo ni cerrado en ninguna de las tres perspectivas que intervienen en esta mesa. Segundo, lo que se designa con el
término de psicopatía no es exactamente coincidente en cada uno de estos enfoques, la superposición es sólo parcial. Tercero, es necesario
tener en cuenta que, desde la perspectiva de la semiología psicoanalítica, lo que la psiquiatría tradicionalmente delimitó como psicopatías
aparece como una categoría compuesta por grupos heterogéneos. Finalmente, para terminar de presentar las ambigüedades que predominan
en este tema, no se puede omitir que dentro del psicoanálisis en general y en la orientación lacaniana en particular, las psicopatías no han sido
reconocidas de manera explícita. La clásica nosología freudiana recuperada por Jacques Lacan organiza el campo psicopatológico
fundamentalmente en tres categorías clínicas: las neurosis, las psicosis y las perversiones; y las psicopatías no tienen claramente un lugar en
este sistema.
Propuse entonces, aceptando una sugerencia formulada por el Dr.Marietán, que es en referencia a la estructura perversa donde
convenía localizar ese lugar. Aceptar esta propuesta implicaba un obstáculo importante derivado del hecho de que el término perversiones,
tanto en la psiquiatría como en el psicoanálisis, se refiere muchas veces de manera específica a patologías de la sexualidad, ya sea en el orden
fálico -fetichismo, trasvestismo- o en el del objeto -exhibicionismo, sadismo-. Sin embargo, si tenemos en cuenta que la enseñanza de Jacques
Lacan desplaza la frontera del concepto de perversión y lo lleva más allá de la concepción freudiana que no termina de desprenderlo de una
referencia directa a la perturbación de la conducta sexual, podemos acceder a una teoría generalizada de la estructura perversa de la que las
perversiones en el sentido clásico constituyen solo un caso particular- y, de este modo, encontrar allí las categorías, los mecanismos y las
posiciones subjetivas que nos permiten entender, ordenar y explicar las conductas psicopáticas.
Esta posibilidad sigue siendo válida aún para
aquellos casos que no se consideran patológicos. Ésta es otra diferencia sensible de la clínica lacaniana con respecto a la de Freud, ya que las
categorías clínicas: neurosis, psicosis, perversión, son consideradas por Lacan como estructuras subjetivas, es decir, diferentes modalidades
subjetivas no necesariamente patológicas en relación con un criterio de normalidad, sino distintos modos de ser sujeto, diferentes formas de
ser. Freud definió las perversiones en su relación con las neurosis como el derecho y el revés, el negativo y el positivo. Las neurosis son a las
perversiones decía como en una fotografía el negativo es al positivo. Podemos entonces aplicar esta oposición a la relación entre las neurosis
y las psicopatías y verificar, de esta manera, cómo los rasgos se oponen punto por punto en el neurótico -especialmente en el obsesivo-, y en el
psicópata. Aplicando esta oposición en la dimensión de la culpabilidad presenté, en la mesa del año pasado, la ausencia de culpabilidad en el
psicópata como lo opuesto de la rígida conciencia moral del neurótico obsesivo, lo que Freud llamaba el severo y cruel superyó primitivo que
acosa al neurótico con los autorreproches y los remordimientos ante sus transgresiones fantasmáticas, es decir, las que el neurótico cree que
son transgresiones.
El psicópata, por lo contrario, sólo puede ser calificado como transgresor desde el punto de vista de un observador
externo. Desde su propia posición subjetiva no es ni se siente transgresor, hay una ausencia de culpabilidad que desdibuja los contornos y las
barreras entre lo prohibido y lo permitido en el lazo social, se guía por sus propios códigos.
Es por esto que reuní al psicópata y al neurótico en
lo que consideré una patología de la responsabilidad. En uno por defecto, en el otro por exceso y por deformación, en ambos casos hay un
déficit en la responsabilidad.
Este contraste entre neurosis y psicopatía obtenido de la generalización de la oposición entre neurosis y
perversión como modalidades subjetivas puede plantearse sobre otros ejes, y de este modo destacar, como lo hace Lacan, el contraste entre el
goce y el deseo. Para el neurótico es prevalente la dimensión del deseo en detrimento del goce de la satisfacción pulsional que, en las neurosis,
queda sujeta más fuertemente a la eficacia de la represión y otras vicisitudes pulsionales. Visto desde otra de sus caras es equivalente a afirmar
que el goce neurótico siempre implica un alto grado de sufrimiento: la satisfacción pulsional termina produciéndose por vías indirectas y sobre
todo a través de la satisfacción del síntoma como retorno de lo reprimido. En la perversión, por el contrario, es prevalente la vía del goce y el
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deseo mismo se convierte en voluntad de goce. La satisfacción pulsional se obtiene por vías más perentorias, la llamada impulsividad del
psicópata.
Pero podríamos destacar también un contraste sobre el eje de la demanda. La modalidad neurótica conduce al sujeto a ubicarse en
dependencia de la demanda del Otro. Al neurótico le gusta hacerse demandar y usa sus recursos para que el otro le pida, le ruegue, le sugiera,
le ordene..., todas diferentes formas de la demanda con las que espera sobre todo obtener el reconocimiento del Otro. El psicópata, por el
contrario, demanda, impone formas sutiles de exigencia, incita al otro a la acción. También podríamos marcar el contraste en las modalidades
del acto y comparar la seguridad, labilidad y rapidez del psicópata, con el predominio del pensamiento, de la duda, de la indecisión, la vacilación
neurótica, sobre todo con la duda obsesiva que determina una pobreza en la acción ya que conduce una y otra vez a su postergación o bien a
una realización torpe que marca un fuerte contraste con la abundancia, la habilidad y la seguridad del psicópata en sus acciones.
Pero sobre todo conviene desplegar la comparación entre una y otra modalidad subjetiva en el eje de la angustia y el goce. Es sobre este eje
que Lacan hace jugar la distinción, en el interior de la estructura perversa, entre el sádico y el masoquista. El sádico que aparentemente
persigue provocar la angustia en el otro pero, en realidad, inconscientemente busca producir el goce del Otro. El masoquista que
aparentemente tiene el propósito de suscitar el goce del otro pero, sin embargo, inconscientemente lo que busca es angustiar al Otro.
Deberíamos ubicar al psicópata del lado de la modalidad sádica para compararlo con el neurótico. En las neurosis encontramos de una manera
privilegiada el despliegue de las diversas formas de angustia. No tenemos que olvidar que correspondió a Freud la originalidad de introducir la
angustia en el campo de la psicopatología: y esto vale tanto para la semiología de la angustia, es decir, los diversos grupos sintomáticos a través
de los cuales se descarga, como para la nosología, es decir, las diferentes categorías clínicas caracterizadas por distintas formas de angustia. Y
también para su teoría. Hoy puede parecernos extraño ya que, después de Freud, no podríamos concebir el campo de la psicopatología sin la
angustia. Sin embargo, antes de Freud, la clínica psiquiátrica prescindió totalmente de esta dimensión esencial de la subjetividad moderna. Si
Freud pudo darle ese lugar decisivo a la angustia es porque inventó el psicoanálisis a partir de las neurosis y es allí, en el campo de las neurosis,
donde en primer término investigó y reconoció sus diferentes formas: la angustia de las neurosis de angustia, la angustia en la histeria y en la
obsesión, y la angustia de las fobias o, como Freud prefería llamarlas hacia el final de su obra, histeria de angustia. La angustia es consustancial
con la subjetividad neurótica en contraste con su casi ausencia o bajo nivel en el psicópata que sólo se angustia en sus momentos de crisis, es
decir, en que fracasan sus mecanismos psicopáticos. Momentos breves, por lo general, transición hacia la recuperación de su equilibrio
psicopático. En cuanto a Lacan, si mantiene el eje freudiano que articula neurosis con angustia, es porque, sobre todo el neurótico, se angustia
ante el deseo del Otro. Por eso la angustia que Freud caracterizó como señal de un peligro, Lacan llega a definirla como la percepción misma,
en el sujeto, del deseo del Otro. Y esto es así porque, ante ese deseo, el neurótico se niega a servir de instrumento del goce del otro, su posición
es de rechazo a ponerse al servicio del goce del otro. El psicópata, él, no se angustia pero no le ahorra esa experiencia a su partener. Por el
contrario, es muy activo para enfrentar y sumir al otro en la experiencia de la angustia. Actividad del psicópata que apunta a un objetivo bien
preciso: el intento de impelir a su pareja a acceder al goce, de llevarla más allá de las barreras de la inhibición y la represión. No al goce
buscado y reconocido por el neurótico, sino al goce prohibido de la satisfacción de sus pulsiones reprimidas.
Como se ve, nos hemos deslizado
desde la oposición y contraste entre psicopatía y neurosis, hacia el psicópata y su partener. Efectivamente, comparto la opinión de que, quien
mejor dispone de las condiciones para ofrecerse como pareja del psicópata, son los neuróticos: estos constituyen las víctimas electivas de
aquél. También estoy de acuerdo en desplazar el término víctima ya que sus connotaciones habituales aluden a su pasividad y destacan que si
llegan a quedar ubicados en esa posición es más bien por razones contingentes. Es decir que mi opinión es afirmativa en cuanto a destacar la
participación activa de la pareja del psicópata, la supuesta víctima es en realidad cómplice de su acción. En todo caso, el verdadero psicópata, el
genuino, el grado en que culmina esa modalidad subjetiva, no es el que ejerce una violencia abierta en la persecución de sus metas
inconscientes sino el que la usa en un juego sutil de amenazas y promesas o expectativas a través del cual logra obtener el consentimiento del
otro.
En este punto no podemos omitir una reflexión sobre el rasgo que ha sido clásicamente descripto en la psiquiatría como la cosificación del otro,
no respetar sus derechos, no tratarlo o considerarlo como un sujeto, como una persona. En este sentido conviene formular dos observaciones
aparentemente contrarias. Por una parte, que el psicópata tiene una empatía muy especial con el otro, que le sirve para detectar sus
necesidades sofocadas, sus debilidades y tentaciones, los lugares de su angustia, y que es justamente desde esta posición de empatía y de
identificación con el otro que obtiene el lugar desde donde puede operar sobre su pareja, es decir, es la que le otorga y le permite sus grandes
habilidades y su posibilidad de manipulación del otro. Sin embargo, en segundo lugar, hay que afirmar la justeza de la fórmula de la cosificación
que debe leerse también en el eje de la relación de objeto. Se trata justamente de tratar al otro como un objeto, sin lo cual no se logra obtener
su goce, y éste, en su forma más profunda siempre implica cierta posición masoquista que se define precisamente por esa condición: ser
tratado como un objeto. Y es verdad que para perseguir su propósito, el perverso o el psicópata, no respetan ciertas condiciones subjetivas,
seguramente transgreden las del principio del placer, pero sobre todo vulneran la posición reivindicativa del neurótico, esa actitud de
permanente queja que presentifica el fantasma de un otro terrible y cruel que lo haría sufrir innecesariamente. De modo que el sentido
habitual en que se usa la fórmula de la cosificación del otro es en sí mismo y constituye como tal un enunciado neurótico. Podríamos leerlo en
sus dos vertientes. Desde la queja neurótica el enunciado dice "no me respetas como sujeto". Desde el propósito psicopático, que coincide con
la posición inconsciente del neurótico, la fórmula afirma, por el contrario, "te hago gozar". Siempre me ha parecido singularmente clara y simple
la caracterización que Lacan construyó sobre el acto exhibicionista, al punto de que puede servir como paradigmática de la perversión y, hoy
para nosotros, de la psicopatía. Ante todo la sorpresa, la acción inesperada para la víctima que implica un sobresalto de angustia. La angustia
en su forma de señal de peligro cumple la función adaptativa, ya Freud lo destacaba, de preparar al organismo para enfrentar la situación de
peligro y, por lo tanto, de protegerlo contra el sobresalto de angustia, la angustia pánico, la angustia masiva que desorganiza la acción, aún la
más primitiva defensivamente que es la de la huida. De allí la fórmula freudiana de que la angustia señal protege contra el sobresalto de
angustia. Esta protección es la que el exhibicionista burla y busca desarmar en su víctima con la actuación sorpresiva.
En segundo lugar, la
acción misma, también repentina, instantánea. No se trata de mostrar algo a través de la duración temporal como se puede ofrecer la mirada
pacificadora de un cuadro u otra obra de arte. Se trata más bien de algo que se abre y que se cierra, algo que reproduce la estructura de
pulsación del inconsciente: un pantalón, un abrigo, un impermeable que se abre y que se cierra; al mismo tiempo que ofrece algo a la mirada
también lo oculta. Lacan dice "lo percibido en lo desapercibido", la hendidura como tal. Interrogadas las víctimas de actos exhibicionistas sobre
qué han visto, en general responden que no han visto nada. Pero es eso justamente lo que angustia, no ver donde se esperaba ver lo que se
creía que se vería.
Finalmente, el objetivo, el propósito del acto exhibicionista, lo que podríamos llamar el gol, la verificación de que se obtuvo lo
que se buscaba: la mirada de la víctima, no cualquiera, se trata de suscitar una determinada mirada. Una mirada de indiferencia significaría la
mayor decepción para el exhibicionista. Su mayor satisfacción, por el contrario, está en la mirada que expresa al mismo tiempo la angustia o el
terror, el rechazo que indica que se ha vulnerado el pudor del otro pero también que se ha alcanzado su curiosidad, el interés, la satisfacción, la
mirada que muestra que el otro ha quedado conmovido en su deseo cómplice, involucrado con su goce, pero en su goce desconocido, el que
está en ruptura con sus represiones. Generalizando estas condiciones podemos obtener la pauta del lazo entre el psicópata y su partener
neurótico, al que podemos llamar víctima, por qué no, siempre que la contemos como víctima cómplice, ya que el neurótico, a diferencia del
instantáneo acto exhibicionista, se ofrece y se incluye con todo su ser y su subjetividad, a veces aun se aferra, en el movimiento psicopático.
Probablemente no todos los neuróticos. Algunos disponen de sistemas defensivos que les impiden implicarse en ese lazo.
Para terminar voy a
hacer algunos comentarios sobre una película que presenta el paradigma de la relación del psicópata con su pareja. Una película no es un caso
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clínico, pero en circunstancias como esta puede suplirlo muy bien, en especial porque cualquiera que quiera puede verla. Se trata de Il
sorpasso, un film de Dino Rissi con Vittotio Gassman como protagonista, el psicópata. Jean Louis Trintignant hace el papel del partener. La
secuencia inicial, mientras se pasan los títulos, muestra al protagonista entrando en su auto convertible descapotado en un pueblo desierto
que después se sabrá que son las afueras de Roma adonde se dirige. Pocos segundos después se muestra una señal de contramano en una
bifurcación que no impide que nuestro sujeto entre por ella con la mayor naturalidad y también celeridad. La violación de las reglas de tránsito
son la trama permanente de la acción. Il sorpasso que da el título de la película, adelantarse, pasar a otro en la ruta -gran parte transcurre en el
andar en las rutas- es siempre el adelantarse irregularmente y a veces imprudentemente. No hay nadie, todas las persianas de los negocios
están cerradas. La escena muestra bien la soledad del psicópata en busca de su víctima, alguien a quien hablar. Busca un teléfono que no
encuentra porque está todo cerrado. Intenta a través una persiana por donde alcanza el tubo pero no puede colocar la moneda.
En medio de
ese desierto hay un tipo único que está en una ventana mirando, su curiosidad lo llevó ahí aunque se esconde al ser visto. Es un estudiante,
encerrado preparando sus exámenes de derecho en el calor del verano de Roma.
Sin pérdida de tiempo nuestro protagonista le indica el mensaje, el número y a quién llamar para que telefonee por él. Pero no da su nombre.
En pocos minutos no sólo entra a hacer la llamada sino que queda cómodamente instalado en un sofá y luego usando las instalaciones del
baño.
Después se lo lleva con él, al estudiante, casi como copiloto. Pasa las luces rojas, insulta a los obreros que encuentra en el amanecer de
Roma lo cual es muy indicativo de su posición subjetiva: los tacha de serviles y los insta a rebelarse de su yugo. Se burla de los que hacen
esfuerzos, por ejemplo, de los ciclistas en la ruta. O la burla al viejo que hace dedo, lo hace correr hasta alcanzar el auto y cuando está por
llegar arranca y se va. Luego se suceden varios episodios familiares que implican la caída de los ideales neuróticos del partener. El estudiante
periódicamente se resiste, se pregunta por qué aceptó venir y se propone volver a su casa a estudiar. Pero termina quedándose, o volviendo
cuando se ha ido. Al principio reacciona con cierta indignación ante las burlas, o protesta por las violaciones y se resisten a la velocidad. Pero,
paulatinamente, entra en el juego. Al final resulta totalmente cómplice, pasa más allá de sus inhibiciones y entrega su consentimiento a esas
formas de goce: dale, más rápido, pasalo, es él ahora quien dice esto al conductor. Se alegra de las vicisitudes de esos dos días que han
transcurrido sin la constricción de un programa previo. Son los dos días más lindos de mi vida, dice.
No voy a comentar el final. Sino solamente
destacar los mecanismos por los cuales nuestro psicópata va obteniendo de su acompañante -acompañante casual, contingente, pero a su vez
necesario una vez que se produjo el encuentro- el atravesamiento de las restricciones superyoicas hasta llegar a producir el consentimiento
para el goce de lo que, hasta ese encuentro, funcionaba para él con el estatuto de lo prohibido.
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