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Cuerpo femenino y subyugación literaria

Este documento es una tesis presentada por dos autoras para optar al título de profesor de educación media en castellano y comunicación. La tesis analiza el cuerpo femenino como espacio de subyugación en tres novelas literarias (Jane Eyre de Charlotte Brontë, Frankenstein de Mary Shelley y La señora Dalloway de Virginia Woolf) en el contexto de la opresión social imperante en la época en que fueron escritas. La tesis contiene tres capítulos que analizan el deseo, la rebeldía y la analogía entre el

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Cuerpo femenino y subyugación literaria

Este documento es una tesis presentada por dos autoras para optar al título de profesor de educación media en castellano y comunicación. La tesis analiza el cuerpo femenino como espacio de subyugación en tres novelas literarias (Jane Eyre de Charlotte Brontë, Frankenstein de Mary Shelley y La señora Dalloway de Virginia Woolf) en el contexto de la opresión social imperante en la época en que fueron escritas. La tesis contiene tres capítulos que analizan el deseo, la rebeldía y la analogía entre el

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Universidad del Bío-Bío - Sistema de Bibliotecas - Chile

Universidad del Bío-Bío


Facultad de Educación y Humanidades
Departamento de Artes y Letras
Pedagogía en Castellano y Comunicación

El cuerpo femenino como espacio de subyugación en


tres obras literarias: Jane Eyre de Charlotte Brontë;
Frankenstein de Mary Shelley y La señora Dalloway de
Virginia Woolf, respondiendo a la opresión social
imperante en la época.

TESIS PARA OPTAR AL TÍTULO DE PROFESOR DE EDUCACIÓN MEDIA EN


CASTELLANO Y COMUNICACIÓN

Autoras : Mabel Alvarez Rubilar


Bárbara Medina González

Profesora Guía: Sra. Berta López Morales


M.A. Literaturas Hispánicas

Chillán, diciembre 2009


 
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INDICE

Páginas

INTRODUCCIÓN……………………………………………………………………….. 6

MARCO TEÓRICO………………………………………………………………………12

CAPÍTULO I

El deseo en las novelas La señora Dalloway, Jane Eyre y Frankenstein

Introducción…………………………………………………………………………….. 22

1.1 El deseo innato en los seres humanos…………………………………....... 25

1.2 El deseo en las novelas: Jane Eyre, Frankenstein y

La señora Dalloway…………………………………………………………... 28

1.2.1 Jane Eyre de Charlotte Brontë…………………………………….. 30

1.2.2 Frankenstein de Mary Shelley……………………………………... 34

1.2.3 La Señora Dalloway de Virginia Woolf……………………………. 38

1.3 El amor como fuente de deseo en la mujer………………………………....... 42

1.4 Analogía de muerte y deseo……………………………………………………. 52

1.4.1 La muerte como lugar a la nada…………………………………... 54

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CAPÍTULO II

Manifestaciones de rebeldía como respuesta al poder, en los personajes

femeninos de Jane Eyre, Frankenstein y La señora Dalloway

Introducción……………………………………………………………………………. 61

2.1 Poder como causa de rebeldía………………………………………………….. 64

2.2 Lenguaje como resistencia al poder……………………………………………. 70

2.3 Concepto de rebeldía…………………………………………………………….. 75

2.4 Fin del sometimiento, inicio de la rebeldía…………………………………....... 79

2.5 Análisis de la manifestación de rebeldía en los personajes, de las obras:

Jane Eyre, Frankenstein y La Señora Dalloway

Introducción……………………………………………………………………………... 87

2.5.1 Jane Eyre……………………………………………………… 88

2.5.2 Frankenstein…………………………………………………… 90

2.5.3 La Señora Dalloway…………………………………………… 93

  3

 
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CAPÍTULO III

Analogía entre el cuerpo femenino y el cuerpo del monstruo de Frankenstein

para producir un sentido de la Alteridad femenina.

Introducción…………………………………………………………………….............. 96

3.1 Concepciones de Monstruo………………………………………………………. 99

3.1.1 Figuraciones del monstruo de Frankenstein…………………….104

3.2 Relación entre monstruo y alteridad……………………………………………..111

3.3 Analogía Monstruo y Cuerpo Femenino………………………………………. 114

CONCLUSIÓN………………………………………………………………………….120

BIBLIOGRAFÍA…………………………………………………………………...........125

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AGRADECIMIENTOS

A las personas que son cómplices en este caminar…

Las vidas que existen y las que nunca se olvidarán

Los infinitos rincones de silencios llenos de recuerdos.

Bárbara Medina González

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INTRODUCCIÓN

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INTRODUCCIÓN

Muchas han sido las escritoras que a través de la historia han reflejado en

sus obras el rechazo de la figura femenina como objeto de otredad, inferioridad y

violencia por parte de una sociedad acostumbrada al dominio patriarcal, que

ejerce su aparente superioridad sobre el denominado “sexo débil”.

Tanto en narrativa, lírica, artes plásticas, pintura, música y en otras

expresiones artísticas, la mujer ha podido plasmar sus emociones y sentimientos

escondidos tras el sometimiento de sus cuerpos, que antes habían sido

censurados. Es en este sentido en el cual surgen voces femeninas que buscan el

posicionamiento que se les ha negado durante todos estos siglos. Si bien las

primeras autoras no eran feministas reconocidas, sí se pueden encontrar, en

estas, atisbos de una naciente revolución femenina que denuncia el desprecio a la

opresión psicológica, física, sexual, laboral, intelectual, política y social, que les ha

sido impuesta sólo por su condición de mujer.

El siguiente trabajo consiste en una sincronización temática entre tres

novelas pertenecientes a escritoras que son representantes directas de esta

delimitación artística creada para expulsar las interioridades femeninas, ellas son

Frankenstein de Mary Shelley, Jane Eyre de Charlotte Brontë y La Señora

Dalloway de Virginia Woolf. Al unir las obras de estas escritoras inglesas lo que se

pretende es dar pie a múltiples relaciones y diálogos que ayudan a desentrañar

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diversas interpretaciones que acercan al lector al mundo creado por estas

mujeres, que proviniendo de diferentes épocas, tienen más en común de lo que se

puede creer.

Para reforzar esta hipótesis se hará mención a lo ocurrido en el

Romanticismo con la novela Jane Eyre, que se caracteriza por verse representada

por la pluma de una poeta romántica, quien se cree conocedora de una verdad y

no acepta lo adoptado por la sociedad, por lo tanto, se encuentra en una continua

pugna con ella, como lo señala Hugo Friedrich en su Estructura de la Lírica

Moderna: “Desde el romanticismo hasta nuestros tiempos, hay un romanticismo

desromantizado”, esto evidencia que la temática de aquél ser martirizado por una

realidad que no le gustaba, en constante devenir, angustiado y con un vacío

existencial, se puede encontrar claramente en obras del siglo XX, como es en el

caso de “La Señora Dalloway” de Virginia Woolf.

Entonces, este trabajo más que una recopilación de textos, es una analogía

constante de voces que provienen de autoras con inquietudes existenciales que

finalmente desembocan en sus personajes, en el tratamiento de ellos y en la

subyugación de sus cuerpos, los cuales son domesticados y amoldados para

seguir un régimen establecido, con esto se quiere decir que ya no se trata de

mostrar seres idealizados o inalcanzables, sino que se retrata la cotidianeidad, el

cuestionamiento interior de los personajes, mostrando escritos donde no todo es

perfecto, Foucault analiza que desde el romanticismo en adelante la literatura

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textualiza la vida de hombres y mujeres infames, esto significa que son seres

comunes y corrientes, llenos de una cotidianeidad abrumadora, no se caracterizan

por ser héroes o inmortales, sino en ser figuras en continua búsqueda de la

felicidad y de respuestas existenciales:

Desde el siglo XVII Occidente vio nacer toda una “fábula” de


la vida oscura en la que lo fabuloso había sido proscrito. Lo
imposible o lo irrisorio dejaron de ser la condición necesaria
para narrar lo ordinario. Nace así un arte del lenguaje cuya
tarea ya no consiste en cánticos a lo improbable sino en
hacer aflorar lo que permanecía oculto, lo que no podía o no
debía salir a la luz, o, en otros términos, los grados más
bajos y más persistentes de lo real. En el momento en el que
se pone en funcionamiento un dispositivo para obligar a decir
“ínfimo”, lo que no se dice, lo que no merece ninguna gloria,
y por tanto lo “infame”… (Foucault, M. La vida de los
hombres infames. 1996. Pág. 136)

Los puntos de conexión que se establecerán comienzan con la otredad

demostrada en los personajes de las obras analizadas puesto que son

considerados como marginales, siendo expulsados de la sociedad por sus

características de “diferentes”, precisamente por mostrarse depresivos y faltos de

esperanza, tanto así que recurren a mundos inexistentes para poder escapar de

su realidad más allá de lo netamente físico.

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Siguiendo con las problemáticas planteadas, además del tratamiento de los

personajes vistos como otredad, se encuentra el tema del deseo, a partir del cual

se generan diversas problemáticas en el ámbito psicológico de los personajes,

donde los cuestionamientos internos en algunos casos llevan a una angustia

constante, como es el caso de Clarissa en La Señora Dalloway y de la fuerza de

su deseo para que se transforme en realidad, por ejemplo en Jane Eyre, donde su

protagonista, luego de luchar contra todas las adversidades logra concretar su

más ansiado anhelo.

Cuando las voliciones de los personajes de estas novelas son reprimidas,

ellos se ven en la necesidad de exteriorizar su rechazo a tal represión generando

así un estado de rebeldía, el cual se manifiesta desde un punto de vista interno y

físico que muchas veces lleva a los personajes a ver en la muerte la solución a

sus múltiples cuestionamientos.

Otro eje fundamental en este estudio es una relectura de la obra literaria

Frankenstein, analizándola no sólo desde la perspectiva de ocupar el lugar de

Dios, sino que estableciendo una analogía de la figura del monstruo con el cuerpo

femenino puesto que ambos son seres relegados a un espacio de inferioridad

dentro de la sociedad, transformándose así en la diferencia y la alteridad.

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El devenir de estas tres autoras enmarca esta investigación, en temas como

el deseo, la rebeldía, la opresión, la transgresión y la muerte, que serán los

encargados de fundamentar las diversas formas en que los personajes femeninos

son reprimidos, demostrando a su vez las diversas vías de escape frente a la

angustia existencial que les rodea.

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MARCO TEÓRICO

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MARCO TEÓRICO

El cuerpo, ¿Qué es el cuerpo sino el reflejo del alma?, parece fácil de

comprender, pero más que una frase es una realidad que muchas veces no se da

del modo que deseamos, tal es el caso de este análisis, que demuestra cómo

influye en el cuerpo el deseo interior, aquel deseo que nadie conoce y que, sin

lugar a dudas, representa la esencia de muchos. En relación con esto se llevará a

cabo un estudio, donde el cuerpo femenino será la base de cómo la mujer ha visto

marginados y adoctrinados dichos deseos que las diversas artes, en especial la

literatura, han podido plasmar, reordenando sus impulsos y reviviendo su esencia

los cuales se ven alterados y sesgados por el comportamiento autoritario de una

sociedad machista que busca sólo la utilización femenina para verse auto-

beneficiada, convirtiendo a la mujer en un actor ínfimo dentro de la sociedad:

La opresión de las mujeres se distingue, además de la clase


y raza, porque no ha surgido del capitalismo y del
imperialismo. La división sexual del trabajo y la posesión de
las mujeres por parte de los hombres es anterior al
capitalismo. La autoridad patriarcal se basa en el control que
los hombres ejercen sobre la capacidad productiva de la
mujer y sobre su persona. (Rowbotham, Sh. Mundo de
hombre, conciencia de mujer, 1977. Pág. 189)

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Este denominado control patriarcal comprende la dominación de la

propiedad física e intelectual de la mujer, sus cuerpos esconden fielmente el

deseo incesante que las ronda:

Lacan insiste en que el deseo se inscribe en el cuerpo:


especie de tatuaje con caligrafía de signos enervados. Dado
que el deseo lacaniano es pura ausencia--ausencia
imposible de satisfacer--la imágen del deseo escrito en el
cuerpo resulta enigmática a la vez que fascinante: ya que la
escritura del deseo nunca realizado (y por lo tanto nunca
plenamente representado) tendría que ser algo como así
como la palabra ideal de Mallarmé, un suspiro todo-
sugerente pero sin contornos visibles (Niebylski, D.
Semiologías del Deseo en Signos Bajo la Piel de Pía Barros.
1999. Págs. 64-87)

Es así, como lo expresa la cita anterior, que el deseo, al no ser cumplido o

representado, se convierte en un grito silencioso que no pasa más allá de lo

conocido por el propio Ser. Es en este caso donde las escritoras que se analizarán

en este trabajo, son quienes rompen con ese silencio gobernado por los dominios

de la sociedad imperante en la época.

Los deseos detenidos de estas mujeres provocan devenires constantes, los

cuales cuestionan la existencia de cada una de ellas, por lo tanto el deseo es sólo

un concepto que lleva a otras interrogantes. Esto retratan las autoras Mary

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Shelley, Charlotte Brontë y Virginia Woolf; el concepto de deseo que lleva al dolor

existencial y la impotencia femenina ante tanta desigualdad, lo que, sin embargo,

no es ningún descubrimiento puesto que puede parecer un tema común y

cotidiano que perfectamente hoy se sigue retratando en algunos niveles sociales,

entonces ¿Qué es lo que hace que éstas escritoras hayan creado una literatura

que trasciende épocas y mentalidades?, no es precisamente el tema, sino que el

tratamiento de él, su modo de exponer las dificultades, los dolores y desventuras

que conllevan el pertenecer a lo denominado como otro. Es en este sentido que se

enfoca el diálogo literario entre las novelas Frankenstein, Jane Eyre y La Señora

Dalloway, que son retratos de sociedades que delimitan su realidad por medio de

políticas establecidas y de épocas diferentes.

Ahora bien, siguiendo con lo último, éste análisis puede resultar un tanto

atemporal, puesto que se unen y relacionan temáticas de tres obras que se emiten

en diversos períodos de tiempo, que van desde los escritos de Mary Shelley, siglo

XVIII, hasta la creación de Virginia Woolf, siglo XX, sin embargo, si se ve a la

literatura como un constante paralelismo de obras no es descabellado pensar que

estas tres autoras, tanto Shelley, Brontë y la propia Woolf tienen mucho en

común, independiente de su época, puesto que, tal como dice Bajtin:

“Un enunciado está lleno de matices dialógicos y sin


tomarlos en cuenta es imposible comprender hasta el final el
estilo del enunciado (…) En todo enunciado, un examen más
detenido realizado en las condiciones concretas de la
comunicación discursiva, podemos descubrir toda una serie

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de discursos ajenos semiocultos o implícitos y con diferente


grado de otredad. Por eso un enunciado revela una especie
de surcos que representan ecos lejanos y apenas
perceptibles de los cambios de sujetos discursivos, de los
matices dialógicos y de las marcas limítrofes sumamente
debilitadas de los enunciados que llegaron a ser permeables
para la expresividad del autor (…) Repetimos; el enunciado
es un eslabón en la cadena de la comunicación discursiva y
no puede ser separado de los eslabones anteriores que lo
determinan por dentro y por fuera generando en él
reacciones de respuesta y ecos dialógicos” (Bajtín, Estética
de la Creación Verbal. 1995. Págs. 282-285)

Bajtín, lo que destaca es que los textos dialogan entre sí, la literatura

entonces es un diálogo infinito de textos y conciencias, independiente de la época

en que éstos hayan sido creados, los escritos se alimentan unos de otros, se

refuerzan y corren a la par para darle sentido a su existencia literaria.

Antes de crear este diálogo textual es necesario conocer cómo surgen

estas escritoras, así como también conocer cuándo se comienzan a dar los

primeros atisbos de una revolución artística que expulsaría los tormentos

existenciales femeninos.

Las primeras manifestaciones del feminismo aparecen a fines del siglo

XVIII, con la escritora Mary Wollstonecraft, quien publica su libro Una

reivindicación de los derechos de la mujer en el año 1792. En el ámbito literario se


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pueden encontrar en las obras de escritoras británicas, principalmente las

hermanas Brontë (Anne, Emily, Charlotte), quienes presentan un feminismo

incipiente; en Mary Shelley, con su reconocida obra Frankenstein que, en palabras

de Rosario Ferré: “Es una versión política del mito de la maternidad”, con esto se

intenta instalar al hombre con la misma capacidad procreadora de la mujer, dando

vida a un ser (el monstruo), pero también se puede establecer un paralelismo

entre esta criatura y la figura femenina, pues en ambos ,el hombre (en este caso

Víctor) esclaviza a su creación, al igual como la sociedad lo ha hecho con la mujer,

discriminándolo y desplazándolo a un lugar inferior.

Finalmente, se llega a un feminismo más explícito interiormente, tal como

se presenta en las obras de Virginia Woolf, con su novela La Señora Dalloway, la

cual penetra en la psicología femenina con nuevos estilos literarios como lo es el

uso de la técnica “corriente de la conciencia” que comprende el complejo análisis

de la interioridad, incluyendo con esto, los cuestionamientos existenciales.

Estas escritoras serán el reflejo de cómo el feminismo ha ido evolucionando

a través de los años, sus propuestas marcarán una nueva tendencia literaria

centrada en los problemas que aquejan a las mujeres y que ha dado cabida a un

ignorado cuestionamiento sobre el rol de ésta, que en la década de los setenta se

instala como movimiento feminista.

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En la actualidad, y ya no sólo en Inglaterra, es posible encontrar muchas

escritoras que se han dedicado a propagar esta nueva corriente social, es por esto

que se puede hablar de una literatura feminista, de la cual han derivado otras

tendencias como el Ecofeminismo, por ejemplo. Algunas de estas escritoras son:

María Luisa Bombal, Marta Brunet, Marcela Serrano, Rosario Ferré, Elena

Poniatowska, Adrianne Rich, Simone de Beauvoir.

Estas artistas y mujeres en general han ido cambiando frente a las

transformaciones sociales, se muestra un nuevo espíritu de liberación de las

cadenas represivas del hombre, no obstante, hasta el propio lenguaje ha jugado

en contra de ella:

La relación de los dos sexos no es la de dos electricidades,


la de dos polos: el hombre representa a la vez el positivo y el
neutro, hasta el punto de que en francés se dice “los
hombres” para designar a los seres humanos, habiéndose
asimilado la acepción singular de la palabra “vir” a la
acepción general de la palabra “homo”. La mujer aparece
como el negativo, ya que toda determinación le es imputada
como limitación, sin reciprocidad. (Beauvoir, S. Segundo
Sexo: 1949. Pág. 17)

Estas revelaciones de Simone de Beauvoir, no hacen más que ratificar que

si bien la mujer ha logrado obtener un lugar dentro de la sociedad, existen

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situaciones que se encuentran tan asimiladas dentro de las personas que son muy

difíciles de eliminar, puesto que forman parte del lenguaje cotidiano.

La revolución feminista le ha otorgado a la mujer nuevos aires, que son más

independentistas. Actualmente, la mujer ha logrado un lugar más elevado en la

sociedad pudiendo posicionarse mejor, dejando su rol “natural” de dueña de casa

y de madre, las posibilidades tanto profesionales como intelectuales que hoy en

día se les ha otorgado han creado nuevos intereses femeninos, los cuales muchas

veces suprimen el “deseo” de ser madres, esto se da principalmente porque el

cuerpo femenino ya no es visto sólo como un ente procreador o reproductor:

Ahora bien, existe un rasgo fundamental en la economía de


los placeres tal como funciona en Occidente: el sexo le sirve
de principio de inteligibilidad y de medida. Desde hace
milenios, se nos intenta hacer creer que la ley de todo placer
es, secretamente al menos, el sexo: y que es esto lo que
justifica la necesidad de su moderación, y ofrece la
posibilidad de su control. (Foucault, M. Microfísica del poder.
1980. Pág. 160)

Las mujeres intentan liberarse de toda marca de poder, ellas necesitan

identificarse como un individuo auténtico, separadas del hombre y no percibidas a

través de la realidad de éste, es decir, construir su propia realidad, independiente

de la sociedad falocéntrica, asumiendo nuevas responsabilidades que en otros

tiempos eran impensadas:


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La naciente conciencia de la mujer forma parte de la


coyuntura social y sexual determinada, que trata de controlar
y transformar a la vez, pero su propia formación sirve para
cambiar su situación material. (Rowbotham, S. 1977. Pág.
10).

En la presente investigación se quiere mostrar cómo en la literatura el

tratamiento de los personajes representa, en gran medida, un escudo de

represión, es decir, si los personajes aceptan el rol que se les impone socialmente,

el primer lugar donde se expresaría es en sus propios cuerpos e interioridades,

transformándolos en seres pasivos, que asumen una realidad externa a sus

propios deseos:

Es dócil un cuerpo que puede ser sometido, que puede ser


utilizado, que puede ser transformado y perfeccionado.
(Foucault, M. Vigilar y castigar. 1976. Pág. 140)

Sin embargo muchos de los personajes asumen un rol trascendental en las

novelas, se rebelan por diferentes medios ya sea a través de sus

cuestionamientos, actitudes e incluso a través de la muerte. Estos personajes no

aceptan la realidad como les fue impuesta, sino que luchan por invertir su

situación y mostrar que son capaces de tomar sus propios rumbos. Es en este

sentido donde el lenguaje juega un rol fundamental, pues es la principal

herramienta que ellos tienen para transformar su mundo.

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Lo que se intenta dilucidar, a partir de estos planteamientos, es cómo el

patriarcado se disuelve en la literatura, utilizándola como vía de escape frente a

las diversas formas de poder y sometimiento a las que ha sido expuesta la imagen

y el cuerpo femenino.

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Capítulo I

 
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Capítulo I

1. El deseo en las novelas La señora Dalloway, Jane Eyre y Frankenstein

El deseo es capaz de desnudar cautelosamente cada uno de nuestros

estados más profundos del alma, permite que nuestra rebelión interna se

intensifique con una fuerza inimaginable, lo que hacen estas tres autoras,

Charlotte Brontë, Mary Shelley y Virginia Woolf, es justamente eso. Ellas utilizan el

texto como forma de expresión y como plataforma para poder “exorcizar” sus

demonios y fantasmas que les imposibilitan, de otra forma, ser libres.

Este deseo, se presenta en diversos ámbitos dentro de la vida de las

escritoras y por ende de sus personajes, son los anhelos de soltar y liberarse de

esas ataduras corpóreas y psicológicas a las cuales se ven sometidas por la

sociedad patriarcal. Para enfrentar esto, para remecer sus deseos y las mentes de

aquellos seres dominadores, es que ellas se escudan en el poder de la palabra, la

escritura, el texto viene siendo su “arma de defensa”, en respuesta a tantas

injusticias y limitaciones.

El deseo genera en los seres humanos las ganas de poder salir adelante,

mientras más difícil parece nuestro objetivo, mayores son los deseos de poder

alcanzarlo.

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Estas escritoras, transforman a los personajes de sus obras en seres

deseantes, ya sea de cariño, afecto, respeto, amor, etc., pero sin duda, todas

tienen en común una cosa y es que ansían encontrar el lugar que les corresponde

dentro de una sociedad que en muchas oportunidades les da la espalda y no las

sabe valorar. Son en su mayoría mujeres atrapadas en un mundo que no les

pertenece, alejadas de lo que realmente buscan y pretenden ser. Este

sometimiento patriarcal cansa sus cuerpos, planteamientos y mentes, que

agotados de tanta inercia, comienzan lentamente un despertar que les permite

soportar las recriminaciones culturales, intelectuales y sexuales.

El movimiento cultural que defiende el feminismo se basa principalmente en

una revalorización de los principios que ligan a hombres y mujeres, inquiere las

igualdades entre ambos géneros, busca los derechos diseminados por las órdenes

masculinas, las feministas pretenden que el hecho de ser mujer no sea un

impedimento ni sea visto o relacionado con el “pecado original”.

La escritura femenina evidentemente no se ha limitado a


escudriñar la sexualidad de la mujer, sino también ha calado
hondo en su interior para descubrir lo que éste puede revelar
de la naturaleza del ser y de la existencia (López de
Martínez, A. Discurso Femenino Actual. 1995. Pág. 9)

La existencia femenina, se perturba, se desnuda con las nuevas creaciones

de autoras como las que se analizan en esta investigación, ellas profundizan en el


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inconsciente femenino, volviéndolo complejo, donde hablan más los pensamientos

existenciales que cualquier otra cosa visible, convirtiendo a estas escritoras en

punto de referencia literaria.

1.1 El deseo innato en los seres humanos

Se pueden dar muchas explicaciones y definiciones de la palabra deseo,

pero ninguna será lo suficientemente completa ni concreta, puesto que es una

situación o un concepto etéreo, inmaterial, que no se toca ni se ve, simplemente

se siente, se defiende y permite arraigar sentimientos que ayudan a levantar

banderas de defensa en contra de situaciones que en estados normales serían

insoportables de sobrellevar.

A pesar de lo complejo que puede resultar escudriñar en el significado de la

palabra deseo, propondremos una definición basándonos en primer lugar, en lo

que señala el Diccionario de la Real Academia Española:

Deseo: (Del lat. desidium) 1. m. Movimiento afectivo hacia


algo que se apetece. / 2. m. Acción y efecto de desear./ 3 m.
Objeto de deseo./ 4 m. Impulso, excitación venérea. / arder
en – s de algo. fr. Anhelarlo con vehemencia (Diccionario de
la Real Lengua Española, Vigésima Segunda Edición. Tomo
I, 2001. Pág. 781)

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La palabra deseo, al no ser comprobable, posee diversas interpretaciones,

las cuales sólo se pueden adecuar, de acuerdo con el contexto en el cual se

encuentran inmersos.

El deseo se manifiesta como una situación filosófica, pues se encuentra

intrínsecamente relacionado con el mundo de las ideas, del alma y de los

devenires constantes del ser humano:

La ansiedad que un hombre halla en sí a causa de la,


ausencia de algo cuyo presente goce lleva consigo la idea de
deleite, es lo que llamamos deseo, el cual es mayor o menor
según aquella ansiedad sea más o menos vehemente
(Ferrater Mora, J. Diccionario de Filosofía, 1964. Pág. 428)

Al analizar el concepto de deseo, inmediatamente realizamos la relación

con otro término, que es el de placer. El placer es visto como una necesidad que

es parte de cada ser humano, el goce de vivir en una sociedad coherente y

consecuente es lo que buscan estas tres autoras. En el ámbito puramente

corpóreo, el hombre piensa sólo en saciar sus propios instintos, siendo el cuerpo

femenino un mero instrumento para lograr sus propósitos, por su parte la mujer es

vista como procreadora, sin la capacidad de poseer placer o bienestar en

prácticamente ningún aspecto de la vida, éste es otro rango en el que se puede

apreciar cómo se ejerce el poder sobre los cuerpos dominados y adoctrinados

para cumplir cierto rol dentro de la sociedad.


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La falta de goce sexual se traduce en el concepto de “economía del placer”,

donde se dice no al sexo si es por diversión, negación que sólo se rige en el caso

de la mujer. La falta de libertad en este ámbito crea en las protagonistas de las

obras, así como también en las autoras, una especie de prisión que las gobierna

externamente pero que por dentro sólo crea los deseos que analizaremos más

adelante:

El deseo es el apetito acompañado de la conciencia de sí


mismo (Ferrater Mora, J. Diccionario de Filosofía, 1964. Pág.
428)

Cada ser anhelante de nuevas posibilidades está expuesto a cometer actos

que inevitablemente lo lleven a rebelarse contra el sistema impuesto, sus propios

deseos son el estigma que debe cargar cuando no se cumplen sus aspiraciones,

esos deseos son los que en muchas ocasiones dominan sus estados dóciles,

impidiendo que los agentes superiores cumplan sus objetivos.

El deseo transporta a nuevas experiencias, a nuevas vivencias que de

alguna u otra forma, despiertan ideas y respuestas de diversos estudiosos y

autores del tema:

Lacan insiste en que el deseo se inscribe en el cuerpo:


especie de tatuaje con caligrafía de signos enervados

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(Niebylsky, D. Semiologías del deseo en Signos Bajo la Piel


de Pía Barros, 1999. Págs. 64-87)

El cuerpo, coartado, dañado y mitigado, es la fiel representación de lo que

el alma no puede mostrar, el cuerpo demuestra, expresa lo que el alma guarda

dolorosamente. Estas escritoras son las representantes, las voceras de los deseos

ocultos e íntimos de miles de mujeres.

1.2 El deseo en las novelas: Jane Eyre, Frankenstein y La señora Dalloway.

Muchas de estas obras son las vivas representaciones de las propias

experiencias y sensaciones de sus autoras, ya que, como dijimos anteriormente, la

literatura es su modo de reconocerse a sí mismas y de reconocer a una sociedad

expuesta radicalmente a cambios como los que ellas buscaban.

En estas tres obras se reconocen rostros que tras una apariencia frágil,

esconden personalidades fuertes, consecuentes y perseverantes, capaces de

soportar los momentos más duros y adversos con tal de salir adelante y valerse

por sí mismas. Esta valentía interna, sin lugar a dudas, se reconoce como tal

gracias a los propios deseos de cada una, a la constante presión de verse

sometidas a la resistencia del poder masculino y a la sociedad patriarcal, por esto

explotan sus intimidades más secretas en los textos que escriben:


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Pero el deseo es demasiado potente para mantenerlo


encerrado en la pegajosa intimidad de un dormitorio. El
deseo estalla, quiere escaparse por las grietas de los muros
familiares, salir afuera, corretear, jugar, revolucionar, crear.
(Díaz, E. Revista de Observaciones Filosóficas, n°1, 2005).

La literatura, de alguna u otra forma, hace explotar los secretos de las

autoras, sus personajes son un claro ejemplo de la insistente necesidad por salir

del anonimato, de dejar de ser la sombra del hombre, estas sensaciones se

encuentran muy presentes en las novelas: Jane Eyre, Frankenstein, y con mayor

profundidad en La Señora Dalloway. Las escritoras buscan mostrar al resto de las

mujeres su visón de la femineidad, para lograr no sólo la identificación con sus

personajes, sino más bien para cambiar su visión de la sociedad, convirtiéndolas

en lectoras activas frente a las problemáticas femeninas que han impulsado a

muchas mujeres a escribir:

La lectora feminista de este periodo, no solo quiere ver sus


experiencias reflejadas en las novelas sino que se esfuerza
por identificarse con personajes femeninos fuertes,
impresionantes (Moi, T. Teoría literaria feminista. 1998. Pág.
59)

La actitud resistente, potente y preponderante de la mujer rebelde, permite

que la lectora sienta como propios los acontecimientos y formas de actuar de las

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protagonistas, en ellas descansa sus propias inquietudes y llena los vacíos,

dejados por la autora, con sus propias interpretaciones y visiones de la cultura

dominante de la época.

1.2.1 Jane Eyre de Charlotte Brontë

El concepto de deseo en Jane Eyre se manifiesta en dos sentidos. En

primer lugar, es posible encontrarlo en su anhelo por salir de la casa de su tía: la

Señora Reed, quien la humilla constantemente, reprimiendo sus deseos y, más

aún, sus derechos. Jane es un personaje cargado de sufrimientos y fracasos,

pero siempre anhelante de superación y de lograr sus sueños:

Razón tenía yo para temer y detestar a la Señora Reed,


porque era natural en ella herirme con crueldad. Esta
acusación ante un extraño me heló el corazón. Comprendí
confusamente que se disipaba cualquier rayo de esperanza
en la nueva fase de vida a que ella me destinaba. (Brontë,
Ch. Jane Eyre. 1999. Págs. 12 y 13)

En este sentido, es la Señora Reed quien cumple un rol “dictatorial” dentro

de la casa al suplir la imagen masculina, con un rol particularmente maléfico con

la joven Jane. La díscola mujer no sólo se encarga de maltratarla dentro de su

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propia casa, sino que asegura que su destino sea el que ella le impone,

controlando y reprimiendo a cabalidad sus deseos.

Tanto sometimiento lleva a Jane a un estado de soledad, pues se ve

alejada de sus parientes quienes la niegan y se avergüenzan de ella por su

estado de orfandad, esta situación de desprecio la hace refugiarse en la amistad

de Helen Burns a quien conoce durante el tiempo que estuvo en el Internado de

Lowood, pero que, sin embargo, el destino se encargó de arrebatarle:

Mi amiga Helen Burns, debilitada por la mala alimentación y


los maltratos, enfermó gravemente. Me dijeron que sufría
de tisis, y en mi ignorancia me alegré creyendo que era algo
benigno y que pronto sanaría. Pasé largas horas cada día a
su lado hasta que comprendí que Helen se moría
-Tengo fe en Dios, Jane, y me voy hacia Él, por eso estoy
tranquila-me dijo un día.
-¿Volveré a verte, Helen, cuando muera?
-Tú vendrás al mismo lugar de la felicidad y te acogerá Dios
que es tu padre y el mío, no me cabe duda.
Tuvo un tremendo acceso de tos, pero cuando se calmó me
dijo que me quedara con ella, que le gustaba tenerme
cerca.
-Estaré contigo, nadie podría alejarme de tu lado –repuse.
(Brontë, Ch. Jane Eyre. 1999. Págs. 18-19)

Jane pierde a su amiga Helen víctima del tifus que azotó el internado, con

esto la joven vuelve a su estado de encierro, ya que con su amiga se van los

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pocos momentos de cariño, respeto y confianza que hasta ese entonces había

podido experimentar, los cuales le ayudaron a enfrentar de un modo más positivo

las vejaciones y sufrimientos vividos en el internado.

En segundo lugar, el deseo se manifiesta en el concepto de amor, la

necesidad de dar y recibir cariño, despiertan en la joven el anhelo de salir de los

obstáculos que le impedían ser feliz, para ello se debe recordar que una de las

constantes dentro de la vida de todo ser humano es la búsqueda incansable de

la felicidad, la cual si bien se manifiesta en momentos sublimes, llenan y

satisfacen el alma, haciendo que los instantes desafortunados pasen a un

segundo plano. En este sentido la prosperidad de Jane se ve representada en el

sereno y a la vez distante rostro del señor Rochester, quien con el tiempo se

transforma en la figura que inspira deseo en Jane Eyre, pues en él descansan

sus anhelos de libertad y de amor que tantas veces le fueron negadas:

Su semblante estaba sumamente agitado y muy


enrojecido, y había extraños reflejos en sus ojos.
-¡Jane, me torturas! –exclamó-. Me torturas con esa
mirada inquisitiva!
-Si usted es sincero y su ofrecimiento verdadero, los
sentimientos hacia usted han de ser gratitud y devoción,
pero no pueden torturarlo.
-¡Gratitud! –Exclamó, y añadió con apasionamiento-:
¡Jane, acéptame en seguida! Di: Edgard, me casaré
contigo.

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-¿Habla en serio? ¿Realmente me quiere? ¿Desea de


verdad que sea su esposa?
-Sí, y si quieres te lo juro.
-Pues me casaré con usted, señor.
-¡Jane, amor mío!
-¡Señor, amor mío! (Brontë, Ch. Jane Eyre, 1999. Pág. 145)

Jane ve en el esquivo y díscolo señor Rochester, la imagen del amor y

cariño que tanto deseaba para su vida, sin embargo, y como es la constante de

la novela, este encuentro no se dará fácilmente puesto que serán muchos los

obstáculos que la joven deberá superar para poder ver realizado su sueño de

estar con el hombre que tanto ama.

Charlotte Brontë nos presenta una mujer llena de problemas, ya sea con

su tía, su pobreza, sus problemas en el colegio, la pérdida de su amiga Helen, su

fracaso amoroso; pero sin duda lo que más llama la atención del lector es que

este personaje avanza ante las dificultades, se supera, es un personaje fuerte,

móvil, que no se rinde frente a los aprietos.

Bajo estas situaciones el concepto de deseo se manifiesta de manera

constante, pues es lo que motiva el actuar de Jane, no estamos frente a una

mujer sumisa que acepta su condición, sino más bien, lucha constantemente por

revertirla, es capaz de enfrentar a su tía y primos sabiendo que después de esto

vendrá un castigo, ellos pueden someter su cuerpo y designar lo que Jane debe

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hacer, pero nada de esto logra cambiar los deseos de Jane, pues su alma sigue

siendo libre.

1.2.2 Frankenstein de Mary Shelley

En Frankenstein el tema del deseo aparece bajo distintas perspectivas, en

primer lugar se palpa a partir del personaje Víctor quien anhela fervientemente

poseer las capacidades para crear, desea transformarse en un ser todopoderoso

al ambicionar dar vida a un ser humano, pero su deseo por igualarse a la figura de

Dios se ve fracasado, pues su creación no fue lo que él esperaba, en vez de una

creación perfecta, logra crear a un ser monstruoso, de proporciones inhumanas:

Durante casi dos años, yo me había privado del descanso


en mi empeño por infundir vida a este inmundo ser; ahora
que lo había conseguido, la triste realidad llenaba mis
sueños de horror y repugnancia. Incapaz de soportar por
más tiempo la vista de aquella obra, huí del taller a mi
dormitorio, donde intenté en vano conciliar el sueño.
(Shelley, Mary, Frankenstein, 1998. Pág. 64)

Víctor, al darse cuenta de lo que había logrado entra en un estado de

pánico puesto que ni en sus más ambiciosos sueños pudo imaginar o sentir las

sensaciones que experimentó al ver por primera vez la criatura que con sus

propias manos había sacado de las tinieblas de la muerte para despertarlo al


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mundo de los vivos, es por esto que el creador en un comienzo escapa y no

asimila coherentemente lo que su deseo y arduo trabajo habían logrado, sabe

perfectamente que desde ese momento su vida cambiará radicalmente, pero lo

que desconoce es hasta qué punto su creación puede transformarse en su peor

enemigo.

En segundo lugar, desde el otro lado de la historia, o sea desde la visión del

monstruo, el deseo se ve representado en primera instancia en la aspiración que

la criatura tiene de ser aceptado por la sociedad, pues desde un inicio él no era un

ser malvado, más bien era un ser como todos nosotros, deseante, y preocupado

de ser recibido como corresponde dentro de la comunidad donde le toca vivir. Si

desarrollamos aún más éste ámbito de la historia, se percibe que fue la misma

sociedad quien lo corrompió con sus miedos y prejuicios al notar que dicho

personaje se veía y actuaba tan distinto a ellos. Es por esto que el monstruo

comienza un gradual cambio que lo transforma en un ser dolorido y vengativo,

sobre todo con su propio creador:

Por vez primera el odio y la venganza que alberga mi


corazón corrían libremente por mis venas, sin que intentara
detenerlos; al contrario, me abandoné a ellos y concebí ideas
de destrucción y muerte. (Shelley, M. Frankenstein, 1998.
Pág. 149)

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Ahora bien, a partir de la lectura literal de la novela, se sabe que este

personaje es un ser sobrenatural, con características inhumanas. Sin embargo, a

partir de sus cuestionamientos internos surgen preguntas como ¿es el monstruo

realmente un hombre? ¿Se puede analizar el género del monstruo a partir de sus

deseos? La novela en sí no nos señala con claridad el género al que pertenece el

monstruo, sin embargo, la forma en que los personajes se refieren a él nos

permite concluir que posee características masculinas, siempre se habla de él con

género masculino, incluso el propio monstruo se refiere a sí mismo con este

género:

Estoy completamente solo y me siento desgraciado. Ningún


hombre quiere relacionarse conmigo. Pero si hubiera un ser
tan horrible como yo, estoy seguro de que él no se negaría a
ser mi compañero, por que su misma soledad le uniría a mí.
Así pues, mi semejante deberá tener los mismos defectos
que yo; tiene que ser de mi misma especie. Sólo tú puedes
crearla. ¡Hazlo! (Shelley, M. Frankenstein. 1998. Pág. 156)

Otro punto de análisis de su género sería a partir de sus deseos, pues él

anhela compartir su vida con un monstruo de cuerpo femenino como queda

demostrado en la siguiente cita:

Quiero una criatura de sexo femenino tan horrible como yo.


Creo que es lo menos que puedo pedir, y con ser tan poca
cosa, bastará para satisfacerme. Es verdad que seremos dos

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monstruos, dos seres distintos de cualquier persona humana;


pero eso es precisamente lo que nos unirá. Nuestras vidas
podrán no ser felices, pero serán inofensivas y estarán,
sobre todo, libres de la miseria y del padecimiento que hoy
me aquejan. Y tú, mi creador, puedes hacer realidad este
deseo. Permíteme que esta sea la única cosa por la que
pueda ofrecerte mi agradecimiento. ¡Haz que por lo menos
un ser vivo sienta simpatía y amor por mí! Es el único favor
que te pido. (Shelley, M. Frankenstein. 1998. Pág. 158)

En este sentido es necesario señalar que la literatura de estas escritoras

intenta no solo mostrar su realidad, sino que también nos muestra sus deseos más

fervientes de libertad y de pasar a un espacio que ha sido completamente

dominado por el hombre y cerrado para ellas, esto es el espacio público, no

depender de la voz del hombre al tomar una decisión, sino ser capaz de

expresarla por sí misma, haciendo de la escritura un territorio habitable, un lugar

lleno de sentidos y de liberación, más que una forma de expresión, la literatura

sería el territorio de libertad para que la mujer pueda comenzar a expresar sus

anhelos, sin depender de los hombres.

Con esta idea, la pluma de las mujeres feministas, se transforma en su

mejor arma en respuesta a los insistentes y apremiantes sistemas opresores

masculinos y en algunos casos femeninos, pues recordemos que el machismo es

una forma social que también es responsabilidad de muchas mujeres que están de

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acuerdo con esta mentalidad y por ende educan con pensamientos que van en

desmedro de ellas mismas.

1.2.3 La Señora Dalloway de Virginia Woolf.

En La Señora Dalloway la actitud de la protagonista deja de ser pasiva, no

es una mujer que acepte lo que le tocó vivir, viene de un estrato acomodado, pero

su rol se circunscribe al ámbito privado. En su interior va cuestionando su imagen

de mujer frente a la sociedad, partimos con una protagonista aparentemente

sumisa en su actitud, pero que en su interior cuestiona lo que le sucede, lo que

impide que se sienta ignorante o ajena a la realidad:

Clarissa actuaría, por supuesto, según los deseos de


Richard. Puesto que le había traído la almohada, se
tumbaría... Pero..., pero... ¿por qué se sentía de
repente, sin ninguna razón a su alcance,
desesperadamente desgraciada? (Woolf, V. La Señora
Dalloway, 1998. Pág. 150)

En éste párrafo claramente se rebela el sentimiento cuestionador de la

protagonista, Clarissa, quien se siente de algún modo vacía en su rol de esposa

sumisa, de algún modo reacciona y comienza a preguntarse la razón de tanto

sinsentido en su vida, cuando aparentemente lo tenía todo.


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El personaje de Clarissa es una mujer que manifiesta una inconformidad

con su condición femenina, su única satisfacción radica en pasear por las calles

de Bond Street. Ella pertenece a una clase acomodada socialmente, pero ni

siquiera lo material la hace feliz, ansía dejar su invisibilidad frente al mundo, sus

deseos radican en la posibilidad de ser mejor, de ser visible y no ser sólo la señora

de Richard Dalloway, sino más bien ser solamente Clarissa:

Pero ahora a menudo, este cuerpo que llevaba (se paró a


mirar un cuadro holandés), este cuerpo, con todas sus
cualidades, parecía no ser nada -nada en absoluto. Tenía la
extrañísima sensación de ser invisible; de que no se la veía;
desconocida; al no haber más posibilidades de casarse, ni de
tener ya más hijos, nada más que este discurrir asombroso y
algo solemne, con todos los demás, Bond Street arriba, ser
la señora Dalloway; ya ni Clarissa tan siquiera; ser la señora
de Richard Dalloway. (Woolf, V. La Señora Dalloway, 1998.
Pág. 15)

A través de esta cita, y en general en la novela, se deduce como este

personaje femenino critica a la sociedad en que le ha tocado vivir, una sociedad

patriarcal que a partir del matrimonio invisibiliza la figura femenina, la transforma

sólo en una especie de sombra, relegándola a un espacio privado de

desconocimiento, donde lo que importa es de quién es esposa, su ser se disipa

ante la personalidad dominante y resistente de un marido acostumbrado a obtener

la mayor atención y, de alguna manera, tener las riendas de las diversas

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situaciones que lo comprometen. Es por esto que en la novela este personaje

manifiesta constantemente sus deseos de ser otra, una mujer más fuerte,

reconocida, con otras actividades:

¡Ay! ¡Si hubiese podido volver a vivir! pensó, bajando de la


acera, ¡si hubiese podido incluso tener otro físico!
Hubiera sido, para empezar, morena como Lady
Bexborough, con tez de cuero arrugado y unos ojos
preciosos. Hubiera sido, como Lady Bexborough, pausada y
majestuosa; más bien corpulenta; interesada en la política
como un hombre; con una casa de campo; muy digna, muy
sincera. En lugar de eso, tenía una figura estrecha, como de
palillo, una carita ridícula, picuda como la de un pájaro.
(Woolf, V. La Señora Dalloway, 1998. Pág. 14)

Precisamente, aquí Clarissa representa el sentir de la mayoría de las

mujeres de la época, quienes prácticamente se desconocían en el rol y cuerpo que

les tocaba representar, ella se desconoce, pues no es su reflejo el que ve cuando

se mira al espejo, es otra, por dentro sabe que es otra y ese estado de

incertidumbre y de no saber cómo mostrarse tal cual es, provoca en ella una serie

de dudas y pensamientos que la trasladan a un mundo paralelo, el cual es su vía

de escape:

Para Virginia Woolf, evidentemente, la literatura femenina no


debería de ser jamás destructiva o iracunda, sino tan

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armoniosa y translúcida como la suya propia. (Ferré, R. Sitio


a Eros: La Cocina de la Escritura 1980)

En conclusión, se puede destacar la importancia que tiene sobre el

pensamiento de los personajes principales de estas tres obras, Jane Eyre,

Clarissa Dalloway y Frankenstein, las edades y períodos de vida que poseen cada

uno de ellos.

En primer lugar, se puede observar la juventud de Jane Eyre, quien con esa

fuerza que sólo la premura de sus años permite desarrollar pudo superar

constantemente todos los obstáculos que la vida le trae. En segundo lugar, se

encuentra la figura monstruosa de Frankenstein, quien no deja clara su edad, pero

que de todas formas se transforma en un ser lleno de cuestionamientos y dolores

sumergidos en los lamentables hechos que realiza embriagado por su furia en

contra de su creador.

En tercer y último lugar, se ve la figura de Clarissa Dalloway, una mujer no

tan joven y que además proviene de un estrato social muy diferente al de Jane,

pero que vive en una especie de “jaula de oro”, donde no es quien desea ser, esto

la lleva a vivir en una constante y ardorosa búsqueda de su propia identidad

perdida en la figura patriarcal.

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1.3 El amor como fuente de deseo en la mujer

Uno de los ejes fundamentales dentro de la escritura de todas las épocas

ha sido el amor, lo que este representa y el modo en que se da es lo que ha

formado parte central de la literatura. El amor puede llevarnos a límites

inesperados dentro de los complejos estados del ser humano, por un lado,

consigue traernos las mayores felicidades que jamás podremos experimentar y

por otro, puede generarnos las decepciones más profundas que incluso llegan a

marcar nuestras vidas en los más variados aspectos.

También, este sentimiento se presenta en los más diversos rostros, existen

diferentes tipos de amor, desde los más precoces hasta los que incluso rozan la

locura. Lo que estas escritoras desarrollan es que los sentimientos son parte

fundamental en la vida de todos los seres humanos, esto sin importar de que raza,

etnia o género provengan, se cuestionan los niveles de amor que las mujeres

intensifican en sus relaciones con los demás, y rompen ese límite impuesto por la

sociedad en donde se relaciona continuamente al matrimonio con el verdadero

enlace de este sentimiento, entonces, como nos dice Rosario Ferré, la mujer se

pregunta concreta y profundamente, ¿Qué es realmente el amor?, más allá de una

novela cliché o de la espera del príncipe azul:

¿Qué es el amor, en fin, para la mujer? ¿Qué es ese


enorme bien por el cual se le ha exigido renunciar al mundo
durante siglos? ¿Es el amor el único fin de su vida? ¿Tiene
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que ser irremplazable, tiene que estar bendecido por la


respetabilidad de la procreación y de la propiedad? ¿No
tiene acaso la mujer, al igual que el hombre, derecho al
amor profano, al amor pasajero, incluso al amor
endemoniado, a la pasión por la pasión misma? (Ferré, R.
Sitio a Eros, 1986. Pág. 37)

En este sentido Ferré establece que la mujer al igual que el hombre, tiene

las mismas posibilidades de vivir el amor en sus más complejos estados, viendo

de este modo que tal sentimiento es algo que se da, que fluye dentro de cada uno

de nosotros y que bajo ninguna circunstancia es algo que se pueda imponer. Por

lo tanto la mujer presenta la posibilidad de desear sin miedos ni prejuicios y de

amar con pasión, sin que esto sea cuestionado o juzgado por la sociedad

patriarcal.

Ahora bien, con la finalidad de poder desarrollar la analogía amor/deseo

propuesta en esta investigación, es necesario analizar más concretamente el

concepto, ¿Qué es el amor?, la respuesta más fielmente acertada se encuentra

desde una visión filosófica, es por esto que José Ferrater nos dice al respecto:

El amor es visto, según los casos, como una inclinación,


como un afecto, un apetito, una pasión, una aspiración, etc.
Es visto también como una cualidad, una propiedad, una
relación. Se habla de muy diversas formas del amor: amor
físico, o sexual; amor maternal, amor como amistad; amor al

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mundo; amor a Dios, etc. (Ferrater Mora, J. Diccionario de


Filosofía, 1964. Pág. 86)

El amor, como dice Ferrater, es una inclinación, ya sea a una persona,

ideología, religión, etc. Este sentimiento es el que nos permite diferenciar entre lo

que realmente es importante dentro de nuestras vidas, por ello nos enfocaremos

en los diversos tipos de amor entre personas que se dan en las novelas

analizadas.

La mujer, vive este concepto desde un ámbito diferente al del hombre, el

mundo femenino se establece mayormente en base al deseo de amar y ser

amada, lógicamente pensando en todo lo que esto representa, ser aceptada,

respetada, valorada y sobre todo incluida en el medio social como un ser que tiene

derechos y deberes tal como los posee el hombre.

Desde esta perspectiva, las escritoras investigadas demuestran en sus

obras una constante relación entre el amor y el deseo, sobre todo en el interior de

sus personajes que muchas veces ven la realización del verdadero amor como

algo ajeno a su realidad.

Un ejemplo de ello es el caso de Frankenstein, puesto que el monstruo,

quien tras el abandono de Víctor se siente sólo, rechazado y discriminado por la

sociedad, anhela incansablemente poder convivir sin reparos con alguien que lo
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comprenda y acepte tal cual es, para así poder evitar mantenerse escondido y

aislado, oculto y sometido a un plano privado. Es por esto que pide

desconsoladamente a Víctor, que, con sus conocimientos, dé vida a un nuevo

monstruo, esta vez con cuerpo femenino, para que lo acompañe en su vida, esta

es la incansable súplica de la criatura a su creador:

El amor de otro semejante te bastaría para destruir la causa


de mi desesperación y hacer posible que me convierta en
alguien ignorado por todos. Si soy perverso es porque me
veo obligado a vivir en la soledad que aborrezco; por lo
tanto, la consecuencia de que mi soledad desaparezca será
el renacer de mis virtudes por causa del afecto que me unirá
a otro ser. (Shelley, M. Frankenstein. 1998. Pág. 160)

El monstruo, no quiere fama, ni riquezas, sólo pide la posibilidad de poder

dar amor, como lo podría hacer cualquier persona en condiciones normales,

reprocha a su creador el estado de continua soledad al cual lo ha condenado por

ser diferente a los demás. Al darse cuenta que Víctorr no cumplirá sus deseos, la

criatura transforma sus sentimientos nobles en ideas macabras llenas de

venganza a causa del dolor que le provoca el verse solo y negado por la sociedad.

En este caso el amor se ve irrealizable por condiciones ajenas a la

naturaleza humana y por la ambición de Víctor, quien no pensó que su creación

pudiese tener sentimientos como cualquier mortal.

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Otro ejemplo donde el amor y el deseo se ven entrelazados se da en Jane

Eyre, esto porque el ardiente deseo de la joven por concretar su relación

amorosa con el señor Rochester, la cual era de por si angustiosa al saber que

tenía planes de matrimonio con otra mujer, es una de las razones que le dieron

fuerzas extras a Jane para salir adelante. Aparentemente, la suerte de la

protagonista cambia, sus anhelos se empiezan a concretar cuando Rochester le

pide matrimonio y ella acepta sin saber que éste no se podría concretar y se

convertiría en otro fracaso para su vida:

Estaba tendida en mi cama como en el fondo de un río


oscuro. Carecía de voluntad para levantarme y de fuerzas
para huir. Sólo quería morir. Un recuerdo de Dios trajo a mi
mente una oración silenciosa. “No te alejes de mí, no hay
nadie que me dé consuelo.” Pero mis labios no la dijeron,
no doblé las rodillas. La conciencia de mi vida solitaria, de
mi amor perdido, de mi esperanza truncada, de mi fe
abatida, se me vino encima como una inmensa mole.
(Brontë, Ch. Jane Eyre, 1999. Pág. 178-179)

A partir de este fragmento se establece una relación entre los conceptos

amor/deseo; lo que quiere decir que cada vez que la protagonista está

cumpliendo uno de sus anhelos se siente llena de fuerza y de vida, deseando

poder concretar luego sus sueños. Pero también se establece otra relación que

es la de fracaso/muerte, pues cada vez que Jane fracasa en uno de sus

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proyectos, o cada vez que se siente humillada por las desdichas y sinsabores del

amor, siente deseos de morir, embargada por la angustia:

Nada vi, pero percibí en alguna parte una voz que gritaba:
“¡Jane, Jane, Jane!”?
-¡Dios mío! ¡Qué es? -exclamé
Debía haber dicho “¿Dónde está?”, no procedía de la casa
ni del jardín. Era imposible saber de dónde venía. Pero fue
la voz de un ser humano, una voz amada, conocida,
venerada en mi recuerdo, la voz de Edgard Fairfax
Rochester, y su tono expresaba una congoja profunda, un
dolor violento e intenso.
-¡Ya Voy! -grité-. ¡Espérame! ¡Oh, iré contigo!
Miré el corredor oscuro y salí corriendo al jardín que estaba
vacío. (Brontë, Ch. Jane Eyre, 1999. Págs. 261- 262)

Como queda demostrado en la cita anterior, el amor entre Jane y el señor

Rochester, se ve envuelto de misticismo. La pasión que entre ellos nació, nunca

se apagó, ni siquiera por causa de la distancia o el tiempo, al final ellos se unen

para siempre sin importar las condiciones físicas en las cuales se encuentra el

señor Rochester. De acuerdo con esto, algunos podrían señalar que Jane no es

un personaje realmente revolucionario, pues al final de la obra ella actúa como

una mujer correcta de acuerdo a los modelos impuestos por la sociedad o por el

machismo. Sin embargo, su rebeldía, se manifiesta en su actitud por cambiar su

condición social y por no rendirse frente a los distintos problemas que se le

presentan en la obra: la muerte de sus padres, la soledad y la pobreza entre otras.


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Ella no ve en el matrimonio una solución a sus problemas, de ser así hubiese

aceptado la propuesta de Saint John de irse a la India y convertirse en su esposa.

No obstante, Jane tiene claro sus valores y decide esperar por el verdadero amor,

el de Rochester:

(…) – Búscala en otra parte, Saint John. Yo al misionero le


entregaré todas mis energías, pero no mi ser. Daré mi
corazón a Dios, pero me quedaré con mi ser.
- ¡Tienes que llegar a formar parte de mí! Debemos
casarnos, ¿cómo es posible que yo, un hombre de
apenas treinta años, me lleve conmigo a la India a una
muchacha de veinte años a menos que sea mi esposa?
Lo repito: no hay otra solución y sin duda al amor se
sucedería el suficiente amor para que la unión se nos
aparezca perfecta incluso a nosotros.
- Desprecio tu idea de amor –dije, sin poder contenerme--.
Desprecio el falso sentimiento que me ofreces, y te
desprecio a ti por ofrecérmelo.
(…) – Perdona mis palabras—dije arrepentida--, pero tú has
tenido la culpa, el sólo nombre del amor es una manzana de
la discordia entre nosotros. Olvida ese proyecto de
matrimonio, que es imposible para mí. (Brontë, Ch. Jane
Eyre. 1999. Págs. 252-253)

Finalmente el amor es, entonces, el mayor acto de rebeldía en la vida de

Jane. No hay que olvidar que el mundo funciona sobre la base de la conveniencia,

por lo que Jane si hubiese sido una mujer que acata las normas sociales

impuestas, se habría casado con Saint John.


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En el caso de La Señora Dalloway, el amor se presenta como lo prohibido,

sobre todo en el caso de la relación entre Clarissa y Peter Walsh, este hombre es

parte del pasado de Clarissa, pues es un antiguo amor que pudo haber sido muy

importante en su vida si no fuese por el hecho de que lo dejó por cobijarse en una

relación supuestamente más estable con Richard Dalloway. Luego de bastante

tiempo sin verse se reencuentran, naciendo entre ellos una nueva atracción, vista

desde otro punto de vista, puesto que ya no son los jóvenes inexpertos e

inmaduros que eran cuando por algún estado de miedo e inestabilidad se

separaron:

¿Quién era Peter para afirmar que la vida es cocer y catar?


¿Peter, siempre enamorado, enamorado de la mujer de
quien no debía enamorarse? ¿Qué significa tu amor?,
hubiera podido preguntarle Clarissa. Y sabía la respuesta de
Peter: El amor es lo más importante del mundo y ninguna
mujer puede llegar a comprenderlo. Muy bien. Pero, ¿Acaso
había en el mundo un hombre capaz de comprenderla a
ella? ¿De comprender sus intenciones? ¿Su vida? Clarissa
no podía imaginar a Peter o a Richard tomándose la
molestia de dar una fiesta si razón alguna. (Woolf, V. La
Señora Dalloway, 1998. Pág. 131)

En este sentido, nadie podía comprender qué significa realmente el

concepto de amor que ronda a cada instante, es por esto que Clarissa se siente

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incomprendida y busca respuestas profundas en actos que al parecer pueden

resultar tan banales como realizar una fiesta.

Es necesario destacar que también en la novela de Woolf se presenta un

tema absolutamente tabú para la época: la homosexualidad. Clarissa se cuestiona

el amor desde otro punto de vista, recuerda aquellos tiempos en los que sintió

haber estado enamorada de Sally Seton:

Pero esta cuestión de amar (pensó, guardando la chaqueta),


este enamorarse de mujeres. Por ejemplo, Sally Seton; su
relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿Acaso no
había sido amor, a fin de cuentas? (Woolf, V. La Señora
Dalloway. 1998. Pág. 38)

Dentro de los sentimientos que albergaba Clarissa, existen ciertas pugnas,

pues lo que más admiraba Clarissa en Sally era precisamente lo que ella podría

tener, en relación a su belleza física y a su personalidad:

Pero en el curso de la velada no pudo apartar la vista de


Sally. Era una extraordinaria belleza, la clase de belleza que
más admiraba Clarissa, morena, ojos grandes, con aquel aire
que, por no tener ella, siempre envidiaba, una especie de
abandono, cual si fuera capaz de decir cualquier cosa, de
hacer cualquier cosa, un aire mucho más frecuente en las
extranjeras que en las inglesas. (Woolf, V. La Señora
Dalloway, 1998. Pág. 39)
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Uno de los momentos más sublimes en la vida de Clarissa, es cuando se

concreta físicamente el deseo tanto de ella como de Sally, esto dado en una

situación donde se mezclan la inocencia y lo prohibido:

Clarissa y Sally les seguían, un poco rezagadas. Entonces


se produjo el momento más exquisito de la vida de Clarissa,
al pasar junto a una hornacina de piedra con flores. Sally se
detuvo; cogió una flor; besó a Clarissa en los labios. ¡Fue
como si el mundo entero se pusiera cabeza a abajo! Los
otros habían desaparecido; estaba a solas con Sally. (Woolf,
V. La Señora Dalloway, 1998. Pág. 41)

Ahora bien, cabe destacar que Clarissa, en el instante en que tiene su

encuentro amoroso con Sally, se encuentra en una relación con Peter Walsh,

quien es otro de sus grandes amores, este hecho demuestra que Clarissa posee

una ambigüedad sexual, lo que deja entrever su inestabilidad emocional, es este

punto lo que hace que ella no se decida a estar con Peter o Sally, pues busca

inconscientemente una estabilidad que ninguno de ellos podría darle, por lo tanto,

anhela la imagen de alguien que la pueda proteger, imagen que encuentra en

Richard Dalloway, con quien finalmente se casa.

Con el paso de los años Clarissa no logra olvidar a Sally, ella siempre

permanece en su memoria:

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Lo raro ahora, al recordarlo, era la pureza, la integridad, de


sus sentimientos hacia Sally. No eran como los sentimientos
hacia un hombre. Se trataba de un sentimiento
completamente desinteresado, y además tenía una
característica especial que sólo puede darse entre mujeres,
entre mujeres recién salidas de la adolescencia. Era un
sentimiento protector, por parte de Clarissa; nacía de cierta
sensación de estar las dos acordes, aliadas, del
presentimiento de que algo forzosamente las separaría
(siempre que hablaban de matrimonio, lo hacían como si se
tratara de una catástrofe, lo cual conducía a aquella actitud
de caballeroso paladín, a aquel sentimiento de protección,
más fuerte en Clarissa que en Sally) (Woolf, V. La Señora
Dalloway, 1998. Pág. 40)

La protagonista, de cierto modo, maternaliza sus sentimientos hacia Sally,

la desea proteger, algo que hasta el momento ella no había sentido jamás. La cita

anterior demuestra que Clarissa sólo es rebelde desde su mundo interior, en un

ámbito privado, pues finalmente no opta por luchar por un amor verdadero, sino

que se deja llevar por las convenciones sociales.

1.4 Analogía de muerte y deseo

La muerte, un tema que la literatura en muchas ocasiones ha hecho suya,

es, por un lado, un enigma para el razonamiento humano y, a la vez, algo con lo

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que se debe convivir diariamente. Este tema es visto desde diferentes enfoques,

que van desde una respuesta filosófica hasta una orientación religiosa,

estudiaremos filosóficamente el concepto:

Ampliamente entendida, la muerte es la designación de todo


fenómeno en el que se produce una cesación. En sentido
restringido, en cambio, la muerte es considerada
exclusivamente como la muerte humana. (Ferrater Mora, J.
Diccionario de Filosofía, 1964. Pág. 1291)

Como se explica en la cita anterior, la muerte se relaciona con el cese o

finalización de un proceso, ya sea de alguna situación o de la vida humana. Para

diferenciarlas denominaremos al cese de un proceso o circunstancia como muerte

simbólica y a la defunción humana propiamente tal como muerte física. Es

precisamente dentro de estas dos grandes muertes donde se desenvuelven las

autoras investigadas, pues su relación con los deseos representados en las obras

y sobre todo en sus personajes femeninos se entremezcla con este pensamiento

donde, muchas veces, estas mujeres encuentran un refugio a toda su realidad

terrenal, ellas buscan un sentido en medio del sinsentido que puede llegar a

representar la muerte, ven en ella su vía de escape y buscan incansablemente su

presencia, a pesar de no saber ciertamente lo que ocurre después del cese de

algún ser o acontecimiento, es un deseo a ciegas, una necesidad imperiosa de

liberación mental, corporal, y una idea que constantemente rondaba la mente de

alguna de las escritoras.


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1.4.1 La muerte como un lugar a la nada

Irremediablemente dentro de estos cuestionamientos surge la pregunta

¿Hacia dónde lleva la muerte?, o si es tan trascendental como para querer buscar

en ella un refugio para tanta incomprensión y soledad:

La muerte lejos de ser mi posibilidad propia es un hecho


contingente que, en tanto que tal, me escapa por principio y
pertenece originariamente a mi facticidad. No puedo ni
descubrir mi muerte ni esperarla, ni adoptar una actitud
hacia ella pues mi muerte es lo que se me revela como lo
indescubrirle, lo que desarma todas las esperas, lo que se
desliza en todas las actitudes, y particularmente en las que
se adoptaron para con ella, para transformarlas en
conductas exteriorizadas y fijadas, cuyo sentido está
confiado para siempre a otros que nosotros. La muerte es un
puro hecho, como el nacimiento. Nos viene desde afuera.
(Sartre, J. El Ser y la Nada. Ensayo de Ontología
Fenomenológica. 1972. Pág. 334-335)

Como destaca Sartre, la muerte es un acontecimiento indescubrirle, esto

porque es algo inmanejable, que está fuera de nuestro alcance, no dominamos en

absoluto nuestras ideas sobre la muerte, pues se presenta tan natural que llega a

ser ajena a nuestro conocimiento, al igual que el nacimiento. Sartre destaca

también la idea de que ambos sucesos, tanto la muerte como el nacimiento son

hechos que representan una misma idea, no se pueden formar respuestas frente

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a ellas puesto que conducen a un vacío humanamente desconocido, o sea que

llevan a la nada. “Es absurdo que hayamos nacido, es absurdo que muramos”

(Sartre, J. El Ser y la Nada. Ensayo de Ontología Fenomenológica. 1972. Pág.

335)

En esta cita se reconoce a la muerte como un absurdo, o sea como algo

contradictorio e incoherente. No es fácil encontrarle una explicación razonable al

hecho de dejar de existir o de terminar una situación importante dentro de

nuestras vidas, es por esto que llama tan fuertemente la atención que las

escritoras busquen en ella el cobijo o respuesta a algo que vive dentro de su

cotidianeidad, con esto se hace referencia al sometimiento cultural, intelectual,

corpóreo y social que representa sobre ellas el dominio patriarcal.

Contradictoriamente, quizás sea ésa misma idea de desconocimiento o del

sinsentido que refleja la muerte lo que las atrae, conduciéndolas constantemente a

su búsqueda, ya sea física o literaria.

En el primer caso está Virginia Woolf, es sabido que la autora vivió

continuamente con el pensamiento de la muerte, lo que se ve reflejado cuando

leemos La Señora Dalloway, cuya protagonista, Clarissa, es una mujer que hace

de la muerte uno de sus tantos cuestionamientos, llegando a ser una de sus vías

de escape cuando ve que sus deseos no se ven cumplidos:

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La muerte era desafío. La muerte era un intento de


comunicar, y la gente sentía la imposibilidad de alcanzar el
centro que místicamente se les hurtaba; la intimidad
separaba; el entusiasmo se desvanecía; una estaba sola.
Era como un abrazo, la muerte (Woolf, V. La Señora
Dalloway, 1998. Pág. 198)

La sola idea de ver la muerte como un medio de comunicación refleja los

gritos silenciosos que la protagonista trata de dar a conocer, además la ve como

un desafío, que ella, en su más inescrutable intimidad trata de dilucidar, ella desea

escapar de lo que es y cómo en el fondo sabe que uno puede esconderse o

escapar de cualquier cosa menos de uno mismo, ve en el rostro de la muerte la

separación de alma y cuerpo que tanto desea, pues su alma descansa en un

cuerpo que no le pertenece.

La muerte, como dijimos anteriormente, puede ser denominada simbólica,

esto es cuando nos referimos a la finalización de una situación que nos hace vivir

pequeños lutos y que, sin lugar a dudas, cambia nuestra perspectiva y visiones de

la vida, tal como se da en el caso de la dolorosa separación que sucede en la obra

Jane Eyre cuando la joven sabe que la verdadera esposa del señor Rochester

seguía viva, lo cual fue el impedimento para que se pudieran casar y ser felices:

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- Señor Rochester, no seré suya.


Otro silencio prolongado.
- ¡Jane! –comenzó de nuevo, con una delicadeza que me
llenó de dolor y terror; porque esta voz queda era el
jadeo de un león al acecho--. ¿Pretendes ir tú por un lado
y yo por el otro?
- Así es.
Se inclinó y me abrazó.
- Jane –dijo--, ¿sigues pensando lo mismo?
- Sí.
- ¿Y ahora? –mientras besaba suavemente mi frente y mis
mejillas.
- Sí –repetí, escapando de sus brazos.
- ¿Qué haré sin ti, Jane?
- Haga como yo: confíe en Dios y en sí mismo
(…) ¡Adiós! –sollozó mi corazón. Y la desesperación añadió-:
¡Adiós para siempre!(Brontë, Ch. Jane Eyre, 1999. Págs.
188-189)

La muerte simbólica de la relación entre Jane Eyre y el señor Rochester,

marca un quiebre dentro de la obra, donde los deseos de la protagonista se

trastrocan con nuevas situaciones que le tocarán vivir, sin embargo, su anhelante

corazón seguirá recordando a cada instante, sobre todo en los momentos de

soledad, la imagen de su amado señor Rochester. Y es justamente la presencia

constante del fantasma de Rochester lo que místicamente hace que estas dos

almas se vuelvan a reunir, después de varias experiencias vividas por separado.

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Finalmente, se hablará de la muerte física la cual se ve claramente

representada en Frankenstein ya que la muerte ronda la vida de sus protagonistas

de forma constante, se manifiesta con fuerza cuando el monstruo jura venganza

en contra de su creador, quien se niega a prestarle ayuda y lo deja abandonado

prácticamente a su suerte, sólo porque es un ser que pertenece a la “raza”

considerada como anormal dentro de la sociedad imperante:

¿Por qué debo tener yo para con el hombre más piedad de la


que él tiene para conmigo? No sería para ti un crimen, si me
pudieras arrojar a uno de esos abismos, y destrozar la obra
que con tus propias manos creaste. Debo, pues, respetar al
hombre cuando éste me condena? Que conviva en paz
conmigo, y yo, en vez de daño, le haría todo el bien que
pudiera, llorando de gratitud ante su aceptación. Mas no, eso
es imposible; los sentidos humanos son barreras
infranqueables que impiden nuestra unión. Pero mi
sometimiento no será el del abatido esclavo. Me vengaré de
mis sufrimientos; si no puedo inspirar amor, desencadenaré
el miedo; y especialmente a ti, mi supremo enemigo, por ser
mi creador, te juro odio eterno. (Shelley, M. Frankenstein.
1998. Pág. 118)

El monstruo maquina en su mente la forma de retribuir tanto dolor y

discriminación a su creador, y la mejor forma es vengarse con algo que no tiene

reverso, con la muerte, pero no cualquier muerte, sino que la de sus seres más

queridos. Éste es el karma con el cual debe lidiar Víctor pues en el fondo sabe que

por culpa de su ambición excesiva y por su inimaginable idea de ser como Dios y
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de apropiarse, por medio de la ciencia, de algo que le es innato a la mujer, como

lo es la procreación, que recibe tanto castigo. Aquí se demuestra la muerte en vida

del protagonista, del creador:

-Por la tierra sagrada sobre la que me arrodillo, por las


almas que flotan a mi alrededor, por el dolor que me
consume, y también por ti, ¡oh noche impenetrable!, así
como por los espíritus que llenan tus tinieblas, juro perseguir
al demoníaco monstruo que causó tan inmensa desgracia,
hasta que uno de los dos perezca en el mortal combate. Este
será el único fin de mi miserable existencia, la única cosa
que me permita ver el sol y dejar mis huellas en la hierba.
¡Espíritus de mis queridos muertes, os llamo! Venid,
ayudadme en mi propósito y guiadme en el camino que he
de recorrer. Que el maldito e infernal ser padezca la misma
desesperación que me atormenta. (Shelley, M. Frankenstein,
1998. Pág. 213)

Víctor reúne las pocas fuerzas que le quedan en buscar al monstruo, su

creación y destruirlo por haberle quitado lo que él más deseaba, su familia. Recién

en este momento Víctor ve la realidad inescrupulosa en la que estaba envuelto,

dándose cuenta de lo caro que está pagando sus errores y ambiciones de ser un

científico importante, tratando de hacer lo imposible al crear vida con sus propias

manos.

Su muerte es interna, no tiene mayores intenciones que hacer pagar al

monstruo y morir; para él la vida se ha vuelto una molestia, una herida que nunca

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cicatrizará, por lo tanto no le importa sufrir lo indecible con tal de cumplir su

objetivo, tal vez con la misma tenacidad con que realizó su propósito de crear vida.

Se produce del mismo modo y con la misma fuerza la analogía de vida y

muerte dentro de Víctor. Como se ha podido observar, el cuerpo no siempre va a

la par con la interioridad de las personas, especialmente cuando estos seres se

ven tan trastrocados en los más diversos aspectos de sus vidas. Las autoras:

Charlotte Brontë, Mary Shelley y Virginia Woolf, son el vivo reflejo de la constante

necesidad del ser humano de ser otro que no le pertenece.

Ese no pertenecer del sujeto insatisfecho con su vida y con la imagen que

proyecta dentro de un sistema que definitivamente no le ayuda a avanzar, esto es

lo que se representa en cada una de las obras de estas autoras.

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Capítulo II

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Capítulo II

2. Manifestaciones de rebeldía como respuesta al poder, en los personajes

femeninos de Jane Eyre, Frankenstein y La señora Dalloway

Los personajes de las novelas de estas tres autoras, constituyen un

conjunto de nuevas sensaciones, sentimientos y expresiones, que se ven

reflejados fielmente en los textos propuestos.

Cuando se analizan y relacionan estos textos literarios, de alguna u otra

manera, existe un enfrentamiento entre la ficción y la realidad que muchas veces

nos confunde, creando un espacio íntimo entre el autor y el lector; puesto que al

conocer y estudiar las biografías y contextos históricos bajo los cuales se

desenvolvieron las escritoras, es inevitable no realizar la comparación de

vivencias, interioridades, cuestionamientos y sensaciones con sus personajes.

Efectivamente de eso se trata, ellas desnudan su alma por medio de la palabra

escrita, saben que sus obras quedarán en el tiempo y servirán de apoyo para el

estudio de los diversos estados sociales donde el poder, la transgresión, el

sometimiento y la rebeldía juegan un rol primordial.

Para desarrollar un análisis del concepto de rebeldía, es necesario remitirse

a dos concepciones claves, estos son: poder y transgresión. Con la finalidad de

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comprender mejor estos conceptos y luego asociarlos a la rebeldía, nos

basaremos en lo propuesto por Foucault.

Se sabe que la mujer, al vivir en esta especie de enclaustramiento social,

ha desconocido los tipos de poder existentes, dejando que el hombre se mantenga

en preponderante dominio sobre ellos (poder político, religioso, cultural, artístico,

etc.), tal como lo expone Rosario Ferré:

En primer lugar, su libertad se encuentra considerablemente


coartada, lo que limita las experiencias de las cuales puede
valerse para enriquecer su obra. La mujer desconoce, por
ejemplo, los mecanismos del poder político y económico; en
cierta forma, este limitado acceso a los mismos resulta una
situación afortunada, ya que su deber consiste en oponerse
a ellos. En segundo lugar, su rol de esposa y madre tiende a
hacerla un ser dependiente, tanto en su supervivencia
económica como en su sentido de identidad. (Ferré, R. Sitios
a Eros, 1986. Pág. 34)

Lo que intentan estas tres autoras es adueñarse del poder artístico,

generado por la escritura, desarrollando en ellas una libertad interna y permitiendo

dar a conocer su mundo, su cosmovisión, de un modo que vaya más allá de su rol

de esposa y madre.

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Antes de desarrollar el análisis de los personajes de las obras, en base a su

nivel de respuesta al sometimiento, se debe definir, en primer lugar, el concepto

de poder asociado al de transgresión, para adentrarnos posteriormente, en una

explicación de cómo se llega a tal rebeldía literaria y personal.

2.1 Poder como causa de rebeldía

Todo este proceso de sometimiento y posterior rebeldía no serían posibles

si no existiese el concepto clave que produjo tales situaciones, nos referimos al

poder, en los más diversos parámetros establecidos, ya sea a nivel social, sexual,

mental, religioso, intelectual o cultural, por una sociedad patriarcal.

El poder se puede entender como una acción donde un ser designado

como superior produce una fuerza o influencia sobre un otro denominado como

inferior, este dominio crea una serie de cuestionamientos internos en quién se ve y

siente como más débil, crea estados de inseguridad y miedos que sólo son

rondados por fantasmas que de alguna manera le impiden ver la realidad.

Aquí radica la gran importancia de Charlotte Brontë, Mary Shelley y Virginia

Woolf, quienes se rebelan contra los patrones establecidos, contra una sociedad

que les es ajena y desconocida. Ellas logran traspasar esa muralla llena de

dolores y vergüenzas que las disminuía como mujeres, esta pared fue destruida

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por las palabras, aquellas voces internas se dejaron sentir por medio de las letras,

y sus obras son la gran prueba de ello.

El poder difícilmente será entendido por un solo significado, es por ello que

consideraremos la visión de Foucault en relación con el concepto analizado:

El poder actúa sobre las acciones de los otros: una acción


sobre otra acción, en aquellas acciones existentes o en
aquellas que pueden generarse en el presente o en el
futuro. Una relación de violencia actúa sobre un cuerpo o
cosas, ella fuerza, doblega, destruye, o cierra la puerta a
todas las posibilidades. Su polo opuesto sólo puede ser la
pasividad, y si ella se encuentra con cualquier resistencia no
tiene otra opción que tratar de minimizarla. Por otro lado,
una relación de poder sólo puede ser articulada en base a
dos elementos, cada uno de ellos indispensable si es
realmente una relación de poder: "el otro" (aquel sobre el
cual es ejercido el poder) ampliamente reconocido y
mantenido hasta el final como la persona que actúa; y un
campo entero de respuestas, reacciones, resultados y
posibles invenciones que pueden abrirse, el cuál está
enfrentando a una relación de poder. (Foucault, M. El Sujeto
y el Poder. 1996. Pág. 15)

Foucault desarrolla la temática del poder desde la perspectiva del accionar

sobre un cuerpo o cosa inferior , así entendemos que el poder no es algo que se

viene dando desde la época en que vivieron y se desenvolvieron Virginia Woolf,

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Charlotte Brontë o Mary Shelley, si no que es una actitud que se da prácticamente

desde que el hombre existe como ser racional, el poder siempre ha rondado el

consciente e inconsciente de cada uno de nosotros y de nuestros más lejanos

antepasados, lo que básicamente se da porque seduce y atrae , nos mueve a

espacios distintos a los que estamos acostumbrados, esto produce que al ser tan

atractivo olvidemos los diversos rostros enmascarados que tiene, pues el

conseguir poder produce que inevitablemente otras personas sufran las

consecuencias, por lo tanto el poder es un arma de doble filo, difícil de manejar.

Se hace necesario al analizar el concepto de poder en la literatura,

asociarlo también con la violencia que involucra ser sometido a una relación con

estas características. En este sentido, Foucault señala lo siguiente:

La puesta en escena de las relaciones de poder no excluye


el uso de la violencia como tampoco la obtención del
consentimiento, no hay duda de que el ejercicio del poder no
puede existir sin el uno u el otro, sino a menudo con la
existencia de ambos. (Foucault, M. El Sujeto y el Poder.
1996. Pág.15).

Si analizamos como las relaciones de poder, en las novelas analizadas,

implican el uso de la violencia, es necesario remitirse, en primer lugar, a Jane

Eyre. La señora Reed es la encargada de ejercer poder sobre la protagonista

homónima de la novela, quien no está dispuesta a aceptar lo que su tía le impone,


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es por esto que encontramos las primeras manifestaciones de violencia, asociadas

al poder:

Llorando a gritos y con el corazón que se me salía por la


boca, corrí a la puerta y empecé a golpearla enloquecida.
Pasó mucho rato hasta que oí chirriar la cerradura y apareció
Bessie, la criada, asustada por mis gritos. Le rogué que me
sacara, pero acudió la señora Reed y de un empujón me tiró
de nuevo al suelo y volvió a encerrarme. Me desmayé.
(Brontë, Ch. Jane Eyre. 1999. Pág. 11)

Pero la señora Reed no es la única que demuestra de un modo violento su

dominio, también Juan, primo de Jane, acostumbra golpearla tras sus

desobediencias:

-Dame ese libro, no tienes derecho a tomarlo. Dice mamá


que eres una mendiga, que tu padre no te dejó ni un céntimo
y que no puedes tocar esos libros porque son míos.
Se lo devolví, pero entonces él me lo tiró a la cabeza; me
acertó y caí al suelo, muy adolorida.
-¡Eres un asesino!-grité-. ¡Un emperador de los romanos!
(Brontë, Ch. Jane Eyre. 1999. Pág. 10)

La vida de Jane no conoce la comprensión, respeto ni amor, y esto no

discrimina géneros, tanto su tía como su primo son una muestra clara del

descontrol físico y emocional que produce la relación violencia-poder.


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En segundo lugar, en Frankenstein las manifestaciones de rebeldía se

pueden encontrar en la actitud de venganza del monstruo, pues éste desea con

ansias tener una compañera, alguien igual a él. Víctor, en un comienzo desea

cumplir lo que el monstruo solicita, pues considera que es justo frente al gran dolor

que le ha tocado vivir, esto es la soledad y el rechazo:

Por fin, después de meditar sobre todo esto, llegué a la


conclusión de que debía dar satisfacción a su demanda, por
la justicia que le debía, tanto a él como a mis semejantes.
(Shelley, M. Frankenstein. 1998. Pág. 174)

Sin embargo, el monstruo desconfía de su creador, y decide seguirle hasta

ver que sus propósitos están cumplidos, él sabe que sólo Víctor es el único que

puede lograr que sus deseos se cumplan, él es el dueño del poder, del secreto de

dar vida a un ser, pero impone su voluntad frente a su creación, pues finalmente

tras analizar los problemas que conlleva la creación de otro ser monstruoso decide

terminar con esta idea destruyendo lo creado:

Sus rasgos, al mirarme, expresaban perfidia y malicia. Por mi


mente cruzó como un rayo la idea de que mi promesa
suponía una locura, y en un arrebato destrocé todo el trabajo
realizado. Al verme hacer aquello, el monstruo profirió un
alarido demoníaco, de desesperación por la destrucción de
aquello en lo que él había puesto todas sus esperanzas, y

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también de vengativa amenaza. Luego se fue. (Shelley, M.


Frankenstein. 1998. Pág. 174).

La única forma que posee el monstruo de manifestar rechazo a este

poderío, y al sometimiento a la soledad impuesto por Víctor, es la venganza,

hacerlo sufrir dando muerte a cada uno de sus seres más queridos y

persiguiéndolo hasta la muerte. Todo esto de forma incontrolable y violenta,

dejando de manifiesto una cruel crítica, no sólo a la acción de la criatura

rechazada, sino que también a una sociedad que se desconoce a sí misma.

En tercer lugar, La Señora Dalloway es menos violenta que en el resto de

las obras estudiadas, esto debido a que la escritora pertenece a otra época

literaria, en la que se da prioridad a la escritura más bien psicológica, centrada en

los cuestionamientos internos de los personajes, en el caso de la novela en

estudio, conocemos la interioridad de Clarissa, su rebeldía interior, manifestada en

quiebres a nivel psicológico, con gritos internos de la protagonista:

Clarissa, se volvió y caminó de nuevo hacia Bond Street,


molesta, porque era estúpido tener otras razones para hacer
las cosas. Hubiera preferido ser una de esas personas como
Richard, que hacían las cosas por sí mismas, mientras que
ella, pensó, esperando a cruzar, la mitad de las veces no
hacía las cosas así, simplemente, por sí mismas; más bien
para que la gente pensara esto o aquello, una perfecta
idiotez, lo sabía (ahora el policía levantaba la mano), porque

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nunca nadie se creía el cuento ni por un instante. ¡Ay! ¡Si


hubiese podido volver a vivir! pensó, bajando de la acera, ¡si
hubiese podido incluso tener otro físico! (Woolf, V. Señora
Dalloway. 1998. Pág. 14)

Clarissa hubiese deseado mil veces haber nacido de nuevo, estaba

cansada de tener que hacer las cosas pensando en lo que los demás podían decir

de ella, simplemente quería una vida que dejara fluir sus acciones y sentimientos

con libertad, con la misma libertad con la que contaba Richard y que a ella, por su

condición de invisibilidad, le era negada.

2.2 Lenguaje como resistencia al poder

¿Cómo entonces podrá la escritora sonar auténtica si


aún no sabe quién es o cómo es? (Ferré, R. Sitios a
Eros. 1986)

La literatura es el cuerpo de la palabra. Escribir es resistir al poder. El

lenguaje expresado en la literatura es la respuesta de estas mujeres a la opresión

social, al dominio patriarcal, es su forma de dejar la invisibilidad en la que han

estado sumidas, para dar paso al surgimiento de un rostro propio.

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En este sentido, el concepto de transgresión se hace fundamental a la hora

de analizar los límites existentes entre el poder y la resistencia a éste, al respecto

Foucault nos expresa lo siguiente:

La transgresión es un gesto que concierne al límite; es allí,


en la delgadez de la línea, donde se manifiesta el relámpago
de su paso, pero quizás también su trayectoria total, su
origen mismo. La raya que ella cruza podría ser
efectivamente todo su espacio. El juego de los límites y de la
transgresión parece estar regido por una sencilla
obstinación: la transgresión salta y no deja de volver a
empezar otra vez a saltar por encima de una línea que de
inmediato, tras ella, se encierra en una ola de escasa
memoria, retrocediendo así de nuevo hasta el horizonte de lo
infranqueable. (Foucault, M. De Lenguaje y Literatura 1994,
Pág. 127)

Si se dice que la transgresión es un acto de rebasar el límite, la literatura se

presenta como un estado de borde, es decir, se escribe para dar a conocer cómo

se transgreden tales límites, por ejemplo el de la opresión, el del machismo y el de

los roles impuestos a la mujer.

La transgresión especifica que no todo debe ser impuesto, sino que como

seres pensantes se debe tener la opción de buscar un lugar trascendente.

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Tanto Charlotte Brontë, como Mary Shelley, como se señaló anteriormente,

pertenecen a una época donde la mujer está relegada a un espacio privado, en

cambio el hombre está destinado a pertenecer al espacio público. La mujer desea

salir de ese espacio oscuro, se rebela a tal imposición por medio de la literatura, la

cual, sin embargo, es propiedad de los hombres pues ésta también pertenece al

espacio público. En el caso de Woolf, quien escribe su obra a principios del siglo

XX, se puede decir que ella se libera por medio de la escritura, dando cabida a

temáticas como el cuestionamiento del rol femenino y la homosexualidad en este

texto, hecho que en la época era censurado.

Para dar cabida a una expresividad reprimida, la literatura escrita por

mujeres transgrede las normas sociales existentes en la época, pues dentro de las

funciones sociales de la mujer no se encuentra la escritura, ni menos aquella en la

cual se demuestran los dotes y sentimientos de rebeldía, ya que al ser relegadas

a un espacio privado, el cual las esconde e invisibiliza, se les señala los roles que

deben cumplir, entre los cuales no se encuentra la literatura, la que, como dijimos,

pertenece a un espacio expuesto que estaba destinado a ser dominado por los

hombres, lo que quiere decir que sólo ellos tenían el derecho a la expresión.

Porque la literatura es intelecto y éste es razón y en la división binaria, la

razón es parte integral del varón, y en el caso de la mujer el sentimiento forma

parte de ella. En este sentido se puede afirmar que el hombre crea y la mujer

reproduce.

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Sin embargo, a pesar de todo, estas escritoras se apoderan de la palabra

escrita, y expresan sus pensamientos y sentimientos por medio de los personajes

de sus novelas, pero más que eso, lo que ellas hacen con su obra es mostrar

cómo las mujeres han sido desplazadas, llevadas a un nivel de inferioridad frente

al rol que cumple el hombre en la sociedad. Es por esto, que se puede señalar que

la literatura no sólo es un paso a la rebeldía, sino más bien representa la rebeldía

misma, en el sentido de que es la forma más impactante que poseen estas

escritoras para dar a conocer su rechazo al rol de mujer que la sociedad les ha

impuesto, además de demostrar capacidades que los hombres creían inexistentes.

La escritura de Woolf, Brontë y Shelley se puede enmarcar en una literatura

de resistencia al poder y, más específicamente, al dominio patriarcal que las

excluye del espacio social.

Si se analiza el lenguaje como resistencia al poder, es necesario remitirnos

a Frankenstein, esto debido a que el monstruo creado por Víctor fue abandonado

por él después de darle vida, este monstruo no conocía el lenguaje y no sabía

expresarse, quedó escondido, invisible para el mundo, nadie sabía de su

existencia e incluso Víctor, por un momento, se olvida de él. Su creador tal vez no

imaginó que el ser al que dio vida intentara rebelarse y hacer un esfuerzo para

dominar el lenguaje, lo que sería su primer paso a la rebeldía, es decir, superar los

límites que impuso su creador, para luego enfrentarlo.

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En el caso de Woolf, se puede señalar que ella utiliza el lenguaje de una

forma distinta al resto de las novelas analizadas, a través de la escritura muestra

la interioridad de sus personajes, para revelar sus pensamientos y sentimientos. Al

leer La Señora Dalloway nos enfrentamos no sólo con un monólogo interior de lo

que dice Clarissa, sino más bien nos enfrentamos a su complejo cuestionamiento

interior respecto a la vida. Poco a poco, nos adentramos en la interioridad de la

protagonista, quien intenta encontrar un sentido a su vida aferrándose a ella por

medio de las fiestas que preparaba como una especie de ofrenda a la vida:

Pero profundizando más, por debajo de lo que la gente decía


(y esos juicios ¡Cuán superficiales, cuán fragmentarios
eran!), yendo ahora a su propia mente, ¿qué significaba para
ella esa cosa llamada vida? ¡Oh! Era muy raro. Allí estaba
Fulano de Tal en South Kensington; zutano en Bayswater; y
otro, digamos, en Mayfair. Y Clarissa sentía muy
continuamente la noción de su existencia, y sentía el deseo
de reunirlos, y lo hacía. Era una ofrenda; era combinar, era
crear; pero; ¿Una ofrenda a quién? (Woolf, V. Señora
Dalloway. 1998. Pág. 131-132)

Así se puede señalar que Clarissa es incomprendida dentro de su entorno

social. El cuestionamiento interior de Clarissa también se expresa en sus deseos

de obtener una superioridad que no posee o más bien tener un cierto grado de

importancia, ser destacada, escuchada y valorada:

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No tenía nada más que fuera importante; no sabía pensar,


escribir, ni siquiera sabía tocar el piano. Confundía a los
armenios con los turcos; amaba el éxito, odiaba la
incomodidad; necesitaba gustar; decía océanos de tonterías;
y si alguien le preguntaba qué era el Ecuador, no sabía
contestar. (Woolf, V. Señora Dalloway. 1998. Pág. 132)

Clarissa en medio de su desconcierto y depresión interna, confunde ideas y

pensamientos, se siente poderosamente inconforme con lo que su ser

obligatoriamente refleja, esto es la ignorancia de la mujer sumida en la

dependencia de un hombre, en este caso Richard.

2.3 Concepto de rebeldía

Para entender lo que es rebeldía es necesario enfocarse en el significado

del concepto:

Rebelde:(del latín, rebellis) adj. Que, faltando a la obediencia


debida, se rebela (o se subleva). U.t.c.s. Adj. Que se rebela
(opone resistencia). Dicho de una enfermedad: Resistente a
los remedios. Adj Der. Dicho de una persona: Que por no
comparecer en el juicio, después de llamada en forma, o por
tener incumplida alguna orden e intimación del juez, es
declarada por este en rebeldía. U.t.c.s. (Diccionario de la
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Real Academia española, Vigésima Segunda Edición, Tomo


II. 2001. Pág. 1908)

Como se observa, ser rebelde es una acción realizada por hombres y

mujeres con el fin de resistirse a alguna situación que para ellos es injusta o

desfavorable, esto permite poner el razonamiento a exposición pública.

Son muchas las dimensiones donde se hace presente el concepto de

rebeldía, en el caso de este ensayo, ésta se exterioriza en los ámbitos sobre todo

artísticos, inicialmente en forma implícita para pasar, posteriormente, a una

literatura más explosiva.

Ser rebelde, también e inevitablemente va de la mano con otro concepto

como es el de transgresión, el que muchas veces delimita lo que pueda ocurrir una

vez que se lleva a cabo la acción de enfrentar el orden establecido, es

precisamente aquí dónde el movimiento feminista se gesta, pues se basa en

reestructurar la cultura, dejando de lado los esquemas organizativos y

dominadores que el hombre ha impuesto, se busca reescribir la historia, rediseñar

los pormenores de la cotidianeidad que rodea a las mujeres de la época, para

lograr esto es la literatura la responsable de dar a conocer los nuevos ritmos y

deseos de los creadores o como dice Foucault sobre ella:

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(La literatura)…consagrada a buscar lo cotidiano más allá de


sí mismo, a traspasar los límites, a descubrir de forma brutal
o insidiosa los secretos, a desplazar las reglas y los códigos,
a hacer decir lo inconfesable, tendrá por tanto que colocarse
ella misma fuera de la ley, o al menos hacer recaer sobre
ella la carga del escándalo, de la transgresión, o de la
revuelta… (Foucault, M. De Lenguaje y Literatura 1994. Pág.
137)

De acuerdo con esta cita, queda claramente establecido que para rebelarse

es necesaria una forma de retratar lo que efectivamente sucede, expresando los

motivos o hechos que provocan dicha subversión humana. En este sentido, la

literatura es una proyección de la forma de pensar y sentir de las autoras, así

como también es en donde descansan todos los posibles reproches y

recriminaciones a los cuales están inevitablemente expuestas, los personajes, por

su parte, son los entes que representan cada sentimiento, intención y realidad de

los creadores.

Las escritoras tienen modelos muy próximos ya sea en épocas y en

contextos, desde donde pudieron sentirse inspiradas para atreverse a romper

cierto cánones literarios. Para eso es necesario retroceder en el tiempo y analizar

lo sucedido en ese entonces.

El siglo XVIII es el inicio de una respuesta a lo socialmente denominado

como dominio patriarcal, donde el hombre sostiene e impone su pensamiento


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racional en diversos niveles dentro de la sociedad. Con esta posición de

inferioridad y subordinación, las mujeres comienzan a expresar su parecer en

situaciones que consideraban que iban en desmedro de su posición dentro de la

red social, en otras palabras comienzan a sacar la voz, pero no de un modo

arbitrario, sino que con argumentos fielmente arraigados y conscientes de que la

disputa no será fácil. De aquí comienza a gestarse el denominado Feminismo y la

idea de reconstruir la cultura que fue forjada por y para los hombres, en el sentido

de lo masculino.

La primera representante explícita es Mary Wollstonecraft, madre de Mary

Shelley, quien con su escrito Una reivindicación de los derechos de la mujer

(1792) demuestra su posición y la que ocultan muchas mujeres, de sentirse

encerradas en su cuerpo martirizado y esclavizado por el género masculino.

Pero ya en el siglo XVII Sor Juana Inés de la Cruz, quien es considerada

como una precursora del feminismo como lo señala Díaz-Diocaretz y Zavala:

El feminismo literario tiene su propia historia desde el siglo


XVI, la autorrepresentación (con matices) desde el siglo XV,
y sor Juana ha sido reconocida como una de las grandes
feministas precursoras. (Díaz-Diocaretz, Zavala: Breve
historia feminista de la literatura española. 1993. Pág. 33)

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Sin la necesaria labor de estas mujeres y muchas más sería prácticamente

imposible hablar del estado de rebeldía dentro de un contexto tan ajeno y opuesto

como lo fue o es, la dominación mental y corpórea que hacen los hombres sobre

las mujeres.

El denominado, hasta ese momento, adoctrinamiento mental se ve

fuertemente desarticulado por un concepto conspirador de nuevas actitudes e

ideales, creados en la literatura como defensa y respuesta al régimen establecido.

2.4 Fin del sometimiento, inicio de la rebeldía

Para hablar de rebeldía se hace necesario conocer las situaciones que

propiciaron tal manifestación humana. Es decir, se hablará del sometimiento ya

sea en el ámbito psicológico, social, familiar u otro, como antecesor de los nuevos

comportamientos liberales representados en las obras de estas escritoras

feministas.

A modo de inicio se debe entender como sometimiento, un proceso

disciplinario que busca en el ser amoldado lograr ciertas conductas, que no son

necesariamente las que el sujeto desea.

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Ser sometido es ser más que un cuerpo manipulable y dócil, tal como lo

señala Foucault:

El cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo


explora, lo desarticula y lo corrompe (Foucault, M. Vigilar y
Castigar, 1976. Pág. 141)

Esto quiere decir que el ser se construye sobre la base de lo que el otro

pretende lograr, de lo que otro desea y a partir de esto se construiría su identidad,

la de un ser obediente y sometido a los dispositivos impuestos.

Existen distintas formas de sometimiento y diversos mecanismos

encargados de ejecutarlos, pero en éste capítulo interesa específicamente los

relacionados con la mujer y cómo ellas los rechazan, dando pie para el análisis del

concepto de rebeldía.

Ancestralmente, para la sociedad, la mujer debe seguir ciertas normas y

tener ciertos comportamientos, por ejemplo: cumplir el rol de la maternidad,

permanecer en el hogar, seguir los pasos del hombre, no apelar sus decisiones y

muchas más que van en total desmedro de ellas.

El sometimiento al cual la mujer ha sido expuesta va mucho más allá de lo

que se puede corroborar, esto quiere decir que no es sólo en un nivel físico, sino

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que deja herido su estado interno, su libre albedrío, sus pensamientos e ideales.

Como lo expresa Simone de Beauvoir en El Segundo Sexo, se puede claramente

realizar una pequeña analogía entre el sometimiento de la mujer y el de los

esclavos negros, donde en un inicio es el cuerpo el que recibe los dolores y

sufrimientos de un señorío dominante.

Entonces el hombre recurre al servicio de otros hombres a


los cuales reduce a esclavitud. Aparece la propiedad privada:
dueño de los esclavos y de la tierra, el hombre se convierte
también en propietario de la mujer. Es «la gran derrota
histórica del sexo femenino». (De Beauvoir, S. Segundo
Sexo, 1949. Pág. 62)

El ente externo sangra por los continuos reproches y latigazos del ser

superior. Este dolor permite una rebeldía interna, que puede dañar su cuerpo,

destruirlo lentamente y hasta eliminarlo, pero no así su alma, los esclavos en su

interioridad se sentían libres, pues su alma era el único espacio que los

dominadores no podían trastrocar, lo inmaterial representa su verdadera libertad.

Esta situación se da también en el caso de las mujeres, donde el sistema binario

del varón que ejerce el poder sobre ella haciéndola parecer dominada y excluida,

se muestra en extremo reflejado en el tratamiento del cuerpo femenino, ese

cuerpo desfigurado por el poder, destruido, golpeado, limitado, rechazado y

reprimido, en todos los ámbitos posibles, se ve en los estados del tiempo:

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Sobre el cuerpo, se encuentra el estigma de los sucesos


pasados, de él nacen los deseos, los desfallecimientos y los
errores (Foucault, M. Microfísica del Poder, 1980. Pág. 14)

Bajo estos deseos que esconde la piel femenina, es en donde se encuentra

la libertad que no puede ser corrompida por el hombre, esa libertad que se haya

habitada en el alma, en el espacio sin color, olor o forma.

Es precisamente en el interior, en el subconsciente, donde nace la rebeldía,

representada en los ya desarrollados deseos y anhelos. La mujer se enfrenta a la

pugna interna del ser o no ser, es por esto que la forma de conocimiento ha sido

lenta e implícita, hasta llegar a lo que se conoce hoy en día, mujeres organizadas

que luchan por sus derechos en una sociedad democrática.

Gracias a esta rebeldía naciente el cuerpo de a poco deja de ser la cárcel

del alma, transformándose en su complemento, van a la par, se transforman

constantemente y se forman en uno. En las novelas de estas tres escritoras

inglesas, se da esta etapa de paso del sometimiento al estado de rebeldía.

En la novela Jane Eyre, esta continua pugna se da desde un inicio, Jane

desea salir de la podredumbre material y emocional en la cual se encuentra

inmersa; pues, si bien, se mostraba como una joven sometida a las órdenes de su

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tía, la señora Reed y de sus primos, ella en el fondo deseaba liberarse de éstos,

deseaba escapar para poder desarrollarse fielmente como persona:

Me sentí dominada por el pavor y no sé cómo resistí las


horas que estuve ahí. Me dolía la cabeza y todavía me
sangraba por el golpe recibido. “¡Qué injusto!”, pensaba.
Tomé la resolución de huir de esa casa, o de dejar de comer
hasta morirme. No podía entender por qué tenía que sufrir
tanto. (Brontë, Ch. Jane Eyre. 1999. Pág. 11)

La protagonista al cuestionarse el porqué de tantas desgracias ya está

creando en sí misma una idea de rebeldía, de deseos próximos, de poder cambiar

lo que la tiene en circunstancias tan desfavorables, dentro de ella nace el fuego

que le permitirá superar las adversidades.

- Sí. Me alegro de que no sea pariente mía. Jamás volveré


a llamarla tía mientras viva. Cuando sea mayor no vendré
a verla nunca más. Le diré a todo el mundo la crueldad
con que me encerró en el cuarto rojo y que me dejó ahí
para que muriera. Y usted me castigó cuando había sido
su hijo malvado el que me pegó sin motivo. Se lo diré a
todo el mundo. ¡Usted es una hipócrita! (Brontë, Ch. Jane
Eyre, 1999. Pág. 13)

Por su parte, la escritora Charlotte Brontë muestra una sociedad llena de

estigmas y marcas de poder, los cuales si se estudian más detalladamente se


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observa que no sólo son parte del hombre, puesto que en el caso de la joven Jane

Eyre se ven reflejados en el rostro de su tía. Lo que muestra esta situación, es que

el machismo no sólo es parte del círculo masculino, sino que se refleja en la labor

de las mujeres de la época, pues al criar sus hijos reproducen el modelo autoritario

patriarcal existente.

Por otro lado, en Frankenstein el personaje principal si bien no es una

mujer, sí representa el estado limitado y lleno de discriminaciones que son parte

de la figura femenina, por lo tanto esta interpretación será más bien simbólica. El

monstruo es una otredad dentro de la obra, es un ser relegado de la sociedad, lo

que provoca en él un estado que pasa del amor al odio por su creador, quien es el

primero en abandonarlo y discriminarlo:

Mi alma admiraba la virtud y los buenos sentimientos, amaba


las maneras afables y la gentileza de mis vecinos; pero, a
pesar de todo, me estaba prohibido vivir en su compañía, a
no ser que lo hiciera como hasta entonces, a escondidas y
permaneciendo en la ignorancia de todos, lo que aumentaba
mis deseos de ser aceptado por los demás… ¡Cuán triste y
desgraciado me sentía! (Shelley, M. 1998. Frankenstein.
Pág. 131).

En la cita se evidencia el deseo del protagonista, de sentirse aceptado,

pues hay que recordar que a diferencia de lo que se cree, el monstruo nació con

sentimientos de amor y valores nobles, fue la sociedad quien lo corrompió con su


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indiferencia y temor al verlo físicamente diferente. Es aquí donde comienza a

nacer su estado de rebeldía llevándolo a cometer acciones que bajo otras

circunstancias nunca habría cometido, nace la sed de venganza hacia su creador,

destrozando lo que más quería Víctor, su familia.

La escritora Mary Shelley trata de plasmar el dolor de un ser que se siente y

se ve diferente al resto, trata del mismo modo de demostrar una analogía entre él

(el monstruo) y la figura femenina tan dañada en la época.

La monstruosidad de Frankenstein, como la de la mujer, es,


en la opinión de Mary, consecuencia de cómo el hombre ha
estructurado el mundo sobre las bases de la esclavitud.
(Ferré, R. Sitio a Eros. 1986, Pág. 37)

La analogía propuesta por Ferré entre la figura del monstruo y la de la

mujer, nuevamente conduce a entrelazarla con el concepto de esclavitud. Se

presenta en la novela la represión del monstruo o su esclavitud frente a los

designios de Víctor, pues él lo somete a su creación, le impide su libertad y

felicidad, lo que conlleva que el espíritu libre y cansado de la soledad busque una

alternativa, el deseo de la existencia de otro ser con sus mismas características

para poder compartir su vida. Estos deseos se ven refrenados por Víctor, pues al

ser el conocedor del secreto de la creación es el único capaz de satisfacer los

deseos del monstruo, pero él decide negarle esta opción.

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Finalmente, en la compleja obra de Virginia Woolf se puede observar

claramente el sentir y pensamiento de los personajes, con el uso del monólogo

interior se crea una relación recíproca entre la escritora y el lector.

En La Señora Dalloway se muestra la imagen de Clarissa, una mujer de

situación acomodada que no está de acuerdo con su contexto social, siendo su vía

de escape la literatura, la poesía y los pensamientos existencialistas. Se da un

constante juego mental, donde los personajes se desnudan por medio de la pluma

de Virginia Woolf:

Clarissa sabía qué era lo que le faltaba. No era belleza, no


era inteligencia. Era algo central y penetrante; algo cálido
que alteraba superficies y estremecía el frío contacto de
hombre y mujer, o de mujeres juntas. Porque esto era algo
que ella podía percibir oscuramente. Le dolía, sentía
escrúpulos cuyo origen sólo Dios conocía, o, quizás, eso
creía, enviados por la Naturaleza (siempre sabia); sin
embargo, a veces no podía resistir el encanto de una mujer
… confesando, cual a menudo le confesaban, un mal paso,
una locura.(Woolf, V. La señora Dalloway. 1998. Pág. 37)

En las líneas previas se refleja el continuo estado de observación de

Clarissa, dónde analiza y estudia a las personas que la rodean, ella no deja de

lado ninguna actitud ni palabra, llegando a ser en momentos un tanto melancólica

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e incomprendida, en una época donde la mujer no tenía el derecho a la expresión

que le correspondía.

Este estado de rebeldía del ser humano es algo que se da dentro de cada

uno de nosotros en forma innata, es una respuesta a los límites establecidos por

los autodenominados seres superiores.

2.5 Análisis de la manifestación de la rebeldía en los personajes, de las

obras: Jane Eyre, Frankenstein y La Señora Dalloway

El concepto de rebeldía se ha transformado prácticamente en un eje

esencial dentro de la revolución femenina, la cual ha permitido tener diversos

cambios, ya sea a nivel interno como externo dentro de la sociedad.

Ahora bien, para comprender mejor el concepto de rebeldía, éste se

asociará a las temáticas que frecuentan los escritos de las mujeres, en este caso

de Charlotte Brontë, Mary Shelley y Virginia Woolf.

Se analizará el estado de rebeldía que manifiestan los personajes

femeninos en las tres obras ya nombradas, mostrando cómo a través de ellas se

expresa el repudio a las normas sociales y a los roles que se les ha impuesto por

su condición femenina. Los personajes femeninos de las obras Jane Eyre,

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Frankenstein, y La señora Dalloway manifiestan su rebeldía de distintas formas, ya

sea atentando contra su vida, distanciándose de su entorno, creando un mundo

interior aparte, desahogándose por medio del arte o enfrentándose al ser

dominador.

2.5.1 Jane Eyre

En esta novela se muestra la imagen de una muchacha sometida por el

entorno en el que le ha tocado vivir. Jane en sí carga con dos estigmas: ser

huérfana y pobre. Estos estigmas colocan a este personaje en constante conflicto

interno y externo con su medio:

- Deseo que sea educada de acurdo con su futuro –


continuó mi “bienhechora”-, y que sea humilde. Creo que
usted logra inculcar esa y otras virtudes imponiendo a las
muchachas de Lowood una estricta disciplina,
manteniéndolas a todas con los cabellos peinados detrás
de las orejas y vestidas con esos largos delantales, que
las hace parecerse a los hijos de los pobres. Estoy
segura de que es el mejor sistema para domar a una niña
como Jane Eyre. (Brontë, Ch. Jane Eyre. 1999. Pág. 13).

Estas situaciones van generando en la novela un ambiente de angustia que

deteriora a Jane física y psicológicamente, pues debe soportar humillaciones por

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parte de su tía y primo. Sin embargo, esta joven humilde no acepta su condición y

lucha por revertirla:

- Tú no comprendes las cosas, Jane. A los niños hay que


corregirles sus defectos.
- ¡Pero yo no soy hipócrita!
- Eres impetuosa.
- Mándeme pronto a la escuela señora Reed porque
detesto vivir aquí.
- Desde luego que te mandaré pronto –murmuró ella, y
salió de la habitación.
Quedé sola, vencedora sobre el campo de batalla. Pero el
gusto de la victoria era amargo. (Brontë, Ch, Jane Eyre,
1999. Pág. 14)

Es precisamente este deseo interno y orgullo el que va creando en ella un

estado de rebeldía como medio de supervivencia frente a sus conflictos, sabe que

no merece ser humillada y es por esto que no acepta los maltratos; sin embargo,

su rebeldía no se manifiesta a un nivel físico, aunque en muchas oportunidades es

su cuerpo el que sufre los golpes de la pobreza y soledad. Jane se va

desarrollando paulatinamente con un fuerte valor interno que le permite poder

seguir viva incluso, en momentos, en que la muerte pareciera ganar la batalla:

Desconfianza rebeló el semblante de Hannah.


-Le daré pan –dijo después de una pausa -, pero no
podemos admitir vagabundos.
- Pero ¿Adónde iré?
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- Usted sabrá. Procuré no hacer nada malo, eso es todo aquí


tiene un penique, y ahora váyase.
- no me quedan fuerzas para caminar más. No cierre la
puerta, ¡No la cierre, por el amor de Dios! Déjeme hablar con
las señoritas.
- Por ningún motivo. Márchese.
- Moriré si me arroja de aquí.
(…) – Sólo me queda morir – murmuré, dejándome caer ante
la puerta cerrada.
–Todos los hombres deben morir- dijo una voz muy cercana
-, pero no todos están condenados a morir tan jóvenes de
inanición, como usted. (Brontë, Ch. Jane Eyre. 1999. Pág.
200)

Pese a las distintas adversidades que se le presentan a Jane, ella sabe que

la muerte podría ser una solución, no obstante, decide no tomar la solución más

fácil, y seguir luchando para conseguir la felicidad que le era tan esquiva

alimentando sus deseos de salir adelante y de transformarse en una mujer rebelde

contra las injusticias de una sociedad que se enceguece ante tantas atrocidades

que la rodean.

2.5.2 Frankenstein

En esta obra la autora introduce en el mundo real una serie de elementos

de ciencia-ficción, como lo es la creación de un ser monstruoso, al que Víctor da

vida después de haber investigado y trabajado en su creación.

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Sin embargo, nunca esperó que su creación fuera un fracaso, alejado de la

imagen humana que el pretendió dar. Dio vida a un ser de proporciones

inhumanas. Con esto, Mary Shelley muestra al hombre en un rol que no le

pertenece naturalmente, de un ser divino, de dar a luz a un ser vivo, instalándolo

con las mismas capacidades de la mujer. Esto demuestra que la ambición puede

incluso superar los impulsos de la naturaleza, en este caso Víctor es el ser que

representa la obsesión por poder crear vida, por ocupar el lugar de Dios, algo que

está lejos del alcance humano:

Una noche triste del mes de noviembre pude, por fin, ver
realizados mis sueños. Con una ansiedad casi agónica
dispuse a mi alrededor los instrumentos necesarios para
infundir vida en el ser inerte que reposaba a mis pies. El reloj
había dado ya la una de la madrugada, y la lluvia
tamborileaba quedamente en los cristales de mi ventana. De
pronto, aunque la luz que me alumbraba era ya muy débil,
pude ver cómo se abrían los ojos de aquella criatura. Respiró
profundamente y sus miembros se agitaron con un
estremecimiento convulsivo. (Shelley, M. Frankenstein. 1998.
Pág. 63)

Ésta es una muestra del estado de Víctor respecto a su creación, él se

siente dueño de un poder absoluto, intocable, inaccesible, lo que no pudo evitar

fue que este ser se sintiera fuera de lugar, aquí entra otro concepto digno de

análisis, el cuerpo deshumanizado. El monstruo en un comienzo se perfila como

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un ente sensible que por momentos pareciera incluso tener la capacidad de amar

al resto, de respetar y valorar a las demás personas, sin embargo, esta

concepción de él cambia debido a una respuesta negativa por parte de la

sociedad, es en este estado de soledad donde aparece el concepto de rebeldía,

muy presente en la literatura del romanticismo, pues los personajes literarios no se

sienten conformes con el medio en el que les ha tocado vivir, en constante

cuestionamiento y buscando su propia libertad. Frankenstein, representa el

ofuscamiento de una criatura ante la negativa social pues va en contra de su

propio creador:

“El monstruo vio la determinación en mi rostro y rechinó los


dientes con rabia imponente:
- ¿Encontrará todo hombre –gritó- esposa, todo animal su
hembra, mientras yo he de permanecer solo? Tenía
sentimientos de afecto, que el desprecio y odio anularon en
mí. Mortal, podrás odiar, pero ¡ten cuidado! Pasarás tus
horas preso de terror y tristeza, y pronto caerá sobre ti el
golpe que te ha de robar para siempre la felicidad. ¿Acaso
piensas que puedes ser feliz mientras yo me arrastro bajo el
peso de mi desdicha? Podrás destrozar mis otras pasiones;
pero queda mi venganza, una venganza que a partir de
ahora me será más querida que la luz o los
alimentos.” (Shelley, M. Frankenstein. 1998. Pág. 140)

El dolor al rechazo provocado desde un inicio por su propio creador genera

una suerte de cambio interno en el monstruo, su rebeldía, al contrario que en el

caso de Jane Eyre, se ve representado de forma más violenta, llegando incluso a


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la muerte de varios personajes importantes dentro de la vida de Víctor, con esto el

monstruo sabe que le está dañando lo que más ama su creador, pues al sentirse

amado, deseado, el ser humano experimenta emociones difíciles de explicar pero

que en muchas ocasiones dan sentido a la vida.

2.5.3 La Señora Dalloway

En esta obra de Virginia Woolf, se demuestra la interioridad de una mujer ya

madura, Clarissa Dalloway, quien con el pasar de los años se da cuenta de que es

una mujer insatisfecha puesto que siente que su alma se encuentra encarcelada

en un cuerpo que no le pertenece, ve cómo no se ha podido desarrollar en sus

deseos más íntimos y, por lo tanto, se convierte en una mujer observadora que

devora libros, quizás con la finalidad de encontrar en ellos alguna respuesta a su

angustiante y secreto vacío:

Raro, increíble; jamás había sido tan feliz. Nada podía ser lo
bastante lento; nada podía durar demasiado. No había placer
que pudiera igualar, pensó mientras rectificaba la posición de
los sillones, empujaba un libro adentrándolo en la estantería,
este haber terminado con los placeres de la juventud, este
haberse perdido en el proceso de vivir, con un
estremecimiento delicioso, mientras el sol nacía, el día
moría.(Woolf, V. La señora Dalloway. 1998. Pág. 65)

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En La Señora Dalloway se demuestra continuamente el complejo estado

mental de su protagonista, Woolf escribe a través de la técnica de la corriente de

la conciencia, lo que permite dar a conocer los sentimientos más profundos de

Clarissa, en cuanto a la relación consigo misma y al trato que sostiene con otros

personajes, sobre todo con Peter Walsh, quien representa su punto más débil a la

vez el más fuerte dentro de la su contexto social.

Lo prohibido genera un plus dentro de la rebeldía de la protagonista, pues

este deseo amoroso la coloca en una situación límite dentro de una sociedad

dominada por los pensamientos machistas, no sólo por parte de los hombres, sino

que también de las mujeres.

En conclusión, se ha podido observar que estas autoras han creado un

nuevo canon literario en el tratamiento de sus escritos, que se ve reflejado en lo

que la literatura ha representado a lo largo de los años, donde en un principio fue

vista como un área que sirve de reflejo de la realidad o más bien como un discurso

ideológico, como claramente se puede ver reflejado en la literatura de la Edad

Media, dónde los textos se basaban en los postulados dejados por la Iglesia

Católica.

Con el pasar del tiempo esta imagen tan estructurada de la literatura ha

dado paso a un nuevo tipo de escritura que se relaciona con la interioridad, con

aquella subjetividad que sólo la expresión inconsciente puede entregar, como dice

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Lacan en su texto Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis

“el inconsciente es estructurado como lenguaje”, así se da el nuevo estilo literario,

donde el deseo forma parte primordial de los escritos, el deseo es parte del

inconsciente (Freud) en él se ven los verdaderos anhelos de los personajes en

cuestión, esto ayuda muchísimo al lector puesto que puede comprender de mejor

modo el actuar de cada uno de ellos.

Además, se puede encontrar que la relación entre el autor y el lector es

cada vez más cercana, el lector participa activamente dentro de la obra, puesto

que, al ser más subjetiva y personal, deja ciertos vacíos que deben ser

completados por el lector.

Estas tres autoras son parte de este nuevo escribir de las ideas y

sentimientos más ocultos, transparentando sus inquietudes e incluso reflejando

sus propias vivencias con nuevos personajes ficticios, pero llenos de realismo a la

hora de estudiar su psicología.

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Capítulo III

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Capítulo III

3.1 Analogía entre el cuerpo femenino y el cuerpo del monstruo de

Frankenstein para producir un sentido de la Alteridad femenina.

De muchas formas se puede ver cómo la mujer ha sido situada en un

segundo plano dentro de la sociedad, desde luego una de las marcas visibles de

esta exclusión es lo que representa el cuerpo femenino, sobre todo como objeto

de placer para el hombre y como espacio de alienación ante una sociedad que no

la complementa.

En el cuerpo quedan reflejadas las heridas que el alma no puede mostrar y

es la manera más concreta de exponer los sucesos que caen sobre un ser que se

ha visto dominado y manipulado por un grupo que se considera superior.

Sin embargo, es incuestionable el rol que ha cumplido la mujer en su

condición de madre y esposa, tal es el caso de lo expuesto por la autora inglesa

Mary Shelley, quien presenta una reinterpretación de lo que son estos conceptos.

Es conocido que la obra de Shelley proviene de un siglo en donde la maternidad

es vista como algo fundamental dentro de la vida de la mujer, claro que bajo

ciertos parámetros, como el matrimonio. El rechazo de una madre hacia un hijo, la

idea de dar vida a un ser inerte, la apropiación del poder Divino y la ambición del

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hombre por procrear, son situaciones impensadas a la vista de cualquier mortal,

acontecimientos que, el libro Frankenstein sabe retratar de una manera simbólica

a través del rechazo de Víctor hacia la criatura.

La crítica literaria, viendo la intertextualidad de la obra, se ha centrado en

estudiar la relación del hombre como creador, en igualdad de capacidades con

Dios. Otra lectura, menos estudiada, es la propuesta por Rosario Ferré, quien en

su ensayo Frankenstein: una versión política del mito de la maternidad, aborda las

similitudes entre el monstruo y el cuerpo femenino, así como también el deseo del

hombre, encarnado en el personaje de Víctor, de conocer el misterio de la vida,

prescindiendo de la acción divina y de la figura femenina.

Todos estos cuestionamientos, que dicho sea de paso, crean una fuerte

crítica a la ciencia y sobre todo a la sociedad, son los planteados en este capítulo.

Para adentrarnos al tema propuesto se nos hace necesario identificar el

significado de algunos conceptos fundamentales, los que serán abordados a lo

largo de este capítulo, estos son: monstruo, alteridad, rechazo y maternidad.

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3.1 Concepciones del Monstruo

Porque el monstruo repugna, desconcierta, irrita, pero


interesa. (M. M. Revue des Sciences Humaines. 1982)

La literatura ha sido un espacio de mezcla de ficción y realidad, donde

todos los elementos imaginables e inimaginables tienen cabida. Los deseos más

profundos de la humanidad, y también sus miedos más ocultos se funden en ella,

es por esto que: héroes, villanos, grandes personajes y personajes míticos la

componen. Dentro de este estudio no se puede dejar de lado uno de los

personajes más sobresalientes: el monstruo.

Para comenzar daremos a conocer la definición de monstruo propuesta por

la RAE:

Monstruo: (Del lat. monstrum, con infl. de monstruoso). m.


Producción contra el orden regular de la naturaleza.// m. Ser
fantástico que causa espanto. 3. m. Cosa excesivamente
grande o extraordinaria en cualquier línea. //m. Persona o
cosa muy fea. // m. Persona muy cruel y perversa.// m.
coloq. Persona de extraordinarias cualidades para
desempeñar una actividad determinada. (Diccionario de la
Real Lengua Española, Vigésima Segunda Edición, Tomo II.
2001)

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Si se analiza esta definición, se desprende que el ser monstruoso es el ser

despojado de cualquier cualidad denominada humana, sus rasgos son grotescos y

sus formas amorfas. Lo monstruoso inevitablemente va de la mano con la

oscuridad, con la perversión y repugnancia.

Dentro de lo mismo Foucault presenta una concepción propia de lo que

representa la imagen de un monstruo:

… el monstruo aparece en este espacio como un fenómeno


a la vez extremo y extremadamente raro. Es el límite, el
punto de derrumbe de la ley y, al mismo tiempo, la
excepción que sólo se encuentra, precisamente, en casos
extremos. Digamos que el monstruo es lo que combina lo
imposible y lo prohibido. (Foucault, M. Los anormales, 1994.
Pág. 61)

Al ser lo imposible y lo prohibido, esta criatura se refleja sobre la idea del

rompimiento de lo considerado como normal, en este sentido el monstruo

elaborado por Víctor viene siendo ese punto límite entre la realidad y la ficción,

pues personifica lo nefasto, lo moralmente inapropiado, sobre todo si se piensa en

la idea de pretender suplantar la figura de Dios.

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El monstruo impacta y a la vez crea un abismo fantasmal entre su retrato y

el de una sociedad llena de miedos y prejuicios, una sociedad que no está

acostumbrada a convivir con lo diferente, con lo nuevo, con lo no establecido

racionalmente. Es por esto que su relación con el mundo exterior es prácticamente

nula, puesto que al presentarse tan diferente es a la vez despojado de cualquier

derecho y posibilidad de vivir y convivir con el resto.

Se sabe que la gran mayoría de los monstruos presentan proporciones

inhumanas, grotescas, que al sólo verlos causarían repudio a la sociedad, estos

seres se podrían clasificar como monstruos por exceso, tal es el ejemplo de

Frankenstein, quien posee características que lo hacen ser una criatura

desproporcionada y fuera de todo estándar considerado como normal para la

sociedad imperante:

Quisiera poder describir las emociones que hicieron presa


en mí ante semejante catástrofe, o tan sólo dibujar al ser
despreciable que tantos esfuerzos me había costado formar.
Sus miembros, eso es cierto, era proporcionados a su talla,
y las facciones que yo había creado me llegaron a parecer
bellas…¡Bellas! ¡Santo cielo! Su piel era tan amarillenta que
apenas lograba cubrir la red de músculos y arterias de su
interior; su cabello, negro y abundante, era lacio; sus dientes
mostraban la blancura de las perlas… sin embargo esta
mezcla no conseguía sino poner más de manifiesto lo
horrible de sus vidriosos ojos, de color blanco sucio, como
sus cuencas, y de todo su arrugado rostro, en el que

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destacaban los finos y negros labios. (Shelley, M.


Frankenstein, 1998. Págs. 63-64.)

En este caso es el mismo Víctor quien expresa lo desfigurado que resulta

su creación, partiendo por él la discriminación es inevitable.

También existen otros tipos de monstruos, los cuales se caracterizan por

estar en desventaja en comparación con el resto, carecen de algunos elementos

por ejemplo: el desconocimiento de las normas sociales, algún defecto físico,

intelectualidad y falta de conciencia; todo esto lo transformaría en un monstruo por

déficit.

Foucault además plantea en su texto Los Anormales, que la monstruosidad

no sólo se ve reflejada en ámbito de lo sobrenatural, sino que también se refiere a

los actos que una persona realiza y que lo llevan a transformarse en monstruo:

Creo entonces que hasta el siglo XVII o XVIII podía decirse


que la monstruosidad, la monstruosidad como manifestación
natural de la contranaturaleza, llevaba en sí misma un
indicio de criminalidad. En este nivel de las reglas de las
especies, el individuo monstruoso siempre se refería, si no
sistemáticamente, sí al menos virtualmente, a una
criminalidad posible. Luego, a partir del siglo XIX, vamos a
ver que la relación se invierte, y se planteará lo que
podríamos llamar la sospecha sistemática de la

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monstruosidad en el fondo de toda criminalidad. Cualquier


criminal, después de todo, bien podría ser un monstruo, así
como antaño el monstruo tenía una posibilidad de ser un
criminal. (Foucault, M. Los anormales. 1994. Pág. 83)

Además de estas clasificaciones del monstruo, se debe tener claro que

estos seres se presentan con los más diversos rostros, sobre todo teniendo en

cuenta un límite entre lo animal y humano:

Los monstruos que tienen una gran componente animal


forman parte de la literatura y folklore, acumulándose en
forma de bestiarios, que es como aparecen más aislados.
Pero cuando la proporción animal es menor, surge la duda
acerca de su humanidad; y, del mismo modo, cuando un
monstruo se compone de varias especies, es difícil saber a
cuál pertenece realmente. Al final, la discusión humana es
un intento de definir esa misma naturaleza. (Del Río Parra,
E. Una Era de Monstruos: Representaciones de lo deforme
en el siglo de Oro español, 2003. Pág. 73)

Como se explica claramente en la cita anterior, los monstruos creados en la

literatura son seres vistos con formas descomunales, anormales, y en muchas

ocasiones animales, son criaturas que a la vista de cualquier mortal resultan

impactantes, tal como sucedió en el caso del monstruo creado por Víctor, ya que

el resultado fue tan repugnante y bestial que hasta su propio creador se apartó de

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él por considerarlo indigno de formar parte de una sociedad llena de prejuicios y

encerrados en una cosmovisión que no aceptaba la otredad, lo diferente.

3.1.1 Figuraciones del monstruo en Frankenstein

Como ya se sabe el monstruo de Frankenstein es un ente que nace en

contra de todas las leyes naturales, es un ser instaurado por un hombre

enceguecido por la ambición y obsesionado con la ciencia. Con esta actitud, Víctor

no sólo intenta cambiar el rumbo de la historia y el orden de los acontecimientos,

sino que además pretende romper con la idea de que Dios es el único ser capaz

de dar vida, en este sentido el científico se va en contra de su propio Creador

(Dios) y transgrede lo establecido desde el inicio del mundo:

(Mary) Considera que, usurpado por el hombre el poder de


dar vida, éste se verá irremediablemente condenado al
fracaso. Por eso Víctor olvida que la maternidad es un
proceso misterioso, que exige la humildad por parte del
creador, y que implica la esclavitud hacia lo creado... (Ferré,
R. Sitio a Eros. 1986. Pág. 56)

A partir de lo anterior, se puede deducir que la novela Frankenstein dialoga

con el texto bíblico del Génesis, siendo una repetición fallida de éste, puesto que

Víctor cumpliría el papel de Dios, creando al monstruo, quien se encuentra en


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constante pugna con una sociedad que está muy lejos de ser lo que aparenta, tal

como lo relata el texto bíblico:

7 Modeló Yavé Dios al hombre de la arcilla y le inspiró en el


rostro aliento de vida, y fue así el hombre ser animado. 8
Plantó luego Yavé Dios un jardín en Edén, al oriente, y allí
puso al hombre a quien formara. (La Sagrada Biblia, versión
directa de las lenguas originales por Eloino Nacar Fuster y
Alberto Colunga Cueto, O.P. 1999. Pág. Génesis 1-2)

Dios crea al hombre de la tierra, en cambio Víctor lo hace desde la

ultratumba de cuerpos sin vida, de seres que pasaron por el mundo y cumplieron

su misión en él, por lo tanto la figura del monstruo es la de un Ser que viene con

marcas del pasado que forman parte de cada uno de los cuerpos que lo

conforman. Víctor vive de su ambición, de su locura por poseer el poder de dar

vida, sólo crea un monstruo al cual involucra dentro de una sociedad que está muy

lejos de ser el Paraíso, como en el caso de la creación que muestra el Génesis.

Víctor, en usurpamiento de los poderes divinos, domina el poder de

procreación que Dios le otorgó a la mujer, sin embargo, en este sentido el libro

bíblico demuestra como la figura de poder ha sido siempre la masculina, lo cual es

un punto importante de conexión entre ambos textos. Puesto que la mujer (Eva-

varona), fue creada a partir del hombre, entonces la figura masculina se ve como

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fuente de vida para los demás seres, siendo la mujer inmediatamente una parte de

él:

21 Hizo, pues, Yavé Dios caer sobre el hombre un profundo


sopor; y dormido, tomó una de sus costillas, cerrando en su
lugar con carne, 22 y de la costilla que el hombre tomara,
formó Yavé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. 23 El
hombre exclamó: “Eso sí que es ya hueso de mis huesos y
carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque del varón
ha sido tomada” (La Sagrada Biblia, versión directa de las
lenguas originales por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga
Cueto, O.P. 1999. Pág. Génesis 2-3)

Además de ser vista como parte del varón, la figura femenina se refleja

como la causante de la perdición para el hombre al obedecer a la serpiente y

probar el fruto prohibido, transformándose así en una especie de monstruo, del

ente pecador, con esto ella cimentó el camino tanto de dolor físico y psicológico al

cual ha sido siempre sometida:

11 “¿Y quién, le dijo, te ha hecho saber que estabas


desnudo? ¿Es que has comido del árbol de que te prohibí
comer?” 12 Y dijo el hombre: “La mujer que me diste por
compañera me dio de él y comí”. 13 Dijo, pues, Yavé Dios a
la mujer: “¿Por qué has hecho eso?” Y contestó la mujer: “La
serpiente me engañó y comí”… 16 A la mujer le dijo:
“Multiplicaré los trabajos de tus preñeces. Parirás con dolor

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los hijos y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”.


(La Sagrada Biblia (versión directa de las lenguas originales
por Eloino Nacar Fuster y Alberto Colunga Cueto, O.P. 1999.
Pág. Génesis 2-3 y 3-4)

Claramente desde la sentencia citada anteriormente se puede ver cómo la

mujer fue marcada por el sino de ser dominada por el hombre y más aún, por una

sociedad denominada como patriarcal, que busca de ella solamente el placer y la

procreación, situación que se ve fuertemente trastrocada con la intervención de

Víctor como creador de vida, esto, sin medir lo que traería para su propia

existencia, puesto que, a diferencia de lo sucedido en el Génesis, Víctor nunca

cumple los deseos de monstruo de crear una criatura igual que él.

A partir de estas relaciones, se puede realizar la siguiente pregunta ¿quién

nos resulta ser más monstruoso: un ser de proporciones inhumanas y que la

sociedad obligó a convertir sus nobles sentimientos en odio y rencor o su propio

creador, capaz de abandonarlo sin educación, alimento y sólo con deseos de

destruir a lo que dio vida?

El Ser creado por Víctor es visto como monstruo no sólo por su apariencia

física, que como ya se sabe es inaceptable para cualquier ser humano, sino que

también a partir de sus vivencias, las cuales los llevan a ser una criatura llena de

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odio, de resentimiento y deseos de venganza en contra de su creador y de una

sociedad que le da la espalda:

En aquel instante, la puerta de la cabaña se abrió y Félix,


Agatha y Safie penetraron en la estancia. ¿Cómo explicarte
el horror que sintieron al verme? Agatha se desmayó y Safie
salió huyendo, mientras que Félix se lanzaba hacia mí y, en
un esfuerzo sobrehumano, me arrancaba de las rodillas de
su padre, que yo estaba estrechando. Me arrojó al suelo y
me golpeó con una estaca. Si hubiera querido habría podido
destrozarlo pero mi corazón, aunque lleno de amargura, no
lo odiaba. Dominado por la pena y la angustia, huí de la
cabaña entre el tumulto que había ocasionado. (Shelley, M.
Frankenstein, 1998. Pág. 146)

Por su parte, Víctor es aceptado por la sociedad por ser aparentemente

igual a todos y normal, pero también posee otras facetas que lo hacen ser

monstruoso, a partir de su ambición por crear vida, sin medir las consecuencias

que esto podría conllevar o en palabras de Ferré:

Víctor se revela como verdadero monstruo de la novela: se


niega a reconocer a Frankenstein como su hijo, y cree
únicamente en su maldad, jurando destruirlo a la primera
ocasión que se le ofrezca. (Ferré, R. Sitio a Eros. 1986.
Pág. 62)

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Víctor, recordando lo que dice Rosario Ferré, se manifiesta como el

verdadero monstruo dentro de la novela, puesto que en primer lugar se va en

contra de los designios de Dios, negando toda ley natural creada por él; en

segundo lugar, da vida a un Ser por medio de la profanación de los sepulcros para

extraer de ellos todo lo necesario en pro de su ambicioso proyecto; en tercer lugar,

una vez hecho realidad su propósito, lo rechaza y abandona, dejándolo a su

suerte, sin importar lo que esto conllevaría; y en último lugar, desea la destrucción

de su propio hijo, hecho que no logra pues no posee los medios para lograrlo:

Esperaba una acogida semejante por tu parte ––dijo el


demoníaco ser—. Todos los hombres odian a un ser
desgraciado. ¡Cuánto debes odiarme a mí, miserable entre
los miserables seres vivos! Tú, mi creador, rechazas tu
propia obra, me rechazas a pesar de estar ligado a mí por
vínculos que sólo se romperán con la muerte de uno de
nosotros. Acabas de decir que tienes la intención de
matarme… ¿Cómo puedes disponer de una vida así como
así? Cumple antes el deber que tienes para conmigo y yo
cumpliré con el mío hacia ti y el resto de la humanidad. Si
llegamos a un acuerdo, te dejaré en paz a ti y a los tuyos;
pero si te niegas, haré trabajar a la guaraña de la muerte
hasta que se haya embriagado con la sangre de quienes te
quieren. (Shelley, M. Frankenstein, 1998. Pág. 106)

Por su parte, la criatura creada por Víctor, al inicio de la novela, se

manifiesta como un ser inofensivo, que no le haría daño a nadie, un ser en

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constante búsqueda de la aceptación social, del cariño y del amor que su padre le

negó desde el primer instante en que lo vio, cabe recordar cuando el monstruo,

mientras buscaba a Víctor, salvó la vida de una pequeña niña que había caído a

un río:

(…) apenas me había ocultado, llegó corriendo una


pequeñuela que parecía jugar con otra persona y que,
cuando estuvo junto al margen del río, resbaló y cayó al
agua. Inmediatamente salí de mi escondrijo, corriendo hacia
el lugar para intentar sacar a la pequeña del agua, lo que
conseguí después de denodados esfuerzos. Ya en la orilla vi
que había perdido el sentido y traté de volverla en sí con mis
rudimentarios conocimientos. (Shelley. M. Frankenstein,
1998. Pág. 151)

El monstruo, tras este acto de humanidad, en vez de verse beneficiado,

nuevamente es víctima del desprecio y de los prejuicios, siendo atacado y herido

por quienes deberían haberle agradecido su noble acto. Con esto no se quiere

decir que el monstruo sea siempre víctima, pues a pesar de haber sufrido el

rechazo de su padre y de la sociedad que lo coartaron en sus deseos de formar

parte de ella, también se transforma en victimario debido a sus propias

frustraciones:

-¡Esclavo! –rugió-. Intenté razonar contigo y lo único que


demuestras es ser indigno de mi condescendencia.

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Recuerda que me has creado poderoso. Sí, ahora te


consideras desgraciado, pero piensa que yo puedo hacerte
mucho más infeliz todavía. Tú eres mi creador, pero yo soy
tu dueño. ¡Obedéceme! (Shelley, M. Frankenstein, 1998.
Pág. 176)

La criatura también se transforma en un criminal, dando muerte a todos los

seres queridos de Víctor, logrando quedar impune de cada una de ellas, sin

embargo, ni con la muerte de su propio creador logra encontrar la paz, felicidad y

aceptación que tanto estaba buscando, sigue siendo lo otro, lo diferente, lo que la

sociedad desea ocultar.

3.2 Relación entre monstruo y alteridad

El concepto de alteridad representa una base importante, para el análisis de

que tanto el monstruo como el cuerpo femenino son imágenes de alteridad; sin

embargo, para llevar a cabo el presente estudio, el concepto de alteridad se debe

entender como diferencia:

La cuestión de alteridad humana que ha merecido extensos


debates y cuya relevancia es difícilmente cuestionada. Es un
inmemorial afán clasificatorio destinado a eliminar posibles
confusiones respecto de los lugares a ocupar por los
sujetos, atraviesa las diferentes culturas, territorios,

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sociedades, grupos humanos. Como una imperiosa


necesidad que revelan los grupos sociales dominantes, de
no ser confundidos con el otro. (Piola, M. Alteridad y Cultura:
“Ninguna mujer nace para puta”, 2008. Pág. 1)

En esta cita se refleja claramente que la alteridad se relaciona con el otro,

con ese ser destinado a llevar una vida de subalterno dentro de una sociedad que

no lo acepta tal cual es, ya sea por su condición de inferioridad o por no poseer las

cualidades denominadas de aceptables dentro de los cánones impuestos por la

cultura.

No obstante, la sociedad intenta expulsar lo considerado como otro, es

decir, la alteridad, sobre todo si ésta intenta rebelarse. Los grupos dominadores

necesitan controlar o regular dicha diferencia, al no aceptar el contraste que ocurre

con lo que ellos consideran como normal. Pese a esto, la alteridad es siempre

indestructible, por muy mínima que parezca pues aunque parezca muerta siempre

está esperando cautelosamente su momento de alzar la voz.

Una de las preguntas que nace, a partir del libro Frankenstein, es ¿Por qué

Mary no da una identidad al monstruo? Se debe recordar que este monstruo

creado por Víctor es un ser construido con distintos fragmentos de cadáveres

humanos, por lo que no es un ser puro. El monstruo en sí es un ser marginal, es

por esto que no posee nombre o identidad propia. Si hablamos que el monstruo es

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un ser marginado, el hecho de tener un nombre lo haría más humano, pero, al no

poseerlo, se transforma en un individuo anónimo sin identidad, o más bien, se

puede decir que no alcanza a ser un individuo, lo que lo transforma en más

monstruoso aún.

Siguiendo con la idea anterior, la mujer es el vivo retrato de lo que se

denomina otredad, es el sujeto descartado para vivir con preponderancia dentro

de un contexto cuyo dominio es netamente patriarcal, es por esto que se ve

sometida constantemente a los vejámenes y menosprecios del grupo superior que

sólo las ve como fuente de placer y maternidad. Con esto las acciones vinculadas

a ellas ya están predefinidas desde mucho antes de su nacimiento.

Lo mismo sucede con el monstruo, quien desde que abre los ojos está

cruelmente condenado a la discriminación, a la soledad, al analfabetismo y a los

reproches de quienes lo ven como un ser repugnante y desagradable.

La sociedad genera una ilusión de mundo ordenado en el cual se excluyen

los monstruos, pues son una proyección del desorden social, de todos sus males.

Toda sociedad que genera monstruos en sí es una sociedad monstruosa, pues a

través de estos seres se intenta eliminar lo malo que ésta posee, dado que son los

males que ellos mismos padecen. Es por esto que la sociedad necesita de los

monstruos para poder replantearse sus propios tormentos:

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Lo que viene a ser la causa directa de la existencia del


monstruo es la ambición de poder del hombre, y en la raíz
de la creación se encuentran las razones políticas que
hacen posible la supervivencia del estado patriarcal: la
explotación del débil por el más fuerte. (Ferré, R. Sitio a
Eros. 1986. Pág. 57 - 58)

Víctor es un personaje ambicioso que captura en sí todos los deseos del

hombre por conseguir sobresalir y mostrar una superioridad frente al más débil,

que en este caso serían la mujer, y en la novela Frankenstein, el monstruo.

Cada uno de estos elementos permite concluir que la alteridad en la novela

Frankenstein es un elemento que por más que se intenta destruir, está presente

incluso, a pesar de que Víctor y la sociedad desean eliminarlo, pues en el fondo

esta diferencia no es más que los mismos males de la sociedad reflejados en un

Ser.

3.3 Analogía Monstruo y Cuerpo Femenino

El cuerpo femenino, se conecta con el de todos los marginados de la

sociedad (pobres, ancianos, homosexuales, discapacitados, etc.), así es posible

vincularlo con uno de los más grandes marginados sociales, el monstruo. La mujer

busca integrarse a la sociedad, ser parte de ella sin discriminaciones, busca


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igualdad de derechos frente al hombre, del mismo modo que el monstruo, pues

ellos son capaces de sentir y de pensar al igual que el hombre.

Como Frankenstein, la mujer del siglo XIX nacía condenada


a la ignorancia; no poseía bienes materiales; le era
imposible beneficiarse de los privilegios del rango; y las
estructuras de poder (económico y político) permanecían
siempre más allá de su alcance. Su ignorancia y su
destitución la condenaban a la soledad y a la comunicación
imperfecta con los hombres y aún con el propio marido
(como puede verse, por ejemplo, en las cartas y en el diario
de Mary) (Ferré, R. Sitio a Eros. 1986. Pág. 56)

Como lo señala Rosario Ferré, la mujer, desde antes de nacer ya era

condenada a un destino que le era impropio, siendo sometida a las rigurosidad de

la dominación patriarcal. Víctor como parte de ese mundo dominador dentro de la

sociedad y por su condición de científico, aparte de ambicionar ocupar el rol de

Dios, lo que intenta hacer es crear, sin embargo, al intentarlo prescinde del rol de

la mujer, anulándola completamente para dar vida a un ser, acto que un hombre

por sí sólo no podría llevar a cabo, no sólo desde un aspecto físico, sino que

también desde una perspectiva psicológica y emocional, aspectos que Víctor no

sabe manejar:

La falla trágica de Víctor proviene de su conocimiento


imperfecto de los procesos de la maternidad: la mujer sabe
que puede darle vida al hijo, pero reconoce que la

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transmisión de las cualidades espirituales es un proceso muy


diferente; distinción que el hombre ignora. (Ferré, R. Sitio a
Eros. 1986. Pág. 60)

A partir del análisis anterior, se hace necesario aclarar la diferencia entre

los términos: crear y procrear, por una parte crear, en el sentido propuesto por la

novela, se remite al acto divino fundado por Dios, en donde él da vida a un Ser

gracias a sus poderes y conocimientos superiores. Por otro lado el proceso de

procrear, tal como lo dice el concepto, se relaciona con dar vida en pareja, hombre

y mujer, esto gracias a la capacidad innata que tienen ambos de dar vida a una

persona.

La mujer posee la capacidad innata de engendrar un ser, la capacidad

Divina de dar vida por sus propios medios, facultad que el hombre biológicamente

no posee, con esto, Víctor al crear vida por sus propios medios, además de

suplantar el poder de Dios, también elimina la natural función maternal, por eso

este personaje cumple los roles de padre y madre:

Nadie puede concebir la variedad de sentimientos que, en el


primer entusiasmo por el éxito, me espoleaban como un
huracán. La vida y la muerte me parecían fronteras
imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de
desparramar después un torrente de luz por nuestro
tenebroso mundo. Una nueva especie me bendeciría como a
su creador, muchos seres felices y maravillosos me

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deberían su existencia. Ningún padre podía reclamar tan


completamente la gratitud de sus hijos como yo merecería la
de éstos. (Shelley, M. Frankenstein, 1998. 35)

Sin embargo estos roles, de paternidad y maternidad, a medida que se va

desarrollando la novela, son despreciados por el creador. Víctor, empujado por su

fuerte deseo de crear a un ser vivo nunca midió las consecuencias de sus actos,

sólo pensaba en los grandes avances que podría conseguir para la ciencia al

descubrir el secreto de la vida. Su gran creación se transforma en un verdadero

fracaso, el ser creado no responde a los modelos de lo que se podría denominar

como normal, nuevamente, sin medir las consecuencias, Víctor abandona su

creación, o más propiamente, su hijo, condenándolo a vivir en soledad y rechazo,

cómo el mismo monstruo lo expresa en las siguientes palabras:

“¡Maldito el día en que recibí un soplo de vida! – exclamé en


mi agonía-. ¡Maldito sea mi creador! ¿Por qué formaste un
ser tan desagradable que incluso tú huyes de él? Dios, en su
bondad, hizo al hombre bello, a su imagen y semejanza; tú,
en cambio, hiciste de mí figura una repelente reproducción
de la tuya, tanto más horrible cuanto se te asemeja. Satanás
tiene compañeros que le admiran y le siguen, pero yo estoy
solo y todos me detestan.” (Shelley. M. Frankenstein, 1998.
Pág. 141)

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La cita anterior no sólo permite ver el sufrimiento angustiante del monstruo,

sino, que, además, en las mismas palabras de la criatura se establece una

semejanza en Víctor y la figura de Dios como creador, pero Víctor, a diferencia de

Dios, termina por repudiar su creación, negándole todo aquello que un padre o

madre debería entregar a un hijo, sin importar sus condiciones físicas

consideradas de anormales. Ferré al respecto señala lo siguiente:

(Mary) Se refiere al rechazo inicial implícito en toda


maternidad, tema que hace de ella una adelantada en el
estudio de la sicología femenina. No ha sido hasta hoy que
los sentimientos de rechazo a la maternidad han sido
reconocidos como normales y comprensibles, dada a las
consecuencias que conlleva tener hijos en la vida de toda
mujer. (Ferré, R. Sitios a Eros. 1986. Pág. 56)

Esto demuestra que la monstruosidad en la novela no necesariamente se

representa desde un aspecto físico, ya que también los comportamientos y

actitudes conllevan a la manifestación monstruosa de un ser, encarnado en la

figura de Víctor.

Posteriormente, el rechazo a la maternidad se contempla por completo,

pues Víctor no acepta las peticiones de su hijo (el monstruo) esta vez comienza a

pensar en las consecuencias que traería para la humanidad la creación de otro ser

igual a la criatura y frente a eso, se olvida de la función que poseen las madres de

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cuidar a sus hijos, logrando sacar del monstruo una fase oscura y siniestra, dando

muerte a cada uno de los seres queridos de Víctor, tal como queda demostrado a

continuación:

“Instigado por este pensamiento atrapé al chiquillo cuando


pasaba por mi lado y le atraje hacia mí. Él, tan pronto me vio,
se tapó los ojos con sus manos y en su rostro vi expresado
el profundo horror que le inspiraba (…)”
“Los insultos del pequeño me producían todavía más furor y
encendían mi desesperación. Gritaba tanto que le cogí por el
cuello, para obligarle a callar. Sin saber cómo, de pronto le vi
caer sin vida a mis pies
“Contemplé el cuerpecito exánime de mi víctima, y mi
corazón se llenó de alegría al contemplar el triunfo infernal
que había alcanzado. Entonces, agitando mis manos,
exclamé:
“¡También yo soy capaz de crear destrucción y muerte! ¡Mi
enemigo no es invulnerable! (Shelley, M. Frankenstein, 1998.
Págs. 153-154)

Con los deseos del monstruo nace un cuestionamiento que ni el propio

Víctor pudo tener, y es el de pensar que este Ser también tiene sentimientos y

emociones como cualquier otro mortal, esto hace que viva en medio de

sufrimientos, resentimientos, soledad y sed de venganza, especialmente cuando

se entera de la poderosa decisión de su creador de eliminarlo por completo al no

estar conforme con la imagen que tenía su creación.

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CONCLUSIÓN

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CONCLUSION

La literatura es un cúmulo de interpretaciones que van más allá de lo que el

propio autor quiso expresar, esto, sin duda, permite que los lectores se involucren

activamente en las diversas significaciones de los textos literarios.

La investigación realizada permitió establecer un análisis interpretativo de

las novelas: Frankenstein, Jane Eyre y La Señora Dalloway, permitiendo una

relectura no sólo basada en los contextos, sino que construyendo diálogos

intertextuales entre las múltiples temáticas expuestas.

La escritura de estas novelas nace a partir de las desigualdades sociales

entre hombres y mujeres, así estas tres escritoras utilizan el poder de la escritura

como punto de partida para enfrentar el poderío patriarcal y la represión a la que

se ha visto sometida la mujer.

A partir del diálogo intertextual entre estas tres novelas, es posible definir

algunas similitudes entre ellas:

- La muerte es uno de los temas que conecta estas obras, puesto que ronda

constantemente en la mente de los personajes, como posible vía de escape

a sus problemáticas existenciales.

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- Otro hilo conductor que permite establecer conexiones entre estas tres

novelas es el deseo, en el sentido de la búsqueda constante de los

personajes por conseguir la felicidad, que debido al entorno social les es

negada, no se debe olvidar que los personajes de estas novelas no son

grandes héroes o seres invencibles, sino más bien como Foucault lo dice

Hombres Infames, que viven en un angustiante devenir.

- Los personajes de las tres obras se ven enfrentados a una constante

angustia existencial, pues quieren cambiar sus destinos pero ven que la

realidad que les presenta una serie de dificultades que si no enfrentan, les

negará dicho cometido.

- Otro punto que entrelaza a estas novelas es la rebeldía, entendida no sólo

desde el punto de vista físico, pues su rebelión, en la mayoría de los casos

es más bien interna, manifestándose en sus cuestionamientos, en sus

deseos de muerte, buscando un mundo paralelo al que llevan.

- La represión es una constante dentro de las tres novelas, puesto que es

uno de los punto base para la exposición de las demás temáticas, los

personajes al ser reprimidos, comienzan a manifestar una rebeldía a partir

de sus deseos.

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Además cada una de las obras que fueron analizadas presentan un tema

que las hace destacar individualmente:

- Por un lado en Frankenstein se trata particularmente el tema de la alteridad,

visto como la diferencia, lo marginado dentro de la sociedad, el monstruo

refleja el lado oscuro de la sociedad, es por esto que ella se encarga de

mantenerlo en el borde, en el vacío constante. A partir de esto se pudo

establecer una analogía entre la figura del monstruo y el cuerpo femenino,

viendo como ambos son sesgados y dejados en un lugar de inferioridad

frente a la superioridad que posee el hombre de la época. Esto

involucrando otras temáticas como: el poder divino de la creación, el rol de

la maternidad y las conexiones que existen entre esta novela con el texto

bíblico del Génesis.

- Por otro lado en la novela Jane Eyre, el tema de la discriminación se da de

diferentes formas, primero por el hecho de ser mujer, condición por la que

es relegada a un lugar inferior dentro del sistema patriarcal, en segundo

lugar por su condición de pobreza y orfandad lo que le da una doble estatus

de marginalidad. Es por esto que ella se rebela de su círculo cercano, no

aceptando las normas que se le imponen y su mayor acto de rebeldía fue

entonces el amor, algo que ella nunca había podido experimentar en su

infancia.

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- Finalmente se encuentra La Señora Dalloway¸ novela que se caracteriza

por tener un tratamiento diferente de los personajes, puesto que se trabaja

desde la psicología de cada uno de ellos, lo que nos permite conocer qué

piensan en cada momento, saber sus cuestionamientos más internos. En la

lectura de esta novela se aborda la temática del amor desde diversas

perspectivas, la protagonista, Clarissa, busca el amor en cualquier persona

que le entregue seguridad y estabilidad, independiente de su sexo. La

rebeldía de Clarissa es interna, por que su lucha interior nunca sale a flote y

acepta lo que la sociedad le impone por el hecho de ser mujer, esto es, ser

sumisa y vivir bajo la sombra del esposo.

Estas novelas son las marcas visibles de cómo el poder patriarcal ha

asumido el rol dominante y dominador al cual se han debido enfrentar muchas

mujeres para salir de su espacio privado, teniendo sólo como arma de lucha, su

voz y su escritura, al terminar esta investigación, se ha podido concluir que la

inferioridad de las mujeres está sólo en la mente de los hombres, pues con la

escritura de estas autoras queda más que demostrado su gran capacidad

intelectual, su dominio artístico y agudeza a la hora de plantear cada una de las

problemáticas. Este es el punto de partida para que otras autoras hagan valer su

voz y comiencen un nuevo estilo de escritura que refleje el sentir femenino.

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