0% encontró este documento útil (0 votos)
171 vistas30 páginas

El Valor de la Eucaristía en la Fe

El Papa Francisco habla sobre la importancia de la Eucaristía para los cristianos. Explica que muchos cristianos a lo largo de la historia han arriesgado sus vidas para participar en la misa dominical porque sin ella "no podemos vivir". También destaca que en las próximas catequesis quiere responder preguntas sobre la Eucaristía para que los fieles puedan redescubrir o descubrir el amor de Dios a través de este misterio.

Cargado por

Jhon Jairo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
171 vistas30 páginas

El Valor de la Eucaristía en la Fe

El Papa Francisco habla sobre la importancia de la Eucaristía para los cristianos. Explica que muchos cristianos a lo largo de la historia han arriesgado sus vidas para participar en la misa dominical porque sin ella "no podemos vivir". También destaca que en las próximas catequesis quiere responder preguntas sobre la Eucaristía para que los fieles puedan redescubrir o descubrir el amor de Dios a través de este misterio.

Cargado por

Jhon Jairo
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOC, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

CATEQUESIS SOBRE LA EUCARISTÍA PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de noviembre de 2017

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón»
de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender
bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra
relación con Dios.

No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil
años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos,
todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante
las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de África, fueron
sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul
romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba
absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería
decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana
moriría.

De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no
bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» ( Juan 6, 53-54).

Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Han
dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque
esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte.
Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para
cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del
Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que «fluye agua viva» para la vida eterna, que hace
de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de
nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa
eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu
Santo que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.

En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre
la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a través de este misterio de la
fe resplandece el amor de Dios.

El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de conducir a los cristianos a
comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era
necesario sobre todo realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de
la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella. Un
tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles,
indispensable para una verdadera renovación. Y es precisamente éste también el objetivo
de este ciclo de catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don
que Dios nos ha donado en la eucaristía. La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual
Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión
y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar
para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» ( Homilía en la santa misa, Casa S.
Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces
nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote
celebra la eucaristía... y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí
el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguro que
todos estaríamos cerca de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa,
¡ahí está el Señor! Y tú estas distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. «Padre, es
que las misas son aburridas” —«pero ¿qué dices, el Señor es aburrido?» —«No, no, la
misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien
está allí!». ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la
muerte redentora del Señor. Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas.
Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al principio de la
misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños
la señal de la cruz? Tú no sabes qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así
[hace un gesto confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz.
Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Esto quiere decir que
nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer
bien la señal de la cruz. Y estas lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen
el domingo tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la lectura
de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en un determinado
momento el sacerdote que preside la celebración dice: «levantemos el corazón»? No dice:
«¡Levantemos nuestro móviles para hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo
que a mí me da mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo muchos
teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también
obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la
resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere
decir esto? Recordadlo: nada de teléfonos.

Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de


aquello que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La pregunta del apóstol
santo Tomas (cf Juan 20, 2 5), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo
de Jesús, es el deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que
santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo, tocarlo para
poder reconocer.

Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos y la celebración


eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados
para encontrarnos con Él.

Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera redescubrir junto a
vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada,
da pleno sentido a la vida de cada uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo
tramo de camino. Gracias.
[Link]
francesco_20171108_udienza-[Link]

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 15 de noviembre de 2017

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Para comprender la belleza de la
celebración eucarística deseo empezar con un aspecto muy sencillo: la misa es oración, es
más, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y el mismo tiempo la más
«concreta». De hecho es el encuentro de amor con Dios mediante su Palabra y el Cuerpo
y Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.

Pero primero debemos responder a una pregunta. ¿Qué es realmente la oración? Esta es
sobre todo diálogo, relación personal con Dios. Y el hombre ha sido creado como ser en
relación personal con Dios que encuentra su plena realización solamente en el encuentro
con su creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con Dios. El libro del
Génesis afirma que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, el cual es
Padre e Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad. De esto
podemos comprender que todos nosotros hemos sido creados para entrar en una relación
perfecta de amor, en un continuo donarnos y recibirnos para poder encontrar así la
plenitud de nuestro ser.

Cuando Moisés, frente a la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es
su nombre. ¿Y qué responde Dios? «Yo soy el que soy» (Éxodo 3, 14). Esta expresión, en
su sentido original, expresa presencia y favor, y de hecho a continuación Dios añade:
«Yahveh, el Dios de vuestros padres, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» (v. 15).
Así también Cristo, cuando llama a sus discípulos, les llama para que estén con Él. Esta
por tanto es la gracia más grande: poder experimentar que la misa, la eucaristía, es el
momento privilegiado de estar con Jesús, y, a través de Él, con Dios y con los hermanos.

Rezar, como todo verdadero diálogo, es también saber permanecer en silencio —en los
diálogos hay momentos de silencio—, en silencio junto a Jesús. Y cuando nosotros vamos
a misa, quizá llegamos cinco minutos antes y empezamos a hablar con este que está a
nuestro lado. Pero no es el momento de hablar: es el momento del silencio para
prepararnos al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al
encuentro con Jesús. ¡El silencio es muy importante! Recordad lo que dije la semana
pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor y el silencio nos
prepara y nos acompaña. Permaneced en silencio junto a Jesús. Y del misterioso silencio
de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo
es realmente posible «estar» con el Padre y nos lo demuestra con su oración. Los
Evangelios nos muestran a Jesús que se retira en lugares apartados a rezar; los discípulos,
viendo esta íntima relación con el Padre, sienten el deseo de poder participar, y le
preguntan: «Señor, enséñanos a orar» (Lucas 11, 1). Hemos escuchado en la primera
lectura, al principio de la audiencia. Jesús responde que la primera cosa necesaria para
rezar es saber decir «Padre». Estemos atentos: si yo no soy capaz de decir «Padre» a
Dios, no soy capaz de rezar. Tenemos que aprender a decir «Padre», es decir ponerse en
la presencia con confianza filial. Pero para poder aprender, es necesario reconocer
humildemente que necesitamos ser instruidos, y decir con sencillez: Señor, enséñame a
rezar.

Este es el primer punto: ser humildes, reconocerse hijos, descansar en el Padre, fiarse de
Él. Para entrar en el Reino de los cielos es necesario hacerse pequeños como niños. En el
sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará por ellos, de lo
que comerán, de lo que se pondrán, etc. (cf. Mateo 6, 25-32). Esta es la primera actitud:
confianza y confidencia, como el niño hacia los padres; saber que Dios se acuerda de ti,
cuida de ti, de ti, de mí, de todos.

La segunda predisposición, también propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño


hace siempre miles de preguntas porque desea descubrir el mundo; y se maravilla incluso
de cosas pequeñas porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los cielos es
necesario dejarse maravillar. En nuestra relación con el Señor, en la oración —pregunto—
¿nos dejamos maravillar o pensamos que la oración es hablar a Dios como hacen los
loros? No, es fiarse y abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender
por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es
siempre un encuentro vivo, no es un encuentro de museo. Es un encuentro vivo y
nosotros vamos a la misa no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.

En el Evangelio se habla de un cierto Nicodemo ( Juan 3, 1-21), un hombre anciano, una


autoridad en Israel, que va donde Jesús para conocerlo; y el Señor nos habla de la
necesidad de «renacer de lo alto» (cf v. 3). ¿Pero qué significa? ¿Se puede «renacer»?
¿Volver a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, es posible, también delante de
tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de nuestra fe y este es el deseo de
todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de recomenzar. ¿Nosotros
tenemos este deseo? ¿Cada uno de nosotros quiere renacer siempre para encontrar al
Señor? ¿Tenéis este deseo vosotros? De hecho se puede perder fácilmente porque, a
causa de tantas actividad, de tantos proyectos que realizar, al final nos queda poco tiempo
y perdemos de vista lo que es fundamental: nuestra vida del corazón, nuestra vida
espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.
En verdad, el Señor nos sorprende mostrándonos que Él nos ama también en nuestras
debilidades. «Jesucristo […] es víctima de propiciación por nuestros pecados, no solo por
los nuestros, sino también por los del mundo entero ( 1 Juan 2, 2). Este don, fuente de
verdadera consolación —pero el Señor nos perdona siempre— esto, consuela, es una
verdadera consolación, es un don que se nos ha dado a través de la Eucaristía, ese
banquete nupcial en el que el Esposo encuentra nuestra fragilidad. ¿Puedo decir que
cuando hago la comunión en la misa, el Señor encuentra mi fragilidad? ¡Sí! ¡Podemos
decirlo porque esto es verdad! El Señor encuentra nuestra fragilidad para llevarnos de
nuevo a nuestra primera llamada: esa de ser imagen y semejanza de Dios. Este es el
ambiente de la eucaristía, esto es la oración.

[Link]
francesco_20171115_udienza-[Link]

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 22 de noviembre de 2017

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuando con las Catequesis sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es


esencialmente la misa? La misa es el memorial del Misterio pascual de Cristo. Nos
convierte en partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte y da significado pleno a
nuestra vida.

Por esto, para comprender el valor de la misa debemos ante todo entender entonces el
significado bíblico del «memorial». «En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se
hacen, en cierta forma, presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación
de Egipto: cada vez que es celebrada la Pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen
presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos
acontecimientos». Catecismo de la Iglesia Católica (1363). Jesucristo, con su pasión,
muerte, resurrección y ascensión al cielo llevó a término la Pascua. Y la misa es el
memorial de su Pascua, de su «éxodo», que cumplió por nosotros, para hacernos salir de
la esclavitud e introducirnos en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un
recuerdo, no, es más: es hacer presente aquello que ha sucedido hace veinte siglos.

La eucaristía nos lleva siempre al vértice de las acciones de salvación de Dios: el Señor
Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, vierte sobre vosotros toda la misericordia y
su amor, como hizo en la cruz, para renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestro
modo de relacionarnos con Él y con los hermanos. Dice el Concilio Vaticano II: «La obra
de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la
cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado» (Cost.
Dogm. Lumen gentium, 3).

Cada celebración de la eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado.
Participar en la misa, en particular el domingo, significa entrar en la victoria del
Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración
eucarística el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de
transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la
eternidad, el Señor Jesús nos arrastra también a nosotros con Él para hacer la Pascua. En
la misa se hace Pascua. Nosotros, en la misa, estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él
nos lleva adelante, a la vida eterna. En la misa nos unimos a Él. Es más, Cristo vive en
nosotros y nosotros vivimos en Él: «Yo estoy crucificado con Cristo —dice san Pablo— y ya
no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la
fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» ( Gálatas 2, 19-20). Así pensaba
Pablo.

Su sangre, de hecho, nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo
del dominio de la muerte física, sino de la muerte espiritual que es el mal, el pecado, que
nos toma cada vez que caemos víctimas del pecado nuestro o de los demás. Y entonces
nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.

Cristo, en cambio, nos devuelve la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando afrontó
la muerte la derrota para siempre: «Resucitando destruyó la muerte y nos dio vida
nueva». (Oración eucarística iv). La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la
muerte, porque Él trasformó su muerte en un supremo acto de amor. ¡Murió por amor! Y
en la eucaristía, Él quiere comunicarnos su amor pascual, victorioso. Si lo recibimos con fe,
también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar
como Él nos ha amado, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo darme plenamente al otro, en la certeza interior de
que si incluso el otro me hiriera, yo no moriría; de otro modo, debería defenderme. Los
mártires dieron la vida precisamente por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la
muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos
verdaderamente libres de darnos sin miedo. Esto es la misa: entrar en esta pasión,
muerte, resurrección y ascensión de Jesús; cuando vamos a misa es si como fuéramos al
calvario, lo mismo. Pero pensad vosotros: si nosotros en el momento de la misa vamos al
calvario —pensemos con imaginación— y sabemos que aquel hombre allí es Jesús. Pero,
¿nos permitiremos charlar, hacer fotografías, hacer espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús!
Nosotros seguramente estaremos en silencio, en el llanto y también en la alegría de ser
salvados. Cuando entramos en la iglesia para celebrar la misa pensemos esto: entro en el
calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así desaparece el espectáculo, desaparecen las
charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de esto tan hermoso que es la misa,
el triunfo de Jesús.

Creo que hoy está más claro cómo la Pascua se hace presente y operante cada vez que
celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la eucaristía nos
hace entrar en el misterio pascual de Cristo, regalándonos pasar con Él de la muerte a la
vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no es un espectáculo.

[Link]
francesco_20171122_udienza-[Link]

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles 13 de diciembre de 2017

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomando el camino de catequesis sobre la misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a
misa el domingo?

La celebración dominical de la eucaristía está en el centro de la vida de la Iglesia


(cf. Catequismo de la Iglesia Católica, n.2177). Nosotros cristianos vamos a misa el
domingo para encontrar al Señor resucitado, o mejor, para dejarnos encontrar por Él,
escuchar su palabra, alimentarnos en su mesa y así convertirnos en Iglesia, es decir, en su
Cuerpo místico viviente en el mundo.

Lo entendieron, desde la primera hora, los discípulos de Jesús, los que celebraron el
encuentro eucarístico con el Señor en el día de la semana que los hebreos llamaban «el
primero de la semana» y los romanos «día del sol» porque en ese día Jesús había
resucitado de entre los muertos y se había aparecido a los discípulos, hablando con ellos,
comiendo con ellos y dándoles el Espíritu Santo (cf. Mateo 28, 1; Marcos 16, 9-
14; Lucas 24, 1-13; Juan 20, 1-19), como hemos escuchado en la lectura bíblica. También
la gran efusión del Espíritu Santo en Pentecostés sucede en domingo, el quincuagésimo
día después de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día santo
para nosotros, santificado por la celebración eucarística, presencia viva del Señor entre
nosotros y para nosotros. ¡Es la misa, por lo tanto, lo que hace el domingo cristiano! El
domingo cristiano gira en torno a la misa. ¿Qué domingo es, para un cristiano, en el que
falta el encuentro con el Señor?

Hay comunidades cristianas en las que, desafortunadamente, no pueden disfrutar de la


misa cada domingo; sin embargo, también estas, en este día santo, están llamadas a
recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la palabra de Dios y
manteniendo vivo el deseo de la eucaristía.

Algunas sociedades seculares han perdido el sentido cristiano del domingo iluminado por
la eucaristía. ¡Es una lástima esto! En estos contextos es necesario reanimar esta
conciencia, para recuperar el significado de la fiesta, el significado de la alegría, de la
comunidad parroquial, de la solidaridad, del reposo que restaura el alma y el cuerpo
(cf. Catequismo de la Iglesia católica nn. 2177-2188). De todos estos valores la eucaristía
es la maestra, domingo tras domingo. Por eso, el Concilio Vaticano II quiso reafirmar que
«el domingo es el día de fiesta primordial que debe ser propuesto e inculcado en la piedad
de los fieles, de modo que se convierta también en día de alegría y abstención del
trabajo» (Cost. Sacrosanctum Concilium, 106)

La abstención dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es una aportación
específica del cristianismo. Por tradición bíblica los judíos reposan el sábado, mientras que
en la sociedad romana no estaba previsto un día semanal de abstención de los trabajos
serviles. Fue el sentido cristiano de vivir como hijos y no como esclavos, animado por la
eucaristía, el que hizo del domingo —casi universalmente— el día de reposo.

Sin Cristo estamos condenados a estar dominados por el cansancio de lo cotidiano, con
sus preocupaciones y por el miedo al mañana. El encuentro dominical con el Señor nos da
la fuerza para vivir el hoy con confianza y coraje y para ir adelante con esperanza. Por
eso, nosotros cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo en la celebración
eucarística.

La comunión eucarística con Jesús, Resucitado y Vivo para siempre, anticipa el domingo
sin atardecer, cuando ya no haya fatiga ni dolor, ni luto, ni lágrimas sino solo la alegría de
vivir plenamente y para siempre con el Señor. También de este bendito reposo nos habla
la misa del domingo, enseñándonos, en el fluir de la semana, a confiarnos a las manos del
Padre que está en los cielos.

¿Qué podemos responder a quien dice que no hay que ir a misa, ni siquiera el domingo,
porque lo importante es vivir bien y amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida
cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: «En esto conocerán todos
que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros» ( Juan 13, 35); ¿Pero
cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un
domingo después de otro, en la fuente inagotable de la eucaristía? No vamos a misa para
dar algo a Dios, sino para recibir de Él aquello de lo que realmente tenemos necesidad. Lo
recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: «Tú no tienes necesidad de
nuestra alabanza, pero por un regalo de tu amor llámanos para darte las gracias; nuestros
himnos de bendición no aumentan tu grandeza, pero nos dan la gracia que nos salva»
(Misal Romano, Prefacio común IV).

En conclusión, ¿por qué ir a misa el domingo? No es suficiente responder que es un


precepto de la Iglesia; esto ayuda a preservar su valor, pero solo no es suficiente.
Nosotros cristianos tenemos necesidad de participar en la misa dominical porque solo con
la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en
práctica su mandamiento y así ser sus testigos creíbles.
[Link]
francesco_20171213_udienza-[Link]

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles 20 de diciembre de 2017

[Multimedia]

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Hoy quisiera entrar en el vivo de la celebración eucarística. La misa está formada de dos
partes, que son la Liturgia de la Palabra y la Liturgia eucarística, tan estrechamente unidas
entre ellas que forman un único acto de culto (cf. Sacrosanctum Concilium,
56; Instrucción General del Misal Romano, 28). Introducida por algunos ritos preparatorios
y concluida por otros, la celebración es por tanto un único cuerpo y no se puede separar,
pero para una mejor comprensión trataré de explicar sus diferentes momentos, cada uno
de los cuales es capaz de tocar e implicar una dimensión de nuestra unidad. Es necesario
conocer estos santos signos para vivir plenamente la misa y saborear toda su belleza.

Cuando el pueblo está reunido, la celebración se abre con los ritos introductorios, incluidas
la entrada de los celebrantes o del celebrante, el saludo — «El Señor esté con vosotros»,
«La paz esté con vosotros» —, el acto penitencial — «Yo confieso», donde nosotros
pedimos perdón por nuestros pecados—, el Kyrie eleison, el himno del Gloria y la oración
colecta: se llama «oración colecta» no porque allí se hace la colecta de las ofrendas: es la
colecta de las intenciones de oración de todos los pueblos; y esa colecta de las intenciones
de los pueblos sube al cielo como oración. Su fin —de estos ritos introductorios— es hacer
«que los fieles reunidos en la unidad construyan la comunión y se dispongan debidamente
a escuchar la Palabra de Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía» ( Instrucción General
del Misal Romano, 46). No es una buena costumbre mirar el reloj y decir: «Voy bien de
hora, llego después del sermón y con esto cumplo el precepto». La misa empieza con la
señal de la cruz, con estos ritos introductorios, porque allí empezamos a adorar a Dios
como comunidad. Y por esto es importante prever no llegar tarde, más bien antes, para
preparar el corazón a este rito, a esta celebración de la comunidad.

Mientras normalmente tiene lugar el canto de ingreso, el sacerdote con los otros ministros
llega en procesión al presbiterio, y aquí saluda el altar con una reverencia y, en signo de
veneración, lo besa y, cuando hay incienso, lo inciensa. ¿Por qué? Porque el altar es
Cristo: es figura de Cristo. Cuando nosotros miramos al altar, miramos donde está Cristo.
El altar es Cristo. Estos gestos, que corren el riesgo de pasar inobservados, son muy
significativos, porque expresan desde el principio que la misa es un encuentro de amor
con Cristo, el cual «por la ofrenda de su Cuerpo realizada en la cruz […] se hizo por
nosotros sacerdote, altar y víctima» (prefacio pascual V). El altar, de hecho, en cuanto
signo de Cristo, «es el centro de la acción de gracias que se consuma en la Eucaristía»
(Instrucción General del Misal Romano , 296), y toda la comunidad en torno al altar, que
es Cristo; no por mirarse la cara, sino para mirar a Cristo, porque Cristo es el centro de la
comunidad, no está lejos de ella.

Después está el signo de la cruz. El sacerdote que preside lo hace sobre sí y hacen lo
mismo todos los miembros de la asamblea, conscientes de que el acto litúrgico se realiza
«en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Y aquí paso a otro tema
pequeñísimo. ¿Vosotros habéis visto como se hacen los niños la señal de la cruz? No
saben qué hacen: a veces hacen un gesto, que no es el gesto de la señal de la cruz. Por
favor: mamá y papá, abuelos, enseñad a los niños, desde el principio —de pequeños— a
hacer bien la señal de la cruz. Y explicadle qué es tener como protección la cruz de Jesús.
Y la misa empieza con la señal de la cruz. Toda la oración se mueve, por así decir, en el
espacio de la Santísima Trinidad —«En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu
Santo»—, que es espacio de comunión infinita; tiene como origen y como fin el amor de
Dios Uno y Trino, manifestado y donado a nosotros en la Cruz de Cristo. De hecho su
misterio pascual es don de la Trinidad, y la eucaristía fluye siempre de su corazón
atravesado. Marcándonos con la señal de la cruz, por tanto, no solo recordamos nuestro
Bautismo, sino que afirmamos que la oración litúrgica es el encuentro con Dios en Cristo
Jesús, que por nosotros se ha encarnado, ha muerto en la cruz y ha resucitado glorioso.

El sacerdote, por tanto, dirige un saludo litúrgico, con la expresión: «El Señor esté con
vosotros» u otra parecida —hay varias—, y la asamblea responde: «Y con tu espíritu».
Estamos en diálogo; estamos al principio de la misa y debemos pensar en el significado de
todos estos gestos y palabras.

Estamos entrando en una «sinfonía», en la cual resuenan varias tonalidades de voces,


incluido tiempos de silencio, para crear el «acuerdo» entre todos los participantes, es decir
reconocerse animados por un único Espíritu y por un mismo fin. En efecto «con este
saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada»
(Instrucción General del Misal Romano , 50). Se expresa así la fe común y el deseo mutuo
de estar con el Señor y vivir la unidad con toda la comunidad.

Y esta es una sinfonía orante, que se está creando y presenta enseguida un momento
muy tocante, porque quien preside invita a todos a reconocer los propios pecados. Todos
somos pecadores. No lo sé, quizá alguno de vosotros no es pecador... Si alguno no es
pecador que levante la mano, por favor, así todos lo vemos. Pero no hay manos
levantadas, va bien: ¡tenéis buena la fe! Todos somos pecadores; y por eso al inicio de la
misa pedimos perdón. Y el acto penitencial. No se trata solamente de pensar en los
pecados cometidos, sino mucho más: es la invitación a confesarse pecadores delante de
Dios y delante de la comunidad, delante de los hermanos, con humildad y sinceridad,
como el publicano en el templo. Si realmente la eucaristía hace presente el misterio
pascual, es decir el pasaje de Cristo de la muerte a la vida, entonces lo primero que
tenemos que hacer es reconocer cuáles son nuestras situaciones de muerte para poder
resurgir con Él a la vida nueva. Esto nos hace comprender lo importante que es el acto
penitencial. Y por esto retomaremos el argumento en la próxima catequesis.

Vamos paso a paso en la explicación de la misa. Pero os pido: ¡enseñad bien a los niños a
hacer la señal de la cruz, ¡por favor!

[Link]
francesco_20171220_udienza-[Link]

PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 3 de enero de 2018

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomando las catequesis sobre la celebración eucarística, consideramos hoy, en nuestro


contexto de los ritos de introducción, el acto penitencial. En su sobriedad, esto favorece la
actitud con la que disponerse a celebrar dignamente los santos misterios, o sea,
reconociendo delante de Dios y de los hermanos nuestros pecados, reconociendo que
somos pecadores. La invitación del sacerdote, de hecho, está dirigida a toda la comunidad
en oración, porque todos somos pecadores. ¿Qué puede donar el Señor a quien tiene ya el
corazón lleno de sí, del propio éxito? Nada, porque el presuntuoso es incapaz de recibir
perdón, lleno como está de su presunta justicia. Pensemos en la parábola del fariseo y del
publicano, donde solamente el segundo —el publicano— vuelve a casa justificado, es decir
perdonado (cf Lucas 18, 9-14). Quien es consciente de las propias miserias y baja los ojos
con humildad, siente posarse sobre sí la mirada misericordiosa de Dios. Sabemos por
experiencia que solo quien sabe reconocer los errores y pedir perdón recibe la
comprensión y el perdón de los otros. Escuchar en silencio la voz de la conciencia permite
reconocer que nuestros pensamientos son distantes de los pensamientos divinos, que
nuestras palabras y nuestras acciones son a menudo mundanas, guiadas por elecciones
contrarias al Evangelio. Por eso, al principio de la misa, realizamos comunitariamente el
acto penitencial mediante una fórmula de confesión general, pronunciada en primera
persona del singular. Cada uno confiesa a Dios y a los hermanos «que ha pecado en
pensamiento, palabras, obra y omisión». Sí, también en omisión, o sea, que he dejado de
hacer el bien que habría podido hacer. A menudo nos sentimos buenos porque —decimos
— «no he hecho mal a nadie». En realidad, no basta con hacer el mal al prójimo, es
necesario elegir hacer el bien aprovechando las ocasiones para dar buen testimonio de
que somos discípulos de Jesús. Está bien subrayar que confesamos tanto a Dios como a
los hermanos ser pecadores: esto nos ayuda a comprender la dimensión del pecado que,
mientras nos separa de Dios, nos divide también de nuestros hermanos, y viceversa. El
pecado corta: corta la relación con Dios y corta la relación con los hermanos, la relación
en la familia, en la sociedad, en la comunidad: El pecado corta siempre, separa, divide.
Las palabras que decimos con la boca están acompañadas del gesto de golpearse el
pecho, reconociendo que he pecado precisamente por mi culpa, y no por la de otros.
Sucede a menudo que, por miedo o vergüenza, señalamos con el dedo para acusar a
otros. Cuesta admitir ser culpables, pero nos hace bien confesarlo con sinceridad.
Confesar los propios pecados. Yo recuerdo una anécdota, que contaba un viejo misionero,
de una mujer que fue a confesarse y empezó a decir los errores del marido; después pasó
a contar los errores de la suegra y después los pecados de los vecinos. En un momento
dado, el confesor dijo: «Pero, señora, dígame, ¿ha terminado? — Muy bien: usted ha
terminado con los pecados de los demás. Ahora empiece a decir los suyos». ¡Decir los
propios pecados!

Después de la confesión del pecado, suplicamos a la beata Virgen María, los ángeles y los
santos que recen por nosotros ante el Señor. También en esto es valiosa la comunión de
los santos: es decir, la intercesión de estos «amigos y modelos de vida» (Prefacio del 1 de
noviembre) nos sostiene en el camino hacia la plena comunión con Dios, cuando el pecado
será definitivamente anulado.

Además del «Yo confieso», se puede hacer el acto penitencial con otras fórmulas, por
ejemplo: «Piedad de nosotros, Señor / Contra ti hemos pecado. / Muéstranos Señor, tu
misericordia. / Y dónanos tu salvación» (cf. Salmo 123, 3; 85, 8; Jeremías  14, 20).
Especialmente el domingo se puede realizar la bendición y la aspersión del agua en
memoria del Bautismo (cf. OGMR, 51), que cancela todos los pecados. También es
posible, como parte del acto penitencial, cantar el Kyrie eléison: con una antigua
expresión griega, aclamamos al Señor –Kyrios– e imploramos su misericordia (ibid., 52).

La Sagrada escritura nos ofrece luminosos ejemplos de figuras «penitentes» que,


volviendo a sí mismos después de haber cometido el pecado, encuentran la valentía de
quitar la máscara y abrirse a la gracia que renueva el corazón. Pensemos en el rey David y
a las palabras que se le atribuyen en el Salmo. «Tenme piedad, oh Dios, según tu amor,
por tu inmensa ternura borra mi delito» (51, 3). Pensemos en el hijo pródigo que vuelve
donde su padre; o en la invocación del publicano: «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que
soy pecador!» (Lucas 18, 13). Pensemos también en san Pedro, en Zaqueo, en la mujer
samaritana. Medirse con la fragilidad de la arcilla de la que estamos hechos es una
experiencia que nos fortalece: mientras que nos hace hacer cuentas con nuestra debilidad,
nos abre el corazón a invocar la misericordia divina que transforma y convierte. Y esto es
lo que hacemos en el acto penitencial al principio de la misa.

[Link]
francesco_20180103_udienza-[Link]

Audiencia general, 10.01.2018

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!


En el recorrido de  las catequesis sobre la celebración eucarística hemos visto  que el Acto
penitencial nos ayuda a despojarnos de nuestras presunciones y a presentarnos  ante Dios
como realmente somos, conscientes de ser pecadores, con la esperanza de ser
perdonados.

Precisamente del encuentro entre la miseria humana y la  misericordia divina brota la
gratitud  expresada en el "Gloria", “un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia,
congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al Cordero."
(Instrucción General del Misal Romano, 53).

El inicio de este himno –“Gloria a Dios en el alto del cielo”-  retoma el canto de los ángeles
en el nacimiento de Jesús en Belén, el anuncio gozoso del abrazo entre el cielo y la tierra.
Este canto  también nos involucra reunidos en oración: "Gloria a Dios en el alto del cielo  y
paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Después del  "Gloria", o cuando no lo hay, inmediatamente después del Acto  penitencial,
la oración asume una forma particular en la llamada "colecta” que  expresa el carácter
propio  de la celebración, variable según los días y tiempos del año (ver ibid., 54). Con la
invitación "oremos ", el sacerdote exhorta al pueblo  a recogerse con él en un momento
de silencio, para hacerse conscientes de que están en la presencia de Dios y para que
emerjan, del corazón de cada uno, las intenciones personales con las que participa en la
misa (cf. ibid., 54). El sacerdote dice “oremos”; y después hay unos instantes de silencio y
cada uno piensa en lo que necesita, en lo que quiere pedir, en la oración.

El silencio no se limita a la ausencia de palabras; es estar dispuesto a  escuchar otras


voces: la de nuestro corazón y, sobre todo,  la voz del Espíritu Santo. En la liturgia, la
naturaleza del silencio sagrado depende del momento en que se observa: " En el acto
penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo; pero
terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que escucharon; y después
de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran." (ibid., 45). Por lo tanto, antes de la
oración inicial, el silencio nos ayuda a recogernos en nosotros mismos y a pensar en por
qué estamos allí. De ahí  la importancia de escuchar nuestro ánimo  para  abrirlo luego al
Señor. Tal vez venimos  de días fatigosos, o de alegría, de dolor, y queremos decírselo  al
Señor,  invocar su ayuda, pedirle que esté cerca de nosotros; tenemos familiares y amigos
que están enfermos o que atraviesan  pruebas difíciles; deseamos confiarle a Dios las
suertes de la Iglesia y del mundo. Para esto sirve el breve silencio antes de que el
sacerdote, recogiendo las intenciones de cada uno, exprese en voz alta a Dios, en nombre
de todos, la oración común que concluye los ritos de introducción, haciendo la "colecta" de
las intenciones individuales. Recomiendo encarecidamente a los sacerdotes que observen
este momento de silencio y no vayan deprisa: “oremos”, y que se haga silencio. Se lo
recomiendo a los sacerdotes. Sin ese silencio corremos el peligro de descuidar el
recogimiento del alma.

El sacerdote reza esta súplica, esta oración de colecta, con los brazos abiertos y la actitud
del orante, asumido por  los cristianos desde los primeros siglos – como demuestran los
frescos de las catacumbas romanas- para imitar a Cristo con los brazos abiertos en el
madero de la cruz. Está allí. ¡Cristo es el Orante y al mismo tiempo la oración!. En el
Crucificado reconocemos al Sacerdote que ofrece a Dios el culto que le agrada, es decir la
obediencia filial.

En el Rito romano las oraciones son concisas, pero repletas de significado: se pueden
hacer tantas meditaciones hermosas sobre estas oraciones ¡Tan bellas! Volver a meditar
sobre los textos, incluso fuera de la misa, puede ayudarnos a aprender cómo acudir a
Dios, qué pedir, qué palabras usar. ¡Ojalá la liturgia se convierta para todos nosotros en
una verdadera escuela de oración!

[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles, 31 de enero de 2018

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!

Continuamos hoy las catequesis sobre la misa. Después de habernos detenido en los ritos
de introducción, consideramos ahora la Liturgia de la Palabra, que es una parte
constitutiva porque nos reunimos precisamente para escuchar lo que Dios ha hecho y
pretende hacer todavía por nosotros. Es una experiencia que tiene lugar «en directo» y no
por oídas, porque «cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla
a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio» ( Instrucción General
del Misal Romano, 29; cf. Cost. Sacrosanctum Concilium, 7; 33). Y cuántas veces,
mientras se lee la Palabra de Dios, se comenta: «Mira ese..., mira esa..., mira el sombrero
que ha traído esa: es ridículo...”. Y se empiezan a hacer comentarios. ¿No es verdad? ¿Se
deben hacer comentarios mientras se lee la Palabra de Dios? [responden: “¡No!”]. No,
porque si tú chismorreas con la gente, no escuchas la Palabra de Dios. Cuando se lee la
Palabra de Dios en la Biblia —la primera Lectura, la segunda, el Salmo responsorial y el
Evangelio— debemos escuchar, abrir el corazón, porque es Dios mismo que nos habla y
no pensar en otras cosas o hablar de otras cosas. ¿Entendido?... Os explicaré qué sucede
en esta Liturgia de la Palabra.

Las páginas de la Biblia cesan de ser un escrito para convertirse en palabra viva,
pronunciada por Dios. Es Dios quien, a través de la persona que lee, nos habla e interpela
para que escuchemos con fe. El Espíritu «que habló por medio de los profetas» (Credo) y
ha inspirado a los autores sagrados, hace que «para que la Palabra de Dios actúe
realmente en los corazones lo que hace resonar en los oídos» ( Leccionario, Introd., 9).
Pero para escuchar la Palabra de Dios es necesario tener también el corazón abierto para
recibir la palabra en el corazón. Dios habla y nosotros escuchamos, para después poner en
práctica lo que hemos escuchado. Es muy importante escuchar. Algunas veces quizá no
entendemos bien porque hay algunas lecturas un poco difíciles. Pero Dios nos habla
igualmente de otra manera. [Es necesario estar] en silencio y escuchar la Palabra de Dios.
No os olvidéis de esto. En la misa, cuando empiezan las lecturas, escuchamos la Palabra
de Dios. ¡Necesitamos escucharlo! Es de hecho una cuestión de vida, como recuerda la
fuerte expresión que «no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la
boca de Dios» (Mateo 4, 4). La vida que nos da la Palabra de Dios. En este sentido,
hablamos de la Liturgia de la Palabra como de la «mesa» que el Señor dispone para
alimentar nuestra vida espiritual. Es una mesa abundante la de la Liturgia, que se basa en
gran medida en los tesoros de la Biblia (cf. SC, 51), tanto del Antiguo como del Nuevo
Testamento, porque en ellos la Iglesia anuncia el único e idéntico misterio de Cristo
(cf. Leccionario, Introd., 5). Pensamos en las riquezas de las lecturas bíblicas ofrecidas por
los tres ciclos dominicales que, a la luz de los Evangelios Sinópticos, nos acompañan a lo
largo del año litúrgico: una gran riqueza. Deseo recordar también la importancia del Salmo
responsorial, cuya función es favorecer la meditación de lo que escuchado en la lectura
que lo precede. Está bien que el Salmo sea resaltado con el canto, al menos en la antífona
(cf. IGMR, 61; Leccionario, Introd., 19-22).

La proclamación litúrgica de las mismas lecturas, con los cantos tomados de la sagrada
Escritura, expresa y favorece la comunión eclesial, acompañando el camino de todos y
cada uno. Se entiende por tanto por qué algunas elecciones subjetivas, como la omisión
de lecturas o su sustitución con textos no bíblicos, sean prohibidas. He escuchado que
alguno, si hay una noticia, lee el periódico, porque es la noticia de día. ¡No! ¡La Palabra de
Dios es la Palabra de Dios! El periódico lo podemos leer después. Pero ahí se lee la
Palabra de Dios. Es el Señor que nos habla. Sustituir esa Palabra con otras cosas
empobrece y compromete el diálogo entre Dios y su pueblo en oración. Al contrario, [se
pide] la dignidad del ambón y el uso del Leccionario, la disponibilidad de buenos lectores y
salmistas. ¡Pero es necesario buscar buenos lectores!, los que sepan leer, no los que leen
[trabucando las palabras] y no se entiende nada. Y así. Buenos lectores. Se deben
preparar y hacer la prueba antes de la misa para leer bien. Y esto crea un clima de
silencio receptivo.

Sabemos que la palabra del Señor es una ayuda indispensable para no perdernos, como
reconoce el salmista que, dirigido al Señor, confiesa: «Para mis pies antorcha es tu
palabra, luz para mi sendero» (Salmos 119, 105). ¿Cómo podremos afrontar nuestra
peregrinación terrena, con sus cansancios y sus pruebas, sin ser regularmente nutridos e
iluminados por la Palabra de Dios que resuena en la liturgia? Ciertamente no basta con
escuchar con los oídos, sin acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra,
permitiéndole dar fruto. Recordemos la parábola del sembrador y de los diferentes
resultados según los distintos tipos de terreno (cf. Marcos 4, 14-20). La acción del Espíritu,
que hace eficaz la respuesta, necesita de corazón que se dejen trabajar y cultivar, de
forma que lo escuchado en misa pase en la vida cotidiana, según la advertencia del
apóstol Santiago: «Poned por obra la Palabra y no os contentéis solo con oírla,
engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1, 22). La Palabra de Dios hace un camino
dentro de nosotros. La escuchamos con las oídos y pasa al corazón; no permanece en los
oídos, debe ir al corazón; y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras. Este es el
recorrido que hace la Palabra de Dios: de los oídos al corazón y a las manos. Aprendamos
estas cosas. ¡Gracias!

[Link]
francesco_20180131_udienza-[Link]
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles, 7 de febrero de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra de la misa,


alcanza el culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya —o,
en cuaresma, otra aclamación— con la que «la asamblea de los fieles acoge y saluda al
Señor, quien hablará en el Evangelio»[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la
revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio constituye la luz para
comprender el sentido de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo
Testamento como del Nuevo Testamento. De hecho, «de toda la Escritura, como de toda
la celebración litúrgica, Cristo es el centro y la plenitud»[2]. Siempre en el centro está
Jesucristo, siempre.

Por eso, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de
particular honor y veneración[3]. De hecho, su lectura está reservada al ministro
ordenado, que termina besando el libro; se escucha de pie y se hace el signo de la cruz en
la frente, sobre la boca y sobre el pecho; los cirios y el incienso honran a Cristo que,
mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. De estos signos la
asamblea reconoce la presencia de Cristo que le dirige la «buena noticia» que convierte y
transforma. Es un discurso directo el que sucede, como prueban las aclamaciones con las
que se responde a la proclamación: «Gloria a ti, Señor Jesús» o «Te alabamos Señor».
Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo quien nos habla, allí. Y por esto
nosotros estamos atentos, porque es un coloquio directo. Es el Señor que nos habla.

Por tanto, en la misa no leemos el Evangelio para saber cómo fueron las cosas, sino que
escuchamos el Evangelio para tomar conciencia de lo que Jesús hizo y dijo una vez; y esa
Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi
corazón. Por esto, escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque
es Palabra viva. Escribe san Agustín que «la boca de Cristo es el Evangelio. Él reina en el
cielo, pero no cesa de hablar en la tierra»[4]. Si es verdad que en la liturgia «Cristo
anuncia todavía el Evangelio»[5], como consecuencia, participando en la misa, debemos
darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y debemos dar una respuesta en
nuestra vida.

Para hacer llegar su mensaje, Cristo se sirve también de la palabra del sacerdote que,
después del Evangelio, da la homilía[6]. Recomendada vivamente por el Concilio Vaticano
II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancia —ni
una catequesis como esta que estoy haciendo ahora—, ni una conferencia, ni una clase, la
homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es «retomar ese diálogo que ya está entablado
entre el Señor y su pueblo»[8], para que encuentre realización en la vida. ¡La auténtica
exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su recorrido
haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los
santos. Recordad lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por las orejas, llega
al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue la Palabra del
Señor y hace también este recorrido para ayudarnos para que la Palabra del Señor llegue
a las manos, pasando por el corazón.

Ya traté este argumento de la homilía en la exhortación Evangelii gaudium, donde


recordaba que el contexto litúrgico «exige que la predicación oriente a la asamblea, y
también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la
vida»[9].

Quien da la homilía debe cumplir bien su ministerio —aquel que predica, el sacerdote o el
diácono o el obispo—, ofreciendo un servicio real a todos aquellos que participan en la
misa, pero también cuantos la escuchan deben hacer su parte. Sobre todo prestando la
debida atención, asumiendo las justas disposiciones interiores, sin pretextos subjetivos,
sabiendo que todo predicador tiene méritos y límites. Si a veces hay motivos para
aburrirse por la homilía larga o no centrada o incomprensible, otras veces sin embargo el
obstáculo es el prejuicio. Y quien hace la homilía debe ser consciente de que no está
haciendo algo propio, está predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de
Jesús. Y la homilía debe estar bien preparada, debe ser breve, ¡breve! Me decía un
sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían los padres y el padre le dijo:
«¡Sabes, estoy contento, porque con mis amigos hemos encontrado una iglesia donde se
hace la misa sin homilía!». Y cuántas veces vemos que en la homilía algunos se duermen,
otros hablan o salen fuera a fumar un cigarrillo... Por esto, por favor, que sea breve, la
homilía, pero que esté bien preparada. ¿Y cómo se prepara una homilía, queridos
sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la
Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve, no debe durar más de 10 minutos,
por favor. Concluyendo podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del
Evangelio y la homilía, Dios dialoga con su pueblo, el cual lo escucha con atención y
veneración y, al mismo tiempo, lo reconoce presente y operante. Si, por tanto, nos
ponemos a la escucha de la «buena noticia», seremos convertidos y transformados por
ella, por tanto capaces de cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la
Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por las orejas, va al corazón y llega a las manos
para hacer buenas obras.

[Link]
francesco_20180207_udienza-[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles, 14 de febrero de 2018
[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Buenos días incluso si el día está un poco feo. Si el alma está alegre, siempre es un buen
día. Así que ¡buenos días! Hoy la audiencia se hará en dos partes: un pequeño grupo de
enfermos está en el Aula, por el tiempo, y nosotros estamos aquí. Pero nosotros les vemos
a ellos y ellos nos ven en la pantalla gigante. Les saludamos con un aplauso. Continuamos
con las catequesis sobre la misa. La escucha de las lecturas bíblicas, prolongada en la
homilía ¿a qué responde? Responde a un derecho: el derecho espiritual del Pueblo de Dios
a recibir con abundancia el tesoro de la Palabra de Dios (cf. Introducción al Leccionario,
45). Cada uno de nosotros cuando va a misa tiene el derecho de recibir abundantemente
la Palabra de Dios bien leída, bien dicha y después bien explicada en la homilía. ¡Es un
derecho! Y cuando la Palabra de Dios no está bien leída, no es predicada con fervor por el
diácono, por el sacerdote o por el obispo, se falta a un derecho de los fieles. Nosotros
tenemos el derecho de escuchar la Palabra de Dios. El Señor habla para todos, pastores y
fieles. Él llama al corazón de cuantos participan en la misa, cada uno en su condición de
vida, edad, situación. El Señor consuela, llama, suscita brotes de vida nueva y
reconciliada. Y esto, por medio de su Palabra. ¡Su Palabra llama al corazón y cambia los
corazones!

Por eso, después de la homilía, un tiempo de silencio permite sedimentar en el alma la


semilla recibida, con el fin de que nazcan propósitos de adhesión a lo que el Espíritu ha
sugerido a cada uno. El silencio después de la homilía. Un hermoso silencio se debe hacer
allí y cada uno debe pensar en lo que ha escuchado.

Después de este silencio, ¿cómo continúa la misa? La respuesta personal de fe se incluye


en la profesión de fe de la Iglesia, expresada en el «Credo». Todos nosotros recitamos el
«Credo» en la misa. Recitado por toda la asamblea, el símbolo manifiesta la respuesta
común a lo que se ha escuchado juntos de la Palabra de Dios (cf. Catequismo de la Iglesia
católica, 185–197). Hay un nexo vital entre escucha y fe. Están unidas. Esta —la fe—, de
hecho, no nace de la fantasía de mentes humanas, sino como recuerda san Pablo «viene
de la predicación y la predicación, por la Palabra de Cristo» ( Romanos 10, 17). La fe se
alimenta, por lo tanto, con la predicación y conduce al Sacramento. Así, el rezo del
«Credo» hace que la asamblea litúrgica «recuerde, confiese y manifieste los grandes
misterios de la fe, antes de comenzar su celebración en la Eucaristía» ( Instrucción General
del Misal romano, 67). El símbolo de la fe vincula la Eucaristía con el Bautismo, recibido
«en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y nos recuerda que los
Sacramentos son comprensibles a la luz de la fe de la Iglesia.

La respuesta a la Palabra de Dios acogida con fe se expresa después en la súplica común,


denominada Oración universal, porque abraza las necesidades de la Iglesia y del mundo
(cf. IGMR, 69-71; Introducción al Leccionario, 30-31). Se lle llama también Oración de los
fieles.
Los Padres del Vaticano II quisieron restaurar esta oración después del Evangelio y la
homilía, especialmente en el domingo y en las fiestas, para que «con la participación del
pueblo se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren
cualquier necesidad, por todos los hombres y por la salvación del mundo entero»
(Const. Sacrosanctum Concilium, 53; cf. 1 Timoteo2, 1-2). Por tanto, bajo la guía del
sacerdote que introduce y concluye, «el pueblo [...] ejercitando el oficio de su sacerdocio
bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos » (IGMR, 69). Y después las
intenciones individuales, propuestas por el diacono o un lector, la asamblea una su voz
invocando: «Escúchanos Señor».

Recordamos, de hecho, cuando nos ha dicho el Señor Jesús: «Si permanecéis en mí, y mis
palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis» ( Juan 15, 7).
«Pero nosotros no creemos esto, porque tenemos poca fe». Pero si nosotros tuviéramos
una fe —dice Jesús— como el grano de mostaza, recibiríamos todo. «Pedid y lo
conseguiréis». Y en este momento de la oración universal después del Credo, está el
momento de pedir al Señor las cosas más fuertes en la misa, las cosas que nosotros
necesitamos, lo que queremos. «Lo conseguiréis»; en un modo u otro pero «lo
conseguiréis». «Todo es posible para quien cree», ha dicho el Señor. ¿Qué respondió ese
hombre al cual el Señor se dirigió para decir esta palabra —todo es posible para quien
cree—? Dijo: «Creo Señor. Ayuda mi poca fe». También nosotros podemos decir: «Señor,
yo creo. Pero ayuda mi poca fe». Y la oración debemos hacerla con este espíritu de fe:
«Creo Señor, ayuda mi poca fe». Las pretensiones de lógicas mundanas, sin embargo, no
despegan hacia el Cielo, así como permanecen sin ser escuchadas las peticiones
autorreferenciales (Jueces 4, 2-3). Las intenciones por las que se invita al pueblo fiel a
rezar deben dar voz a las necesidades concretas de la comunidad eclesial y del mundo,
evitando recurrir a fórmulas convencionales y miopes. La oración «universal», que
concluye la liturgia de la Palabra, nos exhorta a hacer nuestra la mirada de Dios, que
cuida de todos sus hijos.

[Link]
francesco_20180214_udienza-[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 28 de febrero de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con la catequesis sobre la santa misa. En la liturgia de la Palabra —sobre la


que me he detenido en las pasadas catequesis— sigue otra parte constitutiva de la misa,
que es la liturgia eucarística. En ella, a través de los santos signos, la Iglesia hace
continuamente presente el Sacrificio de la nueva alianza sellada por Jesús sobre el altar de
la Cruz (cf. Concilio Vaticano II, Const.  Sacrosanctum Concilium, 47). Fue el primer altar
cristiano, el de la Cruz, y cuando nosotros nos acercamos al altar para celebrar la misa,
nuestra memoria va al altar de la Cruz, donde se hizo el primer sacrificio. El sacerdote,
que en la misa representa a Cristo, cumple lo que el Señor mismo hizo y confió a los
discípulos en la Última Cena: tomó el pan y el cáliz, dio gracias, los pasó a sus discípulos
diciendo: «Tomad, comed... bebed: esto es mi cuerpo... este es el cáliz de mi sangre.
Haced esto en memoria mía».

Obediente al mandamiento de Jesús, la Iglesia ha dispuesto en la liturgia eucarística el


momento que corresponde a las palabras y a los gestos cumplidos por Él en la vigilia de
su Pasión. Así, en la preparación de los dones. son llevados al altar el pan y el vino, es
decir los elementos que Cristo tomó en sus manos. En la Oración eucarística damos
gracias a Dios por la obra de la redención y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y la
Sangre de Jesucristo. Siguen la fracción del Pan y la Comunión, mediante la cual revivimos
la experiencia de los Apóstoles que recibieron los dones eucarísticos de las manos de
Cristo mismo (cf. Instrucción General del Misal Romano , 72).

Al primer gesto de Jesús: «tomó el pan y el cáliz del vino», corresponde por tanto la
preparación de los dones. Es la primera parte de la Liturgia eucarística. Está bien que sean
los fieles los que presenten el pan y el vino, porque estos representan la ofrenda espiritual
de la Iglesia ahí recogida para la eucaristía. Es bonito que sean los propios fieles los que
llevan al altar el pan y el vino. Aunque hoy «los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y
el vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el rito de
presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual» ( ibíd., 73). Y al respecto es
significativo que, al ordenar un nuevo presbítero, el obispo, cuando le entrega el pan y el
vino dice: «Recibe las ofrendas del pueblo santo para el sacrificio eucarístico» ( Pontifical
Romano – Ordenación de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos ). ¡El Pueblo de
Dios que lleva la ofrenda, el pan y el vino, la gran ofrenda para la misa! Por tanto, en los
signos del pan y del vino el pueblo fiel pone la propia ofrenda en las manos del sacerdote,
el cual la depone en el altar o mesa del Señor, «que es el centro de toda la Liturgia
Eucarística» (IGMR, 73). Es decir, el centro de la misa es el altar, y el altar es Cristo;
siempre es necesario mirar el altar que es el centro de la misa. En el «fruto de la tierra y
del trabajo del hombre», se ofrece por tanto el compromiso de los fieles a hacer de sí
mismos, obedientes a la divina Palabra, «sacrificio agradable a Dios, Padre
todopoderoso», «por el bien de toda su santa Iglesia». Así «la vida de los fieles, su
alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total
ofrenda, y adquieren así un valor nuevo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1368).

Ciertamente, nuestra ofrenda es poca cosa, pero Cristo necesita de este poco. Nos pide
poco, el Señor, y nos da tanto. Nos pide poco. Nos pide, en la vida ordinaria, buena
voluntad; nos pide corazón abierto; nos pide ganas de ser mejores para acogerle a Él que
se ofrece a sí mismo a nosotros en la eucaristía; nos pide estas ofrendas simbólicas que
después se convertirán en su cuerpo y su sangre. Una imagen de este movimiento
oblativo de oración se representa en el incienso que, consumido en el fuego, libera un
humo perfumado que sube hacia lo alto: incensar las ofrendas, como se hace en los días
de fiesta, incensar la cruz, el altar, el sacerdote y el pueblo sacerdotal manifiesta
visiblemente el vínculo del ofertorio que une todas estas realidades al sacrificio de Cristo
(cf. IGMR, 75). Y no olvidar: está el altar que es Cristo, pero siempre en referencia al
primer altar que es la Cruz, y sobre el altar que es Cristo llevamos lo poco de nuestros
dones, el pan y el vino que después se convertirán en el tanto: Jesús mismo que se da a
nosotros. Y todo esto es cuanto expresa también la oración sobre las ofrendas. En ella el
sacerdote pide a Dios aceptar los dones que la Iglesia les ofrece, invocando el fruto del
admirable intercambio entre nuestra pobreza y su riqueza. En el pan y el vino le
presentamos la ofrenda de nuestra vida, para que sea transformada por el Espíritu Santo
en el sacrificio de Cristo y se convierta con Él en una sola ofrenda espiritual agradable al
Padre. Mientras se concluye así la preparación de los dones, nos dispones a la Oración
eucarística (cf. ibíd., 77).

Que la espiritualidad del don de sí, que este momento de la misa nos enseña, pueda
iluminar nuestras jornadas, las relaciones con los otros, las cosas que hacemos, los
sufrimientos que encontramos, ayudándonos a construir la ciudad terrena a la luz del
Evangelio.

[Link]
francesco_20180228_udienza-[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Aula Pablo VI
Miércoles, 7 de marzo de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos las catequesis sobre la santa misa y con esta catequesis nos detenemos en
la Oración eucarística. Concluido el rito de la presentación del pan y del vino, inicia la
Oración eucarística, que cualifica la celebración de la misa y constituye el momento
central, encaminado a la santa Comunión. Corresponde a lo que Jesús mismo hizo, a la
mesa con los apóstoles en el Última Cena, cuando «dio gracias» sobre el pan y después el
cáliz de vino (cf. Mateo 26, 27; Marcos 14, 23; Lucas, 22, 17-19; 1 Corintios 11, 24): su
acción de gracias revive en cada eucaristía nuestra, asociándose a su sacrificio de
salvación. Y en esta solemne oración —la Oración eucarística es solemne— la Iglesia
expresa lo que esta cumple cuando celebra la eucaristía y el motivo por el que la celebra,
o sea, hacer comunión con Cristo realmente presente en el pan y en el vino consagrados.
Después de haber invitado al pueblo a levantar los corazones al Señor y darle gracias, el
sacerdote pronuncia la Oración en voz alta, en nombre de todos los presentes,
dirigiéndose al Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo. «El sentido de esta
oración es que toda la asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las
maravillas de Dios y en la ofrenda del sacrificio» ( Instrucción General del Misal Romano,
78). Y para unirse debe entender. Por esto, la Iglesia ha querido celebrar la misa en la
lengua que la gente entiende, para que cada uno pueda unirse a esta alabanza y a esta
gran oración con el sacerdote. En verdad, «el sacrificio de Cristo y el sacrificio de la
Eucaristía son, pues, un único sacrificio» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1367).

En el Misal hay varias fórmulas de Oración eucarística, todas constituidas por elementos
característicos, que quisiera ahora recordar (cf. IGMR, 79; CIC, 1352-1354). Todas son
bellísimas. En primer lugar está el Prefacio, que es una acción de gracias por los dones de
Dios, en particular por el envío de su Hijo como Salvador. El Prefacio se concluye con la
aclamación del «Santo», normalmente cantada. Es bonito cantar el «Santo»: «Santo,
Santo, Santo el Señor». Es bonito cantarlo. Toda la asamblea une la propia voz a la de los
ángeles y los santos para alabar y glorificar a Dios.

Después está la invocación del Espíritu para que con su poder consagre el pan y el vino.
Invocamos al Espíritu para que venga y en el pan y el vino esté Jesús. La acción del
Espíritu Santo y la eficacia de las mismas palabras de Cristo pronunciadas por el
sacerdote, hacen realmente presente, bajo las especies del pan y del vino, su Cuerpo y su
Sangre, su sacrificio ofrecido en la cruz de una vez para todas (cf. CIC, 1375). Jesús en
esto ha sido clarísimo. Hemos escuchado cómo san Pablo al principio cuenta las palabras
de Jesús: «Este es mi cuerpo, esta es mi sangre». «Esta es mi sangre, este es mi cuerpo».
Es Jesús mismo quien dijo esto. Nosotros no tenemos que tener pensamientos extraños:
«Pero, cómo una cosa que...». Es el cuerpo de Jesús; ¡es así! La fe: nos ayuda la fe; con
un acto de fe creemos que es el cuerpo y la sangre de Jesús. Es el «misterio de la fe»,
como nosotros decimos después de la consagración. El sacerdote dice: «Misterio de la fe»
y nosotros respondemos con una aclamación. Celebrando el memorial de la muerte y
resurrección del Señor, en la espera de su regreso glorioso, la Iglesia ofrece al Padre el
sacrificio que reconcilia cielo y tierra: ofrece el sacrificio pascual de Cristo ofreciéndose con
Él y pidiendo, en virtud del Espíritu Santo, de convertirse «en Cristo, un solo cuerpo y un
solo espíritu» (Oración Eucarística III; cf. Sacrosanctum Concilium, 48; IGMR, 79f). La
Iglesia quiere unirnos a Cristo y convertirse con el Señor en un solo cuerpo y un solo
espíritu. Y esta es la gracia y el fruto de la Comunión sacramental: nos nutrimos del
Cuerpo de Cristo para convertirnos, nosotros que lo comemos, en su Cuerpo viviente hoy
en el mundo. Misterio de comunión es esto, la Iglesia se une a la ofrenda de Cristo y a su
intercesión y en esta luz, «en las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada
como una mujer en oración, los brazos extendidos en actitud de orante [...] como Cristo
que extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e intercede
por todos los hombres» (CIC, 1368). La Iglesia que ora, que reza. Es bonito pensar que la
Iglesia ora, reza. Hay un pasaje en el Libro de los Hechos de los Apóstoles; cuando Pedro
estaba en la cárcel, la comunidad cristiana dice: «Rezaba incesantemente por Él». La
Iglesia que reza, la Iglesia orante. Y cuando nosotros vamos a misa es para hacer esto:
hacer Iglesia orante.

La Oración eucarística pide a Dios reunir a todos sus hijos en la perfección del amor, en
unión con el Papa y el obispo, mencionados por su nombre, signo de que celebramos en
comunión con la Iglesia universal y con la Iglesia particular. La súplica, como la ofrenda,
es presentada a Dios por todos los miembros de la Iglesia, vivos y difuntos, en espera de
la beata esperanza para compartir la herencia eterna del cielo, con la Virgen María
(cf. CIC, 1369-1371). Nada ni nadie es olvidado en la Oración eucarística, sino que cada
cosa es reconducida a Dios, como recuerda la doxología que la concluye. Nadie es
olvidado. Y si tengo alguna persona, parientes, amigos, que están en necesidad o han
pasado de este mundo al otro, puedo nominarlos en ese momento, interiormente y en
silencio o hacer escribir que el nombre sea dicho. «Padre, ¿cuánto debo pagar para que
mi nombre se diga ahí?» —«Nada». ¿Entendido esto? ¡Nada! La misa no se paga. La misa
es el sacrificio de Cristo, que es gratuito. La redención es gratuita. Si tú quieres hacer una
ofrenda, hazla, pero no se paga. Esto es importante entenderlo. Esta fórmula codificada
de oración, tal vez podemos sentirla un poco lejana —es cierto, es una fórmula antigua—
pero, si comprendemos bien el significado, entonces seguramente participaremos mejor.
Esta, de hecho, expresa todo lo que cumplimos en la celebración eucarística; y además
nos enseña a cultivar tres actitudes que no deberían nunca faltar en los discípulos de
Jesús. Las tres actitudes: primera, aprender a «dar gracias, siempre y en cada lugar» y no
solo en ciertas ocasiones, cuando todo va bien; segunda, hacer de nuestra vida un don de
amor, libre y gratuito; tercera, construir una concreta comunión, en la Iglesia y con todos.
Por lo tanto, esta oración central de la misa nos educa, poco a poco, en hacer de toda
nuestra vida una «eucaristía», es decir, una acción de gracias.

[Link]
francesco_20180307_udienza-[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles, 14 de marzo de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Continuamos con la catequesis sobre la santa misa. En la Última Cena, después de que
Jesús tomó el pan y el cáliz del vino, y dio gracias a Dios, sabemos que «partió el pan». A
esta acción corresponde, en la Liturgia Eucarística de la misa, la fracción del Pan,
precedida por la oración que el Señor nos ha enseñado, es decir, por el «Padre Nuestro».

Y así comenzamos los ritos de la Comunión, prolongando la alabanza y la súplica de la


Oración eucarística con el rezo comunitario del «Padre Nuestro». Esta no es una de las
muchas oraciones cristianas, sino que es la oración de los hijos de Dios: es la gran oración
que nos enseñó Jesús. De hecho, entregado el día de nuestro bautismo, el «Padre
Nuestro» nos hace resonar en nosotros esos mismos sentimientos que estaban en Cristo
Jesús. Cuando nosotros rezamos el «Padre Nuestro», rezamos como rezaba Jesús. Es la
oración que hizo Jesús, y nos la enseñó a nosotros; cuando los discípulos le dijeron:
«Maestro, enséñanos a rezar como tú rezas. Y Jesús rezaba así. ¡Es muy hermoso rezar
como Jesús! Formados en su divina enseñanza, osamos dirigirnos a Dios llamándolo
«Padre» porque hemos renacido como sus hijos a través del agua y el Espíritu Santo
(cf. Efesios 1, 5). Ninguno, en realidad, podría llamarlo familiarmente «Abbà» —«Padre»—
sin haber sido generado por Dios, sin la inspiración del Espíritu, como enseña san Pablo
(cf. Romanos 8, 15). Debemos pensar: nadie puede llamarlo «Padre» sin la inspiración del
Espíritu. Cuántas veces hay gente que dice «Padre Nuestro», pero no sabe qué dice.
Porque sí, es el Padre, ¿pero tú sientes que cuando dices «Padre» Él es el Padre, tu Padre,
el Padre de la humanidad, el Padre de Jesucristo? ¿Tú tienes una relación con ese Padre?
Cuando rezamos el «Padre Nuestro», nos conectamos con el Padre que nos ama, pero es
el Espíritu quien nos da ese vínculo, ese sentimiento de ser hijos de Dios. ¿Qué oración
mejor que la enseñada por Jesús puede disponernos a la Comunión sacramental con Él?
Más allá de en la misa, el «Padre Nuestro» debe rezarse por la mañana y por la noche, en
los Laudes y en las Vísperas; de tal modo, el comportamiento filial hacia Dios y de
fraternidad con el prójimo contribuyen a dar forma cristiana a nuestros días.

En la oración del Señor —en el «Padre nuestro»— pidamos el «pan cotidiano», en el que
vemos una referencia particular al Pan Eucarístico, que necesitamos para vivir como hijos
de Dios. Imploramos también el «perdón de nuestras ofensas» y para ser dignos de recibir
el perdón de Dios nos comprometemos a perdonar a quien nos ha ofendido. Y esto no es
fácil. Perdonar a las personas que nos han ofendido no es fácil; es una gracia que
debemos pedir: «Señor, enséñame a perdonar como tú me has perdonado». Es una
gracia. Con nuestras fuerzas nosotros no podemos: es una gracia del Espíritu Santo
perdonar. Así, mientras nos abre el corazón a Dios, el «Padre nuestro» nos dispone
también al amor fraternal. Finalmente, le pedimos nuevamente a Dios que nos «libre del
mal» que nos separa de Él y nos separa de nuestros hermanos. Entendemos bien que
estas son peticiones muy adecuadas para prepararnos para la Sagrada Comunión
(cf. Instrucción General del Misal Romano, 81). De hecho, lo que pedimos en el «Padre
nuestro» se prolonga con la oración del sacerdote que, en nombre de todos, suplica:
«Líbranos, Señor, de todos los males, danos la paz en nuestros días». Y luego recibe una
especie de sello en el rito de la paz: lo primero, se invoca por Cristo que el don de su paz
(cf. Juan 14, 27) —tan diversa de la paz del mundo— haga crecer a la Iglesia en la unidad
y en la paz, según su voluntad; por lo tanto, con el gesto concreto intercambiado entre
nosotros, expresamos «la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión
sacramental» (IGMR, 82). En el rito romano, el intercambio de la señal de paz, situado
desde la antigüedad antes de la comunión, está encaminado a la comunión eucarística.
Según la advertencia de san Pablo, no es posible comunicarse con el único pan que nos
hace un solo cuerpo en Cristo, sin reconocerse a sí mismos pacificados por el amor
fraterno (cf. 1 Corintios 10, 16-17; 11, 29). La paz de Cristo no puede arraigarse en un
corazón incapaz de vivir la fraternidad y de recomponerla después de haberla herido. La
paz la da el Señor: Él nos da la gracia de perdonar a aquellos que nos han ofendido.

El gesto de la paz va seguido de la fracción del Pan, que desde el tiempo apostólico dio
nombre a la entera celebración de la Eucaristía (cf. IGMR, 83; Catequismo de la Iglesia
Católica, 1329). Cumplido por Jesús durante la Última Cena, el partir el Pan es el gesto
revelador que permitió a los discípulos reconocerlo después de su resurrección.
Recordemos a los discípulos de Emaús, los que, hablando del encuentro con el Resucitado,
cuentan «cómo le habían conocido en la fracción del pan» (cf. Lucas 24, 30-31.35).
La fracción del Pan eucarístico está acompañada por la invocación del «Cordero de Dios»,
figura con la que Juan Bautista indicó en Jesús al «que quita el pecado del mundo»
(Juan 1, 29). La imagen bíblica del cordero habla de la redención (cf. Esdras 12, 1-
14; Isaías 53, 7; 1 Pedro 1, 19; Apocalipsis 7, 14). En el Pan eucarístico, partido por la
vida del mundo, la asamblea orante reconoce al verdadero Cordero de Dios, es decir, el
Cristo redentor y le suplica: «ten piedad de nosotros... danos la paz».

«Ten piedad de nosotros», «danos la paz» son invocaciones que, de la oración del «Padre
nuestro» a la fracción del Pan, nos ayudan a disponer el ánimo a participar en el banquete
eucarístico, fuente de comunión con Dios y con los hermanos. No olvidemos la gran
oración: lo que Jesús enseñó, y que es la oración con la cual Él rezaba al Padre. Y esta
oración nos prepara para la comunión.

[Link]
francesco_20180314_udienza-[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Plaza de San Pedro
Miércoles, 21 de marzo de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Y hoy es el primer día de primavera: ¡buena primavera! Pero, ¿qué sucede en primavera?
Florecen las plantas, florecen los árboles. Yo os haré alguna pregunta. ¿Un árbol o una
planta enfermos, florecen bien si están enfermos? ¡No! Un árbol, una planta que ha
cortado las raíces y que no tiene raíces, ¿puede florecer? No. Pero, ¿sin raíces se puede
florecer? ¡No! Y este es un mensaje: la vida cristiana debe ser una vida que debe florecer
en las obras de caridad, al hacer el bien. Pero si tú no tienes raíces, no podrás florecer y,
¿la raíz quien es? ¡Jesús! Si tú no estás con Jesús, allí, en la raíz, no florecerás. Si no
riegas tu vida con la oración y los sacramentos, ¿tendrás flores cristianas? ¡No! Porque la
oración y los sacramentos riegan las raíces y nuestra vida florece. Os deseo que esta
primavera para vosotros sea una primavera florida, como será la Pascua florida. Florida de
buenas obras, de virtud, de hacer el bien a los demás. Recordad esto, este es un verso
muy hermoso de mi patria: «Lo que el árbol tiene de florecido, viene de lo que tiene de
enterrado». Nunca cortéis las raíces con Jesús.

Y continuamos ahora con la catequesis sobre la santa misa. La celebración de la misa, de


la que estamos recorriendo los varios momentos, está encaminada a la Comunión, es
decir, a unirnos con Jesús. La comunión sacramental: no la comunión espiritual, que
puedes hacerla en tu casa diciendo: «Jesús, yo quisiera recibirte espiritualmente». No, la
comunión sacramental, con el cuerpo y la sangre de Cristo. Celebramos la eucaristía para
nutrirnos de Cristo, que se nos da a sí mismo, tanto en la Palabra como en el Sacramento
del altar, para conformarnos a Él. Lo dice el Señor mismo: «El que come mi carne y bebe
mi sangre, permanece en mí y yo en él» (Juan 6, 56). De hecho, el gesto de Jesús que
dona a sus discípulos su Cuerpo y Sangre en la última Cena, continúa todavía hoy a través
del ministerio del sacerdote y del diácono, ministros ordinarios de la distribución a los
hermanos del Pan de la vida y del Cáliz de la salvación.

En la misa, después de haber partido el Pan consagrado, es decir, el cuerpo de Jesús, el


sacerdote lo muestra a los fieles invitándoles a participar en el banquete eucarístico.
Conocemos las palabras que resuenan desde el santo altar: «Dichosos los invitados a la
Cena del Señor: he aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». Inspirado en
un pasaje del Apocalipsis —«Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero»
(Apocalipsis 19, 9): dice «bodas» porque Jesús es el esposo de la Iglesia— esta invitación
nos llama a experimentar la íntima unión con Cristo, fuente de alegría y de santidad. Es
una invitación que alegra y juntos empuja hacia un examen de conciencia iluminado por la
fe. Si por una parte, de hecho, vemos la distancia que nos separa de la santidad de Cristo,
por la otra creemos que su Sangre viene «esparcida para la remisión de los pecados».
Todos nosotros fuimos perdonados en el bautismo y todos nosotros somos perdonados o
seremos perdonados cada vez que nos acercamos al sacramento de la penitencia. Y no os
olvidéis: Jesús perdona siempre. Jesús no se cansa de perdonar. Somos nosotros los que
nos cansamos de pedir perdón. Precisamente pensando en el valor salvador de esa
Sangre, san Ambrosio exclama: «Yo que peco siempre, debo siempre disponer de la
medicina» (De sacramentis, 4, 28: PL 16, 446a). En esta fe, también nosotros queremos la
mirada al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y lo invocamos: «oh, Señor, no
soy digno de que entres en mi casa: pero una palabra bastará para sanarme». Esto lo
decimos en cada Misa.

Si somos nosotros los que nos movemos en procesión para hacer la comunión, nosotros
vamos hacia el altar en procesión para hacer la comunión, en realidad es Cristo quien
viene a nuestro encuentro para asimilarnos a él. ¡Hay un encuentro con Jesús! Nutrirse de
la eucaristía significa dejarse mutar en lo que recibimos. Nos ayuda san Agustín a
comprenderlo, cuando habla de la luz recibida al escuchar decir de Cristo: «Manjar soy de
grandes: crece y me comerás. Y tú no me transformarás en ti como al manjar de tu carne,
sino tú te transformarás en mí» (Confesiones VII, 10, 16: pl 32, 742). Cada vez que
nosotros hacemos la comunión, nos parecemos más a Jesús, nos transformamos más en
Jesús. Como el pan y el vino se convierten en Cuerpo y Sangre del Señor, así cuantos le
reciben con fe son transformados en eucaristía viviente. Al sacerdote que, distribuyendo la
eucaristía, te dice: «El Cuerpo de Cristo», tú respondes: «Amén», o sea reconoces la
gracia y el compromiso que conlleva convertirse en Cuerpo de Cristo. Porque cuando tú
recibes la eucaristía te conviertes en cuerpo de Cristo. Es bonito, esto; es muy bonito.
Mientras nos une a Cristo, arrancándonos de nuestros egoísmos, la comunión nos abre y
une a todos aquellos que son una sola cosa en Él. Este es el prodigio de la comunión: ¡nos
convertimos en lo que recibimos!

La Iglesia desea vivamente que también los fieles reciban el Cuerpo del Señor con hostias
consagradas en la misma misa; y el signo del banquete eucarístico se expresa con mayor
plenitud si la santa comunión se hace bajo las dos especies, incluso sabiendo que la
doctrina católica enseña que bajo una sola especie se recibe a Cristo todo e íntegro
(cf. Instrucción General del Misal Romano, 85; 281-282). Según la praxis eclesial, el fiel se
acerca normalmente a la eucaristía en forma de procesión, como hemos dicho, y se
comunica en pie con devoción, o de rodillas, como establece la Conferencia Episcopal,
recibiendo el sacramento en la boca o, donde está permitido, en la mano, como se
prefiera (cf. IGMR, 160-161). Después de la comunión, para custodiar en el corazón el don
recibido nos ayuda el silencio, la oración silenciosa. Prologar un poco ese momento de
silencio, hablando con Jesús en el corazón nos ayuda mucho, como también cantar un
salmo o un himno de alabanza (cf. IGMR, 88) que nos ayuda a estar con el Señor. La
Liturgia eucarística se concluye con la oración después de la comunión. En esta, en
nombre de todos, el sacerdote se dirige a Dios para darle las gracias por habernos hecho
sus comensales y pedir que lo que hemos recibido transforme nuestra vida. La eucaristía
nos hace fuertes para dar frutos de buenas obras para vivir como cristianos. Es
significativa la oración de hoy, en la que pedimos al Señor que «el sacramento que
acabamos de recibir sea medicina para nuestra debilidad, sane las enfermedades de
nuestro espíritu y nos asegure tu constante protección» ( Misal Romano, Miércoles de la V
semana de Cuaresma).

Acerquémonos a la eucaristía: recibir a Jesús que nos trasforma en Él, nos hace más
fuertes. ¡Es muy bueno y muy grande el Señor!

 [Link]
francesco_20180321_udienza-[Link]

AUDIENCIA GENERAL
Miércoles, 28 de marzo de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy quisiera detenerme para meditar sobre el Triduo Pascual que empieza mañana, para
profundizar un poco en lo que los días más importantes del año litúrgico representan para
nosotros creyentes. Quisiera haceros una pregunta: ¿Qué fiesta es la más importante para
nuestra fe: la Navidad o la Pascua? La Pascua porque es la fiesta de nuestra salvación, la
fiesta del amor de Dios por nosotros, la fiesta, la celebración de su muerte y Resurrección.
Y por esto yo quisiera reflexionar con vosotros sobre esta fiesta, sobre estos días, que son
días pascuales, hasta la Resurrección del Señor. Estos días constituyen la memoria
celebrativa de un único gran misterio: la muerte y la Resurrección del Señor Jesús. El
Triduo empieza mañana, con la misa de la Cena del Señor y se concluirá con las vísperas
del Domingo de Resurrección. Después viene la «Pasquetta» para celebrar esta gran
fiesta: un día más. Pero este es postlitúrgico: es la fiesta familiar, es la fiesta de la
sociedad. Esto marca las etapas fundamentales de nuestra fe y de nuestra vocación en el
mundo, y todos los cristianos están llamados a vivir los tres Días santos —jueves, viernes,
sábado; y el domingo (se entiende), pero el sábado es la Resurrección— los tres Días
santos como, por así decir, la «matriz» de su vida personal, de su vida comunitaria, como
vivieron nuestros hermanos judíos el éxodo de Egipto.

Estos tres Días reproponen al pueblo cristiano los grandes eventos de la salvación
realizados por Cristo, y así lo proyectan en el horizonte de su destino futuro y lo refuerzan
en su compromiso de testimonio en la historia. La mañana de Pascua, recorriendo las
etapas vividas en el Triduo, el Canto de la Secuencia, es decir un himno o una especie de
Salmo, hará escuchar solemnemente el anuncio de la resurrección; y dice así: «Cristo,
nuestra esperanza, ha resucitado y nos precede en Galilea». Esta es la gran afirmación:
Cristo resucitó.

Y en muchos pueblos del mundo, sobre todo en el este de Europa, la gente se saluda en
estos días pascuales no con «buenos días», «buenas tardes», sino con «Cristo ha
resucitado», para afirmar el gran saludo pascual. «Cristo ha resucitado». En estas
palabras —«Cristo ha resucitado»— de exaltación conmovida culmina el Triduo. Estas no
contienen solamente un anuncio de alegría y de esperanza, sino también un llamamiento a
la responsabilidad y a la misión. Y no termina con la «colomba», los huevos de chocolate,
las fiestas —incluso si esto es bonito porque es la fiesta de familia— pero no termina así.
Empieza ahí el camino a la misión, al anuncio: Cristo ha resucitado. Y este anuncio, al cual
el Triduo conduce preparándonos a acogerlo, es el centro de nuestra fe y nuestra
esperanza, es el núcleo, es el anuncio, es —la palabra difícil, pero que dice todo—, es
el kerygma, que continuamente evangeliza a la Iglesia y que a su vez es enviada a
evangelizar.

San Pablo resume el evento pascual en esta expresión: «Nuestro cordero pascual, Cristo,
ha sido inmolado» (1 Corintios 5, 7), como el cordero. Ha sido inmolado. Por lo tanto —
continúa— «para que ya no vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió y
resucitó por ellos» (2 Corintios 5, 15). Renacidos. Y por esto, en el día de Pascua desde el
principio se bautizaba la gente. También en la noche de este sábado yo bautizaré aquí, en
San Pedro, a ocho personas adultas que empiezan la vida cristiana. Y empieza todo
porque nacerán de nuevo. Y con otra fórmula sintética explica san Pablo que Cristo «fue
entregado por nuestros pecados, y fue resucitado para nuestra justificación» ( Romanos 4,
25). El único, el único que nos justifica; el único que hace renacer de nuevo es Jesucristo.
Nadie más. Y por esto no se debe pagar nada, porque la justificación —el hacerse justo—
es gratuita. Y esta es la grandeza del amor de Jesús: da la vida gratuitamente para
hacernos santos, para renovarnos, para perdonarnos. Y este es el núcleo propio de este
Triduo pascual. En el Triduo pascual la memoria de este advenimiento fundamental se
hace celebración llena de reconocimiento y, al mismo tiempo, renueva en los bautizados el
sentimiento de su nueva condición, que el apóstol Pablo expresa siempre así: «Si habéis
resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba [...] Aspirad a las cosas de arriba, no a
las de la tierra. (Colosenses 3, 1-3). Mirar arriba, mirar el horizonte, ampliar los
horizontes: esta es nuestra fe, esta es nuestra justificación, ¡este es el estado de gracia!
Por el bautismo, de hecho, resucitamos con Jesús y morimos para las cosas y la lógica del
mundo; renacemos como criaturas nuevas: una realidad que pide convertirse en
existencia concreta día a día. Un cristiano, si verdaderamente se deja lavar por Cristo, si
verdaderamente se deja despojar por Él del hombre viejo para caminar en una vida
nueva, incluso permaneciendo pecador —porque todos lo somos— ya no puede ser
corrupto, la justificación de Jesús nos salva de la corrupción, somos pecadores, pero no
corruptos; ya no puede vivir con la muerte en el alma y tampoco ser causa de muerte. Y
aquí debo decir una cosa triste y dolorosa… Hay falsos cristianos: aquellos que dicen:
«Jesús ha resucitado», «yo he sido justificado por Jesús», estoy en la vida nueva, pero
vivo una vida corrupta. Y estos cristianos fingidos terminarán mal. El cristiano, repito, es
pecador —todos lo somos, yo lo soy— pero tenemos la seguridad de que cuando pedimos
perdón, el Señor nos perdona. El corrupto hace como que es una persona honorable,
pero, al final, en su corazón hay podredumbre. Una vida nueva nos da Jesús. El cristiano
no puede vivir con la muerte en el alma, ni tampoco ser causa de muerte. Pensemos —
para no ir lejos— pensemos en casa, pensemos en los llamados «cristianos mafiosos».
Pero estos de cristianos no tienen nada: se dicen cristianos, pero llevan la muerte en el
alma y a los demás. Recemos por ellos, para que el Señor toque su alma.

El prójimo, sobre todo el más pequeño y el más sufriente, se convierte en el rostro


concreto a quién donar el amor que Jesús nos donó a nosotros. Y el mundo se convierte
en el espacio de nuestra nueva vida de resucitados. Nosotros resucitamos con Jesús: en
pie, con la frente alta y podemos compartir la humillación de aquellos que todavía hoy,
como Jesús, están en el sufrimiento, en la desnudez, en la necesidad, en la soledad, en la
muerte, para convertirse, gracias a Él y con Él, en instrumento de rescate y de esperanza,
símbolos de vida y de resurrección. En muchos países —aquí en Italia y también en mi
patria— existe la costumbre de que cuando el día de Pascua se escuchan las campanas,
las madres, las abuelas llevan a los niños a lavarse los ojos con el agua, con el agua de la
vida, como señal para poder ver las cosas de Jesús, las cosas nuevas. En esta Pascua,
dejémonos lavar el alma, lavar los ojos del alma, para ver las cosas hermosas y hacer
cosas hermosas. ¡Y esto es maravilloso! Esta es precisamente la Resurrección de Jesús
después de su muerte, que fue el precio por salvarnos a todos nosotros.

Queridos hermanos y hermanas, dispongámonos a vivir este Triduo Santo ya inminente —


comienza mañana—, para estar cada vez más profundamente integrados en el misterio de
Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Que nos acompañe en este itinerario espiritual la
Virgen Santísima, que siguió a Jesús en su pasión —Ella estaba allí, miraba, sufría…—
estuvo presente y unida a Él bajo su cruz, pero no se avergonzaba del hijo. ¡Una madre
nunca se avergüenza del hijo! Estaba allí y recibió en su corazón de madre la inmensa
alegría de la resurrección. Que Ella nos dé la gracia de ser interiormente acogidos por las
celebraciones de los próximos días, para que nuestro corazón y nuestra vida se
transformen realmente. Y al dejaros estos pensamientos, os formulo a todos vosotros los
más cordiales deseos de una alegre y santa Pascua, junto a vuestras comunidades y a
vuestros seres queridos. Y os aconsejo: la mañana de Pascua llevad a los niños al grifo y
hacedles lavar los ojos. Será un signo de cómo ver a Jesús Resucitado.

[Link]
francesco_20180328_udienza-[Link]
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles, 4 de abril de 2018

[Multimedia]

Queridos hermanos y hermanas:

Con esta catequesis terminamos el ciclo dedicado a la Santa Misa. Nuestra atención se
centra hoy en los ritos de conclusión. Después de la oración de la comunión, la Misa
termina con la bendición y el saludo al pueblo. Concluye igual que iniciaba con el signo de
la cruz, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

La celebración de la Misa lleva consigo el compromiso del testimonio cristiano. Salimos de


la Iglesia para «ir en paz», para llevar la bendición de Dios a nuestras casas, a los
ambientes en los que vivimos y trabajamos, «glorificando a Dios con nuestra vida». No
podemos olvidar que celebramos la Eucaristía para aprender a ser hombres y mujeres
eucarísticos, dejando que Cristo actúe en nuestras vidas, como decía san Pablo: «Estoy
crucificado con Cristo; vivo, pero no soy yo el que vive, sino Cristo quien vive en mí»
(Ga 2,19-20).

La Presencia real de Cristo en el pan consagrado no termina con la Misa, sino que se
reserva en el Sagrario para la comunión de los enfermos y la adoración silenciosa. El culto
eucarístico, dentro y fuera de la Misa, nos ayuda a permanecer en Cristo y a crecer en
nuestra unión con Él y con su Iglesia, nos separa del pecado y nos lleva a
comprometernos con los pobres y necesitados.

[Link]
francesco_20180404_udienza-[Link]

También podría gustarte