Factores que Afectan la Atención Humana
Factores que Afectan la Atención Humana
I. LA ATENCIÓN
Hasta el hombre llega un inmenso número de estímulos, mas él selecciona entre éstos los más
importantes y hace caso omiso de los demás. Potencialmente puede ejecutar un gran número de
movimientos, más destaca unos cuantos movimientos racionales integrantes de sus operaciones,
inhibe el resto. En él surge una elevada cantidad de asociaciones, pero retiene sólo algunas,
esenciales para su actividad, y hace abstracción de otras, que entorpecen el flujo consecuente de
su pensamiento.
El proceso selectivo de la información necesaria, la consolidación de los programas de acción
elegibles y el mantenimiento de un control permanente sobre el curso de los mismos es, pues, lo
que generalmente denominamos atención.
Ese carácter optativo de la actividad consciente, que es función de la atención, se manifiesta de
igual modo tanto en nuestra percepción, como en los procesos motores y en el pensamiento.
De no existir dicha selectividad, la cantidad de información sin opciones sería tan grande y
desordenada que ninguna actividad devendría posible. De no existir la inhibición de todas las
asociaciones que emergen sin control, sería inasequible el pensamiento organizado y orientado a
cumplir las tareas que al hombre se le plantean.
En todos los tipos de actividad consciente ha de tener lugar la fase de selección de los procesos
fundamentales, dominantes, constitutivos del objeto al que se presta atención, y la existencia de un
<<fondo>> integrado por los procesos cuyo acceso a la conciencia se demora, pero que en
cualquier momento, si aparece la tarea correspondiente, pueden pasar al centro de la atención y
convertirse en dominantes.
Y en virtud de ello cabalmente suele distinguirse el volumen de la atención, su estabilidad y sus
oscilaciones.
Por volumen de la atención se entiende el número de señales aferentes o de asociaciones
fluyentes que pueden mantenerse en el centro de una conciencia lúcida, adquiriendo carácter
dominante.
Estabilidad de la atención es la permanencia con que los procesos destacados por la misma
pueden conservar su carácter dominante.
Las oscilaciones de la atención conciernen al carácter cíclico del proceso merced al cual
determinados contenidos de la actividad consciente bien adquieren valor dominante o lo pierden.
¿Qué factores determinan, pues, la atención del hombre? Cabe destacar, por lo menos, dos
grupos de factores que aseguran el carácter selectivo de los procesos psíquicos, determinando
tanto la orientación como el volumen y la estabilidad de la actividad consciente.
El primer grupo comprende los factores que caracterizan la estructura de los estímulos externos
que llegan al hombre (o estructura del campo externo); el segundo, los factores concernientes a la
actividad del propio sujeto (estructura del campo interno).
Detengámonos en cada grupo por separado.
Integran el primer grupo de factores derivados de los estímulos que el sujeto percibe desde el
exterior; ellos determinan la orientación, el volumen y la estabilidad de la atención, y guardan
relación con los factores estructurales de la percepción.
El primer factor perteneciente a este grupo es la intensidad (fuerza) del estímulo. Cuando el
sujeto se halla ante un grupo de estímulos iguales o dispares, uno de los cuales se destaca por su
intensidad (magnitud, colorido, etc.), su atención se ve atraída cabalmente por ese estímulo. Es
natural que cuando un sujeto entra en una habitación débilmente iluminada al instante atraiga su
atención una bombilla que de pronto se enciende. Y en los casos en que en el campo perceptivo
aparecen dos estímulos de igual intensidad y las relaciones entre ambos se hallan tan equilibradas
que ninguno de ellos es dominante, viene a ser característico que la atención del hombre adquiera
[1]
un carácter inestable y surjan oscilaciones de la atención, en virtud de las cuales ora uno, ora otro
de aquéllos se hace dominante. Al analizar las leyes de la percepción estructural, citamos ya
ejemplos de esas <<estructuras inestables>>.
El segundo factor externo determinante del sentido de la atención es la novedad del estímulo o
su diferencia con respecto a otros estímulos.
Si entre estímulos bien conocidos aparece uno que se distingue radicalmente de los demás o es
inusitado, nuevo, comienza a atraer en seguida la atención y suscita un especial reflejo de
orientación.
Así sucede, por ejemplo, cuando entre círculos iguales aparece una cruz solitaria, rotundamente
distinta a las demás figuras; en una segunda prueba, presentando varias filas de líneas similares,
en una de las cuales hay un vacío que diferencia este sitio de los restantes; y en tercer lugar, si
entre grandes puntos idénticos situamos uno pequeño, distinto de aquéllos. Es fácil advertir que
en todos los casos la atención se dirige al elemento <<nuevo>>, discernible, que a veces conserva
la misma pujanza que los otros estímulos habituales, y en ocasiones hasta puede ser más débil
que aquéllos por su intensidad. Basta recordar que cuando un ruido habitual, reiterado y monótono
(verbigracia, el estruendo de un motor) cesa de pronto, el cese de estimulación puede convertirse
en el factor que atraiga la atención.
Las dos condiciones mencionadas determinan el sentido de la atención. Pero existen factores
externos que determinan también el volumen de la misma.
Ya dijimos anteriormente que la percepción de los estímulos que llegan al hombre desde el
medio exterior depende de la organización estructural de los mismos. Fácilmente vemos la
imposibilidad de percibir con acierto gran número de estimulaciones dispersas y en desorden, más
podemos hacerlo sin dificultad cuando están organizadas en estructuras definidas.
La organización estructural del campo perceptivo constituye uno de los más potentes medios de
dirigir nuestra percepción y uno de los factores de mayor alcance para ampliar su volumen; y la
organización estructural, psicológicamente fundada y racional, del campo perceptivo es una de las
tareas esenciales de la ingeniería psicológica. No es difícil advertir la trascendencia que adquiere
el asegurar las fórmulas más racionales para organizar el flujo de informaciones que llega a un
aviador que gobierna los mecanismos de aviones rápidos y ultrarrápidos.
Todos los factores enumerados, determinantes del sentido y el volumen de la atención, figuran
entre las peculiaridades de los estímulos externos que influyen en el sujeto o, dicho en otros
términos, se relacionan con la estructura de la información que procede del medio exterior.
Se hace evidente, pues, la importancia de tener en cuenta dichos factores para aprender a
gobernar la atención humana sobre bases científicas.
Al segundo grupo de factores, determinantes del sentido de la atención, pertenecen los que se
hallan relacionados no tanto con el medio externo como con el propio sujeto y con la estructura de
su actividad.
A este grupo de factores corresponde ante todo la influencia que las necesidades, los intereses
y las <<disposiciones>> del sujeto ejercen sobre su propia percepción y el curso de su actividad.
Al analizar los problemas de la evolución biológica del comportamiento de los animales, vimos
ya el papel decisivo que en dicho comportamiento desempeña la trascendencia biológica de las
señales. Indicábamos entonces que el ánade destaca los olores vegetales y el azor los pútridos,
que son para ellos vitalmente esenciales; que la abeja reacciona ante las formas complejas
constituidas en indicios florales, desatendiendo las formas geométricas sencillas, para ella
desprovistas de importancia biológica; y que, reaccionando vivamente al escarbo del ratón, el gato
no presta atención al ruido que se hace al hojear un libro o al susurro de un periódico. El hecho de
que la atención de los animales se ve atraída por las señales vitales importantes es bastante bien
conocido.
Todo esto concierne de igual modo al hombre, con la única diferencia de que las necesidades y
los intereses que caracterizan a éste en su inmensa mayoría no entrañan instintos o inclinaciones
biológicas, sino que suponen complejos factores estimulativos formados a través de la historia
social. Verbigracia, el hombre que se interesa por el deporte, entre toda la información que le
llega, destaca la que se refiere a un partido de fútbol; mientras que el que se halla interesado por
las novedades de la radiotécnica presta atención a los libros de la estantería relacionados
justamente con esa materia.
[2]
Es fácil convencerse de que el vigoroso interés de una persona hace que unas señales sean
dominantes, a la vez que se inhibe de todas las marginales que no tienen relación con la esfera de
sus inquietudes. Hechos harto conocidos nos hablan de que ciertos científicos ensimismados en la
solución de problemas complejos, dejan de percibir todas las estimulaciones accesorias,
denotando claramente lo dicho.
Para comprender los factores que orientan la atención humana, tiene una importancia esencial
la organización estructural de la actividad del hombre.
Sabemos que la actividad humana viene determinada por una necesidad o una motivación y
siempre va encaminada a un cierto objetivo. Si bien la motivación, en algunos casos, puede no
estar concienciada, el hombre siempre tiene conciencia de la finalidad y el objeto de su actividad.
Sabemos, por último, que el objetivo de la acción se distingue cabalmente de los medios y de las
operaciones mediante los cuales se consigue. Mientras las operaciones en cuestión no están
automatizadas, la ejecución de cada una de ellas constituye el objetivo del fragmento dado de
actividad y atrae hacia sí la atención; basta recordar cómo tensa la atención un tirador inexperto al
soltar el gatillo o bien un mecanógrafo principiante al golpear cada tecla de la máquina de escribir.
Cuando la actividad se automatiza, las operaciones concretas integrantes de la misma dejan de
atraer la atención y empiezan a transcurrir de forma inconsciente, mientras que subsiste la plena
conciencia del objetivo fundamental. Bastará con analizar atentamente el proceso de ejecución del
tiro en un tirador bien instruido o el de escritura a máquina en una experta mecanógrafa, para
convencerse de ello.
Todo ello muestra que el sentido de la atención viene determinado por la estructura psicológica
de la actividad y depende sustancialmente del grado de automatización de aquélla. La tarea
general que orienta la actividad del hombre destaca como objeto de su atención el sistema de
señales o conexiones integrantes de la actividad suscitada por ella misma, y el objetivo concreto
que se plantea el hombre ejecutor de una tarea, sitúa en el centro de la atención los actos o
señales relacionados con aquélla. El proceso de automatización de la actividad conduce a que
unos actos concretos, que atraían la atención, se conviertan en operaciones automáticas, y la
atención del hombre empieza a desplazarse hacia los objetivos finales, dejando de fijarse en las
operaciones habituales una vez consolidadas. Y apenas ofrece duda que lo más importante es
que el sentido de la atención depende directamente del acierto o desacierto de la actividad.
La culminación acertada de la actividad elimina de golpe la tensión que el sujeto se mantuvo
mientras trató de resolver el problema. Por ejemplo, la persona que echa una carta al buzón de
correos, al instante olvida el propósito cumplido, que deja de preocuparle. Al contrario, la actividad
inacabada o la tarea ejecutada con desacierto siguen causando tensión y fijando la atención,
reteniéndola, hasta que no se realizan adecuadamente.
En cuanto mecanismo de control, la atención integra el aparato <<aceptor del hecho>>:
garantiza las señales indicadoras de que la tarea aún no se ha cumplido, la acción no ha
terminado, y esta retroalimentación incita al sujeto a continuar su labor activa.
Así pues, la atención del hombre viene determinada por la estructura de su actividad, refleja el
curso de la misma y sirve de mecanismo para su control.
Todo ello hace que la atención sea uno de los aspectos más esenciales de la actividad
consciente del hombre.
Durante mucho tiempo psicólogos y fisiólogos han intentado describir los mecanismos que
determinan el flujo selectivo de los procesos de excitación que sirven de base a la atención. Pero a
través de un largo periodo esos intentos se limitaron únicamente a indicar uno u otro factor y
adoptaron más bien un carácter descriptivo y no un auténtico desglose de los mecanismos
fisiológicos de la atención.
Algunos psicólogos estimaban que el sentido y el volumen de la atención eran determinados
totalmente por las leyes de la percepción estructural, en virtud de lo cual consideraban superfluo
constituir el estudio investigativo de la atención como un capítulo especial de la psicología; creían
que el conocimiento de las leyes de la <<nitidez>> y de la <<estructuralidad>> de la percepción,
entre otras, era suficiente para enjuiciar de modo exhaustivo el flujo de la atención. Esa era la
[3]
posición ocupada por los representantes de la Psicología, de la Gestalt, uno de los cuales dedicó
incluso un artículo especial a este problema, tratando de probar la tesis de que la atención no
existe como categoría singular de los procesos psíquicos al margen de la percepción.
Un segundo grupo de psicólogos mantenía las concepciones de la teoría <<afectiva>> de la
atención. Suponían que el sentido de la atención viene enteramente determinado por las
inclinaciones, necesidades y emociones, no rebasa los marcos de sus leyes, y que la atención no
debe diferenciarse como proceso psíquico.
Por último, un tercer grupo de psicólogos, que enfocan el problema desde las posicione de la
<<teoría motora de la atención>>, ve en ésta una expresión de las disposiciones motoras que
subyacen a todo acto volitivo, y estiman que el mecanismo de la atención está constituido por las
señales de los esfuerzos musculares que caracterizan cualquier tensión suscitada por una
actividad concreta, encaminada al logro de cierta finalidad.
Es fácil advertir que cada una de esas teorías destaca algún elemento componente de la
atención, pero de hecho ninguna intenta abordar el problema de los mecanismos fisiológicos
generales que subyacen a la atención.
Serias dificultades surgieron ante los fisiólogos que formularon alguna hipótesis acerca de las
bases fisiológicas generales de la atención.
Durante mucho tiempo estos intentos tuvieron un carácter demasiado general y consistían más
bien en describir las condiciones generales del flujo selectivo de la estimulación, y no en desglosar
los mecanismos fisiológicos especiales de la misma.
Uno de los intentos más tempranos fue la hipótesis del notable fisiólogo inglés Sherrington,
hipótesis que después llegó a conocerse ampliamente con el nombre de <<teoría general del
campo motor>> o <<embudos de Sherrington>>. Observando el hecho de que las neuronas
sensitivas de las astas posteriores de la médula espinal son muchas más que las neuronas
motoras, Sherrington enunció la tesis de que no todo impulso motor puede llegar a su final
dinámico, de modo que un gran número de las estimulaciones sensitivas tiene su <<campo motriz
general>>, y que la relación de los procesos sensitivos y motores puede compararse con un
embudo, por cuyo orificio ancho entran los impulsos sensoriales y por el estrecho salen los
motores. Es fácil advertir que entre los impulsos sensitivos brota una <<lucha por el campo motriz
general>>, en la que vencen los más fuertes, los impulsos más preparados o que configuran
determinado sistema biológico. Pese a que Sherrington fue uno de los primeros fisiólogos que
estudiaron la actividad integrativa del encéfalo y que formuló la tesis de la estructura sistémica de
los procesos fisiológicos, la teoría de la <<lucha por el capo motriz general>> sólo señala los
mecanismos fisiológicos que subyacen a la atención en sus rasgos más generales.
Ese mismo carácter general, más bien metafórico, tienen también las primeras formulaciones de
I. P. Pávlov, quien comparaba la atención (y la conciencia lúcida) a un foco de excitación óptima
moviéndose por la corteza cerebral a semejanza de <<una mancha luminosa que se desplaza>>.
La idea de un foco de excitación óptima como base de la atención adquirió en adelante gran
trascendencia y se aproximó a ciertos mecanismos fisiológicos esenciales de la atención, aunque,
por supuesto, era demasiado general para explicar satisfactoriamente dichos procesos.
Una valiosa aportación al análisis de los mecanismos fisiológicos de la atención fue la del
eminente fisiólogo ruso A. A. Ujtomski. Según sus concepciones, la excitación se distribuye por el
sistema nervioso desigualmente, y toda actividad instintiva (como también los procesos reflejos
condicionados) puede crear en el sistema nervioso unos focos de excitación óptima que adquieren
carácter dominante. Estos focos, a los que A. A. Ujtomski designa con el término de dominantes,
no sólo prevalecen sobre los demás y hacen inhibirse a otros focos con ellos coexistentes, sino que
incluso adquieren la capacidad de vigorizarse bajo el influjo y la acción de excitaciones extrañas.
Verbigracia, la rana, en la que durante cierto periodo se engendra un foco dominante de reflejo
prevalente de las patas delanteras, reacciona a la excitación de las patas traseras reforzando el
carácter prevaleciente de aquéllas, dominadoras del movimiento. Esta capacidad de frenar los
reflejos accesorios y de intensificarse incluso bajo el influjo de excitantes extraños –propia del foco
dominante- fue valorada por A. A. Ujtomski como proceso algo similar a la atención, y justamente
eso le sirvió de base para enjuiciar el foco dominante como mecanismo fisiológico de la atención.
La aportación de la teoría de los <<dominantes>> al análisis de los mecanismos fisiológicos del
flujo selectivo de las estimulaciones es indudable. Ahora bien, hacía falta encontrar, además, las
vías concretas que subyacen a los distintos tipos de actividad selectiva de los animales y del
[4]
hombre, así como los sistemas neurofisiológicos que sirven de base a la misma. Y esta labor ha
sido, pues, efectuada por los neurofisiólogos en el transcurso de los últimos 20 años.
[5]
Resultó, pues, que la estimulación de la formación reticular del tronco suscitaba la aparición de
oscilaciones eléctricas rápidas en la corteza cerebral, así como de fenómenos de
<<asincronismo>> característicos del estado de vigilia activa de la misma. Como resultado de la
estimulación de los núcleos de la formación reticular ascendente en los tramos superiores del
tronco cerebral, las excitaciones sensoriales empezaban a suscitar dilatadas modificaciones en la
actividad eléctrica de la corteza, lo que mostraba la acción intensificadora y afianzante de la
formación reticular sobre los elementos corticales sensoriales.
Por último, lo que entraña singular importancia, la estimulación de los núcleos de la formación
reticular activadora ascendente acrecentaba la movilidad de los procesos nerviosos en la corteza
cerebral. Así, pues, si en condiciones habituales dos estímulos que se suceden rápidamente
suscitaban una sola reacción eléctrica del córtex, <<carente de tiempo>> para reaccionar a los
estímulos por separado, en cambio, tras la excitación de los núcleos del tronco pertenecientes a la
formación reticular activadora ascendente cada uno de esos estímulos empieza a suscitar una
respuesta aislada, lo que habla de una elevación substancial de la movilidad con que transcurren
en la corteza los procesos de excitación.
Estos fenómenos electrofisiológicos armonizan con los resultados obtenidos en las pruebas
psicológicas de Lindsley, quien demostró que la excitación de los núcleos del tronco de la
formación reticular activadora ascendente reduce esencialmente los umbrales de la sensibilidad del
animal (en otros términos, agudizan la sensibilidad) y permiten sutiles diferenciaciones (por
ejemplo, entre la representación de un cono y la de un triángulo) que antes eran inasequibles al
animal.
Investigaciones posteriores efectuadas por algunos autores (Doti, Hernández-Peón y otros)
mostraron que si bien la sección de las vías de la formación reticular ascendente conlleva la
desaparición de reflejos condicionados anteriormente elaborados, en cambio, la estimulación de los
núcleos de dicha formación hace posible la elaboración de reflejos condicionados incluso con
excitaciones de <<preumbral>> con las que antes no se conseguían los mencionados reflejos.
Todo esto habla claramente del influjo activador de la formación reticular ascendente sobre la
corteza cerebral y revela que dicha formación asegura el estado óptimo del córtex necesario para
vigilia.
Surge, no obstante, la pregunta: ¿asegura la formación reticular ascendente sólo un influjo
activador general sobre la corteza o bien su influencia activadora tiene rasgos selectivos
específicos?
Hasta la fecha muy reciente los investigadores estaban inclinados a considerar el influjo
activador señalado como de índole modal-no específica: se manifestaba igualmente en todos los
sistemas sensoriales y no revelaba influencia selectiva alguna sobre ninguno de ellos (vista, oído,
etc.).
Últimamente se han obtenido datos indicadores de que el influjo activador de la formación
reticular ascendente conlleva también un carácter específico selectivo. Ahora bien, la especificidad
de esas influencias es de otro orden: asegura no tanto la activación selectiva de los distintos
sistemas sensoriales como la activación similar de los diversos sistemas biológicos: de los reflejos
de nutrición, defensa y orientación. Así lo hizo notar el renombrado fisiólogo soviético P. K Anojin,
quien mostró que existen ciertos elementos de la formación reticular ascendente que activan
distintos sistemas biológicos y son sensibles a diferentes agentes farmacológicos.
Se demostró que el uretano suscita el bloqueo del estado de vigilia y da lugar a sueño, pero no
entraña el bloqueo de los reflejos defensivos contra el dolor; por el contrario, la aminasina no
suscita el bloqueo de la vigilia, sino que conlleva el de los reflejos de defensa relativos al dolor.
Estos datos dan razones para pensar que también en el influjo activador de la formación
reticular ascendente hay cierta selectividad, más ella corresponde únicamente a los sistemas
biológicos fundamentales que estimulan el organismo para el ejercicio de una actividad dinámica.
No tienen menos interés para la psicología los impulsos selectivos que asegura la formación
reticular activadora descendente, cuyos filamentos arrancan de la corteza cerebral (especialmente
de las áreas mediales de los lóbulos frontal y temporal) y desde allí se dirigen a los tractos
superiores del tronco.
Hay razones para suponer que este sistema precisamente desempeña un cometido esencial en
asegurar el influjo activador selectivo en cuanto a los tipos y componentes de la actividad que se
[6]
forman con la participación inmediata de la corteza cerebral, y que esos influjos cabalmente tiene la
más íntima relación con los mecanismos fisiológicos de las formas superiores de la atención.
Las referencias anatómicas muestran que las fibras descendentes de la formación reticular se
inician prácticamente en todas las zonas de la corteza cerebral, más, en especial, arrancan de las
secciones mediales y mediobasales del lóbulo Fontal y de su región límbica. Como punto de
partida pueden servir tanto ciertas neuronas de áreas profundas de muchas zonas de la corteza
cerebral, como determinados grupos peculiares de neuronas que mayormente se hallan en las
zonas límbicas del encéfalo (hipocampo) y en los núcleos basales (cuerpo caudado). Estas
neuronas difieren esencialmente de las neuronas específicas que reaccionan ante ciertas
propiedades aisladas concretas de las estimulaciones visuales o auditivas. A diferencia de ellas,
las neuronas en cuestión no reaccionan ante excitaciones específicas (visuales o acústicas) de
ninguna índole: basta un pequeño número de reiteraciones de los mencionados excitantes para
que <<se habitúen>> a ellos y dejen de responder a la presentación de éstos con descargas de
cualquier orden. Pero basta con que aparezca una modificación cualquiera del excitante para que
las neuronas respondan a la misma con descargas. Es característico el hecho de que las
descargas pueden surgir dentro del grupo dado de neuronas en igual medida al modificarse
cualesquiera excitantes (táctiles, visuales o acústicos) y no sólo cual se intensifican, sino también
cuando se debilitan los mismos o falta la excitación esperada (por ejemplo, al omitirse uno de los
excitantes en una serie rítmica), suscitándose el funcionamiento activo de dichas neuronas.
En virtud de esas peculiaridades, algunos autores –por ejemplo, el notable neurofisiólogo
canadiense Jasper- propusieron denominarlas <<neuronas de la novedad>> o <<células de la
atención>>. Es sintomático que durante el periodo en que el animal espera las señales o busca la
salida del laberinto, precisamente en estas regiones de a corteza (donde hasta un 60% del total de
neuronas pertenecen al grupo que acabamos de describir) surgen las descargas activas, que
cesan al eliminarse el estado de espera diligente.
Esto nos dice que las regiones involucradas en la corteza y las neuronas no específicas que en
ellas se encuentran y que reaccionan a todo cambio de las circunstancias, constituyen un aparato
cardinal que modifica el estado de actividad de la corteza y regula su disposición a la acción.
Si bien en el animal la parte más esencial del cerebro que desempeña un papel trascendente en
la regulación del estado de alerta, está formada por las áreas mediales de la región límbica y de los
núcleos basales, en cambio, en el hombre, con sus complejísimas formas de actividad, altamente
desarrolladas, el aparato recto que regula el estado de actividad son los lóbulos frontales del
cerebro.
En sus investigaciones, el ilustre fisiólogo inglés Grey Walter ha mostrado que todo estado de
espera activa (verbigracia, la espera de la tercera o quinta señal, en respuesta a la cual el
examinando ha de apretar un botón), suscita la aparición en los lóbulos frontales del cerebro de
oscilaciones eléctricas singulares y lentas, a las que ha llamado <<ondas de espera>>. Estas
ondas se intensifican acusadamente cuando crece la probabilidad de aparición inmediata de la
señal esperada, se debilitan cuando dicha probabilidad decrece y desaparecen por entero al
anulare las instrucciones de esperar la aparición de las señales.
Una segunda prueba de la función que desempeña la corteza de los lóbulos frontales del
cerebro en la regulación del estado de actividad, reside en los experimentos realizados por el
notable fisiólogo soviético M. N Livánov.
Haciendo derivar las corrientes de acción de gran número de puntos del cráneo,
correspondientes a distintas áreas de la corteza, M. N. Livánov demostró que toda tensión
intelectual (por ejemplo, la que surge al resolver ejercicios aritméticos de cierta complejidad, como
puede ser el de multiplicar dos números de varias cifras) suscita la aparición en los lóbulos
frontales del cerebro de gran número de puntos que trabajan sincronizadamente, fenómeno que
continúa hasta que la tensión cesa, y desaparece cuando el problema se resuelve. Entraña
singular interés que el número de puntos que actúan de modo sincronizado en la corteza frontal
deviene especialmente grande en aquellos estados patológicos del cerebro que se caracterizan por
elevada tensión estable (como tiene lugar, por ejemplo, en los aquejados de esquizofrenia
paranoide), y desaparece tras el empleo de fármacos que eliminan la tensión.
Todo ello indica que los lóbulos frontales del cerebro tienen importancia decisiva en la aparición
de las excitaciones que reflejan el cambio de los estados de actividad del hombre.
[7]
Un estado de excitación <<no específica>> elevada en la corteza de la región límbica del animal
y de los lóbulos frontales del cerebro humano, constituye la fuente de los impulsos que luego
descienden por las fibras de la formación reticular descendente hasta los tramos superiores del
tronco y ejercen una influencia substancial en su funcionamiento.
Según indican las observaciones de relevantes neurofisiólogos (Frech, Nauta, Lagourin y otros),
las excitaciones de las áreas de la corteza cerebral suscitan una serie de cambios en la actividad
eléctrica de los núcleos del tronco y dan lugar a la activación del reflejo de orientación.
Así, pues, al excitar las áreas occipitales de la corteza cerebral pueden modificarse
substancialmente las respuestas eléctricas procedentes de las zonas del sistema óptico (S. N.
Narikashvili). La estimulación de la corteza sensomotora engendra ya una disminución de las
respuestas suscitadas en las áreas subcorticales del sistema motor, ya una detención de las
mismas. Más aún, la estimulación de algunos sistemas puede motivar la aparición de una serie de
reacciones conductuales que forman parte del reflejo de orientación.
También conducen a fenómenos similares las formas complejas de actividad del animal que
suscitan en la corteza focos de excitación elevada, cuya influencia se extiende luego a las
formaciones del tronco, a través de la formación reticular descendente. Hechos análogos han sido
descritos por el fisiólogo mexicano Hernández-Peón, quien ha observado que las descargas
eléctricas activas de los núcleos del nervio acústico que surgen en un gato como respuesta a
chasquidos sonoros, desaparecen cuando al gato se le muestra un ratón o cuando él percibe olor a
pescado. Estos hechos indican que los focos de excitación surgidos en la corteza cerebral pueden,
ora elevar, ora bloquear el trabajo de las formaciones subyacentes del tronco cerebral, o, dicho en
otros términos, regular los estados de actividad que afloran con la participación de los mismos.
Idéntica participación de la corteza respecto a la actividad de las formaciones subyacentes se
puede observar en los casos en que desaparece el influjo activador de la corteza cerebral.
Por ejemplo, la extirpación de la corteza límbica en los animales conlleva nítidos cambios en la
actividad eléctrica de los distintos niveles del tronco cerebral y notorias alteraciones en el
comportamiento de los mismos. Por una parte, la destrucción de la corteza o es descenso de su
influjo conduce a la activación patológica del reflejo de orientación y a la pérdida de su carácter
selectivo, lo que en la ciencia moderna se justiprecia como eliminación de las influencias
inhibitorias de la corteza sobre los mecanismos de la estructura subcortical del tronco encefálico.
Todo ello muestra que el sistema reticular ascendente y descendente, vía de conexión de la
corteza cerebral con las formaciones del tronco mediante nexos bilaterales, entraña no ya un
influjo general, sino también una activación selectiva; y, además, si bien el sistema reticular
ascendente, que hace llegar a los impulsos a la corteza cerebral, subyace a las formas de
activación biológicamente condicionadas (relacionada tanto con los procesos metabólicos y las
disposiciones elementales del organismo, como la influencia general activadora del flujo de
excitaciones), en cambio, el sistema reticular descendente suscita el influjo activador de los
impulsos que surgen en la corteza cerebral sobre las formaciones subyacentes, asegurando así las
formas superiores de activación selectiva del organismo con respecto a tareas concretas surgidas
ante el hombre y en cuanto a las complejísimas formas de su actividad consciente.
[8]
condicionados que se forman a partir de aquéllos, crean un cierto foco dominante de estimulación,
cuyo flujo se subordina a las leyes de los <<dominantes>>.
Entre todos los tipos de actividad reflejada hay que destacar uno en virtud del cual el
comportamiento del animal no obedece a ninguna de las motivaciones de la conducta antes
enumeradas y que tampoco es reflejo alimenticio, ni defensivo, ni sexual. Tiene como base la
respuesta activa del animal a todo cambio de la situación suscitando en él una activación general y
una serie de reacciones selectivas encaminadas a conocer esas modificaciones situacionales. I. P
Pávlov llamó a este tipo de reflejos <<orientadores>> o indagatorios, reflejos de << ¿qué es esto?
>>.
El reflejo de orientación se manifiesta por una serie de reacciones electrofisiológicas, vasculares
y motoras evidentes que aparecen siempre que en la situación circundante al animal surge algo
insólito o esencial. Entre dichas reacciones figuran la vuelta de ojos y de cabeza hacia el lado
donde se halla el nuevo objeto, la reacción de alerta y de escucha, y, en el hombre, la respuesta
dérmico-galvánica (cambio de la resistencia de la piel al paso de la corriente eléctrica o aparición
de potenciales eléctricos propios de la epidermis), las reacciones vasculares (constricción de los
vasos sanguíneos del brazo y dilatación de los correspondientes a la cabeza), alteraciones de la
respiración y, por último, la aparición de los fenómenos de <<asincronismo>> en las reacciones
bioeléctricas del cerebro, expresadas en la depresión del <<ritmo-alfa>> (10-12 oscilaciones por
segundo, característico del funcionamiento de la corteza cerebral en estado de reposo). Todos
estos fenómenos se pueden observar siempre que surge una reacción de alerta o reflejo de
orientación suscitado por la aparición de un estímulo nuevo o esencial para el sujeto.
Entre los científicos no existe aún respuesta unánime a la pregunta de si el reflejo de
orientación es una reacción incondicionada o condicionada.
Por su carácter congénito, cabe situar el reflejo orientador entre los incondicionados. El animal
responde con una reacción de alerta a cualesquiera nuevos estímulos sin aprendizaje alguno;
según este indicio, el reflejo orientador figura entre las reacciones incondicionadas y congénitas del
organismo. La existencia de neuronas especiales que responde con descargas a cualquier cambio
en la situación, indica que determinados elementos nerviosos y su acción le sirven de base.
Más, por otra parte, el reflejo de orientación ostenta ciertas características que lo distinguen
esencialmente de los habituales reflejos incondicionados: con la reiteración sucesiva de un mismo
estímulo pronto acaban por extinguirse los fenómenos del reflejo de orientación, el organismo se
habitúa a dicho estímulo, y la presencia del mismo deja de suscitar las reacciones descritas. Este
ocaso de las reacciones orientadoras ante los estímulos reiterados se denomina adaptación.
Procede señalar que esa desaparición del reflejo orientador a causa de la adaptación puede
constituir un fenómeno transitorio, y que basta una pequeña variación del estímulo para que la
reacción orientadora surja de nuevo. Este fenómeno de aparición del reflejo de orientación debido
a un ínfimo cambio del estímulo se denomina a veces reacción de excitación (o arousal). Es
característico que esa nueva aparición del reflejo –conforme señalamos ya anteriormente- puede
tener lugar no sólo al reforzarse el estímulo acostumbrado, sino también al debilitarse, y aun al
desaparecer éste por entero. Así, pues, en principio basta <<extinguir>> los reflejos orientadores
ante ciertos estímulos administrados rítmicamente, y, luego, cuando las reacciones orientadoras a
cada estímulo ya hayan desaparecido como resultado de la adaptación, no producir una de las
excitaciones rítmicas. Pues bien, la ausencia del estímulo esperado, en este caso suscita la
aparición del reflejo de orientación.
Por todos estos rasgos de su dinámica, el reflejo de orientación difiere substancialmente del
reflejo incondicionado. Cabe hacer notar asimismo el hecho de que el reflejo orientador puede
suscitarse también mediante un estímulo condicionado: podemos obtenerlo si hacemos al animal
una señal condicionada que anuncie la aparición de algún cambio en la situación circundante.
Respecto al hombre, una palabra puede servir de señal que suscite en él los fenómenos de
acecho, alerta y espera de la señal.
Sería erróneo creer que el reflejo orientador tiene el carácter de activación generalizada y total
del organismo. En realidad puede tener carácter diferenciado y selectivo, con una selectividad que
viene a revelarse tanto respecto a las señales aparecidas como respecto a la índole de los
efectores motrices que suscitan el <<estado de alerta>>.
Esto es fácil de advertir cuando durante largo tiempo damos una cierta señal al sujeto,
verbigracia, un sonido de un tono determinado, y todas las reacciones al mismo se extinguen en
[9]
virtud de la adaptación; ahora bien, esa adaptación tendrá carácter selectivo, y bastará una
alteración mínima del tono del sonido para que todo el conjunto de reacciones orientadoras
aparezca de nuevo. Este procedimiento ha permitido al investigador soviético E. N. Sokolov
evaluar objetivamente la selectividad que caracteriza las reacciones orientadoras (o <<reacciones
de excitación>>) en cuanto a las señales diferenciadas y hablar de un <<modelo nervioso de
estímulo>>, que se revela con ayuda de este método.
<<Disposición>> y atención
La alta selectividad del reflejo de orientación puede manifestarse asimismo en cuanto a su parte
motriz y efectora. Las investigaciones prueban que cuando el hombre espera el encendido de una
luz se producen cambios en las respuestas eléctricas (<<de los potenciales evocados>>) de su
área óptica (occipital); más si espera una excitación dolorosa, dicho cambio se efectúa en la zona
sensomotora de la corteza.
Cuando se advierte al sujeto que como respuesta a una señal ha de reaccionar con un
movimiento de la mano derecha, la espera de dicha señal suscita un cambio en los fenómenos
eléctricos (el electromiograma) de los músculos de la mano izquierda. Lo contrario sucede cuando
al sujeto se le advierte que en respuesta a la señal ha de efectuar el movimiento con la mano
izquierda. Este encontrarse presto para ejecutar determinado movimiento se llama
<<disposición>> (<<set>>) a dicho movimiento, y sus rasgos objetivos entrañan un carácter
rigurosamente selectivo.
Estos hechos indican también que la reacción de activación, inserta en el sistema de reflejo
orientador, puede tener riguroso carácter selectivo.
Pues bien, dicha entidad selectiva de la <<disposición>>, suscitada en el hombre en orden a
aprestarse al ejercicio de alguna actividad, ha sido estudiada con toda minuciosidad por el
eminente psicólogo soviético D. N. Uznadze en sus conocidísimos experimentos con disposición
fijada.
Si al sujeto se le propone palpar varias veces con la mano derecha una esferilla, tras hacerlo,
queda en él una <<disposición u orientación fijada>>: la disposición a que a la mano derecha se le
facilite una esfera mayor. Y cuando de improviso se colocan en ambas manos del examinando
esferas iguales, dicho estímulo entra en conflicto con la esperada desigualdad y la esfera colocada
en la mano derecha –por contraste con lo esperado- se valora como menor que la puesta en la
mano izquierda.
Esta disposición revelada en la <<ilusión del contraste>> que acabamos de describir subsiste
durante algún tiempo, y luego se extingue de modo gradual. Este proceso de extinción de la
disposición fijada puede entrañar diverso carácter en sujetos diferentes: en unos casos la
disposición creada se extingue gradualmente y manifiesta oscilaciones (ora aparece la ilusión del
contraste, ora desaparece, hasta que acaba extinguiéndose por entero); en otros, no dura sino un
tiempo brevísimo y desaparece de súbito. Las diferencias individuales en la disposición creada se
revelan asimismo en el grado de selectividad de la misma. En ciertos sujetos, la disposición a la
distinta magnitud de las esferas, motivada por el experimento descrito, se reduce sólo al área
motor y se manifiesta únicamente en las pruebas mencionadas, palpando las esferas, y, por
consiguiente, tiene carácter concentrado. En otros, se ha extensiva a otros dominios, y una vez
que la ilusión descrita es suscitada en el área motora (palpación de esferas de dimensiones
distintas con ambas manos), se revela también en el campo óptico: en la ilusión de que de dos
circunferencias de diámetro igual, la derecha (la correspondiente a la mano derecha) es menor que
la izquierda; este fenómeno indica el carácter irradiador de la disposición provocada.
Los experimentos sobre la disposición constituyen un método investigativo especial de los
fenómenos de activación en el hombre, y muestran en qué medida éstos pueden entrañar un
carácter selectivo. Abren nuevas perspectivas para investigar los procesos de la activación en el
ser humano y analizar los factores que la regulan.
Los fenómenos del <<reflejo orientador>> relacionados con la <<activación >> pueden
suscitarse por un cambio cualquiera de orden ambiental o por la espera de un estímulo nuevo o
esencial. Se extinguen de modo gradual a consecuencia de la <<habituación>> y aparecen de
nuevo al cambiar el carácter habitual de los estímulos que actúan sobre el sujeto.
[10]
Todos estos fenómenos son de entidad natural y sirven de base a la atención involuntaria.
Sin embargo, el hombre tiene la posibilidad de modificar las leyes naturales del curso del reflejo
orientador, hacer que la activación sea más estable, suscitar estados firmes y duraderos de
atención tensa, incluso en las condiciones en que en el carácter habitual del estímulo nada cambia
extrínsecamente, cuando ellas subsisten físicamente como tales, y cuando haría ya mucho tiempo
que los fenómenos del reflejo orientador habrían desaparecido en virtud de las leyes naturales.
Esa posibilidad de alargar el estado de activación duradera y rebasar los límites de las leyes
naturales que rigen su extinción puede alcanzarse en el hombre mediante señalización verbal.
Basta para ello sugerir al sujeto que cuente durante largo tiempo los estímulos presentados, o bien,
tras plantearle una tarea, que observe el cambio de los mismos. En estos casos, los estímulos
subsisten físicamente como tales, y pasado cierto tiempo las reacciones a ellos hubieran debido
extinguirse; más la señalización verbal, que formula ante el sujeto una tarea, mantiene el estado
constante de actividad. En el primer caso (cuando el sujeto cuenta el orden de los estímulos), cada
uno de éstos sigue siendo en lo físico bien conocido y antiguo, más psicológicamente supone cierto
número, se hace nuevo, y esto moviliza la atención del sujeto y mantiene un estado constante de
tono elevado. En el segundo caso, la tarea de aguardar a que aparezca algún cambio en el
estímulo transforma la observación de éste en una actividad de seguimiento diligente, en virtud de
lo cual la reacción de activación subsiste durante largo tiempo, pese a que los estímulos no
cambian físicamente.
Es característico que al anularse la mencionada señalización verbal desaparecen con rapidez
los indicios del reflejo de orientación que antes subsistían.
El efecto de una indicación verbal puede suscitar una pujante y a la vez rigurosa influencia
selectiva, creando un foco de excitación dominante y estable al tiempo que altera las habituales
relaciones de fuerza en la acción del estímulo.
Es notorio que un estímulo fuerte genera una reacción intensa, mientras que otra más débil la
suscita atenuada. Pues bien, estas relaciones naturales basadas en la intensidad de los estímulos
pueden cambiarse como resultado de instrucciones verbales que suscitan en el hombre una
atención selectiva hacia determinado estímulo. Sirve de ilustración a este hecho el registro de los
síntomas objetivos del reflejo de orientación con respecto a excitaciones de intensidad desigual.
Si en estado habitual una excitación fuerte y extraña motiva unas reacciones orientadoras
intensas (constricción de los vasos de la mano), en cambio unas señales sonoras débiles (suaves
tonos melódicos) no suscitan reacciones; sin embargo la indicación de contar el número de señales
sonoras suaves hace que prosigan las respuestas vasculares estables (indicio de reacción
orientadora), mientras que un ruido extraño fuerte no distrae al sujeto del cumplimiento de la tarea
ni tampoco suscita una reacción orientadora manifiesta de ninguna índole.
La posibilidad de regular los procesos de activación mediante instrucciones verbales constituye
uno de los hechos esenciales de la psicofisiología del hombre. Constituye la base fisiológica de las
formas superiores específicamente humanas de la atención, y el registro de la influencia de las
instrucciones verbales en los síntomas objetivos del reflejo orientador entraña uno de los más
importantes métodos psicofisiológicos de estudio de la atención humana.
Tipos de atención
[11]
el reflejo orientador se extingue de prisa o queda bloquead al aparecer cualquier otro estímulo), el
marco de su atención es relativamente reducido y el niño no puede repartirla entre varios estímulos
entre varios estímulos, ni retornar al precedente sin perder de vista el posterior.
La atención voluntaria sólo es inherente al hombre. Durante mucho tiempo ha sido un enigma
para la psicología, y cabe detenerse en ella especialmente.
Un hecho fundamental, indicativo de la existencia de un tipo especial de atención en el hombre,
impropio de los animales, radica en que éste puede concentrarla a voluntad tanto en un objeto
como en otro, incluso en los casos en que nada cambia dentro del ambiente que le rodea.
Revault d’Allones, psicólogo francés, dio el ejemplo más conocido de atención voluntaria y que
le sirvió de base para su filosofía idealista.
Si sugerimos a una persona que examine atentamente un tablero de ajedrez cuyos escaques
mantienen un carácter invariable, de conformidad con nuestras indicaciones o con las suyas
propias, sobre ese fondo homogéneo podrá destacar fácilmente las más diversas figuras. Ese
fondo invariable y homogéneo encierra multitud de estructuras diversas, y a tono con su deseo el
hombre puede destacar voluntariamente cualesquiera nuevas estructuras dentro de ese campo
inmutable. A veces, esta posibilidad de resaltar una estructura concreta dentro del campo se
manifiesta con mayor nitidez aún; y, conforme a su deseo, el hombre puede desatacar en el seno
de estructuras más precisas una menos precisa, salvando las leyes de la percepción estructural
anteriormente descritas por nosotros.
Así, pues, es claro que el hombre puede rebasar los marcos de las leyes naturales de la
percepción, no subordinándose a la acción de un fondo homogéneo o de unas estructuras
perceptivas groseras, sino destacando las estructuras que le son necesarias y cambiándolas a tono
con su deseo.
Todos estos hechos sirvieron de base a Revault d’Allones para fundamentar la concepción
idealista de los procesos psíquicos del hombre, indicando que si el comportamiento del animal se
supedita al influjo directo del medio, en cambio la conducta del hombre tiene la posibilidad de crear
a voluntad cualesquiera esquemas y subordinar el comportamiento humano a esa
<<esquematización >> libre, considerada por dicho autor como atributo fundamental del espíritu
humano.
Fenómenos análogos cabía observar también en la organización de los movimientos del
hombre: basta que el hombre decida levantar la mano para que ésta se alce automáticamente; este
fenómeno fue designado por el notable psicólogo James con el término latino de << ¡fiat!>>
(<<hágase>>), viendo en él la más sencilla prueba de la existencia del libre albedrío, no
subordinado a las leyes de la naturaleza y determinando por sí mismo el comportamiento del
hombre.
Observaciones posteriores mostraron que hasta el mero pensamiento del ademán a ejecutar
con la mano engendra en ésta una tensión que se puede registrar mediante las modificaciones del
electromiograma correspondiente a la misma. Estos fenómenos obtuvieron en psicología el
nombre de <<actos ideomotores>> y se han venido citando a menudo como ilustraciones de los
influjos de la representación sobre el movimiento.
Por último, esos mismos fenómenos de atención voluntaria también pueden ser observados en
la actividad intelectual, cuando el hombre se plantea ante sí mismo la tarea correspondiente y ésta
determina el subsiguiente flujo selectivo de sus asociaciones.
De ahí que los fenómenos de la atención voluntaria se catalogasen por los manuales clásicos
de psicología en el capítulo de <<Voluntad>> y se utilizaran para ilustrar las tesis sobre la psique
según las cuales el hombre no se subordina a las leyes objetivas de la naturaleza, sino que
depende de los influjos emanantes del alma libre.
Es fácil advertir que todas esas observaciones describían hechos realmente existentes, pero la
explicación de los mismos se hizo imposible en los marcos de la psicología científico-natural
tradicional, y eso cabalmente abrió las puertas de par en par a las hipótesis idealistas, anti-
científicas, sobre la influencia del <<libre albedrío>> en el curso de los procesos psíquicos del
hombre.
Para franquear el callejón sin salida a que arribaron los intentos de explicar los fenómenos de la
atención voluntaria en la psicología científico-natural clásica, basta cambiar las concepciones
tradicionales sobre los procesos conscientes, dejar de considerarlos como primarios, como
peculiaridades eternas de la vida espiritual, y examinarlos como producto de un complejo
[12]
desarrollo socio-histórico. Sólo después de dar ese paso y analizar el problema genético de la
atención voluntaria, pueden verse las auténticas raíces del fenómeno y abordar la explicación
científica del mismo.
Según indicamos ya antes (<<Introducción evolucionista a la psicología, cap. III), el niño vive
rodeado de adultos y se desarrolla en un proceso de relación viva con ellos.
Esta relación, efectuada con ayuda del lenguaje, de los actos y gestos del adulto, influye
esencialmente en la organización de los procesos psíquicos de aquél.
El niño de edad temprana explora el ambiente habitual que le rodea, y su mirada vaga por los
objetos circundantes sin detenerse en ninguno de ellos y sin destacar uno u otro objeto entre los
demás. La madre dice a la criatura: << ¡esto es una taza!>>, y la señala con el dedo. La palabra y
el gesto indicativo de la madre destacan en seguida dicho objeto entre los demás, y el niño fija con
la mirada la taza indicada y tiende hacia ella con la mano. En este caso, la atención del niño sigue
teniendo un carácter involuntario determinado extrínsecamente, con la mera diferencia de que a los
factores naturales del medio exterior se unen otros factores concernientes a la organización social
de su comportamiento, el gobierno de la atención de la criatura mediante el ademán indicativo y la
palabra. En este caso el aspecto organizativo de la atención está repartido entre dos personas: la
madre orienta la atención, el niño se atiene al gesto indicativo de la misma y a su palabra.
Pero esto no es más que la primera etapa formativa de la atención voluntaria: extrínseca por su
origen y social por su naturaleza. En el proceso de su ulterior desarrollo, el niño va dominando el
lenguaje y llega a ser capaz por sí mismo de señalar los objetos y nombrarlos. El desarrollo del
lenguaje del niño aporta una reestructuración cardinal al gobierno de su atención. Ahora ya es
capaz de trasladar su atención de modo independiente, señalando con el gesto uno u otro objeto y
nombrándolo con la palabra correspondiente. El proceso organizativo de la atención, que antes se
hallaba repartido entre dos personas, la madre y el niño, se convierte ahora en una nueva forma de
organización interior de la misma, social por su origen, más intrínsecamente mediatizada por su
estructura. Pues bien, procede considerar esta fase como la etapa de nacimiento de una nueva
forma de atención voluntaria, que viene a ser no una forma de expresión del <<libre espíritu>>,
inherente al hombre y eviterna, sino el producto de un complejo desarrollo socio-histórico.
En las etapas subsiguientes el lenguaje del niño evoluciona; nacen estructuras discursivas
(intelectuales) cada vez más complicadas y dinámicas y la atención del hombre adquiere nuevos
rasgos, deviene gobernable por los esquemas intelectuales intrínsecos, que a su vez son fruto de
la compleja formación social de los procesos psíquicos.
Todo ello indica que la atención voluntaria del hombre, con su entidad dinámica y el carácter
independiente de la misma ante los influjos extrínsecos directos, existe en realidad, pero tiene esa
explicable condición de ser social por su origen y estar mediatizada por los procesos discursivos
internos en virtud de su estructura.
A medida que transcurre el desarrollo, los procesos articulatorios e intelectuales del niño se
hace tan complejos y automatizados que el traslado de la atención de un objeto a otro deja de
requerir esfuerzos especiales, y adquiere ese carácter de facilidad y, aun diríase, de
<<espontaneidad>>, que sentimos todos nosotros cuando en nuestro pensamiento pasamos
sencillamente de un objeto a otro o bien somos capaces de mantener una tensa y prolongada
atención con respecto a la actividad que nos interesa.
Más adelante analizaremos los mecanismos de los tipos superiores de atención, una vez que
hayamos aclarado la problemática acerca de la formación de los procesos intelectuales complejos.
[13]
Métodos de investigación
[14]
sujeto la misión de tachar determinadas letras no en el surtido ilógico de las mismas que ofrecen
las tablas de Bourdon, sino en un texto de contenido interesante. En este caso, el influjo desviador
del texto animado puede ocasionar un aumento del número de omisiones y una disminución de la
productividad del trabajo; y, por el contrario, la estabilidad de la atención voluntaria viene
expresada por la invariabilidad del rendimiento requerido incluso en unas condiciones que entrañan
la incorporación de influencias desviadoras o perturbadoras.
Señalada importancia tiene la investigación del fenómeno de distribución de la atención. Ya en
los experimentos tempranos de Wundt quedó demostrado que el hombre no puede concentrar a la
vez su atención en dos estímulos presentados simultáneamente y que el llamado <<reparto de la
atención>> entre dos estímulos no es de hecho más que un desplazamiento de la misma que pasa
rápidamente de un estímulo a otro. Esto vino a probarse con ayuda del llamado aparato de
complicación, que daba la posibilidad de exhibir un estímulo visual (por ejemplo, una flecha en la
posición <<I>> junto con el estímulo sonoro de un timbre). Los experimentos indicaron que cuando
los sujetos prestan atención a la flecha en movimiento les parece que se retrasa el timbre que
acompaña el paso de la misma por la pantalla correspondiente; cuando prestaban atención al
timbre, se retrasaba la percepción de la flecha móvil, y el sonido relacionaba el sonido del timbre
con un momento anterior.
Gran alcance práctico tiene la investigación de la distribución de la atención en un trabajo
duradero; a tales efectos se emplean las denominadas <<tablas de Shulte>>. Aparecen en ellas
dos filas de guarismos rojos y negros dispersos sin orden alguno. El sujeto ha de indicar en orden
sucesivo la serie de cifras, alternando cada vez una roja y una negra, o bien, en condiciones de
mayor complejidad, indicar las cifras rojas en orden directo y las negras en el inverso.
La posibilidad de distribuir la atención en forma duradera viene expresada por una curva que
señala el tiempo invertido en hallar cada una de las cifras componentes de ambas filas.
Según mostraron las investigaciones, aparecen con gran nitidez las diferencias individuales
entre los diversos sujetos; ellas pueden reflejar fielmente algunas variaciones en la fuerza y
movilidad de los procesos nerviosos y utilizarse satisfactoriamente con fines diagnósticos.
El desarrollo de la atención
Ciertos indicios de desarrollo de la atención involuntaria estable se revelan con nitidez ya en las
primeras semanas de vida del niño. Cabe observar en los síntomas tempranos de aparición del
reflejo de orientación: fijación de la mirada en el objeto y detención de los movimientos de succión
al examinar de primeras un objeto o manipularlo. Cabe afirmar con toda razón que también los
primeros reflejos condicionados empiezan a elaborarse en el niño sobre la base del reflejo
orientador; dicho en otros términos, sólo cuando presta atención al estímulo, lo destaca y se
concentra en él.
En un principio, la atención involuntaria del niño en los primeros meses de la vida tiene el
carácter de simple reflejo orientador ante estímulos nuevos o intensos, de seguimiento con la
mirada y de <<reflejo de concentración>> en los mismos. Sólo más tarde la atención involuntaria
del niño adquiere formas más complejas, y el base a la misma comienza a desarrollarse la
actividad orientadora-investigativa aplicada a la manipulación de los objetos; ahora bien, en los
primeros tiempos esa actividad es muy inestable, y basta que aparezca otro objeto para que cese
la manipulación del primero. Ello indica que ya en el primer año de vida de la criatura el reflejo
orientador investigativo conlleva un carácter de agotamiento rápido, se inhibe fácilmente cuando
sobre él actúan influjos extraños y ya revela al propio tiempo los rasgos de <<habituación>> que
conocemos, extinguiéndose en los casos de reiteración prolongados. Más el problema esencial
por excelencia radica en desarrollar las formas superiores de la atenuación, regulables a voluntad.
Estas se revelan ante todo mediante la aparición de modos estables de subordinación del
comportamiento, gracias al influjo regulador de las indicaciones verbales del adulto y, luego, mucho
más tarde, mediante la formación en el niño de tipos estables de atención voluntaria autorregulada.
Sería erróneo pensar que dicha atención rectora y el influjo regulador del lenguaje nacen en el
niño de repente. Los hechos muestran que la indicación verbal <<dame la muñeca>> no suscita
en el niño más que una reacción orientadora general, influyendo en él cuando aquélla va
acompañada de un acto real del adulto. Es característico que al principio la palabra del adulto,
[15]
nombrando al objeto, atrae la atención del niño si la nominación de dicho objeto coincide con la
percepción directa de la criatura. En los casos en que el objeto nombrado no figura en el campo
inmediato de visión de la criatura, la palabra sólo suscita en ésta una reacción general orientadora
que se extingue con rapidez.
Sólo a fines del primer año de vida y comienzos del segundo, la nominación del objeto o la
orden verbal empiezan a adquirir su influencia rectora y reguladora; el niño orienta su mirada al
objeto nombrado, destacándolo entre los demás o bien lo busca, cuando dicho objeto no se halla
ante él. Sin embargo, en esta etapa, la influencia de la palabra del adulto, guiadora de la atención
del niño, es todavía muy inestable, y la reacción de orientación suscitada por ella cede raudamente
su puesto a la reacción orientadora provocada por un objeto más vistoso, nuevo o de mayor
interés para el niño. Se puede observar con nitidez cuando a una criatura de esa edad le hacemos
una indicación y le damos un objeto situado a cierta distancia. El niño dirige entonces su mirada a
dicho objeto, más no tarda en deslizarla a otros situados más cerca y empieza a extender la mano,
no hacia el estímulo nombrado, sino hacia el que está más cerca o es más vistoso.
Únicamente a mediados del segundo año de vida el cumplimiento de la indicación verbal del
adulto, guiadora de la atención selectiva del niño, se hace más firme; pero también aquí cualquier
interferencia relativamente pequeña malogra con facilidad aquella influencia. Así, basta un corto
lapso de tiempo (a veces de 15-30 segundos) en el que se aplace el cumplimiento de la indicción
verbal para que ésta pierda su influjo rector, y el niño –que la hubiera cumplido sin trabajo al
instante- empiece a inclinarse por los objetos extraños que atraen directamente su atención. Esa
misma falta de cumplimiento de la instrucción verbal puede alcanzarse también por otro camino. Si
varias veces seguidas pedimos a un niño, ante el que se hallan dos objetos (una taza y una copita,
por ejemplo), <<¡dame la taza!>> y luego de afianzar la indicación la substituimos por otra y con el
mismo tono decimos al niño <<¡dame la copa>>, la criatura, cuya actividad se caracteriza aún por
una significativa inercia, cede a ese estereotipo inerte y sigue dirigiéndose hacia la taza, repitiendo
sus anteriores movimientos.
Sólo alrededor del año y medio de vida la indicación verbal del adulto adquiere la capacidad
suficiente para organizar la atención del niño, aunque también en esta etapa pierda con facilidad su
entidad reguladora. Por ejemplo, el niño de esta edad cumple sin dificultad la indicación <<bajo la
taza hay una monedita, dámela>>, cuando la moneda se ha escondido bajo la taza a los ojos del
mismo; ahora bien, cuando esto no tiene lugar y la moneda se ha ocultado bajo alguno de los
objetos sin que lo advierta el niño, entonces, el reflejo orientador inmediato malogra fácilmente la
influencia guiadora de la indicación, y el niño se dirige hacia los objetos que tiene delante,
actuando con independencia de la instrucción verbal.
Así pues, el efecto de la indicación verbal que guía la atención de la criatura viene asegurado
en las etapas tempranas sólo cuando se trata de casos en que aquélla coincide con la percepción
directa del niño.
Un niño de año y medio o dos años puede comenzar a ejecutar fácilmente la indicación verbal
<<aprieta la pelotita>> cuanto tiene en la mano el baloncillo de goma, pero los movimientos que
entraña apretarlo, suscitados por la orden verbal, no cesan, y la criatura sigue haciéndolo
reiteradas veces, incluso después de que se le diga adicionalmente: << ¡no aprietes más!>>.
La indicación verbal pone en función el movimiento, más no puede frenarlo, y las reacciones
motrices suscitadas por ella siguen ejecutándose por inercia, independientemente del influjo de
aquélla.
Los límites de la influencia rectora de la instrucción verbal aparecen con singular nitidez cuando
ésta se complica. Así, al considerar el comportamiento de un niño de corta edad, al que se da la
indicación verbal: <<Cuando se encienda la lucecita, aprieta la pelotita>>, lo que requiere
establecer una conexión entre los dos elementos de la condición formulada, se puede ver con
facilidad que aquélla no determina de súbito en él influencia organizadora. El niño que percibe
cada parte de la mencionada indicación acusa una inmediata reacción motriz y, luego de oír el
fragmento <<cuando se encienda la lucecita>>, empieza a buscarla, y una vez que oye <<aprieta
la pelotita>>, al instante comienza a apretar el baloncillo.
Por consiguiente, si al a edad de dos años o dos años y medio una instrucción verbal sencilla
puede guiar la atención del niño y conducir a una ejecución bastante precisa del acto motriz, una
[16]
indicación verbal compleja que requiera la síntesis previa de los elementos insertos en la misma no
puede suscitar aún la necesaria influencia organizadora.
Sólo en un proceso evolutivo durante el segundo y tercer año de vida la indicación verbal del
adulto, completada en adelante con la participación del propio lenguaje del niño, se convierte en
factor que guía de modo estable la atención del mismo. Más ese influjo estable de la instrucción
verbal, que guía la atención del niño, va formándose con la participación directa de su propia
actividad dinámica; de ahí que para organizar su atención estable, el niño no sólo hay de escuchar
la indicación verbal del adulto, sino destacar también él mismo en la práctica los rasgos necesarios,
luego de afianzarlos en sus actos reales.
Numerosos psicólogos soviéticos han demostrado ese hecho. Por ejemplo, en los
experimentos de A. G. Rúzskaya, se formulaba a párvulos de corta edad la indicación verbal de
que habían de reaccionar con un movimiento al aparecer un triángulo y abstenerse de
efectuarlo cuando apareciese un cuadrado. Al principio el niño, tras asimilar la tarea, cometía
muchos errores, reaccionando ante el factor <<angulosidad>> existente en ambas figuras; sólo
cuando dichos párvulos conocieron de hecho las mencionadas figuras, las manejaron y <<se
valieron>> de ellas, las reacciones a las mismas adquirieron entidad selectiva y, en armonía
con la instrucción, sólo empezaron a responder con el movimiento cuando aparecía el
cuadrado, absteniéndose de hacerlo al aparecer el triángulo. En la etapa siguiente, con niños
de cuatro a cinco años, el desglose práctico de los rasgos inherentes a las figuras podía
reemplazarse por una circunstanciada explicación verbal (<<bueno, aquí tenemos una
ventanilla, cuando aparezca hay que apretar; y aquí, un capirucho, ante el que no se debe
apretar>>), tras la cual la instrucción verbal comenzaba a guiar la atención de modo estable,
adquiriendo una sólida influencia reguladora.
V. Ya. Vasilevskaia obtuvo resultados análogos. En sus experiencias se facilitaba a los
niños una serie de láminas con episodios diferentes en los que participaba un perro. Y se les
sugería seleccionar las láminas en las que <<el perro cuida a sus cachorros>> o <<ayuda al
hombre>>. Dicha instrucción no ejercía la menos influencia orientadora en el comportamiento
de los niños de dos años de edad. El cuadro despertaba en ellos un torrente de asociaciones,
y los niños empezaban a contar sencillamente todo lo que antes habían visto. En los niños de
dos y medio a tres años cabía asegurar la atención selectiva en cuanto al ejercicio dado sólo en
el caso de que se les permitiera ejecutar en la práctica la situación representada, repitiendo la
tarea. Para los niños de tres y medio a cuatro años, una atención estable dirigida al
cumplimiento de la tarea sólo se hacía posible repitiendo en voz alta el ejercicio haciendo un
análisis circunstanciado de la situación; y únicamente el niño de cuatro y medio a cinco años
era capaz de guiar de modo estable su actividad ateniéndose a la instrucción, conservando la
orientación selectiva de la atención en cuanto a los rasgos que figuraban en aquélla.
Ya en sus primeros experimentos, L. S. Vigotsky y, luego, A. N. Leontiev, estudiaron el
desarrollo de la atención voluntaria en la edad infantil, demostrando que también en los
sucesivos estadios del desarrollo cabe observar el camino arriba descrito en el proceso
formativo de la atención voluntaria, recurriendo al apoyo de medios auxiliares externos
circunstanciales, con la reducción subsiguiente de los mismo y el paso gradual a formas
superiores de organización interna de la atención. Según las pruebas de Vigotsky, escondíase
una nuez en algunos botes, el niño tenía que sacarla; como orientación para llegar a los
mismos, se sujetaban unos papelillos grises a los bores en que la nuez se hallaba oculta.
Comúnmente, el niño de tres-cuatro años no les prestaba atención y no destacaba de modo
selectivo los botes implicados, más cuando la nuez se colocaba en éstos a la vista del mismo, y
le señalaban con el dedo el papelillo gris, éste adquiría el valor de signo indicador del objetivo
oculto y guiaba la atención del pequeño. Con los chicos de mayor edad se substituía el
ademán indicativo por la palabra; el niño comenzaba a utilizar de modo independiente el signo
distintivo, y basándose en él podía organizar su atención.
Hechos análogos fueron observados asimismo por A. N. Leontiev, sugiriendo a los niños
que resolvieran el difícil problema del juego siguiente: <<no decir ni sí ni no, ni tomar blanco ni
negro>>, al que se añadía una condición aún más embarazosa prohibiendo repetir dos veces el
nombre de un mismo color. Este problema resultó inasequible hasta para niños de edad
escolar, y los alumnos de grados primarios llegaban a dominarlo sólo cuando apartaban las
[17]
correspondientes fichas coloreadas y manteniendo su atención selectiva con ayuda de soportes
mediadores externos. El niño de grados superiores ya no sentía la necesidad de soportes
externos y era capaz de organizar su atención selectiva, al principio mediante la pronunciación
exteriorizada tanto de las indicaciones como de las respuestas <<prohibidas>> en lo sucesivo,
y sólo en las más postreras fases se limitaba a la articulación interna (o grabado mental) de las
condiciones que guían su actividad selectiva.
Lo dicho permite llegar a la conclusión de que la atención voluntaria, que en la psicología clásica
se tenía por expresión primaria e irreducible del <<libre albedrío>> y cualidad fundamental del
<<espíritu humano>>, es en realidad el producto de un complejísimo desarrollo. En los orígenes
de este desarrollo se hallan las formas de comunicación del niño con el adulto, y, como factor
esencial que asegura el proceso constituyente de la atención voluntaria, aparece el lenguaje, al que
en seguida refuerza la actividad práctica concreta del niño; luego, se va reduciendo gradualmente
hasta adquirir el carácter de acto intrínseco que mediatiza la conducta del mismo, asegurando la
regulación y el control de su comportamiento. La formación de la atención voluntaria abre el
camino a la interpretación de los mecanismos internos de esta complejísima forma organizadora de
la actividad consciente del hombre que desempeña una función decisiva en toda su vida psíquica.
Patología de la atención
El trastorno de la atención constituye uno de los síntomas más trascendentales del estado
patológico del cerebro, y su investigación puede aportar datos sustanciales a la diagnosis de las
lesiones cerebrales.
Cuando existe una lesión masiva de las áreas profundas del encéfalo (tronco superior, paredes
del tercer ventrículo, sistema límbico) pueden originarse trastornos graves de la atención
involuntaria, que se revelan como un descenso general de la actividad y acusadas alteraciones de
los mecanismos del reflejo de orientación.
Dichas alteraciones pueden entrañar tanto un fenómeno deficitario evidenciable por la
inestabilidad y extinción acelerada del reflejo orientador, como una excitación patológica de los
sistemas del tronco y límbicos, a consecuencia de la cual no se extinguen los síntomas del reflejo
orientador tras haber hecho su aparición, y durante largo tiempo las excitaciones siguen suscitando
reacciones electrofisiológicas y vegetativas (vasculares y motrices) inextinguibles. A veces los
indicios habituales del reflejo orientador pueden adoptar un carácter paradójico, y los estímulos, en
lugar de una depresión, comienzan a despertar una exaltación del ritmo alfa, o bien, como
respuesta a la ejecución de señales, una dilatación paradójica de los vasos, en lugar de su
constricción.
En el cuadro clínico dichos trastornos se manifiestan por indicios graves de apatía, inactividad o
no responsividad general a los estímulos externos; otras veces se reacciona ante los mismos sólo
mediante excitaciones adicionales constantes. Por el contrario, en el caso de una sobre
excitabilidad patológica de los sistemas cerebrales del tronco superior y de la región límbica, los
pacientes manifiestan indicios de levada excitabilidad, se hallan en estado de constante ansiedad e
intensa perturbación merced a cualesquiera irritaciones y estímulos emocionales.
Singular importancia para la medicina clínica entrañan los trastornos de la atención voluntaria.
Se manifiestan porque el paciente se ve fácilmente atraído por cualquier estímulo accesorio, y
resulta imposible organizar su atención planteándole una cierta tarea o bien dándole la instrucción
verbal adecuada. Esto se puede advertir en las investigaciones psicofisiológicas, cuando tras
extinguirse en el paciente los indicios del reflejo orientador le formulamos la correspondiente tarea,
verbigracia: contar las señales, observar el cambio de las mismas y cosas análogas. En sujetos
normales dicha instrucción, como ya hemos visto anteriormente, hace que se estabilicen los
síntomas electrofisiológicos del reflejo orientador, mientras que en los casos de lesiones cerebrales
la indicación verbal dirigida al paciente no suscita afianzamiento alguno de la reacción orientadora.
Los casos más típicos de perturbaciones de las formas superiores de la atención se registran en
los pacientes con lesiones que afectan los lóbulos frontales del cerebro (sobre todo a sus áreas
medias). En ellos a menudo no se advierte ningún déficit del reflejo de orientación ante las señales
externas; en ocasiones hasta suele elevarse su atención involuntaria, y todo estímulo accesorio
[18]
distrae al paciente (un ruido en la sala, el abrir y cerrar de las puertas, etc.); más resulta imposible
concentrarlo en el cumplimiento de alguna tarea y elevar el tono de la corteza cerebral mediante
instrucciones verbales, pues la formulación de dichas instrucciones (contar las señales, observar
los cambios de las mismas) no despierta la menor alteración en los síntomas electrofisiológicos y
vegetativos del reflejo orientador de nuestro paciente. A veces este tipo de trastornos, constitutivos
de la base fisiológica del cambio de comportamiento de pacientes con lesiones de los lóbulos
frontales del cerebro, es fundamental para el diagnóstico de las mismas.
Y es característico que ese tipo de trastorno de la regulación verbal del reflejo orientador tiene
lugar únicamente en los casos de lesiones de las zonas frontales del cerebro y no se advierte
cuando las afectadas son otras zonas. Ello habla de la excepcional función que los lóbulos
frontales del cerebro humano desempeñan en el proceso formativo de intensiones estables y en la
ejecución del control sobre el comportamiento.
Por supuesto, esas formas de trastorno de la atención voluntaria engendran cambios
sustanciales en todos los procesos psicológicos complejos. Pues, bien, en virtud de esas
alteraciones los pacientes con lesiones de los lóbulos frontales del cerebro son incapaces de
concentrarse en el cumplimiento de la tarea que se les propone, de crear un sistema estable de
conexiones selectivas adecuado al programa de acciones formulado, deslizándose con facilidad
hacia conexiones accesorias, substituyendo la ejecución planificada del programa por reacciones
impulsivas ante cualquier estímulo marginal o por reiteración de los estereotipos surgidos, pero de
alcance perdido hace ya tiempo, que sin embargo malogran fácilmente la actividad iniciada con
vistas a un objetivo. De ahí que una leve pérdida de la selectividad en el cumplimiento de cualquier
operación intelectual constituya uno de los indicios esenciales de la existencia de lesiones en los
lóbulos frontales del cerebro.
Ciertas perturbaciones esenciales de la atención pueden originarse asimismo en las afecciones
cerebrales caracterizadas por un estado patológico inhibitorio (fásico) de la corteza.
En esos estados (característicos del agotamiento intenso o de situaciones <<oniroides>>,
similares al sueño) se altera la vigencia de la <<ley de intensidad>>, descrita por I. P. Pávlov,
según la cual los estímulos fuertes suscitan reacciones vigorosas, y las débiles, atenuadas.
Cuando se trata de estados <<fásicos>> relativamente livianos de la corteza, tanto los estímulos
fuertes como los débiles empiezan a suscitar reacciones iguales, y al agravarse dichos estados se
entra en la llamada <<fase paradójica>> de modo que los estímulos débiles comienzan a despertar
reacciones incluso más vigorosas que los fuertes.
Es natural que en esas condiciones de haga imposible una atención estable con respecto a la
tarea planteada, y aquélla empiece a desviarse fácilmente por cualesquiera excitación accesoria.
La diferencia entre la inestabilidad de la atención voluntaria y las formas graves de su
perturbación surgidas a consecuencia de lesiones de los lóbulos frontales del cerebro, radica en
que en el primer caso se logra la compensación de las deficiencias movilizando la atención
mediante el refuerzo de las motivaciones, recurriendo a medios auxiliares de soporte y al
afianzamiento de las instrucciones verbales; mientras que cuando están lesionados los lóbulos
frontales y se destruye el mecanismo regulador básico de la atención voluntaria, dicha vía puede
no dar el efecto necesario. La inestabilidad de la atención voluntaria surge no sólo con motivo de
estados patológicos graves dl cerebro, sino también de aquellos otros del sistema nervioso que
resultan del agotamiento y la neurosis, y a veces refleja las peculiaridades individuales de la
personalidad. De ahí que el estudio de la estabilidad de la atención mediante todos los métodos
psicofisiológicos y psicológicos objetivos puede tener un gran alcance diagnóstico.
II. LA MEMORIA
[19]
El estudio de las leyes de la memoria humana constituye uno de los capítulos centrales, más
esenciales, de la ciencia psicológica. Es sabido que cada uno de nuestros sentimientos,
impresiones o movimientos deja cierta huella, un rastro que se conserva durante un tiempo
bastante prolongado y al producirse las condiciones adecuadas se manifiesta de nuevo,
convirtiéndose en materia de conciencia. En virtud de ello entendemos por memoria la impresión
(grabado), retención y reproducción de las huellas de la experiencia anterior, lo que da al hombre la
posibilidad de acumular información y contar con los indicios de la experiencia anterior tras
desaparecer los fenómenos que la motivaron.
Los fenómenos de la memoria pueden relacionarse de igual modo con la esfera emocional que
con la de las percepciones, con el afianzamiento de los procesos motores y con la experiencia
intelectual. Toda la fijación de conocimientos y hábitos y la posibilidad de utilizarlos concierne al
capítulo de la memoria.
En armonía con ello ante la ciencia psicológica se alzan una serie de complejos problemas que
integran un renglón especial: el estudio de los procesos de la memoria. Y se plantea la misión de
estudiar cómo se graban las huellas, cuáles son los mecanismos fisiológicos de esa impresión o
<<grabado>> de las mismas, qué condiciones contribuyen a dicho proceso y cuáles son los límites
de éste, y qué métodos permiten ampliar el volumen del material grabado.
Se plantea la tarea de responder a interrogantes como son: cuánto dura la retención de esas
huellas, cuáles son los mecanismos de retención de éstas durante lapsos de tiempo cortos y
largos, qué alteraciones experimental las huellas de la memoria que se hallan en estado oculto
(latente), y qué influencia pueden ejercer en la marcha de los procesos cognoscitivos del hombre.
En el círculo de problemas integrantes del capítulo dedicado a la psicología de la memoria
figuran los concernientes a los mecanismos de reproducción de las huellas retenidas en forma
oculta (latente) y que en determinadas condiciones pueden convertirse en materia de la actividad
consciente. Dicho capítulo estudia las circunstancias que llevan al afloramiento (reproducción) de
las huellas de la memoria, y las formas esenciales, que incluyen tanto la reproducción involuntaria
de las huellas como la intencionada y voluntaria.
Por último, este capítulo de la ciencia psicológica incluye la descripción de las distintas formas
inherentes a los procesos de la memoria, empezando por los tipos más sencillos de impresión
involuntaria y afloramiento de las huellas, y acabando por las más complejas formas de la actividad
mnémica, que le permiten al hombre retornar a voluntad a la experiencia anterior, utilizando
algunos procedimientos sociales, ampliar esencialmente el volumen de la información retenida y los
plazos de su conservación.
El capítulo dedicado a la psicología de la memoria es de gran entidad tanto para la comprensión
de ciertos procesos esenciales de la actividad cognoscitiva del hombre como la teoría del
desarrollo de los procesos psíquicos en la edad infantil y la doctrina sobre el trastorno de los
procesos psíquicos en los estados patológicos del cerebro.
El estudio de la memoria fue uno de los primeros capítulos de la ciencia psicológica de utilizaron
el método experimental: hiciéronse intentos de medir los procesos a estudiar y describir las leyes
que los rigen.
Ya en los años ochenta del siglo pasado el psicólogo alemán H. Ebbinghaus sugirió un método
con cuyo auxilio, según él suponía, era posible estudiar las leyes de la memoria pura, dicho en
otros términos, de los procesos grabadores de las huellas, independientes de la actividad del
pensamiento. Esos procedimientos, consistentes en aprender sílabas carentes de sentido y que no
engendraban asociaciones de ningún género, le permitieron deducir las curvas fundamentales del
aprendizaje (memorización) del material, describir las leyes básicas de aquél, estudiar la duración
del mantenimiento de las huellas en la memoria y el proceso de la extinción gradual de las mismas.
Las clásicas investigaciones de Ebbinghaus fueron acompañadas de los trabajos realizados por
el psiquiatra alemán Krepelin, quien aplicó dichos métodos al análisis del proceso de memorización
en pacientes con alteraciones psíquicas; así como también los del psicólogo d igual nacionalidad
[20]
G. E. Mûller, que dejó una investigación capital dedicada a las leyes fundamentales del
afianzamiento y reproducción de las huellas de la memoria en el hombre.
En las primeras etapas, el estudio de los procesos de la memoria se reducía a la investigación
de la misma en el hombre y era más bien un estudio de la actividad mnémica y consciente especial
del hombre (proceso de aprendizaje intencionado y reproducción de las huellas), y no un proceso
amplio de análisis de los mecanismos naturales de impresión de las huellas, que se manifiestan de
igual modo tanto en el hombre como en el animal.
Con el desarrollo de la investigación objetiva del comportamiento animal y singularmente al
darse los primeros pasos en el estudio de las leyes de la actividad nerviosa superior, la esfera del
estudio de la memoria experimentó una ampliación sustancial.
En las postrimerías del siglo XIX y comienzos del XX aparecieron las investigaciones de
Thorndike, notable psicólogo norteamericano, que por primera vez hizo objeto de su estudio el
proceso formativo de los hábitos en el animal, utilizando para ese fin el análisis de cómo el animal
aprendía a encontrar su camino en un laberinto y de cómo iba afianzando gradualmente los hábitos
adquiridos.
Primer decenio de siglo XX. Las investigaciones sobre esta problemática alcanzan una nueva
forma científica. I. P. Pávlov propuso el método de estudio de los reflejos condicionados, con
ayuda del cual se logró observar los principales mecanismos fisiológicos de la formación y
afianzamiento de las nuevas conexiones. Se describieron las condiciones en que surgen y se
mantienen dichas conexiones, así como las circunstancias que influyen en su retención. La teoría
de la actividad nerviosa superior y su leyes fundamentales se convirtieron a partir de entonces en la
fuente esencial de nuestros conocimientos sobre los mecanismos fisiológicos de la memoria, y la
elaboración y mantenimiento de los hábitos y del proceso de <<aprendizaje>> (learning) en los
animales constituyeron el contenido fundamental de la ciencia norteamericana sobre el
comportamiento, contenido en torno al que se unieron relevantes investigadores (J. B. Watson, B.
F. Skinner, D. O. Hebb y otros).
La investigación clásica de las leyes básicas de la memoria en el hombre, al igual que las
subsiguientes investigaciones del proceso formativo de los hábitos en los animales, se limitaba al
estudio de los procesos mnésicos más elementales. La investigación de las formas superiores,
voluntarias y conscientes, de la memoria, que le permitían al hombre emplear ciertos métodos de
actividad mnémica y retornar a voluntad a cualquier etapa de su pasado, la investigaban
únicamente los filósofos, quienes contraponían a las formas naturales de la memoria (o <<memoria
del cuerpo>>), considerándolas como expresión de una memoria consciente y superior (o
<<memoria del espíritu>>). Ahora bien, esas indicaciones de los filósofos idealistas (por ejemplo,
del célebre filósofo francés H. Bergson) no se convertían en materia de investigación especial y
rigurosamente científica, y los psicólogos ora hablaban del papel que las asociaciones
desempeñan en la memorización, ora señalaban que las leyes de ésta cuando se trataba de ideas,
difieren esencialmente de las leyes elementales de la memorización propiamente dicha. Y apenas
se planteaban el problema del origen, máxime de la evolución, de las formas superiores de la
memoria en el hombre.
El mérito del primer estudio sistemático de las formas superiores de la memoria en el niño
pertenece al relevante psicólogo soviético L. S. Vigotsky, quien a fines de la década del veinte por
primera vez abordó como tema de investigación especial la problemática relativa al desarrollo de
las formas superiores de la memoria. Y en unión de sus discípulos, A. N. Leóntiev y D. V. Zankov,
mostró que las formas superiores de la memoria son un aspecto complejo de la actividad psíquica,
un aspecto de índole social por su origen y mediatizado por su estructura; y examinó las etapas
fundamentales de la evolución del recuerdo mediatizado más complejo.
Las investigaciones de formas complicadísimas de la actividad mnémica voluntaria, en las que
los procesos de la memoria se vinculan con los del pensamiento, han sido completadas
substancialmente por los científicos soviéticos, quienes han prestado atención a las leyes que
sirven de base a la memorización involuntaria (impremeditada), y han descrito en detalle las formas
de organización del material retenido que tienen lugar en un proceso reflexivo, y consciente de
aprendizaje. Dichas investigaciones, debidas a los psicólogos soviéticos A. A. Smirnov y P. I.
Zínchenko, revelaron nuevas leyes esenciales de la memoria como actividad humana conceptuada,
esclarecieron la dependencia de la memorización con respecto a la tarea planteada y describieron
los procedimientos básicos para recordar el material complejo.
[21]
No obstante los éxitos reales de las investigaciones psicológicas de la memoria, los procesos
fisiológicos de impresión de las huellas y la naturaleza del propio fenómeno de la memoria seguían
siendo desconocidos; filósofos y fisiólogos como Semon y Hering se limitaban a indicar únicamente
que la memoria es <<una propiedad general de la materia>>, sin hacer intentos de ninguna índole
para revelar la esencia de la misma ni los mecanismos fisiológicos profundos subyacentes a
aquélla.
Sólo en los dos últimos decenios ha cambiado de manera substancial el estado de cosas a este
respecto.
Han aparecido investigaciones indicativas de que los procesos de grabación, retención y
reproducción de las huellas están relacionados con cambios bioquímicos profundos, en particular,
con modificaciones del ácido ribonucleico (Hyden), y que las huellas de la memoria se pueden
trasferir por vía humoral, bioquímica (McConell y otros). Se iniciaron intensos estudios
investigativos de los procesos nerviosos íntimos de << reverberación del estímulo>>
(mantenimiento de excitación en las redes y circuitos nerviosos), a los que empezó a considerarse
como substrato fisiológico de la memoria. Apareció un sistema de investigaciones en el que se
estudiaba con minuciosidad el proceso de afianzamiento (consolidación) gradual de las huellas, el
tiempo necesario para ello y las condiciones que motivan la destrucción de las mismas.
Por último, surgieron investigaciones que trataban de delimitar las regiones del cerebro
necesarias para la conservación de las huellas y los mecanismos neurológicos de recuerdo y
olvido.
Todo ello convirtió el capítulo de psicología y psicofisiología de la memoria en una de las partes
más ricas de la ciencia psicológica. Pese a que muchos problemas de la memoria siguen sin
resolverse, la psicología dispone ahora de un material sobre el estudio de los procesos de la
memoria incomparablemente mayor del que existía hace algún tiempo.
Los fenómenos de conservación duradera de las huellas tras un estímulo dado han sido
apuntados por los investigadores en todo el transcurso de la evolución del mundo animal.
Repetidas veces se observó el hecho de que la excitación momentánea del sistema nervioso de
los pólipos mediante una descarga eléctrica suscitaba la aparición de impulsos eléctricos, rítmicos,
que podían subsistir durante muchas horas.
Fenómenos análogos podían observarse en la investigación del funcionamiento del sistema
nervioso central de los animales. Así pues, la excitación momentánea de los tubérculos mamilares
superiores del conejo mediante un destello de luz engendraba descargas eléctricas rítmicas, que
se podían registrar durante un tiempo bastante largo, reacciones que cabía observar incluso
cuando la corriente resultante se tomaba de una neurona aislada.
La prosecución de las descargas eléctricas nacidas de un solo estímulo indica que las neuronas
son algo más que aparatos receptores de señales y reguladores en base a ellas de las respuestas
correspondientes, sino que también conservan las huellas del estímulo, y siguen dando las
respuestas rítmicas engendradas por dicho estímulo mucho tiempo después de que el mismo cesa
de ejercer su influjo. Este efecto subsiguiente de los influjos del estímulo constituye, pues, la
expresión más elemental de memoria fisiológica que se puede observar tanto en una sola neurona
como en el funcionamiento de todo el sistema nervioso en su conjunto.
Estas manifestaciones fisiológicas ultra elementales de la memoria se pueden observar por otro
conducto, al que ya hemos hecho referencia en el capítulo anterior.
Según han mostrado las investigaciones, la repetición duradera de una misma señal conlleva la
habituación a ésta, lo que se manifiesta en la desaparición de los reflejos de orientación ante dicho
estímulo, al hacerse habitual. Como ha probado el psicólogo soviético E. N. Sokolov, cabe
observar esos fenómenos de habituación hasta en el estudio de las respuestas de una neurona
aislada a estímulos reiterados muchas veces.
[22]
Lo más característico es el hecho de al producirse un pequeño cambio de la intensidad o la
naturaleza del estímulo aparecen de nuevo los indicios del reflejo orientador.
Datos obtenidos por Sokolov y sus colaboradores indican que el fenómeno de desbloqueo del
reflejo orientador antes extinguido puede observase no sólo inmediatamente después del cambio
de naturaleza del estímulo, sino también a través de intervalos de tiempo en ocasiones bastante
prolongados. Así, pues, cuando el sujeto de hallaba habituado a determinado estímulo, basta
modificar la intensidad, la duración o la naturaleza del mismo para que los síntomas vegetativos o
electrofisiológicos del reflejo orientador se restablezca, y este desbloqueo (restablecimiento) de los
indicios del mencionado reflejo se observa tras lapsos de tiempo bastante considerables a partir del
momento de su extinción. Este hecho pudo observarse tanto al registrar los síntomas del reflejo
orientador del sistema nervioso en su conjunto, como a nivel de neurona individualizada. Tanto el
sistema nervioso en su totalidad, como las distintas neuronas, pueden retener el modelo de señal y
cotejar el nuevo estímulo con las huellas de este <<prototipo>> de señal, que se conserva en
forma de pauta durante un tiempo bastante largo.
El hecho de que el sistema nervioso pueda retener con admirable sutileza las pautas de los
estímulos anteriores se puede ilustrar con toda una serie de observaciones sucesivas, de las que
citaremos únicamente dos.
Sabemos que cuanto más frecuente es una señal determinada, cuanto más se acostumbra el
sujeto a ella, tanto más de prisa responde a la misma con una reacción motora (tanto menor es el
periodo de latencia de esta reacciones). La investigación minuciosa ha probado que dicha ley
subsiste en las condiciones más simples, y que la celeridad de la reacción a la señal es
directamente proporcional a la frecuencia con que ésta aparece.
El cerebro registra no ya el hecho mismo de producirse la señal, sino también la frecuencia con
que aparece; de hecho, el <<recuerdo>> de la señal y la regulación de la celeridad de respuesta en
armonía con el grado de probabilidad de surgimiento de la señal constituye una de las funciones
esenciales de la actividad cerebral.
Datos de investigaciones posteriores vinieron a demostrar que el sistema nervioso del hombre
puede conservar las pautas de señales concretas con un alto grado de exactitud y retenerlas
durante largo tiempo. De ilustración a lo dicho puede servir el experimento efectuado en el
laboratorio de E. N Sokolov.
Reiteradamente se hacía al sujeto una señal sonora de frecuencia determinada (500 Hz) y
de cierta intensidad (20 dB). Como respuesta a ella tenía que apretar las manos,
advirtiéndosele que dicho movimiento lo efectuaría solamente al producirse la mencionada
señal y en ningún caso si se daba cualquier otra señal distinta. Seguidamente se sometía al
sujeto a diferentes sonidos de una misma frecuencia, sin orden ni concierto, de intensidad
variable (entre 5 y 30 dB), registrándose el electroencefalograma, el electromiograma y la
reacción dermogalvánica.
Este mismo experimento se repetía el 2.º, el 4.º y el 25 día, sin hacer sonar de nuevo el
patrón de referencia dado la primera vez (un sonido de 500 Hz con una intensidad de 20 dB).
Los resultados del experimento indicaron que, una vez mostrado el patrón de referencia, el
sujeto lo conservaba durante largo tiempo y tras de prolongados intervalos (desde 2 hasta 25 días)
seguía dando reacciones electrofisiológicas y motoras precisas sólo a las señales coincidentes
con el patrón dado y a ninguna otra.
El citado experimento prueba que el cerebro humano es capaz de conservar huellas precisas
del estímulo, una vez presentado éste, durante un tiempo muy largo, y a la exactitud de esas
pautas no sólo no desaparece con el tiempo sino que, posiblemente, aumenta.
Hemos señalado ciertos hechos indicativos de que el sistema nervioso posee la facultad de
retener largo tiempo las huellas del estímulo, una vez presentado, y apreciar la frecuencia de su
aparición, conservando en la memoria con gran exactitud los patrones de referencia de los
estímulos, aunque no aparezcan más que una sola vez.
Esto hace que el cerebro del hombre sea un aparato sutilísimo no ya para captar los estímulos
y destacarlos entre muchos otros que llegan a él, sino también para conservar en la memoria las
pautas de los influjos antes percibidos por él.
[23]
Procesos de <<consolidación>> de las huellas
El hecho de la impresión de las huellas relativas a los estímulos que han ejercido influjo en el
cerebro humano, lleva a formular una pregunta esencial: ¿cómo trascurre el proceso de
afianzamiento de dichas huellas? ¿Se consolidan en seguida o necesitan algún tiempo para
afianzarse?
Este interrogante ha sido materia de numerosas investigaciones.
Ya antes se habían observado algunos casos, cuando el hombre experimenta un traumatismo
craneal, en que las huellas del estímulo que había actuado sobre el mismo durante breve tiempo
poco antes del trauma y durante un cierto intervalo después, no se conservan. El hombre que ha
sufrido un traumatismo masivo de cráneo con pérdida del conocimiento no suele conservar
recuerdo alguno de lo que sucedió en víspera del hecho ni de lo que ocurrió después. Este caso
es ampliamente conocido y ha obtenido el nombre de amnesia anterógrada y retrógrada. Indica
que el fuerte choque sufrido por el sistema nervioso incapacita al cerebro durante algún tiempo
para grabar las huellas de los estímulos que llegan a él.
El hecho que entraña la amnesia anterógrada y retrógrada ha posibilitado efectuar algunos
intentos para medir el tiempo que dura la incapacidad temporal del cerebro en cuanto a grabar las
huellas. Es notorio el caso de un motociclista que habiendo sufrido un accidente en el kilómetro
78 del camino perdió la memoria de todo lo ocurrido desde el kilómetro 64 de su ruta. Si
aceptamos que marchaba a una velocidad de 60 kilómetros por hora, resulta que el traumatismo
fue causa de que en la memoria de aquel hombre no se afianzaran las huellas de las impresiones
recogidas en los últimos 10-15 minutos que precedieron al accidente; de donde se deduce que el
hombre necesita 10-15 minutos para que las huellas de la memoria se afiancen sólidamente o,
como suele decirse en psicología, <<se consoliden>>, y el efecto traumático causado en el
cerebro durante ese tiempo impide dicha <<consolidación>>.
Los hechos descritos impulsaron la ejecución de experimentos especiales en los que se
sometía al hombre a un débil choque artificial, y se estimaba el lapso de tiempo que escapaba a
su memoria.
De ejemplo puede servir las pruebas efectuadas por el psicofisiólogo soviético F. D. Gorbov.
Se situó al sujeto ante una ventanilla por la que cruzaban lentamente números dígitos con
signos aritméticos (-4, -1, -8, +5, etc.). el sujeto debía efectuar las correspondientes
operaciones aritméticas, añadiendo o restando cada número dado al resultado de éstas.
Lógicamente, para ejecutar dicha tarea el sujeto había de retener en la memoria con firmeza
las huellas del resultado obtenido con anterioridad.
De súbito se le ocasionaba un <<choque>> en forma de brusco destello luminoso.
Según demostró el experimento, el sujeto, por lo general, <<olvidaba>> en estos casos el
resultado que acababa de obtener y reiniciaba la cuenta no a partir del último número, sino del
penúltimo. Esta prueba indica que incluso un <<choque>> tan insignificante <<borra>> las
huellas precedentes y elimina las condiciones indispensables para la <<consolidación>> de las
mismas.
[24]
<<consolidación>> de las huellas, sino también engendrar un estado del cerebro que hacía inviable
la adquisición de nuevos hábitos.
Más adelante resultó que ese mismo efecto se puede obtener no con ayuda de la descarga
eléctrica, sino mediante el empleo de algunos agentes farmacológicos, que, o bien suscitaban un
estado inhibitorio de la corteza (los barbitúricos, por ejemplo), o bien ocasionaban un alto estado de
excitación en la misma, seguido de convulsiones (verbigracia, el metrazol). Pues bien, resultó que
el empleo de los barbitúricos 1 minuto después de la formación del hábito entrañaba la
desaparición de la huella, mientras que si se hacía uso de la misma dosis de aquéllos a los 30
minutos no alteraba los hábitos, que durante ese periodo habían tenido ya tiempo de afianzarse
(<<consolidarse>>). Datos análogos se obtuvieron en las pruebas efectuadas con metrazol: el uso
de éste a los 10 segundos de haberse creado el hábito motivaba una brusca destrucción de las
huellas; cuando se efectuaba a los 10 minutos, subsistían las huellas con relativa debilidad, y si lo
era a los 20 minutos el hábito quedaba intacto.
Ahora bien, las diversas substancias que actúan sobre el estado de excitabilidad del cerebro
influyen en la conservación de las huellas con distinta <<profundidad>>. Así, pues, unas pueden
eliminar las pautas formadas 3-4 días antes de su empleo, mientras que otras influyen sólo y
exclusivamente en las pautas recién formadas.
Por último, vino a demostrarse la existencia de ciertas substancias que aceleran el proceso de
<<consolidación>> de las pautas y las refuerzan. Uno de esos fármacos es la estricnina, que
inyectada activaba notablemente la consolidación y las hacía más resistentes a los influjos
destructores.
Las investigaciones realizadas en los dos últimos decenios han mostrado que el afianzamiento
(<<consolidación>>) de la huella requiere un tiempo determinado, que se puede medir, y existen
agentes diversos que influyen con desigual intensidad en el proceso de <<consolidación>> de las
huellas. Más hay diferencias individuales en los animales, consistentes en que la consolidación de
las pautas se produce con desigual celeridad en individuos diferentes. Por ejemplo, el investigador
norteamericano McGeoch demostró lo siguiente: cuando a una rata que forja un hábito con rapidez
se la somete a la descarga a los 45 segundos de creado aquél, desaparecen sus huellas; mientras
que si la descarga se efectúa a los 30 minutos, las huellas quedan intactas; en las ratas que
elaboran el hábito con lentitud, el choque efectuado a los 45 segundos de establecerse aquél, lo
mismo que el realizado a los 30 minutos, hacen desaparecer de igual modo las huellas. Esto
significa que si en el grupo <<rápido>> de ratas bastan 15-20 minutos para dejar ya consolidadas
las huellas, en cambio con el grupo <<lento>> de ratas la consolidación de las huellas aún no ha
tomado cuerpo durante ese tiempo, y las huellas quedan todavía sin afirmarse durante un largo
periodo.
Todos esos experimentos indican que la formación de una cierta pauta aún no significa que ésta
se halle afianzada, consolidada, y que para la consolidación de la misma es necesario cierto
tiempo, en dependencia de una serie de factores (y de las peculiaridades individuales entre ellos,
tiempo que se puede medir. El estudio del afianzamiento de las huellas constituye uno de los
adelantos trascendentales de la psicofisiología. Y ha dado la posibilidad de destacar dos estadios
en el proceso de formación de la memoria, que luego empezaron a designarse con los términos de
<<memoria a corto plazo>> (entendido por tal el estadio en que ya se han formado las pautas, pero
aún no están afianzadas) y <<memoria a largo plazo>> (entendida como el estadio en que las
pautas no sólo se hallan formadas, sino que se han consolidado hasta el punto de poder existir
largo tiempo y resistir el efecto destructor de los influjos marginales). La división en <<memoria a
corto plazo>> y <<memoria a largo plazo>>, no obstante su convencionalismo, situó la
psicofisiología ante nuevos problemas, y sobre todo ante la problemática de los mecanismos
fisiológicos de ambos tipos de memoria.
[25]
¿Cuáles son, pues, los mecanismos fisiológicos subyacentes a la <<memoria a corto plazo>> y
la <<memoria a largo plazo>>?
Ya en los decenios del treinta y el cuarenta se efectuaron observaciones que sirvieron de base
para enunciar la hipótesis sobre la naturaleza de los procesos nerviosos que subyacen a la
<<memoria a corto plazo>>.
Las investigaciones morfológicas y morfofisiológicas de los neurofisiólogos Lorente de No y
McCulloch establecieron la existencia en la corteza cerebral de unas estructuras que permiten que
la excitación circule durante mucho tiempo por circuitos cerrados. Sirvió de base el hecho de que
en los axones de neuronas sueltas existen unas ramificaciones que retornan al cuerpo de la misma
neurona y, bien conectan directamente con ella, bien lo hacen con ciertas dendritas de la misma;
así se crea la base para la circulación permanente de las excitaciones dentro de cadenas circulares
cerradas o circuitos reverberadores de la excitación. Pero todo no se reduce a este sencillísimo
mecanismo. Hay todas las razones para pensar que en el sistema nervioso existen además ciertas
estructuras más complejas de <<redes neurónicas>> donde funcionan los círculos reverberadores
estables de la excitación. Dichas estructuras son complejos funcionales de neuronas, unidas entre
sí por otras neuronas <<intercalares>> o neuronas con axones cortos, cuya función –al parecer-
consiste en transmitir la excitación de una neurona a otra, asegurando el flujo duradero de la
excitación por redes de mayor complejidad o circuitos reverberantes>>.
Algunos investigadores estiman que los <<circuitos reverberantes>> de la excitación son
precisamente la base neurofisiológica de la <<memoria a corto plazo>>. Un mecanismo esencial
de conservación de las pautas viene a ser, de conformidad con esos supuestos, la transmisión
sináptica de la excitación, que asegura además el paso de ésta de una neurona a otra y da la
posibilidad de plasmar la subsistencia duradera de las excitaciones que fluyen por los <<circuitos
reverberantes>>.
Según dicha teoría, el choque destruye el flujo de la excitación por los circuitos reverberantes y
motiva la desaparición de las huellas que subsistían gracias al mismo.
El proceso de circulación de las excitaciones por los <<circuitos reverberantes>> no es, sin
embargo, el único mecanismo posible de conservación de las pautas. Los datos obtenidos por
muchos investigadores han hecho suponer que el mecanismo de mantenimiento de las huellas está
relacionado con cambios bioquímicos profundos que pueden ocurrir, no ya en las sinapsis (lugares
de transmisión de las excitaciones de unas neuronas a otras), sino también en el propio cuerpo de
las neuronas y en sus diversos órganos (núcleos, metacondrias).
Ya en 1959, el investigador sueco Hyden demostró que todo estímulo de las células nerviosas
entraña una elevación notable del contenido de ácido ribonucleico (ARN), mientras que la
inexistencia prolongada de excitaciones disminuye el contenido de ARN. Observaciones
posteriores de Hyden y sus colaboradores llevaron a formular el supuesto de que los cambios de
ARN tienen carácter específico y cabe considerarlos supuestamente como el mecanismo
bioquímico de conservación de las huellas de la memoria. Como base para el mencionado
supuesto sirvió el hecho d que las modificaciones del ARN suscitadas por determinados influjos
pueden ser muy específicas, y que influencias diferentes pueden originar modificaciones diversas
del ARN.
Se enunció el supuesto de que el número de posibles cambios de las moléculas de ARN bajo el
influjo de distintas acciones se mide por la enorme cifra de 10 15-1020 y, por consiguiente, el ARN es
capaz de conservar una cantidad inmensa de codificaciones diversas. Según las suposiciones de
estos científicos, la aparición reiterada de un mismo estímulo motiva que el ARN específicamente
alterado comience a <<resonar>> cabalmente ante ese estímulo, y la capacidad de resonancia
específica al estímulo preciso dado constituye, pues, la base para que la célula nerviosa,
mantenedora de la pauta del influjo recibido, empiece a <<reconocer>> dicho influjo,
diferenciándolo de cualquier otro.
Esa modificación específica del ARN bajo el efecto de influencias diversas ha servido, pues, de
base a los investigadores para suponer que constituye el asiento bioquímico de la memoria.
El supuesto de que el ARN participa en la conservación de las pautas de la memoria vino a
confirmarse por una serie de observaciones. Entre ellas figuran las realizadas por el célebre
fisiólogo norteamericano Morrell, quien demostró que la elevación del contenido de ARN motivada
por una estimulación reiterada de un sector determinado del cerebro, se manifiesta no sólo en esa
área, sino también en el punto simétrico del otro hemisferio. Esto significa no sólo que los círculos
[26]
reverberantes de la excitación pueden abarcar zonas muy grandes del cerebro, extendiéndose
además al hemisferio opuesto, sino también que ese <<foco especular>> simétrico, que no ha
experimentado ningún influjo directo del estímulo, surge un contenido elevado de ARN,
evidentemente indicativo de su disposición a excitaciones reiteradas.
Subrayamos las observaciones realizadas con ayuda del microscopio electrónico, demostrativas
de que a medida que se forman las huellas del hábito en las neuronas correspondientes del animal
puede observarse un aumento del número de minúsculas vesículas (burbujas), con una elevada
concentración de acetilcolina (acetiltrimetil-aminoetanol), lo que facilita la transmisión del impulso
en la sinapsis, mientras que la prolongada inexistencia de estímulos hace disminuir la cantidad de
las mismas.
Así mismo en dichas observaciones hay hechos indicativos de que las huellas de la información
asimilada por el animal pueden ser transmitidas a toro animal por vía humoral a través del ARN
modificado, y, viceversa, la destrucción del ARN (su disolución por la ribonucleasa) motiva la
destrucción de esas huellas.
Estas observaciones han suscitado una viva discusión; aquí citamos sólo unos breves datos,
haciendo constar que la verificación y estiva definitivas de los mismos es todavía cosa del futuro.
Datos sobre la posible participación del ARN en las funciones de conservar y transmitir la
información fueron obtenidos inicialmente por el investigador norteamericano McConell. Este
científico implantó, en los platelmintos (turbelarios) el hábito de evitar la luz. Dicho aprendizaje
requirió buen número de sesiones. Dicho aprendizaje requirió buen número de sesiones.
Después de ello los turbelarios eran seccionados en dos partes, cada una de las cuales se
regeneraba gradualmente, transformándose en animal completo. Cuando los individuos
regenerados iniciaron de nuevo el mencionado aprendizaje resultó que éste exigía la tercera
parte de sesiones de entrenamiento, tanto con el extremo cefálico regenerado como con el
fragmento caudal. Por consiguiente, la subsistencia de las pautas de la memoria se produce no
a cuenta de las neuronas restantes del ganglio delantero (que en el fragmento caudal se ha
regenerado de nuevo), sino a cuenta de las variaciones humorales (bioquímicas) subsistentes
en todos los tejidos del organismo. Es característico que, cuando ambos extremos del turbelario
en el que se había creado el hábito correspondiente se sumergían en una disolución de
ribonucleasa, destructora del ARN, desaparecían las huellas del hábito obtenido, y los gusanos
regenerados necesitaban de un nuevo aprendizaje con el mismo número de sesiones de
entrenamiento que los individuos no entrenados.
Estos experimentos, a juicio de los autores, confirman la participación del ARN en la
subsistencia de las pautas de la memoria.
Ensayos posteriores realizados por McConell y otros investigadores apuntan que el ARN
modificado puede no sólo conservar las pautas de la información recibida, sino transmitirlas
asimismo a otros individuos por vía humoral.
Para demostrarlo, McConell comenzó por implantar el hábito correspondiente en un grupo de
planarios, y luego nutrió con extracto de los cuerpos de estos planarios adiestrados a otros que
no lo habían sido. Según los datos citados por el investigador, como resultado de dicho
experimento los planarios no entrenados adquirían mucho más de prisa el mismo hábito
específico que antes se había creado en los gusanos entrenados y que, al parecer, se les había
transmitido por vía humoral mediante el ARN específicamente alterado, el cual guardaba las
pautas de la modificación del comportamiento en cuestión.
Se han realizado trabajos similares con muchos otros animales (entre ellos, ratas, en el
cerebro de las cuales se introducía extracto de encéfalo desmenuzado de ratas anteriormente
entrenadas), y sus autores han formulado la hipótesis de que también en esos casos el ARN
participaba no sólo en el mantenimiento de las huellas de la información recibida, sino que
incluso podía hacerlo en la transmisión de las informaciones a otros individuos por vía humoral
(bioquímica).
Conforme dijimos ya antes, dichos experimentos suscitaron una acalorada discusión, y aún
es difícil afirmar si los resultados de los mismos serán confirmados por investigadores
posteriores.
[27]
Y surge una interrogante esencia: ¿la modificación del ARN, como resultado del estímulo, se
limita única y exclusivamente a las neuronas, o bien también se incorporan otros tejidos del cerebro
al proceso de mantenimiento de las pautas? Este interrogante ha atraído la atención de los
investigadores.
Como es notorio, en la composición de los núcleos de las formaciones subcorticales, así como
también en la estructura de la corteza, además de las neuronas, interviene la neuroglia, que
envuelve las células nerviosas con una densa masa esponjosa. Durante mucho tiempo vino
considerándose la neuroglia cual mero tejido de sostén del cerebro, más últimamente ha quedado
claro que tiene asimismo otras funciones harto complejas, participando tanto en los procesos
metabólicos como en la regulación de los procesos de estimulación que discurren por las
estructuras nerviosas, y posiblemente también en el proceso de subsistencia de las pautas que
surgen en el tejido nervioso del cerebro. Sabemos asimismo que el número de células neuróglicas
es 10 veces mayor que el de las células nerviosas; a diferencia de éstas, que no se dividen jamás,
las células neuróglicas continúan dividiéndose y el número de las mismas aumenta durante la
ontogénesis. Es característico que al avanzar el desarrollo crece substancialmente la relación de la
masa de las células nerviosas con respecto a la masa total de la substancia gris, a la que
pertenecen también las células neuróglicas.
Estas últimas recubren espesamente las células nerviosas, y, según expresión de Hyden,
<<ocupan una situación estratégica entre las células nerviosas y los capilares sanguíneos>>. Los
potenciales eléctricos surgen en ellas con una lentitud centenares de veces mayor que en las
células nerviosas, y los cambios bioquímicos que en las mismas se operan bajo el influjo de las
estimulaciones se hallan en relación inversa con respecto a los cambios bioquímicos que tiene
lugar en las células nerviosas. Al iniciarse la estimulación, la cantidad de ARN aumenta en las
células nerviosas (neuronas), mientras que disminuye en la neuroglia circundante; por el contrario,
cuando la acción estimulante finaliza desciende la cantidad de ARN en la célula nerviosa y
asciende en las células de neuroglia envolvente. De ahí que el surgimiento de potenciales lentos, a
los que la neurofisiología atribuye singular trascendencia, se relaciona ahora no sólo con el
funcionamiento de las neuronas, sino también con la actividad de la neuroglia.
Todo ello hace suponer que la neuroglia confiere estabilidad a los procesos que se dan en la
célula nerviosa, ejerce influencia moduladora en el curso de las estimulaciones y, posiblemente,
toma parte directa en el mantenimiento de las pautas de brotan en las neuronas como
consecuencia de aquéllas.
La circulación de las excitaciones por los circuitos reverberantes y los cambios bioquímicos,
originados por la influencia de los estímulos que llegan al tejido nervioso, no bastan sin embargo
para explicar los mecanismos que sirven de base a la memoria a largo plazo. Por eso algunos
investigadores estiman necesario buscar los mecanismos de la memoria duradera en ciertas
modificaciones morfológicas que se originan en el aparato sináptico de las neuronas, y enuncian la
suposición de que justamente esas neoformaciones morfológicas son, pues, el substrato de la
memoria a largo plazo.
Ya anteriormente el conocido morfofisiólogo Arienes Kappers había señalado que el aumento de
los axones y dendritas no era casual y que las ramificaciones de la neurona se orientan hacia el
estímulo en curso. Este fenómeno, al que Kappers llamó <<neurobiótico>>, quedó confirmado en
observaciones posteriores. Ahora los científicos suponen que la orientación del crecimiento de las
ramificaciones neuronales viene determinada en gran medida por el funcionamiento de las
neuronas y por los <<programas>> dependientes del código de estimulación, y sirven de base a la
actividad de las mismas.
El crecimiento del sistema axono-dendrítico de diversas neuronas se produce también en vida
de las mismas, se estimula en gran medida por el ejercicio y se demora por el <<uso precario>> de
uno u otro sistema. El ejercicio eleva considerablemente el número de sinapsis, aumenta el de
burbujillas (vesículas) que transfieren la estimulación en las neuronas y la cantidad de
pequeñísimas adherencias (<<espinillas>>) existentes en los axones, todo lo cual se considera
ahora como el aparato neuro-químico fundamental que asegura la transmisión de la estimulación
en la sinapsis. Esas mismas reacciones de movimiento y crecimiento surgen al producirse la
estimulación no sólo en los apéndices de las neuronas, sino también en la neuroglia (A. I.
Roitback), y cabalmente ese efecto de la formación de nuevas sinapsis –según el criterio de
algunos autores- constituye el substrato de la memoria a largo plazo.
[28]
Si bien la memoria a corto plazo se basa en el movimiento de excitación de los circuitos
reverberantes y la memoria a largo plazo en el crecimiento del aparato axodendrítico de la
neuroglia, la formación de nuevas sinapsis aún no se puede considerar como demostrada, pero
muchos intentos contemporáneos de hallar el asiento fisiológico de los fenómenos de la memoria
marchan en esa dirección.
Y nos hacemos una pregunta natural: ¿qué grandes sistemas del cerebro garantizan la
impresión de las huellas? ¿Participan en los procesos de la memoria todos los sistemas del
encéfalo que desempeñan uno u otro papel en la grabación de las pautas? ¿O acaso de todos los
sistemas del cerebro que conocemos cabe destacar algunos que tengan un cometido especial en
la fijación y mantenimiento de las huellas de la memoria?
Conocemos asimismo que las características neurofisiológicas de las neuronas que integran los
distintos sistemas del cerebro son disímiles. Si bien en los sistemas de proyección de las zonas
óptica, auditiva y dermo-cinestésica de la corteza la inmensa mayoría de las células receptoras son
modales-específicas y reaccionan a los elementos selectivos estrictos de las estimulaciones, hay
en cambio otras regiones (entre las que figuran, por ejemplo, el núcleo caudado y el hipocampo)
que están constituidas mayormente por neuronas que no tienen carácter modal-específico y
reaccionan solamente a los cambios de estímulo. Lógicamente estos hechos dan base para
suponer que el hipocampo y las formaciones con él relacionadas (le núcleo amigdalino, los núcleos
del tálamo óptico, los cuerpos mamilares) desempeñan un cometido singular en la fijación y
conservación de las huellas de la memoria, y las neuronas que integran su estructura constituyen
un aparato adaptado para el mantenimiento de las pautas de los estímulos, así como para el cotejo
de los mismos con las nuevas excitaciones. Al propio tiempo están llamadas bien se a activar las
descargas (cuando el nuevo estímulo difiere del viejo), bien se a frenarlas.
Estos hachos hacen pensar que los sistemas indicados constituyen un aparato que asegura no
sólo el reflejo orientador (como esto se indicaba anteriormente [cf. <<Las sensaciones y la
percepción>>, cap. III]), sino un dispositivo portador de la función de fijar y cotejar las pautas, que
desempeñan un cometido esencial en los procesos de la memoria.
He ahí el por qué, según demuestran las observaciones, la lesión bilateral del hipocampo motiva
graves alteraciones de la memoria, y los pacientes aquejados de ella empiezan a revelar un cuadro
de imposibilidad para fijar las estimulaciones que les llegan, lo que se conoce en medicina clínica
con el nombre de <<síndrome de Korsakov>> (véase más adelante). Numerosos investigadores
(Brenda Milner, Scoville, Penfield) han constatado quirúrgicamente la existencia de los
mencionados hechos, de gran trascendencia teórica.
Se obtuvieron datos muy importantes a través de ciertos experimentos especiales efectuados
por el neuropsicólogo canadiense Brenda Milner. A un paciente con lesión bilateral del hipocampo
se le inyectaba en la carótida del segundo hemisferio una substancia somnífera (sodio
hexabarbitónico). Tal maniobra entrañaba una breve (durante algunos minutos) desconexión de
las funciones corticales del segundo hemisferio y, en suma, la inhibición durante un breve lapso de
tiempo de ambos hipocampos.
El resultado de dicha intervención fue la inhibición temporal de la memoria y la imposibilidad de
cualquier fijación de pautas, lo que se prolongó durante varios minutos, para luego desaparecer.
Es fácil advertir el alcance que estas investigaciones tienen para comprender el papel del
hipocampo en la fijación y subsistencia de las huellas de la memoria.
Para entender la función del hipocampo y de las formaciones con él relacionadas en los
procesos de la memoria, también tienen suma importancia las observaciones clínicas indicativas de
que la lesión de estas regiones del cerebro, íntimamente vinculadas con la formación reticular,
motivan no sólo un descenso general del tono de la corteza, sino también una grave alteración de
la posibilidad de grabar y conservar las huellas de la experiencia en curso. La experiencia clínica
ha registrado tales fenómenos en todas las lesiones que bloquean el movimiento normal por el
denominado circuito hipocampo-mamilotalámico (o <<circuito de Papez>>), que incluye en su
estructura el hipocampo, el núcleo del tálamo óptico, los cuerpos mamilares y el núcleo amigdalino.
[29]
El cese de la circulación normal de la estimulación por este circuito alteraba el trabajo normal de la
formación reticular y acarreaba graves trastornos de la memoria.
Todo eso no quiere decir que otras áreas del cerebro y, en particular, de la corteza cerebral no
tomen parte en los procesos de la memoria. Lo esencial radica, sin embargo, en que la lesión de
las regiones occipitales o temporales de la corteza puede entrañar la pérdida de la facultad de
afianzar las huellas de las excitaciones modales-específicas (visuales, auditivas), pero jamás
conlleva la alteración general de las pautas de la memoria.
Esto significa que la memoria es un proceso complejo por su índole nerviosa, y en su
afianzamiento participan diversos sistemas cerebrales, cada uno de los cuales desempeñan su
propio cometido y hace su aportación específica a la realización de la actividad mnémica.
Imágenes sucesivas
Este aspecto de las llamadas imágenes sucesivas constituye la forma más elemental de la
memoria sensorial. Se manifiestan tanto en la esfera visual como en la auditiva y sensitiva general,
y están bien estudiadas en psicología.
El fenómeno de la imagen sucesiva (representado a menudo por el símbolo NB,
correspondiente al término alemán Nachbild) consiste en lo siguiente: si durante algún tiempo
exponemos el sujeto a un estímulo simple, por ejemplo, le proponemos mirar durante 10-15
segundos un cuadrado rojo encendido, y luego lo retiramos, sujeto sigue viendo el lugar del mismo
una estampa de esa misma forma, aunque de color azul-verdoso por lo general. Dicha estampa
aparece en seguida unas veces, otras a los pocos segundos y se mantiene un cierto periodo
(desde 10-15 segundos hasta 45-60), luego va palideciendo gradualmente, perdiendo sus
contornos precisos, como extendiéndose, y acaba por desaparecer; en ocasiones vuelve a
aparecer, para esfumarse ya enteramente. Tanto el brillo como la nitidez y la duración de las
imágenes sucesivas pueden ser diferentes en distintos sujetos.
El fenómeno de las imágenes sucesivas se explica porque la estimulación de la retina tiene una
acción diferida: agota la fracción de púrpura visual (componente fotosensible de los bastoncillos)
que asegura la percepción del color rojo, por eso al trasladar la mirada a una hoja en blanco
aparece la estampa adicional a ésta de color azul-verdoso. Este tipo de imagen sucesiva se
denomina imagen sucesiva negativa. Puede evaluarse como el tipo más elemental de
conservación de las pautas sensoriales o el tipo más elemental de memoria sensitiva.
Además de las imágenes sucesivas negativas existen las imágenes sucesivas positivas.
Cabe observarlas cuando en plena oscuridad colocamos ante los ojos algún objeto (verbigracia,
una mano), y luego alumbramos el campo con una luz intensa (por ejemplo, con un destello de
lámpara eléctrica) durante un tiempo brevísimo (0,5 segundos). En este caso, cuando se apaga
la luz seguimos viendo durante cierto tiempo la imagen viva del objeto situado ante los ojos, y
ahora en sus colores naturales; la imagen subsiste algún tiempo y luego desaparece.
El fenómeno de la imagen sucesiva positiva es el resultado de una acción posterior directa
de la percepción visual breve. Y el hecho de que no cambie su colorido se explica porque el
fondo de la obscuridad no suscita la estimulación de la retina, y así podemos observar la acción
posterior inmediata engendrada por un momento de excitación sensorial.
Estos fenómenos han interesado siempre a los psicofisiólogos, quienes veían en las imágenes
sucesivas la posibilidad de observar directamente los procesos de las huellas que se conservan en
[30]
el sistema nervioso como efecto de las estimulaciones sensoriales, y estudiar la dinámica de las
mismas.
Las imágenes sucesivas reflejan ante todo los fenómenos de excitación que transcurren en la
retina del ojo. Lo que se demuestra con un sencillo experimento. Si exhibimos durante algún
tiempo el cuadrado rojo en una pantalla gris y, tras retirarlo, obtenemos su imagen sucesiva, y a
continuación alejamos gradualmente la pantalla, puede verse que la magnitud de la imagen
sucesiva aumenta poco a poco, aumento que es directamente proporcional a la distancia de la
pantalla (<<Ley de Emmert<<).
Esto se explica porque, a medida que se aleja la pantalla, el espacio de empieza a ocupar su
reflejo en la retina disminuye gradualmente, y la imagen sucesiva empieza a ocupar un lugar cada
vez mayor en esa superficie decreciente de la imagen retiniana de la pantalla que se desplaza. El
fenómeno descrito constituye una clara prueba de que en el caso dado observamos efectivamente
la acción diferida de los procesos de estimulación que se operan en la retina, y la imagen sucesiva
es la forma más elemental de memoria sensorial pasajera.
Es característico que la imagen sucesiva constituye un ejemplo de los procesos más
elementales experimentados por las huellas y que no es posible regular mediante un esfuerzo
consciente: no cabe prolongarlos a voluntad, ni suscitarlos de nuevo arbitrariamente. En eso
consiste, pues, la diferencia entre las imágenes sucesivas y otros tipos más complejos de
imágenes de la memoria.
Cabe observar asimismo imágenes sucesivas en la esfera acústica y en el dominio de las
sensaciones epidérmicas, pero aquí son menos acusadas y duran menos tiempo.
A pesar de que las imágenes sucesivas son un reflejo de los procesos que acaecen en la
retina, la nitidez y secuencia de las mismas dependen substancialmente del estado de la
corteza visual. Por ejemplo, en los casos de tumores en la región occipital del cerebro, las
imágenes sucesivas se manifiestan en forma atenuada y subsisten durante un tiempo más
corto, y en ocasiones incluso ni se producen (N. N. Zíslina). Por el contrario, al inyectarse
ciertas substancias estimulantes pueden hacerse más nítidas y duraderas.
De las imágenes sucesivas hay que distinguir el fenómeno de las imágenes gráficas o eidéticas
(del griego eidos, imagen). Este fenómeno, designado en psicología con el símbolo AB (del
alemán Anschauungsbildk) fue descrito en su tiempo por los hermanos Jaensch, psicólogos
alemanes. Consiste en lo siguiente: ciertas personas (sobre todo en la infancia y la adolescencia)
acusan la capacidad de reproducir imágenes nítidas y precisas de objetos vistos anteriormente o
de escenas completas, que persisten durante mucho tiempo después de haber cesado la presencia
de los mismos.
Veamos el estudio de dicho fenómeno en algunos experimentos. Durante 3-4 minutos se
muestra al sujeto, por ejemplo, un cuadro que representa alguna escenilla callejera. Retirado el
cuadro, se hacen preguntas sobre los detalles de éste. Si bien los sujetos corrientes apenas
lograban responder a algunas de las preguntas formuladas, los dotados de viva imaginación
eidética diríase que continuaban viendo el cuadro y respondían con facilidad a preguntas como las
siguientes: <<¿cuántos árboles había en la calle?>>, <<¿qué animales figuran en el cuadro?>>,
<<¿qué aspecto tenía el cartel en la pared?>>, etc. Seguían contestando a todos esos
interrogantes como si estuvieran <<examinando>> el cuadro ya oculto y, por lo general, en su
descripción no incurrían en faltas de ninguna índole.
La viva imagen eidética se distingue de la imagen sucesiva por muchas singularidades
cardinales. Puede conservarse tanto tiempo como se quiere; y si ulteriormente desaparece, el
sujeto puede suscitarla de nuevo sin trabajo alguno; por eso los experimentos de <<cotejo>> de los
detalles con la imagen eidética cabe efectuarlo semanas, meses e incluso años después de
haberse efectuado el experimento por primera vez.
Este fenómeno ha sido descrito en la literatura soviética por A. R. Luria, tras observar durante
muchos años a una persona dotada de brillante memoria gráfica visual.
[31]
A diferencia de la imagen sucesiva, las imágenes eidéticas son de naturaleza más compleja y
no constituyen en absoluto unas pautas de excitación suscitadas en la retina del ojo. Esto se
demuestra con la prueba siguiente. Cuando a un sujeto dotado de memoria eidética le mostramos
en la pantalla una figura o representación compleja, y luego retiramos la pantalla, la imagen
retenida de esa figura o representación no empieza a agrandarse a medida que se aleja la pantalla
de la misma proporción que la imagen sucesiva, sino que conserva mucha mayor constancia. Este
desvío de la <<Ley de Emmert>> y la gran constancia de la imagen eidética distinguen a ésta con
respecto a la imagen sucesiva, situándola en un lugar intermedio entre la misma (aumenta
bruscamente a medida que se aleja la pantalla) y la imagen de la representación (que conserva su
constancia plena y no aumenta en absoluto de magnitud al desplazarse la pantalla). Todo ello
indica que las imágenes eidéticas implican mecanismos centrales y, por lo tanto, constituyen un
aspecto más complejo de la memoria sensorial.
Así pues, la diferencia de las imágenes eidéticas con respecto a las sucesivas radica en lo
siguiente: subsisten sin alteración alguna de la nitidez, no manifiestan ningún fenómeno de
corrimiento ni fluctuación, y pueden suscitarse a voluntad en cualquier momento, incluso tras
larguísimos intervalos de tiempo posteriores a su grabación.
Por último, un rasgo distintivo esencial de las imágenes eidéticas es su movilidad, la posibilidad
de modificarlas bajo el influjo de las tareas y de las representaciones del sujeto.
Un sencillo experimento efectuado por los hermanos Jaensch muestra cómo al sujeto dotado
de memoria eidética se le muestra una lámina, representando una manzana, y a cierta distancia
de la misma un gancho. Tras retirar la estampa, cuando el sujeto sigue <<viendo>> la imagen
eidética, se le propone imaginarse que siente gran deseo de obtener una manzana. Nada más
recibir dicha indicación, el sujeto advierte que el gancho anteriormente situado a distancia de la
manzana se acerca a ésta y le tiende la manzana. Por consiguiente, la imagen eidética es
móvil y cambia bajo el influjo de la orientación del sujeto.
Según han probado las investigaciones, las imágenes eidéticas suelen encontrarse en la
infancia y en la juventud, desaparecen luego gradualmente, subsistiendo únicamente en algunas
personas. Hay razones para pensar que algunos célebres artistas plásticos estuvieron dotados de
vivas imágenes eidéticas. Verbigracia, conocemos artistas para los que bastaba mirar el modelo
sólo durante unos minutos y podían continuar trabajando en el cuadro sin la presencia del modelo,
conservando la imagen de éste con todos sus pormenores.
Hay razones para pensar que existen tanto substancias que refuerzan las imágenes eidéticas
(entre ellas los hermanos Jaensch citan las que contienen iones de potasio) como otras que las
atenúan (entre éstas figuran substancias que contienen iones de calcio). Por eso algunos agentes
farmacológicos especiales (la mescalina, por ejemplo) pueden reforzar bruscamente las imágenes
eidéticas, suscitando vivas alucinaciones visuales.
Imágenes de representación
Una estructura mucho más compleja tiene el tercer tipo de memoria figurativa, el de mayor
entidad, la imagen de representación (a veces designada en psicología por VB, del alemán
Vorstellungsbild). Son imágenes bien conocidas de todos. Decimos que tenemos idea de un árbol,
de un limón o de un perro. Ello significa que nuestras vivencias anteriores han dejado en nosotros
las pautas de esas imágenes; por eso, la existencia de imágenes de representación de valora
como la forma más esencial de la memoria.
A primera vista puede parecer que las imágenes de representación son afines a las imágenes
gráficas, diferenciándose de éstas sólo por ser menos deslumbrantes, más pobres y desvaídas,
menos nítidas. Ahora bien, esa característica de las representaciones, como imágenes más
pobres de contenido, es profundamente errónea, y un minucioso análisis psicológico demuestra
que las imágenes de representación no son más pobres que las imágenes gráficas, sino
inmensamente más ricas.
Lo primero que distingue a las imágenes de representación con respecto a las imágenes
gráficas radica en que las de representación son siempre polimodales, dicho en otros términos,
[32]
incluyen siempre en su estructura elementos tanto de las pautas motoras como de las visuales,
táctiles y auditivas; son huellas no de un solo tipo de percepción, sino el resultado de una actividad
práctica compleja en relación con los objetos.
Superficialmente las imágenes representativas pueden parecer más pobres en el orden visual y,
siendo más bien un esquema, un contorno general de la cosa dada que su imagen gráfica. Pero
incluyen en su estructura diversos aspectos de representaciones sobre la cosa: la imagen
representativa del limón incluye tanto su aspecto exterior (forma y color) como el sabor del mismo,
su piel rugosa, su peso, etc. La imagen de una mesa encierra en su estructura no sólo el aspecto
sobrio y esquemático de la misma, sino también su empleo, las huellas de que el hombre ha
estado sentado, ha comido y ha trabajado en ella, etc. Esa estructura plural de la imagen de
representación, que incluye vivencias multiformes con el objeto, hace ya de por sí que la
representación de éste sea mucho más rica que su aspecto meramente externo.
La segunda peculiaridad de la imagen de representación consiste en que siempre incluye en su
estructura la elaboración intelectual de la impresión acerca del objeto, el desglose en éste de sus
rasgos más esenciales y la inclusión del mismo en determinada categoría. No sólo reproducimos
la imagen del árbol, sino que también lo nombramos con una palabra determinada, destacamos en
él los rasgos esenciales y lo relacionamos con determinada categoría. Al suscitar la imagen del
árbol, por lo general, no suscitamos la imagen de un árbol determinado (de un pino o abedul, tan
familiares para nosotros), sino que nos referimos a la imagen generalizada de árbol, en la que
puede entrar tanto la imagen gráfica del abedul o del pino, como la de un chopo o un abeto. El
hecho de que la imagen representativa parezca a primera vista más desvaída y más pobre que la
imagen visual gráfica, constituye en realidad un indicio de su generalidad y de la riqueza potencial
de las conexiones que la respaldan, un indicio de que puede ser incluida en cualesquiera
relaciones. A la vez, esa aparente pobreza de la imagen de representación habla de que un cierto
rasgo (o conjunto de rasgos) se destaca en la misma como más substancial, mientras que se hace
caso omiso de otros tenidos por menos esenciales.
Por consiguiente, la imagen de representación es en fin de cuentas no la impronta pasiva de
nuestra percepción visual, sino el balance de análisis y la síntesis, de la abstracción y la
generalización de la misma, o, en otras palabras, el resultado de la codificación aceptada en
determinado sistema.
Así pues, en la imagen de representación nuestra memoria no retiene pasivamente la huella de
lo ya percibido, sino que efectúa con esto una honda labor, asociando toda una serie de
impresiones, analizando el contenido del objeto, generalizando dichas impresiones y aunando las
propias vivencias directas con los conocimientos que se tienen acerca de la materia dada.
De modo que la imagen de representación es un producto de una actividad inmensamente más
compleja y una formación psicológica infinitamente más compleja que la imagen sucesiva o la
gráfica.
Esta complejidad de la imagen de representación se ve con nitidez tanto en el reconocimiento
del objeto como en la subsistencia de la imagen.
El reconocimiento de un objeto nunca es un proceso de mera superposición del objeto percibido
con la imagen de representación que de él se guarda en la memoria. Suele operarse,
comúnmente, mediante el desglose de los rasgos esenciales del mismo, el cotejo de los indicios
similares y distintos en el objeto esperado y el realmente perceptible, como resultado de los cuales
ocurre pues la <<toma de decisión>>: ¿es, pues, el objeto visible lo que nosotros esperábamos, o
no lo es? El hecho de que el hombre tenga una <<imagen>> de una persona conocida no supone
en modo alguno que disponga de una impronta visual completa del mismo, y que lo
<<reconozca>> por vía de la identificación simple de la imagen perceptible con la que guarda en su
memoria. Significa que dispone de un conjunto generalizado de indicios que retiene como
sustanciales para tal persona: gran estatura, más bien calvo, con gafas, camina derecho, etc. Al
encontrarse con una persona parecida a esa conocida, confronta indicios sueltos, y si estos
indicios no coinciden en algo (<<más bien calvo, con gafas, de cara redonda…>>, y además),
<<toma la decisión>> de que ante él no se halla dicha persona, pues no la <<reconoce>>; sólo la
coincidencia de todos los indicios rectores lleva a la seguridad de que ante él se halla cabalmente
la persona esperada y a la <<toma de decisión>> que entraña el hecho de <<reconocer>> a su
conocido.
[33]
Ello da base para considerar la imagen de representación no cual mera impronta de impresión
singular en la memoria, sino como producto abreviado y síntesis de una compleja actividad en
relación con el objeto, en el que figuran elementos tanto de la experiencia directa como otros de
los conocimientos que se tienen acercar del mismo. Un proceso de similar complejidad entraña
asimismo la subsistencia de la imagen de la representación en la memoria.
Según han probado investigaciones diversas (y, ante todo, las realizadas por el psicólogo
soviético I. M. Soloviov), la imagen de representación a veces no se guarda en la memoria de
modo invariable; sufre siempre alteraciones dinámicas, fáciles de descubrir sin más que dar al
sujeto la posibilidad de familiarizarse con el objeto, y luego, transcurrido un cierto tiempo (un día,
una semana, un mes, varios meses), no limitarse a preguntarle si tiene una idea del mencionado
objeto, sino pedirle que lo dibuje. La experiencia indica de modo convincente que la subsistencia
de dicha imagen en la memoria está relacionada de hecho con modificaciones de la imagen de
representación del mencionado objeto, con el desglose y subrayado de los rasgos más esenciales
del mismo y la desaparición de sus particularidades individuales, en otros términos, con una
elaboración profunda de la imagen almacenada en la memoria.
Todo ello muestra que la imagen de representación es un complejísimo fenómeno psicológico y
que la <<memoria figurativa>> del hombre en ningún caso procede valorarla como fenómeno
elemental.
Las imágenes de representación entrañan unos tipos de huellas de la memoria sumamente
complejos y por su afinidad con los procesos intelectuales vienen a constituir uno de los
componentes más trascendentes de la actividad cognoscitiva del hombre.
La memoria discursiva
[34]
Retención y reproducción
Hasta ahora nos hemos detenido en aspectos aislados de las huellas y en las singularidades de
impresión de las mismas.
Ahora hemos de analizar la actividad especial mnémica, en otras palabras, los procesos de
fijación o aprendizaje del material.
La inmensa mayoría de nuestros conocimientos sistemáticos surge como resultado de una
actividad especial, en la cual se plantea al sujeto la tarea de memorizar el correspondiente material
para conservarlo en la mente, y en lo sucesivo recordarlo o reproducirlo.
Esa actividad orientada a retener y reproducir el material grabado en la mente llámase, pues,
actividad mnémica.
En ésta al hombre se le plantea el cometido de memorizar selectivamente los datos sugeridos,
retenerlos, y luego reproducirlos o recordarlos. Lógicamente, en todos estos casos el hombre ha
de delimitar con nitidez los datos que se le propuso recordar, separándolos de todas las
impresiones marginales, y al reproducirlos ceñirse pues a esos datos, sin entrelazarlos con
impresiones o asociaciones extrañas de ninguna índole. Por eso la actividad mnémica entraña
siempre un carácter selectivo. Y constituye un tipo de labor en el que el proceso de memorización
(o aprendizaje) está separado de los procesos de recordación (o reproducción) por un cierto lapso
de tiempo, breve en unos casos (cuando la verificación de la obra retenida sigue directamente al
estudio), y considerable en otros (si la comprobación se efectúa una hora, varias horas o días
después).
Según sea el cometido (retener par un tiempo breve o largo) cabe distinguir entre memoria a
corto y a largo plazo, aunque la diferenciación de estas dos formas de la memoria es bastante
relativa.
La actividad mnémica constituye en sí un fenómeno específicamente humano, inexistente en los
animales. En el proceso formativo del hábito o del reflejo condicionado del animal suscítase
determinada actividad, que, al repetirse, subsiste; ahora bien, sólo en el hombre el proceso de
memorizar entraña una labor especial, y el aprendizaje del material, la conservación del mismo en
la memoria y el recurso consciente al pasado con objeto de recordar el material estudiado, son
una forma especial de la actividad consciente.
Una de las misiones fundamentales de la ciencia psicológica, desde su mismo inicio, ha sido
medir el volumen de memoria asequible al hombre, la rapidez con que éste puede recordar el
material y el tiempo durante el cual puede retenerlo en la mente.
Este cometido no era sencillo en modo alguno.
Para medir la memoria <<pura>> es necesario eliminar todas las influencias interferentes que
ejercen sobre ella la elaboración intelectual de los datos.
Es notorio que el proceso interpretativo del material y la organización de los elementos sueltos
en todo un sistema puede incrementar la posibilidad retentiva, al igual que el proceso organizativo
de los elementos perceptibles en una estructura armónica de conjunto puede hacerlo con el
volumen de percepción. Al medir la memoria, hemos de adoptar todas las prevenciones para que
el material que fijen en la mente nuestros sujetos no sea encuadrado por ellos en determinadas
estructuras lógicas (ello haría posible la medición de la memoria <<pura>> y no permitiría destacar
las unidades en que cabe expresar el volumen de ésta).
Pues, bien, cabalmente esa tarea de eliminar de las investigaciones de la memoria toda
posibilidad de organizar el material en sistemas lógicos definidos es la más difícil. Al fijar en la
mente los datos propuestos, el sujeto trata siempre de asociarlos en ciertos grupos lógicos y
enlazar los elementos sueltos mediante asociaciones, lo que hace inviable el propósito de medir el
volumen de la memoria <<pura>>, separándola de la codificación intelectual de los elementos en
unidades mayores.
El problema de medir el volumen de la memoria en su aspecto más purto fue resuelto en los
albores del desarrollo de la psicología experimental por el notable psicólogo alemán Ebbinghaus.
Para investigar dicho volumen decidió sugerir al sujeto una sucesión de sílabas desprovistas de
sentido (como tziav, jok, pyn, dum, etc.), que daban posibilidades mínimas para su interpretación y
encuadre asociativo. Sugirió al sujeto que recordase 10-12 sílabas, anotó el número de los
[35]
elementos de la serie retenidos en la mente, considerándolo como expresión del volumen de la
memoria <<pura>>.
Luego de repetir el experimento varias veces seguidas y registrar el número gradualmente
creciente de los elementos retenidos, Ebbinghaus obtuvo la curva ascendente del número de
elementos recordados, a la que designó como curva de memorización.
Por último, comprobando la cantidad de elementos retenidos tras el paso de algunos minutos,
horas o días, tuvo la posibilidad de observar cómo decrece el número de los elementos
subsistentes de la serie, y ello le permitió establecer la curva de olvido o extinción de las huellas de
la memoria.
Los datos obtenidos por Ebbinghaus se convirtieron en material básico, característico de los
procesos de la memoria humana en sus formas más simples. A la par con la medición de los
umbrales de las sensaciones, estos experimentos sentaron las bases de la psicología científica
experimental.
¿Qué regularidades fundamentales de la memoria se hallaron mediante dichos experimentos?
Como primer resultado de las investigaciones se estableció el promedio de volumen de la
memoria característico del hombre.
Resultó que el hombre recuerda con facilidad como promedio, tras una primera lectura, de 5 a 7
elementos sueltos; este número oscila considerablemente pues mientras personas de mala
memoria suelen retener solamente de 4 a 5 elementos aislados, otras en cambio, de buena
memoria, son capaces de retener tras una primera lectura de 7 a 8 elementos aislados y
desprovistos de sentido.
Resultó además que el volumen de la memoria varía en función del método de presentación del
material. Las personas con predominio de la memoria auditiva recuerdan más elementos cuando
las sílabas desprovistas de sentido se leen en voz alta; y aquéllas en quienes predomina la
memoria visual recuerdan mayor número de elementos cuando éstos se les presentan en forma
escrita. Cierto, la diferencia entre la memoria auditiva y la visual no son tan considerables, y las
investigaciones realizadas ofrecen razones para constatar tan sólo un leve incremento de la
memoria visual con la edad, lo que posiblemente esté relacionado con el proceso de dominio de la
escritura. Y, cosa característica, la diferencia entre la memoria visual y la auditiva, que sólo en
formas poco ostensibles puede manifestarse en las personas normales, lo hace con singular nitidez
en casos de lesiones cerebrales.
Los experimentos de Ebbinghaus permitieron establecer importantes regularidades en el
proceso de aprendizaje del material.
En la presentación reiterada de una misma serie, constituida por 12-15 elementos, el número de
elementos retenidos crece gradualmente, y, por consiguiente, resulta posible deducir la curva del
número creciente de elementos retenidos o curva de memorización. Es característico el hecho de
que la mencionada curva muestra una tendencia regularmente ascendente en los sujetos
normales, mientras que se detiene o bien asciende al principio, y luego comienza a descender,
cuando la persona se halla en estado de gran lasitud. En una persona con fallos de memoria (de
edad senil, por ejemplo), va ascendiendo con suma lentitud y acaba deteniendo su ascenso de
hecho. Claro está, dicha curva cambia esencialmente en función de la serie estudiada; cuando
ésta consta de 10 palabras se alcanza con gran rapidez el límite (luego de 3 o 4 repeticiones
muchos sujetos empiezan a retener las 10 palabras), mientas que si se trata de 20 o 30 palabras el
aprendizaje continua mucho más tiempo y, comúnmente, no alcanza la plena reproducción ni
siquiera tras muchas reiteraciones.
Se descubrieron ciertos datos sustanciales al comprobar cuánto tiempo se retiene el material
estudiado y cómo transcurre su olvido gradual tras diversos intervalos de tiempo.
A tales efectos, Ebbinghaus sugería al sujeto que fijase en la memoria determinada serie de
elementos, y luego verificaba el número de éstos que dicho sujeto había retenido después de
transcurrido un cierto lapso de tiempo.
Dichos experimentos permitieron mostrar que el material aprendido se retiene por entero sólo
durante un tiempo relativamente breve, tras el cual comienza a olvidarse, y la curva que refleja la
cantidad de los elementos retenidos desciende verticalmente. Más adelante disminuye la
velocidad de olvido de las huellas, y transcurridos algunos días se mantiene de hecho constante un
pequeño número de los elementos retenidos.
[36]
Es característico que la curva de olvido depende tanto de la consistencia del estudio (número
de repeticiones correctas de la serie durante el aprendizaje), lo que demora bruscamente el
proceso de olvido de la serie estudiada a fondo, como el grado de organización de la serie de
sistemas concienciados (el olvido de una serie de sílabas sin sentido es mucho más rápido que el
de una serie de palabras organizadas en determinadas estructuras lógicas).
Por último, cabe señalar que la conservación del material estudiado depende en sumo grado de
cómo el sujeto haya ocupado el tiempo transcurrido entre el aprendizaje del mismo y su
recordación. Por ejemplo, si dicho intervalo estuvo dedicado a la vigilia y el trabajo intelectual, el
olvido del material estudiado transcurre más deprisa, mientras que lo hace con mucha mayor
lentitud si dicho intervalo estuvo dedicado al sueño.
Los datos más esenciales que nos acercan a la comprensión de los mecanismos intrínsecos de
la memoria, se obtuvieron al estudiar la dependencia existente entre los resultados de la
recordación y el volumen de la serie propuesta, y al analizar con minuciosidad otra dependencia: la
que existe entre la retención y el olvido de los elementos de la serie propuesta con respecto al
lugar que los mismos ocupan entro de aquélla.
Las investigaciones demostraron que si una serie de 5-6 elementos se recuerda por entero
después de la primera exhibición, el aumento de la serie propuesta motiva no el incremento, sino el
descenso del número de los elementos retenidos. Así, pues, al presentar 4 o 5 cifras el sujeto las
retenía por completo; cuando eran 7 u 8, sólo retenía un 70%; al tratarse de 9 o 10 cifras, el 40%; y
si eran 10, sólo el 23%; cuando la serie propuesta constaba de 11-13 cifras el número de
elementos retenidos en la mente descendía hasta un 2-3%.
Resultados análogos se obtuvieron en otro aspecto: resultó que si una serie de 6-7 elementos
(vocablos) se retenía sin más que una exhibición, la retención plena de una serie de 12 elementos
requería ya 16 repeticiones; y al aprendizaje de una de 16 elementos, 30 repeticiones; 44
reiteraciones, si constaba de 24 elementos, y 65 cuando el número de elementos era 26. Datos
similares vinieron a obtenerse en el aprendizaje de series con distinto número de sílabas.
Los datos citados muestran de modo convincente que el aumento del número inicial de los
elementos a recordar influye, pues, en la memorización de los mismos, y que el número de los
elementos retenidos no aumenta en dependencia lineal respecto a la magnitud de la serie inicial,
sino que, por el contrario, el aumento de volumen de la serie inicial conlleva demora, retardo, del
proceso de memorización.
Se obtuvieron datos singularmente esenciales al efectuar un minucioso análisis de la
dependencia que se revela en la retención de los elementos son respecto al lugar que ocupan en la
serie general.
Según demostraron las investigaciones, los elementos de la serie propuesta se retienen de
modo harto desigual. Por lo general, los primeros elementos y los últimos de la serie se retienen
con mucha mayor frecuencia que los elementos intermedios de la misma. Este hecho, al que se ha
dado en psicología el nombre de factor de extremo, tiene una gran importancia de principio.
Supone que la retención y reproducción de los elementos a estudiar transcurre bajo la influencia
inhibitoria que ejercen entre sí los eslabones sueltos de la serie. Los primeros elementos sufren el
influjo inhibitorio único de los siguientes, mientras que los últimos elementos de la serie sufren
únicamente el de los precedentes; a diferencia de ello, los elementos intermedios de la serie
soportan al influjo inhibitorio tanto de los eslabones precedentes como de los siguientes, en virtud
de lo cual se reproducen mucho peor.
El influjo inhibitorio de los eslabones precedentes de la serie a estudiar sobre los siguientes se
llama en psicología inhibición preactiva; y el de los siguientes sobre los precedentes, inhibición
retroactiva. Después de lo que anteriormente dijimos, en cuanto a la influencia inhibitoria del
choque sobre las huellas siguientes y precedentes, queda bastante claro el mecanismo de influjo
de ambas pautas inhibitorias sobre la consolidación de las huellas.
Los hechos expuestos son de gran trascendencia para la psicología de la memoria. Nos
acercan de lleno a la respuesta a una pregunta ya formulada: ¿cuáles son los mecanismos que
subyacen al olvido?
Durante muchos años en psicología han existido dos teorías que explicaban las causas de
olvido. Una denominada teoría de la extinción constante de las huellas (trace decay); la otra, teoría
de la inhibición interferente de las pautas.
[37]
De conformidad con la primera teoría, las pautas dejadas en el sistema nervioso por unos u
otros influjos se extinguen gradualmente, y los correspondientes efectos (o vivencias) se borran.
Por eso el olvido es un proceso que transcurre de modo natural y pasivo. La segunda teoría se
acerca a la solución del problema relativo a las causas del olvido. Arranca de la tesis de que las
pautas dejadas por unos u otros estímulos subsisten en el cerebro durante un tiempo muy lago,
que a veces se cifran en muchos años (este hecho lo confirman las pruebas de hipnosis, capaces
de suscitar recuerdos lejanos, en ocasiones infantiles, que diríase desaparecidos desde hace
mucho); el olvido de impresiones o vivencias se explica, según dicha teoría, como resultado del
influjo de circunstancias <<interferentes>> que entorpecen la revelación de dichas pautas. Esas
influencias inhibitorias pueden tener un doble carácter: proceden tanto de acciones inmediatamente
precedentes al momento de impresión de las huellas (fenómeno de inhibición proactiva) como de
circunstancias subsiguientes de inmediato a dicho momento (inhibición retroactiva).
Es fácil advertir que esta segunda teoría considera el olvido como un proceso activo y estima
que se halla <<localizado>> no en la impresión, sino en la reproducción de las huellas de la
experiencia anterior.
Dos grupos de hechos vienen a confirmar este supuesto.
El primero de ellos es el influjo inhibitorio de otra actividad sobre la reproducción de las huellas.
Más arriba hemos hablado del variado éxito con que transcurre la reproducción de las huellas en
función de que el intervalo existente entre la misma y el aprendizaje haya estado dedicado a un
trabajo activo o al sueño. Investigaciones especiales en las que dicho intervalo se dedicó a la
fijación mental de series extrañas confirman la tesis sobre la influencia inhibitoria de las acciones
interferentes.
La hipótesis de que al olvido subyace no tanto la endeblez y extinción natural de las huellas
como la acción inhibitoria de agentes interferentes viene a confirmarse también por un último hecho
que ha recibido en psicología el nombre de reminiscencia.
Este hecho consiste en que la reproducción de las huellas que no es asequible de inmediato
tras el aprendizaje de la serie, se hace posible tras una cierta pausa, durante la cual el cerebro
consigue descansar. Por eso, aunque parezca paradójico, el volumen del material reproducido
transcurrido un cierto lapso de tiempo puede resultar mayor que el obtenido por vía de
reproducción inmediata.
El olvido se explica no tanto por el resultado de la extinción de pautas como por el fruto de la
inhibición motivada por influencias interferentes en cadena, y la eliminación de esos factores
inhibitorios (el descanso de la corteza) hace que las pautas temporalmente inhibidas comiencen a
surgir.
(a) 101000100111001110
Claro está que la recordación de una serie de formada por elementos homogéneos que se
alternan casualmente entraña mayores dificultades y requiere mayor número de repeticiones.
[38]
(b) 10 10 00 10 01 11 00 11 10
(c) 101 000 100 111 001 110
Es fácil advertir que en los dos ejemplos citados hemos descrito unos modelos artificiales del
proceso de codificación lógica del material a recordar, característico de toda recordación
concienciada y que es la forma rectora de la actividad mnémica en el hombre adulto, cuando éste
asimila el contenido de un manual que trata de facilitar material a estudiar, etc.
Asimismo cabe notar fácilmente que dicho proceso es por su estructura psicológica
enteramente distinto del proceso de recordación mecánica, entraña diversas operaciones lógicas
auxiliares, y se acerca en esencia al proceso de pensamiento lógico, con la única diferencia de que
los métodos de este último están orientados no sólo a asimilar los nexos y correlaciones esenciales
de los elementos, sino también a lograr que esos elementos se hagan asequibles para
conservarlos en la mente.
El proceso de recordación lógica, a medida que se desarrolla o afianza, experimenta una serie
de modificaciones sustanciales, fáciles de seguir al observar las etapas porque pasa el hombre que
estudia un libro cualquiera.
Primero lee y destaca sus pasajes esenciales, luego extracta el contenido básico del mismo en
forma de compendio, que más adelante resume y transforma en esquema lógico de la obra, y el
proceso de asimilación del material puede darse por terminado cuando todo el contenido de un
largo artículo o un libro cabe en una brevísima y enjundiosa sinopsis lógica.
Dicho proceso no siempre entraña un carácter lógico riguroso; un lector experimentado no tiene
necesidad de pasar por todas las fases intermedias de esa compleja actividad; a veces el proceso
de <<codificación>> del material leído puede transcurrir en forma abreviada y limitarse únicamente
a ciertas acotaciones reducidas, siguiendo las cuales puede restablecerse por entero el contenido
de la lectura efectuada. En algunos casos, tratándose de lectores muy duchos, esto resulta
innecesario, y el proceso de recodificación (organización lógica) del material asimilable empieza a
desarrollarse con rapidez y sin soportes externos de ninguna índole
El proceso de recordación lógica, que hace de la actividad mnémica algo afín al pensamiento,
reestructura de modo esencial tanto el proceso de <<aprendizaje>> como el de <<memorizar>>.
[39]
Ambos empiezan a entrañar un carácter indirecto, mediatizado, y cabalmente éste hace que la
recordación sea altamente eficaz tanto por el volumen del material asequible a la misma como por
la consistencia del material recordable y la posibilidad de reproducirlo dentro de largos intervalos
de tiempo. Y es característico que los resultados de esa recordación lógicamente organizada
exigen para el aprendizaje un número de repeticiones muy inferior, sufren en grado mínimo el
influjo de los factores interferentes y no revelan de forma tan acusada los fenómenos de
reminiscencia, como recordación mecánica de eslabones aislados, conexos entre sí.
La vía que lleva de la recordación mecánica a la que se obtiene mediante la organización lógica
del material constituye, pues, el camino fundamental para el desarrollo de las formas complejas de
la memoria, de igual modo emergente en la ontogénesis y en el proceso asimilativo de los métodos
de actividad mnémica durante el aprendizaje
En todos los casos en los que hasta ahora nos hemos detenido, la retención y el aprendizaje
eran objeto de tarea especial planteada ante el sujeto, y las leyes fundamentales de la retención y
la evocación, leyes de una actividad mnémica especial.
Pues bien, surge la pregunta: ¿a qué leyes se subordina la retención en otros casos, cuando
ante el sujeto no se plantea la tarea especial de recordar o aprender el correspondiente material, y
la memoria se halla conectada con otra actividad que formula ante el sujeto otras tareas?
El estudio de estas leyes es el cometido de un capítulo especial de la ciencia psicológica que
estudia los fenómenos comúnmente denominados de retención inmediata o impremeditada.
Supongamos que un hombre va por la calle y tiene prisa por llegar al trabajo. Pasa al lado de
escaparates, junto a unos obreros que reparan el asfalto, se cruza con vendedores de periódicos,
deja al lado unos quioscos. ¿Qué recuerda, pues del camino recorrido?
Los hechos prueban que ninguno de los pormenores descritos quedan en su memoria; ahora
bien, si tiene prisa por llegar al trabajo y va economizando los minutos, y una de las calles resulta
cerrada al tráfico, él recordará bien este hecho.
Observaciones similares inducen a pensar que el hombre recuerda ante todo lo que guarda
relación con el fin de su actividad, lo que contribuye al logro de ese fin o lo entorpece. Justamente
lo relacionado con el objetivo o materia de la actividad suscita la reacción orientadora, se convierte
en dominante y recordable, mientras que los detalles accesorios, no relacionados con la finalidad
esencial de su actividad, ni se advierten ni tampoco se guardan en la memoria. En virtud de ello,
la persona que está presente en una discusión y toma parte en ella, recuerda bien cada
manifestación de los discutidores, las posiciones de éstos y el carácter de las objeciones, más
puede no retener absolutamente en la memoria si las ventanas del auditórium están o no abiertas,
dónde estaba el armario, si había o no libros o periódicos esparcidos en los pupitres, etc.
La investigación de las reglas a que se subordina la retención no premeditada, tiene grandísima
importancia tanto para la teoría de la memoria como para una serie de dominios prácticos de la
psicología, en particular, para la psicología del testimonio; pues los datos de este capítulo de la
ciencia psicológica permiten comprender el por qué son tan pobres algunos testimonios de
personas que han sido testigos casuales de un acontecimiento, resultando a veces de una
insuficiente autenticidad.
Numerosas investigaciones de psicólogos soviéticos, entre las que destacan por su elevada
trascendencia las realizadas por P. I. Zínchenko y A. A. Smirnov, han estado dedicadas al análisis
de las leyes que definen la retención involuntaria (no premeditada).
A tales efectos, Zínchenko ejecutó una serie de experimentos especiales en los que mostró la
dependencia existente entre la retención impremeditada y el móvil a que estaba encaminada la
actividad.
Ante el sujeto se disponía un surtido de estampas; cada una de ellas representaba una u
otra imagen de objetos, plantas, animales, etc. En el ángulo de cada una de las mismas
figuraba un determinado número.
En una serie de experimentos se pidió al sujeto que distribuyera las estampas por grupos,
según la clasificación de los objetos representados en éstas; en la segunda serie se le dio la
[40]
misión de distribuirlas conforme al a secuencia de los números escritos en una estampa. Los
resultados obtenidos indican que al retentiva en cuanto a las imágenes dibujadas o las cifras
escritas depende de algo grado de la orientación seguida por la actividad del sujeto: quienes
cumplían la tarea de clasificar las estampas según el contenido, recordaban bien los objetos
representados en ellas, pero casi no recordaban los números escritos en las mismas; los que
colocaban las estampas siguiendo el orden de los números crecientes, recordaban los
guarismos que en ellas había escritos, más no podía retener en la memoria las imágenes
dibujadas en las mismas, ni el lugar ocupado por una estampa determinada.
Se pide a los sujetos que ejecuten tres tipos de trabajo con palabras: escoger vocablos
adicionales a los dados por empezar con la misma letra; seleccionar vocablos con propiedades
análogas a los propuestos; y, por último, elegir vocablos relacionados con ellos por su
significado. El número de palabras retenidas en la mente en los dos últimos experimentos
duplica el de las retenidas después del primer experimento.
Aflora con toda evidencia el hecho de que la actividad intelectual compleja entraña a su vez un
efecto mucho mayor de retención impremeditada del material correspondiente. Se obtuvieron
datos análogos al investigar cómo se retiene el material complejo concienciado en función del
grado de complejidad de la actividad intelectual que con él se realiza.
Sugiérase al sujeto una labor variada con cierta serie de fragmentos lógicos; en unos casos
ha de repetirlos tres veces, en otro tiene que analizarlos de conformidad con el plan propuesto.
El trabajo de analizar el contenido de los fragmentos con ayuda del plan lógico propuesto
motiva que tanto alumnos de 5.º grado como adultos (estudiantes) retengan un material muy
superior al que se logra en la repetición mecánica, aunque ésta sea triple.
Los experimentos indicativos de este hecho consistieron en lo siguiente. Se dio a los sujetos
unos fragmentos lógicos para que efectuasen distinta labor: en unos casos tenían que repetirlos
tres veces; en otros, analizar el contenido de los mismos, ateniéndose al plan confeccionado; en
unos terceros, debían confeccionar por su cuenta el plan de los mencionados fragmentos.
Al finalizar cada uno de los trabajos se les pidió que contaran los fragmentos que
recordaban; esto se repitió a los pocos minutos.
[41]
Los resultados de la reproducción diferida resultaron distintos en los tres casos.
En la prueba con repetición triple del fragmento los sujetos reproducían de inmediato –luego
del intervalo dado al mismo- tantos pormenores como en la reproducción instantánea; en
cambio, la cantidad de pormenores reproducidos tras el aplazamiento en las dos pruebas
últimas resultó mucho mayor que en la reproducción instantánea.
Esto significa que la labor intelectual compleja, relacionada con el uso de un plan prefijado o
con la confección independiente del plan, no sólo entraña una mejor recordación del material
(como lo han demostrado los hechos precedentes), sino que hace más estable la retención del
material y permite incluso recordar más detalles en su reproducción diferida de los que se
logran en la encuesta efectuada nada más terminar el experimento.
Estos datos indican que el trabajo intelectual con unos materiales determinados motiva que
éstos sean retenidos con mucha mayor estabilidad y plenitud que en el aprendizaje mecánico y,
por consiguiente, dan la posibilidad de valorar el efecto mnémico de la actividad intelectual.
El efecto de retención impremeditada en la mente de los materiales implicados depende no sólo
de la orientación y de la complejidad intelectual de la actividad, sino también del flujo de ésta y del
colorido emocional de la misma.
Este hecho, la dependencia de la recordación con respecto al flujo de la actividad fue
investigado con detalle en su tiempo por el conocido psicólogo alemán Kurt Lewin.
Es notorio que cualquier intención se mantiene firme en la memoria mientras no ha sido
cumplido el empeño, y desaparece de la mente tan pronto como éste se logra. Del propósito de
echar una carta al buzón nos acordamos en tanto no solo hacemos; más basta que realicemos
nuestro propósito para que el recuerdo de la carta desaparezca de nuestra mente.
Pues bien, en virtud de esa regla, cualquier tarea se conserva en nuestra memoria mientras no
se realice la actividad correspondiente, y justamente en razón de ello las pautas de la actividad
inconclusa o no ejecutada se conservan en la mente mejor que las de la actividad acabada.
Este hecho de conservar mejor en la memoria los actos inconclusos fue señalado en su tiempo
por B. V. Zeigarnick, discípula de Kurt Lewin, y ha tomado carta de naturaleza en la ciencia
psicológica con el nombre de <<efecto Zeigarnick>>.
La mejor retención de los actos inconclusos explica el por qué la obra de argumento sutil y de
fábula inacabada se recuerda más, y por qué este recuerdo se mantiene con mayor consistencia
mientras no llegamos al final de la lectura de una obra. Asimismo aclara el hecho de que los
problemas no resueltos se mantengan firmes en la memoria subsistiendo la tensión que
desaparece al resolverlos.
Lo dicho nos conduce al último factor que determina la estabilidad de la retención
impremeditada: la influencia del colorido emocional de la materia recordable.
Sabemos que las vivencias de colorido emocional son retenidas en la memoria mucho mejor
que las impresiones frías. Este hecho, al parecer, se debe a que las impresiones de colorido
emocional suscitan un elevado reflejo orientador y transcurren con un tono más alto de la corteza,
así como que el hombre está inclinado a retornar a ellas con mucha mayor frecuencia; en este
sentido, las vivencias de colorido emocional suscitan la misma tensión elevada que cualesquiera
operaciones inconclusas.
Ahora bien, la mejor retención en la mente de los actos de colorido emocional tiene también sus
límites.
[42]
Es bien notorio que las emociones afectivas intensas insoportables y torturadoras para el
individuo son objeto de inhibición activa, <<desplazadas>> de la conciencia, y el sujeto las olvida.
A este hecho prestó atención en su tiempo el célebre psiquiatra vienés S. Freud, creador del
psicoanálisis, quien demostró en gran número de observaciones que el hombre tiene inclinación a
<<desplazar>> las vivencias desagradables y torturadoras (incompatibles con sus normas), que
son objeto de inhibición y devienen contenido del subconsciente, manifestándose sólo durante los
estados de actividad disminuida, en forma de sueños o bien de lapsus, omisiones y salvedades
que brotan al abstraerse la atención.
Los casos desplazamientos de las emociones afectivas insoportables y los fenómenos
subconscientes constituyen uno de los más trascendentales logros de la ciencia psicológica
contemporánea. Sus mecanismos fisiológicos se explican por la inhibición que surge al producirse
excitaciones súper intensas y protege la corteza de sobreexcitaciones desmesuradas.
Precisamente por eso, los mecanismos fisiológicos que subyacen al <<desplazamiento>> del
campo de la memoria de los sufrimientos insoportables son afines a los mecanismos de la
inhibición <<parabiótica>> o <<protectora>>.
Hasta ahora nos hemos detenido en examinar las regularidades generales de la memoria
humana. Más existen deferencias individuales, debido a las cuales la memoria de unas personas
se distingue de la de otras.
Estas diferencias individuales en cuanto a la memoria pueden ser de dos tipos. Por una parte,
la memoria de los diversos sujetos difiere por el predominio de una u otra modalidad, visual,
auditiva o motora; por otra, la memoria de personas diferentes puede distinguirse también en
cuanto a su nivel organizativo.
Sabemos que en unas personas predomina el aspecto visual de la memoria, en otras el
auditivo, y en unas terceras el motor. Es fácil advertir tal fenómeno viendo cómo personas diversas
fijan en su mente una misma estructura visual y analizando los métodos con ayuda de los cuales
recuerdan el contenido de algo (por ejemplo, un número de teléfono o el apellido que se les dice).
Se observan hechos análogos en cuanto a la memoria auditiva. Las diferencias individuales
son aquí muy grandes, y si la historia registra casos en los que una obra musical compleja era
retenida en la mente y repetida a plenitud por personas de acusada memoria auditiva, sin más que
escucharla una sola vez, tenemos en cambio numerosas observaciones realizadas con personas
casi totalmente incapaces de retener durante un plazo más o menos largo una melodía musical.
En las diferencias individuales registradas se revelan tanto las peculiaridades innatas
(genotípicas) como la actividad profesional de las personas, motivadora de un alto desarrollo de la
memoria visual, auditiva y, en ocasiones, gustativa.
Ciertas singularidades características de la memoria pueden revelarse también al resolver
diversos sujetos de modo enteramente distinto un mismo problema, verbigracia, retener en lamente
un número de teléfono o un apellido desconocido. Es notorio que algunos músicos relevantes (por
ejemplo, el célebre compositor S. Prokófiev) han señalado que suelen recordar los números de
teléfono cual melodías musicales conocidas, mientras que otros sujetos ven el número telefónico
como algo escrito en la pizarra y lo recuerdan por conducto visual.
Suma entidad tienen, sin embargo, las diferencias en los modos de retención y en el nivel
organizativo de la memoria propios de distintas personas.
Según demuestran las observaciones, en unas personas predominan las formas directas,
sensoriales (visuales, auditivas, motrices) de retención, mientras que en otras ese predominio
adopta el carácter de codificación compleja del material y su transformación en esquemas lógico-
verbales. A esto se refería I. P. Pávlov al dividir a los seres humanos en dos grupos, uno de los
cuales tipificaba la categoría <<artística>> y el otro la de <<pensador>>. Las particularidades
individuales en cuanto a la memoria están lejos de ser siempre meras singularidades peculiares
encuadradas en los marcos de los procesos mnémicos. A menudo conllevan también significativos
cambios en la estructura de toda la personalidad del hombre.
A. R. Luria ha descrito uno de esos casos, ocurrido con Sh., conocido memorista soviético.
[43]
Este hombre poseía una asombrosa memoria cidética, de suma pujanza gráfica. Sine
sfuerzo alguno retenía en la mente enormes tablas de cifras y palabras, y seguía
<<viéndolas>>, y las <<percibía>> al mismo tiempo en forma de sonidos, de matices sonoros
(cinestesia). Por eso no le costaba el menor trabajo reproducir materiales ingentes, luego de
intervalos considerables de tiempo, cifrados a veces en muchos años.
No obstante, era esencial para Sh. el hecho de que las extraordinarias peculiaridades de su
memoria se reflejaban en la estructura de su pensamiento y en las singularidades de su
personalidad.
Dotado de una memoria gráfica excepcional, Sh. resolvía sin esfuerzo problemas complejos,
siempre que su resolución pudiera desarrollarse en el plano gráfico y se basara en la posibilidad
de fijar el material visualmente, operando con imágenes gráficas. Pero a menudo le resultaba
una dificultad insuperable tener que resolver problemas abstractos, que requerían apartarse de
las imágenes gráficas y cuya solución mediante un planteamiento gráfico era imposible. De ahí
que la comprensión de las estructuras lógico-gramaticales, complejas y abstractas,
transcurriese a menudo en él no con mayor facilidad, sino con dificultades muy superiores a las
de personas que no poseían una memoria gráfico-figurativa tan pujante.
El mayor interés lo constituye, sin embargo, el carácter singular de la personalidad de Sh.
Las imágenes gráficas de representación eran en él tan vigorosas que el mundo de su
imaginación se confundía a veces con el mundo de las impresiones reales; y esos límites, pues,
entre el mundo real y el imaginado, tan precisos en el hombre corriente, aparecían en él muy
erosionados. Por eso, con frecuencia el comportamiento de Sh. se distinguía por su falta de
sentido práctico y la mezcla de realidad y fantasía, al tiempo que el súper potente desarrollo de
una memoria gráfico-figurativa llevaba a la formación de singulares rasgos de la personalidad
en su conjunto.
El volumen de la memoria directa (efímera) viene dado por el máximo número de elementos
que el sujeto es capaz de reproducir, sin errores, tras una sola exhibición.
Para establecer las diferencias existentes entre la memoria auditiva y la visual cabe presentar
dichas series a viva voz o ponerlas a la vista. Una variedad de este método consiste en proponer
al sujeto un determinado grupo de figuras geométricas (en orden sucesivo o de modo simultáneo),
[44]
y sugerirle luego, bien que halle dichas figuras en grupo de muchas otras (método de
reconocimiento), o bien que las dibuje (método de reproducción).
El método investigativo del aprendizaje entraña dar al sujeto una larga serie de sílabas,
vocablos o guarismos sin conexión mutua, que de inmediato no logra recordar y se le pide
reproducir los elementos retenidos en cualquier orden.
1) 1 2 3 4
2) 1 2 3 4 5
3) 1 2 3 4 6 5 etc.
1) 1 2 3 4 5 6 7
2) 1 2 3 4 5 6 7 8
3) 1 2 3 5 4 6 7 4
El experimento se repite varias veces (hasta 10), y cada vocablo reproducido se registra con
una cifra en el orden de su reproducción.
Al final de la prueba se traza la curva de aprendizaje. Esta se valora tanto por el resultado
general (número de elementos de la serie retenidos y cantidad de repeticiones necesarias para el
aprendizaje total de los mismos, como por el carácter de la curva (su rápido ascenso, la existencia
de oscilaciones, etc.) y la estabilidad el orden con que el sujeto ha reproducido las palabras (esto
último da la posibilidad de establecer tanto las peculiaridades de <<estrategia>> de la actividad
mnémica del sujeto, como también la presencia del <<factor extremo>> al que antes nos hemos
referido).
La investigación de naturaleza fisiológica del olvido plantea una tarea de estudio: ¿subyace a
dicho olvido la endeblez de las pautas o la inhibición de éstas se debe a los agentes de
interferencia?
Para obtener una respuesta a dicho interrogante se efectúa una serie de indagaciones, en las
que, por una parte, se comprueba la capacidad de retener las huellas del núcleo dado durante
cierto lapso de tiempo (libre de toda actividad accesoria) y, por otra, se observa cómo la actividad
marginal (interferente) influye en la retención de las huellas.
Los más sencillos experimentos relacionados con este grupo radican en lo siguiente:
1) Se presenta al sujeto una breve serie de sílabas, vocablos o cifras, constituidas por 4, 5 o
6 elementos; en unos casos se le propone reproducirlos seguidamente y en el mismo orden,
mientras en otros lo ha de hacer tras una pausa de 30 segundos, 1 minuto y 2 minutos. La
endeblez de las pautas se manifiesta en que, tras repetir con acierto la serie inmediatamente
después de su exhibición, el sujeto revela dificultades al efectuar su reproducción diferida y, o
bien reproduce una menor cantidad de eslabones, o bien reproduce una menor cantidad de
eslabones, o bien reproduce elementos extraños (sonora o semánticamente afines) o los
traspondrá, cambiando el orden en que fueron presentados.
2) Se muestran al sujeto las mismas series de 4, 5 y 6 elementos (sílabas, vocablos o cifras)
y se le propone reproducirlas de inmediato, nada más terminada la exhibición. Acto seguido se
le sugiere que ejecute alguna actividad accesoria (por ejemplo, efectuar operaciones
relativamente complejas de resta o multiplicación) que ocupe el mismo tiempo que la <<mera
pausa>> (30 segundos, 1 minuto y 2 minutos); y luego se le pide que repita de nuevo la citada
serie de elementos (sílabas, vocablos o cifras) que le fue dada con anterioridad. El influjo de la
actividad marginal (o factor heterogéneo interferente) se manifestará en que – a diferencia del
experimento con <<mera pausa>>- no será capaz de reproducir tantos elementos como antes
había hecho.
3) Muéstrasele ahora una serie breve de 3, 4 y 5 elementos (sílabas, vocablos o cifras) y se
le propone reproducirlos; acto seguido se le muestra una segunda serie con el mismo número
de elementos, que también ha de reproducir. A continuación se le pide que reproduzca la
primera serie de elementos (dada antes).
[45]
El influjo inhibitorio de la actividad similar (homogénea) interferente se revelará en que el
sujeto o bien no logra retornar en absoluto a la primera serie, o bien es capaz de reproducir un
número de elementos muy inferior, o incluso reproducirá una serie constituida parcialmente por
elementos de la segunda, o sea tendremos el fenómeno conocido en psicología por el nombre
de contaminación.
Todas las pruebas descritas (1, 2 y 3) pueden repetirse varias veces seguidas; lo que permite
ver en qué medida logra superarse la alteradora reproducción del influjo de la pausa vacía, por una
parte, y la influencia inhibitoria de la actividad marginal interferente, por otra.
La confrontación de los datos obtenidos en la serie recién descrita con los resultados de
experimentos sencillos sobre la retención de los elementos de una serie de exhibición única o de
las pruebas de memorización, permite dar una información mucho más completa en cuanto a las
peculiaridades de la actividad mnémica, que la utilización exclusiva de uno solo de los métodos
indicados.
Para investigar el nivel asequible de organización semántica de la memoria suelen utilizarse los
métodos investigativos de la recordación mediatizada, elaborados por L. S. Vigotsky, A. N. Leóntiev
y L. V. Zankov.
Dicho método consiste en plantear al sujeto la tarea de recordar una serie de palabras
empleando láminas auxiliares, mediante el nexo lógico de cada palabra con determinada lámina;
una vez realizada esta parte del experimento, el sujeto habrá de analizar las láminas seleccionadas
y nombrar en cada caso la palabra para cuya recordación hizo uso de la correspondiente lámina.
Por consiguiente, en este caso se propone al sujeto no una serie de estímulos (sujetos a la
recordación de la palabra), sino dos series de estímulos, una de las cuales (los implicados en la
recordación de la palabra) es el objeto a recordar, y la otra (láminas auxiliares), el medio para
hacer memoria.
El investigador valora tanto el carácter de los nexos semánticos auxiliares que el sujeto
establece entre las palabras y las láminas como el acierto con que recuerda dichas palabras
mediante las correspondientes láminas auxiliares, seleccionadas o propuestas.
El método de recordación mediatizada puede utilizarse en dos variantes: libre y vinculada.
En la variante libre del experimento, se coloca ante el sujeto 25-30 cartones del juego de lotería,
y al mostrársele luego palabras sueltas, para recordar cada una de ellas, ha de seleccionar un
cartón-lámina que relaciona con la palabra dada; luego de mostrársele 12-15 palabras, se le
exhiben, siguiendo un orden casual, las distintas láminas y se le propone nombrar en cada caso la
palabras para cuya recordación seleccionó dicha lámina.
En la variante vinculada del experimento, el realizador pronuncia la palabra a recordar y
muestra al sujeto una lámina, que éste ha de emplear como medio auxiliar para la memorización
de aquélla.
A efectos de la primera variante se propone al sujeto unas láminas fácilmente relacionadas con
la palabra dada (verbigracia, si se trata de escuela, la imagen de un cuaderno; o si del invierno, la
figura de una estufa). En cuanto a la segunda variante, que tiene por fin determinar la posibilidad
del establecimiento activo y creador de relaciones auxiliares, se le proponen unas láminas
difícilmente relacionadas con el vocablo dado (verbigracia, la imagen de un pato, respecto a la
palabra escuela; y la de unas gafas, para el vocablo invierno, y así por el estilo)
[46]
1. escuela cuaderno en la escuela se cuaderno +
escribe en
cuadernos
2. invierno gafas en invierno se invierno +
llevan gafas para
la nieve
3. carne cuchillo la carne se corta tenedor -
con un cuchillo
4. fuego hacha para encender leña -
fuego se corta la
leña con el hacha
Desarrollo de la memoria
El desarrollo de la memoria en la edad infantil menos que nada cabe imaginárselo como un
proceso de gradual crecimiento cuantitativo o maduración.
[47]
En su evolución la memoria vive una dramática historia, llena de profundas reestructuraciones
cualitativas y de cambios esenciales, tanto en lo que afecta a su entramado como a sus
interrelaciones con otros procesos psíquicos.
Hay muchas razones para suponer que la capacidad de fijar y conservar las huellas en los
primeros años de vida no es más débil, sino más fuerte incluso, que en los años subsiguientes, y
que la memoria gráfica (eidética) está mucho más desarrollada en el niño que en el adulto. León
Tolstoi solía decir que casi la mitad de todos los recuerdos de su mente habían cristalizado en los
primeros años de su vida.
Pero la memoria del niño con dos o tres años de vida, a la par que su fuerza, entraña también
sus debilidades: es difícil organizarla, hacerla selectiva, aún no constituye en modo alguno
memoria voluntaria para la que es posible recordar lo necesario de cara a un fin, escogiendo entre
todas las demás las adecuadas huellas impresas. Lo que se puede mostrar fácilmente si a un niño
de 2,5 a 3 años le sugerimos recuerde y luego que reproduzca 5 o 6 palabras, o bien, después de
darle 5-6 láminas, que diga cuáles son las que ha recibido. En este caso será fácil convencerse de
que, junto a los vocablos (o láminas) suministrados, el niño habrá de reproducir además por
asociación otros relacionados con ellos y no logrará inhibirse se asociaciones marginales,
reproduciendo de modo selectivo y únicamente la serie necesaria de huellas. El proceso de
recordación selectiva voluntaria aún no se halla presto en esa edad, y la posibilidad de subordinar
su actividad mnémica a instrucciones articuladas sólo madura en el niño mucho más tarde, junto
con el desarrollo general del comportamiento dirigido a un fin.
Ese carácter contradictorio del desarrollo, un cierto descenso en las posibilidades de la memoria
gráfico-figurativa directa, unido al incremento del carácter gobernable de los procesos mnémicos,
constituye el primer rasgo distintivo del desarrollo de la memoria en la edad infantil.
El segundo rasgo característico del desarrollo de la memoria es el desenvolvimiento gradual de
la recordación mediatizada y el tránsito desde las formas directas y naturales de la memoria a las
formas mediatizadas y lógico verbales.
Este hecho fundamental del desarrollo de la memoria fue estudiado con detalle en su tiempo
por L. S. Vigotsky y sus colaboradores (A. N. Leóntiev y L. V Zankov).
Para presentar las mutaciones cualitativas que experimenta la memoria del niño a medida que
éste se desarrolla, Vigotsky realizó dos series de pruebas con niños de distinta edad. En la
primera daba al niño una tarea de forma directa (sin procedimientos auxiliares de ninguna índole),
consistente en recordar y reproducir una sucesión de 10-12 palabras; en la segunda serie le
facilitaba algunas láminas auxiliares a título de medios para recordar las palabras, vinculando cada
una de éstas con la correspondiente lámina mediante algún nexo accidental.
Los experimentos vinieron a demostrar el carácter complejo que entraña el desarrollo de los
procesos de la memoria en el niño.
El grupo de los escolares más pequeños lograba retener con éxito cierto número de palabras,
sin recurrir a procedimientos de ninguna índole; ahora bien, las láminas que se les ofrecía como
medio auxiliar no mejoraban el proceso de recordación; los niños de esta edad no podían
establecer una relación lógica-verbal de la correspondiente lámina con una palabra dada, y
declaraban <<aquí no hay de eso>>, o trataban de ver directamente la representación de la
palabra dada en la lámina (así, cuando a uno de los niños se le pidió que recordase la palabra
<<sol>> con ayuda de la lámina <<samovar>>, señaló una manchilla brillante de éste y dijo:
<<¡Aquí está, el sol!>>). Diríase, pues, que el examen de la estampa no era más que un trabajo
adicional, algo que sólo desviaba al niño de la recordación del vocablo necesario. Cuando al niño
se le proponía que recordase lámina por lámina la palabra correspondiente, resultaba enteramente
incapaz de hacerlo y ora describía sencillamente la lámina que se le había dado, ora contaba las
asociaciones que la misma despertaba en él. Como resultado, dicha operación, cuya finalidad
exclusiva era utilizar una lámina auxiliar como signo para recordar la palabra necesaria, venía a
reemplazarse por otra más simple y directa de asociaciones sucesivas, y el esquema requerido
[48]
quedaba substituido por otro más elemental,
o bien
así pues, el niño de corta edad aún no es capaz de establecer o emplear conexiones auxiliares
(<<mnemotécnicas>>), y en el experimento con láminas no daba mejores resultados, sino peores
incluso a veces, que en la prueba de recordación directa.
Estos hechos permitieron establecer que la recordación del niño de edad preescolar en su
inmensa mayoría entraña aún carácter involuntario (y por eso es difícilmente gobernable).
Un cuadro muy distinto se revela cuando los investigadores efectuaban ese mismo experimento
con párvulos y luego con escolares de grados superiores.
Los niños de esta edad, naturalmente, gobernaban mejor los procesos de su recordación, y por
eso ejecutaban mejor el experimento de recordación directa de la sucesión de palabras propuesta.
Pero el avance más substancial registrado en la edad escolar radicaba en que los niños eran ahora
capaces de utilizar para el proceso de recordación medios auxiliares externos, y establecer
relaciones auxiliares que les daban la posibilidad de emplear las láminas como signos de apoyo
para recordar la palabra necesaria.
Inicialmente dicha posibilidad quedaba limitada al empleo exclusivo de relaciones establecidas y
relativamente simples. Los niños eran capaces de utilizar para la recordación de la palabra
<<escuela>> la estampa <<cuaderno>> (<<en la escuela hay cuadernos>>), pero todavía no
podían crear motu proprio nuevas relaciones auxiliares, y al recordar la palabra <<escuela>>
renunciaban, por ejemplo, a utilizar la lámina <<barco>> (<<no, en la escuela estudian, y el barco
está en el mar…>>). Pero en las sucesivas etapas del desarrollo esta dificultad se iba superando.
Los niños empezaban a denominar la posibilidad de formar por sí mismos nuevas relaciones
auxiliares que habrían de utilizarse para recordar los vocablos propuestos.
Como resultado de este proceso, el número de palabras recordables con ayuda de láminas
auxiliares aumentaba bruscamente y llegaba a adelantar al de las que el niño podía retener
directamente.
Y los errores característicos de los niños de edad preescolar (del tipo A – X – X o A – X – Y)
desaparecían ya aquí; el niño al que se mostraba en una prueba de control las láminas utilizadas
por él, o retornaba al vocablo inicial (vocablo <<escuela>> - lámina <<barco>> - vocablo
<<escuela>> o A – X – A), o daba una reproducción inexacta del vocablo dado, mezclándolo con
algún otro afín (término <<escuela>> - lámina <<barco>> - término <<maestro>>, o sea, llegando al
esquema A-X-B).
Estos experimentos señalaban con evidencia que la edad escolar es la etapa en que, a la par
con la memoria directa, se forman en el niño los procesos de recordación mediatizada, y el tránsito
a la investigación de la memoria de los escolares de grados superiores y de los adultos permitía
describir la etapa siguiente y última del desarrollo de la misma.
Pues, bien, las pruebas efectuadas con escolares de grados superiores y adultos indican que
establecen sin dificultad las relaciones auxiliares que les permiten hacer uso de cualesquiera
medios externos de apoyo para la recordación de las palabras facilitadas a los mismos; la
existencia de nexos habituales entre el vocablo y la lámina no constituye para ellos obstáculo más
o menos notorio, y aprovechan con facilidad cualesquiera láminas en calidad de medios auxiliares
[49]
para la recordación. Sin embargo, el rasgo más esencial que distingue a estos sujetos radica en
que ahora ya no tienen necesidad de apoyos externos y son capaces de recordar los vocablos
propuestos con ayuda de su organización lógica interna, situándolos en una determinada
estructura lógica y <<codificándolos>> en determinados grupos semánticos. Lo que les permite
transformar la recordación mecánica directa en actividad mnémica lógicamente organizada. Los
procedimientos de recordación que en la etapa precedente tenían un carácter extrínseco-directo se
reducen ahora y adquieren el carácter de proceso interno mediatizado. La memoria mecánica se
va transformando gradualmente en memoria lógica.
Resultado de este proceso es e considerable aumento de los índices de recordación en la
primera serie de experimentos en la que no se da al sujeto ninguna clase de apoyos auxiliares
externos, y la curva correspondiente a la misma empieza a subir con ímpetu, descubriendo la
tendencia en su límite a fundirse con la curva de recordación extrínseca-mediatizada. Este hecho,
que en su tiempo recibió el nombre de <<paralelogramo de la memoria>>, ofrece un esquema de
las circunstancias fundamentales de desarrollo de la memoria en la edad infantil. Y muestra que si
bien en la edad escolar tiene lugar el proceso básico de transformación de la memoria elemental
directa en memoria extrínseca-mediatizada, en cambio, con el tránsito a los grados superiores de
escolaridad y a la edad adulta el hombre llega a ser capaz de dominar la recordación interiormente
mediatizada. Por eso el brusco ascenso de la curva de recordación <<directa>> al llegar a dicha
edad se explica, pues, porque la recordación se convierte aquí de hecho en intrínseca-mediatizada.
Por consiguiente, el proceso de desarrollo de la memoria en la edad infantil es un proceso de
reestructuraciones psicológicas radicales, cuya esencia se reduce en última instancia a que las
formas naturales y directas de la recordación se convierten en <<procesos psicológicos
superiores>>, complejos, sociales por su génesis y mediatizados por su estructura, y que de modo
rotundo distinguen los procesos psicológicos del hombre con respecto a los procesos psicológicos
del animal.
Es fácil advertir que dicha reestructuración radical de los procesos de la memoria en el
transcurso del desarrollo infantil entraña no sólo un cambio de estructura en cuanto a la memoria
misma, sino también una mutación en las relaciones entre los procesos psicológicos
fundamentales. Si en las etapas tempranas del desarrollo la memoria tenía carácter gráfico y era
en buena medida continuación de la percepción, ahora en cambio, con el desarrollo de la
recordación mediatizada, pierde su relación directa con la percepción y adquiere una relación
nueva y decisoria con los procesos del pensamiento. El escolar adelantado o el adulto que
efectúan operaciones complejas de codificación lógica del material sujeto a recordación, ejecutan
una complicada labor intelectual y el proceso memorativo empieza a acercarse por ello mismo al
proceso del pensamiento discursivo, sin perder –no obstante- el carácter de actividad mnémica.
Ese cambio radical de la relación entre los distintos procesos psicológicos y la formación de
nuevos sistemas funcionales constituye el rasgo fundamental del desarrollo psíquico del niño, y el
proceso evolutivo de la memoria en el transcurso de la ontogénesis puede comprenderse
únicamente como reestructuración radical de los procesos, cuyo camino acabamos de exponer.
Patología de la memoria
Los estados patológicos del cerebro van acompañados con harta frecuencia de trastornos de la
memoria; pero hasta fecha reciente se ha sabido muy poco sobre las peculiaridades psicológicas
que distinguen a los trastornos de la memoria en las afecciones cerebrales de variada localización,
y sobre los mecanismos fisiológicos subyacentes a dichas peculiaridades.
Es bien notorio que, como resultado de traumas agudos o intoxicaciones, pueden originarse
fenómenos de amnesia retrógrada y anterógrada; y que en estos casos, conservando el recuerdo
de acontecimientos lejanos, los pacientes revelan serios trastornos de la memoria con respecto a
sucesos actuales, y en esencia desbordan los conocimientos de los psiquiatras y neuropatólogos
que venían describiendo las alteraciones de la memoria en los casos de afecciones orgánicas del
cerebro. A los mencionados hechos se unieron otros demostrativos de que las lesiones de las
áreas profundas del cerebro pueden motivar hondos trastornos de la capacidad de fijar las huellas
y reproducir lo recordable, más seguía sin aclararse la naturaleza de esas perturbaciones.
[50]
Los datos obtenidos por numerosos investigadores durante los últimos decenios han
enriquecido substancialmente nuestros conocimientos sobre el carácter de las alteraciones de la
memoria en las afecciones de variada localización, y han permitido precisar tanto los datos básicos
sobre el papel de las diversas estructuras cerebrales en los procesos de la memoria, como los
mecanismos fisiológicos subyacentes a los trastornos de la misma.
Lesiones de las áreas profundas del cerebro –zonas del hipocampo y del sistema conocido bajo
el nombre de <<circuito de Papez>> (hipocampo, núcleo del tálamo óptico, cuerpos mamilares,
núcleo amigdalino)- suele originar trastornos masivos de la memoria, no limitados a una u otra
modalidad. Conservando el recuerdo de sucesos lejanos (hace ya tiempo consolidados en el
cerebro), los pacientes de este grupo no son capaces de fijar, sin embargo, las huellas de los
influjos actuales; en los casos menos graves de quejan de mala memoria y señalan que han de
anotarlo todo para no olvidarse; las lesiones masivas de esta área suscitan una grave amnesia en
cuanto a los sucesos actuales, hasta el punto de que el hombre pierde a veces la idea clara de
donde se encuentra, empieza a sufrir serias dificultades para orientarse en el tiempo, y llega a ser
incapaz de señalar el año, el mes, la fecha, el día de la semana, y en ocasiones hasta la hora del
día.
Es típico que las alteraciones de la memoria no entrañan en estos casos carácter selectivo, y se
revelan de igual modo en la dificultad de retención visual y auditiva, y en la de material gráfico o
discursivo. Estas perturbaciones de la memoria son especialmente nítidas cuando la lesión afecta
a los dos hipocampos.
Minuciosas investigaciones neuropsicológicas han permitido llegar a una nueva visión tanto de
la estructura psicológica de los mencionados defectos de la memoria, como de los mecanismos
fisiológicos subyacentes a los trastornos de la misma.
Y vino a demostrarse que cuando las lesiones de las zonas indicadas del cerebro no son
relativamente muy acusadas, los trastornos quedan limitados a la memoria elemental directa,
subsistiendo la posibilidad de compensar dichos trastornos mediante la organización semántica del
material; paciente que no logran recordar una serie de palabras, láminas o actos inconexos, son
capaces de cumplir esa tarea mucho mejor recurriendo a medios auxiliares y organizando el
material recordable en determinadas estructuras semánticas. El trastorno de la memoria directa en
dichos pacientes no va acompañado de ninguna alteración marcada del intelecto, y no manifiestan,
por lo general, síntomas de demencia.
Al analizar las posibles alteraciones fisiológicas de la memoria en estos casos, se obtuvieron
ciertos hechos substanciales.
Según demostraron investigaciones, los pacientes aquejados de lesiones en las áreas
profundas del cerebro pueden retener sucesiones de palabras, relativamente largas, o de actos, y
reproducirlos tras un lapso de 1-1,5 minutos. Basta, sin embargo, un pequeño desvío debido a
cualquier actividad interferente para que la reproducción de la serie de elementos recién aprendida
se haga imposible. La base fisiológica del trastorno de la memoria en estos casos no es tanto la
endeblez de las pautas como la elevada capacidad inhibitoria de las mismas ante las influencias
interferentes. Estos mecanismos del trastorno de la memoria en los casos descritos se explican
fácilmente porque la firme conservación de los focos dominantes y de los reflejos selectivos
orientadores se alteran aquí con facilidad, debido al descenso del tono de la corteza y al desglose
de los aparatos primarios d confrontación de las huellas, separándolos del trabajo normal, lo que,
según ya indicamos anteriormente, es función directa del hipocampo y de las formaciones con él
relacionadas.
El cuadro de las perturbaciones de la memoria cambia de modo esencial cuando a la lesión de
las áreas profundas del cerebro se une la afección de las regiones frontales (y en especial de los
sectores mediales y basales de las mismas). En estos casos el paciente pierde la actitud crítica
ante los defectos de su memoria, es incapaz de compensarlos y no tiene ya la posibilidad de
distinguir la ejecución auténtica de las asociaciones emergentes sin control. Las confabulaciones y
errores de la memoria (<<seudorreminiscencias>>) que surgen en dichos pacientes, vienen a
unirse a los graves trastornos de la misma (<<síndrome de Korsakov>>) y origina fenómenos de
confusionismo situados en los límites entre las perturbaciones de la memoria y las perturbaciones
de la conciencia.
De todas las variantes del cuadro arriba descrito difieren en esencia los trastornos de la
memoria debidos a lesiones locales de la superficie externa (convexa) del cerebro.
[51]
Tales afecciones nunca van acompañadas de trastorno general de la memoria y nunca motivan
el surgimiento del <<síndrome de Korsakov>>; como máximo se observan perturbaciones de la
conciencia con fenómenos disociativos de la orientación en el espacio y el tiempo.
Los pacientes aquejados de lesiones localizadas en las zonas convexas del cerebro pueden
manifestar un trastorno parcial de la actividad mnémica, entrañando por lo común carácter modal-
específico o, dicho en otros términos, revelándose en una sola esfera.
Por ejemplo, los pacientes afectados en una lesión en la región temporal izquierda manifiestan
indicios perturbadores de la memoria acústico-discursiva y no pueden retener ninguna clase de
series largas de sílabas o de palabras. Ahora bien, pueden no revelar defecto alguno de la
memoria visual, y en muchos casos –basándose en esta última- logran compensar sus defectos
mediante la organización lógica del material consolidado.
Los pacientes con lesiones localizadas en la región parieto-occipital izquierda pueden
manifestar trastornos de la memoria visual-espacial, más, por lo general, conservan en mucho
mayor grado la memoria acústico-discursiva.
Los afectados por lesiones de las áreas frontales del cerebro no suelen perder la memoria, pero
su actividad mnémica puede tropezar con dificultades substanciales debido a la inercia patológica
de los estereotipos, una vez surgidos, y a la ardua conmutación de un eslabón del sistema
recordable a otro; los intentos de recordar activamente el material que se les propone se complican
además por la marcada inactividad de estos pacientes, y toda recordación de una larga serie de
elementos, necesitada de un intenso trabajo con el material a recordar, se transforma en repetición
pasiva de los eslabones de la serie que se memorizan de inmediato sin ningún esfuerzo. Por eso
la <<curva de la memoria>>, que en condiciones normales entraña un carácter netamente
progresivo, deja de crecer en ellos, sigue manteniéndose a un mismo nivel y empieza a tener el
carácter de <<meseta>>, expresiva de la inactividad en la función mnémica de los mismos. Siendo
típico que las afecciones locales del hemisferio derecho (subdominante) pueden transcurrir sin
alteraciones visibles de la actividad mnémica.
Investigaciones realizadas en los últimos decenios han permitido acercarse de lleno también al
análisis de los trastornos de la memoria que surgen en los casos de alteraciones cerebrales
genéricas de la actividad psíquica.
Cuando esas alteraciones suscitan inestabilidad y endeblez de las excitaciones en la corteza
cerebral (lo que puede ocurrir en los casos de afecciones vasculares diversas, hidrocefalia interna
e hipertensiones cerebrales), los trastornos de la memoria pueden venir expresados por un
descenso general del volumen mnémico, dificultad de memorización y un leve efecto inhibitorio de
las huellas debido a las acciones de interferencia; motivan un agotamiento brusco del paciente, lo
que dificulta seriamente el aprendizaje, y la <<curva de memorización>> empieza por no ascender,
y en las repeticiones sucesivas llega incluso a descender. El análisis de esta curva puede tener
gran valor diagnóstico, permitiendo diferenciar síndromes desiguales de mutación de los procesos
psíquicos en afecciones cerebrales distintas por su carácter.
Ciertas peculiaridades características distinguen a los trastornos de la memoria en la demencia
orgánica (enfermedad de Pick, de Altzheimer) y en los casos de oligofrenia.
Un aspecto central de dichas afecciones suele ser la perturbación de las formas superiores de
la memoria y, ante todo, de la memoria lógica. Estos pacientes no son capaces de utilizar los
procedimientos necesarios de organización semántica del material a recordar y revelan deficiencias
singularmente marcadas en los experimentos de recordación mediatizada.
Es característico que en los casos de retraso mental (oligofrenia) esas perturbaciones de la
memoria lógica pueden manifestarse en ocasiones sobre un fondo de memoria mecánica bien
conservada y que en ciertos casos sea incluso satisfactoria por su volumen.
La investigación de la memoria tiene enorme importancia para llegar a precisar los síntomas de
las enfermedades cerebrales y establecer el diagnóstico de las mismas.
[52]