Hoy, alguien que reconoció en su célebre frase a Maquiavelo quiso hablar de epistemología
errando en su definición, no me explico bien porque me sudaron las manos y quise corregir
automáticamente, me fastidia cuando usan términos complicados para justificar cualquier
oportunidad para abrir el hocico, pero mi reacción era más pasión por mi propio fastidio que por
amor a los conceptos, mi propia oportunidad para abrir el hocico también. Me tensé, mi hombro
dolía. Exploro posiciones con el brazo estirado cada que puedo, siento el tope del dolor al borde
de la clavícula luxada, es mi manecilla, cada que llego al ángulo más obtuso marca la impaciencia,
pero no hay prisa de nada, veo el mundo perdido que nunca quise ganar, que quizá si quería
ganar, pero no lo sabía y ahora lo sé, luego lo olvido de nuevo. No me pagan el dinero de la
incapacidad, los créditos son una práctica nueva para mí que, intuyo, no me saldrá del todo bien,
pero es un dolor de culo que quería conocer. Tengo ideas grandilocuentes, me emocionan, les
invierto un rato mi atención completa, trato de poner en acción lo que busco, siempre resulta más
pequeño de cómo se ve en mi mente, pierdo el interés. No me conozco, estoy segura que puedo
reconocer el sentido de perseverancia, pero yo sólo soy terca, en mí su reflejo se desfigura. En
bicicleta la pesadumbre del pensamiento se laxa, se aligera, fluye rápido con el viento, es más fácil
de manejar unido a su par natural y opuesto de las sensaciones, extraño pedalear. He tenido
oportunidad de avanzar en aquello que me debo, que le debo a mi propia vida, lo desaprovecho
convenciéndome que hay prioridades, otras, que mi cabeza es un balde de instrumentos inútiles
que giran en su eje sin propósito, empezar es, ante todo, difícil. Tengo un título de fracasada que
no me niego a exhibir, después, quizá, con más recelo se hablan de los intentos. Hace unos meses
un personaje de cualidades mortales, pero con un filo prometeico, apareció; yo no tenía nada qué
hacer ahí, pero hice. Y desde entonces conozco el patetismo del llanto después de una
masturbación. Tal situación me ha apretado unos tornillos y me ha perdido otros. Me gusta
aquello de la sincronicidad, me gusta conectarla en las mancias, pero con un poco de trabajo
adicional, en la astrología, por ejemplo, mi Venus en Géminis en Casa XII da la lectura de mis
habilidades como amante más interesante que hermosa, y la fascinación por las complicaciones.
Autosabotaje, falta de amor propio, masoquismo. Vamos a ponerle cualquier nombre en turno,
depresión, cuando insisto en que sale de mis manos. No logro plantearme con toda la seriedad
que requiero. Mi mejor salida es mandar todo a la mierda, ignorando cualquier dolor por la
incertidumbre de qué curso toma lo que acabo de catafixiar por el pedo que me impulsa para a
penas hacer lo que ordinariamente debería, sin sacrificios. Quizás sólo me estoy impulsando a
través de las cosas que abandono. Debo ser yo quien se va. Tengo fantasías donde yo soy quien
huye de mi indeterminación con determinación misma, del no poder preguntar si aún soy
importante, del tener que pensar que debo preguntarlo, del que no me lo digan, cuando sé con
tímida certeza que no lo suficiente, qué hago batiéndome los sesos y las entrañas a lo pendejo. Yo
hubiera entendido en un principio ser tratada como una eventualidad, por qué había que ser
trascendente o pretender que lo soy. A veces creo que soy objeto de una culpa o de lástima, en
realidad es penoso sentir eso por uno mismo y proyectarlo en que eso sienten otros por mí.
Seguramente no soy cualquier persona interesante con la que me confundieron y ya todo
desgastado en la falta de protagonismo voy desapareciendo poco a poco. Entonces me llena de
rabia que siembren en mis momentos de cándido placer promesas falsas. Mi placer no es falso, mi
necesidad tampoco y mucho menos mi cariño. No hay villanos en mi vida, no tengo contra quien
arremeter, es claro que gasto mi tiempo ocupando todos esos roles en mi vida con pleno
egocentrismo. Al menos el dolor es todo mío.