Si tenemos entendidas las dos grandes obras de Shinichiro Watanabe, la simbiosis de género es su
estructura predominante. Por antecedente sabemos que Japón es distinguido por una mezcla
ideológica y estética de lo clásico y la vanguardia, tenemos una quimera cultural construida a
partir de aislamiento y una inquietante tendencia a la novedad. Cowboy Bebop se compone de un
estilo económico de la vida western con recursos narrativos del noir pero en un escenario futurista
y una banda sonora que funde todos estos elementos en jazz. Y Samurai Champloo, el anime del
que hablaremos esta vez, con una receta similar, pero con ingredientes totalmente diferentes,
logra otro gran híbrido en el anime.
No es tan atrevido de mencionar que esta vez fueron elegidos elementos de la cultura negra
moderna y la ruralidad del antiguo Japón del periodo Edo con toda y su aspereza. Ha sido una
fusión tan interesante en el guion, que se permitan -con humor- varios anacronismos y absurdos
como las gafas que algunos personajes llegan a portar: Jin, el intelectual elegante, lleva unas
consigo. Pero no se dejen engañar, se mantiene una línea de historia seria a pesar de los episodios
divertidos.
Los personajes principales son contrapuestos entre sí, tenemos una primera dimensión que es la
rivalidad entre Mugen y Jin, los dos son justo lo contrario al otro, pero ambos son espadachines
solitarios. Y Fuu, una muchachita con agallas suficientes para unir a dos polos opuestos y hacer de
una rivalidad en realidad un equipo, es el tercer elemento que cohesiona los caminos de los tres.
Son un trío con motivaciones y pasados diferentes, desconocidos entre si y que poco a poco
muestran su móvil en la vida y sus creencias, no desarrollan exactamente un cambio radical como
personajes, son tres personas frente a sus deseos, escapes, búsquedas y pesadumbres.
La historia es contada a través de pequeños relatos que se suscitan durante la búsqueda del
“samurái que huele a girasoles”, y a su vez cada personaje desarrolla una historia personal en cada
episodio, a manera que sus destinos siguen cruzándose, aunque a veces no lo busquen así; y sus
pasados se visualizan menos borrosos.
Otra gran característica en la obra de Watanabe, como se había insinuado, aunque esta vez quizás
en dimensiones menos magnánimas que en Cowboy Bebop, es la música. Se apuesta por el hip
hop en combinación con jazz, trip hop y lo fi music, destacando la banda Nujabes.
Un compuesto más dentro del armado en la obra de Watanabe son las buenísimas escenas de
combate, la acción no se queda atrás porque, además de que hay muertes al por mayor -porque, si
no queda claro, dos de nuestros protagonistas son asesinos-, hay estilos de pelea particulares, por
ejemplo, Mugen, al ser una peleador errático se muestra siempre dando piruetas y movimientos
que simulan un break dance.
Entonces, ¿por qué ver Samurai Champloo? Para admirar el resultado de poner en orden partes
tan disimiles temporal y culturalmente, que trascienden órdenes políticos, etnias, épocas y
geografías, y aún así logran un producto íntegro y original en si mismo a través, claro está, de una
mirada japonesa.