Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
10 PALABRAS SOBRE LA ORACIÓN EN SAN AGUSTÍN
INTRODUCCIÓN
La oración es ante todo, un momento de encuentro con Dios. Necesitamos
encontrarnos con el Señor, o más bien dejarnos encontrar por Dios que nos
busca por medio de Jesucristo: “por quien nos buscabas cuando no te
buscábamos y nos buscaste para que te buscásemos”1. Necesitamos renovar
nuestra oración y nuestra propia vida espiritual. Porque los cristianos, y
especialmente los religiosos, estamos llamados precisamente a esto: a profundizar
en nuestra vida espiritual, a ahondar en las raíces de nuestra fe, a darnos cuenta
de qué es lo que nos está dando vida. Y cuando renovamos las raíces de nuestra
vida espiritual y tocamos el agua viva que es Jesús (Jn 4, 10), toda nuestra vida
se transforma. Por eso todo encuentro con Dios, es una gracia del Señor, es un
don que Dios nos concede a cada uno de nosotros, y debe ser un momento para
renovar nuestra vida interior.
San Agustín, el buscador de Dios
San Agustín fue el hombre que a lo largo de toda su vida buscó con empeño
a Dios, y buscó en el encuentro con Dios la renovación de toda su existencia. El
Papa Benedicto XVI, en la visita que hizo al sepulcro de San Agustín en Pavía en
abril del año 2007, nos propuso a San Agustín como el modelo de la conversión
continua. San Agustín, dijo el Papa Benedicto XVI, es: “uno de los más grandes
convertidos de la historia de la Iglesia”2 y quien vivió la conversión no sólo como
“un acontecimiento sucedido en un momento determinado, sino (como) un camino”3,
ya que san Agustín buscó precisamente esto: renovar su espíritu, renovar su vida
en esa búsqueda continua de Dios. Un Dios que hay que buscar para encontrarlo
y hay que encontrarlo para seguirlo buscando todavía con mayor ardor:
1
conf. 11, 4.
2
Concelebración eucarística con los Obispos de Lombardía, los sacerdotes de la diócesis, una representación de los
Padres Agustinos en los “Orti Borromaici” de Pavía (22 de abril de 2007)
3
Idem.
1
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Se le busca (a Dios) para que sea más dulce el hallazgo, se le encuentra
para buscarle con más avidez”4.
Las páginas de este libro son una invitación a hacer un alto en el camino; a
darnos cuenta si estamos viviendo en este espíritu de San Agustín: buscar a Dios
desde el amor, buscar a Dios con amor, buscar a Dios como el único amor y
como el centro de nuestra vida. Como cristianos, pero especialmente como
religiosos, nuestra vida debiera estar consagrada, dedicada solamente al Señor
(Za 14, 20). Pero tenemos en ocasiones cosas, circunstancias, obligaciones,
labores, que hacen que no podamos dedicarnos del todo a Dios.
Las páginas de este libro quieren ser no sólo una invitación para que te
encuentres con el Señor, siguiendo el modelo y las huellas de San Agustín, sino
también para que te dejes encontrar por Dios. En ocasiones nos escondemos de
Dios, y no dejamos que sea Él el que nos encuentre. Nos escondemos detrás del
trabajo, nos escondemos detrás de las actividades que realizamos, nos
escondemos detrás de la rutina en la que podemos caer todos los días, y este Dios
que nos sale al encuentro no puede entrar en comunicación con nosotros porque
nos escondemos de Él. Como dice san Agustín: “Tú estabas ciertamente, delante
de mí, mas yo me había apartado de mí mismo y no me encontraba, ¿cuánto
menos a ti?”5
La intención de este libro es la de colocarte en una situación de cercanía
con Dios para dejar que sea Dios el que te encuentre, que sea Dios el que te hable
auténticamente al corazón (Os 2, 16), que sea Dios mismo el que vuelva a renovar
el amor que le tienes a Él en tu propio interior.
Ojalá que la lectura de estas páginas te ayude a renovar tu interior,
renovando el amor primero que le tenías a Dios (Ap 2, 4), dándote cuenta de que
tal vez has dejado que se te vaya secando la fuente del agua viva que es Dios, y
has recurrido tal vez a otras fuentes (Jr 2, 13). Ojalá que en las páginas de este
libro redescubras la necesidad que tienes de Dios.
La presente obra es la reelaboración del material que ofrecí a las Monjas
Agustinas Recoletas del convento de santa María Magdalena de Baeza (Jaén) en
agosto del 2009. Quisiera agradecer la hospitalidad de esta tan querida
comunidad, así como la invitación que me hicieron a darles los ejercicios, pues ha
4
tri. 15, 2.
5
conf.5, 2.
2
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
dado ocasión a la redacción de este libro. Agradezco también la hospitalidad que
disfruté durante esos días de agosto durante los ejercicios espirituales, de D.
Jesús Sánchez Poveda y su esposa, Dña. Josefina Titos. Mi gratitud también al
P. Sergio Sánchez M., quien desde un primer momento manifestó un gran interés
por esta obra y colaboró con la misma, facilitándome quien transcribiera la
grabación de las diversas charlas. Gracias al P. Fabián Martín quien comenzó la
transcripción de las grabaciones y también a D. Javier Valero Mur, quien
completó y terminó la titánica labor de la transcripción, así como a quien
coordinó este trabajo, el P. Fernando Martín. No puedo omitir mi agradecimiento
a la comunidad de agustinos recoletos de la casa san Ezequiel de Madrid, PP.
Manuel Fernández, José Anoz y José Antonio Martínez Merino, en donde
mientras me reponía físicamente, pude completar esta obra. Mi agradecimiento a
mi comunidad de Union City, (New Jersey), por su apoyo incondicional. Gracias a
mis padres y mi familia, así como a todos mis hermanos agustinos recoletos por
todos sus gestos de fraternidad y cariño. Gracias a ti lector, que compartes tu
tiempo y tu corazón con las páginas de este libro.
3
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
SAN AGUSTÍN MODELO Y EJEMPLO DE ORACIÓN
Orando hasta el final
San Agustín fue un hombre que hasta el último momento de su vida se
mantuvo haciendo oración. Conocemos por el testimonio de San Posidio, que es el
primer biógrafo de San Agustín, que el obispo de Hipona en la última
enfermedad, en el último momento de su vida, mandó escribir los salmos
penitenciales en grandes pergaminos que fueron colocados en su habitación. Y él,
desde su lecho de muerte, podía continuar leyendo y consultando los salmos 6.
Salmos para continuar haciendo oración, salmos para disponerse a ese último
encuentro con Dios en el momento de la muerte.
Por lo tanto San Agustín es un hombre que ora a lo largo de toda su vida, y
que también en el último momento de su existencia sigue orando, sigue
presentando su súplica al Señor a través de esos salmos, que él conocía desde su
juventud en Milán. San Agustín vive también ese último momento como un
momento de recogimiento, de alejamiento del mundo, para dedicarse solamente a
Dios.
San Agustín en el último momento de su vida puede realizar lo que era su
sueño. Poder estar mucho tiempo a solas con Dios. La vida que había llevado San
Agustín, por las circunstancias y las necesidades de la Iglesia, le impidieron
precisamente este sueño suyo de dedicarse solamente a Dios, a la contemplación,
a la vida comunitaria, al trabajo manual, al estudio, a escribir, lo que el llama el
“deificari (…) in otio”7, llenarse de Dios, deificarse en el ocio santo. Y sin embargo,
en ese último momento de su vida, San Agustín podrá realizarlo; dedicarse a la
oración, a ese encuentro con Dios, en la soledad de su última enfermedad.
Una oración por toda la comunidad
San Agustín seguirá orando, no de una forma particular o personal, sólo
por él y por su propia alma, sino que san Agustín tiene también en ese último
momento de su vida una perspectiva eclesial para su oración. El obispo de
6
Posidio, Vita Augustini, 31.
7
ep. 10, 2.
4
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Hipona muere en una ciudad que está cercada por el ejército vándalo. Una
ciudad que está a punto de caer, con una situación sumamente dramática. No
muere San Agustín con la paz o la tranquilidad que tal vez él había soñado, y
como nosotros tal vez lo hemos imaginado. Él muere en un momento de una gran
angustia, de una gran tribulación para la ciudad de Hipona. Y San Agustín ora,
precisamente, para que el final que se ve venir, no sea tan dramático, tan duro
como tal vez algunos lo temían. Sabemos que después de la muerte de san
Agustín, muy posiblemente por sus plegarias, entre otras causas, se consigue un
momento de paz.
La oración de San Agustín es, por tanto, no sólo por él, por su propia
salvación, sino por su pueblo. Gracias a esta paz después de la muerte de san
Agustín, se pueden conservar la mayor parte de sus obras.
Agustín, por lo tanto, en esos últimos momentos de su vida, ora. Ora para
seguir pidiendo perdón al Señor por sus pecados, con la conciencia profunda de
que la vida es una conversión continua, de que nunca podemos decir que ya
hemos alcanzado la santidad completa en el camino de Dios. Y desde esta
convicción San Agustín sigue orando, incluso en ese último momento de su vida
con los salmos penitenciales.
San Posidio nos refiere un acontecimiento donde queda puesto de
manifiesto el valor y el sentido eclesial de la oración de san Agustín. De este modo
nos narra el primer biógrafo de san Agustín, que un hombre que estaba enfermo
tuvo un sueño, en el que se le revelaba que si iba a visitar a san Agustín y éste le
imponía las manos, se curaría. Llegado con san Agustín le refirió el sueño y
después de que san Agustín hubo orado y le impuso las manos, el hombre sanó,
todo ello gracias a la oración e intercesión de san Agustín 8. Se trata, por cierto del
único milagro realizado en vida que nos refiere la Vita de san Posidio, elemento
que la convierte en un unicum dentro del género literario de las vitae en donde se
narran muchos milagros realizados en vida de los santos en cuestión.
Su oración, por ello, tiene una dimensión personal, pero tiene también una
profunda dimensión comunitaria. San Agustín es un hombre que contemplaba de
día y de noche; que hacía de su vida una continua oración, y que no sólo oraba
por sí mismo, sino que ora también por el pueblo que lo acompaña.
8
Vita Augustini, 29.
5
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Oración por la grey: “No quiero salvarme sin vosotros” 9
En muchas ocasiones se cita de una forma extrapolada, la frase
agustiniana: “No quiero salvarme sin vosotros”10. San Agustín era consciente de su
labor como pastor y de la importancia que la oración tiene dentro de la vida
pastoral. Y cómo pastor de almas su finalidad era ésta: conseguir la salvación de
sus fieles y llevarlos a todos a Dios. Su oración, por lo tanto, tiene siempre una
doble dimensión: personal, sabiendo que él necesita de ese contacto con Dios
para avivar el fuego del amor de Dios; pero también una dimensión comunitaria.
Nos invitaría a nosotros a tener también muy presente cómo nuestra oración
debe tener esta dimensión eclesial. San Agustín se distingue precisamente por ser
el hombre de Iglesia, es el hombre que tiene conciencia de haber sido llamado por
Cristo para seguirlo, pero en una comunidad de hermanos. San Agustín será
consciente de que ora no sólo por sí mismo, sino que la oración tiene siempre una
profunda dimensión comunitaria.
Lo que sucedía en esta mañana del 28 de agosto del año 430 debe llevarnos
también a nosotros a vivir nuestra oración con profundidad, como San Agustín.
Buscar a Dios en todas las circunstancias de nuestra vida; incluso, en los
últimos momentos de nuestra existencia, continuar haciendo oración.
Con la conciencia que tenía San Agustín: la ocupación que tendremos
después en el Reino de los Cielos será precisamente ésta, la contemplación o
visión de Dios, la oración, la alabanza. Así lo presenta el mismo San Agustín al
final de una de sus grandes obras de madurez, que es La Ciudad de Dios, con
esas palabras suyas tan conocidas: “Allí descansaremos y veremos; veremos y
amaremos, amaremos y alabaremos”11.
San Agustín fue, pues, un hombre de oración hasta ese último instante de
su vida. San Posidio de ello nos da testimonio: un hombre, que trabajaba de día –
siguiendo una jornada dura e intensa todos los días atendiendo a las diversas
necesidades del pueblo-, pero que contemplaba los misterios de Dios durante la
noche, muy posiblemente durmiendo muy pocas horas. San Agustín es pues, un
ejemplo de una vida iluminada por Dios en plenitud, siendo auténticamente un
contemplativo.
9
s. 17, 2.
10
s. 17, 2.
11
ciu. 22, 30
6
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
La oración en tres retazos de la vida de san Agustín
La vida de San Agustín está jalonada por diferentes documentos que nos
presentan el perfil espiritual agustiniano, y hay tres documentos que
particularmente nos presentan este perfil espiritual suyo.
El primero de ellos es la carta número 10. En esta carta dirigida a su amigo
Nebridio, San Agustín expresa su deseo más profundo, que es el de “deificari (…)
in otio”12, llenarse de Dios, deificarse en el ocio santo. Este era el sueño de san
Agustín después de su conversión: dedicarse a la contemplación, a la oración, al
estudio, al trabajo manual, a la vida en comunidad. Sabemos bien que los planes
de San Agustín, este deseo suyo de oración, de llenarse de Dios y dedicarse
únicamente a Él, se verán cambiados y trastocados por el mismo Dios, pues será
llamado a la vida pastoral, con esa segunda conversión suya, según lo presenta el
Papa Benedicto XVI: la conversión, a la vida pastoral. Aunque es verdad que la
vida pastoral no lo apartará de su ideal y de su práctica contemplativa, tendrá
que dedicarse a un trabajo en favor de la Iglesia.
Y así lo vemos manifestado en un segundo documento, la carta 21, que San
Agustín dirige a su obispo Valerio, pidiéndole que antes de la ordenación le dé un
tiempo para prepararse a la vida pastoral 13. Una vez más aparece el deseo de San
Agustín de dedicarse a la oración, al estudio, de prepararse interiormente para
poder asumir el trabajo pastoral14.
San Agustín pedía tres meses antes de poder comenzar ese trabajo
pastoral, para recogerse en su interior. Sin embargo la carta 21 nos presenta
también uno de los “destinos fatales” agustinianos, que es el no tener tiempo, o
no tener el tiempo que él quisiera para dedicarse absolutamente a Dios, porque,
los tres meses que pedía se redujeron escasamente a uno, antes de que empiece
su labor pastoral, pues para la Cuaresma del 391 tendrá que comenzar su labor
pastoral en la catequesis de los neófitos. San Agustín tendrá que sacar tiempo de
donde no lo hay, para encontrarse con Dios, para llenar su alma de ese deseo de
Dios, y para dedicarse también a orar en medio de su labor pastoral.
12
ep. 10, 2
13
Cf. ep. 21, 4.
14
Cf. ep. 21, 2.
7
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Un último documento que nos presenta los deseos y el ímpetu agustiniano
de hacer oración sería la Carta 213, donde San Agustín, siendo ya un obispo
anciano y estando prácticamente al final de su vida, hacia el año 426-427,
nombra a su sucesor el presbítero Heraclio 15. Y San Agustín pide a su pueblo en
esa Carta 213, una vez más, que le deje descansar, que le deje tener tiempo libre;
pero no para un reposo físico, sino para hacer oración y para estudiar las
Sagradas Escrituras16.
Vuelve a aparecer una vez más, en el ocaso de la vida de San Agustín, ese
deseo suyo prístino, el de la carta 10: el poder dedicarse a orar y estudiar, y eso
que ambos documentos están separados por unos cuarenta años. San Agustín
quiere dedicarse solamente a la oración; quiere dedicarse a encontrar al Dios
Vivo, presente en las Sagradas Escrituras. Una inquietud, por lo tanto, que
acompaña a San Agustín a lo largo de toda su vida, y con estos tres documentos
podemos darnos cuenta de lo que es el deseo agustiniano: la sed que tenía San
Agustín de Dios.
Sabemos también de la profundidad de la oración agustiniana cuando
leemos los diferentes escritos de San Agustín. Un hombre que tiene una
percepción de Dios tan profunda, como queda reflejada en sus diferentes obras
(tanto en sus sermones, cartas, como en sus grandes obras teológicas), no puede
ser un hombre que no viva una oración profunda. Si bien es cierto que san
Agustín para escribir sus obras investigaba y leía mucho, era un hombre que
combinaba la ciencia del conocimiento, de la investigación, del estudio, con lo
que sería la ciencia sagrada, es decir, con la oración. Un hombre, por lo tanto,
que contemplaba, y lo que contemplaba lo presentaba en sus diferentes escritos.
Los insondables abismos del misterio de Dios que San Agustín explora han
quedado en parte expresados en su libro De Trinitate. Sin embargo esto no solo es
obra de un hombre que se ha dedicado a reflexionar. San Agustín es un hombre
que ha orado y que ha tenido un encuentro vivo, contemplativo con el Dios trino.
Por lo tanto, pues, la oración será para San Agustín un empeño continuo a lo
largo de toda su vida. Un hombre que sabemos que hacía oración de diferentes
maneras. Especialmente una -que sería tal vez uno de los grandes secretos
agustinianos-, que es la oración continua. San Agustín es el santo de la oración
15
ep. 213, 1.
16
ep. 213, 5.
8
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
continua, como él mismo lo ha dejado reflejado en la carta 130, dirigida a Proba,
que es el gran tratado agustiniano sobre la oración, aunque toda la obra
agustiniana está empapada del tema de la oración.
Y San Agustín se hace el propósito de vivir toda su vida como una oración
continua. Y para vivir la oración continua San Agustín nos daría tres consejos
particulares. En primer lugar, que hagamos lo que hagamos, nunca salgamos del
centro de nuestra atención, que es Dios. Vivir siempre recogidos en este centro
vital que es Dios17.
Un segundo consejo de la oración continua sería el deseo: el deseo continuo
de Dios se convierte en la oración continua. Si deseamos continuamente alcanzar
a Dios y la vida eterna, desde el amor vivo y vehemente, estamos haciendo
oración:
“Así pues, por medio de la fe, la esperanza y la caridad oramos siempre con
un deseo ininterrumpido (…) orad sin cesar que otra cosa quería decir sino que
deseemos incesantemente la vida bienaventurada o eterna (…)”18.
Y un tercer elemento: el poder elevar frases breves y cortas, encendidas
desde el amor, que impulsen nuestro pensamiento hacia Dios. Si podemos
pronunciar desde lo más hondo del corazón esas jaculatorias –tal y como se las
conoce en la tradición espiritual occidental-, si podemos repetir esas frases
breves y cortas, llenas e impregnadas de amor, estamos reavivando nuestro
vínculo de amor con Dios, es decir nuestra oración. Por lo tanto la jaculatoria
también hace viva la oración:
“Dicen que los monjes de Egipto hacen oraciones frecuentes y muy cortas,
una especie de jaculatorias brevísimas buscando que la atención, que tan
necesaria es en la oración, se mantenga del todo alerta y no se disipe ni disminuya
en oraciones demasiado largas”19.
La jaculatoria favorita de san Agustín
17
uera rel. 72; s. 102, 2.
18
ep. 130, 18.
19
ep. 130, 20.
9
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
En cierta ocasión alguno dijo que tal vez la jaculatoria que más repetía san
Agustín era la jaculatoria: “Que me conozca a mí, que te conozca a Ti”20. Esta frase
San Agustín la repite solamente dos veces dentro de toda su obra, dentro del libro
de los Soliloquios, y ni siquiera de la misma manera21. Por lo tanto creo que ésta
no sería la jaculatoria propia agustiniana, aunque también recoge el deseo o el
proyecto espiritual agustiniano: conocer a Dios, conocerse a sí mismo y san
Agustín será fiel a este proyecto espiritual, de una manera o de otra, a lo largo de
toda su vida.
Sin embargo la frase que más se repite en los escritos de San Agustín (que
seguramente él se repetía a sí mismo muchas veces), es la frase que conocemos
que repite tres veces, en las Confesiones: “Señor, dame lo que me pides; pídeme lo
que quieras”22. Una frase que aparece indirectamente en otros dos lugares de la
obra agustiniana23 y que el mismo obispo de Hipona reporta hacia el final de su
vida en su obra De dono perseuerantiae24. Por lo tanto es una frase que
seguramente él se decía a sí mismo, como una oración para expresar la confianza
en la fuerza de la gracia de Dios que sostiene al hombre, que transforma al
hombre, que hace que el hombre alcance la meta hacia la cual Dios le ha
llamado.
Así pues, san Agustín es un hombre que vive su vida desde la oración, y
que vive también esos últimos momentos de su vida haciendo oración,
presentando su súplica al Señor, abriendo su corazón a la alabanza. Siguiendo
en la búsqueda de Dios, que le había tocado, que le había traspasado el corazón.
Al final de la primera biografía de San Agustín, escrita por San Posidio, éste
nos recordará un detalle: San Agustín sigue vivo. Sigue vivo en el espíritu de su
familia religiosa. San Posidio cita -como últimas palabras de su biografía-, un
epitafio pagano25: “Si quieres conocer, oh viajero, mi vida después de muerto,
sábete que todavía hablo lo que lees: tu voz es mi voz”.
Con este epitafio citado, san Posidio quiere decir que cada vez que nosotros
nos acercamos a San Agustín, su espiritualidad, su pensamiento, su amor a
Dios, su búsqueda de Dios, vuelve a nacer en aquellos que seguimos su propia
20
sol. 2, 1
21
sol. 1, 7; sol. 2, 1.
22
conf. 10, 40; conf. 10, 45; conf. 10, 60.
23
pecc. mer. 2, 5; spir. et litt. 22.
24
perseu. 53.
25
Vita Augustini, 31.
10
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
espiritualidad con un corazón inquieto; un corazón que va en busca de la
Verdad. Esa Verdad que tiene un nombre: la Verdad y la Sabiduría que son el
mismo Cristo.
11
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
PREÁMBULO: UN VIAJE AL INTERIOR
Noli foras ire
Los documentos de la vida religiosa de estos últimos años nos hablan de la
importancia que tiene la oración dentro de la vida cristiana, pero también dentro
de la vida religiosa. Si nosotros analizamos y tomamos en cuenta tanto el
documento Vita consecrata como posteriormente el documento Caminar desde
Cristo, y también las declaraciones finales del congreso “Pasión por Cristo, Pasión
por la humanidad”, se destaca como un elemento esencial que es muy importante
hoy en la vida religiosa y cristiana: la necesidad de oración, de espiritualidad, de
encuentro con Dios.
Hoy los religiosos, y los cristianos en general, estamos llamados a tener,
con una mayor profundidad y con una mayor plenitud, un encuentro con Dios. Si
en algo se distinguió auténticamente San Agustín fue precisamente por esto: su
búsqueda de Dios, de ese encuentro cada vez más profundo con el Señor. De aquí
la frase suya, que nosotros tantas veces hemos escuchado:
“Tarde te amé, ¡oh hermosura tan antigua y tan nueva! Tarde te amé. Tú
estabas dentro –dice San Agustín- y yo te buscaba por fuera”26.
San Agustín es el hombre que se arrepiente de haber perdido tantos años
sin haber estado amando a Dios27, de no haberse dedicado totalmente al Señor.
Por eso la oración debería ocupar un lugar fundamental dentro de nuestras
vidas. Y nosotros queremos, a través de la vida de oración, hacer nuestro el deseo
agustiniano de vivir un encuentro continuo con el Señor.
El mismo San Agustín, en los inicios de su vida monástica, le escribió a su
amigo Nebridio la carta número 10. En el apartado número 2 de la misma, le
dirá San Agustín que quiere: “deificarse (…) en el ocio santo”28. Ese deificarse o
llenarse de Dios en el ocio santo significaba para San Agustín dedicarse a una
vida de oración, de contemplación de los misterios de Dios, especialmente la
contemplación del Misterio del Dios trinitario. La contemplación de los misterios
26
conf. 10, 38.
27
conf. 10, 38.
28
ep. 10, 2.
12
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
de Dios en la compañía de los hermanos, dedicados al trabajo comunitario, a la
vida común y a la oración.
Hoy vivimos en un mundo en el que a la oración no se le da la importancia
que debería dársele. Nuestro mundo que se vuelca hacia fuera, vive fuera de sí
mismo, en busca de las cosas exteriores. De aquí que el grito de San Agustín,
“regresa a ti mismo”29, “vuelve a tu interior, regresa a tu interior, regresa a tu
corazón”30, sea un grito y una invitación sumamente actual. Nosotros como
religiosos, y todos los cristianos en general, corremos el riesgo de dejarnos
contagiar por el mundo en el que vivimos, de tal manera que también nosotros
vamos buscando las cosas de fuera, vivimos en situaciones de éxtasis, y “éxtasis”
significa etimológicamente vivir fuera de nuestro centro, vivir fuera de nosotros
mismos, volcados hacia las cosas exteriores.
Y cuando vivimos volcados hacia las cosas del exterior olvidamos lo más
importante, que es la vida interior, la vida con Cristo, desde donde nosotros
somos iluminados, desde donde damos sentido a nuestra vida, y desde donde
podemos proyectar la fuerza de Cristo a todo aquello que somos y a todo aquello
que hacemos.
Duc in altum (Lc 5, 4)
Por lo tanto, pues, la oración debe ocupar un lugar esencial en nuestras
vidas. El Papa Juan Pablo II en el documento Novo Millenio Ineunte saludaba la
llegada del nuevo milenio, y presentaba los retos que el cristianismo tiene que
afrontar durante el mismo. Decía el Papa Juan Pablo II que la imagen del hombre
y del cristiano en este siglo XXI es la imagen de Pedro en la barca escuchando la
voz de Jesús y la orden que Jesús le da a Pedro –“Duc in altum” (Lc 5, 4)31. “Duc”,
que quiere decir “ve”, o “conduce”, ciertamente refiriéndose a su barca, que
representa de una manera simbólica su vida y también a la Iglesia. “Altum”
significa no solamente, lo más alto, lo más profundo del mar, sino “altum”
significa “lo más profundo” de su propio corazón. Pedro, el creyente, debe ir hacia
“lo más profundo” de su propio corazón.
29
uera rel. 72.
30
s. 141, 8.
31
Cf. NMI, 1.
13
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Es verdad que en el pasaje evangélico esta invitación que hace Jesús a
Pedro es a que reme mar adentro con su barca para pescar en la zona más honda
del lago de Galilea (Lc 5, 4). Pero esta frase tan breve tiene un sentido también
sumamente espiritual, como hemos señalado: significa la invitación de Cristo a
Pedro a que vaya a lo más profundo de sí mismo, que no se quede navegando en
los elementos superficiales, que vaya a lo más profundo de su propia vida para,
en eso más profundo, poderse encontrar con Dios32.
Esta invitación de Jesús a Pedro es paralela a la invitación que nos hace
San Agustín a que entremos en nuestro interior (“Regresa a tu interior”33). Por lo
tanto tenemos este reto, ante la cultura en la que vivimos. Una cultura
superficial; una cultura que busca salir de sí misma, una cultura descentrada,
porque no está en su propio centro, pues el centro del cristiano es Cristo34.
Es pues una invitación, a ir a lo más profundo de nosotros mismos. De
aquí también las palabras de San Agustín: “No quieras salir fuera de ti mismo,
regresa a tu interior; porque en el interior del hombre habita la verdad”35. Y sigue
diciendo San Agustín: “Y si descubres que eres un ser contingente, trasciéndete a
ti mismo”36. Esta famosa frase, puede también resumirse en cuatro sentenciosas
palabras latinas: “Noli foras ire” (“No quieras salir fuera de ti”); “In teipsum redi”
(“Regresa a ti mismo”); “In interiore homine habitat ueritas” (“En el hombre interior
habita la verdad”); “Trascende et teipsum” (“Trasciéndete a ti mismo”).
La oración, por lo tanto, tiene una importancia capital dentro de nuestra
vida, constituye hoy uno de los grandes retos de la vida cristiana en general. Por
eso el Papa Juan Pablo II lo presentaba como un reto que el cristiano tenía que
vivir yendo hacia lo más profundo de su propia vida. Por otra parte es un legado,
una herencia que nosotros hemos recibido como parte de nuestro carisma
agustiniano.
Diez palabras sobre la oración
En vista de la importancia que tiene la oración, quisiera ofrecer diez
palabras sobre la oración en San Agustín. Ciertamente es un tema muy amplio:
32
Cf. NMI, 32.
33
uera rel. 72.
34
Cf. NMI, 33.
35
uera rel. 72.
36
Idem.
14
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
San Agustín es el hombre contemplativo y habría mucho que decir sobre la
oración en san Agustín. No obstante quisiera resumir algunos aspectos de lo que
es la oración para san Agustín en estas diez palabras.
San Agustín, ¿un místico?
Muchas veces se ha discutido si San Agustín fue un místico o no lo fue. Yo
creo que realmente lo fue37. Posiblemente no con los rasgos y características de
los místicos de otras épocas. San Agustín sin duda ninguna tiene también una
vida mística, por unos veneros diversos a los místicos propios del Siglo de Oro
español, pero fue un hombre con una profunda experiencia de la Trinidad,
marcado y tocado por esas vivencias de Dios, que transfiguraron y transformaron
su propia vida.
De otra manera no podríamos explicar la riqueza del propio san Agustín, no
podríamos explicarnos la transformación copernicana, grande, que se dio en el
corazón de San Agustín, si no es desde una experiencia mística profunda.
Y al hablar de la experiencia mística profunda de San Agustín, es preciso
aclarar que mística o místico, no es tanto aquel que tiene arrobamientos, o que
tiene experiencias extraordinarias de Dios, sino que místico es aquel que puede
tener una experiencia de Dios, que ha llegado a tocar el Misterio de Dios –como
diría San Agustín- con “las manos de la fe” 38. Y esa experiencia de Dios
transfigura su vida. Decía Karl Rahner, uno de los más ilustres teólogos del siglo
XX, que: “El cristiano del siglo XXI o será un místico, o no será un cristiano”.
Rahner lo decía, no en el sentido de que todo cristiano debe tener las experiencias
de arrobamiento, las experiencias de Dios que han tenido los grandes místicos
que nosotros conocemos, sino se refería este teólogo a que todo cristiano debe
llegar a tener en su propia vida una experiencia de Dios, tocando el Misterio de
Dios, y dejándose tocar y transformar por este mismo Misterio de Dios.
San Agustín, sin duda ninguna, tuvo estas experiencias de Dios, y éstas lo
transfiguraron y lo transformaron hasta llegar a forjar en su interior la imagen de
Cristo. Nos basta recordar -hablando de esta faceta mística y de la importancia
que tiene la oración en San Agustín-, la experiencia mística que junto con su
37
Cf. V. Capánaga, Agustín de Hipona, Madrid, BAC, 1970, 353; N. Cipriani, Molti e uno solo in Cristo, Roma, Città
Nuova, 2009, 259 ss.; Cf. J. P. Kenney, The Mysticism of Saint Augustine: Rereading the Confessions, New York,
Routledge, 2005.
38
s. 223 G, 1; (Wilm. 7, 1).
15
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
madre santa Mónica experimentó en el puerto de Ostia en el año 387 mientras
esperaban poder regresar a su patria en África. Ambos viven esta experiencia que
se llama “el éxtasis de Ostia” 39. Una experiencia que a ambos, a Santa Mónica y a
San Agustín, los lleva a trascender el mundo, las criaturas, a ascender desde las
cosas de la tierra hacia Dios:
“Y subimos todavía más arriba, pensando, hablando y admirando tus obras;
y llegamos hasta nuestras almas y las pasamos también, a fin de llegar a la región
de la abundancia indeficiente en donde tú apacientas a Israel eternamente con el
pasto de la verdad (…)”40.
Donde ambos –como el mismo San Agustín recuerda en las Confesiones-
pueden experimentar un destello del misterio de Dios: “Y mientras hablábamos y
suspirábamos por ella (la Sabiduría) llegamos a tocarla un poco con todo el ímpetu
de nuestro corazón41”. Ambos, en esta experiencia, llegaron a tocar la orla del
Misterio de Dios, desprendidos de las realidades exteriores, para centrar su vida
solamente en Dios y dejarse tocar por el mismo Misterio de Dios.
Si nosotros leemos el recuerdo de este “éxtasis de Ostia” que San Agustín
nos ha dejado en el Libro IX de las Confesiones, podemos darnos cuenta de que
es auténticamente un proceso de ascensión, donde San Agustín y Santa Mónica
juntos, a través de las palabras y de la mutua exhortación que se van haciendo el
uno al otro, van subiendo desde las criaturas de la tierra hasta Dios. Van
pasando por las criaturas celestes, los astros, hasta llegar finalmente al
encuentro con el Ser Supremo, que es Dios. Y llegar –dirá San Agustín- a guardar
silencio, porque delante del Misterio de Dios, las palabras sobran. Dios es el
Inefable; es decir, a Dios no lo podemos llegar a definir porque se escapa a todas
las definiciones. Por eso San Agustín, en el éxtasis de Ostia dice:
“(…) si callasen los mismos cielos y aún el alma misma callase y se
remontase sobre sí (…) y le oyéramos a él mismo (…), si este estado se continuase
y fuesen alejadas de él las demás visiones de índole muy inferior, y ésta sola
arrebatase, absorbiese y abismase en los gozos más íntimos a su contemplador
(…) ¿no sería esto el ‘Entra en gozo de tu Señor?’ ”42.
39
conf. 9, 24.
40
conf. 9, 24.
41
Idem.
42
conf. 9, 25
16
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Nosotros también, cuando somos capaces de tocar el Misterio de Dios,
necesitamos permanecer en silencio, porque ante la grandeza de Dios, ante su
majestad, no hay palabras. Los grandes místicos lo recordarán también: cuando
nos encontramos con Dios, la palabra del ser humano es demasiado pequeña
para describir lo que se puede llegar a percibir del Misterio de Dios.
17
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
PRIMERA PALABRA: DON
La oración es un regalo de Dios
La oración para san Agustín es un don de Dios, es decir, es un regalo de
Dios. El religioso, el cristiano, está llamado a hacer oración sabiendo que no es
una labor suya, que no es un trabajo, un empeño, suyo, donde él va a poner
todas sus capacidades para hacer la oración, sino sabiendo que la oración es,
esencialmente, un regalo de parte de Dios. Por ello, si es un regalo de parte de
Dios, el religioso, el cristiano, necesita ponerse en esta sintonía para pedir el
regalo de la oración. No podemos exigir el don de la oración: necesitamos pedirlo.
Y pedirlo –y será el primer aspecto-, como un mendigo de Dios.
San Agustín en muchos de sus textos nos presentará al ser humano, al
cristiano, como un mendigo de Dios43, recordando un elemento antropológico
esencial agustiniano: el ser humano por sí mismo, no tiene nada (1 Cor 4, 7). El
hombre vive tocado por el pecado, marcado por el pecado original, con una
inclinación hacia el mal, con una incapacidad para percibir el bien, con una
ceguera desde su propio ser que le impide optar por el bien mayor que es Dios, y
en muchas ocasiones equivocarse y frustrar su vida al optar por el pecado, por el
mal, por aquello que le quita libertad y por aquello que finalmente le conduce a la
infelicidad.
Éste es el ser humano del que habla San Agustín, y éste es el ser humano
que quiere hacer oración. Un ser humano inclinado, por lo tanto, al mal, que
tiene el elemento esencial de mendicidad. Todo lo positivo que el hombre tiene –y
esto lo reconoce también San Agustín- le viene de parte de Dios: “no podemos
gloriarnos de nada porque nada es nuestro”44. Todos los dones materiales, todos
los dones humanos, todos los dones espirituales que el ser humano tiene,
provienen de la mano generosa de Dios.
Por ello, San Agustín parte de esta idea: yo, como ser humano caído,
inclinado hacia el mal y hacia el pecado, desde mi situación personal, quiero
hacer oración; pero por mi limitación y por mi pobreza no puedo. Necesito por lo
43
Homo mendicus dei: en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
44
praed. 7.
18
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
tanto colocarme como un mendigo delante de Dios para pedir el don de la
oración, para pedir el regalo de la oración, para que el Señor con su gracia me
ayude a superar mi debilidad, propia de la condición humana, para poder entrar
en comunicación con Él.
La puerta de la humildad
Por lo tanto, ser mendigos de Dios implica un primer elemento que es la
humildad45. La oración exige un ejercicio profundo de humildad. Aquel que es
soberbio, aquel que piensa que tiene por sí mismo todos los dones y todas las
cualidades, no puede orar, y hará de su oración lo mismo que hacía aquel fariseo
que fue a orar al templo (Lc 18, 10-14), que nos presenta el Evangelio según San
Lucas. Este fariseo hizo de su oración solamente una alabanza para sí mismo, un
ensalzarse a sí mismo, un despreciar a las otras personas, olvidando que la
oración no es esto. No es el recuento de las cosas buenas que hemos hecho, y el
echarnos incienso a nosotros mismos; sino que la oración es un presentarnos
ante Dios como lo que nosotros somos, desde nuestra pequeñez y desde nuestra
pobreza, pidiendo que la gracia de Dios nos capacite para el encuentro con Dios y
que la gracia de Dios nos allane el camino en la vida que llevamos todos los días.
Tal y como lo hacía el publicano de la parábola, que no se atrevía siquiera a
levantar la cabeza, sino que le decía a Dios: “Señor ten compasión de mí, que soy
un pecador” (Lc 18, 13). Y como nos recuerda la parábola: éste bajó a su casa
justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se
humille será ensalzado." (Lc 18, 14)
Por eso, pues, el hombre es mendigo de Dios. El hombre tiene esta pobreza
esencial; por sí mismo no puede hacer el bien, y todo el bien que hace es un
resultado de la gracia de Dios que actúa en él.
San Agustín nos presenta de entrada dos elementos: no solamente el
hombre que quiere hacer oración como mendigo de Dios, sino también a Dios
como el que va a acoger la oración del hombre, como quien quiere darle al ser
humano lo que el hombre le pide. Por lo tanto un mendigo que se encuentra ante
una persona rica que quiere dar. La oración es pues, un reconocer la propia
pobreza, pero es también un tener conciencia de ante quién nos encontramos: la
grandeza y la riqueza de Dios.
45
Cf. ep. 118, 22.
19
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dice San Agustín:
“Por tanto, si quieres poseer la justicia, sé mendigo de Dios. Quien hace poco
mediante las palabras del Evangelio te exhortaba a que pidieras, buscaras y
amaras. Él sabía que eras su mendigo, y, como padre de familia, enormemente rico
en riquezas espirituales y eternas te exhorta y te dice: Pide, busca, llama. Quien
pide, recibe; el que busca, encuentra; a quien llama, se le abre. Te exhorta a que
pidas; ¿va a negarte lo que pides?” 46
Aquí San Agustín nos presenta la imagen del hombre como mendigo de
Dios, pero comienza diciendo en la primera línea: “Por tanto, si quieres poseer la
justicia, sé mendigo de Dios”. Para entender bien esta frase tenemos que ver que
la justicia a la que hace referencia aquí San Agustín, no es la virtud cardinal que
nos lleva a darle a cada uno lo que le corresponde, sino que San Agustín está
hablando de la justicia en el sentido de la justificación. Por eso podríamos decir:
“Si quieres alcanzar la justificación”, es decir, ‘si quieres alcanzar la salvación, sé
mendigo de Dios’. El hombre no se justifica, no se salva a sí mismo. El hombre no
puede hacer obras salvíficas, meritorias, por sí mismo: necesita la gracia de Dios,
necesita ser mendigo de Dios.
Ciertamente San Agustín está aquí pensando en todas aquellas personas
que decían o que creían que el hombre por sí mismo, con su propio libre albedrío
y su naturaleza, sin contar con la gracia de Dios, podía hacer acciones meritorias.
San Agustín nos dice: no, la oración debe llevarnos a tomar conciencia de que
quien nos justifica, quien nos redime, quien nos salva, es Cristo. Yo no soy
salvador de mí mismo. Por eso, una vez más, la oración es un ejercicio de
humildad. “Y –dice San Agustín- si quieres poseer la justicia sé mendigo de
Dios”47. Si quieres alcanzar la salvación necesitas presentarte con toda tu pobreza
delante de Dios.
En otros textos San Agustín nos habla de Cristo como el “médico divino” 48:
aquel que quiere curar las heridas de quien se acerca a Él. Pero Cristo sólo puede
curar a aquel que se presenta ante Él reconociendo sus heridas. Dice San
Agustín: “He aquí que no escondo mis heridas. Tú eres médico y yo estoy enfermo;
tú eres misericordioso, y yo miserable”49. Así pues, si quieres alcanzar esta
46
s. 61, 4-6.
47
s. 61, 4-6.
48
Io. eu. tr. 7, 21, et al.
49
conf. 10, 39.ç
20
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
justificación, esta justicia, sé mendigo de Dios. Es decir, preséntate ante Cristo
con tus limitaciones, con tus heridas, para que sea Él quien las sane.
Un Dios todopoderoso y todo-cariñoso
Sigue diciendo San Agustín:
“Sé mendigo de Dios, quien hace poco, mediante las palabras del Evangelio,
te exhortaba a que pidieras, a que buscaras, a que llamaras” . “Él sabía –sigue
50
diciendo esta frase- que eras su mendigo, y como padre de familia, enormemente
rico en riquezas espirituales y eternas, te exhorta y te dice: pide, busca, llama” 51
.
En esta frase nos presenta San Agustín toda la riqueza de la persona a la
que estamos dirigiendo nuestra oración, que no es otra que Dios. Así aunque
seamos mendigos, lo importante es que quien recibe nuestra oración es Dios y
éste es rico. Por ello san Agustín nos presenta diferentes facetas y rasgos de Dios.
Y en primer lugar –dirá San Agustín- es el “padre de familia”. Nosotros puede ser
que nos quedemos con una imagen de Padre propia del Nuevo Testamento: Dios
como el Padre que conoce lo que le hace falta a sus hijos, Dios como ese Padre
providente y bondadoso que quiere dar a sus hijos todo aquello que necesitan (Lc
11, 9-13). Pero aquí San Agustín dice “padre de familia”, y está pensando en una
figura muy clásica del mundo latino, que era el pater familias, y presenta a Dios
como el pater familias. ¿Quién era en el mundo latino el pater familias? Era aquel
que hacía cabeza, no solamente de una familia, sino de un grupo de personas, y
que era, dentro de ese grupo de personas, todopoderoso. Era aquel que podía
disponer de la vida de todos aquellos que le pertenecían dentro de este amplio
grupo familiar.
Este es Dios: Aquél que es dueño de la vida de todos los seres humanos y
de la vida de todo ser viviente en todo el universo. Un Dios, por lo tanto,
Todopoderoso. Aquí nosotros tendríamos que detenernos a pensar y considerar si
en alguna ocasión hemos llegado a dudar de la fuerza y de la omnipotencia de
Dios. Este Dios omnipotente, es decir, el Dios que todo lo puede, el Dios para
quien no hay nada imposible (Lc 1, 37). A veces nosotros hacemos nuestra
oración y pedimos al Señor, con poca fe, o creyendo incluso que Dios no tiene
poder y fuerza para realizar aquello que le estamos pidiendo. O tal vez tenemos
50
s. 61, 4-6.
51
Idem.
21
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
una imagen de un Dios muy limitado. Aquí San Agustín nos está recordando:
hacemos oración a un Dios que es Padre (Rm 8, 15; Gal 4, 6), es decir, que es
Todo-cariñoso, pero que a la vez es “padre de familia”, por lo que es
Todopoderoso.
Y tendríamos que considerar que para Él no hay nada imposible. De aquí,
pues, la confianza de encontrarnos en manos de Alguien que nos ama, porque es
nuestro Padre, pero alguien que al ser el “padre de familia”, tiene un gran poder y
que puede realizar cualquier tipo de cosas, alterando y rompiendo incluso, si así
lo desea, las normas y las leyes del mundo ordinario, del mundo en el que
vivimos.
Un Dios, por lo tanto, Todopoderoso. Ante Él me estoy presentando y ante
Él estoy presentando mis necesidades. Todo esto debe llevarnos a una gran
confianza en el momento de hacer nuestra oración. No deberíamos dudar de la
fuerza y de la omnipotencia de Dios. Por el contrario deberíamos confiar cuando
hay cosas que no entendemos y que pertenecen a los misterios de Dios. Confiar
cuando nos hacemos preguntas como: ‘¿Por qué Dios permite ahora que sucedan
ciertas cosas?’ No lo sabemos, pero la oración debe meternos en el ámbito y en la
dimensión de un Dios Todopoderoso, ante quien nos presentamos y ante quien
presentamos nuestras súplicas y nuestra oración como mendigos, sabiendo que
somos pobres, pero que Él es rico, y que quiere darnos sus dones –y
especialmente los dones espirituales- si se los pedimos con fe (Lc 11, 13).
Por lo tanto la dinámica de la oración como la presenta aquí San Agustín
sería ésta: el hombre, con sus limitaciones y con su pobreza, quiere presentarse
ante Dios; y éste es un Dios grande, misericordioso, omnipotente.
Dios sabe lo que necesitamos
Dice San Agustín:
“Sé mendigo de Dios, quien hace poco mediante las palabras del Evangelio te
exhortaba a que pidieras, buscaras, llamaras. Él sabía que eras su mendigo, y
como padre de familia, enormemente rico en riquezas espirituales y eternas, te
exhorta y te dice: pide, busca, llama” .
52
Aparecen tres palabras, que San Agustín comentará ampliamente; tres
palabras, sacadas del evangelio según San Mateo, (Mt 7, 7-8), donde Jesús dirá:
52
s. 61, 4-6.
22
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que
pide recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá ”.
San Agustín explicará por lo tanto estas palabras. Dice San Agustín:
“Pide”. Es decir, necesitamos presentarnos ante Dios con toda nuestra pobreza y
hacer nuestra petición; petición desde la fe, sabiendo que Dios, al ser rico en
misericordia, si aquello que pedimos nos conviene, nos lo dará. De manera
particular san Agustín cuando comenta este texto de San Mateo dirá que Dios tal
vez nos negará muchos elementos materiales porque sabe que no nos convienen,
pero que hay algo que no nos negará nunca, que es su Espíritu 53. Ese don del
Espíritu Santo, que reanime toda nuestra vida para que no caigamos en la
tentación de la tristeza, donde a nuestra vida le falte el Espíritu, que le dé alegría
y brillo. Y nosotros lo podemos pedir con la certeza y la confianza de que Dios nos
lo concederá54.
Pero hay una petición esencial agustiniana que no podemos perder de vista.
Ciertamente somos muy limitados y a veces pedimos elementos materiales, pero
san Agustín, al comentar el Salmo 26, dirá que lo que siempre tenemos que pedir
es la vida eterna. Dirá San Agustín: “Pide a Dios vivir siempre con Él, pide a Dios
la Vida Eterna”55. Ser digno de alcanzar la Vida Eterna, y pedir para que todos los
hombres puedan alcanzar esa vida de Dios. Todo lo demás, es secundario.
Ciertamente, somos limitados, tenemos necesidades materiales, porque vivimos
todavía dentro de un cuerpo y estamos en una realidad mundana y material; pero
lo más importante no es esto. Lo más importante es lo que durará para siempre.
Y tenemos que pedirle a Dios esto precisamente: que nos haga dignos, que nos
prepare para alcanzar lo que nunca terminará: la Vida Eterna.
San Agustín, por lo tanto, en esta primera palabra sobre la oración nos
invita a que recordemos que es un don. Presentarnos, por lo tanto, ante Dios
como sus mendigos, sabiendo que no podemos exigir, sino que podemos
solamente pedir. Y que Dios, en su infinita misericordia y riqueza, quiere
concedernos aquello que le pedimos, por lo que se nos invita a hacer oración con
confianza.
Nouerim me: El autoconocimiento a la luz de Dios
53
en. Ps. 118, 14, 2.
54
s. 105A,2 (s. Lambot 1, 2.)
55
en. Ps. 26, 2, 6.
23
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
La actitud básica, del creyente que quiere hacer oración siguiendo el
ejemplo de san Agustín es la humildad. Una humildad que lleva al
reconocimiento de lo que el hombre es delante de Dios. Una humildad que lleva
también al reconocimiento de quién es Dios, un Dios omnipotente,
misericordioso. Por eso san Agustín, ya desde sus primeras obras, los así
llamados Diálogos de Casiciaco, entre los que se encuentran Los Soliloquios, se
planteará el programa espiritual para toda su vida. Y dirá san Agustín: “Que me
conozca a mí, que te conozca a Ti”56.
Llegar a conocernos a nosotros mismos, como nosotros somos, desde la
verdad, con nuestras pobrezas, limitaciones y miserias; pero también el
autoconocimiento a la luz de Dios. Quiero conocerme a mí mismo, pero quiero
también conocer a Dios, la riqueza y la grandeza de Dios. Este Dios que es
misericordioso, Todopoderoso, rico en dones espirituales, que quiere bendecir al
hombre, cuando el ser humano parte de su situación de pobreza, humildad,
autoconocimiento en la verdad, tal y cómo él es, desechando y despojándose de la
soberbia.
La soberbia es –como lo dice el mismo san Agustín en el De Sancta
Virginitate57-, lo que hace ser al diablo: “la soberbia y la envidia, hacen diablo al
diablo” 58
. Y San Agustín, en la última etapa de su vida, tendrá que afrontar la
polémica contra los pelagianos; una herejía en donde entre otras cosas prevalece
la soberbia59, y que paradójicamente intenta prescindir de Dios para alcanzar a
Dios. Una contradicción en sí misma, pero que se puede dar. Donde la soberbia
intenta sustituir, tomar el lugar de Dios, y creer que nosotros, con nuestras
propias capacidades, podemos alcanzar a Dios.
El camino de Dios lo recorremos siempre de la mano de Dios, con la ayuda
de Dios, desde el reconocimiento de nuestra pobreza, de nuestra pequeñez, de lo
poco que podemos, de lo poco que somos, pero de la grandeza de Aquel que nos
capacita (Fil 4, 13), la grandeza de Aquel que camina a nuestro lado, que es Dios.
Quien sabe estas cosas no debe caer en la desesperación:
56
sol. 2, 1.
57
uirg. 31.
58
Cf. uera rel. 26; Cf. [Link]. 7; Cf. [Link]. 58, 2, 5; Cf. [Link]. 121, 6.
59
praed. 10.
24
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“(…) y decir ‘No puedo’, sino que despierte al amor de tu misericordia y a la
dulzura de tu gracia, por la que es poderoso todo débil que se da cuenta por ella de
su debilidad”60.
Desde la consciencia de la propia debilidad y pobreza, es necesario pedirle
a Dios; pero no de cualquier manera, sino pedir desde la fe, con el
convencimiento de que Dios acoge y escucha nuestra oración. Por lo tanto esta es
la petición que necesitamos presentar al Señor: sostenida por la fe, iluminada por
la esperanza, y rescaldada por la caridad. Una petición, por lo tanto, sostenida
por las tres virtudes teologales, recordando que Dios quiere dar. San Agustín
parte de este principio: le pedimos a Alguien que nos quiere dar. No le vamos a
pedir a Alguien que no quiere darnos y por lo tanto tenemos la duda, o incluso la
certeza de que no nos va a dar. Partimos de una certeza contraria; es decir, que
Dios quiere dar. Por lo tanto, necesitamos pedir.
Y lo principal que tenemos que pedir siempre en nuestra oración es la Vida
Eterna. Porque nuestra vida está orientada hacia ello: a alcanzar la Vida Eterna
con Dios. Todo lo demás, lo que nos pueda suceder en esta vida, son anécdotas.
Son cosas que algún día podremos contar como esas historias secundarias,
cuando lo más importante es alcanzarlo a Él. No importa perderlo todo, con tal de
alcanzar a Dios (Fil 3, 8). Él debe ser nuestro mayor tesoro, nuestra mayor
riqueza, por la cual debemos estar dispuestos a todo, porque en Él está puesto
nuestro corazón (Mt 6, 21). Por eso nos recuerda San Agustín que el amor central
de nuestra vida debe ser Dios61.
Por amor de tu amor…
San Agustín repetirá por dos veces dentro de las Confesiones una de las
frases que seguramente eran para él una de sus jaculatorias favoritas, una frase
que él mismo seguramente se repetía a sí mismo en muchas ocasiones. Y la frase
es: “Por amor de tu amor hago lo que hago”62. San Agustín lo dice al principio de
las Confesiones, en el libro II, y también al final, en el libro XI, es decir, en el
antepenúltimo libro. Con ese deseo de alcanzar la Vida Eterna y con ese deseo de
llegar a la unión con Dios, a quien debemos amar con todo el corazón.
60
conf. 10, 4.
61
conf. 13, 10: Mi amor es mi peso.
62
conf. 2, 1; conf. 11, 1.
25
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por lo tanto hay que pedir la vida bienaventurada; pedir que seamos capaces
de responder a las inspiraciones de la gracia. Esa gracia, que quiere llevarnos a la
santidad y al término del camino. Pero pedir que nuestra voluntad sea dócil a la
gracia que quiere transformarnos a imagen de Cristo, que quiere llevarnos a la
meta del camino, que es a la Ciudad de Dios. Que no nos distraigamos por el
camino, como el mismo San Agustín comenta: “El hombre es ciudadano de
Jerusalén; pero vendido al pecado, se hizo peregrino” 63. Somos peregrinos, vamos
hacia la Ciudad de Dios. Que no nos distraigamos por el camino con el paisaje,
con las cosas que vamos encontrando, y que estas cosas que encontramos por el
camino no nos aparten de alcanzar la meta hacia la cual nos dirigimos, que es
Dios. Dice san Agustín: “Si ve que es ciudadano de Jerusalén (de la ciudad de
Dios), tolere esta cautividad (en este mundo)y espere la libertad (en Dios)” 64.
Porque el amor tiene el poder de transformarnos en aquello que amamos. Y,
si pedimos la Vida Eterna, el amor de Dios nos va transformando y divinizando a
imagen de Cristo. Dirá San Agustín:
“¿Amas la tierra? Serás tierra, ¿Amas a Dios? ¿Diré que serás Dios? No me
atrevo a decirlo como cosa mía; oigamos la Escritura: Yo dije: Todos sois dioses e
hijos del Altísimo (…)”65.
Llegaremos a transformarnos en esa divinización, en ese proceso de
cristificación que es la propia santificación de nuestra vida.
Por lo tanto, es preciso pedir. Pedir con la certeza de que somos escuchados
y con la certeza de que Dios es rico en misericordia, en bondad, y que va a
concedernos aquello que pedimos.
Dios escucha siempre la oración
Pero San Agustín, en la Carta 130 -que es una carta dedicada a la oración-,
se preguntará por qué no recibimos aquello que pedimos. Si Dios es generoso, si
Dios es rico en misericordia, si quiere darnos y está más empeñado en dar, que
nosotros en pedir, ¿por qué no recibimos aquello que pedimos? Y San Agustín
dirá que cuando no recibimos aquello que pedimos es porque no nos conviene. De
63
en. Ps. 125, 3.
64
en. Ps. 64, 2.
65
ep. Io. tr. 2, 14.
26
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
este modo, en primer lugar, no debemos dudar de que Dios escucha y acoge
nuestra oración. Por ello dice san Agustín:
“A Él le debemos la actitud piadosa por la que no creemos se haya olvidado
de nosotros por el hecho de no librarnos de las tribulaciones; antes al contrario, con
la paciente tolerancia de los males esperamos alcanzar bienes mejores”66.
Si Dios no nos concede lo que le pedimos es porque no nos conviene. Por
ello es preciso, en primer lugar, como señala san Agustín, dar gracias por todo
siempre a Dios, y tener la certeza de que lo que sucede es lo más conveniente
según el plan y la voluntad de Dios, que no busca otra cosa que nuestro propio
bien y nuestra salvación eterna, que a fin de cuentas es lo más importante:
“Por lo tanto, si algo nos sucede en contra de lo que hemos pedido,
tolerémoslo con paciencia y demos gracias a Dios por todo. No dudemos lo más
mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que sucede según la
voluntad de Dios, no según la nuestra”67.
También dirá san Agustín que nosotros no le pedimos a Dios algo que él no
sepa que necesitamos, pues sabe y conoce todo. No obstante necesitamos pedirlo,
como mendigos que somos, para que ejercitemos el deseo y ensanchemos el
corazón para ser capaces de recibir lo que Dios quiere darnos. Así dice san
Agustín:
“Debemos comprender que el Señor y Dios nuestro no busca que le
mostremos nuestra voluntad, que ya conoce; lo que quiere es que en la oración
ejercitemos el deseo, y así nos hagamos capaces de recibir lo que nos va a dar. Su
don es muy grande y nosotros tenemos una capacidad pequeña. Por eso dice:
Dilataos, para que no vayáis llevando el yugo con los gentiles”68.
Hay cosas muy grandes que Dios quiere otorgarnos, que Dios quiere
darnos, pero nosotros no estamos preparados para recibirlas. Por lo tanto Dios
nos coloca a veces en momentos de preparación, de ensanchamiento del corazón;
en momentos en los cuales nos vamos disponiendo a acoger el don de Dios, y
cuando Dios sabe que estamos ya dispuestos y preparados, nos concede aquello
que le pedimos.
66
ep. 130, 26.
67
Idem.
68
ep. 130, 17.
27
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por lo tanto, pues: pedid. Pedid con insistencia a Dios en vuestra oración,
con la certeza -la certeza de la fe- de a Quién pedimos, pero con el compromiso de
ser mejores. Y saber también que si Dios retrasa el cumplimiento de concedernos
aquello que pedimos es para disponer mejor nuestro corazón a acoger aquello que
Dios nos quiere dar.
Por lo tanto - dice San Agustín- estamos ante este “padre de familia”,
enormemente rico en riquezas espirituales y eternas, que nos exhorta diciendo:
“Pide, busca, llama”. Hemos dicho, pues, ya lo que significa pedir. ¿Qué significa
buscar? Necesitamos buscar a Dios.
28
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
SEGUNDA PALABRA: BÚSQUEDA
Buscar a Dios en la creación
Si en algo se distinguió San Agustín fue por ser el buscador de Dios, el
buscador de la verdad, el buscador del amor en Dios. La oración debe llevarnos a
cada uno de nosotros a buscar a Dios presente en todas las cosas que nos
rodean.
Tendríamos que considerar si auténticamente somos capaces de percibir la
presencia de Dios en los acontecimientos, en las realidades, en las personas que
nos rodean. San Agustín nos invitaría a tener los ojos del corazón abiertos para
poder percibir y ver la presencia de Dios en todo lo que nos rodea. Las
Confesiones, son un cántico inmenso de alabanza a Dios, porque él puede
percibir esa presencia –una presencia muy palpable de Dios- en todas las
criaturas del universo. San Agustín podía percibir la presencia de Dios en la
naturaleza, en las personas que lo rodeaban, en los acontecimientos de la
historia. Así comenta san Agustín que todas las cosas creadas no hacen sino
invitarle y exhortarle a que ame Dios:
“No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón
con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se
contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a
todos, a fin de que sean inexcusables”69.
Nosotros tendríamos que ser capaces de hacer oración contemplando la
belleza de Dios en todo lo que nos rodea. Así el orden del universo y su
organización tendría que invitarnos a elevar nuestro corazón hacia Dios, hacer de
esa contemplación de la belleza nuestra propia oración.
Vivimos en un mundo donde el proceso de la secularización, ha llegado a
desencantar el mundo, de tal forma que las realidades mundanas no son más
que simples realidades mundanas. Donde la naturaleza es únicamente un
elemento que sirve para la satisfacción de las necesidades del hombre, y donde
los seres humanos, son sólo agentes y personas que existen en el mundo, pero
que ya no nos hablan de Dios.
69
conf. 10, 8.
29
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Hoy vivimos, por lo tanto, en este momento difícil de secularización y de
laicismo, donde todas las realidades que rodean al hombre se han vuelto mudas,
porque ya no hablan de Dios. Buscar a Dios y vivir la oración significaría ser
capaces de romper el proceso de secularización y de laicismo, y que las realidades
del mundo que nos rodean sigan siendo los mensajeros que Dios nos envía para
continuar un diálogo con nosotros, para seguirnos hablando de su Reino, de su
grandeza, y para invitarnos a la contemplación, desde aquello que vamos
encontrando en nuestro camino.
Para quien vive un proceso de oración contemplativa, una flor no puede ser
simplemente una flor: tiene que ser un mensaje de parte de Dios que le invita a la
contemplación de su belleza y grandeza, que le invita a la alabanza, al
agradecimiento, de tal forma que esas realidades naturales no son realidades
encerradas en sí mismas, sino que nos remiten siempre hacia Dios. Eso es vivir el
proceso de la recolección, y eso es vivir el proceso de una oración continuada.
Para aquellos que buscan a Dios, todo el universo se vuelve una invitación para
alabar a su Creador.
Hay personas que viviendo lo que podríamos llamar una fe laica, secular o
científica –que requiere tanto asentimiento como la fe religiosa- niegan la
existencia de Dios, y son incapaces de ver a Dios presente en el mundo, en la
creación. El creyente, por el contrario, como san Agustín y con san Agustín,
percibe la presencia de Dios en el mundo y en todos los acontecimientos. El
mundo se vuelve un mensajero de parte de Dios para aquellos que son capaces
de buscar a Dios con el deseo de encontrarlo.
Buscar a Dios para encontrarlo
Recordemos que San Agustín, dentro del libro De Trinitate, dice que es
preciso buscar a Dios para encontrarlo, pero hay que encontrar a Dios para
seguirlo buscando con mayor ardor: “Te busco para encontrarte y te encuentro
para seguirte buscando con mayor ardor”70. Hoy tenemos también el fenómeno de
muchas personas que se han convertido en falsos buscadores de Dios. Son
aquellos que dicen que van buscando a Dios, pero que realmente no tienen deseo
de encontrarlo o de dejarse encontrar por Él. Son aquellos que quieren hacer de
su vida una colección de experiencias, y por ello van pasando de una religión a
70
trin. 15, 2, 2.
30
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
otra, de un grupo religioso a otro, sólo para acumular experiencias. El verdadero
cristiano, y la experiencia de la oración, no es sólo un acumular experiencias,
sino buscar en verdad; buscar desde el amor, para encontrar en el amor a Dios,
y, en ese amor, una vez que hemos encontrado a Dios, seguirlo buscando con
mayor ardor. Ésta es la postura agustiniana de la búsqueda: buscamos desde el
amor, encontramos en el amor, y este mismo amor, al encontrarnos delante de
una realidad insondable e infinita como es Dios, nos impulsa a seguirlo buscando
y descubriendo cada día en nuestras vidas.
Por lo tanto, pues, buscar. Buscar con deseo de hallar, buscar con deseo de
dejarnos encontrar por Dios. El misterio de la oración para San Agustín brota, no
tanto de que él haya empezado a buscar a Dios, sino que san Agustín se da
cuenta de que fue encontrado primero por Dios, que Dios lo tocó primero. Y
porque Dios ha tocado primero a san Agustín y ha tocado su corazón -o el
corazón de todo hombre-, el hombre puede buscar a Dios: “Llamaste y clamaste y
rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, e hiciste huir a mi ceguera;
exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti y siento hambre y sed;
me tocaste y me abrasé en tu paz”71.
Por lo tanto, nosotros queremos buscar con el deseo de encontrar la
presencia de Dios. Y tendríamos que preguntarnos si el mundo es auténticamente
transparente para nosotros, si el mundo nos habla de Dios, o el mundo se nos ha
vuelto tan opaco, tan oscuro, que no podemos ya ver en él la presencia de Dios.
Contemplar el mundo debiera llevarnos a cada uno de nosotros a la oración: a la
oración de alabanza, a la oración de agradecimiento.
Buscar la belleza de Dios. La filocalía
Además es preciso buscar a Dios a través de lo que es para San Agustín “la
teología de la belleza”. Al final de la Regla san Agustín nos invita a seguir
buscando a Dios en la vida monástica, en la vida comunitaria, como enamorados
de la belleza espiritual72. El cristiano quiere hacer oración, porque quiere buscar
y descubrir la belleza de Dios presente en la Creación. Y además quiere proyectar
y construir esa misma belleza de Dios en su propia vida, en su propio entorno. Y
la belleza significa la armonía entre todas las partes; una armonía que habla de la
71
conf. 10, 28, 38.
72
praed. 8, 1.
31
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
paz y de la presencia de Dios. Si yo quiero hacer presente la belleza de Dios
dentro de mi comunidad, mi familia, mi entorno social, debo comprometerme a
vivir una vida en perfecta paz y armonía, para que en medio de la comunidad o de
la familia, resplandezca la belleza de Dios. Es decir: la armonía, la perfección, el
orden, la paz.
Contemplar la belleza, y hacer oración contemplando la belleza de Dios,
debe llevarnos a asimilar esa misma belleza de Dios en nuestras vidas, para
comunicarla a todos aquellos que están cerca de nosotros. En primer lugar
nuestra comunidad, y en segundo lugar nuestra propia vida; dejarla que se vaya
empapando de la belleza de Dios desde la contemplación y del encuentro con la
belleza de Dios.
Hay que llamar en la puerta de Dios con el corazón
Dice San Agustín:
“Dios sabía que eras su mendigo, y como padre de familia, enormemente rico
en riqueza espiritual y eterna, te exhorta y te dice: pide, busca, llama”73.
Es preciso llamar a la puerta de Dios. Nuestra oración es llamar
continuamente a la puerta de Dios con insistencia y con fe. Nos dirá San Agustín
que la mano con la que tenemos que llamar a esa puerta de la oración es la del
corazón74. Quiero llamar con la mano del corazón, con la certeza de que detrás de
esa puerta a la que estoy llamando, hay Alguien. Y no es alguien extraño: es
Alguien que me ama. Es Alguien, que me invita a un encuentro con Él (Ap 3, 20).
Necesito, por lo tanto, llamar a esa puerta. Y llamar con insistencia; es decir,
llamar con una cierta constancia a esa puerta. Llamar incluso especialmente en
aquellas ocasiones en las que vivo un desierto o sequedad en la oración. Cuando
puedo llegar incluso a tener el pensamiento de que no hay nadie detrás de la
puerta, o bien de que la casa está vacía, y de que estoy llamando tal vez en una
puerta equivocada.
Muchos creyentes, al no ver o al no sentir los efectos de su oración, creen
que la oración es una quimera. Al no ver en su propia vida un cambio drástico,
radical, o al no haber experimentado cómo Dios actúa en momentos que ellos
creían que lo necesitaban, abandonan la oración, porque se han cansado de
73
S. 61, 6.
74
s. 91, 3.
32
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
llamar. San Agustín nos invitaría a hacer de nuestra oración un llamar a esa
puerta con constancia, un llamar a esa puerta con fe, un llamar a esa puerta con
la esperanza. Es decir: con la certeza de que, aunque la puerta ahora está
cerrada, algún día se abrirá. Y con la fe de saber que detrás de esta puerta está
Dios. Y que Dios, cuando sea su voluntad y cuando lo tenga Él así dispuesto,
abrirá esa puerta para mí.
Lo importante es la constancia y la perseverancia en la oración. Y que Dios
no va a actuar cuando yo quiera, sino que Dios tiene un momento establecido, y
que me pide a mí que acepte su voluntad misteriosa, y que le deje a Dios ser
Dios, es decir, actuar cuando Él lo tenga así dispuesto y como Él lo tenga
dispuesto. Por lo tanto, yo no debo cansarme. Y cuando tenga que afrontar esos
momentos de desierto, de sequedad, que en ellos le pida a Dios fortaleza y
entereza para soportarlos. Particularmente cuando la oración me resulta muy
cuesta arriba, donde no experimento absolutamente nada, donde creo que he
salido igual que como he entrado al momento de oración. Que tenga la capacidad
de soportar esos momentos, con la certeza de que el fruto de mi oración, aunque
yo no lo vea, allí está, y de que Dios escucha, acoge, mi oración, y que en algún
momento me abrirá la puerta y yo podré ser capaz de percibir, una vez más, los
efectos, las gracias, las bendiciones que recibimos dentro de la oración.
Llamar con insistencia para superar la tentación de abandonar la oración.
Un abandono explícito o un abandono implícito. Un abandono explícito: el
creyente que deja de hacer oración y que deja de estar presente en los encuentros
de oración, o que busca todos los pretextos para no estar en ese momento de
oración. ¿Por qué? Porque la oración para él es una cosa tan difícil, y no quiere
decirse a mí mismo que le resulta tan dura, que busca pretextos y razones para
no estar en ese momento de oración.
O un abandono implícito, donde la persona ya no se ausenta físicamente de
la oración, pero se ausenta espiritualmente. Es decir: está presente -tal vez para
que la comunidad no le diga nada, para que nadie le riña-, está presente en el
momento de oración físicamente; pero está ausente espiritualmente, porque no
está haciendo oración. Dedica ese tiempo, tal vez a nada, a quedarse en el vacío,
o lo convierte en un momento de lectura espiritual, en lugar de oración, de
encuentro con Dios.
33
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Un abandono por lo tanto explícito, o un abandono implícito. Un abandono
que puede surgir, del haberme cansado de llamar a la puerta de Dios, y de no
haber soportado el momento de tribulación o de tentación de cara a la oración. Y
dirá San Agustín, siguiendo el texto de la Biblia que él usaba, una Biblia muy
cercana al texto de los LXX: “la vida del hombre sobre la tierra es una tentación”75,
donde la palabra griega para la palabra “tentación” significa más que nada una
prueba.
Por lo tanto –dice san Agustín- Dios nos prueba, permite en nuestras vidas
diferentes tentaciones, no porque quiera que nosotros nos hundamos, sino
porque quiere que seamos mejores. Recordará San Agustín que el oro, como dice
la Sagrada Escritura, se purifica en el crisol: “La plata en el crisol, el oro en el
horno; los corazones, los prueba Yahvé” (Prov 17, 3). Es decir, el oro, para quitarle
toda la escoria, para quitarle todas las impurezas, se mete en fuego. Y en ese
fuego, el oro tiene que fundirse; pero esa es la manera como el oro se purifica:
“Se ofrece la tribulación, llegará mi purificación ¿Por ventura brilla el oro en el
horno del platero? Brillará en el collar, brillará en el adorno. Soporta el fuego para
que purificado de las impurezas, adquiera el brillo” 76.
Nosotros también, soportando los momentos de tribulación y los momentos
de prueba, nos vamos purificando, y salimos renovados y remozados de esos
momentos de tentación. Por eso, seguid llamando a la puerta de Dios.
Agustín visita al alfarero de Hipona77
San Agustín nos propone una imagen sumamente rica. Nos dice el santo
Obispo de Hipona que toda vasija, una vez modelada, se mete en el horno. Pero
San Agustín, que era un hombre muy observador, veía que había vasijas que,
puestas a las altas temperaturas del horno, tal vez porque estaban mal hechas,
se reventaban, se quebraban ante el calor tan elevado del horno. Y dirá San
Agustín: no seas ante la tentación –que es como estar sometidos a un fuego
abrasador-, como esas vasijas rebeldes que se revientan, que explotan ante la
temperatura fuerte y se frustran. Las que no se revientan son: “las que no tienen
el viento de la soberbia. La humildad las custodia en toda tentación”78. Por ello,
75
conf. 10, 39.
76
en. Ps. 61, 11.
77
en. Ps. 120, 14.
78
en. Ps. 120, 14.
34
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
soporta el momento de la prueba para que, como la vasija, salgas transformado;
transformes tu barro verdaderamente en una vasija que pueda ser útil en las
manos de Dios, y hermosa para los demás. Pero necesitas soportar el momento
de la prueba.
Es preciso pensar qué hacemos en el momento de tribulación, de cara a la
oración; si somos vasijas que se revientan, que se rompen ante la prueba. O
somos vasijas que se dejan aquilatar por el fuego, que se dejan modelar por Dios,
y que salen de la prueba transformadas.
Las pruebas y las tribulaciones en la vida no tienen que endurecernos. Las
pruebas y las tribulaciones de la vida tienen que hacernos más humanos, más
comprensivos con nuestros hermanos. Tienen que hacernos más conscientes de
nuestra debilidad, de nuestra pequeñez, y tienen que hacernos también más
conscientes de la grandeza y la misericordia de Dios, para confiar cada vez más
en Él.
Hay que pensar si el momento de prueba nos cierra en nosotros mismos y
nos ha amargado, de tal manera que somos incapaces de seguir amando a Dios y
a nuestros hermanos. O si los momentos de prueba, de estar realmente en el
horno, donde no podemos hacer oración, donde nos resulta todo muy difícil, una
vez que superamos esa prueba, nos hacemos más comprensivos con quienes
pasan estas tribulaciones, nos hacemos más cercanos y más humanos con
quienes sufren este mismo dolor. O si tal vez esto nos ha llevado a cerrarnos en
nosotros mismos.
Así pues, la oración es reconocer que somos pequeños ante Dios, que
somos mendigos de Dios, que necesitamos llamar continuamente a su puerta,
sabiendo que la puerta se va a abrir. El ir porque necesitamos, y buscar porque
queremos encontrar a Dios.
Un corazón enamorado que busca a Dios
35
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
En el último libro de las Confesiones, San Agustín nos dice que el hombre
busca a Dios, no por un deseo propio, o como una iniciativa propia suya, sino
que el hombre busca a Dios porque ha sido encontrado por Él.
San Agustín se encuentra con un Dios enamorado del hombre, un Dios que
le sale al encuentro al ser humano en todos sus caminos. Por ello, el hacer
oración es responder a este Dios que me busca. Responder a un Dios que está
muy interesado por mí, un Dios que me va colocando lazos de amor –como dice el
profeta Oseas (Os 11, 4)- para que yo vuelva a Él. San Agustín tendrá esta
experiencia: se convierte en el buscador de Dios, porque antes él había sido ya
alcanzado por Dios (Fil 3, 12).
El mismo San Agustín nos recordará dentro de las Confesiones que Dios
había traspasado su corazón con el dardo de su palabra, y ese dardo de la
palabra de Dios había hecho que San Agustín ardiera en el amor de Dios y que lo
buscara:
“Habías asaetado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras
clavadas en nuestras entrañas (…) nos encendían fuertemente para que el viento
de la contradicción, de las lenguas dolosas no nos apagase, antes nos inflamase
más ardientemente”79.
Nosotros en la oración queremos dar cuenta de esa experiencia de Dios:
Dios, ha traspasado a nuestra vida, y por ello, lo buscamos con ahínco, con
fervor y con amor. Porque hemos sido tocados por Dios, vamos en su búsqueda.
La frase con la que San Agustín comienza las Confesiones, es la frase que
resume la experiencia vital de todo ser humano, y a la vez, señala cuál es el
destino final de toda persona. En ella se refleja también la idea agustiniana del
Dios que busca al hombre, un Dios que ha tocado al hombre, y que ha puesto en
su interior el deseo de la búsqueda y el encuentro consigo mismo. Y por eso el
hombre se mueve para poder encontrarlo. Con un gran secreto: cuando el ser
humano busca y encuentra a Dios, encuentra junto con Dios, la felicidad, esa
vida feliz que añora y de la que escribe San Agustín un poco antes de su
bautismo80; la vida feliz a la que todos aspiramos.
79
conf. 9, 3.
80
Cf. beata u. 10.
36
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por eso dice San Agustín en el comienzo de las Confesiones: “Señor, Tú nos
hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”81. El
hombre ha sido creado para el encuentro con Dios, ha sido tocado por el Dios
buscador del hombre, y el hombre en todos sus caminos se encuentra inquieto,
no puede reposar en ninguna cosa material, ya que su corazón solamente puede
encontrar el descanso, el reposo, la paz, en Dios. Las cosas materiales son
demasiado pequeñas para llenar el corazón del hombre, y lo dejan siempre
insatisfecho. Él necesita continuar en esta búsqueda hasta llegar al reposo total
en Dios.
Nuestra oración, por lo tanto, como un don de Dios, refleja esta
experiencia: hemos sido tocados por Dios y hemos reconocido que, siendo
creados por Dios, lo vamos buscando por los caminos de nuestra vida, y estamos
inquietos hasta que podamos llegar a descansar en Él.
Me dejo re-crear por Dios
La oración, por lo tanto, es una respuesta al Dios que nos busca. San
Agustín dice en el Libro XIII de las Confesiones:
“Te invoco, Dios mío, misericordia mía, que me has creado y no me has
olvidado, cuando yo me había olvidado de Ti. Te invoco para que vengas a mi
alma, a la que preparas para que te acoja con el deseo que le has inspirado. No
abandones a quien ahora te invoca, Tú que antes de que te invocara me has
prevenido y has insistido, menudeando tus llamadas de varias formas, para que te
oyera desde lejos, me volviese y te llamara a Ti que me llamabas”82.
En este texto aparece la experiencia profunda de oración de San Agustín.
Un primer elemento que podemos subrayar es, el concepto que tiene San Agustín
de Dios, pues invoca en este texto a Dios como “misericordia mía, Dios mío y
Creador mío”. Nuestra oración se dirige a este mismo Dios: un Dios que es
bondadoso, rico en misericordia; un Dios que es Creador, y que en la oración
quiere re-crear en nuestro interior la imagen de Cristo. El ejercicio, por lo tanto,
de la oración, es un ejercicio también de vuelta a ponernos en las manos de Dios,
para que sea Dios mismo el que siga forjando en nuestro interior la imagen de
81
conf. 1, 1
82
conf. 13, 1.
37
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Cristo, pues: “Moneda de Cristo es el hombre; allí está la imagen de Cristo, allí el
nombre de Cristo, allí la función y los oficios de Cristo”83.
Por lo tanto, hacer oración es dejarme construir por Dios (Mt 5, 14), volver
a ponerme en las manos de Dios para que Dios continúe en mí su obra de
creación. San Agustín tiene esa concepción o esa convicción, que toda la vida
humana consiste en dejarse hacer por Dios. Hay, por lo tanto, ciertamente una
conversión, pero hay una re-creación del hombre. Dentro del libro de las
Confesiones esta es una idea muy repetida: yo me convierto a Dios, y al volverme
a Dios quiero volver a ponerme en sus manos, para que Él, como Creador vuelva
a forjar en mí la imagen de Cristo, la imagen del hombre nuevo:
“Porque también nosotros, que en cuanto al alma somos creación espiritual,
apartados de ti, nuestra luz, ‘fuimos algún tiempo en esta vida tinieblas’ y aun al
presente luchamos contra los restos de esta oscuridad, hasta ser justicia tuya, en
tu Único, como montes de Dios, ya que fuimos antes (…) abismo profundo”84.
Por eso las Confesiones terminan de esa forma tan enigmática para
muchas personas, con un comentario a los primeros capítulos del Génesis.
Muchas personas leen generalmente las Confesiones hasta el libro noveno, donde
San Agustín hace el recuento de su vida hasta el momento en el que vuelve a
África, es decir, aproximadamente hacia el año 388. El libro X es el que habla de
su estado en el momento en el que él escribe las Confesiones, hacia el 397 y el
401 aproximadamente. En los últimos capítulos (del libro XI al libro XIII), san
Agustín hace una explicación y una exégesis de los primeros capítulos del
Génesis. Y estos capítulos a muchas personas les resultan sumamente
enigmáticos. ¿Por qué San Agustín coloca este comentario del Génesis aquí? (Es
uno de los muchos comentarios que San Agustín dedicará al Génesis). Lo coloca
aquí para dar idea de esto: el Dios en el que creemos es un Dios Creador con
mayúscula. Creador en el sentido de que no solamente hizo todas las cosas en un
principio (Gen 1, 1) y se desentendió de ellas: un Dios que continúa en medio de
su creación85, haciendo que las cosas broten cada mañana de entre sus manos,
dando vida al universo y dando vida también a los hombres, recreándolos cada
vez que ellos destruyen por el pecado, la imagen de Cristo en su corazón.
83
s. 90, 10
84
conf. 13, 3.
85
conf. 7, 17
38
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por eso la oración es un proceso de creación: me pongo en manos de Dios
para que Dios, con sus manos de artífice y Creador, siga edificando en mí su
propia ciudad, la ciudad de Dios 86, y forje en mí la imagen de Cristo 87. Por eso
San Agustín dice: “misericordia mía, Creador mío”88. Dios es aquel que está
creando, re-creando la imagen de Cristo que el hombre había destruido por su
propio pecado.
Recordando con amor a Dios
San Agustín en este texto, además de dirigirse a Dios como “Misericordia
mía”, como “Creador mío”, nos presenta la imagen de un Dios que no olvida al
hombre. Y dice San Agustín: “No me has olvidado, cuando yo me había olvidado
de Ti”89. Dios no se olvida nunca del hombre. Nosotros con la oración queremos
hacernos presentes a Dios, y queremos decirle a Dios que lo seguimos
recordando; es decir, que Él sigue siendo importante para nosotros.
Sin embargo San Agustín tiene la experiencia de haber vivido muchos años
alejado de Dios, pero a la vez tiene la experiencia de encontrarse con un Dios que
no lo olvida. Por eso San Agustín nos recordará que la oración continua, entre
otras cosas, consiste en la memoria dei, es decir, en el recuerdo enamorado de
Dios. El olvido para San Agustín será fruto del pecado 90: cuando olvido a Dios y
me pongo demasiado a mí mismo delante de mi propia mente, y recuerdo
continuamente las cosas del mundo y las cosas de esta tierra de manera
desordenada, vivo en el pecado, porque vivo en el olvido de Dios, vivo en la
aversión a Dios, vuelto hacia las criaturas91.
La oración, por lo tanto, debe ser la renovación del recuerdo de Dios, de la
memoria dei, que me haga a Dios presente en cada circunstancia de mi vida,
sabiendo que Dios no nos olvida, aunque en muchas ocasiones nosotros podamos
llegar a olvidarlo a Él: “Yo me había olvidado de Ti, aunque Tú no me has
olvidado”. Y sigue diciendo san Agustín: “No abandones a quien ahora te invoca”92.
86
Cf. en. Ps. 59, 3
87
Cf. s. 90, 10.
88
conf. 13, 1.
89
conf. 13, 1
90
Cf. qu. eu. 2, 33, 2
91
Simpl. 1, 2, 18.
92
conf. 13, 1
39
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
En otra de sus obras, la llamada De natura et gratia, san Agustín
comentará que Dios nunca abandona a nadie, nunca deja a nadie, si primero no
es abandonado por el hombre: “(Dios) no abandona (a nadie) si no es
abandonado”93.
Es decir, el Dios en el que nosotros creemos y a quien le presentamos
nuestra oración es un Dios fiel, que no abandona las obras de sus manos; pero
que cuando el hombre, utilizando mal su libertad, decide alejarse de Dios, Dios
con respeto, sale de la vida de esa persona, para ruina y frustración suya. Pero
Dios nunca abandona a nadie si antes el ser humano no lo ha abandonado a Él.
Y el abandono de Dios es el sinónimo o el otro nombre del infierno. Cuando
Dios abandona a una persona, porque esa persona por sí misma ha decidido y ha
rechazado a Dios, y ha abandonado a Dios, Dios se aleja de él y eso es
auténticamente vivir el infierno. Donde no está Dios allí está el infierno, que es
precisamente la ausencia de Dios.
Dios, pues no olvida al hombre. Y oramos, como dice San Agustín, para
recordar que Dios está con nosotros, que estamos presentes en la memoria y el
pensamiento de Dios, pues no podríamos ni siquiera existir si Dios no pensara en
nosotros:
“Nada sería yo, Dios mío, nada sería yo en absoluto si tú no estuviese en mí;
pero, ¿no sería mejor decir que yo no sería en modo alguno si no estuviese en ti, de
quien y por quien y en quién son todas las cosas?”94
Hacer oración es reconocer que toda mi existencia depende absolutamente
de Dios. Soy tan pobre, que no puedo existir por mí mismo. Existo en tanto en
cuanto Dios piensa en mí; existo porque soy un pensamiento de parte de Dios, un
pensamiento amoroso de Dios, y porque Dios me tiene siempre presente.
Por eso dice San Agustín:
“Te invoco Dios mío, misericordia mía, que me has creado y no me has
olvidado, cuando yo me había olvidado de Ti. Te invoco para que vengas a mi
alma, a la que preparas para que te acoja con el deseo que le has inspirado”95.
San Agustín invita a Dios a que venga a su alma; un alma que invoca a
Dios, porque el mismo Dios le inspira este deseo. La oración brota porque es Dios
93
nat. et gr. 29.
94
conf. 1, 2.
95
conf. 13, 1
40
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
quien ha tocado el alma, y, porque la ha tocado, el alma puede orientarse hacia
Dios, “con el deseo que le has inspirado”96. Es Dios quien inspira este deseo. Si
nosotros tenemos deseos de orar, es porque Dios lo coloca en nuestro interior; si
nosotros podemos hacer oración, es porque la gracia de Dios nos capacita a ello.
Abrir los oídos del corazón
Todo es un don. Una vez más San Agustín vuelve a recordarnos que
necesitamos el don de la gracia de Dios para orar. El don de la gracia, que nos
hace dulce la vida de Dios (“la dulzura de tu gracia”)97. San Agustín insistirá
especialmente en sus últimas obras en este tema: la importancia que tiene en la
vida del creyente de la gracia de Dios, que funciona como un aceite que va a
hacer que toda nuestra vida espiritual, como un engranaje, vaya funcionando con
una mayor ligereza, con una mayor prontitud, y que no marche con el rechinido
propio del pecado98. Nuestra vida espiritual, por lo tanto, necesita el aceite de la
gracia de Dios, que le dé dinamismo y vigor para poder realmente hacer lo que
Dios espera de cada uno de nosotros.
Por eso dice San Agustín: “Te invoco para que vengas a mi alma, a la que
preparas para que te acoja con el deseo que Tú le has inspirado”99. La oración es
un don de la gracia de Dios, inspirado por Dios mismo, que nos debe llevar a
estar abiertos para acoger a Dios en nuestro interior.
Sigue diciendo San Agustín:
“No abandones a quien ahora te invoca. Tú que antes de que te invocara me
has prevenido, y has insistido, menudeando tus llamadas de varias formas, para
que te oyera desde lejos, me volviese, te llamara a Ti, que me llamabas”100.
Dice: “Antes de que te invocara, Tú ya me llamabas”. Tenemos que ver
nuestra oración como esa llamada que Dios nos hace para tener un encuentro
con Él. Dios es el que continuamente nos llama, nos invita a la oración; Dios, es
el que busca al hombre para que el hombre pueda buscarlo a Él. Y dirá San
Agustín: “Tú que me llamabas con Tu voz para que yo pudiera responder, también
96
Idem.
97
conf. 10, 4.
98
en. Ps. 132, 12.
99
conf. 13, 1
100
Idem.
41
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
me llamabas de varias maneras para que te oyera desde lejos, me volviera y te
llamara a Ti, que me llamabas”101.
Un Dios, por lo tanto, enamorado del hombre, que le invita a hacer oración.
Que quiere que el hombre se ponga en esta sintonía suya de la oración, para
comunicarle su mensaje. Lo importante sería abrir los oídos del corazón para
escuchar la voz de Dios: “Tú que me llamabas”.
San Agustín se presenta a sí mismo dentro de las Confesiones como aquel
que está sordo, como aquel que ha cerrado sus oídos, pues el pecado le ha
causado una terrible sordera en el corazón, y es incapaz de oír la voz de Dios:
“Llamaste y clamaste y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste y fugaste mi
ceguera”102.
Creo que en nuestra oración necesitaríamos, más que hablar, guardar más
silencio, callar, para poder escuchar la voz de Dios que nos llama. Es preciso
pensar si nuestra oración, si nuestra meditación personal se basa en palabras, o
intentamos acoger y escuchar la voz de Dios que nos habla cuando nosotros nos
ponemos en la sintonía de la oración. Conviene considerar si somos capaces de
guardar silencio en nuestro interior para acoger la voz de Dios, o si tal vez
estamos tan llenos de ruidos, de distracciones, que no podemos acoger la voz de
ese Dios que nos dirige su mensaje.
Dice San Agustín: “Tú me llamabas de varias formas para que te oyera
desde lejos, me volviera y te llamara a Ti que me llamabas”103. Una voz que llama
para poder volver al camino. Aquí San Agustín ciertamente está haciendo alusión
a los mensajes de los profetas, los profetas que hablaban al pueblo para que el
pueblo abandonara sus caminos de pecado y volviera a Dios (Jr 3, 14). “Me
llamabas desde lejos” 104, desde el alejamiento de Dios. Nuestra oración nos debe
colocar delante de Dios y revisar cómo nos encontramos en el camino de Dios. Si
estamos cerca, o lejos; si nos hemos ido alejando, como el hijo pródigo, por una
mala utilización de nuestra libertad y necesitamos volver a la casa del Padre para
renovarnos, y una vez que nos hayamos renovado poder invocar a Dios (Lc 15,
11- 32). Pero para poder invocar a Dios, para poder llamar a Dios, no hay que
olvidar que la oración es un don.
101
Idem.
102
conf. 10, 38.
103
conf. 13, 1
104
Idem.
42
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Tres elementos importantes
Llegados a este punto es preciso considerar que San Agustín, hablando de
la oración, nos subrayaría principalmente tres cosas:
En primer lugar, que Dios no nos olvida. Dios nos tiene siempre presentes,
y nuestra oración será una respuesta agradecida a este Dios que piensa en
nosotros, y que lo hace con amor. Un Dios para quien somos importantes; un
Dios, como dice el profeta Isaías, que nos lleva tatuados en sus propias manos (Is
49, 16). Dios nos tiene siempre presentes, porque su amor hacia nosotros es
grande (Sal 136, 2). Y aquí tendríamos que detenernos a meditar sobre la
importancia que tenemos cada uno de nosotros para Dios, y el amor inmenso que
Dios tiene por cada uno de nosotros, siendo nuestra oración una respuesta
enamorada a este Dios para quien somos tan importantes.
En segundo lugar, es preciso subrayar también cómo San Agustín nos
invita a pensar que Dios no nos abandona, no nos deja en el desierto, sino que
Dios está siempre presente en nuestras vidas, concediéndonos la gracia que
necesitamos para la oración.
Y, finalmente, nosotros necesitamos, en nuestra oración, guardar silencio.
Tal vez evitar la palabrería vana (Mt 6, 7); evitar perdernos en lecturas demasiado
largas, en convertir nuestra oración en un momento de lectura espiritual, en una
serie de rezos, de devociones, y darnos cuenta de que nuestra oración personal
debe ser un encuentro enamorado con Dios. El Dios que me ha buscado, el Dios
que me ha encontrado, el Dios que ha puesto en mí el deseo de buscarlo para
poder acoger y escuchar su voz.
Aquí San Agustín nos invitaría, desde esta perspectiva del don, a abrir
nuestro corazón para recibir el don de Dios a través de su Palabra. Su Palabra,
que es aquello que resuena en nuestro interior. Su Palabra, que es la que
recibimos todos los días. Ser capaces de guardar, acoger y dar vida a la Palabra
que Dios nos dirige en cada momento y cada día, pues la Sagrada Escritura son
las cartas que nos envía el Padre desde la Patria 105. Que no caiga esta Palabra de
Dios en una tierra estéril (Mt 13, 4), en una tierra que no es capaz de darle fruto
o vida a la Palabra que recibimos, sino auténticamente sepa acogerla (Mt 13, 8).
105
Cf. en. Ps. 64, 2
43
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por lo tanto, sería bueno que nos atreviéramos a permanecer en silencio
cuando hacemos la oración. Un silencio receptivo de la Palabra de Dios; un
silencio amoroso, donde intentamos contemplar, acoger, agradecer a ese Dios que
no nos olvida: “Y tú me gritaste de lejos (…) Yo soy el que soy, y lo oí como se oye
interiormente en el corazón (…)”106.
106
conf. 7, 10.
44
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
TERCERA PALABRA: FE
Ninguna cosa ora, sino la fe
Dios busca al hombre, y por ello el hombre puede buscar a Dios. La oración
es un don, como la fe, y “ninguna cosa ora sino la fe”107. El ser humano, para San
Agustín, vive en la dimensión de la gracia. Todo lo que el hombre pueda realizar
será una respuesta y será movido siempre por la gracia. Las virtudes
sobrenaturales, la fe, la esperanza y la caridad, son una gracia de parte de Dios.
Poder orar es también una gracia. Y quien ora en el corazón de la persona es la
fe; la fe que nos sostiene con la certeza de que Dios existe, que nos ama, que nos
escucha, que acoge lo que nosotros presentamos en la oración. Por eso puede
decir San Agustín:
“Tened fe. Mas, para tener fe, orad con fe. Pero no podéis orar con fe sin
tener fe, pues ninguna cosa ora sino la fe. Entonces, ¿diste tú primeramente algo a
Dios, y algo que no te había dado Él? Hombre mentiroso, ¿hallaste qué darle? ¿De
dónde lo obtuviste? ¿Qué podías darle? ¿Tenías algo? ¿Qué tienes que no hayas
recibido? Por lo tanto, dad a Dios de lo que has recibido de Dios. Lo que recibe de ti
Él te lo dio. Pues tu mendicidad, antes de que Él te diera, hubiera quedado vacía
en extremo”108.
Vuelve una vez más San Agustín a insistir en la realidad de que el hombre
es un mendigo de Dios. El ser humano es tan pobre, que no tiene nada por sí
mismo. No puede darle nada absolutamente a Dios, porque está aprisionado por
sus propios pecados. El hombre está limitado por su fragilidad; el hombre está
-como dice San Agustín al comienzo de las Confesiones-, rodeado por su
mortalidad, por el testimonio de sus pecados, y por su soberbia 109. Son elementos
y círculos que rodean al ser humano y lo incapacitan para que pueda salvarse a
sí mismo. El hombre es, ontológicamente, un mendigo.
A san Agustín le marcará mucho el texto de San Pablo de 1 Cor 4, 7. Es
preciso recordar que toda la teología agustiniana es una larga exégesis, es un
largo comentario de diferentes textos bíblicos. En la frase anteriormente citada se
107
s. 168, 5.
108
s. 168, 5.
109
Cf. conf 1, 1.
45
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
entrelazan diferentes textos bíblicos para darle vida a la doctrina que nos ha
presentado san Agustín. Pero el texto bíblico que tal vez más se resalta, además
de algunos textos de la carta a los Romanos, es el texto de la primera Carta a los
Corintios, donde dice san Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4,
7). Es preciso notar cómo lo cita san Agustín, prácticamente al final de esta frase:
“¿Qué tienes que no hayas recibido? Por lo tanto, das a Dios de lo que has
recibido de Dios. Lo que recibe de ti, Él te lo dio. Pues tu mendicidad antes de que
Él te diera hubiera quedado vacía en extremo. ¿Qué tienes que no hayas recibido?”
110
Una frase que llevará a San Agustín, especialmente en la última etapa de
su vida, a meditar sobre la importancia que tiene la gracia de Dios. Y cómo
absolutamente todo en la vida del hombre, es una gracia de Dios. El empezar a
creer, el poder perseverar en la fe y el, finalmente, alcanzar la meta, será una
gracia de Dios. Por eso dice san Agustín que cuando nos presentemos ante Dios,
y Dios nos conceda el premio de la eternidad, lo único que hará Dios será coronar
su propia obra, pues: “Dios corona sus dones (dona eius coronat deus), no tus
méritos”111. Nosotros no podemos exigirle nada a Dios, ni que nos dé la Vida
Eterna en recompensa de nuestros méritos, porque nuestros méritos no son
nuestros. Los méritos son la obra de la gracia de Dios en cada uno de nosotros.
Es verdad que Dios pide nuestra colaboración, que empeñemos nuestra
voluntad112, pero es la gracia de Dios la que prepara nuestra voluntad para que se
disponga a cumplir lo que Dios espera de cada uno de nosotros. Los méritos
tampoco son nuestros: son la obra de Dios en cada uno de nosotros.
En nada podemos gloriarnos
Necesitamos orar para vivir desde esta humildad. Reconocer, nuestra
pobreza absoluta y extrema, por lo que en el día del Juicio Final no podremos
exigirle nada a Dios. Tendremos que presentarnos ese día diciendo: “Señor,
Señor, somos unos pobres siervos, solamente hemos hecho lo que teníamos que
hacer” (Lc 17, 10). Tu misericordia, tu bondad, tu amor infinito, pues, nos abrirá
las puertas del Reino de los Cielos. San Agustín, al final de su vida en dos de las
110
s. 168, 5.
111
gr. et lib. arb. 15
112
Cf. c. Iul. 1, 45.
46
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
últimas obras que escribió -dos obras paralelas que se llaman De dono
perseverantia y De praedestinatione sanctorum-, citará una frase de San Cipriano,
obispo de Cartago, tan admirado por San Agustín: “En nada podemos gloriarnos,
porque nada es nuestro”113. Ciertamente esta frase de San Cipriano es una glosa
del texto de San Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo has recibido,
¿por qué te glorías de ello?” (1 Cor 4, 7). Por ello San Agustín comenta esta frase
de San Cipriano, invitándonos a vivir nuestra vida espiritual como un don. Desde
la dimensión de la gracia, todo es un don de Dios.
San Agustín no era pesimista, sino realista. Se daba cuenta de que el
hombre que hace oración es el hombre tocado y herido por el pecado, que
necesita de la gracia y que vive en la mendicidad ontológica absoluta. Es el
hombre que no puede gloriarse de nada, sino que todo lo ha recibido de parte de
Dios. Sin Dios, el hombre no puede hacer nada. Como dice san Agustín: “Señor,
nada sin ti, todo en ti. Él puede mucho, todo sin nosotros, nosotros no podemos
hacer nada si Él”114.
Todo es gracia; vivimos, pues, en esta dimensión de la gracia. Hacer oración
es un don, una gracia de parte de Dios.
Ut videam (que vea)115. Orar para ver con los ojos de Dios
Dice san Agustín: “Tened fe. Mas, para tener fe, orad con fe. Pero no podéis
orar con fe sin tener fe”116. Parece un juego de palabras, pero detrás de estas
palabras late la doctrina agustiniana sobre qué es la fe, y en segundo lugar de la
vinculación que existe entre la fe, la oración y el llegar a entender los misterios de
Dios.
En primer lugar, qué entiende san Agustín por la fe. La fe es para San
Agustín, entre otras cosas, un don, pero también la capacidad de creer aquello
que no se ve117, de dar un asentimiento desde el corazón a las realidades de Dios.
Por lo tanto nosotros queremos orar desde esta capacidad de creer aquello que no
vemos (es decir, en Dios, los misterios de Dios); queremos hacer oración delante
113
praed. 7; praed. 8; perseu. 36; perseu.43.
114
en. Ps. 30, 2, 1, 4.
115
Mc 10, 51.
116
s. 168, 5.
117
s. Dolbeau 21, 15.
47
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
de esa Persona a quien no vemos con los ojos del cuerpo, pero que la fe nos da la
certeza de que Él está allí.
Vivimos en el mundo de los sentidos. Vivimos en un mundo en el que se
cree que existe solamente aquello que puede ser percibido a través de los ojos, los
oídos, lo que puede ser tocado, olido o gustado. Y no se cree en la existencia de
aquello que va más allá de los sentidos. La fe es la capacidad y la virtud teologal
que nos habla de que existen realidades espirituales más allá de estos elementos
corpóreos físicos visibles. Y estas realidades espirituales tienen tanta entidad, e
incluso más, que los elementos visibles y materiales que podemos palpar, tocar,
percibir. Y además estos elementos, conocidos por medio de la fe, son eternos.
Por eso dice San Agustín: “ninguna cosa ora sino la fe”118, desde la certeza de que
Dios no es una entelequia, una realidad lejana, irreal, fantasiosa, ficticia. Dios
tiene una entidad real; Dios tiene un ser propio, y mi oración va dirigida a ese
Dios, aunque yo no lo pueda percibir, aunque yo no lo pueda sentir, ni ver.
oriento y dirijo mi oración hacia Dios.
Por lo tanto la fe es la capacidad –dirá san Agustín- de creer lo que no se
ve, usando un juego de palabras tan clásico, tan latino, tan agustiniano: fides est
credere quod non vides119. Vincula San Agustín en este juego de palabras latino
estas dos palabras: la palabra “fe” (fides) y la forma del verbo “ver” (vides). Es por
lo tanto una capacidad de creer lo que no se ve, y sería también una capacidad
-para San Agustín-, de ver las cosas como Dios las ve.
Queremos orar para ser capaces de ver los acontecimientos de nuestra
vida, no con los ojos mundanos, ni con los ojos de las situaciones de todos los
días, sino desde la perspectiva de Dios. Hacemos oración para iluminar y percibir
los acontecimientos de nuestra vida desde una perspectiva distinta: la propia de
Dios. Por lo tanto aquí la fe estaría relacionada con el ver, el contemplar y el
poder percibir desde otro punto de vista estos acontecimientos.
La oración, por lo tanto, nos da la visión sobrenatural de nuestra propia
vida, de los acontecimientos del mundo en el que vivimos, colocándonos en la
dimensión del Misterio de Dios, donde las cosas suceden siempre para el bien de
aquellos que aman a Dios (Rm 8, 28), para la instauración del Reino de los
Cielos. Pero también las cosas suceden desde el Misterio, donde la sabiduría
118
s. 168, 5.
119
s. Dolbeau 21, 15.
48
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
infinita de Dios va actuando en cada uno de los momentos de la historia,
conduciéndola no al azar, en desorden, sino conduciéndola por caminos
misteriosos que realizan su plan de salvación:
“Algunas veces los hijos débiles de la luz, (…) se tambalean viendo en
completa felicidad a los malos y dicen en su interior: ¿De qué me sirve la
moderación? ¿De qué me aprovecha el servir a Dios, guardar sus mandamientos,
no robar, no oprimir, no causar prejuicio a nadie, ayudar al que puedo? Hago todo
esto y ellos gozan (…) En verdad que éstos florecen en el mundo, pero han de
secarse en el juicio (…)”.120
Por lo tanto, nosotros oramos para tener la convicción y la capacidad de ver
los acontecimientos de nuestras vidas y del mundo como Dios los ve. Por ello,
pues, lo que ora es la fe; es decir, esta capacidad de ver. Y oramos desde la fe, y
aquí entraríamos en un círculo virtuoso: oramos desde la fe y oramos para tener
más fe. Es decir, el primer paso es creer. Creemos, y porque creemos, hacemos
oración. Pero, porque hacemos oración y pedimos a Dios el don de la fe, esta fe se
ve aumentada. Y porque la fe se ve aumentada, podemos orar con mayor
intensidad, y porque oramos con mayor intensidad, recibimos mayor fe. Un
círculo virtuoso ascendente hacia Dios. Por lo tanto, pues, la fe sería en primer
lugar para San Agustín la capacidad de percibir y ver los acontecimientos como
Dios los ve.
La fe que actúa por el amor
Pero también la fe tiene un aspecto dinámico para San Agustín. Así, el
obispo de Hipona distinguirá entre “creer a” Cristo y “creer en” Cristo 121. Y aquí
entraríamos en un elemento también muy propio agustiniano, donde a San
Agustín no sólo se queda en el juego de palabras, o de preposiciones en este caso,
sino de lo que significan. Entraríamos pues, en una dinámica espiritual donde
todas las virtudes teologales no nos dejan en una situación estática, pasiva, sin
movimiento, sino todo lo contrario. Entrar en la dinámica de Dios es impulsarnos
desde la fuerza del amor en el seguimiento de Dios y de Cristo, donde para san
Agustín la fe siempre será la fe “en Cristo”, y no la fe “a Cristo”, o el creer “a
Cristo”, sino el creer “en Cristo”.
120
en. Ps. 53, 3.
121
Cf. Io. eu. tr. 29, 6.
49
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Para nosotros podría significar exactamente lo mismo, pero la diferencia
agustiniana es ésta. San Agustín se basa en el texto de la Carta del Apóstol
Santiago, donde dice el apóstol: “Los demonios también creen y tiemblan” (St 2,
19). “Creer a” significa un conjunto de conocimientos intelectuales, que no me
mueven ni me comprometen a nada. Tener este tipo de fe –una fe basada en
elementos intelectuales- no le sirve al ser humano absolutamente de nada de
cara a la salvación, si no está animada por la caridad. Los demonios también
creen y tiemblan, tampoco les beneficia a ellos en nada.
Sin embargo creer “en Cristo”, que es a lo que nos invita San Agustín –y
queremos orar precisamente para creer “en Cristo”-, significa que la fe orienta
toda nuestra vida, desde una dinámica fuerte de amor. La palabra “in” (“en”) en el
latín de san Agustín puede significar, entre otras cosas, el movimiento que me
lanza hacia una meta, para la consecución de un fin. Por eso también San
Agustín -después del 396, al parecer inspirado por una carta de san Paulino de
Nola122-, citará siempre el texto de los Hechos de los Apóstoles (Hch 4, 32), con el
añadido, “in Deum”. Los monjes dentro de la comunidad están llamados a tener:
“Una sola alma y un solo corazón dirigidos hacia Dios”123. Es decir, una sola alma
y un solo corazón “en Dios” (in Deum).
Así dice san Agustín:
“(…) También los demonios le creían, pero no creían en él. Por otra parte
también del Apóstol podemos decir: ‘le creemos a Pablo’, pero no ‘creemos en
Pablo’; ‘le creemos a Pedro’, pero no ‘creemos en Pedro’. (…) ¿Qué es pues creer en
Él (credere in eum)? Creyendo amar, creyendo tener dilección, creyendo en Él
caminar e incorporarse a sus miembros”124.
La fe, por lo tanto, es aquello que dirige al ser humano hacia Dios. Oramos
para reconocer que la fe nos orienta e impulsa hacia Dios, nos compromete y
mueve a hacer algo por nuestros hermanos. Entraría, por lo tanto, esta
dimensión activa de la fe; no hay solamente una dimensión pasiva, de un
asentimiento personal, sino que existiría también una dimensión comunitaria, de
compromiso con nuestros hermanos. La fe debe movernos para considerar lo
122
ep. 30, 2 inter augustinianas.
123
reg. 3. 1, 1.
124
Io. eu. tr. 29, 6.
50
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
que podemos hacer por los hermanos con los que compartimos nuestras vidas.
Aquí también entraría la fe.
Por eso, pues –dirá San Agustín-, “ninguna cosa ora sino la fe”125. La fe es la
que ora desde este dinamismo, donde reconocemos que todo es un don, y
necesitamos orar para seguir creciendo en este don.
Orar para creer y entender
Pero la fe también está vinculada para San Agustín con el llegar a entender
los misterios de Dios. Y aquí tendríamos una triple cadena o círculo virtuoso. Así
dice San Agustín: “Tened fe. Mas, para tener fe, orad con fe. Pero no podéis orar
con fe sin tener fe, pues ninguna cosa ora sino la fe”126. San Agustín enlazaría aquí
un tercer punto que sería: oramos para tener fe; tenemos fe, para llegar a
comprender los misterios de Dios, y llegamos a comprender los misterios de Dios
para volver a orar. Este círculo, por lo tanto, tendría estos pasos: en primer lugar
la oración, que nos lleva a tener fe. En segunda instancia, la fe, que nos lleva a
entender los misterios de Dios; y finalmente, entender los misterios de Dios, nos
volvería otra vez a colocar en la sintonía de la oración.
Para San Agustín, primero es creer y después es entender. Y dirá San
Agustín: “No hay nadie que no quiera entender, pero no todos quieren creer. Me
dijo un hombre: ‘que yo entienda para que crea’. Yo le respondo: ‘cree para que
entiendas’ ”127.
La frase, pues, agustiniana que él nos presenta en diferentes momentos de
su obra, particularmente en el Sermón 43, es: “Crede ut intellegas”128. Es decir:
cree para que llegues a entender los misterios de Dios. Nuestra oración nos
coloca en esta sintonía del entendimiento, de la iluminación de nuestra propia
inteligencia para comprender lo que pasa en nuestra vida; pero el paso previo
será siempre la fe.
Por ello, como creyentes queremos colocarnos en esta sintonía del don y de
la gracia. Porque ambos elementos -la oración y la fe, en la vinculación íntima
que existe entre ellos-, son un don de Dios, necesitamos pedirlos. Pero la que nos
va a impulsar a orar será la fe. Oramos desde la fe, pedimos a Dios iluminación, y
125
s. 168, 5.
126
Idem.
127
s. 43, 4.
128
s. 43, 9.
51
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
desde la iluminación propia de la fe, en el ámbito de la oración podemos llegar a
comprender. Comprender, que significa llegar a ver los elementos de nuestra vida
en el orden y desde la perspectiva de Dios. Cómo todo ocupa un lugar dentro de
ese plan de Dios y cómo todo colabora para nuestro propio bien.
La oración, por lo tanto, nos capacitaría para afrontar desde la fe nuestra
propia vida. Creo que uno de los problemas que tenemos hoy, tanto en la vida
cristiana como en la vida religiosa –y suena muy fuerte, pero creo que es así-, es
nuestra propia falta de fe. La fe que nos ayuda a ver los misterios de Dios como
Dios los ve; la fe que nos ayuda a comprender los mismos misterios de Dios, la fe
que nos impulsa en el seguimiento de Cristo. Con la gran diferencia que existe
entre una fe pasiva, muerta, y una fe viva, activa, que nos mueve, que nos
dinamiza hacia el encuentro con Dios y con los hermanos.
Por lo tanto, pues, vivimos en la dimensión de la gracia. Necesitamos no
cansarnos de llamar a la puerta de Dios, de pedir la gracia de la oración.
Bonum dominum habemus129 (Tenemos un buen Señor)
Sigue diciendo San Agustín:
“Entonces, ¿diste tú primeramente algo a Dios, y algo que no te había dado
Él? Hombre mentiroso, hallaste qué darle, ¿de dónde lo obtuviste? ¿Qué podías
darle? ¿Tenías algo? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Por lo tanto, das a Dios
de lo que has recibido de Dios. Lo que recibe de ti, Él te lo dio. Pues tu mendicidad
antes de que Él te diera hubiera quedado vacía en extremo”130.
Nosotros damos a Dios de lo que Él mismo nos ha dado. San Agustín en
esta frase del Sermón 168 es consciente de la propia limitación del hombre, y de
que el hombre solamente puede devolverle a Dios aquello que el mismo Dios le ha
dado, los dones espirituales, intelectuales, materiales. El hombre solamente
corresponde y devuelve a Dios lo que de Él ha recibido.
Todo le pertenece absolutamente a Dios, y por ello necesitamos devolvérselo
al Señor, reconociendo que todo es un don. El hombre, por lo tanto, vive en esta
mendicidad suya, sabiendo también la grandeza de Aquel que le ha dado el don.
San Posidio nos recoge -dentro de la vida de San Agustín, la primera
biografía que tenemos del obispo de Hipona-, otra frase que a San Agustín le
129
Paulino de Milán, uita Ambrosii, 45, 2; Posidio, uita Augustini, 27.
130
s. 168, 5
52
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
gustaba mucho repetir. Se trata de una frase de otro obispo contemporáneo suyo,
San Ambrosio (+397). El santo obispo de Milán solía decir antes de morir: “No
tengo miedo a la muerte, porque tenemos un buen Señor” 131.
Nuestra oración está dirigida a este “buen Señor” ante el cual no tenemos
que temer ninguna cosa. Es cierto, el hombre es un mendigo 132, el hombre es
pobre, se ve amenazado por muchos peligros -entre ellos, el mismo peligro de la
muerte, con el elemento natural del miedo a la muerte. Pero San Agustín repetirá
esta frase ambrosiana: “ ‘No tengo miedo a la muerte, pues tenemos un buen
Señor’. Porque no se creyera que presumía de sus méritos y costumbres de una
vida integérrima (…) añadió que confiaba más en la bondad del Señor, a quien
solía decir todos los días con la oración del Señor 133: ‘Perdónanos nuestras
deudas’”134. Tenemos un buen Dios, que es el que nos acoge desde la
misericordia. Y aunque el hombre es su mendigo, Dios es rico en misericordia y
está dispuesto a acogerle, dispuesto a comprenderle, a acompañarle, a llenarle de
sus bendiciones.
Por lo tanto, lo que ora es la fe. La fe que nos sostiene en nuestra propia
oración, la fe que nos ayuda a saber que Dios escucha y acoge la oración cuando
se la presentamos. La fe también que nos vincula a Dios, y nos hace vivir la
oración desde la dimensión de las virtudes teologales.
Las virtudes teologales no podemos separarlas. No podemos solamente
hacer oración desde la fe, porque donde está presente la fe, inmediatamente se
hacen presentes también la esperanza y la caridad. La esperanza, porque
nosotros tenemos la certeza de que Dios es fiel, y porque Él es fiel cumplirá su
promesa. Y la caridad porque, estando presente la fe y la esperanza, la caridad
nos inflama en el amor de Dios. Viviendo la oración desde estas tres dimensiones
vamos profundizando en nuestra propia vida teologal, y por ello San Agustín nos
invita a orar con fe.
Orar desde la fuente pura del amor
Cuando san Agustín comenta la negación de Pedro la noche de la Pasión de
Jesús, podrá de manifiesto una serie de detalles. De este modo, esa noche San
131
Paulino de Milán, uita Ambrosii, 45, 2; Posidio, uita Augustini, 27.
132
en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
133
Es decir con el Padre nuestro. (oratione dominica).
134
Posidio, uita Augustini, 27.
53
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Pedro, ante el temor de la muerte, ante el temor de la persecución, negará a
Cristo tres veces al ser interrogado por la criada del Sumo Sacerdote, sobre si él
era también del grupo de los discípulos de Jesús (Mc 14, 67-72). Y él por tres
veces niega. Y esta triple negación por temor será sanada por la triple confesión
de amor, como aparece al final del evangelio según San Juan. Donde, ante la
pregunta de Jesús sobre el amor, “ ‘Pedro, ¿me amas?’, Se entristeció Pedro de
que le preguntara por tercera vez: ‘¿Me quieres?’ y le dijo: ‘Señor, tú lo sabes todo;
tú sabes que te quiero’ ”. (Jn 21, 15-17). A la confesión, por lo tanto, de temor, le
corresponde la triple confesión de amor.
San Agustín interpreta estas palabras diciendo que el ser humano, desde
su pobreza, lo único que puede dar es el temor, el miedo. Pero cuando recibe el
don de Dios, el don del amor, le da a Dios no de lo suyo, sino de lo que él mismo
había recibido: el amor que Cristo había puesto en su corazón, que es con lo que
él responde a la pregunta que le hace Jesús.
San Agustín en su comentario al Evangelio según San Juan volverá sobre
este mismo tema de las negaciones de Pedro, desde una perspectiva más
profunda, donde San Agustín nos reiterará que lo más importante y lo que da
valor a todas nuestras obras y a nuestra vida es el amor que existe en ella.
San Agustín, dice en el Sermón 297:
“Su temor –el de Pedro- fue interrogado por una sirvienta. Su amor, por el
Señor. ¿Y cuál fue la respuesta del temor sino el temblor humano? ¿Qué respondió
el amor, sino la divina confesión? En efecto, amar a Dios es un don de Dios.
Cuando el Señor interrogaba a Pedro sobre el amor, le estaba exigiendo lo que Él le
había donado” 135
.
Aparece, una vez más, la dimensión profunda, de la pobreza del hombre. El
hombre al margen de Dios no puede entregar sino su propia pobreza. Ante la
pregunta que le hace la criada, San Pedro responde desde ese mismo temor: un
temor ante la muerte, un temor ante la incertidumbre de los elementos humanos.
Pero cuando es preguntado por el Señor y recibe el don, el don del amor de parte
de Dios, es este don del amor el que responde por San Pedro, el don del amor de
Dios. Poder amar a Dios será siempre un don de Dios.
San Agustín comentará en muchas ocasiones en sus obras la frase de la
Carta a los Romanos (Rm 5, 5): “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros
135
s. 297, 1.
54
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. Hemos recibido, pues, el
amor de Dios a través del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones, ese
don que nos capacita a amar. El ser humano, por sí mismo no puede darle nada
a Dios. Necesita el don del amor de Dios para corresponder con todo su amor al
amor de Dios. Y la oración es un ejercicio de amor, donde el ser humano se pone
en la sintonía para responder a la grandeza del amor de Dios que ha recibido, con
su propio amor, con la fuerza de su ser, que el mismo Dios ha depositado en su
interior.
San Pedro, por lo tanto, responde desde el temor a la muerte, a los
elementos humanos, desde su falta de amor, y, como dice la Escritura: “el amor
pleno expulsa el temor” (1 Jn 4, 18) y San Agustín, comenta que el temor le
prepara un lugar al amor, pero cuando el amor llega, se excluye totalmente el
temor136. Cuando hay temor es que no hay amor; y cuando hay amor desaparece
el temor.
San Agustín distinguirá entre el temor servil, y lo que él llama el “timor
castus”, es decir, el temor casto137. ¿Cuál es el temor servil? Cuando nosotros
hacemos oración o nos acercamos a Dios por miedo a los castigos. Aquí se nos
invitaría a revisar las motivaciones que nos llevan a vivir nuestra vida espiritual.
San Agustín describe el temor servil con las siguientes palabras: “Hay hombres
que por esto temen a Dios, para que no los mande al infierno, no sea que vayan a
arder en el fuego eterno con el diablo”138. El temor servil, pues, no es la mejor
motivación para hacer oración, ni tampoco, es la mejor motivación para servir a
Dios. Pero a fin de cuentas se puede purificar y puede llegar a ser meritorio para
alcanzar la salvación.
Pero lo mejor –dirá San Agustín- no es el temor servil, sino es el temor
casto. ¿En qué consiste el temor casto (timor castus)? No tanto en el temor a los
castigos y a las penas, sino en el temor de no estar a la altura del amor que
hemos recibido de parte de Dios, y el temor de perder aquello que amamos.
Nosotros amamos a Dios. Dios es para nosotros lo más importante de nuestras
vidas, y el temor casto nace precisamente de este doble venero: en primer lugar,
de no ser capaces de corresponder de la misma manera en la que hemos recibido.
136
Cf. Io. ep. tr. 9, 4.
137
Cf. Io. ep. tr. 9, 5.
138
Io. ep. tr. 9, 5.
55
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Hemos recibido un amor infinito, eterno, purísimo, de parte de Dios, y podemos
sentir temor de no ser capaces de corresponder de esa misma manera. O bien,
sentimos el temor de perder aquello que más amamos en nuestras propias vidas,
que es el mismo Dios. Existe el timor castus, cuando no quieres: “(…) que te
abandone su presencia, pues deseas abrazarlo y disfrutar de él mismo”139.
Este es el temor casto, aquel que nos lleva a actuar, de tal forma que
estemos continuamente atentos a nuestro corazón para revisar nuestras
intenciones, y evitar que los amores humanos, esos amores con minúscula, nos
vayan alejando del Amor profundo de nuestras vidas -un amor con mayúscula-,
que es Dios.
Por lo tanto, pues, la oración debiera llevarnos a distinguir, por una parte,
los temores que tenemos en nuestra vida, ¿a qué le tenemos miedo? Y en segundo
lugar, la oración debe llevarnos a una purificación de intención: por qué hago lo
que hago. ¿Lo hago todo, siguiendo las palabras de san Agustín, “por amor de tu
amor hago esto”140? O bien siguiendo otra frase de las Confesiones, hacemos todo
movidos y arrastrados por el amor: “Mi amor es mi peso; él me lleva doquiera soy
llevado”141.
La motivación por tanto de las acciones del cristiano, del religioso, debe ser
el amor. Hacemos oración para descubrirnos insertos en la dimensión de la
gracia, con toda nuestra pobreza, habiendo recibido la fuerza del amor, la fuerza
que proviene de Dios, y oramos para revisar la intención, la motivación de
nuestras acciones. Si es el buscarnos a nosotros mismos, nuestros propios
intereses, o si realmente la motivación última de nuestras acciones es Dios
mismo, es el amor de Dios, es hacer todo como una manifestación donde
queremos devolver - en la medida de nuestras fuerzas y capacidades-, lo que
hemos recibido de Dios. Como dice San Agustín: “Cuando el Señor interrogaba a
Pedro sobre el amor, le estaba exigiendo lo que Él le había donado” .
142
Nuestra oración es un ejercicio de fe, esperanza, caridad. Cuando oramos
queremos manifestar el amor que llena nuestras vidas, devolverle a Dios lo que Él
ya antes nos había dado. Al orar queremos revisar si lo que auténticamente está
sosteniendo toda nuestra vida es el amor o si son tal vez otras motivaciones, que
139
ep. Io. tr. 9, 5.
140
conf. 2, 1; conf. 11, 1.
141
conf. 13, 10.
142
s. 297, 1.
56
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
no son precisamente las mejores: el temor, la rutina, etc. Necesitamos ir
purificando estas motivaciones para que nuestra oración brote desde la fuente
clara y pura del amor.
Orar con tres verbos: llamar, buscar, pedir
La oración, como don que es, necesitamos solicitarlo a Dios, y no cansarnos
de llamar a su puerta con insistencia, para que a través de la constancia,
podamos conseguir aquello que le pedimos al Señor.
San Agustín nos invita a la perseverancia y a la constancia en la oración.
Puede darse la tentación de abandonar la oración, porque no vemos sus efectos.
San Agustín, en muchos textos, volverá a insistir en esto: necesitamos perseverar
en la oración. Parece ser que los seres humanos somos poco constantes en los
propósitos que hacemos, y al ser poco constantes, abandonamos, incluso esos
propósitos más santos, entre los que puede encontrarse la oración. Abandonamos
la oración porque no vemos los frutos, porque no vemos los resultados de aquello
que le pedimos a Dios y porque se nos enfría la caridad. Dice san Agustín:
Callarás si dejas de amar. El frío de la caridad es el silencio del corazón; el
ardor de la caridad es el deseo del corazón 143.
Los tres panes que hay que pedir
Por otra parte se nos invita a disponer nuestro corazón. Dios quiere
ensanchar los linderos de nuestro corazón para concedernos aquello que le
pedimos. Y aquí tendríamos que dar un paso adelante del mundo en el que
vivimos, donde las peticiones, en muchas ocasiones van orientadas a pedir cosas
materiales. Lo principal que tenemos que pedirle a Dios es que podamos poseerle
a Él mismo, que es el bien supremo y el origen y fin de toda la felicidad del ser
humano.
Por eso San Agustín nos dirá: los tres panes que hay que pedir con
insistencia es el conocimiento de la Trinidad144. Esto es lo que tenemos que pedir
para nuestra vida: poder conocer y profundizar cada día más en el Misterio de
Dios, adentrándonos en este Misterio. Porque todos los demás elementos, si bien
son necesarios para nuestra vida de todos los días, son elementos secundarios.
143
en. Ps. 37, 14.
144
s. 105.
57
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Lo principal para el cristiano, y para el ser humano, es Dios: llegar a su
conocimiento y a la profundización del mismo misterio de Dios.
Y, junto con Dios, todo el conjunto de dones espirituales que hacen nuestra
vida más cristiana. Dones espirituales, que pedimos al Señor en la oración, que el
Señor nos va concediendo poco a poco, en muchas ocasiones a cuentagotas, para
que nosotros podamos ensanchar los linderos de nuestro corazón, podamos
disponernos a recibir dones tan grandes de parte de Dios. Así dice san Agustín:
“Debemos comprender que el Señor y Dios nuestro no busca que le
mostremos nuestra voluntad, que ya conoce; lo que quiere es que en la oración
ejercitemos el deseo, y así nos hagamos capaces de recibir lo que nos va a dar”145.
Todo esto sin olvidar un elemento que San Agustín subrayará: el poner a
disposición de nuestros hermanos los dones que vamos recibiendo de parte de
Dios (1 Pe 4, 2). Todo don espiritual recibido no sólo es para el uso personal de
quien lo recibe, sino que todo don y todo regalo espiritual es para ponerlo al
servicio de nuestros hermanos. De otra manera, este don se pierde.
Así dice San Agustín en el Sermón 61:
“Llama con tu oración al Señor, al Señor mismo con quien descansa su
familia. Pide, insiste. No necesita ser vencido por la importunidad, como el amigo
aquel, para levantarse y darte: Él quiere dar. Si, llamado, aún no has recibido
nada, sigue llamando, pues desea dar. Difiere el dar lo que desea dar para que, al
diferirlo, lo desees más ardientemente. No sea que, otorgándotelo, luego te parezca
cosa vil” 146
.
145
ep. 130, 17.
146
s. 105.
58
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
CUARTA PALABRA: CONVERSIÓN
Tener libre la mano del corazón
Un Dios que quiere dar. Tenemos que llamar con insistencia a la puerta de
Dios: llamar, pedir, buscar. Porque tenemos un Dios que desea darnos y
concedernos una serie de bendiciones espirituales, pero que retrasa lo que quiere
darnos para ensanchar los linderos de nuestro corazón (Is 54, 2).
San Agustín es el hombre que nos invita a buscar siempre las cosas
mejores y a no quedarnos con las cosas más pequeñas. Dios quiere que
ensanchemos nuestro propio corazón para ser capaces de acoger en él, al mismo
Dios y junto con él, sus dones.
San Agustín en otros textos nos recordará que el alma, el corazón del
hombre, es como una mano, una mano que necesita llenarse de Dios 147. Pero una
mano que para recibir los dones de Dios necesita en primer lugar soltar aquello
que tiene aferrado. Así dice san Agustín:
“(…) pensad que es como la mano del alma, si tiene algo, no puede coger otra
cosa. Para que pueda tener lo que le dan, debe dejar lo que tiene. Digo esto y ved
que lo digo claramente: el que ama el mundo no puede amar a Dios, tiene ocupada
la mano”.148
La oración y el vaciamiento interior
Para poder hacer oración, para poder recibir los dones de Dios, necesitamos
ponernos una vez más en el camino de la conversión. San Agustín nos invitaría a
revisar qué es lo que llevamos en nuestro corazón, qué es lo que tenemos dentro
de nosotros. Si realmente es Dios, y estamos llenos de Dios, y la oración se
convierte en un ejercicio de ampliación interior para seguirnos llenando cada vez
más del Misterio insondable de Dios, o si tal vez nuestro corazón está lleno de
cosas materiales, y necesitamos comenzar un proceso muy serio de conversión,
donde nos hace falta ir deshaciéndonos, desaferrándonos de estas cosas
147
Cf. s. 125, 7.
148
s. 125, 7
59
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
materiales, para crear un espacio en nuestro interior para Dios, pues “el que ama
el mundo no puede amar a Dios, tiene ocupada la mano” 149.
Hay personas que a veces dicen que no pueden hacer oración. Uno de los
elementos primordiales, para hacer oración es el vaciamiento interior: Antes de
llenar el vaso con el líquido bueno hay que derramar el malo 150. No es posible hacer
oración cuando el corazón está lleno de cosas materiales, de pensamientos del
mundo, de deseos materiales. Es preciso quitar todos esos elementos del corazón
para poderlo llenar de Dios:
Eres como un vaso, pero todavía estás lleno. Derrama lo que tienes, para que
puedas recibir lo que no tienes151.
Por eso esta imagen agustiniana, es sumamente ilustradora: el corazón es
como un recipiente que para poderse llenar con el líquido bueno necesita vaciarse
y limpiarse de lo malo que había en él antes. O bien otra metáfora agustinana ya
mencionado: el corazón del hombre es como una mano. Una mano que va
aferrando cosas, una mano que no puede quedarse vacía. Si no aferramos con
ella a Dios, nos llenaremos de otros elementos, de las cosas del mundo. Como el
hijo pródigo de la parábola (Lc 15, 11-32), habremos abandonado la riqueza de la
casa del Padre, la grandeza de su amor, para quedarnos vacíos, apacentando
cerdos, es decir enredados en las cosas del mundo:
Cuando el amor del hombre desde sí mismo se pone en movimiento hacia las
cosas que están fuera, comienza a hacerse tan vano como las cosas con las que
anda y, en cierto modo, a derrochar sus fuerzas como si fuera un hijo pródigo. Se
vuelve vacío, se anonada, se empobrece, apacienta cerdos 152.
Éste es un gran peligro también para los religiosos: cuando en nuestra
oración y en nuestra vida espiritual no nos hemos llenado de Dios y no tenemos a
Dios cogido absolutamente con esa mano del alma, y no vamos procurando
ensanchar cada día más el corazón para llenarnos cada vez más de Dios. Es
entonces cuando nos vamos llenando de otras cosas. Nos llenamos de nuestras
propias preocupaciones, de las ansiedades del mundo, del materialismo, de
pensamientos superficiales, de afectos desordenados. Y todo esto nos impide
orar. No podemos orar porque nuestro centro no está puesto en Dios: hemos
149
s. 125, 7
150
c. Fel. 1, 13
151
ep. Io. tr. 2, 9.
152
s. 96, 2.
60
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
puesto el centro de nuestra atención en nosotros mismos. Es entonces cuando
Cristo duerme en nuestro interior y nuestra vida espiritual – y nuestra vida
material también- empieza a naufragar. Es preciso despertar a Cristo que duerme
en el interior para que sea él quien vuelva a tomar el lugar central que le
corresponde en nuestras vidas:
“Tu nave es tu corazón; Jesús estaba en la nave, es decir, la fe en el corazón.
Si te acuerdas de tu fe, no vacila tu corazón; si te olvidas de la fe, duerme Cristo; a
la vista está el naufragio”153.
El ordo amoris, el orden del amor
De aquí que la labor de la conversión, siguiendo lo que nos invita San
Agustín para hacer oración, consista en esto: descentrarnos de nosotros mismos
y colocar toda nuestra atención solamente en Dios, intentando vaciarnos de
nosotros mismos, de los deseos desordenados. Crear lo que San Agustín llama el
orden; el orden dentro de la vida espiritual.
La idea de orden es una idea esencial dentro del pensamiento espiritual
agustiniano. Y el orden consiste en que nosotros sepamos organizar y armonizar
nuestra vida en torno a un centro, y ese centro de toda nuestra vida es Cristo.
Cristo debe ocupar el lugar central de nuestra vida, y en torno a Él deben irse
organizando todas las demás cosas de nuestra existencia. Cuando no es Cristo el
centro de nuestra vida, vamos colocando otros elementos que nos descentran,
que nos desorganizan, que hacen que nuestra vida esté en una continua lucha,
que sea poco armónica, y que no tenga paz:
“En ti debe reinar el amor casto, por el que desees poseer no el cielo, la tierra
y la inmensidad líquida del mar (…) sino a Dios; desea ver a tu Dios, amar a tu
Dios (…) Esta centella de buen amor sopladla en vosotros, alimentadla en vosotros;
cuando creciere hasta formar generosa y ancha llama, consumirá todo el heno de
vuestros deseos carnales”154.
Poder orar significa poder organizar nuestra vida en torno a Jesús, tal y
como dice en una breve sentencia san Agustín en la carta 139: semper in Christo
153
en. Ps. 34, 1, 3.
154
ep. Io. tr. 9, 3.
61
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
cor tuum uigeat et gaudeat155(que tu corazón siempre se vigorice y se alegre en
Cristo).
Si nosotros vamos experimentando que en nuestra vida tenemos poca paz,
una gran dificultad para hacer oración, esto puede significar que nuestro centro
todavía no es Cristo. O que lo fue en un momento y que ahora nuestro centro tal
vez son los intereses materiales, nuestras propias personas, salud, gustos, y no
es precisamente Jesús.
Por ello, la oración exige una labor fuerte de conversión. Crear un orden en
nuestro interior para que, estando en el centro de este orden Cristo, y en torno a
Cristo todos los demás elementos de nuestra vida, podamos experimentar
auténticamente armonía, porque todo gira en torno a Cristo. Y puedo
experimentar la paz; la paz que es -como dirá San Agustín en el libro de La
Ciudad de Dios-, “la tranquilidad en el orden”156. Todo se encuentra ordenado en
nuestras vidas porque gira en torno a Cristo, y eso nos hace experimentar la
tranquilidad. Y, como un fruto del orden y de la tranquilidad, brota la paz.
Esto es auténticamente vivir la oración: vaciarnos de los elementos
materiales, y que la mano de nuestra alma pueda tocar el Misterio de Dios,
sabiendo que éste es un proceso que no termina.
Aquí también San Agustín nos invitaría a no conformarnos con lo que
hemos alcanzado. Dirá San Agustín que lo que nos quiere dar Dios es algo muy
grande, y por eso a veces Dios lo difiere. Dirá San Agustín: “Difiere dar lo que
desea dar, para que al diferirlo lo desees más ardientemente. No sea que
otorgándotelo enseguida te parezca cosa vil” 157
. Dios difiere el darnos a veces
cosas para que las deseemos más ardientemente, y para ensanchar la capacidad
de nuestro corazón para que sea capaz de seguir recibiendo los dones de Dios.
Hay que hacer camino y avanzar siempre
La oración es un camino donde tenemos que ir progresando todos los días.
Cualquier creyente que crea que ya ha alcanzado la meta y que la oración que
tiene ya le es suficiente, esa persona a partir de ese momento empieza a
retroceder en el camino de la oración:
155
ep. 139, 4.
156
ciu. 19, 13.
157
s. 105.
62
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Que te desagrade siempre lo que eres si quieres llegar a lo que aún no eres,
pues donde encontraste agrado, allí te paraste. Cuando digas: "Es suficiente",
entonces pereciste158.
San Agustín nos dirá que, en el camino del amor, es preciso no detenerse,
sino avanzar siempre159. No hay un punto estático en el amor, no hay un punto
estático en la vida espiritual, donde podamos decir que ya hemos alcanzado la
cima: “camina siempre, avanza siempre. No te quedes en el camino, no retrocedas,
no te desvíes. Se queda parado el que no avanza”160.
San Agustín nos invitaría a seguir pidiendo los dones espirituales que
necesitamos para nuestra vida, dándonos cuenta de que aún hay mucho que
caminar. Aún hay mucho que conseguir, aún hay muchas cosas que Dios quiere
darnos; por lo que necesitamos auténticamente pedirlo, y pedirlo con insistencia.
El poder de la oración
San Agustín nos recordará en La Ciudad de Dios cómo en la etapa final de
su vida, fue testigo de la eficacia y del poder de la oración. Se trata del caso de
dos hermanos que provenían del Asia Menor, llamados Pablo y Paladia. Ambos
hermanos en castigo por haber maldecido a su madre, temblaban de pies a
cabeza.
Buscando la curación de este mal, los dos hermanos, Pablo y Paladia,
llegaron a Hipona sabiendo que en ella había una capilla dedicada a san Esteban,
en donde se custodiaban algunas reliquias de este santo diácono, que Orosio
había traído de Tierra Santa. Esta capilla era un lugar muy conocido por los
milagros que ahí se obraban.
Al llegar a Hipona ambos hermanos le expusieron su caso a San Agustín y
éste les dijo que oraran incesantemente pidiendo a Dios su curación. Sabemos
que los hermanos pasaban largas horas rezando en la basílica de Hipona, en la
capilla dedicada a San Esteban.
Curiosamente, una mañana de Pascua, uno de los hermanos, Pablo, ora, le
pide a Dios la salud, y finalmente logra su curación. Y es un caso muy particular,
porque San Agustín se estaba preparando para la misa de Pascua y los gritos de
158
s. 169, 18.
159
Cf. Idem.
160
Idem.
63
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
júbilo de los fieles lo sobresaltaron para posteriormente llenarse él también de
alegría por la curación milagrosa de Pablo. El relato agustiniano es emocionante:
Llegó la Pascua y el domingo por la mañana cuando un gran gentío llenaba ya
la iglesia, el joven asido a las verjas del lugar santo donde estaban las reliquias
del mártir, orando, cayó de golpe y quedó tendido como si durmiera. Mas no
temblaba como solía hacer durante el sueño. El accidente infundía a unos dolor a
otros temor (…) Y he aquí que el joven se levantó sin temblor, porque había curado
y estaba perfectamente (…) Una oleada de voces, clamores y enhorabuenas llenó
las naves de la iglesia. Corren hacia mí, que ya estaba dispuesto para salir. Yo
alborozado y dando interiormente gracias a Dios, vi llegar entre la multitud al
agraciado. Se postró a mis pies, y yo lo levanté y lo abracé. 161
Agustín no pudo sino congratularse con los presentes y en la homilía hizo
alusión a la curación milagrosa de Pablo. Ese día Agustín invitó a Pablo a comer
a su casa y ahí fue cuando el joven le refirió a Agustín las diversas circunstancias
de su propio caso. A los tres días, el martes de la semana in albis, ambos
hermanos, Pablo y Palladia fueron presentados al pueblo mientras se leía la
relación del milagroso suceso de la curación de Pablo gracias a la intercesión de
san Esteban. De una manera tal vez espectacular, mientras se leía la relación de
los hechos, ambos hermanos fueron colocados en las gradas de la iglesia delante
de todo el pueblo, para que todos pudieran contemplar la diferencia que existía
entre ambos, ya que uno estaba perfectamente sano –Pablo-, mientras que su
hermana Palladia “temblaba de pies a cabeza”. Concluida la relación, los
hermanos bajaron de las gradas y Agustín aprovechó la ocasión para exhortar a
los hijos a la obediencia y a los padres a la magnanimidad:
Estos (Pablo y Palladia), se hallan ahora fuera de los cimientos de su patria,
extendidos por toda la tierra; por doquier son un espectáculo y muestran su
suplicio; presentan ante los ojos su miseria y llenan de terror la soberbia ajena.
Aprended ¡Oh hijos!, a tributar a los padres el honor debido, como indica la
Escritura. Pero también vosotros padres, cuando se os ofende, recordad que sois
padres.162
161
ciu. 22, 8, 22.
162
s. 323,1.
64
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
No obstante, el caso no iba a terminar aquí. Acabada la relación del milagro,
Agustín pronunció una homilía. Mientras Agustín pronunciaba su sermón,
Palladia se fue a orar a la capilla de san Esteban y repentinamente se vio curada,
al igual que su hermano. Agustín lo refiere de esta manera en el De Civitate Dei:
Había yo comenzado a hacer alunas reflexiones sobre esa historia, cuando he
aquí que entre mis palabras se oyen nuevas voces de júbilo procedentes de la
memoria del mártir. Se volvieron hacia allí los oyentes y se iban acercando en
masa. La joven había descendido de las gradas y se había ido a orar al mártir.
Apenas hubo tocado las rejas, cayó como en un sueño y se levantó sana. 163
El eco de los gritos emocionados ante el nuevo milagro acallaron el sermón de
Agustín y la joven Palladia fue llevada a la basílica entre los gritos de emoción y
las lágrimas de todos los presentes. Agustín declara en el De Civitate Dei que los
gritos de júbilo “se prolongaron indefinidamente”. Y que el pueblo fiel:
Gritaban en alabanza de Dios, no palabras sino voces sin sentido, tan fuertes,
que apenas podían aguantarlas nuestros oídos.164
Este caso ha quedado fiel y curiosamente asentado por los taquígrafos que en
aquella mañana de la semana de Pascua recogían el sermón. De este modo,
sabemos que de pronto Agustín debe guardar silencio e interrumpir su relato de
lo que le sucedió a un catecúmeno de la iglesia de Uzala, quien había muerto, y
cuando llegaba el final del relato, Agustín debe interrumpirlo por el griterío. Así lo
expresan los taquígrafos:
Y mientras Agustín contaba esto, desde la memoria de san Esteban el pueblo
comenzó a clamar y a decir: ¡Deo gratias! ¡Christo laudes! 165
San Agustín, por lo tanto, será testigo de este milagro; el milagro obtenido
por el poder y la fuerza de la oración. Por eso insiste tanto San Agustín, en que
nosotros pidamos, que llamemos, que insistamos a esta puerta de Dios, sabiendo
que Dios, generoso y rico en misericordia, quiere concedernos aquello que
pedimos, pero que a veces retrasa lo que nosotros pedimos para que nosotros nos
ensanchemos y deseemos con mayor ardor aquello que le pedimos al Señor.
163
ciu. 22, 8, 22.
164
ciu. 22, 8, 22.
165
s.323, 4.
65
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
La fuerza para la búsqueda
Dice, San Agustín al final de ese libro, De Trinitate:
“Dame fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara, y me has
dado esperanzas de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi firmeza y mi
debilidad; sana ésta, conserva aquella. Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia. Si
me abres, recibe al que entra; si me cierras el postigo, abre al que llama. Haz que
me acuerde de Ti, te comprenda y te ame. Acrecienta en mí estos dones hasta mi
reforma completa”166.
En este texto hay varios elementos que es preciso señalar. En primer lugar,
es Dios el que coloca en el corazón del hombre el deseo de buscarlo. Por eso San
Agustín agradecerá aquí este deseo de buscar a Dios. Él fue el que hizo que San
Agustín comenzara la búsqueda de Dios. Por eso dice San Agustín: “Dame
fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara, y me has dado
esperanzas de un conocimiento más perfecto”167.
Nuestra oración debe ser una búsqueda para encontrar a Dios, y esto es
fundamental. Quiero buscar a Dios con el deseo de encontrarlo, pero una vez que
encuentro a Dios necesito seguirlo buscando con mayor ardor, con mayor ansia,
para tener, un encuentro más profundo con Dios: “Busco para encontrar y
encuentro para seguir buscando más ávidamente”168.
Es preciso recordar que la fuerza para buscar a Dios, viene de Dios: “Dame
fuerzas para la búsqueda, Tú que hiciste que te encontrara”169. Una vez más, se
subrayaría que la oración es un don de Dios. La fuerza, la gracia para buscar a
Dios, para ponernos en esta sintonía del camino de la búsqueda de Dios,
proviene de Dios.
La oración, por lo tanto, es un don. Dios toca el corazón del hombre, y es
entonces que el hombre se mueve a buscar a Dios, porque Dios mismo es el que
ha puesto este impulso en lo más íntimo del hombre.
166
trin. 15, 51.
167
Idem.
168
trin. 15, 2.
169
trin. 15, 51.
66
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Ante ti, tal y como soy
Dice San Agustín:
“Ante Ti está mi firmeza y mi debilidad. Sana ésta, conserva aquella. Ante Ti
está mi ciencia y mi ignorancia. Si me abres, recibe al que entra; si me cierras el
postigo, abre al que llama”170.
San Agustín se presenta ante Dios como es: con su debilidad, con sus
flaquezas, con sus defectos. No exige nada, simplemente reconoce su pobreza y se
acoge a la misericordia infinita de Dios.
Es interesante constatar cómo San Agustín, al final del libro del De
Trinitate (un San Agustín maduro, que tiene ya unos setenta años), sigue
experimentando la oración como un don de Dios.
Nos invita por lo tanto el Obispo de Hipona a recordar que la oración ante
todo, es un don. Y que habrá días en los cuales podremos hacer la oración con
mucha facilidad, pero que habrá días en los cuales se nos cierre esta puerta, y
que tengamos que llamar a ella. Por eso dice San Agustín: “Si me abres, recíbeme,
si me cierras, escucha al que te está llamando”171. Es decir, al que está llamando a
tu puerta, ábrele, a aquel que quiere y necesita hacer oración.
Nosotros no tendríamos que desesperarnos ni cansarnos de nuestra
oración de todos los días. La oración, por lo tanto, es lo que Dios hace en
nosotros, reconociendo las diferentes etapas y los diferentes momentos que
existen dentro de la vida de oración. Dios, en ciertos momentos de nuestra vida,
nos dará dones espirituales que tendremos que agradecer; pero Dios en otros
momentos, tal vez, como dice San Agustín, nos tiene esperando, para recibir
después un don más grande. Lo importante es que lo que nos mantiene firmes
son las virtudes teologales: la fe, la esperanza, el amor. Debemos estar
convencidos de que vamos a recibir. Esto nos lo dice la esperanza; pero el amor
es lo que nos hace perseverar en la oración.
Es preciso, por tanto, detenernos a considerar, cómo vivimos nuestra
oración. Posiblemente la vivimos como San Agustín, con la esperanza de que Dios
nos va a abrir la puerta, aceptando las diferentes etapas que vamos pasando en
la oración. O pensar si nuestra oración está marcada tal vez por la rutina, y
siempre hacemos lo mismo, y no percibimos dónde nos encontramos con relación
170
trin. 15, 51.
171
Idem.
67
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
a las etapas de la oración. O bien si podemos distinguir momentos en los cuales
Dios nos concede sus gracias con una mayor abundancia, y somos capaces de
agradecer al Señor, o si estamos estancados en nuestra oración porque no
podemos darnos cuenta de estos elementos que están pasando en nuestras vidas.
Así pues, San Agustín sabe esto: Dios abre en ciertos momentos, pero en
otros, Dios no abre la puerta de la oración, y necesitamos quedarnos ante esa
puerta, con fe, con esperanza, con caridad, insistiendo, llamando, esperando.
La oración continua
Sigue diciendo San Agustín: “Haz que me acuerde de Ti, te comprenda y te
ame”172. La oración es recordar a Dios. Nuestra oración debe prolongare durante
todo el día con un “deseo ininterrumpido”173, con un recuerdo enamorado de Dios.
Uno de los deseos espirituales de san Agustín es poder hacer de toda nuestra
vida un recuerdo enamorado de Dios. Y aquí nos invitaría San Agustín, a analizar
y a reflexionar dónde tenemos puesto continuamente nuestro pensamiento; qué
cosas son las que entretienen nuestro pensamiento.
Y aquí nos diría San Agustín, que nuestro pensamiento tiene que estar
puesto siempre en Dios. Ciertamente nos distraemos a veces con las obligaciones
de todos los días pero, cuando nuestro pensamiento no tiene que estar ocupado
en los trabajos de todos los días, el pensamiento tendría que dirigirse hacia Dios:
“Dicen que los monjes de Egipto hacen oraciones frecuentes y muy cortas,
una especie de jaculatorias brevísimas buscando que la atención, que tan
necesaria es en la oración se mantenga del todo alerta y no se disipe ni disminuya
en oraciones demasiado largas”174.
Tendríamos que considerar en qué ocupamos nuestro pensamiento. ¿Acaso
está puesto en Dios y en las realidades de Dios, o tal vez tenemos pensamientos
que nos van robando la paz, que nos hacen alejarnos de Dios, que nos colocan a
veces tal vez en situaciones muy cercanas al pecado, porque no hemos controlado
esos pensamientos?
San Agustín nos invitaría a vivir una espiritualidad donde el pensamiento
está puesto y centrado únicamente en Dios, y en los misterios de Dios. Y, haga lo
172
trin. 15, 51.
173
ep. 130, 18.
174
ep. 130, 20.
68
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
que yo haga –mi trabajo, las labores que realizo en nombre de la comunidad, mis
responsabilidades-, mi pensamiento está puesto en Dios, y renuevo este
pensamiento y este recuerdo de Dios a lo largo del día.
Para San Agustín se trata de un elemento muy importante: la memoria dei,
es decir, tener un recuerdo enamorado del Señor a lo largo del día. Que haga lo
que haga, estos elementos no me distraigan y no me saquen, una vez más, de mi
centro que es Dios. Necesito tener, por lo tanto, toda mi concentración, en el
Señor, y que mi mente continuamente esté volviendo al Señor para poder tener
un recuerdo enamorado:
Hay pues otra clase de oración interior continua, que es el deseo. Hicieres lo
que hicieres, si permanece en ti el deseo de aquel descanso (de la vida eterna), sin
interrupción oras175.
San Agustín es el santo de la oración continua. Si queremos hacer de toda
nuestra vida una oración continua, necesitaríamos revisar nuestros
pensamientos y deseos. Todo tendría que encauzarse hacia Dios. Necesitaríamos
llevar a cabo una profunda conversión de nuestro corazón, pero también de
nuestro pensamiento y memoria. Considerar si las amplias bodegas de las que
habla San Agustín de la memoria 176, del pensamiento, de la imaginación, de la
fantasía, las tenemos llenas de Dios y las dirigimos siempre hacia Dios. O tal vez
nuestro pensamiento se nos va a otras cosas superficiales, que son peligrosas
para nuestra vida y que incluso pueden llegar a alejarnos de Dios.
La conversión del corazón
“Haz que me acuerde de Ti, te comprenda, te ame. Acrecienta en mí estos
dones, hasta mi reforma completa”177. Es un don de Dios, por lo tanto, conocerlo,
acordarnos de Él, amarlo. San Agustín le pide a Dios que acreciente estos dones y
pide también una última cosa: una reforma, es decir, pide la conversión del
corazón. San Agustín cuando escribe estas palabras se encuentra ya casi al final
de su vida, pero, a pesar de ello y siguiendo fielmente su espiritualidad de la
conversión continua, sigue pidiendo la conversión del corazón.
175
en. Ps. 37, 14.
176
conf. 10, 2.
177
trin. 15, 51.
69
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Nuestra oración nos debe llevar a vernos como Dios nos ve, debe llevarnos
a tener una conciencia plena de nuestra pequeñez, de nuestros pecados, de
nuestras limitaciones, para seguirnos presentando cada día ante Dios como sus
mendigos, pues lo queramos o no lo queramos, seamos ricos o pobres, ante Dios
somos sus mendigos178.
Oración y recogimiento interior
San Agustín, en la carta 130 pone el ejemplo de los monjes de Egipto, que
hacían jaculatorias para elevar su pensamiento al Señor a lo largo del día,
renovando de este modo la presencia de Dios 179. Sin embargo, aunque todo sea
oración, es preciso dedicar tiempos específicos únicamente a la oración, sin caer
en el engaño de que ya no necesitamos orar, justificándonos en el hecho de que
todo es oración.
Hay personas que piensan así, que se dejan guiar por este engaño,
intentando prolongar estas ideas agustinianas de una forma equivocada.
Ciertamente San Agustín nos invita a que hagamos de toda nuestra vida una
oración de alabanza a Dios, una verdadera confessio laudis; que nuestro
pensamiento y nuestra mente estén colocados siempre en Dios, y que hagamos lo
que hagamos continuamente nos estemos remitiendo a Él, tomando consciencia
de que estamos en su presencia. Este es un acto que convierte nuestras vidas en
una oración continua. Pero esto no quita para que tengamos a lo largo del día
-como dice San Agustín en la Carta 130-, momentos en los cuales no hagamos
otra cosa que orar:
Por este motivo, en determinado momentos nos olvidamos de nuestras
preocupaciones y quehaceres que en cierto modo entibian nuestro deseo y nos
dedicamos a la tarea de orar. De este modo con las palabras que decimos en la
oración, nos animamos a nosotros mismos a tender hacia el bien que deseamos (la
vida eterna)180.
Se trata de un elemento muy importante, porque, hoy se corre el peligro de
diluir la oración y olvidarla, diciendo: ‘si todo es oración, ya no necesitamos
dedicar tiempos específicos a orar’. San Agustín en la Carta 130, como suele
178
Cf. en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
179
ep. 130, 20.
180
ep. 130, 18.
70
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
hacer en muchas ocasiones, se adelanta a sus adversarios, y a las ideas
equivocadas. Y denunciará este elemento con mucha claridad: aunque todo sea
oración, deben existir momentos especiales y específicos en los cuales hay que
dejar todo lo demás para dedicarse exclusivamente a la oración.
San Agustín nos invitaría también a que todo lo que podamos hacer no nos
disperse, no nos haga perder la concentración, sino que todo aquello que
hagamos lo hagamos desde nuestro centro, que es el mismo Cristo. San Agustín
se dará cuenta de que la mente humana y que el corazón humano tienen un gran
poder, tienen una gran fuerza. Y la gran tentación es dispersar las fuerzas del
corazón y de la mente, de tal forma que el ser humano acabe viviendo fuera de su
centro, disperso, volcado hacia las criaturas. La dispersión le lleva al ser humano
a no descubrir el auténtico secreto de su vida, a no descubrir que la auténtica
felicidad se halla en Dios. Por eso San Agustín insistirá tanto en recoger nuestras
potencias, la fuerza de nuestra mente y de nuestro corazón para enfocarla y
dirigirla hacia Dios: “No quieras ir fuera, entra en ti, en el hombre interior habita la
verdad”181.
El hombre disperso por efecto del pecado 182, necesita regresar al corazón183
recogiendo sus potencias, para encauzar la memoria, el entendimiento, la
voluntad, no hacia las criaturas, sino hacia Dios.
Por lo tanto, esta memoria de Dios, la memoria dei, tiene que ver con este
recoger las potencias y con el proceso de recolección, de recogimiento interior.
Hagamos lo que hagamos, esta actividad no debe dispersarnos, no nos debe
descentrar. Y cualquier actividad, cualquier cosa que nos amenace y pueda llegar
a romper este recogimiento interior es una actividad o es una acción que
debiéramos evitar:
“Entra pues en ti mismo, y entonces, cuando siguiendo una dirección que te
lleva a los superior, estuvieres allí, no te pares. Lo primero retírate de las cosas de
fuera y entra en ti, y luego entrégate al que te hizo y te buscó cuando estabas
perdido, y te halló cuando ibas en fuga, y te convirtió a sí cuando andabas
apartado. Vuelve pues a ti y sube al que te hizo”184.
181
uera rel. 72.
182
Cf. conf. 12, 23
183
Io. eu. tr. 18, 10.
184
s. 33, 3.
71
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Todo debe colaborar en la vida cotidiana a fomentar este recogimiento
interior que facilita y favorece la oración. Habría que potenciar en nuestra vida
ordinaria aquellos elementos que favorecen la oración: el silencio, el recogimiento,
el estudio, el trabajo, la convivencia fraterna. Todos estos elementos ayudan a la
oración y, nosotros, viviendo la espiritualidad agustiniana, necesitamos vivir en
oración continua.
Por lo tanto, nuestra oración se prolonga a través de los diferentes
momentos de nuestra vida de todos los días. Pero esa oración continuada tiene
su momento focal y central en aquellos tiempos en los que no hacemos otra cosa
sino orar y concentrarnos en Dios. Ojalá que pudiéramos en estos tiempos,
dedicados únicamente al Señor, vivir con intensidad el misterio de la presencia de
Dios; vivir la dimensión del don de la oración. Vivir esos momentos de oración
desde la pequeñez y la pobreza, reconociendo que nosotros no podemos hacer
nada sin Dios, como dice san Agustín: “Señor, nada sin ti, todo en ti. Él puede
mucho, todo sin nosotros, nosotros no podemos hacer nada sin Él ” 185.
Es preciso atrevernos a vivir lo que podríamos llamar “la aventura de la
oración”. Habrá días en los cuales la oración tal vez nos lleve muy lejos y
tengamos una experiencia fuerte de Dios, y días en los cuales la oración pueda
ser un estar llamando a la puerta y un poner a prueba nuestra fe. A pesar de ello,
vivir y enriquecernos de estos tiempos de oración, porque toda nuestra vida se
ilumina a partir de esos momentos. Un cristiano, un religioso que vaya viviendo
con profundidad su oración, es alguien que va iluminando paulatinamente todas
las demás facetas de su vida. No porque él las ilumine, sino porque Dios mismo
es el que le concede la luz en la oración, y desde la oración se puede irradiar la
luz de Dios a todos los que nos rodean y a todo aquello que hacemos:
El hombre no es la luz, sino una humilde antorcha partícipe de la luz
inmutable186.
El aceite de nuestra lámpara
185
en. Ps. 30, 2, 1, 4.
186
en. Ps. 118, 23, 1.
72
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
San Agustín nos dirá que la oración es como el óleo, el aceite para una
lámpara187. Cuando hacemos oración, alimentamos el aceite de esta lámpara,
para que la lámpara no se apague. San Agustín comenta la parábola de las
vírgenes prudentes y las vírgenes necias (Mt 25, 1-13), -aquellas que llevaron
aceite y aquellas que no llevaron aceite para alimentar sus lámparas. Cuando
llega el esposo, aquellas que llevaban aceite, pudieron llenar sus lámparas para
salir al encuentro del esposo. San Agustín interpreta el aceite que alimenta las
lámparas, como la vida interior. Las vírgenes necias son aquellas que, aunque
conservan la continencia de la carne, actúan y hacen todo para ser vistas y
alabadas por los demás, sin percatarse que la verdadera recompensa de las obras
no está en la aclamación popular, sino en Dios:
“(Las vírgenes necias) evitan ciertamente la corrupción que dimana de
cualquier parte, pero no llevan su bien en la conciencia ante los ojos de Dios, sino
que pretenden agradar con él a los hombres siguiendo el parecer ajeno. Van a la
caza de la aclamación del populacho, y por lo mismo, se hacen viles al querer ser
estimadas de los espectadores no bastándoles su conciencia” 188.
Su óleo que se termina no es otro que el acto de gloriarse en sí mismas,
hecho que les da brillo y esplendor desde una perspectiva humana, pero carecen
del verdadero óleo que es el óleo interior, de la interioridad, de los méritos
espirituales. Así dice san Agustín:
El óleo (de las necias) es el acto de gloriarse debido al brillo y al esplendor
(…) Las necias encienden sus ciertamente sus lámparas, parece que lucen sus
obras, pero decaen y se apagan, porque no se alimentan con el óleo interior 189.
Estas vírgenes necias que no se habían preocupado de tener una reserva
espiritual, sino que se habían contentado con vivir su vida de manera superficial
y buscando el aplauso de las multitudes no pueden entrar en el banquete de
bodas, pues les ha faltado el óleo interior. El óleo de la vanidad y de las glorias de
este mundo se termina y no ayuda en nada para el momento del encuentro final
con Dios.
Nosotros alimentamos nuestra lámpara de nuestras vidas en la oración y
en el encuentro con Dios; allí nos vamos llenando de este aceite de Dios para
187
en. Ps. 147, 11.
188
en. Ps. 147, 11.
189
Idem.
73
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
poder iluminar, tanto nuestras propias vidas, como las vidas de los demás. Dice
san Agustín:
“Reconoce que tú no eres luz para ti (…) Di pues, y clama lo que está escrito:
Tú Señor, iluminarás mi lámpara”190.
Se nos notará cuando vivamos esos encuentros, esos momentos de oración
con Dios. Y si no los estamos viviendo y estamos convirtiendo la oración, en
momentos tal vez de pensar en nosotros mismos, de distraernos, de dar rienda
suelta a la fantasía, o de dedicarnos a una lectura, de cualquier tipo, también se
nos notará. Seremos lámparas que se van apagando, lámparas que ya no sólo no
iluminan, sino que empiezan a echar humo. Humo que va enrareciendo el
ambiente en el que vivimos y va causando molestias a las personas con las que
convivimos:
“Los hombres son como lámparas: se encienden y se apagan. Si son sabios,
brillan e irradian calor. Pero si tras ser encendidos, se apagan, entonces
comienzan a oler”191.
Que te comprenda y te ame
Tenemos que hacer oración porque lo necesitamos; somos tan pobres que
por nosotros mismos no tenemos nada, no podemos vivir nuestra vida cristiana si
no recibimos la fuerza todos los días, si la gracia de Dios no nos capacita. Por
eso, los momentos de oración son fundamentales. En ellos nos ponemos en la
sintonía del don de Dios, para poder prolongar después, con el recuerdo
enamorado de Dios, la oración y el encuentro con Dios.
Por eso, pues, San Agustín, al final de De Trinitate, nos recordará esto, con
esa petición que le hace a Dios: “Haz que me acuerde de ti, que te comprenda y te
ame, acreciente en mí estos dones, hasta mi reforma completa”. Le pide San
Agustín esto a Dios, que pueda acordarse de Él, que lo comprenda y que lo ame.
Así pues, nosotros prolongamos con la oración continua, con el recuerdo de Dios,
las horas y los momentos de oración, donde nosotros lo que queremos es
comprender el camino de Dios. No entenderlo, porque entender a Dios es
imposible; sus caminos son mucho más elevados que los nuestros, sus planes
mucho más elevados que nuestros planes (Is 55, 8-9). Pero por lo menos
190
s. 67, 8.
191
Io. eu. tr. 23, 3.
74
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
comprender, es decir darnos cuenta de que todo tiene un sentido; que, aunque
estamos en la dimensión de la gracia y del Misterio, todo apunta en una
dirección: la de la salvación de los hombres.
“Que te pueda comprender –nos dice San Agustín- y que te ame”. Amar a
Dios es también un don de Dios. No solamente se trata de que nosotros
pongamos nuestra voluntad: es la gracia de Dios la que nos capacita para amar a
Dios.
El Padre nos atrae para que nos acerquemos a Cristo.
“ ‘Nadie puede venir a mí si no es atraído por el Padre.’ No vayas a creer
que eres atraído contra tu voluntad: el alma es atraída también por el amor. Por
otra parte, si el poeta pudo decir: ‘Cada cual va en pos de su apetito, no por
necesidad, sino por placer; no por obligación, sino por gusto’, ¿no podremos decir
nosotros con mayor razón que el hombre se siente atraído por Cristo, si sabemos
que el deleite del hombre es la verdad, la justicia, la vida sin fin, y todo esto es
Cristo?”
San Agustín nos recuerda que nadie puede venir a Cristo, ni hacer oración,
si no es atraído por el Padre. Y él mismo se pregunta, cuando nos acercamos a
Cristo para crecer en su amor en la oración, ¿nos acercamos a él coaccionados y
obligados? ¿O nos acercamos movidos por otra fuerza y por otro motor? Y la
respuesta agustiniana es que lo que nos acerca a Cristo, lo que nos hace llegar a
Él, es la fuerza del amor. No somos obligados para acercarnos a Cristo: nos
acercamos a Él porque recibimos el don de Dios, y lo que nos impulsa a ello es el
amor.
Y aquí el Obispo de Hipona, una vez más, citará a su poeta favorito. San
Agustín, como un hombre que había recibido una formación humanística
exquisita (era un hombre que conocía de memoria largos pasajes de estos poetas
clásicos), citará aquí al poeta pagano más presente en toda la obra agustiniana
que es Virgilio. San Agustín lo citará en diferentes ocasiones, e incluso en alguna
de ellas transformará el pensamiento de este poeta para darle una connotación
cristiana. De igual modo el Papa Benedicto XVI, en una de las citas que nos
presenta en la encíclica Deus caritas est (Dios es Amor), presentará una de las
citas agustinianas donde San Agustín “bautiza”, por así decirlo, el pensamiento
75
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
del poeta Virgilio. Y la frase del poeta Virgilio es la siguiente: “El amor lo vence
todo”. San Agustín dirá: no el amor, “la caridad, lo vence todo” 192.
Y aquí aparece también una cita de Virgilio: ‘Cada cual va en pos de su
apetito’193, cada uno va detrás de sus propios gustos; cada quien busca lo que le
gusta. Y dirá San Agustín: nosotros buscamos lo que nos gusta. ¿Y qué es lo que
nos gusta? Nos gusta estar con Dios, nos gusta amar a Dios. Dios nos ha
enamorado de tal manera, ha traspasado de tal forma nuestro corazón con el
dardo de su palabra194, que ardemos de amor por él 195 y lo buscamos a Él. Cada
cual va detrás o va buscando su propio gusto, su propio apetito. Nosotros
podemos buscar a Cristo porque hemos sido atraídos por el Padre.
Aquí San Agustín toca uno de los grandes misterios de la vida del hombre:
poder hacer oración, o el poder creer en Dios, no es una iniciativa que parte del
hombre, es un don de Dios196. Por eso cuando nos encontramos personas que
dicen que no pueden creer, o personas que no creen (no creen no porque no
quieran, sino porque no pueden creer), nos damos cuenta de que la fe es un don.
No me refiero a aquellas personas que recibieron el don de la fe y que lo han
dejado de lado en sus vidas, y que aunque Dios les regaló este don, lo han
despreciado, sino a personas que tal vez son personas de buena voluntad, que
quisieran creer pero que no lo pueden hacer. Y no lo pueden hacer porque no han
recibido el don de la fe.
San Agustín les diría a estas personas de buena voluntad: pide a Dios el
don de la fe. Llama a la puerta de Dios para que Él te conceda creer en su Hijo,
porque si Él no te atrae, tú no puedes acercarte a Cristo. Nosotros podemos hacer
oración, podemos acercarnos a Cristo, porque hemos recibido el don. San Agustín
nos invitaría aquí una vez más, a dar gracias a Dios. Podemos hacer oración y
acercarnos a Cristo porque hemos sido atraídos por el Padre. Es Dios el que nos
ha arrastrado para que podamos llegar a Cristo, y no nos arrastra obligándonos,
sino que nos arrastra –como diría el profeta Oseas- por medio de lazos de amor
(Os 11, 4). Los lazos del amor son los que tiran de cada uno de nosotros para que
vayamos en pos de Cristo y nos sintamos atraídos por su persona.
192
s. 145, 4.
193
Trahit sua quemque uoluptas: Virgilio, eg. 2, 65; citada por san Agustín también en: ep. 17, 3; Io. eu. tr. 26, 4; Io.
eu. tr. 26, 5.
194
Cf. conf. 9, 3.
195
Cf. conf. 10, 38.
196
praed. 22.
76
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por lo tanto, cuando hacemos oración no estamos haciendo otra cosa que
responder a una llamada de Dios. “Nadie puede venir a mí si el Padre no lo atrae”
(Jn 6, 65). Cristo es como un imán y nosotros vamos hacia Él porque nos
sentimos atraídos por la fuerza que el Padre ejerce sobre nosotros para que
vayamos hacia Jesús. Cuando hacemos oración, estamos respondiendo a un don
que Dios nos ha hecho; es Dios quien a través del Espíritu Santo nos atrae para
que nos acerquemos a Jesús. Por eso, pues, es un don que necesitamos
agradecer. Somos atraídos hacia Jesús por la fuerza del amor.
Sólo un corazón amante puede comprender
“Preséntame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Préstame un
corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento; un corazón que, sintiéndose
solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la
Patria Eterna. Préstame un tal corazón y asentirá en lo que digo. Si, por el
contrario, habla un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy
diciendo”197.
El amor es lo nos atrae a Cristo. Nos sentimos impulsados a hacer oración
no porque estemos obligados por un horario, o por unas normas de vida.
Deseamos hacer oración porque estamos respondiendo a una llamada de amor
que Dios nos hace en Cristo. Y nuestra oración se convierte en un acto de amor,
de respuesta al amor de Dios. Un corazón, por lo tanto, que ame, un corazón
enamorado, un corazón lleno de amor, puede comprender esto. Y por el contrario,
un corazón frío, un corazón endurecido, un corazón que no ame, no lo entiende.
Verá la oración, pues, como un acto más del día; como una forma de pasar el
tiempo, como una ocupación, como una molestia, como una obligación. Y no verá
la oración realmente como un momento de ponerme delante de Dios para
expresar todo mi amor, llenarme de la gracia de Dios. Pues somos mendigos,
cántaros vacíos que necesitan el agua de Dios que nos llene, que nos transfigure,
que calme nuestra sed interior (Jn 4, 15).
Un corazón que ama, lo comprende. Un corazón que no ama, no lo
comprende. Aquí San Agustín nos va adelantando ya un elemento: la oración
como un profundo ejercicio de amor. Hemos recibido el amor de Dios para
responder y corresponder con ese amor que hemos recibido, al amor que Dios nos
197
Io. eu. tr., 26, 4-6.
77
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
tiene. Hacer oración, por lo tanto, es vivir en esta sintonía del amor con Dios. Y el
corazón que ama, el corazón que está lleno de amor, entiende los misterios de
Dios.
Como nosotros no acabamos de comprender muchos misterios de Dios,
tendríamos que revisar nuestra propia reserva de amor. Si estamos llenos del
amor comprenderemos los caminos de Dios. Cuando nos vamos secando, cuando
nos va faltando el amor, es cuando ya no comprendemos. No solamente a Dios,
sino tampoco a nuestros hermanos. Una persona que es demasiado dura con los
demás, una persona que juzga siempre con el rasero más estricto a los demás,
una persona que no es capaz de tener compasión y misericordia de aquellos con
los que convive, es tal vez una persona que tiene un corazón que no está amando.
Es un corazón que se va quedando frío, un corazón que no comprende, un
corazón que está cerrado en sí mismo, pues “El frío de la caridad es el silencio del
corazón”198. Sin embargo, un corazón que está lleno del amor es un corazón que
comprende; comprende las cosas de Dios, pero también comprende las cosas de
los hombres.
Orar es humanizarse
En muchas ocasiones hemos pensado que ser muy espirituales significa ser
muy poco humanos. Y que según vamos haciendo más oración tenemos que
parecernos más a los ángeles, porque ya casi ni tocamos el suelo y vamos
volviéndonos criaturas etéreas y sobrenaturales, y que tenemos que
desentendernos absolutamente de nuestros hermanos. No hay nada más
contrario al pensamiento agustiniano. San Agustín nos invitará a aspirar,
ciertamente, a los bienes del Cielo, a tener nuestro corazón siempre elevado hacia
Dios (levanta el corazón)199; pero a retomar desde el amor, desde la gracia, todos
los elementos de nuestro ser. A rescatar los mejores elementos de la persona, del
ser humano, para llenarlos de la gracia y de la caridad de Dios, pues como dijo
san Agustín citando al autor clásico Terencio, “soy hombre y no considero que
nada humano me sea ajeno”200.
198
en. Ps. 37, 14.
199
en. Ps. 37, 10.
200
ep. 155, 14.
78
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por lo tanto, ser muy espiritual tendría que significar para nosotros ser
también muy humanos; muy humanos en el sentido de que lo espiritual no
destruye lo material. La gracia no destruye la naturaleza. La gracia purifica,
eleva, redirige los elementos materiales, de tal forma que, si somos un corazón
enamorado de Dios, seremos también personas muy sensibles ante las
necesidades, el dolor, el sufrimiento, las carencias, las caídas, las miserias de
nuestros propios hermanos, pues un corazón lleno de amor, de qué está lleno
sino de Dios201.
Una oración que nos mueva el corazón y lo dirija hacia Dios, pero que no
oriente el corazón hacia nuestros hermanos, es una oración que necesita ser
corregida. El mejor termómetro para ver la autenticidad de nuestra oración es la
vida fraterna en comunidad, la vida con nuestros hermanos, donde nosotros
tenemos que ver presente a Cristo al que hemos descubierto en la oración, pues:
“Quien no ama a su hermano, no está en el amor, y quien no está en el amor no
está en Dios, porque Dios es amor”202.
Si yo me vuelvo más sensible a las necesidades de quienes me rodean, si
procuro ser menos duro con las personas con las que convivo, es que tal vez
estoy descubriendo el auténtico amor de Dios, y ese amor está transformando mi
interior. Así dice san Agustín:
“Cuando amamos al hermano en caridad, amamos al hermano en Dios; y es
imposible no amar al amor que nos impele al amor del hermano. De donde se sigue
que aquellos dos preceptos no existen nunca el uno sin el otro. Si Dios es amor,
ciertamente ama a Dios el que ama la caridad y es necesario que ame al hermano
el que ama el amor”203.
Por lo tanto, un corazón que ama es un corazón que comprende. Un
corazón que está lleno de este amor de Dios es un corazón que vive atraído por
Cristo, atraído por Dios hacia Cristo, y que intenta también atraer a todos los
demás al encuentro con Dios. La experiencia de Dios no es para San Agustín un
patrimonio personal, donde yo me he encontrado con Dios y ese Dios solamente
es para mí. La experiencia de Dios es para San Agustín algo para compartirlo. Me
encuentro con Dios pero lo comunico a mis hermanos, intento llevar a mis
201
trin, 8, 12.
202
Idem.
203
Idem.
79
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
hermanos a que tengan también una experiencia de Dios, así dice san Agustín:
“Si amáis a Dios, arrebatad al amor de Dios a todos los que con vosotros están
unidos y a todos los que se hallan en vuestra casa”204.
Por ello, pues, un corazón que ama comprende. Nosotros tendríamos que
reflexionar si estamos llenos de este amor de Dios. Si tenemos un corazón que
ama, y que porque ama puede comprender los caminos de Dios (para nuestra
propia vida, para la vida de la comunidad, para la vida de la Iglesia), y puede
también comprender los elementos de la vida de nuestros hermanos. Que evita
los juicios y que procura, ante todo, buscar la misericordia para con ellos:
“no condenemos los actos que ignoramos con qué finalidad se hicieron, (…)
así evitaremos el juicio del que está escrito no juzgues, para no ser juzgado”205.
Suspirando por las fuentes de la Patria Eterna
“Préstame un corazón amante y comprenderá lo que digo. Préstame un
corazón inflamado en deseos, un corazón hambriento, un corazón que, sintiéndose
solo y desterrado en este mundo, esté sediento y suspire por las fuentes de la
Patria Eterna. Préstame un tal corazón, y asentirá en lo que digo. Si, por el
contrario, habla un corazón frío, éste nada sabe, nada comprende de lo que estoy
diciendo”206.
Aquí aparece una actitud muy importante agustiniana. No solamente la de
ser un corazón lleno de amor, un corazón amante, sino también la de ser un
corazón que se siente desterrado, un corazón –como dice San Agustín- que se
siente sediento, y que suspira por las fuentes de la Patria Eterna. Se trata de un
pensamiento que el mismo San Agustín repetirá después también en la Carta 130
intentando responder a la pregunta, ¿cuál es la actitud del que hace oración? Es
la actitud de aquel que se siente sediento por llegar a alcanzar a Dios, aquel que
se siente en esta vida que ninguna cosa puede saciar su deseo de Dios, pues
tiene un sentimiento de desolación, de abandono, que sólo puede ser colmado por
Dios:
“En las tinieblas de la vida presente, entre las cuales peregrinamos lejos del
Señor mientras caminamos por la fe y no por la visión, el alma cristiana ha de
204
en. Ps. 33, 2, 6.
205
s. dom. m. 2, 61.
206
Io. eu. tr., 26, 4-6.
80
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
considerarse abandonada. Si no, dejará de orar y no aprenderá a dirigir con afán
la mirada de la fe a la palabra de las Escrituras divinas” 207.
Ésa es la actitud para hacer oración: tener auténticamente hambre y sed de
Dios, reconociendo nuestra propia pobreza, mendicidad, lo limitados que somos
nosotros, y lo necesaria que es para nuestra alma el agua de Dios, su propia
gracia.
Por lo tanto, que nuestro corazón sea auténticamente un “corazón lleno de
amor, porque está lleno de Dios”208. Lleno de amor porque reconoce que todo es un
don de Dios; un corazón lleno de amor porque se siente atraído con la fuerza del
gusto y del amor al encuentro con Cristo. Porque cada vez que se pone a hacer
oración responde a una llamada de amor, su oración no es una obligación: la
oración es una necesidad de llenarse del amor de Dios.
“Préstame un corazón amante –decía San Agustín- y comprenderá lo que
digo”209. Pensemos si nuestro corazón comprende estas palabras agustinianas
porque ama, y porque está en la sintonía de Dios.
207
ep. 130, 5.
208
trin. 8, 12.
209
Io. eu. tr. 26, 4.
81
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
QUINTA PALABRA: HUMILDAD
Una de las condiciones esenciales para hacer oración es la humildad. No
podemos acercarnos a Dios si vivimos en la soberbia. No podemos acercarnos a
Dios ni hacer oración si no reconocemos nuestra pequeñez y nuestra propia
pobreza. La humildad consiste, no en rebajarnos, sino en reconocer lo que somos
delante de Dios, nuestra pequeñez, nuestra pobreza, nuestra incapacidad para
podernos acercar a Dios si el mismo Dios no nos concede su gracia y esa gracia
es la que nos impulsa a acercarnos a Él:
“A ti no se te manda: ‘Sé menos de lo que eres’, sino ‘reconoce lo que eres’.
Conócete flaco, conócete hombre, conócete pecador. Conoce que Él es quien te
justifica, conoce que estás mancillado. Aparezca en tu confesión la mancha de tu
corazón y pertenecerás al rebaño de Cristo”210
Que me conozca a mí, que te conozca a ti
San Agustín, en los Soliloquios nos dice, “Que me conozca a mí, que te
conozca a Ti”211, pues quiere llegar auténticamente al autoconocimiento, saber
quién es él; pero para poder también verse con objetividad necesita la luz de Dios.
Quiero conocerme a mí, ver mis limitaciones, ver mis defectos, mis miserias y mis
carencias, pero verlas bajo la luz de Dios. Cuando una persona se conoce a sí
misma, viendo sus limitaciones, sus pequeñeces y miserias, sin verlas a la luz de
Dios, puede caer en una gran tristeza, en una gran depresión, al darse cuenta de
que tiene elementos insuperables y elementos llenos de miseria. Sin embargo, a
la luz de Dios esto adquiere otro color y otra dimensión, porque no hay situación
que no pueda ser superada cuando es tocada por la luz de Dios.
Por esto San Agustín hace ese programa espiritual suyo, que es: “Que me
conozca a mí, que te conozca a Ti”212. Llegar a conocernos auténticamente a
nosotros, como nosotros somos, pero para llegar a conocer también
profundamente a Dios. Nuestra oración, por lo tanto, es un camino en el cual
vamos experimentando estos dos elementos: el conocimiento nuestro, ver
210
s. 137, 2.
211
sol. 2, 1
212
Idem.
82
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
nuestras limitaciones que tenemos todos los días, al momento de colocarnos para
hacer la oración. Pero ver también cada día la grandeza de Dios, que sigue siendo
fiel, y que acude a esa cita que tiene con nosotros cada mañana, cada tarde y
cada ocasión, para que podamos hacer oración.
Dos preguntas esenciales
Por eso también San Agustín, al principio de las Confesiones, se hace esa
doble pregunta, que es una doble pregunta básica en la vida de todo creyente:
“¿Qué es lo que eres para mí? (…), ¿qué soy yo para Ti?”213 Nosotros, cuando
hacemos oración, queremos responder a esa primera pregunta: ¿quién es Dios
para mí? Dios para mí es una persona que debe ocupar el centro de mi vida, y la
humildad consiste precisamente en desplazarnos nosotros mismos del centro de
nuestra vida, para colocar en el centro de nuestra vida a Dios. San Agustín
responde de la siguiente manera:
“Dime por tus misericordias, Señor Dios mío, qué eres para mí. Di a mi alma:
‘Yo soy tu salud’. Dilo de forma que yo lo oiga. Los oídos de mi corazón están ante
ti, Señor; ábrelos y di a mi alma: ‘Yo soy tu salud’ ” 214.
Nosotros, pues, haciendo oración, respondemos a esta pregunta que San
Agustín se hace en los primeros libros de las Confesiones, para decir que Dios es
realmente quien debe orientar y quien debe tener el peso principal dentro de
nuestra vida. “¿Y quién soy yo para Ti?” Esta respuesta nosotros la recibimos
también en la oración, donde entramos en la dinámica de la gracia y la gratuidad.
Donde Dios, amando a cada persona que hace oración, le concede la gracia para
elevarla al encuentro con Dios:
“¿Y qué soy yo para ti, para que me mandes que te ame y si no lo hago te
aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias? ¿Acaso es ya pequeña la
misma de no amarte?”215
Por eso, pues, la humildad es una característica esencial, para poder hacer
oración. Si no tenemos humildad no podemos acercarnos a Dios. Una humildad
que nos lleva a reconocer -“que me conozca a mí”-, la propia pobreza y limitación.
Pobreza como la de la viuda que nos cuenta el evangelio (Mc 12, 42- 44), que se
213
conf. 1, 5.
214
conf. 1, 5.
215
Idem.
83
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
acerca al templo de Jerusalén para ofrecer lo poco que tiene, y en su generosidad
y en su pobreza le ofrece a Dios todo lo que tenía. Ofrece dos pequeñas monedas,
con un escasísimo valor (el evangelio según San Marcos nos recordará incluso
explícitamente qué monedas eran: dos lepton. El lepton era la moneda más baja
dentro de la denominación del mundo griego. Pero curiosamente San Marcos
hace enseguida la traducción a las monedas latinas, para que quien escuchaba el
evangelio del mundo latino pudiera comprender lo poco que materialmente estaba
ofreciendo esta viuda a Dios. Y dirá: dos lepton; es decir, un cuadrante (Mc 12,
42).
Y cuando nos preguntamos cuánto valía un cuadrante, tenemos que decir
que un cuadrante era el precio que había que pagar por beber un vasito de vino.
Esto es todo lo que tenía aquella viuda para vivir, esa era su pobreza y su
limitación, pero ella lo quería ofrecer a Dios. Y, como dice San Agustín, lo más
importante no es qué ofreces, sino cómo lo ofreces. Dirá San Agustín: “Dios no va
a mirar las manos (es decir, no va a mirar lo que llevamos entre las manos, el qué
vamos a ofrecer), sino el corazón”216.
Cuando hacemos oración, tenemos que evitar caer en la tentación de decir:
estoy haciendo bien la oración, o no la estoy haciendo bien, si estoy cumpliendo
con los requisitos de la oración o no los estoy cumpliendo. Lo fundamental es no
tanto ese “qué” sino el “cómo”: desde dónde estoy viviendo mi oración.
Es cierto que la oración cada uno de nosotros la vivimos, según los
diferentes momentos y etapas de nuestra vida, la etapa espiritual que vamos
atravesando. Cada uno vivimos la oración también según las características
propias de nuestro ser, de nuestra propia espiritualidad personal, donde la gracia
de Dios se amolda a nuestra propia naturaleza. Por lo tanto no podemos decir si
hacemos bien o hacemos mal la oración: la evaluación de la oración, estaría en el
cómo, es decir, en el “desde dónde” estoy haciendo la oración. Si esa oración
realmente es un encuentro con Dios, de amor, y estoy poniendo todo el amor y el
empeño; me estoy poniendo al viento de la gracia de Dios, para que sea su gracia
la que inspire mi oración, y yo lo que hago es, con mi voluntad, secundar esta
gracia de Dios y ponerme en la sintonía del Señor para comunicarme y dialogar
amorosamente con Dios.
216
s. 105A, 1 (s. Lambot 1, 1)
84
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Esto es lo valioso de la oración. Si cumplimos estos requisitos, todo lo
demás serán elementos secundarios. Si para poder mantener, tal vez, este ritmo
de amor y de ponerme en sintonía con la gracia necesito un texto breve, en
ciertas ocasiones, que me impulse para ello, ésta es ya mi oración. Si hay
ocasiones en las cuales yo no necesito ese texto breve y me siento inspirado para
entrar en comunicación con Dios directamente, ésa es mi oración. Si hay
momentos en los cuales estoy tan seco que no puedo hacer ninguna de las dos
cosas anteriormente enunciadas, puedo quedarme solamente contemplando al
Señor, y ésta es mi oración también.
Desde ese “cómo” se hace oración, siempre y cuando no sea un momento
de rutina, sino una manifestación de la riqueza de amor que llevo en mi corazón.
Por eso dice San Agustín: “Dios no mira las manos, sino el corazón”217. No mira si
nosotros estamos allí en la oración buscando métodos sumamente sofisticados, o
si llevamos siempre en las manos un libro que es muy interesante. Dios no mira
las manos: Dios mira el corazón.
Por lo tanto, pues, la oración es un ejercicio de amor desde la humildad del
ser humano, desde su pequeñez, que sabe que no puede hacer oración y que
necesita de la gracia de Dios, que sea como un “ascensor”, que le lleve, a poder
entrar en comunicación con Dios.
Dios, por lo tanto, no mira las manos: mira el corazón. Pero San Agustín
también en otra ocasión comentando el texto de la viuda y su pequeña ofrenda al
Templo (Mc 12, 42 – 44), dirá: “Dio poco dinero, pero con un gran amor”218.
Nosotros podemos, a veces, en nuestra oración, dar poco, porque tal vez estamos
atravesando una etapa de una gran sequedad. Pero ojalá que en ese poco que le
podemos ofrecer a Dios, que es la oración que hacemos todos los días, pongamos
un gran amor.
El amor que da valor a todo
Existe el error de pensar que cuando algo nos cuesta mucho trabajo, vale
mucho a los ojos de Dios. Puede valer mucho a los ojos de Dios si además del
esfuerzo y del trabajo ponemos mucho amor. El amor es lo que da valor a las
obras que realizamos. Y si pones amor y te ha costado trabajo y esfuerzo, tienes
217
s. 105A, 1 (s. Lambot 1, 1)
218
en. Ps. 128, 1
85
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
un mérito duplicado por aquella obra que estás realizando. Y si nuestra oración
en ciertos momentos nos resulta sumamente cuesta arriba, sumamente difícil,
pero ponemos el empeño del amor, esa oración a los ojos de Dios tiene un valor
también inmenso.
Dirá San Agustín, recordando que el amor debe ser el motivo y el móvil que
impulse todas nuestras obras:
“De ninguna manera es fatigoso el trabajo de los que aman, sino que
deleita, (…). Interesa, pues, mucho lo que se ha de amar. Porque en lo que se ama,
o no se trabaja o se ama el trabajo”219.
A veces, cuando nos quejamos demasiado de que las cosas son muy
pesadas, que son muy difíciles, tendríamos que ver si realmente lo que nos
impulsa es el amor, el auténtico amor de Dios, que implica el saberme dentro de
la dimensión de gracia, saberme dentro de la dimensión del Dios que me
capacita. Si realmente vivo en esta dimensión del amor, no existe para mí el
trabajo ni el esfuerzo: existe para mí la respuesta al amor. E incluso, como dice
San Agustín, aunque pudiera haber trabajo y esfuerzo, ese sacrificio y ese
esfuerzo también tendría que amarlo.
Por eso cuando aparece la queja, el fijarnos continuamente en los
elementos negativos, es porque tenemos un déficit de amor. Un creyente cuya
vida sea una queja continuada, una queja de todo lo que sucede, tal vez tendría
que pedirle a Dios en su oración que le aumente el amor. El amor, que es el
aceite para que todo en nuestra vida vaya fluyendo con una mayor facilidad y sin
esas quejas chirriantes del descontento continuo, de la queja, de fijarnos siempre
en los elementos negativos.
Así pues, hacer oración es vivir desde la humildad, sabiendo que somos
pequeños, que es pequeña la ofrenda que podemos hacer, pero lo importante es el
amor. El amor que podamos poner en ello, desde el reconocimiento de nuestra
pequeñez.
A Dios hay que dárselo todo (totum deo dandum est)220
La oración implica darle a Dios lo que el mismo Dios ya nos ha dado.
Nosotros, desde nuestra pobreza, no podemos dar absolutamente nada. El ser
219
b. uid 21, 26
220
praed. 12.
86
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
humano es un administrador; es decir, ha recibido de parte de Dios todas las
riquezas que puede tener entre sus manos. El gran error es llegar a sentirnos
dueños de aquello que el Señor ha puesto en nosotros. Nosotros ofrecemos y le
damos a Dios de lo que Él mismo nos ha dado. Él es el que planta, Él es el que
riega, Él es el que da el crecimiento de todo lo que hay en nuestra vida (1 Cor 3,
7). Por eso hacer oración es este reconocimiento delante de Dios, de decir: ‘Señor,
aquí estoy. Tú eres el que tienes que dar crecimiento a los dones que has puesto
en mí. Yo quiero reconocer que no son míos, y quiero por lo tanto ofrecértelos;
ofrecerte no lo que es mío, sino ofrecerte lo que es tuyo realmente’.
Es cierto que aquí hay un elemento importante, que es la cooperación o la
colaboración de la voluntad. Pero San Agustín se dará cuenta, especialmente en
sus últimas obras, de que esa cooperación de la voluntad, para ofrecernos a Dios
y para darnos a Dios, también es una gracia de Dios. Y dirá San Agustín que la
gracia no suprime la libertad. Toda persona seguirá siendo libre para ofrecerle a
Dios, para hacer o no hacer oración. Seguimos siendo libres, pero la gracia de
Dios prepara nuestra voluntad para que seamos capaces de responder a Dios
como Dios quiere. Tu voluntad está preparada, pero tu libertad también tendrá
que empeñarse con tu voluntad para responder a Dios. Le ofrezco al Señor,
porque lo quiero, pero ese querer y ese haber asumido desde la voluntad es
también una gracia.
Por eso, a veces, cuando somos poco generosos con el Señor, cuando no
acabamos de ofrecerle todo lo que Él nos pide en nuestra vida, cuando vamos
quedándonos con muchas cosas que no le vamos dando a Dios, cuando
empezamos a ser poco generosos también con nuestros hermanos, necesitamos
pedirle al Señor que prepare más nuestra voluntad, que doblegue nuestro libre
albedrío, para que desde la voluntad y desde la libertad le entreguemos todo a Él.
Entregarle todo a Él, con la generosidad misma que hemos recibido. Cuando una
persona empieza a encerrarse en sí misma, a no pensar más que en sí misma,
empieza a caer en esta tentación o en este terreno un poco ambiguo del pecado,
donde creo que todo es para mí y donde me voy olvidando de Dios; y al olvidarme
de Dios me olvido también de los demás. Es preciso como decía san Agustín,
dárselo todo a Dios: “A Dios hay que dárselo todo”221
221
praed. 12.
87
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Bien, pues nosotros le ofrecemos a Dios lo que Dios nos ha dado, y donde
se nos pediría a nosotros, en nuestra oración, el ser generosos con Dios. Y de esa
escuela de la generosidad con Dios aprender a ser también generosos con
nuestros hermanos.
¿Qué tienes que no hayas recibido?
Y dice San Agustín:
“¡Oh riquezas internas a las que no puede acercarse el ladrón! El mismo Dios
le había dado lo que recibía. Él mismo le había enriquecido para que le ofreciese lo
que amaba. Dios reclama de ti la alabanza, Dios exige tu confesión. ¿Le has de dar
algo de tu campo? Él hizo llover para que tú lo tuvieses. Le has de dar algo de tu
arca; Él creó lo que habías de dar. ¿Qué le has de dar que no hayas recibido de Él?
¿Qué tienes que no lo hayas recibido? ¿Le darás algo del corazón? Él te dio la fe, la
esperanza y la caridad; esto le has de ofrecer, esto le has de sacrificar. El Enemigo
te podrá quitar, contra tu voluntad, todas las cosas terrenas, pero estas cosas
espirituales no te las podrá robar si tú no lo quieres. Aquellas las pierde el que no
quiere perderlas. Así, el que quiere oro, casa, pierde el oro y la casa. Nadie pierde
la fe a no ser que la desprecie”222.
San Agustín señala, en primer lugar que el gran ladrón que nos quiere
robar es Satanás, pero éste no nos puede robar los dones espirituales si nosotros
no lo queremos. Aquí nosotros tendríamos que pensar con San Agustín, como
dice San Pablo, “¿quién podrá apartarnos del amor de Cristo?” (Rm 8, 35-39). No
pueden robarnos los elementos espirituales si nosotros no damos el
consentimiento de nuestra libertad. Vivir la oración debe implicar esta dimensión:
el deseo de conservar e incrementar, por la gracia de Dios, los dones que el
mismo Señor nos ha concedido.
Si dejamos de hacer oración no solamente no conservamos estos dones que
ya teníamos sino, que empezamos a perder lo que el Señor nos había concedido.
Todo esto sucede porque hemos dado nuestro asentimiento. Porque no hemos
querido ponernos en la sintonía de la gracia de Dios, vamos perdiendo los dones
que Dios nos había concedido. Por eso el ejercicio de la oración es un ejercicio
necesario todos los días, donde recorremos el camino del amor para avanzar en
este mismo camino. San Agustín dice: en el camino del amor no hay, o no es
222
en. Ps. 55, 19.
88
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
posible, quedarse estático. Es preciso caminar, añadir algo todos los días,
guiados por la fuerza del amor:
Añade siempre algo, camina continuamente, avanza sin parar; no te pares
en el camino, no retrocedas, no te desvíes. Quien no avanza, está parado; quien
vuelve al lugar de donde había partido, retrocede; quien apostata, se desvía 223.
Por eso, pues, no pueden robarnos estos dones espirituales, no podemos
perder aquello que hemos recibido de parte de Dios si nosotros no lo queremos;
es decir, si nuestra voluntad no da ese último asentimiento. Por ello, pues,
necesitamos cuidar los dones de Dios desde la humildad:
La soberbia es el vicio capital, puesto que, cuando alguien progresa en la
virtud, tienta para que pierda todo lo que progresó. Efectivamente, todos los vicios
deben ser temidos por sus malas obras, pero la soberbia debe ser temida mucho
más en las buenas acciones224.
Y dirá San Agustín una frase muy curiosa, en las Enarrationes in Psalmos,
donde nos da varias pistas para ver los conocimientos médicos -o por lo menos de
la medicina naturista, digamos- que tenía San Agustín. Y dirá San Agustín: “ Dios
nos prepara de un modo admirable una pócima de amor” 225. Bien, pues nuestra
debilidad es tan grande, y somos a veces tan rebeldes, que necesitamos que Dios
nos dé esa pócima de amor para que sintamos ese amor por Él y, reconociendo
nuestra pobreza y nuestra pequeñez, le amemos a Él y nos entreguemos
totalmente a Él.
Así pues, no podrán robarnos estos dones espirituales. ¿Por qué? Porque
nosotros tenemos esta pócima de amor que nos hace buscar a Dios. Y nos hace
buscar a Dios olvidando el mal del pasado y olvidando nuestros pecados del
pasado, para lanzarnos hacia el futuro y lanzarnos hacia Dios.
En el comentario al Salmo 22 San Agustín también vuelve a hacer alusión,
una vez más, a otra pócima. Se trata de una bebida que nos hace olvidar el
pasado, el mundo, nuestras pasiones anteriores, para solamente recordar a Dios.
San Agustín, hablará de este vaso, este poculum obliuionis (es decir, este vaso de
olvido), donde nosotros, bebiendo de la gracia de Dios, olvidamos el mundo,
223
s. 169, 18.
224
en. Ps. 58, 2, 5.
225
en. Ps. 138, 31.
89
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
olvidamos estas atracciones del mundo, de la concupiscencia, para tener
solamente presente a Dios:
Y tu bebida que embriaga, ¡qué excelente es!; y tu copa que hace olvidar los
deleites y vanidades primeras, ¡qué excelente es!226
Necesitamos, pues, reconocer la pobreza, la pequeñez, pues ese ladrón que
es Satanás, sigue colocándonos tentaciones para robarnos los dones de Dios,
para que no hagamos oración. Para que tal vez nos quedemos en la tibieza, en la
mediocridad, en la distracción, en la fantasía, y esto nos impida hacer oración.
Por lo tanto, pues, nadie puede robarnos este ejercicio espiritual si nosotros no lo
queremos.
Y sigue diciendo San Agustín:
“Dios reclama de ti la alabanza, Dios exige tu confesión. Le has de dar algo
de tu campo: Él hizo llover para que lo tuvieses. Le has de dar algo de tu arca: Él
creó lo que habías de dar. ¿Qué le has de dar que no hayas recibido de Él? ¿Qué
tienes que no hayas recibido?”227.
Dios, por lo tanto, nos pide lo que Él mismo nos ha dado: la alabanza –dirá
San Agustín- y la confesión. Es preciso recordar que la confesión tiene un triple
sentido agustiniano, un sentido que aparece también dentro de las Confesiones.
Un sentido, en primer lugar, de profesión de fe (professio fidei). Es decir, Dios nos
pide que nosotros en nuestra oración hagamos una profesión de fe. ¿Y qué
significa esta profesión de fe? Saber que Dios existe, que es omnipotente, que
Dios es remunerador, que Dios escucha y acoge la oración cada vez que nosotros
nos presentamos ante Él. Por lo tanto, pues, hacer oración es hacer una
confessio; es decir, profesamos nuestra fe, en un Dios que escucha, un Dios que
es Padre, un Dios misericordioso, un Dios que nos conoce y que nos llama a la
Vida Eterna.
Un segundo sentido de la confessio sería la confessio peccatis; es decir, la
confesión de los pecados. Yo necesito, en el momento de hacer oración, reconocer
mi limitación. Soy pecador, necesito de la oración. ¿Por qué? Porque el pecado
sigue ejerciendo en mí una cierta fascinación, me sigue atrayendo, y la oración
hace crecer en mí la fuerza de la gracia, para que vayan perdiendo fuerza en mí
estas atracciones de la concupiscencia y del pecado. Por eso, pues, nuestra
226
en. Ps. 22, 5.
227
en. Ps. 55, 19.
90
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
oración –dice San Agustín- también es una confessio, una confesión que Dios ha
puesto en mí. Él me inspira este sentimiento de culpa y de pecado, que me hacen
presentarme ante Dios como lo que yo soy: un ser humano pecador.
No como aquellos a los que San Agustín les echará en cara su soberbia,
aquellos que creían que podían vivir sin pecado, independientemente de la gracia
de Dios. Aquellos contra los que tendrá que luchar San Agustín, que negaban
también el pecado original y que creían que el hombre nacía en una condición
absolutamente pura, sin ninguna inclinación hacia el mal, y que por lo tanto
podían mantenerse a lo largo de toda su vida, con un ejercicio de la voluntad, sin
pecado. San Agustín dirá que nadie puede, sin la fuerza y el auxilio de la gracia
de Dios, mantenerse sin pecado a lo largo de toda su vida. ¿Por qué? Porque la
gracia de Dios es aquello que nos sostiene, es aquello que nos ayuda en nuestra
lucha. Por lo tanto, este es el segundo sentido de la palabra confessio: la
confesión del pecado.
Y finalmente el tercer sentido, es la confessio laudis; es decir, la confesión
de alabanza228. Alabo al Señor por los beneficios que voy recibiendo de Él. Y el
alabar será un oficio de enamorados: Quiero alabar a Dios porque reconozco que
Él ha derramado su amor en mí. Y esa misma alabanza que brota del amor, brota
también de un corazón enamorado, como un fruto de la oración.
Puedo, por lo tanto, alabar a Dios porque recibo esa gracia. San Agustín
nos recordará que lo que le damos a Dios, la alabanza, la “confesión” en todo este
sentido pleno que tiene la palabra, no es algo nuestro, pues es un fruto de la
gracia de Dios que, actuando en nosotros, ha despertado esa capacidad para que
pudiéramos dirigirnos a Dios, para que pudiéramos alabar al Señor. Y dirá San
Agustín:
“Dios reclama de ti la alabanza, Dios exige tu confesión. Le has de dar algo
de tu campo: Él hizo llover para que lo tuvieses. Le has de dar algo de tu arca: Él
creó lo que habías de dar. ¿Qué le has de dar que no hayas recibido de Él? ¿Qué
tienes que no hayas recibido?”229.
San Agustín cita el texto de la Primera Carta a los Corintios, capítulo 4,
donde nos dice San Pablo: “¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has
recibido, ¿por qué te glorías de ello?” (1 Cor 4, 7). Al final de su vida san Agustín
228
Cf. s. 68, 2.
229
en. Ps. 55, 19.
91
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
citará no sólo esta frase paulina, sino también sin duda una paráfrasis a la
misma, del obispo de Cartago san Cipriano, tan leído por san Agustín. De este
modo la frase de san Cipriano es “En ninguna cosa debemos gloriarnos, porque
ninguna cisa es nuestra”230. Hacer oración es este reconocimiento: todo lo que
tengo lo he recibido de Dios. Mi oración es un acto de piedad, en el sentido más
latino de la palabra “piedad”, que significa un reconocimiento de la grandeza de
Dios y un acto de veneración a esa grandeza de Dios. Donde yo devuelvo, simple y
sencillamente, impregnado de alabanza y de agradecimiento, lo que he recibido
de parte de Dios. No tengo nada por mí mismo –fuera de mis propios pecados-, y
devuelvo a Dios con agradecimiento y le presento a Él lo que Él mismo me ha
dado:
“A él le debemos lo que somos, que vivimos, que podemos entender, que
somos hombres, que vivimos bien, que entendemos correctamente, no tenemos
nada nuestro, fuera de nuestros pecados” 231.
Bien, es preciso considerar si hacemos de nuestra vida una alabanza y una
acción de gracias en reconocimiento de todo lo que hemos recibido de Dios, como
una forma de manifestar que nosotros no tenemos nada, que el Señor ha sido
muy generoso con nosotros, que ha derramado abundantemente sus gracias y
sus beneficios, y que lo que espera de nosotros es esto: la alabanza y la confesión.
La confesión en este sentido amplísimo, donde el ser humano tiene que verse a sí
mismo como es, pero donde necesita agradecer.
San Agustín dirá en la Carta 41, dirigida a su amigo el obispo Aurelio de
Cartago:
“¡Gracias a Dios! Pues, ¿qué cosa mejor podemos saborear en el alma, llevar
en la boca y expresar con el cálamo, que ‘gracias a Dios’? Nada puede decirse con
mayor brevedad, ni oírse con mayor complacencia, ni entenderse con mayor
sublimidad, ni realizarse con mayor provecho”232.
Bien pues ojalá que nosotros, reconociendo los dones de Dios y la pequeñez
que tenemos, podamos agradecer siempre al Señor Sus beneficios y lo que Él ha
derramado en nuestras vidas.
230
praed. 7. 8; perseu. 36. 43, et. al.
231
s. 176, 6.
232
ep. 41, 1.
92
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Orar para dar gracias
La oración es un don de Dios que necesitamos pedir desde la humildad. Por
eso san Agustín dice que necesitamos ofrecerle a Dios lo que Él mismo nos ha
dado. Cada vez que hacemos oración, no sacamos de lo nuestro, porque el ser
humano no tiene por sí mismo nada. Todo lo que el ser humano posee es un don
de Dios y, cuando hace oración, dentro de esta dinámica de la gracia de Dios,
solamente le ofrece a Dios lo que el mismo Dios le ha dado. Cuando el ser
humano alaba a Dios, lo único que hace es devolverle lo que el mismo Dios le
había dado.
Hay una invitación de San Agustín a vivir desde la generosidad nuestra
propia espiritualidad. Si hemos recibido a manos llenas de parte de Dios,
necesitamos devolverle también con abundancia al Señor. Y ser agradecidos con
él:
“A Dios, hermanos, a Dios hay que dar las gracias. Temed a Dios para que
no decaigáis. Amadle para que progreséis”233.
Agradecer a Dios, porque Él ha derramado en nuestros corazones muchas
bendiciones y dones, y agradecer a Dios porque todo es un don de parte suya. La
oración, por lo tanto, es un don de Dios. Y desde esta perspectiva de la humildad,
la oración debería ser una respuesta de agradecimiento y de amor a este Dios que
ha sido tan generoso con los seres humanos, al Dios que nos concede tantísimos
dones que nosotros debemos devolver convertidos en esa alabanza en “confesión”,
en el sentido amplio que puede tener esta palabra en el lenguaje agustiniano.
Ciertamente la gratitud no es un elemento muy común dentro del género
humano. El mismo Evangelio pone de manifiesto esto. Después de que Jesús
cura a aquellos diez leprosos, solamente uno de ellos vuelve para agradecer (Lc
17, 12 – 19). Generalmente los seres humanos damos por sentado y damos por
hecho que nos merecemos todo, y no solemos detenernos a agradecer.
Considerar la oración como un don de Dios, implica este elemento de
agradecimiento. Es preciso dar gracias al Señor porque no merecemos los dones
que Él nos ha concedido, porque son dones que superan tal vez nuestra propia
capacidad, por lo que necesitamos ponernos en esta sintonía de la gratitud al
Señor. Dar gracias por todo aquello que hemos recibido, porque nada es nuestro.
233
ep. 144, 2.
93
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“¿Qué tienes que no hayas recibido?” (1 Cor 4, 7). Todo, por lo tanto, es
don; todo es un regalo, todo proviene de Dios, y necesitamos, a través del
agradecimiento y la alabanza, devolverlo a Dios. Con la humildad de saber que no
nos pertenece, que aquello que tenemos entre las manos le pertenece a Dios.
Balance de cuentas: pérdidas y ganancias
Para un cristiano no pueden existir pérdidas: todo son ganancias. Así lo
señala san Pablo “Para mí la vida es Cristo, y la muerte es una ganancia” (Fil 1,
21).
“Para mí la vida es Cristo” (Fil 1, 21). Nosotros queremos orar desde la
humildad para reconocer que nuestra vida proviene de Cristo, y que todo lo que
pueda suceder en nuestra vida y todo aquello que podamos ir perdiendo desde
una perspectiva humana, no son pérdidas, sino que todo es una ganancia. Todo
es una ganancia, porque nos ayuda a caminar en el sendero de Dios, y porque lo
más valioso de nuestra vida es el mismo Cristo: Él es el gran tesoro escondido (Mt
13, 44).
Necesitamos, por lo tanto, orar para descubrir esta realidad y no quedarnos
desde una perspectiva humana, donde lo que vamos dejando a lo largo de los
años, o con los acontecimientos de la vida, se convierten en pérdidas. Es decir, si
de pronto perdemos la salud, lo consideramos una pérdida, siendo que en el
camino del Reino de los Cielos no es una pérdida, porque no hemos perdido lo
más valioso, que es el mismo Cristo.
Todos estos elementos, que humanamente nosotros podemos apuntar
dentro de la sección de pérdidas, debieran llevarnos a distinguir y a diferenciar
que aquello que nadie puede robarnos -salvo que nosotros por nuestra libertad lo
rechacemos-, este tesoro de la fe, de la esperanza, de la caridad, puesta en Jesús:
Regocíjate en la fe; regocíjate en la esperanza, en el amor, en la misericordia,
en la hospitalidad, en la castidad. Todas estas cosas son bienes, son tesoros
interiores, joyas, no de tu arca, sino de tu conciencia234.
Éste es el tesoro más grande del cristiano: la fe que pueda tener en Cristo,
la esperanza en que Él va a cumplir las promesas que ha hecho, la caridad que
nos vincula con Cristo y que nos da la certeza de sabernos amados. Éste es el
elemento que nunca perderemos: todo lo demás, los diferentes dones humanos y
234
s. 28, 1.
94
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
gracias, que hemos recibido de parte de Dios, las podemos ir ganando o
perdiendo. Nuestra vida a veces es un proceso de desasimiento. Dios nos va
quitando una serie de elementos para liberar nuestra propia alma, liberar
nuestro propio espíritu, de tal forma que valoremos lo que realmente es
importante y no nos quedemos en la superficialidad, en los elementos que son
accidentales, que tal vez consideramos muy necesarios, siendo que lo único
indispensable y necesario para nuestras vidas es Dios:
Dios, en efecto, te basta; fuera de él ninguna otra cosa lo es (…) Cuando Dios
lo sea todo en todos, él será para nosotros todo.235
Por eso, la oración debe llevarnos a vivir en un sentido de una última y
radical pobreza, lo que nosotros somos. Todo lo demás no podemos decir que son
pérdidas, porque todo lo hemos recibido de parte de Dios. Y nuestro único tesoro,
donde hemos puesto y debemos poner siempre y colocar mi corazón es Cristo.
Aunque el mundo pueda caerse y perder absolutamente todo, no habrá una ruina
total si yo he puesto mi corazón en Aquel que no pasa nunca, que es Jesús. Dice
san Agustín: “Mira lo que debes amar si ansías permanecer eternamente”236.
Abrazando fuertemente la cruz de Cristo
San Agustín vive en una época y en un mundo que se derrumbaba, una
civilización que se estaba llegando a su ocaso. San Agustín muere en una ciudad
que está rodeada por los enemigos del Imperio Romano, una situación de guerra,
donde el mítico Imperio Romano se iba desmoronando. En una situación como
ésta, donde van cayendo las instituciones, donde van cayendo los antiguos
valores en los que las personas confiaban, San Agustín nos invita a nosotros a
poner nuestro corazón en los valores que no pueden caer, en aquellos elementos
que no pueden perecer, en aquella persona que nunca puede pasar ni morir, que
es Dios.
A San Agustín, por lo tanto, las circunstancias de su vida, las
circunstancias externas, le llevaron a esta reflexión. Nosotros, en nuestra vida
espiritual, tal vez por los diferentes acontecimientos de nuestra vida, debemos
llegar a la misma convicción que San Agustín. Hay muchos elementos de nuestra
vida que van pasando, son elementos transitorios y pasajeros. Pero hay un
235
s. 334, 3.
236
Io. eu. tr. 7, 1.
95
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
elemento en nuestra vida que no pasa, y este elemento es la presencia de Dios en
nuestras propias vidas. Su palabra no pasa. Por ello san Agustín invita a cogerse
fuertemente del madero de la cruz para no ser arrastrado por el río tumultuoso
de los acontecimientos de este mundo:
Lo humano fluye como un río, y como un río fluyen también los días malos.
Sujétate al madero para no ser arrastrado... ¿A qué me cojo? La palabra del Señor
permanece para siempre237.
Y el ir experimentando en nuestras vidas pérdidas -pérdidas desde la
perspectiva meramente humana-, nos debe llevar, no a la desazón ni a la tristeza,
ni a la depresión ni a la pérdida de la esperanza y de la alegría de vivir, sino
deben llevarnos a cimentarnos más fuertemente en aquello que es el motivo único
de nuestra vida, que es Dios. Dios en muchas ocasiones nos somete a estos
procesos de purificación, donde nos va quitando, vamos perdiendo, elementos,
que para nosotros eran humanamente muy importantes, como puede ser la
salud, la vida de nuestros seres queridos, nuestras propias capacidades. Vamos
perdiendo estos elementos, dentro de un proceso que no es una destrucción –
debemos nosotros vivirlo de esta manera-, sino es un proceso de purificación y
un proceso de centrar nuestra vida en aquello que auténticamente es valioso y
que no pasa nunca, que es Él:
Los dolores corporales afligen miserablemente a las almas malas, en tanto
que purifican reciamente a las buenas238
Orar en tiempos de poda
Por eso la alegoría que nos ofrece el evangelio según san Juan en el
capítulo 15, de la vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8), nos recuerda esto: nuestra
vida está sometida en muchas ocasiones a procesos de poda. Lo que sucede con
la vid cuando llega el tiempo de la poda: hay que cortarle ramas y hojas, cosa que
resulta, si lo vemos desde una perspectiva objetiva, un proceso sumamente
doloroso, porque es perder parte de la vitalidad. Pero nosotros sabemos, porque
nos lo dice la experiencia de todos los días, que si no se podaran las parras o los
árboles frutales, estos mismos se volverían estériles. Conservarían sus ramas y
hojas, pero ya no darían fruto.
237
s. 25, 6.
238
agon. 7.
96
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
En nuestra vida pasa exactamente lo mismo: vamos perdiendo elementos, y
Dios va permitiendo, o en ocasiones nos va quitando estos elementos, no para
destruirnos, sino para que nosotros podamos dar un mayor fruto. Por eso dice
Jesús en esta alegoría de la vid y los sarmientos: “todo sarmiento que da fruto, lo
limpia, para que dé más fruto” (Jn 15, 2). Y los poda no para frustrarlos, no para
abocarlos a un fracaso, no para que se queden dolidos por aquello que han
perdido, sino que son podados –dirá la alegoría de la vid y los sarmientos- para
que den más fruto (Jn 15, 2).
Nosotros necesitamos hacer oración para llegar a esta convicción, ante las
realidades humanas de nuestra vida que se van desmoronando, con el dolor que
puedan causarnos desde la perspectiva humana. Ser cristianos y vivir una
espiritualidad viva no nos exime de los elementos humanos, del dolor, del
sufrimiento. Pero después de ello no podemos quedarnos sólo en este elemento
humano de dolor, y seguir echando la mirada hacia atrás, por lo que hemos
perdido, necesitamos dar el paso hacia lo divino, hacia lo profundo de nosotros
mismos, para que estos elementos adquieran el sentido que tienen desde Dios:
Nadie mire atrás, nadie se deleite en sus primeras obras, nadie se aparte de
lo que está adelante y mire a lo de atrás; corra hasta que llegue, pero tenga en
cuenta que no corremos con los pies, sino con el deseo 239
.
Por eso la oración nos ayuda a ver que hay elementos en nuestra vida que
van y vienen; elementos transitorios, donde no podemos poner el corazón. Dirá
San Agustín que, si el corazón lo ponemos en la tierra, el corazón se corrompe, se
pudre: “ ‘Levantemos el corazón’. No lo tengáis en el suelo; el corazón se pudre al
contacto con la tierra”240.
Nuestro corazón necesitamos colocarlo solamente en Dios. Por eso este
proceso de pérdidas que experimentamos y que vivimos en nuestra vida de todos
los días debe llevarnos a cimentar nuestra vida en los valores que no pasan.
Cuando un creyente vive este proceso de purificación en el que Dios puede llegar
a colocarnos y no lo sabe vivir desde la perspectiva espiritual de la oración, es
una persona que pierde la ilusión por la vida. ¿Por qué? Porque ha perdido lo que
él consideraba como lo más valioso: tal vez su salud, los dones materiales o
humanos que el Señor le había concedido y que la misma vida o que el mismo
239
en. Ps. 83, 4.
240
s. 229A, 3
97
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios le va reclamando, le va pidiendo. No eran suyos, ha tenido que devolverlos a
Dios, pero si no lo vemos desde la oración, podemos caer en estas situaciones de
esterilidad, de tristeza, y no darle a Dios el fruto que espera de cada uno de
nosotros. Por eso dirá San Agustín, podrán robárnoslo todo, pero no podrán
robarnos las virtudes teologales, que es la manifestación de la riqueza de la vida
de Dios en nosotros. Esto no nos lo podrá robar nadie; al menos que nosotros
decidamos dejarlas llevados por las circunstancias adversas. Por eso dice San
Agustín:
Él te dio la fe, la esperanza y la caridad. Esto le has de ofrecer, esto le has
de sacrificar. El enemigo te podrá quitar contra tu voluntad todas las cosas
terrenas, pero éstas espirituales no te las podrá robar si tú no lo quieres. Aquellas
las pierde el que no quiere perderlas. Así, el que quiere oro, casa, pierde el oro y la
casa; nadie pierde la fe a no ser que la desprecie 241
.
Queremos hacer oración para no perder estos elementos, y para llegar a la
convicción de que nosotros por nosotros mismos no tenemos nada, ésta es la
humildad. Y a tener también la certeza de que nadie podrá robarnos estos
elementos que dan sentido profundo a nuestra vida.
Todos estos elementos humanos y materiales podemos perderlos, pero si no
queremos perder los elementos espirituales tenemos que, con nuestra oración,
reforzar nuestra propia voluntad y pedir al Señor que nos mantengamos firmes
en estos elementos. Por ello, pues, la oración brota desde la humildad. Saber que
no perdemos, porque esto no era nuestro, sino solamente devolvemos a Dios lo
que Él ya nos había dado; pero que necesitamos mantener y centrar nuestra vida
en lo que es lo esencial, que es Cristo. Cristo y estas virtudes teologales que nos
facilitan nuestra vida con Él. La fe que, nos ayuda a orientarnos hacia Dios, a
creer en Él. La esperanza, que nos da la confianza de saber que Dios va a cumplir
sus promesas. La caridad, que nos ayuda a sabernos en el ámbito del amor, de la
aceptación de Dios hacia cada uno de nosotros. Por ello, pues, la humildad debe
llevarnos a reconocer que no tenemos nada, y que el gran tesoro de nuestras
vidas es Dios. Podemos perderlo todo, pero este gran tesoro que es Dios debemos
mantenerlo siempre en nuestra vida, porque es lo que da el sentido profundo a
nuestras vidas.
241
en. Ps. 55, 19.
98
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
La gracia es la escala hacia Dios
Posiblemente queremos orar, pero no nos sentimos capaces de ello porque
nos vemos demasiado pequeños. La oración y la gracia de Dios es como una
escalera que nos ayuda a subir hacia Dios, pero sólo podremos subir por esta
escalera de la oración y de la gracia si somos humildes. Si no somos humildes no
podremos recorrer el camino de Cristo y no podremos subir por esta escala de la
oración, porque nos lo impide nuestra propia soberbia, nuestros pecados, nuestra
propia incapacidad para orar.
Por lo tanto, si queremos hacer oración, si queremos subir por esta escalera
hacia Dios, necesitamos ser humildes. Dirá, pues, San Agustín:
“«¿Qué ayuda presta Dios con esta gracia a quien toma para conducirle?
Prosigue y dice: Las subidas en su corazón. Le establece grados o peldaños por los
cuales suba. ¿En dónde? En el corazón. Cuanto más ames, tanto más asciendes.
Dispuso, dice, subidas en tu corazón. ¿Quién? Aquel que le tomó. Bienaventurado,
pues, el varón que recibe de ti, ¡oh Señor!, la protección. Como no puede por sí, es
necesario que le tome tu gracia. ¿En dónde establece esas subidas? En el corazón,
en el valle del llanto. Allí tenéis el lagar: el valle del llanto. Las piadosas lágrimas
de los afligidos son el mosto de los amantes…»242.
Se trata, pues de un comentario de San Agustín a los salmos, que se
llaman “de las subidas”, o los salmos graduales; salmos que antiguamente los
judíos cantaban cuando se acercaban a Jerusalén. Se llaman “de las subidas”,
porque en el último tramo de la peregrinación que los judíos hacían hacia
Jerusalén, subieran por la parte por donde subieran, tenían que ir remontando
una cumbre, ya que Jerusalén se encuentra encima de una montaña.
San Agustín tomará estos salmos –salmos de las subidas o salmos
graduales- como símbolo del ser humano que camina como un peregrino por esta
tierra hacia la Ciudad de Dios, y que en ese último tramo de su vida, necesita la
gracia de Dios de una forma muy especial. Es verdad que necesita la gracia a lo
largo de todo el camino, pero en ese último tramo de su vida necesita la gracia de
Dios de una forma muy especial para subir por esas escaleras, por esas gradas
del amor, amando a Dios, y recordando que la gracia de Dios capacita al hombre
para poder realizar la última etapa de su peregrinación, que tal vez sea la etapa
más dura, o más difícil.
242
en. Ps. 83, 10.
99
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Necesitamos la humildad para reconocer que nosotros por nosotros mismos
no podemos subir hacia el encuentro con Dios, no podemos subir a la Jerusalén
del Cielo, que sin gracia no podemos orar:
Pues si no podemos sin El hacer nada, nada podemos ni comenzar ni llevar a
cabo; porque, si es comenzar, se ha dicho: "Su misericordia me prevendrá"; y si es
llevar a cabo, se ha dicho: "Su misericordia me seguirá" 243
La gracia que se presenta como una escalera que nos permite subir hacia
Dios. Una escalera que Dios nos pone en muchas ocasiones, pero que en otras,
ya que la oración es un don, tendremos que quedarnos pidiendo esa escalera de
Dios y esperar a que el Señor quiera colocarla en su bondad y en su benignidad,
para que podamos subir por ella. Por eso, pues, la oración requiere estos dos
elementos que hemos comentando: la humildad y la gracia. Dios tiene que
concedernos el don, para que podamos ascender y subir hacia el encuentro con
Él.
La autoestima como amor al prójimo
Nos dirá San Agustín que los grados o los peldaños de esta escalera de la
oración son los del amor. Y San Agustín nos colocará los diferentes grados del
amor, a través de los cuales nosotros vamos subiendo hacia Dios. Y por supuesto
el primer grado del amor, muy vinculado con el amor a Dios, sería el del amor al
prójimo, y el prójimo más próximo seríamos nosotros mismos. Ir subiendo por
estos grados del amor implicaría, en primer lugar, la autoaceptación y la
autoestima. Al ponernos a hacer oración, necesitamos comenzar por ese primer
grado básico del amor. Una persona que no se ame a sí misma, no puede amar ni
al prójimo ni a Dios. Por lo tanto, este primer escalón, que es un escalón previo,
necesitamos recorrerlo con el amor a nosotros mismos; un amor, por supuesto,
ordenado.
Queremos amar a Dios, que es lo central en nuestras vidas, y hacer
oración es un ejercicio de amor. Pero antes de comenzar en este ejercicio de amor
a Dios necesitamos subir un escalón previo. Y el primer escalón sería, por lo
tanto, el amor a nosotros mismos.
Un segundo escalón -que sería un escalón que vendría después también
como una consecuencia, pero es un elemento previo también para acercarnos a
243
[Link]. pel. 2, 9, 21.
100
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios- es el amor al prójimo. No podemos presentarnos ante Dios si tenemos
elementos pendientes con nuestros hermanos. Para San Agustín es muy
importante la vinculación entre estos dos elementos. Es verdad que el evangelio
insiste en ello, y por su parte San Agustín es sumamente cuidadoso en este
punto. La espiritualidad la vivimos en comunidad. Necesitamos reconocer que el
“escalón” del hermano nos ayuda a llegar a Dios; el amor al prójimo y la ayuda de
nuestros hermanos nos impulsan al encuentro con Dios.
Por eso en la oración tendríamos este segundo escalón del amor al prójimo:
no podemos decir que amamos a Dios, a quien no vemos, si no amamos a
nuestros hermanos, a quienes vemos. Vivir nuestra oración desde la humildad
implicaría esto: queremos encontrarnos con Cristo, pero queremos encontrarnos
primero con Cristo presente en cada uno de nuestros hermanos, y queremos
hacer oración para ser capaces de percibir esa presencia de Jesús en todos,
especialmente en aquellas personas con las que compartimos nuestras vidas:
¿En qué debemos ejercitarnos? En el amor fraterno. Puedes decirme: no veo
a Dios; pero ¿puedes decirme: ¿no veo al hombre? Ama al hermano. Si amas al
hermano, que ves, al mismo tiempo verás a Dios, porque verás la misma caridad, y
Dios mora dentro244.
Ha dicho San Agustín que los escalones de esta escala de la oración son los
del amor, y necesitamos recorrerlos sin saltarlos. No podemos dar el salto del
amor a Dios si antes no hemos pasado por esos otros dos escalones del amor a
nosotros mismos y del amor a nuestro prójimo.
Es verdad que cuando vamos viviendo la oración vamos recorriendo con
mayor facilidad estos dos primeros escalones, pero no podemos saltarlos. Es
preciso ir subiendo poco a poco por estos escalones con la fuerza de la gracia.
San Agustín nos dirá que el ser humano por sí mismo no tiene la capacidad para
llegar al encuentro con Dios si no lo toca la gracia. La imagen que nos ofrece San
Agustín es la del alma como un ave que tiene dos alas. Y dirá San Agustín: para
poder llevarnos hacia Dios necesitamos las dos alas del amor: el amor a Dios y el
amor al prójimo:
244
ep. Io. tr. 5, 7.
101
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Los que gimen en esta vida y anhelan aquella patria, corran con amor, no
con los pies corporales; no busquen naves, sino alas; tomen las dos alas de la
caridad. ¿Cuáles son estas dos alas? El amor de Dios y del prójimo 245.
Dentro del amor a Dios, vamos recorriendo escalones que cada vez nos
llevan más alto. Dios nos va revelando diferentes misterios de su vida, y nosotros
en la oración vamos profundizando en este amor de Dios. Un amor de Dios que
nos va inflamando, y que a la vez, para San Agustín, el ir subiendo cada vez más
en esta escalera de amor debe significar para el creyente no un desentenderse de
sus hermanos, sino al contrario. Para San Agustín subir en esta escalera del
amor, de la oración, es poder volver a bajar, para comunicar a nuestros
hermanos lo que vamos descubriendo de Dios:
Cuando aprendas a amarte a ti mismo amando a Dios, arrastra al prójimo
hacia Dios para que juntos disfrutéis del bien, gran bien, que es Dios 246.
El encuentro con Dios en la oración no debe convertirnos en unos extraños
para nuestros hermanos. El encuentro con Dios será siempre el primer paso para
el encuentro con el hermano, y a la vez el encuentro con el hermano deberá
remitirme siempre hacia Dios. Es preciso recordar que san Agustín quería vivir en
comunidad para que los hermanos fueran capaces de ayudarse unos a otros en
esta subida de la escalera de Dios, la escalera de la caridad, a través de lo que
cada uno fuera descubriendo del Misterio de Dios. La comunidad religiosa para
san Agustín, en este sentido, se convierte en una escuela de amor, donde unos
aprenden de los otros, y no donde los unos están muy atentos de los defectos de
los otros. La comunidad como una gran escuela de espiritualidad, donde unos a
otros se enriquecen con lo que van descubriendo del Misterio de Dios, y donde
unos y otros van recorriendo esta escalera ascensional de la oración y del amor
de Dios, no en solitario, sino en comunidad.
Elevar y purificar los amores
El Papa Benedicto XVI, comentando estos elementos agustinianos, en su
encíclica Deus Caritas est (Dios es Amor) nos recordará los tres escalones básicos
de esta escala del amor. Y el primer escalón básico lo presentará el Papa,
245
en. Ps. 149, 5.
246
s. 301A, 6.
102
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
siguiendo el esquema clásico del amor, como el amor de philia, es decir, el amor
que nosotros tenemos a aquellos que son similares a nosotros mismos. Este es el
primer escalón básico del amor: el amor, por lo tanto, a nuestras familias, a las
personas cercanas a nosotros. Vivir la oración e ir subiendo por esta escala del
amor no significa que dejamos de ser humanos y que perdemos los elementos
propios del amor de philia, es decir, de este amor con sus matices o con sus
connotaciones mucho más humanas. Simple y sencillamente quiere decir que
purificamos -es decir, que nos liberamos del lastre humano que puede tener ese
amor de philia-, y elevamos, es decir, dirigimos hacia Dios este amor de philia, y
aprendemos a amar por Dios y en Dios a todos aquellos que pertenecen a nuestra
familia o grupo social más cercano.
Un segundo escalón –y así aparece en el esquema clásico grecorromano-, es
el amor de eros. El eros, que significa un amor interesado, donde nosotros en esa
ascensión dentro de la oración, en la escala del amor, pasamos por este escalón,
pero no nos quedamos en él, porque no es un amor interesado el que queremos
vivir con Dios.
El tercer escalón del amor es el amor de agápe, el amor de benevolencia,
que es un amor que encuentra su recompensa en el mismo amor y en el mismo
hecho de amar. Queremos amar porque amamos, y, como dirá San Agustín
dentro de las Confesiones: “Por tu Amor hago lo que hago”247. La recompensa de
hacer lo que hacemos es el mismo amor, y no es una recompensa humana o una
compensación de un tipo material, sino es el mismo amor de Dios:
Esto es amar a Dios gratuitamente, esperar a Dios de manos de Dios,
apresurarse a ser llenados de Dios y saciarse de él 248
.
Hacer oración, por lo tanto, es no quedarse en los elementos materiales que
pueden acompañar al amor y a la oración, sino poderlos superar. Ésta es una
escalera infinita, pues Dios es una realidad infinita y misteriosa. Si podemos
comenzar a subir por ella, no es porque tengamos los pies muy fuertes, sino
porque la gracia de Dios nos ha capacitado para ello.
Es preciso purificar nuestros amores, pues “no nos hacen buenos ni malos
las costumbres, sino los amores”249. Los buenos amores nos hacen buenos.
247
conf. 2, 1; conf. 11, 1
248
s. 334, 3.
249
s. 313A, 2.
103
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
104
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
SEXTA PALABRA: ESPÍRITU SANTO
El Espíritu Santo clama en nosotros
Dios ha infundido el don del Espíritu Santo en nuestros corazones desde el
día de nuestro bautismo, para que podamos tener las palabras para dirigirnos a
Dios (Rm 8, 26). Si la oración es un don, un regalo de parte de Dios, que exige del
ser humano la humildad, tenemos la fuerza del Espíritu Santo para que podamos
levantar nuestro corazón hacia Dios.
De hecho para San Agustín la oración es un ejercicio de alzar y levantar el
corazón hacia Dios, ascender de las cosas de la tierra hacia las cosas del cielo,
para tener un encuentro de salvación con Dios:
"¡Arriba los corazones!". Levantemos el corazón hacia arriba para que no se
corrompa en la tierra, puesto que nos agrada lo que allí hacen los ángeles. 250
Y quien nos da las palabras y nos enciende para que podamos
auténticamente relacionarnos con Dios y abrirnos a Él, es el Espíritu Santo. El
don del Espíritu Santo infundido en nuestros corazones (Rm 5, 5), es el que nos
permite tener palabras para hablar a Dios. En ello San Agustín señala, entre
otras cosas, la incapacidad del ser humano para acercarse a Dios; hay una
distancia infinita entre el hombre y Dios. Y si Dios no le concede la gracia al
hombre para acercarse a Él, para hablar con Él, el hombre no podría hablar con
Él:
“La misma caridad gime, la misma caridad ora; contra ella no sabe hacerse
el sordo aquel que te la dio. Estate seguro, ruegue la caridad y allí estarán atentos
los oídos de Dios”251 (Io. ep. tr. 6, 8)
Por eso, el Espíritu Santo, con su fuerza, con su luz, es quien nos llena,
nos penetra con su amor para que podamos acercarnos a Dios. La oración por
eso será para San Agustín una obra del Espíritu Santo en el creyente.
Necesitamos ponernos al viento del Espíritu cada vez que comenzamos a hacer
oración (Jn 3, 8), sabiendo que este Espíritu, que es el Vivificador, el Amor de
250
en. Ps. 148, 5.
251
ep. Io. tr. 6, 8.
105
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios manifestado y presente en nuestros corazones, debe encendernos y
elevarnos.
Encendiéndonos en el amor
Hay principalmente tres efectos del Espíritu Santo en el corazón del
creyente al momento de orar, según san Agustín:
¿Cómo ha podido este amor divino ser derramado en el corazón del hombre?
Tenemos, dijo el Apóstol, el tesoro en vasos de barro (2 Cor 4, 7). Luego para que tú
ames a Dios es necesario que more Dios en ti, que su amor te venga de él y se
vuelva de ti a él; o sea, que recibas su moción, ponga en ti su fuego, te ilumine y
levante a su amor»252.
En primer lugar, el efecto de encender. Necesitamos que el fuego del
Espíritu Santo nos encienda en el amor de Dios. Para poder entender estas
palabras de San Agustín hace falta que nos pongamos en la dimensión del amor.
Si somos un corazón que ama, entenderá 253 precisamente que necesitamos el
fuego del Espíritu para poder acercarnos a Dios y responderle con nuestra vida.
Hacer oración es precisamente esto: encendernos y renovar el fuego del amor de
Dios en nosotros. El Espíritu Santo, a través de la oración, crea en nosotros este
efecto, el efecto que define la vida de San Agustín, y que debe definir la vida de
todo creyente: encendernos en el amor de Dios.
San Agustín se da cuenta de que el ser humano no puede permanecer
vacío. Necesita aferrarse a un amor. Y los buenos amores, hacen mejor al
hombre, y los malos amores hunden al hombre en un abismo que le aleja de
Dios254. Por eso el hombre no puede quedarse vacío, sin tener algo que amar. El
Espíritu Santo nos enciende en el amor de Dios para que amemos a Dios por
encima del mundo, y que sea este amor de Dios el que nos purifique, nos
santifique, nos lleve a la plenitud de nuestra vida.
El final de la vida cristiana es la transformación del creyente en otro Cristo.
Esto se logra solamente a través del Espíritu Santo, en la vivencia cotidiana de la
oración. Por lo tanto, pues, el Espíritu Santo nos enciende en el amor de Dios
252
s. 128, 4.
253
Cf. Io. eu. tr., 26, 4-6.
254
s. 313A, 2.
106
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
para elevarnos, purificarnos y llevar a término ese fin para el que hemos sido
creados, que es el encuentro con Dios:
Luego para que tú ames a Dios es necesario que more Dios en ti, que su amor
te venga de él y se vuelva de ti a él; o sea, que recibas su moción, ponga en ti su
fuego, te ilumine y levante a su amor»255
Si no nos llenamos del amor de Dios, que es lo que nosotros buscamos
hacer cada vez que oramos, nos llenaremos del amor del mundo. Y este amor del
mundo nos irá desfigurando o irá desfigurando en nosotros la imagen de Cristo,
nos irá alejando de Dios. Irá haciendo que nos vayamos enfriando en el camino
de Dios, y nos alejará del Señor:
La moneda de Cristo es el hombre. En él está la imagen de Cristo, en él el
nombre de Cristo, la función de Cristo y los deberes de Cristo 256
.
Por eso, pues, San Agustín nos invita a que reconozcamos la acción del
Espíritu. Cada vez que hacemos oración nos ponemos al fuego del Espíritu para
que sea este mismo Espíritu el que nos encienda, para “Que el fuego de la caridad
inflame nuestro espíritu”257. Un encender que tiene una doble consecuencia. Por
una parte, el poner en ello toda nuestra vida. Cuando se enciende un fuego es
preciso poner algo que lo alimente, algún combustible. El combustible es nuestra
propia vida, nuestra propia voluntad y libertad, que tiene que ser preparada por
la gracia258, por el Espíritu, para asentir a sus mociones, para poder realmente
cumplir lo que Dios espera de cada uno de nosotros. Por ello, para poder
encendernos en el amor de Dios, necesitamos empeñar nuestra vida y ponerla en
las manos del Señor.
Ser iluminados e iluminar
La segunda consecuencia sería que el Espíritu Santo nos ilumina y nos
hace iluminar a los demás, en el doble aspecto que puede tener esta iluminación.
Nos ilumina para poder percibir los acontecimientos de nuestra vida como Dios
los ve. Podemos tener una claridad de visión porque estamos iluminados por el
Espíritu Santo, pero a la vez nos hace también irradiar e iluminar con esta
misma luz de Dios el entorno en el que nos encontramos.
255
s. 128, 4.
256
s. 90, 10.
257
s. 234, 3.
258
pecc. mer. 2, 30.
107
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
La oración, no es solamente para mí. La oración tiene siempre una
dimensión comunitaria: recibo el don de Dios para poderlo comunicar y
compartir con mis hermanos. Vivir la oración auténticamente tendría que tener
las mismas consecuencias que tenía para Moisés el hablar con Dios, según el
relato del Antiguo Testamento: después de hablar con Dios, su rostro quedaba
resplandeciente (Ex 34, 29). De tal forma, que él cuando volvía al pueblo de Dios
tenía que colocarse un velo delante del rostro, para no causar temor a los
israelitas que veían su rostro resplandeciente (2 Cor 3, 13).
Hacer oración, llenarnos del Espíritu de Dios, es iluminar nuestra vida, de
tal forma que no podemos ocultar la obra que Dios está realizando en nosotros.
Tendríamos que preguntarnos cada uno de nosotros si el Espíritu que ora en
nosotros y por nosotros va transformando nuestra vida, de tal forma que somos
capaces de iluminar en el entorno donde nos encontramos, de tal forma que se
nota la acción de Dios en nosotros. El efecto de la oración debe notarse en la vida
de cada día, a través de las actitudes, la forma de recibir los acontecimientos de
nuestra vida, la manera de relacionarnos con las diferentes personas, la
disponibilidad que podamos tener de cara a nuestros hermanos: “¡Levántate y
anda!. Anda con la conducta, no con los pies. Muchos andan bien con los pies y
mal con la conducta”259.
Vivir por lo tanto la oración desde la iluminación del Espíritu significaría
esto: nuestras vidas adquieren una nueva profundidad por el efecto causado por
la acción del Espíritu en nosotros. San Agustín insistirá en que el auténtico
encuentro con Dios no nos puede dejar igual. El auténtico encuentro con Dios, la
auténtica experiencia de Dios, tiene como sello de garantía el cambio de la
persona que se ha encontrado con Dios. Y si decimos que nuestra oración es un
encuentro con Dios y tenemos experiencia de Dios cada vez que hacemos oración
–porque la fuerza del Espíritu nos impulsa para que tenga esa experiencia de
Dios-, no podemos seguir siendo los mismos.
San Agustín nos invitaría a hacer la oración con un compromiso de
conversión: vivimos la oración y el vivirla nos compromete a convertirnos. De tal
forma que vamos descubriendo lo que Dios espera de nosotros y pedimos la
fuerza en la oración para poder realizarla en nuestras vidas. El encuentro con
Cristo nos va transfigurando, nos compromete a convertirnos.
259
s. 141, 4.
108
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Los Magos cambian de camino
San Agustín comenta en sus sermones de Navidad, que los Reyes, después
de haber ofrecido sus dones a Cristo, volvieron a su tierra por otro camino (Mt 2,
12). Nosotros sabemos por el relato propio del evangelio los motivos por el que los
reyes cambian de camino. No obstante san Agustín hace una bella interpretación
espiritual de este hecho. Los Magos se encontraron con Jesús, y ese encuentro
con Jesús los llevó a una transformación. De tal forma –y san Agustín jugará con
dos palabras latinas-, que el cambio de “uia” (es decir, el cambio de camino) es el
cambio de “uita” de vida. Ellos vuelven a su tierra por otro camino porque deciden
auténticamente convertirse, y ese cambio de camino, representa el cambio de la
vida:
Esto es lo que significa el que aquellos magos no regresaron por donde
habían venido. El cambio de camino (uia) es el cambio de vida (uita) 260.
Nuestra oración hecha con la fuerza del Espíritu, debe comprometernos a
una conversión, a un cambio en nuestras vidas.
M’illumino d’immenso
El poeta italiano G. Ungaretti, decía en uno de sus poemas con una
asombroso economía de palabras: “M’illumino d’immenso”. Es decir, me lleno de
la iluminación propia de lo inmenso y de lo eterno. Esto sería la oración a la luz
del Espíritu: nos llenamos de la iluminación, del resplandor propio de la
inmensidad de Dios. Así pues, el efecto de la oración movida por el Espíritu sería
también la iluminación.
Un tercer efecto es la elevación por obra del Espíritu Santo que ora en
nosotros; nos mueve para que no nos quedemos aferrados a las cosas de la tierra,
sino que busquemos las cosas del Cielo. San Agustín se da cuenta de que el ser
humano tiene una vocación muy grande, aunque en ocasiones no tenga
consciencia de ello, y se conforme con cosas pequeñas. San Agustín nos invita a
que pensemos en la grandeza de la vocación que hemos recibido: “¡Oh alma!
Ninguna cosa puede bastarte si no es quien te ha creado. Dondequiera pongas la
mano, hallarás miseria”261.
260
s. 202, 4.
261
s. 125, 11.
109
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Hoy se nos invita a vivir sólo para este mundo temporal y terreno, creyendo
que la vocación humana se limita únicamente a una vida temporal que se
termina después de unos años que, como dice la Biblia, “pasan aprisa y vuelan”
(Salmo 90, 10), porque no nos damos cuenta del paso del tiempo.
San Agustín nos invitará a tomar consciencia de la grandeza de la vocación
del cristiano: una vocación a la Vida Eterna. Por eso San Agustín nos recuerda
que uno de los efectos del Espíritu Santo es la elevación. No quedarnos en estos
reduccionismos que cortan nuestra vida, nuestra vocación, que nos intentan
satisfacer con felicidades pequeñas, pues “la única razón del ser cristiano es la
vida eterna”262. El Espíritu Santo eleva nuestra vida y nuestro espíritu para que
nos demos cuenta de la grandeza a la que está llamado el ser humano. Que no
nos conformemos –nos diría San Agustín- con las cosas más pequeñas; que
ensanchemos nuestro corazón para ser capaces de recibir en nuestro corazón el
Misterio infinito de Dios.
El Espíritu Santo, por lo tanto, nos enciende, nos ilumina, nos eleva.
Luego para que tú ames a Dios es necesario que more Dios en ti, que su
amor te venga de él y se vuelva de ti a él; o sea, que recibas su moción, ponga en ti
su fuego, te ilumine y levante a su amor»263
Escuchar la voz de Dios
Y hay un cuarto efecto que no podemos dejar de lado:
“que recibas su moción, ponga en ti su fuego, te ilumine y levante a su
amor»264.
Uno de los efectos del Espíritu Santo -que será también uno de los
elementos constantes en la reflexión agustiniana-, es la moción del Espíritu
Santo. Cuando oramos y dejamos que el Espíritu ore en nosotros al Padre
recibimos esta moción, es decir, estas advertencias y estos consejos de parte del
Espíritu Santo.
San Agustín distinguirá en su obra las mociones externas e internas.
¿Cuáles son las mociones externas? Las mociones externas son aquellos avisos,
262
ciu. 5, 25.
263
s. 128, 4.
264
Idem.
110
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
aquellos mensajes que Dios nos envía a través de los acontecimientos de nuestra
vida.
El proceso de secularización consiste en olvidar que todas las cosas y que
todo el mundo debe hablarnos de Dios, y que todo el mundo es un mensajero de
Dios. Éstas son las moniciones, o las advertencias externas de Dios. Dios habla a
través de estos acontecimientos de nuestra vida, y deben invitar al creyente a
orar y a aceptar estos acontecimientos, y a saber descifrar qué me quiere decir
Dios a través de estas moniciones exteriores que Él me envía todos los días 265. Por
eso es preciso vivir atentos a los acontecimientos de nuestra vida, porque nuestra
vida, nuestra historia, aquello que nos rodea, son un lugar de encuentro con
Dios, donde Dios también se comunica con nosotros.
Pero además de estas admoniciones externas o de estas advertencias
externas, tenemos lo que San Agustín llama las moniciones o advertencias
internas, que son las que directamente nos hace el Espíritu Santo. Es decir, lo
que Dios nos comunica a través de la oración por medio de la voz del Espíritu
Santo.
Sería importante insistir, en nuestra oración de todos los días, en que
necesitamos permanecer en muchas ocasiones en silencio para poder escuchar la
voz de Dios. Hacer oración, por lo tanto, es un diálogo 266, a veces el gran riesgo
que corremos es el de hablar demasiado y de escuchar poco. San Agustín nos
invitaría a que fuéramos capaces de guardar silencio en nuestro interior para
acoger esta monición, para acoger esta advertencia interna, a través de la voz del
Espíritu. Él está orando –como nos dice San Agustín- en nosotros, por nosotros,
con nosotros, y nos comunica un mensaje de parte de Dios.
La cuestión sería ver si nosotros tenemos los oídos del corazón abiertos
para acoger estas moniciones, advertencias y esta voz del Espíritu. San Agustín
se presenta a sí mismo, dentro de las Confesiones, como una persona cuyo
corazón estaba sordo. Es curioso cómo San Agustín le atribuye al corazón todos
los sentidos: porque el corazón puede tocar, puede oír, puede ver. Pero San
Agustín se da cuenta en las Confesiones -antes de su conversión definitiva-, de
que su corazón estaba ciego, y no solamente estaba ciego sino también estaba
265
Cf. conf. 10, 8.
266
“Tú oración es un diálogo con Dios; cuando lees las Escrituras Dios te habla; cuando oras, tú hablas a Dios”. (en.
Ps. 85, 7)
111
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
sordo. Y San Agustín dirá: “Gritaste –le dirá a Dios-, gritaste, clamaste y rompiste
mi sordera, resplandeciste e hiciste huir a mi ceguera”267.
Nosotros necesitaríamos también pedirle esto mismo a Dios. El Espíritu
Santo está clamando en nosotros, comunicándonos el mensaje de Dios, pero
nosotros en ocasiones no lo podemos oír, porque estamos sordos. El nuestro
corazón se ha quedado sordo, tal vez por el ruido del mundo en el que vivimos; tal
vez porque no estamos en nuestro centro, porque no vivimos en un recogimiento
interior, y necesitamos pedirle a Dios que rompa nuestra sordera para poder
escuchar su voz, pues:
“el Evangelio es la boca de Cristo; está sentado en el cielo, pero no cesa de
hablar en la tierra. No seamos, pues, sordos, dado que él clama”268.
Necesitaríamos pedirle a Dios que nos hiciera, como hizo Jesús con ese
sordomudo del Evangelio (Mc 7, 34), que le puso los dedos en los oídos y
pronunció la palabra “Effatá” (que significa “Ábrete”). Tendríamos que pedirle a
Dios que también pronunciara en nosotros esa palabra: Effatá (“Ábrete”). Que se
abran nuestros oídos para que podamos escuchar y acoger la voz de Espíritu
Santo.
El Espíritu Santo, por lo tanto, ora en nosotros cuando nos ponemos en la
sintonía de la oración, porque nos presta su voz para orar a Dios, pero también
tiene el efecto de hablar en nosotros para comunicarnos el mensaje de Dios. Éste
es un elemento constante en San Agustín. Aparece también en las primeras obras
de San Agustín, concretamente en el De Beata uita269, que forma parte de los
Diálogos de Casiciaco, esas obras escritas por San Agustín hacia el año 386-387.
Por lo tanto para san Agustín es muy importante esto: el hombre y la mujer
agustiniana hacen oración no sólo para hablar, sino sobre todo para escuchar.
Escuchar la advertencia, el consejo, la voz de Dios a través del Espíritu. Éste nos
acompaña para que la oración, tenga el doble efecto de prestarnos su voz para
que nosotros podamos dirigirnos al Padre y, como dice San Pablo, podamos
decirle a Dios “Abbá” (es decir, “Padre” Rm 8, 15). En segundo lugar el Espíritu
Santo a la vez es la voz de Dios en nuestro interior. Voz que tenemos que acoger,
escuchar y obedecer.
267
conf. 10, 38.
268
s. 85, 1.
269
beata u. 35.
112
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios se comunica con nosotros. Pero, como digo, a veces en nuestra
oración estamos demasiado ocupados en otras cosas; estamos demasiado sordos
por las preocupaciones, por los ruidos, por las distracciones, y no podemos
acoger la voz de Dios.
Por lo tanto, nuestro ejercicio de oración como una obra del Espíritu en
nosotros tendría fundamentalmente estos dos elementos: Él nos presta la voz,
con lo cual podemos presentar a Dios nuestras peticiones, pero Él dialoga en
nosotros. Con la importancia, pues, de crear al momento de hacer la oración el
momento de silencio, y la importancia en nuestro interior de acoger esta Palabra
de Dios para darle vida. Tal vez son dos elementos que tendríamos que fomentar
un poco más dentro de nuestra oración: el silencio y la acogida.
Mane, tace, quiesce
Se cuenta que en la primera casa que tuvieron los Agustinos Recoletos en
Talavera, existía en el frontispicio del convento, una frase latina que decía lo
siguiente: “Mane, Tace, Quiesce”. ‘Mane’, es decir, ‘permanece’, no salgas,
resumiendo el consejo agustiniano: “No quieras salir fuera, regresa a tu
interior”270. No solamente en el interior de la casa, sino quédate en el interior de ti
mismo, para que en ese interior de ti mismo tengas un encuentro con Dios.
‘Mane’, pues es decir: ‘permanece’, y permanece dentro de ti mismo.
En segundo lugar, ‘Tace’. ‘Tace’ que significa ‘calla’, guarda silencio.
Tendría que ver con guardar silencio interior y exterior para poder acoger la voz
de Dios que habla por medio del Espíritu. El silencio no como una forma de
desprecio al hermano o de olvido de la relación y el compromiso con el hermano,
sino el silencio creador, el silencio fecundo, donde nosotros podemos acoger y
escuchar la voz del Espíritu.
Y el silencio interior significa que en mi interior tengo acalladas las voces de
mi imaginación, de mi fantasía, de mis distracciones, de mis pasiones
desordenadas, para poder escuchar solamente una voz: la voz de Dios. En mi
interior, el que habla y el que me ayuda a orar es el Espíritu, que es la
admonición interior que me orienta hacia Dios.
Vivimos en la cultura del ruido, de la dispersión, del intentar estar fuera de
nosotros mismos, por ello podemos contagiarnos de este ruido, que nos lleva a no
270
uera rel. 72.
113
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
escuchar la voz de Dios y a llenarnos de las voces del mundo, que nos llevan a
perder nuestra propia identidad y nuestra riqueza interior. Por eso, pues, es tan
importante el silencio, donde acogemos, donde escuchamos, donde podemos
auténticamente hacer nuestra esa Palabra de Dios: “Clama a Dios, clama
interiormente, clama donde él oye, porque también pecas allí donde él ve; clama
allí donde él oye”271.
La tercera palabra es ‘Quiesce’, que significa ‘descansa’. Pero claro, no se
trata de un descanso físico –aunque éste es fundamental para poder orar bien-
sino más bien del descanso en Dios; es decir, tiene que ver con el “otium
sanctum”. Nuestra oración debe ser ese refugio donde nosotros nos encontramos
con Dios, haciendo un alto en el camino y silenciando todas las preocupaciones e
inquietudes exteriores para dedicarnos solamente a Dios.
Para San Agustín, son muy importantes los momentos en los cuales
detenemos todo lo que estamos haciendo para dedicarnos sólo a la oración. Es
verdad que debemos hacer de toda nuestra vida una oración continua, pero
deben existir momentos especiales y específicos donde nos dedicamos a la
oración. Momentos, por lo tanto, de quietud; momentos de paz, momentos de ese
descanso en Dios y con Dios.
San Agustín, comentando el salmo 103, al llegar a las palabras “haces del
fuego llameante tu ministro”, dirá: “Todo ministro del Señor ferviente en el espíritu
es fuego ardiente”272. Y podríamos decir parafraseando a san Agustín, todo
creyente ferviente en el Espíritu se convierte en un cristiano que arde en el fuego
de Dios. Nuestra oración debe convertirnos en ese fuego vivo de Dios, que es
capaz de incendiar en el amor de Dios a aquellos que nos rodean, y que es capaz
de comunicar el fuego del amor a los demás.
Una vasija de barro que quiere orar
Es preciso guardar silencio en nuestro corazón para escuchar la voz, los
avisos, los consejos, las orientaciones del Espíritu Santo dentro de nosotros. San
271
s. 161, 7.
272
en. Ps. 103, 6.
114
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Agustín nos invita a escuchar con todo nuestro ser, los avisos de Dios, tanto los
exteriores como los interiores.
La oración es pues, una obra del Espíritu en mí, es un don de Dios que
actúa en mí a través del Espíritu Santo:
«¡Admirable la bondad la de Dios, que nos otorga un don igual a él mismo!;
su don es el Espíritu Santo; y el Padre y el Hijo, y el Espíritu Santo son un Dios
único: la Trinidad. Y ¿qué bien nos trajo el Espíritu Santo? Óyeselo al Apóstol: El
amor de Dios, dice, se ha derramado en nuestros corazones. ¿De dónde, ¡oh
mendigo!, te vino ese amor de Dios derramado en tu corazón? ¿Cómo ha podido
este amor divino ser derramado en el corazón del hombre? Tenemos, dijo el
Apóstol, el tesoro en vasos de barro (2 Cor 4, 7) ” 273
.
San Agustín no sólo comenta el texto de la Carta a los Romanos (Rm 5, 5:
“Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu
que nos ha sido dado”), sino que también San Agustín jugará con un segundo
texto paulino, que confluye en esta cita, que es el texto de la segunda Carta a los
Corintios (2 Cor 4, 7: “llevamos este tesoro en vasijas de barro”), donde nos
recuerda San Agustín la importancia de la humildad. El Espíritu obra, actúa y
está orando en nosotros, aunque seguimos siendo una vasija de barro (2 Cor 4, 7)
que lleva un tesoro de parte de Dios en su interior.
Así pues, el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo. Él es el que nos permite hacer oración, es el fuego de Dios que
nos enciende. Hay dos elementos que es preciso poner de manifiesto: en primer
lugar, San Agustín vuelve sobre la idea del hombre como un mendigo 274, la
pobreza radical del hombre. En segundo lugar, la conciencia que nos invita a
tomar San Agustín de que somos vasijas de barro. Ésta es nuestra realidad y
desde ella es que queremos ponernos en la sintonía de la oración.
San Agustín era un hombre sumamente realista. En muchas ocasiones se
ha acusado a San Agustín, falsamente, de haber sido una persona pesimista, que
veía sólo los aspectos negativos: al hombre sujeto a sus pasiones, tocado por el
pecado, viviendo en el terrible fatum del pecado original. Lo que hace san Agustín
es hablar del hombre real, en el estado en el que éste se encuentra. Sabía que no
273
s. 128, 4.
274
en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
115
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
existe el ser humano en un estado ideal: sólo existe el ser humano en una
situación concreta, el hombre en el mundo con una inclinación hacia el pecado.
De aquí que sea preciso señalar que somos vasijas de barro y que para poder orar
necesitamos la moción y la fuerza del Espíritu Santo.
Llenar nuestra vasija de amor
Por otro lado no podemos olvidar que ciertamente nuestra vida está
llamada a transfigurarse: algún día esta vasija de barro que es nuestro cuerpo, se
revestirá de gloria, a semejanza del Cuerpo de Cristo. Pero mientras seguimos en
esta tierra como peregrinos, nuestro cuerpo continúa siendo como una vasija de
barro, es decir, sigue teniendo todos los elementos de debilidad e inclinación
hacia el mal. Pero el gran valor y el gran tesoro es que llevamos en nuestro
interior el Espíritu de Dios, que es el que ora y el que obra la salvación dentro de
cada uno de nosotros. Por eso, pues, la oración es la obra del Espíritu Santo en
cada uno de nosotros.
Y un segundo elemento. San Agustín nos dice que podemos amar a Dios
porque el mismo Dios nos ha dado el amor para que le correspondamos. Vivir la
oración es vivir una práctica de amor donde el Espíritu, que está orando en
nosotros, nos va llenando con el amor de Dios. De tal forma llenamos el cántaro
del corazón en la oración, que podemos sacar de él amor, para amar a Dios y
amar a nuestros hermanos.
Cuando vamos abandonando la oración, vamos dejando de llenar nuestro
corazón con el amor de Dios. No podemos dar aquello que no tenemos. Somos
mendigos que necesitan pedirle a Dios que nos llene de su caridad y su amor,
para que nosotros podamos también después compartir con los demás esta
caridad y este amor de Dios. Si nos vamos quedando vacíos por el ritmo ordinario
de la vida y vamos descuidando nuestra oración, iremos notando que nos va
faltando el amor para amar a nuestros hermanos en la vida de todos los días.
Cuando nos vamos dando cuenta de que en nuestra vida de todos los días
empezamos a tener una serie de fallos, particularmente en lo que se refiere a
nuestra relación con nuestros hermanos, cuando ya no pensamos en ellos, los
dejamos de servir, nos cuesta trabajo el acercarnos a ellos, nos vamos fijando en
sus defectos, ésta es una señal clara de que no nos hemos puesto en la presencia
116
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
de Dios para que Dios mismo nos llene de su amor, que nosotros después
tenemos que compartir con nuestros hermanos.
Cuando nos va faltando este amor, no lo podemos sacar de nosotros
mismos: tiene que venir de Dios. Y es Dios quien a través de su Espíritu derrama
e infunde su amor en nuestros corazones y nos va llenando de su presencia. Sin
embargo el tráfago de cada día nos va desgastando, las labores de todos los días
van haciendo que se nos vaya agotando nuestra fuerza espiritual, y necesitamos
renovarla a través de la oración.
Asemejarnos a Cristo
Recordemos la frase agustiniana tan conocida y tan citada. “El hombre es
moneda de Cristo. En él está la imagen de Cristo, en él el nombre de Cristo, la
función de Cristo y los deberes de Cristo” 275. ¿Por qué es el hombre moneda de
Cristo? Porque lleva acuñado, o debe llevar acuñado en su corazón y en su
interior, la imagen de Cristo, la imagen de Dios.
Pero dirá San Agustín, el uso cotidiano de las monedas hace que se vayan
desgastando, y que se vaya borrando paulatinamente la imagen que estaba
grabada sobre ellas. Y necesitamos volver a meter esas monedas en el troquel,
para que se vuelva a grabar en ellas la imagen:
Somos moneda de Dios, moneda que hemos salido del tesoro; por el pecado
se borró lo que en nosotros estaba impreso; vino a reformarla el mismo que la
había formado, pide su moneda como el César pide la suya... Dad al César las
monedas, a Dios entregaos a vosotros mismos, y entonces será impresa en
nosotros la verdad 276
.
Nosotros, en la oración, lo que hacemos es renovar la imagen de Dios,
renovar el amor que llevamos en nuestro interior, para poderlo seguir
compartiendo con nuestros hermanos. En muchas ocasiones, por el pecado,
llegamos a ser una moneda desgastada, que ya no refleja en sus caras a quién
pertenece, y ya no tiene amor para compartir con los hermanos. De aquí una vez
más la importancia de nuestra oración: que seamos capaces de vivir la oración
como un momento de llenarnos del amor de Dios, como una obra del Espíritu
Santo.
275
s. 90, 5.
276
Io. eu. tr. 40, 9.
117
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios quiere –pues es rico en misericordia y en amor (Ef 2, 4)-, plenificarnos
y llenarnos de su amor; pero nosotros en ocasiones no nos ponemos en esta la
situación de la oración, para que Dios nos vaya llenando de su propio amor.
La oración es pues, la obra del Espíritu Santo dentro de cada uno de
nosotros. Una obra a través de la cual Dios quiere no solamente llenarnos del
amor, sino que quiere también, forjar en nosotros, a través del Espíritu la imagen
de Cristo.
Todo cristiano está llamado a ser otro Cristo, a reproducir en su propia vida
la forma de pensar, de sentir, de amar de Cristo. En la oración, al recibir al
Espíritu Santo, lo que queremos es que este Espíritu actúe en nosotros y vaya
forjando en nuestro interior –pues el Espíritu Santo es el Creador y Dador de
Vida-, la imagen de Cristo. De tal forma que nosotros seamos capaces de
asimilarnos a Cristo, o como diría San Pablo, de “tener los mismos sentimientos
de Cristo” (Fil 2, 5).
San Agustín comenta en varias ocasiones dentro de su obra los primeros
capítulos del Génesis. El proceso de la Creación le llama mucho la atención,
porque se da cuenta de que éste no se terminó en los seis días que nos relata el
libro del Génesis, sino que la labor de la Creación continúa en cada ser humano,
en el interior del cristiano. Por eso nosotros, cuando oramos, no solamente nos
llenamos del amor de Dios, sino que nos vamos configurando con Jesús. Vamos
asimilando, de ese trato continuo con Cristo, su forma de hablar, de amar, de
sentir, de relacionarse con las personas. Finalmente, asimilamos de Jesús su
forma de confiar en el Padre (Lc 23, 46), y la manera de hacer suya la voluntad de
Dios (Lc 22, 42), pues:
“Tu mejor servidor es aquél que no tiene sus miras puestas en el oír de tus
labios lo que él quiere, sino en querer, sobre todo, aquello que ha oído de tu
boca”277.
Por eso la oración es una obra del Espíritu en nosotros. Tendríamos que
pedirle al Espíritu, que es el Señor y Dador de Vida, y es el autor de la
santificación, que vaya forjando en nosotros, cuando nos ponemos a hacer
oración, la imagen de Cristo. Que cada día nos vayamos asimilando más a Él, de
tal forma que, con San Pablo, podamos decir, después de un proceso largo de
oración: “Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). Nos
277
conf. 10, 37.
118
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
hemos asimilado a Cristo, el Espíritu Santo ha obrado en nuestro interior de tal
manera, que ya no somos nosotros, los hombres viejos, los que vivimos en
nuestro interior: es Cristo. Cristo, con su forma de amar, de pensar, de actuar, de
obedecer la voluntad del Padre, es el que vive en nuestro interior.
Vivir la oración tiene esta meta: que la imagen de Cristo se vaya forjando
en nuestro interior, de tal forma que Él sea el quien habite en nuestro corazón.
San Agustín dice en el De Sancta Virginitate: “Quede clavado en vuestro corazón el
que por vosotros fue clavado en la cruz”278. La oración es esto: clavar, por amor, a
aquel que por amor se entregó a la muerte para redimir al género humano. Que
Cristo esté clavado en nuestros corazones por amor.
Aquí tendríamos que revisar una vez más si el Espíritu Santo nos está
ayudando a que Cristo esté presente en nuestro interior. O si en nuestro interior
y en nuestro corazón nos encontramos vacíos, o tenemos presentes en nuestros
corazones los elementos del mundo. Necesitamos, pues, tener presente a Cristo
en lo hondo de nuestros corazones, de tal forma, que por obra del Espíritu
Santo, se convierta en el centro de nuestras vidas. En el De Sancta Uirginitate,
San Agustín dirá al final de la primera parte:
El gozo de quienes han asumido la virginidad por Cristo es gozo de Cristo, en
Cristo, con Cristo, tras de Cristo, a través de Cristo, en razón de Cristo 279.
278
uirg. 55, 56.
279
uirg. 27.
119
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
SÉPTIMA PALABRA: RECOGIMIENTO-RECOLECCIÓN
Un ejercicio de recolección
La oración, por obra del Espíritu Santo, orienta toda nuestra vida a Cristo,
de tal manera que nuestras vidas ya no tiene otro sentido fuera de Él. Lo que
queremos es que él esté en el centro de nuestro corazón, crucificado –crucificado
y resucitado al mismo tiempo, porque son dos misterios inseparables que están
íntimamente vinculados-, de tal forma que sea él quien guíe nuestras acciones y
pensamientos.
La oración es un ejercicio de recogimiento interior: tenemos que entrar en
nuestro corazón, evitando la dispersión, para encontrarnos con Cristo, Maestro
interior. San Agustín será el hombre que busque el volver a entrar en el interior,
pues se da cuenta de que el hombre vive disperso, reclamado por una serie de
cosas del mundo, y vive disperso buscando cosas exteriores.
Para poder hacer oración no podemos encontrarnos desparramados,
mirando hacia fuera, sino necesitamos conjuntar y concentrar todas nuestras
fuerzas espirituales para orientarlas y dirigirlas hacia Dios. Por eso la oración es
un ejercicio de recogimiento interior.
San Agustín, buscará encauzar todas las potencias del ser humano para
volver a entrar en el interior, y en el interior, encontrarse con Dios.
San Agustín en el De vera religione, una obra dedicada a su gran mecenas
Romaniano, nos invita a no salir fuera de nosotros mismos, con un proceso, que
tiene varios pasos. Por eso dice en primer lugar: “Noli foras ire”280. Es decir: “No
quieras ir fuera”. Se da cuenta San Agustín de que vivimos en muchas ocasiones
llamados a ir hacia fuera, es decir, a salir de nuestro centro, distraernos de lo
más importante de nuestra vida, que es Dios. “Noli foras ire”.
Segundo paso de este proceso de entrar en nuestro interior sería: “In
teipsum redi”. Es decir: vuelve a ti mismo, vuelve a tu interior. Se da cuenta San
Agustín de que vivimos en muchas ocasiones, como el hijo pródigo que nos
presenta el evangelio, fuera y lejos de casa (Lc 15, 13). La casa para San Agustín
es el corazón del ser humano. Ese es el lugar donde se da el encuentro entre Dios
y el hombre. Pero nosotros vivimos dispersos, como el hijo pródigo, que abandonó
280
uera rel. 72.
120
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
la casa para marchar por el mundo. San Agustín nos invita a que volvamos, como
el hijo pródigo (Lc 15, 18), y que entremos en la casa, es decir en el corazón,
donde podemos vivir el encuentro con Dios.
La tercera parte de este proceso sería: “In interiore homine habitat veritas”.
Es decir: “En el hombre interior habita la verdad”. Dentro de cada uno de
nosotros tenemos la presencia de Jesús, la presencia de Dios. Y si hemos entrado
en nuestro interior no es para huir de las cosas exteriores. La espiritualidad
agustiniana en esto se diferencia grandemente de las espiritualidades de tipo
oriental y de las espiritualidades tocadas por el pensamiento filosófico. Hasta
aquí, en estos dos primeros pasos, “no salgas fuera” (Noli foras ire) y el segundo
paso, “regresa a ti mismo” (In teipsum redi), la espiritualidad agustiniana se
podría parecer mucho a la espiritualidad oriental, particularmente a la
espiritualidad del budismo zen.
Pero la gran novedad agustiniana: para lo que nosotros queremos entrar en
nuestro interior no es sólo para encontrar la paz en el abandono del mundo. La
espiritualidad agustiniana no es una huida del mundo para encontrar simple y
sencillamente paz y tranquilidad, elemento que se destaca en estas otras
espiritualidades a las que hemos hecho alusión. El budismo invita al creyente a
entrar en su interior, a cerrar sus canales exteriores (es decir, cerrar sus sentidos
de comunicación con el mundo: los oídos, los ojos, etc.), para entrar en el interior
desconectándose del mundo exterior. No obstante lo que se busca en este tipo de
ejercicios de meditación, es simple y sencillamente la paz y la tranquilidad. Esto
no es hacer oración, aunque en ocasiones la verdadera oración vaya acompañada
de un sentimiento de paz. La oración debe ser siempre encuentro con Alguien,
encuentro con Dios no sólo un escape del mundo para hallar una tranquilidad
interior.
Creo que hoy podemos correr el peligro, en la espiritualidad católica, de
quedarnos en estos dos primeros pasos agustinianos: el no quieras ir fuera, (Noli
foras ire) y el “regresa a ti mismo” (In teipsum redi). Es posible que estemos
recogidos en nuestro interior, que haya ausencia de reclamos para salir fuera de
nosotros mismos y que por ello experimentemos paz. Pero oración no termina
aquí. La oración no es solamente un recogimiento vacío y abstracto que nos haga
sentir tranquilidad y paz.
121
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
En el interior habita la Verdad
La oración es el paso tercer paso enunciado por san Agustín: en el hombre
interior habita la verdad (In interiore hominem habitat veritas). Los otros dos pasos
son un preparativo para la oración. La oración es encuentro con Dios. Por eso
dice San Agustín: “En el hombre interior habita la verdad”. Queremos cerrar los
canales exteriores, que nos dispersan, que nos distraen, que nos invitan a salir,
para tener un encuentro profundo con Dios. Un encuentro de amor, un
encuentro que nos transforme y nos comprometa a hacer algo por el entorno en el
que vivimos. Ésta es la oración. Todo lo demás serán los preparativos que me
ayudan a hacer oración, pero la oración es encuentro con Dios, experiencia de
Dios. O, por decirlo con palabras de San Agustín, “A Cristo lo tocamos con la
fe”281. Queremos tocar el Misterio de Dios y tener experiencia del mismo, una vez
que lo hemos tocado con la mano de la fe. Ésa es la oración. O por decirlo
también de otra manera: orar es dejarnos tocar por el Misterio de Dios, para tener
en nuestro interior una experiencia fuerte de fe.
Si nos quedamos solamente en el recogimiento, y no estamos dispuestos a
dar el tercer paso, el del encuentro con Dios, no estamos haciendo oración. Los
elementos exteriores (el silencio, el recogimiento) deben invitarnos a la oración y
no ser fines en sí mismos.
Por eso, pues, San Agustín insistirá en este tercer punto. Es preciso revisar
y ver si nuestro tenor de vida facilita el recogimiento interior, y es una invitación
a no estar dispersos y a responder a la invitación agustiniana “noli foras ire” (“no
quieras salir fuera de ti mismo), y todo es un reclamo para entrar dentro de
nosotros mismos, no sólo para encontrar paz, sino sobre todo para encontrarnos
con Cristo que habita en nuestro interior, que está esperando al ser humano para
tener con él un diálogo amoroso.
Posiblemente estamos viviendo lo que Viktor Frankl llamó la “presencia
ignorada de Dios”. Es decir, Dios habita en nuestro interior, pero lo ignoramos, lo
olvidamos. San Agustín se quedará extasiado ante el Misterio de la inhabitación
trinitaria en el alma del creyente. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo habitan en
nuestro interior como en un templo, y nos invitan a tener un encuentro con ellos
desde el silencio y el recogimiento en la oración.
281
s. 246, 4.
122
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Un cuarto paso: Trasciéndete a ti mismo
Nuestra oración es un encuentro con Cristo después de que hemos hecho
la preparación del recogimiento interior y podemos entrar en nuestro interior
para tener un diálogo de amor con el Señor. Sin embargo, este proceso de oración
agustiniana, no se termina aquí. Hay un cuarto paso, como un efecto propio de la
oración. Por eso la última parte de esta frase, de De vera religione, sería:
“Trascende et teipsum”282. Es decir: “Trasciéndete a ti mismo”. Hemos encontrado
a Dios en nuestro corazón, y vivir la oración significa para San Agustín ser
capaces de comunicar esta experiencia de Dios a aquellos que están cerca de
nosotros. Por eso, pues, la oración como un ejercicio de recogimiento, implicaría
ciertamente crear todas las condiciones para vivir en ese recogimiento interior,
pero a la vez vivir la interioridad implica un compromiso de comunicar lo que
vamos descubriendo de Dios a nuestros hermanos. Dice san Agustín:
Arrebatad, conducid, arrastrad a cuantos podáis. Estad seguros que los
lleváis hacia Aquel que no desagrada a los que le contemplan y rogad que los
ilumine y que miren bien283.
Por lo tanto aparece este doble elemento: entrar en mi interior, descubrir a
Dios, pero como parte de esta misma dinámica, salir de mí mismo para
comunicar la experiencia de Dios a mis hermanos. El hombre agustiniano no se
reserva lo que va descubriendo de Dios, sino que lo comunica a sus hermanos; se
enriquece y enriquece a sus hermanos con la experiencia espiritual que va
viviendo en su interior.
Algo más que un ejercicio filosófico
Por lo tanto, pues, se ven los cuatro pasos de la experiencia básica
agustiniana. Es verdad que San Agustín, por lo menos en los tres primeros pasos
que hemos mencionado, sigue un esquema propio de la filosofía de su época,
donde también las escuelas filosóficas buscaban la sabiduría e invitaban a una
vuelta al interior. Las escuelas neoplatónicas tenían esta dinámica de una
búsqueda de interioridad. Pero la gran diferencia entre el neoplatonismo y la
espiritualidad agustiniana, entre otras, es que el neoplatonismo buscaba el
282
uera rel. 72.
283
en. Ps. 96, 10.
123
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
encuentro con un Absoluto que no es un ser personal. Por lo tanto nos
quedaríamos en un encuentro abstracto con el Todo, que a la vez puede ser
también la Nada.
Para San Agustín la oración será un encuentro auténticamente con
Alguien; Alguien que nos ha dado el don para hacer oración, que es Dios 284:
“Vuelve al corazón; mira allí qué es lo que tal vez sientes de Dios: allí está la
imagen de Dios. En este hombre interior habita Cristo, y en el hombre interior serás
renovado según la imagen de Dios (…)”285
Y en segundo lugar, para los neoplatónicos la experiencia de Dios es algo
inefable (es decir, es algo incomunicable), y algo personalísimo. Por lo tanto el
cuarto paso que hemos mencionado de la frase del De vera religione, el “trascende
et teipsum” (es decir: ve más allá de ti mismo, trasciéndete a ti mismo) no
formaría parte ya de la experiencia propia del neoplatónico.
Además de un elemento previo y fundamental que diferencia la oración
cristiana de la meditación plotínica o neoplatónica en general: la oración es una
gracia, mientras que el éxtasis o la búsqueda de esta interioridad desde las
escuelas filosóficas, como una exercitatio animi, es un fruto del esfuerzo.
La oración –y es la gran diferencia- es una gracia. Nos ponemos en la órbita
y en la dimensión de la oración para entrar en el mundo de la gracia, y es la
misma fuerza de Dios la que nos invita a entrar dentro de nosotros mismos, nos
ayuda y nos allana el camino para entrar en nuestro interior. Aunque requiere,
ciertamente la colaboración de nuestra libertad y de nuestra voluntad.
Entra en tu aposento y cierra la puerta
En las Confesiones San Agustín nos recordará lo que era su empeño, y
cómo -en la época de alejamiento de Dios -, San Agustín no podía encontrarse
con Dios porque, como lo dice el mismo San Agustín, no lo buscaba donde Dios
estaba. Dice en las Confesiones: “Tú estabas dentro de mí, más interior que lo más
íntimo mío, y más elevado que lo más alto mío”286.
284
Cf. Io. eu. tr., 26, 4-6.
285
Io. eu. tr. 18, 10-11.
286
conf. 3, 11.
124
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
San Agustín reconoce que Dios estaba en su interior, que él lo buscaba por
fuera, y, por ello no podía encontrarlo. Esa búsqueda que hace San Agustín, tiene
como punto de partida, los elementos exteriores, materiales, dándose cuenta de
que ningún elemento material puede ser Dios. Finalmente se percata de que Dios
está en su interior y ocupa el lugar más íntimo que su propia intimidad. “Interior
intimo meo”287, es decir, todavía más dentro que los elementos más íntimos míos;
allí está Dios. San Agustín, por lo tanto, se da cuenta de que si quiere
encontrarse con Dios, necesita entrar en este recinto íntimo de su corazón para
tener un encuentro con Dios.
Cuando San Agustín comenta el texto de San Mateo donde Jesús nos dice
que cuando vayamos a orar, que entremos a nuestro aposento y que cerremos la
puerta, y que oremos allí a nuestro Padre que mira en lo escondido (Mt 6, 6), dirá
San Agustín que ese aposento donde tenemos que entrar, es nuestro corazón:
“¿Qué son estos aposentos sino los mismos corazones?”288 Para hacer oración
necesitamos, una vez más, volver al corazón, entrar dentro de nosotros mismos,
en ese lugar tan íntimo donde nos encontramos a solas absolutamente con Dios.
Pero al entrar a este aposento San Agustín también subrayará (como lo
hace el Evangelio) la importancia de cerrar la puerta (Mt 6, 6). Es decir, de
cerrarle la puerta a las fantasías, imaginaciones, distracciones, a todas aquellas
cosas que intentan apartarnos de Dios. Necesitamos cerrar la puerta para allí, en
ese aposento del corazón, a solas, encontrarnos con Dios:
Es poco entrar en los aposentos si la puerta está abierta a los curiosos, ya
que a través de ella irrumpen dentro las cosas externas de forma desconsiderada
(…) Se deben cerrar las puertas, es decir se ha de resistir al sentido carnal, a fin de
que la oración espiritual vaya dirigida al Padre la cual se hace en el íntimo del
corazón289.
Sin embargo hay personas, que por su mismo alejamiento de Dios, por su
mismo enfriamiento interior (“El frío de la caridad es el silencio del corazón”) 290,
llegan a experimentar miedo frente al encuentro con Dios. Tenemos miedo de
encontrarnos a solas con Dios. ¿Por qué? Porque el encuentro con Dios nos debe
287
Idem.
288
s. dom. m. 2,3,11.
289
Idem.
290
en. Ps. 37, 14.
125
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
llevar a un cambio en nuestras vidas. Porque el encuentro con Dios ciertamente
nos marcará ciertos compromisos que tenemos que establecer con Dios y con
nuestros hermanos y tenemos miedo. Podemos llegar a experimentar miedo de
estar a solas con Dios y, ¿qué es lo que hacemos? No estamos nunca a solas con
el Señor. Tal vez el tenor de la vida que llevamos nos invita a entrar en el corazón,
sin embargo no entramos al corazón a solas con Dios. Entramos acompañados de
fantasías, distracciones, o bien siempre, cuando vamos a hacer oración, nos
escudamos, nos “protegemos” a nosotros mismos detrás de un libro y
convertimos los momentos de oración en momentos de amena lectura. El tiempo
de oración no es tiempo para leer, sino para orar, para entrar en el corazón.
Tenemos miedo al encuentro con Dios porque el encuentro con Dios nos va
a encarar con nosotros mismos, con nuestros pecados, nos va a hacer que nos
veamos como Dios nos ve, como le sucedió a san Agustín quien en las
Confesiones nos dice:
“Señor, me trastocabas a mí mismo, quitándome de mi espalda adonde yo
me había puesto para no verme, y poniéndome delante de mi rostro para que viese
cuán feo era, cuán deforme y sucio, manchado y ulceroso”291.
Por lo tanto, nos defendemos de Dios y no nos atrevemos a estar a solas
con Él. Nuestra oración, por lo tanto, es entrar en ese lugar más íntimo de
nosotros mismos, donde se encuentra Dios, donde nadie más puede ver y donde
Dios quiere entablar un diálogo de amor con cada uno de nosotros. Es preciso,
pues entrar sin miedo, y entrar con los oídos del corazón abiertos para escuchar
y acoger lo que Dios nos quiera decir a cada uno de nosotros: “(…) los oídos de mi
corazón están ante ti, Señor, ábrelos y di a mi alma, Yo soy tu salvación”292.
Entrar al corazón para estar a solas con Dios; a solas, sin ningún otro
testigo, sino solamente Él y yo, escuchándonos y hablándonos de corazón a
corazón. Donde no hay espacio para máscaras ni engaños. Eso sería lo más
profundo de la oración.
Por lo tanto, Dios está presente en lo más íntimo de nuestra propia
intimidad. Y aunque tengamos que hacer otras muchas cosas, que nuestra vida
sea un continuo diálogo, una continua contemplación, un continuo escuchar la
291
conf. 8, 16.
292
conf. 1,5.
126
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
voz de Dios, que permanece en lo más íntimo de nosotros mismos: Tu deseo es tu
oración; si el deseo es continuo, continua es la oración 293.
Iluminar los ojos del corazón
Dice así San Agustín:
“¿De dónde dice el apóstol ‘los ojos iluminados de vuestro espíritu’? Vuelve
al corazón, mira allí qué es lo que tal vez sientes de Dios. Allí está la imagen de
Dios, en este hombre interior habita Cristo, y en el hombre interior será renovado,
según imagen de Dios. Conoce en su imagen a su Creador, mira cómo todos los
sentidos corporales transmiten al centro del corazón la impresión que reciben de
fuera. No hemos llamado, ¿se ha despertado en nosotros algo que nos lleva a
sospechar, aunque sea ligeramente, de dónde nos viene la luz? Yo creo, hermanos,
que hablar y meditar estas cosas es ejercitarnos”294.
San Agustín está comentando el texto de la Carta a los Efesios (Ef 1, 18),
donde el apóstol habla de que se iluminen los ojos interiores del corazón. San
Agustín, por lo tanto, nos invita a volver al corazón, y que una vez que estemos
en el corazón, nuestros ojos interiores se nos llenen de la luz de Dios para poder
contemplar al Señor presente en nuestro corazón y en medio de nuestra vida.
Pero lo importante es volver a nuestro interior.
Aquí San Agustín, vuelve a insistir en estas ideas del recogimiento interior.
Saber que allí, en el centro del corazón, se encuentra la imagen de Dios grabada
en cada uno de nosotros: Allí está la imagen de Dios, en este hombre interior
habita Cristo295. Entramos al lugar más íntimo de nosotros mismos, el lugar
donde nos vamos a encontrar con Dios. Y allí es donde nosotros nos vamos
renovando. Por eso dirá San Agustín, cuando nosotros meditamos, nos
ejercitamos. Aquí aparecería un elemento muy propio de la época de San Agustín:
la exercitatio. Es decir, una ejercitación, una práctica, que nos va dando un cierto
dominio, sin olvidar nunca la primacía de la gracia. San Agustín nos invitaría a
que hagamos del recogimiento interior una práctica de nuestra vida, como un
sexto sentido. En otras obras, San Agustín hablará de lo que se llama la
293
en. Ps. 37, 14.
294
Io. eu. tr. 18, 10-11.
295
Idem.
127
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“exercitatio mentis”296; es decir, la ejercitación de la mente, del alma. ¿Qué
significa esto? Que nosotros, por el tenor de vida que llevamos, estemos tan
ejercitados y con tal práctica, que seamos capaces de guardar el recogimiento
interior independientemente de las circunstancias en las que podamos
encontrarnos.
Tendríamos que preguntarnos si podemos vivir en este recogimiento
interior y entrar en su sintonía con Dios de una forma rápida, de una forma
automática, o si nuestro tenor de vida es tan disperso que nos cuesta mucho
trabajo entrar en la sintonía de la oración. ¿Cuál podría ser un síntoma? Que al
comenzar a hacer oración, no podemos de forma rápida, entrar en esta sintonía
de Dios, ponernos al viento del Espíritu y entrar en nuestro interior recogiendo
todas nuestras potencias. Posiblemente perdemos mucho tiempo en la oración
por nuestras distracciones, por luchar con nuestros pensamientos, con las
imaginaciones. San Agustín nos invitaría a vivir en esta ejercitación, es decir, este
ejercicio de recogimiento interior, donde el religioso, el cristiano, según San
Agustín, debería tener la capacidad de reunir todas las potencias de su alma para
orientarlas todas hacia Dios.
También aquí San Agustín nos habla de cómo todas las potencias, todos
nuestros sentidos, deben buscar tener esta unificación para que todo colabore
para la oración:
Conoce en su imagen a su Creador. Mira cómo todos los sentidos corporales
transmiten al centro del corazón la impresión que reciben de fuera. No hemos
llamado, ¿se ha despertado en nosotros algo que nos lleve a sospechar, aunque
sea ligeramente, de dónde nos viene la luz? Yo creo, hermanos, que hablar y
meditar de estas cosas es ejercitarnos”297.
San Agustín aquí hablaría de una situación donde todo el ser del hombre
estaría orientado hacia Dios, y donde los sentidos nos transmitirían incluso
también esta noticia y se dirigirían hasta este centro del alma, ayudándonos
también a hacer oración.
Esta ejercitación, por lo tanto, tendría una doble dimensión: la dimensión
de nuestro cuerpo –con nuestros sentidos-, y la dimensión del alma. De tal forma
296
Cf. trin. 13, 26; ciu. 15, 10.
297
Io. eu. tr. 18, 10-11.
128
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
que los sentidos del cuerpo deberían ayudarnos al recogimiento interior, al
mismo tiempo que las potencias del alma se recogerían también para orientarse
todas ellas hacia Dios.
Regresad al corazón
Dirá el profeta Isaías (Is 46, 8), en la versión latina que sigue muy de cerca
el texto de los LXX, y que fue la versión bíblica que preferentemente usó san
Agustín: “Regresad, prevaricadores, al corazón”. Este es el texto que citará en
muchas ocasiones el Obispo de Hipona: “regresad al corazón”. Ése es el gran grito
agustiniano. Necesitamos volver al corazón, volver de los caminos de pecado,
volver de los caminos de alejamiento. Darnos cuenta de que, como el hijo pródigo,
la dispersión nos ha quitado y nos ha robado los elementos propios de Dios, y
que necesitamos regresar una vez más a nuestro corazón para recibir la
bendición del Padre, y encontrarnos con el Señor. Necesitamos volver una vez
más a nuestro interior, darnos cuenta de que tenemos abandonado el lugar del
encuentro con Dios, que es el corazón, y que ese corazón necesitamos llenarlo de
Dios.
Aquí aparece una vez más esta sentencia y esta invitación agustiniana a
volver a nuestro propio corazón, dándonos cuenta de que estamos llamados a
tener solamente un corazón, y no dos. San Agustín comentará que cuando
vivimos fuera de nosotros mismos, cuando vivimos en el pecado, cuando vivimos
en el engaño, podemos llegar a tener dos corazones, en el sentido de que estamos
divididos por varios amores:
De los siervos de Dios se dijo, aunque eran muchos, tenían un solo corazón
(…) Muchas personas tienen un solo corazón, mientras que una sola persona
dolosa tiene dos298.
Necesitaríamos, en primer lugar, unificar nuestro corazón, y, en segundo
lugar, regresar al corazón, que es el lugar del encuentro con Dios. Volver, pues, al
corazón de nuestros caminos de distracción y dispersión, recogiendo y reuniendo
todas nuestras potencias interiores.
298
s. 308A, 7.
129
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
San Agustín se da cuenta de que el ser humano tiene una gran capacidad,
pero su gran defecto es que estas potencias las tiene entretenidas con mil cosas:
“Así llega el hombre a verse disipado en los tiempos; sus pensamientos, que
son las entrañas íntimas del alma, se ven despedazados por tumultuosas
vanidades y toda su vida convertida en pura destrucción”299.
Y si esto es así, no podemos prestar atención a Dios. Aquí una vez más
San Agustín nos invitaría a hacer un ejercicio de atención: que todo mi ser esté
centrado únicamente en Dios para poder hacer la oración. Sabiendo que es un
don, incluso, también, el poder recogerme dentro de mí mismo. San Agustín nos
recordaría también que necesitamos para hacer la oración confiar en que la
fuerza de la gracia nos irá haciendo reunir todas nuestras capacidades para
orientarlas hacia Dios.
Es preciso considerar si vivimos recogidos, si nuestras potencias están
orientadas hacia Dios. Si intentamos cada día buscar al Señor en cada uno de los
acontecimientos de nuestra vida. Si la vida que llevamos nos aleja del Señor, y
necesitamos tal vez más silencio interior:
“Sólo sé Señor que me va mal lejos de ti, y no sólo fuera de mí sino incluso en
mí mismo. Y que toda abundancia que no es mi Dios, es miseria”300.
299
conf. 11, 39.
300
conf. 13, 9.
130
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
OCTAVA PALABRA: AMOR
No un fantasma, sino un Dios amor.
Para San Agustín uno de los elementos esenciales de la vida cristiana,
aquello que nos asemeja a Dios, es precisamente la capacidad de amar y ser
amados. La imagen de Dios en el hombre (Gen 1, 26) queda marcada
precisamente por este rasgo. Así como San Juan describe a Dios en su epístola
diciendo: “Dios es amor” (1 Jn 4, 8), San Agustín se dará cuenta de que el ser
humano es el único ser dentro de la Creación que es capaz de amar, porque ha
recibido esa fuerza de parte de Dios (Rm 5, 5). No porque le corresponda a su
naturaleza, porque el ser humano por sí mismo no lo puede hacer, sino que
recibe de parte de Dios, por el Espíritu Santo, el amor para corresponder a Dios.
Y el ejercicio pleno del amor a Dios es la oración.
Por eso San Agustín nos dirá que el hombre, cuando ora, se pone en esta
misma sintonía de Dios. Por una parte, para sentirse amado: la oración es un
ejercicio a través del cual queremos sentirnos amados por Dios, descubrir quién
es Dios para nosotros. San Agustín se hace a sí mismo una pregunta muy
importante dentro de las Confesiones: “¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de
mí para que lo pueda decir”301. Y también, no solamente sentirse amado por Dios
sino expresar toda la riqueza del corazón hacia Dios.
San Agustín a lo largo de las Confesiones va evolucionando en su propia
idea de Dios: desde un Dios lejano, un Dios que no tiene incidencia ni
importancia en su vida; después un Dios que se convierte en un Dios ausente, y
en un Dios fantasma302, como aparece en los primeros libros de las Confesiones;
hasta que poco a poco se va perfilando un Dios que es amor, un Dios que llama a
San Agustín y que lo sigue amando a pesar de sus propios pecados: “comenzada
la idea de mi renovación, confiaba en ti, allí me habías empezado a ser dulce y a
dar alegría a mi corazón”303.
301
conf. 1, 5.
302
conf. 4, 9: “Yo le decía (a mi alma) ‘Espera en Dios’, ella no me hacía caso, y con razón; porque más real y mejor era
aquel amigo queridísimo que yo había perdido que no aquel fantasma en que se le ordenaba que esperase”. Cf. conf. 4,
12.
303
conf. 9, 10.
131
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Convertido por amor al Amor
En muchas ocasiones la conversión de San Agustín se explica a partir de
diversos motivos, tanto filosóficos, como morales o racionales, pero realmente lo
que en el fondo lleva a San Agustín a convertirse definitivamente a Dios, es
descubrir y encontrarse con un Padre que lo ama y que siempre lo ha amado, a
pesar de sus pecados. Esto es lo que realmente mueve todo el mecanismo de la
conversión de San Agustín:
Pequeñuelo soy, mas vive perpetuamente mi Padre y tengo en él tutor idóneo.
Él es el mismo que me engendró y me defiende, y tú eres todos mis bienes, tú
Omnipotente que estás conmigo aun desde antes de que yo estuviera contigo 304.
San Agustín descubrirá un Dios que no solamente no le echa en cara sus
pecados, un Dios que no le va a reclamar los elementos negativos que tiene, sino
un Dios que más que reclamarle, lo acepta, lo abraza y lo impulsa en su vida, y
un Dios que le ama. Esto mueve profundamente la conversión de San Agustín.
Por ello la frase: “Tarde te amé, ¡oh hermosura tan antigua y tan nueva!
Tarde te amé”305, resume la experiencia de San Agustín. Ha descubierto un Dios
que no solamente le perdona sus pecados, que no solamente olvida el mal que le
había causado en esa vida turbulenta306 suya de búsqueda de la verdad, sino que
es un Dios que por encima de todo, le ama. Le ama como Él es, con su situación
de hombre caído, con sus debilidades, con su inclinación hacia el mal, con su
propio egoísmo. Dios nos ama a pesar de todos estos elementos.
Por eso San Agustín nos ha dejado a nosotros este legado. Nuestra
espiritualidad agustiniana brota del amor a Dios. Un Dios que nos acoge como
Padre y renueva en cada uno de nosotros todos sus dones cuando nos ponemos
en su dimensión, pues Dios es:
“Sumo, óptimo, poderosísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y
justísimo; secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e
incomprensible, inmutable, mudando todas las cosas; nunca nuevo y nunca viejo;
renueva todas las cosas y conduce a la vejez a los soberbios sin ellos saberlo” 307.
Por eso para nosotros la oración es una respuesta a un Dios que nos ha
amado primero (1Jn 4, 10). Y no solamente nos ha amado, sino que nos ama, y
304
conf. 10,6.
305
conf. 10, 38
306
Cf. conf. 2, 9 (el robo de las peras).
307
conf. 1,4.
132
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
nos llama continuamente a salir de nosotros mismos para responder a su amor,
como dice san Agustín: “No le hemos amado primero nosotros, puesto que nos amó
para que le amásemos”308. Por eso San Agustín vive un proceso de conversión
continua, no solamente como un deseo ascético. Para San Agustín la santidad
tiene un matiz particularísimo, que es el de responder al amor y disponerse a
acoger la gracia para poder amar al Amor. Deseo convertirme, para crecer en el
camino del amor, para quitar de mi corazón aquellas semillas que no son del
Reino de los Cielos. San Agustín dirá que el corazón del ser humano, es como un
huerto, como un jardín, donde es preciso trabajar duro, ayudados por la gracia
de Dios, para quitar las hierbas que no pertenecen al Reino de los Cielos, para
evitar que estas hierbas espinosas ahoguen el dinamismo de las semillas de Dios
(Mt 13, 1-9): “Ciertamente. Señor, trabajo en ello y trabajo en mí mismo y me he
hecho a mí mismo tierra de dificultad y de excesivo sudor”309.
Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser…
Por lo tanto, nuestro proceso de conversión nace del deseo de amar con
mayor plenitud a Dios, de tal forma que el amor es aquello que facilita nuestra
vida, y que hace que nuestra vida tenga un sentido pleno. Por eso dice San
Agustín:
“Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor ni trabajo
para mí, y mi vida será viva, llena toda de ti”310.
Este es el ideal de la vida de todo cristiano: llegar a amar a Dios con todo el
corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas (Mt 22, 34-40). Cuando amamos
a Dios de esta manera todo lo demás desaparece. Ya no hay penas, ya no hay
sufrimientos, la vida del hombre es completa y feliz, porque alcanza su plenitud
en Dios. Por desgracia, todavía muchas cosas nos siguen haciendo mella, muchas
cosas nos siguen todavía lastimando en el camino, y son señales de que aún no
hemos llegado a ese amor pleno de Dios. Porque si amáramos a Dios de la forma
en la que nos invita San Agustín, nuestra vida sería plena, a pesar de los pesares,
y nadie podría robarnos este tesoro grandísimo de vivir en el amor de Dios (Rm 8,
35), de sentirnos amados por Dios.
308
ep. Io. tr. 7,9.
309
conf. 10, 25,
310
conf. 10, 39.
133
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por eso, pues, esta frase de las Confesiones debe ser para nosotros un reto,
de llegar a amar a Dios con todo el corazón. El ser humano ha sido creado para
ese encuentro con Dios, y nuestra plenitud solamente la alcanzamos en el Señor.
Por eso también San Agustín dirá al principio de las Confesiones: “Tú, Señor, nos
hiciste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”311.
Nosotros queremos, con la oración, buscar al Dios que nos ama, responder con
nuestro amor al Dios que nos llama, recordando que ninguna cosa de este
mundo, ningún amor con minúscula puede llenar nuestro corazón.
San Agustín nos presentará la búsqueda del ser humano como una
búsqueda de diferentes amores, y ningún amor puede satisfacer el deseo
profundo del corazón humano fuera del amor de Dios. Solamente Dios es el que
puede llenar el corazón del hombre. Dice san Agustín:
“¿Quién me dará descansar en ti? ¿Quién me dará que vengas a mi corazón
y lo embriagues, para que olvide mis maldades y me abrace contigo, único bien
mío?”312
Cuando nosotros hacemos oración siguiendo estas líneas agustinianas, lo
que queremos es llenar la profunda necesidad de amor de Dios. Por eso, pues, la
oración es para San Agustín un ejercicio de amor.
Nadie puede estar sin amar
Ciertamente la oración requiere las otras virtudes teologales además del
amor, la fe y la esperanza. La fe, que nos lleva a llamar con confianza en la puerta
de Dios. La esperanza, que nos invita a recordar que Dios es fiel y que por lo
tanto, abrirá la puerta de la oración (Mt 7, 7-8). Pero el motor de toda la oración
agustiniana es la caridad. Llamamos a la puerta, esperamos frente a la puerta.
¿Por qué? Porque hay una fuerza más grande que es el amor. El amor, que nos
hace mantenernos a la expectativa de Dios, de ese Dios que ante todo y sobre
todo nos ama.
Es verdad que nadie puede estar sin amar. Y cuando nosotros amamos las
cosas mejores nos hacemos mejores; cuando amamos las cosas de la tierra nos
volvemos más parecidos a la tierra.
311
conf. 1,1.
312
conf. 1, 5.
134
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“El amor no puede estar ocioso. ¿Qué cosa obra mal en ciertos hombres si no
es el amor? Preséntame un amor desocupado y ocioso; las maldades, los
adulterios, los crímenes, los homicidios..., todas las deshonestidades no las ejecuta
el amor. Purifica el amor. El agua que corre a la letrina condúcela al huerto. El
impulso que manifestaba dirigiéndose al mundo encáucele al artífice del mundo.
¿Por ventura se os dice que no améis nada? No. Si no amáis nada seréis
perezosos, dignos de ser aborrecidos, miserables, estaréis muertos. Amad, pero
pensad qué cosa améis. El amor de Dios y el amor del prójimo se llama caridad; el
amor de este mundo se denomina concupiscencia. Refrénese la concupiscencia,
excítese la caridad. La misma caridad del que obra bien le ofrece la esperanza de
la buena conciencia; la buena conciencia lleva consigo la esperanza”313.
El hombre no puede estar sin amar. Hay amores que están dirigidos a las
cosas del mundo y de la tierra; estos amores nos confunden y nos impiden llegar
a la felicidad. Al optar por ellos nos vamos llenando de las cosas del mundo y se
hace cada vez más difícil el poder alcanzar a Dios. Nuestra oración debe ser un
encauzar la potencia imparable del amor hacia Dios, de tal forma que todo
nuestro ser esté dirigido hacia el Señor:
“Todas estas acciones son buenas cuando se hacen por Dios; es decir,
cuando le amamos con amor gratuito; y este amor puro sólo de él puede venir” 314.
Por eso, San Agustín nos dice que el amor del mundo es lo que hace que
nos alejemos de Dios.
Una prueba para saber dónde está puesto nuestro amor es el examen
nuestros pensamientos. ¿Dónde están puestos continuamente nuestros
pensamientos? Porque es posible que digamos ‘yo amo a Dios’; ¿dónde está
puesto tú pensamiento? Si dices que amas a Dios, tu pensamiento tiene que estar
puesto continuamente en Él. Nuestra oración continua es precisamente esto:
elevar continuamente nuestro pensamiento enamorado hacia el Señor:
“Y delante de ti está todo mi deseo. No delante de los hombres, que no
pueden ver el corazón, sino delante de ti está todo mi deseo. Se halle tu deseo ante
El; y el Padre, que ve en lo escondido, te retribuirá. Tu deseo es tu oración; si el
deseo es continuo, continua es la oración” 315.
313
en. Ps. 31, II, 5.
314
c. Iul. 5,3,9.
315
Cf. en. Ps. 37, 14.
135
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Si mi pensamiento está puesto siempre en el mundo, y en las cosas del
mundo, y digo que amo a Dios, posiblemente no estoy siendo coherente con lo
que digo y con lo que vivo. Por ello San Agustín nos invitaría a hacer una
purificación del amor. En la escalera del amor para subir a Dios, partimos de los
elementos humanos, los vamos purificando y elevando para poder llegar a Dios,
pues la escalera del amor sólo tiene peldaños que suben, como comenta san
Agustín:
“Anabathmi son peldaños de escalera, pero que suben, no que bajan. El
latino como no pudo expresarse con toda propiedad, habló en general y al decir
gradus (escalón) expresó un concepto ambiguo, sin determinar si eran escalones
que subían o bajaban”316.
Si no purificamos el amor, nos quedamos en las cosas de la tierra.
Necesitamos esta purificación para elevarnos hacia Dios.
Babilonia terrestre vs. Jerusalén celeste
Ciertamente en nosotros luchan dos elementos y dos amores. San Agustín
hace un resumen de la historia de la Humanidad en esa lucha de estos dos
amores: el amor del mundo y el amor de Dios. El amor del mundo, es aquel que
se ama a sí mismo, hasta el desprecio de Dios. Y el amor de Dios es el que lleva al
desprecio de sí mismo hasta la entrega a Dios. Esto es lo que San Agustín nos
presentará después en La Ciudad de Dios. Y dirá San Agustín:
“Dos amores edificaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio
de Dios, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo”317.
La pregunta sería: ¿dónde nos encontramos nosotros? Al momento de
hacer oración tendríamos que colocarnos desde la Ciudad de Dios; queremos
amar a Dios. Y este amar a Dios debe llevarnos a dar la espalda a los amores
desordenados y equívocos del mundo. Amar a Dios hasta despreciarnos a
nosotros mismos, es decir, hasta tomar la cruz detrás de Jesús, negándonos a
nosotros mismos, siguiendo los pasos de Cristo (Lc 9, 23), con la confianza que la
carga de Cristo es suave y ligera (Mt 11, 30), y como dice san Agustín, tiene alas,
pues la gracia de Dios no capacita para llevarla:
316
en. Ps. 38, 2.
317
ciu. 14, 28.
136
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Otra es la carga que tiene su peso, la carga de Cristo tiene alas. Tal es la
carga de Cristo. La lleven los hombres; no sean perezosos. No se atienda a
aquellos que no quieren llevarla. La lleven los que quieren y verán qué ligera, qué
suave, qué alegre, cómo arrebata hacia el cielo despegando de la tierra” 318.
Posiblemente nos encontramos todavía en la ciudad del mundo, donde
seguimos amándonos a nosotros mismos y llegamos incluso a despreciar a Dios.
Por ello, necesitamos convertirnos:
“¿Por qué ha de vivir como terreno el que debe vivir como celestial? Si mató la
vida terrena, viva la celestial. Así como hemos llevado la imagen del hombre
terreno, llevemos la imagen de Aquél que procede del cielo”. 319
Llenar el corazón de amor
Nos dirá San Agustín que no se nos pide que no amemos: se nos pide que
seleccionemos aquello que vamos a amar y diferenciemos el amor del mundo del
amor de Dios. Dirá, pues, San Agustín:
“No se os dice que no améis. Si no amáis nada seréis perezosos, dignos de
ser aborrecidos, miserables, estaréis muertos. Amad, pero pensad qué cosa
améis”320.
El que no ama está muerto. Si no vivimos en la órbita del amor, estamos
muertos. Lo que nos da vida, precisamente, es que vivimos en la dimensión del
amor. El infierno es ese lugar donde ya nadie ama, ni recibe amor, y por lo tanto
esto es auténticamente la muerte. Cuando vivimos en el amor, es cuando
realmente estamos vivos. Lo que nosotros queremos hacer en la oración es llenar
ese acervo del amor para orientarlo hacia Dios, y que este amor de Dios nos eleve
por encima de las creaturas. Y un elemento muy importante agustiniano:
conociendo y viviendo el amor de Dios debemos enriquecer a nuestros hermanos
con lo que vamos descubriendo de Dios.
La oración es un ejercicio de amor donde nos llenamos del amor de Dios,
pero no sólo para nosotros mismos. Nos llenamos del amor de Dios para
compartirlo con nuestros hermanos. Dios nos da, pero para que lo distribuyamos
entre nuestros hermanos.
318
en. Ps. 59, 8.
319
en. Ps. 59, 2.
320
en. Ps. 31, II, 5
137
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Amar y dejarse amar por Dios.
Dirá San Agustín en el De Trinitate, que la oración es “abrazar a Dios con
amor; o bien, abrazar el amor de Dios” 321. Una frase donde San Agustín
manifiesta la profunda espiritualidad y el entrañable amor que tiene para Dios.
¿Qué es orar? Es abrazar a Dios. Queremos, en nuestra oración, llegar a abrazar
a Dios con todo el amor de nuestro ser, de tal forma que Dios lo sea todo para
nosotros. Pero claro, no solamente se trata de que nosotros abracemos a Dios,
sino sobre todo, de sentir el abrazo de Dios.
San Agustín comentará, en algunos de sus textos, el regreso del hijo
pródigo (Lc 15, 11-32)322 e incluso en las Confesiones llega a identificarse con
él323. Éste esperaba, al momento de volver, que su padre se enfadara –como era la
situación tal vez normal, o más humana-, que le reprochara sus malas acciones.
Sin embargo, el hijo pródigo “después de tanto trabajo, quebranto, tribulación y
miseria, se acordó de su Padre y quiso volver”324. Y al regresar se encuentra con el
abrazo y se encuentra con el beso del padre. Es preciso volver de la disipación, de
la dispersión, del pecado al abrazo de Dios:
(el alma) volverá de la disipación de tantas cosas transitorias al abrazo del
único ser inmutable, reformada por la Sabiduría increada, que todo lo forma, y
gozará de Dios en el Espíritu Santo, que es el Don divino 325.
Esto es la oración para San Agustín: saber que él ha recorrido, como el hijo
pródigo, caminos de alejamiento de Dios, que ha andado un “camino alejándome
de ti, me aparté de ti, con quien me iba bien y mi propio bien fue un mal para mí
sin ti”326. Y así, regresa con Dios, y Dios lo abraza con cariño y con amor para
encenderlo en su propio amor, para comunicarle en ese abrazo un compromiso
fuerte de amor. Y el mismo Agustín no solamente se deja abrazar, sino que él
también quiere a su vez, abrazar a Dios:
¡Oh eterna verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad! Tú eres mi
Dios; por ti suspiro día y noche, (…) Y advertí que me hallaba lejos de ti en la
321
trin. 8, 8, 12.
322
Cf. conf. 3, 11; en. Ps. 138, 5.
323
Cf. conf. 3,11.
324
en. Ps. 138, 5.
325
uera rel. 24.
326
en. Ps. 138, 6.
138
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
región de la desemejanza, como si oyera tu voz de lo alto: Manjar soy de grandes:
crece y me comerás327.
Por otro lado, San Agustín le da la vuelta a la frase, orar es “abrazar a Dios
con amor, o bien, abrazar el amor de Dios”328, porque no solamente se trata de
recibir el abrazo de Dios, sino también de llegar a abrazar, como señala San
Agustín, el amor de Dios. Abrazar a Dios con amor, es decir, quiero dar un abrazo
a Dios con todas las fuerzas de mi ser, con todo mi amor, pero también quiero
llegar a abrazar el amor de Dios. Un elemento sumamente abstracto, pero que
nos da una idea de la profunda experiencia espiritual de san Agustín.
Nosotros tendríamos que pensar cuando hacemos oración, si nos estamos
dejando abrazar por Dios, si nuestra oración es ponernos en esta sintonía de
amor a través de la cual, con los abrazos espirituales del alma, experimentamos
el amor y la protección de Dios. Y llegar incluso a este punto contemplativo, de
poder abrazar el amor de Dios, que es Dios mismo; es decir, llegar a abrazar al
Dios que es Trinidad.
Abrazar en la oración espiritualmente a Dios y experimentar su presencia y
su amor profundo. Un amor que, tendría que transformarnos, hacernos
diferentes, y tendría que dar un brillo distinto a nuestra vida. No podemos seguir
siendo los mismos si hemos experimentado profundamente el amor de Dios. No lo
podemos tampoco fingir ni disimular. Si vivimos en esta dimensión espiritual
profunda, -a la que nos invita San Agustín, de abrazar a Dios con amor-, nuestra
vida tiene que ser diferente. Por eso dice Jesús en el Evangelio: “No se puede
esconder una ciudad edificada en lo alto de un monte” (Mt 5, 14). Si Dios está
actuando en nosotros, si Dios está construyendo su ciudad en nuestro corazón,
eso se nos tiene que notar.
San Agustín comentará también el texto de la hemorroísa (Mt 9, 20-23),
aquella mujer que padecía flujos de sangre y que se acerca para tocar a Jesús
con la convicción de que tocándolo podría curarse. A San Agustín le llaman
mucho la atención, de este texto bíblico, dos elementos. En primer lugar, que
Jesús se encuentra en medio de una muchedumbre que lo está apretujando. Es
decir, todos están tocando a Jesús, pero lo están tocando de una forma ordinaria,
327
conf. 7, 16.
328
trin. 8, 8, 12.
139
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
sin tener fe. Por eso llama la atención la pregunta de Jesús, sobre quién lo ha
tocado:
“¿Quién me ha tocado? Le respondieron los discípulos: La multitud te
apretuja y preguntas, ‘¿quién me ha tocado? Y él, Alguien me ha tocado, como
diciendo: La multitud apretuja, la fe toca (…) Muchos carnales, creyeron que Cristo
era solamente un hombre, sin llegar a comprender que en él se ocultaba la
divinidad. No lo tocaron bien porque no creyeron bien” 329.
Y sin embargo se acerca por detrás esta mujer enferma, y con fe toca a
Jesús, y porque toca a Jesús con la mano llena de fe, obtiene su curación:
“Pues también aquella mujer que padecía un flujo de sangre dijo para sí
misma: Si toco la orla de su vestido, sanaré. Lo tocó con la fe y acto seguido vino la
curación que había pensado”330.
La oración requiere la misma fe de la mujer hemorroísa: tocar a Jesús y
dejarnos tocar por Él desde la fe, y obtener igual que ella, una transformación, un
efecto salvífico en nuestras vidas.
El amor que recibimos de Dios en su abrazo amoroso durante la oración,
debe llevarnos a prolongar nuestra oración en nuestra vida de todos los días,
intentando, desde la caridad, perdonar, aceptar, servir y estar a disposición de
nuestros hermanos. Por eso esta espiritualidad de San Agustín ciertamente es
muy elevada, pero tiene consecuencias también sumamente concretas. San
Agustín será el hombre que tenga estas experiencias profundas de Dios, pero será
también el hombre que esté al servicio de sus hermanos de comunidad y de toda
la Iglesia, que intente ayudar a todos aquellos que lo necesitaban.
No tengo la menor duda de que te amo
Por otro lado, San Agustín en las Confesiones dice que puede tener duda de
muchas cosas, pero que tiene conciencia plena de algo: de que ama a Dios. Éste
es el presupuesto y el preámbulo para nuestra oración. Nosotros podemos dudar
de muchas cosas, podemos tener vacilaciones, pero no puede faltarnos una
certeza, y ésta será la certeza agustiniana: que amamos a Dios. San Agustín, dice
así:
329
s. 243,2.
330
Idem.
140
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Soy plenamente consciente, y no tengo la menor duda, de que te amo.
Señor, has herido mi corazón con Tu Palabra, y te he amado. Pero también el cielo
y la tierra, y cuanto hay en ellos, me andan diciendo desde todas partes que te
ame. Y no cesan de decírselo a todos, para que no tengan excusa posible” 331.
Entre las certezas agustinianas, cabría destacar dos. Una de ellas es más
bien de tipo filosófico y que claramente tendrá influjo sobre Descartes, quien
decía: “Pienso; por lo tanto, existo”. San Agustín por su parte presenta al ser
humano como un mendigo, como un ser limitado. La certeza agustiniana es, con
toda la profundidad filosófica que ésta encierra: “Si me equivoco, es que existo”332.
Es decir, el ser humano tiene la peculiaridad de equivocarse. Es pues, una
primera certeza. Existo, ¿por qué? Porque soy un ser humano y tengo la
posibilidad de equivocarme.
Pero una segunda certeza mucho más profunda es ésta: “Estoy cierto –dice
San Agustín-, y no tengo duda de ello: de que te amo”. Es preciso revisar esta
certeza sobre la cual se edifica todo nuestro edificio espiritual. Podemos dudar de
muchas cosas, podemos tener diferentes vacilaciones según las etapas de nuestro
itinerario espiritual, podemos variar en muchas cosas, podemos tener dudas.
Pero tendríamos que estar de acuerdo con San Agustín en esta certeza: con la
pequeñez de nuestro corazón, con nuestros defectos, con nuestras limitaciones,
con nuestra “vasija de barro” (2 Cor 4, 8) debemos tener esta seguridad: de que
amamos a Dios. Lo amamos en el sentido de que queremos entregarle nuestras
vidas, pues Él es lo más importante, pues por Él estamos dispuestos a todo.
Amar a Dios que significa que aunque somos pequeños y hemos fallado en
muchas ocasiones, queremos entregarnos del todo a Dios.
Y si amamos a Dios es porque Él nos ama y nos ha dado la capacidad de
amarle. Sería oportuno atrevemos a decirle a Dios con san Agustín: ‘Te amo’. Y
ojalá que nos atrevamos, porque a veces el Tentador nos pone la duda y nos dice:
‘no le digas a Jesús que lo amas, porque eres muy pobre, porque eres muy
pequeño, porque eres muy miserable, porque has fallado en muchas ocasiones’.
No hagamos caso a esta tentación; digámoselo a Jesús: ‘Te amo’. Y cada vez que
se lo digamos, nos iremos dando cuenta de que lo amamos más, y que el decirlo,
331
conf. 10, 6, 8.
332
ciu. 11, 26.
141
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
-o al decírselo a Jesús-, nos ayuda a amarlo a Él. No hay que tener miedo de
decírselo, porque realmente lo tenemos en el corazón.
Inmersos en el amor de Dios
Para San Agustín la fuerza que orienta al ser humano hacia Dios será
siempre el amor, por ello nuestra oración es un ejercicio de amor, a través del
cual queremos, por una parte, darnos cuenta de que toda nuestra vida está
imbuida en el amor de Dios. Pero por otra parte lo que queremos es, con todas las
capacidades de nuestro ser, con todo el amor que el Espíritu Santo ha infundido
en nuestros corazones (Rm 5, 5), corresponder al amor de Dios.
Hacer oración, por lo tanto, es hacer la experiencia del hijo pródigo que
vuelve a casa para, arrepentido, experimentar el amor y el abrazo del Padre (Lc
15, 11-31). También nosotros, cuando volvemos a la casa del Padre nos
encontramos, no un rostro que nos echa en cara los pecados que hemos
cometido, sino con un Padre misericordioso, bondadoso, lleno de amor, que nos
abraza y nos invita a compartir ese abrazo suyo con nuestros hermanos.
Para San Agustín la oración es un ejercicio de amor, donde
experimentamos profundamente en nuestro interior el amor de Dios que nos
enciende, que nos llena de amor. Pero para San Agustín la oración no se termina
en la contemplación personal, particular, donde nos llenamos de amor de Dios,
sino que continúa en la dimensión comunitaria. Debemos comunicar y transmitir
a nuestros hermanos lo que vamos descubriendo de Dios: su amor que va
llenando nuestras propias vidas.
Cartas de amor
Dice San Agustín:
“Soy plenamente consciente y no tengo la menor duda de que te amo, Señor.
Has herido mi corazón con tu palabra y te he amado. Pero también el cielo y la
tierra y cuanto hay en ellos me andan diciendo desde todas partes que te ame. Y
no cesan de decírselo a todos, para que no tengan excusa posible (Rom 1, 20)» 333
Cuando nosotros estamos convencidos como San Agustín del amor de Dios,
y este amor de Dios ocupa el punto central de nuestra vida y es la piedra angular
sobre la cual construimos nuestra existencia, ésta tiene un punto de apoyo firme,
333
conf. 10, 6, 8.
142
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
desde el cual las cosas no vacilan y tampoco pueden llegar a caerse, pues están
firmemente cimentadas en el amor de Dios (Mt 7, 21-27).
Así pues, San Agustín nos invita a tener esta seguridad, y el mismo Obispo
de Hipona sabe que el amor de Dios se enciende no solamente en la oración, sino
también a través de la meditación de su Palabra. Por eso dirá San Agustín:
“Habías asaeteado nuestro corazón con tu amor y llevábamos tus palabras
clavadas en nuestras entrañas”334.
Cuando nosotros leemos la Sagrada Escritura, Dios nos habla, pues la
oración es un diálogo, como dice san Agustín: “
Tú oración es un diálogo con Dios; cuando lees las Escrituras Dios te habla;
cuando oras, tú hablas a Dios”335.
El libro favorito para San Agustín será la Sagrada Escritura. Tendría que
ser también nuestro libro favorito para acompañarnos en la oración y en todo
momento. Ciertamente no se trata de dedicar todo el tiempo de la oración a leer,
sino seleccionar un texto breve de la Escritura y con él hacer nuestra oración,
pues Dios nos habla de manera personal y directa a través de su propia palabra.
Por eso San Agustín decía: “llevábamos tus palabras clavadas en las entrañas”336.
San Agustín, por lo tanto, tendrá entre sus manos la Sagrada Escritura, y sabrá
que las Sagradas Escrituras son las cartas que Dios nuestro Padre, que nos ama,
nos dirige desde la Patria –el Reino de los cielos-, para alentarnos a nosotros que
somos peregrinos en el camino hacia Dios:
Nuestro Padre nos envió unas cartas desde allí (la patria). Dios nos
proporcionó las santas Escrituras; con tales cartas excitó en nosotros el deseo de
volver, ya que amando nuestra peregrinación, mirábamos de cara al enemigo y
dejábamos de espaldas la patria 337
.
Nosotros tendríamos que tomar la Sagrada Escritura dándonos cuenta del
misterio de que ella está dirigida a cada uno de nosotros, con un mensaje
profundo de amor de Dios, con un mensaje y una palabra aplicada a la
circunstancia de vida que estamos experimentando.
Esta Palabra de Dios tendría que recordarnos muchas cosas, pero ante
todo el mensaje central de la Sagrada Escritura, que es que Dios nos ama y que
334
conf. 9, 3.
335
en. Ps. 85, 7.
336
conf. 9, 3.
337
en. Ps. 64, 2.
143
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
nos invita a nosotros, a la vez, a convertirnos en alegres mensajeros del amor de
Dios.
San Agustín, en otra de sus obras, que se llama De doctrina christiana, con
sus famosos cuatro libros (o más bien tres más uno 338), nos recuerda que todo el
mensaje de la Sagrada Escritura puede resumirse en el amor a Dios y al prójimo.
Todo aquello que podamos decir de más de la Sagrada Escritura es tal vez un
elemento superficial o secundario. Lo más importante de la Escritura es esto: el
amor a Dios y el amor al prójimo: “La esencia y el fin de toda la divina Escritura
es el amor de Dios (…) y de aquellos que con nosotros pueden gozar de él”339.
La Esposa del Cantar de los cantares
“Llevábamos tus palabras clavadas en las entrañas”340. San Agustín en esta
frase de las Confesiones nos invita a darnos cuenta de que la Sagrada Escritura
que nosotros tomamos todos los días entre nuestras manos es una invitación al
amor de Dios. San Agustín tiene la experiencia de un Dios que está enamorado
del hombre, un Dios que ama al hombre a pesar de sus propios pecados. Por eso
él, una vez más, en este libro de De doctrina cristiana hace un comentario muy
hermoso al principio del libro del Cantar de los Cantares, donde la esposa del
Cantar de los Cantares se presenta a sí misma con una imagen que a nosotros
nos puede resultar un tanto cuanto extraña. La esposa del Cantar de los
Cantares, dirá –en la versión bíblica que usó san Agustín-, “Fusca sum, et
speciosa”341 (Cant 1, 5), es decir: “Soy negra y hermosa”.
338
He dicho “tres más uno”. Los tres primeros libros del De doctrina christiana se conservan en el manuscrito más
antiguo que tenemos de San Agustín. Un manuscrito, posiblemente del siglo V, que contiene los tres primeros libros de
De doctrina christiana. San Agustín escribió primero estos tres libros del De doctrina christiana y el cuarto libro lo
compuso prácticamente al final de su vida. En este libro cuarto san Agustín ya no habla sólo de la Palabra de Dios sino
de la predicación de la Palabra de Dios. Por eso he hablado de que son cuatro libros: tres más uno. Tres primero, con
ese manuscrito antiquísimo, que curiosamente se encuentra en Rusia. Un manuscrito que muy posiblemente salió del
mismo monasterio agustiniano de Hipona.
339
doctr. chr. 1, 39.
340
conf. 9, 3.
341
doctr. chr. 3, 45. La versión bíblica que san Agustín tuvo entre sus manos refleja con mucha claridad el kaì griego de
la versión de los LXX en este texto, como una traducción del “we” hebreo que puede ser leído como copulativa o
adversativa. La alternativa del texto de la Vetus Afra que san Agustín tuvo entre sus manos por el “et” le da pie a hablar
del misterio de la Iglesia, particularmente de la Iglesia peregrina en este mundo que es a la vez santa y pecadora y por
ello el texto del Cantar de los Cantares refleja con mucha claridad este misterio. Se trata de una cuestión esencial en la
eclesiología agustiniana que se pondrá particularmente de manifiesto en la polémica antidonatista. Los donatistas se
proclamaban la Iglesia de los santos, mientras acusaban a la Iglesia católica de ser la Iglesia de los pecadores. San
Agustín les hará ver no sólo que la verdadera Iglesia es la que vive en la unidad y no rompe esta unidad por la soberbia,
así como el elemento de la caridad. La Iglesia, mientras peregrina, será ecclesia permixta, será una comunidad que
como la red barredera del evangelio tenga en su interior, peces buenos y malos, santos y pecadores, que serán separados
en el día del juicio, pero que san Agustín invita a tener paciencia con ellos, esperando su conversión antes del día final.
144
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Cada uno de nosotros somos como la esposa del Cantar de los Cantares,
que a fin de cuentas representa a toda la Iglesia; estamos oscurecidos por
nuestros pecados. El ser humano está tocado por el pecado. Por lo tanto, tiene un
elemento oscuro en su vida. Pero a la vez, la esposa del Cantar de los cantares es
hermosa. ¿Por qué? Porque le hermosea el amor de Dios, la gracia de Dios que le
ayuda a combatir el pecado. Por lo tanto, el creyente, como la esposa del Cantar
de los Cantares, tiene estos dos elementos: es negra, pero a la vez es hermosa. Es
decir, tiene la gracia de Dios que la va embelleciendo, que prepara la voluntad del
hombre342 para que pueda realizar el bien y deje que la gracia de Dios lo vaya
hermoseando y renovando. De este modo, aunque la lucha con el pecado
continúe hasta el último momento de la vida, la gracia de Dios va forjando en el
interior del creyente la imagen de Cristo (Gal 2, 20). La Iglesia también es negra y
hermosa. Mientras dura el tiempo de la peregrinación, como nos dice san Agustín
la Iglesia es una permixta ecclesia343, una Iglesia en donde hay santos y
pecadores. Al llegar al final de los tiempos, se separará la cizaña del trigo (Mt 13,
30) y la Iglesia será entonces toda hermosa y bella, sin mancha ni arruga, como
digna esposa del Cordero (Ef 5, 27).
Dios ama, por lo tanto, al hombre, un Dios enamorado del hombre en la
situación concreta en la que se encuentra, como la esposa del Cantar de los
Cantares. Por esto la Escritura tiene siempre es este mensaje de amor de Dios
para el hombre, donde nosotros tendríamos que leer la Sagrada Escritura como
las cartas que el Padre nos envía desde la Patria para alentarnos en este camino
de peregrinos hacia Dios 344
.
El libro de las criaturas
Pero no solamente la Sagrada Escritura: esta certeza y esta seguridad
agustiniana de saberse amado por Dios no sólo parte de la Sagrada Escritura,
sino parte también de la Creación. La naturaleza, todo el mundo, para San
Agustín es un mundo que habla, es un mundo que se vuelve elocuente para
aquel que tiene los ojos de fe. Uno de los grandes peligros de nuestra civilización
actual, que idolatra la tecnología, es la secularización. En ella, las cosas pierden
342
Cf. c. ep. Pel. 4, 6, 12.
343
Cf. doctr. chr. 3,32,45.
344
en. Ps. 64, 2.
145
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
su vinculación con Dios, y son simplemente elementos materiales; la
secularización lleva a ver el mundo, como el resultado de una serie de causas
físicas o naturales, con sus razones y leyes propias, sin que tenga un dimensión
simbólica, es decir que el mundo nos remita a otra realidad, nos invite a ver
reflejado en él la grandeza y belleza de Dios.
San Agustín, desde la perspectiva de la fe, nos presenta al mundo como un
mensajero de parte de Dios. Para quien vive intensamente la oración, el mundo se
vuelve absolutamente diáfano, de tal forma que podemos percibir en el mundo la
presencia de Dios. Y el mundo mismo se convierte en un mensajero que nos
invita, no a amar al mundo y a la belleza que hay en el mundo, sino a quien puso
esa belleza dentro del mundo, que es Dios. Por eso, pues, el mundo –como nos
dice San Agustín-, la Creación, todas las cosas que existen –desde el pájaro más
bullanguero, hasta una flor-, son mensajeros que nos invitan a levantar nuestro
pensamiento y nuestro corazón hacia Dios, y a reconocer la grandeza de aquel
que ha creado todas las cosas.
Los salmos son también una invitación a la alabanza divina. San Agustín
gozaba rezando los salmos y se daba cuenta de que los salmos son los cánticos
de alabanza que Dios se dirige a sí mismo para que nosotros aprendiéramos a
alabar a Dios. Los salmos en muchas ocasiones nos presentan a la naturaleza
adquiriendo voz y personalidad, para recordarle al hombre la grandeza de Dios e
invitarlo a alabar a Dios como ellos lo está haciendo. Y así, los ríos aplauden, las
montañas aclaman (Salmo 98, 8), los campos y las mieses aclaman y cantan la
grandeza de Dios (Salmo 64, 14). Toda la naturaleza, por lo tanto, es un mensaje,
donde Dios está presente y donde se invita al hombre a que en esa contemplación
de la naturaleza pueda elevar su corazón hacia Dios.
San Ezequiel Moreno, en una frase hermosísima, entre otras muchas dice:
“Que te pueda ver en la hermosura de los campos”. Éste es el deseo de quien vive
con seriedad el empeño de la oración: queremos ver, en la hermosura de todo
aquello que nos rodea, no sólo una hermosura que hace mi vida más feliz y más
alegre, sino que queremos ver en esa hermosura la belleza de Dios, como un
mensaje de amor para que elevemos nuestro corazón hacia Dios.
Por eso dice San Agustín:
146
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Pero también el cielo y la tierra y cuanto hay en ellos me andan diciendo
desde todas partes que te ame. Y no cesan de decírselo a todos, para que no
tengan excusa posible (Rom 1, 20)»345.
Ver a Dios en la creación
También el cielo y la tierra. Recordemos que San Agustín durante un
tiempo estuvo equivocado o estuvo caminando por los senderos erróneos de la
astrología. San Agustín llegó a creer que los astros tenían influjo sobre los seres
humanos. No obstante un hombre sabio Vindiciano, quien fue procurador en
Cartago, será quien invite a San Agustín a dejar este tipo de cosas y a darse
cuenta de que los astros son criaturas, simple y sencillamente, que responden y
obedecen a una ley mucho más elevada, que es la ley de Dios. Por eso San
Agustín dice: “Todas sus creaturas en el cielo –y aquí él refleja su deseo juvenil- y
en la tierra y cuanto hay en ellos me andan diciendo desde todas partes que te
ame. Y no cesan de decírselo a todos, para que no tengan excusa posible” 346.
El cielo y la tierra son un mensaje claro –para quien no es ciego en su
corazón- para darnos cuenta de la existencia de Dios.
Por lo tanto nosotros al hacer oración necesitaríamos, viviendo desde este
espíritu contemplativo, ser capaces de percibir el amor de Dios en la naturaleza
que nos rodea. Tendríamos que pensar si nos encontramos contagiados por el
secularismo, tocados por el racionalismo radical que desprecia la fe, y por ello no
somos capaces de percibir la belleza de Dios dentro de la Creación.
Nuestra oración debiera llevarnos a experimentar profundamente la
presencia de Dios en medio de sus creaturas, sin confundir a Dios con la
naturaleza. Adoramos a Dios, no a la naturaleza. La naturaleza es una creatura
de Dios; si dijéramos lo contrario caeríamos en el panteísmo, es decir, que Dios
está identificado con la naturaleza. Nada hay más lejano al pensamiento de san
Agustín. Para él de lo que se trata es de adorar y alabar a Dios, desde el amor,
por la belleza que él ha puesto en la naturaleza.
¿Orar o subir al “autobús ateo”?
345
conf. 10, 6, 8, p. 315.
346
conf. 10, 6, 8, p. 315.
147
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Hace algunos años comenzó a circular lo que se llamó “el autobús ateo”.
Éste comenzó a circular por Inglaterra, donde surgió la idea, auspiciada
precisamente por un científico ateo acérrimo. Esto causó un gran revuelo en
Inglaterra. El autobús llevaba una frase que decía: “Es muy probable que Dios no
exista. Por lo tanto, deja de preocuparte y disfruta de la vida” 347. Este autobús
después llegó también a España, donde estuvo circulando por las calles de
Madrid con este lema, donde se intentaba llegar a esta conclusión: la naturaleza
es la naturaleza, las cosas son las que son; Dios, por lo tanto, no existe. La
reacción no se hizo esperar y surgió otro “autobús creyente” que circuló en
Madrid, como respuesta al autobús ateo. Éste decía: “Dios existe. Disfruta la vida
en Cristo”.
La fe en Dios no es algo que limite nuestra vida, que nos coarte los caminos
de la felicidad, sino simple y sencillamente nos presenta la auténtica felicidad y
dónde se encuentra esta auténtica felicidad: en Dios. Y la religión nos invita a
percibir y tener la capacidad de ver la presencia de Dios en todos los elementos
del mundo. Por eso San Agustín nos invita a darnos cuenta de ello: que tengamos
ojos para poder percibir la belleza de Dios dentro de las creaturas. En esta parte
final de la frase, como suele ser común en San Agustín, él está haciendo un
comentario de la Escritura: Y no cesan de decírselo a todos, para que no tengan
excusa posible (Rom 1, 20)»348.
En este caso es un comentario de un texto de la Carta a los Romanos,
donde San Pablo nos habla de que la grandeza y el amor de Dios están reflejados
en su creación, en el orden y en la belleza del mundo. Y como es algo tan claro,
que si alguien no puede percibirlo no podrá excusarse de ello en el día del Juicio,
pues, Dios les dirá: ‘te presenté una belleza en la Creación y tú no la pudiste
percibir por haber cegado tus ojos con el pecado, con el materialismo, con la
soberbia’.
Nadie nos puede separar
Es preciso hacer de nuestra oración un ejercicio de amor, donde
experimentemos profundamente el amor de Dios, de tal modo que hagamos de
nuestras vidas un lugar de encuentro con Dios. Y el recuerdo de todas las
347
“There’s probably no God. Now stop worrying and enjoy your life”.
348
conf. 10, 6, 8, p. 315.
148
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
experiencias de nuestra vida, -positivas y negativas-, deben llevarnos a esta
certeza agustiniana: Dios me ama. A pesar, incluso, de las circunstancias
difíciles, Dios me ama. Porque Dios sabe sacar bienes de las situaciones
negativas o malas, pues “todo concurre para el bien de los que aman a Dios” (Rm
8, 28). Por eso dice san Agustín:
Amando todo lo que podéis amar, voláis a Él para conocer de qué modo os
ama Él, es decir, para conocer la supereminente caridad de Cristo 349.
Hay personas que dicen: ‘es que a mí Dios no me ama, porque en mi vida
ha habido muchas desgracias, enfermedades, desventuras’. O, como dice el
salmista “Desde niño he sido desgraciado y enfermo”. Bien, pues tal vez hay
personas que pueden compartir la misma experiencia que el salmista, pueden
decir: desde la infancia he sido desgraciado y he estado enfermo. A pesar de esto,
nuestra vida debe interpretarse con la tónica del amor de Dios, sabiendo que Dios
quiere sacar bienes de los males.
Por ello, pues, San Agustín en su vida va interpretando los acontecimientos
de su vida con esta tónica del amor de Dios. Cuando una persona no hace
oración, o se olvida de la certeza agustiniana del amor de Dios, e interpreta estos
elementos como un castigo divino, es cuando pueden venir consecuencias
negativas para la propia persona, alejándose de Dios o perdiendo la fe. Nosotros
queremos orar para no perder nunca esta certeza. Pase lo que pase, suceda lo
que suceda, no perder la seguridad de que Dios me ama.
Y aquí tendríamos que recordar también el texto de la carta a los Romanos
que dice: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo” (Rm 8, 35) Y San Pablo
hace una lista de elementos que posiblemente pudieran llegar a arrancarnos de
esta raíz vital, la raíz del amor. Y, así, menciona la tribulación, la angustia, la
persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada. Una serie, de
circunstancias que podrían arrancarnos del cimiento del amor de Dios. Y al final
de este himno hermosísimo sobre la caridad, de la certeza de la caridad, dirá San
Pablo: “Estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni
presente ni futuro, ni poderes, ni altura, ni hondura, ni criatura alguna nos podrá
separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm 8, 38-
39).
349
en. Ps. 103, 15.
149
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Nadie puede separarnos de este fundamento y de este cimiento firme de
nuestra vida salvo una cosa: Nuestra libertad mal utilizada, donde nosotros
optemos por abandonar a Dios y alejarnos de su amor. Pero no habrá condiciones
exteriores que nos puedan separar si nosotros creemos en la fortaleza del amor. Y
para expresar la fuerza del amor, San Agustín “bautiza” una frase del poeta
Virgilio. Dirá este poeta en sus Églogas: “Omnia vincit amor”350. Es decir: “El amor
lo vence todo”. Cuando hay amor, aunque se presenten dificultades, el amor
puede vencerlo todo. No hay un enemigo del tamaño del amor, un enemigo que
pueda superar al amor. Donde hay amor, el amor será saldrá victorioso. San
Agustín dirá: “Caritas vincit omnia”351. Es decir: la caridad. Ya no solamente es el
amor de este mundo, sino el amor de Dios es el que vence todo.
Vence todo, claro, menos nuestra libertad. Dios respeta nuestra libertad. Y
cuando un ser humano elige arrancar sus raíces de este suelo vital que es el
amor y olvidar esta certeza de que Dios le ama, se coloca en una posición de
pecado, de alejamiento de Dios.
Nosotros queremos mantenernos firmes en esta seguridad y en esta certeza:
Dios me ama, nada podrá arrancarme de este suelo que es el amor de Dios, y
necesitamos mantenernos firmes en esto. Necesitamos orar como un ejercicio de
amor para que nadie nos mueva de esta certeza: en vida y en muerte seguiremos
dentro del ámbito del amor de Dios.
Confío en el Buen Pastor
Como dice el salmista en el Salmo 22 (23): “El Señor es mi pastor, nada me
falta”. El versillo principal de este Salmo 22, que es la profesión de fe del salmista
y también la del creyente, dice: “Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo,
porque tú vas conmigo” Y el texto, el texto hebreo, nos habla de cuál es esa
cañada oscura. Y dirá literalmente el texto hebreo: “Aunque camine por el valle
oscuro de sombras de muerte...” Es decir: aunque tenga que bajar a la muerte,
que es un valle oscuro (por lo menos visto desde la perspectiva humana). Aunque
baje al valle de la muerte no temo nada, no tengo ningún temor. Y la profesión de
fe del salmista se resume en estas palabras: “Porque Tú estás conmigo” (22,4).
Ésta es la profesión de fe, donde el salmista sabe que en vida y en muerte, con la
350
Virgilio, Églogas, 2, 65.
351
s. 145, 5.
150
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
tribulación o en los momentos más hermosos de la vida, Dios está con él. Un Dios
amoroso, que sigue presente con él.
Bien, nosotros queremos orar para llegar a esta certeza. Vayamos donde
vayamos, pase lo que pase, suceda lo que suceda en nuestras propias vidas, ésta
es la certeza que nadie puede robarnos: Dios me ama. Si perdemos esta certeza
perdemos el rumbo y el norte de nuestra vida, y nuestra oración lo que debe hace
es llevarnos a no perder nunca esta convicción.
Si vivimos en el ámbito del amor de Dios daremos fruto, y nuestra vida por
lo tanto plena, tendrá la alegría propia de quien se siente amado por Dios. Si
abandonamos el ámbito del amor de Dios, nos colocamos en el mundo de las
tinieblas, donde todo es tristeza, oscuridad, y donde no hay respuestas. Y cuando
ya no amamos, nos vamos condenando poco a poco a la muerte.
Dios no abandona a nadie
San Agustín en las Confesiones nos ofrece uno de sus secretos esenciales, y
nos invita a mantenernos firmes en este punto de nuestra vida: Soy plenamente
consciente y no tengo la menor duda de que te amo, Señor 352.
Saber que somos amados por Dios, y al ser amados por Dios nada ni nadie
puede separarnos de su amor (Rm 8, 38-39). Lo único que puede separarnos del
amor de Dios es nuestra libertad mal utilizada. Por eso dirá San Agustín que:
“Dios no abandona (a nadie), si no es abandonado (por el hombre)”353. Incluso en
los casos de aquellas personas que deciden abandonar a Dios, Dios sigue todavía
tendiéndoles lazos de amor para atraerlos (Os 11, 4). Dios, por lo tanto, respeta la
libertad del hombre, pero nosotros queremos orar para no perder nunca esta
convicción, y para ir profundizando y cimentando cada vez más fuertemente
nuestra vida sobre esta certeza: Dios me ama.
Re-creación y re-formación
Pero también orar es amar para dejarse transformar. No solamente se trata
de una labor de convencimiento intelectual o de vivencia experimental del amor
de Dios, sino se trata de orar para dejarse transformar por Dios. Aquí aparecería
un elemento activo, propio de la oración. No solamente tengo la experiencia
352
conf. 10, 8.
353
nat. et. gr. 26, 29. Deus non deserit si non deseratur.
151
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
pasiva de ser amado por Dios, sino que hay un efecto que Dios va causando en el
corazón del creyente cuando se pone en este ámbito, en la dimensión de la
oración: Dios va transformando a la persona por dentro. Por eso San Agustín,
dentro del libro de las Confesiones, nos presenta una dinámica espiritual que se
mueve a través de tres elementos esenciales. En primer lugar, la creatio. Dios ha
creado al ser humano (Gen 1, 26), lo ha creado y lo sigue creando todos los días.
Para San Agustín el ser humano todos los días vuelve a salir de las manos de
Dios y necesita -no solamente desde una perspectiva física o materia, sino
también espiritual-, pedirle a Dios que continúe su labor creadora en el corazón
de cada uno354.
En segundo lugar vendría la conversio. El hombre, por la mala utilización
de su libertad, se aleja de Dios; por lo tanto, necesita convertirse, volver a Dios. Y
una vez que vuelve a Dios, vendría el tercer paso que es la reformatio, la re-
formación. Necesitamos que Dios vuelva a formar en nuestro interior la imagen
de Cristo: “En este hombre interior habita Cristo, y en el hombre interior serás
renovado según la imagen de Dios; conoce en su imagen a su Creador” 355.
Esa imagen ha sido borrada por el efecto del pecado, y es preciso marcarla
en el interior con la fuerza de la gracia de Dios. El cristiano, moneda de Dios, se
va gastando por el pecado y necesita ser re-acuñado por Dios: “El hombre es
moneda de Cristo, allí está la imagen, allí el nombre de Cristo, allí la función y los
oficios de Cristo”356. Por eso la oración, como un ejercicio de amor, es un acto de
transformación. Cuando nos convertimos, dejamos al hombre viejo, dejamos los
caminos del pecado, y nos revestimos y transformamos absolutamente en este
hombre nuevo (Ef 4, 22-24).
El amor, por lo tanto, tiene la capacidad de transformar, de convertir al
amado en el amante, de tal forma que ambos se identifiquen y ambos se
conviertan en una misma realidad. El ser humano enamorado de Dios, y Dios
enamorado del hombre, llegan a fundirse en uno solo, en esa transformación del
amante en el amado. Sin que por ello, una vez más, caigamos en el peligro del
panteísmo, donde se pierde la identidad de la persona, en la unión con la persona
amada (que en este caso sería Dios).
354
Cf. conf. 1, 6.
355
Io. eu. tr. 18, 10.
356
s. 90, 10.
152
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Hay una transformación: interiormente nos transformamos en Cristo, sin
perder nuestra identidad. El ser humano seguirá siempre siendo el mismo en
cuanto a elementos característicos suyos, pero se transformará interiormente a
imagen de Cristo, de tal forma que Dios ame en cada persona lo que amaba en
Cristo. La vida cristiana tiene como meta la cristificación. Queremos orar para
que en nuestro interior el Espíritu Santo nos vaya cristificando. Que en nosotros
cada vez vayan pesando más los valores del Reino de los Cielos, que los valores
del mundo. Como dice san Agustín:
“pues el día sexto el hombre fue hecho el hombre a imagen de Dios,
reformémonos nosotros a imagen de Dios. Fue aquello que Dios hizo entonces la
formación (formatio); esto es la reformación (reformatio); aquello fue la creación
(creatio), esto es la recreación (recreatio)”357.
Destruir y dejarme construir
Queremos orar para que el amor vaya haciendo en nosotros una doble
labor. Una labor negativa y positiva.
La labor negativa del amor es la destrucción. Destrucción del pecado,
destrucción del hombre viejo, destrucción de todo aquello que me aleja de Dios.
Pero tienen un efecto positivo y constructor, que es el efecto de transformarnos a
imagen de Dios; ir renovando en nuestro interior la imagen del hombre nuevo.
La imagen que San Agustín nos presenta en las Confesiones (por lo menos
implícitamente, en este discurrir de estas tres ideas de la creación, la conversión
y la reformación) será que el ser humano es como un cántaro de arcilla que ha
salido de las manos del artífice, y ha perdido su forma por el efecto del pecado y
necesita volver a las manos del artífice, para que el artífice vuelva a darle forma al
cántaro. En este caso la forma (es decir, el modelo) es Cristo. Nosotros queremos
hacer oración para dejar que las manos de Dios plasmen nuestro corazón a
imagen del corazón de Jesús. Que nosotros no tengamos un corazón carnal que
piense según los modelos del mundo, que se oriente según las consignas del
mundo, que vaya siguiendo los primados propios del mundo, sino queremos tener
un corazón que sea formado, o reformado por las manos creadoras de Dios.
Transformado en el Amado
357
s. 125, 4.
153
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
El amor, por lo tanto, tiene la capacidad de transformar, de transformarnos
a nosotros en aquello que amamos. Por eso, esta frase tan conocida del
comentario de San Agustín a la Carta de San Juan:
“¿Amas la tierra? Serás tierra. ¿Amas a Dios? – y, San Agustín se pregunta-;
¿diré que serás Dios? No me atrevo a decirlo como cosa mía: oigamos a la
Escritura. Yo dije: ‘Todos sois dioses e hijos del Altísimo’”.
El amor, por lo tanto, tiene el poder de transformarnos en aquello que
amamos. Aquellos que aman la tierra, aquellos que tienen su corazón solamente
puesto en las cosas de la tierra –y aquí San Agustín tiene razón-, se convertirán
en tierra. Sus sueños, sus aspiraciones, sus proyectos, se quedan allí, en esos
elementos superficiales; es decir, en esa poquedad del amor que tienen. Un amor
muy limitado, únicamente restringido a las cosas de la tierra. Este amor de la
tierra les transforma en aquello que amaron. Es decir, la vanidad de su propio
amor se refleja en la vanidad de su propia vida, que como la tierra, desaparece.
La palabra “hombre” proviene de “humus”-..., es decir, es tierra solamente, y el
que ama la tierra vuelve a ella para transformarse solamente en ella. Ahí se
terminan las aspiraciones y los deseos de aquellos que habían puesto toda su
esperanza en las cosas de la tierra. Por eso San Agustín nos invita a elevar
nuestro corazón hacia Dios:
Levantad el corazón. No lo tengáis en el suelo; el corazón se pudre al
contacto con la tierra; levantadlo hacia el cielo. 358
Nuestro corazón, si se queda en la tierra, se corrompe y se pudre. Las cosas
de la tierra van corrompiendo el corazón, van imponiéndole pesos y cargas; pesos
que le impiden elevarse hacia Dios. Por lo tanto nosotros queremos que el amor
nos transforme; pero no en algo pasajero, no en algo que muera y termine, sino
queremos aferrarnos a un amor que sea duradero y eterno.
Nosotros, cada vez que hacemos oración, vamos sembrando en nuestro
interior el deseo de la Vida Eterna y la configuración necesaria para entrar a la
Vida Eterna que es el deseo de Dios.
Ponerse el vestido nupcial
San Agustín comenta un pasaje del Evangelio donde el Señor nos relata la
parábola del rey que organiza un banquete para la boda de su hijo, y que se
358
s. 229 A, 3 (Guelf. 7, 3): MA 1, 464/2.
154
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
invita a muchas personas a participar en este festín (Mt 22, 1-14). Pero, como
cuenta el Evangelio según San Mateo –que es la versión que San Agustín
comenta-, los invitados a la boda rechazaron la invitación porque unos tenían
sus negocios, otros se habían comprado campos, y otros se portaron mal con los
mensajeros, porque los ultrajaron, los golpearon, e incluso a algunos los
mataron. San Mateo nos cuenta, el enfado de este rey, que manda sus ejércitos, a
acabar con esos malvados (Mt 22, 7), y cómo después este rey manda a sus
criados a que salgan a los caminos y que inviten, a todas las personas que pasen
por los caminos para que ocupen el lugar en el banquete. Y el evangelio nos
narra cómo la sala del banquete se llenó de comensales, de invitados, y cómo el
rey finalmente entra a la sala del banquete y se encuentra a un hombre que no
está vestido de fiesta, y le hace esa pregunta: Amigo, ¿cómo has entrado sin traje
apropiado? (Mt 22, 12-13). Y nos dice el Evangelio que ese hombre enmudeció y
fue arrojado a las tinieblas.
Nosotros podemos quedarnos ante este texto diciendo: ¿cómo es posible
que estuviera vestido de fiesta si venía de la calle, si era un hombre que había
sido convocado de los caminos, que estaba tal vez en la plaza y que los criados le
invitaron a la fiesta? Aquí, los exegetas nos dicen que este vestido de bodas
significa un vestido limpio 359, relacionando el texto con los del Ap. 22,14 y 19, 8.
El personaje de la parábola había entrado al banquete con el traje sucio y por lo
tanto, sin la preparación necesaria, afrentando con su suciedad a quien ofrecía el
banquete. Este hombre ha entrado al banquete, sin estar vestido adecuadamente.
San Agustín nos dirá que ese vestido de fiesta puede representar dos
cosas. En primer lugar, el deseo de la conversión. Nosotros no podemos estar en
el banquete del Reino de los Cielos, al que nos estamos preparando a través de
nuestra oración, si no nos revestimos de la conversión que vaya transformando
nuestro corazón a imagen del corazón de Jesús, si no damos el paso desde la
Babilonia de este mundo hacia la Ciudad de Dios. Es cierto que hemos sido
convocados de diferentes caminos y que hemos recibido la llamada a participar
en el banquete del Reino de los Cielos. Pero si no tenemos puesto el traje de la
conversión continua, procurando ajustar nuestros caminos a los caminos de Dios
todos los días, revistiéndonos del amor, no podemos pertenecer al Reino de los
359
Cf. J. Jeremias, Las parábolas de Jesús, Estella, Verbo Divino, 1974, p.33 y p. 223;
155
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Cielos. Así lo expresa san Agustín. Los que no llevan el vestido de fiesta son
aquellos que:
“se gozan en las cosas temporales, todos los que anteponen la felicidad
terrena a Dios, todos los que buscan su propio interés, mas no el de Jesucristo”360.
En segundo lugar –y aquí aparece un elemento también muy importante-,
este traje de bodas es la caridad, el amor. No podemos pertenecer al Reino de los
Cielos si no amamos, si estamos vestidos con las ropas del egoísmo. Vivir y
pertenecer al Reino de los Cielos en esperanza -y la esperanza ya es una cierta
posesión de aquello que vamos después a tener plenamente (Hb 11, 1)-, debe ser
una invitación a vivir en el amor. Un amor que vaya transformando toda nuestra
vida y que nos lleve a revestirnos de Cristo. Dice san Agustín:
¿Cuál es pues, aquel vestido nupcial’ Es este: el fin del mandamiento, dice el
Apóstol, es el amor que procede de un corazón puro, de la conciencia recta y de la
fe no fingida. Este es el vestido nupcial. No cualquier amor (…) sino el amor que
procede un corazón puro, de una conciencia recta y de una fe no fingida. Tal amor
es el vestido nupcial.361”
La alegría de la gracia
Por lo tanto queremos hacer oración con esta seguridad: que el amor nos va
transformando, y al irnos transformando se nos pide una labor de conversión
para que podamos secundar las inspiraciones de la gracia que recibimos en la
oración todos los días. Ser capaces de asumir los elementos propios del Reino de
los Cielos, como pueden ser la conversión y entre otras cosas, la alegría.
Posiblemente estamos cayendo en la tentación de la tristeza, la acedia, el
demonio meridiano, que de vez en cuando nos visita para hacernos ver las cosas
desde una perspectiva negativa, para hablarnos siempre de las desgracias y de
las catástrofes que hay en nuestra vida, en nuestro mundo, en la comunidad en
la que vivimos, en los hermanos con los que convivimos. Éste es el demonio
meridiano que tendríamos que alejar de nosotros, y dejarnos llevar más bien por
el optimismo, y la perspectiva de gozo y de alegría que nace del amor. Una alegría
sencilla, serena, que no busca manifestaciones ruidosas, extraordinarias, o a
veces desmedidas. La alegría serena, de todos los días, de saberse amado por
360
en. Ps. 61, 6.
361
s. 90, 6; Cf. s. 95, 7.
156
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios y de saber que ese amor de Dios cada día me está transformando. Sin que
yo sepa cómo. Cantar y caminar todos los días, con sus penas y sus gozos.
Tendríamos que pedirle a Dios, “la alegría nuestra de cada día dánosla hoy”.
El triunfo de la gracia
Dios en la oración nos va transformando, sin que nosotros sepamos cómo,
como dice el evangelio según san Marcos (Mc 4, 26-29), sin que el agricultor sepa
cómo, la semilla primero echa las raíces, después saldrá el tallo, las hojas, y
finalmente el fruto. Sin que nosotros sepamos cómo, Dios va transformándonos a
su imagen. En muchas ocasiones nosotros nos cansamos en la oración, porque
tenemos un proyecto o un ideal en torno a la oración y creemos que nuestra vida
espiritual tiene que seguir forzosamente ese camino que nosotros hemos
planeado. A todo esto es preciso recordar que no somos nosotros los que
dirigimos el itinerario espiritual de nuestra vida: quien dirige el itinerario
espiritual es Dios, a través del Espíritu Santo. Por ello no debemos desalentarnos
cuando no podemos alcanzar las metas ideales que personalmente nos hemos
trazado. El camino no lo establecemos nosotros, sino Dios, para cada uno de
nosotros. Es verdad que podemos llegar a describir de manera general las etapas
que pueden existir en todo itinerario espiritual, pero cada uno de nosotros,
recibiendo la gracia y el amor de Dios a través del Espíritu Santo derramado en
nuestros corazones, vamos recorriendo este itinerario espiritual, con
peculiaridades y características propias de cada uno de nosotros. Donde, sin que
nosotros sepamos cómo, Dios nos va transformando.
En general solemos engañarnos al pensar que esta transformación será
milagrosa y que se dará de un día para otro, por medio de elementos muy
llamativos o portentosos. El Reino de los Cielos no actúa generalmente a través
del camino de la espectacularidad. Se va desarrollando con un ritmo certero, pero
a veces oculto; con un ritmo silencioso, que nos invita a nosotros, por una parte,
a estar muy atentos a nosotros mismos, pero por otra parte nos invita al
agradecimiento por lo que Dios va haciendo en nuestro interior.
Y darnos cuenta de que esta gracia de Dios finalmente es la que tiene que
triunfar en nuestro interior. Es muy interesante constatar cómo San Agustín, al
final de su vida -el Agustín anciano, el Agustín plenamente maduro-, al revisar
157
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
sus obras en las Retractationes, un poco antes de su muerte en el 430, diga lo
siguiente:
“En la solución de esta cuestión me esforcé por sostener el libre albedrío de
la voluntad humana, pero ha vencido la gracia de Dios 362.
San Agustín es el hombre que da testimonio de la fuerza que tiene la gracia
de Dios para poder crear en el corazón del hombre la imagen de Cristo. San
Agustín nos invitaría a experimentar y a sentir en nuestro interior la dulzura, la
suavidad de la gracia de Dios 363, que sin que nosotros sepamos cómo, nos va
transformando.
Se nos invitaría a cada uno de nosotros a hacer una experiencia de esa
gracia de Dios, a mirar en nuestro interior si auténticamente sentimos la fuerza
de la gracia, una gracia que debe darnos alegría. Una gracia que deleita, que llena
de gozo, mientras que el pecado es el principio de la tristeza: “El motivo de tu
tristeza es el pecado, sea el motivo de tu alegría la justicia”364. Y sin que nosotros
sepamos cómo, el amor de Dios nos está transformando en nuestro interior.
La oración debe tocarnos el corazón, y debemos dejarnos transformar por el
amor de Dios. Nuestra oración personal, por lo tanto, es el momento de dejarnos
tocar el corazón por Dios para que Él vaya formando la imagen de Cristo en
nuestro interior, y vaya guiando nuestro propio itinerario espiritual por las etapas
que Él pueda considerar mejores para nuestra vida.
Dejar el amor del mundo
La oración tiene también un efecto de conversión. El corazón del hombre es
como una mano, que no puede aferrar dos cosas a la vez. Si tenemos nuestras
manos ocupadas con el mundo, no podemos tomar a Dios. Necesito soltar las
cosas que tenemos cogidas con las manos del corazón, para poder coger las de
Dios.
San Agustín en esta imagen del corazón del hombre como una mano nos
recordará un elemento muy importante: necesitamos hacer que este corazón, que
es esta mano, se vaya ensanchando y ampliando para ajustarse al camino de
362
retr. 2,1,1.
363
“Suave para mí es tu gracia”: en. Ps. 103, 19; “”Suave eres Señor y en tu suavidad enséñame la justicia, para que con
libre caridad me deleite en la ley, pues libremente cumple el mandato el que lo cumple a gusto”: gr. Chris. I, 13, 14.
364
en. Ps. 42, 3.
158
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios. Nuestra mano es demasiado pequeña, a veces ha aspirado a cosas muy
pequeñas, que son las cosas de la tierra:
“(…) pensad que es como la mano del alma, si tiene algo, no puede coger otra
cosa. Para que pueda tener lo que le dan, debe dejar lo que tiene. Digo esto y ved
que lo digo claramente: el que ama el mundo no puede amar a Dios, tiene ocupada
la mano”365
La oración nos dispone para ensanchar nuestras capacidades para
podernos llenar de Dios. Pero para podernos llenar de Dios necesitamos vivir un
proceso de conversión, un proceso de vaciamiento interior donde tenemos que
irnos desprendiendo de seguridades y de cosas en las cuales hemos llegado a
confiar. Si no nos quitamos esos ídolos del corazón, no podemos llenarnos de
Dios. Hacer oración exige un proceso fuerte de conversión y también de
mortificación.
La purificación del corazón
Cuando la oración, no viene acompañada de la mortificación, vuelven a
surgir en nosotros los ídolos que van llenando nuestro corazón, y al ir llenando
nuestro corazón impiden la presencia de Dios. Nuestro corazón debe pertenecer
absolutamente a Dios; no puede haber en él ninguna cosa que no sea Dios. Y si
vamos permitiendo la entrada a diferentes inclinaciones, fantasías,
pensamientos, deseos, van ocupando el lugar que le corresponde a Dios. Por eso
San Agustín nos invita a vivir en el proceso de conversión continua: estar muy
atentos sobre nosotros mismos, darnos cuenta de qué es lo que está llenando
nuestra vida y nuestro corazón. Para que no sea ninguna cosa que tienda a
alejarnos del camino de Dios, sino que sea solamente Dios el que vaya llenando
nuestro corazón.
En ocasiones experimentamos una gran dificultad para hacer oración.
Atravesamos etapas en nuestro itinerario espiritual en las que experimentamos
grandes dificultades y problemas. Puede ser que estas grandes dificultades y
problemas provengan de no tener el corazón lleno de Dios, o porque hemos
dejado que el corazón se nos llene de otras cosas. Recordad que el corazón no
puede permanecer vacío, pues como dice san Agustín, “el amor no puede estar
365
s. 125, 7
159
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
ocioso366. El corazón del hombre tiene que tener algo dentro de él. Y si no
colocamos a Dios dentro de nuestro corazón iremos colocando otras cosas que
vayan apartándonos del camino de Dios. El proceso de conversión consiste en
esto: revisar nuestro corazón y ver qué es lo que tenemos en él y tener el valor de
arrancar y quitar de nuestro corazón aquello que ocupa de una forma
equivocada, el espacio que le corresponde a Dios.
Es preciso pues, vivir un proceso serio de mortificación y de penitencia para
purificar los ojos del corazón para ser capaces de contemplar a Dios. Ciertamente
las mejores penitencias y mortificaciones, no son aquellas que buscamos y que
nos procuramos –cosa que en diversos momentos de nuestro itinerario espiritual,
con el consejo de un buen director espiritual, nos pueden hacer mucho bien- ,
sino aquellas que nos ofrecen las tribulaciones y las dificultades de todos los
días. Si las sabemos aceptar con paciencia y amor, estaremos viviendo una buena
mortificación, evitando la queja y el continuo estado de enojo. Estas
mortificaciones cotidianas nos purifican y fortalecen. No podemos contemplar a
Dios si nuestros ojos todavía están obnubilados y cegados por las cosas de la
tierra; hay que purificar los ojos del corazón para poder llegar a la contemplación
de Dios.
Eres como un vaso…
Nuestro corazón es una mano que necesita vaciarse de las cosas del
mundo, para poder aferrar y tener los tesoros de Dios. Por eso San Agustín nos
invita a que vivamos un proceso de mortificación, a que nos demos cuenta de que
no podemos vivir la oración si llevamos una vida demasiado superficial, donde
nos permitimos todo tipo de cosas a nosotros mismos. Por eso dice San Agustín:
“No ames el mundo, excluye de ti el amor malo del mundo, para que te llenes del
amor de Dios. Eres un vaso, pero estás lleno. Arroja lo que tienes para que recibas
lo que no tienes”367.
San Agustín nos ofrece una imagen, que después desarrolla con mucho
más detalle. “Somos un vaso” que está lleno, posiblemente de cosas del mundo.
Nuestro corazón, asimismo es como un vaso, contiene tal vez los deseos del
mundo, las inclinaciones hacia las cosas materiales, olvidando a Dios. Y San
366
en. Ps. 31, 2, 5
367
Io. ep. tr. 2, 9.
160
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Agustín nos invitaría a echar fuera del vaso del corazón las cosas del mundo,
para que pueda llenarse de Dios.
Nosotros queremos hacer oración para llenarnos del amor de Dios, para
compartir la experiencia de Dios con nuestros hermanos. Por ello nos ponemos a
orar pidiendo al Señor que este vaso, que es nuestro corazón, pueda, en primer
lugar, vaciarse. En segundo lugar, purificarse y, finalmente, llenarse de Dios.
Un corazón que está lleno no puede recibir nada más. Por eso necesitamos
vaciarnos de las cosas del mundo, para podernos llenar de las cosas de Dios.
Pero no solamente vaciarnos, sino necesitamos también purificarnos. Las cosas
del mundo han dejado huella en nuestro corazón y necesitamos llevar a cabo una
labor de purificación. Nuestra oración nos dispone y nos capacita para poder
purificar nuestro corazón, de tal forma que podamos recibir a Dios en nosotros.
En este proceso de purificación, Dios permite que en ocasiones no podamos
orar, para ir purificando nuestras intenciones, nuestra fe, y que nosotros al orar
nos demos cuenta de que lo más importante no son los consuelos sensibles. Lo
más importante al orar es el encuentro con Dios y la relación de fe que tenemos
con Dios.
Pero san Agustín nos invitará a tener mucho cuidado con las cosas que
tenemos dentro de nuestro corazón. Ver qué es lo que vamos albergando y
guardando en él, porque puede tener efecto sobre nuestra vida. Nosotros oramos
para llenarnos del amor de Dios y vaciarnos de estas cosas negativas, que no
solamente a nosotros nos hacen daño, sino que también podemos llegar a causar
mucho daño a aquellos que conviven con nosotros.
La dulzura de Dios
“(…) vacía el recipiente que has de llenar con otra cosa. ¿Tienes que llenarte
del bien? Derrama el mal. Imagínate que Dios quiere llenarte de miel. Si estás lleno
de vinagre, ¿dónde depositas la miel? Hay que derramar el contenido del vaso; hay
que limpiar el vaso mismo; hay que limpiarlo, aunque sea con fatiga, a fuerza de
frotar, para hacerlo apto para determinada realidad” 368.
San Agustín nos invita a pensar en la necesidad de vaciarnos de las cosas
negativas para llenarnos de Dios. El corazón es como un vaso que contiene
368
Io. ep. tr., 4, 6.
161
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
vinagre. Necesitamos tirar el vinagre para podernos llenar de la miel que Dios nos
quiere dar. San Agustín cada vez que menciona esto -que hace alusión al corazón
como un recipiente donde se ha colocado vinagre-, hace la siguiente reflexión.
Cuando un recipiente ha tenido dentro de sí mismo un elemento sumamente
ácido o amargo, todo aquello que se pueda depositar en él quedará marcado con
ese sabor fuerte o ácido de lo que estuvo depositado en el recipiente. Por ello San
Agustín nos invita a no albergar en nuestro corazón malas intenciones, malos
deseos, y particularmente, a no guardar resentimientos y rencores.
El rencor y el resentimiento, o las ofensas mal perdonadas, son como el
vinagre que va llenando nuestro corazón. Y nos dice san Agustín que este vinagre
va haciendo que el mismo corazón, como un vaso de madera, se vaya
corrompiendo y vaya absorbiendo la misma amargura del vinagre. De tal forma
que aunque la persona se convierta, y deseche y deje el vinagre que llevaba en el
corazón, todo aquello que pueda pasar por sus manos quedará marcado por el
sabor amargo del vinagre:
“Porque como el vinagre corroe el vaso si dura en él, así la ira corroe el
corazón si dura hasta el día siguiente”369.
Por eso San Agustín nos dirá que no es conveniente guardar por mucho
tiempo el resentimiento, la ira, porque avinagran el corazón e impide, la oración.
Dios quiere llenarnos con la dulzura de la miel de su amor, pero, si estamos
llenos de vinagre, no podemos guardar la dulzura de Dios. Es verdad que la obra
de Dios nos transfigura, nos transforma, puede cambiar el corazón que estaba
impregnado de vinagre en un corazón nuevo, que pueda recibir con pureza el don
de Dios. Pero en ocasiones recibimos el don de Dios con nuestro odre viejo y
avinagrado, y al recibir el don de Dios de esta manera, lo “contaminamos”, y
contaminamos también, por supuesto, a aquellos que viven cerca de nosotros.
Una persona que viva amargada por algún resentimiento o rencor, por una ofensa
no perdonada, es una persona que todos los dones que pasen por sus manos
quedarán marcados por la amargura propia del resentimiento. Y la misma
oración, no será oración pues muchas ocasiones será sólo un tiempo para
recordar, revivir y reavivar las heridas del pasado.
Se nos invitaría a revisar y analizar si tenemos alguna ofensa no
perdonada, si vamos guardando algún rencor dentro de nuestros corazones, y si
369
ep. 210, 2.
162
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
esto se ha convertido en un obstáculo para la oración. De tal forma que no
podemos orar porque seguimos recordando estas ofensas, porque todavía
tenemos cuentas pendientes con nuestros hermanos (Mt 5, 20-26).
San Agustín nos invitaría, por lo tanto, a liberarnos de estos rencores y
resentimientos, para convertirnos en vasos, que limpios en su interior, quieren
recibir el don de Dios. San Agustín se dará cuenta de que guardar resentimientos
y rencores es un pecado y un mal sumamente dañino, porque al final quien se
hace daño es la misma persona que los ha guardado en su interior. El vaso de
madera que se ha quedado impregnado con la amargura del vinagre no puede
sino amargar a los demás.
Si tenemos rencores y resentimientos, es preciso que vivamos un proceso
de conversión, de perdón y de reconciliación, con nosotros mismos, con nuestro
pasado, con nuestros hermanos, con nuestra familia, con los que nos rodean,
para liberarnos de estos rencores y resentimientos. Y pedirle al Señor que nos
conceda un corazón nuevo, que podamos ser auténticamente odres nuevos (Mc 2,
18-22) para recibir el vino nuevo del amor de Dios en nosotros, y recibirlo de una
forma incontaminada (no marcada, por los rencores y resentimientos), para
poderlo comunicar a los demás.
Odres nuevos
San Agustín hace referencia al proceso de mortificación y de conversión,
que ciertamente nace de la gracia y es sostenido por ella, pero que exige la
colaboración del hombre. Necesitamos purificar nuestro corazón para llenarlo del
don de Dios, y esto exige esfuerzo y trabajo por parte del hombre. Si no lo
realizamos, es posible que el don de Dios esté cayendo en saco roto, en un odre
que está roto y que no puede acoger el don de Dios como debe ser.
Por ello, pues, San Agustín nos invitaría a transformar nuestro interior
para ser capaces de recibir el don del amor de Dios: “Sed vosotros también odres
nuevos para que podáis recibir, por mi ministerio, el vino nuevo”370.
Desear el Reino de Dios
Por otra parte, orar es desear con amor el Reino de los Cielos. Para San
Agustín la oración no es otra cosa que desear los bienes de Dios. Hacemos una
370
s. 272 B, 1.
163
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
oración continua cuando deseamos alcanzar el Reino de los Cielos y este deseo
empapa e impregna, toda nuestra vida. De tal forma que, nuestro pensamiento
está puesto siempre en Dios: Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo,
continua es la oración371.
Tenemos deseo del Reino de los Cielos, queremos participar de la vida de
Dios, y, así aunque estemos realizando alguna actividad, o aunque nuestra mente
pueda estar ocupada en otras cosas, nuestro deseo enamorado se dirige a Dios.
Por eso dice San Agustín: “Pero el deseo santo nos ejercita en la medida en que
apartemos nuestros deseos del amor mundano”372. Tengo que desear los bienes de
Dios y apartarme de los deseos del mundo. Una vez más se subraya la labor de la
conversión: alejarme del deseo mundano para poderme llenar del deseo santo de
Dios.
Ésta es la oración. El deseo mundano es la distracción, es el obstáculo en
el camino de la oración, y el deseo santo es ya nuestra oración.
Junto a los canales de Babilonia
Dice San Agustín:
“¿Tienes que llenarte del bien? Derrama el mal. Imagínate que Dios quiere
llenarte de miel. Si estás lleno de vinagre, ¿dónde depositas la miel? Hay que
derramar el contenido del vaso; hay que limpiar el vaso mismo; hay que limpiarlo,
aunque sea con fatiga, a fuerza de frotar, para hacerlo apto para determinada
realidad”373.
Hay que limpiar el vaso, San Agustín insiste en esto. Para poder recibir los
dones de Dios, para poder hacer el ejercicio de oración, en el cual nos llenamos
del amor de Dios, necesitamos vaciarnos. Hay que frotar el vaso, hay que
limpiarlo, hay que dejarlo resplandeciente para que pueda acoger el amor de
Dios. Aquí San Agustín una vez más nos recordaría que el pecado vuelve a
florecer en nosotros. El pecado no es algo que nosotros hemos vencido de una vez
para siempre, sino que vuelve a aparecer de diferentes maneras 374. Y en muchas
ocasiones puede aparecer de formas muy sutiles, para engañarnos, para
hacernos creer que no es un pecado, para convivir con nosotros, e incluso asumir
371
en. Ps. 37, 14.
372
Io. ep. tr. 4, 6.
373
Io. ep. tr., 4, 6.
374
Cf. ep. 177, 4
164
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
el ropaje de santidad, para hacernos creer que es parte de una inspiración divina,
cuando no lo es (2 Cor 11, 14).
La mejor manera de reconocer qué es una tentación y qué no lo es, son los
frutos y los efectos de aquello que hacemos. Los frutos y los efectos de la
tentación siempre serán elementos que nos conducen al egoísmo, a encerrarnos
en nosotros mismos, y finalmente tiene como fruto la frustración y la tristeza.
Son como los árboles que estaban junto a los canales de Babilonia, de los que
dice san Agustín que no daban fruto, pues no los movía el amor, sino el egoísmo:
Los sauces son árboles sin fruto, (…) árboles estériles que nacen junto a los
ríos de Babilonia. Estos árboles se riegan con los ríos de Babilonia y no llevan
fruto. Así como hay hombres ansiosos, avaros y estériles de toda obra buena, así
los ciudadanos de Babilonia, como árboles propios de aquella región, se alimentan
de los placeres de las cosas mundanas, como regados por los ríos de Babilonia.
Buscas en ellos frutos, y jamás lo encuentras 375.
Las inspiraciones que vienen de Dios son aquellas que, aunque cuestan
trabajo y nos exigen de cada uno de nosotros un gran esfuerzo, a final de cuentas
darán el fruto de Dios, y llevan consigo mismo una profunda alegría, una
profunda satisfacción. Por ello, pues, nos invitaría San Agustín a limpiar, a frotar
el corazón para poder contener el don de Dios. Estando muy atentos a estas
tentaciones, que se pueden presentar con aspectos sumamente santos.
Dios vive dentro de mí
Al orar nosotros nos llenamos del amor de Dios y nos llenamos de Dios.
Paro San Agustín, orar es entrar en relación con Dios; pero Dios es infinito, Dios
es el Inefable, Dios es tan amplio y tan grande que no puede ser contenido por
nuestro corazón. Por eso dice San Agustín: “cualquier cosa que llegues a figurarte,
no es él. Cualquier cosa que comprendas con tu mente, no es Dios”376. Si puedes
decir ‘es esto’, eso no es Dios. La experiencia de Dios es algo inenarrable, es algo
que escapa a la percepción del hombre. Nos llenamos de Dios, de su presencia,
pero Dios es mucho más que esto.
Aquí San Agustín señalaría el elemento de misterio que encierra nuestra
oración. Soy inhabitado por el Dios Trinitario, que es un Dios infinito: “Ama y se
375
en. Ps. 136, 6.
376
s. 21, 2.
165
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
te acercará, ama y habitará en ti”377. Y no se trataría tanto –y ése es el
pensamiento agustiniano- de que Dios está en mí. Ciertamente, así es; pero para
San Agustín el misterio es que yo estoy inserto en Dios. Y esto es un océano
infinito. Hacer oración es meternos a nadar en el océano infinito y fresco de Dios,
y estar allí, en medio de ese océano infinito; no es tanto que ese océano infinito
esté en ti. San Agustín imagina esto.
Nosotros, por supuesto, estamos acostumbrados a la otra imagen; es decir,
que Dios habita dentro de nosotros. Pero la perspectiva agustiniana es ésta:
nosotros nos incorporamos en la infinitud del amor de Dios, en el Cuerpo Místico
de Cristo, y allí nos quedamos insertos e inmersos en medio de Él 378. Por eso San
Agustín en la última parte de esta frase insistirá en esto: si podemos describirlo,
no es Dios. Si podemos definirlo, no es Dios. Si le puedo poner un nombre, no es
Dios. No es solamente una sílaba para decir “Dios” sino es una realidad
misteriosa, infinita.
Dice, pues, San Agustín:
“Designémosla con un nombre erróneo: llamémosla ‘oro’, llamémosla ‘vino’.
Cualquier nombre que asignemos a lo que no puede ser nombrado, cualquier
nombre que sea el que queramos darle, se llama ‘Dios’. Y al decir ‘Dios’, ¿qué
hemos dicho? Todo lo que esperamos se reduce a esta única sílaba. Todo lo que
fuimos capaces de decir, pues, se queda por debajo de esa realidad.
Extendámonos hacia Él, para que cuando venga nos llene. Seremos semejantes a
Él, porque lo veremos tal cual es”379.
Digamos lo que digamos, nunca podremos abarcar la realidad infinita de
Dios. Él supera toda imaginación del ser humano. Y hacer oración es
precisamente llenarnos de este amor de Dios, una vez que hemos purificado
nuestro corazón, para podernos sumergir en la infinitud de Dios. Nuestra
experiencia de oración debiera ser precisamente esto: llegar a tener la experiencia
de sumergirnos en el Misterio de Dios una vez que nosotros, por nuestra parte,
hemos hecho lo que nos corresponde, una vez más, correspondiendo a la gracia,
porque “sin su auxilio, ni queremos nada bueno ni lo obramos”380. La gracia nos
mueve a la mortificación, a la penitencia, a vivir con seriedad ese camino de la
377
s. 21, 2.
378
Cf. s. 229 A, 1; Cf. ciu. 10, 6.
379
Io. ep. tr., 4, 6
380
gr. Chr. I, 25,26; Cf. ep. 188, 2, 7.
166
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
disciplina. ¿Para qué? Para poder recibir el don de Dios en un odre purificado, y
podernos sumergir en el profundo misterio de Dios.
Por Cristo Camino, a Cristo Patria
La oración nos hace descubrir el cristocentrismo de nuestra vida y la
importancia que debe tener Jesús en ella. Para San Agustín la persona de
Jesucristo es central, pues entre otras cosas es el único y verdadero Mediador
entre Dios y los hombres381. Fuera de Cristo, y al margen de Cristo, no puede
existir la salvación; Él es el único puente para ir desde Dios hacia los hombres. Él
es el único Redentor382.
San Agustín se quedará extasiado ante la figura de Cristo encarnado, ese
Dios que se abaja y se hace hombre para redimir a los hombres 383, y ante la
figura de Cristo Redentor: Él es el único que ha salvado a los hombres. Si Cristo
no es Dios, Cristo no ha salvado a los hombres. Por eso San Agustín insistirá en
sus sermones y en sus escritos en general en la figura de Cristo Redentor. Contra
todas las otras figuras que existían en su tiempo de mediadores falsos, de formas
de superar el abismo entre el hombre y Dios, San Agustín dirá: existe un camino,
y solamente uno, que es Cristo. Dice san Agustín en una frase lapidaria:
“Cristo Dios es la patria, a la que vamos; Cristo hombre es el camino por el
que vamos; vamos hacia él, por él vamos”384.
El que se salva y el que llega a encontrar a Dios no lo logra porque es un
explorador sumamente hábil y puede llegar a Dios. El que se salva, se salva
porque ha caminado por Cristo. No hay otro camino para llegar al Padre. Nadie
puede llegar al Padre si no es por Él (Jn 14, 6).
San Agustín nos invita a que nos demos cuenta de que nuestra oración nos
acerca a Cristo, para abrazarle y reconocerle como el centro de nuestra vida.
Como aquel a través del cual nos acercamos al Padre. Por eso dice San Agustín
en las Confesiones:
“Cuando yo me adhiera a Ti con todo mi ser ya no habrá para mí más dolor
ni trabajo, sino que toda mi vida será viva y llena toda de Ti”385.
381
Cf. s. Dolbeau 26.
382
Cf. ciu. 10, 27.
383
Cf. conf. 7, 24.
384
s. 123, 3,3: Deus Christus Patria est quo imus, Homo Christus Via est quo imus; Ad illum imus, per illum imus.
385
conf. 10, 39.
167
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Nosotros queremos, por lo tanto, hacer oración para apegarnos
profundamente a Cristo, y ver que el sentido último de nuestras vidas está en Él.
Y que cuando no nos apegamos a Él todo lo demás se viene abajo, todo lo demás
pierde su sentido. Lo importante sería esto: adherirnos a Él con todo nuestro ser.
Esto es orar: abrazarnos con toda la fuerza de nuestro ser a la cruz de Cristo, de
tal forma que, adheridos a Cristo y pegados a Él, nada pueda separarnos de
Jesucristo, y todas las demás realidades del mundo pasen a un segundo término.
Para no naufragar en las tormentas del mar de este mundo: “no te apartes del
leño de Cristo, así no naufragaras. Apégate a Cristo”386. Por eso dice San Agustín:
“Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor, ni trabajo para
mí”387. Y por el contrario, entre menos nos adhiramos a Cristo, será mayor el
dolor, el trabajo, el esfuerzo, el sufrimiento.
Aquí tendríamos que ver en nuestras vidas si nuestra oración está
produciendo este efecto. Si el apegarnos a Cristo profundamente todos los días
está significando la plenitud de nuestras vidas. O si no estamos todavía
preparados para alcanzar la plenitud en Él. Orar es amar para apegarnos
profundamente a Cristo. Y estando apegados profundamente a Cristo nuestra
vida alcanza su plenitud.
Tendríamos que preguntarnos si auténticamente nuestra vida es viva (es
decir, es una vida en plenitud, una vida que rebosa la abundancia de la presencia
de Dios), o si nuestra vida tal vez se ha quedado muy mermada por el pecado,
porque no estamos viviendo en plenitud la oración. Es muy importante poder ir
de la oración a la vida, y de la vida volver a la oración. Si nuestra vida es plena y
nos sentimos vivos en plenitud en Cristo, estamos viviendo con plenitud nuestra
oración. Si esto no es así, si todavía para nosotros hay muchos elementos de
sufrimiento, y cada vez que nos presentamos ante Dios hacemos de nuestra
oración una lista de quejas, de lamentos, de presentarle nuestras reclamaciones
al Señor, todavía no estamos viviendo en ese apego profundo a Jesús.
San Agustín nos invitaría a reconocer en Cristo al Salvador, a Aquel que da
el sentido profundo a nuestra vida y donde, apegados a Cristo, encontramos el
sentido pleno de nuestra vida, y donde todas las demás realidades pasan a un
segundo término. Ciertamente San Agustín está pensando aquí en la frase
386
en. Ps. 91, 8.
387
conf. 10, 39.
168
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
paulina: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia” (Fil 1, 21). Incluso
los elementos negativos son una ganancia, porque para nosotros nuestra vida, es
Cristo. Nuestra vida no es nuestra salud, nuestros intereses, nuestros gustos,
nuestros caprichos; para nosotros la vida es Cristo. No hay más. En Él vivimos, y
si vivimos en Él y nos apegamos a Él cada vez que hacemos oración, nuestra vida
es plena. Todo lo demás (los dolores, los sufrimientos, las tribulaciones) pasan a
un segundo término como elementos anecdóticos que pierden importancia, que
no nos distraen de nuestro centro, que es Cristo.
Por desgracia, al no vivir con fuerza nuestra oración, estos elementos
negativos a veces nos ganan la delantera. Y se vuelven tan importantes, que es
posible que lleguen a hacernos olvidar de alguna manera a Cristo, de tal forma
que nuestra vida está centrada en lo mucho que sufrimos o en lo mal que la
pasamos. O tal vez incluso podemos llegar a asumir actitudes negativas, de un
cierto victimismo, donde incluso disfrutamos con ese dolor y el sufrimiento que
tenemos. Se nos invitaría a vivir, desde una salud espiritual, donde lo que
queremos es vivir para Cristo, y que nuestra vida, a pesar de las limitaciones
humanas que pueda tener, sea plena. Y es plena porque no le falta lo más
importante, que es Cristo. Todo lo demás es lo de menos. Si no nos falta Jesús,
que es el centro y el corazón de nuestra vida, todo lo demás pasa a un segundo
término, pues nuestra vida en él es plena.
La alegría en Cristo
San Agustín, en La Ciudad de Dios, en una aclamación cristológica
hermosísima, transforma la frase bíblica de Habacuc (Hab 3, 18-19: “Me alegraré
en Dios mi salvador”) para decir: “Me alegraré en Dios, mi Jesús”. La frase latina
es “Gaudebo in Deo salutari meo”. Dirá San Agustín: “Gaudebo in Deo Iesu
meo”388. Es decir: me alegraré, me llenaré de gozo en mi Jesús. Ése es el motivo
de gozo del cristiano. El gozo que nadie nos puede robar (Lc 10, 42). Si nosotros
nos sentimos aferrados y apegados a Jesús todo lo demás debiera pasar a un
segundo término.
Creo que en esta frase de las Confesiones, el Libro X, donde San Agustín
hace el resumen final de lo que fue su vida, y hace también el propósito de lo que
será su vida en el futuro (San Agustín termina de escribir las Confesiones
388
ciu. 18, 32.
169
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
aproximadamente hacia el año 401, aunque después hará revisiones y algunas
añadiduras, muy breves, a diferentes capítulos), San Agustín se plantea para el
futuro esto: apegarse a Jesús y olvidar los dolores y sufrimientos, y encontrar
plenitud para su vida.
Tendríamos que preguntarnos, ¿qué significa Jesús para nosotros?,
¿hemos encontrado auténticamente la plenitud en Él? Cristo, por lo tanto, debe
ocupar el lugar central de nuestra vida, en Él tiene que estar puesta toda nuestra
atención, a Él debemos dirigir todas las fuerzas de nuestro amor, y si lo hacemos
así, nuestra vida en Él será plena. Nada podrá robarnos ni apartarnos de su
amor.
Queremos orar para amar y para pedir al Señor que nos llene de su gracia,
y que siga colocando a Jesús en el centro de nuestro corazón. Y que nos conceda
la gracia que robustezca nuestra voluntad para que no coloquemos en el corazón,
otras realidades distintas a Jesucristo.
La cruz, misterio de amor
El Evangelio según San Juan, especialmente los textos correspondientes a
la Pasión, nos recuerda que en el centro de las cruces colocadas en el Calvario,
está colocado Cristo (Jn 19, 18). Él ocupa el lugar central. San Agustín nos
invitará a que nosotros también coloquemos siempre en el centro a Cristo, pero
un Cristo crucificado. La mayor manifestación del amor de Dios a los hombres
está en la cruz (Jn 3, 16-17). San Agustín nos recordará en el Sermón 46 que no
será un buen pastor aquel que no recuerde e invite a sus fieles a acercarse a
Cristo; pero no a un Cristo únicamente glorioso, sino a un Cristo sufriente,
crucificado, que es el mismo que resucita (Gal 6, 14):
“Los cristianos han de imitar los padecimientos de Cristo, no han de buscar
placeres. Se fortalece a la (oveja) débil cuando se le dice: ‘Espera ciertamente las
tentaciones de este mundo; pero de todas te librará el Señor si tu corazón no se
retira de él. Pues para confortar tu corazón vino él a sufrir, a morir, a llenarse de
salivazos, a ser coronado de espinas, a recibir insultos y por último a ser clavado
en un madero. Todo esto hizo él por ti; Tú nada haces por él, sino por ti’ ”389.
389
s. 46, 10.
170
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Nosotros queremos colocar en el centro de nuestra vida a un Cristo
crucificado, y en nuestra oración contemplar a este Cristo crucificado como la
manifestación más profunda del amor de Dios para cada uno de nosotros. Un
amor de Dios que se manifiesta especialmente en el sufrimiento y en el dolor, no
por el gusto del sufrimiento y del dolor, sino por la riqueza que puede venir y que
puede nacer a partir del sufrimiento y del dolor vivido desde el amor:
¿Quién hay que guste de las molestias y trabajos? Tú mandas tolerarlos, no
amarlos. Nadie ama lo que tolera, aunque ame el tolerarlos 390.
Las dimensiones de la cruz
Es verdad que San Agustín -porque era la costumbre de aquella época, en
el siglo IV y V -, posiblemente nunca contemplara un crucifijo como tenemos
nosotros en nuestras iglesias y en nuestras capillas. Las primeras
representaciones de Cristo dentro de la primitiva Cristiandad fueron las del Buen
Pastor (que es tal vez la representación más clásica), con todo el trasfondo
grecorromano que tiene detrás esta figura, (representar la humanitas y al dios
Mercurio como Psicopompos)391. Y junto con esta figura del Buen Pastor,
representar a Cristo como el filósofo (con un rostro barbado), o como el dios Apolo
del mundo pagano (con un rostro lampiño y el cabello rizado), que era el dios de
la vida, el dios de la belleza, el dios de la sabiduría. Así se representaba a Jesús y
así lo atestiguan los bellos sarcófagos paleocristianos que conservamos. Sin
embargo, San Agustín nos invita a contemplar a Cristo en la cruz. Y en una de
sus enarrationes in Psalmos, San Agustín nos invita a que coloquemos no sólo a
Cristo en el centro de nuestra vida, sino que intentemos en nuestra propia vida
llevar a cabo lo que significa el Misterio de la Cruz. Y comentará San Agustín
elementos muy palpables y concretos contemplando el Misterio de la Cruz. Dirá
San Agustín:
“señala en esto la cruz del Señor, pues tenía anchura, en la cual extendió las
manos; la largura, (…) en la cual se clavó el cuerpo de Cristo; la altura que se eleva
a partir del leño transversal hacia arriba; y profundidad que es la parte de la cruz
clavada en la tierra en a que reside toda nuestra esperanza. La anchura simboliza
las buenas obras; la largura, la perseverancia hasta el fin; la altura la elevación
390
conf. 10, 39.
391
Cf. F. Bisconti, Temi d’iconografia paleocristiana, Vaticano, Pontificio Istituto d’Arqueologia cristiana, 2000.
171
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
del corazón; (…) la profundidad (…) el sacramento del bautismo, el sacramento de
la eucaristía”392.
Contemplando a Jesús crucificado, debemos tener el propósito de hacer
buenas obras. Hacer el bien a todos aquellos que están cerca de nosotros,
recordando lo que el apóstol Pedro dice en los Hechos de los Apóstoles, cuando
hace un resumen muy acertado y breve de quién fue Jesús, pues dice que fue
aquel a quien “Dios ungió con el Espíritu Santo y poder que se pasó la vida
haciendo el bien y curando a los poseídos por el demonio” (Hch 10, 38).
Nosotros también, contemplando la Cruz, debemos hacernos el firme
propósito de hacer el bien a nuestros hermanos. Pasar la vida haciendo el bien y
ayudando a quien lo necesite. Nuestra oración, colocando a Jesús en el centro,
debe comprometernos a esto. Contemplamos la Cruz de Cristo como símbolo de
amor que nos compromete a hacer el bien. Las manos de Jesús clavadas en el
travesaño horizontal nos invitan a hacer obras buenas en favor de los demás,
como una manifestación de que en el centro de nuestra vida quien reina es
Cristo. Hacemos el bien no sólo por el deseo de hacer el bien, por mera
filantropía. Hacemos el bien por un motivo sobrenatural: porque queremos ver en
nuestros prójimos al mismo Cristo y porque sabemos que el mal se vence no con
el mismo mal, sino a fuerza de bien (Rm 12, 21). Si sembramos bien y amor en
nuestro entorno eso es lo que cosecharemos, pues la semilla del bien da frutos
siempre, en esta vida, pero sobre todo en la vida eterna.
Dirá también San Agustín que la Cruz tiene una “largura”, un travesaño
vertical; en él estuvieron colocados los pies y la cabeza de Jesús. Y dirá San
Agustín: este travesaño vertical debe recordarnos la perseverancia hasta el final.
Queremos orar para pedir a Dios la fuerza y la gracia para mantenernos fieles y
firmes en la misión que él nos haya encomendado hasta el final, con la
consciencia de que quien nos ha puesto delante la prueba nos dará también la
fuerza para llevar a cabo lo que tenemos que cumplir. De aquí la frase de san
Agustín, que se convierte en una profesión de fe en la misericordia y en la gracia
de Dios: “dame lo que me pides y pídeme lo que quieras”393.
En tercer lugar, san Agustín nos dice que la altura significa la elevación del
corazón, el que por medio de nuestra oración seamos capaces de realizar uno de
392
en. Ps. 103, 14.
393
conf. 10, 40.
172
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
los movimientos espirituales más típicos de san Agustín, que es el de levantar el
corazón hacia Dios, dejando atrás las cosas materiales y todas las criaturas. Toda
nuestra vida debe estar orientada hacia Dios y nuestra oración debe ayudarnos a
ello, a darle a todo lo que hacemos un sentido sobrenatural. La oración debe
enseñarnos a ver todo sub specie aeternitatis, bajo la perspectiva y la mirada de
la eternidad, pues somos peregrinos de la ciudad de Dios 394 y todo adquiere su
sentido a la luz de Dios: nuestro destino final no está en este mundo, sino en la
ciudad de Dios, donde, como dice san Agustín: descansaremos y contemplaremos,
contemplaremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que habrá al
fin, mas sin fin. Pues, ¿qué otro puede ser nuestro fin sino llegar al reino que no
tiene fin?395
Y se fija finalmente San Agustín en la profundidad en donde estaba clavada
la cruz de Cristo, que para san Agustín representa a los sacramentos. Oramos
para vivir los sacramentos en su plenitud para descubrir en ellos fuentes de
gracia y de vida sobrenatural, para no perder la fe y saber que aunque no
podamos ver sus efectos materialmente, como tampoco se podía ver el profundo
fundamento de la cruz de Cristo, los sacramentos son eficaces y son medios que
nos ayudan en nuestra peregrinación hacia Dios. La oración se vivifica a través
de los sacramentos, como medios eficaces de gracia, pero también la vivencia de
los sacramentos la enriquecemos desde la oración.
Es preciso contemplar el Misterio de Cristo para sentirnos también
redimidos por este Salvador del mundo que quiso hacerse hombre para salvar a
todos los hombres. Por ello, pues, orar es amar para colocar a Cristo en el centro
de nuestra vida, y hacer de nuestra oración la contemplación del profundo
misterio de Cristo, que por amor se entregó a los hombres. Esta contemplación
debe llevarnos a relativizar todos los demás elementos de nuestra vida. Si Cristo
está en el centro, y si su amor es aquello que va guiando todos nuestros pasos,
los demás elementos deben pasar a un segundo plano.
El amor, mi peso
394
en. Ps. 125, 3: El hombre es ciudadano de Jerusalén; pero vendido al pecado, se hizo peregrino.
395
ciu. 22, 30, 5.
173
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dice san Agustín: “Mi amor es mi peso, y por él soy llevado dondequiera que
yo vaya”396. Nosotros queremos orar y contemplar a Cristo en el centro de nuestro
corazón para llenarnos de su amor, y que sea el amor el motivo fundamental y
central que vaya guiando todos nuestros actos. No actuar por el interés, ni
buscándonos a nosotros mismos, buscando nuestra propia satisfacción; actuar
por el amor de Cristo. Él es el que está en el centro del corazón, y por Él y en Él
hacemos el bien y nos movemos para ayudar a los demás.
Si pusiéramos en Cristo los ojos de nuestro corazón, las dificultades y
tribulaciones serían secundarias. Por eso dice San Agustín:
“Cuando yo me adhiera a ti con todo mi ser, ya no habrá más dolor, ni
trabajo para mí, sino que toda mi vida será viva y llena toda de ti” 397.
San Agustín es el hombre del “todo”. Hoy vivimos en la cultura y en la
civilización en la que dan miedo las palabras: ‘totalidad’, ‘eternidad’, ‘para
siempre’. Somos la cultura del ‘poco’, ‘algo’, ‘por un tiempo’, y no nos atrevemos a
entregarnos del todo y para siempre. La espiritualidad agustiniana es aquella de
la totalidad. San Agustín no es el hombre que conoce parcialidades al momento
de amar, y que ama sólo un poco, y de vez en cuando. Es el hombre que ama
totalmente, que entrega su corazón con totalidad. La carta 109 en el epistolario
agustiniano, una misiva que le envía Severo a san Agustín, éste le dice al Obispo
de Hipona algo que en muchas ocasiones, por descuido ha sido atribuido al
mismo san Agustín, siendo que es Severo quien lo dice, aunque no sería extraño
que Severo estuviera refiriendo palabras que hubiera dicho san Agustín. La frase
es: “La medida del amor es el amor sin medida”398. Y es cierta, así deberíamos
amar a Dios, sin medida. Por eso, pues, si nosotros queremos que nuestra vida
adquiera todo su sentido en Jesús, necesitamos entregarnos y adherirnos a Él
totalmente. Y ese “totalmente” significa el abandono de nosotros mismos, la
confianza infinita en Dios, y el saber que el Señor no nos va a defraudar.
Tendríamos que analizar en nuestra vida si nuestra confianza es así; si
abandonamos absolutamente nuestra vida en las manos de Dios, si confiamos
plenamente en el Señor. O si nuestra confianza es parcial porque confiamos en
ciertos momentos y en otros no, porque dejamos ciertas cosas de nuestra vida en
396
conf. 13, 10.
397
conf. 10, 39.
398
ep. 109, 2 (inter augustinianas).
174
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
las manos de Dios, pero somos nosotros los que queremos llevar las riendas de
otras realidades. ‘Totalidad’ significa que no nos reservamos nada absolutamente
para nosotros, sino que todo se lo hemos dado al Señor, como dice san Agustín:
“A Dios hay que dárselo todo (Totum Deo dandum est)”399.
Debemos hacer de Cristo nuestro centro, sabiendo que, si no ponemos la
mirada en Jesús, nuestra vida pierde todo su sentido.
En el horno de Babilonia
Es muy interesante cómo San Agustín, en su obra De Sancta Virginitate,
nos ofrece un texto bíblico que él comenta como figura tanto del cristiano, como
del religioso. Y este texto que San Agustín comenta, es el de los tres jóvenes en el
horno de Babilonia (Dn 3, 57-88). San Agustín dice que estos tres jóvenes
representan al creyente, que se encuentra rodeado de la tribulación del mundo
(las llamas representan el fuego de la persecución del mundo), y si pierde su
confianza en Dios, se abrasa en el horno de este mundo y perece. Pero así como
esos tres jóvenes pusieron toda su confianza en Dios y sabían que Dios tenía la
capacidad de librarlos, y por ello en medio de las llamas alabaron al Señor, así
también el creyente, si pone su confianza y su mirada en Dios se verá librado de
los males de este mundo:
Los tres jóvenes a quienes, envueltos en llamas, ofrecía refrigerio aquel a
quien amaban con todo el ardor de su corazón (…), clarísimamente enseñaron que
cada cual ha de precaverse de que le engañe el orgullo y tanto más cuanto más
santo es lo que ofrece. Por tanto, alabad también vosotros a quien os otorga no
abrasaros en medio de las llamas de este mundo 400.
Nosotros también. A través de nuestra oración queremos reconocer que
nuestra vida está rodeada de tribulaciones y de problemas, y que hay elementos
que intentan alejarnos de Dios. Ayudados por la gracia de Dios tenemos que
luchar contra todo aquello que intenta apartarnos del camino de Dios. San
Agustín comenta en muchas ocasiones un texto del libro de Job (Job 7, 1), que
dice, según la versión bíblica que san Agustín usó: “la vida del hombre sobre la
tierra es una tentación”. (Nuestros textos bíblicos actualmente dicen: la vida del
hombre sobre esta tierra es vida de servicio militar). Hay que afrontar muchas
399
perseu. 6, 12.
400
uirg. 57.
175
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
dificultades y al Enemigo, que intenta apartarnos del camino de Dios, ayudados
por la gracia y la fuerza de la oración. Si perdemos de vista a Cristo en la
tribulación, el Enemigo irá venciendo en la batalla. Por eso San Agustín nos
invita a recordar que estamos en el horno de este mundo, no para que sintamos
temor, sino para que sepamos que quien nos libra de las llamas es el Señor y sólo
el Señor. Dice san Agustín: “Di a mi alma: Yo soy tu salvación. Dilo de forma que
yo lo oiga. Los oídos de mi corazón están ante ti, Señor; ábrelos y di a mi alma: Yo
soy tu salvación”401.
Noli timere (No temas)
La oración, por lo tanto, nos ayuda a esto: a tomar conciencia de nuestra
situación, a no tener miedo, porque el miedo siempre nos hace dudar, vacilar y
en ocasiones, caer. Dice san Agustín que hay dos puertas por las que entra el
demonio en nuestras vidas una de ellas es el miedo:
Encuentra alguno que desea algo y ese deseo abre la puerta a la sugestión,
y al asalto del diablo. Encuentra a alguno que teme algo; le aconseja que huya de
aquello que ha descubierto que teme el desgraciado; aconsejándole que adquiera
aquello que desea. Por estas dos puertas, del deseo y del temor es por donde entra
el diablo402.
Es preciso no tener miedo, sino confiar plenamente en aquel que nos ha
llamado, que es Dios. Y si ponemos nuestra mirada en Jesús y Él cada vez va
siendo más el centro de nuestra vida, todo lo demás debe ir pasando a un
segundo término.
Ama y haz lo que quieras
Dice san Agustín:
“Así pues, de una vez se te da este breve precepto: ‘Ama y haz lo que
quieras’. Si callas, calla por amor. Si gritas, grita por amor. Si corriges, corrige por
amor. Si perdonas, perdona por amor. Exista dentro de ti la raíz de la caridad; de
dicha raíz no puede brotar sino el bien”403.
401
conf. 1,5.
402
s. 32,11; Cf. s. 313A, 2.
403
Io. ep. tr. 7, 8.
176
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Se trata de una de las frases más conocidas de san Agustín, y sin duda
ninguna también una de las más bellas. Aparece aquí la máxima ética
agustiniana como una consecuencia de vivir la oración. Si la oración es un
ejercicio de amor, donde nos llenamos del amor de Dios y colocamos en el centro
de nuestras vidas a Jesús, la norma de nuestro actuar debe ser el amor. Por eso
San Agustín dice: “Ama y haz lo que quieras”, porque si amamos no nos
equivocaremos.
Ciertamente no se trata de un amor cualquiera. Y es una frase, que ha sido
muy malentendida a lo largo de la historia, particularmente en el mundo en el
que vivimos, porque se confunde el amor con muchas cosas que no son
realmente el amor. El amor no es solamente un sentimiento, el amor no
solamente es una pasión. El amor, aunque incluye un sentimiento y en ocasiones
una pasión, es un afecto de la voluntad por el cual nos proponemos firmemente
hacer el bien a aquel a quien amamos. Y porque nos proponemos hacer
firmemente el bien a aquel a quien amamos, comprometemos nuestra vida con
esa persona, y una vez que hemos dicho que amamos a esa persona, no podemos
retirar la palabra dada y decir después que ya no la amamos. Porque el amor –
nos dirá San Pablo- no pasa, no pasa nunca (1 Cor 13, 8).
San Pablo nos ofrece su famoso Himno de la Caridad (1 Cor 13, 1-8), donde
nos presenta las características de la caridad, del amor. El amor que lo perdona
todo, el amor que lo disculpa todo, el amor que lo soporta todo, y el amor
finalmente que lo cree todo y que no pasa nunca. Éste es el amor del que está
hablando San Agustín: ese amor con el que San Juan se atreve a describir, que
no a definir, a Dios como Amor. No lo define, porque Dios escapa a todos los
modelos y a todos los conceptos que podamos aplicarle.
San Agustín, por lo tanto, nos dice: “Ama y haz lo que quieras”. Pero
tenemos que pensar que este amor es el amor con el cual queremos contemplar, y
es el amor que está vinculado fuertemente a la Cruz de Cristo. Es un amor que
sabe dar incluso la vida por aquel a quien ama. Un amor que en muchas
ocasiones implica sufrimiento y dolor, porque implica morir a nosotros mismos (a
nuestros propios gustos, a nuestras propias inclinaciones), para dar vida a aquel
a quien amamos.
177
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Si estamos amando de esta manera, podremos auténticamente en nuestra
vida de todos los días amar y hacer lo que queramos. Porque el amor nunca hace
daño, el amor nunca busca el mal de las otras personas, el amor no busca poner
a su servicio a las demás personas. El amor lo que busca siempre es el bien, el
crecimiento, el favorecer a aquel a quien amamos. Por eso dice San Agustín: ésta
tiene que ser la motivación de todas nuestras acciones. Cualquiera que sea la
motivación diferente del amor, cambiará el valor de la obra que estamos
realizando. Porque el valor de nuestras obras está precisamente en que broten de
esta raíz. Una raíz, como ha dicho San Agustín, de la cual no pueden brotar
frutos malos; una raíz de la cual solamente puede brotar el bien.
Dos hermanas: la verdad y la caridad
San Agustín se dará cuenta de que cuando nosotros oramos y nos llenamos
de caridad necesitamos comunicar esa caridad, ese amor de Dios, a los
hermanos, y ese amor de Dios tiene que estar presente en todo aquello que
hacemos. Y San Agustín nos pone un ejemplo, y nos dice: el amor tiene que estar
presente también en nuestras palabras. De tal forma que cuando nosotros
hablamos y decimos la verdad, la verdad tiene que ser dicha acompañada por su
hermana, que es la caridad. Es preciso decir la verdad, porque la verdad nos hace
libres (Jn 8, 32); pero la verdad siempre acompañada de la caridad. Dice san
Agustín: “No se entra en la verdad sino por el amor” 404. Debe ser la caridad la que
dicte los modos, la prudencia y la oportunidad para decir la verdad. Y por lo
tanto, si no es oportuno, la caridad nos enseñará a saber esperar el momento
adecuado para hablar, dialogar y presentar la verdad.
Creo que podemos hacer mucho daño en nuestra vida familiar o de
comunidad, cuando olvidamos esta realidad: que la verdad debe ir acompañada
de la caridad, y que la caridad, como dice San Agustín, es lo que tiene que ir
guiando todos nuestros pasos. Por eso, cuando queremos decir algo en la
comunidad, o le vamos a decir algo a una persona, es preciso considerar si el
motivo último es la caridad y el amor. Y si no, como dice San Agustín, es mejor
callar, si el callar es por amor, no por cobardía, o por temor.
El amor es la raíz de la cual deben brotar todos nuestros actos. Pero
solamente podrán brotar nuestros actos desde la caridad si nosotros vivimos la
404
c. Faust. 32, 18
178
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
oración como un ejercicio en donde nos llenamos de amor, en el que nutrimos la
raíz de la caridad y nos enraizamos en el principio propio de la caridad. Como
seres humanos tendemos al egoísmo, a buscarnos a nosotros mismos; tendemos
al amor de este mundo, que es la concupiscencia. La oración debe llevarnos a
romper estas raíces del mal para colocar las raíces de nuestra vida en el suelo
fértil y bueno que es el del amor, del cual deben brotar todas nuestras obras.
Por amor de tu amor
Para San Agustín la oración, no sólo es un acto abstracto que me pone en
contacto con el amor de Dios: “Abrazar a Dios con amor, o abrazar el amor de
Dios”405. Ciertamente es esto. Pero tiene una consecuencia muy práctica: la
oración debe llevarnos a compartir ese amor con nuestros hermanos y a cimentar
nuestras vidas en el amor, de tal forma que éste sea el norte que guíe todas
nuestras acciones.
Tenemos que pensar y revisar la motivación de nuestras acciones, y revisar
la intención con la que hacemos lo que hacemos. Para San Agustín es muy
importante -y así lo repite dos veces dentro de las Confesiones-, hacer todo por
amor. Dirá San Agustín en las Confesiones: “Por amor de tu Amor hago lo que
hago”406. Nosotros tendríamos que repetirnos y preguntarnos si cuando actuamos
y cuando hacemos algo lo hacemos movidos por el amor de Dios. O si lo hacemos
tal vez movidos por otras intenciones, buscándonos a nosotros mismos,
buscando posiblemente nuestro propio interés, buscando nuestra comodidad, y
olvidando que el motivo último de nuestras acciones debe ser el amor. “Por amor
de tu Amor hago lo que hago.”
El que no ama se queda yerto
Dice San Agustín:
“El que no ama se enfría y queda yerto. Ama, pero aquella hermosura que
buscan los ojos del corazón. Ama, pero aquella belleza que, ensalzada por la
justicia, enciende los ánimos”407.
405
trin. 8, 8, 12.
406
conf. 2, 1; 11, 1.
407
en. Ps. 31, II s. 1. 6.
179
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Nosotros queremos orar para encendernos cada vez más en el amor de
Dios. El que no ama –dirá San Agustín- se queda yerto y se queda muerto. Lo que
da vida al ser humano es auténticamente vivir desde el amor. Cuando amamos
nos vamos encendiendo en este amor de Dios. La oración debe ser ponernos en el
fuego, para reavivar auténticamente el fuego de Dios en nosotros. Darnos cuenta
de que la vida de todos los días nos va enfriando, va entibiando la presencia de
Dios en nosotros, y necesitamos la práctica de la oración para volver a encender
en nosotros este amor de Dios. Por eso, pues, dice San Agustín: “El que no ama
se enfría y se queda yerto”. Necesitamos enamorarnos una vez más de esta
hermosura –dice San Agustín- que buscan los ojos del corazón. Hay que amar la
belleza que vemos con los ojos del corazón, que es ensalzada por la justicia y que
enciende el ánimo. Es decir, la belleza de Dios. Una vez más San Agustín aparece
aquí como este enamorado de la belleza de Dios, que en la oración contempla la
grandeza de Dios, y se va encendiendo en ese amor de Dios.
Re-encender las brasas del corazón
Todo corazón que no ama –nos dice San Agustín- se enfría y se queda
yerto408. Cuando dejamos de hacer oración o perdemos la intensidad propia de
nuestra oración, nos vamos enfriando en el camino de Dios. Y al irnos enfriando,
corremos el peligro de ir perdiendo nuestra propia identidad y de olvidar el norte
de nuestra vida, que es llegar a Dios. El ser humano vive con la seducción grande
del pecado y con la continua tentación del olvido de Dios y la vuelta hacia el
mundo409. Nosotros queremos orar para renovar la presencia de Dios y reavivar el
fuego de Dios dentro de nosotros. Diciendo con san Agustín: ¡Oh amor que ardes
y nunca te extingues. Caridad, Dios mío, enciéndeme!410
Es verdad que en ocasiones, por el ritmo de la vida que llevamos, el fuego
de Dios se va apagando, se va extinguiendo. Y cuando nuestra práctica de
oración no tiene intensidad y fuerza, el fuego del amor de Dios se va apagando. Y
van quedando rescoldos, brasas, que poco a poco se pueden ir apagando. Se nos
invita a reavivar nuestra oración; a pedir al Espíritu Santo, que es el viento de
Dios (Jn 3, 8), el soplo de Dios (Ez 37, 9), que vuelva a encender los carbones del
408
Idem.
409
Cf. Simpl. 1, 2, 18: peccatum hominis inordinatio atque perversitas, id est a praestantiore Conditore aversio et ad
condita inferiora conversio.
410
conf. 10, 39.
180
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
amor de Dios que se extinguen en nuestro interior, para que de ellos vuelva a
brotar fuego. Y que el fuego de Dios nos vuelva a encender y a dar a nuestra vida
el sentido profundo que ésta tiene. Por lo tanto, orar es amar, para volverse a
encender en el fuego de Dios.
San Agustín tendrá la experiencia de que cuando vivimos en el pecado en la
tibieza, nuestra vida es oscura y triste: “El motivo de tu tristeza es el pecado, sea
el motivo de tu alegría la justicia”411. Y sin embargo cuando aparece el óleo, la
llama, el fuego del amor, brota el gozo y la alegría. Por eso estamos invitados a
orar y a dejar que en la oración sea el Señor quien vaya encendiendo nuestro
corazón, para que podamos, con el fuego del amor, quemar todas aquellas cosas
que no son de Dios y que intentan apartarnos del Señor. Dice san Agustín:
¿Por ventura brilla el oro en el horno del platero? Brillará en el collar, brillará
en el adorno. Soporta el fuego para que purificado de las impurezas, adquiera el
brillo412.
Y que podamos, por una parte iluminar a nuestros hermanos y por otro
lado, desde el fuego del amor, elevarnos hacia Dios. Por eso, pues, orar es amar
para renovar el fuego de Dios.
La tibieza y otras compañeras a evitar
Dice San Agustín: “Todo ministro del Señor ferviente en el Espíritu es fuego
ardiente”413. Aquí san Agustín, en primer lugar, está haciendo un comentario al
salmo 103, 4, que dice: “Los vientos te sirven de mensajeros, el viento llameante
de ministro”. La exégesis espiritual que san Agustín hace de este versillo es para
hablar, entre otras cosas de los ministros de Dios, de aquellos que ejercen un
ministerio o trabajo dentro de la Iglesia en favor de sus hermanos, como serían
los sacerdotes, los diáconos, los obispos. Pero San Agustín también está
pensando en todos aquellos que somos siervos de Dios, es decir, ministros,
servidores de nuestros hermanos por Jesucristo. Y todo “ministro del Señor
ferviente en el Espíritu es fuego ardiente” 414.
411
en. Ps. 42, 3.
412
en. Ps. 61, 11.
413
en. Ps. 103, 16.
414
en. Ps. 103, 16.
181
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Este es el ideal de San Agustín: que vivamos fervientes en el Espíritu. Es
decir, que nuestro espíritu no sea tibio, ni mediocre, sino que esté
auténticamente encendido en el fuego de amor de Dios. Para ser, como dice San
Agustín, fuego ardiente que comunica su propia experiencia de Dios a los demás.
Nosotros tendríamos que analizar si nuestra vida auténticamente es ferviente, es
decir, si tiene el fuego del amor de Dios, o si nuestra vida ha caído en la
enfermedad espiritual de la tibieza. La tibieza, que se da cuando nos dejamos
arrastrar por la rutina, cuando vamos cumpliendo nuestros deberes marcados
por el cansancio, y donde a la rutina le acompaña una gran tristeza por aquello
que hacemos, pues no encontramos gozo en las cosas del Señor. Y esta tristeza
nos lleva a vivir en una indiferencia de cara a nuestros hermanos. De tal forma
que salimos de la oración sin un propósito claro de ayudarlos, de hacer el bien,
de luchar contra nuestros vicios y pecados. Y esto nos lleva a una situación de
indiferencia, donde empieza a ganar terreno, el hombre viejo, y donde en nuestras
vidas empiezan a pesar más los elementos del mundo que los elementos de Dios.
Y donde finalmente, como una última consecuencia de la tibieza, a la que nos
conduce no vivir el fervor en el Espíritu del que habla San Agustín, sería el
empezar a vivir nuestra vida desde la frontera entre la gracia y el pecado, con una
ética de mínimos, es decir, pensando hasta dónde podemos llegar sin pecar;
hasta dónde podemos ignorar a nuestros hermanos sin que esto sea un pecado;
hasta dónde podemos permitirnos actos, palabras y pensamientos, sin caer en
pecado grave. Y al vivir continuamente en la última frontera, sucede que la
persona puede llegar a caer en esos pecados y quedarse esclavizada por ellos.
Viviendo la oración como un ejercicio de amor y encendidos en el amor no
podemos vivir ‘en la frontera’, ni una ética de mínimos, donde nos exigimos lo
mínimo necesario para no pecar, y sólo para cumplir. El amor siempre será
generoso y nos invitará a ir mucho más allá de esa frontera, y a considerar no
sólo lo que debemos hacer sino también lo que podemos hacer, y lo que el Señor
nos pide que hagamos aunque no esté mandado.
Aquí entraría el amplísimo mundo de los pecados de omisión: todas
aquellas oportunidades que nuestra vida de todos los días nos brindan para
hacer el bien a quienes nos rodean. Si estamos encendidos en el fuego del amor
de Dios lo haremos, y lo haremos con gozo y con alegría, como un elemento más
182
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
para mostrar que el amor de Dios está ardiendo en nuestro corazón y que no nos
lo podemos guardar para nosotros mismos, sino que necesitamos compartirlo con
los demás. Por eso nuestra oración vivifica toda nuestra vida. Nuestra oración
nos hace vivir lejos de estas situaciones de tibieza, de mediocridad, donde vamos
jugando entre esa gracia y el pecado. Donde nos cuesta mucho trabajo hacer el
bien a los demás, donde empezamos a pensar demasiado en nosotros mismos,
donde queremos que todo sea para nosotros y vamos olvidando que realmente el
secreto de nuestra vocación, cualquiera que ésta sea, es entregar nuestra vida a
Dios por medio de nuestros hermanos, sin reservarnos nada para nosotros
mismos. Evitando el estado de molestia continua ante los hermanos, ante las
situaciones adversas de la vida; recordando que el amor es lo que tiene que
vivificar toda nuestra vida.
Por eso dirá San Agustín: “un ministro del Señor ferviente en el Espíritu es
fuego ardiente”415. Nosotros tendríamos que ver si auténticamente vivimos en ese
fuego ardiente de Dios, superando la frontera de la tibieza. Pues como dice el
Libro del Apocalipsis: “Ojalá fueras frío o caliente, pero como eres tibio estoy a
punto de arrojarte de mi boca” (Ap 3, 16). Dios rechaza a quien vive en la tibieza,
a aquellas personas que asisten a la oración o realizan los actos de piedad
mediocremente, sólo por cumplir, para rescaldar un poco el alma pero sin que
esto llegue al compromiso de arder. Estamos llamados a vivir nuestra oración
desde esta perspectiva para arder en el fuego del amor de Dios y dejarnos quemar
por Dios.
El fuego no se puede disimular
Por eso, vivir el proceso de la oración es una entrega absoluta al Señor.
Donde queremos que toda nuestra vida arda en el amor de Dios. Y no solamente
que nosotros ardamos, sino que seamos capaces de comunicar este fuego del
amor de Dios a los hermanos que nos rodean. Aquí está el compromiso
agustiniano: hemos sido encendidos por el fuego de Dios, y estamos llamados a
encender en este fuego del amor de Dios a nuestros hermanos.
Si Dios realmente está ardiendo en nuestros corazones y está haciendo que
nuestros corazones ardan en su amor, eso se nos tiene que notar. Si somos
ministros fervientes del Señor porque tenemos el fuego del amor de Dios, se tiene
415
en. Ps. 103, 16.
183
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
que notar en nuestra vida de todos los días, pues “no se puede ocultar una ciudad
edificada en lo alto de un monte” (Mt 5, 14). Si hemos caído en un estado de
tibieza, también se nos va a notar. Ciertamente podemos guardar las apariencias,
pues vivimos en el mundo de las apariencias y de los fingimientos. Es posible que
engañemos a nuestros hermanos, que puedan llegar a creer que somos muy
fervientes porque pasamos mucho tiempo en la capilla, aunque realmente no
estemos haciendo oración. Pero a quien no podemos engañar es a Dios, y la gran
prueba de nuestra espiritualidad está en la vida de todos los días, donde queda
puesto de manifiesto realmente el amor de Dios que llena nuestras vidas.
Cuando (el alma) está limpia de los afectos sucísimos de este mundo vuela
con las alas extendidas, con las dos alas libres de todo impedimento, es decir con
los dos preceptos del amor de Dios y del prójimo 416.
El fervor del Espíritu nos lleva a cumplir nuestras obligaciones de todos los
días, y nos lleva a escuchar la voz de Dios que nos invita a darnos cuenta de las
llamadas de Dios en nuestra vida de todos los días. Y a encendernos en el amor
de Dios para iluminar, no el mundo ideal que nos hemos construido, sino el
mundo concreto en el que vivimos
Ser más Ambrosios que Faustos
Es muy interesante cómo San Agustín nos presenta en el Libro V de las
Confesiones el caso de dos hombres en los que hay una manifestación exterior
muy llamativa, pero en los cuales hay una gran diferencia. En uno de ellos está
ardiendo el fuego de Dios de una manera muy viva, y en el otro hay una ausencia
absoluta de Dios y todo son solamente elementos humanos. Es el caso que San
Agustín nos presenta entre el maniqueo Fausto y San Ambrosio.
El maniqueo Fausto, era un hombre que tenía muchas cualidades
humanas; un hombre con una gran simpatía, un gran don de gentes. Un hombre
elocuente, sumamente simpático y agradable417. Pero San Agustín se dará cuenta
de que todo era apariencia. Cuando se acercó a él para hablar de cosas más
profundas se dio cuenta de que este hombre estaba vacío. Era un gran difusor de
las doctrinas maniqueas; un gran seductor de las masas, un “lazo del diablo”418,
416
en. Ps. 121, 1.
417
Cf. conf. 5, 10.
418
conf. 5, 3.
184
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
como lo llama san Agustín, pero es un hombre que no tiene una solidez, que no
tiene una presencia de Dios. Que todo son simples y meras apariencias 419.
Leyendo este pasaje de San Agustín, podríamos pensar cuántos cristianos,
cuántos religiosos hay que son como Fausto. Personas con una gran simpatía
natural, y con muchas cualidades humanas muy llamativas que puedan
despertar la admiración de los demás. Pero cuando hay una relación mucho más
profunda, cuando alguien se acerca para buscar un consejo espiritual, se da
cuenta de que esta persona está vacía. Todo son solamente elementos humanos y
se ha descuidado el elemento esencial que es la oración.
Sin embargo San Ambrosio, que es el otro caso que presenta San Agustín
en este mismo libro V de las Confesiones, es un hombre posiblemente un poco
más seco, más austero. San Ambrosio tal vez no era un hombre con una gran
simpatía humana, pero era un hombre con un gran atractivo, por su doctrina,
por su pensamiento420. Era un hombre que también comunicaba el fuego del
amor de Dios. De hecho san Ambrosio jugará un papel esencial en la última
etapa de la conversión de san Agustín. No sólo por su guía, su doctrina y su
pensamiento, sino también por el tipo de vida que lleva. San Agustín dirá en el
Libro V de las Confesiones que admira de Ambrosio no solamente la profundidad
de su doctrina (pues era un hombre sumamente culto y preparado, de los últimos
grandes Padres de la Iglesia junto con San Agustín, con una preparación y
formación humanas exquisitas), sino también por su espiritualidad 421. San
Agustín podía percibir en él el fuego del amor de Dios.
Y San Agustín admira en san Ambrosio –ya que era el último problema que
tenía San Agustín en ese momento de su vida, en el año 385-386-su vivencia de
la castidad:
“Sólo su celibato me parecía trabajoso. Mas yo no podía sospechar, por no
haberlo experimentado nunca, las esperanzas que abrigaba ni las luchas que tenía
que sostener contra las tentaciones de su propia excelencia, ni los consuelos de que
gozaba en las adversidades ni los deleites que gustaba con la boca interior de su
corazón cuando rumiaba tu pan” 422.
419
Cf. conf. 5, 12.
420
Cf. conf. 5, 24.
421
Cf. conf. 5, 23.
422
conf. 6, 3.
185
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por lo tanto, el fuego del amor de Dios y los efectos de la oración se notan.
Nosotros queremos orar para que la presencia de Dios nos llene y nos transfigure
de tal manera que en nuestras vidas se pueda reflejar esta presencia. Que
nuestra vida no sea solamente atractiva por los elementos humanos, porque
somos muy Faustos –Faustos maniqueos-, sino porque tenemos muchos
elementos de Ambrosio, es decir, el elemento de la vivencia profunda de Dios. Y
ojalá pudiéramos –sería el ideal-, rescatar los mejores elementos de Fausto (es
decir: la simpatía, la capacidad de comunicación, el don de gentes), pero unirlos y
casarlos con los elementos de san Ambrosio: su profundidad de doctrina, su
profundidad espiritual, la coherencia de su vida.
¡Arrastrad a todos hacia Dios!
San Agustín invitaba a todas aquellas personas que lo rodeaban para que
amaran con él a Dios. Dice san Agustín:
”Si amáis a Dios, arrebatad al amor de Dios (rapite omnes ad amorem Dei) a
todos los que con vosotros están unidos y a todos los que se hallan en vuestra
casa. (…) arrebatadlos a gozar y decidles: Engrandeced conmigo al Señor” 423.
Nosotros, pues, estamos llamados a llenarnos del fuego del amor de Dios
para compartirlo con nuestros hermanos, e invitar a todos a que también amen a
Dios con nosotros. Este es el ideal agustiniano: no ser solamente nosotros
quienes amamos a Dios, sino que todos amen a Dios con nosotros.
Escuchar a Dios en la Escritura
Queremos orar para ser capaces de amar y para conocer a Dios, presente
especialmente en las Sagradas Escrituras, pues como dice san Agustín, cada vez
que nosotros leemos la Escritura es Dios quien nos habla. Y cada vez que
nosotros presentamos nuestra oración respondemos a esta Palabra de Dios que
hemos escuchado en la Sagrada Escritura424.
Dice San Agustín:
423
en. Ps. 33, 2, 6.
424
en. Ps. 85, 7.
186
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“El amor por el que amamos a Dios y al prójimo posee toda la magnitud y
latitud de las palabras divinas. El único Maestro, el celestial, nos enseña: ‘Amarás
a tu prójimo como a ti mismo...”425.
Todo a través de la Escritura nos invita a un encuentro de amor con Dios y
con nuestros hermanos. Nosotros, viviendo nuestra oración, tendríamos que
acercarnos a las Sagradas Escrituras como las palabras amorosas de Dios hacia
cada uno de nosotros, que tendrían que encender cada vez más nuestro amor a
Dios y que tendrían que manifestarnos concretamente lo que el Señor espera de
cada uno de nosotros en los diferentes momentos de nuestra vida. Ser capaces de
acercarnos a la Sagrada Escritura como la Palabra viva y eficaz de Dios. Como el
mensaje, la carta amorosa que el Padre nos dirige desde la patria 426 para que
podamos vivir y cumplir el plan de Dios. Por lo tanto oramos para encendernos
en el amor de Dios, para conocer, escudriñar y poder tener los oídos del corazón
abiertos para escuchar la Palabra de Dios.
Aquí se nos invitaría a recordar y a darnos cuenta de cómo estamos
viviendo la oración litúrgica. La oración litúrgica es el encuentro que tenemos con
Dios todos los días, con su Palabra, y donde en muchas ocasiones esa Palabra de
Dios se nos escapa. Donde la oración litúrgica se debería convertirse en la
prolongación de nuestra propia oración personal, y nuestra propia oración
personal, a su vez debe alimentarse en la oración litúrgica.
Tendríamos que acoger los salmos de la Liturgia de las Horas, no de una
forma mecánica, maquinal, sino acogerlos como un mensaje de amor de Dios
para mí dentro de la Iglesia.
Por lo tanto orar es amar para conocer la voluntad de Dios y el amor de
Dios presente en su Palabra. De tal forma que en la Liturgia de las Horas
pudiéramos vivir una doble dimensión. Por una parte, la dimensión eclesial. Orar
por la Iglesia, dentro de la Iglesia, con las necesidades que tiene la Iglesia, desde
el amor. Lo que nos vincula y lo que nos une en el Cuerpo Místico de Cristo es el
amor. Vivimos de un solo Espíritu, porque formamos un solo cuerpo, y ese solo
Espíritu es el que infunde y derrama su amor en nuestros corazones. Queremos
vivir, por lo tanto, en este único cuerpo, con un solo amor y un solo Espíritu,
425
s. 350, 2.
426
en. Ps. 64, 2.
187
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
orando desde el amor por todas las necesidades que existen en el Cuerpo de
Cristo427.
En segundo lugar, oramos para amar, para leer las Sagradas Escrituras,
como aplicadas a las circunstancias concretas de nuestras vidas. La Palabra de
Dios debe iluminar la situación concreta que estamos viviendo. En ocasiones la
Palabra de Dios no nos dice nada, nos deja muy fríos. Lo que necesitaríamos
sería pedir la iluminación del Espíritu, que el Espíritu ilumine nuestra mente,
para que podamos entender y captar qué es lo que Dios espera de nosotros al
meditar un texto determinado.
Y el mensaje de toda la Sagrada Escritura (como decía San Agustín en De
doctrina christiana) es el amor de Dios y del prójimo 428. Cualquier texto que
leamos en la Sagrada Escritura tiene que invitarnos a amar con mayor
profundidad a Dios, en elementos muy concretos de nuestra vida, donde podemos
ir amando más a Dios, y muriendo más a nosotros mismos para dar vida en Dios.
Por eso, pues, orar es amar para conocer y para profundizar en las Sagradas
Escrituras.
Sentados a los pies del Maestro interior
Dice San Agustín: “El único Maestro, el celestial, nos enseña: ‘Amarás a Dios
sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo’” 429
. Dentro de la Sagrada
Escritura San Agustín percibe la presencia del Maestro interior. Queremos orar,
desde el amor, para ser capaces de escuchar al Maestro interior. San Agustín, ya
desde sus primeros escritos, nos presenta esta realidad: el único que enseña el
camino de la salvación es Jesús, que es el Maestro interior que vive en el corazón
del hombre, y que es el único que puede enseñarle los misterios de Dios y que
puede conducirnos a la salvación 430. Cristo es el Camino, por Él vamos hacia
427
Y aquí la vida contemplativa tiene un elemento muy importante que la Iglesia le confía: el tener la custodia
de que este amor de Dios circule por todo el Cuerpo Místico de Cristo. Y que este amor de Dios, al circular por el
Cuerpo Místico de Cristo, vaya iluminando los diferentes elementos que pueden existir en él, especialmente los
elementos de pasión y de dolor de Jesús. Que la enfermedad, la miseria, el sufrimiento, sean iluminados desde el amor
de Cristo, para que todos ellos, dentro del Cuerpo Místico de Cristo, adquieran el valor de la redención. Éste es el valor
de la vida contemplativa: hacer esta oración de intercesión para que circule la fuerza del amor dentro del Cuerpo
Místico de Cristo, para que todos los que formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo podamos sentir la fuerza
renovadora que nos redirige hacia Dios y que nos recuerda la fuerza profunda de la Resurrección de Jesús, en la que
todos nos encontramos insertos.
428
doctr. chr. 1, 39.
429
s. 350, 2.
430
mag. 14, 45-46.
188
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios; pero Cristo también para San Agustín es la Patria 431. Es decir, es la meta
hacia la cual nos dirigimos. Él es el Maestro interior 432. Él permanece en nuestro
interior enseñándonos los misterios de Dios. Nadie puede instruirnos fuera de
Jesús. Es cierto, podemos tener muchas advertencias exteriores para llegar a
Dios. Pero el único que enseña, el único que puede conducirnos a la salvación, es
Jesús. Él es el Maestro interior. Por eso San Agustín nos invita a que en nuestra
oración seamos capaces de oír la voz de este Maestro interior. Un Maestro interior
que habla de lo más profundo del corazón y que es quien nos va aclarando esas
palabras de la Sagrada Escritura:
“El Maestro interior es quien enseña; Cristo enseña, su inspiración enseña.
Donde no están su inspiración ni su unción, vanamente suenan en el exterior las
palabras”433.
Por eso hacer oración es encontrarnos con este Maestro interior; sentarnos
a sus pies, como hacía María, la hermana de Marta, para contemplarlo, para
escucharlo y para aprender de Él (Lc 10, 39). Nuestra oración es un momento
también de discipulado. De sentarnos a los pies del Maestro y decirle: ‘Señor,
aquí estoy. Necesito ser instruido en tu Palabra, aprender el camino de salvación
que tienes dispuesto para mí. Por eso me pongo a tus pies: para aprender de Ti’.
Una compañera inseparable del orante
Dice San Agustín:
“Si, pues, no dispones de tiempo para escudriñar todas las páginas santas,
para quitar todos los velos a sus palabras y penetrar todos los secretos de las
Escrituras, mantente en el amor, del que pende todo”434.
Se nos invita, por lo tanto, a mantenernos en el amor; aunque no podamos
escudriñar ni leer todas las Sagradas Escrituras, mantenernos en el amor. La
oración, por lo tanto, nos ayuda a mantenernos en este amor, que queda puesto
de manifiesto en todas las páginas de la Sagrada Escritura. Nuestra oración, por
ello, debe estar acompañada de este amor. Y cuando nosotros en la oración no
431
Cf. s. 123, 3, 3.
432
Cf. s. 102, 1.
433
Io. [Link]. 3, 13.
434
s. 350, 2.
189
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
podemos orar (porque tenemos tal vez distracciones, fantasías), el libro del que
tenemos que echar mano, como ese libro primero y primigenio en el cual tenemos
que encontrar vivo a Dios, es la Sagrada Escritura.
La Biblia, por lo tanto, es el libro que tiene que acompañarnos para orar, y,
cuando encontremos alguna dificultad para orar, apoyarnos en ella. La Biblia es
la luz que nos va recordando las palabras del Maestro interior, invitándonos al
amor, a darnos a Dios y a darnos también a nuestros hermanos.
Alabar es oficio de enamorados
San Agustín es consciente de que todas las creaturas del mundo alaban a
Dios. Y San Agustín nos invita a orar y a manifestar nuestro amor a través de la
alabanza. Y dirá San Agustín: el alabar y el orar es un oficio de enamorados. Si
nosotros auténticamente decimos que amamos a Dios, y hemos purificado los
ojos del corazón para percibir la presencia de Dios en nuestras vidas y en los
acontecimientos que nos suceden, debemos tener también los ojos abiertos para
percibir la presencia de Dios en el mundo en el que vivimos, donde las creaturas
del mundo nos invitan a que nosotros también alabemos a Dios.
Para San Agustín todas las creaturas del universo están cantando ese gran
cántico de alabanza a Dios, porque se saben salidas de las manos de Dios. Han
sido creadas por Dios, e invitan al ser humano a que se una a esta alabanza, a
que vea las maravillas de Dios y proclame la grandeza del Creador de estas cosas.
Si las cosas del universo son bellas, es mucho más bello –dirá San Agustín-, el
Creador de estas cosas del universo.
Por ello, pues, vivir nuestra vida desde el amor, encendidos en el amor de
Dios, purificando los ojos del corazón para percibir la presencia de Dios, debe
llevarnos a la alabanza, a la proclamación de la grandeza de Dios. San Agustín
nos invita a la confesión. Y la palabra “confessio” en latín, incluye no solamente la
confesión de los pecados o una profesión de fe, sino también la alabanza a Dios.
San Agustín da una importancia muy especial a la alabanza. De hecho, en la
obra de las Confesiones empieza toda ella con una alabanza. Y las Confesiones,
son una proclamación de la grandeza de Dios, donde San Agustín, reconociendo
lo que Dios ha hecho en él y lo que Dios está haciendo en el mundo, quiere
alabarlo.
190
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por eso comienza San Agustín las Confesiones con estas palabras: “Grande
eres Señor, y digno de toda alabanza...”435. Por lo tanto, San Agustín, desde el
principio de las Confesiones, comienza manifestando la grandeza de Dios, y nos
invita a nosotros también a darnos cuenta de esa grandeza de Dios y a vivir
nuestra oración desde la alabanza.
Lo contrario a la alabanza sería, por una parte, la queja: cuando ponemos
el acento en los elementos negativos que pueden rodear nuestra vida, y estos
elementos negativos nos van cegando, nos van impidiendo percibir la presencia,
la grandeza de Dios, y de proclamar su alabanza.
Lo contrario también sería la ingratitud, cuando nos quedamos mirando
sólo los elementos negativos, los elementos más dolorosos de nuestra propia vida,
y por ello no proclamamos la alabanza de Dios. Hemos sido creados para alabar a
Dios, para darle gracias a Dios por todos sus beneficios. Todos los salmos, de una
forma o de otra, proclaman la alabanza de Dios. Por eso dirá San Agustín:
“Para que Dios sea alabado perfectamente por el hombre, Dios se alabó a sí
mismo; y porque se dignó alabarse a sí mismo, por lo mismo, encontró el hombre el
modo de alabarle(…)”436
Nosotros, pues, necesitamos de nuestra lectura, meditada y sosegada de la
Palabra de Dios para aprender a alabar a Dios. Pero una vez más, para poder
alabar a Dios, necesitamos partir de nuestra situación personal. Y nuestra
situación personal es la del pecado, es una situación de pequeñez, donde
necesitamos reconocernos tal y como somos delante de Dios para, desde la
pequeñez, ser capaces de reconocer la grandeza de Dios. Si somos soberbios, no
podremos reconocer la grandeza de Dios. Es más, la misma soberbia nos llevará a
ignorar la presencia de Dios.
Si amas, ya estás alabando
Dice San Agustín:
“Ésta será nuestra actividad: la alabanza de Dios. Amas y alabas. Dejarás
de alabar si dejas de amar, pero no cesarás de amar, porque es tal aquel a quien
435
conf. 1, 1.
436
en. Ps. 144, 1.
191
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
has de ver que no te causará ningún cansancio. Te saciará y no te saciará, cosa
extraordinaria lo que digo437.
Nuestra oración debe ser un proceso en el que profundizamos en el Misterio
de Dios, para encontrar auténticamente a Dios. Como dice San Agustín en De
Trinitate: “Te busco para encontrarte y te encuentro para seguirte buscando con
mayor ardor”438. Nuestra oración, por lo tanto, es un ejercicio de encontrar a Dios;
alabarle, porque lo vamos descubriendo. Pero descubrir a Dios es saber que
necesitamos continuar profundizando en este Misterio de Dios, pues al ser Dios
infinito, esta búsqueda y encuentro nunca tendrá un fin.
San Agustín nos dice que alabar a Dios será nuestro oficio para toda la
Eternidad. Nos uniremos en la Vida Eterna a la alabanza que toda la Creación,
que todas las creaturas que han salido de las manos de Dios -espirituales y
corporales, como somos nosotros-, le dirigen a Dios.
Por lo tanto nosotros en esta tierra ya estamos adelantando lo que será
nuestra ocupación allá en el Reino de los Cielos: alabar por siempre a Dios,
porque ya no tenemos el peligro de alejarnos de Él. Porque vivimos con esa
certeza para siempre junto a Él, en esa felicidad de ir consiguiendo esa meta de
nuestra vida. San Agustín se lo plantea así: el ser humano ha sido creado para el
encuentro con Dios, y cuando se encuentra auténticamente con Dios, más allá de
los límites de esta vida, vivirá para siempre en esa felicidad. Por eso a nosotros se
nos invita en esta tierra a ser capaces de alabar. Es decir, de reconocer la
grandeza de Dios y de proclamar la obra que Dios hace en nosotros y en el
mundo.
Dice por lo tanto San Agustín: “Si amas ya estás alabando. Y si dejas de
amar, dejarás de alabar” . Por lo tanto, pues, el alabar es un oficio de
439
enamorados. El enamorado, que es capaz de percibir la belleza, la grandeza y las
huellas de su amado en todas las cosas que lo rodean, especialmente en la
Creación. San Agustín es un hombre que está muy atento y muy pendiente de las
cosas de la Creación, que tenía una gran capacidad para percibir todos estos
detalles de la naturaleza: el ciclo de las estaciones, las maravillas que Dios va
haciendo en el mundo. Y San Agustín, por todo ello, alababa al Señor. Ojalá que
437
en. Ps. 85, 24.
438
trin. 15, 2, 2.
439
en. Ps. 85, 24.
192
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
nosotros, viviendo desde esta vocación de enamorados, viviendo nuestra oración
como un ejercicio de amor, seamos capaces de percibir la grandeza de Dios y de
alabar al Señor.
Si amas, no hay esfuerzo
Nosotros queremos orar, como un ejercicio de amor, para poder llenar
nuestro corazón del amor de Dios. Y ser capaces, con el amor de Dios, de amar
también a nuestros hermanos. San Agustín será muy consciente de la fuerza que
tiene el amor, y cómo necesitamos llenar nuestro corazón de amor para poderlo
repartir a los demás.
Cuando san Agustín comenta al texto de la Carta a los Corintios (1 Cor 13,
1-8, el Himno de la Caridad), nos presenta la riqueza que tiene el amor y la
importancia que éste tiene en la vida del creyente. Así, si nos falta el amor,
hagamos lo que hagamos, no nos sirve de nada. Por eso San Agustín nos brinda
esta hermosísima reflexión:
“Quien tiene su corazón lleno de amor, hermanos míos, comprende sin error
y mantiene sin esfuerzo la variada y abundante y vastísima doctrina de las
Escrituras”440.
Tener el corazón lleno de amor nos lleva en primer lugar a comprender, es
decir, a ser capaces de entender los misterios de Dios. Y no solamente a
comprender, sino, dirá también San Agustín, a guardar las normas prescritas
dentro de la Sagrada Escritura. Queremos orar para llenar nuestro corazón de
amor. Nosotros –podríamos decirlo desde una perspectiva, negativa, o contraria-
cuando no tenemos el corazón lleno de amor, nos cuesta trabajo comprender y
entender los caminos de Dios. Y cuando no tenemos el corazón lleno de amor no
podemos cumplir los preceptos de Dios con facilidad. Por eso nos dirá San
Agustín que el amor es como el óleo y el aceite, que nos ayuda a que el carro
pueda rodar por el camino de Dios sin dificultad.
Cuando nos falta el amor encontramos una gran dificultad para actuar. Por
eso dice San Agustín: “en lo que se ama, o no se trabaja o se ama el trabajo” 441.
Cuando nosotros cumplimos los preceptos de Dios, si tenemos el corazón lleno de
amor, ninguna cosa nos tiene que resultar difícil, ninguna cosa tiene que
440
s. 350, 2.
441
b. uid 21, 26
193
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
resultarnos cuesta arriba. Cuando las cosas nos van costando trabajo es porque
tal vez nuestro corazón se ha vaciado del amor y necesitamos una vez más
ponernos “al fuego de la oración”, para poder llenar nuestro corazón del amor de
Dios.
Por eso dice San Agustín: “Quien tiene su corazón lleno de amor, hermanos
míos, comprende sin error”442. Comprender sin error. El error que para San
Agustín no solamente es un elemento muy humano (“Si me equivoco, es que
existo”443), sino que el error también puede ser -cuando es un error pertinaz-, una
tentación del demonio, pues la persona en su soberbia se niega a reconocer que
está equivocada y por lo tanto no quiere corregirse 444. El amor nos libra de estos
errores y de estas obstinaciones propias de la soberbia 445. Por eso, comprender
sin error, significa comprender de verdad. Queremos llenar nuestros corazones de
amor para comprender las realidades de Dios sin equivocaciones y sin errores,
sin autoengaños, sin falsificaciones. Queremos entenderlas y comprenderlas con
la verdad.
Comprender no solamente los misterios de Dios sino también las realidades
de nuestra vida. Solamente esto lo puede hacer quien tiene el corazón lleno de
amor. San Agustín nos presentará también la imagen de la Santísima Virgen
María como aquella que llevaba a Cristo en su corazón 446, y por lo tanto lo tenía
lleno de amor y, como nos dice la Escritura, movida por este amor, guardaba todo
para meditarlo en su corazón (Lc 2, 51).
Nosotros tendríamos que analizar si tenemos el corazón lleno de amor,
lleno de la presencia de Dios y por lo tanto podemos comprender los misterios de
Dios. O si nuestro corazón está lleno del mundo, de pensamientos vanos, de
nuestro propio egoísmo y no podemos comprender ni entender lo que sucede en
el mundo, lo que sucede en nuestra vida, lo que Dios nos dice todos los días en la
Sagrada Escritura. Solamente quien tiene el corazón lleno del amor es el que
puede auténticamente comprender los misterios de Dios.
Sigue diciendo san Agustín, no solamente comprende sin error, sino
“mantiene sin esfuerzo la variada y abundante y vastísima doctrina de las
442
s. 350, 2.
443
ciu. 11, 26.
444
Cf. ep. 53, 3, 7.
445
Cf. c. ep. Parm. 2, 1, 3.
446
uirg. 3, 3.
194
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Escrituras”447. Mantiene sin esfuerzo. Nosotros queremos llenar nuestro corazón
del amor de Dios para poder cumplir sin esfuerzo lo que Dios nos pide.
Verdaderamente nuestra voluntad tiene que empeñarse, pero si el corazón nos
rebosara del amor de Dios, desaparecería el esfuerzo. Aquí nosotros podríamos
ver en nuestras vidas que si nos cuesta mucho trabajo cumplir los preceptos de
Dios es porque posiblemente nos falta llenar nuestro corazón con el amor de
Dios.
Amor, dulce y saludable vínculo
San Pablo en la carta a los Corintios (1 Cor 13, 1-8) nos dice que si nos
falta el amor, hagamos lo que hagamos, no nos sirve de nada. San Agustín, como
comentario a este texto de San Pablo nos presentará el amor como la esencia del
mensaje cristiano, y como la gran riqueza que puede tener el cristiano. Dice san
Agustín:
“Por lo tanto, hermanos, perseguid el amor. El dulce y saludable vínculo de
las mentes...” Y aquí tenemos una primera definición de lo que es el amor para
san Agustín. Es “el dulce y saludable vínculo”448.
Es algo que nos llena de dulzura, que nos conduce a la salvación y que
vincula las mentes y los corazones de los hermanos.
“...Sin lo cual –dice San Agustín- el rico es pobre, y con el cual el pobre es
rico.”449 Si a una persona le falta el amor, tenga lo que tenga será pobre. Y al
contrario: si una persona está llena del amor de Dios, aunque le falten bienes
materiales, será rico. La gran riqueza del ser humano es el amor de Dios. Es, por
lo tanto, un vínculo dulce, suave, que une las mentes y que da riqueza a las
personas. Hacemos oración para ser ricos ante Dios, para llenarnos de este amor
de Dios, de tal forma que nuestra vida ante Dios esté vinculada a Él a través del
amor.
Y sigue diciendo San Agustín las consecuencias del amor: “el amor da
resistencia en las adversidades”, es decir, que el amor es fuerte. Nos dice el
Cantar de los Cantares que el amor es fuerte como la muerte (Cant 8, 6). Cuando
nosotros amamos somos fuertes en las adversidades. La oración es un ejercicio
447
s. 350, 2.
448
s. 350, 2.
449
Idem.
195
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
de amor para fortalecer nuestra vida y nuestro corazón ante el momento de la
tribulación y ante el momento de la adversidad. Si nosotros en el momento de la
adversidad vacilamos y dudamos es porque nos hace falta profundizar en nuestra
oración, o no estamos viviendo la oración como el Señor lo espera. El momento de
la prueba y el momento de la tribulación es el momento de aquilatar y de
purificar todo nuestro organismo espiritual. Porque el amor –dice San Agustín-
“es fuerte en la adversidad”450. Es decir, tiene una raíz tan sólida, que la
adversidad no la puede derribar, no la puede romper. Cuando hay amor, la
adversidad, en lugar de destruirlo, lo fortalece cada vez más. Por lo tanto –dice
San Agustín-, el amor da resistencia en las adversidades.
Hay que temer la prosperidad
Segunda característica, el amor da “moderación en la prosperidad”451. Y
aquí aparece un elemento muy agustiniano, que es parte de los consejos que San
Agustín reitera en diferentes lugares de su obra, y que creo que son de los
consejos más oportunos para nosotros. Vivimos en un mundo que ha dado un
salto, un cambio, y en donde tal vez a una situación de una cierta limitación de
bienes materiales hemos pasado a un mundo consumista. De una
sobreabundancia de bienes materiales, a la que acompaña un deseo de acaparar
y de poseer. Donde las personas no se conforman con aquello que tienen, sino
que siempre buscan más, y han caído en la cadena del consumismo, sin darse
cuenta de todos los elementos negativos que esto conlleva, y sin darse cuenta
tampoco de que la felicidad no está en aquello que tengamos entre las manos,
sino en aquello que tenemos dentro del corazón. Y -lo más importante-, la riqueza
del hombre debe ser Dios.
Por eso San Agustín, en épocas como la nuestra, de prosperidad, o por lo
menos de sobreabundancia, dirá que el amor nos debe dar moderación en la
prosperidad. Es muy interesante el comentario que hace San Agustín, dentro de
la enarratio al Salmo 50:
“Muchos temen las cosas adversas pero no temen las prósperas. Más
peligrosa es para el alma una cosa próspera, que para el cuerpo una adversa. La
prosperidad debilita primeramente, a fin de que la adversidad encuentre a punto lo
450
s. 350, 2
451
Idem.
196
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
que ha de quebrar. Hermanos míos, ante la felicidad ha de vigilarse con más
cautela”452
Por eso el amor debe darnos fortaleza y moderación; es decir, medida
dentro de la prosperidad. Está bien que en nuestra vida no falte ninguna cosa
que sea necesaria, pero nosotros debemos tener moderación. Un elemento muy
importante dentro de la ética agustiniana: La ‘mensura’, la medida, la
‘moderación’. Recuerdo que en el antiguo refectorio del convento que sigue siendo
el noviciado de nuestra Orden de Agustinos Recoletos, en Monteagudo, estaba
colocado encima de la puerta un cartel que citaba la frase del libro de la
Sabiduría: “Omnia in mensura, et numero et pondere disposuisti” (Sab 11, 21)453,
una frase que será muy comentada por san Agustín, como una invitación a la
medida y a la moderación. Elemento singularmente importante en un comedor
conventual. Así pues, hace falta la moderación y medida en la prosperidad.
Dios ama al que da con alegría
Sigue diciendo San Agustín: “el amor es fuerte en las duras pruebas (es
decir, en las pasiones duras)...” 454 El amor se manifestará todavía más fuerte aún
que estas duras tentaciones. San Agustín presenta el amor como una fuerza que
puede arrancar al hombre de todas las inclinaciones de su propia naturaleza. San
Agustín está pensando seguramente, una vez más, en el texto de San Juan: “Dios
es amor” (1 Jn 4, 8) y también no sólo en el texto de la Carta a los Corintios (1
Cor 13, 1-8), donde el amor es el motivo que da sentido a la vida del creyente,
sino también en el texto del libro del Cantar de los Cantares, que nos dice que el
amor es más fuerte que la muerte (Cant 8, 6). Pero también San Agustín está
pensando una vez más en la frase de Virgilio:“Amor vincit omnia”. El amor vence
todas las cosas.
El amor, por lo tanto, puede vencer incluso estas pasiones desordenadas
del ser humano: la soberbia, el egoísmo. Las pasiones que arrastran al ser
humano hacia el pecado pueden ser vencidas, porque el amor es más fuerte que
todas ellas.
452
en. Ps. 50, 4.
453
ciu. 12, 18; trin. 11,11. En la mayor parte de los casos san Agustín usa la expresión verbal dispusuisti o sus variantes,
en alguna ocasión usa constituisti (c. adu. leg. 1, 6, 8) u otra variante. La versión de la Neovulgata
454
s. 350, 2.
197
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Y sigue diciendo San Agustín, “el amor es alegre en las buenas obras”, es
decir, disfruta en las buenas obras. El amor nos mueve a actuar en las buenas
obras, y las realiza con gozo. Y aquí aparece un elemento muy importante
agustiniano: es preciso, desde el amor, hacer el bien con alegría. Hay una frase
paulina que comenta San Agustín en muchos sitios de su obra: “Dios ama al que
da con alegría” (2 Cor 9, 7: hilarem autem datorem diligit Deus). Cuando San
Pablo, en la Segunda Carta a los Corintios, está invitando a los habitantes de
Corinto a aquella magna colecta que organizó en favor de los pobres de
Jerusalén, colocará esta frase. San Agustín dirá, que hay que dar con alegría, no
sólo cosas materiales, sino también cosas espirituales y no visibles, como el que
se da a sí mismo, el que da su tiempo. Lo importante es darlo con alegría.
Y San Agustín dirá incluso, en las enarrationes in Psalmos que si nosotros
damos con tristeza, no solamente perdemos lo que dimos, sino que perdemos
incluso el mérito:
“Si das el pan entristeciéndote, pierdes el pan y la recompensa. Luego dalo
con buen ánimo, para que Aquel que ve dentro, aún estando hablando tú, diga:
Aquí estoy”455.
Muy curioso. Cuando damos algo y no lo damos con gozo y con alegría, la
alegría que brota del amor, no sólo perdemos lo que hemos dado, sino también de
alguna manera, el mérito de esta obra buena. Por eso San Agustín nos invita a
dejar que sea el amor el que actúe dentro de nosotros, y que cuando demos y nos
demos a Dios, y por Dios y en Dios a nuestros hermanos, que lo hagamos con
alegría. Si tenemos el corazón lleno de amor, éste nos llevará a dar con alegría.
Así pues, “Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7). Este es el gran
consejo que San Agustín le va a dar al diácono Deogratias de Cartago, cuando el
diácono le pida consejos para dar la catequesis. El secreto del catequista y de
aquel que enseña es que dé con alegría. Es decir, que se note que aquello que
está enseñando le gusta y que él está contento de hacerlo, y que no lo hace sólo
por obligación.
Dios ama, por lo tanto, al que da con gozo y con alegría. Y aquí San Agustín
nos marca esto: la caridad, o el amor del que debe estar lleno nuestro corazón, es
alegre en estas buenas obras.
455
en. Ps. 42, 8.
198
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Cimentados en Cristo
Por otra parte, “el amor es segurísimo en la tentación”456. Cuando aparece la
tentación, y el momento de la prueba, da una gran seguridad. Si tenemos amor
tenemos una gran seguridad, un cimiento firme. Y aunque vengan las tormentas,
aunque se desborden los ríos –como dice el Evangelio-, aunque soplen los vientos
contra la casa de nuestra vida (Mt 7, 24-27), la casa no se va a caer, porque tiene
un cimiento segurísimo, que es el amor a Cristo. Y, como estamos edificados en
Él, no nos vamos a caer. Si nos falta el amor, si queremos poner otro cimiento en
nuestra vida que no sea el amor, cuando llegue la tentación, nos
derrumbaremos. Las tentaciones en nuestra vida son el momento de la verdad,
para probar si auténticamente hemos cimentado nuestra vida en quien debemos
cimentarla: en Cristo y en su amor. Y si llegan las tentaciones y no estamos
cimentados en Él, nuestra vida se derrumba. Por eso la invitación es a hacer
oración, llenarnos del amor de Dios; porque cuando llegue la tribulación y llegue
la tentación tendremos un refugio segurísimo, que es el amor.
Sigue diciendo San Agustín: “el amor es generosísimo en la hospitalidad”457.
La generosidad es el rasgo de aquel que está lleno de amor. Cuando nuestro
corazón está lleno de amor y reconocemos que el amor no es nuestro, sino que lo
hemos recibido de parte de Dios, esto nos coloca en la sintonía y en la órbita de la
gracia y de la gratuidad. He recibido gratuitamente, y en una medida
sobreabundante, ese amor de Dios que ha llenado mi corazón, y yo me dispongo a
compartir aquello que he recibido en la misma medida en la que he recibido. Todo
lo contrario sería empequeñecer nuestro corazón y sería una muestra de que
nuestro corazón no está lleno del amor de Dios. Y de este modo, al faltarnos el
amor, nos entregamos a Dios y a nuestros hermanos, poco a poco, a cuentagotas
y sin generosidad.
La “hospitalidad”, entre otras cosas significa la capacidad de acoger a otra
persona. Acogemos a aquellos con los que convivimos cuando los escuchamos,
cuando los acompañamos, cuando estamos a su disposición en sus diferentes
necesidades. Por eso dice San Agustín: la caridad será generosísima en la
hospitalidad.
456
s. 350, 2.
457
Idem.
199
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
La verdadera alegría, huella de Dios
Sigue diciendo San Agustín: “el amor” –y vuelve a aparecer la alegría-, “es
muy alegre entre los verdaderos hermanos”458. Cuando existe la alegría en un
grupo de cristianos, en una familia, en una comunidad religiosa, es una señal
cierta de que entre ellos está presente Dios, y de que sus corazones rebosan de la
caridad de Dios. Por otro lado la presencia de la tristeza, de la incertidumbre, del
pesimismo, será siempre una señal de la necesidad que tienen esas personas de
profundizar más en su vida espiritual. Y puede ser una señal de que tal vez estas
personas hayan caído en la tentación propia de la tristeza, del demonio
meridiano, que les coloca unas gafas oscuras que les hacen ver todo
absolutamente negro y desde una perspectiva muy negativa.
En muchas ocasiones la tristeza brota de la propia soberbia, pues nos
negamos a aceptar que no podemos hacer por nosotros mismos lo que queremos
hacer. Así, por la soberbia no pedimos ayuda ni siquiera a Dios, sino que nos
quedamos encerrados en nosotros mismos, y seguimos creyendo que podemos
hacerlo. Y claro, eso nos lleva a una gran tristeza y a una gran desilusión. Porque
no podemos cumplir la voluntad de Dios sin la ayuda de Dios.
Por eso San Agustín dirá: “La caridad es muy alegre”, llena pues de gozo y
alegría, “entre los verdaderos hermanos”. Aquí San Agustín nos invita a pensar en
un elemento muy propio de su eclesiología. El Obispo de Hipona está convencido
de que la Iglesia –tanto la Iglesia general, como Cuerpo de Cristo, así como la
Iglesia local, que puede ser una comunidad, o incluso una familia-, no siempre
será perfecta. No siempre estará formada por verdaderos hermanos. Y San
Agustín dice que la Iglesia peregrina en esta tierra es una “permixta ecclesia”. Es
decir, que dentro de la Iglesia peregrina o terrena, están mezclados el trigo y la
cizaña (Mt 13, 30). Conviven, pues, los buenos y los malos; los verdaderos
hermanos y los que no son verdaderos hermanos, aunque guarden todas las
apariencias de los verdaderos hermanos.
Y dirá San Agustín: ¿por qué están presentes estos que no son verdaderos
hermanos dentro de la comunidad de los hermanos? Y responderá el Obispo de
Hipona: por dos razones. En primer lugar para ejercitar en la paciencia a los
verdaderos hermanos. Los malos hermanos que están presentes dentro de la
Iglesia en todos estos niveles, hacen crecer en la caridad a los auténticos
458
s. 350, 2.
200
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
hermanos. Pero hay también una segunda razón muy agustiniana. La teología de
San Agustín ha sido catalogada también como la teología de la paciencia de Dios.
Los malos, la cizaña están presente en la Iglesia peregrina por la paciencia de
Dios, que espera la conversión de estos malos hermanos, por medio de la acción
de su gracia y de la convivencia con los buenos. San Agustín va a contemplar
esta misma realidad dentro de su Iglesia en Hipona, en la que había gente muy
fervorosa y también personas a las que continuamente había que estar
exhortando al bien y a que rechazaran el pecado.
Bien, por lo tanto la caridad y el amor deben llenar nuestro corazón y
conferirnos todas estas características que nos ofrece san Agustín. De este modo,
aunque seamos pobres, seremos muy ricos.
Conviene que el sermón de un anciano sea breve y sustancioso
Dice san Agustín:
“¡Qué grandeza la del amor! Es el alma de las Escrituras, el fundamento de
la ciencia, el fruto de la fe, la riqueza de los pobres, la vida de los que mueren.
Conviene que el sermón de un anciano” –aquí habla San Agustín en los últimos
cinco años de su vida- “no sea sólo sustancioso, sino también breve”459.
Son de los últimos sermones de San Agustín, donde él concentra toda su
doctrina en pocas palabras porque, la misma edad le obligaba a no ser extenso en
sus propios sermones. Pero podemos darnos cuenta por este mismo sermón 350
de la profundidad de su doctrina y de la riqueza que encierra.
Por lo tanto San Agustín nos invita a que llenemos en la oración nuestro
corazón del amor de Dios para vivir todas las dimensiones del amor: ser alegres
con los verdaderos hermanos y ser pacientes con aquellos que no lo son (es decir,
con aquellas personas que todavía no acaban de convertirse a Dios). La paciencia
significa la capacidad de sufrir y de soportar a otras personas, o de soportar las
situaciones adversas que podamos afrontar. Desde el amor se nos concede la
fuerza de la paciencia, el aprender a saber esperar el momento de Dios para
nosotros, para nuestros hermanos. Y saber que las cosas de Dios no suceden
cuando nosotros queremos, sino que las cosas de Dios suceden cuando el Señor
lo tiene así dispuesto. Por eso dirá San Agustín: “el amor es pacientísimo con los
459
s. 350, 2.
201
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
que no son verdaderos hermanos”460, con aquellos que todavía no han llegado a la
plena conversión.
También nosotros tendríamos que analizar, viviendo nuestra oración, cómo
vivimos la virtud de la paciencia. Si auténticamente sabemos esperar, si sabemos
tener aguante ante las pruebas de todos los días. O tal vez vivimos desde la
impaciencia, nos dejamos arrastrar por los impulsos, porque no vivimos desde el
amor. San Agustín, por lo tanto, nos invita a llenar nuestro corazón de amor, de
la dulzura y de la riqueza que es el amor de Dios.
El amor en el que crecemos por medio de la gracia y de la oración debe
llevarnos, entre otras cosas muy concretas, a evitar la murmuración. San Posidio
nos cuenta en la primera biografía de San Agustín, que el Obispo de Hipona
había mandado colocar en su comedor un cartel en el que se prohibía la
murmuración, es decir el hablar mal a las espaldas de los hermanos. El cartel
decía: “Quien gusta con sus dichos roer la ajena vida/ entienda que esta mesa le
está bien prohibida”461.
Nosotros tendríamos que aprender de esta enseñanza agustiniana,
ciertamente, a darnos cuenta de qué elementos están mal. Pero, desde la caridad
y desde el amor, empeñarnos en combatir el mal a fuerza de bien (Rm 12, 21) y
buscar siempre el diálogo y la comunicación. Y lo que nos mueve a obrar y a
actuar no es el protagonismo, ni tampoco el que nos sintamos los “redentores” de
todas las situaciones. Nos debe mover el amor: ‘Ama y haz lo que quieras’. Si
callas, calla por amor. Si gritas, grita por amor. Si corriges, corrige por amor. Si
perdonas, perdona por amor. Existe dentro de ti la raíz de la caridad; de dicha raíz
no puede brotar sino el bien”462.
460
s. 350, 2.
461
Vita Augustini, 22.
462
Io. ep. tr. 7, 8.
202
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
NOVENA PALABRA: DIÁLOGO AMOROSO
Diálogo a corazón abierto
La oración ante todo es un diálogo, ya que la oración es un encuentro con
Dios. La oración es escuchar, pero también hablar. Tiene una gran importancia
en oración la dimensión de la escucha. En este diálogo donde nosotros nos
ponemos en la presencia de Dios, lo más importante es que nosotros fuéramos
capaces de escuchar la voz de Dios. Generalmente en nuestra oración nos pasa lo
que Jesús nos recomienda evitar, pues somos como los paganos, quienes piensan
que van a ser escuchados por sus muchas palabras (Mt 6, 7). Queremos llevar, de
alguna manera, el protagonismo de la oración. Es verdad que la oración es un
diálogo pero, para que haya diálogo, hace falta hablar pero hace falta también,
sobre todo, escuchar. Por eso San Agustín nos invitaría a poner el acento en la
dimensión de la escucha de la voz de Dios.
Por desgracia, a veces nuestras oraciones son monólogos, donde hablamos,
le presentamos nuestra vida a Dios, y nos podemos quedar como el fariseo que
nos presenta san Lucas (Lc 18, 10-14) que subió al Templo para orar e hizo de su
oración solamente un discurso donde él se alababa a sí mismo. La oración no es
el momento de la autoalabanza, ni tampoco es el momento de la enumeración de
todas las cosas buenas que hemos hecho. Es el momento de presentarnos
delante de Dios -como dice San Agustín-, con nuestra pobreza 463, con la realidad
de nuestras vidas, con lo que vamos viviendo día tras día, pero sobre todo con el
deseo de acoger y de escuchar la voz de Dios. Si en algo se distinguen todos los
personajes de la Sagrada Escritura es porque fueron personajes atentos a la
escucha de la voz de Dios.
Sin embargo, parece ser que la escucha no es una de las características
más propias del ser humano. Parece ser que los seres humanos no sabemos
escuchar mucho. Por eso, continuamente en el Antiguo Testamento y también en
el Nuevo Testamento, hay una invitación de Dios a escuchar. De este modo, las
palabras de la profesión de fe del pueblo judío comienzan con esa palabra
463
Homo mendicus dei: en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
203
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Shemá”: “Escucha, Israel” (Dt 6, 4). Parece ser que el pueblo hebreo, como
nosotros, tampoco escuchaba mucho.
¿Quién teme al silencio?
Nosotros, a veces en la oración, nos da miedo guardar silencio, que es la
condición necesaria para poder escuchar. Nos da miedo el silencio y por eso
queremos llenar el tiempo de la oración con el ruido de nuestras palabras. O,
como el fariseo de la parábola evangélica (Lc 18, 10-14), con el recuento de
nuestras actividades; o con las palabras de un libro, cuando convertimos el
momento de oración en un momento de lectura espiritual, siendo que son dos
momentos completamente diferentes.
Tendríamos que atrevernos, al hacer oración, a quedarnos en silencio. No
con un silencio vacío, donde el silencio me conduce a la nada, y la nada me deja
en el vacío absoluto, si no es que en un estado letárgico. Donde lo único que
encuentro como fruto de la oración, puede ser la tranquilidad de la ausencia del
ruido.
No es esto. Queremos quedarnos en silencio, para acoger, para escuchar la
voz de Dios que efectivamente habla en nuestro corazón. Si nos ejercitamos en la
práctica del silencio nos iremos dando cuenta cómo Dios habla auténticamente
en nuestro corazón. Esta fue la experiencia de san Agustín:
“Y tú me gritaste desde lejos: ‘(…) Yo soy el que soy’, y lo oí como se oye
interiormente en el corazón, sin quedarme lugar a duda, antes más fácilmente
dudaría de que vivo, que no de que no existe la verdad, que se percibe por la
inteligencia de las cosas creadas”464.
Si no lo hacemos no lo creeremos y no lo podremos experimentar, cómo
Dios auténticamente habla -a través del Espíritu Santo, que está en nuestro
interior-, en nuestro propio corazón, para comenzar el diálogo de amor con
nosotros. Palabras de aliento, palabras de esperanza, palabras de amor, palabras
de ánimo, que surgen y brotan en nuestro corazón cuando guardamos silencio
dentro de la oración. Palabras de la Sagrada Escritura que resuenan con fuerza
en nuestro interior, con las que comenzamos el diálogo con el Padre.
Sería muy importante que en nuestra oración nos atreviéramos a
quedarnos en silencio. Ojalá que le diéramos oportunidad al Espíritu Santo, que
464
conf. 7, 16.
204
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
está dentro de nosotros, a que en ese momento de paz y de silencio, nos hable. Y
que nosotros seamos capaces de escuchar sus palabras y de entablar un diálogo
con Dios.
Del silencio a la Palabra
Es verdad que para San Agustín la oración es un don, un regalo de Dios.
Necesitamos pedírselo al Señor; pedir al Señor que hable en mi corazón, que
resuene su voz a través del Espíritu. Y habrá días en los cuales podamos
escuchar la voz de Dios con mucha claridad. Pero habrá días en los cuales tal
vez, por la misma situación en la que nos encontramos (porque tal vez han
sucedido acontecimientos que hacen que nuestro espíritu esté un poco alterado y
no pueda escuchar la voz de Dios), y después de que lo hemos intentado, hemos
pedido el don del Espíritu, nos hemos puesto en la presencia de Dios como un
mendigo –como nos dice San Agustín465-, hemos pedido la iluminación del
Espíritu Santo, si no llega esta iluminación del Espíritu Santo, y Dios está
hablando pero yo no puedo escucharlo, puedo entonces tomar la Palabra de Dios
(que es donde Dios habla) y leerla. Leer muy poco, una parte muy breve -nuestra
oración no es el momento de lectura-, dejarla caer en mi corazón y comenzar con
esas palabras el diálogo con Dios. Ésta es nuestra oración: un diálogo que puede
ser con palabras, con el afecto, o con la contemplación.
Para San Agustín por lo tanto la oración es un encuentro de dos corazones
(el corazón de Dios con el corazón del hombre), para entrar en comunicación de
amor a través del diálogo amoroso dentro de la oración. Donde lo más importante
es ser capaces de escuchar la voz de Dios. Esa voz de Dios que continuamente
nos habla, que nos llama al amor:
(…) el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen
de todas partes que te ame;(…)466.
Un Dios que va reclamando en nuestro interior una serie de elementos que
nosotros tenemos que poner en sus manos. Y que en ocasiones, aunque
escuchamos, no tenemos el valor de aplicarlo en nuestra vida, o de responder a
esa moción del Espíritu Santo y de Dios que habla en nuestro interior.
465
Cf. en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
466
conf. 10, 8.
205
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Un diálogo continuo
Y es verdad que esto sucede cuando hacemos la oración. Pero debiera
suceder también a lo largo de todo el día. Uno de los grandes ideales agustinianos
es el vivir en una oración continua. Ser capaces a lo largo del día y de nuestra
vida de mantener ese diálogo con el Señor. Que ninguna cosa que estemos
haciendo nos aleje del diálogo con Dios. Que podamos vivir recogidos en nuestro
interior, en nuestro centro que es nuestro corazón, acogiendo y escuchando la
voz de Dios. Y que la voz de Dios, que resuena continuamente en nuestro interior,
la podamos acoger en todo momento.
Habremos tenido experiencia de que, si guardamos este recogimiento
interior, muchas mociones de Dios y muchos propósitos buenos para hacer el
bien a los demás nos han venido fuera de la capilla, cuando estábamos tal vez
trabajando, o realizando la labor que nos ha sido encomendada. De pronto, en
ese silencio y recogimiento interior, hemos escuchado una voz, una moción de
Dios que nos invitaba a realizar alguna acción.
Bien, pues si nosotros vivimos en el silencio interior y en el recogimiento
interior, el diálogo no se corta y no se termina cuando salimos de la capilla. El
propósito agustiniano sería hacer de toda nuestra vida una oración: Tu deseo es
tu oración; si el deseo es continuo, continua es la oración 467. Que toda la vida del
cristiano, del religioso fuera una oración. ¿Por qué? Porque va recordando la
presencia de Dios y tiene en tensión los oídos del corazón para acoger la Palabra
de Dios que no cesa de hablar. Es un Dios que continuamente nos envía sus
mensajes.
San Agustín nos invitaría incluso a que este diálogo no se interrumpiera ni
siquiera con el descanso nocturno, donde Dios también se nos revelara, como a
los personajes del Antiguo Testamento, a través del sueño y del descanso.
También nuestro sueño y nuestro descanso bendicen al Señor. El ideal
agustiniano tendría que ser éste: que toda nuestra vida, estemos despiertos o
dormidos, fuera este diálogo continuo con Dios, sabiendo que nuestra vida está
íntimamente vinculada a Él.
Vox tua gaudium meum (Tu voz es mi gozo)468
467
en. Ps. 37, 14.
468
conf. 11, 3.
206
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dice San Agustín: “Tu oración es un diálogo con Dios. Cuando lees las
Escrituras, Dios te habla. Cuando oras, tú hablas a Dios”469.
San Agustín, por lo tanto, define aquí clara y explícitamente la oración
como un diálogo con Dios. Diálogo con un Dios que habla en nuestro corazón a
través de su Palabra. Cuando leemos su Palabra, cuando meditamos su Palabra,
cuando resuena en nuestro interior su Palabra, es Dios el que habla. Nos habrá
pasado que en ciertos momentos de meditación, brota desde nuestro interior con
fuerza la Palabra de Dios. Alguna palabra del Evangelio, alguna palabra de los
Salmos. Tal vez hemos estado rezando un salmo, y es posible que ese salmo lo
hayamos rezado muchísimas veces; pero de pronto, por la inspiración del
Espíritu Santo, alguna frase del salmo salta a nuestra vista, y de tal forma la
llevamos presente a lo largo del día, que se convierte en nuestro diálogo con Dios.
Es lo que Dios quiere comunicarme a mí ahora, en esta circunstancia de mi vida.
Se nos pediría estar atentos a esa voz de Dios que habla a través de su Palabra;
cuando nosotros la leemos, cuando nosotros la meditamos, cuando nosotros la
vamos haciendo nuestra.
De aquí la conveniencia de que no tengamos –como decía San Agustín, “el
amor no puede estar ocioso”470-, la mente ociosa. Que podamos, a lo largo del día,
ir meditando el evangelio del día, e incluso la práctica de continuar ese diálogo
con Dios hasta el último momento del día. Que pudiéramos (pues, tal vez antes
de ir a nuestro descanso nocturno) leer el Evangelio del día siguiente para
quedarnos pensando ya en esto. Que nuestro corazón esté ya meditando la
Palabra de Dios del día siguiente, y esté comenzando ya el diálogo con el Señor a
partir de su Palabra.
En muchas ocasiones el pensamiento se nos va y nuestros últimos
pensamientos del día posiblemente no sean muy cristianos ni muy religiosos. Yo
os invitaría a que esos últimos pensamientos del día, donde nosotros vamos a
continuar alabando a Dios con el sueño, los preparáramos de esta manera. Tal
vez -lo último que quiero hacer antes de dormir- sea leer el Evangelio del día
siguiente, dejarlo caer en mi corazón, que vaya haciendo eco a lo largo de la
noche. De tal forma que yo al día siguiente pueda recordarlo, pueda empezar ya a
meditarlo y disponerme al diálogo con Dios, concretamente con este elemento: el
469
en. Ps. 85, 7.
470
en. Ps. 31, 2, 5.
207
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Evangelio del día. De tal forma que ese diálogo ya lo he preparado, ya lo voy
viviendo, la Palabra de Dios va llenando mi vida y tengo mi amor ocupado. Decía
San Agustín: “el amor no puede estar ocioso”471. Si nuestro amor no está ocupado
en Dios, empezará a ocuparse en las cosas del mundo y nos irá apartando de
Dios.
La oración, pues, es un diálogo. Ojalá que nosotros podamos llenar nuestra
vida de la Palabra de Dios, y, sobre todo, que en la oración podamos ante todo
escuchar. Hacer el ejercicio de silencio para escuchar la voz de Dios.
Hablar de amor con el Amor
Al dialogar con Dios, tenemos un tema muy concreto para nuestra oración,
y el tema es el del amor. Queremos hablar con Dios acerca del amor. Por lo tanto
éste es el elemento esencial de nuestra oración. San Agustín nos recuerda que el
mensaje central de todas las Sagradas Escrituras es el amor 472, y cualquier texto
que nosotros podamos leer de la Sagrada Escritura debe ser para nosotros un
motivo para crecer en el amor de Dios, descubriendo lo que el amor de Dios nos
pide, aquellos elementos que podemos cambiar para poder responder mejor a la
llamada de Dios, pero con la conciencia de que toda la Sagrada Escritura es un
mensaje continuo de amor de Dios para cada uno de nosotros.
Por eso decía San Agustín:
“No ignoro que vuestros corazones se alimentan a diario con las
exhortaciones de las lecturas divinas y con el alimento de la Palabra de Dios. Mas
en atención al deseo de amor con el que nos inflamamos mutuamente voy a decir
algo a vuestra caridad. ¿De qué puedo hablaros, sino del amor? Es tal el amor que
si alguien quiere hablar de él no ha de buscar una lectura adecuada para ello,
pues cualquier página, ábrase por donde se abra, no dice otra cosa. Testigo de ello
es el mismo Señor, y el mismo Evangelio nos lo muestra”473.
Por lo tanto la Escritura, se abra por donde se abra, se busque la página
que sea, el tema de la Sagrada Escritura será siempre el amor. Por ello, pues,
nosotros queremos dialogar con el Señor; el tema del diálogo con Dios es
precisamente el amor. Y al ser el amor el tema del diálogo que tenemos con Dios,
471
en. Ps. 31, 2, 5.
472
doctr. chr. 1, 39.
473
s. 350 A, 1.
208
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
la Sagrada Escritura, en cada una de sus páginas, nos invita a este encuentro de
amor con Dios. No obstante es preciso no perder de vista la dimensión
comunitaria, que aparece siempre dentro de la oración agustiniana, san Agustín
nos invitaría a que lo que vayamos descubriendo de Dios, lo compartamos con
nuestros hermanos, como dice el Obispo de Hipona, “para inflamarnos
mutuamente”. Se trata de compartir la experiencia de Dios, que no nos
reservemos para nosotros mismos lo que hemos ido descubriendo del Misterio de
Dios.
El clamor del corazón
San Agustín nos describirá la oración como el clamor del corazón 474.
Aunque nuestra voz pueda llegar a callar, aunque nuestras palabras no se
puedan escuchar exteriormente, lo que grita y lo que ora en nosotros es el
corazón.
Oramos con el deseo, y necesitamos sincronizar lo que pronunciamos con
los labios, y lo que vamos diciendo desde nuestro corazón. Aparece pues, un
elemento propio de la oración agustiniana: oramos a través del deseo continuo de
Dios. Esta es una de las aspiraciones agustinianas: la de poder hacer oración
continua, de que no se interrumpa nuestra relación con Dios. Aunque vayan
cambiando las circunstancias de nuestra vida, aunque vayamos cambiando de
actividad, aunque tengamos que ocuparnos en un determinado trabajo, que
nuestro corazón no deje de orar. Por eso San Agustín nos invitará a vivir con un
deseo inflamado de Dios, lo que constituye la esencia de la oración continua. Es
un deseo, pero no se trata de un deseo cualquiera, sino que es un deseo
enamorado, un deseo vehemente de los bienes de Dios, con el que nosotros
podemos, a lo largo del día e independientemente de la circunstancia en la que
nos encontremos, continuar haciendo la oración. La oración es el clamor, es el
grito del corazón:
“Señor, te soy bien conocido tal como soy. Por otra parte, ya he manifestado
la finalidad que persigo confesándote. Por supuesto que no lo hago con palabras ni
gritos carnales, sino con palabras del alma, con gritos de la mente, que conoce tu
474
conf. 10, 2, 2.
209
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
oído. Por eso mi confesión en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y no
callada. Calla la voz, grita el corazón”475.
“Señor, te soy bien conocido tal como soy” 476. San Agustín se presenta una
vez más ante Dios como él es. Sabe que no puede hacer oración a partir de una
situación ficticia o artificial. No puede presentarse ante Dios como el fariseo de la
parábola de san Lucas (Lc 18, 8-10), creyendo que tiene méritos, creyendo que
tiene elementos que puede reclamarle a Dios. San Agustín se presenta ante Dios
como él es: con sus limitaciones, con sus pecados, acompañado de sus miserias,
porque éste es el hombre que quiere hacer oración. San Agustín nos recuerda
continuamente esta realidad: partimos para nuestra oración, no de una situación
ideal (‘voy a orar cuando haya superado ese defecto’, ‘voy a orar cuando haya
avanzado en el camino de la santidad’, ‘voy a orar cuando haya superado esta
tentación’). No. Nos dice San Agustín: ‘tú, en tu realidad en la que te encuentras,
tal y como tú eres, allí es donde debes comenzar a hacer oración’. Por eso dice
San Agustín, recordando el salmo que repetirá tantas veces: “Tú, Señor, me
sondeas y me conoces. Conoces cuándo me siento y me levanto...” (Salmo 138, 1-
2). San Agustín tiene consciencia de que estamos en la presencia de Dios y que
Dios es nuestro Creador, nos conoce absolutamente, y que ante Él no valen las
máscaras ni las apariencias. Por eso dice San Agustín: “Señor, te soy bien
conocido tal como soy”477. Es decir: ‘Tú me conoces como yo soy, con las
realidades que tengo, con las luchas internas que estoy llevando a cabo, con la
gracia que Tú me has concedido. Tú me conoces como yo soy’. Por eso la oración,
es a la vez silenciosa y clamorosa. Es silenciosa porque callan sus labios, pero el
que está orando y el que está gritando con la fuerza del amor es el corazón.
Aquí nos invitaría San Agustín a vivir nuestra oración como un diálogo
enamorado, que clama desde el interior del hombre. Por lo tanto, ojalá que
nosotros fuéramos capaces de orar, de levantar nuestro corazón ante el Señor,
con el clamor y con la fuerza propia del amor. Que nuestra oración, aunque sea
en silencio y aparentemente pueda ser una oración pasiva, sea una manifestación
de la vehemencia y de la fuerza propia del amor –porque la oración es un diálogo
de amor.
475
conf. 10, 2, 2.
476
Idem.
477
Idem.
210
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Los gemidos del Espíritu
Por eso dice San Agustín:
“Por otra parte ya he manifestado la finalidad que persigo confesándote. Por
supuesto que no lo hago con palabras ni gritos carnales, sino con palabras del
alma, con gritos de la mente, que conoce tu oído” 478.
No son palabras ni gritos carnales, sino palabras del alma gritos de la
mente, que conocen los oídos de Dios. La oración para San Agustín sería un don
y una obra del Espíritu que está orando en nosotros, que está alzando su voz en
nosotros, ante el Padre, y el Padre reconoce su propia voz en nosotros, porque el
Espíritu ora en nosotros con gemidos inefables (Rm 8, 25-26). Se nos invitaría
por lo tanto a vivir la oración desde la fuerza del amor, dejando que el Espíritu
Santo ore en nosotros a través del clamor propio del corazón.
Una confesión clamorosamente silenciosa
Y sigue diciendo San Agustín:
“Por eso mi confesión en tu presencia, Dios mío, es a la vez callada y no
callada”.
Vuelve a aparecer la palabra ‘confesión’; ya sabemos a qué está haciendo
referencia San Agustín. Es decir: la alabanza, la profesión de fe, la manifestación
de los pecados. Esto es con lo que hace oración San Agustín, este es el diálogo
que él tiene con Dios, con este triple tema. El tema, por lo tanto, de la realidad
del hombre como él es, con sus pecados; la realidad de la alabanza de Dios, por
las maravillas que logra a pesar de la pequeñez del hombre, y finalmente la
profesión de fe: este es el Dios en el que yo creo. El Dios de la misericordia, el
Dios del perdón, el Dios que se abaja para levantar al hombre. Por lo tanto –dice
San Agustín- ésta es mi confesión, éste es mi clamor, silencioso pero a la vez
también un clamor que está en tu presencia. Porque no es el clamor de los labios
sino es el clamor del corazón.
Orar con los labios y el corazón
San Agustín en el comentario al Salmo 118 479 nos explica con mayor
profundidad qué es este clamor del corazón:
478
conf. 10, 2, 2.
211
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
“Nadie dudará de que es vano el clamor que se eleva a Dios por los que oran,
si se ejecuta por el sonido de la voz corporal sin estar elevado el corazón a Dios”480.
Una oración dicha solamente con los labios sin que el corazón esté elevado
hacia Dios es una oración vana. Son solamente palabras, es solamente rutina. Y
aquí San Agustín lo presenta como un elemento obvio, que nosotros tendríamos
que revisar cuando rezamos, por ejemplo, la Liturgia de las Horas. Y darnos
cuenta si estamos solamente recitando palabras y no estamos elevando el
corazón hacia Dios, por eso dice San Agustín: “si se ejecuta por el sonido de la voz
sin estar elevado el corazón es vano el clamor”. Es decir, es un grito que queda
vacío, cuando no hemos elevado el corazón hacia Dios. Por eso dirá San Agustín
en la Regla: “Sentid en el corazón lo decís con la boca”481. Darle vida al clamor, que
nuestra voz exprese realmente el sentimiento propio del corazón cuando oramos
dentro de la oración vocal. Que seamos capaces de darle la fuerza propia del
corazón a nuestra voz, para que haya una sintonía entre el corazón y la misma
voz. Pero cuando esto se rompe, y nuestro corazón se queda en la tierra y no se
ha elevado hacia Dios, el sonido de nuestra voz es vano, es una mera repetición
rutinaria.
Por eso San Agustín nos invitaría a hacer nuestra oración (especialmente la
oración vocal) con toda la fuerza y el clamor de nuestro corazón, elevando nuestro
corazón a Dios. Cabe señalar que éste es el movimiento espiritual agustiniano
esencial: levantar el corazón. Que no se nos quede en la tierra, sino que seamos
capaces de elevar nuestro corazón hacia Dios, de tal forma que nuestra oración
sea una elevación del corazón, con la fuerza del Espíritu: Levantad el corazón. No
lo tengáis en el suelo; el corazón se pudre al contacto con la tierra; levantadlo hacia
el cielo.482
Dice San Agustín: “Si tiene lugar en el corazón, aunque permanezca en
silencio la voz corporal, puede estar oculta a los hombres, no a Dios” 483. Cuando el
clamor no se da con la voz sino con el corazón, los seres humanos no lo van a
479
La enarratio al Salmo 118 son de los comentarios a los salmos que San Agustín no predicó, sino que dictó. La mayor
parte de las Enarrationes in Psalmos fueron predicadas al pueblo; por eso son comentarios muy sencillos. Pero para
completar su comentario a los salmos, San Agustín dictó algunos de estos comentarios. Y éste es el caso del Salmo 118
480
en. Ps. 118, 29, 1.
481
praed. 3, 3.
482
s. 229 A, 3 (Guelf. 7, 3): MA 1, 464/2.
483
en. Ps. 118, 29, 1.
212
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
escuchar, pero Dios sí lo va a escuchar. Por eso, pues, aunque estemos en
silencio, Dios escucha el clamor del corazón.
Y sigue diciendo San Agustín: “Cuando oramos a Dios, ya con la boca,
cuando sea necesario, ya en silencio, siempre ha de clamarse con el corazón” 484
.
Tendríamos que apuntarnos esta frase para colocarla en nuestra capilla. La
oración que hacemos, bien sea cuando oramos con los labios, es decir, cuando
hacemos la recitación de la Liturgia de las Horas, o la recitación de nuestras
oraciones vocales, tenemos que tener el corazón levantado hacia Dios. Y, como
dice San Agustín, “siempre ha de clamarse con el corazón”. La oración es pues el
clamor, el grito deseoso y enamorado del corazón.
Simplemente, todo
Y podríamos preguntarnos en qué consiste el clamor del corazón. San
Agustín mismo nos lo aclara: “El clamor del corazón es un pensamiento vehemente
que en cuanto se da en la oración expresa el gran afecto del que ora y pide”485. Es
pues, “un pensamiento vehemente”, es decir, un pensamiento lleno de fuerza y de
todo el vigor de nuestra mente, que expresa –dice San Agustín- un gran afecto.
Aparecerían, por lo tanto, dos elementos: el pensamiento y el afecto. Dos
elementos que están también con su propio calificativo: es un pensamiento
vehemente. No es un pensamiento superficial, cualquiera. Es un pensamiento
con todo el impulso y el vigor propio de la mente. Que expresa, no un afecto
superficial, sino que expresa –dice San Agustín- un gran afecto. Es decir un amor
inmenso, pues cuando san Agustín comenta el texto en donde se dice que David
afectaba y tocaba el tambor ante las puertas de la ciudad (1 Sm 21, 13), san
Agustín interpreta el ‘afectar’ (affectabat)486 como el manifestar un gran afecto y
amor, el amor que lo llevó a la cruz, pues tocar el tambor es para san Agustín
una expresión alegórica de la crucifixión de Cristo. Así lo dice san Agustín:
¿Qué significa ‘afectaba’? Que tenía afecto. ¿Y qué es tener afecto?
Compadecerse de nuestras flaquezas; por eso quiso tomar la carne en la cual
matase la muerte. El compadecerse de nosotros se denominó afectación (…) Y
como el que es crucificado es extendido en el leño, por eso, para que la carne se
484
Idem.
485
Idem.
486
en. Ps. 33, 1, 9.
213
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
haga tímpano o timbal, es decir, cuero terso, se extendió en el leño y por lo mismo
se dijo que tocaba el atabal, es decir, que se le crucificaba y se le extendía en el
madero487.
Por lo tanto éste es el clamor del corazón: el pensamiento enamorado de
Dios, donde manifestamos un gran deseo de Dios. Aquí está el secreto de la
oración continua agustiniana: ser capaces de recordar a Dios a lo largo del día
con un pensamiento vehemente, donde hemos colocado todo el afecto de nuestro
corazón. Ésta es la oración continua, ésta sería la jaculatoria propia agustiniana.
No solamente es un recuerdo vago, sino que hemos puesto en Él nuestro
pensamiento como una flecha encendida de amor. Ésta es la oración continua
para San Agustín y éste sería el secreto del diálogo con Dios: mantenemos el
diálogo con Dios cuando el pensamiento de una forma fuerte se mantiene
concentrado en Dios.
Y no solo el pensamiento, pues no se trata únicamente de una oración
mental, intelectual, lógica, sino que aparecen también los elementos afectivos,
pues empeñamos en ello todo el amor de nuestro corazón.
San Agustín, hace la vinculación entre la mente y el corazón. Establece un
puente entre las dos potencias más fuertes del ser humano, que son su
inteligencia y la voluntad al momento de hacer oración. San Agustín ora con
estos dos elementos: con la inteligencia y con la voluntad. Es decir, queremos
poner nuestra mente en Dios y sólo en Él, y que no ocupe nuestra mente ninguna
otra cosa. Pero queremos también que la oración no sea sólo un pensamiento frío,
lógico, sumamente filosófico; queremos poner también el calor propio del corazón.
Y sigue aclarando todavía más San Agustín, por si acaso nos quedaba
alguna duda. Así dice: “Se clama con todo el corazón cuando no se distrae en
alguna otra cosa”. Se clama con el corazón cuando el corazón está orientado
totalmente hacia Dios. San Agustín es el hombre de la totalidad, y en sus escritos
aparecerá en muchas ocasiones esta palabra ‘todo’. Todo, para representar que el
ser humano no puede distraerse, no puede perder sus potencias en las criaturas,
sino que ha sido creado para encontrarse de una forma plena con Dios, todo él
orientado hacia Dios. Por eso San Agustín nos invitará a que hablemos a Dios
con todo el corazón, sin distracciones.
487
en. Ps. 33, 1, 9.
214
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
San Agustín nos recordaría, una vez más, la importancia del recogimiento,
de la unificación de las potencias del ser humano. Estaríamos invitados en
nuestra oración a evitar todo tipo de distracciones, fantasías, a hacer un ejercicio
de recogimiento y orientar todo nuestro corazón hacia Dios. Por eso dice San
Agustín: “Se clama con todo el corazón cuando no se distrae en alguna otra cosa”.
Rara auis (Ave rara)
Pero también dirá San Agustín, volviendo a la realidad –porque él es
sumamente realista, no pesimista-, estas oraciones son “raras a muchos y
frecuentes en pocos” 488. Es decir, ésta es un “ave rara”, que se da en algunos pero
no en todos; aunque sería el ideal de la oración vivir esta oración vehemente, de
unión de mente y corazón, sin distracciones, sin fantasías, focalizando toda
nuestra mente en Dios. Pero nos sigue diciendo San Agustín:
“Pero no sé que alguno las pueda tener siempre. Tal nos dice que era su
oración el que canta en este salmo diciendo: ‘Clamé con todo mi corazón; óyeme,
Señor’ ” 489.
Éste es el ideal. San Agustín reconoce que tenemos un ideal de oración, que
sería clamar con toda la fuerza de nuestro corazón, pidiendo en este grito propio
del corazón, donde unimos todas nuestras potencias desde el recogimiento para
alcanzar a Dios. Aunque pueda ser tal vez algo raro y extraño, y que no podamos
mantener a lo largo de toda nuestra vida, pero por lo menos es el ideal al que
tenemos que aspirar. No obstante aunque sea algo difícil necesitamos pedir la
fuerza del Espíritu, pedir el don de la oración, y todos los días ponernos en esta
sintonía para lograr vivir en este clamor del corazón: Aunque nuestros labios
callen, que nuestro corazón grite su amor ante Dios.
Insertos en la Historia de salvación
La oración es un diálogo amoroso con el Señor, por medio del cual podemos
llegar a descubrir qué es lo que Dios espera de nosotros, cuál es la voluntad de
Dios. Una voluntad de Dios que tiene siempre el matiz de lo misterioso. Nosotros
no podremos nunca llegar a comprender, mientras estemos en esta vida, por qué
488
en. Ps. 118, 29, 1.
489
Idem.
215
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Dios ha querido, o permitido, determinadas cosas para nosotros, cuál es la razón
última de lo que Dios nos pide en cada momento de nuestra vida. Pero sí
podemos saber una cosa y tener una certeza: pida lo que pida Dios, lo que el
Señor pide es para nuestra salvación eterna. Dios busca, a través de estos
caminos misteriosos, insondables nuestro bien y nuestra salvación eterna.
Por eso nosotros oramos, para poder, por una parte, contemplar, ver, saber,
qué es lo que Dios espera de nosotros. Pero por otra parte oramos también para
no perder el sentido sobrenatural, especialmente cuando el entramado de los
acontecimientos de nuestra vida parece ser contradictorio con los elementos más
esenciales de la fe: que Dios es Padre, que Dios nos ama, que Dios busca el bien.
Cuando en nuestra vida tenemos que afrontar situaciones muy dolorosas,
difíciles, podemos llegar a cuestionarnos el sentido de la voluntad amorosa y
salvífica de Dios. Por eso necesitamos orar: para no perder la certeza -desde el
pensamiento vehemente y desde ese afecto fuerte del corazón-, de que Dios me
ama, y que esas manifestaciones de la voluntad de Dios me conducen finalmente
a la Vida Eterna. Se nos pediría que tuviéramos una actitud filial, delante de
estas situaciones, y que podamos sacar de estas situaciones la enseñanza que
Dios espera de nosotros. Es decir, que tengamos la esperanza y la certeza de que
eso nos va a conducir a la salvación.
Por eso, pues, la oración es un encuentro con la voluntad de Dios, para
acogerla y para no perder la perspectiva sobrenatural: que todo lo que pueda
suceder nos conduce hacia la salvación. San Agustín, en La Ciudad de Dios, hace
una lectura de toda la historia de la Humanidad, como un largo camino que se
dirige hacia una única meta: la Ciudad de Dios, en donde el amor definirá para
toda la eternidad a sus moradores, y quienes no tengan el amor como peso en
sus vidas, serán rechazados de esta ciudad de eterna alegría.
Sin embargo, nosotros ahora no acabamos de percibir el alcance de las
obras de Dios, por lo que se nos pediría, desde la fe, asentir y aceptar la voluntad
de Dios, desde la certeza propia de la fe, que el día de mañana, cuando podamos
contemplar los acontecimientos de nuestra vida, no como los vemos ahora, sino
desde la otra orilla de Dios nos daremos cuenta de que esto tenía una lógica muy
particular (la lógica de Dios), y que Dios sabía lo que estaba haciendo, porque
quería llevar a cabo su plan de salvación.
216
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
No resistir a la voluntad de Dios
Comenta San Agustín: “¿Qué quiere decir: ‘¿Hágase tu voluntad?’ Hágase
en mí de manera que no resista a tu voluntad”490. Nosotros queremos orar para ser
capaces de no poner obstáculos a la voluntad de Dios, para auténticamente
pedirle al Señor que se cumpla lo que Él quiere de nosotros, y que nosotros
podamos quitar los obstáculos de su camino, pidiéndole que se realice su
voluntad.
Queremos orar, por lo tanto, para ser capaces de no resistir a la voluntad
de Dios. Lo decimos cada vez que rezamos el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad”.
No la nuestra, no lo que nosotros quisiéramos, no nuestras inclinaciones y
caprichos, sino lo que Dios quiere para nosotros. Queremos orar, por lo tanto, y
hacer nuestra en cada ocasión la oración del Padrenuestro: que se haga tu
voluntad.
Y nos sigue diciendo San Agustín:
“Tu mejor servidor es aquel que no tiene sus miras puestas en el oír de tus
labios lo que él quiere, sino en querer sobre todo aquello que ha oído de tu boca”491.
Más que un juego de palabras, aquí San Agustín nos presenta una realidad
muy profunda. Hacemos oración, no para convencer a Dios de que quiera lo que
nosotros queremos; es decir, para doblegar la voluntad de Dios a nuestros
propios gustos, inclinaciones y caprichos. Oramos y abrimos nuestro corazón
delante de Dios para llegar a querer lo que Dios quiere. Aunque esto pueda ser
muy distinto a lo que siempre habíamos pensado, soñado, querido, deseado para
nosotros, necesitamos aceptarlo, hacerlo nuestro, y llegar a querer lo que Dios
quiere.
Por eso dice San Agustín: los mejores servidores de Dios son aquellos que
hacen la oración con este sentido. No la oración de chantaje, donde queremos que
Dios se amolde a nuestros caminos, y queremos tener a un Dios creado a nuestra
propia imagen y semejanza, un Dios con miras humanas, que vea como bueno lo
que nosotros creemos que es bueno, que nos conceda aquello que queremos en
cada momento. Pero Dios es Dios, y tiene sus planes y sus caminos que son
insondables y misteriosos. Y, como dice el profeta Isaías: “Mis caminos son más
490
s. 56, 7.
491
conf. 10, 37.
217
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
elevados que vuestros caminos, mis planes que vuestros planes” (Is 55, 9). El
camino de Dios es mucho más elevado que el nuestro.
Por lo tanto, queremos orar para ponernos en este camino de cumplir la
voluntad de Dios, aunque nosotros en muchas ocasiones no lleguemos a
comprenderlo y tengamos que aceptar vivir dentro del Misterio, con una certeza:
que la fe es oscura, pero que la fe es segura pues se basa en Dios que no puede
engañarse ni quiere engañarnos.
Por eso oramos: para descubrir y cumplir -en medio de las incertidumbres
humanas-, la voluntad de Dios.
Dios no cierra sus oídos
Dice San Agustín:
“Es la caridad misma la que gime, la caridad misma la que ora. Quien la
otorgó no puede cerrar sus oídos a ella. Estate seguro: ruegue la caridad y allí se
hacen presentes los oídos de Dios. El resultado no es el que tú quieres, sino lo que
te conviene”492.
Nos dice san Agustín que quien realmente ora y gime en nuestro interior, es
la caridad misma. La caridad, el amor derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo (Rm 5, 5), es el que nos da la voz para que nuestra oración sea
presentada al Padre. Y quien nos dio este don (es decir, Dios mismo) tiene sus
oídos abiertos para acoger nuestra oración. San Agustín nos da aquí una doble
certeza: por una parte, nos invita a vivir el don de la oración, la oración como una
obra del Espíritu Santo en nosotros. Y la segunda certeza: Dios escucha siempre
nuestra oración.
A veces creemos que nuestra oración es muy pequeña, o que nuestra
oración no alcanza a Dios porque no la sabemos hacer. San Agustín nos dice:
“Quien la otorgó (la caridad) no puede cerrar sus oídos a ella”; Aquel que nos ha
dado las palabras para orar (es decir, aquel que nos ha dado el don del Espíritu
Santo), nos escucha, acoge nuestra oración. Ahora nosotros podemos
preguntarnos: ¿por qué Dios no nos da aquello que le estamos pidiendo? Aquí
dirá San Agustín: Dios nos da, no lo que queremos, sino lo que nos conviene.
492
Io. ep. tr. 6, 8.
218
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Oramos para poder descubrir que el Señor nos concede en cada momento
aquello que nos conviene. Y aquello que nos conviene de cara a lo esencial en
nuestras vidas, más allá de la salud y de la enfermedad, más allá del bienestar
físico y material, más allá de los elementos de este mundo, lo que siempre nos
conviene es lo que conduce a la salvación eterna.
Oramos, por lo tanto, para llegar a esta doble convicción. En primer lugar:
Que Dios nos escucha. Nuestra oración, aunque sea pequeña, es acogida por
Dios. Como dice el libro de Tobías por boca del arcángel Rafael: “Cuando Sara y
tú estabais rezando, yo presentaba al Señor de la gloria el memorial de vuestra
oración” (Tob 12, 12). Este texto nos invita a pensar que desde que empezamos a
orar, desde que nosotros abrimos el corazón con vehemencia ante Dios, con el
ardor del amor, Dios ya nos está escuchando y está ya acogiendo nuestra
oración.
Por lo tanto, Dios escucha la oración. Y, como nos dice San Agustín, no nos
dará aquello que nosotros queremos, sino aquello que nos conviene. Es decir,
aquello que en cada momento Dios sabe que nos viene mejor para nuestras vidas
y que facilita el camino que conduce a la salvación.
Y sigue diciendo San Agustín: “El resultado –de nuestra oración- no es el que
tú quieres, sino lo que te conviene”493. ¿Cuál es el fruto de nuestra oración? El
fruto de nuestra oración no es aquello que nosotros queremos. Nuestra
perspectiva humana es muy limitada, y a veces queremos cosas que no nos
convienen, queremos cosas que nos pueden hacer daño. El resultado de nuestra
oración es la certeza de saber que Dios nos concederá aquellos dones que nos
convienen y que Él sabe que necesitamos en un determinado momento de
nuestra vida, para vencer alguna tentación, para cumplir alguna misión. Pero,
porque hemos orado, Dios nos concede esos dones.
Dame lo que me pides…
Para San Agustín la oración es también un ejercicio de abandono, donde
sabemos que Dios es Padre, que nos ama y que busca por caminos misteriosos la
493
Io. ep. tr. 6, 8.
219
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
salvación de todos los hombres. Viviendo nuestra oración, deberíamos llegar a
sentir que nuestras vidas están en las manos de Dios que es nuestro Padre, y
vivir la oración como un ejercicio de confianza y de abandono. Sabiendo que Dios
es fiel, y que no nos dejará caer, y nos concederá en cada momento aquello que
nosotros necesitamos. Orar para tener la certeza de que su bondad y su
misericordia superan todo nuestro conocimiento y todas nuestras expectativas.
Por eso dice San Agustín la frase que se convierte en la jaculatoria más
repetida dentro de su obra: “Dame Señor lo que me mandas y manda lo que
quieras”494. Y esta es una frase repetida no sólo por san Agustín 495, sino también
por el círculo de personas que rodeaban a San Agustín. Para todos ellos
constituía un acto de fe, un acto de confianza que proclama con certeza que
nuestra vida está en las manos de Dios, y que si está en las manos de Dios, Él
nos irá dando lo necesario en cada momento para alcanzar la salvación.
Ciertamente es una frase que le sonaba a Pelagio como una blasfemia, pues él
creía que el ser humano no necesita de la gracia de Dios para empezar a obrar el
bien y que una vez que ha realizado obras buenas es Dios quien le concede la
gracia no de manera gratuita sino en la medida de sus obras. De este modo nos
cuenta san Agustín, con un cierto humor, que en una ocasión que un obispo
cercano a él, (posiblemente Alipio) se encontró con Pelagio en Roma y le dijo esta
frase, el hereje se enfadó tanto que casi golpea al amigo de san Agustín:
En cierta ocasión, un querido hermano y coepíscopo, hablando con Pelagio en
Roma, la recordó (la frase), el hereje se puso tan furioso y descompuesto que casi
se viene a las manos con aquel hermano nuestro. ¿Qué es lo que primero y
principalmente manda Dios sino que creamos en Él? Por tanto, eso nos lo da Él si
justamente decimos: ‘Da lo que mandas’496.
“Da lo que mandas”. Es decir, nosotros no podemos por nuestras propias
fuerzas cumplir la voluntad de Dios. La voluntad de Dios nos supera.
Necesitamos que Dios nos capacite, que Dios prepare nuestra voluntad, para que
nuestro libre albedrío, las potencias de nuestra alma cumplan lo que Dios espera
de nosotros. Sin embargo necesitamos recibir primero.
494
conf. 10, 40.
495
conf. 10, 40; conf. 10, 45; conf. 10, 60 ; pecc. mer. 2, 5; spir. et litt. 22 ; perseu. 53.
496
perseu. 53.
220
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
El ser humano vive en una contingencia ontológica absoluta. Necesita
recibirlo todo, porque por sí mismo no tiene nada, fuera de sus propios pecados:
“Dame Señor lo que me mandas y manda lo que quieras” 497. Ésta tendría que ser
nuestra oración. Más que pedirle al Señor que nos libre de los males que tenemos
que afrontar, de las situaciones oscuras y difíciles que pasan en nuestra vida,
tenemos que decir con San Agustín: ‘dame la gracia para ser capaz de poder
superar este momento de tribulación, ese momento de oscuridad’. Y si Dios nos
ha dado aquello que nos va a pedir, entonces sí podemos decir con San Agustín,
con confianza: entonces, sí, “manda lo que quieras”498.
En el crisol del orfebre
Esta frase agustiniana, “Dame Señor lo que me mandas y manda lo que
quieras”499 es un largo comentario al texto de la primera carta a los Corintios,
donde San Pablo nos dice que Dios es fiel y que Dios nunca nos probará por
encima de nuestras fuerzas (1 Cor 10, 13). Es verdad que nuestra vida tiene que
afrontar situaciones duras, difíciles. La vida del ser humano es como pasar por el
horno, por el crisol donde se purifica el oro. Ya lo dice el mismo san Agustín:
El horno es el mundo; la paja, los inicuos; el oro, los justos; el fuego, la
tribulación; Dios el platero. Hago lo que desea el platero; conservo el puesto en
donde me ha colocado; me manda soportar, Él sabe purificar. Arda la paja para
caldearme y como para consumirme; ella se convierte en ceniza, yo me despojo de
la impureza500
Y al pasar las pruebas y los momentos difíciles no debemos dudar de que la
fidelidad de Dios es tan grande que nunca nos colocará en situaciones que nos
superen. Nos colocará en situaciones cuesta arriba, difíciles, que nos hagan
pasar tal vez momentos malos. No por el gozo del padecimiento, sino por la
enseñanza y la pedagogía propia del sufrimiento. Donde aprendemos a ser más
humildes, a desconfiar de nosotros mismos, a dejar nuestra vida más en las
manos de Dios. Sabiendo que es Él y su gracia quienes tienen que sacarnos
adelante.
497
conf. 10, 40.
498
Idem.
499
conf. 10, 40.
500
en. Ps. 61, 11.
221
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Por eso dice San Agustín: “Dame Señor lo que me mandas…” 501. Dame lo
que me pides, dame la gracia, la fortaleza, para que pueda afrontar aquello que
colocas en mi camino. Y ya que Tú me lo has dado de una forma antecedente,
pídeme –ahora sí- lo que Tú quieras.
No frustrar la gracia de Dios
San Agustín tiene la certeza de que la gracia de Dios es la que está
actuando en nosotros. Y que esta gracia de Dios es la que triunfa al final en
nuestras vidas502, si nosotros dejamos que la gracia actúe en nuestro interior,
quitando los elementos que frustran la gracia en nosotros. San Agustín
subrayaría principalmente tres elementos que frustran la gracia. El primer
elemento es la soberbia. Cuando llegamos a creer que no necesitamos a Dios, y
por esto, frustramos la obra de la gracia de Dios en nosotros. Pues creemos que
podemos vencer la enfermedad, la tribulación, la tristeza, la angustia, con
nuestras propias fuerzas. Y resulta que nos vemos pequeños y pobres. El primer
elemento, por lo tanto, que frustra la gracia de Dios sería la soberbia.
Un segundo elemento que frustra la obra de la gracia de Dios en nosotros
sería el miedo, que es una de las puertas por las que entra Satanás en nuestra
vida, según nos comenta san Agustín503.
Se trata de aquellas veces en las que sentimos miedo ante los elementos
que se presentan en nuestra vida, y ese miedo nos lleva a desconfiar de la fuerza
de la gracia de Dios, creyendo que nos van a superar las situaciones adversas, y
olvidamos que hay que poner siempre las últimas respuestas en las manos de
Dios. Es preciso pues superar los miedos, la lógica humana, para llegar a tener la
lógica propia de Dios, que actúa de esa forma misteriosa.
Se nos pide en muchas ocasiones -cuando vivimos en la dimensión de la
gracia y queremos cumplir la voluntad de Dios-, que imitemos la fe de Abraham,
particularmente cuando Dios le pide que sacrifique a su propio hijo (Gen 21, 12).
Si consideramos este texto del Génesis veremos la fe y la confianza en Dios que
superan el miedo y la lógica humana. Abraham, que no tenía otra esperanza para
el futuro fuera de ese hijo, después de tantos años de esperar, por su fe, no le
501
conf. 10, 40.
502
retr. 2, 1, 1.
503
s. 313A, 2: “Si quieres entrar por la puerta estrecha, cierra las puertas del deseo y del temor. De ellas se sirve el
tentador para abatir al alma. La puerta del deseo tienta con sus promesas; la de temor, con sus amenazas”.
222
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
niega a Dios lo mejor que él tiene y se lo da al Señor. Con esa certeza -nos dirá el
autor de la Carta a los Hebreos - de que Dios tiene poder incluso de resucitar a
los muertos para devolverle a su hijo (Hb 11, 19).
Lo importante es la confianza de Abraham: pone todo lo que tiene, toda su
esperanza, lo que más quiere, se lo entrega al Señor. Y el Señor le dirá: ‘esto
solamente era una prueba. Quería ver si tú auténticamente confiabas en mí’. El
miedo a veces, entonces, nos paraliza. Si Abraham hubiera sentido miedo en ese
momento y no le hubiera dado a Dios lo que Dios le pedía, seguramente nunca
hubiera hecho la alianza con Dios. Nosotros necesitamos pedir que se cumpla la
voluntad de Dios, secundar la gracia y evitar el miedo.
Un último peligro es que nuestro propio pecado impida la acción de la
gracia. Por eso San Agustín nos invita a purificar nuestro interior, a limpiar el
vaso del corazón504 para ser capaces de recibir el amor de Dios, que no es otra
cosa que la gracia de Dios (Rm 5, 5). Recibirlo en nosotros para poder responder
a la voluntad de Dios. La gracia de Dios prepara todo nuestro ser 505, nuestro
entendimiento, nuestra memoria y nuestra voluntad para secundar las
inspiraciones de esa gracia de Dios.
Por lo tanto, pues, aquí San Agustín nos invita a confiar plenamente en la
fuerza de la gracia de Dios y a pedir siempre en nuestra oración que se cumpla la
voluntad de Dios.
504
Io. ep. tr. 2, 9.
505
pecc. mer. 2, 30.
223
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
DÉCIMA PALABRA: VOLUNTAD DE DIOS
Soy un sueño de Dios
Para San Agustín la oración ante todo es un diálogo de amor con Dios, es el
clamor del corazón, para llegar a descubrir una cosa: que Dios nos ama, y que
estamos insertos en el plan de salvación de Dios, y que Dios tiene un proyecto
sobre cada uno de nosotros. Necesitamos orar para descubrir cuál es el plan que
Dios tiene con relación a cada uno de nosotros, y cómo podemos cumplir la
misión que Dios nos ha encomendado. Oramos para descubrir el plan y la
voluntad de Dios; oramos también para pedir la gracia y la fuerza para poder
cumplir lo que Dios espera de nosotros.
Cada uno de nosotros tenemos una misión que cumplir dentro del plan de
salvación de Dios. A veces pensamos que nuestra vida tiene poco valor o que
nuestra vida, en comparación con el grandísimo plan de salvación de Dios y la
Historia de Salvación no tiene nada que ver. Y sin embargo no es así: nuestra
vida es muy importante a los ojos de Dios, y lo que nosotros podemos hacer tiene
un gran valor para el Señor. Por eso necesitamos descubrir qué es lo que Dios
espera de nosotros, cuál es el papel que tenemos dentro del plan e Historia de
Salvación, y pedir la gracia para cumplir con fidelidad lo que el Señor espera de
nosotros. La oración nos capacita a ello, nos pone en la sintonía con Dios, para
poder cumplir el plan de Dios más allá de los planes del mundo.
Hacemos oración para ajustar nuestra mente a la mente de Dios,
rompiendo los esquemas del mundo en el que vivimos. Donde podemos llegar a
sentirnos humanamente fracasados, irrealizados, frustrados, sin darnos cuenta
de que desde la perspectiva de Dios estamos cumpliendo lo que Dios espera de
nosotros, y esto es lo principal. Los elementos humanos, que el mundo persigue,
son elementos vanos, que se terminan y que se secan. El plan de Dios, subsiste
por siempre (Is 40, 6-8). Estamos insertos en el plan de Dios y necesitamos
descubrir qué es lo que Dios nos pide. Más allá de nuestros sueños y proyectos e
imaginaciones, qué es lo que Dios quiere de mí. Descubrirlo y cumplirlo con
fidelidad, recibiendo la gracia de Dios, y de esta manera ser grato a los ojos del
Señor.
224
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Atrevernos a decir Padre, y sentirlo nuestro
San Agustín, en la enarratio al salmo 103 dice:
“No orarás si no dices esta oración –es decir, la oración del Padrenuestro-. Si
empleas otra, Dios no te oirá, puesto que no te la dictó el legislador a quien envió.
Luego es necesario que, cuando oramos, oremos conforme a esta oración, y cuando
la pronunciamos entendamos bien lo que decimos”506.
San Agustín nos recuerda que la oración con la que Dios quiere ser
invocado principalmente es el Padrenuestro. No obstante necesitamos rezar esta
plegaria con el espíritu propio del Padrenuestro, es decir, con un espíritu filial,
con la confianza puesta en el Padre, sabiendo que Dios nos ama y que como
Padre busca nuestro bien. Sin embargo lo principal en la oración del
Padrenuestro es pedir que venga a nosotros el Reino de Dios, y para que venga a
nosotros, necesitamos ponernos en la sintonía de cumplir la voluntad de Dios.
Por eso san Agustín dice: “No orarás si no dices esta oración. Si empleas otra
oración Dios no te oirá”.
Todo lo que nosotros podamos pedir o decir dentro de nuestra oración
personal ya está contenido dentro del Padrenuestro. San Agustín, en la carta 130
nos dirá una cosa muy importante del Padrenuestro: todo lo que nosotros
podamos presentarle al Padre en nuestra oración personal ya está resumido
dentro del Padrenuestro. Y si nosotros pedimos algo fuera de esas peticiones y de
los elementos resumidos dentro del Padrenuestro, nuestra oración no es
escuchada por Dios, porque pedimos elementos que no son cristianos y que no
nos ayudan de cara a la Vida Eterna 507. Por lo tanto, toda nuestra oración tiene
como resumen esto, el Padrenuestro:
(…) si recorres todas las oraciones de la Escritura no encontrarás nada que
no se contenga en la oración dominical o que no se concluya de ella. De donde se
deduce que, en la oración, hay libertad para decir todo esto con unas u otras
palabras; pero no la hay para decir cosas distintas 508.
506
en. Ps. 103, 1, 19.
507
ep. 130, 12, 22.
508
Idem.
225
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Debemos pedir a Dios principalmente el elemento esencial al que nos invita
San Agustín, que es la Vida Eterna, la vida en la que participaremos de Dios 509.
Pedir a Dios también que se cumpla su voluntad, para que nosotros seamos
capaces de que su Reino venga a nosotros, y que ese Reino de Dios en nosotros
nos lleve a orientar toda nuestra vida hacia Dios.
Por lo tanto, pues, oramos para pedir que se cumpla la voluntad de Dios,
con la certeza de que nuestra vida está en las manos de Dios, que ante todo y
sobre todo es nuestro Padre. Llegar a este convencimiento, en cada uno de los
momentos de nuestra vida es una de las finalidades propias de la oración: la
certeza de que nuestra vida está en las manos de Dios que es Padre. Y como dice
san Agustín, con el simple nombre de Padre se nos debería encender el amor:
“(…) cuando decimos Padre nuestro. Con este nombre se inflama la caridad, pues
¿qué puede ser más querido para los hijos que el Padre?” 510.
La lección del leproso
Del amor brota la alabanza, y la alabanza es el reconocimiento agradecido
de las bendiciones que recibimos de parte de Dios. San Agustín se dará cuenta de
que el ser humano recibe muchos dones y muchas bendiciones de parte de Dios,
pero que en ocasiones no se detiene a agradecer lo que recibe de Dios. Es muy
significativo el texto evangélico, donde son curados diez leprosos y solamente uno
es el que vuelve para agradecer al Señor (Lc 17, 11-19). Se nos invitaría en
nuestra oración a hacer realidad esto: queremos que se cumpla la voluntad de
Dios, que nos conduce a la salvación, y porque Dios nos concede esa gracia,
queremos agradecer. El agradecimiento nace del reconocimiento de que no nos
merecemos nada absolutamente de parte de Dios. El reconocimiento de nuestra
pobreza y nuestra pequeñez, de nuestras culpas y de nuestras debilidades; pero,
por otra parte, el reconocimiento de la magnanimidad de parte de Dios, su
generosidad de cara a nosotros para darnos sus beneficios y sus bendiciones. Eso
es el agradecimiento.
Cuando una persona se olvida de agradecer a Dios puede deberse a varias
causas, pero entre ellas podríamos enumerar dos. En primer lugar, la falta de
509
ep. 130, 8, 15.
510
s. Dom. m. 2, 4, 16.
226
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
consciencia. Vivir movidos por la rutina, que impide a la persona dar gracias a
Dios y darse cuenta de que todo lo que recibe es un don de Dios, y tal vez creer
que todo se lo merece o que todo lo tiene por sí mismo. Y un segundo error: la
soberbia; creer que es la misma persona la que ha conjuntado y conseguido esos
dones que posee, y que por lo tanto no tiene nada que agradecerle absolutamente
a nadie. Y además, quienes piensan así creen que todo lo que tienen es suyo y se
olvidan de una realidad esencial. No somos dueños de nada, excepción hecha de
nuestros pecados: “tiene de Dios lo bueno que puede tener. De sí mismo sólo tiene
pecado; de Dios la justicia”511. De todo lo demás, incluso de nuestra propia vida,
somos sólo administradores, pues todo pertenece a Dios: “En efecto todos somos
administradores (villici); a todos se nos ha confiado en esta vida algo de lo que
tendremos que rendir cuentas al gran Padre de familia”512.
No dejar nunca de agradecer
La situación antropológica básica del hombre, tal y como la presenta San
Agustín es la del mendigo. El hombre es un mendigo de Dios 513, porque no tiene
absolutamente nada por sí mismo. Todo lo que tiene es porque lo ha recibido de
parte de Dios (1 Cor 4, 7). Si lo ha recibido de parte de Dios necesita agradecer el
don de Dios.
Debiéramos, por lo tanto, vivir nuestra vida en una continua acción de
gracias al Señor. Dirá San Agustín que la palabra “gracias” es una palabra muy
dulce que tenemos que colocar siempre sobre nuestros labios como un
reconocimiento de amor, como una confesión de nuestra pequeñez, pero también
de la generosidad y la bondad de parte de Dios:
¡Gracias a Dios! Pues, ¿qué cosa mejor podemos saborear en el alma (animo
geramus), llevar en la boca (ore promamus) y expresar con la pluma que ‘Gracias a
Dios’? Nada puede decirse con mayor brevedad, ni oírse con mayor complacencia,
ni entenderse con mayor sublimidad, ni realizarse con mayor provecho” 514.
511
en. Ps. 121, 8.
512
s. 359A, 11.
513
Cf. en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
514
ep. 41, 1.
227
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Vivir nuestra oración de agradecimiento a Dios debe llevarnos a ser
también más agradecidos con nuestros hermanos. Aprender a dar las gracias a
aquellos con los que compartimos nuestra vida: dar las gracias por los beneficios
que vamos recibiendo de Dios por medio de ellos.
Y sigue diciendo san Agustín:
“Nada puede decirse con mayor brevedad ni oírse con mayor complacencia,
ni entenderse con mayor sublimidad, ni realizarse con mayor provecho”.
Es decir, no hay una realidad que pueda decirse con tan pocas palabras y
que pueda hacer un efecto tan positivo y llevar dentro de sí misma un contenido
tan amplio. Pocas palabras que puedan expresar, por lo tanto, el contenido
amplísimo del amor como la palabra gracias. Aquel que se sabe amado por Dios,
agradece. Y agradecer tiene como consecuencia entrar en la cadena de la gratitud
y de la gratuidad, donde damos gracias, pero a la vez el dar gracias nos
compromete a intentar devolver lo que hemos recibido. Así se crea esta cadena de
la gratitud y de la gracia.
Sería también muy importante aprender a dar las gracias a Dios, no sólo
por aquello que nos da, sino también por aquello que nos ha quitado, por lo que
no nos ha concedido y finalmente por las cosas que humanamente nos pueden
parecer ‘malas’. Con la certeza de que todo contribuye a nuestra salvación y que
no sucede nada sin que Dios o bien lo quiera o lo permita, tenemos que
agradecer. Nuestra oración debería llevarnos, desde esta convicción a aprender a
dar gracias también por aquellos elementos que humanamente pueden parecer
menos positivos o buenos. Todo nos conduce a la salvación y el Dios que nos
manda la tribulación, nos da también la fuerza para superar la prueba. No
podemos olvidar la profesión de fe, la jaculatoria agustiniana: “Da lo que mandas
y manda lo que quieras”515.
Bien, que nosotros podamos todos los días, frente a la voluntad de Dios,
hacer un acto de agradecimiento. Aprender por tanto de corazón, con sinceridad,
desde el amor, a dar gracias a Dios.
515
conf. 10, 40.
228
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Undécima palabra: Epílogo
La oración es aquello que auténticamente nos hace ser cristianos. Cuando
oramos, nos colocamos delante de Dios para escuchar su voz, saber qué es lo que
Dios espera de nosotros y orientar nuestros pasos por el camino que el Señor nos
ha marcado516.
San Agustín nos recordará estos elementos esenciales en estas diez
palabras, que he intentado resumir, donde lo más importante es que la oración es
un don, un regalo de Dios. Nosotros, como mendigos 517, necesitamos
presentarnos ante Dios como lo que somos, desde nuestra pequeñez; haciendo
oración no desde el hombre ideal, sino desde el hombre real que somos, con
nuestros pecados, limitaciones, defectos. Así nos queremos presentar ante Dios,
sabiendo que necesitamos hacer la oración, que tenemos que buscar, pedir y
llamar a la puerta de Dios, porque Dios es generoso y nos abrirá 518.
Nuestra oración debe ser una práctica de amor. Oramos para encendernos
en el amor de Dios, y el amor es el tema del que hablamos con Dios en la
oración519. Si el amor de Dios no nos enciende, nuestra vida pierde su sentido. Si
tenemos caridad y amor, aunque seamos pobres seremos ricos. Pero, si no
tenemos amor, aunque seamos ricos, seremos pobres 520.
El amor es lo que nos sustenta en nuestra vida, y el amor es lo que nos va
asemejando cada vez más con Dios, porque cada vez que vivimos nuestra oración
desde el amor, dejamos que Dios forje en nuestro interior su propia imagen 521.
Por lo tanto la oración es un ejercicio de amor, a través del cual Dios edifica su
ciudad en nuestro interior.
Nuestra oración es un diálogo522, pero es muy importante aprender a
escuchar dentro de la oración. Es preciso crear un espacio de silencio en nuestro
interior, de volver a nuestro corazón 523, entrar en nuestro interior, de no buscar ir
fuera524, para encontrarnos con la Verdad, esa Verdad con mayúscula que es
516
conf. 10, 37.
517
Cf. en. Ps. 29, 2, 1; s. 56, 9; s. 61, 4.
518
s. 61, 4-6.
519
s. 350 A, 1.
520
s. 350, 2.
521
s. 90, 10
522
en. Ps. 85, 7.
523
Io. eu. tr. 18, 10.
524
uera rel. 72.
229
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
Cristo. Y encontrándome con la Verdad, con el Maestro interior 525, escucharlo,
pidiendo la gracia para cumplir lo que Él nos diga en nuestro interior.
Este es el consejo de María en el Evangelio según San Juan. Nuestra
santísima madre María decía en el Evangelio según San Juan, en las bodas de
Caná: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 6). Este sería el mejor consejo para quien
hace oración: necesitamos entrar en nuestro interior para escuchar la voz de
Dios, y, una vez que hemos escuchado la voz de Dios, hacer lo que Dios nos ha
dicho; lo que hemos contemplado en nuestra oración, cumplirlo en nuestras
vidas.
Por otra parte para san Agustín la oración tiene una dimensión comunitaria
muy importante. Lo que contemplamos, lo que recibimos de Dios en la oración,
no es para nosotros mismos: es para que lo compartamos con nuestros
hermanos526.
Una primera consecuencia de la oración es que Dios nos ilumina, nos llena
de su luz, que se enciende en Cristo527. En segundo lugar, Dios nos hace arder en
su amor. Y para arder necesitamos empeñar toda nuestra vida, dejarnos quemar
generosamente en Dios y por Dios, y con ese fuego de amor, iluminar también a
nuestros hermanos y ser capaces de crear un ambiente cálido para ellos. Quemar
nuestras pasiones, nuestros elementos negativos, para dejar que en nosotros
resplandezca sólo el fuego de Dios. El cuarto efecto que nos presenta San Agustín
es de levantar el corazón528. Hacemos oración para no quedarnos en las cosas de
la tierra, sino para levantar y elevar nuestro corazón hacia los bienes de Dios y
desearlos como peregrinos que van hacia la ciudad de Dios529.
Además, san Agustín nos invita a orar siempre, a vivir en la oración
continua por medio del deseo enamorado de Dios 530. Por otro lado es preciso
considerar que no oramos solos. Cuando un cristiano ora y dice ‘yo’, al decir ‘yo’
está diciendo ‘nosotros’. Oramos dentro de la Iglesia, por la Iglesia y para la
Iglesia.
Que nuestra oración de todos los días nos haga crecer en santidad, nos
encienda auténticamente en el amor de Dios, para que seamos capaces de
525
Cf. s. 102, 1.
526
en. Ps. 33, 2, 6.
527
s. 234, 3.
528
en. Ps. 148, 5.
529
Cf. ciu. 14, 28.
530
Io. ep. tr. 4, 6.
230
Diez palabras sobre la oració n en san Agustín
irradiar la luz de Dios. Una luz que se recibe para iluminar a los que están cerca
de nosotros. Una luz que convoque y que llame al encuentro con Cristo. Sin
olvidar la ‘jaculatoria’ más propiamente agustiniana: “Da lo que mandas y manda
lo que quieras”531.
531
conf. 10, 40.
231