Poemas
Fabián Fabián
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Hombre triste
Hombre triste que fumas en el patio
mirando las volutas de humo volar
como los globos de helio
que se te escaparon de las manos
cuando la ciudad era un bautizo familiar en sepia
y los lunes al sol de tus padres
te mostraron los ojos de quienes
no encuentran ocuparse espejo
de tu presente sin vacaciones.
Hombre triste que en la micro piensas
sobre futuros con finales abiertos
que aparecen disueltos dentro tuyo
como las partículas del jugo en polvo
jarrón empañado por el plástico del mantel
lecho donde descansaban las moscas
órbita de tus ojos de niño hambriento
abiertos por el aroma de los tallarines
que te sigue cocinando tu mamá.
Hombre triste que estás despierto de noche
en tu pieza donde las ventanas son susurros
impresos en la muralla sin estucar
alumbrada por un fuego escondido debajo de tu cama
y las sábanas te sujetan como cadenas
para que le des la espalda a los colores
de un pasado del cuál no estás seguro
pero que alguna vez viste en un paseo de curso
sobre el agua del pozo al que le tiraste piedras.
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Plazas del Chile profundo
Hacia la plaza del Chile profundo
los cuatro amigos caminan,
no tienen adónde más ir
todo está muy lejos
y la gamba por nuca para la micro
se hace escasa por ahí por el día 10
del mes, la mayoría de las horas duermen,
el sol no se filtra en los días de cesantía
post cuarto medio, no son tantos
los sueños, hoy se dibujan en un espejo
de uniformes corporativos, aunque
esa noche, van rumbo a la tregua
De la plaza del Chile profundo
nace un llamado que reciben las zapatillas,
húmedas hasta el hoyito de la suela,
negras como las camisas
de esos que aparecen en las películas
de la segunda guerra mundial, era la prueba
del sujeto y el predicado, era la carpeta
de los átomos, era la maqueta
que nunca hicieron en el colegio
del Chile profundo, su amistad nació
para morir ese verano, el pasto sin regar
recibe los cuerpos que se dejan caer
En la plaza del Chile profundo
es el éxodo juvenil que brota en el arrebol
del agua que aún gotea en el grifo
y la noche parpadea, el farol se enciende
en la caja de vino, una partícula de arena
estalla en la garganta sedienta, un grito,
las risas, llegaron las chiquillas
A la plaza del Chile profundo
resuenan las bromas, las jerarquías
están claras, ellas ya lo vieron en su familia
que veía por ahí por el 2003, Machos en el 13,
hembras en los réclame, machos en la cancha,
hembras en la disco, enanos en el Kike,
agro metal en el casete pirata, noticias en el Mega,
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luces del tragamonedas, la sangre en el Joker que baila,
hazañas en las palabras, omisiones en el
silencio, guardan hoy con sus jefes
pero esa noche, nacía la conversación juvenil
En la plaza del Chile profundo
los árboles de manzanas confitadas
en el pasado, se diluían los recuerdos
atravesados por raíces que murieron
en el estacionamiento de la empresa
memorias que trazaron una trama
eterna como el humo del paraguayo
escribiendo la génesis de esa cofradía
formada por las enseñanzas de los mayores
que, con la choca en la mochila, miraban de reojo
Las plazas del Chile profundo.
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Espada
(para Manuel Puig y Yukio Mishima)
De los juegos de la infancia
conversábamos esa noche
oscura, caía la memoria
sobre nuestras pieles
para registrar en la carne
ese secreto que habita
en mí, tu primera barba
el pelo corto, tu adolescencia,
el profesor que nos sentaba
juntos, hemos vuelto a abrir
las páginas de un libro
escondido, miraba tu máscara
cuando me preguntaste
si alguna vez había conocido
el color prohibido que late
en la letra, en el silencio y la voz
de las sombras que se esculpen
en la pared, mis manos apoyadas
en el peso de la contradicción
en la música del aliento
en el sabor del dolor
en la carne de la culpa
en el espejo empañado
en la campana del colegio.
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En la cornisa se vive el instante previo a la muerte
Mi mano se adentra en la cordillera
siguiendo los pasos de una fogata
que alumbra la luna en tu piel
tapiz donde mi deseo es un esbozo
de formas talladas por la textura
de la red que atrapa tus piernas
pilares de la pulsión de mi sudor
y su fuerza que se recrea en las sedas
que envuelven la humedad de tus labios
en la meseta vertical de los sentidos
que se deslizan por tu estómago.
La gravedad y la levedad en mi lengua
barco ebrio en el naufragio de tus aromas
y de los sabores que siembran tu pecho
el sol estalla en mi aliento trémulo
por la intensidad de tus dedos filtrándose
en los bosques crepusculares de mi pelo
en la salina sumisión de mi nuca silente
en la respiración que vibra por última vez
en tus pies los dedos como antenas
de un caracol que levita en el suspiro
perdido entre las sábanas tiradas en el piso.
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Gregorio Samsa, profesor jefe
Nunca me he ganado una beca
menos he sido el primero de la lista
mis puntajes, del promedio para abajo
de postulaciones exitosas, ni hablar.
¿Qué me gusta hacer? Nada.
¿Cuáles son mis virtudes? Ninguna.
¿Qué aporto al alumnado? Menos que cero.
¿Si me gusta mi trabajo? No.
La verdad es que lo único que anhelo
es tener la plata para arrancar (como
si eso se pudiera) de mi cotidianidad
de excesos de carbohidratos, sal y azúcar
de los ronquidos de la pieza de al lado
de estallidos luminosos en el cielo
pólvora que anuncia el soma que, antaño,
de mis dedos huyó rumbo a un río
donde mis pies embarrados se entierran
la piedra filosa y escondida que baila
entre los peces, aletas y escamas ignorantes
de su destino en un tarro de metal salado
de su destino en el plato donde el pez chico
le recordará al mamífero el final del camino
de su camino de hijo de Caín y de la Historia
de una historia que se repite al cansancio
porque la eternidad es monotonía y peso
y cada peso en el bolsillo vale el sudor
que ensuciará el cuello de la cotona blanca
del uniforme, deforme por la sal impresa
con forma de mochila en mi espalda
el lápiz pasta reventado en el bolsillo
y la hilacha que busca el sol desde mis hombros
brote que riega el jardín de mis billetera vacía
raíz de los sonidos de mi garganta, áridos
como el lenguaje de un loro y la risa de la hiena
que retumba desde el fondo de la sala
y su rumor, oleaje que inunda la trinchera
enemiga, ilumina la tierra de nadie
llena de pruebas sin revisar.
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Los embajadores
Hacia dónde diriges tu pasos, viajero
y las tierras de tu infancia recuerdas
mientras los gritos del ébano que pisan
tus pies, prometen amaneceres
donde la cadena y el arcabuz giran
la rueda del imperio que no conoce
la noche, a babor y a estribor la sal
empapa el púrpura del regio camino
que se bifurca en tus ojos y el mapa
dibuja las pieles que visten cíclopes y
gigantes, de balbuceos que desconocen la única fe.
En tus manos vibra poderío absoluto,
el dorado que ilumina tu espada, reencarnación
de conquistas y su perpetua memoria, que
por siglos gobernará la ciudad quemada,
tala y roza de los que asumen la misión
de expandir la verdad de Nuestro Señor
cuyo nombre irrumpió en cada poro
de la tierra que nunca más será nuestra
ni la promesa que la serpiente y el jaguar
susurraron a los ojos de las piedras que
bebían la sangre de antiguos triunfos
que hoy son tuyos, viajero, como lo son
sus frutos y plumas, regadas por el músculo
que ayer derrotó al enemigo y alimentó
en templos escondidos bajo las raíces
la mesa de mis ancestros, señores de
la guerra, venganzas del azar y la muerte
que sepultan la obsidiana en el agua
de un imperio de espejos fracturados.
La sombra del madero azota las espaldas
que se protegen del enemigo invisible
que nace de tu boca y sus misterios, pero el látigo
que me habéis regalado, es la buena nueva
de mi pueblo que se postra ante ti, rey
de reyes, eres viajero, y tu voz es el soplo
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que seguirá nuestra historia por los siglos
de los siglos, será la memoria dormida
sobre el lecho del olvido, cama de piedra
dónde descansen las lenguas de esta tierra
dónde duerman nuestros dioses y diosas
dónde se extinga el humo alucinógeno
dónde se reciban los cuerpos castigados
por la plata, por el oro, por los siglos
de los siglos. Amén.
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País sin nombre
Los grumos de tierra y agua
en tus manitas desnudas
y el algodón de azúcar
mil formas adopta ante ti
en las nubes que miras
a través de los barrotes de la ventana;
¿O serán tus ojos curiosos
los que le dan el soplo
al cielo y sus caleidoscopios?
Ay, niño de crin, niña de mimbre
sueñas con tu propia casa
de madera, chocolate y lego
con un árbol de manzanas confitadas
para estar a salvo del cuco
que se esconde en la cama de al lado;
¿Encontrarás refugio en el techo
cuando te subes a él para buscar
la brisa que desemboca en el mar?
El sol inunda la cancha de baby
el concreto se refleja en tu carita
y tus pies patean la pelota que se eleva
sobre el muro de alambres de púa
que corona la soledad de las galerías
tiñendo de ausencia la pasión de tu juego;
¿Qué importan las visitas cuando
la promesa del amor de la sangre se apaga
en las rondas nocturnas de los cuidadores?
Una Barbie pelada y una pepona manca
están sentadas sobre tu camita, esperando
las lecciones que nadie te dio a ti
pero que de todas formas aprendiste
mirando a los ojos de una quiltra, espejo
de tu linaje y su inocencia perdida al nacer;
¿Podrán hablar las muñecas algún día
y te cuenten, como tú a ellas, sus vidas
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las noches en que se abre la puerta?
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¿Qué va a pasar?
Tengo miedo. El domingo eterno del fundo donde crecí, comienza a sacudirse como un pez recién
sacado del agua. El arrebol es lo último que me queda. Aquí, en mi pieza. Pero, la noche está detrás de
la cortina de plástico que cuelga sobre mi cabeza. Clava sus ojos sobre los míos cuando yo estoy
durmiendo.
Ahora, estoy despierto. El ladrido de un perro resuena en mis pupilas como el anuncio de algo que
desconozco. Recuerdo de viejas fotos familiares que me alertan de un pasado que no pasa. O que sigue
pasando. Fotos en blanco y negro. Primer plano. Lentes gruesos, bigotes y sonrisas de mujeres.
Me estoy quedando dormido. Las hormigas que aparecen en la pantalla cuando se acaban las
transmisiones, recorren mi esqueleto. También son en blanco y negro. Las hormigas. Curiosamente, me
calmo. Las pocas horas de sueño serán la tregua para mi cuerpo engrifado. Y para mi cara con
mascarilla.
Sueño. Mi mente construye ficciones en pleno toque de queda. La realidad es apenas un pan de vida
que está pisoteado en el suelo del metro. El inconsciente es ese territorio extraño en el que habito y me
habita. Horizonte de expectativas donde lo imposible está a la mano. La realidad, mata. La ficción,
salva.
Despierto. Nuevamente. Alguien golpea a la puerta. Es la realidad. La de los gritos. La de las botas. La
de las órdenes. La de las jerarquías. No sé qué hacer. Quizás haga lo mismo que hacía cuando mi
abuela me quería pegar. Lástima que mi abuela siempre me encontraba. Lástima que vuelvo a
despertar. Y sigo teniendo miedo.
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Dolor
La primera evidencia del yo es la luz que encandila los ojos del que no eligió nacer. El cuerpo se
manifiesta con el brote de la muela que, si naciste en la patria de los condenados del futuro, se caerá.
Más temprano que tarde, caerá.
El imperio de los sentidos colapsa ante los bárbaros que lanzan su grito desde más allá de las fronteras.
Su caballo de Troya: el arroz con vienesa del colegio. La sopa Maruchán de los primeros trabajos. Los
fideos con jurel de la cesantía. El té barato de la once. Tus padres pasándote la margarina en la mesa.
Su jubilación...
La puntada que despierta tu estómago en la noche es el faro que guía a la entropía hasta la puerta de tu
pieza. El cubrecamas percudido. Las sábanas que pican la piel. La soledad amontonada en el cenicero.
El encendedor, vacío.
La billetera se abre para recordarte el paso del tiempo con el calendario que te dieron en la micro a
cambio de la última moneda. El tiempo corcheteado a los gestos de la mano con los que se comunican
los sordos. Ayúdeme con una moneda. Ayúdeme con una tregua. Cuentas las tablas del techo.
Tus dedos enredándose entre los pelos, como los perros que se apareaban en las calles de tu infancia. El
espectáculo público de una población. Si se quedan pegados, tírenles agua, decía el vecino del frente.
Sentado en su silla de ruedas. Sentado sobre la cama, miras al suelo cuando la potencia es hoy apenas
un susurro que empaña el espejo de la juventud. Impotencia. El dolor sigue ahí.
Un lunar, como Venus, anuncia que el peso de la noche no puede descansar sobre la báscula. Tus
rodillas solo soportan la herencia que recibiste de tus ancestros. La memoria de los pobres está plagada
de ojos cansados que esperan la micro. Levedad y peso. Pero siempre, doliéndote.
Miras a la gente que vive cerca de tu trabajo. Miras sus pieles. Miras sus dientes. Miras sus cabellos.
Miras su ropa ajustada al cuerpo. Miras de reojo, para que no sepan que tú eres menor que ellos. Para
que no sepan que llevas en la mochila la polera del mall con la que paras la olla. A cambio de tu
tiempo. Tiempo de vida que no volverá. Y si vuelve, dolerá.
El dolor corre el tupido velo de la materia. La materia alumbra los puntos ciegos de la biología. La
biología camina sobre una cuerda que pende encima de tus ojos abiertos en la noche. Abiertos
buscando sueños. Sueños que cedieron a la espuma de la enfermedad. El rumor del oleaje. El dolor
acechante.
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Hablemos a los árboles
Hablemos a los árboles como futura revolución. Igual que los elfos con los ents. El ojo nació como una
respuesta de las primeras formas de vida hacia la luz. Los colores se esculpieron durante millones de
años. Un arcoiris. Una aurora boreal. Un caleidoscopio. El cosmos. La imagen del mundo es una
película que comienza en la supervivencia y la cooperación necesaria para vivirla como lucha. Si pasó
con la luz, pasará con el sonido. Y pasará con los árboles.
Hablemos a los árboles, porque el sonido manifiesta las formas en su ausencia. La ausencia no es
sinónimo de nada. La nada es la lejanía de lo inconmensurable. La lejanía de los tiempos. Tiempos que
no veremos, pero que contarán los árboles. Libros que transformarán los balbuceos de la lengua en un
coloso que romperá las olas del olvido. La letra, el sonido hecho carne y madera. La lengua, país sin
nombre, pero con un territorio donde el habla es la savia que insufla de poder a la vida.
Hablemos a los árboles. No se trata de humanizarlos. ¿Puede un átomo cambiar una supernova?
Solamente si se destruye. Porque la destrucción es cambio. El cambio es dialéctica. La dialéctica es el
motor de la historia y la historia la hacen las partículas elementales y su caótica armonía. Armonía
elemental. Armonía radical. Para que la raíz del mundo sea el terreno de las semejanzas. Árbol
genealógico de nuestro lugar en el cosmos.
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