Situaciones de Anormalidad
Situaciones de Anormalidad
FUNDAMENTALES
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político, la plenitud del ejercicio del poder o el goce duradero de los derechos
constitucionales.
La situación extraordinaria es aquella que se configura por la alteración del
normal desenvolvimiento del aparato estatal y/o de las actividades ciudadanas,
y cuya gravedad hace imprescindible la adopción de medidas excepcionales.
Esta si bien puede ser predeterminada en su naturaleza y consecuencias
políticas, sociales o económicas, en cambio no alcanza a ser precisada en el
tiempo en que se desarrollará.
Eloy Espinoza Saldaña [“El juez constitucional y sus márgenes de acción durante
la vigencia de un estado de excepción”. En: La Constitución y su defensa. Lima:
IIDC, 2003] señala que “dicha alteración alcanza la condición de excepcional
cuando las medidas ordinarias resultan claramente insuficientes para mantener
el orden […]”.
Dentro de ese singular e incómodo contexto, el Estado hace frente a la
perturbación ocasionada por dicho “clima” de anormalidad empleando, para tal
efecto, recursos excepcionales que le permitan una acción rápida y eficaz para
conjurar y eliminar los factores de alteración.
Así, la aplicación –con la anuencia de la Constitución– de alguna modalidad
institucionalmente excepcional y el ejercicio de un conjunto de competencias
extraordinarias en favor del Poder Ejecutivo, surge de la necesidad de solucionar
o conjurar una serie de circunstancias anormales, lo cual acarrea la suspensión,
limitación o restricción transitoria de ciertos derechos ciudadanos.
En ese sentido, Óscar Alzaga [La Constitución española de 1978. Madrid:
Ediciones del Foro, 1978] anota que la suspensión, limitación o restricción de los
derechos ciudadanos se efectúa para la salvaguarda futura de la plenitud del
ejercicio del poder político y de los intereses ciudadanos.
La doctrina y el derecho constitucional comparado admiten que la vida
institucional no es siempre uniforme, permanentemente lineal, ni previsora
absoluta del acontecer coexistencial dentro de una comunidad política; por el
contrario ante los recados de la historia, la sensatez acredita la necesidad de
que el Estado esté premunido de los instrumentos necesarios para afrontar
aquellas situaciones extraordinarias que impiden el cumplimiento de los fines de
la sociedad estatal y hasta ponen en cuestionamiento su perdurabilidad como
tal.
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Resulta claro que no siempre es posible que la relación Estado-ciudadanía se
desenvuelva de conformidad con los cánones de la normalidad constitucional,
sino que eventualmente se producen crisis de orden político o económico,
sucesos derivados de la fuerza mayor, etc., que obligan a que la propia
Constitución permita el vigorizamiento de los resortes de la autoridad estatal, aun
a costa de suspender, limitar o restringir ciertos derechos constitucionales.
Igualmente, no siempre la relación Estado-ciudadanía se regula bajo los
principios de legalidad y legitimidad, ya que, en ocasiones la Constitución corre
el peligro de ser vulnerada por la amenaza o materialización de golpes de estado.
En este difícil y excepcional contexto, la ley fundamental de la República permite
el “vigorizamiento” de los derechos constitucionales de los ciudadanos –cuando
estos son obligados a la obediencia político-jurídica mediante actos y normas
emanadas de un gobierno usurpador– configurando atributos de excepción que
abarcan la posibilidad de la acción ciudadana en defensa del orden
constitucional.
En el derecho comparado la anormalidad constitucional, desde la perspectiva
estatal, lleva a la adopción de un conjunto de medidas establecidas por el texto
supra para su conjuración, a saber:
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2.- EL Régimen de excepción
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a) Que su otorgamiento se produzca cuando se acredite que el orden
institucional y la seguridad del Estado se encuentran en severo y
ostensible peligro. En ese contexto, deben haberse presentado
condiciones políticas, sociales, económicas o de fuerza mayor
provenientes de la naturaleza, que no pueden ser controladas a través
de los medios ordinarios con que cuenta el Estado.
b) Que la aplicación de las medidas extraordinarias tenga carácter
temporal; es decir, que no se extiendan más allá del tiempo
estrictamente necesario para el restablecimiento de la normalidad
constitucional y, por tanto, de la vigencia rediviva de la normatividad
ordinaria del Estado.
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En realidad, la dictadura romana actuaba y se justificaba en aquel aserto que
dice “que cesen las leyes para que puedan regir las leyes”; es decir, la aceptación
de una situación de excepcionalidad para recuperar la normalidad.
Entre los requisitos exigidos para el establecimiento legitimado de la dictadura
se encontraban los siguientes:
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El dictador, al concluir sus labores, comparecía ante el Senado a efectos de
rendir cuenta de sus actos.
En efecto, al vencimiento del “período de dictadura” las competencias
excepcionales (suma de facultades civiles y militares) del gobernante caducaban
y este era objeto de una prolija investigación acerca de su conducta funcional.
Ahora bien, la historia recuerda que cuando el período de dictadura fue
sobrepasado o el Senado no quiso o no pudo llevar a cabo su tarea de control a
posteriori, se sepultó todo rasgo de juridicidad. Tal el caso de Cayo Julio César
(100-44 a.C.) que tras su victoria sobre Pompeyo gobernó al margen del
derecho, hasta su asesinato en el Senado el 15 de marzo del año 44 a.C.
Posteriormente, en las experiencias históricas de Francia, Inglaterra y Estados
Unidos entre los siglos XVI y XX, irán apareciendo otras modalidades del
Régimen de excepción; las mismas que serán reseñadas más adelante.
Por otra parte, correspondió a Carlos Luis de Secondat, señor de la Brede y
barón Montesquieu [ob. cit.], fundamentar teóricamente la necesidad de la
concesión de competencias extraordinarias para afrontar las situaciones de
anormalidad, al afirmar que la vida política en los pueblos más libres del mundo
le había enseñado que era preciso, en ocasiones, cubrir alegóricamente la
libertad con un velo, del mismo modo que en la antigüedad se ocultaban las
estatuas de los dioses.
En nuestro país aparece en la Constitución de 1826.
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Fruto de ello es el acrecentamiento de las atribuciones de las Fuerzas
Armadas y de la Policía Nacional.
b) Existencia o peligro inminente de una grave circunstancia de
anormalidad, cuyo origen puede ser de naturaleza político-social,
situaciones de fuerza mayor o crisis económica. Tales los casos de
guerra exterior, guerra civil, revueltas, motines, revoluciones,
cataclismos, pandemias, maremotos, inflaciones, deflaciones, etc.
c) Imposibilidad de resolver las situaciones de anormalidad a través del
uso de los procedimientos legales ordinarios.
d) Transitoriedad del Régimen de excepción. Habitualmente, su duración
se encuentra prevista en la Constitución o en las leyes derivadas de
esta; en su defecto, el Régimen de excepción rige por el tiempo
necesario para conjurar la situación de anormalidad. La prolongación
indebida e inexcusable del Régimen de excepción, además de
desvirtuar su razón de ser, vulnera la propia autoridad política, ya que,
como señala Carlos Sánchez Viamonte [La libertad y sus problemas.
Buenos Aires: Bibliográfica Argentina, s.f.], “lo único que hace tolerable
la autoridad, más allá de su carácter representativo, es su carácter de
servicio público y las limitaciones que impiden desnaturalizarla”.
e) Determinación espacial del Régimen de excepción. En ese sentido, la
acción del Estado premunido de competencias reforzadas se hace
presente en el lugar en donde se producen las situaciones de
anormalidad. De allí que se precise inequívocamente que la medida
tiene carácter nacional, regional, departamental o local.
f) Suspensión o restricción transitoria de determinados derechos
constitucionales.
g) Aplicación, con criterio de proporcionalidad y razonabilidad, de aquellas
medidas que se supone permitirán el restablecimiento de la normalidad
constitucional. Dichas acciones deben guardar relación con las
circunstancias existentes en el Régimen de excepción y con los
objetivos que se pretenden alcanzar.
h) Funcionamiento de los demás órganos estatales, pero sujetos a la
posibilidad de que “sufran” transitoriamente un debilitamiento en
algunas de sus competencias ordinarias.
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i) Finalidad consistente en defender la perdurabilidad y cabal
funcionamiento de la organización político-jurídica.
j) Control jurisdiccional en relación a la verificación jurídica de la
aplicación de los principios de razonabilidad y proporcionalidad sobre
los actos restrictivos o suspensivos de los derechos fundamentales de
la persona y del cumplimiento del íter procedimental exigido por la
Constitución para establecer su decretamiento; así como el uso del
control político por parte del Parlamento en lo relativo al cumplimiento
de los principios de rendición de cuentas y de responsabilidad política.
a) La situación de anormalidad
Implica la existencia de una circunstancia fáctica peligrosa o riesgosa que exige
una respuesta inmediata por parte del Estado. Esta situación anómala impone o
demanda una solución casi instantánea, so pena de producirse un grave daño
que comprometería la estabilidad o supervivencia del Estado.
c) La legalidad excepcional
Implica la existencia de un marco normativo derivado de una grave situación de
anormalidad, lo cual, sin embargo, vincula al acto estatal necesario con los
valores y principios mismos del Estado de Derecho.
En dicho contexto, si bien las normas que consagran los derechos
fundamentales de la persona son previstas para su goce pleno en situaciones de
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normalidad, en cambio durante los “tiempos de desconcierto” pueden convertirse
en instrumentos para la destrucción del propio orden constitucional que los
reconoce y asegura. Por ende, en vía de excepción, legislativamente es
admisible la suspensión o limitación de algunos de dichos derechos; sin que ello
signifique llegar al extremo de consagrar un estado de indefensión ciudadana y
proscripción de la actuación del Estado con sujeción a reglas, principios y valores
que justifiquen su racional y jurídica existencia y finalidad.
Al respecto, mediante la absolución de la Opinión Consultiva OC-8/87 de fecha
30 de enero de 1987, la Corte Interamericana de Derechos Humanos estableció
la legalidad excepcional, la cual se expresa en que “estando suspendidas las
garantías, algunos de los límites legales de la actuación del poder público
pueden ser distintos de los vigentes en condiciones normales, pero no deben
considerarse inexistentes ni debe […] entenderse que el gobierno esté investido
de poderes abstractos […]”.
a) Fáctica
En cuanto contempla las situaciones, hechos o casos de anormalidad.
b) Normativa
En cuanto describe las reglas que regulan las situaciones de anormalidad.
c) Axiológica
En cuanto plantea la legitimación de los fines que se persiguen alcanzar con la
aplicación de determinados actos estatales.
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- La necesidad de asegurar prospectivamente la plena libertad y la
seguridad ciudadana.
- El estado de emergencia.
- El estado de sitio.
a) El estado de emergencia
Se establece cuando se presentan situaciones concretas o peligro inminente de
verificación de actos de rebelión, sedición, motín, perturbación de la paz pública
y demás circunstancias políticas o sociales que atenten directa y frontalmente
contra el desenvolvimiento de la actividad gubernamental o agredan la
tranquilidad y seguridad ciudadana.
La rebelión se describe como el alzamiento en armas destinado a variar la forma
de gobierno, deponer al gobierno legalmente constituido o modificar el régimen
constitucional.
La sedición se describe como el alzamiento armado que, sin desconocer al
gobierno legalmente constituido, está destinado: a impedir que la autoridad
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ejerza libremente sus funciones; a evitar el cumplimiento de las leyes o
resoluciones u obstaculizar la realización de los procesos electorales.
El motín se describe como la actuación tumultuaria con violencia, pero sin el uso
de armas, destinado a exigir de la autoridad, la ejecución u omisión de un acto
propio de la función gubernamental.
Esta modalidad apareció históricamente en la Constitución de los Estados
Unidos de 1787, cuando consignó –ante la necesidad de afrontar casos de la
naturaleza descrita– la probabilidad de la suspensión del uso del hábeas corpus.
Así, el artículo 1 de la sección 9 de dicho texto expone que “El privilegio del
mandamiento de hábeas corpus no será suspendido, salvo en los casos de
rebelión […] y la seguridad pública lo exija”.
La historia norteamericana recuerda que, al poco tiempo de la aprobación de la
Constitución de 1787, se produjo el famoso caso Fries en 1798.
Así, John Fries, un militar afincado en Pennsylvania, encabezó una sedición para
oponerse a la Ley de Impuesto Directo.
El referido impuesto afectaba las propiedades inmuebles de los miembros de la
novísima Fuerza Armada de la época. En ese contexto el capitán Fries, armado
con pistola y espada y llevando una escarapela tricolor francesa, indujo a medio
centenar de conciudadanos a expulsar a los recaudadores de impuestos del
condado de Bucks y a que liberaran a los presos de la cárcel de Bethlehem.
El gobierno federal aplicó los alcances de la referida norma constitucional y
ordeno la privación de la libertad de todos los sediciosos.
La perturbación de la paz o del orden interno se describe como aquellos actos
de desorden o trastorno que atentan contra la tranquilidad y sosiego en la vida
interna del Estado.
La catástrofe se describe como aquel suceso desgraciado y severo derivado,
de manera directa o indirecta, de la naturaleza (terremotos, inundaciones,
huaycos, etc.).
Las graves circunstancias que afecten a la Nación describen de manera
genérica e imprecisa, aquellas situaciones en donde la acción humana tiene
algún nivel de participación (epidemias, situaciones de contaminación ambiental,
etc.).
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Al respecto, debe recordarse que mediante Decreto Supremo N° 008-2020 JD,
se declaró y luego renovó sucesivamente el estado de emergencia por la
epidemia de coronavirus, que provocó miles de muertos.
En puridad, los desastres naturales o los inducidos por la acción humana
describen al conjunto de daños y pérdidas en la salud, fuentes de sustento,
hábitat físico, infraestructura, actividad económica y medio ambiente que ocurre
a consecuencia del impacto de un peligro o amenaza cuya intensidad genera
graves alteraciones en el funcionamiento de las unidades sociales,
sobrepasando su capacidad de respuesta local para atender eficazmente sus
consecuencias.
Dicha situación puede ser de origen material o inducido por acción humana.
De conformidad con lo dispuesto en el artículo 67 del Reglamento de la Ley N°
29664 que crea el Sistema Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, el
Presidente de la República, con acuerdo del Consejo de Ministros, puede
decretar por un plazo sesenta (60) días calendario, en todo o parte del territorio
nacional, el estado de emergencia por desastre, dando cuenta al Congreso de la
República o a la Comisión Permanente.
Dicha decisión se genera por la solicitud que plantea un Gobierno Regional al
Instituto Nacional de Defensa Civil (INDECI); el cual de considerarlo pertinente
lo somete a consideración del Poder Ejecutivo.
En atención a lo expuesto, la figura del desastre natural o el inducido por acción
humana se encuentra comprendido en la noción catástrofe o grave circunstancia
que afecta a la población previsto en el artículo 137 de la Constitución.
Como puede apreciarse de la redacción del artículo 137 de la Constitución, se
plantea una cláusula abierta y genérica, en razón de existir la imposibilidad de
comprender taxativamente todos los supuestos posibles.
Jorge Power Manchego-Muñoz [ob. cit.] expresa acertadamente lo siguiente: “Lo
anormal es siempre difícil de prever”.
El Presidente de la República, con acuerdo del Consejo de Ministros y mediante
la expedición de un decreto supremo, establece el estado de emergencia, por un
plazo determinado no mayor de sesenta días, en parte o en la totalidad del
territorio.
Para tal efecto, cumple con dar cuenta de dicha declaración al Congreso de la
República o a la Comisión Permanente.
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La prórroga del estado de emergencia requiere la renovación del cumplimiento
del procedimiento anteriormente descrito.
Los efectos del estado de emergencia pueden implicar la restricción o
suspensión del ejercicio de los derechos constitucionales siguientes:
b) El estado de sitio
Dicha modalidad se establece cuando el Estado presenta una situación concreta
o peligro inminente de verificación de una invasión, guerra exterior o guerra civil.
La invasión se describe como la irrupción y ocupación militar extra iure del
territorio de un Estado. En puridad, implica la incursión, asedio y acantonamiento
de fuerzas militares extranjeras beligerantes sobre el espacio de otro Estado.
La guerra exterior se describe como aquella situación de agresión o defensa
bélica, a la que se suma la ruptura de relaciones diplomáticas y comerciales entre
dos o más estados beligerantes. En puridad, implica el empleo de la violencia
militar por fuerzas organizadas de un Estado contra otro.
La guerra civil se describe como aquella situación de violencia continua y
sistemática entre dos o más grupos de ciudadanos de un mismo Estado. En
puridad, implica un conflicto armado interno.
Dentro de este contexto de situación o inminencia de situación cuasi límite para
el cuerpo político, el estado de sitio deviene en una verdadera dictadura legal.
Como anota Carlos Sánchez Viamonte [ob. cit.], “es una dictadura
paradojalmente institucionalizada por el constitucionalismo”.
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En buena cuenta es una dictadura comisoria, en razón a que exprofesamente se
encuentra contemplada en la Constitución, a efectos de combatir los hechos
anormales mediante mecanismos institucionales no ordinarios.
Joaquín V. Gonzáles [Manual de la Constitución argentina (1853-1860). Buenos
Aires: Estrada, 1951] expone que la naturaleza jurídica de dicho instituto radica
en ser “una medida excepcional de gobierno, dictada en circunstancias de
extrema gravedad para el orden público, para la paz interior y la seguridad
común; y como está fuera de los recursos ordinarios de la Constitución, es
temporaria y limitada en sus efectos”.
La declaración del estado de sitio puede generar la suspensión del ejercicio de
casi la totalidad de derechos fundamentales reconocidos por la Constitución,
salvo de aquellos que tienen la condición de intangibles in tempore.
André Hauriou [ob. cit.] señala que el estado de sitio es una situación legal
dispuesta de antemano para asegurar la paz pública, mediante la que se dispone
y organiza el robustecimiento del Poder Ejecutivo, el cual puede transferir a la
autoridad militar parte del poder de policía sobre la población. En ese sentido, el
estado de sitio puede llevar a que la autoridad política encargue el control interno
del país a las Fuerzas Armadas.
Está acreditado históricamente que el estado de sitio encuentra su primera
experimentación en Francia, entre finales del siglo XVIII y comienzos del siglo
XIX.
Así, mediante la Ley del 8 de julio de 1791 se estableció el estado de sitio, como
consecuencia del peligro simultáneo de guerra exterior con las monarquías de
Prusia, Rusia y España.
Es del caso, que el 20 de junio de 1791, el rey Luis XVI huye de París, en plena
efervescencia de la Revolución Francesa, para unirse en la ciudad de Montmédy
con las tropas del general francés Bonillé. El monarca había reprochado a la
Asamblea Constituyente el hacer inviable cualquier tipo de entendimiento, al
querer asumir conjuntamente la acción gubernamental y la legislativa. Llegó a
afirmar, que solo regresaría luego de la elaboración de una Constitución
libremente aceptada por la corona y siempre que se hubiese dejado de perseguir
a la Iglesia Católica (a la que denominaba “nuestra santa religión”). Su detención
en Varennes y su posterior conducción a París el 25 de junio, originaron las
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inmediatas protestas y amenazas bélicas del rey prusiano Leopoldo II, la
emperatriz rusa Catalina II y el rey español Carlos IV.
En ese contexto, en los artículos 6 al 12 de la citada ley el insurgente Parlamento
burgués dispondrá lo siguiente:
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Artículo 11.- Las plazas de guerra y puestos militares estarán en estado
de sitio no solo desde el momento en que comenzaren los ataques del
enemigo, sino luego que a resultas del cerco o acordonamiento quedaren
cortadas las comunicaciones de a dentro a fuera y de a fuera a dentro, a
distancia de mil ochocientas toesas de las crestas de los caminos cubiertos.
Artículo 12.- El estado de sitio no cesará sino después de roto el cerco; y
en caso de haber comenzado los ataques, después de haber sido
destruidos los trabajos de los sitiadores y reparadas o puestas en estado
de defensa las brechas”.
Esta norma permitía a las autoridades militares asumir la custodia del orden
público, en caso se produjese un cerco o asedio bélico sobre una ciudad
francesa.
Como afirma Germán Bidart Campos [ob. cit.]:
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traslación de competencias civiles a los mandos militares en los casos de
conmoción o perturbación interna.
Igualmente, en 1832, el rey Luis Felipe I decretó el estado de sitio en la ciudad
de París por razones de perturbación interna.
Finalmente, en 1848, durante la Segunda República francesa, Carlos Luis
Napoleón Bonaparte expidió una ley constitucional donde quedó configurado el
estado de sitio como una modalidad de regulación excepcional destinada, por
igual, a afrontar la agresión de potencias extranjeras o los casos de
insurrecciones internas.
Con la dación de dicha Constitución, se consagró la existencia de dos tipos de
estado de sitio, a saber:
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Ahora bien, el acto declarativo del estado de sitio debe reunir cinco recaudos, a
saber: motivos determinantes de la declaración, finalidad perseguida, duración,
extensión territorial y efectos de dicha medida.
El Presidente de la República con acuerdo del Consejo de Ministros y mediante
la expedición de un decreto supremo, decreta el estado de sitio por plazo
determinado no mayor de cuarenta y cinco días, en parte o en la totalidad del
territorio.
En ese contexto, debe dar cuenta al Congreso de la República o a la Comisión
Permanente, según sea el caso.
La prórroga del estado de sitio requiere además de la renovación del
procedimiento anteriormente descrito, la correspondiente aprobación del
Congreso.
Su declaración promueve la reunión de pleno derecho del Congreso de la
República.
Los efectos del estado de sitio puede implicar la suspensión del ejercicio de casi
la totalidad de los derechos fundamentales reconocidos por la Constitución.
En ese sentido, el artículo 137 inciso 2 de la Constitución exige que el decreto
supremo de declaración del estado de sitio señale expresamente los derechos
fundamentales cuyo ejercicio no se encuentra sujeto a restricción o suspensión.
Ahora bien, el artículo 4 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos
y el artículo 27 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, cuyo
rango es análogo a la jerarquía de una ley, impide o prohíbe la suspensión de un
conjunto de derechos. Sobre ello nos referiremos más adelante.
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Ejecutivo para que se cumpla o materialice el orden público y se afirme la
defensa nacional.
El artículo 3 del Decreto Legislativo N° 1095 (Reglas de empleo y uso de la fuerza
por parte de las Fuerzas Armadas en el territorio nacional) la define como “la
situación en la cual están garantizadas la estabilidad y el normal funcionamiento
de la institucionalidad político-jurídica del Estado. Su mantenimiento y control
demandan previsiones y acciones que el Estado debe adoptar
permanentemente, llevando implícita la posibilidad de declarar los regímenes de
excepción que prevé la Constitución Política”.
A mayor abundamiento en el citado Decreto Legislativo N° 1095 se ha
establecido lo siguiente:
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Al respecto, cabe señalar que la intervención de las Fuerzas Armadas solo
deberá producirse cuando la Policía Nacional no se encontrase en condiciones
idóneas de hacerlo ante la gravedad de los supuestos expresamente
establecidos en la Constitución. Obviamente, dicha evaluación comprende única
y exclusivamente al Ejecutivo.
De manera específica, debe señalarse que el control del orden interno se ejecuta
de acuerdo con los planes de defensa elaborados por el Sistema de Defensa
Nacional –cuya conducción está a cargo del Presidente de la República–, con
acuerdo formalizado ante el Consejo de Ministros.
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económica y que pueden derivar en la restricción de algunos derechos
vinculados con la materia.
En la segunda hipótesis descrita y prevista en el artículo 72 de la Constitución,
si bien la causal es la seguridad nacional, su correlato inmediato e irresistible es
la del tráfico patrimonial.
Por ende, al restringirse e incluso prohibirse la adquisición, posesión, explotación
y transferencia de determinados bienes, se afecta la normalidad de la vida
económica del país.
En este particular caso, la Constitución exige la dación de una ley específica, la
misma que debe enumerar taxativamente los bienes materia de restricción o
prohibición de tráfico patrimonial. En ese sentido, los derechos atinentes a la
propiedad quedan restringidos transitoriamente.
Nuestro texto fundamental de manera atípica “recrea” implícita o quizá
inadvertidamente, una situación de excepción en la vida económica, partiendo
de una noción de seguridad nacional.
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En consecuencia, el goce efectivo de los derechos constitucionales dentro de
alguna de las modalidades del Régimen de excepción establecido en el artículo
137 de la Constitución, debe ser observado a la luz de las consideraciones
siguientes:
- Derecho a la vida.
- Derecho a la integridad personal. En ese sentido se prohíbe la práctica
de la tortura.
- Libertad de conciencia y religión.
- Derecho a la igualdad. En ese contexto se prohíbe las prácticas
discriminatorias por motivos de raza, color, sexo, idioma, religión u
origen social.
- Derecho a la nacionalidad.
- Derechos políticos.
- Derecho a la libertad y seguridad personales en lo relativo a prácticas
de esclavitud, servidumbre, encarcelamiento por incumplimiento de
obligaciones contractuales.
- Principios y derechos de la función jurisdiccional en lo relativo a la
prohibición de la aplicación de las leyes penales con efecto retroactivo,
aplicación del principio de legalidad y las demás garantías judiciales
indispensables para la protección de tales derechos.
- Derechos vinculados con el reconocimiento de la personalidad jurídica,
el nombre, la familia y los motivos específicos a los mismos.
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Por ende, el decreto supremo que establezca los derechos objeto de suspensión
o restricción durante la vigencia de un estado de emergencia o estado de sitio
deben necesaria e imprescindiblemente evitar la inclusión de los derechos
anteriormente mencionados, so pena de transgredir la legalidad extraordinaria
vigente durante una situación de anormalidad constitucional.
En consecuencia, el establecimiento de los derechos susceptibles de
suspensión, en función de las circunstancias que ameritan alguna de las
modalidades del Régimen de excepción queda sujeto al marco fijado por el
artículo 137 de la Constitución y los tratados internacionales sobre derechos
humanos anteriormente señalados.
El rol tuitivo del Estado en pro de la persona humana no desaparece, sino que
se aplica dentro de un contexto legal de excepción.
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El Estado queda sujeto al cumplimiento de los principios siguientes:
- Principio de justicialidad
Los actos ejecutivos (políticos o administrativos) derivados del decretamiento de
alguna de las modalidades del Régimen de excepción previsto en el artículo 137
de la Constitución, son objeto de impugnación en vía jurisdiccional.
Al respecto, en la parte in fine del artículo 200 de la Constitución, mantiene la
vigencia del ejercicio de procesos de hábeas corpus y de amparo.
En ese contexto, el órgano jurisdiccional competente examina la razonabilidad y
proporcionalidad in concreto del acto restrictivo.
La razonabilidad implica encontrar una justificación lógica o axiológica en los
hechos, conductas y circunstancias que ameritan la declaración de alguna de las
modalidades del Régimen de excepción, la acción adoptada sobre la materia y
los preceptos, valores y principios constitucionales.
En puridad, la aplicación del principio de razonabilidad busca asegurar que las
medidas derivadas de un decretamiento de un tipo de Régimen de excepción,
guarden correspondencia con los objetivos que se pretende alcanzar, ello a
efectos que no exista arbitrariedad en la ejecución de las medidas
extraordinarias. Tal el caso de una declaración de estado de emergencia para
enfrentar actos terroristas, y que es utilizada por la fuerza pública para justificar
la detención de sospechosos por delitos comunes.
Ello puede llevar incluso a liberar a los ciudadanos de las iniquidades en su
contra o de impedir un obrar caprichoso por parte del Estado.
En ese sentido, la judicatura nacional estableció en 1983, que la detención de
Luis Alberto del Carpio Fernández acusado por la supuesta comisión del delito
de estafa y bajo el amparo del Decreto Supremo N° 283-INT de fecha 30 de
mayo de 1983 era irrazonable, por cuanto dicho dispositivo se habría dictado
para conjurar una situación de terrorismo.
La proporcionalidad implica la necesaria disposición o correspondencia directa,
indirecta o relacionada entre el acto restrictivo y los efectos del mismo; vale decir,
que debe existir una conexión entre la causa y efecto; esto es, entre la situación
de anormalidad y su conjuración.
Por ende, se exige adoptar únicamente las medidas estrictamente necesarias
para restablecer la anormalidad político-jurídica del Estado; o sea, que dichas
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acciones guarden relación con las circunstancias existentes en el Régimen de
excepción.
En ese sentido, se constata que la consecuencia jurídica del acto restrictivo será
unívocamente previsible y justificable a partir del hecho que motiva el Régimen
de excepción.
La proporcionalidad exige que la respuesta de los poderes públicos sea siempre
adecuada a la agresión o alteración sufrida por el Estado.
- Principio de responsabilidad
Los actos derivados del decretamiento de un Régimen de excepción no anulan
los derechos de los ciudadanos a obtener la indemnización por los daños y
perjuicios que sufran en sí las personas o sus bienes.
Al respecto, es invocable el artículo 103 de la Constitución. Este señala que no
existe justificación del abuso del derecho.
En este caso, el decretamiento de un Régimen de excepción que configura una
mayor concentración del poder estatal en el Poder Ejecutivo no avala en modo
alguno la comisión de actos notoriamente abusivos, arbitrarios y desbordantes
de la pluralidad de competencias establecidas en el artículo 137 de la
Constitución.
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A manera de colofón, cabe señalar que durante la vigencia de un Régimen de
excepción no se suspenden los procesos constitucionales (hábeas corpus,
amparo, etc.).
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legitima a favor de la ciudadanía, la interposición de las acciones de garantía,
aún durante el interregno del Régimen de excepción.
Así pues, la interposición de un hábeas corpus procede a pesar de encontrarse
suspendido el derecho a la libertad personal, en razón a la necesidad de
asegurar los derechos a la vida, a la integridad personal del detenido; al mismo
tiempo de corroborar si la detención dispuesta absuelve favorablemente el test
de razonabilidad y proporcionalidad.
En ese sentido, debe recordarse que aún dentro de una situación de anormalidad
el Estado se encuentra obligado a preservar la legalidad y los valores
democráticos.
Por dicho motivo, puede afirmarse que durante la vigencia de un Régimen de
excepción –consecuencia directa de una situación de anormalidad– si bien existe
“consentimiento” constitucional para utilizar una legalidad excepcional, ello no
admite en modo alguno la posibilidad de configurar una relación de mando-
obediencia al margen del Estado de Derecho.
De allí que el control jurisdiccional a cargo del Tribunal Constitucional y del Poder
Judicial se mantenga activo durante dicho período.
En efecto, tal como lo señalara el Tribunal Constitucional en el caso Defensoría
del Pueblo (Expediente N° 00017-2003-AI/TC) ni en el estado de sitio –situación
de anormalidad extrema– opera la vacatio constitutionis; ergo, jamás deja de
regir el texto fundamental de la República.
Al respecto, en 1893 la Corte Suprema Argentina declaró en el caso Leandro
Alem que “el estado de sitio, lejos de suspender la Constitución, se declara para
defenderla”.
En el artículo 10 del Código Procesal Constitucional vigente, expresamente se
señala que los procesos constitucionales no se suspenden durante la vigencia
de los regímenes de excepción. Cuando se interponen en relación con derechos
suspendidos, el Poder Judicial examinará la razonabilidad y proporcionalidad del
acto restrictivo, atendiendo a los criterios siguientes:
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b) Que la demanda se refiere a derechos suspendidos, pero que las
razones que sustentan el acto restrictivo de derecho no guarden
relación directa con las causas o motivos que justificaron la declaración
del Régimen de excepción.
c) Que la demanda se refiera a derechos suspendidos, pero que el acto
restrictivo resultare manifiestamente innecesario o injustificado
atendiendo a la conducta del agraviado o a la situación de hecho
evaluada sumariamente por el juez. El referido artículo expresamente
ratifica que “la suspensión de los derechos constitucionales tendrá
vigencia y alcance únicamente en los ámbitos geográficos
especificados en el decreto que declara el Régimen de excepción”.
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la Unión Revolucionaria Nacional Guatemalteca entre 1980-1992; Honduras en
relación al movimiento guerrillero Fuerzas Revolucionarias Populares Lorenzo
Zelaya (FRPLZ), entre 1980 y 1993; el Perú en atención a los movimientos
terroristas Sendero Luminoso y Movimiento Revolucionario Túpac Amaru
(MRTA), a partir de la década de los 80.
En ese mismo contexto puede ubicarse la situación generada en Gran Bretaña
por el Ejército Republicano Irlandés (IRA), hasta el 2005.
Al respecto, la Corte Constitucional del Ecuador en el Caso 7-20-EE de fecha 27
de diciembre de 2020, dictaminó que el Decreto Ejecutivo N° 1217 del 21 de
diciembre del mismo año, relativo a la tercera renovación del “estado de
calamidad pública en todo el territorio nacional”, por el grave incremento de
contagio de la COVID-19 por causa de las aglomeraciones y la exposición a una
mutación con mayor virulencia importada desde el Reino Unido, a fin de contener
su expansión y consecuencias negativas en la salud pública, devenía
inconstitucional por razones tales como:
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