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El debate sobre las propiedades de la opinión pública en EEUU” - Adrogue
En EE. UU el proceso de estudio de la OP se caracteriza por la ausencia de conceptos precisos que
describan dicho fenómeno. Frente a esto el autor propone una reseña bibliográfica sobre el debate
de las propiedades de la OP en EE.UU.
FEDERALIST PAPERS: La opinión de los ciudadanos sin control institucional podría ser víctima de las
pasiones t errar en la búsqueda del bien común (sólo se puede acceder a este a través de la razón).
Es por eso que el diseño institucional emprende mecanismos destinados a disminuir los riesgos de la
opinión manipuladora.
Jefferson y otros populistas, en cambio, afirmaban que la única solución al problema de la
manipulación de la OP NO era limitar institucionalmente el poder de los ciudadanos sino había que
INFORMARLOS Y EDUCARLOS.
A principios del siglo XX el debate sobre las propiedades de la OP, adquiere rasgos propios y
distintivos:
CONSENSO PESIMISTA: Se inicia a mediado de la década del treinta y llega hasta la Guerra de
Vietnam. Se base en 3 argumentos:
1. La OP es VOLÁTIL, INESTABLE E IMPREDECIBLE.
2. La OP es IRRACIONAL ya que carece de coherencia, es decir, no está estructurada sobre
un sistema de valores y creencias comunes.
3. La OP tiene un escaso (muchas veces nulo) impacto en la toma de decisiones en un
proceso político (los gobernantes no le prestan atención a la hora de tomar sus decisiones)
El desinterés y la desinformación derivaron en la volatilidad, imprevisibilidad e irracionalidad de la
OP. La falta de sistema de valores y creencias comunes se puede ver en el VOTANTE quien carece de
información, de tiempo o de interés a la hora de optar racionalmente por quién votar.
CONSENSO OPTIMISTA: Comienza en la década del ´70. Postula que:
1. La OP es ESTABLE y REAL, si cambia lo hace en forma predecible.
2. La OP es RACIONAL porque está estructurado sobre un sistema de valores y creencias
comunes conocido como ideología americana.
3. La OP influye fuertemente en la toma de decisiones en un proceso político
Aquí la OP es revalorizada. Para el consenso optimista el principal problema que debe
enfrentar es la DESINFORMACIÓN DEL PÚBLICO, es decir, el pueblo no dispone de información
suficiente para emitir un juicio racional.
Adrogué: “Estudiar la opinión pública. Teoría y datos sobre la opinión pública argentina.”
En Argentina, el surgimiento de los estudios de OP es relativamente reciente, coincide con la
restauración de la democracia a principios de los años ‛80, es por eso que existe una escasa cantidad
de estudios sistemáticos.
En sintonía con los resultados observados en EEUU, la OP argentina es estable y cuando cambia, lo
hace generalmente de manera gradual y en forma predecible.
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En referencia a los términos volatilidad e inestabilidad, una primera impresión de los gráficos
analizados (donde se presenta información sobre evaluación de la gestión del presidente, imagen de
gobierno en general, evaluación del plan económico y del manejo de la política exterior) invitaría a
sostener la existencia de una OP por momentos impredecible, que cambia sus preferencias de
manera significativa en una u otra dirección. Sin embargo, el cambio abrupto y las fluctuaciones que
se observan en los gráficos parecen responder a un patrón determinado y no al capricho o al
fluctuante estado de ánimo. Los indicadores varían de forma sorprendente por momentos, pero lo
hacen generalmente en una misma dirección y con una intensidad similar.
La OP argentina es racional ya que (se sustenta tanto en la información efectivamente disponible
como en la existencia de un sistema compartido de creencias, principios y valores).
Además, la OP tiene en la Argentina un impacto significativo y real sobre quienes toman decisiones
de gobierno. Con los años, el conjunto de dirigente ha ido descubriendo la necesidad y la
conveniencia de prestar mayor atención a la OP y ha ido aceptando el rol que aquella le cabe en una
sociedad abierta.
Ese rol la OP lo logra: primer lugar, gracias a un fortísimo poder en la capacidad de fijar la agenda;
tiene un impacto significativo en el proceso de selección de temas. En segundo lugar, la OP afecta
decisiones de gobierno, bien orientando la decisión, estableciendo los tiempos o ejerciendo un poder
de veto o límite sobre los gobernantes. La opinión pública tiene un fuerte impacto en no hacer ciertas
cosas, en no llevarlas adelante porque se dan cuenta quienes gobiernan que el nivel de resistencia
que van a provocar es muy grande (similitud con Nöelle-Neumann: los gobernantes tienen miedo al
aislamiento)
En conclusión, en la Argentina – como en los Estados Unidos – la opinión pública es estable y si cambia
o fluctúa lo hace en forma predecible; que también es racional, en el sentido de que sus preferencias
responden a un sistema de valores y creencias y a la evaluación de la información disponible, y
finalmente, que la opinión pública argentina, si no dicta cursos de acción, si provee pautas o líneas
generales que sirven de orientación a los gobernantes
Teoría de la democracia. El debate contemporáneo - SARTORI
¿Cuándo encontramos un «pueblo gobernante», el demos en acto o función de gobierno? La
respuesta es: en las elecciones. Las elecciones constatan el consenso; registran las decisiones de los
votantes; computan opiniones. Es imposible aislar las elecciones del proceso de formación de la
opinión pública. Las elecciones son un proceso institucionalizado que expresa un estado de opinión.
Tanto elecciones como la opinión deben ser libres. Empero, debe tenerse presente que poseen un
carácter discontinuo y elemental.
El poder electoral en sí es la garantía mecánica de la democracia; pero las condiciones bajo las cuales
el ciudadano obtiene la información y está expuesto a las presiones de los fabricantes de opinión son
las que constituyen la garantía sustantiva.
“En su significado primario se llama pública a una opinión, no sólo porque se encuentra difundida
entre el público, sino además porque pertenece a las «cosas públicas», a la res pública. En resumen,
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la opinión pública es ante todo y sobre todo un concepto político (...) la opinión puede definirse del
modo siguiente: un público, o multiplicidad de públicos, cuyos difusos estados mentales (de
opinión) se interrelacionan con corrientes de información referentes al estado de la res pública”
[Sartori: 118]. Consecuentemente, el sujeto de la OP es el ciudadano.
La cuestión del CONSENSO
El consenso en sí no es particularmente difícil de definir. En principio, no es consentimiento real: no
implica el consentimiento activo de cada uno a algo. En segundo lugar, la característica definitoria
general del consensus-aceptación es un «compartir» que de alguna manera vincula (obliga). ¿Pero
un compartir qué? Respecto a la teoría de la democracia hay que distinguir claramente al menos tres
posibles objetos compartibles [objetos de consenso]:
1) valores fundamentales (tales como la libertad y la igualdad), que estructuran el sistema de
creencias;
2) reglas de juego, o procedimientos;
3) gobiernos y políticas gubernamentales específicas.
Estos objetos de consenso y de disenso pueden convertirse respectivamente, siguiendo a Easton,
en tres niveles de consenso: a) consenso a nivel de comunidad, o consenso básico; b) consenso
a nivel de régimen, o consenso procedimental; c) consenso a nivel de acción política, o
«consenso político».
El primer objeto o nivel de consenso – identificado como consenso básico – señala si una sociedad
determinada comparte en su totalidad los mismos valores y fines valorativos. Un consenso sobre los
valores fundamentales es una condición que facilita la democracia, pero no es una condición
necesaria de la misma.
El segundo objeto o nivel de consenso puede denominarse consenso procedimental, en cuanto
establece las llamadas reglas de juego. Estas son numerosas, pero existe una de extraordinaria
importancia: la regla que determina cómo deben resolverse los conflictos. Si una sociedad política no
comparte una norma de resolución de conflictos, entrará en pugna en cada conflicto, y esto es la
guerra civil. En una democracia, esta regla es la regla de la mayoría. El consenso procedimental, y
concretamente el consenso sobre la regla de solución de los conflictos, es la condición sine qua non
de la democracia. En consecuencia, es adecuado hablar del consenso procedimental como consenso
relacionado con el régimen. Si no acepta el principio de mayoría, o al menos se le presta conformidad,
lo que no se acepta es la democracia como régimen. El desacuerdo en el ámbito de esas reglas es lo
que la democracia protege y fomenta.
Es, pues, el tercer objeto o nivel de consenso – sobre la acción política y los gobiernos – es el consenso
político y es el que trae a colación el consenso como disenso y apoya la opinión sostenida por Barker
de que «la base y la esencia de la democracia» es «el gobierno mediante la discusión». Este es el
contexto en el que la discrepancia, el disenso y la oposición surgen como elementos caracterizadores
de la democracia.
“Resumiendo, el consenso básico, o acuerdo sobre lo fundamental (las creencias valorativas y la
estructura de nuestro sistema de creencias), es la condición que facilita, aunque no sea una
condición necesaria para, la democracia. En cambio, el consenso procedimental, y sobre todo el
consenso sobre la norma de solución de los conflictos, y las normas complementarias, son una
condición necesaria, verdaderamente el prerrequisito de la democracia. Este consenso es el
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comienzo de la democracia. Sólo, por tanto, cuando el consenso se refiere a las acciones políticas
y al personal gubernamental el énfasis se sitúa en la discusión, el disenso y el papel crucial de la
oposición” [Sartori: 124].
En este contexto, el disenso se asume y se precisa para producir cambios en el consenso, es decir,
una consenso nuevo o nuevas personas que muestren su acuerdo sobre temas diferentes.
La formación de opiniones
La mejor forma de contestar a la pregunta «¿qué es la opinión pública?» pasa por distinguir tres
procesos, en el siguiente orden: a) las opiniones que destilan las diferentes élites; b) el hervidero de
opiniones que emana la base; c) las identificaciones de los grupos de referencia.
El modelo de cascada, formulado por Deutsch, describe perfectamente la formación de opiniones
inducida por la élite. Las opiniones discurren de arriba hacia abajo a través de varios saltos, como en
una cascada escalonada por una serie de remansos. El remanso más elevado lo constituyen las élites
económicas y sociales. Le siguen las élites políticas y gubernamentales, los medios de comunicación,
los líderes de opinión y, por último, la masa del público. El valor explicativo del modelo de la cascada
reside, sobre todo, en su capacidad para resaltar hasta qué punto los procesos de formación de la
opinión se ven interrumpidos y regenerados horizontalmente en cada nivel; cada nivel supone la
reapertura de una dialéctica de opiniones y opiniones adversas.
De los cinco niveles, dos revisten especial importancia: el de los medios de comunicación y el de los
creadores de opinión. En las democracias actuales, el papel principal en la formación de la opinión
pública lo desempeñan los medios de comunicación. Sartori es contundente: “(...) el mundo es – para
el público en general – el mensaje de los medios de comunicación” [Sartori: 127, 128]. Desde esta
perspectiva, los creadores de opinión locales tienen un papel fundamental: median la relación entre
medios de comunicación y público, resignificando en forma global los mensajes que éstos [los medios
de comunicación] emiten y “limitando” su poder. El autor entiende que “(...) son un grupo de
referencia para sus respectivas comunidades de amigos y vecinos, para las audiencias a las que se
dirigen. De este modo, los líderes de opinión locales pueden bloquear o reforzar, disminuir o ampliar
y seleccionar, en cualquier caso, la importancia de, y otorgar credibilidad a, los mensajes de los
medios de comunicación” [Sartori: 128].
El modelo de borboteo es consecuencia de la proliferación de grupos de ideas [la expansión masiva
de la educación superior produce una considerable población intelectual que es difícilmente
acomodable, cada vez más, donde cuadra, o donde siente que debería estar situada; aparecen en
gran número intelectuales desempleados o subempleados, que se concentran cada vez más en el
remanso o depósito residual]. Estos núcleos de intelectuales, que permanecen en los espacios más
bajos de la escala de estratificación social, generan procesos de opinión ascendente; un borboteo
que, en ocasiones, puede transformarse en una poderosa marea: alcanzan a los niveles más altos
(sociales, económicos, políticos, medios de comunicación) y se imponen como tema de agenda.
Sartori revela que estos grupos son “(...) las antiélites [que] siguen siendo élites, pero ya no coinciden
con un nivel de élite; son élites a nivel de masa” [Sartori: 129].
Por último, el modelo de identificación con grupos de referencia. En este caso, las opiniones de los
individuos derivan, en gran parte, de las identificaciones con una variedad de grupos concretos y / o
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grupos de referencia: la familia, grupos de compañeros, de trabajo, religiosos, étnicos,
identificaciones partidistas y de clase. Dichas identificaciones tienen poco que ver con el hecho de
estar informado y adquirir información. En efecto, las opiniones no dimanan de una exposición a la
información; se trata de individuos que tienen opiniones sin información, y opiniones que
verdaderamente pueden oponerse abiertamente a la evidencia suministrada por la información.
Entonces, “el modelo de cascada de formación de la opinión es crucial respecto al elemento
informativo, o sea, respecto a la cantidad y a la naturaleza de la información que contiene una opinión
pública (...) El ingrediente de la opinión pública basado en la identificación es, en cambio, el elemento
no informado. Aquí encontramos específicamente opiniones que ignoran «la noticia» (...)
Finalmente, la expresión de la forma de opinión de borboteo se encuentra – respecto al elemento de
la información – en algún lugar intermedio” [Sartori: 130, 131].
Autonomía vs heteronomía de la OP
Se trata de una opinión que, hasta cierto punto, el público se ha formado por sí mismo. Es una opinión
del público, en la que el público es el sujeto.
Las condiciones que permiten una OP relativamente autónoma pueden resumirse en dos: a) un
sistema educativo que no sea un sistema de adoctrinamiento; y b) una estructura global de centros
de influencia e información plural y diversa.
Una OP libre deriva de y se apoya en una estructura policéntrica de los medios de comunicación y el
interjuego competitivo de éstos. Nótese que el razonamiento no asume que una estructura
competitiva y policéntrica de los medios se dirija a audiencias capaces de comparar las diversas
fuentes y de decidir en consecuencia. Una multiplicidad de persuasores refleja en sí misma una
pluralidad de públicos; lo que, a su vez, se traduce en una sociedad pluralista. Por otro lado, la
autonomía de la OP supone condiciones del tipo mercado; un sistema de información del tipo
mercado es un sistema autocontrolable y alerta, pues cada canal está expuesto a la vigilancia de los
otros.
La OP debe ser autónoma, no racional (la OP racional no existe). En el planteo sartoriano, la
racionalidad está adjudicada a los representantes.
Para entender este punto, es pertinente aclarar que Sartori está definiendo un modelo de
democracia liberal, electoral y representativa. Claramente, la democracia supone un pueblo que no
gobierna, pero elige representantes que lo gobiernen. El momento de la elección se plantea como el
momento en que el pueblo se encuentra en función de gobernante y ejerce un control directo sobre
los líderes políticos. De allí, la importancia que para Sartori revisten las elecciones como registro de
preferencias y opiniones de los votantes. Son el mecanismo para constatar el consenso sobre los
problemas de interés público.
En una línea similar a la de Habermas, Sartori distingue claramente esfera pública y esfera privada.
La «cosa pública», «lo público» es el objeto de la OP. Los ciudadanos se forman opiniones sobre los
asuntos de gobierno y temáticas que refieren al estado de esta «cosa pública», dejando fuera las
cuestiones privadas [≠ Nöelle-Neumann].
La OP se manifiesta continuamente en el espacio público, pero el momento de expresión máxima se
da en los procesos electorales. Las elecciones son la institucionalización de la OP. Este proceso
permite la legitimidad de la democracia a través de la expresión del electorado. Esta OP se forma
gracias a un proceso que involucra elementos de subjetividad individual (“difusos estados mentales”
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según define Sartori: valores, creencias, ideologías) y corrientes de información externas. Dichos
elementos pueden combinarse en grados distintos, según tres modelos: de cascada, de borboteo, de
identificación con grupos de referencia.
Durante el proceso de formación de la OP no hay jerarquías, ni actores que dominen completamente
este proceso. Esto porque la OP debe ser autónoma: debe primar el pluralismo, una estructura
policéntrica en lo que a medios de comunicación refiere y una educación libre de adoctrinamiento.
Sólo así, el individuo podrá informarse (o no) y elegir, adherir a aquellas ideas que siente más
próximas [que más lo identifican]. Esta base externa sumada a sus particularidades individuales
(internalizadas, intrínsecas) [aquellos elementos que lo definen como sujeto individual] serán
expresadas, condensadas, plasmadas a través del voto en las elecciones.
En este sentido, el gobierno democrático es un gobierno fundado en el consenso. Donde se privilegia
la regla de la mayoría. Sin embargo (como se dijo), esta mayoría no gobierna en el día a día. La función
la ejerce un grupo de “elegidos electorales” que tienen competencia para decidir (tienen racionalidad
para tomar decisiones) y generar, a través de la discusión y el disenso, los cambios necesarios a nivel
social. Sartori parte del supuesto de que la democracia es discusión; dicha discusión permite la
variación y esta variación refleja la pluralidad del sistema. En este punto existe una vinculación con
los procesos de formación de la OP: ésta permite los cambios mencionados porque más allá de que
las decisiones no surgen de la ciudadanía, sí las condiciona.
La Teoría Contemporánea DADER
Una definición generalmente aceptada de OP no existe. En base a ello, el autor ofrece una variedad
de interpretaciones:
El interaccionismo entre OP y sociedad según Blumer
Para el autor existe una yuxtaposición estrecha y recíprocamente modeladora entre OP y sociedad:
no puede entenderse la naturaleza o estructura de la OP sin entender la naturaleza o estructura de
la sociedad concreta en que aquélla surge y viceversa.
La «naturaleza específica» de la OP es resumida en seis puntos:
1) la OP se elabora en una sociedad y es una función de esa sociedad en acción. La OP se
modela a partir de un contexto en el que ella evoluciona.
2) toda sociedad es una organización, compuesta por el ensamblaje de diversos grupos
funcionales.
3) la actuación de los grupos funcionales se desarrolla a través de los canales disponibles en
la sociedad. Y dado que en cada sociedad tienen que existir individuos, comités, comisiones,
legisladores que tomen las decisiones que afectan al resultado de las acciones de estos grupos
funcionales, tales personajes claves se convierten en objeto de presión o de influencia directa o
indirecta.
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4) estos individuos clave están obligados a «evaluar» las diversas influencias que soportan.
Tales individuos toman en cuenta lo que ellos consideran que vale la pena tomar en cuenta.
5) la OP se forma y expresa en gran medida a través de los canales del funcionamiento
societal. Su formación refleja la composición u organización funcional de la sociedad.
“Por expresión de la opinión pública entonces ha de entenderse la parte de esta opinión global
que es conocida o tenida en cuenta por quienes deben actuar en respuesta a ella. Tal expresión no
puede asimilarse con la discusión en una tribuna libre, de los juicios de individuos dispares. La
expresión de la opinión pública es una forma de influencia directa sobre aquellos que actúan en
respuesta a esa opinión” [Dader: 194].
6) definida de manera realista, la OP consiste en el ensamblaje de diferentes puntos de vista
que son considerados por los individuos antes de actuar en respuesta.
Dader destaca los siguientes aspectos de la concepción de Blumer:
> la OP se reconoce por sus efectos.
> «consiste en el ensamblaje de diferentes puntos de vista», de todo aquello que va a ser
indefectiblemente tenido en cuenta por cualquier miembro de la sociedad a la hora de intervenir en
asuntos públicos.
> la OP es un fenómeno social, lo que significa que se genera en una sociedad y se ve afectada
por la estructura de esa sociedad y se explica por las mismas reglas sociológicas de esta última. Esto
significa que la pluralidad de elementos existentes en la sociedad también se refleja en el fenómeno
de la OP. Sin embargo, no son exactamente una sola cosa.
“Describir realmente la OP – establece Blumer – es hacerlo en términos de organización funcional de
la sociedad, de grupos de influencia, divergencia, de líderes, de masas indiferenciadas. Sólo así
podremos saber si aquellos que expresan una opinión la tienen verdaderamente y si pretenden que
su opinión tenga consecuencias” [citado en Dader: 196].
Concepción «comparativa» y «crítica» de la OP en Habermas
Critica ferozmente lo que él llama la «disolución psicosociológica del concepto de opinión pública»
[cientificismo positivista]. Entiende que el éxito de las mediciones empíricas sobre manifestaciones
superficiales de fenómenos grupales aislados conduce «acríticamente» a olvidar la existencia de un
significado global de la OP, de repercusiones ético-políticas, sobre el que descansa precisamente la
posibilidad de una sociedad plural y democrática [se opone a contar fenómenos empíricos aislados].
Frente a esta opción, Habermas pretende redescubrir un nuevo paradigma de LO PÚBLICO y la
OPINIÓN PÚBLICA que sirva como prueba de que la sociedad es verdaderamente democrática.
Según él, la OP puede significar dos cosas muy distintas:
– una instancia crítica, de los ciudadanos particulares en comunicación racional con los
representantes de las distintas instituciones, y con una posibilidad real de debate público y
democrático; o bien,
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– una instancia receptiva de los ciudadanos aislados y particularizados, sin posibilidad de
comunicación real con los instalados en la «notoriedad pública», ante los que sólo se puede
reaccionar con aclamación – nunca con diálogo –, ya que los miembros de la notoriedad pública sólo
utilizan una «divulgación manipulativa» de mensajes.
A la primera instancia podría llamársele OP ideal o paradigmática, a la segunda sólo OP manipulada.
En nuestra época tiende a predominar la instancia receptiva. De ahí que el autor bogue por la
reivindicación de fórmulas de incentivación de la vía crítica, y la propuesta de análisis comparativo
entre OP paradigmática (ajustada a los ideales del Estado social-liberal) y los fenómenos cotidianos
[esto es lo que permite denominar esta corriente como “crítica” y “comparativa”, respectivamente].
La OP es en realidad una ficción, puesto que Habermas define la palabra público en un sentido muy
restrictivo y reverencial: es lo que tiene interés general, involucra al ciudadano como tal, es decir,
afecta al ciudadano como miembro de una sociedad y no sólo como sujeto particular privado o como
miembro de un grupo de intereses particulares.
Por ello dice que lo público (auténticamente público) cada día es menor motivo de preocupación para
una sociedad particularizada y esto genera dos movimientos de suplantación: por un lado, el aparato
institucional del Estado que acaba considerándose el único guardián e intérprete de lo público y, por
otro, los intereses egoístas o particulares de grupos de presión que mediante las «relaciones
públicas», etc, camuflan como de interés público lo que es de su exclusivo interés particular
(contaminación de las esferas pública y privada).
El autor propone desarrollar criterios que permitan medir empíricamente el carácter más o menos
público de las distintas opiniones. El criterio fundamental sería «el principio democrático de la
publicidad», cuyos rasgos esenciales serían, a su vez, diálogo racional, transparente y abierto a la
participación de todos los ciudadanos en la búsqueda de soluciones consensuadas para las cuestiones
de incumbencia general.
La idea de mantener una comparación constante entre idealidades y realidades de la OP le lleva a
Habermas a introducir un nuevo elemento de gran importancia para el estudio científico y
sistemático de los fenómenos de OP. Me refiero a la noción de «Espacio Público», ámbito de la
intercomunicación humana diferenciable de los otros ámbitos intergrupales de la vida privada y el
resto de la vida social genérica.
El «Espacio Público» es subdivisible en dos ámbitos, a menudo contrapuestos: «el complejo de las
opiniones informales, personales y no públicas» por un lado, y por el otro el de «las opiniones
formales, reconocidas por sus instituciones».
Dentro del primer ámbito, se encuentran las «evidencias culturales indiscutibles»; la «expresión poco
discutida de experiencias fundamentales propias de toda biografía personal» y «la evidencia de la
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cultura de masas». El segundo ámbito está constituido por: las opiniones que circulan por los circuitos
relativamente restringidos de la «gran prensa» y sobre todo de la prensa intelectual o de élite; y las
opiniones altamente formalizadas en representación oficial o directa de grupos o instituciones de un
protagonismo legalmente privilegiado (Gobierno, Parlamento, partidos políticos, etc). Entre ambos,
una conexión constante a través de los medios de comunicación; intercomunicación manipulante y
dirigida.
Por eso, Habermas insiste, sólo puede resultar un OP en un sentido estricto (o paradigmática) cuando
se constituya un espacio público crítico (con conexión comunicativa entre personas raciocinantes).
En su lugar, la comunicación pública (que exige entre otros requisitos la apertura de intervención
para todos los ciudadanos), ha sido suplantada por la comunicación masiva (que no permite el debate
racional y ampliamente participativo).
Concepción «realista» y «psicosociológica» de la OP en Nöelle-Neumann
[enfrentada a la visión de Habermas] Nöelle-Neumann identifica la OP con el control social o censura
moral que de una manera efectiva todos los individuos de una sociedad son capaces de reconocer
intuitivamente. OP no es exactamente opinión mayoritaria, ni tampoco opinión unánime pero sí es
«control social», es decir, la opinión mejor vista, la que es de buen tono sustentar, la que de
antemano se sabe que va a producir mayores simpatías por el hecho de ser expresada. En palabras
de la autora: “Opinión pública son aquellas opiniones, pertenecientes al terreno de la controversia,
que uno puede expresar en público sin sentirse aislado de los demás (...) Opinión pública es utilizada
en un sentido que se remite directamente a Rousseau como la expresión que puede manifestarse
públicamente en caso de controversia, sin querer quedar aislado” [citado en Dader: 204].
Retoma, además, el concepto de Ley del Vicio y la Virtud (o también, «ley de la costumbre o la moda»)
de John Locke, para indicar que tal ley ejerce una coerción social sobre todos los individuos porque
nadie puede vivir en una sociedad bajo el constante desagrado y la mala opinión de sus familiares y
de aquellos que conviven con él.
Esta visión conceptual de la OP tiene su traducción práctica en su TEORÍA DE LA ESPIRAL DEL
SILENCIO. Quienes se sienten portadores de opiniones discrepantes de la mayoría tenderán, por la
presión social del miedo a sentirse aislados o en choque con lo mayoritario bien visto, a silenciar sus
verdaderas opiniones, favoreciendo así la impresión de los que opinan en mayoría, de que su
preponderancia social es incluso más extensa de la existente en realidad. A la inversa, los minoritarios
se sentirán más aislados de lo que verdaderamente están y esto irá creando un proceso de espiral:
las personas de convicciones menos firmes o más indecisas irán adoptando con más facilidad las tesis
de moda y la consideración social de las opiniones minoritarias será cada vez más escasa .
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Nöelle-Neumann utiliza una imagen biológica para referirse a la OP, calificándola de «piel social»,
con las mismas funciones de protección hacia fuera y cohesión de todo lo interior que tiene el tejido
epidérmico en cualquier ser vivo: “Opinión pública, nuestra piel social (...) de una parte significa que
la opinión pública protege a nuestra sociedad como una piel, manteniendo la unidad. De otra, afecta
a los individuos particulares, que cuando sufren los ataques de la opinión pública, sienten la
sensibilidad de su piel social” [citado en Dader: 206 y 207].
La autora adopta un novedoso concepto de «público»:
– se ha identificado con los «asuntos públicos».
– refiere a una situación de público anónimo.
– se ha expresado como equivalente a «sanción»; y este uso de la OP se llamó «control social».
Esta concepción de OP, basada en un rasgo psicosocial supuestamente nuclear del
comportamiento del hombre en sociedad, choca frontalmente con la «concepción crítica» e
idealista de Habermas. Para Nöelle-Neumann, la «opinión pública crítica» u opinión racional sobre
el bien común, surgida del debate democrático, no es más que una invención intelectual mientras
que la poderosa fuerza de la «ley de la opinión o de la reputación» que condiciona a los individuos
comunes es algo que puede ser observado todos los días.
Desde este planteamiento, Nöelle-Neumann arremete contra la exclusiva dimensión política de la
OP.
“Confrontando las concepciones de Habermas y de Nöelle-Neumann merece la pena destacar
algunos rasgos sintéticos de tal oposición.
En el caso de Habermas la opinión pública se analiza prioritariamente en su vertiente y significación
política, se concibe como un espacio estructural – el Espacio Público –, donde pueden coexistir una
opinión pública manipulada y una opinión pública crítica y se expresa éticamente la necesidad de una
«Opinión Pública» ideal o arquetípica, producto del debate racional y libre de todos los ciudadanos
– que constituyen el ámbito público –, para obtener una fundamentación filosófico-política del
Estado social o democracia social-liberal.
En el caso de Nöelle-Neumann la opinión pública se analiza prioritariamente en su vertiente
psicosociológica, aunque de tal vertiente también se hacen depender consecuencias políticas
prácticas (...) Se acepta la existencia de fenómenos de opinión diversos emparentados con la opinión
pública (clima de opinión, corrientes de opinión, etc) pero genuinamente se restringe el término para
identificarse con el control social anónimo de cuya existencia todo particular tiene conciencia y
acepta sus comportamientos. Por último, plantea una actitud resignada o realista que, por oposición
al idealismo de denuncia de Habermas, niega la posibilidad de una opinión pública racional y
dialogante y se queda instalada en la contemplación conservadora de este acrítico e irreflexivo
control social anónimo” [Dader: 208].
Visión de la OP como el simple lugar común de la intersubjetividad social en Luhmann
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“La opinión pública, en pocas palabras, es para Luhmann algo tan básico e inmenso como «la
estructura temática de la comunicación pública»” [Dader: 209]. La OP es tan sólo esa coincidencia
social efímera que considera algún asunto más relevante que el resto.
La función de la OP es simplificar y reducir la complejidad del sistema social: “(...) vuelve a asumir,
como en la concepción liberal clásica, la función de mecanismo-guía del subsistema político
democrático, pero no ya como el proceso de obtención del consenso racional que legitima la acción
de gobierno, sino como los límites temáticos o problemáticos en los que habrá de concentrarse la
acción del Gobierno” [Dader: 210] [marcar agenda].
Para Luhmann, el modo de producirse el consenso social reside en las expresiones hechas o lugares
comunes («word formulas»). Son los medios de comunicación social los que normalmente crean y
sostienen la atención y el diálogo de la gente en torno a unos temas. Los medios serían los
responsables, en gran medida, de la fijación de esos lugares comunes de concentración de la
atención, mediante el proceso de selección de temas – o tematización –, lo que directamente remite
al efecto de «agenda-setting».
Entonces, la función de la OP es eminentemente política; “(...) cumple una función política
democrática en cuanto permite al sistema político contar con un procedimiento reglado e
institucionalizado de autofirmarse y seguir avanzando (...)” [Dader: 214].
“Al comparar esta última concepción con las de Habermas y Nöelle-Neumann puede observarse que,
dependiendo de los aspectos, está más cerca de una o de la otra. Como Habermas, concentra casi
toda su atención en el sistema político y coincide con aquél en la descripción de la pérdida de la
racionalidad dialogante que la concepción liberal suponía en la formación de la opinión pública.
También como Habermas señala a los modernos medios de comunicación social como los principales
directores de la orquesta de la construcción del espacio público. Ambos se fijan en el fenómeno de
la opinión pública de una sociedad industrializada y con repercusión política. Con Nöelle-Neumann
coincide en cambio en la detección de mecanismos psicosociales básicos en la generación de
procesos de opinión pública; así como en la actitud «realista» de describir unas situaciones de hecho,
en lugar de contraponer un idealismo normativo en la línea habermasiana. No llega, sin embargo,
como Nöelle-Neumann, a interpretar el fenómeno de la opinión pública en una clave psicosocial
inherente a la naturaleza humana y en ese sentido similar en una sociedad tradicional o incluso tribal
y en una sociedad superespecializada” [Dader: 214].