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Criminología Clínica y La Nueva Criminologia Critica

La criminología clínica se define como la ciencia multidisciplinaria que estudia de forma individual a los delincuentes para conocer los orígenes de su conducta delictiva y aplicar un tratamiento personalizado con el fin de reincorporarlos a la sociedad. Examina al delito como una conducta anormal y patológica resultado de una personalidad conflictiva. Utiliza métodos como entrevistas con el delincuente, exámenes médicos y psicológicos, e investigaciones sociales para realizar diagnósticos, pronósticos y tratamientos individualizados

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Criminología Clínica y La Nueva Criminologia Critica

La criminología clínica se define como la ciencia multidisciplinaria que estudia de forma individual a los delincuentes para conocer los orígenes de su conducta delictiva y aplicar un tratamiento personalizado con el fin de reincorporarlos a la sociedad. Examina al delito como una conducta anormal y patológica resultado de una personalidad conflictiva. Utiliza métodos como entrevistas con el delincuente, exámenes médicos y psicológicos, e investigaciones sociales para realizar diagnósticos, pronósticos y tratamientos individualizados

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CRIMINOLOGÍA CLÍNICA

CONCEPTO:
BENIGNO DI TULLIO la define como la ciencia de las conductas antisociales y
criminales basada en la observancia y el análisis profundo de casos individuales,
normales, anormales o patológicos. Esta corriente intenta dar una explicación
integral a cada caso, considerando al ser humano como una entidad biológica,
psicológica, social y moral. Se dice que proviene de LOMBROSO. Sus antecesores
son por ejemplo MAUCDESEY, Londres en 1888; FRANCISCO GINER, Madrid en
1899 y DE LOS RIOS, Buenos Aires en 1907.

Según el profesor Benito Almilcar Fleita la criminología estudia las múltiples formas en
que se manifiestan los actos delictuosos y los caracteres fisiopsíquicos del delincuente.
No trata de explicar o establecer el grado de responsabilidad del delincuente, sino de
fijar el grado de temibilidad según el peligro que pueda resultar en su convivencia en
la sociedad.

Técnicamente se puede definir a la Criminología Clínica como la ciencia


multidisciplinaria que estudia al delincuente en forma particular, a fin de conocer
la génesis de su conducta delictiva y aplicarle un tratamiento personalizado,
procurando su reinserción a la sociedad.

Parte del estudio clínico e individual del delincuente, considerándose al delito como
una conducta anormal patológica, de una personalidad conflictiva, con una
determinada problemática de violencia.

Define al delincuente como aquella persona que ha transgredido las normas legales,
sociales y culturales, agrediendo a otra persona o a si misma, debiendo ser objeto de
estudio, tratamiento y rehabilitación.

Según Jean Pinatel, es el estudio del paso al acto, en donde una persona pasa la línea y
comete un hecho calificado como delito, mientras que otros individuos en iguales
circunstancias se detienen y controlan sus impulsos, lo que implica la consideración de
las diferencias entre delincuentes y no delincuentes.

Se le denomina Criminología Clínica porque proviene del griego CLINE: Lecho, cama. El
medico clínico tiene como labor la de observar, diagnosticar, pronosticar al paciente en
la cama. Estos son los grandes objetivos de la criminología clínica.
ANTECEDENTES:
Desde los tiempos de César Lombroso, Rafael Garólofo, Enrico Ferri y demás
investigadores, se emprendió la tarea de diagnosticar y prevenir la delincuencia y el
tratamiento del delincuente, aplicando medidas de profilaxis criminal y tratamiento de
rehabilitación físico-psicosomática, social, ética, educacional y moral, como preconiza
el profesor BENIGNO DI TULLIO. De este modo la criminología clínica contribuye a la
readaptación social del delincuente y de los individuos socialmente peligrosos,
mediante el estudio de la personalidad criminal y antisocial y del medio ambiente
social criminógeneo, que constituye un peligro para la sociedad.

METODOS DE LA CRIMINOLOGÍA
CLINICA:
· Entendimiento directo con el delincuente.

· Examen medico.

· Examen psicológicos para obtener datos sobre la personalidad del


individuo.

· Encuesta social en donde el trabajador social investiga el medio en que se


desarrollo la persona.

El trabajo clínico debe ser interdisciplinario, en términos generales se ha


vinculado con el funcionamiento de las prisiones. Este trabajo da respuesta al que
hacer con el individuo, realizado así el diagnostico pronostico y tratamiento.

METODO CLINICO:
El estudio e investigación científica de biología, neurología, psiquiatría, y medicina
general aplicado a la explicación de las probables causas predisponentes de la
criminalidad, se orientan a obtener los datos e informes relativos al funcionamiento
orgánico, estado neurológico, fisiológico, endocrinológico, somático y mental
aplicados en la investigación criminológica, que pueden relevar las causas anómalas,
patógenas, psicopátogenas anormales, predisponentes de naturaleza endógena o
disposición psicosomática de la personalidad del delincuente y la conducta de los
antisociales, que son estimulados por los factores exógeno del mundo circundante
social o mesológico, en el origen de la criminalidad.
El método clínico se utiliza con acierto por el antropólogo criminalista Benigno Di
Tulio, en la exploración psicosomática del hombre delincuente y del antisocial.

El autor sostiene la existencia de una criminología clínica, como presupuesto del


estudio de la criminalidad.

PELIGROSIDAD DEL DELINCUENTE:


La peligrosidad es un concepto clave de la escuela clínica, que se basa en el supuesto (
que causa llevar a la persona al delito) se puede determinar si los va a seguir
cometiendo y en que medida.

Este concepto tiene dos aspectos :

· La Capacidad Criminal: Que es la cantidad de delito que puede cometer el


criminal.

· Adaptabilidad: La capacidad de adaptación al medio en que vive.

La escuela clínica trata de analizar al delito para establecer un diagnostico,


pronostico y tratamiento. Este es el tema central de esta escuela.

Un diagnostico se utiliza para determinar el grado de peligrosidad de un individuo,


entrando en juego los dos aspectos antes mencionados.

Lo mas importante es el paso al acto y existe 4 fases importante (ITER CRIMINIS):

1. Consentimiento Mitigante: Concibe y no rechaza la posibilidad del delito


del delincuente.

2. Consentimiento Formulado: Donde la persona decide cometer el delito.

3. Estado de Peligro.

4. Paso al Acto: La comisión del delito.

DIVISIONES DE LA CRIMINOLOGÍA
CLINICA:
1 Diagnóstico Clínico Criminológico.-
Partiendo de la base que cada delincuente se trata de una individualidad biológica,
psicológica y social, en donde cada uno llega de un modo distinto a la comisión de la
conducta delictiva y por lo tanto debe ser estudiado, conocido y comprendido desde
su historia familiar como el personal y social, lo cual en definitiva nos podrá brindar un
diagnóstico criminológico en cuanto al perfil de personalidad criminológica y génesis
de la conducta delictiva.

2 Tratamiento individual-familiar.-

Es bastantemente conocido el viejo concepto de que la familia es la célula primaria y


fundamental de la sociedad.

Indudablemente, la influencia de las características intimas en la dinámica del grupo


familiar primario, como la personalidad de los progenitores, las relaciones vinculares,
antecedentes criminógenos, etc marcan hondamente en la formación del ser humano
influyendo en el individuo, dando como resultante, o no a un potencial delincuente o
un delincuente habitual.

Debido a ello, todo tratamiento de rehabilitación no se debe circunscribir en el


tratamiento del delincuente, sino también se deberá extender a su grupo familiar
primario según corresponda.

3 Medidas Preventivas.-

La prevención tiene por objeto tratar de evitar nuevos comportamientos delictivos, la


reincidencia delictiva y la persistencia en la violencia.

Según Benigno Di Tullio, la Criminología Clínica es la ciencia de las conductas


antisociales y criminales, basadas en la observación y el análisis profundo de
casos individuales, sean estos normales, anormales o patológicos.

Según Hurwitz, el delito es un acontecimiento de la vida individual explicado por la


propia individualidad, en donde el delito es el hombre. La Criminología es el estudio
empírico de los factores individuales y sociales sobre los que se asienta la conducta
criminal.

Hurwitz desarrolla un profundo análisis de la base biológica de la criminalidad, de los


factores hereditarios en familias de criminales, de los estudios antropológicos, y
profundiza la importancia de los factores psíquicos de la criminalidad, describiendo las
distintas enfermedades mentales relacionándolas al delito. Las psicosis, neurosis,
psicopatías, anormalidades sexuales, etc.
Sigmund Freud en el año 1.915 publico el artículo “Los delincuentes por sentimientos
de culpa”, explicando que la labor analítica le conduzco al sorprendente resultado de
que las conductas delictivas eran cometidas ante todo por que se hallaban prohibidas
y por que a su ejecución, se enlazaba para el autor un alivio psíquico.

El sujeto sufría un penoso sentimiento de culpabilidad de origen desconocido, donde


una vez cometida la falta, sentía mitigada la presión del mismo. Por paradójico que
parezca, el sentimiento de culpa existía antes del delito y no procedía de él, al
contrario el delito es el que procedía del sentimiento de culpabilidad. Profundizando
su análisis llega a la conclusión de que este sentimiento de culpabilidad proviene del
complejo de Edipo.

Según Freud, los niños cometen travesuras para llamar la atención y atraerse un
castigo, luego de este, quedan tranquilos, donde el castigo sirvió para satisfacer sus
necesidades de autocastigo, emanados de la sensación de culpabilidad que provocan
otras faltas más graves.

Freud también habla de los delincuentes adultos que cometen delitos sin sentimientos
de culpa. Señala que estos sujetos no han desarrollado inhibiciones morales o creen
justificada su conducta por su lucha contra la sociedad, refiriéndose así hacia los
actualmente denominados personalidades Psicopáticas.

Posteriormente, en el año 1.923 edita su artículo “El yo y el ello”, en donde fundamenta


su teoría de conformación del aparato psíquico del yo, super-yo y el ello,
bastantemente conocido por todo aquel que ha desarrollado estudios básicos de la
criminología.

Por su parte Alfred Adler fundamenta sus teorías en tres postulados principales, el
sentimiento de inferioridad, los impulsos de poderío y los sentimientos de comunidad.

ASPECTOS CRIMINOLOGICOS DEL


DELITO:
En todo estudio Criminológico del delito, parte de la base del análisis en función de la
personalidad y de su contexto social, debido a que el individuo se adapta al medio
social a través de su conducta y la intencionalidad de la misma constituye un todo
organizado que se dirige a un fin.

Una conducta agresiva, es la propia expresión de la psicopatología particular del


delincuente, de su alteración física, emocional y social, en donde el delincuente
proyecta sus conflictos a través del delito.
La conducta delictiva posee una finalidad, que es indudablemente la de liberar
tensiones, en donde dicha conducta es siempre la respuesta al estímulo configurado
por la situación total, como defensa, en el sentido de que protege al organismo de la
desorganización.

El delito es una conducta concreta y simbólica, donde uno de los elementos más
importantes para el Criminólogo es precisamente su análisis como factor simbólico, en
donde el delito se muestra como un síntoma, es decir una forma de exponerse al
exterior como una defensa emocional del sujeto, como medio para no caer en
disgregación de la personalidad.

El detallado estudio y análisis de la conducta delictiva, nos revela muchos aspectos de


la personalidad del sujeto, pero no nos explica por qué ese hombre cometió la
conducta asocial. Para conocer dicha respuesta, se hace necesario investigar la historia
de vida del individuo, sus rasgos de personalidad, perfil criminológico, antecedentes
criminológicos individuales y familiares, su ámbito social, geográfico, cultural, etc. es
decir, todas las circunstancias de vida del sujeto, su grupo familiar primario y social
desde que nació hasta el ahora.

Preguntas clásicas tales como:

¿Que sucedió? ¿Que conducta? ¿Que delito? ¿Que víctima? ¿Relación víctima-
victimario. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Donde? ¿Con qué? ¿Por qué? Deben ser investigadas
y respondidas.

En el marco de la Psicopatología criminal, la personalidad psicopática es la de


mayor significación y la más frecuentemente encontrada en los establecimientos
carcelarios.

Por supuesto, dentro de la población penal no solamente es posible detectar una


personalidad psicopática pura, sino también aquellos que contienen dentro de su
personalidad, una conjunción de elementos con rasgos de psicopatía, juntamente con
otras destacables características de tinte psiquiátrico y psicológico como perfil
criminológico.

Sin ahondar mucho en su análisis y descripción, básicamente su conducta se


caracteriza por una gran insensibilidad hacia los demás y muchas veces con un tinte
del tipo agresivo.

Antiguamente estos eran conocidos como locos morales, que se caracterizan por su
insensibilidad afectiva y moral, gozando al ocasionar daño al otro.
Es una personalidad asocial altamente agresiva e impulsiva, que carece de sentimiento
de culpa, incapaz de crear lazos afectivos duraderos. Se muestra frío y carente de
compasión, utilizando a las personas como objetos para su placer, terminando en
explosiones agresivas.

Sin explayarse en demasía en el tema, presenta las siguientes características:


Inmadurez de la personalidad. Incapacidad para adaptar su comportamiento a las
normas sociales o de grupo. Incapacidad de regir su comportamiento por pautas
morales.

Conducta agresiva e insensible desde la infancia. Tendencia a la satisfacción inmediata


de sus caprichos.

Falta de sentimiento de culpa. Incapacidad de afectos duraderos y profundos.


Mitomanía y mundo fantástico. Marcada inestabilidad en todas sus conductas con
dificultades del pensamiento lógico y enorme facilidad de pasar a la acción.
Desconexión del juicio de la realidad, facilitando la experimentación de fantasías y
ansiedades persecutorias.

Su lenguaje es cortado, concreto, autoritario. Fuerte sentimiento interno de minusvalía.


Hiperactivo con mucha energía que desea desenfrenadamente liberar. Marca su
cuerpo con cortes, autolesiones, lesiones o tatuajes destacados, etc exponiéndolas
como signo de identificación e inconscientemente como signo de autodestrucción. Etc.
LA NUEVA CRIMINOLOGÍA CRÍTICA.
La criminología crítica es entendida como aquel movimiento no tan homogéneo del
pensamiento criminológico contemporáneo que busca la construcción de una teoría
materialista de la desviación y que tiene en cuenta instrumentos, conceptos e
hipótesis elaborados en el ámbito del marxismo.

La criminología crítica opone un enfoque macrosociológico a uno biopsicológico del


comportamiento desviado, evidenciando su relación funcional o disfuncional con la
estructura social, superando de esta manera el paradigma etiológico de la vieja
criminología.

BARATTA señala: “la criminalidad no es una realidad ontológica de


determinados comportamientos y de determinados individuos, sino que se revela
mas bien como un status asignado a determinados individuos por medio de una
doble selección: en primer lugar, la selección de los bienes protegidos
penalmente, y de los comportamientos ofensivos a estos bienes considerados en
las figuras penales; en segundo lugar, la selección de los bienes estigmatizados
entre todos los individuos que cometen infracciones a normas penalmente
sancionadas”.

En los últimos tiempos, el derecho penal se convirtió en el objeto de estudio principal


de la criminología crítica por ser aquel un instrumento injusto, desigual, reproductor
de desigualdades, creador de más problemas respecto de los que resuelve, etc. Ello en
razón a que, como señala MARTÍNEZ “la criminología crítica ha propuesto reducirlo o
abolirlo [el derecho penal]. De allí han tomado el nombre las corrientes que a su interior
hoy encontramos: el Reduccionismo y el Abolicionismo. A su vez, la reducción del
derecho penal ha sido formulada de manera diferente y por tanto al respecto se han
delineado dos corrientes: el Neorrealismo de Izquierda y el llamado Derecho Penal
Mínimo”.

Se ha señalado que al interior del Reduccionismo encontramos las siguientes


corrientes:

El Neorrealismo de Izquierda a diferencia del movimiento “Realista de Derecha”


que tanto en Estados Unidos de Norteamérica como en Inglaterra, a comienzos de
los años ochenta exigía más represión contra la criminalidad de la clase obrera y
las minorías étnicas.

Algunos aspectos que esta tendencia son:


· Se debe regresar al análisis de las causas del delito, para los que
propugnan esta teoría la pobreza no es el único factor para la comisión de un delito
sino que existen otros valores como el individualismo, la competitividad, etc.

· Conciben al delito como un problema real, principalmente para los


grupos más que menos tienen.

· Es tarea fundamental regresar al estudio de la víctima.

· Sobre el control penal propone: la reducción del control penal y extensión


a otras áreas (minimalistas), reinserción del delincuente (en lugar de marginar en la
prisión deben buscarse alternativas a la reclusión), disuasión preventiva (organización
de los “grupos de cooperación ciudadana”), defensa de la prisión (ésta debe darse sólo
para casos extremos en el que el infractor represente un grave peligro para la
sociedad).

El Minimalismo que se desarrolló en Europa del Sur y en América Latina, busca que se
cumplan los principios del pensamiento penal liberal: en el sentido original del
iluminismo, la transformación radical del sistema penal en un “derecho penal
humanitario(FERRAJOLI) , o como reducción progresiva del derecho penal con la
perspectiva de una reorganización general de la respuesta institucional a los
problemas y conflictos sociales, de manera que se supere el actual sistema de justicia
penal (BARATTA).

Las propuestas político-criminales de esta tendencia son:

· La mejor política criminal implica la transformación de la sociedad; es


decir, consideran que una política criminal alternativa es una política de radicales
transformaciones sociales e institucionales para el desarrollo de la igualdad y de la
democracia.

· Proponen discriminalizar una variada cantidad de conductas prohibidas,


pero extender y reforzar la protección penal a intereses colectivos (salud, seguridad de
trabajo, etc.). Proponen que la abolición de la justicia penal se de, pero previo paso
ellos defienden las medidas alternativas (libertad incondicional, arresto de fin de
semana, etc.) a fin de que las penas se hagan menos dolorosas y marginalizantes y
para que el condenado no pierda el contacto con la sociedad a la que se le pretende
reintegrar. Esta tendencia rechaza el mito de la resocialización y postula redefinir el
concepto de tratamiento como “servicio” en el sentido que la detención debe
transformarse en compensaciones de carencias padecidas antes del ingreso.

· Un nuevo derecho penal a corto plazo. Para el restante derecho penal se


han formulado principios (principios intrasistémicos –en este encontramos a los
principios de limitación formal, principios de limitación funcional y los principios de
limitación personal o limitación de la responsabilidad penal- y principios
extrasistémicos –este se divide en dos: principios extrasistémicos de descriminalización
y principios metodológicos de la construcción alternativa de los conflictos y problemas
sociales-) con los que se garantizaran los derechos humanos fundamentales. Lo que
pretenden es que dichos principios se apliquen realmente pero no para mantener la
desigualdad o dominación sino para que el derecho penal sea también un instrumento
de la lucha de los sectores que han sido oprimidos por él, para democratizar las
instituciones y para hacer menos difícil las transformaciones radicales de la sociedad.

El abolicionismo efectúa una crítica radical a todo el sistema de justicia penal y plantea
su reemplazo. Existe poco consenso entre los autores considerados abolicionistas, ya
que algunos ven al sistema penal como superfluo o innecesario que podría abolirse sin
generar una crisis del sistema (HULSMAN), otros piensan que el sistema penal es la
piedra angular de la represión y cuya abolición implicaría necesariamente la
transformación de la sociedad como un todo (SCHEERER).

Son diferentes sus imputaciones hacia el sistema penal (sistema inútil, sistema de
“utilidad latente”). Además existirían diferentes razones para abolirlo: es anómico (las
normas del sistema penal no cumplen las funciones esperadas), la prisión no es sólo
privación de libertad (ella representa también un cambio radical en su vida, pues se le
priva del trabajo, de la familia, etc.); al sistema no le interesa la víctima (los intereses de
la víctima ocupan un lugar secundario o a veces ni siquiera ocupan ningún lugar, y a la
víctima se le “roba” el conflicto y la víctima del delito resulta siendo víctima del sistema
penal); en fin estas son algunas de las razones que los abolicionistas propugnan para
precisamente abolir el sistema penal.

LA CRISIS DE LA CRIMINOLOGÍA
CRÍTICA
LARRAURI nos menciona sobre la crisis de la criminología crítica que “la década de los
ochenta fue para la criminología crítica una época de confusión, división y
desánimo. Confusión, debido a las consideraciones producidas por las ideas de los
setenta y recuperar algunas de ellas y la necesidad de recuperar nuevamente
el labelling approach; división, por la aparición de las tendencias en la criminología
crítica realistas de izquierda, abolicionistas y minimalistas) y desánimo, porque los
grandes objetivos de la transformación social esperada parecen fuera de alcance (las
alternativas a la prisión originan la reacción de una sociedad disciplinaria)”.

A manera de conclusión, debo decir que efectivamente es demasiado importante que


se de el debate sobre el derecho penal; y tal como se ha podido observar dentro de la
criminología crítica existen diversos matices al respecto, pero que es necesario analizar
los pros y contras de estas tendencias a fin de obtener las propuestas positivas de las
mismas.

En ese camino claro que es esencial salir de las bibliotecas y analizar las fuerzas
sociales-políticas reales para comprender si verdaderamente el abolicionismo es
posible o no. Por ahora la posmodernidad nos trajo un auge punitivo y no un
minimalismo o un abolicionismo como propugnaba la criminología crítica o moderna.

Quizá lo más probable es que el abolicionismo sea impracticable, pero yo no podría


quitarle su inmenso poder crítico que ha develado muchísimos de los defectos
estructurales de la administración de justicia penal.

CRIMINOLOGÍA CRÍTICA Y
GARANTISMO PENAL
Se analizan ciertos aspectos generados en la reflexión criminológica sobre los
fundamentos del Garantismo Penal, especialmente la referencia al contrato social en
tanto sustrato de legitimación de la potestad punitiva del Estado. Los argumentos
giran en torno al cuestionamiento de algunos postulados básicos del Garantismo que
pudieran parecer contradictorios con el carácter crítico de la Criminología y en su
limitación como mecanismo pacificador del conflicto social. Se destacan finalmente, la
validez del Garantismo como teoría que determina los límites del poder punitivo frente
al régimen de libertades establecidas por el Estado de Derecho, la contingencia de la
justificación de la pena cuya racionalidad se deriva de la minimización de la violencia,
un concepto de seguridad fundamentado en la dignidad humana y la necesidad de
propuestas alternativas a las políticas criminales que tomen en cuenta criterios de
interpretación del conflicto social capaces de superar la artificialidad regulatoria de la
reacción punitiva.

CONSIDERACIONES PREVIAS
Las nuevas tendencias del control social, que parecieran exacerbar la diversidad
cultural, pero al mismo tiempo, promover la exclusión de los sectores menos
beneficiados cultural y materialmente; así como la profundización de la violencia
cotidiana en nuestro ámbito geográfico (Briceño, 1999; Pérez Perdomo, 2002) ameritan
la continuidad de un trabajo crítico por parte de la Criminología.
El hecho de que la Criminología asumiera la posición crítica, permitió establecer las
relaciones de la desviación y el delito con el ejercicio del poder, con el Estado y en
general, con el hecho político. Así, en contra del discurso instrumental manejado por la
Criminología y la ciencia Penal tradicionales, las teorías criminológicas críticas
cuestionaron la idea del consenso en la que se fundamentaba el orden social,
advirtieron que las sustentaciones filosóficas y jurídicas de la pena se formulan en
forma distanciada de una ponderación real del ejercicio del poder penal del Estado y
evaluaron los costos sociales y materiales de la pena privativa de libertad y su fracaso
como instrumento de intimidación y/o de resocialización. A estas consideraciones, se
adicionó el estudio del problema estructural de la selectividad del sistema penal,
demostrando que las conductas delictivas se contraen a un ámbito específico de lo
criminalizable, el cual es coincidente con la población menos beneficiada del sistema
socioeconómico, haciendo énfasis en el análisis de aquellas conductas relacionadas
con delitos económicos, abusos de poder, ilegalismos del Estado, prácticas de castigo
extrajudiciales, etc.

La postura crítica se fundamentó, no en el mejoramiento de las instituciones de


control, sino en su negación: Para los criminólogos críticos el sistema de control social
tenía un éxito permanente, en cuanto su máximo objetivo consistía en la dominación y
represión de las clases sociales menos favorecidas o disidentes políticamente (Cohen,
1988) por lo tanto, lo que se imponía era un cambio radical en la política de control
tanto en la sociedad como en el sistema penal.

La afirmación principal consistió en que el control conduce a la desviación y no la


desviación al control. En este sentido, la ley y todos los mecanismos e instituciones de
regulación, están íntimamente unidos en función de mantener el orden y la disciplina,
lo que garantizarían unas determinadas relaciones de poder y en las que el cuerpo de
conocimientos aportado por la Criminología Positivista sirvió como ideología
legitimadora.

La Criminología, al asumir el paradigma de la teoría critica, adopta una orientación de


carácter socio-político que trasciende de los dominios doctrinarios hacia la praxis
social, al estilo de la escuela de Franckfurt:

A diferencia de la vieja Criminología, la teoría crítica del control social aspirará a


quebrantar el orden ideológico que ha construido una falsa ciencia del crimen y del
criminal, y a combatir, pues, tanto en la teoría como en la práctica (...) las formas
ocultas de la dominación (Aniyar de Castro).

La disciplina, entonces, se estructuró con relación a una perspectiva macrosocial y


política, abordada desde la interdisciplinariedad, ubicando su referente óntico en el
control social en su sentido más amplio (espacios, instancias, agencias; formal e
informal).

El objeto de la investigación criminológica ya no se encontrará en las condiciones


naturales o sociales del crimen, ni dependerá de la naturaleza anormal del criminal,
sino en la reacción social, institucional o formal y en los procesos de criminalización
primaria y secundaria, aspectos en los cuales el tema del poder es concurrente.

Por lo tanto, el método según el cual se aborda el conocimiento del problema criminal,
amerita de un vínculo político que se expresa, tanto en la gestión del objeto de
estudio, como en la necesaria relación entre ciencia y sociedad, que podríamos
comparar al vínculo funcional que existe entre democracia y jurisdicción.

De esta manera, unificación de conocimientos y combinación de ciencia y praxis,


conformaron una doble justificación de la nueva propuesta, en donde la Criminología
no actuara como ciencia auxiliar aportando lineamientos técnicos para el control bajo
un modelo legitimador; si no por el contrario, cuestionando el sistema de coerción
penal y promoviendo formas alternativas de control social, bajo un modelo de
emancipación.

CRIMINOLOGÍA CRÍTICA Y
GARANTISMO PENAL. CONTENIDO.
Entrado el siglo XXI, el eje central de la discusión continúa girando alrededor del
control social. Sin embargo, los planteamientos sustentados por diferentes autores
discrepan en cuanto al contenido del mismo, evidenciándose nuevamente la
heterogeneidad de criterios que han complejizado la elaboración teórico-conceptual
del problema criminal.

Tal como afirma Cohen, el concepto de control social es un concepto problemático,


cuyo significado puede abarcar ámbitos tan dispares como la política y la sicología; por
lo cual resulta difícil determinar las dimensiones en las que se restringe el concepto y
por lo tanto, otorgarle un sentido específico.

La complejidad de sus referentes tiene una correlativa incidencia en la delimitación


epistemológica de la Criminología, tanto en lo que refiere al objeto de estudio
propiamente dicho, como en relación con las interpretaciones que del mismo puedan
verificarse al interior de sus planteamientos.

El problema de la elaboración de una teoría sobre el control social pareciera haber


dado lugar a un agotamiento del discurso crítico en los momentos en que se ha
intentado delinear propuestas para el ejercicio del control social, en el sentido de que
lo que está al centro de la discusión criminológica es básicamente la problemática de
la fundamentación y la estructuración de mecanismos alternativos para la resolución
de los conflictos.

Así, algunos autores afirman que la Criminología Crítica no ha logrado superar los
postulados cognitivo-instrumentales que conducen al positivismo científico:

“Un cierto retorno positivista lo constituye(...) el garantismo y las posiciones que desde
el derecho penal revalorizan los principios primigenios del liberalismo y que, por la
crisis de los grandes relatos, acaparan la atención de la llamada Criminología Crítica”
(Delgado).

En este sentido, se cuestiona la idea del interés general seguida por los enfoques
progresistas de política criminal, donde se destaca la teoría garantista de Ferrajoli, a los
cuales se adscribe la Criminología Crítica, como “una idea incestuosa” del consenso
derivada del contrato social.

La aparente contradicción que suscita el haber tomado los principios demo liberales
del derecho penal (que constituyen las premisas del garantismo penal) como
estrategias de racionalización del control social puede fundamentarse en los siguientes
aspectos:

1. La consideración de que la visión del contrato social como producto del consenso
supone la aceptación de la violencia burocrática. El control social formal, materializa la
burocracia estatal a través de la violencia, materializando el mandato autoritariamente.
Así, el asentimiento social sólo es posible ante el peligro de la exclusión, lo que
convierte al sistema y a sus postulados en un sistema terrorista.

2. El principio de legalidad, entendido como el principio de la unidad de la razón


jurídica, sería inadmisible para un modelo alternativo de control social por cuanto
parte de la abstracción del ser humano como individuo portador de conductas
catalogadas arbitrariamente como desviadas o criminales, sin entrar a considerar las
situaciones de vulnerabilidad de los individuos concretos o la propia fenomenología
social que incide en ciertas situaciones problemáticas como, por ejemplo, el caso del
narcotráfico.

3. La referencia al derecho penal, a sus limitaciones y a la posibilidad de darle un nuevo


significado, pareciera agotar el tema de la regulación social en el plano estrictamente
jurídico penal, a pesar de estar al corriente de que el ejercicio del poder penal no se
agota en los sistemas punitivos formales, (ya que existe un amplio espacio de
actuación subterránea) ni cada una de las agencias que lo conforman se apegan a la
misma lógica funcional. Es importante recordar que la tendencia crítica
latinoamericana, desarrolla su análisis principalmente en las consecuencias de la
violencia institucional, en cuanto éstas se dirigen a la fractura entre los mecanismos de
control social y los valores éticos y jurídicos, que sustentan la legitimidad del control
dentro de una sociedad organizada políticamente en el modelo democrático, y que
origina en gran medida la irracionalidad del sistema penal; lo que permitió aclarar la
recurrente contradicción entre los supuestos jurídicos constitucionales (que consagran
las garantías individuales e informan la seguridad jurídica de los ciudadanos) y las
prácticas concretas de política criminal violatorias de tales principios. Esto constituye
un indicador no sólo del carácter ideológico de las justificaciones políticas y jurídicas,
sino también, de la falta de coherencia del sistema penal. La complejidad en la que se
desenvuelven los sistemas penales deriva en una participación caótica de las distintas
agencias penales y extrapenales cuyos límites e intenciones no siempre son los
declarados por el orden jurídico (Leal y García, 2004).

En este orden de ideas, observamos que, en efecto, el garantismo penal admite la


justificación del Estado en los mismos términos en que lo hacen las teorías
iusnaturalistas clásicas bajo la ficción del “contrato social”, dándole un carácter óntico a
lo que es reconocido como una invención útil para explicar las relaciones sociales, sin
considerar las relaciones de poder que subyacen en la formación histórica del ente
público.

Al mismo tiempo, justifica la expropiación de la acción de la víctima y el monopolio del


ejercicio del poder punitivo por parte del Estado, como un proceso “civilizador” del
conflicto social, a pesar de admitir la deslegitimación de los sistemas penales que hasta
el momento subsisten en el ámbito histórico concreto. No obstante, toma la venganza
privada como un dato antropológico que implica un estado de barbarie cuyos escollos
salva la intervención del Estado mediante la pena.

En términos generales, la teoría Garantista está basada en un utilitarismo penal


reformado según el cual, la pena debe contener una doble significación, esto es, que la
pena no sólo debe asumir como finalidad la prevención de los “injustos delitos”, sino
igualmente la finalidad de prevenir “las injustas penas”, es decir, minimizar la reacción
violenta hacia el delito (Ferraioli).

Tal fundamentación del derecho a castigar merece el siguiente cuestionamiento:

Desde la perspectiva garantista, la pena no representa para la víctima un resarcimiento


del daño causado sino que implica una garantía de “protección” que otorga el Estado
al ofensor, pero que en última instancia conlleva un mal que coercitivamente se
inflinge a quien ha causado un daño.

Si se toma en cuenta que esta propuesta sobre los fines de la pena se concreta sobre
una negación de la venganza, ¿cuál sería su fundamento como forma de evitar un mal
mayor en contra del agresor, sino el propio carácter vindicativo derivado del derecho
primitivo de defensa, si al mismo tiempo que la pena se admite como aflicción, no se
elabora ningún argumento en el que se considere la necesidad de reparación de la
situación jurídica infringida por la agresión que da lugar al delito?

Resulta innegable -a pesar de que el garantismo toma el derecho penal como un


sistema formado por axiomas y reglas que puede legitimarse por una congruencia
interna- que la necesidad de su validación como forma de control social no puede
explicarse recurriendo únicamente a la metáfora de la “pacificación de los conflictos”
para prevenir la barbarización de la sociedad, sin tomar en consideración las
expectativas legítimas de quienes se ven eventualmente afectados por una agresión.

De tal forma, la doctrina de justificación penal garantista se enfrenta a la paradoja de


aceptar un carácter vindicativo de la pena en cuanto sugiere que la aflicción impuesta
dentro de ciertos límites “pacifica” las expectativas de la mayoría no desviada mediante
la satisfacción de la venganza sin resolver el cuestionamiento sobre la naturalidad del
castigo o de admitir, que el sustrato histórico por el que se legitima la existencia del
derecho penal es simplemente un recurso teórico que poco tiene que ver con la
realidad.

En este sentido, otras propuestas como la del Abolicionismo, parecieran satisfacer con
mayor pertinencia las premisas de deslegitimación de la intervención pública penal,
mediante su sustitución por un sistema de compensaciones y la privatización del
conflicto delictivo. Sin embargo, tales propuestas comportan el peligro de una latente
desproporción de las reacciones, la incertidumbre de las definiciones extralegales y la
extensión de la vigilancia social.

Por otra parte, en cuanto la deslegitimación del sistema penal supone, tanto la
incongruencia de los fines declarados con sus funciones reales y la perversión de sus
mecanismos, como el cuestionamiento de los criterios de “normalidad” que definen las
desviaciones; es de considerar que su abolición estaría condicionada a la
transformación de la sociedad hacia estadios de igualdad en los que emerja una
normalidad alternativa y, consecuentemente, a la extinción del Estado, lo cual se
enmarca en una utopía, que si bien es considerada por las teorías críticas sobre la
sociedad y el Estado y que sin dejar de ser valiosa para la comprensión y la explicación
de los conflictos sociales, resulta incierta, especialmente si es impulsada únicamente en
función del cuestionamiento del control social formal y de la construcción de modelos
alternativos de justicia penal.

En este sentido, dejando a salvo las críticas hechas a la justificación de la pena de la


teoría Garantista, no podemos obviar que la realidad histórica concreta nos obliga a
reconocer la existencia del Estado y del monopolio del poder punitivo, que no por azar
está sometido a una serie de límites impuestos como garantías de la libertad
ciudadana. Tomando en consideración que la delimitación del poder penal comienza a
sostenerse a partir de la modernidad, desde un punto de vista normativo, adquiriendo
el status de derecho monopolizado por el poder público y regulado mediante los
principios demoliberales recogidos en las legislaciones positivas, generalmente con
rango constitucional.

Esta circunstancia no ha garantizado su racionalidad, pero sí comporta la posibilidad


de identificar los sistemas penales paralelos y de adecuar la función punitiva a la
sujeción de dichas regulaciones. En este sentido, es de considerar que la teoría
Garantista asume su carácter inevitablemente ideológico como una doctrina que es
impuesta por su correspondencia humanista pero que es siempre contingente; es
decir, que necesariamente, para lograr su legitimidad, el derecho penal debe proveer a
los sistemas penales concretos la posibilidad de adaptación a criterios cada vez más
cerrados de intervención punitiva frente a las agresiones a bienes jurídicos,
especialmente desde el punto de vista de la definición de los delitos; y contraer la pena
a sus postulados minimizantes.

La referencia jurídica de la pena y los límites del derecho a castigar, se deben vincular
entonces tomando como concepto central a la pena en su sentido negativo: como
todo acto de poder que implica la inflicción de un dolor fundado en el derecho vigente
o realizado fuera de él por agencias del poder público o por iniciativas privadas
(Zaffaroni). De tal forma, que frente a la expansión de mecanismos informales o
subterráneos o abiertamente contrarios a las garantías y derechos ciudadanos, pueda
activarse la normativa limitadora del derecho penal y argumentarse la irracionalidad de
aquellas reacciones.

Por lo tanto, mas allá de tomar el Estado de Derecho como una cubierta ideológica
que se legitima a sí mismo, es preciso valorarlo como un programa normativo
fundamental y concreto, útil para alcanzar la vigencia efectiva de los derechos
humanos.

Lo anterior es pertinente, tomando en cuenta que además del sistema de garantías


que se imponen como obligaciones del Estado, la introducción de los derechos
sociales, económicos y culturales en las constituciones contemporáneas, impone
igualmente obligaciones de actuación en la distribución equitativa de bienes y
servicios.

No obstante, no es posible desconocer la persistencia de las desigualdades materiales


ni pretender que el camino para superarlas se agota en las expresiones formales de la
ley, por lo que, si bien el modelo penal garantista constituye una referencia ética y
política para una interpretación más racional de las funciones y fines del derecho
penal, así como del ejercicio del poder punitivo, su relación con el modelo analítico
crítico involucra su inserción dentro de un esquema de control social que abarque
también aquellas políticas e iniciativas que se relacionen con toda intervención social
de distribución de la seguridad.

LÍMITES EPISTEMOLÓGICOS DE LAS


PROPUESTAS DE POLÍTICA
CRIMINAL ALTERNATIVA
La seguridad (entendida como la posibilidad cierta del disfrute y la tutela de bienes
jurídicos y derechos), ha tenido un substrato ideológico que priva en la percepción de
lo asegurable y en la construcción de la desviación, que contribuye significativamente
en la identificación de los grupos social y políticamente más débiles con las conductas
dañosas.

Esto puede dar lugar al establecimiento de políticas criminales encubiertas bajo el


manto de las políticas sociales y precisamente una de las tareas de la Criminología
Crítica consiste en llamar la atención sobre estas situaciones. Al respecto, la propuesta
de que la función pública punitiva no puede estructurarse al margen de “una política
integral” de derechos fundamentales, no significa asignarle a la política criminal un
campo de acción con límites indeterminados, sino por el contrario, exigir la no
reconstrucción del conflicto social en términos de conductas delictivas y .establecer
lineamientos en los cuales se minimice la violencia punitiva

“Aunque no se quiere negar que el derecho penal representa una condición necesaria
para el control y la limitación de la violencia punitiva, que en el estado actual de las
cosas, va mas allá de los límites del derecho penal en lo se refiere a muchos aspectos,
no se debe resignar a hacer de aquél una condición suficiente. Es necesario salir del
impasse evitando, en primer lugar, el círculo vicioso del eficientismo penal y, en
segundo lugar, la criminalización de la política social” (Baratta,).

Esto es consecuente con la delimitación conceptual y política del alcance jurídico de la


seguridad en un sentido apegado a los criterios constitucionales, en tanto todos los
individuos que se encuentran dentro de una determinada jurisdicción son sujetos de
derechos y como tales, deben tener la posibilidad cierta de ver satisfechas sus
necesidades y derechos fundamentales.

Esta propuesta, introducida por Baratta denominada la Política Criminal de la


Constitución, y que también tiene su premisa inicial en la deslegitimación de los
sistemas penales, contiene al mismo tiempo los postulados básicos del garantismo
penal, pero problematiza las condiciones sociopolíticas sobre las cuales ha
evolucionado el Estado, afirmando que la legitimación del derecho penal y sus
mecanismos, sólo puede tener lugar dentro un contexto de equidad social.

El establecimiento de las condiciones que potencian el desarrollo humano es una


premisa que atiende a la legitimidad de cualquier noción sobre el pacto social, pero
que no puede dar lugar a una reinterpretación de las políticas públicas, bajo el signo
de la prevención delictiva o de profilaxis social. esto comportaría los siguientes
peligros:

· Considerar que únicamente los excluidos son los portadores de las


conductas delictivas y olvidar el carácter selectivo del sistema penal.

· Suponer que la eliminación de los procesos de exclusión material y


cultural lograría la eliminación de las situaciones problemáticas que dan lugar a los
procesos de criminalización, sin tomar en cuenta que esos procesos de criminalización
son también mecanismos de exclusión, en el entendido que las reacciones punitivas
(formales o informales) han sido concebidas desde la perspectiva de la defensa social,
de la exclusión del trasgresor.

· Señalar que el mejoramiento de las condiciones de vida de la población,


a partir de políticas integrales de prevención conduciría a la eliminación del delito,
implica entender a éste, en los mismos términos en que lo hace la criminología
etiológica, cayendo en un reduccionismo positivista. Si bien es cierto, que la
satisfacción de las necesidades materiales y culturales puede dar lugar a una
disminución de la conflictividad social, esto no conlleva necesariamente a establecer
una relación directa de tipo causal entre la población excluida y la ocurrencia de la
criminalidad.

De tal forma, que desde la consideración de la seguridad como un derecho


fundamental (que supone la realización de la gama de derechos humanos) se
desprenda una política de seguridad mas allá de una política criminal eficientista o de
“lucha contra la criminalidad”, donde la inclusión social implique la definición de
estrategias basadas en una interpretación adecuada del conflicto social.

CONCLUSIONES
· El encuadre metodológico del modelo analítico crítico con el garantismo
penal puede justificarse, tomando este último como una herramienta cognoscitiva que
provea criterios para la aprehensión del ejercicio del poder penal, donde la
Criminología ejerza hegemonía sobre el problema estudiado, mediante su
contextualización política y realice su función meta discursiva.
· De tal manera, que la respuesta concedida para el futuro de la
Criminología se encuentra en su función específica de eje del proceso reflexivo dentro
del conjunto de las ciencias penales y de los sistemas de control, discurriendo sus
reflexiones en la configuración de los valores constitutivos de la democracia y la
profundización de la participación política ciudadana, en aras de crear un acercamiento
entre la ciencia y la sociedad.

· Pese a las críticas que se le han hecho a la teoría garantista, basadas en


una reorientación iusnaturalista de la pena y de la concepción del Estado derivada del
contrato social, sus postulados deben insertarse en una interpretación dinámica de los
derechos humanos, en donde la legitimación de la justicia penal pase por la ampliación
de nuevos espacios de realización de los derechos políticos, civiles, sociales,
económicos y culturales, que se traduzcan en mayor participación y en el goce efectivo
de las garantías. En este sentido, es menester mantener en perspectiva la posibilidad
de articular alternativas a la política criminal, aunque ésta se mantenga dentro de los
límites garantistas; tomando en cuenta que el concepto de delito y/o criminalidad
constituye una invención vinculada a la existencia de instancias centrales de poder.

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