Consideraciones generales
El origen de la concusión se remonta a los tiempos de la República
romana. El derecho romano republicano estableció, mediante la Lex
Julia (que formó parte de la legislación conocida como las Doce Tablas),
sanciones pecuniarias para los funcionarios que cometían concusión. La
referida ley consagraba el título de pecuniis repetundis o crimen
repetundarum para describir este delito, cuya única sanción consistía en
obligar al funcionario punido a devolver el valor duplicado de lo
indebidamente recibido[1].
En el delito de concusión[2] nos hallamos ante un tipo especial de abuso
del cargo, orientado a la obtención ilícita de bienes o beneficios
patrimoniales mediante el uso de la coacción y del convencimiento en
tanto medios facilitadores de la consumación típica del delito. Se trata,
así, de un ámbito de delincuencia facilitado en uno de sus extremos por
el denominado metus publicae potestatis (“miedo al poder público”), que
el sujeto activo se esfuerza por lograr[3].
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En opinión de Francesco Carrara, la concusión constituye el hecho
especial de los que obtienen lucro de otros. Si para obtener el lucro
indebido — decía el maestro italiano— se amenaza solamente con el uso
de la fuerza privada, no hay delito contra la justicia pública, sino que se
originan los títulos de extorsión o de hurto violento; pero cuando el temor
resulta de la fuerza pública, el objeto predominante se encuentra en el
medio empleado. Como este objeto consiste en la justicia pública, a la
que todos los ciudadanos tienen derecho, el delito se convierte en
social[4].
En líneas generales, la Sección del Código Penal en la que figura el delito
de concusión recoge una serie de figuras delictivas cuyo patrón
generalizador (o fundamento material del injusto) viene a constituir el
prevalimiento del cargo funcional, con la particular concurrencia de una
afectación a los intereses de los particulares, como se desprende de los
delitos de concusión y de cobro indebido[5].
Existen dos clases de concusión: la propia y la impropia. Es concusión
propia cuando el agente es autoridad, es un funcionario quien amenaza
con el uso de autoridad verdadera; es concusión impropia cuando el
agente es un particular y la autoridad que amenaza usar es simulada.
Naturalmente, en ambos casos subsiste en el sujeto pasivo el temor del
poder público[6]. En esencia, la concusión es el enriquecimiento sin causa
legal del funcionario que emplea métodos extorsivos para lograrlo. Lo
que se pretende castigar, en términos de Manzini, es la ávida
procacidad de los funcionarios[7].
En resumen, se denomina concusión al hecho del funcionario o servidor
público que, abusando (dolosamente) de su calidad o de sus funciones,
constriñe o induce a alguien a dar o a prometer indebidamente, a él o a un
tercero, dinero u otra utilidad económica (artículo 382 del Código
Penal peruano). En sus dos formas típicas (de “inducción” o de
“obligación”), la concusión consiste en la extorsión o la estafa del
funcionario público[8]. Si lo que enriquece al funcionario público le era
“legalmente debido”, habrá empleado abusivamente del poder que
ostenta, pero no habrá incurrido en concusión. Por esto es bienvenida en
esta tipicidad penal la advertencia que califica el enriquecimiento por
parte de su autor.
La Corte Suprema de la República, a través del Recurso de Nulidad 3448-
2004, Ancash, en su considerando octavo, ha conceptualizado el delito de
concusión bajo los siguientes términos:
[…] en la concusión, quien ostenta el poder y se vale de él para hacerlo
exige a la víctima prestar la cosa como consecuencia del terror infundido
y no por otra causa, […] no se ha llegado a establecer que el procesado
haya compelido a los servidores de la municipalidad a pagar beneficios
que no le correspondían[9].
Siguiendo esta línea, la jurisprudencia penal nacional ha formulado
precisiones en torno al delito de concusión. En efecto, ha establecido
que:
[…] con relación al delito de concusión, al analizar los cargos imputados
no es posi