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Conversion o Perdicion

Este documento cuestiona cuántos de los más de 800 millones de personas que se identifican como cristianos viven de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo. Argumenta que la mayoría son cristianos sólo de nombre y no practican el cristianismo en su vida diaria, ya que ignoran las Escrituras, rara vez asisten a la iglesia y no obedecen los mandamientos de Dios. Concluye que la verdadera fe cristiana se demuestra no sólo con creencias sino también con obras, viviendo de acuerdo con
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Conversion o Perdicion

Este documento cuestiona cuántos de los más de 800 millones de personas que se identifican como cristianos viven de acuerdo con las enseñanzas de Jesucristo. Argumenta que la mayoría son cristianos sólo de nombre y no practican el cristianismo en su vida diaria, ya que ignoran las Escrituras, rara vez asisten a la iglesia y no obedecen los mandamientos de Dios. Concluye que la verdadera fe cristiana se demuestra no sólo con creencias sino también con obras, viviendo de acuerdo con
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CONVERSION O PERDICION

¿800 MILLONES DE CRISTIANOS?

“Hay quien se cree limpio, y no ha limpiado su inmundicia”


Proverbios 30:12

Según los datos que nos facilitan las estadísticas, el número de «cristianos» que hay en la
actualidad en el mundo sobrepasa la cifra de 800 millones.
Indudablemente, hay mayor número de cristianos nominales hoy que en cualquier
otra época. Si intentamos comparar los millones que suman las personas que se creen, o
dicen, ser cristianas, con las de las precedentes generaciones (siquiera sea de manera
aproximada) nos damos cuenta rápidamente que nunca habían sido tantos los que profesan
ser seguidores de Cristo.
Y, sin embargo, pese a todas las estadísticas y a todas las cifras, podemos
preguntarnos honradamente si hubo nunca, en los pasados diecinueve siglos, más hombres
y más mujeres cuyas vidas desmintiesen tanto su profesión de fe religiosa y cuyo andar
contradijese de tal modo las creencias profesadas, como los hombres y las mujeres de
nuestro tiempo.
Tratad de introducir el tema espiritual en una oficina, o un taller, después de haberse
discutido sobre la actualidad deportiva, y seréis tildados de raros y extravagantes, en el
mejor de los casos, cuando no de locos. Hablad del Evangelio a mujeres en el mercado, en
la tienda o en la peluquería, y os mirarán con ojos sorprendidos, burlones y divertidos. Y
esto en una sociedad que se tiene por cristiana, y en medio de gentes que se indignarían si
se les dijera que entre su «cristianismo» y el paganismo las diferencias son tan sólo de
forma, en nada afectan al fondo.
Millones de esos que tienen sus nombres escritos en los registros de las iglesias no
sólo no acuden nunca a los templos (salvo en ocasiones obligadas por la etiqueta, o la
tradición social), sino que se hallan en completa ignorancia de las más elementales
enseñanzas del Evangelio. La inmensa mayoría no han leído jamás un solo capítulo de la
Biblia, y aún muchos ni siquiera han tenido nunca un ejemplar de la misma en sus manos.
Son pocos los que poseen una idea clara de sus creencias, y menos todavía los que pueden
testificar con convicción de su fe en un Dios que, además de habernos creado, nos ama y ha
resuelto el problema de nuestras relaciones con El (rotas por el pecado) mediante su muerte
en cruz para redimirnos.
Vanas son las pretensiones «espirituales» de las vastas multitudes de la Cristiandad,
más amadoras del placer que de Dios 2Timoteo 3. Vana es la profesión de aquellos cuyo
cristianismo se limita a tres solemnidades religiosas: bautismo, boda y entierro. Pero vana
también, terrible y trágicamente vana, es la sabiduría de quienes conocen mucho acerca de
Cristo y sus enseñanzas y viven, en cambio, muy poco de acuerdo con lo que saben.
El mero hecho de que una persona crea que la Biblia es la Palabra de Dios no
prueba nada «Los demonios también creen y tiemblan», escribe el apóstol Santiago
(Santiago 2:19). Que una persona crea que está "caminando hacia el cielo tampoco prueba
nada: «Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte»
Proverbios 14:12. Un hombre puede tener todo el conocimiento religioso posible, y toda la
fe de que es capaz; puede incluso dar su cuerpo para ser quemado en aras de su ideal y, sin

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embargo, si no tiene amor, este amor que es expresado y manifestado por la obediencia a la
Palabra de Dios Juan 14;23— entonces este hombre no es nada, y ciertamente no es un
hijo de Dios.
Un árbol se conoce por los frutos. Criterio infalible tanto en el reino natural como
en el espiritual. «Así todo buen árbol da buenos frutos —dice Cristo—, pero el árbol malo
da frutos malos» Mateo 7:17. La prueba de nuestro amor por Cristo es la obediencia a sus
mandamientos. Nuestra profesión de fe se probará (o desaprobará) por nuestra conducta
diaria. Si un hombre no tiene amor por las cosas espirituales, se halla exento de naturaleza
espiritual. Si se halla en un estado continuo de inapetencia por la oración, es señal de que
no ha recibido el Espíritu de adopción por el cual los redimidos claman: «Abba, Padre»
Romanos 8:15. Si un hombre se halla sumergido" en las cosas de este mundo, es muy
probable que sus ojos estén cerrados a las glorias celestiales. «Donde se halle vuestro
tesoro, allí también estará vuestro corazón», afirma Jesús Mateo 7:21. Si un hombre
prefiere la compañía de los mundanos a la de los hombres de Dios, entonces él mismo da
pruebas de ser mundano. Si un hombre vive para agradarse a si mismo, antes que a Dios,
entonces es que está muerto en sus rebeldías y pecados.
La fe sin obras es muerta. Santiago 2:17. Las creencias que no pasan de ser "meras"
opiniones sobre temas de religión no tienen más vida que la que pueda haber en un cadáver.
Una fe que no transforme la vida, que no produzca bondad práctica y que no se manifieste
en la obediencia personal a Dios en la conducta diaria, no es la fe de los elegidos de Dios
Tito 1:1. La gracia de Dios que trae salvación a un alma, enseña a esta alma a negarse a sí
misma, a las concupiscencias mundanas, y a vivir sobria, justa y píamente en este presente
siglo malo Tito 2:11 y 12. No olvidemos que Cristo se dio a sí mismo para formar un
pueblo celoso de buenas obras Tito 2:14. Los que han nacido del Espíritu han sido creados
en Jesucristo para buenas obras que Dios había ya ordenado para que anduviese en ellas
Efesios 2:10. Si, pues, yo no estoy andando en buenas obras no tengo ningún derecho a
considerarme un alma nacida de nuevo. Cierto que las buenas obras no salvarán a nadie,
cierto que sólo la fe en el Cristo que tomó nuestro lugar en el Calvario puede redimirnos
Efesios 2:8, 9. pero no es menos cierto que el fruto de nuestra salvación, la prueba de
nuestra redención ante los ojos del mundo, y aún ante nuestra propia conciencia, son las
obras producidas por una fe activa, dinámica y viva.
Al finalizar el Sermón del monte, Jesucristo habló de dos fundamentos sobre los
cuales los hombres construyen sus casas, uno sobre la roca, el otro sobre la arena. Muchos
que se creen cristianos han oído hablar de este pasaje evangélico. Pero, surge la pregunta:
¿Quién es el que construye sobre la arena? ¿Y quién sobre la roca? ¿En qué estriba la
diferencia entre un constructor y el otro? Cristo no se limitó a decir que el que construía
sobre la arena era un incrédulo y el que sobre la roca uno que creía en El. Esto hubiera sido
demasiado simple. Cristo dijo:
«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras y las hace, le compararé a un hombre
prudente, que edificó su casa sobre la roca... Pero cualquiera que me oye estas palabras y no
las hace, le compararé a un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena» Mateo
7:24-26.
Tal vez el apóstol Juan estaba pensando en estas palabras de Jesucristo cuando
escribió: «El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y
la verdad no está en él; pero el que guarda su Palabra, en éste verdaderamente el amor de
Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en El» 1Juan 2:4 y 5.

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2. CRISTIANISMO PARA TODOS LOS GUSTOS.

Al pan, pan y al vino, vino. Si no te sientes a gusto con personas piadosas, si todo lo que
«huele» a religión (sea del olor que sea) te produce náuseas, si crees que la oración es sólo
para beatas, si piensas que puedes pasarte muy bien sin practicar ninguna fe; en resumen, si
no ves la necesidad de preocuparte por cuestiones espirituales, sé claro y valiente, no
pretendas engañar a los demás, ni siquiera a ti mismo; reconoce que eres tan cristiano como
los paganos de África, por no decir menos, pues éstos con todo no pretenden hacerse pasar
por lo que no son.
Vayamos al grano. Si fundas todo tu cristianismo en tener un certificado de
bautismo, o en haber sido educado según normas más o menos cristianas, y de ahí no pasa,
sabes tan bien como nosotros que tu cristianismo es nominal, es decir, un mero nombre que
no cubre ninguna realidad interior; fachada y nada más.
Pero no te enfades. Contábamos también con tu primera reacción. Cuesta sincerarse.
Porque es doloroso, a la par que difícil, conocerse a uno tal cual es en realidad, y no como
creemos nosotros que somos. Pero el auto-examen es bueno, sobre todo si se hace a la luz
de la Palabra de Dios. Porque, lo importante no es lo que tú opinas de ti mismo, ni lo que
los demás piensan, lo importante es lo que Dios sabe que eres tú realmente. Y en cuanto a si
eres cristiano o no, no te quepa la menor duda: el mejor indicado para decírnoslo, y el más
capacitado para saberlo, es Dios.
De seguro que te has molestado porque hemos dudado de tu cristianismo, pese a que
quizá no se apoya más que en vaguedades y no en hechos concretos de una vida consagrada
a Dios, lo cual (entre nosotros) a ti seguramente se te antoja exclusividad de los monjes,
¿verdad? Es muy posible que tú te cuentes entre quienes se imaginan que pueden haber
varias y diversas clases de cristianismo. Nos sabemos tu salida: «Mire yo no soy
practicante, lo reconozco. Pero soy cristiano. Es verdad que tengo un tanto olvidados mis
deberes religiosos, pero en mi interior siento que reconozco la existencia de Dios y... en fin,
que soy cristiano. No practico, pero soy cristiano». ¿No es cierto que casi te hemos sacado
estas palabras de la boca? De tanto oírlas nos las hemos aprendido de memoria. Implican
que hay dos modos de entender y de vivir la vida cristiana. Uno el que se nos antoja
«ideal», que es el de atender todas las prácticas y deberes que nuestra profesión de fe en
una iglesia nos exige. Y obsérvese que decimos profesión de fe en una Iglesia, porque en la
mayoría de casos, nuestras cómodas maneras de concebir el cristianismo, buscan su apoyo,
y su excusa, más en la fe en una iglesia que directamente en la fe en Dios (ante el cual se
desvanecen todas las excusas). Pretendemos quedar bien con Dios por medio de los
«buenos oficios» de una organización religiosa. Esto adormece nuestras conciencias y nos
evita el apuro de arreglárnoslas directamente con Dios. Unos, pues, «practican» los ritos de
su religión y otros la «profesan» de palabra, dando su asentimiento mental a una cierta
confesión de fe (más o menos sabida, aunque mucho menos vivida), a sabiendas de que nos
es ésta la mejor manera de ser cristiano. Pero piensan que mejor esto que nada.
Dos clases de cristianos, practicantes y no practicantes. No puede ser más cómodo.
Aquí tenemos cristianismo para todos los gustos. Al que no le vaya bien una «medida» que
pruebe otra. Hay para complacer a todos. Porque, claro, tanto en el grupo practicante como
en el 'otro hay diversos grados y matices, y por consiguiente se ofrecen muchas y muy
variadas maneras de concebir la vida cristiana.
Pero, ¿en qué parte de los Evangelios leemos que Jesús haya hecho esta distinción
entre cristianos practicantes y no-practicantes? ¿En qué se funda esta doble posibilidad de

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vivir la vida cristiana? ¿Qué apóstol, que escritor sagrado nos autoriza a concebir casi de
dos maneras distintas el cristianismo?
Siempre ha habido cristianos más fuertes en la fe que otros, mientras unos
discípulos han sido consagrados, otros han sido salvos casi por fuego (1Corintios,3:15).
Cierto, pero no es de esto de lo que se trata aquí. Porque en la Iglesia apostólica, tanto los
cristianos débiles, como los consagrados, tanto los héroes de la fe como los pusilánimes,
tanto los más derrotados como los más victoriosos, tanto los cristianos «carnales» (como
los llama el apóstol San Pablo), como los «espirituales» (para seguir usando el lenguaje del
Nuevo Testamento), tenían en común que eran todos cristianos, todos convertidos, todos (y
emplearemos la palabra que entenderán seguramente nuestros lectores) eran «practicantes».
No practicantes de meros ritos y ceremonias pomposas, pero sí practicantes de las
enseñanzas de Jesús y seguidores leales. Unos con sus caídas, otros con sus triunfos, todos
tenían la misma fe en Cristo, el mismo amor a Dios el Padre y a los hermanos, y la misma
esperanza bienaventurada. Había diversos grados de servicio, de abnegación y de
espiritualidad, pero la experiencia de la conversión era común a todos ellos, y la práctica de
la vida cristiana implicaba los mismos deberes para unos /que para otros. Nadie se excusaba
diciendo que pertenecía a otra clase de cristianos que no practicaban y que, por consi-
guiente, estaba excusado de ciertos deberes y responsabilidades. En otras palabras, todos
eran cristianos que practicaban un mismo cristianismo.
¿Vuelves a enojarte? Claro, volvemos a poner en duda tu cristianismo. Pero, mira,
tenemos razones de peso para hacerlo. Tú mismo, pronto vas a darte cuenta. No por
nuestros razonamientos, sino por la evidencia irrefutable de la Palabra de Dios.
Precisamente ahí está la diferencia entre «tu cristianismo» y el que queremos mostrarte con
la Biblia en la mano; el «tuyo» es esto: es «tu cristianismo» («guisado» según tu propio
gusto), el que te presentamos no es nuestro, es el cristianismo de Cristo, tal cual lo hallamos
en las páginas de la Sagrada Escritura.
Después de veinte siglos de cristianismo aún todavía hoy es necesario aclarar lo que
significa ser cristiano de veras. Quizá sobre ningún otro concepto haya mayor confusión
que sobre la manera de concebir el cristianismo auténtico. Es triste, debiera avergonzarnos,
pero es la realidad. Y debemos afrontarla.
Se impone una definición de lo que significa el cristianismo, de lo que implica ser
cristiano. Una definición a la luz de la Palabra de Dios, tal como la hallamos en la Biblia,
buscando la enseñanza de labios del propio Jesús y de sus apóstoles.
¿Verdad que, por lo menos, estarás de acuerdo con nosotros en reconocer que nadie
está más autorizado que Cristo para explicarnos lo que verdaderamente es el cristianismo?

3. LA ESENCIA DEL CRISTIANISMO

Obras son amores y no buenas razones. Esto es lo que vino a decirles Pablo a los corintios:
«Iré, y muy pronto, si el Señor quiere, y entonces conoceré no las palabras de los que se
hinchan, sino su eficacia, pues el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en realidades»
(1Corintios 4:20).
Que alguien diga que es cristiano, no demuestra nada, Jesucristo denunció a la
iglesia de Sardis: «Conozco tus obras y que tienes nombre de vivo, pero estás muerto», y a
la iglesia de Laodicea: «Dices: Yo soy rico, me he enriquecido, y de nada tengo necesidad,
y no sabes que eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo»

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Apocalipsis 3:1, 17. El tener tan sólo un nombre (en este caso el nombre de cristiano) y el
pavonearse y vanagloriarse tontamente no evita la realidad de nuestra condición delante de
Dios. Cuidado no nos engañemos, no basta decir que somos cristianos, es menester serlo y
probarlo.
El cristianismo es más que una simple profesión de fe, es más que exhibir un
nombre o una filiación religiosa. Por desgracia hay muchos que pretenden llevar el nombre
del Salvador, pero no al Salvador mismo. «Alardean de conocer a Dios pero, con las obras
le niegan» Tito 1:16.
Todo esto explica que los hombres hayan intentado cambiar la sencilla verdad del
Evangelio por sus filosofías y sistemas. El diablo les ha ayudado a crear toda suerte de
imitaciones del cristianismo, les ha incitado a hacerse una fe a su gusto y según sus
preferencias, y los ha llevado al confusionismo actual en que casi todo el mundo se cree
cristiano y al mismo tiempo casi nadie sabe exactamente en qué consiste esto.
Y, sin embargo, el Evangelio es muy claro. Cristo vino al mundo a salvar a los
pecadores. Esta afirmación que leemos repetidas veces en el texto de los Libros Sagrados
1Timoteo 1:16; Juan 3:17; Hechos 2:21 es la base de todo el edificio del cristianismo.
Cristo no tuvo otro objetivo al venir al mundo que el de salvar a los nombres, pues todo los
demás propósitos que le hicieron encarnarse para morar entre nosotros, como hombre,
quedan supeditados a la finalidad principal que es la salvación obrada mediante su
sacrificio en la cruz del Calvario. Cuando a José se le anuncia el próximo nacimiento del
Redentor, le dice el ángel: «Y llamarás su nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus
pecados» Mateo 1:21. La primera noche de Navidad, los heraldos angélicos anunciaron el
nacimiento de Jesús con estas palabras: «Ha nacido hoy en la ciudad de David, un
Salvador, que es Cristo, el Señor» Lucas 2:11. Cristo es el Maestro, el Rey, el Sacerdote,
pero sobre todo es el Salvador. «El Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se
había perdido» decía el mismo Señor, como resumiendo en una sentencia todo el
significado de su misión. Y los apóstoles no tenían otro mensaje que éste: «Y en ningún
otro hay salud, porque no hay otro nombre (aparte de nombre de Cristo) debajo del cielo,
dado a los hombres en que podamos ser salvos» Hechos 4:12.
Si el supremo objetivo de Cristo al venir al mundo fue salvar a los pecadores,
entonces será cristiano todo pecador salvado por Cristo. La esencia del cristianismo es la
salvación obrada por Jesús en la cruz del Calvario. Y cristiano es todo aquel que
reconociendo su estado de pecado y su condición de alejamiento de Dios, ha acudido a
Cristo, y por la te en su obra y en su Persona, ha recibido el perdón de sus pecados, se ha
reconciliado con Dios, y ha obtenido la salvación eterna de su alma. En otras palabras,
cristiano es todo hombre o mujer que hayan pasado por una experiencia de conversión.
Porque sin conversión no hay salvación, y sin salvación no hay cristianismo.
No se trata, pues, tan sólo de profesar, sino de experimentar la fe en Jesús, el
Salvador del Mundo. Más que de practicar o no practicar, se trata de vivir, y más que de
confiar en una mera adhesión a ciertos principios o a cierta institución eclesiástica es
cuestión de ser transformados por la misma potencia del Espíritu Santo que, a partir del
momento de la conversión, obra en el creyente. «Pero si alguno no tiene el Espíritu de
Cristo, éste no es de Cristo», afirma sin rodeos el apóstol Pablo, Romanos 8:9.
Ser cristiano implica, pues, ser salvo, y ser salvo exige ser convertido. Es natural
que nos preguntemos ahora, ¿qué es la conversión?

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II
LA CONVERSIÓN

Jesús dijo que a menos que el hombre «nazca de arriba», sea «regenerado» por un «nuevo
nacimiento» sobrenatural, no podrá entrar en el Reino de Dios Juan 3:1-8. Esto, en primer
lugar, refuta la pretensión de quienes se creen cristianos por el solo hecho de haber nacido
en un ambiente teñido o decorado de cristianismo. Jesús no identifica nunca el nacimiento
natural con el sobrenatural. En su criterio son dos cosas distintas.
El hombre nace a la vida de este mundo por la voluntad de sus padres carnales.
Nace en un mundo de pecado y de abierta rebeldía contra Dios. De ahí que David tenga que
confesar: «En pecado me concibió mi madre» Salmo 51:5. Por consiguiente, para vivir en
el mundo del Espíritu es menester «volver a nacer», o «nacer de nuevo» (términos todos
ellos corrientes y familiares en el lenguaje de Jesús y de sus apóstoles). Sin este segundo
nacimiento no hay entrada posible al Reino de Dios. O dicho de otro modo, si uno no ha
nacido de nuevo no es cristiano. Aún más, no es ni siquiera «hijo de Dios». Las palabras del
apóstol Juan son terminantes:
«Aquél, (Cristo) era la luz verdadera, que, alumbra a todo hombre que viene a este
mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por El, y el mundo no le conoció. A lo
suyo vino y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que 1e recibieron, les dio potestad
de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no son engendrados
de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, más de Dios.» Juan 1:9-13.
La conversión implica el «nuevo nacimiento». «Nacer de arriba» por la voluntad de
Dios. Es ser nacido de Dios.
Pero antes de proseguir estudiando más detalladamente en qué consiste la
conversión, base ineludible de la verdadera vida cristiana, es preciso aclarar, aunque sea
brevemente, lo que no es la conversión:

1. LA CONVERSIÓN NO ES EL BAUTISMO

Que la conversión no es el bautismo es algo de sentido común, aunque la Biblia nada dijera
sobre el particular. Pero, precisamente ahí radica uno de los malentendidos más
generalizados, y más peligrosos; pues sentado el principio de que todo bautizado es
cristiano, confundiendo el bautismo con el nuevo nacimiento, se hace cada vez más difícil
de presentar con claridad las exigencias del Evangelio a las almas, estas exigencias que
demandan una entrega personal y consciente del hombre pecador al Cristo Redentor.
«En el Nuevo Testamento —comenta el pensador danés Soren Kierkegaard— el
Salvador del mundo, Nuestro Señor Jesucristo, presenta la situación así: El camino que
conduce a la vida es estrecho, la puerta estrecha, ¡pocos son los que entran por ella! (Mateo
7:13, 14). Hoy día, por el contrario, hay innumerables países llamados cristianos y que se
creen serlo. Todos somos cristianos. Seguramente no hallaríamos una puerta más ancha por
la que todos entramos en «masa» —añade aludiendo al bautismo del que dice—: «Se puede
bautizar en masa, pero no se puede renacer en masa». Y Kierkegaard, comparando las pala-
bras de Jesús con las opiniones del mundo, concluye que si nos atuviéramos a éstas y no a
aquéllas, deduciríamos que lo que dice el Salvador no es verdad.
En efecto, Cristo nos habla de la puerta estrecha que conduce a la vida, ¿y hay

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puerta más ancha que la del bautismo? Ciertamente, el bautismo no puede ser la conversión
que salva.
Acaso alguien diga que si bien el bautismo es la «regeneración» o «nuevo
nacimiento» esto no implica que la persona bautizada sea necesariamente salva. O sea, se
intenta decirnos que, aunque una persona haya sido «regenerada» y «nacida de nuevo», esto
no le asegura la salvación de su alma. Pero el caso es que esta división, esta separación
entre nuevo nacimiento y salvación no es bíblica. Cuando la Palabra de Dios habla de
salvación se refiere a ella como el resultado de la regeneración. Y cuando habla del nuevo
nacimiento (en las propias palabras de Jesucristo —Juan 3:7—) lo hace precisamente para
enseñar la manera cómo Dios salva. La salvación sigue a la regeneración o conversión
como la luz al sol.
A los participantes de la regeneración les está reservado un lugar junto a Cristo
Juan 14:14; Mateo 19:28. Si la conversión fuese el bautismo, necesariamente habríamos
de pensar que todas las personas que han sido bautizadas son cristianas y son salvas. Y si
esto fuera así, no se requeriría del hombre pecador más que un certificado de bautismo en
regla para poder presentarlo a Dios en la hora de la muerte.
Pero, ¿quién se atreverá a afirmar que el fornicario, el mentiroso, el envidioso, el
impío, o el licencioso, heredarán el Reino de Dios con tal que estén bautizados? Esto no
sólo iría contra las claras enseñanzas la Biblia, sino contra la lógica más elemental.
Pero quizá todavía alguien, en sus trece, siga afirmando: «Todos éstos de que me
habláis, aunque recibieron la gracia regeneradora en el bautismo, cayeron de ella, y deben
ser renovados nuevamente, o de otro modo no pueden ser salvos».
Esta manera de querer salir del paso, sin embargo, no se apoya en las Escrituras.
Porque establece dos suposiciones que van en contra de lo que enseña la Palabra de Dios.
Asegura en primer lugar que el hombre puede perder la salvación una vez adquirida, lo cual
entra manifiestamente en pugna con las palabras de Cristo: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo
las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna y no perecerán para siempre, ni nadie las
arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, mayor que todos es y nadie las puede
arrebatar de la mano de mi Padre». Juan 10:27-29. «El que cree al que me ha enviado tiene
vida eterna» Juan 5:24, «El que cree en mí tiene vida eterna» Juan 6:47. Si una doctrina
está claramente expuesta en el Nuevo Testamento, ésta es la seguridad de la salvación del
creyente verdaderamente convertido. Sépase ya ahora, no obstante, que la salvación no
puede perderse.
En segundo lugar, pretender que una persona pueda ser regenerada más de una vez,
equivale a pensar que una persona puede nacer dos o más veces. Y lo que es imposible en
la vida natural, mucho más lo es en la sobrenatural. Tan inconcebible es que una persona
nazca dos o más veces, como que sea regenerada más de una sola vez.
Queremos llamar la atención sobre la curiosa paradoja de que, sin embargo, los que
disienten de nosotros, hasta cierto punto, vienen a darnos la razón en última instancia. En
efecto, incluso el que piensa que el bautismo imprime al alma su carácter cristiano, el que
cree que en la mera administración ritual del sacramento el alma recibe la gracia
regeneradora, incluso éste, pese a todo cuanto pretende haber recibido en el bautismo, si
luego se halla alejado de Dios, se siente pecador y comprende que debe acudir a Cristo en
demanda de salvación, confiesa entonces que debe ser «renovado», que debe «convertirse»,
o do lo contrario no entrará en el Reino de Dios. Viene a parar a lo que decimos: necesita
ser convertido. La única diferencia estriba en que nosotros diremos que es entonces cuando
realmente nace de nuevo (si verdaderamente se produce la conversión genuina) y que jamás

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antes lo fue. De otra manera no tendría necesidad de ser regenerado. Son los muertos los
que necesitan ser resucitados, no los vivos.
El error básico consiste en querer desunir lo indisoluble: conversión (o lo que es lo
mismo, regeneración) y salvación; y pretender al mismo tiempo unir lo que por naturaleza
es distinto: bautismo y regeneración. Lo primero equivale a suponer que podemos separar
en dos lo que está unido de tal modo que constituye la esencia, y aún la misma alma, del
verdadero cristiano. Y lo segundo, que podemos identificar en una sola dos cosas tan
distintas como una realidad y su símbolo; como si dijéramos que la corona de un rev es la
misma persona del rey por el simple hecho de que es usada como señal y emblema de su
realeza.
Lo que Dios juntó no lo separe el hombre, y lo que diferenció no lo confunda el
errado espíritu humano.
No es la ceremonia externa del bautismo, sino la decisión consciente del alma
rendida a Dios (cuyo simbolismo recoge el bautismo), lo que nos salva. Afirma el apóstol
San Pedro: «El bautismo que corresponde a esto ahora nos salva (no quitando las
inmundicias de la carne, sino como la aspiración de una buena conciencia hacia Dios) por
la resurrección de Jesucristo» 1Pedro 3:21. Es digna de notarse la aclaración que Pedro
cree conveniente hacer para que nadie piense que es el agua del bautismo en sí lo que salva,
sino la experiencia que ésta simboliza: la entrega de la conciencia a Dios.

2. LA CONVERSIÓN NO DEPENDE
DE CEREMONIAS «PIADOSAS»

El apóstol San Pablo nos habla de quienes «con una apariencia de piedad, están en realidad
lejos de ella» 2Timoteo 3:5. Esto quiere decir que las «formas» de la piedad están al
alcance de cualquiera, y por consiguiente es fácil deducir que algo que pueda realizar
indistintamente el hombre genuinamente regenerado y el fariseo no es lo que constituye la
conversión, lo que hace salvo al pecador.
Se puede rezar mucho Mateo 23:14, escuchar hasta con deleite la Palabra de Dios
Marcos 6:20 y asistir a las grandes solemnidades religiosas sin que ello implique
conversión. Por supuesto, no estamos negando la eficacia y la necesidad de orar, escuchar
la Palabra de Dios y asistir a los cultos que las iglesias cristianas celebran. Si lo hiciéramos
estaríamos contradiciéndonos y, lo que es peor, contradeciríamos las mismas Escrituras.
Pero, lo que intentamos demostrar, es que todas estas cosas que parecen actos piadosos
pueden igual ser ejecutadas por personas verdaderamente piadosas como por meros
legalistas, indiferentes que solo procuran estar a tono con la sociedad y seguir la corriente.
Aún más, las ceremonias religiosas en muchos casos, como enseña la historia del pueblo de
Israel, pueden degenerar en mero ritualismo, desprovisto de toda eficacia espiritual, y
tenido como sustituto de la verdadera adoración y espiritualidad. Los profetas del Antiguo
Testamento nos ofrecen abundantes datos sobre este pecado y la condena del mismo por
parte de Dios. Léase, sobre el particular, el primer capítulo del profeta Isaías. Es una
admonición elocuente que debe hacernos meditar. Sería mejor para quienes confían
únicamente en las prácticas ritualistas de su Iglesia que en lugar de afanarse por cumplir tan
escrupulosamente las mismas (como queriendo convencerse a sí mismos de que son buenos
cristianos) se preocuparan más por el verdadero estado de su alma que, aunque en la
mayoría de casos no será el del fariseo, sí presentará seguramente el triste espectáculo del

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que pese a toda su religiosidad no tiene ninguna seguridad ni esperanza cierta en cuanto a
su destino eterno.
Busca a Dios en la Biblia, que es su misma Palabra, y no en un sistema de ritos, por
hermoso y espectacular que pueda ser. Si una enfermedad te postrase en el lecho y tuvieras
necesidad de penicilina, de nada te aprovecharía que te trajesen el busto de Fleming o que
alrededor del mismo se pusieran flores y se celebrara un homenaje al genial inventor de tan
útil antibiótico. Lo que los médicos harían es recurrir a los laboratorios en donde, siguiendo
las instrucciones dejadas por Fleming, se produce la penicilina. Y una vez ob tenida ésta te
sería aplicada. Hombre o mujer que te preocupas por la salvación de tu alma, comprende
que te interesa, por encima de toda otra cosa, seguir las instrucciones de Dios mismo para
poder aplicarte el remedio que él ponga a tu alcance. Estas instrucciones sólo se hallan en
las Escrituras. Ve a ellas.

3. LA CONVERSIÓN NO DEPENDE DE NUESTRA OPINIÓN

Hemos dicho que sin conversión no hay salvación y sin salvación no hay cristianismo. Mas,
hay quien pretende sustituir la conversión por lo que no sería más que una conducta cuajada
de lo que piensan son sus «buenas obras». Salta a la vista que esto no puede ser tampoco el
nuevo nacimiento, toda vez que éste consiste en un acto, en una experiencia, y no en una
serie de hechos y acciones.
«A mí no me venga usted con líos. Soy una buena persona, hago todo el bien que
puedo y creo que esto es suficiente». Los insensatos que hablan así no se dan cuenta de que
están negando lo que la Biblia más enfáticamente afirma que todo hombre (y este «todo»
no excluye a ninguno) es pecador Romanos 3.
El escritor griego Niko Kazantzakis, candidato al premio Nobel de Literatura,
escribe: «Cada cual descendió a lo más profundo de sí, contempló su propia alma y se
estremeció. Nos conservamos honrados porque tenemos miedo. Nuestros infames deseos
permanecen ocultos durante toda nuestra vida, insatisfechos, furiosos, emponzoñándonos la
sangre. Pero nos contenemos, engañamos a la gente y morimos honrados y virtuosos. Para
el público no hemos obrado nunca mal en toda nuestra vida. Pero a Dios, a El, no se le
engaña. ¡No sé cómo será el alma de un criminal, pero el alma de un hombre honrado, del
hombre bueno, es un infierno! Un infierno que contiene todos los demonios. Y nosotros
llamamos buena gente, y buenos cristianos a todos éstos que ocultan los demonios en sí
mismos y no los dejan saltar fuera para cometer infamias... Pero todos, en lo íntimo y
profundo del corazón, ¡Dios me perdone! somos infames, asesinos, ladrones».
Y es que cada hombre y mujer somos como aquella pareja protagonista de una obra
de Jacinto Benvente, titulada «La honradez de la cerradura». Actuamos más o menos
honradamente, y hacemos el «bien» (lo que entendemos nosotros por tal), mientras no hay
oportunidad de hacer el mal, o cuando hacer el bien no ofrece tantos riesgos. Incluso el
hecho de que, a veces, hagamos alguna buena obra no excluye el que seamos malos por
naturaleza Marcos 7:21 y tenidos por tales a los ojos de Dios. Somos más malos por
impulso propio que buenos por bondad innata. Nuestra maldad es sincera. Nuestra bondad,
en cambio, ¿cuando no va unida a algún interés bastardo? ¿cuando no la mueve algún
egoísmo? ¿cuándo está libre de toda segunda intención?
¿Exageraciones? Oye no lo que dicen los literatos, sino lo que afirma Dios en su
Palabra: «Todos están debajo de pecado. Como está escrito: no hay justo ni aún uno. Por

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cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» Romanos 3:9, 10, 23. De
estas palabras es de lo que huye el hombre, consciente o inconcientemente, porque le
delatan, le ponen al descubierto, le dicen lo que es y nada hay que le de tanto miedo como
verse al desnudo, cara a cara consigo mismo sin disfraces.
A veces se confunde la educación, la cultura o la civilización con la salvación,
olvidando que ni remotamente una persona civilizada ha de ser necesariamente una persona
salvada. Nerón, César Borgia, Robespierre y Hitler eran todos personas cultas, pero
¡líbrenos Dios de un cielo poblado por tales seres! Sería el mismo infierno.
El rey Joas de Judá fue un hombre que, humanamente hablando, estaba lleno de
prendas. Educado por el santo varón Joiada, su tío, promotor de reformas en su pueblo y
hasta interesado en la reconstrucción del templo de Jerusalén 2 Reyes 12:2-7, parecía un
hombre realmente convertido, un auténtico hijo de Dios. Pero, todo era apariencia. Aunque
muy bien disimulada. A la muerte de su maestro descubrió lo que había en su corazón y
reveló al mismo tiempo que toda su piedad no había sido más que el fruto de una buena
educación, pero nada más. Era un «buen hombre», si hablamos según criterios humanos.
Pero a los ojos de Dios, era un pecador perdido.
Hasta puede darse el caso, y suele darse, de que los que se consideran «buenas
personas» y candidatos para el cielo, tengan muy correctas opiniones acerca de la verdad
del evangelio. Herodes se deleitaba escuchando la predicación de Juan el Bautista (Marcos
6:20) y Félix creyó de tal manera la verdad del mensaje de San Pablo que tembló acusado
por su propia conciencia (Hechos de los Apóstoles 14:25). Pero por más que sus opiniones
en lo tocante a la predicación de los enviados del Señor fuesen muy correctas, sus almas
permanecieron en las tinieblas de la condenación. Jamás se convirtieron. Y es que también
dice la Biblia que hay quienes hallándose en las puertas del Reino de los cielos, nunca aca-
ban de franquearlas completamente.
No son las opiniones de los hombres las que cuentan, sino la opinión de Dios. Y la
opinión de Dios es tajante: «Hay caminos que al hombre parecen rectos pero su fin es la
muerte» Proverbios 14:12. El que los hombres se crean justos, honorables y dignos, no
resta un ápice de verdad al hecho de que Dios nos ve completamente diferentes.
No, la conversión no es una opinión acerca de nosotros, o acerca de Cristo. Es más
que eso. Es una decisión por Cristo.
No os engañéis, Dios no puede ser burlado. Ni el bautismo, ni los ritos, ni nuestras
opiniones acerca del Evangelio, pueden salvarnos. Nada de esto, por sí solo, puede
hacernos cristianos. Porque nada de esto es la auténtica conversión a Cristo que nos lleva a
la salvación.
El bautismo, el ritualismo y la educación pueden darnos las formas de la
religiosidad, la piedad y la honorabilidad, pero con todo seguiremos siendo inconversos, no
regenerados; en otras palabras, nos faltará la esencia de la verdadera religión que es el
nuevo nacimiento; el alma de la verdadera piedad que es la santificación y el objeto de la
verdadera honorabilidad que es el crecimiento en la gracia de Dios y el conocimiento de
Cristo.
Un buen artista puede interpretar tan bien el personaje de una obra que su
identificación con el mismo parezca, no una mera representación, sino una realidad vivida.
Pero, pese a todo el arte del actor, sabemos que su actuación es simple ficción. También
hay quien puede llegar a representar con suma habilidad el papel de cristiano, y llegar a tal
maestría que hasta consiga engañarse a sí mismo. Sin embargo, ante los ojos de Dios se
trata de pura comedia. Y no olvidemos que el Señor quiere creyentes, no comediantes.

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Amigo que lees: estás perdido a menos que des oídos al mensaje del Evangelio.
Echa por la borda todas tus falsas esperanzas y escucha a Dios. Inquiere en tu corazón y
examina las Es enturas. No descanses hasta encontrar el cristianismo de Cristo, el
cristianismo que te salvará porque te llevará a la verdadera conversión.
Es ya hora de que entremos en materia. Confiamos que Dios te habrá iluminado ya
suficientemente para que sientas en lo más profundo de tu corazón un deseo ferviente de
conocer lo que es la conversión, y más aún: una necesidad inaplazable de saber cómo llegar
a ser un convertido. Pues Dios te ha hecho ver que, de otro modo, estás perdido.
Irremisiblemente perdido.

4. ¿QUE ES LA CONVERSIÓN?

La conversión es un cambio de dirección. Es dar una orientación completamente nueva a la


vida. Significa que, por un lado, nos volvemos del pecado, y por otro, nos volvemos a Dios.
Es lo que las Escrituras llaman arrepentimiento y fe. Arrepentimiento de nuestra vana
manera de vivir, y fe en Jesucristo como el Hijo de Dios Todopoderoso para salvar.
Huelga decir que para llegar al arrepentimiento y a la fe es preciso que el alma haya
sentido todo el peso de sus pecados que le separan de Dios y al mismo tiempo haya visto en
Cristo al Salvador perfecto que puede librarle de la condenación eterna La conversión
implica que, habiendo dejado nuestra antigua manera de pensar, reconocemos lo que dice la
Palabra de Dios acerca del hombre: que es un pecador, un miserable enemigo de Dios, el
autor de todas las guerras, catástrofes, desavenencias, contiendas, disensiones, envidias,
robos, muertes, adulterios y cuánto dolor y maldad y frustración hay en el mundo (y en el
pequeño mundo de su vida). Al mismo tiempo, la conversión implica que el hombre
perdido, se vuelve a Jesús en quien ve al único que puede salvarle, al único que puede le-
vantarle y transformarle, al único que puede darle una nueva naturaleza por medio de la
cual podrá vencer al pecado y amar a Dios, fuente de todo bien.
Raramente querrá experimentar la conversión quien no se crea un pecador perdido y
no descubra en Cristo al Salvador perfecto.
En la conversión concurren dos factores determinantes: el divino y el humano.
El aspecto divino es aquel que mencionamos con el nombre de nuevo nacimiento o
regeneración. Es la transformación que opera Dios en el alma del pecador que se arrepiente,
limpiándola de sus pecados, y creando una verdadera nueva naturaleza santa y poderosa
para vivir de conformidad con la voluntad de Dios. Es fundamentalmente la obra del
Espíritu Santo, como escribe el apóstol: «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro
Salvador, y su amor para con los hombres, no por obras de justicia que nosotros habíamos
hecho, mas por su misericordia nos salvó, por el lavacro de la regeneración y de la
renovación del Espíritu Santo» Tito 3:4, 5. La palabra «lavacro» ha de entenderse como
haciendo alusión al poder vivificador y purificador de la Palabra de Dios, como el mismo
apóstol Pablo explica en Efesios [Link] «Limpiándola en el lavacro del agua por la Palabra»
y el mismo Señor Jesús: «Vosotros sois limpios por la Palabra» Juan 15:3. Véase también
Santiago 1:18 y 1Pedro 1:23, de donde se desprende que la Palabra de Dios es el
instrumento del Espíritu Santo para obrar la regeneración.
«A los que le recibieron (es decir: creyeron en Cristo) les dio poder de venir a ser
hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre,
ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» Juan 1:13.

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En el aspecto divino es Dios quien se vuelve poderosamente hacia el alma; en el
humano es el hombre quien humildemente se vuelve hacia Dios. El hombre es invitado a
volverse a Dios. «Volveos a mi reprensión. He aquí yo os derramaré mi Espíritu, y os haré
saber mis Palabras» Proverbios 1:23, «Y vendrá el Redentor a Sión, y a los que se
volvieren de la iniquidad» Isaías 59:20, «Tú, pues, hijo del hombre, di a la casa de Israel:
Vosotros habéis hablado así diciendo Nuestras rebeliones y nuestros pecados están sobre
nosotros, y a causa de ellos somos consumidos: ¿cómo pues viviremos? Diles: Vivo yo,
dice el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se torne el impío de su camino, y
que viva. Voveos, volveos de vuestros malos caminos: ¿y por qué moriréis, oh casa de
Israel?» Ezequiel 33:10, 11, «Por eso pues ahora, dice Jehová, convertíos a mí con todo
vuestro corazón, y lacerad vuestro corazón, no vuestros vestidos; y convertíos a Jehová
vuestro Dios; porque misericordioso es y clemente, tardo para la ira, y grande en
misericordia» Joel 2:12-14.
En los siguientes textos puede verse el clamor del hombre y la acción de Dios, el
lado humano y divino de la conversión:
«Ten piedad de mí, oh Dios mío, conforme a tu misericordia: conforme a la
multitud de tus piedades borra mis rebeliones. Lávame más y más de mi maldad, y
límpiame de mi pecado. Porque yo reconozco mis rebeliones; y mi pecado está siempre
delante de mí. A ti, a ti sólo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos, porque seas
reconocido justo en tu palabra, y tenido por puro en tu juicio... Esconde tu rostro de mis
pecados, y borra todas mis maldades. Crea en mí, oh Dios, un corarán limpio; y renueva un
espíritu recto dentro de mí» Salmo 51. «Así ha dicho el Señor: Y darles he un corazón
nuevo, y espíritu nuevo daré en sus entrañas; y quitaré el corazón de piedra de su carne, y
daréles corazón de carne; para que anden en mis ordenanzas y guarden mis juicios y los
cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios. Mas a aquellos cuyo corazón
anda tras el deseo de sus torpezas y de sus abominaciones, yo tornaré su camino sobre sus
cabezas, dice el Señor Jehová» Ezequiel 11:19-21.

5. ARREPENTIMIENTO

Se ha observado atinadamente que el arrepentimiento tiene una importancia capital en la


predicación de los apóstoles Hechos 2:38; Hechos 20:21. No podía ser de otra manera:
Dios llama continuamente a los hombres al arrepentí miento 2 Pedro 3:9; Hechos 17:30.
Arrepentirse es cambiar de opinión acerca de Dios, de nosotros y del pecado. Pero
un cambio de opinión que no queda circunscrito al campo de las ideas, sino que tiene
consecuencias trascendentales en la vida y en el alma del pecador arrepentido.
En lugar de vernos justos a nosotros, vemos a Dios como el solo Justo. En vez de
descubrir (o pretender descubrir) nuestras perfecciones, únicamente las consideramos como
lo que son: «trapos de inmundicias» Isaías 64:6. El pecado aparece ante nuestros ojos con
toda su monstruosidad, por primera vez nos damos cuenta de que el pecado es lo más
odioso del mundo, pues nos separa de Dios y sin Dios no hay bien, ni felicidad, ni vida
eterna. Nuestro juicio de la condición humana (que nos incluye, por supuesto, a nosotros
mismos) no puede ser más bajo y nuestra reverencia, estima y concepto de Dios nunca
habían sido tan altos.
Quien hasta entonces había permanecido indiferente ante su situación de pecador, se
siente compungido, afirma que está perdido irremisiblemente Hechos 2:37, a menos que
sea restaurado por el poder de Dios. Quien hasta entonces se había burlado del evangelio y

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consideraba el pecado como algo sin importancia, lo contempla ahora con ojos
horrorizados, como el peor de los males, como la misma esencia del mal. Ve la locura, la
deformidad y la corrupción del pecado. Es por esto que le espanta y huye de él, lejos, hasta
refugiarse en los brazos del Salvador de los pecadores, hasta llegar a Cristo por la fe. Aquel
que no encontraba nada malo en su persona, y que se creía el mejor de los mortales, no
entendiendo ni que, ni porqué, debía confesarse a Dios, ahora descubre toda la
concupiscencia de su corazón, la perversión profunda de su naturaleza caída. Y clama:
«Purifícame con hisopo, y seré limpio: lávame, y seré emblanquecido más que la nieve»
Salmo 51:7. Descubre las cavidades más recónditas de su alma y va de sorpresa en sorpresa
al vislumbrar no tan sólo lo que es y lo que ha hecho, sino lo que podría haber llegado a ser,
si hubiera dado libre curso a todas sus potencias pecaminosas y la obra de la regeneración
no hubiese irrumpido en su vida.
Ciertamente, el arrepentimiento es un cambio de mente. Ahora Dios lo es todo. Y
esta atracción es la que hace apartar al pecador del pecado. Nada, ni en el cielo ni en la
tierra puede satisfacerle, fuera de su Señor y Salvador.
Un elemento emocional, afectando nuestra vida emotiva, con toda su rica gama de
sentimientos, forma parte del arrepentimiento. Es un pesar por el pecado que implica más
que simple vergüenza o temor de sus consecuencias. Esto sería solamente egoísmo o
interés, mientras que el pesar santo por haber pecado es desinteresado porque busca lo que
es de Dios. Escribe San Pablo: «Ahora me gozo, no porque hayáis sido contristados, sino
porque fuisteis contristados para arrepentimiento; porque habéis sido contristados según
Dios... porque el dolor que es según Dios, obra arrepentimiento saludable, de que no hay
que arrepentirse; mas el dolor del siglo obra muerte» 2Cor. 7:9, 10). El verdadero
arrepentimiento no piensa tanto en las consecuencias del pecado como en su monstruosa
realidad intrínseca, de trasgresión de la ley de Dios y de perversión de la propia naturaleza.
Además, en todo pesar de verdadero arrepentimiento hay esperanza. De otro modo, sólo
sería remordimiento o desesperación.
El arrepentimiento introduce en nuestra vida afectiva nuevos deseos y sentimientos.
Si hasta entonces habíamos corrido tras el dinero avaramente, como sumo bien de la vida,
ahora corremos tras la gracia y el conocimiento de Cristo que nos son mucho más valiosos.
El alma arrepentida más desea la santidad que la grandeza, la fama o la prosperidad. Todos
sus cuidados y preocupaciones, centrados antaño en la seguridad de su físico, sus
posesiones, o sus vicios, se re sumen ahora en una sola pregunta: «¿Qué es menester que yo
haga para ser salvo?» Hechos 16:30.
Los temores del converso no son tanto el sufrimiento como el pecar, su reputación
como la gloria de Dios. Ni la enfermedad, ni la pobreza, ni la desgracia le parecen
importantes al lado del dolor de imaginar, aunque sea por un instante que pudiera perderse
y ser condenado.
La intensidad de los sentimientos varía con las personas. Y hasta puede darse el
caso de fariseos muy emotivos, y creyentes que, en cambio, sean de natural quieto y
apacible. La gran prueba de la genuinidad del arrepentimiento no serán, pues, los
sentimientos y emociones variables, sino la firme determinación de la voluntad de vivir uni-
da a Cristo por la fe, buscando tan solo agradarle, y hallando en su comunión con Dios el
sumo bien, por encima de todo otro deseo o afecto.
La voluntad en el arrepentimiento es la fuerza motriz del alma que cambia de
propósito y que apartándose definitivamente del amor al pecado y del falso brillo de los
engaños del Diablo, busca sinceramente el perdón y la regeneración. Porque el

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arrepentimiento tanto como un pesar por el pecado es un abandono del mismo. El
verdadero arrepentimiento lleva a la identificación con Cristo en su repulsa del pecado. La
sinceridad del arrepentimiento se muestra en que pide no tan sólo perdón, sino
regeneración: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro
de mí» Salmo 51:10, es la súplica ferviente del alma arrepentida.
El arrepentimiento se manifiesta, y se hace evidente, por la confesión de los pecados
a Dios Lucas 18:13 y la reparación de los daños y agravios causados al prójimo (Lucas
19:8).
Amigo que lees, ¿no has tenido tú todavía esta experiencia? ¿No deseas convertirte
a Dios? Interrumpe la lectura, y medita todo lo que has leído hasta aquí. Leer de un tirón
este libro sin preguntarte a ti mismo lo que afecta a tu propia necesidad de conversión, sería
perder el tiempo. Arrepiéntete y acude a Cristo.
Pero el arrepentimiento por sí solo no basta. En realidad, el arrepentimiento no tiene
ningún valor en sí independientemente del elemento positivo de la fe en Cristo, que
seguidamente consideraremos. El arrepentimiento sin fe quedaría reducido al pesar y la
desesperación del que ve su pecado pero no sabe cómo librarse de él.
Mas, de hecho, el verdadero arrepentimiento nunca va desligado de la verdadera fe.
Odiar el pecado por lo que tiene de rebelión y de insulto a la persona y a las leyes de Dios
sería imposible sin tener al mismo tiempo una clara visión de la misericordia divina que a la
par que nos ofrece perdón y regeneración nos muestra en toda su realidad lo odioso del
pecado.
La cruz nos enseña el verdadero arrepentimiento Juan 12:32, 33. «Arrepentimiento
para con Dios y fe en nuestro Señor Jesucristo» Hechos 20:21.
Y del mismo modo que el arrepentimiento va unido a la fe, así también puede
decirse que donde hay verdadera fe hay arrepentimiento. Pues, arrepentimiento y fe son los
dos aspectos inseparables del hecho único de la conversión. Donde no hay arrepentimiento
auténtico no hay fe; y donde no se vislumbra fe no puede haber verdadero arrepentimiento.
El hombre o mujer que de veras se hayan arrepentido muestran, tarde o temprano, su fe; y
el que cree con una fe viva, mostrará, a no dudarlo, su odio y renuncia al pecado.
Aquella niña que oraba: «Señor, hazme buena, pero solamente lo justo para que mi
mamá no tenga que castigarme», no es precisamente el ejemplo ni del arrepentido ni del
creyente, pero sí la triste ilustración de la condición espiritual de muchas almas engañadas.
¿Cual es tu situación, querido lector?

6. FE

La fe implica libertad. Elige a Cristo no por coacción o imposición de ninguna clase, sino
libremente. Escoge a Cristo por considerarlo la mejor elección y sigue voluntariamente en
sus caminos. «Tus mandamientos he escogido» (Salmo 119:173). No acepta a Cristo como
el país conquistado que se somete a su conquistador. No se abre su corazón como se
abrieron las puertas incendiadas de Numancia ante el empuje de los sitiadores romanos,
sino más bien con el gozo con que París recibió a los libertadores aliados, al término de la
última gran guerra, después de haber estado sometida a la ocupación nazi. Como todas las
ilustraciones, este ejemplo, sin embargo, refleja sólo muy pálidamente la experiencia del
alma que acude a Jesucristo, abriéndole al mismo tiempo las puertas de su espíritu de par en
par.
Los pensamientos, los sentimientos y las resoluciones de un hombre, sólo en una

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pequeña isla, junto a una barca, y amenazado por una tormenta que muy posiblemente
podrá inundar el islote, hasta sumergirlo, nos ofrecerán quizá una mejor ilustración de lo
que la Escritura entiende por fe.
Lo vemos primeramente contemplando la barca como algo que realmente existe,
algo sobre lo que no puede dudar, pues está allí ante sus ojos. Pero, a medida que la marea
sube experimenta ciertas emociones: el temor de lo que pueda acarrear la tormenta y la
esperanza de que el bote le pueda servir para ponerse a salvo. Piensa: «Esta barca me puede
ser útil en tiempo de necesidad; es algo práctico», si bien no está todavía dispuesto a subir a
la misma. Pero, finalmente, cuando ve que las olas, si continua en la isla, lo anegarán
sepultándolo en las profundidades del mar, entonces un elemento de decisión se introduce
en sus pensamientos, la voluntad se pone en acción y entra en la barca. A partir de aquel
momento confía en aquel medio de navegación como la única salvación, la única salida y la
única esperanza. Solamente esta última determinación es la que salva, si bien incluye los
pensamientos y los sentimientos anteriores. Pero, éstos por sí solos de nada le hubieran
servido.
Así, tampoco basta que nuestra fe se limite a un mero reconocimiento intelectual de
las excelencias del cristianismo, ni siquiera a una comprensión clara del plan de la
salvación tal como nos es dado en las páginas de la Escritura.
De nada le hubiera servido al hombre de nuestro ejemplo el contentarse con un
simple reconocimiento de la existencia y la excelencia de la barca Lo que le salvó fue el
subir a ella.
«Y estando en Jerusalén en la Pascua, en el día de la fiesta, muchos creyeron en su
nombre, viendo las señales que hacía. Mas el mismo Jesús no se confiaba a sí mismo de
ellos porque él conocía a todos, y no tenía necesidad que alguien le diese testimonio del
hombre; porque él sabía lo que había en el hombre» Juan 2:23, 24.
Toma nota de estos pensamientos de Jesús. Convéncete de una vez para siempre que
se puede creer con una fe que nada tiene que ver con la que exige Dios. ¿Has examinado tu
manera de creer, amigo que lees? ¡Qué terrible si tú, confiando en una falsa creencia,
tuvieras que escuchar el mismo comentario acerca de tu fe!
El elemento sentimental es tan engañoso como el meramente intelectual. O quizá
más, porque sus apariencias se prestan a mayor confusión. Jesús mismo da el toque de
alarma en la parábola del sembrador cuando comentando sus propias palabras dice: «Y el
que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la Palabra, y luego la recibe con gozo.
Mas no tiene raíz en sí, antes es temporal, que venida la aflicción o la persecución por la
Palabra, luego al instante se escandaliza» Mateo 13:20, 21.
La experiencia de la gran mayoría del pueblo de Israel, luego de haber sido
libertado de Egipto, tiene mucho que enseñarnos sobre este punto. Es por esto que la cita el
salmista: «Los salvó de las manos de los que los aborrecían y los sustrajo al poder del
enemigo. Y las aguas sumergieron a sus enemigos, no escapando ni uno solo. Entonces
dieron fe a sus palabras y cantaron sus alabanzas. Pero bien pronto se olvidaron de sus
obras, no confiaron en sus designios. Dejáronse llevar de su concupiscencia en el desierto y
tentaron a Dios en la soledad» Salmo 106:10-141.
Lo importante no es la emoción religiosa, sino la devoción auténtica.
¿Quién no se conmovía por la predicación de Jesús? y más aún al ver sus milagros.
Pero era precisamente de estos sentimientos (cuando no eran más que sentimentalismo) de
lo que Cristo desconfiaba. Aquella fe emotiva, y por tanto voluble y temporal, podía
aprovecharse momentáneamente de las bendiciones que los milagros del Redentor traían

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sobre las gentes. Pero no era la fe que salvaba. «Y el que había sido sanado, no sabía quién
fuese; porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar. Después le
halló Jesús en el templo, y díjole: He aquí has sido sanado; no peques más, porque no te
venga alguna cosa peor» Juan 5:13, 14; la fe de aquel hombre podía darle la seguridad de
su salud física, pero no de su salud espiritual. A todas luces, era una fe bien pobre, una fe
circunstancial, pero no era todavía la fe definitiva, la fe salvadora, y Jesús tuvo que
amonestarle a no pecar más. La fe en los milagros no era una fe de calidad, sino más bien
una forma elemental y rudimentaria de creencia espiritual. De ahí que poco tiempo después,
pasado el primer siglo, los milagros cesan. No porque la fe de la Iglesia haya decaído, sino
precisamente por todo lo contrario. El Espíritu Santo y sus dones son cada vez tenidos, y
buscados, como lo más precioso y tras ellos se ejercita la fe robusta de los creyentes
maduros espiritualmente. En cambio, en el retroceso espiritual que se produjo durante la
Edad Media, la sed de milagros era insaciable.
Son los milagros del Espíritu los que impresionan más eficazmente y los que
pueden traer efectos más permanentes tanto en las almas que son objeto de los mismos
como en los espectadores. Daniel Webster, el famoso orador y jurisconsulto americano,
tuvo la desdicha de ver casada a la menor de sus hermanas con John Colby, hombre de
quien se decía que era el más impío y desalmado de toda la comarca. Pasaron algunos años
y Daniel Webster tuvo noticias de su cuñado en las cuales se le informaba de un gran cam-
bio que se había operado en su vida. Webster, aprovechando unas vacaciones, fue a visitar a
su hermana. Al trasponer los umbrales de la granja de Colby, lo primero que se ofreció a la
vista del visitante fue una Biblia abierta sobre la mesa y a su cuñado inclinado en
meditación sobre ella. Después de saludarse, lo primero que Colby preguntó a Webster fue:
«¿Eres cristiano?». Luego, a sugerencia del dueño de la granja, los dos hombres se
arrodillaron y oraron juntos. De regreso a sus quehaceres y comentando la experiencia
vivida en casa de su hermana, Webster decía: «Me gustaría saber lo que los enemigos del
evangelio dirían sobre la conversión de John Colby. No conozco otro hombre que,
humanamente hablando, estuviera más lejos de convertirse al cristianismo que mi cuñado.
Era blasfemo, dado a los placeres más bajos, egoísta, orgulloso, insolente y enemigo del
Evangelio, la Iglesia y los creyentes. Y así vivió un buen número de años hasta llegar a la
edad madura, cuando difícilmente se operan cambios en el carácter y las costumbres de los
hombres. Y sin embargo, todos sabemos ya qué ha sido de él, de que manera ha cambiado,
cómo ahora se muestran en él las señales de la conversión y la santificación que le han
hecho un hombre nuevo, paciente, piadoso, humilde y amoroso». «Diga lo que quiera la
gente —siguió comentando Webster— pero nadie podrá convencerme a mi de que, aparte
la todopoderosa gracia del Dios Todopoderoso, nadie podía obrar tal cambio como el que
mis propios ojos han visto en la vida de John Colby». Pocos días después, Webster
saludaba a un viejo amigo incrédulo, John Taylor, «Bien, Taylor, en nuestros días ocurren
milagros, exactamente igual que en la antigüedad —dijo Webster». «Pero ¿qué dices? ¿A
qué viene eso ahora?», preguntó el amigo del gran orador. «John Colby se ha hecho
cristiano, ¿quieres todavía un milagro mayor?».
Solamente una fe que es más que pensamientos o sentimientos puede traer un tal
cambio transformador. Solamente una fe que decididamente, con voluntad firme, se lanza
en brazos de Cristo, puede salvar al hombre.
En nuestro ejemplo anterior, el hombre cuya vida estaba en peligro por la tormenta
se salvó sólo cuando entró en la barca.
En su aspecto intelectual la fe es receptora y cree que Dios existe y que el Evangelio

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es la verdad; para el elemento emocional la fe se siente conmovida y cree que Dios puede
ayudarnos; pero es sólo por la voluntad que la fe obra y acude a Dios Hebreos 11:6.
La luz requiere dos cosas: el sol que brilla y los ojos que captan este brillo. No
podríamos ser salvos sin Cristo que ha hecho posible esta salvación, por su obra expiatoria
en la cruz del Calvario. Pero tampoco, si nosotros no tomamos todas las bendiciones que
lleva aparejada. La fe es el acto por el que recibimos a Cristo en nuestra vida, es decir: en
nuestra inteligencia para iluminarla, en nuestro corazón para limpiarlo y en nuestra
voluntad para guiarla. La fe de aquella mujer que tocó un borde del vestido de Jesús se
apropió del poder sanador que emanaba de la persona del Mesías. Pero es mejor
permanecer en constante contacto con Cristo para recibir continuamente su gracia y su vida.
Y aún mejor que todo esto es recibirle en lo más recóndito de nuestro espíritu, para que sea
el alma de nuestra alma y la misma vida de nuestra vida. Esto es la esencia de la fe: el
sumergir nuestra existencia en la existencia de Dios. El recibir al Espíritu de Cristo como
una energía que nos penetre y nos transforme.
Debemos recibir a Cristo en la misma medida en que nos damos a El. Y recibirle de
una manera completa. No sólo hemos de tomar su salvación, sino su señorío y la obra
santificadora que desea realizar en nuestra vida.
Hay personas que están dispuestas a aceptar a Cristo como su Salvador, por miedo a
la condenación eterna. Pero en realidad lo que pretenden es dividir en secciones aisladas
tanto la Persona como la obra del Señor y tomar únicamente aquellas porciones que les
interesan (o que creen ellos que les interesan más; pues un juicio imparcial les llevaría a
tomar al Cristo total que es en verdad el que les interesa). Es un error de funestas
consecuencias el querer dividir los oficios y los beneficios de Cristo. Si tú, querido lector,
amas tu alma, ten cuidado y presta atención a lo que estamos diciendo.
A la gente le gusta oír hablar de Cristo como el dulce Jesús, el Salvador, pero
detesta escuchar los mandamientos de Jesús el Señor, el Dueño y Soberano de todo y de
todos. Dios ofrece un Cristo que es Salvador y Señor; pero muchos sólo quieren al Salvador
y tratan de desentenderse del Señor. También aquí dividen lo que Dios ha unido: al
Redentor compasivo y al Rey justo. Son muchas las almas que no están depuestas a aceptar
la salvación en los términos en que Dios la ofrece. Dan su conformidad a ser salvadas de la
condenación, pero no del pecado. Quieren salvarse en sus pecados, no de sus pecados.
¡Nefasta locura! Les gustaría poder salvar el alma, pero al mismo tiempo sus
concupiscencias. De nuevo dividen al hombre: dispuesto a que Cristo borre y destruya
ciertos pecados que le privan de ser salvo, pero a condición de que no toque ciertas otras
concupiscencias. ¡Por amor de tu alma! Examina bien si tú también obras así; tu conversión
depende de que entiendas bien esto. Tu fe debe recibir al Cristo completo, y tu alma debe
abrírsele también completamente, sin limitaciones, sin excepciones, y sin reservas. La
verdadera fe esta dispuesta a recibir a Cristo y a darse a El incondicionalmente; anhela no
sólo la liberación del pecado sino el dominio del Señor asimismo. Como Samuel exclama:
«Habla que tu siervo oye» 1Samuel 3:10. Se entrega sin condiciones, en blanco, para que
Cristo escriba su voluntad sobre él. No quiere dejar de confesar ni un solo pecado, ni
ignorar uno solo de los mandamientos del Señor. Mientras que el hombre inconverso con-
sidera la vida cristiana como un calvario de prohibiciones y cadenas, el verdaderamente
convertido empieza a comprender que la dirección de Cristo para su vida, y en su corazón,
constituyen su auténtica libertad. Entiende perfectamente aquellas palabras de Jesús a los
judíos conversos: «Si vosotros permaneciereis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis
discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os libertará» Juan 8:31, 32.

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La falsa fe quiere la santidad tan sólo como una medicina desagradable, pero
necesaria hasta cierto punto. Desea sólo la imprescindible, como aquella niña cuya oración
hemos comentado anteriormente. Esta fe espuria, ficticia, inquiere diligentemente por el
camino más corto y más fácil. Porque lo que ama no es la santidad por sí misma, ni siquiera
a Cristo, pues si amase a éste amaría a aquélla que es un atributo de su carácter divino. Es
una fe que solamente se ama a sí misma, una fe que en lugar de traer salvación aumenta la
condenación.
La verdadera fe no se contenta con lo justo y suficiente para salvarse, quiere más.
Quiere a Cristo mismo y no tan sólo su salvación. En los siguientes versos, atribuidos a
Teresa de Ávila, halla la verdadera fe su expresión inmortal:

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me


mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, -
muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévanme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te
amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo
mismo que te quiero te quisiera.

7. LO QUE NO ES LA FE

La fe, no es, pues, un mero asentimiento de la mente a ciertas verdades. No puede limitarse
a una simple creencia de la inteligencia que sólo afecta al orden de las ideas. Tiene que ser
más, mucho más que esto.
La fe, para muchas personas, es más creer en una idea que en una Persona. Creen de
la misma manera que el estudiante de bachillerato cree en el Meridiano de Greenwich, la
regla de tres, el principio de Arquímedes y la ley de la gravedad. Pero estas creencias muy
poco se relacionan con su vida personal, sus afectos, sus decisiones y sus sentimientos.
Porque estas cosas no son más que esto: cosas; a lo sumo ideas, pero con una muy escasa
proyección en la vida cotidiana.
Su fe en Dios es casi del mismo calibre que su fe en Cristóbal Colón. Creen
sencillamente que Aquél existe y que éste existió. Nada más.
Y aún nos atreveríamos a decir que su creer en Dios afecta, a veces, mucho menos
en su vida que su creencia en otras cosas, como las matemáticas, por ejemplo. En efecto, el
que dos y dos son cuatro determina todos sus cálculos, y es tenido muy en cuenta en
muchas de las decisiones y actividades que realiza diariamente. Este principio aritmético
tiene mucha más fuerza en su vida que la «idea» difusa y lejana del Dios de su creencia. De
modo que, creyendo en una Persona como si fuera una cosa lejana, todavía las cosas
representan mucho más que aquella Persona desconocida y extraña llamada Dios.
Dios, para mucha gente, no es más que un tópico, un lugar común. Prácticamente
quien así cree es ateo, aunque teóricamente crea en Dios.
Hagamos la prueba. Supongamos que alguna de esas personas llegase un día al
convencimiento de que Dios no existe. Es decir: que de ateos prácticos llegaran a ser ateos
convencidos. ¿En qué afectaría esto a su vida? ¿Sería tan profundamente alterada que
podría decirse que una verdadera revolución se había producido en la misma?

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Indudablemente que no. ¿En qué se diferencian ahora de sus amigos qué con más franqueza
dicen que son incrédulos? Si examinan y comparan verán que sus vidas son muy parecidas,
por la sencilla razón de que el Dios de los que dicen tener fe está tan ausente de la vida del
(digamos) creyente, como de la vida del incrédulo.
No, esto no es la fe bíblica, la fe que Cristo enseñó y predicaron sus apóstoles. «La
verdadera fe —ha dicho un gran Reformador— es aquella confianza segura y firme
convencimiento del corazón que nos llevan a Cristo, haciéndolo no sólo el objeto de nuestra
fe, sino que en la misma fe Cristo está presente. La fe se ase de Cristo en lazo indisoluble,
gozándole como posesión perpetua. Hay que observar que puede creerse de dos maneras: la
primera es creer acerca de Dios, es decir cuando creo que es verdad lo que me dicen de El,
igual que creo verdad lo que se me dice de los turcos. Pero esta fe es más una ciencia y un
conocimiento que una fe. La segunda manera de creer, consiste en creer en Dios, o sea: no
sólo creo que es verdad lo que me dice Dios, y me dicen de El, sino que pongo confianza en
El, me dirijo a El, y procuro ponerme en contacto con El, creyendo sin ninguna duda que
Dios será para mí, y me tratará, según lo que he aprendido de El; no es así como ya creía en
los turcos, ni en ningún hombre, por más que fuere alabado».
La fe es comunión con Cristo más que opinión acerca de El.
La fe descansa en una Persona. Es el acto por el cual una persona pecadora, se
entrega a otra Persona, el Salvador. En Juan 11:25 dice el Señor a Marta: «Yo soy la
resurrección y la vida». Y es que Marta se sentía inclinada a sustituir la fe en una Persona
por una creencia en cierta doctrina abstracta: «Dícele Jesús: Resucitará tu hermano. Marta
le dice: Yo sé que resucitará en la resurrección en el día postrero. Dícele Jesús: Yo soy la
resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive
y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?» Juan 11:23-26.
El que la fe que salva sea una fe que descansa en la Persona de Jesucristo se comprende
rápidamente si tenemos en cuenta que la fe, por sí misma y ella sola, no tiene ningún valor,
por que quien nos salva realmente no es la fe sino Cristo. La fe es únicamente el
instrumento que se apropia la salvación, la mano tendida que recibe el Don de Dios, los
brazos que se asen del Salvador. Por consiguiente, la única fe que salva es la fe en Cristo,
no cualquier clase de fe en cualquier otro que no sea Dios encarnado.
Una vez más invitamos al lector a detenerse, para que medite todo lo leído hasta
aquí. ¿Tienes tú esta fe? ¿Crees así realmente? ¿Qué lugar ocupa Cristo en tu fe?
La fe no consiste tampoco en «creer mucho y pecar más». Los que nos acusan de
semejante doctrina no hacen otra cosa que colocarnos junto al apóstol S. Pablo y colocarse
ellos en la postura de sus enemigos cuando también le acusaban de lo mismo: «¿Y por qué
no decir lo que algunos nos atribuyen calumniosamente, asegurando que decimos:
Hagamos el mal para que venga el bien? La condenación de ésos es justa». (Romanos 3:8).
«¿Pues qué diremos? ¿Perseveraremos en pecado para que la gracia crezca? En
ninguna manera. Porque los que somos muertos al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?»
Romanos 6:1. Si la fe lleva a Cristo a nuestra vida, ésta necesariamente habrá de producir
buenos frutos. Es pura lógica. Santiago razona de este modo: «Hermanos míos, ¿qué
aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle...? Porque
como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta». (Santiago
2:14, 26). Santiago no dice que la fe en Cristo no salva, Santiago dice que la fe sin obras es
muerta, es decir: ficticia, irreal y por lo tanto no es la verdadera fe.
Al aceptar a Cristo no meramente como un Salvador externo, sino como un poder
santificador interno Hebreos 7:15-16, la fe que consigue esto ha de llevar necesariamente a

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las buenas obras. No es que las buenas obras, por sí solas, salven, pero la fe que salva se
muestra, y se demuestra, por ellas. Es «la fe obrando por el amor» de que nos habla S.
Pablo en Calatas 5:6. Toda fe que no actúe conforme a los principios de Cristo es una fe
«muerta», ilusoria, que carece del principio dinámico de la voluntad que se ha apropiado de
Cristo.
Es la salvación la que produce en el corazón del hombre las buenas obras, y no las
buenas obras las que pueden producir la salvación. ¿Qué obras podrá hacer un cadáver
espiritual? El nombre no regenerado es incapaz de hacer nada que pueda ser agradable a los
ojos de la santidad perfecta de Dios Salmo 14. Intentar salvarse mediante las obras es como
querer llegar a una ciudad distante, no montado en el tren, sino empujando a éste. Es el
Espíritu de Dios, en la regeneración, el que nos capacita para realizar obras verdaderamente
buenas, no un mero deseo de ser mejores ni un esfuerzo de perfección puramente humano.
La fe depende de la energía de Dios. Somos salvos por la fe, es decir, por el Cristo
que nos trae la fe. Y esta experiencia necesariamente producirá frutos buenos.
El gran siervo de Dios David Brainerd nos habla maravillado, en su diario
misionero de lo que observó en una tribu de indios de América. Nos cuenta que habiéndoles
predicado el Evangelio y persuadiéndoles a aceptarlo por la fe, después de una corta
instrucción, muy resumida, sobre las verdades fundamentales del cristianismo, y habiendo
estado ausente de ellos por espacio de dos años, al regreso se encontró que los frutos de
justicia, sobriedad, virtud y fraternidad eran visibles por todas partes. Y ello a pesar de
haber tenido tan poco tiempo para darles siquiera una adecuada enseñanza moral. Estaba en
lo cierto Spurgeon cuando dijo que la santificación era el lado visible de la salvación.

8. ¿VACILACIONES?

No obstante, quizá seas tú ahora quien nos formules una pregunta: ¿Y cómo puedo estar se-
guro de que si creo de esta manera, es decir: si me convierto y tengo fe soy salvo? ¿Cómo
puedo tener la certeza, la seguridad y la convicción de que soy salvo?
En primer lugar debemos aclarar que pretender tener la seguridad de nuestra
salvación no es presunción, ni mucho menos. Es, sencillamente, obediencia a la Palabra de
Dios. Si Dios me lo dice, yo no puedo dudar de ello, salvo riesgo de implicar que Dios no
dice la verdad. San Juan afirma: «Si recibimos el testimonio de los hombres, el testimonio
de Dios es mayor; porque éste es el testimonio de Dios, que ha testificado de su Hijo. El
que cree en el Hijo de Dios, tiene el testimonio en sí mismo: el que no cree a Dios, le ha
hecho mentiroso; porque no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado de su Hijo. Y
este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que
tiene al Hijo, tiene \ida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida» (1Juan 5:9-12).
Por tanto, sigamos el ejemplo de Abraham que. «tampoco en la promesa de Dios dudó con
desconfianza: antes fue esforzado en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de
que todo lo que había prometido era también poderoso para hacerlo» Romanos 4:20, 21.
Lo que suele ocurrir, a menudo, es que nos fiamos más de nuestras emociones e
impresiones pasajeras que de la realidad del poder y la obra de Dios. Para usar el tan
conocido ejemplo: debemos fijar nuestra mirada en la barca que nos salva, no en nuestro
estado de ánimo al entrar en la misma. «Puestos los ojos en el autor y consumador de la fe,
en Jesús» Hebreos 12:2.
No olvidemos que lo que nos salva es nuestra fe en Cristo, no la fe en nuestra fe, o

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en nuestros sentimientos. Así como la salvación depende del objeto de nuestra fe: Cristo
(ya hemos dicho antes que si la fe se adhiere a alguien, o algo, que no sea el Hijo de Dios,
no sirve para nada, es vana e inútil), así la seguridad de nuestra salvación no radica en el
grado de intensidad de nuestras emociones (ni siquiera las religiosas), sino en el hecho de
que realmente estemos unidos a Cristo.

9. LA SEGURIDAD DE LA SALVACIÓN

Quizá todavía quede una duda: «Yo sé que soy salvo ahora por la conversión genuina a
Cristo que he experimentado, pero ¿perseveraré así siempre? ¿Qué garantía tengo de que
algún día no me aparte y deje el camino iniciado hoy?
Querido amigo, lee los siguientes textos. Constituyen la respuesta de la Palabra de
Dios a tu pregunta:
«Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna y
no perecerán para siempre, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio,
mayor que todos es y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre» Juan 10:27-29.
«Doy gracias a mi Dios en toda memoria de vosotros, por vuestra comunión en el
Evangelio, desde el primer día hasta ahora: estando confiado de esto, que el que comenzó
en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:3, 5, 6).
«Yo sé a quién he creído, y estoy cierto que es poderoso para guardar mi depósito para
aquel día» 2Timoteo 1:12.
«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande
misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los
muertos, para una herencia incorruptible, y que no puede contaminarse, ni marchitarse,
reservada en los cielos para nosotros que somos guardados en la virtud de Dios por fe, para
alcanzar la salvación que está aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo»
1Pedro 1:3-5.
No objetes todavía que la convicción de estar salvado podría llevar a ciertas
personas a la inmoralidad o al abandono espiritual. Muy al contrario. Porque la seguridad
del creyente es una seguridad en la santidad. No hay otra.
Comentando el pasaje de Juan 6:37, «Todo lo que el Padre me da vendrá a mí; y al
que a mí viene, no le echo fuera», hay quien ha observado que la seguridad de estas
palabras del Señor está condicionada, sin embargo, a dos hechos previos: 1.- Que Dios nos
haya dado su Espíritu Santo, y 2.- que nosotros nos hayamos dado a El. O sea, si somos
convertidos realmente, por haber acudido a Cristo, verdaderamente podremos tener la
seguridad de nuestra salvación eterna. Si no es así, indudablemente, nuestra confianza sería
mera jactancia blasfema.
«El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que
son suyos y apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo» 2Timoteo
2:19. Dios por su sabiduría, que todo lo penetra, sabe quiénes son los verdaderos creyentes.
El cristiano, que no es omnisciente, sólo puede saber si se halla en el número de los
redimidos por la clase de vida que lleve.
Para el cristiano consecuente, sin embargo, no hay problema Su conversión le ha
unido a Cristo, y esta unión le mueve a una vida de conformidad con la voluntad de Dios,
apartada de la iniquidad. Tiene en sí mismo el testimonio de su conducta (no perfecta,
porque la perfección no es de esta tierra) y el testimonio del Espíritu de Cristo testificando a
su alma, «porque el mismo Espíritu da testimonio a nuestro espíritu que somos hijos de

21
Dios» (Romanos 8:16).
«Hermanos, procurad tanto más de hacer firme vuestra vocación y elección; porque
haciendo estas cosas, no caeréis jamás. Porque de esta manera os será abundantemente
administrada la entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador Jesucristo» 2 Pedro
1:10, 11.
El que haya personas que parecen haber sido cristianas durante un tiempo y luego
apostaten, no significa que la salvación pueda perderse. Significa solamente que estas
personas nunca fueron salvas. Así lo explica la Palabra de Dios, por boca del mismo
apóstol Juan, el que más afirmaciones aporta para asegurar la perseverancia eterna de los
convertidos: «Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros, porque si fueran de nosotros,
hubieran cierto permanecido con nosotros; pero salieron para que se manifestase que todos
no son de nosotros» 1Juan 2:19.
La evidencia decisiva de la seguridad de nuestra salvación descansa en una
experiencia siempre presente, de la presencia de Cristo en nuestro corazón, el noble
servicio en su causa y una vida consagrada.
Este estudio sobre la conversión nos ha llevado a donde tenía que llevarnos, si
seguíamos las indicaciones de la Palabra de Dios. La conversión nos ha mostrado la
salvación y ésta nos ha llevado al verdadero cristianismo, al cristianismo de los que saben
que son de Cristo. Ya decíamos al principio que sin conversión no hay salvación, y sin
salvación no hay cristianismo.
La pregunta más importante que puedas formularte en tu vida es: ¿soy cristiano? Y
para responder a la misma has de saber contestar asimismo esta otra: ¿soy convertido?
Desciende a tu corazón, querido lector, examina tu alma y discierne.
Y si te das cuenta de que no puedes afirmar que eres salvo, que eres convertido, en
una palabra: que eres cristiano, repasa detenidamente las páginas que acabas de leer. Si
meditas sin prejuicios, si escuchas sobre todo la voz de Dios hablándote por su Espíritu
Santo a través de los pasajes bíblicos, tú también puedes llegar a experimentar el más
maravilloso acontecimiento de la vida: ser salvo.
¿No querrás ir a Cristo para tener vida eterna?

CONVERSIÓN O PERDICIÓN

SEGUNDA PARTE

¿Qué es lo que consideras más necesario para tu vida? ¿Tu pan cotidiano? ¿Tu trabajo? ¿El
amor de los tuyos? Sí, todo esto te es necesario. Pero hay algo que todavía lo es más: tu
conversión. Porque de ella depende tu destino eterno. El alimento, la actividad y el amor
terrenos pasarán y llegará un día en que la única necesidad real y apremiante será el ser
sustentado por el Pan de Vida (Juan 6:35) y ser amado por Dios como hijo, cosas todas
ellas posibles solamente a aquellos que por la fe se hayan allegado a Cristo, uniéndose a El
en lazo indisoluble.
¿De qué te sirven tus posesiones si más tarde o más temprano has de perderlas
todas? ¿No es acaso más apremiante asegurarte la posesión de la vida eterna? ¿De qué te
aprovecha correr tras los placeres locos, si no tienes el gozo de la salvación. Salmo 51:12?
¿De qué te aprovecha ganar el mundo si pierdes el alma (Marcos 8:36)?
No lo olvides, lector, o eres hombre convertido o estás perdido.

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1. LA VIDA DEL INCONVERSO

El hombre inconverso es un ser cuya existencia no tiene sentido. ¿Para qué vive? ¿Cuál es
el objeto de su vida? Si examinas detenida e imparcialmente te darás cuenta que ninguno.
En el mejor de los casos ha hecho del dinero, la fama, o los placeres, la meta de sus
aspiraciones. Pero, como acabamos de ver, todo esto se desvanece pronto y en la eternidad
no sirve para nada. Solamente una vida orientada hacia el más allá, viviendo ya aquí con la
conciencia de su destino eterno, puede dar sentido y valor a la aventura humana en la tierra.
Tan sólo el tener en cuenta a Dios prestará significado a nuestra vida.
Pero el absurdo de una vida inconversa se hace todavía más patente en los millones
y millones de almas que viven sin otras aspiraciones que vegetar como los irracionales,
reduciendo todos sus ideales al «comamos y bebamos que mañana moriremos». Comer,
dormir, trabajar, y procrear. Un círculo monótono y mecánico que más se parece a la
condición de los brutos que no a la del hombre dotado, de razón, sentimientos y voluntad.
¿No es una lástima, una verdadera tragedia, que el hombre quede reducido a un ser
inútil y parásito a los ojos de Dios? Esto es el hombre no convertido, el hombre que no
tiene más razón para vivir que la que tiene el conejo o el gato. El hombre fue creado para
dar gloria a Dios Isaías 43:7. ¿Y qué hace el hombre? Ni siquiera se da gloria a sí mismo.
Porque en la gloria del Señor es en donde únicamente puede hallar el hombre su propia
gloria. El hombre ha sido creado para Dios, como decía Agustín de Hipona, y solamente en
Dios puede hallar satisfacción.
¿Crees que la vida del hombre ha de reducirse a un simple vegetar? Considera por
unos momentos la maravilla de variedad, potencia y habilidad de las capacidades con que
Dios ha dotado al hombre. Formado a su imagen y semejanza (Génesis 1:26-30), con
inteligencia, imaginación, memoria, voluntad, inventiva y sentimientos; erguido a
diferencia de todos los demás seres animales de los que se distingue por las características
apuntadas y por poseer un espíritu inmortal, dado por el soplo divino en su creación; el
hombre es un ser dotado de demasiados dones para tener como único propósito de su
existencia el común a los demás irracionales: nacer, nutrirse, crecer, reproducirse y morir.
¡Lejos de ti el pensar que Dios no te ha creado con otros propósitos!
Razona un poco. Habiendo sido creado tan maravillosamente, ¿no puedes
comprender que ha sido forzosamente con miras muy altas y propósitos muy nobles? ¿Y no
es lastimoso que el rey de la creación, el hombre, se reduzca al absurdo más grande del
universo? Todo tiene un propósito en el mundo, y todo obedece a los designios de Dios.
Pero en la cima de la creación quiso Dios colocar a una especie de seres que le obedecieran
por voluntad propia, por puro amor. Más he aquí lo que ocurrió; el pecado frustró la ar-
monía del universo (Génesis 3; Romanos 5) v aquel que tenía que ser el ejemplo más alto
de perfección presenta el cuadro más bajo de depravación. Todo obedece ciegamente a
Dios, toda la naturaleza declara la gloria del Creador (Salmo 19), mientras que aquel que
tenía que hacerlo, inteligentemente y voluntariamente no hace más que mostrar su ruina, su
miseria y su pecado.
¿Y piensas que tú que frustras los propósitos de Dios quedarás sin castigo? ¿Piensas que
Dios va a permitir eternamente este estado de cosas?
¿Crees que dejará impune la rebeldía humana? No seas tan insensato. Un delito de
alta traición como el cometido por toda la raza humana sólo puede esperar el terrible juicio
de la condenación divina. «¡Horrenda cosa es caer en las manos del Dios vivo!» (Hebreos

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10:31).

O te conviertes o estás perdido.


Y si estás perdido tu vida es vana; es como un instrumento musical al que se le
hubieran roto las cuerdas. Listo para ser desechado o destruido. O vives para Dios o tu vida
no tiene ningún sentido y está abocada a la perdición eterna.

Busca el propósito de tu vida, conviértete y sé salvo.


¿No te das cuenta de que es menester cambiar tu vida? ¿No ves que necesitas ser
transformado? Convéncete, de una vez por todas, que lo que dice la Palabra de Dios es
verdad, lo es porque lo dice Dios, y porque lo corrobora la experiencia de todo hombre
sincero consigo mismo: «El Señor miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres,
para ver si había algún entendido que buscara a Dios. Todos se desviaron, a una se han
corrompido; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno». (Salmo 14:2, 3).
¿Qué vería Cristo en el corazón del hombre cuando exclamó que de él salen «los
malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios,
blasfemias» (Mateo 15:19)? Este sombrío cortejo demuestra la clase de infierno que
llevamos dentro.
¡Qué horrible condición! El hombre hecho un poco menor que los ángeles (Hebreos
2:6-8) reducido por el pecado o algo poco mejor que los demonios. El rey de la creación,
aquel que lleva la misma imagen de Dios, hundido, abatido y hecho esclavo del mal. Más le
valiera no haber nacido nunca si no quiere ver la necesidad de la conversión, único milagro
que puede sacarle de la condición en que se halla.
Lector, ¿para qué sirve tu corazón? ¿para morada de Dios o antro del Diablo? No,
no contestes que para ninguna de ambas cosas. Sería otro engaño diabólico que tal vez te
convenciese a ti, pero que no alteraría el hecho de que los hombres o están con Cristo o en
contra de El. «El que no es conmigo contra mí es» (Lucas 9:50) declara el Señor. La
indiferencia no es más que una incredulidad disfrazada.

2. LA RELIGIÓN DEL INCONVERSO

Si la vida del inconverso es vana, su religión no puede ser más que vanidad.
No importa cuántas, ni cuáles, sean tus prácticas religiosas. A Dios le tienen sin
cuidado, a menos que te conviertas Isaías 1:14; Malaquías 1:10.
No creas que amontonar oraciones, limosnas y sacrificios, va a resolver el
problema. La oración, la caridad y la abnegación son cosas que agradan a Dios, pero
solamente cuando salen de un corazón regenerado, porque sólo entonces pueden ser hechas
sin motivos bajos, ni segundas intenciones, desinteresadamente; no por amor a la re-
compensa sino a la oración y a la caridad en sí mismas; y sobre todo por amor a Dios.
Después de Salomón, tal vez ningún monarca como Heredes se preocupó tanto por
levantar un templo al Señor, pero Dios que ve los corazones sabía cuáles eran los móviles
que impulsaban su celo: vanagloria, ostentación, exhibicionismo religioso, política y
tradición. Cualquier cosa menos la fundamental: la verdadera piedad. Y Dios lo condenó.
¿Queréis un hombre sin tacha, según el juicio de los hombres y de la religión? Saulo de
Tarso. Pero, años más tarde, confiesa que antes de convertirse todo lo que era y todo lo que
podía engrandecerle a los ojos de la religiosidad de los suyos no tenía ningún valor, porque
siendo inconverso estaba perdido Filipense 3:6-7).

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Hay personas tan insensatas que creen hacerle un favor a Dios asistiendo a las
ceremonias religiosas. Casi parece como si le exigieran a Dios el pago de sus bendiciones
en deuda por las molestias tomadas en el culto. Olvidan que para el creyente verdadero la
adoración no es una molestia sino un placer, y aún una necesidad. ¡Con su actitud no hacen
sino añadir condenación sobre condenación!
El problema de tus pecados no se resuelve con una fachada de dignidad, moralidad
y religiosidad. Es un problema del corazón y ahí ha de ser resuelto. Si tu corazón no ha sido
regenerado es en vano todo lo demás. Empieza por la conversión y verás entonces como
Dios se apiada de ti. Empezar por la religión, dando por descontado que Dios se agradará
de tus prácticas religiosas y en premio a ellas te salvará, equivale a querer edificar la casa
por el tejado.
No te engañes, si sigues en tu condición de pecador impenitente, Dios cierra sus ojos y sus
oídos por más que te esfuerces en tributarle culto. A Dios hay que adorarle y rendirle culto
en su debido lugar. Primero, conversión, luego adoración. Nadie puede invertir los
términos.

3. LAS FALSAS ESPERANZAS DEL INCONVERSO

Si la religión del inconverso es vana, sus esperanzas de salvación no pueden ser otra cosa
que vanidad.

a) Una esperanza blasfema


Hay algo nefasto en las esperanzas de salvación del inconverso que sólo confía en las
rutinarias prácticas de una religión, sea la que sea. Su esperanza es al mismo tiempo una
locura y una injuria a Dios. Finalmente desembocará en la desesperación.
Cosa terrible es que la esperanza del inconverso sea al mismo tiempo una blasfemia
contra Dios, aunque él no siempre se dé cuenta de ello. Si tú esperas que, pese a continuar
inconverso, te salvarás, estás esperando a que Dios no sea hallado fiel. Toda la misericordia
de Dios te es ofrecida sobre la base de tu arrepentimiento y fe. Dios no ha señalado otra
manera de poder encontrar la salvación. «El Señor es paciente con nosotros, no queriendo
que nadie perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento» 2 Pedro 3:9.
El Señor manifiesta repetidamente en su Palabra que, hagas lo que hagas y seas
quien seas, no te salvarás si no te conviertes, si no eres hecho una nueva criatura. «Porque
en Cristo Jesús, ni la incircuncisión vale nada, ni la circuncisión sino la nueva criatura»
Gálatas 6:15.
Decir que Dios puede salvarnos, sin que nosotros nos convirtamos, equivale, pues, a
decir que confiamos en un Salvador que no cumplirá lo que ha dicho. No esquivemos el
problema. Dios ha manifestado su amor haciéndose hombre y muriendo en la cruz del
Calvario por nuestros pecados, pero la salvación que nos ofrece es aplicada al hombre
solamente cuando éste se convierte de una manera real y sincera a Cristo. Dios es
misericordioso, pero también es veraz. Dice lo que hace. Y esta fidelidad a sus promesas
es'la base inconmovible y el apoyo infalible de la verdad del Evangelio. El inconverso, sin
embargo, pretende hacernos creer que Dios es misericordioso pero que no es veraz, y que
habiendo dicho una cosa hará otra.
«Sea Dios verdadero, más todo hombre mentiroso; como está escrito» Romanos
3:4.
Muéstrame una sola palabra de Cristo que te dé pie para creer que puedes ser salvo

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sin ser regenerado y dejaré de anunciarte este mensaje de conversión, este mensaje que
apremia porque sé que si no prestas oídos al mismo estás irremisiblemente perdido.
Muéstrame que fuera de la conversión a Cristo hay salvación y dejaré de escribir.
Mientras tanto no puedo hacerlo, porque la única esperanza cierta es aquella que
purifica y limpia del pecado 1Juan 3:3), mas la esperanza que te de el continuar en tu
pecado es una esperanza maldita Malaquías 3:11.

Sólo el Señor puede salvarte si continúas en tu condición de inconverso.

b) Una esperanza loca.


Fíjate bien en las palabras del apóstol San Pablo: «Bendito sea el Dios y Padre de
Nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual... para que
fuésemos santos y sin mancha delante de él» Efesios 1:3, 4.
¿Cuál es la finalidad de la salvación? La santidad. El Señor nos bendice para que
seamos santos. Ahora bien, ¿cómo esperas poder llegar a esta santidad si tu corazón no es
regenerado, si lo único que pretendes es un mero desplazamiento de residencia (pasar de la
tierra al cielo) en vez de una transformación de todo tu ser? La salvación no consiste en
transportar, sino en transformar el corazón.
«¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en el lugar de su santidad? El
limpio de manos y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a la vanidad...» (Salmo
24:3, 4).
¿Crees que un hombre inconverso, con un corazón no regenerado, se hallaría a
gusto en compañía de los santificados y en presencia de Dios tres veces santo? En realidad,
Dios hace un favor a los impíos no admitiéndoles en su presencia. ¿Qué papel crees tú que
haría un mono en una reunión de catedráticos, o un asno en un concierto? Es fácil de
adivinar: en ambos sitios se aburriría soberanamente.

La sabiduría de Dios hace todas las cosas bien.


Sería inconcebible por su parte el que concediera sus riquezas de gloria a aquellos
que apetecen más un mínimo placer sensual que todas las delicias espirituales juntas.
No es sólo impiedad, sino franqueza y una percepción muy clara de la realidad de su
condición, lo que hace exclamar a muchos inconversos: «¿Ir al cielo yo? ¡Quita, hombre!,
al infierno que se está mejor! Allí encontraremos a la mayoría de artistas, de mujeres
alegres, y de amantes de la juerga. Que se vaya quien quiera al cielo ¡vaya aburrimiento!
Yo me quedo con el infierno, en donde estaré mucho mejor. Allí nos divertiremos de lo
lindo».
El que así piensa demuestra tanto conocimiento de los deseos del corazón pecador
como ignorancia de las condiciones de vida en el más allá No nos engañemos, en el fondo
el impío aunque crea en Dios rehúsa creer en el infierno. En unos casos no preocupándose
de él, en otros burlándose. Y el diablo hace lo que se ha dado en llamar su obra maestra en
nuestros tiempos: hacer creer que no existe, para poder actuar así en el anonimato con
mucha más desenvoltura y eficacia.
De lo único que está cierto el impío sincero consigo mismo es que en caso de haber un más
allá, para sus preferencias sería mejor el paraíso de los mahometanos que el del Señor
Jesucristo.
El pobre pecador inconverso, en la mayoría de casos, nada sabe acerca de su fin.

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4. EL FIN DEL INCONVERSO

En el infierno, el pecador es dejado a su suerte, para que lo que hasta entonces ha sido
frenado por conveniencias hipócritas (y por la sal que la influencia del cristianismo ha
logrado hacer penetrar, preservando a la sociedad de una corrupción total) se desarrolle y
manifieste sin impedimentos. «El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es sucio,
ensúciese todavía» (Apocalipsis 22:11). En el infierno no hay dique que contenga la maldad
potencial del corazón humano. ¿No es esto, a fin de cuentas, lo que quiere el impío?
Pero por otro lado. Dios es el Dueño y Señor del universo. El es Soberano y a El
toca el regir todas las cosas.
Por consiguiente, el lugar en donde los que han rechazado la gracia de Dios sufrirán
su condenación no será una especie de región colonizada según el gusto y las preferencias
de sus moradores. En cualquier lugar en donde se halle el hombre, no podrá escapar nunca
a la esfera de influencia del gobierno divino (Salmo 139:7-12). El infierno es el lugar del
dolor y del sufrimiento (Mateo 18:8; 23:33; Marcos 9:43; Lucas 16:23, 28; Apocalipsis
14:10, 11; 20:10), por ser reunión de amantes del pecado, sometidos a un Dios que lo
detesta.
Lo más terrible para el condenado es que el infierno no anulará jamás sus pasiones
ni deseos desordenados, del mismo modo que la cárcel no elimina, sino que a veces más
bien incita la conciencia maleante de ciertos presos. El pecador

sentirá el aguijón de su pecado pero no hallará nunca el medio de satisfacerlo. El deseo del
pecado irá en aumento proporcionalmente a la misma desesperación producida por la
impotencia de realizarlo. Lugar de sufrimiento para quienes todo lo esperaron del mundo y
de la carne, lugai de angustia en donde cada cual no tendrá mas que su pecado que tanto
amó. Dios no habrá hecho más que darle lo que deseó. Porque del mismo modo que no
quiere que nadie se pierda (2 Pedro 3:9) tampoco desea forzar a nadie a aceptar la salvación
que de pura gracia ofrece en Cristo.
Cuánto acierto tuvo el escritor que dio a este lugar el nombre de «cloaca del universo».
Rincón en donde es echada la basura, los desechos y los, desperdicios de lo que no le sirve
a Dios.
Allí todo ha de ser corrupción, porque a la basura no alcanza el cuidado y la protección que
preserva las cosas, que las guarda y mantiene. En las cloacas, la corrupción es dejada
libremente para engendrar toda suerte de infecciones. Un pedazo de pollo que, servido en la
mesa o guardado en la nevera, era manjar suculento, una vez echado a la basura ya no tiene
otro destino que el de la putrefacción.
En la «cloaca del universo» el pecado no puede esperar más que su propia
corrupción. Y la suerte del pecado es la suerte de los pecadores que no han querido
desprenderse de él.
Conversión o perdición, ¿qué escoges tú?

IV EL IDEAL CRISTIANO

Este libro ha sido escrito con oración incesante. Al mismo tiempo que escribíamos
pedíamos al Señor que te bendijera y que iluminara tu espíritu para que, comprendiendo el
mensaje de salvación, te arrepintieras verdaderamente y pusieras tu fe en Cristo. Deseamos

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la salvación de tu alma porque sabemos que es lo mejor para ti
Queremos suponer que has hecho la decisión sabia, que te has convertido y te has
unido a Cristo para siempre. Sólo nos resta ahora esbozar, en este último capítulo, muy
brevemente, los ideales de la vida cristiana (*) y dar un último toque de alarma.
El ideal cristiano, valga la paradoja, es el más práctico de todos los ideales, porque
ha de traducirse en una vida de amor, de amor a Dios v al prójimo.

1. AMOR Y TESTIMONIO

Hay personas que dicen que sí a todo. Asienten con la cabeza a todo cuanto oyen sobre el
Evangelio y comprenden la necesidad que tienen de convertirse. Pero al llegar a este punto
práctico de la vida cristiana, después que el plan de la salvación no sólo ha sido entendido
sino que hasta parece, aceptado, surge el gran rechazo: «Sí, comprendo bien lo que Dios ha
hecho por mí, y acepto a Cristo como mi Salvador personal, pero mire, con esto tengo
bastante. No me hable de unirme con otros cristianos, yo tengo suficiente con creer para mí
y en la intimidad de mi corazón; pero en silencio y a solas podré vivir mejor mi vida
cristiana». que incredulidad disfrazada, o falta de comprensión verdadera del Evangelio. Ya
hablamos de ello en las páginas anteriores: en un sentido es querer dividir a Cristo,
quedándonos con el Salvador y desechando al Señor. En el fondo esta actitud es indicio o
bien de miseria espiritual o de ruina absoluta.
Da muy pocas evidencias de su fe cristiana el que desee vivir su vida aislado, sin
preocuparse ni por sus hermanos ni por los perdidos.
¿No es acaso el amor lo que distingue, o debe distinguir, a los discípulos de Cristo?
«Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos 'a otros: como os he amado, que
también os améis los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si
tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:34, 35). Son palabras de Jesús.
Pero, ¿cómo conocerán que somos discípulos de Cristo si nos desentendemos de los
demás hermanos en la fe, si ni siquiera buscamos su relación y su compañía? ¿Cómo
amaremos a quienes no conocemos y con quienes no nos une ningún lazo?
«Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad» 1Juan
3:18.
Además, no se trata tan sólo del amor que debemos a los hermanos, sino del que
todo cristiano de veras siente por las almas perdidas, y a las cuales llega por su testimonio
decidido. En medio de una ciudad atacada por una epidemia, y teniendo tú el remedio a tu
alcance, ¿te inhibirías y permanecerías indiferente a la suerte de sus habitantes? Pues
mucho peor que eso haces si poseyendo la verdad del Evangelio, la retienes para ti sólo y
no tratas de comunicarla a un mundo enfermo por el pecado.
¿Pretendes, por otro lado, poder vivir una vida espiritualmente sana sin el estímulo
y la comunión de los demás hermanos en la fe? Perdidos en la selva del mundo, ¿tirará cada
cual por su camino?
El cristiano pertenece a un Cuerpo con muchos miembros y cuando uno sufre todos
se compadecen. «Por manera que si un miembro padece, todos los miembros a una se
duelen, y si un miembro es honrado, todos los miembros a una se gozan. Pues vosotros sois
el cuerpo de Cristo, y miembros en parte» (1 Corintios 12:26, 27).
La insensibilidad de muchos que pretenden ser cristianos, ¿no nos autoriza a dudar
de su pertenencia al Cuerpo Místico de Cristo?
No, el auténtico cristiano no rehúye la comunión con los otros creyentes. Todo lo

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contrario, el salmista exclama: «A los santos que están en la tierra, y a los íntegros: toda mi
afición en ellos» (Salmo 16:3). Y antes en el versículo anterior había dicho: «Tú eres el
Señor, mi bien a ti no aprovecha». Sabía que el amor a Dios se demuestra precisamente por
el amor al prójimo, como más tarde diría el apóstol San Juan: «Si alguno dice: «Yo amo a
Dios», y aborrece a su hermano al cual ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha
visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de El: Que el que ama a Dios, ame también a
su hermano» 1Juan 4:20, 21.
El cristiano que ha nacido de nuevo (y para Dios es el único cristianismo que
cuenta) se siente, por el contrario, impulsado a la convivencia con los que, como él, son
hijos de Dios. Ejemplo elocuente nos lo ofrece aquel grupo de creyentes nacido alrededor
de un solo ejemplar del Nuevo Testamento que alguien dejó en la casa de uno de ellos.
Cuando, pasados algunos años, se enteraron de que no eran los únicos cristianos de su país,
¡cuál no fue su gozo al poder extender el vínculo de su comunión fraternal con los nuevos
hermanos «descubiertos»!
Con naturalidad, el amor a Cristo nos lleva al amor al prójimo. Se ha dicho muy
atinadamente que el amor cristiano tiene dos vertientes; una vertical hacia Dios, y otra
horizontal extendiéndose hacia los hermanos y semejantes. El amor de Dios que está
derramado en nuestros corazones (Romanos 5:5), si de veras somos del Señor se desborda a
favor de los que nos rodean. Allí donde no se produzca esta «inundación», bien podemos
dudar de que haya habido nunca lluvia de bendición celestial.

Con toda naturalidad, hasta los no creyentes se unen según sus preferencias y así surgen
asociaciones de todas clases; agrupaciones deportivas, recreativas, culturales, y de toda
Índole formando clubs, peñas, etc. E incluso cuando no tienen gran cosa que hacer se
sienten impulsados a reunirse en un bar., para matar el rato. ¿Y permanecerá el cristiano
solo? ¿Aislado? ¿Como una gota de aceite en un océano de agua? Mal podría ser así la luz
del mundo y la sal de la tierra.
La idea de querer vivir la vida cristiana a solas es una sugerencia diabólica. El
Diablo sabe bien lo que se hace. Si todos los creyentes hubiesen sucumbido a esta
tentación, no habría habido nunca ni Iglesia, ni presencia de los cristianos en el mundo, ni
predicación del Evangelio, ni misiones, ni nada de todo aquello que Cristo dejó a sus
discípulos encargándoles que pasasen a los demás. Cristo quiere precisamente manifestarse
al mundo a través de los suyos. Así lo han entendido los cristianos de todas las
generaciones, y aún muchas veces al precio de su sangre. De ello dan testimonio los
innumerables testigos de la fe que, desde los circos romanos hasta las hogueras y las
cárceles de todos los tiempos, han dado su vida para que el conocimiento salvador de Cristo
llegara al mayor número posible de almas. Pues si hubieran apostatado de su fe en público,
pensando poder relegar ésta a la intimidad de sus conciencias únicamente, hubiera cesado al
instante la labor evangelizadora. Y esto es imposible. El discípulo de Cristo renunciará a
sus posesiones y hasta a su vida, si es preciso, pero a lo que no debe renunciar es a
proclamar el mensaje de su Señor y Salvador. Leemos en el libro de los Hechos de los
Apóstoles: «Y llamándolos (a los apóstoles), les intimaron que en ninguna manera hablasen
ni enseñasen en el nombre de Jesús. Entonces Pedro y Juan, respondiendo, les dijeron:
Juzgad si es justo delante de Dios obedecer antes a vosotros que a Dios: porque no pode-
mos dejar de decir lo que hemos visto y oído» (Hechos 4:18-20).
Si tú realmente te has convertido a Cristo, buscarás la compañía de otros hermanos
y te unirás a una iglesia en donde Cristo sea el Señor y su Palabra la máxima autoridad.

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«Pero, es que en todas partes hay hipócritas» acaso objetes. Sí, es verdad, pero
como dice Oswald Smith: es mejor correr el riesgo de codease ahora unos años con algún
hipócrita que no toda la eternidad con millones de ellos en la condenación eterna. El fariseo
no hace más que hacer resaltar el brillo del verdadero creyente. Entre los doce apóstoles
había un Judas, mas la traición de éste contrastó más por el arrepentimiento y la fidelidad
de aquellos.
Únete, pues, a una iglesia fiel a las Escrituras y en donde se ame y se adore a Cristo
en espíritu y en verdad, aun a sabiendas de que a lo mejor haya algún Judas. Peor para él.
Uniéndote con gozo a las tareas de tu congregación, podrás desarrollar en ella los dones que
Dios te haya dado 1Corintios 12 contribuyendo así al testimonio de los hijos de luz en un
mundo de tinieblas, a la par que a tu propia edificación y crecimiento espirituales.
Este crecimiento espiritual, necesario 1Pedro 2:1-5, y que se espera de todo
convertido se consigue, muy especialmente por medio de la Palabra de Dios, la Biblia. Las
Escrituras son el centro del culto cristiano, y mediante el ministerio de los pastores y
maestros que Dios pone en sus iglesias, la Palabra de Cristo es explicada y llega con poder
vivificante a las almas reunidas en oración y meditación. Como ya dijo Orígenes, aquel
doctor cristiano de la antigüedad: «La Palabra de Dios tiene la virtud de obrar en quien de
buena gana la recibe lo que ha menester».

2. LA PALABRA DE DIOS

Más, del mismo modo que la vida espiritual del hijo de Dios no se limita a una hora, el
domingo por la mañana, en el culto sino que, si es genuina, abarca controlándola toda su
existencia, así también la meditación de las Escrituras constituye una tarea diaria del
cristiano, tan necesaria como su comida, pues en realidad es el alimento de su alma.
Hay muchas personas que tienen un ejemplar de la Biblia en sus bibliotecas, como
tienen otro del Quijote; ahí están para engrosar la colección de libros, o para adorno, pero
casi nunca para ser leídos. Que ocurra con el Quijote, no tiene mucha importancia. Aunque
es buena literatura, se trata de un libro humano, pero que se menosprecie así a la Palabra de
Dios que contiene el mensaje más urgente para la humanidad, es algo incomprensible y que
sólo el hecho de la ruina del pecado en el hombre, nos ayuda a explicárnoslo. Aún los hay,
como ya en sus días se lamentaba el gran Juan Crisóstomo, que poseyendo los sagrados
libros de la Escritura «los conservan colocados en los armarios y ponen todo su interés en la
suavidad de las membranas o en la elegancia de los caracteres, menospreciando, en cambio
su lectura. Porque no los adquieren para ningún fin útil, sino solamente para hacer
presuntuosa ostentación de su opulencia. ¡Tan fuerte es el vano fausto de la gloria! A nadie
oigo que ambicione comprender los Libros, sino más bien jactarse de que posee libros
escritos con letras de oro. Y yo pregunto: ¿Qué provecho puede haber en esto?».
No, el cristiano no quiere su Biblia para hacer ostentación (bien sea de religiosidad,
que también ahí caen algunos, o bien de opulencia) sino para su devoción.
Tampoco lee las Escrituras como se lee una novela. El cristiano medita en la Palabra de
Dios, sacando de ella las insondables riquezas de su contenido siempre urgente, práctico y
oportuno. No se contenta con un mero conocimiento superficial de la misma, ni limita su
lectura a sólo una serie de porciones escogidas. No es un pasatiempo, sino una necesidad.
La Biblia sólo puede leerse propiamente con oración y meditación. La oración nos
pone en contacto con Aquél que la inspiró; la oración unge el mensaje bíblico, y el Espíritu
Santo, que cual rocío penetra nuestras almas, nos revela toda la verdad revelada (Juan

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14:26).
La lectura de las Escrituras debe ser impregnada con el aliento de nuestra oración.
La oración es tan necesaria al cristiano como la respiración' al cuerpo. Oración y
meditación forman el doble secreto del éxito de nuestra vida espiritual, porque constituyen
la doble escalera que nos pone en contacto con Dios y hace descender sobre nuestras
almas la gracia divina.
A la luz de lo que acabamos de decir, no sólo comprenderemos mejor sino que
haremos nuestras las palabras de Agustín: «Todo Cristo mi Salvador, toda la Biblia mi
apoyo, toda la Iglesia mi sociedad, todo el mundo mi misión».

NUESTRO ULTIMO TOQUE DE ALERTA

No es por falta de comprensión, sino por falta de decisión que muchas personas no aceptan
el Evangelio.
Tal vez tú mismo, lector, has llegado ya al convencimiento de que sólo mediante la
conversión puedes ser salvo. Has dejado, muy posiblemente, de confiar en vanas
esperanzas y sabes que solamente si te entregas a Cristo podrás eludir la condenación
eterna. Incluso vislumbras el valor sublime de una vida entregada al ideal cristiano. Te das
cuenta de que no hay nada más grande, ni más glorioso, que el Evangelio y que nada
necesita tanto el mundo como este mensaje redentor. Tú comprendes todo esto. Y estás a
las puertas de la salvación. Pero vacilas, no acabas de decidirte. Algo te detiene. En tu
interior se ha desencadenado un conflicto. Por un lado no puedes dejar de considerar la
invitación de Cristo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré
descansar» (Mateo 11: 28). Escuchas su voz diciéndote amorosamente: «Yo soy el Camino,
la Verdad y la Vida» (Juan 14:6) y das la razón a Kempis cuando escribe:
«Sin camino no hay por donde andar, sin verdad no hay conocimiento, y sin vida no
hay quien pueda vivir. Cristo es el Camino que debemos seguir, la Verdad que debemos
creer y la Vida que debemos querer. Camino que no puede ser cerrado, verdad que no
puede ser engañada y vida que no puede ser acabada. Cristo, camino perfecto, verdad suma,
vida verdadera y eterna bienaventuranza». Sí, todo esto es verdad, sublime y preciosa
verdad, pero por otro lado aún no has cerrado tus oídos a las insinuaciones del Maligno. No
quieres rechazar a Cristo, pero tampoco estás dispuesto a recibirle ahora mismo en tu
corazón. Y dices: «Mañana, más tarde, dentro de cierto tiempo volveré a pensármelo...».
¡Cuidado! Esta es quizá la última tentación que tendrás que vencer; de tu victoria
sobre ella depende tu destino eterno, porque el «mañana» que te sugiere es una mentira, es
un «mañana» que nunca llegará. Dios te ofrece tu oportunidad hoy, y es hoy que debes
responder.
Piensa por unos minutos, y lee atentamente estas últimas páginas.
¿Crees que la salvación que hoy se te ofrece estará siempre a tu alcance? ¿Piensas
que Dios ha de estar constantemente esperando, incondicionalmente a tu disposición,
pendiente de tu capricho y aguardando el momento en que a ti te venga en gana «dignarte»
entablar diálogo con Cristo?
Quítate de la cabeza estas ideas tan equivocadas que pueden extraviarte definitiva y
completamente.
El futuro no está en tus manos, no depende de ti, sino de Dios.
¿Crees que un cadáver puede hacer algo por sí mismo? Si eres de los que piensan
poder salvarse justo en el momento antes de morir, o en un futuro más o menos lejano,

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entonces es que supones que los cadáveres pueden tomar decisiones por sí mismos. Pues,
según la Palabra de Dios, tú estás muerto espiritualmente (Efesios 2:5 y Colosenses 2:13).
Precisamente porque estás muerto en tus pecados, ajeno a la vida de Dios, no has sentido
ningún deseo de acudir a Cristo en el pasado. Y lo que no has deseado hasta aquí, ¿piensas
poder anhelarlo cuando te halles en el umbral de la muerte? Miedo será lo que sentirás
entonces, miedo a la condenación eterna. Pero el miedo por sí sólo no salva a nadie. Lo que
salva es la fe en Cristo.
En las páginas anteriores ya hemos explicado qué es la fe. Solamente queremos
apuntar aquí que según Hebreos 12:2, Jesús es «el autor de la fe»; en otras palabras: la fe es
un don de Dios. Destruida completamente, en el caos de nuestro pecado, nuestra vida
espiritual precisa una intervención milagrosamente poderosa para ser restaurada, o mejor
dicho: re-creada. Por tanto, sólo Aquel que fue el principio creador de cuanto existe Juan
1:1-3 puede ser asimismo el principio redentor, Cristo Jesús.
Para rehacernos sufre el Señor por nosotros la pena de nuestros pecados, y nos
infunde su poder transformador, ligándonos de nuevo al origen de la verdadera vida, o sea a
Sí mismo. Toda esta operación es una obra de gracia, cuyas iniciativas parten de Dios.
Incluso las que podríamos llamar iniciativas preliminares. El Espíritu Santo, por su gracia,
ilumina a las almas «muertas» a la vida espiritual (Hebreos 6:4), mostrándoles «la buena
palabra de Dios y la virtudes del siglo venidero» por el Evangelio. Pero, no olvides que esta
«iluminación» que se te ofrece es un don celestial, es pura gracia. Dios es quien obra en ti
«por su buena voluntad», de modo que te invita a ocuparte en tu salvación con «temor y
temblor» (Filipenses 2:12, 13). Preparado por Dios mismo, su santa Palabra te sale al paso
y te invita a entregarte a Cristo:
«Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones» Hebreos 3:7, 8.
¿Rechazarás el don de Dios? ¿Harás afrenta al Espíritu de gracia (Hebreos 10:29)?
Dios está rodeando tu vida de una serie de factores especiales para llevarte a la salvación.
Estos factores pueden ser muy diversos: la predicación del Evangelio en una iglesia,
mediante una conversación, por la lectura de la Biblia, etc. Y detrás de todos estos medios
que la gracia divina te ofrece, se halla la acción del Espíritu Santo.
La oferta es para hoy, para el presente. De ahí que si desprecias esta solicitud que
Dios está mostrando a tu favor, y demoras tu decisión, como tratando de engañarle por un
tiempo, estás aumentando no tus oportunidades de salvación, sino de condenación. ¿Cómo
vas a pedir en el futuro lo que ahora desechas? ¿Cómo vas a pedir entonces, si hasta tus
más leves anhelos en la actualidad han nacido en este «clima» especial que el Espíritu
Santo ha preparado para ti?
La oferta de salvación que Dios te hace en Cristo es para hoy. Cierto que el Señor,
en su amor infinito, puede salvarte también en el futuro. Puede salirte de nuevo al paso en
el último momento de tu vida. Con algunas almas así lo ha hecho. Pero dudamos que en
estos casos de salvación «in extremis» se tratase de personas que intentaron burlar a Dios
tanto tiempo como pudieron. Con Dios no se juega.
Dios elige el momento que su soberana gracia ha dispuesto para invitar a cada alma
al arrepentimiento. No nos toca a nosotros discutir la oportunidad de sus llamamientos.
La Historia y la experiencia demuestran que los que han resistido la gracia en el día
de su visitación, se han endurecido luego cada vez más hasta hacer imposible toda posterior
esperanza de salvación. En la Biblia tenemos dos ejemplos: el gobernador Félix con Drusila
su esposa y el rey Agripa. Oída la predicación del apóstol Pablo respondió aquél: «Ahora
vete; pero en cuando tenga oportunidad te llamaré» Hechos 24:25 y el otro exclamó: «Por

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poco me persuades a ser cristiano» (Hechos 26:28). Mas ni por poco ni por mucho volvió
ya para ellos la oportunidad de salvarse.
Dios te llama ahora. Es ahora que debes responder. Cristo no está obligado a venir
en otro momento «más oportuno» según tus conveniencias. El sabe mejor que nadie cuál
sea el tiempo más oportuno para tu vida. Si llama hoy, ábrele hoy. No esperes a un mañana
que muy dudosamente puede traerte salvación.
«He aquí —dice Cristo— estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la
puerta, entraré a él...» Apocalipsis 3:20.
¿Qué vas a hacer, querido amigo? ¿No querrás aceptar a Cristo y con él la vida
eterna?
Queremos concluir con unas palabras, no nuestras, sino de Dios mismo.
Desearíamos que quedasen bien grabadas en tu mente y en tu corazón para que te fueran un
constante acicate que te llevara finalmente a la conversión. Porque, ya lo sabes: o
conversión o perdición,
Tú no deseas perderte, ¿verdad? Pues escucha al Señor:

«Si no os arrepintiereis, todos pereceréis igualmente» Lucas 13:3.

«Convertíos, hijos de los hombres» Salmo 90:3.

«Convertíos, hijos rebeldes» Jeremías 3:14.

«Convertíos, y volveos de todas vuestras iniquidades; y no os será la iniquidad causa de


ruina. Echad de vosotros todas vuestras iniquidades con que habéis prevaricado, y haceos
corazón nuevo y espíritu nuevo. ¿Y por qué moriréis casa de Israel? «Que no quiero la
muerte del que muere, dice el Señor, convertíos, pues y viviréis» Ezequiel 18:30-32.

«Tomad con vosotros palabras, y convertíos al Señor y decidle: Quita toda iniquidad...»
Oseas 14:2.

«Por eso pues ahora, dice el Señor, convertíos a mí con todo vuestro corazón...» (Joel
2:12).

«Convertíos, para que sean borrados vuestros pecados» Hechos 3:19.

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