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Cultura Escrita

Este documento discute la evolución histórica de la cultura escrita y cómo ha cambiado la forma en que las personas leen a través del tiempo. Explica que la escritura creó un nuevo orden mental diferente de la cultura oral tradicional y que la difusión de la escritura a más personas a través de los siglos ha tenido un impacto en las actividades mentales asociadas con la lectura. También analiza cómo los soportes materiales para la lectura como los rollos, códices y libros impresos han evolucionado, pero que los gestos

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Cultura Escrita

Este documento discute la evolución histórica de la cultura escrita y cómo ha cambiado la forma en que las personas leen a través del tiempo. Explica que la escritura creó un nuevo orden mental diferente de la cultura oral tradicional y que la difusión de la escritura a más personas a través de los siglos ha tenido un impacto en las actividades mentales asociadas con la lectura. También analiza cómo los soportes materiales para la lectura como los rollos, códices y libros impresos han evolucionado, pero que los gestos

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CULTURA ESCRITA, CULTURA ORAL

Jack Goody, y otros antropólogos, han subrayado que la escritura no es sólo la transcripción del habla,
sino que es una herramienta simbólica que crea una nueva realidad, que establece una comprensión
nueva del mundo. Lo que no puede existir en la sucesión de palabras lo podemos hacer coexistir en la
superficie de una página: tablas de cifras, listas de nombres propios, planos, figuras representadas. La
escritura permite relacionar y tratar informaciones que escapan a la cultura oral. La cultura escrita crea,
así, un orden específico que produce pensamientos nuevos, irreductibles a la moralización. De hecho, lo
que cambió de manera espectacular a lo largo de los siglos fue el número de personas que utilizaron
este instrumento. En la civilización egipcia, la escritura pertenecía a la casta de los escribas, es decir a
profesionales que guardaban con recelo sus conocimientos. En cambio, en la civilización griega o
romana, todo hijo de hombre libre tenía que ir a la escuela para convertirse en un ciudadano que
conociera las leyes escritas. En la alta Edad Media, había que llegar hasta el scriptorium de un
monasterio para encontrar hombres con una pluma en la mano. La difusión de los libros impresos por
un sector editorial activo amplió el círculo de lectores dentro de los espacios nacionales. En el siglo XVIII,
el nacimiento de una opinión pública estuvo ligado a la circulación de escritos laicos independientes de
los poderes políticos: en el progreso de la edición, la difusión de los periódicos, de los panfletos, de los
libros prohibidos se consideró la causa esencial de la revolución francesa. Aun así, hubo que esperar
hasta el siglo XIX para que, en Europa, los estados garantizaran a todos los niños y niñas, el derecho a la
educación básica.

CULTURA, ESCRITURA E HISTORIA DE LAS MENTALIDADES

Cabe preguntarse, pues, si la difusión de la escritura en el transcurso del tiempo, desde los círculos
privilegiados hacia cada vez mayor cantidad de gente, ha dejado idénticas las actividades mentales que
supone su dominio. Platón, Virgilio, Santo Tomás, Montaigne o Rousseau ¿leían como leemos hoy en
día? Sin embargo, durante mucho tiempo esta pregunta no se planteó. Hasta hace muy poco los
historiadores no pusieron en tela de juicio la intemporalidad aparente de nuestras actividades mentales.
Lucien Fèbvre, intentando comprender la vida y la obra de Rabelais o la de Lutero, se planteó la cuestión
de las «herramientas intelectuales» porque quería captar las categorías de percepción y de pensamiento
de esos hombres tan excepcionales pero a la vez tan característicos de su tiempo. Para reconstituirlas
tiene que interrogar las producciones e intentar recuperar el proceso de producción, y tiene que
encontrar testimonios sobre la manera en que fueron recibidas y usadas por sus contemporáneos.
Religiones, técnicas, saberes, obras intelectuales u obras de arte son otras tantas huellas que 13 muchas
veces han llegado a ser las referencias compartidas de un tiempo, y otras veces han sido el privilegio
exclusivo de un grupo social.

LITERATURA ERUDITA, LITERATURA POPULAR

Un primer enfoque, en los años 70, intentó caracterizar las culturas de los diferentes grupos sociales
apoyándose en la oposición entre literatura erudita y literatura popular. Los libros, pertenecientes a los
medios cultos, eran fáciles de reconocer porque las bibliotecas de los nobles y de los burgueses, dado su
valor comercial, eran catalogadas e inventariadas cuidadosamente a la hora de traspasar las
herencias. En Francia, se denominaban así los libros muy baratos, encuadernados en rústica, difundidos
por los vendedores ambulantes, y que estaban a menudo recubiertos por una tapa azul. También existió
el equivalente en España y en Portugal con la literatura de cordel.
Eran libros de piedad, novelas de caballería, relatos de historias extraordinarias y libros de usos. La
mentalidad popular podía ser comprendida a partir de las publicaciones destinadas al gran público. En
primer lugar, algunos testimonios mostraron que los libros azules no estaban ausentes de las bibliotecas
y de las lecturas de los nobles, aunque eran ignorados en los inventarios después de su fallecimiento. La
oposición entre dos formas de lecturas específicas, que se apoyaban en estructuraciones del texto
diferentes, sustituyó a la oposición demasiado sencilla entre literatura erudita y literatura popular.

DE LOS LIBROS A LAS LECTURAS

Para desplazar el interés de los libros hacia las lecturas fue necesario tomar consciencia de la
complejidad de una actividad que parece natural para todos aquellos que la practican sin pensar en ello.
En efecto, el acto de leer es algo tan familiar para nuestras civilizaciones contemporáneas que no se le
dio mayor importancia. Resulta fácil concebir que los contenidos de las lecturas cambiaran
constantemente, pero es difícil pensar que la lectura misma no se hubiera mantenido estable, a pesar
de los cambios en el soporte, el código escriturario o el estilo caligráfico o tipográfico. Respecto al
código escriturario los cambios afectaron a los caracteres que podían ser cuneiformes, jeroglíficos,
alfabéticos o también ideográficos. En relación al estilo caligráfico o tipográfico, los manuscritos podían
leerse en uncial romana o en minúscula carolina, en escritura gótica o itálica. La llegada del papel
impreso, y más tarde del procesador de textos, nos han proporcionado una gran variedad de caracteres.
Recientemente sin embargo, esta concepción de la lectura ha sido invalidada.
Los estudios de los historiadores, que han trabajado sobre un período de tiempo muy largo, han
demostrado hasta qué punto variaron los usos sociales de lo escrito, el estatus simbólico de lo escrito en
las diferentes sociedades y cómo cambiaron las formas materiales de los objetos escritos.

DEL VOLUMEN AL CÓDICE

Detengámonos un momento sobre la cuestión de los soportes materiales de la lectura. En la


antigüedad, el libro se presentaba como una hoja enrollada sobre sí misma alrededor de dos palos, se
trataba del volumen. Los estudiantes romanos llevaban a la escuela tubos para proteger este frágil
«volumen» de papiro sobre el que se hacía la lectura escolar. Para consultar un rollo, se cogía cada palo
con las dos manos, se desenrollaba la hoja horizontalmente de derecha a izquierda o de izquierda a
derecha, según el sentido de la escritura, de modo de tener a la vista únicamente la columna de texto
que había que leer.

Como se leía columna tras columna era más fácil hacerlo si se estaba de pie. El papiro con el que
estaban hechos venía de Egipto, era un material frágil, que se deshacía y se pudría. Con la invención del
códice, que tenía el formato del «libro» tal y como lo entendemos hoy día, se produjo una revolución
entre el primer y el segundo siglo de la era cristiana. Plegando una hoja de pergamino en cuatro o en
ocho, se obtenía una libreta de ocho o dieciséis páginas, que se podía utilizar por ambas caras.

Con este nuevo objeto nació el gesto que conocemos todos y que consiste en hojear las
páginas. Algunos de nuestros gestos de lectura nacieron, pues, al comienzo de nuestra era. La llegada
del papel permitió cambiar el pergamino por un material mucho más ligero. Los molinos de papel que se
instalaron en el siglo XIV redujeron el coste del papel a una cuarta parte en menos de un
siglo, permitiendo el desarrollo del papel impreso después de Gutenberg.
Cuando se supo producir papel industrialmente en el siglo XIX, los impresos pasaron a ser muy
baratos. Pero podemos afirmar que ni la llegada del papel ni la invención de la imprenta revolucionaron
los gestos de lectura que se habían establecido con la invención del códice. Un libro es, desde el siglo
primero, un objeto que se puede poner encima de la mesa o sostener con una mano, que se puede
hojear, leer tomando apuntes, porque permite tener el texto a la vista y las manos libres. Podemos
decir, pues, que los gestos de lectura que conocemos se han puesto en práctica a principios de la era
cristiana, gracias a la invención de un soporte que sigue siendo actual.

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