LAS PALOMAS
Pablo tomó el puñado de arena que le acercó un hombre vestido con un traje negro en
una bandeja plateada, la sostuvo por unos segundos en la mano y miró
ceremoniosamente hacia el cielo entreabriendo los labios. Cuando movió la muñeca
para arrojarla a la tumba una luz brillante y blanquecina me encandiló. Sólo vi unas
gotas de color extraño, luminosas que luchaban contra ráfagas de viento helado hasta
desmoronarse por fin sobre su lecho cruel de tierra y madera.
No sé cuánto tiempo me habré quedado ahí parada, con los ojos abiertos pero sin ver
nada a mi alrededor, escuchando con atención cada sonido, percibiendo en el cuerpo
la inmensidad de las gigantes y mínimas vibraciones que emergían de ese tan peculiar
ritual: el canto ululante que escapaba de un nido de calandrias cercano, el viento que
revolvía las ramas de los árboles, hojas que crujían bajo los pies de los escasos
asistentes al entierro, mezclas fugaces de perfumes dulces, lentos que se hamacaban
para cubrir y descubrir sus partes de otoño.
Los sonidos y olores se ocultaron de a poco entre las sombras, una vibración se
intensificó sin embargo en mi hombro derecho. Pablo parado junto a mí, comprendí.
Ambos comenzamos a movernos en silencio a través de esa desdichada quietud,
seguimos caminando con la sola compañía del murmullo de hojas muertas a nuestros
pies, el asombro pesado de la ausencia imprevista de Martín cayendo sobre nuestras
espaldas. Caminamos horas, hasta que la mañana se transformó en mediodía, tarde,
noche cerrada. El frío nos acercaba a él, los pasos se nos resbalaban como hacia una
fila de zombies que lo buscaban.
Cuando ya no pude verlo dije:
-Me pidió que las cuide.
Él se apoyó contra un auto estacionado, su Invitación muda a despojarme de mi
historia reciente.
Le conté con voz trémula sobre mi cita con Martín el día anterior, que al principio yo no
quería pero él había insistido tanto, parecía nervioso, se notaba que necesitaba
decirme algo importante, así que al fin acepté verlo en la placita de la estación Florida.
-Empecé a venir cuando nos separamos- dijo. -Me gustaba sentarme en un banco un
poco alejado, a mirar los chicos en los juegos, tomar sol, leer el suplemento deportivo
del diario, o algún libro, aveces me quedaba pensando, nomás. Al principio pensaba en
nosotros, no te lo voy a negar, pero con el tiempo... me gustaba venir para aquietar la
mente, como quien dice, un día traje el mate, con el termo y unos bizcochitos, había
observado a otros tomar mate en la plaza y supuse que sería una buena idea probar,
así fue como empezó todo. Yo estaba con el mate, el termo, el tarrito con yerba, un
libro, agarré los bizcochitos y uno se me cayó, entonces un montón de palomas
aparecieron de la nada. Vos dirás “claro, ¿cómo no van a aparecer si están a la espera
de que pase algo así?” pero te aseguro que fue mágico. De todos modos las espanté
en seguida, sabés que no quiero convertirme en uno de esos viejos solitarios que se
pasan los días alimentando a las palomas.
Esa noche en casa, cuando escuchaba mi disco favorito de Duke Elinton, sabés cuál
digo, deberías escucharlo, sé que te gustaría. Esa noche el contrabajo sonaba
demasiado presente, como inflado, con unas notas algo desafinadas que no
correspondían a la grabación original. Fui hasta la ventana y vi que se trataba del
arrullo de una paloma que estaba muy oronda paradita en el alféizar, y lo
verdaderamente inquietante era que parecía estar disfrutando. Traté de no darle
mucha importancia y me fui a acostar, mi deseo de música ya desvanecido, aunque te
confieso que me costó sacarme la imagen de la cabeza. Incluso creí volver a verla
espiándome por la ventana de mi pieza mientras miraba televisión antes de dormirme,
y cuando me levanté para ir al baño como a las 4 de la mañana, otra vez me pareció
verla, asomada a la claraboya. Pero no quiero aburrirte con los detalles, me basta decir
que después de tres meses de constante acoso, picotazos en la ventana durante
horas, miradas siniestras y a la vez anhelantes que me perseguían día y noche, decidí
llevarla a vivir a mi casa. Después vinieron otras, por supuesto, y no me atreví a
negarles la entrada.
Este es el motivo de mi llamado: Tengo que viajar por asuntos urgentes, por favor no
me preguntes, y necesito que alguien de confianza se haga cargo de las palomas. A mi
hermano Pablo ni se me ocurriría pedirle, apenas puede cuidar de sí mismo, y te
imaginarás que ya no puedo volver a dejarlas en la plaza, no están acostumbradas a
andar solas, algunas incluso ni siquiera la conocen, los hijos de Pancha, por ejemplo,
que nacieron en casa. Claro, no te dije, Pancha es la primera, mi favorita, la del disco
de Duke Elinton. Se llama Pancha porque cuando vino a vivir a casa, hace ya dos
años, siempre quería comer pan de pancho, increíble porque viste que yo no como ese
pan, andá a saber de dónde sacó esa maña. Y sí, es un poco malcriada, lo reconozco,
es que la pobre vivió mucho tiempo en la calle y quiero enmendar de alguna manera
esos años tan duros que tuvo que pasar, un pequeño acto de justicia, ¿no te parece?
Ya sé que dicen que las palomas son ratas con alas y qué sé yo cuántas habladurías
más, me imagino que no creerás esas pavadas. Igual para que te quedes doblemente
tranquila te cuento que mirá si serán limpias, que Pancha duerme en mi cama, sí,
adentro de las sábanas, yo ya no puedo dormir si no la siento cerca. Bueno, la verdad
dudaba en contarte esto último, prometeme que no las vas a meter en tu cama, son tan
frágiles, tan chiquitas, alguna podría morir aplastada, prométemelo. Yo porque tengo
una cama grande pero… Ay, disculpa, me emociono, es que son tan indefensas.
Quedan en buenas manos.