LA MÚSICA EN LA LITURGIA
Dice Ratzinger: “La importancia que la música tiene en el marco de la religión bíblica
puede deducirse sencillamente de un dato: la palabra cantar (junto a sus derivados
correspondientes: canto, etc.) es una de las más utilizadas en la Biblia. En el Antiguo
Testamento aparece en 309 ocasiones, en el Nuevo Testamento 26. Cuando el hombre
entra en contacto con Dios, las palabras se hacen insuficientes. Se despiertan esos
ámbitos de la existencia que se convierten espontáneamente en canto.”
La música sagrada es aquella que, creada para la celebración del culto divino, posee
cualidades de santidad y de perfección de formas. La música sacra será tanto más
santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con
mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya enriqueciendo de mayor
solemnidad los ritos sagrados.
La música sagrada tiene el mismo fin que la liturgia, o sea, la gloria de Dios y la
santificación de los fieles. La música sagrada aumenta el decoro y esplendor de las
solemnidades litúrgicas.
“La música sacra – dirá el Papa Juan Pablo II – es un medio privilegiado para facilitar
una participación activa de los fieles en la acción sagrada, como ya recomendaba mi
venerado predecesor san Pío X en el motu propio ‘Tra le sollecitudini’…”
Joseph Ratzinger tiene unas bellas palabras: “La música en la Iglesia surge como un
carisma, como un don del Espíritu, es la nueva ‘lengua’ que procede del Espíritu. Sobre
todo en ella tiene lugar la sobria embriaguez de la fe, porque en ella se superan todas
las posibilidades de la mera racionalidad. Pero esta ‘embriaguez’ está llena de
sobriedad porque Cristo y el Espíritu son inseparables, porque este lenguaje ‘ebrio’, a
pesar de todo, permanece internamente en la disciplina del Logos, en una nueva
racionalidad que, más allá de toda palabra, sirve a la palabra originaria, que es el
fundamento de toda razón.”
La música no debe dominar la liturgia, sino servirla. En este sentido, antes de San Pío
X se celebraban muchas misas con orquesta, algunas muy célebres, que se convertían
a menudo en un gran concierto durante el cual tenía lugar la Eucaristía. Ya se
desvirtuaba la finalidad profunda de la música litúrgica, la gloria de Dios. Amenazaba
la irrupción del virtuosismo, la vanidad de la propia habilidad, que ya no está al
servicio de todo, sino que quiere ponerse en un primer plano.
Todo esto hizo que en el siglo XIX, el siglo de una subjetividad que quiere
emanciparse, se llegara, en muchos casos, a que lo sacro quedase atrapado en lo
operístico, recordando de nuevo aquellos peligros que, en su día, obligaron a intervenir
al concilio de Trento, que estableció la norma según la cual en la música litúrgica era
prioritario el predominio de la palabra, limitando así el uso de los instrumentos.
También Pío X intentó alejar la música operística de la liturgia, declarando el canto
gregoriano y la gran polifonía de la época de la renovación católica (con Palestrina
como figura simbólica destacada) como criterio de música litúrgica.