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Stoner - John Williams

William Stoner nació en 1891 en una granja en Missouri. En 1910, su padre decidió enviarlo a estudiar agricultura a la Universidad de Missouri con la esperanza de que aprendiera nuevas técnicas y se hiciera cargo de la granja familiar. Sin embargo, Stoner descubrió su pasión por la literatura en la universidad y decidió dedicarse a la enseñanza. Pasó el resto de su vida como profesor en el Departamento de Inglés de la misma universidad, aunque nunca alcanzó un alto rango.

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Stoner - John Williams

William Stoner nació en 1891 en una granja en Missouri. En 1910, su padre decidió enviarlo a estudiar agricultura a la Universidad de Missouri con la esperanza de que aprendiera nuevas técnicas y se hiciera cargo de la granja familiar. Sin embargo, Stoner descubrió su pasión por la literatura en la universidad y decidió dedicarse a la enseñanza. Pasó el resto de su vida como profesor en el Departamento de Inglés de la misma universidad, aunque nunca alcanzó un alto rango.

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William

Stoner, hijo único de un matrimonio de granjeros que sobrevive en la


penuria, es enviado a estudiar agricultura a la Universidad de Missouri. El
objetivo de su padre es sencillo: que el chico aprenda técnicas nuevas y que,
a la vuelta, se haga cargo de la granja. Pero en esas clases donde se sabe
un intruso descubre la literatura, y de qué manera puede cambiar su vida. A
partir de ahí, su fracaso matrimonial, su no del todo feliz peripecia
profesional, su fidelidad a la institución, su búsqueda constante de una
esquiva paz interior. Pero, sobre todo, una manera de hablar, de contar, que
han merecido el elogio unánime de la crítica.

[Link] - Página 2
John Williams

Stoner
ePub r1.0
Yorik 20.12.13

[Link] - Página 3
Título original: Stoner
John Williams, 1965
Traducción: Antonio Díez Fernández

Editor digital: Yorik


ePub base r1.0

[Link] - Página 4
Este libro está dedicado a mis amigos y antiguos colegas del Departamento de
Inglés de la Universidad de Missouri. Ellos reconocerán de inmediato que esto
es una obra de ficción —que ningún personaje retratado en ella está basado en
ninguna persona viva o muerta y que ningún acontecimiento tiene su equivalente
en la realidad que conocimos en la Universidad de Missouri—. También se
darán cuenta de que me he tomado ciertas libertades, tanto físicas como
históricas, referidas a la Universidad de Missouri, para que, de hecho, sea un
lugar de ficción también.

[Link] - Página 5
1

WILLIAM Stoner entró como estudiante en la Universidad de Missouri en el año


1910, a la edad de diecinueve años. Ocho años más tarde, en pleno auge de la Primera
Guerra Mundial, recibió el título de Doctorado en Filosofía y aceptó una plaza de
profesor en la misma universidad, donde enseñó hasta su muerte en 1956. Nunca
ascendió más allá del grado de profesor asistente y unos pocos estudiantes le
recordaban vagamente después de haber ido a sus clases. Cuando murió, sus colegas
donaron en su memoria un manuscrito medieval a la biblioteca de la Universidad.
Este manuscrito aún puede encontrarse en la Colección de Libros Raros, portando la
siguiente inscripción: «Donado a la Biblioteca de la Universidad de Missouri, en
memoria de William Stoner, Departamento de Inglés. Por sus colegas».
Un estudiante cualquiera al que le viniera a la cabeza su nombre podría
preguntarse tal vez quién fue William Stoner, pero rara vez llevará su curiosidad más
allá de la pregunta casual. Los colegas de Stoner, que no le tenían particular estima
cuando estaba vivo, ahora raramente hablaban de él; para los más viejos, su nombre
era un recordatorio del final que nos espera a todos, y para los más jóvenes es
meramente un sonido que no evoca ninguna sensación del pasado ni ninguna
identidad con la que ellos pudieran asociarse ni a sí mismos ni a sus carreras.

Nació en 1891 en una pequeña granja en Missouri central cerca del pueblo de
Booneville, a unas cuarenta millas de Columbia, la sede de la Universidad. A pesar de
que sus padres eran jóvenes cuando nació —su padre tenía veinticinco, su madre
apenas veinte— lo que Stoner pensaba de ellos, incluso cuando era un niño, es que
eran viejos. A los treinta su padre aparentaba cincuenta; encorvado por el trabajo,
miraba sin esperanza hacia la árida parcela de terreno que sostenía a la familia de año
en año. Su madre contemplaba su vida con paciencia, como si fuera un momento
largo que tuviera que aguantar. Sus ojos eran pálidos y borrosos y las pequeñas
arrugas alrededor de ellos estaban realzadas por un fino pelo canoso y desgastado que
le cubría la cabeza y que recogía en un moño por detrás.
Desde la época más temprana que podía recordar, William Stoner tuvo
obligaciones. A los seis años ordeñaba las vacas flacas, remojaba los cerdos en la
pocilga cercana a unos pocos metros de la casa y recogía los huevecillos de un
puñado de gallinas esmirriadas. Incluso cuando empezó a acudir a la escuela rural a
trece kilómetros de la granja, sus días, desde antes del amanecer hasta después del
ocaso, estaban llenos de trabajos de diverso tipo. A los diecisiete sus hombros habían
empezado ya a encorvarse bajo el peso de sus ocupaciones.
Era una casa solitaria ligada a un inevitable trabajo duro en la que él era hijo
único. Por las noches los tres se sentaban en la pequeña cocina iluminados por una

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única lámpara de queroseno, a mirar la llama amarilla: a menudo durante la hora
aproximada entre la cena y el momento de acostarse, el único sonido que se oía era el
cansado movimiento de un cuerpo sobre una silla rígida y el suave crujir de la
madera, cediendo un poco por la edad de la casa.
La casa había sido construida en una ubicación vulgar y los maderos sin pintar se
combaban en torno al porche y a las puertas. Con los años había tomado los colores
de la tierra seca —gris y marrón, a rayas blancas—. En un lado de la casa había una
sala alargada, pobremente amueblada, con sillas sencillas y unas pocas mesas
labradas, y una cocina, donde la familia pasaba la mayor parte del poco tiempo que
estaban juntos. Al otro lado había dos dormitorios, cada uno amueblado con un
somier de hierro esmaltado en blanco, una única silla sencilla y una mesa con una
lampara y una jofaina sobre ella. Los suelos eran de tablones sin pintar, distribuidos
desigualmente y que crujían de viejos, barridos continuamente de arriba a abajo por
la madre de Stoner.
En la escuela asistía a las clases que le resultaban menos agotadoras que las de la
granja. Cuando terminó la secundaria en la primavera de 1910 esperaba hacerse cargo
de más trabajos en los campos; le parecía que su padre era más lento y se mostraba
cansado con los años.
Pero una tarde a finales de primavera, después de que los dos hubieran pasado el
día entero cosechando maíz, su padre le habló en la cocina, tras recoger los platos de
la cena.
«Un representante del condado vino la semana pasada».
William alzó la vista del mantel de cuadros rojos y blancos dispuesto
delicadamente sobre la mesa. No habló.
«Dice que tienen una nueva facultad en la Universidad de Columbia. La llaman
Facultad de Agricultura. Dice que piensa que deberías ir. Serían cuatro años».
«Cuatro años», dijo William. «¿Cuesta dinero?».
«Podrías procurarte habitación y manutención», dijo su padre. «Tu madre tiene un
primo que tiene sitio en las afueras de Columbia. Habrá libros y cosas. Yo te podría
enviar dos o tres dólares al mes».
William extendió las manos sobre el mantel, que a la luz de la lámpara tenían un
reflejo apagado. Nunca había estado más allá de Booneville, a quince millas. Tragó
saliva para tranquilizar la voz.
«¿Piensa que podrán apañarse aquí solos?», preguntó.
«Tu madre y yo nos apañaremos. Plantaré en la parte superior veinte de trigo; eso
reducirá el trabajo manual».
William miró a su madre. «¿Mamá?», preguntó.
Ella dijo en un tono neutro: «Haz lo que diga tu padre».
«¿De verdad quieren que me vaya?», preguntó, como si casi esperara una

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negativa. «¿De verdad quieren que me vaya?».
Su padre se levantó de la silla. Miró sus dedos gruesos, callosos, los surcos en los
que la tierra había penetrado tan profundamente que no se podían lavar. Entrelazó los
dedos y los levantó de la mesa, en una actitud que parecía de rezo.
«Nunca tuve una educación de la que presumir», dijo, mirándose las manos.
«Empecé a trabajar en una granja cuando acabé sexto. Nunca me preocupó la
educación cuando era mozo. Pero ahora no sé. Parece que cada año la tierra se seca
más y es más difícil de trabajar; no es rica como lo era cuando era niño. El
representante del condado dice que tienen nuevas ideas, formas de hacer las cosas
que se enseñan en la universidad. Tal vez tenga razón. A veces cuando estoy
trabajando en el campo me pongo a pensar». Hizo una pausa. Los dedos se
enroscaron sobre sí mismos, y las manos agarradas cayeron sobre la mesa. «Se me ha
ocurrido…». Se miraba las manos con el ceño fruncido y movía la cabeza. «Que
vayas a la Universidad en otoño. Tu madre y yo nos apañaremos».
Era el discurso más largo que le había escuchado nunca a su padre. Aquel otoño
fue a Columbia y se inscribió en el primer curso de la Universidad en la Facultad de
Agricultura.

Llegó a Columbia con un traje nuevo de paño negro encargado del catálogo de
Sears & Roebuck y pagado con los ahorros de su madre, un abrigo usado que había
pertenecido a su padre, un par de pantalones de sarga que una vez al mes llevaba en
la iglesia metodista de Booneville, dos camisas blancas, dos mudas de ropa de trabajo
y veinticinco dólares en metálico, que su padre había pedido prestados a un vecino a
cuenta del trigo del otoño. Comenzó a caminar desde Booneville, donde a primera
hora de la mañana su padre y su madre le habían traído en el carro de plataforma
tirado por bueyes de la granja.
Era un día cálido de otoño y el camino de Booneville a Columbia estaba
polvoriento; anduvo cerca de una hora antes de que un carro de mercancías se
detuviera a su lado y el conductor le preguntara si quería que le llevara. Asintió y se
subió en el asiento del carro. Sus pantalones de sarga estaban rojos de polvo hasta las
rodillas y en su rostro, bronceado por el sol y el viento y cubierto de suciedad, el
polvo del camino se había mezclado con su sudor. Durante el largo recorrido estuvo
cepillándose los pantalones con torpes ademanes y deslizándose los dedos por su
cabello liso y rojizo, que no se le mantenía quieto sobre la cabeza.
Llegaron a Columbia al final de la tarde. El conductor dejó a Stoner a las afueras
de la ciudad y le señaló un grupo de edificios a la sombra de altos álamos. «Aquélla
es tu universidad», dijo. «Allá es donde vas a ir a clase».
Stoner se quedó inmóvil durante algunos minutos después de que el conductor se
hubiera marchado, observando el complejo de edificios. Nunca antes había visto algo
tan imponente. Los edificios de ladrillo rojo se alzaban sobre un campo verde y

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despejado, quebrado por muros de piedra y pequeñas extensiones ajardinadas. Más
allá de su sobrecogimiento, tenía una repentina sensación de seguridad y serenidad
que nunca antes había sentido. A pesar de que era tarde, caminó muchos minutos por
los alrededores del campus, sólo mirando, como si no tuviera derecho a entrar.
Casi había oscurecido cuando le preguntó a un transeúnte por Ashland Gravel, la
carretera que le conduciría a la granja regentada por Jim Foote, el primo de su madre
para quien debería trabajar; y ya había oscurecido cuando llegó a la casa blanca de
madera de dos plantas donde iba a vivir. No había visto a los Foote antes y se sentía
extraño llegando tan tarde.
Le saludaron con un gesto, examinándole detenidamente. Tras un momento,
durante el cual Stoner se quedó vacilante en la puerta, Jim Foote le condujo hacia una
pequeña y oscura sala abarrotada de muebles y adornos sobre mesas de apagado
brillo. No se sentó.
«¿Cenas?», preguntó Foote.
«No, señor», contestó Stoner.
La señora Foote señaló con el dedo índice y se alejó. Stoner la siguió a través de
diversas habitaciones hasta la cocina, donde le conminó a sentarse a la mesa. Puso
una jarra de leche y varios trozos de pan de maíz frío ante él. Sorbió la leche, pero su
boca, seca por los nervios, era incapaz de tomar el pan.
Foote entró en la sala y se puso junto a su esposa. Era un hombre pequeño, de no
más de metro sesenta, de rostro delgado y nariz afilada. Su esposa era unos diez
centímetros más alta, y robusta; unas gafas sin montura escondían sus ojos, y sus
labios finos estaban apretados. Ambos observaban ávidamente cómo sorbía la leche.
«Da de comer y de beber al ganado, lava a los cerdos por la mañana». Dijo Foote
velozmente.
Stoner le miró inexpresivamente. «¿Qué?».
«Eso es lo que harás por las mañanas», dijo Foote, «antes de irte a estudiar. Luego
a la noche aliméntalos y lávalos otra vez, recoge los huevos, ordeña las vacas. Corta
leña cuando encuentres tiempo. Los fines de semana me ayudarás con lo que esté
haciendo».
«Sí, señor», dijo Stoner.
Foote le estudió durante un momento. «Universidad», dijo y meneó la cabeza.
Así que, por nueve meses de alojamiento y comida, alimentó y limpió ganado,
lavó cerdos, recogió huevos, ordeñó vacas y cortó leña. También aró y abonó campos,
cavó alcorques (en invierno atravesando varios centímetros de tierra helada) y batió
mantequilla para la señora Foote, que le observaba meneando la cabeza con
aprobación mientras la batidora de madera chapoteaba de aquí para allá entre la
leche.
Le alojaron en una planta superior que alguna vez había sido un almacén; sus

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únicos muebles eran un somier de hierro negro de bastidores caídos que sujetaban un
delgado colchón de plumas, una mesa rota que sostenía una lámpara de queroseno,
una sencilla silla coja y una caja grande que utilizaba como escritorio. Durante el
invierno el único calor que obtenía era el que se filtraba a través del suelo proveniente
de las habitaciones inferiores; se arropaba con edredones y mantas hechas jirones que
le habían dado y se soplaba las manos para así poder pasar las páginas de los libros
sin arrancarlas.
Hacía su trabajo en la universidad igual que lo hacía en la granja—rigurosamente,
a conciencia, sin placer ni angustia—. Al final del primer año sus calificaciones
promediaban algo menos del notable. Estaba contento de que no fueran más bajas y
no le preocupaba que no fueran más altas. Era consciente de que había aprendido
cosas que no sabía antes, pero eso sólo significaba para él que el segundo año lo tenía
que hacer tan bien como lo había hecho el primero.
El verano posterior a su primer curso de universidad volvió a la granja de su
padre y le ayudó con la cosecha. Una vez su padre le preguntó si le gustaba estudiar y
él contestó que estaba bien. Su padre asintió y no mencionó más el asunto.
No fue hasta el regreso de su segundo año que William Stoner supo para qué
había ido a la Universidad.

En el segundo curso era ya una figura familiar en el campus. Cada temporada


vestía con el mismo traje de paño negro, camisa blanca y corbata de lazo. Las
muñecas le sobresalían de las mangas de la chaqueta y llevaba los pantalones
montados sobre las piernas, como si fuese un uniforme que hubiera pertenecido
alguna vez a otra persona.
Las horas de trabajo se incrementaban al mismo tiempo que la creciente
indolencia de sus patronos y pasaba las largas tardes en su habitación haciendo los
deberes metódicamente. Había empezado la secuencia que le llevaría a ser
Licenciado en Ciencias por la Facultad de Agricultura y durante el primer semestre
de su segundo año cursó ciencias básicas, una asignatura de la escuela de Agricultura
en química de suelos y otra asignatura, bastante informal, requerida para todos los
estudiantes universitarios: un semestre de estudio de literatura inglesa.
Tras las primeras semanas tenía pocas dificultades con las asignaturas de ciencias.
Había tanto trabajo que hacer, tantas cosas que recordar. La asignatura de química de
suelos atrajo su interés en general. No se le había ocurrido que los terrones parduscos
en los que había trabajado toda su vida no fuesen otra cosa que lo que parecían ser y,
vagamente, empezó a ver que su creciente conocimiento sobre ellos podría ser útil
cuando regresara a la granja de su padre. Pero el imprescindible estudio de literatura
inglesa le preocupaba y le inquietaba como ninguna otra cosa lo había hecho antes.
El profesor era un hombre de mediana edad, de cincuenta y pocos, se llamaba
Archer Sloane y acudía a su tarea de enseñar con aparente desdén y apatía, como si

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percibiera que entre su conocimiento y lo que podía decir hubiera un abismo tan
profundo que no merecía la pena hacer ningún esfuerzo para cruzarlo. Era temido y
aborrecido por la mayoría de sus alumnos y él respondía con una sonrisa distante e
irónica. Era un hombre de estatura media, de rostro largo, con arrugas profundas,
pulcramente afeitado, repetía el gesto impaciente de pasarse los dedos por su mata de
pelo gris rizado. Su voz era plana y seca y salía a través de unos labios apenas
móviles, sin expresión ni entonación, pero sus largos dedos delgados se movían con
gracia y persuasión, como si le dieran a las palabras la forma que su voz no podía.
Lejos de clase, cumpliendo con sus quehaceres en la granja o parpadeando bajo la
tenue lámpara mientras estudiaba en su ático sin ventanas, Stoner era consciente, en
ocasiones, de que la imagen de aquel hombre se había alzado ante el ojo de su mente.
Tenía dificultades para evocar el rostro de cualquier otro de sus profesores o para
recordar nada demasiado específico sobre cualquier otra de sus clases, pero siempre,
en el umbral de su conciencia, aguardaba la figura de Archer Sloane y su voz seca y
sus palabras despectivamente bruscas sobre algún pasaje de Beowulf o de algún
pareado de Chaucer.
Sentía que no podría sobrellevar el estudio como lo hacía en sus otras asignaturas.
A pesar de que recordaba a los autores y sus obras, sus fechas y sus influencias, casi
suspende el primer examen; y lo hizo poco mejor en el segundo. Leía y releía su
apuntes de literatura con tanta frecuencia que su trabajo en otras asignaturas empezó
a resentirse y, con todo, las palabras que leía eran sólo palabras en páginas y no podía
ver la utilidad de lo que hacía.
Meditaba las palabras que Archer Sloane decía en clase, como si más allá de su
significado plano y árido pudiera descubrir una pista que le llevara donde se suponía
que iba. Se inclinaba sobre el escritorio ocupando una silla demasiado pequeña para
estar a gusto, aferrándose a los bordes del apoyabrazos tan fuertemente que los
nudillos se le quedaban blancos en comparación con su piel morena y dura, fruncía el
ceño atentamente y se mordía el labio inferior. Pero mientras Stoner y sus
compañeros redoblaban desesperadamente su atención, el desprecio de Archer Sloane
se hacía más intenso. Y una vez que aquel desprecio estalló en ira, ésta fue dirigida
únicamente contra William Stoner.
La clase había leído dos obras de Shakespeare y estaba acabando la semana con
un estudio de sus sonetos. Los alumnos estaban tensos y confusos, medio asustados
por la tensión que crecía entre ellos mismos y la encorvada figura que los observaba
desde detrás del atril. Sloane les había leído en voz alta el soneto setenta y tres; sus
ojos vagaban por la sala y sus labios se comprimían en una sonrisa sin humor.
«¿Qué quiere decir el soneto?», preguntó abruptamente e hizo una pausa. Sus ojos
registraron la sala con una impotencia severa y poco menos que satisfecha. «¿Señor
Wilbur?». No hubo respuesta. «¿Señor Schmidt?». Alguien tosió. Sloane dirigió sus

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brillantes ojos oscuros hacia Stoner. «Señor Stoner, ¿qué quiere decir el soneto?».
Stoner tragó y trató de abrir la boca.
«Es un soneto, señor Stoner», dijo Sloane con sequedad, «una composición
poética de catorce versos, que sigue ciertas pautas que estoy seguro habrá usted
memorizado. Está escrito en lengua inglesa, la cual, según creo, llevará usted varios
años hablando. Su autor es William Shakespeare, un poeta que está muerto, pero que
a pesar de ello ocupa una posición de cierta importancia en las mentes de algunos».
Miró a Stoner durante un momento más y entonces se le pusieron los ojos en blanco,
mientras los fijaba ciegamente en algún lugar más allá de la clase. Sin mirar el libro
recitó el poema de nuevo y su voz se hizo más profunda y suave, como si las
palabras, sonidos y ritmos se hubieran convertido por un instante en él mismo:

«En aquella época del año puedes contemplar en mí,


cuando las hojas amarillas, ninguna ya o algunas, cuelgan
de esas ramas que se agitan frente al frío,
desnudos coros ruinosos en los que tarde cantaban dulces pájaros.
En mí ves el ocaso de aquel día
después de que la puesta de sol se funda en poniente;
por la negra noche arrebatada,
la otra cara de la Muerte, que condena al descanso.
En mí ves el resplandor de aquel fuego,
el que sobre las cenizas de su juventud yace,
como el lecho de muerte en que ha de expirar,
consumido por aquello que le alimentaba.
Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,
amar bien aquello que debes abandonar pronto».

En aquel momento de silencio alguien se aclaró la garganta. Sloane repitió los


versos, su voz se hizo plana, volvía a ser su voz.

«Esto percibes, lo que hace tu amor más fuerte,


amar bien aquello que debes abandonar pronto».

Los ojos de Sloane regresaron a William Stoner y dijo secamente: «El señor
Shakespeare le habla a través de trescientos años señor Stoner, ¿le escucha?».
William Stoner se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo
el aliento. Lo expulsó suavemente, siendo entonces consciente de la ropa
moviéndosele sobre el cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones. Desvió la
vista de Sloane hacia otro punto de la sala. La luz penetraba por las ventanas y se

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posaba sobre los rostros de sus compañeros de manera que la iluminación parecía
venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad; un alumno pestañeó y
una sombra delgada cayó sobre una mejilla cuya parte inferior había recogido la luz
del sol. Stoner advirtió que sus dedos se estaban soltando de su firme agarre al
escritorio. Volteó las manos frente a sus ojos, maravillándose de lo morenas que
estaban, de la intrincada manera en que las uñas se adaptaban al romo final de los
dedos. Pensó que podía sentir la sangre fluir invisible a través de sus diminutas venas
y arterias, pulsando delicada y precariamente desde las yemas de los dedos a través
de su cuerpo.
Sloane volvió a hablar: «¿Qué le comunica, señor Stoner? ¿Qué quiere decir el
soneto?».
Los ojos de Stoner se elevaron lentamente y sin convicción. «Quiere decir», dijo,
y con un pequeño movimiento elevó las manos en el aire. Sentía su mirada ausente
mientras buscaba la figura de Archer Sloane. «Quiere decir», dijo de nuevo, y no
pudo terminar lo que había empezado.
Sloane le miro con curiosidad. Después movió la cabeza bruscamente y dijo: «La
clase ha terminado». Sin mirar a nadie se dio media vuelta y salió del aula.
William Stoner era apenas consciente de los alumnos de su alrededor que se
levantaban gruñendo y refunfuñando de sus asientos y salían renqueando de clase.
Durante algunos minutos después de que se hubieran ido permaneció sentado sin
moverse, absorto en el suelo de estrechos tablones que habían ido perdiendo barniz a
causa de las incesantes pisadas de estudiantes que nunca vería ni conocería. Deslizó
su propio pie por el suelo, escuchando el seco chirrido de la madera en sus suelas y
sintiendo la aspereza a través del cuero. Después él también se levantó y salió
despacio de la clase.
El leve frescor de últimos de otoño penetraba por su ropa. Miro a su alrededor, a
las desnudas ramas nudosas que se rizaban y retorcían frente al cielo despejado.
Topaban con él estudiantes corriendo hacia sus clases; oía el murmullo de sus voces y
el sonido de sus tacones contra los caminos empedrados, y veía sus rostros
encendidos por el frío, inclinados frente a la suave brisa. Les miraba con curiosidad,
como si no les hubiera visto antes y se sentía muy distante y muy cerca de ellos.
Retuvo el sentimiento para sí mientras se apresuraba hacia su siguiente clase, y lo
retuvo durante la lección de su profesor de química de suelos, contra el zumbido que
dictaba cosas para ser escritas en cuadernos y recordadas mediante un arduo proceso
que ni siquiera ahora le resultaba familiar.
En el segundo semestre de aquel curso William Stoner abandonó las asignaturas
de ciencias e interrumpió sus estudios en la Facultad de Agricultura. Asistió a cursos
de introducción a la filosofía y a la historia antigua y a dos asignaturas de literatura
inglesa. En verano regresó de nuevo a la granja de sus padres, ayudó a su padre con la

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cosecha y no mencionó su trabajo en la universidad.

Siendo mucho mayor habría de mirar hacia sus dos últimos años de estudio como
si fuese un tiempo irreal que perteneciera a otra persona, un tiempo que hubiese
transcurrido no al paso normal al que estaba acostumbrado sino a trompicones. Un
instante se yuxtaponía a otro, o bien se aislaba de él, y tenía la sensación de que había
sido extirpado del tiempo y lo observaba pasar ante él como una gran maqueta girada
desigualmente.
Tomó conciencia de sí mismo como nunca antes. A veces se miraba en el espejo,
la cara alargada con mechones de cabello castaño, y se palpaba los pómulos afilados.
Veía entonces las delgadas muñecas que le asomaban unos centímetros por las
mangas de su chaqueta y se preguntaba si parecería tan ridículo ante los otros como
lo parecía ante sí mismo.
No tenía planes de futuro y no hablaba con nadie de esta incertidumbre.
Continuaba trabajando donde los Foote para pagar su alojamiento y manutención
pero ya no trabajaba tantas horas como durante los dos primeros años de universidad.
Durante tres horas cada tarde y medio día los fines de semana permitía que Jim y
Serena Foote le utilizaran a su antojo; el resto del tiempo lo reivindicaba como
propio.
Parte de ese tiempo lo pasaba en su pequeño ático sobre la casa de los Foote. Pero
tan a menudo como podía, cuando acababa las clases y terminaba el trabajo para los
Foote, regresaba a la universidad. A veces, por las tardes, merodeaba por la gran
plaza abierta, entre parejas que paseaban juntas y charlaban en voz queda. Aunque no
conociera a ninguna ni les hablara, sentía un lazo con ellas. A veces se plantaba en
medio de la plaza, mirando hacia las cinco enormes columnas de enfrente del edificio
Jesse Hall que se elevaban hacia la noche lejos del fresco césped, había aprendido
que aquellas columnas eran restos del edificio principal de la universidad original,
destruido hacía muchos años por el fuego. Plata grisácea a la luz de la Luna, desnuda
y pura, le parecían representar el estilo de vida que había adoptado, igual que un
templo representa un dios.
En la biblioteca de la universidad se demoraba por los pasillos, entre los miles de
libros, inhalando el olor rancio del cuero, la tela y las páginas secas como si fuese un
incienso exótico. A veces se paraba, tomaba un volumen del estante y lo sostenía
durante un momento entre sus grandes manos que le hormigueaban al contacto
especial con el lomo y las manejables páginas. Luego hojeaba el libro, leyendo
párrafos aquí y allá, pasando las páginas delicadamente con sus rígidos dedos, como
si su torpeza pudiera arrancar y destruir lo que había supuesto tanto esfuerzo
descubrir.
No tenía amigos, y por primera vez en su vida era consciente de su soledad. A
veces, en su ático, por las noches, levantaba la vista del libro que estuviera leyendo y

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miraba la oscuridad de las esquinas de su cuarto, donde la lámpara parpadeaba contra
las sombras. Si observaba larga e intensamente la oscuridad se convertía en una luz
que adquiría la forma insustancial de lo que había estado leyendo. Y se sentía fuera
del tiempo, como se había sentido aquel día en clase cuando Archer Sloane le había
hablado. El pasado se aparecía desde la oscuridad en la que permanecía y los muertos
volvían a la vida ante él, así el pasado y los muertos fluían hacia el presente entre los
vivos, de manera que, por un instante, tenía una visión de densidad en la que se
compactaba y de la que no podía escapar, de la que tampoco sentía ningún deseo de
escapar. Tristán e Isolda la Justa, desfilaban ante él; Paolo y Francesca giraban en la
ardiente oscuridad; Helena y el deslumbrante Paris, con la amargura en sus rostros
por las consecuencias de sus actos, surgían de la penumbra. Y estaba con ellos de un
modo en el que nunca podía estar con sus compañeros que iban de clase en clase, con
quienes compartía techo en una gran universidad en Columbia, Missouri, y que
caminaban despreocupados al viento del medio oeste.
En un año aprendió griego y latín lo suficientemente bien como para leer textos
sencillos. A veces se le enrojecían los ojos y le ardían por la tensión y la falta de
sueño. De vez en cuando pensaba en él mismo y en cómo era hacía unos años y se
quedaba atónito por el recuerdo de aquella extraña figura, parda y pasiva como la
tierra de la que él había emergido. Pensaba en sus padres y le eran casi tan extraños
como el chico que habían criado. Sentía por ellos una mezcla de piedad y amor
distante.
Casi a la mitad de su cuarto año en la universidad, Archer Sloane le paró un día
después de la clase y le pidió que acudiera a su despacho para charlar.
Era invierno y una niebla baja y húmeda flotaba en el campus. Incluso a media
mañana las finas ramas de los cornejos brillaban por la escarcha y las parras negras
que trepaban por las grandes columnas de enfrente del Jesse Hall aparecían moteadas
de cristales iridiscentes que parpadeaban en la espesura. El abrigo de Stoner estaba
tan raído y gastado que había decidido no ponérselo para ver a Sloane, a pesar del
clima gélido. Tiritaba mientras se apresuraba por el camino y ascendía por los anchos
escalones de piedra que le conducían al Jesse Hall.
Después del frío, el calor dentro del edificio era intenso. La espesura de fuera se
escurría a través de las ventanas y puertas de cristal de cada lado del recibidor, de
manera que las baldosas amarillas resplandecían brillantes como la luz y las grandes
columnas de madera de roble y las paredes lisas también brillaban en la oscuridad.
Resonaban pasos arrastrados contra el suelo y el murmullo de voces se ahogaba en la
inmensidad de la sala, figuras borrosas se movían lentamente, mezclándose y
separándose y el aire opresivo fundía el olor de las paredes barnizadas con el húmedo
aroma de los tejidos de lana. Stoner ascendió por las escaleras de mármol pulido
hacia el despacho de Archer Sloane en la segunda planta. Llamó en la puerta cerrada,

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oyó una voz y entró.
El despacho era largo y estrecho, iluminado por una sola ventana al fondo.
Estantes llenos de libros ascendían hasta el alto techo. Cerca de la ventana se
encajaba un escritorio y ante este escritorio, medio girado y orientado ligeramente
hacia la luz, se sentaba Archer Sloane.
«Señor Stoner», dijo Sloane secamente, medio levantándose e indicando una silla
forrada de cuero frente a él. Stoner se sentó.
«He estado mirando su expediente». Sloane hizo una pausa y levantó una carpeta
del escritorio, observándola con distante ironía. «Espero que no le importe mi
curiosidad».
Stoner se humedeció los labios y cambió de postura en la silla. Intentó juntar sus
grandes manos para que fueran invisibles. «No, señor», dijo con voz ronca.
Sloane asintió. «Bien. Me he fijado en que usted empezó sus estudios aquí como
estudiante de agricultura y que en algún momento durante el segundo año se cambió
a la carrera de literatura. ¿Es correcto?».
«Sí, señor», dijo Stoner.
Sloane se reclinó sobre la silla y levantó la vista hacia el cuadrado de luz que
provenía de la alta ventana. Tamborileó con las yemas de los dedos unidas y se giró
hacia el joven sentado rígido frente a él.
«El propósito oficial de esta entrevista es informarle de que deberá realizar un
cambio formal de plan de estudios, declarando su intención de abandonar su carrera
inicial y declarar la final. Es una cuestión de cinco minutos más o menos en la
ventanilla de registro. Se hace usted cargo, ¿verdad?».
«Sí, señor», dijo Stoner.
«Pero como habrá adivinado ésta no es la razón por la que le he pedido que se
acercara por aquí. ¿Le importa que le pregunte un poco acerca de sus planes de
futuro?».
«No, señor», dijo Stoner. Se miró las manos, que estaban retorcidas y crispadas.
Sloane tocó la carpeta de papeles que había dejado sobre el escritorio. «Veo que
era usted algo mayor que la mayoría de estudiantes cuando comenzó sus estudios
universitarios. Casi veinte años, ¿cierto?».
«Si, señor», dijo Stoner.
«¿Y en aquel momento su plan era graduarse en la facultad de agricultura?».
«Sí, señor».
Sloane se reclino en la silla y observó el alto y oscuro techo. Preguntó
abruptamente: «¿Y cuáles son sus planes ahora?».
Stoner callo. Esto era algo en lo que no había pensado y sobre lo que no quería
pensar. Finalmente dijo, con un dejo de resentimiento: «No lo sé, no lo he pensado
mucho».

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Sloane dijo: «¿Anhela que llegue el día en el que emerja usted de las paredes de
estos claustros hacia lo que algunos llaman el mundo?».
Stoner sonrió abochornado. «No, señor».
Sloane dio unos golpecitos sobre los papeles de su escritorio. «Su expediente me
ha informado de que proviene usted de una comunidad granjera. ¿He de entender que
sus padres son granjeros?».
Stoner asintió.
«¿Y pretende regresar a la granja una vez se haya licenciado aquí?».
«No, señor», dijo Stoner, y la determinación de su voz le sorprendió. Pensó con
cierto asombro en la decisión que había tomado de repente.
Sloane asintió. «Imagino que un aplicado alumno de literatura comprende que sus
habilidades no son precisamente las más apropiadas para domeñar la tierra».
«No volveré», dijo Stoner como si Sloane no hubiese hablado. «No sé lo que haré
exactamente». Se miraba las manos mientras decía: «No me hago a la idea de que
acabaré tan pronto, de que dejaré la universidad a final de curso».
Sloane dijo con indiferencia: «No hay, por supuesto, ninguna obligación absoluta
de que se marche. ¿He de entender que no es económicamente independiente?».
Stoner sacudió la cabeza.
«Tiene usted unas notas excelentes. Excepto por su…», arqueó las cejas y sonrió,
«excepto por su asignatura de segundo de literatura inglesa, tiene sobresalientes en
todas sus asignaturas de inglés, nada por debajo del notable en lo demás. Si pudiera
mantenerse un año más o menos después de la graduación, podría, estoy seguro,
terminar con éxito su trabajo de doctorado en artes, tras lo cual podría tal vez dar
clase mientras trabaja en su doctorado. Si es que esto le interesa algo».
Stoner se echó hacia atrás. «¿Qué quiere decir?», le preguntó y escuchó algo
parecido al miedo en su voz.
Sloane se inclinó hacia delante hasta que su cara estuvo cerca; Stoner veía las
líneas de su largo y delgado rostro suavizadas, y oía la voz seca y burlona volverse
amable y desprotegida.
«¿Pero no lo sabe, señor Stoner?», preguntó Sloane. «¿Aún no se comprende a sí
mismo? Usted va a ser profesor».
De repente Sloane parecía muy distante y los muros del despacho se alejaron.
Stoner se sentía suspendido en el aire y oyó su voz preguntar: «¿Está seguro?».
«Estoy seguro», dijo Sloane suavemente.
«¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar seguro?».
«Es amor, señor Stoner», dijo Sloane jovial. «Usted está enamorado. Así de
sencillo».
Era así de sencillo. Se daba cuenta de que asentía a Sloane y dijo algo
inconsecuente. Luego salió del despacho. Tenía un hormigueo en los labios y sentía

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las yemas de los dedos dormidas, caminaba como si estuviera dormido, aunque era
plenamente consciente de lo que le rodeaba. Se rozó con las paredes pulidas de
madera del pasillo y pensó que podía sentir la calidez y la edad de la madera.
Descendió lentamente las escaleras maravillándose del frío mármol veteado que
parecía resbalar bajo sus pies. En las clases las voces de los alumnos se percibían
distintas e individuales entre el apagado rumor y sus rostros eran cercanos, extraños y
familiares. Salió del Jesse Hall a la luz de la mañana, la oscuridad no parecía ya
oprimir el campus. Apuntó con la mirada afuera y arriba en el cielo, hacia una
posibilidad para la que no tenía nombre.

En la primera semana de junio del año 1914, William Stoner, junto a otros sesenta
chicos y unas pocas chicas, recibió su licenciatura en artes por la Universidad de
Missouri.
Para asistir a la ceremonia, sus padres —sobre una calesa prestada arrastrada por
su mula parda— habían partido el día anterior, conduciendo de noche las cuarenta y
tantas millas desde la granja, para llegar donde los Foote poco después del alba,
agarrotados por el insomne viaje. Stoner bajó al porche a recibirlos. Ellos se quedaron
juntos bajo la fresca luz de la mañana y esperaron a que se acercara.
Stoner dio la mano a su padre en un único gesto rápido de afecto, sin mirarse.
«¿Qué tal?», dijo su padre.
Su madre asintió. «Tu padre y yo venimos a ver tu graduación».
Permaneció un momento callado. Luego dijo: «Lo mejor es que entréis a
desayunar algo».
Estaban solos en la cocina. Desde que Stoner había llegado a la granja los Foote
se habían habituado a levantarse tarde. Pero ni entonces ni después de que sus padres
terminasen el desayuno se atrevió a contarles su cambio de planes, su decisión de no
volver a la granja. Una o dos veces había empezado a hablar; luego había reparado en
los rostros bronceados que surgían desnudos de sus ropas nuevas y pensaba en el
largo viaje que habían hecho y en los años que habían aguardado su regreso.
Permaneció inmóvil junto a ellos hasta que se bebieron el último sorbo de café, hasta
que los Foote se levantaron y entraron en la cocina. A continuación les dijo que tenía
que ir más temprano a la universidad y que ya les vería más tarde, en la graduación.
Caminaba por el campus con la toga negra y el birrete que había alquilado. Le
resultaba pesado y molesto, pero no encontraba ningún lugar donde dejarlo. Pensaba
en lo que les diría a sus padres, por primera vez se daba cuenta de lo irreversible de
su decisión y casi deseaba poder cancelarla. Percibía su limitación para la meta que
tan imprudentemente había elegido y sentía cierta atracción hacia el mundo que había
abandonado. Se lamentaba por su propia pérdida y por la de sus padres e incluso,
dolorosamente, sentía que se alejaba de ellos.
Este sentimiento de pérdida le acompañó durante la graduación, cuando

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pronunciaron su nombre y caminó por el estrado para recibir el título de manos de un
hombre sin rostro tras una delicada barba gris. No podía creerse su propia presencia y
el pergamino enrollado que llevaba en la mano no significaba nada. Sólo podía
pensar en su madre y en su padre, sentados tensos e inquietos entre el numeroso
público.
Cuando terminó la ceremonia regresó con ellos a casa de los Foote, donde
pasarían la noche para, al amanecer del día siguiente, emprender el viaje de vuelta.
Se sentaron hasta tarde en la sala. Jim y Serena Foote se quedaron un rato con
ellos. De vez en cuando Jim y la madre de Stoner intercambiaban el nombre de algún
familiar y después permanecían en silencio. Su padre se sentó en una silla, con las
piernas abiertas, un poco inclinado hacia delante, apretándose con sus anchas manos
las rótulas. Por fin los Foote se miraron, bostezaron y comentaron lo tarde que era. Se
fueron a su dormitorio y se quedaron los tres solos.
Hubo otro silencio. Sus padres, que miraban de frente hacia las sombras de sus
propios cuerpos, de vez en cuando miraban a su hijo de soslayo, como si no quisieran
molestarle en su nuevo estado.
Tras varios minutos, William Stoner se inclinó hacia delante y habló, con una voz
más alta y fuerte de lo que habría pretendido. «Tenía que habérselo contado antes.
Tenía que habérselo contado el verano pasado, o esta mañana».
Los rostros de sus padres permanecían apagados e inexpresivos a la luz de la
lámpara.
«Lo que intento decir es que no vuelvo con ustedes a la granja».
Nadie se movió. Su padre dijo: «Si tienes cosas que terminar aquí nosotros nos
vamos por la mañana y tú puedes venir a casa en unos días».
Stoner se frotó la cara con la palma abierta. «Eso… no es lo que quiero decir.
Intento decirles que no volveré a la granja nunca».
Las manos de su padre se tensaron aún más sobre sus rótulas y se reclinó en la
silla. Dijo: «¿Te has metido en algún problema?».
Stoner sonrió. «No es nada de eso. Voy a asistir a clases otro año, tal vez dos o
tres».
Su padre meneó la cabeza. «He visto que has terminado esta tarde. Y el
representante del condado dijo que las clases de granjero duraban cuatro años».
Stoner trató de explicar a su padre sus intenciones, intentó trasladarle sus
sentimientos y propósitos. Escuchaba sus palabras como si salieran de la boca de otro
y observaba el rostro de su padre, que recibía aquellas palabras como si una roca
recibiera repetidos puñetazos. Cuando hubo terminado se sentó con las manos
enlazadas entre las rodillas y la cabeza arqueada. Escuchó el silencio de la habitación.
Por fin su padre se removió en la silla. Stoner levantó la vista. Se enfrentó a los
rostros de sus padres. Casi rompió a llorar.

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«No sé», dijo su padre. Su voz sonaba ronca y cansada. «No me imaginaba que
esto iba a tomar este rumbo. Pensaba que hacía lo mejor para ti enviándote aquí. Tu
madre y yo hemos hecho siempre lo mejor que hemos podido por ti».
«Lo sé», dijo Stoner. No pudo mirarlos más. «¿Estarán bien? Podría volver un
tiempo este verano y ayudar. Podría…».
«Si piensas que debes quedarte aquí y estudiar esos libros, entonces eso es lo que
debes hacer. Tu madre y yo podemos apañarnos».
Su madre estaba frente a él, pero no le veía. Sus ojos estaban cerrados,
comprimidos. Respiraba afanosamente, con la cara vuelta, como dolida, y apretaba
los puños cerrados contra sus mejillas. Stoner se percató con asombro de que estaba
sollozando, profundamente y en silencio, con la pena y la extrañeza de quien rara vez
llora. La observó unos instantes más. A continuación se puso pesadamente en pie y
salió de la habitación. Siguió el camino por las estrechas escaleras que conducían a su
ático, permaneció tumbado durante largo tiempo, observando con los ojos abiertos la
oscuridad sobre él.

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2

DOS semanas después de que Stoner recibiera su licenciatura en Artes, el


archiduque Francisco Fernando fue asesinado en Sarajevo por un nacionalista serbio
y antes del otoño la guerra se extendió por toda Europa. Era un tema de continuo
interés entre los alumnos más veteranos, los cuáles se preguntaban por el papel que
finalmente tendrían los Estados Unidos y sentían una placentera desazón acerca de
sus propios futuros.
Pero ante William Stoner el futuro era brillante, cierto e inalterable. Lo veía, no
como un flujo de eventos, cambio y potencialidad, sino como un territorio que se
extendía ante él a la espera de ser explorado. Lo comparaba con la gran biblioteca de
la universidad, a la que podían adosarse nuevas galerías, añadirse libros nuevos y
retirarse los viejos, sin que su genuina naturaleza se alterase nunca en lo esencial.
Veía su futuro en la institución con la que se había comprometido y a la que tan
imperfectamente había comprendido. No se concebía a sí mismo cambiando en ese
futuro, pero veía el futuro mismo como el instrumento de ese cambio más que como
su objeto.
Casi al final de aquel verano, justo antes del comienzo del semestre de otoño,
visitó a sus padres. Su intención era ayudar en la cosecha de verano, pero se encontró
con que su padre había contratado a un ayudante negro que trabajaba con una
intensidad tranquila, feroz, llevando a cabo él solo en un día casi tanta labor como la
que desarrollaban William y su padre juntos en el mismo espacio de tiempo. Sus
padres se alegraron de verle y no parecían arrepentidos de su decisión. Pero a él no se
le ocurría nada que decirles. Se había percatado, de que sus padres y él habían
comenzado a ser extraños y se dio cuenta de que su amor por ellos se intensificaba
con la pérdida. Regresó a Columbia una semana antes de lo que tenía previsto.
Empezó a irritarle el tiempo que tenía que invertir trabajando en la granja de los
Foote. Habiendo accedido tarde a los estudios, sentía ahora urgencia por estudiar. A
veces, inmerso en sus libros, le venía a la cabeza la conciencia de todo lo que no
sabía, de todo lo que no había leído y la serenidad con la que trabajaba se hacía trizas
cuando caía en la cuenta del poco tiempo que tenía en la vida para leer tantas cosas,
para aprender todo lo que tenía que saber.
Acabó su curso de doctorado en Artes en la primavera de 1915 y empleó el
verano en completar su tesis, un estudio prosódico de uno de los Cuentos de
Canterbury de Chaucer. Antes de que terminara el verano los Foote le dijeron que ya
no le necesitarían más en la granja.
Esperaba su despido y en cierta manera lo agradecía pero, por un instante,
después de que se produjese, sintió una punzada de pánico. Era como si se hubiese
cortado el último lazo entre el viejo mundo y él. Permaneció las últimas tres semanas

[Link] - Página 21
de verano en la granja de su padre, dando los últimos retoques a su tesis. Por entonces
Archer Sloane había conseguido que impartiera dos clases de inglés inicial para
alumnos nuevos, mientras empezaba a trabajar en su doctorado. Por ello recibiría
cuatrocientos dólares al año. Se llevó sus pertenencias del pequeño ático de la casa de
los Foote que había ocupado durante cinco años y se instaló en una habitación aún
más pequeña cerca de la universidad.
A pesar de que sólo iba a enseñar fundamentos de gramática y composición a un
grupo poco selecto de alumnos, aguardaba la tarea con entusiasmo, apreciando
profundamente lo que representaba. Programó el curso la semana antes del comienzo
del semestre de otoño, valorando las posibilidades que había mientras luchaba con los
materiales y temas de esta empresa pero sentía la lógica de la gramática y pensaba
que percibía cómo le salía de adentro, calando el lenguaje y respaldando el
pensamiento humano. En los simples ejercicios de composición que preparó para sus
alumnos advertía las potencialidades de la prosa y sus bellezas y ansiaba animar a sus
alumnos en la medida de su entusiasmo.
Pero en la primera clase que tuvo, después de las rutinas iniciales de inscripciones
y planes de estudios, cuando empezó a hablar sobre su asignatura a los alumnos, se
dio cuenta de que su deslumbramiento se le había quedado escondido dentro. A
veces, cuando hablaba a sus alumnos, era como si estuviera fuera de sí mismo y
observase a un extraño hablar a un grupo reunido contra su voluntad, escuchaba su
propia voz desmotivada recitando los materiales que había preparado y nada de su
entusiasmo aparecía durante la charla.
Se encontraba libre y realizado en las clases en las que él era el alumno. En ellas
era capaz de recapturar el sentido de descubrimiento que tuvo aquel primer día en el
que Archer Sloane le había hablado en clase y él se había convertido, por un instante,
en alguien diferente al que había sido. Mientras su mente se entretenía con su
asignatura, mientras lidiaba contra el poder de la literatura que había estudiado e
intentaba entender su naturaleza, era consciente del cambio constante en su interior y,
mientras era consciente de ello, salía de sí mismo y entraba en el mundo que le
contenía, de manera que sabía que el poema de Milton que había leído o el ensayo de
Bacon o el drama de Ben Jonson cambiaban el mundo del que eran sujetos, y lo
cambiaban por su dependencia de él. Casi no hablaba en clase y sus notas rara vez le
satisfacían. Como sus clases para los jóvenes alumnos, que no traicionaban sus
profundos conocimientos.
Empezó a tratar con familiaridad a algunos de sus compañeros estudiantes que
también daban clases para el departamento. Entre ellos hubo dos con los que entabló
amistad, David Masters y Gordon Finch.
Masters era un joven algo oscuro de lengua afilada y ojos amables. Como Stoner,
acababa de empezar su curso de doctorado a pesar de ser un año o así más joven que

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él. En la facultad y entre los estudiantes graduados tenía fama de arrogante e
impertinente, y estaba extendida la idea de que tendría problemas para titularse.
Stoner pensaba que era el hombre más brillante que había conocido y se refería a él
sin envidia ni resentimiento.
Gordon Finch era grande y rubio y, ya a la edad de veintitrés años, estaba
empezando a engordar. Había estudiado un curso universitario en un instituto
comercial de San Luis y en la universidad había tocado varios palos en estudios
avanzados en los departamentos de economía, historia e ingeniería. Había comenzado
a trabajar en su licenciatura sobre literatura gracias a que había sido capaz, en el
ultimo minuto, de obtener un pequeño trabajo dando clases para el departamento de
ingles. Enseguida demostró ser el estudiante menos brillante del departamento. Pero
era popular entre los alumnos nuevos y se llevaba bien con los miembros veteranos
de la facultad así como con los funcionarios de la administración.
Los tres —Stoner, Masters y Finch— adoptaron la costumbre de quedar los
viernes por la tarde en un pequeño bar del centro de Columbia para tomar grandes
jarras de cerveza y charlar hasta altas horas de la noche. Aunque aquellas noches eran
su único solaz social, Stoner a veces se preguntaba qué clase de relación mantenían.
A pesar de que se llevaban bien no eran amigos íntimos, no se hacían confidencias y
rara vez se veían fuera de sus encuentros semanales.
Ninguno cuestionaba nunca aquella amistad. Stoner sabía que a Gordon Finch no
se le habría ocurrido, pero sospechaba que sí a David Masters. Una vez, bastante
tarde, mientras estaban sentados en una mesa en la parte de atrás del oscuro bar,
Stoner y Masters hablaron de sus clases y estudios con el extraño tono burlón de los
muy serios. Masters, sosteniendo en alto un huevo duro como si fuera una bola de
cristal, dijo: «¿Han considerado ustedes, caballeros, alguna vez la cuestión de la
verdadera naturaleza de la universidad? ¿Señor Stoner? ¿Señor Finch?».
Sonriendo, ambos negaron con la cabeza.
«Apuesto a que no. Stoner, aquí, imagino, lo ve como si fuera un gran depósito,
como una biblioteca o un almacén, donde los hombres vienen por voluntad y eligen
lo que les completa, donde todos trabajan juntos como abejas en un vulgar panal. La
Verdad, el Bien, la Belleza. Están justo al doblar la esquina, en el pasillo de al lado,
están en el próximo libro, en el que no se ha leído, o en el siguiente estante, el que no
se ha consultado. Pero los encontrarás algún día. Y cuando lo hagas… cuando lo
hagas…». Miró al huevo un instante más, luego mordió un buen trozo y se giró hacia
Stoner, moviendo la mandíbula y con los ojos oscuros centelleando.
Stoner sonrió incómodo y Finch se rió en voz alta y palmeó sobre la mesa. «Te ha
pillado, Bill. Te ha pillado bien».
Masters masticó un rato más, tragó, y volvió la vista hacia Finch. «Y usted, Finch.
¿Cuál es su idea?». Levantó la mano. «Usted alegará que no ha pensado en ello. Pero

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sí lo ha hecho. Detrás de esa fachada fanfarrona y campechana maquina una mente
simple. Para usted, la institución es un instrumento del bien —para el mundo en su
globalidad, por supuesto, y sólo de pasada para usted también—. Usted la ve como
una especie de melaza sulfatada que administra cada otoño para ayudar a pasar el
invierno a esos cabroncetes, y usted es el viejo médico amable que bondadosamente
les da palmaditas en las cabezas y se embolsa sus dineros».
Finch se rió otra vez y meneó la cabeza. «Te lo juro, Dave, cuando te pones…».
Masters se puso el resto del huevo en la boca, masticó satisfecho y bebió un trago
largo de cerveza. «Pero ambos estáis equivocados», dijo. «Es un sanatorio o —¿cómo
lo llaman ahora?—, una casa de reposo, para los enfermos, los ancianos, los infelices
y los incompetentes en general. Mirad nosotros tres… somos la universidad. Un
extraño no sabría que tenemos tanto en común, pero nosotros sí lo sabemos, ¿a que
sí? Lo sabemos bien».
Finch se reía. «¿De qué vas, Dave?».
Interesado ahora en lo que estaba diciendo, Masters se inclinó atento sobre la
mesa. «Empecemos por ti, Finch. Siendo todo lo amable que puedo, diría que tú eres
el incompetente. Como ya sabrás, la verdad es que no eres muy listo… a pesar de que
esto no tenga que ver con el asunto».
«Vaya», dijo Finch todavía riéndose.
«Pero sí eres lo suficientemente listo —y sólo lo suficiente— como para darte
cuenta de lo que te ocurrirá en el mundo. Estás destinado al fracaso, y lo sabes. A
pesar de que eres capaz de ser un hijo de puta, no eres lo bastante malvado para serlo
de manera consistente. A pesar de que no eres precisamente el hombre más honesto
que he conocido, tampoco es que seas un portento de deshonestidad. Por un lado
tienes capacidad de trabajo pero eres tan vago que no puedes trabajar tanto como al
mundo le gustaría. Por otro lado no eres tan vago como para imprimir en el mundo
sello alguno de tu importancia. Y no tienes suerte —la verdad es que no—. No tienes
aura y tienes una expresión turbada. En este mundo siempre estarás a punto de lograr
el éxito pero serás destruido por tu fracaso. Así que has sido seleccionado, elegido; la
providencia, cuyo sentido del humor siempre me ha divertido, te ha arrebatado de las
fauces del mundo y te ha situado en este espacio seguro, entre tus hermanos».
Aún sonriente y con malévola ironía, se giró hacia Stoner. «Tú tampoco te
escapas, amigo. Para nada. ¿Quién eres tú? ¿Un sencillo hombre de campo, como te
finges? Oh, no. Tú también estás entre los enfermos, tú eres el soñador, el loco en el
mundo de los locos, nuestro Don Quijote de El Medio Oeste sin su Sancho, retozando
bajo el cielo azul. Eres lo bastante listo —más listo al menos que nuestro mutuo
amigo—. Pero tienes el mal, la vieja enfermedad. Crees que hay algo aquí, algo que
encontrar. Bueno, en el mundo lo aprenderías rápido. Tú también estás destinado al
fracaso; no es que te vayas a enfrentar al mundo, dejarías que te masticara y que te

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escupiera y te quedarías ahí pensando qué salió mal. Porque siempre esperaste que el
mundo fuera algo que no es, algo que no deseó ser. El gorgojo en el algodón, el
gusano en el frijol, el insecto barredor en el maíz. No podrías mirarles a la cara y no
podrías enfrentarte a ellos porque eres demasiado débil y eres demasiado fuerte. Y no
tienes a donde ir en el mundo».
«¿Y qué hay de ti?», preguntó Finch. «¿Qué pasa contigo?».
«Oh», dijo Masters, reclinándose hacia atrás, «soy uno de vosotros. Peor, de
hecho. Soy demasiado listo para el mundo y no mantengo la boca cerrada al respecto,
es una enfermedad para la que no hay cura. Así que debo ser encerrado donde pueda
ser irresponsable sin peligro, donde no haga ningún daño». Se inclinó hacia delante
de nuevo y les sonrió. «Somos todos como el pobre Tom y tenemos frío».
«Rey Lear», dijo Stoner serio.
«Acto tercero, escena cuarta», dijo Masters. «Y así la providencia, la sociedad, o
la suerte, como quieras llamarlo, ha creado esta cabaña para nosotros, para que
podamos refugiarnos de la tormenta. Es para gente como nosotros por lo que existe la
universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la
altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por
ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y permitimos el acceso a él de algunas
personas comunes, a aquéllos que encajarán mejor en el mundo. Pero se trata sólo de
un barniz protector. Al igual que la Iglesia en la Edad Media, a la que le importaban
un bledo los seglares e incluso Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a
nuestros engaños».
Finch movió la cabeza con admiración. «Nos haces quedar mal, Dave».
«Tal vez», dijo Masters. «Pero incluso siendo tan malos como somos, somos
mejores que los que hay fuera, en el lodo, los pobres cabrones del mundo. No
hacemos daño, decimos lo que queremos y nos pagan por ello y eso es un triunfo de
la virtud natural, o casi, qué cojones».
Masters se reclinó hacia atrás, indiferente, ajeno a lo que había dicho.
Gordon Finch se aclaró la garganta. «Bien, vale», dijo con seriedad. «Puede que
lleves razón en algo de lo que dices, Dave, pero creo que te has pasado, de verdad
que sí».
Stoner y Masters se sonrieron mutuamente y no hablaron más del tema aquella
noche. Pero durante años, en algunas ocasiones, Stoner recordaba lo que Masters
había dicho y pensaba que no le había proporcionado una visión de la universidad
con la que se hubiera comprometido, pero revelaba algo acerca de su relación con
aquellos dos hombres y le daba una idea sobre la amargura corrosiva y salvaje de la
juventud.

El 7 de mayo de 1915 un submarino alemán hundió el transatlántico británico


Lusitania con ciento catorce pasajeros estadounidenses a bordo. Al final de 1916 la

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guerra submarina alemana no tenía restricciones y las relaciones entre los Estados
Unidos y Alemania empeoraban constantemente. En febrero de 1917 el presidente
Wilson rompió relaciones diplomáticas. El 6 de abril el Congreso declaró el estado de
guerra entre Alemania y los Estados Unidos.
Con dicha declaración miles de jóvenes de toda la nación, como liberados por el
cese de la tensa incertidumbre, asediaron los centros de reclutamiento que se habían
instalado apresuradamente unas semanas antes. De hecho, cientos de jóvenes no
habían sido capaces de esperar la intervención estadounidense y ya en 1915 se habían
alistado como soldados en las Fuerzas Reales Canadienses o como conductores de
ambulancia en alguno de los ejércitos europeos aliados. Algún estudiante veterano de
la universidad así lo había hecho y pese a que William Stoner no sabía nada de esto,
escuchaba sus legendarios nombres con mayor frecuencia a medida que las semanas
y los meses acercaban el momento que todos sabían que acabaría por llegar.
La guerra se declaró un viernes y, aunque las clases permanecieron programadas
para la semana siguiente, algunos alumnos y profesores pusieron excusas para no
asistir. Se reunían en los pasillos y se hacían pequeños grupos que murmuraban en
voz baja. En ocasiones la tensa calma estallaba casi en violencia; dos veces hubo
manifestaciones generales anti-alemanas en las que los alumnos gritaban sin mucho
sentido y agitaban banderas de Estados Unidos. En una ocasión se produjo una breve
manifestación contra uno de los profesores, un profesor anciano con barba de
filología germánica que había nacido en Munich y que de joven había asistido a la
Universidad de Berlín. Pero cuando el profesor se encontró con el pequeño grupo
sedicioso de estudiantes enfadados pestañeó perplejo y, resistiendo desde su
pequeñez, y agitando las manos, los disolvió en hosca confusión.
Durante aquellos primeros días tras la declaración de guerra, Stoner también
experimentó confusión, pero de índole radicalmente distinta a la que atenazaba la
mayoría del campus. Aunque había hablado sobre la guerra en Europa con los
estudiantes mayores y con los profesores, nunca había terminado de creer en ella, y
ahora que se cernía sobre él, sobre todos, descubrió dentro de sí una gran dosis de
indiferencia. Se sentía agraviado por la interrupción que la guerra había causado en la
universidad, pero no hallaba dentro de él ningún sentimiento de arraigado
patriotismo, como tampoco conseguía odiar a los alemanes.
Pero los alemanes estaban allí para ser odiados. Una vez se encontró con Gordon
Finch hablando a un grupo de antiguos miembros de la facultad. El rostro de Finch se
contraía mientras hablaba de los «hunos» como si estuviera escupiendo en el suelo.
Más tarde, cuando se acercó a Stoner en el despacho grande que compartían con
media docena de profesores noveles, el humor de Finch había cambiado; febrilmente
jovial, le dio a Stoner una palmadita en la espalda.
«No podemos dejar que se salgan con la suya, Bill», dijo con vehemencia. Una

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película de sudor aceitoso resplandecía en su rostro redondo y su fino cabello rubio
salía en lacios mechones de su calavera. «No señor. Voy a alistarme. Ya he hablado
con el viejo Sloane sobre ello y me ha dicho que adelante. Me voy mañana a San Luis
a apuntarme». Por un instante consiguió dar a sus facciones una apariencia de
gravedad. «Todos tenemos que poner de nuestra parte». Luego hizo una mueca y
volvió a palmear a Stoner en el hombro. «Lo mejor que podrías hacer es venir
conmigo».
«¿Yo?», dijo Stoner, y repitió otra vez, incrédulo: «¿Yo?».
Finch se rió. «Claro. Todo el mundo está alistándose. Acabo de hablar con
Dave… se viene conmigo».
Stoner meneó la cabeza como si estuviera aturdido. «¿Dave Masters?».
«Claro. El bueno de Dave a veces dice cosas raras, pero cuando llega la hora de la
verdad es como todo el mundo, él hará su parte. Igual que tú harás la tuya, Bill».
Finch le dio un puñetazo en el hombro. «Igual que tú harás la tuya».
Stoner se calló por un momento. «No había pensado en ello», dijo. «Todo parece
haber pasado tan rápido. Tendré que hablar con Sloane. Ya te contaré».
«Claro», dijo Finch. «Tú harás tu parte». Su voz rebosaba sentimiento. «Estamos
juntos en esto ahora, Bill; estamos todos juntos en esto».
Stoner dejó a Finch, pero no fue a ver a Archer Sloane. En vez de eso echó un
vistazo por el campus y preguntó por David Masters. Le encontró en uno de los
gabinetes de estudio de la biblioteca, solo, fumando en pipa y contemplando un
estante de libros.
Stoner se sentó frente a él, en la mesa del gabinete. Cuando le preguntó por su
decisión de alistarse en el ejército Masters le dijo: «Claro. ¿Por qué no?».
Y cuando Stoner le preguntó por qué, Masters dijo: «Me conoces bastante bien,
Bill. Me importan un carajo los alemanes. Llegado el punto también me importan un
carajo los estadounidenses, me parece». Volcó las cenizas de la pipa en el suelo y las
barrió con el pie. «Supongo que hago esto porque no importa si lo hago o no. Y
puede ser divertido pasear por el mundo una vez más antes de regresar a los claustros
y a la lenta extinción que nos aguarda a todos».
A pesar de no entenderlo, Stoner asintió, aceptando lo que Masters le había dicho.
Le anunció: «Gordon quiere que me aliste contigo».
Masters sonrió. «Gordon siente el impacto inicial de una virtud que nunca antes
se le había permitido sentir y naturalmente quiere hacer partícipe al resto del mundo
para poder así seguir creyendo. Claro. ¿Por qué no? Alístate con nosotros. Puede que
te haga bien ver cómo es el mundo». Hizo una pausa y miró a Stoner intensamente.
«Pero si lo haces, por los clavos de Cristo no lo hagas por Dios, ni por la patria, ni
por la vieja y querida Universidad. Hazlo por ti mismo».
Stoner aguardó algunos momentos. Luego dijo: «Hablaré con Sloane y ya te

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contaré».
No sabía qué esperar de lo que Archer Sloane pudiera responderle; pese a ello se
sorprendió cuando se plantó en su estrecho despacho atestado de libros y le comunicó
la que aún no era su decisión.
Sloane, que siempre había mantenido hacia él una actitud de indiferencia y
cortesía irónica, montó en cólera. Su largo rostro delgado se puso rojo y las arrugas a
ambos lados de la boca se acentuaron por el enojo. Se medio levantó de la silla
inclinándose hacia Stoner, con los puños cerrados. Después se sentó de nuevo y
deliberadamente abrió las manos y las posó sobre la mesa. Le temblaban los dedos
pero su voz era firme y áspera.
«Le ruego me disculpe por mi repentino arrebato. Pero durante los últimos días he
perdido a casi un tercio de los miembros del departamento y no veo manera de
sustituirlos. No es con usted con quien estoy irritado, sino…», dio la espalda a Stoner
y miró hacia la gran ventana del fondo de su despacho. La luz le golpeaba en la cara
de pleno, marcando sus líneas de expresión y oscureciendo sus ojeras de manera que,
por un instante, parecía viejo y cansado. «Nací en 1860, justo antes de la Guerra de
Rebelión. No la recuerdo, por supuesto; era demasiado joven. No recuerdo tampoco a
mi padre. Le mataron el primer año de la guerra, en la Batalla de Shiloh». Miró
fugazmente a Stoner. «Pero pude ver lo que sucedió. Una guerra no sólo mata a unos
cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que
no puede recuperarse nunca. Y si alguien pasa por suficientes guerras, pronto todo lo
que queda es el bruto, la criatura que nosotros —usted y yo, y otros como nosotros—
han sacado del fango». Hizo una pausa larga y a continuación dijo sonriendo
débilmente: «A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha
consagrado su vida en construir».
Stoner se aclaró la garganta y dijo tímidamente: «Todo parece haber sucedido
muy rápido. Por algún motivo no me había percatado, hasta que hablé con Finch y
Masters. Todavía no me parece muy real».
«No lo es, por supuesto», dijo Sloane. Entonces se movió inquieto, alejándose de
Stoner. «No voy a decirle lo que debe hacer. Sólo le diré esto: es su decisión. Habrá
reclutamiento, pero usted puede ser excluido, si lo desea. ¿No tiene miedo de ir,
verdad?».
«No, señor», dijo Stoner. «No lo creo».
«Entonces tome una decisión, y tendrá que tomarla usted solo. Y no es necesario
recordarle que si decide alistarse a su regreso recuperará su puesto actual. Si decide
no alistarse puede quedarse aquí, pero por supuesto no disfrutará de ninguna ventaja
especial. Es posible incluso que padezca algún inconveniente, tanto ahora como en el
futuro».
«Comprendo», dijo Stoner.

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Hubo un largo silencio, y Stoner decidió al fin que Sloane había terminado con él.
Pero justo cuando se levantaba para abandonar el despacho Sloane habló otra vez.
Con voz pausada dijo: «Debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el
significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias de la raza humana que no
son militares. Recuerde eso mientras decide qué hacer».
Durante dos días Stoner no fue a sus clases y no habló con nadie que conociera.
Permaneció en su pequeña habitación, sopesando su decisión. Sus libros y la quietud
de su cuarto le rodeaban, sólo a ratos era consciente del mundo exterior, del lejano
murmullo producido por los gritos de los estudiantes, del súbito traqueteo de un carro
sobre las calles empedradas y del sordo ronroneo de algún automóvil de la docena de
ellos que habría en la ciudad. No era dado a la introspección y halló que la tarea de
averiguar sus motivos era complicada y un poco desagradable. Sentía que tenía poco
que ofrecerse a sí mismo y que dentro de sí no había mucho que encontrar.
Cuando al final tomo una decisión, le parecía que había sabido todo el tiempo
cuál sería. Se encontró con Masters y Finch el viernes y les dijo que no se alistaría
con ellos para combatir contra los alemanes.
Gordon Finch, aún dominado por su acceso de virtud, se estiró y dejó que una
expresión de avergonzada lástima se asentara en sus facciones. «Nos has
decepcionado, Bill», dijo con voz apagada. «Has decepcionado a todos».
«Tranquilo», dijo Masters. Escrutaba a Stoner. «Pensé que quizás decidieras no ir.
Siempre fuiste austero para contigo. No importa, por supuesto. Pero ¿qué fue lo que
te hizo decidir?».
Stoner no habló durante un rato. Pensó en los últimos dos días, en la batalla
silenciosa que parecía no tener fin ni sentido, pensó en la vida en la universidad
durante los últimos siete años, pensó en los años anteriores, los años lejanos con sus
padres en la granja y en la rigidez de la que él, milagrosamente, había renacido.
«No sé», dijo al fin. «Todo, me parece. No sabría decir».
«Va a ser duro», dijo Masters, «quedarse aquí».
«Lo sé», dijo Stoner.
«Pero ¿crees que merece la pena?».
Stoner asintió.
Masters hizo una mueca y dijo con su vieja ironía: «Tienes el gesto austero y
hambriento, seguro. Estás condenado».
La avergonzada lástima de Finch se había transformado en vacilante desdén. «Te
arrepentirás de esto, Bill», dijo ásperamente, y su voz titubeaba entre la amenaza y la
compasión.
Stoner asintió. «Puede», dijo.
Se despidió y se dio media vuelta. Al día siguiente iban a San Luis a alistarse y
Stoner tenía que preparar clases para la semana siguiente.

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No sentía culpa por su decisión y cuando el reclutamiento fue general solicitó un
aplazamiento sin ningún sentimiento especial de remordimiento, aunque era
consciente de las miradas de sus colegas más ancianos y de lo poco que faltaba para
que el habitual comportamiento de sus alumnos con él derivase en falta de respeto.
Incluso sospechaba que Archer Sloane, que en principio había expresado una cálida
aprobación a su decisión de continuar en la universidad, se volvía más frío y distante
según pasaban los meses de la guerra en curso.
Concluyó los estudios de su doctorado en la primavera de 1918 y obtuvo el título
en junio de aquel año. Un mes antes de recibir el título recibió una carta de Gordon
Finch, que tras pasar por una academia de entrenamiento de oficiales había sido
destinado a un campo de entrenamiento en las afueras de la ciudad de Nueva York.
La carta le informaba de que habían permitido a Finch, en su tiempo libre, asistir a la
Universidad de Columbia, donde también él había conseguido completar los estudios
para doctorarse, lo cual sucedería en verano en la facultad de educación local.
También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi
exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Cháteau-Thierry, junto con las
primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.

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3

UNA semana antes del inicio, cuando Stoner iba a recibir su doctorado, Archer
Sloane le ofreció una plaza de profesor a tiempo completo en la universidad. Sloane
le explicó que la política de la universidad no era emplear a sus propios alumnos pero
que, debido a la carencia de profesores universitarios titulados y con experiencia a
causa de la guerra, había conseguido persuadir a la administración para hacer una
excepción.
Con cierta desgana, Stoner había escrito algunas cartas solicitando empleo a
universidades y facultades de la zona, declarando someramente sus calificaciones. Al
no recibir respuesta de ninguna de ellas, se sintió curiosamente aliviado. Alcanzaba a
entender su alivio: en la Universidad de Columbia había conocido el tipo de
seguridad y calor que habría necesitado sentir en casa de niño y no habría sido capaz,
o no habría tenido la habilidad suficiente para encontrarla en otro sitio. Aceptó la
oferta de Sloane con gratitud.
Cuando se dispuso a hacerlo se percató de que Sloane había envejecido
notablemente durante el año de guerra. A sus cincuenta y muchos parecía diez años
mayor, su cabello, que había sido rizado con revueltos mechones metálicos, era ahora
blanco y caía lacio y sin vida por su cara huesuda. Sus ojos negros se habían apagado,
como ocultos tras varias capas de humedad, su rostro largo y con arrugas, que alguna
vez pareció de cuero fino, presentaba ahora la fragilidad de un papel viejo y seco, y
su voz llana e irónica había empezado a temblar. Mirándole, Stoner pensó: va a morir
—en un año, o dos, o diez, morirá—. Le pellizcó un sentimiento prematuro de
pérdida y se dio media vuelta.
Aquel verano de 1918 sus pensamientos volvían a menudo al tema de la muerte.
La de Masters le había impactado más de lo que hubiese deseado admitir y la primera
lista de bajas estadounidenses en Europa había empezado a publicarse. Cuando había
pensado en la muerte con anterioridad no había sido ni como un acto literario ni como
el desgaste lento y calmoso del tiempo sobre la carne imperfecta. No había pensado
en ella como una explosión de violencia en un campo de batalla, ni como un chorro
de sangre brotando de una garganta rota. Se cuestionaba la diferencia entre los tipos
de muerte y lo que significaba aquella diferencia, y se percató de que dentro le crecía
algo de aquel amargor que había atisbado alguna vez en el corazón de su amigo
David Masters.
El tema de su disertación fue «La influencia de la tradición clásica en la lírica
medieval». Empleó la mayor parte del verano en releer a los poetas latinos clásicos y
medievales y especialmente poemas sobre la muerte. Se preguntó una vez más por la
manera sencilla y elegante en que los líricos romanos aceptaban el hecho de la
muerte, como si la nada a la que se enfrentaban fuese un tributo a la riqueza de los

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días disfrutados y se maravillaba por la amargura, el terror, el apenas disimulado odio
que detectó en algunos de los últimos poetas cristianos de tradición latina cuando se
enfrentaban a una muerte que prometía, algo vagamente, una vida eterna rica y en
éxtasis, como si muerte y promesa fuese una burla que agriaba los días de los vivos.
Cuando pensaba en Masters lo hacía como en un Catulo o un Juvenal más elegante y
lírico, un exiliado en su propio país, y su muerte se le antojaba otro exilio, más
extraño y duradero que los que había conocido antes.
Al inaugurarse el semestre de otoño en 1918 era evidente para todos que la guerra
en Europa no podría durar mucho más. La última y desesperada contraofensiva
alemana había sido detenida cerca de París y el mariscal Foch había ordenado un
contraataque general aliado que había hecho retroceder rápidamente a los alemanes
hasta su posición original. Los británicos avanzaron hacia el norte y los
estadounidenses atravesaron Argonne, con un coste que fue ampliamente ignorado en
medio del júbilo general. Los periódicos predecían el colapso de los alemanes para
antes de Navidad.
Así que el semestre empezó con un clima de tensa cordialidad y bienestar. Los
alumnos y profesores se sonreían unos a otros y se saludaban enérgicamente en los
pasillos; la facultad y la administración ignoraron algunos brotes de exaltación, así
como pequeños actos violentos por parte de los alumnos. Un estudiante sin
identificar, que inmediatamente se convirtió en una especie de héroe local popular,
trepó a una de las inmensas columnas del Jesse Hall y colgó de su parte superior un
muñeco de paja parecido al Kaiser.
La única persona de la universidad aparentemente ajeno a la euforia general era
Archer Sloane. Desde el día en que Estados Unidos entró en la guerra empezó a
encerrarse en sí mismo y su retraimiento se hizo más notorio a medida que la guerra
se aproximaba a su fin. No hablaba con sus colegas a no ser sobre asuntos del
departamento y se rumoreaba que sus clases se habían vuelto tan excéntricas que sus
alumnos asistían a ellas con temor. Leía sus notas mecánica y monótonamente, sin
mirarlos nunca a los ojos. Con frecuencia su voz se desvanecía en cuanto empezaba a
leer sus apuntes y podía haber uno, dos, y a veces hasta cinco minutos de silencio,
durante los cuales ni se movía ni respondía a las tímidas preguntas de la clase.
William Stoner vio el último vestigio del hombre brillante e irónico que había
conocido de estudiante cuando Archer Sloane le dio sus tareas docentes para el curso.
Sloane asignó a Stoner dos cursos de composición de primero y un curso superior de
literatura inglesa medieval y entonces dijo, con un destello de su viejo sarcasmo: «Al
igual que muchos de nuestros colegas y no pocos de nuestros alumnos, estará usted
encantado de saber que voy a renunciar a muchas de mis clases. Entre ellas hay una
que ha sido siempre mi favorita, la literatura inglesa de segundo. ¿Recuerda tal vez el
curso?».

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Stoner asintió, sonriendo.
«Sí», continuó Sloane, «prefiero que la imparta usted. Le pido por tanto que me
sustituya en ella. No es que sea un regalo, pero pensé que le divertiría comenzar su
carrera formal como profesor donde comenzó de alumno». Sloane le miró por un
instante; sus ojos brillaban con la expresividad que tenían antes de la guerra. Luego,
el velo de indiferencia se asentó sobre ellos y le alejó de Stoner. Se puso a barajar
algunos papeles de su escritorio.
Fue así como Stoner empezó por donde había comenzado, un hombre alto,
delgado y encorvado en la misma clase en la que se sentase siendo un muchacho alto,
delgado y encorvado a escuchar las palabras que le habían llevado hasta donde
estaba. Nunca entró en aquella clase sin echar un vistazo al lugar que había ocupado
y siempre se asombraba un poco de no verse sentado allí.
El 11 de noviembre de aquel año, dos meses después del inicio del semestre, se
firmó el armisticio. La noticia llegó un día lectivo e inmediatamente se suspendieron
las clases. Los alumnos deambulaban sin rumbo por el campus y surgieron pequeños
desfiles que se agrupaban, se dispersaban y se agrupaban de nuevo, atravesando
pasillos, clases y oficinas. Contra su voluntad, Stoner se vio arrastrado por uno de los
que entraban en el Jesse Hall, a través de pasillos, escaleras y más pasillos. Empujado
por pequeños grupos de alumnos y profesores, pasó por la puerta abierta del despacho
de Archer Sloane, y lo vislumbró sentado en la silla de su escritorio, con la cara
descubierta y crispada, sollozando amargamente, con las lágrimas cayéndole por sus
profundos surcos carnosos.
Durante un conmocionado instante, Stoner se dejó arrastrar por la masa. Luego
escapó y fue a su habitación cerca del campus. Sentado en la oscuridad de su cuarto
escuchó fuera los gritos de alegría y júbilo y pensó en Archer Sloane, que lloraba por
la derrota que sólo él veía, o creía que veía y supo que Sloane era un hombre
deshecho que nunca volvería a ser el que había sido.

A finales de noviembre muchos de aquéllos que se habían ido a la guerra


empezaron a retornar a Columbia y el campus de la universidad se vio salpicado del
verde aceituna de los uniformes. Entre quienes regresaban de largos permisos estaba
Gordon Finch. Había cogido peso durante el año y medio que estuvo alejado de la
universidad y el rostro ancho y abierto que fuese de amable condescendencia tenía
ahora una expresión de gravedad afable pero siniestra. Portaba galones de capitán y a
menudo hablaba con afecto paternalista de «mis hombres». Mantenía una amistad
distante con William Stoner y ponía ahora exagerado empeño en comportarse
deferentemente con los miembros veteranos del departamento. Era demasiado tarde
para asignarle ninguna clase del semestre de otoño, así que durante el resto del curso
le dieron lo que se entendía sería una sinecura como auxiliar administrativo del
vicerrector de artes y ciencias. Tuvo el suficiente tacto como para percatarse de la

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ambigüedad de su nuevo cargo y la suficiente habilidad para apreciar sus
posibilidades. La relación con sus colegas era provisional y cortésmente evasiva.
El vicerrector de artes y ciencias, Josiah Claremont, era un hombre pequeño con
barba, de avanzada edad, con algunos años más de los prescritos para la jubilación
obligatoria. Había estado en la universidad desde su traslado, a principios de los
setenta del siglo anterior, desde una facultad corriente a una universidad plena,
habiendo sido su padre uno de sus primeros rectores. Estaba tan afianzado y era tan
parte misma de la historia de la universidad que nadie tenía el valor de insistirle en su
jubilación, a pesar de la creciente incompetencia con la que llevaba su oficina.
Prácticamente había perdido la memoria, a veces se perdía por los pasillos del Jesse
Hall, donde estaba su despacho, y tenía que ser guiado como un niño hasta su mesa.
Josiah Claremont, viudo desde hacia años, vivía solo, con tres criados de color
casi tan viejos como él, en una de esas casas grandes de antes de la Guerra Civil que
habían sido tan comunes en Columbia pero que estaban desapareciendo en favor del
pequeño granjero independiente y del constructor inmobiliario. La arquitectura del
lugar era agradable pero irreconocible y, aunque «sureña» en su aspecto general y su
carácter, no poseía nada de la rigidez neoclásica de las casas de Virginia. La madera
estaba pintada de blanco y cenefas verdes enmarcaban las ventanas y las balaustradas
de los pequeños balcones que sobresalían aquí y allá desde el piso superior. La
parcela se extendía hasta un bosque que rodeaba el lugar y altos álamos, desprovistos
de hojas las tardes de diciembre, se alineaban por el camino de entrada y los
senderos. Era la casa más grande a la que William Stoner se había acercado, y aquel
viernes por la tarde caminaba con cierto recelo hacia la entrada uniéndose a un grupo
de la facultad al que no conocía y que esperaba en la puerta principal para entrar.
Gordon Finch, vistiendo aún su uniforme del ejército, abrió la puerta para dejarlos
pasar. El grupo penetró en un pequeño vestíbulo cuadrado al final del cual una
escalera escarpada de barandas de roble bruñido conducía a la segunda planta. Un
pequeño tapiz francés, de azules y dorados tan desvaídos que los motivos eran apenas
visibles bajo la débil luz amarillenta de las pequeñas bombillas, colgaba de la pared
de la escalera, justo en frente de los recién llegados. Stoner se quedó observándolo
mientras los demás deambulaban por el reducido vestíbulo.
«Dame tu chaqueta, Bill». Aquella voz, junto a su oído, le sobresaltó. Se giró.
Finch sonreía y extendía la mano para recoger la chaqueta que Stoner aún no se había
quitado.
«No habías estado antes aquí, ¿no?», preguntó Finch casi en un susurro. Stoner
negó con la cabeza.
Finch se giró hacia los otros hombres y sin levantar la voz consiguió exclamar:
«Caballeros, vayan al salón principal». Señaló una puerta a la derecha del vestíbulo.
«Todos están allí dentro».

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Volvió a centrar su atención en Stoner. «Es una casa antigua magnífica», dijo,
colgando la chaqueta de Stoner en un armario grande bajo la escalera. «Es una de las
auténticas atracciones de por aquí».
«Sí», dijo Stoner. «He oído a la gente hablar de ella».
«Y el vicerrector Claremont es un viejecito encantador. Me ha pedido algo así
como que cuide de todo esta tarde por él».
Stoner asintió.
Finch le tomó del brazo y le guió hacia la puerta que había señalado antes. «Más
tarde tenemos que reunimos para tener una charla. Tú entra ahora. Yo voy dentro de
un rato. Hay gente que quiero que conozcas».
Stoner empezó a hablar pero Finch se había dado la vuelta para saludar a otro
grupo que había llegado a la puerta principal. Stoner resopló profundamente y abrió
la puerta del salón.
Cuando entró en la sala desde el frío vestíbulo el calor le golpeó, como si le
forzara a retirarse; el lento murmullo de la gente de dentro, liberado al abrir la puerta,
flotó durante un instante antes de que sus oídos se acostumbraran a él.
Había reunidas una docena de personas en la sala aproximadamente, y en un
momento reconoció Stoner a nueve de ellas; vio el sobrio negro, gris y marrón de los
trajes, el verde aceituna de los uniformes militares, y aquí y allá el delicado rosa o
azul de los vestidos de mujer. La gente se movía con lentitud por el calor y él se
movía con ellos, consciente de su altura entre las figuras sentadas, saludando con la
cabeza a las caras que ahora reconocía.
En el extremo opuesto otra puerta conducía a una salita, adyacente al largo y
estrecho comedor. Las abiertas puertas dobles del recibidor revelaban una inmensa
mesa de nogal cubierta con un mantel damasquinado repleto de platos blancos y
fuentes de plata reluciente. Había algunas personas reunidas alrededor de la mesa,
presidida por una joven, alta, delgada y hermosa, con un vestido de muaré azul, que
escanciaba té en tazas de porcelana con bordes dorados. Stoner se detuvo en la
puerta, atrapado por la visión de la joven. Su rostro de fisonomía larga, delicada,
sonreía a quienes la rodeaban y sus esbeltos, casi frágiles dedos, manejaban
hábilmente la tetera y las tazas. Mirándola, a Stoner le abrumaba la conciencia de su
propio aspecto desgarbado.
Durante unos instantes no se movió de la puerta; escuchaba la voz suave y débil
de la chica alzarse sobre el murmullo de los invitados allí reunidos y a los que ella
servía. Levantó la cabeza y de repente vio sus ojos, eran pálidos y grandes y parecían
brillar con una luz interior. Algo confuso se apartó de la puerta y regresó al salón.
Encontró una silla vacía junto a la pared y se sentó allí observando la alfombra bajo
sus pies. No miraba hacia el comedor, pero de vez en cuando pensaba que sentía la
mirada de la joven rozándole cálidamente la cara.

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Los invitados se movían a su alrededor, cambiando de asientos, alterando sus
entonaciones según encontraban nuevos compañeros de conversación. Stoner los veía
a través de un velo, como si fuera un espectador. Después de un rato Gordon Finch
entró en la sala y Stoner se levantó y caminó hacia él. Casi groseramente interrumpió
la conversación de Finch con un señor mayor. Llevándole a un aparte pero sin bajar la
voz, le preguntó si podía presentarle a la joven escanciadora de té.
Finch le observó un instante, suavizándose el frunce de contrariedad de su frente
a medida que se le abrían los ojos de asombro. «¿Que tú, qué?», dijo Finch. Pese a ser
más bajo que Stoner daba la impresión de que le miraba desde arriba.
«Quiero que me la presentes», dijo Stoner. Sentía que le ardía la cara. «¿La
conoces?».
«Claro», dijo Finch. Un principio de sonrisa le asomó a la boca. «Me parece que
es prima del vicerrector, de San Luis, está visitando a una tía». La sonrisa se acentuó.
«Viejo Bill. ¿Qué estarás tramando? Claro, te la presentaré. Vamos».
Se llamaba Edith Elaine Bostwick y vivía con sus padres en San Luis, donde la
primavera anterior había acabado un curso de dos años en una academia privada para
mujeres. Estaría unas semanas visitando a la hermana mayor de su tía en Columbia y
en primavera iba a hacer el gran viaje por Europa —un acontecimiento de nuevo
posible, ahora que la guerra había terminado—. Su padre, presidente de uno de los
bancos más pequeños de San Luis, era un emigrado de Nueva Inglaterra. Había
venido al oeste en los setenta y se había casado con la hija mayor de una familia bien
de Missouri. Edith había vivido toda su vida en San Luis, unos años antes había ido al
Este con sus padres, una temporada a Boston; había estado en la ópera de Nueva York
y había visitado los museos. Tenía veinte años, tocaba el piano y tenía unas
inclinaciones artísticas que su madre alentaba.
Más tarde, William Stoner no podría recordar cómo se había enterado de esas
cosas durante aquella primera tarde en la casa de Josiah Claremont, pues su charla fue
confusa y formal, como las figuras del tapiz de la pared de la escalera del vestíbulo.
Recordaba haber hablado con ella, que ella le miró, se quedó junto a él y le otorgó el
placer de escuchar su voz suave y débil respondiendo a sus preguntas y haciendo a su
vez preguntas superficiales.
Los invitados comenzaron a marcharse. Voces que se despedían, puertas que se
cerraban y habitaciones que se vaciaban. Stoner permaneció allí después de que
muchos invitados se hubiesen ido y cuando vino el carruaje de Edith, él la siguió al
vestíbulo y la ayudó con el abrigo. Justo antes de salir al exterior le preguntó si podía
llamarla la tarde siguiente.
Como si no le hubiese oído ella abrió la puerta y se quedó inmóvil unos instantes:
el aire frío penetraba por la puerta y alcanzó el rostro ardiente de Stoner. Ella se giró,
le miró y pestañeó varias veces. Sus ojos pálidos especulaban, casi descarados.

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Finalmente asintió y dijo: «Sí. Puede llamarme». No sonrió.

Así que la llamó. Caminó por la ciudad en dirección a la casa de la tía de la joven
bajo un frío intenso, típico de las noches del medio oeste. No había ninguna nube en
el cielo; la media luna brillaba sobre una ligera capa de nieve que había caído a
primera hora de la tarde. Las calles estaban desiertas y el silencio sordo era roto por
el crujido de la nieve seca bajo sus pies al caminar. Permaneció largo tiempo fuera de
la gran casa a la que había llegado, sin moverse. La luz mortecina de las ventanas
caía sobre el blanco azulado de la nieve como un manchón amarillo. Stoner creyó ver
movimiento dentro, pero no podía estar seguro. Deliberadamente, como
comprometiéndose con algo, dio un paso al frente, caminó por el sendero del porche
y llamó a la puerta.
La tía de Edith —cuyo nombre, según había sabido Stoner, era Emma Darley, era
viuda desde hacia varios años— le recibió en la puerta y le invitó a entrar. Era una
mujer baja y rolliza de finos cabellos blancos que flotaban sobre su rostro. Sus ojos
oscuros parpadeaban humedecidos y hablaba suavemente y en susurros, como si
estuviera contando secretos. Stoner la siguió hasta la sala y se sentó frente a ella,
sobre un sofá de nogal grande, con los asientos y el respaldo cubiertos de grueso
terciopelo azul. La nieve se le había agarrado a los zapatos; él contemplaba cómo se
derretía formando rodales de humedad sobre la tupida alfombra floral bajo sus pies.
«Edith me ha contado que enseña en la universidad, señor Stoner», dijo la señora
Darley.
«Sí, señora», dijo y se aclaró la voz.
«Es tan lindo poder hablar de nuevo con un joven profesor de allí», dijo la señora
Darley vivazmente. «Mi difunto esposo, el señor Darley, perteneció al consejo de
administración de la universidad durante varios años… pero supongo que usted ya lo
sabía».
«No, señora», dijo Stoner.
«Oh», dijo la señora Darley. «Bueno, solíamos recibir a algunos de los
catedráticos más jóvenes para tomar el té por las tardes. Pero eso fue hace algunos
años, antes de la guerra. ¿Fue usted a la guerra profesor Stoner?».
«No, señora», dijo Stoner. «Estuve en la universidad».
«Sí», dijo la señora Darley. Asintió con vehemencia. «¿Y qué enseña?».
«Inglés», dijo Stoner. «Y no soy catedrático. Soy sólo profesor». Sabía que su voz
sonaba áspera, pero no podía controlarla. Trató de sonreír.
«Ah, sí», dijo ella. «Shakespeare… Browning…».
Se hizo un silencio entre los dos. Stoner entrelazó las manos y miró al suelo.
La señora Darley dijo: «Veré si Edith está lista. Con su permiso».
Stoner asintió y se puso de pie cuando ella se marchó. Escuchó intensos susurros
en la habitación de atrás. Permaneció de pie algunos minutos más.

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De repente Edith apareció bajo el ancho umbral, pálida y seria. Se miraron sin
reconocerse. Edith dio un paso hacia atrás y después avanzó, sus labios finos estaban
tensos. Se dieron la mano con gravedad y se sentaron juntos en el sofá. No había
hablado.
Era incluso más alta de lo que recordaba, y más frágil. Su rostro era alargado y
esbelto y mantenía los labios cerrados sobre unos dientes bastante recios. Su piel
tenía el tipo de transparencia que muestra un ápice de color y temperatura sin resultar
provocativa. Su pelo era entre pelirrojo y castaño claro y lo llevaba recogido en
gruesas trenzas. Pero fueron sus ojos los que le atraparon y le cautivaron como lo
habían hecho el día anterior. Eran muy grandes y del azul más claro que cupiera
imaginar. Cuando los miraba parecía salirse de sí mismo, adentrándose en un misterio
que no podía comprender. Pensaba que era la mujer más bella que había visto en su
vida y le dijo impulsivamente: «Yo… yo quisiera conocerla». Ella se apartó un poco.
Él dijo con precipitación: «Quiero decir… ayer, en la recepción, lo cierto es que no
tuvimos ocasión de charlar. Quise hablarle, pero había tanta gente. La gente a veces
estorba».
«Fue una recepción muy linda», dijo Edith débilmente. «Pienso que todo el
mundo fue muy agradable».
«Oh, sí, por supuesto», dijo Stoner. «Quería decir…». No continuó. Edith callaba.
Él dijo: «Entiendo que usted y su tía viajarán a Europa en breve».
«Sí», dijo ella.
«Europa…». Meneó la cabeza. «Debe usted estar muy entusiasmada».
Meneó la cabeza con renuencia.
«¿Dónde irán? Quiero decir, ¿a qué sitios?».
«Inglaterra», dijo. «Francia, Italia».
«Y se marcharán… ¿en primavera?».
«En abril», dijo.
«En cinco meses», dijo. «No queda mucho. Espero que en este tiempo
podamos…».
«Sólo estaré aquí tres semanas», dijo ella con rapidez. «Luego volveré a San Luis
por Navidad».
«Eso es poco tiempo», sonrió y torpemente añadió, «entonces tendré que verla tan
a menudo como pueda para que así podamos llegar a conocernos».
Ella le miró casi con terror. «No quería decir eso», dijo. «Por favor…».
Stoner guardó silencio unos instantes. «Lo siento, yo… pero sí quisiera llamarla
otra vez, tan a menudo como usted me permita. ¿Puedo?».
«Oh», dijo. «Bueno». Tenía los delgados dedos entrelazados sobre su regazo y los
nudillos estaban blancos donde la piel se estiraba. Tenía pecas pálidas en el dorso de
las manos.

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Stoner dijo: «Esto no va bien, ¿verdad? Debe perdonarme. Nunca había conocido
a alguien como usted y digo tonterías. Debe perdonarme si la he intimidado».
«Oh, no», dijo. Se giró hacia él y movió los labios en lo que debía ser una sonrisa.
«Para nada. Me lo estoy pasando estupendamente. De verdad».
Stoner no supo qué decir. Mencionó algo acerca del tiempo en el exterior y se
disculpó por haber dejado huellas de nieve sobre la alfombra. Ella murmuró algo en
respuesta. Él habló de las clases que tenía que impartir en la universidad y ella asintió
sorprendida. Finalmente permanecieron sentados en silencio. Stoner se puso en pie;
se movió lenta y pesadamente, como si estuviera cansado. Edith le miraba de forma
inexpresiva.
«Bueno», dijo y se aclaró la voz. «Se hace tarde y yo… Mire. Lo siento. ¿Podría
llamarla dentro de unos días? Tal vez…».
Fue como si no le hubiese hablado a ella. Él asintió con la cabeza, dijo «buenas
noches» y se dio media vuelta para marcharse.
Edith Bostwick dijo en un tono alto, chillón y sin inflexión: «Cuando era una niña
de unos seis años sabía tocar el piano y me gustaba pintar y era muy tímida así que
mi madre me envió a la escuela para niñas de la señorita Thorndyke en San Luis. Yo
era la más pequeña allí, pero estaba bien porque papá era miembro del consejo de
administración y él lo arregló. No me gustó al principio pero al final me encantaba.
Eran todas chicas muy amables y adineradas y allí hice amigas de por vida, y…».
Stoner se había dado la vuelta cuando ella empezó a hablar y la miraba con un
asombro reprimido en su expresión. Sus ojos estaban fijos sobre ella, su rostro lívido
y sus labios se le movían como si, sin comprenderlo, leyera de un libro invisible.
Cruzó despacio la habitación y se sentó a su lado. Ella no pareció darse cuenta, su
mirada permanecía clavada al frente y continuaba hablando de sí misma, como si él le
hubiera pedido que lo hiciera. Quería decirle que parara, para consolarla, para tocarla.
Ni se movió ni habló.
Ella continuó hablando y al cabo de un rato Stoner empezó a escuchar lo que
decía. Años más tarde se daría cuenta de que en esa hora y media, de aquella tarde de
diciembre, durante su primer lapso largo de tiempo juntos, le contó más sobre sí
misma que ninguna otra vez. Y cuando hubo terminado, sintió que eran desconocidos
de una manera impensable y supo que se había enamorado.

Edith Elaine Bostwick probablemente no era consciente de lo que le dijo a


William Stoner aquella tarde, y de haberlo sido, no se había dado cuenta de su
significado. Pero Stoner sabía lo que ella había dicho y nunca lo olvidó. Lo que
escuchó fue una especie de confesión y lo que creyó entender fue una petición de
ayuda.
A medida que la iba conociendo mejor supo más de su infancia y advirtió que era
la típica chica de su época y circunstancias. Había sido educada bajo la premisa de

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ser protegida de los graves incidentes que la vida pudiera poner en su camino, así
como la de que no tenía otra misión que ser elegante y cómplice consumada de dicha
protección, dado que pertenecía a una clase social y económica para la cual la
protección constituía una obligación sagrada. Fue a colegios privados para chicas en
los que aprendió a leer, escribir y aritmética simple. En su tiempo libre se le incitaba
a bordar, a tocar el piano, a pintar con acuarelas y a debatir sobre las obras más
tiernas de la literatura. También había sido instruida respecto a indumentaria,
carruajes, dicción para damas y moralidad.
Su instrucción moral, tanto en los colegios a los que fue como en casa, fue de
naturaleza negativa, de intensión represiva y casi estrictamente sexual. De todas
formas, la sexualidad era indirecta y no admitida abiertamente, por lo tanto afectaba a
cualquier otro aspecto de su formación. Ésta se alimentaba mayormente de una fuerza
moral prohibicionista y tácita. Aprendió que tendría tareas para con su marido y
familia y que debería cumplirlas.
Su infancia fue sumamente ceremoniosa, incluso en los momentos más cotidianos
de la vida familiar. Sus padres se trataban con una cortesía distante. Edith nunca les
vio intercambiar el calor espontáneo del enfado o del amor. El enfado consistía en
días de silencio cortés y el amor en una palabra de cariño cortés. Siendo sólo una niña
la soledad fue una de las primeras circunstancias de su vida.
Creció con un moderado talento para las artes más exquisitas y sin conocer la
necesidad de vivir el día a día. Sus bordados eran delicados e inútiles, pintaba
paisajes brumosos con tenues acuarelas aguadas y tocaba el piano con manos sin
fuerza pero precisas y, aunque ignorara sus propias necesidades corporales, no la
habían dejado sola para cuidar de sí misma ni un sólo día de su vida y no se le había
ocurrido que pudiese llegar a ser responsable del bienestar de otra persona. Su vida
era invariable, como un leve arrullo y era observada por su madre la cual, cuando
Edith era una niña, se sentaba horas con ella observándola pintar sus dibujos o tocar
el piano como si otra ocupación no fuese concebible para ninguna de las dos.
A la edad de trece años Edith sufrió la transformación sexual habitual. Sufrió así
mismo una transformación física más inusual. En el transcurso de pocos meses creció
casi treinta centímetros, por lo que su altura era casi la de un hombre adulto. Y la
conjunción de su cuerpo desgarbado y la extrañeza de su nuevo estado sexual fue
algo de lo que nunca se recuperó totalmente. Aquellos cambios intensificaron su
timidez natural —era distante con sus compañeras de clase en el colegio, no tenía a
nadie en casa con quien poder hablar y se encerró cada vez más en sí misma.
En aquella privacidad íntima se inmiscuía ahora William Stoner. Y algo
insospechado dentro de ella, algún instinto, la llevó a interpelar a Stoner cuando salía
por la puerta, haciéndole hablar con vehemencia, desesperadamente, como no había
hablado y nunca volvería a hablar.

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Durante las siguientes dos semanas la vio casi cada tarde. Fueron a un concierto
patrocinado por el nuevo departamento de música de la universidad. Las tardes que
no hacía mucho frío daban paseos lentos y solemnes por las calles de Columbia, pero
normalmente se sentaban en el salón de la señora Darley. A veces conversaban y
Edith tocaba para él mientras él escuchaba y observaba sus manos moverse sin vida
sobre las teclas. Tras aquella primera tarde juntos su conversación se volvió
curiosamente impersonal. Él era incapaz de sacarla de su recato y cuando veía que
sus esfuerzos la intimidaban, dejaba de intentarlo. Aun asi había cierta comodidad
entre ellos y él imaginaba que se entendían. Una semana antes de que ella tuviera que
regresar a San Luis él le declaró su amor y le propuso matrimonio.
A pesar de que no sabía exactamente cómo se tomaría la declaración y la
proposición, se quedó sorprendido de su aplomo. Después de que él hablase le lanzó
una mirada larga, deliberada y curiosamente descarada, y él recordó la tarde posterior
a la que le pidiera permiso para llamarla, cuando le había mirado desde la puerta por
la que se colaba un viento frío. Luego bajó la vista y el estupor que ascendió hasta su
rostro le pareció casi irreal. Dijo que nunca había pensado en él de esa forma, que
nunca lo hubiera imaginado, que no lo sabía.
«Debe de haber sabido que la quería», dijo. «No veo cómo podría haberlo
ocultado».
Ella dijo con cierto aire de animación: «No lo sabía. Yo no sé nada de eso».
«Entonces debo decírselo otra vez», dijo él amablemente. «Y debe acostumbrarse
a ello. La amo y no me puedo imaginar la vida sin usted».
Ella agitó la cabeza, como confusa. «Mi viaje a Europa», dijo tenuemente. «Tía
Emma…».
Sintió que una carcajada le subía por la garganta y le dijo feliz y confiado: «Ah,
Europa. Yo la llevaré a Europa. La veremos juntos algún día».
Ella se apartó de él y apoyó la yema de los dedos en la frente. «Debe darme
tiempo para pensar. Y debería hablar con mis padres antes de poder siquiera
considerarlo…».
Y no se comprometió más allá de eso. Ya no le vería más antes de partir hacia San
Luis y desde allí le escribiría tras hablar con sus padres y asumir las cosas en su
cabeza. Cuando se marchó aquella tarde él se detuvo a besarla, ella giró la cara y sus
labios le rozaron la mejilla. Ella le dio un pellizco en la mano y le condujo fuera de la
casa sin volver a mirarle.
Diez días más tarde recibió una carta de ella. Era una nota curiosamente formal
que no mencionaba nada de lo que había ocurrido entre ellos. Decía que le gustaría
que conociera a sus padres y que todos estaban deseosos de verle cuando viniera a
San Luis el siguiente fin de semana, si eso era posible.
Los padres de Edith le recibieron con la fría cordialidad que esperaba e intentaron

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de inmediato destruir cualquier atisbo de confianza que hubiese podido concebir. El
señor Bostwick le hacía preguntas y cuando respondía le contestaba: «S-í-í», de la
manera más ambigua y le miraba con curiosidad, como si tuviera la cara manchada o
le sangrase la nariz. Ella era alta y delgada como Edith y al principio Stoner se quedó
pasmado por un parecido que no se esperaba, pero la cara de la señora Bostwick era
fofa y enfermiza, sin ninguna fuerza o delicadeza y dejaba ver las profundas huellas
de lo que parecía una insatisfacción crónica.
Horace Bostwick era también alto, pero curiosa e insustancialmente recio, casi
corpulento. Un mechón de cabello gris le serpenteaba por la cabeza casi calva y unos
pliegues de pellejo se descolgaban de su mandíbula. Cuando hablaba a Stoner miraba
directamente por encima de su cabeza como si viera algo detrás de él, y cuando
Stoner le respondía tamborileaba con sus gruesos dedos sobre la insignia del centro
de su chaleco.
Edith saludó a Stoner como si se tratase de una visita casual y después se perdió
por ahí despreocupada, enfrascada en tareas intrascendentes. Sus ojos la seguían pero
no lograba que ella le mirase.
Era la casa más grande y elegante en la que Stoner había estado nunca. Las
habitaciones eran muy altas y oscuras y estaban repletas de jarrones de todo tamaño y
condición, platería de brillo opaco sobre mesas de mármol, cómodas, cajones y
mobiliario ricamente tapizado con diseños de lo más delicado. Recorrieron diversas
habitaciones hasta una sala grande en la que, murmuró la señora Bostwick, ella y su
marido tenían costumbre de sentarse a charlar informalmente con los amigos. Stoner
se sentó en una silla tan frágil que temía moverse, sintiendo que se descompondría
bajo su peso.
Edith había desaparecido, Stoner la buscaba con la mirada casi frenético. Pero
ella no apareció por la sala en el transcurso de casi dos horas, hasta que Stoner y sus
padres tuvieron su «charla».
La «charla» había sido indirecta, ambigua y lenta, interrumpida por largos
silencios. Horace Bostwick hablaba sobre sí mismo en cortos parlamentos lanzados
algunos centímetros por encima de la cabeza de Stoner. Stoner supo que Bostwick era
de Boston y que su padre, al final de su vida, había echado a perder su carrera en la
banca y el futuro de su hijo en Nueva Inglaterra debido a una serie de inversiones
imprudentes que habían llevado al cierre del banco. («Traicionado», Bostwick clamo
al cielo, «por falsos amigos»). Por eso el hijo había venido a Missouri poco después
de la Guerra Civil, con la intención de trasladarse al oeste, pero sin llegar nunca más
allá de Kansas City, donde inició casualmente algunos negocios. Recordando el
fracaso de su padre, o la traición, permaneció en su primer empleo en un pequeño
banco de San Luis, a sus treinta y tantos, sintiéndose seguro con una vicepresidencia
menor. Se casó con una chica de la zona de buena familia. El matrimonio había

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generado sólo una hija, él hubiera querido un chico pero tuvo una chica y aquello
constituyó otra decepción que apenas se preocupó de ocultar. Como muchos hombres
que consideraban su éxito incompleto, era extraordinariamente vanidoso y estaba
consumido por su propia importancia. Cada diez o quince minutos se sacaba un gran
reloj de oro del bolsillo del chaleco y se asentía a sí mismo.
La señora Bostwick hablaba con menor frecuencia y menos directamente sobre sí
misma, pero Stoner llegó a comprenderla rápidamente. Era una estereotípica mujer
sureña. De familia antigua y algo empobrecida, había crecido con la presunción de
que las circunstancias de necesidad bajo las que la familia vivía no eran las
apropiadas para su rango. Se le había enseñado a procurarse alguna mejora en aquella
condición, pero nunca le habían dado instrucciones precisas sobre dicha mejora. Se
había casado con Horace Bostwick con aquel desafecto tan habitual en ella que
formaba parte de su personalidad, y según pasaban los años la insatisfacción y la
amargura crecían de manera tan general y dominante que no había manera de
disiparlas. Su voz era alta y aguda y mantenía una nota de desesperanza que otorgaba
un valor especial a todo lo que decía.
A última hora de la tarde nadie había mencionado todavía el asunto que les había
reunido.
Le dijeron cuánto querían a Edith, cuánto se preocupaban de su felicidad futura,
de las ventajas de las que había gozado. Stoner permanecía sentado torturado por la
vergüenza, intentando dar las respuestas que juzgaba apropiadas.
«Una niña extraordinaria», dijo la señora Bostwick. «Muy sensible». Las líneas
del rostro se le acentuaron al decir con vieja amargura: «Ningún hombre… nadie
puede entender completamente la delicadeza de… de…».
«Sí», dijo Horace Bostwick presto. Y empezó a preguntar sobre lo que él llamaba
«proyectos» de Stoner. Stoner respondió lo mejor que pudo; nunca había pensado en
sus «proyectos» con anterioridad y se sorprendía de lo precarios que sonaban.
Bostwick dijo: «¿Y usted no tiene otros ingresos a parte de su profesión?».
«No, señor», dijo Stoner.
El señor Bostwick movió la cabeza descontento. «Edith ha tenido… privilegios,
ya sabe. Una buena casa, sirvientes, los mejores colegios. Me estaba preguntando… y
mucho me temo que, con el limitado nivel que sería inevitable con su… ¡ah!,
condición… que…», arrastraba la voz.
Stoner sentía que un malestar le crecía, así como cierto enfado. Esperó unos
momentos antes de responder, y puso la voz tan plana e inexpresiva como pudo.
«Debo decirle, señor, que nunca había considerado estos temas materiales. La
felicidad de Edith es, por supuesto, mi… si usted cree que Edith sería infeliz,
entonces debo…». Hizo una pausa, buscando las palabras. Quería contarle al padre de
Edith el amor que sentía por su hija, su certeza en la felicidad que compartirían, el

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tipo de vida que llevarían. Pero no continuó. Observó en el rostro de Horace
Bostwick una expresión de preocupación, desánimo, y algo parecido al miedo al
haberse quedado en silencio de repente.
«No», dijo Horace Bostwick apresuradamente, y aclaró su expresión. «Me ha
malinterpretado. Trataba meramente de presentarle ciertas dificultades que podrían
surgir en el futuro. Estoy convencido de que ustedes han hablado sobre estas cosas y
estoy seguro de que saben lo que quieren. Respeto su juicio y…».
Y quedó arreglado. Se dijeron algunas palabras más y la señora Bostwick se
preguntó en voz alta dónde podría haber estado metida Edith todo el tiempo. Gritó su
nombre con su voz alta y aguda y unos instantes después Edith entró en la sala donde
todos la aguardaban. No miró a Stoner.
Horace Bostwick le dijo que él y su «muchacho» habían tenido una charla muy
agradable y que teman su bendición. Edith asintió.
«Bueno», dijo su madre, «debemos hacer planes. Una boda primaveral. Junio, tal
vez».
«No», dijo Edith.
«¿Qué, cariño?», dijo su madre amablemente.
«Si se ha de hacer», dijo Edith, «quiero que se haga rápido».
«La impaciencia de la juventud», dijo el señor Bostwick y se aclaró la garganta.
«Pero tal vez tu madre tenga razón, cariño. Hay planes que hacer, se requiere
tiempo».
«No», dijo Edith otra vez y había tal firmeza en su voz que consiguió que todos la
miraran. «Debe ser pronto».
Se hizo un silencio. Luego su padre dijo con una voz sorprendentemente
templada: «Muy bien, cariño. Como digas. Ustedes, jóvenes, hagan sus planes».
Edith asintió, murmuró algo sobre una tarea pendiente, y se escabulló de la
habitación. Stoner no la volvió a ver hasta la hora de la cena, que estuvo presidida en
regio silencio por Horace Bostwick. Después de la cena Edith tocó el piano para
ellos, pero lo hizo con rigidez y desgana, cometiendo muchos errores. Anunció que se
encontraba mal y se fue a su habitación.
En el cuarto de invitados aquella noche, William Stoner no podía dormir. Clavaba
la vista en la oscuridad y se preguntaba por la inquietud que había sobrevenido a su
vida y por primera vez se cuestionó la cordura de lo que iba a hacer. Pensaba en Edith
y sentía cierta confianza. Supuso que todos los hombres pasaban por esa
incertidumbre que le había embargado de repente y que tenían las mismas dudas.
Tenía que coger un tren para Columbia temprano a la mañana siguiente así que
tuvo poco tiempo después del desayuno. Quería tomar un carruaje hasta la estación,
pero la señora Bostwick insistió en que uno de los criados le llevaría en el coche de
caballos. Edith le iba a escribir en unos días contándole los planes de boda. Dio las

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gracias a los Bostwick y se despidió de ellos, le acompañaron con Edith hasta la
puerta. Casi había llegado a la verja exterior cuando escucharon pasos corriendo tras
él. Se giró. Era Edith. Se plantó firme y alta junto a él, su cara estaba pálida y le
miraba de frente.
«Intentaré ser una buena esposa para ti, William», dijo. «Lo intentaré».
Cayó en la cuenta de que era la primera vez que alguien había pronunciado su
nombre desde su llegada.

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POR motivos que no explicaba, Edith no se quería casar en San Luis, así que la boda
tuvo lugar en Columbia, en los salones de Emma Darley, donde habían pasado sus
primeras horas juntos. Fue en la primera semana de febrero, justo cuando terminaron
las clases en las vacaciones de fin de semestre. Los Bostwick tomaron el tren desde
San Luis y los padres de William, que no habían conocido a Edith, se acercaron desde
la granja, llegando el sábado por la tarde, el día de antes de la boda.
Stoner quería alojarlos en un hotel, pero ellos preferían quedarse con los Foote, a
pesar de que los Foote se habían distanciado y se mostraban fríos desde que William
dejara su empleo.
«No sabría qué hacer en un hotel», decía su padre con seriedad. «Y los Foote nos
pueden acoger por una noche».
Aquella tarde William alquiló una calesa y condujo a sus padres a la ciudad, a la
casa de Emma Darley, para que pudieran conocer a Edith.
En la puerta les recibió la señora Darley, quien echó un vistazo fugaz y
abochornado a los padres de William y les pidió que entraran en la sala. Su madre y
su padre se sentaron cautelosamente, como si tuvieran miedo de moverse con sus
rígidas ropas nuevas.
«No sé en qué puede estar entretenida Edith», murmuró la señora Darley al cabo
de un tiempo. «Si me perdonan». Salió de la sala para buscar a su sobrina.
Tras un rato largo Edith bajó; entró en la sala lentamente, con renuencia, como si
le diese miedo.
Se levantaron de sus asientos y durante unos momentos los cuatro permanecieron
embarazosamente en pie, sin saber qué decir. Entonces Edith se acercó en actitud
ceremoniosa y le dio la mano primero a la madre de William y luego al padre.
«Qué tal», dijo su padre con formalidad y le soltó la mano, como si temiese
romperla.
Edith le miró, intentó sonreír y retrocedió. «Siéntense», invitó. «Por favor
siéntense».
Se sentaron. William dijo algo. Su voz le sonaba forzada.
En silencio, con tranquilidad y admiración, como si estuviera expresando sus
pensamientos en voz alta, su madre dijo: «Hijo, qué guapa es, ¿verdad?».
William sonrió ligeramente y dijo en tono afable: «Sí, madre, lo es».
Luego pudieron charlar con mayor facilidad, si bien se lanzaban miradas los unos
a los otros y desviaban la vista hacia el fondo de la sala. Edith murmuró que estaba
encantada de conocerles, que sentía que no se hubieran conocido antes.
«Y cuando nos establezcamos…». Hizo una pausa y William se preguntó si iba a
continuar. «Cuando nos establezcamos deben venir a visitarnos».

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«Gracias, muy amable», dijo su madre.
La conversación continuó, pero se interrumpía con prolongados silencios. Los
nervios de Edith iban en aumento, se volvía más tensa, y una o dos veces no
respondió a la pregunta que alguien le hizo. William se puso en pie y su madre,
echando una mirada nerviosa a su alrededor, se levantó también. Pero su padre no se
movió. Miraba directamente a Edith manteniendo la vista fija sobre ella.
Finalmente dijo: «William ha sido siempre un buen chico. Me alegra que se haya
procurado una buena mujer. Un hombre necesita de una mujer que le atienda y le
consuele. Sea usted buena con William. Necesita de alguien que sea bueno con él».
La cabeza de Edith retrocedió como en respuesta refleja a un impacto, sus ojos se
dilataron y por un momento William pensó que estaba enfadada. Pero no lo estaba.
Su padre y Edith se miraron durante un largo rato sin que sus ojos se amilanasen.
«Lo intentaré, señor Stoner», dijo Edith. «Lo intentaré».
Entonces su padre se puso en pie, se inclinó con torpeza y dijo: «Se hace tarde.
Será mejor que nos marchemos». Y caminó junto a su esposa, informe, oscura y
pequeña a su lado, dejando a Edith y a su hijo juntos.
Edith no le habló. Pero cuando regresó para desearle buenas noches William
observo unas lagrimas flotando sobre sus ojos. Se inclinó a besarla y sintió la
fragilidad de sus débiles dedos sobre sus brazos.

Los fríos rayos de sol invernal de la tarde de febrero penetraban por las ventanas
delanteras de la casa de los Darley y se estrellaban contra las figuras que se movían
por la gran sala. Sus padres estaban de pie significativamente solos en la esquina de
la habitación; los Bostwick, que habían llegado una hora antes en el tren de la
mañana, se encontraban junto a ellos, sin mirarles; Gordon Finch deambulaba con
gravidez y ansiedad, como si estuviera a cargo de algo. Había alguna gente, amigos
de Edith o de sus padres, a quienes no conocía. Se escuchaba así mismo hablando con
la gente de su alrededor, sentía una sonrisa en sus labios y escuchaba voces que le
llegaban como sofocadas por capas de fina tela.
Gordon Finch estaba a su lado, con la cara sudada y brillante sobre su traje
oscuro. Sonreía nerviosamente. «¿Estás ya listo, Bill?».
Stoner sintió su cabeza asentir.
Finch dijo: «¿Tiene el condenado alguna última petición?».
Stoner sonrió y negó con la cabeza.
Finch le palmeó en el hombro. «Tú sólo quédate conmigo, haz lo que te diga,
todo está bajo control. Edith bajará en unos momentos».
Stoner se preguntaba si recordaría esto cuando hubiese terminado, todo parecía
borroso, como visto a través de una neblina. Se escuchó preguntar a Finch. «El
cura… no le he visto. ¿Está aquí?».
Finch rió y moviendo la cabeza dijo algo. Luego un murmullo se extendió por la

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sala. Edith estaba bajando las escaleras.
Con su vestido blanco era como una fría luz descendiendo sobre la habitación.
Stoner empezó a caminar involuntariamente hacia ella y sintió la mano de Finch
sobre su brazo, reteniéndole. Edith estaba pálida, pero le dedicó una sonrisa. Al poco
estaba junto a él y caminaban juntos. Un extraño con alzacuellos se plantó ante ellos.
Era bajo, gordo y tenía un rostro impreciso. Mascullaba algo y miraba hacia un libro
blanco que tenía en las manos. William se escuchó respondiendo en los silencios.
Notaba a Edith temblar a su lado.
A continuación se produjo un gran silencio, otro murmullo y el sonido de una
carcajada. Alguien dijo: «¡Besa a la novia!». Se sintió turbado; Finch le sonreía. Él
sonreía hacia Edith, cuyo rostro oscilaba ante él, y la besó. Los labios de ella estaban
tan secos como los suyos.
Sentía que le estrechaban la mano; la gente le daba palmadas en la espalda y reía,
la sala bullía. Más gente entró por la puerta. Una gran fuente de vidrio tallado con
ponche apareció inadvertidamente sobre la gran mesa al fondo de la sala. Había un
pastel. Alguien unió sus manos y las de Edith, había un cuchillo, comprendió que se
suponía que tenía que guiarle la mano para que ella cortase el pastel.
Después le separaron de Edith y la perdió de vista entre la muchedumbre.
Hablaba y reía, asintiendo y mirando alrededor de la sala para ver si podía localizar a
Edith. Vio a su madre y a su padre de pie en la esquina de la sala de la que no se
habían movido. Su madre sonreía y su padre tenía la mano apoyada con torpeza sobre
el hombro de ella. Empezó a acercarse a ellos pero no lograba separarse de
quienquiera que hablaba con él.
Entonces vio a Edith. Estaba con su padre, su madre y su tía. Su padre, con el
ceño ligeramente fruncido, inspeccionaba la sala como impaciente y su madre
sollozaba, tenía los ojos rojos, resoplaba entre sus gordas mejillas y la boca se le
arrugaba hacia abajo como la de una niña. La señora Darley y Edith la abrazaban, la
señora Darley hablaba con ella, solícita, como intentando explicarle algo. Pero
incluso desde el otro lado de la sala William se daba cuenta de que Edith callaba, su
rostro era como una máscara, blanco e inexpresivo. Tras unos instantes sacaron a la
señora Bostwick de la sala y William no volvió a ver a Edith de nuevo hasta que la
recepción hubo concluido, hasta que Gordon Finch le susurró algo al oído, le
acompañó hasta una puerta lateral que se abría hacia un pequeño jardín y le empujó
afuera. Edith esperaba allá, arrebujada contra el frío, con el cuello del vestido
levantado sobre el rostro de forma que él no podía verla. Gordon Finch se reía y decía
palabras que William no podía entender, les arrastró por el camino hasta la calle
donde una calesa cubierta les esperaba para llevarles a la estación. No fue hasta que
estuvieron en el tren, que les llevaba a San Luis para su semana de luna de miel, que
William Stoner se percató de que todo había concluido y de que tenía esposa.

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Ambos llegaron al matrimonio inocentes, pero inocentes de manera radicalmente
distinta. Los dos eran vírgenes y conscientes de su inexperiencia pero mientras
William, criado en una granja, aceptaba con naturalidad los procesos instintivos de la
vida, estos eran profundamente misteriosos e inexplicables para Edith. No sabía nada
de ellos. Y algo en su interior no deseaba conocerlos.
Y así, como la de tantos otros, su luna de miel fue un fracaso, aunque no lo
admitieran, y no se dieran cuenta del significado del fracaso hasta mucho tiempo
después.
Llegaron a San Luis el domingo por la noche. En el tren, rodeados de extraños
que les miraban con curiosidad y gesto de aprobación, Edith había estado animada y
casi alegre. Se reían y se tomaban las manos y hablaban de los días por venir. Una
vez en la ciudad y para cuando William hubo encontrado un carruaje que les llevara
al hotel, la alegría de Edith se había tornado ligeramente histérica.
La medio llevó en brazos, riendo, al cruzar la entrada del Hotel Ambassador, una
estructura enorme de piedra marrón tallada. El vestíbulo estaba casi desierto, oscuro y
pesado como una caverna. Cuando se metieron dentro Edith se calmó abruptamente,
meciéndose vacilante a su lado como si caminaran a través de un suelo inmenso hasta
la recepción. Para cuando llegaron a su habitación ella estaba casi físicamente
enferma, temblaba como si tuviera fiebre y tenía los labios azules en contraste con su
piel blanca como la tiza. William quiso llamar a un médico, pero ella insistió en que
sólo estaba cansada, que necesitaba descanso. Hablaron con gravedad sobre las
tensiones del día y Edith dio a entender algún escrúpulo que la perturbaba a ratos.
Murmuró, pero sin mirarle y sin entonación en la voz, que quería que sus primeras
horas juntos fuesen perfectas.
Y William dijo: «Lo son… lo serán. Debes descansar. Nuestro matrimonio
empezará mañana».
Y como otros maridos primerizos de quien había oído hablar y a cuya costa él
había bromeado alguna vez, pasó la noche de bodas separado de su esposa, con su
cuerpo enjuto aovillado y entumecido y sin poder dormir sobre un pequeño sofá, con
los ojos abiertos durante toda la noche.
Se levanto temprano. Su suite, encargada y pagada por los padres de Edith como
regalo de bodas, estaba en la décima planta, dominando una vista de la ciudad. Llamó
suavemente a Edith y a los pocos minutos salió de la habitación, atándose el cinturón
de la bata, bostezando somnolienta, sonriendo un poco. William sentía que su amor
por ella le apretaba la garganta, la tomó de la mano y se quedaron ante la ventana del
salón, mirando hacia abajo. Automóviles, peatones y carruajes se arrastraban por las
estrechas calles bajo ellos, les parecía que habían sido llevados lejos del curso de la
humanidad y sus actividades. En la distancia, visible más allá de los edificios lineales
de piedra y ladrillo rojo, el río Mississippi serpenteaba con sus aguas azul pardo al sol

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de la mañana; las barcazas y los remolcadores que se desplazaban arriba y abajo por
sus firmes márgenes parecían juguetes, a pesar de que sus chimeneas exhalaban
grandes cantidades de humo gris hacia el aire invernal. Una sensación de calma le
sobrevino. Rodeó a su esposa con el brazo, la sujetó ligeramente y ambos miraron
hacia abajo, hacia un mundo que se presentaba lleno de promesas y sosegadas
aventuras.
Desayunaron temprano. Edith parecía fresca, completamente recuperada de la
indisposición de la noche anterior; estaba casi alegre de nuevo y miraba a William
con una intimidad y un calor que él interpretó como de gratitud y amor. No hablaron
de la noche pasada. Cada poco Edith miraba su nuevo anillo y se lo ajustaba al dedo.

Se abrigaron frente al frío y anduvieron por las calles de San Luis, que justo
estaban empezando a llenarse de gente. Miraron escaparates, hablaron del futuro y
pensaron seriamente en cómo lo rellenarían. William empezó a recuperar la confianza
y la fluidez que había descubierto durante sus primeros cortejos a la mujer que se
había convertido en su esposa, Edith iba colgada de su brazo y parecía atender a lo
que él decía como nunca antes lo había hecho. Tomaron un café a media mañana en
una pequeña y cálida cafetería y observaban a la gente que se escabullía del frío.
Encontraron un carruaje que les condujo al Museo de Arte. Brazo sobre brazo
atravesaron altas salas, atravesaron el rico brillo de la luz reflejada en las pinturas. En
la quietud, en la calidez, en el aire de eternidad de las viejas pinturas y estatuas,
William Stoner sintió una corriente de afecto hacia la chica alta y delicada que
caminaba junto a él y sintió una pasión contenida crecerle dentro, cálida y
explícitamente sensual, como los colores que emanaban de las paredes que les
rodeaban.
Cuando salieron era ya tarde, el cielo se había nublado y una lluvia fina había
comenzado a caer pero William Stoner portaba con él el calor del que había hecho
acopio en el museo. Llegaron al hotel poco después de la puesta de sol, Edith entró en
la habitación para descansar y William llamó a recepción para encargar una cena
ligera y, en una inspiración repentina, bajó al bar y pidió que enfriaran una botella de
champán para que se la enviaran en una hora. El camarero asintió con desgana y le
dijo que no sería un champán bueno. Para el uno de julio la prohibición sería
nacional; ya era ilegal elaborar o destilar licores y no había más de cincuenta botellas
de cualquier tipo en las bodegas del hotel. Y le cobraría más de lo que costaba el
champán. Stoner sonrió y le dijo que le parecía bien.
Aunque en ocasiones especiales y festivas en casa de sus padres Edith había
tomado un poco de vino, nunca antes había probado el champán. Mientras cenaban,
en una pequeña mesa dispuesta en el salón, miraba nerviosa la extraña botella en el
cubo de hielo. Dos velas blancas en sendos candeleros de metal mate titilaban en la
oscuridad. Las velas parpadeaban entre ellos mientras hablaban y la luz atrapaba las

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curvas de la oscura botella lisa y refulgía sobre el hielo que la rodeaba. Estaban
nerviosos y moderadamente alegres.
Él retiró el corcho del champán de manera inexperta, Edith respingó debido al
fuerte ruido, la espuma blanca chorreó por el cuello de la botella y le empapó la
mano. Se rieron de su torpeza. Bebieron un vaso de aquel líquido y Edith fingió estar
achispada. Bebieron otro vaso. William creyó ver que a ella le sobrevenía cierta
languidez, la calma inundó su rostro, un ensimismamiento oscureció sus ojos. Él se
levantó y se colocó detrás de ella, le puso las manos sobre los hombros,
maravillándose del grosor y el peso de sus dedos sobre la delicadeza de su carne y de
sus huesos. Ella se estremeció al ser tocada, le dirigió las manos cuidadosamente
hacia los lados de su estrecho cuello y las dejó peinarle el fino cabello pelirrojo. Su
cuello estaba rígido, los nervios le vibraban con intensidad. Él puso las manos sobre
los brazos de ella y la alzó con cuidado, ella se levantó de la silla y volvió el rostro
hacia él. Sus ojos, dilatados y pálidos, casi transparentes a la luz de las velas, le
miraban ausentes. Sentía una cercanía distante con ella y piedad por su desamparo; el
deseo se le agolpaba en la garganta hasta impedirle hablar. Tiró de ella hacia la
habitación, sintiendo una tenaz y efímera resistencia en su cuerpo y, al mismo tiempo,
una voluntad que combatía dicha resistencia.
Dejó abierta la puerta de la habitación a oscuras, la vela se agitaba débilmente en
la penumbra. Él murmuró algo como para hacerla sentir cómoda y segura, pero su
voz se ahogaba y él mismo no oía lo que decía. Puso sus manos sobre el cuerpo de
ella y buscó con torpeza los botones que debía abrir. Ella le empujaba vagamente en
la oscuridad, con los ojos cerrados y los labios apretados. Le dio la espalda y con un
rápido movimiento se quitó el vestido que cayó arrugado a sus pies. Sus brazos y
hombros quedaron desnudos, y se estremecía como si tuviera frío. Dijo con voz
monocorde: «Ve a la otra habitación. Estaré lista en un minuto». Él le tocó los brazos
y le puso los labios sobre los hombros, pero ella no se giró hacia él.
En el salón contempló cómo parpadeaban las velas sobre los restos de la cena, en
medio de la cual descansaba la botella de champán, todavía llena hasta más de la
mitad. Se sirvió un poco de bebida en un vaso y lo probó. Estaba más caliente y
dulce.
Cuando regresó, Edith estaba en la cama con las mantas hasta la barbilla, el rostro
boca arriba, los ojos cerrados y el ceño frunciéndole la frente. En silencio, como si
estuviera dormida, Stoner se desnudó y se metió en la cama junto a ella. Durante unos
momentos permaneció tumbado con su deseo, que se había convertido en algo
indefinido, le pertenecía sólo a él. Habló con Edith, como para encontrar consuelo
para lo que sentía. Ella no respondió. Él puso la mano sobre ella y sintió bajo la fina
tela de su camisón la carne que tanto tiempo había deseado. Movió la mano por su
cuerpo, ella no se alteró, su ceño se frunció más. De nuevo habló, diciendo su nombre

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en silencio, después colocó su cuerpo sobre el de ella, con toda la delicadeza que le
permitía su desmaña. Cuando palpó la suavidad de sus zonas íntimas, ella giró la
cabeza bruscamente y levantó un brazo para cubrirse los ojos. No emitió sonido
alguno.
A continuación él se tumbó junto a ella y le habló con toda la calma de su amor.
Sus ojos estaban ya abiertos y le miraban en la sombra, no había expresión en su
rostro. De repente se despojó de las mantas y se fue rauda hacia el cuarto de baño. Él
vio la luz encenderse y escuchó sus arcadas enérgicas y agónicas. La llamó y cruzó la
habitación, la puerta del cuarto de baño estaba cerrada con llave. La llamó de nuevo,
ella no respondió. Volvió a la cama y la esperó. Al cabo de un rato de silencio la luz
del cuarto de baño se apagó y la puerta se abrió. Edith salió y caminó deprisa hacia la
cama.
«Ha sido por el champán», dijo ella. «No debería haber tomado el segundo vaso».
Se arropó con las mantas y le dio la espalda. Al poco, la respiración de su sueño
se volvió profunda y acompasada.

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5

REGRESARON a Columbia dos días antes de lo planeado, inquietos y tensos por su


aislamiento. Fue como si hubiesen entrado juntos en prisión. Edith decía que tenían
que regresar a Columbia para que William pudiese preparar sus clases y para
comenzar a instalarse en su nuevo apartamento. Stoner estuvo de acuerdo en seguida,
y se decía a sí mismo que las cosas mejorarían una vez estuvieran en su propio
espacio, entre gente que conocían y en ambientes que les resultaran familiares.
Hicieron las maletas aquella tarde y esa misma noche estaban en un tren hacia
Columbia.
Durante los días apresurados e imprecisos de antes de su boda Stoner había
encontrado un apartamento libre en el segundo piso de un viejo edificio de estilo
establo de cinco plantas de la universidad. Era oscuro y sin amueblar, con un pequeño
dormitorio, una cocina enana y un salón grande de altas ventanas. Allí había vivido
un artista, un profesor de la universidad, que no había sido muy ordenado. Los suelos
oscuros de anchos tablones tenían brillantes rastros amarillos, azules y rojos, y las
paredes estaban manchadas de pintura y suciedad. Stoner pensaba que el lugar era
romántico y cómodo y le pareció un buen sitio para comenzar una nueva vida.
Edith se mudó al apartamento como si se tratase de un enemigo al que había que
conquistar. Aunque no estaba acostumbrada al trabajo físico, limó buena parte de la
pintura de suelos y paredes, fregando la suciedad que ella imaginaba oculta en todos
lados. Le salieron ampollas en las manos y se le fatigó el gesto, apareciendo ojeras
oscuras bajo sus ojos. Cuando Stoner intentaba ayudarla ella se mostraba reacia, se le
tensaban los labios y negaba con la cabeza, él necesitaba tiempo para sus estudios,
decía; esto era trabajo suyo. Cuando imponía su autoridad sobre ella, se ponía casi
hosca, pensando que la estaba humillando. Perplejo e impotente, se retiraba y la
observaba mientras Edith continuaba fregando, inexorablemente los destellantes
suelos y paredes, cosiendo cortinas y colgándolas sobre las altas ventanas; reparando,
pintando y repintando el mobiliario usado que habían empezado a reunir. Aunque
inepta, trabajaba con una ferocidad silenciosa y contumaz, de manera que cuando
William regresaba de la universidad por la tarde ella estaba agotada. Se arrastraba a
preparar la cena, comía un poco y después, con un murmullo desvaído, se iba a la
habitación a dormir como si estuviera narcotizada hasta la mañana siguiente, cuando
William ya había salido a dar sus clases.
Al mes él sabía que su matrimonio era un fracaso, al año dejó de esperar que
mejorara. Aprendió a callar y no persistió en su amor. Si hablaba con ella o la tocaba
con ternura, ella se apartaba de él retrayéndose y se quedaba muda, hierática, y
durante días se sumergía en nuevos límites de agotamiento. Debido a una cabezonería
no pactada que ambos compartían, dormían en la misma cama, a veces de noche,

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dormida, se movía sin darse cuenta hacia él. Y entonces, su determinación y
conocimiento se disolvían ante su amor y él se movía hacia ella. Si ella estaba lo
suficientemente despierta se tensaba y se ponía rígida, moviendo la cabeza hacia un
lado en un gesto familiar y enterrándola en la almohada, soportando la violación. En
esas ocasiones Stoner desempeñaba el acto amoroso tan rápido como podía,
odiándose por las prisas y arrepentido de su pasión. Con menor frecuencia ella
permanecía medio aturdida por el sueño, entonces era pasiva y murmuraba
somnolienta, no sabía si protestando o sorprendida. Llegó a ansiar aquellos momentos
extraños e impredecibles, ya que en aquella aquiescencia narcótica del sueño cabía
engañarse con haber sido correspondido de algún modo.
Y no podía hablar con ella de lo que entendía era su infelicidad. Cuando lo
intentaba, ella aceptaba lo que le decía como una reflexión sobre su suficiencia y ella
misma, y permanecía tan distante y arisca como cuando le hacía el amor. Él achacaba
su distanciamiento a su falta de tacto y se sentía responsable de lo que ella sentía.
Con una crueldad callada que provenía de su desesperación, experimentaba
pequeñas maneras de agradarla. Le traía regalos que ella aceptaba indiferente, a veces
haciendo intranscendentes comentarios sobre su precio; la llevaba a pasear y de gira
al campo arbolado de los alrededores de Columbia, pero ella se cansaba con facilidad
y a veces caía enferma. Él le hablaba de su trabajo, como había hecho durante el
cortejo, pero su interés era superficial e indulgente.
Por fin, pese a ser consciente de su timidez, insistió tan amablemente como pudo
en que empezasen a invitar a gente a casa. Organizaban reuniones de té a las que
invitaban a algunos de los jóvenes profesores y asistentes del departamento y dieron
alguna cena. Edith no mostraba en absoluto si esto la complacía o no, pero en sus
preparativos para los eventos se volvía tan frenética y obsesiva que para la hora en la
que llegaban los invitados estaba medio histérica por la tensión y la fatiga, aunque
nadie excepto William llegaba a reparar en ello.
Era buena anfitriona. Hablaba con los invitados con una animación y soltura que
le hacían parecer otra ante William, y a él le hablaba delante de todos con una
intimidad y cariño que siempre le sorprendía. Le llamaba Willy, lo cual le sonaba
raro, y a veces posaba una mano suave sobre su hombro.
Pero cuando los invitados se marchaban, la fachada se venía abajo sola y revelaba
su hundimiento. Hablaba con rencor de los invitados idos, imaginando oscuros
insultos y desprecios, con regateo y desesperación hacía recuento de los que ella
pensaba eran imperdonables fallos suyos, se sentaba quieta, meditando sobre el
desorden que dejaban los invitados sin hacer caso a William y respondiéndole con
monosílabos, ausente y en un tono de voz plano y monótono.
Sólo en una ocasión la fachada había cedido en presencia de los invitados.
Meses después del matrimonio entre Edith y Stoner, Gordon Finch se había

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comprometido con una chica a la que había conocido por casualidad cuando estaba
destinado en Nueva York y cuyos padres vivían en Columbia. Finch había obtenido
una plaza permanente de segundo del vicedecano, entendiéndose de manera tácita
que cuando Josiah Claremont muriera Finch estaría entre los primeros en ser
considerado para el cargo de vicedecano de la facultad. Con cierto retraso, y para
celebrar tanto el nuevo cargo de Finch como el anuncio de su compromiso, Stoner les
invitó a él y a su prometida a cenar.
Llegaron justo antes del ocaso una calurosa tarde de finales de mayo, en un
automóvil nuevo, negro y brillante que emitía sucesivas explosiones y que Finch
aparco con maestría sobre el camino enladrillado de enfrente de la casa de Stoner.
Tocó la bocina y saludó alegremente hasta que William y Edith bajaron. Una chica
pequeña y morena, de rostro redondo y sonriente, estaba sentada a su lado.
La presentó como Caroline Wingate y los cuatro charlaron durante un rato
mientras Finch la ayudaba a bajar del coche.
«Bueno, ¿qué os parece?», preguntó Finch, golpeando el guardabarros delantero
del automóvil con el puño cerrado. «Una belleza, ¿a que sí? Es del padre de Caroline.
Estoy pensando en agenciarme uno justo como éste, para…». Su voz se arrastraba y
los ojos se le estrechaban, miraba al auto con curiosidad y frialdad, como si fuera el
futuro.
Luego se puso chistoso y animado otra vez. Fingiendo secretismo se puso el dedo
índice sobre los labios, miró furtivamente alrededor y tomó una gran bolsa de papel
marrón del asiento delantero del automóvil. «Chitón», susurró. «Recién traída.
Cúbreme, colega; a ver si podemos llegar hasta la casa».
La cena fue bien. Finch estaba más afable de lo que Stoner le había visto en años.
Stoner pensaba en sí mismo con Finch y Dave Masters, juntos en aquellos lejanos
viernes por la tarde después de clase, bebiendo cerveza y charlando. La prometida,
Caroline, habló poco, sonreía feliz mientras Finch bromeaba y hacía guiños. A Stoner
le dio una punzada de envidia comprobar que Finch estaba genuinamente encariñado
de aquella guapa morena y que el silencio de ella provenía de su arrebatado afecto
hacia él.
Incluso Edith perdió parte de su apatía y tensión, sonreía con facilidad y su risa
era espontánea. Finch se mostraba juguetón y familiar con Edith de una manera,
Stoner se percataba, en la que él, su propio marido, nunca podría hacerlo y Edith
parecía más feliz de lo que había estado en meses.
Tras la cena Finch sacó la bolsa de papel marrón de la cubitera, donde la había
puesto antes a enfriar, y sacó varias botellas de color marrón oscuro. Era cerveza
casera que había preparado con gran secreto y ceremonia en el armario de su
apartamento de soltero.
«No tengo sitio para la ropa», dijo, «pero un hombre ha de conservar su prioridad

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de valores».
Con cuidado, con los ojos bizcos, con la luz resplandeciéndole sobre la piel
blanca y el cabello rubio claro, como un químico midiendo una sustancia extraña,
vertió la cerveza de las botellas en vasos.
«Hay que tener cuidado con estas cosas», dijo. «En el fondo se quedan un montón
de sedimentos y si se vierte demasiado rápido se cuelan en el vaso».
Bebieron cada uno un vaso de cerveza, felicitando a Finch por su sabor. Era, de
hecho, sorprendentemente buena, seca y ligera, y tenía buen color. Incluso Edith
apuró el vaso y se tomó otro.
Se embriagaron un poco, reían aturdidos y eufóricos, se veían unos a otros con
ojos nuevos.
Alzando su vaso hacia la luz, Stoner dijo: «Me pregunto qué le hubiera parecido a
Dave esta cerveza».
«¿Dave?», preguntó Finch.
«Dave Masters. ¿Te acuerdas de cuando tomábamos cerveza?».
«Dave Masters», dijo Finch. «El bueno de Dave. Qué pena más grande».
«Masters», dijo Edith. Sonreía incoherentemente. «¿No era aquel amigo tuyo que
murió en la guerra?».
«Sí», dijo Stoner. «Ése». La antigua pena cayó sobre él, pero sonrió a Edith.
«El bueno de Dave», dijo Finch. «Querida Edith; tu marido, Dave y yo solíamos
pasarlo muy bien… mucho antes de que te conociera, por supuesto. El bueno de
Dave…».
Sonrieron a la memoria de David Masters.
«¿Era buen amigo tuyo?», preguntó Edith.
Stoner asintió. «Era un buen amigo».
«Cháteau-Thierry». Finch apuró el vaso. «La guerra es un infierno». Meneó la
cabeza. «Pero el bueno de Dave. Ahora estará seguramente en algún lugar riéndose
de todos nosotros. No sentiría pena de sí mismo. Me pregunto si de verdad vio algo
de Francia».
«No lo sé», dijo Stoner. «Murió demasiado rápido cuando llegó».
«Sería un pena si no lo hizo. Siempre pensé que era una de las razones principales
por las que se alistó. Por ver Europa».
«Europa», remarcó Edith.
«Sí», dijo Finch. «El bueno de Dave no quería muchas cosas, pero deseaba ver
Europa antes de morir».
«Yo tendría que haber viajado a Europa en una ocasión», dijo Edith. Sonreía y los
ojos le brillaban desamparados. «¿Te acuerdas Willy? Iba a ir con mi tía Emma justo
antes de casarnos. ¿Te acuerdas?».
«Me acuerdo», dijo Stoner.

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Edith se reía desafinadamente y movía la cabeza como desconcertada. «Parece
como si hiciera mucho tiempo, pero no. ¿Fue hace cuánto Willy?».
«Edith» dijo Stoner.
«Veamos, íbamos a ir en abril. Y pasó un año. Y ahora estamos en mayo.
Sería…». De repente se le llenaron los ojos de lágrimas, a pesar de que continuaba
sonriendo con un brillo petrificado. «Ya nunca iré allí, supongo. Tía Emma morirá
pronto y yo nunca tendré ocasión de…».
Entonces, con la sonrisa todavía estirándole los labios y con los ojos manando
lágrimas, empezó a sollozar. Stoner y Finch se levantaron de la silla.
«Edith», decía Stoner desesperado.
«¡Oh, déjame en paz!». Con movimiento brusco e insólito se puso en pie delante
de ellos, cerró los ojos con fuerza y apretó los puños. «¡Todos! ¡Dejadme en paz!», se
dio media vuelta y se precipitó al dormitorio, dando un portazo al entrar.
Durante un rato nadie habló. Escuchaban el sonido apagado del llanto de Edith.
Luego Stoner dijo: «Perdonadla. Ha estado cansada y no del todo bien. La
tensión…».
«Cosas de mujeres. Supongo que me acostumbraré a esto pronto». Miró a
Caroline, se rió otra vez, y elevó la voz. «Bueno, ya no molestaremos a Edith más.
Dale las gracias de nuestra parte, dile que la comida ha sido espléndida y que
vosotros, amigos, tenéis que venir a visitarnos cuando nos instalemos».
«Gracias Gordon», dijo Stoner. «Se lo diré».
«Y no te preocupes», dijo Finch. Dio un puñetazo a Stoner en el hombro. «Estas
cosas pasan».
Una vez que Gordon y Caroline se fueron, después de que volviese a escucharse
en la noche el rugido y el petardeo del nuevo automóvil gris, William Stoner se quedó
plantado en medio del salón escuchando el llanto seco y acompasado de Edith. Era un
sonido extrañamente átono y sin emoción, y parecía que no iba a terminar nunca.
Quería consolarla, quería calmarla pero no sabía qué decir. Así que se quedó
escuchando y después de un rato se dio cuenta de que nunca antes había oído llorar a
Edith.

Después de la fiesta desastrosa con Gordon Finch y Caroline Wingate, Edith casi
parecía satisfecha, más calmada de lo que había estado en ningún momento de su
matrimonio. Pero no quería traer invitados y se mostraba reacia a salir del
apartamento. Stoner hacía la mayoría de las compras con listas que Edith hacía para
él con curiosa laboriosidad y escritura infantil en hojitas azules de cuaderno. Parecía
más feliz cuando estaba sola; se sentaba durante horas a tejer o a bordar manteles y
servilletas, con una sonrisa diminuta dibujada en sus labios. Su tía Emma Darley
comenzó a visitarla con mayor frecuencia. Cuando William llegaba de la universidad
por las tardes, a menudo se las encontraba a las dos juntas, tomando té y conversando

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en un tono tan bajo que parecían susurros. Siempre le saludaban educadamente, pero
William sabía que le miraban con pesar. La señora Darley apenas se quedaba unos
minutos más después de que él llegara. Aprendió a mantener una consideración
respetuosa y delicada hacia el mundo en el que Edith había comenzado a vivir.
En verano de 1920 pasó una semana con sus padres mientras Edith visitaba a sus
familiares en San Luis. No había visto a sus padres desde su boda.
Trabajó en los campos uno o dos días, ayudando a su padre y al negro que habían
contratado pero sentir los terrones calientes y húmedos bajo sus pies y oler la tierra
removida en sus uñas no le evocaba ningún sentimiento de regreso o familiaridad.
Volvió a Columbia y pasó el resto del verano preparándose para una nueva
asignatura que iba a impartir el curso siguiente. Pasaba la mayor parte del día en la
biblioteca, a veces volviendo con Edith al apartamento a última hora de la tarde,
atravesando el pesado aire dulzón cargado de miel que flotaba en el aire y entre las
delicadas hojas de los cornejos que se mecían y giraban como fantasmas en la
oscuridad. Los ojos le ardían por concentrarlos sobre textos turbios, le pesaba la
mente con lo que observaba y los dedos le hormigueaban adormecidos conservando
la sensación del cuero viejo de las cubiertas y del papel, pero se abría al mundo por el
que en ese instante caminaba, encontrando algo de júbilo en él.
Aparecieron algunas caras nuevas en las reuniones de departamento y Archer
Sloane continuaba con el lento declinar que Stoner había empezado a notar antes de
la guerra. Le temblaban las manos y no era capaz de mantener atención sobre lo que
decía. El departamento continuaba al paso que había llevado por tradición y por el
mero hecho de existir.
Stoner se puso a dar clase con una intensidad y ferocidad que sobrecogía a
algunos de los miembros más recientes del departamento y que causaba algo de
preocupación entre los colegas que le habían conocido durante más tiempo. Se le
demacró la cara, perdió peso y se le encorvó más la espalda. En el segundo semestre
tuvo oportunidad de ampliar su número de clases a cambio de un incremento en el
sueldo y, aceptó también dar clases en la escuela de verano aquel curso. Tenía la vaga
idea de ahorrar dinero para ir al extranjero y así poder enseñar a Edith la Europa a la
que ella había renunciado por él.
En el verano de 1921, buscando referencias de un poema latino que había
olvidado, echó un vistazo a su tesis por primera vez desde que la entregase para ser
evaluada hacía tres años; la leyó por encima y la juzgó correcta. Algo abrumado por
su presunción, consideró reescribirla y darle forma de libro. Aunque tenía que dar
clases a tiempo completo otra vez durante el verano, releyó la mayoría de los textos
que había utilizado y empezó a ampliar sus investigaciones. A últimos de enero
decidió que sería posible publicarla y a principios de primavera estaba plenamente
convencido de ser capaz de escribir las primeras páginas de prueba.

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Fue en la primavera de aquel mismo año, con calma y casi con indiferencia,
cuando Edith le dijo que había decidido que quería un hijo.

La decisión llego de repente y sin origen aparente, así que cuando hizo el anuncio
una mañana durante el desayuno sólo unos minutos antes de que William tuviera que
marcharse a dar su primera clase, hablo sin sorpresa, como si hubiese hecho un
descubrimiento.
«¿Qué?», dijo William. «¿Qué dijiste?».
«Quiero un bebé», dijo Edith. «Creo que quiero tener un bebé».
Ella mordisqueaba una tostada. Se limpió los labios con la esquina de una
servilleta y sonrió con determinación.
«¿No crees que deberíamos tener uno?», preguntó. «Llevamos casados casi tres
años».
«Por supuesto», dijo William. Depositó la taza en el platillo con gran cuidado. No
la miró. «¿Estás segura? Nunca habíamos hablado sobre esto. No quisiera que tú…».
«Oh, sí», dijo. «Estoy muy segura. Creo que debemos tener un hijo».
William miró su reloj. «Llego tarde. Me gustaría que tuviéramos más tiempo para
hablar. Quiero que estés segura».
Ella frunció un poco el ceño. «Te he dicho que estoy segura. ¿No quieres tú uno?
¿Por qué me lo sigues preguntando? No quiero hablar más de ello».
«Muy bien», dijo William. Se quedó sentado mirándola durante un momento.
«Me tengo que ir». Pero no se movió. Luego puso la mano torpemente sobre sus
largos dedos apoyados sobre el mantel y la mantuvo hasta que ella retiró la mano. Él
se levantó de la mesa y la bordeó, casi con timidez, para recoger sus libros y papeles.
Como siempre hacía, Edith fue al salón a esperar que se marchara. Él la besó en la
mejilla —algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo.
En la puerta él se giró y dijo: «Estoy… estoy encantado con que quieras un bebé,
Edith. Sé que en ciertos aspectos nuestro matrimonio ha sido decepcionante para ti.
Espero que esto tenga un efecto positivo para nosotros».
«Sí», dijo Edith. «Llegarás tarde a clase. Lo mejor es que te des prisa».
Cuando se hubo marchado, Edith permaneció durante unos minutos en medio de
la habitación, mirando la puerta cerrada, como si intentase recordar algo. Luego
anduvo moviéndose inquieta por el piso, caminado de un sitio a otro, revolviéndose
dentro de la ropa como si no resistiera sus pliegues y sus roces sobre las carnes. Se
desabrochó el tieso tafetán gris de su bata mañanera y lo dejó caer al suelo. Cruzó los
brazos sobre el pecho y se abrazó a sí misma, amasándose la carne de la parte
superior de los brazos a través de la delgada tela de franela de su camisón. Hizo una
nueva pausa en su recorrido y deambuló sin propósito por la pequeña habitación,
abriendo la puerta de un armario cerrado, dentro del cual colgaba un espejo de cuerpo
entero. Enfocó el espejo hacia la luz y se echó hacia atrás, inspeccionando la delgada

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y alargada figura con el sencillo camisón azul. Sin apartar los ojos del espejo se
desabrochó la parte superior del camisón y tiró de él sacándoselo por la cabeza.
Quedó desnuda bajo la luz de la mañana. Hizo una bola con el camisón y lo arrojó al
armario. Luego se giró frente al espejo, inspeccionándose el cuerpo como si
perteneciera a otra persona. Se pasaba las manos por sus pequeños pechos caídos y
las dejaba resbalar a lo largo de sus anchas caderas y sobre su vientre plano.
Se retiró del espejo y se fue hacia la cama, aún deshecha. Retiró las ropas de
cama, las dobló con cuidado, y las puso en el armario. Alisó la sábana bajera y se
tumbó boca arriba, con las piernas estiradas y los brazos a los lados. Sin pestañear y
sin moverse miraba al techo, esperando durante toda la mañana y la larga tarde.
Cuando William Stoner llegó a casa aquella tarde casi había oscurecido, aunque
de las ventanas del segundo piso no salía ninguna luz. Con una aprensión incierta,
subió las escaleras y encendió la luz del salón. La habitación estaba vacía. Llamó:
«¿Edith?».
No hubo respuesta. Llamó otra vez.
Miró en la cocina; los cacharros del desayuno estaban todavía sobre la diminuta
mesa. Cruzó raudo el salón y abrió la puerta del dormitorio.
Edith yacía desnuda sobre la cama destapada. Cuando la puerta se abrió y la luz
del salón cayó sobre ella, giró su vista hacia él pero no se levantó. Sus ojos se
ensancharon y se abrieron, y su boca abierta emitió unos sonidos apagados.
«¡Edith!», dijo y se acercó hacia donde estaba tumbada, arrodillándose junto a
ella. «¿Estás bien? ¿Qué te sucede?».
Ella no respondió, pero los sonidos que había estado haciendo se hicieron más
fuertes y su cuerpo se movió hacia él. De repente sus manos se le echaron encima
como garras y casi sobresaltándole, pero se dirigían hacia su ropa, agarrándola y
desgarrándola, atrayéndole hacia la cama, junto a ella. Su boca se abalanzó sobre él,
abierta y caliente, sus manos recorrían su cuerpo, tirando de su ropa, buscándole, y
durante todo el tiempo sus ojos estaban completamente abiertos y despreocupados,
como si perteneciesen a otra persona y no viesen nada.

Era una nueva faceta que estaba conociendo en Edith, ese deseo que era como un
hambre intensa que parecía no tener nada que ver con ella misma y que, tan pronto
estaba saciada, comenzaba nuevamente a crecer dentro de ella, por lo que ambos
vivían en la tensa espera de su presencia.
Aunque los siguientes dos meses fueron la época de mayor pasión que William y
Edith Stoner tuvieron nunca, su relación en realidad no cambió. Muy pronto Stoner se
dio cuenta de que la fuerza que atraía sus cuerpos tenía poco que ver con el amor.
Copulaban con una fiereza que, independientemente de su resolución, los separaba, y
copulaban de nuevo, sin energía para saciar esa necesidad.
A veces durante el día, mientras William estaba en la universidad, la urgencia

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poseía tan fuertemente a Edith que no podía estarse quieta. Salía del apartamento y
caminaba rápida por las calles, yendo a la deriva de un lugar a otro. Y luego
regresaba, corría las cortinas de la habitación, se desnudaba, y esperaba, agazapada
en la semioscuridad, a que William regresara a casa. Y cuando éste abría la puerta se
abalanzaba sobre él, con manos salvajes y exigentes, como si tuvieran vida propia,
atrayéndole al dormitorio, sobre la cama que continuaba enmarañada por el uso de la
noche o la mañana anterior.
Edith se quedó embarazada en junio e inmediatamente cayó en una enfermedad
de la que no se repuso completamente durante todo el tiempo de espera. Casi al
momento de quedarse embarazada, incluso antes de confirmarse el hecho por el
calendario y por su médico, cesó el apetito por William que la había enardecido
durante la mayor parte de esos dos meses. Le dejó claro a su marido que no toleraría
que le pusiera la mano encima y empezó a parecerle que incluso su mirada era una
especie de violación. El ansia de su pasión se convirtió en un recuerdo y finalmente
Stoner acabó viéndolo como si hubiese sido un sueño que nada tenía que ver con
ellos.
Así, la cama que había sido escenario de su pasión se convirtió en sostén de su
enfermedad. Se quedaba en ella la mayor parte del tiempo, levantándose sólo para
liberar sus náuseas por la mañana y caminar inestablemente por el salón durante
algunos minutos por la tarde. Por las tardes y las noches, tras apresurarse en su
trabajo en la universidad, William limpiaba las habitaciones, lavaba los platos y
preparaba la cena, le llevaba la comida a Edith en una bandeja. Aunque ella no quería
comer con él, parecía disfrutar compartiendo con él una taza de té poco cargado
después de cenar. Entonces, durante algunos momentos por la tarde, hablaban con
tranquilidad y desinhibición, como viejos amigos o enemigos agotados. Edith caía
dormida al poco y William volvía a la cocina, terminaba las labores del hogar y luego
disponía una mesa delante del sofá del salón en la que corregía ejercicios o preparaba
lecciones. Luego, pasada la medianoche, se cubría con una manta que tenía
pulcramente doblada detrás del sofá y con toda la extensión de su cuerpo enrollada en
ese sofá, dormía a ratos hasta la mañana.

El bebé, una niña, nació tras tres días de parto en marzo, en 1923. La llamaron
Grace por una tía de Edith que había muerto hacía muchos años.
Desde que nació Grace fue una niña preciosa, de rasgos marcados y una ligera
pelusa de cabello dorado. A los pocos días los primeros enrojecimientos de su piel se
tornaron en un rosa dorado y radiante. Casi nunca lloraba y parecía consciente de lo
que la rodeaba. William se enamoró al instante de ella, el afecto que no podía
demostrar hacia Edith lo podía demostrar hacia su hija y hallaba un placer cuidando
de ella que no había imaginado.
Durante casi un año tras el nacimiento de Grace, Edith permaneció en parte atada

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a la cama. Se temió que se pudiera quedar inválida, a pesar de que el médico no pudo
encontrar ningún mal especifico. William contrató a una mujer para que viniera por
las mañanas a cuidar de Edith y dispuso sus clases para volver a casa a primera hora
de la tarde.
Así, durante más de un año, William se ocupó de la casa y cuido de dos personas
desvalidas. Se levantaba antes del amanecer, corregía ejercicios y preparaba clases;
antes de ir a la universidad daba de comer a Grace, preparaba el desayuno para Edith
y para él y se procuraba algo para comer que se llevaba a clase en un maletín.
Después de clase regresaba al apartamento, barría, quitaba el polvo y limpiaba.
Y era casi más una madre que un padre para su hija. Le cambiaba los pañales y
los lavaba, elegía su ropa y la zurcía cuando estaba rota, le daba de comer, la bañaba
y la acunaba en sus brazos cuando se agitaba. De vez en cuando Edith pedía
quejosamente a su bebé, William se lo acercaba y Edith, quieta en la cama, la sostenía
durante algunos momentos, en silencio e incómoda, como si el bebé perteneciera a
una persona extraña. Luego se cansaba y con un suspiro entregaba el bebé a William.
En respuesta a alguna emoción oscura, lloraba un poco, se tocaba los ojos y se
apartaba de él.
De esta manera durante el primer año de su vida, Grace Stoner sólo conoció el
contacto de su padre, y su voz, y su amor.

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6

A principios de verano de 1924, un viernes por la tarde, varios estudiantes vieron a


Archer Sloane entrar en su despacho. Un conserje que recorría los despachos
vaciando papeleras le encontró al lunes siguiente, poco después del amanecer. Sloane
estaba sentado, rígidamente desplomado sobre la silla delante de su escritorio, con la
cabeza ladeada en un raro escorzo, con los ojos abiertos y petrificados en una
expresión terrible. El conserje le habló y después salió gritando por los pasillos
vacíos. Hubo algún retraso en la retirada del cuerpo del despacho y unos pocos
estudiantes de primer año se congregaron en los pasillos cuando se llevaron a la
curiosa figura encorvada y acartonada en una camilla escaleras abajo hasta la
ambulancia que esperaba. Más tarde se dictaminó que Sloane había muerto en algún
momento de la noche del viernes o el sábado por la mañana, debido a causas
obviamente naturales pero nunca determinadas con precisión, y que había
permanecido todo el fin de semana sentado en su escritorio mirando al infinito frente
a sí. El forense apuntó un fallo cardiaco como la causa de la muerte, pero William
Stoner siempre presintió que en un momento de enfado y desesperanza Sloane había
deseado que su corazón se detuviera, como en un último gesto callado de amor y
desprecio hacia un mundo que le había traicionado tan profundamente que no podía
soportar continuar en él.
Stoner fue uno de los porteadores del féretro en el funeral. Durante la misa no
consiguió prestar atención a las palabras del cura, pues sabía que estaban vacías.
Recordaba a Sloane como la primera vez que le había visto en clase, recordaba las
primeras conversaciones que habían mantenido y pensaba en el lento declinar de ese
hombre que había sido un amigo distante. Más tarde, cuando la misa hubo terminado,
cuando agarraba el asa del ataúd gris y ayudaba a sacarlo del coche fúnebre, lo que
portaba parecía tan ligero que no podía creer que hubiese algo dentro de la estrecha
caja.
Sloane no tenía familia; sólo sus colegas y unas pocas personas de la ciudad se
congregaron alrededor del angosto hoyo y escucharon con admiración, congoja y
respeto lo que iba diciendo el cura. Y porque no tenía familia ni seres queridos para
llorar su muerte, fue Stoner quien lloró cuando bajaban el ataúd, como si el llanto
atenuara la soledad de aquel último descenso. No sabía si lloraba por él, por la parte
de su historia y juventud que se sepultaba en la tierra, o si lo hacía por la pobre figura
delgada que una vez contuvo el hombre al que había querido.
Gordon Finch le llevó a casa y durante la mayor parte del trayecto no hablaron.
Al rato, cuando se acercaban al centro, Gordon preguntó por Edith, William dijo algo
y se interesó por Caroline. Gordon respondió, y se hizo un gran silencio. Justo antes
de aparcar junto al apartamento de William, Gordon Finch habló de nuevo.

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«No sé. Durante todo el funeral estuve pensando en Dave Masters. En Dave
muriendo en Francia y en el viejo Sloane sentado en su escritorio, muerto durante dos
días, como si compartieran el mismo tipo de muerte. Nunca conocí a Sloane muy
bien pero supongo que era un buen hombre, al menos oí que lo era. Y ahora tenemos
que contar con otra persona y encontrar un nuevo jefe de departamento. Es como si
todo pasara y continuara hacia adelante. Hace que uno se haga preguntas».
«Sí», respondió William y no dijo nada más. Pero durante un momento se sintió
cercano a Gordon Finch y cuando salió del automóvil y vio a Gordon marcharse, tuvo
la lúcida certeza de que otra parte de sí mismo, de su pasado, se alejaba de él lenta,
casi imperceptiblemente, hacia la oscuridad.

Además de sus funciones como segundo del vicedecano, Gordon Finch fue
nombrado director interino del departamento de inglés, siendo su tarea más acuciante
la de encontrar un sustituto para Archer Sloane.
Llegó julio antes de que se resolviera el tema. Entonces Finch convocó a los
miembros del departamento que habían permanecido en Columbia durante el verano
y anunció al sustituto. Era, dijo Finch al pequeño grupo, un especialista en el siglo
diecinueve, Hollins N. Lomax, que había recibido recientemente su doctorado de la
Universidad de Harvard pero que aún así había impartido clases durante varios años
en una pequeña facultad de humanidades en las afueras de Nueva York. Poseía
referencias de peso, ya había empezado a publicar y había sido contratado con la
categoría de profesor asistente. No había, enfatizó Finch, planes presentes para la
jefatura de departamento. Finch seguiría como jefe interino por lo menos un año más.
Durante el resto del verano Lomax fue una figura misteriosa y objeto de
especulación para los miembros permanentes de la facultad. Los artículos que había
publicado en la prensa fueron rescatados, leídos y compartidos entre el asentimiento
juicioso de todos. Lomax no hizo acto de presencia durante la semana de recepción
de nuevos alumnos, ni estuvo en la reunión general de la facultad el viernes anterior
al lunes de inscripción. Y durante esta última los miembros del departamento,
sentados en fila tras las mesas alargadas, ayudando fatigosamente a los estudiantes a
elegir asignaturas y echándoles una mano con la engorrosa rutina de rellenar
solicitudes, miraban alrededor buscando subrepticiamente alguna cara nueva. Pero
Lomax no hizo acto de presencia.
No se le vio hasta la reunión de departamento del martes por la tarde, una vez
cerrada la inscripción. Para entonces, aturdidos por la monotonía de los últimos dos
días y, pese a todo, con la tensión del comienzo de curso, el departamento de inglés
casi se había olvidado de Lomax. Todos se repantingaban en los sillones de la gran
sala de lectura del ala este del Jesse Hall y miraban con desdén, aunque también
impacientes, al atril desde el que Gordon Finch los observaba con infinita
benevolencia. Un leve murmullo de voces llenaba la sala, las sillas arañaban el suelo,

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de vez en cuando alguien se reía forzadamente, con aspereza. Gordon Finch levantó
la mano derecha, mostrando la palma a su público, el murmullo se calmó un poco.
Se apaciguó lo suficiente como para que todos los que estaban en la sala oyeran la
puerta trasera rechinar al abrirse y unas pisadas lentas y peculiares sobre el desnudo
suelo de madera. Se giraron y cesó el rumor de conversaciones. Alguien susurró: «es
Lomax», y el sonido cruzó nítido y audible la sala.
Había atravesado la puerta, la había cerrado y había avanzado unos pasos desde el
umbral. Era un hombre de apenas metro y medio de altura y su cuerpo estaba
grotescamente deformado. Un pequeño bulto le salía desde el hombro derecho hasta
el cuello y su brazo izquierdo colgaba laxo en su costado. La parte superior de su
cuerpo era voluminosa y encorvada, por lo que parecía que estaba siempre buscando
equilibrio, sus piernas eran delgadas y caminaba cojeando de la derecha. Durante
algunos instantes mantuvo la cabeza rubia inclinada hacia abajo, como
inspeccionando sus lustrosos zapatos negros y la marcada raya de sus pantalones
también negros. Luego levantó la cabeza y lanzó su brazo derecho hacia adelante,
mostrando los almidonados puños blancos de la camisa con lazos dorados. Tenía un
cigarrillo entre los dedos, largos y pálidos. Dio una calada profunda, inhaló y espiró
el humo formando una fina nube. Después pudieron verle la cara.
Era el rostro de un ídolo de masas. Larga, fina y versátil, su cara era pese a todo
de rasgos duros. La frente era alta y estrecha, con venas gruesas, y su cabello espeso
y ondulado, del color del trigo maduro, peinado hacia atrás con un copete algo teatral.
Tiró el cigarrillo al suelo, lo aplastó con la suela y habló.
«Soy Lomax». Hizo una pausa, su voz, rica y profunda, articulaba las palabras
con precisión, con una resonancia dramática. «Espero no haber interrumpido su
reunión».
La reunión prosiguió, pero nadie prestaba mucha atención a lo que Gordon Finch
decía. Lomax se sentó solo al final de la sala, fumando y mirando al alto techo,
aparentemente desentendido de las cabezas que de vez en cuando se giraban para
mirarle. Cuando concluyó la reunión se quedó en su silla y dejó que sus colegas se
acercaran a él, se presentaran y dijeran lo que tuviesen que decir. Saludó a todos
brevemente, con una cortesía que era extrañamente burlona.
Durante las siguientes semanas se hizo evidente que Lomax no trataba de
integrarse en la rutina social, cultural y académica de Columbia, Missouri. Aunque
era irónicamente afable con sus colegas, ni aceptaba ni repartía invitaciones sociales
de ningún tipo; ni siquiera asistió a la inauguración anual en la casa del decano
Claremont a pesar de que el acto era tan tradicional que la asistencia era
prácticamente obligatoria. No se le veía en ninguno de los conciertos ni conferencias
de la universidad. Se decía que sus clases eran animadas y que su comportamiento en
el aula era excéntrico. Era un profesor popular, los alumnos se arremolinaban en

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torno a su mesa durante sus horas libres y le seguían por los pasillos. Se sabía que a
veces invitaba a grupos de alumnos a su casa, donde les entretenía con
conversaciones y grabaciones de cuartetos de cuerda.
William Stoner, deseaba conocerle mejor, pero no sabía cómo hacerlo. Le habló
cuando tuvo una excusa y le invitó a cenar. Cuando Lomax le respondió como hacía
con todos —irónicamente educado e impersonal— y rechazó la invitación a cenar, a
Stoner no se le ocurrió qué otra cosa hacer.
Pasó algún tiempo antes de que Stoner descubriera el motivo de su atracción
hacia Lomax. En la arrogancia de Lomax, en su labia y en su amargura jovial, Stoner
veía, distorsionada pero reconocible, la imagen de su amigo David Masters. Deseaba
tratarle como había tratado a Dave; pero no podía, incluso después de haber admitido
este deseo para sí mismo. La torpeza de su juventud no le había abandonado pero la
vehemencia y la honestidad que hubiese hecho posible la amistad, sí. Sabía que su
deseo era imposible y el saberlo le entristecía.

Por las tardes, una vez que había limpiado el apartamento, lavado los platos de la
cena y acostado a Grace en la cuna colocada en una esquina del salón, trabajaba en la
corrección de su libro. A finales de curso estaba terminado y aunque no estaba
contento del todo con él, lo mandó a una editorial. Para su sorpresa fue aceptado y su
publicación programada para el otoño de 1925. Con el respaldo del libro sin publicar
ascendió a profesor asistente y se le aseguró un puesto fijo.
La garantía del ascenso llegó unas semanas después de que su libro fuese
aceptado, y entonces Edith anunció que ella y la niña pasarían una semana en San
Luis visitando a sus padres.
Regreso a Columbia en menos de una semana, molesta y cansada, pero
silenciosamente triunfante. Había acortado su visita porque el agotamiento de
ocuparse de un bebé había sido demasiado para la madre y el viaje la había agotado
tanto que no era capaz de cuidar de Grace ella sola. Pero había conseguido algo. Sacó
de su bolso un fajo de documentos y le dio un papelito a William.
Era un cheque por seis mil dólares a nombre del señor y la señora Stoner y
firmado con la letra remarcada e ilegible de Horace Boswick. «¿Qué es esto?»,
preguntó Stoner.
Ella le entregó el resto de papeles. «Es un préstamo», dijo. «Todo lo que tienes
que hacer es firmar aquí. Yo ya lo he hecho».
«¡Pero seis mil dólares! ¿Para qué?».
«Para una casa», dijo Edith. «Una casa de verdad, de nuestra propiedad».
William Stoner miró de nuevo los papeles, les echó un vistazo rápido y dijo:
«Edith, no podemos. Perdona, pero… mira, sólo ganaré mil seiscientos el año que
viene. Los pagos por esto serán más de sesenta dólares al mes… lo que es casi la
mitad de mi salario. Y habrá impuestos y seguros y… no veo cómo podremos

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afrontarlo. Me habría gustado que me lo hubieras consultado».
Ella puso cara de congoja; se alejó de él. «Quería darte una sorpresa. Hago tan
poco. Y podía conseguir esto».
Él aseguró que estaba agradecido, pero Edith no se consolaba.
«Pensaba en ti y en la niña», dijo ella. «Tú podrías estudiar y Grace tendría un
patio en el que jugar».
«Lo sé», dijo William. «Tal vez dentro de unos años».
«Dentro de unos años», repitió Edith. Se hizo un silencio. Luego dijo con
desgana: «no puedo vivir así. No más. En un apartamento. No importa dónde esté,
puedo oírte, y oír a la niña, y el olor. Yo ¡no puedo-soportar-el olor! Día tras día, el
olor de los pañales, y… no puedo soportarlo, y no puedo escapar de ello. ¿No te das
cuenta? ¿No te das cuenta?».
Al final aceptaron el dinero. Stoner decidió que podría renunciar, para dar clase, a
los veranos en los que se había propuesto estudiar y escribir, al menos durante
algunos años.
Edith se tomó como cosa suya buscar la casa. Entre finales de primavera y
principios de verano buscaba sin descanso. Tan pronto como William volvía a casa de
sus clases ella salía y a veces no regresaba hasta el anochecer. A veces iba andando y
a veces en coche con Caroline Finch, de quien casualmente se había hecho amiga. A
últimos de junio descubrió la casa que buscaba, firmó una opción de compra y acordó
tomar posesión hacia mediados de agosto.
Era una casa antigua de dos plantas a tan sólo unas manzanas del campus, sus
anteriores dueños la habían dejado deteriorarse, la pintura verde se estaba
desconchando de los tableros y el jardín se veía marrón y estaba infestado de malas
hierbas. Pero el patio era grande y la casa espaciosa; tenía una grandeza destartalada
que Edith podía imaginarse restaurada.
Tomó prestados otros quinientos dólares de su padre para los muebles y en el
intervalo entre el verano y el comienzo del semestre de otoño, William repintó la
casa. Edith la quería en blanco por lo que tuvo que darle tres manos, de manera que el
verde oscuro no trasluciera. De repente, la primera semana de septiembre, Edith
decidió que quería celebrar una fiesta—de inauguración, la llamaba—. Lo anunció
con cierto énfasis, como si fuese un nuevo principio.
Invitaron a todos los miembros del departamento que habían regresado de las
vacaciones así como a algunos conocidos de Edith de la ciudad. Hollis Lomax
sorprendió a todos aceptando la invitación, la primera que aceptaba desde su llegada
a Columbia hacía un año. Stoner dio con un contrabandista de licores y le compró
varias botellas de ginebra; Gordon Finch prometió llevar algo de cerveza; y la tía de
Edith, Emma, contribuyó con dos botellas de jerez para aquéllos que no bebían
licores fuertes. Edith no era partidaria de servir ningún licor, era técnicamente ilegal

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hacerlo. Pero Caroline Finch le insinuó que nadie de la universidad creería que era
algo de verdad impropio, con lo que la convenció.
El otoño llegó pronto aquel año. Una nevada ligera cayó el diez de septiembre, el
día antes de la inscripción y durante la noche una intensa helada se agarró a la tierra.
Al final de la semana, cuando se celebraba la fiesta, el frío había remitido por lo que
sólo quedaba algo de fresco en el aire, aunque los árboles habían perdido las hojas, la
hierba se empezaba a oscurecer y había una desnudez general que presagiaba un
invierno duro. Por el frío exterior, por los desnudos álamos y los olmos pelados que
había en su jardín, por el calor y por el número de utensilios para la fiesta inminente,
a William Stoner le recordaba a otro día, de hacía casi siete años, cuando había ido a
casa de Josiah Claremont y había visto a Edith por primera vez. Parecía lejano,
mucho tiempo atrás, no podía calcular los cambios que los años habían provocado.
Durante casi toda la semana antes de la fiesta, Edith se perdió en preparativos
frenéticos, contrató una chica negra durante la semana para que la ayudara con los
preparativos y a servir, y ambas fregaban suelos y paredes, enceraban la madera,
quitaban el polvo y limpiaban los muebles, cambiándolos de sitio una y otra vez…
por lo que para la noche de la fiesta Edith se encontraba en un estado próximo al
agotamiento. Tenía ojeras profundas y su voz estaba al borde mismo de la histeria. A
las seis en punto —los invitados se suponía llegarían a las siete— contó los vasos una
vez más y descubrió que no tenía suficientes para todos los invitados que esperaba.
Se puso a llorar, corrió escaleras arriba, sollozando que no le preocupaba lo que
pasara porque no iba a volver a bajar. Stoner intentó tranquilizarla, pero ella no le
respondía. Le dijo que no se preocupara, que él conseguiría vasos. Explicó a la
doncella que volvería enseguida y salió a toda prisa de la casa. Durante casi una hora
anduvo buscando una tienda todavía abierta en la que poder comprar vasos. Para
cuando encontró una, hubo elegido los vasos y regresado a la casa era bastante más
tarde de las siete y los primeros invitados ya habían llegado. Edith estaba en el salón
entre ellos, sonriendo y charlando como si nada temiera ni le preocupara; saludó a
William con naturalidad y le dijo que llevara el paquete a la cocina.
La fiesta fue como tantas otras. Las conversaciones empezaban de manera
esporádica, arrancaban súbitamente pero se volvían a desinflar y se perdían inconexas
en otras conversaciones, las risas eran agudas y nerviosas y estallaban por toda la
habitación como pequeños explosivos en barrena de manera continua aunque sin
orden. Los participantes de la fiesta fluían desordenadamente de un lugar a otro,
como si tranquilamente estuvieran ocupando posiciones estratégicas cambiantes.
Algunos de ellos, como espías, deambulaban por la casa, conducidos bien por Edith
bien por William, y comentaban la superioridad de las casas antiguas sobre las
nuevas, esas estructuras frágiles que se levantaban aquí y allá en los alrededores de la
ciudad.

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Hacia las diez, la mayoría de los invitados se había servido de los platos apilados
con jamón cocido en lonchas y pavo, albaricoques borrachos y una guarnición
variable de tomatitos, tallos de apio, aceitunas, pepinillos, rábanos crujientes y
racimos de coliflor cruda, algunos estaban ebrios y no comían. Hacia las once la
mayoría de los invitados se había marchado. Entre los que aun quedaban estaban
Gordon y Caroline Finch, algunos miembros del departamento a los que Stoner
conocía desde hacía años y Hollis Lomax. Lomax estaba bastante ebrio, aunque no de
una manera alarmante, caminaba con cuidado, como si llevara un peso o lo hiciera
sobre terreno accidentado, y su rostro delgado y pálido brillaba a través de una
película de sudor. El licor le soltaba la lengua y, aunque hablaba con precisión, su voz
había perdido el toque irónico, mostrándose inofensivo.
Habló sobre su infancia solitaria en Ohio, donde su padre había sido un hombre
con bastante éxito en pequeños negocios. Contó, como si hablara de otra persona, del
aislamiento al que le había sometido su deformidad, de esa lástima inicial que no
tenía origen y que podía detectar, frente a la que no había defensa que oponer. Y
cuando habló de los largos días y tardes que pasaba solo en su habitación, leyendo
para escapar de las limitaciones que su cuerpo contrahecho le imponían y
encontrando gradualmente un sentido de libertad que crecía con mayor intensidad
según iba comprendiendo la naturaleza de aquella libertad —cuando contó esto,
William Stoner se sintió vinculado a él de una manera que no hubiera sospechado;
sabía que Lomax había pasado por una especie de conversión, una epifanía de
conocimiento a través de las palabras que no podía ser explicada con palabras, como
a Stoner le había sucedido una vez, en la clase de Archer Sloane. Lomax había
llegado a ello antes, y solo, por lo que el conocimiento era casi más una parte de él
mismo de lo que lo era para Stoner pero, en resumidas cuentas, lo más importante era
que ambos hombres eran semejantes, aunque a ninguno de ellos le gustaría
admitírselo al otro, ni siquiera a sí mismo.
Hablaron casi hasta las cuatro de la mañana y, aunque bebieron más, la charla se
fue calmando hasta que por fin los dos se quedaron en silencio. Se sentaron cerca uno
del otro entre los restos de la fiesta, como si estuviesen en una isla, arrejuntándose en
busca de calor y seguridad. Al cabo de un rato Gordon y Caroline Finch se levantaron
y se ofrecieron a llevar a Lomax a su casa. Lomax estrechó la mano de Stoner, le
preguntó por su libro y le deseó éxito, se acercó a Edith, sentada tiesa en una silla
sencilla, le tomó la mano y le dio las gracias por la fiesta. Luego, como respondiendo
a un moderado impulso, se inclinó un poco y sus labios se besaron. A Edith se le fue
la mano hacia el pelo y así se quedaron algunos instantes, con el resto mirando. Fue
el beso más casto que Stoner había visto y parecía perfectamente natural.
Stoner despidió a sus invitados en la puerta y se quedó un rato observándoles
descender las escaleras y alejarse de la luz del porche. El aire gélido le rodeaba y se

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le adhería, respiraba profundamente y el frío intenso le revigorizaba. Cerró la puerta
sin ganas y se giró; el salón estaba vacío, Edith ya había subido. Apagó las luces y
cruzó la desordenada sala hasta las escaleras. La casa ya empezaba a parecer familiar,
se agarró a la barandilla sin verla y se dejó guiar hacia arriba. Cuando llegó al final de
la escalera pudo ver el pasillo iluminado por la luz que salía a través de la puerta
entreabierta de la habitación. Los tablones crujían al caminar por el pasillo y entrar en
la habitación.
La ropa de Edith estaba desperdigada por el suelo al lado de la cama, cuyas
sábanas habían sido retiradas con descuido; ella yacía desnuda y brillaba bajo la luz
sobre la sábana blanca sin arrugar. Su cuerpo parecía relajado y lascivo en su
despreocupada desnudez y relucía como oro blanco. William se acercó a la cama.
Ella estaba casi dormida, pero mediante un efecto óptico su boca entreabierta parecía
entonar las palabras mudas de la pasión y el amor. Se quedó mirándola durante largo
rato. Sentía piedad distante, amistad desganada y respeto familiar, y sentía también
una pena cansada, porque sabía que ya nunca más el verla le traería la agonía del
deseo que una vez había conocido y sabía que nunca se emocionaría por tenerla cerca
como antes le había sucedido. La tristeza disminuyó y la arropó con gentileza, apagó
la luz y se metió en la cama junto a ella.
A la mañana siguiente Edith estaba enferma y cansada y se pasó el día en la
habitación. William limpió la casa y atendió a la niña. El lunes vio a Lomax y le
habló con una calidez alentada en la noche de la fiesta; Lomax le respondió con una
ironía que tenía algo de frío resentimiento y no habló de la fiesta aquel día ni después.
Era como si hubiese descubierto una enemistad que le separara de Stoner y no lo
pudiera remediar.

Como William se temía, la casa pronto demostró ser una carga económica casi
destructiva. A pesar de que administraba su salario con cuidado, a finales de mes se
encontraba siempre sin fondos y cada mes se reducían de manera constante los cada
vez más escasos ahorros obtenidos con sus clases en verano. Durante el primer año de
propiedad de la casa falló en dos pagos al padre de Edith y recibió una carta glacial y
moralizante sobre cómo planificar su economía.
Pese a ello, empezó a disfrutar de ser propietario y conoció un bienestar que no
había imaginado. Su estudio estaba en la planta baja, junto al salón, y tenía una alta
ventana orientada al norte. Durante el día la habitación estaba ligeramente iluminada
y los paneles de madera refulgían con la riqueza de lo antiguo. Encontró en el sótano
algunos tablones que, a pesar de los estragos de la suciedad y la humedad, encajaban
con el revestimiento de la habitación. Restauró aquellos tablones y construyó
estanterías para estar así rodeado de sus libros. En una tienda de muebles usados
encontró algunas sillas desvencijadas, un sofá y un viejo escritorio por el que pagó
pocos dólares y que pasó muchas semanas restaurando.

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A medida que trabajaba en la habitación, según comenzó ésta poco a poco a tomar
forma, se dio cuenta de que durante muchos años, de forma inconsciente, había
guardado una imagen en algún lugar dentro de sí, como una culpa secreta, una
imagen que, aún siendo de un lugar, era en realidad de sí mismo. Era a sí mismo a
quien estaba tratando de definir mientras trabajaba en su estudio. Mientras lijaba los
viejos tableros para su librería y veía desaparecer la superficie rugosa,
descascarillarse los sedimentos grises para descubrir la madera pura y, finalmente, la
rica pureza de las vetas y la textura; mientras restauraba el mobiliario y lo distribuía
por la habitación, era él mismo el que iba poco a poco tomando forma, él mismo
quien estaba siendo sometido a una especie de orden. Era así mismo a quién estaba
haciendo posible.
Así, pese a las presiones regularmente recurrentes de las deudas y la necesidad,
los siguientes años fueron felices y vivía casi como había soñado que viviría cuando
era un joven estudiante de primer año de universidad y al principio de su matrimonio.
Edith participaba de una parte de su vida tan importante como había esperado
inicialmente; de hecho, parecía que habían entrado en una larga tregua que era una
especie de punto muerto. Pasaban la mayor parte de sus vidas separados, Edith en
casa, en estado impecable, sin apenas recibir visitas. Cuando no estaba barriendo o
quitando el polvo o limpiando o encerando, se metía en la habitación y parecía
satisfecha con permanecer allí. Nunca entraba al estudio de William. Era como si no
existiera para ella.
William aún se ocupaba de la mayoría de los cuidados de su hija. Por las tardes,
cuando regresaba a casa de la universidad, recogía a Grace en la habitación de arriba,
que había convertido en cuarto infantil, y la dejaba jugar en el estudio mientras él
trabajaba. Ella jugaba tranquila y feliz sobre el suelo, complacida de estar sola. De
vez en cuando William le hablaba y ella paraba para mirarle con deleite solemne y
pausado.
A veces pedía a sus alumnos que se pasaran por casa para entrevistas y charlas.
Les preparaba té en un pequeño hornillo que guardaba junto a su escritorio y sentía
un extraño afecto por ellos mientras se sentaban cohibidos en las sillas, haciendo
comentarios sobre su biblioteca y felicitándole por la belleza de su hija. Él se
disculpaba por la ausencia de su esposa y les explicaba su enfermedad, hasta que al
final se daba cuenta de que repetir las disculpas ponía de manifiesto su ausencia más
que la explicaba. Optó por callar esperando que su silencio fuese menos
comprometedor que sus explicaciones.
Excepto por la ausencia de Edith, su vida era lo que él quería que fuese. Estudiaba
y escribía cuando no preparaba clases, o corregía ejercicios, o leía tesis. Esperaba el
momento de ganarse cierta reputación tanto de investigador como de profesor. Sus
expectativas para su primer libro eran cautas y modestas, y fueron aceptadas. Un

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crítico lo había tildado de «prosaico» y otro lo había calificado de «investigación
competente». Al principio estaba muy orgulloso del libro, lo había sostenido en sus
manos, acariciando su sencilla cubierta y pasando sus páginas. Parecía delicado y
vivo, como un bebé. Lo había releído ya publicado, ligeramente sorprendido de que
no fuese ni mejor ni peor de lo que había pensado que sería.
Al cabo de un rato se cansó de mirarlo, pero nunca pensó en él, ni en su autoría,
sin un sentimiento de asombro e incredulidad sobre su propio arrojo y la
responsabilidad que había asumido.

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7

UNA tarde de primavera de 1927, William Stoner llegó tarde a casa. El aroma de las
flores nacientes flotaba mezclado en el cálido aire húmedo, los grillos cantaban en las
sombras, a lo lejos un automóvil levantaba polvo y lo mandaba con estrépito al
silencio, organizando un alboroto. Caminaba tranquilo víctima de la somnolencia de
la nueva estación, perplejo por los pequeños brotes verdes que crecían a la sombra de
arbustos y árboles.
Cuando entró en casa, Edith estaba al otro extremo del salón, sosteniendo el
receptor del teléfono junto a su oído y mirándole.
«Llegas tarde», dijo.
«Sí», dijo él afablemente, «teníamos exámenes orales de doctorado».
Ella le pasó el teléfono. «Es para ti, una conferencia. Alguien ha estado tratando
de ponerse en contacto contigo toda la tarde. Le dije que estabas en la universidad,
pero han estado llamando cada hora».
William tomó el teléfono y habló al auricular. Nadie respondió. «Hola», dijo otra
vez.
Una fina y extraña voz masculina le respondió.
«¿Hablo con Bill Stoner?».
«Sí, ¿quién es?».
«No me conoce. Estaba de paso y su madre me pidió que le llamara. Lo he estado
intentando toda la tarde».
«Sí», dijo Stoner. La mano que sujetaba el teléfono le temblaba. «¿Qué sucede?».
«Es su padre», dijo la voz. «Realmente no sé cómo empezar».
La voz seca, lacónica y asustada, prosiguió, y William Stoner la escuchaba sin
emoción, como si no existiera más allá del teléfono que sostenía en la mano. Lo que
escuchó concernía a su padre. Había estado —dijo la voz— sintiéndose mal durante
casi una semana; y como su ayudante no podía arar y sembrar solo, él se había
ocupado de la siembra de madrugada pese a tener fiebre alta. Su ayudante le había
encontrado a media mañana, tumbado boca abajo sobre el terreno revuelto,
inconsciente. Le llevó a la casa, le acostó y fue a buscar a un médico, pero al
mediodía había muerto.
«Gracias por llamar», dijo Stoner automáticamente. «Dígale a mi madre que
estaré allí mañana».
Colgó el teléfono y se quedó mirando durante largo rato al auricular en forma de
campana colgado del estrecho cilindro negro. Se giró y observó la sala. Edith le
miraba expectante.
«¿Y bien? ¿Qué pasa?», preguntó.
«Es mi padre», dijo Stoner. «Ha muerto».

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«¡Oh, Willy!», dijo Edith. Inclinó la cabeza. «Entonces, probablemente estarás
fuera el resto de la semana».
«Sí», dijo Stoner.
«Tal vez pediré a tía Emma que venga y me ayude con Grace».
«Sí», dijo Stoner mecánicamente. «Sí».
Consiguió que alguien se ocupara de sus clases durante el resto de la semana y a
primera hora de la mañana siguiente tomó el autobús a Booneville. La autopista de
Columbia a Kansas City, que atravesaba Booneville, era la misma por la que había
venido hacía diecisiete años, cuando llegó por primera vez a la universidad. Ahora
había sido ensanchada y asfaltada, y las vallas, alineadas y ordenadas, delimitaban los
campos de trigo y maíz que se le aparecían al otro lado de la ventanilla del autobús.
Booneville había cambiado poco durante estos años. Se habían levantado algunos
edificios nuevos, algunos antiguos habían sido derribados, pero la ciudad conservaba
su desnudez y fragilidad y parecía aún como si fuera sólo un arreglo momentáneo del
que se pudiera prescindir en cualquier momento. Aunque la mayor parte de las calles
se habían asfaltado en los últimos años, una pequeña nube de polvo flotaba en la
ciudad y unos pocos carromatos tirados por caballos sobrevivían, con las ruedas
produciendo ocasionales chispas cuando arañaban el asfalto de cemento de aceras y
calles.
La casa tampoco había cambiado sustancialmente. Era quizá más reseca y gris de
lo que había sido, ni siquiera una mota de pintura permanecía en los tablones y las
vigas sin pintar del porche se combaban un poco más hacia la tierra desnuda.
Había alguna gente en la casa, vecinos, a quienes Stoner no recordaba. Un
hombre alto y enjuto con traje negro, camisa blanca y corbata de cuerda estaba
inclinado junto a su madre, sentada en una silla tras la estrecha caja de madera que
contenía el cuerpo de su padre. Stoner comenzó a cruzar la sala. El hombre alto le vio
y se acercó a saludarle, sus ojos eran grises y átonos como las piezas de una vajilla de
vidrio. Una voz profunda y untuosa de barítono, calmada y espesa, pronunció algunas
palabras, el hombre llamó a Stoner «hermano» y habló de «duelo», y de «Dios, que
se lo había llevado», y quería saber si Stoner deseaba rezar con él. Stoner rozó al
hombre al pasar y se situó delante de su madre, cuyo rostro flotaba ante él. De
manera borrosa vio que ella movía la cabeza y se levantaba de la silla. Le agarró del
brazo y dijo: «Querrás ver a tu padre».
Con un toque tan frágil que apenas pudo sentirlo, le guió junto al ataúd abierto. Él
miró hacia abajo. Miró hasta que sus ojos se aclararon y luego dio un respingo por el
impacto. El cuerpo que veía parecía el de un extraño, estaba contraído y encogido y
su cara era como una máscara de delgado papel marrón, con profundas depresiones
negras en el lugar en el que deberían estar los ojos. El traje azul oscuro que le cubría
el cuerpo era grotescamente grande y las manos, que se doblaban por fuera de las

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mangas y sobre el pecho, parecían las garras disecadas de un animal. Stoner se giró
hacia su madre y supo que sus ojos revelaban el horror que sentía.
«Tu padre perdió mucho peso las últimas dos o tres semanas», dijo. «Le pedí que
no saliera a los campos, pero se levantaba antes que yo y se iba. Perdió la cabeza.
Estaba tan enfermo que perdió la cabeza y no sabía lo que hacía. El médico dijo que
debió de haberla perdido, o que no pudo controlarse».
Mientras hablaba, Stoner la veía con claridad. Era como si también ella estuviera
muerta mientras hablaba. Una parte de ella se fue irremediablemente dentro de
aquella caja con su marido, para no emerger nunca más. La miraba ahora, con el
rostro delgado y contraído, incluso en reposo estaba tan tenso que los extremos de los
dientes asomaban tras sus finos labios. Caminaba como si no tuviera ni peso ni
fuerza. Él murmuró unas palabras y abandonó la sala, fue a la habitación en la que
había crecido y examinó su pobreza. Tenía los ojos calientes y secos y no pudo llorar.
Hizo los preparativos que habían de hacerse para el funeral y firmó los papeles
que necesitaban ser firmados. Como toda la gente del campo, sus padres tenían
pólizas de entierro para las cuales durante la mayor parte de sus vidas asignaban unos
peniques semanales, incluso en épocas de necesidad más acuciante. Había algo
penoso en las pólizas que su madre sacó de un viejo baúl de su dormitorio. El lustre
de la elaborada letra impresa había empezado a desvanecerse y el papel barato se
había vuelto quebradizo con el paso del tiempo. Habló con su madre del futuro,
quería que regresara con él a Columbia. Había sitio de sobra, dijo, y —la mentira le
punzó— Edith estaría encantada de tener su compañía.
Pero su madre no regresó con él. «No me sentiría cómoda», dijo. «Tu padre y
yo… yo he vivido aquí casi toda mi vida. Simplemente no creo que pudiera
establecerme en otro sitio y sentirme cómoda con ello. Y aparte, Tobe…», Stoner
recordó que Tobe era el ayudante negro que su padre había contratado hacía muchos
años, «Tobe ha dicho que él se quedará aquí tanto tiempo como le necesite. Tiene un
buen cuarto preparado en el ático. Estaremos bien».
Stoner discutió con ella, pero ella no cedió. Al final se dio cuenta de que sólo
deseaba morir, y deseaba hacerlo en el lugar en el que había vivido, y él sabía que
ella merecía esa pequeña dignidad que hallaba en hacerlo como quería.
Enterraron a su padre en un pequeño lugar a las afueras de Booneville y William
regresó a la granja con su madre. Aquella noche no pudo dormir. Se vistió y caminó
por el campo en el que su padre había trabajado año tras año, hasta el final que ahora
había encontrado. Intentó recordar a su padre, pero el rostro que había conocido en su
juventud no le venía. Se arrodilló en el campo y tomó un terrón seco de tierra con la
mano. Lo rompió y observó los fragmentos, oscuros a la luz de la Luna,
deshaciéndose y escurriéndose entre sus dedos. Se sacudió la mano en la pernera del
pantalón, se levantó y se fue a casa. No durmió, se tumbó en la cama y se puso a

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mirar por la única ventana hasta que llegó el amanecer, hasta que no hubo más
sombras sobre la tierra, hasta que el infinito se extendió ante él, gris y desierto.
Tras la muerte de su padre Stoner viajaba los fines de semana a la granja, tan a
menudo como podía y, cada vez que veía a su madre, la veía más delgada, más pálida
y más silenciosa, hasta que al final parecía que sólo sus ojos hundidos y brillantes
tenían vida. Durante sus últimos días no le hablaba nada, sus ojos parpadeaban
tenuemente como si mirasen desde la cama y, ocasionalmente, un pequeño suspiro
escapaba de sus labios.
La enterró junto a su marido. Al concluir el funeral, se quedó solo en el frío
viento de noviembre y miró las dos tumbas, una abierta a sus pies y la otra cubierta y
poblada por una fina capa de hierba. Se giró hacia el pequeño lugar yermo y sin
árboles que acogía a otros como sus padres y miró a través de la tierra plana en
dirección a la granja en la que había nacido, en la que sus padres habían pasado los
años. Pensó en los costes que precisaba, año tras año, el suelo, que seguía siendo el
de siempre, un poco más yermo, tal vez, algo mejorado. Nada había cambiado. Sus
vidas se habían consumido en un trabajo triste, rotas sus voluntades, sus inteligencias
embotadas. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado sus vidas y,
paulatinamente, año tras año, la tierra les acogería. Lentamente la humedad y la
descomposición infestarían las cajas de pino que contenían sus cuerpos y,
gradualmente, tocaría sus carnes hasta acabar consumiendo los últimos vestigios de
sus sustancias. Y se convertirían en parte irrelevante de aquella obcecada tierra a la
que en el pasado entregaron sus vidas.
Permitió a Tobe que se quedara en la granja durante el invierno y en la primavera
de 1928 puso la granja a la venta. El acuerdo era que Tobe permaneciera en la granja
hasta que se vendiera quedándose él con todo lo que produjera hasta entonces. Tobe
arregló el lugar lo mejor que pudo, reparando la casa y repintando el pequeño
granero. Incluso así, no fue hasta principios de la primavera de 1929 cuando Stoner
encontró un comprador adecuado. Aceptó la primera oferta que recibió, poco más de
dos mil dólares, le dio a Tobe unos cientos y a finales de agosto envió el resto a su
suegro para reducir la suma adeudada por la casa de Columbia.

En octubre de aquel año el mercado financiero quebró y los periódicos locales


daban noticias sobre Wall Street, sobre fortunas arruinadas y grandes vidas alteradas.
Afectó a poca gente en Columbia; ésta era una comunidad conservadora y
prácticamente nadie de la ciudad tenía dinero en acciones o bonos. Pero empezaron a
llegar noticias de quiebras de bancos por todo el país y conatos de incertidumbre
afectaron a algunos en la ciudad. Unos pocos granjeros retiraron sus ahorros y
algunos más (apremiados por los banqueros locales) incrementaron sus depósitos.
Pero nadie se alarmó realmente hasta que llegó la noticia de la quiebra de un pequeño
banco privado, el Consorcio Mercantil, en San Luis.

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Stoner estaba comiendo en la cafetería de la universidad cuando le alcanzó la
noticia e inmediatamente fue a casa a decírselo a Edith. El Consorcio Mercantil era el
banco en el que tenían la hipoteca de su casa, y el banco del que el padre de Edith era
presidente. Edith llamó a San Luis aquella tarde y habló con su madre. Estaba
contenta y le dijo a su hija que el señor Bostwick le había asegurado que no había
nada por lo que preocuparse, que todo estaría bien en unas semanas.
Tres semanas después Horace Bostwick estaba muerto, un suicidio. Fue a su
despacho del banco una mañana con un humor inusualmente alegre, saludó a algunos
empleados que aún trabajaban tras las puertas cerradas, se metió en su despacho
después de decir a su secretaria que no recibiría llamadas y cerró la puerta. Sobre las
diez de la mañana se pegó un tiro en la cabeza con un revólver que había conseguido
el día anterior y que llevaba con él en su maletín. No dejó ninguna nota, pero los
papeles pulcramente dispuestos sobre su escritorio contaban todo lo que había que
contar. Y lo que tenían que contar era simplemente la ruina económica. Había
invertido imprudentemente, no sólo su propio dinero, sino también el del banco y su
ruina era tan absoluta que no podía imaginar socorro. Como al final se comprobó, la
ruina no fue tan radical como él había pensado en el momento de suicidarse. Después
de que la causa fuera resuelta, la casa familiar permaneció intacta, y una propiedad
menor en las afueras de San Luis fue suficiente para dotar a su esposa de una pequeña
cantidad para el resto de su vida.
Pero esto no se supo inmediatamente. William Stoner recibió una llamada de
teléfono informándole de la ruina y el suicidio de Horace Bostwick y le transmitió la
mala noticia a Edith tan suavemente como su alejamiento de ella le permitía.
Edith se tomó la noticia con calma, casi como si la hubiera estado esperando.
Miró a Stoner unos instantes sin hablar, luego meneó la cabeza y dijo ausente: «Pobre
madre. ¿Qué hará? Siempre hubo alguien que cuidara de ella. ¿Cómo vivirá?».
Stoner dijo: «Dile», hizo una pausa torpe, «dile que, si ella quiere, puede venir a
vivir con nosotros. Será bienvenida».
Edith le sonrió con una curiosa mezcla de afecto y desdén. «Oh Willy. Preferiría
morirse. ¿No lo sabías?».
Stoner asintió. «Supongo que sí», dijo.
Así que la tarde del día en el que Stoner recibió la llamada, Edith se fue de
Columbia para ir a San Luis al funeral y quedarse tanto como fuera preciso. Cuando
llevaba fuera una semana, Stoner recibió una breve nota informándole de que se
quedaba con su madre otras dos semanas, tal vez más. Estuvo fuera casi dos meses y
William se quedó solo en la gran casa con su hija.
Durante los primeros días el vacío de la casa resultó extraño e inesperadamente
inquietante. Pero se acostumbró y empezó a disfrutar de ello. En una semana sabía ya
que era tan feliz como no lo había sido en años y cuando pensaba en el inevitable

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regreso de Edith era con un remordimiento apacible que ya no necesitaba ocultarse.
Grace celebró su sexto cumpleaños la primavera de aquel año y empezó su primer
curso de colegio en otoño. Cada mañana Stoner la preparaba para el colegio y estaba
de vuelta de la universidad por las tardes a tiempo para recibirla cuando ella volvía a
casa.
A los seis años Grace era una niña alta y esbelta con un cabello más rubio que
pelirrojo, su piel era perfectamente suave y sus ojos de color azul oscuro, casi
violetas. Era tranquila y alegre y disfrutaba de las cosas, lo cual despertaba en su
padre un sentimiento como de reverencia nostálgica.
A veces Grace jugaba con niños del vecindario, pero lo normal era que se sentara
con su padre en su gran estudio y le observase mientras corregía ejercicios, o leía, o
escribía. Le hablaba y conversaban —tan tranquilamente y con tanta seriedad que
William Stoner se emocionaba con ternura impensable—. Grace pintaba dibujos
desgarbados y fascinantes en hojas de papel amarillo y se los presentaba
solemnemente a su padre, o le leía en voz alta su libro de lectura de primer curso. Por
la noche, cuando Stoner la metía en la cama y regresaba a su estudio, notaba su
ausencia y se consolaba sabiendo que ella dormía segura arriba. De manera casi
inconsciente había empezado a educarla y observaba, maravillado y con amor, cómo
crecía ante él y su rostro empezaba a mostrar la inteligencia que atesoraba dentro.
Edith no regresó a Columbia hasta primeros de año, así que William Stoner y su
hija pasaron las navidades solos. La mañana de Navidad intercambiaron regalos, para
su padre, que no fumaba, Grace había modelado en la conservadora escuela infantil
adjunta a la universidad, un tosco cenicero. William le regaló un vestido nuevo que
había elegido para ella en una tienda del centro, algunos libros y lápices de colores.
Se quedaron casi todo el día junto al arbolito, hablando, mirando las luces parpadear
sobre los adornos, con el oropel destellando como fuego ardiendo sobre el verde
oscuro del abeto.
Durante las vacaciones de Navidad, en aquella pausa curiosa y suspendida de las
prisas del semestre, William Stoner tomó consciencia de dos cosas: empezó a darse
cuenta de la importancia capital que Grace tenía ahora en su vida y a comprender que
le sería posible llegar a ser un buen profesor.
Estaba dispuesto a admitirse a sí mismo que no lo había sido. Siempre, desde la
época en la que se había movido a trompicones en las primeras clases de inglés de
primero, se había percatado del abismo existente entre lo que sentía por su asignatura
y lo que impartía en clase. Había esperado que el tiempo y la experiencia redujeran
ese abismo pero no había sido así. Las cosas que llevaba muy dentro de sí eran
profundamente traicionadas cuando hablaba de ellas en sus clases; lo que estaba más
vivo se marchitaba en sus palabras y lo que le emocionaba más se volvía frío al
pronunciarlo. Y la conciencia de su insuficiencia le angustiaba tanto que su

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percepción crecía con normalidad, como si fuera tan parte de él mismo como sus
hombros encorvados.
Pero durante las semanas que Edith pasó en San Luis, cuando daba clases, se
encontraba a veces tan abstraído en su asignatura, que se olvidaba de sus
limitaciones, de sí mismo, e incluso de los alumnos que tenía enfrente. De vez en
cuando se sentía tan arrebatado de entusiasmo que tartamudeaba, gesticulaba e
ignoraba los apuntes de clase que normalmente guiaban sus discursos. Al principio le
molestaban estos arranques, como si se tomara demasiadas confianzas con su
asignatura, y se disculpaba con sus alumnos pero cuando éstos empezaron a
reclamarle después de las clases, y cuando sus ejercicios empezaron a revelar indicios
de imaginación y el asomo de un amor vacilante, se animaba a hacer aquello a lo que
nunca le habían enseñado. El amor a la literatura, al lenguaje, al misterio de la mente
y el corazón manifestándose en la nimia, extraña e inesperada combinación de letras
y palabras, en la tinta más negra y fría… el amor que había ocultado, como si fuese
ilícito y peligroso, empezó a exhibirse, vacilante en un principio, luego con temeridad
y finalmente con orgullo.
Estaba triste y animado a la vez por el descubrimiento de lo que podía realizar.
Más allá de sus intenciones, sentía que había engañado tanto a sus alumnos como a sí
mismo. Los alumnos que habían sido capaces hasta entonces de trabajarse sus
asignaturas mediante la repetición de pasos mecánicos empezaron a mirarle con
sorpresa y resentimiento, los que no habían cursado sus asignaturas empezaron a
acudir a sus clases y a saludarle por los pasillos. Hablaba con más confianza y sentía
un rigor duro y cálido acumulándosele dentro. Sospechaba que comenzaba, con diez
años de retraso, a descubrir lo que era y lo que veía era, más o menos lo que se había
imaginado que sería. Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era
simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede
una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o
insuficiencia como persona. Era un conocimiento que no podía expresar pero que le
había cambiado una vez obtenido y mediante el cual nadie podía confundir su porte.
Así, cuando Edith regresó de San Luis, lo encontró inexplicablemente cambiado y
se dio cuenta inmediatamente. Regresó sin avisar en un tren vespertino y atravesó el
salón hasta el estudio donde su marido y su hija estaban tranquilamente. Su intención
era sorprenderles tanto por su aparición repentina como por su nuevo aspecto pero
cuando William la vio y ella vio la sorpresa en sus ojos, supo al momento que el
verdadero cambio se había operado en él y que éste era tan profundo que disipó el
efecto de su aparición, pensó para sí misma algo distante pero con cierta sorpresa:
«Le conozco mejor de lo que nunca creí».
William se sorprendió por su aparición y su cambio de imagen pero ya no le
emocionó como pudo haberlo hecho en el pasado. La miró unos instantes y luego se

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levantó del escritorio, cruzó la sala y la saludó serio.
Edith se había cortado el pelo y llevaba uno de esos sombreros que le ceñía la
cabeza tan fuerte que los mechones de pelo se le quedaban pegados a la cara como en
un marco irregular; tenía los labios pintados de naranja rojizo brillante y dos manchas
de colorete marcaban sus mejillas. Llevaba uno de esos vestidos cortos que se habían
puesto de moda entre las mujeres jóvenes durante los últimos años; colgaba recto
desde sus hombros y acababa justo a la altura de las rodillas. Sonrió tímida a su
marido y cruzó la sala hasta su hija, que estaba en el suelo y la miraba con calma,
solícita. Se arrodilló desgarbadamente, con el vestido nuevo ceñido alrededor de sus
piernas.
«Grace, cariño», dijo en un tono que a William le pareció tenso e inseguro,
«¿echabas de menos a mamá? ¿Pensabas que nunca volvería?».
Grace besó a su madre en la mejilla y la miró solemne. «Pareces diferente», dijo.
Edith se rió y se levantó del suelo, dio una vuelta, poniéndose las manos sobre la
cabeza. «Tengo un vestido nuevo y zapatos nuevos y un nuevo corte de pelo. ¿Te
gusta?».
Grace asintió dudosa. «Pareces diferente», dijo otra vez.
La sonrisa de Edith se amplió; tenía una pequeña mancha de pintalabios en uno
de sus dientes. Se giró hacia William y preguntó: «¿Parezco diferente?».
«Sí», dijo William. «Muy seductora. Muy guapa».
Se rió de él y meneó la cabeza. «Pobre Willy», dijo. Luego se giro otra vez hacia
su hija. «Soy diferente, creo», le dijo. «Creo de verdad que lo soy».
Pero William Stoner sabía que le estaba hablando a él. Y que en aquel momento,
de alguna manera, supo también que más allá de sus intenciones o su entendimiento,
sin ella saberlo, Edith intentaba anunciarle una nueva declaración de guerra.

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LA declaración era parte del cambio que Edith había empezado a experimentar
durante las semanas que había pasado en «casa», en San Luis, tras la muerte de su
padre. Y crecía, adquiriendo finalmente sentido y ferocidad con aquel otro cambio
que se había operado lentamente en William Stoner tras descubrir que podría llegar a
ser un buen profesor.
Edith había permanecido curiosamente impasible en el funeral de su padre.
Durante las pomposas ceremonias se sentaba erecta y severa y su expresión no se
alteró cuando hubo de desfilar ante el cuerpo de su padre, resplandeciente y
regordete, dentro del vistoso ataúd. Pero en el cementerio, cuando el ataúd estaba
siendo introducido en el hoyo estrecho recubierto de moqueta de césped artificial,
ocultó su rostro inexpresivo con las manos y no lo levantó hasta que alguien le tocó el
hombro.
Después del funeral pasó varios días en su antigua habitación, la habitación en la
que había crecido. Veía a su madre sólo en el desayuno y en la cena. Las visitas
pensaban que se aislaba debido al dolor. «Estaban muy unidos», decía la madre de
Edith misteriosamente. «Más unidos de lo que parecía».
Pero Edith se paseaba por aquella habitación como si fuera la primera vez, con
deleite, tocando paredes y ventanas, comprobando su solidez. Tenía un baúl lleno de
sus posesiones infantiles que había bajado del ático; revisó los cajones de su cómoda,
que habían permanecido intactos durante más de una década. Con un divertido aire
recreativo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, revisó sus cosas,
acariciándolas, girándolas de uno y otro lado, examinándolas con un cuidado casi
ritual. Cuando llegó a una carta que había recibido de niña, la leyó entera de principio
a fin como si fuese la primera vez. Cuando se topó con una muñeca olvidada, le
sonrió y acarició la porcelana de sus mejillas como si de nuevo fuese una niña que
hubiera recibido un regalo.
Por último ordenó cuidadosamente todas sus posesiones infantiles en dos
montones. Uno consistía en juguetes y baratijas que había adquirido ella misma,
fotografías y cartas secretas de amigas del colegio, regalos que había recibido alguna
vez de familiares lejanos; el otro montón se componía de las cosas que le había dado
su padre y que estaban directa o indirectamente ligadas a él. Metódica,
inexpresivamente, sin enojo ni alegría, tomó tales objetos, uno por uno, y los
destruyó. Las cartas y las ropas, el relleno de las muñecas, las insignias y las
fotografías, las quemó en la chimenea. Las cabezas de porcelana y barro, las manos y
brazos y pies de las muñecas quedaron reducidos a fina harina contra el suelo, y lo
que quedó tras la quema y el destrozo lo barrió Edith en un montoncillo y lo arrojó
por el retrete del cuarto de baño anexo a su habitación.

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Concluida la tarea —la habitación libre de humo, la chimenea deshollinada, las
pocas pertenencias que quedaron de vuelta a la cómoda— Edith Bostwick Stoner se
sentó en su pequeño tocador y se miró en el espejo cuya parte delantera estaba rayada
y moteada de forma que aquí y allá su imagen se reflejaba imperfectamente o no se
reflejaba en absoluto, dando a su rostro una curiosa imagen incompleta. Tenía treinta
años. El lustre de la juventud estaba empezando a apagarse en su cabello,
comenzaban a formarse arruguitas alrededor de sus ojos y la piel de su rostro
empezaba a tensarse sobre sus afiladas mandíbulas. Asintió al reflejo del espejo, se
levantó abruptamente y bajó al piso inferior, donde por primera vez en días habló
alegre y casi íntimamente con su madre.
Quería—dijo— un cambio en su persona. Había sido durante demasiado tiempo
la que era. Habló de su infancia, de su matrimonio y, por intuiciones de las que sólo
podía hablar vagamente y sin certeza, fijó una imagen que quería completar. Así,
prácticamente los dos meses que permaneció en San Luis con su madre, se consagró
devotamente a dicha tarea.
Pidió prestada una suma de dinero a su madre, quien impulsivamente se la regaló.
Compró un armario nuevo, quemó toda la ropa que había traído de Columbia, se
cortó el pelo a la moda, compró cosméticos y perfumes, con los que practicaba cada
día en su habitación. Aprendió a fumar y cultivó una nueva manera de hablar,
insegura, de acento indefinido y un poco estridente. Regresó a Columbia con este
cambio externo bien controlado y con otro cambio secreto y potencial guardado en su
interior.
Durante los primeros meses tras su regreso a Columbia anduvo ocupada con
diversos asuntos. Ya no le parecía necesario fingir que estaba enferma o débil. Se
apuntó a un pequeño grupo de teatro y se dedicó con devoción a las tareas que le
encargaban; diseñaba y pintaba escenarios, recaudaba dinero para el grupo e incluso
participaba con pequeños papeles en las obras. Cuando Stoner llegaba a casa por las
tardes se encontraba el salón lleno de sus amistades, extraños que le miraban como si
fuese un intruso. Saludaba educadamente y se retiraba a su estudio, desde donde
podía oír las voces, silenciadas y declamatorias, al otro lado de las paredes.
Edith se compró un piano de pared y lo hizo poner en la sala de estar, pegado a la
pared que separaba la estancia del estudio de William. Había dejado de tocar poco
antes de su boda y ahora estaba casi a cero, practicando escalas, perfilando ejercicios
que le resultaban demasiado complicados, tocando a veces dos o tres horas al día, en
ocasiones de noche, después de acostar a Grace.
Los grupos de alumnos que Stoner invitaba a su estudio para conversar crecieron
en integrantes y los encuentros se hicieron más frecuentes. Edith ya no se contentaba
con recluirse arriba, lejos de las reuniones. Insistía en servirles té o café y, cuando lo
hacía, se sentaba en la sala. Hablaba alta y despreocupadamente, consiguiendo

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desviar la conversación hacia su trabajo en el teatrillo, o hacia su música, o su pintura
o escultura, la cual —anunció— planeaba retomar tan pronto como encontrase
tiempo. Los alumnos, desconcertados y cohibidos, dejaron paulatinamente de acudir
y Stoner comenzó a reunirse con ellos para tomar café en la cafetería de la
universidad o en alguno de los pequeños cafés repartidos por el campus.
No habló con Edith sobre su nuevo comportamiento. Sus actividades le causaban
sólo una molestia menor y ella parecía feliz, aunque tal vez un poco desesperada.
Fue, finalmente, él mismo quien asumió la responsabilidad del nuevo rumbo que
había tomado su vida. Él había sido incapaz de aportarle ningún sentido a su historia
en común, a su matrimonio. Así que ella tenía derecho a aprovechar cualquier
satisfacción posible en intereses que no tenían nada que ver con él y a tomar caminos
que él no podía seguir.
Envalentonado por su reciente éxito como profesor y por su creciente popularidad
entre los mejores alumnos de posgrado, comenzó un nuevo libro en el verano de
1930. Ahora pasaba casi todo su tiempo libre en el estudio. Él y Edith mantenían
entre ellos la ficción de que compartían el mismo dormitorio aunque él rara vez
entraba en la habitación, y nunca de noche. Dormía en el sofá de su estudio y
guardaba su ropa en un pequeño armario que había construido en una esquina de la
sala.
Podía estar con Grace. Como había sido costumbre durante la primera ausencia
larga de su madre, la niña pasaba mucho tiempo en el estudio de su padre. Stoner
consiguió incluso un pequeño escritorio para ella, para que tuviera un lugar en el que
leer y hacer los deberes. Solían comer la mayoría de las veces cada uno por su cuenta.
Edith pasaba mucho tiempo fuera de casa y, cuando no estaba fuera, solía entretener a
sus amigos del teatro con pequeñas fiestecitas que no admitían la presencia de niños.
Después, abruptamente, Edith comenzó a dejar de salir. Los tres empezaron a
comer juntos de nuevo y Edith mostró deseos de dedicarse a la casa. Se apaciguó.
Incluso el piano dejó de usarse, acumulándose el polvo sobre el teclado.
Habían llegado a ese punto en su vida en común en el cual casi no hablaban entre
ellos de sí mismos, no fuese que el delicado equilibrio que les permitía vivir juntos se
rompiera. Así que sólo tras una larga reflexión y deliberación sobre las consecuencias
se atrevió Stoner finalmente a preguntarle si ocurría algo.
Sentados durante la cena, Grace había pedido permiso y se había llevado un libro
al estudio de Stoner.
«¿Qué quieres decir?», preguntó Edith.
«Tus amigos», dijo William. «Hace tiempo que no vienen y ya no parece que te
dediques a tu trabajo en el teatro. Sólo me preguntaba si había pasado algo».
Con un gesto casi masculino, Edith extrajo un cigarrillo del paquete que había
junto a su plato, se lo colocó entre los labios y lo encendió con la colilla de otro que

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tenía medio apagado. Aspiró profundamente sin quitarse el cigarrillo de los labios e
inclinó la cabeza hacia atrás, de manera que cuando miraba a Stoner sus ojos eran
angostos, irónicos y calculadores.
«No pasa nada», dijo. «Simplemente que me he aburrido de ellos y del trabajo.
¿Es que siempre tiene que pasar algo?».
«No», dijo William. «Sólo pensaba que tal vez no te sentías bien o algo».
No pensó más en la conversación. Un poco después se levantó de la mesa y fue a
su estudio, donde Grace estaba sentada en su escritorio, inmersa en el libro. La luz
del escritorio iluminaba su cabello y dibujaba sobre su rostro pequeño y serio un
perfil anguloso. Había crecido durante el último año, pensó William; y una tristeza
pequeña y desagradable le contrajo brevemente la garganta. Sonrió y se sentó
tranquilamente en su escritorio.
Al instante se sumergió en su trabajo. La tarde anterior se había dedicado a la
rutina de su labor en el aula, había corregido ejercicios y preparado las clases para la
semana siguiente. Imaginaba tardes como la anterior, y otras muchas tardes, en las
que estaría libre para trabajar en su libro. No tenía muy claro lo que quería hacer en
este nuevo libro; en general, deseaba extenderse más allá de su primer estudio, tanto
en tiempo como en alcance. Quería trabajar el periodo del renacimiento inglés y
ampliar su investigación hacia las influencias del latín clásico y medieval en ese
campo. Estaba en la fase de planificar su trabajo, y ésa era la que le gustaba más, la
selección entre aproximaciones alternativas, el rechazo de ciertas estrategias, los
misterios e incertidumbres que albergan las posibilidades inexploradas, las
consecuencias de decisiones… Las alternativas disponibles le estimulaban tanto que
no podía mantenerse quieto. Se levantaba del escritorio, andaba un poco y, con una
alegría frustrada, le hablaba a su hija, que le miraba desde su libro y le respondía.
Ella captó su estado y algo que dijo le hizo reír. Después los dos rieron juntos, sin
sentido, como si ambos fueran niños. De repente la puerta del estudio se abrió y la
severa luz de la sala de estar penetró en los rincones oscuros del estudio. Edith
apareció recortada contra aquella luz.
«Grace», dijo con claridad y lentitud, «tu padre intenta trabajar. No debes
molestarle».
Durante algunos instantes William y su hija se quedaron tan aturdidos por esta
repentina intrusión que ninguno de ellos se movió ni habló. Después William alcanzó
a decir: «No pasa nada, Edith. No me molesta».
Como si no hubiese hablado, Edith dijo: «Grace, ¿me has oído? Sal de ahí ahora
mismo».
Apabullada, Grace se levantó de la silla y cruzó la sala. A medio camino se
detuvo, mirando primero a su padre y luego a su madre. Edith comenzó a hablar otra
vez, pero William alcanzó a cortarla.

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«No pasa nada, Grace», dijo tan amablemente como pudo. «No pasa nada. Ve con
tu madre».
Mientras Grace cruzaba la puerta del estudio hacia la sala de estar, Edith le dijo a
su marido: «La niña ha tenido demasiadas libertades. No es normal que sea tan
callada, tan introvertida. Ha estado demasiado tiempo sola. Debería ser más activa,
jugar con niños de su edad. ¿No te das cuenta de lo infeliz que ha sido?».
Y cerró la puerta antes de que él pudiera responderle.
Stoner permaneció inmóvil durante largo rato. Miraba su escritorio, repleto de
notas y libros abiertos; deambuló despacio por la habitación y reorganizó distraído las
hojas de papel, los libros. Permaneció allí, con el ceño fruncido, durante unos
minutos más, como tratando de recordar alguna cosa. Después se giró de nuevo y
caminó hacia el pequeño escritorio de Grace, se quedó allí parado, como se había
quedado junto a su escritorio. Apagó la lámpara, para que la superficie del escritorio
permaneciera gris y sin vida y caminó hacia el sofá, sobre el que se recostó con los
ojos abiertos, observando el techo.

La enormidad cayó sobre él gradualmente. Empezó varias semanas antes de que


pudiera admitir lo que Edith estaba haciendo y, cuando al fin fue capaz de admitirlo,
lo hizo casi sin asombro. La de Edith era una campaña emprendida con tanta
inteligencia y habilidad que no podía encontrar ningún fundamento racional para
quejarse. Después de su entrada abrupta y casi brutal en su estudio aquella noche, una
entrada que retrospectivamente le parecía un ataque por sorpresa, la estrategia de
Edith se hizo más indirecta, más pacífica y contenida. La disfrazaba de amor y
preocupación y, siendo así, se convertía en algo ante lo cual estaba desamparado.
Edith estaba en casa prácticamente todo el tiempo. Por la mañana y a primera
hora de la tarde, mientras Grace estaba en el colegio, se ocupaba de redecorar la
habitación de la niña. Retiró el pequeño escritorio del estudio de Stoner, lo barnizó y
lo repintó de rosa claro, añadiéndole arriba una cinta ancha de satén encrespado a
juego, de manera que no se parecía en nada al escritorio con el que Grace había
crecido. Una tarde, con Grace callada tras ella, inspeccionó toda la ropa que William
le había comprado a la niña, deshaciéndose de la mayoría y prometiéndole a Grace
que ese fin de semana irían al centro a reemplazar los artículos desechados por otros
más apropiados, más «de niña». Y así lo hicieron. A última hora de la tarde, fatigada
pero triunfante, Edith regresó con un montón de paquetes y una hija, exhausta,
desesperadamente incómoda con su nuevo vestido tieso, almidonado y con una
miríada de lazos desde el borde inferior del vuelo del vestido, bajo el cual asomaban
las delgadas piernas como patéticos palillos.
Edith le compró a su hija muñecas y juguetes y revoloteaba alrededor de ella
cuando jugaba con estas cosas, como si fuese un deber. La inició en lecciones de
piano y se sentaba a su lado en una butaca mientras practicaba. A la menor ocasión

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daba pequeñas fiestas para ella a las que acudían los niños del vecindario, vengativos
y taciturnos en sus ropas rígidas y formales, y supervisaba estrictamente los deberes y
la lectura de su hija, sin permitirle que sobrepasara el tiempo que tenía asignado.
Ahora las visitas de Edith eran las madres del vecindario. Venían por la mañana a
tomar café y charlaban mientras sus hijos estaban en el colegio. Por las tardes traían a
los niños con ellas y los miraban jugar en la gran sala de estar, parloteando por
encima del ruido de los juegos y las carreras.
Aquellas tardes Stoner solía estar en su estudio y escuchaba lo que las madres
decían ya que hablaban alto desde la sala, elevando las suyas por encima de las voces
de los niños.
Una vez, cuando se produjo una tregua en el ruido, escuchó a Edith decir: «Pobre
Grace. Le tiene gran cariño a su padre, pero él tiene tan poco tiempo para dedicarle.
Su trabajo, ya sabéis; y ha empezado un nuevo libro…».
Curiosamente observó que las manos con las que sostenía el libro empezaron a
temblar casi por separado. Temblaron durante unos instantes antes de poder
controlarlas metiéndoselas en los bolsillos, cerrando los puños, y dejándolas allí.
Ahora veía poco a su hija. Los tres comían juntos, pero en tales ocasiones apenas
se atrevía a hablarle porque cuando lo hacía y Grace le respondía, Edith enseguida
encontraba algo reprochable en los modales de Grace en la mesa o en la manera en la
que se sentaba en la silla y le hablaba con tanta brusquedad que su hija permanecía en
silencio y abatida durante el resto de la comida.
El ya esbelto cuerpo de Grace iba adelgazando, Edith reía encantada de su
«crecimiento hacia arriba pero no hacia fuera». Los ojos se le estaban tornando
vigilantes, casi cautelosos; la expresión que una vez había sido serena era ahora
débilmente hosca o con una alegría y una euforia al borde de la histeria. Ya casi no
sonreía, aunque reía mucho. Y cuando sonreía, era como si un espectro rondara por
su rostro. Una vez, estando Edith arriba, William y su hija se cruzaron en la sala de
estar. Grace le sonrió con timidez e involuntariamente él se arrodilló y la abrazó.
Sintió su cuerpo rígido y percibió en su rostro perplejidad y miedo. Él se separó
suavemente de ella, dijo algo inconsecuente y se retiró a su estudio.
A la mañana siguiente se quedó en la mesa desayunando hasta que Grace se
marchó al colegio, incluso sabiendo que llegaría tarde a su clase de las nueve. Edith
no regresó a la mesa tras salir Grace por la puerta principal y él supo que estaba
evitándole. Se dirigió a la sala de estar, donde su mujer estaba sentada en un extremo
del sofá, tomando una taza de café y fumando un cigarrillo.
Dijo sin preámbulos: «Edith, no me gusta lo que le está sucediendo a Grace».
Al instante, como si hubiese recibido una señal, dijo: «¿Qué quieres decir?».
Él se sentó en el otro extremo del sofá, lejos de Edith. Un sentimiento de
desamparo se apoderó de él. «Sabes a lo que me refiero», dijo fatigosamente. «No

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seas tan exigente con ella. No la trates con tanta dureza».
Edith plantó el cigarrillo en el cenicero. «Grace nunca ha sido feliz. Ahora tiene
amigas, cosas que la distraen. Sé que tú estás demasiado ocupado para darte cuenta
de esas cosas, pero… seguramente habrás comprobado que se muestra mucho más
extrovertida últimamente. Y se ríe. No solía reírse. Casi nunca».
William la miró con sosegado estupor. «Eso crees, ¿no?».
«Por supuesto que sí», dijo Edith. «Soy su madre».
Y lo creía, se percató Stoner. Él meneó la cabeza. «Nunca he querido admitirlo»,
dijo con algo semejante a la tranquilidad, «pero tú de verdad me odias, ¿no Edith?».
«¿Qué?». La sorpresa en su voz era genuina. «¡Oh Willy!». Se reía abiertamente y
sin moderación. «No seas tonto. Por supuesto que no. Eres mi marido».
«No utilices a la niña». No pudo evitar que le temblara la voz. «No necesitas
hacerlo, ya lo sabes. Cualquier otra cosa. Pero si sigues utilizando a Grace, yo…». No
terminó.
Tras un momento Edith dijo: «Tú ¿qué?». Hablaba tranquila, sin signos de
desafío. «Todo cuanto podrías hacer es dejarme y nunca lo harías. Ambos lo
sabemos».
Él asintió. «Supongo que tienes razón». Se levantó cegado y se marchó a su
estudio. Agarró el abrigo del armario y cogió el maletín de detrás del escritorio.
Mientras cruzaba la sala de estar Edith volvió a hablarle.
«Willy, yo no haría daño a Grace. Eso debes saberlo. La amo. Es mi hija».
Y él sabía que era verdad, la amaba. La verdad de aquel razonamiento casi le hizo
gritar. Movió la cabeza y salió a la intemperie.
Cuando regresó a casa aquella noche se encontró con que durante el día Edith,
con la ayuda de un operario, había sacado todas sus pertenencias del estudio.
Apilados en una esquina de la sala de estar, estaban su escritorio y su colchón y,
rodeándolos en una maraña desordenada, estaban sus ropas, sus papeles y todos sus
libros.

Desde que estaba más en casa, Edith había decidido —le dijo— volver a pintar y
esculpir de nuevo. Y su estudio, orientado al norte, le proporcionaría la única
iluminación decente que tenía la casa. Ella sabía que a él no le importaría mudarse,
podría utilizar el porche acristalado de la parte trasera de la casa; estaba más lejos de
la sala de estar que su estudio, con lo cual tendría más tranquilidad para hacer su
trabajo.
Pero el porche acristalado era tan pequeño que no podía tener sus libros
ordenados y no había sitio ni para el escritorio ni para el colchón que había tenido en
el estudio, así que guardó ambas cosas en el sótano. Era difícil calentar el porche en
invierno y en verano imaginaba que el sol penetraría a través de los paneles de cristal,
haciéndolo casi inhabitable. Y a pesar de todo trabajó allí durante varios meses. Se

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agenció una mesa pequeña y la usó como escritorio. Compró un radiador portátil para
mitigar un poco el frío que a última hora de la tarde se filtraba a través de los
estrechos tablones exteriores. De noche dormía arropado en una manta, en el sofá de
la sala de estar.
Tras algunos meses de relativa aunque inconfortable paz, empezó a encontrar a su
regreso de la universidad por la tarde, fragmentos de viejos utensilios caseros:
lámparas rotas, alfombras desperdigadas, pequeños cajones y cajitas de fruslerías,
arrojadas con descuido por la habitación que ahora le servía de estudio.
«Hay mucha humedad en el sótano», decía Edith, «se estropearán. No te importa
que las deje aquí un tiempo, ¿verdad?».
Una tarde de primavera regresó a casa durante una fuerte tormenta y descubrió
que, sin saber cómo, uno de los paneles se había roto y que la lluvia había dañado
varios de sus libros y convertido algunas de sus notas en ilegibles. Unas semanas más
tarde llegó para descubrir que a Grace y a algunas de sus amigas se les había
permitido jugar en esa habitación y que nuevas notas suyas se habían roto o
estropeado. «Sólo las dejé ir allí unos minutos», dijo Edith. «Han de tener un lugar
para jugar. Pero no tengo ni idea. Tienes que hablar con Grace. Le he dicho lo
importante que es tu trabajo para ti».
Entonces claudicó. Se llevó tantos libros como pudo a su despacho de la
universidad, que compartía con otros tres profesores noveles, y empezó a pasar
mucho más tiempo allí. Sólo llegaba pronto a casa cuando la ansiedad por ver
brevemente a su hija, o cruzar una palabra con ella, le hacía imposible mantenerse
alejado.
Pero en su despacho sólo tenía sitio para unos pocos volúmenes y el trabajo en su
libro se interrumpía a menudo debido a que no disponía de los ejemplares de consulta
necesarios. Además uno de sus compañeros de despacho, un joven serio, tenía la
costumbre de organizar charlas con los alumnos por las tardes y las conversaciones
silbantes e intrincadas que tenían lugar en el otro lado de la estancia le distraían, por
lo que le resultaba difícil concentrarse. Perdió el interés por su libro, su trabajo se
ralentizó y se detuvo. Finalmente se dio cuenta de que aquello se había convertido en
un refugio, un asilo, una excusa para permanecer en el despacho por las noches. Leía
y estudiaba, y por fin llegó a encontrarse suficientemente cómodo, a gusto, e incluso
a sentir un fantasma de su antigua alegría para con lo que hacía, un aprendizaje sin
una finalidad particular.
Y Edith relajó su acoso y su preocupación obsesiva por Grace, por lo que la niña
empezó a sonreírle de nuevo e incluso a hablarle con cierta desenvoltura. Así le
resultaba posible vivir, incluso ser feliz, de vez en cuando.

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9

LA dirección interina del departamento de inglés, asumida por Gordon Finch a la


muerte de Archer Sloane, se renovaba año tras año, hasta que todos los miembros del
departamento se acostumbraron a la anarquía habitual en la que, sin saber cómo, las
clases se asignaban y se impartían, en la que se llevaban a cabo nuevas contrataciones
para la plantilla, en la que, sin saber cómo, se resolvían detalles triviales del
departamento y en la que imperceptiblemente un curso daba paso a otro. Por lo
general se entendía que se nombraría un director permanente tan pronto como
resultase posible nombrar a Finch vicedecano de artes y ciencias, una posición que
ocupaba de facto cuando no estaba en su despacho Josiah Claremont, el cual
amenazaba con no morirse nunca, pese a que ya era raro verle caminando por los
pasillos.
Los miembros del departamento iban a su aire, impartían las clases que habían
dado el año anterior y visitaban los despachos de los demás en los huecos entre las
clases. Sólo al principio de cada semestre mantenían un encuentro formal, en el que
Gordon Finch convocaba una reunión de departamento rutinaria, como también lo
hacía en las ocasiones en que el decano de la facultad de graduados les enviaba
comunicados pidiéndoles que realizaran exámenes orales y de tesis a los estudiantes
de grado que estaban a punto de concluir su trabajo.
Estos exámenes le llevaban tiempo a Stoner. Para su sorpresa empezó a disfrutar
de una modesta popularidad como profesor; tuvo que rechazar a alumnos que querían
cursar su seminario para estudiantes de posgrado sobre tradición latina y literatura
renacentista y sus asignaturas de grado estaban siempre llenas. Algunos alumnos le
pidieron que dirigiera sus tesis y otros que estuviera en sus comités de tesis.
En otoño de 1931 el seminario estaba prácticamente lleno incluso antes de la
inscripción, pues muchos estudiantes lo habían acordado con Stoner al final del año
anterior o durante el verano. Una semana después de que empezara el semestre y de
que se hubiera celebrado una reunión del seminario, un alumno vino al despacho de
Stoner pidiéndole que le permitiese participar en la clase.
Stoner estaba en su mesa con una lista de los alumnos del seminario ante él.
Intentaba decidir tareas del seminario para ellos, lo cual era particularmente difícil ya
que muchos le eran desconocidos. Era una tarde de septiembre y tenía la ventana de
al lado de su escritorio abierta, la fachada del gran edificio estaba a la sombra, por lo
que en el césped que había enfrente se proyectaba la forma nítida del bloque, con su
cúpula semicircular y su tejado irregular oscureciendo el verde y arrastrándose
imperceptiblemente hacia afuera del campus y más allá. Una brisa fresca entraba por
la ventana trayendo el frágil aroma del otoño.
Llamaron a la puerta; se giró hacia el vano abierto y dijo: «Pase».

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Una figura se deslizó desde la oscuridad del pasillo hacia la luz de la habitación.
Stoner parpadeó somnoliento encarando la oscuridad, reconociendo a un alumno que
había visto por los pasillos pero a quien no conocía. Al joven le colgaba rígido el
brazo izquierdo en el costado, y arrastraba el pie izquierdo al caminar. Tenía la cara
pálida y redonda, sus gafas de concha eran circulares y su pelo negro y fino, con la
raya peinada meticulosamente al lado, se le mantenía pegado al cráneo.
«¿Doctor Stoner?», preguntó, con una voz chillona y cortante, hablando con
claridad.
«Sí», dijo Stoner. «¿Quiere sentarse?».
El joven se acomodó en la silla de madera junto a la mesa de Stoner, con la pierna
extendida en línea recta y su mano izquierda, retorcida con el puño semicerrado,
descansando sobre ella. Sonrió, hizo una reverencia con la cabeza y dijo en un
curioso tono de autodesprecio: «Puede que no me conozca, señor, soy Charles
Walker. Estoy en segundo, asisto al Doctor Lomax».
«Sí, señor Walker», dijo Stoner. «¿Qué puedo hacer por usted?».
«Bueno, estoy aquí para pedirle un favor, señor». Walker sonrió de nuevo. «Sé
que su seminario está completo, pero me interesaría mucho participar en él». Hizo
una pausa y dijo sarcástico: «El doctor Lomax sugirió que hablase con usted».
«Ya veo», dijo Stoner. «¿Cuál es su especialidad, señor Walker?».
«Los poetas románticos», dijo Walker. «El doctor Lomax dirigirá mi disertación».
Stoner asintió. «¿Cómo lleva de adelantado su trabajo?».
«Espero acabar en dos años», dijo Walker.
«Bueno, eso hace todo más sencillo», dijo Stoner. «Ofrezco el seminario cada
año. Ahora está tan lleno que ya casi no es un seminario y una persona más sería el
final. ¿Por qué no puede esperar al año que viene si realmente quiere inscribirse en el
curso?».
Los ojos de Walker se apartaron de él. «Bueno, francamente», dijo y lanzó otra
sonrisa, «soy víctima de un malentendido. Todo por mi culpa, por supuesto. No me
percaté de que cada licenciado ha de cursar al menos cuatro seminarios de grado para
licenciarse y yo no cursé ninguno el año pasado. Y como usted sabe, no permiten
inscribirse en más de uno cada semestre. Por eso si me quiero graduar en dos años
tengo que cursar uno este semestre».
Stoner suspiró. «Ya veo. ¿De manera que a usted no le interesa especialmente la
influencia de la tradición latina?».
«Oh, por supuesto que sí, señor. Por supuesto que sí. Me será de gran ayuda en mi
disertación».
«Señor Walker, debería saber que ésta es una clase muy especializada y no animo
a la gente a inscribirse a menos que tenga un interés determinado».
«Sí, señor», dijo Walker. «Le aseguro que yo tengo un interés determinado».

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Stoner asintió. «¿Qué tal su latín?».
Walker sacudió la cabeza. «Oh, muy bien, señor. Aún no he hecho mi examen de
latín, pero lo leo muy bien».
«¿Sabe francés o alemán?».
«Oh, sí, señor. Aunque tampoco de eso me he examinado; espero quitármelos de
en medio a la vez, a final de curso. Pero leo ambos muy bien». Walker hizo una
pausa, luego añadió: «El doctor Lomax dijo que creía que seguramente podría
realizar los trabajos del seminario».
Stoner suspiro. «Muy bien», dijo. «La mayor parte de las lecturas serán en latín,
algunas en francés y alemán, por lo que no será capaz de aprobar sin esto. Le daré
una lista de lecturas y charlaremos sobre su tema del seminario el próximo miércoles
por la tarde».
Walker le dio las gracias efusivamente y se levantó de la silla con alguna
dificultad. «Me pondré con las lecturas», dijo. «Estoy seguro de que no se arrepentirá
de aceptarme en su clase, señor».
Stoner le miró con lánguida sorpresa. «La cuestión no se me ha ocurrido a mí,
señor Walker», dijo con sequedad. «Le veré el miércoles».
El seminario se desarrollaba en una pequeña clase en el sótano del ala sur del
edificio Jesse Hall. Las paredes de cemento despedían un olor húmedo aunque no
desagradable y las pisadas resonaban como huecos suspiros sobre el desnudo suelo de
cemento. Una única luz colgaba del techo en el centro de la estancia, alumbrando en
vertical de manera que los que estaban sentados en los escritorios del centro de la
clase recibían un haz de luminosidad, mientras que las paredes permanecían gris
oscuro y las esquinas prácticamente negras, como si el liso cemento sin pintar
sorbiera la luz que fluía desde el techo.
Aquel segundo miércoles del seminario William Stoner llegó a clase unos
minutos tarde, saludó a los alumnos y comenzó a colocar sus libros y papeles sobre el
pequeño y bajo escritorio de roble barnizado que había en el centro, frente a una
pizarra. Echó un vistazo al pequeño grupo disperso por la clase. Conocía a algunos,
dos de ellos eran candidatos a licenciarse cuyo trabajo dirigía, otros cuatro eran
diplomados del departamento que habían realizado trabajos de grado con él; del resto,
tres eran estudiantes de posgrado de lenguas modernas, uno era un estudiante de
filosofía que estaba trabajando en su disertación sobre los escolásticos, otra era una
mujer mayor de mediana edad, profesora de secundaria que intentaba diplomarse
durante su año sabático y la última era una joven de cabello oscuro, una nueva
docente del departamento que se había puesto a trabajar durante dos años mientras
terminaba una disertación que había empezado tras completar las asignaturas en una
universidad del Este. Había preguntado a Stoner si podía asistir como oyente al
seminario y él había aceptado. Charles Walker no estaba en el grupo. Stoner esperó

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un momento más, barajando sus papeles, después se aclaró la garganta y comenzó
con la clase.
«En nuestro primer encuentro discutimos el alcance de este seminario y
decidimos que nuestro estudio debería limitarse a la tradición latina medieval sobre
las tres primeras de las siete artes humanísticas. Esto es, gramática, retórica y
dialéctica». Hizo una pausa y observó los rostros —indecisos, curiosos y como
enmascarados— atentos a él y a lo que decía.
«Semejante límite quizá les parezca exageradamente riguroso a algunos de
ustedes, pero no dudo de que encontraremos lo suficiente como para mantenernos
ocupados incluso aunque sólo lleguemos a explorar superficialmente las pistas del
trívium hasta el siglo dieciséis. Es importante que nos demos cuenta de que estas
artes de retórica, gramática y dialéctica significaban para el hombre bajomedieval y
del renacimiento inicial algo que nosotros sólo podemos presentir hoy tenuemente,
prescindiendo de un ejercicio de imaginación histórica. Para uno de aquellos
escolásticos, el arte de la gramática, por ejemplo, no era una mera disposición
mecánica de las partes del discurso. Desde los últimos tiempos helenísticos hasta la
Edad Media, el estudio y la práctica de la gramática incluía no sólo la ‘habilidad con
las letras’ mencionada por Plauto y Aristóteles, sino también —y esto adquirió
enorme importancia— el estudio de la lírica y sus exitosas técnicas, una exégesis de
la lírica tanto en forma como en sustancia, y en exquisitez de estilo, en la medida en
la que puede ser distinguida de la retórica».
Estaba tanteando la asignatura y era consciente de que algunos de sus alumnos se
habían inclinado hacia delante y habían dejado de tomar notas. Continuó: «Y más, si
a nosotros en el siglo veinte se nos pregunta cuál de estas tres artes es la más
importante, puede que elijamos la dialéctica, o la retórica… pero sería muy extraño
que escogiéramos la gramática. Pero el escolástico romano y medieval —y el poeta—
casi con toda seguridad consideraría la gramática la más importante. Debemos
recordar…».
Un fuerte ruido le interrumpió. La puerta se había abierto y Charles Walker entró
en el aula. Al cerrar la puerta los libros que llevaba bajo el brazo lisiado se le habían
escurrido y se habían estrellado contra el suelo. Se inclinó con torpeza, con su pierna
mala extendida, y lentamente fue recogiendo sus libros y papeles. Luego se enderezó
y se deslizó por la estancia. El roce de sus pies sobre el cemento liso causaba un
bufido chirriante y alto que resonaba silbante y aislado en el aula. Llegó hasta una
silla en la primera fila y se sentó.
Después de que Walker se hubiera puesto cómodo y hubiera ordenado sus libros y
papeles sobre su silla escritorio, Stoner continuó: «Debemos recordar que la
concepción medieval de la gramática era más general que la del último periodo
helenístico o la romana. No sólo incluía la ciencia de pronunciar discursos

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correctamente y el arte de la exégesis, incluía a su vez las concepciones modernas de
analogía, etimología, métodos de presentación, construcción, la condición de licencia
poética y las excepciones a dicha condición, e incluso el lenguaje metafórico de las
figuras retóricas».
Mientras continuaba detallando las categorías de la gramática que había
enumerado, la mirada de Stoner aleteaba por la clase; se daba cuenta de que los había
perdido tras la entrada de Walker y sabía que pasaría algún tiempo antes de que
pudiera sacarlos de nuevo de su ensimismamiento. Una y otra vez la vista curiosa se
le iba hacia Walker quien, después de haber estado tomando notas furiosamente
durante un rato, había dejado que el lápiz reposara sobre el cuaderno mientras
observaba a Stoner ceñudo y confuso. Finalmente la mano de Walker se disparó,
Stoner acabó la frase que había empezado y le asintió.
«Señor», dijo Walker, «perdóneme, pero no lo entiendo. ¿Qué tiene que ver la…»
hizo una pausa y dejó que su boca se recreara en la palabra, «… gramática con la
poesía? Esencialmente quiero decir. Poesía de verdad».
Stoner dijo amablemente: «Como expliqué antes de que entrara, señor Walker, el
término ‘gramática’ tanto para los retóricos romanos como medievales tenía un
significado mucho más extenso que el que tiene hoy. Para ellos, quería decir…». Se
detuvo, dándose cuenta de que iba a repetir la primera parte de su clase; notaba a los
alumnos revolviéndose con inquietud. «Creo que esta relación se le presentará con
mayor claridad según avancemos ya que veremos hasta qué extremo los poetas y
dramaturgos, incluso del Renacimiento medio y tardío, están en deuda con los
retóricos latinos».
«¿Todos ellos, señor?». Walker sonrió y se inclinó hacia atrás en la silla. «¿No fue
Samuel Johnson quien dijo del mismo Shakespeare que tenía poco de latino y menos
de griego?».
Mientras las risas reprimidas alborotaban la clase, Stoner sintió que le invadía
algo parecido a la compasión. «Quiere usted decir Ben Jonson, naturalmente».
Walker se quitó las gafas y las limpió, pestañeando incesantemente. «Por
supuesto», dijo. «Un lapsus linguae».
Pese a que Walker le interrumpió varias veces, Stoner se las arregló para dar su
clase sin graves dificultades y logró asignar los primeros trabajos. Dejó salir al
seminario media hora antes y abandonaba apresuradamente la clase cuando vio a
Walker arrastrándose hacia él con una sonrisa petrificada en la cara. Ascendió con
estrépito las escaleras de madera del sótano y subió de dos en dos las escaleras de
mármol pulido que conducían a la segunda planta. Tenía la extraña sensación de que
Walker le perseguía a hurtadillas, que intentaba adelantarle en su huida, le embargó
una repentina oleada de bochorno y culpa.
En el tercer piso fue directamente a la oficina de Lomax. Lomax estaba reunido

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con un alumno. Stoner asomó la cabeza por al puerta y dijo: «Holly, ¿puedo verte un
momento cuando hayas acabado?».
Lomax le saludó afablemente. «Entra. Estamos terminando».
Stoner entró y fingió examinar las filas de libros forrados mientras Lomax y el
alumno decían las últimas palabras. Cuando el alumno se marchó, Stoner se sentó en
la silla que había quedado vacía. Lomax le miró interrogativamente.
«Es sobre un alumno», dijo Stoner. «Charles Walker. Me dijo que tú le habías
enviado a mí».
Lomax unió las yemas de los dedos y las observaba mientras asentía. «Sí. Creo
que le sugerí que le sería de provecho tu seminario —¿de qué trata?—, sobre
tradición latina».
«¿Qué me puedes contar de él?».
Lomax levantó la vista de las manos y miró al techo, su labio inferior sobresalía
con gravedad. «Un buen estudiante. Un estudiante superior, puedo decir. Está
trabajando en una disertación sobre Shelley y el ideal helenístico. Promete ser
brillante, realmente brillante. No será lo que algunos llaman —vaciló delicadamente
al pronunciar— estable, pero es de lo más imaginativo. ¿Tienes alguna razón
concreta para preguntar?».
«Sí», dijo Stoner. «Hoy se comportó como un imbécil en el seminario. Sólo me
preguntaba si debería prestar mucha atención a esa circunstancia».
La afabilidad inicial de Lomax había desaparecido y la más familiar máscara de
ironía se había deslizado sobre él. «Ah, sí», dijo con una sonrisa fría. «La ineptitud y
la tontería de la juventud. Walker es, por razones que comprenderás, de una timidez
insólita y por lo tanto tiende a estar a la defensiva y a ser algo displicente. Como
todos, tiene sus problemas, pero su erudición y su habilidad crítica no deben, espero,
ser juzgadas a la luz de sus comprensibles alteraciones psíquicas». Miró directamente
a Stoner y le dijo con malévola jovialidad: «Como habrás notado es inválido».
«Puede que sea eso», dijo Stoner pensativo. Suspiró y se levantó de la silla.
«Supongo que es muy pronto para que me preocupe. Sólo quería hablarlo contigo».
De repente la voz de Lomax se tensó y casi que tembló de rabia contenida. «Te
darás cuenta de que es un estudiante superior. Te lo aseguro, te darás cuenta de que es
un estudiante excelente».
Stoner le miró un momento, frunciendo el ceño perplejo. Luego asintió y salió del
despacho.

El seminario se reunía semanalmente. Durante los primeros encuentros Walker


interrumpía la clase con preguntas y comentarios tan radicalmente alejados del tema
que Stoner prácticamente no sabía cómo encararlos. Pronto las preguntas y
declaraciones de Walker eran recibidas con risa o ignoradas sarcásticamente por los
propios alumnos. Al cabo de unas semanas ya no decía nada pero se sentaba con una

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indignación pétrea y aire de integridad ultrajada mientras el seminario bullía a su
alrededor. Sería divertido, pensaba Stoner, si no hubiera algo tan descarnado en la
indignación y resentimiento de Walker.
Pese a Walker, fue un seminario exitoso, una de las mejores clases que Stoner
había tenido nunca. Casi desde el principio los objetivos de la asignatura sedujeron a
los alumnos y todos tenían la sensación de descubrimiento que se alcanza cuando se
intuye que la asignatura a tratar se aloja en el seno de una asignatura de más amplio
espectro y cuando alguien percibe en lo más hondo que el objetivo de la asignatura
quizá conduce a otro objetivo impreciso. El seminario se organizó solo y los alumnos
se implicaron tanto que el mismo Stoner se convirtió simplemente en uno más,
investigando con tanta diligencia como ellos. Incluso la oyente —la joven profesora
que estaba en Columbia mientras terminaba su disertación— le preguntó si podía
trabajar en un tema del seminario. Pensaba que había encontrado algo que podría ser
de utilidad al resto. Se llamaba Katherine Driscoll y tenía veintitantos años. Stoner no
le había prestado mucha atención hasta que le comentó al final de clase lo del trabajo
y le preguntó si estaría dispuesto a leer su disertación cuando estuviera acabada. Le
dijo que su trabajo sería bienvenido y que estaría encantado de leerlo.
Los trabajos del seminario se programaron para la segunda mitad del semestre,
tras las vacaciones navideñas. El trabajo de Walker sobre Helenismo y la tradición
latina medieval estaba previsto para antes de ese periodo pero él siempre lo retrasaba,
explicándole a Stoner las dificultades que tenía para obtener los libros que necesitaba,
los cuales no estaban disponibles en la biblioteca de la universidad.
Se entendía que la señorita Driscoll, siendo oyente, entregaría su trabajo después
de que los estudiantes oficiales hubieran entregado los suyos, pero el último día de
plazo que había fijado Stoner para los trabajos del seminario, dos semanas antes del
fin del semestre, de nuevo Walker le pidió una semana más. Había estado enfermo, le
habían estado doliendo los ojos y un libro crucial del préstamo interbibliotecario
faltaba por llegar. De manera que la señorita Driscoll presentó su trabajo el día que
había dejado libre Walker.
Su trabajo llevaba por título «Donato y la tragedia renacentista». Se centraba en el
uso de Shakespeare de la tradición donática, una tradición que había persistido en las
gramáticas y manuales durante la Edad Media. Al poco de comenzar Stoner sabía que
su trabajo iba a ser bueno y escuchaba con una agitación que hacía mucho no
experimentaba. Cuando terminó, y la clase lo hubo discutido, la detuvo un rato
mientras el resto abandonaba la clase.
«Señorita Driscoll, sólo quería decir…». Hizo una pausa y por un instante le
invadió un acceso de extrañeza y conciencia de sí mismo. Ella le miraba
inquisitivamente con sus grandes ojos negros, su rostro parecía muy blanco en
contraste con el severo marco negro de su cabello, ceñido y recogido en un pequeño

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moño. Continuó: «sólo quería decirle que su trabajo ha sido la mejor exposición que
conozco sobre el tema y le estoy agradecido por presentarse voluntaria para
realizarlo».
Ella no respondió. Su expresión no cambió, pero Stoner pensó por un momento
que estaba contrariada, algo feroz centelleaba tras sus ojos. Entonces se sonrojó
profusamente y agachó la cabeza —Stoner no sabía si por enfado ante el
reconocimiento— y se alejó a toda prisa de él. Stoner salió lentamente del aula,
inquieto y perplejo, temeroso de que su desatino la hubiese ofendido de algún modo.
Le había advertido a Walker tan amablemente como pudo, de que tendría que
presentar su trabajo el miércoles siguiente si quería aprobar el curso. Como cabía
esperar, repitió las múltiples situaciones y dificultades que le habían retrasado y le
aseguró a Stoner que no tenía de qué preocuparse, que su trabajo estaba casi
terminado.
Aquel último viernes Stoner se entretuvo algunos minutos en su despacho con un
alumno desesperado que quería asegurarse un aprobado en el trabajo de segundo
curso para no verse expulsado de su hermandad. Stoner se apresuró escaleras abajo y
entró en el aula seminaria del sótano casi sin aliento; se encontró con Charles Walker
sentado en su escritorio, mirando sombrío y con impaciencia al pequeño grupo de
alumnos. Parecía que estaba inmerso en alguna fantasía privada suya. Se giró hacia
Stoner y le miró altivo, como un profesor acallando a un estudiante novato. Entonces
la expresión de Walker se quebró y dijo: «Estábamos a punto de empezar sin usted»,
se detuvo justo al final, dibujó una sonrisa en su rostro, meneó la cabeza y añadió,
para que Stoner supiera que estaba de broma, «señor».
Stoner le miró un momento y luego se volvió hacia la clase. «Siento haber llegado
tarde. Como saben, el señor Walker va a exponer hoy su trabajo de seminario basado
en el tema El helenismo y la tradición latina medieval» y se sentó en la primera fila
junto a Katherine Driscoll.
Charles Walker manoseó durante un rato el fajo de papeles sobre el escritorio y
dejó que sobre su rostro se asentara una expresión de lejanía. Dio un golpecito con el
dedo índice en su manuscrito y miró hacia la esquina de la clase que estaba más
alejada de Stoner y Katherine Driscoll, como si estuviese esperando algo. Luego,
echando un vistazo de cuando en cuando al montón de papeles del escritorio,
comenzó.
«Enfrentándonos como estamos al misterio de la literatura y a su poder
inenarrable, nos compete descubrir la fuente del poder y del misterio. Y a pesar de
ello, y finalmente, ¿de qué nos sirve? El trabajo literario arroja sobre nosotros un
profundo velo que no podemos sondear. Y ante él sólo nos entusiasmamos, sin poder
evitarlo. ¿Quién tendría el valor de alzar ese velo para descubrir lo inefable, para
alcanzar lo inalcanzable? Los más fuertes de nosotros no somos sino débiles

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enclenques, campanillas tintineantes y charanga sonora ante el misterio eterno».
Su voz se alzaba y caía, sacaba la mano derecha con los dedos enroscados y
suplicantes hacia arriba, y su cuerpo se balanceaba al ritmo de sus palabras. Enfocaba
los ojos ligeramente hacia lo alto como haciendo una invocación. Había algo
familiarmente grotesco en lo que decía y hacía. Y de repente Stoner supo lo que era.
Era Hollis Lomax, o, mejor, una vulgar caricatura, no de desprecio o antipatía, sino
de respeto y amor.
La voz de Walker descendió al nivel de conversación y se dirigió a la pared del
fondo del aula en un tono apacible y de razonamiento regular. «Recientemente hemos
escuchado una exposición que, dentro de la comunidad académica, debe ser
reconocida por su enorme excelencia. Estos comentarios que siguen no son
comentarios personales. Quiero ilustrarlo con un ejemplo. Hemos escuchado, en
dicha exposición, una versión que pretende ser explicación del misterio y los vuelos
líricos del arte shakesperiano. Bueno, yo les digo…», y apuntó con el dedo índice a
su público, como si quisiera atravesarlo. «Yo les digo que no es verdad». Se reclinó
en la silla y consultó los papeles del escritorio. «Nos piden que creamos que ese
Donato —un críptico gramático romano del siglo cuarto antes de Cristo—, nos piden
que creamos que aquel hombre, un pedante, tenía poder suficiente como para influir
en el trabajo de uno de los más grandes genios de toda la historia del arte. ¿No
podemos recelar, a la vista de los hechos, de una teoría así? ¿No debemos recelar de
ella?».
La ira, simple y apagada, crecía en Stoner, aplastando el sentimiento complejo
que había tenido al principio de la exposición. Su impulso inmediato fue levantarse
para cortar por lo sano la farsa que se estaba desarrollando. Sabía que si no detenía a
Walker enseguida tendría que dejarle continuar con cuanto deseara decir. Ladeó un
poco la cabeza para ver la cara de Katherine Driscoll; estaba serena y sin otra
expresión que un interés cortés e imparcial. Sus ojos oscuros miraban a Walker con
una despreocupación que era próxima al tedio. Stoner la expió durante unos instantes
y se encontró preguntándose qué estaría sintiendo ella y qué desearía que él hiciera.
Cuando finalmente retiró su mirada, se dio cuenta de que la decisión estaba tomada.
Había esperado demasiado rato para interrumpir y Walker ya se estaba abalanzando
impetuosamente sobre lo que tenía que decir.
«… el edificio monumental que es la literatura renacentista, ese edificio que es la
piedra angular sobre la que se levanta la gran poesía del siglo diecinueve. La cuestión
a demostrar, consustancial al aburrido ejercicio de erudición para distinguirlo de la
crítica, también brilla lamentablemente por su ausencia. ¿Qué prueba se nos ofrece
de que Shakespeare se negase a leer a este críptico gramático romano? Debemos
recordar que fue Ben Jonson», titubeó un breve instante, «fue el propio Ben Jonson,
contemporáneo y amigo de Shakespeare, quien dijo que éste tenía poco de latino y

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menos de griego. Y ciertamente Jonson, que idealizó a Shakespeare más allá de la
idolatría, no le imputaba a su gran amigo ninguna falta. Al contrario, deseaba sugerir,
como yo, que el vuelo lírico de Shakespeare no es atribuible a un trabajo elucubrador
sino a un genio natural y supremo que domina y hace ley. Al contrario que otros
poetas menores, Shakespeare no había nacido para ruborizarse a escondidas y
malgastar su dulzura en el aire desierto, tomando parte de esa misteriosa fuente a la
que todos los poetas acuden para su sustento. ¿Qué necesidad tenía el bardo inmortal
de esas normas atrofiantes que encontramos en una simple gramática?, ¿qué
significaría Donato para él, incluso si lo hubiera leído? Genio, único y con su propia
ley, no necesita los apoyos de esa tradición tal y como se nos ha descrito, tanto si es
genéricamente latina o donatiana o la que sea. Genio, volando y libre, debe…».
Una vez se hubo resignado a su ira, Stoner se percató de que le sobrevolaba una
admiración renuente y perversa. A pesar de lo florido e impreciso, los poderes
retóricos y de invención de aquel hombre eran desgraciadamente impresionantes y
pese a lo grotesco su presencia era real. Había algo frío, calculador y acechante en sus
ojos, algo innecesariamente perentorio aunque también desesperadamente cauto.
Stoner advirtió que estaba ante un engaño tan colosal y descarado que no disponía de
herramientas adecuadas para enfrentarse a ello.
Porque estaba claro, incluso para los alumnos más despistados de la clase, que
Walker estaba inmerso en una actuación enteramente improvisada. Stoner dudaba de
que hubiera sabido lo que iba a decir hasta que estuvo sentado a la mesa ante la clase
y miró a los alumnos con sus modos fríos e imperiosos. Se hizo evidente que el fajo
de papeles de encima de la mesa era sólo un montón de papeles. Según se fue
calentando ni siquiera los miraba para disimular y, hacia el final de su exposición
presa de la excitación y la vehemencia los apartó de sí.
Habló casi una hora. Hacia el final los otros alumnos del seminario se miraban
con preocupación unos a otros, casi como si estuvieran en peligro, como si estuvieran
barajando una huida. Disimuladamente evitaban mirar a Stoner y a la joven sentada
impasible junto a él. De pronto, como si hubiese advertido la inquietud, Walker puso
fin a su charla, se reclinó en la silla del escritorio y sonrió triunfante.
En el momento en el que Walker dejó de hablar, Stoner se puso de pie y dio por
concluida la clase. Aunque no se diese cuenta en aquel momento, lo hizo por una
vaga consideración hacia Walker, para que nadie tuviera ocasión de comentar lo que
había dicho. A continuación Stoner se dirigió al escritorio donde estaba Walker y le
pidió que se quedara un momento. Como si su cabeza estuviera en otro lugar, Walker
asintió distante. Stoner se giró entonces y siguió a algunos alumnos rezagados fuera
de la clase hacia el pasillo. Vio a Katherine Driscoll alejándose, caminando sola por
el pasillo. La llamo y cuando se detuvo, se acercó a ella y se le plantó delante. Y
mientras le hablaba sintió de nuevo la extrañeza que le había sobrevenido cuando la

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semana anterior, la había felicitado por su trabajo.
«Señorita Driscoll, yo… lo siento. Fue de verdad muy injusto. Pienso que en
parte soy responsable. Tal vez debería haberlo detenido».
No respondió, ni ninguna expresión se adivinó en su rostro; le miró como había
mirado a Walker.
«De todos modos», prosiguió, aún con más extrañeza «lamento que la atacara».
Y entonces ella sonrió. Fue una sonrisa tenue que partía de sus ojos y tiraba de
sus labios hasta que su rostro se llenó con un deleite radiante, secreto e íntimo. A
Stoner casi le echó hacia atrás aquel repentino e involuntario calor.
«Oh, no era por mí», dijo, un pequeño tremor de risa contenida le daba timbre a
su débil voz. «No era para nada por mí. Era a usted al que atacaba. Yo poco tenía que
ver».
Stoner sintió alzarse un muro de arrepentimiento y preocupación que desconocía.
El alivio que sintió fue casi físico, y se notaba ligero de pies y un poco aturdido. Se
rió.
«Por supuesto», dijo. «Por supuesto, es cierto».
La sonrisa se desdibujó de la cara de ella y le miró con gravedad un instante más.
Luego meneó la cabeza, se dio la vuelta y continuó caminando por el pasillo. Su
cuerpo era delgado y esbelto y se conducía con modestia. Stoner se quedó mirando al
pasillo unos instantes después de que hubiera desaparecido. Luego suspiró y regresó
al aula donde Walker esperaba.
Walker no se había movido del escritorio. Miraba a Stoner y sonreía, con una
expresión en la que había una rara mezcla de servilismo y arrogancia. Stoner se sentó
en la silla que había dejado vacía unos minutos antes y miró a Walker con curiosidad.
«¿Sí, señor?», dijo Walker.
«¿Tiene alguna explicación?», preguntó Stoner con tranquilidad.
Una mirada de sorpresa y agravio apareció sobre el redondo rostro de Walker.
«¿Qué quiere decir, señor?».
«Señor Walker, por favor», dijo Stoner fatigosamente. «Ha sido un día largo, y
ambos estamos cansados. ¿Tiene usted alguna explicación para su actuación de esta
tarde?».
«Esté seguro, señor, de que no tenía intención ofensiva». Se quitó las gafas y las
limpió con rapidez. De nuevo Stoner estaba atrapado por la desnuda vulnerabilidad
de su rostro. «Dije que mis comentarios no eran personales. Si he molestado a
alguien, estaré encantado de explicárselo a la señorita…».
«Señor Walker», dijo Stoner. «Sabe que la cuestión no es ésa».
«¿Se le ha quejado la señorita?», preguntó Walker. Le temblaban los dedos y se
puso de nuevo las gafas. Con ellas puestas, su expresión adquirió un matiz de enfado.
«En realidad, señor, las quejas de una alumna que se haya sentido herida no

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deberían…».
«¡Señor Walker!», Stoner oyó su voz perdiendo un poco el control. Respiró
hondo. «Esto no tiene nada que ver con la señorita, ni conmigo mismo, ni con nada
excepto con su actuación. Y todavía espero la explicación que tenga que ofrecer».
«Entonces me temo que no entiendo nada, señor. A no ser…».
«¿A no ser qué, señor Walker?».
«A no ser que esto sea simplemente una cuestión de desacuerdo», dijo Walker.
«Me doy cuenta de que mis ideas no coinciden con las suyas, pero siempre pensé que
el desacuerdo era saludable. Asumía que era lo bastante mayor como para…».
«No permitiré que esquive el asunto», dijo Stoner. Su voz era fría y uniforme.
«Venga. ¿Cuál fue el tema del seminario que se le asignó?».
«Está enfadado», dijo Walker.
«Sí, estoy enfadado. ¿Cuál fue el tema del seminario que se le asignó?».
Walker se puso ceremoniosamente formal y educado. «Mi tema era Helenismo y
la tradición latina medieval, señor».
«¿Y cuándo terminó ese trabajo, señor Walker?».
«Hace dos días. Como le dije lo tenía casi terminado hace un par de semanas,
pero un libro que me tenía que llegar a través del préstamo interbibliotecario no vino
hasta…».
«Señor Walker, si su trabajo estaba casi terminado hace dos semanas, ¿cómo ha
podido basarlo íntegramente en la exposición que la señorita Driscoll hizo hace una
semana?».
«Realicé alguno cambios, señor, en el último momento». Su voz se cargó de
ironía. «Asumí que era permisible. Y me salí del guión de vez en cuando. Me fijé en
que otros alumnos hacían lo mismo y pensé que también se me permitiría ese
privilegio».
Stoner contuvo un impulso casi histérico de reírse. «Señor Walker, ¿me puede
explicar qué tiene que ver su ataque a la exposición de la señorita Driscoll con la
pervivencia del helenismo en la tradición latina medieval?».
«Abordé el tema de manera indirecta, señor», dijo Walker. «Pensé que se nos
permitía cierto margen en el desarrollo de los conceptos».
Stoner calló un instante. Luego dijo con desgana: «Señor Walker, no me gusta
tener que suspender a un alumno. Y especialmente no me gusta tener que suspender a
uno al que tan sólo se le han ido las cosas de las manos».
«¡Señor!», dijo Walker indignado.
«Aunque usted me está poniendo muy difícil no hacerlo. Ahora, me parece que
hay sólo unas pocas alternativas. Puedo dejarle la nota pendiente, entendiendo que
usted hará una exposición satisfactoria sobre el tema asignado en el plazo de tres
semanas».

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«Pero señor», dijo Walker. «Ya he hecho mi exposición. Si acepto hacer otra
estaré admitiendo… admitiré…».
«Muy bien», dijo Stoner. «En ese caso, si usted me entrega el manuscrito del
que… se desvió esta tarde, veré si algo puede salvarse».
«Señor», gritó Walker. «No estoy seguro de querer desprenderme de él ahora
mismo. El borrador es demasiado provisional».
Con un malestar severo e incontrolable, Stoner continuó: «No pasa nada. Seré
capaz de encontrar lo que quiero saber».
Walker le miró astutamente. «Dígame, señor, ¿le ha pedido a alguien más que le
entregue el manuscrito?».
«No lo he hecho», dijo Stoner.
«Entonces», dijo Walker triunfante, casi feliz, «debo rechazar el entregarle mi
manuscrito por principio. A menos que pida que todo el mundo le entregue el suyo».
Stoner le escrutó un instante. «Muy bien, señor Walker. Ha tomado usted su
decisión. Así se queda».
Walker dijo: «¿Qué se entiende entonces, señor?, ¿qué puedo esperar de este
curso?».
Stoner se rió brevemente. «Señor Walker, me sorprende usted. Por supuesto
obtendrá un suspenso».
Walker intentó alargar su rostro redondo. Con la amarga paciencia de un mártir
dijo: «Ya veo. Muy bien, señor. Uno debe estar preparado para sufrir por las propias
convicciones».
«Y por la propia pereza, deshonestidad e ignorancia», dijo Stoner. «Señor Walker,
me parece casi superfluo decirle esto, pero le aconsejaría enérgicamente que
reconsiderase su postura al respecto. Me pregunto seriamente si el programa
académico es su lugar».
Por primera vez la emoción de Walker pareció genuina. Su cólera le confería algo
parecido a la dignidad. «Señor Stoner, ¡va usted demasiado lejos! No piensa lo que
dice».
«Estoy completamente seguro de ello», dijo Stoner.
Durante un momento Walker se quedó callado, mirando a Stoner pensativo.
Luego dijo: «Estaba dispuesto a aceptar la nota que me diera. Pero debe darse cuenta
de que no puedo permitir esto. ¡Usted cuestiona mi competencia!».
«Sí, señor Walker», dijo Stoner sin energía. Se levantó de la silla. «Ahora, con su
permiso…». Se dirigió hacia la puerta.
Pero le detuvo el sonido de su nombre voceado. Se dio la vuelta. El rostro de
Walker estaba intensamente rojo, la piel hinchada de tal manera que los ojos parecían
pequeños puntos tras las gafas. «Señor Stoner», volvió a gritar. «¡Este asunto no va a
terminar así, créame, no va a terminar así!».

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Stoner le miró apático, indiferente. Asintió distraído, se dio media vuelta y salió
al pasillo. Le pesaban los pies y los arrastraba por el desnudo suelo de cemento.
Estaba perdiendo la sensibilidad y se sentía muy viejo y cansado.

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10

Y no terminó así.
Entregó las notas el lunes siguiente al viernes en el que acababa el curso. Era la
parte de la enseñanza que más le desagradaba y siempre se la quitaba de en medio en
cuanto podía. Suspendió a Walker y no pensó más en el asunto. Pasó la mayor parte
de la semana entre ambos semestres leyendo los primeros borradores de dos tesis
preparadas para su presentación final en primavera. Estaban torpemente escritas y le
exigían mucha atención. El incidente con Walker desapareció de su mente.
Pero dos semanas después de que empezara el segundo semestre se lo recordaron.
Encontró una mañana en su casillero una nota de Gordon Finch pidiéndole que se
pasara por su oficina cuando pudiera para charlar.
La amistad entre Gordon Finch y William Stoner había llegado a un punto al que
llegan todas estas relaciones si se mantienen lo suficiente: era informal, profunda y
tan sigilosamente íntima que era casi impersonal. Rara vez se veían para pasar un rato
juntos, a pesar de que Caroline Finch llamaba de vez en cuando a Edith. Mientras
hablaban recordaban sus años de juventud y cada uno pensaba en el otro como si
hubiera sido en otra época.
A su mediana edad, Finch tenía el porte ligeramente erguido del que intenta a toda
costa mantener el control de su peso. Su rostro era fuerte y aún sin arrugas, aunque
los carrillos se le empezaban a descolgar y la carne se le amontonaba en pliegues en
la parte posterior del cuello. Su cabello era muy fino y se lo había empezado a peinar
de manera que no se le notara la calvicie.
En la tarde en la que Stoner pasó por su oficina hablaron informalmente durante
un rato de sus familias. Finch mantuvo la convencional ficción de que el matrimonio
de Stoner era normal y Stoner manifestó la convencional incredulidad de que Gordon
y Caroline pudieran ser ya padres de dos niños, el menor de los cuales iba a la
guardería.
Tras intercambiar esos gestos automáticos que hablaban de su informal intimidad,
Finch miró por la ventana distraídamente y dijo: «Entonces, ¿qué era de lo que te
quería hablar? Oh, sí. El vicedecano de la facultad de posgrados… ha pensado, que
como somos amigos, tenía que mencionártelo. Nada importante». Miró un apunte de
su libro de notas. «Es sólo un alumno ofendido que opina que se le ha fastidiado en
una de tus clases del pasado semestre».
«Walker», dijo Stoner. «Charles Walker».
Finch asintió. «Ése es. ¿Qué ha pasado con él?».
Stoner se encogió de hombros. «Lo más que puedo decir es que no completó
ninguna de las lecturas asignadas… fue en mi seminario sobre tradición latina. Trató
de falsear su trabajo final y cuando le di la oportunidad de hacer otro o bien entregar

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una copia de su trabajo, la rechazó. No tuve más alternativa que suspenderlo».
Finch asintió de nuevo. «Me figuraba que era algo así. Dios sabe que desearía que
no me hicieran perder el tiempo con asuntos de este tipo, pero ha de comprobarse,
más por tu protección que por otra cosa».
Stoner preguntó: «¿Existe alguna dificultad especial en esto?».
«No, no», dijo Finch. «Para nada. Sólo una queja. Sabes cómo son esas cosas. De
hecho, Walker sacó un suficiente en la primera asignatura que cursó aquí como
estudiante graduado; podría ser expulsado del curso ahora mismo si quisiéramos.
Pero creo que más o menos hemos decidido dejarle hacer los exámenes orales
preliminares el mes que viene y ver qué pasa. Siento tener que molestarte por esto».
Hablaron un rato sobre otros asuntos y después, justo cuando Stoner estaba a
punto de irse, Finch le detuvo brevemente.
«Oh, hay algo más que quería mencionarte. El presidente del consejo por fin ha
decidido que se tiene que hacer algo acerca de lo de Claremont. Por lo que supongo
que a principios del año que viene seré vicedecano de artes y ciencias…
oficialmente».
«Me alegro Gordon», dijo Stoner. «Ya era hora».
«Así que eso significa que tendremos nuevo jefe de departamento. ¿Tienes algo
en mente?».
«No», dijo Stoner, «la verdad es que no he pensado en ello en absoluto».
«Podríamos salir del departamento y traer a alguien nuevo o podríamos nombrar a
alguien de los que hay ahora jefe de departamento. Lo que intento averiguar es, si
escogiéramos a alguien del departamento… Bueno, ¿a ti te interesa el trabajo?».
Stoner se lo pensó un momento. «No había pensado en ello, pero no. No, no creo
que quisiera».
El alivio de Finch fue tan notorio que Stoner sonrió. «Bien. No creí que quisieras.
Supondría un montón de mierda. Entretenimiento y alternar y…». Desvió la vista de
Stoner. «Sé que no te interesan ese tipo de cosas. Pero desde que el viejo Sloane
muriera y desde que Huggins y, cómo se llama, Cooper, se jubilaran el año pasado, tú
eres el más veterano del departamento. Pero si no forma parte de tus ambiciones,
entonces…».
«No», dijo Stoner definitivamente. «Probablemente sería un jefe pésimo. Ni me
esperaba ni querría ese nombramiento».
«Bien», dijo Finch. «Bien. Eso simplifica mucho las cosas».
Se despidieron y Stoner no volvió a pensar en la conversación durante algún
tiempo.

Los exámenes orales preliminares de Charles Walker serían a mediados de marzo.


Para sorpresa de Stoner, recibió un mensaje de Finch informándole de que él sería
uno de los tres miembros del comité encargado de examinarle. Recordó a Finch que

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él había suspendido a Walker y que éste se había tomado el suspenso como algo
personal y pidió ser exonerado de esta tarea.
«Regulaciones», respondió Finch con un suspiro. «Sabes cómo es esto. El comité
está formado por el tutor del candidato, un profesor que le haya tenido en un
seminario de posgrado y otro de fuera de su campo de especialización. Lomax es el
tutor, tú eres el único con el que ha cursado un seminario de posgrado y he elegido al
nuevo, Jim Holland, para que sea el ajeno a su especialización. El decano Rutherford
de la facultad de posgrado y yo estaremos presentes ex officio. Intentaré que sea lo
menos doloroso posible».
Pero era una experiencia en la que no se podía evitar el dolor. Pese a que Stoner
deseaba hacer las menos preguntas posibles, las normas que regían los exámenes
orales preliminares eran inflexibles, cada profesor disponía de cuarenta y cinco
minutos para preguntar al candidato cualquier cuestión que deseara, aunque era
normal que otros profesores se sumaran.
La tarde prevista para el examen, Stoner llegó deliberadamente tarde al aula del
seminario de la tercera planta del Jesse Hall. Walker estaba sentado al otro extremo
de una mesa larga y pulida, los cuatro examinadores ya estaban presentes —Finch,
Lomax, el nuevo, Holland y Henry Rutherford— dispuestos en una mesa ante él.
Stoner cerró la puerta y tomó asiento al final de la mesa frente a Walker. Finch y
Holland le saludaron con la cabeza, Lomax se hundió en la silla, miró al frente,
tamborileando con los dedos, blancos y largos, sobre la superficie espejeada de la
mesa. Walker miraba desde el otro lado, con la cabeza firme y alta en posición de frío
desdén.
Rutherford se aclaró la garganta. «Ah, señor…», consultó una hoja de papel que
tenía enfrente, «señor Stoner». Rutherford era un hombre más bien delgado, canoso y
de hombros redondeados, sus ojos y cejas caían hacia el exterior, por lo que su
expresión era siempre de amable desesperanza. Aunque conocía a Stoner desde hacía
muchos años, nunca recordaba su nombre. Se aclaró la garganta otra vez. «Estábamos
a punto de comenzar».
Stoner asintió, descansó los antebrazos sobre la mesa, entrelazó los dedos y los
observó mientras la voz de Rutherford peroraba con las formalidades preliminares de
los exámenes orales.
«El señor Walker se examinará…», la voz de Rutherford era un murmullo firme y
continuo, «… a fin de determinar su capacidad para continuar en el programa
doctoral del departamento de inglés de la Universidad de Missouri». Este era un
examen que todos los candidatos al doctorado pasaban y estaba diseñado, no
solamente para juzgar la aptitud general del candidato, sino también para detectar sus
virtudes y defectos, de manera que en el curso siguiente pudiera ser aconsejado más
provechosamente. Tres resultados eran posibles: apto, apto condicional y no apto.

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Rutherford describía las condiciones de estas particularidades y sin alzar la vista
ejecutó la presentación ritual de los examinadores y el candidato. Luego apartó la
hoja de él y miró desvalido a quienes le rodeaban.
«La costumbre es», dijo suavemente, «que el tutor de la tesis del candidato sea
quien empiece a preguntar, señor», miró el papel. «Es el señor Lomax, creo, el tutor
del señor Walker, de manera que…».
La cabeza de Lomax se desplazo hacia atrás como si se acabara de despertar de
una siesta. Miró alrededor de la mesa, pestañeando, con una tenue sonrisa en los
labios, pero su mirada era perspicaz y vigilante.
«Señor Walker, usted está preparando una disertación sobre Shelley y el ideal
helenístico. No es probable que haya reflexionado sobre su tema todavía pero podría
empezar dándonos los antecedentes, sus razones para escogerlo y todo eso».
Walker asintió y comenzó a hablar con presteza: «Tengo la intención de investigar
el rechazo primero de Shelley del determinismo godwiniano por un ideal más o
menos platónico en el ‘Himno a la belleza intelectual’, a pesar del uso maduro de este
ideal, en Prometeo Desatado, como síntesis extensa de su temprano ateísmo,
radicalismo, cristianismo y determinismo científico, y finalmente para recoger la
decadencia de dicho ideal en un trabajo tan tardío como Helias. Es, desde mi punto
de vista, un tema importante por tres razones: primero, muestra la calidad del
pensamiento de Shelley y por lo tanto nos ayuda a comprender mejor su poesía.
Segundo, desvela los conflictos filosóficos y literarios principales de principios del
siglo diecinueve y por lo tanto amplía nuestra comprensión y valoración de la poesía
romántica. Y tercero, es una materia que puede tener una relevancia particular para
nuestra propia época, época en la que afrontamos muchos de los mismos conflictos
que enfrentaron a Shelley con sus contemporáneos».
Stoner escuchaba y según escuchaba crecía su asombro. No podía creer que
aquélla fuera la misma persona que había participado en el seminario, a quien creía
conocer. La presentación de Walker era lúcida, directa e inteligente, en ocasiones casi
brillante. Lomax tenía razón, si la disertación cumplía sus promesas, sería brillante.
Una esperanza, cálida y estimulante, le atenazó y se inclinó atentamente hacia
adelante.
Walker habló sobre el tema de su tesis durante quizás diez minutos y luego se
detuvo abruptamente. Lomax formulo enseguida otra pregunta y Walker respondió de
inmediato. Gordon Finch captó la atención de Stoner y le lanzó una mirada de ligero
interrogante. Stoner sonrió levemente, autodisculpandose y se encogió de hombros.
Cuando Walker se detuvo de nuevo, Jim Holland tomó la palabra. Era un joven
delgado, intenso y pálido, con unos ojos azules algo protuberantes, hablaba con una
lentitud deliberada, con una voz que parecía temblar siempre debido a una cohibición
contrariada. «Señor Walker, un poco antes mencionó el determinismo godwiniano.

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Me pregunto si podría usted enlazar eso con el fenomenalismo de John Locke».
Stoner recordó que Holland era un hombre del siglo dieciocho.
Hubo un momento de silencio. Walker se giró hacia Holland, se quitó las gafas
redondas y las limpió; pestañeaba y miraba al vacío. Se las volvió a poner y pestañeó
de nuevo. «¿Puede repetir la pregunta, por favor?».
Holland empezó a hablar, pero Lomax le interrumpió. «Jim», dijo afablemente,
«¿te importa si amplío un poco la pregunta?». Se giró rápidamente hacia Walker antes
de que Holland pudiera responder. «Señor Walker, al hilo de las implicaciones de la
pregunta del profesor Holland… a saber, que Godwin aceptara la teoría de Locke
sobre la naturaleza sensorial del conocimiento… —la tabula rasa, y todo eso— y que
Godwin creyera, como Locke, que juicio y saber falseados por los accidentes de la
pasión y la inevitabilidad de la ignorancia pudieran ser corregidos mediante la
instrucción, dadas estas implicaciones, ¿podría comentar el principio de conocimiento
de Shelley —específicamente, el principio de belleza, enunciado en las estrofas
finales de Adonais?».
Holland se reclinó en la silla, con la perplejidad dibujada en el semblante. Walker
asintió y dijo rápidamente: «Pese a que las estrofas iniciales de Adonais, tributo de
Shelley a su amigo y compañero John Keats, son convencionalmente clásicas, con
sus alusiones a la madre, las horas, a Urania y todo eso, y con sus invocaciones
repetitivas… el momento realmente clásico no aparece hasta las estrofas finales que
son, en efecto, un himno sublime al eterno Principio de Belleza. Si por un instante,
prestamos atención a estos famosos versos:

La vida, como una cúpula de cristales multicolores,


tiñe el blanco resplandor de la eternidad,
hasta que la muerte la destroza en pedazos.

El simbolismo implícito en estos versos no está claro hasta que tomamos los
versos en su contexto. El Uno permanece, Shelley escribe unos pocos versos antes, lo
mucho cambia y pasa. Y nos recuerda a los versos igualmente famosos de Keats,

Belleza es verdad, verdad Belleza, —eso es todo


lo sabéis en la tierra, y todos necesitáis saberlo.

El principio, por lo tanto, es la Belleza, pero la Belleza es también conocimiento.


Y esto es una concepción que tiene sus raíces en…».
La voz de Walker prosiguió, fluida y segura de sí misma, las palabras emergían
desde su boca, que se movía veloz como si… Stoner se espantó, y la esperanza que
había surgido en él murió tan abruptamente como había nacido. Durante un momento

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se sintió casi físicamente enfermo. Bajó la vista hacia la mesa y vio entre sus brazos
la imagen de su rostro reflejada en la superficie de nogal abrillantada. La imagen era
oscura y no podía distinguir sus propios rasgos, era como si vislumbrara un fantasma
insustancial salir de la materia, acudiendo hacia él.
Tras la interrupción de Lomax, Holland tomó la palabra. Fue, admitió Stoner, una
actuación magistral, discreta, con mucho encanto y sentido del humor, Lomax lo
controlaba todo. A veces cuando Holland hacía una pregunta, Lomax fingía un
asombro genuino y pedía una aclaración. Otras veces, disculpándose por su propio
entusiasmo, continuaba alguna de las preguntas de Holland con una especulación
suya, metiendo a Walker en el debate, para que pareciera que era realmente partícipe.
Replanteó preguntas —siempre con disculpas—, cambiándolas de manera que la
intención original se perdiera con la elucidación. Implicaba a Walker en lo que
parecían ser elaborados argumentos teóricos, cuando era él quien lo explicaba casi
todo. Y finalmente, siempre disculpándose, cortó preguntas de Holland con preguntas
suyas que llevaban a Walker adonde él quería.
Durante este tiempo Stoner no habló. Escuchaba la charla que se arremolinaba a
su alrededor, observaba el rostro de Finch, que se había convertido en una pesada
máscara, miraba a Rutherford, que permanecía sentado con los ojos cerrados,
moviendo la cabeza, y miraba el azoramiento de Holland, el desdén respetuoso de
Walker y la animación ferviente de Lomax. Estaba esperando hacer lo que sabía que
tenía que hacer, y lo hacía con un temor, un malestar y un pesar que crecían en
intensidad a cada minuto que pasaba. Le gustaba que ninguna mirada se cruzara con
la suya cuando los observaba.
Por fin el turno de preguntas de Holland se terminó. Como si él participara de
algún modo del temor que sentía Stoner, Finch observaba su reloj y asentía. No
hablaba.
Stoner respiró hondo. Todavía mirando el fantasma de su rostro en la superficie
brillante de la mesa, dijo inexpresivamente: «Señor Walker, voy a formularle algunas
preguntas sobre literatura inglesa. Son preguntas sencillas que no requerirán de
respuestas elaboradas. Empezaré por lo antiguo y proseguiré cronológicamente,
mientras el tiempo me lo permita. ¿Podría empezar describiéndome los principios de
la versificación anglosajona?».
«Sí, señor», dijo Walker. Su semblante era inescrutable. «Para empezar, los poetas
anglosajones, los que existían en los años oscuros, carecieron de las ventajas de la
sensibilidad de la que gozaron poetas posteriores de la tradición inglesa. De hecho,
diría que su poesía se caracteriza por su primitivismo. De todas formas, dentro de este
primitivismo hay un potencial, aunque quizás oculto para algunas miradas, hay un
potencial subyacente de sentimiento que va a caracterizar…».
«Señor Walker», dijo Stoner, «le he preguntado por los principios de la

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versificación. ¿Me los puede decir?».
«Bueno, señor», dijo Walker, «es muy tosca e irregular. La versificación, quiero
decir».
«¿Es todo lo que puede decirme sobre ella?».
«Señor Walker», dijo Lomax rápidamente —un poco violento, pensó Stoner—,
«esta tosquedad de la que nos habla… podría concretarla, dar las…».
«No», dijo Stoner con firmeza sin mirar a nadie. «Quiero una respuesta a la
pregunta. ¿Es eso todo lo que puede decirme sobre la versificación anglosajona?».
«Bien, señor», dijo Walker, sonrió, y la sonrisa se convirtió en una risa nerviosa.
«Francamente, aún no he cursado la asignatura de anglosajón y dudo si discutir sobre
estos asuntos sin ese fundamento».
«Muy bien», dijo Stoner. «Obviemos la literatura anglosajona, ¿podría
nombrarme alguna obra de teatro medieval que ejerciera alguna influencia en la
aparición del teatro renacentista?».
Walker asintió: «Por supuesto, todas las obras de teatro medievales, a su manera,
conducen hacia la gran culminación del Renacimiento. Es difícil percatarse de que en
el terreno baldío de la Edad Media florecerían, tan sólo unos pocos años después, los
dramas de Shakespeare y…».
«Señor Walker, le estoy formulando preguntas simples. Debo insistir en que dé
respuestas simples. Simplificaré la pregunta aún más. Nombre tres obras de teatro
medievales».
«¿Alta o Baja, señor?». Se había quitado las gafas y les estaba sacando brillo con
fruición.
«Las tres que quiera, señor Walker».
«Hay tantas», dijo Walker. «Es difícil… está Everyman…».
«¿Puede nombrar alguna otra?».
«No señor», dijo Walker. «Debo admitir mi insuficiencia en las áreas que
usted…».
«¿Puede nombrar cualquier otro título, sólo el título, de cualquier obra literaria de
la Edad Media?».
A Walker le temblaban las manos. «Como he dicho, señor, debo admitir mi
insuficiencia en…».
«Entonces vayamos al Renacimiento. ¿Con qué género se siente más seguro en
este periodo, señor Walker?».
«Con…», Walker vaciló y a su pesar miró suplicante a Lomax, «la lírica, señor.
O… el teatro. El teatro quizá».
«El teatro entonces. ¿Cuál fue la primera tragedia en verso blanco en inglés, señor
Walker?».
«¿La primera?», Walker se humedeció los labios. «Los estudiosos están divididos

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en esta cuestión, señor. Dudaría en…».
«¿Puede nombrar cualquier obra de teatro significativa antes de Shakespeare?».
«Claro, señor», dijo Walker. «Tenemos a Marlowe… el verso poderoso».
«Nombre algunas obras de Marlowe».
Con esfuerzo Walker se recompuso. «Tenemos, por supuesto, la justamente
famosa Doctor Fausto. Y… y el… El judío de Malfi».
«Faustus y El judío de Malta. ¿Puede nombrar alguna más?».
«Francamente, señor, ésas son las únicas dos obras que he tenido la oportunidad
de releer en el último año o así. Por lo que preferiría no…».
«Muy bien. Dígame algo sobre El judío de Malta».
«Señor Walker», gritó Lomax. «Si se me permite ampliar un poco la pregunta. Si
usted…».
«¡No!», dijo Stoner severo, sin mirar a Lomax. «Quiero respuestas a mis
preguntas. ¿Señor Walker?».
Walker dijo desesperado: «El verso poderoso de Marlowe».
«Olvidemos el verso poderoso», dijo Stoner exasperado. «¿Qué sucede en la
obra?».
«Bien», dijo Walker un poco violento, «Marlowe ataca el problema del
antisemitismo tal y como se manifestaba a principios del siglo dieciséis. La simpatía,
incluso podría decir, la profunda simpatía…».
«Olvídelo, señor Walker. Pasemos a…».
Lomax gritó: «¡Deje que el candidato responda la pregunta! Dele tiempo para
responder al menos».
«Muy bien», dijo Stoner mansamente. «¿Desea continuar con su respuesta, señor
Walker?».
Walker dudó unos instantes. «No, señor», dijo.
Stoner prosiguió implacable su interrogatorio. Lo que había sido enfado y
desafuero que afectaba tanto a Walker como a Lomax se tornó en una especie de
piedad y arrepentimiento enfermizo que les afectaba también. Al cabo de un rato a
Stoner le parecía haber salido de sí mismo. Era como si escuchara una voz hablando
y hablando, impersonal y mortífera.
Por fin escuchó a la voz decir: «Muy bien, señor Walker. Su periodo de
especialización es el siglo diecinueve. Parece saber poco sobre la literatura de los
siglos precedentes. Quizá se sienta más cómodo entre los poetas románticos».
Intentaba no mirar a Walker a la cara, pero no podía evitar que sus ojos se alzaran
de cuando en cuando para ver el gesto circunspecto y redondo que le observaba con
una malevolencia fría y pálida. Walker asintió lacónicamente.
«Está usted familiarizado con los poemas más importantes de Lord Byron, ¿o
no?».

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«Por supuesto», dijo Walker.
«¿Podría entonces encargarse de comentar Bardos ingleses y críticos escoceses?».
Walker le miró suspicazmente un instante. Luego sonrió triunfal: «Ah, señor»,
dijo y sacudió la cabeza vigorosamente. «Ya veo, Ahora lo veo. Intenta engañarme.
Por supuesto. Bardos ingleses y críticos escoceses no es de Byron para nada. Es la
famosa respuesta de John Keats a los periodistas que intentaron mancillar su
reputación como poeta, Tras la publicación de sus primeros poemas. Muy bueno,
señor. Muy…».
«Muy bien, señor Walker», dijo Stoner agotado. «No tengo más preguntas».
Durante algunos momentos reinó el silencio en el grupo. Luego Rutherford se
aclaró la garganta, barajó los papeles que tenía delante, sobre la mesa, y dijo:
«Gracias, señor Walker. Si puede salir fuera un momento y esperar, el comité debatirá
sobre su examen y le hará saber su decisión».
En los breves instantes que necesitó Rutherford para decir lo que tenía que decir
Walker se recompuso. Se levantó y apoyó su mano tullida sobre la mesa. Sonrió al
grupo casi con condescendencia. «Gracias, caballeros», dijo. «Ha sido una
experiencia de lo más gratificante». Cruzó cojeando el aula y cerró la puerta al salir.
Rutherford suspiró. «Bien, caballeros, ¿hay algo que discutir?».
Otro silencio descendió sobre el aula.
Lomax dijo: «Creo que lo hizo muy bien en mi parte del examen. Y lo hizo
bastante bien con Holland. Debo confesar que estuve algo decepcionado por cómo
fue la última parte del examen, pero imagino que para entonces estaría cansado. Es
un buen alumno, pero bajo presión no se muestra tan bueno como podría serlo».
Lanzó una sonrisa vacía y dolorida a Stoner. «Y tú le presionaste un poco, Bill. Debes
admitirlo. Yo voto apto».
Rutherford dijo: «¿Señor Holland?».
Holland miró de Lomax a Stoner; fruncía el ceño de asombro y le parpadeaban
los ojos. «Pero… bueno, me ha parecido desastrosamente malo. No sé exactamente
cómo calificarlo». Tragó incómodo. «Éste es el primer examen oral al que asisto aquí.
Realmente no sé cuáles son los criterios, pero… bueno, me pareció desastrosamente
malo. Dejadme pensarlo un minuto».
Rutherford asintió. «¿Señor Stoner?».
«No apto», dijo Stoner. «Es un suspenso claro».
«Oh, vamos Bill», gritó Lomax. «Estás siendo un poco duro con el chico, ¿no te
parece?».
«No», dijo Stoner llanamente, con la mirada al frente. «Sabes que no, Holly».
«¿Qué quieres decir con eso?», preguntó Lomax; era como si intentara generar un
sentimiento en su voz al alzarla. «Sencillamente, ¿qué quieres decir?».
«Déjalo ya, Holly», dijo Stoner cansado. «El tipo es un incompetente. No hay

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duda posible al respecto. Las preguntas que le he formulado eran de las que se hacen
a los de primero, y no fue capaz de responder a ninguna satisfactoriamente. Y es tan
vago como deshonesto. En mi seminario del último semestre…».
«¡Tu seminario!», rió Lomax lacónicamente. «Bueno, me han contado. Ése es
otro tema. La cuestión es cómo lo hizo hoy. Y está claro», sus ojos se estrecharon,
«está claro que hoy lo hizo muy bien hasta que la tomaste con él».
«Le hice preguntas», dijo Stoner. «Las preguntas más sencillas que se pueden
imaginar. Estaba preparado para darle todas las oportunidades». Hizo una pausa y
añadió con cautela: «Tú eres su tutor de tesis y es normal que ambos hayáis hablado
sobre el tema de la tesis. Por lo que cuando le preguntaste sobre su tesis lo hizo muy
bien. Pero más allá de eso…».
«¡Qué quieres decir!», gritó Lomax. «Estás sugiriendo que yo… que ha habido
cualquier…».
«No estoy sugiriendo nada, excepto que en mi opinión el candidato no está a la
altura. No puedo dar mi consentimiento a su aprobado».
«Mira», dijo Lomax. Su voz se había apaciguado y trataba de sonreír. «Entiendo
que pueda tener una opinión más elevada sobre su trabajo que tú. Ha asistido a varias
de mis clases y… no importa. Tengo voluntad de compromiso. Aunque creo que es
demasiado severo, mi voluntad es ofrecerle un aprobado condicional. Eso significa
que podría repasar durante un par de semestres y luego…».
«Bueno», dijo Holland con evidente alivio, «eso sería mejor que darle un
aprobado claro. No le conozco, pero es evidente que no está preparado para…».
«Bien», dijo Lomax, sonriendo enérgicamente a Holland. «Entonces está
arreglado. Ahora…».
«No», dijo Stoner. «Debo votar por el suspenso».
«Maldita sea», gritó Lomax. «¿Te das cuenta de lo que estás haciendo, Stoner?
¿Te das cuenta de lo que le estás haciendo al chico?».
«Sí», dijo Stoner tranquilo. «Lo siento por él. Le estoy privando de licenciarse, y
le estoy privando de enseñar en una facultad o en una universidad. Que es
precisamente lo que quiero hacer. Si fuese profesor sería un… desastre».
Lomax calló durante un momento. «¿Es tu última palabra?», preguntó con
frialdad.
«Sí», dijo Stoner.
Lomax asintió. «Bien, déjame advertirte, profesor Stoner, no tengo intención de
que la cosa termine aquí. Has hecho… has soltado ciertas acusaciones hoy aquí… has
mostrado un prejuicio que… que…».
«Caballeros, por favor», dijo Rutherford. Parecía que iba a llorar. «Mantengamos
la perspectiva. Como saben, para que el candidato sea declarado apto ha de haber
unanimidad. ¿No hay manera de resolver esta diferencia?».

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Nadie habló.
Rutherford suspiró. «Muy bien, entonces no tengo más alternativa que declarar
que…».
«Un momento». Era Gordon Finch. Durante todo el examen había estado tan
callado que los demás casi se habían olvidado de su presencia. Entonces se incorporo
un poco de la silla, dirigiéndose a la parte superior de la mesa con voz cansada pero
firme. «Como jefe de departamento en funciones voy a hacer una recomendación.
Confío en que será acatada. Recomiendo que demoremos la decisión hasta mañana.
Eso nos dará tiempo para tranquilizarnos y discutirlo».
«No hay nada que discutir», dijo Lomax acalorado. «Si Stoner quiere que…».
«He dicho mi recomendación», dijo Finch con suavidad, «y será acatada. Decano
Rutherford, sugiero que le comuniquemos al candidato nuestra resolución en este
caso».
Hallaron a Walker sentado cómodamente en el pasillo de fuera del aula. Sostenía
un cigarrillo con negligencia en su mano derecha y miraba aburrido al techo.
«Señor Walker», le llamó Lomax renqueando hacia él.
Walker se levantó, era unos centímetros más alto que Lomax, por lo que tenía que
inclinarse al hablar.
«Señor Walker, me dirijo a usted para informarle de que el comité ha sido incapaz
de llegar a un acuerdo en lo referente a su examen, será informado mañana. Pero le
aseguro…» su voz se alzó, «le aseguro que no tiene nada de qué preocuparse. Nada
en absoluto».
Walker permaneció un instante mirando sereno a cada uno de ellos. «Les
agradezco de nuevo, caballeros, su consideración». Captó la mirada de Stoner y una
fugaz sonrisa le cruzó los labios.
Gordon Finch se marchó apresuradamente sin hablar con nadie, Stoner,
Rutherford y Holland erraban por el aula juntos, Lomax se quedó atrás, hablando
seriamente con Walker.
«Bueno», dijo Rutherford, caminando entre Stoner y Holland, «es una tarea
desagradable. Da igual cómo se vea, es una tarea desagradable».
«Sí, lo es», dijo Stoner y se apartó de ellos. Descendió la escalera de mármol,
siendo sus pasos más rápidos según se acercaba a la planta baja, y salió. Respiró
profundamente la fragancia humeante del aire del atardecer y respiró de nuevo, como
si fuera un nadador que emerge del agua. Después se fue caminado lentamente hacia
su casa.

A primera hora de la tarde del día siguiente, antes de que le diera tiempo a comer,
recibió una llamada de la secretaria de Gordon Finch pidiéndole que acudiera a su
despacho de inmediato.
Finch esperaba impaciente cuando Stoner entró en la habitación. Se levantó e hizo

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una seña a Stoner para que se sentara en la silla que tenía dispuesta junto a su mesa.
«¿Tiene esto que ver con el asunto de Walker?», preguntó Stoner.
«En parte», respondió Finch. «Lomax me ha solicitado una reunión para intentar
solucionar el tema. Probablemente sea desagradable. Quería hablar contigo un
momento a solas, antes de que Lomax llegue». Se sentó de nuevo y durante algunos
minutos se meció adelante y atrás en la silla giratoria, mirando intensamente a Stoner.
Dijo abruptamente: «Lomax es un buen hombre».
«Sé que lo es», dijo Stoner. «En ciertos aspectos es el mejor del departamento».
Como si Stoner no hubiese hablado, Finch continuó: «Tiene sus problemas, pero
no afloran muy a menudo; y cuando lo hacen normalmente sabe manejarlos. Es una
pena que este asunto haya venido justo ahora, el momento es de lo más inoportuno.
Una división en el departamento justo ahora». Finch meneó la cabeza.
«Gordon», dijo Stoner incómodo, «espero que tú no…».
Finch levantó la mano. «Espera», dijo. «Me hubiera gustado decirte esto antes.
Pero es que se suponía que no debía airearlo y en realidad no estaba confirmado. Aún
se supone que debo ser discreto, pero… ¿recuerdas hace unas semanas nuestra
conversación sobre la jefatura del departamento?».
Stoner asintió.
«Bueno, es Lomax. Él es el nuevo jefe. Está decidido, arreglado. La sugerencia
vino de arriba, pero debo decirte que yo estuve de acuerdo». Soltó una risita.
«Tampoco es que estuviera en una posición como para haber dicho otra cosa. Pero
aunque lo hubiese estado, habría estado de acuerdo… entonces. Ahora no estoy tan
seguro».
«Ya veo», dijo Stoner pensativo. Tras unos instantes continuó: «Me alegro de que
no me lo dijeras. No creo que hubiera supuesto ninguna diferencia, pero al menos no
empañó el asunto».
«Maldita sea, Bill», dijo Finch. «Tienes que entenderlo. Walker me importa un
comino, y Lomax, y… pero tú eres un viejo amigo. Mira, creo que en esto tienes
razón. Maldita sea, sé que tienes razón. Pero seamos prácticos. Lomax se está
tomando esto muy seriamente y no va a dar su brazo a torcer. Y si llegamos a un
enfrentamiento también será desagradable. Lomax puede llegar a ser vengativo, lo
sabes tan bien como yo. No puede despedirte, pero puede fastidiarte de casi cualquier
otra manera. Y hasta cierto punto yo tendré que estar de acuerdo con él». Se rió de
nuevo, amargamente. «Demonios, tendré que estar de acuerdo con él en casi todo. Si
un vicedecano empieza a contradecir las decisiones de un jefe de departamento
tendría que despedirle. Ahora, si Lomax se pasa de la raya le podría destituir de la
jefatura, o al menos podría intentarlo. Podría lograrlo o pudiera ser que no. Pero
aunque pudiera habría una lucha que dividiría al departamento, puede que incluso a la
facultad, sin cuartel. Y, maldita sea…». Finch se sintió de repente avergonzado,

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masculló: «Maldita sea, tengo que pensar en la facultad». Miró directamente a Stoner.
«¿Ves lo que quiero decir?».
Una ráfaga de simpatía, amor y cariñoso respeto hacia su viejo amigo se apoderó
de Stoner. «Por supuesto que sí, Gordon. ¿Pensabas que no lo entendería?».
«Muy bien», dijo Finch. «Y hay otra cosa. No sé como tiene Lomax agarrado al
rector por las narices y lo maneja como a un corderito. Así que puede ser aún más
complicado de lo que crees. Mira, todo lo que tienes que hacer es decir que lo has
reconsiderado. Puedes incluso echarme la culpa a mí… di que yo te obligué a
hacerlo».
«No es una cuestión de salvar la cara, Gordon».
«Lo sé», dijo Finch. «Lo he dicho mal. Míralo así. ¿Qué nos importa Walker?
Claro, lo sé, es una cuestión de principios, pero es en otro principio en lo que debes
pensar».
«No es por principios», dijo Stoner. «Es Walker. Sería un desastre dejarle suelto
en un aula».
«Demonios», dijo Finch cansado. «Si no lo hace aquí puede irse a cualquier otro
sitio a licenciarse, así que a pesar de todo puede que acabe aquí. Puedes perder en
esto, lo sabes, no importa lo que hagas. No podemos deshacernos de los Walkers».
«Tal vez no», dijo Stoner. «Pero podemos intentarlo».
Finch se quedó callado unos instantes. Suspiró. «Muy bien. No merece la pena
dejar a Lomax esperando durante más tiempo. Lo mejor será solucionarlo ya». Se
levantó de su escritorio y caminó hacia la puerta que conducía a la pequeña antesala.
Pero al pasar junto a Stoner éste le puso la mano en el hombro, reteniéndole un
momento.
«Gordon, ¿recuerdas algo que dijo una vez David Masters?».
Finch arqueó las cejas por la sorpresa. «¿Por qué mencionas a David Masters?».
Stoner miró a través del despacho, hacia la ventana, intentando recordar.
«Estábamos los tres juntos, y dijo… algo sobre que la universidad era un sanatorio,
un refugio en el mundo, para los desposeídos, los inválidos. Pero no hablaba de
Walker. Dave hubiera pensado en Walker como… mundo, igual de irreal, igual de…
La única esperanza que tenemos es no dejarle entrar».
Finch le miró durante unos momentos. Luego sonrió. «Qué hijo de puta», dijo
contento. «Lo mejor será ver ya a Lomax». Abrió la puerta, hizo una seña y Lomax
entró en el despacho.
Entro en el despacho tan tieso y formal que su pequeña cojera en la pierna
izquierda casi era inapreciable, su bello rostro delgado era pétreo y frío y mantenía la
cabeza alta, de manera que su pelo, algo largo y ondulado, casi rozaba la
protuberancia que le desfiguraba la espalda a la altura del hombro izquierdo. No miró
a ninguno de los hombres que estaban en el despacho con él, tomó asiento frente al

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escritorio de Finch y se sentó tan recto como pudo, mirando al espacio entre Finch y
Stoner. Orientó su cabeza ligeramente hacia Finch.
«He pedido que nos reunamos los tres por una sencilla razón. Me gustaría saber si
el profesor Stoner ha reconsiderado su malaconsejado voto de ayer».
«El señor Stoner y yo hemos discutido el asunto», dijo Finch. «Me temo que no
hemos sido capaces de resolverlo».
Lomax se giró hacia Stoner y le miró, sus ojos azul pálido estaban nebulosos,
como si una película translúcida hubiera caído sobre ellos. «Entonces me temo que
voy a sacar a la luz algunos cargos bastantes serios».
«¿Cargos?». La voz de Finch era de sorpresa, un poco airada. «Nunca
mencionaste nada sobre…».
«Lo siento», dijo Lomax. «Pero esto es necesario». Dijo a Stoner: «La primera
vez que habló con Charles Walker fue cuando te solicitó admisión en tu seminario de
graduación. ¿Cierto?».
«Cierto», dijo Stoner.
«No eras partidario de admitirle, ¿verdad?».
«En efecto», dijo Stoner. «La clase ya tenía doce alumnos».
Lomax miró algunas notas que sostenía en su mano derecha. «Y cuando el
alumno te dijo que tenías que admitirle, lo hiciste a tu pesar, recalcando que su
admisión desajustaría el seminario. ¿Cierto?».
«No exactamente», dijo Stoner. «Según recuerdo dije que uno más en la clase
supondría…».
Lomax agitó la mano. «No importa. Sólo trato de establecer un contexto.
Entonces, durante aquella primera conversación, ¿no cuestionó su competencia para
llevar a cabo los trabajos del seminario?».
Gordon Finch dijo cansadamente: «Holly, ¿adónde nos lleva todo esto? ¿A qué
viene…?».
«Por favor», dijo Lomax. «He dicho que tengo cargos que aportar. Debes dejarme
que los desarrolle. Ahora. ¿No cuestionaste su competencia?».
Stoner dijo con calma: «Le hice algunas preguntas, sí, para ver si sería capaz de
realizar el curso».
«¿Y te satisfizo?».
«No estuve seguro, creo», dijo Stoner. «Es difícil de recordar».
Lomax se giró hacia Finch. «Estamos de acuerdo, entonces, primero en que el
profesor Stoner no era partidario de admitir a Walker en su seminario; segundo, en
que su rechazo fue tan virulento que amenazó a Walker con que su admisión echaría a
perder el seminario; tercero, en que tenía dudas respecto a la capacidad de Walker
para acometer el curso; y cuarto, en que a pesar de esas dudas y ese resentimiento, le
admitió en la clase».

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Finch meneó la cabeza desesperado. «Holly, todo esto no tiene sentido».
«Espera», dijo Lomax. Consultó apresuradamente sus notas y luego miró
maliciosamente a Finch. «Tengo otros detalles que comentar. Los podría desarrollar
mediante un interrogatorio», le dio a las palabras una inflexión irónica, «pero no soy
abogado. Aunque te aseguro que estoy preparado para ampliar dichos cargos si fuera
necesario». Hizo una pausa, como si reuniera fuerzas. «Estoy preparado para
demostrar, primero, que el profesor Stoner admitió al señor Walker en su seminario
albergando prejuicios incipientes contra él; estoy preparado para demostrar que estos
prejuicios se intensificaron porque, en el transcurso del seminario se produjeron
desavenencias por temperamento y animadversión, que el conflicto fue alimentado e
intensificado por el propio señor Stoner, quien permitió, y de hecho a veces animó, a
otros miembros de la clase a ridiculizar y reírse del señor Walker. Estoy preparado
para demostrar que, en más de una ocasión, este prejuicio se manifestó en
declaraciones del profesor Stoner a los alumnos y a otras personas, que acusó al señor
Walker de atacara un miembro de la clase cuando el señor Walker simplemente
estaba expresando una opinión contraria, que él admitió su malestar por aquel
llamémoslo ataque, y que además incurrió en una charla sin sentido sobre el tonto
comportamiento el señor Walker. Estoy preparado para demostrar que, también, sin
mediar provocación, el profesor Stoner, movido por este prejuicio, acusó al señor
Walker de vago, ignorante y deshonesto. Y finalmente, que de los trece alumnos de la
clase, el señor Walker fue el único —el único— elegido como sospechoso, pidiéndole
sólo a él que entregara el texto del trabajo del seminario. Ahora conmino al profesor
Stoner a que deniegue estos cargos, individual o categóricamente».
Stoner meneó la cabeza, casi admirado. «Dios mío», dijo. «¡Cómo lo has pintado!
Claro, todo lo que dices son hechos, pero ninguno es cierto. No de la manera en que
los expones».
Lomax negó con la cabeza, como si se esperase la respuesta. «Estoy preparado
para demostrar que es verdad todo lo que he dicho. Sería sencillo, si fuera necesario,
convocar a los miembros de aquel seminario, individualmente, e interrogarlos».
«¡No!», exclamó Stoner. «Este es de largo el mayor ultraje de lo que has dicho
esta tarde. No involucraré a los alumnos en este lío».
«Puede que no tengas opciones, Stoner», dijo Lomax con suavidad. «Puede que
no tengas ninguna opción».
Gordon Finch miró a Lomax y dijo tranquilo: «¿Qué pretendes averiguar?».
Lomax le ignoró. Le dijo a Stoner: «El señor Walker me ha dicho que, a pesar de
que por principio es contrario a hacerlo, ahora estaría dispuesto a entregarte el trabajo
del seminario sobre el que albergas dudas tan desagradables, está dispuesto a
someterse a cualquier decisión que tú o los otros dos miembros competentes del
tribunal podamos tomar. Si recibe la calificación de apto de la mayoría de los tres,

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será calificado como apto en el seminario y se le permitirá permanecer en la
facultad».
Stoner agitó la cabeza, le daba reparo mirar a Lomax. «Sabes que no puedo
hacerlo».
«Muy bien. No me gusta hacer esto, pero… si no cambias tu voto de ayer me veré
obligado a presentar formalmente cargos contra ti».
Gordon Finch alzó la voz. «¿Te verás obligado a qué?».
Lomax dijo con serenidad: «Los estatutos de la Universidad de Missouri permiten
a cualquier miembro de la facultad en el ejercicio de un cargo, si hay razones de peso
para creer que el miembro de la facultad acusado es incompetente, poco ético o que
no cumple con sus funciones de acuerdo con los requisitos éticos recogidos en el
artículo seis, sección tres, de los estatutos. Estos cargos, y las evidencias que lo
demuestren, serán públicos para toda la facultad y al final de la vista la facultad
mantendrá los cargos con dos tercios de los votos o los sobreseerá si el resultado es
inferior».
Gordon Finch se volvió a sentar en la silla, con la boca abierta, meneando la
cabeza incrédulo. «Vamos a ver», dijo. «Este asunto se nos va de las manos. No lo
dirás en serio, Holly».
«Te aseguró que sí», dijo Lomax. «Esto es un asunto serio. Una cuestión de
principios; y… y mi integridad ha sido puesta en duda. Estoy en mi derecho de
presentar cargos si lo considero así».
«Nunca podrás demostrarlos», dijo Finch.
«Es mi derecho, de todas formas, presentar cargos».
Durante un momento Finch observó a Lomax. Luego dijo tranquilo, casi afable:
«No habrá cargos. No sé cómo se va a resolver este asunto y no me importa
especialmente. Pero no habrá cargos. Dentro de unos minutos vamos a salir de aquí y
vamos a intentar olvidarnos de la mayoría de las cosas que se han dicho esta tarde. O
por lo menos vamos a fingirlo así. No voy a consentir que el departamento o la
facultad se metan en líos. No habrá cargos. Porque…», añadió simpáticamente, «si
los hay, te prometo que removeré cielo y tierra hasta verte acabado. Nada me
detendrá. Utilizaré cada pizca de influencia que tenga. Mentiré si es necesario,
conspiraré contra ti si tengo que hacerlo. Ahora voy a informar al decano Rutherford
de que la votación sobre el señor Walker se mantiene. Si todavía quieres continuar
con esto puedes hacerlo con la ayuda del rector, o de Dios. Pero este despacho da por
terminado este asunto. No quiero oír nada más sobre ello».
Durante el discurso de Finch el gesto de Lomax se había vuelto reflexivo y
sereno. Cuando Finch concluyó, Lomax saludó con la cabeza casi de manera informal
y se levantó de la silla. Miró a Stoner un instante y luego cojeó hasta la puerta y salió.
Durante un rato Finch y Stoner se quedaron sentados en silencio. Finalmente Finch

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dijo: «Me pregunto que hay entre Walker y él».
Stoner meneo la cabeza. «No es eso lo que estabas pensando», dijo. «No sé lo que
es. No creo que quiera saberlo».

Diez días más tarde se anunció el nombramiento de Hollis Lomax como jefe de
departamento de inglés y dos semanas después los horarios de las clases para el curso
siguiente se distribuyeron entre los miembros del departamento. Stoner descubrió sin
sorpresa que en cada uno de los dos semestres que componían el curso le habían
asignado tres clases de composición de primero y unas prácticas de segundo, y que
sus cursos avanzados de lecturas de literatura medieval y su seminario de graduación
habían sido eliminados del programa. Era, se percató Stoner, el tipo de horario que
podría esperar un profesor principiante. En algunos aspectos era incluso peor, pues el
horario estaba dispuesto de manera que impartía clase a horas intempestivas, con
amplios huecos entre ellas, seis días a la semana. No protestó por el horario y decidió
dar clase el curso siguiente como si nada hubiera pasado.
Pero por primera vez desde que había empezado a enseñar le parecía que podría
abandonar la universidad, dar clase en otro sitio. Habló con Edith sobre dicha
posibilidad y ella le miró como si le hubiera dado un golpe.
«No podría», dijo. «Oh, no podría». Y luego, consciente de que se había
traicionado a sí misma mostrando su miedo, se enfadó. «¿En qué estás pensando?»,
preguntó. «Nuestra casa… nuestra querida casa. Y nuestros amigos. Y el colegio de
Grace. No es bueno para una niña ir cambiando de colegio en colegio».
«Tal vez sea necesario», dijo. No le había contado el incidente con Charles
Walker y la implicación de Lomax pero pronto se hizo evidente que lo sabía todo.
«Desconsiderado», dijo. «Desconsiderado del todo». Pero su irritación rara vez se
distraía, era casi rutinaria. Sus pálidos ojos azules le sobrepasaban hasta posarse
casualmente sobre objetos aleatorios de la sala de estar, como asegurándose de que
continuaban allí. Sus dedos, delgados y con algunas pecas, se movían sin cesar. «Oh,
lo sé todo sobre tu problema. Nunca me metería en tu trabajo, pero… de verdad, eres
muy testarudo. Quiero decir, Grace y yo estamos metidas en esto. Y sin duda no se
nos puede pedir que empaquemos y nos mudemos sólo porque tú has adoptado una
postura insólita».
«Pero si es por ti y por Grace, en parte al menos, por lo que estoy considerándolo.
Probablemente no… ascenderé mucho más en el departamento si me quedo aquí».
«Oh», dijo Edith distante, dándole un tono amargo a su voz. «Eso no importa.
Hasta ahora hemos sido pobres, no hay razón para que no podamos seguir así.
Tendrías que haber pensado en ello antes, o adonde te podía conducir. Un tullido». De
repente le cambió la voz, y se rió con indulgencia, casi con cariño. «En serio, tanto te
importan esas cosas». ¿Qué más daba?.
Así pues Edith no sopesó marcharse de Columbia. Llegado el caso, dijo, Grace y

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ella podrían mudarse con tía Emma; ésta estaba cada día más débil y agradecería la
compañía.
Ante aquello Stoner desestimó la posibilidad tan pronto como se le había
ocurrido. Iba a dar clases en verano y dos de sus clases le interesaban en especial. Le
habían sido asignadas antes de que Lomax fuese nombrado jefe de departamento.
Decidió volcar en ellas toda su atención, pues sabía que pasaría algún tiempo antes de
que tuviese ocasión de impartirlas de nuevo.

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11

UNAS semanas después de que empezara el semestre de otoño de 1932, William


Stoner tenía claro que había fracasado en la batalla por mantener a Charles Walker
alejado del programa de graduación de inglés. Después de las vacaciones de verano
Walker regresó al campus como si entrara triunfante en un estadio y cuando vio a
Stoner por los pasillos del Jesse Hall inclinó la cabeza con una reverencia irónica y le
sonrió maliciosamente. Stoner sabía por Jim Holland que el decano Rutherford había
retrasado la votación del oficio del año anterior de manera que al final se había
decidido que se permitiría que Walker se examinara oralmente de nuevo, siendo los
examinadores elegidos por el jefe de departamento.
La batalla por lo tanto había terminado y Stoner estaba dispuesto a reconocer su
derrota, pero la lucha no había llegado a su fin. Cuando Stoner se encontraba con
Lomax por los pasillos o en las reuniones de departamento o en actos de la facultad,
le hablaba como le había hablado siempre, como si nada hubiera sucedido entre ellos.
Pero Lomax no respondía a sus saludos, le miraba con frialdad y apartaba la vista,
como para hacer notar que no habría reconciliación.
Un día a finales de otoño Stoner entró casualmente en la oficina de Lomax y se
detuvo ante su mesa durante algunos minutos hasta que, a su pesar, Lomax le miró,
apretando los labios y con la mirada dura.
Cuando se percató de que Lomax no iba a hablar, Stoner dijo embarazosamente:
«Mira, Holly, ya está hecho y acabado, ¿podemos olvidarlo ya?».
Lomax le miró fijamente.
Stoner continuó: «Tuvimos un desacuerdo, pero eso no es extraño. Eramos
amigos antes, y no veo razón…».
«Nunca hemos sido amigos», dijo claramente Lomax.
«Muy bien», dijo Stoner. «Pero al menos nos llevábamos bien. Podemos
mantener las diferencias que tengamos, pero por el amor de Dios, no hay necesidad
de ir aireándolas. Hasta los alumnos lo están empezando a notar».
«Y me parece bien que lo hagan», dijo Lomax con rencor, «ya que uno de ellos
casi ve su carrera arruinada. Un estudiante brillante, cuyo único crimen fue su
imaginación, un entusiasmo y una integridad que le hicieron entrar en conflicto con
usted… y, sí, puedo también decir… un desafortunado defecto físico que hubiera
despertado conmiseración en un ser humano normal». En su mano derecha sana
Lomax sostenía un lápiz que temblaba ante él. Casi horrorizado Stoner comprobó que
Lomax era terrible e irrevocablemente sincero. «No», continuó Lomax
apasionadamente, «eso no puedo perdonárselo».
Stoner trató de restar acidez a su voz. «No es una cuestión de perdonar. Es
simplemente cuestión de comportarse el uno con el otro de forma que no resulte

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demasiado incómodo para los alumnos y el resto de miembros del departamento».
«Voy a ser muy franco con usted, Stoner», dijo Lomax. Su enfado se había
serenado y su voz era templada, desapasionada. «No creo que esté preparado para ser
profesor; ninguna persona cuyos prejuicios pasan por encima de sus talentos y su
aprendizaje lo está. Tal vez le despediría si pudiera hacerlo, pero no está en mi mano,
como ambos sabemos. Estamos… Está protegido por el sistema de cargos. Debo
aceptarlo. Pero no tengo por qué ser hipócrita. No quiero tener nada que Ver con
usted. Nada en absoluto. Y no fingiré otra cosa».
Stoner le miró fijamente durante unos segundos. Luego meneó la cabeza. «Muy
bien, Holly», dijo abatido. Y decidió marcharse.
«Sólo un momento», le llamó Lomax.
Stoner se giró. Lomax miraba intensamente varios papeles sobre su mesa, su
rostro estaba rojo y parecía luchar consigo mismo. Stoner advirtió que lo que veía no
era enojo sino vergüenza.
Dijo Lomax: «En lo sucesivo, si quiere verme por asuntos del departamento pida
cita a la secretaria». Y a pesar de que Stoner se quedó mirándole un rato más, Lomax
no levantó la cabeza. Una ligera contorsión cruzó su cara, luego se quedó callado.
Stoner salió de la oficina.
Y durante más de veinte años ninguno de los dos hombres se volvería a dirigir la
palabra directamente.

Era —Stoner se dio cuenta después— inevitable que los alumnos se vieran
afectados. Incluso si hubiera logrado persuadir a Lomax de guardar las formas, a la
larga no habría podido protegerles de la intencionalidad de la batalla.
Antiguos alumnos suyos, incluso alumnos a los que había conocido bien,
empezaron a saludarle con la cabeza y a hablarle cohibidamente, incluso de manera
furtiva. Algunos eran ostensiblemente cordiales, desviándose de su camino para
acercarse a saludarle o para que les vieran hablando con él por los pasillos. Pero ya
no tenía con ellos la afinidad que tuvo en su día. Él era ahora una figura especial y se
dejaban ver con él, o no, por algún motivo concreto.
Llegó a sentir que su presencia era embarazosa tanto para sus amigos como para
sus enemigos, por lo que cada vez más procuró estar solo.
Una especie de letargo se apoderó de él. Daba las clases tan bien como podía,
aunque la rutina fija que requerían las de primero y segundo le robaban el entusiasmo
y le dejaban exhausto y aturdido al final de la jornada. Rellenaba como podía los
largos huecos entre clases con conferencias de estudiantes, revisando con esmero los
trabajos de los alumnos, quedándoselos hasta que se ponían nerviosos e impacientes.
El tiempo transcurría despacio para él. Intentó pasar más horas de ese tiempo en
casa con su mujer y su hija, pero debido a su extraño horario carecía de una rutina fija
y eso afectaba al estado de ánimo diario de Edith. Descubrió —no le sorprendió—

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que su presencia habitual enojaba a su esposa, que se ponía nerviosa, callada y, a
veces, físicamente enferma. Y no conseguía ver a Grace con frecuencia cuando estaba
en casa. Edith había organizado con esmero los días de su hija; su único tiempo libre
era por las noches, y Stoner tenía clase a última hora cuatro noches a la semana.
Cuando acababa la clase Grace solía estar ya en la cama.
Así que continuó viendo a Grace brevemente por las mañanas. En el desayuno
permanecía a solas con ella únicamente el poco rato que le llevaba a Edith recoger los
platos y ponerlos en remojo en la pila de la cocina. Observaba cómo crecía su cuerpo,
una tosca belleza asomó en sus extremidades y la inteligencia brotaba en sus ojos
tranquilos y en su rostro despierto. De vez en cuando sentía que quedaba algo de
cercanía entre ellos, una cercanía que ninguno de los dos podía permitirse admitir.
Al final retomó el viejo hábito de pasar la mayor parte del tiempo en su despacho
del Jesse Hall. Se decía que debía de estar agradecido por tener la oportunidad de leer
en soledad, libre de la presión de tener que preparar clases en concreto, libre de
direcciones predeterminadas en su aprendizaje. Intentaba leer al azar, por propio
placer e indulgencia, muchas de las cosas que había estado años esperando poder leer.
Pero la mente no le dejaba ir donde él quería, desviaba la atención de las páginas que
tenía delante y cada vez más a menudo, se encontraba a sí mismo mirando
inexpresivamente al frente, a la nada. Era como si de un momento a otro su mente se
hubiese vaciado de todo lo que sabía, como si se le extrajera la voluntad a su vigor.
Se sentía a veces como algún tipo de vegetal y anhelaba que algo —incluso dolor—
le zahiriese para devolverle a la vida.
Había llegado a ese punto en el que le asaltaba, con intensidad creciente, una
cuestión de una simplicidad tan aplastante que carecía de recursos para afrontarla. Se
empezó a preguntar si su vida merecía la pena, si alguna vez la había merecido. Era
una duda, sospechaba, que le llegaba a todo el mundo tarde o temprano. Se
preguntaba si a los demás les sobrevenía con la misma fuerza impersonal que le
llegaba a él. La cuestión le sumía en la tristeza, pero era una tristeza general que —
pensaba— tenía poco que ver con él o con su particular destino, ni siquiera estaba
seguro de que la cuestión naciera de las causas más recientes y obvias que habían
trastornado su vida. Provenía, pensaba, de su mayor edad, de la cantidad de
accidentes y circunstancias y de lo que había logrado entender sobre ellos. Hallaba un
gusto siniestro e irónico en la posibilidad de que, con la poca formación que se había
procurado, se las había arreglado para llegar a una certeza: que a la larga todas las
cosas, incluso el conocimiento que le permitía saber esto, eran fútiles y vacías y que
al final empequeñecían hasta convertirse en una nada donde ya no cambiaban.
Una vez, después de la clase de la tarde, regresó a su despacho y se sentó a la
mesa, intentando leer. Era invierno y había caído una nevada durante el día, por lo
que la puerta exterior estaba cubierta de blanca suavidad. La oficina estaba

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sobrecalentada, abrió la ventana cercana a la mesa para que el aire frío entrara en la
habitación cerrada. Respiró profundamente y dejó que sus ojos vagaran por el suelo
blanco del campus. En un impulso encendió la luz de su escritorio y se sentó en la
caliente oscuridad de su despacho, el aire frío le llenaba los pulmones y se inclinó
hacia la ventana abierta. Escuchó el silenció de la noche invernal y le pareció que de
algún modo percibía sonidos absorbidos por el delicado e intrincado ser celular de la
nieve. Nada se movía sobre la blancura, era una escena muerta que parecía tirar de él
para absorber su consciencia justo mientras extraía el sonido del aire y lo enterraba
bajo una fría y blanca suavidad. Se sentía atraído hacia fuera, hacia la blancura que se
extendía tan lejos como le alcanzaba la vista y que era una parte de la oscuridad
desde la que relucía bajo el cielo claro y sin nubes, sin altura ni profundidad. Por un
instante sintió que abandonaba su cuerpo, que permanecía sentado quieto frente a la
ventana y mientras sentía que se deslizaba, todo —la lisa blancura, los árboles, las
altas columnas, la noche, las estrellas lejanas— parecía increíblemente pequeño y
distante, como reducido hasta la nada. Luego, tras él, un radiador hizo un ruido. Se
movió y la escena volvió al origen. Con un alivio curiosamente desganado, apagó de
golpe la lámpara de su despacho. Tomó un libro y algunos papeles, salió de la oficina,
caminó a través de los oscuros pasillos y se abrió paso a través de las dobles puertas
anchas de la parte trasera del Jesse Hall. Se fue caminando despacio a casa,
consciente de cada huella que crujía con ruido sordo sobre la nieve seca.

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12

DURANTE aquel año, y especialmente en los meses de invierno, se halló


regresando, con creciente frecuencia, a tal estado de voluntaria irrealidad. Parecía
capaz de desligar la conciencia del cuerpo que la contenía, y se observaba a sí mismo
como si fuera un lejano pariente que sorprendentemente hacía las cosas habituales
que había que hacer. Era una disociación que nunca antes había sentido, sabía que
debía preocuparse por ello, pero estaba confuso y no podía convencerse a sí mismo
de que importara. Tenía cuarenta y dos años y ante él no veía nada de lo que deseara
disfrutar y había poco de lo pasado que le importara recordar.
A sus cuarenta y tres años de vida, el cuerpo de William Stoner estaba casi tan
flaco como lo había estado de joven, cuando atravesó por primera vez con ofuscado
pavor ese campus que nunca había perdido totalmente su efecto sobre él. Año tras
año el encorvamiento de los hombros se había incrementado y había aprendido a
ralentizar sus movimientos para que la torpeza de sus manos y pies de granjero
parecieran deliberadas más que desgarbo congénito. Su rostro alargado se había
suavizado con el tiempo y pese a que la carne era aún como cuero bronceado, ya no
se tensaba con tanta rigidez en sus afilados pómulos sino que se descolgaba en finas
arrugas en torno a los ojos y a la boca. Todavía agudos y claros, los ojos grises se
hundían más profundamente en su rostro, con la perspicacia atenta medio escondida;
el cabello, antes castaño claro, se le había oscurecido aunque unos toques canosos
empezaban a aparecerle en las sienes. No solía pensar en la edad o quejarse por el
paso del tiempo, pero cuando veía su rostro en un espejo o cuando su reflejo se
aproximaba a alguna de las puertas de cristal de la entrada del Jesse Hall reconocía
los cambios acaecidos con una leve sorpresa.
A ultima hora de una tarde de principios de primavera, estaba sentado solo en su
despacho. Había una pila de trabajos de primero sobre su escritorio, sostuvo uno de
los papeles con la mano, pero sin verlo. Tal como había estado haciendo últimamente
con frecuencia, se puso a contemplar a través de la ventana, la franja del campus que
se divisaba desde su despacho. Era un día radiante y, mientras observaba, la sombra
proyectada por el Jesse Hall se había ido desplazando hasta cubrir la base de las cinco
columnas que se erguían en el centro del patio cuadrangular con majestuoso y
solitario donaire. La porción de porche a la sombra era de un marrón grisáceo
profundo. Más allá de los límites de la sombra, la hierba invernal estaba ligeramente
tostada, revestida de una película brillante de verde claro. Tras los trazos
enmarañados de los tallos de enredadera que se enroscaban a su alrededor, las
columnas de mármol presentaban un blanco brillante. Pronto la sombra trepará por
ellas, pensó Stoner, y las bases se oscurecerán, y la oscuridad ascenderá, despacio y
luego más rápidamente, hasta… Se percató de que había alguien detrás de él.

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Se giró en su silla y miró. Era Katherine Driscoll, la joven profesora que el último
año había ido a su seminario. Desde entonces, aunque a veces se cruzaban por los
pasillos y se saludaban con la cabeza, no habían vuelto a hablar. Stoner se percató de
que le molestaba ligeramente este encuentro, no deseaba que le recordaran el
seminario ni lo que había resultado de él. Echó la silla hacia atrás y se puso
torpemente de pie.
«Señorita Driscoll», dijo con sobriedad, y se movió hacia la silla que había al lado
de su mesa. Ella le miró un instante; sus ojos eran grandes y oscuros y pensó que su
rostro era extraordinariamente pálido. Con un pequeño movimiento de cabeza se
alejó de él y tomó la silla hacia la que Stoner se aproximaba.
Él se volvió a sentar y la observó durante un momento sin verla. Luego,
consciente de que la forma de mirarla podría ser considerada grosera, intentó sonreír
y murmuró una pregunta inane y automática sobre sus estudios.
Ella habló con brusquedad. «Usted… usted dijo una vez que estaría dispuesto a
hacerse cargo de mi tesis cuando la comenzara».
«Sí», dijo Stoner y asintió. «Creo que lo hice. Por supuesto». Y después, por
primera vez, advirtió que ella sostenía una carpeta de papeles sobre su regazo.
«Por supuesto que si está ocupado…», dijo ella vacilante.
«Para nada», dijo Stoner, intentando poner algo de entusiasmo en su voz. «Lo
siento. No pretendía parecer distraído».
Ella alzó titubeante la carpeta ante él. La tomó, la sopesó y le sonrió. «Pensaba
que habría avanzado más que esto», dijo.
«Así era», dijo. «Pero empecé de nuevo. Estoy tomando un nuevo rumbo, y… y
le agradecería que me dijera lo que piensa».
Él le sonrió otra vez y asintió, no sabía qué decir. Se hizo un silencio incómodo
durante un momento.
Por fin dijo «¿Cuándo necesita que se lo devuelva?».
Ella meneó la cabeza. «No hay prisa. Cuando tenga tiempo de echarle un
vistazo».
«No quisiera retrasarla», dijo. «¿Qué le parece el viernes que viene? Con eso me
daría tiempo de sobra. ¿A las tres en punto?».
Ella se levantó tan abruptamente como se había sentado. «Gracias», dijo. «No
quisiera ser una molestia. Gracias». Se giró y, esbelta y erguida, salió del despacho.
Él sostuvo la carpeta en las manos durante algunos momentos, mirándola. Luego
la puso sobre el escritorio y volvió a los trabajos de primero.
Eso fue un martes y durante los dos días siguientes el manuscrito permaneció
intacto sobre la mesa. Por razones que no comprendía del todo no lograba decidirse a
abrir la carpeta, a empezar la lectura que unos meses antes hubiese sido una tarea
placentera. La observaba con cautela, como si fuera un enemigo que trataba de

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incitarle a una guerra a la que había renunciado.
Llegó el viernes y todavía no la había leído. La vio aguardando acusadora sobre
su escritorio por la mañana cuando recogió sus libros y papeles para la clase de las
ocho. Cuando regresó un poco más tarde de las nueve, casi había decidido dejar una
nota en el casillero de la señorita Driscoll en la oficina principal, rogándole que le
concediera otra semana. Pero resolvió echarle un vistazo rápido antes de su clase de
las once y decirle algo preliminar cuando llegase aquella tarde. Sin embargo, no logró
ponerse con ello y, justo cuando tenía que irse a clase, la última del día, agarró la
carpeta, la metió entre sus otros papeles y corrió por el campus hasta su aula.
A mediodía, cuando acabó la clase, le retrasaron varios alumnos que necesitaban
hablar con él, por lo que no fue capaz de zafarse hasta después de la una. Se dirigió,
con severa determinación, hacia la biblioteca, con intención de encontrar un sitio
libre y dedicar al manuscrito una hora de lectura rápida antes de la cita de las tres con
la señorita Driscoll.
Pero incluso en la quietud adusta y familiar de la biblioteca, en un sitio vacío que
encontró sumergido entre las estanterías, le resultaba difícil obligarse a inspeccionar
los papeles que traía consigo. Abría otros libros y leía párrafos al azar, se sentaba
quieto, inhalando el olor mohoso que provenía de los libros viejos. Finalmente
suspiró, incapaz de retrasarlo más, abrió la carpeta y echó un vistazo precipitado a las
primeras páginas.
Al principio tan sólo una esquina nerviosa de su mente registraba lo que leía, pero
gradualmente las palabras iban penetrándole. Frunció el ceño y leyó con más
cuidado. Y luego quedó atrapado, volvió adonde había empezado y su atención fluyó
a lo largo de la página. Sí, se dijo, por supuesto. Gran cantidad del material que había
redactado para el trabajo del seminario estaba contenido allí, pero arreglado,
reorganizado, apuntando en direcciones que él mismo sólo había divisado por
encima. Dios mío, se dijo, casi maravillándose y los dedos le temblaban de excitación
mientras pasaba las páginas.
Cuando llegó a la última hoja mecanografiada se echó hacia atrás con un
sentimiento de felicidad exhausta y se quedó mirando a la pared de cemento gris que
tenía ante él. Aunque parecía que sólo habían pasado unos minutos desde que había
empezado a leer, miró su reloj. Eran casi las cuatro y media. Se puso en pie de un
salto, recogió el manuscrito a toda prisa y salió apresuradamente de la biblioteca.
Aunque sabía que era demasiado tarde para que ello importara, medio corrió a través
del campus hasta el Jesse Hall.
Mientras cruzaba la puerta abierta de la oficina principal de camino a su
despacho, oyó su nombre. Se detuvo y asomo la cabeza al pasillo. La secretaria —una
chica nueva que Lomax había contratado recientemente— le dijo recriminadamente,
casi con insolencia: «La señorita Driscoll vino a verle a las tres en punto. Esperó casi

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una hora».
Él asintió, le dio las gracias y se dirigió con más calma a su despacho. Se dijo que
no importaba, que podría devolverle el manuscrito el lunes y pedirle disculpas. Pero
la excitación que había sentido cuando terminó de leerlo no amainaba y deambulaba
sin cesar por su despacho. De vez en cuando paraba y movía la cabeza para sí.
Finalmente se acercó a la estantería, buscó un rato y extrajo un panfleto delgado con
la cubierta manchada por letras negras: Directorio de miembros y personal,
Universidad de Missouri. Encontró el nombre de Katherine Driscoll, no tenía
teléfono. Anotó su dirección, recogió el manuscrito y salió de su despacho.
A unas tres cuadras del campus, hacia el centro, un racimo de grandes casas
antiguas habían sido convertidas, unos años antes, en apartamentos, ocupados éstos
por alumnos veteranos, profesores noveles, personal de la universidad y algunos
vecinos. La casa en la que vivía Katherine Driscoll estaba en medio de todas ellas.
Era un enorme edificio de tres plantas de piedra gris, con una compleja variedad de
entradas y salidas, con torretas, ventanales y balcones proyectándose hacia afuera y
hacia arriba por todos lados. Finalmente Stoner encontró el nombre de Katherine
Driscoll en un buzón junto al edificio desde el que un pequeño tramo de escalones de
cemento descendía hasta la puerta del sótano. Dudó un momento, luego llamó.
Cuando Katherine Driscoll le abrió la puerta, William Stoner casi no la reconoció,
se había peinado hacia atrás y se había recogido el pelo descuidadamente arriba, en la
nuca, por lo que quedaban desnudas sus pequeñas orejas rosas y blanquecinas.
Llevaba gafas de montura negra, tras las cuales sus ojos oscuros parecían grandes y
asustados. Llevaba puesta una camisa masculina, con cuello abierto, y unos
pantalones oscuros que la hacían parecer más esbelta y grácil de lo que él recordaba.
«Yo… siento no haber acudido a nuestra cita», dijo Stoner cohibido. Extendió la
carpeta hacia ella. «Pensé que podría necesitarlo este fin de semana».
Durante algunos instantes ella no dijo nada. Le miró inexpresivamente,
mordiéndose el labio inferior. Se echó hacia atrás. «¿Quiere pasar?».
La siguió a través de un recibidor muy corto y angosto hasta una habitación
diminuta, de techo bajo y oscuro. Había una cama baja y estrecha que servía de sofá
con una mesa larga enfrente, una única silla tapizada, un escritorio pequeño con su
silla y una estantería llena de libros en una pared. Había algunos libros abiertos por el
suelo y papeles esparcidos por el escritorio.
«Es muy pequeño», dijo Katherine Driscoll, deteniéndose a recoger uno de los
libros del suelo, «pero no necesito mucho espacio».
Se sentó en la silla tapizada enfrente del sofá. Le preguntó si quería un café y él
contestó que sí. Se metió en la pequeña cocina adjunta al salón y él se relajó y
observó a su alrededor, escuchando los callados sonidos que ella hacía moviéndose
por la cocina.

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Trajo el café en delicadas tazas de porcelana sobre una bandeja negra, que
depositó en la mesa de delante del sofá. Sorbieron el café y charlaron forzadamente
un rato. Entonces Stoner habló de la parte del manuscrito que había leído y el
entusiasmo que había sentido antes, en la biblioteca, volvió a invadirle. Inclinado
hacia delante, habló con vehemencia.
Durante muchos minutos ambos fueron capaces de hablarse inconscientemente,
resguardados al abrigo de su discurso. Katherine Driscoll estaba sentada en el
extremo del sofá, con ojos destellantes, cruzando y descruzando sus finos dedos sobre
la mesa del café. William Stoner arrimó su silla hacia adelante y se movió
resueltamente hacia ella. Estaban tan próximos que podría haber alargado la mano y
tocarla.
Hablaron de los problemas suscitados en los primeros capítulos de su trabajo, de
hacia dónde debería progresar la investigación, de la importancia del tema.
«No debe abandonarlo», dijo él, y su voz adquirió una urgencia que no podía
comprender. «No importa lo difícil que pueda parecer en ocasiones, no debe
abandonarlo. Es demasiado bueno para que lo abandone. Oh, es bueno, no hay duda
de ello».
Ella permanecía en silencio y por un instante el ánimo se disipó de su rostro. Se
inclinó hacia atrás, desvió la vista de él y dijo, como ausente: «El seminario, algunas
de las cosas que dijo, fueron de gran ayuda».
Él sonrió y movió la cabeza. «Usted no necesitaba aquel seminario. Pero estoy
encantado de que pudiera asistir. Estuvo bien, creo».
«¡Oh, es vergonzoso!», estalló. «Es vergonzoso. El seminario… usted fue… tuve
que ponerme con ello, después del seminario. Es vergonzoso lo que ellos…», hizo
una pausa, furiosamente confusa e irritada, se levantó del sofá y se dirigió nerviosa al
escritorio.
Stoner, sorprendido por su arranque, se quedó callado un rato. Luego dijo: «No se
preocupe. Son cosas que pasan. Todo se solucionará. De verdad que no tiene
importancia».
Y de repente, después de decir esas palabras, el asunto dejó de ser importante. Por
un instante percibió la verdad de lo que había dicho y, por primera vez en meses,
sintió que se quitaba el peso de una desesperanza de cuya opresión no había sido del
todo consciente. Medio mareado, casi riendo, repitió: «De verdad que no tiene
importancia».
Pero algo incómodo había surgido entre ellos y ya no podían hablar con tanta
libertad como lo habían hecho hacía unos momentos. Stoner no tardó en levantarse,
dio las gracias por el café y empezó a marcharse. Ella le acompañó hasta la puerta y
pareció casi lacónica cuando le dio las buenas tardes.
Fuera estaba oscuro y el frío primaveral se sentía en el aire de la noche. Respiró

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profundamente y sintió que su cuerpo hormigueaba con el frescor. Más allá del
horizonte dentado conformado por las casas de apartamentos las luces de la ciudad
relucían sobre una fina niebla que flotaba en el aire. En la esquina una farola
embestía débilmente contra la oscuridad cerrada que la rodeaba. Al otro lado de la
oscuridad el sonido de las risas demoradas y muertas rompía abruptamente el
silencio. La neblina retenía el olor del humo de la hojarasca quemada en los patios
traseros y, mientras caminaba lento en medio de la noche, oliendo la fragancia y
paladeando el áspero aire nocturno, le pareció que el instante en el que entraba era
suficiente y que no necesitaría mucho más.

Y así tuvo su aventura amorosa.


Conocer sus sentimientos hacia Katherine Driscoll fue algo que le llegó despacio.
Se descubrió inventando pretextos para acudir a su apartamento por las tardes; se le
ocurría el título de un libro o de un artículo, lo anotaba, y deliberadamente evitaba
verla por los pasillos del Jesse Hall de manera que pudiese dejarse caer por su casa
por la tarde para darle el título, tomar un café y charlar. Una vez pasó medio día en la
biblioteca buscando una referencia que pudiera reforzar un argumento que él juzgaba
dudoso en el segundo capitulo; en otra ocasión transcribió laboriosamente un
fragmento de un manuscrito latino poco conocido, del cual la biblioteca guardaba una
fotocopia, gracias a lo cual pudo pasar varias tardes con ella ayudándola con la
traducción.
Durante las tardes que pasaban juntos Katherine Driscoll era cortés, afable y
reservada. Estaba discretamente agradecida por el tiempo e interés que él demostraba
hacia su trabajo y esperaba no estar distrayéndole de otras cosas más importantes. No
se le ocurrió que ella pudiera ver en él otra cosa que un profesor interesado a quien
admiraba y cuya ayuda, aunque amable, iba un poco más allá de sus obligaciones. Se
veía a sí mismo como una figura algo ridícula, alguien en quien nadie se interesaría
más allá de lo impersonal, así que cuando admitió sus sentimientos hacia Katherine
Driscoll fue extremadamente cuidadoso en no mostrarlos de ninguna manera que
pudiera ser fácilmente interpretable.
Durante más de un mes se dejó caer por su apartamento dos o tres veces por
semana, quedándose no más de dos horas cada vez. Temía que ella se hartara de sus
continuas reapariciones, por lo que procuraba acudir sólo cuando estaba seguro de
que sería una ayuda genuina para su trabajo. Con cierto oscuro regocijo se daba
cuenta de que preparaba sus visitas con la misma diligencia que preparaba sus clases
y se dijo que eso sería suficiente, que se contentaría sólo con verla y hablar mientras
ella soportara su presencia.
Pero a pesar de sus cuidados y su esfuerzo las tardes que pasaban juntos se
hicieron más y más tensas. Durante largos ratos se encontraban sin nada que decir
sorbiendo los cafés y desviando la vista el uno del otro, decían: «Bueno…», con voz

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indecisa y cautelosa, y hallaban razones para moverse sin cesar por la habitación,
lejos uno del otro. Con una tristeza cuya intensidad no hubiese esperado, Stoner se
dijo a sí mismo que sus visitas se estaban convirtiendo en una molestia para ella pero
que la delicadeza le impedía hacérselo saber. Como sabía lo que tendría que acabar
haciendo, tomo la decisión: se iría alejando de ella gradualmente de manera que no
advirtiera que él había notado su incomodidad, como si le hubiese dado ya toda la
ayuda que podía.
Se pasó por su apartamento sólo una vez la semana siguiente y la siguiente se
abstuvo de visitarla por completo. No había anticipado la lucha que mantendría
consigo mismo. Por las tardes se quedaba en su despacho, conteniéndose casi
físicamente de levantarse de la mesa, salir afuera y dirigirse hasta su apartamento.
Una o dos veces la vio de lejos, por los pasillos, mientras corría de una clase a otra.
Él se giraba y caminaba en otra dirección para así evitarla.
Después de un tiempo una especie de aturdimiento se apoderó de él y se dijo que
todo iría bien, que en unos pocos días sería capaz de verla por los pasillos, saludarla y
sonreír, tal vez incluso detenerla un momento y preguntarle cómo iba con el trabajo.
Entonces, una tarde en la oficina principal, mientras retiraba el correo de su
casillero, escuchó a un joven profesor comentando con otro que Katherine Driscoll
estaba enferma y que no había acudido a clase los últimos dos días. Y el aturdimiento
le abandonó; sintió un dolor agudo en el pecho y su resolución y fuerza de voluntad
desaparecieron. Caminó agitadamente hacia su despacho y buscó con cierta
desesperación en la biblioteca, eligió un libro y salió. Para cuando llegó al
apartamento de Katherine Driscoll estaba sin aliento, por lo que tuvo que esperar un
rato frente a su puerta. Adoptó una sonrisa en su semblante que esperaba resultase
informal, la fijó ahí y llamó a la puerta.
Ella estaba incluso más pálida de lo habitual y tenía manchas oscuras alrededor de
los ojos, vestía una bata lisa azul oscuro y tenía el pelo austeramente recogido hacia
atrás.
Stoner era consciente de que decía tonterías de forma atropellada, pero era
incapaz de detener el flujo de sus palabras. «Hola», dijo con alegría, «oí que estaba
enferma y pensé en darme una vuelta para ver cómo estaba. Tengo un libro que
podría serle de ayuda, ¿está usted bien? No quisiera…». Escuchaba cómo los sonidos
caían de su sonrisa forzada y no podía dejar de buscar con los ojos su cara.
Cuando por fin se calló, ella se echó hacia atrás y dijo con calma: «Pase».
Una vez dentro del pequeño salón-dormitorio la necedad de sus nervios
desapareció. Se sentó en la silla de enfrente de la cama y sintió surgir un reconocible
bienestar cuando Katherine Driscoll se sentó delante de él. Durante un instante
ninguno dijo nada.
Por fin ella preguntó: «¿Quiere café?».

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«No se moleste», dijo Stoner.
«No es molestia». Su voz era brusca y tenía ese tono impaciente que había oído
con anterioridad. «Sólo tengo que calentarlo».
Fue a la cocina. Stoner, solo en la pequeña estancia, miraba abatido a la mesa del
café diciéndose que no debería haber ido. Pensaba en la insensatez que llevaba a los
hombres a hacer las cosas que hacían.
Katherine Driscoll regresó con la cafetera y dos tazas; vertió el café y ambos se
sentaron observando el vapor que salía del líquido negro. Ella tomó un cigarrillo de
un paquete arrugado, lo encendió, y fumó nerviosa durante un rato. Stoner recordó el
libro que había traído con él y de que todavía lo tenía asido. Lo puso sobre la mesa
del café, entre ambos.
«Quizás no esté para ello», dijo, «pero he encontrado algo que podría serle de
ayuda, y pensé…».
«No le he visto durante casi dos semanas», dijo apagando el cigarrillo,
retorciéndolo ferozmente en el cenicero.
Se quedó perplejo. Dijo distraídamente: «He estado muy ocupado… tantas
cosas…».
«No importa», dijo. «De verdad que no. No debería haber…». Se frotó la frente
con la palma de la mano.
Él la miró con preocupación, pensó que tal vez tuviera fiebre. «Siento que esté
enferma. Si hay algo que yo pueda…».
«No estoy enferma», dijo. Y añadió en un tono que era tranquilo, especulativo y
casi apático: «Soy desesperadamente, desesperadamente infeliz».
Y él todavía no lo comprendió. La desnuda agudeza del sonido le penetró como
un puñal. Se alejó un poco de ella. Dijo confuso: «Lo siento. ¿Me lo quiere contar? Si
hay algo que pueda hacer…».
Ella levantó la cabeza. Sus rasgos era afilados, pero sus ojos estaban brillantes,
bañados en lágrimas. «No tenía intención de violentarle. Lo siento. Debe pensar que
soy muy tonta».
«No», dijo. La miró un momento más, su cara pálida parecía mantenerse
inexpresiva por un esfuerzo de la voluntad. Luego observó las largas manos huesudas
que tenía entrelazadas sobre las rodillas; los dedos eran romos y pesados y los
nudillos parecían bultos blancos sobre la carne morena.
Por fin dijo él, pesada y lentamente: «En muchos aspectos soy un hombre
ignorante, soy yo el tonto, no usted. No vine a verla porque pensaba… sentía que me
estaba convirtiendo en una molestia. Tal vez no fuera cierto».
«No», dijo. «No, no era cierto».
Todavía sin mirarla, prosiguió: «Y no quería incomodarla con tener que lidiar
con… con mis sentimientos hacia usted, los cuales, lo sé, tarde o temprano, se harían

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evidentes si continuaba viéndola».
Ella no se movió, dos lágrimas le brotaron de las pestañas y le cayeron por las
mejillas. No se las limpió.
«Tal vez he sido egoísta. Sentía que nada saldría de esto sino incomodidad para
usted e infelicidad para mí. Usted conoce mis… circunstancias. Me parecía imposible
que usted pudiera… que usted pudiera sentir por mí algo que no fuese…».
«Calla», dijo, con suave determinación. «Oh, cariño, calla y ven aquí».
Se sintió temblar. Tan torpe como un niño rodeó la mesa del café y se sentó junto
a ella. A tientas, confusos, se tocaron, se enredaron en un abrazo torpe y tenso y
durante largo rato permanecieron sentados juntos sin moverse, como si cualquier
movimiento pudiese dejar escapar de ellos la cosa extraña y terrible que agarraban
con las manos.

Sus ojos, que él había creído marrón oscuro o negros, eran de un violeta intenso.
A veces atrapaban la débil luz de una lámpara de la habitación y resplandecían
húmedos al girar la cabeza a uno u otro lado. Sus ojos variaban de color al moverse
por lo que, incluso en reposo, parecían no estar nunca quietos. Su piel, que en la
distancia parecía fría y pálida, ocultaba un cálido tono rubicundo como el de un
destello fluyendo bajo un trasluz lechoso. Y como la carne traslúcida, la paz, el porte
y la reserva que había pensado que la definían, enmascaraban un calor, una alegría y
un humor cuya intensidad era posible por la apariencia que la disfrazaba.
En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho
más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio
no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a
través del cual una persona intenta conocer a otra.
Ambos eran muy tímidos y se fueron conociendo despacio, a tientas; se acercaban
y se separaban, se tocaban y se retiraban, sin que ninguno quisiera imponer al otro
más de lo que le fuese grato. Día a día caían las capas de reserva que los protegían,
por lo que finalmente fueron como son los extraordinariamente tímidos: cada uno
abierto al otro, sin protección, perfectamente cómodos y sin conciencia de sí mismos.
Casi cada tarde, cuando acababan sus clases, iba al apartamento. Hacían el amor,
y hablaban, y hacían el amor otra vez, como niños que no pensaban cansarse de su
juego. Los días primaverales se alargaron y ambos anhelaban la llegada del verano.

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13

EN su tierna juventud, Stoner había pensado en el amor como en una manera de


existir absoluta a la que podría acceder, si se era afortunado; en su madurez había
decidido que era el cielo de una religión falsa hacia el que se debía mirar con
sosegado descreimiento, benévolo y crónico desprecio y vergonzante nostalgia.
Ahora, a su mediana edad, empezaba a entender que ni se trataba de un estado de
gracia ni de una ilusión; lo veía como un acto humano de conversión, una condición
inventada y modificada minuto a minuto y día a día, por la voluntad y la inteligencia
del corazón.
Las horas que antes pasaba en su despacho mirando por la ventana el paisaje que
relucía y se vaciaba ante su mirada ausente, las pasaba ahora con Katherine. Cada
mañana, temprano, iba a su despacho y se sentaba nervioso durante diez o quince
minutos. Luego, incapaz de hallar reposo, vagaba por los exteriores del Jesse Hall y
atravesaba el campus hasta la biblioteca, donde buscaba por las estanterías durante
otros diez o quince minutos. Y por fin, como si fuese un juego que jugaba consigo
mismo, se entregaba a su ansiedad autoimpuesta, salía por una puerta lateral de la
biblioteca y emprendía camino hacia la casa en la que vivía Katherine.
A menudo trabajaba hasta bien entrada la noche y algunas mañanas llegaba a su
apartamento para encontrarla recién despierta, cálida, sensual y somnolienta, desnuda
bajo la bata oscura que se había puesto para abrir la puerta. A menudo aquellas
mañanas hacían el amor casi antes de hablar, dirigiéndose hacia la cama estrecha aún
deshecha y caliente del sueño de Katherine.
Su cuerpo era alargado, delicado y furiosamente suave y, cuando la tocaba, su
torpe mano parecía cobrar vida sobre aquella carne. A veces contemplaba su cuerpo
como si fuese un valioso tesoro puesto bajo su custodia, dejaba que sus dedos romos
jugaran con la húmeda piel clara y rosada de los muslos y el vientre, y se maravillaba
de la delicadeza, intrincada y simple, de sus senos pequeños y firmes. Le venía a la
cabeza que nunca antes había conocido el cuerpo de otra persona y, más allá de eso,
le venía también a la cabeza que ése era el motivo por el cual siempre, sin saber por
qué, había hecho distinciones entre la personalidad de alguien y el cuerpo que portaba
esa personalidad. Y le vino a la cabeza por fin, con lucidez irrevocable, que él nunca
había conocido a ningún otro ser humano ni en la intimidad, ni tampoco en la
confianza ni al calor humano del compromiso.
Como todos los amantes hablaban mucho de sí mismos, como si por ello pudieran
comprender el mundo que los hacía posibles.
«Dios mío, cómo te deseaba», dijo una vez Katherine. «Solía verte allí de pie,
frente a la clase, tan grande, encantador e incómodo, y te deseaba intensamente.
Nunca te diste cuenta, ¿no?».

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«No», dijo William. «Creía que eras una señorita recatada».
Ella rió encantada. «¡Sobre todo recatada!», se puso un poco seria sonriendo por
el recuerdo. «Supongo que yo también pensaba que lo era, ¡oh, qué recatados
parecemos cuando no tenemos motivos para no serlo! Hace falta enamorarse para
conocernos mejor a nosotros mismos. A veces, contigo, me siento como la más zorra
del mundo, la más ansiosa y fiel zorra del mundo. ¿Te parece eso recatado?».
«No», dijo William, sonriendo, y alargó la mano hacia ella. «Ven aquí».
Ella había tenido antes otro amante, supo William. Había sido durante su último
año de instituto y había terminado mal, con lágrimas, recriminaciones y traiciones.
«Muchas aventuras terminan mal», dijo ella, y durante un rato permanecieron
sombríos.
William quedó impactado al descubrir con sorpresa que ella había tenido un
amante anteriormente, dándose cuenta de que había empezado a pensar en ambos
como si nada hubiera existido antes de estar juntos.
«Era un muchacho muy tímido», dijo ella. «Como tú, supongo, en algunos
aspectos, sólo que él estaba amargado y asustado y nunca pude saber por qué. Solía
esperarme al final del camino de la residencia de estudiantes, bajo un gran árbol,
porque era demasiado tímido para entrar donde hubiese mucha gente. Solíamos
caminar kilómetros por el campo, donde no teníamos ocasión de encontrarnos con
nadie. Pero en realidad nunca estábamos… juntos. Ni cuando hacíamos el amor».
Stoner casi podía ver esa figura nebulosa sin rostro ni nombre, su estupor se
convertía en tristeza y sentía una piedad generosa hacia un muchacho desconocido
que, por una oscura amargura perdida, había desechado lo que él ahora poseía.
A veces, en la somnolencia perezosa que seguía a sus actos amorosos, permanecía
en lo que le parecía un flujo lento y agradable de sensaciones y apacibles
pensamientos, y en aquel flujo casi no sabía si hablaba en voz alta o meramente
reconocía las palabras en las que acababa convirtiendo dichas sensaciones y
pensamientos.
Soñaba con perfecciones, mundos en los que siempre estarían juntos y casi creía
en la posibilidad de lo que soñaba. «Qué», dijo, «pasaría sí», y continuaba
construyendo una opción casi más atractiva que aquélla en la que ambos existían.
Poseían un lenguaje inarticulado en el que las posibilidades que imaginaban y
elaboraban eran gestos de amor y celebración de la vida que ahora gozaban.
Ninguno de ellos había realmente imaginado la vida que tenían juntos. Pasaban de
pasión a deseo y a una profunda sensualidad que se renovaba a sí misma por
momentos.
«Deseo y aprendizaje», dijo una vez Katherine. «En realidad eso es todo,
¿verdad?».
Y a Stoner le parecía que aquello era perfectamente verdad, que ésa era una de las

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cosas que había aprendido.
Porque en la vida que compartieron aquel verano no fue todo hacer el amor y
conversar. Aprendieron a estar juntos sin hablar y se habituaron al reposo. Stoner
traía libros al apartamento de Katherine y los dejaba allí, hasta que al final tuvieron
que montar una estantería adicional. En los días que pasaban juntos Stoner retornaba
a los estudios que había abandonado del todo, y Katherine continuaba trabajando en
el libro que habría de ser su disertación. Durante horas se sentaba en el pequeño
escritorio contra la pared, con la cabeza inclinada, intensamente concentrada en libros
y papeles, con su pálido y delgado cuello curvándose y emergiendo de la bata oscura
que llevaba habitualmente. Stoner se repantingaba en la silla o se tumbaba en la cama
con idéntica concentración.
A veces levantaban los ojos de sus estudios, se sonreían, y volvían a la lectura.
Eventualmente Stoner alzaba la vista de su libro y dejaba que su mirada se posara
sobre la graciosa curva de la espalda de Katherine y el esbelto cuello sobre el que
siempre caía un mechón de cabello. Luego un lento, sencillo deseo, le poseía
despacio y se levantaba, quedándose tras ella y dejando que sus brazos descansaran
suavemente sobre sus hombros. Ella se estiraba y dejaba caer la cabeza hacia atrás
sobre su pecho, extendiendo él las manos hacia delante dentro de la bata suelta,
tocando con delicadeza sus senos. Luego hacían el amor, yacían tranquilos un rato y
regresaban al estudio como si amor y aprendizaje fuesen un único proceso.
Esto fue uno de los especímenes de los que ellos llamaban «opinión
generalizada» que aprendieron aquel verano. Habían sido criados en una tradición
que les decía, de una manera u otra, que la vida mental y la vida de los sentidos eran
distintas y, de hecho, contrapuestas. Habían creído, sin ni siquiera haberlo meditado
realmente, que una tenía que ser elegida a expensas de la otra. Nunca se les había
ocurrido que una pudiera dar intensidad a la otra, y como la encarnación vino antes
que el reconocimiento de la verdad, fue un descubrimiento que les pertenecía a ellos
solos. Empezaron a coleccionar especímenes de la «opinión generalizada» y los
acumularon como si fueran tesoros; les ayudó a aislarse de un mundo que les
proporcionaría tales opiniones y contribuyó a unirlos sin prisa pero sin pausa.
Pero había otra rareza de la que Stoner era consciente y de la que no habló a
Katherine. Tenía que ver con la relación con su mujer y su hija.
Era una relación que, de acuerdo con la «opinión generalizada», tenía que
empeorar progresivamente mientras que lo que la opinión generalizada describiría
como «aventura» prosiguiera. Pero no fue así. Al contrario, parecía mejorar
progresivamente. Sus largas ausencias de lo que él aún llamaba su «casa» parecían
acercarle a Edith y a Grace más de lo que lo había estado en años. Empezó a sentir
por Edith una curiosa simpatía cercana al afecto, e incluso hablaban juntos, de vez en
cuando, de nada en particular. Durante aquel verano ella incluso aseó el porche

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acristalado, reparó el daño causado por los elementos e instaló allí una cama, de
manera que él no tuviera que dormir en el salón del comedor.
Y algunos fines de semana llamaba a las vecinas y dejaba a Grace a solas con su
padre. De vez en cuando Edith estaba fuera lo suficiente como para permitirle dar
paseos por el campo con su hija. Lejos de casa, la reserva dura y vigilante de Grace se
venía abajo, y a veces sonreía con una calma y una gracia que Stoner casi había
olvidado. Había crecido rápidamente durante el último año y estaba muy delgada.
Sólo mediante un esfuerzo de voluntad lograba recordar que estaba engañando a
Edith. Las dos partes de su vida estaban tan separadas como las dos partes de una
vida pueden estarlo y, aunque sabía que sus poderes de introspección eran débiles y
que era capaz de autoengañarse, no podía convencerse de que estuviera haciendo
daño a nadie sobre quien tuviera alguna responsabilidad.
No tenía talento para el disimulo ni se le ocurrió encubrir su aventura con
Katherine Driscoll; tampoco se le ocurrió mostrarlo públicamente. No le parecía
posible que nadie ajeno pudiese conocer su aventura, ni siquiera que estuviese
interesado en ella.
Fue, por lo tanto, una sorpresa profunda aunque impersonal el descubrir, a finales
de verano, que Edith sabía algo de su relación y que lo sabía casi desde el principio.
Lo mencionó casualmente una mañana mientras tomaba el café del desayuno,
charlando con Grace. Edith hablaba un poco crispada, diciendo a Grace que se diera
prisa en desayunar, que antes de que pudiera empezar a perder el tiempo tenía una
hora de ensayo de piano. William observó la figura delgada y erecta de su hija salir
del comedor y esperó ausente hasta que escuchó los primeros tonos resonantes
provenientes del viejo piano.
«Bueno», dijo Edith con un tono de voz todavía cortante, «te estás retrasando un
poco hoy, ¿no?».
William se giró hacia ella interrogante; la expresión ausente permanecía en su
rostro.
Edith dijo: «¿No se enfadará tu alumnita si la haces esperar?».
Sintió que se le secaban los labios. «¿Qué?», preguntó. «¿A qué viene eso?».
«Oh, Willy», dijo Edith riendo con indulgencia. «¿Pensabas que no conocía tu…
pequeño coqueteo? ¿Por qué? Lo he sabido siempre. ¿Cómo se llama? Lo sabía, pero
lo he olvidado».
Impactado y confuso, su mente no hallaba qué decir y cuando habló, su voz le
sonó petulante e irritada. «Tú no lo entiendes», dijo. «No hay coqueteo, como tú lo
llamas. Es…».
«Oh, Willy», dijo y rió de nuevo. «Pareces muy agitado. Oh, ya sé de qué va. Un
hombre de tu edad y todo eso. Es natural, supongo. Al menos es lo que se dice».
Se quedó callado un rato. Luego dijo con renuencia: «Edith, si quieres que

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hablemos de esto…».
«¡No!», dijo, había un rastro de miedo en su voz. «No hay nada de lo que hablar.
Nada de nada».
Y no hablaron de ello ni entonces ni después. La mayor parte del tiempo Edith
mantenía la ficción de que era su trabajo lo que le mantenía lejos de casa pero,
ocasionalmente, y casi de manera ausente, comentaba que sabía que siempre estaba
con ella en algún sitio. A veces lo decía en broma, con algo de sorna afectuosa, a
veces lo mencionaba sin ningún sentimiento, como si fuera el tema de conversación
más casual que pudiera imaginar; otras veces aludía al tema con petulancia, como si
alguna trivialidad le hubiera molestado.
Solía decir: «Oh, ya sé. Una vez que un hombre cumple los cuarenta. Pero de
verdad, Willy, podrías ser su padre, ¿no?».
No se le había ocurrido cómo podía verle el mundo desde fuera. Durante un
momento se vio a sí mismo como debía parecer y lo que Edith decía era parte de lo
que él veía. Vislumbraba un personaje que revoloteaba en anécdotas de bar y páginas
de novelas baratas… un ser lamentable que se hacía mayor, incomprendido por su
mujer, buscando mantenerse joven, liándose con una mujer mucho más joven,
intentando torpe y neciamente recuperar esa juventud que ya no podía tener, un fatuo
payaso en toda regla de quien el mundo se reía incómodo, apenado y desdeñoso.
Contemplaba a dicho personaje desde tan cerca como podía, pero cuanto más lo
miraba menos familiar le parecía. No se veía a sí mismo, y supo de repente que aquél
no era él.
Pero averiguó que el mundo conspiraba contra él, contra Katherine y contra la
pequeña parcela que ellos habían creído suya y lo asumía con creciente cercanía, con
una tristeza que no podía articular, ni siquiera transmitírsela a Katherine.

El semestre de otoño empezó aquel septiembre con un colorido veranillo indio


que sucedió a una helada temprana. Stoner regresó a sus clases con unas ganas que no
había sentido desde hacía mucho tiempo. Ni siquiera la perspectiva de encarar cien
rostros de alumnos de primero amilanaba sus renovadas energías.
Su vida con Katherine continuó en gran medida como antes, excepto que con el
regreso de los alumnos y el personal de la facultad empezó a ver necesario practicar
el disimulo. Durante el verano la vieja casa donde vivía Katherine estaba casi
desierta, había sido posible por lo tanto estar juntos en casi completo aislamiento, sin
miedo a ser observados. Ahora William tenía que ser cauteloso cuando acudía al
lugar por la tarde, se ponía a mirar a ambos lados de la calle antes de aproximarse a la
casa y bajar furtivamente las escaleras hasta la fuentecilla que había delante de su
apartamento.
Pensaban en realizar grandes gestos y hablaban de rebelión, se decían el uno al
otro que estaban tentados de hacer algo drástico, exhibirse abiertamente. Pero no lo

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hacían, ni tenían verdadero deseo de hacerlo. Únicamente querían que les dejaran en
paz, a solas y, esperando. Sabían que no les iban a dejar en paz y sospechaban que no
podrían ser ellos mismos. Imaginaban que eran discretos y rara vez se les ocurría que
alguien pudiera sospechar que tenían una aventura. Acordaron no verse en la
universidad y cuando no podían evitar verse en público, se saludaban con una
formalidad cuya ironía no creían que fuese evidente.
Pero la aventura se hizo pública, y lo hizo nada más empezar el semestre de
otoño. Era de esperar que el descubrimiento proviniera de la peculiar clarividencia
que la gente tiene para estas cosas, dado que ninguno de ellos había revelado signos
externos de sus vidas privadas. O quizás alguien había hecho una especulación
peregrina que tuvo un halo de verdad para otra persona, lo cual dio pie a un examen
minucioso de ambos, lo cual a su vez generó… Las especulaciones eran, ellos lo
sabían, inconclusas pero continuaban haciéndolas.
Había pruebas de las que ambos deducían que estaban siendo descubiertos. Una
vez, caminando entre dos alumnos graduados, Stoner oyó que uno dijo, medio con
admiración medio con desdén: «El viejo Stoner. Por Dios, ¿quién lo hubiera creído?».
Y les vio menear la cabeza burlándose perplejos de la condición humana. Algunos
conocidos de Katherine hicieron oblicuas referencias a Stoner y le hacían
confidencias sobre sus propias vidas amorosas que ella no había solicitado.
Lo que sorprendió a ambos fue que no parecía importar. Nadie dejó de hablarles,
nadie les miraba mal, el mundo que ellos temían no les hizo sufrir. Empezaron a creer
que podrían vivir en un lugar que habían considerado hostil para su amor, y vivir allí
con algo de dignidad y sosiego.
Durante las vacaciones navideñas Edith decidió llevar a Grace a visitar a su
madre en San Luis y, por una única vez durante su vida en común, William y
Katherine tuvieron ocasión de estar juntos durante un largo periodo.
Por separado y de manera casual, ambos hicieron saber que se ausentarían de la
universidad durante las vacaciones de Navidad, Katherine iría a visitar a sus
familiares en el Este y William iba a trabajar en el centro bibliográfico y en un museo
de Kansas City. A horas diferentes tomaron el autobús por separado y se encontraron
en Lake Ozark, un destino turístico a los pies de las montañas de la gran cordillera de
Ozark.
Eran los únicos huéspedes del único alojamiento del pueblo que continuaba
abierto todo el año y disponían de diez días para estar juntos.
Había nevado con intensidad tres días antes de su llegada y durante su estancia
nevó otra vez, por lo que los suaves cerros ondulados permanecieron blancos todo el
tiempo que estuvieron allí.
Disponían de un apartamento con dormitorio, salón y una cocina pequeña. Estaba
en cierto modo separado de los otros apartamentos y tenía vistas a un lago que se

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helaba durante los meses de invierno. Por las mañanas se levantaban y se encontraban
abrazados, con sus cuerpos cálidos y lujuriosos bajo las pesadas mantas. Sacaban la
cabeza de las mantas y observaban condensarse su aliento en grandes nubes en el aire
frío. Se reían como niños, se volvían a tapar la cabeza y se abrazaban aún más fuerte.
A veces hacían el amor y se quedaban en la cama toda la mañana y hablaban hasta
que el sol aparecía por la ventana que daba a oriente. Otras veces Stoner se levantaba
de la cama tan pronto como se despertaban y retiraba las mantas del cuerpo desnudo
de Katherine y se burlaba de sus gritos mientras encendía fuego en la enorme
chimenea. Luego se acurrucaban juntos ante la chimenea, sólo cubiertos por una
manta, y esperaban a calentarse con el fuego creciente y el calor natural de sus
cuerpos.
A pesar del frío iban a pasear casi cada día al bosque. Los altos pinos, de un negro
verdoso frente a la nieve, se elevaban masivamente hacia el despejado cielo azul
pálido; el deslizamiento y caída ocasional de la nieve desde alguna rama intensificaba
el silencio que les rodeaba, como el perdido canto de un pájaro acentuaba el
aislamiento por el que caminaban. Una vez vieron un ciervo que había descendido de
las montañas en busca de comida. Era un ejemplar de deslumbrante amarillo tostado
frente a la severidad de los oscuros pinos y la blanca nieve. Se lo encontraron a
menos de cincuenta metros con una pata delantera delicadamente levantada sobre la
nieve, con las pequeñas orejas apuntando hacia adelante, los ojos marrones
perfectamente redondos e increíblemente suaves. Nadie se movió. El delicado rostro
del ejemplar se inclinó, como si los inspeccionara cortésmente; después, sin prisas, se
dio la vuelta y se alejó de ellos, alzando sus pezuñas de la nieve con suavidad y
posándolas con precisión, efectuando pequeños crujidos.
Por las tardes acudían al salón principal de su hotel, que también servía de tienda
del pueblo y de restaurante. Allí tomaban café y hablaban de lo que surgiera en la
conversación y en ocasiones pedían algo para cenar que siempre se llevaban a su
habitación.
De noche, algunas veces, encendían la lámpara de aceite y leían; pero a menudo
se sentaban sobre mantas dobladas en frente de la chimenea y conversaban o se
quedaban en silencio observando las llamas jugar intrincadamente sobre los troncos y
los reflejos de la luz sobre el rostro del otro.
Una noche, casi hacia el final del tiempo que pasaron juntos, Katherine dijo con
tranquilidad, casi distraída: «Bill, si nunca tuviéramos nada más, habremos tenido
esta semana. ¿Suena como muy de chicas decir esto?».
«No importa cómo suene», dijo Stoner. Asintiendo. «Es cierto».
«Entonces lo diré», dijo Katherine. «Habremos tenido esta semana».
La ultima mañana, Katherine ordenó los muebles y limpió el sitio sin prisas. Se
quito la alianza que había llevado y la introdujo en una grieta entre la pared y la

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chimenea. Sonrió tímidamente. «Quena», dijo, «dejar algo nuestro aquí, algo que
sepa que permanecerá aquí mientras este sitio exista. A lo mejor es una tontería».
Stoner no pudo responderle. La tomó del brazo, salieron del apartamento y
renquearon por la nieve hasta la recepción del hotel, donde les recogería un autobús
que les llevaría a Columbia.

Una tarde de últimos de febrero, unos días después de que el segundo semestre
hubiera comenzado, Stoner recibió una llamada de la secretaria de Gordon Finch. Le
dijo que al vicedecano le gustaría hablar con él y le preguntó si podía pasarse aquella
tarde o a la mañana siguiente. Stoner le dijo que sí. Después de colgar se quedó
sentado durante algunos minutos con una mano en el teléfono. Luego suspiró, asintió
para sí mismo y bajó hasta el despacho de Finch.
Gordon Finch estaba en mangas de camisa, con la corbata desanudada y reclinado
hacia atrás en su silla giratoria con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.
Cuando Stoner entró en el despacho le saludó jovialmente con la cabeza y señaló una
silla tapizada en cuero que había en un rincón al lado de su mesa.
«Ponte cómodo. ¿Qué tal todo?».
Stoner asintió. «Todo bien».
«¿Ocupado con las clases?».
Stoner dijo secamente: «Razonablemente. Tengo el horario completo».
«Lo sé», dijo Finch y meneó la cabeza. «No puedo interferir en eso, ya sabes.
Aunque es una maldita vergüenza».
«No pasa nada», dijo Stoner un poco impaciente.
«Bueno». Finch se estiró en la silla y juntó las manos sobre la mesa. «No hay
nada oficial en esta reunión, Bill. Sólo quería charlar contigo un rato».
Hubo un largo silencio. Stoner dijo amablemente: «¿De qué se trata, Gordon?».
Finch suspiró y luego dijo abruptamente: «Bien. Ahora mismo te hablo como
amigo. Ha habido rumores. No es nada a lo que yo, como vicedecano, tenga que
prestar atención todavía, pero… bueno, en algún momento tendré que prestarle
atención y pensé que debía hablar contigo… como amigo, digo… antes de que se
convierta en algo serio».
Stoner asintió. «¿Qué tipo de charla?».
«Oh, demonios, Bill. Tú y la Driscoll. Ya sabes».
«Sí», dijo Stoner. «Lo sé. Sólo quería saber hasta dónde ha llegado».
«No muy lejos aún. Alusiones, comentarios, cosas así».
«Ya veo», dijo Stoner. «No sé qué puedo hacer al respecto».
Finch dobló una hoja de papel cuidadosamente. «¿Es algo serio, Bill?».
Stoner respondió afirmativamente con la cabeza y miró por la ventana. «Es algo
serio, me temo».
«¿Qué vas a hacer?».

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«No lo sé».
Con repentina violencia Finch arrugó el papel que tan cuidadosamente había
doblado y lo arrojó a la papelera. Dijo: «En teoría, tu vida es cosa tuya. En teoría,
tienes la posibilidad de cepillarte a quien quieras, hacer lo que quieras, y no debería
importar mientras eso no interfiera con tus clases. Pero, maldición, tu vida no es tuya.
Es… oh, demonios. Sabes lo que quiero decir».
Stoner sonrió. «Me temo que sí».
«Es un tema espinoso. ¿Qué pasa con Edith?».
«Aparentemente», dijo Stoner, «ella se toma todo el asunto bastante menos en
serio que el resto. Y es curioso, Gordon, no creo que nunca nos hayamos llevado
mejor que durante el último año».
Finch se rió brevemente. «Uno nunca sabe, ¿verdad? Pero lo que quería decir es,
¿habrá divorcio? ¿Algo similar?».
«No lo sé. Posiblemente. Pero Edith lo peleará. Será un lío».
«¿Qué pasa con Grace?».
Un miedo repentino se agarró a la garganta de Stoner y éste supo que su
expresión le delataba. «Ese es… otro tema. No lo sé, Gordon».
Finch dijo impersonalmente, como si estuviera hablando con otro: «Puede que
sobrevivas a un divorcio… si no se lía demasiado. Podría ser bronco, pero
probablemente sobrevivirás. Y si esta… cosa con la Driscoll no fuera seria, si sólo
estuvieras echando una cana al aire, bueno, eso se podría controlar también. Pero te
estás exponiendo, Bill. Te la estás buscando».
«Supongo que sí», dijo Stoner.
Hubo una pausa. «Menudo trabajo infernal tengo», dijo Finch con pesadez. «A
veces creo que no soy para nada la persona adecuada».
Stoner sonrió: «Dave Masters dijo una vez que no eras lo bastante hijo de perra
para tener verdadero éxito. No te preocupes por eso, Gordon. Entiendo tu posición. Y
si pudiera ponértelo más fácil yo…». Hizo una pausa y movió la cabeza severamente.
«Pero no puedo hacer nada ahora mismo. Tendrá que esperar de alguna manera…».
Finch asintió y no miró a Stoner; continuó mirando a su mesa como si una
maldición se le aproximara lenta e inexorablemente. Stoner aguardó unos instantes y
como Finch no dijo nada más, se levantó tranquilamente y salió del despacho.
A causa de su conversación con Gordon Finch, Stoner llegó con retraso aquella
tarde al apartamento de Katherine. Sin preocuparse de mirar a ambos lados de la
calle, se acercó a la casa y entró. Katherine le estaba esperando, no se había cambiado
de ropa y esperaba casi formalmente, sentada recta y alerta en el sofá.
«Llegas tarde», dijo rotunda.
«Lo siento», dijo. «Me entretuvieron».
Katherine encendió un cigarrillo, le temblaba la mano ligeramente. Se quedó

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contemplando la cerilla durante un instante y la apagó con una bocanada de humo.
Dijo: «Un profesor compañero mío se tomó la molestia de contarme que el
vicedecano Finch te había llamado esta tarde».
«Sí», dijo Stoner. «Eso fue lo que me entretuvo».
«¿Era algo sobre nosotros?».
Stoner asintió. «Ha oído algunas cosas».
«Ya me imaginaba que era eso», dijo Katherine. «Mi compañero parecía saber
algo que no me quiso decir. Oh, Dios, Bill».
«Tampoco es eso», dijo Stoner. «Gordon es un viejo amigo. Lo cierto es que creo
que quiere protegernos. Creo que lo hará si puede».
Katherine no habló durante un rato. Se quitó los zapatos y se tumbó en el sofá,
mirando el techo. Dijo con calma: «Ya empezamos. Supongo que era demasiado
esperar que nos dejaran en paz. Imagino que, en realidad, nunca pensamos en serio
que lo harían».
«Si se pone muy feo», dijo Stoner, «podemos irnos. Podemos hacer algo».
«Oh, Bill», Katherine se rió un poco, con voz ronca y suave. Se sentó en el sofá.
«Eres lo que más quiero, lo que más. Más de lo que nadie se pueda imaginar. Y no
dejaré que nos molesten. ¡No!».
Y durante las siguientes semanas vivieron poco más o menos como lo habían
venido haciendo. Siguiendo una estrategia que podrían haber concebido un año antes.
Con una fuerza que no hubieran imaginado que tenían ponían en práctica evasiones y
retiradas, desplegando sus poderes como habilidosos generales que debieran
sobrevivir con recursos escasos. Se convirtieron en auténticos seres circunspectos y
cautelosos, obteniendo un oscuro placer con sus tejemanejes. Stoner llegaba al
apartamento sólo después de oscurecer, cuando nadie podía verle entrar. Por el día,
entre clases, Katherine se dejaba ver en cafeterías con compañeros más jóvenes, las
horas que pasaban juntos ganaban intensidad debido a su determinación común. Se
decían que nunca habían estado tan unidos y, para su sorpresa, se dieron cuenta de
que era verdad, que las palabras que se decían para animarse eran más que
consoladoras. Hicieron el acercamiento posible y el compromiso inevitable.
El mundo a media luz en el que vivían y al que traían la mejor parte de ellos
mismos, hizo que, con el tiempo, el mundo exterior de gente que caminaba y hablaba
y en el cual había cambio y movimiento continuo, les pareciese falso e irreal. Sus
vidas se dividían bruscamente entre esos dos mundos y les parecía normal que
tuvieran que vivir así, divididos.
Durante el final del invierno y el principio de la primavera hallaron juntos una
paz que no habían tenido antes. Cuanto más se cerraba el mundo exterior ante ellos,
menos cuenta se daban de su existencia y su felicidad era tal que no necesitaban
hablarse, o ni siquiera pensar en hacerlo. En el apartamento pequeño y oscuro de

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Katherine, escondido como una cueva bajo la enorme casa antigua, les parecía salirse
del tiempo hacia un universo atemporal descubierto por ellos solos.
Entonces, un día de finales de abril, Gordon Finch volvió a convocar a Stoner en
su despacho y Stoner bajó con un malestar provocado por lo que sabía y no quería
admitir.
Lo que había pasado era muy sencillo, algo que Stoner debería haber previsto
pero que no hizo.
«Es Lomax», dijo Finch. «De alguna manera el hijo de perra se ha enterado y no
está dispuesto a dejarlo pasar».
Stoner asintió. «Debería haber pensado en ello. Debería habérmelo esperado.
¿Crees que servirá de algo si hablo con él?».
Finch negó con la cabeza, paseó por su despacho y se detuvo junto a la ventana.
La luz de primera hora de la tarde le daba en la cara haciendo brillar su sudor. «No lo
entiendes, Bill —dijo cansado—. Lomax no va por ahí. Tu nombre ni siquiera ha
aparecido. Está pensando en la Driscoll».
«¿Que qué?», dijo Stoner desconcertado.
«Casi hay que admirarle», dijo Finch. «No sé cómo carajo se ha enterado de que
yo lo sabía todo. Así que vino ayer, de improviso, ya sabes, y me dijo que iba a tener
que despedir a la Driscoll y me advirtió de que traería cola».
«No», dijo Stoner. Le dolían las manos por donde se agarraban a los brazos de
cuero de la silla.
Finch continuó: «Según Lomax ha habido quejas, de estudiantes en su mayoría, y
de vecinos. Parece ser que han visto hombres entrando y saliendo de su apartamento a
todas horas —flagrante mal comportamiento—, ese tipo de cosas. Oh, lo ha
decorado, personalmente no tiene objeción —de hecho, admira mucho a la chica—
pero tiene que pensar en la reputación del departamento y de la universidad.
Lamentamos la necesidad de plegarnos a los dictados morales de la clase media, y
estamos de acuerdo en que la comunidad universitaria debería ser un nido de rebelión
contra la ética protestante y llegamos a la conclusión que en la práctica estábamos
indefensos. Dijo que esperaba poder dejarlo pasar hasta el final del semestre pero
dudaba de que pudiera hacerlo. Y todo el rato el hijo de perra sabía que el
entendimiento era perfecto».
Un nudo en la garganta impidió hablar a Stoner. Tragó saliva dos veces e intentó
hablar; su voz sonó firme y neutra. «Lo que quiere está perfectamente claro, por
supuesto».
«Me temo que sí», dijo Finch.
«Sabía que me odiaba», dijo Stoner distante. «Pero nunca me di cuenta, nunca
imaginé que pudiera…».
«Ni yo», dijo Finch. Regresó a su mesa y se sentó apesadumbrado. «Y no puedo

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hacer nada, Bill. Estoy indefenso. Si Lomax quiere quejas, aparecerán; si quiere
testigos, aparecerán. Tiene sus seguidores, ya lo sabes. Y si una palabra de esto llega
al decano…», negó con la cabeza.
«¿Qué supones que pasará si renuncio a dimitir? ¿Si renunciamos a tener
miedo?».
«Crucificará a la chica», dijo Finch con rotundidad. «Y, como por casualidad, tú
te verás metido en ello. Está muy claro».
«Entonces», dijo Stoner, «parece que no se puede hacer nada».
«Bill», dijo Finch y luego guardó silencio. Apoyó la cabeza sobre sus puños
cerrados. «Hay una posibilidad —añadió apagadamente—. Sólo una. Creo que puedo
quitártelo de encima… si sólo la Driscoll…».
«No», dijo Stoner. «No creo que pueda hacerlo. Literalmente, no creo que pueda
hacerlo».
«¡Maldita sea!», la voz de Finch sonó angustiada. «¡Él cuenta con ello! Piénsalo
un momento. ¿Qué harías? Es abril, casi mayo; ¿qué tipo de trabajo podrías conseguir
en esta época del año, si es que puedes conseguir alguno?».
«No lo sé», dijo Stoner. «Algo…».
«¿Y qué pasa con Edith? ¿Crees que va a dar su brazo a torcer, a concederte el
divorcio sin presentar batalla? ¿Y Grace? ¿Qué será de ella, en esta ciudad, si
dimites? ¿Y Katherine? ¿Qué tipo de vida llevaréis? ¿Qué será de vosotros?».
Stoner calló. Por dentro le estaba empezando a crecer un vacío; sentía una
debilidad, un desmayo. Por fin dijo: «¿Me das una semana? Tengo que pensarlo.
¿Una semana?».
Finch asintió. «Puedo retenerle ese tiempo al menos. Pero no mucho más. Lo
siento, Bill. Lo sabes».
«Sí», se levantó de la silla y se quedó de pie un rato, comprobando la estabilidad
de sus piernas. «Ya te contaré. Ya te contaré cuando pueda».
Salió del despacho hacia la oscuridad del largo pasillo y caminó con dificultad
hacia la luz, hacia el espacio abierto que era como una prisión a la que regresaba.

Años después, en ocasiones, repasaba los días siguientes a aquella conversación


con Gordon Finch sin ser capaz de recordarlos con claridad. Era como si fuera un
muerto animado nada más que por los hábitos obstinados de la voluntad. Aunque a
veces estuvo al tanto de sí mismo y de los lugares, personas y acontecimientos que
pasaron a su alrededor aquellos días, sabía que mostraba en público una apariencia
que ocultaba su condición. Daba sus clases, saludaba a sus colegas, asistía a las
reuniones a las que tenía que ir y ninguna de las personas que se encontraba en el día
a día percibía que algo fuese mal.
Pero desde el momento en que salió del despacho de Gordon Finch notó, en algún
punto de la confusión que crecía desde un pequeño núcleo de su ser, que una parte de

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su vida había terminado, que una parte de él estaba tan próxima a la muerte que podía
verla venir casi con sosiego. Era vagamente consciente de que caminaba por el
campus bajo el luminoso fulgor cálido de una tarde de principios de primavera; los
cerezos que bordeaban los caminos y los jardines estaban completamente en flor y se
agitaban como blandas nubes, traslúcidas y tenues ante su vista, el dulce aroma de las
mortecinas flores de las lilas bañaba el aire.
Y cuando llegó al apartamento de Katherine portaba una alegría febril e
insensible. Dejó de lado las preguntas sobre su última reunión con el vicedecano y la
obligó a reírse, admitiendo con una tristeza inconmensurable sus últimos esfuerzos
jubilosos, como una danza que la vida efectúa sobre el cadáver de los muertos.
Pero al final tuvieron que hablar, él lo sabía, aunque las palabras que se dijeron
fueron como una representación de algo que hubieran ensayado una y otra vez en la
privacidad de sus mentes. Revelaron su pensamiento mediante la expresión
gramatical, progresaron desde el perfecto: «Hemos sido felices, ¿no?», al pasado:
«Fuimos felices… más felices que nadie. Creo…» y al fin llegó la necesidad de
hablar.
Unos días después de la conversación con Finch, en un momento de calma que
interrumpía la alegría semihistérica que habían escogido como la convención más
apropiada para vivir sus últimos días juntos, Katherine dijo: «No tenemos mucho
tiempo, ¿verdad?».
«No», dijo Stoner tranquilo.
«¿Cuánto más?», preguntó Katherine.
«Pocos días, dos o tres».
Katherine asintió. «Pensaba que no sería capaz de soportarlo. Pero estoy atontada.
No siento nada».
«Lo sé», dijo Stoner. Se quedaron callados un momento. «Sabes que si hubiera
algo… lo que sea que pudiera hacer, yo…».
«No», dijo ella. «Por supuesto que lo sé».
Él se reclinó en el sofá y miró el techo bajo y oscuro que había sido el cielo de sus
vidas. Dijo con calma: «Si lanzara todo por la borda, si dimitiera, si simplemente me
fuera… vendrías conmigo, ¿no?».
«Sí», dijo ella.
«Pero sabes que no lo haré, ¿verdad?».
«Sí, lo sé».
«Por eso entonces», se explicó Stoner a sí mismo, «nada de esto ha significado
nada… nada de lo que hemos hecho, donde hemos estado. Casi con toda seguridad no
podré dar clase y tú… tú cambiarás. Ambos cambiaremos, seremos diferentes de
nosotros mismos. Seremos… nada».
«Nada», dijo ella.

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«Y hemos salido de esto, al menos, siendo nosotros. Sabemos dónde estamos… lo
que somos».
«Sí», dijo Katherine.
«Porque a la larga», dijo Stoner, «no es ni Edith ni siquiera Grace, o la certeza de
perder a Grace, lo que me mantiene aquí, no es ni el escándalo ni lo que me dueles,
no son los obstáculos que tendríamos que superar, ni siquiera la pérdida del amor que
tendríamos que afrontar. Es simplemente la destrucción de nosotros mismos, de lo
que hacemos».
«Lo sé», dijo Katherine.
«De manera que pertenecemos al mundo a pesar de todo, deberíamos haberlo
sabido. Lo sabíamos, creo, pero teníamos que retirarnos un poco, para poder así…».
«Lo sé», dijo Katherine. «Lo he sabido todo el tiempo, supongo. Incluso
fingiendo, sabía que en algún momento, en algún momento, nosotros… Lo he
sabido». Se detuvo y le miró fijamente. Sus ojos brillaron de repente con lágrimas.
«¡Pero malditos todos, Bill, malditos todos!».
No dijo más. Se abrazaron para que ninguno viese la cara del otro e hicieron el
amor para no tener que hablar. Se acoplaron con esa típica ternura sensual de
conocerse bien y con la nueva pasión intensa de la pérdida. Después, en la oscura
noche de su habitación, yacieron quietos sin hablarse, rozándose ligeramente. Al cabo
de un rato, Katherine respiraba acompasadamente, como si durmiera. Stoner se
levantó con calma, se vistió en la oscuridad y salió de la habitación sin despertarla.
Caminó por las calles silenciosas y vacías de Columbia hasta que el primer rayo de
luz gris apareció por el este, después se dirigió al campus de la universidad. Se sentó
en los escalones de piedra frente al Jesse Hall y observó la luz de levante reptar por
las grandes columnas del centro del patio. Pensó en el fuego que, antes de nacer él,
había devorado y destruido el antiguo edificio y le entristeció vagamente la
apariencia de lo que había quedado. Cuando amaneció entró en el recibidor y fue a su
despacho, donde esperó hasta que comenzó su clase.
No volvió a ver a Katherine Driscoll. Una vez la dejó él, de noche, se levantó,
hizo las maletas, metió sus libros en cajas y dio al conserje de los apartamentos una
dirección donde enviarlas. Escribió a la secretaría del departamento de inglés con las
notas finales y con instrucciones para suspender la semana y media de clases que
quedaba ese semestre, así como su dimisión. Y estaba en el tren, alejándose de
Columbia, a las dos de aquella tarde.
Debió de haber preparado su marcha durante algún tiempo, pensó Stoner y
agradecía no haberlo sabido y que ella no le hubiese dejado una nota final explicando
lo que no se podía explicar.

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14

AQUEL verano no dio clases y tuvo la primera enfermedad de su vida. Fue una
fiebre bastante intensa y de origen oscuro que le duró sólo una semana pero que le
absorbió la energía, dejándole demacrado y sufriendo como secuela una pérdida
parcial de audición. Durante todo el verano estuvo tan débil y apático que no podía
caminar unos pocos pasos sin quedar exhausto, pasaba casi todo el tiempo en el
pequeño porche cerrado de la parte posterior de la casa, tumbado en la cama o
sentado en la vieja silla que había subido del sótano. Miraba por las ventanas o a los
tablones del techo o se forzaba de vez en cuando a ir a la cocina a por un poco de
comida.
Apenas tenía energía para hablar con Edith, ni siquiera con Grace, aunque a veces
Edith entraba en la habitación, le hablaba distraída durante unos minutos, dejándole
solo después tan abruptamente como se había entrometido.
Una vez, a mediados de verano, le habló de Katherine.
«Me acabo de enterar, hace un día más o menos», dijo ella. «De manera que tu
estudiantita se ha ido, ¿cierto?».
Haciendo un esfuerzo desvió su atención de la ventana y se giró hacia Edith.
«Sí», dijo mansamente.
«¿Cómo se llamaba?», preguntó Edith. «Nunca puedo recordar su nombre».
«Katherine», dijo. «Katherine Driscoll».
«Oh, sí», dijo Edith. «Katherine Driscoll. Bueno, ¿ves?, te lo dije, ¿verdad? Te
dije que esas cosas no tenían importancia».
Asintió ausente. Fuera, sobre el viejo olmo que formaba parte de la verja del patio
trasero, un gran pájaro blanquinegro —una urraca— había empezado a graznar.
Escuchó el sonido de sus llamadas y observó remotamente fascinado su pico abierto
como si entonara su lamento solitario.
Envejeció rápidamente aquel verano, por lo que cuando regresó a sus clases en
otoño había pocos que no le reconocieran sin mostrar sorpresa. Su rostro, demacrado
y huesudo, estaba marcado con arrugas, grandes mechones canosos le recorrían el
cabello y andaba bastante encorvado, como si cargase un bulto invisible. Su voz se
había vuelto más áspera y abrupta y tenía tendencia a mirar a la gente con la cabeza
gacha, de manera que sus claros ojos grises se veían puntiagudos y quejumbrosos
bajo sus enmarañadas cejas. Apenas hablaba con nadie a parte de sus alumnos y
siempre respondía a las preguntas y los saludos con impaciencia y a veces con
aspereza.
Realizaba su trabajo con una tenacidad y resolución que divertía a sus colegas
más veteranos e irritaba a los profesores más jóvenes, quienes, como él mismo, daban
clase sólo a los de primero. Pasaba horas calificando y corrigiendo trabajos de

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primero, se reunía diariamente con alumnos y acudía sin falta a todas las reuniones de
departamento. No hablaba mucho en dichas reuniones pero cuando lo hacía hablaba
sin tacto ni diplomacia, por lo que entre sus colegas se ganó la reputación de
cascarrabias y de tener mal genio. Sin embargo, con sus alumnos más jóvenes era
amable y paciente, aunque les exigía más trabajo del que estaban dispuestos a dar,
siendo tan firme e impersonal que para muchos era difícil de comprender.
Entre sus colegas era típico —especialmente entre los más jóvenes— creer que
era un profesor «dedicado», un término que utilizaban entre la envidia y el desdén, y
que su dedicación le cegaba para todo lo que pasaba fuera de las aulas o, como
mucho, fuera de las dependencias de la universidad. Se hacían chistes fáciles.
Después de una reunión de departamento en la que Stoner había hablado con
contundencia acerca de algunos experimentos recientes sobre la enseñanza de la
gramática, un profesor joven comentó que «para Stoner la cópula está restringida a
los verbos», asombrándose de las atronadoras carcajadas y la expresividad de las
miradas en los ojos de los más veteranos. Otro dijo en una ocasión: «El viejo Stoner
cree que WPA significa Wrong Pronoun Antecedent»[1], quedando complacido al
enterarse que su ocurrencia había hecho algo de gracia.
Pero William Stoner conocía el mundo de una manera que pocos de sus colegas
más jóvenes podrían comprender. Por dentro, bajo su memoria, yacía la experiencia
de la dureza, el hambre, la resistencia y el dolor. Además del recuerdo fugaz de sus
primeros años en la granja de Booneville, llevaba siempre cerca de su consciencia el
conocimiento sanguíneo de su herencia, transmitida por ancestros cuyas vidas fueron
oscuras, duras y estoicas y cuya ética común era la de mostrar a un mundo opresivo
rostros inexpresivos, duros y fríos.
Y aunque entre ellos aparentaba ser impasible, era consciente de la época en la
que vivía. Durante aquella década, cuando los rostros de muchos hombres se tornaron
permanentemente duros y fríos, como si miraran hacia un abismo, William Stoner,
para quien esa expresión le era tan familiar como el aire que respiraba, advirtió los
signos de la desesperanza generalizada que conocía desde niño. Vio hombres buenos
caer en una lenta decadencia de desesperanza, destruidos al ver destruido su concepto
de una vida decente, les veía caminar desanimados por las calles, con la mirada vacía
como añicos de cristal roto; les veía encaminarse hacia las puertas de atrás, con el
amargo orgullo de los hombres que avanzan hacia su propia ejecución, a mendigar el
pan que les permitiera volver a mendigar, y vio hombres que una vez caminaron
erguidos por efecto de su propia identidad mirarle con envidia y odio por la débil
seguridad que él disfrutaba como empleado de una institución que, no se sabe por
qué, no podía caer. No expresó esta consciencia pero conocer la miseria común le
afectó y le cambió profundamente y sin que nadie lo apreciara. La tristeza por los
apuros ajenos le acompañó en todos los momentos de su vida.

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También fue consciente de los movimientos en Europa como en una lejana
pesadilla, y en julio de 1936, cuando Franco se rebeló contra el gobierno de España y
Hitler alimentó dicha rebelión para convertirla en una guerra mayor, Stoner, como
muchos otros, sintió asco al ver cómo la pesadilla invadía los sueños del mundo.
Cuando aquel año comenzó el semestre de otoño, los profesores noveles no podían
hablar de otra cosa, algunos proclamaban su intención de alistarse en una unidad de
voluntarios y luchar con los republicanos o conducir ambulancias. Al final del
semestre algunos habían dado ese paso, presentando dimisiones apresuradas. Stoner
pensó en Dave Masters y esa vieja pérdida regresó a él con intensidad renovada.
Pensó también en Archer Sloane y recordó la angustia lenta que había ido creciendo
en aquel rostro irónico y la desesperanza erosiva que había consumido a aquel duro
ser. Creyó saber algo ahora sobre el sentimiento de pérdida que Sloane había
experimentado. Barruntaba los años que tenía por delante y sabía que lo peor estaba
por venir.
Como había hecho Archer Sloane, se dio cuenta de la futilidad y el sinsentido de
comprometerse por completo con las oscuras fuerzas irracionales que empujaban al
mundo hacia su final incierto. Al contrario que Archer Sloane, Stoner se refugió un
poco en la piedad y el amor para no verse atrapado por la vorágine que observaba.
Como en otros momentos de crisis y desesperación, revisó la fe cautelosa que la
universidad encarnaba. Se dijo que no era mucho pero sabía que eso era todo lo que
tenía.
En el verano de 1937 sintió renovada la vieja pasión por el estudio y el
aprendizaje y, con el vigor curioso e incorpóreo del universitario cuya condición no
es ni joven ni anciana, retornó a la única vida que no le había traicionado. Descubrió
que ni siquiera durante su desilusión había estado alejado de aquella vida.
Su horario ese otoño era especialmente malo. Sus cuatro clases de prácticas de
primero estaban espaciadas varias horas a lo largo de la semana. Durante todos sus
años como jefe de departamento, Lomax nunca había fallado en asignarle a Stoner
horarios de clase que hasta el profesor más novato hubiese aceptado a regañadientes.
El primer día de aquel curso, a primera hora de la mañana, Stoner estaba sentado
en su despacho mirando otra vez su horario pulcramente impreso. Se había acostado
tarde la noche anterior leyendo un nuevo tratado sobre la búsqueda de la tradición
latina en el Renacimiento y la emoción que había sentido le había durado hasta la
mañana. Observó su horario y una ira sorda se le encendió dentro. Miró la pared de
enfrente durante algún tiempo, revisando de nuevo su horario, asintiendo con la
cabeza. Arrojó el horario y el programa de estudios adjunto a la papelera y se dirigió
a su archivo de la esquina del despacho. Abrió el cajón superior, contempló ausente
las carpetas marrones que allí había y sacó una. Ojeó los papeles de la carpeta,
silbando silenciosamente mientras lo hacía. Luego cerró el cajón y, con la carpeta

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bajo el brazo, salió de su despacho y cruzó el campus hacia su primera clase.
El edificio era antiguo, de suelos de madera, y se utilizaba para dar clase sólo en
emergencias. El aula que le habían asignado era tan pequeña para el número de
alumnos inscritos que algunos de los estudiantes tenían que sentarse en los quicios de
las ventanas o quedarse de pie. Cuando Stoner entró le miraron incómodos y
dubitativos, podría ser amigo o enemigo y no sabían qué sería peor.
Se disculpó ante sus alumnos por el aula, hizo una pequeña broma sobre la
administración y aseguró a los que estaban de pie que habría sillas para ellos el
próximo día. Después puso la carpeta en el atril abollado que reposaba inestable
sobre la mesa y examinó los rostros que tenía ante él.
Dudó unos instantes. Luego dijo: «Aquéllos de ustedes que hayan comprado
libros de texto para esta clase pueden devolverlos a la librería y recuperar el dinero.
No utilizaremos el libro que aparece en el programa de estudios, el cual, asumo,
recibieron todos cuando se apuntaron al curso. Tampoco seguiremos el plan de
estudios. En este curso intentaré una aproximación diferente a la materia, una
aproximación que requerirá que compren otros dos libros diferentes».
Dio la espalda a los alumnos y tomó un trozo de tiza de la repisa inferior de la
pizarra arañada, sostuvo la tiza en equilibrio durante un momento y escuchó el rumor
sordo y los crujidos que hacían los alumnos al acomodarse en sus mesas, soportando
una rutina que de pronto se le hizo familiar.
«Nuestros libros serán», dijo Stoner pronunciando lentamente las palabras
mientras las escribía, «Prosa y verso en inglés medieval, editado por Loomis y
Willard; y Crítica literaria inglesa: La época medieval, de J. W. H. Atkins». Se giró
hacia la clase. «Notarán que la librería aún no ha recibido estos libros, puede que
pasen dos semanas hasta que los reciban. Mientras tanto les pondré en antecedentes y
explicaré el propósito del curso y les encargaré algunos trabajos en la biblioteca para
mantenerles ocupados».
Hizo una pausa. Muchos de los alumnos estaban inclinados sobre las mesas,
tomando nota de todo lo que decía, algunos le miraban fijamente, con sonrisillas que
querían aparentar inteligencia y entendimiento, y unos pocos le miraban totalmente
perplejos.
«El tema principal de este curso», dijo Stoner, «lo encontraremos en la antología
de Loomis y Willard; estudiaremos ejemplos de versificación y prosa medieval con
tres propósitos… primero, como trabajos literarios significativos por sí mismos;
segundo, como demostración de los principios de estilo literario y método en la
tradición inglesa; y tercero, como soluciones retóricas y gramáticas a problemas
discursivos que aún hoy pueden tener algún valor práctico y de uso».
Para entonces casi todos sus alumnos habían dejado de tomar notas y habían
levantado la cabeza. Incluso las miradas inteligentes se habían convertido en muecas

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frívolas, algunas manos se agitaban en el aire. Stoner señaló a uno de los que habían
mantenido constantemente la mano en alto y firme, un joven moreno con gafas.
«Señor, ¿estamos en Inglés General I, sección cuarta?».
Stoner le sonrió. «¿Cuál es su nombre por favor?».
El chico tragó saliva. «Jessup, señor. Frank Jessup».
Stoner asintió. «Señor Jessup. Sí, señor Jessup, esto es Inglés General I, sección
cuarta y mi nombre es Stoner, hecho que, sin duda, debo de haber mencionado al
principio de la clase. ¿Tiene más preguntas?».
El chico tragó de nuevo. «No, señor».
Stoner asintió y miró con benevolencia por el aula. «¿Alguien tiene alguna
pregunta más?».
Los rostros le devolvían la mirada, no había sonrisas y algunas bocas estaban
abiertas.
«Muy bien», dijo Stoner. «Proseguiré. Como decía al principio de la hora, un
propósito de este curso es estudiar ciertos trabajos del periodo aproximado entre los
siglos doce y quince. Se nos presentarán ciertos accidentes de la historia, habrá
dificultades lingüísticas además de filosóficas, sociales además de religiosas, teóricas
además de prácticas. De hecho, toda nuestra educación pasada nos obstaculizará en
alguna medida, puesto que nuestros hábitos de pensar sobre la naturaleza de la
experiencia han determinado nuestras propias expectativas tan radicalmente como los
hábitos del hombre medieval determinaron las suyas. Como ejercicio preliminar,
examinaremos esos hábitos mentales bajo los que el hombre medieval vivía, pensaba
y escribía…».
En aquella primera clase no estuvo hablándoles a sus alumnos durante toda la
hora. Tras menos de media clase concluyó el tema preliminar y les encargó un trabajo
para el fin de semana.
«Me gustaría que cada uno de ustedes escribiese un breve ensayo, de no más de
tres páginas, sobre la concepción aristotélica del topoiy o, en traducción cruda y
directa, tema. Encontrarán una extensa disertación sobre el tema en el Libro Segundo
de La Retórica de Aristóteles y en la edición de Lañe Cooper hay un ensayo
introductorio que hallarán de lo más útil. El plazo acaba el lunes. Y eso, creo, es todo
por hoy».
Transcurrido un momento desde que diese la clase por terminada observó con
algo de preocupación a los alumnos inmóviles. Tras una breve inclinación de cabeza
salió de la clase, con la carpeta marrón debajo del brazo.
El lunes, menos de la mitad de los alumnos había acabado el trabajo; dejó
marchar a los que lo habían entregado y pasó el resto de la hora con los que
quedaban, revisando el tema que había encargado, volviendo a él una y otra vez,
hasta que estuvo seguro de que lo habían entendido y de que podrían terminar el

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trabajo pendiente para el miércoles.
El martes observó en los pasillos del Jesse Hall, a un grupo de alumnos a la puerta
de la oficina de Lomax. Los reconoció por ser alumnos de su primera clase. Mientras
él pasaba por delante, los alumnos le evitaban mirando al suelo, al techo o a la puerta
de Lomax. Él se sonrió y fue a su oficina a esperar la llamada de teléfono que sabía
estaba al llegar.
Y llegó a las dos en punto de aquella tarde. Tomó el teléfono, respondió, y
escuchó la voz de la secretaria de Lomax, fría y educada. «¿Profesor Stoner? El
profesor Lomax desea que vea al profesor Ehrhardt esta tarde, tan pronto como
pueda. El profesor Ehrhardt le estará esperando».
«¿Estará también Lomax?», preguntó Stoner.
Hubo una pausa sobresaltada. La voz vaciló: «Yo… creo que no… una cita
previa. Pero el profesor Ehrhardt está capacitado para…».
«Dígale a Lomax que tiene que ir. Dígale que llegaré a la oficina de Ehrhardt en
diez minutos».
Joel Ehrhardt era un joven calvo de treinta y pocos. Lomax le había contratado
para el departamento hacía tres años y, cuando se supo que era un joven agradable y
serio sin especial talento ni aptitud para dar clase, se le había puesto a cargo del
programa de inglés de primero. Su despacho era un pequeño anexo al final de la sala
comun en la que veintitantos profesores noveles tenían sus mesas, por lo que Stoner
tenía que recorrer toda la habitación para llegar allí. Mientras caminaba entre las
mesas, algunos profesores le miraban, sonriendo abiertamente y observando su
avance por la sala. Stoner abrió la puerta sin llamar y entró en el despacho,
sentándose en la silla de frente a la mesa de Ehrhardt. Lomax no estaba.
«¿Quería verme?», preguntó Stoner.
Ehrhardt, que era de piel muy blanca, se sonrojó levemente. Fijó una sonrisa en su
cara y dijo entusiasmado: «Qué bien que hayas venido, Bill», y jugueteó un momento
con una cerilla tratando de encenderse la pipa. No prendía bien. «Esta maldita
humedad», dijo malhumorado. «Deja el tabaco demasiado húmedo».
«Lomax no va a venir, supongo», dijo Stoner.
«No», dijo Ehrhardt, soltando la pipa en la mesa. «De todas formas lo cierto es
que fue el profesor Lomax quien me pidió que hablara contigo, por lo que en cierto
modo», rió nervioso, «soy una especie de chico de los recados».
«¿Qué recado le han pedido que me dé?», dijo Stoner cortante.
«Bien, según he entendido, ha habido algunas quejas. Alumnos… tú sabes».
Meneó la cabeza compasivo: «Algunos parecen pensar… bien, no parecen entender
del todo de qué trata tu clase de las ocho. El profesor Lomax creyó… bien, de hecho,
supongo que cuestiona la idoneidad de los alumnos de primero para el… el estudio
de…».

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«Lengua y literatura medieval», dijo Stoner.
«Sí», dijo Ehrhardt. «De hecho, creo entender que estás intentando…
sorprenderles un poco, estimularlos, intentar nuevos acercamientos, darles qué
pensar. ¿Cierto?».
Stoner asintió con gravedad. «Hemos hablado bastante en nuestras reuniones de
primero últimamente acerca de nuevos métodos, experimentos».
«Exacto», dijo Ehrhardt. «Nadie es más partidario que yo de la experimentación,
en… pero quizás a veces, con nuestras mejores intenciones, vamos demasiado lejos».
Rió y movió la cabeza. «Yo desde luego lo sé, soy el primero en confesarlo. Pero
yo… o el profesor Lomax… bien, quizás con algún tipo de compromiso, un regreso
parcial al programa, un uso de los libros de texto asignados, ya me entiendes».
Stoner apretó los labios y miró al techo, reposando los codos sobre los brazos de
la silla, uniendo las yemas de los dedos y dejando la barbilla en los pulgares. Por fin,
terminantemente, dijo: «No, no creo que el experimento haya tenido su oportunidad.
Dígale a Lomax que intentaré llevarlo a cabo hasta el fin del semestre. ¿Me hace el
favor?».
La cara de Ehrhardt se puso roja. «Lo haré», dijo con voz tensa, «pero imagino…
estoy seguro de que el profesor Lomax estará de lo más… decepcionado. Pero que
muy decepcionado».
Stoner dijo: «Oh, al principio puede ser. Pero lo superará. Estoy seguro de que el
profesor Lomax no querrá interferir en la manera en la que un profesor veterano
imparte sus clases. Podrá estar en desacuerdo con el criterio de dicho profesor, pero
sería muy poco ético por su parte intentar imponer el suyo… y, ya de paso, un poco
peligroso. ¿No está de acuerdo?».
Ehrhardt tomó su pipa, agarrándola del cuenco fuertemente y la miró rabioso.
«Yo… le comunicaré al profesor Lomax su decisión».
«Le agradecería que lo hiciera», dijo Stoner. Se levantó de la silla, caminó hasta
la puerta, se detuvo como si hubiera recordado algo y se giró hacia Ehrhardt. Dijo con
indiferencia: «Oh, otra cosa. He estado pensando un poco sobre el semestre que
viene. Si mi experimento funciona el semestre que viene intentaré otra cosa. He
estado considerando la posibilidad de abordar algunos de los problemas de
composición examinando los trabajos de la tradición latina clásica y medieval en
algunas de las obras de Shakespeare. Puede sonar algo especializado, pero creo que
puedo adaptarlo a un nivel asumible. Si puede pase mi pequeña ocurrencia a
Lomax… pídale que la considere. Puede que en unas semanas usted y yo
podamos…».
Ehrhardt se desplomó en la silla. Dejó caer la pipa sobre la mesa y dijo fatigado:
«Muy bien, se lo diré. Yo… gracias por venir».
Stoner asintió. Abrió la puerta, salió, la cerró con cuidado y cruzó la larga sala.

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Cuando uno de los profesores le miró interrogante, le hizo un guiño ostensible,
asintió, y… al fin… dejó que una sonrisa le iluminara el rostro.
Fue a su despacho, se sentó a la mesa y esperó, mirando hacia la puerta abierta.
Al cabo de un rato oyó un portazo abajo, escuchó el sonido impreciso de pasos y vio
a Lomax pasar por delante de su despacho tan rápido como le permitía la cojera.
Stoner no bajo la guardia. A la media hora oyó el lento y pesado ascenso de
Lomax por la escalera y le volvió a ver pasar por delante de su despacho. Esperó
hasta oír que se cerraba la puerta de abajo, luego asintió, se levantó y se fue a casa.
Fue algunas semanas después cuando Stoner supo por el mismo Finch lo que
sucedió aquella tarde cuando Lomax irrumpió en su despacho. Lomax se quejó
amargamente del comportamiento de Stoner, describió cómo estaba dando a su grupo
de primero lo que correspondía a su curso avanzado de inglés medieval, y exigió a
Finch que tomara medidas disciplinarias. Hubo un momento de silencio. Finch
empezó a decir algo y después estalló en una carcajada. Se rió durante algún tiempo,
intentando decir algo que su risa le impedía articular. Por fin se calló. «Te ha pillado,
Holly; ¿no lo ves? No va a dejarlo pasar y no hay ninguna maldita cosa que puedas
hacer. ¿Quieres que yo haga el trabajo por ti? ¿Cómo crees que se verá… un
vicedecano entremetiéndose en cómo un miembro veterano del departamento imparte
sus clases, y entrometiéndose instigado por el propio jefe de departamento? No,
señor. Ocúpate tú de tus asuntos lo mejor que puedas. Pero en realidad no tienes
muchas opciones, ¿verdad?».
Dos semanas después de esta conversación Stoner recibió una comunicación de la
oficina de Lomax informándole de que su horario para el siguiente semestre había
cambiado, que volvería a impartir su antiguo seminario de tradición latina y literatura
renacentista, un curso avanzado de lengua y literatura inglesa medieval y la
investigación literaria de segundo, y una sección de composición de primero.
En cierto modo fue un triunfo, pero una burla que siempre quedó como
desdeñable, como una victoria alcanzada por hastío e indiferencia.

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15

Y aquélla fue una de las leyendas que empezó a asociarse con su nombre, leyendas
que crecieron en detalles y elaboración año tras año, progresando como un mito del
hecho personal a la verdad ritual.
A sus cuarenta y muchos parecía mucho más viejo. Su cabello, denso y rebelde
como lo había sido en su juventud, era casi uniformemente blanco. Tenía el rostro
muy arrugado y los ojos hundidos en las cuencas, y la sordera que le había
sobrevenido el verano que terminó su aventura con Katherine Driscoll había ido
empeorando con el tiempo. La cabeza se le vencía hacia un lado y sus ojos parecían
como si contemplaran remotamente figuras enigmáticas que no pudieran identificar
del todo.
La sordera era de naturaleza curiosa. Aunque a veces tenía dificultades para
comprender a quien le hablara directamente, a menudo podía escuchar con perfecta
claridad una conversación murmurada al otro lado de una habitación ruidosa. A través
de este truco de su sordera averiguó que le consideraban, según la expresión que se
utilizaba cuando era joven, un «personaje del campus».
De este modo escuchó, una y otra vez, la elaborada historia de cómo daba clase
de inglés medieval a un grupo de alumnos de primero y la rendición de Hollis
Lomax. «Y cuando el grupo de treinta y siete alumnos nuevos se examinaron de
inglés, ¿sabéis qué grupo obtuvo la mayor nota?», preguntó un profesor novel reacio
al inglés de primero. «Claro. La antigua clase del viejo Stoner. ¡Y seguimos
utilizando esos ejercicios y cuadernillos!».
Stoner tuvo que admitir que se había convertido, a ojos de los profesores noveles
y los alumnos veteranos —los cuales parecían ir y venir antes de que pudiera fijar sus
nombres a sus rostros—, en una figura casi mítica, pese a las funciones cambiantes y
variadas de tal figura.
A veces era un villano: en una versión que intentaba explicar su larga enemistad
con Lomax, él había seducido y luego abandonado a una joven estudiante por la que
Lomax sentía una pasión pura y honorable. A veces era el tonto: en otra versión de la
misma enemistad, rechazaba hablar con Lomax porque en una ocasión no había
querido escribir una carta de recomendación para uno de los alumnos graduados de
Stoner. Y a veces era el héroe: en una versión final y no siempre aceptada, Lomax le
odiaba y le había congelado en su rango porque se le había descubierto dando a uno
de sus alumnos favoritos una copia del examen final de una asignatura de Stoner.
De todas formas la leyenda se circunscribía a su comportamiento en clase. Con
los años se había ido haciendo más y más ausente aunque era cada vez más intenso.
Empezaba sus clases y explicaciones farfullando con torpeza, aunque rápidamente se
sumergía tanto en el tema que parecía no percatarse de nada ni nadie a su alrededor.

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En cierta ocasión se celebró una reunión con varios miembros del consejo delegado y
el decano de la universidad en el aula en la que Stoner impartía su seminario de
tradición latina. Le habían informado de la reunión pero se le había olvidado, por lo
que mantuvo el seminario a la misma hora y en el mismo lugar. A mitad de la clase
sonó un tímido golpe en la puerta, Stoner, absorto en traducir improvisadamente un
pasaje en latín, no se dio cuenta. Después de un rato se abrió la puerta y un
hombrecillo gordote de mediana edad con gafas de pasta entró de puntillas y tocó
ligeramente el hombro de Stoner. Sin mirarle, Stoner le dijo que se fuera con la mano.
El hombre retrocedió, las voces del resto se oían fuera junto a la puerta abierta.
Stoner continuó traduciendo. Entonces, cuatro hombres conducidos por el decano de
la universidad, un hombre alto y grueso de grandes pechos y rostro enrojecido,
entraron caminando a grandes zancadas deteniéndose como un pelotón junto a la
mesa de Stoner. El decano frunció el ceño y carraspeó sonoramente. Sin parar ni
detener su traducción improvisada, Stoner alzó la vista, dirigiendo mansamente el
siguiente verso del poema hacia el decano y su comitiva: «¡Fuera, fuera, malditos
galos bastardos!». Y sin hacer una pausa volvió con los ojos al libro y continuó
hablando, mientras el grupo boquiabierto y perplejo, retrocedía y abandonaba el aula.
Alimentadas por hechos similares, sus leyendas fueron creciendo hasta el punto
en que había anécdotas para aliñar casi todas las ocupaciones típicas de Stoner, y
siguieron creciendo hasta alcanzar su vida fuera del campus. Incluso concernían a
Edith, a quien se le veía tan poco con él en eventos universitarios que era considerada
una figura misteriosa que revoloteaba por la imaginación colectiva como un
fantasma: bebía en secreto, por alguna pena oscura y antigua; se estaba muriendo
lentamente de una rara y siempre fatal enfermedad; era una artista de talento que
había renunciado a su carrera para dedicarse a Stoner. En actos públicos su sonrisa
aparecía en su estrecho rostro de manera tan rápida y nerviosa, sus ojos relucían con
tanto brillo y hablaba inocencias con un tono tan agudo que todo el mundo estaba
convencido de que su apariencia enmascaraba la realidad, que detrás de aquella
fachada se escondía una personalidad increíble.
Después de su enfermedad y con esa indiferencia que se convirtió en una forma
de vida, William Stoner empezó a pasar más tiempo en la casa que Edith y él habían
comprado hacía años. Al principio Edith estaba tan desconcertada con su presencia
que se quedaba callada, como confusa por algo. Después, cuando se convenció de
que su presencia, tarde tras tarde, noche tras noche, fin de semana tras fin de semana,
iba a ser permanente acometió la vieja batalla con renovada intensidad. A la más
trivial provocación lloraba desconsolada y deambulaba por las habitaciones. Stoner la
miraba impasible y murmuraba algunas palabras de consuelo. Ella se encerraba en la
habitación y no se dejaba ver durante horas; Stoner preparaba las comidas que
hubiera cocinado ella y no parecía haber reparado en su ausencia cuando, finalmente,

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ella emergía de su habitación, pálida, con los ojos y las mejillas hundidas. Ella le
ridiculizaba a la menor ocasión y él parecía no escucharla; le gritaba improperios y él
escuchaba atenta y educadamente. Cuando se sumergía en un libro ella elegía ese
momento para entrar en la sala y aporrear con frenesí el piano que en otras
circunstancias rara vez tocaba; y cuando él hablaba tranquilamente con su hija, Edith
solía enfurecerse con alguno de ellos o con ambos. Y Stoner lo veía todo —la ira, la
pena, los gritos y los silencios de odio— como si le estuviera sucediendo a otras dos
personas a quienes, mediante un esfuerzo de la voluntad, conseguía prestar sólo el
interés más elemental.
Hasta que por fin —cansada, casi agradecida— Edith aceptó su derrota. El enfado
disminuyo de intensidad hasta convertirse en algo tan superficial como el interés de
Stoner en ello. Los largos silencios se convirtieron en una privacidad que Stoner ya
no se cuestionaba salvo en caso de posiciones indiferentes.
En su año cuadragésimo, Edith Stoner estaba tan delgada como lo había estado de
niña, pero con una dureza, una fragilidad, que provenía de su actitud inflexible y que
hacía que cada uno de sus movimientos pareciese desdeñoso y resentido. Las
facciones de su rostro eran afiladas, y la piel fina y pálida se estiraba sobre ellas como
sobre un armazón, por lo que las arrugas de su cara eran tensas e incisivas. Estaba
muy pálida y usaba grandes cantidades de polvos y maquillaje de manera que parecía
que cada día dibujase sus propios rasgos sobre una máscara blanca. Tras la piel dura y
seca, sus manos parecían de hueso, y las movía incesantemente, retorciéndolas,
arqueando los dedos y cerrando los puños hasta en los momentos de más calma.
Introvertida siempre, pasó esos años adultos cada vez más lejana y ausente. Tras
el breve periodo de su último ataque contra Stoner, que ardió con una intensidad final
desesperada, deambulaba como un fantasma por su propia privacidad, un lugar del
que nunca emergía del todo. Empezó a hablar sola, con el tono suave y razonable que
se utiliza con los niños. Lo hacía abiertamente y sin ser consciente de ello, como si
fuese la cosa más natural del mundo. De todos los empeños artísticos dispersos a los
que se había dedicado intermitentemente desde su matrimonio, finalmente se decidió
por la escultura por ser la más satisfactoria. Sobre todo moldeaba arcilla, aunque en
ocasiones trabajaba con piedras blandas. Bustos, figuras y composiciones de todo tipo
se esparcían por la casa. Era muy moderna: los bustos que modelaba eran esferas
mínimamente caracterizadas, las figuras eran bultos de arcilla con apéndices
alargados y las composiciones eran agrupaciones geométricas aleatorias de cubos,
esferas y varillas. A veces, al pasar por su estudio —la habitación que había sido su
propio estudio— Stoner se detenía y la escuchaba trabajar. Ella se daba a sí misma
indicaciones como si fuera una niña: «Ahora, pon esto aquí, no tanto, aquí, justo al
lado de la muesca. Oh, mira, se está cayendo. No estaba lo bastante húmedo, ¿a que
no? Bueno, podemos arreglarlo, ¿verdad? Sólo un poquito más de agua, y… ya está.

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¿Lo ves?».
Tomó por costumbre hablar a su marido y a su hija en tercera persona, como si
hablase con otros. Decía a Stoner: «Mejor que Willy se tome el café; son casi las
nueve y no querrá llegar tarde a clase». O le decía a su hija: «Grace no toca el piano
lo suficiente. Una hora al día como mínimo; deberían ser dos. ¿Qué pasará con su
talento? Una pena, una pena».
Stoner ignoraba lo que este retiro significaba para Grace porque, a su manera, se
había vuelto tan distante y ausente como su madre. Se había acostumbrado al silencio
y, aunque guardaba una sonrisa tímida y gentil para su padre, no le hablaba. Durante
el verano de su enfermedad, cuando podía y a escondidas, se colaba en su habitación,
se sentaba a su lado a mirar con él por la ventana, aparentemente contenta sólo de
estar con él pero, incluso entonces, permanecía callada y se inquietaba cuando él
intentaba sacarla de sí misma.
Aquel verano de su enfermedad ella tenía doce años y era una chica alta, delgada,
de rostro delicado y de cabellos más rubios que rojizos. En otoño, durante el último
asalto violento de Edith sobre su marido, sobre su matrimonio, sobre ella misma y
sobre en lo que ella creía haberse convertido, Grace se había quedado casi inmóvil,
como si pensara que cualquier acción podría arrojarla a un abismo que no sería capaz
de escalar. Como secuela de aquella violencia Edith pensó, con ese tipo de creciente
imprudencia suya, que Grace callaba porque era infeliz y que era infeliz porque no
era popular entre sus compañeros de clase. Transfirió los restos de su virulento asalto
a Stoner hacia lo que ella denominó la vida social de Grace. De nuevo se interesó por
algo. Vistió a su hija con colores vivos y a la moda, con ropa cuyos diseños
acentuaban su delgadez; celebraba fiestas y tocaba el piano e insistía con vehemencia
en que todo el mundo bailase, regañaba a Grace para que sonriera a todos, para que
hablara, que contara chistes, para que riera.
Este asalto duró menos de un mes, después Edith abandonó su campaña y empezó
el largo y lento viaje a dondequiera que oscuramente se dirigía. Pero los efectos en
Grace fueron demoledores.
Tras la invasión de su madre Grace pasaba casi todo su tiempo libre sola en su
habitación, escuchando la pequeña radio que su padre le había regalado por su
decimosegundo cumpleaños. Yacía inmóvil sobre su cama deshecha, o se sentaba
inmóvil en su escritorio y escuchaba la débil estridencia que resonaba desde la repisa
de volutas, feo adorno junto a su mesa, como si las voces, la música y las risas que
escuchaba fueran todo lo que quedara de su identidad y como si incluso aquello se
desvaneciera distante en el silencio, irrevocablemente.
Y engordó. Entre aquel invierno y su decimotercer cumpleaños ganó más de
veinte kilos, se le hinchó y se le secó el rostro como por efecto de una levadura, y sus
miembros se hicieron suaves, lentos y torpes. No comía mucho más de lo que solía

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comer, aunque se aficionó a los dulces y escondía siempre una caja de caramelos en
su habitación. Era como si algo dentro de ella se hubiera vuelto distendido, suave y
desesperado, como si al fin algo informe en su interior hubiera luchado y reventado y
ahora instara a sus carnes a definir aquella existencia oscura y secreta.
Stoner observaba la transformación con una tristeza que ocultaba bajo el rostro
indiferente que presentaba al mundo. No se permitía el lujo sencillo de la culpa. Dada
su propia naturaleza y las circunstancias de su vida con Edith, no había nada que
pudiera haber hecho. Y aquel conocimiento intensificaba su pena más que ninguna
culpa y hacía el amor por su hija más penetrante y profundo.
Ella era, él lo sabía —y lo había sabido muy pronto, suponía— una de aquellas
personas extrañas y siempre encantadoras cuya naturaleza moral era tan delicada que
debía alimentarse y cuidarse para que pudiera ser completa. Ajena al mundo, tenía
que vivir en casa; ávida de ternura y paz, tenía que alimentarse de indiferencia,
insensibilidad y ruido. Era una naturaleza que, incluso en escenarios extraños y
hostiles donde tuviera que vivir, no tenía la fiereza para repeler las fuerzas brutales
que se le oponían y sólo podía retirarse a una quietud en la que sentirse desolada y
pequeña y estar apaciblemente tranquila.
Cuando cumplió diecisiete años, durante la primera parte de su primer curso de
bachillerato, le sobrevino otra transformación. Era como si su naturaleza hubiese
encontrado su guarida y ella fuese al fin capaz de presentar una apariencia ante el
mundo. Tan rápido como lo había aumentado, perdió el peso que había ganado tres
años atrás y, para aquéllos que la habían conocido, su transformación parecía arte de
magia, como si hubiese salido de una crisálida al viento para el cual había sido
creada. Era casi hermosa, su cuerpo, que había sido muy delgado y de repente muy
obeso, adquirió miembros proporcionados y esbeltos, y caminaba con un destello de
gracia. La suya era una belleza pasiva, casi plácida, su rostro era elegantemente
inexpresivo, como una máscara; sus ojos azul claro te miraban directamente, sin
curiosidad y sin la aprensión que se percibía tras ellos, su voz era muy dulce, algo
átona, aunque raramente hablaba.
Repentinamente se convirtió —según palabras de Edith—, en popular. El
teléfono sonaba preguntando a menudo por ella, y Grace se sentaba en el salón,
asintiendo con la cabeza de vez en cuando, respondiendo suave y brevemente.
Llegaban coches en atardeceres oscuros que se la llevaban, anónimos, tras los gritos y
las risas. A veces Stoner se quedaba frente a la ventana y miraba los automóviles
alejarse derrapando tras nubes de polvo, y se sentía un poco preocupado y asustado.
Nunca había tenido coche y nunca había aprendido a conducir.
Y Edith estaba encantada. «¿Lo ves?», decía con tono de triunfo ausente, como si
no hubieran pasado más de tres años desde su ataque frenético sobre el problema de
la popularidad de Grace. «¿Lo ves? Tenía razón. Todo cuanto necesitaba era un

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pequeño empujón. Y Willy no lo aprobaba. Oh, cómo lo sabía. Willy no lo aprueba
nunca».
Durante muchos años Stoner había apartado cada mes, algunos dólares para que
Grace pudiera, llegado el momento, irse de Columbia a estudiar en la universidad,
una en el Este quizás, algo alejada. Edith conocía estos planes y parecía aprobarlos
pero cuando llegó la hora no quiso saber nada.
«¡Oh, no!», decía. «¡No podré soportarlo! ¡Mi niña! Y le ha ido tan bien aquí este
último año. Tan popular, y tan feliz. Tendrá que adaptarse, y… niña, pequeña Grace,
niña», se giraba hacia su hija, «la pequeña Grace en verdad no quiere alejarse de su
mamá. ¿A que no? ¿Dejarla sola?».
Grace miró a su madre en silencio un instante. Se giró brevemente hacia su padre
y meneó la cabeza. Dijo a su madre: «Si quieres que me quede, por supuesto que lo
haré».
«Grace», dijo Stoner. «Escúchame. Si quieres ir… por favor, si de verdad quieres
ir…».
No volvió a mirarle. «No importa», dijo.
Antes de que Stoner pudiera decir nada más, Edith empezó a hablar de como
podrían gastar el dinero que su padre había ahorrado en un armario nuevo, uno bonito
de verdad o, tal vez, en un pequeño utilitario para que ella y sus amigos pudieran… Y
Grace sonreía con su pequeña y torpe sonrisa y asentía, diciendo de vez en cuando
alguna palabra, como si se esperara eso de ella.
Quedó resuelto, y Stoner nunca supo lo que Grace sentía, si se quedaba porque
quería o porque su madre quería, o motivada por una vasta indiferencia hacia su
propio destino. Iría a la universidad de Missouri como alumna de primero aquel
otoño, estaría allí al menos dos años, después de los cuales, si quería, podría salir
fuera, a otro estado, a terminar sus estudios universitarios. Stoner se dijo que era
mejor así, que para Grace sería mejor soportar la prisión en la que apenas era
consciente de que estaba durante dos años más, que quedar desgarrada por las
torturas de la arbitraria voluntad de Edith.
Así que nada cambió. Grace tuvo su armario, rechazó la oferta de su madre del
pequeño utilitario y entró en la universidad de Missouri como alumna de primero. El
teléfono continuó sonando, las mismas caras —o muy parecidas— continuaron
apareciendo con risas y gritos en la puerta principal, y los mismos automóviles se
alejaban rugiendo entre el polvo. Grace estaba fuera de casa incluso más a menudo de
lo que lo había estado durante la secundaria y Edith se mostraba encantada por lo que
creía que era una popularidad creciente de su hija. «Es como su madre», decía.
«Antes de casarse era muy popular. Todos los chicos… Papá solía enloquecer por su
culpa, pero estaba secretamente muy orgulloso, estoy segura».
«Sí, Edith», decía Stoner amablemente y sentía que se le encogía el corazón.

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Fue un semestre duro para Stoner. Había llegado su turno para coordinar los
exámenes de inglés de todo el nivel inicial universitario y al mismo tiempo estaba
ocupado en la dirección de dos tesis doctorales particularmente complejas que
requerían mucha lectura adicional por su parte. Así que estaba lejos de casa con
mayor frecuencia de lo que fuera habitual durante los últimos años.
Una tarde, hacia finales de noviembre, llegó a casa más tarde de lo normal. Las
luces estaban apagadas en el salón y la casa se encontraba en silencio; supuso que
Grace y Edith estaban acostadas. Llevó varios papeles que había traído con él a su
pequeña habitación trasera con intención de leer algunos de ellos en la cama. Fue a la
cocina por un emparedado y un vaso de leche; había cortado el pan y abierto el
refrigerador cuando repentinamente escuchó, agudo y limpio como un cuchillo, un
grito prolongado proveniente de algún lugar en el piso de abajo. Corrió hacia el salón;
el grito se repitió, ahora corto y en parte enojado a pesar de su intensidad, desde el
estudio de Edith. Rápidamente cruzó la estancia y abrió la puerta.
Edith se hallaba despatarrada sobre el suelo, como si se hubiera caído allí, con los
ojos desorbitados y la boca abierta, a punto de lanzar otro grito. Grace estaba sentada
al extremo de la habitación en una silla, con las piernas cruzadas y mirando casi con
indiferencia a su madre. Una única lámpara, la de la mesa de trabajo de Edith, estaba
encendida, por lo que la habitación parecía inundada de un brillo áspero y sombras
profundas.
«¿Qué sucede?», preguntó Stoner. «¿Qué ha pasado?».
Edith giró la cabeza para encararle como si tuviera un eje suelto; sus ojos estaban
vacíos. Dijo con sorprendente petulancia: «Oh, Willy. Oh, Willy». Continuaba
mirándole, agitando débilmente la cabeza.
Se volvió hacia Grace, cuya mirada tranquila seguía inmutable.
Dijo llanamente: «Estoy embarazada, padre».
Y el grito se repitió, punzante e inexplicablemente colérico. Ambos se giraron
hacia Edith, que miraba de acá para allá, del uno a la otra, con los ojos ausentes y
fríos sobre la boca chillona. Stoner cruzó la habitación, se detuvo ante ella y la
levantó, le colgaban los brazos y tenía que sujetarla.
«¡Edith!», dijo cortante. «Cállate».
Ella se estiró y se alejó de él. Con las piernas temblando renqueó por la
habitación y se quedó al lado de Grace, que no se había movido.
«¡Tú!», bufó. «Oh, Dios mío. Oh, pequeña Grace. ¿Cómo pudiste? Oh, Dios mío.
Como tu padre. Sangre de tu padre. Oh, sí. Inmunda. Inmunda…».
«¡Edith!», dijo Stoner más cortante abalanzándose sobre ella. Le puso las manos
con firmeza sobre la parte superior de los brazos y la separó de Grace. «Ve al cuarto
de baño y lávate la cara con agua fría. Luego ve a tu habitación y túmbate».
«Oh, Willy», dijo Edith suplicante. «Mi propia niñita. La mía. ¿Cómo ha podido

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pasar? ¿Cómo ella…?».
«Vamos», dijo Stoner. «Te llamaré dentro de un rato».
Ella se marchó tambaleándose. Stoner la observó irse hasta que oyó el grifo del
agua en el cuarto de baño. Entonces se giró hacia Grace, que permanecía mirándole
desde la silla. Le sonrió un poco, anduvo hacia la mesa de trabajo de Edith, tomó una
silla, se le acercó y se sentó frente a ella, de manera que pudiera hablarle sin tener que
mirar hacia abajo, a su cabeza vuelta.
«Venga», dijo, «¿por qué no me lo habías contado?».
Ella le dedicó su pequeña y débil sonrisa. «No hay mucho que contar», dijo.
«Estoy embarazada».
«¿Estás segura?».
Asintió. «He ido a un médico. Acabo de recibir los resultados esta tarde».
«Bueno», dijo y le tomó la mano torpemente. «No tienes que preocuparte. Todo
saldrá bien».
«Sí», dijo.
Preguntó amablemente: «¿Quieres decirme quién es el padre?».
«Un alumno», dijo. «De la universidad».
«¿Prefieres no decírmelo?».
«Oh, no», dijo. «No tiene importancia. Se apellida Frye. Ed Frye. Es de segundo.
Creo que iba a tu clase de composición de primero el año pasado».
«No le recuerdo», dijo Stoner. «No le recuerdo en absoluto».
«Lo siento, padre», dijo Grace. «Fue una estupidez. Estaba un poco bebido y no
tomamos… precauciones».
Stoner desvió la vista de ella, hacia el suelo.
«Lo siento, padre. ¿Te he dejado de piedra, verdad?».
«No», dijo Stoner. «Sorprendido, quizás. No hemos hablado mucho durante estos
últimos años, ¿verdad?».
Ella desvió la vista y dijo incómoda: «Bueno… supongo que no».
«¿Tú… quieres a ese chico, Grace?».
«Oh, no», dijo. «En realidad no le conozco muy bien».
Él asintió. «¿Qué quieres hacer?».
«No lo sé», dijo. «En realidad no importa. No quiero ser una carga».
Se quedaron sentados sin hablar durante largo rato. Finalmente Stoner dijo:
«Bueno, no hay que preocuparse. Todo estará bien. Lo que decidas… lo que quieras
hacer, estará bien».
«Sí», dijo Grace. Se levantó de la silla. Luego miró hacia abajo, a su padre, y dijo:
«Tú y yo ya podemos hablar».
«Sí», dijo Stoner, «podemos hablar».
Ella salió del estudio y Stoner esperó hasta que oyó cerrarse arriba la puerta de su

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habitación. A continuación, antes de entrar en su propia habitación, subió despacio y
abrió la puerta del dormitorio de Edith. Edith estaba profundamente dormida, tendida
a lo largo de la cama, con la luz de la mesilla brillando sobre su rostro. Stoner apagó
la luz y se fue para abajo.
A la mañana siguiente en el desayuno Edith estaba casi jovial, sin rastro de la
histeria de la noche anterior y hablaba como si el futuro fuese un problema hipotético
que solucionar. «¿Piensas que tendríamos que ponernos en contacto con los padres o
deberíamos hablar con el chico primero? Veamos… estamos en la primera semana de
noviembre. Digamos en dos semanas. Podemos prepararlo todo para entonces, puede
que incluso en una modesta iglesia para bodas. Pequeña Grace, tu amigo, ¿cómo se
llama?».
«Edith», dijo Stoner. «Espera. Estás dando muchas cosas por sentadas. Quizás
Grace y ese muchacho no quieran casarse. Tenemos que hablarlo con Grace».
«¿De qué hay que hablar? Por supuesto que quieren casarse. Después de todo
ellos… ellos… pequeña Grace, díselo a tu padre. Explícaselo».
Grace le dijo: «No importa, padre. No importa en absoluto».
Y no importó, se percató Stoner. Los ojos de Grace miraban fijamente más allá de
él, a una distancia que ella no podía ver y que contemplaba sin curiosidad. Él
permanecía callado, dejando que su mujer y su hija hicieran sus planes.
Se decidió que el «muchacho» de Grace, como Edith le llamaba, como si su
nombre fuera en parte prohibido, sería invitado a casa para que él y Edith pudieran
hablar. Preparó la velada como si fuese la escena de un drama, con salidas y entradas
e incluso con una línea o dos de guión. Stoner debía ausentarse, Grace tenía que
quedarse un rato y luego salir, dejando a Edith y al muchacho solos para poder hablar.
A la media hora Stoner debía regresar, luego volvería Grace, momento en el cual
todos los arreglos quedarían completados.
Y todo funcionó exactamente como Edith había planeado. Más tarde Stoner se
preguntaría, perplejo, en lo que el joven Edward Frye pensaba cuando llamó a la
puerta y le hicieron pasar a una habitación que parecía llena de enemigos mortales.
Era alto, bastante grueso, de rasgos borrosos y algo adustos; preso de una turbación
que le mantenía aturdido y por el miedo, no miraba a nadie. Cuando Stoner abandonó
la habitación vio al muchacho desplomado en una silla, con los antebrazos sobre las
rodillas, mirando al suelo. Cuando, a la media hora, regresó a la habitación, el
muchacho estaba en la misma postura, como si no se hubiera movido ante la
andanada de jubilosos gorjeos de Edith.
Pero todo quedó arreglado. En voz alta, artificial, pero genuinamente jovial Edith
le anunció que el muchacho de Grace provenía de una buena familia de San Luis, que
su padre era cambista, que los muchachos habían decidido casarse tan pronto como
fuera posible, algo bastante informal, que ambos iban a abandonar los estudios al

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menos durante uno o dos años, que se iban a vivir a San Luis, un cambio de aires, un
nuevo comienzo, que aunque no podrían terminar el semestre irían a clase hasta las
vacaciones y luego se casarían la tarde de aquel día, que era viernes. Y no todo era
felicidad, en realidad… no importaba.

La boda tuvo lugar en un alborotado juzgado de paz. Sólo William y Edith


acudieron a la ceremonia; la jueza, una gris mujer arrugada de gesto ceñudo,
trabajaba en la cocina mientras se celebraba la boda, saliendo cuando había
terminado, sólo para firmar los papeles como testigo. Fue una tarde fría y sombría; la
fecha era 12 de diciembre de 1941.
Cinco días antes de celebrarse la boda los japoneses habían bombardeado Pearl
Harbour; William Stoner contemplo la ceremonia con una mezcla de sentimientos
que no había tenido antes. Como otros muchos que vivieron aquella época, estaba
absorto por lo que sólo podía concebir como pasmo, aunque sabía que se trataba de
un sentimiento compuesto de emociones tan profundas e intensas que no podían
reconocerse porque no podían compartirse. Era la fuerza de una tragedia colectiva lo
que sentía, un horror y una aflicción tan penetrante que las tragedias privadas y los
infortunios personales eran expulsados hacia otro estado del ser, aunque se
intensificaban por la inmensidad de lo que estaba teniendo lugar, como el efecto
conmovedor de una tumba solitaria se intensifica por el gran desierto que la rodea.
Con una pena que era casi impersonal observó el triste ritual del matrimonio y se
conmovió extrañamente ante la belleza pasiva e indiferente del semblante de su hija y
la indolente desesperación del rostro del muchacho.
Después de la ceremonia los dos jóvenes se subieron lúgubres al coche de Frye y
se fueron a San Luis, donde aún tendrían que enfrentarse con otro grupo de parientes
y con el lugar en el que tendrían que vivir. Stoner los vio alejarse del edificio y sólo
pudo pensar en su hija como en una niña pequeña que una vez estuvo sentada a su
lado en una habitación lejana y que le miraba con deleite solemne, como en una dulce
niña que había muerto hacía tiempo.
Dos meses después de la boda, Edward Frye se alistó en el ejército, decidiendo
Grace quedarse en San Luis hasta que naciera el bebé. A los seis meses Frye había
muerto en la playa de una pequeña isla del pacífico, uno de tantos nuevos reclutas
enviados en un esfuerzo desesperado por detener el avance japonés. En junio de 1942
nació el bebé de Grace, un chico, que fue llamado como su padre al que nunca vería y
al que nunca amaría.
Aunque Edith, cuando fue a San Luis aquel junio para ayudar, intentó persuadir a
su hija de que regresara a Columbia, Grace no lo hizo. Tenía un pequeño
apartamento, unos pequeños ingresos del seguro de Frye y a sus recientes suegros, y
parecía feliz.
«Ha cambiado algo», dijo Edith distraídamente a Stoner. «No es nuestra pequeña

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Grace para nada. Ha pasado por mucho, supongo que no quiere recordar… Te manda
un beso».

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16

LOS años de la guerra se sucedieron confusos y Stoner pasó por ellos como lo
hubiese hecho conduciendo a través de una tormenta casi insoportable, con la cabeza
gacha, la mandíbula encajada y la mente fija en el siguiente paso y en el siguiente y
en el siguiente. Pero, pese a su resistencia estoica y a su devenir estólido por días y
semanas, era un hombre fuertemente dividido. Una parte de él se espantaba a causa
de un miedo instintivo a la desolación diaria, al desbordamiento de destrucción y
muerte que inexorablemente asaltaba mente y corazón. De nuevo volvió a ver la
universidad diezmada y las clases vacías de jóvenes; vio las miradas perturbadoras en
aquéllos que se habían quedado y vio en esas miradas la muerte lenta del corazón, el
amargo desgaste del sentimiento y el cariño.
Pero otra parte de él le sumía intensamente en aquel mismo holocausto del que se
espantaba. Halló dentro de sí una capacidad para la violencia que no sabía que
tuviera; anhelaba involucrarse, deseaba probar el sabor de la muerte, el amargo placer
de la destrucción, notar la sangre. Sentía tanto vergüenza como orgullo y, por encima
de todo, una decepción amarga, por él y por la época y circunstancias que la hicieron
posible.
Semana tras semana, mes tras mes, los nombres de los muertos desfilaban ante él.
A veces eran sólo nombres que recordaba como si pertenecieran a un pasado distante;
otras veces podía evocar un rostro que relacionar con el nombre; otras, podía recordar
una voz, un habla.
A pesar de todo continuó enseñando y estudiando, pese a que a veces sentía que
encorvaba la espalda inútilmente frente a la impetuosa tormenta y que ahuecaba las
manos en vano alrededor de la llama mortecina de su lastimosa última cerilla.
De vez en cuando Grace venía a Columbia para visitar a sus padres. La primera
vez trajo a su hijo, de apenas un año, pero su presencia parecía molestar remotamente
a Edith, por lo que desde entonces lo dejaba en San Luis con sus abuelos paternos
cuando venía de visita. A Stoner le hubiera gustado ver más a su nieto, pero no
mencionaba este deseo. Se había dado cuenta de que la marcha de Grace de Columbia
—quizás incluso su embarazo— era en realidad la huida de una prisión a la que ahora
regresaba por su bondad indeleble y su generosa buena voluntad.
Aunque Edith no lo sospechara o no quisiera admitirlo, Stoner supo que Grace
había empezado a beber con una callada gravedad. La primera vez que se dio cuenta
fue durante el verano del año posterior al fin de la guerra. Grace había venido de
visita unos días y parecía especialmente cansada, tenía ojeras y su rostro era tenso y
pálido. Una noche, después de cenar, Edith se fue pronto a la cama y Grace y Stoner
se quedaron juntos, sentados en la cocina, bebiendo café. Stoner intentó hablarle,
pero ella estaba inquieta y alterada. Se quedaron en silencio mucho tiempo, al fin

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Grace le miró fijamente, se encogió de hombros y suspiró abruptamente.
«Oye», dijo, «¿tienes algo de alcohol en casa?».
«No», respondió, «me temo que no. Tal vez haya una botella de jerez en la
alacena, pero…».
«Necesito desesperadamente beber algo. ¿Te importa si llamo a la tienda y les
pido que manden una botella?».
«Por supuesto que no», dijo Stoner. «Es sólo que tu madre y yo no solemos…».
Pero ella ya se había levantado y se había ido al salón. Hojeó las páginas de la
guía telefónica y marcó fieramente. Cuando regresó a la cocina pasó la mesa de largo,
fue a la alacena y extrajo una botella medio llena de jerez. Tomó un vaso del
escurridero y lo llenó casi hasta el borde con el vino marrón claro. Aún de pie, vació
el vaso y se lamió los labios temblando un poco. «Se ha avinagrado», dijo. «Y odio el
jerez».
Dejó la botella y el vaso sobre la mesa y los situó justo enfrente de ella. Llenó el
vaso a medias y miró a su padre con una extraña media sonrisa.
«Bebo un poco más de lo que debería», dijo. «Pobre padre. No lo sabías, ¿no?».
«No», dijo.
«Cada semana me digo, la semana que viene no beberé tanto pero siempre acabo
bebiendo más. No sé por qué».
«¿No eres feliz?», preguntó Stoner.
«No», dijo. «Creo que soy feliz. O en todo caso casi feliz. No es eso. Es…». No
concluyó.
Para cuando se había bebido lo que quedaba de jerez el repartidor de la tienda
había venido con whisky. Trajo la botella a la cocina, la abrió con un movimiento
experto y volcó una buena cantidad en el vaso de jerez.
Se quedaron hasta tarde, hasta que el primer rastro gris penetró por las ventanas.
Grace bebiendo sin parar, a tragos cortos, mientras la noche avanzaba las arrugas de
su cara disminuían, se volvía más sosegada y joven y hablaron como no lo habían
podido hacer en años.
«Supongo», dijo ella, «supongo que me quedé embarazada a propósito, aunque no
lo sabía entonces, supongo que ni siquiera sabía cuánto quería, cuánto necesitaba
marcharme de aquí. Sabía lo bastante como para no quedarme embarazada a no ser
que quisiera, por Dios. Todos aquellos chicos del instituto, y…», sonrió borracha a su
padre, «tú y mamá, no lo sabíais, ¿verdad?».
«Supongo que no», dijo.
«Mamá quería que fuese popular, y… bueno, fui popular. No significaba nada,
nada de nada».
«Sabía que eras infeliz», dijo Stoner con dificultad. «Pero nunca me di cuenta…
nunca supe…».

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«Supongo que yo tampoco», dijo ella. «Podría… Pobre Ed. A él fue al que le tocó
la china. Le utilicé, ya sabes, él fue el padre, de acuerdo… pero le utilicé. Era un
buen chico y siempre tan avergonzado… no pudo soportarlo. Se alistó seis meses
antes de que tuviera que irse, sólo para escapar de ello. Le maté, supongo, era un
chico tan majo y ni siquiera nos gustábamos mucho».
Hablaron hasta altas horas de la noche, como viejos amigos. Y Stoner pudo darse
cuenta de que era, como ella misma había dicho, casi feliz con su pena, viviría su
vida tranquilamente, bebiendo un poco más cada año, aturdiéndose frente a la nada en
la que se había convertido su vida. Estaba contenta de tener aquello, al menos,
agradecida de poder beber.

Los años inmediatamente posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial


fueron sus mejores años de docencia y, en cierto modo, fueron los más felices de su
vida. Veteranos de esa guerra llegaron al campus y lo transformaron, trayendo una
calidad de vida que no había existido antes y una intensidad y una turbulencia que
equivalían a una transformación. Trabajaba más duro que nunca, los alumnos,
extraños por su madurez, eran profundamente serios y ajenos a trivialidades.
Ignorantes de modas o costumbres, afrontaban sus estudios como Stoner había
soñado que un alumno tendría que afrontarlos, como si tales estudios fueran la vida
misma y no un medio específico para un fin concreto. Sabía que nunca, tras esos
pocos años, volvería a ser lo mismo dar clase, y se sumergió en un feliz estado de
agotamiento que esperaba que no se acabara nunca. Pensaba poco en el pasado o en
el futuro, tampoco en las decepciones ni en las alegrías, concentraba todas las
energías que poseía en su trabajo inmediato y esperaba que finalmente se le
considerase por lo que hacía.
Rara vez durante estos años se alejó de su dedicación a los detalles de su trabajo.
A veces, cuando su hija regresaba a Columbia de visita, era como si deambulara sin
rumbo de una habitación a otra, con un sentimiento de pérdida que apenas podía
soportar. A los veinticinco parecía diez años mayor, bebía al tímido ritmo de quien no
tiene ninguna esperanza y se hizo evidente que poco a poco iba cediendo el control de
su hijo a los abuelos de San Luis.
Sólo en una ocasión recibió noticias de Katherine Driscoll. A comienzos de
primavera en 1949 le llegó una circular de prensa de una gran universidad del Este,
anunciando la publicación del libro de Katherine y recogiendo algunas palabras sobre
la autora. Daba clase en una buena facultad de humanidades en Massachusetts, no
estaba casada. Consiguió una copia del libro tan pronto como pudo. Cuando lo tuvo
entre las manos pareció que sus dedos cobraban vida, temblaban tanto que apenas
podía abrirlo. Pasó las primeras páginas y vio la dedicatoria: «Para W. S.».
Se le nublaron los ojos y durante largo rato se quedó sentado inmóvil. Después
movió la cabeza, regresó al libro y no lo dejó hasta haberlo leído entero.

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Era tan bueno como había pensado que sería. La prosa era ágil y su pasión estaba
enmascarada por la serenidad y la claridad de su inteligencia. Era ella misma lo que
se traslucía en lo que leía, se percató, y se maravillaba de la certeza con la que podía
contemplarla incluso ahora. De repente fue como si ella estuviese en la habitación de
al lado y la acabase de ver hacía sólo un instante. Sentía un hormigueo en las manos
como si la hubiera tocado. Y el sentimiento de haberla perdido, que llevaba tanto
tiempo guardado dentro, afluyó, le absorbió y se dejó llevar por la corriente, más allá
del control de su voluntad, no queriendo salvarse. Luego sonrió con ternura, como
recordando algo, le vino a la mente que tenía casi sesenta años y que debía estar por
encima de la fuerza de aquella pasión, de aquel amor.
Pero no lo había superado, lo sabía, y nunca podría hacerlo. Bajo la confusión, la
indiferencia, el olvido, ahí estaba. El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí.
En su juventud lo había dado sin pensar, lo había dado al conocimiento que le había
revelado —¿hace cuántos años?— Archer Sloane; se lo había dado a Edith, en
aquellos primeros días tontos y ciegos de cortejo y matrimonio, y se lo había dado a
Katherine, como si nunca antes lo hubiera hecho. Lo había ido dando, de manera
extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era
consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne;
era más bien una fuerza que comprendía a ambas, como si fuese, más que un asunto
de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía:
¡Mira! Estoy vivo.
No se consideraba viejo. A veces, cuando se afeitaba por la mañana, miraba su
imagen en el espejo y no se sentía identificado con el rostro que se reflejaba
asombrado con los ojos claros de una máscara grotesca; era como si llevara, por una
razón oscura, un disfraz atroz, como si pudiese, si así lo deseara, despojarse de las
cejas canosas, las greñas blancas, la carne que colgaba sobre sus nítidos huesos, las
arrugas que aparentaban vejez.
Pero la edad, sabía, no era excusa. Conoció la enfermedad del mundo y de su
propio país durante los años posteriores a la Gran Guerra; vio el odio y la sospecha
convertirse en un tipo de locura que barrió la tierra como una plaga veloz, vio a los
jóvenes ir otra vez a la guerra, marchando orgullosos hacia una condena sin sentido,
como en el eco de una pesadilla. Y la pena y la tristeza que sentía eran tan viejas
debido en gran parte a la edad que tenía, y le hacían tener un concepto casi intacto de
sí mismo.
Los años pasaban rápidos y apenas se daba cuenta de que pasaban. En la
primavera de 1954 tenía sesenta y tres años y, de repente, se percató de que tenía
como mucho cuatro años más de dar clase por delante. Intentaba ver más allá de ese
periodo; no veía nada, y no quería hacerlo.
Aquel otoño recibió una nota de la secretaria de Gordon Finch, pidiéndole que se

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pasara para ver al vicedecano cuando tuviera tiempo. Estaba ocupado y tuvieron que
discurrir algunos días antes de hallar una tarde libre.
Cada vez que veía a Gordon Finch, Stoner se llevaba una pequeña sorpresa al
observar lo poco que había envejecido. Un año más joven que Stoner, no aparentaba
más de cincuenta. Estaba completamente calvo, su rostro era recio y sin arrugas, y
relucía con una salud casi querúbica. De paso firme, en estos últimos años había
empezado a relajar su forma de vestir; llevaba camisas de colores y chaquetas
extravagantes.
Parecía cohibido la tarde que Stoner fue a verle. Charlaron un rato, Finch le
preguntó por la salud de Edith y mencionó que su propia mujer, Caroline, había
estado diciendo el otro día que tenían que volver a verse todos. Luego comentó: «El
tiempo, Dios mío, ¡vuela!».
Stoner asintió.
Finch suspiró abruptamente. «Bien», dijo, «imagino que tenemos que abordarlo.
Cumplirás… sesenta y cinco el año que viene. Supongo que tenemos cosas que
planificar».
Stoner negó con la cabeza. «No ahora. Mi intención es aprovechar la opción de
los dos años, por supuesto».
«Me lo imaginaba», dijo Finch y se reclinó en la silla. «Yo no. Me quedan tres
años y me retiro. A veces pienso en lo que me he perdido, los lugares en los que no he
estado, y… demonios, Bill, la vida es muy corta. ¿Por qué no te jubilas tú también?
Piensa en todo el tiempo…».
«No sabría qué hacer con él», dijo Stoner. «Nunca he aprendido».
«Bien, demonios», dijo Finch. «A esa edad, a los sesenta y cinco, se es joven.
Hay tiempo para aprender cosas que…».
«Es por Lomax, ¿no? Te está presionando».
Finch sonrió. «Claro. ¿Qué esperabas?».
Stoner se quedó callado un rato. Luego dijo: «Dile a Lomax que me he negado a
hablar contigo de esto. Dile que me he vuelto tan cascarrabias e intratable con la
vejez que no puedes hacer nada. Que va a tener que hacerlo él mismo».
Finch se rió y negó con la cabeza. «Por Dios, lo haré. Después de todos estos
años puede que dos viejos cabrones como vosotros os acabéis llevando medio bien».
Pero la confrontación no tuvo lugar inmediatamente, y cuando fue —a mitad del
segundo semestre, en marzo— no sucedió como Stoner esperaba. De nuevo fue
requerido a la oficina del vicedecano, a cierta hora, insinuando urgencia.
Stoner llegó unos minutos tarde. Lomax ya estaba allí, rígidamente sentado frente
a la mesa de Finch; había una silla vacía junto a él. Stoner cruzó despacio el despacho
y se sentó. Giró la cabeza y miró a Lomax; Lomax miraba imperturbable al frente,
alzando una ceja en señal de desdén.

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Finch los miró a ambos durante un rato, con una pequeña sonrisa de diversión en
su cara.
«Bien», dijo, «todos sabemos el asunto a tratar. La jubilación del profesor
Stoner». Resumió la normativa—la jubilación voluntaria es posible a los sesenta y
cinco; bajo esta premisa Stoner podía, si lo deseaba, jubilarse tanto al final del curso
actual como al final de cualquier semestre del curso siguiente. O podía, si así se
acordaba entre el jefe del departamento, el vicedecano de la facultad y el profesor
interesado, retrasar su jubilación hasta los sesenta y siete, edad a la que la jubilación
era forzosa. A menos, por supuesto, que la persona afectada recibiera una distinción
honorífica y una cátedra, en cuyo caso…
«Una opción muy remota, creo que estaremos de acuerdo», dijo Lomax cortante.
Stoner asintió a Finch. «Remotísima».
«Sinceramente creo», dijo Lomax a Finch, «que sería de gran interés para el
departamento y la facultad que el profesor Stoner aprovechara su oportunidad para
jubilarse. Hay ciertos cambios curriculares y de personal que tengo pensados desde
hace tiempo y que esta jubilación haría posibles».
Stoner dijo a Finch: «No tengo intención de jubilarme antes de lo que deba sólo
por satisfacer un capricho del profesor Lomax».
Finch miró a Lomax. «Estoy seguro», dijo Lomax, «de que existen muchos
factores que el profesor Stoner no ha considerado. Tendría tiempo para dedicarse a
escribir lo que su…», hizo una pausa delicada, «su dedicación a la enseñanza le ha
impedido escribir. Seguramente la comunidad académica se beneficiaría si el fruto de
su larga experiencia fuera…».
Stoner le interrumpió: «No tengo ningún deseo de empezar una carrera literaria a
estas alturas de mi vida».
Lomax, sin moverse de la silla, pareció inclinarse hacia Finch. «Estoy seguro de
que nuestro colega es demasiado modesto. En dos años yo mismo me veré forzado
por ley a dejar la jefatura del departamento. Ciertamente mi intención es aprovechar
el declinar de mi vida, de hecho estoy deseando disponer del tiempo libre de la
jubilación».
Stoner dijo: «Espero seguir siendo miembro del departamento, al menos hasta ese
afortunado momento».
Lomax se quedó callado un rato. A continuación dijo especulativo a Finch:
«Muchas veces he pensado durante estos últimos años que los esfuerzos del profesor
Stoner por la universidad tal vez no habían sido totalmente reconocidos. Había
pensado que un ascenso a catedrático podría ser la guinda perfecta en su año de
jubilación. Y una cena homenajeando la ocasión, una ceremonia adecuada… Sería
muy gratificante. Aunque el curso está muy avanzado y la mayoría de los ascensos ya
han sido comunicados, estoy seguro de que, si yo insistiera, podríamos arreglar uno

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para el año que viene, conmemorando una jubilación afortunada».
De repente el juego al que había estado jugando con Lomax —y, curiosamente,
disfrutando— le pareció trivial y ruin. Se cansó. Miró directamente a Lomax y dijo
con desgana: «Holly, después de todos estos años creí que me conocías mejor.
Siempre me ha importado un bledo lo que tú pensaras que podías darme o lo que
pensaras que podías hacer por mí, o lo que sea». Hizo una pausa, estaba, de hecho,
más cansado de lo que creía. Continuó haciendo un esfuerzo: «Ése no es el caso;
nunca lo ha sido. Eres una buena persona, supongo, seguro que eres un buen profesor.
Pero en ciertos aspectos eres un ignorante hijo de puta». Hizo otra pausa. «No sé qué
esperabas. Pero no me jubilaré, no a final de este curso ni del que viene». Se levantó
despacio y se quedó de pie un momento, reuniendo fuerzas. «Si me perdonan
caballeros, estoy un poco cansado. Les dejaré hablando de lo que tengan que hablar».
Sabía que la cosa no acabaría así, pero no le importaba. Cuando, en la última
reunión general de la facultad, Lomax, en su informe de departamento anunció la
jubilación a finales del próximo curso del profesor William Stoner, Stoner se puso de
pie e informó a la facultad de que el profesor Lomax estaba en un error, que la
jubilación no sería efectiva hasta dos años más tarde de la fecha que Lomax había
anunciado. A principios del semestre de otoño el nuevo decano de la universidad
invitó a Stoner a su casa una tarde para tomar el té y hablar largo y tendido de sus
años de servicio, del bien merecido descanso y, de la gratitud que todos sentían;
Stoner adoptó su porte más excéntrico, llamando al decano muchacho y fingiéndose
sordo, por lo que al final el muchacho acabó voceando en el tono más conciliador que
pudo hallar.
Pero sus esfuerzos, escasos como eran, le cansaban más de lo esperado, por lo que
para las vacaciones navideñas se sentía exhausto. Se dijo que estaba, de hecho,
haciéndose viejo, y que prácticamente tendría que tomárselo con calma si quería
hacer un buen trabajo durante el resto del año. Durante los días de las vacaciones
navideñas descansó, como si tuviera que acumular energía y, cuando volvió, en las
últimas semanas del semestre trabajó con un vigor y una energía que le asombraron.
El tema de su jubilación parecía resuelto y no se preocupó de pensar más en ello.
Más tarde, en febrero, el cansancio le embargó de nuevo y no parecía ser capaz de
sacudírselo. Pasaba mucho tiempo en casa y se dedicaba a sus papeles tendido en la
cama de su pequeño cuarto trasero. En marzo se le hizo patente un difuso dolor
general en piernas y brazos; se dijo a sí mismo que estaba cansado, que mejoraría
cuando llegaran los cálidos días de primavera, que necesitaba un descanso. Para abril
el dolor se había situado en la parte inferior de su cuerpo. De vez en cuando perdía
una clase y se encontró con que le resultaba agotador el mero ir de clase a clase. A
principios de mayo el dolor se intensificó y ya no pudo continuar tomándoselo como
una molestia menor. Pidió cita con un doctor de la enfermería de la universidad.

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Le hicieron pruebas, exámenes y preguntas cuya importancia Stoner sólo entendía
vagamente. Le dieron una dieta especial, píldoras contra el dolor y le dijeron que
volviera a la consulta a principios de la siguiente semana, cuando los resultados de las
pruebas estuviesen listos y organizados. Se sentía mejor, aunque el cansancio
permanecía.
Su médico era un joven llamado Jamison, el cual explicó a Stoner que trabajaría
para la universidad unos años antes de marcharse a la sanidad privada. Tenía un
rostro sonrosado y redondo, llevaba gafas sin montura y en su actitud había el tipo de
desgarbo nervioso en el que Stoner confiaba.
Stoner llegó con unos minutos de antelación a su cita, pero la recepcionista le dijo
que entrase directamente. Bajó por el recibidor grande y estrecho de la enfermería
hasta el pequeño cubículo donde Jamison tenía su consulta.
Jamison le estaba esperando y a Stoner le pareció evidente que había estado
esperando un rato. Había carpetas, rayos X y notas pulcramente ordenadas en la
mesa. Jamison se levantó, sonrió abrupta y nerviosamente y señaló con la mano una
silla situada ante su mesa.
«Profesor Stoner», dijo. «Siéntese, siéntese».
Stoner se sentó.
Jamison arrugó la frente mirando el despliegue que tenía sobre la mesa, alisó una
hoja de papel y se dejó caer en la silla. «Bien», dijo, «hay algún tipo de obstrucción
en la zona intestinal baja, eso está claro, los rayos X no muestran mucho, pero eso no
es inusual. Una pequeña mancha, pero no significa necesariamente algo». Giró la
silla, colocó una radiografía en un marco, encendió una luz y señaló sin precisión.
Stoner miraba, pero no veía nada. Jamison apagó la luz y regresó a la mesa. Se puso
muy técnico. «Su recuento sanguíneo es bastante bajo, pero no parece que haya
infección. La sedimentación está por debajo de lo normal y tiene la presión baja. Hay
algo de inflamación interna que no tiene buena pinta, ha perdido bastante peso, y…
bien, por los síntomas que muestra y lo que puedo deducir de esto…», movió la mano
sobre la mesa, «diría que sólo hay una cosa que hacer». Sonrío fijamente y dijo con
jocosidad forzada. «Tenemos que entrar ahí y ver qué encontramos».
Stoner asintió: «Es un cáncer entonces».
«Bien», dijo Jamison, «eso son palabras mayores. Pueden ser muchas cosas.
Estoy bastante convencido de que ahí hay un tumor, pero… bien, no podemos estar
completamente seguros de nada hasta que entremos y echemos un vistazo».
«¿Desde cuándo lo tengo?».
«No hay manera de saberlo. Pero parece que… bien, es muy grande. Lleva algún
tiempo ahí».
Stoner se quedó callado un momento. Seguidamente dijo: «¿Cuánto tiempo
estima que me queda?».

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Jamison dijo distraídamente: «Oh, bueno, mire, señor Stoner». Intentó reír. «No
debemos precipitarnos con nuestras conclusiones. Porque, siempre hay una
posibilidad… hay una posibilidad de que sea tan sólo un tumor, benigno, usted sabe.
O… o podrían ser otras muchas cosas. No lo sabremos seguro hasta que…».
«Sí», dijo Stoner. «¿Cuándo quiere operar?».
«Tan pronto como sea posible», dijo Jamison aliviado. «En los próximos dos o
tres días».
«Eso es pronto», dijo Stoner casi ausente. Después miró fijamente a Jamison.
«Déjeme preguntarle algo, doctor. Debo decirle que quiero que me responda
sinceramente».
Jamison asintió.
«Si sólo es un tumor, benigno, como dice, ¿daría igual retrasarlo un par de
semanas?».
«Bien», dijo Jamison con renuencia, «está el dolor, y… sí, daría igual, supongo».
«Vale», dijo Stoner. «Y si es tan malo como piensa… ¿daría igual retrasarlo en
ese caso un par de semanas?».
Después de un rato largo Jamison dijo, casi con amargura: «Sí, supongo que sí».
«Entonces», dijo Stoner razonablemente, «esperare un par de semanas. Hay
algunas cosas que tengo que organizar, trabajo que tengo que hacer».
«No se lo aconsejo, entiéndame», dijo Jamison. «No se lo aconsejo en absoluto».
«Por supuesto», dijo Stoner. «Y, doctor… no mencionará esto a nadie, ¿verdad?».
«No», dijo Jamison y añadió con calidez, «por supuesto que no». Sugirió algunos
cambios en la dieta que le había dado anteriormente, le recetó más pastillas y fijó la
fecha de su ingreso en el hospital.
Stoner no sentía nada, era como si lo que le había dicho el médico fuera una
molestia menor, un obstáculo que tendría que esquivar de alguna forma para hacer lo
que tenía que hacer. Pensó que el curso estaba bastante avanzado para que sucediera
ahora esto. Lomax podría tener dificultades para buscar un sustituto.
La pastilla que se tomó en la consulta del médico le aligeró un poco la cabeza y
encontró la sensación extrañamente placentera. Se alteró su sentido del tiempo, se vio
a sí mismo de pie en el largo pasillo de parquet de la primera planta del Jesse Hall.
Un zumbido sordo, como el batir distante de alas de pájaros, sonaba en sus oídos, en
el pasillo en penumbra una luz sin origen parecía resplandecer y apagarse, palpitando
como el latido de su corazón. Sus carnes, íntimamente atentas a los movimientos que
hacía, se estremecían con cada paso que daba con esfuerzo hacia adelante en la
mezcla de luz y oscuridad.
Se quedó en las escaleras que conducían a la segunda planta, los peldaños eran de
mármol y justo en el medio tenían suaves hondonadas suavizadas por décadas de
pisadas subiendo y bajando. Eran casi nuevos cuando —¿hace cuántos años?—, los

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había pisado por primera vez y los había mirado, como los miraba ahora, y se
preguntaba hacía dónde le conducirían. Pensó en el tiempo y en su suave discurrir.
Plantó un pie con cuidado en la primera hondonada y se alzó.
Algo después estaba en la oficina externa de Gordon Finch. La chica le dijo: «El
vicedecano Finch está a punto de irse…». Él asintió ausente, le sonrió y entró en la
oficina de Finch.
«Gordon», dijo cordial, con la sonrisa aún en la cara. «No te entretendré».
Finch le devolvió la sonrisa reflexivamente, sus ojos estaban cansados. «Claro,
Bill, siéntate».
«No te entretendré», dijo otra vez, sintiendo que un extraño poder salía de su voz.
«El hecho es que, he cambiado de idea… sobre jubilarme, quiero decir. Sé que es
raro, perdona que te lo diga tan tarde, pero… bien, creo que es lo mejor para todos.
Me retiro cuando acabe el semestre».
El rostro de Finch flotaba ante él, redondo de sorpresa. «Qué demonios», dijo.
«¿Alguien te ha estado apretando las tuercas?».
«Nada de eso», dijo Stoner. «Es decisión mía. Es sólo que he descubierto que hay
cosas que me gustaría hacer. Y necesito un poco de descanso», añadió con sensatez.
Finch estaba molesto y Stoner sabía que tenía motivos para estarlo. Le pareció
escucharse murmurar otra disculpa. Sentía que la sonrisa permanecía tontamente en
su cara.
«Bien», dijo Finch, «supongo que no es demasiado tarde. Puedo empezar a
gestionarlo mañana. Supongo que sabes todo lo que hay que saber sobre pensiones,
seguros y cosas así».
«Oh, sí», dijo Stoner. «He pensado en todo eso. Está bien».
Finch miró su reloj. «Voy con retraso, Bill. Pásate mañana o así para que
podamos arreglar los detalles. Mientras tanto… bien, supongo que Lomax tendrá que
enterarse. Le llamaré esta noche». Sonrió. «Me temo que has logrado complacerle».
«Sí», dijo Stoner. «Me temo que sí».
Había mucho que hacer en las dos semanas que quedaban antes de que ingresara
en el hospital, pero decidió que sería capaz. Canceló las clases de los dos días
siguientes y convocó a aquellos alumnos a quienes estaba dirigiendo investigaciones
independientes, tesis y disertaciones. Dejó por escrito instrucciones detalladas para
guiarlos en la elaboración de los trabajos que habían comenzado y dejó copias de
dichas instrucciones en el casillero de Lomax. Tranquilizó a aquéllos que cayeron
presa del pánico porque consideraban que les estaba abandonando y a quienes tenían
miedo de comprometerse con un nuevo tutor. Vio que las píldoras que tomaba a la
vez que aliviaban el dolor, reducían la claridad de su inteligencia, por lo que durante
el día, cuando hablaba a sus alumnos, y por las noches, cuando leía el torrente de
trabajos a medio hacer, tesis y disertaciones, sólo las tomaba cuando el dolor era tan

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intenso que desviaba su atención.
Dos días después de su petición de jubilación, en mitad de una tarde atareada,
recibió una llamada de teléfono de Gordon Finch.
«¿Bill? Soy Gordon. Mira… hay un pequeño problema del que creo que tengo
que hablar contigo».
«¿Sí?», dijo impaciente.
«Es Lomax. No le cabe en la cabeza que esto no lo haces por él».
«No importa», dijo Stoner. «Que piense lo que quiera».
«Espera… eso no es todo. Está haciendo planes para organizar una cena y todo
eso. Dice que dio su palabra».
«Mira, Gordon, ahora mismo estoy muy ocupado. ¿Puedes detener la cosa de
alguna forma?».
«Lo intenté, pero lo está organizando a través del departamento. Si quieres que le
llame lo haré; pero tendrás que estar aquí también. Cuando se comporta así no hay
quien le hable».
«Muy bien. ¿Cuándo se supone que tendrá lugar esa majadería?».
Hubo una pausa. «El viernes de la semana que viene. El último día de clase, justo
antes de la semana de exámenes».
«Muy bien», dijo Stoner cansado. «Tendré todo resuelto para entonces y será más
fácil que discutirlo ahora. Deja que siga».
«Tienes que saber esto también, quiere que anuncie tu retiro como profesor
emérito, aunque no puede ser oficial de verdad hasta el año que viene».
Stoner sintió que una carcajada le subía por la garganta. «Qué demonios», dijo.
«Eso también está muy bien».
Toda esa semana trabajó sin ser consciente del tiempo. Trabajó el viernes desde
las ocho de la mañana hasta las diez de la noche. Leyó la última página, tomó la
última nota y se reclinó en la silla, la luz de su escritorio le dio en los ojos y por un
instante no supo dónde estaba. Miró a su alrededor y vio que se encontraba en su
despacho. Las estanterías se combaban con libros colocados al azar, había pilas de
papeles por las esquinas y los archivadores estaban abiertos y desbarajustados. Tengo
que hacer limpieza —pensó— tengo que ordenar mis cosas.
«La semana que viene», se dijo. «La semana que viene».
Se preguntó si podría llegar a casa. Parecía un esfuerzo agotador. Se concentró,
forzando a brazos y piernas a obedecerle. Se puso de pie, sin dejar de balancearse.
Apagó la luz del escritorio y se quedó hasta que sus ojos vieron la luz de la Luna que
entraba por la ventana. Luego puso un pie tras otro y caminó por los oscuros pasillos
hacia las puertas de salida y por las calles silenciosas hasta su casa.
Las luces estaban encendidas, Edith aún estaba despierta. Reunió sus últimas
fuerzas y subió las escaleras de la entrada y se adentró en el salón. Entonces supo que

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no podía ir más allá; llegó a alcanzar el sofá y sentarse. Después de un rato logró
reunir fuerzas para subir la mano hasta el bolsillo de la camisa y coger su tubo de
pastillas. Se puso una en la boca y la tragó sin agua, después tomó otra. Eran
amargas, pero la amargura casi parecía placentera.
Se había percatado de que Edith estaba por la habitación, yendo de un lugar a
otro, esperaba que no le diese conversación. A medida que el dolor se fue mitigando y
recuperó algo de fuerza, se dio cuenta de que no lo había hecho: tenía el gesto
torcido, las narices y los ojos contraídos y caminaba erguida, enfadada. Empezó a
hablarle pero decidió que no podría fiarse de su voz. Se limitó a elucubrar por qué
estaría enfadada, no lo había estado desde hacía mucho tiempo.
Finalmente ella dejó de dar vueltas y le encaró, apretaba los puños que le
colgaban a los costados. «¿Y bien? ¿No vas a decir nada?».
Él se aclaró la garganta y enfocó la vista. «Lo siento, Edith». Notaba su voz
calmada pero firme. «Estoy un poco cansado, supongo».
«No me ibas a decir nada de nada, ¿a que no? Desconsiderado. ¿No creías que
tenía derecho a saberlo?».
Durante un instante se quedó pasmado. Luego asintió. Si tuviera más fuerzas se
habría enfadado. «¿Cómo te enteraste?».
«Qué importa eso. Supongo que todos lo saben menos yo. Oh, Willy,
francamente».
«Lo siento, Edith, de verdad que lo siento. No quería preocuparte. Te lo iba a
contar la semana que viene, justo antes de ingresar. No es nada, no tienes que
inquietarte».
«¡Nada!». Se rió con amargura. «Dicen que podría ser cáncer. ¿No sabes lo que
eso significa?».
Se sintió flotar de repente, como si tuviera que forzarse para no agarrar algo.
«Edith», dijo con voz distante, «hablemos de ello mañana. Por favor. Ahora estoy
cansado».
Ella le miró un instante. «¿Quieres que te ayude en tu cuarto?», dijo airadamente.
«No parece que puedas solo».
«Estoy bien», dijo.
Pero antes de llegar a su cuarto deseó haberse dejado ayudar y no sólo porque se
encontró más débil de lo que había supuesto.
Descansó el sábado y el domingo, el lunes pudo dar sus clases. Regresó a casa
temprano y estaba tumbado en el sofá del salón mirando con interés al techo cuando
sonó el timbre. Se incorporó y empezó a levantarse, pero la puerta se abrió. Era
Gordon Finch. Tenía la cara pálida y le temblaban las manos.
«Pasa, Gordon», dijo Stoner.
«Dios mío, Bill», dijo Finch. «¿Por qué no me lo dijiste?».

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Stoner se rió brevemente. «También podría haberlo anunciado en la prensa», dijo.
«Pensé que podría hacerlo discretamente, sin molestar a nadie».
«Lo sé, pero… Dios, si lo hubiera sabido».
«No hay nada por lo que sentirse mal. No es nada definitivo, sólo es una
operación. Exploratoria, creo que la llaman. ¿Cómo te has enterado, de todas
formas?».
«Jamison», dijo Finch. «También es mi médico. Me dijo que sabía que no era
ético, pero que tenía que saberlo. Tenía razón, Bill».
«Lo sé», dijo Stoner. «No importa. ¿Se ha corrido la voz?».
Finch negó con la cabeza. «Aún no».
«Entonces mantén la boca cerrada al respecto. Por favor».
«Claro, Bill», dijo Finch. «Entonces, sobre la cena de gala del viernes… no tienes
por qué pasar por ello, ya lo sabes».
«Pero lo haré», dijo Stoner. Sonrió. «Supongo que algo le debo a Lomax».
El espectro de una sonrisa asomó al rostro de Finch. «Te has convertido en un
hijo de puta cascarrabias, ¿verdad?».
«Supongo que sí», dijo Stoner.
La cena tuvo lugar en un pequeño comedor de la asociación estudiantil. A última
hora Edith decidió que no sería capaz de acudir, por lo que fue él solo. Salió pronto y
caminó despacio por el campus, como de paseo en una tarde primaveral. Como había
anticipado, no había nadie en la sala, pidió a un camarero que retirara la tarjeta con el
nombre de su esposa y reorganizara la mesa principal para que no hubiese un sitio
vacío. A continuación se sentó y esperó a que llegaran los invitados.
Se sentó entre Gordon Finch y el decano de la universidad. Lomax, que actuaría
como maestro de ceremonias, se sentaba tres sillas más allá. Lomax sonreía y
charlaba con los que se sentaban a su alrededor; sin mirar a Stoner.
La sala se llenó rápido. Miembros del departamento que en realidad no le habían
hablado en años le saludaban con la mano, Stoner asentía. Finch dijo poco, aunque
miraba a Stoner con detenimiento; el nuevo joven decano, cuyo nombre Stoner nunca
recordaba, le hablaba complaciente y con deferencia.
Sirvieron la cena jóvenes alumnos vestidos de blanco; Stoner reconoció a
algunos, les saludó y departió con ellos. Los invitados miraron con tristeza el plato y
empezaron a comer. El murmullo relajado de la conversación, roto por el alegre
sonido de los cubiertos de plata y de la porcelana, vibraba por la sala; Stoner sabía
que su propia presencia era prácticamente ignorada, por lo que pudo picotear del
plato, comer unos bocados rituales y mirar a su alrededor. Si entrecerraba los ojos no
veía rostros; veía colores y formas difusas que se movían en torno a él, como
enmarcadas, construyendo por momentos nuevas formas de flujo envasado. Era una
visión placentera y si fijaba su atención sobre ella, en cierta manera, no era

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consciente del dolor.
De repente se hizo un silencio, meneó la cabeza, como saliendo de un sueño. Casi
al final de la estrecha mesa Lomax estaba en pie, golpeando un vaso de agua con un
cuchillo. Un bello rostro, pensó Stoner ausente, todavía hermoso. Los años habían
vuelto aún más fino el rostro largo y delgado, y las arrugas parecían marcas de una
sensibilidad engrandecida más que signos de la edad. La sonrisa aún era íntimamente
sardónica y la voz tan resonante y firme como siempre.
Hablaba, las palabras llegaban a Stoner fragmentadas, como si la voz que las
producía retumbara en el silencio y luego retrocedieran hacia su origen «… los largos
años de dedicado servicio… provechoso y merecido descanso de las presiones…
estimado por sus colegas…». Percibía la ironía y sabía que, a su manera, después de
tantos años, Lomax le estaba hablando. Un corto y resuelto estallido de aplausos
sobresaltó su ensueño. Junto a él, Gordon Finch estaba levantado, hablando. Aunque
mirara hacia arriba y forzara los oídos no oía lo que Finch decía, los labios de Gordon
se movían, él miraba fijo hacia el frente, el decano se puso en pie y habló en un tono
entre la lisonja y la amenaza. Fluctuaba del humor a la tristeza, de la pesadumbre a la
alegría. Dijo que esperaba que la jubilación de Stoner fuera un principio y no un final,
sabía que la universidad sería la más perjudicada por su ausencia; estaba la
importancia de la tradición, la necesidad de cambio y la gratitud, en años venideros,
en el corazón de todos sus alumnos. Stoner no encontraba sentido a lo que decía, pero
cuando el decano terminó, la sala estalló en un sonoro aplauso y los rostros sonrieron.
Cuando el aplauso amainó alguien entre los asistentes gritó con voz aguda: «¡Unas
palabras!». Alguien más secundó la petición y el mensaje se transmitió en murmullos
aquí y allá.
Finch le susurró al oído: «¿Quieres que te saque de ésta?».
«No», dijo Stoner. «Está bien».
Se puso en pie, dándose cuenta de que no tenía nada que decir. Permaneció
callado largo rato mientras los miraba uno a uno. Escuchó su propia voz
pronunciando en tono neutro. «He dado clase…», dijo. Empezó de nuevo. «He dado
clase en esta universidad durante casi cuarenta años. No sé qué hubiese hecho de no
haber sido profesor. Si no hubiera dado clase, hubiese sido…», hizo una pausa, como
distraído. Luego dijo, en tono concluyente: «Quiero darles las gracias a todos por
permitirme ser profesor».
Se sentó. Hubo aplausos, risas cordiales. La sala se levantó y la gente hizo
grupitos. Stoner sentía que le estrechaban la mano, sabía que sonreía y que asentía a
lo que quisiera que le estuvieran diciendo. El decano le apretó la mano, le sonrío con
entusiasmo, le dijo que debía dejarse ver, cualquier tarde, miró su reloj de pulsera y
se marchó apresuradamente. La sala empezó a vaciarse y Stoner se quedó solo en el
lugar en el que se había puesto en pie, reuniendo fuerzas para cruzar la sala. Esperó

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hasta que sintió endurecerse algo dentro y luego rodeó la mesa y salió afuera,
atravesando grupitos de gente que le miraban con curiosidad, como si ya fuese un
extraño. Lomax estaba en uno de los grupos, pero no se giró cuando Stoner pasó a su
lado; y Stoner descubrió que se sentía agradecido por no haber tenido que hablar con
él, después de tanto tiempo.

Al día siguiente ingresó en el hospital y descansó hasta el lunes por la mañana,


cuando tendría lugar la operación. Durmió la mayor parte del tiempo y no tenía
ningún interés en lo que le iban a hacer. El lunes por la mañana alguien le clavó una
jeringuilla en el brazo, sólo fue medio consciente de ser arrastrado por los pasillos
hacia una habitación extraña que parecía ser toda de techo y luz. Vio que algo
descendía hacia su rostro y cerró los ojos.
Se despertó con nauseas, le dolía la cabeza, sentía un nuevo dolor agudo, que no
era desagradable, en la parte baja de su cuerpo. Dio unas arcadas y se sintió mejor.
Dejó que su mano paseara por los densos vendajes que cubrían la parte central de su
cuerpo. Durmió, se despertó durante la noche, se tomó un vaso de agua y durmió de
nuevo hasta la mañana.
Cuando despertó, Jamison estaba de pie junto a la cama, con los dedos sobre su
muñeca izquierda.
«Bien», dijo Jamison, «¿cómo estamos esta mañana?».
«Muy bien, creo». Tenía la garganta seca. Se incorporó y Jamison le acercó el
vaso de agua. Bebió y miró a Jamison, esperando.
«Bien», dijo Jamison por fin, incómodo, «tenemos el tumor. En un día o dos se
sentirá mucho mejor».
«¿Podré irme de aquí?», preguntó Stoner.
«Estará como una rosa en dos o tres días», dijo Jamison. «De todos modos lo más
conveniente sería que se quedara algún tiempo. No hemos podido extraer… todo.
Tendremos que utilizar el tratamiento de rayos X, cosas así. Por supuesto podría ir y
venir, pero…».
«No», dijo Stoner y dejó la cabeza caer sobre la almohada. Estaba cansado otra
vez. «Tan pronto como sea posible», dijo, «creo que quiero irme a casa».

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17

«OH, Willy», dijo. «Estás todo invadido por dentro».


Él estaba tumbado sobre el camastro del cuartito trasero, mirando por la ventana
abierta: era la última hora de la tarde y el sol, ocultándose por el horizonte, emitía un
resplandor rojo por debajo de una nube ondulada que flotaba hacia poniente sobre las
copas de los árboles y las casas. Una mosca zumbaba contra el cristal de la ventana y
el agrio hedor a basura quemada de los patios vecinos vagaba por el aire en calma.
«¿Qué?», dijo Stoner ausente, girándose hacia su mujer.
«Por dentro», dijo Edith. «El médico dice que se ha extendido por todos los lados.
Oh, Willy, pobre Willy».
«Sí», dijo Stoner. No podía obligarse a que le interesara mucho. «Bien, no tienes
que preocuparte. Lo mejor es no pensar en ello».
Ella no respondió y él se giró de nuevo hacia la ventana abierta, a mirar el cielo
oscurecerse hasta que sólo quedó un débil rayo púrpura sobre la nube en la distancia.
Había estado en casa poco más de una semana y justo aquella tarde había vuelto
de una visita al hospital en la que se había sometido a lo que Jamison, con su sonrisa
forzada, llamaba tratamiento. Jamison se había quedado maravillado por lo rápido
que había cicatrizado su incisión, dijo algo sobre que tenía la constitución de un
hombre de cuarenta y luego se había callado abruptamente. Stoner se había dejado
hurgar y pinchar, les había dejado atarle a una cama y se había estado quieto mientras
una enorme máquina rondaba silenciosa a su alrededor. Era absurdo, lo sabía, pero no
protestó, hubiese sido descortés hacerlo. No era mucho a lo que someterse si eso les
distraía de saber lo inevitable.
Gradualmente, supo que este pequeño cuarto en el que ahora yacía mirando por la
ventana se convertiría en su mundo, ya podía sentir los primeros dolores imprecisos
que retornaban como la llamada lejana de un viejo amigo. Dudaba que le pidieran
volver por el hospital, había habido algo irrevocable en la voz de Jamison aquella
tarde y le había dado algunas pastillas que tomar en caso de que se sintiera incómodo.
«Podrías escribir a Grace», se oyó decir a Edith. «Hace mucho que no nos visita».
Y se volvió para ver a Edith asentir ausente, sus ojos volvían, como los suyos, de
mirar apaciblemente hacia la creciente oscuridad al otro lado de la ventana.
Durante las siguientes dos semanas se sintió débil, gradualmente primero y
rápidamente después. El dolor regresó, con una intensidad que no esperaba. Se
tomaba las pastillas y sentía el dolor alejarse en la oscuridad, como un animal
cauteloso.
Vino Grace y se percató de que, después de todo, tenía poco que decirle. Había
estado fuera de San Luis y había vuelto el día anterior encontrando la carta de Edith.
Estaba cansada y tensa y tenía ojeras oscuras bajo los ojos. Él deseaba poder hacer

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algo para aliviar su dolor aunque sabía que no podía.
«Se te ve muy bien, papaíto», dijo. «Muy bien. Te vas a recuperar».
«Por supuesto», dijo y le sonrió. «¿Cómo está el pequeño Ed? ¿Y cómo te va?».
Dijo que le iba bien y que el pequeño Ed estaba bien, que empezaría el colegio el
próximo otoño. La miró algo perplejo. «¿Colegio?», preguntó. Luego se dio cuenta
de que debía ser verdad. «Por supuesto», dijo. «Olvidé lo grande que debe de ser ya».
«Pasa con sus… con el señor y la señora Frye mucho tiempo», dijo. «Es lo mejor
para él». Dijo algo más pero su atención se desvió. Cada vez más a menudo
encontraba difícil concentrar la mente en algo fijo, vagaba por temas que no podía
prever y a veces se sorprendía diciendo cosas cuyo origen no comprendía.
«Pobre papá», oyó decir a Grace, y él devolvió su atención hacia donde ella
estaba. «Pobre papá, las cosas no han sido fáciles para ti, ¿verdad?».
Él reflexionó un instante y dijo: «No, pero supongo que yo no quise que lo
fueran».
«Mamá y yo, ambas te hemos decepcionado, ¿no es cierto?».
Alzó la mano como para tocarla. «Oh, no», dijo con una apagada pasión. «No
debéis…». Quiso decir más, explicarse, pero no pudo continuar. Cerró los ojos y
sintió que se le aflojaba la mente. Se le acumulaban las imágenes y cambiaban como
en una pantalla. Vio a Edith como era aquella primera tarde en la que se habían
conocido en casa de Claremont —el vestido azul, los dedos delgados y el rostro bello
y delicado que sonreía gentilmente, los ojos pálidos que miraban ávidos a cada
instante como si fueran dulces sorpresas—. «Tu madre…», dijo. «No siempre fue…».
No siempre fue como siempre; y creyó entonces que podía vislumbrar más allá de la
mujer en la que se había convertido, a la chica que había sido. Pensó que siempre la
había vislumbrado.
«Tú fuiste una niña preciosa», se oyó decir, y por un momento no supo a quién
hablaba. La luz flotaba ante sus ojos, formando figuras que se convertían en el rostro
de su hija, arrugado, sombrío y delicadamente cuarteado. Cerró sus ojos otra vez. «En
el estudio. ¿Recuerdas? Solías sentarte a mi lado cuando trabajaba. Estabas tan quieta
y la luz… la luz…». La luz de la lámpara del escritorio —podía verla ahora— era
absorbida por su carita concentrada, inclinada sobre un libro o un dibujo haciendo
que su tierna carne resplandeciera entre las sombras del cuarto. Escuchó una
sonrisilla lejana en el eco. «Por supuesto», dijo, y miró el rostro actual de aquella
niña. «Por supuesto», repitió, «estuviste siempre ahí».
«Calla», le dijo ella suavemente, «debes descansar».
Y esa fue su despedida. Al día siguiente bajó a verle para decirle que tenía que
regresar a San Luis durante unos días y dijo algo más que él no escuchó en tono
neutro y controlado. Tenía el semblante desdibujado y los ojos rojos y húmedos.
Entrechocaron sus miradas; ella lo contempló durante un largo rato, casi incrédula,

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después se dio media vuelta. Él supo que no la volvería a ver.
No deseaba morir, pero había momentos, como cuando Grace se marchó, en que
lo ansiaba impaciente, como uno espera el momento de un viaje que no tiene especial
deseo de emprender. Y como cualquier viajero, sentía que había muchas cosas que
tenía que hacer antes de irse, si bien no recordaba cuáles.
Estaba tan débil que no podía andar, pasaba día y noche en el cuartito de atrás.
Edith le traía libros que él pedía y los colocaba en una mesa junto a su cama estrecha,
para no tener que esforzarse en alcanzarlos.
Pero leía poco, aunque la presencia de sus libros le reconfortaba. Hacía que Edith
abriera las cortinas de todas las ventanas y no dejaba que las cerrara, incluso cuando
el sol de la tarde, intensamente caliente, penetraba en el cuarto.
A veces Edith venía al cuarto, se sentaba en la cama junto a él y charlaban.
Hablaban de cosas triviales, de gente que conocían, del nuevo edificio que se estaba
construyendo en el campus, del antiguo que había sido derribado, pero lo que decían
no parecía importar. Había entre ellos una nueva calma. Se habían perdonado por el
daño que se habían hecho y se evadían pensando en lo que su vida en común podría
haber sido.
Stoner la miraba ahora casi sin arrepentimiento; bajo la suave luz de última hora
de la tarde su rostro parecía joven y sin arrugas. Si hubiese sido más fuerte, pensó, si
hubiera sabido más, si hubiese podido comprender. Y al final, sin clemencia, pensó:
si la hubiese querido más. Como si tuvieran que recorrer una larga distancia sus
manos recorrieron la sábana que le cubría y tocó la de Edith. Ella no se movió y,
después de un rato, se sumergió en una especie de sueño.
A pesar de los sedantes que tomaba, le parecía que su mente permanecía clara y
estaba agradecido por ello. Pero era como si una voluntad ajena a la suya hubiese
tomado posesión de esa mente, moviéndola en direcciones que no podía entender, el
tiempo pasaba y no sentía su paso.
Gordon Finch le visitaba casi cada día, pero no podía fijar claramente la
secuencia de sus visitas en su memoria. A veces hablaba con Gordon cuando no
estaba allí y se sorprendía de su voz en la habitación vacía, a veces en medio de una
conversación con él se callaba y parpadeaba, como si de repente se percatara de la
presencia de Gordon. Una vez, cuando Gordon entraba de puntillas en el cuarto, se
giró hacia él con cierta sorpresa y preguntó: «¿Dónde está Dave?», y cuando vio la
mueca de espanto en el rostro de Gordon, movió débilmente la cabeza y dijo: «Lo
siento, Gordon. Estaba casi dormido, he estado pensando en Dave Masters y, a veces
digo lo que estoy pensando sin saber. Es debido a esas pastillas que tengo que tomar».
Gordon sonrió asintiendo e hizo una broma, pero Stoner sabía que en aquel
instante Gordon Finch se había alejado irremediable de él. Sentía cierto
arrepentimiento por haber dicho lo de Dave Masters, el muchacho provocador que

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ambos habían amado, cuyo fantasma sostuvo, todos estos años, una amistad de cuya
profundidad nunca fueron conscientes.
Gordon le trasladó los saludos que le enviaban sus colegas y charló sobre cosas
inconexas relativas a asuntos de la universidad que podían interesarle, pero sus ojos
estaban inquietos y una sonrisa nerviosa le temblaba en la cara.
Edith entró en el cuarto y Gordon Finch se puso en pie trabajosamente, efusivo,
cordial y aliviado de ser interrumpido.
«Edith», dijo, «siéntate tú aquí».
Edith negó con la cabeza y guiñó un ojo a Stoner.
«El viejo Bill se siente mejor», dijo Finch. «Por Dios, creo que se le ve mucho
mejor que la semana pasada».
Edith se giró hacia él prestándole atención por primera vez.
«Oh, Gordon», dijo. «Está fatal. Pobre Willy. No estará con nosotros mucho
más».
Gordon palideció y dio un paso hacia atrás, como si le hubiesen golpeado. «¡Dios
mío, Edith!».
«No mucho más», dijo Edith de nuevo, mirando melancólica a su marido, que
sonreía levemente. «¿Qué voy a hacer, Gordon? ¿Qué haré sin él?».
Él cerró los ojos y ambos desaparecieron. Oyó a Gordon susurrar algo y escuchó
sus pasos alejándose de él.
Lo formidable era que todo era muy sencillo. Habría querido decirle a Gordon lo
sencillo que era, decirle que no temiese hablar de ello o pensar en ello, pero había
sido incapaz. Ahora no parecía importar mucho. Escuchaba sus voces en la cocina, la
de Gordon baja y acuciante, la de Edith resentida y cortante. ¿De qué hablaban?
El dolor le sobrevino con una premura y urgencia que le pilló desprevenido,
poniéndolo al borde del llanto. Dejó descansar las manos sobre las sábanas,
queriendo moverlas en dirección a la mesilla de noche. Tomó algunas pastillas, se las
metió en la boca y tragó algo de agua. Un sudor frío le caía por la frente y se quedó
muy quieto hasta que cedió el dolor.
Volvió a oír las voces, no abrió los ojos. ¿Era Gordon? Su sentido del oído
pareció abandonar su cuerpo y flotar como una nube sobre él, transmitiéndole cada
detalle de sonido. Pero su mente no podía distinguir con precisión las palabras.
La voz —¿era de Gordon?—, decía algo sobre su vida. Y aunque no podía
precisar las palabras, ni estar seguro de lo que se decía, su propia mente, con la
ferocidad de un animal herido, se abalanzó sobre el tema. Sin piedad vio su existencia
como debía parecerle a los otros.
Desapasionada y objetivamente, examinó el fracaso que, aparentemente, había
sido su vida. Había buscado amistad, la amistad más cercana que pudiera acercarle a
la raza humana. Había tenido dos amigos, uno de los cuales había muerto sin sentido

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antes de conocerle; el otro se había alejado ahora tanto por avatares de la vida que…
Había buscado la singularidad y la tranquila pasión conjunta del matrimonio. Había
tenido eso también, no supo qué hacer con ello y murió. Había buscado amor y había
tenido amor, y había renunciado a él, lo había dejado marchar en el caos de la
potencialidad. Katherine, pensó. «Katherine».
Y había querido ser profesor, y lo fue, aunque sabía, siempre lo supo, que durante
la mayor parte de su vida había sido uno cualquiera. Había soñado con un tipo de
integridad, un tipo de pureza cabal, había hallado compromiso y la desviación
violenta de la trivialidad. Se le había concedido la sabiduría y al cabo de largos años
había encontrado ignorancia. ¿Y qué más?, pensó. ¿Qué más?
¿Qué esperabas?, se preguntó.
Abrió los ojos. Estaba oscuro. Entonces vio el cielo afuera, la profunda negrura
azulada del espacio y el débil brillo de la Luna a través de una nube. Debía de ser
muy tarde, pensó. Parecía que sólo había pasado un momento desde que Gordon y
Edith estuvieron con él, en la tarde luminosa. ¿O había sido hacía mucho? No sabía.
Comprendía que su mente debería debilitarse a medida que su cuerpo se
consumiera, pero no estaba preparado para tanta rapidez. La carne es fuerte, pensó,
más fuerte de lo que imaginamos. Siempre quiere continuar.
Oyó voces, vio luces y sintió el dolor ir y venir. El rostro de Edith flotaba sobre
él, lo veía sonreír. A veces oía su propia voz hablando, y pensaba que hablaba
racionalmente, aunque no estaba seguro. Sentía las manos de Edith sobre él,
moviéndole, bañándole. De nuevo tenía un bebé, pensó, al fin tenía un niño del que
poder cuidar. Deseaba poder hablar con ella, sentía que tenía algo que decir.
¿Qué esperabas?, pensó.
Algo pesado le presionaba los párpados. Los sintió temblar y luego consiguió
abrirlos. Era luz lo que veía, el brillo del sol de la tarde. Parpadeó y contempló
impasible el cielo azul y el brillo del trozo de sol que podía ver a través de la ventana.
Decidió que era real. Movió una mano y al moverla sintió una curiosa fuerza
Huyéndole por dentro, como del aire. Respiró profundamente, no había dolor.
Con cada bocanada que tomaba le parecía que su fuerza se incrementaba, su
cuerpo se estremecía y podía sentir el delicado peso de la luz y la sombra sobre su
cara. Se incorporó en la cama hasta quedar medio sentado, apoyando la espalda en la
pared contra la que estaba la cama. Ahora podía ver el exterior.
Sentía que había despertado de un largo sueño y estaba espabilado. Era finales de
primavera o principios de verano —más bien principios de verano por cómo se veía
todo—. Había opulencia y lustre en las hojas del gran olmo del patio trasero y la
sombra que proyectaba tenía una frescura profunda que ya conocía. Una densidad
flotaba en el aire, una pesadez que reunía los dulces olores de la hierba, los pétalos y
las flores, mezclándolos y manteniéndolos suspendidos. Dio otra bocanada, profunda,

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escuchó la aspereza de su respiración y sintió la dulzura del verano acumularse en sus
pulmones.
Notó también, con la bocanada que tomó, un cambio en algún lugar de su interior,
un cambio que detenía algo y se fijaba en su cabeza para no moverse. Después se le
pasó y pensó: así que así es.
Se le ocurrió que debía llamar a Edith y luego supo que no la llamaría. Los
moribundos son egoístas, pensó, se guardan sus momentos para sí, como los niños.
Respiraba de nuevo, pero dentro de él había algo diferente que no pudo
identificar. Sentía que esperaba algo, algún conocimiento, pero le parecía que tenía
todo el tiempo del mundo.
Oyó el sonido lejano de una risa y orientó su cabeza hacia aquel punto. Un grupo
de estudiantes pasaba por delante de su patio trasero, se apresuraban hacia algún
lugar. Los vio claramente, eran tres parejas. Las chicas tenían extremidades alargadas
y gráciles y llevaban ligeros vestidos de verano. Los chicos las miraban maravillados
con alegría y fascinación. Caminaban ligeros sobre la hierba, casi sin tocarla, sin
dejar rastro de su paso. Los observó pasar hasta perderlos de vista, hasta donde él no
podía ya seguirlos y, durante un largo rato, después de que se hubiesen desvanecido le
llegó el sonido de su risa, lejana y desconocida en la quietud de la tarde veraniega.
¿Qué esperabas?, pensó otra vez.
Le sobrevino cierta alegría, como traída por la brisa del verano. Recordó
vagamente que había estado pensando en el fracaso… como si importara. Ahora le
parecía que tales pensamientos eran negativos, indignos de lo que había sido su vida.
Nebulosas presencias se agolparon en los márgenes de su conciencia; no podía verlas,
pero sabía que estaban ahí, reuniendo fuerzas para convertirse en una clase de
evidencia que no podía ver ni oír. Se aproximaba a ellas, lo sabía, pero no había
ninguna prisa. Podía ignorarlas si quería, tenía todo el tiempo que quedara.
Había suavidad a su alrededor y lasitud creciente en sus extremidades. El sentido
de su propia identidad le llegó con fuerza repentina y sintió su poder. Era él mismo y
sabía lo que había sido.
Giró la cabeza. Su mesilla estaba atestada de pilas de libros que no había tocado
en mucho tiempo. Dejó que su mano jugara con ellos un rato, maravillándose de la
delgadez de sus dedos y de la intrincada articulación de las falanges cuando los
flexionaba. Sentía la fuerza dentro de ellos y los dejó coger un libro del montón que
había en la mesa. Era su propio libro el que buscaba y cuando lo tuvo sonrió ante la
familiar cubierta roja que llevaba tanto tiempo descolorida y arañada.
Poco le importaba que el libro fuese olvidado y que no tuviera utilidad, y la
cuestión de su valor en cualquier época parecía casi trivial. No tenía la ilusión de
encontrarse a sí mismo allí, en las letras desvaídas, aunque, lo sabía, una pequeña
parte de él que no podía negar estaba allí, y estaría allí.

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Abrió el libro y, cuando lo hizo, se volvió algo ajeno. Dejó que sus dedos
hojearan las páginas y sintió un hormigueo, como si estuviesen vivas. El hormigueo
recorrió sus dedos y recorrió su carne y sus huesos. Fue perfectamente consciente y
aguardó hasta que le poseyó, hasta que la vieja excitación parecida al terror se le fijó
donde estaba. La luz del sol, entrando por la ventana, resplandecía sobre la página y
no podía ver lo que allí había escrito.
Los dedos perdieron fuerza y el libro que sostenían se deslizó despacio y luego
bruscamente sobre su cuerpo inmóvil, cayendo en el silencio de la habitación.

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JOHN WILLIAMS (Clarksville, Texas, 29 de agosto de 1922 - Fayetteville,
Arkansas, 3 de marzo de 1994). Trabajó en prensa y radio y en 1942 ingresó en la
Fuerzas Aéreas. Posteriormente hizo el bachillerato en la Universidad de Denver y en
1950 ingresó en la Universidad de Missouri, obteniendo un doctorado en Lengua
Inglesa en en 1954. En el año 1955 comenzó a dar clases de Escritura creativa en la
Universidad de Denver.
Autor de poesía y novela, se caracteriza en esta última por su refinado estilo y
dominio del idioma.

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Notas

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[1]
WPA (Works Progress Administration) Agencia estatal norteamericana creada
durante la depresión de los años treinta y cuyo objetivo era financiar proyectos que
dieran trabajo y otras ayudas a los desempleados. Wrong Pronoun Antedent quiere
decir «error de concordancia entre pronombre y antecedente». (Nota del traductor) <<

[Link] - Página 191

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