Stoner - John Williams
Stoner - John Williams
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John Williams
Stoner
ePub r1.0
Yorik 20.12.13
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Título original: Stoner
John Williams, 1965
Traducción: Antonio Díez Fernández
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Este libro está dedicado a mis amigos y antiguos colegas del Departamento de
Inglés de la Universidad de Missouri. Ellos reconocerán de inmediato que esto
es una obra de ficción —que ningún personaje retratado en ella está basado en
ninguna persona viva o muerta y que ningún acontecimiento tiene su equivalente
en la realidad que conocimos en la Universidad de Missouri—. También se
darán cuenta de que me he tomado ciertas libertades, tanto físicas como
históricas, referidas a la Universidad de Missouri, para que, de hecho, sea un
lugar de ficción también.
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Nació en 1891 en una pequeña granja en Missouri central cerca del pueblo de
Booneville, a unas cuarenta millas de Columbia, la sede de la Universidad. A pesar de
que sus padres eran jóvenes cuando nació —su padre tenía veinticinco, su madre
apenas veinte— lo que Stoner pensaba de ellos, incluso cuando era un niño, es que
eran viejos. A los treinta su padre aparentaba cincuenta; encorvado por el trabajo,
miraba sin esperanza hacia la árida parcela de terreno que sostenía a la familia de año
en año. Su madre contemplaba su vida con paciencia, como si fuera un momento
largo que tuviera que aguantar. Sus ojos eran pálidos y borrosos y las pequeñas
arrugas alrededor de ellos estaban realzadas por un fino pelo canoso y desgastado que
le cubría la cabeza y que recogía en un moño por detrás.
Desde la época más temprana que podía recordar, William Stoner tuvo
obligaciones. A los seis años ordeñaba las vacas flacas, remojaba los cerdos en la
pocilga cercana a unos pocos metros de la casa y recogía los huevecillos de un
puñado de gallinas esmirriadas. Incluso cuando empezó a acudir a la escuela rural a
trece kilómetros de la granja, sus días, desde antes del amanecer hasta después del
ocaso, estaban llenos de trabajos de diverso tipo. A los diecisiete sus hombros habían
empezado ya a encorvarse bajo el peso de sus ocupaciones.
Era una casa solitaria ligada a un inevitable trabajo duro en la que él era hijo
único. Por las noches los tres se sentaban en la pequeña cocina iluminados por una
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única lámpara de queroseno, a mirar la llama amarilla: a menudo durante la hora
aproximada entre la cena y el momento de acostarse, el único sonido que se oía era el
cansado movimiento de un cuerpo sobre una silla rígida y el suave crujir de la
madera, cediendo un poco por la edad de la casa.
La casa había sido construida en una ubicación vulgar y los maderos sin pintar se
combaban en torno al porche y a las puertas. Con los años había tomado los colores
de la tierra seca —gris y marrón, a rayas blancas—. En un lado de la casa había una
sala alargada, pobremente amueblada, con sillas sencillas y unas pocas mesas
labradas, y una cocina, donde la familia pasaba la mayor parte del poco tiempo que
estaban juntos. Al otro lado había dos dormitorios, cada uno amueblado con un
somier de hierro esmaltado en blanco, una única silla sencilla y una mesa con una
lampara y una jofaina sobre ella. Los suelos eran de tablones sin pintar, distribuidos
desigualmente y que crujían de viejos, barridos continuamente de arriba a abajo por
la madre de Stoner.
En la escuela asistía a las clases que le resultaban menos agotadoras que las de la
granja. Cuando terminó la secundaria en la primavera de 1910 esperaba hacerse cargo
de más trabajos en los campos; le parecía que su padre era más lento y se mostraba
cansado con los años.
Pero una tarde a finales de primavera, después de que los dos hubieran pasado el
día entero cosechando maíz, su padre le habló en la cocina, tras recoger los platos de
la cena.
«Un representante del condado vino la semana pasada».
William alzó la vista del mantel de cuadros rojos y blancos dispuesto
delicadamente sobre la mesa. No habló.
«Dice que tienen una nueva facultad en la Universidad de Columbia. La llaman
Facultad de Agricultura. Dice que piensa que deberías ir. Serían cuatro años».
«Cuatro años», dijo William. «¿Cuesta dinero?».
«Podrías procurarte habitación y manutención», dijo su padre. «Tu madre tiene un
primo que tiene sitio en las afueras de Columbia. Habrá libros y cosas. Yo te podría
enviar dos o tres dólares al mes».
William extendió las manos sobre el mantel, que a la luz de la lámpara tenían un
reflejo apagado. Nunca había estado más allá de Booneville, a quince millas. Tragó
saliva para tranquilizar la voz.
«¿Piensa que podrán apañarse aquí solos?», preguntó.
«Tu madre y yo nos apañaremos. Plantaré en la parte superior veinte de trigo; eso
reducirá el trabajo manual».
William miró a su madre. «¿Mamá?», preguntó.
Ella dijo en un tono neutro: «Haz lo que diga tu padre».
«¿De verdad quieren que me vaya?», preguntó, como si casi esperara una
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negativa. «¿De verdad quieren que me vaya?».
Su padre se levantó de la silla. Miró sus dedos gruesos, callosos, los surcos en los
que la tierra había penetrado tan profundamente que no se podían lavar. Entrelazó los
dedos y los levantó de la mesa, en una actitud que parecía de rezo.
«Nunca tuve una educación de la que presumir», dijo, mirándose las manos.
«Empecé a trabajar en una granja cuando acabé sexto. Nunca me preocupó la
educación cuando era mozo. Pero ahora no sé. Parece que cada año la tierra se seca
más y es más difícil de trabajar; no es rica como lo era cuando era niño. El
representante del condado dice que tienen nuevas ideas, formas de hacer las cosas
que se enseñan en la universidad. Tal vez tenga razón. A veces cuando estoy
trabajando en el campo me pongo a pensar». Hizo una pausa. Los dedos se
enroscaron sobre sí mismos, y las manos agarradas cayeron sobre la mesa. «Se me ha
ocurrido…». Se miraba las manos con el ceño fruncido y movía la cabeza. «Que
vayas a la Universidad en otoño. Tu madre y yo nos apañaremos».
Era el discurso más largo que le había escuchado nunca a su padre. Aquel otoño
fue a Columbia y se inscribió en el primer curso de la Universidad en la Facultad de
Agricultura.
Llegó a Columbia con un traje nuevo de paño negro encargado del catálogo de
Sears & Roebuck y pagado con los ahorros de su madre, un abrigo usado que había
pertenecido a su padre, un par de pantalones de sarga que una vez al mes llevaba en
la iglesia metodista de Booneville, dos camisas blancas, dos mudas de ropa de trabajo
y veinticinco dólares en metálico, que su padre había pedido prestados a un vecino a
cuenta del trigo del otoño. Comenzó a caminar desde Booneville, donde a primera
hora de la mañana su padre y su madre le habían traído en el carro de plataforma
tirado por bueyes de la granja.
Era un día cálido de otoño y el camino de Booneville a Columbia estaba
polvoriento; anduvo cerca de una hora antes de que un carro de mercancías se
detuviera a su lado y el conductor le preguntara si quería que le llevara. Asintió y se
subió en el asiento del carro. Sus pantalones de sarga estaban rojos de polvo hasta las
rodillas y en su rostro, bronceado por el sol y el viento y cubierto de suciedad, el
polvo del camino se había mezclado con su sudor. Durante el largo recorrido estuvo
cepillándose los pantalones con torpes ademanes y deslizándose los dedos por su
cabello liso y rojizo, que no se le mantenía quieto sobre la cabeza.
Llegaron a Columbia al final de la tarde. El conductor dejó a Stoner a las afueras
de la ciudad y le señaló un grupo de edificios a la sombra de altos álamos. «Aquélla
es tu universidad», dijo. «Allá es donde vas a ir a clase».
Stoner se quedó inmóvil durante algunos minutos después de que el conductor se
hubiera marchado, observando el complejo de edificios. Nunca antes había visto algo
tan imponente. Los edificios de ladrillo rojo se alzaban sobre un campo verde y
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despejado, quebrado por muros de piedra y pequeñas extensiones ajardinadas. Más
allá de su sobrecogimiento, tenía una repentina sensación de seguridad y serenidad
que nunca antes había sentido. A pesar de que era tarde, caminó muchos minutos por
los alrededores del campus, sólo mirando, como si no tuviera derecho a entrar.
Casi había oscurecido cuando le preguntó a un transeúnte por Ashland Gravel, la
carretera que le conduciría a la granja regentada por Jim Foote, el primo de su madre
para quien debería trabajar; y ya había oscurecido cuando llegó a la casa blanca de
madera de dos plantas donde iba a vivir. No había visto a los Foote antes y se sentía
extraño llegando tan tarde.
Le saludaron con un gesto, examinándole detenidamente. Tras un momento,
durante el cual Stoner se quedó vacilante en la puerta, Jim Foote le condujo hacia una
pequeña y oscura sala abarrotada de muebles y adornos sobre mesas de apagado
brillo. No se sentó.
«¿Cenas?», preguntó Foote.
«No, señor», contestó Stoner.
La señora Foote señaló con el dedo índice y se alejó. Stoner la siguió a través de
diversas habitaciones hasta la cocina, donde le conminó a sentarse a la mesa. Puso
una jarra de leche y varios trozos de pan de maíz frío ante él. Sorbió la leche, pero su
boca, seca por los nervios, era incapaz de tomar el pan.
Foote entró en la sala y se puso junto a su esposa. Era un hombre pequeño, de no
más de metro sesenta, de rostro delgado y nariz afilada. Su esposa era unos diez
centímetros más alta, y robusta; unas gafas sin montura escondían sus ojos, y sus
labios finos estaban apretados. Ambos observaban ávidamente cómo sorbía la leche.
«Da de comer y de beber al ganado, lava a los cerdos por la mañana». Dijo Foote
velozmente.
Stoner le miró inexpresivamente. «¿Qué?».
«Eso es lo que harás por las mañanas», dijo Foote, «antes de irte a estudiar. Luego
a la noche aliméntalos y lávalos otra vez, recoge los huevos, ordeña las vacas. Corta
leña cuando encuentres tiempo. Los fines de semana me ayudarás con lo que esté
haciendo».
«Sí, señor», dijo Stoner.
Foote le estudió durante un momento. «Universidad», dijo y meneó la cabeza.
Así que, por nueve meses de alojamiento y comida, alimentó y limpió ganado,
lavó cerdos, recogió huevos, ordeñó vacas y cortó leña. También aró y abonó campos,
cavó alcorques (en invierno atravesando varios centímetros de tierra helada) y batió
mantequilla para la señora Foote, que le observaba meneando la cabeza con
aprobación mientras la batidora de madera chapoteaba de aquí para allá entre la
leche.
Le alojaron en una planta superior que alguna vez había sido un almacén; sus
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únicos muebles eran un somier de hierro negro de bastidores caídos que sujetaban un
delgado colchón de plumas, una mesa rota que sostenía una lámpara de queroseno,
una sencilla silla coja y una caja grande que utilizaba como escritorio. Durante el
invierno el único calor que obtenía era el que se filtraba a través del suelo proveniente
de las habitaciones inferiores; se arropaba con edredones y mantas hechas jirones que
le habían dado y se soplaba las manos para así poder pasar las páginas de los libros
sin arrancarlas.
Hacía su trabajo en la universidad igual que lo hacía en la granja—rigurosamente,
a conciencia, sin placer ni angustia—. Al final del primer año sus calificaciones
promediaban algo menos del notable. Estaba contento de que no fueran más bajas y
no le preocupaba que no fueran más altas. Era consciente de que había aprendido
cosas que no sabía antes, pero eso sólo significaba para él que el segundo año lo tenía
que hacer tan bien como lo había hecho el primero.
El verano posterior a su primer curso de universidad volvió a la granja de su
padre y le ayudó con la cosecha. Una vez su padre le preguntó si le gustaba estudiar y
él contestó que estaba bien. Su padre asintió y no mencionó más el asunto.
No fue hasta el regreso de su segundo año que William Stoner supo para qué
había ido a la Universidad.
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percibiera que entre su conocimiento y lo que podía decir hubiera un abismo tan
profundo que no merecía la pena hacer ningún esfuerzo para cruzarlo. Era temido y
aborrecido por la mayoría de sus alumnos y él respondía con una sonrisa distante e
irónica. Era un hombre de estatura media, de rostro largo, con arrugas profundas,
pulcramente afeitado, repetía el gesto impaciente de pasarse los dedos por su mata de
pelo gris rizado. Su voz era plana y seca y salía a través de unos labios apenas
móviles, sin expresión ni entonación, pero sus largos dedos delgados se movían con
gracia y persuasión, como si le dieran a las palabras la forma que su voz no podía.
Lejos de clase, cumpliendo con sus quehaceres en la granja o parpadeando bajo la
tenue lámpara mientras estudiaba en su ático sin ventanas, Stoner era consciente, en
ocasiones, de que la imagen de aquel hombre se había alzado ante el ojo de su mente.
Tenía dificultades para evocar el rostro de cualquier otro de sus profesores o para
recordar nada demasiado específico sobre cualquier otra de sus clases, pero siempre,
en el umbral de su conciencia, aguardaba la figura de Archer Sloane y su voz seca y
sus palabras despectivamente bruscas sobre algún pasaje de Beowulf o de algún
pareado de Chaucer.
Sentía que no podría sobrellevar el estudio como lo hacía en sus otras asignaturas.
A pesar de que recordaba a los autores y sus obras, sus fechas y sus influencias, casi
suspende el primer examen; y lo hizo poco mejor en el segundo. Leía y releía su
apuntes de literatura con tanta frecuencia que su trabajo en otras asignaturas empezó
a resentirse y, con todo, las palabras que leía eran sólo palabras en páginas y no podía
ver la utilidad de lo que hacía.
Meditaba las palabras que Archer Sloane decía en clase, como si más allá de su
significado plano y árido pudiera descubrir una pista que le llevara donde se suponía
que iba. Se inclinaba sobre el escritorio ocupando una silla demasiado pequeña para
estar a gusto, aferrándose a los bordes del apoyabrazos tan fuertemente que los
nudillos se le quedaban blancos en comparación con su piel morena y dura, fruncía el
ceño atentamente y se mordía el labio inferior. Pero mientras Stoner y sus
compañeros redoblaban desesperadamente su atención, el desprecio de Archer Sloane
se hacía más intenso. Y una vez que aquel desprecio estalló en ira, ésta fue dirigida
únicamente contra William Stoner.
La clase había leído dos obras de Shakespeare y estaba acabando la semana con
un estudio de sus sonetos. Los alumnos estaban tensos y confusos, medio asustados
por la tensión que crecía entre ellos mismos y la encorvada figura que los observaba
desde detrás del atril. Sloane les había leído en voz alta el soneto setenta y tres; sus
ojos vagaban por la sala y sus labios se comprimían en una sonrisa sin humor.
«¿Qué quiere decir el soneto?», preguntó abruptamente e hizo una pausa. Sus ojos
registraron la sala con una impotencia severa y poco menos que satisfecha. «¿Señor
Wilbur?». No hubo respuesta. «¿Señor Schmidt?». Alguien tosió. Sloane dirigió sus
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brillantes ojos oscuros hacia Stoner. «Señor Stoner, ¿qué quiere decir el soneto?».
Stoner tragó y trató de abrir la boca.
«Es un soneto, señor Stoner», dijo Sloane con sequedad, «una composición
poética de catorce versos, que sigue ciertas pautas que estoy seguro habrá usted
memorizado. Está escrito en lengua inglesa, la cual, según creo, llevará usted varios
años hablando. Su autor es William Shakespeare, un poeta que está muerto, pero que
a pesar de ello ocupa una posición de cierta importancia en las mentes de algunos».
Miró a Stoner durante un momento más y entonces se le pusieron los ojos en blanco,
mientras los fijaba ciegamente en algún lugar más allá de la clase. Sin mirar el libro
recitó el poema de nuevo y su voz se hizo más profunda y suave, como si las
palabras, sonidos y ritmos se hubieran convertido por un instante en él mismo:
Los ojos de Sloane regresaron a William Stoner y dijo secamente: «El señor
Shakespeare le habla a través de trescientos años señor Stoner, ¿le escucha?».
William Stoner se dio cuenta de que por unos instantes había estado conteniendo
el aliento. Lo expulsó suavemente, siendo entonces consciente de la ropa
moviéndosele sobre el cuerpo mientras el aliento le salía de los pulmones. Desvió la
vista de Sloane hacia otro punto de la sala. La luz penetraba por las ventanas y se
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posaba sobre los rostros de sus compañeros de manera que la iluminación parecía
venir de dentro de ellos mismos para salir hacia la oscuridad; un alumno pestañeó y
una sombra delgada cayó sobre una mejilla cuya parte inferior había recogido la luz
del sol. Stoner advirtió que sus dedos se estaban soltando de su firme agarre al
escritorio. Volteó las manos frente a sus ojos, maravillándose de lo morenas que
estaban, de la intrincada manera en que las uñas se adaptaban al romo final de los
dedos. Pensó que podía sentir la sangre fluir invisible a través de sus diminutas venas
y arterias, pulsando delicada y precariamente desde las yemas de los dedos a través
de su cuerpo.
Sloane volvió a hablar: «¿Qué le comunica, señor Stoner? ¿Qué quiere decir el
soneto?».
Los ojos de Stoner se elevaron lentamente y sin convicción. «Quiere decir», dijo,
y con un pequeño movimiento elevó las manos en el aire. Sentía su mirada ausente
mientras buscaba la figura de Archer Sloane. «Quiere decir», dijo de nuevo, y no
pudo terminar lo que había empezado.
Sloane le miro con curiosidad. Después movió la cabeza bruscamente y dijo: «La
clase ha terminado». Sin mirar a nadie se dio media vuelta y salió del aula.
William Stoner era apenas consciente de los alumnos de su alrededor que se
levantaban gruñendo y refunfuñando de sus asientos y salían renqueando de clase.
Durante algunos minutos después de que se hubieran ido permaneció sentado sin
moverse, absorto en el suelo de estrechos tablones que habían ido perdiendo barniz a
causa de las incesantes pisadas de estudiantes que nunca vería ni conocería. Deslizó
su propio pie por el suelo, escuchando el seco chirrido de la madera en sus suelas y
sintiendo la aspereza a través del cuero. Después él también se levantó y salió
despacio de la clase.
El leve frescor de últimos de otoño penetraba por su ropa. Miro a su alrededor, a
las desnudas ramas nudosas que se rizaban y retorcían frente al cielo despejado.
Topaban con él estudiantes corriendo hacia sus clases; oía el murmullo de sus voces y
el sonido de sus tacones contra los caminos empedrados, y veía sus rostros
encendidos por el frío, inclinados frente a la suave brisa. Les miraba con curiosidad,
como si no les hubiera visto antes y se sentía muy distante y muy cerca de ellos.
Retuvo el sentimiento para sí mientras se apresuraba hacia su siguiente clase, y lo
retuvo durante la lección de su profesor de química de suelos, contra el zumbido que
dictaba cosas para ser escritas en cuadernos y recordadas mediante un arduo proceso
que ni siquiera ahora le resultaba familiar.
En el segundo semestre de aquel curso William Stoner abandonó las asignaturas
de ciencias e interrumpió sus estudios en la Facultad de Agricultura. Asistió a cursos
de introducción a la filosofía y a la historia antigua y a dos asignaturas de literatura
inglesa. En verano regresó de nuevo a la granja de sus padres, ayudó a su padre con la
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cosecha y no mencionó su trabajo en la universidad.
Siendo mucho mayor habría de mirar hacia sus dos últimos años de estudio como
si fuese un tiempo irreal que perteneciera a otra persona, un tiempo que hubiese
transcurrido no al paso normal al que estaba acostumbrado sino a trompicones. Un
instante se yuxtaponía a otro, o bien se aislaba de él, y tenía la sensación de que había
sido extirpado del tiempo y lo observaba pasar ante él como una gran maqueta girada
desigualmente.
Tomó conciencia de sí mismo como nunca antes. A veces se miraba en el espejo,
la cara alargada con mechones de cabello castaño, y se palpaba los pómulos afilados.
Veía entonces las delgadas muñecas que le asomaban unos centímetros por las
mangas de su chaqueta y se preguntaba si parecería tan ridículo ante los otros como
lo parecía ante sí mismo.
No tenía planes de futuro y no hablaba con nadie de esta incertidumbre.
Continuaba trabajando donde los Foote para pagar su alojamiento y manutención
pero ya no trabajaba tantas horas como durante los dos primeros años de universidad.
Durante tres horas cada tarde y medio día los fines de semana permitía que Jim y
Serena Foote le utilizaran a su antojo; el resto del tiempo lo reivindicaba como
propio.
Parte de ese tiempo lo pasaba en su pequeño ático sobre la casa de los Foote. Pero
tan a menudo como podía, cuando acababa las clases y terminaba el trabajo para los
Foote, regresaba a la universidad. A veces, por las tardes, merodeaba por la gran
plaza abierta, entre parejas que paseaban juntas y charlaban en voz queda. Aunque no
conociera a ninguna ni les hablara, sentía un lazo con ellas. A veces se plantaba en
medio de la plaza, mirando hacia las cinco enormes columnas de enfrente del edificio
Jesse Hall que se elevaban hacia la noche lejos del fresco césped, había aprendido
que aquellas columnas eran restos del edificio principal de la universidad original,
destruido hacía muchos años por el fuego. Plata grisácea a la luz de la Luna, desnuda
y pura, le parecían representar el estilo de vida que había adoptado, igual que un
templo representa un dios.
En la biblioteca de la universidad se demoraba por los pasillos, entre los miles de
libros, inhalando el olor rancio del cuero, la tela y las páginas secas como si fuese un
incienso exótico. A veces se paraba, tomaba un volumen del estante y lo sostenía
durante un momento entre sus grandes manos que le hormigueaban al contacto
especial con el lomo y las manejables páginas. Luego hojeaba el libro, leyendo
párrafos aquí y allá, pasando las páginas delicadamente con sus rígidos dedos, como
si su torpeza pudiera arrancar y destruir lo que había supuesto tanto esfuerzo
descubrir.
No tenía amigos, y por primera vez en su vida era consciente de su soledad. A
veces, en su ático, por las noches, levantaba la vista del libro que estuviera leyendo y
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miraba la oscuridad de las esquinas de su cuarto, donde la lámpara parpadeaba contra
las sombras. Si observaba larga e intensamente la oscuridad se convertía en una luz
que adquiría la forma insustancial de lo que había estado leyendo. Y se sentía fuera
del tiempo, como se había sentido aquel día en clase cuando Archer Sloane le había
hablado. El pasado se aparecía desde la oscuridad en la que permanecía y los muertos
volvían a la vida ante él, así el pasado y los muertos fluían hacia el presente entre los
vivos, de manera que, por un instante, tenía una visión de densidad en la que se
compactaba y de la que no podía escapar, de la que tampoco sentía ningún deseo de
escapar. Tristán e Isolda la Justa, desfilaban ante él; Paolo y Francesca giraban en la
ardiente oscuridad; Helena y el deslumbrante Paris, con la amargura en sus rostros
por las consecuencias de sus actos, surgían de la penumbra. Y estaba con ellos de un
modo en el que nunca podía estar con sus compañeros que iban de clase en clase, con
quienes compartía techo en una gran universidad en Columbia, Missouri, y que
caminaban despreocupados al viento del medio oeste.
En un año aprendió griego y latín lo suficientemente bien como para leer textos
sencillos. A veces se le enrojecían los ojos y le ardían por la tensión y la falta de
sueño. De vez en cuando pensaba en él mismo y en cómo era hacía unos años y se
quedaba atónito por el recuerdo de aquella extraña figura, parda y pasiva como la
tierra de la que él había emergido. Pensaba en sus padres y le eran casi tan extraños
como el chico que habían criado. Sentía por ellos una mezcla de piedad y amor
distante.
Casi a la mitad de su cuarto año en la universidad, Archer Sloane le paró un día
después de la clase y le pidió que acudiera a su despacho para charlar.
Era invierno y una niebla baja y húmeda flotaba en el campus. Incluso a media
mañana las finas ramas de los cornejos brillaban por la escarcha y las parras negras
que trepaban por las grandes columnas de enfrente del Jesse Hall aparecían moteadas
de cristales iridiscentes que parpadeaban en la espesura. El abrigo de Stoner estaba
tan raído y gastado que había decidido no ponérselo para ver a Sloane, a pesar del
clima gélido. Tiritaba mientras se apresuraba por el camino y ascendía por los anchos
escalones de piedra que le conducían al Jesse Hall.
Después del frío, el calor dentro del edificio era intenso. La espesura de fuera se
escurría a través de las ventanas y puertas de cristal de cada lado del recibidor, de
manera que las baldosas amarillas resplandecían brillantes como la luz y las grandes
columnas de madera de roble y las paredes lisas también brillaban en la oscuridad.
Resonaban pasos arrastrados contra el suelo y el murmullo de voces se ahogaba en la
inmensidad de la sala, figuras borrosas se movían lentamente, mezclándose y
separándose y el aire opresivo fundía el olor de las paredes barnizadas con el húmedo
aroma de los tejidos de lana. Stoner ascendió por las escaleras de mármol pulido
hacia el despacho de Archer Sloane en la segunda planta. Llamó en la puerta cerrada,
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oyó una voz y entró.
El despacho era largo y estrecho, iluminado por una sola ventana al fondo.
Estantes llenos de libros ascendían hasta el alto techo. Cerca de la ventana se
encajaba un escritorio y ante este escritorio, medio girado y orientado ligeramente
hacia la luz, se sentaba Archer Sloane.
«Señor Stoner», dijo Sloane secamente, medio levantándose e indicando una silla
forrada de cuero frente a él. Stoner se sentó.
«He estado mirando su expediente». Sloane hizo una pausa y levantó una carpeta
del escritorio, observándola con distante ironía. «Espero que no le importe mi
curiosidad».
Stoner se humedeció los labios y cambió de postura en la silla. Intentó juntar sus
grandes manos para que fueran invisibles. «No, señor», dijo con voz ronca.
Sloane asintió. «Bien. Me he fijado en que usted empezó sus estudios aquí como
estudiante de agricultura y que en algún momento durante el segundo año se cambió
a la carrera de literatura. ¿Es correcto?».
«Sí, señor», dijo Stoner.
Sloane se reclinó sobre la silla y levantó la vista hacia el cuadrado de luz que
provenía de la alta ventana. Tamborileó con las yemas de los dedos unidas y se giró
hacia el joven sentado rígido frente a él.
«El propósito oficial de esta entrevista es informarle de que deberá realizar un
cambio formal de plan de estudios, declarando su intención de abandonar su carrera
inicial y declarar la final. Es una cuestión de cinco minutos más o menos en la
ventanilla de registro. Se hace usted cargo, ¿verdad?».
«Sí, señor», dijo Stoner.
«Pero como habrá adivinado ésta no es la razón por la que le he pedido que se
acercara por aquí. ¿Le importa que le pregunte un poco acerca de sus planes de
futuro?».
«No, señor», dijo Stoner. Se miró las manos, que estaban retorcidas y crispadas.
Sloane tocó la carpeta de papeles que había dejado sobre el escritorio. «Veo que
era usted algo mayor que la mayoría de estudiantes cuando comenzó sus estudios
universitarios. Casi veinte años, ¿cierto?».
«Si, señor», dijo Stoner.
«¿Y en aquel momento su plan era graduarse en la facultad de agricultura?».
«Sí, señor».
Sloane se reclino en la silla y observó el alto y oscuro techo. Preguntó
abruptamente: «¿Y cuáles son sus planes ahora?».
Stoner callo. Esto era algo en lo que no había pensado y sobre lo que no quería
pensar. Finalmente dijo, con un dejo de resentimiento: «No lo sé, no lo he pensado
mucho».
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Sloane dijo: «¿Anhela que llegue el día en el que emerja usted de las paredes de
estos claustros hacia lo que algunos llaman el mundo?».
Stoner sonrió abochornado. «No, señor».
Sloane dio unos golpecitos sobre los papeles de su escritorio. «Su expediente me
ha informado de que proviene usted de una comunidad granjera. ¿He de entender que
sus padres son granjeros?».
Stoner asintió.
«¿Y pretende regresar a la granja una vez se haya licenciado aquí?».
«No, señor», dijo Stoner, y la determinación de su voz le sorprendió. Pensó con
cierto asombro en la decisión que había tomado de repente.
Sloane asintió. «Imagino que un aplicado alumno de literatura comprende que sus
habilidades no son precisamente las más apropiadas para domeñar la tierra».
«No volveré», dijo Stoner como si Sloane no hubiese hablado. «No sé lo que haré
exactamente». Se miraba las manos mientras decía: «No me hago a la idea de que
acabaré tan pronto, de que dejaré la universidad a final de curso».
Sloane dijo con indiferencia: «No hay, por supuesto, ninguna obligación absoluta
de que se marche. ¿He de entender que no es económicamente independiente?».
Stoner sacudió la cabeza.
«Tiene usted unas notas excelentes. Excepto por su…», arqueó las cejas y sonrió,
«excepto por su asignatura de segundo de literatura inglesa, tiene sobresalientes en
todas sus asignaturas de inglés, nada por debajo del notable en lo demás. Si pudiera
mantenerse un año más o menos después de la graduación, podría, estoy seguro,
terminar con éxito su trabajo de doctorado en artes, tras lo cual podría tal vez dar
clase mientras trabaja en su doctorado. Si es que esto le interesa algo».
Stoner se echó hacia atrás. «¿Qué quiere decir?», le preguntó y escuchó algo
parecido al miedo en su voz.
Sloane se inclinó hacia delante hasta que su cara estuvo cerca; Stoner veía las
líneas de su largo y delgado rostro suavizadas, y oía la voz seca y burlona volverse
amable y desprotegida.
«¿Pero no lo sabe, señor Stoner?», preguntó Sloane. «¿Aún no se comprende a sí
mismo? Usted va a ser profesor».
De repente Sloane parecía muy distante y los muros del despacho se alejaron.
Stoner se sentía suspendido en el aire y oyó su voz preguntar: «¿Está seguro?».
«Estoy seguro», dijo Sloane suavemente.
«¿Cómo lo sabe? ¿Cómo puede estar seguro?».
«Es amor, señor Stoner», dijo Sloane jovial. «Usted está enamorado. Así de
sencillo».
Era así de sencillo. Se daba cuenta de que asentía a Sloane y dijo algo
inconsecuente. Luego salió del despacho. Tenía un hormigueo en los labios y sentía
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las yemas de los dedos dormidas, caminaba como si estuviera dormido, aunque era
plenamente consciente de lo que le rodeaba. Se rozó con las paredes pulidas de
madera del pasillo y pensó que podía sentir la calidez y la edad de la madera.
Descendió lentamente las escaleras maravillándose del frío mármol veteado que
parecía resbalar bajo sus pies. En las clases las voces de los alumnos se percibían
distintas e individuales entre el apagado rumor y sus rostros eran cercanos, extraños y
familiares. Salió del Jesse Hall a la luz de la mañana, la oscuridad no parecía ya
oprimir el campus. Apuntó con la mirada afuera y arriba en el cielo, hacia una
posibilidad para la que no tenía nombre.
En la primera semana de junio del año 1914, William Stoner, junto a otros sesenta
chicos y unas pocas chicas, recibió su licenciatura en artes por la Universidad de
Missouri.
Para asistir a la ceremonia, sus padres —sobre una calesa prestada arrastrada por
su mula parda— habían partido el día anterior, conduciendo de noche las cuarenta y
tantas millas desde la granja, para llegar donde los Foote poco después del alba,
agarrotados por el insomne viaje. Stoner bajó al porche a recibirlos. Ellos se quedaron
juntos bajo la fresca luz de la mañana y esperaron a que se acercara.
Stoner dio la mano a su padre en un único gesto rápido de afecto, sin mirarse.
«¿Qué tal?», dijo su padre.
Su madre asintió. «Tu padre y yo venimos a ver tu graduación».
Permaneció un momento callado. Luego dijo: «Lo mejor es que entréis a
desayunar algo».
Estaban solos en la cocina. Desde que Stoner había llegado a la granja los Foote
se habían habituado a levantarse tarde. Pero ni entonces ni después de que sus padres
terminasen el desayuno se atrevió a contarles su cambio de planes, su decisión de no
volver a la granja. Una o dos veces había empezado a hablar; luego había reparado en
los rostros bronceados que surgían desnudos de sus ropas nuevas y pensaba en el
largo viaje que habían hecho y en los años que habían aguardado su regreso.
Permaneció inmóvil junto a ellos hasta que se bebieron el último sorbo de café, hasta
que los Foote se levantaron y entraron en la cocina. A continuación les dijo que tenía
que ir más temprano a la universidad y que ya les vería más tarde, en la graduación.
Caminaba por el campus con la toga negra y el birrete que había alquilado. Le
resultaba pesado y molesto, pero no encontraba ningún lugar donde dejarlo. Pensaba
en lo que les diría a sus padres, por primera vez se daba cuenta de lo irreversible de
su decisión y casi deseaba poder cancelarla. Percibía su limitación para la meta que
tan imprudentemente había elegido y sentía cierta atracción hacia el mundo que había
abandonado. Se lamentaba por su propia pérdida y por la de sus padres e incluso,
dolorosamente, sentía que se alejaba de ellos.
Este sentimiento de pérdida le acompañó durante la graduación, cuando
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pronunciaron su nombre y caminó por el estrado para recibir el título de manos de un
hombre sin rostro tras una delicada barba gris. No podía creerse su propia presencia y
el pergamino enrollado que llevaba en la mano no significaba nada. Sólo podía
pensar en su madre y en su padre, sentados tensos e inquietos entre el numeroso
público.
Cuando terminó la ceremonia regresó con ellos a casa de los Foote, donde
pasarían la noche para, al amanecer del día siguiente, emprender el viaje de vuelta.
Se sentaron hasta tarde en la sala. Jim y Serena Foote se quedaron un rato con
ellos. De vez en cuando Jim y la madre de Stoner intercambiaban el nombre de algún
familiar y después permanecían en silencio. Su padre se sentó en una silla, con las
piernas abiertas, un poco inclinado hacia delante, apretándose con sus anchas manos
las rótulas. Por fin los Foote se miraron, bostezaron y comentaron lo tarde que era. Se
fueron a su dormitorio y se quedaron los tres solos.
Hubo otro silencio. Sus padres, que miraban de frente hacia las sombras de sus
propios cuerpos, de vez en cuando miraban a su hijo de soslayo, como si no quisieran
molestarle en su nuevo estado.
Tras varios minutos, William Stoner se inclinó hacia delante y habló, con una voz
más alta y fuerte de lo que habría pretendido. «Tenía que habérselo contado antes.
Tenía que habérselo contado el verano pasado, o esta mañana».
Los rostros de sus padres permanecían apagados e inexpresivos a la luz de la
lámpara.
«Lo que intento decir es que no vuelvo con ustedes a la granja».
Nadie se movió. Su padre dijo: «Si tienes cosas que terminar aquí nosotros nos
vamos por la mañana y tú puedes venir a casa en unos días».
Stoner se frotó la cara con la palma abierta. «Eso… no es lo que quiero decir.
Intento decirles que no volveré a la granja nunca».
Las manos de su padre se tensaron aún más sobre sus rótulas y se reclinó en la
silla. Dijo: «¿Te has metido en algún problema?».
Stoner sonrió. «No es nada de eso. Voy a asistir a clases otro año, tal vez dos o
tres».
Su padre meneó la cabeza. «He visto que has terminado esta tarde. Y el
representante del condado dijo que las clases de granjero duraban cuatro años».
Stoner trató de explicar a su padre sus intenciones, intentó trasladarle sus
sentimientos y propósitos. Escuchaba sus palabras como si salieran de la boca de otro
y observaba el rostro de su padre, que recibía aquellas palabras como si una roca
recibiera repetidos puñetazos. Cuando hubo terminado se sentó con las manos
enlazadas entre las rodillas y la cabeza arqueada. Escuchó el silencio de la habitación.
Por fin su padre se removió en la silla. Stoner levantó la vista. Se enfrentó a los
rostros de sus padres. Casi rompió a llorar.
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«No sé», dijo su padre. Su voz sonaba ronca y cansada. «No me imaginaba que
esto iba a tomar este rumbo. Pensaba que hacía lo mejor para ti enviándote aquí. Tu
madre y yo hemos hecho siempre lo mejor que hemos podido por ti».
«Lo sé», dijo Stoner. No pudo mirarlos más. «¿Estarán bien? Podría volver un
tiempo este verano y ayudar. Podría…».
«Si piensas que debes quedarte aquí y estudiar esos libros, entonces eso es lo que
debes hacer. Tu madre y yo podemos apañarnos».
Su madre estaba frente a él, pero no le veía. Sus ojos estaban cerrados,
comprimidos. Respiraba afanosamente, con la cara vuelta, como dolida, y apretaba
los puños cerrados contra sus mejillas. Stoner se percató con asombro de que estaba
sollozando, profundamente y en silencio, con la pena y la extrañeza de quien rara vez
llora. La observó unos instantes más. A continuación se puso pesadamente en pie y
salió de la habitación. Siguió el camino por las estrechas escaleras que conducían a su
ático, permaneció tumbado durante largo tiempo, observando con los ojos abiertos la
oscuridad sobre él.
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de verano en la granja de su padre, dando los últimos retoques a su tesis. Por entonces
Archer Sloane había conseguido que impartiera dos clases de inglés inicial para
alumnos nuevos, mientras empezaba a trabajar en su doctorado. Por ello recibiría
cuatrocientos dólares al año. Se llevó sus pertenencias del pequeño ático de la casa de
los Foote que había ocupado durante cinco años y se instaló en una habitación aún
más pequeña cerca de la universidad.
A pesar de que sólo iba a enseñar fundamentos de gramática y composición a un
grupo poco selecto de alumnos, aguardaba la tarea con entusiasmo, apreciando
profundamente lo que representaba. Programó el curso la semana antes del comienzo
del semestre de otoño, valorando las posibilidades que había mientras luchaba con los
materiales y temas de esta empresa pero sentía la lógica de la gramática y pensaba
que percibía cómo le salía de adentro, calando el lenguaje y respaldando el
pensamiento humano. En los simples ejercicios de composición que preparó para sus
alumnos advertía las potencialidades de la prosa y sus bellezas y ansiaba animar a sus
alumnos en la medida de su entusiasmo.
Pero en la primera clase que tuvo, después de las rutinas iniciales de inscripciones
y planes de estudios, cuando empezó a hablar sobre su asignatura a los alumnos, se
dio cuenta de que su deslumbramiento se le había quedado escondido dentro. A
veces, cuando hablaba a sus alumnos, era como si estuviera fuera de sí mismo y
observase a un extraño hablar a un grupo reunido contra su voluntad, escuchaba su
propia voz desmotivada recitando los materiales que había preparado y nada de su
entusiasmo aparecía durante la charla.
Se encontraba libre y realizado en las clases en las que él era el alumno. En ellas
era capaz de recapturar el sentido de descubrimiento que tuvo aquel primer día en el
que Archer Sloane le había hablado en clase y él se había convertido, por un instante,
en alguien diferente al que había sido. Mientras su mente se entretenía con su
asignatura, mientras lidiaba contra el poder de la literatura que había estudiado e
intentaba entender su naturaleza, era consciente del cambio constante en su interior y,
mientras era consciente de ello, salía de sí mismo y entraba en el mundo que le
contenía, de manera que sabía que el poema de Milton que había leído o el ensayo de
Bacon o el drama de Ben Jonson cambiaban el mundo del que eran sujetos, y lo
cambiaban por su dependencia de él. Casi no hablaba en clase y sus notas rara vez le
satisfacían. Como sus clases para los jóvenes alumnos, que no traicionaban sus
profundos conocimientos.
Empezó a tratar con familiaridad a algunos de sus compañeros estudiantes que
también daban clases para el departamento. Entre ellos hubo dos con los que entabló
amistad, David Masters y Gordon Finch.
Masters era un joven algo oscuro de lengua afilada y ojos amables. Como Stoner,
acababa de empezar su curso de doctorado a pesar de ser un año o así más joven que
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él. En la facultad y entre los estudiantes graduados tenía fama de arrogante e
impertinente, y estaba extendida la idea de que tendría problemas para titularse.
Stoner pensaba que era el hombre más brillante que había conocido y se refería a él
sin envidia ni resentimiento.
Gordon Finch era grande y rubio y, ya a la edad de veintitrés años, estaba
empezando a engordar. Había estudiado un curso universitario en un instituto
comercial de San Luis y en la universidad había tocado varios palos en estudios
avanzados en los departamentos de economía, historia e ingeniería. Había comenzado
a trabajar en su licenciatura sobre literatura gracias a que había sido capaz, en el
ultimo minuto, de obtener un pequeño trabajo dando clases para el departamento de
ingles. Enseguida demostró ser el estudiante menos brillante del departamento. Pero
era popular entre los alumnos nuevos y se llevaba bien con los miembros veteranos
de la facultad así como con los funcionarios de la administración.
Los tres —Stoner, Masters y Finch— adoptaron la costumbre de quedar los
viernes por la tarde en un pequeño bar del centro de Columbia para tomar grandes
jarras de cerveza y charlar hasta altas horas de la noche. Aunque aquellas noches eran
su único solaz social, Stoner a veces se preguntaba qué clase de relación mantenían.
A pesar de que se llevaban bien no eran amigos íntimos, no se hacían confidencias y
rara vez se veían fuera de sus encuentros semanales.
Ninguno cuestionaba nunca aquella amistad. Stoner sabía que a Gordon Finch no
se le habría ocurrido, pero sospechaba que sí a David Masters. Una vez, bastante
tarde, mientras estaban sentados en una mesa en la parte de atrás del oscuro bar,
Stoner y Masters hablaron de sus clases y estudios con el extraño tono burlón de los
muy serios. Masters, sosteniendo en alto un huevo duro como si fuera una bola de
cristal, dijo: «¿Han considerado ustedes, caballeros, alguna vez la cuestión de la
verdadera naturaleza de la universidad? ¿Señor Stoner? ¿Señor Finch?».
Sonriendo, ambos negaron con la cabeza.
«Apuesto a que no. Stoner, aquí, imagino, lo ve como si fuera un gran depósito,
como una biblioteca o un almacén, donde los hombres vienen por voluntad y eligen
lo que les completa, donde todos trabajan juntos como abejas en un vulgar panal. La
Verdad, el Bien, la Belleza. Están justo al doblar la esquina, en el pasillo de al lado,
están en el próximo libro, en el que no se ha leído, o en el siguiente estante, el que no
se ha consultado. Pero los encontrarás algún día. Y cuando lo hagas… cuando lo
hagas…». Miró al huevo un instante más, luego mordió un buen trozo y se giró hacia
Stoner, moviendo la mandíbula y con los ojos oscuros centelleando.
Stoner sonrió incómodo y Finch se rió en voz alta y palmeó sobre la mesa. «Te ha
pillado, Bill. Te ha pillado bien».
Masters masticó un rato más, tragó, y volvió la vista hacia Finch. «Y usted, Finch.
¿Cuál es su idea?». Levantó la mano. «Usted alegará que no ha pensado en ello. Pero
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sí lo ha hecho. Detrás de esa fachada fanfarrona y campechana maquina una mente
simple. Para usted, la institución es un instrumento del bien —para el mundo en su
globalidad, por supuesto, y sólo de pasada para usted también—. Usted la ve como
una especie de melaza sulfatada que administra cada otoño para ayudar a pasar el
invierno a esos cabroncetes, y usted es el viejo médico amable que bondadosamente
les da palmaditas en las cabezas y se embolsa sus dineros».
Finch se rió otra vez y meneó la cabeza. «Te lo juro, Dave, cuando te pones…».
Masters se puso el resto del huevo en la boca, masticó satisfecho y bebió un trago
largo de cerveza. «Pero ambos estáis equivocados», dijo. «Es un sanatorio o —¿cómo
lo llaman ahora?—, una casa de reposo, para los enfermos, los ancianos, los infelices
y los incompetentes en general. Mirad nosotros tres… somos la universidad. Un
extraño no sabría que tenemos tanto en común, pero nosotros sí lo sabemos, ¿a que
sí? Lo sabemos bien».
Finch se reía. «¿De qué vas, Dave?».
Interesado ahora en lo que estaba diciendo, Masters se inclinó atento sobre la
mesa. «Empecemos por ti, Finch. Siendo todo lo amable que puedo, diría que tú eres
el incompetente. Como ya sabrás, la verdad es que no eres muy listo… a pesar de que
esto no tenga que ver con el asunto».
«Vaya», dijo Finch todavía riéndose.
«Pero sí eres lo suficientemente listo —y sólo lo suficiente— como para darte
cuenta de lo que te ocurrirá en el mundo. Estás destinado al fracaso, y lo sabes. A
pesar de que eres capaz de ser un hijo de puta, no eres lo bastante malvado para serlo
de manera consistente. A pesar de que no eres precisamente el hombre más honesto
que he conocido, tampoco es que seas un portento de deshonestidad. Por un lado
tienes capacidad de trabajo pero eres tan vago que no puedes trabajar tanto como al
mundo le gustaría. Por otro lado no eres tan vago como para imprimir en el mundo
sello alguno de tu importancia. Y no tienes suerte —la verdad es que no—. No tienes
aura y tienes una expresión turbada. En este mundo siempre estarás a punto de lograr
el éxito pero serás destruido por tu fracaso. Así que has sido seleccionado, elegido; la
providencia, cuyo sentido del humor siempre me ha divertido, te ha arrebatado de las
fauces del mundo y te ha situado en este espacio seguro, entre tus hermanos».
Aún sonriente y con malévola ironía, se giró hacia Stoner. «Tú tampoco te
escapas, amigo. Para nada. ¿Quién eres tú? ¿Un sencillo hombre de campo, como te
finges? Oh, no. Tú también estás entre los enfermos, tú eres el soñador, el loco en el
mundo de los locos, nuestro Don Quijote de El Medio Oeste sin su Sancho, retozando
bajo el cielo azul. Eres lo bastante listo —más listo al menos que nuestro mutuo
amigo—. Pero tienes el mal, la vieja enfermedad. Crees que hay algo aquí, algo que
encontrar. Bueno, en el mundo lo aprenderías rápido. Tú también estás destinado al
fracaso; no es que te vayas a enfrentar al mundo, dejarías que te masticara y que te
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escupiera y te quedarías ahí pensando qué salió mal. Porque siempre esperaste que el
mundo fuera algo que no es, algo que no deseó ser. El gorgojo en el algodón, el
gusano en el frijol, el insecto barredor en el maíz. No podrías mirarles a la cara y no
podrías enfrentarte a ellos porque eres demasiado débil y eres demasiado fuerte. Y no
tienes a donde ir en el mundo».
«¿Y qué hay de ti?», preguntó Finch. «¿Qué pasa contigo?».
«Oh», dijo Masters, reclinándose hacia atrás, «soy uno de vosotros. Peor, de
hecho. Soy demasiado listo para el mundo y no mantengo la boca cerrada al respecto,
es una enfermedad para la que no hay cura. Así que debo ser encerrado donde pueda
ser irresponsable sin peligro, donde no haga ningún daño». Se inclinó hacia delante
de nuevo y les sonrió. «Somos todos como el pobre Tom y tenemos frío».
«Rey Lear», dijo Stoner serio.
«Acto tercero, escena cuarta», dijo Masters. «Y así la providencia, la sociedad, o
la suerte, como quieras llamarlo, ha creado esta cabaña para nosotros, para que
podamos refugiarnos de la tormenta. Es para gente como nosotros por lo que existe la
universidad, para los desposeídos del mundo; no para los estudiantes, ni para la
altruista búsqueda de conocimiento, ni por ninguno de los motivos que se aducen por
ahí. Nosotros distribuimos el raciocinio y permitimos el acceso a él de algunas
personas comunes, a aquéllos que encajarán mejor en el mundo. Pero se trata sólo de
un barniz protector. Al igual que la Iglesia en la Edad Media, a la que le importaban
un bledo los seglares e incluso Dios, también nosotros sobrevivimos gracias a
nuestros engaños».
Finch movió la cabeza con admiración. «Nos haces quedar mal, Dave».
«Tal vez», dijo Masters. «Pero incluso siendo tan malos como somos, somos
mejores que los que hay fuera, en el lodo, los pobres cabrones del mundo. No
hacemos daño, decimos lo que queremos y nos pagan por ello y eso es un triunfo de
la virtud natural, o casi, qué cojones».
Masters se reclinó hacia atrás, indiferente, ajeno a lo que había dicho.
Gordon Finch se aclaró la garganta. «Bien, vale», dijo con seriedad. «Puede que
lleves razón en algo de lo que dices, Dave, pero creo que te has pasado, de verdad
que sí».
Stoner y Masters se sonrieron mutuamente y no hablaron más del tema aquella
noche. Pero durante años, en algunas ocasiones, Stoner recordaba lo que Masters
había dicho y pensaba que no le había proporcionado una visión de la universidad
con la que se hubiera comprometido, pero revelaba algo acerca de su relación con
aquellos dos hombres y le daba una idea sobre la amargura corrosiva y salvaje de la
juventud.
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guerra submarina alemana no tenía restricciones y las relaciones entre los Estados
Unidos y Alemania empeoraban constantemente. En febrero de 1917 el presidente
Wilson rompió relaciones diplomáticas. El 6 de abril el Congreso declaró el estado de
guerra entre Alemania y los Estados Unidos.
Con dicha declaración miles de jóvenes de toda la nación, como liberados por el
cese de la tensa incertidumbre, asediaron los centros de reclutamiento que se habían
instalado apresuradamente unas semanas antes. De hecho, cientos de jóvenes no
habían sido capaces de esperar la intervención estadounidense y ya en 1915 se habían
alistado como soldados en las Fuerzas Reales Canadienses o como conductores de
ambulancia en alguno de los ejércitos europeos aliados. Algún estudiante veterano de
la universidad así lo había hecho y pese a que William Stoner no sabía nada de esto,
escuchaba sus legendarios nombres con mayor frecuencia a medida que las semanas
y los meses acercaban el momento que todos sabían que acabaría por llegar.
La guerra se declaró un viernes y, aunque las clases permanecieron programadas
para la semana siguiente, algunos alumnos y profesores pusieron excusas para no
asistir. Se reunían en los pasillos y se hacían pequeños grupos que murmuraban en
voz baja. En ocasiones la tensa calma estallaba casi en violencia; dos veces hubo
manifestaciones generales anti-alemanas en las que los alumnos gritaban sin mucho
sentido y agitaban banderas de Estados Unidos. En una ocasión se produjo una breve
manifestación contra uno de los profesores, un profesor anciano con barba de
filología germánica que había nacido en Munich y que de joven había asistido a la
Universidad de Berlín. Pero cuando el profesor se encontró con el pequeño grupo
sedicioso de estudiantes enfadados pestañeó perplejo y, resistiendo desde su
pequeñez, y agitando las manos, los disolvió en hosca confusión.
Durante aquellos primeros días tras la declaración de guerra, Stoner también
experimentó confusión, pero de índole radicalmente distinta a la que atenazaba la
mayoría del campus. Aunque había hablado sobre la guerra en Europa con los
estudiantes mayores y con los profesores, nunca había terminado de creer en ella, y
ahora que se cernía sobre él, sobre todos, descubrió dentro de sí una gran dosis de
indiferencia. Se sentía agraviado por la interrupción que la guerra había causado en la
universidad, pero no hallaba dentro de él ningún sentimiento de arraigado
patriotismo, como tampoco conseguía odiar a los alemanes.
Pero los alemanes estaban allí para ser odiados. Una vez se encontró con Gordon
Finch hablando a un grupo de antiguos miembros de la facultad. El rostro de Finch se
contraía mientras hablaba de los «hunos» como si estuviera escupiendo en el suelo.
Más tarde, cuando se acercó a Stoner en el despacho grande que compartían con
media docena de profesores noveles, el humor de Finch había cambiado; febrilmente
jovial, le dio a Stoner una palmadita en la espalda.
«No podemos dejar que se salgan con la suya, Bill», dijo con vehemencia. Una
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película de sudor aceitoso resplandecía en su rostro redondo y su fino cabello rubio
salía en lacios mechones de su calavera. «No señor. Voy a alistarme. Ya he hablado
con el viejo Sloane sobre ello y me ha dicho que adelante. Me voy mañana a San Luis
a apuntarme». Por un instante consiguió dar a sus facciones una apariencia de
gravedad. «Todos tenemos que poner de nuestra parte». Luego hizo una mueca y
volvió a palmear a Stoner en el hombro. «Lo mejor que podrías hacer es venir
conmigo».
«¿Yo?», dijo Stoner, y repitió otra vez, incrédulo: «¿Yo?».
Finch se rió. «Claro. Todo el mundo está alistándose. Acabo de hablar con
Dave… se viene conmigo».
Stoner meneó la cabeza como si estuviera aturdido. «¿Dave Masters?».
«Claro. El bueno de Dave a veces dice cosas raras, pero cuando llega la hora de la
verdad es como todo el mundo, él hará su parte. Igual que tú harás la tuya, Bill».
Finch le dio un puñetazo en el hombro. «Igual que tú harás la tuya».
Stoner se calló por un momento. «No había pensado en ello», dijo. «Todo parece
haber pasado tan rápido. Tendré que hablar con Sloane. Ya te contaré».
«Claro», dijo Finch. «Tú harás tu parte». Su voz rebosaba sentimiento. «Estamos
juntos en esto ahora, Bill; estamos todos juntos en esto».
Stoner dejó a Finch, pero no fue a ver a Archer Sloane. En vez de eso echó un
vistazo por el campus y preguntó por David Masters. Le encontró en uno de los
gabinetes de estudio de la biblioteca, solo, fumando en pipa y contemplando un
estante de libros.
Stoner se sentó frente a él, en la mesa del gabinete. Cuando le preguntó por su
decisión de alistarse en el ejército Masters le dijo: «Claro. ¿Por qué no?».
Y cuando Stoner le preguntó por qué, Masters dijo: «Me conoces bastante bien,
Bill. Me importan un carajo los alemanes. Llegado el punto también me importan un
carajo los estadounidenses, me parece». Volcó las cenizas de la pipa en el suelo y las
barrió con el pie. «Supongo que hago esto porque no importa si lo hago o no. Y
puede ser divertido pasear por el mundo una vez más antes de regresar a los claustros
y a la lenta extinción que nos aguarda a todos».
A pesar de no entenderlo, Stoner asintió, aceptando lo que Masters le había dicho.
Le anunció: «Gordon quiere que me aliste contigo».
Masters sonrió. «Gordon siente el impacto inicial de una virtud que nunca antes
se le había permitido sentir y naturalmente quiere hacer partícipe al resto del mundo
para poder así seguir creyendo. Claro. ¿Por qué no? Alístate con nosotros. Puede que
te haga bien ver cómo es el mundo». Hizo una pausa y miró a Stoner intensamente.
«Pero si lo haces, por los clavos de Cristo no lo hagas por Dios, ni por la patria, ni
por la vieja y querida Universidad. Hazlo por ti mismo».
Stoner aguardó algunos momentos. Luego dijo: «Hablaré con Sloane y ya te
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contaré».
No sabía qué esperar de lo que Archer Sloane pudiera responderle; pese a ello se
sorprendió cuando se plantó en su estrecho despacho atestado de libros y le comunicó
la que aún no era su decisión.
Sloane, que siempre había mantenido hacia él una actitud de indiferencia y
cortesía irónica, montó en cólera. Su largo rostro delgado se puso rojo y las arrugas a
ambos lados de la boca se acentuaron por el enojo. Se medio levantó de la silla
inclinándose hacia Stoner, con los puños cerrados. Después se sentó de nuevo y
deliberadamente abrió las manos y las posó sobre la mesa. Le temblaban los dedos
pero su voz era firme y áspera.
«Le ruego me disculpe por mi repentino arrebato. Pero durante los últimos días he
perdido a casi un tercio de los miembros del departamento y no veo manera de
sustituirlos. No es con usted con quien estoy irritado, sino…», dio la espalda a Stoner
y miró hacia la gran ventana del fondo de su despacho. La luz le golpeaba en la cara
de pleno, marcando sus líneas de expresión y oscureciendo sus ojeras de manera que,
por un instante, parecía viejo y cansado. «Nací en 1860, justo antes de la Guerra de
Rebelión. No la recuerdo, por supuesto; era demasiado joven. No recuerdo tampoco a
mi padre. Le mataron el primer año de la guerra, en la Batalla de Shiloh». Miró
fugazmente a Stoner. «Pero pude ver lo que sucedió. Una guerra no sólo mata a unos
cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que
no puede recuperarse nunca. Y si alguien pasa por suficientes guerras, pronto todo lo
que queda es el bruto, la criatura que nosotros —usted y yo, y otros como nosotros—
han sacado del fango». Hizo una pausa larga y a continuación dijo sonriendo
débilmente: «A un universitario no debería pedírsele que destruya lo que ha
consagrado su vida en construir».
Stoner se aclaró la garganta y dijo tímidamente: «Todo parece haber sucedido
muy rápido. Por algún motivo no me había percatado, hasta que hablé con Finch y
Masters. Todavía no me parece muy real».
«No lo es, por supuesto», dijo Sloane. Entonces se movió inquieto, alejándose de
Stoner. «No voy a decirle lo que debe hacer. Sólo le diré esto: es su decisión. Habrá
reclutamiento, pero usted puede ser excluido, si lo desea. ¿No tiene miedo de ir,
verdad?».
«No, señor», dijo Stoner. «No lo creo».
«Entonces tome una decisión, y tendrá que tomarla usted solo. Y no es necesario
recordarle que si decide alistarse a su regreso recuperará su puesto actual. Si decide
no alistarse puede quedarse aquí, pero por supuesto no disfrutará de ninguna ventaja
especial. Es posible incluso que padezca algún inconveniente, tanto ahora como en el
futuro».
«Comprendo», dijo Stoner.
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Hubo un largo silencio, y Stoner decidió al fin que Sloane había terminado con él.
Pero justo cuando se levantaba para abandonar el despacho Sloane habló otra vez.
Con voz pausada dijo: «Debe recordar lo que es, lo que ha elegido ser y el
significado de lo que hace. Hay guerras, derrotas y victorias de la raza humana que no
son militares. Recuerde eso mientras decide qué hacer».
Durante dos días Stoner no fue a sus clases y no habló con nadie que conociera.
Permaneció en su pequeña habitación, sopesando su decisión. Sus libros y la quietud
de su cuarto le rodeaban, sólo a ratos era consciente del mundo exterior, del lejano
murmullo producido por los gritos de los estudiantes, del súbito traqueteo de un carro
sobre las calles empedradas y del sordo ronroneo de algún automóvil de la docena de
ellos que habría en la ciudad. No era dado a la introspección y halló que la tarea de
averiguar sus motivos era complicada y un poco desagradable. Sentía que tenía poco
que ofrecerse a sí mismo y que dentro de sí no había mucho que encontrar.
Cuando al final tomo una decisión, le parecía que había sabido todo el tiempo
cuál sería. Se encontró con Masters y Finch el viernes y les dijo que no se alistaría
con ellos para combatir contra los alemanes.
Gordon Finch, aún dominado por su acceso de virtud, se estiró y dejó que una
expresión de avergonzada lástima se asentara en sus facciones. «Nos has
decepcionado, Bill», dijo con voz apagada. «Has decepcionado a todos».
«Tranquilo», dijo Masters. Escrutaba a Stoner. «Pensé que quizás decidieras no ir.
Siempre fuiste austero para contigo. No importa, por supuesto. Pero ¿qué fue lo que
te hizo decidir?».
Stoner no habló durante un rato. Pensó en los últimos dos días, en la batalla
silenciosa que parecía no tener fin ni sentido, pensó en la vida en la universidad
durante los últimos siete años, pensó en los años anteriores, los años lejanos con sus
padres en la granja y en la rigidez de la que él, milagrosamente, había renacido.
«No sé», dijo al fin. «Todo, me parece. No sabría decir».
«Va a ser duro», dijo Masters, «quedarse aquí».
«Lo sé», dijo Stoner.
«Pero ¿crees que merece la pena?».
Stoner asintió.
Masters hizo una mueca y dijo con su vieja ironía: «Tienes el gesto austero y
hambriento, seguro. Estás condenado».
La avergonzada lástima de Finch se había transformado en vacilante desdén. «Te
arrepentirás de esto, Bill», dijo ásperamente, y su voz titubeaba entre la amenaza y la
compasión.
Stoner asintió. «Puede», dijo.
Se despidió y se dio media vuelta. Al día siguiente iban a San Luis a alistarse y
Stoner tenía que preparar clases para la semana siguiente.
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No sentía culpa por su decisión y cuando el reclutamiento fue general solicitó un
aplazamiento sin ningún sentimiento especial de remordimiento, aunque era
consciente de las miradas de sus colegas más ancianos y de lo poco que faltaba para
que el habitual comportamiento de sus alumnos con él derivase en falta de respeto.
Incluso sospechaba que Archer Sloane, que en principio había expresado una cálida
aprobación a su decisión de continuar en la universidad, se volvía más frío y distante
según pasaban los meses de la guerra en curso.
Concluyó los estudios de su doctorado en la primavera de 1918 y obtuvo el título
en junio de aquel año. Un mes antes de recibir el título recibió una carta de Gordon
Finch, que tras pasar por una academia de entrenamiento de oficiales había sido
destinado a un campo de entrenamiento en las afueras de la ciudad de Nueva York.
La carta le informaba de que habían permitido a Finch, en su tiempo libre, asistir a la
Universidad de Columbia, donde también él había conseguido completar los estudios
para doctorarse, lo cual sucedería en verano en la facultad de educación local.
También le contó que Dave Masters había sido enviado a Francia y que, casi
exactamente al mes de su alistamiento, había caído en Cháteau-Thierry, junto con las
primeras tropas estadounidenses que habían entrado en combate.
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UNA semana antes del inicio, cuando Stoner iba a recibir su doctorado, Archer
Sloane le ofreció una plaza de profesor a tiempo completo en la universidad. Sloane
le explicó que la política de la universidad no era emplear a sus propios alumnos pero
que, debido a la carencia de profesores universitarios titulados y con experiencia a
causa de la guerra, había conseguido persuadir a la administración para hacer una
excepción.
Con cierta desgana, Stoner había escrito algunas cartas solicitando empleo a
universidades y facultades de la zona, declarando someramente sus calificaciones. Al
no recibir respuesta de ninguna de ellas, se sintió curiosamente aliviado. Alcanzaba a
entender su alivio: en la Universidad de Columbia había conocido el tipo de
seguridad y calor que habría necesitado sentir en casa de niño y no habría sido capaz,
o no habría tenido la habilidad suficiente para encontrarla en otro sitio. Aceptó la
oferta de Sloane con gratitud.
Cuando se dispuso a hacerlo se percató de que Sloane había envejecido
notablemente durante el año de guerra. A sus cincuenta y muchos parecía diez años
mayor, su cabello, que había sido rizado con revueltos mechones metálicos, era ahora
blanco y caía lacio y sin vida por su cara huesuda. Sus ojos negros se habían apagado,
como ocultos tras varias capas de humedad, su rostro largo y con arrugas, que alguna
vez pareció de cuero fino, presentaba ahora la fragilidad de un papel viejo y seco, y
su voz llana e irónica había empezado a temblar. Mirándole, Stoner pensó: va a morir
—en un año, o dos, o diez, morirá—. Le pellizcó un sentimiento prematuro de
pérdida y se dio media vuelta.
Aquel verano de 1918 sus pensamientos volvían a menudo al tema de la muerte.
La de Masters le había impactado más de lo que hubiese deseado admitir y la primera
lista de bajas estadounidenses en Europa había empezado a publicarse. Cuando había
pensado en la muerte con anterioridad no había sido ni como un acto literario ni como
el desgaste lento y calmoso del tiempo sobre la carne imperfecta. No había pensado
en ella como una explosión de violencia en un campo de batalla, ni como un chorro
de sangre brotando de una garganta rota. Se cuestionaba la diferencia entre los tipos
de muerte y lo que significaba aquella diferencia, y se percató de que dentro le crecía
algo de aquel amargor que había atisbado alguna vez en el corazón de su amigo
David Masters.
El tema de su disertación fue «La influencia de la tradición clásica en la lírica
medieval». Empleó la mayor parte del verano en releer a los poetas latinos clásicos y
medievales y especialmente poemas sobre la muerte. Se preguntó una vez más por la
manera sencilla y elegante en que los líricos romanos aceptaban el hecho de la
muerte, como si la nada a la que se enfrentaban fuese un tributo a la riqueza de los
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días disfrutados y se maravillaba por la amargura, el terror, el apenas disimulado odio
que detectó en algunos de los últimos poetas cristianos de tradición latina cuando se
enfrentaban a una muerte que prometía, algo vagamente, una vida eterna rica y en
éxtasis, como si muerte y promesa fuese una burla que agriaba los días de los vivos.
Cuando pensaba en Masters lo hacía como en un Catulo o un Juvenal más elegante y
lírico, un exiliado en su propio país, y su muerte se le antojaba otro exilio, más
extraño y duradero que los que había conocido antes.
Al inaugurarse el semestre de otoño en 1918 era evidente para todos que la guerra
en Europa no podría durar mucho más. La última y desesperada contraofensiva
alemana había sido detenida cerca de París y el mariscal Foch había ordenado un
contraataque general aliado que había hecho retroceder rápidamente a los alemanes
hasta su posición original. Los británicos avanzaron hacia el norte y los
estadounidenses atravesaron Argonne, con un coste que fue ampliamente ignorado en
medio del júbilo general. Los periódicos predecían el colapso de los alemanes para
antes de Navidad.
Así que el semestre empezó con un clima de tensa cordialidad y bienestar. Los
alumnos y profesores se sonreían unos a otros y se saludaban enérgicamente en los
pasillos; la facultad y la administración ignoraron algunos brotes de exaltación, así
como pequeños actos violentos por parte de los alumnos. Un estudiante sin
identificar, que inmediatamente se convirtió en una especie de héroe local popular,
trepó a una de las inmensas columnas del Jesse Hall y colgó de su parte superior un
muñeco de paja parecido al Kaiser.
La única persona de la universidad aparentemente ajeno a la euforia general era
Archer Sloane. Desde el día en que Estados Unidos entró en la guerra empezó a
encerrarse en sí mismo y su retraimiento se hizo más notorio a medida que la guerra
se aproximaba a su fin. No hablaba con sus colegas a no ser sobre asuntos del
departamento y se rumoreaba que sus clases se habían vuelto tan excéntricas que sus
alumnos asistían a ellas con temor. Leía sus notas mecánica y monótonamente, sin
mirarlos nunca a los ojos. Con frecuencia su voz se desvanecía en cuanto empezaba a
leer sus apuntes y podía haber uno, dos, y a veces hasta cinco minutos de silencio,
durante los cuales ni se movía ni respondía a las tímidas preguntas de la clase.
William Stoner vio el último vestigio del hombre brillante e irónico que había
conocido de estudiante cuando Archer Sloane le dio sus tareas docentes para el curso.
Sloane asignó a Stoner dos cursos de composición de primero y un curso superior de
literatura inglesa medieval y entonces dijo, con un destello de su viejo sarcasmo: «Al
igual que muchos de nuestros colegas y no pocos de nuestros alumnos, estará usted
encantado de saber que voy a renunciar a muchas de mis clases. Entre ellas hay una
que ha sido siempre mi favorita, la literatura inglesa de segundo. ¿Recuerda tal vez el
curso?».
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Stoner asintió, sonriendo.
«Sí», continuó Sloane, «prefiero que la imparta usted. Le pido por tanto que me
sustituya en ella. No es que sea un regalo, pero pensé que le divertiría comenzar su
carrera formal como profesor donde comenzó de alumno». Sloane le miró por un
instante; sus ojos brillaban con la expresividad que tenían antes de la guerra. Luego,
el velo de indiferencia se asentó sobre ellos y le alejó de Stoner. Se puso a barajar
algunos papeles de su escritorio.
Fue así como Stoner empezó por donde había comenzado, un hombre alto,
delgado y encorvado en la misma clase en la que se sentase siendo un muchacho alto,
delgado y encorvado a escuchar las palabras que le habían llevado hasta donde
estaba. Nunca entró en aquella clase sin echar un vistazo al lugar que había ocupado
y siempre se asombraba un poco de no verse sentado allí.
El 11 de noviembre de aquel año, dos meses después del inicio del semestre, se
firmó el armisticio. La noticia llegó un día lectivo e inmediatamente se suspendieron
las clases. Los alumnos deambulaban sin rumbo por el campus y surgieron pequeños
desfiles que se agrupaban, se dispersaban y se agrupaban de nuevo, atravesando
pasillos, clases y oficinas. Contra su voluntad, Stoner se vio arrastrado por uno de los
que entraban en el Jesse Hall, a través de pasillos, escaleras y más pasillos. Empujado
por pequeños grupos de alumnos y profesores, pasó por la puerta abierta del despacho
de Archer Sloane, y lo vislumbró sentado en la silla de su escritorio, con la cara
descubierta y crispada, sollozando amargamente, con las lágrimas cayéndole por sus
profundos surcos carnosos.
Durante un conmocionado instante, Stoner se dejó arrastrar por la masa. Luego
escapó y fue a su habitación cerca del campus. Sentado en la oscuridad de su cuarto
escuchó fuera los gritos de alegría y júbilo y pensó en Archer Sloane, que lloraba por
la derrota que sólo él veía, o creía que veía y supo que Sloane era un hombre
deshecho que nunca volvería a ser el que había sido.
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ambigüedad de su nuevo cargo y la suficiente habilidad para apreciar sus
posibilidades. La relación con sus colegas era provisional y cortésmente evasiva.
El vicerrector de artes y ciencias, Josiah Claremont, era un hombre pequeño con
barba, de avanzada edad, con algunos años más de los prescritos para la jubilación
obligatoria. Había estado en la universidad desde su traslado, a principios de los
setenta del siglo anterior, desde una facultad corriente a una universidad plena,
habiendo sido su padre uno de sus primeros rectores. Estaba tan afianzado y era tan
parte misma de la historia de la universidad que nadie tenía el valor de insistirle en su
jubilación, a pesar de la creciente incompetencia con la que llevaba su oficina.
Prácticamente había perdido la memoria, a veces se perdía por los pasillos del Jesse
Hall, donde estaba su despacho, y tenía que ser guiado como un niño hasta su mesa.
Josiah Claremont, viudo desde hacia años, vivía solo, con tres criados de color
casi tan viejos como él, en una de esas casas grandes de antes de la Guerra Civil que
habían sido tan comunes en Columbia pero que estaban desapareciendo en favor del
pequeño granjero independiente y del constructor inmobiliario. La arquitectura del
lugar era agradable pero irreconocible y, aunque «sureña» en su aspecto general y su
carácter, no poseía nada de la rigidez neoclásica de las casas de Virginia. La madera
estaba pintada de blanco y cenefas verdes enmarcaban las ventanas y las balaustradas
de los pequeños balcones que sobresalían aquí y allá desde el piso superior. La
parcela se extendía hasta un bosque que rodeaba el lugar y altos álamos, desprovistos
de hojas las tardes de diciembre, se alineaban por el camino de entrada y los
senderos. Era la casa más grande a la que William Stoner se había acercado, y aquel
viernes por la tarde caminaba con cierto recelo hacia la entrada uniéndose a un grupo
de la facultad al que no conocía y que esperaba en la puerta principal para entrar.
Gordon Finch, vistiendo aún su uniforme del ejército, abrió la puerta para dejarlos
pasar. El grupo penetró en un pequeño vestíbulo cuadrado al final del cual una
escalera escarpada de barandas de roble bruñido conducía a la segunda planta. Un
pequeño tapiz francés, de azules y dorados tan desvaídos que los motivos eran apenas
visibles bajo la débil luz amarillenta de las pequeñas bombillas, colgaba de la pared
de la escalera, justo en frente de los recién llegados. Stoner se quedó observándolo
mientras los demás deambulaban por el reducido vestíbulo.
«Dame tu chaqueta, Bill». Aquella voz, junto a su oído, le sobresaltó. Se giró.
Finch sonreía y extendía la mano para recoger la chaqueta que Stoner aún no se había
quitado.
«No habías estado antes aquí, ¿no?», preguntó Finch casi en un susurro. Stoner
negó con la cabeza.
Finch se giró hacia los otros hombres y sin levantar la voz consiguió exclamar:
«Caballeros, vayan al salón principal». Señaló una puerta a la derecha del vestíbulo.
«Todos están allí dentro».
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Volvió a centrar su atención en Stoner. «Es una casa antigua magnífica», dijo,
colgando la chaqueta de Stoner en un armario grande bajo la escalera. «Es una de las
auténticas atracciones de por aquí».
«Sí», dijo Stoner. «He oído a la gente hablar de ella».
«Y el vicerrector Claremont es un viejecito encantador. Me ha pedido algo así
como que cuide de todo esta tarde por él».
Stoner asintió.
Finch le tomó del brazo y le guió hacia la puerta que había señalado antes. «Más
tarde tenemos que reunimos para tener una charla. Tú entra ahora. Yo voy dentro de
un rato. Hay gente que quiero que conozcas».
Stoner empezó a hablar pero Finch se había dado la vuelta para saludar a otro
grupo que había llegado a la puerta principal. Stoner resopló profundamente y abrió
la puerta del salón.
Cuando entró en la sala desde el frío vestíbulo el calor le golpeó, como si le
forzara a retirarse; el lento murmullo de la gente de dentro, liberado al abrir la puerta,
flotó durante un instante antes de que sus oídos se acostumbraran a él.
Había reunidas una docena de personas en la sala aproximadamente, y en un
momento reconoció Stoner a nueve de ellas; vio el sobrio negro, gris y marrón de los
trajes, el verde aceituna de los uniformes militares, y aquí y allá el delicado rosa o
azul de los vestidos de mujer. La gente se movía con lentitud por el calor y él se
movía con ellos, consciente de su altura entre las figuras sentadas, saludando con la
cabeza a las caras que ahora reconocía.
En el extremo opuesto otra puerta conducía a una salita, adyacente al largo y
estrecho comedor. Las abiertas puertas dobles del recibidor revelaban una inmensa
mesa de nogal cubierta con un mantel damasquinado repleto de platos blancos y
fuentes de plata reluciente. Había algunas personas reunidas alrededor de la mesa,
presidida por una joven, alta, delgada y hermosa, con un vestido de muaré azul, que
escanciaba té en tazas de porcelana con bordes dorados. Stoner se detuvo en la
puerta, atrapado por la visión de la joven. Su rostro de fisonomía larga, delicada,
sonreía a quienes la rodeaban y sus esbeltos, casi frágiles dedos, manejaban
hábilmente la tetera y las tazas. Mirándola, a Stoner le abrumaba la conciencia de su
propio aspecto desgarbado.
Durante unos instantes no se movió de la puerta; escuchaba la voz suave y débil
de la chica alzarse sobre el murmullo de los invitados allí reunidos y a los que ella
servía. Levantó la cabeza y de repente vio sus ojos, eran pálidos y grandes y parecían
brillar con una luz interior. Algo confuso se apartó de la puerta y regresó al salón.
Encontró una silla vacía junto a la pared y se sentó allí observando la alfombra bajo
sus pies. No miraba hacia el comedor, pero de vez en cuando pensaba que sentía la
mirada de la joven rozándole cálidamente la cara.
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Los invitados se movían a su alrededor, cambiando de asientos, alterando sus
entonaciones según encontraban nuevos compañeros de conversación. Stoner los veía
a través de un velo, como si fuera un espectador. Después de un rato Gordon Finch
entró en la sala y Stoner se levantó y caminó hacia él. Casi groseramente interrumpió
la conversación de Finch con un señor mayor. Llevándole a un aparte pero sin bajar la
voz, le preguntó si podía presentarle a la joven escanciadora de té.
Finch le observó un instante, suavizándose el frunce de contrariedad de su frente
a medida que se le abrían los ojos de asombro. «¿Que tú, qué?», dijo Finch. Pese a ser
más bajo que Stoner daba la impresión de que le miraba desde arriba.
«Quiero que me la presentes», dijo Stoner. Sentía que le ardía la cara. «¿La
conoces?».
«Claro», dijo Finch. Un principio de sonrisa le asomó a la boca. «Me parece que
es prima del vicerrector, de San Luis, está visitando a una tía». La sonrisa se acentuó.
«Viejo Bill. ¿Qué estarás tramando? Claro, te la presentaré. Vamos».
Se llamaba Edith Elaine Bostwick y vivía con sus padres en San Luis, donde la
primavera anterior había acabado un curso de dos años en una academia privada para
mujeres. Estaría unas semanas visitando a la hermana mayor de su tía en Columbia y
en primavera iba a hacer el gran viaje por Europa —un acontecimiento de nuevo
posible, ahora que la guerra había terminado—. Su padre, presidente de uno de los
bancos más pequeños de San Luis, era un emigrado de Nueva Inglaterra. Había
venido al oeste en los setenta y se había casado con la hija mayor de una familia bien
de Missouri. Edith había vivido toda su vida en San Luis, unos años antes había ido al
Este con sus padres, una temporada a Boston; había estado en la ópera de Nueva York
y había visitado los museos. Tenía veinte años, tocaba el piano y tenía unas
inclinaciones artísticas que su madre alentaba.
Más tarde, William Stoner no podría recordar cómo se había enterado de esas
cosas durante aquella primera tarde en la casa de Josiah Claremont, pues su charla fue
confusa y formal, como las figuras del tapiz de la pared de la escalera del vestíbulo.
Recordaba haber hablado con ella, que ella le miró, se quedó junto a él y le otorgó el
placer de escuchar su voz suave y débil respondiendo a sus preguntas y haciendo a su
vez preguntas superficiales.
Los invitados comenzaron a marcharse. Voces que se despedían, puertas que se
cerraban y habitaciones que se vaciaban. Stoner permaneció allí después de que
muchos invitados se hubiesen ido y cuando vino el carruaje de Edith, él la siguió al
vestíbulo y la ayudó con el abrigo. Justo antes de salir al exterior le preguntó si podía
llamarla la tarde siguiente.
Como si no le hubiese oído ella abrió la puerta y se quedó inmóvil unos instantes:
el aire frío penetraba por la puerta y alcanzó el rostro ardiente de Stoner. Ella se giró,
le miró y pestañeó varias veces. Sus ojos pálidos especulaban, casi descarados.
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Finalmente asintió y dijo: «Sí. Puede llamarme». No sonrió.
Así que la llamó. Caminó por la ciudad en dirección a la casa de la tía de la joven
bajo un frío intenso, típico de las noches del medio oeste. No había ninguna nube en
el cielo; la media luna brillaba sobre una ligera capa de nieve que había caído a
primera hora de la tarde. Las calles estaban desiertas y el silencio sordo era roto por
el crujido de la nieve seca bajo sus pies al caminar. Permaneció largo tiempo fuera de
la gran casa a la que había llegado, sin moverse. La luz mortecina de las ventanas
caía sobre el blanco azulado de la nieve como un manchón amarillo. Stoner creyó ver
movimiento dentro, pero no podía estar seguro. Deliberadamente, como
comprometiéndose con algo, dio un paso al frente, caminó por el sendero del porche
y llamó a la puerta.
La tía de Edith —cuyo nombre, según había sabido Stoner, era Emma Darley, era
viuda desde hacia varios años— le recibió en la puerta y le invitó a entrar. Era una
mujer baja y rolliza de finos cabellos blancos que flotaban sobre su rostro. Sus ojos
oscuros parpadeaban humedecidos y hablaba suavemente y en susurros, como si
estuviera contando secretos. Stoner la siguió hasta la sala y se sentó frente a ella,
sobre un sofá de nogal grande, con los asientos y el respaldo cubiertos de grueso
terciopelo azul. La nieve se le había agarrado a los zapatos; él contemplaba cómo se
derretía formando rodales de humedad sobre la tupida alfombra floral bajo sus pies.
«Edith me ha contado que enseña en la universidad, señor Stoner», dijo la señora
Darley.
«Sí, señora», dijo y se aclaró la voz.
«Es tan lindo poder hablar de nuevo con un joven profesor de allí», dijo la señora
Darley vivazmente. «Mi difunto esposo, el señor Darley, perteneció al consejo de
administración de la universidad durante varios años… pero supongo que usted ya lo
sabía».
«No, señora», dijo Stoner.
«Oh», dijo la señora Darley. «Bueno, solíamos recibir a algunos de los
catedráticos más jóvenes para tomar el té por las tardes. Pero eso fue hace algunos
años, antes de la guerra. ¿Fue usted a la guerra profesor Stoner?».
«No, señora», dijo Stoner. «Estuve en la universidad».
«Sí», dijo la señora Darley. Asintió con vehemencia. «¿Y qué enseña?».
«Inglés», dijo Stoner. «Y no soy catedrático. Soy sólo profesor». Sabía que su voz
sonaba áspera, pero no podía controlarla. Trató de sonreír.
«Ah, sí», dijo ella. «Shakespeare… Browning…».
Se hizo un silencio entre los dos. Stoner entrelazó las manos y miró al suelo.
La señora Darley dijo: «Veré si Edith está lista. Con su permiso».
Stoner asintió y se puso de pie cuando ella se marchó. Escuchó intensos susurros
en la habitación de atrás. Permaneció de pie algunos minutos más.
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De repente Edith apareció bajo el ancho umbral, pálida y seria. Se miraron sin
reconocerse. Edith dio un paso hacia atrás y después avanzó, sus labios finos estaban
tensos. Se dieron la mano con gravedad y se sentaron juntos en el sofá. No había
hablado.
Era incluso más alta de lo que recordaba, y más frágil. Su rostro era alargado y
esbelto y mantenía los labios cerrados sobre unos dientes bastante recios. Su piel
tenía el tipo de transparencia que muestra un ápice de color y temperatura sin resultar
provocativa. Su pelo era entre pelirrojo y castaño claro y lo llevaba recogido en
gruesas trenzas. Pero fueron sus ojos los que le atraparon y le cautivaron como lo
habían hecho el día anterior. Eran muy grandes y del azul más claro que cupiera
imaginar. Cuando los miraba parecía salirse de sí mismo, adentrándose en un misterio
que no podía comprender. Pensaba que era la mujer más bella que había visto en su
vida y le dijo impulsivamente: «Yo… yo quisiera conocerla». Ella se apartó un poco.
Él dijo con precipitación: «Quiero decir… ayer, en la recepción, lo cierto es que no
tuvimos ocasión de charlar. Quise hablarle, pero había tanta gente. La gente a veces
estorba».
«Fue una recepción muy linda», dijo Edith débilmente. «Pienso que todo el
mundo fue muy agradable».
«Oh, sí, por supuesto», dijo Stoner. «Quería decir…». No continuó. Edith callaba.
Él dijo: «Entiendo que usted y su tía viajarán a Europa en breve».
«Sí», dijo ella.
«Europa…». Meneó la cabeza. «Debe usted estar muy entusiasmada».
Meneó la cabeza con renuencia.
«¿Dónde irán? Quiero decir, ¿a qué sitios?».
«Inglaterra», dijo. «Francia, Italia».
«Y se marcharán… ¿en primavera?».
«En abril», dijo.
«En cinco meses», dijo. «No queda mucho. Espero que en este tiempo
podamos…».
«Sólo estaré aquí tres semanas», dijo ella con rapidez. «Luego volveré a San Luis
por Navidad».
«Eso es poco tiempo», sonrió y torpemente añadió, «entonces tendré que verla tan
a menudo como pueda para que así podamos llegar a conocernos».
Ella le miró casi con terror. «No quería decir eso», dijo. «Por favor…».
Stoner guardó silencio unos instantes. «Lo siento, yo… pero sí quisiera llamarla
otra vez, tan a menudo como usted me permita. ¿Puedo?».
«Oh», dijo. «Bueno». Tenía los delgados dedos entrelazados sobre su regazo y los
nudillos estaban blancos donde la piel se estiraba. Tenía pecas pálidas en el dorso de
las manos.
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Stoner dijo: «Esto no va bien, ¿verdad? Debe perdonarme. Nunca había conocido
a alguien como usted y digo tonterías. Debe perdonarme si la he intimidado».
«Oh, no», dijo. Se giró hacia él y movió los labios en lo que debía ser una sonrisa.
«Para nada. Me lo estoy pasando estupendamente. De verdad».
Stoner no supo qué decir. Mencionó algo acerca del tiempo en el exterior y se
disculpó por haber dejado huellas de nieve sobre la alfombra. Ella murmuró algo en
respuesta. Él habló de las clases que tenía que impartir en la universidad y ella asintió
sorprendida. Finalmente permanecieron sentados en silencio. Stoner se puso en pie;
se movió lenta y pesadamente, como si estuviera cansado. Edith le miraba de forma
inexpresiva.
«Bueno», dijo y se aclaró la voz. «Se hace tarde y yo… Mire. Lo siento. ¿Podría
llamarla dentro de unos días? Tal vez…».
Fue como si no le hubiese hablado a ella. Él asintió con la cabeza, dijo «buenas
noches» y se dio media vuelta para marcharse.
Edith Bostwick dijo en un tono alto, chillón y sin inflexión: «Cuando era una niña
de unos seis años sabía tocar el piano y me gustaba pintar y era muy tímida así que
mi madre me envió a la escuela para niñas de la señorita Thorndyke en San Luis. Yo
era la más pequeña allí, pero estaba bien porque papá era miembro del consejo de
administración y él lo arregló. No me gustó al principio pero al final me encantaba.
Eran todas chicas muy amables y adineradas y allí hice amigas de por vida, y…».
Stoner se había dado la vuelta cuando ella empezó a hablar y la miraba con un
asombro reprimido en su expresión. Sus ojos estaban fijos sobre ella, su rostro lívido
y sus labios se le movían como si, sin comprenderlo, leyera de un libro invisible.
Cruzó despacio la habitación y se sentó a su lado. Ella no pareció darse cuenta, su
mirada permanecía clavada al frente y continuaba hablando de sí misma, como si él le
hubiera pedido que lo hiciera. Quería decirle que parara, para consolarla, para tocarla.
Ni se movió ni habló.
Ella continuó hablando y al cabo de un rato Stoner empezó a escuchar lo que
decía. Años más tarde se daría cuenta de que en esa hora y media, de aquella tarde de
diciembre, durante su primer lapso largo de tiempo juntos, le contó más sobre sí
misma que ninguna otra vez. Y cuando hubo terminado, sintió que eran desconocidos
de una manera impensable y supo que se había enamorado.
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ser protegida de los graves incidentes que la vida pudiera poner en su camino, así
como la de que no tenía otra misión que ser elegante y cómplice consumada de dicha
protección, dado que pertenecía a una clase social y económica para la cual la
protección constituía una obligación sagrada. Fue a colegios privados para chicas en
los que aprendió a leer, escribir y aritmética simple. En su tiempo libre se le incitaba
a bordar, a tocar el piano, a pintar con acuarelas y a debatir sobre las obras más
tiernas de la literatura. También había sido instruida respecto a indumentaria,
carruajes, dicción para damas y moralidad.
Su instrucción moral, tanto en los colegios a los que fue como en casa, fue de
naturaleza negativa, de intensión represiva y casi estrictamente sexual. De todas
formas, la sexualidad era indirecta y no admitida abiertamente, por lo tanto afectaba a
cualquier otro aspecto de su formación. Ésta se alimentaba mayormente de una fuerza
moral prohibicionista y tácita. Aprendió que tendría tareas para con su marido y
familia y que debería cumplirlas.
Su infancia fue sumamente ceremoniosa, incluso en los momentos más cotidianos
de la vida familiar. Sus padres se trataban con una cortesía distante. Edith nunca les
vio intercambiar el calor espontáneo del enfado o del amor. El enfado consistía en
días de silencio cortés y el amor en una palabra de cariño cortés. Siendo sólo una niña
la soledad fue una de las primeras circunstancias de su vida.
Creció con un moderado talento para las artes más exquisitas y sin conocer la
necesidad de vivir el día a día. Sus bordados eran delicados e inútiles, pintaba
paisajes brumosos con tenues acuarelas aguadas y tocaba el piano con manos sin
fuerza pero precisas y, aunque ignorara sus propias necesidades corporales, no la
habían dejado sola para cuidar de sí misma ni un sólo día de su vida y no se le había
ocurrido que pudiese llegar a ser responsable del bienestar de otra persona. Su vida
era invariable, como un leve arrullo y era observada por su madre la cual, cuando
Edith era una niña, se sentaba horas con ella observándola pintar sus dibujos o tocar
el piano como si otra ocupación no fuese concebible para ninguna de las dos.
A la edad de trece años Edith sufrió la transformación sexual habitual. Sufrió así
mismo una transformación física más inusual. En el transcurso de pocos meses creció
casi treinta centímetros, por lo que su altura era casi la de un hombre adulto. Y la
conjunción de su cuerpo desgarbado y la extrañeza de su nuevo estado sexual fue
algo de lo que nunca se recuperó totalmente. Aquellos cambios intensificaron su
timidez natural —era distante con sus compañeras de clase en el colegio, no tenía a
nadie en casa con quien poder hablar y se encerró cada vez más en sí misma.
En aquella privacidad íntima se inmiscuía ahora William Stoner. Y algo
insospechado dentro de ella, algún instinto, la llevó a interpelar a Stoner cuando salía
por la puerta, haciéndole hablar con vehemencia, desesperadamente, como no había
hablado y nunca volvería a hablar.
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Durante las siguientes dos semanas la vio casi cada tarde. Fueron a un concierto
patrocinado por el nuevo departamento de música de la universidad. Las tardes que
no hacía mucho frío daban paseos lentos y solemnes por las calles de Columbia, pero
normalmente se sentaban en el salón de la señora Darley. A veces conversaban y
Edith tocaba para él mientras él escuchaba y observaba sus manos moverse sin vida
sobre las teclas. Tras aquella primera tarde juntos su conversación se volvió
curiosamente impersonal. Él era incapaz de sacarla de su recato y cuando veía que
sus esfuerzos la intimidaban, dejaba de intentarlo. Aun asi había cierta comodidad
entre ellos y él imaginaba que se entendían. Una semana antes de que ella tuviera que
regresar a San Luis él le declaró su amor y le propuso matrimonio.
A pesar de que no sabía exactamente cómo se tomaría la declaración y la
proposición, se quedó sorprendido de su aplomo. Después de que él hablase le lanzó
una mirada larga, deliberada y curiosamente descarada, y él recordó la tarde posterior
a la que le pidiera permiso para llamarla, cuando le había mirado desde la puerta por
la que se colaba un viento frío. Luego bajó la vista y el estupor que ascendió hasta su
rostro le pareció casi irreal. Dijo que nunca había pensado en él de esa forma, que
nunca lo hubiera imaginado, que no lo sabía.
«Debe de haber sabido que la quería», dijo. «No veo cómo podría haberlo
ocultado».
Ella dijo con cierto aire de animación: «No lo sabía. Yo no sé nada de eso».
«Entonces debo decírselo otra vez», dijo él amablemente. «Y debe acostumbrarse
a ello. La amo y no me puedo imaginar la vida sin usted».
Ella agitó la cabeza, como confusa. «Mi viaje a Europa», dijo tenuemente. «Tía
Emma…».
Sintió que una carcajada le subía por la garganta y le dijo feliz y confiado: «Ah,
Europa. Yo la llevaré a Europa. La veremos juntos algún día».
Ella se apartó de él y apoyó la yema de los dedos en la frente. «Debe darme
tiempo para pensar. Y debería hablar con mis padres antes de poder siquiera
considerarlo…».
Y no se comprometió más allá de eso. Ya no le vería más antes de partir hacia San
Luis y desde allí le escribiría tras hablar con sus padres y asumir las cosas en su
cabeza. Cuando se marchó aquella tarde él se detuvo a besarla, ella giró la cara y sus
labios le rozaron la mejilla. Ella le dio un pellizco en la mano y le condujo fuera de la
casa sin volver a mirarle.
Diez días más tarde recibió una carta de ella. Era una nota curiosamente formal
que no mencionaba nada de lo que había ocurrido entre ellos. Decía que le gustaría
que conociera a sus padres y que todos estaban deseosos de verle cuando viniera a
San Luis el siguiente fin de semana, si eso era posible.
Los padres de Edith le recibieron con la fría cordialidad que esperaba e intentaron
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de inmediato destruir cualquier atisbo de confianza que hubiese podido concebir. El
señor Bostwick le hacía preguntas y cuando respondía le contestaba: «S-í-í», de la
manera más ambigua y le miraba con curiosidad, como si tuviera la cara manchada o
le sangrase la nariz. Ella era alta y delgada como Edith y al principio Stoner se quedó
pasmado por un parecido que no se esperaba, pero la cara de la señora Bostwick era
fofa y enfermiza, sin ninguna fuerza o delicadeza y dejaba ver las profundas huellas
de lo que parecía una insatisfacción crónica.
Horace Bostwick era también alto, pero curiosa e insustancialmente recio, casi
corpulento. Un mechón de cabello gris le serpenteaba por la cabeza casi calva y unos
pliegues de pellejo se descolgaban de su mandíbula. Cuando hablaba a Stoner miraba
directamente por encima de su cabeza como si viera algo detrás de él, y cuando
Stoner le respondía tamborileaba con sus gruesos dedos sobre la insignia del centro
de su chaleco.
Edith saludó a Stoner como si se tratase de una visita casual y después se perdió
por ahí despreocupada, enfrascada en tareas intrascendentes. Sus ojos la seguían pero
no lograba que ella le mirase.
Era la casa más grande y elegante en la que Stoner había estado nunca. Las
habitaciones eran muy altas y oscuras y estaban repletas de jarrones de todo tamaño y
condición, platería de brillo opaco sobre mesas de mármol, cómodas, cajones y
mobiliario ricamente tapizado con diseños de lo más delicado. Recorrieron diversas
habitaciones hasta una sala grande en la que, murmuró la señora Bostwick, ella y su
marido tenían costumbre de sentarse a charlar informalmente con los amigos. Stoner
se sentó en una silla tan frágil que temía moverse, sintiendo que se descompondría
bajo su peso.
Edith había desaparecido, Stoner la buscaba con la mirada casi frenético. Pero
ella no apareció por la sala en el transcurso de casi dos horas, hasta que Stoner y sus
padres tuvieron su «charla».
La «charla» había sido indirecta, ambigua y lenta, interrumpida por largos
silencios. Horace Bostwick hablaba sobre sí mismo en cortos parlamentos lanzados
algunos centímetros por encima de la cabeza de Stoner. Stoner supo que Bostwick era
de Boston y que su padre, al final de su vida, había echado a perder su carrera en la
banca y el futuro de su hijo en Nueva Inglaterra debido a una serie de inversiones
imprudentes que habían llevado al cierre del banco. («Traicionado», Bostwick clamo
al cielo, «por falsos amigos»). Por eso el hijo había venido a Missouri poco después
de la Guerra Civil, con la intención de trasladarse al oeste, pero sin llegar nunca más
allá de Kansas City, donde inició casualmente algunos negocios. Recordando el
fracaso de su padre, o la traición, permaneció en su primer empleo en un pequeño
banco de San Luis, a sus treinta y tantos, sintiéndose seguro con una vicepresidencia
menor. Se casó con una chica de la zona de buena familia. El matrimonio había
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generado sólo una hija, él hubiera querido un chico pero tuvo una chica y aquello
constituyó otra decepción que apenas se preocupó de ocultar. Como muchos hombres
que consideraban su éxito incompleto, era extraordinariamente vanidoso y estaba
consumido por su propia importancia. Cada diez o quince minutos se sacaba un gran
reloj de oro del bolsillo del chaleco y se asentía a sí mismo.
La señora Bostwick hablaba con menor frecuencia y menos directamente sobre sí
misma, pero Stoner llegó a comprenderla rápidamente. Era una estereotípica mujer
sureña. De familia antigua y algo empobrecida, había crecido con la presunción de
que las circunstancias de necesidad bajo las que la familia vivía no eran las
apropiadas para su rango. Se le había enseñado a procurarse alguna mejora en aquella
condición, pero nunca le habían dado instrucciones precisas sobre dicha mejora. Se
había casado con Horace Bostwick con aquel desafecto tan habitual en ella que
formaba parte de su personalidad, y según pasaban los años la insatisfacción y la
amargura crecían de manera tan general y dominante que no había manera de
disiparlas. Su voz era alta y aguda y mantenía una nota de desesperanza que otorgaba
un valor especial a todo lo que decía.
A última hora de la tarde nadie había mencionado todavía el asunto que les había
reunido.
Le dijeron cuánto querían a Edith, cuánto se preocupaban de su felicidad futura,
de las ventajas de las que había gozado. Stoner permanecía sentado torturado por la
vergüenza, intentando dar las respuestas que juzgaba apropiadas.
«Una niña extraordinaria», dijo la señora Bostwick. «Muy sensible». Las líneas
del rostro se le acentuaron al decir con vieja amargura: «Ningún hombre… nadie
puede entender completamente la delicadeza de… de…».
«Sí», dijo Horace Bostwick presto. Y empezó a preguntar sobre lo que él llamaba
«proyectos» de Stoner. Stoner respondió lo mejor que pudo; nunca había pensado en
sus «proyectos» con anterioridad y se sorprendía de lo precarios que sonaban.
Bostwick dijo: «¿Y usted no tiene otros ingresos a parte de su profesión?».
«No, señor», dijo Stoner.
El señor Bostwick movió la cabeza descontento. «Edith ha tenido… privilegios,
ya sabe. Una buena casa, sirvientes, los mejores colegios. Me estaba preguntando… y
mucho me temo que, con el limitado nivel que sería inevitable con su… ¡ah!,
condición… que…», arrastraba la voz.
Stoner sentía que un malestar le crecía, así como cierto enfado. Esperó unos
momentos antes de responder, y puso la voz tan plana e inexpresiva como pudo.
«Debo decirle, señor, que nunca había considerado estos temas materiales. La
felicidad de Edith es, por supuesto, mi… si usted cree que Edith sería infeliz,
entonces debo…». Hizo una pausa, buscando las palabras. Quería contarle al padre de
Edith el amor que sentía por su hija, su certeza en la felicidad que compartirían, el
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tipo de vida que llevarían. Pero no continuó. Observó en el rostro de Horace
Bostwick una expresión de preocupación, desánimo, y algo parecido al miedo al
haberse quedado en silencio de repente.
«No», dijo Horace Bostwick apresuradamente, y aclaró su expresión. «Me ha
malinterpretado. Trataba meramente de presentarle ciertas dificultades que podrían
surgir en el futuro. Estoy convencido de que ustedes han hablado sobre estas cosas y
estoy seguro de que saben lo que quieren. Respeto su juicio y…».
Y quedó arreglado. Se dijeron algunas palabras más y la señora Bostwick se
preguntó en voz alta dónde podría haber estado metida Edith todo el tiempo. Gritó su
nombre con su voz alta y aguda y unos instantes después Edith entró en la sala donde
todos la aguardaban. No miró a Stoner.
Horace Bostwick le dijo que él y su «muchacho» habían tenido una charla muy
agradable y que teman su bendición. Edith asintió.
«Bueno», dijo su madre, «debemos hacer planes. Una boda primaveral. Junio, tal
vez».
«No», dijo Edith.
«¿Qué, cariño?», dijo su madre amablemente.
«Si se ha de hacer», dijo Edith, «quiero que se haga rápido».
«La impaciencia de la juventud», dijo el señor Bostwick y se aclaró la garganta.
«Pero tal vez tu madre tenga razón, cariño. Hay planes que hacer, se requiere
tiempo».
«No», dijo Edith otra vez y había tal firmeza en su voz que consiguió que todos la
miraran. «Debe ser pronto».
Se hizo un silencio. Luego su padre dijo con una voz sorprendentemente
templada: «Muy bien, cariño. Como digas. Ustedes, jóvenes, hagan sus planes».
Edith asintió, murmuró algo sobre una tarea pendiente, y se escabulló de la
habitación. Stoner no la volvió a ver hasta la hora de la cena, que estuvo presidida en
regio silencio por Horace Bostwick. Después de la cena Edith tocó el piano para
ellos, pero lo hizo con rigidez y desgana, cometiendo muchos errores. Anunció que se
encontraba mal y se fue a su habitación.
En el cuarto de invitados aquella noche, William Stoner no podía dormir. Clavaba
la vista en la oscuridad y se preguntaba por la inquietud que había sobrevenido a su
vida y por primera vez se cuestionó la cordura de lo que iba a hacer. Pensaba en Edith
y sentía cierta confianza. Supuso que todos los hombres pasaban por esa
incertidumbre que le había embargado de repente y que tenían las mismas dudas.
Tenía que coger un tren para Columbia temprano a la mañana siguiente así que
tuvo poco tiempo después del desayuno. Quería tomar un carruaje hasta la estación,
pero la señora Bostwick insistió en que uno de los criados le llevaría en el coche de
caballos. Edith le iba a escribir en unos días contándole los planes de boda. Dio las
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gracias a los Bostwick y se despidió de ellos, le acompañaron con Edith hasta la
puerta. Casi había llegado a la verja exterior cuando escucharon pasos corriendo tras
él. Se giró. Era Edith. Se plantó firme y alta junto a él, su cara estaba pálida y le
miraba de frente.
«Intentaré ser una buena esposa para ti, William», dijo. «Lo intentaré».
Cayó en la cuenta de que era la primera vez que alguien había pronunciado su
nombre desde su llegada.
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POR motivos que no explicaba, Edith no se quería casar en San Luis, así que la boda
tuvo lugar en Columbia, en los salones de Emma Darley, donde habían pasado sus
primeras horas juntos. Fue en la primera semana de febrero, justo cuando terminaron
las clases en las vacaciones de fin de semestre. Los Bostwick tomaron el tren desde
San Luis y los padres de William, que no habían conocido a Edith, se acercaron desde
la granja, llegando el sábado por la tarde, el día de antes de la boda.
Stoner quería alojarlos en un hotel, pero ellos preferían quedarse con los Foote, a
pesar de que los Foote se habían distanciado y se mostraban fríos desde que William
dejara su empleo.
«No sabría qué hacer en un hotel», decía su padre con seriedad. «Y los Foote nos
pueden acoger por una noche».
Aquella tarde William alquiló una calesa y condujo a sus padres a la ciudad, a la
casa de Emma Darley, para que pudieran conocer a Edith.
En la puerta les recibió la señora Darley, quien echó un vistazo fugaz y
abochornado a los padres de William y les pidió que entraran en la sala. Su madre y
su padre se sentaron cautelosamente, como si tuvieran miedo de moverse con sus
rígidas ropas nuevas.
«No sé en qué puede estar entretenida Edith», murmuró la señora Darley al cabo
de un tiempo. «Si me perdonan». Salió de la sala para buscar a su sobrina.
Tras un rato largo Edith bajó; entró en la sala lentamente, con renuencia, como si
le diese miedo.
Se levantaron de sus asientos y durante unos momentos los cuatro permanecieron
embarazosamente en pie, sin saber qué decir. Entonces Edith se acercó en actitud
ceremoniosa y le dio la mano primero a la madre de William y luego al padre.
«Qué tal», dijo su padre con formalidad y le soltó la mano, como si temiese
romperla.
Edith le miró, intentó sonreír y retrocedió. «Siéntense», invitó. «Por favor
siéntense».
Se sentaron. William dijo algo. Su voz le sonaba forzada.
En silencio, con tranquilidad y admiración, como si estuviera expresando sus
pensamientos en voz alta, su madre dijo: «Hijo, qué guapa es, ¿verdad?».
William sonrió ligeramente y dijo en tono afable: «Sí, madre, lo es».
Luego pudieron charlar con mayor facilidad, si bien se lanzaban miradas los unos
a los otros y desviaban la vista hacia el fondo de la sala. Edith murmuró que estaba
encantada de conocerles, que sentía que no se hubieran conocido antes.
«Y cuando nos establezcamos…». Hizo una pausa y William se preguntó si iba a
continuar. «Cuando nos establezcamos deben venir a visitarnos».
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«Gracias, muy amable», dijo su madre.
La conversación continuó, pero se interrumpía con prolongados silencios. Los
nervios de Edith iban en aumento, se volvía más tensa, y una o dos veces no
respondió a la pregunta que alguien le hizo. William se puso en pie y su madre,
echando una mirada nerviosa a su alrededor, se levantó también. Pero su padre no se
movió. Miraba directamente a Edith manteniendo la vista fija sobre ella.
Finalmente dijo: «William ha sido siempre un buen chico. Me alegra que se haya
procurado una buena mujer. Un hombre necesita de una mujer que le atienda y le
consuele. Sea usted buena con William. Necesita de alguien que sea bueno con él».
La cabeza de Edith retrocedió como en respuesta refleja a un impacto, sus ojos se
dilataron y por un momento William pensó que estaba enfadada. Pero no lo estaba.
Su padre y Edith se miraron durante un largo rato sin que sus ojos se amilanasen.
«Lo intentaré, señor Stoner», dijo Edith. «Lo intentaré».
Entonces su padre se puso en pie, se inclinó con torpeza y dijo: «Se hace tarde.
Será mejor que nos marchemos». Y caminó junto a su esposa, informe, oscura y
pequeña a su lado, dejando a Edith y a su hijo juntos.
Edith no le habló. Pero cuando regresó para desearle buenas noches William
observo unas lagrimas flotando sobre sus ojos. Se inclinó a besarla y sintió la
fragilidad de sus débiles dedos sobre sus brazos.
Los fríos rayos de sol invernal de la tarde de febrero penetraban por las ventanas
delanteras de la casa de los Darley y se estrellaban contra las figuras que se movían
por la gran sala. Sus padres estaban de pie significativamente solos en la esquina de
la habitación; los Bostwick, que habían llegado una hora antes en el tren de la
mañana, se encontraban junto a ellos, sin mirarles; Gordon Finch deambulaba con
gravidez y ansiedad, como si estuviera a cargo de algo. Había alguna gente, amigos
de Edith o de sus padres, a quienes no conocía. Se escuchaba así mismo hablando con
la gente de su alrededor, sentía una sonrisa en sus labios y escuchaba voces que le
llegaban como sofocadas por capas de fina tela.
Gordon Finch estaba a su lado, con la cara sudada y brillante sobre su traje
oscuro. Sonreía nerviosamente. «¿Estás ya listo, Bill?».
Stoner sintió su cabeza asentir.
Finch dijo: «¿Tiene el condenado alguna última petición?».
Stoner sonrió y negó con la cabeza.
Finch le palmeó en el hombro. «Tú sólo quédate conmigo, haz lo que te diga,
todo está bajo control. Edith bajará en unos momentos».
Stoner se preguntaba si recordaría esto cuando hubiese terminado, todo parecía
borroso, como visto a través de una neblina. Se escuchó preguntar a Finch. «El
cura… no le he visto. ¿Está aquí?».
Finch rió y moviendo la cabeza dijo algo. Luego un murmullo se extendió por la
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sala. Edith estaba bajando las escaleras.
Con su vestido blanco era como una fría luz descendiendo sobre la habitación.
Stoner empezó a caminar involuntariamente hacia ella y sintió la mano de Finch
sobre su brazo, reteniéndole. Edith estaba pálida, pero le dedicó una sonrisa. Al poco
estaba junto a él y caminaban juntos. Un extraño con alzacuellos se plantó ante ellos.
Era bajo, gordo y tenía un rostro impreciso. Mascullaba algo y miraba hacia un libro
blanco que tenía en las manos. William se escuchó respondiendo en los silencios.
Notaba a Edith temblar a su lado.
A continuación se produjo un gran silencio, otro murmullo y el sonido de una
carcajada. Alguien dijo: «¡Besa a la novia!». Se sintió turbado; Finch le sonreía. Él
sonreía hacia Edith, cuyo rostro oscilaba ante él, y la besó. Los labios de ella estaban
tan secos como los suyos.
Sentía que le estrechaban la mano; la gente le daba palmadas en la espalda y reía,
la sala bullía. Más gente entró por la puerta. Una gran fuente de vidrio tallado con
ponche apareció inadvertidamente sobre la gran mesa al fondo de la sala. Había un
pastel. Alguien unió sus manos y las de Edith, había un cuchillo, comprendió que se
suponía que tenía que guiarle la mano para que ella cortase el pastel.
Después le separaron de Edith y la perdió de vista entre la muchedumbre.
Hablaba y reía, asintiendo y mirando alrededor de la sala para ver si podía localizar a
Edith. Vio a su madre y a su padre de pie en la esquina de la sala de la que no se
habían movido. Su madre sonreía y su padre tenía la mano apoyada con torpeza sobre
el hombro de ella. Empezó a acercarse a ellos pero no lograba separarse de
quienquiera que hablaba con él.
Entonces vio a Edith. Estaba con su padre, su madre y su tía. Su padre, con el
ceño ligeramente fruncido, inspeccionaba la sala como impaciente y su madre
sollozaba, tenía los ojos rojos, resoplaba entre sus gordas mejillas y la boca se le
arrugaba hacia abajo como la de una niña. La señora Darley y Edith la abrazaban, la
señora Darley hablaba con ella, solícita, como intentando explicarle algo. Pero
incluso desde el otro lado de la sala William se daba cuenta de que Edith callaba, su
rostro era como una máscara, blanco e inexpresivo. Tras unos instantes sacaron a la
señora Bostwick de la sala y William no volvió a ver a Edith de nuevo hasta que la
recepción hubo concluido, hasta que Gordon Finch le susurró algo al oído, le
acompañó hasta una puerta lateral que se abría hacia un pequeño jardín y le empujó
afuera. Edith esperaba allá, arrebujada contra el frío, con el cuello del vestido
levantado sobre el rostro de forma que él no podía verla. Gordon Finch se reía y decía
palabras que William no podía entender, les arrastró por el camino hasta la calle
donde una calesa cubierta les esperaba para llevarles a la estación. No fue hasta que
estuvieron en el tren, que les llevaba a San Luis para su semana de luna de miel, que
William Stoner se percató de que todo había concluido y de que tenía esposa.
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Ambos llegaron al matrimonio inocentes, pero inocentes de manera radicalmente
distinta. Los dos eran vírgenes y conscientes de su inexperiencia pero mientras
William, criado en una granja, aceptaba con naturalidad los procesos instintivos de la
vida, estos eran profundamente misteriosos e inexplicables para Edith. No sabía nada
de ellos. Y algo en su interior no deseaba conocerlos.
Y así, como la de tantos otros, su luna de miel fue un fracaso, aunque no lo
admitieran, y no se dieran cuenta del significado del fracaso hasta mucho tiempo
después.
Llegaron a San Luis el domingo por la noche. En el tren, rodeados de extraños
que les miraban con curiosidad y gesto de aprobación, Edith había estado animada y
casi alegre. Se reían y se tomaban las manos y hablaban de los días por venir. Una
vez en la ciudad y para cuando William hubo encontrado un carruaje que les llevara
al hotel, la alegría de Edith se había tornado ligeramente histérica.
La medio llevó en brazos, riendo, al cruzar la entrada del Hotel Ambassador, una
estructura enorme de piedra marrón tallada. El vestíbulo estaba casi desierto, oscuro y
pesado como una caverna. Cuando se metieron dentro Edith se calmó abruptamente,
meciéndose vacilante a su lado como si caminaran a través de un suelo inmenso hasta
la recepción. Para cuando llegaron a su habitación ella estaba casi físicamente
enferma, temblaba como si tuviera fiebre y tenía los labios azules en contraste con su
piel blanca como la tiza. William quiso llamar a un médico, pero ella insistió en que
sólo estaba cansada, que necesitaba descanso. Hablaron con gravedad sobre las
tensiones del día y Edith dio a entender algún escrúpulo que la perturbaba a ratos.
Murmuró, pero sin mirarle y sin entonación en la voz, que quería que sus primeras
horas juntos fuesen perfectas.
Y William dijo: «Lo son… lo serán. Debes descansar. Nuestro matrimonio
empezará mañana».
Y como otros maridos primerizos de quien había oído hablar y a cuya costa él
había bromeado alguna vez, pasó la noche de bodas separado de su esposa, con su
cuerpo enjuto aovillado y entumecido y sin poder dormir sobre un pequeño sofá, con
los ojos abiertos durante toda la noche.
Se levanto temprano. Su suite, encargada y pagada por los padres de Edith como
regalo de bodas, estaba en la décima planta, dominando una vista de la ciudad. Llamó
suavemente a Edith y a los pocos minutos salió de la habitación, atándose el cinturón
de la bata, bostezando somnolienta, sonriendo un poco. William sentía que su amor
por ella le apretaba la garganta, la tomó de la mano y se quedaron ante la ventana del
salón, mirando hacia abajo. Automóviles, peatones y carruajes se arrastraban por las
estrechas calles bajo ellos, les parecía que habían sido llevados lejos del curso de la
humanidad y sus actividades. En la distancia, visible más allá de los edificios lineales
de piedra y ladrillo rojo, el río Mississippi serpenteaba con sus aguas azul pardo al sol
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de la mañana; las barcazas y los remolcadores que se desplazaban arriba y abajo por
sus firmes márgenes parecían juguetes, a pesar de que sus chimeneas exhalaban
grandes cantidades de humo gris hacia el aire invernal. Una sensación de calma le
sobrevino. Rodeó a su esposa con el brazo, la sujetó ligeramente y ambos miraron
hacia abajo, hacia un mundo que se presentaba lleno de promesas y sosegadas
aventuras.
Desayunaron temprano. Edith parecía fresca, completamente recuperada de la
indisposición de la noche anterior; estaba casi alegre de nuevo y miraba a William
con una intimidad y un calor que él interpretó como de gratitud y amor. No hablaron
de la noche pasada. Cada poco Edith miraba su nuevo anillo y se lo ajustaba al dedo.
Se abrigaron frente al frío y anduvieron por las calles de San Luis, que justo
estaban empezando a llenarse de gente. Miraron escaparates, hablaron del futuro y
pensaron seriamente en cómo lo rellenarían. William empezó a recuperar la confianza
y la fluidez que había descubierto durante sus primeros cortejos a la mujer que se
había convertido en su esposa, Edith iba colgada de su brazo y parecía atender a lo
que él decía como nunca antes lo había hecho. Tomaron un café a media mañana en
una pequeña y cálida cafetería y observaban a la gente que se escabullía del frío.
Encontraron un carruaje que les condujo al Museo de Arte. Brazo sobre brazo
atravesaron altas salas, atravesaron el rico brillo de la luz reflejada en las pinturas. En
la quietud, en la calidez, en el aire de eternidad de las viejas pinturas y estatuas,
William Stoner sintió una corriente de afecto hacia la chica alta y delicada que
caminaba junto a él y sintió una pasión contenida crecerle dentro, cálida y
explícitamente sensual, como los colores que emanaban de las paredes que les
rodeaban.
Cuando salieron era ya tarde, el cielo se había nublado y una lluvia fina había
comenzado a caer pero William Stoner portaba con él el calor del que había hecho
acopio en el museo. Llegaron al hotel poco después de la puesta de sol, Edith entró en
la habitación para descansar y William llamó a recepción para encargar una cena
ligera y, en una inspiración repentina, bajó al bar y pidió que enfriaran una botella de
champán para que se la enviaran en una hora. El camarero asintió con desgana y le
dijo que no sería un champán bueno. Para el uno de julio la prohibición sería
nacional; ya era ilegal elaborar o destilar licores y no había más de cincuenta botellas
de cualquier tipo en las bodegas del hotel. Y le cobraría más de lo que costaba el
champán. Stoner sonrió y le dijo que le parecía bien.
Aunque en ocasiones especiales y festivas en casa de sus padres Edith había
tomado un poco de vino, nunca antes había probado el champán. Mientras cenaban,
en una pequeña mesa dispuesta en el salón, miraba nerviosa la extraña botella en el
cubo de hielo. Dos velas blancas en sendos candeleros de metal mate titilaban en la
oscuridad. Las velas parpadeaban entre ellos mientras hablaban y la luz atrapaba las
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curvas de la oscura botella lisa y refulgía sobre el hielo que la rodeaba. Estaban
nerviosos y moderadamente alegres.
Él retiró el corcho del champán de manera inexperta, Edith respingó debido al
fuerte ruido, la espuma blanca chorreó por el cuello de la botella y le empapó la
mano. Se rieron de su torpeza. Bebieron un vaso de aquel líquido y Edith fingió estar
achispada. Bebieron otro vaso. William creyó ver que a ella le sobrevenía cierta
languidez, la calma inundó su rostro, un ensimismamiento oscureció sus ojos. Él se
levantó y se colocó detrás de ella, le puso las manos sobre los hombros,
maravillándose del grosor y el peso de sus dedos sobre la delicadeza de su carne y de
sus huesos. Ella se estremeció al ser tocada, le dirigió las manos cuidadosamente
hacia los lados de su estrecho cuello y las dejó peinarle el fino cabello pelirrojo. Su
cuello estaba rígido, los nervios le vibraban con intensidad. Él puso las manos sobre
los brazos de ella y la alzó con cuidado, ella se levantó de la silla y volvió el rostro
hacia él. Sus ojos, dilatados y pálidos, casi transparentes a la luz de las velas, le
miraban ausentes. Sentía una cercanía distante con ella y piedad por su desamparo; el
deseo se le agolpaba en la garganta hasta impedirle hablar. Tiró de ella hacia la
habitación, sintiendo una tenaz y efímera resistencia en su cuerpo y, al mismo tiempo,
una voluntad que combatía dicha resistencia.
Dejó abierta la puerta de la habitación a oscuras, la vela se agitaba débilmente en
la penumbra. Él murmuró algo como para hacerla sentir cómoda y segura, pero su
voz se ahogaba y él mismo no oía lo que decía. Puso sus manos sobre el cuerpo de
ella y buscó con torpeza los botones que debía abrir. Ella le empujaba vagamente en
la oscuridad, con los ojos cerrados y los labios apretados. Le dio la espalda y con un
rápido movimiento se quitó el vestido que cayó arrugado a sus pies. Sus brazos y
hombros quedaron desnudos, y se estremecía como si tuviera frío. Dijo con voz
monocorde: «Ve a la otra habitación. Estaré lista en un minuto». Él le tocó los brazos
y le puso los labios sobre los hombros, pero ella no se giró hacia él.
En el salón contempló cómo parpadeaban las velas sobre los restos de la cena, en
medio de la cual descansaba la botella de champán, todavía llena hasta más de la
mitad. Se sirvió un poco de bebida en un vaso y lo probó. Estaba más caliente y
dulce.
Cuando regresó, Edith estaba en la cama con las mantas hasta la barbilla, el rostro
boca arriba, los ojos cerrados y el ceño frunciéndole la frente. En silencio, como si
estuviera dormida, Stoner se desnudó y se metió en la cama junto a ella. Durante unos
momentos permaneció tumbado con su deseo, que se había convertido en algo
indefinido, le pertenecía sólo a él. Habló con Edith, como para encontrar consuelo
para lo que sentía. Ella no respondió. Él puso la mano sobre ella y sintió bajo la fina
tela de su camisón la carne que tanto tiempo había deseado. Movió la mano por su
cuerpo, ella no se alteró, su ceño se frunció más. De nuevo habló, diciendo su nombre
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en silencio, después colocó su cuerpo sobre el de ella, con toda la delicadeza que le
permitía su desmaña. Cuando palpó la suavidad de sus zonas íntimas, ella giró la
cabeza bruscamente y levantó un brazo para cubrirse los ojos. No emitió sonido
alguno.
A continuación él se tumbó junto a ella y le habló con toda la calma de su amor.
Sus ojos estaban ya abiertos y le miraban en la sombra, no había expresión en su
rostro. De repente se despojó de las mantas y se fue rauda hacia el cuarto de baño. Él
vio la luz encenderse y escuchó sus arcadas enérgicas y agónicas. La llamó y cruzó la
habitación, la puerta del cuarto de baño estaba cerrada con llave. La llamó de nuevo,
ella no respondió. Volvió a la cama y la esperó. Al cabo de un rato de silencio la luz
del cuarto de baño se apagó y la puerta se abrió. Edith salió y caminó deprisa hacia la
cama.
«Ha sido por el champán», dijo ella. «No debería haber tomado el segundo vaso».
Se arropó con las mantas y le dio la espalda. Al poco, la respiración de su sueño
se volvió profunda y acompasada.
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dormida, se movía sin darse cuenta hacia él. Y entonces, su determinación y
conocimiento se disolvían ante su amor y él se movía hacia ella. Si ella estaba lo
suficientemente despierta se tensaba y se ponía rígida, moviendo la cabeza hacia un
lado en un gesto familiar y enterrándola en la almohada, soportando la violación. En
esas ocasiones Stoner desempeñaba el acto amoroso tan rápido como podía,
odiándose por las prisas y arrepentido de su pasión. Con menor frecuencia ella
permanecía medio aturdida por el sueño, entonces era pasiva y murmuraba
somnolienta, no sabía si protestando o sorprendida. Llegó a ansiar aquellos momentos
extraños e impredecibles, ya que en aquella aquiescencia narcótica del sueño cabía
engañarse con haber sido correspondido de algún modo.
Y no podía hablar con ella de lo que entendía era su infelicidad. Cuando lo
intentaba, ella aceptaba lo que le decía como una reflexión sobre su suficiencia y ella
misma, y permanecía tan distante y arisca como cuando le hacía el amor. Él achacaba
su distanciamiento a su falta de tacto y se sentía responsable de lo que ella sentía.
Con una crueldad callada que provenía de su desesperación, experimentaba
pequeñas maneras de agradarla. Le traía regalos que ella aceptaba indiferente, a veces
haciendo intranscendentes comentarios sobre su precio; la llevaba a pasear y de gira
al campo arbolado de los alrededores de Columbia, pero ella se cansaba con facilidad
y a veces caía enferma. Él le hablaba de su trabajo, como había hecho durante el
cortejo, pero su interés era superficial e indulgente.
Por fin, pese a ser consciente de su timidez, insistió tan amablemente como pudo
en que empezasen a invitar a gente a casa. Organizaban reuniones de té a las que
invitaban a algunos de los jóvenes profesores y asistentes del departamento y dieron
alguna cena. Edith no mostraba en absoluto si esto la complacía o no, pero en sus
preparativos para los eventos se volvía tan frenética y obsesiva que para la hora en la
que llegaban los invitados estaba medio histérica por la tensión y la fatiga, aunque
nadie excepto William llegaba a reparar en ello.
Era buena anfitriona. Hablaba con los invitados con una animación y soltura que
le hacían parecer otra ante William, y a él le hablaba delante de todos con una
intimidad y cariño que siempre le sorprendía. Le llamaba Willy, lo cual le sonaba
raro, y a veces posaba una mano suave sobre su hombro.
Pero cuando los invitados se marchaban, la fachada se venía abajo sola y revelaba
su hundimiento. Hablaba con rencor de los invitados idos, imaginando oscuros
insultos y desprecios, con regateo y desesperación hacía recuento de los que ella
pensaba eran imperdonables fallos suyos, se sentaba quieta, meditando sobre el
desorden que dejaban los invitados sin hacer caso a William y respondiéndole con
monosílabos, ausente y en un tono de voz plano y monótono.
Sólo en una ocasión la fachada había cedido en presencia de los invitados.
Meses después del matrimonio entre Edith y Stoner, Gordon Finch se había
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comprometido con una chica a la que había conocido por casualidad cuando estaba
destinado en Nueva York y cuyos padres vivían en Columbia. Finch había obtenido
una plaza permanente de segundo del vicedecano, entendiéndose de manera tácita
que cuando Josiah Claremont muriera Finch estaría entre los primeros en ser
considerado para el cargo de vicedecano de la facultad. Con cierto retraso, y para
celebrar tanto el nuevo cargo de Finch como el anuncio de su compromiso, Stoner les
invitó a él y a su prometida a cenar.
Llegaron justo antes del ocaso una calurosa tarde de finales de mayo, en un
automóvil nuevo, negro y brillante que emitía sucesivas explosiones y que Finch
aparco con maestría sobre el camino enladrillado de enfrente de la casa de Stoner.
Tocó la bocina y saludó alegremente hasta que William y Edith bajaron. Una chica
pequeña y morena, de rostro redondo y sonriente, estaba sentada a su lado.
La presentó como Caroline Wingate y los cuatro charlaron durante un rato
mientras Finch la ayudaba a bajar del coche.
«Bueno, ¿qué os parece?», preguntó Finch, golpeando el guardabarros delantero
del automóvil con el puño cerrado. «Una belleza, ¿a que sí? Es del padre de Caroline.
Estoy pensando en agenciarme uno justo como éste, para…». Su voz se arrastraba y
los ojos se le estrechaban, miraba al auto con curiosidad y frialdad, como si fuera el
futuro.
Luego se puso chistoso y animado otra vez. Fingiendo secretismo se puso el dedo
índice sobre los labios, miró furtivamente alrededor y tomó una gran bolsa de papel
marrón del asiento delantero del automóvil. «Chitón», susurró. «Recién traída.
Cúbreme, colega; a ver si podemos llegar hasta la casa».
La cena fue bien. Finch estaba más afable de lo que Stoner le había visto en años.
Stoner pensaba en sí mismo con Finch y Dave Masters, juntos en aquellos lejanos
viernes por la tarde después de clase, bebiendo cerveza y charlando. La prometida,
Caroline, habló poco, sonreía feliz mientras Finch bromeaba y hacía guiños. A Stoner
le dio una punzada de envidia comprobar que Finch estaba genuinamente encariñado
de aquella guapa morena y que el silencio de ella provenía de su arrebatado afecto
hacia él.
Incluso Edith perdió parte de su apatía y tensión, sonreía con facilidad y su risa
era espontánea. Finch se mostraba juguetón y familiar con Edith de una manera,
Stoner se percataba, en la que él, su propio marido, nunca podría hacerlo y Edith
parecía más feliz de lo que había estado en meses.
Tras la cena Finch sacó la bolsa de papel marrón de la cubitera, donde la había
puesto antes a enfriar, y sacó varias botellas de color marrón oscuro. Era cerveza
casera que había preparado con gran secreto y ceremonia en el armario de su
apartamento de soltero.
«No tengo sitio para la ropa», dijo, «pero un hombre ha de conservar su prioridad
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de valores».
Con cuidado, con los ojos bizcos, con la luz resplandeciéndole sobre la piel
blanca y el cabello rubio claro, como un químico midiendo una sustancia extraña,
vertió la cerveza de las botellas en vasos.
«Hay que tener cuidado con estas cosas», dijo. «En el fondo se quedan un montón
de sedimentos y si se vierte demasiado rápido se cuelan en el vaso».
Bebieron cada uno un vaso de cerveza, felicitando a Finch por su sabor. Era, de
hecho, sorprendentemente buena, seca y ligera, y tenía buen color. Incluso Edith
apuró el vaso y se tomó otro.
Se embriagaron un poco, reían aturdidos y eufóricos, se veían unos a otros con
ojos nuevos.
Alzando su vaso hacia la luz, Stoner dijo: «Me pregunto qué le hubiera parecido a
Dave esta cerveza».
«¿Dave?», preguntó Finch.
«Dave Masters. ¿Te acuerdas de cuando tomábamos cerveza?».
«Dave Masters», dijo Finch. «El bueno de Dave. Qué pena más grande».
«Masters», dijo Edith. Sonreía incoherentemente. «¿No era aquel amigo tuyo que
murió en la guerra?».
«Sí», dijo Stoner. «Ése». La antigua pena cayó sobre él, pero sonrió a Edith.
«El bueno de Dave», dijo Finch. «Querida Edith; tu marido, Dave y yo solíamos
pasarlo muy bien… mucho antes de que te conociera, por supuesto. El bueno de
Dave…».
Sonrieron a la memoria de David Masters.
«¿Era buen amigo tuyo?», preguntó Edith.
Stoner asintió. «Era un buen amigo».
«Cháteau-Thierry». Finch apuró el vaso. «La guerra es un infierno». Meneó la
cabeza. «Pero el bueno de Dave. Ahora estará seguramente en algún lugar riéndose
de todos nosotros. No sentiría pena de sí mismo. Me pregunto si de verdad vio algo
de Francia».
«No lo sé», dijo Stoner. «Murió demasiado rápido cuando llegó».
«Sería un pena si no lo hizo. Siempre pensé que era una de las razones principales
por las que se alistó. Por ver Europa».
«Europa», remarcó Edith.
«Sí», dijo Finch. «El bueno de Dave no quería muchas cosas, pero deseaba ver
Europa antes de morir».
«Yo tendría que haber viajado a Europa en una ocasión», dijo Edith. Sonreía y los
ojos le brillaban desamparados. «¿Te acuerdas Willy? Iba a ir con mi tía Emma justo
antes de casarnos. ¿Te acuerdas?».
«Me acuerdo», dijo Stoner.
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Edith se reía desafinadamente y movía la cabeza como desconcertada. «Parece
como si hiciera mucho tiempo, pero no. ¿Fue hace cuánto Willy?».
«Edith» dijo Stoner.
«Veamos, íbamos a ir en abril. Y pasó un año. Y ahora estamos en mayo.
Sería…». De repente se le llenaron los ojos de lágrimas, a pesar de que continuaba
sonriendo con un brillo petrificado. «Ya nunca iré allí, supongo. Tía Emma morirá
pronto y yo nunca tendré ocasión de…».
Entonces, con la sonrisa todavía estirándole los labios y con los ojos manando
lágrimas, empezó a sollozar. Stoner y Finch se levantaron de la silla.
«Edith», decía Stoner desesperado.
«¡Oh, déjame en paz!». Con movimiento brusco e insólito se puso en pie delante
de ellos, cerró los ojos con fuerza y apretó los puños. «¡Todos! ¡Dejadme en paz!», se
dio media vuelta y se precipitó al dormitorio, dando un portazo al entrar.
Durante un rato nadie habló. Escuchaban el sonido apagado del llanto de Edith.
Luego Stoner dijo: «Perdonadla. Ha estado cansada y no del todo bien. La
tensión…».
«Cosas de mujeres. Supongo que me acostumbraré a esto pronto». Miró a
Caroline, se rió otra vez, y elevó la voz. «Bueno, ya no molestaremos a Edith más.
Dale las gracias de nuestra parte, dile que la comida ha sido espléndida y que
vosotros, amigos, tenéis que venir a visitarnos cuando nos instalemos».
«Gracias Gordon», dijo Stoner. «Se lo diré».
«Y no te preocupes», dijo Finch. Dio un puñetazo a Stoner en el hombro. «Estas
cosas pasan».
Una vez que Gordon y Caroline se fueron, después de que volviese a escucharse
en la noche el rugido y el petardeo del nuevo automóvil gris, William Stoner se quedó
plantado en medio del salón escuchando el llanto seco y acompasado de Edith. Era un
sonido extrañamente átono y sin emoción, y parecía que no iba a terminar nunca.
Quería consolarla, quería calmarla pero no sabía qué decir. Así que se quedó
escuchando y después de un rato se dio cuenta de que nunca antes había oído llorar a
Edith.
Después de la fiesta desastrosa con Gordon Finch y Caroline Wingate, Edith casi
parecía satisfecha, más calmada de lo que había estado en ningún momento de su
matrimonio. Pero no quería traer invitados y se mostraba reacia a salir del
apartamento. Stoner hacía la mayoría de las compras con listas que Edith hacía para
él con curiosa laboriosidad y escritura infantil en hojitas azules de cuaderno. Parecía
más feliz cuando estaba sola; se sentaba durante horas a tejer o a bordar manteles y
servilletas, con una sonrisa diminuta dibujada en sus labios. Su tía Emma Darley
comenzó a visitarla con mayor frecuencia. Cuando William llegaba de la universidad
por las tardes, a menudo se las encontraba a las dos juntas, tomando té y conversando
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en un tono tan bajo que parecían susurros. Siempre le saludaban educadamente, pero
William sabía que le miraban con pesar. La señora Darley apenas se quedaba unos
minutos más después de que él llegara. Aprendió a mantener una consideración
respetuosa y delicada hacia el mundo en el que Edith había comenzado a vivir.
En verano de 1920 pasó una semana con sus padres mientras Edith visitaba a sus
familiares en San Luis. No había visto a sus padres desde su boda.
Trabajó en los campos uno o dos días, ayudando a su padre y al negro que habían
contratado pero sentir los terrones calientes y húmedos bajo sus pies y oler la tierra
removida en sus uñas no le evocaba ningún sentimiento de regreso o familiaridad.
Volvió a Columbia y pasó el resto del verano preparándose para una nueva
asignatura que iba a impartir el curso siguiente. Pasaba la mayor parte del día en la
biblioteca, a veces volviendo con Edith al apartamento a última hora de la tarde,
atravesando el pesado aire dulzón cargado de miel que flotaba en el aire y entre las
delicadas hojas de los cornejos que se mecían y giraban como fantasmas en la
oscuridad. Los ojos le ardían por concentrarlos sobre textos turbios, le pesaba la
mente con lo que observaba y los dedos le hormigueaban adormecidos conservando
la sensación del cuero viejo de las cubiertas y del papel, pero se abría al mundo por el
que en ese instante caminaba, encontrando algo de júbilo en él.
Aparecieron algunas caras nuevas en las reuniones de departamento y Archer
Sloane continuaba con el lento declinar que Stoner había empezado a notar antes de
la guerra. Le temblaban las manos y no era capaz de mantener atención sobre lo que
decía. El departamento continuaba al paso que había llevado por tradición y por el
mero hecho de existir.
Stoner se puso a dar clase con una intensidad y ferocidad que sobrecogía a
algunos de los miembros más recientes del departamento y que causaba algo de
preocupación entre los colegas que le habían conocido durante más tiempo. Se le
demacró la cara, perdió peso y se le encorvó más la espalda. En el segundo semestre
tuvo oportunidad de ampliar su número de clases a cambio de un incremento en el
sueldo y, aceptó también dar clases en la escuela de verano aquel curso. Tenía la vaga
idea de ahorrar dinero para ir al extranjero y así poder enseñar a Edith la Europa a la
que ella había renunciado por él.
En el verano de 1921, buscando referencias de un poema latino que había
olvidado, echó un vistazo a su tesis por primera vez desde que la entregase para ser
evaluada hacía tres años; la leyó por encima y la juzgó correcta. Algo abrumado por
su presunción, consideró reescribirla y darle forma de libro. Aunque tenía que dar
clases a tiempo completo otra vez durante el verano, releyó la mayoría de los textos
que había utilizado y empezó a ampliar sus investigaciones. A últimos de enero
decidió que sería posible publicarla y a principios de primavera estaba plenamente
convencido de ser capaz de escribir las primeras páginas de prueba.
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Fue en la primavera de aquel mismo año, con calma y casi con indiferencia,
cuando Edith le dijo que había decidido que quería un hijo.
La decisión llego de repente y sin origen aparente, así que cuando hizo el anuncio
una mañana durante el desayuno sólo unos minutos antes de que William tuviera que
marcharse a dar su primera clase, hablo sin sorpresa, como si hubiese hecho un
descubrimiento.
«¿Qué?», dijo William. «¿Qué dijiste?».
«Quiero un bebé», dijo Edith. «Creo que quiero tener un bebé».
Ella mordisqueaba una tostada. Se limpió los labios con la esquina de una
servilleta y sonrió con determinación.
«¿No crees que deberíamos tener uno?», preguntó. «Llevamos casados casi tres
años».
«Por supuesto», dijo William. Depositó la taza en el platillo con gran cuidado. No
la miró. «¿Estás segura? Nunca habíamos hablado sobre esto. No quisiera que tú…».
«Oh, sí», dijo. «Estoy muy segura. Creo que debemos tener un hijo».
William miró su reloj. «Llego tarde. Me gustaría que tuviéramos más tiempo para
hablar. Quiero que estés segura».
Ella frunció un poco el ceño. «Te he dicho que estoy segura. ¿No quieres tú uno?
¿Por qué me lo sigues preguntando? No quiero hablar más de ello».
«Muy bien», dijo William. Se quedó sentado mirándola durante un momento.
«Me tengo que ir». Pero no se movió. Luego puso la mano torpemente sobre sus
largos dedos apoyados sobre el mantel y la mantuvo hasta que ella retiró la mano. Él
se levantó de la mesa y la bordeó, casi con timidez, para recoger sus libros y papeles.
Como siempre hacía, Edith fue al salón a esperar que se marchara. Él la besó en la
mejilla —algo que no había hecho desde hacía mucho tiempo.
En la puerta él se giró y dijo: «Estoy… estoy encantado con que quieras un bebé,
Edith. Sé que en ciertos aspectos nuestro matrimonio ha sido decepcionante para ti.
Espero que esto tenga un efecto positivo para nosotros».
«Sí», dijo Edith. «Llegarás tarde a clase. Lo mejor es que te des prisa».
Cuando se hubo marchado, Edith permaneció durante unos minutos en medio de
la habitación, mirando la puerta cerrada, como si intentase recordar algo. Luego
anduvo moviéndose inquieta por el piso, caminado de un sitio a otro, revolviéndose
dentro de la ropa como si no resistiera sus pliegues y sus roces sobre las carnes. Se
desabrochó el tieso tafetán gris de su bata mañanera y lo dejó caer al suelo. Cruzó los
brazos sobre el pecho y se abrazó a sí misma, amasándose la carne de la parte
superior de los brazos a través de la delgada tela de franela de su camisón. Hizo una
nueva pausa en su recorrido y deambuló sin propósito por la pequeña habitación,
abriendo la puerta de un armario cerrado, dentro del cual colgaba un espejo de cuerpo
entero. Enfocó el espejo hacia la luz y se echó hacia atrás, inspeccionando la delgada
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y alargada figura con el sencillo camisón azul. Sin apartar los ojos del espejo se
desabrochó la parte superior del camisón y tiró de él sacándoselo por la cabeza.
Quedó desnuda bajo la luz de la mañana. Hizo una bola con el camisón y lo arrojó al
armario. Luego se giró frente al espejo, inspeccionándose el cuerpo como si
perteneciera a otra persona. Se pasaba las manos por sus pequeños pechos caídos y
las dejaba resbalar a lo largo de sus anchas caderas y sobre su vientre plano.
Se retiró del espejo y se fue hacia la cama, aún deshecha. Retiró las ropas de
cama, las dobló con cuidado, y las puso en el armario. Alisó la sábana bajera y se
tumbó boca arriba, con las piernas estiradas y los brazos a los lados. Sin pestañear y
sin moverse miraba al techo, esperando durante toda la mañana y la larga tarde.
Cuando William Stoner llegó a casa aquella tarde casi había oscurecido, aunque
de las ventanas del segundo piso no salía ninguna luz. Con una aprensión incierta,
subió las escaleras y encendió la luz del salón. La habitación estaba vacía. Llamó:
«¿Edith?».
No hubo respuesta. Llamó otra vez.
Miró en la cocina; los cacharros del desayuno estaban todavía sobre la diminuta
mesa. Cruzó raudo el salón y abrió la puerta del dormitorio.
Edith yacía desnuda sobre la cama destapada. Cuando la puerta se abrió y la luz
del salón cayó sobre ella, giró su vista hacia él pero no se levantó. Sus ojos se
ensancharon y se abrieron, y su boca abierta emitió unos sonidos apagados.
«¡Edith!», dijo y se acercó hacia donde estaba tumbada, arrodillándose junto a
ella. «¿Estás bien? ¿Qué te sucede?».
Ella no respondió, pero los sonidos que había estado haciendo se hicieron más
fuertes y su cuerpo se movió hacia él. De repente sus manos se le echaron encima
como garras y casi sobresaltándole, pero se dirigían hacia su ropa, agarrándola y
desgarrándola, atrayéndole hacia la cama, junto a ella. Su boca se abalanzó sobre él,
abierta y caliente, sus manos recorrían su cuerpo, tirando de su ropa, buscándole, y
durante todo el tiempo sus ojos estaban completamente abiertos y despreocupados,
como si perteneciesen a otra persona y no viesen nada.
Era una nueva faceta que estaba conociendo en Edith, ese deseo que era como un
hambre intensa que parecía no tener nada que ver con ella misma y que, tan pronto
estaba saciada, comenzaba nuevamente a crecer dentro de ella, por lo que ambos
vivían en la tensa espera de su presencia.
Aunque los siguientes dos meses fueron la época de mayor pasión que William y
Edith Stoner tuvieron nunca, su relación en realidad no cambió. Muy pronto Stoner se
dio cuenta de que la fuerza que atraía sus cuerpos tenía poco que ver con el amor.
Copulaban con una fiereza que, independientemente de su resolución, los separaba, y
copulaban de nuevo, sin energía para saciar esa necesidad.
A veces durante el día, mientras William estaba en la universidad, la urgencia
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poseía tan fuertemente a Edith que no podía estarse quieta. Salía del apartamento y
caminaba rápida por las calles, yendo a la deriva de un lugar a otro. Y luego
regresaba, corría las cortinas de la habitación, se desnudaba, y esperaba, agazapada
en la semioscuridad, a que William regresara a casa. Y cuando éste abría la puerta se
abalanzaba sobre él, con manos salvajes y exigentes, como si tuvieran vida propia,
atrayéndole al dormitorio, sobre la cama que continuaba enmarañada por el uso de la
noche o la mañana anterior.
Edith se quedó embarazada en junio e inmediatamente cayó en una enfermedad
de la que no se repuso completamente durante todo el tiempo de espera. Casi al
momento de quedarse embarazada, incluso antes de confirmarse el hecho por el
calendario y por su médico, cesó el apetito por William que la había enardecido
durante la mayor parte de esos dos meses. Le dejó claro a su marido que no toleraría
que le pusiera la mano encima y empezó a parecerle que incluso su mirada era una
especie de violación. El ansia de su pasión se convirtió en un recuerdo y finalmente
Stoner acabó viéndolo como si hubiese sido un sueño que nada tenía que ver con
ellos.
Así, la cama que había sido escenario de su pasión se convirtió en sostén de su
enfermedad. Se quedaba en ella la mayor parte del tiempo, levantándose sólo para
liberar sus náuseas por la mañana y caminar inestablemente por el salón durante
algunos minutos por la tarde. Por las tardes y las noches, tras apresurarse en su
trabajo en la universidad, William limpiaba las habitaciones, lavaba los platos y
preparaba la cena, le llevaba la comida a Edith en una bandeja. Aunque ella no quería
comer con él, parecía disfrutar compartiendo con él una taza de té poco cargado
después de cenar. Entonces, durante algunos momentos por la tarde, hablaban con
tranquilidad y desinhibición, como viejos amigos o enemigos agotados. Edith caía
dormida al poco y William volvía a la cocina, terminaba las labores del hogar y luego
disponía una mesa delante del sofá del salón en la que corregía ejercicios o preparaba
lecciones. Luego, pasada la medianoche, se cubría con una manta que tenía
pulcramente doblada detrás del sofá y con toda la extensión de su cuerpo enrollada en
ese sofá, dormía a ratos hasta la mañana.
El bebé, una niña, nació tras tres días de parto en marzo, en 1923. La llamaron
Grace por una tía de Edith que había muerto hacía muchos años.
Desde que nació Grace fue una niña preciosa, de rasgos marcados y una ligera
pelusa de cabello dorado. A los pocos días los primeros enrojecimientos de su piel se
tornaron en un rosa dorado y radiante. Casi nunca lloraba y parecía consciente de lo
que la rodeaba. William se enamoró al instante de ella, el afecto que no podía
demostrar hacia Edith lo podía demostrar hacia su hija y hallaba un placer cuidando
de ella que no había imaginado.
Durante casi un año tras el nacimiento de Grace, Edith permaneció en parte atada
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a la cama. Se temió que se pudiera quedar inválida, a pesar de que el médico no pudo
encontrar ningún mal especifico. William contrató a una mujer para que viniera por
las mañanas a cuidar de Edith y dispuso sus clases para volver a casa a primera hora
de la tarde.
Así, durante más de un año, William se ocupó de la casa y cuido de dos personas
desvalidas. Se levantaba antes del amanecer, corregía ejercicios y preparaba clases;
antes de ir a la universidad daba de comer a Grace, preparaba el desayuno para Edith
y para él y se procuraba algo para comer que se llevaba a clase en un maletín.
Después de clase regresaba al apartamento, barría, quitaba el polvo y limpiaba.
Y era casi más una madre que un padre para su hija. Le cambiaba los pañales y
los lavaba, elegía su ropa y la zurcía cuando estaba rota, le daba de comer, la bañaba
y la acunaba en sus brazos cuando se agitaba. De vez en cuando Edith pedía
quejosamente a su bebé, William se lo acercaba y Edith, quieta en la cama, la sostenía
durante algunos momentos, en silencio e incómoda, como si el bebé perteneciera a
una persona extraña. Luego se cansaba y con un suspiro entregaba el bebé a William.
En respuesta a alguna emoción oscura, lloraba un poco, se tocaba los ojos y se
apartaba de él.
De esta manera durante el primer año de su vida, Grace Stoner sólo conoció el
contacto de su padre, y su voz, y su amor.
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«No sé. Durante todo el funeral estuve pensando en Dave Masters. En Dave
muriendo en Francia y en el viejo Sloane sentado en su escritorio, muerto durante dos
días, como si compartieran el mismo tipo de muerte. Nunca conocí a Sloane muy
bien pero supongo que era un buen hombre, al menos oí que lo era. Y ahora tenemos
que contar con otra persona y encontrar un nuevo jefe de departamento. Es como si
todo pasara y continuara hacia adelante. Hace que uno se haga preguntas».
«Sí», respondió William y no dijo nada más. Pero durante un momento se sintió
cercano a Gordon Finch y cuando salió del automóvil y vio a Gordon marcharse, tuvo
la lúcida certeza de que otra parte de sí mismo, de su pasado, se alejaba de él lenta,
casi imperceptiblemente, hacia la oscuridad.
Además de sus funciones como segundo del vicedecano, Gordon Finch fue
nombrado director interino del departamento de inglés, siendo su tarea más acuciante
la de encontrar un sustituto para Archer Sloane.
Llegó julio antes de que se resolviera el tema. Entonces Finch convocó a los
miembros del departamento que habían permanecido en Columbia durante el verano
y anunció al sustituto. Era, dijo Finch al pequeño grupo, un especialista en el siglo
diecinueve, Hollins N. Lomax, que había recibido recientemente su doctorado de la
Universidad de Harvard pero que aún así había impartido clases durante varios años
en una pequeña facultad de humanidades en las afueras de Nueva York. Poseía
referencias de peso, ya había empezado a publicar y había sido contratado con la
categoría de profesor asistente. No había, enfatizó Finch, planes presentes para la
jefatura de departamento. Finch seguiría como jefe interino por lo menos un año más.
Durante el resto del verano Lomax fue una figura misteriosa y objeto de
especulación para los miembros permanentes de la facultad. Los artículos que había
publicado en la prensa fueron rescatados, leídos y compartidos entre el asentimiento
juicioso de todos. Lomax no hizo acto de presencia durante la semana de recepción
de nuevos alumnos, ni estuvo en la reunión general de la facultad el viernes anterior
al lunes de inscripción. Y durante esta última los miembros del departamento,
sentados en fila tras las mesas alargadas, ayudando fatigosamente a los estudiantes a
elegir asignaturas y echándoles una mano con la engorrosa rutina de rellenar
solicitudes, miraban alrededor buscando subrepticiamente alguna cara nueva. Pero
Lomax no hizo acto de presencia.
No se le vio hasta la reunión de departamento del martes por la tarde, una vez
cerrada la inscripción. Para entonces, aturdidos por la monotonía de los últimos dos
días y, pese a todo, con la tensión del comienzo de curso, el departamento de inglés
casi se había olvidado de Lomax. Todos se repantingaban en los sillones de la gran
sala de lectura del ala este del Jesse Hall y miraban con desdén, aunque también
impacientes, al atril desde el que Gordon Finch los observaba con infinita
benevolencia. Un leve murmullo de voces llenaba la sala, las sillas arañaban el suelo,
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de vez en cuando alguien se reía forzadamente, con aspereza. Gordon Finch levantó
la mano derecha, mostrando la palma a su público, el murmullo se calmó un poco.
Se apaciguó lo suficiente como para que todos los que estaban en la sala oyeran la
puerta trasera rechinar al abrirse y unas pisadas lentas y peculiares sobre el desnudo
suelo de madera. Se giraron y cesó el rumor de conversaciones. Alguien susurró: «es
Lomax», y el sonido cruzó nítido y audible la sala.
Había atravesado la puerta, la había cerrado y había avanzado unos pasos desde el
umbral. Era un hombre de apenas metro y medio de altura y su cuerpo estaba
grotescamente deformado. Un pequeño bulto le salía desde el hombro derecho hasta
el cuello y su brazo izquierdo colgaba laxo en su costado. La parte superior de su
cuerpo era voluminosa y encorvada, por lo que parecía que estaba siempre buscando
equilibrio, sus piernas eran delgadas y caminaba cojeando de la derecha. Durante
algunos instantes mantuvo la cabeza rubia inclinada hacia abajo, como
inspeccionando sus lustrosos zapatos negros y la marcada raya de sus pantalones
también negros. Luego levantó la cabeza y lanzó su brazo derecho hacia adelante,
mostrando los almidonados puños blancos de la camisa con lazos dorados. Tenía un
cigarrillo entre los dedos, largos y pálidos. Dio una calada profunda, inhaló y espiró
el humo formando una fina nube. Después pudieron verle la cara.
Era el rostro de un ídolo de masas. Larga, fina y versátil, su cara era pese a todo
de rasgos duros. La frente era alta y estrecha, con venas gruesas, y su cabello espeso
y ondulado, del color del trigo maduro, peinado hacia atrás con un copete algo teatral.
Tiró el cigarrillo al suelo, lo aplastó con la suela y habló.
«Soy Lomax». Hizo una pausa, su voz, rica y profunda, articulaba las palabras
con precisión, con una resonancia dramática. «Espero no haber interrumpido su
reunión».
La reunión prosiguió, pero nadie prestaba mucha atención a lo que Gordon Finch
decía. Lomax se sentó solo al final de la sala, fumando y mirando al alto techo,
aparentemente desentendido de las cabezas que de vez en cuando se giraban para
mirarle. Cuando concluyó la reunión se quedó en su silla y dejó que sus colegas se
acercaran a él, se presentaran y dijeran lo que tuviesen que decir. Saludó a todos
brevemente, con una cortesía que era extrañamente burlona.
Durante las siguientes semanas se hizo evidente que Lomax no trataba de
integrarse en la rutina social, cultural y académica de Columbia, Missouri. Aunque
era irónicamente afable con sus colegas, ni aceptaba ni repartía invitaciones sociales
de ningún tipo; ni siquiera asistió a la inauguración anual en la casa del decano
Claremont a pesar de que el acto era tan tradicional que la asistencia era
prácticamente obligatoria. No se le veía en ninguno de los conciertos ni conferencias
de la universidad. Se decía que sus clases eran animadas y que su comportamiento en
el aula era excéntrico. Era un profesor popular, los alumnos se arremolinaban en
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torno a su mesa durante sus horas libres y le seguían por los pasillos. Se sabía que a
veces invitaba a grupos de alumnos a su casa, donde les entretenía con
conversaciones y grabaciones de cuartetos de cuerda.
William Stoner, deseaba conocerle mejor, pero no sabía cómo hacerlo. Le habló
cuando tuvo una excusa y le invitó a cenar. Cuando Lomax le respondió como hacía
con todos —irónicamente educado e impersonal— y rechazó la invitación a cenar, a
Stoner no se le ocurrió qué otra cosa hacer.
Pasó algún tiempo antes de que Stoner descubriera el motivo de su atracción
hacia Lomax. En la arrogancia de Lomax, en su labia y en su amargura jovial, Stoner
veía, distorsionada pero reconocible, la imagen de su amigo David Masters. Deseaba
tratarle como había tratado a Dave; pero no podía, incluso después de haber admitido
este deseo para sí mismo. La torpeza de su juventud no le había abandonado pero la
vehemencia y la honestidad que hubiese hecho posible la amistad, sí. Sabía que su
deseo era imposible y el saberlo le entristecía.
Por las tardes, una vez que había limpiado el apartamento, lavado los platos de la
cena y acostado a Grace en la cuna colocada en una esquina del salón, trabajaba en la
corrección de su libro. A finales de curso estaba terminado y aunque no estaba
contento del todo con él, lo mandó a una editorial. Para su sorpresa fue aceptado y su
publicación programada para el otoño de 1925. Con el respaldo del libro sin publicar
ascendió a profesor asistente y se le aseguró un puesto fijo.
La garantía del ascenso llegó unas semanas después de que su libro fuese
aceptado, y entonces Edith anunció que ella y la niña pasarían una semana en San
Luis visitando a sus padres.
Regreso a Columbia en menos de una semana, molesta y cansada, pero
silenciosamente triunfante. Había acortado su visita porque el agotamiento de
ocuparse de un bebé había sido demasiado para la madre y el viaje la había agotado
tanto que no era capaz de cuidar de Grace ella sola. Pero había conseguido algo. Sacó
de su bolso un fajo de documentos y le dio un papelito a William.
Era un cheque por seis mil dólares a nombre del señor y la señora Stoner y
firmado con la letra remarcada e ilegible de Horace Boswick. «¿Qué es esto?»,
preguntó Stoner.
Ella le entregó el resto de papeles. «Es un préstamo», dijo. «Todo lo que tienes
que hacer es firmar aquí. Yo ya lo he hecho».
«¡Pero seis mil dólares! ¿Para qué?».
«Para una casa», dijo Edith. «Una casa de verdad, de nuestra propiedad».
William Stoner miró de nuevo los papeles, les echó un vistazo rápido y dijo:
«Edith, no podemos. Perdona, pero… mira, sólo ganaré mil seiscientos el año que
viene. Los pagos por esto serán más de sesenta dólares al mes… lo que es casi la
mitad de mi salario. Y habrá impuestos y seguros y… no veo cómo podremos
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afrontarlo. Me habría gustado que me lo hubieras consultado».
Ella puso cara de congoja; se alejó de él. «Quería darte una sorpresa. Hago tan
poco. Y podía conseguir esto».
Él aseguró que estaba agradecido, pero Edith no se consolaba.
«Pensaba en ti y en la niña», dijo ella. «Tú podrías estudiar y Grace tendría un
patio en el que jugar».
«Lo sé», dijo William. «Tal vez dentro de unos años».
«Dentro de unos años», repitió Edith. Se hizo un silencio. Luego dijo con
desgana: «no puedo vivir así. No más. En un apartamento. No importa dónde esté,
puedo oírte, y oír a la niña, y el olor. Yo ¡no puedo-soportar-el olor! Día tras día, el
olor de los pañales, y… no puedo soportarlo, y no puedo escapar de ello. ¿No te das
cuenta? ¿No te das cuenta?».
Al final aceptaron el dinero. Stoner decidió que podría renunciar, para dar clase, a
los veranos en los que se había propuesto estudiar y escribir, al menos durante
algunos años.
Edith se tomó como cosa suya buscar la casa. Entre finales de primavera y
principios de verano buscaba sin descanso. Tan pronto como William volvía a casa de
sus clases ella salía y a veces no regresaba hasta el anochecer. A veces iba andando y
a veces en coche con Caroline Finch, de quien casualmente se había hecho amiga. A
últimos de junio descubrió la casa que buscaba, firmó una opción de compra y acordó
tomar posesión hacia mediados de agosto.
Era una casa antigua de dos plantas a tan sólo unas manzanas del campus, sus
anteriores dueños la habían dejado deteriorarse, la pintura verde se estaba
desconchando de los tableros y el jardín se veía marrón y estaba infestado de malas
hierbas. Pero el patio era grande y la casa espaciosa; tenía una grandeza destartalada
que Edith podía imaginarse restaurada.
Tomó prestados otros quinientos dólares de su padre para los muebles y en el
intervalo entre el verano y el comienzo del semestre de otoño, William repintó la
casa. Edith la quería en blanco por lo que tuvo que darle tres manos, de manera que el
verde oscuro no trasluciera. De repente, la primera semana de septiembre, Edith
decidió que quería celebrar una fiesta—de inauguración, la llamaba—. Lo anunció
con cierto énfasis, como si fuese un nuevo principio.
Invitaron a todos los miembros del departamento que habían regresado de las
vacaciones así como a algunos conocidos de Edith de la ciudad. Hollis Lomax
sorprendió a todos aceptando la invitación, la primera que aceptaba desde su llegada
a Columbia hacía un año. Stoner dio con un contrabandista de licores y le compró
varias botellas de ginebra; Gordon Finch prometió llevar algo de cerveza; y la tía de
Edith, Emma, contribuyó con dos botellas de jerez para aquéllos que no bebían
licores fuertes. Edith no era partidaria de servir ningún licor, era técnicamente ilegal
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hacerlo. Pero Caroline Finch le insinuó que nadie de la universidad creería que era
algo de verdad impropio, con lo que la convenció.
El otoño llegó pronto aquel año. Una nevada ligera cayó el diez de septiembre, el
día antes de la inscripción y durante la noche una intensa helada se agarró a la tierra.
Al final de la semana, cuando se celebraba la fiesta, el frío había remitido por lo que
sólo quedaba algo de fresco en el aire, aunque los árboles habían perdido las hojas, la
hierba se empezaba a oscurecer y había una desnudez general que presagiaba un
invierno duro. Por el frío exterior, por los desnudos álamos y los olmos pelados que
había en su jardín, por el calor y por el número de utensilios para la fiesta inminente,
a William Stoner le recordaba a otro día, de hacía casi siete años, cuando había ido a
casa de Josiah Claremont y había visto a Edith por primera vez. Parecía lejano,
mucho tiempo atrás, no podía calcular los cambios que los años habían provocado.
Durante casi toda la semana antes de la fiesta, Edith se perdió en preparativos
frenéticos, contrató una chica negra durante la semana para que la ayudara con los
preparativos y a servir, y ambas fregaban suelos y paredes, enceraban la madera,
quitaban el polvo y limpiaban los muebles, cambiándolos de sitio una y otra vez…
por lo que para la noche de la fiesta Edith se encontraba en un estado próximo al
agotamiento. Tenía ojeras profundas y su voz estaba al borde mismo de la histeria. A
las seis en punto —los invitados se suponía llegarían a las siete— contó los vasos una
vez más y descubrió que no tenía suficientes para todos los invitados que esperaba.
Se puso a llorar, corrió escaleras arriba, sollozando que no le preocupaba lo que
pasara porque no iba a volver a bajar. Stoner intentó tranquilizarla, pero ella no le
respondía. Le dijo que no se preocupara, que él conseguiría vasos. Explicó a la
doncella que volvería enseguida y salió a toda prisa de la casa. Durante casi una hora
anduvo buscando una tienda todavía abierta en la que poder comprar vasos. Para
cuando encontró una, hubo elegido los vasos y regresado a la casa era bastante más
tarde de las siete y los primeros invitados ya habían llegado. Edith estaba en el salón
entre ellos, sonriendo y charlando como si nada temiera ni le preocupara; saludó a
William con naturalidad y le dijo que llevara el paquete a la cocina.
La fiesta fue como tantas otras. Las conversaciones empezaban de manera
esporádica, arrancaban súbitamente pero se volvían a desinflar y se perdían inconexas
en otras conversaciones, las risas eran agudas y nerviosas y estallaban por toda la
habitación como pequeños explosivos en barrena de manera continua aunque sin
orden. Los participantes de la fiesta fluían desordenadamente de un lugar a otro,
como si tranquilamente estuvieran ocupando posiciones estratégicas cambiantes.
Algunos de ellos, como espías, deambulaban por la casa, conducidos bien por Edith
bien por William, y comentaban la superioridad de las casas antiguas sobre las
nuevas, esas estructuras frágiles que se levantaban aquí y allá en los alrededores de la
ciudad.
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Hacia las diez, la mayoría de los invitados se había servido de los platos apilados
con jamón cocido en lonchas y pavo, albaricoques borrachos y una guarnición
variable de tomatitos, tallos de apio, aceitunas, pepinillos, rábanos crujientes y
racimos de coliflor cruda, algunos estaban ebrios y no comían. Hacia las once la
mayoría de los invitados se había marchado. Entre los que aun quedaban estaban
Gordon y Caroline Finch, algunos miembros del departamento a los que Stoner
conocía desde hacía años y Hollis Lomax. Lomax estaba bastante ebrio, aunque no de
una manera alarmante, caminaba con cuidado, como si llevara un peso o lo hiciera
sobre terreno accidentado, y su rostro delgado y pálido brillaba a través de una
película de sudor. El licor le soltaba la lengua y, aunque hablaba con precisión, su voz
había perdido el toque irónico, mostrándose inofensivo.
Habló sobre su infancia solitaria en Ohio, donde su padre había sido un hombre
con bastante éxito en pequeños negocios. Contó, como si hablara de otra persona, del
aislamiento al que le había sometido su deformidad, de esa lástima inicial que no
tenía origen y que podía detectar, frente a la que no había defensa que oponer. Y
cuando habló de los largos días y tardes que pasaba solo en su habitación, leyendo
para escapar de las limitaciones que su cuerpo contrahecho le imponían y
encontrando gradualmente un sentido de libertad que crecía con mayor intensidad
según iba comprendiendo la naturaleza de aquella libertad —cuando contó esto,
William Stoner se sintió vinculado a él de una manera que no hubiera sospechado;
sabía que Lomax había pasado por una especie de conversión, una epifanía de
conocimiento a través de las palabras que no podía ser explicada con palabras, como
a Stoner le había sucedido una vez, en la clase de Archer Sloane. Lomax había
llegado a ello antes, y solo, por lo que el conocimiento era casi más una parte de él
mismo de lo que lo era para Stoner pero, en resumidas cuentas, lo más importante era
que ambos hombres eran semejantes, aunque a ninguno de ellos le gustaría
admitírselo al otro, ni siquiera a sí mismo.
Hablaron casi hasta las cuatro de la mañana y, aunque bebieron más, la charla se
fue calmando hasta que por fin los dos se quedaron en silencio. Se sentaron cerca uno
del otro entre los restos de la fiesta, como si estuviesen en una isla, arrejuntándose en
busca de calor y seguridad. Al cabo de un rato Gordon y Caroline Finch se levantaron
y se ofrecieron a llevar a Lomax a su casa. Lomax estrechó la mano de Stoner, le
preguntó por su libro y le deseó éxito, se acercó a Edith, sentada tiesa en una silla
sencilla, le tomó la mano y le dio las gracias por la fiesta. Luego, como respondiendo
a un moderado impulso, se inclinó un poco y sus labios se besaron. A Edith se le fue
la mano hacia el pelo y así se quedaron algunos instantes, con el resto mirando. Fue
el beso más casto que Stoner había visto y parecía perfectamente natural.
Stoner despidió a sus invitados en la puerta y se quedó un rato observándoles
descender las escaleras y alejarse de la luz del porche. El aire gélido le rodeaba y se
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le adhería, respiraba profundamente y el frío intenso le revigorizaba. Cerró la puerta
sin ganas y se giró; el salón estaba vacío, Edith ya había subido. Apagó las luces y
cruzó la desordenada sala hasta las escaleras. La casa ya empezaba a parecer familiar,
se agarró a la barandilla sin verla y se dejó guiar hacia arriba. Cuando llegó al final de
la escalera pudo ver el pasillo iluminado por la luz que salía a través de la puerta
entreabierta de la habitación. Los tablones crujían al caminar por el pasillo y entrar en
la habitación.
La ropa de Edith estaba desperdigada por el suelo al lado de la cama, cuyas
sábanas habían sido retiradas con descuido; ella yacía desnuda y brillaba bajo la luz
sobre la sábana blanca sin arrugar. Su cuerpo parecía relajado y lascivo en su
despreocupada desnudez y relucía como oro blanco. William se acercó a la cama.
Ella estaba casi dormida, pero mediante un efecto óptico su boca entreabierta parecía
entonar las palabras mudas de la pasión y el amor. Se quedó mirándola durante largo
rato. Sentía piedad distante, amistad desganada y respeto familiar, y sentía también
una pena cansada, porque sabía que ya nunca más el verla le traería la agonía del
deseo que una vez había conocido y sabía que nunca se emocionaría por tenerla cerca
como antes le había sucedido. La tristeza disminuyó y la arropó con gentileza, apagó
la luz y se metió en la cama junto a ella.
A la mañana siguiente Edith estaba enferma y cansada y se pasó el día en la
habitación. William limpió la casa y atendió a la niña. El lunes vio a Lomax y le
habló con una calidez alentada en la noche de la fiesta; Lomax le respondió con una
ironía que tenía algo de frío resentimiento y no habló de la fiesta aquel día ni después.
Era como si hubiese descubierto una enemistad que le separara de Stoner y no lo
pudiera remediar.
Como William se temía, la casa pronto demostró ser una carga económica casi
destructiva. A pesar de que administraba su salario con cuidado, a finales de mes se
encontraba siempre sin fondos y cada mes se reducían de manera constante los cada
vez más escasos ahorros obtenidos con sus clases en verano. Durante el primer año de
propiedad de la casa falló en dos pagos al padre de Edith y recibió una carta glacial y
moralizante sobre cómo planificar su economía.
Pese a ello, empezó a disfrutar de ser propietario y conoció un bienestar que no
había imaginado. Su estudio estaba en la planta baja, junto al salón, y tenía una alta
ventana orientada al norte. Durante el día la habitación estaba ligeramente iluminada
y los paneles de madera refulgían con la riqueza de lo antiguo. Encontró en el sótano
algunos tablones que, a pesar de los estragos de la suciedad y la humedad, encajaban
con el revestimiento de la habitación. Restauró aquellos tablones y construyó
estanterías para estar así rodeado de sus libros. En una tienda de muebles usados
encontró algunas sillas desvencijadas, un sofá y un viejo escritorio por el que pagó
pocos dólares y que pasó muchas semanas restaurando.
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A medida que trabajaba en la habitación, según comenzó ésta poco a poco a tomar
forma, se dio cuenta de que durante muchos años, de forma inconsciente, había
guardado una imagen en algún lugar dentro de sí, como una culpa secreta, una
imagen que, aún siendo de un lugar, era en realidad de sí mismo. Era a sí mismo a
quien estaba tratando de definir mientras trabajaba en su estudio. Mientras lijaba los
viejos tableros para su librería y veía desaparecer la superficie rugosa,
descascarillarse los sedimentos grises para descubrir la madera pura y, finalmente, la
rica pureza de las vetas y la textura; mientras restauraba el mobiliario y lo distribuía
por la habitación, era él mismo el que iba poco a poco tomando forma, él mismo
quien estaba siendo sometido a una especie de orden. Era así mismo a quién estaba
haciendo posible.
Así, pese a las presiones regularmente recurrentes de las deudas y la necesidad,
los siguientes años fueron felices y vivía casi como había soñado que viviría cuando
era un joven estudiante de primer año de universidad y al principio de su matrimonio.
Edith participaba de una parte de su vida tan importante como había esperado
inicialmente; de hecho, parecía que habían entrado en una larga tregua que era una
especie de punto muerto. Pasaban la mayor parte de sus vidas separados, Edith en
casa, en estado impecable, sin apenas recibir visitas. Cuando no estaba barriendo o
quitando el polvo o limpiando o encerando, se metía en la habitación y parecía
satisfecha con permanecer allí. Nunca entraba al estudio de William. Era como si no
existiera para ella.
William aún se ocupaba de la mayoría de los cuidados de su hija. Por las tardes,
cuando regresaba a casa de la universidad, recogía a Grace en la habitación de arriba,
que había convertido en cuarto infantil, y la dejaba jugar en el estudio mientras él
trabajaba. Ella jugaba tranquila y feliz sobre el suelo, complacida de estar sola. De
vez en cuando William le hablaba y ella paraba para mirarle con deleite solemne y
pausado.
A veces pedía a sus alumnos que se pasaran por casa para entrevistas y charlas.
Les preparaba té en un pequeño hornillo que guardaba junto a su escritorio y sentía
un extraño afecto por ellos mientras se sentaban cohibidos en las sillas, haciendo
comentarios sobre su biblioteca y felicitándole por la belleza de su hija. Él se
disculpaba por la ausencia de su esposa y les explicaba su enfermedad, hasta que al
final se daba cuenta de que repetir las disculpas ponía de manifiesto su ausencia más
que la explicaba. Optó por callar esperando que su silencio fuese menos
comprometedor que sus explicaciones.
Excepto por la ausencia de Edith, su vida era lo que él quería que fuese. Estudiaba
y escribía cuando no preparaba clases, o corregía ejercicios, o leía tesis. Esperaba el
momento de ganarse cierta reputación tanto de investigador como de profesor. Sus
expectativas para su primer libro eran cautas y modestas, y fueron aceptadas. Un
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crítico lo había tildado de «prosaico» y otro lo había calificado de «investigación
competente». Al principio estaba muy orgulloso del libro, lo había sostenido en sus
manos, acariciando su sencilla cubierta y pasando sus páginas. Parecía delicado y
vivo, como un bebé. Lo había releído ya publicado, ligeramente sorprendido de que
no fuese ni mejor ni peor de lo que había pensado que sería.
Al cabo de un rato se cansó de mirarlo, pero nunca pensó en él, ni en su autoría,
sin un sentimiento de asombro e incredulidad sobre su propio arrojo y la
responsabilidad que había asumido.
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UNA tarde de primavera de 1927, William Stoner llegó tarde a casa. El aroma de las
flores nacientes flotaba mezclado en el cálido aire húmedo, los grillos cantaban en las
sombras, a lo lejos un automóvil levantaba polvo y lo mandaba con estrépito al
silencio, organizando un alboroto. Caminaba tranquilo víctima de la somnolencia de
la nueva estación, perplejo por los pequeños brotes verdes que crecían a la sombra de
arbustos y árboles.
Cuando entró en casa, Edith estaba al otro extremo del salón, sosteniendo el
receptor del teléfono junto a su oído y mirándole.
«Llegas tarde», dijo.
«Sí», dijo él afablemente, «teníamos exámenes orales de doctorado».
Ella le pasó el teléfono. «Es para ti, una conferencia. Alguien ha estado tratando
de ponerse en contacto contigo toda la tarde. Le dije que estabas en la universidad,
pero han estado llamando cada hora».
William tomó el teléfono y habló al auricular. Nadie respondió. «Hola», dijo otra
vez.
Una fina y extraña voz masculina le respondió.
«¿Hablo con Bill Stoner?».
«Sí, ¿quién es?».
«No me conoce. Estaba de paso y su madre me pidió que le llamara. Lo he estado
intentando toda la tarde».
«Sí», dijo Stoner. La mano que sujetaba el teléfono le temblaba. «¿Qué sucede?».
«Es su padre», dijo la voz. «Realmente no sé cómo empezar».
La voz seca, lacónica y asustada, prosiguió, y William Stoner la escuchaba sin
emoción, como si no existiera más allá del teléfono que sostenía en la mano. Lo que
escuchó concernía a su padre. Había estado —dijo la voz— sintiéndose mal durante
casi una semana; y como su ayudante no podía arar y sembrar solo, él se había
ocupado de la siembra de madrugada pese a tener fiebre alta. Su ayudante le había
encontrado a media mañana, tumbado boca abajo sobre el terreno revuelto,
inconsciente. Le llevó a la casa, le acostó y fue a buscar a un médico, pero al
mediodía había muerto.
«Gracias por llamar», dijo Stoner automáticamente. «Dígale a mi madre que
estaré allí mañana».
Colgó el teléfono y se quedó mirando durante largo rato al auricular en forma de
campana colgado del estrecho cilindro negro. Se giró y observó la sala. Edith le
miraba expectante.
«¿Y bien? ¿Qué pasa?», preguntó.
«Es mi padre», dijo Stoner. «Ha muerto».
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«¡Oh, Willy!», dijo Edith. Inclinó la cabeza. «Entonces, probablemente estarás
fuera el resto de la semana».
«Sí», dijo Stoner.
«Tal vez pediré a tía Emma que venga y me ayude con Grace».
«Sí», dijo Stoner mecánicamente. «Sí».
Consiguió que alguien se ocupara de sus clases durante el resto de la semana y a
primera hora de la mañana siguiente tomó el autobús a Booneville. La autopista de
Columbia a Kansas City, que atravesaba Booneville, era la misma por la que había
venido hacía diecisiete años, cuando llegó por primera vez a la universidad. Ahora
había sido ensanchada y asfaltada, y las vallas, alineadas y ordenadas, delimitaban los
campos de trigo y maíz que se le aparecían al otro lado de la ventanilla del autobús.
Booneville había cambiado poco durante estos años. Se habían levantado algunos
edificios nuevos, algunos antiguos habían sido derribados, pero la ciudad conservaba
su desnudez y fragilidad y parecía aún como si fuera sólo un arreglo momentáneo del
que se pudiera prescindir en cualquier momento. Aunque la mayor parte de las calles
se habían asfaltado en los últimos años, una pequeña nube de polvo flotaba en la
ciudad y unos pocos carromatos tirados por caballos sobrevivían, con las ruedas
produciendo ocasionales chispas cuando arañaban el asfalto de cemento de aceras y
calles.
La casa tampoco había cambiado sustancialmente. Era quizá más reseca y gris de
lo que había sido, ni siquiera una mota de pintura permanecía en los tablones y las
vigas sin pintar del porche se combaban un poco más hacia la tierra desnuda.
Había alguna gente en la casa, vecinos, a quienes Stoner no recordaba. Un
hombre alto y enjuto con traje negro, camisa blanca y corbata de cuerda estaba
inclinado junto a su madre, sentada en una silla tras la estrecha caja de madera que
contenía el cuerpo de su padre. Stoner comenzó a cruzar la sala. El hombre alto le vio
y se acercó a saludarle, sus ojos eran grises y átonos como las piezas de una vajilla de
vidrio. Una voz profunda y untuosa de barítono, calmada y espesa, pronunció algunas
palabras, el hombre llamó a Stoner «hermano» y habló de «duelo», y de «Dios, que
se lo había llevado», y quería saber si Stoner deseaba rezar con él. Stoner rozó al
hombre al pasar y se situó delante de su madre, cuyo rostro flotaba ante él. De
manera borrosa vio que ella movía la cabeza y se levantaba de la silla. Le agarró del
brazo y dijo: «Querrás ver a tu padre».
Con un toque tan frágil que apenas pudo sentirlo, le guió junto al ataúd abierto. Él
miró hacia abajo. Miró hasta que sus ojos se aclararon y luego dio un respingo por el
impacto. El cuerpo que veía parecía el de un extraño, estaba contraído y encogido y
su cara era como una máscara de delgado papel marrón, con profundas depresiones
negras en el lugar en el que deberían estar los ojos. El traje azul oscuro que le cubría
el cuerpo era grotescamente grande y las manos, que se doblaban por fuera de las
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mangas y sobre el pecho, parecían las garras disecadas de un animal. Stoner se giró
hacia su madre y supo que sus ojos revelaban el horror que sentía.
«Tu padre perdió mucho peso las últimas dos o tres semanas», dijo. «Le pedí que
no saliera a los campos, pero se levantaba antes que yo y se iba. Perdió la cabeza.
Estaba tan enfermo que perdió la cabeza y no sabía lo que hacía. El médico dijo que
debió de haberla perdido, o que no pudo controlarse».
Mientras hablaba, Stoner la veía con claridad. Era como si también ella estuviera
muerta mientras hablaba. Una parte de ella se fue irremediablemente dentro de
aquella caja con su marido, para no emerger nunca más. La miraba ahora, con el
rostro delgado y contraído, incluso en reposo estaba tan tenso que los extremos de los
dientes asomaban tras sus finos labios. Caminaba como si no tuviera ni peso ni
fuerza. Él murmuró unas palabras y abandonó la sala, fue a la habitación en la que
había crecido y examinó su pobreza. Tenía los ojos calientes y secos y no pudo llorar.
Hizo los preparativos que habían de hacerse para el funeral y firmó los papeles
que necesitaban ser firmados. Como toda la gente del campo, sus padres tenían
pólizas de entierro para las cuales durante la mayor parte de sus vidas asignaban unos
peniques semanales, incluso en épocas de necesidad más acuciante. Había algo
penoso en las pólizas que su madre sacó de un viejo baúl de su dormitorio. El lustre
de la elaborada letra impresa había empezado a desvanecerse y el papel barato se
había vuelto quebradizo con el paso del tiempo. Habló con su madre del futuro,
quería que regresara con él a Columbia. Había sitio de sobra, dijo, y —la mentira le
punzó— Edith estaría encantada de tener su compañía.
Pero su madre no regresó con él. «No me sentiría cómoda», dijo. «Tu padre y
yo… yo he vivido aquí casi toda mi vida. Simplemente no creo que pudiera
establecerme en otro sitio y sentirme cómoda con ello. Y aparte, Tobe…», Stoner
recordó que Tobe era el ayudante negro que su padre había contratado hacía muchos
años, «Tobe ha dicho que él se quedará aquí tanto tiempo como le necesite. Tiene un
buen cuarto preparado en el ático. Estaremos bien».
Stoner discutió con ella, pero ella no cedió. Al final se dio cuenta de que sólo
deseaba morir, y deseaba hacerlo en el lugar en el que había vivido, y él sabía que
ella merecía esa pequeña dignidad que hallaba en hacerlo como quería.
Enterraron a su padre en un pequeño lugar a las afueras de Booneville y William
regresó a la granja con su madre. Aquella noche no pudo dormir. Se vistió y caminó
por el campo en el que su padre había trabajado año tras año, hasta el final que ahora
había encontrado. Intentó recordar a su padre, pero el rostro que había conocido en su
juventud no le venía. Se arrodilló en el campo y tomó un terrón seco de tierra con la
mano. Lo rompió y observó los fragmentos, oscuros a la luz de la Luna,
deshaciéndose y escurriéndose entre sus dedos. Se sacudió la mano en la pernera del
pantalón, se levantó y se fue a casa. No durmió, se tumbó en la cama y se puso a
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mirar por la única ventana hasta que llegó el amanecer, hasta que no hubo más
sombras sobre la tierra, hasta que el infinito se extendió ante él, gris y desierto.
Tras la muerte de su padre Stoner viajaba los fines de semana a la granja, tan a
menudo como podía y, cada vez que veía a su madre, la veía más delgada, más pálida
y más silenciosa, hasta que al final parecía que sólo sus ojos hundidos y brillantes
tenían vida. Durante sus últimos días no le hablaba nada, sus ojos parpadeaban
tenuemente como si mirasen desde la cama y, ocasionalmente, un pequeño suspiro
escapaba de sus labios.
La enterró junto a su marido. Al concluir el funeral, se quedó solo en el frío
viento de noviembre y miró las dos tumbas, una abierta a sus pies y la otra cubierta y
poblada por una fina capa de hierba. Se giró hacia el pequeño lugar yermo y sin
árboles que acogía a otros como sus padres y miró a través de la tierra plana en
dirección a la granja en la que había nacido, en la que sus padres habían pasado los
años. Pensó en los costes que precisaba, año tras año, el suelo, que seguía siendo el
de siempre, un poco más yermo, tal vez, algo mejorado. Nada había cambiado. Sus
vidas se habían consumido en un trabajo triste, rotas sus voluntades, sus inteligencias
embotadas. Ahora yacían en la tierra a la que habían entregado sus vidas y,
paulatinamente, año tras año, la tierra les acogería. Lentamente la humedad y la
descomposición infestarían las cajas de pino que contenían sus cuerpos y,
gradualmente, tocaría sus carnes hasta acabar consumiendo los últimos vestigios de
sus sustancias. Y se convertirían en parte irrelevante de aquella obcecada tierra a la
que en el pasado entregaron sus vidas.
Permitió a Tobe que se quedara en la granja durante el invierno y en la primavera
de 1928 puso la granja a la venta. El acuerdo era que Tobe permaneciera en la granja
hasta que se vendiera quedándose él con todo lo que produjera hasta entonces. Tobe
arregló el lugar lo mejor que pudo, reparando la casa y repintando el pequeño
granero. Incluso así, no fue hasta principios de la primavera de 1929 cuando Stoner
encontró un comprador adecuado. Aceptó la primera oferta que recibió, poco más de
dos mil dólares, le dio a Tobe unos cientos y a finales de agosto envió el resto a su
suegro para reducir la suma adeudada por la casa de Columbia.
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Stoner estaba comiendo en la cafetería de la universidad cuando le alcanzó la
noticia e inmediatamente fue a casa a decírselo a Edith. El Consorcio Mercantil era el
banco en el que tenían la hipoteca de su casa, y el banco del que el padre de Edith era
presidente. Edith llamó a San Luis aquella tarde y habló con su madre. Estaba
contenta y le dijo a su hija que el señor Bostwick le había asegurado que no había
nada por lo que preocuparse, que todo estaría bien en unas semanas.
Tres semanas después Horace Bostwick estaba muerto, un suicidio. Fue a su
despacho del banco una mañana con un humor inusualmente alegre, saludó a algunos
empleados que aún trabajaban tras las puertas cerradas, se metió en su despacho
después de decir a su secretaria que no recibiría llamadas y cerró la puerta. Sobre las
diez de la mañana se pegó un tiro en la cabeza con un revólver que había conseguido
el día anterior y que llevaba con él en su maletín. No dejó ninguna nota, pero los
papeles pulcramente dispuestos sobre su escritorio contaban todo lo que había que
contar. Y lo que tenían que contar era simplemente la ruina económica. Había
invertido imprudentemente, no sólo su propio dinero, sino también el del banco y su
ruina era tan absoluta que no podía imaginar socorro. Como al final se comprobó, la
ruina no fue tan radical como él había pensado en el momento de suicidarse. Después
de que la causa fuera resuelta, la casa familiar permaneció intacta, y una propiedad
menor en las afueras de San Luis fue suficiente para dotar a su esposa de una pequeña
cantidad para el resto de su vida.
Pero esto no se supo inmediatamente. William Stoner recibió una llamada de
teléfono informándole de la ruina y el suicidio de Horace Bostwick y le transmitió la
mala noticia a Edith tan suavemente como su alejamiento de ella le permitía.
Edith se tomó la noticia con calma, casi como si la hubiera estado esperando.
Miró a Stoner unos instantes sin hablar, luego meneó la cabeza y dijo ausente: «Pobre
madre. ¿Qué hará? Siempre hubo alguien que cuidara de ella. ¿Cómo vivirá?».
Stoner dijo: «Dile», hizo una pausa torpe, «dile que, si ella quiere, puede venir a
vivir con nosotros. Será bienvenida».
Edith le sonrió con una curiosa mezcla de afecto y desdén. «Oh Willy. Preferiría
morirse. ¿No lo sabías?».
Stoner asintió. «Supongo que sí», dijo.
Así que la tarde del día en el que Stoner recibió la llamada, Edith se fue de
Columbia para ir a San Luis al funeral y quedarse tanto como fuera preciso. Cuando
llevaba fuera una semana, Stoner recibió una breve nota informándole de que se
quedaba con su madre otras dos semanas, tal vez más. Estuvo fuera casi dos meses y
William se quedó solo en la gran casa con su hija.
Durante los primeros días el vacío de la casa resultó extraño e inesperadamente
inquietante. Pero se acostumbró y empezó a disfrutar de ello. En una semana sabía ya
que era tan feliz como no lo había sido en años y cuando pensaba en el inevitable
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regreso de Edith era con un remordimiento apacible que ya no necesitaba ocultarse.
Grace celebró su sexto cumpleaños la primavera de aquel año y empezó su primer
curso de colegio en otoño. Cada mañana Stoner la preparaba para el colegio y estaba
de vuelta de la universidad por las tardes a tiempo para recibirla cuando ella volvía a
casa.
A los seis años Grace era una niña alta y esbelta con un cabello más rubio que
pelirrojo, su piel era perfectamente suave y sus ojos de color azul oscuro, casi
violetas. Era tranquila y alegre y disfrutaba de las cosas, lo cual despertaba en su
padre un sentimiento como de reverencia nostálgica.
A veces Grace jugaba con niños del vecindario, pero lo normal era que se sentara
con su padre en su gran estudio y le observase mientras corregía ejercicios, o leía, o
escribía. Le hablaba y conversaban —tan tranquilamente y con tanta seriedad que
William Stoner se emocionaba con ternura impensable—. Grace pintaba dibujos
desgarbados y fascinantes en hojas de papel amarillo y se los presentaba
solemnemente a su padre, o le leía en voz alta su libro de lectura de primer curso. Por
la noche, cuando Stoner la metía en la cama y regresaba a su estudio, notaba su
ausencia y se consolaba sabiendo que ella dormía segura arriba. De manera casi
inconsciente había empezado a educarla y observaba, maravillado y con amor, cómo
crecía ante él y su rostro empezaba a mostrar la inteligencia que atesoraba dentro.
Edith no regresó a Columbia hasta primeros de año, así que William Stoner y su
hija pasaron las navidades solos. La mañana de Navidad intercambiaron regalos, para
su padre, que no fumaba, Grace había modelado en la conservadora escuela infantil
adjunta a la universidad, un tosco cenicero. William le regaló un vestido nuevo que
había elegido para ella en una tienda del centro, algunos libros y lápices de colores.
Se quedaron casi todo el día junto al arbolito, hablando, mirando las luces parpadear
sobre los adornos, con el oropel destellando como fuego ardiendo sobre el verde
oscuro del abeto.
Durante las vacaciones de Navidad, en aquella pausa curiosa y suspendida de las
prisas del semestre, William Stoner tomó consciencia de dos cosas: empezó a darse
cuenta de la importancia capital que Grace tenía ahora en su vida y a comprender que
le sería posible llegar a ser un buen profesor.
Estaba dispuesto a admitirse a sí mismo que no lo había sido. Siempre, desde la
época en la que se había movido a trompicones en las primeras clases de inglés de
primero, se había percatado del abismo existente entre lo que sentía por su asignatura
y lo que impartía en clase. Había esperado que el tiempo y la experiencia redujeran
ese abismo pero no había sido así. Las cosas que llevaba muy dentro de sí eran
profundamente traicionadas cuando hablaba de ellas en sus clases; lo que estaba más
vivo se marchitaba en sus palabras y lo que le emocionaba más se volvía frío al
pronunciarlo. Y la conciencia de su insuficiencia le angustiaba tanto que su
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percepción crecía con normalidad, como si fuera tan parte de él mismo como sus
hombros encorvados.
Pero durante las semanas que Edith pasó en San Luis, cuando daba clases, se
encontraba a veces tan abstraído en su asignatura, que se olvidaba de sus
limitaciones, de sí mismo, e incluso de los alumnos que tenía enfrente. De vez en
cuando se sentía tan arrebatado de entusiasmo que tartamudeaba, gesticulaba e
ignoraba los apuntes de clase que normalmente guiaban sus discursos. Al principio le
molestaban estos arranques, como si se tomara demasiadas confianzas con su
asignatura, y se disculpaba con sus alumnos pero cuando éstos empezaron a
reclamarle después de las clases, y cuando sus ejercicios empezaron a revelar indicios
de imaginación y el asomo de un amor vacilante, se animaba a hacer aquello a lo que
nunca le habían enseñado. El amor a la literatura, al lenguaje, al misterio de la mente
y el corazón manifestándose en la nimia, extraña e inesperada combinación de letras
y palabras, en la tinta más negra y fría… el amor que había ocultado, como si fuese
ilícito y peligroso, empezó a exhibirse, vacilante en un principio, luego con temeridad
y finalmente con orgullo.
Estaba triste y animado a la vez por el descubrimiento de lo que podía realizar.
Más allá de sus intenciones, sentía que había engañado tanto a sus alumnos como a sí
mismo. Los alumnos que habían sido capaces hasta entonces de trabajarse sus
asignaturas mediante la repetición de pasos mecánicos empezaron a mirarle con
sorpresa y resentimiento, los que no habían cursado sus asignaturas empezaron a
acudir a sus clases y a saludarle por los pasillos. Hablaba con más confianza y sentía
un rigor duro y cálido acumulándosele dentro. Sospechaba que comenzaba, con diez
años de retraso, a descubrir lo que era y lo que veía era, más o menos lo que se había
imaginado que sería. Sentía por fin que empezaba a ser profesor, lo cual era
simplemente ser un hombre a quien el libro le dice la verdad, a quien se le concede
una dignidad artística que poco tiene que ver con su estupidez, debilidad o
insuficiencia como persona. Era un conocimiento que no podía expresar pero que le
había cambiado una vez obtenido y mediante el cual nadie podía confundir su porte.
Así, cuando Edith regresó de San Luis, lo encontró inexplicablemente cambiado y
se dio cuenta inmediatamente. Regresó sin avisar en un tren vespertino y atravesó el
salón hasta el estudio donde su marido y su hija estaban tranquilamente. Su intención
era sorprenderles tanto por su aparición repentina como por su nuevo aspecto pero
cuando William la vio y ella vio la sorpresa en sus ojos, supo al momento que el
verdadero cambio se había operado en él y que éste era tan profundo que disipó el
efecto de su aparición, pensó para sí misma algo distante pero con cierta sorpresa:
«Le conozco mejor de lo que nunca creí».
William se sorprendió por su aparición y su cambio de imagen pero ya no le
emocionó como pudo haberlo hecho en el pasado. La miró unos instantes y luego se
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levantó del escritorio, cruzó la sala y la saludó serio.
Edith se había cortado el pelo y llevaba uno de esos sombreros que le ceñía la
cabeza tan fuerte que los mechones de pelo se le quedaban pegados a la cara como en
un marco irregular; tenía los labios pintados de naranja rojizo brillante y dos manchas
de colorete marcaban sus mejillas. Llevaba uno de esos vestidos cortos que se habían
puesto de moda entre las mujeres jóvenes durante los últimos años; colgaba recto
desde sus hombros y acababa justo a la altura de las rodillas. Sonrió tímida a su
marido y cruzó la sala hasta su hija, que estaba en el suelo y la miraba con calma,
solícita. Se arrodilló desgarbadamente, con el vestido nuevo ceñido alrededor de sus
piernas.
«Grace, cariño», dijo en un tono que a William le pareció tenso e inseguro,
«¿echabas de menos a mamá? ¿Pensabas que nunca volvería?».
Grace besó a su madre en la mejilla y la miró solemne. «Pareces diferente», dijo.
Edith se rió y se levantó del suelo, dio una vuelta, poniéndose las manos sobre la
cabeza. «Tengo un vestido nuevo y zapatos nuevos y un nuevo corte de pelo. ¿Te
gusta?».
Grace asintió dudosa. «Pareces diferente», dijo otra vez.
La sonrisa de Edith se amplió; tenía una pequeña mancha de pintalabios en uno
de sus dientes. Se giró hacia William y preguntó: «¿Parezco diferente?».
«Sí», dijo William. «Muy seductora. Muy guapa».
Se rió de él y meneó la cabeza. «Pobre Willy», dijo. Luego se giro otra vez hacia
su hija. «Soy diferente, creo», le dijo. «Creo de verdad que lo soy».
Pero William Stoner sabía que le estaba hablando a él. Y que en aquel momento,
de alguna manera, supo también que más allá de sus intenciones o su entendimiento,
sin ella saberlo, Edith intentaba anunciarle una nueva declaración de guerra.
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LA declaración era parte del cambio que Edith había empezado a experimentar
durante las semanas que había pasado en «casa», en San Luis, tras la muerte de su
padre. Y crecía, adquiriendo finalmente sentido y ferocidad con aquel otro cambio
que se había operado lentamente en William Stoner tras descubrir que podría llegar a
ser un buen profesor.
Edith había permanecido curiosamente impasible en el funeral de su padre.
Durante las pomposas ceremonias se sentaba erecta y severa y su expresión no se
alteró cuando hubo de desfilar ante el cuerpo de su padre, resplandeciente y
regordete, dentro del vistoso ataúd. Pero en el cementerio, cuando el ataúd estaba
siendo introducido en el hoyo estrecho recubierto de moqueta de césped artificial,
ocultó su rostro inexpresivo con las manos y no lo levantó hasta que alguien le tocó el
hombro.
Después del funeral pasó varios días en su antigua habitación, la habitación en la
que había crecido. Veía a su madre sólo en el desayuno y en la cena. Las visitas
pensaban que se aislaba debido al dolor. «Estaban muy unidos», decía la madre de
Edith misteriosamente. «Más unidos de lo que parecía».
Pero Edith se paseaba por aquella habitación como si fuera la primera vez, con
deleite, tocando paredes y ventanas, comprobando su solidez. Tenía un baúl lleno de
sus posesiones infantiles que había bajado del ático; revisó los cajones de su cómoda,
que habían permanecido intactos durante más de una década. Con un divertido aire
recreativo, como si tuviera todo el tiempo del mundo, revisó sus cosas,
acariciándolas, girándolas de uno y otro lado, examinándolas con un cuidado casi
ritual. Cuando llegó a una carta que había recibido de niña, la leyó entera de principio
a fin como si fuese la primera vez. Cuando se topó con una muñeca olvidada, le
sonrió y acarició la porcelana de sus mejillas como si de nuevo fuese una niña que
hubiera recibido un regalo.
Por último ordenó cuidadosamente todas sus posesiones infantiles en dos
montones. Uno consistía en juguetes y baratijas que había adquirido ella misma,
fotografías y cartas secretas de amigas del colegio, regalos que había recibido alguna
vez de familiares lejanos; el otro montón se componía de las cosas que le había dado
su padre y que estaban directa o indirectamente ligadas a él. Metódica,
inexpresivamente, sin enojo ni alegría, tomó tales objetos, uno por uno, y los
destruyó. Las cartas y las ropas, el relleno de las muñecas, las insignias y las
fotografías, las quemó en la chimenea. Las cabezas de porcelana y barro, las manos y
brazos y pies de las muñecas quedaron reducidos a fina harina contra el suelo, y lo
que quedó tras la quema y el destrozo lo barrió Edith en un montoncillo y lo arrojó
por el retrete del cuarto de baño anexo a su habitación.
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Concluida la tarea —la habitación libre de humo, la chimenea deshollinada, las
pocas pertenencias que quedaron de vuelta a la cómoda— Edith Bostwick Stoner se
sentó en su pequeño tocador y se miró en el espejo cuya parte delantera estaba rayada
y moteada de forma que aquí y allá su imagen se reflejaba imperfectamente o no se
reflejaba en absoluto, dando a su rostro una curiosa imagen incompleta. Tenía treinta
años. El lustre de la juventud estaba empezando a apagarse en su cabello,
comenzaban a formarse arruguitas alrededor de sus ojos y la piel de su rostro
empezaba a tensarse sobre sus afiladas mandíbulas. Asintió al reflejo del espejo, se
levantó abruptamente y bajó al piso inferior, donde por primera vez en días habló
alegre y casi íntimamente con su madre.
Quería—dijo— un cambio en su persona. Había sido durante demasiado tiempo
la que era. Habló de su infancia, de su matrimonio y, por intuiciones de las que sólo
podía hablar vagamente y sin certeza, fijó una imagen que quería completar. Así,
prácticamente los dos meses que permaneció en San Luis con su madre, se consagró
devotamente a dicha tarea.
Pidió prestada una suma de dinero a su madre, quien impulsivamente se la regaló.
Compró un armario nuevo, quemó toda la ropa que había traído de Columbia, se
cortó el pelo a la moda, compró cosméticos y perfumes, con los que practicaba cada
día en su habitación. Aprendió a fumar y cultivó una nueva manera de hablar,
insegura, de acento indefinido y un poco estridente. Regresó a Columbia con este
cambio externo bien controlado y con otro cambio secreto y potencial guardado en su
interior.
Durante los primeros meses tras su regreso a Columbia anduvo ocupada con
diversos asuntos. Ya no le parecía necesario fingir que estaba enferma o débil. Se
apuntó a un pequeño grupo de teatro y se dedicó con devoción a las tareas que le
encargaban; diseñaba y pintaba escenarios, recaudaba dinero para el grupo e incluso
participaba con pequeños papeles en las obras. Cuando Stoner llegaba a casa por las
tardes se encontraba el salón lleno de sus amistades, extraños que le miraban como si
fuese un intruso. Saludaba educadamente y se retiraba a su estudio, desde donde
podía oír las voces, silenciadas y declamatorias, al otro lado de las paredes.
Edith se compró un piano de pared y lo hizo poner en la sala de estar, pegado a la
pared que separaba la estancia del estudio de William. Había dejado de tocar poco
antes de su boda y ahora estaba casi a cero, practicando escalas, perfilando ejercicios
que le resultaban demasiado complicados, tocando a veces dos o tres horas al día, en
ocasiones de noche, después de acostar a Grace.
Los grupos de alumnos que Stoner invitaba a su estudio para conversar crecieron
en integrantes y los encuentros se hicieron más frecuentes. Edith ya no se contentaba
con recluirse arriba, lejos de las reuniones. Insistía en servirles té o café y, cuando lo
hacía, se sentaba en la sala. Hablaba alta y despreocupadamente, consiguiendo
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desviar la conversación hacia su trabajo en el teatrillo, o hacia su música, o su pintura
o escultura, la cual —anunció— planeaba retomar tan pronto como encontrase
tiempo. Los alumnos, desconcertados y cohibidos, dejaron paulatinamente de acudir
y Stoner comenzó a reunirse con ellos para tomar café en la cafetería de la
universidad o en alguno de los pequeños cafés repartidos por el campus.
No habló con Edith sobre su nuevo comportamiento. Sus actividades le causaban
sólo una molestia menor y ella parecía feliz, aunque tal vez un poco desesperada.
Fue, finalmente, él mismo quien asumió la responsabilidad del nuevo rumbo que
había tomado su vida. Él había sido incapaz de aportarle ningún sentido a su historia
en común, a su matrimonio. Así que ella tenía derecho a aprovechar cualquier
satisfacción posible en intereses que no tenían nada que ver con él y a tomar caminos
que él no podía seguir.
Envalentonado por su reciente éxito como profesor y por su creciente popularidad
entre los mejores alumnos de posgrado, comenzó un nuevo libro en el verano de
1930. Ahora pasaba casi todo su tiempo libre en el estudio. Él y Edith mantenían
entre ellos la ficción de que compartían el mismo dormitorio aunque él rara vez
entraba en la habitación, y nunca de noche. Dormía en el sofá de su estudio y
guardaba su ropa en un pequeño armario que había construido en una esquina de la
sala.
Podía estar con Grace. Como había sido costumbre durante la primera ausencia
larga de su madre, la niña pasaba mucho tiempo en el estudio de su padre. Stoner
consiguió incluso un pequeño escritorio para ella, para que tuviera un lugar en el que
leer y hacer los deberes. Solían comer la mayoría de las veces cada uno por su cuenta.
Edith pasaba mucho tiempo fuera de casa y, cuando no estaba fuera, solía entretener a
sus amigos del teatro con pequeñas fiestecitas que no admitían la presencia de niños.
Después, abruptamente, Edith comenzó a dejar de salir. Los tres empezaron a
comer juntos de nuevo y Edith mostró deseos de dedicarse a la casa. Se apaciguó.
Incluso el piano dejó de usarse, acumulándose el polvo sobre el teclado.
Habían llegado a ese punto en su vida en común en el cual casi no hablaban entre
ellos de sí mismos, no fuese que el delicado equilibrio que les permitía vivir juntos se
rompiera. Así que sólo tras una larga reflexión y deliberación sobre las consecuencias
se atrevió Stoner finalmente a preguntarle si ocurría algo.
Sentados durante la cena, Grace había pedido permiso y se había llevado un libro
al estudio de Stoner.
«¿Qué quieres decir?», preguntó Edith.
«Tus amigos», dijo William. «Hace tiempo que no vienen y ya no parece que te
dediques a tu trabajo en el teatro. Sólo me preguntaba si había pasado algo».
Con un gesto casi masculino, Edith extrajo un cigarrillo del paquete que había
junto a su plato, se lo colocó entre los labios y lo encendió con la colilla de otro que
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tenía medio apagado. Aspiró profundamente sin quitarse el cigarrillo de los labios e
inclinó la cabeza hacia atrás, de manera que cuando miraba a Stoner sus ojos eran
angostos, irónicos y calculadores.
«No pasa nada», dijo. «Simplemente que me he aburrido de ellos y del trabajo.
¿Es que siempre tiene que pasar algo?».
«No», dijo William. «Sólo pensaba que tal vez no te sentías bien o algo».
No pensó más en la conversación. Un poco después se levantó de la mesa y fue a
su estudio, donde Grace estaba sentada en su escritorio, inmersa en el libro. La luz
del escritorio iluminaba su cabello y dibujaba sobre su rostro pequeño y serio un
perfil anguloso. Había crecido durante el último año, pensó William; y una tristeza
pequeña y desagradable le contrajo brevemente la garganta. Sonrió y se sentó
tranquilamente en su escritorio.
Al instante se sumergió en su trabajo. La tarde anterior se había dedicado a la
rutina de su labor en el aula, había corregido ejercicios y preparado las clases para la
semana siguiente. Imaginaba tardes como la anterior, y otras muchas tardes, en las
que estaría libre para trabajar en su libro. No tenía muy claro lo que quería hacer en
este nuevo libro; en general, deseaba extenderse más allá de su primer estudio, tanto
en tiempo como en alcance. Quería trabajar el periodo del renacimiento inglés y
ampliar su investigación hacia las influencias del latín clásico y medieval en ese
campo. Estaba en la fase de planificar su trabajo, y ésa era la que le gustaba más, la
selección entre aproximaciones alternativas, el rechazo de ciertas estrategias, los
misterios e incertidumbres que albergan las posibilidades inexploradas, las
consecuencias de decisiones… Las alternativas disponibles le estimulaban tanto que
no podía mantenerse quieto. Se levantaba del escritorio, andaba un poco y, con una
alegría frustrada, le hablaba a su hija, que le miraba desde su libro y le respondía.
Ella captó su estado y algo que dijo le hizo reír. Después los dos rieron juntos, sin
sentido, como si ambos fueran niños. De repente la puerta del estudio se abrió y la
severa luz de la sala de estar penetró en los rincones oscuros del estudio. Edith
apareció recortada contra aquella luz.
«Grace», dijo con claridad y lentitud, «tu padre intenta trabajar. No debes
molestarle».
Durante algunos instantes William y su hija se quedaron tan aturdidos por esta
repentina intrusión que ninguno de ellos se movió ni habló. Después William alcanzó
a decir: «No pasa nada, Edith. No me molesta».
Como si no hubiese hablado, Edith dijo: «Grace, ¿me has oído? Sal de ahí ahora
mismo».
Apabullada, Grace se levantó de la silla y cruzó la sala. A medio camino se
detuvo, mirando primero a su padre y luego a su madre. Edith comenzó a hablar otra
vez, pero William alcanzó a cortarla.
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«No pasa nada, Grace», dijo tan amablemente como pudo. «No pasa nada. Ve con
tu madre».
Mientras Grace cruzaba la puerta del estudio hacia la sala de estar, Edith le dijo a
su marido: «La niña ha tenido demasiadas libertades. No es normal que sea tan
callada, tan introvertida. Ha estado demasiado tiempo sola. Debería ser más activa,
jugar con niños de su edad. ¿No te das cuenta de lo infeliz que ha sido?».
Y cerró la puerta antes de que él pudiera responderle.
Stoner permaneció inmóvil durante largo rato. Miraba su escritorio, repleto de
notas y libros abiertos; deambuló despacio por la habitación y reorganizó distraído las
hojas de papel, los libros. Permaneció allí, con el ceño fruncido, durante unos
minutos más, como tratando de recordar alguna cosa. Después se giró de nuevo y
caminó hacia el pequeño escritorio de Grace, se quedó allí parado, como se había
quedado junto a su escritorio. Apagó la lámpara, para que la superficie del escritorio
permaneciera gris y sin vida y caminó hacia el sofá, sobre el que se recostó con los
ojos abiertos, observando el techo.
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daba pequeñas fiestas para ella a las que acudían los niños del vecindario, vengativos
y taciturnos en sus ropas rígidas y formales, y supervisaba estrictamente los deberes y
la lectura de su hija, sin permitirle que sobrepasara el tiempo que tenía asignado.
Ahora las visitas de Edith eran las madres del vecindario. Venían por la mañana a
tomar café y charlaban mientras sus hijos estaban en el colegio. Por las tardes traían a
los niños con ellas y los miraban jugar en la gran sala de estar, parloteando por
encima del ruido de los juegos y las carreras.
Aquellas tardes Stoner solía estar en su estudio y escuchaba lo que las madres
decían ya que hablaban alto desde la sala, elevando las suyas por encima de las voces
de los niños.
Una vez, cuando se produjo una tregua en el ruido, escuchó a Edith decir: «Pobre
Grace. Le tiene gran cariño a su padre, pero él tiene tan poco tiempo para dedicarle.
Su trabajo, ya sabéis; y ha empezado un nuevo libro…».
Curiosamente observó que las manos con las que sostenía el libro empezaron a
temblar casi por separado. Temblaron durante unos instantes antes de poder
controlarlas metiéndoselas en los bolsillos, cerrando los puños, y dejándolas allí.
Ahora veía poco a su hija. Los tres comían juntos, pero en tales ocasiones apenas
se atrevía a hablarle porque cuando lo hacía y Grace le respondía, Edith enseguida
encontraba algo reprochable en los modales de Grace en la mesa o en la manera en la
que se sentaba en la silla y le hablaba con tanta brusquedad que su hija permanecía en
silencio y abatida durante el resto de la comida.
El ya esbelto cuerpo de Grace iba adelgazando, Edith reía encantada de su
«crecimiento hacia arriba pero no hacia fuera». Los ojos se le estaban tornando
vigilantes, casi cautelosos; la expresión que una vez había sido serena era ahora
débilmente hosca o con una alegría y una euforia al borde de la histeria. Ya casi no
sonreía, aunque reía mucho. Y cuando sonreía, era como si un espectro rondara por
su rostro. Una vez, estando Edith arriba, William y su hija se cruzaron en la sala de
estar. Grace le sonrió con timidez e involuntariamente él se arrodilló y la abrazó.
Sintió su cuerpo rígido y percibió en su rostro perplejidad y miedo. Él se separó
suavemente de ella, dijo algo inconsecuente y se retiró a su estudio.
A la mañana siguiente se quedó en la mesa desayunando hasta que Grace se
marchó al colegio, incluso sabiendo que llegaría tarde a su clase de las nueve. Edith
no regresó a la mesa tras salir Grace por la puerta principal y él supo que estaba
evitándole. Se dirigió a la sala de estar, donde su mujer estaba sentada en un extremo
del sofá, tomando una taza de café y fumando un cigarrillo.
Dijo sin preámbulos: «Edith, no me gusta lo que le está sucediendo a Grace».
Al instante, como si hubiese recibido una señal, dijo: «¿Qué quieres decir?».
Él se sentó en el otro extremo del sofá, lejos de Edith. Un sentimiento de
desamparo se apoderó de él. «Sabes a lo que me refiero», dijo fatigosamente. «No
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seas tan exigente con ella. No la trates con tanta dureza».
Edith plantó el cigarrillo en el cenicero. «Grace nunca ha sido feliz. Ahora tiene
amigas, cosas que la distraen. Sé que tú estás demasiado ocupado para darte cuenta
de esas cosas, pero… seguramente habrás comprobado que se muestra mucho más
extrovertida últimamente. Y se ríe. No solía reírse. Casi nunca».
William la miró con sosegado estupor. «Eso crees, ¿no?».
«Por supuesto que sí», dijo Edith. «Soy su madre».
Y lo creía, se percató Stoner. Él meneó la cabeza. «Nunca he querido admitirlo»,
dijo con algo semejante a la tranquilidad, «pero tú de verdad me odias, ¿no Edith?».
«¿Qué?». La sorpresa en su voz era genuina. «¡Oh Willy!». Se reía abiertamente y
sin moderación. «No seas tonto. Por supuesto que no. Eres mi marido».
«No utilices a la niña». No pudo evitar que le temblara la voz. «No necesitas
hacerlo, ya lo sabes. Cualquier otra cosa. Pero si sigues utilizando a Grace, yo…». No
terminó.
Tras un momento Edith dijo: «Tú ¿qué?». Hablaba tranquila, sin signos de
desafío. «Todo cuanto podrías hacer es dejarme y nunca lo harías. Ambos lo
sabemos».
Él asintió. «Supongo que tienes razón». Se levantó cegado y se marchó a su
estudio. Agarró el abrigo del armario y cogió el maletín de detrás del escritorio.
Mientras cruzaba la sala de estar Edith volvió a hablarle.
«Willy, yo no haría daño a Grace. Eso debes saberlo. La amo. Es mi hija».
Y él sabía que era verdad, la amaba. La verdad de aquel razonamiento casi le hizo
gritar. Movió la cabeza y salió a la intemperie.
Cuando regresó a casa aquella noche se encontró con que durante el día Edith,
con la ayuda de un operario, había sacado todas sus pertenencias del estudio.
Apilados en una esquina de la sala de estar, estaban su escritorio y su colchón y,
rodeándolos en una maraña desordenada, estaban sus ropas, sus papeles y todos sus
libros.
Desde que estaba más en casa, Edith había decidido —le dijo— volver a pintar y
esculpir de nuevo. Y su estudio, orientado al norte, le proporcionaría la única
iluminación decente que tenía la casa. Ella sabía que a él no le importaría mudarse,
podría utilizar el porche acristalado de la parte trasera de la casa; estaba más lejos de
la sala de estar que su estudio, con lo cual tendría más tranquilidad para hacer su
trabajo.
Pero el porche acristalado era tan pequeño que no podía tener sus libros
ordenados y no había sitio ni para el escritorio ni para el colchón que había tenido en
el estudio, así que guardó ambas cosas en el sótano. Era difícil calentar el porche en
invierno y en verano imaginaba que el sol penetraría a través de los paneles de cristal,
haciéndolo casi inhabitable. Y a pesar de todo trabajó allí durante varios meses. Se
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agenció una mesa pequeña y la usó como escritorio. Compró un radiador portátil para
mitigar un poco el frío que a última hora de la tarde se filtraba a través de los
estrechos tablones exteriores. De noche dormía arropado en una manta, en el sofá de
la sala de estar.
Tras algunos meses de relativa aunque inconfortable paz, empezó a encontrar a su
regreso de la universidad por la tarde, fragmentos de viejos utensilios caseros:
lámparas rotas, alfombras desperdigadas, pequeños cajones y cajitas de fruslerías,
arrojadas con descuido por la habitación que ahora le servía de estudio.
«Hay mucha humedad en el sótano», decía Edith, «se estropearán. No te importa
que las deje aquí un tiempo, ¿verdad?».
Una tarde de primavera regresó a casa durante una fuerte tormenta y descubrió
que, sin saber cómo, uno de los paneles se había roto y que la lluvia había dañado
varios de sus libros y convertido algunas de sus notas en ilegibles. Unas semanas más
tarde llegó para descubrir que a Grace y a algunas de sus amigas se les había
permitido jugar en esa habitación y que nuevas notas suyas se habían roto o
estropeado. «Sólo las dejé ir allí unos minutos», dijo Edith. «Han de tener un lugar
para jugar. Pero no tengo ni idea. Tienes que hablar con Grace. Le he dicho lo
importante que es tu trabajo para ti».
Entonces claudicó. Se llevó tantos libros como pudo a su despacho de la
universidad, que compartía con otros tres profesores noveles, y empezó a pasar
mucho más tiempo allí. Sólo llegaba pronto a casa cuando la ansiedad por ver
brevemente a su hija, o cruzar una palabra con ella, le hacía imposible mantenerse
alejado.
Pero en su despacho sólo tenía sitio para unos pocos volúmenes y el trabajo en su
libro se interrumpía a menudo debido a que no disponía de los ejemplares de consulta
necesarios. Además uno de sus compañeros de despacho, un joven serio, tenía la
costumbre de organizar charlas con los alumnos por las tardes y las conversaciones
silbantes e intrincadas que tenían lugar en el otro lado de la estancia le distraían, por
lo que le resultaba difícil concentrarse. Perdió el interés por su libro, su trabajo se
ralentizó y se detuvo. Finalmente se dio cuenta de que aquello se había convertido en
un refugio, un asilo, una excusa para permanecer en el despacho por las noches. Leía
y estudiaba, y por fin llegó a encontrarse suficientemente cómodo, a gusto, e incluso
a sentir un fantasma de su antigua alegría para con lo que hacía, un aprendizaje sin
una finalidad particular.
Y Edith relajó su acoso y su preocupación obsesiva por Grace, por lo que la niña
empezó a sonreírle de nuevo e incluso a hablarle con cierta desenvoltura. Así le
resultaba posible vivir, incluso ser feliz, de vez en cuando.
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Una figura se deslizó desde la oscuridad del pasillo hacia la luz de la habitación.
Stoner parpadeó somnoliento encarando la oscuridad, reconociendo a un alumno que
había visto por los pasillos pero a quien no conocía. Al joven le colgaba rígido el
brazo izquierdo en el costado, y arrastraba el pie izquierdo al caminar. Tenía la cara
pálida y redonda, sus gafas de concha eran circulares y su pelo negro y fino, con la
raya peinada meticulosamente al lado, se le mantenía pegado al cráneo.
«¿Doctor Stoner?», preguntó, con una voz chillona y cortante, hablando con
claridad.
«Sí», dijo Stoner. «¿Quiere sentarse?».
El joven se acomodó en la silla de madera junto a la mesa de Stoner, con la pierna
extendida en línea recta y su mano izquierda, retorcida con el puño semicerrado,
descansando sobre ella. Sonrió, hizo una reverencia con la cabeza y dijo en un
curioso tono de autodesprecio: «Puede que no me conozca, señor, soy Charles
Walker. Estoy en segundo, asisto al Doctor Lomax».
«Sí, señor Walker», dijo Stoner. «¿Qué puedo hacer por usted?».
«Bueno, estoy aquí para pedirle un favor, señor». Walker sonrió de nuevo. «Sé
que su seminario está completo, pero me interesaría mucho participar en él». Hizo
una pausa y dijo sarcástico: «El doctor Lomax sugirió que hablase con usted».
«Ya veo», dijo Stoner. «¿Cuál es su especialidad, señor Walker?».
«Los poetas románticos», dijo Walker. «El doctor Lomax dirigirá mi disertación».
Stoner asintió. «¿Cómo lleva de adelantado su trabajo?».
«Espero acabar en dos años», dijo Walker.
«Bueno, eso hace todo más sencillo», dijo Stoner. «Ofrezco el seminario cada
año. Ahora está tan lleno que ya casi no es un seminario y una persona más sería el
final. ¿Por qué no puede esperar al año que viene si realmente quiere inscribirse en el
curso?».
Los ojos de Walker se apartaron de él. «Bueno, francamente», dijo y lanzó otra
sonrisa, «soy víctima de un malentendido. Todo por mi culpa, por supuesto. No me
percaté de que cada licenciado ha de cursar al menos cuatro seminarios de grado para
licenciarse y yo no cursé ninguno el año pasado. Y como usted sabe, no permiten
inscribirse en más de uno cada semestre. Por eso si me quiero graduar en dos años
tengo que cursar uno este semestre».
Stoner suspiró. «Ya veo. ¿De manera que a usted no le interesa especialmente la
influencia de la tradición latina?».
«Oh, por supuesto que sí, señor. Por supuesto que sí. Me será de gran ayuda en mi
disertación».
«Señor Walker, debería saber que ésta es una clase muy especializada y no animo
a la gente a inscribirse a menos que tenga un interés determinado».
«Sí, señor», dijo Walker. «Le aseguro que yo tengo un interés determinado».
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Stoner asintió. «¿Qué tal su latín?».
Walker sacudió la cabeza. «Oh, muy bien, señor. Aún no he hecho mi examen de
latín, pero lo leo muy bien».
«¿Sabe francés o alemán?».
«Oh, sí, señor. Aunque tampoco de eso me he examinado; espero quitármelos de
en medio a la vez, a final de curso. Pero leo ambos muy bien». Walker hizo una
pausa, luego añadió: «El doctor Lomax dijo que creía que seguramente podría
realizar los trabajos del seminario».
Stoner suspiro. «Muy bien», dijo. «La mayor parte de las lecturas serán en latín,
algunas en francés y alemán, por lo que no será capaz de aprobar sin esto. Le daré
una lista de lecturas y charlaremos sobre su tema del seminario el próximo miércoles
por la tarde».
Walker le dio las gracias efusivamente y se levantó de la silla con alguna
dificultad. «Me pondré con las lecturas», dijo. «Estoy seguro de que no se arrepentirá
de aceptarme en su clase, señor».
Stoner le miró con lánguida sorpresa. «La cuestión no se me ha ocurrido a mí,
señor Walker», dijo con sequedad. «Le veré el miércoles».
El seminario se desarrollaba en una pequeña clase en el sótano del ala sur del
edificio Jesse Hall. Las paredes de cemento despedían un olor húmedo aunque no
desagradable y las pisadas resonaban como huecos suspiros sobre el desnudo suelo de
cemento. Una única luz colgaba del techo en el centro de la estancia, alumbrando en
vertical de manera que los que estaban sentados en los escritorios del centro de la
clase recibían un haz de luminosidad, mientras que las paredes permanecían gris
oscuro y las esquinas prácticamente negras, como si el liso cemento sin pintar
sorbiera la luz que fluía desde el techo.
Aquel segundo miércoles del seminario William Stoner llegó a clase unos
minutos tarde, saludó a los alumnos y comenzó a colocar sus libros y papeles sobre el
pequeño y bajo escritorio de roble barnizado que había en el centro, frente a una
pizarra. Echó un vistazo al pequeño grupo disperso por la clase. Conocía a algunos,
dos de ellos eran candidatos a licenciarse cuyo trabajo dirigía, otros cuatro eran
diplomados del departamento que habían realizado trabajos de grado con él; del resto,
tres eran estudiantes de posgrado de lenguas modernas, uno era un estudiante de
filosofía que estaba trabajando en su disertación sobre los escolásticos, otra era una
mujer mayor de mediana edad, profesora de secundaria que intentaba diplomarse
durante su año sabático y la última era una joven de cabello oscuro, una nueva
docente del departamento que se había puesto a trabajar durante dos años mientras
terminaba una disertación que había empezado tras completar las asignaturas en una
universidad del Este. Había preguntado a Stoner si podía asistir como oyente al
seminario y él había aceptado. Charles Walker no estaba en el grupo. Stoner esperó
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un momento más, barajando sus papeles, después se aclaró la garganta y comenzó
con la clase.
«En nuestro primer encuentro discutimos el alcance de este seminario y
decidimos que nuestro estudio debería limitarse a la tradición latina medieval sobre
las tres primeras de las siete artes humanísticas. Esto es, gramática, retórica y
dialéctica». Hizo una pausa y observó los rostros —indecisos, curiosos y como
enmascarados— atentos a él y a lo que decía.
«Semejante límite quizá les parezca exageradamente riguroso a algunos de
ustedes, pero no dudo de que encontraremos lo suficiente como para mantenernos
ocupados incluso aunque sólo lleguemos a explorar superficialmente las pistas del
trívium hasta el siglo dieciséis. Es importante que nos demos cuenta de que estas
artes de retórica, gramática y dialéctica significaban para el hombre bajomedieval y
del renacimiento inicial algo que nosotros sólo podemos presentir hoy tenuemente,
prescindiendo de un ejercicio de imaginación histórica. Para uno de aquellos
escolásticos, el arte de la gramática, por ejemplo, no era una mera disposición
mecánica de las partes del discurso. Desde los últimos tiempos helenísticos hasta la
Edad Media, el estudio y la práctica de la gramática incluía no sólo la ‘habilidad con
las letras’ mencionada por Plauto y Aristóteles, sino también —y esto adquirió
enorme importancia— el estudio de la lírica y sus exitosas técnicas, una exégesis de
la lírica tanto en forma como en sustancia, y en exquisitez de estilo, en la medida en
la que puede ser distinguida de la retórica».
Estaba tanteando la asignatura y era consciente de que algunos de sus alumnos se
habían inclinado hacia delante y habían dejado de tomar notas. Continuó: «Y más, si
a nosotros en el siglo veinte se nos pregunta cuál de estas tres artes es la más
importante, puede que elijamos la dialéctica, o la retórica… pero sería muy extraño
que escogiéramos la gramática. Pero el escolástico romano y medieval —y el poeta—
casi con toda seguridad consideraría la gramática la más importante. Debemos
recordar…».
Un fuerte ruido le interrumpió. La puerta se había abierto y Charles Walker entró
en el aula. Al cerrar la puerta los libros que llevaba bajo el brazo lisiado se le habían
escurrido y se habían estrellado contra el suelo. Se inclinó con torpeza, con su pierna
mala extendida, y lentamente fue recogiendo sus libros y papeles. Luego se enderezó
y se deslizó por la estancia. El roce de sus pies sobre el cemento liso causaba un
bufido chirriante y alto que resonaba silbante y aislado en el aula. Llegó hasta una
silla en la primera fila y se sentó.
Después de que Walker se hubiera puesto cómodo y hubiera ordenado sus libros y
papeles sobre su silla escritorio, Stoner continuó: «Debemos recordar que la
concepción medieval de la gramática era más general que la del último periodo
helenístico o la romana. No sólo incluía la ciencia de pronunciar discursos
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correctamente y el arte de la exégesis, incluía a su vez las concepciones modernas de
analogía, etimología, métodos de presentación, construcción, la condición de licencia
poética y las excepciones a dicha condición, e incluso el lenguaje metafórico de las
figuras retóricas».
Mientras continuaba detallando las categorías de la gramática que había
enumerado, la mirada de Stoner aleteaba por la clase; se daba cuenta de que los había
perdido tras la entrada de Walker y sabía que pasaría algún tiempo antes de que
pudiera sacarlos de nuevo de su ensimismamiento. Una y otra vez la vista curiosa se
le iba hacia Walker quien, después de haber estado tomando notas furiosamente
durante un rato, había dejado que el lápiz reposara sobre el cuaderno mientras
observaba a Stoner ceñudo y confuso. Finalmente la mano de Walker se disparó,
Stoner acabó la frase que había empezado y le asintió.
«Señor», dijo Walker, «perdóneme, pero no lo entiendo. ¿Qué tiene que ver la…»
hizo una pausa y dejó que su boca se recreara en la palabra, «… gramática con la
poesía? Esencialmente quiero decir. Poesía de verdad».
Stoner dijo amablemente: «Como expliqué antes de que entrara, señor Walker, el
término ‘gramática’ tanto para los retóricos romanos como medievales tenía un
significado mucho más extenso que el que tiene hoy. Para ellos, quería decir…». Se
detuvo, dándose cuenta de que iba a repetir la primera parte de su clase; notaba a los
alumnos revolviéndose con inquietud. «Creo que esta relación se le presentará con
mayor claridad según avancemos ya que veremos hasta qué extremo los poetas y
dramaturgos, incluso del Renacimiento medio y tardío, están en deuda con los
retóricos latinos».
«¿Todos ellos, señor?». Walker sonrió y se inclinó hacia atrás en la silla. «¿No fue
Samuel Johnson quien dijo del mismo Shakespeare que tenía poco de latino y menos
de griego?».
Mientras las risas reprimidas alborotaban la clase, Stoner sintió que le invadía
algo parecido a la compasión. «Quiere usted decir Ben Jonson, naturalmente».
Walker se quitó las gafas y las limpió, pestañeando incesantemente. «Por
supuesto», dijo. «Un lapsus linguae».
Pese a que Walker le interrumpió varias veces, Stoner se las arregló para dar su
clase sin graves dificultades y logró asignar los primeros trabajos. Dejó salir al
seminario media hora antes y abandonaba apresuradamente la clase cuando vio a
Walker arrastrándose hacia él con una sonrisa petrificada en la cara. Ascendió con
estrépito las escaleras de madera del sótano y subió de dos en dos las escaleras de
mármol pulido que conducían a la segunda planta. Tenía la extraña sensación de que
Walker le perseguía a hurtadillas, que intentaba adelantarle en su huida, le embargó
una repentina oleada de bochorno y culpa.
En el tercer piso fue directamente a la oficina de Lomax. Lomax estaba reunido
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con un alumno. Stoner asomó la cabeza por al puerta y dijo: «Holly, ¿puedo verte un
momento cuando hayas acabado?».
Lomax le saludó afablemente. «Entra. Estamos terminando».
Stoner entró y fingió examinar las filas de libros forrados mientras Lomax y el
alumno decían las últimas palabras. Cuando el alumno se marchó, Stoner se sentó en
la silla que había quedado vacía. Lomax le miró interrogativamente.
«Es sobre un alumno», dijo Stoner. «Charles Walker. Me dijo que tú le habías
enviado a mí».
Lomax unió las yemas de los dedos y las observaba mientras asentía. «Sí. Creo
que le sugerí que le sería de provecho tu seminario —¿de qué trata?—, sobre
tradición latina».
«¿Qué me puedes contar de él?».
Lomax levantó la vista de las manos y miró al techo, su labio inferior sobresalía
con gravedad. «Un buen estudiante. Un estudiante superior, puedo decir. Está
trabajando en una disertación sobre Shelley y el ideal helenístico. Promete ser
brillante, realmente brillante. No será lo que algunos llaman —vaciló delicadamente
al pronunciar— estable, pero es de lo más imaginativo. ¿Tienes alguna razón
concreta para preguntar?».
«Sí», dijo Stoner. «Hoy se comportó como un imbécil en el seminario. Sólo me
preguntaba si debería prestar mucha atención a esa circunstancia».
La afabilidad inicial de Lomax había desaparecido y la más familiar máscara de
ironía se había deslizado sobre él. «Ah, sí», dijo con una sonrisa fría. «La ineptitud y
la tontería de la juventud. Walker es, por razones que comprenderás, de una timidez
insólita y por lo tanto tiende a estar a la defensiva y a ser algo displicente. Como
todos, tiene sus problemas, pero su erudición y su habilidad crítica no deben, espero,
ser juzgadas a la luz de sus comprensibles alteraciones psíquicas». Miró directamente
a Stoner y le dijo con malévola jovialidad: «Como habrás notado es inválido».
«Puede que sea eso», dijo Stoner pensativo. Suspiró y se levantó de la silla.
«Supongo que es muy pronto para que me preocupe. Sólo quería hablarlo contigo».
De repente la voz de Lomax se tensó y casi que tembló de rabia contenida. «Te
darás cuenta de que es un estudiante superior. Te lo aseguro, te darás cuenta de que es
un estudiante excelente».
Stoner le miró un momento, frunciendo el ceño perplejo. Luego asintió y salió del
despacho.
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indignación pétrea y aire de integridad ultrajada mientras el seminario bullía a su
alrededor. Sería divertido, pensaba Stoner, si no hubiera algo tan descarnado en la
indignación y resentimiento de Walker.
Pese a Walker, fue un seminario exitoso, una de las mejores clases que Stoner
había tenido nunca. Casi desde el principio los objetivos de la asignatura sedujeron a
los alumnos y todos tenían la sensación de descubrimiento que se alcanza cuando se
intuye que la asignatura a tratar se aloja en el seno de una asignatura de más amplio
espectro y cuando alguien percibe en lo más hondo que el objetivo de la asignatura
quizá conduce a otro objetivo impreciso. El seminario se organizó solo y los alumnos
se implicaron tanto que el mismo Stoner se convirtió simplemente en uno más,
investigando con tanta diligencia como ellos. Incluso la oyente —la joven profesora
que estaba en Columbia mientras terminaba su disertación— le preguntó si podía
trabajar en un tema del seminario. Pensaba que había encontrado algo que podría ser
de utilidad al resto. Se llamaba Katherine Driscoll y tenía veintitantos años. Stoner no
le había prestado mucha atención hasta que le comentó al final de clase lo del trabajo
y le preguntó si estaría dispuesto a leer su disertación cuando estuviera acabada. Le
dijo que su trabajo sería bienvenido y que estaría encantado de leerlo.
Los trabajos del seminario se programaron para la segunda mitad del semestre,
tras las vacaciones navideñas. El trabajo de Walker sobre Helenismo y la tradición
latina medieval estaba previsto para antes de ese periodo pero él siempre lo retrasaba,
explicándole a Stoner las dificultades que tenía para obtener los libros que necesitaba,
los cuales no estaban disponibles en la biblioteca de la universidad.
Se entendía que la señorita Driscoll, siendo oyente, entregaría su trabajo después
de que los estudiantes oficiales hubieran entregado los suyos, pero el último día de
plazo que había fijado Stoner para los trabajos del seminario, dos semanas antes del
fin del semestre, de nuevo Walker le pidió una semana más. Había estado enfermo, le
habían estado doliendo los ojos y un libro crucial del préstamo interbibliotecario
faltaba por llegar. De manera que la señorita Driscoll presentó su trabajo el día que
había dejado libre Walker.
Su trabajo llevaba por título «Donato y la tragedia renacentista». Se centraba en el
uso de Shakespeare de la tradición donática, una tradición que había persistido en las
gramáticas y manuales durante la Edad Media. Al poco de comenzar Stoner sabía que
su trabajo iba a ser bueno y escuchaba con una agitación que hacía mucho no
experimentaba. Cuando terminó, y la clase lo hubo discutido, la detuvo un rato
mientras el resto abandonaba la clase.
«Señorita Driscoll, sólo quería decir…». Hizo una pausa y por un instante le
invadió un acceso de extrañeza y conciencia de sí mismo. Ella le miraba
inquisitivamente con sus grandes ojos negros, su rostro parecía muy blanco en
contraste con el severo marco negro de su cabello, ceñido y recogido en un pequeño
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moño. Continuó: «sólo quería decirle que su trabajo ha sido la mejor exposición que
conozco sobre el tema y le estoy agradecido por presentarse voluntaria para
realizarlo».
Ella no respondió. Su expresión no cambió, pero Stoner pensó por un momento
que estaba contrariada, algo feroz centelleaba tras sus ojos. Entonces se sonrojó
profusamente y agachó la cabeza —Stoner no sabía si por enfado ante el
reconocimiento— y se alejó a toda prisa de él. Stoner salió lentamente del aula,
inquieto y perplejo, temeroso de que su desatino la hubiese ofendido de algún modo.
Le había advertido a Walker tan amablemente como pudo, de que tendría que
presentar su trabajo el miércoles siguiente si quería aprobar el curso. Como cabía
esperar, repitió las múltiples situaciones y dificultades que le habían retrasado y le
aseguró a Stoner que no tenía de qué preocuparse, que su trabajo estaba casi
terminado.
Aquel último viernes Stoner se entretuvo algunos minutos en su despacho con un
alumno desesperado que quería asegurarse un aprobado en el trabajo de segundo
curso para no verse expulsado de su hermandad. Stoner se apresuró escaleras abajo y
entró en el aula seminaria del sótano casi sin aliento; se encontró con Charles Walker
sentado en su escritorio, mirando sombrío y con impaciencia al pequeño grupo de
alumnos. Parecía que estaba inmerso en alguna fantasía privada suya. Se giró hacia
Stoner y le miró altivo, como un profesor acallando a un estudiante novato. Entonces
la expresión de Walker se quebró y dijo: «Estábamos a punto de empezar sin usted»,
se detuvo justo al final, dibujó una sonrisa en su rostro, meneó la cabeza y añadió,
para que Stoner supiera que estaba de broma, «señor».
Stoner le miró un momento y luego se volvió hacia la clase. «Siento haber llegado
tarde. Como saben, el señor Walker va a exponer hoy su trabajo de seminario basado
en el tema El helenismo y la tradición latina medieval» y se sentó en la primera fila
junto a Katherine Driscoll.
Charles Walker manoseó durante un rato el fajo de papeles sobre el escritorio y
dejó que sobre su rostro se asentara una expresión de lejanía. Dio un golpecito con el
dedo índice en su manuscrito y miró hacia la esquina de la clase que estaba más
alejada de Stoner y Katherine Driscoll, como si estuviese esperando algo. Luego,
echando un vistazo de cuando en cuando al montón de papeles del escritorio,
comenzó.
«Enfrentándonos como estamos al misterio de la literatura y a su poder
inenarrable, nos compete descubrir la fuente del poder y del misterio. Y a pesar de
ello, y finalmente, ¿de qué nos sirve? El trabajo literario arroja sobre nosotros un
profundo velo que no podemos sondear. Y ante él sólo nos entusiasmamos, sin poder
evitarlo. ¿Quién tendría el valor de alzar ese velo para descubrir lo inefable, para
alcanzar lo inalcanzable? Los más fuertes de nosotros no somos sino débiles
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enclenques, campanillas tintineantes y charanga sonora ante el misterio eterno».
Su voz se alzaba y caía, sacaba la mano derecha con los dedos enroscados y
suplicantes hacia arriba, y su cuerpo se balanceaba al ritmo de sus palabras. Enfocaba
los ojos ligeramente hacia lo alto como haciendo una invocación. Había algo
familiarmente grotesco en lo que decía y hacía. Y de repente Stoner supo lo que era.
Era Hollis Lomax, o, mejor, una vulgar caricatura, no de desprecio o antipatía, sino
de respeto y amor.
La voz de Walker descendió al nivel de conversación y se dirigió a la pared del
fondo del aula en un tono apacible y de razonamiento regular. «Recientemente hemos
escuchado una exposición que, dentro de la comunidad académica, debe ser
reconocida por su enorme excelencia. Estos comentarios que siguen no son
comentarios personales. Quiero ilustrarlo con un ejemplo. Hemos escuchado, en
dicha exposición, una versión que pretende ser explicación del misterio y los vuelos
líricos del arte shakesperiano. Bueno, yo les digo…», y apuntó con el dedo índice a
su público, como si quisiera atravesarlo. «Yo les digo que no es verdad». Se reclinó
en la silla y consultó los papeles del escritorio. «Nos piden que creamos que ese
Donato —un críptico gramático romano del siglo cuarto antes de Cristo—, nos piden
que creamos que aquel hombre, un pedante, tenía poder suficiente como para influir
en el trabajo de uno de los más grandes genios de toda la historia del arte. ¿No
podemos recelar, a la vista de los hechos, de una teoría así? ¿No debemos recelar de
ella?».
La ira, simple y apagada, crecía en Stoner, aplastando el sentimiento complejo
que había tenido al principio de la exposición. Su impulso inmediato fue levantarse
para cortar por lo sano la farsa que se estaba desarrollando. Sabía que si no detenía a
Walker enseguida tendría que dejarle continuar con cuanto deseara decir. Ladeó un
poco la cabeza para ver la cara de Katherine Driscoll; estaba serena y sin otra
expresión que un interés cortés e imparcial. Sus ojos oscuros miraban a Walker con
una despreocupación que era próxima al tedio. Stoner la expió durante unos instantes
y se encontró preguntándose qué estaría sintiendo ella y qué desearía que él hiciera.
Cuando finalmente retiró su mirada, se dio cuenta de que la decisión estaba tomada.
Había esperado demasiado rato para interrumpir y Walker ya se estaba abalanzando
impetuosamente sobre lo que tenía que decir.
«… el edificio monumental que es la literatura renacentista, ese edificio que es la
piedra angular sobre la que se levanta la gran poesía del siglo diecinueve. La cuestión
a demostrar, consustancial al aburrido ejercicio de erudición para distinguirlo de la
crítica, también brilla lamentablemente por su ausencia. ¿Qué prueba se nos ofrece
de que Shakespeare se negase a leer a este críptico gramático romano? Debemos
recordar que fue Ben Jonson», titubeó un breve instante, «fue el propio Ben Jonson,
contemporáneo y amigo de Shakespeare, quien dijo que éste tenía poco de latino y
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menos de griego. Y ciertamente Jonson, que idealizó a Shakespeare más allá de la
idolatría, no le imputaba a su gran amigo ninguna falta. Al contrario, deseaba sugerir,
como yo, que el vuelo lírico de Shakespeare no es atribuible a un trabajo elucubrador
sino a un genio natural y supremo que domina y hace ley. Al contrario que otros
poetas menores, Shakespeare no había nacido para ruborizarse a escondidas y
malgastar su dulzura en el aire desierto, tomando parte de esa misteriosa fuente a la
que todos los poetas acuden para su sustento. ¿Qué necesidad tenía el bardo inmortal
de esas normas atrofiantes que encontramos en una simple gramática?, ¿qué
significaría Donato para él, incluso si lo hubiera leído? Genio, único y con su propia
ley, no necesita los apoyos de esa tradición tal y como se nos ha descrito, tanto si es
genéricamente latina o donatiana o la que sea. Genio, volando y libre, debe…».
Una vez se hubo resignado a su ira, Stoner se percató de que le sobrevolaba una
admiración renuente y perversa. A pesar de lo florido e impreciso, los poderes
retóricos y de invención de aquel hombre eran desgraciadamente impresionantes y
pese a lo grotesco su presencia era real. Había algo frío, calculador y acechante en sus
ojos, algo innecesariamente perentorio aunque también desesperadamente cauto.
Stoner advirtió que estaba ante un engaño tan colosal y descarado que no disponía de
herramientas adecuadas para enfrentarse a ello.
Porque estaba claro, incluso para los alumnos más despistados de la clase, que
Walker estaba inmerso en una actuación enteramente improvisada. Stoner dudaba de
que hubiera sabido lo que iba a decir hasta que estuvo sentado a la mesa ante la clase
y miró a los alumnos con sus modos fríos e imperiosos. Se hizo evidente que el fajo
de papeles de encima de la mesa era sólo un montón de papeles. Según se fue
calentando ni siquiera los miraba para disimular y, hacia el final de su exposición
presa de la excitación y la vehemencia los apartó de sí.
Habló casi una hora. Hacia el final los otros alumnos del seminario se miraban
con preocupación unos a otros, casi como si estuvieran en peligro, como si estuvieran
barajando una huida. Disimuladamente evitaban mirar a Stoner y a la joven sentada
impasible junto a él. De pronto, como si hubiese advertido la inquietud, Walker puso
fin a su charla, se reclinó en la silla del escritorio y sonrió triunfante.
En el momento en el que Walker dejó de hablar, Stoner se puso de pie y dio por
concluida la clase. Aunque no se diese cuenta en aquel momento, lo hizo por una
vaga consideración hacia Walker, para que nadie tuviera ocasión de comentar lo que
había dicho. A continuación Stoner se dirigió al escritorio donde estaba Walker y le
pidió que se quedara un momento. Como si su cabeza estuviera en otro lugar, Walker
asintió distante. Stoner se giró entonces y siguió a algunos alumnos rezagados fuera
de la clase hacia el pasillo. Vio a Katherine Driscoll alejándose, caminando sola por
el pasillo. La llamo y cuando se detuvo, se acercó a ella y se le plantó delante. Y
mientras le hablaba sintió de nuevo la extrañeza que le había sobrevenido cuando la
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semana anterior, la había felicitado por su trabajo.
«Señorita Driscoll, yo… lo siento. Fue de verdad muy injusto. Pienso que en
parte soy responsable. Tal vez debería haberlo detenido».
No respondió, ni ninguna expresión se adivinó en su rostro; le miró como había
mirado a Walker.
«De todos modos», prosiguió, aún con más extrañeza «lamento que la atacara».
Y entonces ella sonrió. Fue una sonrisa tenue que partía de sus ojos y tiraba de
sus labios hasta que su rostro se llenó con un deleite radiante, secreto e íntimo. A
Stoner casi le echó hacia atrás aquel repentino e involuntario calor.
«Oh, no era por mí», dijo, un pequeño tremor de risa contenida le daba timbre a
su débil voz. «No era para nada por mí. Era a usted al que atacaba. Yo poco tenía que
ver».
Stoner sintió alzarse un muro de arrepentimiento y preocupación que desconocía.
El alivio que sintió fue casi físico, y se notaba ligero de pies y un poco aturdido. Se
rió.
«Por supuesto», dijo. «Por supuesto, es cierto».
La sonrisa se desdibujó de la cara de ella y le miró con gravedad un instante más.
Luego meneó la cabeza, se dio la vuelta y continuó caminando por el pasillo. Su
cuerpo era delgado y esbelto y se conducía con modestia. Stoner se quedó mirando al
pasillo unos instantes después de que hubiera desaparecido. Luego suspiró y regresó
al aula donde Walker esperaba.
Walker no se había movido del escritorio. Miraba a Stoner y sonreía, con una
expresión en la que había una rara mezcla de servilismo y arrogancia. Stoner se sentó
en la silla que había dejado vacía unos minutos antes y miró a Walker con curiosidad.
«¿Sí, señor?», dijo Walker.
«¿Tiene alguna explicación?», preguntó Stoner con tranquilidad.
Una mirada de sorpresa y agravio apareció sobre el redondo rostro de Walker.
«¿Qué quiere decir, señor?».
«Señor Walker, por favor», dijo Stoner fatigosamente. «Ha sido un día largo, y
ambos estamos cansados. ¿Tiene usted alguna explicación para su actuación de esta
tarde?».
«Esté seguro, señor, de que no tenía intención ofensiva». Se quitó las gafas y las
limpió con rapidez. De nuevo Stoner estaba atrapado por la desnuda vulnerabilidad
de su rostro. «Dije que mis comentarios no eran personales. Si he molestado a
alguien, estaré encantado de explicárselo a la señorita…».
«Señor Walker», dijo Stoner. «Sabe que la cuestión no es ésa».
«¿Se le ha quejado la señorita?», preguntó Walker. Le temblaban los dedos y se
puso de nuevo las gafas. Con ellas puestas, su expresión adquirió un matiz de enfado.
«En realidad, señor, las quejas de una alumna que se haya sentido herida no
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deberían…».
«¡Señor Walker!», Stoner oyó su voz perdiendo un poco el control. Respiró
hondo. «Esto no tiene nada que ver con la señorita, ni conmigo mismo, ni con nada
excepto con su actuación. Y todavía espero la explicación que tenga que ofrecer».
«Entonces me temo que no entiendo nada, señor. A no ser…».
«¿A no ser qué, señor Walker?».
«A no ser que esto sea simplemente una cuestión de desacuerdo», dijo Walker.
«Me doy cuenta de que mis ideas no coinciden con las suyas, pero siempre pensé que
el desacuerdo era saludable. Asumía que era lo bastante mayor como para…».
«No permitiré que esquive el asunto», dijo Stoner. Su voz era fría y uniforme.
«Venga. ¿Cuál fue el tema del seminario que se le asignó?».
«Está enfadado», dijo Walker.
«Sí, estoy enfadado. ¿Cuál fue el tema del seminario que se le asignó?».
Walker se puso ceremoniosamente formal y educado. «Mi tema era Helenismo y
la tradición latina medieval, señor».
«¿Y cuándo terminó ese trabajo, señor Walker?».
«Hace dos días. Como le dije lo tenía casi terminado hace un par de semanas,
pero un libro que me tenía que llegar a través del préstamo interbibliotecario no vino
hasta…».
«Señor Walker, si su trabajo estaba casi terminado hace dos semanas, ¿cómo ha
podido basarlo íntegramente en la exposición que la señorita Driscoll hizo hace una
semana?».
«Realicé alguno cambios, señor, en el último momento». Su voz se cargó de
ironía. «Asumí que era permisible. Y me salí del guión de vez en cuando. Me fijé en
que otros alumnos hacían lo mismo y pensé que también se me permitiría ese
privilegio».
Stoner contuvo un impulso casi histérico de reírse. «Señor Walker, ¿me puede
explicar qué tiene que ver su ataque a la exposición de la señorita Driscoll con la
pervivencia del helenismo en la tradición latina medieval?».
«Abordé el tema de manera indirecta, señor», dijo Walker. «Pensé que se nos
permitía cierto margen en el desarrollo de los conceptos».
Stoner calló un instante. Luego dijo con desgana: «Señor Walker, no me gusta
tener que suspender a un alumno. Y especialmente no me gusta tener que suspender a
uno al que tan sólo se le han ido las cosas de las manos».
«¡Señor!», dijo Walker indignado.
«Aunque usted me está poniendo muy difícil no hacerlo. Ahora, me parece que
hay sólo unas pocas alternativas. Puedo dejarle la nota pendiente, entendiendo que
usted hará una exposición satisfactoria sobre el tema asignado en el plazo de tres
semanas».
Y no terminó así.
Entregó las notas el lunes siguiente al viernes en el que acababa el curso. Era la
parte de la enseñanza que más le desagradaba y siempre se la quitaba de en medio en
cuanto podía. Suspendió a Walker y no pensó más en el asunto. Pasó la mayor parte
de la semana entre ambos semestres leyendo los primeros borradores de dos tesis
preparadas para su presentación final en primavera. Estaban torpemente escritas y le
exigían mucha atención. El incidente con Walker desapareció de su mente.
Pero dos semanas después de que empezara el segundo semestre se lo recordaron.
Encontró una mañana en su casillero una nota de Gordon Finch pidiéndole que se
pasara por su oficina cuando pudiera para charlar.
La amistad entre Gordon Finch y William Stoner había llegado a un punto al que
llegan todas estas relaciones si se mantienen lo suficiente: era informal, profunda y
tan sigilosamente íntima que era casi impersonal. Rara vez se veían para pasar un rato
juntos, a pesar de que Caroline Finch llamaba de vez en cuando a Edith. Mientras
hablaban recordaban sus años de juventud y cada uno pensaba en el otro como si
hubiera sido en otra época.
A su mediana edad, Finch tenía el porte ligeramente erguido del que intenta a toda
costa mantener el control de su peso. Su rostro era fuerte y aún sin arrugas, aunque
los carrillos se le empezaban a descolgar y la carne se le amontonaba en pliegues en
la parte posterior del cuello. Su cabello era muy fino y se lo había empezado a peinar
de manera que no se le notara la calvicie.
En la tarde en la que Stoner pasó por su oficina hablaron informalmente durante
un rato de sus familias. Finch mantuvo la convencional ficción de que el matrimonio
de Stoner era normal y Stoner manifestó la convencional incredulidad de que Gordon
y Caroline pudieran ser ya padres de dos niños, el menor de los cuales iba a la
guardería.
Tras intercambiar esos gestos automáticos que hablaban de su informal intimidad,
Finch miró por la ventana distraídamente y dijo: «Entonces, ¿qué era de lo que te
quería hablar? Oh, sí. El vicedecano de la facultad de posgrados… ha pensado, que
como somos amigos, tenía que mencionártelo. Nada importante». Miró un apunte de
su libro de notas. «Es sólo un alumno ofendido que opina que se le ha fastidiado en
una de tus clases del pasado semestre».
«Walker», dijo Stoner. «Charles Walker».
Finch asintió. «Ése es. ¿Qué ha pasado con él?».
Stoner se encogió de hombros. «Lo más que puedo decir es que no completó
ninguna de las lecturas asignadas… fue en mi seminario sobre tradición latina. Trató
de falsear su trabajo final y cuando le di la oportunidad de hacer otro o bien entregar
El simbolismo implícito en estos versos no está claro hasta que tomamos los
versos en su contexto. El Uno permanece, Shelley escribe unos pocos versos antes, lo
mucho cambia y pasa. Y nos recuerda a los versos igualmente famosos de Keats,
A primera hora de la tarde del día siguiente, antes de que le diera tiempo a comer,
recibió una llamada de la secretaria de Gordon Finch pidiéndole que acudiera a su
despacho de inmediato.
Finch esperaba impaciente cuando Stoner entró en la habitación. Se levantó e hizo
Diez días más tarde se anunció el nombramiento de Hollis Lomax como jefe de
departamento de inglés y dos semanas después los horarios de las clases para el curso
siguiente se distribuyeron entre los miembros del departamento. Stoner descubrió sin
sorpresa que en cada uno de los dos semestres que componían el curso le habían
asignado tres clases de composición de primero y unas prácticas de segundo, y que
sus cursos avanzados de lecturas de literatura medieval y su seminario de graduación
habían sido eliminados del programa. Era, se percató Stoner, el tipo de horario que
podría esperar un profesor principiante. En algunos aspectos era incluso peor, pues el
horario estaba dispuesto de manera que impartía clase a horas intempestivas, con
amplios huecos entre ellas, seis días a la semana. No protestó por el horario y decidió
dar clase el curso siguiente como si nada hubiera pasado.
Pero por primera vez desde que había empezado a enseñar le parecía que podría
abandonar la universidad, dar clase en otro sitio. Habló con Edith sobre dicha
posibilidad y ella le miró como si le hubiera dado un golpe.
«No podría», dijo. «Oh, no podría». Y luego, consciente de que se había
traicionado a sí misma mostrando su miedo, se enfadó. «¿En qué estás pensando?»,
preguntó. «Nuestra casa… nuestra querida casa. Y nuestros amigos. Y el colegio de
Grace. No es bueno para una niña ir cambiando de colegio en colegio».
«Tal vez sea necesario», dijo. No le había contado el incidente con Charles
Walker y la implicación de Lomax pero pronto se hizo evidente que lo sabía todo.
«Desconsiderado», dijo. «Desconsiderado del todo». Pero su irritación rara vez se
distraía, era casi rutinaria. Sus pálidos ojos azules le sobrepasaban hasta posarse
casualmente sobre objetos aleatorios de la sala de estar, como asegurándose de que
continuaban allí. Sus dedos, delgados y con algunas pecas, se movían sin cesar. «Oh,
lo sé todo sobre tu problema. Nunca me metería en tu trabajo, pero… de verdad, eres
muy testarudo. Quiero decir, Grace y yo estamos metidas en esto. Y sin duda no se
nos puede pedir que empaquemos y nos mudemos sólo porque tú has adoptado una
postura insólita».
«Pero si es por ti y por Grace, en parte al menos, por lo que estoy considerándolo.
Probablemente no… ascenderé mucho más en el departamento si me quedo aquí».
«Oh», dijo Edith distante, dándole un tono amargo a su voz. «Eso no importa.
Hasta ahora hemos sido pobres, no hay razón para que no podamos seguir así.
Tendrías que haber pensado en ello antes, o adonde te podía conducir. Un tullido». De
repente le cambió la voz, y se rió con indulgencia, casi con cariño. «En serio, tanto te
importan esas cosas». ¿Qué más daba?.
Así pues Edith no sopesó marcharse de Columbia. Llegado el caso, dijo, Grace y
Era —Stoner se dio cuenta después— inevitable que los alumnos se vieran
afectados. Incluso si hubiera logrado persuadir a Lomax de guardar las formas, a la
larga no habría podido protegerles de la intencionalidad de la batalla.
Antiguos alumnos suyos, incluso alumnos a los que había conocido bien,
empezaron a saludarle con la cabeza y a hablarle cohibidamente, incluso de manera
furtiva. Algunos eran ostensiblemente cordiales, desviándose de su camino para
acercarse a saludarle o para que les vieran hablando con él por los pasillos. Pero ya
no tenía con ellos la afinidad que tuvo en su día. Él era ahora una figura especial y se
dejaban ver con él, o no, por algún motivo concreto.
Llegó a sentir que su presencia era embarazosa tanto para sus amigos como para
sus enemigos, por lo que cada vez más procuró estar solo.
Una especie de letargo se apoderó de él. Daba las clases tan bien como podía,
aunque la rutina fija que requerían las de primero y segundo le robaban el entusiasmo
y le dejaban exhausto y aturdido al final de la jornada. Rellenaba como podía los
largos huecos entre clases con conferencias de estudiantes, revisando con esmero los
trabajos de los alumnos, quedándoselos hasta que se ponían nerviosos e impacientes.
El tiempo transcurría despacio para él. Intentó pasar más horas de ese tiempo en
casa con su mujer y su hija, pero debido a su extraño horario carecía de una rutina fija
y eso afectaba al estado de ánimo diario de Edith. Descubrió —no le sorprendió—
Sus ojos, que él había creído marrón oscuro o negros, eran de un violeta intenso.
A veces atrapaban la débil luz de una lámpara de la habitación y resplandecían
húmedos al girar la cabeza a uno u otro lado. Sus ojos variaban de color al moverse
por lo que, incluso en reposo, parecían no estar nunca quietos. Su piel, que en la
distancia parecía fría y pálida, ocultaba un cálido tono rubicundo como el de un
destello fluyendo bajo un trasluz lechoso. Y como la carne traslúcida, la paz, el porte
y la reserva que había pensado que la definían, enmascaraban un calor, una alegría y
un humor cuya intensidad era posible por la apariencia que la disfrazaba.
En su año cuarenta y tres de vida, William Stoner aprendió lo que otros, mucho
más jóvenes, habían aprendido antes que él: que la persona que uno ama al principio
no es la persona que uno ama al final, y que el amor no es un fin sino un proceso a
través del cual una persona intenta conocer a otra.
Ambos eran muy tímidos y se fueron conociendo despacio, a tientas; se acercaban
y se separaban, se tocaban y se retiraban, sin que ninguno quisiera imponer al otro
más de lo que le fuese grato. Día a día caían las capas de reserva que los protegían,
por lo que finalmente fueron como son los extraordinariamente tímidos: cada uno
abierto al otro, sin protección, perfectamente cómodos y sin conciencia de sí mismos.
Casi cada tarde, cuando acababan sus clases, iba al apartamento. Hacían el amor,
y hablaban, y hacían el amor otra vez, como niños que no pensaban cansarse de su
juego. Los días primaverales se alargaron y ambos anhelaban la llegada del verano.
Una tarde de últimos de febrero, unos días después de que el segundo semestre
hubiera comenzado, Stoner recibió una llamada de la secretaria de Gordon Finch. Le
dijo que al vicedecano le gustaría hablar con él y le preguntó si podía pasarse aquella
tarde o a la mañana siguiente. Stoner le dijo que sí. Después de colgar se quedó
sentado durante algunos minutos con una mano en el teléfono. Luego suspiró, asintió
para sí mismo y bajó hasta el despacho de Finch.
Gordon Finch estaba en mangas de camisa, con la corbata desanudada y reclinado
hacia atrás en su silla giratoria con las manos entrelazadas detrás de la cabeza.
Cuando Stoner entró en el despacho le saludó jovialmente con la cabeza y señaló una
silla tapizada en cuero que había en un rincón al lado de su mesa.
«Ponte cómodo. ¿Qué tal todo?».
Stoner asintió. «Todo bien».
«¿Ocupado con las clases?».
Stoner dijo secamente: «Razonablemente. Tengo el horario completo».
«Lo sé», dijo Finch y meneó la cabeza. «No puedo interferir en eso, ya sabes.
Aunque es una maldita vergüenza».
«No pasa nada», dijo Stoner un poco impaciente.
«Bueno». Finch se estiró en la silla y juntó las manos sobre la mesa. «No hay
nada oficial en esta reunión, Bill. Sólo quería charlar contigo un rato».
Hubo un largo silencio. Stoner dijo amablemente: «¿De qué se trata, Gordon?».
Finch suspiró y luego dijo abruptamente: «Bien. Ahora mismo te hablo como
amigo. Ha habido rumores. No es nada a lo que yo, como vicedecano, tenga que
prestar atención todavía, pero… bueno, en algún momento tendré que prestarle
atención y pensé que debía hablar contigo… como amigo, digo… antes de que se
convierta en algo serio».
Stoner asintió. «¿Qué tipo de charla?».
«Oh, demonios, Bill. Tú y la Driscoll. Ya sabes».
«Sí», dijo Stoner. «Lo sé. Sólo quería saber hasta dónde ha llegado».
«No muy lejos aún. Alusiones, comentarios, cosas así».
«Ya veo», dijo Stoner. «No sé qué puedo hacer al respecto».
Finch dobló una hoja de papel cuidadosamente. «¿Es algo serio, Bill?».
Stoner respondió afirmativamente con la cabeza y miró por la ventana. «Es algo
serio, me temo».
«¿Qué vas a hacer?».
AQUEL verano no dio clases y tuvo la primera enfermedad de su vida. Fue una
fiebre bastante intensa y de origen oscuro que le duró sólo una semana pero que le
absorbió la energía, dejándole demacrado y sufriendo como secuela una pérdida
parcial de audición. Durante todo el verano estuvo tan débil y apático que no podía
caminar unos pocos pasos sin quedar exhausto, pasaba casi todo el tiempo en el
pequeño porche cerrado de la parte posterior de la casa, tumbado en la cama o
sentado en la vieja silla que había subido del sótano. Miraba por las ventanas o a los
tablones del techo o se forzaba de vez en cuando a ir a la cocina a por un poco de
comida.
Apenas tenía energía para hablar con Edith, ni siquiera con Grace, aunque a veces
Edith entraba en la habitación, le hablaba distraída durante unos minutos, dejándole
solo después tan abruptamente como se había entrometido.
Una vez, a mediados de verano, le habló de Katherine.
«Me acabo de enterar, hace un día más o menos», dijo ella. «De manera que tu
estudiantita se ha ido, ¿cierto?».
Haciendo un esfuerzo desvió su atención de la ventana y se giró hacia Edith.
«Sí», dijo mansamente.
«¿Cómo se llamaba?», preguntó Edith. «Nunca puedo recordar su nombre».
«Katherine», dijo. «Katherine Driscoll».
«Oh, sí», dijo Edith. «Katherine Driscoll. Bueno, ¿ves?, te lo dije, ¿verdad? Te
dije que esas cosas no tenían importancia».
Asintió ausente. Fuera, sobre el viejo olmo que formaba parte de la verja del patio
trasero, un gran pájaro blanquinegro —una urraca— había empezado a graznar.
Escuchó el sonido de sus llamadas y observó remotamente fascinado su pico abierto
como si entonara su lamento solitario.
Envejeció rápidamente aquel verano, por lo que cuando regresó a sus clases en
otoño había pocos que no le reconocieran sin mostrar sorpresa. Su rostro, demacrado
y huesudo, estaba marcado con arrugas, grandes mechones canosos le recorrían el
cabello y andaba bastante encorvado, como si cargase un bulto invisible. Su voz se
había vuelto más áspera y abrupta y tenía tendencia a mirar a la gente con la cabeza
gacha, de manera que sus claros ojos grises se veían puntiagudos y quejumbrosos
bajo sus enmarañadas cejas. Apenas hablaba con nadie a parte de sus alumnos y
siempre respondía a las preguntas y los saludos con impaciencia y a veces con
aspereza.
Realizaba su trabajo con una tenacidad y resolución que divertía a sus colegas
más veteranos e irritaba a los profesores más jóvenes, quienes, como él mismo, daban
clase sólo a los de primero. Pasaba horas calificando y corrigiendo trabajos de
Y aquélla fue una de las leyendas que empezó a asociarse con su nombre, leyendas
que crecieron en detalles y elaboración año tras año, progresando como un mito del
hecho personal a la verdad ritual.
A sus cuarenta y muchos parecía mucho más viejo. Su cabello, denso y rebelde
como lo había sido en su juventud, era casi uniformemente blanco. Tenía el rostro
muy arrugado y los ojos hundidos en las cuencas, y la sordera que le había
sobrevenido el verano que terminó su aventura con Katherine Driscoll había ido
empeorando con el tiempo. La cabeza se le vencía hacia un lado y sus ojos parecían
como si contemplaran remotamente figuras enigmáticas que no pudieran identificar
del todo.
La sordera era de naturaleza curiosa. Aunque a veces tenía dificultades para
comprender a quien le hablara directamente, a menudo podía escuchar con perfecta
claridad una conversación murmurada al otro lado de una habitación ruidosa. A través
de este truco de su sordera averiguó que le consideraban, según la expresión que se
utilizaba cuando era joven, un «personaje del campus».
De este modo escuchó, una y otra vez, la elaborada historia de cómo daba clase
de inglés medieval a un grupo de alumnos de primero y la rendición de Hollis
Lomax. «Y cuando el grupo de treinta y siete alumnos nuevos se examinaron de
inglés, ¿sabéis qué grupo obtuvo la mayor nota?», preguntó un profesor novel reacio
al inglés de primero. «Claro. La antigua clase del viejo Stoner. ¡Y seguimos
utilizando esos ejercicios y cuadernillos!».
Stoner tuvo que admitir que se había convertido, a ojos de los profesores noveles
y los alumnos veteranos —los cuales parecían ir y venir antes de que pudiera fijar sus
nombres a sus rostros—, en una figura casi mítica, pese a las funciones cambiantes y
variadas de tal figura.
A veces era un villano: en una versión que intentaba explicar su larga enemistad
con Lomax, él había seducido y luego abandonado a una joven estudiante por la que
Lomax sentía una pasión pura y honorable. A veces era el tonto: en otra versión de la
misma enemistad, rechazaba hablar con Lomax porque en una ocasión no había
querido escribir una carta de recomendación para uno de los alumnos graduados de
Stoner. Y a veces era el héroe: en una versión final y no siempre aceptada, Lomax le
odiaba y le había congelado en su rango porque se le había descubierto dando a uno
de sus alumnos favoritos una copia del examen final de una asignatura de Stoner.
De todas formas la leyenda se circunscribía a su comportamiento en clase. Con
los años se había ido haciendo más y más ausente aunque era cada vez más intenso.
Empezaba sus clases y explicaciones farfullando con torpeza, aunque rápidamente se
sumergía tanto en el tema que parecía no percatarse de nada ni nadie a su alrededor.
LOS años de la guerra se sucedieron confusos y Stoner pasó por ellos como lo
hubiese hecho conduciendo a través de una tormenta casi insoportable, con la cabeza
gacha, la mandíbula encajada y la mente fija en el siguiente paso y en el siguiente y
en el siguiente. Pero, pese a su resistencia estoica y a su devenir estólido por días y
semanas, era un hombre fuertemente dividido. Una parte de él se espantaba a causa
de un miedo instintivo a la desolación diaria, al desbordamiento de destrucción y
muerte que inexorablemente asaltaba mente y corazón. De nuevo volvió a ver la
universidad diezmada y las clases vacías de jóvenes; vio las miradas perturbadoras en
aquéllos que se habían quedado y vio en esas miradas la muerte lenta del corazón, el
amargo desgaste del sentimiento y el cariño.
Pero otra parte de él le sumía intensamente en aquel mismo holocausto del que se
espantaba. Halló dentro de sí una capacidad para la violencia que no sabía que
tuviera; anhelaba involucrarse, deseaba probar el sabor de la muerte, el amargo placer
de la destrucción, notar la sangre. Sentía tanto vergüenza como orgullo y, por encima
de todo, una decepción amarga, por él y por la época y circunstancias que la hicieron
posible.
Semana tras semana, mes tras mes, los nombres de los muertos desfilaban ante él.
A veces eran sólo nombres que recordaba como si pertenecieran a un pasado distante;
otras veces podía evocar un rostro que relacionar con el nombre; otras, podía recordar
una voz, un habla.
A pesar de todo continuó enseñando y estudiando, pese a que a veces sentía que
encorvaba la espalda inútilmente frente a la impetuosa tormenta y que ahuecaba las
manos en vano alrededor de la llama mortecina de su lastimosa última cerilla.
De vez en cuando Grace venía a Columbia para visitar a sus padres. La primera
vez trajo a su hijo, de apenas un año, pero su presencia parecía molestar remotamente
a Edith, por lo que desde entonces lo dejaba en San Luis con sus abuelos paternos
cuando venía de visita. A Stoner le hubiera gustado ver más a su nieto, pero no
mencionaba este deseo. Se había dado cuenta de que la marcha de Grace de Columbia
—quizás incluso su embarazo— era en realidad la huida de una prisión a la que ahora
regresaba por su bondad indeleble y su generosa buena voluntad.
Aunque Edith no lo sospechara o no quisiera admitirlo, Stoner supo que Grace
había empezado a beber con una callada gravedad. La primera vez que se dio cuenta
fue durante el verano del año posterior al fin de la guerra. Grace había venido de
visita unos días y parecía especialmente cansada, tenía ojeras y su rostro era tenso y
pálido. Una noche, después de cenar, Edith se fue pronto a la cama y Grace y Stoner
se quedaron juntos, sentados en la cocina, bebiendo café. Stoner intentó hablarle,
pero ella estaba inquieta y alterada. Se quedaron en silencio mucho tiempo, al fin