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Calixto Garmendia

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Antología

literaria
5
SECUNDARIA
Título: Antología literaria 5 Primera edición: 2015
Segunda edición: junio de 2017
Edición Tercera edición: Lima, diciembre de 2019
© Ministerio de Educación
Calle Del Comercio N.º 193, San Borja Tiraje: 388 799 ejemplares
Lima 41, Perú
Teléfono: 615-5800 Impresión
www.minedu.gob.pe Amauta Impresiones Comerciales S.A.C., sito en Jr.
Juan Manuel del Mar y Bernedo Nº 1290 - Lima.
Coordinación
Karen Coral Rodríguez RUC N.º 20547416776

Antologadores Todos los derechos reservados. Prohibida la


Marco Bassino Pinasco reproducción de este libro por cualquier medio, total o
Marcel Velázquez Castro parcialmente, sin permiso expreso del Ministerio de
Educación.
Corrección de estilo
Alfredo Acevedo Nestárez Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del
Perú Nº 2019-18557
Recopilación de textos
Elizabeth Lino Cornejo Impreso en el Perú / Printed in Peru
Agustín Prado Alvarado

Ilustración
Oscar Casquino Neyra

Tratamiento del contenido


Leda Rocío Quintana Rondón
Sandro Gonzalo Castillo Claudio
Marcela Lucía Trujillo Melgar
En los relatos, cuentos y poemas se ha respetado el uso de las variedades
María Amparo de Jesús Fernández Chávez regionales del castellano cuando, por voluntad del narrador o autor, el texto
original lo propone.
Revisión pedagógica Por último, se está aplicando la normativa ortográfica vigente del
español, publicada el año 2010.
Marcela Lucía Trujillo Melgar
María Amparo de Jesús Fernández Chávez

Diseño y diagramación
Interactiva Studio S.A.C.
CALIXTO GARMENDIA1

D
1954
CIRO ALEGRÍA
(peruano)

éjame contarte —le pidió Remigio Garmendia a Anselmo, levantan-


do la cara. Todos estos días, anoche, esta mañ ana, aú n esta tarde, he
recordado mucho... Hay momentos en que a uno se le agolpa la vida...
Además, debes aprender. La vida, corta o larga, no es de uno solamente.
Sus ojos diá fanos parecían fijos en el tiempo. La voz se le
fraguaba hondo y tenía un rudo timbre de emoció n. Blandíanse a ratos las
manos encallecidas.
—Yo nací arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era carpintero y
me mandó a la escuela. Hasta segundo añ o de primaria era todo lo que había. Y
eso que tuve suerte de nacer en el pueblo, porque los niñ os del campo se
queda- ban sin escuela. Fuera de su carpintería, mi padre tenía un terrenito al
lado del pueblo, pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos
indios a los que pagaba en plata o con obritas de carpintería: que el cabo de
una lampa o un hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremo del corredor
de mi casa, veíamos amarillear el trigo, verdear el maíz, azulear las habas en
nuestra pequeñ a tie- rra. Daba gusto. Con la comida y la carpintería, teníamos
bastante, considerando nuestra pobreza. A causa de tener algo y también por
su cará cter, mi padre no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero
estaba en el corredor de la casa, dando a la calle. Pasaba el alcalde. «Buenos
días, señ or», decía mi padre, y se acabó . Pasaba el subprefecto. «Buenos días,
señ or», y asunto concluido. Pasaba el alférez de gendarmes. «Buenos días,
alférez», y nada má s. Pasaba el juez y lo mismo. Así era mi padre con los
mandones. Ellos hubieran querido que les tuvie- ra miedo o les pidiese o les
debiera algo. Se acostumbran a todo eso los que man- dan. Mi padre les
disgustaba y no acababa ahí la cosa. De repente venía gente del pueblo, ya sea
indios, cholos o blancos pobres. De a diez, de a veinte o también en poblada
llegaban. «Don Calixto, encabécenos para hacer este reclamo». Mi padre se
llamaba Calixto. Oía de lo que se trataba, si le parecía bien, aceptaba y salía a la
cabeza de la gente, que daba vivas y metía harta bulla, para hacer el reclamo.
Hablaba con buena palabra. A veces hacía ganar a los reclamadores y otras per-
día, pero el pueblo siempre le tenía confianza. Abuso que se cometía, ahí estaba
mi padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las autoridades y los
ricos del pueblo, dueñ os de haciendas y fundos, le tenían echado el ojo para
partirlo en la primera ocasió n. Consideraban altanero a mi padre y no los
dejaba tranquilos. É l ni se daba cuenta y vivía como si nada le pudiera pasar.
Había hecho un silló n grande, que ponía en el corredor. Ahí solía sentarse, por
las tardes, a conversar con los amigos. «Lo que necesitamos es justicia», decía.
«El día que el Perú tenga justicia, será grande». No dudaba de que la habría y se
torcía los mostachos con satisfacció n, predicando: «No debemos consentir
abusos».
Sucedió que vino una epidemia de tifo y el panteó n del pueblo se llenó
con los muertos del propio pueblo y los que traían del campo. Entonces las
autorida- des echaron mano de nuestro terrenito para panteó n. Mi padre
protestó diciendo

34
1 Tomado de Alegría (2004).

35
que tomaran tierra de los ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia
sali- da del pueblo. Dieron de pretexto que el terreno de mi padre estaba ya
cercado, pusieron gendarmes y comenzó el entierro de muertos. Quedaron a
darle una indemnizació n de setecientos soles, que era algo en esos añ os, pero
que autori- zació n, que requisitos, que papeleo, que no hay plata en este
momento... Se la estaban cobrando a mi padre, para ejemplo de reclamadores.
Un día, después de discutir con el alcalde, mi viejo se puso a afilar una cuchilla
y, para ir a lo seguro, también un formó n. Mi madre algo le vería en la cara y
se le prendió del cogote y le lloró diciéndole que nada sacaba con ir a la cá rcel
y dejarnos a nosotros má s desamparados. Mi padre se contuvo como
quebrándose. Yo era niñ o entonces y me acuerdo de todo eso como si
hubiera pasado esta tarde.
Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comenzó a escribir
cartas exponiendo la injusticia. Quería conseguir que al menos le pagaran. Un
es- cribano le hacía las cartas y le cobraba dos soles por cada una. Mi pobre
escritura no valía para eso. El escribano ponía al final: «A ruego de Calixto
Garmendia, que no sabe firmar, Fulano». El caso fue que mi padre despachó
dos o tres cartas al diputado por la provincia. Silencio. Otras al senador por el
departamento. Silencio. Otra al mismo presidente de la Repú blica. Silencio. Por
ú ltimo mandó cartas a los perió dicos de Almagro y a los de Lima. Nada, señ or.
El postilló n llegaba al pueblo una vez por semana, jalando una mula cargada
con la valija del correo. Pasaba por la puerta de la casa y mi padre se iba detrá s
y esperaba en la oficina de despacho hasta que clasificaban la correspondencia.
A veces, yo también iba. «¿Carta para Calixto Garmendia?», preguntaba mi
padre. El interventor, que era un viejito fla- co y bonachó n, tomaba las cartas
que estaban en la casilla de la G, las iba viendo y al final decía: «Nada, amigo».
Mi padre salía comentando que la pró xima vez ha- bría carta. Con los añ os,
afirmaba que al menos los perió dicos responderían. Ariz- mendi me ha dicho
que, por lo regular, los perió dicos creen que asuntos como esos carecen de
interés general. Esto, en el caso de que los mismos no estén en favor del
gobierno y sus autoridades y callen cuanto pueda perjudicarles. Mi padre tardó
en desengañ arse de reclamar lejos y estar yéndose por las alturas, varios añ os.
Un día, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panteó n que aú n
no tenía cadá veres, para afirmar su propiedad. Lo tomaron preso los
gendarmes, mandados por el subprefecto en persona, y estuvo dos días en la
cárcel. Los trá- mites estaban ultimados y el terreno era de propiedad
municipal legalmente. Cuando mi padre iba a hablar con el Síndico de Gastos
del Municipio, el tipo abría el cajó n del escritorio y decía como si ahí debiera
estar la plata: «No hay dinero, no hay nada ahora. Cálmate, Garmendia. Con
el tiempo se te pagará». Mi padre presentó dos recursos al juez. Le costaron
diez soles cada uno. El juez los declaró sin lugar. Mi padre ya no pensaba en
afilar la cuchilla y el formó n. «Es triste te- ner que hablar así —dijo una vez—,
pero no me darían tiempo de matar a todos los que debía». El dinerito que mi
madre había ahorrado y estaba en una ollita escondida en el terrado de la
casa se fue en cartas y en papeleo.
A los seis o siete añ os del despojo, mi padre se cansó hasta de cobrar.
Envejeció mucho en aquellos tiempos. Lo que más le dolía era el atropello. Alguna
vez pensó en irse a Almagro o a Lima a reclamar, pero no tenía dinero para eso.
Y cayó también en cuenta de que, viéndolo pobre y solo, sin influencias ni nada,
no le harían caso.
¿De quién y có mo podía valerse? El terreno seguía de panteó n, recibiendo muertos.
Mi padre no quería ni verlo, pero cuando por casualidad llegaba a mirarlo, decía:
«¡Algo mío han enterrado también ahí! ¡Crea usted en la justicia!». Siempre se
había ocupado de que les hicieran justicia a los demá s y, al final, no la había
podido ob- tener ni para él mismo. Otras veces se quejaba de carecer de
instrucció n y siempre despotricaba contra los tiranos, gamonales, tagarotes y
mandones.
Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le quedó otra cosa
que su modesta carpintería. Apenas tuve fuerzas, me puse a ayudarlo en el tra-
bajo. Era muy escaso. En ese pueblito sedentario, casas nuevas se levantarían
una cada dos añ os. Las puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie
usaba. Los ricos del pueblo se enterraban en cajó n, pero eran pocos y no
morían con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos envueltos en
mantas suje- tas con cordel, igual que aquí en la costa entierran a cualquier
peó n de cañ a, sea indio o no. La verdad era que, cuando nos llegaba la noticia
de un rico difunto y el encargo de un cajó n, mi padre se ponía contento. Se
alegraba de tener trabajo y también de ver irse al hoyo a uno de la pandilla que
lo despojó . ¿A qué hombre, tratado así, no se le dañ a el corazó n? Mi madre creía
que no estaba bueno alegrar- se debido a la muerte de un cristiano y
encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos padrenuestros y
avemarías. Duro le dá bamos al serrucho, al cepillo, a la lija y a la clavada mi
padre y yo, que un cajó n de muerto debe hacerse luego. Lo hacíamos por lo
comú n de aliso y quedaba blanco. Algunos lo querían así y otros que pintado de
color caoba o negro y encima charolado. De todos modos, el muerto se iba a
podrir lo mismo bajo la tierra, pero aun para eso hay gustos.
Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el pueblo. Un
foraste- ro abrió una nueva tienda, que resultó mejor que las otras cuatro que
había. Mi viejo y yo trabajamos dos meses haciendo el mostrador y los andamios
para los géneros y abarrotes. Se inauguró con banda de mú sica y la gente
hablaba de progreso. En mi casa, hubo ropa nueva para todos. Mi padre me dio
para que la gastara en lo que quisiera, así, en lo que quisiera, la mayor cantidad
de plata que había visto en mis manos: dos soles. Con el tiempo, la tienda no hizo
otra cosa que mermar el negocio de las otras cuatro, nuestra ropa envejeció y todo
fue olvidado. Lo ú nico bueno fue que yo gasté los dos soles en una muchacha
llamada Eutimia, así era el nombre, que una noche se dejó coger entre los alisos
de la quebrada. Eso me duró . En adelante no me cobró ya nada y si antes me
recibió los dos soles, fue de pobre que era.
En la carpintería las cosas siguieron como siempre. A veces hacíamos
un baú l o una mesita o dos o tres sillas en un mes. Como siempre, es un
decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo había visto yo gozarse puliendo y
charolando cualquier obrita y le quedaba muy vistosa. Después ya no le
importó y como que salía del paso con un poco de lija. Hasta que al fin llegaba
el encargo de otro cajó n de muerto, que era plato fuerte. Cobrábamos
generalmente diez soles. Dele otra vez a alegrarse mi padre, que solía decir:
«¡Se fregó otro bandido, diez soles!», y a trabajar duro él y yo, y a rezar mi
madre y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero ahí acababa todo. ¿Eso es
vida? Como muchacho que era, me disgustaba que en esa vida estuviera
mezclada tanto la muerte.
La cosa fue más triste cada vez. En las noches, a eso de las tres o cuatro
de la madrugada, mi padre se echaba unas cuantas piedras bastante grandes
a los bolsillos, se sacaba los zapatos para no hacer bulla y caminaba medio
agazapado hacia la casa del alcalde. Tiraba las piedras, rá pidamente, a
diferentes partes del techo, rompiendo las tejas. Luego volvía a la carrera y, ya
dentro de la casa, a os-
curas, pues no encendía luz para evitar sospechas, se reía, se reía. Su risa
parecía a ratos el graznido de un animal. A ratos era tan humana, tan
desastrosamente humana, que me daba más pena todavía. Se calmaba unos
cuantos días con eso. Por otra parte, en la casa del alcalde solían vigilar. Como
había hecho incontables chanchadas, no sabían a quién echarle la culpa de las
piedras. Cuando mi padre deducía que se habían cansado de vigilar, volvía a
romper tejas. Llegó a ser un experto en la materia. Luego rompió tejas de las
casas del juez, del subprefecto, del alférez de gendarmes, del Síndico de
Gastos. Calculadamente, rompió las de las casas de otros notables, para que
si querían deducir, se confundieran. Los ocho gendarmes del pueblo salieron
en ronda muchas noches, en grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi
padre. Se había vuelto un artista de la rotura de tejas. De mañ ana salía a
pasear por el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas
que atacaba subían con tejas nuevas a reemplazar las ro- tas. Si llovía, era
mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien odiaba má s, el
alcalde, para que el agua la dañ ara o, al caerles, los molestara a él y su
familia. Llegó a decir que les metía el agua a los dormitorios, de lo bien que
calcu- laba las pedradas. Era poco probable que pudiese calcular tan
exactamente en la oscuridad, pero él pensaba que lo hacía, por darse el gusto
de pensarlo.
El alcalde murió de un momento a otro. Unos decían que de un atracó n
de carne de chancho y otros que de las có leras que le daban sus enemigos. Mi
padre fue llamado para que le hiciera el cajó n y me llevó a tomar las
medidas con un cordel. El cadá ver era grande y gordo. Había que verle la
cara a mi padre con- templando el muerto. É l parecía la muerte. Cobró
cincuenta soles, adelantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio,
dijo que el cajó n tenía que ser muy grande, pues el cadá ver también lo era y
ademá s gordo, lo cual demostraba que el alcalde comió bien. Hicimos el cajó n
a la diabla. A la hora del entierro, mi padre contemplaba desde el corredor
cuando metían el cajó n al hoyo, y decía: «Come la tierra que me quitaste,
condenado; come, come». Y reía con esa su risa horrible. En adelante, dio
preferencia en la rotura de tejas a la casa del juez y decía que esperaba
verlo entrar al hoyo también, lo mismo que a los otros mandones. Su vida
era odiar y pensar en la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, toman- do
a Eutimia en el alisar de la quebrada. Pero me dolía muy hondo que hubieran
derrumbado así a mi padre. Antes de que lo despojaran, su vida era amar a
su mujer y su hijo, servir a sus amigos y defender a quien lo necesitara. Quería
a su patria. A fuerza de injusticia y desamparo, lo habían derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si mi padre
sanara de pronto. Eso duró dos días. El nuevo alcalde le dijo también que no
había plata para pagarle. Además, que abusó cobrando cincuenta soles por un
cajó n de muerto y que era un agitador del pueblo. Como se lo quisiera tomar,
esto ya no tenía ni apariencia de verdad. Hacía añ os que las gentes, sabiendo a
mi padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa para que las
defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le gritó al nuevo
alcalde, se puso furioso y lo metieron quince días en la cá rcel, por desacato.
Cuando salió , le aconsejaron que fuera con mi madre a darle satisfacciones al
alcalde, que le lloraran ambos y le suplicaran el pago. Mi padre se puso a
clamar: «¡Eso nunca! ¿Por qué quieren humillarme? ¡La justicia no es limosna!
¡Pido justicia!». Al poco tiempo, mi padre murió .

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