MICRORRELATOS
UN SUEÑO, DE JORGE LUIS BORGES
En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana.
En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma de círculo) hay una
mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí
escribe, en caracteres que no comprendo, un largo poema sobre un hombre que en
otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El
proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.
FINAL PARA UN CUENTO FANTÁSTICO, DE I.A. IRELAND
-¡Que extraño! -dijo la muchacha avanzando cautelosamente-. ¡Qué puerta más
pesada!
La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
-¡Dios mío! -dijo el hombre-. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro.
¡Cómo, nos han encerrado a los dos!
-A los dos no. A uno solo -dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
UNA INMORTALIDAD, DE CARLOS ALMIRA
El poeta de moda murió, y levantaron una estatua. Al pie grabaron uno de los
epigramas que le valieron la inmortalidad y que ahora provoca la indiferencia o la risa,
como la chistera, el corbatín y la barba de chivo del pobre busto. El Infierno no es de
fuego ni de hielo, sino de bronce imperecedero.
LAS GAFAS, MATÍAS GARCÍA MEGÍAS
Tengo gafas para ver verdades. Como no tengo costumbre no las uso nunca.
Sólo una vez…
Mi mujer dormía a mi lado.
Puestas las gafas, la miré.
La calavera del esqueleto que yacía debajo de las sabanas roncaba a mi lado, junto a
mí.
El hueso redondo sobre la almohada tenía los cabellos de mi mujer, con los rulos de mi
mujer.
Los dientes descarnados que mordían el aire a cada ronquido, tenían la prótesis de
platino de mi mujer.
Acaricié los cabellos y palpé el hueso procurando no entrar en las cuencas de los ojos:
no cabía duda, aquello era mi mujer.
Dejé las gafas, me levanté, y estuve paseando hasta que el sueño me rindió y me
volvió a la cama.
Desde entonces, pienso mucho en las cosas de la vida y de la muerte.
Amo a mi mujer, pero si fuera más joven me metería a monje.
LA CARTA, DE LUIS MATEO DÍEZ
Todas las mañanas llego a la oficina, me siento, enciendo la lámpara, abro el
portafolios y, antes de comenzar la tarea diaria, escribo una línea en la larga carta
donde, desde hace catorce años, explico minuciosamente las razones de mi suicidio.
EL GESTO DE LA MUERTE, DE JEAN COCTEAU
Un joven jardinero persa dice a su príncipe:
-¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana. Me hizo un gesto de amenaza. Esta
noche, por milagro, quisiera estar en Ispahán.
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, el príncipe encuentra a la
Muerte y le pregunta:
-Esta mañana ¿por qué hiciste a nuestro jardinero un gesto de amenaza?
-No fue un gesto de amenaza -le responde- sino un gesto de sorpresa. Pues lo veía
lejos de Ispahán esta mañana y debo tomarlo esta noche en Ispahán.
ABRIL, DE BEATRIZ ALONSO ARANZÁBAL
Me senté en la última fila del autobús escolar, suplicando baches. Por fin salíamos de
excursión toda la clase, y mis compañeras se regocijaban en sus asientos, mientras
piropeaban al conductor. La profesora decía que la primavera no tiene remedio. Unos
días antes yo había hecho el amor por primera vez. Sin precauciones.
ÁNGELES, DE ESPIDO FREIRE
Apostados cada uno en una esquina de la cama le veían cada noche rezar y dormir.
Una vez quisieron mostrarse. El niño rompió a gritar y su madre trató de convencerle
de que los monstruos no existían. Ellos bajaron la cabeza, avergonzados, y ocultaron
su fealdad tras sus alas.
LA TACITA, INÉDITO DE JOSÉ MARÍA MERINO
He vertido café en la tacita, he añadido la sacarina, remuevo con la cucharilla y,
cuando la saco, observó en la superficie del líquido caliente un pequeño remolino en el
que se dispersa en forma elíptica la espuma del edulcorante mientras se disuelve. Me
recuerda de tal modo una galaxia que, en los cuatro o cinco segundos que tarda en
desaparecer, imagino que lo ha sido de verdad, con sus estrellas y sus planetas.
¿Quién podría saberlo? Me llevo ahora a los labios la tacita y pienso que me voy a
beber un agujero negro. Seguro que la duración de nuestros segundos tiene otra
escala, pero acaso este universo en el que habitamos esté constituido por diversas
gotas de una sustancia en el trance de disolverse en algún fluido antes de que unas
gigantescas fauces se lo beban.
SUEÑO DE LA MARIPOSA, DE CHUANG TZU
Chuang Tzu soñó que era una mariposa. Al despertar ignoraba si era Tzu que había
soñado que era una mariposa o si era una mariposa y estaba soñando que era Tzu.
EL POZO, DE LUIS MATEO DÍEZ
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas tragedias
familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa. Veinte
años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás
había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en
el interior. “Este es un mundo como otro cualquiera”, decía el mensaje.
LA CLEPSIDRA, DE JAVIER PUCHE
Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde
había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en
las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última
gota, el tiempo se detuvo para siempre.
EL NACIMIENTO DE LA COL, DE RUBÉN DARÍO
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las flores fueron creadas, y antes de
que Eva fuese tentada por la serpiente, el maligno espíritu se acercó a la más linda
rosa nueva en el momento en que ella tendía, a la caricia del celeste sol, la roja
virginidad de sus labios.
-Eres bella.
-Lo soy -dijo la rosa.
-Bella y feliz – prosiguió el diablo-. Tienes el color, la gracia y el aroma. Pero…
-¿Pero?…
-No eres útil. ¿No miras esos altos árboles llenos de bellotas? Ésos, a más de ser
frondosos, dan alimento a muchedumbres de seres animados que se detienen bajo
sus ramas. Rosa, ser bella es poco…
La rosa entonces –tentada como después lo sería la mujer- deseó la utilidad, de tal
modo que hubo palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
-Padre –dijo aquella princesa floral, temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis
hacerme útil?
-Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.
Y así vio el mundo la primera col.
LA SENTENCIA, DE WU CH’ENG-EN
Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio
y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló
a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un
dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la
noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el
emperador juró protegerlo.
Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el
palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no
matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era
larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían
una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del
emperador y gritaron:
-¡Cayó del cielo!
Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:
-Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.
LITERATURA, DE JULIO TORRI
El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel,
la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin
embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en
su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros,
pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer,
y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y
empavorecedores.
La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el
abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en
que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin
triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica,
sobrenatural.
TEMOR DE LA CÓLERA, DE AH’MED EL QALYUBI
En una de sus guerras, Alí derribó a un hombre y se arrodilló sobre su pecho para
decapitarlo. El hombre le escupió en la cara. Alí se incorporó y lo dejó. Cuando le
preguntaron por qué había hecho eso, respondió:
-Me escupió en la cara y temí matarlo estando yo enojado. Sólo quiero matar a mis
enemigos estando puro ante Dios.
LA CONFESIÓN, DE MANUEL PEYROU
En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la
espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había
vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le
permitieron recibir a su mujer, en la celda.
-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si
hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.
MENSAJE, DE THOMAS BAILEY ALDRICH
Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie más en el mundo:
todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta.
TRANVÍA, DE ANDREA BOCCONI
Por fin. La desconocida subía siempre en aquella parada. “Amplia sonrisa, caderas
anchas… una madre excelente para mis hijos”, pensó. La saludó; ella respondió y
retomó su lectura: culta, moderna.
Él se puso de mal humor: era muy conservador. ¿Por qué respondía a su saludo? Ni
siquiera lo conocía.
Dudó. Ella bajó.
Se sintió divorciado: “¿Y los niños, con quién van a quedarse?”
EL DEDO, DE FENG MENG-LUNG
Un hombre pobre se encontró en su camino a un antiguo amigo. Éste tenía un poder
sobrenatural que le permitía hacer milagros. Como el hombre pobre se quejara de las
dificultades de su vida, su amigo tocó con el dedo un ladrillo que de inmediato se
convirtió en oro. Se lo ofreció al pobre, pero éste se lamentó de que eso era muy poco.
El amigo tocó un león de piedra que se convirtió en un león de oro macizo y lo agregó
al ladrillo de oro. El amigo insistió en que ambos regalos eran poca cosa.
-¿Qué más deseas, pues? -le preguntó sorprendido el hacedor de prodigios.
-¡Quisiera tu dedo! -contestó el otro.
EL SUEÑO DE UN REY, DE LEWIS CARROLL
-Ahora está soñando. ¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?
-Nadie lo sabe.
-Sueña contigo. Y si dejara de soñar, ¿qué sería de ti?
-No lo sé.
-Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si se despertara ese Rey te apagarías
como una vela.
EL VERDUGO, DE A. KOESTLER
Cuenta la historia que había una vez un verdugo llamado Wang Lun, que vivía en el
reino del segundo emperador de la dinastía Ming. Era famoso por su habilidad y
rapidez al decapitar a sus víctimas, pero toda su vida había tenido una secreta
aspiración jamás realizada todavía: cortar tan rápidamente el cuello de una persona
que la cabeza quedara sobre el cuello, posada sobre él. Practicó y practicó y
finalmente, en su año sesenta y seis, realizó su ambición.
Era un atareado día de ejecuciones y él despachaba cada hombre con graciosa
velocidad; las cabezas rodaban en el polvo. Llegó el duodécimo hombre, empezó a
subir el patíbulo y Wang Lun, con un golpe de su espada, lo decapitó con tal celeridad
que la víctima continuó subiendo. Cuando llegó arriba, se dirigió airadamente al
verdugo:
-¿Por qué prolongas mi agonía? -le preguntó-. ¡Habías sido tan misericordiosamente
rápido con los otros!
Fue el gran momento de Wang Lun; había coronado el trabajo de toda su vida. En su
rostro apareció una serena sonrisa; se volvió hacia su víctima y le dijo:
-Tenga la bondad de inclinar la cabeza, por favor.
LA OVEJA NEGRA - AUGUSTO MONTERROSO
En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada. Un siglo
después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en
el parque. Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente
pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y
corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.
EL POZO - LUIS MATEO DÍEZ
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años. Fue una de esas
tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie
jamás había vuelto a asomarse. En el caldero descubrió una pequeña botella con un
papel en el interior. "Este es un mundo como otro cualquiera", decía el mensaje.
HABLABA Y HABLABA - MAX AUB
Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga
hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que
hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar.
Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera
tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal
de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la
toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le
reventaron las palabras por dentro.
LA MANO - RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA
El doctor Alejo murió asesinado. Indudablemente murió estrangulado. Nadie había
entrado en la casa, indudablemente nadie, y aunque el doctor dormía con el balcón
abierto, por higiene, era tan alto su piso que no era de suponer que por allí hubiese
entrado el asesino. La policía no encontraba la pista de aquel crimen, y ya iba a
abandonar el asunto, cuando la esposa y la criada del muerto acudieron despavoridas
a la Jefatura. Saltando de lo alto de un armario había caído sobre la mesa, las había
mirado, las había visto, y después había huido por la habitación, una mano solitaria y
viva como una araña. Allí la habían dejado encerrada con llave en el cuarto.
Llena de terror, acudió la policía y el juez. Era su deber. Trabajo les costó cazar la
mano, pero la cazaron y todos le agarraron un dedo, porque era vigorosa corno si en
ella radicase junta toda la fuerza de un hombre fuerte. ¿Qué hacer con ella? ¿Qué luz
iba a arrojar sobre el suceso? ¿Cómo sentenciarla? ¿De quién era aquella mano?
Después de una larga pausa, al juez se le ocurrió darle la pluma para que declarase
por escrito. La mano entonces escribió: «Soy la mano de Ramiro Ruiz, asesinado
vilmente por el doctor en el hospital y destrozado con ensañamiento en la sala de
disección. He hecho justicia».
CARTA DEL ENAMORADO - JUAN JOSÉ MILLÁS
Hay novelas que aun sin ser largas no logran comenzar de verdad hasta la página
50 o la 60. A algunas vidas les sucede lo mismo. Por eso no me he matado antes,
señor juez.
LA MUERTE EN SAMARRA - GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (Adaptación)
El criado llega aterrorizado a casa de su amo.
-Señor -dice- he visto a la Muerte en el mercado y me ha hecho una señal de
amenaza.
El amo le da un caballo y dinero, y le dice:
-Huye a Samarra.
El criado huye. Esa tarde, temprano, el señor se encuentra la Muerte en el mercado.
-Esta mañana le hiciste a mi criado una señal de amenaza -dice.
-No era de amenaza -responde la Muerte- sino de sorpresa. Porque lo veía ahí, tan
lejos de Samarra, y esta misma tarde tengo que recogerlo allá.
LA MANZANA - ANA MARÍA SHUA
La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la
manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y
le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a
formularse la ley de gravedad.
EL EMPERADOR DE CHINA - MARCO DENEVI
Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del
palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en
obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro,
hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió
un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang
mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo - Durante un
año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el
emperador.
El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan
perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.
CALIDAD Y CANTIDAD - ALEJANDRO JODOROWSKY
No se enamoró de ella, sino de su sombra. La iba a visitar al alba, cuando su amada
era más larga
PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN EL CIELO - JOSÉ LEANDRO URBINA
Mientras el sargento interrogaba a su madre y su hermana, el capitán se llevó al
niño, de una mano, a la otra pieza...
- ¿Dónde está tu padre? - preguntó
- Está en el cielo - susurró él.
- ¿Cómo? ¿Ha muerto? - preguntó asombrado el capitán.
- No - dijo el niño -. Todas las noches baja del cielo a comer con nosotros. El
capitán alzó la vista y descubrió la puertecilla que daba al entretecho.
AMENAZAS - WILLIAM OSPINA
-Te devoraré -dijo la pantera.
-Peor para ti -dijo la espada.
ESTE TIPO ES UNA MINA - LUISA VALENZUELA
No sabemos si fue a causa de su corazón de oro, de su salud de hierro, de su
temple de acero o de sus cabellos de plata. El hecho es que finalmente lo expropió el
gobierno y lo está explotando. Como a todos nosotros.
LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA - FRANZ KAFKA
Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los
años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de
bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su
demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó
irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto
predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron
daño a nadie.
Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido
de la
responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y
útil esparcimiento hasta su fin.
(SIN TÍTULO) - GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN
Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello.