DOMINGO 34 CRISTO REY (C)
(2Sm 5,1-3) Tú serás el pastor de mi pueblo Israel, tú serás el jefe de Israel.
(Col 1,12-20) Porque en él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
(Lc 23,35-43) Había encima un letrero: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS
El Reino de Dios es un reinado sin rey. Jesús hizo presente el Reino superando su
ego. De él solo queda lo crístico, es decir lo que había de divino en él.
El último domingo del año litúrgico se dedica a Jesús. Toda la liturgia tiene como principio
y como fin al mismo Jesús. Comienza en Adviento con la preparación a su nacimiento, y
termina con la fiesta que estamos celebrando como culminación más allá de su vida
terrena. Como todo ser humano nació como un proyecto que se fue realizando durante
toda su vida y que culminó con la plenitud de ser que expresamos con el título de Rey.
Pero Jesús respondió a Pilato que su Reino no era de este mundo. Pues a pesar de ello,
nosotros no estamos de acuerdo con lo que dijo Jesús y le proclamamos Rey del
universo. Claro, nosotros sabemos mucho mejor que él, lo que es y lo que no es.
Con el evangelio en la mano, ¿podemos seguir hablando de “Jesús rey del universo”? Un
Jesús que luchó contra toda clase de poder; que rechazó como tentación, la oferta de
poseer todos los reinos del mundo. Un Jesús que dijo: Si no os hacéis como niños no
entraréis en el Reino de Dios. Un Jesús que invitó a sus seguidores a no someterse a
nadie. Un Jesús que dijo que no venía a ser servido, sino a servir. Un Jesús que dijo a los
Zebedeo: “El que quiera ser grande que sea el servidor, y el que quiera ser primero que
sea el último. Un Jesús que cuando querían hacerlo rey, se escabulló y se marchó a la
montaña; por cierto, con gran cabreo de los apóstoles que se fueron en la barca sin
esperarlo. Podíamos hacer más referencias, pero creo que está claro lo que quiero decir.
La palabra Rey, Padre, Hijo, Mesías, Pastor, tienen gran riqueza de significados
simbólicos, tanto en el AT como en el Nuevo. Todas están relacionadas entre sí y no se
puede entender separando unas de otras. La idea de un “rey”, en Israel, fue más bien
tardía. Mientras fueron un pueblo nómada no tenía sentido pensar en un rey, ni siquiera
sabían lo que era. Solo cuando llegaron a Canán y se establecieron en las ciudades
conquistadas, sintieron la necesidad de copiar sus estructuras sociales y le pidieron a
Dios un rey. Esa petición de un rey fue interpretada por los profetas como una
apostasía, porque para el pueblo judío, el único rey debía ser Yahvé.
Encontraron la solución convirtiendo al rey en un representante de Dios. Para erigir a
una persona como rey, se le ungía. Es lo que significa exactamente Mesías (Ungido).
La unción le capacitaba para una misión: conducir al pueblo en nombre de Dios. De ahí
que desde ese momento se le llamara hijo de Dios. Lo propio de un hijo es actuar como
el padre, en lugar del padre. También se le llamaba padre del pueblo y pastor del
pueblo. Lo mismo que Dios era padre y pastor para su pueblo, el que era elegido como
rey era ungido, hijo, pastor y padre. Los primeros cristianos utilizaron todas estas
palabras para referirse a Jesús y nosotros podemos seguir utilizándolas como símbolos.
Una clave para entender la fiesta de hoy las podemos encontrar en el mismo evangelio
que acabamos de leer. En primer lugar, el letrero que Pilatos puso sobre la cruz, era una
manera de mofarse, no de Jesús, sino de las autoridades judías que se lo habían
entregado. Es curioso que nosotros hayamos ampliado el ámbito de su realiza a todo el
universo. ¿Para escarnio de quien? Los soldados también le colocaron una corona y un
cetro para reírse de él. ¿Creéis que Jesús se hubiera encontrado más cómodo con una
corona de oro y brillantes y con un cetro cuajado de piedras preciosas? Por desgracia él
no está presente para poder protestar por la tergiversación que supone la farsa.
Las autoridades, el pueblo, uno de los ladrones, le piden que se salve; pero Jesús no bajó
de la cruz. Desde el bautismo hasta la cruz, le acompaña la tentación de poder. Jesús se
salvó de esa tentación, pero no como esperaban los que estaban a su alrededor. Hoy
seguimos esperando, para él y para nosotros, la salvación que se negó a realizar. Nos
negamos a admitir que nuestra salvación pueda consistir en dejarnos aniquilar por los que
nos odian. La plenitud del hombre es el servicio hasta la muerte. Si seguimos esperando
la salvación externa, de seguridad, de poder o de gloria, quedaremos decepcionados
como ellos. Jesús será Rey del Universo, cuando la paz y el amor reinen en todos los
rincones de la tierra. Cuando todos seamos testigos de la verdad.
Sin embargo, el centro de la predicación y actuación de Jesús fue “el Reino de Dios”.
Nunca se predicó a sí mismo ni revindicó nada para él. Todo lo que hizo y todo lo que dijo,
hacía siempre referencia a Dios. El Reino de Dios es una realidad que no hace referencia a
un rey. Ni Dios ni Jesús pueden hacer nada por implantar su Reino al margen de nuestra
actuación. Somos nosotros los que tenemos que hacerlo presente aquí y ahora, como
Jesús lo hizo presente mientras vivió entre nosotros. Jesús de Nazaret se identificó de tal
manera con ese Reino, que pudo decir: “quien me ve a mí, ve a mi Padre”. Esto no lo
decía como segunda persona de la Trinidad, sino como ser humano que había llegado a la
experiencia fundamental y había descubierto que su auténtico ser y Dios eran uno.
Los cristianos descubrieron esta identificación, y pronto pasaron de aceptar la predicación
de Jesús a predicarle a él. Surge entonces la magia de un nombre, Jesucristo. Jesús el
Cristo, el Ungido. El soporte humano de esta nueva figura queda determinado por la
cualidad de Ungido, Mesías. El adjetivo (ungido) queda sustantivado (Cristo).Lo
determinante y esencial es que es “Ungido”. Lo que Jesús manifiesta de Dios, es más
importante que el sustrato humano en el que se manifiesta lo divino. Pero debemos tener
siempre muy claro que los dos aspectos son inseparables. No puede haber un Jesús que
no sea Ungido, pero tampoco puede haber un “Ungido” sin un ser humano, Jesús.
Cristo no es exactamente Jesús de Nazaret, sino la impronta de Dios en ese Jesús. El
Reino que es Dios, es el Reino que se manifiesta en Jesús. Para poder aplicar a Jesús ese
título, debemos despojarlo de toda connotación de poder, fuerza o dominación. Jesús
condenó toda clase de poder. Pero no solo condenó al que somete; condenó con la misma
rotundidad a aquel que se deja someter. Este aspecto lo olvidamos y nos conformamos
con acusar a los que dominan. No hay opresor sin oprimido. El reinado de Cristo es un
reino sin rey, donde todos sirven y todos son servidos. Cuando decimos: reina la paz, no
queremos decir que la paz tenga un reino sino que la paz se hace presente en ese ámbito.
Jesús quiere seres humanos completos, que sean reyes, es decir, libres. Jesús quiere
seres humanos ungidos por el Espíritu de Dios, que sean capaces de manifestar lo divino
a través de su humanidad. Tanto el que esclaviza como el que se deja esclavizar, deja de
ser humano y se aleja de lo divino. El que se deja esclavizar es siempre opresor en
potencia, no se sometería si no estuviera dispuesto a someter. Entre todas las opresiones
posibles la religiosa es más inhuma porque es capaz de llegar a lo más profundo del ser y
oprimirle radicalmente. Emplear términos militares, como “guerrilleros de Cristo”,
“cruzados de Cristo”, para designar personas o asociaciones que pretenden estar
vinculadas a Jesús, es muestra de la más burda tergiversación del evangelio.
En el padrenuestro, decimos: “Venga tu Reino”, expresando el deseo de que cada uno
de nosotros hagamos presente a Dios como lo hizo Jesús. Y todos sabemos
perfectamente como actuó Jesús: desde el amor, la comprensión, la tolerancia, el
servicio. Todo lo demás es palabrería. Ni programaciones ni doctrina, ni ritos, sirven
para nada si no entramos en la dinámica del Reino. Jesús quiere que todos seamos
reyes, es decir que no nos dejemos esclavizar por nada ni por nadie. Cuando responde
a Pilatos, no dice “soy el rey”, sino soy rey. Con ello está demostrando que no es el
único, que cualquiera puede descubrir su verdadero ser y actuar según esa exigencia.
Meditación-contemplación
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“No es de este mundo”, no quiere decir que es un reino para el más allá.
Quiere decir que no es un reino como los que conocemos aquí.
El reinado de Jesús, es el reinado de Dios.
Es el reinado del amor, del servicio a los demás, de la entrega total.
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Cristo es rey porque es Señor de sí mismo.
Lo que hay de Dios en él, gobierna todo su ser.
Nada de lo que él es, queda fuera de la influencia divina.
De la manera, estás llamado a ser tú mismo, rey.
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Jesús le dice a Pilatos: Yo he venido para ser testigo de la Verdad.
Porque es Verdad, porque es auténtico, es Rey de sí mismo.
En él la parte espiritual reina sobre la sicológica y biológica.
Ahí tienes la manera de llegar a ser REY.
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