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Algo Tan Feo

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Marvel

M areno
Cuentos
completos
EDICIÓN AL CUIDADO DE JACQUES GILARD Y FABIO RODRÍGUEZ AMAYA

Grupo Editorial Norma


http: //www.norma.com
Bogotá Barcelona Buenos Aires Caracas Guatemala
Lima México Panamá Quito San José San Juan
San Salvador Santiago Santo Domingo
Moreno, Marvel, 1939-1995 CONTENIDO
Cuentos completos / Marvel Moreno. -- Edición de Jacques
Gilard y Fabio Rodríguez Amaya. -- Bogotá: Editorial Norma,
2001.
440 p. ; 21 cm. -- ( Colección la otra orilla)
ISBN: 958-04-5831-6
Cuentos colombianos I. Gilard, Jacques, ed. II. Rodríguez ORIANE, TÍA ORIANE 9
Amaya, Fabio, ed. III. Tít. N. Serie
Co863.6 cd 19 ed. Oriane, tía Oriane 11
AHE4592 El muñeco 25
CEP-Biblioteca Luis-Angel Arango
Ciruelas para Tomasa 31
La muerte de la acacia 53
Autocrítica 69
La eterna virgen 85
La sala del niño Jesús 91
Algo tan feo en la vida de una señora bien 105
La noche feliz de Madame Yvonne 135

© Herederos de Marvel Moreno EL ENCUENTRO Y OTROS RELATOS 221


© Editorial Norma, S.A. Una taza de té en Augsburg 223
Apartado 53550, Bogotá Sortilegios 233
Primera edición: julio de 2001 El encuentro 241
Derechos reservados para América Latina El violín 251
El hombre de las gardenias 259
Fotografía de cubierta: Víctor Robledo El espejo 265
Diseño: Camilo Umaña El día del censo 281
La sombra 289
Impreso por Cargraphics - Impresión digital El perrito 297
Impreso en Colombia - Printed in Colombia La peregrina 311
Barlovento 321
ce 21921
ISBN 958-04-58 31-6 LAS FIEBRES DEL MIRAMAR 345
La hora del gato 347
Prohibida la reproducción parcial o total por cualquier medio sin Las fiebres del Miramar 359
permiso escrito de la Editorial La maldición 367
Este libro se compuso en caracteres Minion
Algo tan feo en la vida de una señora bien

A Jacques Gilard

Laura de Urueta terminó de tomarse el último Librium y alai:gan­


do el brazo encendió el aparato de aire acondicionado.
En el cuarto se insinuaba una leve oscuridad, rezago del tiempo
de agua que había estado amenazando toda la tarde sin transfor­
marse en lluvia; se oía el zumbido de una mosca y de abajo, con­
fusamente, venían los ruidos que el nuevo chofer hacía al cerrar la
puerta del garaje. Todos se habían ido ya, Eucaris, la cocinera. Así
pues, estaba sola.
Por primera vez en mucho tiempo, recordó Laura de Urueta
abandonando el cigarrillo en un cenicero de cristal. Sola en aque­
lla casa demasiado grande, donde había vivido desde su matrimo­
nio sin haber podido nunca sentirla suya. El cuarto, su cuarto, era
distinto: le pertenecía, lo había arreglado a su gusto poniendo co­
sas que hacían sonreír a Ernesto, un diván de líneas simples que
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con frecuencia le servía de cama, el viejo escritorio de su padre y mayormente si bien recordaba; sin embargo, aquellos cuadros se
cojines, multitud de cojines regados por el suelo, amontonados habían vuelto un símbolo, no sabía muy bien de qué. Lo había
bajo la lámpara con sus colores vivos y aquellas figuras que ella descubierto cuando resolvió tomar aquel cuarto para ella y se sor­
misma dibujaba en papel pergamino antes de pasarlas a la tela de prendió clavándolos con una emoción extraña en la pared: allí es­
bordar. Ernesto sólo subía allí para darle las buenas noches cuan­ taban todavía así no los viera nadie, así Ernesto fingiera ignorarlos
do ella se retiraba temprano pretextando una jaqueca. No le gus­ cada vez que entraba a preguntarle por sus jaquecas. Igual le daba:
taban los afiches que cubrían las paredes, decía, pero sobre todo, al fin y al cabo eran suyos, expresaban, si algo expresaban, un sen­
así lo creía ella, no le gustaba encontrar sus cuadros; las cuatro timiento no definido, no razonado, eso que sin palabras le traji­
acuarelas que había logrado terminar alguna vez, el día que quiso naba la cabeza día y noche, que aparecía claramente en sus sueños
volver a la pintura recordando que en La Enseñanza la madre Ana y al despertarse olvidaba con una impresión de cansancio, de can­
María alababa sus dibujos, y aprovechando un viaje de Ernesto sancio asociado a figuras gris y malva. Había empezado a dibujar
había comprado cartones y pinceles y trabajado semanas enteras, aquellas figuras, explicó una vez a su hija, para ver si así sus sueños
sin descanso, locamente, hasta que él regresó y con una frase, una le resultaban más coherentes, o quizás (eso no se lo dijo), porque
sola, no recordaba cuál, la había hecho sentir ridícula, vagamente creía que el simple hecho de recrearlas con colores y pinceles po­
absurda. En cierta forma tenía razón. Nadie pinta si sus cuadros día liberarla de la angustia inexplicable que la anudaba cuando
no han de ser nunca vistos y la ciudad se habría caído de espaldas volvía de esas pesadillas sin sentido y sin memoria. Pero sólo había
si un buen día se hubiera anunciado la exposición de la esposa de logrado inquietar a Lilian. Espero que se te pase, le había dicho por
Ernesto Urueta, ex-presidente del Country y del Rotario, el emi­ todo comentario mirándola con un cierto recelo. Y ella, aunque
nente hombre de empresa, como lo llamaban los periódicos, en más o menos resentida, había comprendido su temor. Lo había
todo caso una persona discreta que prefería mantenerse al margen compartido, incluso. Hablar de esas cosas podía ser el primer paso
de cualquier publicidad y ni siquiera había permitido a su hija de ponerse al desnudo, de contarse a sí misma, y nada la crispaba
participar en concursos de belleza ni reinados de carnaval. Algo de tanto como las personas que se abrían a los demás con el aire de
eso había dicho aquella vez mirando fríamente sus acuarelas. Pero, estar abrumadas por dudas insondables, por penas metafísicas.
a pesar de concederle razón, ella, para sus adentros, se había sen­ Sonriendo de lo que acababa de pensar, Laura de Urueta miró
tido humillada. Porque en ningún momento había tenido el pro­ a su alrededor. Allí seguían las acuarelas, sí, y la mosca volvía a
pósito de exhibirse en público, por arte de magia no se convierte zumbar entre la ventana y la cortina. El sueño, la paz que había
una en pintora a los cuarenta años. En el rechazo de Ernesto ha­ buscado al tomar el puñado de tranquilizantes tardaba en venir.
bía habido ciertamente un proceso de intención, una manifesta­ Esperaría media hora más antes de comenzar con los somníferos.
ción más de su hiriente y eterna desconfianza. Desde entonces, De todos modos era preferible estar despierta cuando Ernesto la
hacía ya tres años, sólo pintaba para hacer bordados sobre los co­ llamara de Nueva York; lo haría sin lugar a dudas, como siempre
jines. No es que le importara demasiado, no le había importado que partía de viaje. Una llamada telefónica cada tres días, de Miami,
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Nueva York o Chicago, donde lo llevara la necesidad de negociar acuarelas parecía haberse diluido. La mosca danzaba dando tope­
patentes, contratar un nuevo técnico o comprar repuestos para la tazos contra el vidrio de la ventana y ningún ruido llegaba de la
maquinaria de la fábrica. Era tan gentil al ocuparse así de ella, siem­ casa desierta. Qué difícil realmente quedarse sola, reflexionó Laura
pre interesado en su salud, en sus pequeños problemas. Por fortu­ de Urueta. Era increíble todo lo que había tenido que intrigar y
na no estaría allí su madre pendiente de lo que hablara por teléfono. planear para conseguirlo: darle al servicio los cuatro días del car­
La actitud complaciente de su madre, sus frases convencionales, eso naval, convencer a su madre de que fuera a pasar una semana con
sí que no lo podía tolerar. No soportaba esa manera que tenía de Lilian y su marido a Santa Marta. Pero, ¿quién te va a acompañar?,
inmiscuirse en su vida, de recordarle a cada instante la suerte que las sirvientas, mamá, no te preocupes, y, ¿quién se va a quedar con
había tenido al encontrar a Ernesto. Desde que había venido a vivir usted?, mamá piensa regresar mañana, Eucaris, salga a divertirse.
con ella, dos años antes, tenía que hacer un esfuerzo continuo para Cualquiera diría una inválida, un recién nacido. La gente tendía
no estallar en su presencia. Y sin embargo la quería, le daba lásti­ siempre a protegerla, y no era que su comportamiento despertara
ma verla tan vieja y fatigada, una persona que jamás había cono­ esa actitud, por lo menos así lo creía. Sólo que su madre y Ernesto
cido el cansancio ni la enfermedad, que había trabajado toda su la habían considerado toda la vida incapaz, incapaz y frágil; las sir­
vida duramente, por ella, por conservarle, repetía entonces, la po­ vientas, claro, no hacían más que seguir la pauta. En el fondo no
sición social a la que su apellido le daba derecho. Lo había logrado, le había dado nunca ni frío ni calor la debilidad que le atribuían,
era verdad; a costa de sacrificios había mantenido las apariencias le servía para escurrirse, para resguardarse de_ ellos; si no estaba de
y ella había podido ir a un buen colegio, y frecuentar el Country, y acuerdo con sus opiniones, se callaba, no se sorprendían de su si­
disponer siempre de una casa presentable para recibir a sus amigas, lencio; si querían que los acompañara aquí o allá, no podía, estaba
aunque de la vieja casa de Olaya Herrera prefería no acordarse. indispuesta; si sentía que no llegaba a aguantarlos más, la jaqueca
Mejor que la hubieran echado abajo, que sobre sus ruinas se alza­ le permitía encerrarse en su cuarto. Qué buena idea haber conse­
ra un edificio. Ernesto había conseguido venderla bien y con el guido aquel cuarto, aislarse en él, hacerlo suyo. Y ver simultánea­
dinero recibido su madre le había regalado a Lilian la cuota inicial mente dos o tres médicos sin que nadie lo supiera. De ese modo
del apartamento, ése había sido su regalo de matrimonio. Era de podía comprar todos los tranquilizantes y somníferos que deseaba
esperarse, su madre adoraba a Lilian. Viéndolas juntas, advirtien­ y morirse de risa de la depresión. Porque ahora sabía que esa total
do lo mucho que se parecían, ella tenía a veces la impresión de no falta de ánimo, ese deseo de no moverse, de dormir, de hundirse
ser más que un eslabón entre dos generaciones, alguien que había en el vacío, se llamaba depresión. Y era tan intolerable, tan intole­
existido solamente para que su madre se reconociera en su hija, rable tener que levantarse de la cama a afrontar la rutina de cada
para que la casa de una se convirtiera en el apartamento de otra, día, y encontrar a Ernesto y su madre comentado las noticias del
sin que ni una ni otra tuvieran particularmente necesidad de ella. Heraldo, y asistir a la reunión de las Damas Rosadas, las Azules, las
Ahora el sol empezaba a brillar. El cuarto se había llenado de Católicas, que resultaba un verdadero alivio saber que por lo me­
repente de una luz rosada tan intensa que el gris y el malva de las nos pondría fin al día con cuatro, cinco somníferos, para de un
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golpe ir hasta el fondo de la nada, a la blanca región donde todo Lilian tratando siempre de mimetizarse, pendiente siempre del qué
dejaba de existir y el sueño se convertía en un denso, profundo dirán. Como ella, al fin y al cabo. Sólo que ella había cargado toda
olvido. Qué alegría, qué placer sentirse libre, disponer de sí misma su infancia la vergüenza de ser la hija de un hombre indigno, ¿no
a su antojo, no ver, no escuchar a nadie. El recuerdo de las cajas y lo llamaba así su madre?, ¿no se lo repetía una y mil veces? Además
frascos escondidos en su cuarto la hacía más tolerante, menos vul­ Lilian, y eso era importante, no tenía nada de que arrepentirse, no
nerable; un Librium, un Tranxene, un Valium, todos juntos al de­ había cometido su error. Error, divertido. ¿Qué diría su madre si
sayuno y la vida era una fiesta. Lástima no haberlo descubierto supiera que ahora reducía a error lo que ella había calificado siem­
antes. pre de infamia? En fin, ni valía la pena pensar en-ello.
Pensar que había pasado un año completo desde el matrimonio Laura de Urueta encendió un cigarrillo y cerrando los ojos
de Lilian, sí, un año, embrutecida por el insomnio y la tristeza, llo­ buscó a tientas un cojín por el suelo. Empezaba a sentirse adorme­
rando a escondidas, llevando a toda hora lentes negros no fuera a cida y tenía ganas de reír, unas ganas locas de echarse a reír. Infame,
ser que Ernesto advirtiera su estado de ánimo y empezara a abru­ hágame el favor, y sólo contaba diez y ocho años. Cierto era que
marla con la lógica que le servía para comprenderlo todo menos a para su madre no había términos medios, ni matices, ni límites;
ella. El matrimonio de Lilian había sido un detonador, el desper­ nada frenaba su crítica, su horrible necesidad de abrir la boca y po­
tar. De casos así está lleno el mundo: una se deja envolver por la nerse a calificar lo habido y lo por haber, sin humor, sin compa­
rutina, se somete a un marido anulándose hasta perder cualquier sión alguna. Ella, al menos, se había abstenido siempre de criticar
asomo de personalidad, hasta desarticularse, extraviarse en el per­ a los demás. Porque no tienes derecho, le había dicho su madre no
sonaje que él le impone; hace eso, sí, sin darse cuenta, porque es hacía mucho tiempo, a raíz de ya no sabía qué discusión; algo a
más fácil y la facilidad produce una especie de somnolencia; míen- propósito de tía Edi th, la detestada tía Edith. Ah, sí, a propósito de
tras tanto el tiempo pasa, el tiempo y la posibilidad de construirse aquella historia que toda la vida había oído referir sin comentar
una vida más conforme consigo misma, de ser lo que alguna vez nada, tía Edith que había matado al hermano de su madre porque
quiso, vagamente, confusamente ser. Y he aquí que de repente al­ lo obligaba a hacer cada noche el amor. De pronto había sentido
guien se casa, alguien se muere. O no ocurre nada grave, sino que deseos de abofetear la cara seca de su madre, su boca sin labios, sus
salen las primeras canas, o se lee un libro, o se formula una pre­ ojos sufridos, que se callara de una vez por todas, que dejara en paz
gunta cuya respuesta no es posible eludir más. Entonces hay un a la única mujer normal de la familia. No había dicho mayor cosa,
crujido y en la perfecta estructura algo falla, algo se viene al suelo. apenas comenzaba a hablar, recordaba, cuando su madre soltó
Eso había sentido con el matrimonio de Lilian, que se quebraba, aquello. Triunfante, excitada, dispuesta otra vez a hundirla bajo el
que se rompía el mecanismo que hasta entonces le había permiti­ peso de su virtud, de su vida ejemplar. A punto había estado de
do evadir la realidad engañándose a sí misma. Qué más engaño que decirle cuán ridícula le parecía su vida, o algo más hiriente aún,
imaginar a Lilian capaz de escoger una vida diferente a la suya. decirle, por ejemplo, que le fastidiaba ser insultada en su propia
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casa. Lo peor con su madre era que la hacía volverse innoble. Ha­ día verla, qué pregunta. Pero en el acto, le había dicho casi ahoga­
bía gente así, que lo llenaba a uno de vergüenza por los sentimien­ da por la alegría. Había sentido ganas de correr, de saltar, de con­
tos que en uno despertaba. Y eso era lo más difícil de perdonar. tarle a todo el mundo que Maritza estaba allí. Sólo entonces había
Laura de Urueta pensó que algún día tendría que poner en cla­ comprendido cuánto la quería; tenían tantas cosas en común, tan­
ro las cosas con su madre: explicarse, hablarle objetivamente. Pero tos recuerdos. Recuerdos, mejor dicho, porque en común, poco
algo le decía que no había vueltas que darle, frente a ella llevaría tenían. Ya habría querido ella parecerse a Maritza, importarle un
siempre las de perder. El problema del servicio, sin ir más lejos: comino la gente, ser consecuente con sus ideas. Maritza había
apenas instalada en la casa, su madre había comenzado a pelearse triunfado, aunque para los otros su vida fuera un fracaso; aunque
con el mundo entero y desde entonces cambiaban de cocinera y hubiera llegado a los cuarenta años sin lugar alguno donde caerse
de chofer cada dos meses. ¿Qué decirle? ¿Que ella se las había arre­ muerta, como había dicho riendo, mirando el salón que Ernesto
glado muy bien sola durante veintiún años?, ¿que su manera de se había obstinado en arreglar con sofás de cuero y tapices persas
tratar a las sirvientas resultaba humillante? ¿Decirle eso para que (si no marchaba el aire acondicionado se ahogaba uno literalmen­
adoptara su actitud de reina ofendida y pasara una semana sin te). Amigos, viajes, un hijo de quince años, me entiendo con él de
pronunciar una palabra en la mesa? Y luego, Ernesto le daba ra­ maravillas. Eso y el trabajo, una esclavitud, te lo acepto, pero el
zón, decía que nunca la casa había estado mejor atendida, que al único modo de mantenerse libre.
fin las sirvientas marchaban al paso. Lo mismo había ocurrido con Libre lo era, lo había sido siempre; fue lo primero que la sor­
Maritza; tanto había insistido su madre en que no debía verla, tanto prendió al conocerla. En el bus del colegio, se acordaba, con un
había hablado de su vida disipada en Nueva York, que Ernesto maletín cubierto de calcomanías. Las monjas se lo van a quitar,
había tomado cartas en el asunto y se puso a hacer averiguaciones había pensado. Pero no se lo quitaron. Y después de las calcoma­
por su cuenta hasta descubrir la verdad y pedirle que no volviera nías fueron los llaveros, los cuadernos adornados, los mapas en
a recibirla. Ella, claro, la había seguido viendo a escondidas, falta­ papel pergamino. Desde entonces la había copiado con una admi­
ba más. Pero a su edad era ridículo. ración ofuscada, sin condiciones. Desde entonces, también, su
Cómo sentía que Maritza no estuviera ahora allí; la llamaría por madre le había puesto el ojo. Qué de discusiones, Dios mío; por
teléfono, se sentarían en el salón y hablarían sin parar durante primera vez se había atrevido a llevarle la contraria, sin írsele de
horas; era la única persona que realmente la divertía, la única que frente, claro, no quería que en un estallido de autoridad le prohi­
la hacía reír. A lo mejor se le ocurría alguna extravagancia, que se biera rotundamente volver a verla. Pero ella se había mantenido
fueran, por ejemplo, de capuchones a recorrer los bailes. Eso sí que en sus trece (el único acto de afirmación que recordaba) y Maritza
sería muy propio de ella. Maritza, increíble, no había cambiado, había seguido yendo a su casa todos los sábados por la tarde. Ju­
ni siquiera físicamente; seguía siendo la misma, larga, flaca, un gaban ludo, estudiaban comiendo mango verde con sal. Su madre
flequillo en la frente y dos ojos admirables. Había regresado de no hacía más que vigilarlas; entraba una y otra vez al cuarto, lle­
Nueva York y desde el aeropuerto la había telefoneado, que si po- gaba a la terraza que si a regar los helechos, que si a ofrecerles he-
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lado. Inútil: Maritza y ella habían aprendido a entenderse por se­ miento de la clase media? ¿Matarse trabajando de sol a sol? ¿Ser
ñas, tenían un verdadero código secreto que les permitía eludir sus otra tía Edith a la que sus amantes trataban públicamente de puta?
preguntas insidiosas o cambiar de tema apenas la adivinaban es­ Ah, no; tal vez en otra época la vida ofreciera otras alternativas. O
cuchando sigilosamente tras una puerta. las ofrecía a personas diferentes a ella, menos ineptas, menos co­
Qué años aquéllos, pensó Laura de Urueta llenando de humo bardes.
a la mosca que volaba frente a ella, los mejores de su vida, lo com­ Tembló la mosca en la cortina, se dividió en dos, se deshizo.
prendía ahora. Con Maritza se atrevía a cualquier locura; con ella Afiches y acuarelas parecieron borrones desleídos sobre un fondo
había fumado el primer cigarrillo, había robado fotografías de ac­ agua. Laura de Urueta se había puesto a llorar. Qué idiotez, Dios
tores en el Metro, había visto todas las películas que su madre le mío, ¿por qué lloraba? Buscó la caja de kleenex bajo los cojines. Por
prohibía aprovechando que tía Edith trabajaba en la alcaldía y les pensar tonterías, sólo por eso. Lástima que Maritza no estuviera
daba cada año su tarjeta para entrar gratis en los cines. allí. Aquella tarde, frente a la piscina, le había levantado el ánimo,
Fue así como pudo respirar un poco, escapar a la asfixiante cen­ le había concedido razón en todo. Como siempre, debía admitir­
tinela de su madre, le había dicho a Maritza la vez que se queda­ lo, Maritza siempre había aceptado su debilidad. La conocía me­
ron hablando toda la tarde frente a la piscina del Hotel del Prado. jor que nadie, tanto, que aunque su madre no lo creyera se había
No se había caído todavía el gran pivijay y era diciembre; sentía opuesto a sus relaciones con Horacio. Te vas a meter en un lío, le
las manos frías y una vaga nostalgia. De pronto Maritza le preguntó había dicho la misma noche que lo encontraron. T ú no estás pre­
por Horacio. Me cansé de esperarlos en Miami, dijo. Y repentina­ parada, no lo vas a resistir. ¿Resistir? Claro que hubiera resistido
mente ella, que se creía ya al margen de todo, había tenido que sacar lo que fuera: una fuerza insólita le había llegado de repente, una
un kleenex de la cartera. Después de veinticuatro años, parecía fuerza que la hacía sentirse capaz de afrontarlo todo, de desafiarlo
mentira. Pero lo había olvidado, le dijo a Maritza, créeme, lo había todo. Y que así como había venido, se fue apenas vio a su madre
olvidado por completo:Y ninguna razón tenía para llorar. La vida aparecer con los dos policías en el muelle. Después, sí, había vuel­
había sido generosa con ella, dijo. Le había dado todo cuanto una to a ser la misma; se había tirado a morir en una cama; se había
mujer podía desear, un marido que la quería, una hija adorable, negado a comer y un día, se había tomado un frasco entero de cal­
una casa maravillosa. ¿No era eso lo que soñaban de adolescentes? mante para las neuralgias; tuvieron que llevarla a la clínica del
No, no era eso, Maritza se lo recordaba sin decir una palabra. ¿En­ Prado a hacerle transfusiones. Eso por lo menos, la ambulancia,
tonces, qué era? ¿Es que habían buscado algo concreto? En aque­ los reproches de los médicos, había calla.do a su madre. Porque
llos días su rebeldía no expresaba más que rechazo: no ser como desde el momento en que su madre la encontró en el muelle y la
sus madres, no aceptar sus prejuicios, no envejecer jugando brid­ llevó a la fuerza a la casa, y en la casa la abofeteó y cogiéndola del
ge en el Country. Muy bonito, sí. Siempre y cuando se tuviera el pelo le dio en la cabeza contra la pared hasta hacérsela sangrar,
coraje de Maritza para irse de allí y mandarlo todo al diablo. ¿Pero, desde ese momento, sí, no había cesado de insultarla. Y había se­
y si una se quedaba, qué salida había? ¿Iba a hundirse en el aburrí- guido insultándola en la cama sin importarle que no comiera y sólo
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se levantara para ir al baño. Días y días, incluso cuando ya no se tes en la piel de los demás. ¿Y tú no cuentas? Difícil de responder,
levantaba y apenas si oía su voz perdida en un letargo algodonoso más difícil ahora que los años la hacían mirar las cosas de otro
y blanco. De no haber llegado por casualidad tía Edith, justo el día modo. No, no se trataba de generosidad, sino de, reconocimiento,
que tomó el calmante, se hubiera muerto a lo mejor. Eso dijeron tal vez. Sí, eso era. Finalmente no vivíamos en el aire, había un
los médicos a su madre. Más habría valido así, no exageraba. Ha­ contexto, personas que nos querían. Incluso, si en lo más profun­
ber amado, haber conocido aquella sensación de plenitud, haber do de cada sentimiento humano asomaba sus orejas el egoísmo,
descubierto la importancia de que el cielo sea azul, de que el aire ese egoísmo nos ayudaba, en algún momento nos había servido.
huela a mar, de que haya cangrejos en ia playa, conocer todo eso Cuántas veces, de niña, había buscado refugio en las piernas de su
para perderlo de golpe, para nunca más encontrarlo, hacía de la madre, y había encontrado su apoyo, su ternura. Después, sí, su
vida sí, algo sin sentido, algo irrisorio. madre había cambiado, apenas ella empezó a acercarse a la ado­
¿Pero, realmente, lo había amado? ¿Había amado a aquel hom­ lescencia. Se había vuelto amenazante, desconfiada; la enfurecía
bre cuya cara ni siquiera recordaba? Jamás había vuelto a pensar cualquier tentativa de independencia, cualquier gesto que insinuara
en él, le dijo a Maritza, y era verdad. Desde que se despertó en la su feminidad: allí habían comenzado los problemas, ¿Pero, qué
clínica con tubos por todas partes y un terrible dolor en el brazo, podía esperarse de una buena señora que todavía, antes de ir al cine,
había tomado la decisión de no pensar más en él. O después, qui­ llamaba por ,teléfono a su confesor para preguntarle en qué cate­
zás, porque lo primero que sintió al despertar fue rabia, una rabia goría clasificaba la película?
sorda de ser arrojada otra vez a la vida. Cuando sólo briznas de El campanario de La Inmaculada tocó pausadamente las seis
recuerdos quedaban en su mente, cuando en un viaje vertiginoso de la tarde. Laura de Urueta se estiró sobre los cojines. En algún
descendía a lo más profundo de su infancia, verse bruscamente lugar del cuarto la mosca había cesado de revolotear; a lo mejor,
regresar a la sonrisa de los médicos, al odio contenido de su ma­ pegada a un vidrio, intentaba salir al jardín. Por lo general les abría
dre. ¿Odio? No, era injusta con su madre. Nunca había entendido la ventana (que se fueran a buscar a otras moscas) llevada por el
muy bien sus sentimientos, pero no debía juzgarla así; fue la de­ viejo impulso de su infancia que la hacía juntar los objetos temien­
cepción lo que la llevó a reaccionar con tanta dureza, eso había sido. do que sufrieran de estar separados. Pero esa noche la mosca dor­
Para una mujer que había perdido a sus padres, que en cinco años miría con ella, se sentía incapaz de levantarse del suelo. Incapaz de
de matrimonio había visto a su marido dilapidar su herencia mon­ hacer otra cosa que girar entre recuerdos y frases, y la quieta mo­
tándole apartamentos a sus queridas; era normal que desconfiara dorra que le cerraba los párpados. Bien pronto estaría durmien­
de los hombres y considerara el sexo un elemento destructor, ne­ do, y no como todos los días, sino como lo había hecho durante el
gativo; normal que al quedar viuda lo apostara todo sobre su hija. último viaje de Ernesto. Veinte píldoras bien escogidas (ahí las veía
Y he aquí que la hija seguía los pasos del padre, que de repente ti­ alineadas junto a la jarra de agua) y otra vez, lentamente volvería
raba por la borda sus años de lucha, sus últimos sueños. a deslizarse en una sensación que era, ¿que era qué? Alegría, aun­
¿Pero, por qué?, preguntaba Maritza. ¿Por qué siempre te me- que dicho así parecía banal. ¿Pero, de qué otro modo llamar esa
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oleada de gozo, esa impresión de flotar entre nubes? Veinte y esta­ fono por miedo a los anónimos. De aquel encierro, Ernesto la sacó.
ba liberada, treinta y era el fin. Bobadas, ninguna razón tenía para Y en menos de nada la había llevado al Country, a casa de sus pa­
suicidarse. Ni problemas, ni temores, ni sentimiento alguno de dres, adonde todo el mundo pudiera verlos. La gente había cam­
culpabilidad. Gracias a Dios había aprendido a ir por el mundo sin biado, claro; en un abrir y cerrar los ojos sus antiguas amigas
pisarle los pies a nadie. Su matrimonio con Ernesto, un libro abier­ resucitaron y para su matrimonio le ofrecieron más de veinte des­
to. ¿Su madre?, hasta donde pudo la había resarcido. Allí estaba, pedidas de soltera. Radiante, maravillada, su madre hablaba de
viviendo en su casa, imponiendo sus opiniones (ni de lejos ni de milagro, naciste con suerte, decía. Ella se dejaba llevar por la co­
cerca sabía lo que pasaba por su mente). Contenta, más o menos, rriente, también sorprendida, era verdad, dichosa de arreglar su
sintiendo acabar sus días con la satisfacción del deber cumplido, vida, de volver a ser como las otras. Y sin embargo inquieta. Una
decía. Sus angustias habían terminado cuando ella conoció a Er­ inquietud a la que no quiso hacerle frente durante el noviazgo te­
nesto, el hombre que te conviene, había dicho de inmediato. Y tres miendo que su inconsciente (su tendencia autodestructiva, decía)
meses después ella estaba casada a aquel industrial de ojos tran­ le jugara una mala pasada. Ya me equivoqué una vez, pensaba, ya
quilos, que había calculado su matrimonio con la misma perspi­ bastante es que quiera casarse conmigo. Y por eso, porque Ernes­
cacia que le servía para comprar negocios en quiebra y en un año to parecía perdonar su pobreza, su mala fama, porque se había
sacarlos a flote. Ernesto, si lo sabría ella, no se equivocaba nunca; mostrado tan indulgente el día que le habló de Horacio (pintán­
en veinte años de vida en común, no le había visto jamás cometer doselo con los peores colores, como su madre le aconsejó), no hizo
un error. Su habilidad principal consistía en detectar la posibili­ caso de la alerta que en algún lugar de su cuerpo sonaba; de su
dad de éxito, justamente donde los otros sólo imaginaban el fra­ cuerpo, no de su mente; no tenía entonces suficiente experiencia
caso. ¿Quién, por ejemplo, en aquella ciudad, se hubiera casado con para saber que la debilidad de la gente, su vergüenza, puede ser uti­
ella?, ¿después de aquel escándalo? Nadie. Y eso que nadie sabía la lizada; ni siquiera era capaz de imaginarlo. Y luego, Ernesto, ¿qué
verdad. Porque los médicos y tía Edith habían sido como tumbas. reproche podía hacerle? El mejor de los novios; discreto, afable. La
Y si alguien habló de una ambulancia, lo único que se supo a ciencia llamaba a las doce, a las ocho iba a visitarla; le consiguió a su ma­
cierta fue que había intentado fugarse con un desconocido. Por dre un préstamo en el banco (que después él mismo pagó) para
fortuna, tocaba madera, hasta el día de hoy se había ignorado la que preparara el ajuar y la boda. El novio ideal, sí; sólo que ella lo
identidad del desconocido; su identidad y su oficio, a Dios gracias. encontraba a veces hiriente, un poco esquivo. Había descubierto
Pero la gente se olía las cosas y nadie puso en duda que habiendo ya que si estaba en desacuerdo con sus ideas, despertaba en él una
clínica de por medio había perdido la virginidad. Eso bastó; ni más agresividad que le enfriaba el alma. No debía contradecirlo, ni
amigas, ni más invitaciones; y los muchachos, hasta entonces co­ mostrarse demasiado, demasiado ¿qué?, excesiva, decía él aleján­
rrectos con ella, comenzaron a tratarla como un numerito. Tuvo dola suavemente de sus brazos. Nada de besos prolongados, de
que quedarse encerrada en la casa de O laya Herrera, cuatro años; caricias en la oscuridad del automóvil. Tú no eres una aventurera,
sin salir a ninguna parte; absteniéndose incluso de contestar al telé- le había dicho una tarde. En la playa. No la larga y desierta playa
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de Salgar, donde tantas veces había ido con Horacio, sino otra, ¿la tirse seguro y orgulloso de sí mismo, ella lo estaba analizando im­
de Sabanilla?, ya no se acordaba. Se acordaba, sí, de que descalza, placablemente, sin ternura alguna, sin el menor asomo de piedad.
mirando la arena chupar la espuma de las olas, lo había deseado Y eso, él no lo sabía.
por primera vez, había querido que la tomara, que la cubriera con ¿Pero, importaba acaso? ¿Le importaba a Ernesto saber lo que
su cuerpo. Y él había dicho, tú no eres una aventurera. Ni siquiera ella sentía? Ah, esos pensamientos de animal en jaula, qué inúti­
fue tanto lo que dijo, sino la forma en que la miró. Eso, el disgusto les, qué inofensivos. Bien podía pensar lo que quisiera, a Ernesto
que encontró en sus ojos la había dejado helada. Sin embargo se le tenía sin cuidado. Para él sólo contaban las apariencias, que fuera
había casado; quizás pensando que Ernesto cambiaría una vez ella a misa aunque no creyera en nada, que lo acompañara a las fiestas
fuera su esposa; porque era joven, y se sabía bonita, y todavía le así se aburriera a muerte. Tan seguro estaría de su docilidad que
gustaba mirarse desnuda en el espejo del baño. Mentira, porque ni siquiera se tomaba el trabajo de concederle compensaciones a
estaba dispuesta a pagar lo que fuera con tal de casarse. Y Ernesto otros niveles. Porque ella, habría sido más fácil engañarla, mejor
lo sabía. Él mejor que nadie sabía que ella iba a someterse a sus dicho, mantenerla en el limbo, si por ejemplo pudiera tener, no
ideas, a su ritmo de vida, a su apatía sexual. ¿Apatía?, mejor llamarlo sabía qué, una forma cualquiera de autonomía. Decidir de qué
de otro modo, egoísmo. Egoísmo y miedo. Ese miedo ancestral al manera vestirse, elegir libremente a sus amigas. O haber podido
sexo que domina y desintegra, a la mujer que puede controlarlo. arreglar la casa a su modo. O comprar una porcelana, un cenice­
Ernesto la había despojado de todo, incluso del poder que a pesar ro, sin que Ernesto lo mirara de un aire reprobador. Ni una sola
de sí misma iba a ejercer sobre él por el simple hecho de ser mujer. vez, con todo el tiempo que llevaban de casados, le había pregun­
Y cuando lo logró, cuando la convirtió en el receptáculo donde él tado a qué película quería ir. Evidentemente se tenía la culpa, pero,
se masturbaba respetablemente, ella lo había odiado. En cierta for­ ¿por qué sentía ese temor de contrariarlo? Era así con todo el mun­
ma lo odiaba aún: jamás llegaría a perdonarle que hubiera usado do. Ernesto, su madre, el que fuera. No se atrevía a agredir, a im­
su cuerpo de aquel modo, ignorando, destruyendo su feminidad. ponerse; se metía en su cascarón a la menor ofensa. Claro que a
Pero durante años, durante todos los años que él se había acosta­ veces resultaba imposible anular la mala voluntad de los otros, su
do junto a ella, y de pronto se había volteado, y dándole besos de madre nunca le perdonaría aquella historia, por ejemplo, y nada
niño en la mejilla había obtenido a solas su placer, ella se había habría hecho salir a Ernesto de sus trece. Con él había ensayado, al
negado a formular la rabia que sentía. Y era como si no existiera principio de su matrimonio, se esforzaba por reír y mostrarse des­
porque no la nombraba. Pero existía más allá del silencio, en el envuelta tratando de romper su distancia. Venciendo no sólo el
fastidio que le daba oír sus pasos por el cuarto, su voz en la oscu­ pudor, sino también la inquietud de que fuera a considerarla de­
ridad; en la contracción que cerraba su cuerpo cuando la tocaba y masiado audaz por haber tenido otra experiencia. Pero él la había
en, ¿qué?, ¿qué era esa idea que ahora le venía? La mirada, sí, el arma eludido pasando por alto sus insinuaciones. Y una vez que ella
de los débiles. Ella miraba a Ernesto. Mientras él se vestía y comía había ido un poco más lejos, una noche que tomando su mano la
y hablaba, mientras interpretaba el personaje que le permitía sen- acercó a sus piernas, él había dicho asqueado, eso es anormal. Fue
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el fin, peor que si la hubiera abofeteado. A partir de esa noche se les llevaría siempre la ventaja de haber conocido el amor a los diez
había alejado tanto de él, que por momentos lo creía un fantas­ y ocho años. Después era demasiado tarde, la experiencia nos vol­
ma; le oía hablar sin escucharlo, lo sentía hacer el amor imaginán­ vía astutos, escépticos, nos impedía entrar ciegamente en el juego:
dose a sí misma en otro lugar, en otro tiempo. Parecía una broma, a esa edad, en cambio, todo era posible, hasta enamorarse de un
pero aquel juego le había permitido evadir a Ernesto hasta un hombre como Horado. Y ya podían sus amigas reaccionarias san­
punto tal, que si sumaba las horas vividas realmente a su lado no tiguarse, y las que teorizaban sobre la revolución alzarse de hom­
llegaría a contar más de dos años. bros, y las hermanas de su madre llevar un registro donde anotaban
En fin, tampoco había que darle tanta importancia, la tierra no malévolamente las fechas de matrimonio y del primer nacimien­
iba a dejar de girar por eso. Además, cualquier mujer, cualquiera to con el fin de compararlas; ella las metía a todas en el mismo saco,
de sus amigas, al menos, podía contar mal que bien lo mismo. le parecía que ya fuese en nombre de lo blanco o de lo negro, todas
Hacía ya su tiempo, en casa de las Góngora, aquel almuerzo en que eran víctimas de una misma maquinación. Porque allí o en cual­
sus amigas se habían emborrachado tirándose vestidas a la pisci­ quier parte estarían en desventaja, mientras tuvieran que avergon­
na. Con coco-gins habían olvidado el orgullo, la falsa dignidad del zarse de algo que formaba parte de ellas, como la calidad del pelo
no me importa. Ella, que no bebía, había guardado silencio. Pero o el color de la piel. Ahora todo eso le resultaba claro, tan claro
oyéndolas descubrió, no que su caso nada tenía de especial, eso ya como la luz del día, sin embargo, qué de años le había llevado com­
lo imaginaba, sino que era diferente en la medida en que ella con­ prenderlo.
taba con un punto de referencia. Y comprendió entonces que ne­ Los pasos del chofer sonaron por el sardinel del patio. Un se­
gándose por escrúpulo a hacer comparaciones, fiel a su promesa gundo después, el golpe seco de la puerta del servicio anunció que
de no pensar más en el pasado, el recuerdo de Horacio la había per­ había partido. Laura de Urueta apenas si lo advirtió. Había empe­
seguido sin embargo toda la vida; como un espectro se había des­ zado a adormecerse y luchando contra el sueño trataba de concen­
lizado cada noche en su cuarto y burlonamente le había señalado trarse en una idea que se abría paso en su mente con la misma
los temores de Ernesto, su torpeza. Qué evidente le había pareci­ parsimonia que la mosca recorría el borde de la cortina. Pensaba
do aquella tarde, mientras sus amigas reían pringándola de agua que siempre llegaba a la comprensión de las cosas demasiado tar­
con el vestido pegado al cuerpo. A la callada solidaridad, se había de. Porque incluso sabiendo algo, no era capaz de formularlo; y
sucedido de repente para ella un extraño sentimiento de liberación. entonces daba igual saberlo o no. Y así como uno va mil veces a la
Había sentido su vergüenza volar en pedazos y por primera vez, misma playa y se baña en el mismo mar sin advertir la palmera que
en lugar de sufrir su pasado, pudo asumirlo. Con contradicciones, está junto a la roca, y de repente un día la ve y comprende hasta
por supuesto: todavía hoy en día le producía horror que Ernesto qué punto su visión del paisaje había estado siempre disminuida,
llegara a saber quién era Horacio. Pero no le importaba ya haberlo así le ocurría de deslizarse entre ideas cuyo verdadero sentido no
amado. Más aún, había comenzado a mirar a la gente de otra ma­ podía precisar durante años; que la guiaban, sí, pero confusamen­
nera diciéndose que por mucho poder o dinero que tuvieran ella te, sin permitirle actuar con determinación. Y cuando al fin logra-
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ba captar lo que expresaban, ya el tiempo había pasado, ya nada dillas, que tan respetuosamente había tratado. No quiso disputár­
había que hacer. Sólo le quedaba por delante la conciencia de su sela a Ernesto. Con el corazón oprimido por una tristeza que to­
error, las mil preguntas del remordimiento. No se creía masoquis­ davía le anudaba la garganta, se dijo que más valía evitarle esa
ta, como la llamaba riendo Maritza, pero realmente, había cosas elección a Lilian. Había cedido, y por ceder, perdió la partida. Por
que no podía dejar de lado. ¿Cómo olvidar su fracaso con Lilian?, segunda vez había perdido la partida. Absurdo o no, criticable,
¿todos los planes que tenía para ella? Nada definido, no pretendía incluso, se había identificado a su hija. No para vivir a través de
dirigirla, simplemente intentaba, bueno, permitirle escoger una ella, sino que, proyectada en Lilian, quería darle a esa réplica de sí
vida diferente a la suya; que pudiera decidir, pero en libertad, anu­ misma las oportunidades que nunca había tenido. ¿La compren­
lando en lo posible las presiones del medio. Desde que nació se día Lilian? No, todavía no a pesar de todo. Algún día, quizás cuan­
había dicho, saldrá adelante. Sin saber muy bien cómo, pensando, do la noria hubiera dado la vuelta. Entonces sabría cuán desolador
será una buena alumna, irá a la universidad, y luego, que haga su era ver a una criatura, su propia hija, cometer error tras error com­
vida. Todo lo que quería era poder llevar a Lilian hasta una edad prometiendo definitivamente su destino: comprendería lo que ella
en la que fuera capaz de elegir como un adulto. Que después esco­ había sentido cuando abandonó sus estudios para seguir aquellos
giera casarse o meterse a monja, no importaba, sería su problema, ridículos cursos de puericultura y cocina que daban las Gómez.
no el suyo. Eso se decía mirando crecer a Lilian, tratando de con­ Qué tontería, aún ahora le daban ganas de llorar de sólo recordar­
vertirse no en su guía, sino en la persona que estaba allí para ser­ lo. Lilian ranchada, volviéndose contra ella con la complicidad de
virle de apoyo y enseñarle a, en fin, a reírse un poco de la gente, de Ernesto. Había preferido, callarse, callarse, sí. Y tampoco había
las cosas, banalizando sus pequeños dramas, sugiriéndole que, por dicho una palabra más tarde, cuando Lilian se enamoró de Felipe.
mucho que contara el medio, una parte de su destino se jugaría en Nunca había visto a Ernesto tan enervado, le prohibió a Lilian que
sus manos. Y Lilian parecía seguirle, de niña, al menos, y no había saliera, la acompañaba a todas partes. Y mientras Lilian, furiosa,
creído ni en niño Dios ni en cigüeñas, y más tarde se había intere­ se quedaba en la casa pegada horas enteras al teléfono o se encerra­
sado en los libros que ella le prestaba. Hasta que Ernesto empezó ba a soñar en su cuarto, Felipe dejaba de ser el muchacho con el
a encontrarla demasiado independiente y resolvió cambiarla de que a lo sumo deseaba acostarse, para convertirse en el gran amor
colegio, hacerla ir donde las monjas. Ella se había opuesto alegan­ de su vida. Ella, de inmediato, había presentido el peligro. Porque
do que Lilian no estaba acostumbrada a la disciplina de la educa­ aún entonces guardaba en secreto la esperanza de que Lilian, abu­
ción religiosa ni a la rigidez de sus conceptos. En vano, Ernesto no rrida de pasarse la vida en fiestas y juegos de canasta, volviera a sus
quiso aceptar razones. Y poco a poco, Lilian cambió. Al principio estudios. Y algo le decía confusamente que si con tal de encontrarle
casi no lo notaba, pero al cabo de un año apenas si podía recono­ una salida a su deseo tenía que pasar por el matrimonio, casarse
cer en aquella criatura acomplejada que regresaba a la casa llorando sería a partir de aquel momento su único objetivo. No se equivo­
porque sus condiscípulas le sacaban el cuerpo (me encuentran caba, tampoco Ernesto. ¿Hilaba demasiado fino? No, desde el co­
diferente, decía), a la niña que con tanto amor sentaba en sus ro- mienzo Ernesto había comprendido la situación, mejor que nadie,
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Lilian le pertenecía, lo mismo que ella, y así como había hecho de jar en la fábrica y a la nada hablaba de rentabilidad con la seriedad
ella una señora bien (eso dijo en aquella horrible disputa), no iba de un ejecutivo que lleva el pelo corto y usa zapatos negros. Tres
a permitir que su hija lo avergonzara. Fueron sus palabras textua- meses le bastaron a Ernesto para hacerlo a su imagen y semejanza;
les. Lo que convenía realmente a Lilian, eso parecía tenerle sin cui­ hasta el punto de que el día de su matrimonio Lilian le dijo: tengo
dado siempre y cuando su reputación quedara a salvo. Pero ella, la impresión de casarme con un desconocido. ¿Cómo explicarle
¿por qué fue tan ciega? ¿Por qué no darse cuenta desde el princi­ que un desconocido se volvía cualquier hombre que entrara a ju­
pio de que todo podía resolverse diciéndole a Lilian, acuéstate con gar el papel de marido? ¿Que por una misteriosa razón ella no se­
Felipe y olvida a tu padre? Ni siquiera la vez que discutió con Er­ ría nunca más Lilian sino su esposa? A aquellas alturas no valía la
nesto (por primera y por última, a Dios gracias) fue capaz de en­ pena decírselo, Lilian lo aprendería por su cuenta. Y bien pronto
contrar un argumento, capaz de sostener su punto de vista; sólo que lo aprendió, por desdicha: apenas regresó de su luna de miel
tenía impresiones, ideas difusas, volvía a las mismas frases reco­ había ido a contarle lo que ella ya se imaginaba, utilizando casi las
nociendo en el fondo de sí misma que las razones de Ernesto pa­ mismas palabras que también ella alguna vez había empleado para
recían más coherentes que las suyas. Y cuando de repente, en plena explicarse aquella decepción asombrada y muda, y más tarde,
discusión, con una súbita lucidez comprendió que Ernesto había rencorosamente inhibida, relegada al sótano a donde van a parar
frustrado a Lilian en su deseo sólo para obligarla a casarse, y bus­ los sentimientos que mejor se olvidan, que mejor se callan. Se había
cando el mejor modo de expresarlo se lo dijo, Ernesto había esta­ limitado a vivir ciegamente las manías engendradas por su situa­
llado: todo lo que hasta ese día se había reducido a insinuaciones ción, pasando de la obsesión por la limpieza a los celos con Felipe,
soterradas y actitudes desdeñosas, salió a luz: ella era esencialmente de comprar cuanta cosa veía a atormentar a las sirvientas, y ahora,
corrompida, una mala madre que quería colocar a su hija en la convertida en la primera mujer que iba a dar a luz, preparaba el
humillante situación en que él la conoció, sin contar, dijo, con que ajuar del hijo que esperaba y que nacería, así fuera tan sólo para
a lo mejor Lilian no encontraría después un hombre dispuesto a que un círculo se abriera cuando otro se cerraba.
perdonarle su deshonra. Deshonra, sí, ni más ni menos. Ernesto Laura de Urueta miró la ventana. Incierto, fugaz, un crepúscu­
no se había equivocado al elegir el insulto. Con tres frases la había lo estallaba en azul y lila y casi al instante comenzaba a morir.
puesto en fuga haciéndola replegarse como un animal herido: Entrecerrando los ojos intentó localizar a la mosca que hacía rato
odiándolo, pero incapaz ya de hablarle a Lilian; diciéndose que se había cesado de volar. La mosca o lo que fuera con tal de distraer­
case y así al menos no tendrá que agradecerle nada a nadie. Qué se. No más volver a esas cosas, no más amargarse con el recuerdo
tonta, qué débil había sido. Nunca se arrepentiría lo suficiente de de Lilian. Hiciste lo que estaba en tus manos, había dicho Maritza.
haberse callado, de no haber comprendido a tiempo. En silencio, Para animarla seguramente, porque el día que le habló de Lilian a
anulada, vencida, había observado los preparativos de aquel ma­ duras penas podía contener las lágrimas. Era raro, sólo ahora se
trimonio que de repente Ernesto resolvió celebrar a toda prisa. daba cuenta, aquélla fue la última vez que había llorado hablando
Abandonando la marihuana y el blue-jean, Felipe comenzó a traba- del matrimonio de su hija. Como si la presencia de Maritza hu-
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biera exorcizado no ya la tristeza, sino cierta manera de afrontar­ ese olor que tenía bajo las axilas. Y hundirse en él, perderse, con­
la. Maritza le había hablado con una simpatía que la había dejado fundirse con la arena de la playa. Podían hacer mil veces el amor,
tranquila, y al mismo tiempo, infinitamente apenada. Quizás por­ Horacio inventaba siempre pretextos para retenerla un momento
que a su lado había podido mirar su vida desde otra perspectiva, más; buscaban escondites; habían descubierto una cueva que el
descubriendo su terrible banalidad. O tal vez, porque estaban allí, mar cubría apenas subía la marea; allí se quedaban toda la tarde,
en aquella playa de Salgar donde de repente había querido volver qué locos, qué absurdos eran.
arrastrando a Maritza que se mostraba reacia a acompañarla, deja Se amaban, al menos lo parecía. Ella lo había amado sin con­
en paz el pasado, decía. Pero ella había insistido, mira que si no es diciones, maravillada desde el primer día cuando lo vio aparecer
contigo no la veré nunca más. Y era cierto, no habría osado ir sola. entre los aplausos de la gente y él, eligiéndola, le había tendido una
Temiendo, absurdo, sí, que alguien fuera a reconocerla, diciéndo­ rosa blanca que llevaba en las manos; enervada por la intensidad
se que a lo mejor ya había cambiado. Como si pudiera cambiar el de su mirada, sorprendida de su aplomo, de su manera de contro­
mar cruzado de gaviotas, el promontorio, el viejo y olvidado cas­ lar al público. Casi al instante él le había hecho llegar un billete
tillo de Salgar. Habían subido a lo más alto de las rocas y de espal­ pidiéndole que se encontraran al final del espectáculo. Vamos, le
das al castillo se habían sentado a contemplar la puesta de sol. Qué había dicho Maritza sonriendo, a lo mejor es el hombre de tu vida.
lejano parecía todo, qué perdido en el tiempo. Le sorprendió no Pero ella no quería, le parecía que sería un acto indebido. Y enton­
sentir la menor emoción. Recordaba, vagamente, como ahora, no ces, cuando daba la vuelta para salir, lo había encontrado frente a
a Horacio, no su cara, ni siquiera a ella misma, sino la silueta de ella mirándola con aquella vehemencia apasionada que ya había
dos adolescentes que cogidos de la mano saltaban por las rocas y sorprendido antes en sus ojos. Habían ido a la Heladería Ameri­
corrían hacia el mar. Recordaba una blusa blanca abombada por cana y ella había pedido un Froozomalt que dejó intacto. Maritza
el viento, una mano acercándose a la suya, la conciencia de un olor sonreía burlona y él no dejaba de mirarla. Se mostraba tierno, so­
de hombre mezclado al del yodo y de las algas. Imágenes ligeras, lícito, le había ofrecido la cereza de su helado y al acercarla a su
imprecisas, como vistas en un sueño o seguidas por el ojo de una boca, le había acariciado suavemente la mejilla.
cámara lenta, ¿era ella esa muchacha con los zapatos en la mano?, Laura de Urueta se echó a reír, la cereza de su helado, qué cur­
las gaviotas volando a ras del mar. Horacio, su sombra, cargándo­ si. Pero tenía una voz extraordinaria y hablaba de su vida con lige­
la en sus brazos para saltar la oxidada línea del tren que antes lle­ reza y una áspera amargura. Conocía cada rincón de la América
vaba a Puerto Colombia porque a ella le daban miedo las arañas. del Sur, decía, había hecho todos los oficios. De niño, en Buenos
Casi no recuerdo nada, le había dicho a Maritza riendo; no podía Aires, había vendido periódicos y más tarde, había ganado un con­
ni siquiera acordarse de la forma en que se vestía Horacio, del co­ curso de tangos en Radio Belgrano. Eso le había permitido conver­
lor de sus ojos, si tenía o no una sonrisa. Veía su pelo, negro, on­ tirse en locutor, sólo que él no estaba hecho para la rutina, qué
dulado, sus manos largas, eso era todo. No, veía también su cuerpo, querés che, le gustaba la aventura, los viajes, encontrar gente dife­
ahora, exigente, ansioso sobre el suyo. Cómo le gustaba su calor, rente. A veces se quedaba sin trabajo y entonces cantaba tangos en
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cualquier bar de barriada o servía de camarero. Una existencia un hombre capaz de amarla como él lo había hecho. Porque acep­
dura, che, azarosa, tanto mejor. Así había aprendido a hacerse hom­ tar eso habría sido reconocer lo que su madre le había revelado
bre y salir adelante como fuera. Ella apenas se atrevía a alzar los. hacía una semana, cuando ella se quejó de que Felipe hubiera olvi­
ojos del Froozomalt pensando, mientras él hablaba con aquel acen­ dado el aniversario de Lilian, y colérica, en un repentino, inexpli­
to arrastrado y dulzón, qué bello es, qué vida tan formidable la suya. cable estallido de furia, su madre le había descubierto que fue el
Bello, sí, a pesar de haber olvidado su cara recordaba que Horado propio Horado el que la había telefoneado para avisarle su inten­
era el hombre más guapo que había conocido. ¿Su vida?, espulgan­ ción de escaparse juntos y el sitio donde podía encontrarlos. Pero
do por aquí y por allá quedaba reducida a la de un pobre diablo tú, a lo mejor preferirías para tu hija un miserable como ese hom­
sin mayor consistencia. Pero, ¿quién hablaba?, ¿la mujer o la niña bre, dijo. Y los ojos de su madre eran fríos, no malévolos, sino fríos.
que entonces lo escuchaba deseando ya hacerle olvidar tanta mi­ Y al advertir su estupor había balbuceado algo así como lo siento,
seria, temblando de emoción porque su pierna se había puesto a Laura, no sé qué me pasó, había jurado que nunca te lo diría.
presionar la suya? Una música se oyó a lo lejos, un tambor sonaba entre la queja
Extraño Horado, indefinible: un charlatán y al mjsmo tiempo alegre de las gaitas. Laura de Urueta recordó que era sábado de car­
un hombre que conocía como nadie los gestos del amor, su ritmo naval. Aquella música, sin embargo, la sorprendió; ya las danzas
y sus secretos. Sabía sacar a una mujer de la indiferencia y condu­ no subían hasta el Prado y a la hora que era debían de estar todas
cirla hasta donde ni ella misma, en sus sueños más audaces, se había en pleno Paseo Bolívar acompañando la carroza de la reina. Poco
atrevido a llegar. Un cuerpo en sus manos, bajo el apremio de su importaba finalmente, pero resultaba insólito, aquellos tambores
voz, de su mirada, abandonaba cualquier forma de recelo y sin resonando como si una danza estuviera acercándose a la casa. De
vergüenza alguna se aceptaba, se descubría. Había sido una verda­ pronto se detuvieron: el teléfono sonaba a su lado. Oyó la voz de
dera suerte vivir por primera vez el amor con él. Lo pensaba in­ Ernesto preguntándole si se encontraba bien: en plena forma, le
cluso ahora, sabiendo ya lo que sabía. Lo que él le había insinuado contestó encendiendo un cigarrillo. Ernesto estaba contento, quería
la noche que iban a escaparse juntos, cuando cerrando su maleta saber si deseaba que le llevara algo. Sí, dijo, un amuleto de coral.
había dicho: ¿suerte?, a lo mejor, fijáte che, sea tu desdicha. Mu­ ¿Qué?, ¿estaba loca? Es para un regalo que pienso hacerle al hijo
cho después, después de haber conocido a Ernesto y de haberse de Lilian, le explicó. Dos frases más y pudo al fin colgar el teléfo­
casado, después del nacimiento de Lilian y de su matrimonio, ha­ no. Entonces sintió que la paz le invadía el corazón. Sirvió el agua
bía seguido pensando que al decir aquello Horado se refería a toda de la jarra en un vaso, reunió en el hueco de su mano las veinte
la pobreza que irían a afrontar juntos, los viajes en tercera clase, pastillas que tenía preparadas y las bebió en tres sorbos. Ahora sí
los hoteluchos de mala muerte. Y durante años, cada vez que la reposaría hasta el día siguiente, tranquila, sin inquietarse más de
frase volvía a su memoria, le daba la misma interpretación sin nada. Cerró los ojos buscando las imágenes que la ayudaban a
poder admitir que al hablarle de ese modo, Horado había inten­ dormir. ¿Dónde estaban los tambores? Ya no se oían, pero la mos­
tado prevenirla de que de allí en adelante encontraría difícilmente ca había comenzado otra vez a zumbar. Pobre mosca, quizás tenía
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frío, hacía frío en el cuarto. Pensó que debía levantarse a buscar la inmóvil, no, sólo dormía. ¿Y si tomaba las otras diez? El suicidio
manta mexicana del diván. Pensó también que nunca se sentaba es una venganza, ¿dónde lo había leído? Una venganza, pero, ¿y si
en el escritorio de su padre. Había estado guardado durante años las tomaba? Trató de abrir los ojos y a duras penas divisó el vaso
en el garaje de la casa de Olaya Herrera llenándose de arañas y de agua y el frasco, algunas pastillas rodaron al suelo, bebió las
comején. Lo había limpiado, lo había hecho traer, pero no lo usa­ otras. Ahora sí el olvido, no más Ernesto, no más su madre. Dormir,
ba. Su padre, un hombre indigno. Una vez alguien le había conta­ acabarlo todo, ¿qué era esa nube que giraba en la ventana? Alguien
do, ¿quién?, alguien, ah, sí, aquel hombre que se había pasado toda intentaba entrar al cuarto, la ventana se abría, no podía creerlo,
su vida leyendo al Dante, hágame el favor, se lo sabía de memoria. Horacio. Horacio se acercaba a ella, indiferente a la explosión de
Maritza y ella lo habían encontrado en la parada del autobús y él risas que desataba su paso bajo la carpa iluminada del circo. Estalla­
se había puesto a contarle que de joven salía a cazar con su padre, ban los cobres de la banda, trararará, trará, pon, poropón, ponpón,
un excelente cazador, dijo. Un día le disparó a una mica que estaba y en el aura rosada de los reflectores lo vio al fin, vio sus zapatos
con su bebé en la rama de un árbol. Nunca supo por qué. Pero mató de raso negro, vio su traje constelado de piedras brillantes, vio sus
al miquito y la madre empezó a seguirlo quejándose y mostrán­ ojos qui .etos y alucinados mirándola intensamente desde aquella
dole al miquito muerto. Desde esa vez, aseguró el hombre, tu padre cara que regresaba ahora del fondo de los años, injuriada por el
no quiso volver a cazar, lo vendió todo, su fusil, sus escopetas. Sin olvido y recobrada en el momento mismo en que todo empezaba
embargo era indigno. Tenía queridas, repetía su madre, que lo a ser bruma y silencio, su triste y remota cara: de payaso blanco.
engañaban y lo ponían en ridículo. Y ella, ¿qué había sido su padre
para ella? Salía a pasear con él al anochecer; la llevaba al parque
Washington y cuando ella caía dando vueltas por la loma la reco­
gía en sus brazos. La loma, aquella impresión de vértigo, volvía a
sentirla. Como si de la mano de su padre se hundiera en el mar, el
mar, Horacio, ¿por qué no recordaba su cara? En el castillo de Salgar
había niños, huérfanos, les llevaban colombinas, yo también perdí
a mis padres, decía Horacio, sí que se apiadaba de sí mismo. Hora­
cio farsante, ¿cuántas veces habría repetido toda aquella comedia?
Decía que la amaba, locamente, fijáte che, nunca me había ocurri­
do. Hablaba de los astros y llevaba un amuleto de coral colgado al
cuello. Mejor intentar dormirse, la manta, qué frío hacía. Un can­
grejo aparecía entre las rocas, ¿de nuevo llorando, Laura?, caminas
para atrás como el cangrejo, no llores más, te digo que tu padre se
fue para siempre. Sus piernas, las había perdido, iba a quedarse

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