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Hipótesis Gaia: Biosfera y Homeostasis

Este documento presenta la hipótesis de Gaia, la cual propone que la biosfera terrestre (el conjunto de seres vivos en la Tierra) mantiene y regula activamente la atmósfera del planeta para crear y preservar condiciones ambientales óptimas para la vida. La hipótesis sugiere que la biosfera funciona como un sistema cibernético autorregulado que ha mantenido condiciones climáticas estables a pesar de cambios significativos en factores como la radiación solar y la composición atmosférica. El document

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Hipótesis Gaia: Biosfera y Homeostasis

Este documento presenta la hipótesis de Gaia, la cual propone que la biosfera terrestre (el conjunto de seres vivos en la Tierra) mantiene y regula activamente la atmósfera del planeta para crear y preservar condiciones ambientales óptimas para la vida. La hipótesis sugiere que la biosfera funciona como un sistema cibernético autorregulado que ha mantenido condiciones climáticas estables a pesar de cambios significativos en factores como la radiación solar y la composición atmosférica. El document

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incompleto y probablemente ineficaz si se pasara por alto la posibilidad

de una respuesta o una adaptación de la biosfera. Los efectos del


veneno en un ser humano dependen grandemente de la capacidad que
éste tenga para metabolizarlo o excretarlo; de igual modo, el efecto de
lanzar grandes cantidades de productos derivados de la combustión de
combustibles fósiles a una atmósfera controlada por la biosfera puede
ser muy distinto del efecto que estos gases tendrían sobre una
atmósfera inorgánica y por tanto, pasiva. Podrían producirse cambios
adaptativos que disminuyeran, por ejemplo, las perturbaciones
provocadas por la acumulación de dióxido de carbono. Otra posibilidad
sería que las perturbaciones dispararan algún tipo de cambio
compensatorio (quizás en el clima) que resultara conveniente para el
conjunto de la biosfera pero perjudicial para la especie humana.
Al trabajar en un nuevo entorno intelectual pude olvidarme de Marte
y concentrarme en la Tierra y en la naturaleza de su atmósfera. El
resultado de esta aproximación menos dispersa fue el desarrollo de la
hipótesis siguiente: el conjunto de los seres vivos de la Tierra, de las
ballenas a los virus, de los robles a las algas, puede ser considerado
como una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del
planeta para adecuarla a sus necesidades globales y dotada de
facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus
partes constitutivas.
No es distancia pequeña la que separa el sistema plausible de
detección de vida y la hipótesis según la cual es la biosfera, el conjunto
de los seres vivos que pueblan la superficie de la Tierra, la encargada
de mantener y regular la atmósfera de ésta. A presentar las pruebas
más recientes en favor de tal hipótesis se consagra buena parte de
este libro. Volviendo a 1967, las razones que justificaban el salto del
sistema a la hipótesis podrían resumirse como sigue:

La vida aparece en la Tierra hace aproximadamente unos 3.500


millones de años. Desde entonces hasta ahora, los fósiles
muestran que el clima de la Tierra ha cambiado muy poco a pesar
de que, casi con toda seguridad, la cantidad de calor solar que
recibimos, las características de la superficie de la Tierra y la
composición de su atmósfera han experimentado grandes
variaciones durante ese lapso de tiempo.
La composición química de la atmósfera no guarda relación con
lo que cabría esperar de un equilibrio químico de régimen
permanente. La presencia de metano, óxido nitroso y de
nitrógeno incluso en nuestra oxidante atmósfera actual
representa una violación tan estrepitosa de las reglas de la
química que hace pensar que la atmósfera no es un nuevo
producto biológico sino, más probablemente, una construcción
biológica: si no viva, algo que, como la piel de un gato, las plumas
de un pájaro o el papel de un nido de avispas es una extensión
de un sistema viviente diseñada para conservar las características
de un determinado entorno. La concentración atmosférica, por
ejemplo, de gases tales como el oxígeno o el amoníaco es
mantenida a unos niveles óptimos cuya alteración, por pequeña
que fuera, podría tener desastrosas repercusiones en los seres
vivos.
Tanto ahora como a lo largo de la historia de la Tierra, su
climatología y su química parecen haber sido en todo momento
las óptimas para el desarrollo de la vida. Que esto se deba a la
casualidad es tan improbable como salir ileso de un atasco de
tráfico conduciendo con los ojos vendados.

Pues bien, se concreta la hipótesis antedicha en una entidad de


tamaño planetario y propiedades insospechadas atendiendo a la simple
suma de sus partes. Fue William Golding, el escritor, vecino a la sazón,
quien solventó felizmente su carencia de nombre. Recomendó sin
vacilación que esta criatura fuera llamada Gaia en honor de la diosa
griega de la Tierra, también conocida como Gea, nombre de donde
proceden los de ciencias tales como la geografía y la geología. A pesar
de mi ignorancia de los clásicos, la oportunidad de la elección me
pareció evidente. Era una palabra breve que se anticipaba a alguna
bárbara denominación del tipo de Sistema de Homeostasis y
Biocibernética Universal. Tenía, además, la impresión de que en la
Grecia antigua el concepto era probablemente un aspecto familiar de
la vida sin necesidad de expresarlo formalmente. Los científicos suelen
estar condenados a llevar vidas urbanas, pero he tenido oportunidad
de constatar el asombro que la gente de zonas rurales, más próximas
a la tierra, siente ante la necesidad de proposiciones formales para
enunciar algo tan evidente como la hipótesis de Gaia.
La di a conocer oficialmente en unas jornadas científicas sobre los
orígenes de la vida en la Tierra celebradas en Princeton, New Jersey,
en 1969. Quizá la causa fuera una pobre presentación por mi parte,
pero lo cierto es que los únicos interesados por ella fueron el
malogrado químico sueco Lars Gunnar Sillen y Lyn Margulis, de la
Universidad de Boston, a cuyo cargo corría la tarea de editar nuestras
diversas contribuciones. Lyn y yo volveríamos a encontrarnos en
Boston un año más tarde, iniciando una muy fructífera colaboración
aún felizmente prolongada que, gracias a su talento y a sus
conocimientos, iba a perfilar nítidamente los entonces todavía vagos
contornos de Gaia.
Hasta aquí hemos definido a Gaia como una entidad compleja que
comprende el suelo, los océanos, la atmósfera y la biosfera terrestre:
el conjunto constituye un sistema cibernético autoajustado por
realimentación que se encarga de mantener en el planeta un entorno
física y químicamente óptimo para la vida. El mantenimiento de unas
condiciones hasta cierto punto constantes mediante control activo es
adecuadamente descrito con el término "homeostasis".
Gaia continúa siendo una hipótesis, bien que, como ha sucedido en
otros casos, útil: aunque todavía no ha demostrado su existencia, sí
ha probado ya su valor teórico al dar origen a interrogantes y
respuestas experimentales de por sí provechosas. Si, por ejemplo, la
atmósfera es entre otras cosas una cinta transportadora de
substancias que la biosfera toma y expele, parecía razonable suponer
la presencia en ella de compuestos que vehicularan los elementos
esenciales a todos los sistemas biológicos, como lo son, entre otros, el
yodo y el azufre. Fue muy gratificante encontrar pruebas de que
ambos son transportados por aire desde los océanos, donde abundan,
a tierra firme, donde escasean, y que los compuestos portadores son
el metil yoduro y el dimetil sulfuro respectivamente, substancias
directamente producidas por la vida marina. Habida cuenta de la
insaciable curiosidad que caracteriza al espíritu científico, estas
interesantes substancias habrían terminado por ser detectadas y su
importancia discutida aún sin el estímulo de la hipótesis Gaia, pero fue
precisamente ella la que provocó su búsqueda activa.
Si Gaia existe, su relación con la especie humana, esa especie animal
que ejerce una influencia dominante en el complejo sistema de lo vivo
y el cambiante equilibrio de poder entre ambas, son cuestiones de
evidente importancia. Serán consideradas en capítulos posteriores,
pero quiero subrayar que este libro ha sido escrito primordialmente
para estimular y entretener. La hipótesis Gaia es para aquellos que
gustan de caminar, de contemplar, de interrogarse sobre la Tierra y
sobre la vida que en ella hay, de especular sobre las consecuencias de
nuestra presencia en el planeta. Es una alternativa al pesimista
enfoque según el cual la naturaleza es una fuerza primitiva a someter
y conquistar. Es también una alternativa al no menos deprimente
cuadro que pinta a nuestro planeta como una nave espacial demente
que, sin piloto ni propósito, describe círculos eternos alrededor del Sol.

2. En los comienzos

Cuando se emplea en un contexto científico el término eón


representa 1.000 millones de años. Por lo que nos indican los estratos
geológicos y la medida de su radiactividad, la Tierra comenzó a existir
como cuerpo espacial independiente hace unos 4.500 millones de años
o, lo que es lo mismo, hace cuatro eones y medio. Los primeros rastros
de vida hasta ahora identificados han aparecido en rocas sedimentarias
cuya edad se cifra en más de tres eones. Sin embargo, como decía
H.G. Wells, el registro geológico ofrece un tipo de información sobre la
vida en épocas remotas comparable al conocimiento que de los
miembros de una vecindad podría obtenerse examinando los libros de
un banco. Probablemente se cuenten por millones las formas de vida
primitivas de cuerpo blando que, si bien florecieron en un momento
dado, se extinguieron después sin dejar huellas para el futuro ni,
muchísimo menos, obviamente, esqueleto alguno para el gabinete
geológico.
No es ninguna sorpresa, por tanto, que se sepa poco sobre el origen
de la vida en nuestro planeta y menos todavía sobre las primeras

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