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La Confirmación

El documento explica la importancia de la Gracia Santificante y los Sacramentos en la vida cristiana, destacando la Confirmación como un sacramento que fortalece a los fieles y los vincula más profundamente a la Iglesia. Se enfatiza que la Confirmación otorga el Espíritu Santo y sus siete Dones, necesarios para la madurez cristiana y la defensa de la fe. Además, se menciona que este sacramento, instituido por Jesucristo, imprime un carácter indeleble en el alma del confirmado, convirtiéndolo en un testigo de Cristo.
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La Confirmación

El documento explica la importancia de la Gracia Santificante y los Sacramentos en la vida cristiana, destacando la Confirmación como un sacramento que fortalece a los fieles y los vincula más profundamente a la Iglesia. Se enfatiza que la Confirmación otorga el Espíritu Santo y sus siete Dones, necesarios para la madurez cristiana y la defensa de la fe. Además, se menciona que este sacramento, instituido por Jesucristo, imprime un carácter indeleble en el alma del confirmado, convirtiéndolo en un testigo de Cristo.
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LA CONFIRMACIÓN

Sin lugar a dudas el Don más grande que Dios nos ha hecho es la Gracia Santificante, que
consiste nada menos que en LA PARTICIPACIÓN EN SU VIDA DIVINA. Nada puede
compararse con esto. Por la Gracia, Dios nos hace semejantes a Él hasta en su Divinidad.
Dios nos diviniza gratuitamente con este Don, cosa que naturalmente no nos corresponde
por ser tan solo creaturas suyas.
La Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Hijo, posee naturalmente la Divinidad
desde toda la eternidad y al encarnarse en las entrañas purísimas de María Santísima dicha
Divinidad le corresponde plenamente a Jesucristo, "Dios de Dios, Luz de Luz". Nosotros en
cambio, somos por naturaleza meramente humanos y sin embargo, por amor, Dios nos
comunica su Vida Divina por el Espíritu Santo.
Por los méritos de Nuestro Señor Jesucristo, la Iglesia fundada por Él, nos comunica el Don
de la Gracia por medio de los Sacramentos instituidos por Cristo mismo y nos santifica, nos
hace santos, hijos de Dios y coherederos de la Gloria.
¿QUÉ SON LOS SACRAMENTOS?
Para que percibiéramos el Don gratuito e invisible de la Gracia, Nuestro Señor Jesucristo
instituyó siete acciones sagradas en las cuales, por medio de algo perceptible por los
sentidos, el Espíritu Santo actúa en nosotros. Son "obras maestras" y "fuerzas que brotan
del Cuerpo de Cristo", que es la Iglesia, para santificar a los hombres.
Podemos definir los Sacramentos de la siguiente manera: "Son signos sensibles instituidos
por Jesucristo, para infundir y acrecentar la Vida Divina (Gracia Santificante) en nuestras
almas para hacernos santos".
La Iglesia afirma que para los creyentes, los Sacramentos son necesarios para la salvación.
El cristiano que no frecuenta los Sacramentos, no ha entendido realmente su vocación
cristiana y pone en peligro su salvación eterna.
LOS SACRAMENTOS DE INICIACIÓN
Haciendo una analogía con la vida natural, que tiene un origen, crecimiento y sustento, la
Iglesia llama Sacramentos de Iniciación al Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.
Nacemos a la Vida Divina por el primero, la fortalecemos con la Confirmación y alimentamos
la Vida Divina con la Eucaristía, alimento de vida eterna.
LA CONFIRMACIÓN
El Concilio Vaticano II en su documento "Lumen Gentium" (La Luz de las Naciones) dice
bellamente: "Por el Sacramento de la Confirmación (los fieles) se vinculan con más
perfección a la Iglesia, se enriquecen con una fortaleza especial del Espíritu Santo. De esta
forma se obligan con mayor compromiso a difundir y defender la fe, con sus palabras y sus
obras como verdaderos testigos de Cristo". (LG 11)
Este Sacramento ha sido llamado de diferentes maneras: San Agustín lo llamaba
"imposición de las manos", San Cirilo de Jerusalén "el Crisma místico", etc. El nombre que
lleva actualmente fue empleado por primera vez en el siglo V por San León Magno.
EL ESPÍRITU SANTO
El protagonista del Sacramento de la Confirmación es la tercera Persona de la Santísima
Trinidad.
Ya desde el Antiguo Testamento los Profetas anunciaron que el Espíritu del Señor reposaría
sobre el Mesías esperado: "Sobre él reposará el Espíritu de Yahvé" (Is. 11,2) "El Espíritu del
Señor Yahvé está sobre mí" (Is.61,1), lo cual se hizo patente en el Bautismo de Cristo en el
Jordán: "Una vez bautizado, Jesús salió del río. De repente se le abrieron los cielos y vio al
Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre él" (Mt.3, 16).
Pero la plenitud del Espíritu Santo no estaba destinada únicamente al Mesías, sino a todo el
Pueblo Mesiánico: "Infundiré mi Espíritu en ustedes para que vivan según mis mandatos y
respetan mis órdenes" (Ez.36,27).
Cristo en repetidas ocasiones prometió esta efusión a sus seguidores: "El Espíritu Santo les
enseñará en ese mismo momento lo que hay que decir" (Lc.12,12) y lo cumplió el mismo
día de la Pascua: "Dicho esto, sopló sobre ellos diciendo:Reciban al Espíritu Santo
(Jn.20,22) y de una manera más notable en Pentecostés: "y quedaron llenos del Espíritu
Santo" (Hech.2,4). Aquellos que se hicieron bautizar ese mismo día, recibieron a su vez el
don del Espíritu Santo: "Dios les dará el Espíritu Santo". (Hech.2,38)
A partir de entonces, los Apóstoles en cumplimiento de la voluntad de Cristo, comunicaban
a los recién bautizados, por la imposición de las manos, el don del Espíritu Santo. La
tradición cristiana ha considerado desde el principio dicha imposición de las manos como el
signo primitivo del Sacramento de la Confirmación. Sin embargo, muy pronto para mejor
significar la unción espiritual se añadió la unción con el óleo perfumado (Crisma).
Precisamente el nombre de "cristiano" significa seguidor de Cristo, el "Ungido".
EL ACEITE COMO SIGNO
Muy atinadamente en algunos Sacramentos se usan óleos consagrados para la unción con
distintos significados: antes del Bautismo significa purificación y fortaleza (usamos aceites y
crema para limpiar la piel, para practicar deportes); el Oleo de los enfermos significa y
realiza curación y consuelo (muchas medicinas tienen como base aceites); por su parte las
unciones con el Santo Crisma después del Bautismo, en la Confirmación y en la Ordenación
Sacerdotal son signos de consagración, como el sello de propiedad que se imprime en un
documento.
Así el confirmado recibe la "marca" o el sello del Espíritu Santo: "Es Dios el que nos conforta
juntamente con nosotros en Cristo y el que nos ungió y el que nos marcó con su sello y nos
dio en arras el Espíritu en nuestros corazones" (2 Cor. 1,22).
¿PORQUÉ ADEMÁS DEL BAUTISMO ES NECESARIA LA CONFIRMACIÓN?
El Bautismo, que hace nacer nuestra alma a la Vida Divina y que nos hace miembros de la
Iglesia de Cristo, es tan solo el principio, como el niño que es dado a la luz posee la vida
humana y es miembro de su familia, pero debe llegar a su plenitud en la madurez. En el
terreno espiritual, la Gracia Santificante se desarrollará con la recepción de los demás
Sacramentos y la Confirmación produce en nosotros el crecimiento necesario para llegar a la
madurez cristiana: el Espíritu Santo nos comunica sus siete Dones y nos hace adultos en la
fe, capaces de dar testimonio de ella y de luchar como soldados por el Reino de Dios en la
tierra. Ciertamente ya desde el Bautismo Dios habita en nosotros con sus Tres Divinas
Personas, pero en la Confirmación se nos da el Espíritu Santo con más abundancia: es como
un Pentecostés para los discípulos de Cristo.
LA CONFIRMACIÓN FUE INSTITUÍDA POR NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO
San Juan Evangelista nos dice "muchas otras cosas hay que hizo Jesús, que si se escribieran
una por una, me parece que no cabrían en el mundo los libros que se habrían de escribir"
(Jn.21,25). No debe entonces extrañarnos el no saber exactamente cuándo y cómo
Jesucristo instituyó el Sacramento de la Confirmación, pero consta en muchos pasajes del
Nuevo Testamento que los Apóstoles, imponiendo las manos a los Bautizados, los
confirmaban en la Fe: "Pedro y Juan imponían las manos a los samaritanos" que habían sido
ya bautizados por el Diácono Felipe y éstos recibían al Espíritu Santo (Hech.8,12-17). De
igual modo San Pablo habiendo llegado a Efeso, bautizó en el nombre de Cristo a discípulos
de San Juan Bautista y a continuación les impuso las manos para hacer descender sobre
ellos el Espíritu Santo "Y como Pablo les impusiera las manos, vino sobre ellos el Espíritu
Santo, hablaron lenguas y profetizaron" (Hech. 19,6).
Un rito tan importante, de tanta trascendencia en la vida de los cristianos, no pudo ser
inventado o improvisado por los Apóstoles: con toda certeza podemos inferir que no
hicieron sino practicar lo que Jesús hacía y les ordenó seguir haciendo.
LA CONFIRMACIÓN ES UN SIGNO SENSIBLE
Claramente vemos en los pasajes citados cómo la imposición de las manos es aquel signo
sensible necesario en todo Sacramento y que ahora, unido a la unción con el Santo Crisma,
confiere al bautizado la plenitud del Espíritu Santo.
LOS EFECTOS DE LA CONFIRMACIÓN
NOS HACE "SOLDADOS" DE CRISTO
La vida del hombre sobre la tierra es un continuo combate contra los enemigos de su alma,
que como nos enseña la Iglesia, son el mundo, el demonio y nuestras propias
concupiscencias. Este combate da comienzo apenas el niño va teniendo uso de razón y no
termina sino con la muerte. Job dice en la Biblia, que "la vida es una milicia".
Para sostener la lucha en contra de enemigos tan poderosos como tenaces, necesitamos
auxilios especiales que precisamente nos proporciona la Gracia de este Sacramento. Pública
y solemnemente, ante el Obispo, somos alistados en el ejército del Señor para luchar por el
bien de nuestras almas, por la extensión del Reino de Dios, por el bien de las almas, por la
gloria de Dios.
La Confirmación imprime en el alma ese carácter indeleble (por eso este Sacramento no se
repite) de testigo de Cristo y da la fuerza necesaria para confesar la Fe sin temor ante los
respetos humanos y defenderla, si es necesario, con la ofrenda de la vida.
NOS HACE CRISTIANOS PERFECTOS
Este Sacramento nos confirma en la Fe y perfecciona todas las virtudes y dones recibidos en
el Bautismo. Precisamente por esto recibe el nombre de Confirmación.
Un autor del siglo V llamado el Pseudo-Dionisio Aeropagita, escribiendo sobre el Sacramento
de la Confirmación, precisa la diferencia entre los bautizados y los confirmados en estos
términos: "A todos llamamos hijos de Dios, incorporados todos a Jesucristo, herederos
todos del Paraíso; pero imperfectos los primeros y perfectos los segundos, la Confirmación
no solamente nos hace divinos, sino grandísimamente divinos".
LA CONFIRMACIÓN NOS DA EL ESPIRITU SANTO
Es la Confirmación el Sacramento que da cumplimiento a aquellas palabras de Cristo: "Os
conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Consolador no vendrá a ustedes. Pero si
me voy, yo lo enviaré" (Jn.16,7).
En efecto, así como en Pentecostés descendió el Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico
reunido en oración con la Santísima Virgen María, en lo sucesivo, los cristianos recibieron al
Espíritu Santo por medio de los Apóstoles y luego de los Obispos con la imposición de las
manos y la santa unción.
Y de la misma manera que el Espíritu Santo se manifestó de manera prodigiosa en
Pentecostés, no faltaron casos en la Iglesia Apostólica en que el administrar a los fieles la
Confirmación, sucedieran milagros parecidos como el profetizar o el hablar en lenguas. Esto
llevó al mago Simón a ofrecer dinero a los Apóstoles para que le dieran el poder de
confirmar (Hech.8,14). Leemos también cómo al confirmar San Pablo a los bautizados,
venía sobre ellos el Espíritu Santo obrando prodigios (Hech.19)
Actualmente no suceden tales prodigios pues Dios no multiplica los milagros sin necesidad.
La Iglesia está bien establecida y ya no es necesario. Pero aunque sin señales externas, los
confirmados reciben ciertamente al Espíritu Santo con sus siete Dones.
LOS DONES DEL ESPÍRITU SANTO
Los Dones del Espíritu Santo son 7 auxilios Espirituales que capacitan el alma para ejercitar
las virtudes necesarias a la perfección cristiana. Estos 7 Dones son los siguientes:
Sabiduría, Entendimiento, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad, Temor de Dios.
El Don de Sabiduría es el más perfecto de todos los Dones. El nos hace preferir los bienes
celestiales a los terrenales y que encontremos así nuestras delicias en las cosas de Dios, de
la Religión.
El Don de Entendimiento, nos hace comprender mejor las verdades de la Religión. Nos
descubre el significado oculto de las Sagradas Escrituras. Comprender el significado de los
Sacramentos y de las ceremonias de la Iglesia. Penetrar en los planes ocultos de la
Providencia, en el gobierno del mundo y de los hombres, etc., etc. Quien tiene este Don, no
piensa como los mundanos que el mundo está mal arreglado, sino que, por el contrario,
admira en él, la Sabiduría, inteligencia y Providencias divinas.
El Don de Consejo nos da a conocer con toda prontitud y seguridad, lo que conviene para
nuestra salvación y la del prójimo, de un modo especial en los casos más difíciles y
decisivos.
Este es el Don que Nuestro Señor prometió a sus Apóstoles con estas palabras: "Cuando
jueces y gobernantes malvados, y enemigos de Dios los citarán para exigirles cuenta de su
conducta y de sus obras de celo, no piensen cómo o qué tienen que responder, porque en
aquella hora el Espíritu Santo les sugerirá lo que debes decir" (Mt.10,20).
Fue este Don el que hizo a San Pedro contestar al Sanedrín cuando éste le ordenaba no
predicar a Jesucristo: "Debemos obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hech.5,29)
El Don de la Fortaleza nos da la energía que necesitamos para resistir a los obstáculos que
se oponen a nuestra santificación para resistir las tentaciones y no caer en pecado, para
despreciar el respeto humano, para perseverar durante toda la vida en el cumplimiento del
deber, en la vida cristiana.
Es este Don el que nos da la fuerza para emprender sin temor ni vacilación, obras que
miran a la mayor gloria de Dios. El acto por excelencia del Don de la Fortaleza, es el
martirio, pero hay que recordar que es comparable a él una vida empleada en el servicio de
Dios y en procurar la salvación de las almas.
El Don de la Ciencia, no por supuesto de la ciencia profana, sino de la Ciencia de Dios, nos
da a conocer el camino que debemos seguir para llegar al Cielo.
Este Don nos hace ver todas las cosas en Dios, como creaturas suyas, como
manifestaciones de su Poder, Sabiduría y Bondad infinitas. Por medio de este Don todas
ellas vienen a ser para nosotros, como un reflejo de Dios.
San Francisco de Asís, poseía este Don en alto grado, considerando todas las cosas creadas
como hijas de Dios, veía en todas ellas otros tantos hermanos, el hermano sol, la hermana
agua, la hermana oveja, etc., hasta la hermana muerte.
El Don de Piedad, despierta en el confirmado un afecto filial hacia Dios a quien podemos
dirigirnos con toda confianza y una tierna devoción y prontitud para cumplir con nuestros
deberes religiosos.
Este Don hace que encontremos placer en las oraciones, y en las prácticas religiosas –que
nos sacrifiquemos por Dios y por su Gloria, y –que recibamos todo como venido de la Mano
de Dios, y nos abandonemos a sus manos como el niño se abandona a las de su madre.
Y nos inspira además, un grande amor a las personas y a las cosas que participan de Dios y
de sus perfecciones divinas, a saber, la Virgen Santísima, los Angeles, los Santos, la
Sagrada Biblia, la Iglesia y su Jefe visible, el Sumo Pontífice y los Superiores en quienes se
ve a los representantes de Dios.
El Don de Temor de Dios, inclina nuestra voluntad a un respeto filial hacia Él; nos aleja del
pecado porque le desagrada y nos hace esperar en su poderoso auxilio.
Pero entiéndase bien que este Don del Espíritu Santo, nada tiene de común con el temor al
castigo de Dios por nuestros pecados, el temor a las penas de esta vida, a las del Purgatorio
y del Infierno. No es el temor del subordinado que sirve al jefe porque no lo castigue, sino
el temor del buen hijo que teme disgustar al mejor de los padres.
Este Don del Espíritu Santo nos inspira un vivo sentimiento de la grandeza y bondad de Dios
y por lo tanto, sumo horror a las menores faltas; una viva contrición de éstas porque
ofenden a un Dios tan bueno, un deseo vivísimo de repararlas con muchos actos de amor y
sacrificio y en fin, suma diligencia de huir de las ocasiones de pecado.
NECESIDAD E IMPORTANCIA DE LA CONFIRMACIÓN
Por lo que hemos dicho al exponer los maravillosos efectos de la Confirmación, cualquiera
verá la conveniencia, necesidad e importancia de recibirla; pero el punto de vista bajo el
cual vamos a considerar ahora este Sacramento, es este otro: ¿Es necesaria la
Confirmación para la Salvación?
Ciertamente que la Confirmación no es indispensable para la salvación como el Bautismo, y
el Sacramento de la Penitencia si se ha caído en pecado mortal, que no es tan necesaria
como la Sagrada Eucaristía, el rey de los Sacramentos, que por un prodigio de la Bondad
divina podemos recibir todos los días y que puede uno salvarse sin haber sido confirmado;
pero si consideramos la gran abundancia de bienes espirituales que gratuitamente nos
comunica este Sacramento, todos debemos apresurarnos a recibirlo y hacerlo recibir a
quienes no lo hayan hecho, especialmente a nuestros subordinados.
Es tan importante la salvación, que para alcanzarla no debemos descuidar ningún medio
eficaz, y siendo uno de los principales la Confirmación, no puede menos que ser una falta de
gratitud a Nuestro Señor Jesucristo nuestra indiferencia para aprovecharla. Pero si es el
desprecio la causa de esta indiferencia, ciertamente que ello constituiría una falta muy
grave.
Es la Gracia Bautismal el mayor tesoro de nuestra alma. ¿Por qué si para proteger un tesoro
material ponemos tanto cuidado y no encontramos Banco bastante seguro para él, ni caja
fuerte bastante resistente, no sabemos estimar ni aprovechar el Sacramento de la
Confirmación que viene a cuidar, a proteger y a acrecentar el mayor tesoro de nuestra
alma?
EL MINISTRO DE LA CONFIRMACIÓN
Normalmente el ministro es el Obispo, aunque en algunos casos, se puede conceder a los
sacerdotes la facultad para confirmar. El que el Obispo sea el que confirme pone de relieve
que es sucesor de los Apóstoles y cabeza de la diócesis. Así la Confirmación tiene como
efecto unir más estrechamente al bautizado con la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a su
misión como testigo de Cristo de la comunidad.
En peligro de muerte, cualquier presbítero puede dar la confirmación ya que la Iglesia
quiere que ninguno de sus hijos, aún en la más tierna edad, salga de este mundo sin haber
sido perfeccionado por el Espíritu Santo.
EL SUJETO DE LA CONFIRMACIÓN
Según el Derecho Canónico (889), todo bautizado, aún no confirmado, puede y debe recibir
la Confirmación. Sin este Sacramento y la Eucaristía, la iniciación cristiana quedaría
incompleta.
La Confirmación es el Sacramento "de la madurez cristiana" y por eso es conveniente y
necesario que el bautizado haya llegado al uso de la razón y es recomendable, según el
Concilio Vaticano II, esperar y proporcionar al confirmando una sólida y profunda formación
cristiana y una preparación presacramental que podría consistir en un retiro espiritual previo
a la confirmación.
Todo esto nos habla de la conveniencia de que los confirmados hayan pasado los 15 o 16
años con el fin de que comprendan realmente lo que está por suceder y el compromiso que
están adquiriendo.
Es un error, por tanto, hacer confirmar a niños de pecho o en la primera infancia para salir
del paso lo más pronto posible.
Es indispensable que el sujeto se presente en Gracia de Dios para no hacer de la
Confirmación una farsa. Si es necesario deberá recurrir al Sacramento de la Reconciliación
para recibir al Espíritu Santo con el alma purificada.
LAS OBLIGACIONES DEL CONFIRMADO
En continuidad con el Bautismo, el confirmado renueva las promesas que en aquella ocasión
sus padres y padrinos hicieron por él si fue bautizado pequeño. Ahora, con pleno uso de
razón, deberá renunciar radicalmente al pecado, a Satanás, padre del pecado y a todas sus
insidias. Y esto no debe ser un mero formulismo. Tan cierto es que Satanás existe, como de
que somos débiles y pecadores y la vida cristiana nos obliga a luchar valientemente por la
Gracia de Dios.
Igualmente el cristiano confirmado está comprometido no tan solo a guardar la Fe sino a
conquistar a los demás para Cristo. Esto podría llevarlo hasta dar la vida por el Señor como
valientemente lo hicieran miles de católicos en la guerra Cristera en nuestra Patria ante la
persecución del gobierno callista.
En el mundo actual, olvidado de Dios, corrompido integralmente en la mentira, cohecho, el
hurto, el hedonismo desenfrenado, violencia y sexo, no será fácil mantenerse en la lucha
por el bien. Será vivir cuesta arriba o contra corriente todo el tiempo. Será necesario evitar
con cuidado toda clase de pecado, instruirse permanentemente en Religión, militar en algún
movimiento católico, ser activo en la parroquia y sobre todo frecuentar los Sacramentos de
la Reconciliación y de la Eucaristía.
NO DEBEMOS NEGAR NUESTRA FE NI AVERGONZARNOS DE ELLA
Han pasado a Dios gracias los tiempos de la persecución religiosa mencionada arriba y ser
católicos no está penado con la muerte. Pero nos hemos convertido en "católicos
vergonzantes" ante el mundo paganizado. Nos da pena enfrentar criterios inmorales o
herejes; nos da miedo recibir el mote de moralista, mocho, persignado, etc. y nos
quedamos callados sumisamente. No somos capaces de sostener, por ejemplo,que el uso de
anticonceptivos es inmoral y dañino, que el aborto es un crimen horrendo, que la
homosexualidad es una aberración. Y dejamos que los enemigos de Dios y del hombre digan
y hagan lo que les venga en gana.
El soldado de Cristo debe estar preparado para dar la batalla al mal, venga de donde venga.
¿Qué diríamos de un soldado bien armado que ni siquiera se molestara en desempacar sus
armas y aprender a usarlas? ¿Cómo espera que ganará la batalla cuando le falta la voluntad
y el valor para entrar en ella? Así son los cristianos que no saben aprovechar los medios que
la Iglesia pone en sus manos y que se amilanan ante los demás.
La Fe en Cristo debe ser nuestro timbre de gloria como para un soldado es su bandera.
Negarla o avergonzarnos de ella es indigno de un hijo de Dios.
LOS PADRINOS DE LA CONFIRMACIÓN
Ordena la Santa Iglesia que todo confirmando cuente con la ayuda espiritual de un padrino
o una madrina, preferentemente los mismos del Bautismo, haciendo recalcar la unión entre
ambos Sacramentos.
Para que una persona pueda desempeñar válidamente el oficio de padrino o madrina, es
decir, para que no sea nulo su padrinazgo, se requieren las siguientes condiciones:
[Link] confirmado.

[Link] uso de razón y la intención de cumplir adecuadamente esta función.

[Link] ser hereje o estar excomulgado.

[Link] ser ni el padre ni la madre ni el cónyuge del confirmado.

[Link] el momento de la Confirmación, tocar en el hombro al confirmando


simbolizando su compromiso como padrino o madrina.
La misión de los padrinos es cuidar de palabra y con el ejemplo el crecimiento en la Fe de su
ahijado. Por eso los padres deben elegir como compadres a personas intachables como
católicos: casados sacramentalmente, instruidos en Religión y de buenas costumbres.
Deben los padrinos comprender que al aceptar serlo, son ahora compadres es decir, padres
con los verdaderos padres del ahijado y que este se convierte para ellos en un como-hijo,
con todo lo que esto comporta. Es un compromiso mucho muy serio del cual han de dar
cuenta a Dios como de sus propios hijos. Error tremendo es el aceptar compadrazgos a la
ligera y acumular ahijados a los cuales nunca podrán seguir de cerca en su camino hacia
Dios.
Ante Dios los únicos padrinazgos que crean parentesco espiritual son los del Bautismo y
Confirmación. Los demás (padrinos de Primera Comunión, Matrimonio, etc.) son en realidad
costumbres de tipo social a las que los mexicanos somos muy dados.
LA CELEBRACIÓN DE LA CONFIRMACIÓN
Muy importante y antes del rito propiamente dicho, es la consagración que el Obispo hace
del Santo Crisma, en la Misa Crismal del Jueves Santo. En ella se invoca al Espíritu Santo
para que actúe poderosamente por el crisma en aquellos que lo van a recibir.
La renovación de las promesas del Bautismo y la Profesión de la fe dan comienzo al rito de
al Confirmación. Con esto se pone de manifiesto que la Confirmación es como la
prolongación del Bautismo.
El Ritual de la Confirmación contiene cinco fórmulas distingas para la renovación de las
promesas del Bautismo adecuadas para la mentalidad de los confirmandos, sean niños,
jóvenes o adultos. Responder "Sí, renuncio" o "Sí creo" ante Dios y la Iglesia, es cosa muy
seria. No puede tomarse a la ligera como si fuera un simple trámite burocrático.
Es por eso que la preparación al Sacramento debe tener la profundidad necesaria para que
el candidato tome conciencia de la grandeza de su vocación cristiana y del compromiso que
está aceptando.
Imposición de las manos: El Obispo a continuación extiende las manos sobre los
confirmandos, repitiendo el gesto de los Apóstoles y que es el signo del don del Espíritu
Santo. Al mismo tiempo pronuncia la oración propia del Sacramento invocando a Dios Padre
para que envíe su Espíritu con sus siete dones, por los méritos de Jesucristo.
Unción con el Santo Crisma: el Sacramento de la Confirmación es conferido por la unción en
la frente, hecha imponiendo la mano en la cabeza del candidato al tiempo que se
pronuncian las siguientes palabras: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo" a lo
que el confirmado responde solemnemente: "Amén".
OBLIGACIONES DE LOS PADRES DEL CONFIRMADO
El educar a los hijos como buenos cristianos no es tarea fácil y no puede dejarse a la
improvisación. Hay un dicho que dice que la educación de los hijos da comienzo 20 años
antes de que los papás se casen y los engendren, o sea, los padres deben ya venir de una
familia profundamente cristiana para ser capaces de transmitir los valores evangélicos a sus
futuros hijos. Si eso no se ha dado, es preciso que los matrimonios estudien Religión y
arreglen su estilo de vida en el hogar de manera que los niños vayan creciendo
insensiblemente en íntima relación con Dios, la Vírgen Santísima y sus Santos Patronos, sin
olvidar a su Angel de la Guarda.
Todo en el hogar debe transparentar la Fe de los padres: bendición de los alimentos,
oración por la mañana y por la noche, imágenes de Cristo y de María y sobre todo dos
cosas: la Santa Misa dominical en familia y el estudio permanente de la Religión Católica.
Cuando esto ha faltado, el Sacramento de la Confirmación puede degenerar en una fiesta de
tipo social, sin repercusiones en la vida del confirmado. Las obligaciones tanto del Bautismo
como de la Confirmación no podrán ser cumplidas si el confirmado encuentra el vacío en un
hogar de tipo pagano.
Cuando el hijo ha superado los 15 o 16 años, requiere de una profunda preparación
espiritual y no tan solo de una plática impartida en la Parroquia y aceptada de mala gana.
Padres, padrinos y los confirmandos deben involucrarse en lo que se va a realizar ya que es
de suma trascendencia en la vida del hijo o ahijado.
En vez de preocuparse en exceso por los aspectos sociales (vestido, recuerdos, adornos,
música, flores, etc.) el muchacho que va a ser confirmado debería vivir un retiro espiritual
(por ejemplo, Jornadas de vida Cristiana) que lo hagan descubrir y reflexionar la grandeza
de su Vocación Cristiana y lo motiven a vivir en adelante gozosamente en Gracia de Dios,
comunicando a otros su Fe y su alegría.
CUANDO LA CONFIRMACIÓN FRACASA
No faltan personas que viendo la conducta de los cristianos confirmados afirman que la
Confirmación ni es necesaria ni produce los efectos deseados. ¿Dónde están los cristianos
aguerridos, defensores de la Religión en las escuelas, talleres, espectáculos, medios de
comunicación, finanzas, política, etc.? ¿Por qué el mal avanza, la violencia, la drogadicción,
el sida? ¿Dónde están los soldados de Cristo?
Entendámonos: el que los Sacramentos produzcan su benéfico efecto por su propia virtud,
lo que la Iglesia llama en latín "ex opere operato", no quiere decir que sean una especie de
sortilegio, magia o brujería que no necesiten de la cooperación del sujeto que los recibe.
San Pablo nos dice: "Por la Gracia de Dios soy lo que soy; más su Gracia no fue estéril en
mí, antes bien he sabido hacerla fructificar con mi correspondencia". Y el gran San Agustín
nos lo dice de otra manera: "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti".
Podemos decir que el "fracaso" de la Confirmación se debe principalmente a la NULA
cooperación de la familia y del confirmado: ambiente pagano y materialista en la familia,
deficiente preparación del Sacramento, ignorancia religiosa, poca asistencia a la Santa Misa,
etc. ¡Así nulificamos la acción del Espíritu Santo!
No es posible que un rosal florezca en el jardín, por buena que sea la planta, si no
abonamos la tierra y la regamos adecuadamente. ¡No le echemos la culpa al rosal!
CONCLUSIÓN
La Confirmación, tal vez el menos comprendido de los siete Sacramentos, dándonos la
plenitud del Espíritú Santo, nos hace adultos en la Fe y soldados de Cristo para salvar al
mundo por medio del Evangelio.
Bien preparado, bien vivido, rinde magníficos frutos como podemos constatar en tantas y
tantas iniciativas laicales en el mundo entero. Dejemos actuar al Espíritu Santo en nuestras
almas, dispuestos a dar la vida por Cristo si es necesario.
"Vuestra confirmación de hoy es vuestro Pentecostés para la vida. Comprobar la gravedad y
la grandeza de este Sacramento. ¿Cuál será nuestro estilo de vida en adelante? ¡El de los
Apóstoles a la salida del Cenáculo! El de los cristianos de todo tiempo, enérgicamente fieles
a la oración, a la intensificación y al testimonio de la fe, a la fracción del pan eucarístico, al
servicio del prójimo y, sobre todo, de los más pobres".
LOS SACRAMENTOS SON EL ORO
De la Religión de Cristo, su riqueza máxima, infinita, porque nos confieren la GRACIA, que
es la participación en la Vida Divina.
Es por eso que como cristianos podemos llevar a la práctica preceptos evangélicos que el
"mundo" considera imposibles de cumplir como por ejemplo:
* la castidad absoluta en el soltero

* la fidelidad en el Matrimonio

* NO a los anticonceptivos

* No al divorcio

* Restituir lo robado

* NO a cualquier vicio
* Devolver bien por mal

* Amar a nuestros enemigos, etc., etc.


Nuestro Señor Jesucristo instituyó 7 Sacramentos para asistir las necesidades espirituales
del hombre en su vida:
[Link] el Bautismo, nace el alma a al Vida de la Gracia.

[Link] la Confirmación la hace crecer y fortalecer.

[Link] Eucaristía la alimenta.

[Link] Reconciliación la sana en caso de enfermedad.

[Link] Matrimonio santifica la vida de familia.

[Link] Orden Sacerdotal, confiere al hombre los poderes Sacerdotales de


Cristo.

[Link] Unción de los Enfermos nos conforta en la enfermedad y nos


porporciona los auxilios necesarios en el paso de esta vida a la OTRA.
Es claro que un buen católico, vive una intensa vida de Sacramentos y que el mayor bien
que podemos alcanzar sobre la tierra, es la GRACIA DE LA COMUNIÓN DIARIA.

/////////////////////////////////////////////////////////////////////
. EL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION

3.1 NOCION

La confirmación es el sacramento que da el Espíritu Santo para enraizarnos más profundamente en la filiación
divina, incorporarnos más firmemente a Cristo, hacer más sólido nuestro vínculo con la Iglesia, asociarnos todavía
m s a su misión y ayudarnos a dar testimonio de la fe cristiana por la palabra acompañada de las obras (Catecismo,
1316).

Por implicar perfección y consumación de la gracia y el carácter del bautismo, este sacramento forma parte de la
iniciación cristiana. Confirmar significa afirmar o consolidar, y por ello la confirmación lleva a su plenitud lo que en
el bautismo era sólo inicio. Particularmente luego de la recepción de este sacramento, la misión del cristiano ser más
activa que pasiva, en consideración de dicha plenitud: misión eminentemente apostólica, donde se continúa de algún
modo la gracia de Pentecostés.
Por esta razón, sólo los confirmados pueden ser padrinos de bautismo, o recibir las sagradas órdenes.

La confirmación es para nosotros lo que Pentecostés fue para los Apóstoles.

Luego de haber dado Jesucristo el Espíritu Santo a los Apóstoles (cfr. Jn. 20, 22), éstos permanecían tímidos,
ignorantes e imperfectos. Dios procede por grados en la comunicación de sus dones. Los Apóstoles tenían ya el
Espíritu Santo, pero no habían recibido aún la fortaleza para confesar la fe y transmitirla: ésta la recibieron el día de
Pentecostés. También nosotros recibimos por primera vez al Espíritu Santo en el bautismo, recibiendo luego, la
plenitud de sus dones, en la confirmación.
3.2 LA CONFIRMACION, SACRAMENTO DE LA NUEVA LEY
Este sacramento, como todos los otros, fue instituido por Jesucristo, pues sólo Dios puede vincular la gracia a un
signo externo. Sin embargo, no consta en la Sagrada Escritura el momento preciso de la institución, aunque
repetidas predicciones de los profetas relativas a una amplia difusión del Espíritu divino en los tiempos mesiánicos
(cfr. Is. 58, 11; Ez. 47, 1; Joel 2, 28, etc.), el reiterado anuncio por parte de Cristo de una nueva venida del Espíritu
Santo para completar su obra, y la misma acción de los Apóstoles hacen constar la institución de un sacramento
distinto del bautismo.

Así, por ejemplo, los Hechos de los Apóstoles nos refieren que, habiendo sido enviados Pedro y Juan a los
samaritanos, hicieron oración por ellos a fin de que recibiesen el Espíritu Santo porque aún no había descendido
sobre ninguno de ellos, sino que solamente estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían
las manos y recibían el Espíritu Santo (Hechos 8, 14; véase también Hechos 19, 6; Heb. 6, 2; etc.). Es claro que,
desde el primer momento de la predicación apostólica, se confería este sacramento, instituido por Jesucristo.
Por no aparecer explícitamente el momento de la institución de la confirmación, los protestantes rechazaron este
sacramento como carente de fundamento bíblico. Contra ellos, el Concilio de Trento hizo la siguiente declaración:
Si alguno dijere que la confirmación de los bautizados es ceremonia ociosa y no verdadero y propio sacramento, sea
anatema (Dz. 871). Santo Tomás enseña que Cristo instituyó el sacramento prometiendo que se verificaría luego de
su Resurrección y Ascensión a los cielos, esto es, después que el Espíritu Santo viniera sobre los Apóstoles el día de
Pentecostés, pues sólo entonces recibirían la plenitud del Espíritu (cfr. S. Th. III, q. 72, a. 1, ad. 1).
3.3 EL SIGNO EXTERNO DE LA CONFIRMACION

Al administrar la confirmación, la Iglesia repite esencialmente la sencilla ceremonia que relatan los Hechos de los
Apóstoles (19, 1 a 6), añadiendo algunos ritos que hacen más comprensible la recepción del Espíritu Santo y los
efectos sobrenaturales que produce en el alma.

Así lo expresa, por ejemplo, la siguiente oración que antecede a las palabras de la forma: Oremos, hermanos, a Dios
Padre Todo poderoso, y pidámosle que derrame el Espíritu Santo sobre estos hijos de adopción, que renacieron ya a
la vida eterna en el bautismo, para que los fortalezca con la abundancia de sus dones, los consagre con su unción
espiritual, y haga de ellos imagen perfecta de Jesucristo.
3.3.1 La materia
La materia de la confirmación es la unción con el crisma en la frente, a la que se añade la imposición de las manos
del Obispo.

Por crisma se entiende la mezcla de aceite de oliva y de bálsamo, consagrada por el obispo el día de Jueves Santo.
Se entiende por bálsamo el líquido aromático que fluye de ciertos árboles y que, después de quedar espesado por la
acción del aire, contiene aceite esencial, resina y ácido benzoico o cinámico.
Así como la materia del bautismo el -agua- significa su efecto propio -lavado-, la materia de la confirmación aceite,
usado desde la antigüedad para fortalecer los músculos de los gladiadores, es símbolo de fuerza y plenitud. El
confirmado podrá con el sacramento cumplir con valentía su misión apostólica. El bálsamo, que perfuma el aceite y
lo libra de la corrupción, denota el buen olor de la virtud y la preservación de los vicios.

El rito esencial es la crismación en la frente, no la imposición de las manos (cfr. AAS 64 (1972), p. 526).

3.3.2 La forma
La forma de la confirmación consiste en las palabras que acompañan a la imposición individual de las manos,
imposición que va unida a la unción en la frente.

El Ordo Confirmationis (22-VIII-71) indica que las palabras son: "Recibe el signo del Don del Espíritu Santo".
Lo mismo que al soldado se le dan las armas que debe llevar en la batalla, así al confirmado se le signa con la señal
de la cruz en la frente, para significar que el arma con que ha de luchar es la cruz, llevada no sólo en su mano o
sobre su pecho, sino sobre todo en su propia vida y conducta.

3.4 EFECTOS DE LA CONFIRMACION


De la celebración se deduce que el efecto del sacramento es la efusión plena del Espíritu Santo, como fue concedida
en otro tiempo a los apóstoles el día de Pentecostés (Catecismo, 1302).

Por este hecho, la Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:

- nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir ‘Abb , Padre’ (Rm. 8,15);
- nos une más firmemente a Cristo;
- aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
- hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia;
- nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras
como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás
vergüenza de la cruz (Id., n. 1303).

Otro efecto de la confirmación es que imprime en el alma una marca espiritual indeleble, el ‘carácter’, que es el
signo de que Jesucristo ha marcado al cristiano con el sello de su Espíritu revistiéndolo de la fuerza de lo alto para
que sea su testigo (cfr. Lc. 24, 48-49) (Id., n. 1304).

El ‘carácter’ perfecciona el sacerdocio común de los fieles, recibido en el Bautismo, y el confirmado recibe el poder
de confesar la fe de Cristo públicamente, y como en virtud de un cargo (quasi ex officio) (Id., n. 1305).
3.5 NECESIDAD DE RECIBIR EL SACRAMENTO

En el inciso 2.5 se explicó que el bautismo es el único sacramento absolutamente necesario para la salvación. La
confirmación, pues, ser necesaria sólo de modo relativo; es decir, que se requiere no absolutamente para salvarse,
sino sólo para llegar a vivir con plenitud la vida cristiana.

El derecho vigente prescribe a todos los fieles la obligación de confirmarse en el tiempo oportuno (cfr. CIC, c. 890),
por lo que, si se dejara de recibir por menosprecio o negligencia, se pecaría gravemente (cfr. Conc. de Constanza,
Dz. 669).

3.6 EL MINISTRO DE LA CONFIRMACION

"El ministro ordinario de la confirmación es el Obispo; también administra válidamente este sacramento el
presbítero dotado de facultad por el derecho común o concesión peculiar de la autoridad competente" (CIC, c. 882).

Magisterio de la Iglesia, cfr. Dz. 419, 424, 465, 572, 608, 697, 873 y 2147; CIC, n. 1313.
Si un cristiano está en peligro de muerte, cualquier presbítero debe darle la Confirmación (cfr. CIC, can. 883, 3). En
efecto, la Iglesia quiere que ninguno de sus hijos, incluso en la m s tierna edad, salga de este mundo sin haber sido
perfeccionado por el Espíritu Santo con el don de la plenitud de Cristo (Catecismo, n. 1314).

3.7 EL SUJETO DE LA CONFIRMACION

El sujeto de la confirmación es todo bautizado que no haya sido confirmado.

También los niños pueden recibir válidamente este sacramento y, si se hallan en peligro de muerte, se les debe
administrar la confirmación.

Aunque el niño bautizado que aún no llega al uso de razón se salvaría sin confirmarse, la conveniencia de recibir
este sacramento resulta de la infusión de un estado más elevado de gracia, al que corresponde un estado más elevado
de gloria (cfr. S. Th. III, q. 72, a. 8, ad. 4).
Ahora bien, considerando el fin de este sacramento convertir al bautizado en esforzado testigo de Cristo es más
conveniente administrarlo cuando el niño ha llegado al uso de razón, es decir hacia los siete años de edad (cfr. CIC,
c. 891).
Para que el confirmado con uso de razón reciba lícitamente el sacramento, ha de estar convenientemente instruido,
en estado de gracia, y ha de ser capaz de renovar las promesas del bautismo.

La preparación para la Confirmación debe tener como meta conducir al cristiano a una unión más íntima con Cristo,
a una familiaridad más viva con el Espíritu Santo, su acción, sus dones y sus llamadas, a fin de poder asumir mejor
las responsabilidades apostólicas de la vida cristiana. Por ello, la catequesis de la Confirmación se esforzar por
suscitar el sentido de la pertenencia a la Iglesia de Jesucristo (Catecismo, n. 1309).

3.8 LOS PADRINOS DE LA CONFIRMACION

Aun sin ser imprescindible sobre todo si se trata de un adulto, conviene que el confirmado tenga un padrino a quien
corresponde procurar que el sujeto se comporte como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las
obligaciones inherentes al sacramento (CIC, c. 892).

Las condiciones que ha de reunir el padrino de la confirmación son las mismas que se piden para el padrino de
bautismo (ver 2.8). Incluso conviene que sea el mismo que para el bautismo, a fin de subrayar la unidad entre los
dos sacramentos (Catecismo, n. 1311).
A los padrinos les compete con más razón si son los mismos que en el bautismo colaborar en la preparación de los
confirmados para recibir el sacramento, y contribuir después con su testimonio y con su palabra a la perseverancia
en la fe y en la vida cristiana de sus ahijados.
Su tarea es de suplencia respecto a la obligación primordial de los padres, pero no por eso su misión carece de
importancia.
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Sacramentos de Iniciación Cristiana
Mediante los Sacramentos de la Iniciación Cristiana, el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía, se ponen los
fundamentos de toda vida cristiana. "La participación en la naturaleza divina, que los hombres reciben como don
mediante la gracia de Cristo, tiene cierta analogía con el origen, el crecimiento y el centro de la vida natural. En
efecto, los fieles renacidos en el Bautismo se fortalecen con el sacramento de la Confirmación y finalmente, son
alimentados en la Eucaristía con el manjar de la vida eterna, y, así por medio de estos sacramentos de la iniciación
cristiana, reciben cada vez con más abundancia los tesoros de la vida divina y avanzan hacia la perfección de la
caridad" (CIC 1212 ).

Citas
CIC: Catecismo de la Iglesia Católica. Los números indican el párrafo del cual está citado o parafraseado el texto.
Estos números aparecen en el original del CIC.

El Bautismo
El Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana y la puerta que abre el acceso a otros sacramentos. Por el
Bautismo somos liberados del pecado y
regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo. Somos incorporados a la Iglesia y hechos
partícipes de su misión. (cf. CIC 1213)

¿Quién puede recibir el bautismo?

Toda persona puede recibir el bautismo, con la única condición de no haberlo recibido antes. Ciertamente que la
forma y el medio como se recibe varía si quién lo recibe es un adulto, un joven o un niño recién nacido. De cualquier
manera, es importante acercarse a la parroquia y hacer las consultas respectivas para recibir este sacramento.

¿Cuáles son sus signos principales?

Si bien es cierto, el rito esencial del sacramento es la inmersión o derramamiento del agua en tres oportunidades
sobre el bautizando, hay otros signos importantes, como la unción con el santo crisma, la profesión de fe y el
compromiso de padres y padrinos de educar en la fe al bautizando.

Citas
CIC: Catecismo de la Iglesia Católica. Los números indican el párrafo del cual está citado o parafraseado el texto.
Estos números aparecen en el original del CIC.

La Confirmación
El Sacramento de la Confirmación nos une más íntimamente a la Iglesia y nos enriquece con una fortaleza especial
del Espíritu Santo. De esta forma, nos comprometemos mucho más, como auténticos testigos de Cristo, a extender y
defender la fe con nuestras palabras y nuestras obras. (cf. CIC 1285)

¿Quién puede recibir este sacramento?

Todo bautizado aún no confirmado puede y debe recibir este sacramento. Antiguamente el Sacramento de la
Confirmación era entregado antes de la Primera Comunión o inmediatamente después de ella. Sin embargo y por
razones pastorales importantes, se aconseja recibirlo después de haber participado de los sacramentos de la
Penitencia y la Eucaristía. Habitualmente se recibe alrededor de los 18 años, después de dos años de preparación,
pero es posible que adultos reciban este sacramento con una preparación especial. En cualquier caso, es importante
acercarse a la parroquia para consultar sobre los procesos de preparación y los medios para recibir este sacramento
según sea el caso.

¿Cuáles son sus signos principales?

El rito esencial de la confirmación es la unción con el Santo Crisma en la frente del


bautizado, con la imposición de la mano del ministro y las palabras: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo".
(cf. CIC 1320)

Citas
CIC: Catecismo de la Iglesia Católica. Los números indican el párrafo del cual está citado o parafraseado el texto.
Estos números aparecen en el original del CIC.

La Eucaristía La Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana. Los demás sacramentos, como también todos
los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La Sagrada
Eucaristía contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua. Por la celebración
eucarística nos unimos a la liturgia del cielo y anticipamos la vida eterna cuando Dios será todo en todos. ( cf. CIC
1324 y 1326).

La Eucaristía como tal es celebrada por todos los fieles que asisten a ella en la parroquia o capilla, pero es presidida
por el sacerdote. En este sentido somos todos partícipes de este sacramento, pero la participación plena se da en la
Comunión, en el compartir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se entrega a nosotros para nuestra salvación.

Es importantísimo recalcar el sentido comunitario de este sacramento, ya que es la Iglesia entera la que entrega en
ofrenda el pan y el vino que se convertirán en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Junto a estos dones, se ofrece toda la
vida y la comunidad, para celebrar junto la Resurrección y la Vida de Cristo.

¿Quiénes pueden recibir este sacramento?

Todo bautizado puede y debe recibir este sacramento. Pero es importante que esté preparado para ello. Esto
significa estar en armonía espiritual con Dios y con la Iglesia, en fraternidad con el hermano. La comunión es la
participación plena en la vida y en la salvación de Cristo, por ello exige de nosotros un compromiso de adhesión y de
fe.

Por lo general, entre los 8 y 9 años comienza el periodo de preparación para recibir la Comunión. Esta preparación
suele durar dos años.

Obviamente, quién no ha recibido su "Primera Comunión" a esta edad, puede hacerlo posteriormente, con una
preparación adecuada. Por esto es muy importante consultar en la parroquia respectiva los procesos de formación y
preparación necesarios para recibir este sacramento en toda su plenitud.

¿Cuáles son sus signos principales?

Ciertamente que la Eucaristía tiene su signo principal en la consagración, donde el pan y el vino se convierten en el
Cuerpo y la Sangre de Jesús. Al compartir el Cuerpo y la Sangre de Cristo, tenemos la oportunidad de participar
vivamente de la salvación de Cristo, asistimos a su muerte y resurrección y nos preparamos para vivir conforme a Su
Palabra. En la Comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, estamos haciendo viva nuestra fe. Por ello, la liturgia del
perdón y la liturgia de la palabra, nos preparan para este momento central.

La Comunión es el signo más fundamental de nuestra fe y hemos de recibirla con una preparación adecuada. La
participación en la Eucaristía se recomienda en forma asidua, siendo imprescindible en los días de precepto y la
Comunión como tal, en ocasión de Pascua de Resurrección.

Citas
CIC: Catecismo de la Iglesia Católica. Los números indican el párrafo del cual está citado o parafraseado el texto.
Estos números aparecen en el original del CIC.

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Los Sacramentos en General
El misterio de Cristo se continúa en la Iglesia, que goza siempre de su presencia y lo sirve, especialmente a través
de aquellos signos instituidos por El mismo, que significan y producen el don de la gracia.

1.1 NATURALEZA DE LOS SACRAMENTOS

1.1.1 Noción de los sacramentos

A. Definición nominal

La palabra latina "sacramentum" significa etimológicamente algo que santifica (res sacrans), y equivale en griego
a la voz "misterio" (musthrion: casa sacra, oculta o secreta).

Del significado nominal se ve claro que el sentido de la palabra es muy amplio: significa cualquier cosa sagrada o
religiosa. En esta concepción amplia reciben el nombre de sacramento también las realidades sagradas del
Antiguo Testamento, es decir, anteriores a la venida de Cristo (p. ej., el Cordero Pascual, los sacrificios, la
circuncisión, etc.). Sin embargo, es importante tener claro que estas realidades difieren esencialmente de los
sacramentos de la Nueva Ley, porque no producían la gracia, sino sólo figuraban la que había de venir por la
Pasión de Cristo.
En este sentido amplio, la palabra sacramento se puede aplicar también a la misma Iglesia, como lo enseña el
Concilio Vaticano II: La Iglesia es un Cristo como un sacramento; o sea, signo e instrumento de la unión con
Dios, y de la unidad de todo el g‚nero humano (Const. Lumen gentium, n. 1).
B. Definición real
Como ya dijimos, el misterio de Cristo se continúa en la Iglesia, que goza siempre de su presencia y lo sirve,
especialmente a través de aquellos signos instituidos por El mismo, que significan y producen el don de la gracia,
y son designados con el nombre de sacramentos. El Catecismo de la Iglesia Católica1 ofrece la siguiente
definición: Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia por los
cuales nos es dispensada la vida divina (n. 1131).

O, en definición equivalente del Catecismo Romano (parte II, cap. I, n. 11), una cosa sensible que por institución
divina tiene la virtud tanto de significar como de conferir la gracia santificante.

La noción de sacramento incluye los siguientes elementos:

1) que es una "cosa sensible", es decir, algo que el hombre es capaz de percibir por los sentidos corporales (el
agua en el bautismo, el pan y el vino en la Eucaristía, etc.);
2) esa cosa sensible es, además, "signo" de otra realidad (la "gracia" o "vida divina");

3) que haya sido instituido por Jesucristo durante su vida terrena;

4) que tenga eficacia sobrenatural para producir la gracia en el alma del que lo recibe. No sólo significa la gracia
sino sobre todo la produce de hecho;

5) como los sacramentos han sido confiados a la Iglesia, se dice que "los sacramentos son de la Iglesia"
(Catecismo, n. 1118). Esto tiene un doble sentido: existen "por ella" y "para ella". Existen "por la Iglesia" porque
ella es el sacramento de la acción de Cristo que actúa en ella gracias a la misión del Espíritu Santo. Y existen
"para la Iglesia" porque ellos son "sacramentos que constituyen la Iglesia" (Catecismo, n. 1118).

1.1.2 Los elementos del signo sacramental


Ciertamente, el Señor podía habernos comunicado la gracia directamente, sin necesidad de recurrir a ningún
elemento sensible. A veces lo hace así, y envía su gracia invisible como una ayuda real, sin mediar elemento
externo alguno.

Sin embargo Dios, creador de la naturaleza humana, ha querido acomodarse a ella al darnos su gracia. Jesús, p.
ej., realizaba de ordinario los milagros sirvi‚ndose de algunos elementos materiales, o de algunos gestos y
palabras:
tocó con su mano al leproso y le dijo: quiero,
queda limpio... (Mt. 8, 3);
untó con barro los ojos del ciego de nacimiento;
éste se lavó despu‚s y recuperó la vista (Jn. 9, 6-7);
diciendo esto, sopló y les dijo: recibid el
Espíritu Santo... (Jn. 20, 22).
Del mismo modo, quiso Jesús en los sacramentos unir su gracia a signos externos en los que se encarna, se
materializa, la acción invisible del Espíritu Santo. La pedagogía divina ha querido comunicar al hombre la gracia
sobrenatural a trav‚s de las mismas realidades materiales que usamos en nuestra vida ordinaria, dándoles una
significación m s alta y una eficacia que de suyo no tiene ni pueden tener.
No eligió, sin embargo, una realidad material cualquiera, sino aquella que ya en el plano natural sirve para un fin
similar al que Dios quiere producir sobrenaturalmente: el agua, para lavar; el aceite, para fortificar el cuerpo; el
pan, para alimentar, etc. Luego determinó que, mediante unas palabras pronunciadas con su autoridad, estas
realidades materiales significaran y causaran un efecto santificador: el agua lava la mancha del pecado en el alma.
El elemento material se llama materia del sacramento, y las palabras que lo completan y dan su eficacia a la
materia se denomina forma. Cuando la forma es pronunciada por el ministro con la intención de hacer lo que hace
la Iglesia, Dios confiere su gracia a través del sacramento, que es el instrumento del que se sirve para
santificarnos. Tenemos ahí el signo externo de la gracia (materia y forma) y la gracia conferida.
El signo sensible lo componen conjuntamente la materia y la forma, y es a lo que la Iglesia da el nombre de
sacramento.
La materia y la forma constituyen la esencia del sacramento y no pueden variarse o modificarse, pues fueron
determinadas por institución divina. La Iglesia, al establecer modificaciones en los ritos, jam s varía esta parte
esencial, sino que sólo regula las ceremonias litúrgicas alrededor de los dos elementos constitutivos de cada
sacramento.
La Sagrada Escritura hace resaltar esos dos elementos esenciales (cfr. Ef. 5, 26; Mt. 26, 26 ss.; 28, 19; Hechos 6,
6; 8, 15; Sant. 5, 14, etc.). Del mismo modo, la Tradición da testimonio de que los sacramentos se administraron
siempre por medio de una acción sensible y de unas palabras que acompañan a la ceremonia. Por ejemplo, dice
San Agustín refiriándose al bautismo: Si quitas las palabras, ¿qué es entonces el agua, sin agua? Si al elemento se
añaden las palabras, entonces se origina el sacramento (In Io. tr. 80, 3; cfr. S. Th. III, q. 60, a. 6).
Hemos dicho que esa realidad sensible tiene una característica: es un signo de otra realidad, significa algo
ulterior, en este caso, algo sagrado.
Pero, ¿qué clase de signos son los sacramentos? Un ejemplo puede servirnos: el abanderado avanza, con la
bandera en alto, y los dem s la saludan con gesto enérgico, porque en el l baro está significada la patria; pero la
bandera, es obvio para todos, no es la patria. De igual modo, cuando el artista dibuja un anagrama de Cristo,
comprendemos muy bien que ahí no está Dios.
El sacramento es tambi‚n un símbolo, un signo, puesto que representa sensiblemente una realidad misteriosa;
pero es un símbolo de otro orden. Instituido por Cristo, tiene la tremenda fuerza de contener realmente lo que
significa: así, siguiendo con el mismo ejemplo, el bautismo no sólo simboliza la purificación y la limpieza
interiores, sino que efectivamente la produce. Por eso Santo Tom s dice que el sacramento es un signo que
produce lo que significa.
Como si la bandera contuviera a la patria, o en el anagrama de Cristo estuviera el mismo Señor presente.
Los sacramentos de la Nueva Ley, pues, no sólo significan la gracia, sino sobre todo la producen de hecho en las
almas. No son signos convencionales o ineficaces, sino que verdaderamente obran siempre aquello que significan
de un modo infalible, en aquel que los recibe con las debidas disposiciones. Esta idea se expresa diciendo que
obran ex opere operato (por la obra realizada), con independencia de las personas y en dependencia absoluta de la
voluntad divina que los ha instituido. Este es el cuarto aspecto de la noción del sacramento mencionado arriba,
esencial para la comprensión del mismo, y sobre el que volveremos en el inciso 1.2.3.

1.1.3 Necesidad de los sacramentos


Se plantea ahora una doble cuestión:

a) si la gracia ha de llegar al hombre necesariamente a través de los sacramentos;


| b) si es necesario al hombre recibirlos para conseguir la salvación.

Sobre el primer punto, hay que decir que es posible que la gracia llegue al hombre tambi‚n de otros modos: Dios
puede comunicarla sin los sacramentos, de manera puramente espiritual. Por eso, no existía en El la ineludible
necesidad de instituirlos ya que, como señala Santo Tom s (S. Th. III, q. 76, a. 6, ad. 1), "virtus divina non est
alligata sacramentis" (el poder de Dios no est ligado a los sacramentos). Sin embargo, considerando la naturaleza
a la vez material y espiritual del hombre, tal institución era muy conveniente: así se nos hace participar de lo
invisible a trav‚s de lo visible.

Por lo que respecta a la segunda cuestión, hay que decir que no todos los sacramentos son necesarios para cada
persona, pero como Cristo vinculó a ellos la comunicación de la gracia, y por tanto la consecución de la vida
eterna, todos los hombres tienen necesidad de algunos de ellos para salvarse.

Para todos es absolutamente necesario recibir el bautismo y, para quienes han pecado mortalmente después de
bautizarse, es imprescindible también recibir el sacramento de la penitencia o reconciliación (cfr. Dz. 388, 413,
847, 996, 1071). La recepción de la Eucaristía se precisa además para aquellos bautizados que han llegado al uso
de razón (cfr. Jn. 6, 53. Para este tema, ver inciso 4.1.5).
La recepción efectiva o real de estos sacramentos puede sustituirse, en algunos casos, por el deseo de recibir el
sacramento (votum sacramenti).

Los demás sacramentos son necesarios en cuanto que con ellos es más fácil conseguir la salvación.

1.2 LA GRACIA

Hemos dicho que los sacramentos confieren la gracia santificante, y que lo hacen de modo infalible, por ser
acciones de Cristo. Sin embargo, antes de explicar en detalle esta causalidad siempre eficaz de los sacramentos,
es oportuno explicar con más profundidad la noción de gracia, pues la acción del sacramento es inseparable a la
realidad de la gracia, y sólo a la luz de este concepto se comprende aquél con plenitud.

1.2.1 Noción de gracia

La palabra "gracia" (del latín gratus: agradable, grato, gustoso) tiene en castellano una amplia gama de
significados: la cualidad de una persona o cosa ("dotada de gracia"), una actitud de afecto ("caer en gracia"), el
agradecimiento ("dar las gracias"), etc. En el trasfondo de todas estas acepciones resuena un dato común: la
palabra "gracia" evoca situaciones en las que el hombre se halla ante lo bello, lo trascendente, la benevolencia, la
amistad, en las que est en juego no ya lo absolutamente debido, lo formal, sino lo gratuito, lo que es fruto de la
liberalidad o del amor.

Es este matiz el que recoge el significado teológico de la palabra. En sentido general, se entiende por gracia todo
beneficio que Dios otorga. Y así, en sentido amplio, la creación entera es una gracia divina.
Sin embargo, en estricto lenguaje teológico y así lo entenderemos en adelante, la palabra "gracia" se refiere a la
gracia sobrenatural; es decir, a los auxilios sobrenaturales que hacen posible al hombre la consecución del fin
sobrenatural al que Dios lo ha destinado. Por eso se afirma que la gracia es:
- todo don sobrenatural que Dios da al hombre
- por gratuita benevolencia
- para que pueda alcanzar su fin sobrenatural.
Se dice:
1o. don: pues es un beneficio que Dios otorga;
2o. sobrenatural: pues lo que comunica es la misma vida de Dios, la cual es sobrenatural; es decir, sobre toda
naturaleza creada.

En sentido estricto, lo sobrenatural no es sólo la elevación de una naturaleza sobre las posibilidades que Dios le
infundió y que son inherentes a ella; es un don que trasciende todas las fuerzas, posibilidades y valores de la
naturaleza, un don que Dios concede para que logremos la íntima comunidad con El mismo: su fin es la
participación en la íntima vida trinitaria de Dios. Así, no son sobrenaturales aquellas realidades que, aunque
suceden de modo extraordinario (p. ej., una curación milagrosa), no rebasan el orden de lo creado;

3o. gratuito: siendo superior a la naturaleza, no hay fundamento para exigirlo como debido, sino que procede de
la bondad de Dios;

4o. para alcanzar el fin sobrenatural: habiendo sido el hombre destinado a este fin, es provisto por Dios de un
medio proporcionado la gracia para alcanzarlo.

1.2.2 División de la gracia


La gracia puede ser actual y habitual. La gracia actual es un don transitorio, y la habitual es un don permanente.

La gracia que permanece se llama habitual, porque es un hábito, esto es, algo que permanece de modo estable en
el alma. La gracia que pasa se llama actual, porque es un acto, que termina después de algún tiempo; p. ej., un
buen deseo.

La gracia habitual se llama también gracia santificante, porque realiza la justificación del hombre, llevándolo del
estado de pecado al estado de justicia y santidad. Santifica per se al hombre y lo hace vivir en lo que se llama
estado de gracia.
La gracia actual se llama también auxiliante, pues es un auxilio que Dios da al alma en el origen de la conversión
o en el curso de la obra de la santificación (Catecismo, n. 2000).

Semejanzas entre una y otra:

a) son dones sobrenaturales y gratuitos;


b) merecidos no por las propias acciones, sino por la Pasión de Jesucristo;
c) que se dan para la salvación del hombre.

Diferencias:

a) la habitual es permanente; la actual, transitoria;


b) la habitual inhiere en el alma; la actual en alguna potencia del alma (inteligencia o voluntad).

1.2.3 La gracia santificante


A. Noción
Por gracia habitual o santificante se entiende:
- aquel don sobrenatural,
- que nos hace participar de la vida divina,
- y que inhiere en el alma,
- a modo de cualidad permanente.
Se dice:

a) que nos hace participar de la vida divina, porque la esencia misma de la gracia consiste en participarnos algo
de la vida de Dios;

b) que inhiere en el alma, y no en sus potencias (inteligencia y voluntad). Es el principio de vida sobrenatural y,
por tanto, ha de inherir en el principio vital, que es el alma. Así como la salud se dice que se posee en el cuerpo,
así la gracia se posee en el alma;

c) a modo de cualidad, esto es, algo que modifica el alma, perfeccionándola;

d) permanente, porque perdura mientras el pecado mortal no la haga perder.

Esa gracia santificante:

a) se recibe inicialmente en el bautismo (cfr. Dz. 130, 186, 424, 742, 796, 847, 849; Catecismo, n. 1263).
b) aumenta principalmente por la recepción de los sacramentos, y también por la oración y por las buenas obras
(cfr. Dz. 695, 698, 803, 834, 842, 849, 1004; Catecismo, nn. 1127-1129).
c) determina la salvación, pues si se posee al momento de la muerte, asegura la bienaventuranza eterna, y si no se
tiene al morir, es inevitable la eterna condenación.

Los protestantes afirman que el único verdadero pecado es la falta de fe la infidelidad, y sólo él hace perder el
agrado de Dios. Citando el texto de I Cor. 6, 9ss. (los fornicarios, los adúlteros, los sodomitas, los ladrones, los
avaros, los borrachos, los maldicientes, los rapaces. . . no poseerán el reino de Dios), el Concilio de Trento
condenó esta herejía; cfr. Dz. 808, 833, 837, 862;
d) se pierde por cualquier pecado mortal (estudiaremos este aspecto con detalle, al tratar del sacramento de la
penitencia);
e) puede ser recuperada mediante el sacramento de la penitencia, o bien por la perfecta contrición con el deseo de
recibir el sacramento (cfr. Dz. 40, 321, 410, 429, 457, 464, 493, 531, 574, 693, 714, 800, 809, 836, 842;
Catecismo, nn. 1446, 1452, 1453, 1458-70).
B. Excelencia
La gracia santificante confiere la dignidad más alta a la que el hombre puede aspirar: con ella se posee una vida
superior, que no se compara con ninguna de las más altas aspiraciones naturales de la criatura racional. Por la
gracia el hombre recibe el más dilatado de los reinos: Dios lo hace partícipe de todos sus bienes.
Una imagen de lo que es la gracia santificante nos es ofrecida en el bautismo de Jesús. Cuando hubo salido del
río Jordán, después de haber sido bautizado por Juan el Bautista, se abrieron los cielos: el Espíritu Santo
descendió sobre El en forma de paloma, y se oyó de lo alto la voz del Padre que decía: Este es mi Hijo, en quien
tengo puestas todas mis complacencias (Mt. 3, 17). Esto mismo es exactamente lo que sucede en la justificación
de un alma mediante la gracia: se abren los cielos sobre nosotros, el Espíritu Santo viene a morar en nuestra alma,
y el Padre nos recibe por hijos.
C. Efectos

Tres son sus principales efectos:

1. Borra el pecado, lo que se llama justificación.


2. Produce en el alma la vida sobrenatural.
3. Comunica a nuestros actos mérito sobrenatural.

1. La justificación
Justificación es el paso del estado de pecado al estado de gracia. Es una verdadera remisión de los pecados, ya
que el pecado y la gracia no pueden darse simultáneamente en el alma: el primero produce en ella el estado de
rechazo de Dios (véase el inciso 5.1.1 del "Curso de Teología Moral"), y la gracia es cierta participación y
semejanza con Dios.

El Magisterio de la Iglesia definió lo anterior como verdad de fe, frente a la herejía protestante que lo negaba.
Según esta herejía, no hay verdadera remisión de los pecados, sino que en el hombre justificado los pecados
quedan sólo encubiertos por los méritos de la Pasión de Cristo, pero permanecen en el alma. De lo anterior,
concluyen, sólo es posible salvarse si Dios no imputa esos pecados, dejándolos de tomar en cuenta en virtud de la
fe del mismo pecador. El Concilio de Trento los condena con las siguientes palabras: Si alguno dijere que por la
gracia de Nuestro Señor Jesucristo no se remite el pecado original, o también si afirma que no se destruye todo
aquello que tiene verdadera y propia razón de pecado, sino que sólo se rae o no se imputa, sea anatema (Dz. 792;
ver también Dz. 799, 821 y 895).
2. La vida sobrenatural

Simultáneamente a la remisión del pecado, la vida de Dios es comunicada al alma. San Pedro lo expresa diciendo
que por la gracia somos hechos partícipes de la naturaleza divina (I Pe. 1, 4).
Habiendo Dios destinado al hombre a gozar de la posesión de El mismo, permite que ya desde su vida mortal
pueda gozar de alguna manera de ese Bien, por medio de la gracia. La gracia es, pues, una vida nueva, la vida de
Dios en nosotros. San Agustín lo explica asegurando que es el mismo Dios presente en nosotros, a fin de ser para
nuestra alma lo que ésta es para nuestro cuerpo: un principio de vida y de acción.

Ha de notarse, sin embargo, que la gracia no es Dios, sino el efecto creado que produce en el alma. La naturaleza
divina no se nos participa esencialmente, porque la esencia de Dios es incomunicable, sino accidentalmente, en el
sentido de que Dios imprime en nuestra alma una cualidad con la que llega a ser no Dios, pero sí deiforme, esto
es, muy parecida a Dios. Los teólogos lo comparan a la unión entre el hierro y el fuego: el hierro candente no se
convierte en fuego, pero se hace ígneo y enteramente semejante a él. De modo parecido, no es que por la gracia el
hombre se haga Dios, pero resulta divinizado, deiforme y semejante a El.
Por haber sido elevado a la participación de la naturaleza divina, el hombre, cuando se encuentra en estado de
gracia, es hecho hijo de Dios y heredero del reino celestial. No tiene sólo relación de criatura a Creador, sino que
Dios lo introduce en su familia (domestici Dei), como hijo suyo. Y, de forma idéntica a lo que sucede en la vida
humana, el hijo es también heredero de las posesiones de su padre: . . . y, si hijos, también herederos del reino
celestial, coherederos con Cristo (Rom. 8, 16-17).

3. Las acciones se hacen meritorias


Por estar informadas de un principio sobrenatural de vida y acción, todo acto bueno realizado por el hombre en
estado de gracia supone un derecho que Dios le otorga a recibir una recompensa sobrenatural (mérito en la
definición clásica, es ius ad praemium, derecho al premio).

En virtud de la distancia infinita que hay entre Dios y el hombre, no habría posibilidad de mérito por parte de la
criatura ante el Creador, si antes no se presupone un plan divino que lo fundamente; es decir, que la condición
para poder merecer tener derecho a un premio es que Dios así lo haya dispuesto.

El fundamento en la Sagrada Escritura de donde proviene la realidad del mérito es muy abundante: cfr. I Tim. 4,
7; Sant. 1, 12; Mt. 5, 1-12; Lc. 6, 38; 17, 10; 11, 28-30; I Cor. 3, 8; Rom. 2, 6-8; II Tim. 4, 8; etc. La Sagrada
Escritura usa preferentemente los términos recompensa, premio, corona u otros análogos.
Las condiciones por parte del hombre para merecer bienes sobrenaturales son:
a) que esté en estado de gracia,
b) que el acto sea libre,
c) que la obra sea moralmente buena, en su objeto, fin y circunstancias (véase el inciso 2.6 del Curso de Teología
Moral).

Es verdad de fe (cfr. Dz. 834) que con las buenas obras hechas en gracia podemos merecer: el cielo, el aumento
de gracia y el aumento de gloria, en conformidad con las promesas hechas por Jesús. Al lado de este mérito
propiamente dicho llamado también mérito de condigno, existe otro mérito impropiamente dicho, llamado mérito
de congruo, que no es el derecho a obtener una gracia fundada en las promesas de Dios, sino la confianza de
obtenerlo por la divina misericordia. En este sentido, el que no está en gracia puede merecer, de congruo, la
gracia de su conversión, en virtud de sus buenas obras. De condigno, el hombre en pecado no tiene derecho a
ninguna recompensa.

1.2.4 La gracia actual

A. Noción

La gracia actual puede definirse como:

- un don sobrenatural,
- que ilumina el entendimiento,
- o mueve y conforta a la voluntad,
- para que el hombre sea capaz de realizar una acción sobrenatural,
- de modo transitorio.
Es luz en la inteligencia y fuerza para la voluntad. La gracia actual resulta necesaria para cualquier acto de orden
sobrenatural: aceptar la fe, evitar el pecado, hacer un acto de amor de Dios, para rezar, conocer verdades divinas,
perseverar en la gracia santificante. . .

Ya sea que la gracia actual sea concedida a un justo que la posee de modo habitual, ya a un pecador que se
encuentra en pecado mortal, siempre es de orden sobrenatural y tiene por objeto las obras de salvación: impulsa
al justo a perseverar en el bien y a crecer en la virtud, y mueve al pecador al arrepentimiento, para que vuelva al
camino de Dios.

B. Tipos
1. Desde el punto de vista del momento en que actúa, la gracia actual se llama:

a) gracia antecedente: la que causa el acto posterior;


b) gracia consecuente: la que, en el tiempo se da después del primer acto.

La realidad de la gracia antecedente y consecuente nos permite vislumbrar como el hombre que realiza actos
sobrenaturales, está de continuo arropado por la gracia, y siempre dependiendo de ella.

2. Desde el punto de vista de la potencia en que actúan, hay:

a) gracias iluminativas del entendimiento: p. ej., las que se conceden para poder hacer un acto de fe sobrenatural;
b) gracias motoras de la voluntad: p. ej., un sentimiento de amor a Dios.

3. Desde el punto de vista de los efectos:

a) gracia suficiente: da al hombre la posibilidad de hacer el acto sobrenatural, pero no produce su efecto por la
resistencia del sujeto;
b) gracia eficaz: es la que siempre produce su efecto.

C. Necesidad

La gracia actual es absolutamente necesaria para los actos de orden sobrenatural: Sin mí nada podáis hacer (Jn.
15, 5); Nadie puede decir "Jesús, Señor", sino en el Espíritu Santo (I Cor. 12, 3).

D. Errores sobre la necesidad de la gracia actual

Examinando los errores que, a lo largo de la vida de la Iglesia, han aparecido sobre la necesidad de la gracia,
podremos llegar con más facilidad a una comprensión justa de la doctrina católica.

I. Errores. Los adversarios del dogma católico se sitúan en dos extremos:

a) el primer grupo, formado por pelagianos, semipelagianos y racionalistas, con el pretexto de defender el libre
albedrío y las fuerzas de la humana naturaleza, niegan que la gracia sea necesaria;
b) el segundo grupo, formado por los protestantes, los bayesianos y los jansenistas, exagera por decirlo de algún
modo la importancia de la gracia, en detrimento de la libertad personal.
II. Doctrina católica. La doctrina católica, definida por el Concilio de Trento, ocupa un justo medio entre los
errores contrapuestos citados arriba. Puede formularse en las tres posiciones siguientes (las dos primeras contra
los pelagianos, la tercera contra la herejía protestante):
a) Primera proposición: la gracia actual es necesaria al hombre que se encuentra en pecado para iniciar su
conversión (Ninguno puede venir a mí si mi Padre celestial no lo trajere: Jn. 6, 44).

Un acto realizado con las propias fuerzas no rebasa el orden de lo natural; y todo lo que concierne a la fe y a la
conversión, es de orden sobrenatural.

Un árbol silvestre, por mucho que se cultive, producir siempre frutos silvestres. Pero al aplicarle un injerto,
brotarán de él ramas, flores y frutos buenos. Se le ha capacitado para producir frutos por encima de su inicial
potencialidad. De modo semejante, el alma no puede en sí producir actos sobrenaturales: necesita de un injerto
divino que la haga obrar por encima de su naturaleza, y este divino injerto es la gracia.
Dios es Autor, pues, no sólo de la gracia que justifica al hombre gracia santificante, sino también de todo aquello
que lo prepara para recibir esa justificación:

b) Segunda proposición: el hombre justificado p. ej., que posee la gracia habitual, necesita de la gracia actual:

1o. Para perseverar en el estado de gracia santificante; es decir, para evitar todos los pecados mortales.

Por haber quedado dañada su naturaleza como consecuencia del pecado original le es imposible al hombre resistir
largo tiempo si no está sostenido por una ayuda especial de Dios, a través de gracias actuales.
2o. Para hacer obras buenas sobrenaturales pues, como ya dijimos, "la virtud de Cristo (p. ej., la gracia) antecede,
acompaña y sigue a las buenas obras, y sin ella en modo alguno pueden ser gratas a Dios" (Concilio de Trento,
ses. VI, cap. 16; Dz. 809).
3o. También es precisa la gracia actual, para evitar los pecados veniales.

Por la debilidad de la naturaleza humana ocasionada por el pecado original, el hombre no puede evitar
absolutamente todos los pecados veniales durante su vida tomados colectivamente, pero sí puede evitarlos uno a
uno: y para esto precisa de la gracia actual. Es un privilegio especialísimo concedido a la Santísima Virgen por su
Maternidad divina evitar todos los pecados veniales (cfr. Dz. 833).
4o. Para conseguir la perseverancia final. Es dogma de fe (cfr. Dz. 826) que, además de necesitarse gracias
actuales para evitar los pecados mortales, se precisa una gracia específica de Dios para morir en estado de gracia:
es un don especial, el más grande de todos.
c) Tercera proposición: el hombre pecador puede, antes de la justificación, conocer verdades religiosas de orden
natural y realizar acciones moralmente buenas, sin el socorro de una gracia propiamente dicha. No todas las
acciones del pecador son pecado, y las virtudes que pueda tener no son vicios. Los luteranos, calvinistas,
bayesianos y jansenistas incurren, por tanto, en un error cuando afirman que la naturaleza humana está tan
corrompida por el pecado original, que es incapaz de toda buena acción.

Según éstos, la naturaleza humana quedó sustancialmente corrompida por el pecado original, hasta el punto de no
poder producir otra cosa que pecados. La esencia del hombre es pecado (Lutero). El hombre se encuentra ahora
despojado del libre albedrío y miserablemente supeditado a todo mal (Calvino). Bayo y Jansenio sostuvieron,
asimismo, que sin la gracia, el libre albedrío no nos sirve para otra cosa que para cometer pecado.
Esta tercera proposición de la doctrina católica se apoya:
En los textos de la Sagrada Escritura: entre otros, aquel en que San Pablo declara, hablando a los paganos, que
son inexcusables, puesto que habiendo conocido a Dios (por la razón natural), no lo han glorificado como a Dios
(Rom. 1, 21). Este reproche del Apóstol sería incomprensible si los paganos no hubieran podido conocer ciertas
verdades de orden natural, como la existencia de Dios, y realizar acciones moralmente buenas, sin ayuda de la
gracia.
En la razón, pues la experiencia cotidiana nos muestra que los infieles pueden, igual que los justos, poseer las
verdades naturales y realizar buenas acciones: p. ej., dar limosnas y ayudar a los demás por pura generosidad.

E. Cooperación o resistencia a la gracia

Hemos dicho que, desde el punto de vista de los efectos, hay dos clases de gracia: la suficiente, que da al hombre
la posibilidad de realizar un acto sobrenatural, pero que no consigue su efecto por la oposición o resistencia del
sujeto, y la eficaz, que lo consigue siempre de modo infalible.

Ahora bien, si la gracia eficaz que Dios da al hombre siempre consigue su efecto, ¿queda por ello el hombre
privado de su voluntad? En otras palabras: si hay una infalibilidad en la moción divina permaneciendo la libre
actuación humana, ¿cómo compaginar esa aparente contradicción?

Hay que decir que el entendimiento de las relaciones entre la acción de Dios y la libertad del hombre es un
misterio de difícil penetración por parte de la inteligencia: se trata de averiguar, ni más ni menos, la forma como
Dios actúa.

Santo Tomás clarifica el misterio cuando explica que, si bien es cierto que Dios causa infaliblemente el efecto, lo
hace sin embargo moviendo a las cosas según su naturaleza propia. El hombre posee por naturaleza el libre
albedrío y, por tanto, la moción divina no se realiza sin el movimiento de la libertad. Al tiempo que infunde la
gracia, mueve a la libertad a aceptarla. No anula el acto libre, sino que es su causa. Dios, cuando quiere que algo
se realice de modo necesario, necesariamente se realiza; y cuando quiere que algo se realice de modo libre, se
realiza libremente.
1.3 LA EFICACIA SACRAMENTAL

Ya mencionamos que los sacramentos son por voluntad de Cristo la continuación, hasta el fin de los tiempos, de
las mismas acciones salvíficas realizadas por el Señor durante su vida terrena. De ahí que sean medios de
santificación con la misma eficacia infalible que poseía la Santísima Humanidad de Cristo: actúan comunicando
siempre la gracia, cuando el rito se realiza correctamente y el sujeto no pone un obstáculo.

Los sacramentos son eficaces porque en ellos actúa Cristo mismo; El es quien bautiza, El quien actúa en sus
sacramentos con el fin de comunicar la gracia que el sacramento significa (n. 1127).

Filosóficamente se explica diciendo que los sacramentos son causas instrumentales. Así, se dice que una es la
acción del que obra (causa principal, [Link]., el artista que pinta un cuadro), y otra la del instrumento con que obra
(causa instrumental, [Link]., el pincel del pintor). En los sacramentos, la causa principal es Dios, a través de la
Humanidad Santísima de Jesucristo; el sacramento es sólo instrumento a través del cual Dios produce la gracia.
Por lo anterior, los sacramentos se llaman signos eficaces de la gracia, pues de un modo infalible la producen en
el alma. La teología, para designar esa eficacia objetiva, creó la fórmula "sacramenta operantur ex opere
operato"; es decir, los sacramentos actúan por el mismo hecho de realizarse, dan la gracia en virtud del rito
sacramental que se lleva a cabo. "Ex opere operato" quiere decir, textualmente, por la obra realizada. El Concilio
de Trento sancionó esta fórmula, definiéndola como dogma de fe: Si alguno dijere que los sacramentos de la
Nueva Ley no confieren la gracia en virtud del rito sacramental que se realiza (ex opere operato) (. . .) sea
anatema (Dz. 851).
El Concilio hubo de definir esta doctrina para contrarrestar la afirmación de los protestantes en el sentido de que
los sacramentos son eficaces por la fe que el sujeto o el ministro ponen en su confección o recepción.
Esta terminología de algún modo expresa la grandeza de los sacramentos: son, en efecto, una presencia misteriosa
de Cristo invisible, que actúa de modo visible a través de esos signos eficaces. En consecuencia, siempre que un
sacramento es celebrado conforme a la intención de la Iglesia, el poder de Cristo y de su Espíritu actúa en él y por
él, independientemente de la santidad personal del ministro (Catecismo, n. 1128).
La formulación explícita de esta doctrina se remonta ya a los tiempos en que San Agustín refutaba a los
donatistas, que condicionaban la eficacia de los sacramentos a la disposición del ministro; el ministro sólo presta
los medios para que Jesucristo, misteriosamente presente en la Iglesia, actúe con toda su eficacia salvadora. Una
vez más se vislumbra la profunda relación entre Cristo-Iglesia-Sacramentos.
El efecto del sacramento tampoco se produce por la actitud del que lo recibe: la gracia se confiere a quien no
pone óbice por el mismo hecho de realizarse el rito sacramental. Ahora bien, es importante también recalcar que
la mayor o menor cantidad de gracia sí depende de las disposiciones del sujeto que lo recibe. Esta disposición
subjetiva se designa con la fórmulaex opere operantis, que textualmente significa "por la acción del que actúa".
Sin embargo, y en esto radica la comprensión de la eficacia sacramental, no son las disposiciones del sujeto la
causa de que el sacramento produzca la gracia, sino que sólo la medida del grado de gracia que recibe.

Los protestantes dicen que son las disposiciones del sujeto lo que da eficacia a los sacramentos. Así, dirán que si
la fe de un hombre es tan grande que le lleva a creer que el bautismo le perdona el pecado original, entonces el
pecado original queda borrado; de otro modo permanece la mancha. La doctrina católica afirma que, por ser actos
del mismo Cristo, no es el sujeto quien les confiere poder santificador, sino que éste les viene dado ya por la
misma institución divina.
Filosóficamente se explica diciendo que la actitud del sujeto es causa dispositiva de la gracia (dispone el grado de
gracia que se recibe), pero no causa eficaz (no produce la gracia).

1.4 EFECTOS DE LOS SACRAMENTOS

Señala el Concilio Vaticano II que los sacramentos tienen la virtud de identificarnos con Jesucristo por medio de
la gracia que confieren: por ellos "somos incorporados a los misterios de su vida, configurados con El, muertos y
resucitados, hasta que con El reinemos" (Const. Lumen gentium, n. 7). Sistematizando las consecuencias de esa
identificación con Cristo, podemos afirmar que tres son los efectos que producen los sacramentos:

- la gracia santificante, que se infunde o se aumenta;


- la gracia sacramental, específica de cada sacramento;
- el carácter, que es producido por tres sacramentos (bautismo, confirmación y orden sacerdotal).

1.4.1 La gracia santificante


El Concilio de Trento definió como verdad de fe que todos los sacramentos del Nuevo Testamento confieren la
gracia santificante a quienes los reciben sin poner óbice (cfr. Dz. 843 a 849, 850 y 851).

En la Sagrada Escritura, los textos en los que aparece directa o indirectamente este efecto, son muy abundantes
(cfr. Jn. 3, 5; Hechos, 8, 17; Ef. 5, 26; II Tim. 1, 6; Tit. 3, 5; Sant. 5, 15; etc.). Algunos pasajes designan este
efecto con palabras equivalentes (v. gr., purificación, regeneración, remisión de los pecados, comunicación del
Espíritu Santo, etc.).
La gracia santificante puede venir a un alma que ya la poseía, produciéndose un aumento de esa gracia. Puede
también ser comunicada a un alma en pecado mortal u original, infundiéndola donde no existía.
Esta diferencia se pone de manifiesto en la terminología teológica que califica al bautismo y a la penitencia como
sacramentos de muertos, o destinados a perdonar el pecado mortal u original, que priva (mata) la vida
sobrenatural en el alma; y a los otros cinco como sacramentos de vivos, porque han de recibirse en estado de
gracia y suponen un enriquecimiento y desarrollo de la vida sobrenatural que ya se posee.
Por excepción, el sacramento de la confesión es también sacramento de vivos, cuando quien lo recibe no tiene
pecado mortal.

1.4.2 La gracia sacramental


Además de esta gracia común a todos los sacramentos, hay una gracia llamada sacramental, propia de cada uno
de ellos. Cada sacramento, en efecto, confiere una gracia sacramental específica, distinta en cada uno de ellos,
que añade a la gracia santificante un cierto auxilio divino cuyo fin es ayudar a conseguir el fin particular del
sacramento (cfr. S. Th. III, q. 62, a. 2).

La gracia sacramental proporciona al cristiano, en las diversas situaciones de su vida espiritual y en el tiempo
oportuno, las gracias actuales necesarias para cumplir sus deberes. Los padres, p. ej., en virtud del sacramento del
matrimonio tendrán gracia para recibir y educar cristianamente a los hijos; los sacerdotes contarán con los
auxilios necesarios para el desempeño de su ministerio; etc.
1.4.3 El carácter
Es verdad de fe (cfr. Dz. 852; 411 y 695 vid. Catecismo, n. 1121) que el bautismo, la confirmación y el orden
sacerdotal imprimen en el alma el carácter, es decir, una marca espiritual indeleble que hace que esos tres
sacramentos no se puedan volver a recibir. En la Sagrada Escritura se designa el carácter como "sello divino" o
"sello del Espíritu Santo" (cfr. II Cor. 1, 21 ss.; Ef. 1, 13; 1, 30).

Quien recibe uno de estos tres sacramentos, está para siempre sellado por Cristo: llevar consigo sus rasgos, como
el hijo lleva los rasgos de su padre, de modo indestructible. Los pecados pueden desfigurar esos rasgos, pero no
aniquilarlos; incluso el bautizado que se condena permanece con ellos.
Según la teología de los Padres de la Iglesia, el carácter permite a los bautizados ser reconocidos en el cielo: Dios
y los ángeles distinguen con el carácter sacramental la pertenencia a Cristo de los bautizados, de los confirmados
y de los ordenados, de igual modo que la circuncisión permitía reconocer a los descendientes de Abraham. Por
eso, el recibir el sello es garantía y prenda de vida eterna.
Resumiendo, podemos decir que el carácter es un:
signum configurativum (signo configurativo), porque asemeja a Cristo, nos configura con El;
signum distinctivum (signo distintivo), porque distingue a quien lo recibe;
signum dispositivum (signo dispositivo), porque capacita para el culto divino.
La esencia del carácter, explica Santo Tomás (cfr. S. Th. III, q. 63, a. 2), es una especie de "potencia" o "poder"
que hace al hombre apto para realizar los actos del culto divino. En otras palabras, el carácter es una participación
del sacerdocio de Cristo, esto es, de su mediación entre Dios y los hombres.
1.5 INSTITUCION Y NUMERO DE LOS SACRAMENTOS

1.5.1 La institución de los sacramentos por Cristo

Cristo instituyó directa y personalmente todos los sacramentos: El determinó tanto el signo externo
correspondiente como la gracia que de él se derivaría.

La Iglesia definió como verdad de fe que todos los sacramentos del Nuevo Testamento fueron instituidos por
Jesucristo (cfr. Dz. 844). Se pronunciaba de esta manera contra la herejía protestante, que consideraba la mayor
parte de los sacramentos como una invención de los hombres.

Los reformadores protestantes, después de muchas vacilaciones, terminaron por admitir sólo la institución divina
de dos sacramentos: el bautismo y "la cena".
La Sagrada Escritura muestra con toda claridad la institución del bautismo (cfr. Mt. 28, 19; Mc. 16; 16: Jn. 3, 5),
la Eucaristía y el orden sacerdotal (cfr. Mt. 26, 26-29; Mc. 14, 22-25; Lc. 22, 19-20; I Cor. 11, 23-25), y la
penitencia (cfr. Jn. 20, 23). Aunque la institución de los demás no aparece destacada, fue Cristo quien lo hizo con
su potestad.
Así lo atestigua la Tradición. Desde los primeros momentos, los Apóstoles bautizan a los que aceptan el
Evangelio (cfr. Hechos 2, 41), siguiendo el mandato del Señor, y confirman después a los bautizados (cfr. Hechos
8, 17). El Apóstol Santiago habla de la unción de los enfermos como de algo perfectamente sabido por todos (cfr.
Sant. 5, 14-15), recomendando y promulgando lo establecido por Jesucristo. Queda clara la institución del
sacerdocio en la Ultima Cena, al decir Jesús: Haced esto en memoria mía (Lc. 22, 19), y el matrimonio queda
santificado por la presencia del Señor en las bodas de Caná (cfr. Jn. 2, 1-11), reafirmando Cristo mismo la unidad
e indisolubilidad de la primera institución (cfr. Mt. 19, 1-9).
Ningún sacramento, pues, ha sido instituido por la Iglesia, ya que la autoridad eclesiástica no tiene poder sobre la
esencia de los sacramentos; sólo puede cambiar aquello que según la variedad de las circunstancias, tiempos y
lugares, juzgara que conviene m s a la utilidad de los que lo reciben o a la veneración de los mismos sacramentos
(Conc. de Trento, ses. XXI, cap. 2: Dz. 931).
1.5.2 El número de los sacramentos

Los sacramentos instituidos por Nuestro Señor Jesucristo son siete: ni más ni menos; a saber: bautismo,
confirmación, Eucaristía, penitencia (o reconciliación), unción de los enfermos, orden sacerdotal y matrimonio.

Nadie negó el número septenario de los sacramentos hasta el s. XVI, en que lo hicieron los protestantes. Lutero,
en 1520, admitió los siete en el "Sermón del Nuevo Testamento", pero ese mismo año, en `De captivitate
Babylonica" aceptó sólo tres: bautismo, cena y penitencia. Y en 1523, ya no admite sino los dos primeros,
entendiéndolos además a su manera.
Aunque el Nuevo Testamento en ningún lugar los enumera juntos, sí habla de modo claro y explícito de cada uno
de ellos. Señalamos los principales textos:
1. Bautismo: Mt. 28, 19; Mc. 16, 16; Jn. 3, 5.
2. Confirmación: Hechos 8, 17; 19, 6.
3. Eucaristía: Mt. 26, 26; Mc. 14, 22; Lc. 22, 19; I Cor. 11, 24.
4. Penitencia: Mt. 18, 18; Jn. 20, 23.
5. Unción de los enfermos: Mc. 6, 13; Sant. 5, 14.
6. Orden sacerdotal: I Tim. 4, 14; 5, 22; II Tim. 1, 6.
7. Matrimonio: Mt. 19, 6; Ef. 5, 31-32.
Desde antiguo enseña el Magisterio el número septenario (cfr. Concilio de Lyon, año 1247: Dz. 465; Concilio de
Florencia, año 1439: Dz. 695), y se vio precisado a definirlo como verdad de fe para impugnar la herejía
protestante: Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley son más o menos de siete, sea anatema (Dz.
844).

La conveniencia de que los sacramentos sean siete, explica Santo Tomás, se infiere por analogía de la vida
sobrenatural del alma con la vida natural del cuerpo: por el bautismo se nace a la vida espiritual, por la
confirmación crece y se fortifica esa vida, por la Eucaristía se alimenta, por la penitencia se curan sus
enfermedades, la unción de los enfermos prepara a la muerte, y por medio de los dos sacramentos sociales orden
y matrimonio es regida la sociedad eclesiástica y se conserva y acrecienta tanto en su cuerpo como en su espíritu
(cfr. S. Th. III, q. 61, a. 1).
Pero las razones más profundas del número septenario están en la esencia misma de la Iglesia. La misión de la
Iglesia, en efecto, es comunicar la salvación alcanzada por Cristo en la Cruz. Para ello, primeramente debe
comunicar la vida (bautismo), y más tarde desarrollarla y fortalecerla (confirmación); debe también perdonar y
devolver la gracia, cuando se ha perdido (penitencia), proclamar ante los hombres su condición de Esposa de
Cristo (matrimonio), y hacer partícipes de la vida eterna a sus hijos (unción de enfermos). Finalmente, ha de
comunicar a los hombres la misma Humanidad de Jesús que, mediante la acción del sacerdote (orden), se hace
presente en la renovación del Sacrificio del Calvario (Eucaristía).
Es admirable esta sintonía de la naturaleza y misión de la Iglesia con las necesidades y esperanzas del hombre. Y
más admirable todavía, la bondad de Dios que nos entrega de nuevo al Verbo por medio de los sacramentos, y
que llevaba a San Ambrosio a afirmar: Yo te encuentro, Señor, en tus sacramentos (Apología del Profeta David
12, 58).
En definitiva, los sacramentos son el cumplimiento de la promesa de Jesús a sus Apóstoles: Yo estar‚ con
vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt. 28, 20). La presencia visible de Cristo durante su vida en
la tierra, se ha vuelto presencia invisible en los sacramentos: Lo que era visible en el Señor, se ha vuelto invisible
en los sacramentos (San León Magno, Sermón 74, 2).

1.6 LA VALIDEZ Y LA LICITUD SACRAMENTAL

Antes de seguir adelante, resulta oportuno tratar de aclarar dos conceptos claves para la comprensión de la
eficacia sacramental: el concepto de validez y el de licitud.

Sacramento válido es aquel que, en su confección y (o) en su recepción, verdaderamente se ha producido, es


decir, ha habido sacramento.

Sacramento lícito es aquel sacramento válido que, además, se ha confeccionado o recibido con todas sus
condiciones y, por tanto, produce todos sus efectos.

Algunos ejemplos de invalidez e ilicitud aclararán lo anterior:


Sobre invalidez:

- confeccionaría inválidamente (no habría sacramento) el sacerdote que no tuviera pan de harina de trigo en la
consagración (sino de otra harina), o que bautizara con un líquido distinto del agua. O quien, sin ser sacerdote,
pretendiera consagrar;
- recibiría inválidamente un sacramento (en sentido propio, no lo recibiría) el sujeto que simulara confesar sus
pecados, sin intención de recibir el perdón; o quien, por provechos materiales, fingiera recibir el bautismo.

Sobre la ilicitud,

- la ilicitud en la recepción del sacramento se daría, por ejemplo, en aquel que recibiera la confirmación (o
cualquier otro sacramento de vivos) con conciencia de pecado mortal: recibe la confirmación, el matrimonio, etc.,
pero ilícitamente, faltando el requisito de poseer el estado de gracia;
- un ejemplo de ilicitud en la administración la causaría el médico que bautizara recién nacidos que no se hallan
en peligro de muerte: aquellos niños reciben válidamente el bautismo, pero de modo ilícito.

1.7 EL MINISTRO Y EL SUJETO DE LOS SACRAMENTOS

1.7.1 El ministro

Por ministro del sacramento se entiende la persona que lo confiere. En sentido estricto, el ministro primario de
todos los sacramentos es el Dios-Hombre, Jesucristo: como ya vimos, los sacramentos son la prolongación en el
tiempo y en el espacio de las acciones que El realizó en la tierra.

Pío XII enseña en la Encíclica Mystici Corporis (1943) que cuando los sacramentos de la Iglesia se administran
con rito externo, El es quien produce el efecto interior en las almas (. . . ) por la misión jurídica con la que el
divino Redentor envió a los Apóstoles al mundo, como El mismo había sido enviado por el Padre, El es quien por
la Iglesia bautiza, enseña, gobierna, desata, liga, ofrece y sacrifica.
En nombre de Cristo y haciendo sus veces, se llama ministro del sacramento a la persona que ha recibido de Dios
el poder de conferirlo.
Veremos con detalle, al tratar de cada sacramento, el ministro ordinario (ex officio) y el extraordinario (ad
casum) de cada uno.
Como el ministro humano actúa en nombre de Cristo y haciendo sus veces (in persona Christi, II Cor. 2, 10),
necesita de un poder especial conferido por el mismo Cristo. Por ello, prescindiendo de los sacramentos del
bautismo y del matrimonio, para la administración válida de los demás es necesario poseer poder sacerdotal o
episcopal, recibido en la ordenación.
El Concilio de Trento condenó la doctrina protestante según la cual cualquier cristiano tiene la potestad de
administrar y confeccionar todos los sacramentos (cfr. Dz. 853).
Además de la debida potestad, para que un sacramento se administre válidamente, se requiere:
a) que el ministro realice como conviene los signos sacramentales; es decir, que debe emplear la materia y la
forma prescritas, uniéndolas en un único signo sacramental.

Por ejemplo, no bautizaría el que pronunciara palabras distintas a Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del
hijo, y del Espíritu Santo, o bien, el que no derramara agua sobre la cabeza del bautizado, etc. (cfr. Dz. 695).
b) El ministro ha de tener, además, la intención de hacer, al menos, lo que hace la Iglesia. La razón es que el rito
sacramental sólo tiene valor de verdadero sacramento cuando se le da el sentido que quiso darle el mismo Cristo
al instituirlo, o sea, haciendo tal y como lo hace la Iglesia. Al decir los protestantes que el significado de cada
sacramento dependía del que quisiera darle el sujeto, el Concilio de Trento declaró como verdad de fe que es
necesario al ministro tener intención de conferirlo en el sentido único y verdadero que les dio Jesucristo:
"Si alguno dijere que al realizar y conferir los sacramentos no se requiere en los ministros intención por lo menos
de hacer lo que hace la Iglesia, sea anatema" (Dz. 854. Ver también Dz. 424, 672, 695 y 752).
Por ser acciones de Cristo, los sacramentos tienen eficacia propia y no dependen de la santidad ni de la gracia del
ministro: el instrumento obra en virtud de la causa principal, no de la situación subjetiva del que lo administra. Si
de ella dependiera, supondría una fuente de incertidumbre y de intranquilidad (cfr. S. Th. III, q. 64, a. 5).
Lo anterior no quiere decir que el ministro no esté obligado a administrar dignamente los sacramentos, esto es, en
estado de gracia. En pecado mortal o con falta de fe salvada la intención de hacer lo que hace la Iglesia los
administraría válida pero ilícitamente.
1.7.2 El sujeto
El sujeto es la persona que recibe el sacramento, y en todos los casos sólo puede ser recibido de manera válida
por una persona viva (estado de viador). Los muertos no pueden recibir sacramentos, pues éstos comunican o
aumentan la gracia en el alma, y ésta no permanece en un cadáver: la muerte es precisamente la separación del
alma y el cuerpo. Así, pues, sólo los seres vivos son sujetos capaces de la recepción sacramental.

a) Condiciones para la recepción válida de los sacramentos

Se requieren dos condiciones en el sujeto para que sacramento no sea nulo: la capacidad y la intención de
recibirlo.

1o. La capacidad es cierta aptitud del sujeto, de acuerdo a la naturaleza de cada sacramento, y el fin de Cristo al
instituirlo. No todos los hombres son aptos para cualquier sacramento: así, son incapaces, por ejemplo, los no
bautizados, de recibir los otros sacramentos; las mujeres, de recibir el orden sagrado; los sanos, de recibir la
unción de enfermos, etc.

2o. Se requiere también para los adultos con uso de razón la intención de recibirlo. El motivo es claro: Dios tiene
en cuenta la libertad del hombre, y hace depender la salvación (en quien tiene uso de razón) de su propio querer.
El sacramento que se recibe sin intención o contra la propia voluntad es, por tanto, inválido.

Por ejemplo, el Papa Inocencio III declaró que si algún infiel era obligado a bautizarse, el bautismo era inválido
(cfr. Dz. 411).
En el caso del niño que se bautiza, el sacramento recibido es válido (verdad de fe, cfr. Dz. 410), porque la falta de
intención queda suplida por la intención de la Iglesia, representada en el ministro, los padres y los padrinos, que
actúan en su nombre.
En caso de urgente necesidad (por ejemplo, pérdida del conocimiento, perturbación mental, etc.) el sacramento
puede ser administrado sin la intención actual del sujeto, si existen razones fundadas para admitir que éste (el
sujeto), antes de sobrevenir el caso de necesidad, tenía el deseo implícito de recibir el sacramento.

Por ejemplo, se puede con esas condiciones conferir la unción de enfermos al que se encuentra en estado de
coma; se puede absolver de sus pecados al demente que en sus momentos lúcidos se confesaba, etc.
b) Condiciones para la recepción lícita de los sacramentos.
Hemos dicho que la recepción de un sacramento es lícita o fructuosa cuando el que lo recibe lo hace con todas las
disposiciones debidas y por ello se producen todos sus efectos. Es ilícita o sacrílega cuando voluntariamente se
recibe sin las debidas disposiciones.

La condición para recibir los sacramentos de vivos es el estado de gracia: la recepción en pecado mortal
constituye grave sacrilegio. El adulto que recibe los sacramentos de muertos (el bautismo y la penitencia) ha de
tener al menos fe y arrepentimiento de sus pecados (ver Dz. 798; Catecismo, nn. 1247-49).

1.8 LOS SACRAMENTALES

"Los sacramentales son signos sagrados, por los que, a imitación en cierto modo de los sacramentos, se significan
y se obtienen por mediación de la Iglesia unos efectos principalmente espirituales" (CIC, c. 1166).

Los sacramentales pueden consistir en "cosas" (en el sentido de cosas materiales) o en "acciones". Las cosas o las
acciones que, por designio de la autoridad competente, reciben esa capacidad, la obtienen ex impetratione
Ecclesiae (por impetración de la Iglesia), es decir, que la Iglesia, como esposa santa e inmaculada de Cristo,
asigna la eficacia de su oración a determinadas realidades materiales, concediéndoles una especial virtualidad de
producir efectos espirituales.

Por tanto, los sacramentales no obran ex opere operato, pero su eficacia no descansa tampoco en la mera
disposición subjetiva del que hace uso de ellos, sino principalmente en la intercesión de la Iglesia, que posee una
particular eficacia.
Se asemejan a los sacramentos en cuanto:
a) son signos sagrados sensibles, muchas veces con materia y forma;
b) son medios públicos de santificación;
c) producen efectos espirituales;
d) son actos de culto público (cfr. CIC, c. 834).

Difieren de los sacramentos en que:


a) los sacramentos son de institución divina; los sacramentales, de institución eclesiástica;
b) los sacramentos actúan ex opere operato; los sacramentales, ex impetratione Ecclesiae;
c) los sacramentos son signos de la gracia; los sacramentales, signos de la oración de la Iglesia;
d) los sacramentos tienen como fin producir la gracia que significan; los sacramentales, sólo disponen para recibir
la gracia (consiguen gracias actuales), y obtienen otros efectos.

De las "cosas" que son sacramentales, la más importante es el agua bendita, que es agua bendecida con oraciones
contra la presencia del influjo demoníaco.

Es una especie de exorcismo que aleja al demonio y alcanza tranquilidad y segura ayuda. La Iglesia lo
recomienda mucho, como protección durante el sueño, en momentos de tentación y para rociar el lecho de los
enfermos.
Se considera "sacramental" cualquier objeto bendito: crucifijo, velas, ramos de olivo, etc.

De las "acciones" que son sacramentales, figuran en primer lugar las bendiciones (de personas, de la mesa, de
objetos, de lugares). Toda bendición es alabanza a Dios y oración para obtener sus dones. En Cristo, los
cristianos son bendecidos por Dios Padre "con toda suerte de bendiciones espirituales" (Ef. 1, 3). Por eso la
Iglesia da la bendición invocando el nombre de Jesús y haciendo habitualmente la señal santa de la cruz de Cristo
(Catecismo, n. 1672).

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