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Barrio Cero - Javier Reverte

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Paquita

Romero, que ha dejado de sufrir maltrato porque su marido ha muerto


en un accidente, se convertirá en la heroína de Barrio Cero al acabar con el
traficante de drogas que mantenía enganchado a su hijo y a otros chicos del
barrio. Conocida allí como Mamá Romero, tendrá que hacer frente a un juicio
por haberse tomado la justicia por su mano. Ella se sabe culpable pero sueña
con vivir tranquila, si eso fuera posible.
Javier Reverte, con un admirable y preciso lenguaje, ha escrito una novela de
soledades, miedos y valentía. Ha trazado un retrato cálido y próximo de una
serie de personajes entre los que destaca el de su protagonista, una suerte de
«madre coraje» de nuestros atribulados días.

Página 2
Javier Reverte

Barrio Cero
ePub r1.0
Titivillus 21-09-2021

Página 3
Javier Reverte, 2010

Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1

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A mi amigo Antonio Hernández

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PRIMERA PARTE

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¡Qué suave entra un cuchillo bien afilado en el pecho de un ser humano! Es
como si atravesase un pedazo de manteca.
¡Qué fácil es matar a un hombre!, ¡qué natural resulta el crimen!
Aunque no era un hombre.
Era un canalla.
Pero ¿es justo matar a un canalla?

—Tienes muy mala cara, Mamá Romero: estás desencajada, como si


acabases de presenciar un crimen o hubieras matado a alguien. Siéntate y
dime a qué vienes a estas horas. Deberías estar durmiendo.
Me quedé muda. ¿Cómo podía saberlo? Quizás su oficio de policía le
había enseñado a reconocer en los rostros de los demás lo que pasaba antes de
que se lo contaran. O puede que ya me conociese lo suficiente como para
adivinar en mi cara lo que sucedía sin que se lo dijera. Porque eso era lo que
había pasado, que acababa de matar a un hombre e iba a entregarme, lo
mismo que a veces hacen en las películas quienes matan porque no tienen más
remedio que hacerlo.
No sabía cómo decirlo. Y permanecí allí quieta, en pie, sin poder hablar,
sujetando el bolso en donde había llevado el cuchillo de cocina que ahora
quizás seguía clavado en el pecho de Román, el rumano del Cerro
Misericordia, ese gran bandido al que apodaban Coyote.
El comisario me miraba desde su silla, detrás de la mesa de su despacho,
con un gesto de sorpresa desganada, como si lo tuviera aprendido de
componerlo muchas veces al día. Insistió:
—Bueno, ¿qué sucede, Mamá Romero? ¿Más problemas con tu chaval?
Negué con la cabeza, sin poder hablar todavía. Mis ojos estaban fijos en
los del policía.
—No…, no —dije al fin—. A Jonathan no le ha pasado nada. Sigue
internado en el centro de menores de la provincia de Guadalajara, allí está
bien. Vengo por otra cosa… Creo que se me escapó un largo suspiro.
—Arranca, mujer, que casi son las dos de la madrugada y tengo gana de
irme a casa.
—Acabo de matar al Coyote y vengo a entregarme… ¿No se hace así
cuando una ha cometido un crimen pero se respeta a la justicia?, ¿no se hace

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así, don Nicolás? Yo estoy del lado de la ley.

Entonces no sabía bien si, en ocasiones extrañas para las que no hay
salida, matar es bueno o es malo. Te pasa que matas y ya está. ¿No lo hacen
los animales, sin sentirse culpables, simplemente porque tienen que comer o
defenderse? Y te sorprende la facilidad con que entra un cuchillo afilado en el
cuerpo de alguien. Pero te haces preguntas cuando matas a un hombre. ¿No
hay montones de razones para matar a alguien? ¿O no existe realmente
ninguna que sea tan poderosa como para justificar un crimen?
Yo tenía una, la más grande de todas: el Coyote estaba asesinando
lentamente a muchos chicos del barrio y casi había terminado con la vida de
mi Jonathan, el único ser que yo tengo en el mundo y el único por quien lo
daría todo. Les proporcionaba heroína y yo le había dejado follarme incluso,
porque creí que de esa manera podría salvar a mi hijo. Matar a un tipo como
el Coyote debería ser justo.
Pero también sé que no hay razones terminantes para matar cuando se es
humano. Porque Dios dijo «no matarás» y porque existe la ley. Y porque yo
estoy en contra de la pena de muerte. Cuando veo por televisión a esos pobres
chicos americanos, latinos o negros, que van a morir en la silla eléctrica o por
una inyección, me dan ganas de llorar, imaginando que uno de ellos podría ser
mi hijo.

El comisario don Nicolás se irguió en su silla y me miró con los ojos


llenos de sorpresa, como si se le hubiera pasado de pronto la fatiga.
—Siéntate, Mamá Romero, siéntate. Y cuéntame despacio —⁠dijo.
Se levantó, cerró la puerta y se sentó a mi lado en otra silla.
Don Nicolás siempre ha sido un hombre amable, uno de los nuestros. Es
grande y barrigudo, tiene la cara ancha y la nariz chata, mirada de buenazo y
el pelo muy cano. Le deben de quedar pocos años para el retiro. Muchos
sábados por la tarde le ves de paisano jugando al mus con los viejos en el bar
El Dorado, el de Juanito. Y te lo encuentras a menudo en el mercado, porque
es soltero y se tiene que hacer la compra; o paseando en verano por el parque
con su perro, un chucho pelitordo que tiene más años que Matusalén y parece
a punto de espicharla. Y si va de uniforme, don Nicolás también te saluda. No
se le suben los humos por los galones. Vive en el barrio como uno más, sin
darse pote. No sé si es un buen policía, pero aquí todo el mundo le respeta. Y
yo le debo favores muy grandes.
Rompí a llorar. El comisario me había cogido de la mano y eso me
relajaba y me permitía abandonarme y echar todas las lágrimas que llevaba

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dentro. Necesitaba hacerlo.
Me dio un pañuelo y esperó con paciencia a que se me pasaran los hipidos
y se me calmara el llanto.
—Venga, dime, Mamá Romero.
Me soné los mocos y ya podía hablar. Le conté todo seguido, sin ahorrar
detalle.
—Bien, bien —dijo don Nicolás mientras me sujetaba la mano⁠—. Lo que
me has contado va a quedar entre nosotros. Ya te indicaré yo lo que hay que
decir y a quién debes decírselo cuando sea menester. ¿Seguro que lo has
matado?
—Estoy segura… Pataleaba —dije.
Se levantó, fue a la puerta y llamó a un agente. Luego se puso el gorro de
plato y se colocó la correa con la pistola. Al apretarse el cinturón, la barriga se
le salía hacia afuera. No daba el tipo de policía americano capaz de detener o
enfrentarse a unos delincuentes.
—A lo mejor has hecho una buena obra… —dijo mientras caminaba hacia
la puerta⁠—. Ese cabrón del Coyote merecía algo así desde hace mucho
tiempo. No te muevas de aquí hasta que regrese. Daré orden para que te
traigan algo de cenar. Y aquí tienes café —⁠añadió señalando la cafetera
eléctrica que había en una mesilla detrás de su sillón⁠—. No digas nada a nadie
sobre lo que has hecho —⁠repitió.
Mientras salía, gritó:
—¡Matías, acompáñame! ¡Y pon la sirena en el coche!

Lo había planeado con detalle, tratando de no dejar nada al azar, aunque


ya sospechaba que siempre hay cosas que se te escapan.
Estaba tendida a su lado, desnuda, en el lecho de aquel cuartucho del bar
de mala muerte en donde el Coyote se juntaba con sus colegas del Cerro
Misericordia. Olía a alcohol y a sudor. Estaba borracho y eso me favorecía.
Le di el dinero por las papelas de heroína. Y le dije:
—Cuéntalo.
El Coyote movió con torpeza los billetes.
—Aquí faltan diez euros.
Yo sabía que era así.
—Hazlo despacio. Lo he contado dos veces antes de salir de casa y estaba
bien.
Y el Coyote se ensalivó los dedos, fijó la vista en los billetes y comenzó a
pasarlos despacio, uno por uno. Yo metí la mano en el bolso que había dejado
al pie de la cama y saqué el cuchillo de cocina. Lo había llevado ese mismo

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día al afilador y podía cortar incluso un pelo. Y se lo clavé con todas mis
fuerzas allí donde calculé que estaba su corazón. ¡Cómo entró de suave! Igual
que si hubiera pinchado un pedazo de manteca de cerdo. De cerdo, sí, de
cerdo.
Gritó algo confuso en su idioma, puede que un insulto, y trató de
incorporarse. Se le cayó el dinero de las manos. Luego quiso echarse encima
de mí pero rodó hasta caer al suelo por el otro lado de la cama. Y se quedó
allí, de espaldas. Me giré hacia ese lado y lo miré. Vi que movía las piernas
como si tuviera espasmos y pensé que eso era la agonía. Su rostro estaba
desfigurado por el terror. Y del pecho le manaba la sangre a borbotones
produciendo un leve ruido, como el de las pompas de jabón al romperse.
Tenía pensado arrancarle el cuchillo y tirarlo al basurero, pero no tuve el
valor de hacerlo. Solo recogí el dinero, me vestí, salí a la calle y hui corriendo
sobre el barro sucio de esa cloaca que es el Cerro Misericordia. Había llovido
toda la mañana.

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2
Voy a Madrid a trabajar por la tarde y regreso casi a las siete de la mañana.
Me contrata una empresa que se encarga de la limpieza de supermercados en
la zona de Vallecas. Es un trabajo seguro porque siempre habrá
supermercados, a menos que el mundo se despedace, y porque guarros que
ensucian todo por ahí por donde pasan los ha habido y los habrá siempre.
Cuando llego al barrio, no tengo sueño y me paro un rato en el bar de Juanito,
El Dorado, que está cerca de la estación. Juanito abre muy pronto para dar
desayunos a los hombres y mujeres que viajan al centro de Madrid a trabajar.
Casi todas ellas hacen horas limpiando hospitales y hoteles, mientras que la
mayoría de los hombres son camareros. Pero también los hay que curran en el
servicio de basuras de la capital, o de albañiles, o que van a buscarse la vida a
las oficinas del paro por si sale algún trabajo, o con camionetas para recoger
cartones y chatarra que luego revenden. Cuando yo vuelvo, ellos y ellas van.
En el bar de Juanito huele a café y aceite frito.
Juanito tiene casi sesenta años, pero está ágil y fuerte todavía y, sobre
todo, es un tío muy salgo, el más divertido del barrio. Incluso a esas horas de
la mañana parece que lleva dentro del alma un par de castañuelas. Se mueve
de un lado a otro repitiendo los pedidos, entra y sale de la cocina con los
churros, se lía casi a guantazos con la máquina de café para que suelte el
chorro y canta flamenco y cuenta chistes según le viene en gana. ¡Qué
energía! Es de Cádiz y, como él dice, la gracia le viene de nacimiento. Yo
regreso muchas mañanas al barrio cansada y de malhumor y parece, al rato de
estar sentada en El Dorado, oyéndole, que se me esfuma la fatiga y me
vuelven las ganas de vivir.
—Ay, Mamá Romero —me dice—, qué guapa estás. Si no fuera gay, te
tiraba los tejos.
Y no es mariquita ni nada de eso, aunque los imita muy bien cuando le da
por ahí.
Otras veces, sin embargo, le da por lo contrario.
—A mí lo que más me ha gustado son las mujeres —⁠me dijo un día⁠—. Y
si tuviera talento y tiempo, escribiría un libro que se titularía Las que se me
fueron vivas. ¿Sabes tú la cantidad de buenas hembras que he dejado escapar
porque era joven y no sabía leerles las intenciones? Si pudiera rebobinar mi
vida, no saldría de la cama, Mamá Romero.

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En mi barrio ya casi no hay casas pequeñas, de las de antes, que eran
como de pueblo. Solo quedan de una planta ahí en donde las chabolas, esas de
La Colasa en las que viven los gitanos españoles, y en el Cerro Misericordia,
donde están los gitanos rumanos. Los yonquis del barrio y muchos que vienen
de Madrid, algunos en coches muy lujosos, van por la noche a buscar la droga
a las chabolas de canallas como el Coyote, gentuza sin alma que envenena a
la juventud.
Las chabolas están hechas con paredes de cualquier cosa y techos de
latón, y no sé cómo nadie puede aguantar vivir en ellas. Yo soy medio gitana
por la parte de mi padre, pero tengo una dignidad que me ha permitido
alejarme de esos lugares inhumanos. Trabajo como una burra y así puedo
pagarme una vida decente para mí y mi Jonathan. Y, además, tengo la suerte
de que mi piso es mío y no alquilado. Algo bueno tenía que haber sacado de
Rubén, el desgraciado que me tocó por esposo. Por fortuna para mí y para
Jonathan, ya está en ese barrio del que no se vuelve.
No crea nadie que desprecio mi sangre gitana, pero no quiero vivir como
lo hacen la mayoría de los míos. Cuando me vine a Madrid desde Badajoz,
juré que nunca más viviría ya de esa manera. Y lo he conseguido.
Las casas de mi barrio se parecen todas entre sí, son como gotas de agua.
Hay muchos edificios de seis pisos, como el mío, que son muy feos por fuera
y por dentro tienen paredes muy frágiles. A los portales casi no llega la luz de
la calle, son como corredores ciegos, y huelen a humedad. Hay muchas sin
ascensor. Y no tienen tendederos interiores: la gente cuelga a secar la ropa
entre las ventanas y, si sopla el viento, las bragas, los calzoncillos, los
sostenes y las camisetas revolotean como banderolas de colores y a mí me da
por pensar que es lo mismo que si estuviésemos en guerra, porque parece un
ondear de banderas sobre búnkeres de hormigón. Pero es más digno vivir en
casas como la mía que en una chabola.
De todas formas, no es un barrio alegre. En el único parque por donde se
puede pasear y respirar algo de oxígeno, los árboles parecen enfermos, como
si el humo de los coches les hubiese comido las venas a las raíces. Allí van los
viejos a jugar a la petanca en primavera y otoño, y los jóvenes buscan por la
tarde los rincones oscuros para picarse.
Cuando el comisario pasea con su chucho por el parque, hace la vista
gorda con los chicos, porque sabe que él solo no podría ponerle remedio a
todo eso. Y, además, como me dijo un día, si metiera en el calabozo a todos
los chavales del barrio que se pinchan, tendría que construir una prisión. No
es delito, además, picarse, sino vender, pues si te pillan con una papela

Página 12
encima, ningún policía puede enviarte al trullo, solo confiscarla. Don Nicolás
lo explica muy bien: «¿Para qué vas a quitarle al pobre chaval una dosis si, en
la esquina siguiente, va a robar a alguien a punta de cuchillo para comprarse
otra?».
El daño no lo hacen los chicos, sino los canallas como el Coyote.

En mi barrio vivimos españoles, chinos, gitanos, moros, negros y


rumanos. Hace diez años no era así, solo estábamos los españoles. Pero la
mayoría de nosotros veníamos de fuera de Madrid, sobre todo de Andalucía,
de Toledo y de Extremadura. Algunos, muy pocos, de Galicia. Nunca ha
habido aquí vascos o catalanes. Ni de Zaragoza, que yo sepa. Pero de pronto
comenzaron a llegar los moros. Y luego vinieron algunos chinos y los pobres
negros. También los latinos. Y desde hace cuatro o cinco años, los rumanos.
Hay veces que voy por la calle y me creo que estoy dentro de una película de
Nueva York, con carteles en español, en chino y en moro. De todo, menos
inglés. El inglés solo lo ves en los barrios ricos de Madrid.
Los moros y los negros son por lo general bastante abiertos, aunque los
moros me parecen más desconfiados. Los moros tienen una mezquita, una
casa de ladrillos que han construido ellos mismos, y parecen muy
trabajadores. Casi todos son albañiles y dicen que tienen muy buena mano
con el palustre y también para alicatar: que son muy artistas, vamos. En sus
restaurantes, unos cafetines muy pequeños y humildes, comen cordero y
beben té, y casi ninguno toma alcohol. Lo que menos me gusta de ellos es el
machismo: sus mujeres van siempre con la cabeza cubierta y algunas se tapan
media cara con un pañuelito bordado. Siempre andan cargadas caminando
detrás de ellos y con faldones que no les dejan asomar ni el tobillo. Y no
pueden entrar en los cafetines para acompañarlos. En el barrio a las moras las
llamamos fátimas y a los moros mojamés. Cuando entra alguno a tomar una
infusión en el bar El Dorado, a veces Juanito se pone a cantar:

El cuscús que hacen los moros


es una pasta que no se toma
revuelta con jimilijama,
y no hay cristiano que se la coma.
Mahoma, jimilijama,
Mahoma, jimilijá.
Ay, Mahoma, jimilijama.
Ay, Mahoma, jamatelá.

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Los negros son los más pobres. Trabajan en las basuras, en los peores
empleos, y a menudo están parados. Hablan muy mal español, al contrario
que los moros, que enseguida despabilan y echan a hablar, lo mismo que los
rumanos. A mí los negros me dan pena, porque miran con miedo a todo el
mundo. Sobre todo les tienen miedo a los moros, que los tratan con desprecio,
como si fueran sus esclavos. Es muy raro, porque los moros se humillan
delante de los españoles, pero cuando se ponen delante de un negro parece
que estén a punto de sacar un látigo.
Nunca he visto en el barrio a un moro y un negro que sean amigos,
aunque hayan venido juntos en la misma patera, cosa que no sé si ocurre
alguna vez: por lo que tengo visto en la televisión, en las pateras y los
cayucos, o vienen todos negros o vienen todos moros. Ni siquiera en el
hambre o en la desgracia se juntan.
Por poner un ejemplo, en El Dorado asoman a desayunar muchas mañanas
Ahmed, un moro muy simpático que siempre anda riendo, y Aku, un
chavalote negro, alto y fuerte, con aire de jugador de baloncesto americano.
Juanito le llama a veces Aku Jordan, y el otro se ríe enseñando una de las
dentaduras más limpias y perfectas que jamás he visto en un hombre.
Y lo que digo: cuando los dos coinciden en el bar, que son muchas
mañanas, cada uno se va a un extremo de la barra y ni se miran.
Ahmed se dedica a vender alfombras y toda clase de trastos eléctricos en
los bares de Madrid. Es de esos que dice «barato, barato» y «paisa, paisa».
Aku vende el periódico La Farola, también en el centro de la ciudad. O sea,
que los dos son pobres y se dedican más o menos a lo mismo. Podrían viajar
juntos en el tren hasta Madrid, pero son invisibles el uno para el otro.
Miento: cuando Ahmed pasa alguna vez al otro lado de la barra para ir al
baño de hombres, Aku se aparta y, si te fijas, durante un segundo parece un
gorrión asustado. Es raro, porque con solo una guantada del revés tumbaría al
morito.
Casi todos los negros del barrio son hombres y no tienen familia. Viven
en los peores sitios: ocho o diez juntos y amontonados en pisos de uno o dos
dormitorios. Juanito los llama kuntakintes, y también tiene una canción para
ellos que le he oído alguna vez:

¿Qué pasa en el Congo,


qué pasa en el Congo?
que a blanco que pillan
lo hacen mondongo.

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No sé de dónde saca esas canciones Juanito pero, al oírselas, te tronchas de
risa, como cuando cuenta chistes. Sabe miles.
Los sudamericanos vienen casi todos de Perú y Ecuador, y la mayoría son
mujeres. Son chaparritos, oscuros de piel y tienen el pelo largo y liso.
También son muy trabajadores. Casi todos ellos están empleados de
camareros en el centro de Madrid, mientras que muchas de ellas trabajan en el
servicio doméstico, en casas de ricos, o cuidando de ancianos en residencias.
Los domingos de primavera y verano se juntan todos en el parque a hacer
guisos de los suyos. Dicen que comen ratas y que algunas noches se van al río
Manzanares a cazar los patos que puso allí el ayuntamiento para zampárselos
en sus festejos de los domingos.
Son buena gente. Lo malo es que algunos de sus hijos han formado dos
bandas de esas que se pelean entre sí y más de una vez ha habido heridos y
cualquier día podría haber muertos. Dios no lo quiera. Unos se llaman los
«Incas» y otros los «Ninjas». Pero con los españoles procuran no meterse.
A los latinoamericanos Juanito los llama montezumas. Una vez que estaba
alegre le oí que les dedicaba una extraña canción:

Somos los indios bravos,


indios que acompañaron a Colón
por aquellas tierras que están en guerra,
y los bisontes cruzan los montes
y los canguros son muy duros de pelar

No se me ocurre quién pudo hacer una canción tan absurda. ¿Cuándo se ha


visto a un indio con un canguro? Con bisontes, muchas veces, pero con
canguros nunca.
El que más viene a El Dorado es Raúl, Raulito, un avispado ecuatoriano,
pequeñito y educado, que habla con una voz muy melosa. Toma un café y un
chispazo de anís y a mí me tiene mucho cariño y respeto. «Buenos días, doña
Mamá», me dice siempre cuando entro en el bar. Trabaja en un restaurante de
postín en el barrio de Salamanca y siempre va muy limpio y arreglado al
trabajo. Tiene a la esposa y a sus cuatro hijos en un piso pequeño, además de
a la madre y a la suegra. Pero es de los que viven menos apurados en el
barrio.
Los chinos son muy reservados y no se juntan con casi nadie que no sea
de los suyos. Son pocos todavía, pero van alquilando pisos, todos vecinos los
unos de los otros, y también viven amontonados, aunque no tanto como los
negros. Tienen un restaurante en donde dicen que las comidas saben dulce.

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No van a ninguna iglesia, igual que los negros, y la gente me ha dicho que son
sucios, que no se lavan casi, que compran lo peor en el mercado, todo lo que
está a punto de pudrirse, y que la trasera de su restaurante está llena de ratas.
Quién sabe si se las comen, como dicen que hacen los sudamericanos.

El único que tiene más relación con los españoles es el primero que llegó
de todos, un hombre mayor que se llama Lin y al que Juanito llama en broma
Fumanchú, aunque es amigo suyo. Lin es el dueño de una tienda pequeña que
está abierta la pila de horas cada día, en donde se venden muchas cosas a
precios muy baratos: chicles, refrescos, paquetes de fideos y espaguetis, pan y
donuts, cigarrillos sueltos, magdalenas industriales y la intemerata. Es un
hombre bueno que fía a la gente. Habla muy raro, pero se le entiende. Me da
risa cuando se pone a decir «hotias, hotias…». Es su latiguillo.
Yo le estoy muy agradecida porque fue el primero que me avisó de lo que
pasaba con mi Jonathan. Eso no lo olvido.
A los chinos, Juanito los llama «mandarines», y les canta:

Soy el chino, capuchino, mandalín,


que ha venido de Pekín con ilusión.
Mi coleta es de un tamaño legulal
y con ella me divielto sin cesal.

Cuando la canta, Juanito se pone a dar saltitos, con los ojos entornados y los
dedos de la mano recogidos, y dando con ellos golpecitos en el pecho. Te ríes
sin remedio, aunque no estés de humor y te duelan los huesos del trabajo.
Y los últimos son los gitanos rumanos. A esos no los quieren ni los
gitanos españoles. Tienen sus propias chabolas, las más apartadas del barrio,
en el Cerro Misericordia, y casi ninguno trabaja en nada ni lleva a los
pequeños al colegio. Las mujeres salen todas las mañanas en tropa, con los
niños, y se van a Madrid a pedir limosna o a colocarse en los semáforos con
un cubo y un trapo para limpiar los parabrisas de los coches. Algunos de sus
hombres se quedan todo el día en el barrio sin hacer nada, pero la mayoría se
van, como las mujeres y los niños, aunque ellos separados de ellas, cada sexo
por su lado. Dicen que se dedican a birlar móviles y abrir coches para robar
documentaciones.
Los domingos, los rumanos hacen fiestas entre ellos en el Cerro
Misericordia. Y ves a las mujeres, cuando alguna asoma por el centro del
barrio, cargadas de joyas de oro. Debe de ser buen negocio el limosneo. Aquí
no se atreven a mendigar porque cualquiera las mandaría al cuerno.

Página 16
En varias chabolas del Cerro Misericordia, algunos rumanos venden
droga, como hacía el Coyote y como hacen los gitanos españoles en su arrabal
de La Colasa. Se mantienen alejados los unos de los otros, cada uno en su
territorio, para evitar problemas. Si un día se declarasen la guerra, habría
muchos muertos. Y yo creo que la mayoría serían rumanos. Porque conozco a
los míos y sé muy bien cómo se las gastan con una navaja en la mano si
empieza una reyerta.
Para los rumanos, Juanito solo tiene una expresión: «Son la chusma». Y
no gasta bromas con ellos, ni les dedica canciones, ni permite a casi ninguno
que entre en su bar. Solo deja que lo hagan Theo y sus tres hijos, que se
dedican a recoger cartones en Madrid con su furgoneta y que son la única
familia rumana del Cerro Misericordia que tiene un trabajo digno.

A mi barrio le pasa lo que a otros barrios de las afueras de Madrid: que


casi nadie es de aquí. Todos hemos venido de fuera, los españoles los
primeros y luego los extranjeros.
¿Qué había antes de las casas, las chabolas y los basureros?, me pregunto
a veces. Quizás feos descampados o tal vez bonitos bosques y quién sabe si
arroyos de agua limpia.
Todos los que vivimos en el barrio hemos huido de la indigencia.
Nosotros, de los campos miserables; ellos, de las patrias del hambre.
Eso es lo que nos une: la miseria, la necesidad, la lucha por sobrevivir.
Y aun así, vivimos separados los unos de los otros. Los chinos de los
sudamericanos, los moros de los negros, los calés españoles de los gitanos
rumanos y los payos españoles de los chinos, los sudamericanos, los moros y
los negros.
Solo los niños son de aquí y estudian y crecen juntos.

Lo que menos me gusta de mi barrio es el ruido. Siempre hay ruido.


Lo hay en la calle, por el paso de los coches y de las motocicletas, sobre
todo las motocicletas de los chavales, que las llevan sin tubo de escape y a
toda velocidad. Juanito dice que un día va a ponerse en el balcón que hay
arriba de su bar y va a liarse a tiros con una escopeta repetidora, matando a
los niños de las motos como a los bisontes en el Oeste.
Y en mi casa hay también ruido, porque todo se oye a través de las
paredes: son tan delgadas…
Vivo en el tercero derecha y oigo a los vecinos de la puerta de la izquierda
pelearse cada vez que están juntos. Hace unos años, los oía hacer el amor,
gemir de placer. Pero ahora ya solo se gritan, dan berridos, no hay murmullos

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de amor entre ellos. Creo que los dos beben mucho. Pero él no le pega, por lo
menos no le pega a ella. O eso parece.
Los de arriba arman jaleo a todas horas. Por la noche, corriendo de una
habitación a otra por el pasillo. En el piso viven una viuda y sus cuatro hijos.
Ella tiene muy mala uva y apenas saluda a nadie de la vecindad. La niña
mayor parece que tiene unos quince años y luego la siguen tres chicos de
doce, diez y ocho, más o menos. Ellos son los que no cesan de correr. Hace
dos meses, la madre y la hija estuvieron fuera durante una semana y una
mujer vino a cuidar a los más pequeños. Espe, mi vecina de abajo, la del
segundo, que es buena amiga mía y a veces mi consuelo, me dijo que la niña
se había quedado embarazada y que la madre la llevó a una clínica a abortar y
que tuvo, que quedarse una semana interna porque se había pasado de fecha.
La que vino a cuidar a los chicos era su tía, una mujer de Albacete, muy
simpática, lo contrario de su hermana. Se llamaba Celsa y no ha vuelto más.
Y hay ruido muchas noches en mi alma y en mi corazón. Por Jonathan,
sobre todo, por mi Jonathan. Ahora está bien y no se pincha. Pero no es
porque el Coyote esté muerto y no tenga quien le venda, que siempre hay
canallas para ofrecer farlopa a los chavales. Es porque lo tengo en un centro
de rehabilitación de Guadalajara. ¡Dios quiera que se me cure para siempre!
Y yo estoy sola y los recuerdos me abruman. Mi memoria es como un
tambor.
Mi memoria hace mucho ruido.
Duermo regular, de todas formas, porque siempre ha habido ruido a mi
alrededor, desde que era pequeña.
Y cuando Rubén entró en mi vida, hizo mucho más ruido todavía.
Pero el ruido se fue con él hace unos años y yo pensaba que por fin iba a
ser feliz.
Aunque estaba equivocada.

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3
Cuando conocí a Rubén yo era casi una niña. Al verlo por vez primera, sentí
que el corazón se me hinchaba y el vientre se me encendía. Era una mezcla de
fascinación y calentura sexual lo que me entró en el alma y en la carne. Yo
tenía diecisiete años y trabajaba sirviendo como interna en una casa de postín
de Badajoz. Era una tarde de verano y estaba sola: la señora había salido y me
había encargado que atendiera al fontanero, que venía a arreglar la cisterna de
un váter. Cuando llamaron al timbre, abrí la puerta y vi a Rubén vestido con
un mono azul y sonriente, pensé que me moría por abrazarle y que no podría
dejar de mirarle el resto de mi vida. Supongo que eso es el amor más grande:
notar de pronto que quieres a alguien, con el corazón y con el cuerpo al
mismo tiempo.
Era guapo y chulo, como todos los hombres que saben que son guapos y
están orgullosos de serlo. Y era simpático, seguro de sí. Además, me llevaba
once años y eso impone siempre. Mientras él trabajaba en el baño, entré una
vez a preguntarle si necesitaba algo y si quería beber un vaso de agua. Era un
pretexto, claro. Lo hice porque tenía ganas de verle mejor. Aunque
encontrármelo allí, con un trozo de tubería en la mano y sentado en la tapa de
la taza del váter, no parecía el mejor sitio para mirar a un hombre que te
gusta, aunque sea Brad Pitt.
Él no me contestó nada. Solo sonrió y paseó la vista por mi pecho y mis
piernas con descaro, como si supiera la verdadera razón por la que yo entraba.
Me dio vergüenza, pero no me importó que se diera cuenta.
Cuando terminó de arreglar la avería, le acompañé a la puerta y se me
ocurrió preguntarle:
—¿Ha quedado todo bien?
Y él contestó:
—Yo arreglo cualquier clase de tubería.
Creo que me puse colorada desde los tobillos a la frente. Y él se rio con
ganas. Luego añadió:
—¿Te han dicho que eres un bombón, niña? Los sábados suelo ir con mis
amigos al baile de El Aguilucho, en el casco antiguo. Si asomas por allí, te
sacaré a bailar. A eso de las ocho de la tarde es buena hora.
Y se fue. Y yo sentí cosquillas en la nuca, en las orejas, en los pechos y en
el vientre. Sabía ya, sin reflexionarlo, que el olor a macho de Rubén

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despertaba en mí calores de hembra.
No conocía hombre, a pesar de que ya era una muchacha muy hermosa y
que los chicos, en general, se pirriaban por mí. De pequeña, en la plaza Alta
de la ciudad, algunos niños de mi edad me habían enseñado su sexo y yo les
había enseñado el mío. Me habían tocado alguna vez, pero con mal tino y
urgencia. Y poco más. Estaba nueva para el primero que llegase y supiera
cómo camelarme. El único problema consistía en que él era payo y yo medio
gitana y mi padre me quería virgen para el matrimonio y, además, solo para
uno de los suyos.

Pero Rubén no se paraba ante nada. Y, además de eso, la suerte, por


llamarlo de alguna manera, se le puso de cara.
Yo vivía con mis padres cerca de la plaza Alta, un barrio gitano de arcos
tan blancos como los pechos de las cigüeñas. Era el lugar en donde mi viejo
hacía sus negocios y sus chapuzas para ganarse la vida. Él tenía allí su
mundo, a toda su familia y a su clan. Pero mi vieja se sentía una extraña entre
las mujeres, el sitio en donde le correspondía estar según las costumbres
gitanas. Ella quería dejar de vivir allí para que mi hermano Antonio y yo
creciésemos en otro barrio de Badajoz, e incluso le habría gustado, creo,
marcharse a otra ciudad. No se sentía integrada en el mundo gitano y no
quería para mí y mi hermano esa vida. Creo que se habría separado de mi
padre de tener el valor de hacerlo. Pero le temía. El viejo, cuando bebía
mucho, la emprendía a golpes con ella.
—Nunca consientas que te pegue un hombre —⁠me decía algunas mañanas
llorando, con el rostro lleno de moratones⁠—. No lo consientas ni siquiera la
primera vez, porque ya no dejará de hacerlo nunca.
Ahora, cuando lo recuerdo, me parece que muchas veces el destino se
burla de nosotros. Y sé bien lo que me digo, como se verá más adelante.
Un día, cuando mi padre y mi hermano Antonio venían desde la frontera
portuguesa de comprar chatarra, la furgoneta se salió de la carretera. Había
llovido mucho, el vehículo era un trasto y el viejo conducía borracho. Mi
padre falleció en el acto y Antonio tardó cuatro días más en morir. ¡Lo que
lloré por mi hermano! Nunca podré olvidarle. Era un buenazo y un simplón,
no le hacía daño a nadie y siempre tenía puesta la sonrisa en la cara. Mi padre
le trataba como a un perro. Tenía solo quince años, dos menos que yo.
No pasaron dos meses antes de que mi madre y yo nos cambiásemos de
casa. Con lo que ganábamos sirviendo, podíamos pagarnos un alquiler en un
barrio mejor. La tribu gitana no puso ningún impedimento a que nos

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largásemos. Después de todo, mi madre no era una de ellos, y yo tan solo a
medias.
Así que, en cierto modo, Rubén tuvo suerte, como he dicho, porque mi
padre no vivía ya para impedir que me relacionara con alguien que no fuera
uno de los suyos, ni para exigirme la virginidad si me casaba. No tendría que
pasar por esa horrible prueba que obliga a las mujeres gitanas a mostrar la flor
de su castidad a una vieja arpía antes del matrimonio.
Y Rubén lo aprovechó.

¡Qué bien sabía el muy barbián que yo acabaría yendo a buscarle a El


Aguilucho! Dejé pasar dos meses antes de decidirme porque me daba
vergüenza. Y eso que ya había cumplido los dieciocho años. Pero al final pedí
ayuda a una amiga de mi nuevo barrio, la Juli, que era tres años mayor que yo
y mucho más descarada, porque ya conocía hombre. Y un sábado a las ocho y
media nos plantamos en el local. Me temblaban las piernas cuando entré en
aquel tugurio oscuro. El olor de tabaco y cerveza derramada te golpeaba las
narices nada más asomarte. Al otro lado de la puerta, comenzaba un largo
pasillo alumbrado con luces temblorosas que llevaba a una sala iluminada por
bombillas rojas. Me habría dado la vuelta si no hubiera sido por Juli, que me
tomó del brazo y me empujó adentro.
—Venga, Paquita —dijo—, que nadie te va a comer.
—No me gusta.
—Podemos irnos en cualquier momento, no seas tonta.
Alrededor de la pista, en la que bailaban abrazadas algunas parejas, y en el
fondo de la oscura sala, había muchas mesas, la mayoría ocupadas por gente
cuyos rostros no podía distinguir en la penumbra. El ruido de la música era
muy fuerte.
Juli se ocupó de todo. Era muy decidida. Habló con un camarero casi a
voces, el chico nos llevó a una mesa retirada de la pista y mi amiga pidió, sin
consultarme, dos coca-colas.
Me pregunté si Rubén estaría allí o si ese día no habría ido. Ahora me
arrepentía de haber dejado transcurrir tanto tiempo desde que le conocí. Solo
alcanzaba a distinguir las caras de quienes ocupaban las mesas cercanas. Y
había mucha gente allí dentro.
Pero él me vio. No habían pasado ni diez minutos desde que llegamos
cuando se acercó a nuestra mesa. Era inconfundible, aunque no llevaba el
mono de trabajo: más alto que yo, delgado, con los hombros muy anchos y
una manera de inclinarse de lado que le hacía parecer un actor de las películas
americanas. Solo dijo:

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—Hola, niña. —Y se sentó a mi lado mirándome a los ojos⁠—. Has
tardado mucho en venir —⁠añadió⁠—. Pero no me había olvidado de ti, no se
puede olvidar una cara y un cuerpo como los tuyos.

Lo que dijo me hinchó el alma. Y supe que ya era suya y que solo era
cuestión de tiempo que me tomara.
Entonces me gustaban esas maneras de decir: ser suya, dejarme tomar,
pertenecerle, abrirme a él… Las oía decir en los seriales de la tele, los del
mediodía, esos que hacen en Sudamérica. Después, ya no me gustaron nada
esas frases. Incluso llegué a detestarlas. Porque son mentira. Si un hombre me
las dice, me doy la vuelta y le dejo plantado.

Hay hombres que huelen a sexo sin oler a nada, que estás sintiendo que te
besan sin que se acerquen sus labios, que tienen una voz que te suena a
campanas alegres en el corazón. No estás segura de si los quieres o no los
quieres, pero no puedes dejar de rendirte a ellos. Te atraen como si te
hipnotizaran. Despiertan tu carne sin que te dé tiempo a alejarte. ¿Por qué
somos las mujeres tan frágiles ante su presencia? Deseas que te hagan el amor
y te excitan con una mirada, un gesto, o un roce de sus dedos sobre la piel de
tu brazo. ¿Qué virtud les dio el diablo? Porque ese poder suyo nos lleva a la
ruina a las mujeres y eso solo puede darlo el diablo.
Rubén era así. Y no solo lo notaba yo. Cuando se sentó a mi lado, Juli le
miraba embobada. «Le habría dejado frito a bocados», me confesó después.

Pero Rubén llamó a un amigo y lo sentó al lado de Juli. Luego se volvió


hacia mí. Sabía ser zalamero cuando se lo proponía. Y casi antes de que me
diera cuenta, ya estábamos bailando y él arrimaba su cuerpo al mío. Intenté
separarme, luego me aproximé, después me alejé de nuevo… Dejó un amago
de beso en mi cuello y yo sentí que una humedad caliente invadía todo mi
cuerpo.
Fuimos de picoteo a varios bares y él bebió mucho. No me acuerdo cómo
se llamaba su amigo ni si era feo o guapo. Más tarde regresamos a El
Aguilucho. Otra vez bailamos. Sentados, me besó. Y me envolvió la lengua
con la suya, con su lengua muy caliente. Intentó tocarme los pechos por
debajo de la blusa. No le dejé. Cuando nos fuimos de allí, yo sentía deseos de
que Rubén me tomase, a pesar de que olía mucho a alcohol y a tabaco. Él
parecía aburrido y estaba beodo. Al despedirse, me dijo:
—Eres una calientapollas, niña. Si no cambias, que te den.

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Pregunté a Juli, mientras regresábamos juntas hacia nuestro barrio, qué
quería decir «calientapollas». Y no me gustó el significado. Yo no quería
serlo, me parecía mezquino excitar a un hombre para dejarle luego colgado y
con las ganas.

Cuando pasó por fin, sentí que no era lo que yo esperaba. Más todavía:
pensé que yo no valía para ello o que a Rubén no le importaba ni poco ni
mucho lo que hacía conmigo. Como casi siempre, estaba borracho. Pero como
siempre, la fuerza que emanaba superaba con creces el rechazo que sus olores
me producían.
Desapareció durante bastante tiempo después de aquella primera tarde que
bailamos. Y aunque me asomé varias veces a El Aguilucho con Juli durante
los siguientes meses, no volví a verlo. Parecía haberse esfumado. Pero yo no
lograba olvidarle. Y no salía con otros hombres porque me parecía que
ninguno estaba a su altura.
Seguía con mi trabajo en el servicio doméstico y pensaba en hacer el
bachillerato y después Derecho en eso que llaman la universidad a distancia.
Además, leía mucho, libros que me dejaban mis amigas y alguno que otro que
tomaba prestado de la casa en donde servía. Me gustó mucho uno que se
llamaba Sinhué el egipcio y otro estupendo sobre mi paisano extremeño
Hernán Cortés: El dios de la lluvia llora sobre México. También me
apasionaban las novelas escritas por una mujer que se llamaba Pearl S. Buck.
Pero las históricas y las de amor eran mis preferidas. Y empezaron a gustarme
menos los seriales de la tele. Más tarde, llegué a considerarlos absurdos y de
mal gusto.
Mi madre comenzó a sentirse enferma cada vez con más frecuencia. Se
cansaba mucho, sobre todo. Y eso que era una mujer todavía joven, pues no
había cumplido aún los cincuenta. Yo la llevaba a médicos diferentes, pero
nadie daba con lo que tenía.
El mundo alrededor me parecía triste y vacío. Muchas mañanas sentía
deseos de no levantarme. No tenía amor, el dinero nos llegaba justo para
cubrir el mes y mi madre languidecía como las hojas de los árboles en otoño.
Pero luego me decía a mí misma que era joven, que la vida no tenía por qué
ser siempre así, y que debía luchar para cambiarla. Seguía empeñada en poder
estudiar en algún momento de mi vida, porque intuía que eso significaba algo
muy importante y que un futuro alegre solo podría salir del estudio. Pensaba y
pienso todavía que la vida hay que pelearla, si uno quiere ser algún día feliz, y
que nuestra obligación es no dejarnos derrotar nunca por la amargura.
Pasaban los meses y Rubén no aparecía.

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Pero yo no le olvidaba. Y su sonrisa asomaba clara detrás de las cortinas
del mundo oscuro, y también el modo en que, cuando quería gustar, dejaba
caer sobre una pierna el peso de su cuerpo, con una mano metida en el
bolsillo del pantalón.
Era un chulo, pero un chulo con estilo. Eso decía Juli.

No se me ha olvidado la tarde en que volví a verle. Yo salía de comprar


del supermercado de mi barrio y casi me topé con él. Era un cálido día de
primavera. Rubén llevaba puesto su mono azul y cargaba el maletín negro de
sus herramientas. Su aspecto era imponente, como siempre, a pesar de su ropa
de trabajo. Se detuvo, ladeó la cabeza y me sonrió. Y a mí me pareció que se
borraban de pronto todos los meses que habían transcurrido sin verle.
—Hola, niña… —dijo—. Bueno, no tan niña. Has crecido, parece que te
hayas hecho más mujer.
—No sé, tú estás igual.
—¿Cuántos años tienes? Ya no me acuerdo.
—Casi diecinueve.
—¡Caray! Va siendo hora de que te cases.
—No tengo novio.
Su sonrisa se iluminó más todavía.
—¡Vaya! Eso es una buena noticia. ¿No sales con tíos?
Negué con la cabeza.
—Pues es un desperdicio. ¿Saldrías conmigo alguna vez?
Asentí.
—Me gustó cómo besabas —dijo con descaro.
Y mis mejillas ardieron. Y mi boca recordó de inmediato el sabor de sus
besos.

Sucedió por primera vez el verano de mis diecinueve años. Habíamos


salido tres sábados seguidos, solos, a tomar pinchos para cenar y luego a
escondernos en un rincón de algún bar nocturno para besarnos. Me había
tocado los pechos y una vez había llevado mi mano hasta su entrepierna y la
había movido sobre el miembro caliente y terso que se hinchaba bajo la tela
liviana del pantalón. Era excitante. Me moría por tenerlo dentro de mí. Dejé la
mano allí hasta que él terminó.
Sin embargo, no eligió el mejor momento para que lo hiciéramos. Ese
sábado había quedado con unos amigos y unas cuantas chicas. Fuimos
bebiendo de bar en bar y Rubén cada vez estaba más borracho. En un
momento, alguien propuso ir a un baile y acabamos en El Aguilucho. Rubén

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bailó muy apretado a mí, casi haciéndome daño. Olía mucho a alcohol y sus
besos sabían a tabaco rancio.
Me acompañó a casa sin cesar de meterme mano. Y, en un parque
cercano, me llevó entre los árboles y me tendió en el suelo sin delicadeza
alguna.
Le dije que no quería, que lo dejásemos para una ocasión mejor.
—¿Otra vez la niña calientapollas?
Me sentí muy mal y le dejé hacer. No quería que me considerase una
calientapollas. Y no sentí asco tan solo porque le quería. Me dolió un poco, no
tuve placer. En unos pocos minutos había terminado.
—¿Te ha gustado? —preguntó mientras se retiraba de encima de mí.
Le mentí.

Seguimos haciéndolo a partir de entonces. Pero ya no era como la primera


vez, tan sucio y feo. Ahora, muchas veces, lograba tener placer con él, a pesar
de que, para mi gusto, Rubén lo hacía todo demasiado de prisa y con
brusquedad. Él compartía piso con dos amigos y, cuando los otros estaban
fuera de la casa, me llevaba a su habitación.
Un día, especialmente, me gustó más que nunca. Creo que, quizás, fue una
de las pocas veces que disfruté de verdad con Rubén durante todos los años
que duró nuestra relación.
Sus dos amigos estaban fuera de la ciudad y tenía la casa para él solo.
Compramos comida y bebida y nos sentamos a ver la televisión. Echaban una
película antigua y un poco pesada, Los últimos de Filipinas, de Fernando Rey.
Pero al comienzo salía una mujer indígena, muy guapa y sugestiva, que
cantaba una bonita canción. Recuerdo parte de la letra:

… cada vez que el viento pasa


se lleva una flor,
pienso que nunca más volverás, amor.

De pronto se me ocurrió pedirle que la bailásemos y Rubén me abrazó con


delicadeza, cosa rara en él. Me besó el cuello mientras girábamos despacio al
ritmo de la música.

… me falta tu risa,
me faltan tus besos,
me falta tu despertar…

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Mi sangre latiendo, mi vida pidiendo
que tú no te alejes más.

—No quiero que el viento pase y se lleve nuestro amor —⁠le dije.
Y su respuesta me dejó perpleja:
—No se lo llevará. Yo quiero casarme contigo, Paquita…
—Me dejas turulata.
—¿Eso quiere decir que no?
—Eso quiere decir que sí.
Mi cabeza y mi alma bullían.
Esa tarde hicimos un amor dulce y tierno, creo que fue una de las veces
que, estando con él, me sentí plenamente mujer.
Años más tarde, el viento pasó y se lo llevó todo. Y no le echo de menos
ni me falta nada de lo que él me daba.

Lo recuerdo igual que lo vi en las fotos de la boda que hizo un primo de


Rubén, los dos allí, delante del cura.
—¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente, siguiendo el
modo de vida propio del matrimonio, durante toda la vida?

—Estamos decididos.
Y él lo dijo:
—Yo, Rubén Jiménez Martínez, te acepto a ti, Francisca Romero Laguna,
como mi esposa, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en
la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida.
Y enseguida faltó a su juramento.

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Rubén y yo nos casamos en una pequeña parroquia de la parte nueva de
Badajoz. Vinieron sus amigos y mis amigas, mi madre, dos hermanos de él y
su padre, que se había quedado viudo veinte años antes. Yo no le había visto
nunca hasta ese día. Era un hombre de aspecto enfermizo y no se parecía en
nada a Rubén. Me saludó con indiferencia, como si yo le importara un bledo o
el mundo entero le importase un bledo. Luego, durante la fiesta que dimos en
una cafetería, se emborrachó como una cuba y uno de los hermanos se lo
llevó de allí a media tarde.
Rubén también se emborrachó. Y esa noche, a poco de acostarnos, se
quedó dormido a mi lado, roncando como un cochino y con un olor mareante
a coñac.
No hubo noche de bodas, naturalmente. Pero yo lo prefería así. No me
apetecía que me tocase ni que me hiciera el amor con esa peste que emanaba
de su cuerpo y de su aliento.
Además, la noche de bodas la teníamos hecha muchas veces.

Rubén decidió que nos trasladásemos a Madrid a los pocos meses de


casarnos. Andaba metido en los sindicatos de Comisiones Obreras, y yo creo
que le picaba hacer carrera política, aunque se le quitó pronto de la cabeza
cuando descubrió otros placeres más inmediatos de los que luego hablaré.
Rubén era en casi todo como un niño caprichoso: corría por encima de la vida
de un antojo en otro, sin pararse a pensar en lo que hacía.
Atraía a la gente y habría sido un buen político, creo yo, porque tenía
labia y nunca cumplía sus promesas. No solo encandilaba a las mujeres, sino
también a los hombres. Pero le perdía la vanidad, porque pensaba que nadie
era más inteligente que él ni había otro mejor en cualquier cosa a la que se
dedicara. Y tampoco era constante en nada que no fuera la bebida.
—Yo llevo la política en la sangre —me decía, ufano⁠—. Y eso de
llamarme Rubén me ayuda. ¿Sabes que ese era el nombre de un hijo de la
Pasionaria, uno que murió combatiendo en Rusia en la segunda guerra
mundial? Cuando digo a la gente que me llamo Rubén y que mi abuelo
combatió con Líster en la guerra civil, produce respeto. Lo de mi abuelo es
inventado, ya sabes.
—La Pasionaria me suena, pero Líster no sé quién es.

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—No sabes nada de casi nada.
Era mentira: yo sabía bastantes más cosas que él, porque leía mucho. Y
habría estudiado una carrera si Rubén no me lo hubiera prohibido.
—Una mujer no debe trabajar mientras tenga un marido que la sustente
—⁠añadía.
Yo me callaba, no quería humillarle, porque sé que los hombres se sienten
enseguida humillados, tienen el orgullo frágil.
Eso de que no había otro mejor que él solo era verdad en la fontanería.
Tenía unas manos únicas para arreglar cualquier cosa. Al poco tiempo de
estar en Madrid, ya se había hecho con una clientela muy grande y ganaba
mucho dinero. Decía:
—Lo bueno de esta profesión es que tú pones el precio que quieres a tu
trabajo. Y la gente paga sin rechistar, porque sin cagadero ya no se puede
vivir en estos tiempos. Y al que no le guste el precio que le pongo, pues que
se mee en la pila de la cocina.
Ganaba tanto que pronto nos compramos el piso en el barrio, el mismo en
el que ahora vivo. No es que sea un palacio, más bien es un cuchitril de dos
dormitorios, pero era nuestro y ahora sigue siendo mío.
También se compró una furgoneta de segunda mano para el trabajo. Y me
instaló una cocina muy buena, con lavaplatos y todo.
Pero nuestra vida era extraña. Al contrario que la mayoría de la gente, casi
nunca salíamos a ninguna parte: ni al cine, ni a cenar fuera de casa. Y no
teníamos amigos con los que reunirnos de vez en cuando.

No era el mejor hombre del mundo, pero sí uno muy aparente y con eso
me daba por satisfecha. Habría seguido así toda mi vida: sin plantearme
ambiciones, pariendo unos cuantos hijos, aguantando las borracheras de
Rubén y sus vanidades… Me habría dormido arrullada por una vida sin
alegrías ni grandes dramas. Habría sido una vida como la de muchas otras
personas en el mundo: algo amarga, tristona, pero una vida normal al fin y al
cabo.
Sin embargo, todo se torció. Y he sufrido. Y sufro. Pero eso me ha hecho
mujer. Y ahora solo puede derrotarme lo que le pase a Jonathan. Un hijo es
una razón más para luchar. Y yo lucharé por él mientras esté viva…, hasta el
último aliento, como dicen los libros. No obstante, también puede ser una
razón para sufrir.
Yo soy una mujer valiente con un talón de Aquiles. Leí lo que eso
significaba hace poco, en una revista que se llama Muy Interesante y que trata
de cosas del saber.

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Rubén empezó a beber más. Pero eso no fue todo. Pronto me di cuenta de
que andaba con otras mujeres. No sabía disimular o no le importaba que lo
notase. Como llegaba borracho casi todas las noches, las veces que había
estado con mujeres no se preocupaba de quitarse el tufo a perfume de hembra
que, mezclado con el del alcohol, dejaba a su paso un olor inaguantable. En
ocasiones traía marcas moradas en el cuello y arañazos en la espalda.
Una vez se lo dije. Estaba sentado en la cocina bebiendo una lata de
cerveza, sin camisa, sudoroso y echando un pestazo que mataba a pachulí y
coñac. Tenía una marca morada muy grande en el cuello.
—Tú andas con otras.
—¿De dónde sacas esa gilipollez?
—Te huelo y te veo.
—¿Qué es lo que ves?
—Mírate el cuello en el espejo.
Se tocó en el sitio sin dudarlo.
—¿Esto? Es un grano que me ha reventado.
—Es el chupetón de una tía.
—Estás gilipollas.
—No estoy ciega.
—Sí que lo estás. ¿Y a qué huelo, si se puede saber?
—A puta barata, a pachulí de mierda.
—A mí no me hace falta pagar por follar, no voy de putas.
—Hay putas que no cobran.
—Estás celosa.
—Estoy engañada.
—Deliras.
—Y tú mientes y me tomas por tonta.
Tiró la cerveza contra la pared y se levantó. Vino hacia mí. Me agarró del
brazo con fuerza y me zarandeó. Le brillaba roja la mirada, parecía un loco.
—¡A mí nadie me llama mentiroso! ¡Nadie! ¿Lo has oído, eh, lo has oído?
¡Nadie me llama eso y menos en mi casa!
Sentía pavor mientras él seguía zarandeándome, sin cesar de gritar. Creo
que nunca antes en mi vida había tenido tanto miedo.
Pero no me pegó. Logré soltarme de su mano y corrí hacia el dormitorio.
Él me siguió, entró detrás de mí y gritó:
—¡Túmbate en la cama! Te voy a demostrar que no he estado con otra…
Y comenzó a desabrocharse los pantalones.
Yo le dejé hacerlo. Tenía miedo de que me golpease.

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Pero no me pegó.
No todavía.

La gente no sabe lo duro que es tener miedo al hombre con quien vives.
Es lo peor de todo. Entras en tu casa como si entrases en la guarida de un lobo
y respiras si él no está. Y cuando viene, rezas para que no haya bebido, no
haya perdido en el juego y venga tranquilo. No sabes qué hacer ni adónde ir,
el miedo te paraliza el cuerpo y la mente.
Solo eres miedo.

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Cuando mi madre murió, nadie estaba a su lado. Yo vivía en Madrid con
Rubén desde hacía unos meses. Y él no había aceptado traerla con nosotros a
pesar de mis ruegos.
—Si hubiera querido vivir con tu madre, me habría casado con ella, no
contigo —⁠decía con terquedad, sin dar su brazo a torcer.
Murió a causa de un tumor cerebral, un bulto en la cabeza que se la fue
comiendo poco a poco sin que ningún médico acertase a localizarlo a tiempo.
Lo encontraron al hacerle la autopsia. El doctor me dijo:
—De todas formas, no habría tenido remedio: era un tumor maligno.
Así se consuelan ellos, los médicos. Sin embargo, para alguien que pierde
a una persona a la que ama lo irremediable no es un consuelo.
Rubén no me acompañó a Badajoz. Dijo que tenía mucho trabajo.
—Compra unas flores —añadió mientras me daba algo de dinero.
Y así me encontré en el cementerio: sola con el cura que echó el responso
y los dos enterradores. Y ninguna otra persona. Lloré mientras pensaba que
no hay nada peor que morir sin nadie que te quiera cerca de ti.
Cuando el cura y los enterradores se fueron, me quedé un buen rato ante la
fosa abierta todavía, con el ataúd tapado apenas por unas paladas de tierra
roja. La lápida con el nombre y las fechas de la vida de mi madre grabadas en
mármol, llegaría al día siguiente, cuando yo ya no estuviera allí, y los
hombres terminarían entonces de enterrarla. Sepultarla me había costado
sesenta mil pesetas, con el precio de la tumba y la losa incluidos: eran casi
todos los ahorros que tenía.
Quería hacerle a mi vieja algo de compañía, la que no había tenido al
morir, y creo que estuve hablándole casi durante una hora. A veces me
interrumpía para llorar a lágrima viva. Le conté cosas que nunca le había
contado. Y pensé que quizás ella me escuchaba y me contestaba, aunque yo
no pudiera oírla. Hablamos de mi hermano Antonio, enterrado en otro
cementerio. Le dije que me gustaría llevarlo junto a ella, pero que ahora no
tenía dinero suficiente. Y le prometí ahorrar para ello.
Unos años después, logré cumplir mi promesa y ahora reposan juntos. Me
costó mil doscientos euros la «exhumación e inhumación» del cadáver de
Antonio, que es así como llaman al traslado de un muerto de un cementerio a
otro, o al menos de esa forma lo ponía en el recibo.

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No me había dado cuenta de lo importante que era mi madre para mí hasta
que murió. Quizás nos pasa a todos, pero yo sentí como si en la fosa que
abrieron los enterradores quedara sepultado un trozo de mi vida.
Estaba sola en el mundo, completamente sola, porque no pensaba que
Rubén fuese una verdadera compañía. Nunca lo percibí así, ni siquiera en los
días que siguieron a nuestra boda.
Y estar solo es terrible. Es como si te sentaras delante de tu muerte, a
esperar que te tome alargando la mano.
Por eso, cuando me quedé embarazada de Jonathan unos meses después,
sentí que eso me devolvía a la vida y que ya no estaba sola. Lo que habían
enterrado de mi alma en la tumba de mi madre volvía a mi lado.
La vida te quita y te da. Eso es lo que llaman «destino», supongo.

Esa mañana, delante de la fosa en donde reposaban los restos de mi


madre, me dio por acordarme de cuando era una niña. Y se lo conté a ella
hablándole casi en susurros:
—Solo estaba contenta cuando estábamos los tres, Antonio, tú y yo, sin el
viejo en casa. No te lo decía, pero no veía a mi padre como alguien a quien
querer ni respetar, sino como a un hombre extraño a nosotros tres que me
daba mucho miedo. Recuerdo esos días en que tú chillabas y llorabas al otro
lado de la cortina del cachito de cuarto en donde dormíamos Antonio y yo
mientras padre te gritaba y te pegaba. ¿Te acuerdas de aquel día en que entré
con un rodillo de amasar en la mano? Se lo dije a Antonio: «Vamos a
defenderla». Pero él temblaba de miedo y no se atrevió. Me parece que yo
tenía diez años, pero estaba dispuesta a pegarle al viejo con todas mis fuerzas.
Del primer sopapo me tiró contra la pared. Y me gritó: «¿Vas a salir a la puta
de tu madre, engendro del demonio?». Verle allí delante, tan fuerte, tan
grande y tan violento, me hizo pensar que me podía matar. Estaba atontada
por el golpe y, sin embargo, el miedo se me había pasado. Yo solo quería que
no te pegara. Luego, cuando se fue, tú me suplicaste que nunca más volviera a
hacerlo, que no quería golpes para sus hijos. Yo estaba dispuesta a defenderte
cuantas veces fuese necesario, pero te hice caso y ya no entré más en vuestro
cacho de la chabola cuando te pegaba.

»¿Por qué casi nunca nos sonreía el viejo, por qué bebía tanto, por qué
siempre pagaba sus desgracias contigo? Me daba vergüenza verle cuando
estaba con el patriarca y otros hombres en la plaza Alta de Badajoz o cuando
negociaba con los payos por esos viejos trastos de chatarra: entonces sí que

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sonreía, se humillaba si hacía falta, decía palabras zalameras. Pero cuando
volvía el rostro hacia nosotros, era como si el cordero se volviera fiera.
Parecía que tuviera dientes afilados debajo del bigote, igual que de león o de
Drácula. Tan solo me acuerdo de verle un día sonriente: esa tarde que
apareció con un tren eléctrico, un juguete que le habían dado al saldo de los
cachivaches de una casa. La electricidad no funcionaba y algunas vías estaban
rotas, pero Antoñito y yo llevábamos con la mano la locomotora y los
vagones sobre los raíles mellados, silbábamos como los trenes y nos lo
pasábamos muy bien. O mejor: lo pasábamos “bomba”, como decía mi
hermano. Pero eso duró poco, creo que ni siquiera una semana, hasta esa otra
tarde en que el viejo asomó borracho, la emprendió a patadas con el tren,
destrozándolo, y luego echó la cortina y te violentó en la cama. Esa vez a
Antoñito se le voló la sonrisa de la cara, esa que siempre tenía quieta y era tan
dulce.
»Aquello no era una infancia, aquel era un lugar que los niños no
merecen. Por eso yo quería irme de allí y por eso envidiaba a los niños payos
que iban al colegio todos los días. “No consientas que te pegue un hombre ni
siquiera la primera vez, porque ya no dejará de hacerlo nunca”, me decías. No
sé por qué me olvidé de eso al casarme. Rubén me hizo recordarlo no mucho
tiempo después de la boda. Y no sé por qué no tuve el valor de coger un
rodillo o el palo de la fregona para defenderme. A veces, los años y los hijos
nos vuelven cobardes».

Era otoño y, mientras me alejaba del cementerio en donde se quedaba mi


madre, soplaba el viento, arrancaba las hojas de los castaños y de los tilos y
las echaba a revolotear a mi alrededor como una lluvia de monedas de cobre.
Pasaba el viento y se llevaba un puñado de años de mi vida.

Yo tuve una infancia de miedos y de llantos. Por eso quise hacérsela feliz
a mi Jonathan. Trabajé como una burra para ello, peleé contra todo lo que se
ponía por delante para que mi niño tuviera una infancia y una juventud. Y el
Coyote llegó para arrebatármelo.
Por eso luché otra vez. Por eso le busqué para matarlo. Tenía mis razones,
aunque la ley no estuviera de mi parte. Porque no se debe matar en una
sociedad si queremos ser libres. Eso lo sé bien, aunque yo tuve que matar.
Pero a veces el destino no te da salida.
Las cosas pasan y no podemos evitarlas ni podemos justificarlas.
A lo mejor no deberíamos haber inventado las leyes. A lo mejor
tendríamos que vivir como los animales, sin ley.

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Yo siempre he tenido que luchar contra gentes que eran más fuertes que
yo: mi padre, Rubén, el Coyote…
Los he vencido de una u otra manera: enfrentándome o huyendo de ellos,
al no darles amor, o acuchillándolos.
Pero he sentido que, al vencer, perdía.
Y no se me va del alma que dejé morir sola a mi madre por respeto a un
hombre que no lo merecía.

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Una vez, unas pocas veces quizás, mi matrimonio fue dulce. Rubén bebía
mucho, sí, y todas las noches venía a casa borracho. Pero, en ocasiones, la
trompa le daba cariñosa.
El día que le dije que estaba embarazada fue una de ellas. Llegó con aire
comunicativo y simpático. Pero de todas formas no me atrevía a decírselo por
si se reviraba. Cenamos y no cesó de hablar. Se reía mucho mientras me
contaba cosas de la jornada de trabajo.
Después, al meternos en la cama para dormir, se arrimó a mí y empezó a
acariciarme el pecho. Quería guerra. No le opuse resistencia, pensé que lo
preferible, como otras veces, era dejarle que hiciera lo que fuera de su gusto
y, cuando se relajara, darme la vuelta y coger el sueño. Pero luego decidí que
quizás era el mejor momento para decírselo. Así que le besé primero y antes
de que se echara sobre mí, se lo solté de pronto:
—Vamos a ser padres.
Se retiró un poco, me miró y dijo con sorpresa y voz muy alta:
—¿Padres?
Lo repetí con el alma en vilo.
—¡Joder! —exclamó—, un hijo…
Y entonces lanzó un aullido como de lobo y me besó. Y luego me lo hizo
igual que un animal, sin preocuparse de mí, dale que te pego.
Cuando se calmó, se quedó a mi lado.
Y empezó a acariciarme la tripa y a susurrar en mi oído:
—Mamá Romero, Mamá Romero…, has cumplido como una hembra,
Mamá Romero.
Y durante los días siguientes, cuando íbamos por la calle, a cualquier
vecino que nos encontrábamos, aunque solo le conociera de vista, le paraba y
le decía:
—Vamos a tener un chaval. Mamá Romero se ha portado…
Y me acariciaba la tripa delante de todo el mundo.
De tanto repetirlo, con Mamá Romero me quedé para los vecinos del
barrio. Y Mamá Romero sigo.
Pensé que aquello iba a cambiar nuestra vida. Me emocionaba verle
contento. Y, durante unas semanas, incluso me pareció que bebía menos. Yo

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estaba dispuesta a darle veinte hijos más si se convertía en una persona y un
padre normal.
Pero se olvidó enseguida. Y cuando Jonathan nació, fue casi como si
hubiera nacido un gato. Para entonces, Rubén ya jugaba al póquer.

Creo que le quería todavía, aunque no faltaba mucho para que dejara de
quererle. Y me imaginaba que él pensaba en llevar otro tipo de vida, que tenía
sueños, ¿cómo llamarlos?, de redención o algo por el estilo. Pero apenas me
decía cosas de sí mismo. Lo que sintiera o pensara se lo guardaba para sí. Y
no planeaba nada conmigo, se lo montaba todo a su aire.
—Si encontrase allí trabajo —me dijo un día, y yo me quedé
boquiabierta⁠—, nos podríamos ir a vivir a Barcelona. Ya no me gusta Madrid.
Conozco a demasiada gente mala. En Barcelona podríamos empezar los tres
de nuevo. Dicen que los catalanes son serios y que allí se trabaja bien.
—Vámonos ya, si quieres; ahora mismo —dije sin pensarlo.
Sonrió con tristeza. Nunca le había visto así.
—No me gusta mi vida, en realidad nunca me ha gustado. Desde crío he
pensado en una vida mejor, más limpia, más llena de futuro… Yo también
tengo sueños, como todo el mundo. Por ejemplo, me gustaría tener una casa
en el campo que fuese nuestra, en la que poder plantar árboles frutales y
flores. Y tener también unas gallinas.
—¿Solo eso?
—Así de sencillo.
—Vámonos a Barcelona. Trabajaremos los dos y compraremos la casa.
Se levantó.
—¡Bah!, me estoy ablandando con los años. Me largo a tomar unas cañas.
—Espera, Rubén.
No me contestó. Salió de casa sin decir una palabra más.
Y no volvió a hablar jamás de sus sueños.
Durante unas semanas, Barcelona apareció en mi imaginación como un
hermoso lugar.
Quizás nos habría salvado irnos.

Lo del póquer fue desastroso para nuestra vida. Iba a jugar a un garito del
puente de Vallecas, aunque nunca me dijo exactamente en dónde estaba.
Quizás porque tenía miedo de que un día me plantase allí para llevármelo. Yo
tenía redaños para eso y para más.
Jugaba a eso que llaman «chirivito», o también «póquer abierto». Yo no
sé nada de cartas, pero quien entiende dice que ese es el juego más duro y más

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canalla, el que más rápido empobrece o hace grandes fortunas.
Rubén empezó ganando, por lo que yo veía. Traía a casa regalos para mí,
llevaba siempre dinero en el bolsillo, compró un televisor de los grandes y
decía que pensaba comprarse un coche de lujo en unos pocos meses. Un buga,
lo llamó.
Pero luego vino la racha mala y lo revendió casi todo, incluso la furgoneta
del trabajo. El dinero empezó a escasear cada vez más. Y su mala leche
aumentó con la mala racha en el juego. Cuando nació Jonathan, Rubén ya
perdía al chirivito casi todas las noches y el niño le importó un bledo.
Lo dicho: como si yo hubiera tenido un gato en lugar de un niño.

Nunca se me había ocurrido pensar que Rubén pudiera llegar a ser casi
igual que mi viejo. Aunque él no se humillaba nunca ante los otros, fueran o
no poderosos, ricos o famosos, porque ninguno le parecía de su altura. Se
sentía un chulo de verdad, no solo en casa. Un día, en el barrio, asomó para
jugar un partido de alguna cosa de caridad ese futbolista tan majo del Real
Madrid, el rubito Butragueño. La gente hizo cola para pedirle un autógrafo. Y
Rubén se puso a esperar su turno como uno más. Pero cuando llegó su vez, se
plantó ante el futbolista y le dijo:
—Si metes un gol, tienes una caña pagada en el bar El Dorado.
Y se dio la vuelta y se marchó sin autógrafo. El futbolista se quedó con la
cara cuadrada. Y los hombres del barrio se pasaron una semana dándole
golpes en la espalda a Rubén cada vez que se cruzaban con él. «Eres un tío
grande», le decían. Y Rubén, tan ufano, paseaba con el ego subido por encima
del tupé. Creo que Butragueño metió cuatro o cinco goles en el partido. Pero
no fue a tomarse la caña en donde Juanito.

Rubén comenzó a parecerse a mi viejo en la mala leche, que no se le iba


nunca. Empezó rompiendo vasos y ceniceros en la cocina o en la salita,
mientras bebía sin parar latas de cerveza. Cuando se acababa la cerveza, se
iba dando un portazo a seguir bebiendo en cualquier tugurio.
El dinero apenas nos llegaba, de modo que empecé a trabajar por mi
cuenta, en secreto, haciendo algunas horas como mujer de la limpieza. Dejaba
al niño en la escuela, en donde le daban de comer, y me iba en tren a Madrid.
Luego regresaba corriendo para recogerle a tiempo antes de que apareciese
Rubén.
Escondía el dinero en un hueco que había hecho en el colchón, cerrado
con una cremallera, y así podía comprar para mí y para Jonathan lo
imprescindible con que ir tirando.

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También, una vez por semana, iba a Madrid con mi vecina y amiga Espe,
la del segundo, y con el niño, a la hora que cerraban los supermercados. Y
junto a las puertas traseras, revolvíamos en los contenedores de basura para
coger los alimentos que acababan de caducar y que el supermercado
desechaba. A veces, otras personas llegaban al tiempo que nosotros y casi
había que pelearse por los yogures, los paquetes de fruta, los cartones de
leche, los embutidos… Me veía como un perro callejero luchando con los
demás perros por restos de comida. Era como un carroñero. Y me sentía
denigrada.

Todo vino a juntarse para mi desgracia: el mal vino de Rubén y mi exceso


de confianza.
Yo siempre llegaba a casa al menos un par de horas antes que él, a eso de
las seis.
Pero ese día se me hizo tarde. Había tenido que llamar por teléfono a Espe
para que recogiese al niño y, al llegar a casa, eran casi las ocho. Rubén estaba
en la salita, en pie, cuando entré con Jonathan.
—¿De dónde vienes, zorra?
—He salido a comprar.
—¿A comprar? ¿Y en dónde traes lo que has comprado?
—Es que al final no he comprado nada.
—¿Y de dónde sacas el dinero para ir a comprar? —⁠No tengo dinero.
—¿Te fían en las tiendas?
—A veces.
—¿Y qué les das a cambio a los tenderos?
—Quizás pena.
—¿Pena, tú?
—Puede que les dé pena el niño. Tú no traes pasta ni siquiera para el pan.
—¿Me llamas mal padre?
—Te digo lo que hay. Si eso es ser un mal padre, tú sabrás.
—Deja que vea lo que llevas en el bolso, zorra.
—¿Para qué?
Lo apreté con fuerza contra mi pecho.
—¡Dámelo, he dicho!
—¡No! —grité.
Me lo arrebató de un tirón, sacó el monedero, lo abrió y encontró el dinero
que había ganado ese día.
—¿De dónde has sacado eso?
—Es mío…, lo he conseguido trabajando, lo que tú no haces…

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—¿Trabajando de puta?
—No de puta; sí como una puta: limpiando para darle a mi hijo lo que tú
no le das.
Sonreía ahora. Tiró el bolso a un lado, se guardó el dinero en el bolsillo y
avanzó un paso hacia mí.
—Eres una puta —dijo.

Recuerdo que estaba en el suelo. El lado izquierdo de mi cara ardía, y me


dolía el costado derecho, a la altura de las costillas.
Me había dado un guantazo tan fuerte que me había hecho caer contra una
silla y luego al suelo. Creo que durante un instante perdí el conocimiento o
por lo menos me sentí muy confusa.
Le oí cerrar la puerta de la calle con violencia.
Jonathan lloraba.
La memoria de mi infancia me asaltó de pronto.

Me sentía, sobre todo, humillada. Y perpleja. Frente al espejo,


contemplaba llorando el moratón del lado izquierdo de la cara, que se
extendía desde el pómulo hasta el ojo, como si tuviera una gran ojera debajo
del párpado inferior. En los días siguientes se puso amarillo.
No solo era humillación, también miedo a Rubén. Y, sobre todo,
vergüenza. Tenía vergüenza de que la gente me viera así, de que mis
conocidos se dieran cuenta de que mi marido me había pegado. Debía buscar
algún pretexto, cualquier explicación para justificar la moradura.
Ahora me pregunto: ¿por qué no le cerré la puerta?, ¿por qué no le esperé
armada de un cuchillo para amenazarle de muerte si entraba en la casa?, ¿por
qué mi vergüenza venció esa vez sobre mi coraje?
Permite a un hombre que te pegue la primera vez y ya no dejará de
hacerlo.
Mi marido, el fanfarrón y chulo Rubén, se había convertido en un
cobarde. Como lo era mi viejo.
Si aún sentía hacia él algo de amor, ese día se esfumó para siempre.

Volvió borracho pasadas las dos de la mañana. Pero venía alegre, casi
cantando.
Encendió la luz del dormitorio, sacó un fajo de billetes de mil pesetas del
bolsillo y se sentó al lado de la cama. Tiró los billetes sobre la colcha.
—Mira, mira…, todo para ti, Mamá Romero. Todo lo he ganado esta
noche para ti y para nuestro hijo. ¿Lo ves? Gracias al dinero que me diste.

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Yo no hacía nada: le miraba, le odiaba, pensaba que debía levantarme,
coger al niño e irme de casa. Pero no era capaz de moverme. Cosa extraña:
recuerdo que, sin embargo, no tenía miedo, estaba tan solo paralizada.
—No quise hacerte eso… Fue un pronto. No volverá a suceder, Mamá
Romero. Coge el dinero, cógelo… Lo dejaré en la mesilla de noche y lo coges
mañana. Estás enfadada. Natural, lo comprendo. No pasará otra vez. ¿Te
duele?
El muy cerdo intentó tocarme el moratón. Le retiré la mano.
—Sí, sí…, lo comprendo. No pasará nunca más, te lo juro.
Apagó la luz y se metió en la cama. Yo me di la vuelta y me alejé todo lo
que pude de su cuerpo. Olía a alcohol duro y a tabaco viejo.
Trató de acariciarme y le rechacé con violencia.
Creo que, si lo hubiera intentado otra vez, habría gritado pidiendo auxilio.
—Nunca más —dijo susurrando—, no volverá a suceder nunca más,
Mamá Romero, solo quiero tocarte suave y dulce el resto de mis días. Jamás
se me volverá a ir la mano. Te lo juro por lo más alto y por lo más sagrado, te
lo juro por nuestro hijo.
Pero sucedió dos semanas después. Y sé que volvió a suceder porque no
grité pidiendo ayuda cuando me tiró al suelo la primera vez y porque no le
escupí aquel día por la noche en la cara cuando me pidió perdón.
Mi madre tenía razón.

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Jonathan, mi consuelo y mi razón de vivir, era un niño muy bueno, aunque
algo enfermizo. Todos los otoños cogía la gripe y luego pasaba dos o tres
meses en los que la tos parecía habérsele agarrado al pecho para no soltarse
nunca. Pero en primavera revivía como las plantas. Estaba hecho para el sur,
no para los vientos áridos y heladores del invierno castellano que soplan a
menudo sobre Madrid.
Durante sus primeros años lloraba mucho, y eso irritaba enormemente a
Rubén. A veces se iba hacia el niño, enfurecido, y yo siempre me ponía en
medio para que no lo tocara. Muchos de los guantazos destinados a Jonathan
me los comí yo.
Creo que le habría envenenado una noche si hubiera llegado a golpear a
mi hijo.
También pensé en envenenarle cuando recibía sus bofetadas.
Pero yo no quería ser una asesina.
La idea de matar a alguien me parecía inhumana. Y acabé haciéndolo.
Creo que en la fuerza que puse para clavarle el cuchillo al Coyote iba
parte del odio que le cogí a Rubén durante aquellos años.
Y el cuchillo entró muy suave. Qué fácil es matar a una persona.

Espe, que vive en el segundo derecha, justo debajo de mi piso, era la única
amiga con la que podía hablar. Todavía sigue siendo mi confidente. Vino
desde Jaén con su esposo hace casi cuarenta años y ahora tiene sesenta. El
marido murió pronto y no tuvo hijos. Para Espe fue un alivio su muerte,
porque también le pegaba de cuando en cuando. Por eso Espe no puede ni ver
a los hombres. Y no se aviene a razones cuando le digo que tiene que haberlos
buenos igual que los hay malos.
Contesta siempre:
—Todos son unas bestias, aunque lo disimulen.
A Jonathan, Espe le quiere casi como si fuese hijo suyo. Trabaja
limpiando, como yo. Y aunque le pagan menos que a mí, tiene la ventaja de
que no necesita salir del barrio: limpia la iglesia y el dispensario médico y con
eso le llega de sobra para vivir, porque a su edad y con piso propio no le hace
falta mucho dinero. Es una mujer muy buena. Cuando está en su casa, se pasa
las horas delante de la tele y lo que más le gusta son los seriales

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latinoamericanos. Antes, algunas veces, yo los veía con ella, pero han dejado
de interesarme.
—¿Y los hombres de tus seriales son también unas bestias? —⁠le
preguntaba a veces para picarla.
—No, esos no. Pero están inventados.
Cuando me vio la primera vez con el moratón del guantazo de Rubén, una
mañana al encontrarnos en el portal, yo le dije que me había escurrido
fregando en el trabajo del supermercado y me había caído de cara contra un
expositor.
Espe negó con la cabeza:
—A mí no me la das, Paqui. Tu hombre te ha sacudido.
—Te juro que no, Espe.
—No me vengas con milongas, que a mí el mío me sacudió de lo lindo y
tengo experiencia.
Me callé.
—¿Y qué puedo hacer? —dije al poco.
—Denúnciale.
—No me atrevo. ¿Denunciaste tú al tuyo?
—Se murió a tiempo. Pero el tuyo es joven…, te esperan cientos de
guantás como no le frenes. Además, ahora las leyes son mejores para
nosotras.
—Le he querido mucho, Espe: me da apuro.
—La convivencia es muy rejodida, Paqui.
—No creo que vuelva a pegarme.
—Siempre vuelven a hacerlo si aguantas la primera vez. Se me escapó un
hipido.
—Anda, ven a tomar un café a mi casa —dijo⁠—. Y llora todo lo que
quieras.

No sé en qué pensaba las dos semanas que siguieron al primer golpe. Ya


no le quería, desde luego, el poco amor que todavía le guardaba había volado.
Tal vez tenía la esperanza de que, si dejaba de beber y de jugar, se
tranquilizaría y podríamos, al menos, llevar una vida normal, sin pasión y sin
sobresaltos. Así viven muchos matrimonios, la mayoría, según creo. Su
existencia no tiene emoción, pero se ahorran sufrimientos. Qué triste es, de
todos modos.
La segunda vez me sacudió dos bofetones, no uno solo. En esta ocasión
no me caí. Y, sin embargo, fueron lo suficientemente fuertes como para

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marcarme la cara. Ni el colorete disimuló los moratones. Había bebido y
perdido al chirivito.
No me pidió perdón después.
Al día siguiente fue como si lo hubiera olvidado. Y así continuó
sucediendo.
Siempre que me golpeaba era por las noches, y al día siguiente se
comportaba tan normal. Habitaban en él dos hombres distintos, según las
horas, según los tragos y según los naipes.
A veces, durante la comida, me decía levantando el tono de voz:
—Pero ¿qué te pasa que tienes a toda hora la cara hasta el suelo?
Bufaba y añadía:
—Todo el día trabajando como un negro y en tu casa casi ni te dirigen la
palabra.
Porque yo apenas le hablaba.
Pero tampoco sabía bien qué hacer. Espe insistía:
—Pero ¿no lees los periódicos? A muchas mujeres acaban matándolas sus
maridos. Denúnciale ya.
—Me da vergüenza.
—Pues habla con alguien.
—¿Con quién?
—No sé… Con el cura a lo mejor. ¡Eso, con el cura, don Lucas! Yo me lo
encuentro a veces en la iglesia mientras limpio y charlamos un poco. ¿Te
parece bien si le hablo de ti?
—Lo que tú quieras.
—Mañana se lo cuento.
—Pero no le digas que Rubén me pega. Dile que quiero verle. Ya veré si
se lo cuento. Me da mucha vergüenza.
—Pues intenta perder la vergüenza antes de que pierdas algo más
importante.

Yo soy una mujer creyente, aunque hace muchos años que no voy a misa.
¿Para qué? A Dios se le lleva dentro y una puede hablar con Él a solas, no es
necesario hacerlo delante de los demás. Tampoco creo en la confesión,
aunque me confesara cuando lo del Coyote, porque confesarse alivia. No
porque te perdonen, sino porque la pena se calma un poco si te escucha
alguien a quien no ves, ahí, escondido en la oscuridad de un confesionario.
Es lo mismo que cuando tienes una alegría: lo primero que te pasa por la
cabeza es contárselo al primero que te encuentras.

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Yo, cuando Rubén me pidió que me casara con él en Badajoz, se lo conté
enseguida a juli, mi mejor amiga de aquel tiempo.
Ahora, sin embargo, rara era la alegría que podía contarle a alguien.

Don Lucas, el párroco de la iglesia, era un hombre joven, de treinta y


pocos años. Yo creo que el obispo, o quien se ocupara de esas cosas en la
Iglesia, debería haber destinado al puesto a un hombre de más edad, porque
los barrios pobres como el mío, en donde hay tantos problemas con la
juventud, necesitan párrocos con experiencia, pues los chicos hacen más caso
de los viejos.
El cura anterior también era joven. Pero, por lo que opinaban los que le
conocieron bien, era muy distinto de don Lucas. Se llamaba don Julián, casi
nunca vestía de sacerdote, llevaba una barba muy negra y tenía gafas de
intelectual. No le gustaba que le tratasen de don y a todos les pedía que le
tuteasen.
Yo le conocía solo de vista porque no asistía mucho a misa. Mejor dicho,
no asistía nunca. Quienes iban me contaban que sus misas eran cortas, pero su
sermón duraba un buen rato. Además, animaba a la gente para que diese sus
opiniones. Y no hablaba de Dios ni del demonio, ni del pecado ni cosas de
esas, sino casi siempre de política.
Se decía, además, que se había liado con una divorciada que se llamaba
Rosario, un pedazo de mujer que se dejaba caer de vez en cuando por el bar
de Juanito. La gente habla mucho, la mayoría de las veces habla por hablar y
no sé si sería verdad lo del rollo con el cura. Pero lo que sí es cierto es que,
después de que a don Julián lo quitaran, no se volvió a ver a Rosario por el
barrio. Contaban que se fue con él y con los dos críos que tiene de su antiguo
marido, un albañil que está encerrado en la cárcel por asesinar a un
compañero durante una borrachera.
A don Julián le cambiaron hace cuatro años. El nuevo cura, don Lucas,
casi siempre llevaba la sotana y, cuando no la llevaba, se vestía con traje
negro. Y el alzacuello no se lo quitaba nunca. Oí decir que sus misas eran
largas y que, en los sermones, hablaba de Dios, el diablo y el pecado. Sobre
todo, de los pecados del sexo. Por lo que se ve, era como siempre han sido los
curas. Yo sigo en mis trece de que tendría que haber de cura un hombre viejo
porque ayudaría más.

Espe, que ha sido siempre muy beata y no se pierde una misa, me dijo un
día:

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—Prefiero a don Lucas que a don Julián, aunque, eso sí, este era más
simpático. Pero, en las cosas de la Iglesia, los experimentos con gaseosa.
Espe dijo a don Lucas que yo quería verle por un asunto de mi
matrimonio, que eso siempre intriga mucho a los curas, y a la hora acordada,
una tarde muy fría de invierno, el sacerdote me esperaba dentro de la iglesia,
cerca del altar. Iba vestido con el traje negro y el alzacuello.
A mí me imponía bastante. Le había visto poco y de lejos, pero allí dentro,
cerca de una figura de madera de Cristo crucificado, tan alto, tan rubio y con
la piel tan blanca, daba respeto. Sonreía poco y se notaba que quería mantener
conmigo esa distancia que da el cargo de sacerdote.
—Me ha dicho Esperanza que te llamas Francisca Romero.
—Eso es, pero casi todo el mundo me llama Mamá Romero.
—No te he visto nunca en misa.
—Es que no vengo mucho.
—No vienes nada.
—Tengo mucho trabajo y un hijo.
—Siempre hay tiempo para Dios. Si se lo pides, Él te dará el tiempo
necesario.
—Bueno; ya vendré.
—¿Qué quieres?, ¿confesarte? Esperanza me ha dicho que tenías
problemas matrimoniales.
—No tengo nada de que arrepentirme. Es…, es otra cosa.
—Vamos a la sacristía. Miró su reloj.
—Solo puedo atenderte diez minutos.

No sabía cómo empezar, sentada ante aquel hombre severo, en una


habitación de paredes casi desnudas, con un crucifijo negro de hierro forjado
pendiendo en una de ellas. Creo que, incluso, don Lucas me daba un poco de
miedo por esa piel suya, blanca como la muerte, y por los ojos azules y fríos.
Me sudaban las palmas de las manos.
—Vamos, cuéntame.
Me armé de valor.
—Mi marido me pega y no sé qué hacer.
Se quedó un buen rato callado antes de contestarme.
—Pero ¿te ha herido? —dijo al fin.
—Por ahora solo me ha hecho moratones. Le mostré el pómulo izquierdo.
—¿Lo ve?
—No parece muy fuerte.
—El primer día me tiró al suelo y me golpeé las costillas.

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—¿Fuiste al hospital?
—No; me daba vergüenza ir. El dolor se me pasó con el tiempo.
—Entonces no parecen muy graves los golpes.
—¿No es grave que me pegue?
Noté que don Lucas se sentía incómodo. Se levantó y comenzó a pasear.
—¿Viene a misa tu marido?
—Es rojo…, comunista, de Comisiones Obreras. Se llama Rubén, como
un hijo de la Pasionaria.
—Vaya… —El tono de voz de don Lucas era irónico en ese momento⁠—,
los comunistas pegan a sus mujeres.
—Es ateo.
—Entonces no veo el modo de hablar con él.
—¿Y qué puedo hacer?
—No entiendo por qué acudes a mí si no asistes a las misas y tu marido es
ateo.
—No sé a quién ir.
—¿Y por qué te pega?
—Juega a las cartas y pierde dinero. Y se emborracha, se cabrea, llega a
casa fuera de sí…
—Pero ¿te da alguna razón?
Me estaba empezando a sentir mal.
—¿Hay alguna razón para pegar?
Se sentó. Quería recuperar su autoridad.
—¿A qué se dedica tu marido?
—Es fontanero y trabaja por cuenta propia, como si fuera un empresario,
aunque no tiene ningún empleado. Antes ganaba bastante dinero; pero a poco
de coger el vicio del juego empezó a perder, y yo he tenido que ponerme a
trabajar para sostener mi casa. Escondo lo que gano tratando de que no me lo
quite. Y el día que lo descubrió fue cuando me pegó por vez primera.
—Le engañabas…
—¿Y qué quería que hiciera? Tengo que alimentar a mi hijo.
Me sentía de pronto irritada.
—Si es ateo, no puedo hablarle.
—O sea, que no me va a ayudar.
Se levantó. Estaba muy incómodo.
—Mira, hay leyes contra los malos tratos. Los hombres han pegado a sus
mujeres desde antiguo, pero ahora existen las leyes. Este es un asunto de la

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policía y de la justicia temporal, yo soy solo un pastor de mi rebaño, de los
creyentes.
—¿Y qué haría si golpearan a una cordera de las suyas?
Vi cruzar el rayo de la cólera por su frente y su mirada.
—¿Yeso en qué te compete a ti, Francisca? Tú no eres de mi rebaño.
Se quedó en pie frente a mí.
—Además, si no necesitas ir al hospital, el daño que te hace no es mucho.
—¿No es bastante humillante el maltrato? Además, duele.
—Ve a la policía. Yo no puedo hacer nada. —⁠Miró su reloj⁠—. Y tengo
asuntos urgentes de que ocuparme —⁠finalizó.
—¿Esa es la ayuda de Dios? —dije con un nudo en la garganta mientras
me levantaba.
—Ven a misa alguna vez —añadió mientras me acompañaba a la puerta.
—¿Qué puedo hacer para que no me pegue?, ¿tendría que matarle?
—Dios dijo «no matarás». Vamos, no tengo más tiempo.
Cuando salí a la calle, las lágrimas corrían como riachuelos calientes por
mis mejillas heladas.

De eso hace ya años, y entonces no había las leyes que hay ahora contra
los maridos que pegan a sus mujeres. Creo que no existían órdenes de
alejamiento ni tampoco los aparatos de control que les ponen a los que
maltratan para saber por dónde andan. A veces todo eso falla y se producen
venganzas con muertes a manos de tíos que seguro que están locos. Pero antes
era, peor, las mujeres estábamos más indefensas.
Y yo sentía vergüenza de que los vecinos y los conocidos supieran lo que
me sucedía.
Ahora me pregunto por qué sentía vergüenza.
¿Vergüenza de ser víctima?
Vergüenza deberían tener quienes permiten que cosas así sucedan.

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Al principio eran solo bofetones fuertes. Cuando me dejaba marcada, debía
usar gafas de sol para que no se me vieran los moratones cercanos a los ojos,
y procuraba taparme con maquillaje y colorete los de las mejillas y los
pómulos. Pero no había manera de disimularlos cuando se ponían amarillos.
Creo que me estaba acostumbrando a vivir así, resignada a los golpes que
me daba de cuando en cuando y creyéndome que, si terminaba su afición a las
cartas y el alcohol, no volvería a pegarme. Pero yo no sabía que los vicios, en
lugar de morir de asco, crecen al paso de los días.
Yo había enseñado a Jonathan a encerrarse por dentro en su cuarto dos
años antes, cuando tenía seis, si veía a Rubén llegar muy borracho. Y el niño
me obedecía sin rechistar cada vez que se lo ordenaba. Creo que Jonathan
vivía aquel infierno con más miedo que yo.
Seguía trabajando a hurtadillas, a pesar de que me la jugaba con Rubén.
Sin embargo, no tenía otra forma de salir adelante.
Hay que arriesgarse cuando se trata de sobrevivir.
Pero, como decía un cura al que escuché hablar en un sermón en Badajoz,
quien juega con fuego acaba quemándose.
No sé por qué lo decía aquel cura, pero parecía que estaba dicho para mí.

Aquel día, tan imborrable en mi memoria como la primera vez que me


pegó, Rubén había llegado a casa antes de que yo lo hiciera con Jonathan. Le
olí al abrir la puerta. Pensé que, como muchas tardes, había dejado de trabajar
para darse al juego.
Y naturalmente supuse que me esperaban un par de guantazos. Pero no me
daba mucho miedo. Creo que sus golpes va casi ni me dolían.
Una vez mi madre me dijo: «Que no te dé nunca Dios todo lo que eres
capaz de soportar».
Y la verdad es que yo me había acostumbrado casi por completo a
soportar lo que me daba Rubén, que no era poco.
Estaba sentado en la banqueta de la cocina, delante de la mesa, bebiendo a
morro el contenido de una lata de cerveza. Llevaba una buena encima, y en la
cara se le leía que había perdido al póquer.
Pero lo peor no era eso. Lo peor era el puñado de billetes que tenía
delante.

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Me di cuenta enseguida. No eran ganancias del juego: su cara no mentía.
Era mi dinero, el que había ganado con el trabajo de siete u ocho días.
Apuró la cerveza y tiró la lata contra la pared. Luego cogió los billetes y
los arrugó dentro del puño.
Me miró. Sus ojos nadaban en un líquido gris. Parecía desquiciado, como
un animal enfermo.
—¿Lo ves, lo ves?
Tartamudeada al hablar.
Yo me eché hacia atrás. Grité al niño:
—¡Corre a tu cuarto, Jonathan! ¡Y enciérrate!
Rubén se levantó y dio un traspié. Se guardó el dinero en el bolsillo.
—¡Zorra, más que zorra!
Estaba ya muy cerca de mí. Y le empujé con fuerza. Cayó hacia atrás. Se
agarró a la mesa y luego se escurrió hasta el suelo. Yo corrí hacia el
dormitorio y me encerré.
Permanecí allí un rato, jadeando, dudando entre salir o quedarme dentro.
Podía abrir la ventana y gritar pidiendo auxilio, pero no tenía tanto miedo
como para eso. Ahora él tenía dinero para jugar y yo esperaba de un momento
a otro oír la puerta de la calle al cerrarse. Vi la cama deshecha, y la cremallera
abierta en el hueco del colchón en donde guardaba mi dinero. Había sido una
estúpida al no buscar un escondrijo más seguro. Me había confiado
demasiado.
Pero Rubén no se fue.
Llamó golpeando fuerte con los nudillos en la puerta.
—¡Abre, zorra, abre! —gritaba.
Comencé a asustarme.
—¡Abre, zorra, o te mato!
Ahora sí tenía miedo, mucho miedo. Pensé en abrir la ventana y gritar.
Pero no me dio tiempo.
De una patada hizo saltar el liviano cerrojo.
Estaba dentro, delante de mí, sudoroso, tambaleante, con la mirada
empapada de cólera. ¿Por qué no grité cuando pude hacerlo?
Nunca me había pegado tanto ni tan fuerte. No sé cuántos golpes recibí, la
mayoría de ellos en la cabeza. Incluso utilizó los puños. Cuando caí al suelo,
me propinó un par de patadas.
Todo sucedió en unos pocos segundos que a mí se me hicieron eternos y
dolorosos, como si hubiera estado golpeándome el mismo tiempo que dura un
asalto de un combate de boxeo.

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Luego salió y se fue de casa.
Me dolían las costillas y me ardían la ceja y el pómulo derechos. Notaba
la sangre.
Fui al baño.
Me miré en el espejo.
Tenía un aspecto lastimoso.
Mi ceja derecha estaba rota y la sangre se escurría por el lateral del ojo y
caía sobre mi blusa. También tenía una herida abierta en el pómulo de la que
brotaba sangre.
Me eché alcohol y chillé de escozor.
Luego me apreté una toalla contra las heridas.
Al volverme vi a Jonathan en la puerta del baño. Me miraba asustado y
lloraba con desconsuelo. Fui hacia él, me agaché, le abracé.
—No pasa nada, hijito, no pasa nada… Y lloré con él.
—Tienes sangre, mamá; tienes mucha sangre, mamá… —⁠repetía.
—No pasa nada, mi vida.
Le estaba manchando con mi sangre.
Me levanté y tomé el botiquín y me rocié las heridas con agua oxigenada.
Luego me apliqué de nuevo la toalla sobre la ceja y el pómulo.
Jonathan no cesaba de llorar.
—Yo no quiero a mi padre —decía.
—Vamos a ir con Espe, hijito. Ella te va a cuidar mientras yo voy a
curarme.
Bajamos. No le di casi tiempo a hablar a mi amiga.
—Dios mío, ¿quién te ha…?
—¡Quién ha de ser! Quédate con el niño, tengo que ir al centro de salud.
Besé a Jonathan antes de soltar su mano.
—Enseguida vuelvo, hijito.
—¡A la policía es adonde debes ir! —me gritó Espe mientras salía de la
casa y corría hacia la calle.

—Me he caído por las escaleras —expliqué.


Estaba sentada ante el médico, don Aniceto, un hombre ya mayor, en la
sala de curas del centro de salud del barrio. Entre él y la enfermera me habían
dado varios puntos de sutura en la ceja y ahora me remendaban el pómulo.
—¿Ah, sí? —dijo él sin levantar la cabeza.
Cuando entré, minutos antes, con la toalla en la mano llena de sangre, don
Aniceto no me preguntó nada sobre las heridas. Se me hacía extraño que no lo
hiciera.

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—Me escurrí —añadí.
—Claro —dijo la enfermera. Seguí:
—Acababan de fregar el portal y las escaleras.
—Es lo que había imaginado —agregó la enfermera.
—Fue cosa de mala suerte —dije. Don Aniceto alzó la cabeza.
—En este barrio abundan las mujeres con mala suerte que se caen por las
escaleras recién fregadas —⁠intervino el médico⁠—. Casi hay una plaga de
escaleras fregadas y mujeres que se escurren. Es tremendo.
—Y cuando se secan las escaleras, llega la epidemia de las puertas y de
las mujeres que se dan golpes con los cantos —⁠añadió la enfermera⁠—. Es un
barrio muy particular.
Me dolía el pómulo. Y mucho más las costillas. Se lo dije al médico. Don
Aniceto me alzó la blusa y me tocó en el sitio. Aullé de dolor.
—Habrá que hacerte una radiografía, Francisca. Tienes dos golpes fuertes.
Las escaleras de este barrio tienen peldaños como puntas de zapatos.
—Y si fuesen patadas, ¿qué tendría que hacer usted, doctor?
—Lo que estoy haciendo es curarte y poner en un papel lo que he hecho.
No sé para qué valdrá, de todos modos. Muchas veces intentas ayudar a las
mujeres y luego se ponen del lado del marido y te miran con los ojos de un
lagarto. ¿Te ha dolido?
Se apartó para lavarse las manos. Siguió hablando sin apartar la mirada
del lavabo.
—¿Quieres un parte médico sobre tus heridas? Negué con la cabeza.
—¿Lo ves?
Se encogió de hombros y, después de secarse las manos, rellenó un
volante para una radiografía en el hospital Primero de Octubre, ahí, en el
barrio de San Fermín, junto a la carretera de Andalucía.
—Y ten cuidado cuando subas las escaleras, Francisca —⁠dijo al
despedirse⁠—. Y más todavía cuando entres en tu dulce hogar.
Volví a casa de Espe. Esa noche me acosté en su salón, mientras que
Jonathan se quedó en el dormitorio de mi amiga.
Me tumbé en el sofá pero no me dormí. Los dolores me habían quitado el
sueño, ni siquiera podía tumbarme a gusto. Y Espe se quedó a mi lado casi
toda la noche, dándome la murga, insistiendo una y otra vez en que acudiese
cuanto antes a la comisaría para denunciar a Rubén.

Por aquel entonces no había teléfonos de emergencia para casos como el


mío, y los médicos solo estaban obligados a dar los partes de lesiones a los

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juzgados. Después era cosa de los jueces investigar o no las causas y, casi
siempre, el asunto terminaba archivado. Además de eso, yo opté por callarme.
Según supe más adelante, yo no estaba sola en esa situación, no era un
caso aislado. Si lo hubiera sabido, tal vez habría actuado de otra manera.
Ahora sí que tenía miedo de verdad, un miedo pavoroso, casi terror. De las
bofetadas, Rubén había pasado a los puñetazos y los puntapiés. ¿Cuál sería el
siguiente paso?, ¿matarme?
Salían noticias terribles en los periódicos sobre mujeres asesinadas por sus
maridos.
Tenía pesadillas en las que me veía acuchillada.
Ya he dicho que entonces no funcionaban las órdenes de alejamiento ni
ponían a los maltratadores un aparato de control remoto, como los que les
colocan a los osos, a los linces para tenerlos localizados e impedir que se
extingan.
Así que decidí que tenía que defenderme sola de aquel animal salvaje
incontrolado.
Pensé en buscar una pistola y asesinar a Rubén mientras dormía, una
noche de esas en que venía borracho como una cuba y se quedaba frito como
si le hubiesen aporreado la cabeza.
Ojalá que de verdad le aporrease alguien la cabeza, pensaba yo esas
noches.
Pero luego desechaba la idea de matarle.
Yo no quería faltar a la ley de Dios y de los hombres.

—Y si voy a la policía, ¿qué puede pasarle? —⁠pregunté a Espe ante su


insistencia para que denunciara a Rubén.
—Habrá un juicio y le condenarán a irse de tu casa y a pasarte dinero para
criar al niño hasta que cumpla la mayoría de edad. Eso tengo oído.
—¿Y qué testigos pueden declarar en mi favor?
—Yo puedo ser testigo. Te he visto esta noche y puedo añadir que he oído
los gritos en las escaleras mientras te pegaba. Y don Aniceto, el médico,
puede hacer el parte.
—Tengo miedo.
—Peor es vivir con esa fiera. Volverá a hacerlo, tenlo por seguro.
—Imagina que hay un juicio y le condenan. ¿Crees que no vendrá a
vengarse? Quizás me mate. —⁠No se atreverá.
—No has visto su mirada cuando se pone violento. Es una mirada vacía,
seca, como la de un leopardo: sin piedad, sin calor. Temo que, si hay un juicio
y le condenan, venga una noche a matarme.

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—Tienes que hacer algo. Por lo menos debes asustarle.
—No es hombre que se asuste fácilmente. Y, además, ¿es que no ves los
noticiarios en la tele?, ¿solo sigues los culebrones? Algunos hombres
condenados por pegar a sus mujeres se vengan luego matándolas. Son muchos
casos cada año.
—Pero no puedes vivir con ese monstruo.
—Tengo miedo de que me mate. O de que nos asesine a los dos: a mí y al
niño. No puedo soportar la idea de que le suceda algo a mi Jonathan la misma
noche de la paliza.

Miedo a la muerte, miedo a que te asesinen.


Miedo al hombre que vive contigo.
Miedo a que ese hombre sea un criminal.
Miedo a su venganza.
Miedo a la vida.
Miedo al cruzar junto a la oscuridad del parque.
Miedo a dormirte y a descuidar la vigilancia.
Un miedo pavoroso a morir.
Temía esa muerte.
Pensaba sin cesar en adelantarme, en matarle yo a él.
Pero no hizo falta.
El destino vino en mi ayuda.
¿O fue Dios?
¿O acaso el diablo?

De todas maneras, yo sabía bien que tenía que hacer algo. Me daba miedo
denunciarle, pero no podía consentir que se repitiera aquella terrible noche de
la paliza. Y no solo por el dolor que había sentido, sino porque no quería que
mi Jonathan creciera en aquel escenario de locura y vileza.
Al día siguiente fui al hospital Primero de Octubre, ahí, en San Fermín,
junto a la carretera de Andalucía, para hacerme la radiografía. No había
costillas rotas, por fortuna. Pero durante más de una quincena no pude acudir
a trabajar. Espe, como siempre, me echó una mano para que a Jonathan no le
faltara de nada.
Porque Rubén había desaparecido sin dejar rastro aquella noche de la
paliza. Y sin dejar un solo céntimo en casa, desde luego. Llegué a pensar que
quizás estaba muerto. Y la idea me aliviaba. Por desgracia, no era así.
Regresó una tarde a eso de las seis. Yo ya estaba preparada.
Venía borracho, claro.

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Sin decir nada, se fue a la cocina, sacó la única cerveza que quedaba en el
frigorífico y se la llevó a la sala. Se quitó los zapatos, se sentó en el sofá,
encendió el televisor y se puso a ver en Telemadrid el final de una película del
Oeste, con el sonido a todo meter. Unos pocos soldados del Séptimo de
Caballería combatían contra decenas de indios apaches.
—Voy a llevar al niño con la vecina —dije desde la puerta.
Creo que no me oyó. O hizo como que no me oía. Bajé a Jonathan y lo
dejé con Espe. Y volví arriba.
Fui a la cocina y cogí el cuchillo grande, el mismo con el que años
después mataría al Coyote, y escondiéndolo en la espalda, entré en la sala.
Olía a alcohol y a pies. Un tufo insoportable. Apestaba de tal modo que
parecía que no se hubiera bañado desde la noche de la paliza.
Me acerqué a la televisión, la apagué y me volví hacia él. Le mostré el
cuchillo, apuntando hacia su pecho.
Se quedó quieto, con los pies sobre la mesa, mirándome con cara de
idiota.
—¿Ves esto, animal?, ¿lo ves? —grité blandiendo el cuchillo⁠—. Esto es
lo que te voy a clavar si vuelves a repetir la paliza del otro día.
No se movía y su gesto de imbécil permanecía pegado a su rostro como
una calcomanía.
—¿Ves estas heridas? ¡Animal, eres un animal! ¡No volverás a hacerlo,
porque te mataré! ¡Te juro que te mataré!
Me aparté sin dejar de señalarle con la punta del cuchillo. Él siguió mis
pasos con su mirada de idiota.
Luego fue dibujando una sonrisilla boba mientras apartaba los pies de la
mesa y se enderezaba en el sofá. Echó mano al bolsillo y sacó un fajo de
billetes de cincuenta euros. Me los arrojó a los pies.
—Lo gané para ti y para el niño.
Me agaché y tomé el dinero.
—Cojo lo que robaste.
Conté los billetes hasta completar la cantidad que se había llevado de mi
escondrijo en el colchón. Le tiré el resto a la cara.
—¡Eso es tuyo, animal!
Soltó una risa lela y se sacudió de encima los billetes.
—Ahí se quedan. Los dejo para mi hijo. Son tuyos para cuando te hagan
falta.
Se levantó y volvió a poner la tele. Los del Séptimo de Caballería
regresaban a su fuerte al son de la trompetería sin haber dejado un apache con

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vida.
—Me hubiera gustado vivir en esos tiempos —⁠dijo⁠—. Esos sí que eran
días de gloria.
—Así te cortasen la cabellera —murmuré.
Se rio con sonoras carcajadas:
—¡Qué rencorosa eres, mujer!
Y se sentó de nuevo.
Yo regresé a la cocina, dejé el cuchillo y me bajé a casa de Espe. Dormí
en su piso. Me sentía orgullosa de mí misma cuando le conté a mi amiga lo
que había hecho.
—Espero por tu bien que se haya asustado —⁠dijo, y se santiguó.
Cuando volví por la mañana con Jonathan a prepararle para el colegio,
Rubén se había marchado. Y el dinero que le había tirado al suelo ya no
estaba.
Dos noches más tarde volvió de nuevo borracho. Había perdido a las
cartas.
Me gritó:
—¡Devuélveme el dinero que te di el otro día! Me hace falta.
—Lo he gastado.
—¡En qué lo has gastado, zorra!
—En dar de comer a tu hijo, animal. La bofetada me arrojó contra la
puerta. Se me abrió la herida del pómulo.
Pero no continuó pegándome. Cruzó ante mí con pasos vacilantes y se
marchó de casa.
No volvió en las dos semanas siguientes.
Durante esos días, yo le esperé con el cuchillo debajo de la almohada.

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Por entonces no conocía al comisario don Nicolás nada más que de vista, de
cruzármelo en el parque cuando paseaba a su perro o de verlo en el
supermercado cargando montones de bolsas. Por su tamaño y su barriga,
debía de ser buen comedor.
Me caía bien, porque parecía un hombre bondadoso. Sé que las
apariencias engañan muchas veces, pero don Nicolás despertaba confianza.
Ya he dicho, además, que en el barrio es un hombre muy apreciado y que la
gente, cuando va de paisano, le mira como si no fuese policía, sino como a un
vecino más.
Espe me insistió de tal manera, y yo tenía tanto miedo y me encontraba
tan desconcertada, que decidí al fin acudir a la policía. Y la policía, en mi
barrio, es sobre todo don Nicolás. Así que una tarde dejé a Jonathan con mi
amiga y me fui para la comisaría. El agente de guardia le avisó y, al minuto,
don Nicolás salía de su despacho y me pedía que le acompañara adentro. Fue
muy galante: abrió la puerta y me dejó pasar primero. Yo, la verdad, no estaba
acostumbrada para nada a esos gestos amables viniendo de un hombre.
Me invitó a sentarme y ocupó su silla al otro lado de la mesa. Me sentía
muy turbada. El despacho me creaba gran respeto, con un retrato del Rey
vestido de uniforme detrás de la mesa de don Nicolás.
—Me llamo Francisca Romero… —empecé a presentarme.
—No hace falta que me digas quién eres, Mamá Romero, ya lo sé.
—¿Ah, sí? —dije extrañada.
Me halagó. Yo sabía bien quién era él, como todo el mundo en el barrio,
pero me extrañaba que él supiera el nombre que me daba la gente.
—Una mujer tan guapa como tú es difícil que se le despinte a cualquier
hombre.
Me sentí halagada por el piropo, aunque me quedé perpleja. Porque, a
pesar de que sé que soy una mujer hermosa, no estoy acostumbrada a esas
cortesías.
No sabía qué responder. Enrojecí. Don Nicolás sonrió.
—Bueno, ¿qué te trae por aquí, Mamá Romero?
—Verá usted…
No sabía cómo empezar, ni tampoco qué iba a decirle, ni siquiera tenía
idea de lo que quería de él. Me quedé muda por un momento.

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—¿Qué te ha pasado en la cara? —me soltó de sopetón.
Me llevé la mano al pómulo. Lo tenía casi curado, pero aún me quedaba
una gran marca amarillenta.
—Un golpe…
—Eso ya se ve. Pero son dos.
Me llevé la mano a la ceja. Todavía estaba hinchada y había perdido parte
de su pelo.
—Sí, me han pegado.
—¿Quién?
Bajé la vista, avergonzada.
—Yo…, verá…
—Tu marido, ¿no? Afirmé con la cabeza.
—¿Cuándo ha sido eso?
—Hace varias semanas. Ya estoy casi curada.
—¿Y por qué no lo denunciaste?
—Sentía vergüenza.
—Y ahora, ¿por qué vienes a contármelo?
—Porque tengo miedo.
—¿Por qué tienes miedo ahora y antes no?
—Porque pienso que puede matarme.
—¿Qué es lo que te hace pensarlo?
Levanté los ojos. Había firmeza en su actitud: me parecía que era un
hombre de verdad, un tío con clase; no solo de apariencias, como Rubén. Y
comencé a contarle todo sin callarme nada.
Él me escuchó en silencio, inclinado hacia adelante, con los codos
apoyados en la mesa y mirándome a los ojos. Tenía la mirada de un hombre
cabal.
Cuando terminé me dio por llorar, y saqué un pañuelo.
—Perdone usted, don Nicolás.
—Llora todo lo que quieras, Mamá Romero.
—Le estoy ocupando mucho tiempo.
—Tengo todo el del mundo. Llora hasta que lo eches todo.
Cuando me calmé, pensé que debía de tener un aspecto penoso, con el
hematoma de la mejilla, el corte de la ceja y los ojos hinchados por el llanto.
—Bien —dijo el comisario—. ¿Quieres denunciarlo?
—¿Qué sucederá si lo hago?
—Habrá un juicio. Y deberás llevar un parte médico y buscar testigos que
declaren en tu favor. Tendrías que haberlo hecho antes, pero supongo que

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siempre se está a tiempo de denunciar a alguien por malos tratos. Eso es ya
cosa del juez.
—¿Ya qué le pueden condenar si gano el juicio?
—Quizás a la cárcel. O, al menos, a irse de la casa, a no verte más si te
divorcias de él. Y a pasarte dinero para el chico.
—¿Y si no gano?
—No podrás echarle.
Intentaba pensar con rapidez.
—Si gano, él puede volver a vengarse en cualquier momento…
—Se arriesgaría a otro juicio y a una pena mucho más grave. No sería
muy inteligente por su parte hacerlo.
—Cuando está borracho no hace nada inteligente. Y lo está casi todas las
noches. Y si ha perdido a las cartas, es peor todavía. Se pone como loco…
Puede venir a matarme si le da por vengarse; hay muchos casos, lo leo en los
periódicos.
—Le detendríamos si vuelve.
—¿Y de qué me valdría que lo detuvieran después de muerta?
Don Nicolás movió la cabeza.
—Más no puedo decirte.
—Y si no gano el juicio —seguí cavilando en voz alta⁠—, será todavía
peor: estará en casa y podrá vengarse de mí cuando le venga en gana o cuando
pierda la cabeza, algo que le sucede con frecuencia.
—No te puedo poner protección policial, Mamá Romero.
Negué con la cabeza.
—No voy a denunciarle.
—Avísame cuando regrese a casa, de todas formas —⁠añadió don Nicolás.
Con gesto algo enigmático, dijo después:
—Trataré de hacer algo por ti. Nada oficial, por su puesto.
Me fui.
Me aliviaba haberle contado todo.
Bueno, casi todo.
No le dije que guardaba el cuchillo debajo de la almohada.

De pronto pareció que la vida se arreglaba. Rubén regresó casi dos meses
después. Yo confiaba en que no regresara nunca, en que estuviese muerto.
Pero una mañana, de improviso, se abrió la puerta de la casa y entró. Antes de
que asomase a la salita, en donde yo estaba con el niño, temblé de miedo.
Parecía otro hombre. Venía más delgado y no traía la cara hinchada y roja
de las borracheras. Y se le veía más humilde.

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Se sentó en una silla, delante de mí.
—He estado en una clínica —dijo.
Yo me quedé quieta en el sofá junto a Jonathan, sin saber qué responderle.
Pensaba en el cuchillo que guardaba en el dormitorio. Pero Rubén no parecía
ahora un hombre que pudiese hacerle daño a nadie. Tenía cicatrices en la
frente y la mejilla.
—La noche…, bueno, esa noche última, ya sabes… me fui a jugar, perdí y
la armé en un bar. Me sacudieron de lo lindo entre varios tíos. Luego la
policía me cogió y me llevó a un centro médico. Tenía dos costillas rotas y
heridas en varios sitios.
Se tocó las cicatrices mientras lo decía.
—No eres el único en esta casa al que le han partido la cara —⁠dije.
Bajó la mirada.
—Ya lo sé. Y te pediría perdón…, pero no sé si es oportuno.
—No es oportuno, no pienso perdonarte nunca.
Se me había pasado el miedo al verle así de entregado.
—Una doctora me llevó luego a un centro de desintoxicación y he tenido
también un tratamiento psiquiátrico. Creo que soy otro. Quiero volver a
trabajar. Me callé.
—¿Puedo quedarme en la casa?
No respondí. Sabía que no podía echarle si no había un juicio y lo ganaba.
—Dormiré aquí, en el sofá…
Se levantó y trató de hacerle una caricia en la cabeza al niño. Jonathan
salió corriendo hacia su cuarto.
—No toques al niño, ¿lo oyes? —dije.
—Vale, vale.
Parecía un ser humillado, había perdido toda su arrogancia y chulería.
Creo que, de no odiarle tanto como le odiaba, en ese momento me habría
dado lástima.
—No te prepararé comidas, ni te haré la cama, ni te lavaré la ropa.
—No te lo iba a pedir. Me voy a la cocina.
Salió. Yo estaba atónita.

Durante los siguientes tres meses fue como un fantasma que entraba y
salía de la casa sin hacer apenas ruido. Trabajaba muchas horas al día.
Cuando regresaba se preparaba algo en la cocina, y permanecía allí hasta que
yo dejaba la sala para irme a mi cuarto. Entonces abría el sofá, se arreglaba la
cama y se acostaba a dormir.

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Todos los días me dejaba dinero en la mesa de la cocina. Ahora me
sobraba, pero ya no lo escondía en la cama, sino que iba guardándolo en una
cuenta corriente que tenía abierta a mi nombre en una oficina bancaria del
barrio. Allí no podía quitármelo nadie.
A veces me encontraba un regalo en la mesa de la sala: una colonia, o un
perfume, o un collar, o un prendedor. Pero yo lo apartaba todo a un lado y allí
se quedaba durante días hasta que él se lo llevaba.
También le compraba juguetes a Jonathan. El niño sí que los cogía y
disfrutaba con ellos. Ahora, algunas veces, Jonathan iba a verle a la cocina y
jugaba con él. Yo no se lo impedía, porque para los niños es bueno tener un
padre, siempre que no sea una fiera.
Pero eso tampoco me enternecía.
Nos cruzábamos en la casa cada dos por tres, porque es muy pequeña. Era
una situación muy rara, no he oído hablar de nadie que haya vivido algo
parecido. Yo no le quería ya en absoluto y le guardaba un enorme rencor.
Pero no le había denunciado cuando pude hacerlo y no me había
divorciado de él. Así que no podía echarle de casa. O eso me parecía.
De todas formas, era una manera extraña de vivir que no tenía sentido.
¿Íbamos a seguir así toda la vida hasta que nos muriésemos, uno al lado
del otro sin apenas hablar? ¿Y qué haríamos cuando Jonathan creciera y se
casara y se fuera de casa?, ¿vivir juntos como dos personas que no se
conocen?
¿O tendría que resignarme a aceptarle de nuevo como mi marido? Tan
solo pensar en esa posibilidad me producía una sensación casi física de asco.
Desde luego que Rubén parecía un hombre por completo distinto del que
yo conocía. Pero era imposible que volviera a enamorarme de él otra vez.
Nunca podría olvidar sus golpes y sus humillaciones, por más que caminase
por la casa como una sombra o como un perro apaleado y tratara de
agradarme con sus regalos.

De pronto le veía como si mirase su retrato y su rostro fuese, al mismo


tiempo, el de otra persona. En donde años antes había contemplado a un
hombre guapo y chulo ahora veía a un tipo vulgar. El Rubén que olía a sexo y
me enloquecía en los primeros tiempos ahora me daba grima. Aquel antiguo
desparpajo suyo que tanto atraía a la gente me parecía de repente la pose de
un mequetrefe lleno de complejos e inseguridad. El «chulo con estilo», como
mi amiga Juli lo describió en Badajoz el primer día de baile en El Aguilucho,
se había convertido en un tiparraco mezquino que había olvidado, incluso, lo
que es andar con garbo. Y su vanidad se había esfumado.

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¿O acaso había sido siempre así y era yo quien lo veía de otra forma?
¿Tan ciegos puede volvernos el amor?

No sabía qué hacer. Pero ¿cómo vas a vivir con alguien a quien no amas?
Espe me decía que me divorciara, que ahora ya podía hacerse de mutuo
acuerdo y sin necesidad de ir ajuicio, porque estaba convencida de que, si le
dejaba permanecer en el piso, Rubén volvería a las andadas.
—Los hombres son como los perros: nunca dejan sus malos hábitos y, si
han mordido una vez a su amo, vuelven a hacerlo.
—A ese no se le ve con fuerza para morder a nadie.
—No te fíes. De todas formas, piensa en ti. Eres una mujer muy guapa, un
mujerón. ¿Por qué no vas a encontrar a otro hombre? Desde luego que no creo
que encuentres a uno bueno, porque de esos no hay nada más que en las
películas. Pero, al menos, podrías dar con alguno pasable con quien salir por
ahí y que le dé lo suyo a tu cuerpo cuando la necesidad apriete. Eres joven
aún…
—Ya rondo los treinta, Espe…
—Pues eso, que no se te pase el arroz.
Yo estaba por lo del divorcio más que por ninguna otra cosa, pero no me
atrevía a decírselo a Rubén. O más bien no tenía ganas de verme en la
situación de tener que sentarnos a negociar.
Lo que sí que hice fue devolver a un cajón de la cocina el cuchillo que
guardaba bajo la almohada.
Pero tuve un fallo: no avisé al comisario don Nicolás de que Rubén había
regresado a casa.
Me confié.
Y lo pagué.

Sucedió unos tres meses después de que regresara del tratamiento de


desintoxicación. Faltó dos días de casa con sus dos noches. Y la verdad es que
no me preocupó. Al contrario, me aliviaba tener de nuevo todo el piso solo
para Jonathan y para mí.
Pero volvió la tercera noche, ya tarde. Y le vi la cara, esa mirada de
animal salvaje sin alma que se le ponía cuando había perdido a las cartas. Olía
desde lejos a coñac.
Cruzó la sala hacia la cocina sin decir nada. Y al poco, le oí buscar en la
nevera y tirar algunas cosas al suelo. Hacía mucho ruido. Me armé de valor y
me asomé. Estaba de rodillas, hurgando en los cajones de los congelados.
—Vas a despertar al niño si sigues armando ese jaleo.

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—¿No hay cerveza?
—Aquí nadie bebe.
—¿Y para qué traigo el dinero? ¡Dime!, ¿para qué lo gano si no puedo
tener cerveza?
—Vete a la calle a un bar.
—¡Dame dinero!
—No tengo.
—¿Y qué haces con lo que te doy?
—Lo gasto para comer.
Dio un bufido y pasó a mi lado.
Esperé un poco y volví al salón. Rubén sujetaba, bocabajo, mi bolso de
mano. Lo había vaciado tirando al suelo todo lo que tenía dentro. Encontró
dos billetes de diez euros.
Los agitó delante de su cara.
—¿Y esto qué es, embustera?
Se los metió en el bolsillo y volvió a la cocina. Le oí rebuscar en los
cajones y ruido de cubiertos.
Cuando regresó a la sala llevaba en la mano el cuchillo grande.
Pensé que me lo iba a clavar y sentí que podía desmayarme.
Pero no me amenazó.
—¿Crees que no sé que lo guardabas bajo la almohada? ¿Me ibas a matar?
Lo tiró a mis pies.
—¡Anda, mátame si te atreves!
Se puso en jarras. Y luego se rio a carcajadas.
—¡Tú no vas a matar a nadie, malnacida! Y menos a mí. ¡Porque no
tienes huevos para hacerlo!
Salió dando un portazo. Sentí el llanto del niño. Cuando entré en el cuarto
de Jonathan, tenía la luz encendida y, sentado en la cama, lloraba con
desconsuelo.
—Ya no le quiero más, mamá, ya no le quiero más… —⁠decía entre
hipidos.
Le consolé y conseguí que se durmiera.

No sé por qué no me llevé al niño abajo, con Espe, y me quedé allí a pasar
el resto de la noche. A mi amiga no le habría importado que la despertase y
que me refugiase en su casa.
Rubén regresó después de beberse los veinte euros. Amanecía cuando
entró en el cuarto y encendió la luz.

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Tenía la misma mirada que el día que me dio la gran paliza. Y el tufo a
alcohol le envolvía como si fuera una nube que casi alcanzaba a verse.
—Esta es mi casa y tú eres mi mujer. Y yo traigo el dinero para pagar la
comida y para pagarte a ti, zorra. Me forzó.
Yo no grité para evitar que me diese una paliza y para no despertar a
Jonathan. Temía sus golpes. Y también temía que el niño, asustado por mis
gritos, viniera al dormitorio y presenciase algo que nunca podría olvidar.

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Se fue después de hacérmelo. Pero dejó todas las herramientas en casa. De
modo que calculé que lo más probable era que volviese. Pensé en esperarle
detrás de la puerta y acuchillarle por la espalda cuando entrara. Pero luego
deseché la idea: era más fuerte que yo y solo podría matarle si le sorprendía
dormido o si se caía al suelo de puro borracho.
Estaba muy agitada, me sentía humillada, herida, sucia y vejada. Pero no
tenía pena de mí misma; incluso creo que me despreciaba un poco, por
haberme dejado arrastrar hasta esa sima de indignidad.
Y, esa mañana, dejé a Jonathan en el colegio y me fui a la comisaría en
busca de don Nicolás. El comisario me había dicho que algo podría hacer. No
tenía a nadie más a quien acudir y necesitaba ayuda. Y me parecía un hombre
cabal.
Le conté todo menos lo de que Rubén me había forzado sexualmente. Me
daba vergüenza.
Después de escucharme, don Nicolás dijo:
—Ahora tranquilidad, Mamá Romero. Hoy me voy a ocupar
personalmente de ti. Lo primero de todo, vamos a cambiar la cerradura.
Después, te quedas en la casa de tu vecina. Y por la tarde, dejas al niño con
ella y yo me voy contigo a tu casa a esperarle. Si aparece, tendrá un buen
susto. Más tarde hablaremos de lo que debes hacer. No puedes dejar que las
cosas lleguen más lejos.
—Haré lo que usted diga, don Nicolás.
—Tienes que cortar de una vez. Y existen medios para que lo hagas.
Puede volver a hacerte daño.
—Solo le falta asesinarme.
—Ten confianza en mí y no desesperes.
—Le queda matar mi cuerpo porque el alma la tengo va muerta, don
Nicolás.
—Boberías, Mamá Romero: la vida es más larga de lo que pensamos.
—Él me la hace muy corta.
—A veces, incluso es más larga de lo que queremos.
—Eso es mucha verdad, don Nicolás.

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A la tarde, en casa y con la cerradura cambiada, charlamos un rato don
Nicolás y yo mientras esperábamos la llegada de Rubén.
Yo dudaba que viniera, porque cuando cogía una buena cogorza tardaba
varios días en aparecer, pero el comisario me tranquilizaba:
—No hay prisa, Mamá Romero. Mañana también puedo quedarme
contigo a esperarle. Y toda la semana que viene si es preciso.
Don Nicolás llevaba puesto el uniforme y la pistola al cinto. Imponía con
su enorme tamaño. Yo me fijaba en su cara redonda. Tenía facciones
regulares y, en su juventud, si estuvo más delgado, debió de ser un hombre
guapo. Aún resultaba atractivo, de todas formas: por su actitud serena y su
masculinidad.
Le pregunté sobre su vida.
—No hay mucho que contar. Nací en un barrio del Madrid viejo, cerca de
la plaza de Cascorro, y he tenido varios destinos distintos en la ciudad desde
que me hice policía. No me he casado, si es eso lo que quieres saber, Mamá
Romero. No creo que haya ninguna razón poderosa para que un hombre tenga
pareja y descendencia ni para que se perpetúe como especie.
—¿Y por qué no? —pregunté.
—La mayoría de los seres humanos son malignos. Y los que tratamos de
no serlo somos torpes. Siempre perdemos. Yo me he pasado la vida
deteniendo malhechores, e incluso, en algunas ocasiones, me he liado a tiros
con ellos. Pero no son peores que algunos de los que nos gobiernan o
administran nuestro dinero. ¿Quién es más ladrón, un carterista o un
banquero? Yo no tengo la respuesta.
—¿Ha matado usted a alguien? —le pregunté de pronto.
Me miró sorprendido. Luego sonrió.
—Esas preguntas solamente las hacen los niños, Mamá Romero.
—Disculpe usted, don Nicolás. Es que estoy muy nerviosa.
—Por si te tranquiliza, te diré que soy muy mal tirador.

Eran casi las nueve cuando oí el trasteo de la llave en la cerradura.


—Ahí está —dije susurrando. Sentí que mi corazón comenzaba a batir
con fuerza contra mi pecho.
Don Nicolás levantó con dificultad su enorme cuerpo del sillón y se
acercó a la puerta.
—A ver cómo viene hoy el pájaro —dijo.
—Borracho, seguro —contesté con voz trémula.

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Rubén permaneció unos minutos hurgando con la llave. Después comenzó
a golpear con los nudillos en la hoja de la puerta.
Don Nicolás sonreía:
—Vamos a dejarle que sufra un poco —murmuró.
Continuó llamando de la misma manera y luego el ruido de sus golpes
cambió. Ahora parecía pegar con la palma de la mano, en tanto que daba
grandes voces. Se oía con claridad todo lo que decía, pues la puerta tiene una
hoja muy liviana:
—¡Abre, zorra, abre! ¿Quieres que te canee? ¡Abre, es mi casa!
Y entonces don Nicolás abrió. Yo creí que iba a desmayarme de pura
ansiedad, o quizás de miedo, o quién sabe si de emoción.
Allí estaba, con su cara de borracho. Y a pesar de ser más alto que yo y,
sin duda, más vigoroso, Rubén parecía un tipo canijo visto al lado del enorme
policía.
Todo sucedió muy de prisa.
—¿Qué quieres, malnacido? —dijo el comisario.
—Es mi casa —balbuceó Rubén.
—Ya no es tu casa, ya no lo será más —añadió don Nicolás.
Le agarró de la oreja izquierda, se la retorció y Rubén chilló.
Sujetándole de ese modo, el policía le obligó a bajar la cabeza y girar
sobre sí mismo.
—Ahora, vámonos tú y yo a la calle, miserable.
Se perdieron al fondo de la galería: el comisario, inclinado levemente y
agarrando con fuerza la oreja de Rubén, que caminaba agachado,
sosteniéndose a duras penas y sin cesar de gemir como un perro al que le
sacuden de zurriagazos.
Cerré la puerta y me senté a esperar. Por primera vez en mi vida me sentía
protegida. Y eso me producía un enorme alivio, como cuando llegas a casa
uno de esos días calurosos del verano madrileño, sudando por todos los
costados, agotada, y te metes en la ducha y te quedas un cuarto de hora debajo
del agua, notando cómo refresca cada poro de tu cuerpo.
Ahora era como si mi alma recibiera una ducha liberadora. Mi
humillación se desvanecía levemente, creía recuperar parte de mi dignidad.
Aunque no miré el reloj, calculo que don Nicolás subió otra vez cosa de
diez minutos más tarde.
No quiso sentarse.
—Creo que no le verás en una buena temporada.
—¿Le ha pegado? —pregunté.

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—No por falta de ganas. Pero no ha sido necesario: es un gallina. Y se ha
llevado un buen susto.
—¿Está seguro de que no volverá?
—Por lo menos en un tiempo… Pero tienes que hacer más cosas.
—Lo que usted diga.
—Yo no soy un experto. Asustarle, por otra parte, no entra en mis
funciones. Digamos que me he excedido, que he obrado como un chulo y no
como un policía. Así que lo de esta tarde debe quedar entre tú y yo, Mamá
Romero.
—Se lo juro por lo más alto. No lo sabrá ni siquiera mi amiga Espe, la del
segundo.
—Tendrías de empezar a tramitar la separación. Pero yo no sé mucho
sobre todo eso, es mejor que te asesores.
Estaba muy agradecida a don Nicolás. Me conmovía verle allí: nadie
había hecho nunca tanto por mí. Y a toda mujer le gusta sentirse protegida.
—¿De verdad no quiere sentarse y cenar alguna cosa? Siento no tener una
cerveza que ofrecerle…
—No hace falta, Mamá Romero, debo irme. Pero a lo que iba. Una vez al
mes vienen al barrio un grupo de mujeres de una organización que se ocupa
de los malos tratos. Cuando vuelvan, te aviso. Ellas te aconsejarán.
—Haré lo que usted diga, don Nicolás.
—Harás lo que ellas te digan.
Abrió la puerta.
—No creo que ese vuelva… De todas formas, si aparece, me llamas de
urgencia. No pierdas el papel en donde has apuntado mi número del móvil: a
ese número siempre contesto.
Me quedé sola.
Tenía miedo, pero al mismo tiempo me sentía aliviada y, en cierto modo,
libre por primera vez en mi vida.

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En mi barrio, la izquierda gana en todas las elecciones. Pero como en el
Ayuntamiento de Madrid es mayoría la derecha, nuestra concejala, Felipa
Reyes, una militante comunista que vino de Huelva hace seis o siete años y
que vive cerca de mi casa, puede hacer muy poca cosa por el vecindario. A
veces organiza algún acto en la oficina del distrito, en un salón poco acogedor
en el que hay una mesa y una treintena de sillas medio rotas. La habitación
tiene humedades y, cuando hay reuniones, Felipa se lleva de su casa un par de
radiadores eléctricos para calentarla. Hace unos años pendían de las paredes
un crucifijo de madera y un retrato del Rey enmarcado con tiras de plástico
doradas. Pero alguien los quitó, quizás la propia Felipa, que presume de atea y
es muy republicana, y nadie ha vuelto a colgar nada.
Yo he ido pocas veces a los actos que organiza Felipa, pero eso no quiere
decir que ella no me caiga bien. Lo que pasa es que no me gusta la política y
menos los políticos, porque solo van a lo suyo.
Felipa es una mujer simpática y alegre que tiene a su hija Rocío en la
misma clase que Jonathan y, muchas veces, cuando vamos a buscar a los
niños, regresamos juntas andando hasta nuestras casas. El marido de Felipa se
llama Domingo y trabaja como contable en una empresa de Madrid. Es un
hombre muy callado, de aspecto humilde y frágil. Los dos forman un
matrimonio que, en apariencia, se lleva bien. En todo caso, si se llevaran mal,
Domingo tendría poco que hacer frente a Felipa, una mujer decidida, alta y
bastante fornida. Seguro que no le ha pegado nunca en su vida.
Había pasado casi un mes desde que don Nicolás sacó a Rubén de mi
casa, agarrado por la oreja y casi a rastras, cuando acudí al acto que aquella
tarde organizaba Felipa en la oficina municipal. Don Nicolás me llamó y me
dijo que venían al barrio dos mujeres para hablar de los malos tratos y que me
convenía ir.
Tuve que armarme de valor para hacerlo. Todavía me daba vergüenza
reconocer en mi propio barrio que mi marido me pegaba.
Lo primero que me sorprendió al entrar en la sala, un poquito antes de que
comenzara el acto, fue la cantidad de mujeres que ocupaban las sillas:
veintitantas, y la mayoría, más o menos de mi edad o algo mayores.
Reconocía a casi todas, aunque entre ellas, por suerte, no había ninguna amiga
mía. Eso me alivió un poco. Cuando miré a la mesa en donde Felipa se

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sentaba entre dos mujeres, ella me sonrió con gesto amigable y me envió un
saludo con la mano.
Después de que Felipa las presentara como personas implicadas en la
lucha contra los malos tratos que recibían las mujeres por parte de sus parejas,
estuvieron hablando casi media hora cada una. La primera que intervino era
rubia y de cara ancha, feota, con gafas de gruesos cristales de miope. Habló
con aire de mitin político sobre los derechos de la mujer, las desigualdades en
la historia y todas esas cosas que se dicen, un poco en forma exaltada, en los
actos políticos. Me gustó más la otra, una morenita delgada y de pequeña
estatura, que nos habló de cosas más precisas: las leyes que había, lo que
podía hacerse, las formas en que organizaciones feministas ayudaban a las
mujeres maltratadas. Las dos tenían alrededor de cuarenta años.
Luego hubo un turno de preguntas y algunas se atrevieron a hablar de sus
casos. La rubia contestaba condenando a lo que llamaba el «tradicional macho
ibérico», mientras que la morenita, con mayor tranquilidad, entraba más en lo
concreto y en cómo actuar. Yo no me atreví a preguntar nada, a pesar de que
Felipa me miraba de cuando en cuando y me sonreía, invitándome de alguna
manera a que lo hiciera.
Pero cuando el acto terminó, me quedé en la sala. Algunas mujeres
rodeaban a las dos que habían intervenido. Felipa se acercó hasta mí, apoyó la
mano en mi brazo y me dijo:
—Me alegro de que estés aquí, Paqui.
Yo tenía mucha vergüenza.
—No te había dicho nada nunca…
—¿Crees que no se veían las marcas de tu cara? Habría que estar ciego
para no saber lo que te pasaba. —⁠Él ya no está en casa.
—Mejor.
—Querría hablar con una de ellas, si es posible —⁠dije señalando a la
mesa.
—¿Con cuál?
—La morena delgadita.
—Haces bien. —Bajó la voz—: Es buena amiga mía y una gran
profesional. La otra vocifera más, pero luego hace mucho menos. Ya sabes
cómo son algunos que dicen ser de izquierdas: se les va la fuerza por la boca.
Lo que pasa es que, si su partido está en el gobierno, que es lo que pasa con la
rubia, nos hacen falta y no tenemos más remedio que aliarnos con ellos. Lo
entiendes, ¿no?
No entendía nada, pero afirmé con un movimiento de cabeza.

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Felipa me presentó a la morenita unos minutos después. Se llamaba
Mercedes Carrión. Era abogada y me dio una tarjeta suya para que la
telefonease al despacho y fuese un día a verla a Madrid.

El bufete estaba en el barrio de Carabanchel y ocupaba un piso grande y


destartalado. Casi me arrepentí de haber ido esa mañana mientras esperaba en
aquella Balita de muebles envejecidos, debajo de un amarillento cartel en el
que aparecía una mujer vestida negro, con el pelo recogido en un moño y el
puño cerrado, mientras arengaba a una multitud de hombres y mujeres.
«Pasionaria vive», decía debajo. Me sonaba su cara.
La abogada entró a saludarme y me llevó a su despacho. Era una estancia
más agradable que la salita de espera: el sol entraba por la ventana, tenía
plantas en la mesa y la fotografía de una mujer junto al ordenador encendido.
En una de las paredes colgaba un cartel en el que aparecían dos mujeres
cogidas de la mano, que paseaban por un campo verde con vestidos livianos y
flores en la cabeza, con un lema que decía: «Orgullo sáfico». Yo no sabía qué
significaba esa expresión. En otra pared había un retrato de perfil de una
mujer vestida muy a la antigua y un nombre: «María Zambrano». Un tercer
cartel mostraba una multitud de mujeres marchando hacia adelante. Debajo se
leía: «Mujeres en Lucha».
Me senté frente a ella.
—¿Un café? —preguntó.
—Se lo agradezco, doña Mercedes, pero ya he desayunado.
—No me trates de usted —dijo sonriendo—, tutéame, llámame Merche,
considérame una amiga.
Luego se recostó en el sillón, miró hondo en mis ojos y añadió:
—Cuéntame, Francisca, ¿o prefieres que te llame Mamá Romero?
Aquello me hizo ver que había hablado de mí con Felipa.
—Prefiero que me llame usted Paqui. Lo de Mamá Romero no me gusta,
aunque casi todo el mundo me conoce por ese nombre.
—Tutéame, Paqui…
—Sí, perdone…, digo perdona: que mejor que me llames Paqui.
Pero se me hacía extraño el tuteo. Cuando empecé a hablarle de mi
situación, unas veces empleaba el usted y otras el tú. Ella sonreía cada vez
que me oía el usted. Tenía unos labios muy largos y, al sonreír, parecía que
iban a salírsele de los bordes de la cara.
Empecé hablándole con cierta timidez y algo confusa, pero luego me fui
calmando. Me miraba muy fijamente, y yo me sentía algo turbada.

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Fui contándole mi vida con Rubén y le hablé con detalle sobre la paliza
que me dio. Pero no le dije nada de lo que había hecho el comisario don
Nicolás por mí, porque él me había pedido que el asunto quedara entre los
dos. Simplemente le conté que ese día había cambiado la cerradura y que no
dejé entrar a Rubén en la casa. Y que desde entonces no había vuelto.
—¿Quieres denunciarle? —preguntó cuando terminé mi relato.
—Lo que quiero es no verle nunca más.
—El problema es que ha pasado mucho tiempo y su abogado, si hay
juicio, podría argumentar en su favor que es muy raro que hayas dejado pasar
tantos meses sin denunciar nada cuando él ya casi no ha aparecido por tu casa
en los últimos tiempos. Y tendríamos que amañar algunos testimonios.
—Bueno, mi vecina Espe podría decir algo. Y está también el médico del
ambulatorio, don Aniceto. Quizás él…
—Sí, sí, don Aniceto Fernández Ríos… Le conozco de sobra. Es un
pasota. Lo que mejor sabe hacer es lavarse las manos.
—El asunto dependería mucho del juez —siguió Merche⁠—, ya que no
tendríamos testimonios muy terminantes. Y lo de los jueces es una lotería. Por
lo general, nos apoyan, sobre todo si son mujeres, pero hay algunos que hacen
todo lo contrario, perjudicarnos. Todavía creen que pegar a una mujer es algo
natural. Son de ese tipo de tíos machistas que, cuando oyen hablar de un caso
de violencia de género, enseguida tienen en la punta de la lengua el consabido
chiste: «Algo habrá hecho la tía».
—Yo lo único que quiero es no verle más y olvidarle cuanto antes.
—Divórciate entonces.
Afirmé con un movimiento de la cabeza.
Así será más sencillo —continuó—. Y más aún si tenemos un testimonio
sobre malos tratos. ¿Tú vecina declararía?
—Estoy segura.
—Felipa también nos echará una mano si hace falta que construyamos
algún otro testimonio.
—Es buena persona.
—Pues nos ponemos a ello, Paqui. Ahora, a la salida, le das tus datos a la
secretaria: carnet de identidad, domicilio, teléfono…, todo eso. Yo te llamo en
unos días y empezamos los trámites. Me ocuparé personalmente del caso.
Se levantó y rodeó la mesa. Yo me levanté también. Me pasó la mano por
el hombro y me dirigió hacia la puerta. Su mano estaba caliente.
—¿Y cuánto me va a costar? —pregunté con timidez.
Se rio y apretó su cuerpo levemente contra mí.

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—Nada, mujer, nada… En alguna ocasión te pediremos que vengas a
nuestras reuniones. Y, si quieres, te puedes apuntar a nuestro colectivo de
lucha contra la violencia de género y por la igualdad de derechos de la mujer.
—⁠Señaló uno de los carteles de la pared⁠—. Se llama «Mujeres en Lucha». Si
algún día tenemos una reunión con la prensa para hablar de nuestra actividad,
tú harías muy buen papel: eres guapa, joven y decidida. Y puedes ser un
ejemplo de mujer en lucha.
—A mí los periodistas me dan miedo.
—No hay prisa. Pero no olvides que la prensa ayuda a que no haya más
mujeres maltratadas y a que cesen los abusos de los hombres. Denunciar es un
camino para vencer. Y la nuestra es una lucha casi de carácter histórico,
aunque ahora no te lo parezca.

No hizo falta seguir con lo del divorcio. Una tarde, a eso de las ocho,
llamaron a la puerta de casa. Alcé la tapa de la mirilla y vi la figura combada
de don Nicolás, vestido de uniforme.
Abrí.
—Pase —dije sonriente. Me alegraba verle. Pero no quiso entrar.
—A tu marido lo ha matado un coche esta madrugada. Salió borracho de
un garito del barrio de Vallecas. Invadió la calzada cantando, dando voces y
traspiés, y se echó encima de un vehículo que venía arrimado a la acera a
buena velocidad. Eso han contado dos testigos. Creo que el conductor
también había bebido. Tal para cual. Rubén murió al instante.
Me quedé muda, sin saber qué decir ni lo que sentía.
—Me han llamado de la comisaría de Vallecas para darme parte.
Encontraron su documentación en un bolsillo y en ella figura esta dirección.
Por lo visto, llevaba también mucho dinero encima, más de mil euros. Debió
de ganarlo con las cartas en el garito. A lo mejor por eso salió tan eufórico a
la calle.
Me había cogido el brazo.
—¿Quieres ir a la comisaría de Vallecas y al tanatorio? Te acompaño si lo
deseas.
—No. Que se pudra solo.
—Te darán el dinero.
—Que se lo gasten en incinerar a esa carroña.
—Deberías ir. Tienes tiempo hasta mañana por la mañana, antes de que se
lo lleven de allí. Si te arrepientes, me llamas. No seas boba: es mucho dinero.
Y te pertenece como viuda.

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Me quedé sola. Y una inmensa sensación de alivio me invadió. «¿Viuda
de quién?», me dije. Yo no había tenido marido: había vivido con una bestia.
Puse la televisión. En una de las cadenas echaban una telenovela
latinoamericana. Me puse a verla: era horrorosa.
Me dio por reír con ganas.
Jonathan salió de su cuarto al oírme.
—¿De qué te ríes, mamá? Me sentí avergonzada.
—De la telenovela…
Pero de inmediato me puse seria y añadí:
—Tu padre ha muerto, hijito.
—No me importa.
Y se sentó a mi lado. Se quedó un rato callado y luego comenzó a reír.

Al día siguiente llamé a don Nicolás y me acompañó a la comisaría de


Vallecas. No quise ir al tanatorio. Recogí los documentos de Rubén, su
llavero y el dinero. «Qué pocas cosas llega a tener una persona en su vida»,
pensé. Pero lo pensé sin pena.
Don Nicolás me dejó en el supermercado y esperé en la puerta a ver
desaparecer su coche. Luego tiré la documentación y el juego de llaves a un
contenedor de basuras.
Camino de mi casa, un súbito viento agitó con vigor los árboles,
empujándome por la espalda.
Pensé que el viento venía a tomar una parte de mi vida para llevarla lejos.
Y esta vez lo hacía casi en forma de huracán.
Pero, al mismo tiempo, sentía que soplaba alegre y que, en esta ocasión,
no se llevaba flores, al contrario de lo que decía la vieja canción.
Ni tampoco me hacía lamentar que él nunca volviera. Ni echaría de menos
sus besos ni sus palabras porque hacía tiempo que los tenía olvidados.
El ventarrón de aquel día se llevaba muchas lágrimas y me abría la puerta
de otra vida.

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SEGUNDA PARTE

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1
Los siguientes fueron mis mejores años vividos hasta entonces. Jamás me
había sentido tan libre y nunca antes había tenido esa sensación de poder
decidir sobre mi existencia sin que nadie me lo impidiera o lo condicionara.
¡Y qué bonito es disfrutar de pronto de todo lo que es bueno y no has probado
nunca! Es como la primera vez que pruebas el jamón. Y lo digo yo, que soy
de Extremadura, tierra de buenos jamones, y que no lo caté hasta los dieciséis
años, cuando entré a servir en una casa de postín en Badajoz.
Me daba cuenta de que existían muchas cosas que no había tenido los
años anteriores. Por ejemplo, el sexo. Desde que Rubén empezó a golpearme,
e incluso quizás antes, el apetito sexual se había borrado de mi vida: era como
si mi cuerpo no existiera. Y ahora percibía una sensualidad que, en muchas
ocasiones, se apoderaba de mí toda entera, y disfrutaba de esos instantes en
que mi piel latía bajo mi vestido, en que notaba como si se hinchase un poco
mi carne al rozarse con la ropa. Me gustaba vestirme con prendas interiores
sedosas y sentir que caminaba entre caricias.
Me fijaba en los hombres guapos, aunque el pudor me impidiera mirarlos
de frente. Y notaba que ellos respondían, echándome ojeadas a veces
descaradas y otras tímidas. Los tíos siempre me han mirado y, desde que me
nacieron los pechos, me han venido como saltamontes. Pero durante los años
de sufrimiento con Rubén ni siquiera me fijaba en si seguían haciéndolo. O si
me daba cuenta, incluso me parecía desagradable.
Además, pensaba que tal vez podría rehacer mi vida con un hombre a
quien querer y que me quisiera. Pero casarme de nuevo no me apetecía. ¿Para
qué? Podía amar y tener a un buen hombre sin necesidad de pasar por la
iglesia o por el juzgado del brazo de alguno. Casarse es una atadura tonta,
pero puede convertirse en algo peor si no aciertas, como me sucedió a mí con
Rubén.
Encontré trabajo en una empresa de Madrid especializada en limpiar
supermercados y ganaba lo suficiente para que Jonathan y yo fuésemos
tirando.
Por suerte, conservábamos el piso. Menos mal que a Rubén no le dio por
hipotecarlo para jugarse el dinero a las cartas. Quizás le quedaba un rastro de
decencia, o tal vez no se le ocurrió. Dios sabe. O mejor: quien lo sabe bien,
seguro, es el diablo, de cuya compañía debe de andar disfrutando.

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A poco de morir Rubén, me volvieron a pasar cosas que me sucedían
cuando era casi una niña. Entonces, en el tiempo en que compartía aquella
maldita chabola con mi hermano y mis padres, tenía una forma íntima y
secreta de escaparme de todo lo que no me gustaba de mi vida: al acostarme y
cerrar los ojos, imaginaba un mundo muy distinto del mío. Era el mundo que
veía en las películas las pocas veces que había ido al cine. Yo era un
personaje más en un escenario elegante, entre hombres y mujeres guapos, que
vestían muy bien y eran educados. Y me enamoraba de un galán con rostro de
actor que, a su vez, se volvía loco por mí. El que más me gustaba era Harrison
Ford. Y en mis sueños siempre aparecía con corbata e, incluso, con esmoquin,
nunca vestido de Indiana jones.
No veía esas cosas imaginarias como un invento, sino que eran sueños
muy reales los que asomaban en mi cabeza en cuanto cerraba los ojos. Y, en
ocasiones, tenía la suerte de que el argumento que había ideado continuara
después de dormirme. Aunque a menudo se convertía en algo muy loco,
porque los sueños que tienes al dormir no hay quien los gobierne.
Muchas veces me despertaba en mitad de la noche y, si el sueño era
bueno, trataba de continuar durmiendo y retenerlo. Pero pocas veces eran las
que lo lograba. Se había ido y ya no regresaba.
De todas formas, las noches siguientes, antes de dormirme, recomenzaban
mis historias. En esas historias yo era una persona digna y respetada, bella y
limpia, admirada y amada. Todo lo contrario de mi realidad en la chabola.
Ahora, muerto Rubén, volvía a inventarme un mundo cada noche. No era
igual, porque yo era mayor, más descreída, menos soñadora, y tenía una vida
detrás de mí que pesaba lo suyo. Pero nada de eso parecía importarle al
hombre galante y guapo, al Harrison Ford trajeado y atractivo que me
cortejaba cada atardecer.
Y mi jonathan siempre asomaba en el sueño y se iba a vivir con nosotros a
una ciudad pequeña de América, muy lejos de Madrid, en una casa sobre un
río cercada de bosques.

Un día me pasó una cosa rara. El negro Aku, ese alto al que Juanito llama
Aku Jordan, apareció en el bar El Dorado con un amigo suyo, un hombre
joven, puede que más joven que yo, aunque con los negros es difícil adivinar
la edad. ¡Qué guapo era! Tenía una piel de cobre oscuro y muy brillante, pero
los rasgos parecían casi los de un blanco. Se daba un aire a ese antiguo actor
de color tan famoso, ese Sidney Poitier. Y aunque iba vestido con unos
vaqueros y una zamarra vieja, y no con esos trajes elegantes que siempre

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llevaba Sidney Poitier, era igual de educado y tímido y tenía una mirada que
te traspasaba.
A mí me traspasó, desde luego. Porque además me miró mucho y yo sentí
que todo el cuerpo me ardía y tenía ganas de arrimarme y besarle. No me
atreví, claro, y él tampoco se decidió a acercarse a mí.
No volvió más por el barrio y nunca le pregunté a Aku por él. Me daba
vergüenza que la gente supiera que me atraía un negro.
Durante bastante tiempo, quizás unos cuantos meses, aquel joven negro
apareció en las fantasías eróticas que imaginaba muchas noches en la cama,
mientras me acariciaba antes de dormirme.

Una de las cosas que más me preocupaban era cómo divertirme. Casi
nunca en toda mi vida había podido divertirme, y creía que ahora tenía no
solo el derecho, sino también la ocasión de hacerlo. Pero era tan extraño como
lo cuento: no era capaz de imaginarme qué podía hacer para pasarlo bien.
Sobre todo, me apetecía reír, porque había reído muy poco hasta entonces
y pensaba que aún era joven para hacerlo. Me daba cuenta de que, alrededor
de mí, durante la mayor parte de los años, habían sonado pocas risas; que
estaba acostumbrada a ver rostros teñidos de tristeza y a escuchar la amarga
algarabía de las riñas.
Quizás para muchos no es fácil imaginar lo que es una existencia sin
apenas alegrías.
Pero, para mí, lo difícil era imaginar una vida sin lágrimas.
Y, sin embargo, desde siempre, desde niña, yo había notado dentro de mí
una fuerza que me impulsaba a ser feliz. Y nunca había renunciado a
conseguirlo, ni siquiera en los peores días de mi matrimonio con Rubén.
Y, a pesar de todo cuanto ha sucedido luego, sigo sin renunciar.
Sé que lo lograré, que algún día seré feliz. Y que jonathan también lo será.
Creo que todos estamos obligados a no dejarnos comer el alma por la
amargura.
Porque si dejas a la amargura entrar en tu corazón, ahí se queda para
siempre.
Y todo te parecerá amargo desde entonces, hasta que te mueras.
¿Ya quién puede hacerle bien la amargura?
Es el peor sentimiento que hay, porque no tiene salida. Además, asesina a
quien la lleva en su corazón. Como si anidase dentro de ti una culebra
venenosa que acaba por morderte.
Es igual que la envidia, que solo puede resolverse matando a quien se la
tienes.

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Pero un día me reía carcajadas como creo que nunca me había reído antes,
hasta el punto de que me dolían los músculos del estómago de tanto reír.
La culpa fue de Juanito, ¡de quién si no había de ser! Era una mañana fría
y yo regresaba de limpiar en Madrid a eso de las siete y media. Como muchas
otras veces, me metí en El Dorado para tomar un café con unas porras recién
hechas. Las porras y los churros que sirve Juanito son de la churrería de
Marcelo, un sevillano que borda la masa. No hay mejores churros y porras en
todo Madrid.
El caso es que ese día, a poco de sentarme, entró Ahmed cargado con las
pesadas alfombras que va a vender a Madrid. Nunca le había visto con tantas.
Iba el pobre casi enterrado en ellas y no sé cómo se tenía en pie con tanto
peso.
Y a Juanito le entraron ganas de chufla.
—¡Pero quillo! —dijo—, ¿adónde vas con ese supermercao de mantas? Si
pareces un camello cargao pa’l nomadeo por el desierto.
Ahmed sonreía con timidez acodado en la barra. Estaba tomando un té
moruno de esos que huelen a hierbabuena.
Juanito salió de detrás de la barra, se acercó y comenzó a olisquear las
alfombras.
—¿A qué huelen, quillo?, ¿de dónde las has sacao? ¡Ya sé, ya sé! Huelen
a cabra. ¡O no! ¡A dromedario, eso, a dromedario! ¿Y dónde has dejado el
dromedario, lo tienes aparcao ahí afuera?
Y miraba hacia la calle poniéndose la mano como una visera sobre los
ojos.
—Quillo, que yo solo veo desierto y espejismos y no hay ningún
dromedario. ¿A ver si lo has perdido?
Y entonces se arrancó a bailar a lo moruno, con un canto que decía así:

Chérie, te quiero, chérie, yo te adoro,


como la salsa del pomodoro.
Ay, Mustafá, ayyy, Mustafá,
las chicas guapas que hay por allá.
Y si con una te quieres casar,
pregúntale primero a su mamá.

Y repetía el estribillo mientras imitaba la danza del vientre e incorporaba


nuevas letras:

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Tú me pegaste un beso tan ardiente
que me fundiste todo el oro de los dientes.
Tú me quemaste con una cerilla
y yo del salto apagué la bombilla.
Ay, Mustafá, ayyyy, Mustafá,
las chicas guapas que hay por allá.
Y si con una te quieres casar,
pregúntale primero a su mamá.

Todos los parroquianos nos tronchábamos de risa. Y mira que hacía frío
afuera y que eran casi las ocho de la mañana, que son horas en que no dan
ganas de reírse de nada.
Incluso Ahmed se reía. Porque Juanito, cuando se pone de chufla, aunque
parece que le toma el pelo a la gente, nunca se pasa. Es muy fino y sabe en
dónde está el límite. Y todo el mundo le aprecia por eso.

También comenzó a sucederme otra cosa muy nueva. En mis viajes de ida
y vuelta en tren a Madrid, me fijaba más que nunca en la gente. Sin quererlo,
miraba con descaro sus rostros, hasta el punto de que, en ocasiones, los otros
se daban cuenta y me devolvían la mirada molestos. Era diferente cuando se
trataba de hombres jóvenes en edad de guerrear: a más de uno le tuve que
parar los pies cuando ya se había arrancado con ganas de lidia.
No estaba bien eso, porque provocaba sin quererlo.
Pero no podía dejar de hacerlo. Miraba los rostros y en casi todos veía
desidia, aburrimiento, tristeza y, a menudo, miedo. Y me parecía que viajaba
rodeada de seres resignados a su perra suerte, fastidiados por la existencia que
llevaban y sin ánimo para luchar contra ello. Incluso los más jóvenes me
parecían, muchos días, atacados por la misma fatalidad.
Y mientras tanto, yo renacía, era como una planta joven llena de savia.
Me veía distinta de todos ellos.
Y eso me producía pena, por un lado. Y por el otro, mucho orgullo.

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2
Mi cabeza no daba mucho de sí para imaginar cómo divertirme, así que estaba
decidida a no dejar pasar la ocasión cuando se presentara. Yo era todavía una
mujer joven y, según me decía Espe, estaba de muy buen ver. Y la ocasión se
me presentó pronto, durante una Navidad, un par de años después de que
Rubén hubiera muerto.
La empresa de limpieza en donde trabajaba resolvió invitar a los
empleados a una cena antes de la Nochebuena, y nos citaron en un restaurante
del centro de Madrid, por la zona de la plaza de la ópera. Le dije a jonathan
que volvería muy tarde, quizás incluso por la mañana, y me cogí el tren desde
mi barrio al centro de la ciudad, dispuesta a pasármelo en grande y, si se
terciaba, sin barreras.
Los jefes de arriba no vinieron, pero sí los intermedios, esos que hacen
casi el trabajo de capataces. Esa noche éramos un montón de mujeres, más de
treinta, por solo siete u ocho hombres. La verdad es que yo no tenía mucha
confianza con las compañeras, porque apenas da tiempo a charlar entre
nosotras cuando andamos con las fregonas limpiando los pasillos y los
almacenes de los supermercados. Pero, como decía, estaba dispuesta a pasarlo
bien y me bebí un par de vasos de vino antes de la cena para ir calentándome
el alma.
No suelo beber, la verdad; creo que le he tomado inquina al alcohol desde
lo de Rubén. Pero ese día necesitaba vencer la timidez y la vergüenza.
El restaurante estaba en una segunda planta y la empresa había reservado
una mesa corrida que ocupaba todo el fondo de la sala. Nos sirvieron de
primero ensaladas y embutidos y luego grandes bandejas de cordero asado.
Estaba más bien seco, pero la verdad es que a mí me supo estupendo, porque
muy pocas veces en mi vida he comido en restaurantes. Había también mucho
vino y gaseosa y yo no paré de beber durante la cena. Y veníamos todos con
tanto apetito que las bandejas del cordero quedaron como los huesos de los
búfalos en las praderas africanas después del paso de los leones y los buitres.
Porque los pobres, como no hemos comido de pequeños todo lo que nos pedía
el cuerpo, cuando vemos comida delante de nosotros nos corre más de prisa la
vista que el estómago, y nos echamos al cuerpo más de lo que deberíamos.
Me fijé en un rubito desde el principio: estaba sentado al otro lado de la
mesa, casi enfrente de mí. Era un jefecillo, de una edad parecida a la mía y,

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como luego supe, trabajaba en las oficinas de la empresa, por eso no le había
visto nunca. No era exactamente mi tipo, pero no estaba mal. Y tampoco
había mucho en donde elegir, la verdad. Él enseguida comenzó a mirarme.
Después de la cena, alguien propuso ir a tomar una copa, y nos quedamos
diez tías y cuatro tíos. Nada más salir, el rubito se me acercó y empezamos a
pegar hebra.
Entramos en un local enorme que estaba en la misma esquina. Había dos
largas barras en donde servían bebidas y una pista de baile redonda rodeada
de muchas mesas. Una orquesta tocaba en el escenario piezas de ritmo lento
en su mayoría. Me llamó la atención ver que parte de la clientela tenía
bastantes más años que yo. Parecían vecinos del mismo barrio en donde
estábamos y había parejas que llevaban muy bien los pasos del vals, del
pasodoble e, incluso, de cuando en cuando, del mambo, la rumba o el
chachachá. El director de la orquesta, cuando acometía un ritmo más vivo, lo
anunciaba con voces jubilosas por el micrófono y la gente aplaudía. Podría
haberse pensado que el lugar acogía una escuela de bailes de salón, pero las
numerosas mujeres que se sentaban solas junto a las mesas de los rincones
más oscuros tenían un aspecto algo dudoso. O mejor dicho: nada dudoso. Y
había muchos hombres sueltos que se veía que andaban de cacería. O sea, que
era un lugar bien raro.
Nos sentamos todos juntos cerca de la pista y el rubito se clavó a mi lado.
Me fijé en que, en la falange del dedo anular de la mano derecha, llevaba la
marca blanquecina de un anillo. Él se dio cuenta de dónde miraba y, azorado,
escondió el dedo; luego volvió a dejarlo al aire y me dijo:
—Me acabo de separar.
Era una milonga, por supuesto, y estaba claro que el rubito iba de pesca.
Me hizo gracia porque yo no iba esa noche en busca de matrimonio, sino que
simplemente quería una aventura. ¿Qué me importaba si estaba casado o se
había separado?
Bailamos en círculo, todos juntos, durante un rato, algo de salsa y ritmos
aflamencados. Bebimos ginebra con tónica y, poco a poco, la gente fue
desapareciendo. Al final nos quedamos dos parejas, cada una a lo suyo. El
rubito y yo bailamos unas cuantas piezas agarrados como dos lapas y sin cesar
de mordisquearnos y darnos besos. Me acuerdo de que, a veces, me decía al
oído:
—Eres igualita que Sara Montiel en la película Veracruz. ¿La has visto?
Trabaja con Gary Cooper y Burt Lancaster.

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Yo no tenía ni idea de qué película era. Y a Sara Montiel solo la conocía
de verla en fotos de las revistas. ¡Vaya carcamal!, ¡si era un pellejo! Pero
imaginé que, de joven, debía de haber sido una mujer digna de verse. Pensé
que me lo tenía que tomar como un piropo.
A eso de las dos salimos a buscar dónde encamarnos y dimos con una
pensión barata en la misma calle de los Caños. La verdad es que no fue lo que
se dice un romance inolvidable. Los dos estábamos cansados, él llevaba
encima media melopea y a mí me dolía el estómago por la panzada de la cena
y la cabeza por las copas. De modo que la cosa salió menos que regular.
Mientras el pobre lo intentaba con más voluntad que éxito, me decía una y
otra vez:
—Igualita que la Montiel…
Hasta que lo descabalgué con delicadeza, le eché a un lado y le dije que
descansara un poco. Al minuto roncaba.
A la mañana siguiente casi ni hablamos y cada uno se fue por su cuenta a
desayunar. Él se empeñó en pagar la habitación, pero yo me negué y
dividimos.
No le he vuelto a ver, supongo que sigue trabajando en las oficinas de la
compañía, por donde yo solo asomo para cobrar a fin de mes. Y ni siquiera
me acuerdo de su nombre. Pero varias veces en los meses siguientes regresé
al mismo bailongo y acabé siempre con un hombre en la cama de uno de esos
hoteles o pensiones de medio pelo que hay alrededor de la plaza del Callao.
No quise volver a la de la calle de los Caños por aquello del mal fario.
Procuraba, eso sí, ir pronto, cenar liviano y encamarme con el tipo de
turno antes de que se metiera demasiadas copas en el cuerpo. Más que por
guapos, los escogía por limpios.
Y en general las cosas salían bastante mejor que con el rubito. Nunca
repetí con el mismo tío.
Me sentía libre y algo golfa. Y eso me hacía gracia, porque era un poco
como si yo fuera un hombre, como si mandase sobre mí misma y no tuviera a
nadie por encima.
Solo tenía encima de mí, de cuando en cuando, a quien yo elegía como
jinete.

Mi vida habría ido muy bien si las cosas no se hubieran torcido con
Jonathan. Todo empezó hace algo más de dos años, cuando mi niño tenía
catorce. Es esa edad mala en que los chavales pueden caer de un lado o del
otro, que son como una hoja echada al viento. Yo tuve mala suerte y el chico
cayó del lado que no debía.

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En mi barrio, las escuelas son lugares duros y tienes suerte si tu chico no
sale de ellas convertido en un delincuente. Jonathan, aunque no era una
lumbrera, iba tirando en su colegio y sacaba los cursos adelante con más o
menos dificultad. Además, yo conocía a varios de sus amigos y me parecían
buenos chicos casi todos ellos, lo que me daba tranquilidad.
Pero a mitad del curso de ese año noté que empezaba a estar solo y que se
volvía más reservado. Le pregunté qué le pasaba, pero eludió contestarme de
forma clara. Los chicos, cuando se hacen adolescentes, no quieren que se sepa
mucho de sus asuntos, porque se creen más hombres de lo que son.
¡Y qué poco podemos ayudar los padres a los hijos en esa edad indecisa
en que dejan de ser niños!
Yo tenía buena relación con uno de los profesores, don Daniel, que
enseñaba matemáticas. Y me fui a verle. Lo que me contó me sonó algo
extraño, pero no me alarmó. ¡Qué tonta fui!

—A tu hijo le ha pasado algo muy común, Francisca —⁠me dijo don


Daniel⁠—, algo muy frecuente en esas edades pero que, para ellos, puede
parecer un drama. Hace unas semanas un chico le retó a pelearse con él y
Jonathan se asustó, porque el otro es un muchacho muy fuerte y bastante
bravucón. Y los demás chavales comenzaron a llamarle cobarde, incluidos
algunos de sus amigos, incluso coreándolo un día en la hora del recreo. Pero
ya se le pasará, son cosas de la juventud.
Veía a Jonathan cuando llegaba del colegio con aire huraño y entristecido.
Nunca quería contarme nada. Yo pensé, como me dijo don Daniel, que era
algo transitorio y no le di importancia.

El primero que me advirtió y me abrió los ojos fue Lin, el chino de la


pequeña tienda de chucherías. Los chavales van siempre a ese comercio,
porque es barato y tiene de todo para cualquier edad, desde golosinas y
refrescos a cervezas y cigarrillos. Algunas mañanas, cuando regreso de
Madrid, voy allí para hacer algunas compras de última hora. Y una de esas
veces, Lin me dijo:
—Cuidado, Mamá Romero, tu hijo no tiene amigos de los chicos buenos.
—¿Con quién le has visto, Lin?
—Con los peruanos, esos que tienen una banda que se lucha con otras
bandas y muchas veces son heridos los unos y también los otros. Hotias,
hotias… Toman droga de coquina y esa con que se pinchan, la que le llaman
como el caballo. Hotias, hotias… Mucho cuidado, Mamá Romero.

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Me asusté y comencé a fijarme en Jonathan con más detenimiento.
Muchas noches le veía decaído, como enfermizo. Se encerraba en su cuarto
antes de que yo me fuera a trabajar a Madrid y no me abría cuando llamaba a
su puerta para despedirme.
Espe me advirtió también:
—Tu hijo sale algunas noches después de que tú te vas, Paqui. Y vuelve a
las tantas.
Me asusté más todavía.
Una tarde en que regresó del colegio mucho después de la hora
acostumbrada, me coloqué delante de la puerta de su cuarto antes de que
entrara y se encerrase, como solía hacer desde hacía varias semanas. Estaba
decaído, con aire fatigado, como ido.
—¿Qué haces, mamá? —preguntó con aire bobalicón.
Le tomé el brazo y le subí con rapidez la manga de la camisa. Tenía
picaduras de aguja en la cara interior del antebrazo, una de ellas muy reciente.
Verle así fue como si me soplara un viento fuerte y áspero en el alma.
No sé por qué lo hice, pero le di una bofetada. Y me eché a llorar.
Y él se dejó caer sentado al suelo y comenzó a vomitar.
Yo corrí al cuarto de baño a por una toalla y me senté a su lado. Así
estuvimos un buen rato: Jonathan atacado por fuertes arcadas y yo llorando
sin poder controlarme.
Nos pusimos perdidos de vómito.
Cuando mi niño se calmó, le preparé una infusión, le lavé, me lavé y nos
fuimos al centro de salud. Tuvimos suerte: don Aniceto estaba a punto de
marcharse a casa.
El médico puso una inyección a Jonathan, no sé de qué, y luego me dijo
con sequedad:
—Lo que tiene tu hijo no se remedia aquí, Francisca, y tú lo sabes bien.
No vuelvas a traérmelo en este estado si lo que quieres es que se cure del
todo. Estas cosas se arreglan de otra manera.
—Pero ¿qué puedo hacer, don Aniceto?
—Habla con el comisario don Nicolás. Este asunto es más cosa de él que
mía.
—¿No se puede curar?
—Tu hijo está enganchado… a la heroína, ya sabes. Se cura, como todo se
cura en la vida, menos la muerte. Pero yo no lo curo.
Y nos despidió sin más. Era un antipático.

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Decidí pedir ayuda a don Nicolás. A la mañana siguiente dejé a Jonathan en
casa de Espe, llamé al trabajo diciendo que estaba enferma y me fui para
comisaría. El comisario me recibió enseguida y me llevó a su despacho. Le
conté de sopetón lo que pasaba mientras él preparaba un café para los dos en
una máquina eléctrica.
Cuando terminé, se sentó frente a mí y me miró mientras sonreía con esa
sonrisa tan suya, como de fatiga.
—Esta vez, Mamá Romero, puedo hacer muy poco por ti. Ya sabes en
dónde venden la droga a esos chavales. Y si no lo sabes, te lo digo yo. La
venden los gitanos rumanos en el Cerro Misericordia, y a su jefe todo el
mundo le conoce como el Coyote. Los rumanos son los que dan la cara en el
menudeo, porque los mayoristas son los gitanos españoles del barrio de La
Colasa. Los dos grupos son colegas en el trapicheo, pero se marcan muy bien
sus territorios. A veces hay reyertas con muertos cuando alguno traspasa las
lindes sin acuerdo previo.
—¿Y por qué no los detienen ustedes a todos? Van a matar a la juventud
del barrio.
—Es más difícil de lo que crees. O, por decirlo de otro modo, casi
imposible. Haría falta montar algo parecido a una operación militar.
—Si se gasta tanto dinero en el ejército, ¿por qué no utilizar una parte en
que la policía detenga a los delincuentes? Es mucho más útil hacer eso,
porque guerras ya no hay.
—Es más fácil decirlo que hacerlo. Una operación así precisa de una
orden judicial que requiere muchas negociaciones, no solo con jueces, sino
con otras autoridades. Y, además, no se lucha contra delincuentes del tres al
cuarto, sino contra gente que está muy organizada, sabe escabullirse muy
bien.
—La policía está para algo, digo yo…
—Una vez, hace unos años, se llevó a cabo una operación como la que tú
piensas que puede hacerse ahora. Yo estaba allí, por entonces era inspector
jefe. Una madrugada rodeamos un poblado parecido al del Cerro
Misericordia, en donde todo el mundo sabía que se vendían drogas. Se hizo
por sorpresa e intervinimos unos cincuenta policías. Durante horas,
registramos casa por casa y arrestamos a un montón de sospechosos, a la

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mayoría de los cuales tuvimos que soltarlos poco después. Y apenas
encontramos algunos paquetes de marihuana y un poco de cocaína y de
heroína. Aquella gente lo tenía preparado todo por si se producía una
intervención policial y, antes de que entrásemos en las viviendas, arrojaban la
droga a los váteres o la quemaban en las hogueras encendidas en los patios o
la destruían en ollas de agua hirviendo. O sea, que la gigantesca operación,
tan costosa y tan minuciosamente preparada, no sirvió para casi nada.
Me miró con gesto de impotencia:
—Era un dislate. Las mujeres y los niños nos insultaban y nos arrojaban
botellas. Íbamos con material de choque: cascos, escudos y escopetas
lanzapelotas. Parecíamos payasos ante aquella turba desarmada que bien
podía reírse de nosotros…, ¡peleando contra niños y mujeres!
Dudó un instante. Bajó la mirada y se frotó las manos, nervioso.
—Conforme avanzaba el día, decenas de chicos, que al final de la tarde
podían ser más de doscientos, fueron situándose al lado del cordón policial.
Eran drogadictos que iban a comprar su dosis de coca o de caballo. Miraban
con ansiedad cuanto sucedía dentro de la barriada y, con el paso de las horas y
a medida que les entraba el mono, se los veía cada vez más agitados. Algunos
se desmayaban, otros comenzaron a increparnos… Fue necesario llamar al
Samur para atender a los que desfallecían. Y todo pareció convertirse en una
burla cuando levantamos el cordón policial. A veces, los acontecimientos
trágicos se transforman en ridículos, irrisorios… Al retirarnos y terminar con
el cerco, decenas de chicos drogadictos echaron a correr hacia el interior del
barrio. Nosotros salíamos con las manos casi vacías y ellos entraban en busca
de lo que no habíamos sido capaces de descubrir y confiscar.
Don Nicolás se llevó la mano a la frente y la frotó con los dedos, como si
se secara el sudor.
—Era, era… como el primer día de las rebajas del mes de enero en los
grandes almacenes: las puertas que se abren de pronto y la gente recorriendo
febril los expositores, piso a piso, con la ansiedad de quien busca un tesoro.
Así corrían aquellos chicos y chicas por las calles, empujándonos, sin miedo a
nuestras armas, entrando en las chabolas que habíamos registrado minutos
antes, aullando de ansiedad igual que perros hambrientos. Jamás volveré a
participar en una operación como aquella…, jamás. Aunque tuviera que dejar
la policía.
Hizo una pausa, meneó la cabeza y sonrió con fatiga antes de
preguntarme:

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—En fin… ¿Nunca has estado en el Cerro Misericordia o en La Colasa,
Mamá Romero?
—Son lugares peligrosos, eso dicen. —No se te ocurra ir nunca.
—¿Qué haría yo allí?
—Eso digo yo, qué harías… Pues verás, el Cerro Misericordia está en la
avenida que lleva a La Colasa, a mitad de camino, y todas las chabolas que
hay antes de alcanzar los dos barrios son algo así como torres de vigía para
alertar a los jefes de la llegada del enemigo. Quiere decirse que, si intentamos
montar una operación policial de requisa de droga y detención de traficantes
en el Cerro o La Colasa, nos ven venir de lejos y la droga desaparece y los
capos se esfuman.
—¿Y yo qué puedo hacer por mi Jonathan, don Nicolás?
Suspiró y se levantó. Dio un paseo alrededor de la habitación y, al pasar a
mi lado, me tocó el hombro con afecto. El gesto me confortó un poco.
—Lo más prudente es que quites a tu hijo de en medio una temporada.
—¿Y adónde lo llevo? No tengo dinero y conozco a poca gente.
—¿Tienes buena relación con el cura? —Preferiría ir a ver al diablo.

—¿Y el médico?
—Llevaría a mi niño a un hechicero antes que visitar a don Aniceto otra
vez.
—Habla con Felipa y con esas abogadas amigas suyas. Quizás te puedan
ayudar. Hay centros de rehabilitación para chavales.
—¿Y sacarlo del colegio? Perderá el curso…, quedan solo unos meses
para que termine.
—¿Qué quieres, Mamá Romero, un drogadicto escolarizado o un chico
sano? ¿No es mejor que gane una vida aunque pierda un curso? Si tu hijo ha
empezado hace poco a picarse, hay tiempo todavía… No dejes escapar un
segundo.
—Me gustaría que terminase el bachiller. Y si no puede estudiar una
carrera, que tenga al menos un buen oficio.
—Procura salvarlo antes de que sea tarde y olvida los bachilleratos por
ahora. Tiene que salir del hoyo en donde se ha caído. Para lo demás, ya habrá
tiempo.

Le hice caso y hablé con Felipa. Y volví a ver a Merche, la abogada de


Madrid. Estuvo muy afectuosa y prometió ayudarme.
—No te preocupes, Paqui —me animó apretándome el brazo⁠—, lo de tu
hijo tiene arreglo.

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Después me dijo mientras señalaba un cartel de la pared en donde se leía
«Mujeres en Lucha»:
—Me gustaría que conocieses nuestra asociación, que vinieses a alguna
reunión de vez en cuando. Podrías ayudarte a ti misma y ayudarnos al mismo
tiempo: necesitamos mujeres con experiencia de la vida, que conozcan el lado
duro de la realidad femenina.
—Por desgracia, lo conozco muy bien…, incluso demasiado bien.
—Eso es lo que necesitamos.
Se me ocurrió decir una tontería:
—¿No hay hombres en la asociación?
Enseguida me di cuenta de que había metido la pata. Merche me contestó
con un tono desdeñoso:
—¿Conoces algún hombre que luche por las mujeres? Si lo conoces, te lo
traes a la primera reunión. Pensé en el comisario don Nicolás, pero ese no era
el asunto.
Merche me habló de un centro muy bueno para la rehabilitación de
chavales con problemas de drogas en donde podía intentar, por medio de
influencias, que admitieran a Jonathan.
Me daban ganas de llorar y no podía decir nada. Solo afirmé con la cabeza
cuando Merche preguntó si me parecía bien.

Jonathan estuvo tres meses en un centro de rehabilitación de un pueblo de


Guadalajara, dependiente de una organización llamada Proyecto Libre y en
donde al chico le daban medicamentos que le hacían parecer algo sonado.
La verdad es que era un lugar algo siniestro. El portón de hierro del patio
estaba cerrado con un gran candado y en las ventanas bajas del edificio había
rejas. El sitio tenía el aire de una cárcel.
No le vi más que un par de veces en todo ese tiempo porque a las familias
de los internos solo nos dejaban visitarlos cada cuarenta días. Pero podía
hablar una vez por semana con alguno de sus monitores y los domingos con
él. A una de las dos visitas me llevó Merche. Y a la otra, don Nicolás. Pero
ninguno de ellos entró conmigo en la sala del centro.
Lo importante era que mi niño iba bien, que se curaba. Y pensé que otra
vez el cielo de mi vida se despejaba de nubarrones.
Regresó conmigo en verano. Yo había ahorrado un poco y me lo llevé
diez días a un hotel de Benidorm. Era la primera vez que íbamos al mar.
Él disfrutó mucho, no salía del agua en toda la mañana a pesar de que no
sabía nadar.

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Yo me quedaba sentada en bañador sobre la toalla y bajo la sombrilla,
para no quemarme la piel, que la tengo muy delicada. Y no me atrevía a meter
más que los pies en la lengua de agua que rozaba la arena porque me daba
miedo aquella inmensidad vacía en la que, algunos días, lejos de la orilla, veía
alzarse olas largas y enrabietadas.
Pero, al mismo tiempo, el mar me fascinaba. Algo en mi interior, una
fuerza desconocida, como una voz de lenguaje incomprensible, parecía
decirme que yo pertenecía a ese mar, como si mis ancestros hubiesen venido
de allí en una edad remota y yo reconociera inconscientemente el camino.
Trataba de pensar en las tierras invisibles que había más allá de la delgada
línea azul del horizonte. Y si veía un barco en la lejanía, me imaginaba que
Jonathan y yo íbamos a bordo, en busca de otros mundos y de una vida mejor.
O quizás en busca de unos cálidos y lejanos tatarabuelos de una edad más
feliz.
Cuando regresamos a Madrid, no cesé de añorar el mar durante varios
días.

Fue otro error devolver a Jonathan a la escuela para el nuevo curso. Pocas
semanas después, volvió a picarse.
Y así comenzó el último drama de mi vida.
Una de las noches en que regresó tarde a casa, con el aire inconfundible
de quien acaba de inyectarse una dosis de droga, volví a tirarle de la manga de
la camisa hacia arriba y, como la primera vez, al ver las marcas de las agujas,
le di un bofetón.
Pero él no respondió como entonces, llorando y vomitando, sino que se
apartó de mí con un gesto de rabia, me devolvió el golpe en la cara y me
gritó:
—¡Puta! ¡Tú no eres mi madre, eres una puta!
Y se dio la vuelta y salió de casa dando un portazo.
Yo me quedé muda e inmóvil, incapaz de reaccionar durante unos
minutos. No hay insulto que me haga más daño que el de «puta».
Cuando salí a la calle, ya no pude verle.
La noche lo envolvía todo en un barrio de luces que apenas alumbran.

No regresó y yo le esperé en vano hasta el amanecer. Llamé a mi empresa


y le conté al jefe la milonga de que estaba enferma, con mucha fiebre, y no
sabía cuándo podría volver al trabajo.
Pasaron tres días y Jonathan no volvía. Yo no salía de mi casa o de la de
Espe. Me desaparecieron las uñas de tanto morderlas. Apenas lograba dormir.

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La cuarta noche se me ocurrió dar una vuelta por el parque del barrio, no
muy lejos de casa. Yo sabía que era un lugar adonde algunos chicos acudían a
picarse y muy poca gente en su sano juicio se asomaba por allí a horas tardías.
Pero pensando en que mi Jonathan podría haberse refugiado en el parque, se
me quitó el miedo.
Oscurecía y, en la penumbra, veía las sombras de algunos chicos meterse
entre las arboledas. Los seguí. Había unos pocos tendidos en la hierba. Uno
de ellos me dijo una grosería cuando pasé a su lado. No le respondí porque
sentía una enorme pena por él y por los otros.
Sus rostros eran difíciles de distinguir, pero me di cuenta enseguida de
que mi hijo no estaba allí. Le habría olido, estoy casi segura.
Esa noche dormí unas cuantas horas, pero las pesadillas me robaban el
descanso.
Una de ellas aún me hace estremecer.
Yo recorría el mismo parque a la misma hora, pero los chavales tirados
entre los árboles no eran unos pocos, sino cientos. Cubrían el suelo, en la
oscuridad de la noche, como un ejército derrotado, formaban una alfombra de
muertos y heridos y costaba trabajo caminar entre ellos sin riesgo de pisarlos.
Yo buscaba en sus rostros el de mi hijo Jonathan, pero no lo encontraba.
Veía los ojos quietos de los muertos y las miradas de los heridos cruzadas
por el terror y por hilos de sangre. Yo cerraba los ojos y en mi interior sonaba
una música fúnebre. Cuando los abría, las manos de muchos de ellos, de
decenas de ellos, se alzaban a mi paso suplicando ayuda. Sus lamentos
acompañaban como un coro de dolor la música fúnebre que sonaba en mi
alma. No había colores, todo era en blanco y negro, como en las películas
antiguas.
Me desperté cubierta de sudor. En un primer momento me asusté
pensando que sudaba sangre.
un lugar adonde algunos chicos acudían a picarse y muy poca gente en su
sano juicio se asomaba por allí a horas tardías. Pero pensando en que mi
Jonathan podría haberse refugiado en el parque, se me quitó el miedo.
Oscurecía y, en la penumbra, veía las sombras de algunos chicos meterse
entre las arboledas. Los seguí. Había unos pocos tendidos en la hierba. Uno
de ellos me dijo una grosería cuando pasé a su lado. No le respondí porque
sentía una enorme pena por él y por los otros.
Sus rostros eran difíciles de distinguir, pero me di cuenta enseguida de
que mi hijo no estaba allí. Le habría olido, estoy casi segura.

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Esa noche dormí unas cuantas horas, pero las pesadillas me robaban el
descanso.
Una de ellas aún me hace estremecer.
Yo recorría el mismo parque a la misma hora, pero los chavales tirados
entre los árboles no eran unos pocos, sino cientos. Cubrían el suelo, en la
oscuridad de la noche, como un ejército derrotado, formaban una alfombra de
muertos y heridos y costaba trabajo caminar entre ellos sin riesgo de pisarlos.
Yo buscaba en sus rostros el de mi hijo Jonathan, pero no lo encontraba.
Veía los ojos quietos de los muertos y las miradas de los heridos cruzadas
por el terror y por hilos de sangre. Yo cerraba los ojos y en mi interior sonaba
una música fúnebre. Cuando los abría, las manos de muchos de ellos, de
decenas de ellos, se alzaban a mi paso suplicando ayuda. Sus lamentos
acompañaban como un coro de dolor la música fúnebre que sonaba en mi
alma. No había colores, todo era en blanco y negro, como en las películas
antiguas.
Me desperté cubierta de sudor. En un primer momento me asusté
pensando que sudaba sangre.

A la mañana siguiente fui a comisaría en busca de don Nicolás para que


me ayudase. Pero el inspector que le relevaba me dijo que había cogido unas
cortas vacaciones y que no volvería hasta dos días después. No hizo mucho
caso cuando le hablé de la desaparición de Jonathan.
—Los chavales son así. Volverá cuando eche de menos las comidas de su
madre.
—¡Pero está enganchado a la heroína!
—¿Y dónde quiere que lo busque?
—En el Cerro Misericordia, supongo.
—Ahí no podemos entrar sin orden judicial.
—¿Y qué puedo hacer?
Lloraba.
—Tranquila, tranquila, mujer…, espere a que venga el comisario… Total,
pasado mañana está aquí. Y lo mismo el chico asoma antes por su casa.

El día que se cumplía la semana de su marcha, soñé con Jonathan muerto.


Lo encontraba desnudo y tirado en una cuneta de un camino. Me desperté
gritando, y ya no pude dormir.
Al amanecer, resolví ir al encuentro del Coyote para que me dijera, si lo
sabía, dónde estaba mi hijo. Y para pedirle que no le vendiera droga.

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Pensé que él era la única persona que podía saber por dónde andaba mi
Jonathan.
Y acerté.
Pero a qué precio.

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4
Entre el centro de mi barrio y el Cerro Misericordia se tiende una avenida de
casi un kilómetro en donde no hay casas, solo desmontes llenos de basuras
que a veces no se recogen durante días. Allí merodean perros solitarios y
familias de grandes ratas, compitiendo por hacerse con los restos de comida
que la gente tira por allá de mala manera. Es un lugar que me produce temor.
Muy cerca, a espaldas de los desmontes, pasa la autovía de Valencia y el
ruido llega hasta el lugar, como un ronquido que se levanta en el aire o un eco
de hierros que lloran.
Desde la autovía bajan todos los días pobres muchachos toxicómanos,
delgados, harapientos muchos de ellos, dando tumbos camino del Cerro
Misericordia para hacerse con su dosis de heroína. Da angustia verlos. Sobre
todo por las noches, cuando deambulan como sombras escuálidas entre las
basuras, alumbrados por las hogueras que encienden los traficantes para
guiarlos hacia las chabolas en donde se vende la droga.
Yo no me acerco por allí, pero a veces los he visto cuando caen cerca del
centro del barrio porque pierden el camino del Cerro a causa de la ansiedad
que los ciega. Son jóvenes que parecen llevar cien años de dolor sobre las
espaldas. Están sucios, demacrados y muchos de ellos han perdido una buena
parte de sus dentaduras.

Iba recordando los rostros de esos chicos, temblando de pavor mientras


pensaba que mi hijo podría terminar así algún día.
Se acercaba la hora del atardecer y yo caminaba por el centro de la recta
avenida, rodeada por el olor dulzón que el sol había extraído de los desechos.
En el aire flotaba una espesa calima que parecía pringarme la piel y hacía que
me sintiera sucia. No pasaban coches y podía andar por el centro de la calle,
con lo que evitaba encontrarme con las ratas y los perros.
Al término de la recta, la avenida se estrechó y se convirtió en un callejón
zigzagueante que trepaba entre chabolas. Un sinnúmero de cables surgían al
aire desde los techos de las míseras viviendas. Entraba en el Cerro
Misericordia.
Las luces de las bombillas iluminaban ya el entorno. Sentía miradas que
me seguían desde el otro lado de las ventanas de las chabolas. El olor a basura
se había esfumado y en su lugar flotaba un aroma a guisos de cacerola.

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Alrededor de las casuchas, un par de gruesos gatos paseaban entre lavadoras y
neveras inservibles, tazas de váteres, baterías de automóviles, placas de
vitrocerámica, radiadores, restos de aparatos de aire acondicionado y todo
tipo de cachivaches. Me pregunté si los felinos formarían parte de un cuerpo
especializado en la caza de la rata.
El asfalto desapareció y se convirtió en una pista de tierra. Seguí
subiendo, y al cabo de unos minutos fui a dar a una especie de plazuela. Una
mujer lavaba ropa en un balde de agua. Se cubría la cabeza con un pañuelo,
como lo hacen las gitanas rumanas. A sus pies, un niño muy pequeño, casi un
bebé, permanecía sentado sobre una manta, cubierto con un abrigo raído que
le venía muy grande. Disfrutaba con un chupete y mocos oscuros brillaban
alrededor de su nariz y de su boca.
La mujer se irguió al verme llegar y colocó los brazos en jarras. Me
detuve y ella me miró de arriba abajo. No sé por qué, pero me sentí desnuda.
—¿Qué vienes tú aquí? —dijo en un español tembloroso⁠—. Esta tierra es
romaní.
—Busco al Coyote —respondí.
Quedó callada un rato. Luego se giró, señaló con la barbilla una chabola
más grande que las otras y dijo:
—En esa casa, en el bar.

Era una casucha de paredes desportilladas y techo metálico ondulado.


Pero se diferenciaba de las demás chabolas no solo por su mayor tamaño y
porque contara con dos pisos, sino porque se sostenía sobre grandes pilares de
troncos de árbol sin pulir. Una empinada escalera de seis o siete peldaños
conducía a una especie de tosco porche construido con tablones de madera.
Justo desde abajo, ofrecía el aspecto de ser el templo de una secta misteriosa,
un santuario destinado a tétricos ritos de brujería. Me fijé en que, a un lado de
la casa, había aparcado un coche grande y lujoso de llamativo color rojo.
Refulgía de limpio y resultaba algo extraño en aquel escenario de miseria.
Dudé antes de entrar porque sentía miedo, pero me dije: «Fuerza, Paqui»,
y empecé a subir los escalones, que chillaban bajo mis pies como una
algarabía de roedores.
Una vez en el porche, empujé la puerta y entré. Delante de mí se abrió una
enorme habitación de luces macilentas que olía fuertemente a tabaco. El
aspecto y el ambiente recordaban a uno de esos bares de carretera de las
películas americanas. A la izquierda se extendía un largo mostrador y, allí,
varios hombres se acomodaban en taburetes acompañados de mujeres de
cabellos teñidos en furiosos tonos rubios y de blusas muy escotadas. A la

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derecha, en una mesa de billar americano, jugaban dos tipos, mientras otros
cuatro contemplaban la partida. Al fondo, casi sumidas en la oscuridad, había
mesas con grupos de hombres jugando a las cartas. En el aire sonaba una
bulería cantada por Camarón de la Isla.
Todo el mundo volvió la cara hacia mí cuando entré, incluido el camarero,
que, en mangas de camisa y chalequillo, servía las bebidas tras el mostrador.
Fue cosa de segundos, pero a mí se me hicieron mucho más largos esos
instantes en que permanecí allí quieta, junto a la puerta, sin saber bien qué
hacer ante aquel extraño escenario y con tanta gente pendiente de mí.
Finalmente, uno de los espectadores de la partida de billar se acercó con
lentitud. Me habló en español, con un fuerte acento extranjero:
—¿Qué haces aquí, mujer?
—Quiero ver al Coyote.
Echó la cabeza hacia atrás y se rio igual que lo hacen los actores de las
películas de gánsteres, como una manera de chulear.
—Espera —dijo.
Caminó hacia el fondo de la sala y le vi inclinarse, entre las sombras,
junto a una mesa.
Un tipo se levantó. Era alto y llevaba sombrero. Dos tipos de los de la
mesa de billar se le unieron mientras caminaba hacia mí.
Llegaron a mi altura.
El hombre alto llevaba la cabeza inclinada y su rostro apenas podía
distinguirse bajo el ala ancha del sombrero. Sus acompañantes se situaron
detrás de él.
—¿Quién eres? —dijo, también con acento extranjero.
—Busco al Coyote.
—¿Qué quieres?
—Hablarle de mi hijo.
—¿Quién es tu hijo?
—Uno de esos chicos a los que les vendes droga.
—¿Quién dice eso?
—Todo el mundo lo sabe.
—Entonces todo el mundo miente. Yo no vendo droga.
—No soy policía ni soplona, solo quiero hablar contigo.
Alzó levemente la cabeza y me miró a los ojos.
—Ahí fuera —dijo.
Salí. Él bajó los escalones detrás de mí y los dos hombres le siguieron. Me
señaló adelante para que caminara un poco. Luego me ordenó detenerme y se

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colocó dándome frente. Los otros dos se quedaron algo rezagados.
Estábamos casi en el centro de la plaza. La mujer que lavaba ropa había
desaparecido y no había nadie allí salvo nosotros y sus dos compinches. La
noche se echaba encima, pero la luz amarillenta de una bombilla le daba al
Coyote en la cara y podía verle el rostro anguloso, la pálida piel y los ojos que
despedían un brillo azul. Una cicatriz le cruzaba la mejilla derecha. Su mirada
me producía temor.
Me acordé de los chicos del parque y de mi Jonathan. Quizás decidí
matarle en ese momento sin ser consciente de ello todavía.
Pensarlo ahora me da miedo. Miedo de mí.

—¿Qué quieres?
Se había parado delante de mí, con las piernas abiertas.
—Saber dónde está mi hijo.
—No sé quién es tu hijo.
Ahora, de pronto, el hombre no me producía temor.
—Un chaval al que le vendes droga, de esos que estás matando con tu
negocio.
—No mato a nadie. Ellos saben lo que hacen. Si quieren morir, no es mi
culpa.
—Mi hijo es menor.
—¿Quién es tu hijo?
—Se llama Jonathan y tiene quince años; es rubio y de cara muy blanca.
Tiene los ojos azules, como tú.
—Ya sé…, el cara de lechuga. Yo no le vendo a ese…, ni a ninguno.
—¿Dónde está?
Se encogió de hombros. Sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió y me
echó la primera vaharada de humo a la cara.
—No sé qué hago aquí contigo. ¿Qué me ofreces tú, mujer?
—Lo que quieras menos dinero. No tengo. Pero dime dónde está.
Comenzó a caminar rodeándome. Volvió a detenerse frente a mí y me
palpó los pechos con las manos. Sentí repulsión, pero contuve el impulso de
saltar hacia atrás.
—Duras, buenas tetas. Me das ganas, mujer.
—Hago lo que tú quieras si me dices dónde está. Eso, lo primero de todo.
—Vamos —dijo señalando hacia la taberna.
Echó a andar y yo le seguí.
Alcanzamos de nuevo el edificio. Con un gesto, el traficante me indicó
que me detuviera. Luego le dijo algo al oído a uno de los dos hombres, quien

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de inmediato subió con ágiles saltos la escalera y entró en el bar.
—¿Está ahí? —pregunté.
Asintió con un gesto.
—Me debe dinero —dijo—, ahora está fregando en la trasera del bar. De
cuando en cuando, además, le encargo algún trabajillo…
—¿Te debe dinero de la droga?
—Me debe, eso es todo.
La puerta volvió a abrirse. El otro hombre llevaba a mi Jonathan cogido
del brazo, casi obligándole a andar. Quise dar un paso hacia él, pero el Coyote
se interpuso.
—Espera —dijo.
Jonathan bajó las escaleras y llegó a su lado. Iba sucio, ojeroso y había
perdido peso. Sentí cómo me subía la congoja a la garganta. ¿Llegaría a ser
como uno de esos muchachos que caminaban descalzos, como viejos
vagabundos desdentados, hacia el Cerro en busca de la droga? Ese era su
futuro, sin duda.
—¿Tiene que venir tu mamaíta a buscarte, gallina? —⁠dijo el Coyote.
Mi niño le miró asustado. Y el Coyote, de pronto, le lanzó un violento
golpe a la cara que le hizo caer al suelo.
—¡Vete con ella, maricona! —gritó el traficante.
Salté y me agaché a su lado. Le salía sangre del labio.
—¡Vámonos hijo! —dije.
Jonathan se libró de mi mano, se puso en pie de un salto y me gritó:
—¡Puta, puta!
Y echó a correr hacia el otro lado de la plaza.
Intenté seguirle, pero la mano del Coyote me sujetó con fuerza.
—¿Adónde vas? —dijo.
—¡Jonathan! —grité mientras trataba de zafarme.
—Tienes que cumplir lo prometido.
—Eres un bandido…, ¡se ha ido!
Jonathan se perdía de vista detrás de las casuchas del otro lado de la plaza.
—¡Suéltame! —supliqué.
—Tienes que cumplir. Yo te he dado a tu hijo —⁠dijo el Coyote.
—¡Se ha ido!
—Yo sé dónde está.
Intenté calmarme.
—¿Dónde? —pregunté—. ¡Dime dónde!
—¿Conoces la iglesia católica?

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Trataba de recuperar la calma.
—Sí, sí…, sé dónde está.
—Detrás hay una casa de dos pisos…, abandonada. La ocupan unos
latinos, una banda de esas de chicos locos. Vive allí con ellos. Lo encontrarás
si vas a buscarlo.
—Me engañas…
—No te engaño. El Coyote siempre cumple. Y ahora vas a cumplir tú.

Rodeamos el edificio. En la parte de atrás, una pequeña escalera conducía


a una estrecha puerta. Calculé si podría huir corriendo, pero los otros dos
hombres nos seguían a corta distancia y desistí de intentarlo.
Entré tras él. Recorrimos un breve pasillo, pasando junto a una pequeña
cocina y un escusado. Llegamos a una habitación que se abría al fondo. El
Coyote encendió la leve luz de una lámpara de la mesilla y cerró la puerta.
Había un camastro y una silla. Hacía frío.
—Quítate toda la ropa, toda. Y túmbate.
Yo temblaba, pero obedecí.
—¿Llevas…, llevas goma? —pregunté mientras me desprendía de la
última prenda.
Rio y me mostró un sobrecito brillante.
—Siempre. No quiero que me contagien las guarras españolas.
Lo hizo con rapidez, sin quitarse siquiera los pantalones sino tan solo
bajándoselos. Sentí alivio de que durase tan poco tiempo.
Pero cuando iba a vestirme, dijo:
—Espera.
Se volvió hacia la puerta y la abrió. Allí, en el pasillo, estaban los otros
dos.
—Estos también tienen gana.
—¡Hijo de perra! —le grité.
—Cumple, que yo he cumplido —dijo el Coyote. Luego se volvió a los
otros:
—Con goma —ordenó.
—Te mataría, te mataría si pudiera —murmuré. Lo decía en serio, muy en
serio.
Uno de los dos hombres no aceptó la invitación. No le reconocería si me
lo encontrara por la calle. Me pareció que era más viejo que el Coyote y el
otro.
Le estoy agradecida aunque nunca vuelva a verle en mi vida.

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En todas partes hay gente mejor que otra. Incluso creo que debe de ser así
en el infierno.
Por suerte, el otro también terminó enseguida.
Mientras me vestía y temblaba de frío, no sabía ya si me quedaban fuerzas
para ir en busca de Jonathan. Notaba en el estómago una especie de náusea
que me subía hasta la garganta y que casi me ahogaba.

He luchado contra esos recuerdos. Ahora, apenas me produce rabia


acordarme de todo aquello; solo algo de asco.
Porque luego lo maté, porque me vengué.
Y la venganza es un buen remedio.
Tampoco me queda casi huella porque hice un tremendo esfuerzo.
Pensaba que Rubén también me había obligado muchas veces a hacer el amor
sin desearlo. Incluso había sido peor con él, porque a menudo me forzaba a
hacerle cosas indignas, ese tipo de cosas que harías con gusto por amor pero
que envilecen cuando te obligan.
Si comparaba lo del Coyote con lo de Rubén, podía mirar la nueva
humillación como un episodio más de mi lucha por la vida.
No debemos dejarnos devorar por la amargura, me decía una y otra vez.
Debemos pelear contra ella con todas nuestras fuerzas.
La amargura es nuestra peor enemiga. Porque anida secretamente en
nuestras almas, como una víbora de sangre fría, y es la mejor simiente para
todo lo que hay de malo en nosotros: la envidia, el rencor, el odio, la cobardía
y la tristeza.

Creo que ni lo pensé. Abandoné el Cerro casi a la carrera y me encaminé


hacia la comisaría. Ya había caído la noche sobre las calles desiertas y me
sentía ahora más sola que nunca en mi vida, ciega de rabia y desolada por la
imagen de Jonathan que se hincaba en mi memoria.
Por fortuna, el comisario había regresado de sus vacaciones. Ni siquiera se
me había pasado por la cabeza la posibilidad de no encontrarlo. ¿Qué podría
haber hecho si él no hubiese estado allí?
—¿Qué te ha sucedido, Mamá Romero? —me dijo alarmado don Nicolás.
Le conté lo de Jonathan, pero no dije nada sobre lo que había sucedido en
el pequeño cuartucho de la trasera del bar. Me daba vergüenza.
Se fue. Y volvió en menos de una hora. Traía a Jonathan sujeto del brazo.
El chico venía abatido, ido, como si estuviera en otra parte y no delante de mí.
Le abracé, le acaricié, pero el niño no respondía a mis caricias ni a mis besos.

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—Vamos, Mamá Romero, vamos —dijo don Nicolás⁠—. Esta noche se va
a quedar aquí, en comisaría. Y tú te vas a ir a tu casa. Cena algo, procura
dormir… Yo me ocupo del chico.
Yo no quería marcharme.
—Esto no es oficial, Paquita. Todo lo que estoy haciendo no entra en mis
atribuciones… Te tienes que ir, estás fuera de ti. Yo me ocupo del chico. Y
mañana vamos a ver a la abogada e intentamos internarlo. ¿De acuerdo,
Mamá Romero?
Asentí.
—¿Lo cuidará? —dije—. No le pegue, por favor. Es mi niño…
—¿Cómo se te ocurre eso? ¿Qué te han hecho hoy? —⁠Le han pegado…
—¿Y a ti?
No podía decir nada.
—Bueno, déjalo… Yo me ocupo hoy de tu niño.
Le hice caso. Fui a casa, me duché y me bajé al piso de Espe. Pero no
pude dormir en toda la noche. Lloré y lloré abrazada a mi amiga hasta que
casi se me secaron los ojos. Luego, seguí llorando sola cuando ella se fue a la
cama.

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Me acordaba de una pareja de chicos, una muchacha y un chaval, que durante
una temporada hurgaban en las basuras de uno de los supermercados de
Vallecas después del cierre. Los veía a diario cuando entraba a trabajar. Iban
muy sucios y eran muy delgados; parecían idos, enfermos, tenían pupas en la
boca, estaban desdentados y se peleaban entre sí sin cesar, aunque nunca se
separaban. Un día, de pronto, ella desapareció. El chico seguía yendo y
peleaba consigo mismo, en voz alta, quizás imaginando que la chica estaba
todavía con él. Dos semanas después, también dejé de verlo. Probablemente
ya estarán muertos.
Durante los días en que Jonathan estuvo en casa, antes de volver a
Guadalajara, la pena me comía el alma al verle como un mueble bajo los
efectos de la metadona que me proporcionaban en el centro médico gracias a
don Nicolás. Intentaba confortarme pensando que era mejor eso que terminar
como aquellos dos pobres chavales de Vallecas.
Pero el desconsuelo se iba apoderando de mí. Casi a toda hora estaban
presentes en mi memoria mi padre, Rubén, el Coyote, todos aquellos seres
malignos que habían convertido mi vida en un infierno. Y ahora mi hijo
enganchado a la heroína. ¿Qué había hecho yo?
Una vez más pensé que debería matar al Coyote. Lo merecía. Como
merecieron morir mi padre y Rubén.
Lo merecía por tantos chicos y chicas rotos, por tantos jóvenes asesinados
por la droga.
Y por lo que le había hecho a mi Jonathan.
Y para olvidar lo que me había hecho a mí. Su olor no se borraba de mi
cuerpo.
Pero ¿sería capaz de hacerlo?

Merche me ayudó de nuevo, hablando con gente de la política, para lograr


que acogieran a Jonathan los del Proyecto Libre en el centro de rehabilitación
de Guadalajara.
Esta vez se quedaría todo el curso. Y no solo tratarían de curarlo mientras
lo mantenían lejos del mundo de la droga, sino que aprendería un oficio. Se
abría para mí un pequeño horizonte de esperanza.

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Fuimos en el coche de Merche hasta el pueblo. Elegí el oficio de
ebanistería para Jonathan, porque el monitor que nos atendía dijo que tenía
buenas salidas y que era un trabajo artesano muy respetable.
Pero surgió un problema. El hombre quiso saber si el chico estaba de
acuerdo en quedarse. Y Jonathan, bajo los efectos de la metadona, se encogió
de hombros y dijo:
—Mi madre quiere, ¿no?
Se negó a añadir nada más.
Me despedí de él y se lo llevaron.
El monitor me retuvo un instante:
—Vamos a intentarlo, señora, pero no tenga muchas esperanzas. Si él no
ha decidido curarse, es difícil que nosotros remediemos el problema. Puede
que se escape y vuelva a engancharse. Aquí los vigilamos, pero esto no es una
cárcel. —⁠Añadió⁠—: Y agradézcaselo a quien la ha recomendado, alguien
importante, supongo, porque aquí normalmente no aceptamos a chicos que no
quieren quedarse por libre voluntad. Comprenda que no nos gustan los
fracasos.
—Un buen carpintero es una persona respetada, casi tanto como un artista
—⁠me dijo Merche mientras regresábamos a Madrid⁠—. Y ganan mucho
dinero.
—Yo no quiero un hijo artista ni tampoco que gane mucho dinero; solo
quiero que se cure.
Merche me dejó en casa ya de noche y se despidió con un beso en mi
mejilla. Me llamó la atención notar que tenía los labios muy calientes.

La posibilidad de que Jonathan pudiera escapar y volver a caer en la droga


me dio el empujón definitivo. Solo imaginarle como a esos chicos destruidos
que había visto en el parque y en el supermercado de Vallecas me llenaba de
desesperación. Debía matar al Coyote. Y debía hacerlo cuanto antes.
Desde el momento en que me decidí, ya era una asesina. Y creo que
disfrutaba pensando en quitar la vida a aquel monstruo.
Era extraño: el propósito de matarle hacía que me sintiera más segura, y
me gustaba la sensación.
Pero, antes de nada, tenía que encontrar el arma que emplearía para
matarlo. Deseché de inmediato una pistola, sencillamente porque no tenía de
dónde sacarla.
Envenenarlo no tenía sentido, y hasta casi que me dio risa pensarlo: podría
comprar en una farmacia veneno para ratas, pero ¿cómo lograría que se lo
tomara?

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Atropellarlo con un coche, arrojarlo a la vía del metro, contratar a alguien
para que lo asesinase, estrangularlo…, ideas absurdas, sin sentido.
Solo era posible matarle acuchillándolo.
Me estremecía pensar en clavarle un cuchillo: asestar la puñalada,
empujar y quizás empaparme de sangre.
Pero no se me ocurría otra opción.
Enseguida pensé en un viejo cuchillo de cocina que guardaba en casa.
Tenía el mango de madera y una hoja de unos quince centímetros de largo y
no más de tres de anchura en su parte más gruesa. De tanto llevarlo al afilador
durante años, había adelgazado y parecía más un puñal que una herramienta
de cocina.
Llevaba tiempo sin usarlo y pensé que debía afilarlo de nuevo para que no
me costara mucho esfuerzo clavarlo.
También tenía que conseguir que el Coyote no desconfiase de mí, lograr
que no sospechara nada.
Era un tipo listo, pero vanidoso y chulo. Y la vanidad hace frágiles a los
hombres, los vuelve a menudo estúpidos.
Decidí ir a su encuentro.
Pero ¿con qué pretexto?
Le di muchas vueltas hasta que caí en lo que era más sencillo: comprarle
droga.
¿Y para quién?
Lo más evidente, lo que haría una madre desesperada: para Jonathan.
Lo haría por la noche.
Por lo que se dice y se lee, la mayoría de los crímenes se cometen mejor
durante la noche. La noche tiene algo de maligno, es menos humana.
Parece que la gente tenga vergüenza de matar a la luz del día.

Dejé pasar unos días antes de volver al Cerro Misericordia en su busca.


Fueron días en los que apenas dormí, obsesionada con la idea de que Jonathan
no saliera nunca del pozo de la droga, que volviera a engancharse por culpa
del Coyote. Y ni siquiera el miedo a las consecuencias que podría tener para
mí el hecho de asesinar a aquella alimaña me hacía desistir de mi decisión.
Tenía que matarle, no encontraba otra salida.
Un jueves de diciembre, caída ya la noche, me planté en la taberna del
arrabal. Llevaba el cuchillo escondido en el bolso. Lo había llevado a una
herrería del barrio de Vallecas en donde nunca antes había estado y ese día
me puse gafas de sol y un pañuelo en la cabeza. Era imposible que el dueño
pudiera reconocerme posteriormente porque, además, ese día su pequeño

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taller estaba lleno de clientes. Dejó el cuchillo tan afilado que podía cortar un
pelo.
También me eché al bolso veinte billetes de cinco euros para comprar la
droga.
Había llovido toda la noche y las calles de tierra y la plazuela formaban
un enorme barrizal. Llegué al bar y empujé la puerta. Las piernas me
temblaban, pero tomé aire y avancé dos pasos.
Había un chico menor de edad jugando en la puerta y le dije que si
conocía al Coyote.
—Todos lo conocemos.
Le tendí una moneda de un euro. No quería entrar y arriesgarme a que
alguien me viera.
—Dile que salga. Que le espera una mujer.
Me quedé entre las sombras. El Coyote tardó cosa de diez minutos en
aparecer. Caminó hacia mí con dificultad. Dos guardaespaldas le
acompañaban.
—Tengo suerte: la mujer de las tetas duras. ¿Vienes a que te dé algo más
de lo que te di aquel día?
Olía muy fuerte a alcohol. Pensé que, si estaba borracho, eso me
favorecía.
—Tengo que hablarte.
—Vamos ahí atrás.
Eché a andar a su lado. Como la primera vez, los dos tipos le siguieron
manteniendo la distancia.
Al detenernos, le dije señalando hacia ellos:
—¿Eres tan cobarde que necesitas protección para encontrarte con una
mujer?
No vi venir la bofetada. Casi me tiró al suelo. Sentí que la realidad se
borraba a mi alrededor durante un par de segundos. Y la mejilla me quemaba
cuando, al fin, logré recuperarme un poco.
Pero conseguí mi primer objetivo. El Coyote se volvió hacia los otros y
les ordenó retirarse.
—A mí nadie me llama cobarde —dijo.
—Quería verte a solas.
—¿Quieres que te folle?
—Quiero que me vendas unas papelas. Soltó una carcajada.
—¿Tú, mujer? ¿Para qué las quieres?

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—Para mi hijo. Ha vuelto a picarse. Lo tengo encerrado en casa y, cuando
le entra el mono, se pone como loco y empieza a romper cosas. Me ha dicho
una amiga que, de vez en cuando, le dé una dosis mientras se va
desintoxicando.
—Yo no le vendo a tu niño.
—Véndeme a mí.
—Lo que me cuentas es muy raro. No conozco a nadie que se pique y se
desintoxique al mismo tiempo.
—Véndeme unas papelas.
—Yo no vendo. Pero puedo cambiarlas. Eso no es tráfico.
—¿Qué quieres a cambio?
—Ya lo sabes. ¿Cuántas papelas quieres?
—Cuatro o cinco.
—Te follaré y luego me pagarás cincuenta euros por follarte.
—¿Que te pague por…?
—Te repito que yo no vendo droga. Pero puedo vender mis servicios de
hombre.
Su carcajada resonó en la mísera plazoleta.
—De acuerdo —dije—. Pero solo tú; el otro hombre, no —⁠dije señalando
la puerta del bar. Hizo un gesto de desdén con la mano.
—Vale.
Empecé a andar hacia la puerta del cuartucho y él me siguió caminando
casi a trompicones.

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Me desnudé sin que me lo ordenara cuando entramos en el cuarto y me tumbé
en el lado de la cama contrario a la puerta, dejándole a él junto a la mesilla en
donde lucía una lámpara de escasa luz. Se sentó y comenzó a quitarse la
camisa con dedos torpes. Recuerdo que hacía un frío húmedo y helador.
—Quiero cuatro papelas. ¿Está bien cincuenta euros?
—Por ser tú…, vale —respondió—. Me gusta este juego, deberías venir
más veces. ¿Una por semana? Te haría rebaja, mujer.
—Dámelas ahora y te pago.
—Después de que terminemos lo nuestro.
Se levantó, se quitó los pantalones y los calzoncillos y se dejó puestos los
calcetines. Se tumbó en la cama y se giró hacia mí.
Apestaba. Pero le dejé hacer cuanto quiso, salvo besarme en la boca.
Cerraba bien mis labios cuando él lo intentaba y, al poco, retiraba la cara.
Estuvo manoseándome un buen rato antes de intentar subir sobre mí.
—Ponte la goma —dije.
Se rio con aire bobalicón y me acordé de Rubén y de sus risas de beodo.
Se giró para abrir el cajoncito de la mesilla y comenzó colocarse el
preservativo sentado en el borde de la cama, dándome la espalda. Le costaba
enormes esfuerzos… Le oía gruñir y pronunciar palabras en su idioma y, por
un segundo, pensé en clavarle el cuchillo antes de que se volviera. Pero sentí
miedo a no tener tiempo suficiente. Era mejor seguir mi plan.
Desistió de colocarse el profiláctico, estaba claro que no conseguía una
erección suficiente, y se volvió hacia mí.
—No te has puesto la goma —dije.
—Es igual, hoy no me funciona.
Y se dedicó a tocarme de nuevo. Yo tiritaba, pero aguanté.
Cuando se cansó, se tendió de espaldas y encendió un cigarrillo. Luego se
agachó, recogió sus pantalones, sacó las papelas de un bolsillo y me las
entregó.
—Dame el dinero —dijo con la palma de su mano derecha tendida hacia
mí.
Me giré sobre el costado y abrí el bolso que había dejado al pie del lecho.
Metí las dosis de heroína, busqué el dinero y rocé el mango del cuchillo antes

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de sacar el fajo de billetes. Conté ocho de cinco euros y se los pasé. Y dejé mi
bolso abierto, a mano.
Dejó el cigarrillo en el borde de la mesilla y se puso a manipular el dinero
con torpeza, arrimando el fajo a la luz tenue de la bombilla.
—Aquí faltan diez euros —dijo al terminar⁠—. Hay solo cuarenta.
—Cuéntalo despacio. Échate saliva en los dedos.
Gruñó y reinició la maniobra, de nuevo con torpeza, más despacio que la
vez anterior.
Y entonces bajé la mano hacia el bolso, tomé el cuchillo por el mango, lo
sujeté con fuerza, me giré hacia el Coyote con cuidado y le miré un instante
antes de actuar. Sus manos se movían sobre los billetes y su rostro reflejaba
un gesto de estupidez.
Salté hacia él como un leopardo sobre su presa. Y el cuchillo entró en su
pecho, a la altura del corazón, como si lo hiciera en un pedazo de manteca.
Gritó algo, tal vez en su idioma, que no entendí. Me miró con ojos vacíos,
intentó levantarse y echarse en mi dirección, pero de pronto rodó hacia el otro
lado, giró en el aire como si fuera un muñeco de trapo y cayó al suelo boca
arriba. Dejó sobre la sábana un brillante rastro de humedad oscura.
Yo me moví hacia su lado y me asomé al borde de la cama. Tenía la mano
cerrada alrededor del mango del cuchillo, que sobresalía de su pecho como
una estaca clavada firmemente en la tierra. Sus piernas se movían en un
extraño pataleo y su rostro reflejaba un pavor animal, con los iris de los ojos
diluidos, como si flotaran en un charco de agua. A los lados del cuchillo
borbotaba la sangre. Y se extendía espesa por el suelo, igual que si se
derramara un bote de pintura roja, casi negra.
Salté de la cama por el otro lado y me vestí a toda prisa. Había planeado
llevarme el cuchillo y arrojarlo en el basurero de la avenida, de regreso a casa,
pero no me atrevía a arrancarlo del pecho del hombre que agonizaba.
Recogí todo el dinero. Algunos billetes estaban manchados de sangre.
Crucé a su lado sin mirarlo y abrí la puerta. Antes de cerrarla a mi espalda,
me pareció que el Coyote decía algo. Recorrí el pasillo, llegué a la puerta de
salida y bajé los escalones procurando no tropezar. Miré hacia los lados,
temerosa de que alguien hubiera escuchado el último grito del Coyote, pero
no había nadie.
Corrí sobre el barro de la plazuela y de la cuesta que descendía hasta la
avenida. Tiré las papelas. Las ratas escapaban a mi paso. Se había levantado
un aire fuerte y trozos de plásticos y de papeles volaban a mi alrededor como

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pavesas. De nuevo soplaba el viento sobre mi vida y se llevaba en sus brazos
invisibles algo de mí para siempre: quizás la inocencia.
Llegué jadeando a casa.
Tiré las ropas en el suelo del baño y me metí bajo la ducha. No sé cuánto
tiempo permanecí bajo el chorro que casi abrasaba. Mis pensamientos corrían
veloces bajo la lluvia de agua caliente.
Era una asesina. Pero ahora no me gustaba la idea. Ni me sentía satisfecha
de lo que había hecho.
Pensé que, a pesar de todo, yo creía en la justicia.
Salí del baño envuelta en una toalla grande. Metí en la lavadora toda la
ropa que había llevado esa noche y puse un programa fuerte de lavado, como
si así pudiera borrar cuanto había sucedido.
Tenía decidido ir a la policía y confesar el crimen. Pensé que el hecho de
entregarme constituiría una atenuante cuando me juzgaran.
Me puse las mejores ropas que guardaba en mi armario y volví a la calle.
Poco después, estaba en la comisaría.

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TERCERA PARTE

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1
El mundo es un lugar extraño. Por lo menos, el mundo de los humanos.
Creamos normas a partir de nuestras ideas que luego destruimos o
traicionamos.
Y eso me hace sentirme perpleja.
Porque yo cometí un crimen y, sin embargo, me convirtieron en una
heroína.
Y porque pienso ahora que, si las leyes son burladas, la diferencia entre el
asesinato y el heroísmo deja de existir.
Eso sucedió.
Y aunque mi vida se ha arreglado y estoy libre y no encerrada y mucha
gente que no conozco me saluda por la calle y hay hombres y mujeres que me
admiran, todo eso no me gusta.
Porque creo en la justicia, creo que las leyes justas nos hacen falta para
sobrevivir.
Y a pesar de ello yo soy un ejemplo de burla de la ley.

Le conté todo a don Nicolás, sin ahorrar detalle, desde el primer día que
me dejé follar por el Coyote hasta mi plan para matarle y la forma en que lo
hice.
Don Nicolás me escuchó con atención, no dijo nada en ningún momento,
y luego se fue al Cerro Misericordia. Cuando regresó, se quitó el cinturón con
la pistola, la gorra de plato y la guerrera, se dejó caer en su sillón y estiró los
brazos por encima de su cabeza. Luego me miró con ese aire de fatiga tan
suyo.
—Estás en un buen lío, Mamá Romero —dijo al fin⁠—. No llegué a tiempo
de arrancarle tu cuchillo al Coyote porque los suyos ya lo habían descubierto
cuando entramos en el poblado. Así que he llamado al juez de guardia y he
tenido que esperar a que ordenara el levantamiento del cadáver. La prensa ya
estará enterada, supongo.
Me miró a los ojos mientras se acodaba sobre la mesa.
—Te tengo que detener, Mamá Romero.
—Eso es lo que esperaba —dije aparentando frialdad.
Pero temblaba por dentro.

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—Iremos a tu casa para que recojas ropa y volveremos al calabozo de la
comisaría. Mañana te llevaré a los juzgados de la plaza de Castilla. Aquí
estarás cómoda, «calabozo» es una palabra fea pero en realidad el de aquí es
como la habitación de un modesto hotel. En los juzgados, el juez te tomará
declaración y decidirá si vas a prisión en espera del juicio o te deja en libertad
provisional. Que te hayas entregado es una atenuante, así que, con suerte, y si
preparas una buena historia, puede que salgas libre. Tenemos que conseguir
que el juez, después de interrogarte, califique lo que has hecho como
homicidio involuntario y que el fiscal no lo rectifique. De modo que inventa
un relato convincente para el juez y el fiscal. A lo mejor tienes que pagar una
fianza.
—Si me hacen pagar fianza, no tengo un duro —⁠dije.
—Eso también es una circunstancia a valorar para no ponerte fianza.
Resopló y se rascó la cabeza.
—Vamos a tu casa —añadió. Me levanté.
—Una cosa muy importante, Mamá Romero. Cuando prestes declaración,
y si hay suerte lo harás mañana mismo por la tarde, tienes que decir que el
cuchillo no es tuyo, que era del Coyote.
—Lo había planeado todo cuando fui al Cerro, don Nicolás.
—Ya lo sé, demonio, pero tenemos que defender que fue un homicidio
involuntario, que no hubo premeditación. El cuchillo es muy importante, no
lo olvides…
Paseó por la habitación durante un momento, meditabundo.
—Hay que crear una historia verosímil. ¿Por qué fuiste allí anoche
después de lo que había pasado la otra vez?
—Ya le he dicho que fui a matarle.
—No me refiero a lo que me cuentes a mí, sino a lo que le vas a contar al
juez. Hum… Vas a decirle que dos hombres del Coyote te obligaron a subir a
un coche y a la fuerza te llevaron al Cerro. Y que, una vez allí, te metieron en
el cuartucho en donde te estaba esperando el Coyote y él te amenazó con un
cuchillo y quiso violarte. Cuentas que estaba borracho y que por eso pudiste
quitarle el cuchillo. Estaba bien borracho, ¿no?
—Como una cuba… Pero no sé si el juez va a creerme, los hombres del
Coyote dirán que todo es mentira. Y puede que alguien me viera llegar al bar.
Lo hice sin reflexionar mucho, atolondrada… Ellos declararán en mi contra.
—Es tu palabra contra la de una panda de delincuentes. Además, puedes
decir que llevaban días rondando por tu casa y que Espe los vio también…

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Hablarás con ella esta misma noche… Si todo cuela mañana, tenemos días
para preparar pruebas, testimonios y lo que sea.
—¿Y por qué me ayuda? Las leyes están hechas contra el crimen y usted
es un funcionario defensor de la justicia.
—No todas las leyes me gustan ni todos los que matan son iguales. La ley
no siempre es justa porque olvida muchas cosas y otras no las considera.
Piensa en los chicos que mueren cada año por sobredosis y en todos los que
destruyen su vida para siempre…, piensa en tu hijo.
—En eso pensaba, precisamente, cuando planeé la muerte. Usted me ha
leído el pensamiento, don Nicolás.
—Has matado a una alimaña. Y eso es una acción justa, aunque lo llamen
asesinato.
Sentía un enorme alivio de estar junto al comisario.
—Más cosas —siguió—. ¿Alguien puede reconocer ese cuchillo como
tuyo?
—Jonathan, mi hijo…
—No le interrogarán. ¿Alguien más?
—Puede que mi vecina Espe.
—Habla de eso también con ella. ¿Alguna otra persona?
—Cecilio, el afilador del barrio. Me lo afilaba siempre en los últimos
años, pero esta última vez lo llevé a Vallecas, a un taller en donde no me
conocían. Y además, me puse gafas negras y un pañuelo en la cabeza.
—De Cecilio me encargo yo, me debe favores. ¿Algún otro?
Negué con la cabeza.

El comisario dudó antes de salir.


—Insístele al juez en que fue el Coyote quien tomó el cuchillo de la
cocina para amenazarte cuando tratabas de evitar que te violase. Y que, como
estaba borracho, aprovechaste un descuido suyo y, humillada, llena de rabia,
sin saber qué hacías, lo cogiste y se lo clavaste. ¿De acuerdo?
—No sé si sabré hacerlo bien. De todas formas, si me declaran culpable,
podré salir dentro de pocos años…, ¿no? La gente sale enseguida de la cárcel
en estos tiempos.
—Tienes que salir libre, Mamá Romero, porque te va mucho en ello. Tu
hijo te necesitará cuando deje el centro de rehabilitación.
Afirmé con la cabeza.
—Yo estaré a tu lado, de todas formas, para darte confianza. Y si el juez
me lo permite, trataré de echarte una mano. Intenta hacerte la tonta todo lo
que puedas. Y aparenta mucha confusión y muchos nervios: lo encontrará

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natural con lo que te ha pasado. A ver si tenemos suerte con el fiscal, aunque
esos son algo más duros. Lo importante es que salgas en libertad provisional y
puedas esperar en casa a que te juzguen. Imagino que no habrá acusación
particular.
—¿Eso qué es?
—Que la familia, o sus amigos, o su tropa de canallas decidan acusarte
por su cuenta, además del fiscal de oficio. Tendrías un enemigo más. Pero
supongo que no lo harán.
—¿Y mi trabajo?
—Podrás seguir trabajando si estás en libertad…, siempre que la empresa
no quiera echarte. ¡Ah!, y no olvides que tienes que buscarte un abogado. Si
no lo tienes, te pondrán uno de oficio. Pero es mejor que te busques uno
particular, ponen más empeño.
—Tengo a Merche.
Fuimos a casa, recogí mis ropas y desperté a Espe. Me juró que no
reconocería ante nadie que el cuchillo era mío y que contaría a quien fuese
necesario que los hombres del Coyote habían estado rondando mi casa varios
días.
—Estoy contigo, Paqui, estoy contigo como siempre. Esa víbora merecía
mucho más de lo que le has hecho.
La celda era un lugar despersonalizado, pero no desagradable. Permanecí
allí parte del resto de la noche ensayando mi declaración con el comisario.

Por la mañana, don Nicolás me llevó en el coche patrulla hasta los


juzgados de la plaza de Castilla. Era un día mohíno, medio lluvioso, con
nubes de color gris cubriendo todo el cielo y un tráfico apabullante en las
calles. El comisario me sentó a su lado, en el asiento delantero. Me sentía
protegida con él tan cerca, y me habría agarrado de su brazo para sentir su
calor.
Permanecí en una celda, sola, en los sótanos de los juzgados, casi tres
horas. Me dieron un botellín de agua y un bocadillo. Cuando el guardia me
vino a buscar, don Nicolás le acompañaba.
—Hemos tenido suerte, las cosas han ido de prisa. Podrías haberte tirado
aquí hasta veinticuatro horas.
El juez era un hombre con barba, de unos cuarenta años, y la representante
del Ministerio Fiscal, una mujer madura y guapa que vestía un traje de corte
masculino. Había también un abogado de oficio, un chico que parecía no
haber cumplido aún treinta años. Durante todo el tiempo que duró el

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interrogatorio, no dijo una palabra y yo llegué a pensar si no sería mudo.
Dejaron a don Nicolás que estuviera también en la sala y él se sentó a mi lado.
Les conté que mi hijo había comenzado a drogarse meses atrás y que, en
una discusión conmigo, se había ido de casa. Conté que me había enterado de
quién era el principal vendedor de droga del barrio, el Coyote, y que había ido
a suplicarle que me dijese en dónde estaba mi hijo y él me había violado junto
con uno de sus guardaespaldas. Hasta ahí todo era más o menos cierto.
Y luego empecé a mentir. Siguiendo las instrucciones que me había dado
el comisario, conté que dos de los hombres del Coyote, que durante los días
anteriores habían estado rondando mi casa, me habían metido a la fuerza en
su coche la tarde anterior y me habían llevado al Cerro. Allí el traficante
intentó violarme amenazándome con un cuchillo. Conté que estaba muy
borracho, que tomó el cuchillo de la cocina vecina del cuartucho y que yo se
lo quité en un descuido y le maté en un arranque de rabia y desesperación. Y
que escapé de allí sin saber muy bien cómo. Durante todo el tiempo me sentí
confusa.
—La homicida vino a entregarse de inmediato y se declaró culpable
—⁠dijo el comisario en ese momento.
El juez le mandó callar con gesto terminante.
Cuando concluí, cerró su cuaderno y dijo mientras hacía ademán de
levantarse:
—Por mí, vale por hoy. Puede salir en libertad provisional en espera del
juicio.
—Yo tengo algunas preguntas —dijo la fiscal sin moverse de su silla.
El juez se reacomodó en su asiento y contempló con seriedad a la mujer.
—¿Quién vio a esos hombres merodear cerca de su casa, además de
usted? —⁠me preguntó la fiscal con gesto severo.
Reaccioné con rapidez:
—Mi vecina, Esperanza Ruiz.
—¿Y por qué no fue a denunciarlo a la policía?
—No le di importancia.
—¿Y por qué no le contó a la policía lo que sucedió el día que fue a
buscar a su hijo al Cerro, la primera vez que vio al Coyote?
Miré al comisario. Don Nicolás mantenía agachada la cabeza y me miraba
de reojo.
—Me daba mucha vergüenza.
Alcé más la cara y contemplé de frente a la fiscal:

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—Me sentía humillada…, podrá entenderlo. El comisario intervino otra
vez:
—Mamá Romero es muy querida en el barrio.
—Usted no tiene que decir nada si no se le pregunta, señor comisario
—⁠cortó la fiscal. Y añadió mirándome⁠—: ¿Qué es eso de «Mamá Romero»?
—Así me llaman en el barrio. Así me llamaba mi marido.
—¿Dónde está su marido?
—Murió atropellado por un coche hace casi cinco años.
—Lo siento.
—No lo sienta, me maltrataba: era una bestia y siempre estaba borracho.
Igual que hacía mi padre con mi madre.
La mujer permaneció en silencio unos instantes mirándome a los ojos. Yo
no lograba percibir qué escondía su mirada, si comprensión o indiferencia.
—Bien, ese es otro asunto —dijo al fin bajando la mirada⁠—. ¿Está segura
de que el arma homicida estaba en la cocina?
—Supongo: el Coyote salió y volvió con el cuchillo en la mano.
—¿No sería suyo el cuchillo y se lo llevó de su casa con intención de
matarle?
Don Nicolás intervino, furioso.
—No puede preguntar usted eso —casi gritó.
Se giró hacia el joven abogado:
—Y usted, letrado, ¿no tiene nada que objetar a esa presunción de
culpabilidad?
Después se volvió al juez:
—¿No es así, señor juez?
—¡Usted solo puede hablar cuando se le pregunte! —⁠Casi gritó la fiscal.
El juez se levantó.
—Queda mucho por investigar, señora fiscal, y mucha gente por
interrogar, señor comisario. De momento, califico el caso de homicidio en
legítima defensa. La presunta homicida queda en libertad con cargos hasta la
celebración del juicio. Deberá presentarse en el juzgado de instrucción cada
semana. Y, dada la gravedad de los hechos, tiene prohibido desde ahora salir
del territorio nacional hasta la fecha del juicio.
En ese momento me dieron ganas de preguntarle que adónde iba a ir yo en
el extranjero, sin conocer a nadie y sin saber más idioma que el español.
—¿Tiene dinero, Francisca? —añadió el juez.
—Mi dinero es mi trabajo, señoría, un trabajo de mujer de la limpieza.
—Sin fianza, entonces.

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Al salir, la fiscal me apretó el brazo:
—Suerte, Francisca. Pero la ley es la ley, y está por encima de nosotros.
A pesar de su dureza conmigo, yo estaba de acuerdo con ella.
El juez me dirigió una sonrisa y me sentí aliviada.
Cuando los otros se fueron, don Nicolás me plantó dos besos mientras me
sujetaba por los hombros.
—¡Estupendo, Mamá Romero! Has estado magnífica. Vamos a ver si
tenemos la misma suerte con el tribunal del jurado cuando se celebre la vista
del caso.
—¿Hay un jurado, como en las películas?
—Lo habrá si el juez determina que se trata de un homicidio en legítima
defensa. Y parece que los tiros van por ahí.
Yo estaba muy nerviosa.
—Y eso, ¿es bueno o es malo?
—Ni bueno ni malo. Dependerá mucho de la imagen que des, en todo
caso. Pero debes ir enseguida a ver a las abogadas amigas de Felipa —⁠me dijo
luego, mientras conducía⁠—. Ellas te ayudarán. Y no te olvides de hablar otra
vez con tu vecina. Que repita veinte veces la historia que tendrá que contar en
el juicio.
Luego su mirada se tiñó levemente de fatiga:
—Has estado muy convincente…

Nunca pude imaginar que algo así fuera a sucederme. Al bajar del coche
frente a mi portal, decenas de personas se abalanzaron sobre mí. Reconocía
los rostros de muchos vecinos del barrio entre la multitud que me vitoreaba. Y
abriéndose paso a duras penas entre las gentes que coreaban mi nombre,
varios fotógrafos y cámaras de televisión trataban de tomar imágenes de mi
rostro. Estaba aturdida.
Sobre todas las otras, oí una voz de hombre que clamaba. Me pareció
reconocer a Juanito, el del bar El Dorado:
—¡Mamá Romero, la heroína, la heroína del barrio!
¡Nuestra Agustina de Aragón! ¡Que Dios te bendiga!
Las manos se tendían hacia mí, ávidas de estrechar las mías, igual que si
fueran lagartos que se movieran en mi dirección intentando devorarme.
Una voz, que me pareció la del negro Aku, gritaba:
—¡Con dos cojones, eso, con dos cojones! Y otra, semejante a la del moro
Ahmed, aullaba:
—¡Alá lo quiso, Alá lo quiso! ¡Dios es grande!

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Me sentí vencida mientras me aclamaban como vencedora.
Y en mi memoria se dibujaron los ojos del Coyote, sus iris diluidos
flotando en un charco de agua.
Y el rostro que reflejaba un pavor animal.
Las piernas atacadas por un extraño pataleo.
La mano agarrada al mango del cuchillo.
La sangre que borbotaba, la sangre escapada de sus arterias rotas
corriendo por el suelo como la espesa pintura que se derrama desde un bote.
Un rumor brotando de sus labios.
Alaridos, alaridos a mi alrededor: «¡Viva Mamá Romero!», decían.
Todo era más grande que yo, todo me superaba.
¿Cuál era mi gloria, cuáles mis méritos?
¿Un cuchillo enterrado en el pecho de un hombre? ¿La sangre que había
derramado? ¿La agonía de un ser a quien todos odiaban?
¿De qué plaga había librado a mi barrio al ejecutar a aquel hombre para
llegar a convertirme en un modelo de ciudadana?

Página 117
2
Las leyes de nuestra sociedad fueron creadas para proteger a los más débiles.
Porque los ricos saben burlarla mejor que nosotros. ¡Qué fácil es que un pobre
vaya a la cárcel! ¡Y cuánto cuesta encarcelar a un rico!
Pero si los más débiles también burlamos la justicia, ¿qué podemos
esperar del futuro?
Antes de la ley, los poderosos nos trataban como a esclavos. Lo siguen
haciendo en cuanto pueden, pero al menos existen barreras escritas para
frenar su ambición y su descaro.
Si los miserables ayudamos a convertir la ley en algo inútil, ¿qué detendrá
en el futuro a los poderosos?

Al recordar ahora los dos meses que transcurrieron entre la muerte del
Coyote y el juicio, me parece que los hubiera vivido subida en la montaña
rusa de un parque ferial.
La mañana en que comparecí ante el juez, poco después de entrar en mi
piso, asomó en mi puerta un grupo numeroso de chicos y chicas con
grabadoras y cámaras de fotos y de vídeo y no pude evitar que se metieran
dentro. Fotografiaron y filmaron todo, cada rincón de mi hogar: la cocina, el
dormitorio, el saloncito, incluso el cuarto de Jonathan; los muebles y los
cuadros de fotografías de paisajes que tenía en las paredes, y hasta los
jarrones. Entretanto, otros me preguntaban y escribían en libretas mis
respuestas o registraban mis palabras en grabadoras. Y los de la tele me
colocaron un micrófono delante de las narices y me hicieron preguntas
mientras las cámaras de vídeo me apuntaban.
No sé bien qué es lo que dije, no me daban tiempo para pensar.
Estaba preocupada y fui a ver a don Nicolás a la mañana siguiente. Me
sentía protegida por él. Me hizo pasar a su despacho. Tenía varios periódicos
encima de la mesa.
—Eres famosa, Mamá Romero —dijo—. Échales una ojeada.
Los títulos de las informaciones que daban sobre mí eran muy parecidos
entre sí: «La heroína del sur», decía uno. Otro: «La heroína de los arrabales».
Y un tercero: «Una heroína en los barrios bajos madrileños». Pero el más
llamativo era uno en el que se leía: «Un miserable barrio madrileño alumbra a
una nueva Agustina de Aragón».

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—¿Quién era esa Agustina? —pregunté al comisario⁠—. Ayer la nombraba
uno que gritaba en la puerta, creo que era Juanito, el de El Dorado.
—Agustina de Aragón fue una valiente mujer que luchó contra los
franceses en la guerra de la Independencia. Es una heroína española muy
reconocida.
—No tengo muchas ganas de verlos —dije apartando los periódicos.
—Pues te leeré algunas cosas, conviene que las sepas —⁠contestó el
comisario con gesto serio⁠—. Porque a partir de ahora tienes que andar con
cuidado con lo que dices. Siéntate, Agustina.
Se colocó unas gafitas y tomó uno de los diarios.
—«Francisca Romero Laguna —leyó— acuchilló hace dos días a un
ciudadano rumano llamado Román Iliescu y apodado el Coyote en la barriada
marginal conocida como el Cerro Misericordia, un suburbio del sur de Madrid
que pasa por ser un centro importante de distribución de droga. La mujer, de
unos treinta y cinco años, al parecer de etnia gitana y madre de un chico
drogadicto, intentaba que el traficante dejase de vender droga a su hijo…».
—¡Será desgraciado el periodista! —interrumpí⁠—. Jonathan no es ya un
drogadicto, se está rehabilitando…
—«La mujer —siguió leyendo el comisario mientras me pedía calma con
un movimiento de la mano⁠— se entregó poco después a la policía y el juez ha
decretado su libertad con cargos en espera de juicio. Francisca Romero
Laguna es viuda y trabaja como empleada en una compañía de servicios de
limpieza. En declaraciones a este periódico, dijo ayer: “Yo no estoy dispuesta
a que mi hijo muera por la droga, y mataré a quien quiera vendérsela. Si la
justicia no pone medios contra el crimen, los ciudadanos tendremos que
actuar”».
—¡Dios santo!, ¡yo no he dicho eso!
—Espero que no lo lean el fiscal y quienes van a juzgarte. Y aquí, en esta
otra página, tienes lo que opina el periódico: «La acción desesperada de
Francisca Romero, conocida en el barrio como Mamá Romero por su origen
gitano…».
Corté otra vez:
—No es verdad. Me lo llamaba Rubén.
—Deja que siga…, «La acción… pone de manifiesto la debilidad de la ley
española en materia de drogas y la ineficacia de la policía para atajar el tráfico
en los arrabales de las grandes ciudades, y particularmente en Madrid.
Francisca Romero Laguna, sin duda con valor pero ignorando los límites de la
ley, ha actuado en donde la justicia falla y donde fracasan nuestros

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responsables del orden público. ¿Hasta cuándo va a tolerarse la existencia de
esas bolsas de droga y delincuencia en los arrabales de Madrid? ¿Cuándo
emprenderá de una vez por todas la policía la tarea de desarbolar esos lugares
de corrupción sin límite, impunidad del delito y crimen organizado?».
Tiró el periódico al suelo con gesto de rabia.
—Los periodistas saben cómo tocarte los…, las narices.
Tomó otro diario y leyó:
—«La homicida ha declarado que volvería a hacer lo que ha hecho con
cualquier delincuente que vendiese droga a su hijo…».
—¡Yo tampoco he dicho eso! No quiero oír más cosas, don Nicolás.
—Bueno, mira lo que dice nuestro amigo Juanito. Abrió otro periódico:
—«Un tabernero muy conocido en el barrio, Juanito Bergamota, dueño
del bar El Dorado y buen amigo de la homicida, nos comentaba ayer: “Mamá
Romero es una buena persona, una mujer trabajadora y decente. Si ha hecho
eso será porque no ha tenido más remedio que defenderse. Pero todos la
admiramos hoy en el barrio, es nuestra heroína, la Agustina de Aragón de
Madrid. Y vamos a estar a su lado en todo momento”».

Don Nicolás apartó el periódico.


—Bueno, eso no está mal, ¿eh, Mamá Romero?
—Ese Juanito está siempre de chufla. ¿Yo, Agustina de Aragón…?
El comisario se quitó las gafas y se echó para atrás en el asiento.
—No debes hacer ni una declaración más a la prensa, te puede perjudicar.
—Anoche me llamaron para ir a un programa de televisión esta tarde.
—Niégate.
—Me han ofrecido mucho dinero y me viene bien.
—¿Cuánto?
—Tres mil euros, medio millón de las pesetas de antes. Así me apaño yo
con las cuentas. Al euro no lo trago, nos ha llevado a la ruina.
—Te harán decir cosas que no te convienen. Te estás jugando tu libertad.
No vayas a la tele y evita hablar con periodistas por una temporada. Saldrán
cosas en los periódicos durante dos o tres días y luego se callarán hasta el
juicio. Y mientras las aguas vuelven a su cauce, ponte en manos de la
abogada. Cuanto antes.
—Pensaba pasar a ver a Felipa de vuelta a casa… Iré a la tele de todos
modos.
—Si lo quieres así, es tu problema; pero ten cuidado con lo que dices. Y
en todo caso, pídeles el dinero por adelantado y no cedas si no te lo dan. Esa
no es gente; es gentuza.

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—Lo haré, don Nicolás.
El comisario se levantó y, como siempre, con esa cortesía tan suya, me
acompañó a la puerta.

Estuve con Felipa. Y llamó a Merche. Quedamos para la mañana siguiente


en su oficina, cuando yo saliera de trabajar.
Fui a casa y me arreglé para ir a la televisión. Me habían pedido que
llevase un vestido o una blusa muy escotados, pero no hice caso.

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3
El programa se llamaba «Las tardes de Mari Fe» y era uno de los más
seguidos de la tele. Yo lo había visto alguna vez, de pasada, con Espe. Pero
no le había prestado mucha atención porque, en general, no me gustan los
programas de cotilleo y escándalo.
Me enviaron un coche a casa justo después de comer. Era un automóvil
muy lujoso, creo que un Mercedes, de color negro, con los asientos de cuero.
Nunca había subido en uno parecido.
Pero el chófer era un maleducado. Ya al entrar, me dijo:
—Tiene usted un cuerpo estupendo, señorita.
—Y usted una lengua muy larga. ¿Quiere que le pregunte a su jefe si está
de acuerdo con lo que me acaba de decir? —⁠respondí.
Se quedó mudo y yo le mandé al cuerno.
Fuimos rodeando Madrid por la M-40 hasta que tomamos la salida a un
barrio del norte de la ciudad. Se veía a lo lejos la bonita línea de montañas
nevadas del Guadarrama. Entramos en una zona en la que todo eran
almacenes, oficinas, fábricas y galpones para la venta de coches y de muebles.
Era un barrio extraño, sin calles, sin vida, sin parques. Y nos detuvimos ante
un gran edificio rodeado por una verja. Un guardia uniformado de marrón
claro nos abrió el portón y el chófer condujo el coche hasta una puerta de la
parte trasera del edificio.
Allí me recibió una señorita vestida con uniforme azul que me saludó
tendiendo la mano y estirando el brazo, manteniéndome alejada, como si yo
fuera a contagiarle algo. Dijo que era azafata y que se llamaba Pilar. Me
condujo por un pasillo largo y que doblaba una y otra vez, con muchos
pequeños despachos a los lados. No entraba la luz del día por ninguna parte,
aquello parecía un submarino. Pensé que me perdería si tuviera que salir sola.
La chica corría como una liebre.
Entramos en una sala de peluquería y me sentaron en una silla frente al
espejo. Una muchacha regordeta me maquilló como si le sobraran pintura y
colorete y tuviera que colocárselos a la primera que llegase. También me
retocó el peinado.
Luego Pilar me llevó de nuevo al galope por los pasillos hasta que
llegamos a una puerta muy grande que tenía una manivela de doble mango de

Página 122
hierro para abrirse, como las de los submarinos de las películas. A la chica le
costó trabajo moverla.
Me quedé patidifusa cuando vi aquella estancia tan grande, como una
bodega de las de hacer vino pero llena de cables por todas partes en la zona
más oscura y con cuatro cámaras muy grandes que apuntaban al mismo
tiempo hacia el área iluminada por los focos. En el centro de esa zona
luminosa había una mesa con cinco personas. En medio se sentaba la famosa
Mari Fe Ramos, en carne y hueso, y a su lado un chico con pinta de mariquita.
Me sonaba su cara. Había otras tres personas en la mesa: un hombre bajito y
gordo, una mujer de aspecto lánguido y otro hombre con barbita y pelo
entrecano. Mari Fe y los otros tres no paraban de preguntarle cosas al chico.
Detrás de la mesa, a un lado del escenario, se alzaba una grada con cuatro
filas de bancos corridos y ocho personas en cada uno de ellos. Eran hombres y
mujeres mayores, con pinta de jubilados, que aplaudían cuando se lo mandaba
un hombre que se situaba fuera del haz de luz y que llevaba unos grandes
cascos tapándole las orejas.
Pensé que me iba a morir de vergüenza cuando me tocara sentarme junto a
la mesa y que no podría decir ni una palabra.
No sé qué le preguntaron al chico que entrevistaban entre los cuatro, pero
de pronto gritó un «Huy», se levantó, se bajó los pantalones y los calzoncillos
y enseñó el culo apuntando hacia las cámaras. El técnico de la grada ordenó
aplaudir al público y los viejos y viejas, tronchados de risa, obedecieron
batiendo palmas a rabiar. Mari Fe dijo, enfadada:
—¡Pero, Iván, qué chabacano eres!
Caí en la cuenta de que el chico era un conocido presentador de otro
programa de televisión, el famoso Iván Salazar. Era un latinoamericano que
se hacía notar por sus groserías y su descaro. Una vez, en su programa, había
enseñado el pene.
Pensé en huir de pronto, pero me acordé de los tres mil euros y me quedé
en donde estaba. Sin embargo, me temblaban las piernas y sentía tan fuertes
los latidos de mi corazón que temí que pudieran oírse en todo el estudio. Una
muchacha del grupo de técnicos se acercó hasta mí y me ayudó a colocarme
un pequeño micrófono con el delgado cable por debajo de la blusa.
Oí decir a Mari Fe:

—Unos minutos para la publicidad y volvemos con ustedes.


Se levantó de la mesa, dio dos besos a Iván Salazar y ambos rieron a
carcajadas. Iván lanzó una lluvia de besos imaginarios a los espectadores de la
grada, que de nuevo le aplaudieron con ganas, e hizo un amago de quitarse

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otra vez los pantalones, entre las risas de los viejos y las viejas. Mari Fe se
salió de la zona luminosa y vino derecha hasta mí.
—Muchas gracias por venir, Mamá Romero —dijo después de darme un
par de besos en las mejillas, sin acercar apenas los labios⁠—. ¡Qué orgullo
tener en mi programa a una mujer tan valiente!
Una muchacha se acercó a retocarle el maquillaje con una esponjita.
Reparé en que Mari Fe llevaba una espesa capa de pasta sobre la piel, que
disimulaba arrugas y patas de gallo.
—Te sentarás a mi lado, Mamá Romero. Y no estés nerviosa. Todo va a
ser muy fácil. Los cuatro que estamos contigo te ayudaremos a que salga bien.
Me acordé del consejo del comisario.
—Pero me tienen que pagar ahora —dije. Mari Fe me miró con asombro.
—Bueno…, en cuanto terminemos.
—Si no, no salgo…
Mari Fe puso cara de mala leche, pero hizo una seña a un hombre que
había al fondo, en la penumbra de un rincón del plató. El hombre se acercó.
—Págale —ordenó.
El otro me entregó un sobre. Lo abrí y conté los billetes de cien euros.
Estaba bien.
—¿Vale así? —preguntó Mari Fe.

Hacía evidente su cabreo.


—Vale.
Me echó mano a la blusa y me desabrochó el botón de arriba.
—Que se te vea un poco de teta, cariño.

Fuimos juntas hacia la luz. La maquilladora me retocó las cejas. Los dos
hombres y la otra mujer me saludaron con sonrisas tan presuntuosas como
falsas. Oí una voz que venía desde el lado en penumbra del estudio:
—¡Cinco segundos y entramos!
El técnico de los grandes cascos hizo una seña al público de la sala y
resonó un aplauso. Y Mari Fe comenzó a hablar.
—Hoy hemos traído a una persona singular, a una mujer valiente, muy
valiente, a una mujer que ha sido capaz de matar para corregir lo que la ley
parece que no puede remediar. Por si no lo saben, Francisca Romero, que es
como se llama nuestra protagonista de hoy, mató a un famoso traficante de
droga, Román Iliescu, apodado el Coyote, en un arrabal de la ciudad de
Madrid porque el tal Coyote vendía heroína a su hijo. ¿Qué harían ustedes en

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un caso semejante? A Francisca todo el mundo la conoce en su barrio como
Mamá Romero, y así la llamaremos hoy aquí. Nos enorgullece tener con
nosotros a esta heroína madrileña. Con ustedes, queridos amigos…, ¡Mamá
Romero!
Sonó un nuevo aplauso desde la grada.
Y vi mi rostro en las pantallas que había detrás de las cámaras que me
enfocaban.
Pensé que el mundo se me caía encima de repente.

La primera pregunta casi me tumba. La propia Mari Fe, con su carita de


ángel decrépito embadurnado de colorete, me soltó de sopetón:
—¿A qué sabe matar, Mamá Romero?
—No sabe a nada —se me ocurrió responder.
—Quiero decir que qué sintió usted al matar a aquel traficante.
—Deseos de echar a correr.
—No es fácil matar a un hombre joven y corpulento —⁠intervino el
bajito⁠—. ¿Cómo pudo hacerlo?, ¿cómo cogió el cuchillo?
Mientras preguntaba, hacía gestos de clavarlo de arriba abajo primero, y
luego de abajo arriba.
—No me acuerdo.
Me acordaba perfectamente.
—¿Se lo clavó entero? —preguntó la mujer lánguida. Sentí rabia y
contesté:
—Pruebe usted con alguien que le caiga mal. Un cuchillo afilado entra en
la carne de una persona como en un pedazo de manteca si no se tropieza con
un hueso.
—¡Jesús! —dijo la mujer.
Sentí que había vencido, pero el grupo no parecía dispuesto a darme
respiro.
—¿Estaba usted desnuda cuando lo hizo? —preguntó el hombre de la
barbita.
—¿Ya usted qué le importa?
—La había violado, según nuestras informaciones —⁠dijo el bajito.
—¿Quién le ha dicho eso?
Mari Fe intervino con voz tranquilizadora:
—Lo comprendemos muy bien, Mamá Romero, lo comprendemos muy
bien: cuando a una la humillan, siente rabia. Es usted una mujer valiente.
La lánguida volvió a la carga de inmediato:
—¿La había violado antes del día en que lo mató?

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Me caía muy antipática la mujer. Era fea, esmirriada, de pelo color de
paja, barbilla encogida y labios muy finos. Debía de tener casi sesenta años,
pero se arreglaba y se pintaba con la esperanza de que los demás pensaran que
tenía diez menos.
—¿La han violado a usted alguna vez? —respondí.
—¡Por supuesto que no! —exclamó.
—¿Tenía pensado matar al Coyote antes de ese día? —⁠terció con rapidez
el barbitas.
—¿Es esto un juicio? —dije. Mari Fe intervino:
—Calma, Mamá Romero. Esto no es un juicio. La respetamos, la
admiramos… ¿No es así?
Y se volvió hacia el grupo de espectadores de la grada, que respondió con
un aplauso cerrado.
—Mató por causa de su hijo, ¿no? —añadió Mari Fe.
—Maté para que no me violara y también por mi hijo.
—¿Y en dónde está su hijo ahora? —preguntó la lánguida.
—En un centro de rehabilitación.
—¿En qué lugar? —insistió.
—¿Y qué le importa a usted eso?
—¿Volvería a matar si vendieran droga a su hijo? —⁠preguntó el barbitas.
—¿Mataría usted por un hijo? —respondí.
—Preguntamos nosotros —dijo el bajito.
—Pues pregunten con más educación.
Mari Fe terció de nuevo:
—Unos minutos de publicidad y regresamos —⁠dijo mirando a cámara.
Luego se volvió a la grada:
—Pero, antes, un aplauso para la heroína madrileña: ¡Mamá Romero!
La grada aplaudió con ganas.
Mari Fe se inclinó hacia mí. Estaba visiblemente enojada. Me habló en
voz baja:
—Oye, guapa, te hemos pagado una pasta y tienes que dar morbo a
cambio. Está quedando todo muy flojito.
—No tienen por qué faltarme.
—Aquí queremos sexo y sangre, guapa. Toma nota: o das carnaza o
alguien te va a quitar la pasta antes de que te vayas, aunque sea a la fuerza.
¿Has entendido?
—Me amenazas…
—Más bien es un consejo.

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Toda la finura que ofrecía Mari Fe en la pantalla cuando hablaba al
público se había esfumado ahora. Me recordaba a la carcelera de una película
de gánsteres cuyo nombre he olvidado.
—¡Cinco segundos! —gritó uno de los técnicos.
Los conté mentalmente. El programa arrancó de nuevo con un aplauso del
público de la grada.

—Volvemos, señoras y señores, con nuestra heroína madrileña, con


Mamá Romero —⁠dijo mirando a la cámara que la apuntaba justo delante de
ella⁠—. Es un orgullo estar sentada junto a una mujer valerosa.
Volvió sonriente su rostro hacia mí, pero en sus ojos corrían hilillos de
sangre. Pensé que me daría un mordisco allí mismo si pudiera.
—¿Mataría de nuevo a un hombre como aquel si volviera a repetirse una
situación semejante? —⁠preguntó Mari Fe.
Me acordé de los consejos de don Nicolás.
—No creo… Intentaría que no fuese así. Recurriría a abogados, a la
policía, no sé… Pero matar, no, no creo. Matar es horrible. No le hace bien a
nadie. No le hace bien a la familia de quien muere, claro, pero tampoco a
quien mata. Si has matado, has hecho algo que va contra la naturaleza. Y eso
es lo que yo hice. Y me arrepiento de ello, sinceramente. No volvería a
hacerlo ni en las peores circunstancias.
—Pero el Coyote también la violó, ¿no es así? —⁠dijo el de la barbita⁠—.
¿Mataría a un violador?
Me daban ganas de matarle a él y cortarle la barba.
—No estoy segura…, no, no lo haría. Pero intentaría castrarle.
El público soltó a coro una gran carcajada y luego aplaudió.
—¿Con un cuchillo? —preguntó la lánguida.
—¿Con qué lo hace usted cuando castra a alguien?
El público volvió a reír con fuerza y a aplaudir.
Mari Fe pedía calma con la mano mientras sonreía.
Parecía más satisfecha con el rumbo que tomaba la entrevista. Yo tenía de
pronto ganas de pelea.
El bajito pidió con la mano la palabra a Mari Fe. A ese le tenía más
miedo, me parecía el más insidioso de los cuatro.
—Cuando la violó el Coyote, ¿qué sintió?
—A nadie le gusta recordar esas cosas —respondí.
—Dicen que, a veces —siguió el bajito—, las mujeres violadas sienten
una mezcla de asco y de placer en el acto y que guardan hacia el violador una
mezcla de odio y atracción. ¿Usted sintió algo así?

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—Hay que estar enfermo para sentir placer y atracción hacia quien te
humilla de esa forma. ¿O es que usted sentiría gusto y se enamoraría si
alguien le violara poniéndole de cara a la pared?
Las risas subieron de tono en las gradas. Mari Fe pedía silencio, pero creo
que la situación le gustaba. Yo me sentía crecida.
—¿Dónde le clavó el cuchillo exactamente? —⁠dijo Mari Fe mirándome a
los ojos con dureza.
—Aquí —contesté colocando mi dedo índice sobre el pecho. Me di cuenta
de que otro botón de la blusa se había soltado y que llevaba al aire media teta,
pero no me lo abroché. Me importaba menos enseñar mi cuerpo que perder la
dignidad.
—¿Y apretó con fuerza? —dijo el barbitas.
—Ya le dije que no hace falta. Un cuchillo afilado entra en la carne con
facilidad si no da en hueso.
—¿Contempló su agonía? —dijo el bajito.
—Mientras corría hacia la puerta le vi como pataleando. Creo que a eso lo
llaman «los estertores».
—¿Qué más? —intervino Mari Fe, visiblemente contenta.
—Y había mucha sangre, sangre que brotaba de su pecho como una
fuente, a borbotones, y que se extendía por el piso como una mancha de
pintura. Le di de lleno en el corazón, según dicen.
—¿Estaba usted desnuda? —Remachó la lánguida.
—¿A usted la violan vestida? —La miré de arriba abajo mientras
comenzaban a sonar de nuevo las carcajadas⁠—. No me extraña…
—¡Jesús!
Las risas crecieron más todavía y un aplauso espontáneo surgió en la
grada. El público había tomado partido por mí. Y Mari Fe sonreía encantada.
—Tengo entendido —dijo el barbitas— que usted es viuda.
—Eso es.
—Y que su marido la sometía a malos tratos.
—Es verdad.
El bajito le quitó la palabra:
—¿Por eso odia a los hombres?
—Odio a los cerdos como mi marido, como el Coyote y como…, como
otros.
Cuando la entrevista terminó, Mari Fe me dio la mano con frialdad, sin
levantarse de la silla. Los hombres ni siquiera volvieron el rostro hacia mí,
pero la remilgada perdió su compostura y me espetó:

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—¡Eres una guarra y una golfa, hija de puta!
Le envié un corte de mangas y bajé de la tarima.

El chófer no se atrevió a hablarme en todo el camino de regreso. Al pasar


frente al piso de Espe, me dieron ganas de entrar. Mi amiga abrió enseguida y
me abrazó con calor.
—¡Qué bien das en la tele, qué bien das! Y qué guapa estabas, tan
gitanona… Se te veía mucho el pecho, pero eso te hacía más atractiva.
Don Nicolás me llamó a casa al poco de llegar:
—Te he visto, Mamá Romero. Has estado muy bien, te los has comido.
No creo que hayas dicho nada que puedan tomar en contra tuya en el juicio. Y
por cierto, ¿te pagaron?
—Le hice caso y lo pedí antes de sentarme a la mesa. Menos mal que me
acordé de su consejo.

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Durante los días siguientes, cualquiera que se cruzaba conmigo en el barrio,
conocido o no, me decía lo mismo:
—Te vi en la tele.
Nadie me deseaba buenos días o buenas tardes o se interesaba por cómo
me iban las cosas, solo eso:
—Te vi en la tele.
Y la primera noche en que fui a trabajar tras la muerte del Coyote, mis
compañeras repitieron la copla una detrás de otra:
—Te vi en la tele.
Como si salir en televisión fuese más importante que un crimen, que el
tráfico de drogas, que la miseria en que vivían los chavales enganchados a la
heroína.
Sales en la tele y eres alguien. Aunque hayas robado o matado.
Y si enseñas el culo o las tetas, mejor.
Lo único que me gustaba de todo aquello era que tenía tres mil euros.
Era una locura pensarlo, pero el crimen puede ser rentable.

La mañana que siguió al día de la entrevista, al terminar mi trabajo, fui a


ver a Merche a su oficina de Carabanchel. Salió a recogerme a la salita de
espera, me dio la mano ante la gente que se sentaba esperando ser recibida por
alguna de las abogadas del bufete y, cuando entramos en su despacho, cerró la
puerta y me abrazó con fuerza. Después se separó, me miró sonriente y me
besó en las mejillas.
—Te vi en la tele anoche.
—Ya imagino —respondí.
—Casi te llamo por teléfono. Estuviste muy bien.
—¿No dije nada inconveniente que pueda tomarse en contra mía?
—Al contrario…, eso de que no volverías a hacer algo así, tu
manifestación contra el crimen, contará en tu favor si lo ha oído el juez que te
toque en el juicio. Me gustó cómo tratabas a esa lechuguina que te preguntó si
estabas desnuda cuando te violaron.
—Era una fulana, a pesar de ese aire de señorita asustadiza. Me llamó hija
de puta al despedirme.

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—Vamos a sentarnos en el sofá, y me vas a contar todo lo que sucedió
aquella noche con el Coyote, sin olvidar detalle. Tengo toda la mañana para
ti. Debemos preparar una defensa impecable.
—Ahora ya podré pagarte —dije—. Me dieron tres mil euros por ir al
programa.
—Tú eres de las nuestras, no tienes que pagar nada. Nos ayudarás en otras
cosas, quizás incluso dentro de unos días. Ya te lo contaré luego. ¿Vale?
—Te ayudaré en todo lo que tú quieras, Merche. Te debo mucho. Sobre
todo, por lo de mi hijo.
—Olvídalo. Podemos hacer de ti un símbolo de nuestra lucha. Ese es el
mejor de los pagos.
Cogió un bolígrafo y un cuaderno de la mesa y se sentó a mi lado. Y me
apretó un momento la mano antes de que comenzara a hablar.

Le conté todo lo que había sucedido, sin ocultar nada, como había hecho
con don Nicolás el día que maté al Coyote. Merche tomaba notas sin cesar en
su cuaderno y, de vez en cuando, me interrumpía para pedirme detalles.
—Lo más probable es que el juez instructor considere el caso como
homicidio en legítima defensa, y eso supone que tendremos un tribunal
popular enfrente. Si deciden que es un homicidio imprudente, tendríamos solo
un magistrado en el tribunal.
—¿Y qué es mejor?
—Si nos toca un juez progresista, sin duda el homicidio imprudente…
Pero también un jurado puede convenirnos. Tú eres una mujer que reúnes
buenas cualidades: atractiva y humilde, desamparada y luchadora, buena
madre, tenaz… Resultarás convincente para la gente de a pie.
—¿Y si dicen que es un homicidio imprudente y nos toca un juez que no
es progresista?…
—Habrá que apuntalar algunos aspectos de tu declaración. Si es un tío y
es machista, como casi todos, lo vamos a tener algo difícil. Hay algunos
puntos bastante frágiles en tu versión del homicidio. Lo del cuchillo, por
ejemplo. Esa cocina no se usaba nunca y no había ningún otro utensilio allí.
—Espe no va a decir nada del cuchillo —contesté⁠—. A Jonathan tengo
entendido que nadie va a preguntarle por ser menor de edad.
Le expliqué también las precauciones que había tomado con el afilado del
cuchillo.
—También el hecho de que te secuestraran esos tipos está traído por los
pelos —⁠siguió Merche⁠—. Esas cosas suceden muy raramente.
—Espe dirá que los vimos merodeando cerca de mi domicilio.

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—No sé… Acentuaremos tu valentía, porque tu valor puede ser la manera
de justificarlo. No hay gente muy valiente, ¿sabes? Y crucemos los dedos,
creo que las cosas irán mejor si nos toca un jurado popular. Esperemos a ver
qué dice el juez instructor.
Me puso la mano en la rodilla.
—Hoy no tengo muchas ganas de trabajar. Y son casi las dos. ¿Quieres
que comamos juntas?
—Pero invito yo, tengo mucho dinero. Rio.
—Bien, bien, Paqui…, pagas tú. Espérame en la salita. Recojo mis cosas,
hago un par de llamadas de teléfono y nos vamos.

Merche no era guapa, pero resultaba atrayente la viveza con que se movía
y hablaba. Tenía gracejo natural y cierta sensualidad. Curiosamente, resultaba
muy femenina, a pesar de que vestía siempre con ropa de corte casi
masculino.
—¿Sabes una cosa de mí? —me dijo mientras tomábamos una cerveza en
el mostrador del bar restaurante y esperábamos turno para sentarnos a
comer⁠—. Yo habría querido ser pianista, y de hecho toco el piano, pero
terminé como abogada un poco sin quererlo.
—Pues pareces muy buena en tu oficio. Y en la música debes de serlo
también.
—Si me oyeses tocar, te parecería que lo hago muy bien. Pero los que
sabemos algo de música podemos distinguir con precisión la leve línea que
separa la corrección de la excelencia. Por desgracia para mí, yo no he
traspasado esa línea. De todas formas, el derecho es muy parecido a la
música, creo que por eso lo estudié. Son dos ciencias en donde la exactitud es
muy necesaria. Pero al tiempo se precisa de la inspiración y del instinto.
Bueno, quizás no me entiendas…
—Me gustaría oírte tocar el piano, aunque yo no sé mucho de música. A
mí, si me sacas de la copla…
Rio otra vez, lo hacía a menudo.
—Tú eres una mujer sensible, enseguida comprenderías la gran música.
Algunas tardes organizo en mi casa una pequeña sesión de piano para los
amigos. Te invitaré la próxima vez que lo haga.

Para mí, almorzar en restaurantes siempre es una fiesta que no olvido. Esa
vez comimos el plato del día: ensalada y paella de pescado y marisco. Con un
poco de vino. Y eso me achispó algo, porque no estoy acostumbrada a beber,
casi nunca lo hago: el alcohol ha arruinado una parte de mi vida.

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A Merche se la veía contenta.
—Este fin de semana tenemos una reunión del comité de dirección de
Mujeres en Lucha. Ya te he contado que combatimos, sobre todo, contra los
malos tratos de género y por la defensa de los derechos de la mujer. Tú
puedes cumplir ahora un papel de símbolo, de símbolo de nuestra lucha contra
el machismo. Nos ayudará y te ayudará.
—Haré todo lo que tú digas.
Sonrió otra vez.
—Ese comisario, ¿cómo se llama?
—Don Nicolás.
—Te está ayudando mucho, yo diría que demasiado para ser policía.
—Es muy buena persona, uno más en el barrio. Ayuda mucho a la gente,
todos le apreciamos.
—Pero en tu caso va mucho más allá de lo que la ley permitiría. Se juega
el puesto. Quizás se ha enamorado de ti…
—Es una persona mayor —dije.
—¿Es que las personas mayores no se enamoran? ¿Cómo te mira?
—Mira a su alrededor como si la vida le diera fatiga. No creo que se fije
mucho en mí.
—¿Está casado?
—Toda la familia que se le conoce es un perro muy feo. Y ya te he dicho:
es muy buena persona y le aprecio. Además, me da tranquilidad, me serena.
Pero ¿qué tiene que ver todo eso con el juicio?
Me sentía de pronto irritada.
—Discúlpame. Soy demasiado curiosa, quizás por causa de mi oficio.

No tenía ganas de prepararme cena, así que, de regreso al barrio, decidí


tomar un pincho en El Dorado.
El bar estaba a rebosar. Juanito, al verme entrar, gritó desde detrás del
mostrador:
—¡Atención, ilustre clientela, con ustedes, Agustina de Aragón! ¡Un
aplauso para Mamá Romero!
Los parroquianos me aclamaron, y comenzaron a acercarse y a darme
besos o a estrechar mis manos. A la mayoría los conocía, pero unos cuantos
no me sonaban de nada. Les daba igual, en todo caso, porque también se
acercaban a felicitarme, como si fueran amigos de muchos años.
—Te he visto en la tele —repetían las voces cerca de mis oídos.
Juanito golpeó rítmicamente con los nudillos en el mostrador y empezó a
corear:

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—¡Agustina, Agustina, Agustina…!
Otras gargantas se le unieron.
Yo me moría de vergüenza.
Oí decir a Aku junto a mi oreja:
—Con dos cojones, Mamá Romero, con dos cojones…
Y Ahmed me susurró en la oreja contraria:
—Alá te bendiga, Alá es justo…
Juanito se acercó y me arreó dos besazos en las mejillas. Después me
abrazó con fuerza.
—Bien hecho, Mamá Romero, bien hecho. Te vamos a poner en un altar.
Ni que fueras gaditana… Y cualquiera se mete contigo, Mamá Romero.
Después puso una música de sevillanas en el equipo de música y se
arrancó a bailar dándome frente. Clamó:
—¡Sevillanas de Jerez, sevillanas elegantes, sin darle nunca la espalda a la
hembra!
No tuve más remedio que seguirle, aunque no se me da muy bien el baile,
pese a ser medio gitana. La gente daba palmas alrededor, pero parecían más
bien el ritmo de un tamtam selvático que un acompañamiento flamenco.
—¡Esta es mi Agustina, mi Agustina! —clamó luego Juanito, de nuevo
cogiéndome del brazo⁠—. ¡Viva Agustina de Aragón y abajo los gabachos!
—¿Quiénes son los gabachos? —le preguntó Aku.
—¿Quiénes van a ser, hombre? —respondió Juanito⁠—. Los enemigos de
la patria.
—¿De qué patria? —insistió el negro.
—Ah, me olvidaba de que tú no tienes patria, Kunta Kinte.
Me hicieron beber un par de cervezas y salí de El Dorado a eso de las
nueve y media, con la cabeza resonando por dentro como un bombo.
Paré en la tiendecita de Lin a comprar leche.
—Mamá Romero, qué alegría, qué alegría —me decía el hombre
tomándome las manos y haciendo reverencias⁠—. Eres una mujer valiente,
muy valiente. Como hombre tanto de valiente.
Los integrantes de un grupo de chinos y chinas que había en ese momento
en la tienda me sonreían a su vez. Y se inclinaban doblando el cuerpo para
saludarme.
Me costó soltarme de las manos de Lin, que no cesaba de mostrarme su
alegría y su afecto.
No me quiso cobrar el cartón de leche por más que le insistí.

—Le heroína del barrio está invitada hoy por Lin.

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Yo te debo a ti mucho más, Lin: tú me abriste los ojos.
—Pero tú has puñalado al bandido. Hotias, hotias… Eres valiente, Mamá
Romero, mucho valiente.
De nuevo en la calle, me paró una mujer:
—Usted no me conoce, Francisca. Yo tengo un hijo enganchado a la
droga. Y le agradezco lo que ha hecho. Nos ha vengado a muchas de nosotras.
Me dio un beso muy fuerte al despedirse.
Cuando llegué a casa, me quité los zapatos, medio me desnudé y me dejé
caer en el sofá para ver lo primero que asomara en la pantalla de la televisión.
Era un reportaje sobre Iraq y las imágenes mostraban una carnicería en
una plaza después del estallido de una bomba. La cámara parecía regodearse
en mostrar miembros humanos arrancados de los cuerpos.
Después de todo, pensé que matar y morir violentamente parecían dos
asuntos muy naturales.

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Merche me llamó el domingo. Quería que estuviese el miércoles en una
comparecencia —⁠así lo llamó⁠— de su colectivo ante la prensa. Y me pidió
que asistiera con ella a una manifestación en la calle, once días después, para
protestar por la muerte de dos mujeres a manos de sus parejas. No tuve más
remedio que decir que sí.
Recibí otras llamadas. Felipa, la concejala de mi barrio, quería que la
acompañase el martes siguiente a visitar en Madrid a un alto cargo del
gobierno, una mujer muy interesada en conocerme. No me pude negar, por
supuesto: le debía mucho a Felipa. También me llegó una invitación de otra
cadena de televisión para participar en un programa que llamaban «Cosas del
corazón». Rechacé ir porque no daban dinero.
Pero lo más extraño de todo fue la visita que recibí en casa el lunes por la
mañana. Llamaron al timbre a eso de las once y, cuando abrí la puerta, me
quedé de piedra. Allí, en el vano, estaba el cura, el mismísimo don Lucas.
Venía vestido con la sotana, cosa muy rara en estos tiempos, y le acompañaba
una mujer muy peripuesta, de mediana edad y pelo teñido de tonos rojizos.
—¿Podemos pasar, Francisca?
No supe decirle que no y me aparté a un lado para que entraran.

Se sentaron sin que los invitara a hacerlo. Don Lucas me sonreía con una
sonrisa de esas que parecen una mueca, pues no salen de dentro, sino que te
da la impresión de que han sido ajustadas a tornillo. Era un hombre muy feo,
con la piel tan blanca como la cal, y el pelo de un rubio mortecino. Yo me
acordé del día que fui a verle a la iglesia y del trato que me dio. Entonces no
sonreía de ninguna manera.
No les ofrecí café ni nada. Me senté enfrente de los dos.
—Te vi en la tele —me dijo don Lucas—. ¿Sabe lo que ha pasado?…
—¿Cómo no habría de saberlo? No se habla de otra cosa en el barrio.
—¿También en su rebaño?
Ensanchó su sonrisa.
—¿De qué, si no? No tenemos muchas novedades en este barrio sobre las
que hablar.
—Se puede hablar de la droga, de la pobreza, de la delincuencia…, hay
muchas cosas.

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—Vamos, vamos, Francisca —se recostó en el sillón⁠—. Eres una mujer
famosa, no puedes evitarlo. Incluso has salido en los periódicos de Madrid
más respetables, que son muy pocos en estos días.
Estaba tomando posesión de mi casa. Y trataba de que yo me sintiese en
inferioridad.
—¿Y qué quiere de mí?, ¿que me confiese? —⁠pregunté como un tiro.
Debí de dar en el blanco, porque el cura separó el cuerpo del respaldo.
—No es necesario, aunque esas cosas nunca vienen mal.
—¿No hay que confesar un crimen?
—Por lo que sé, no es un crimen lo que hiciste, sino un homicidio
involuntario, como lo llama la ley.
—Creo que el quinto mandamiento de Dios ordena no matar.
Ensanchó su sonrisa.
—Tus circunstancias justifican el perdón inmediato. Dios te ha
perdonado, sin duda.
—¿Ha hablado usted con Él?
Se le congeló la sonrisa y sus mejillas enrojecieron a la altura de los
pómulos, pero se recuperó de inmediato.
—Bueno, dejemos eso para mejor ocasión… Pásate un día por la iglesia y
te confieso.
—Usted me dijo un día que yo no era de su rebaño.
—Pero siempre estás a tiempo de entrar en el redil.
Se daba cuenta de que yo podía comerle el terreno y no quería darme
ocasión. Señaló a la mujer que le acompañaba:
—Esta señora es doña Elisa, una gran cristiana. No os había presentado…
—Encantada, Francisca —dijo la mujer sonriendo.
—Lo mismo digo, señora —respondí con sequedad.
—El caso —siguió el cura— es que tu tema ha interesado mucho en un
grupo de mujeres católicas que preside doña Elisa. Es un colectivo cristiano
que reúne a grandes señoras, esposas de hombres muy importantes, todas de
muy buenas familias.
Me estaban dando ganas de mandarlos al cuerno y el cura debió de notar
algo, porque rectificó el discurso.
—Es un grupo muy preocupado, sobre todo, por las cuestiones sociales: la
juventud, la droga, ya sabes…
—¿Y qué quieren?
—Una vez al mes, las reuniones del grupo se abren al público y va un
invitado que habla de esos problemas sociales. Se procura que sea alguien

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implicado en ellos, y ya han comparecido un parado, un sin techo, una
prostituta, un drogadicto redimido, una antigua presidiaria… Es una forma de
sensibilizar a la gente, una obra de concienciación social muy valiosa. Y, en
fin, doña Elisa deseaba proponerte que fueras dentro de quince días a contar
tu experiencia.
Miré a la mujer.
—¿Y de qué quiere que hable yo?
—Me gustaría que explicaras cómo una persona decente como tú puede
llegar a matar a un delincuente.
—¿Pretende que justifique lo que hice?
No me respondió.
—Es injustificable, no debí de hacerlo —añadí.
—Bueno, las circunstancias en que sucedió… —⁠terció don Lucas.
—¿Qué opina sobre los malos tratos? —pregunté a la mujer sin hacer caso
del cura.
—Estoy en contra, por supuesto.
—¿Cree que una mujer puede dar motivos para que su pareja la someta a
malos tratos?
—Por supuesto que no.
Señalé al sacerdote con el dedo.
—Hace tiempo que fui a ver a don Lucas para pedirle ayuda porque mi
marido me pegaba —⁠dije⁠—. ¿No se lo ha contado?
La mujer negó con la cabeza.
—Y me dijo que ni él ni Dios podían ayudarme, que fuera a la policía.
Don Lucas había enrojecido. Estaba furioso, pero no le di tiempo a hablar.
—Cuando le dije que mi marido me maltrataba, intentó saber qué motivos
le daba yo para hacerlo. Y me espetó que yo no era de su rebaño.
Don Lucas se levantó. Por un segundo pensé que iba a golpearme. Yo me
levanté a mi vez.
—Eres, eres… una, una… —dijo.
—¿Una qué, una qué? ¡Están ustedes en mi casa, esto no es la sacristía!
Se marcharon sin decir adiós: el sacerdote casi bufando y la mujer con
cara de pasmada.
Diez minutos después llamaron de nuevo a la puerta. Era Espe. Traía una
sonrisa que le llenaba toda la cara, estaba como iluminada.
—He visto a don Lucas. ¿Ha venido a verte? —⁠preguntó con voz
ilusionada.
Asentí.

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—¡Caray! ¡Qué importante te has vuelto, Paqui!…
Mira que venir a tu casa el mismísimo padre Lucas… ¿Qué quería?
—Ese pollo tiene un morro que se lo pisa —⁠contesté.
Mi amiga me miró con un gesto infantil de sorpresa.

Otra vez fui a comisaría, a ver a don Nicolás. No podía dejar de hacerlo, y
a él parecían gustarle mis visitas. Me invitó como siempre a café.
—Sigues haciéndote cada día más famosa, Mamá Romero.
Me acordé de lo que me había dicho Merche y traté de ver cómo me
miraba, pero no noté nada especial.
Seguía con el mismo aire de fatiga de siempre.
—Ha venido el cura a verme a mi casa —dije.
—¿Ah, sí?
No parecía interesarle mucho el tema.
—Pero le he despedido con viento fresco.
—Estás muy guerrera, Mamá Romero. Me sorprendió su juicio.
—¿Cómo lo ha notado?
Tuve de pronto la impresión de que ahora don Nicolás me miraba con…,
¿cómo decirlo?…, con cierto calor, o simpatía, o afecto… Pero no sabría
decir si era la mirada de un hombre enamorado.
—Parte de mi trabajo consiste en fijarme en la gente. Cuando viniste aquí
la noche que mataste al Coyote, eras una mujer rendida, atemorizada e
insegura… Hoy eres otra, resuelta y brava. Tienes aire de querer entrar en
batalla.
Estaba desconcertada, porque el comisario tenía razón. Por un momento
me sentí de nuevo insegura.
—No sé qué me ha pasado.
—Me parece que está saliendo de dentro de ti una mujer que no conocías.
—¿Y cree que es una mujer mejor?
—Siempre que sepas controlarla, sí.
—No le entiendo bien.
—Intenta seguir siendo una buena mujer.
Me gustó lo que me dijo, me gustó cómo me miró mientras sonreía.
Sentí que necesitaba la protección que parecía ofrecerme.

Mientras regresaba caminando a casa me preguntaba si un crimen puede


darnos seguridad y hacernos más libres. Nunca hubiera tratado a un cura de
esa forma antes de matar al canalla del Coyote. Y me pregunté también si

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estaba aceptando el asesinato como una forma de poder sobre los otros,
incluso sobre Dios, y si el matar daba prestigio en estos tiempos.
Estaba hecha un lío, pero seguía creyendo que mi Dios no era el mismo al
que pretendía representar don Lucas.
Y quizás el comisario tenía razón en lo que me había dicho: que nacía una
nueva Mamá Romero, una mujer más libre y segura de sí. Pero ¿era mejor
que la otra, que la mujer indefensa y maltratada por la vida y por los
hombres?
En todo caso, era cierto que debía aprender a controlar a la nueva mujer
que crecía dentro de mí. Y a no dejar que me sobrepasara.
Seguir siendo buena gente si es que aún era posible.

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Con tanta actividad, apenas me quedaba tiempo para descansar. Llegaba del
trabajo, me acostaba un par de horas y ya estaba de nuevo en danza. Menos
mal que, por las tardes, podía sacar otras tres o cuatro horas para dormir, antes
de volver a Madrid a limpiar supermercados.
Me sentía un poco harta de tanto jaleo y estaba deseando que llegara la
fecha del juicio. Pero, al mismo tiempo, todo aquello me producía cierta
excitación. O, como decía Espe: «Tiene que tener su morbo lo que estás
viviendo». Quizás por esa razón, y a pesar de tanto ajetreo y pocas horas de
sueño, no sentía mucha fatiga. ¿Es eso lo que llaman «soltar adrenalina»?
El martes había quedado con Felipa para ir a ver a una mujer que era un
alto cargo del gobierno. Como yo salía de trabajar de madrugada, nos citamos
en Madrid, en la estación de Atocha, en lugar de quedar en el barrio.
No tenía ganas de ver a nadie, y menos a una mujer metida en política,
porque los políticos no me gustan y nunca he confiado en ellos, sean del
pelaje que sean. Los veo hablar en la televisión y tengo siempre la impresión
de que me están mintiendo. Eso sí, con un enorme desparpajo. Pero no podía
negarme a nada que Felipa me pidiese.
Cogimos un autobús en Atocha y viajamos Castellana arriba. Había viento
y las ramas desnudas de las acacias parecían los brazos temblorosos de gentes
sin vida. Era un día bonito, de cielo entreverado de sol y nubes, y muy
luminoso.
—La tía a la que vamos a ver es la directora general de la Mujer —⁠me
dijo Felipa⁠—. Ya sabes que no tengo muy buena opinión de los que nos
gobiernan, pero en su presupuesto meten todos los años una asignación de
dinero a nuestro colectivo Mujer en Lucha, una generosa cantidad que nos
sirve para pagar la sede y el personal administrativo.
—¿Y yo qué pinto en esto?
—Yo qué sé… Te quiere conocer.
Nos bajamos del autobús pasada la plaza de Colón y Felipa me llevó a una
cafetería. Allí nos estaba esperando la mujer rubia que conocí el día en que
asistí a aquella reunión de barrio sobre los malos tratos, la mujer que ocupaba
la mesa junto a Merche y a Felipa.
—Es Lola Bermejo, ¿te acuerdas de ella? —dijo mi amiga.

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Yo no me acordaba del nombre, pero dije que sí. La otra me dio dos
besos.
—Hola, Francisca. Eres una mujer muy famosa. Ya te vi en la tele.
Estuviste muy bien, muy requetebién.
Tomamos un café y nos fuimos caminando hasta la dirección general,
cruzando el paseo de la Castellana. Lo único que me gustaba en ese momento
era escuchar el rumor crujiente de las ramas que se mecían sobre mi cabeza y
contemplar el cielo lánguido que cubría Madrid.

Era una mujer joven: de mi edad, más o menos. Larguirucha, morena, de


cara pálida, cejas muy finas y mirada nerviosa. Se llamaba Carmen Esteban, y
enseguida me pidió que la tutease. Felipa la trataba con respeto y cierta
lejanía. Lola, con visible confianza.
La mujer me soltó un parlamento:
—Solo quería conocerte, Francisca, y mostrarte mi admiración por tu
valor. Mujeres valientes son las que nos hacen falta en España en estos días,
como símbolo de la lucha por nuestros derechos. Queda mucho camino por
recorrer. Lo primero de todo es erradicar la violencia de género, que se
expresa de muchas maneras; con los malos tratos principalmente, pero
también tenemos que luchar contra la extorsión y muchas otras formas de
presión que se ejercen sobre las mujeres, como ha sido tu caso con el asunto
de tu hijo. ¿O no? No te diré que es un ejemplo lo que hiciste, porque matar
nunca es bueno y no hay ley que lo pueda justificar, pero comprendo que
debías defenderte para que no te violaran.
Afirmé con la cabeza.
—Tu marido te pegaba, ¿no?
Miré a Felipa. Con los ojos me dijo que asintiera, y eso hice. Pero me
ardía el alma porque no me gusta que se metan en mi vida.
—No sabes cómo lo siento, cómo lo siento… Lo siento como si me
hubiera sucedido a mí. Porque todas estamos en la misma lucha, pobres o
ricas, jóvenes o viejas, analfabetas o intelectuales…
¿Qué querría de mí aquella mujer?, me preguntaba. ¿Y qué era yo para
ella, además de pobre y casi analfabeta?
—Sobre todo, te he llamado para ofrecerte ayuda legal si la necesitas
—⁠añadió.
—Ya la tengo, gracias.
—La oferta queda ahí.
Unos minutos después, la secretaria anunció la presencia de un grupo de
periodistas en la sala de espera. La directora ordenó que pasaran y les echó

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una perorata parecida al discurso con el que me había recibido. Insistió en su
oposición al crimen, pero elogió mi valor personal y dramatizó al hablar de la
dureza con que se había desarrollado mi vida. Me pregunté quién le habría
contado tantas cosas sobre mí.
Algunos periodistas nos plantearon preguntas a las dos. Yo me sentía
confundida, pero procuré hablar poco para no meter la pata. Luego nos
retrataron juntas, dándonos la mano. A mí me sudaba la palma de la mía, pero
la mujer, que mantenía una ancha sonrisa atornillada en la cara, no me soltaba
ni por esas.
Cuando terminó la sesión y los fotógrafos salieron, la directora me plantó
dos besos y nos despidió. Le vi secarse la mano en la falda cuando ya
cruzábamos la puerta de salida.
—Ya sabes lo que quería —me dijo Felipa mientras caminábamos hacia la
parada del autobús.
—Darse pote.
—La foto, Paqui, la foto. Los políticos son capaces de hacer cualquier
cosa por una foto.
—No comprendo cómo hay tanta gente capaz de aceptar así, por las
buenas, a alguien que ha matado a otro ser humano.
—Tú no has asesinado, tú actuaste para protegerte. Y el Coyote no era un
ser humano; era una alimaña.
—¿Tú también opinas que no he hecho nada malo?
—No lo dudes.
—¿Ni aunque te dijera que llevaba el cuchillo de mi casa con intención de
hacer lo que hice?
—De eso no sé nada. ¿O debo de saberlo?

Don Nicolás me acercó un par de periódicos mientras me acomodaba


frente a él en su despacho. Solo con verle, ya me sentía confortada. Los
periódicos traían mi foto con la directora general.
—¿Te has visto?
—No.
—Estás muy guapa.
—No estoy guapa, trabajé la noche anterior y no había dormido.
—Tú siempre estás guapa, Mamá Romero. También saliste en el
telediario. ¿Lo has visto? Negué.
—Échales una ojeada —dijo acercándome un poco más los periódicos.

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Me pareció que yo tenía cara de zombi. Debajo de las fotos se explicaba
que la directora general de la Mujer había recibido a Francisca Romero, «la
heroína del sur», para mostrarle su apoyo en el caso de homicidio que pronto
sería juzgado en los tribunales. Luego se explicaba un poco lo sucedido el día
en que maté al Coyote. Uno de los periódicos me atribuía una frase que no
recordaba haber dicho: «Actué en legítima defensa. Me siento la víctima, no
el verdugo».
—Es una frase muy brillante —me dijo don Nicolás⁠—. Estás aprendiendo
mucho. ¿Te está enseñando la abogada?
Me pareció que lo decía con cierto tono burlón.
—Yo no dije eso.
Empujé los periódicos hacia su lado de la mesa. No quería leer más.
—¿Cree usted que todo este jaleo me perjudica? —⁠añadí.
—Nunca se sabe con los jueces, son muy suyos. Pero, en principio, la
opinión pública está contigo y eso juega teóricamente a tu favor.
—Es extraño que alguien sea respetado por matar a otro ser humano.
Don Nicolás me miró serio, y no respondió.
—Porque yo soy una asesina y usted lo sabe mejor que nadie, don
Nicolás.
Negó con la cabeza.
—Deja de repetirme esa misma murga, acabarás por soltarlo en el juicio
—⁠dijo con fastidio.
»Lo que tú y yo sabemos —añadió— nadie tiene que saberlo, ¿lo
entiendes? A ti te costaría la cárcel y a mí el trabajo.
—Lo siento, don Nicolás. Pero sigo sin entender por qué me ayuda tanto.
—Ya te dije una vez que la justicia tiene vacíos. ¿Qué podías hacer tan
solo con la ley en la mano? Nada. Al matar al Coyote, te redimiste, llenaste
un vacío legal y realizaste un acto de justicia casi de carácter bíblico.
—Eso de la Biblia lo entiendo menos aún.
—Al Coyote no podíamos detenerle, como ya te conté, ni siquiera con una
gigantesca operación policial, porque era imposible cercar su guarida y
pillarle con toda la droga encima…, dadas las condiciones estratégicas del
barrio. Ni tampoco podía ser juzgado sin prueba alguna contra él. Y, sin
embargo, todos sabíamos que era un criminal, un traficante que asesina poco
a poco a montones de pobres chavales. Tú actuaste en nombre de una ley
profunda, fuiste algo así como el brazo justiciero de Dios. Eso es casi bíblico.
Hizo una pausa antes de añadir:
—Suponiendo que exista Dios…

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Ahora sí me pareció que el comisario me miraba con una intensidad
extraña.
Cuando salí de su despacho, me di cuenta de que me gustaba cada vez
más ese rito de ir a ver a don Nicolás y tomar un café con él. Siempre me
arreglaba cuanto podía para ir a verle.
Y me daba cuenta de que a él también le gustaba verme cada día.

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De nuevo tenía que cumplir tareas que mi peculiar situación me imponía. Esta
vez me tocaba ir a un acto con Merche. Así que, al día siguiente, un miércoles
por la tarde, me encontré sentada junto a ella, Felipa y otras cuatro mujeres
que no conocía, a una mesa larga de una sala grande en un caserón del barrio
de Carabanchel. Enfrente había unos pocos periodistas y cámaras de
televisión, aunque muchos menos que otras veces. Me sonaban ya las caras de
algunos de ellos.
El acto no duró mucho, por fortuna. Hablaron Felipa, Merche y otra
mujer. Lo hicieron un poco exaltadas y se refirieron a mí con frecuencia, en
los términos de costumbre: la heroína del barrio, la mujer valiente, la víctima
de un canalla, un ejemplo de hasta dónde llega la injusticia social… Por lo
visto, todo el mundo podía entender, dadas mis circunstancias, que yo hubiese
apuñalado a un hombre.
Nadie me preguntó nada y yo no dije esta boca es mía, aunque pensé que,
si yo no fuera yo y estuviese en el otro lado, podría haber preguntado:
«¿Tendrían que ponerse todas las mujeres amenazadas a la tarea de asesinar a
sus ofensores?».
Eso es lo que se deducía de las palabras de mis tres compañeras de mesa.
Pero ningún periodista pareció caer en ello, por suerte para mí.
Al final, Merche y las otras mujeres, dirigentes de diferentes colectivos
feministas, convocaron una manifestación para once días más tarde, como
protesta contra la violencia de género y con motivo de dos recientes
asesinatos de mujeres a manos de sus parejas.
Por supuesto, yo tenía que ir. Y estaría en la primera fila, como esos que
ves en las noticias de la tele que llevan la pancarta igual que un faldón.

Se habían unido a la convocatoria nuevos grupos de mujeres, de Madrid y


de otras provincias, y también diversas asociaciones gais. Así que, con el
tráfico cortado, una buena cantidad de gente se había acercado a la plaza de
Colón aquel domingo invernal de aire frío y olor a lluvia. El sol parecía
indeciso.
Llegué con Felipa y enseguida me colocaron en la fila de quienes
sujetaban la gran pancarta, que debíamos llevar entre más de veinte personas,

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dos de ellas familiares de las dos mujeres asesinadas recientemente. Merche
se colocó a mi lado y me dio dos besos fuertes. Estaba entusiasmada.
—Hoy es un día importante, Paqui —dijo. Le brillaba la mirada.
En el centro de la fila de la pancarta iba la directora general de la Mujer.
Me miró, la miré, la saludé y ella pareció no verme. Creo que no me
reconoció. A su lado iba una ministra de no sé qué ramo cuyo nombre no
recordaba.
La marcha comenzó en dirección a la plaza de la Cibeles. Detrás de
nosotros desfilaban numerosos grupos y organizaciones con banderolas y más
pancartas. El rumor y los eslóganes coreados por la gente podrían haber hecho
pensar que éramos decenas de miles de personas las que marchábamos paseo
de Recoletos abajo, pero no creo que fuésemos muchas más de tres o cuatro
mil.
A los lados del carril principal, entre las arboledas, deambulaban decenas
de peatones y algunos se detenían a contemplarnos. Había numerosos
furgones de policía y agentes velando por la seguridad del desfile.
No tardamos más de media hora en llegar a Cibeles. Habían levantado un
estrado de madera cerca de la estatua de la diosa y los leones. Una por una,
varias de las mujeres que iban en la cabecera de la marcha, entre ellas
Merche, subieron a echar su perorata a la gente que las aclamaba. Yo no
entendía muy bien lo que los oradores decían porque la megafonía no era
buena.
De pronto, Merche me dijo:
—Ahora sube tú, Paqui.
—¿Yo? ¡Ni lo sueñes!
—Venga, sube…
—Si no sé hablar, si no me habías dicho nada…
Pero arriba alguien anunciaba mi nombre y varias de las mujeres que iban
conmigo en primera fila de la marcha empezaron a empujarme hacia el
estrado. Cuando quise darme cuenta, estaba arriba. Y debajo de mí había un
mar de gente vitoreándome.
¿Qué podía decir yo?
Pues lo mío.
Y hablé casi gritando:
—Me llamo Francisca Romero Laguna y en mi barrio me llaman Mamá
Romero. He matado a un hombre. He matado a un hombre que vendía droga a
mi hijo y que me maltrató. Lo hice para defenderme: porque iba a matar a mi
hijo y porque me humillaba, me amenazaba y me perseguía. Yo no quería

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matarle. Si pudiera devolverle la vida, lo haría. Pero no podía dejar que
matara a mi hijo y que me humillara. Soy culpable de un crimen que no
quería cometer… No me siento orgullosa de ello y no volvería a hacerlo. No
es bueno ni es justo matar, porque sin leyes que castigaran el crimen, nuestro
mundo sería inhabitable.
Me acordé de lo que un periódico decía que yo dije y que no recordaba
haber dicho. Y alcé aún más la voz:
—¡Pero yo soy la víctima, y no el verdugo!
Me aclamaban cuando bajé. Merche se apretó contra mí con fuerza, sin
soltarse del abrazo. Luego se separó, sujetándome las manos, y dijo:
—¡Bravo, Paqui, bravo!
A mí se me caía la cara de vergüenza.
—Si les he dicho que me arrepiento —contesté en voz baja.
Otras mujeres venían a jalearme.
—¡Qué fichaje hemos hecho contigo! —me dijo Felipa⁠—. ¡Vaya labia!
—Si yo creo que no me han escuchado —contesté.
—Pues más mérito.
Me abrazaban, me golpeaban la espalda felicitándome, incluso oí que un
grupo coreaba mi nombre.
Estaba perpleja. Casi nadie quería saber, casi todos querían únicamente
aplaudir. ¿Era una manera de aplaudirse a sí mismos?
Solo oí una voz disidente, la de una mujer que se acercó por detrás y me
dijo casi al oído:
—Tiene usted mucho valor al decir que no podemos vivir sin ley. Y yo
estoy de acuerdo.
Me volví a mirarla. Su rostro me sonaba mucho, pero no lograba
reconocerla a causa de mi excitación. Se perdió entre la gente y me olvidé de
ella al instante.

Cené en un mesón con un montón de mujeres, cerca de la Puerta del Sol, y


no me dejaron pagar mi parte. Muchas se acercaban a saludarme, y Merche,
sentada a mi lado, se mostraba enormemente ufana, casi eufórica.
Regresé al barrio con Felipa en uno de los últimos trenes del día. Ella,
contentísima, no paraba de hablar. Decía que todo había sido un éxito.
Yo lo dudaba, la verdad.
Y me sentía triste sin saber muy bien por qué.

Esa noche soñé que mataba a mi padre.

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Le oía maltratar a mi madre en la chabola, al otro lado de la cortina, y
cogía un cuchillo igual que el que usé cuando acabé con el Coyote.
Entraba en su cubículo de la chabola y él tenía el torso desnudo y yo le
clavaba el cuchillo en el corazón.
Y el arma entraba en su pecho blandamente, como si su carne fuera de
mantequilla.
Me gustaba sentir cómo entraba el cuchillo en la carne hasta alcanzar el
corazón de aquella bestia que era mi padre.
Era un placer casi sensual.

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Fui a ver a Jonathan un domingo de enero. Merche me llevó en su coche, pero
cuando llegamos prefirió irse a dar un paseo por el pueblo para dejarme a
solas con mi hijo en el centro de acogida, el edificio de un antiguo convento a
las afueras de la localidad.
Hacía muchas semanas que no le veía y, cuando asomó en la sala de
espera, el corazón me dio un vuelco. Estaba muy cambiado, había engordado
y tenía la mirada blanda, como de animal domado. Le besé con ansiedad y él
me respondió sin calor.
Venía con un hombre de unos cincuenta años que se presentó como el
director del centro. Vestía de negro, muy atildado y, aunque no lo era, parecía
un cura. Era delgado y alto, de pelo blanco y maneras y modo de hablar
amanerados. Cuando entró, traía cogido por el hombro a Jonathan. Al dejarlo
conmigo, después de saludarme con fría cortesía, le dio dos golpecitos suaves
en la mejilla derecha:
—Estarás con tu madre quince minutos. Pasado ese tiempo, vendré a
buscarte.
Jonathan asintió con un gesto de obediencia: parecía un animalito
amaestrado.
Antes de retirarse, el hombre me dijo:
—El chico se está convirtiendo en un estupendo carpintero, se ganará bien
la vida.
Mi Jonathan apenas me hablaba. Miraba hacia los lados, como si quisiera
escaparse, pero no parecía inquieto. Le veía algo ido, quizás por efecto de las
medicinas que le hacían tomar.
Yo hablé a chorros y no recuerdo muy bien todo lo que le conté. Le hablé
de Espe, de algunos de sus amigos que me había encontrado en el barrio las
semanas anteriores, de mi trabajo, de la casa, de proyectos para el verano
siguiente:
—Podemos volver a Benidorm o, ¿por qué no?, ir a una playa nueva, a
Mallorca por ejemplo. No conocemos ninguna isla ni hemos subido nunca en
barco, y hacer un viaje hasta allí juntos sería emocionante y bonito. O si
prefieres otra cosa, solo elígela. Y si hay suerte, cuando salgas de aquí, yo
puedo trabajar más y pediremos un crédito para poner una carpintería, quizás

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en el mismo barrio o en otro sitio de Madrid, si prefieres irte, o, incluso, en
otra ciudad, en una que tengamos mar. Te gusta el mar, ¿no?
Pero no le dije nada sobre lo que había hecho con el Coyote ni del juicio
que me esperaba.
El director regresó e hizo un gesto a Jonathan para que se despidiese de
mí. Yo besé a mi hijo y lloré antes de que se perdiera de nuevo pasillo
adentro.
—La he visto en la tele un par de veces —me dijo el director⁠—. Y sé lo
que ha hecho y por qué lo ha hecho. La comprendo.
Hice como si no me enterase.
—¿Cómo va Jonathan?
—Bien, bien…, pero estas cosas son lentas. Tiene mucha habilidad
manual, progresa como ebanista.
—¿Cuándo saldrá?
—Si tenemos suerte, para el verano volverá a su vida normal.
—Quizás nos vayamos del barrio.
—Después de lo que ha pasado, que vuelva a la droga no parece ya tan
fácil…
—Ojalá no caiga en manos de otros traficantes. —⁠Imagino que para esa
clase de gentuza no vale el refrán de que «muerto el perro, se acabó la
rabia»… Y no se puede acuchillar a todos sin acabar en la cárcel.
Me dejó desconcertada.
Merche vino unos minutos después con el coche.
—¿Qué tal? —dijo.
—Está como ido…, me ha dado mucha pena verle así.
—Pero le cuidan, ¿no? Me encogí de hombros.
—Al menos no se droga.

Durante la semana que siguió, Merche y yo estuvimos preparando mi


defensa en su despacho. Iba a verla por las tardes después de echarme una
siesta, tomábamos algo juntas para la cena y luego me marchaba a trabajar.
Me sentía a gusto en su compañía y le estaba tomando cariño. Era una mujer
muy inteligente, muy luchadora y muy generosa.
Merche quería saber el más mínimo detalle de cuanto había sucedido en
mi vida y escribía notas sin cesar en su cuaderno, haciendo que le repitiera las
cosas cuando hablaba demasiado de prisa. Quería saberlo todo, no solo en lo
que concernía a mis dos encuentros con el Coyote y a todos los aspectos del
crimen, sino a mi vida entera, incluso desde antes de que me casara. Le hablé
de mis padres y de mi hermano, de mi relación sexual con Rubén, de las veces

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que me pegó, del bar de Juanito y de sus clientes, de mis amigas, de mis
compañeras de trabajo, de mis conversaciones con el comisario e, incluso, de
las noches en que iba a Madrid a la sala de baile en busca de amantes
ocasionales.
—¿Cuántas veces lo hiciste? —me preguntó mirándome mientras mordía
el bolígrafo.
Merche tenía los ojos muy grandes y muy negros.
—¿Es eso importante? Cuatro o cinco, no lo recuerdo bien… Pero, más
que nada, era como un juego. Me hacía sentirme libre.

El sábado siguiente Merche organizaba una cena en su casa para un grupo


de amigos. Además, iba a tocar el piano. Y me invitó.
—Terminaremos tarde, así que te puedes quedar a dormir en casa. Vivo
sola y hay sitio de sobra. Acepté.
Había más de veinte personas, en su mayoría mujeres, varias de ellas
emparejadas y algunas con evidente aspecto masculino. Solo había tres
hombres. Dos, de unos cuarenta años y de modales muy afectados, parecían
pareja. El otro era mayor que ellos e iba solo. Vestía una elegante chaqueta
azul de botones dorados y tenía el pelo cano y la barbilla cuadrada. Era muy
guapo.
Merche estaba muy pendiente de mí: apenas se separaba de mi lado,
supongo que para darme confianza, ya que casi todos los invitados parecían
conocerse los unos a los otros desde hacía mucho tiempo.
Me iba presentando a todo el mundo con extrema simpatía. El hombre
guapo de la chaqueta azul se llamaba Diego.
—Es muy atractivo —le dije en voz baja a Merche cuando nos alejamos
de su lado.
—Fuimos amantes una buena temporada: hace diez años, más o menos.
—¿Está libre?
Ella sonrió y me apretó el brazo.
—Hoy no te dejo ligar.
Después me presentó a dos mujeres que, sin duda, formaban pareja. Una
de ellas, la más masculina, no despegaba la mirada de mis ojos mientras las
cuatro manteníamos una conversación sin importancia, de esas de decir por
decir.
Cuando se alejaron, le comenté a Merche:
—No dejaba de mirarme. Volvió a reír:
—Sentiría curiosidad. Fanny es así… Hemos sido amantes tres años. Lo
dejamos en junio.

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La miré con aire de perplejidad.
—Vaya vida que has llevado… —dije.
—¿Crees que tú eres la única que hace cosas extraordinarias?… Soy
bisexual, Paqui, creí que te habías dado cuenta: aunque últimamente prefiero
a las mujeres. Somos más dulces.
No supe qué contestar.

Tocó al piano melodías de compositores cuyos nombres no me sonaban


nada, menos Beethoven, del que yo conocía esa de Para Elisa. Luego siguió
interpretando piezas populares. La gente le sugería temas y ella los conocía
casi todos. Cantaba con una voz muy bonita.
Algunas canciones me sonaban mucho, pero no sabía el nombre de
ninguna. La aplaudíamos a rabiar cada vez que terminaba un tema.
—¿Qué te gustaría escuchar a ti, Paqui? —me dijo al concluir una que le
había pedido Diego.
—¿Conoces esa que tocan en la película Los últimos de Filipinas, esa
antigua de Fernando Rey?
Comenzó a tocarla al piano, muy despacio. Y luego la cantó con mucho
gusto:

Yo te diré
por qué mi canción
te llama sin cesar.
Me falta tu risa,
me faltan tus besos,
me falta tu despertar.

Yo te diré
por qué mi canción
se siente sin cesar
Mi sangre latiendo,
mi vida pidiendo
que tú no te alejes más.

Cada vez que el viento pasa


se lleva una flor,
pienso que nunca más volverás, amor.

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Me emocioné y se me hizo un nudo en la garganta. Creo que se me saltaron
unas lágrimas. La canción no me traía malos recuerdos, y eso que la había
bailado una vez con Rubén. Era extraño, pero parecía revivirme.
Me sentía feliz de pronto.

Bebimos mucho champán. Esa noche, ya muy tarde, cuando todos se


fueron, Merche me dijo balbuceando que quería acostarse conmigo. La
acompañé hasta la cama y la dejé durmiendo: estaba muy borracha y apenas
se tenía en pie.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, me dijo:
—Perdóname lo de anoche. No sabía bien lo que decía.
—No pasa nada.
—No soy así, de veras. Pierdo el control cuando bebo mucho.
—Todos perdemos el control algunas veces. Si piensas en lo que yo hice
con el Coyote, lo tuyo no es nada.
—¿Vas a olvidarlo?
—Ni me acordaba esta mañana, he dormido como un tronco.
Sorbió con ruido de su taza de café.
—Aunque no te lo parezca, soy muy apasionada. Y también soy infiel,
frívola y promiscua. No me imaginabas así, ¿verdad?
—No soy capaz de imaginarme cómo es nadie. Ni siquiera me conozco a
mí misma, ya lo ves…
Sonrió con esos largos labios que le llenaban casi la cara.
—Me alegra que no me guardes rencor por mi proposición de anoche.
—¿Qué me propusiste?

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El juez instructor determinó que el mío era un caso de homicidio en legítima
defensa. De modo que se celebraría ante un tribunal con un jurado popular. A
Merche y a don Nicolás les pareció una buena noticia.
El juicio comenzó cuando ya se presentía la primavera y en las ramas de
los árboles asomaban los primeros botones verdes y jugosos.
Para la vista de mi causa nos tocó una mujer como magistrado presidente.
—No la conozco, pero según me han contado es una de las nuestras —⁠me
dijo Merche⁠—. Eso ayuda, aunque la decisión la tiene el jurado popular.
Torció el gesto antes de seguir:
—En cuanto a la fiscal, es un hueso duro, la conozco algo. No se casa con
nadie y es capaz de fisgar por todos lados hasta dar con algún punto débil.
Estuvo presente en el primer interrogatorio que te hizo el juez de guardia al
día siguiente de que mataras al Coyote. ¿Qué te pareció?
—No me acuerdo para nada de su cara, pero me pareció una persona muy
recta, y también muy lista. ¿Crees que podrá contigo? —⁠le pregunté con un
poco de guasa.
Negó con la cabeza.
—Estoy segura de que no hemos dejado ni un solo cabo suelto.
Antes de comenzar el juicio nos reunimos de nuevo con don Nicolás y con
Espe. Merche no quería dejar ningún margen a la improvisación.
Es una persona tan inteligente como tenaz. Y yo admiro las dos
cualidades.
—El argumento principal es la legítima defensa —⁠insistió⁠—, métetelo en
la cabeza y piensa en ello todo el tiempo, hasta obsesionarte casi. Porque
tienes que salir libre y sin cargo alguno. Cualquier otro veredicto del jurado lo
consideraría una derrota.

El juicio se celebró en dos sesiones. Y, a pesar de todo el celo de Merche,


surgieron elementos imprevistos. La vida es siempre una sorpresa.
Cuando llegamos la primera mañana a la sede de la Audiencia Provincial,
un día nublado y frío, había un grupo de unas cincuenta mujeres esperando en
la puerta y varios periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión. La policía
había acotado un pasillo entre la acera y la escalinata que ascendía hacia el

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edificio para que el alubión de una posible multitud no se echara sobre
nosotros y también para impedir acercarse demasiado a la prensa.
Oí que me aclamaban gritando mi nombre y leí una pancarta en la que se
me volvía a llamar «heroína». Los nervios me comían, pero Merche me
sujetaba con vigor del brazo y me transmitía confianza.
La sala se llenó enseguida de público, sobre todo de mujeres: calculo que
habría unas cincuenta personas en las sillas traseras de aquella larga estancia
de forma rectangular. Vi a Juanito, el del bar El Dorado, que levantó los
brazos cuando su mirada se cruzó con la mía e hizo como si tocara las
castañuelas. Me tiró un beso.
Todo lo registré con una enorme precisión y puedo reproducir el escenario
de aquel día como si fuera ahora mismo. A mí me sentaron a la derecha de
Merche. A su izquierda, al fondo de la misma larga mesa que ocupábamos, se
sentaba la fiscal. Las dos juezas, una mujer que actuaba de presidente y un
ayudante, ocupaban la presidencia de la mesa principal, debajo de un retrato
del Rey con dos banderas a las espaldas, la de la Comunidad de Madrid y la
nacional. Y frente a nosotras, el jurado popular ocupaba dos filas de asientos.
Había más mujeres que hombres y casi todos eran gente joven. La persona de
mayor edad era un hombre de unos sesenta años. Le miré en algunas
ocasiones durante el juicio y siempre me sonrió cuando se cruzaron nuestros
ojos. Su sonrisa y la proximidad de Merche me daban confianza en aquel
ambiente frío y poco amable.
Había un ventanal detrás de la mesa junto a la que nos acomodábamos la
fiscal, Merche y yo. A veces volvía la cabeza y miraba al otro lado de la
cristalera. El aire corría cargado de nubes y los árboles tiritaban desnudos
bajo el frío, como mi corazón.

El primer día de la vista, todo fue como Merche tenía previsto. Hice mi
declaración, preparada minuciosamente, y ella, con sus preguntas, me pidió
relatar los peores momentos de mi vida, desde la infancia hasta el día que me
violó el Coyote y la noche que lo maté. Al recordarlo allí, en voz alta, delante
de tanta gente, sentí una congoja tremenda y ganas de echarme a llorar. ¿En
eso podía resumirse toda mi vida?, ¿qué había de felicidad en ella?
Me impresionó mucho la sala en donde me juzgaban y ver a aquellas
personas, los miembros del jurado, que iban a decidir sobre mi futuro. ¿Qué
pensarían al verme? ¿Les resultaría una mujer peligrosa o sentirían algo de
piedad por mí? Sobre todo, se me hacía muy extraño ser el centro de aquella
especie de escenario, con los dos jueces sentados a mi izquierda y el jurado
enfrente, y una sala llena de público. Había muchos conocidos y algunos

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amigos míos, pero no era capaz de distinguir casi ningún rostro ni de ver con
claridad un saludo dirigido a mí, si es que lo había. Yo nunca había sido nadie
en toda mi vida y ahora me convertían en la protagonista de un acto que
parecía muy importante para todos los que tomaban parte en su desarrollo.
Miento: había sido protagonista en un programa de televisión, pero aquello
fue basura. Lo de ahora, sin embargo, iba a determinar mi futuro y el de
Jonathan. En una ocasión pensé que un juicio es un acto supremo de sadismo.
Por eso no me gustaba, porque yo nunca he sido masoquista.
Además, no quería mirar mucho hacia el público, no quería que mis ideas
se confundieran, debía seguir con exactitud las instrucciones que me había
dado Merche. Y si me fijaba en la gente y me dejaba llevar por mis
emociones, corría el riesgo de que mi cabeza se quedase en blanco y no saber
qué decir cuando se me preguntara. Debe de ser algo parecido lo que les
sucede a los deportistas y a los actores cuando tienen que hacer su trabajo. De
todas formas, me daba calor la sonrisa de aquel hombre mayor del jurado.
La fiscal, en su turno, insistió en que diera detalles sobre mi secuestro el
día de la muerte del Coyote. Mientras me interrogaba, yo trataba de
acordarme dónde había visto antes a aquella mujer.
Eludí precisar demasiadas cosas en mis respuestas, alegando que me
sentía aterrorizada cuando me metieron a la fuerza en un coche para llevarme
al Cerro. Merche saltó en mi defensa, protestó a la jueza presidente y dio su
explicación a la protesta con un argumento que a mí me pareció de mucho
peso:
—¿No entiende la acusación que una mujer que tuvo que matar para que
no la violasen pueda borrar de su mente los detalles de mucho de lo que pasó?
—Eso sucedió antes del intento de violación —⁠repuso la fiscal.
Y se volvió otra vez hacia mí.
—¿Cómo era el coche? —siguió preguntándome sin hacer caso de
Merche.
Y yo me acordé de aquel extraño coche que vi en la puerta del bar el
primer día que fui al Cerro.
—Muy lujoso, de color rojo.
—¿Recuerda la marca?
—De eso no sé, no entiendo… Nunca he podido tener un coche.
Pareció bastarle. La fiscal se centró entonces en el cuchillo.
—Ha declarado usted que la víctima tomó un cuchillo de la cocina y que
la amenazó de muerte.
—Sí.

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—¿Y por qué no hizo nada mientras él iba a la cocina y regresaba?
—No había otra salida que el pasillo, que pasaba junto a la cocina, y el
cuarto en donde estaba no tenía ventanas por donde poder escapar. Y estaba
aterrada, muerta de miedo. Casi no podía moverme…
—Pero tuvo fuerzas para quitarle el cuchillo y matarle…
—¡Olvida usted que la víctima trataba de violarla! —⁠interrumpió Merche
visiblemente irritada. La jueza admitió la protesta.
La fiscal pidió a la jueza presidente que mostrara al jurado el cuchillo.
La jueza se dirigió a un agente:
—Muestre el arma homicida al tribunal.
—Esta es el arma homicida —siguió la fiscal mientras el agente exhibía
ante los doce jurados el arma⁠—, recogida por el juez de guardia y reconocida
como tal. Como verán, es un cuchillo muy antiguo, afilado muchas veces, y
con la hoja desgastada por el uso. Todos los testimonios que tenemos, señoría,
afirman que esa cocina no se usaba nunca. Y, de hecho, un reconocimiento de
la misma nos ha dejado ver que no hay plato ni cubierto alguno, lo que
confirma que la cocina no se utilizaba. Además de eso, nadie lo reconoció
ante el juez de guardia, según se dice en su informe.
Después añadió:
—Les pido que tengan presente todo cuanto he dicho sobre el arma y lo
que ustedes han podido ver para cuando llegue la hora de mis conclusiones.
—Tranquila, solo son declaraciones de cómplices de la víctima —⁠me dijo
Merche en voz baja, poniéndome la mano sobre el brazo⁠—. En suma, son
declaraciones de una pandilla de delincuentes.

Después de mí declaró el comisario don Nicolás. Insistió mucho en que yo


me había entregado y que mi versión de los hechos fue desde el principio la
misma que había dado ante las preguntas de la fiscal. Cuando la fiscal le
interrogó, salió airoso.

En esa primera sesión se sentaron a declarar algunos de los rumanos de la


pandilla del Coyote, que afirmaron haberme visto aparecer en las
proximidades del bar del Cerro Misericordia en busca de su jefe el día de su
muerte. Todos señalaron que, en la cocina de la pequeña vivienda de la trasera
del bar, nunca hubo ningún cuchillo ni ningún otro cubierto, y que la cocina
no se usaba.
Uno de ellos era el guardaespaldas que me había violado después del
Coyote y yo le identifiqué como uno de los dos hombres que me secuestraron
para llevarme al Cerro en un automóvil la noche que maté al traficante.

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Merche le arrinconó con sus preguntas y lo trató de criminal. Él no reconoció
nada y negó repetidas veces que hubiese intervenido en ningún secuestro.
Merche anunció que le denunciaría por violación para que fuera juzgado más
adelante.
Espe declaró también esa mañana. Yo dudaba de ella, pero lo hizo muy
bien. Estuvo muy convincente cuando señaló al mismo tipo como uno de los
que merodeaban alrededor de nuestro edificio antes de mi imaginario
secuestro. Y negó terminantemente que ese cuchillo fuera mío.
—Y bien que conozco su cocina, señoría, que muchas veces guisamos y
cenamos en su casa.

Espe, Merche y yo comimos juntas. A Merche se la veía eufórica:


—Todo va estupendo. Ha sido una torpeza por parte de la fiscal llevar a
ese hijo de puta de violador a declarar. Nos ha dado un argumento más,
aunque sea psicológico, para reforzar la legítima defensa. Ya veis, eso no lo
tenía previsto e improvisé mi interrogatorio. Por cierto, que tú tampoco has
estado nada mal, Paqui: lo del detalle del coche rojo y eso de que nunca has
tenido un automóvil ha venido muy al pelo. Y en cuanto a ti, Espe, eres una
consumada actriz, tu declaración ha sido estupenda.
—Es que veo mucho la tele.

Tampoco estaba previsto lo que sucedió al día siguiente. A poco de


comenzar la vista, la fiscal llamó a declarar a un nuevo testigo.
Era don Lucas, el cura de la parroquia de mi barrio. Casi me caigo de
espaldas cuando oí su nombre. Merche me miró sorprendida. Y me dijo en
voz baja, irritada, antes de que comenzara el interrogatorio de la fiscal:
—De este no me habías hablado.

—Conocí a Francisca Romero hace cinco o seis años, una mañana en que
vino a la parroquia a contarme que su marido la maltrataba —⁠comenzó don
Lucas respondiendo a las preguntas de la acusación⁠—. Tenía algunos
moratones en la cara, no gran cosa, y me pedía ayuda, pero yo no podía darle
más que consuelo porque solo soy un sacerdote y mis poderes terrenales son
muy escasos. La aconsejé ir a la policía, pero no sé si lo hizo. Estaba muy
nerviosa… Y colérica, también colérica.
—¿En qué notó su cólera?
—Quería que hablara con su marido. Pero su marido era comunista, no
era creyente, y yo no podía hacer nada en ese sentido. Tampoco ella venía a
misa nunca, era la primera vez que la veía, y no tenía ni idea de si era o no

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verdad la historia que me estaba contando. Cuando le dije que no podía hacer
nada, enfureció y me preguntó: «¿Tendría que matar a mi marido para que
dejara de pegarme?».
—¿Es textual lo que dijo?
—Dijo eso, sí.
—¿Y qué supo después sobre ella?
—Que su marido había muerto en un accidente. La verdad es que me
olvidé del asunto, porque en mi parroquia tengo que atender a muchas almas,
mi rebaño es numeroso…
—¿Cómo supo que el marido había muerto?
—Me lo contó una de mis fieles. Esperanza, se llama… —⁠Señaló hacia el
público⁠—. Está allí sentada. Creo que la acusada y ella son amigas.
—Bien… ¿Y cuándo volvió a encontrarse con la acusada, padre Lucas?
—Hace unas semanas.
—¿Dónde?
—Fui a verla a su casa con una señora que quería invitarla a una reunión
de un grupo de mujeres cristianas, y a ofrecerle de nuevo mi consuelo. Un
sacerdote debe intentar atender a la gente que sufre, aunque no sea de su
feligresía.
—¿Sabía usted lo que había sucedido? Me refiero a la muerte del
traficante del Cerro Misericordia…
—Claro, no se hablaba de otra cosa en el barrio y en la parroquia. Y
además, vi a la acusada en televisión, en el programa ese de «Las tardes de
Mari Fe».
—¿Y qué le dijo la acusada en ese segundo encuentro?
—Casi me echó de allí. Estaba de nuevo colérica. Cuando le ofrecí
consuelo y traté de justificar lo que había hecho como una reacción natural,
de defensa propia, ella me preguntó: «¿No cree que un crimen debe
confesarse?».
—¿Es textual?
—Sí, textual.
—Pero no la confesó…
—Si quiere saber si existe en este caso el secreto de confesión, no lo hay.
No la confesé.
—¿Y qué más le dijo?
—Dijo: «Es injustificable lo que hice». —¿Es textual?
—Sí, textual.
—No tengo más preguntas.

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Por suerte, la jueza dio un descanso de media hora. En la cafetería le conté
a Merche todo lo que recordaba de mis dos encuentros con el cura.

Yo ya conocía un poco a Merche. Por eso me di cuenta de que iba hecha


una fiera cuando caminaba hacia el cura para comenzar su turno de preguntas.
Parecía una leona. Y me dio confianza verla así.
—¿Ha dicho que la primera vez que vio a la acusada tenía unos moratones
en la cara producidos por los golpes de su marido?
—Así es.
—¿Y que eran poca cosa?
—Sí.
—¿Le dijo también ese día que, si no necesitaba ir al hospital, era porque
los golpes no le habían hecho mucho daño?
—Puede que se lo dijera, pero no me acuerdo.
—Pero no le preocuparon demasiado los moratones, ¿no?
—Desde luego que los golpes no eran graves.
—Y ha reconocido que le dijo que no podía ayudarla.
—Era cosa de la policía, no mía.
—Pero sí le reprochó que no iba a misa y que su marido era comunista y
ateo.
—Le dije que, si no eran de mi rebaño, poco podía hacer por ella y, por
supuesto, que no podría hablar con él.
—¿Le preguntó a la acusada las razones por las que le pegaba su marido?
—Es probable.
—¿Y cree que hay razones por las que un hombre puede pegar a su
esposa?
—No he dicho eso.
—Pero ¿lo cree?
—Por supuesto que no.
—Sin embargo, sí que le dijo a la acusada que, desde antiguo, los
hombres han pegado a las mujeres.
—No dije eso para justificar nada.
—Pero lo dijo.
—Lo diría tal vez para aconsejarle que fuera a la policía, porque hoy ya
existen leyes contra el maltrato… Por fortuna.
—¿No le ofreció ningún tipo de ayuda a la acusada?
—¿Qué ayuda podía ofrecerle, salvo el consuelo?
—Ha dicho que la vio colérica aquel día. ¿No estaría más bien
desesperada?

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—Es parecido, ¿no?
—No es lo mismo.
—Yo no veo la diferencia.
—Usted ha declarado que ella le preguntó si tendría que matar a su
marido para que dejase de pegarle.
—Eso fue lo que dijo.
—¿Y dejó marchar a una mujer creyendo que podía matar a un hombre?
El cura pareció enmudecer. Se frotaba las manos.
—¿O es que no pensó que hablara en serio? —⁠añadió Merche.
—Bueno, esas cosas se dicen…
—¿Lo dice mucha gente en su rebaño?
—Son cosas que se dicen…
—Si no creyó entonces que hablaba en serio, ¿por qué recuerda aquí esas
palabras? Y si cree que realmente pensaba en matar, ¿por qué la dejó ir?
—Intenta confundirme.
—Relájese usted, padre. Vayamos al día en que fue a verla a su casa.
¿Quién le acompañaba?
—Doña Elisa, una señora que pertenece a un grupo de mujeres cristianas
con gran conciencia de los problemas sociales de hoy.
—¿Qué tipo de grupo?
—Son señoras de buenas familias, digamos, que se preocupan por los
desfavorecidos.
—¿Qué es una buena familia?, ¿una familia de dinero?
El cura balbuceó.
—Déjelo, déjelo —añadió Merche—. La mía es muy buena familia y no
tiene dinero, pero vayamos al grano.
El cura se llevó la mano al alzacuello, ahuecándolo, como si tuviera calor
y sudara.
—Ha dicho usted, padre —siguió Merche—, que la acusada le preguntó
ese día si era necesario confesar un crimen.
—Así lo dijo.
—Y que agregó que era injustificable lo que había hecho.
—Cierto.
—Y que no la confesó y trató de consolarla con el argumento de que no
pudo hacer otra cosa, cuando mató al traficante, porque actuaba en legítima
defensa.
—Sí, así fue.

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—¿Y por qué declara en contra de la acusada, sugiriendo que había
admitido el crimen y que ella misma consideraba injustificable lo que había
hecho, y al mismo tiempo no consideró usted necesario confesarla?
—No la entiendo, abogada… Y no he venido a declarar en contra de ella,
sino a ayudar a establecer la verdad. Quizás la acusada sea inocente, eso no
tengo que determinarlo yo.
Don Lucas se ahuecaba de nuevo el alzacuello. Merche siguió:
—Si creía que era inocente, ¿por qué viene a declarar en su contra? ¿Será
porque, como usted ha reconocido, casi los echó de su casa?
—Trata usted de confundirme.
—No es una postura muy cristiana condenar a quien no ha aceptado
someterse a su poder, padre.
La fiscal protestó y la jueza admitió la protesta.
—Bien, bien… —señaló Merche—, retiro la afirmación y pido disculpas.
Se la veía muy satisfecha.
—Quiero hacer una última pregunta. Es solo aclaratoria. ¿A qué
congregación o a qué instituto religioso pertenece usted, padre Lucas?
—Soy de la congregación Camino Neocatecumenal.
—Los kikos, ¿no?
—Así nos llaman popularmente, por el nombre de nuestro fundador: Kiko
Argüello.
Merche hizo como si dudara, y luego alzó la voz con tono determinado:
—Resumiendo: ¿por qué no ayudó a la acusada la primera vez que fue a
verle a la parroquia?
—No consideré grave lo que le había sucedido.
—¿No es grave que un hombre pegue a su esposa?
—Está haciendo que me confunda, señorita.
—¿Y por qué fue a pedirle que acudiese a una reunión de un grupo de
cristianos de los barrios ricos de la ciudad después de tener noticia de lo
sucedido en el Cerro Misericordia?
—Doña Elisa la había visto en televisión y creíamos que podía ser un caso
ejemplar para la reflexión y el debate.
—¿Es un ejemplo para los cristianos la muerte violenta de alguien?
—Yo no he dicho eso…
Merche se volvió hacia la jueza.
—He terminado, señoría.

Me dieron ganas de aplaudir. Y sentí un agradecimiento profundo hacia


Merche.

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La verdad es que la fiscal estuvo muy incisiva en sus conclusiones. No
podía dejar de caerme bien la firmeza de principios de aquella mujer, y creo
que, de ser yo jurado, me habría convencido.
Dijo:
—No he visto que los argumentos de la defensa probaran suficientemente
algunas cuestiones. La primera, la propiedad del arma con que se cometió el
homicidio. Ninguno de los amigos o socios de la víctima han reconocido el
cuchillo que produjo su muerte. Y tampoco tiene sentido que hubiera un
cuchillo desgastado por numerosos afilados. ¡Solo un cuchillo y ningún otro
cubierto, en una cocina que además no se usaba nunca! Resulta menos
verosímil que perteneciera a la víctima a que la acusada lo llevara consigo tras
cogerlo de su casa.
»Tampoco se ha probado que la acusada fuese secuestrada y llevada a la
fuerza al Cerro Misericordia por dos de los colaboradores o empleados de la
víctima. Solo tenemos, para apoyar ese supuesto, el testimonio de la acusada
y el de una vecina amiga suya. Son pruebas muy frágiles de algo muy
improbable, y además se nos plantean interrogantes a los que la defensa no ha
logrado responder: si la acusada y su vecina vieron a dos pandilleros de la
cuadrilla de la víctima en varias ocasiones rondando las cercanías de su casa,
¿por qué la acusada no avisó a la policía?, ¿por qué no lo hizo, además,
teniendo como tiene una relación de extrema confianza con el comisario de la
policía del distrito? Creo que la hipótesis de un secuestro de la acusada no se
tiene en pie de ningún modo.
»Por otra parte, los testimonios obtenidos en el Cerro afirman que la
acusada apareció ante la puerta del bar, el día de los hechos, sola y llegada por
su propio pie. Las declaraciones de esos testigos no han sido rebatidas por la
defensa nada más que con la peregrina afirmación de que eran cómplices de la
víctima y que, incluso, uno de ellos (por cierto, el que según la defensa
participó en la violación de la acusada junto con la víctima anteriormente,
hecho que no fue denunciado en su momento) intervino en el supuesto
secuestro del que la acusada fue objeto el día de autos. Si el testimonio de
Esperanza Ruiz, amiga de la víctima, debe ser tomado en consideración,
como pretende la defensa, no veo por qué el testimonio de estos dos testigos
no ha de ser a su vez tenido en cuenta, por más que fueran secuaces de la
víctima.
»Cuando he interrogado a la acusada, no ha sabido precisar nada más que
el color del coche en que fue secuestrada y llevada al Cerro el día de la
muerte del traficante, ni tampoco ha sabido establecer con claridad cómo fue

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forzada a entrar en el vehículo. El argumento de que se encontraba atenazada
por el miedo no es suficiente para este Ministerio Fiscal, pues en condiciones
parecidas a la suya muchas personas recuerdan con enorme precisión y detalle
todo lo sucedido.
»Además de eso, resulta sospechoso que las declaraciones de los testigos
de la defensa y de la propia acusada sean calcadas las unas a las otras, como si
se hubiesen ensayado repetidamente, hasta el punto de haberse expresado en
algunos momentos ante este tribunal con las mismas palabras, como una
cantinela que se repite de memoria. Todo esto nos hace alimentar serias dudas
sobre muchos de los argumentos esgrimidos por la defensa durante estos dos
días.
»También hemos visto crecer alrededor de este caso un cierto clamor
social que ha prendido en la opinión pública. En buena medida, ese clamor ha
venido a decirnos que el crimen es a veces necesario, que es la única salida
cuando la autoridad y la ley se quedan ciegos, que matar es preciso para
sobrevivir, tomándonos la justicia por nuestra mano. Si aceptamos eso,
aceptaremos el fin de nuestro sistema de valores.
»Yo no creo que la diferencia de nuestra naturaleza con la naturaleza
animal resida solo en nuestra capacidad para reflexionar sobre el crimen. La
principal diferencia estará siempre en nuestra capacidad para luchar contra él,
para erradicarlo si algún día es posible. Y ese es el papel de las leyes justas
que los seres humanos hemos creado. Y por eso hay que respetarlas.
»Si Francisca Romero resulta absuelta, sin duda habrán ganado su coraje
y su inteligencia, pero yo me pregunto: ¿y no habrá perdido la ley?, ¿no
habremos perdido todos nosotros?, ¿no serán gentes como la víctima, los que
no creen en la justicia y la burlan, quienes en el fondo habrán ganado la
partida? Si calificásemos el acto como homicidio en legítima defensa,
estaríamos aceptando la justeza de la venganza, el ojo por ojo: el Coyote
habrá muerto, sí, y con él nos habremos librado de una lacra social, pero su
sombra perversa seguirá proyectándose sobre nosotros. Y nuevos Coyotes
nacerán de nuestro fracaso.
»Creo que existen suficientes motivos en el caso como para declararlo un
asesinato con premeditación, y pido al jurado que emita su veredicto de
culpabilidad en tal sentido. De acuerdo con ello, solicito a la presidencia de
este tribunal una pena para la acusada de quince años de prisión mayor.

Nunca imaginé que Merche, una mujer de apariencia tan frágil, pudiera
tener un brío como el que mostró en su discurso final, eso que creo que
llaman «alegato». La escuché como si fuera un imán del que no podía

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despegarme, y me parece que a todos los que estaban en la sala les sucedió lo
mismo.
Recuerdo que rebatió uno por uno los argumentos de la fiscal, y no voy a
repetirlos ahora. Pero, sobre todo, recuerdo algunas cosas que dijo que me
parece que tocaron el alma de los jurados y que creo fueron decisivas en su
veredicto:
—La naturaleza es cruel, la naturaleza carece de piedad, y la naturaleza
humana no es, a menudo, una excepción. La naturaleza sobrevive matando,
todos los animales matan, y la Tierra toda es, en cierto modo, el escenario de
un gran asesinato. ¿Qué nos diferencia a nosotros, los seres humanos, de los
otros seres del mundo animal? Que nosotros tenemos la capacidad de
reflexionar sobre la muerte. Y eso es lo que de alguna manera hemos hecho
estos dos días: reflexionar sobre una muerte violenta.
»Para juzgar el acto de Francisca Romero Laguna, tenemos que convenir
todos en que cada homicidio es único, distinto de todos los otros, y que la
naturaleza de quien mata es diferente de la de los demás. Ustedes han visto a
mi cliente: una mujer maltratada desde la infancia, con un padre violento y
alcohólico, con un marido de parecido pelaje, y abriéndose a solas camino en
un mundo regido por la violencia. Ella es una mujer valerosa, ella ha sido una
gran madre coraje que ha luchado por su hijo, jugándose la vida y jugándose
la dignidad. Violada y humillada, tuvo el valor de enfrentarse a un hombre
que la amenazaba de muerte y volver en su favor el destino. Francisca
Romero Laguna, Mamá Romero, la heroína de su barrio, podría hoy estar
muerta, pero luchó por su vida y está viva. Su vida es en buena medida una
lección de dignidad.
»Ahora nos corresponde a todos ayudarla a vivir. Creo que se ha probado
sobradamente que actuó en defensa propia, que hubo proporcionalidad entre
el acto que cometió y el que se trató de cometer con ella, que mató porque
sentía que la podían matar y que utilizó para defenderse la misma arma con la
que la amenazaban a ella. Creo que mi defendida actuó en todo momento en
defensa propia, sin premeditación alguna, y por ello pido a su señoría la
absolución sin cargos. Francisca Romero Laguna tiene derecho a una vida
libre.

Después de las preguntas al jurado por parte de la jueza que ejercía como
magistrado presidente, el portavoz de los doce miembros del tribunal leyó su
veredicto: «inocente». Le tocó hacerlo a aquel hombre mayor que me sonreía
siempre. Y después de su decisión, volvió a dirigirme una sonrisa luminosa.
¡Cómo se lo agradecí! Si alguna vez me encontrara con él, le abrazaría.

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Los miembros del jurado también estimaron como «ilegítima» la agresión
de la víctima hacia mí y me declararon «exenta de responsabilidad criminal».
La jueza calificó los hechos como «homicidio con la circunstancia eximente
completa de legítima defensa», y me absolvió. Me aprendí de memoria todos
esos términos técnicos porque en ellos me iba mucho, la vida casi, y porque
otra vez era libre.
Merche fue la primera en abrazarme y besarme.
—Gracias —dije—. Has estado maravillosa.
Lucía esa larga sonrisa que a menudo le llenaba el rostro. Estaba
emocionada y los ojos le brillaban de júbilo.
—Casi nos echa todo abajo ese maldito cura reaccionario…, ¡un kiko, ni
más ni menos que un kiko!
—No sé quiénes son los kikos —dije.
—Chusma meapílica. Si pudieran, traerían de nuevo la Inquisición. ¿No te
diste cuenta de que estaba de acuerdo con el crimen?
Pensé que ella y yo también lo estábamos.
Me gustó el leve beso que el comisario don Nicolás me dio en la mejilla.
Fue cálido.
—Celebro que todo haya ido tan bien, Mamá Romero.
La calle, abajo de la escalinata, era un clamor cuando salí cogida del brazo
de Merche y seguida por el comisario y Espe.
—¡Viva Agustina de Aragón y abajo los gabachos! —⁠gritó un hombre.
Reconocí la voz de Juanito.

La fiscal se acercó a mí, ya en la calle. Me tendió la mano.


—Enhorabuena, le ha salido todo muy bien.
—No podía hacer otra cosa que lo que hice —⁠respondí.
—¿No me recuerda, Francisca? —dijo de inmediato.
—La verdad es que me estuve preguntando durante el juicio dónde la
había visto antes.
—Estuve en su primera declaración ante el juez, al día siguiente de los
sucesos que hoy hemos juzgado.
—Ah, claro.
—Pero también nos vimos un instante en una manifestación feminista de
la plaza de Colón, una concentración de protesta contra la muerte de dos
mujeres a manos de sus parejas. En la tribuna habló usted esa tarde con
mucha pasión y mucho sentido, y yo la felicité unos minutos después. Me
acerqué a saludarla, apenas intercambiamos una frase…
—Aquel día estaba muy nerviosa, lo recuerdo todo muy borroso.

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—Pues yo recuerdo que me impresionó mucho lo que usted dijo en su
discurso: que no podemos vivir sin la ley. ¿Todavía lo cree?
Afirmé con un movimiento de la cabeza.
—Las leyes pueden no ser buenas —añadió—, pero siempre será peor su
ausencia o su burla. La libertad es frágil. Mi corazón ha estado con usted todo
el tiempo en este juicio, pero mi deber está siempre con la justicia. ¿No cree
que debe ser así?
No supe qué decir. Porque nada se puede decir cuando te plantan la
verdad en la cara.
Ella desapareció entre la gente.
Merche me dijo:
—No hagas caso, está jodida porque ha perdido.
—Es una persona honrada —respondí.

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10
Ya no trabajo limpiando supermercados. Merche me ha colocado en su
oficina, en la recepción, y tengo un sueldo decente. Es mi mejor amiga, más
que Espe. Y yo soy su mejor confidente, según ella. Me ha contado que anda
ahora enredada con dos personas: un hombre, por un lado, y una mujer, por
otro. Algunas veces dice riendo que, si el amor es lo mejor de la vida, como
suele afirmarse, ella tiene doble ración.
Podrán decir de ella que es una persona inmoral, pero a mí me parece
fascinante que se pueda ser tan naturalmente libre como lo es Merche.
Voy a ver a mi hijo cada quince días y ella suele llevarme en su coche. Se
le ve mejor, más saludable, aunque sigue un poco ido. En verano me lo
llevaré diez días a Mallorca, ya se lo he prometido, y parece que le ilusiona
algo la idea.
Me gustaría hacer el bachillerato y, después, una carrera en la universidad
a distancia. Merche me anima a que lo haga y a que estudie Derecho. Dice
que soy inteligente y rápida de pensamiento, con lo cual valdría para ser
abogada. Y me promete que me colocará a trabajar con ella como ayudante
cuando termine la carrera.
Pero no sé si seré capaz de hacerlo, y son muchos años y mucho esfuerzo
los que tendría que dedicar a una empresa de tal categoría. Además,
imaginarme como abogada me da vértigo, pese a que Merche no parece tener
ninguna duda de mi capacidad. Ella es una optimista y se pone el mundo por
montera cuando quiere algo. Bien lo demostró ante el tribunal que me
juzgaba.

Al día siguiente del juicio recibí una llamada de teléfono de la directora


general de la Mujer para felicitarme. La presidenta del Gobierno de Madrid y
el alcalde, que son de un partido opuesto al de la directora, me enviaron a casa
un ramo de flores cada uno. Y también al día siguiente vinieron a visitarme
«con espíritu solidario de género», como dijeron, cuatro mujeres que
representaban a las organizaciones feministas de los sindicatos obreros.
Casi no podía ir los primeros días por la calle, porque me paraba mucha
gente para estrecharme la mano.
—El barrio está orgulloso de ti —me dijo Raulito, el ecuatoriano.

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—¿Y cuándo vas a salir otra vez con Mari Fe? —⁠me preguntaban algunas
mujeres en el supermercado.
En el bar de Juanito, casi siempre me pagaba alguien los churros y el café.
Y todavía me los pagan a veces.

Cuando reflexiono sobre todo lo que me ha sucedido tengo la impresión


de que yo no soy yo, me veo desde fuera como si fuese otra persona.
¡Qué fácil es matar! ¡Con qué claridad recuerdo la sensación de mi mano
apretando el cuchillo contra el blando del pecho del Coyote!
Puedo olvidar casi todo: los gritos y gemidos de mi madre cuando la
golpeaba mi padre, las palizas de Rubén, la violación del Coyote y su
guardaespaldas. Pero no se borra esa sensación de mi mano apretando el
mango del cuchillo, la ligereza con que entraba en la carne de aquel canalla.
Mis mejores amigos, Espe, el comisario y Merche, saben que fue un
crimen. Y no les importa.
A la gente no le importa que mates.

Anoche soñé con don Lucas, el cura. Soñé que le mataba de la misma
forma que lo había hecho con el Coyote: clavándole el cuchillo de cocina en
el pecho. Cuando me desperté, no sentía lástima, sino todo lo contrario: sentía
satisfacción y orgullo.
Me pregunto si mi inconsciente habrá llegado a amar el crimen.
¿Sería capaz de matar de nuevo?, ¿asesinaría a don Lucas?
Cuando lo pienso no siento repulsión alguna.

Creo que estoy enamorada del comisario.


Es mucho mayor que yo, pero es el hombre más dulce y galante que he
conocido nunca.
Hace unas semanas me lo encontré en el supermercado. Charlamos un
rato en la puerta y, con timidez, me dijo que si quería cenar con él en su casa.
Acepté y preparó una estupenda tortilla de patatas, que nos comimos con
una ensalada y dos vasos de vino.
Me hubiera ido con él a la cama esa misma noche si me lo hubiera pedido.
Yo sé que le gusto, eso se nota, pero no se atrevió. Es un hombre tímido, tiene
algo de niño, cosa que se hace rara en un policía, tan acostumbrados como
están a enfrentarse a la peor cara de la vida.
Aunque tal vez sea precisamente por eso que, cuando ven la mejor cara de
la vida, la del amor, les parece tan rara que vuelven de pronto a la niñez.

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De todas maneras, él es el único policía que conozco. No sé cómo serán
los demás.
Quedamos en vernos el domingo siguiente. Y nos fuimos a pasear al
parque, con su chucho, un perro que está hecho una ruina de puro viejo. Se
llama Yanqui.
El comisario me habló de sí mismo.
Nunca se ha casado, aunque vivió unos meses con una mujer cuando era
joven. Después ha tenido algunos amoríos, pero ninguno en forma
permanente. «Soy la mujer de mi vida», dice bromeando.
Le gusta el cine. Y aquella tarde fuimos a ver una película a una sala de
Vallecas y luego hemos vuelto varias veces. Un día me cogió la mano. Le
dejé que la acariciara y que me besara en los labios.
Esa noche hicimos el amor en su casa. No fue un terremoto, pero sí algo
muy agradable. Lo único que no me gustó es que la casa olía a perro.
Se lo dije. Y las siguientes veces hemos venido a mi piso.
Me gusta llamarle Nico, aunque todavía no me acostumbro del todo a
tratarle de tú. Hay veces que se me escapa y le digo don Nicolás.
Es cariñoso y a menudo me susurra al oído que me quiere. Lo dice bajito,
como si tuviera miedo de que le oyeran.
Me parece increíble que puedan existir hombres así, y a veces pienso si no
estará simulando. Pero se me quitan las dudas cuando me sonríe con esa
manera tan suya de sonreír, como cansada.
Le apasiona la música y toca el clarinete. Un día interpretó una pieza en
su casa para mí. Noté que le daba algo de vergüenza y no le pedí otra. Era
precioso escucharle y creo que percibí el amor que ponía al tocar. El mismo
que pone cuando me acaricia la cara después de hacer el amor mientras me
dice al oído: «Gracias, Mamá Romero».
Y no quiere escucharme cuando le digo:
—Si la agradecida soy yo, Nico. Todo lo que has hecho por mí…
No tenemos pensado vivir juntos.
Pero me ha invitado a que pasemos un fin de semana en Córdoba. Allí
nacieron sus padres, de los que tiene un gran recuerdo. Iremos en el AVE y
me ha prometido que me llevará a comer salmorejo y rabo de toro. Son dos
guisos que nunca he probado.
Ha comprado los billetes del tren para la próxima semana.

Supongo que soy feliz. Pero ¿qué es la felicidad? Tal vez no sea otra cosa
que vivir sin sobresaltos, sin que la pasión de los otros se convierta en una
amenaza para ti.

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Puede ser que por eso me haya enamorado del comisario, porque me
transmite tranquilidad, no altera mi sosiego, no dibuja en el horizonte de mi
vida ambiciones inalcanzables. No sueña. Mira la vida con una blanda fatiga
y su abrazo es cálido.
Es más viejo que yo, pero le siento también más sabio.
No me da esperanzas de una vida mejor. Pero tampoco me produce
zozobras, sino paz.
A su lado no siento soplar a ese viento que se ha llevado tantas cosas de
mi lado, cosas buenas y cosas malas.
Me gusta la vida sin viento.

Todos los días me acuerdo de lo que sucedió en Cerro Misericordia, y


recuerdo lo que dijo la fiscal al concluir el juicio: «Ha perdido la justicia».
Y lo que me dijo a mí: «Las leyes pueden no ser buenas, pero siempre
será peor su ausencia».
Yo me pregunto: si pierde la ley porque la burlamos, ¿qué haremos sin
ella?, ¿qué haremos cuando la necesitemos para defendernos de quienes no
precisan de ella?
¿Cómo nos defenderemos los pobres?

Qué fácil resulta matar a una persona. Pero qué difícil es olvidarlo.
Veo todavía la sangre deslizándose por el suelo de aquel cuartucho del
Cerro Misericordia y no alcanzo a creer que fui yo quien la derramó.
Quizás estar en paz con la vida sea eso: traer a una persona al mundo y
quitársela a otra.
He amado, he odiado, me han hecho daño, he parido y he matado. Esa es
mi pequeña biografía. Una de tantas.

Mi agradecimiento a la fiscal Virginia Artacho y al abogado Jaime


Hernando por sus consejos técnicos.

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JAVIER MARTÍNEZ REVERTE (Madrid, 1944-2020)​ desde muy joven
sintió la llamada de las letras. Estudió filosofía y periodismo, profesión esta
última que ha ejercido durante más de 20 años, ya sea como colaborador en
diarios y revistas o como corresponsal de prensa en Londres y París. También
ha escrito guiones para series dramáticas y programas de radio y televisión.
Sin embargo, desde hace años está volcado de lleno en la literatura. Además
de sus exitosos libros de viajes —⁠entre ellos, la Trilogía de Centroamérica o
la Trilogía de África⁠— su obra incluye algunos poemarios como Metrópoli y
El volcán herido, ensayos como Dios, el diablo y la aventura, y novelas como
Todos los sueños del mundo o La noche detenida.
Javier Reverte se considera, por encima de todo, un escritor que viaja. No
concibe el viaje si no es desde su pasión por la escritura, su necesidad de
transcribir sus experiencias al papel para luego darles forma literaria. Y es que
el libro va creciendo entre sus manos a medida que viaja y anota lo que le va
sucediendo, lo que ve, la gente que se encuentra en el camino, las sensaciones
y emociones que le transmite un paisaje…
Como todos los grandes viajeros, Javier piensa que detrás del hecho de viajar
no solo se esconde un profundo deseo de romper con la rutina de la vida
diaria, sino que también existe curiosidad y hambre de conocimiento, la
necesidad de intercambiar experiencias con gentes de otras culturas que

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piensan y ven el mundo de forma diferente. Además, según él, es una
excelente medicina para romper con muchos dogmas y prejuicios que se van
arrastrando durante muchos años. Viajar enriquece siempre, abre la mente a
otros mundos, y, como le ha ocurrido a este escritor metido a viajero, puede
llegar a convertirse en una verdadera droga. Javier Reverte afirma convencido
que «ningún lugar defrauda cuando es la emoción la que guía al viajero». Y
como todo en esta vida, también se aprende a encontrar la emoción.

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