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Adiós, Toby. Cuando Muere Tu Mascota

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Adiós, Toby

Cuando muere
tu mascota

Gary Kowalski

Traducción de Esteban Rey

2
Título original: Goodbye, friend. Healing Wisdom for Anyone Who Has Ever Lost a Pet
First published in The United States of America by New World Library

Primera edición en esta colección: septiembre de 2008

© Gary A. Kowalski, 1997


© de la traducción: Esteban Rey, 2008
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2008

Plataforma Editorial
Plaça Francesc Macià 8-9 - 08029 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99 - Fax: (+34) 93 419 23 14
info@[Link]
[Link]

Diseño de cubierta:
Rubén Verdú y Peeping Monster
[Link]/theM
Depósito Legal: B. 7.092-2013

ISBN Digital: 978-84-15750-98-7

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización


escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la
reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento,
comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares
de ella mediante alquiler o préstamo públicos.

3
Agradecimientos

Todas las situaciones que se cuentan en este libro son verídicas. En algunos casos,
pequeños detalles como los nombres propios han sido cambiados para proteger la
confidencialidad o para simplificar la narración.
Quiero dar las gracias a muchos individuos y organizaciones que han contribuido a
este trabajo, especialmente a mi esposa Dori Jones, que me ayudó con la lectura de las
galeradas y me ofreció sus habituales buenos consejos, pero también a las siguientes
personas: Liz Frenette de la Monadnock Humane Society; David Walton, Ph. D.; la
catedrática Jeanette Jones de la Rutgers University (que, además de dirigir la
investigación original sobre las emociones que provocan los acontecimientos tristes, es
mi cuñada); Dawn Jones-Low; Michael Ward; la International Association of Pet
Cemeteries; Mount Auburn Cemetery en Cambridge, Massachusetts; Patricia Gabel de la
Association for Graves Studies; Margaret Carter; el catedrático Robbie Kahn: Holly
Cheever, D.V.M.; Holly Busier; Dee Kalea; Gloria Cooley; Errol Sowers, que contribuyó
con la historia de su perra Lady; Ann Ashby, que compartió conmigo sus investigaciones
sobre las efigies animales y las inscripciones en las lápidas; Connie Howard de la Greater
Burlington Humane Society, que compartió conmigo su propia sabiduría y me permitió
que fotografiara animales bajo su cuidado en el refugio de acogida; Iris Muggenthaler de
Endtrap; Valerie Hurley y John Kern; y el catedrático Tom Regan de la North Carolina
State University. Quiero dar las gracias especialmente a Robbie Kahn de la University of
Vermont por su visión de que los animales, como las personas, necesitan espacio
emocional y permiso de sus cuidadores para apartarse de su propio horario. La
información y ayuda recibida por todos ellos es incalculable.
También estoy en deuda con mi congregación, la First Unitarian Universalist Society
of Burlington, de Vermont, por concederme seis meses sabáticos, que me
proporcionaron el tiempo para emprender este proyecto. También le estoy agradecido a
la Harvard Divinity School por ofrecerme la beca Merrill en la primavera de 1996, de ese
modo me fue posible utilizar las bibliotecas de Harvard y demás recursos de
investigación.
Finalmente, quiero darle las gracias a mi editorial, Stillpoint Publishing, por el apoyo
del personal editorial y por creer en la importancia de este libro. Tengo la esperanza de
que todo aquel que lea este libro encuentre consuelo en sí mismo y compartan este
volumen con otras personas que estén sufriendo. Si este trabajo arranca una sonrisa o
ayuda a secar una lágrima, el esfuerzo habrá valido la pena.

4
Algunos nos han dejado
y otros están a punto de irse,
entonces ¿por qué debería entristecernos
marcharnos también?
Y aún nuestros corazones están tristes
porque en este poderoso camino
los amigos que hemos encontrado no puedan hallar
lugar alguno donde encontrarnos de nuevo.

Del Sánscrito,
traducido al inglés por DANIEL INGALLS

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Contenido

Portadilla
Créditos
Agradecimientos
Capítulo 1. Las mascotas no son intrascendentes
Capítulo 2. Consuelos de cuatro patas
Capítulo 3. Para todo hay una época
Capítulo 4. La amabilidad empieza por casa
Capítulo 5. Cuando cosas malas les ocurren a criaturas buenas
Capítulo 6. Una buena muerte
Capítulo 7. Bendice a las bestias y a los niños
Capítulo 8. Habla a la Tierra
Capítulo 9. Descansa en paz
Capítulo 10. Palabras sanadoras
Capítulo 11. La pregunta eterna
Capítulo 12. El continuum de la vida
Capítulo 13. Hoy y mañana
Capítulo 14. Un regalo final
El ritual de despedida de una familia
Bibliografía
Otros títulos de la colección
La asertividad
Pequeñas grandes cosas
Encantado de conocerme
La confianza
El dolor inconprendido
La manipulación

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Capítulo 1

Las mascotas no son intrascendentes

Todo muere… los peces de colores, las grandes ballenas azules, los amigos y las personas
a quienes queremos. Existe una triste nostalgia en la comprensión de que toda vida debe
acabar tarde o temprano. Aceptar la muerte y aprender a vivir con alegría a pesar de todo
es un difícil desafío. Y eso es así si decimos adiós a una persona que ha estado cerca de
nosotros o a un animal que ha formado parte de nuestro círculo familiar. El pesar que
sentimos cuando se deshace una relación puede ser intenso.
Este libro es para todo aquel que alguna vez perdió un gato, un perro, o cualquier otro
animal de compañía. En inglés, habitualmente, a esas criaturas se les llama pets, una
palabra directamente relacionada con petty, que significa pequeño, insignificante, o
subordinado. Durante siglos, los animales han sido considerados inferiores a los
humanos. Algunos abogados anglosajones de los derechos de los animales argumentan
que se debería eliminar totalmente el uso de la palabra pet por esa razón. Pero, por
supuesto, la figura de la mascota implica también las ideas de amigo, cercano y querido, y
precisamente para las personas que así las consideran está dedicado este libro.
Eso nos incluye a la mayoría. Cuando yo era estudiante de teología, en plena
educación para mi eventual labor de sacerdote, uno de mis profesores advirtió a sus
pupilos en su clase de homilía de que nunca mencionaran la figura del perro durante un
sermón. ¿La razón? Los oyentes inmediatamente empezarían a pensar en todos los tipos
curiosos de perros con los que se habían encontrado a lo largo de los años. Todo lo que
estaba haciendo el predicador era explicar cómo evitar que la congregación se despistara
con recuerdos y ensoñaciones.
Estaba Flush, por ejemplo, un springer spaniel bautizado así por el famoso perro de
Elizabeth Barret Browning (que fue objeto de una extensa biografía por parte de Virginia
Wolff). Mi madre recuerda a Flush durante sus años de infancia en plena Depresión. En
aquellos tiempos de penurias, la carne era un bien escaso, y el perro aprendió en cambio
a disfrutar de los vegetales: le hervían mondas de patata y cabezas de zanahorias, junto
con los melocotones caídos del árbol. Su oído era tan fino que podía oír el ruido del golpe
de un melocotón maduro cuando caía por la noche. Comió tanta fruta madura y pasada
que su dentadura acabó por resentirse mucho, y mi madre recuerda vivamente los
gemidos de la pobre criatura cuando se tragaba partes de las encías junto a tanto dulce.

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Finalmente, algún bruto lo envenenó. Pero para mi madre (que ahora no tiene mascotas,
ni le gustan los perros en general) el recuerdo de Flush permanece fresco después de más
de sesenta años.
La mayoría de nosotros hemos conocido a algún perro como ese, o cualquier otro tipo
de animal cuyo encanto ha calado hondo en nuestro corazón. Las lágrimas que
derramamos cuando esas criaturas mueren son auténticas, porque nuestras mascotas
ocupan una parte importante de nuestras vidas. Su amabilidad, confianza y presencia se
convierten en una parte valiosa de nuestra rutina diaria. Ellos comparten nuestras horas
de comer y nos alivian como compañeros de juegos. Nos acompañan en las excursiones y
aventuras, y en los momentos de tranquila introspección. Sentimos el calor de su afecto y
la profundidad de su lealtad, formando vínculos emocionales que pueden ser tan fuertes
y enriquecedores como ninguno otro en la vida. Cuando esos lazos se rompen, podemos
experimentar sentimientos de vacío y de pérdida. Podemos sentirnos depresivos,
aturdidos, perdidos, o enfadados.
Para algunas personas, la muerte de una mascota puede representar la mayor pérdida
que haya experimentado jamás. No hace mucho tiempo, un profesor universitario me
escribió contándome detalles acerca de una investigación informal que dirigía en la
universidad en la que enseñaba desde hacía muchos años en West Virginia. Tenía la
costumbre de empezar sus clases de introducción a la psicología pidiéndoles a los
estudiantes que apuntaran recuerdos de los momentos en que se habían sentido muy
felices o muy tristes.
Descubrió que, entre las mujeres, los episodios más tristes normalmente concernían a
la muerte de un abuelo o de otro pariente cercano. Para los hombres jóvenes,
curiosamente, los recuerdos más tristes habitualmente estaban relacionados con la
muerte de un perro. Dice que él nunca ha sido capaz de poner totalmente a prueba las
respuestas, tanto como para dar una explicación acerca de la diferencia de género. Lo
llamativo era que cuando se les pedía que recordaran el pesar personal más profundo,
todos esos jóvenes adultos evocaran la muerte de una mascota.
Reconocer la pérdida y los sentimientos que van con ella son una parte esencial de la
curación. Las expresiones de dolor son la forma en la que atravesamos el dolor, hacia la
aceptación y la resolución. Necesitamos la oportunidad de llorar, gritar o amenazar con
los puños en alto si nos sentimos así; todas éstas son formas saludables de catarsis y de
alivio emocional. Duele y necesitamos decirlo.
Incluso más, necesitamos que otros afirmen nuestros sentimientos. Por supuesto,
nadie más puede solucionar lo que está mal. No hay palabras mágicas que nadie pueda
pronunciar para que llenen el vacío que queda cuando un buen amigo se va. Las
mascotas serían muy poco importantes si su pérdida pudiera superarse tan fácilmente.

8
Pero mientras nadie más puede evitarnos el dolor, el cuidado y la consideración de los
demás nos asegura que no es necesario que nos lamentemos solos. Saber que otros han
luchado contra pérdidas similares hace que nuestro propio dolor sea más fácil de
soportar.
Aun así, puede que nos sintamos un poco avergonzados de compartir una parte tan
vulnerable de nosotros mismos. Pueden aparecer reticencias; dudas interiores. ¿No
pensarán los demás que es ridículo que alguien pueda estar tan angustiado por un simple
animal? Algunos pueden considerarlo risible. El humorista Garrison Keillor, por
ejemplo, una vez escribió un sketch sobre el jurado de un concurso de poesía que tenía
que leer toneladas de versos malos, incluidas algunas elegías, realmente amateur, sobre
bichos difuntos. Pero incluso el señor Keillor pareció entender que perder una mascota
puede ser desgarrador y que no hay nada particularmente gracioso en ello. Como prueba
de ello, ha escrito su propio poema, «En memoria de nuestro gato, Ralph».

Cuando llegamos a casa, estaba casi oscuro.


Nuestro vecino esperaba en la acera.
«Lo siento, tengo malas noticias», dijo.
«Vuestro gato, el gris y negro, está muerto.
Lo encontré junto al garaje hace una hora».
«Gracias», dije, «por hacérnoslo saber».

Cavamos un pozo en el jardín,


Los arbustos de lilas resplandecían,
Donde este amado gato yacería en primavera
Y rodaría en el polvo y comería hierba,
Deliciosos brotes tempranos de primavera,
Y lo recostamos y lo cubrimos,
Envuelto en un trozo de mantel,
Nuestro buen gato viejo yacía en la tierra.

Rápidamente nos volvimos y entramos


A la casa vacía y nos sentamos y lloramos
Suavemente en la oscuridad, algunas lágrimas
Por esa voz familiar, ese pelaje,
Ese peso suave que faltaba en nuestro regazo,
Que habíamos amado quizá demasiado
Y nos lamentamos por la debilidad del corazón:

9
Una debilidad infantil, por considerar
Un animal cuya vida es breve
Con tanto afecto y tanto dolor.

«Si esto es tonto», escribe Keillor en su estrofa final, «entonces lo es». Pero no es tonto ni
infantil; es simplemente humano. Nuestra sensación de pérdida merece ser respetada, no
menospreciada.
Afortunadamente, más y más consejeros, sacerdotes y terapeutas están comenzando a
darse cuenta de esto. Algunas sociedades humanitarias ofrecen actualmente grupos de
duelo para aquellos que han perdido a un animal de compañía. Para aquellos que
necesiten un oído dispuesto, la escuela de veterinaria de la University of California en
Davis ofrece una línea telefónica directa, un servicio que al personal le gustaría ver
reproducido en otras partes del país. Puedes unirte a grupos de duelo en Internet.
Algunas empresas que fabrican artículos de papelería tienen incluso tarjetas de
condolencia especiales para la ocasión.
Pero aun así, se necesita más. En el último recuento, había sesenta y cuatro millones
de gatos domésticos en Estados Unidos y cincuenta y cinco millones de perros, con una
variedad incalculable de jerbos, conejos, loros y otras mascotas. Cada año, miles de
personas sufren por dentro porque están desconsoladas y sin apoyo cuando su animal
muere. Para aquellos que quieren una conexión sanadora, este libro es un punto más de
contacto.
¿Puede un libro ayudar? En Winnie the Pooh, el autor A. A. Milne describe una
situación en la que Pooh, después de comer muchos tarros de miel, se queda atascado en
la entrada de la madriguera de su amigo Conejo. Aunque los residentes del Bosque de los
Cien Acres tiran y empujan, está encajado con tanta presión que no puede moverse. Con
un suspiro y una lágrima, el oso con exceso de peso se da cuenta de que tendrá que
permanecer en el agujero, a dieta estricta, hasta que sea lo suficientemente delgado como
para salir. Se resigna, con una sola súplica. «¿Me leerías un libro de apoyo –pide con
inteligencia a Christopher Robin–, algo que reconfortara a un Oso a Presión en un Gran
Aprieto»?
Para todos aquellos que se sienten atascados, en la apatía o el resentimiento o
simplemente con los ánimos por los suelos, están dedicadas estas páginas. Quizá te
ayuden a salir del pozo en el que sea que te encuentres. Y lo que encierra verdad para los
osos, quizá también sea pertinente para los libros: más gordo no siempre es mejor. Éste
es un libro delgado, y su propósito y tema –el dolor y la recuperación después de la
pérdida de una mascota– no son en absoluto nimios.

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He hecho casi todo lo que hacen los hombres,
Y me lo he quitado de la cabeza:
Pero no podría olvidar, aunque quisiera,
A Cuatro-Patas trotando detrás de mí.

Un día tras otro, a lo largo de toda la jornada


–Donde fuera que mi camino nos llevara–
Cuatro-Patas decía, «¡Vengo contigo!»
Y trotaba conmigo, detrás de mí.

«Four Feet», de RUDYARD KIPLING

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Capítulo 2

Consuelos de cuatro patas

Como sacerdote de parroquia, sé lo duro que es perder a un perro o a un gato querido. La


gente a menudo recurre a mí para que los consuele cuando mueren sus mascotas. Una
vez recibí una nota escrita a mano poco antes de que comenzara nuestra ceremonia
matutina: ¿podría, por favor, anunciar que «Oatmeal», el compañero canino de una
mujer que asiste a nuestra iglesia, había fallecido la semana anterior? Oatmeal había sido
un perro viejo, muy querido por su ama, que aparentemente sentía profundamente la
pérdida.
Me debatí brevemente conmigo mismo. Me preguntaba cómo reaccionarían los
demás miembros de la congregación ante la inclusión de semejante cuestión entre las
dichas e inquietudes que normalmente compartimos en las mañanas de domingo.
¿Considerarían que el anuncio estaba fuera de lugar? Me alegró haber seguido mis
instintos, ya que varias semanas más tarde recibí otra nota agradeciéndome el
reconocimiento de la muerte de Oatmeal. Simplemente haber reconocido y validado su
pena en un ámbito religioso probó ser profundamente reconfortante para la dueña del
perro.
Uso el término «dueño» con vacilación. Puede que seamos custodios legales de
nuestros animales de compañía y responsables de su buen comportamiento, pero
mientras que los animales pueden ser muchas cosas –cascarrabias, cómicos, neuróticos o
sumamente sensatos– nunca son simplemente una propiedad. No pueden, casi,
pertenecer a la misma categoría que las posesiones personales. Mucha gente piensa en las
mascotas como miembros de su familia extendida. Tal y como puede atestiguar cualquier
amante de los animales, hay cosas que les gustan y cosas que no, estados de ánimo y
sentimientos que son muy parecidos a los nuestros.
En esta conexión, es interesante darse cuenta de que no somos los únicos animales
que sufren. Parece que otras especies tienen al menos una comprensión incipiente de la
muerte y pueden experimentar todos los dolores de la separación cuando muere un ser
querido. Por ejemplo, en su libro Lucy: Growing Up Human, Maurice Temerlin dice
cómo el chimpancé, que él y su esposa habían criado desde la primera infancia, reaccionó
ante el descubrimiento de que el gato, la mascota de ella, había encontrado su final:

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Yo estaba en el patio en ese momento y escuché un grito que vino desde dentro de
la habitación de Lucy en la buhardilla. Era un tipo de grito diferente de todos los
que había oído nunca y corrí inmediatamente al desván de la casa. El gato estaba
muerto en el suelo, por causas desconocidas. Lucy estaba en el otro extremo de la
habitación, obviamente muy afectada.

Los dos animales habían sido amigos inseparables y Lucy estaba claramente afligida.
Contemplaba el cuerpo con atención, tentativamente levantaba un dedo como si fuera a
tocarlo, pero luego retiraba la mano con un temblor nervioso sin establecer contacto.
Tres meses más tarde, hojeando un ejemplar de Psychology Today (su padre adoptivo,
Maurice, era terapeuta), el mono se encontró con un artículo sobre los chimpancés que
resultó que incluía una foto de ella misma y del gatito muerto. Durante cinco minutos,
Lucy permaneció sentada inmóvil, luego comenzó a gesticular rápidamente una y otra
vez en lenguaje de signos: «El gato de Lucy, el gato de Lucy…» La tristeza ante la muerte,
aparentemente, no es una respuesta únicamente humana. Incluso un chimpancé puede
echar de menos a su compañero y puede continuar lamentándose durante más tiempo.
Algunos animales parecen derramar lágrimas igual que nosotros. En su libro Crying:
The Mystery of Tears, el doctor William Frey reporta un caso de este fenómeno. Una
mujer de Texas tenía un perro que murió atropellado por un coche. Después, el otro
perro de la mujer yació en el lugar de la tumba durante semanas, con grandes lágrimas
que le caían por el rostro. Tales anécdotas son comunes, anota Frey, y aunque algunos
expertos dudan de si realmente derraman lágrimas o no, otras criaturas reaccionan a la
pérdida con ansiedad y alarma, de forma muy parecida a nosotros. En un sentido muy
literal, por lo tanto, es natural para nosotros llorar en el momento de la muerte. Puede
que sea una respuesta instintiva al dolor, común a muchas especies. Para mí es
reconfortante saber que, en nuestra lucha por la aceptación de la pérdida, los seres
humanos no estamos solos.
Pero en nuestra cultura no es fácil sufrir o decir adiós. Especialmente en el caso de los
animales, el sufrimiento que experimentamos puede minimizarse. Mientras la muerte en
la comunidad humana es casi siempre atendida con algunos rituales de luto, el
fallecimiento de un perro o gato casi nunca se caracteriza por un rito solemne. Pueden
esperarse condolencias cuando muere una persona, pero en el caso de una mascota,
somos menos propensos a recibir expresiones de compasión o comprensión. Mientras
los amigos y la familia se reúnen para ofrecer apoyo ante el acontecimiento de una
muerte humana, aquellos que se lamentan por una mascota, probablemente lleguen por
la noche a una casa que se percibe vacía y abandonada. Alguna gente se apiadaría, pero
muchos no lo harían. Probablemente se esperaría que siguiéramos con nuestros trabajos

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y otras responsabilidades del día a día como si nada serio hubiera pasado.
Sin embargo, la pérdida de un amigo siempre es causa de preocupación. Sabemos, por
ejemplo, que los animales pueden tener un papel significativo en la salud humana. Los
estudios muestran que el simple acto de acariciar a un perro o a un gato, e incluso el sólo
hecho de tener un animal en el regazo, puede aminorar el pulso cardíaco y bajar la
presión sanguínea (la combinación de tocar y hablar con un animal parece ser incluso
más beneficiosa que un contacto similar con otro ser humano). La gente que tiene
mascotas tiene un riesgo menor de padecer enfermedades cardíacas y tiende a vivir más
que la gente que carece de esa compañía. Un experimento mostró que incluso sentarse
tranquilamente frente a un acuario puede tener efectos fisiológicos positivos, similares a
los de la meditación.
Las mascotas son una buena medicina. He podido apreciarlo de primera mano hace
muchos años, cuando trabajaba en un centro de reinserción social para personas con
enfermedades mentales. Una de nuestras residentes era una joven llamada Peggy, que
tenía alrededor de diecinueve años. Tenía el cabello largo, castaño, y una sonrisa
hermosa, tímida. Había intentado cortarse las venas más veces de las que recuerdo.
Diagnosticada de esquizofrenia, Peggy vivía en un mundo propio en el que ni yo ni los
otros consejeros ni psiquiatras que trabajaban con ella podíamos entrar por completo. Su
salvavidas era su perro, un samoyedo puro blanco llamado Alfonse.
Así es que mientras Alfonse estaba radiante y bien cuidado, sabíamos que Peggy
estaba bien. Cepillar, alimentar y pasear al perro eran los puntos de estabilidad y
bienestar en la vida de Peggy. Siempre que el perro estuviera desatendido, sin embargo,
era signo de que Peggy se había vuelto autodestructiva y que podía estar en peligro de
lastimarse a sí misma. Alfonse era, en cierto sentido, el alter ego de Peggy: una ventana de
cuatro patas, peluda, hacia su mundo interior, de otro modo oculto.
Menuda sorpresa es el hecho de que los animales se hayan convertido ahora en un
rasgo característico de muchos hospitales y otros entornos terapéuticos. ¿Dónde más
podemos encontrar tal consideración incondicional o tal dulce espontaneidad? Los
animales parecen saber cuándo estamos heridos e instintivamente se preocupan por
nosotros en momentos de necesidad. Michael Ward, que vive en Carolina del Norte, me
escribió una carta no hace mucho tiempo en la que me convencía de esto. «Mi novia
estaba pasando un momento muy duro en su vida», explica.

Había intentado consolarla lo mejor que había podido, pero a veces las palabras no
bastan. Ella me pidió quedarse a pasar esa noche en casa, para no estar sola en su
piso. Se tumbó, preparada para irse a dormir y lo que ocurrió a continuación me
asombró. Mi perro, Grish, saltó a la cama, posó su enorme cabeza negra sobre el

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estómago de ella y se quedó allí toda la noche. Nunca hizo eso ni antes ni después
de esa vez.

Muchas personas tienen experiencias similares. En un caso destacable, un chico que


estaba comatoso y que se había resistido a todos los esfuerzos de reanimación anteriores,
recuperó finalmente la conciencia gracias a su mascota, su perro Rusty. El niño, víctima
de una herida en la cabeza, había estado inconsciente durante diez días. Mientras algunos
miembros de la familia discutían varios asuntos que incluían la mención del perro,
notaron un ligero cambio en la expresión de la cara del muchacho. Después de
consultarlo con los médicos, llevaron al animal a la sala del hospital. El chico volvió a
despertarse cuando Rusty comenzó a lamerle las manos y el rostro. De formas menos
dramáticas, también, las mascotas nos ayudan a pasar por momentos duros. «En horas
oscuras», escribió el poeta W. H. Auden sobre su perro Rolfi, «tu silencio puede ser de
más ayuda que muchos consuelos de dos patas».
Puede ser horrible cuando mueren estas criaturas. Puede que nos sintamos como si
hubiéramos perdido una parte de nosotros mismos. Desafortunadamente, no hay un kit
de reparación instantánea para el alma, ni ningún método simple que pueda seguirse
mecánicamente para restablecer la entereza de uno mismo. Es probable que el
sufrimiento de cada persona sea singular. Hay algo impredecible (y sin embargo, fiable)
acerca del proceso.
El sufrimiento y la recuperación son ambos una parte de la corriente de la vida, y
siguen su propio ritmo. Nadie, por ejemplo, puede decir cuánto tiempo lloraremos una
pérdida. Sufrir puede, por lo general, medirse en días o semanas, pero pueden ser meses
o incluso más tiempo. Mucha gente manifiesta un sentimiento de «bloqueo» por el
recuerdo de una mascota querida muchos años después de que el animal se ha ido.
Algunos profesionales de la salud mental suponen que los sentimientos de tristeza
generalmente se disiparán a lo largo de una o dos semanas (gran parte de la bibliografía
etiqueta el sufrimiento extendido como «patológico»), pero en muchos casos subestiman
el dolor que implica.
Después de más de dos décadas, mi amiga Iris todavía tiene un temblor en la voz
cuando habla de su caballo, «Sentimental Journey» (el título de una canción que era
popular cuando ella bautizó así a su potrillo). Ella compartió con él la mejor parte de su
vida, desde que tenía dieciséis años hasta mediar los cuarenta. La frecuencia diaria de esa
relación de veintinueve años y la inmediatez física creó un vínculo visceral, dice ella, que
era incluso más fuerte que el que compartía con su familia. «Era una parte integrante de
mi vida mucho más importante que mis padres, la escuela, e incluso que mi marido e
hijos», comenta. «¿Cómo puede no afectarme su muerte?»

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Iris ha tenido otros caballos desde entonces, así como varios perros (cuando uno de
ellos muestra signos de envejecimiento, ahora adopta otro animal para facilitar la
transición), un ternero que rescató del matadero –finalmente murió de problemas
cardíacos, pero al menos tuvo una oportunidad en la vida– e incluso un mapache
llamado Harry, que se rompió el cuello en una caída. Es duro concebir que la pérdida
perdure tanto. Pero Iris, que ha sido la líder de nuestro esfuerzo por prohibir los cepos de
caza de un extremo al otro del Estado –una causa que abrazó cuando una de sus propias
mascotas fue destrozada por uno de esos artefactos malignos– se ocupa apasionadamente
de los animales. Para ella, la vida sin esta colección de animales sería incluso más difícil
de imaginar.
«Hasta que uno ha amado a un animal», escribió Anatole France, «una parte de la
propia alma permanece sin despertar». Casi cualquiera que haya estado emocionalmente
muy ligado a un animal estará de acuerdo con que por todos los fastidios y penurias que
acarrea tener una mascota, la recompensa en amor, afecto y recuerdos puede hacer que
valga mucho la pena.

Para todo hay una época,


y un tiempo para cada tema que existe:
Un tiempo para nacer y un tiempo para morir;
Un tiempo para plantar y un tiempo para recoger;
Un tiempo para matar y un tiempo para curar;
Un tiempo para derribar y un tiempo para construir;
Un tiempo para llorar y un tiempo para reír;
Un tiempo para lamentarse y un tiempo para bailar.
Una generación viene y una generación se va,
pero la Tierra permanece para siempre.
Para todo hay una época
y un tiempo para cada propósito bajo el cielo.

ECLESIASTÉS

16
Capítulo 3

Para todo hay una época

Con más de quinientos miembros en mi congregación, puedo contar un buen número de


bebés que nacen cada año, así como un cierto número de personas que mueren. Parte de
mi trabajo es llevar a cabo la ceremonia cuando acontece una muerte. Aunque cada
servicio es diferente y se adapta a las circunstancias, comienzo muchos de ellos con la
misma lectura. He recitado las palabras del Eclesiastés tan a menudo que puedo recordar
la mayoría de ellas de memoria: «Para todo hay una época y un tiempo para cada
propósito bajo el cielo».
Me ayuda a recordar que nuestras vidas avanzan de acuerdo con un ritmo natural. Las
mismas fuerzas que cambian las estaciones y mueven los planetas nos llevan en su
expansión. Las estrellas tienen su plazo vital y nosotros tenemos el nuestro. Incluso la
Tierra, que a los escritores antiguos de la Biblia les parecía que sobreviviría al tiempo, fue
joven y envejecerá finalmente. Es así como el mundo permanece en equilibrio y deja
espacio para lo nuevo.
Cada ser vivo tiene su propia época distinta y su duración. Entre los mamíferos, una
regla bien conocida sostiene que las criaturas pequeñas tienen la pervivencia más corta
en la Tierra; las más grandes viven más tiempo. Así es que un ratón o un jerbo pueden
vivir un año o dos, un delfín, veinte o veinticinco, dependiendo de la especie, un ser
humano, setenta u ochenta. A medida que aumenta el peso corporal, la expectativa de
vida tiende a ascender (0,28 veces más rápido, para ser exacto). Si el universo fuera más
amable, el tiempo vital de un perro o de un gato estaría más cerca del nuestro. Tal y
como es, la pérdida se plasma en la ecuación. Desde el momento en el que nos sentimos
apegados a las mascotas que desempeñan una parte tan importante en nuestras vidas,
sabemos que llegará el día en el que tendremos que decirles adiós.
Los límites intrínsecos parecen determinar cuánto tiempo puede vivir un organismo.
Entre los Homo sapiens, la edad máxima que según fuentes fidedignas se ha alcanzado
alguna vez son ciento catorce años y aunque, en el último siglo, el promedio de la
expectativa de vida de hombres y mujeres en las naciones económicamente desarrolladas
ha aumentado, nadie espera elevar el récord mucho más. Las células humanas, cuando
son cultivadas en laboratorio, pueden dividirse y reproducirse un número finito de veces.
Esto significa que los tejidos del cuerpo finalmente pierden su habilidad para repararse y

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regenerarse a sí mismas. Como en un coche, que aunque su cuentakilómetros haya dado
la vuelta entera unas cuantas veces su motor finalmente dejará de funcionar.
Excepcionalmente, algunas mascotas pueden vivir largo tiempo. Un perro llamado
Bluey, de Les Hall, en Victoria, Australia, vivió según se dice hasta la avanzada edad de
veintinueve años y cinco meses, mientras que el récord para un gato, una gata atigrada de
Gran Bretaña que murió finalmente en 1957, se decía que llegó a los treinta y cuatro
años. Pero pocos perros o gatos vivirán hasta tan avanzada edad, ni deberían hacerlo. El
mejor aspecto de la sabiduría radica en aceptar los límites de la naturaleza.
Las restricciones temporales se aplican a todos nosotros, de dos y de cuatro patas. En
su libro How We Die, el médico Sherwin Nuland observa que mientras los certificados de
defunción humanos deben estipular legalmente la causa de muerte (apoplejía, cáncer,
neumonía, etc.), mucha gente muere simplemente por edad avanzada. Finalmente, una
enfermedad u otra, tarde o temprano, tiene que hacerse cargo del desvanecimiento de las
defensas de un cuerpo cansado.
Aunque el catálogo de enfermedades puede diferir de una especie a otra, el principio
es el mismo. Los ataques al corazón en perros y gatos son raros, por ejemplo. Como han
evolucionados como carnívoros, pueden manejar el colesterol que bloquea y endurece las
arterias humanas y lleva al paro cardíaco. Sin embargo, las enfermedades degenerativas
del corazón son comunes. El corazón es una bomba y, como cualquier artefacto
mecánico, tiende a romperse con el tiempo. Las válvulas comienzan a perder y a medida
que la capacidad de bombeo se reduce, otros órganos (como los riñones y el hígado)
reciben provisiones insuficientes de sangre y también comienzan a fallar, creando
complicaciones adicionales.
Los expertos estiman que entre el veinte y treinta por ciento de los perros que superan
la edad de nueve años exhibe algún grado de enfermedad cardíaca congestiva. Pero esos
animales son lo suficientemente afortunados para escapar si finalmente cayeran víctimas
de otras enfermedades. El cáncer y la artritis son causas de muerte comunes entre los
caninos. Las aflicciones de los gatos mayores incluyen cáncer, hipertiroidismo,
enfermedades renales y diabetes. Pero la verdad es que muchos animales perecen porque,
sencillamente, se quedan sin energía.
De acuerdo con la ley de la entropía –una de las afirmaciones fundamentales de la
física moderna–, todo decae. Los sistemas de alta energía tienden a moverse hacia la baja
energía. Un reloj dejado a su suerte, por ejemplo, se gasta. Sin intervención externa –
alguien que le dé cuerda o le ponga una nueva batería– se queda sin carga. En algunos
casos, las intervenciones externas también pueden prolongar una vida: la ciencia médica
lo prueba. Pero como un reloj, incluso si se sujeta el muelle y los engranajes no se oxidan,
todos estamos quedándonos sin tiempo.

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Algunos piensan que el tictac del reloj puede estar genéticamente determinado. Eso
explicaría por qué las personas cuyos padres son longevos tienden a ser, ellos mismos,
cronológicamente afortunados. También proporcionaría una razón por la que las
especies con estructura genética tan diferente, exhiben una diferencia tan marcada en las
expectativas de vida. Como se demuestra en la tabla sobre «Comparativa del tiempo vital
para los animales de compañía», la duración de vida promedio, tanto para las mascotas
comunes como las exóticas, varía ampliamente, dependiendo mayormente de su tamaño.

Comparativa del tiempo vital para los animales de compañía

Los mamíferos más grandes viven más, aunque existen excepciones. Los perros son más
grandes que los gatos, pero habitualmente no viven tanto como ellos. Y los seres
humanos viven más tiempo que cabría esperar por el tamaño de su cuerpo. Nuestra
inusual longevidad es tanto una bendición como una carga, ya que significa que tenemos
más tiempo para disfrutar de la vida, pero también debemos lamentarnos por aquellos
que pasan más rápidamente por el mundo.
Por supuesto, la calidad de vida nunca puede medirse por medio de una simple
cantidad. Las personas viven ahora más tiempo que sus abuelos, pero, ¿están más

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contentos? En el caso de que pudiera durar tanto tiempo como una ballena jorobada, que
puede vivir fácilmente hasta los cien años, probablemente nunca sería tan sereno –tan
benigno y tolerante– como uno de esos apacibles gigantes. Y aunque doce años –el
promedio actual para las nutrias de río– parece un periodo bastante corto, de buen grado
recortaría unos años de mi tiempo vital a cambio de la mitad de su alegría de vivir. Lo
que cuenta, después de todo, no es tanto vivir mucho tiempo como vivirlo bien.
Mientras la expectativa de vida de diversas especies puede diferir, de todas puede
decirse que disfrutan de la misma cantidad de «tiempo biológico» entre nacimiento y
muerte. El biólogo de Harvard Stephen Jay Gould señala que por el hecho de que los
índices metabólicos difieran en la misma escala en que lo hacen tamaño y longevidad, un
ratón experimentará tantos latidos de su corazón durante su breve tiempo de vida como
un elefante lo hará en su más prolongada existencia. Un perro, un gato, un caballo y un
hámster inhalarán y exhalarán –llevarán aire hacia los pulmones y lo soltarán otra vez–
alrededor del mismo número de veces durante sus tiempos de vida marcadamente
diferentes. Todos alcanzarán aproximadamente la misma cuota: ochocientos millones de
latidos cardíacos o doscientos mil pulmones completos.
Cada especie parece experimentar el tiempo de acuerdo con su propio ritmo interior,
tal como los animales envejecen y crecen a velocidades diferentes. Un perro, por ejemplo,
madura dentro de su propio esquema temporal. Mientras la gente puede hablar
informalmente de un «año de perro» como equivalente a siete años humanos, no hay
comparaciones uno a uno que puedan hacerse. En sus habilidades motoras imperfectas y
su curiosidad ilimitada, un cachorro de seis meses es como un niño de seis años,
mientras que un perro de un año puede considerarse como el equivalente de un
adolescente, que ha madurado sexualmente dentro de un espacio de doce meses.
Sin embargo, el ritmo de crecimiento del perro se ralentiza después de dos años. A
partir de este punto, un año canino viene a ser lo mismo que cuatro de los nuestros. Para
cuando un perro llega a los doce, su condición física es similar a la de una persona que
rápidamente se acerca a los setenta: una que se acerca al final de su tiempo de vida
normal. Pero mientras la vida de otro animal puede parecernos corta, seguramente es
completa y plena dentro de su propio marco de consideración. Avanza según su propio
andar.
La vida es fugaz y cualquier pérdida, ya sea la muerte de una persona o de un animal,
tiende a hacernos conscientes de la brevedad de la existencia. La muerte nos empuja
hacia la auto-evaluación. ¿Estamos sacando el mejor partido posible de la vida? ¿Qué más
necesitamos hacer, ser o llevar a cabo en nuestras propias vidas para sentirnos
completos? ¿Hay lugares para ir, gente para ver o cosas que aprender antes de abandonar
el mundo? Si es así, no hay momento como el presente. Hacerse más consciente de la

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muerte puede hacernos también más conscientes de la vida, invitándonos a reflexionar
sobre el modo en el que pasaremos los años limitados que tenemos disponibles.
Nada vive para siempre, pero dentro de su tiempo asignado, cada criatura –la
cachipolla que perece en un día, así como la secuoya que sobrevive mil años– tienen igual
oportunidad de saborear su momento al sol. Es una idea que me ayuda a hacer paces con
la muerte, que casi siempre llega demasiado pronto, para nosotros y para los animales
que amamos. «Para todo hay una época y un tiempo para cada propósito bajo el sol».

Un amigo fiel es una protección sólida.


La persona que ha encontrado uno ha encontrado un tesoro.
Un amigo fiel está más allá del precio,
Y su valor no puede pesarse.
Un amigo fiel es una medicina vivificadora.

TEXTOS APÓCRIFOS

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Capítulo 4

La amabilidad empieza por casa

Se ha llamado a los perros «el mejor amigo del hombre»; pero otras criaturas también
son una compañía igualmente buena. Cuando se van, hemos de hacer un esfuerzo más
que de costumbre para ser compasivos con nosotros mismos. Hemos de ser nuestros
propios mejores amigos.
Una de las razones por las que valoramos a las mascotas es que ayudan a mantenernos
con los pies en la tierra. Nuestros compañeros animales ejemplifican una vida saludable.
Cuando comienzo a preocuparme en exceso, mi perro puede arrancarme de mi
perturbación y ayudarme a ver los problemas con su justa perspectiva. Si me pongo
demasiado serio, me invita a unirme a su entretenimiento y jugar. Por el hecho de que los
animales tienen pocos deseos y son básicos, pueden ayudar a enseñarnos a desacelerar, a
simplificar y a concentrarnos en lo esencial. Particularmente en un momento de pérdida,
necesitamos prestar más atención al cuidado de nuestras necesidades animales. Por
ejemplo:
Los animales necesitan comer. Así que tú también, incluso si, en tu sufrimiento, te
parece que tienes poco apetito.
Los animales necesitan hacer ejercicio. Recuerda que tu también. Camina o ve al
gimnasio, incluso aunque te sientas apático o agotado.
Los animales necesitan dormir. Una sesión de gimnasia te ayudará a conseguir un
buen descanso nocturno, lo cual a menudo es un problema para la gente que está
alterada.
Los animales necesitan divertirse. Si disfrutas especialmente de ciertas actividades,
asegúrate de incluirlas en tu agenda.
Los animales necesitan compañía. Intenta hacer un esfuerzo extra para llegar a los
demás en un momento de separación, cuando es probable que te sientas especialmente
aislado.
Otra lección que los animales nos enseñan es la importancia de la rutina. A mi perro
Chinook, por ejemplo, le gustan sus comidas en los intervalos adecuados, con viajes
puntuales al parque en determinados momentos de la mañana y de la tarde. A menos que
se trate de una galleta extra a la hora de ir a dormir, el día ideal para él contiene pocas
sorpresas o ninguna.

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Las rutinas también son importantes para la gente. Por esta razón, generalmente no es
buena idea tomar ninguna decisión muy importante en el periodo que sigue
inmediatamente a una pérdida. Con frecuencia, nuestro juicio se resiente cuando
estamos bajo presión. Si es posible, pospón cualquier cambio en tu vida. Atente a lo
familiar. Es probable que éste no sea el momento para reemplazar a tu mascota, por
ejemplo, ni sea el momento para prometer que no tendrás otra nunca más. Date un
descanso para asimilar y acostumbrarte a la situación.
Al mismo tiempo, cuando sufrimos una pérdida, nuestras rutinas se perturbarán
invariablemente. Una muerte significa que el patrón de vida ha cambiado. Los hábitos
arraigados –salir a dar una caminata con el perro todas las noches, poner la comida para
el gato antes de ir a trabajar– funcionarán como recordatorios persistentes de la pérdida
que nos ha ocurrido. Como una persona que se ha quedado viuda hace poco y de un
modo automático prepara dos tazas de café en lugar de una, puede que necesitemos una
reeducación. Paradójicamente, es posible que pasemos más tiempo pensando en nuestras
mascotas después de que se hayan ido que mientras aún estaban vivas. Se vuelven
notorias por su ausencia.
Una pérdida acentúa otras. En este sentido pienso en Amy, que compartió una taza de
café conmigo no hace mucho tiempo. Amy perdió a su gato el pasado otoño. Mittens era
bastante viejo, aunque ni Amy ni su amigo Chris estuvieron seguros de su edad exacta
desde que, quince años atrás, apareciera y se mudara allí, casi como si el lugar le
perteneciera. Amy y Chris estaban viviendo juntos en una vieja granja y el dúo se volvió
un trío. Salían de picnic juntos y compartían vacaciones. Amy y Chris incluso hablaban
de casarse, pero los planes siempre se posponían, y finalmente Chris obtuvo un ascenso
que demandaba que se mudara a otra ciudad. A sus treinta y siete años, el sueño de Amy
de tener una familia parecía ahora desvanecerse. Los meses pasaron, pero ella todavía
echa de menos a Mittens. La muerte del gato puso un punto en un capítulo importante
de su vida.
Cada uno de nosotros lleva cargas duraderas de decepción y desilusión y cualquier
pérdida puede abrir viejas heridas. Dependiendo de la situación, a algunas personas
puede impactarles más la muerte que a otras. Aquellos que viven solos o que no tienen
personas que dependan de ellos pueden verse especialmente afectados. Una de nuestras
satisfacciones humanas básicas es el sentimiento de ser necesitado, y atender a un animal
da a muchas personas la sensación diaria de que están siendo útiles. Es importante saber
que marcas una diferencia, al menos para una criatura agradecida. Para tales personas,
perder una mascota puede significar la pérdida del sentido de propósito.
Para los mayores, la muerte de una mascota puede ser un recordatorio de su propio
carácter de mortales. Para los adolescentes, que se sienten incomprendidos por sus

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padres y distanciados de otros miembros de la familia, un perro o un gato puede ser el
único amigo en quien pueden confiar. Para las parejas que no tienen hijos o cuya
descendencia ha abandonado el nido, un animal puede, a menudo, convertirse en el
sustituto de un hijo o de una hija. En cada caso, enfrentarse a la pérdida de la mascota
puede ser difícil.
Se puede echar de menos más profundamente a una mascota que a otra. En un
estudio en la Universidad de Pennsylvania, consejeros con formación en el ámbito del
dolor se reunían con personas que estaban padeciendo por sus mascotas, en un esfuerzo
por comprender algo más acerca de este tipo de pérdida. La investigación mostró que los
individuos que pierden un gato pueden tener una reacción de profunda pena más severa
y necesitan un seguimiento mayor que aquellos que pierden un perro. Parece extraño.
¿Tienden los gatos, como criaturas que pueden vivir perfectamente felices en pisos
pequeños, a ser adoptados con más frecuencia por personas que viven solas y carecen de
redes sociales? ¿O la relación de uno con un gato tiende a ser más sutil y subestimada,
dejando un residuo mayor de «asunto inconcluso» cuando el animal muere? Como las
razones para el descubrimiento no están claras, no debemos dar al estudio más peso del
que merece. Lo que es seguro es que ambos, gatos y perros, así como otras mascotas,
ejercen una demanda de atención duradera en nuestro cariño.
Es igualmente cierto que cualquier cambio en nuestra vida personal o ruptura en
nuestras relaciones genera estrés. La confusión resultante se cobra una cuota de nuestras
defensas biológicas y psicológicas. El trabajo pionero en esta área fue hecho en 1967 por
los psicólogos Thomas Holmes y R. H. Rahe, que desarrollaron una «Escala de reajuste
social» (publicada primero en el Journal of Psychosomatic Research y reproducida aquí)
que asigna diversos puntos a los mayores traumas y a las calamidades menores que
constituyen un desgaste de la existencia. Puede que quieras utilizar este instrumento para
determinar tu propio nivel de estrés. Cuanta más alta sea tu puntuación, más amenazada
están tu salud personal y tu bienestar.

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Escala de medición del reajuste social

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La muerte de un esposo se considera la pérdida más dolorosa, recibiendo más puntos. El
divorcio, el desempleo, la hospitalización, el traslado, las pérdidas financieras y otras
perturbaciones reciben relativamente menos puntos en la escala, descendiendo un poco
en el caso de las infracciones menores de la ley. Por la razón que sea, aquellos que
desarrollaron la escala no sintieron que la muerte de un compañero animal fuera algo lo
suficientemente importante como para incluirlo entre las otras causas de tensión de la
vida normal. Quizá los investigadores consideraron que se trataba de una pérdida
intrascendente; menos estresante incluso que recibir una multa por exceso de velocidad.
Desafortunadamente, mucha gente actúa como si los animales no importaran (o no
debieran importar).
Pero por supuesto que importan. Cuando los médicos entrevistan a parejas de
mediana edad que han perdido a una mascota, la mayoría está de acuerdo en que se trata
de un evento doloroso, menos estresante que la muerte de un miembro directo de la
familia pero más que la muerte de otros parientes. Un estudio en Gran Bretaña ha
descubierto que el diez por ciento de los que han perdido a un animal desarrolla
síntomas lo suficientemente graves como para justificar la visita a un médico. Este
hallazgo concuerda con el trabajo de Holmes y Rahe, que descubrieron que los
individuos que han acumulado más de trescientos puntos en la escala de reajuste social
dentro de un período de doce meses tienen un ochenta por ciento de probabilidades de
enfermar, tanto física como mentalmente, mientras que alrededor de la mitad de aquellos
que tienen una puntuación entre ciento cincuenta y doscientos noventa y nueve también
pueden esperar enfermarse.
Como cualquiera que ha sufrido un duro golpe, la gente cuyos animales han muerto
sufre un mayor riesgo. Un estudio complementario de individuos que padecen la muerte
de un animal de compañía ha comprobado que en las semanas inmediatamente
posteriores a la muerte, más del noventa por ciento de los dueños experimentaron algún
trastorno en los hábitos del sueño o han tenido dificultades con su alimentación: ambos
son síntomas de depresión clínica. Más de la mitad se volvieron ensimismados y evitaron
actividades sociales. Casi el cincuenta por ciento se encontró con dificultades
relacionadas con el trabajo, perdiendo entre uno y tres días laborables como resultado de
la apatía o del bajo nivel de energía. Hay incluso indicios de que las parejas casadas son
más propensas a separarse o divorciarse después de la muerte de una mascota en la casa.
Todos estos síntomas sugieren que la pérdida de una mascota es un asunto serio, con
potencial para afectar de manera adversa la salud de uno, la carrera y otras relaciones.
Mi consejo habitual para alguien que está sufriendo es «cuídate». Come bien.
Descansa lo suficiente. Si es posible, tómate algún tiempo libre en el trabajo o, si no

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puedes hacerlo, encuentra otras oportunidades para la relajación y la recuperación. Sé
bueno con tu cuerpo. Quizás estés deprimido cuando tu mejor amigo muere; puedes
estar exhausto y nervioso. Tienes todo el derecho a sentirte de ese modo. Pero intenta
tratarte a ti mismo al menos tan bien como lo harías con cualquier otra criatura
lastimada y sufriente. Recuerda, el precepto «sé amable con los animales» se aplica no
sólo a la variedad de los que tienen cuatro patas. También se aplica a ti.

Oye nuestra humilde oración, Oh, Dios, por nuestros amigos, los animales.
Especialmente por aquellos animales que están sufriendo; por cualquiera que sea cazado o
esté perdido o abandonado o asustado o hambriento; por todos los que deben sacrificarse.
Te suplicamos para todos ellos tu misericordia y piedad. Y para todos aquellos que se
ocupan de ellos, te pedimos un corazón compasivo, palabras dulces y amables. Haznos
verdaderos amigos de los animales y así compartiremos las bendiciones de lo
misericordioso.
ALBERT SCHWEITZER

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Capítulo 5

Cuando cosas malas les ocurren a criaturas buenas

Considero que mi perro es bastante listo, pero puede ser terriblemente tonto con los
coches. Cuando era más pequeño, pasaba horas entrenándolo para que respondiera a las
órdenes –siéntate, túmbate, quédate y ven– y generalmente es bueno haciendo las cosas
que le pido. Pero más de una vez ha paseado tranquilamente de una manera temeraria
por la calle, completamente ajeno tanto a mis gritos y silbidos como al tráfico que venía
en dirección contraria.
Afortunadamente, siempre ha escapado sin heridas graves. Pero eso no evita que yo
me inquiete en tales ocasiones. Una vez que veía que estaba fuera de peligro y que mi
pánico inicial había pasado, me enfadaba con mi perro por su desobediencia, pero en
primer lugar me irritaba conmigo mismo por permitir que tal situación peligrosa pudiera
suceder. No puedo ni imaginar lo disgustado que estaría si alguna vez se hubiera
lastimado.
Desafortunadamente, cada día se mata a miles de animales en accidentes en los que,
por lo general, está implicado un automóvil. Cuando una mascota muere sin necesidad, y
de una forma dolorosa, o simplemente desaparece sin regresar, es especialmente duro
aceptar la pérdida. Ira, culpa y pensamientos tales como «si tan sólo hubiera…» pueden
nublar el horizonte.
La profundidad del sentimiento presente en tales ocasiones ha salido a la luz hace
algunos años cuando Richard Joseph escribió una carta al director del periódico de su
localidad después de que un coche, que iba a toda velocidad, golpeara a su perra Vicky.
Dirigida «Al hombre que mató a mi perra», la carta tocaba una fibra tan sensible que fue
reimpresa en todos los periódicos a lo largo y ancho del país.
«Espero que estuvieras dirigiéndote a algún lugar importante cuando conducías a
tanta velocidad por Cross Highway en Bayberry Lane, el martes por la noche»,
comenzaba la carta. Y continuaba así:

Quizá nos sentiríamos mejor si pudiéramos imaginar que eras un médico


corriendo hacia algún lugar para ayudar a dar a luz a un bebé o para aliviar el dolor
de alguien… Pero incluso aunque todo lo que hayamos visto de ti haya sido la
sombra negra de tu coche y su manera de saltarse la cola de luces rojas mientras

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bramaba por la calle, sabemos demasiado de ti como para creerlo. Tú viste al perro,
pusiste el pie en el freno, sentiste el tremendo golpe, oíste un aullido, luego mi
esposa gritó. Tus reflejos son mejores que tu corazón y más fuertes que tu coraje –
lo sabemos– porque rápidamente aceleraste a toda velocidad otra vez y te alejaste
de allí tan rápido como tu coche podía llevarte.

En realidad, el dueño del perro había perdido el control de la correa por un momento
mientras estaba cerrando la verja del jardín y justo en ese instante el cachorro salió como
una flecha hacia la calle donde encontró su fin. Joseph se reprocha a sí mismo por su falta
de cuidado en el asunto. Pero era la responsabilidad del conductor detenerse cuando
ocurrió el accidente. Fue difícil para Joseph no sentirse amargado.
En las semanas siguientes, Joseph recibió cientos de cartas de pésame de gente que
también había perdido mascotas y que estaba luchando con emociones similares de
frustración y ausencia: el golpe es repentino e inesperado, el culpable, a menudo,
desconocido. Quizá no haya tiempo para la despedida. Aquellos que han sufrido pérdidas
similares sabían cuán furioso y abatido se sentía después del accidente.
La experiencia de Joseph le enseñó muchas cosas acerca del dolor y la curación. Ver a
su perra muerta por un conductor que chocó con ella y huyó casi destruye su fe en la
naturaleza humana. ¿Cómo podía alguien haber sido tan insensible? Por otro lado, las
muestras de ánimo y apoyo que recibió de innumerables extraños le dijo que un sólido
cimiento de decencia permanecía en la mayoría de la gente.
Eso también le recordó a Joseph la necesidad de transformar una desgracia en una
oportunidad. «La pérdida crea pena», observó, «la pena frecuentemente se vuelve
amargura y se transforma en ira, y la ira no sólo destruye su objeto sino además a la
persona que la alberga». A través de esta carta, podía no sólo dar rienda suelta y aliviar su
enfado sino que quizá podía ayudar a millones de personas a volverse un poco más
cuidadosas tras el volante. Si causó que un conductor evitara un accidente, dijo, estaría
satisfecho con el resultado.
Escribir una carta puede ser una buena forma de sacar las cosas de dentro del pecho.
Richard Joseph, en este caso, era un artesano literario, escritor de literatura de viajes de
profesión, y pudo evaluar precisamente el impacto de su mensaje. La mayoría de
nosotros no somos tan hábiles para pesar nuestras palabras y no es en general una buena
idea enviar realmente una carta escrita en el momento de ira extrema. Pero el sólo hecho
de expresar nuestra indignación puede ayudar. Escribe tu carta y luego deshazte de ella o
sólo dile a un amigo lo enfadado que estás. Expresa tu resentimiento: golpea el colchón si
hace falta. Respeta tu ira, pero deja que se vaya.
La ira y la agresión generalmente aparecen cuando sentimos que estamos fuera de

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control. Todos nosotros queremos dar forma a nuestro destino y controlarlo, y la muerte
representa una afrenta absoluta contra ese deseo. Puede que nos sintamos enfadados con
nuestra mascota («¿Por qué tenía que correr hacia la calle en lugar de venir hacia mí
cuando la llamé?»), que nos molesten los acontecimientos que parecen arbitrarios o
irracionales («Quisiera retorcerle el cuello a ese conductor. ¿Por qué estaba hablando por
el teléfono móvil en lugar de prestar atención a la calle?»), o que nos enfurezcamos con
Dios, que parece ser el responsable por crear un mundo en el que ocurren accidentes y
otras cosas malas. Una mujer me dijo que después de que su perro muriera sintió que la
invadía un sentimiento de hostilidad hacia sus otros dos animales que habían quedado
vivos, como si inconscientemente se hiciera la pregunta: «¿Por qué todavía estáis vivos
mientras mi favorito se ha ido?». Sólo después de que un amigo le señalara que no estaba
tratando muy bien a las mascotas que le quedaban se dio cuenta de cuánto rencor sentía
y cómo su reacción estaba distanciándola de compañeros que podían haber estado
apoyándola en el momento de la pérdida.
A donde sea que se dirija nuestra ira, la fisiología es bastante similar. Cuando están
amenazados, nuestros reflejos se activan y el sistema nervioso autónomo, que gobierna
los órganos involuntarios, asume el control. El ritmo cardíaco se acelera, la respiración se
acelera y los músculos se contraen como en una preparación para la pelea o la huída.
Desafortunadamente, permanecer enfadado no contribuye en nada para volver a
ponernos a cargo del control de la situación. Por el contrario, estamos reaccionando ante
acontecimientos y dejando que ellos nos controlen.
La ira es uno de los estados predecibles del dolor. Primero viene una sensación de
choque o de aturdimiento, a menudo seguida por la incredulidad y la negación («¡Esto
no puede estar realmente pasando!»). Una vez que la persona que sufre ha aceptado la
realidad de la situación, comienza el dolor de la separación. Muchos sentimientos
pueden emerger en este punto, ya que el dolor no es en sí mismo una emoción sino una
constelación completa de respuestas que surgen en un momento de pérdida. La ira, la
ansiedad, la indefensión y otras sensaciones son comunes.
Tal sufrimiento no puede evitarse. A menudo, las emociones vienen en oleadas; en
momentos inesperados, la persona afligida puede verse embargada por las lágrimas. Pero
si al flujo y reflujo de la emoción se le da espacio y no se evita, las oleadas de desaliento se
vuelven menos frecuentes y menos agudas. Con el tiempo suficiente, la persona que sufre
recoge las partes y comienza a reconstruir las estructuras de la vida diaria. Finalmente, él
o ella pueden usar la energía de los lazos que se han roto para reinvertirla en nuevas
relaciones.
Hablar de etapas es naturalmente más descriptivo que prescriptivo. La experiencia de
cada persona es diferente y todos los sentimientos son válidos. Pero puede ayudar el

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hecho de saber que si sientes furia, eso no es extraño. Y que si estás cansado de estar
enfadado y en conflicto con el mundo, es igualmente útil saber que tales sentimientos
discordantes y enardecidos no duran para siempre.
Cuando pasan cosas malas, es normal sentirse abandonado, desconcertado o
traicionado. Tienes derecho a sentirte disgustado. Pero la vida también requiere que
perdonemos y sigamos adelante. Como descubrió Richard Joseph, si puedes encontrar
una salida constructiva para tu ira, no sólo te sentirás mejor a largo plazo; quizá también
ayudes a hacer del mundo un lugar un poco mejor.

Mira, Señor,
mi pelaje cuelga hecho jirones,
como un tejido casero, viejo, raído.
Todo lo que tenía de bravío,
toda mi fortaleza,
lo he entregado en el trabajo duro
y no reservé nada para mí mismo.
Ahora
mi pobre cabeza se balancea
para ofrecer toda la soledad de mi corazón.
Dios querido,
erigido sobre mis patas enflaquecidas
me pongo ante Ti:
Tu inútil servidor.
¡Oh! Por tu bondad,
dame una muerte dulce.
Amén.

«Oración del caballo viejo»


por CARMEN BERNOS DE GASZTOLD

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Capítulo 6

Una buena muerte

Mientras que la muerte es accidental a veces, a menudo es elegida deliberadamente,


como un acto de amabilidad, tanto para la gente como para los animales. Pero cuando la
muerte es bienvenida, casi nunca es fácil para aquellos que quedan atrás.
Una amiga mía, por ejemplo, ha perdido recientemente a su padre, cuya salud había
ido deteriorándose durante muchos años. Él no sólo tenía el mal de Alzheimer y diabetes,
sino que también sufría de un surtido de otras dolencias que finalmente hicieron que
sólo pudiera vivir con la ayuda de un apoyo artificial. No tenía esperanza real de
recuperación. Al final llegó el momento en el que su familia decidió terminar la lucha y
retirar las máquinas.
La muerte en este caso puede haber sido experimentada como un alivio. El momento
para irse había llegado. Pero era, sin embargo, extremadamente doloroso para mi amiga
sentarse al lado de la cama de su padre y mirar los monitores que registraban su presión
sanguínea bajar lentamente hasta llegar a cero, mientras su vida se escabullía. La persona
a la que se sentía más allegada se había ido para siempre. Una parte importante de su
propia historia se desvanecía en el pasado.
Incluso cuando la muerte es elegida conscientemente, todavía puede venir con un
sentimiento de resignación y arrepentimiento. Cuando decidimos practicar la eutanasia
con un animal, la misma mezcla de sentimientos puede estar presente, junto con una
serie de preguntas similares: ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿No hay ninguna alternativa
razonable? ¿Qué querría yo si fuera un animal enfermo y sufriente y pudiera considerar
las opciones ante mí? Cuando nuestras mascotas tienen un malestar crónico o quedan
inmovilizadas y no pueden disfrutar más de las actividades que alguna vez les
proporcionaban placer, nos damos cuenta de que la calidad de sus vidas ha disminuido.
Puede que sea difícil o imposible identificarse completamente o entender la idea de
cómo una enfermedad se experimenta desde el punto de vista de una mascota. Si bien los
animales sienten claramente dolor, ¿sufren el mismo tipo de angustia psicológica que los
seres humanos asociamos normalmente a la decadencia de la salud? ¿Cuándo
continuamos un tratamiento y en qué punto la lucha se vuelve demasiado costosa,
financiera o emocionalmente? Porque todas éstas son el tipo de preguntas que no tienen
una respuesta concreta, sólo podemos confiar en nuestro propio juicio, junto con el

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consejo de un veterinario. Tenemos amplio espacio para dudar de nosotros mismos y
para segundos pensamientos.
Una vez que la decisión de practicar la eutanasia se ha tomado, podemos seguir ciertos
pasos para minimizar la angustia que supone, tanto para nosotros mismos como para
nuestros animales. Estar presente en el momento de la muerte es claramente importante,
porque si bien es duro contemplar cómo nuestros animales son sacrificados, debe ser
todavía más difícil vivir con las preguntas sin respuestas que surgen del desconocimiento:
¿El final llegó con rapidez? ¿Fueron los últimos momentos tensos o tranquilos?
Para algunas personas, la idea de presenciar la muerte de sus animales puede ser
demasiado perturbadora de contemplar. Y en algunos casos, el veterinario puede pedir
privacidad; puede ser delicado encontrar la vena en un animal pequeño cuyo pulso
apenas se registra, particularmente cuando el aprensivo dueño de la mascota ronda por
allí cerca. Pero en general, la gente puede ofrecer afecto y tranquilidad a sus mascotas
hasta el momento final de la vida, gracias a veterinarios que se han vuelto cada vez más
sensibles a las necesidades emocionales de las personas que tienen mascotas. Algunos
veterinarios incluso hacen visitas a domicilio para administrar la inyección final a un
animal enfermo. Ahora, más y más gente elige morir en casa, en entornos familiares
antes que en la atmósfera aséptica de un hospital. ¿Por qué no deberíamos darles a los
animales la misma opción?
Como mi amiga, que quería estar cerca del lecho de su padre al final de su vida,
incluso si la vigilia era solitaria e inquietante, a menudo necesitamos estar cerca de
nuestros compañeros tanto por el bien de ellos como por el nuestro propio. También
podemos asistir a nuestras mascotas en la transición hacia la muerte. Nadie sabe
realmente cuánto comprende un gato o un perro de lo que decimos (más de lo que
sospechamos, supongo yo), pero hablarles con amabilidad y explicarles muy
simplemente lo que le espera –una inyección, seguida de somnolencia, luego alivio del
dolor y descanso para el cuerpo cansado– puede permitirles ciertamente intuir la
sustancia emocional detrás de nuestras palabras.
Por medio de la analogía: casi siempre hablo a mi perro si sé que me iré de la ciudad.
Habitualmente le digo a dónde me dirijo, cuánto tiempo estaré fuera, qué arreglos he
hecho para su cuidado y cuándo estaré de regreso. Si he hecho todo lo posible por
comunicarle que las cosas estarán bien no tiene importancia si comprende todos los
detalles. Parece más calmado por la conversación.
Y aunque la muerte representa una separación permanente más que una temporal, el
principio sigue siendo el mismo. Podemos hacer que nuestros animales sepan que están
emprendiendo un viaje, hacia un lugar en el que no hay lucha ni sufrimiento. Podemos
decirles cuánto los echaremos de menos y qué lugar especial tendrán siempre en nuestras

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vidas. Podemos abrazarlos y sostenerlos. A través de qué les decimos y cómo se lo
decimos se puede expresar nuestro amor por ellos más que nuestra necesidad de ellos,
dándoles permiso para partir según sus propios tiempos, antes que insistir en que deben
permanecer aquí por nuestro bien. A partir de nuestro tono de voz, pueden sentir que se
avecina un cambio importante, pero también quizás entiendan que permaneceremos con
ellos hasta el final y que, en última instancia, no hay nada que temer.
Los animales a menudo entienden más de esos asuntos de lo que la gente imagina. He
llegado a esa conclusión después de hablar con Dawn, una técnica en veterinaria con
título en zoología, que tiene una larga experiencia en el trabajo con animales. Cuando a
su caballo Hastings tenía que practicársele la eutanasia, ella estaba muy decidida acerca
del acontecimiento. Invitó a varios amigos para estar con ella y crear un círculo de afecto
y apoyo (pedir a otros que te acompañen a través de este difícil pasaje casi siempre es una
buena idea). Una vez que todos estuvieron presentes, ella ayudó al debilitado animal a un
último adiestramiento para ejecutar maniobras, el conjunto de ejercicios ecuestres que en
sus días de fortaleza eran el orgullo y la alegría de Hastings. Ella aseguró al caballo, con
palabras y acciones, cuánto le importaba. Después, todos caminaron hasta unos pastos
bajos donde la tierra ya había sido cavada. Fue una salida armoniosa, bien planeada y
amablemente administrada, tan impasible como una ola volviendo al mar. Cuando Dawn
regresó al establo después de que el veterinario hubiera hecho su trabajo, los otros
caballos que estaban allí comenzaron a emitir suaves relinchos, en el mismo tono
entrecortado que utilizan para consolar a un potro agitado. Aparentemente, sabían que
su compañero de manada se había ido y querían ofrecer consuelo a Dawn, así como
ofrecérselos los unos a los otros, del modo que podían.
Quizá nuestros animales puedan guiarnos, así como consolarnos en momentos
semejantes. Para ello, la mayoría de los organismos tienen un instinto innato de
supervivencia que los conduce a aferrarse a la vida contra todo lo demás, muchos
también parecen poseer un sentido connatural que les dice cuándo ha llegado el
momento de dejarlo ir e inclinarse ante lo inevitable. Ésa, al menos, fue la experiencia de
uno de mis conocidos, que me habló acerca de su yegua Kalea.
Aunque el caballo había disfrutado de quince años de buena salud y normalmente se
la consideraría sólo de edad mediana, Kalea había desarrollado una enfermedad grave,
aparentemente un caso de envenenamiento por una planta, que gradualmente había
dañado su hígado. Se había vuelto tan escuálida y débil que realmente dudaba de
recostarse, a sabiendas de que quizás no tendría la fuerza para levantarse otra vez. Por
algún tiempo, ella había permitido de buen grado que el veterinario le insertara
diariamente un tubo nasogástrico para que le suministrara comida y medicinas. Ese día,
de una manera inusitada, Kalea se negó al cuidado del veterinario. Aunque sus

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cuidadores humanos podían haberla forzado a que los recibiera, decidieron en cambio
respetar los deseos de Kalea. «Ambos sabíamos para entonces que su momento estaba
cerca y que parecía que Kalea estaba diciéndonos tan claramente como si lo hiciera en
inglés, que ella estaba lista en ese momento», según mi informante.
Después, Kalea caminó, con sus patas inestables, hasta el heno en su cobertizo, su
refugio de comodidad en su existencia, donde se recostó tranquilamente y esperó al
veterinario. No ofreció resistencia en ese momento, ni al sedante ni a la jeringa azul de
Euthenol que se llevó su último aliento. Desde el principio hasta el final, su mirada era
suave y su comportamiento, confiado y relajado. «En el último día de su vida», afirmó el
dueño del caballo, «Kalea tomó las decisiones». Ella también enseñó a quienes tenía
alrededor una lección sobre cómo enfrentarse a la muerte con dignidad y coraje.
Un veterinario que conozco que tiene una pequeña consulta de animales en Nueva
York dice que cree firmemente que la mayoría de las criaturas saben cuándo se termina
su tiempo. Están preparados para su partida. Connie Howard, que dirige nuestro grupo
de apoyo local, comparte esa opinión. Ella me contó cómo en medio de un invierno en
Vermont con temperaturas bajo cero, su gato había salido inexplicablemente a
esconderse bajo el porche; no se trataba de una ubicación que el animal usara
habitualmente para hacer una siesta de mediodía. Connie ni siquiera se había dado
cuenta de que su mascota estaba enferma. Pero el gato, que estaba en la etapa final de una
enfermedad renal, parecía saber exactamente qué era lo que estaba pasando. Estaba
haciendo lo mejor que podía para morir.
Muy a menudo, la gente no está preparada para dar el paso que hace falta para asistir a
sus mascotas a cruzar el umbral. Algunos quieren que sus animales mueran
«naturalmente», sin darse cuenta de que una muerte «natural» puede ser con frecuencia
bastante dolorosa y prolongada. Después, cuando la muerte demuestra ser demasiado
despiadada como para soportarla, llaman a la gente como Connie o mi veterinario y
amigo para pedir una dosis de piedad en medio de la noche.
Nadie puede culparlos. Terminar deliberadamente con la vida de otra criatura
seguramente es una de las decisiones más difíciles que tendremos que tomar en la vida.
Pero, por desgracia, tanto por una falta de coraje como por falso optimismo –la
esperanza de la mejoría de un proceso incurable–, mucha gente termina haciendo que el
proceso de morir sea más prolongado de lo que necesita ser.
La palabra «eutanasia», literalmente, significa «buena muerte». Aunque la muerte
raras veces llega en el momento exacto o del modo preciso en el que podríamos desear,
creo que puede ser más que el simple final de la vida. La muerte puede ser nuestra amiga,
no nuestra enemiga. En muchos casos, la eutanasia puede ser una elección inteligente
que provee una alternativa indolora ante una agonía innecesaria. Puede asegurar que los

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últimos momentos que compartimos con nuestras mascotas sean más serenos que
atormentados. Cuando es una respuesta compasiva al sufrimiento, puede volverse una
fuente de sabiduría y una puerta para el crecimiento.

Lamiendo silenciosamente su pata blanca y oro,


Oh, bellísimo Celestino,
Aunque Dios hace cosas preciosas,
Nuestro gato precioso las supera todas;
El oro, el hierro, la cascada,
Los frutos secos, el melocotón, la manzana, el granito
Son todas cosas preciosas que mirar, y sin embargo,
Nuestro precioso gato las supera todas.

«El gato»,
por JOHN GITTINGS (8 años)

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Capítulo 7

Bendice a las bestias y a los niños

Cuando yo tenía cinco años, mi padre murió. Aunque carecía del vocabulario para
expresarlo, el dolor me superó. Recuerdo que se me hacía un nudo en la garganta cuando
otros niños hablaban de sus padres, un recordatorio del incomprensible destino que me
había tocado.
Desearía que los adultos se hubieran tomado más tiempo para ayudarme a entender
qué era lo que había pasado, pero en aquellos días, muchos creían que los jóvenes debían
ser «protegidos» de los acontecimientos perturbadores por medio de la construcción de
un muro de silencio a su alrededor. Algunos ofrecían explicaciones infantiles, como
aquella que me ofreció mi maestra de la guardería, que me dijo que «Dios necesitaba a tu
padre en el cielo más de lo que lo necesitaba en la Tierra».
Como padre y pastor, he llegado a creer que el mejor modo de ayudar a nuestros hijos
a lidiar con la muerte es hablándoles de ella, franca y directamente. Esa regla vale tanto si
estamos hablando de la pérdida de una persona como de una mascota.
La mayoría de los niños destacan por hacer preguntas, pero los adultos pueden a veces
no saber qué responder, por su propio malestar o por un deseo equivocado de proteger a
sus hijos de la cruel realidad. Pero la mejor política es ser sinceros con nuestros pequeños
porque si sienten que sus mayores están evadiendo un tema, quizá concluyan que es
demasiado tenebroso o preocupante como para hablar de ello. La franqueza, junto con
suaves palabras tranquilizadoras, puede disipar muchas de sus preocupaciones.
Escucha las «preguntas detrás de las preguntas» que hacen los niños. «¿Por qué ha
muerto mi gato?» puede parecer una simple demanda de información, en cuyo caso hace
falta una breve respuesta objetiva. La misma pregunta puede también encubrir temas sin
precisar, que rondan la culpa y la separación (por ejemplo, «¿He causado su muerte? ¿Yo
también moriré?»), lo cual requiere consuelo y apoyo emocional, además de
comprensión. Es probable que «¿Por qué ha muerto mi mascota?» no sea una pregunta
filosófica, sin embargo, a menos que el niño haya pasado ya por los primeros años
escolares. Los niños más pequeños, dado su nivel de desarrollo, no están preparados para
un pensamiento tan abstracto. Asegúrate de estar seguro de lo que tu hijo está
preguntándote en realidad antes de intentar responder.
Siempre que sea posible, atente a los hechos. Explica que cuando una mascota muere,

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no ve más, no oye ni siente nada. No volverá a moverse ni regresará a la vida. No sufre ni
percibe su entorno. Evita usar eufemismos tales como «ponemos a dormir a la mascota»,
lo cual es posible que deje al niño preocupado por ir a dormir por la noche, confundido
acerca de la diferencia entre la muerte y el sueño normal. Si explicas que la mascota ha
enfermado y ha muerto, asegúrate de agregar que «enfermar» no necesariamente lleva a
la muerte. De lo contrario, tu hijo tendrá miedo de que una tos, un resfriado o cualquier
enfermedad normal de la niñez tengan consecuencias graves. Puedes decirle a tu hijo
honestamente que si bien todas las criaturas mueren, no es algo de lo que los niños ni las
niñas tengan por qué preocuparse por mucho tiempo.
Los niños de edad preescolar carecen de la comprensión del carácter de lo definitivo o
de la irreversibilidad de la muerte. Tienden al pensamiento mágico y puede que se
pregunten si de alguna manera son responsables del fallecimiento de su mascota. Jóvenes
de un poco más edad (de entre seis y nueve años) tienden a imaginarse la muerte con la
forma de un fantasma o de un monstruo y puede que se preocupen por que la misma
figura aterradora que ha matado a su mascota también venga a por ellos. Por el hecho de
que los niños viven en un mundo en el que la fantasía y la realidad a veces son difíciles de
distinguir, es mejor manejar la cuestión de la muerte abiertamente y con respuestas
concretas.
Aparte de ser honestos con los niños, es importante darles la oportunidad para que
expresen sus sentimientos. Para algunos, la pérdida de una mascota puede ser un asunto
menor, mientras que para otros es un trauma muy importante. A veces puede ser difícil
afirmar cuán profundamente está afectado tu hijo, ya que los niños habitualmente sufren
en episodios breves, con lágrimas que rápidamente pasan a una aparente indiferencia,
que regresan luego cuando el niño está exhausto o no se encuentra bien. Lo más seguro
es suponer que tu niño está disgustado, incluso cuando los signos exteriores de dolor no
se perciban de inmediato. Jeannette Jones, una psicóloga de la Rutgers University cuyo
trabajo se centra en el desarrollo infantil, dice que los niños normalmente identifican la
pérdida de un animal como la experiencia más triste de sus vidas.
No es insólito que los niños lamenten la muerte de «mascotas» y que sus padres nunca
sepan nada al respecto: un sapo que vivía en el jardín del vecino o cualquier otra criatura
silvestre con la que el chico o la chica había formado una alianza secreta. La directora de
educación religiosa de nuestra iglesia recuerda el sufrimiento por tales mascotas «no
oficiales» cuando era una niña pequeña. Ella y sus amigos mantenían un pequeño
cementerio en un solar boscoso cerca del barrio, donde enterraban gusanos, pájaros
muertos y otras criaturas otrora vivas. Aunque no puede recordar todos los detalles,
puede rememorar que las parcelas funerarias estaban dispuestas en forma creciente y que
los niños hacían como que brindaban funerales para los animales. A través de esta

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especie de juego, de puesta en escena, los pequeños pueden explorar sus propios miedos
y fantasías acerca del final de la vida. De vez en cuando, tales sentimientos pueden ser
demasiado intensos de manejar y van de una manera subterránea, saliendo a la superficie
sólo como irritabilidad, dependencia u otras formas de «representación», hasta que el
niño es lo suficientemente fuerte como para enfrentarse a ellos.
Éste era el caso de Elisabeth Kübler-Ross, la investigadora que ahora es famosa por su
trabajo sobre la muerte y el proceso de morir. Cuando era una niña pequeña tenía varios
conejos que eran sus mascotas infantiles. Se sentía especialmente próxima a uno de esos
conejitos, porque como era una de tres trillizas idénticas, a menudo sentía como si sus
padres tuvieran poco tiempo para ella. De hecho, los conejos eran los únicos que podían
distinguirla de sus dos hermanas: como Elisabeth los alimentaba todos los días, los
animales, deben de haber notado cualesquiera que fueran las diferencias que la
distinguían de sus hermanas.
Un día, su padre le dijo a Elisabeth que eligiera un conejo para llevar al carnicero, para
que lo mataran y trocearan para la comida familiar. Seis meses después, cuando una vez
más tuvo apetito de carne asada, la orden fue repetida, y luego repetida otra vez.
Finalmente, le llegó el turno a «Blackie», el conejo favorito de Elisabeth. Como último
recurso, ella liberó al conejo y le rogó que huyera, pero el animal estaba tan apegado a
ella que se resistió a irse. Por última vez, Elisabeth llevó a cabo el cruel recado y regresó a
casa con la carne para dársela a su madre. El carnicero le había dicho que era una lástima
tener que matar al animal. «Blackie» era una hembra, le informó, y en uno o dos días
hubiera dado a luz a una camada completa de conejitos.
Elisabeth experimentó tal sensación de violación que durante décadas suprimió
cualquier recuerdo del incidente. Sólo cuando fue adulta, habiendo ayudado a cientos de
personas con enfermedades terminales a través de los pasos de negación, negociación, ira
y aceptación, pudo superar su propia negación y reconocer la furia que había estado
enterrada durante tantos años. Es un testimonio de la resiliencia del espíritu humano que
individuos como Kübler-Ross puedan no sólo recuperarse de tales horrores, sino
también continuar ayudando y sanando a otros.
Afortunadamente, pocos niños experimentarán pérdidas tan devastadoras ni tendrán
que soportar a padres que se preocupen tan poco por sus hijos. Pero cuando una mascota
muere, muchos se enfrentarán a todo, el impacto, la ira, la culpa y la tristeza que
acompañan a la pérdida de un ser querido, incluso si no pueden entender
completamente la muerte o darle nombre a todos sus sentimientos. Porque sufren de un
modo intermitente, reteniendo sentimientos dentro de ellos hasta que se sienten seguros
de expresarlos, los niños pueden pasar muchos años procesando una muerte, volviendo a
experimentar su impacto en etapas sucesivas de crecimiento intelectual y emocional.

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Uno debe recordar que lo que ocupa un lugar preponderante en su mundo puede
parecerles trivial a los adultos pero debe ser respetado en sus propios términos.
Cuán diferente puede ser la percepción infantil de su mundo es algo que me quedó
claro el último verano. Mis dos hijos, que tenían seis años en ese momento, tenían un
pececito cada uno. Lo habían ganado en la feria del condado, lanzando pelotitas de ping
pong dentro de peceras vacías, insistiendo en gastar su propio dinero a pesar de mis
comentarios por lo bajo de que los peces no debían ser repartidos como premios en
medio de la calle. Confieso que para mí, los peces eran, sobre todo, un fastidio. Para
cuando hubimos adquirido redes, comida para peces y otra parafernalia necesaria, estos
«premios gratuitos» me habían costado alrededor de veinte dólares.
Tal como lo predije, y a pesar de nuestros mayores esfuerzos para mantener vivos a los
peces, ambos expiraron en menos de un par de días y fueron enterrados en el patio
trasero bajo pequeñas cruces en un extremo junto a la cuerda para tender la ropa. Lo que
me sorprendió fue la forma en la que ambos niños continuaron cavilando acerca de estos
peces durante los meses siguientes. Los periódicos que mi hija hacía en la escuela eran
adornados con ilustraciones de Rosie (el nombre de mascota que ella le otorga a todos
sus compañeros de juego favoritos) y en un breve ensayo autobiográfico que mi hijo
escribió, casi un año después, el pez recibía mucha más tinta que sus abuelos, la escuela
dominical, los deportes y otros aspectos que yo hubiera creído más significativos. Una
noche de la primavera siguiente, encontré dos delicadas flores de manzano yaciendo
sobre sus tumbas.
Para mí, los peces pueden haber sido un fastidio, pero para mis hijos, aparentemente,
eran símbolos del Ser en sí mismo, emblemas de lo efímero y de la trascendencia para lo
cual no tenían palabras ni conceptos pero que proyectaba una poderosa fascinación sobre
sus mentes.
Para la mayoría de los niños, los animales suscitan una especie de reverencia y deleite.
Puede que los pequeños sólo entiendan parcialmente su mundo, pero lo sienten y lo
aprecian profundamente.
¿Cómo entendemos y nos relacionamos con el mundo interior del niño, mundo de
preocupaciones sin nombre y posibilidades medio inventadas? Afortunadamente, los
adultos podemos ayudar a los niños a manejarse, a su propio nivel, de muchas maneras:
Crea una ceremonia. Implica a los niños en la planificación de una conmemoración
para su mascota. Trata el tema de dónde deberían enterrarse los restos del animal. Haz
una señal apropiada. Decora la tumba. Sin importar la edad, la gente necesita expresar
amor y respeto en el momento de la despedida final.
Lee una historia. Muchos libros excelentes sobre el tema de la pérdida de la mascota se
han escrito para niños y jóvenes. Pide al bibliotecario local que te sugiera libros

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apropiados para la edad de tus niños y las circunstancias del caso.
Escribe un cinquaine, un poema de cinco versos para celebrar la vida de la mascota.
Ésta es una de las formas más simples de poesía, constituida por cinco líneas, de acuerdo
con la siguiente fórmula:
Primera línea: escribe un sustantivo que nombre o identifique al tema o al
homenajeado.
Segunda línea: agrega dos adjetivos que describan al sustantivo.
Tercera línea: elige tres verbos que digan qué hace el sustantivo de la primera línea.
Cuarta línea: piensa en una frase corta que haga una síntesis.
Quinta línea: repite la palabra de la primera línea o selecciona un sinónimo de ella.

Sammy
pulcro, de pie firme
acecha, salta, yerra
nunca habrá otro
Sammy

Dibuja una imagen o haz un póster. Invita a que tu hijo o hija capture las cualidades de la
mascota que más apreciara. Con rotuladores y pinturas, un pequeño puede expresar
sentimientos que son difíciles de verbalizar.
Informa a sus cuidadores. Tal y como pasa con los adultos, la pena de los niños es más
fácil de soportar cuando es conocida y compartida. Los maestros, orientadores y
compañeros de clase pueden ayudar, brindando compasión para un niño que sufre.
Finalmente, si el niño lo desea, y si tales ofrendas son aceptadas, regalad la correa, el
cuenco y otros artículos de la mascota que estén en buen estado a un refugio de animales.
Es reconfortante saber que otras criaturas se beneficiarán de cosas que eran parte de la
vida de una mascota apreciada.
Para algunos padres, puede ser fuerte la tentación de reemplazar lo más pronto
posible la mascota de un pequeño que sufre, pero siempre hay que acordarse de consultar
a la persona más estrechamente implicada antes de tomar semejante decisión. Las
mascotas nunca deben darse para «sorprender» a un niño que puede no estar preparado
para formar otro vínculo. Tu hijo puede ayudarte a determinar cuándo es el momento
correcto.
Como siempre, la comunicación directa es esencial. Puedes compartir tus
incertidumbres, así como lo que sabes o supones acerca de la muerte, pero las preguntas
honestas merecen respuestas honestas. Hablar a los niños abiertamente y sin evasivas
sobre el fin de la vida puede ayudarles a desarrollar confianza en el misterio que nos

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rodea a todos.

Cuando una desesperanza del mundo crece en mí


y me despierto por la noche por el más mínimo sonido
temiendo por qué será de mi vida y de la vida
de mis hijos,
voy y me tumbo debajo de donde el pato
descansa, esbelto, en el agua, y la gran garza
se alimenta.
Vengo a la paz de las cosas silvestres
que no tasan su vida con previsiones
del dolor. Vengo a la presencia del agua quieta.
Y siento sobre mí las estrellas ocultas durante el día
esperando su luz. Por un momento
descanso en la gracia del mundo y soy libre.

«The Peace of the Wild Things»,


por WENDELL BERRY

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Capítulo 8

Habla a la Tierra

Cuando me siento herido o cargado de problemas, a menudo encuentro alivio en la


naturaleza. Caminar por la orilla del lago, cerca de mi casa, donde el agua es profunda y
silenciosa, puede conducirme por encima de la problemática superficie de mi vida hacia
un lugar que es tranquilo y que me restituye el alma. La luz en las copas de los árboles
enciende mi espíritu cuando su llama está apagándose. Cuando pienso que el mundo ha
sido injusto y pregunto, con resentimiento, «¿Por qué a mí?», encuentro una respuesta
muda en el aire libre. Sé que no soy el único. Es un tema que encuentro repetido en uno
de los grandes clásicos de la literatura religiosa, el libro de Job.
Esta es la historia del modo en el que un hombre lidia con la desgracia. Sin tener
ninguna culpa propia, a Job le acontece una serie de desastres. Primero, pierde su ganado
y otros animales domésticos, a continuación mueren su esposa e hijos y, finalmente, es
privado de su propia salud. Hombre que hasta entonces poseía riquezas y posición social,
se vuelve objeto de lástima y un poco de desprecio entre sus vecinos. Con enfado, Job
pregunta por qué la vida lo ha tratado tan mal. ¿Dónde está la justicia cuando tanto mal
le ocurre a un hombre inocente? «Quisiera hablarle al Todopoderoso», exclama Job,
«deseo discutir mi caso con Dios».
En esta escena aparecen tres amigos de Job, bienintencionados pero bastante
insensibles. ¿Qué le dices a alguien que ha perdido su hogar, su sustento, su familia, que
está cubierto de pústulas y sentado en una pila de cenizas, rascando sus llagas con una
vasija rota? «Sé exactamente cómo te sientes» no parece del todo correcto.
Si bien nunca es fácil encontrar palabras que brinden consuelo a alguien que ha
sufrido una pérdida, pueden evitarse ciertos errores. Es probable que comentarios que
dan consejo («no te lo tomes tan mal»), que pasan por alto el dolor involucrado (en el
caso de una mascota, «sólo era un animal») o que imponen una alegría falsa a quien sufre
(«debe ser el deseo de Dios» o «es todo para mejor») no sean bien recibidos.
Desafortunadamente, los amigos de Job cometieron todos estos errores y más. Son de
muy poco consuelo para un hombre que necesita compasión más que críticas y que
necesita a alguien que lo apoye antes que a alguien que lo regañe.
Pero mientras los vecinos maltratan y malinterpretan a Job, él continúa quejándose
ante Dios: «¡Oh, si supiera dónde podría encontrarlo, si pudiera ir a su trono! Llevaría mi

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caso ante él y llenaría mi boca con argumentos». Job enumera sus quejas y reclamos de
que Dios dé cuenta o alguna explicación para su mundo, que desde el punto de vista
humano a menudo parece ser bastante mal administrado. ¡Y Job consigue su deseo!
Porque el Todopoderoso, el Hacedor del Paraíso en la Tierra, hace entonces una gran
aparición.
Dios le pide a Job que contemple las maravillas del mundo natural: las reservas
heladas de nieve y granizo, las fuentes escondidas del viento y la lluvia, los recorridos
saltarines de las nubes y las constelaciones en las alturas. Sobre todo, Dios invita a Job a
considerar a los asombrosos miembros del reino animal: la cabra montesa, el asno
silvestre y el avestruz que vaga libremente por su dominio, el buey y el semental con su
poderío, el cocodrilo y el hipopótamo tan feroces e indiferentes al peligro. «¿Es por tu
sabiduría que el halcón vuela alto y extiende sus alas hacia el sur?», desafió Dios a Job.
«¿Es bajo tus órdenes que el águila asciende y hace su nido en las alturas?».
Los últimos capítulos del libro de Job contienen algunos de los versos religiosos más
evocadores del mundo, que dejan anonadado al lector con imágenes de un mundo que es
silvestre y libre, vivo con la energía de la creación. Así es como se responde a Job, pero no
en el modo en el que él esperaba. No recibe una reparación por sus motivos de queja o
una respuesta lógica a sus argumentos. En cambio, es arrasado por una experiencia
espiritual. «De oídas sabía de ti», dice Job a Dios en el capítulo final del libro, «pero ahora
mis ojos te ven». No a través de una demostración racional, sino más bien por medio de
un cambio profundo de la percepción, Job recobra el valor de la poesía de la vida.
La curación puede estar tan cerca como el suelo bajo nuestros pies. Ésa, me parece a
mí, es una lección que hay que aprender del libro de Job. Nadie, por supuesto, puede
fabricarse una conciencia de lo sagrado. Pero como Job, podemos mirar hacia arriba,
hacia las Pléyades, Orión o la Osa Mayor con su hija, y quizá ganar así un destello del
infinito. Cuando nos paramos junto al mar, sentimos fuerzas vastas e inescrutables y
podemos sentir incluso nuestras propias dificultades reducidas por el contraste. Hay
estudios que han demostrado que cuando los pacientes en el hospital tienen una ventana
en su habitación desde donde pueden ver árboles y césped y pájaros, antes que asfalto y
ladrillos y cemento, mejoran antes. El mundo natural tiene propiedades de recuperación
que pueden reparar nuestros cuerpos, así como nuestros corazones y nuestras mentes.
Recordé esto cuando me reuní, hace ya algunos años, con un grupo de hombres y
mujeres que estaban formándose para cuidar de personas moribundas y desconsoladas
en el programa de nuestro centro local de cuidados paliativos. El tema central del día era
la espiritualidad y el instructor lo introdujo pidiéndonos a cada uno de nosotros que
respondiéramos a la pregunta: «¿Qué hace que tu espíritu se eleve?». Había alrededor de
veinte personas presentes: cuáqueros, católicos, judíos y algunas sin creencia religiosa

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particular alguna. Pero a pesar de la diversidad de los presentes en la sala, había una cosa
que todos teníamos en común. Todos encontrábamos renovación en la naturaleza.
Contemplando los dorados de un atardecer o haciendo una excursión por la montaña,
por encima de la línea de árboles donde las vistas se extienden kilómetros, algo profundo
se removía en todos nosotros. Algunos encontraban júbilo en otros lugares también, en
la música o en el silencio, en la escritura o en el oficio religioso. Pero sin excepción, nos
inspiraba y exaltaba el poder de la Tierra y del mar y del cielo. Tal como leemos en el
libro de Job:

Pregúntale ahora a las bestias y ellas te enseñarán:


Y a las aves del aire y ellas te enseñarán;
O háblale a la Tierra y ella te enseñará,
Y los peces de la Tierra se anunciarán ante ti;
¿Quién ignora que en todos ellos
es la mano de Dios la que lo ha forjado?
En cuya mano está el alma de todo ser viviente…

Todas las criaturas encarnan un principio divino y una de las razones por las que
apreciamos a nuestras mascotas es que nos recuerdan el milagro de la vida. Pero incluso
cuando se han ido, el mundo permanece imponente en su habilidad de enseñarnos y
transformarnos.
¿Ha perdido la vida su melodía? Tómate el tiempo de sentarte y escuchar la música de
un arroyo en el bosque. ¿Estás abatido? Presta atención a lo que la urraca le dice a la
montaña. Si estamos abiertos, los seres con los que compartimos nuestro planeta vivo
pueden proporcionar un bálsamo para nuestra aflicción. Quizá no respondan a la
pregunta «¿Por qué?», al menos no con palabras. Pero del mismo modo que las alas de
un águila, pueden hacernos volar por encima del desaliento.

Cálido sol de verano, brilla amablemente aquí;


Cálido viento del oeste, sopla suavemente aquí;
Con la tierra por encima, yace ligero, yace ligero–
Buenas noches, corazón querido, buenas noches,
buenas noches.

49
ROBERT RICHARDSON
(Adaptado por MARK TWAIN)

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Capítulo 9

Descansa en paz

En la vieja casa de reunión en Nueva Inglaterra en la que nuestra congregación celebra el


culto religioso todas las semanas, hay un pequeño jardín donde las cenizas de los
miembros fallecidos yacen en paz. No hay allí marcas visibles permanentes. Sólo los
recuerdos habitan el área. Tampoco hay urnas ni otros envases duraderos bajo la
superficie. Se permite que los restos regresen a la tierra. No me molesta la ausencia de
lápidas de mármol o monumentos de granito, porque, a diferencia de las piedras, las
cosas que hacen preciosa la vida, incluidos el amor y la compañía, son frágiles y
perecederas. Pero, como las plantas que adornan nuestro jardín, pueden florecer una y
otra vez.
La gente ha enterrado a sus muertos de esta manera desde tiempos inmemoriales.
Tales costumbres son, como mínimo, tan antiguas como la humanidad y quizá incluso
más viejas, ya que otras especies parecen haber tenido ritos análogos. Se sabe que los
elefantes cubren los cuerpos de sus compañeros caídos con tierra y pastos de una manera
muy similar a la que enterramos a nuestros amigos y miembros de la familia cuando
mueren. Se ha informado que los tejones hacen lo mismo por sus compañeros, dando
vueltas en círculos alrededor de la tumba, profiriendo gemidos y lloriqueos lastimeros.
Por la razón que sea –ofrecer dignidad al muerto o satisfacer alguna necesidad
primordial que nosotros sólo entendemos parcialmente–, los seres humanos
compartimos con los animales este impulso de devolver los restos físicos del fallecido a la
tierra de la que han venido.
Algunos de los enterramientos humanos más antiguos contienen restos de otras
criaturas. Uno de ellos, por ejemplo, tuvo lugar en el norte de Israel, donde los
arqueólogos descubrieron dos esqueletos que habían sido colocados uno al lado del otro:
un ser humano anciano y un cachorro de tan solo un par de meses de edad. El dúo había
sido enterrado junto aproximadamente doce mil años atrás. De una manera
enternecedora, la mano de la persona había sido colocada con cuidado para que
descansara sobre el hombro del perro, como si estuviera acariciándolo o protegiéndolo.
Uno se pregunta: ¿el animal fue matado deliberadamente o era éste un caso en el que el
perro o el amo había seguido al otro a la tumba? De cualquier modo, el gesto revelado
por la exhumación parecía expresar la conexión intemporal entre la persona y la

51
mascota, una relación que perdura más allá de la muerte.
De acuerdo con Valerie Porter, en su libro Faithful Companions, los cementerios para
perros eran bastante comunes entre los antiguos egipcios, quienes idealizaban a los
animales. Como recibían una protección especial por parte de la ley egipcia, los perros
eran designados, frecuentemente, guardianes de templos y, a menudo, embalsamados
después de muertos. El dios Anubis, que custodiaba la puerta del más allá y escoltaba a
las almas en su viaje final, era visualizado como una deidad con cabeza de perro o de
chacal, una asociación mítica que presumiblemente brindaba a sus primos más
mundanos, los perros, un atractivo añadido. Pero uno imagina que, incluso en una
cultura en la que los animales son venerados como entidades sobrenaturales, la gente
puede haber sentido un cariño realista, práctico, por sus mascotas. Cerca de la Gran
Pirámide de Keops, una losa de piedra lleva una inscripción del Faraón dirigida a su
perro, en la que se señala la atención personal que se les daba a estos animales:

El perro era guardián de Su Majestad. Abuwityuw era su nombre. Su Majestad dio


orden de que se lo enterrara con ceremonias, que se le diera un ataúd del tesoro
real, lino fino en gran cantidad e incienso.

Los gatos eran igualmente valorados, y después de su muerte se hacían grandes esfuerzos
para preservar los cuerpos por medio del proceso de momificación. Después de
embalsamarlos y colocarlos en un ataúd, se les enterraba, por lo general, en parcelas de
tierra a lo largo del Nilo, reservadas especialmente para ese propósito. Los miembros
humanos de la familia que perdían a sus mascotas tenían la costumbre de afeitarse las
cejas como signo de luto.
Los arqueólogos descubrieron recientemente en Oriente Medio otro cementerio para
perros, que data, previsiblemente, de 450 años a. C. Todos los animales del cementerio
parecían haber muerto de causas naturales; un par mostraban indicios de artritis. A
juzgar por los restos de los esqueletos, los perros eran de la raza de los galgos y cada uno
fue enterrado individualmente con sumo cuidado. Aparentemente eran perros de caza,
muy apreciados por la aristocracia. Es posible que las clases más modestas hubieran
honrado a sus propios animales con entierros similares, pero sin semejantes
monumentos tan perdurables.
Parece que la necesidad de encontrar un lugar de descanso adecuado para nuestro
animal de compañía es tan antigua como profundamente arraigada. Los entierros tienen
un aspecto práctico, y poner los cuerpos en la tierra los ubica de una manera permanente
e higiénica. Pero la práctica quizá surja de una intuición acerca de la naturaleza del
sufrimiento: la tierra debe revolverse y romperse antes de que una nueva vida pueda

52
echar raíces. En el mundo moderno de América y Europa, los cementerios especiales
para mascotas existen desde hace más de cien años.
Un entierro simple en el patio trasero puede ser adecuado para los animales pequeños.
Una chica que estaba especialmente disgustada por la muerte de su perro –se había
puesto histérica y se había desmayado al escuchar la noticia– informó que su novio la
había ayudado mucho, que había insistido en que ella misma cavara la tumba y pusiera el
cuerpo del perro en la tierra con sus propias manos. Después de llenar la tumba, colocó
una piedra con la inscripción «Aquí yace Love». Fue el acto físico de ocuparse del cuerpo
de su perro, un gesto devoto de despedida, lo que le permitió a ella sobrellevar las
dificilísimas circunstancias en que se encontraba.
El hecho de tratar uno mismo con el cuerpo puede reforzar la irrevocabilidad de la
muerte y hacer que la pérdida sea más tangible. Así y todo, algunos contratan los
servicios de un cementerio de animales comercial o buscan que su veterinario o una
sociedad humanitaria local los asista con la cremación. Las formas de resolverlo varían,
pero el impulso de celebrar la continuidad de la vida incluso ante la presencia de la
muerte, permanece igual. Al escribir acerca de la muerte de su gato en el New York
Times, la autora Mary Cantwell habla de su necesidad común de ritualizar nuestras
despedidas:

Esta primavera, cuando la tierra ya no esté congelada y la morgue de animales haga


entrega de la pequeña caja, llevaré las cenizas de Calypso al campo y las enterraré
bajo un ciruelo. Nuestro primer gato está sepultado allí, junto con el gatito de mi
hija mayor. Un gato de piedra está enredado entre sus ramas. Un adorno de jardín
que fue el regalo de un amigo que hace las veces de lápida. El entierro incluirá un
pequeño ritual –«Adiós, Calypso», quizá, y un brindis de despedida– y si parezco
tonta, no me importa. La ceremonia es una de las muletas que usamos para
caminar por la vida.

Pero la ceremonia es más que una muleta. Los rituales son los medios que utilizamos
para consagrar el tiempo. Marcan ciertos momentos como «trascendentales», más que
meramente pasajeros en su importancia y significación.
Sería un error asumir que tales ritos deben ser penosos o adustos. Se puede ser serio
sin ser sombrío. Un amigo mío, por ejemplo, montó una pequeña congregación de
animales de juguete para asistir al entierro de un periquito. Los epitafios también pueden
ser divertidos: «Ella nunca supo que era una gata». Tales adioses pueden parecer frívolos,
pero la risa y el llanto son primos hermanos. Y el propósito de un homenaje no es
detenerse en lo desagradable de la existencia sino conmemorar las cualidades que la

53
hacen alegre y emocionante.
Cuando se entierra a una mascota, el sepelio generalmente se lleva a cabo con mucha
menos pompa y circunstancia que en el caso de las sepulturas humanas. La mayoría de la
gente parece preferir una despedida informal y asumir un acercamiento idiosincrásico a
sus despedidas finales, pero los adioses no son menos genuinos por ello. En un artículo
titulado «Best Damm Dog We Ever Had», Richard Meyer y David Gradwolh contrastan
el San Francisco National Cementery, un cementerio militar, con el vecino Presidio Pet
Cementery, donde están enterrados los animales del personal del ejército. En uno,
señales blancas uniformes se alinean en una procesión ordenada pero estéril. En el otro,
las lápidas hechas en casa, en su alegre confusión, están decoradas con adornos florales
artesanales: plantas vivas y flores artificiales, globos de helio y cintas de colores,
desgastadas fotografías de perros y gatos junto a paquetes de «Hearty Chews». Las
inscripciones tienen una integridad doméstica, como la de Jane, una lagartija verde:

Ha vivido una vida de diez años plena. Ha sido la lagartija más grande que nunca
he conocido y la echarán enormemente de menos Emily, su dueña, y sus amigos
Randall, Poncho, Nellie, Mr. Iguana, Lucy Rabbit y todos los demás que la han
conocido y querido.

A diferencia de sus homólogos, estos monumentos son cualquier cosa menos sobrios.
Por contraste, parecen muy alegres. Pero aunque no hay saludos con disparos de armas,
féretros con banderas plegadas encima o medallas de bronce que señalen el fallecimiento,
de estos animales puede decirse con certeza que fueron enterrados con todos los honores.
Cuando finalmente llegue para mí el día en el que tenga que colocar las cenizas de mi
propio perro en la tierra, sé que querré cantar «Auld Lang Syne» y pasar un buen rato
mirando álbumes de fotos, donde las imágenes de mi perro siempre estarán junto al resto
de nuestras atesoradas instantáneas familiares. Sé que lloraré y que incluso quizá me ría
una o dos veces cuando recuerde el día en que se comió las cortinas, pero las imágenes
me recordarán que donde sea que yazcan los cuerpos –debajo de un ciruelo o de un
cerezo, bajo señales de granito o esparcidos al viento– nuestros animales pueden
descansar en paz. Sus recuerdos están seguros dentro de nuestros corazones.

Percibe a Dios en todas las cosas,


porque Dios está en todas las cosas.

54
Cada criatura está llena de Dios
y es un libro sobre Dios.
Toda criatura es una palabra de Dios.

MAESTRO ECKHART

55
Capítulo 10

Palabras sanadoras

He ofrecido muchos sermones en mis años de clérigo. Uno de los más difíciles y uno de
los más sanadores fue el que di para mi propio abuelo. Por el hecho de que nos sentíamos
tan cercanos el uno del otro, estaba abrumado por la emoción. Tuve que detenerme en
varios momentos durante su servicio conmemorativo antes de continuar hablando. Pero
si bien estaba al borde de las lágrimas, también sentía algo extrañamente parecido a la
euforia. Experimenté una profunda sensación de gratitud y alegría por la relación que
habíamos compartido. A partir de ese episodio, he aprendido cuán transformadoras
pueden ser las palabras que pronunciamos. Al darle voz al amor que tenemos dentro de
nosotros, le conferimos vida y le damos poder; un poder que es incluso más fuerte que la
muerte.
Por lo general aconsejo a aquellos que están sufriendo que utilicen el poder de las
palabras, que escriban una elegía para aquellos que aman. El término en sí mismo
significa «palabras buenas», porque una elegía intenta resumir las cualidades que han
hecho de otra persona alguien memorable y valioso para nosotros. En el caso de un
animal, la elegía puede tomar la forma de una carta, un poema o unas memorias que
reflejen los acontecimientos compartidos que han hecho de esa criatura un ser atractivo o
dotado de una personalidad especial.
Por supuesto, las palabras nunca son adecuadas para resumir la vida de otro. Un ser
tridimensional nunca puede ser reducido a la superficie bidimensional de una página
escrita. Pero en el acto de intentar articular lo que hace de un animal un ser adorable y
único, podemos descubrir sutilezas que antes permanecían sin mencionar o no lo
suficientemente apreciadas. He escrito docenas de elegías en mi carrera y siempre es una
tarea difícil, pero cuando logro capturar la esencia de alguien que ha muerto, es una de
las cosas más satisfactorias que hago en mi calidad de clérigo: un trabajo duro pero bien
recompensado. Sé que mis palabras han marcado una diferencia.
Someter las palabras de uno al papel tiene varias virtudes. Escribir requiere una
evocación activa, que revuelve la fuente de la memoria. Al mismo tiempo, crea un
recuerdo duradero para el futuro, lo cual, junto con las fotos, impresiones de huellas y
otros recordatorios sólo se harán más valiosos a medida que pasen los años. Leer las
palabras en voz alta tiene un propósito. Acentúa su impacto y hace funcionar los sentidos

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(dar forma a la sílaba en la lengua, escuchar cómo el timbre de la propia voz suena en el
oído) imprime su significado por encima de la conciencia.
Cada elegía tiene un comienzo, una parte central y un final, y en este sentido se
asemeja a la vida misma. El proceso de escritura nos obliga a concentrarnos en el
argumento principal y a buscar los detalles significativos. ¿Qué ha sido lo más destacado
de la vida que está conmemorándose? ¿Qué huellas dejó este animal en nuestras vidas?
Transformar la experiencia en una historia es una de las formas que tenemos para dar
sentido a nuestras vidas y darle sentido a la existencia. Y dar una conclusión a nuestras
historias puede ayudarnos también a poner un fin cuando nos enfrentamos a la muerte.
El manuscrito viviente que una vez fue un trabajo en proceso ha llegado a un final
definitivo. No sólo se ha terminado una vida, sino que una narración ha alcanzado su
desenlace.
Muchos escritores famosos han compuesto himnos a sus mascotas, incluido D. H.
Lawrence («Rex»), James Thurber («Snapshot of a Dog»), May Sarton (The Fur Person) y
E. B. White (cuyo obituario para su perro concluye «ella murió olisqueando la vida y
disfrutándola»). Pero uno no necesita ser un autor de grandes ventas o un maestro del
estilo para crear un in memoriam significativo.
Mi colega sacerdote, la reverenda Elizabeth Tarbox, escribió para su perro la siguiente
elegía, plena de meditación, que expresa tanto la tristeza como la atmósfera de reflexión
que puede devenir cuando muere un buen amigo. He admirado su trabajo durante
muchos años y he recortado este fragmento del boletín de su iglesia apenas lo he visto,
porque muestra cuán bien puede evocarse la vida en un par de palabras bien elegidas:

Natalie era un cobaya dorado y blanco, con labios gruesos y una panza exagerada.
Compartió su vida con nosotros, aceptó nuestro amor y cuidado, mordisqueaba
delicadamente la espinaca y los dientes de león y se derretía ante el mero perfume
de las fresas. Natalie apreciaba a su compañero, Frank, y nos permitió acariciar a
sus crías y nos perdonó cuando las regalamos.
Cuando Natalie enfermó, la llevamos al veterinario y nos dijeron que no se
recuperaría otra vez, así que tomamos la decisión que nosotros, animales humanos,
nos hemos adjudicado, y le pedimos al médico que la pusiera a dormir. Pero
Natalie no durmió. Se recostó en mi falda y suspiró y la vida que tan
generosamente había compartido con nosotros abandonó su cuerpecito redondo y
murió.
Y pensé, qué curioso que este animalito me conmueva tanto, que esa pequeña
vida cuya extensión completa está comprendida en cinco años, cause un debate en
mi conciencia acerca de los derechos de los seres humanos para hacerse cargo de

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los animales; qué extraño es que esta criatura peluda sin vida, con el cuerpo ahora
tan quieto, me haga llorar.
He personificado a un cobaya, le he brindado un lugar y dignidad en mi hogar.
De algún modo, con mi amor, la he elevado a algo más que una clase de roedor. Y
ella, a cambio, me ha dignificado aceptando mi cuidado. Ha traído belleza a
nuestro hogar y ha removido en mí emociones que estoy contenta de tener: amor y
el deseo de criar a alguien. Ella ha confiado en mí y de este modo me ha hecho
digna de confianza.

Es notable cómo una criatura tan diminuta puede elevar nuestros espíritus hacia las
inmensidades. Pero quizá sea cierto que cuanto más pequeño sea otro ser, o cuanto más
dependiente sea, mayores se vuelven nuestras responsabilidades correspondientes.
Porque son inocentes, los animales pueden ayudarnos a ser sensatos. Como son
despreocupados, nos permitirán volvernos más cuidadosos.
Como padre, sé que tener hijos es una de las cosas que me ha ayudado a volverme más
maduro; como dueño de una mascota, pienso que el cuidado de un animal es una de las
cosas que ha hecho que me volviera más humano. La reverenda Tarbox concluye su
homenaje a Natalie con la siguiente plegaria, que puede decirse para cualquier criatura
viviente:

Gran Dios, haznos amigos de los animales. Haznos habitantes comunes de este
fructífero planeta. En nuestro trato con los animales, podemos ser generosos;
podemos ejercitar nuestro poder con compasión y evitar la brutalidad; podemos no
degradarlos nunca; podemos no usar nunca su carne ni su piel con derroche para
realzar nuestra apariencia; podemos respetar su derecho a una buena vida en su
propio hábitat. En nuestro trato con los animales podemos recordar que toda vida
es misteriosa y preciosa y divina y que somos honrados y bendecidos por su
presencia entre nosotros.
¿Podemos decir amén? A través de palabras como éstas, afirmamos la santidad de la vida,
incluso en presencia de la muerte. Expresamos nuestra gratitud por el don de nuestro
tiempo en la Tierra. Como nos recuerda el escritor místico Maestro Eckhart, si la única
plegaria que hubiéramos dicho en la vida hubiera sido «Gracias», habría sido suficiente.
Las palabras son creativas. Pueden motivar, aleccionar, consagrar y reconciliar. No
sólo describen la realidad, también pueden cambiarla. Todos sabemos que las palabras
tienen la habilidad de herir. ¿Por qué no deberían también tener la capacidad de curar y
transformar nuestro mundo? Cuando se pronuncian con sinceridad, nuestras palabras
pueden acercarnos a un lugar de integridad y paz.

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El viejo Blue ha muerto y su muerte ha sido
tan fuerte
Que tembló la tierra de mi patio trasero.
He cavado su tumba con una pala de plata,
Lo he bajado con los eslabones de una cadena.
Con cada eslabón, pronunciaba su nombre:
Aquí, Blue, tú, buen perro, tú.
¡Aquí, Blue, yo también vengo!

CANCIÓN TRADICIONAL AMERICANA

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Capítulo 11

La pregunta eterna

Una criatura viva posee una presencia indefinible pero inequívoca que la distingue de
una muerta. El contraste es evidente, incluso antes de que el cuerpo haya tenido tiempo
de enfriarse. Robbie Kahn, una socióloga que da clases en la University of Vermont, me
dijo cómo descubrió personalmente qué diferencia puede ofrecer un simple aliento,
cuando compartía los últimos momentos de la vida de su perra Sarah. Robbie se sentó en
el suelo junto a su compañera. La perra llevó aire a sus pulmones silenciosamente, de un
modo ligeramente lloroso, y el intervalo entre cada exhalación se hizo más extenso.
Luego, el aliento final abandonó su cuerpo canino.
El cambio en la habitación fue instantáneo y casi palpable. Allí donde un latido antes
había dos seres presentes, ahora había uno solo. «Más tarde», evocaba Robbie,
«recordaba ese momento y me preguntaba, y todavía me pregunto, ¿dónde puede haber
ido tan súbitamente, cómo puede haberse ido tan de repente?». ¿El espíritu simplemente
se desvanece en el instante de la muerte o emprende el vuelo de algún modo? La gente ha
permanecido intrigada acerca de este misterio durante miles de años.
La pregunta de si los animales sobreviven a la muerte, como el interrogante acerca de
la inmortalidad humana, no tiene respuesta. Cuando Koko, una gorila de las llanuras que
había aprendido a conversar mediante el lenguaje de signos, se le hizo la pregunta,
«¿Dónde van los gorilas cuando mueren?», ella respondió a su entrenador con los gestos
«cómodo / pozo (el signo de un pozo en el suelo) / adiós (tocando los dedos con los labios
como si besara a una persona para decir adiós)». Su respuesta sugiere que otras especies
han dedicado algún pensamiento acerca de lo que puede haber más allá de este mundo y
hay humildad en la actitud de reconocer que las ideas de Koko acerca de lo que hay
después de la vida probablemente sean tan buenas como las tuyas o las mías.
Aún así, muchos de nosotros estaríamos de acuerdo en que el cielo –más allá de cómo
lo concibamos– sería un lugar mezquino sin los animales que nos mantienen
acompañados y proveen de tantos momentos luminosos nuestras vidas. Un paraíso con
un cartel de «No se permiten mascotas» sobre sus puertas sería un destino muy poco
atractivo.
Diversas tradiciones religiosas han hecho comentarios acerca de este problema. El
único escrito de la Biblia que directamente aborda la cuestión es el Eclesiastés, que

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expresa un ligero agnosticismo en este aspecto, así como en muchos otros enigmas de la
existencia:

El destino de los humanos y el destino de los animales es el mismo; cuando uno


muere, también muere el otro… ¿Quién sabe si el espíritu humano va hacia arriba
y el espíritu de los animales va hacia abajo de la Tierra?

Lo que le pasa a la gente y a otros seres vivos es una cuestión de fe, sobre la que la gente
puede diferir, de acuerdo con sus propias creencias. Mi propia simpatía está con la mujer
que, cuando le preguntaron si quería que la enterrasen o la cremaran después de su
fallecimiento, respondió, simplemente, «¡Sorpréndanme!».
Muchas tradiciones orientales sostienen elaboradas teorías de transmigración de las
almas desde el animal al ser humano y otra vez a la inversa. Los cuentos jataka, por
ejemplo, hablan de las encarnaciones anteriores de Buda en forma animal, como
antílope, mono, elefante, perro, pavo real y una miríada de otras criaturas. A través de
estas historias, los animales actúan como maestros y modelos de los personajes humanos,
así como en la fábula del venado desinteresado que le salva la vida al rey que una vez lo
había cazado. «Yo mismo era el venado», dice Buda a sus oyentes. En esta tradición, los
animales, tal como sus homólogos humanos, son capaces de iluminación y liberación.
El cristianismo en su corriente principal niega que otras especies compartan la
esperanza de una vida después de la muerte, pero hay algunas voces que discrepan. John
Wesley, el fundador del metodismo, estaba convencido de que vería a su caballo en el
cielo. El popular teólogo C. S. Lewis también se negó a excluir a otras criaturas de la
eternidad, ¡especulando de alguna manera un poco diabólica acerca de que la experiencia
del paraíso de un mosquito muy bien podía incluir el atormentar a humanos pecadores
en el infierno!
En el judaísmo, la redención se entiende, fundamentalmente, en términos
comunitarios más que como la supervivencia individual más allá de la tumba. Pero las
escrituras hebreas contienen numerosas indicaciones acerca de que la misericordia de
Dios se extiende a todos los seres vivientes. «Toda bestia de la selva es mía», dijo el Señor.
Y, una vez más, «Conozco a todas las aves de las montañas; y las bestias salvajes del
campo son mías». La visión mesiánica del shalom es un mundo devuelto a su unidad
original, donde el león y el cordero yacen juntos y un niño pequeño puede guiarlos.
A la luz de tanta diversidad de opinión, puede ser poco prudente ser dogmático.
Seguramente, la vida después de la muerte es un tópico sobre el que la gente de verdadera
fe y buena voluntad puede, razonablemente, no estar de acuerdo. Aún así, algunos están
convencidos de que los animales tienen un espíritu que sobrevive a la interrupción de la

61
vida corporal. Las historias de perros y gatos que se niegan a «renunciar al fantasma» son
legión.
En Memories, un excelente tributo a su spaniel Chris, el autor John Galsworthy relata
un incidente realmente inexplicable. Era el oscuro final de diciembre y la esposa del autor
estaba de un ánimo reflexivo, cuando se percató del cuerpo negro del perro que pasaba
por la habitación para colocarse en su viejo sitio de costumbre, bajo la mesa. Era una
aparición, ya que el animal había muerto algún tiempo antes. Ella vio claramente al
perro, oyó el ruido de sus patas al caminar y sus uñas al rascar contra el suelo, incluso
sintió su cálido roce en su falda cuando se movió sigilosamente frente a ella y presionó
brevemente con su peso contra el suyo. Entonces, algo rompió el hechizo –un sonido u
otra distracción que le llamó momentáneamente la atención– y mientras su conciencia
regresaba a la habitación, el perro desaparecía muy lentamente.
Tales experiencias pueden ser más comunes de lo que la gente cree. Un estudio del
sufrimiento indicó que una persona de cada seis entre aquellas que pierden un animal
pueden continuar escuchando al animal en la casa o sentir su presencia de otras maneras
después de su muerte. Los profesionales que se dedican a la orientación en el dolor son
muy conscientes de que en casos de pérdida humana, la gente a menudo experimenta
«apariciones» de sus seres queridos fallecidos. Lo mismo parece ser verdad cuando
muere una mascota.
Las explicaciones varían. Quizás el espíritu realmente sobrevive en una forma que
puede hacerse sentir y darse a conocer. O quizás, a la persona que padece se le hace tan
difícil creer que el animal realmente ha muerto, que la mente le hace trampas. Un perro
ladrando en la distancia puede sonar, sin lugar a dudas, como un amigo perdido; una
rama ruidosa desprendiéndose al costado de una casa puede confundirse con el arañar de
una mascota querida en la puerta. El subconsciente puede, después de todo, ser
extremadamente creativo. Alguna gente sueña con sus mascotas después de que hayan
muerto y a veces las imágenes pueden ser muy vívidas, así como tranquilizadoras. El
animal que recordamos viejo y enfermo puede aparecer una vez más como saludable y
vigoroso. Una parte de nuestra psique parece estar diciéndonos que no nos preocupemos
por la muerte o por lo que hay más allá de este mundo. Puede que haya sabiduría en tales
mensajes del subconsciente.
¿Cómo deberíamos considerar el paso de la vida a la muerte? ¿Cuánto nos atrevemos
a esperar? Las ideas de Galsworthy sobre este tema parecen tan sensatas que merecen una
cita. Al escribir sobre su perro Chris, reflexiona sobre la pregunta de si los animales
saben, tal como nosotros, que les llegará la hora.

Sí, lo saben, en momentos especiales. De ninguna otra manera puedo interpretar

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esas pausas al final de su vida, cuando, apoyado en sus patas delanteras, se sentaba
por largos minutos bastante inmóvil: la cabeza gacha, completamente retraído;
después volvía esos ojos que tenía y me miraba. Esa mirada decía, más
directamente de lo que podían las palabras: «¡Sí, sé que debo irme!». Si nosotros
tenemos espíritus que persisten, ellos tienen. Si nosotros sabemos de nuestra
partida, ellos saben. Nadie, pienso, que realmente eche de menos la verdad, puede
nunca con mucha palabrería decir cuál será para el perro y cuál para el hombre: la
persistencia o la extinción de nuestra conciencia. No hay sino una cosa segura: la
puerilidad de preocuparse por esa pregunta eterna.

Como la noche sigue al día, la vida y lo que sea que espera más allá se desarrollará tal y
como el universo ha decretado. «Sea lo que sea, debe estar bien», como concluye
Galsworthy, «la única cosa posible».

Dios hizo a todas las criaturas, y con ellas


nuestro amor y nuestro miedo,
para mandarnos una señal, nosotros y ellos somos
sus hijos, una familia aquí.
ROBERT BROWNING

63
Capítulo 12

continuum

La mortalidad se hace un hueco en nuestra conciencia en diferentes momentos de


nuestras vidas. A veces nos sacude como un golpe, en otras nos roza de costado con un
simple tacto. Me tocó el hombro hace ya varios años, alrededor de la época en la que mi
esposa y yo estábamos intentando tener niños.
A causa de una grave enfermedad de mi juventud, tenía que tomar diversas medicinas
diariamente. Estaba agradecido por estas drogas, que literalmente me salvaron la vida.
Pero fue irónico cuando los médicos me dijeron que nunca podría tener descendencia.
Las pruebas mostraban que como efecto colateral de la medicación, me había vuelto casi
completamente estéril.
La noticia creó en mí una crisis existencial. ¿Qué sentido tenía vivir, preguntaba, si un
día desapareceré de la Tierra y no habré dejado progenie? Cada rastro de mí
desaparecería. Cada mañana caminaba hasta un pequeño parque cerca de nuestra casa,
donde me sentaba y pensaba acerca de estos temas. Por lo general, mi perro, que por
entonces sólo era un cachorro, iba conmigo.
Cuando lo observaba correr y retozar, se me ocurrió que la vida es un continuum.
Cada parte está conectada. El perro jugueteando en el césped, las golondrinas
descendiendo en picado sobre el campo en busca de insectos, las moras madurando; cada
ser vivo es vital para el bienestar del todo. Mi propia vida terminaría algún día, me di
cuenta, pero lo importante era que la vida en sí misma continuaría. Lo que sea que fuera
esencial se preservaría.
Ahora mi perro es mayor, y yo también. Con once años, camina más lentamente a
causa de los tumores adiposos bajo sus articulaciones. También ha tenido que adaptarse
a los dos niños que se han sumado a nuestra casa, uno que es adoptado y uno que no.
Igualmente enamorado de mis dos niños, me pregunto por mi temprana obsesión de
perpetuar mi propia cadena personal de ADN. Tener una familia, entiendo ahora, tiene
más que ver con compartir amor que con compartir genes.
He descubierto que a veces los médicos se equivocan. Los milagros ocurren. Los
veterinarios también pueden equivocarse, como aquel que me dijo que no era probable
que mi perro sobreviviera al invierno pasado. Cuando dijo eso, no me hizo mucha gracia.
Sentí su predicción como un golpe en el plexo solar. Pero eso fue hace dos años y con la

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ayuda de dos aspirinas diarias, mi perro todavía tiene ánimo como para perseguir a una
ardilla o para ir a meterse al lago.
Pero los médicos y los veterinarios aciertan en sus pronósticos a largo plazo. Para
todos nosotros, humanos y demás, la vida es una condición cien por cien fatal. Cuando el
golpe finalmente caiga y Chinook muera, puede que yo me tambalee un poco.
Intelectualmente, sé que no debería durar mucho más, pero en el plano emocional,
probablemente, no esté preparado en absoluto, como la mayoría de las personas, para el
golpe de gracia. Por alguna razón, sin embargo, la muerte no me asusta tanto como lo
hizo alguna vez. También es parte del continuum.
Me acuerdo de un sueño que tuve una vez. En el sueño, estoy conduciendo en una
carretera solitaria. A ambos lados de la carretera hay una selva densa. De repente, un
ciervo surge del matorral y brinca hacia la carretera, donde permanece iluminado
momentáneamente bajo el brillo del sol. Cuando me pienso a mí mismo solo, ahora
descubro que soy considerado por Otro, intercambiando miradas que combinan
asombro y atención embelesada. Luego, tan rápidamente como apareció, el ciervo
desaparece, saltando hacia la sombra oscura de los bosques, al otro lado de la carretera.
Ese ciervo es seguido por otro, que también aparece y desaparece, y después otro, que
del mismo modo se materializa y se desvanece. Cada uno suscita, para mí, el mismo
deleite. El tiempo permanece quieto mientras los animales, uno por uno, saltan a la vista.
Parece que estoy rezando, no con mi voz sino con todo mi cuerpo, cuyas moléculas están
gritando «¡Sí!» y «¡Más!». Aunque se trata de individuos diferentes, todos los ciervos
contienen la misma esencia maravillosa, la cualidad de ser el Otro.
El significado del sueño se hizo evidente de repente para mí. Era acerca de la vida y la
muerte, del nacimiento y del renacimiento. La vida desaparece y reaparece bajo diversos
disfraces. Se revela a sí misma por un simple destello, sorprendente instante antes de
regresar a la impenetrable oscuridad de la que proviene. Pero a lo largo de muchas
manifestaciones, algo valioso perdura a partir de nuestro asombro y sobrecogimiento.
La misma corriente fluye en todos. Mi viejo perro, de patas endurecidas, no es el
mismo que el cachorro que corría y que aprendí a amar hace todos esos años, aunque a
mí no me parece menos hermoso. Mi hijo adoptado no es lo mismo que mi hija
biológica, aunque veo algo de mí mismo reflejado en ambos. En cada niño y en cada
criatura, hay una presencia que despierta lo más tierno y ardiente dentro de nosotros.
Siempre está allí, preparado para ser redescubierto, incluso cuando nos parece que lo
hemos perdido de vista. Correr más allá de nuestra visión, el objeto de nuestros sueños
surgirá otra vez a la vista, yendo y viniendo dentro del continuum de la vida.

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Próxima al encuentro de la muerte con nuestros cuerpos, la calamidad más penosa para
un hombre honesto es la muerte de un amigo. El consuelo de tener un amigo puede
alejarse, pero no el de haberlo tenido. ¿Un hombre enterraría su amistad con su amigo?

SÉNECA

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Capítulo 13

Hoy y mañana

El pasado no puede cambiarse y nunca puede ser recreado. Ayer es un cuento que ya ha
sido contado. Pero hoy y mañana todavía están ante nosotros, esperando a realizarse. Son
el marco dentro del que tenemos que vivir.
¿Qué podemos hacer cuando un animal de compañía muere? Mantenerse ocupado no
es una mala idea. Si buscas una salida para descargar tu energía, siempre hacen falta
voluntarios en organizaciones para el bienestar de los animales. Las donaciones que se
hacen en memoria de una mascota también son siempre bienvenidas. Pero no hay suma
de dinero que pueda traer de regreso a los muertos y ninguno de nuestros actos puede
alterar lo que ya ha ocurrido. La condición humana es trágica en este sentido: somos
seres efímeros, transitorios y no hay nada que podamos hacer al respecto. Si no nos
damos cuenta de eso, el impulso por «mantenernos ocupados» puede pasar de ser un
compromiso con un sentido a ser una actividad frenética. Asume una calidad compulsiva
y se transforma en una táctica para evitar nuestros propios sentimientos de pérdida y
fragilidad cuando lo que necesitamos es enfrentarnos con ellos directamente. No
podemos evitar la oscuridad ni encontrar una manera de rodearla. En cambio, debemos
atravesarla para alcanzar la luz.
Pero si las cosas que podemos hacer son limitadas, las cosas que podemos ser son
múltiples: pacientes, tolerantes, compasivos con nosotros mismos, sensibles a las
corrientes de compasión que nos rodean y con esperanza de que incluso en medio del
pesar, el futuro abrirá nuevas posibilidades para la vida. Dentro de cada uno de nosotros
hay un centro que es positivo más que negativo, expansivo antes que restrictivo.
Encontrar ese centro y aferrarse a él puede ayudarnos a vivir de una manera creativa
incluso cuando el mundo circundante parece caótico y confuso.
El sufrimiento lleva tiempo y el luto no se atiene a un calendario prescrito. Como no
pasará instantáneamente, la tristeza que sentimos por la pérdida de una mascota puede
disminuir de forma gradual, mientras que los recuerdos cálidos y divertidos permanecen
y se enriquecen en nuestras mentes. Recordamos buenos tiempos que hemos
compartido. Finalmente, podemos volver la vista atrás, con calma, hacia los años que han
pasado; nunca sin un matiz de pesar, pero con un sentimiento poderoso de gratitud por
una amistad maravillosa. Sabemos cuán bendecidos hemos sido por amar y ser amados,

67
incluso si sólo ha sido por un intervalo breve.
Pero si bien se requiere tiempo, el simple paso de las horas no es suficiente para
resolver una pena. También es importante hacer del tiempo nuestro aliado, trabajando
con él antes que contra él, ya que nos lleva hacia nuevos ciclos de vida. ¿Cómo podemos
cooperar con el tiempo, el gran sanador, y permitir que lleve a cabo su tarea?
Empezando por hoy y siguiendo mañana, podemos ocuparnos de nuestros cuerpos.
Podemos comer adecuadamente, hacer ejercicio con regularidad y dormir intervalos
normales. Podemos visitar a un médico cuando sea necesario. Podemos permitir que la
fuerza vital que reside en la carne, los músculos, los nervios y los huesos nos restituya la
vitalidad.
Empezando por hoy y siguiendo mañana, podemos abrazarnos a nuestros
sentimientos. Podemos pedir apoyo a la familia y a los amigos. Podemos practicar el
perdón con nosotros mismos y con otros. Podemos darnos cuenta de que en nuestra
lucha por enfrentar la pérdida no estamos solos.
Empezando por hoy y siguiendo mañana, podemos aceptar nuestra vida, única e
irrepetible. Podemos volvernos conscientes de las oportunidades de placer y
compañerismo que encierra cada día. Podemos liberarnos de miedos y fijaciones
indeseables. Podemos permitir que el pasado nos enriquezca y no que nos esclavice.
Empezando por hoy y siguiendo mañana, podemos prestar atención a la naturaleza.
Podemos sentir nuestra conexión con un mundo que es dinámico y vivo. Podemos
respirar profundamente y caminar erguidos. Podemos notar la belleza de las nubes y de
las hojas y de otras criaturas. Podemos hacernos amigos de la tierra, de la que nacemos y
a la que finalmente regresamos. Podemos abrir nuestros ojos a las maravillas que existen
por encima de nuestras cabezas y por debajo de nuestros pies.
Empezando por hoy y siguiendo mañana, podemos cultivar la introspección.
Podemos tomarnos tiempo para plegarias, meditaciones y reflexiones plenas de
contenido. Podemos practicar la calma. Podemos escribir y llevar un diario para llevar las
cosas sin palabras y sin articulación al reconocimiento consciente. Podemos permitirnos
convertirnos en canales para el espíritu universal. Podemos estar abiertos a la orientación
que brindan los sueños y las visiones interiores.
Empezando por hoy y siguiendo mañana, podemos invocar la presencia de lo sagrado.
Podemos practicar cultos religiosos en una iglesia, sinagoga, templo o mezquita o dentro
de las cámaras de nuestro ser. Podemos recibir las enseñanzas de las escrituras antiguas,
que hablan de lo Eterno dentro de un mundo de cambio, y podemos atenernos a la
verdad dentro de nosotros mismos. Podemos tener fe en que, a pesar de la muerte y la
despedida, todo está en manos de la bondad y de la misericordia.
Finalmente, podemos evitar hacer que la vida sea más complicada de lo que tiene que

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ser. No hace mucho, en un momento en que me sentía particularmente apesadumbrado,
compartí mi estado de ánimo con mi hija y le pregunté si tenía alguna buena cura para la
tristeza. «Si te sientes triste», sugirió con la simplicidad de una escolar, «¿por qué no
haces cosas que pienses que son divertidas?». Era un consejo sano, sentí, y te lo paso a ti.
La curación ocurrirá, si lo permitimos, quizá no este día ni el siguiente, sino con el
tiempo. Lo que hace falta es perseverar, quizás durante un solo día entero o, como un
miembro de mi congregación dice que le gusta planear por adelantado, dos días a la vez.
Si podemos arreglárnoslas para ser un poco mejores personas, más conscientes y en
contacto más estrecho con nuestro propio centro saludable –empezando por hoy y
siguiendo mañana– podemos confiar en que la vida llevará a cabo su curación mágica.

El viejo escandinavo de facciones duras habló de la muerte como de la Heimgang, la


vuelta al hogar. Así los copos de nieve vuelven al hogar cuando se derriten y fluyen hacia el
mar, y los helechos de las rocas, después de desplegar sus hojas hacia la luz y embellecer las
rocas, aparecen otra vez en otoño y se mezclan con la tierra. Miríadas de alegres criaturas
vivas, cada día, cada hora, quizá cada instante, se sumergen en los brazos de la muerte,
polvo al polvo, espíritu al espíritu…
JOHN MUIR

69
Capítulo 14

Un regalo final

Un miembro de mi iglesia me invitó a que llevara a mis niños a su granja esta primavera
para ver sus crías de cordero. Fuimos un domingo soleado por la tarde, cerca de finales
de marzo y, tras un breve trayecto conduciendo por caminos sin pavimentar, llegamos a
su hogar, con hermosas vistas de las colinas de los alrededores. En Vermont nunca estás
muy lejos del campo.
Había diecisiete corderos, y tres de las ovejas todavía estaban preñadas. Un carnero
peludo con grandes cuernos ensortijados estaba amarrado por seguridad en el patio,
observándonos con una mirada de propietario desde sus grandes ojos amarillos, mientras
entrábamos en el recinto de los animales. Ninguno de los corderos tenía más de tres
semanas de edad, pero todos eran exuberantes: trepándose a las pequeñas montañas de
heno que se habían colocado para alimentarlos, deslizándose o siendo empujados a un
lado por sus hermanos y hermanas, luego saltando una vez más contra la cima en un
aparente esfuerzo por desafiar las leyes de la gravedad. Sus saltos eran contagiosos e
hicieron que los niños brincaran. Aunque todavía había treinta centímetros de nieve en
el suelo y estábamos a punto de regresar al abrigo del interior, la temporada de
renacimiento había llegado con claridad.
Uno de los corderos se llamaba «Hope» [Esperanza]. La pequeña criatura había
nacido fuerte y saludable muy poco después de otra menos afortunada que había nacido
muerta. Aunque triste, tales desgracias son parte del paisaje para la gente del campo, que
entiende que la muerte es parte de la vida, así como la gestación, el crecimiento y el
envejecimiento. Es sólo en las sociedades modernas, tecnológicas, donde la muerte
aparece como un extraño aterrador, por ser tan desconocido en nuestro entorno
controlado y humanamente artificial.
Para muchos de nosotros, que vivimos en ciudades y barrios periféricos, una mascota
familiar puede ser nuestro nexo viviente más cercano a los ciclos de la naturaleza. Puede
que no tengamos más la posibilidad de ver partos en primavera; puede que tengamos que
forzar el oído para escuchar el coro de gansos volando hacia el sur en otoño, pero a través
de las criaturas con las que compartimos nuestros hogares podemos experimentar
todavía algo del asombro de vivir. Nuestros animales de compañía continúan siendo
parte de un orden natural donde comienzos y finales son tejidos inextricablemente en la

70
sola unidad de la creación.
Si estamos viendo a un gatito que abre los ojos por primera vez u observando el
último aliento que abandona lentamente el cuerpo de un viejo y leal perro, estamos
siendo testigos de dos lados del mismo evento maravilloso. Desde el infinito reino de la
posibilidad, una criatura que nunca se repetirá nace, mira brevemente al universo, pasa
su fuerza vital a las generaciones venideras, luego se reincorpora a la vastedad
indiferenciada de la que había emergido. Durante millones de años, éste ha sido el patrón
de vida tal como se perpetúa y se desarrolla.
Nacimiento y muerte: ¿puede alguien de nosotros inventar un modo más hermoso de
entrar en este mundo o concebir una ruta más natural para dejarlo al final? Los animales
enriquecen nuestra vida de incontables maneras, con sus ganas de jugar, su constancia y
su amor. Si pueden ayudarnos a recordar que la muerte no es nuestra enemiga sino
simplemente un momento más en el proceso sin fin del mundo, de ser, diluirse y
renovarse, nos habrán dado un regalo final.

71
El ritual de despedida de una familia

¡En recuerdo de Lady, cariñosa compañera, maestra sabia, y para siempre la perra más
juguetona de todas!
ERROL G. SOWERS

Cuando el veterinario nos dijo que a nuestra querida golden retriever le quedaban menos
de dos meses de vida, no nos sorprendió del todo. El tumor de su espalda había
desarrollado una rápida metástasis y aumentaba de tamaño a cada día que pasaba. Ese
estado, unido a una artritis severa en las patas traseras de Lady, no pronosticaba buenas
noticias. Aun con todo, su inminente muerte afligió nuestros corazones.
Las siguientes seis semanas estuvieron tan llenas de alegría como de tristeza. Lady, de
algún modo, también sabía que debía disfrutar de cada uno de aquellos días. Así, a pesar
de que sus molestias aumentaban, nos empujaba a jugar con ella su juego favorito:
traernos de vuelta las piedras que le lanzábamos. Y cada vez que jugábamos parecía
recobrar su vitalidad de juventud, aunque sólo fuera durante unos breves momentos.
Días después, el tumor estaba a punto de hacer erupción a través de la piel, y el
veterinario vino a nuestra casa con su maletín médico en la mano. Habíamos decidido
hacer de las últimas horas de Lady un momento en el que honrar su vida y acompañarla
durante su transición. Poco sabíamos que su don contribuiría a nuestra propia curación.
Aunque no planeamos un rito formal, mi esposa Meredith, mi hijo Mark, y nuestros
dos amigos íntimos Jeremy y Helena, se reunieron conmigo en una ladera soleada a
menos de quince metros de la tumba abierta que ya habíamos excavado. Juntos creamos
una ceremonia de recuerdo que incluyó estos cuatro elementos:
Honrar la existencia vivida: Nos sentamos en la tierra, y yo sostuve a Lady para que su
cabeza reposara suavemente en mi regazo. Por turnos, y mientras la acariciábamos,
fuimos rememorando en voz alta los acontecimientos que habíamos compartido con ella.
Dejando que las lágrimas recorrieran mis mejillas libremente, recordé los frecuentes
lametones que me daba en las manos con su hocico y las vueltas que daba sobre sí misma
entre breves ladridos cuando me pedía que jugáramos a su juego favorito, lanzar piedras
a lo lejos que corría a devolverme. Meredith recordó la orgullosa manera con la que Lady
defendía su territorio acompañada de ladridos constantes cada vez que un perro extraño
se atrevía a aventurarse dentro de nuestra propiedad. Incluso las historias sobre sus
ocasionales excavaciones en medio de los mazos de flores de nuestro jardín trajeron
recuerdos cariñosos.

72
Decir palabras tranquilizadoras: Sin duda alguna para nosotros, ella supo que su
tiempo en este mundo físico estaba llegando al final. Lady me miró detenidamente con
sus ojos de color marrón claro, como diciéndome: «Todo va a ir bien. Estoy lista. No
tengo miedo. Y gracias por estar conmigo ahora que vuelvo a casa». Buscando
tranquilizarla, nos dimos cuenta de que era ella quien nos estaba tranquilizando a
nosotros. Estar presente cuando el veterinario pone en práctica la eutanasia es un acto de
bondad, así como un bálsamo para disminuir el propio sufrimiento.
Liberar la unidad de la vida: Cuando Mark y yo trasladamos su cuerpo inerte y callado
y lo pusimos con ternura en la tierra, sentimos que una fuerza mansa invadía nuestros
espíritus, como si Dios estuviera más presente de lo habitual. La energía en el aire era
palpable, y en lo más profundo de nuestro interior sabíamos que todo estaba bien. En
aquellos breves momentos en los que devolvimos el cuerpo de un ser amado a la madre
Tierra, comprendimos lo realmente valiosa que es la vida, y al mismo tiempo supimos
que todos nosotros estamos inextricablemente conectados los unos a los otros y al
Creador.
Recordar con amor: Nuestros amigos animales son grandes maestros. Ellos participan
tranquilamente del flujo de la vida y sin duda aceptan la muerte con más coraje que la
mayoría de nosotros los humanos. Cuando nos reflejamos en esta experiencia de vida,
muerte, y −nosotros creemos, renacimiento− nos sentimos intensamente bendecidos y
llenos de un profundo sentido de comunidad. El espíritu de Lady estuvo presente de un
modo tangible. Era como si la oyéramos reír de nuevo, la forma liberada del cuerpo
consumido, y sentimos que a partir de entonces sería, para siempre, la perra juguetona
que una vez fue.

73
Bibliografía

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SEARL, EDMUND. In Memoriam: A Guide to Modern Funeral and Memorial Services.
Boston: Skinner House, 1993.
SERPELL, JAMES. In the Company of Animals: A Study of Human-Animal Relationships.
Nueva York: B. Blackwell, 1986.
TEMERLIN, MAURICE K. Lucy: Growing up Human. Palo Alto, Ca: Science and Behavior
Books, 1975.

75
OTROS TÍTULOS DE LA COLECCIÓN

76
La comunicación que satisface a ambos.

77
Podemos activar la molécula de la felicidad.

78
Descubre la fuerza del Eneagrama para conocerte a ti mismo y vivir mejor.

79
El tema central del debate político del siglo XXI.

80
Dos terapeutas dan voz a las víctimas del terrorismo.

81
Un análisis excepcionalmente lúcido que nos salva de una trampa cotidiana.

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El cerebro del niño explicado a los padres
Bilbao, Álvaro
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Cómo ayudar a tu hijo a desarrollar su potencial intelectual y emocional.


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inmediatamente. Ideas que están ordenadas fase a fase, paso a paso.

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Por qué algunas personas consiguen lo que se proponen y otras no.


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Imprescindible", Josepe García.

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Índice
Portadilla 2
Créditos 3
Agradecimientos 4
Contenido 6
Capítulo 1. Las mascotas no son intrascendentes 7
Capítulo 2. Consuelos de cuatro patas 12
Capítulo 3. Para todo hay una época 17
Capítulo 4. La amabilidad empieza por casa 22
Capítulo 5. Cuando cosas malas les ocurren a criaturas buenas 32
Capítulo 6. Una buena muerte 36
Capítulo 7. Bendice a las bestias y a los niños 41
Capítulo 8. Habla a la Tierra 47
Capítulo 9. Descansa en paz 51
Capítulo 10. Palabras sanadoras 56
Capítulo 11. La pregunta eterna 60
Capítulo 12. El continuum de la vida 64
Capítulo 13. Hoy y mañana 67
Capítulo 14. Un regalo final 70
El ritual de despedida de una familia 72
Bibliografía 74
Otros títulos de la colección 76
La asertividad 77
Pequeñas grandes cosas 78
Encantado de conocerme 79
La confianza 80
El dolor inconprendido 81
La manipulación 82

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Common questions

Con tecnología de IA

The literature advises acknowledging unique grief processes and seeking supportive company through the grieving period. As seen in narratives, creating rituals, such as memorable farewells, and being open to experiencing continued connection with the deceased pet, helps manage loss. Understanding that grief duration varies and engaging in reflective practices can facilitate emotional healing .

Communicating with pets before leaving, even if they do not understand all details, often calms them because they sense the intention and reassurance. This was illustrated when an owner explained his travel plans to his dog, which appeared more relaxed from the conversation's emotional cues, showing pets' sensitivity to human emotions .

People may sense the presence of deceased pets due to spiritual beliefs or psychological phenomena. Some narratives suggest a spiritual continuation, with pets' spirits manifesting to their owners, as described in John Galsworthy's account of a deceased dog. Alternatively, the mind might be playing tricks due to grief, with sounds or dreams evoking vivid memories of pets to alleviate distress and offer subconscious reassurance about life and death .

The presence of an animal can offer emotional consolation by providing nonverbal comfort and sensing emotional needs. Auden's poem about his dog Rolfi describes how the pet's silence offered more solace than words, illustrating the unique way animals can help ameliorate human sorrow through their comforting physical presence .

A 'good death' for pets involves recognizing the right time to let them go without unnecessary suffering, communicated with empathy and support. Having friends or loved ones present, as seen with Dawn's handling of her horse Hastings, and providing a calm and loving environment helps ensure the animal's departure is peaceful and dignified, reflecting acceptance and compassion .

Animals often provide unconditional affection and support, understanding when we are in distress even when words fail. Michael Ward shared an experience where his dog comforted his girlfriend during a difficult time, highlighting the innate therapeutic presence pets can have. This phenomenon is supported by instances like a comatose child responding only to his pet dog, indicating animals' intuitive connection and influence on human emotional states .

Subconscious messages, such as dreams of deceased pets as healthy and active, can be interpreted as the psyche's attempt to reconcile with loss. These visions embody hope and continuity, reassuring individuals that their pets are at peace, reflecting an inner wisdom that seeks to ease the fear of death and affirm the notion of a peaceful post-life existence .

Pets often continue to play a symbolic role posthumously, representing enduring emotional bonds and serving as symbolic reminders of love and continuity. Psychological studies indicate many people continue to feel or dream about their deceased pets, suggesting a mental landscape where pets remain part of the family narrative, symbolizing connection across mortality .

It is important to communicate with pets gently, explaining in simple terms the process they will undergo, which can help soothe them. While unsure of the extent of their understanding, the tone and emotional context can provide comfort. An example is Dawn's experience with her horse Hastings, where she surrounded him with supportive presence and provided a loving farewell, acknowledging his life with care and allowing a peaceful transition .

Animal-assisted recovery is significant in medical settings as it leverages animals' natural empathy to reach patients unresponsive to traditional interventions. For instance, a comatose boy emerged from unconsciousness upon interaction with his dog, underscoring the emotional and physical health benefits animals provide, complementing medical treatments with psychological support .

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