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El Rostro y El Perro

El documento describe la experiencia de una mujer que está cansada de su rostro y desea cambiarlo. Ella conoce a un hombre judío que dice poder cambiar fácilmente su rostro. El judío realiza el cambio y le da un nuevo rostro, pero ella se siente extraña con él. Ella busca al judío para recuperar su rostro original, pero él ya se ha ido. Un perro la sigue, recordándole su remordimiento por haber cambiado su rostro.

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El Rostro y El Perro

El documento describe la experiencia de una mujer que está cansada de su rostro y desea cambiarlo. Ella conoce a un hombre judío que dice poder cambiar fácilmente su rostro. El judío realiza el cambio y le da un nuevo rostro, pero ella se siente extraña con él. Ella busca al judío para recuperar su rostro original, pero él ya se ha ido. Un perro la sigue, recordándole su remordimiento por haber cambiado su rostro.

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El rostro y el perro

Estaba cansada de caminar, estaba cansada de todo; pero sobre


todo estaba cansada de mi rostro. El rostro que llevaba hacía ya
tanto tiempo, no podría decir desde cuándo, sin yo pedirlo: ahora
adherido perversamente a mi ser y a mi nombre como la uña a la
carne. Y cuan arbitrariamente. Porque yo no lo reconocía, no me
reconocía en él, en ese rostro triste y antiguo, que a veces se me
antojaba mucho más antiguo que yo; no me reconocía más en él,
precisamente ahora cuando todos estaban conformes en que no po-
día ser de otra. Yo llevaba o, mejor, sobrellevaba ese rostro con pe-
sar con miedo, con inquietud, y también con un poco de vergüenza.
Sí- yo sentía vergüenza de él, porque él no tenía la culpa de mi
hastío y de mi ingratitud, y yo no tenía ninguna otra cosa a la cual
culpar.
Estaba cansada de caminar, aunque me habría sido difícil decir
de dónde venía y adonde iba. La noche era tranquila, infinitamen-
te tranquila, porque una ciudad abandonada es más silenciosa que
un desierto. Tal vez la noche había sido de eclipse: por eso tenía el
cielo esa luz ahumada todavía. A esa luz, las cosas tenían extraña
vida. Vi una fachada que enseguida adiviné destinada a pantalla
de cine: tan blanca, tan tensa en espera de una materialización. Y
tras una reja negra y tosca, que podría haber sido una cárcel y
también un bosque de negros bambúes, un alto, espumoso surti-
dor. Lo atravesaba un rayo de luna, el único rayo de luna disponi-
ble esa noche, que de pronto supe hecho expresamente para él. Me
quedé a mirarlo. Era como el árbol de todos los rocíos. No. Era
como el espectro de un ciprés que buscara compensarse de su in-
movilidad y de su negrura. La fantasmal silueta ondulaba frotán-
dose contra el rayo de luna como una ninfomaníaca. De pronto el

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JOSEFINA PLÁ Cuentos para soñar

surtidor se desplomó, vertical como el vestido de un duende: desa-


pareció. El rayo de luna quedó desnudo: se estiró como una rampa
desde el canto roto de una nube hasta el suelo.
Seguí caminando, y cada vez mi tristeza era mayor, y mayor la
soledad. Me parecía que en la sombra podía oculteír mejor a mi ros-
tro, mi despego y mi hastío. El me disfrazaba, y era la causa amar-
ga de que se me desconociera; en la sombra, yo podía desconocerlo,
y eso me producía cierto maligno regocijo. Un regocijo sin embargo
que no podía durar: era como el del preso al cual la puerta de su
prisión le oculta de sus carceleros, pero que sabe que sólo perma-
necerá oculto a ellos mientras ellos quieran.
Me senté en el umbral de aquella casa cerrada y vacía. Y a poco
pasó él.
Tenía un vago parte hebraico. Luego comprendí que no podía
ser sino eso: un judío. Larga hopalanda, bonete, barba cenicienta,
nariz en seis. Al pasar junto a mí sin mirarme murmuró algo que
no entendí, pero que me dejó en el corazón indefinible angustia.
Desapareció. Enseguida empezaron a pasar perros: un perro, y
otro perro, y otro y otro: perros oscuros, mansos, idénticos, de col-
gantes orejas. Pegado lamentablemente el hocico al suelo, gemían
y se desvanecían en las esquinas. Comprendí que seguían a su
amo, quizá el hebreo, cuya pista habían perdido.
Y cuando aquella calleja se tornó de pronto plazuela y en ella
se irguió de pronto el desaparecido surtidor, frotándose contra
la quietud del rayo de luna como una ninfomaníaca, pasó el otro
hombre. Era alto, pálido, y su rostro ascético no tenía facciones
que durasen. Cuando uno de sus rostros iba a revelarse, yo ex-
perimentaba el temor de que fuese el que yo había esperado
siempre. Pero el rostro cambiaba de inmediato, como una más-
cara de cera expuesta al fuego: y mi inquietud se aplacaba un
momento.
Deteniéndose a mi lado me dijo:
—No hay problema. Se hace fácilmente.
Yo sabía que me hablaba de mi rostro, del rostro que me hastia-
ba y me disfrazaba a los ojos de aquellos que más me aseguraban
que era el mío.
—El tiene el secreto.
También ahora le entendí: se refería al hebreo, el hombre de los
perros. El desapareció de pronto, y yo tardé en resolverme a mirar

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OTROS CUENTOS

A rr,í noraue detrás de mí sólo había una puerta cerrada,


tras de "^^' P J ^ ^ " ^ ^ ^ vi tras el grueso vidrio de acuario al viejo.
? r h X f d e t h o p i a i r a . De l a s V - d e s de la pequeüa habita-
El hebreo de ^ f ^ P arrugados, inmóviles rostros de ojos cerra-
ción ff^^'^^^nZcil^yn un sueño hecho de paciencia, como si
^""'•^r'ZZTi^Tm corazón se puso a palpitar con fuerza.

El escucho m ^^^ ^^^^sa a la vez amable, triste y


' T T N O h S m o s palabra. Yo sentía que iba a cometer una
f ' " Í i b a a h e T p o r la espalda a alguien que me amaba - d e
" ¿ e m p r e n d í que me a m a b a - , lo iba a vender vergonzosa-

""^^Íando todo estuvo terminado, todo era espejo, y desde el fondo


A 1 r r ^ o me miró el otro rostro. Mis ojos mismos me miraban
f i r aauerrostro desconocido y frío. Eran como dos inquilinos so-
S s r i a ^ a d o s , que se despiertan a medianoche y se asoman
a las ventanas de un edificio nuevo mfamihar.
Yo no había dicho nada, pero el hebreo me respondió.
- L o s c^os son los mismos. Porque los ojos es preciso que vean

' " l : ¿ S S á eISro? - p r e g u n t é con angustia-. ¿Qué hizo de

^^'El viejo hebreo rió silenciosamente. En su risa había piedad.


Siempre se hace lo mismo—dijo.
^ la p L a el surtidor seguía ondulando Pero ahora ya no me
oarecía frotarse contra el rayo de luna con frenesí de ninfomania-
ca X r a se me aparecía como si en él alguien se debatiera prisio-
nero en una red de húmedas, blanquecinas aranas
Por todas partes cristales azogados por la noche me brindaban
mi rostro nuevo. Era como si él disimuladamente pero a toda costa
T P buscase Pero invencible timidez me impedía intimar con e . Yo
T p o d í a hacerle confidencias a un recién llegado. El rostro antiguo
me seguía doliendo como duele el miembro ausente al mutilado.
T í vo había estado hastiada de ese rostro, pero con cuanta triste-
za lo recordaba. Este rostro nuevo no sabía nada de mi vida ante-
rior nada de la angustia de aquel surtidor previsible. Quién sabe
si querría conformarse con ellas. Si aceptaría como suyas mi sole-
dad y mi orgullo, mi dolor y esa preciosa inquietud irredenta cuyo
secreto acaso habría yo perdido con el rostro antiguo. Me sentía
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JOSEFINA PLÁ Cuentos para soñar

humillada porque él habría de saberlo todo al fin, y yo no sabría


nunca nada de él: él sería siempre misterio, y yo no podría ocultar-
le nada. Cómo ocultar nada al que duerme contigo, contagiado mi-
nuto a minuto de la sabiduría de tus pupilas, empapándose de tus
ojos mientras duermes?
—¡Devolvédmelo!... ¡Devolvédmelo!...
Me sorprendí llorando blanda, fácilmente. Busqué mis lágrimas en
el espejo, y con horror vi que a pesar de deshacerme en llanto, mi ros-
tro permanecía impasible. El horror desconocido llenaba mi corazón,
eníriándolo. En el fondo de sus cuevas los ojos Eigazapaban su herida
de dolor y soledad; pero las facciones seguían inmóviles, ignaras.
Un perro se me acercó. Un perro oscuro, humilde. Uno de los
perros del judío. Me rozó la mano. Me miró. Y entonces comprendí
que debía ver una vez mas al judío. Corrí, corrí, porque sabía que
el tiempo apremiaba. Las calles cambiaban a mi paso de fisono-
mía, como el hombre alto y pálido. Todo parecía disolverse en una
ceniza vieja y fría. Pero di con la casa. Allí estaba el hebreo. De las
paredes habían desaparecido los arrugados, inmóviles rostros, casi
vivos sin embargo en su paciencia dolorosa. El hebreo se mudaba.
Conmigo había terminado su misión por mucho tiempo.
El sabía qué iba yo a buscar.
—Ese es el secreto —me dijo sencillamente.— Por eso son fideli-
dad y paciencia.
¿Cómo no lo había adivinado yo antes en los rostros colgados?...
Era preciso me llevase mi perro.
—¿Dónde está?...
El judío se encogió de hombros.
—Ni yo mismo lo sé. Pero ellos os reconocen siempre. El te se-
guirá.
Ya no estaba allí el hebreo, ni la casa. Sólo la plaza de ceniza,
abierta al horizonte inacabablemente solitario. El rayo de luna es-
taba más desnudo que nunca. El canto roto de la nube tenía un
brillo cómplice, como si alguien se escondiese tras la denteladura.
De la penumbra de la base de la fuente un perro vino hacia mí, os-
cvu*o y humilde. Me siguió. Supe que me seguiría siempre, porque
perro es otro nombre de remordimiento.

Alcor, n° 10,
Asunción, junio de 1960
9A9

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