Vampiros
Vampiros
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AA. VV.
Vampiros
El ojo sin párpado - 46
ePub r1.2
Titivillus 06.02.2020
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AA. VV., 1797
Traducción: Juan Antonio Molina Fox & Miguel Sáenz & Francisco Torres Oliver & Luis Alberto de
Cuenca
Editor digital: Titivillus
Corrección de erratas: JuanMaiden
ePub base r2.1
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Bela
Lugosi en Drácula (1931), de Tod Browning
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A Joan Perucho,
él sabe por qué.
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PEQUEÑAS CONSIDERACIONES
VAMPIROLÓGICAS
NADIE puede negar la poderosa atracción que ejercen los vampiros sobre la
imaginación humana: sus ojos hipnóticos que exploran la noche, su boca entreabierta
y cortante sedienta de sangre… Todos hemos visto alguna vez su imagen y la
reconocemos, aunque sólo haya sido por la televisión a través de alguna grotesca y
deliciosa caricatura. No importa. Por muy al fondo que quede, su fuerza permanece
pese a todo, porque sigue representando todo aquello que la razón rechaza y la moral
condena, aquello que, consciente o inconscientemente, entra dentro de «lo
prohibido», y debe olvidarse. De ahí su poder fascinador —mezcla de horror y
atracción— y su energía transgresora capaz de sintetizar nuestro miedo más ancestral
a la muerte y de remover a la vez nuestros más oscuros deseos: la sangre.
¿De dónde provienen los vampiros? Los testimonios más antiguos hay que
buscarlos en los primitivos demonios femeninos. En la tradición hebraica tenemos a
Lilith, de origen asirio-babilónico: figura alada, de cabellos largos y revueltos, cuyo
cuerpo desnudo a veces acaba en forma de serpiente; libidinosa con los hombres,
suele arrancar los recién nacidos a las madres para beber su sangre, comer su carne y
sorber la médula de sus huesos.
Encontramos monstruos semejantes en la tradición griega: las estriges, hijas de
las harpías, espantosas pajarracas ávidas de sangre humana, con ojos inmensos, pico
curvo, garras retorcidas y cuerpo cubierto de plumas blancas; la lamia, insomne en su
acecho y ávida de carne humana; o las empusas, malignas seductoras, de las que
Filóstrato nos refiere que «acostumbraban a comer cuerpos hermosos y jóvenes
porque la sangre de éstos es pura». Existen noticias de vampirismo en casi todas las
latitudes y culturas: Babilonia, India, China, Japón, Indonesia…
No vamos a detenernos en ellas porque, aunque el origen del vampiro se
encuentre en las antiguas demonologías de Oriente y Occidente, poco tiene que ver lo
que hoy reconocemos por vampiro con todas estas zoologías infernales. Nuestro
vampiro, por así decirlo, no es ningún demonio de morfología animal; no tiene garras
sino uñas largas, no tiene alas (máxime una capa) y su cara es del todo humana,
demasiado humana quizá. Lo primero que haremos es acercarnos a él y conocer más
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de cerca sus rasgos, y para ello lo mejor es comenzar contemplando su imagen
preliteraria; aquella que emerge directamente de las tradiciones y supersticiones
populares eslavas y que Montague Summers ha recogido en su obra The Vampire: His
Kith and Kin: «Por lo general se describe al vampiro como extremadamente flaco y
encorvado, de horrible rostro y ojos en los que reluce el fuego rojo de la perdición.
Cuando ha saciado su apetito de cálida sangre humana, su cuerpo parece
horriblemente hinchado y harto, como si fuese una enorme y gorda sanguijuela a
punto de reventar. Frío como el hielo, o febril y ardiente como una brasa encendida,
la piel tiene la palidez de la muerte, pero los labios están abultados, inflados y rojos;
los dientes blancos y brillantes, y los colmillos que hinca profundamente en el cuello
de sus víctimas para chuparles el flujo vital que reanima su cuerpo y vigoriza todas
sus fuerzas aparecen sensiblemente afilados y puntiagudos».
No es común toparse con una imagen tan asquerosa y degenerada del vampiro,
pero este primer impacto es suficiente para saber rápidamente frente a quién nos
encontramos. Acostumbrados como estamos a las descripciones poetizadas de la
literatura, olvidamos fácilmente su verdadero carácter, que proviene cruda y
directamente de las supersticiones. Ornella Volta presenta una imagen aún más
primordial en su célebre libro Il vampiro (1962). Según esta autora, los vampiros
difieren de acuerdo con las regiones, pero todos ellos tienen ciertas características
comunes:
¿Son éstos los abuelos de Drácula? Sin duda que sí. Bram Stoker sigue las dos
tradiciones, la literaria y la del folklore. De un lado, atribuye a su personaje todos los
rasgos aristocráticos que provienen del byroniano lord Ruthven de John William
Polidori; de otro, conocía a fondo las tradiciones rumano-húngaras, de ahí que bajo el
aura romántica de los castillos decrépitos y las estirpes malditas brillen también los
mismos rasgos de las supersticiones rurales de las que habla Ornella Volta.
Según Stoker, Drácula «tenía el rostro fuertemente aguileño (…) la frente alta y
abombada, y el pelo ralo en las sienes, aunque abundante en el resto de la cabeza. Sus
cejas, muy espesas, casi se juntaban en el ceño y estaban formadas por un pelo tupido
que parecía curvarse por su misma profusión. La boca (…) era firme y algo cruel, con
unos dientes singularmente afilados y blancos; le salían por encima del labio, cuyo
notable color rojo denotaba una vitalidad asombrosa en un hombre de sus años. Por lo
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demás sus orejas eran pálidas y extremadamente puntiagudas en la parte superior. La
impresión general que producía era de una extraordinaria palidez».
Un detalle que se pasa por alto es el de sus manos. En un principio a Jonathan
Harker le habían parecido blancas y finas, pero al verlas más de cerca no pudo por
menos de «observar que eran ordinarias, anchas, con unos dedos cuadrados. Cosa
extraña: tenía vello en las palmas. Sus uñas eran largas, finas y puntiagudas».
El aura trágica y el aspecto siniestro de Drácula no son precisamente atractivos.
Según Stoker, el roce de sus manos produce estremecimiento, su aliento es fétido y
puede «invadirnos una espantosa sensación de náusea», lo cual no hace más que
recordarnos la imagen arquetípica del folklore.
II
LA EPIDEMIA
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Todo lo que tenemos que hacer es seguir las tradiciones y las supersticiones…
porque estas dos cosas —la tradición y la superstición— lo son todo.
Drácula, BRAM STOKER
EN el siglo XVIII el vampiro aún no es una figura literaria propiamente dicha, sino
algo que produce mayor inquietud. Las circunstancias que motivan su nacimiento en
la escena europea están marcadas por la superstición; precisamente en la época del
risueño escepticismo racionalista, el vampiro representa más que nada la metáfora de
la epidemia, de la peste.
El mismo Voltaire, que denunciaba la superstición como el peor azote de la
especie humana, no podía evitar que el temor histérico hacia los casos que se
proclamaban en los países de Europa oriental llegara hasta las tertulias de París. Se
hablaba de una nueva epidemia desconocida hasta entonces en la que, por diversas
razones, cree temer o teme creer gran parte de la sociedad europea.
«En este siglo», escribe Dom Agustín Calmet en su célebre Tratado sobre los
vampiros, París 1746, «desde hace alrededor de unos sesenta años, una nueva escena
se ofrece a nuestra vida en Hungría, Moravia, Silesia, Polonia: se ven, dicen, a
hombres muertos desde hace varios meses, que vuelven, hablan, marchan, infestan
los pueblos, maltratan a los hombres y los animales, chupan la sangre de sus
prójimos, los enferman, y, en fin, les causan la muerte; de suerte que no se pueden
librar de sus peligrosas visitas y de sus infestaciones, más que exhumándolos,
empalándolos, cortándoles la cabeza, arrancándoles el corazón o quemándolos. Se da
a estos revinientes el nombre de upiros o vampiros, es decir, sanguijuelas, y se
cuentan de ellos particularidades tan singulares, tan detalladas y revestidas de
circunstancias tan probables, y de informaciones tan jurídicas, que uno no puede casi
rehusarse a la creencia que tienen en esos países, de que los revinientes parecen
realmente salir de sus tumbas y producir los efectos que se les atribuyen».
Estas «epidemias» ocurrieron principalmente en Istria (1672), en el este de Prusia
(1710 y 1721), Hungría (1725-1730), en la Serbia austríaca (1725-1732), otra vez en
Prusia (1750), Silesia (1755), Valaquia (1756) y en Rusia (1772). Según se desprende
de todos estos informes, todos los casos tienen nombres propios y su investigación ha
sido encargada por distintos estados a hombres de su confianza. El ejemplo que llegó
a ser más conocido ocurrió, según se testifica, en Medvegia, cerca de Belgrado. La
histeria colectiva se apoderó de todo el pueblo hasta alcanzar tal magnitud que el
gobierno austríaco, cuyo ejército en aquel tiempo había ocupado la mayor parte de
Serbia, se vio obligado a intervenir. En diciembre de 1731 una orden firmada por el
Emperador abre una investigación sobre los casos de vampirismo. El oficial
encargado de llevarla a cabo es médico y se llama Johannes Fluckinger. Éste
interroga con escrúpulo a los vecinos de la localidad y en particular a una compañía
de bandidos serbios mercenarios llamados heyduks. La declaración de éstos es
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unánime. Todos afirman lo mismo: «… cinco años antes un heyduk de la zona,
llamado Arnold Paole, se rompió el cuello, cayéndose desde un carro de heno. El
citado Paole había referido a varias personas que años antes había sido mordido por
un vampiro en Crossowa, en la Serbia turca (…) Por eso mismo comió tierra tomada
de la tumba de un vampiro, y bañó sus heridas con la sangre del vampiro (como era la
costumbre) para “limpiarse” de su maldita influencia. En cualquier caso, veinte o
treinta días después de su muerte, varias personas se quejaron de que el citado Arnold
Paole había vuelto para atormentarlos, y que había causado las muertes de otras
cuatro. Para poner fin a este peligro, su heyduk sugirió desenterrar al vampiro: lo que
fue debidamente hecho cuarenta días después de su muerte, y fue encontrado en
perfecto estado de conservación. Su carne no se había descompuesto, sus ojos estaban
llenos de sangre fresca que también brotaba de su nariz y oídos y manchaba su
camisa y su sudario. Las uñas de sus manos y de sus pies se habían caído, como su
piel, y otras habían crecido en su lugar, por lo que se concluyó que se trataba de un
verdadero vampiro. Así, de acuerdo con la costumbre de aquellas regiones, le
atravesaron el corazón con una estaca. Pero, mientras esto estaba sucediendo, dio un
gran grito y una enorme cantidad de sangre brotó de su cuerpo. El cuerpo fue
quemado el mismo día y las cenizas esparcidas en la tumba. Pero la gente de aquel
lugar clamaba que todos aquellos que habían sido víctimas del vampiro se
convertirían en vampiros al morir. Es por eso por lo que se decidió ejecutar a los
cuatro cadáveres ya mencionados de la misma manera». A continuación se relatan los
casos de diecisiete personas que habían comido carne de algún animal infectado por
el mordisco fatídico y habían muerto sin enfermedad previa; también varias mujeres
murieron a causa de mordeduras en el cuello, lo mismo que un niño de ocho años, y
se les encontró en sus tumbas después de meses en estado vampírico.
Como era predecible, este detallado informe causó sensación en su época, y el
mismo año de su publicación, en 1732, aparecería en Leipzig una versión barata de la
historia de Arnold Paole que fue un bestseller. La historia también tuvo su eco en
Inglaterra y varios periódicos publicaron diferentes traducciones, adaptaciones y
artículos al respecto. Según Horace Walpole, el rey Jorge II de Inglaterra no tenía
duda de la existencia de los vampiros, y hasta Luis XV de Francia se tomó el interés
personal de ser informado al respecto.
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Agustín Calmet, al que el padre Feijoo dedica una de sus cartas eruditas. Las razones
que se dan al fenómeno Paole son de diversa índole: argumentos teológicos que
atribuyen el prodigio a «la obra de Satán»; explicaciones «científicas» que aclaran la
incorruptibilidad de los cuerpos relacionándola en unos casos con ciertas condiciones
del suelo que retardarían la corrupción, o en otros con la catalepsia, plagas de
gérmenes desconocidos, o sencillamente como simples efectos de la superstición
popular. En algún momento el debate envuelve a las figuras más preclaras de la
Ilustración como el marqués de Argens, Diderot, Voltaire o Rousseau.
Voltaire, en el suplemento de su Diccionario filosófico exclama: «¿Qué, vampiros
en nuestro siglo XVIII? Sí… en Polonia, Hungría, Silesia, Morada, Austria o Lorena.
No se ha hablado de vampiros en Londres, ni siquiera en París. Admito que en estas
dos ciudades han existido especuladores, recaudadores de impuestos y hombres de
negocios que chupan la sangre del pueblo a plena luz del día, pero no estaban
muertos (aunque estuvieran lo suficientemente corruptos). Estos auténticos
chupadores no vivían en cementerios: preferían lugares hermosos…», y concluye:
«Los reyes no son, hablando con propiedad, vampiros. Los verdaderos vampiros son
los eclesiásticos, que comen a expensas de ambos, del rey y del pueblo».
A Rousseau, que no pensaba de forma muy diferente a Voltaire, no le interesaba
tanto como a éste zanjar el asunto con el extendido argumento de la superstición;
sobre todo le importaba la cuestión de por qué el vampiro representaba un miedo
popular tan arraigado, y para él concernía a los filósofos «buscar las causas que
pueden producir hechos tan poco acordes con la naturaleza». Como Calmet, aunque
por muy diferentes razones, mantenía una opinión imparcial frente a los testimonios
de las epidemias. En su carta a Christophe de Beaumont, Arzobispo de París, escribe:
«Si alguna vez ha existido en el mundo una historia garantizada y demostrada, es la
de los vampiros. No falta nada: informes oficiales, testimonios de personas dignas de
crédito, médicos, sacerdotes, jueces; existe toda clase de pruebas». «Aunque, a pesar
de ello, enséñame un sólo hombre de sentido», precisa en su libro cuarto de Émile,
«que crea en vampiros o que se digne tomarse el trabajo de averiguar la falsedad de
los hechos».
A Rousseau no le interesaban tanto las pruebas o las refutaciones sobre
vampirología como el sentido mismo de la superstición; su preocupación era mostrar
las sutilezas eruditas de las que se servía la religión —como en el caso del tratado de
Calmet— para ayudar a mantener la sumisión popular a los agentes del Dios
Omnipotente.
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magnetismo y ocultismo dieciochescos. Calmet tenía razón al afirmar en su prefacio
que cada siglo, cada país «tiene sus prevenciones, sus enfermedades, sus modas, sus
inclinaciones que los caracterizan y que pasan y se suceden las unas a las otras», y
que, además, «lo que ha parecido admirable en un tiempo, se convierte en lamentable
y ridículo en otro».
Igualmente podemos decir nosotros que los testimonios y controversias del XVIII
sobre vampirismo, a nuestros ojos de hoy, no son más que pintorescas curiosidades
del pasado; pero aunque lo parezcan, no son del todo inocentes ya que nos desvelan
los claroscuros del llamado Siglo de las Luces, ese siglo admirable, donde se
encuentran en estado puro todas las ideas seminales de la modernidad, pero que
también es, entre otras cosas, como dice Tony Faivre, la edad de oro del vampiro: la
época de las plagas y de sus candentes discusiones intelectuales.
Cuando se vuelve la vista a ellas, lo más curioso es comprobar el hecho de que las
epidemias de vampiros coinciden a menudo con épocas de plagas. Durante los años
de epidemias, hombres, mujeres y niños morían en el campo como corderos podridos,
dejando un hedor a corrupción insoportable. En medio de ese apocalíptico panorama
se habla de vampiros, se comentan casos, se recomienda la costumbre de emplear ajo
como protección… el vampiro ya es una metáfora de la peste, y no sólo una metáfora,
sino la supersticiosa causa de su origen.
Hay también otro factor psicológico que no conviene olvidar, pues es esencial
tenerlo en cuenta para entender toda la carga simbólica, tanto del vampiro del folklore
como del de la literatura. Me refiero al fondo cristiano que da forma y significado a la
creencia.
«Aquel que come mi carne y bebe mi sangre, tendrá la vida eterna», dice Cristo.
Como una grotesca imitación de su doctrina, el vampiro hace la misma promesa, sólo
que dice No a Dios; y en su rebelión suprema invierte los mundos y pervierte todas
las esperanzas. En lugar de la promesa cristiana del cielo, un mundo ideal yermo de
voluptuosidades, el vampiro promete, aunque en condiciones lúgubres, una excitante
vida eterna; condenada, pero donde se sacian los viejos sueños humanos de conservar
la carne incorruptible.
La rebelión del vampiro es la Rebelión de Satanás, con toda su carga de pecado y
su energía desbordante. De ahí que prendiera tan fácilmente en la superstición
popular, sobre todo en momentos históricos particularmente exacerbados, y también
es comprensible que viniera, años más tarde, como anillo al dedo a todos los sueños
satánicos de la poesía maldita.
III
LA BELLEZA TURBIA
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Es extraño que el verdadero y propio origen de la crueldad sea la
voluptuosidad.
Fragmentos de psicología, NOVALIS
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decía, «sentir que existimos, incluso a través del dolor». Para Byron vivir sin
pasiones era simplemente vegetar; pero en sus pasiones siempre hay algo de tortura
moral y de euforia en la fatalidad que le lleva en sus relaciones amorosas a buscar
una perversa voluptuosidad en destruir y ser destruido; como si se tratara de un actor,
Byron asume el papel del amante fatal para consumar el amor maldito.
Al margen de todo este artificio maléfico con que le gustaba rodearse, la crueldad
de Byron con sus amantes se haría famosa en Europa. Esta mala fama, en parte
propagada vengativamente por su ex amante lady Caroline Lamb, ayudaría en gran
medida a extender la moda del vampirismo que, a pesar de no quererlo, se
identificaba con él. Lo cual no es extraño del todo, pues el papel que le gustaba
representar tenía muchos elementos en común con el vampiro. Por un lado, estaba
poseído, como decía Goethe, por esa «atracción demoníaca que ejerce gran influencia
sobre los demás al margen de la razón»; por otro, según Flaubert: «No creía en nada
sino en todos los vicios, y en un Dios vivo que existe solamente para hacer posible el
placer del mal». Bajo estas premisas tan cercanas al vampirismo, no resulta nada raro
que Byron inspirara el primer cuento de vampiros, y que fuera no su obra sino su
desafiante personalidad la que indirectamente infundiera vida a este nuevo modelo
literario.
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A pesar de lo pálido de su relato, Polidori —un joven de veinticuatro años que
morirá a los veintiséis de sobredosis de drogas— pone en movimiento con su pérfido
lord Ruthven el prototipo de lo que será el vampiro de la literatura inglesa: el
distinguido y canalla aristócrata, aparentemente frío, enigmáticamente perverso y
terriblemente fascinador para las mujeres. Sea Varney, sea Drácula o cualquier otro
vampiro del cine, el personaje es el mismo con mayor o menor fortuna.
Si en la primera parte del siglo XIX el amante fatal de las novelas es normalmente
un hombre (configurado por el aura byroniana), en la segunda mitad del siglo la
mujer irá cada vez teniendo mayor presencia como fuerza simbólica en la
imaginación masculina de aquella época. Aunque en la primera parte del
romanticismo hay bastantes mujeres fatales en la literatura (Matilde de Lewis,
Salambó de Flaubert, Carmen de Merimée, etc.) todavía no se ha llegado a crear el
tipo de mujer fatal como existe el prototipo del héroe byroniano. Es verdad que ya
han aparecido Lamia de Keats y las vampiras de Goethe, Tieck y Hoffmann pero el
arquetipo no está aún conformado. Habrá que esperar a que aparezca la fascinación
por la bella difunta, sobre todo Ligeia y la cortesana Clarimonda; habrá que aguardar
a los cantos baudelerianos para que se vayan configurando todas las características de
la dama fatal. Un arquetipo turbio que reúne en sí todas las seducciones, vicios y
voluptuosidades pero contaminadas por la presencia inequívoca de la muerte que, al
fin y al cabo, es donde desembocan todas las pasiones despertadas por el vampiro.
«Vivo en tu cálida vida», dice la vampira Carmilla a su joven víctima, «y tú
morirás… morirás, dulcemente morirás… en la mía. No puedo evitarlo. Así como yo
me acerco a ti, a su vez, tú te acercarás a otros, y conocerás el éxtasis de esa crueldad,
que, sin embargo, es una forma de amor».
En otro momento replica: «Me juzgarás cruel y muy egoísta, mas el amor es
siempre egoísta; cuanto más apasionado, más egoísta. No puedes imaginar lo celosa
que estoy. Tienes que venir conmigo, y amarme hasta la muerte. O bien ódiame, pero
ven conmigo, odiándome hasta la muerte y aun después. No existe la palabra
indiferencia en mi naturaleza apática».
El círculo del amor maldito juega con todos los malentendidos entre el placer y el
dolor, entre el amor y la crueldad; es el juego fatal entre la víctima y su verdugo. Un
juego de seducción peligroso, lleno de extrañas y tumultuosas sensaciones para la
víctima: «Era como el ardor de un enamorado; me turbaba; era algo odioso y, no
obstante, irresistible».
Hacia finales de siglo esta figura de atracción y repulsión se convertirá en un
tema obsesivo para los decadentes. A través de la cualidad diabólica de la mujer estos
poetas podrán representar libremente sus miedos íntimos al sexo, a la mujer y a la
muerte; pero sobre todo convertirán sus pesadillas interiores en una rara poesía
tenebrosa pocas veces tocada, cuyos ejemplos más interesantes son la ya mencionada
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Carmilla de Sheridan le Fanu y la tragedia Chastelard, de Algernon Charles
Swinburne, el más raro de los poetas ingleses de su tiempo, donde María Estuardo, al
margen de toda realidad histórica, encarna la mujer fatal por excelencia y, como
puede esperarse, todas las proyecciones de la tortuosa voluptuosidad de Swinburne.
Al margen de todo comentario, que excedería los límites de este prólogo, estos
cuatro arquetipos son suficientes para darnos cuenta de lo complejo y coherente que
es este modelo literario, cruce de mitos, tabúes, supersticiones y alegorías, un
mosaico de piezas extrañas que hay que investigar y descubrir para comprender su
sentido unitario. Según Leonard Wolf, lo que emerge de las historias y poemas de
vampiros del siglo XIX es el sentido de que en diversas partes de Europa varios
escritores están componiendo un mosaico cuyas diferentes piezas les hacen
comprender en diversos grados lo que están haciendo mientras exploran las variadas
manifestaciones de la leyenda.
Una leyenda que siempre se nos escapa porque jamás agota sus posibilidades de
sugerencia.
IV
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lector encontrará poesías, cuentos, una novela corta e incluso un fragmento, pero esa
diversidad aparente no impide descubrir bajo las diferentes piezas del conjunto dos
signos inequívocamente unitarios: se trata de una antología de vampiros del siglo XIX,
bien entendido que no partimos de un orden estrictamente cronológico y
comprendemos que el siglo no empieza y termina en sus cifras convencionales a la
hora de describir un tema literario. De los cuatro troncos temáticos de Frayling,
hemos escogido tres de ellos, excluyendo a los vampiros psíquicos, para reunir sólo
vampiros de sangre, porque esencialmente la sangre es el símbolo de su oscura
sexualidad y la mayor fuerza poética del mito. Sin el componente de la mordedura el
vampiro pierde toda su trágica voluptuosidad para convertirse en pura alegoría
psíquica, y el lector estará de acuerdo en que el vampiro mítico ha de morder y sorber
y que su búsqueda nihilista de vida sólo cobra sentido y plasticidad mediante el
tenebroso ritual de la chupadura.
En cuanto a la selección de autores no nos ha movido ninguna pretensión especial
de buscar rarezas novedosas (que las hay) sino establecer los perfiles literarios más
clásicos del mito. Los cuentos aquí reunidos representan lo más característico del
género. Dos omisiones hemos lamentado: La muerta enamorada de Gautier
(publicado en el número 1 de esta colección) y la exclusión de Chastelard debido a
sus 219 páginas.
JACOBO SIRUELA
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BIBLIOGRAFÍA ESENCIAL
Dom Agustín Calmet, Tratado sobre los vampiros. Traducción de Lorenzo Martín
del Burgo, Mondadori, Madrid 1991.
Italo Calvino, Cuentos fantásticos del XIX (volumen I), Traducciones varias.
Siruela, Madrid 1987.
Tony Faivre, Les vampires. Eric Lostfeld, París 1962.
Filóstrato, Vida de Apolonio de Tiana. Traducción de Alberto Bernabé Pajares.
Gredos, Madrid 1979.
Christopher Frayling, Vampires. Lord Byron to Count Dracula. Faber and Faber,
Londres 1991.
Bernhardt J. Flurwood, Pasaporte para lo sobrenatural. Traducción de Rafael
Mazarrasa Martín-Artajo, Alianza, Madrid 1974.
Harry Ludlam, A Biography of Dracula. Walker & Co., Nueva York 1962.
Mario Praz, La carne, la muerte y el Diablo en la literatura romántica.
Traducción de Jorge Cruz, Monte Ávila, Caracas, 1969.
Thomas Preskett Prest, Varney the Vampire or the Feast of Blood. Arno &
McGrath, Nueva York 1971.
Bram Stoker, Drácula. Traducción de Francisco Torres Oliver. Bruguera,
Barcelona 1981.
Montague Summers, The Vampire: His Kith and Kin. University Books, Nueva
York 1960.
—The Vampire in Europe. University Books, Nueva York 1968.
Ornella Volta, The Vampire. Traducción de Raymond Rudorff. Tándem Books,
Londres 1965.
Leonard Wolf, A Dream of Dracula. Spring Books, Nueva York 1978.
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Johann Wolfgang Goethe
LA NOVIA DE CORINTO(1797)
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reproducía un relato de Flegon de Tralles, un esclavo griego liberto del siglo II
escritor de una obra titulada De Rebus Mirabilis. En el poema, la vampiresa es una
cristiana conversa y su amante un pagano. Él no sabe que su prometida ha muerto, y
«la pasión con fuerza los estrecha»; la muerta se ha levantado de su tumba para
buscar a su amado y «beber la sangre de su sien». Así surge la primera narración
europea sobre vampiros. Goethe acaba de dar forma literaria a una nueva obsesión
que recorrerá todo el siglo siguiente; una época literaria donde el sexo, la muerte y el
Mal ocuparán ostensiblemente el centro en las obras de la imaginación.
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“Wat a
vampire!”
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Einen Bürger hofft’ er sich gewogen:
Beide Väter waren gastverwandt,
Haten frühe schon
Töchterchen und Sohn
Braut und Bräutigam voraus genannt.
Aber wird er auch willkommen scheinen,
Wenn er teuer nicht die Gunst erkauft?
Er ist noch ein Heide mit den Semen,
Und sie sind schon Christen und getauft.
Keimt ein Glaube neu,
Wird oft Lieb und Treu
Wie ein böses Unkraut ausgerautt.
Und schon lag das ganze Haus im Stillen,
Vater, Töchter, nur die Mutter wacht;
Sie empfängt den Gast mit bestem Willen,
Gleich ins Prunkgemach wird er gebracht.
Wein und Essen prangt
Eh er es verlangt:
So versorgend wünscht sie gute Nacht.
Aber bei dem wohlbestellten Essen
Wird die Lust der Speise nicht erregt:
Müdigkeit läßt Speis und Trank vergessen,
Daß er angekleidet sich aufs Bette legt;
Und er schlummert fast,
Ais ein seltner Gast
Sich zur offnen Tür hereinbewegt.
Denn er sieht, bei seiner Lampe Schimmer
Tritt, mit weißem Schleier und Gewand,
Sittsam still ein Mädchen in das Zimmer,
Um die Stirn ein schwarz- und goldnes Band.
Wie sie ihn erblickt,
Hebt sie, die erschrickt,
Mit Erstaunen eine weiße Hand.
Bin ich, rief sie aus, so fremd im Hause,
Daß ich von dem Gaste nichts vernahm?
Ach, so hält man mich in meiner Klause!
Und nun überfällt mich hier die Scham.
Ruhe nur so fort
Auf dem Lager dort,
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Und ich gehe schnell, so wie ich kam.
Bleibe, schönes Mädchen! ruft der Knabe,
Rafft von seinem Lager sich geschwind:
Hier ist Ceres’, hier ist Bacchus’ Gabe;
Und du bringst den Amor, liebes Kind!
Bist vor Schrecken blaß!
Liebe, komm und laß,
Laß uns sehn wie froh die Götter sind.
Ferne bleib, o Jüngling! bleibe stehen;
Ich gehöre nicht den Freuden an.
Schon der letzte Schritt ist, ach! geschehen,
Durch der guten Mutter kranken Wahn,
Die genesend schwur:
Jugend und Natur
Sei dem Himmel künftig untertan.
Und der alten Götter bunt Gewimmel
Hat sogleich das stille Haus geleert.
Unsichtbar wird Einer nur im Himmel,
Und ein Heiland wird am Kreuz verehrt;
Opfer fallen hier,
Weder Lamm noch Stier,
Aber Menschenopfer unerhört.
Und er fragt und wäget alle Worte,
Deren keines seinem Geist entgeht.
Ist es möglich, daß am stillen Orte
Die geliebte Braut hier vor mir steht?
Sei die Meine nur!
Unsrer Väter Schwur
Hat vom Himmel Segen uns erfleht.
Mich erhältst du nicht, du gute Seele!
Meiner zweiten Schwester gönnt man dich.
Wenn ich mich in stiller Klause quäle,
Ach! in ihren Armen denk an mich,
Die an dich nur denkt,
Die sich liebend kränkt;
In die Erde bald verbirgt sie sich.
Nein! bei dieser Flamme sei’s geschworen,
Gütig zeigt sie Hymen uns voraus;
Bist der Freude nicht und mir verloren,
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Kommst mit mir in meines Vaters Haus.
Liebchen, bleibe hier!
Feire gleich mit mir
Unerwartet unsern Hochzeitsschmaus.
Und schon wechseln sie der Treue Zeichen;
Golden reicht sie ihm die Kette dar,
Und er will ihr eine Schale reichen,
Silbern, künstlich, wie nicht eine war.
Die ist nicht für mich;
Doch, ich bitte dich,
Eine Focke gib von deinem Haar.
Eben schlug die dumpfe Geisterstunde,
Und nun schien es ihr erst wohl zu sein.
Gierig schlürfte sie mit blassem Munde
Nun den dunkel blutgefärbten Wein;
Doch vom Weizenbrot,
Das er freundlich bot,
Nahm sie nicht den kleinsten Bissen ein.
Und dem Jüngling reichte sie die Schale,
Der, wie sie, nun hastig lüstern trank.
Liebe fordert er beim stillen Mahle;
Ach, sein armes Herz war liebekrank.
Doch sie widersteht,
Wie er immer fleht,
Bis er weinend auf das Bette sank.
Und sie kommt und wirft sich zu ihm nieder:
Ach, wie ungern seh ich dich gequält!
Aber, ach! berührst du meine Glieder,
Fühlst du schaudernd, was ich dir verhehlt.
Wie der Schnee so weiß,
Aber kalt wie Eis
Ist das Liebchen, das du dir erwählt.
Heftig faßt er sie mit starken Armen,
Von der Liebe Jugendkraft durchmannt:
Hoffe doch bei mir noch zu erwarmen,
Wärst du selbst mir aus dem Grab gesandt!
Wechselhauch und Kuß!
Liebesüberfluß!
Brennst du nicht und fühlest mich entbrannt?
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Liebe schließet fester sie zusammen,
Tränen mischen sich in ihre Lust;
Gierig saugt sie seines Mundes Flammen,
Eins ist nur im andern sich bewußt.
Seine Liebeswut
Wármt ihr starres Blut,
Doch es schlägt kein Herz in ihrer Brust.
Unterdessen schleichet auf dem Gange
Häuslich spät die Mutter noch vorbei,
Horchet an der Tür und horchet lange,
Welch ein sonderbarer Ton es sei:
Klag- und Wonnelaut
Bräutigams und Braut,
Und des Liebestammelns Raserei.
Umbeweglich bleibt sie an der Türe,
Weil sie erst sich überzeugen muß,
Und sie hört die höchsten Liebesschwüre,
Lieb- und Schmeichelworte mit Verdruß:
Still! der Hahn erwacht! —
Aber morgen nacht
Bist du wieder da? —und Kuß auf Kuß.
Länger hält die Mutter nicht das Zürnen,
Öffnet das bekannte Schloß geschwind: —
Gibt es hier im Hause solche Dirnen,
Die dem Fremden gleich zu Willen sind? —
So zur Tür hinein.
Bei der Lampe Schein
Sieht sie —Gott! sie sieht ihr eigen Kind.
Und der Jüngling will im ersten Schrecken
Mit des Mädchens eignem Schleierflor,
Mit dem Teppich die Geliebte decken;
Doch sie windet gleich sich selbst hervor.
Wie mit Geists Gewalt
Hebet die Gestalt
Lang und langsam sich im Bett empor.
Mutter! Mutter! spricht sie hohle Worte:
So mißgönnt ihr mir die schöne Nacht!
Ihr vertreibt mich von dem warmen Orte.
Bin ich zur Verzweiflung nur erwacht?
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Ists euch nicht genug,
Daß ins Leichentuch,
Daß ihr früh mich in das Grab gebracht?
Aber aus der schwerbedeckten Enge
Treibet mich ein eigenes Gericht.
Eurer Priester summende Gesänge
Und ihr Segen haben kein Gewicht;
Salz und Wasser fühlt;
Nicht, wo Jugend fühlt;
Ach! die Erde kühlt die Liebe nicht.
Dieser Jüngling war mir erst versprochen,
Als noch Venus’ heitrer Tempel stand.
Mutter, habt ihr doch das Wort gebrochen,
Weil ein fremd, ein falsch Gelübd euch band!
Doch kein Gott erhört,
Wenn die Mutter schwört,
Zu versagen ihrer Tochter Hand.
Aus dem Grabe werd ich ausgetrieben,
Noch zu suchen das vermißte Gut,
Noch den schon verlornen Mann zu lieben
Und zu saugen seines Herzens Blut.
Ists um den geschehn,
Muß nach andern gehn,
Und das junge Volk erliegt der Wut.
Schöner Jüngling! kannst nicht länger leben;
Du versiechest nun an diesem Ort.
Meine Kette hab ich dir gegeben;
Deine Locke nehm ich mit mir fort.
Sieh sie an genau!
Morgen bist du grau,
Und nur braun erscheinst du wieder dort.
Höre, Mutter, nun die letzte Bitte:
Einen Scheiterhaufen schichte du;
Öffne meine bange kleine Hütte,
Bring in Flammen Liebende zur Ruh!
Wenn der Funke sprüht,
Wenn die Asche glüht,
Eilen wir den alten Göttern zu.
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LA NOVIA DE CORINTO[1]
A Corinto, de Atenas venido,
Llegó un joven, que nadie acogió.
Fuese a ver a un burgués bien nacido
Al que antaño su padre ayudó:
Mucho tiempo atrás,
Por siempre jamás,
Casarlo con su hija se acordó.
Mas ¿será ahora bien recibido
Quien no puede favores prestar?
Son paganos joven y apellido
Y ellos se han hecho ya bautizar.
Con la nueva fe,
La amistad que fue
Cual cizaña se quiere extirpar.
Ya se hallaba en silencio la casa,
Sólo en vela a la madre encontró.
Como un hijo la puerta traspasa,
Pues como a hijo se le recibió.
Vino tinto y pan
Muy pronto le dan.
Buenas noches se le deseó.
Pero aquel banquete generoso
Su hambre no consigue despertar,
El cansancio lo invita al reposo
Y él deja abandonado el yantar.
Y se duerme ya
Pero alguien, quizá,
Por la puerta se dispone a entrar.
Porque ve, a la luz resplandeciente,
Entre velos, una aparición:
Cinta negra y oro hay en la frente
De la joven de su habitación.
Cuando ella lo ve,
Detiene su pie,
Llévase la mano al corazón.
—¿Soy acaso —exclama— tan ajena
Que de un huésped no he sabido hoy?
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¡Ah, muy grande debe ser mi pena!
Y ahora, abochornada, ya me voy.
Reposa tú pues,
Ahí donde estés,
Que yo vuelvo al claustro donde estoy.
—¡Tente, hermosa joven! —dice el mozo
Y álzase del lecho en frenesí—.
Baco y Ceres me han dado su gozo
Y ahora es el Amor quien viene a mí.
Muy pálida estás:
Conmigo verás
Que los dioses te han traído aquí.
—No te acerques, joven, sigue echado:
No se hizo la dicha para mí.
Ha ocurrido ya lo inesperado,
Pues mi madre lo ha jurado así.
Por lograr salud,
Hoy mi juventud
Pertenece al cielo desde aquí.
Y es que aquel tropel de viejos dioses
La casa en seguida abandonó.
Un Dios han dejado en sus adioses
Y una cruz, en que ese Dios murió.
Pero nada acá
Los recuerda ya:
¡Matar buey u oveja se acabó!
Y él se atreve a preguntarle todo
Lo que pasa en su imaginación:
—¿Es posible que así, de este modo,
Haya hecho mi novia aparición?
Oh, sé mía ya,
Pues que tanto da
Y contamos con su bendición.
—No podrás tenerme, alma sincera,
Mi segunda hermana sí tendrás.
Si yo vuelvo al claustro, lastimera,
En sus brazos desfallecerás.
Piensa en mí, amor,
Que todo es dolor
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Y pronto enterrada me verás.
—¡No! Por esta llama te lo juro
Que a Himeneo nos anuncia ya;
De tu dicha puedo estar seguro,
Pues mi padre nos acogerá.
¡Quédate, amor!
Será encantador
Celebrar nuestro banquete acá.
E intercambian entre sí presentes:
Ella áurea cadena le va a dar
Y él le da, con manos impacientes,
Copa argéntea, única y sin par.
—No la quiero, no.
—Te lo ruego yo.
—Pues un rizo tuyo me has de dar.
De fantasmas da el reloj la hora
Y ella entonces se siente mejor.
El vino que sus labios colora
De sangre tiene rojo el color.
Mas del pan candeal Que él le ofrece leal,
Ni un pedazo prueba con temor.
Ella brinda al joven con su copa
Y él, como ella, bebe hasta apurar.
Por amor su corazón galopa
Pues Amor lo vino a visitar.
Ella se echa atrás:
Todo es por demás,
Y él regresa al lecho a sollozar.
Ella entonces se hinca de rodillas:
—¡Cómo me entristece tu dolor!
Mas si tocas mis carnes sencillas
Sentirás de su frío el horror.
Como nieve son
Y sin emoción,
He de confesarlo con candor.
Él la toma entonces en sus brazos
Dando rienda suelta a su pasión:
—¡Abrasarte deben mis abrazos
Aun siendo el sepulcro tu mansión!
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Tu aliento y tu voz
Con ritmo veloz
¡Causan en mi pecho una explosión!
La pasión con fuerza los estrecha,
Lágrimas se mezclan al placer.
De el ardor de él ella aprovecha,
Cada uno cree languidecer.
Fuego abrasador
a ella da color,
Mas no logra su alma estremecer.
Entre tanto aún la madre vela
Aunque es tarde y hora es de dormir,
A la puerta escucha con cautela
Los sonidos que se hacen sentir.
Quejas y risas,
Voces sumisas
Que apenas se pueden describir,
Permanece inmóvil en la puerta
Y por fin se ha de convencer:
No hay duda de que está despierta
Y son voces, voces de mujer.
—¡Gallos cantan ya!
—Mañana quizá…
—Mañana sin falta he de volver.
No pudo la madre contenerse,
Quita de la puerta el pasador:
—¿Quién es la ramera en atreverse,
Dándose a un extraño sin rubor?
¡Fuera! —digo yo.
Más de pronto vio
Que era de su hija el impudor.
Quiere el joven, en su sobresalto,
Cubrir a la joven con su chal,
Ocultarla con su manto en alto,
Mas ella lo hace ya, virginal.
Y se alza allá:
Por el aire va
Movida por fuerza espiritual.
—¡Madre, madre! —dice la doncella—.
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¿Qué hice yo para esto merecer?
¿Me arrebatas a esta noche bella
En que empiezo ahora a ser mujer?
¿Es que no os bastó
Que, cuando murió,
Mi cuerpo en la tumba fue a yacer?
»Pero del sepulcro mal cerrado
Un impulso ya me liberó.
Con preces mortuorias el prelado
En la tumba no me aprisionó.
Una bendición
Es una canción
Que nunca al Amor encadenó.
»Este joven me fue prometido
Cuando Venus tenía su altar.
La palabra cayó en el olvido
Como falsa promesa al azar.
Pero nunca un dios
Separará a dos,
Aunque pueda una madre llorar.
»De la tumba yo me he levantado
A buscar mi prometido bien,
Para hallar al hombre por mí amado
Y beber la sangre de su sien.
Cuando ocurra así,
Yo me iré de aquí
A buscar a otros hombres también.
»Bello joven, no vivirás mucho
Porque hoy mismo ya perecerás.
Mi cadena no es por lo que lucho…
Es el rizo oscuro que me das.
¡Míralo ahora bien!
Porque ese rehén
Será lo que quede de ti atrás.
»Oye, madre, mi último deseo:
Una gran hoguera has de encender.
Abre mi pequeño mausoleo
Y a los que aman déjalos arder.
Cuando el fuego ya
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Nos consuma acá,
Volará a los dioses nuestro ser.
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Atribuido a Johann Ludwig Tieck
SE dice que Johann Ludwig Tieck (1773-1853) poseía una de las mejores
bibliotecas de los estados alemanes. Enfermo crónico desde casi los treinta años, su
enfermedad le condenó a un encierro tenaz, cuya única distracción sería la lectura de
los cientos de volúmenes que poseía sobre los temas más diversos. Sólo un lector
empedernido, consagrado a los estudios teológicos, literarios, históricos y lingüísticos
como él, puede poseer tal variedad estilística y temática en su obra. Como los Grimm,
Tieck estudió a fondo las baladas y leyendas alemanas, y recopiló una vasta colección
de cuentos orales y escritos que luego formarían su famosa obra Phantasus (1812-
1816). Situó sus cuentos en la misma atmósfera irreal y evanescente del cuento de
hadas, pero con una particularidad que era el ingrediente nuevo para los románticos:
mezcló intencionadamente el mundo maravilloso y simbólico de la infancia con el
lado oscuro y nocturno del universo, introduciendo de esta manera el gusto por lo
macabro, tenebroso y fantasmagórico. Casi todos sus cuentos expresan la misma
certeza trágica: oscuros lazos mueven la vida humana. Así, mediante esa extraña
combinación entre lo ingenuo y lo terrible, lograba lo que él denominó el «fértil
caos», que no era otra cosa que la exaltación de la locura poética. Una visión que
comenzaba a extenderse, y que Goethe siempre vio como enfermiza, pero que a pesar
de todo asestaría un golpe mortal a la estética y la moral del anden régime para abrir
las puertas al advenimiento de lo moderno.
Escrito en Alemania a principios del siglo XIX, No despertéis a los muertos es
desde entonces un cuento atribuido a Ludwig Tieck. Su argumento desarrolla el tema
ya esbozado en La novia de Corinto, pero esta vez cargando las tintas. El insólito
frenesí de Walter, su protagonista, consumido primeramente por la pasión y luego por
la culpa, logrando resucitar a su amada de la muerte para seguir gozándola ciego a
todo, no debió de dejar indiferentes a sus primeros lectores. En su argumento
encontraban descrito por primera vez, con tiernos rasgos románticos, una extrema
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fascinación por las oscuridades del erotismo, cuyo último anhelo o conocimiento
absoluto se consuma a través de la muerte.
Olvidado en su lengua original, la versión que presentamos pertenece a una
edición inglesa de 1823 titulada Popular Tales and Romances of the Northern
Nations.
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podríamos pretender desviar de su órbita los planetas circundantes. Poco duró esta
pasión frenética; no porque se fuera apagando poco a poco hasta sumirse en la apatía,
sino porque la muerte arrebató a su lozana víctima, dejando viudo el lecho de Walter.
Sin embargo, aunque tuvo al principio una impetuosa explosión de dolor, no se reveló
inconsolable; y antes de que pasara mucho tiempo, otra esposa se convirtió en
compañera del joven noble.
Swanhilda era hermosa también, si bien la naturaleza había formado sus encantos
con molde muy distinto del de Brunhilda. Sus dorados rizos centelleaban como la luz
de la mañana; sólo cuando la excitaba alguna emoción de su alma, un matiz
sonrosado encendía la palidez de sus mejillas; sus miembros eran proporcionados y
de la más exquisita simetría, aunque no poseían esa plenitud exuberante de la vida
animal. Sus ojos brillaban elocuentes, aunque era con la luz suave de la estrella; y,
más que despertar ardor, transmitían una dulzura sosegada. Así constituida, no podía
devolver a Walter su antiguo delirio, aunque hacía felices sus horas vigiles: tranquila
y seria, aunque alegre, procurando en todas las cosas el placer de su marido,
restableció el orden y el bienestar en su casa, donde su presencia irradiaba una
influencia general. Su dulce benevolencia tendía a moderar la disposición impetuosa
y ardiente de Walter, mientras que, a la vez, su discreción le arrancaba en cierto modo
de sus vanos y turbulentos deseos, de su ansia de goces inalcanzables,
reconduciéndolo a los deberes y placeres de la vida cotidiana. Swanhilda dio a su
marido dos hijos, un niño y una niña; ésta dulce y paciente como su madre, y
contenta con sus juegos solitarios; incluso en estas distracciones mostraba la
propensión seria de su carácter. El chico poseía el natural inquieto y apasionado de su
padre, aunque atemperado por la firmeza de su madre. Y ligado más tiernamente a su
esposa a causa de los hijos, Walter vivió ahora varios años muy dichoso. Es verdad
que sus pensamientos volvían con frecuencia a Brunhilda, pero sin la antigua
violencia, y sólo como nos demoramos en el recuerdo de un amigo de la infancia que
la rápida corriente del tiempo se ha llevado a una región donde sabemos que es feliz.
Pero las nubes se disuelven en el aire, las flores se marchitan, la arena de nuestros
relojes se escurre de manera imperceptible… y así mismo se disuelven, se marchitan
y se desvanecen los humanos sentimientos; y con ellos, también la felicidad. El pecho
inconstante de Walter suspiró otra vez por los sueños extáticos de aquellos días
pasados con su romántica, enamorada Brunhilda; otra vez volvió a presentarse ella a
su ardiente imaginación con todo el esplendor de sus encantos de desposada, y Walter
empezó a trazar un paralelo entre el pasado y el presente. Y como suele suceder, no
dejó su imaginación de adornar a la primera con los colores más brillantes, al tiempo
que oscurecía los de la segunda, de manera que se representaba a la una mucho más
rica en placeres, y a la otra mucho menos de lo que se ajustaba a la realidad. No le
pasó por alto a Swanhilda este cambio de su marido; así que, doblando las atenciones
a él, y los cuidados a sus hijos, esperó por este medio volver a asegurar el nudo que
se había aflojado; sin embargo, cuanto más se esforzaba en recobrar sus afectos, más
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frío se volvía él… y más insoportables le parecían a éste sus caricias, y con más
insistencia le venía Brunhilda al pensamiento. Sólo los niños, cuyas expresiones de
afecto se le hacían ahora indispensables, se encontraban entre uno y otro como genios
preocupados en hacer posible la conciliación; y, amados por ambos, constituían el
nexo entre sus padres. Pero del mismo modo que el mal no puede ser arrancado del
corazón humano sino antes de que eche demasiada raíz, ya que después tiene sus uñas
demasiado firmemente agarradas, así la imaginación de Walter estaba demasiado
enferma para poder echar fuera su enfermedad. Y en breve tiempo alcanzó un tiránico
ascendente sobre él. A menudo, por la noche, en vez de retirarse a la cámara de su
esposa, visitaba la tumba de Brunhilda, donde murmuraba su descontento, diciendo:
«¿Es que quieres dormir para siempre?».
Una noche, estando tendido en la yerba, entregado a su habitual tristeza, entró en
este campo de la muerte un brujo de las montañas vecinas a recoger, para sus
hechizos misteriosos, ciertas yerbas que sólo se crían en la tierra donde descansan los
muertos, y que, como última producción de la mortalidad, están dotadas de poderoso
y sobrenatural influjo. Vio el brujo al doliente, y se acercó a donde yacía.
—¿Por qué lloras así, infeliz devoto, lo que ya no es sino horrendo despojo de
mortalidad: meros huesos, y nervios, y venas? Naciones enteras han caído sin que se
alzara un lamento por ellas; incluso mundos, mucho antes de ser creado este globo
nuestro, se han desmoronado sin que nadie los llorase; ¿a qué abandonarte, entonces,
a esa vana aflicción por una criatura nacida del polvo, por un ser tan frágil como tú
mismo y, como tú, criatura de un momento?
Walter se incorporó:
—Que se lloren los unos a los otros, a medida que perecen, esos mundos que
brillan en el firmamento —replicó—. Es cierto que, siendo de barro, lloro a mi
compañera de barro; sin embargo, éste es un barro impregnado de un fuego, de una
esencia, que ninguno de los elementos de la creación posee: el amor. Y esa pasión
divina es la que sentía yo por la que ahora duerme bajo esta yerba.
—¿La van a despertar tus lamentos? Y si pudieran despertarla, ¿no te reprocharía
ella haber turbado ese reposo en el que ahora duerme serena?
—¡Atrás, ser insensible y frío; tú no sabes lo que es el amor! ¡Ah! ¡Ojalá mis
lágrimas pudieran barrer la colcha de tierra que la oculta de estos ojos, ojalá mi
gemido de aflicción pudiera despertarla de su sueño mortal! No, no volvería ella a
buscar su lecho de tierra.
—Insensato, ¿acaso crees que podrías mirar sin estremecerte a un ser vomitado
por las fauces de la tumba? ¿Y acaso eres tú, también, el mismo que ella dejó, y que
ha pasado el tiempo sobre tu frente sin dejar huella ninguna? ¿No se convertiría tu
amor en odio y repugnancia?
—Di que antes dejarían las estrellas ese firmamento, o se negaría el sol a
derramar sus rayos desde el cielo. ¡Ah, ojalá estuviese ella otra vez junto a mí! ¡Ojalá
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volviera a descansar sobre este pecho! ¡Qué pronto olvidaríamos entonces que la
muerte o el tiempo se interpusieron una vez entre nosotros!
—¡Delirios! ¡Meros delirios del cerebro, de la sangre fogosa, como los que
emanan de los vapores del vino! No es mi deseo tentarte, devolverte a tu muerta; de
lo contrario, no tardarías en comprobar la verdad de lo que te digo.
—¡Cómo! ¿Has dicho devolvérmela? —exclamó Walter, arrojándose a los pies
del brujo—. ¡Ah! Si verdaderamente eres capaz de hacer eso, sé sensible a mi más
ferviente súplica; si vibra en tu pecho un solo latido de humano sentimiento, deja que
mis lágrimas te ablanden: devuélveme a mi amada. Más tarde bendecirás esa acción,
y comprobarás que fue una buena obra.
—¡Una buena obra! ¡Bendecir esa acción! —replicó el brujo con una sonrisa de
desprecio—; para mí no existen el bien ni el mal, puesto que siempre quiero lo
mismo. Sólo tú conoces el mal, cuando quieres lo que no querrías. En mi poder está
efectivamente el devolvértela: pero piensa bien si te conviene. Considera, además,
qué profundo abismo se abre entre la vida y la muerte; mi poder puede tender un
puente entre la una y la otra, pero no cegar ese vacío espantoso.
Walter quiso hablar, tratar de convencer a este ser poderoso con nuevas súplicas;
pero el brujo se lo impidió, diciendo:
—¡Calla! Piénsalo bien, y ven aquí mañana a la medianoche. Aunque te repito la
advertencia: «No despiertes a los muertos».
Tras estas palabras, el misterioso ser desapareció. Embriagado con esa reciente
esperanza, Walter no logró conciliar el sueño en la cama; porque la imaginación, con
todas sus más ricas reservas, desplegó ante él una centelleante telaraña de
posibilidades futuras; y sus ojos, húmedos con el rocío del arrobamiento,
revolotearon de una visión de felicidad a otra. Durante el día siguiente vagó por el
bosque, para que los objetos cotidianos no turbasen, trayéndole a la memoria tiempos
más recientes y menos dichosos, la idea feliz de que podía verla otra vez, estrecharla
de nuevo entre sus brazos, contemplar de día su frente radiante y descansar de noche
sobre su pecho. Y, puesto que esta sola idea ocupaba su imaginación, ¿cómo iba a
inquietarle ninguna duda, o a pensar en la advertencia del hombre misterioso?
En cuanto vio que se acercaba la hora de la medianoche, se apresuró a acudir al
cementerio, donde el brujo se hallaba ya de pie junto a la sepultura de Brunhilda.
—¿Lo has meditado bien? —preguntó.
—¡Ah! Devuélveme el objeto de mi pasión —exclamó Walter con impetuosa
impaciencia—. ¡No demores tu acción generosa, no vaya a ser que muera yo esta
misma noche consumido por el frustrado deseo, y no vea más su rostro!
—Bien; entonces —contestó el anciano— vuelve aquí mañana a la misma hora.
Pero una vez más te doy este consejo de amigo: «No despiertes a los muertos».
Movido por la desesperación de la impaciencia, Walter se habría postrado a sus
pies y le habría suplicado que colmase al punto sus deseos, que ahora habían
aumentado hasta la agonía; pero el brujo ya había desaparecido. Deshaciéndose en
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lamentaciones con más desconsuelo que nunca, se echó sobre la sepultura de su
adorada, y así permaneció hasta que el alba trazó una raya gris a oriente. Durante ese
día —que le pareció el más largo de cuantos había pasado—, deambuló de un lado
para otro, impaciente, sin objeto al parecer, profundamente abismado en sus
reflexiones, e inquieto como el asesino que maquina su primera acción sangrienta: y
las estrellas vespertinas volvieron a sorprenderle en el sitio concertado. A
medianoche, el brujo se presentó allí también.
—¿Lo has meditado bien? —preguntó, como la noche anterior.
—¡Bah!, ¿a qué meditar? —replicó Walter con impaciencia—. Yo no necesito
meditar; lo único que te pido es lo que me has prometido… que será mi felicidad. ¿O
acaso te estás burlando de mí? Si es así, vete de mi vista, no me venga la tentación de
ponerte la mano encima.
—Una vez más te prevengo —contestó el anciano con imperturbable serenidad—.
«No despiertes a los muertos»… y déjala descansar.
—Descansará, pero no en la tumba fría: lo hará sobre mi pecho, que arde en
deseos de estrecharla.
—Reflexiona: no podrás dejarla hasta la muerte, aun cuando la aversión y el
horror aneguen tu alma. Entonces, sólo te quedará un remedio espantoso.
—¡Viejo chocho! —exclamó Walter interrumpiéndole—, ¿cómo voy a odiar a la
que amo con tan intensa pasión? ¿Cómo voy a aborrecer a aquélla por la que arde
cada gota de mi sangre?
—Entonces, sea como quieras —contestó el brujo—; hazte atrás.
El anciano trazó ahora un círculo alrededor de la sepultura, a la vez que
murmuraba palabras de encantamiento. Acto seguido, la tormenta comenzó a sacudir
las copas de los árboles; los búhos agitaron las alas, y emitieron su canto bajo y
presagioso; las estrellas ocultaron su aspecto dulce y rutilante para no presenciar
espectáculo tan impío y sacrilego; rodó entonces la lápida con cavernoso ruido, y
dejó libre acceso a la habitante de esta espantosa morada. El brujo esparció en las
fauces de la tierra raíces y yerbas de mágico poder y muy penetrante olor, de manera
que los gusanos salieron reptando de la tierra, se agruparon, y se alzaron en forma de
llameante columna sobre la sepultura; entretanto, brotó de dentro un viento violento
que fue apartando la tierra, hasta que finalmente quedó al descubierto el ataúd. Cayó
la luz de la luna sobre él, y saltó la tapa con tremendo ruido. Después de lo cual, el
brujo vertió sangre de un cráneo humano en su interior, exclamando al mismo
tiempo: «Bebe, durmiente, de este cálido licor, para que tu corazón pueda latir de
nuevo en tu pecho —y tras una breve pausa, derramando sobre ella otro líquido
misterioso, gritó con la voz de un inspirado—: Sí, otra vez late tu corazón con el
fluido de la vida; tus ojos se han abierto nuevamente a la visión. Así pues, levanta, y
sal de la tumba».
Igual que la isla emerge súbitamente de entre las olas oscuras del océano,
levantada del abismo por la fuerza de los fuegos subterráneos, así se levantó
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Brunhilda de su lecho terrenal, impulsada por un poder invisible. Y cogiéndola de la
mano, el brujo la llevó a Walter, que permanecía a cierta distancia, estupefacto, como
si hubiese echado raíces en el suelo.
—Recibe otra vez —dijo—, a la que es objeto de tus apasionados suspiros: ojalá
no vuelvas a necesitar mi ayuda; pero si así fuese, me encontrarás, en el periodo de la
luna llena, en las montañas en ese lugar donde se juntan los tres caminos.
Al punto reconoció Walter en la figura que tenía ante sí a la que tan ardientemente
había amado, y un súbito calor inundó su cuerpo al verla restituida: pero sentía frío en
los miembros, a causa de la noche, y paralizada la lengua. La estuvo contemplando
un rato sin moverse ni decir palabra; y durante ese tiempo, volvieron a callar y a
serenarse los ruidos, y a centellar esplendorosas las estrellas en el cielo.
—¡Walter! —exclamó la figura; y esta voz familiar, estremeciéndole el corazón,
rompió el sortilegio que lo tenía inmovilizado.
—¿Es realidad? ¿Es verdad esto —exclamó él—, o se trata de una mera ilusión
engañosa?
—No; no es impostura: estoy verdaderamente viva. Llévame en seguida a tu
castillo de las montañas.
Walter miró alrededor. Había desaparecido el anciano; pero descubrió a su lado
un corcel negro de ojos llameantes, aparejado para transportarle allá; y sobre su lomo
encontró lo necesario para vestirse Brunhilda, quien no perdió tiempo en hacerlo.
Hecho esto, exclamó:
—Deprisa, vayámonos antes de que amanezca, ya que mis ojos están demasiado
débiles para soportar la luz del día.
Recobrado de su estupor, Walter saltó sobre su silla; y cogiendo con una mezcla
de placer y temor a su amada, tan misteriosamente rescatada del poder de la tumba,
emprendió el galope por la desierta región, hacia las montañas, con tanta furia como
si le persiguieran las sombras de los muertos ansiosas por arrebatarle a su hermana.
El castillo al que Walter llevaba a su Brunhilda se hallaba en lo alto de una roca,
entre otros picos que se alzaban por encima de él. Aquí llegaron sin que nadie los
viese, salvo un viejo criado, al que Walter ordenó que guardase secreto bajo las más
severas amenazas.
—Aquí nos quedaremos —dijo Brunhilda—, hasta que pueda yo soportar la luz, y
tú mirarme sin temblar como si tuvieses frío.
Así que procedieron a hacer de ese lugar su residencia; aunque nadie sabía que
Brunhilda vivía, salvo el viejo criado que les traía la comida. Durante siete días
enteros, no tuvieron otro alumbrado que el de las velas. En los siete días siguientes,
dejaron entrar la luz a través de las altas ventanas sólo cuando el amanecer o el
crepúsculo bañaba las cimas de los montes, y el valle aún permanecía envuelto en
sombras.
Rara vez se apartaba Walter de Brunhilda: un hechizo desconocido parecía
retenerle junto a ella; incluso el temor que sentía en su presencia, y que le impedía
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tocarla, tenía su mezcla de placer; era como la emoción estremecida que
experimentaba cuando le envolvían los acordes de una música sacra bajo la bóveda
de algún templo. Así que, más que tratar de evitar esa sensación, la buscaba. A
menudo, al intentar evocar los encantos de Brunhilda, le parecía que su imaginación
jamás se la había presentado tan hermosa, tan fascinadora, tan admirable, como la
veía ahora realmente. Jamás hasta ahora había sonado su voz con acento tan dulce,
jamás había poseído su discurso tanta elocuencia como ahora, cuando conversaba con
él sobre el pasado; y ésa era la mágica región a la que sus palabras le conducían de
continuo. Hablaba sin parar de los días de su primer amor, de aquellas horas de
deleite que habían compartido, en las que el uno sacaba todo su goce del otro; y tan
gozoso, tan encantador, tan lleno de vida evocaba Brunhilda ese periodo en la
imaginación de Walter, que éste dudaba haber experimentado nunca con ella tanta
felicidad, o haber sido tan absolutamente dichoso. Y a la vez que le pintaba aquellas
horas de pasadas delicias, describía con colores aún más vivos y encantadores los
momentos de inminente dicha que ahora les esperaban, más ricos en goce que
ninguno de los anteriores. De este modo cautivaba a su rendido oyente con
arrobadoras esperanzas futuras, y lo sumía en sueños de éxtasis por encima de lo
mortal, de manera que, mientras escuchaba este canto de sirena, olvidaba por
completo lo poco feliz que fue el último periodo de su unión, en que a menudo le
hicieron suspirar los modales autoritarios de ella, y su aspereza con él y con toda la
servidumbre. Pero, de haber recordado todo esto, ¿le habría inquietado en su actual
estado de arrobamiento? ¿Acaso no había dejado en la tumba todas las fragilidades de
la condición mortal? ¿No se había refinado y purificado su ser con este largo sueño
en el que ni la pasión ni el pecado, la asaltaron siquiera en sueños? ¡Qué diferente era
ahora el tema de su discurso! Sólo cuando hablaba de su afecto hacia él delataba algo
de los sentimientos terrenos: otras veces, se extendía de manera monocorde en
cuestiones sobre el mundo invisible y futuro; cuando peroraba describiendo los
misterios de la eternidad, un torrente de profética elocuencia brotaba de sus labios.
De este modo habían transcurrido dos veces siete días, y ahora vio Walter por
primera vez al ser más caro para él a plena luz del día. Había desaparecido de su
rostro toda huella de la tumba; un matiz sonrosado como los rubores del alba
encendía ahora sus pálidas mejillas; el débil husmo de la corrupción se había
convertido en deliciosa fragancia de violetas, único signo terreno que no le
desapareció nunca. Ya no sentía Walter recelo ni temor: la contemplaba a plena luz
del día. Hasta ahora, no le pareció haberla recuperado del todo; e inflamado de su
antigua pasión por ella, quiso estrecharla contra su pecho. Pero Brunhilda lo rechazó
suavemente, diciendo: «Aún no; guarda tus caricias hasta que la luna vuelva a llenar
el espacio entre sus cuernos».
A pesar de su impaciencia, Walter se vio obligado a esperar otros siete días. Pero
la noche en que la luna alcanzó su plenitud, fue a Brunhilda, y la encontró más
adorable que nunca. No temiendo topar ahora con impedimento alguno a sus
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transportes, la abrazó con el fervor de un rendido y venturoso enamorado. Brunhilda,
no obstante, se negó otra vez a rendirse a su pasión. «¡Cómo! —exclamó—, ¿es justo
que yo, que he sido purificada por la muerte de toda fragilidad mortal, me convierta
en tu concubina, mientras una hija de la tierra ostenta el título de esposa tuya? No; no
lo consentiré: ha de ser entre los muros de tu palacio, en la cámara donde en otro
tiempo goberné como una reina, donde obtendrás el último de tus deseos… y mío
también», añadió, posando un beso encendido en sus labios; y desapareció a
continuación.
Ardiendo de pasión, y dispuesto a sacrificarlo todo para satisfacer su deseo,
Walter abandonó inmediatamente el aposento, y el castillo unos momentos después.
Cruzó montañas y páramos con la rapidez de una tormenta, de manera que las
pezuñas de su caballo hacían saltar la yerba. Ni una vez se detuvo hasta que llegó a
casa.
Aquí, no obstante, ni las caricias afectuosas de Swanhilda, ni las de sus hijos,
consiguieron ablandar su corazón o inducirle a reprimir sus ansias furiosas. ¡Ay!
¿Pueden detener el curso impetuoso del torrente las flores hermosas sobre las que éste
se precipita, cuando exclaman: «Destructor, ten piedad de nuestra desvalida inocencia
y belleza, y no nos aniquiles»? El agua las barre sin miramiento, y en sólo un instante
arrasa el orgullo de todo un verano.
Poco después, empezó Walter a insinuar a Swanhilda que no congeniaban; que él
ansiaba probar esa vida frenética y tumultuosa que tan acorde estaba con el espíritu
de su sexo, mientras que ella se sentía satisfecha con la esfera reducida de los
placeres domésticos; que él miraba con avidez cualquier novedad prometedora,
mientras que ella se mostraba apegada a lo que el hábito le había hecho familiar; y
por último, que la fría disposición de ella, rayana en la indiferencia, se conjugaba mal
con el ardiente temperamento de él. Por todo lo cual, era lo más prudente que
viviesen separados, dado que juntos no podían encontrar la felicidad. Un suspiro, y
una breve aquiescencia a los deseos de él, fue toda la respuesta de Swanhilda. Y a la
mañana siguiente, al presentarle Walter el documento de la separación, informándola
de que estaba en libertad para regresar a la casa de su padre, lo cogió con toda
sumisión. No obstante, antes de partir, le hizo la siguiente advertencia: «Demasiado
bien adivino a quién debo nuestra separación. Muchas veces te he visto en la tumba
de Brunhilda, y allí te descubrí la noche en que el cielo ocultó de pronto su rostro con
un manto de nubes. ¿Acaso has osado rasgar temerariamente el velo espantoso que
separa a la mortalidad que sueña de la que no puede soñar? Porque entonces, hombre
desdichado, habrás ligado a tu persona lo que puede traerte destrucción». Calló, y
Walter no hizo intento alguno de replicar; porque le vino a la memoria la advertencia
similar del brujo —hasta ahora oscurecida por su pasión— como un relámpago fugaz
en la negrura de la noche, que no logra disipar su oscuridad.
Así pues, salió Swanhilda a despedirse de sus hijos, dado que, según la costumbre
nacional, éstos pertenecían al padre. Y tras bañarlos con sus lágrimas y consagrarlos
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con el agua bendita del amor maternal, abandonó la residencia de su esposo, y
emprendió el regreso a casa de su padre.
De este modo fue obligada la dulce y bondadosa Swanhilda a exiliarse de las
salas donde había gobernado con gran tacto…, salas que ahora fueron nuevamente
decoradas para acoger a otra señora. Por fin llegó el día en que Walter condujo por
segunda vez a Brunhilda a casa como nueva esposa; e hizo saber a la servidumbre
que su nueva consorte había ganado su afecto por el extraordinario parecido con
Brunhilda, su primera ama. ¡Cuán indeciblemente feliz se consideró, al llevar una vez
más a su amada a la cámara que tantas veces había sido testigo de sus antiguos goces,
dorada y adornada ahora en el más costoso estilo! Y entre otros ornamentos había
figuras de ángeles esparciendo rosas, los cuales sostenían las colgaduras púrpura
cuyos amplios pliegues ocultaban el lecho nupcial. ¡Con qué impaciencia esperó
Walter la hora en que debía tomar posesión de aquellos encantos por los que había
pagado ya tan alto precio, y cuyo goce iba a costarle más aún! ¡Pobre Walter!
Inmerso en el placer, no ves el abismo que se abre a tus pies; embriagado con el
perfume voluptuoso de la flor que has arrancado, no imaginas cuán mortal es el
veneno de que está llena, pues en breve tiempo, su poderosa fragancia confiere nueva
energía a todos tus sentimientos.
Sin embargo, aunque ahora Walter era dichoso, sus criados estaban muy lejos de
serlo igualmente. El singular parecido entre la nueva señora y la difunta Brunhilda los
llenaba de secreto recelo e indefinible horror; porque no apreciaban ni una sola
diferencia en sus facciones, ni en su gesto, ni en el tono de la voz. Además de estas
misteriosas circunstancias, sus doncellas descubrieron una marca peculiar en su
espalda, exactamente igual a la que tuvo Brunhilda. No tardó en circular el rumor de
que su ama no era otra que la propia Brunhilda, devuelta a la vida por medio de
poderes nigrománticos. ¡Qué horrible se les hacía la idea de vivir bajo el mismo techo
que la que había sido moradora de la tumba, y verse obligadas a asistirla y
reconocerla su señora! Notaron asimismo en Brunhilda, —cosa que aumentó la
aversión de todas y favoreció su superstición— que no usaba adornos de oro, como
antes engalanaron siempre su persona. Todo lo que antes había solido llevar de este
metal lo mandó hacer ahora de plata: ninguna joya de ricos y centelleantes colores
brillaba sobre ella; sólo las perlas prestaban su pálido brillo al adorno de su pecho. Y
también evitaba siempre con gran cuidado la luz radiante del sol, y acostumbraba
pasar los días más luminosos en los aposentos más retirados y oscuros: sólo salía a
pasear en el crepúsculo del comienzo y el final del día, aunque su hora preferida era
cuando la luz fantasmal de la luna daba a todos los objetos una apariencia vaga y un
color sombrío. Además, se observaba siempre que con el canto del gallo, sus
miembros sufrían un estremecimiento involuntario. Autoritaria como antes de su
muerte, no tardó en imponer su yugo de hierro a cuantos la rodeaban, si bien parecía
más terrible que nunca, dado que la acompañaba el temor de algún poder
sobrenatural, y aterraba a cuantos se acercaban a ella. Sus ojos parecían dirigir una
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mirada maligna y feroz al objeto de su ira; como si quisiera fulminar a su víctima. En
suma, aquellas salas que en tiempos de Swanhilda fueron morada de risas y alegría
parecían ahora la prolongación de una tumba desierta. Los criados se deslizaban
sigilosos por las salas del castillo con el temor impreso en sus pálidos semblantes. Y
en esta mansión de terror, el canto del gallo hacía temblar a los vivos como si fuesen
espíritus de fallecidos; porque ese canto les recordaba siempre a su ama misteriosa.
No había nadie que no se estremeciera al cruzarse con ella en algún lugar solitario, en
la penumbra del atardecer o a la luz de la luna, circunstancia que consideraban
presagiosa de algún mal; y tan grande era la aprensión de sus doncellas, que
empezaron a languidecer a causa del continuo desasosiego; de manera que, poco a
poco, la fueron abandonando todas. En el transcurso del tiempo, se marcharon otros
criados también, dominados por un horror insoportable.
Las artes del brujo habían concedido a Brunhilda, efectivamente, una vida
artificial, y el alimento que tomaba mantenía su cuerpo restituido. Sin embargo, ese
cuerpo no era capaz de conservar el calor vivificante de la vitalidad y la llama de la
que emanan los afectos y las pasiones, sean de amor o de odio, porque la muerte la
había apagado y extinguido para siempre. Todo lo que Brunhilda poseía ahora era una
existencia insensible, más fría que la de una serpiente. No obstante, se veía obligada a
amar, y a devolver con igual ardor las caricias encendidas de su cautivado esposo, a
cuya pasión debía únicamente su existencia renovada. Necesitaba un licor mágico
que animase el apagado caudal de sus venas y la despertase al calor de la vida y a la
llama del amor, una poción abominable que no puede nombrarse sin una maldición:
sangre humana, que bebía, mientras aún estaba caliente, de unas venas jóvenes. Éste
era el líquido infernal del que Brunhilda tenía sed; pues, al no participar de los
sentimientos más puros de la humanidad, ni hallar gozo alguno en nada de cuanto
interesa a la vida y ocupa sus diversas horas, su existencia era un mero vacío, salvo
cuando estaba en brazos de su esposo y amante; y ésa era la razón por la que ansiaba
sin cesar la horrible bebida. Con supremo esfuerzo, lograba reprimirse de chuparle la
sangre al propio Walter cuando descansaba junto a ella. Pero cada vez que veía a un
niño inocente, cuya preciosa carita denotaba la exuberancia infantil de su salud y su
vigor, lo atraía a su aposento más secreto con palabras dulces y caricias afectuosas;
allí lo dormía en sus brazos, y chupaba de su pecho el flujo cálido y púrpura de la
vida. Tampoco los jóvenes de ambos sexos se veían libres de sus horribles ataques:
tras exhalar su aliento sobre la desventurada víctima, que inevitablemente se sumía en
profundo letargo, extraía de sus venas, de manera parecida, el jugo vital. Así, los
niños, los jóvenes y las doncellas se consumían rápidamente como flores roídas por el
gusano: la plenitud desaparecía de sus miembros; un tinte cetrino sucedía a la
sonrosada frescura de sus mejillas, se les empañaba el brillo líquido de los ojos igual
que el río centelleante bajo el roce de la helada, y sus rizos se volvían lacios y grises,
como azotados por la tormenta de la vida. Los padres observaban con horror esta
pestilencia desoladora que devoraba a su progenie, contra la cual nada podía un
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simple hechizo, poción o amuleto. La tumba se iba tragando a uno tras otro; o, si la
desventurada víctima lograba sobrevivir, se volvía cadavérica y arrugada en los
mismos albores de la vida. Los padres presenciaban horrorizados cómo esta
devastadora pestilencia se llevaba a sus hijos… pestilencia que no había yerba por
poderosa que fuera, ni hechizo, ni vela sagrada, ni exorcismo, capaces de conjurarla.
Veían cómo se les iban a la tumba un hijo tras otro, o cómo sus cuerpos jóvenes,
consumidos por el infernal y vampiresco abrazo de Brunhilda, adquirían la decrepitud
de una súbita vejez.
Finalmente, empezaron a circular extraños rumores y noticias; se decía que la
causa de todos estos horrores era la propia Brunhilda; aunque nadie sabía de qué
manera destruía a sus víctimas, dado que no encontraban en ellas señales de
violencia. No obstante, cuando los niños confesaron que los acunaba y los dormía en
sus brazos, y los más mayores contaron que les vencía un sueño súbito cada vez que
se ponían a hablar con ella, la sospecha se convirtió en certidumbre. Y aquellos cuyos
hijos habían escapado hasta ahora a ese daño, abandonaron sus hogares y sus casas —
morada de sus padres y herencia de sus hijos—, con unos pocos enseres, a fin de
salvar de tan horrible destino a lo más caro a sus afectos sencillos de cuanto el mundo
les podía dar.
Y así, día tras día, el castillo fue adquiriendo un aspecto más desolado y, día tras
día, sus alrededores se fueron quedando desiertos: sólo permanecieron unas cuantas
viejas decrépitas y algún criado de cabellos grises, de la en otro tiempo numerosa
servidumbre. Igual que ocurrirá, en los últimos días de la tierra, a la última
generación de mortales cuando dejen de procrear, cuando no se vean ya más jóvenes,
ni venga nadie a reemplazar a los que esperen en silencio su última hora.
Walter era el único que no se daba cuenta —o no hacía caso— de la desolación
que le rodeaba; no percibía la muerte, sumergido como estaba en un encendido elíseo
de amor. Mucho más feliz que antes parecía ahora con la posesión de Brunhilda.
Todos los caprichos y contrariedades que a menudo ensombrecieron sus antiguas
relaciones habían desaparecido ahora por completo. Incluso parecía que Brunhilda
sentía por él una pasión como jamás llegó a mostrar en la época feliz de recién
casada; porque en sus venas ardía esa llama de sangre joven que extraía de las venas
de otros. Por la noche, en cuanto Walter cerraba los ojos, exhalaba su aliento sobre él,
infundiéndole un sueño delicioso del que despertaba sólo para experimentar goces
más embriagadores. Durante el día, le hablaba continuamente de la dicha que los
espíritus felices experimentaban al otro lado de la sepultura, asegurándole que, como
su afecto la había sacado de la tumba, ahora estaban irrevocablemente unidos. Así
fascinado por este hechizo perpetuo, le era imposible notar lo que ocurría a su
alrededor. Brunhilda, no obstante, veía con rabioso pesar que la fuente de su ardor
juvenil disminuía de día en día, ya que en breve tiempo no quedó nadie dotado de
juventud, excepto Walter y sus hijos. Y decidió que fueran éstos sus siguientes
víctimas.
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Al principio, al regresar al castillo, había sentido aversión hacia los hijos de otra;
así que los dejó enteramente en manos de las criadas designadas por Swanhilda. Pero
ahora empezó a fijarse en ellos, haciendo que los llevasen a menudo a su presencia.
Las cuidadoras, mujeres de edad, se asustaron al notar estas muestras de interés por
los niños a su cargo, aunque no se atrevieron a oponerse a la voluntad de su terrible y
autoritaria ama. No tardó Brunhilda en ganarse el afecto de los niños, demasiado
ignorantes de lo que era la astucia para percibir peligro alguno en ella; al contrario,
sus caricias los ganaron por completo. En vez de reprimir constantemente sus alegres
retozos, Brunhilda les enseñaba ahora nuevos juegos; a menudo les recitaba historias
de extraños e insensatos intereses que excedían en todo a los cuentos de sus niñeras.
Cuando se cansaban de jugar o de escuchar sus narraciones, los sentaba sobre sus
rodillas y los arrullaba hasta que se dormían. Entonces, los sueños de los niños se
poblaban de visiones de la más espléndida magnificencia: imaginaban estar en un
jardín donde había flores de todos los colores, en hileras, una sobre otra, desde las
humildes violetas a los altos girasoles, trazando un bordado multicolor que ascendía
hacia las nubes doradas, de las que bajaban unos angelitos, con alas de reflejos azul y
oro, a llevarles alimentos deliciosos o joyas espléndidas, o a cantarles canciones
melodiosas. Tan paradisíacos se hicieron estos sueños para los niños en poco tiempo,
que no anhelaban otra cosa que dormir en el regazo de Brunhilda, ya que de otro
modo no tenían visiones de seres celestiales. Y así, no hacían sino ansiar lo que iba a
ser su destrucción. Pero ¿no suspiramos todos por lo que nos conduce a la tumba: el
goce de la vida? Los inocentes tendían sus brazos a la muerte que les iba al
encuentro, la cual había adoptado la máscara del placer. Porque, mientras ellos se
sumían en esos sueños extáticos, Brunhilda chupaba de sus pechos el fluido vital. Es
verdad que al despertar se sentían débiles y agotados; sin embargo, ningún dolor,
ninguna señal delataba la causa. Al poco tiempo, empero, las fuerzas les abandonaron
por completo, lo mismo que el arroyo se seca poco a poco en verano; sus juegos se
fueron volviendo menos bulliciosos, sus risas ruidosas y alegres se convirtieron en
sonrisas, el acento vigoroso de sus voces se apagó hasta volverse mero susurro. Sus
cuidadoras estaban aterradas y llenas de desesperación; demasiado bien sabían la
espantosa verdad, aunque no se atrevían a denunciar sus sospechas a Walter, tan
devotamente unido a su horrible compañera. La muerte había herido ya a su presa: los
niños no eran sino mera sombra de sí mismos. Y en poco tiempo, incluso esta sombra
desapareció.
El acongojado padre lloró amargamente su pérdida. Porque, a pesar de su
evidente abandono, estaba muy unido a ellos; y hasta que no los perdió, no se dio
cuenta de lo mucho que los quería. Su aflicción no pudo por menos de causar
disgusto a Brunhilda: «¿Por qué esas tiernas lamentaciones —dijo— por dos
pequeños? ¿Qué satisfacción podían darte esos seres sin formar? ¿Acaso guardas aún
algún afecto por su madre, y es todavía dueña de tu corazón? ¿O es que echas de
menos a los tres porque estás hastiado de mi amor y cansado de mis caricias? De
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haber crecido esos niños, ¿no habrían atado más estrechamente tu espíritu y tus
afectos a este mundo de barro, a este polvo, y te habrían apartado de la esfera a la que
yo, que he cruzado la sepultura, me estoy esforzando en elevarte? Di, ¿es tu espíritu
tan pesado, o tu amor tan flojo, o tu fe tan tibia, que no consigue conmoverte la
esperanza de ser mío para siempre?». Así expresó Brunhilda su indignación ante el
dolor de su consorte; y le privó de su presencia. El miedo a ofenderla de manera
irreparable, y su deseo de aplacarla, secaron muy pronto sus lágrimas. Y otra vez se
abandonó a su pasión fatal, hasta que, finalmente, la inminencia de su propia
destrucción le despertó de la quimera en que vivía.
No volvieron a verse doncellas ni niños dentro de los lúgubres muros del castillo
ni en las tierras contiguas: todos habían desaparecido; porque aquellos a los que la
sepultura no se había tragado habían huido de esta región de muerte. Así que, ¿quién
quedaba ahora para apagar la sed espantosa de la mujer vampiro, sino el propio
Walter? Impasible, se atrevió a pensar en su muerte; porque su pecho desconocía ese
divino sentimiento que une a dos seres en un único gozo y un único dolor. Cuando
Walter estuviera en la tumba, sería ella libre de buscar otras víctimas y saciarse
interminablemente con la destrucción, hasta que, el último día, se consumiera con la
misma tierra, como dicta la ley fatal a la que están sujetos los muertos a los que las
artes de la necromancia han despertado del sueño de la sepultura.
Ahora empezó a posar sus labios sedientos en el pecho de Walter cuando, sumido
en profundo sueño por el olor a violetas de su aliento, descansaba junto a ella ajeno a
la inminencia de su muerte. Y así, no tardaron sus fuerzas vitales en empezar a
languidecer, y en asomar numerosas canas entre sus negros cabellos. Y con sus
fuerzas, languideció también su pasión: ahora Walter dejaba a menudo a su
compañera para pasar el día entregado al deporte de la caza, esperando recuperar de
este modo su acostumbrado vigor. Y estaba un día descansando en el bosque, a la
sombra de un roble, cuando vio en la copa de un árbol un pájaro extraño, totalmente
desconocido para él; pero antes de que pudiese apuntarlo con su arco, echó a volar y
se perdió en las nubes, al tiempo que dejaba caer una raíz rosácea, la cual fue a parar
a sus pies. La recogió inmediatamente. Y aunque conocía las plantas bastante bien, no
recordaba haber visto nunca una como ésta. Su deliciosa fragancia le indujo a probar
su sabor; pero era diez veces más amargo que el ajenjo: parecía como si se hubiese
llevado hiel a la boca; así que, disgustado con el experimento, la arrojó con
impaciencia. Sin embargo, de haber conocido su milagrosa cualidad, y que actuaba
como antídoto contra el hipnótico perfume de Brunhilda, la habría bendecido pese a
su sabor tan amargo: así arrojan a menudo los mortales con impaciencia el remedio
desagradable que podría devolverles el bienestar.
Cuando Walter regresó por la noche, y se acostó como siempre junto a Brunhilda,
el poder mágico del pecho de ésta no hizo efecto en él; y por primera vez en muchos
meses, Walter cerró los ojos vencido por un sueño natural. Sin embargo, apenas se
durmió, un dolor agudo, punzante, le sacó de su descanso; y al abrir los ojos,
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descubrió, a la luz melancólica de una lámpara que brillaba en el aposento, algo que
por unos instantes le dejó petrificado. Porque era Brunhilda, que le estaba extrayendo
sangre del pecho con sus labios. El grito de horror que finalmente se le escapó aterró
a Brunhilda, que tenía la boca manchada de sangre caliente.
—¡Monstruo! —exclamó Walter, saltando de su lecho—. ¿Es así como me amas?
—Sí; así es el amor de los muertos —replicó ella con malvada frialdad.
—¡Criatura bebedora de sangre! —prosiguió Walter—: Ha terminado el delirio
que hasta aquí me ha tenido ciego. Tú eres el demonio que ha destruido a mis hijos…
que ha dado muerte a los hijos de mis vasallos.
Se levantó Brunhilda, y lanzándole una mirada que le dejó paralizado, contestó:
—No soy yo quien los ha matado; yo me veo obligada a saciarme con sangre
caliente de jóvenes para poder satisfacer tu deseo frenético; ¡eres tú el asesino!
Estas palabras terribles evocaron ante la aterrada conciencia de Walter las
sombras amenazadoras de todos los que habían perecido de ese modo, mientras la
desesperación le ahogaba la voz.
—¿Por qué —prosiguió ella, en un tono que aumentaba el horror de él—, por qué
me atribuyes palabras como si fuese yo un títere? ¿Tú, que tienes el valor de amar a
los muertos, de llevar a tu lecho a la que dormía en la sepultura, a la que fue
compañera de cama de los gusanos, tú que has estrechado en tus brazos la corrupción
de la tumba, tú, profanador, te atreves a elevar ese llanto espantoso por el sacrificio
de unas pocas vidas? Esas vidas no son más que hojas arrancadas por la tormenta.
Vamos, desecha esas figuraciones idiotas, y saborea la dicha que tan cara has
comprado.
Y diciendo esto, tendió los brazos hacia él. Pero este gesto sólo hizo que
aumentase el terror de Walter, el cual, exclamando: «¡Criatura maldita!», salió
precipitadamente del aposento.
Ahora que había despertado del delirio de sus placeres impíos, todos los horrores
de una conciencia culpable y recriminadora se volvieron sus compañeros. A menudo
maldecía su ceguera obstinada, por no haber hecho caso de las advertencias y
amonestaciones de las mujeres que habían estado al cargo de sus hijos, y haber
tomado sus palabras por viles calumnias. Pero su pesar llegaba demasiado tarde;
porque, si bien el arrepentimiento puede conseguir el perdón del pecador, sin
embargo, no puede alterar las sentencias inmutables del destino: no puede hacer
volver de la tumba a los asesinados. Tan pronto como apuntó la primera claridad del
alba, salió hacia su castillo solitario de las montañas, decidido a no permanecer más
tiempo bajo el mismo techo que tan terrible ser. Pero fue inútil esta huida; porque, al
despertar a la mañana siguiente, descubrió que se hallaba en brazos de Brunhilda, y
enredado en sus largos cabellos, que parecían envolverle, y aprisionarle con los
hierros de su destino; la poderosa fascinación de su aliento le había cautivado una vez
más, de manera que, olvidando cuanto había sucedido, volvió a sus caricias; hasta
que, despertando como de un sueño, huyó horrorizado de su abrazo. Durante el día
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vagó por las soledades de las montañas como el criminal que trata de ocultarse de sus
perseguidores; y por la noche buscó refugio en una cueva, ya que temía menos
acostarse en tan sombrío lugar que exponerse al horror de un nuevo encuentro con
Brunhilda; Pero, ¡ay!, en vano se esforzaba por huir de ella. Al despertar, la descubrió
otra vez compartiendo su mísera yacija. Pero, de haberse ocultado en el mismo centro
de la tierra, de haberse empotrado bajo una roca, de haber hecho su alcoba en lo más
profundo del océano, la habría encontrado puntualmente junto a él: porque al llamarla
de nuevo a la existencia, la había convertido en su compañera inseparable; tan
inexorable era el vínculo que ahora los unía.
Luchando con la locura que empezaba a dominarle, y dándole vueltas sin cesar a
las espantosas visiones que se presentaban a su mente horrorizada, permanecía
inmóvil, tumbado en los rincones más oscuros del bosque, desde que salía el sol hasta
que llegaban las sombras del crepúsculo. Pero tan pronto como la luz del día se
apagaba a poniente y el bosque se inundaba de negrura impenetrable, el temor a que
el sueño le venciera le empujaba a vagar por las montañas. La tormenta jugaba
furiosa con las nubes fantásticas, y con las hojas de los árboles que el viento hacía
golpetear como si algún espíritu del terror se divirtiese con estas imágenes de la
transitoriedad y la desintegración: rugía entre las copas de los robles como
profiriendo gritos de furia, mientras su eco cavernoso, rebotando en las laderas
distantes, parecía el gemido de un pecador en la agonía o el alarido débil de algún
desdichado al caer bajo la mano de su asesino. El búho, también, profería gritos
guturales como augurando la devastación de la naturaleza. El viento sacudía los
cabellos de Walter, cuyos mechones se agitaban en sus sienes y sus hombros como
negras serpientes, mientras cada uno de sus sentidos estaba atento a captar un nuevo
horror. En las nubes creía ver las figuras de los asesinados; en el ulular del viento oía
sus lamentos y gemidos; en las frías ráfagas sentía el beso de Brunhilda; en el grito de
las aves escuchaba la voz de ella; en las hojas descompuestas olía el lecho sepulcral
del que la había despertado. «¡Asesino de tu propia descendencia —se recriminaba
Walter a sí mismo con una voz que hacía aún más espantosa la noche y el fragor de
los elementos—, amante de un vampiro sediento de sangre, libertino que se refocila
con la corrupción de la tumba!», mientras, desesperado, se mesaba sus cabellos. Justo
en ese momento surgió la luna de detrás de las nubes tempestuosas; y esta visión trajo
a su memoria el consejo del brujo, cuando lo vio estremecerse ante la primera
aparición de Brunhilda tras despertar de su sueño mortal; a saber: que le buscase
cuando fuese la luna llena, en las montañas, en el punto donde se encontraban los tres
caminos. No bien irrumpió este destello de esperanza en su mente aturdida, echó a
correr hacia el lugar designado.
Al llegar, encontró al anciano sentado sobre una piedra, con la placidez del que
disfruta de un día soleado, indiferente a los truenos que rugían a su alrededor.
—Así que has venido —exclamó al ver al jadeante desdichado que, arrojándose a
sus pies, gritó en tono angustiado:
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—¡Ah, sálvame… socórreme… rescátame del monstruo que siembra la muerte y
la desolación a mi alrededor!
—¡Cómo!, ¿no te diste cuenta de cuán saludable era el consejo: «No despiertes a
los muertos»?
—¿Por qué hiciste tu advertencia tan misteriosa? ¿Por qué, en vez de eso, no me
revelaste al punto todo el horror que aguardaba a mi sacrilega profanación de la
sepultura?
—¿Acaso podías tú escuchar otra voz que la de tu pasión desenfrenada? ¿No me
tapaba la boca tu ansiosa impaciencia cada vez que quería advertirte?
—Sí, es verdad: tu reproche es justo. Pero de nada sirve ahora. Lo que yo necesito
es ayuda inmediata.
—Bien —replicó el anciano—; aún hay un medio de salvarte. Pero está lleno de
horror, y requiere toda tu resolución.
—Entonces explica cuál es —dijo—. Porque ¿qué puede haber más espantoso,
más horrible, que la desdicha que ahora soporto?
—Sabe, pues —prosiguió el brujo—, que sólo en la noche de luna nueva duerme
ella el sueño de los mortales. Entonces la abandona del todo el poder sobrenatural que
recibe de la tumba. En ese momento es cuando deberás matarla.
—¡Cómo! ¿Matarla? —repitió Walter.
—Sí —replicó el anciano con serenidad—; le atravesarás el pecho con una daga
afilada que yo te daré. Al mismo tiempo, habrás de renunciar a su memoria para
siempre, jurando no volver a pensar en ella de manera intencionada. Y si lo hicieras
involuntariamente, deberás repetir la maldición.
—¡Horrible! Sin embargo, ¿qué puede haber más horrible que ella misma?
—Entonces, conserva esa resolución hasta el próximo novilunio.
—¡Cómo, tengo que esperar tanto! —exclamó Walter—. ¡Ah, antes de ese plazo,
su rabiosa sed de sangre me habrá conducido a la noche de la tumba, o el horror a la
noche de la locura!
—No —replicó el brujo—; eso lo puedo evitar —y a continuación le llevó a una
caverna de la montaña—. Permanece aquí dos veces siete días —dijo—. Durante ese
tiempo, podré protegerte de sus caricias mortales. Aquí encontrarás las provisiones
necesarias que vas a necesitar; pero cuida que nada te tiente a abandonar este lugar.
Adiós; cuando la luna se renueve, entonces volveré —dicho esto, el brujo trazó un
círculo mágico alrededor de la cueva, e inmediatamente desapareció.
Dos veces siete días permaneció Walter en esa soledad, sin otra compañía que su
amargo arrepentimiento y sus aterradas obsesiones. El presente era todo miedo y
desolación; el futuro mostraba la imagen de una acción horrible que debía llevar a
cabo sin remedio, mientras que el pasado se lo envenenaba el recuerdo de su culpa. Si
pensaba en su antigua y feliz unión con Brunhilda, surgía ante su imaginación la
figura horrenda de ella con los labios goteantes de sangre; si evocaba los días
apacibles pasados con Swanhilda, veía su espíritu afligido, con las sombras de sus
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hijos asesinados. Tales eran los horrores que le acompañaban de día. En cuanto a los
de la noche, eran aún más espantosos; porque entonces veía a la propia Brunhilda
que, vagando alrededor del círculo mágico que no podía traspasar, le llamaba por su
nombre hasta que la caverna resonaba entera con el eco de sus voces estremecedoras.
«Walter, amado mío —gritaba—; ¿por qué me huyes? ¿Acaso no eres mío? ¿Mío
para siempre… aquí, y en el más allá? ¿Acaso estás pensando matarme? ¡Ah, no
cometas ese acto que nos arrojaría a la perdición… a ti lo mismo que a mí.» De este
modo le atormentaba su horrible visitante cada noche; y cuando se iba, aún le
arrebataba todo descanso.
Al fin llegó la luna nueva, negra como la acción que estaba condenado a cometer.
El brujo entró en la caverna.
—Venga —dijo a Walter—, vámonos de aquí; ha llegado la hora.
Y se lo llevó de la cueva a lomos de un corcel negro, cuya visión trajo a Walter el
recuerdo de la noche fatal. Entonces refirió al anciano las visitas nocturnas de
Brunhilda, y le preguntó ansioso si se cumplirían los temores de perdición eterna que
ella le había augurado.
—No pueden los ojos mortales —exclamó el brujo— penetrar los secretos
oscuros de otro mundo, ni el abismo profundo que separa la tierra del cielo.
Walter vaciló en montar sobre el corcel.
—Sé decidido —exclamó su compañero—; por esta vez se te concede afrontar la
prueba. Si ahora fallas, nada podrá rescatarte de su poder.
—¿Qué puede haber más horrible que ella misma? Estoy decidido —y saltó sobre
el caballo, y el brujo montó detrás.
Transportados con la rapidez de la tormenta que barre la llanura, llegaron en
breve espacio al castillo de Walter. Todas las puertas se abrieron de golpe a una voz
de su compañero; un instante después estaban en la cámara de Brunhilda. Se
detuvieron junto a su lecho. Sumida en un sueño sosegado, descansaba con toda la
belleza que le era innata, limpio su semblante de toda huella de horror. Parecía tan
pura, tan dócil e inocente, que en la memoria de Walter se agolparon las dulces horas
de sus caricias como ángeles intercesores suplicando clemencia para ella. La turbada
mano de Walter era incapaz de coger la daga que el brujo le presentaba.
—Has de dar el golpe ahora mismo —dijo éste—; si te retrasas una hora tan sólo,
al amanecer la tendrás sobre tu pecho, sorbiéndote las gotas vitales del corazón.
—¡Horrible! ¡Horrible! —balbuceó Walter temblando; y apartando la cara,
hundió la daga en el pecho de ella a la vez que exclamaba—: ¡Yo te maldigo para
siempre! —y brotó fría la sangre, manchándole la mano. Brunhilda abrió los ojos una
vez más; lanzó una mirada de indecible horror a su esposo y, con voz cavernosa y
agónica, dijo:
—Tú también estás condenado a la perdición.
—Pon ahora la mano sobre su cadáver —dijo el brujo—, y pronuncia el
juramento.
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Walter hizo lo que se le ordenaba, diciendo:
—Jamás pensaré en ella con amor, jamás la evocaré intencionadamente; y si su
imagen acude a mi cerebro, la expulsaré gritándole: maldita seas.
—Ya has cumplido todos los requisitos —declaró el brujo—. Ahora devuélvela a
la tierra, de la que no debiste llamarla insensatamente. Y procura recordar tu
juramento; porque si lo olvidas una sola vez, regresará, y estarás perdido sin remedio.
Adiós… no nos volveremos a ver nunca más —y dichas estas palabras, abandonó el
aposento; y Walter huyó también de esta morada de horror, tras dar primero
instrucciones para que el cadáver fuese enterrado sin tardanza.
De nuevo descansó la terrible Brunhilda en su sepultura. Pero su imagen acosaba
sin tregua el cerebro de Walter, de manera que su existencia era un continuo suplicio,
en el que luchaba por expulsar de su memoria los fantasmas horrendos del pasado.
Sin embargo, cuanto más grandes eran sus esfuerzos por desterrarlos, más intensos y
vividos se volvían; como el noctámbulo que, atraído por un fuego fatuo a una ciénaga
o un pantano, se hunde cada vez más en su húmeda sepultura cuanto más se esfuerza
en escapar. Su imaginación parecía incapaz de admitir otra imagen que la de
Brunhilda: una vez imaginaba que la veía expirar, con la sangre manándole de su
hermoso pecho; otra, la hermosa desposada de su juventud le reprochaba haber
turbado el sueño de la tumba; y en ambas, se veía obligado a proferir las palabras
espantosas: «Yo te maldigo para siempre». Continuamente brotaba de sus labios la
terrible imprecación; sin embargo, vivía en el terror incesante de que se le olvidara, o
de pensar en ella y no ser capaz de repetirla; y luego, al despertar, de descubrir que
estaba en sus brazos. O bien recordaba las palabras de ella al expirar; y espantado
ante su terrible significado, imaginaba que se había pronunciado irrevocablemente la
sentencia de su perdición. ¿Adónde huir de sí mismo? ¿O cómo borrar de su cerebro
estas imágenes y formas espantosas? En el clamor del combate, en el tumulto de la
guerra, en su incesante oscilar de la victoria al desastre y del grito de angustia al
júbilo de la victoria… en estas cosas esperó hallar al menos el alivio del aturdimiento.
Pero también aquí vio frustrada su esperanza. Los dientes gigantescos del recelo
atenazaban ahora al que nunca había conocido el miedo: cada gota de sangre que le
salpicaba parecía ser de la fría sangre que brotó de la herida de Brunhilda; cada
desdichado moribundo que caía junto a él, le parecía que era ella, cuando exclamó en
la agonía: «¡Tú también estás condenado a la perdición!»; de manera que el aspecto
de la muerte le parecía más aterrador que nada de cuanto le rodeaba, y este terror
insuperable le empujaba a abandonar el campo de batalla. Por último, tras vagar sin
rumbo durante mucho tiempo, regresó a su castillo. Aquí, todo estaba desierto y
silencioso, como si la espada, o una pestilencia aún más mortal, hubiera arrasado la
región. Porque los pocos habitantes que aún quedaban, y hasta los criados que en otro
tiempo se mostraron más fieles, habían huido ahora de él, como si llevase en la frente
el estigma de Caín. Se daba cuenta con horror de que, al haberse unido a los muertos,
se había separado de los vivos, quienes no querían tener relación alguna con él. A
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menudo, cuando se detenía junto a las almenas de su castillo y miraba los campos
desiertos, comparaba su actual desolación con el animado movimiento que solían
mostrar bajo la estricta pero benévola disciplina de Swanhilda. Ahora se daba cuenta
de que sólo ella podía reconciliarle con la vida. Pero ¿podía esperar que le perdonase,
y volviese a recibirle aquella a la que tan profundamente había agraviado? Por
último, su impaciencia se impuso a su temor: fue en busca de Swanhilda y, con la
más intensa contrición, reconoció su complicada culpa. Y abrazado a sus rodillas, le
imploró perdón, suplicándole que regresase a su castillo desolado, a fin de hacerlo
otra vez morada de la alegría y de la paz. Swanhilda se conmovió al ver a sus pies la
pálida figura, apenas una sombra del en otro tiempo gallardo esposo. «La locura —
dijo con mansedumbre—, aunque me ha causado mucho dolor, jamás ha hecho nacer
en mí el resentimiento ni la cólera. Pero dime, ¿dónde están mis hijos? —durante un
rato, el desesperado padre no tuvo fuerzas para contestar a esta pregunta espantosa;
por último, tuvo que confesar la horrible verdad—. Entonces nos hemos dividido para
siempre», replicó Swanhilda; y todas las lágrimas y súplicas de Walter no le hicieron
revocar su sentencia.
Despojado de su última esperanza terrena, privado de su último consuelo,
hundido en la más grande desgracia en que un mortal puede caer a este lado de la
tumba, Walter emprendió el regreso. Y cabalgaba absorto en lúgubres meditaciones
por el bosque vecino a su castillo, cuando el súbito sonido de un cuerno le sacó de su
ensimismamiento. Poco después vio aparecer a una dama vestida de negro, montada
sobre un corcel del mismo color; su traje era como el de una cazadora; pero en vez de
halcón, llevaba en la mano un cuervo, e iba asistida por un alegre tropel de caballeros
y damas. Cumplidos los primeros saludos, Walter averiguó que llevaban el mismo
camino que él; y cuando supo ella que estaba cerca el castillo de Walter, solicitó
alojamiento por una noche, dado que la tarde estaba muy avanzada. De muy buen
grado accedió Walter a esta petición, ya que la aparición de la hermosa desconocida
le había sorprendido gratamente: tenía un parecido prodigioso con Swanhilda, salvo
que su cabello era castaño, y sus ojos oscuros y centelleantes. Agasajó con un
suntuoso banquete a sus invitados, cuyas risas y canciones llenaron de animación las
salas hasta ahora silenciosas. El banquete se prolongó tres días; y tan estimulante
resultó para Walter que parecía haber olvidado todos sus miedos y tristezas. Y no se
decidía a despedir a sus visitantes por temor a que, al irse, el castillo pareciera cien
veces más desolado que antes, aumentando su pesar en la misma proporción. A
ruegos fervientes de él, la desconocida accedió a alargar su estancia siete días, que
luego prolongó con otros siete. Sin serle solicitado, asumió la dirección de la casa; y
empezó a gobernarla con tanta discreción y alegría como había hecho Swanhilda, de
manera que el castillo, que hasta ahora había sido morada de la melancolía y el
horror, se convirtió en residencia de la fiesta y el placer; y la aflicción de Walter se
disipó por completo en medio de tanto alborozo. Su afecto hacia la hermosa
desconocida aumentaba de día en día; incluso la hizo su confidente; y una noche en
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que paseaban juntos lejos del séquito de ella, le contó su espantosa historia. «Mi
querido amigo —replicó la desconocida cuando él hubo acabado de hablar—, mal se
acomoda a un hombre de tu discreción afligirse por todo eso. Has despertado a un
cadáver del sueño de la sepultura, y has descubierto… lo que era de prever: que los
muertos no simpatizan con la vida. Y ahora ¿qué? No quieres cometer ese error por
segunda vez. Sin embargo, has matado al ser al que habías llamado de nuevo a la
vida; aunque lo has hecho sólo en apariencia: no podías quitarle la vida propiamente,
puesto que ninguna tenía. Además, has perdido una esposa y dos hijos; aunque, a tus
años, tal pérdida puede repararse fácilmente. Hay bellezas que de grado compartirían
tu lecho y te harían padre otra vez. Pero temes la cuenta después: ir, abrir las
sepulturas y preguntar a los durmientes si eso les turbará.»
Y así, la desconocida lo exhortaba a menudo a que se alegrase, de manera que, en
breve tiempo, su tristeza había desaparecido por completo. Entonces se arriesgó
Walter a declararle la pasión que le había inspirado, y ella no le negó su mano. Siete
días más tarde, se celebraron las nupcias, y los mismos cimientos del castillo
parecieron estremecerse con el tumulto del festín. El vino corría en abundancia; las
copas circulaban sin cesar; el desenfreno alcanzaba los últimos extremos, en tanto
estallaban sonoras risotadas, rayanas en la locura, entre el séquito numeroso de la
desconocida. Por último Walter, enardecido por el vino y el amor, llevó a su
desposada a la cámara nupcial. Pero, ¡horror!, apenas la tuvo en sus brazos, la vio
transformarse en una serpiente monstruosa que le abrazó con sus anillos horribles, y
le estrujó hasta hacerle morir. El fuego comenzó a crepitar en todos los rincones de la
alcoba. Pocos minutos después, las llamas envolvieron el castillo, y lo consumieron
enteramente. Y mientras los muros se derrumbaban con estrépito tremendo, una voz
exclamó muy alto: «¡No despertéis a los muertos!».
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John William Polidori
EL VAMPIRO(1819)
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Goethe es uno de los primeros en leerla y crédulamente declara que le parecía lo
mejor que había escrito el poeta. Byron arde de ira, y desde Venecia escribe al editor
Murray y a su agente literario negando solemnemente su autoría y tildando la
operación de «vulgar impostura comercial».
Polidori no sólo había desarrollado el tema del Fragmento, que Byron escribió y
comentó en Diodati, lo peor de todo era que había añadido elementos de la novela
autobiográfica (Glenarvon) de su antigua amante lady Caroline Lamb, donde se
retrata vengativamente a Byron como el diabólico Ruthven Glenarvon, un hombre
intenso de crueldad inaudita con sus amantes, que ayudaba a fomentar y revolver su
turbulenta leyenda mucho más de lo que en realidad era.
El recuerdo de Polidori no deja de ser curioso. Su cuento, a pesar de haber sido
denostado (igual que su autor) por no pocos escritores y críticos, sigue siendo, a pesar
de todo, la historia de terror que más influencia ha ejercido sobre las letras inglesas.
EL VAMPIRO[3]
SUCEDIÓ que en el curso de las diversiones que tuvieron lugar un invierno en
Londres, apareció en varias fiestas de la sociedad que marcaba el tono un noble que
destacaba más por sus peculiaridades que por su rango. Observaba la alegría a su
alrededor como si no pudiese participar en ella. Al parecer, sólo atraía su interés la
risa ligera de las bellas, que él podía sofocar con una mirada, e infundir el temor en
los pechos donde reinaba el aturdimiento. Las que experimentaban esta sensación de
pavor no se explicaban de dónde procedía: unos la atribuían a su mirada apagada y
gris que, al clavarse en el rostro de las personas, no parecía traspasarlo y penetrar
hasta los íntimos movimientos del corazón, sino posarse en las mejillas como un rayo
plomizo y oprimir la piel sin poder atravesarla. Sus peculiaridades eran la razón de
que todas las casas le invitasen: todo el mundo quería verle, y los habituados a
emociones intensas, que ahora sentían el peso del ennui, estaban encantados de tener
con su presencia algo que les despertaba la atención. A pesar de la mortal palidez de
su rostro, que jamás llegaban a encenderlo ni el rubor de la modestia ni la pasión de
las emociones fuertes, era gallardo de figura y silueta, y muchas cazadoras de
notoriedad trataban de conquistar sus atenciones y obtener alguna prueba, al menos,
de lo que ellas llamaban afecto: lady Mercer, que desde su matrimonio había sido
juguete de todo monstruo que se había exhibido en los salones, le salió al paso, y sólo
le faltó vestirse de saltimbanqui para atraer su atención… aunque en vano: cuando
estuvo delante de él, aunque sus ojos se clavaron en los de ella, sin embargo dio la
impresión de que no los veían; y el descarado descoco de lady Mercer se vio
chasqueado, y tuvo que abandonar el campo. Pero, si bien la vulgar adúltera no
conseguía atraer su mirada siquiera, no le era indiferente el bello sexo; aunque era tal
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la discreción con que hablaba a la casada virtuosa y a la hija inocente, que muy pocos
le habían visto dirigir nunca la palabra a una mujer. Con todo, tenía fama de poseer
una conversación cautivadora; y fuese porque ésta disipaba el temor que su singular
persona inspiraba en las mujeres, o porque las conmovía su aparente odio al vicio, el
caso era que tan a menudo estaba entre aquellas cuyas virtudes domésticas
constituyen el orgullo de su sexo, como entre las que lo manchaban con sus vicios.
En esos mismos días llegó a Londres un joven caballero de apellido Aubrey,
huérfano al que, como a su única hermana, sus padres habían dejado una gran fortuna
cuando aún era un niño. Abandonado a su suerte también por sus tutores, quienes
consideraron que su deber estaba en cuidar de su dinero, delegando la tarea más
importante de velar por su espíritu en manos de subalternos mercenarios, cultivó más
su imaginación que su juicio. De ahí que tuviera ese acusado sentido romántico del
honor y la sinceridad que a diario arruina a tantos aprendices de sombrerero. Estaba
convencido de que todos compartían la virtud, y creía que el vicio lo había arrojado la
Providencia sólo a modo de pintoresco efecto escénico, como vemos en las novelas:
creía que la miseria de una cabaña consistía tan sólo en la ropa de vestir, la cual era
abrigada, pero más apta para el ojo del pintor, por sus pliegues irregulares y la
diversidad de colores de sus remiendos. Creía, en fin, que los sueños de los poetas
eran la realidad de la vida. Era guapo, abierto y rico; y por todas estas razones,
cuando entró en los círculos brillantes de la sociedad, le rodearon las madres, y
rivalizaron en describirle con escasa sinceridad a sus lánguidas o vivarachas
favoritas: las hijas, a su vez, animando el semblante cuando él se acercaba y
mirándole con ojos chispeantes cuando abría los labios, no tardaron en hacerle
concebir una falsa idea de sus propios méritos y talento. Y ligado como estaba a la
novela de sus horas solitarias, le asombró descubrir que, salvo en las velas de sebo o
de cera que parpadeaban, no por la presencia de un espectro sino por falta de pabilo,
no guardaba parecido alguno con la vida real el montón de deleitosas pinturas y
descripciones que contenían aquellos volúmenes en los que se había formado.
Hallando, no obstante, cierta compensación en su vanidad gratificada, estaba a punto
de renunciar a sus sueños, cuando el extraordinario ser que hemos presentado más
arriba fue a cruzarse en su camino.
Se dedicó a observarlo; y su misma imposibilidad de formarse una idea del
carácter de un hombre totalmente encerrado en sí mismo, que daba pocas muestras de
reparar en objetos exteriores salvo el tácito reconocimiento de su existencia que
suponía el hecho de evitar su contacto, permitiendo que su propia imaginación
representase cuanto halagaba su tendencia a forjarse ideas extravagantes, no tardó en
convertir al individuo en un héroe de novela, y decidió estudiar el producto de su
fantasía, más que el personaje que tenía delante. Trabó amistad con él, le brindó
atenciones, y llegó a intimar a tal extremo que su presencia era admitida en todo
momento. Se fue enterando gradualmente de que los intereses de lord Ruthven
atravesaban momentos delicados, y no tardó en averiguar, por los preparativos que se
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estaban efectuando en la calle ***, que iba a emprender un viaje. Deseoso de obtener
alguna información sobre este singular personaje, que hasta ahora sólo había
despertado su curiosidad, comunicó a sus tutores que había llegado la hora de hacer el
viaje que desde generaciones se considera imprescindible para que los jóvenes
progresen en la carrera del vicio lo bastante como para igualarse a los hombres
maduros, y dejen de parecer caídos de una nube allí donde una intriga escandalosa se
escarnece o se alaba, según el grado de habilidad en llevarla a término. Dieron su
consentimiento los tutores; y cuando Aubrey habló de su intención a lord Ruthven, le
sorprendió recibir de éste el ofrecimiento de ir juntos. Halagado por esta muestra de
estima en un ser que aparentemente no tenía nada en común con el resto de los
hombres, aceptó encantado; y pocos días más tarde habían cruzado las aguas
circundantes.
Hasta aquí, Aubrey no había tenido ocasión de estudiar el carácter de lord
Ruthven. Y ahora veía que, si bien eran muchas más las acciones suyas que
presenciaba, las consecuencias parecían no tener relación con los motivos de su
conducta. Su compañero era de una liberalidad rayana en el despilfarro: el haragán, el
vagabundo y el pordiosero obtenían de su mano más que suficiente para mitigar sus
necesidades inmediatas. Pero Aubrey no podía por menos de advertir que no era al
virtuoso, reducido a la indigencia por ese infortunio que suele acompañar a la virtud,
al que concedía sus dádivas: éste era expulsado de su puerta con mal reprimido
desprecio. En cambio, cuando el libertino se acercaba a pedirle algo, no para aliviar
su necesidad sino para refocilarse en los placeres o hundirse aún más en su iniquidad,
era despedido con generosa largueza. Esto, sin embargo, lo atribuía Aubrey a la
mayor impertinencia del vicioso, que por lo general triunfa sobre la cohibida timidez
del virtuoso indigente. Una circunstancia había en la caridad de su Señoría que
impresionaba aún más a Aubrey: veía que todo aquel al que otorgaba su favor se
llevaba consigo, inevitablemente, una maldición; porque acababa o en el patíbulo, o
hundido en la más baja y abyecta degradación. En Bruselas y otras ciudades por
donde pasaron, Aubrey se sorprendió ante la manifiesta celeridad con que su
compañero buscaba los centros de vicio de la elegancia; participaba del espíritu de la
mesa de faraón; jugaba y apostaba siempre con éxito, salvo cuando su adversario era
un conocido estafador: entonces perdía más de lo que había ganado; aunque siempre
con el mismo semblante impasible con que generalmente observaba a la sociedad que
le rodeaba: no ocurría lo mismo, en cambio, cuando topaba con el joven novato e
irreflexivo, o con el desafortunado padre de numerosa familia; entonces su mismo
deseo parecía ser la ley de la fortuna: salía de su aparente ensimismamiento, y sus
ojos centelleaban con más fuego que los del gato cuando juega con un ratón
moribundo. En cada ciudad, dejaba al joven antes opulento expulsado del círculo
social del que había sido adorno, o maldiciendo en la soledad de un calabozo el
destino que le había puesto al alcance de este demonio, mientras muchos padres se
sentaban desesperados ante las elocuentes miradas de sus hijos, sin un céntimo de su
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anterior fortuna con que comprar siquiera lo imprescindible para mitigar su hambre
actual. Pero jamás tocaba el dinero de la mesa, sino que perdía seguidamente, para
perdición de muchos, hasta el último florín que acababa de arrancar a la mano
convulsa del inocente: quizá esto se debía a cierto grado de experiencia que, sin
embargo, no era capaz de vencer la astucia de los más experimentados. Aubrey
deseaba a menudo hacérselo ver a su amigo, y rogarle que renunciase a esa caridad y
placer que acababa en ruina de todos y a él no le reportaba beneficio ninguno; pero lo
iba aplazando… porque cada día esperaba que su amigo le diera ocasión de hablar
abiertamente y con franqueza. Sin embargo, esto no sucedía nunca. Lord Ruthven, en
su carruaje, y en medio de los diversos escenarios agrestes y ricos de la naturaleza
que atravesaban, se mostraba siempre el mismo: sus ojos hablaban menos que sus
labios; y aunque Aubrey viajaba junto al que era objeto de su curiosidad, no obtenía
de él más satisfacción que el constante y vano anhelo de penetrar ese misterio, que
ante su exaltada imaginación empezaba a adquirir aspecto de algo sobrenatural.
No tardaron en llegar a Roma, donde Aubrey perdió de vista durante un tiempo a
su compañero, que le dejaba para asistir a las tertulias matinales de una condesa
italiana, mientras él salía en busca de monumentos de otra ciudad casi desierta. Y
hallándose así ocupado, le llegaron cartas de Inglaterra, que abrió con ansiosa
impaciencia; la primera era de su hermana, y sólo contenía manifestaciones de afecto;
las otras eran de sus tutores, y le causaron asombro; si antes le pasó por la
imaginación que había en su compañero un poder maligno, estas cartas casi le
proporcionaban fundamento suficiente para tal creencia. Sus tutores insistían en que
dejase al punto a su amigo, alegando que se trataba de un personaje depravado, y que
poseía un irresistible poder de seducción que hacía su licenciosa conducta más
peligrosa para la sociedad. Se había descubierto que su desprecio por la adúltera no se
debía a que odiase su veleidad, sino que, para acrecentar su propia satisfacción, había
hecho que su víctima, su compañera de culpa, cayera del pináculo de la virtud
inmaculada al más bajo abismo de la infamia y la degradación; en fin, que las
mujeres tras las cuales había ido él, aparentemente por su virtud, habían arrojado su
máscara tras su partida, y no habían tenido rebozo en exponer toda la deformidad de
sus vicios a la mirada pública.
Aubrey decidió dejar a su compañero, cuyo carácter aún no había revelado una
sola luz donde él pudiera posar la mirada. Decidió inventar algún pretexto plausible
para separarse; entretanto, se dispuso a vigilar con más atención, y no dejar que le
pasara inadvertido el más ligero detalle. Se introdujo en el mismo círculo, y no tardó
en comprobar que su Señoría maquinaba sorprender la inexperiencia de la hija de la
dama cuya casa frecuentaba. En Italia, es raro que una joven soltera asista a reuniones
de sociedad; así que su Señoría se veía obligado a llevar a cabo sus planes en secreto;
pero la mirada de Aubrey le seguía en todos sus manejos, y no tardó en descubrir que
había concertado una cita, la cual acabaría muy probablemente en la ruina de una
inocente aunque irreflexiva muchacha. Sin perder tiempo, entró en el aposento de
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lord Ruthven, y le preguntó abiertamente cuáles eran sus intenciones respecto a la
joven, informándole al mismo tiempo que estaba enterado de que iba a verse con ella
esa misma noche. Lord Ruthven contestó que sus intenciones eran las que se suponía
que abrigaría cualquiera en una ocasión así; y cuando Aubrey le preguntó si pensaba
casarse con ella, se echó a reír. Aubrey se retiró; escribió una nota comunicándole
que desde ese momento se negaba a seguir con él el resto del proyectado viaje,
ordenó a sus criados que buscasen otra casa, fue a ver a la madre de la dama, y la
informó de cuanto sabía, no sólo en lo referente a su hija, sino también sobre la
reputación de su Señoría. Se impidió la cita. Al día siguiente, lord Ruthven se limitó a
enviar a sus criados para comunicarle su entera conformidad en separarse, pero no
reveló su sospecha de que el fracaso de sus planes se debía a la intervención de
Aubrey.
Después de abandonar Roma, Aubrey dirigió sus pasos hacia Grecia; y cruzando
la península, no tardó en llegar a Atenas. Allí fijó su residencia en casa de un griego;
y poco después se dedicaba a seguir los borrosos vestigios del antiguo esplendor en
monumentos que, avergonzados, al parecer, de consignar proezas de hombres libres
ante hombres que eran esclavos, se habían ocultado bajo el suelo protector o tras los
líquenes multicolores. Bajo el mismo techo que él, vivía una criatura tan bella y
delicada que podía haber servido de modelo al pintor que quisiera plasmar en el
lienzo la esperanza prometida a los creyentes en el paraíso de Mahoma; aunque sus
ojos revelaban demasiado el espíritu para poderla tomar por una de aquellas que
carecían de alma. Cuando bailaba en la llanura, o subía por una pendiente, ni una
gacela habría podido comparar su gracia y su belleza con la de ella. Porque ¿quién
habría cambiado sus ojos, que parecían los de la naturaleza animada, por esa mirada
soñolienta y lujuriante del animal apto tan sólo para el paladar de un epicuro? A
menudo, los pies ligeros de Ianthe acompañaban a Aubrey en su búsqueda de
antigüedades, y a menudo la muchacha, inconscientemente, persiguiendo una
mariposa de Cachemira, revelaba toda la belleza de su cuerpo, flotando al viento por
así decir, ante la mirada ansiosa de Aubrey que, absorto en la contemplación de su
figura de sílfide, se olvidaba de las letras que acababa de descifrar en una tableta
borrosa. A menudo, cuando sus mechones de pelo se agitaban en sus revoloteos,
revelaban, al darles el sol, unos tonos tan delicadamente brillantes e irisados que bien
podían justificar el olvido del aficionado a las antigüedades, el cual dejaba escapar de
su pensamiento el mismo objeto que un momento antes había considerado de
importancia esencial para la justa interpretación de un pasaje de Pausanias. Pero a
qué intentar describir los encantos que todos conocen pero que nadie puede sentir.
Era la inocencia, la juventud, la belleza no contaminada por los salones concurridos y
los bailes asfixiantes. Mientras él dibujaba los restos de los que quería conservar
recuerdo para futuras horas, ella permanecía sentada a su lado, y observaba la magia
de su lápiz trazando paisajes de su ciudad natal. Ianthe le describía los bailes en
círculo, en la llanura, le pintaba los colores encendidos de gozosa memoria, la pompa
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de las bodas que recordaba haber visto de niña; luego, volviendo a cosas que
evidentemente habían dejado más honda impresión en su mente, le refería todas las
historias preternaturales que le había contado su niñera. Su seriedad y aparente
creencia en lo que decía acrecentaba aún más el interés de Aubrey; y a menudo,
mientras le hablaba de que hubo un vampiro que había pasado años entre sus amigos
y parientes más queridos, el cual consumía anualmente la vida de una hermosa joven,
prolongando de este modo su existencia durante los meses siguientes, se le helaba la
sangre, si bien trataba de reírse de tan horribles fantasías; pero Ianthe le citaba los
nombres de ancianos que al fin habían logrado descubrir vivo a uno de ellos, tras
encontrar a varios de sus parientes e hijos marcados con el sello del apetito de ese
demonio. Y al ver Ianthe que Aubrey seguía tan incrédulo, le suplicó que la creyese;
porque se había observado que los que osaban dudar de su existencia acababan
recibiendo invariablemente alguna prueba que los obligaba a reconocer, con gran
dolor, que era verdad. Le detalló la tradicional aparición de estos monstruos, y el
horror de Aubrey aumentó al oír una descripción puntual de lord Ruthven. Aubrey,
sin embargo, persistió en convencerla de que no podía tener razón en sus temores,
aunque al mismo tiempo le sorprendían las numerosas coincidencias, y le inclinaban
a concebir cierta creencia en los poderes sobrenaturales de lord Ruthven.
Aubrey empezaba a sentir, cada vez más, afecto por Ianthe; su inocencia, tan
lejana de las fingidas virtudes de las mujeres entre las que había buscado él su ideal
novelesco, había conquistado su corazón; y aunque le parecía ridicula la idea de que
un joven de hábitos ingleses llegara a casarse con una muchacha griega sin cultura, se
encontraba cada vez más encariñado con la casi etérea figura que tenía delante. A
veces se apartaba de ella con pesar, y tras proyectar algún plan de investigación
arqueológica, partía dispuesto a no volver hasta lograr su objetivo; pero siempre
encontraba imposible fijar la atención en las ruinas de su alrededor, cuando su
cerebro conservaba una imagen que parecía ser dueña legítima de sus pensamientos.
Ianthe ignoraba su amor, y se mostraba como la misma criatura infantil y sincera que
él había conocido al principio. Siempre parecía separarse de él con renuencia; pero
era porque no tenía a nadie con quien poder visitar sus rincones predilectos, mientras
su protector andaba ocupado en dibujar o descubrir algún fragmento que había
escapado a la mano destructora del tiempo. Ianthe apelaba a sus padres cuando
hablaba de vampiros; y los dos, y todos los que estaban presentes, confirmaban su
existencia, palideciendo de horror sólo de oírlos nombrar. Poco más tarde, Aubrey
decidió hacer una de sus excursiones, en principio de sólo unas horas; al oír el
nombre del sitio que quería visitar, inmediatamente le suplicaron que no fuese allí de
noche, ya que tendría que atravesar un bosque que ningún griego se atrevería a pisar,
bajo ningún concepto, después que se hubiese ido el día. Lo describieron como el
lugar de reunión de los vampiros durante sus orgías nocturnas, y auguraron las más
horribles desgracias a quien se atreviera a recorrer ese sendero. Aubrey no tomó en
serio estos consejos, y trató de reírse de tal idea; pero cuando los vio estremecerse
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ante la osadía de burlarse de un poder infernal y superior, cuyo mero nombre parecía
helarles la sangre, se calló.
A la mañana siguiente, Aubrey se dispuso a emprender una excursión solo; le
sorprendió observar el semblante melancólico de sus anfitriones, y le preocupó
descubrir que sus palabras de burla acerca de la creencia en esos demonios les
hubiera inspirado tal terror. En el momento de salir, Ianthe se acercó a su caballo y le
rogó muy seria que volviese antes de que la noche permitiese a esos seres reanudar
sus actividades; se lo prometió. No obstante, anduvo tan ocupado en sus
exploraciones que no se dio cuenta de que se estaba yendo la luz del día, y de que en
el horizonte había una o dos manchas que, en climas más cálidos, solían juntarse en
una masa tremenda, y descargar su furia sobre el desventurado campo. Finalmente,
no obstante, montó en su caballo, decidido a regresar deprisa, por su retraso. Pero era
demasiado tarde. El crepúsculo, en estos climas meridionales, es algo casi
desconocido; el sol se pone rápidamente, y cae la noche. Así que antes de haber
recorrido mucho trecho tuvo la tormenta encima: apenas dejaban los truenos intervalo
alguno. La espesa lluvia se abría paso por entre el dosel del follaje, mientras los
azules y sesgados rayos parecían caer y fulgurar a sus pies. De repente, el caballo se
asustó, y emprendió una terrible carrera a través del bosque enmarañado. Por último,
el animal se detuvo exhausto; y entonces Aubrey descubrió, al resplandor de los
relámpagos, que se hallaba en la proximidad de una casucha que apenas destacaba de
los montones de hojas secas y arbustos que la rodeaban. Descabalgó y se acercó,
esperando encontrar a alguien que le guiase hasta la ciudad, o confiando al menos en
protegerse del chaparrón. Mientras se acercaba, los truenos, momentáneamente
aplacados, le dejaron oír unos espantosos alaridos de mujer mezclados con exultantes
carcajadas de burla que se continuaban de manera casi ininterrumpida: pero, acuciado
por los truenos que de nuevo retumbaban sobre su cabeza, Aubrey abrió la puerta de
un empujón. Se encontró en absoluta oscuridad; le guiaron las voces, sin embargo.
Por lo visto, no había sido advertida su presencia; porque aunque pidió permiso, los
gritos prosiguieron sin que nadie reparase en él. Tropezó con alguien, que
inmediatamente le agarró; entonces una voz gritó: «¡Otra vez te entrometes!»; a lo
que sucedió una sonora risotada; y Aubrey se sintió atrapado por alguien cuya fuerza
parecía sobrehumana: decidido a vender su vida lo más cara posible, intentó
forcejear; pero resultó inútil: fue levantado en vilo y arrojado con fuerza tremenda
contra el suelo. Su enemigo se echó sobre él, y poniéndole la rodilla en el pecho, le
rodeó el cuello con las manos… cuando el resplandor de numerosas antorchas,
entrando por el vano que daba luz cuando era de día, le deslumbró; se levantó, dejó
su presa, se precipitó por la puerta, y un instante después se perdía a lo lejos el crujir
de ramas. La tormenta había calmado. Aubrey, incapaz de levantarse, fue oído por los
de fuera. Entraron; la luz de sus antorchas iluminó las paredes de adobe y el techo de
paja, cubierto de espesos grumos de hollín. A indicación de Aubrey, buscaron a la
dama que le había atraído con sus gritos; volvió a quedarse a oscuras; pero cuál no
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fue su horror cuando, al irrumpir de nuevo la luz de las antorchas, reveló la figura
etérea de su bella guía, traída en forma de exánime cadáver. Cerró los ojos, esperando
que no fuera sino un visión surgida de su cerebro enfebrecido; pero de nuevo vio la
misma figura, al abrirlos, tendida a su lado. No había color en sus mejillas, ni siquiera
en sus labios; sin embargo, su rostro reflejaba una serenidad que parecía casi tan
atrayente como la vida que había habitado en él; tenía el cuello y el pecho manchados
de sangre, y su garganta mostraba la huella de los dientes que habían abierto la vena.
La señalaron los hombres, gritando al tiempo que se estremecían de horror: «¡Un
vampiro! ¡Un vampiro!». Hicieron rápidamente una litera, y tendieron a Aubrey junto
a la que poco antes había sido objeto de tantas visiones radiantes y hermosas, ahora
deshojadas con la flor de la vida que había muerto en ella. No sabía cuáles eran sus
propios pensamientos: tenía la mente nublada; parecía evitar toda reflexión, y
refugiarse en el vacío. Su mano semiinconsciente empuñaba una daga peculiar que
había encontrado en la cabaña. No tardaron en encontrarse con los distintos grupos
que habían salido en busca de aquella a quien había echado de menos su madre. Los
lamentos de todos, cuando se acercaban a la ciudad, advirtieron con antelación a los
padres de la espantosa catástrofe. Sería imposible describir su dolor. Pero cuando
supieron qué había matado a la muchacha, miraron a Aubrey y le señalaron el
cadáver. No lo pudieron soportar: los dos murieron de dolor.
Una vez en la cama, Aubrey sufrió una altísima fiebre, con frecuentes delirios; en
esos momentos llamaba a lord Ruthven y a Ianthe; por alguna inexplicable
asociación, parecía suplicar a su antiguo compañero que tuviese compasión de la
persona que él amaba. Otras veces profería maldiciones sobre su cabeza, y le
imprecaba como su destructor. Casualmente, llegó por entonces lord Ruthven a
Atenas; y al enterarse, por algún intermedio, del estado de Aubrey, decidió alojarse
en la misma casa, convirtiéndose en su asiduo acompañante. Cuando éste se recobró
de su delirio, se horrorizó al ver la figura que ahora identificaba con la de un
vampiro. Pero lord Ruthven, con palabras amables que casi denotaban pesar por el
daño ocasionado con su separación, y más aún, con las atenciones y cuidados que
tenía con él, logró que aceptase su presencia. Su Señoría parecía totalmente
cambiado; ya no parecía aquel personaje apático que tanto había sombrado a Aubrey.
Pero tan pronto como su convalecencia empezó a progresar, fue volviendo
gradualmente a su primitivo ser, y Aubrey no notó diferencia alguna respecto del
primer hombre, salvo que a veces le sorprendía mirándole fijamente, con una sonrisa
de malévola exultación en los labios: no sabía por qué, pero le atormentaba esa
sonrisa. Durante la última parte de su recuperación, lord Ruthven se dedicó
aparentemente a contemplar las quietas ondulaciones del agua que la brisa fresca
producía, o a seguir el curso de los orbes, girando, como nuestro mundo, en torno al
sol inmóvil. A decir verdad, parecía querer evitar la mirada de todos.
La mente de Aubrey había quedado muy debilitada a causa de dicha conmoción,
y parecía haberle abandonado para siempre la flexibilidad de espíritu que en otro
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tiempo le había distinguido. Ahora amaba tanto la soledad y el silencio como lord
Ruthven; pero por mucho que deseara esa soledad, su espíritu no la encontraba en los
alrededores de Atenas; si la buscaba entre las ruinas que antes tanto frecuentó, la
figura de Ianthe caminaba a su lado; si la buscaba en el bosque, sus pies ligeros
parecían vagar en la maleza, en busca de la modesta violeta; entonces, se volvía
súbitamente, revelando a la trastornada imaginación de Aubrey su pálido rostro y su
cuello herido, con una sonrisa mansa en los labios. Aubrey decidió huir de estos
escenarios, en los que cada detalle engendraba en su mente amargas asociaciones.
Propuso a lord Ruthven —a quien se sentía obligado por los solícitos cuidados que le
había dedicado durante su enfermedad— visitar juntos aquellas partes de Grecia que
no habían visto ninguno de los dos. Viajaron en todas direcciones, y buscaron todos
los lugares dignos de recordar: pero aunque viajaban presurosos de lugar en lugar, no
prestaban atención a lo que contemplaban. Oían hablar mucho de salteadores;
aunque, poco a poco, fueron haciendo cada vez menos caso de estas informaciones,
que ellos imaginaban invención de individuos cuyo solo interés era mover la
generosidad de aquéllos a quienes defendían de los fingidos peligros. De modo que,
desoyendo las advertencias de los habitantes, emprendieron un viaje con una escolta
reducida, que les servía más de guía que de defensa. Y al entrar en un estrecho
desfiladero, en el fondo del cual corría un torrente y donde había enormes rocas
desprendidas de los precipicios que lo flanqueaban, tuvieron motivo para arrepentirse
de su despreocupación; porque no bien hubo entrado el grupo en el desfiladero, les
sobresaltó el silbido de las balas por encima de sus cabezas y el estampido de varias
armas. Un instante después, les habían abandonado los componentes de la escolta, los
cuales, protegiéndose detrás de las rocas, habían empezado a disparar en la dirección
de donde provenían las balas. Lord Ruthven y Aubrey, siguiendo su ejemplo, se
retiraron de momento tras la curva protectora del desfiladero: pero avergonzados de
encontrarse así detenidos por un enemigo que con voces insultantes les mandaba
salir, y viendo que estaban expuestos a una muerte segura si alguno de los salteadores
subía por el monte y los sorprendía por detrás, decidieron al punto avanzar en busca
del enemigo. Apenas habían dejado la protección de la roca, cuando lord Ruthven
recibió un disparo en el hombro que lo derribó al suelo. Aubrey corrió en su ayuda,
sin hacer caso de la contienda ni de su propio peligro, cuando se vio, para su sorpresa,
rodeado por las caras de los ladrones… dado que los de la escolta, al ver caer herido a
lord Ruthven, habían levantado los brazos y se habían rendido.
Prometiéndoles una gran recompensa, Aubrey los persuadió de que transportaran
a su amigo herido a una cabaña vecina; y tras llegar a un acuerdo sobre el rescate,
dejó de ser importunado por los ladrones, que se limitaron a guardar la entrada hasta
que su camarada volviese con el dinero prometido, cuya orden de entrega había dado
Aubrey. Lord Ruthven iba perdiendo fuerzas rápidamente; a los dos días le sobrevino
la gangrena, y la muerte parecía avanzar a pasos agigantados. Su actitud y aspecto no
habían cambiado; parecía no tener conciencia del dolor, como les habría ocurrido a
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cuantos tenía a su lado: pero hacia el amanecer de la última noche, su mente empezó
a mostrarse desasosegada, y sus ojos se quedaban fijos en Aubrey, que se sentía
impulsado a ofrecerle ayuda con más solicitud de lo habitual:
—¿Ayudarme? Podéis salvarme. Podéis hacer más que eso… No me refiero a mi
vida; me preocupa tan poco la muerte de mi existencia como la del día efímero. Pero
podéis salvar mi honor, el honor de vuestro amigo.
—¡Cómo! ¡Decidme cómo! Haré lo que sea necesario —replicó Aubrey.
—Es poco lo que necesito… Mi vida mengua deprisa; no os lo puedo explicar
todo; pero si guardáis silencio de cuanto sabéis de mí, mi honor se verá libre de
mancha en boca del mundo. Y si no se sabe de mi muerte durante un tiempo en
Inglaterra, yo… yo… pero mi vida… que no se sepa… ¡Jurádmelo! —exclamó el
moribundo, incorporándose con exultante violencia—. Jurádmelo por lo que vuestra
alma venera, por todo lo que teméis en la naturaleza: juradme que durante un año y
un día no daréis a conocer mis crímenes ni mi muerte a ningún ser vivo, suceda lo
que suceda y veáis lo que veáis.
Parecía que iban a salírsele los ojos de las órbitas:
—¡Lo juro! —dijo Aubrey.
Y lord Ruthven se dejó caer riendo en la almohada, y expiró.
Aubrey se echó a descansar, pero no durmió; por su mente desfilaron los
numerosos detalles que habían rodeado sus relaciones con este hombre, aunque no
sabía por qué; le sacudió un escalofrío al acordarse de su juramento, como si
presintiese que algo horrible le aguardaba. Se levantó de madrugada; iba a entrar en
un pequeño cobertizo donde había dejado el cadáver, cuando le salió al encuentro uno
de los ladrones, y le informó de que ya no estaba allí porque, mientras Aubrey
dormía, él y sus camaradas lo habían transportado a lo alto de un monte vecino,
conforme a una promesa que habían hecho a su Señoría, para que recibiese el primer
rayo frío de la luna, después de su muerte. Aubrey se quedó sorprendido; y
llevándose a varios de los hombres, decidió subir a enterrarlo en el lugar donde yacía.
Pero cuando llegó a la cima, no encontró rastro alguno ni del cuerpo ni de las ropas,
aunque los ladrones juraron que aquella que tenían delante era la misma roca en la
que habían depositado el cuerpo. Durante un rato, la mente perpleja de Aubrey se
sumió en conjeturas; finalmente regresó, convencido de que los ladrones habían
enterrado el cadáver para quedarse con las ropas.
Cansado de un país en el que había sufrido tan terribles desdichas, y en las que
todo conspiraba, al parecer, para aumentar esa supersticiosa melancolía que se había
apoderado de su espíritu, decidió abandonarlo; y poco después llegaba a Esmirna.
Mientras esperaba el barco que le llevaría a Otranto o a Nápoles, se dedicó a ordenar
los efectos que habían pertenecido a lord Ruthven y tenía consigo. Entre otras cosas,
había un estuche que contenía diversas armas ofensivas, más o menos aptas para
ocasionar la muerte de la víctima. Entre ellas, vio varias dagas y yagatanes. Les
estaba dando vueltas y examinando sus formas curiosas cuando, cuál no sería su
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sorpresa al descubrir una vaina con los mismos adornos que la daga descubierta en la
cabaña fatídica. Se estremeció; y tras buscar afanosamente nuevas pruebas, encontró
el arma. Y no es difícil imaginar su horror cuando descubrió que, aunque tenía una
forma rara, encajaba perfectamente en la vaina que tenía en la mano. No necesitaron
sus ojos de otra confirmación: parecían hipnotizados por la daga; sin embargo,
deseaba no creerlo; pero la forma peculiar, incluso los tonos irisados del puño y la
funda, eran idénticos en esplendor, y no dejaban lugar a dudas; había, también, gotas
de sangre en ambos objetos.
Dejó Esmirna; y en Roma, camino de casa, sus primeras averiguaciones fueron
sobre la dama que él había intentado arrancar de las artes seductoras de lord Ruthven.
Sus padres se hallaban hundidos en la desolación: habían perdido su fortuna, y no
habían sabido de ella desde la marcha de su Señoría. Aubrey casi perdió el juicio ante
tan repetidos horrores; temía que esta dama hubiese sido víctima del destructor de
Ianthe. Se volvió callado y taciturno; y su única ocupación consistía en acuciar a los
postillones, como si fuese a salvar la vida de algún ser querido. Llegó a Calais; una
brisa que parecía obedecer a su voluntad le llevó con presteza a las costas de
Inglaterra, desde donde se apresuró a volver a la mansión paterna. Y una vez allí,
durante un momento, pareció perder, con los abrazos y caricias de su hermana, todo
recuerdo de los días pasados. Si con sus caricias infantiles se había ganado ella antes
su afecto, ahora que empezaba a aflorar la mujer fue más entrañable compañera.
No poseía la señorita Aubrey esa gracia cautivadora que atrae las miradas y el
aplauso de las reuniones sociales. No tenía esa superficial brillantez que sólo se da en
el aire caldeado de los salones atestados. Jamás se encendían sus ojos azules porque
hubiera detrás un espíritu casquivano. La envolvía un encanto melancólico que no
parecía provenir del infortunio, sino de algún profundo sentimiento que parecía
revelar un alma conocedora de un reino más radiante. Su paso no era ese revoloteo
inconstante que va errático a donde puede atraerlo una mariposa o un color, sino
sosegado y pensativo. Cuando estaba sola, jamás se iluminaba su rostro por la sonrisa
o la alegría; pero cuando su hermano le manifestaba su afecto, y olvidaba en su
presencia las penas que destruían su sosiego, ¿quién habría cambiado su sonrisa por
la de la voluptuosidad? Parecía como si esos ojos, ese rostro, jugasen a la luz de su
propia esfera natal. Sólo tenía dieciocho años, y aún no había sido presentada en
sociedad: sus tutores habían creído oportuno aplazar esta ceremonia hasta el regreso
del hermano, cuando él pudiera ser su protector. Así que ahora se decidió que la
siguiente recepción, que estaba muy próxima, sería el momento de su entrada en el
«bullicioso escenario». Aubrey habría preferido quedarse en la mansión de sus
padres, y abandonarse allí a la melancolía que le agobiaba. No sentía interés por las
frivolidades de petimetres desconocidos, cuando tenía el espíritu tan quebrantado por
los sucesos de que había sido testigo; pero decidió sacrificar su propia comodidad a
fin de proteger a su hermana. Poco después llegaron a la ciudad, y se prepararon para
el día siguiente, que era la fecha designada para la recepción.
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La muchedumbre era excesiva: hacía tiempo que no se celebraba una fiesta así, y
todos los deseosos de disfrutar de la sonrisa de la realeza se apresuraron a acudir. Allí
estaba Aubrey, con su hermana. De pie, en un rincón a solas, indiferente a cuanto le
rodeaba, se estaba acordando de que la primera vez que vio a lord Ruthven fue en
este mismo lugar… cuando sintió que le agarraban súbitamente del brazo. Y junto a
su oído sonó una voz que reconoció demasiado bien: «Recordad vuestro juramento».
Casi no tuvo valor para volverse, temiendo ver un espectro que podía fulminarle,
cuando descubrió junto a sí al mismo personaje que le había llamado la atención la
primera vez que entró en la sociedad. Se quedó mirándolo, hasta que sus piernas casi
se negaron a sostenerle y tuvo que cogerse al brazo de un amigo. Y abriéndose paso
entre la multitud, se arrojó al interior de su carruaje y ordenó que le llevaran a casa.
Una vez allí, se puso a dar vueltas arriba y abajo con paso apresurado, agarrándose la
cabeza con las manos como si temiese que sus pensamientos fueran a hacerle estallar
el cerebro. Otra vez lord Ruthven ante él. En su mente desfilaron los detalles en
espantosa sucesión: la daga, su juramento… Reaccionó: no creía posible… ¡que
resucitaran los muertos! Concluyó que su imaginación había hecho surgir la imagen
en la que tenía concentrado el pensamiento. Era imposible que fuera real; así que
decidió volver al mundo. Y aunque quiso preguntar acerca de lord Ruthven, se le
quedó el nombre a flor de labios, y no consiguió obtener información. Unas noches
más tarde, acudió con su hermana a la fiesta que daba un pariente cercano; dejó a su
hermana bajo el cuidado de una matrona, se encerró en un aposento retirado, y allí se
abandonó a los pensamientos que le devoraban. Oyendo, por fin, que se estaban
marchando muchos, se levantó; y al entrar en otra estancia, halló a su hermana
rodeada de varias personas, en animada conversación al parecer. Fue a acercarse a
ella; rogó a uno que le dejase paso y, al darse éste la vuelta, reveló el rostro que más
odiaba. Aubrey saltó adelante, agarró del brazo a su hermana y, con paso apresurado,
la arrastró en dirección a la calle: encontró la puerta obstruida por una multitud de
criados que aguardaban a sus señores; y mientras pugnaba por abrirse paso entre
ellos, volvió a oír aquella voz, que susurró junto a él: «¡Recordad vuestro
juramento!». No se atrevió a volverse; sino que, dando prisa a su hermana, llegaron
en seguida a casa.
Aubrey casi perdió el juicio. Si antes le tenía obsesionado el cerebro una única
idea, cuánto más no se lo atormentó ahora que la certeza de que el monstruo vivía
otra vez sofocaba sus pensamientos. Se volvió indiferente a las atenciones de su
hermana, y en vano le insistía ella que le explicase la causa del súbito cambio de su
conducta. Aubrey le respondía con palabras sueltas que sólo servían para aterrarla. Y
cuanto más pensaba, más perplejo se sentía. Le asustaba su juramento. ¿Iba a permitir
que este monstruo anduviera por ahí sembrando la ruina entre seres a los que quería
sin impedir él su propagación? Su propia hermana podía caer. Pero, aunque rompiese
el juramento y revelase sus sospechas, ¿quién iba a creerle? Pensó en emplear su
propia mano para librar al mundo de semejante miserable; pero recordó que ya había
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burlado una vez a la muerte. En este estado permaneció varios días. Encerrado en su
habitación, no veía a nadie, y sólo comía cuando entraba su hermana, la cual, con los
ojos arrasados en lágrimas, le suplicaba que repusiese fuerzas aunque sólo fuese por
ella. Por último, no pudiendo resistir más tiempo la inacción y la soledad, abandonó
la casa, y se dedicó a vagar por las calles, deseando huir de la imagen que le
atormentaba. Se volvió desaliñado, y se exponía tanto al sol del mediodía como a la
humedad de la noche. No se le reconocía; al principio solía regresar a casa al
atardecer; pero finalmente se tumbaba a dormir donde le vencía el agotamiento. Su
hermana, inquieta por su seguridad, mandó a varias personas que le siguiesen; pero
no tardó en dejarlas atrás el que huía del más veloz de los perseguidores: el
pensamiento. Su conducta, sin embargo, cambió de repente. Asaltado por la idea de
que con su ausencia había dejado a todos sus amigos con un demonio entre ellos, de
cuya presencia no tenían conciencia, decidió integrarse de nuevo en la sociedad, y
vigilar estrechamente, dispuesto a prevenir, a pesar de su juramento, a todo aquel a
quien se acercara lord Ruthven con intención de intimar. Pero un día, al entrar en un
salón, sus estremecimientos internos eran tan visibles, y sus ojos recelosos y
desencajados llamaban tanto la atención, que su hermana se vio obligada a rogarle
que dejase de buscar, por ella, una sociedad que tan seriamente le afectaba. Cuando,
no obstante, se vio que eran inútiles estas reconvenciones, sus tutores consideraron
conveniente intervenir; y temiendo que se estuviera volviendo loco, juzgaron llegado
el momento de reasumir aquel deber que en otra época les habían impuesto los padres
de Aubrey.
Deseosos de ahorrarle los daños y sufrimientos que soportaba a diario en sus
vagabundeos, y de evitar que expusiera a los ojos del mundo las huellas de lo que
ellos consideraban locura, contrataron a un médico para que residiese en la casa y lo
tuviese bajo sus constantes cuidados. Aubrey apenas parecía darse cuenta de esto, tan
puesta tenía la mente en la idea terrible que le obsesionaba. Su incoherencia se volvió
finalmente tan grande que tuvo que ser encerrado en su cámara. Allí permanecía días
enteros, incapaz de salir de su postración. Se había vuelto demacrado, sus ojos habían
adquirido un brillo vidrioso; el único signo de afecto y vestigio de reconocimiento
afloraba en él cuando entraba su hermana; entonces se sobresaltaba a veces, y
cogiéndole las manos con una expresión que la afligía enormemente, le pedía que no
lo tocase. «¡Ah, no lo toques! ¡Si tu amor por mí representa algo, no te acerques a
él!» Cuando, sin embargo, ella le preguntaba a quién se refería, su única respuesta
era: «¡Es verdad! ¡Es verdad!», y volvía a caer en un estado del que ni ella lo podía
sacar. Esto duró muchos meses. Poco a poco, sin embargo, a medida que transcurría
el año, sus incoherencias se fueron haciendo menos frecuentes, y su mente se libró
parcialmente de su melancolía, en tanto sus tutores observaban que varias veces al día
contaba con los dedos determinado número, y después sonreía.
Casi había transcurrido el plazo cuando, el último día del año, entró uno de sus
tutores en su habitación, y se puso a comentar con el médico la triste circunstancia de
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que Aubrey se hallase en tan terrible estado la víspera de la boda de su hermana.
Estas palabras atrajeron al punto la atención de Aubrey; preguntó ansioso con quién
se iba a casar. Animados ante este síntoma de que le estaba volviendo el juicio, que
ellos temían que hubiera perdido, mencionaron el nombre del conde de Marsden.
Creyendo que se trataba de un joven conde al que había conocido en sociedad,
Aubrey pareció alegrarse. Más asombro aún les causó cuando manifestó su intención
de estar presente en la boda, y su deseo de ver a su hermana. No le contestaron; pero
unos minutos después entró ella a verle. Aubrey parecía otra vez capaz de recibir el
influjo de la encantadora sonrisa de ella; porque la estrechó contra su pecho, y le besó
la mejilla bañada en lágrimas, que le brotaron al ver que su hermano era sensible a
sus muestras de afecto. Éste empezó a hablar con su acostumbrado calor, y a
congratularse de su matrimonio con una persona tan distinguida por su linaje y sus
cualidades, cuando de repente se dio cuenta del medallón que ella llevaba en el
pecho. Lo abrió, y cuál no sería su estupor al descubrir el rostro del monstruo que
tanto había gravitado en su vida. Le arrancó el retrato en un acceso de rabia, y lo
pisoteó. Al preguntarle ella por qué había destruido la imagen de su futuro esposo,
pareció como si no la comprendiera. Seguidamente, cogiéndole las manos, y
mirándola con una expresión frenética en el semblante, le pidió que jurase que jamás
se casaría con ese monstruo, porque él… Pero no pudo seguir; pareció como si
aquella voz le recordase otra vez su juramento; se volvió de repente, pensando que
lord Ruthven estaba cerca, pero no había nadie. Entretanto, entraron los tutores y el
médico, que lo habían oído todo y pensaban que esto no era sino una recaída en su
estado anterior, y apartándolo a la fuerza de la señorita Aubrey, pidieron a ésta que
abandonase el aposento. Aubrey cayó de rodillas ante ellos, les imploró, les suplicó
que aplazasen la boda un día tan sólo. Ellos atribuyeron sus palabras a la locura que,
según imaginaban, dominaba su cerebro; trataron de apaciguarlo, y se retiraron.
Lord Ruthven había ido a visitarle la mañana siguiente a la recepción, y se le
había denegado su petición como a todos los demás. Cuando se enteró de la mala
salud de Aubrey, en seguida comprendió que era él la causa; pero cuando le dijeron
que le habían declarado loco, no pudo ocultar su júbilo y placer a los que le daban tal
información. Corrió a casa de su antiguo compañero y, con constante asiduidad,
simulando gran afecto por el hermano e interés por su destino, fue ganando poco a
poco los oídos de la señorita Aubrey. ¿Quién era capaz de resistir su poder? Su
lengua estaba llena de peligros y artificios: hablaba de sí mismo como de una persona
que no encontraba la comprensión en ningún ser de este poblado mundo, salvo en
aquella a la que hablaba; podía decir cómo, desde que la conocía, su existencia
comenzaba a parecer digna de ser conservada, aunque sólo fuese para escuchar sus
dulces acentos; en fin, tan bien supo utilizar sus artes de reptil, o fue tal la voluntad
del destino, que se ganó su afecto. Habiendo recaído en él el título de su rama más
vieja, obtuvo una importante embajada que le sirvió de excusa para precipitar la boda
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(a pesar del estado de perturbación del hermano de ella), la cual debía tener lugar el
mismo día de su marcha al Continente.
Aubrey, cuando el médico y los tutores se hubieron marchado, intentó sobornar a
los criados, aunque fue en vano. Pidió pluma y papel; se los dieron; escribió a su
hermana, conjurándola, si en algo tenía su propia felicidad, y su honor, y el de los que
ahora descansaban en la tumba y en otro tiempo la tuvieron en brazos como su
esperanza y la de la casa, a que aplazase aunque fuese unas horas ese matrimonio,
sobre el cual auguraba las más tremendas maldiciones. Los criados prometieron
entregárselo; pero lo cogió el médico, y pensó que era mejor no atormentar más el
espíritu de la señorita Aubrey con lo que juzgó que eran desvarios de un maníaco.
Transcurrió la noche sin descanso para los atareados moradores de la casa; y Aubrey
oyó, con un horror más fácil de imaginar que de describir, el ajetreo de los afanosos
preparativos. Ya por la mañana, llegó hasta él el ruido de carruajes. Aubrey estaba
casi frenético. La curiosidad hizo que los criados descuidaran su vigilancia, y se
fueron yendo sigilosamente, dejándolo bajo la custodia de una anciana. Aubrey
aprovechó el momento: saltó de la habitación, y en un instante se encontró en la sala
donde se hallaban reunidos casi todos. Lord Ruthven fue el primero en descubrirle: se
acercó inmediatamente y, cogiéndolo del brazo con fuerza, lo sacó a toda prisa de la
estancia, mudo de rabia. Cuando estuvieron en la escalera, lord Ruthven le susurró al
oído: «Recordad vuestro juramento, y sabed, por si no es mi esposa hoy, que vuestra
hermana está deshonrada. ¡Las mujeres son frágiles!». Dicho esto, lo empujó hacia
los sirvientes que, alertados por la vieja criada, habían acudido en su busca. Aubrey
no pudo resistir más: no encontrando desahogo su furia, se le reventó una vena, y fue
trasladado a la cama. No se mencionó esto a su hermana —que no estaba presente
cuando él había entrado—, ya que el médico temía que esto la alterase. Se celebró la
boda, y los recién casados abandonaron Londres.
La debilidad de Aubrey fue en aumento; la efusión de sangre anunció la
proximidad de su muerte. Pidió ver a los tutores de su hermana y, cuando sonaron las
doce de la noche, relató con serenidad lo que el lector acaba de leer: inmediatamente
después expiró.
Los tutores corrieron a proteger a la señorita Aubrey; pero cuando llegaron, era
demasiado tarde. Lord Ruthven había desaparecido, ¡y la hermana de Aubrey había
saciado la sed de UN VAMPIRO!
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E. T. A. Hoffmann
VAMPIRISMO(1821)
EN 1816, en una taberna berlinesa, suele reunirse casi todas las noches una
tertulia de lo más sui generis; hablan de literatura y teatro, cuentan experiencias
oníricas y comentan sus no menos extrañas creaciones artísticas, que dan lugar a
largas y acaloradas discusiones. A estas veladas acuden E. T. A. Hoffmann (por
entonces consejero de la Cámara Judicial de Berlín) y una buena parte de los mejores
escritores románticos alemanes: Tieck, Von Arnim, Brentano, Chamisso, Contessa y
La Motte-Fouqué. El interés común por los temas psiquiátricos y paranormales atrae
también a algunos médicos muy poco ortodoxos como el doctor Koreff,
magnetizador y ocultista, apreciado más tarde en París por Heine y Balzac, o Schulze,
el gran especialista en casos de aparecidos. Según Hidzig, amigo y biógrafo de
Hoffmann, los que llevaban la voz cantante en estas veladas (y los más alcohólicos)
eran el doctor Koreff y el propio Hoffmann, éste último por su imaginación siempre
exaltada y su elocuencia chispeante a la que solía unir una mímica por lo visto
inimitable.
Aquellas reuniones que, en principio, bautizaron sus asistentes como veladas
serafinas, quedarían recreadas literariamente en uno de los libros más raros de su
autor: Los hermanos de San Serapión. Los veintinueve cuentos, muy variados, que
componen esta obra van surgiendo del diálogo de varios estrambóticos personajes
que, a medida que conversan y narran las historias, van estableciendo las reglas del
principio serafino, cuya primera premisa es que «toda narración debe ser fantástica»
y ha de despertar en el lector el sensual escalofrío que produce lo desconocido o lo
inesperado.
Vampirismus, la única incursión de Hoffmann en el tema propiamente vampírico,
apareció por primera vez en el cuarto volumen de Die Erzählungen der
Serapionsbrüder, en 1821. Hoffmann lo escribió durante uno de sus períodos más
creativos, dos años antes de su muerte, cuando su obsesión por retratar la parte oscura
de la psique humana era mayor que nunca. En su diario se refleja su estado
melancólico, sufre frecuentes accesos de fiebre nerviosa y el abuso de bebidas
alcohólicas va minando su salud. En 1818 la cofradía se disuelve después de haber
inspirado algunos de sus mejores cuentos. Las conversaciones que mantuvieron se
reflejan en la obra y los contertulios no son personajes inventados sino los amigos del
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autor, que se esconden con nombres ficticios: Contessa se oculta bajo el pseudónimo
de Sylvester, Fouqué con el de Lothar, y Ottmar en realidad es Hidzig. Hoffmann,
que se encubre bajo el nombre de Theodor, permanece invisible hasta el final. Quien
narra la historia no es otro que el autor del inolvidable Peter Schlemihl.
VAMPIRISMO[4]
—ES muy notable —dijo Sylvester, tomando la palabra— que por la misma
época de Walter Scott, si no me equivoco, apareciera un poeta inglés que, siguiendo
una tendencia bien distinta, produjo algo grande, sublime. Me refiero a lord Byron,
quien me parece más poderoso y genuino que Thomas Moore. Su Sitio de Corinto es
una obra maestra llena de las más vivas imágenes, de los pensamientos más geniales.
Predomina su inclinación a lo sombrío, sí, incluso al horror, a lo espantoso; no he
podido leer su Vampiro, ya que la mera idea de un vampiro, si es que la entiendo bien,
me produce un inmenso escalofrío. Por lo que sé, un vampiro no es sino un muerto
viviente que bebe la sangre de los vivos.
—Ja, ja —exclamó riendo Lothar—, un poeta como tú, mi querido amigo
Sylvester, ha de estar versado en toda suerte de historias de magos, brujas y otras
diabluras, incluso conocer por sí mismo algo sobre magias y brujas, necesarias para
ciertos poemas y tramas. Pero por lo que al vampirismo respecta, y para que
compruebes mi extraordinaria erudición en tales asuntos, te citaré una amena obrita
en la que podrás instruirte acerca de esta oscura materia. El título completo de esta
obra reza: M. Michael Diaconi de Nebra. Tratado de la masticación y trituración de
muertos en tumbas, en el que se muestra la verdadera condición de los vampiros y
succionadores de sangre húngaros, y en el que se recensionan también todos los
escritos publicados sobre tal materia. El mismo título te convencerá de la
minuciosidad de la obra citada, y de ella deducirás que un vampiro no es sino un
sujeto maldito que se hace enterrar, como si hubiera muerto, y a poco se levanta de la
tumba y succiona la sangre de los durmientes, quienes se transforman así también en
vampiros. Por las noticias que el autor proporciona, en Hungría hay aldeas enteras
cuyos habitantes se han convertido en vampiros. Para volver inofensivo uno de estos
seres hay que desenterrarlo, atravesarle el corazón con una estaca y convertir su
cuerpo en cenizas. Estas espantosas criaturas no siempre aparecen con su propia
figura, sino en masque. Así reza, aproximadamente, como recuerdo con gran viveza,
una carta que un oficial de Belgrado escribió a un doctor en Leipzig para informarse
sobre la propia naturaleza del vampirismo: «En la aldea llamada Kinklina se ha dado
el caso de que dos hermanos han sido atormentados por un vampiro. Por ello, uno
velaba el sueño del otro cuando un perro abrió las puertas, aunque, ante los gritos,
salió corriendo, hasta que, finalmente, los dos quedaron dormidos, tras lo cual uno de
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los dos hermanos, en sólo un momento, mostraba una pequeña mancha roja bajo la
oreja derecha, de lo cual murió a los tres días». Para finalizar decía el oficial: «Como
de este caso se hace un misterio nada común, me permito insistirle muy
obedientemente en la cuestión de si tales espíritus son simpatéticos, diabólicos o
astrales, en lo que con toda consideración persevero, etc.». Toma ejemplo de este
oficial con afán de aprender. Acabo de recordar su nombre. Era el portaestandarte del
Regimiento del príncipe Alejandro, Sigismund Alexander Friedrich von Kottwitz. Por
entonces, la milicia sólo raramente se ocupaba del vampirismo. Precisamente en la
obra del maestro Ranft se halla un protocolo, redactado en términos forenses por dos
médicos en presencia de dos oficiales de ese mismo Regimiento del príncipe
Alejandro, sobre el hallazgo y aniquilamiento de un vampiro. Entre otras cosas, en
ese protocolo se dice: «Como se ha demostrado que es un verdadero vampiro, ellos
mismos le han atravesado con una estaca el corazón, momento en el que soltó un
alarido y la sangre fluyó de su cuerpo». ¿No es muy notable, además de instructivo?
—Es posible —respondió Sylvester— considerar todo lo del maestro Ranft como
novelesco, o más bien extravagante, ya que, en cuanto al asunto en sí, y sin atender el
informe, el vampirismo parece una de las ideas más espantosamente atroces. Sí, el
espanto de tal idea degenera en horror, en lo atrozmente adverso.
—Y sin tener eso en cuenta —interrumpió Cyprian a su amigo—, de esa idea
surge un material que, tratado por un autor de rica fantasía al que no falte pulso
poético, despertará ese profundo horror lleno de misterio que habita en nuestro pecho
y que, tocado por las descargas eléctricas de un oscuro mundo espiritual, estremece el
ánimo sin perturbarlo. Precisamente el correcto pulso poético del escritor evitará que
lo que produce espanto no degenere en lo adverso, lo aborrecible. Pero el que con
frecuencia todo ello sea suficientemente extravagante llega a malograr cualquier
efecto sobre nuestro ánimo. ¿Por qué no será posible que el poeta mueva la palanca
del temor, del espanto, del horror? ¿Quizá porque, aquí o allá, un ánimo débil no
puede soportarlo? No hay que servir alimentos especiados, ya que a la mesa se
sientan naturalezas débiles o que poseen un estómago estragado.
—No es necesaria tu apología del horror —dijo Theodor, tomando la palabra—,
mi querido y fantástico Cyprianus. Todos sabemos de qué maravilloso modo los más
grandes poetas han sabido mover con esa palanca el interior más profundo del alma
humana. ¡Sólo hay que pensar en Shakespeare! ¡Y quién sino nuestro magnífico
Tieck lo ha logrado mejor en algunos de sus relatos! Quiero mencionar tan sólo el
Hechizo de amor. La idea de este cuento ha de despertar en todos los corazones una
gélida angustia mortal, y su final el más profundo horror. Y, sin embargo, los colores
están mezclados con tanta fortuna que, a pesar del espanto, nos sobrecoge el
misterioso embrujo de lo trágico, al que nos entregamos de buena gana. Qué cierto es
lo que Tieck pone en boca de su Manfred para rebatir lo que las mujeres dicen del
terror en la poesía. Es justo el horror del mundo cotidiano lo que atormenta y
desgarra el corazón con suplicios incurables. Es justo la crueldad de los hombres lo
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que genera la miseria que los grandes y pequeños tiranos, despiadadamente, crean
con la más diabólica mofa del Averno, y lo que genera las verdaderas historias de
fantasmas. Y que bien lo dice el poeta: «Pero en tales ficciones fabulosas esa miseria
del mundo sólo puede representarse graduada por alegres colores. En tal caso, diría
incluso que una mirada débil podría soportarlo».
—Con frecuencia —dijo Lothar— rememoramos al genial y profundo poeta al
que la posteridad reconoce en toda su excelencia, mientras que otros, que arden
prestamente en fuegos fatuos y, por un momento, pueden cegar la visión con falsos
brillos, se extinguen con la misma rapidez. Por lo demás, considero que la fantasía
puede despertarse con medios muy simples, y que el espanto nace más en el
pensamiento que en la propia aparición. Para mí, la Mendiga de Locarno, de Kleist,
contiene en sí todo el horror que se pueda dar y, sin embargo, ¡qué simple es la idea!
Una pordiosera a la que se manda tras la estufa con rudeza, como a un perro, y que,
tras haber fallecido, se arrastra a tientas tras la estufa y se tiende en la paja, sin que
nadie vea nada. Y, sin embargo, es el fantástico tono general lo que produce ese
efecto tan intenso. Kleist no sólo supo mojar su pincel en cada uno de los tarros de
pigmentos, sino también crear, como ninguno, un cuadro vivo, aplicando los colores
con la fuerza y genialidad del maestro más perfecto. No necesitaba hacer surgir de la
tumba a un vampiro, le bastaba con una pordiosera.
—Hablando de vampirismo —dijo Cyprian, tomando la palabra— me viene a la
mente una historia terrible que hace tiempo escuché, o quizá leí. Probablemente fue
lo primero, ya que, según recuerdo, el narrador añadió que la historia era verdadera y
citó el nombre de la familia condal y la casa solariega en la que había ocurrido. Si la
historia ya ha sido publicada y os es conocida interrumpidme, ya que no hay nada
más tedioso que oír contar algo sobradamente conocido.
—Creo notar —dijo Ottmar— que tienes de nuevo la intención de ofrecer en este
nuestro mercado algo increíble y terrorífico. Piensa al menos en san Serapión y sé tan
breve como puedas, para dejar que nuestro Vinzenz tome la palabra, ya que, por lo
que puedo observar, espera con impaciencia para relatarnos ese cuento hace tiempo
prometido.
—¡Calma, calma! —exclamó Vinzenz—. Nada mejor puedo desear que el que
Cyprian extienda un negro telón de fondo contra el que se recorte la representación
de mis abigarradas y, según creo, suficientemente saltarinas figuras, que tendrá así un
aspecto magnífico. Por tanto, comienza, mi querido Cyprianus, y sé sombrío,
horripilante, incluso aterrador, a pesar del vampírico lord Byron, al que no he leído.
—El conde Hyppolit —comenzó Cyprian— había regresado de sus largos viajes
para tomar posesión de la rica herencia de su padre, muerto no hacía mucho. El
palacio solariego se hallaba en una amena y hermosa comarca y con las rentas de la
propiedad se podían costear las obras para su embellecimiento. Todo lo que, a lo
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largo de sus viajes, y en especial en Inglaterra, le había parecido al conde más
atractivo, elegante y suntuoso había de levantarse de nuevo ante sus ojos. A su
llamada se reunieron tantos artesanos y artistas como necesitaba, y de inmediato
comenzó la rehabilitación del palacio y el trazado de unos amplios jardines del más
elegante estilo, que incluían, como parte de un bosquete, tanto la iglesia como el
cementerio y la casa del párroco. El conde dirigía todos los trabajos, ya que poseía los
conocimientos necesarios; durante un año se dedicó a ello en cuerpo y alma, sin que
se le ocurriera siquiera, como le había aconsejado su anciano tío, presentarse en la
corte y conocer allí a jóvenes doncellas, para poder así elegir a la más bella, la mejor,
la más noble.
»Cierta mañana en que se hallaba sentado ante su mesa de dibujo para realizar la
traza de un nuevo edificio, una anciana baronesa, lejana pariente de su padre, se hizo
anunciar. Hyppolit, al oír el nombre de la baronesa, recordó inmediatamente que su
padre hablaba de ella con la más profunda indignación, con aversión incluso, y que
en ocasiones advertía a quienes pretendían acercarse a ella de la necesidad de
mantenerse alejados, sin explicar nunca en dónde radicaba el peligro. Si se le
preguntaba al conde por algún detalle, acostumbraba a responder que había ciertas
cosas de las que era mejor callar que hablar. Todo lo que se sabía era que en la corte
corrían turbios rumores sobre un singular e insólito proceso criminal en el que la
baronesa se había encontrado implicada y que la había obligado a separarse de su
esposo y a abandonar su lejano lugar de residencia y cuyo sobreseimiento debía sólo
al favor del conde. Hyppolit sintió cierta desazón al acercarse una persona que su
padre repudiaba, aunque las razones de tal aversión fueran desconocidas. Las leyes de
la hospitalidad, que eran primordiales en el campo, le exigían, sin embargo, admitir la
desagradable visita. Nunca persona alguna, sin ser odiosa en lo más mínimo, le había
producido al conde una impresión tan adversa, en lo que a su aspecto exterior se
refería, como la baronesa. Al entrar atravesó al conde con una mirada ardiente, luego
bajó los ojos y se disculpó por la visita con actitud casi sumisa. Se lamentó de que el
padre del conde, dominado por los prejuicios más extraños, a los que algunos
malintencionados le habían inducido, la odiara hasta la muerte, y de que ella, aunque
casi se hallara en la más profunda indigencia y hubiera de avergonzarse de su estado,
nunca disfrutara de ayuda alguna. Finalmente, al tomar posesión, inopinadamente, de
una pequeña suma de dinero pudo abandonar la corte y trasladarse a una lejana
ciudad de provincias. Durante ese viaje no había podido resistir el impulso de ver al
hijo de un hombre al que respetaba en alto grado, a pesar de su odio injusto e
implacable.
»La baronesa se expresaba con el conmovedor tono de la verdad, y el conde se
sintió emocionado, tanto más cuanto, apartando la mirada del semblante hostil de la
anciana, tuvo ante sí la visión de la agradable, amable y encantadora criatura que la
acompañaba. La baronesa calló; el conde pareció no darse cuenta y permaneció en
silencio. Entonces la baronesa, achacándolo a la turbación que le producía
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encontrarse en ese lugar, pidió disculpas por no haber presentado a su hija Aurelia.
Sólo entonces pudo el conde articular palabra, asegurando, cubierto de rubor ante la
turbación de la encantadora joven, que le hiciera el favor de concederle el poder
reparar en algo aquello de lo que a su padre sólo por un malentendido podía culparse
y, por de pronto, admitirlas en palacio. Expresando sus mejores deseos tomó la mano
de la baronesa, pero perdió el habla, el aliento; un frío horror le estremeció en lo más
hondo. Sintió su mano aferrada por dedos rígidos como la muerte, y la descarnada
figura de la baronesa, que le miraba con ojos sin fuerza, le pareció, en sus
odiosamente abigarrados ropajes, un acicalado cadáver.
»—¡Oh, Dios mío, qué infortunio en estos momentos! —gritó Aurelia,
quejándose con voz conmovedora de que su madre se viera dominada de pronto por
un ataque de crispación, aunque tal situación solía remitir en poco tiempo sin
necesidad de utilizar remedio alguno. El conde se separó con esfuerzo de la baronesa
y, al tomar la mano de Aurelia, que besó con ardor, volvieron a él las dulces delicias
del amor y el ardiente fuego de la vida. Cerca ya de su madurez como hombre, el
conde experimentó por primera vez todo el poder de la pasión y no pudo ocultar sus
sentimientos; el modo en que Aurelia lo aceptó, con tan infantil gentileza, encendió
en él las más bellas esperanzas. Pocos minutos después la baronesa salió de su
desmayo e, ignorante de lo que había sucedido, aseguró al conde cuánto le honraba el
ofrecimiento de permanecer un tiempo en el palacio y hasta qué punto olvidaba
cualquier injusticia que su padre hubiera cometido con ella. Así, repentinamente, la
situación en casa del conde se modificó por completo, lo que le hizo pensar que un
especial favor del destino le había enviado a la única persona en el mundo entero que
podía concederle, como esposa venerada e idolatrada, toda la ventura de la existencia
en esta tierra. El comportamiento de la baronesa seguía siendo el mismo; permanecía
callada, seria, ensimismada, y mostraba, cuando la ocasión lo requería, un ánimo
sosegado y un corazón abierto a cualquier alegría inocente. El conde se habituó a
aquel rostro pálido y espantable, a la figura espectral de la anciana, atribuyendo todo
ello a su salud enfermiza, así como a su tendencia a una exaltación sombría, ya que,
como le dijeron sus criados, con frecuencia paseaba de noche por el parque hasta el
cementerio. Se avergonzaba de que los prejuicios de su padre pudieran haberla
afectado tanto, y las insistentes advertencias de su viejo tío para que venciera el
sentimiento que le había arrebatado y abandonara un comportamiento que, pronto o
tarde, había de abocarle inevitablemente a la perdición, perdieron su influencia.
Convencido hasta lo más hondo del amor de Aurelia, pidió su mano, y puede
imaginarse con qué regocijo recibió este deseo la baronesa, quien se veía así
arrebatada de la más absoluta indigencia e instalada en el regazo de la fortuna.
Aquella palidez y aquellos rasgos singulares que denotaban la más honda aflicción
habían desaparecido del rostro de Aurelia, y la felicidad del amor brillaba en sus ojos
y coloreaba sus mejillas. La mañana del día de la boda un acontecimiento
estremecedor frustró los deseos del conde. Hallaron a la baronesa inerte en el parque,
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no lejos del cementerio, tendida boca abajo en la tierra; la transportaron al palacio
justo cuando el conde acababa de levantarse y salía a la ventana gozando su
inminente felicidad. Pensó que la baronesa había sufrido uno de sus habituales
achaques, pero todos los intentos por devolverla a la vida fueron vanos; estaba
muerta. Aurelia no se dejó arrastrar en demasía por tan inmenso dolor, sino que más
bien parecía herida en lo más íntimo de su ser, permaneciendo en silencio y sin
derramar lágrimas. El conde temía por su amada, y sólo con sumo cuidado y calma se
atrevió a recordarle su conducta de niña desamparada, lo cual exigía que abandonara
lo correcto para hacer lo más conveniente, es decir, adelantar en lo posible el día de la
boda, diferido por la muerte de su madre. Entonces Aurelia cayó en brazos del conde
y exclamó, mientras un río de lágrimas caía de sus ojos, con una voz penetrante y que
desgarraba el corazón:
»—¡Sí, sí, por todos los santos, por mi salvación, sí!
»El conde atribuyó este arrebato al amargo pensamiento de que se encontraba
perdida, sin hogar y sin saber adónde ir, y el decoro prohibía su permanencia en el
palacio. El conde se ocupó de que una anciana y honorable matrona fuera su dama de
compañía hasta que, pocas semanas después, llegó de nuevo el día de la boda, que
esta vez no trajo consigo suceso desgraciado alguno, sino que coronó la felicidad de
Hyppolit y Aurelia. Ésta, hasta entonces, se había hallado permanentemente en un
estado de tensión. No era el dolor por la pérdida de su madre, no; parecía perseguirla
un dolor interior, inefable, letal. En medio de las más dulces conversaciones
amorosas empalidecía mortalmente, como sobrecogida por un repentino terror y caía
en brazos del conde mientras las lágrimas se derramaban por sus mejillas, como si
quisiera encontrar algo a lo que sujetarse para que un invisible y adverso poder no la
arrastrara a la perdición, y exclamaba:
»—¡No, nunca, nunca!
»Sólo ahora, casada ya con el conde, parecía haber desaparecido esa tensión y esa
terrible angustia interior. Como era de esperar, el conde suponía la existencia de
algún penoso secreto que perturbaba a Aurelia en lo más íntimo, pero, con razón,
consideraba descortés indagar por él mientras esa tensión siguiera presente y Aurelia
callara al respecto. Sólo ahora se atrevió a preguntar con gran cautela cuál podría ser
la causa de su singular estado de ánimo. Aurelia afirmó entonces que sería para ella
un alivio abrir por completo su corazón a su amado esposo. El conde se sorprendió no
poco al saber que sólo la impía conducta de su madre había traído ese perturbador
pesar a Aurelia.
»—¿Hay algo más espantoso —exclamó Aurelia— que tener que odiar, que
aborrecer a la propia madre?
»Por consiguiente, ni su padre ni su tío se habían visto dominados por falsos
prejuicios, y la baronesa había engañado al conde con premeditada hipocresía. El
conde consideraba un golpe de fortuna el que la baronesa falleciera el día de su boda,
y no lo ocultaba. Pero Aurelia explicó que, justo al morir su madre, se vio dominada
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por sombrías, por horribles premoniciones, sin poder evitar la terrible angustia de
pensar que la fallecida se levantaría de la tumba y la apartaría de los brazos del
amado para arrojarla al abismo. Según contó, Aurelia recordaba muy vagamente una
mañana, en su más tierna infancia, en que nada más despertar se produjo un terrible
tumulto en la casa. Las puertas se abrían y cerraban con violencia y voces extrañas
gritaban entremezcladas. Finalmente, cuando se hizo un poco la calma, la niñera de
Aurelia la tomó del brazo y la condujo a una amplia estancia en la que se hallaban
reunidas muchas personas. A lo largo de una mesa, en el centro, yacía el hombre que
con frecuencia jugaba con Aurelia, que le daba dulces y golosinas y al que llamaba
papá. Tendió las manos hacia él y quiso besarlo. Los labios, antes tibios, estaban fríos
como el hielo y Aurelia, sin saber ella misma por qué, rompió a llorar. La niñera la
llevó a una casa desconocida donde estuvo largo rato, hasta que apareció una mujer y
se la llevó en un carruaje. Se trataba de su madre, que poco después se trasladó con
Aurelia a la corte.
»Aurelia tendría unos dieciséis años cuando un hombre se presentó ante la
baronesa, quien le recibió con alegría y familiaridad, como a un viejo y querido
amigo. Comenzó a acudir cada vez con mayor frecuencia y, muy pronto, la situación
de la baronesa cambió de un modo notable. En vez de vivir en una pequeña
buhardilla, como hasta entonces, y vestirse con pobres ropas y alimentarse
malamente, se trasladó a un bello barrio en la más hermosa zona de la ciudad, usaba
costosos trajes, comía y bebía magníficamente con su amigo, de quien era huésped
diariamente, y participaba en todas las fiestas que se ofrecían en la corte. Pero esta
mejora de la situación de su madre, evidentemente debida a aquel extraño, no tuvo
efecto alguno en Aurelia. Permanecía encerrada en su habitación cuando la baronesa
corría a disfrutar de todos los placeres junto con el extraño, y vivía tan pobremente
como antes. El extraño, a pesar de que estaba cerca de cumplir los cuarenta años,
tenía un aspecto fresco y juvenil, era de alta estatura y su rostro, por así decir, tenía
una belleza varonil. Sin embargo, a Aurelia le resultaba desagradable porque su
conducta, aunque hacía esfuerzos por mantener una actitud elegante, era retorcida,
vulgar, grosera. La mirada con que observaba a Aurelia la llenaba de un inquietante
horror, de un espanto cuya causa no sabía explicar. Hasta entonces, la baronesa no se
había molestado en hablar a Aurelia de aquel extraño. Ahora mencionó su nombre,
añadiendo que el barón era inmensamente rico, además de un pariente lejano. Alabó
su figura, sus rasgos y terminó preguntando a Aurelia si a ella le agradaba. Aurelia no
ocultó el horror que el extraño le producía. La baronesa, entonces, le dirigió una
mirada que le produjo un profundo espanto y la reprendió por actuar como una tonta
y una ingenua. Poco después la baronesa comenzó a tratar a Aurelia más
amablemente que nunca. Tuvo hermosos vestidos y ricos adornos a la moda, y la
dejaron participar en las fiestas. Aunque quería agradar a Aurelia, el extraño se
comportaba de un modo que le hacía aparecer ante ella cada vez más antipático. Y su
joven delicadeza se vio afectada cuando, por un malhadado azar, fue testigo secreto
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de una indignante atrocidad del extraño y de la corrompida baronesa. Cuando, unos
días después, el extraño, medio beodo, la rodeó con los brazos de una manera que no
dejaba duda sobre sus infames intenciones, su desesperación le dio las fuerzas de un
hombre, consiguió apartar al extraño, tirándole de espaldas al suelo, salió huyendo y
se encerró en su habitación. La baronesa aclaró a Aurelia, con absoluta frialdad y
determinación, que, como el extraño mantenía la casa y no quería volver a sus
antiguas penurias, no había lugar para esos necios remilgos. Aurelia debía plegarse a
los deseos del extraño, ya que amenazaba, en caso contrario, con abandonarla. En
lugar de atender las tristes súplicas de Aurelia, sus amargas lágrimas, la anciana
comenzó a burlarse con desvergüenza de unas relaciones que le abrirían las puertas
de los placeres de la vida, hablando de un modo cuya lujuria se mofaba de cualquier
sentimiento decente, hasta el punto de espantar a Aurelia. Se sintió perdida, y el único
remedio parecía ser el emprender una huida sigilosa. Aurelia pudo hacerse con la
llave de la casa, empaquetó unas pocas pertenencias para cubrir las necesidades más
perentorias y se deslizó, pasada la medianoche, cuando suponía que su madre ya
dormía, por el pobremente iluminado vestíbulo. Iba ya a salir en silencio, en
completo silencio, cuando rechinó la puerta de la casa al abrirse y se oyeron unos
pasos que subían los escalones. La baronesa apareció en el vestíbulo, dirigiéndose
hacia Aurelia, vestida con una sucia blusa, el pecho y los brazos desnudos, la
encanecida melena suelta y salvajemente agitada. La seguía muy de cerca el extraño,
quien, mientras gritaba “espera, maldito diablo, bruja del infierno, te haré tragar tu
banquete de bodas”, la arrastró de los pelos hasta el centro de la estancia y comenzó a
golpearla del modo más espantoso con el grueso bastón que llevaba consigo. La
baronesa soltó un horrible grito de angustia; Aurelia, al borde del desmayo, llamó por
la abierta ventana pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que pasaba por allí una
patrulla armada de la policía, que entró inmediatamente en la casa.
»—¡Deténganle! —exclamó la baronesa, retorciéndose de dolor y dirigiéndose a
los soldados—, ¡deténganle, aprésenlo! Miren simplemente sus espaldas… es…
»En cuanto la baronesa pronunció el hombre, el sargento que dirigía la patrulla
gritó con júbilo:
»—¡Ja, ja! ¡Por fin te tenemos, Urian!
»De inmediato detuvieron al extraño y lo arrastraron fuera, aunque se resistiera. A
pesar de todo lo que había sucedido, la baronesa no dejó de percatarse de las
intenciones de Aurelia. Por lo pronto, se contentó con tomar a Aurelia del brazo,
llevarla a su habitación y luego cerrar ésta con llave sin decir una sola palabra. A la
mañana siguiente la baronesa había salido y no volvió hasta muy tarde, mientras
Aurelia, encerrada en su habitación como en una celda, no vio ni habló con nadie, de
forma que tuvo que pasar el día sin comer ni beber. Así transcurrieron varios días.
Con frecuencia la baronesa la miraba con ojos encendidos de ira, y parecía no saber si
tomar alguna determinación, hasta que cierta noche recibió una carta cuyo contenido
le causó una gran alegría.
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»—Extravagante criatura, eres la culpable de todo, pero está bien, incluso yo
misma deseo que no te alcance la terrible maldición que el malvado espíritu te ha
echado —dijo la baronesa a Aurelia.
»De nuevo fue amable con ella, y Aurelia, que no pensaba más en la huida, ya
que aquel hombre repugnante se había apartado de ella, tuvo algo más de libertad.
»Pasado algún tiempo, una mañana en que Aurelia se encontraba sola en su
cuarto, se oyó un gran estruendo en la calle. La camarera entró de un brinco y le
comunicó que trasladaban al hijo del verdugo, que había sido marcado al hierro por
robo con homicidio y llevado al presidio, aunque durante el transporte había escapado
de sus guardianes. Aurelia, casi sin fuerzas y sobrecogida por un aprensivo
presentimiento, se dirigió hasta la ventana. No se había confundido. El extraño,
rodeado por gran cantidad de guardias y fuertemente aherrojado, era conducido en
una carreta. Le llevaban de nuevo preso para que expiara su pena. Cuando, casi sin
sentido, Aurelia se dejaba caer en el sillón, la terrible y salvaje mirada de aquel tipo
se cruzó con la suya, al tiempo que alzaba amenazante el puño cerrado hacia la
ventana.
»De nuevo la baronesa salía con frecuencia de casa, aunque dejaba a Aurelia en
ella; ésta llevaba, según ciertos comentarios sobre su destino, sobre aquello que,
inopinadamente, podría amenazarla, una vida triste y apagada. Por la camarera, que
entró en la casa después de aquel suceso nocturno y a quien habían revelado la íntima
relación que ese canalla había mantenido con la baronesa, supo que en la corte se
lamentaba mucho que hubiera sido engañada hasta ese punto por aquel infame
criminal. Bien conocía Aurelia que el asunto había sido muy distinto, y parecía
imposible que al menos los agentes de policía que detuvieron entonces a ese sujeto en
casa de la baronesa no se convencieran de la íntima relación entre la baronesa y el
hijo del verdugo al dar ella su nombre y mostrar la marca al hierro en la espalda,
signo cierto del criminal. Por eso la camarera, de vez en cuando, se manifestaba de un
modo ambiguo sobre lo que se decía aquí o allá, sobre lo que el tribunal había
investigado y por qué había amenazado a la estimada señora baronesa con arrestarla,
ya que el maldito hijo del verdugo había confesado hechos muy singulares.
»De nuevo, al permanecer un tiempo en la corte tras ese terrible suceso, la pobre
Aurelia tuvo que reconocer el depravado carácter de su madre. Finalmente, ésta se
vio obligada a abandonar el lugar en que se veía perseguida por una sospecha
ignominiosa, aunque bien fundada, y huir a una región apartada. Durante ese viaje
llegó al palacio del conde y ocurrió lo que ya se ha relatado. Aurelia, libre de toda
amarga preocupación, se sintió muy feliz. Pero, ¡qué espanto cuando, al hablarle a su
madre del feliz augurio del cielo, ésta, llameando la mirada, chilló!:
»—¡Tú eres mi desgracia, funesta criatura! Pero cuando estés en esa plena
felicidad con la que sueñas te alcanzará mi venganza si muero repentinamente. En el
crispamiento que me costó tu parto, la astucia de Satán… —Aurelia no pudo seguir,
se echó en brazos del conde y le rogó que no le hiciera repetir todo lo que la
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baronesa, llevada por la locura, había dicho. Se sentía destrozada interiormente al
pensar en la terrible amenaza de su madre, poseída por malvados poderes. El conde
hizo lo posible por consolar a su esposa, a pesar de que él mismo se sentía invadido
por un escalofrío mortal. Tuvo que reconocer, ya más calmado, que la inmensa
atrocidad de la baronesa, aunque hubiera ya fallecido, proyectaba una negra sombra
sobre su vida, que había imaginado soleada y brillante.
»Poco tiempo después Aurelia comenzó a cambiar a ojos vistas. Mientras que la
palidez del rostro y el brillo apagado de sus ojos parecían indicar alguna enfermedad,
el humor inconstante, confuso, incluso esquivo de Aurelia hacía pensar que algún
nuevo secreto la perturbaba. Huía incluso de su esposo, se encerraba en su alcoba,
buscaba inmediatamente el lugar más apartado del parque y, cuando se dejaba ver, los
ojos llorosos, los desfigurados rasgos de su rostro mostraban que sufría algún terrible
tormento. El conde intentó en vano averiguar la causa del estado de su esposa y sólo
pudo salvarle del completo desconsuelo en que había caído la conjetura de un
afamado médico, según la cual en la gran excitabilidad de la condesa, en los
amenazadores aspectos de aquella nueva situación sólo podía haber una alegre
esperanza para la feliz pareja. El mismo médico, en una ocasión en que se encontraba
a la mesa con el conde y su esposa, se permitió todo tipo de alusiones a ese supuesto
estado de buena esperanza. La condesa, indiferente, parecía no escuchar, pero, de
pronto, cuando el médico comenzó a hablar de los extraños antojos que sentían las
mujeres en tal estado, y a decir que no debían además resistirse a ellos sin quebranto
de su salud, incluso sin provocar graves daños al niño, prestó toda su atención. La
condesa abrumó al médico con preguntas, y éste no tuvo reparo alguno en relatar los
casos más cómicos y jocosos que había conocido:
»—Naturalmente —dijo—, existen también casos de antojos del todo anormales,
por los que algunas mujeres llegaron a cometer el acto más horrible. Así, la mujer de
un herrero tenía un tan irresistible antojo por la carne de su marido que no descansó
hasta que, cierta vez en que llegó bebido a casa, le atacó inesperadamente con un gran
cuchillo y se lo clavó con tanta saña que a las pocas horas entregaba su alma.
»Apenas acabó de decir el médico estas palabras la condesa cayó desmayada en el
sofá. Sólo con dificultad pudo ser rescatada de los sucesivos ataques nerviosos que
sufrió. El médico pudo ver que había sido muy imprudente mencionar aquel terrible
suceso en presencia de la condesa, mujer con gran debilidad nerviosa.
»La crisis pareció ejercer un efecto bienhechor en el estado de la condesa, que
pareció tranquilizarse, aunque muy pronto una actitud singularmente rígida, un
melancólico fuego en los ojos y un color cada vez más pálido empujó al conde a una
nueva y atormentadora duda sobre la situación de su esposa. Lo más inexplicable del
estado de la condesa radicaba, sin embargo, en que no tomaba alimento alguno, sino
que sufría la más insuperable aversión a todo, en especial a la carne, hasta el punto de
que, mostrando toda su repugnancia, tenía que levantarse de la mesa. Los consejos
del médico fracasaron; ni siquiera los ruegos más encarecidos, más cariñosos del
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conde, nada en el mundo podía conseguir que la condesa tomara alguna medicina.
Como pasaran semanas y meses sin que la condesa tomara el más mínimo bocado,
como había un insondable misterio en cómo era capaz de sustentarse, el médico
consideraba que había algo que escapaba al campo de la ciencia humana. Abandonó
el palacio aduciendo algún pretexto, pero el conde pudo notar que el médico
vislumbraba algo demasiado enigmático, demasiado inquietante incluso, en el estado
de la condesa como para aguardar más tiempo y ser testigo de una inescrutable
enfermedad sin poder ofrecer su ayuda. Puede imaginarse en qué disposición de
ánimo dejó todo ello al conde; pero no acabó todo aquí.
»Por esa misma época, un fiel servidor aprovechó una ocasión en que encontró al
conde a solas para descubrirle que la condesa abandonaba todas las noches el palacio
y no regresaba hasta el alba. El conde se quedó helado. Sólo entonces pensó que,
desde hacía un tiempo, a medianoche le vencía siempre un sueño en absoluto natural,
que ahora atribuía a algún narcótico que la condesa le proporcionaba. Así podía
abandonar sin ser notada el dormitorio que, contra las conveniencias, compartía con
su esposo. Los más negros presentimientos acudieron a su mente. Pensó en la
diabólica madre, cuyo espíritu renacía quizá en la hija, en alguna relación adúltera y
abominable, incluso en el perverso hijo del verdugo.
»La siguiente noche iba a aclarar el misterio del motivo del inexplicable estado de
su esposa. La condesa solía, cada tarde, preparar ella misma el té que tomaba su
esposo, y luego se retiraba. Ese día el conde no bebió una sola gota y cuando, como
tenía por costumbre, leía ya en la cama, no sintió en modo alguno, hacia medianoche,
el sureño que otras veces le dominaba. No obstante, se dejó caer en los almohádones,
aparentando dormir profundamente. Con gran cautela, la condesa abandonó su lecho,
se acercó a la cama del conde, le iluminó el rostro y se deslizó fuera de la alcoba. Con
el corazón tembloroso, el conde se levantó, se echó un manto sobre los hombros y la
siguió. Era una noche de luna clara, de forma que, aunque le llevaba una considerable
ventaja, el conde podía percibir con claridad a Aurelia, cuya figura estaba vestida
además con un camisón blanco. La condesa tomó el camino que, atravesando el
parque, llevaba al cementerio, pero desapareció a través del muro. El conde corrió
tras ella, cruzando el portón del muro de la iglesia, que encontró abierto. Al claro de
luna pudo observar entonces un círculo de espantosas figuras fantasmales. Viejas
mujeres semidesnudas y con los cabellos al viento se acuclillaban en el suelo, y en el
centro del círculo yacía el cadáver de una persona, del que se alimentaban con
voracidad de lobas. ¡Aurelia estaba entre ellas!
»El conde huyó de allí lleno de horror, perdido el sentido, acosado por un terror
mortal, por todos los espantos del infierno, corriendo a través de los senderos del
parque hasta que, bañado en sudor, se encontró de nuevo, ya de día, ante las puertas
del palacio. Instintivamente, sin una idea precisa, saltó escaleras arriba, atravesando
las habitaciones hasta alcanzar el dormitorio. Allí estaba la condesa, entregada a un
dulce y suave sueño. El conde, consciente de su paseo nocturno, del que era prueba el
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manto, húmedo por el rocío, trató de convencerse de que sólo una horrible pesadilla,
o quizá más bien una perturbadora ilusión de los sentidos le había producido aquella
mortal angustia. Sin esperar a que la condesa despertara abandonó la alcoba, se vistió
y montó a caballo. El paseo en la hermosa mañana a través de los fragantes arbustos,
desde los que le saludaba el canto de los pájaros recién despertados, apartó las
terribles imágenes de aquella noche. Consolado y animado, volvió a palacio. Pero
cuando el conde y la condesa se sentaron, solos, a la mesa, y ésta, al traer la carne
recién cocinada, quiso abandonar la estancia dando muestras de la más profunda
aversión, se presentó de nuevo ante el conde, en toda su crudeza, la verdad sobre
aquello que había ocurrido durante la noche. Lleno de ira se levantó de un salto y
gritó con voz terrible:
»—¡Maldito engendro del Infierno, ya sé por qué aborreces el alimento de los
hombres, te cebas arrancando tu comida de las tumbas, mujer diabólica!
»Pero en cuanto el conde soltó estas palabras, la condesa cayó, gimiendo con
fuerza, contra él, mordiéndole con la furia de la Hidra en el pecho. El conde arrojó al
suelo a la furiosa mujer, quien entregó su espíritu entre horribles convulsiones. El
conde perdió la razón.
—¡Ay! —dijo Lothar, tras unos momentos de silencio de los amigos—, ¡ay! mi
excelente Cyprianus, has dicho palabras magníficas. Frente a tu historia, el
vampirismo es un juego de niños, una hilarante broma de carnaval. No, todo es tan
terriblemente interesante y condimentado con tanta asa fétida, que un paladar
sobreexcitado que ya no aprecie un alimento natural disfrutará muy mucho con ello.
—Y sin embargo —dijo Theodor, tomando la palabra—, nuestro amigo ha velado
ciertas cosas y ha pasado a hurtadillas por encima de otras, despertando un fugaz,
temeroso y sombrío anhelo que debemos agradecer. Recuerdo ciertamente haber leído
la terrible y fantasmal historia en un viejo libro. Pero todos los detalles estaban
narrados con cierta prolijidad y los horrores de los antiguos eran discutidos con
amore, de forma que el conjunto dejaba una impresión muy desagradable que no
pude olvidar durante mucho tiempo. Me alegraba haberlo olvidado todo, y Cyprian
no debería habérmelo recordado, aunque he de reconocer que ha pensado en nuestro
patrón, san Serapión, y ha despertado en nosotros un intenso horror, al menos en el
final. Todos hemos palidecido un poco, en especial el propio narrador.
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Edgar Allan Poe
BERENICE(1833)
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Charles Baudelaire escribió que nunca hay amor en los relatos de Poe: «no hay en
toda su obra un solo pasaje referido a la lubricidad, o tan sólo a los goces sensuales.
Sus retratos femeninos están, por así decirlo, aureolados; brillan dentro de un vapor
sobrenatural y están pintados a la manera enfática de un adorador». Poe sublima el
amor carnal. D. H. Lawrence va aún más lejos y afirma que en Poe el amor es una
fuerza destructiva como una «eléctrica atracción más que una comunión», una fuerza
anímica que, como en el caso de Ligeia, puede llegar a ser «devoradora y sutilmente
asesina», como la lascivia de un vampiro.
Edgar Poe escribió Berenice durante una época en la que consumía láudano con
frecuencia. Aunque su argumento no alude directamente al vampirismo, sí lo sugiere;
los temas macabros que flotan en el cuento, el enterramiento prematuro, o la vaga
sospecha de incesto y necrofilia, no son lejanos al tema que nos ocupa, pero la
obsesión enfermiza del protagonista con la imborrable imagen en su mente del
«espectro blanco y horrible de los dientes» de su amada Berenice enlazan claramente
con la posesión vampírica; una posesión que, Egaeus, en el último momento cree
haber conjurado.
Poe aborda el mismo tema vampírico de la atracción fatal en Ligeia, su relato
preferido. El cuento de Tieck publicado en esta antología parece haber inspirado el
inaudito argumento de Ligeia, y no es demasiada suposición proponer que lo
conociese. También podemos encontrar en su obra ecos de Hoffmann, al que sí había
leído, aunque todo esto evidentemente no quiera decir nada. Cuando sus
contemporáneos lo encasillaron como adepto de los románticos alemanes, Poe
contestó solemnemente: «El horror no viene de Alemania, viene del alma».
BERENICE[5]
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicæ visitarem, curas meas
aliquantulum fore levatas.
EBN ZAIAT
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Mi nombre de pila es Egæus, mi apellido no lo mencionaré. Sin embargo, no hay
en el país torres más venerables que las de mi lúgubre y gris morada solariega.
Nuestra familia ha sido considerada una raza de visionarios; y en muchos detalles
notables —en el carácter de la mansión familiar, en los frescos de la gran sala, en los
tapices de los dormitorios, en las tallas de los contrafuertes de la armería y más
especialmente en la galería de retratos antiguos, en el estilo de la biblioteca y, por
último, en la singularísima naturaleza del contenido de la biblioteca—, hay más que
suficiente para justificar tal creencia.
Los recuerdos de mis primeros años están asociados a esa cámara, y a sus
volúmenes, de los que no voy a decir más. Aquí murió mi madre. En ella nací yo… y
sería ocioso decir que no viví antes porque el alma carece de existencia anterior. ¿No
estáis de acuerdo? Pues no discutamos la cuestión. Yo tengo mi propio
convencimiento, y no pretendo convencer. Hay, sin embargo, un recuerdo de formas
etéreas, de ojos espirituales y expresivos, de sonidos musicales aunque tristes… un
recuerdo que no quiere ser expulsado; un recuerdo que es como una sombra vaga,
variable, imprecisa, inestable; y como de una sombra, me es imposible librarme
también de él mientras el sol de mi razón exista.
En esa cámara nací, despertando a un tiempo de la larga noche de lo que parecía
ser —pero no era— la inexistencia, al país de las hadas, al palacio de la imaginación,
a los dominios insensatos del saber y el pensamiento monásticos… No es extraño que
mirase a mi alrededor con ojos sobresaltados y febriles, que malgastase mi
adolescencia en los libros y desperdiciase en sueños mi juventud; sí es extraño que, al
pasar los años, el mediodía de la madurez me sorprendiera aún en la mansión de mis
padres; asombroso, el estancamiento que se apoderó de las fuentes de mi vida; y
asombrosa, la total inversión que se operó en la naturaleza de mis pensamientos más
corrientes. Las realidades del mundo se me antojaron visiones y nada más que
visiones, en tanto las ideas descabelladas de la región de los sueños se me
convirtieron, a su vez, no ya en la sustancia de mi vida diaria, sino en mi única y total
existencia efectiva.
Éramos primos Berenice y yo, y nos criamos juntos en la casa de mis mayores.
Sin embargo, crecimos de manera muy diferente: yo, enfermizo y hundido en la
melancolía; ella, ágil, graciosa y rebosante de vigor; lo suyo era recorrer la falda del
monte; lo mío, los estudios del claustro… Yo, viviendo encerrado en mi propio
corazón y dedicado en cuerpo y alma a la más intensa y dolorosa meditación; ella,
vagando despreocupada de la vida, sin dedicar un solo pensamiento a las sombras de
su sendero o al vuelo silencioso de las horas. ¡Berenice! —la invoco— ¡Berenice!…
¡Y al sonido de su nombre se alzan de las grises ruinas de la memoria, sobresaltados,
mil recuerdos tumultuosos! ¡Ah! ¡Vívida está ahora ante mí su imagen como en los
días primeros de su alegría y abandono! ¡Ah, belleza espléndida y fantástica! ¡Oh,
sílfide entre los matorrales de Arnheim! ¡Oh, náyade entre sus fuentes! Después…
después todo es misterio y terror, y una historia que no es para contar. La enfermedad
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—una enfermedad funesta— se abatió sobre su cuerpo como el simún; y, aun
mientras yo la miraba, se fue apoderando de ella el espíritu del cambio, penetrando su
mente, sus hábitos, su carácter, alterando de manera terrible y sutil hasta la misma
identidad de su persona. ¡Ay! Él llegó destructor, y se fue. ¿Y la víctima? ¿Qué había
sido de ella? Yo ya no la conocía… o no la reconocía como Berenice.
Entre el numeroso cortejo de enfermedades derivadas de ésa funesta y primera
que había ocasionado tan espantosa revolución en el ser moral y físico de mi prima,
puedo citar como la más penosa y rebelde una especie de epilepsia que no pocas
veces acababa en trance…, trance muy semejante a la verdadera disolución, y del que
se recobraba casi siempre de manera sorprendentemente repentina. Entretanto, mi
propia dolencia —porque me han dicho que no debo llamarla de otro modo—, mi
propia dolencia, digo, fue arraigando rápidamente en mí, hasta que adquirió el
aspecto de una nueva y extraordinaria monomanía, ganando vigor a cada hora, a cada
instante, y alcanzando sobre mí el más incomprensible ascendiente. Esta monomanía,
si puedo llamarla así, consistía en una morbosa irritabilidad de las facultades
mentales que en la ciencia metafísica se denomina atentas. Es más que probable que
no se me comprenda; pero, en verdad, me temo que no hay modo de transmitir al
lector corriente una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés con que, en
mi caso, la facultad de la meditación (para no emplear tecnicismos) se ocupaba de los
objetos más ordinarios del universo, e incluso se abismaba en su contemplación.
Quedarme absorto durante horas, con la atención puesta en la tipografía de un
libro o en algún frívolo garabato de su margen; abismarme la mayor parte de un día
estival en una curiosa sombra proyectada oblicuamente sobre el tapiz o sobre la
puerta; sumirme una noche entera en la contemplación de la llama inmóvil de una
lámpara o de las ascuas de la chimenea; pensar días enteros en el perfume de una flor;
repetir monótonamente una vulgar palabra hasta que, a fuerza de pronunciarla, dejaba
de transmitir idea alguna a la mente; perder toda sensación de movimiento y de
existencia física a base de mantener larga, obstinadamente, una absoluta inmovilidad
corporal…, tales eran algunas de las extravagancias más corrientes e inocuas
ocasionadas por un estado de las facultades mentales no enteramente excepcional, es
cierto, aunque desafiaba cualquier análisis o explicación.
Pero que no se me malinterprete: no hay que confundir esta desmedida, perpetua
y morbosa atención despertada por objetos en sí mismos intrascendentes con la
común inclinación a meditar de la humanidad entera, y en especial de las personas de
imaginación ardiente. No era ni siquiera, como en principio podría suponerse, un
estado extremo, o una exageración de tal propensión, sino algo radical y
esencialmente diferente. En el primer caso, el soñador o entusiasta interesado en un
objeto por lo general no frívolo, pierde imperceptiblemente la visión de dicho objeto
en una infinidad de deducciones y sugerencias que emanan de él, hasta que, al
término de una ensoñación, a menudo espléndidamente rica, descubre que se le ha
desvanecido y olvidado por completo el incitamentum o causa primera de sus
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meditaciones. En mi caso, el objeto primario era invariablemente frívolo, si bien
adoptaba, merced a mi visión alterada, una importancia refractada e irreal. Pocas eran
las deducciones que hacía, si es que hacía alguna; y aun esas pocas retornaban de
manera pertinaz al objeto original como a su centro. Nunca eran placenteras mis
meditaciones; y al término de una ensoñación, la causa primera, lejos de haberla
perdido de vista, había alcanzado para mí ese interés preternaturalmente exagerado
que constituía el rasgo predominante de la enfermedad. En una palabra, en mi caso,
las facultades mentales más especialmente ejercidas eran, como he dicho ya, las
atentas, que en el soñador son las especulativas.
Mis libros, en esa época, si no irritaban en realidad el trastorno, participaban
ampliamente —como se comprenderá por su naturaleza imaginativa e inconexa— de
los caracteres del trastorno mismo. Recuerdo muy bien, entre otros, el tratado del
noble italiano Coelius Secundus Curio, De amplitudine Beati Regni Dei; la gran obra
de san Agustín, La Ciudad de Dios; y el De Carne Christi de Tertuliano, cuya
paradójica frase: Mortuus est Dei filius; credibile est quia ineptum est: et sepultus
resurrexit; certum est quia impossibile est, me ocupó muchas semanas seguidas de
laborioso y estéril estudio.
Parecerá, pues, que alterado su equilibrio sólo por cosas triviales, mi razón se
asemejaba mucho a esa roca oceánica de la que habla Ptolomeo Hefestión, la cual,
resistiendo firmemente los ataques de la violencia humana y la furia más feroz de las
aguas y los vientos, temblaba sólo al roce de la flor llamada asfódelo. Y aunque a un
pensador poco advertido le puede parecer fuera de duda que la alteración producida
en la condición moral de Berenice por su desdichada enfermedad me proporcionaría
muchas ocasiones para ejercer esa intensa y anormal meditación cuya naturaleza me
ha costado un poco explicar, no fue así en absoluto. En los momentos lúcidos de mi
dolencia, me afligía su desgracia; y me afectaba tan hondamente esa total ruina de su
vida hermosa y amable, que no paraba de preguntarme amargamente por qué medio
prodigioso se había operado tan extraña y repentina revolución. Estas meditaciones,
sin embargo, no participaban de la idiosincrasia de mi mal, sino que eran las que se le
habrían ocurrido, en situación parecida, a la humanidad en general. Fiel a su propio
carácter, mi trastorno se complacía en los cambios menos importantes y más
sorprendentes que se manifestaban en el ser físico de Berenice…, en la singular y
espantosa deformación de su identidad personal.
Durante los días más radiantes de su belleza sin igual, jamás llegué a enamorarme
de ella. En la extraña anomalía de mi existencia, los sentimientos jamás me han
brotado del corazón, y mis pasiones han sido siempre mentales. A través del gris de
la madrugada, entre las sombras enmarañadas del bosque a mediodía, o en el silencio
de mi biblioteca por la noche, la había visto revolotear ante mis ojos; y la había visto,
no como la Berenice viva y palpitante, sino como la Berenice de un sueño; no como
un ser terrenal, de este mundo, sino como una abstracción de ese mismo ser; no como
algo digno de admirar, sino como algo que analizar; no como un objeto que amar,
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sino como un tema de la más abstrusa aunque inconexa especulación. Y ahora…
ahora me estremecía ante su presencia, y palidecía cada vez que se me acercaba; sin
embargo, lamentando amargamente su estado de desmoronamiento y aflicción,
recordaba que me amaba hacía tiempo… y en un momento importuno le hablé de
matrimonio.
Y se iba acercando por fin la fecha de nuestras nupcias cuando, una tarde de
invierno —uno de esos días extemporáneamente cálidos, calmos y brumosos que
nutren a la bella Alcíone[6]— estaba yo sentado (y a solas, creía) en el aposento
interior de la biblioteca. Pero al levantar la vista vi a Berenice de pie delante de mí.
¿Fue mi imaginación excitada, la brumosa influencia del ambiente, o el
crepúsculo dudoso de la cámara…, del ropaje gris que caía alrededor de su figura, lo
que hacía tan vacilante y borrosa su silueta? No sé. No dijo una palabra; en cuanto a
mí, nada en el mundo me habría hecho pronunciar una sílaba. Un frío intenso me
recorrió el cuerpo; una sensación de insoportable ansiedad se apoderó de mí; una
curiosidad devoradora inundó mi alma. Y recostándome en la silla, me quedé un
momento inmóvil, sin respirar, con los ojos fijos en su persona. ¡Ay!, estaba
excesivamente demacrada, y ni un solo vestigio de su antiguo ser asomaba en línea
alguna de su contorno. Mi mirada febril se posó finalmente en su rostro.
Tenía una frente alta, y muy pálida, y singularmente serena; y se la cubría
parcialmente su cabello en otro tiempo de azabache, el cual le ocultaba las sienes,
hundidas con innumerables rizos ahora intensamente amarillos, desentonando de
forma discordante —por su aspecto grotesco— con la melancolía que reinaba en su
semblante. Los ojos no tenían vida, ni brillo, y parecía que ni pupilas; aparté
instintivamente mi atención de su mirada vidriosa y la fijé en sus labios delgados y
encogidos. Se abrieron; y en una sonrisa de extraño significado, asomaron lentamente
los dientes de la cambiada Berenice. ¡Pluguiera a Dios que no los hubiera visto, o que
hubiera muerto al verlos!
Me sobresaltó el golpe de la puerta al cerrarse, y cuando alcé la vista, descubrí
que mi prima se había ido del aposento. Pero no, ¡ay!, de la cámara trastornada de mi
cerebro. Tampoco se iría el espectro blanco y horrible de sus dientes. Ni una mancha
había en la superficie de todos ellos; ni una sombra en su esmalte, ni una mella en sus
bordes… Pero aquel momento de su sonrisa había bastado para grabarlos en mi
memoria. Ahora los veía con más nitidez que entonces, cuando los había tenido
delante. ¡Los dientes! ¡Los dientes!… Estaban aquí, allí, en todas partes, claros y
visibles ante mí: largos, estrechos, y exageradamente blancos; con los pálidos labios
contraídos alrededor como en el mismo momento de su primera y terrible
transformación. Después, vino toda la furia de mi monomanía, y luché en vano contra
su influjo irresistible y singular. Frente a los múltiples objetos del mundo exterior, no
tuve ya otro pensamiento que el de sus dientes. Se me despertó por ellos un deseo
frenético. Todos los demás asuntos e intereses quedaron subsumidos en esta única
contemplación. Ellos, sólo ellos, estaban presentes a los ojos de mi mente; y en su
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singular individualidad, se convirtieron en la esencia de mi vida racional. Los veía
bajo todas las luces. Les daba vueltas en todas las posiciones. Examinaba sus
características. Me fijaba en sus particularidades. Estudiaba su conformación.
Meditaba sobre la alteración de su naturaleza. Me estremecía al atribuirles, en mi
imaginación, la facultad de sentir y percibir y, aunque les faltara la ayuda de los
labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho con justicia de Mad’selle Sallé
que «tous ses pas étaient des sentiments»; pues bien, de Berenice creía yo más
seriamente que tous ses dents étaient des idées. ¡Des idees! Ah, he aquí el
pensamiento idiota que me destruía: ¡Des Idées! ¡Por eso los codiciaba yo tan
desesperadamente! Sentía que sólo su posesión podía restituirme la paz,
devolviéndome a la razón.
Y cerró la noche sobre mí, llegó luego la oscuridad, se demoró, y se fue; y volvió
a clarear el día; y se fueron agrupando las brumas de una segunda noche alrededor…,
mientras seguía yo sentado, inmóvil, en ese cuarto solitario, absorto en mi
meditación. Y aún conservaba el fantasma de los dientes su terrible ascendiente,
cuando los vi flotar con vivida y espantosa claridad en medio de las cambiantes luces
y sombras de la cámara. Por último, irrumpió en mis sueños un grito como de horror
y consternación; seguidamente, tras un silencio, se produjo un tumulto de voces
alteradas, mezcladas con multitud de gemidos de congoja, o de dolor. Me levanté de
mi asiento y, abriendo de golpe una de las puertas de la biblioteca, descubrí en la
antecámara a una de las criadas deshecha en lágrimas, que venía a decirme que
Berenice se nos había… ido. Había sufrido un ataque de epilepsia por la mañana, y
ahora, al cerrar la noche, la sepultura estaba dispuesta para su ocupante, y se habían
hecho todos los preparativos para el entierro.
Me encontraba sentado en la biblioteca; otra vez allí, solo. Me parecía que
acababa de despertar de un sueño confuso y agitado. Descubrí que ahora era
medianoche, y sabía que Berenice llevaba enterrada desde la puesta del sol. Pero de
ese oscuro intermedio no tenía conciencia… al menos, conciencia clara. Aunque su
recuerdo estaba lleno de horror… de un horror tanto más horrible por su vaguedad, y
de un terror tanto más terrible por su ambigüedad. Era una página espantosa del libro
de mi vida, repleta de pasajes oscuros, espantosos, ininteligibles. Me esforcé en
descifrarlos, pero en vano; sin embargo, de vez en cuando, como el espíritu de un
sonido ya extinguido, parecía resonar en mi oído el chillido agudo y penetrante de
una voz femenina. Yo había hecho algo. ¿El qué?, me pregunté en voz alta. Y el eco
susurrante de la cámara me respondió: «¿El qué?».
En la mesa, a mi lado, ardía una lámpara; junto a ella había un estuche. No tenía
nada de especial; yo lo había visto a menudo porque era del médico de la familia.
Pero ¿cómo había llegado a parar allí, sobre mi mesa, y por qué me estremecí al
descubrirlo? Todo esto no tenía en absoluto explicación; mi mirada cayó finalmente
sobre la página abierta de un libro, y se detuvo en una frase subrayada. Eran unas
palabras singulares, pero sencillas, del poeta Ebn Zaiat: Dicebant mihi sodales, si
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sepulchrum amicæ visitarem, curas meas aliquantulum fore lev atas. ¿Por qué, al
leerlas, se me pusieron los pelos de punta, y se me heló la sangre en las venas?
Sonó una leve llamada a la puerta de la biblioteca y, pálido como el morador de
una tumba, entró con sigilo un criado. Su expresión estaba contraída de terror, y me
habló con voz temblorosa, ronca, bajísima. ¿Qué dijo? Oí frases entrecortadas.
Explicó que un grito frenético había turbado el silencio de la noche; que se había
reunido la servidumbre de la casa, que habían registrado la parte donde había sonado
el grito… Luego, su voz se volvió espeluznantemente clara al susurrarme que había
sido profanada una sepultura, que un cuerpo desfigurado, amortajado, seguía
respirando, palpitando todavía, ¡todavía vivo!
Señaló mi ropa: la tenía manchada de barro y de grumos de sangre. Yo no dije
nada, y me cogió la mano con suavidad: la tenía marcada con huellas de uñas
humanas. Dirigió mi atención hacia un objeto que había apoyado contra la pared; me
quedé mirándolo unos minutos; era una pala. Con un grito, me precipité hacia la mesa
y agarré el estuche que había encima. No conseguía abrirlo. Y a causa de mi temblor,
se me escurrió de las manos, cayó pesadamente y se hizo trizas; y, con un repiqueteo,
salieron rodando de él algunos instrumentos de odontólogo, junto con treinta y dos
cositas minúsculas, blancas, de aspecto marfileño, que se esparcieron por el suelo.
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Alexei Tolstoi
COMO tantas cosas, la obra del conde Alexei Konstantinovich Tolstoi duerme en
el olvido; entre otras razones por tener como primo al autor de Ana Karenina, de cuya
gigantesca sombra se puede decir que sólo ha logrado escurrirse este sencillo relato
onírico, descubierto por la crítica francesa en 1950.
Perteneciente a una antigua familia de la nobleza ucraniana, Alexei Tolstoi nació
en San Petersburgo en 1817 y murió casi arruinado, a los cincuenta y ocho años,
después de haberse excedido en su dosis habitual de morfina. Al parecer fue un
hombre cultivado y cosmopolita, que viajó por Europa desde niño y que se educó en
Alemania, donde gozaría del trato y amistad de Goethe. Terminados sus estudios en
la universidad de Moscú, acepta un modesto cargo en la embajada rusa de Frankfort
que pronto abandona para tomar parte en servicio activo en la guerra de Crimea
(1853-1856). Acabada la campaña, vuelve a la vida privada para dedicarse
exclusivamente a escribir en el retiro de sus tierras, cerca de San Petersburgo, donde
a la vez ejerce como gobernador de Tchernigov.
Como escritor adoptó la doctrina estética de l’art pour l’art, pero lejos de
inclinarse por las modas parisinas, siempre se mostraría eslavófilo en sus gustos
literarios, admirador de Turgienev y de la poesía épica rusa. Del pasado le gustaba
especialmente el siglo XVI ruso, que evocó en su obra más famosa, la trilogía formada
por La muerte de Iván el terrible, Fedor Ivanovicb y El zar Boris; asimismo escribió
una novela histórica, El príncipe Seretziany, y una curiosa variación del Don Juan de
Byron. También cultivó la poesía y, bajo un pseudónimo inventado entre él y sus
primos, publica en los periódicos de San Petersburgo una serie de poemas satíricos,
con grotescas caricaturas de la vida literaria y las más altas dignidades de la historia
rusa, que provocaron el disgusto del zar Alejandro II, a lo que Alexei contestó: «No
he nacido para servir sino para cantar» y, hastiado, se alejó de la corte.
La familia del vurdalak se escribió en francés alrededor de 1840, cuando Alexei
Tolstoi leía con placer novelas góticas inglesas, aunque no fue publicado hasta 1884,
debido al recelo que causaba en los periódicos de San Petersburgo el interés hacia
temas tan ajenos y sospechosos para el mundo literario ruso. Su cuento, inspirado en
el tratado de Calmet y seguramente influido por las supersticiones populares de su
país, es la variante más lejana del vampiro literario del siglo XIX. Nada más lejos de la
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estilización romántica que este enorme y bestial vurdalak, surgido de las
supersticiones ancestrales, del que emana el más puro terror primitivo. Pero, quizá
por ello, el vurdalak sea el vampiro más auténtico e intemporal de esta antología.
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ninguno de ustedes que haya visto con sus propios ojos las cosas maravillosas que
acaba de relatar, o cuya veracidad pueda avalar con su palabra de caballero.
Nos vimos obligados a reconocerlo, y el anciano prosiguió, acariciándose la
chorrera:
—En cuanto a mí, señores, no sé más que una aventura de ese género; pero es a la
vez tan extraña, tan horrible y tan verídica, que ella sola bastaría para sobrecoger la
imaginación del más incrédulo. Tuve la desgracia de ser a la vez testigo y actor al
mismo tiempo, y aunque normalmente prefiero no acordarme de ella, la relataré por
una vez, si estas damas tienen a bien permitírmelo.
El asentimiento fue unánime. A decir verdad, algunos dirigieron sus miradas
temerosas hacia los rectángulos luminosos que la luna comenzaba a proyectar en el
entarimado; pero en seguida el pequeño círculo se apiñó, y todos callaron para
escuchar la historia del marqués. Monsieur d’Urfé tomó un pellizco de rapé, lo aspiró
lentamente, y comenzó en estos términos:
—Antes que nada, pido perdón a las damas si, en el curso de mi relato, tengo que
aludir a mis aventuras sentimentales más de lo que conviene a un hombre de mi edad.
Pero debo referirme a ellas para que se comprenda mi relato. Por otra parte, es
perdonable que la vejez tenga sus momentos de olvido, y será culpa de ustedes, mis
queridas señoras, si, viéndolas tan hermosas, caigo en la tentación de creerme joven
todavía. Diré, pues, sin más preámbulos, que en el año 1759 andaba perdidamente
enamorado de la preciosa duquesa de Gramont. Esta pasión, que por entonces
consideraba yo profunda y duradera, no me daba tregua ni de día ni de noche; y la
duquesa, como hacen a menudo las mujeres bonitas, se complacía por coquetería en
aumentar mis tormentos. Tanto que, en un momento de despecho, solicité, y obtuve,
una misión diplomática junto al hospodar de Moldavia, entonces en negociaciones
con el gabinete de Versalles sobre asuntos que sería tan enojoso como inútil exponer
aquí. La víspera de mi partida, me presenté en casa de la duquesa. Me recibió con un
talante menos burlón que lo habitual, y me dijo en un tono que denotaba cierta
emoción:
»—D’Urfé, comete usted un gran disparate. Pero le conozco, y sé que no
reconsiderará la decisión que ha tomado. Así que sólo le pido una cosa: acepte este
pequeño crucifijo en prenda de mi amistad y llévelo encima hasta su regreso. Es una
reliquia de familia a la que damos gran valor.
»Con una galantería quizá fuera de lugar en aquel momento, besé, no la reliquia,
sino la mano encantadora que me la ofrecía; me colgué del cuello este crucifijo, que
no me he quitado desde entonces.
»No las cansaré, mis queridas señoras, con los detalles de mi viaje, o con las
observaciones que hice de los húngaros y los serbios, ese pueblo pobre e ignorante
pero valiente y honrado que, aunque sojuzgado por los turcos, no ha olvidado su
dignidad, ni su antigua independencia. Baste decirles que, como había aprendido algo
de polaco durante una estancia en Varsovia, no tardé en familiarizarme con el serbio,
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puesto que las dos lenguas, al igual que el ruso y el bohemio, no son, como
evidentemente saben, sino ramas de una única lengua llamada eslavo.
»Sabía, pues, lo bastante de esa lengua para hacerme entender, cuando llegué un
día a un pueblo cuyo nombre no viene al caso. Encontré a los habitantes de la casa
donde descabalgué sumidos en una consternación que me pareció tanto más extraña
cuanto que era domingo, día en que los serbios suelen entregarse a diversos placeres,
como el baile, el tiro con arcabuz, la lucha, etc. Atribuí esta actitud de mis anfitriones
a alguna desgracia recién acaecida; e iba a marcharme, cuando un hombre de unos
treinta años, alto y de figura imponente, se me acercó y me cogió de la mano.
»—Entre, entre, extranjero —me dijo—; no se deje disuadir por nuestra tristeza;
en cuanto sepa la causa la comprenderá.
»Me contó entonces que su anciano padre, que se llamaba Gorcha, hombre de
carácter inquieto e intratable, se había levantado un día de la cama, y había
descolgado de la pared su largo arcabuz turco.
»—Hijos —había dicho a sus dos hijos, uno llamado Jorge y el otro Pedro—, me
voy a las montañas, a unirme a los valientes que están dando caza a ese perro de
Alibek (era el nombre de un salteador turco que, desde hacía algún tiempo, asolaba el
país). Esperadme diez días; y si al décimo día no he regresado, mandad decir una
misa por mí, porque habré muerto. Pero —había añadido el viejo Gorcha, adoptando
un tono más serio— si volviese después de cumplidos los diez días, Dios os libre de
ello, por vuestra salvación, no me dejéis entrar. Os ordeno que, en ese caso, olvidéis
que fui vuestro padre y, diga lo que diga y haga lo que haga, me clavéis una estaca de
álamo; porque entonces seré un maldito vurdalak que vuelve para chuparos la sangre.
»Debo decirles, mis queridas señoras, que los vurdalaks, o vampiros de los
pueblos eslavos, no son otra cosa, en opinión de ese país, que cadáveres que salen de
la tumba para chupar la sange de los vivos. Hasta ahí, sus hábitos son idénticos a los
de todos los vampiros; pero tienen otro que los hace más temibles. Los vurdalaks
chupan la sangre preferentemente a sus familiares más allegados y a sus amigos más
íntimos, los cuales, al morir, se convierten en vampiros a su vez; de manera que se
dice que en Bosnia y en Hungría hay pueblos enteros convertidos en vurdalaks. El
abad Agustín Calmet, en su curiosa obra sobre las apariciones, cita ejemplos
sobrecogedores. Los emperadores alemanes nombraron varias veces comisiones para
aclarar casos de vampirismo. Se levantaron actas, y se exhumaron cadáveres
atiborrados de sangre que fueron quemados en las plazas públicas tras haberles
atravesado el corazón. Los magistrados que presenciaron estas ejecuciones afirman
haber oído a los cadáveres proferir aullidos en el momento en que el verdugo les
hundía la estaca en el pecho. Hicieron deposición formal de tales hechos,
corroborándolos con su juramento y su firma.
»Con esta información, señoras, les será fácil comprender el efecto que las
palabras del viejo Gorcha habían producido en sus hijos. Los dos se arrojaron a sus
pies y le suplicaron que les dejase ir en su lugar; pero por toda respuesta, les había
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vuelto la espalda y se había ido canturreando el estribillo de una antigua balada. El
día de mi llegada al pueblo era precisamente aquel en que expiraba el plazo fijado por
Gorcha, así que no me fue difícil comprender la inquietud de sus hijos.
»Era una familia buena y honrada. Jorge, el mayor de los dos hijos, de facciones
varoniles muy marcadas, parecía hombre serio y decidido. Estaba casado y era padre
de dos niños. Su hermano, Pedro, un guapo muchacho de dieciocho años, delataba en
su fisionomía más dulzura que osadía, y parecía el favorito de una hermana menor
llamada Sdenka, que podía pasar muy bien por el tipo de belleza eslava. Además de
su beldad, indiscutible en todos sus aspectos, me sorprendió encontrar en ella, al
pronto, un vago parecido con la duquesa de Gramont. Sobre todo, tenía un rasgo
característico en la frente que no he encontrado en mi vida más que en estas dos
personas. Quizá era un rasgo que no resultaba bonito al principio; pero a la larga
acababa cautivando.
»Fuese que yo era muy joven entonces, fuese que este parecido, unido a un
espíritu original e ingenuo, resultaba de un efecto verdaderamente irresistible, el caso
es que no llevaba dos minutos hablando con Sdenka, cuando ya sentía por ella una
viva simpatía que amenazaba convertirse en un sentimiento más tierno si prolongaba
mi estancia en el pueblo.
»Estábamos todos reunidos delante de la casa, en torno a una mesa provista de
queso y cuencos de leche. Sdenka hilaba; su cuñada preparaba la cena de los niños,
que jugaban en la arena; Pedro, con fingida despreocupación, silbaba mientras
limpiaba un yatagán, o largo cuchillo turco. Jorge, acodado en la mesa, con la cabeza
entre las manos y la frente fruncida, devoraba el camino con los ojos sin decir
palabra.
»En cuanto a mí, vencido por la tristeza general, miraba melancólicamente las
nubes del atardecer que enmarcaban el fondo dorado del cielo y la silueta de un
convento que un oscuro pinar ocultaba a medias.
»Según supe más tarde, este convento había gozado en otro tiempo de gran
celebridad debido a una imagen milagrosa de la Virgen que, de acuerdo con la
leyenda, había sido traída por los ángeles y depositada sobre un roble. Pero a
principios del siglo pasado, los turcos invadieron el país, degollaron a los monjes y
saquearon el convento. No quedaban más que los muros, y una capilla atendida por
un ermitaño. Éste mostraba las ruinas a los curiosos y daba hospitalidad a los
peregrinos que, yendo a pie de un lugar devoto a otro, decidían detenerse en el
convento de la Virgen del Roble. Como he dicho, de todo esto no me enteré hasta
más tarde; porque esa noche tenía yo en la cabeza algo muy diferente de la
arqueología de Serbia. Como sucede a menudo cuando dejamos volar libremente la
imaginación, pensaba en tiempos pasados, en los días de mi niñez, en la hermosa
Francia, que había abandonado por un país remoto y salvaje.
»Pensaba en la duquesa de Gramont y, por qué no decirlo, en alguna otra
contemporánea de sus abuelas, cuya imagen, sin yo saberlo, se había introducido en
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mi corazón tras la de la encantadora duquesa.
»Al cabo de un momento, había olvidado a mis anfitriones y su inquietud.
»De repente, Jorge rompió el silencio.
»—Mujer —dijo—, ¿a qué hora se fue el viejo?
»—A las ocho —contestó la mujer—; oí la campana del convento.
»—Entonces bien —prosiguió Jorge—; no pueden ser más de las siete y media —
y calló, fijando nuevamente los ojos en el camino que se perdía en el bosque.
»He olvidado decirles, señoras, que cuando los serbios sospechan que alguien es
vampiro evitan pronunciar su nombre o designarlo de manera directa, porque creen
que es llamarlo de la tumba. Y que desde hacía algún tiempo, Jorge, al hablar de su
padre, sólo le llamaba el viejo.
»Transcurrieron unos instantes en silencio. De repente, uno de los niños dijo a
Sdenka, tirándola del delantal:
»—Tía, ¿cuándo volverá el abuelo a casa?
»Jorge le respondió a esta pregunta inoportuna con una bofetada.
»El niño se echó a llorar; y su hermano pequeño dijo en un tono a la vez
asombrado y temeroso:
»—Padre, ¿por qué no quiere que hablemos del abuelo?
»Otra bofetada le cerró la boca. Los dos niños se pusieron a berrear, y toda la
familia se santiguó.
»En ésas estábamos, cuando oí el reloj del convento, que daba lentamente las
ocho. Apenas resonó la primera campanada en nuestros oídos, cuando vimos surgir
del bosque una figura humana y venir hacia nosotros.
»—¡Es él! ¡Alabado sea Dios! —exclamaron a la vez Sdenka, Pedro y la cuñada.
»—¡Dios nos tenga en su santa guarda! —dijo solemnemente Jorge—; ¿cómo
saber si se han cumplido los diez días o no?
»Todo el mundo le miró con un estremecimiento. Sin embargo, la figura humana
seguía avanzando. Era un viejo alto, con bigote plateado, cara pálida y adusta, que
caminaba ayudándose con un bastón. A medida que se acercaba, Jorge se volvía más
sombrío. Cuando el recién llegado estuvo cerca, se detuvo y paseó la mirada por su
familia con ojos que parecían no ver, tan apagados los tenía, y hundidos en sus
órbitas.
»—Bueno —dijo con voz cavernosa—, ¿nadie se levanta a recibirme? ¿Qué
significa ese silencio? ¿No veis que estoy herido?
»Entonces me di cuenta de que el viejo tenía el costado izquierdo manchado de
sangre.
»—Sostenga a su padre —dije a Jorge—; y usted, Sdenka, debería darle algún
cordial; ¡está a punto de desmayarse!
»—Padre —dijo Jorge acercándose a Gorcha—, enséñeme esa herida; yo
entiendo de heridas, y se la voy a curar…
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»Hizo ademán de abrirle la ropa, pero el anciano lo rechazó bruscamente y se
cubrió el costado con las dos manos.
»—¡Quieto, torpe! —dijo—; ¡me has hecho daño!
»—¡Pero esa herida la tiene en el corazón! —exclamó Jorge, pálido—. Vamos,
vamos; quítese la ropa. ¡Es preciso, es preciso, se lo aseguro!
»El viejo se enderezó, tieso como un huso.
»—Ojo, muchacho —dijo con voz sorda—: ¡como me toques, te maldigo!
»Pedro se interpuso entre Jorge y su padre.
»—Déjalo —dijo—; ¿no ves que le duele?
»—No lo contraríes —añadió su mujer—; ¡sabes que no lo ha consentido jamás!
»En ese momento, vimos un rebaño que volvía de pastar y se dirigía a la casa en
medio de una nube de polvo. El perro que lo acompañaba, fuera que no reconoció al
viejo amo, fuera por alguna otra razón, se detuvo con el pelo erizado en cuanto vio de
lejos a Gorcha, y se puso a aullar como si viese algún ser sobrenatural.
»—¿Qué le pasa a ese perro? —dijo el viejo, cada vez de más malhumor—. ¿Qué
significa todo esto? ¿Acaso me he vuelto un extraño en mi propia casa? ¿Es que diez
días pasados en las montañas me han cambiado hasta el punto de que ni mis perros
me reconocen?
»—¿Le oyes? —dijo Jorge a su mujer.
»—¿Qué?
»—¡Reconoce que han pasado los diez días!
»—No, puesto que ha vuelto en el plazo fijado.
»—Está bien, está bien; yo sé lo que hay que hacer.
»Y como el perro seguía aullando:
»—¡Quiero que lo matéis! —exclamó Gorcha—. ¡Bueno, me habéis oído!
»Jorge no se movió; pero Pedro se levantó, con lágrimas en los ojos, y cogiendo
el arcabuz de su padre, disparó sobre el perro, que cayó rodando en el polvo.
»—Pero era mi perro favorito —dijo muy bajo—. ¡No sé por qué ha querido
padre que lo matáramos!
»—Porque se lo merecía —dijo Gorcha—. Vamos, hace frío; ¡quiero entrar!
»Mientras ocurría esto fuera, Sdenka había preparado para el viejo una tisana
compuesta de aguardiente cocido con peras, miel y pasas. Pero su padre la rechazó
con repugnancia. La misma aversión mostró por el plato de cordero con arroz que le
puso Jorge delante, y fue a sentarse en un rincón junto a la chimenea, murmurando
entre dientes palabras ininteligibles.
»Un fuego de leña de pino chisporroteaba en el hogar y animaba con su
resplandor tembloroso el rostro del viejo, tan pálido y desencajado que, sin esa
iluminación, habría podido tomársele por el de un muerto. Sdenka fue a sentarse
junto a él.
»—Padre —dijo—; no quiere tomar nada ni descansar; ¿por qué no nos cuenta su
aventura en las montañas?
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»Al decir esto, la muchacha sabía que tocaba una fibra sensible; porque el viejo se
animaba hablando de guerras y batallas. Así que, afloró una especie de sonrisa a sus
labios descoloridos, sin que sus ojos participasen de ella, y contestó pasándole la
mano por sus hermosos cabellos dorados:
»—Sí, hija mía; sí, Sdenka. Te contaré lo que me ha ocurrido en las montañas;
pero será en otro momento, porque hoy estoy cansado. Sin embargo, te diré que
Alibek ya no existe, y que es mi mano la que le ha dado muerte. Y por si alguien lo
duda —prosiguió el viejo paseando la mirada por toda su familia—, ¡aquí está la
prueba!
»Deshizo una especie de bulto que llevaba a la espalda, y sacó de él una cabeza
lívida y sangrante… ¡a la que, tocante a palidez, no le iba en zaga la suya! Apartamos
la mirada con horror. Pero Gorcha, dándosela a Pedro:
»—Ten —le dijo—; cuelga eso encima de la puerta, para que todos los que pasen
se enteren de que Alibek ha muerto, y de que los caminos están limpios de
salteadores… ¡quitando a los jenízaros del sultán!
»Pedro obedeció con repugnancia.
»—Ahora lo comprendo todo —dijo—; ¡ese pobre perro que acabo de matar
aullaba porque olfateaba carne muerta!
»—Sí, olfateaba carne muerta —replicó en tono lúgubre Jorge, que había salido
sin que nadie se diese cuenta, y entraba en este momento trayendo en la mano una
cosa que dejó en un rincón, y que me pareció una estaca.
»—Jorge —dijo su mujer a media voz—, supongo que no irás a…
»—Hermano —añadió su hermana—, ¿qué vas a hacer? Pero no; no harás nada,
¿verdad?
»—Dejadme —contestó Jorge—; yo sé lo que tengo que hacer, y no haré sino lo
que sea necesario.
»A todo esto había caído la noche, y la familia fue a acostarse a una parte de la
casa que estaba separada de mi habitación por un tabique bastante delgado. Confieso
que lo que había visto durante la tarde había impresionado mi imaginación. Yo tenía
la luz apagada, y la luna entraba de lleno por un ventanuco bajo, muy cerca de mi
cama, proyectando en el suelo y las paredes una claridad macilenta, más o menos
como entra aquí, señoras, en este salón donde estamos. Quería dormir pero no podía.
Atribuyendo mi insomnio a la claridad de la luna, busqué algo que me sirviera de
cortina, pero no encontré nada. Entonces, oí voces confusas al otro lado del tabique, y
me puse a escuchar.
»—Acuéstate, mujer —decía Jorge—; y tú, Pedro; y tú, Sdenka. No os preocupéis
por nada; yo velaré por vosotros.
»—Pero, Jorge —contestó su mujer—; me corresponde a mí velar; tú estuviste
trabajando toda la noche anterior; debes de estar reventado. Además, tengo que
mantenerme despierta por nuestro hijo mayor. ¡Sabes que no se encuentra bien desde
ayer!
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»—Estáte tranquila y acuéstate —dijo Jorge—; ¡yo velaré por los dos!
»—Pero, hermano —dijo entonces Sdenka con su voz más dulce— me parece
inútil velar. Nuestro padre se ha dormido ya; y su expresión parece serena y apacible.
»—No entendéis nada ni la una ni la otra —dijo Jorge en un tono que no admitía
réplica—. Os digo que os acostéis y me dejéis velar.
»A continuación se hizo un profundo silencio. Poco después noté que me pesaban
los párpados y que el sueño se apoderaba de mis sentidos.
»Me dio la impresión de que se abría lentamente mi puerta y aparecía el viejo
Gorcha en el umbral. Pero más que ver su figura, la adivinaba, porque estaba muy
oscura en la habitación de donde venía. Me pareció que sus ojos apagados intentaban
leerme el pensamiento y seguir el movimiento de mi respiración. Después avanzó un
pie, y luego el otro. Seguidamente, con precaución extrema, echó a andar hacia mí
con paso de lobo. Luego dio un salto y se situó junto a mi lecho. Yo sentía una
angustia indecible; pero una fuerza invisible me tenía inmovilizado. El viejo se
inclinó sobre mí y me acercó su rostro lívido hasta el punto de que me pareció oler su
aliento cadavérico. Entonces hice un esfuerzo sobrenatural y me desperté, bañado de
sudor. No había nadie en mi cuarto; pero, al echar una mirada hacia la ventana, vi
claramente al viejo Gorcha, fuera, con la cara pegada al cristal, y sus ojos espantosos
clavados en mí. Tuve la fuerza de no gritar y la suficiente presencia de ánimo para
permanecer acostado como si no hubiese visto nada. Sin embargo, el viejo parecía
haber venido sólo a asegurarse de que dormía; porque no hizo intento alguno de
entrar, sino que, tras mirarme bien, se fue de la ventana, y le oí andar en la habitación
contigua. Jorge se había dormido, y roncaba de tal modo que hacía temblar los
tabiques. El niño tosió en ese momento, y distinguí la voz de Gorcha.
»—¿No duermes, pequeño? —dijo.
»—No, abuelo —contestó el niño—; ¡me gustaría charlar contigo!
»—Ah, ¿te gustaría charlar conmigo? ¿Y de qué charlaremos?
»—Quiero que me cuentes cómo combatiste a los turcos, ¡porque a mí también
me gustaría combatir a los turcos!
»—Ya había pensado en eso, hijito; y te he traído un pequeño yatagán, que te daré
mañana.
»—Ah, abuelo, dámelo ahora, ya que no duermes.
»—Pero, ¿por qué no me has dicho nada cuando era de día?
»—¡Porque papá me lo ha prohibido!
»—Es prudente, tu papá. Así que ¿te gustaría tener tu pequeño yatagán?
»—Ya lo creo; pero aquí no, ¡porque papá podría despertarse!
»—Pues ¿dónde, entonces?
»—Si salimos, te prometo portarme bien y no hacer ningún ruido.
»Me pareció distinguir una risita de Gorcha, y oí que el niño se levantaba. Yo no
creía en los vampiros, pero la pesadilla que acababa de tener había influido en mis
nervios; y, como no quería tener nada que reprocharme después, me levanté y di un
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golpe en el tabique con el puño. Habría bastado para despertar a todos los durmientes,
pero nada me indicó que la familia me había oído. Corrí a la puerta decidido a salvar
al niño; pero la encontré cerrada por fuera, y el cerrojo no cedía a mis esfuerzos.
Mientras intentaba derribarla, vi pasar por delante de mi ventana al viejo con el niño
en brazos.
»—¡Despierten, despierten! —grité con todas mis fuerzas, y sacudí el tabique con
mis golpes. Sólo entonces despertó Jorge.
»—¿Dónde está el viejo? —dijo.
»—Deprisa, corra —le grité—; ¡el viejo se ha llevado a su hijo!
»De una patada, Jorge hizo saltar la puerta, que había sido cerrada por fuera como
la mía, y echó a correr en dirección al bosque. Por fin conseguí despertar a Pedro, a
su cuñada y a Sdenka. Nos reunimos delante de la casa; y tras unos minutos de
espera, vimos regresar a Jorge con su hijo. Lo había encontrado desvanecido en el
camino; pero no tardó en volver en sí, y no parecía más enfermo que antes. Acuciado
a preguntas, contestó que su abuelo no le había hecho ningún daño, que habían salido
juntos para charlar más a gusto, pero que una vez fuera había perdido el
conocimiento, no recordaba cómo. En cuanto a Gorcha, había desaparecido.
»El resto de la noche, como cabe imaginar, transcurrió sin que nadie pegara ojo.
»A la mañana siguiente me enteré de que el Danubio, que cortaba el camino real a
un cuarto de legua del pueblo, había empezado a arrastrar témpanos, cosa que ocurre
siempre en esas regiones a finales del otoño y comienzos de primavera. El paso
quedó cortado durante unos días, y no podía pensar siquiera en marcharme. De todos
modos, aunque hubiese podido irme, la curiosidad, unida a cierta atracción más
fuerte, me habría retenido. Cuanto más veía a Sdenka, más inclinado me sentía a
amarla. No soy de los que creen en las pasiones repentinas e irresistibles cuyos
ejemplos nos ofrecen las novelas; pero pienso que hay ocasiones en que el amor se
desarrolla más deprisa que de costumbre. La belleza original de Sdenka, aquel
singular parecido con la duquesa de Gramont, por la que había huido de París para
encontrarla aquí, vestida con traje pintoresco, hablando una lengua extraña y
armoniosa, aquel rasgo característico de la cara por el que, en Francia, había querido
hacerme matar veinte veces, todo esto, unido a la singularidad de mi situación y a los
misterios que me rodeaban, debió de contribuir a que madurase en mí un sentimiento
que, en otras circunstancias, no se habría manifestado quizá sino de una forma vaga y
pasajera.
»A lo largo del día oí a Sdenka conversar con su hermano menor.
»—¿Qué piensas tú de todo esto? —decía ella—. ¿También sospechas de nuestro
padre?
»—Yo no me atrevo a sospechar —contestó Pedro—, y menos habiendo dicho el
niño que no le ha hecho ningún daño. En cuanto a su desaparición, sabes que nunca
ha dado explicaciones de sus ausencias.
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»—Lo sé —dijo Sdenka—; pero entonces hay que salvarlo; porque ya conoces a
Jorge…
»—Sí, sí; lo conozco. Hablarle sería inútil. Le esconderemos la estaca, y no irá a
buscar otra, porque a este lado de las montañas no hay un solo álamo.
»—Sí, escondámosle la estaca; pero no hay que decir nada a los niños; ¡podría
escapárseles, delante de Jorge!
»—Tendremos mucho cuidado —dijo Pedro; y se separaron.
»Llegó la noche sin que se supiera nada del viejo Gorcha. Yo estaba tendido en la
cama, como la noche anterior, y la luna entraba de lleno en mi habitación. Cuando el
sueño comenzaba a nublarme las ideas, sentí, como por instinto, la proximidad del
viejo. Abrí los ojos y vi su cara pegada a mi ventana.
»Esta vez quise levantarme, pero me fue imposible. Me parecía que tenía los
miembros paralizados. Después de mirarme largamente, el viejo se alejó. Le oí dar la
vuelta a la casa y llamar suavemente a la ventana de la habitación donde dormían
Jorge y su mujer. El niño se revolvió en su cama y gimió en sueños. Transcurrieron
unos minutos en silencio; luego oí llamar otra vez a la ventana. Entonces el niño
volvió a gemir, y se despertó…
»—¿Eres tú, abuelo? —dijo.
»—Soy yo —contestó una voz sorda—; te traigo tu pequeño yatagán.
»—Pero no me atrevo a salir; ¡papá me lo ha prohibido!
»—No tienes por qué salir; ¡abre la ventana y ven a darme un beso!
»El niño se levantó y le oí abrir la ventana. Entonces, apelando a todas mis
energías, salté de la cama y corrí a golpear el tabique. Un minuto después se había
levantado Jorge. Le oí soltar un juramento, su mujer profirió un grito, y poco después
nos habíamos reunido todos alrededor del niño inanimado. Gorcha había
desaparecido como el día anterior. A fuerza de cuidados, logramos que el niño
volviera en sí; pero estaba muy débil y respiraba con dificultad. El pobrecillo
ignoraba la causa de su desvanecimiento. Su madre y Sdenka lo achacaron al susto
que se había llevado al ser sorprendido hablando con su abuelo. Yo no dije nada. Sin
embargo, una vez que el niño se hubo calmado, se volvieron a acostar todos salvo
Jorge.
»Hacia el alba, oí que se despertaba su mujer, y que hablaban en voz baja. Sdenka
se reunió con ellos, y la oí sollozar, así como a la cuñada.
»El niño había muerto.
»Paso por alto la desesperación de la familia. Nadie, sin embargo, atribuyó su
causa al viejo Gorcha. Al menos, no lo dijeron abiertamente.
»Jorge no hablaba, pero su expresión siempre sombría tenía ahora algo de
terrible. El viejo estuvo dos días sin aparecer. La noche del tercero (en que había
tenido lugar el entierro del niño), me pareció oír pasos alrededor de la casa, y una voz
de viejo que llamaba al hermanito del difunto. Me pareció también, por un momento,
ver la cara de Gorcha pegada a mi ventana; pero no pude comprobar si era real o se
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trataba de un producto de mi imaginación, porque esa noche la luna estaba oculta. Sin
embargo, consideré mi deber informar a Jorge. Jorge interrogó al pequeño, y éste
contestó que, efectivamente, había oído que le llamaba su abuelo, y que le había visto
mirar por la ventana. Jorge ordenó severamente a su hijo que le despertase si volvía a
ocurrir.
»Todas estas circunstancias no eran obstáculo para que mi afecto por Sdenka
fuera en aumento.
»No había podido hablar con ella sin testigos durante el día. Cuando llegó la
noche, la idea de mi marcha inminente me oprimía el corazón. La habitación de
Sdenka estaba separada de la mía por un pasillo que daba por un lado a la calle y por
el otro al patio.
»Se había acostado ya la familia que me hospedaba, cuando se me ocurrió dar una
vuelta por el campo para distraerme. Salí al pasillo, y vi que la puerta de Sdenka
estaba entornada.
»Me detuve involuntariamente. Un susurro de vestidos muy conocido hizo que el
corazón me latiera con violencia. Luego oí la letra de una canción a media voz. Era el
adiós que un rey serbio dirigía a su amada al partir para la guerra:
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»—¡Oh! —me dijo—, ¿por qué ha entrado? ¿Qué pensarán de mí si nos
sorprenden?
»—Sdenka, vida mía —le dije—, tranquilícese; todos duermen a nuestro
alrededor, sólo el grillo en la yerba y el abejorro en el aire pueden oír qué tengo que
decirle.
»—¡Oh, amigo mío, salga, salga! ¡Si le sorprende mi hermano, estoy perdida!
»—Sdenka, no me iré hasta que me haya prometido amarme siempre, como
prometió la hermosa al rey de la balada. Me marcho pronto, Sdenka, ¡quién sabe
cuándo volveremos a vernos! Sdenka, la amo más que a mi propia alma, más que a
mi propia salvación… Suya es mi vida y mi sangre… ¿no me va a conceder una hora,
a cambio?
»—Muchas son las cosas que pueden suceder en una hora —dijo Sdenka en tono
pensativo; pero dejó su mano en la mía—. No conoce a mi hermano —prosiguió,
estremeciéndose—. Tengo el presentimiento de que vendrá.
»—Tranquilícese, Sdenka mía —le dije—, su hermano está cansado por sus
continuas vigilias: lo arrulla el viento que juega en los árboles; muy pesado es su
sueño, y muy larga la noche, ¡y yo sólo le pido una hora! Después, adiós… ¡quizá
para siempre!
»—¡Oh, no, para siempre no! —dijo vivamente Sdenka; luego retrocedió, como
asustada de su propia voz.
»—¡Ah, Sdenka! —exclamé—, no veo nada sino a usted, no oigo nada sino a
usted; no soy dueño de mí. Obedezco a una fuerza superior, ¡Sdenka, perdóneme! —y
como un loco, la estreché contra mi corazón.
»—¡Oh, no es usted amigo mío! —dijo ella; y desasiéndose de mis brazos, fue a
refugiarse en el fondo de su habitación. No sé qué le contesté; estaba confuso por mi
audacia, no porque no me hubiera dejado llevar por ella en ocasiones parecidas, sino
porque, a pesar de mi pasión, no podía por menos de sentir un sincero respeto por la
inocencia de Sdenka.
»Es cierto que, al principio, había aventurado algunas de esas frases galantes que
no desagradan a las mujeres hermosas de nuestro tiempo; pero en seguida sentí
vergüenza, y renuncié, viendo que la sencillez de la joven le impedía comprender lo
que ustedes, señoras (porque veo que sonríen), han adivinado con sólo haberlo
insinuado.
»Y estaba allí, delante de ella, sin saber qué decir, cuando de repente la vi
estremecerse y clavar en la ventana una mirada de terror. Seguí la dirección de sus
ojos, y vi claramente el rostro inmóvil de Gorcha, que nos observaba desde fuera.
»En ese instante, sentí una mano pesada sobre mi hombro. Me volví. Era Jorge.
»—¿Qué hace aquí? —me preguntó.
»Desconcertado ante esta brusca interpelación, le mostré a su padre que nos
miraba por la ventana, y que desapareció en cuanto se vio descubierto por Jorge.
»—He oído al viejo, y he entrado a prevenir a su hermana —le dije.
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»Jorge me miró como si quisiera leer el fondo de mi alma. Luego me cogió por el
brazo, me condujo a mi habitación y se fue sin decir palabra.
»A la mañana siguiente, la familia se había reunido ante la puerta de la casa, en
torno a una mesa repleta de productos de la leche.
»—¿Dónde está el niño? —dijo Jorge.
»—En el patio —contestó su madre—; jugando solo a su juego favorito, imaginar
que combate a los turcos.
»Apenas había dicho esto cuando, para nuestro completo asombro, vimos venir
del fondo del bosque la alta figura de Gorcha; se acercó despacio a nuestro grupo, y
se sentó a la mesa como hizo el día de mi llegada.
»—Sea bienvenido, padre —murmuró la nuera con voz apenas audible.
»—Bienvenido sea, padre —repitieron Sdenka y Pedro en voz baja.
»—Padre —dijo Jorge con voz firme, pero cambiando de color—; ¡le
esperábamos para que bendijera la mesa!
»El viejo se volvió, arrugando el ceño.
»—¡Bendígala ya! —repitió Jorge—; y haga la señal de la cruz, o por san Jorge…
»Sdenka y su cuñada se inclinaron hacia el viejo y le suplicaron que dijera la
oración.
»—No, no, no —dijo el viejo—. No tiene derecho a mandarme; y como insista,
¡le maldigo!
Jorge se levantó y corrió a la casa. Poco después regresó, con ojos furibundos.
»—¿Dónde está la estaca? —exclamó—. ¿Dónde habéis escondido la estaca?
»Sdenka y Pedro intercambiaron una mirada.
»—¡Cadáver! —dijo entonces Jorge, dirigiéndose al viejo—, ¿qué has hecho de
mi hijo mayor? ¿Por qué has matado a mi hijo? ¡Devuélvemelo, cadáver!
»Y mientras decía todo esto, se iba poniendo cada vez más pálido, y sus ojos se
animaban aún más.
»El viejo le miraba con ojos malévolos, pero no decía nada.
»—¡Ah! ¡La estaca, la estaca! —exclamó Jorge—. ¡El que la haya escondido
responda de las desgracias que nos aguardan!
»En ese momento oímos la risa alegre del más pequeño, y le vimos llegar a
caballo sobre una gran estaca que arrastraba caracoleando, y profiriendo con su
vocecita el grito de guerra de los servios cuando se lanzan sobre el enemigo.
»Al verlo, los ojos de Jorge centellearon. Arrebató la estaca al niño y se abalanzó
sobre su padre. Éste profirió un aullido, y echó a correr en dirección al bosque a una
velocidad tan poco acorde con su edad que parecía sobrenatural.
»Jorge lo persiguió por los campos, y poco después los perdimos de vista.
»El sol se había puesto ya cuando regresó Jorge a casa, pálido como la muerte y
con los cabellos erizados. Se sentó cerca del fuego, y me pareció oír que le
castañeteaban los dientes. Nadie se atrevió a preguntarle. Hacia la hora en que la
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familia tenía costumbre de retirarse, pareció recobrar toda su energía. Y llevándome
aparte, me dijo de la manera más natural:
»—Mi querido huésped; acabo de ver el río. No hay témpanos, y el camino está
despejado; nada impide ya su marcha. No hace falta —añadió, dirigiendo una mirada
a Sdenka— que se despida de mi familia. Ella le desea por mediación mía toda la
felicidad que se pueda alcanzar aquí abajo, y espero que guarde usted de nosotros un
buen recuerdo. Mañana, al amanecer, encontrará ensillado el caballo, y a su guía
dispuesto a acompañarle. Adiós; acuérdese alguna vez de su anfitrión, y perdónele si
su estancia aquí no ha estado todo lo exenta de tribulaciones que él hubiera deseado.
»Las duras facciones de Jorge tenían en ese momento una expresión casi cordial.
Me acompañó a mi habitación y me estrechó la mano por última vez. Luego se
estremeció, y sus dientes castañetearon como si temblara de frío.
»Una vez solo, no pensé en acostarme, como habrán imaginado. Me preocupaban
otras cosas. Yo había amado varias veces en mi vida. Había tenido accesos de ternura,
de despecho y de celos; pero nunca, ni aun al separarme de la duquesa de Gramont,
había experimentado una tristeza como la que me desgarraba el corazón en ese
momento. Antes de que saliese el sol, me puse la ropa de viaje e intenté obtener una
última entrevista con Sdenka. Pero Jorge me esperaba en el recibimiento. Se me
esfumó toda posibilidad de volverla a ver.
»Salté sobre mi caballo y piqué espuelas. Me prometí volver a pasar por este
pueblo a mi regreso de Jassy; y esta esperanza, por lejana que fuera, disipó poco a
poco mis preocupaciones. Pensaba ya con complacencia en el momento del regreso, y
mi imaginación me representaba de antemano todos los detalles, cuando un brusco
movimiento del caballo estuvo a punto de hacerme perder el arzón. El animal se paró
en seco, envaró las patas delanteras, y sus ollares emitieron ese ruido de alarma que la
proximidad de un peligro arranca a los de su especie. Miré con atención, y vi delante
de mí, a un centenar de pasos, un lobo que excavaba la tierra. Al oírme, emprendió la
huida; hundí las espuelas en los ijares de mi montura y conseguí hacerla andar.
Entonces descubrí, en el sitio que había abandonado el lobo, una fosa reciente. Me
pareció distinguir además el extremo de una estaca que sobresalía unas pulgadas de la
tierra que el lobo acababa de remover. Aunque no estoy seguro del todo porque pasé
muy deprisa junto a ese lugar.
Aquí el marqués calló, y aspiró un pellizco de rapé.
—¿Es todo? —preguntaron las damas.
—¡Ah, no! —contestó el señor D’Urfé—. Lo que voy a contarles ahora
representa para mí un recuerdo mucho más doloroso; y daría lo que fuera por
librarme de él.
»Los asuntos que me llevaron a Jassy me retuvieron más tiempo de lo que yo
había previsto. No quedaron concluidos hasta seis meses más tarde. ¿Qué puedo
decirles? Es triste admitirlo, pero no deja de ser verdad que hay pocos sentimientos
duraderos en este mundo. El éxito de mis negociaciones, los alientos que recibía del
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gabinete de Versalles, la política en una palabra, esa antipática política que tanto nos
ha fastidiado últimamente, no tardó en debilitar en mi espíritu el recuerdo de Sdenka.
Después, la mujer del hospodar, persona muy hermosa, y que dominaba
perfectamente nuestra lengua, me había hecho el honor, desde mi llegada, de
distinguirme entre los demás jóvenes extranjeros que residían en Jassy. Educado,
como he sido, en los principios de la galantería francesa, mi sangre gala se habría
rebelado ante la idea de pagar con la ingratitud la benevolencia que me demostraba la
belleza. Así que respondí cortésmente a las insinuaciones que se me hicieron; incluso,
para hacer valer los intereses y derechos de Francia, comencé a identificarme con los
del hospodar.
»Llamado a mi país, emprendí de vuelta el camino que me había llevado a Jassy.
»No pensaba ya en Sdenka, ni en su familia, cuando una tarde, cabalgando por el
campo, oí una campana que daba las ocho. No me resultó desconocido su tañido, y
mi guía me dijo que provenía de un convento que había a cierta distancia. Le
pregunté qué convento era aquél, y me dijo que el de la Virgen del Roble. Acucié a
mi caballo, y poco después llamábamos a su puerta. Acudió a abrirnos el ermitaño, y
nos condujo a la dependencia de los forasteros. La encontré tan llena de peregrinos
que se me fueron las ganas de pasar la noche allí; así que le pregunté si podría
encontrar alojamiento en el pueblo.
»—Encontrará de sobra —me contestó el ermitaño, exhalando un profundo
suspiro—. Gracias a ese impío de Gorcha, ¡no faltan casas vacías allí!
»—¿Qué me dice? —pregunté—, ¿aún vive el viejo Gorcha?
»—¡Ah, no! ¡Bien muerto está, y enterrado, con una estaca en el corazón! Pero le
chupó la sangre al hijo de Jorge. Y el niño regresó una noche, llorando a la puerta,
diciendo que tenía frío y que quería entrar. La tonta de su madre, a pesar de que lo
había enterrado ella misma, no tuvo valor para enviarlo otra vez al cementerio, y le
abrió. Entonces se arrojó sobre ella y la chupó hasta matarla. Después de enterrada,
volvió ella, también, a chuparle la sangre a su segundo hijo, luego a su marido, y
después a su cuñado. Todos han muerto.
»—¿Y Sdenka? —dije yo.
»—¡Ah, se volvió loca de dolor! ¡Pobre criatura! No me hable de ella.
»La respuesta del ermitaño no era clara, y yo no me atreví a repetir la pregunta.
»—El vampirismo es contagioso —prosiguió el ermitaño, santiguándose—; son
muchas las familias del pueblo que se han contaminado; algunas han perdido hasta a
su último miembro. Y créame: debería pasar la noche en el convento; porque en el
pueblo, si no acaba devorado por los vurdalaks, el terror que le harán pasar bastará
para encanecerle antes de que toque yo a maitines. No soy más que un pobre religioso
—prosiguió—, pero la generosidad de los viajeros me permite proveer a sus
necesidades. Tengo quesos exquisitos, pasas que sólo con verlas se le hará la boca
agua, ¡y algunos frascos de vino de Tokay que no desmerece en nada al que sirven a
su santidad el Patriarca!
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»En ese momento me pareció que el ermitaño cedía paso al posadero. Me dio la
impresión de que me había contado un cuento para darme ocasión de congraciarme
con el cielo imitando la generosidad de los viajeros que permitía al hombre santo
proveer a sus necesidades.
»Además, la palabra miedo me ha hecho siempre el mismo efecto que el clarín a
un caballo de guerra. Habría sentido vergüenza de mí mismo si no hubiera partido en
seguida. Mi guía, temblando, me pidió permiso para quedarse; se lo concedí de buen
grado.
»Tardé una media hora en llegar al pueblo. Lo encontré desierto. Ni una luz
brillaba en las ventanas, ni una canción se dejaba oír. Pasé en silencio por delante de
todas las casas, la mayoría de las cuales me resultaban conocidas, y llegué finalmente
a la de Jorge. Fuera movido por un recuerdo sentimental, o por mi temeridad de
joven, el caso es que decidí pasar allí la noche.
»Bajé del caballo y llamé a la puerta cochera, se abrió, con un chirrido de goznes,
y entré en el patio.
»Até el caballo ensillado bajo un cobertizo, donde encontré provisión de avena
para una noche, y me dirigí con resolución a la casa.
»No había ninguna puerta cerrada, aunque todas las habitaciones parecían
deshabitadas. La de Sdenka daba la impresión de haber sido abandonada el día antes.
Aún había algunos vestidos sobre la cama. Unas joyas que ella recibió de mí, entre
las que reconocí un crucifijo de esmalte que yo había comprado al pasar por Pest,
brillaban sobre una mesa al resplandor de la luna. No pude por menos de sentir un
encogimiento del corazón, a pesar de que mi amor era ya cosa pasada. De todos
modos, me envolví en mi abrigo y me eché en la cama. Poco después me dormí. No
me acuerdo con detalle de mi sueño, pero sé que vi a Sdenka, bella, ingenua y
cariñosa como en otra ocasión. Me reproché, al verla, mi egoísmo y mi veleidad.
¿Cómo, me preguntaba, había podido abandonar a esta pobre criatura que me amaba,
cómo había podido olvidarla? Luego, su imagen se confundió con la de la duquesa de
Gramont, y no vi en las dos figuras sino a una misma y única persona. Me arrojé a los
pies de Sdenka, e imploré su perdón. Todo mi ser, toda mi alma se fundieron en un
sentimiento inefable de melancolía y de felicidad.
»En ese momento de mi sueño estaba, cuando me despertó a medias un susurro
armonioso, semejante al del trigo agitado por una brisa ligera. Me pareció oír las
espigas al rozarse melodiosamente, y el canto de los pájaros mezclándose con el
rumor de una cascada y el cuchicheo de los árboles. Después, me dio la impresión de
que todos estos ruidos confusos no eran sino el roce de un vestido de mujer, y me
detuve ante esta idea. Abrí los ojos y vi a Sdenka junto a mi cama. La luna brillaba
con un resplandor tan intenso que podía distinguir hasta el más pequeño detalle de los
rasgos adorables, en otro tiempo tan queridos por mí: pero mi sueño sólo acababa de
hacerme ver el precio. Encontré a Sdenka más hermosa y más desarrollada. Iba
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vestida igual que la última vez, cuando la había visto a solas: con una camisa sencilla
bordada en oro y seda, y una falda muy ceñida por encima de las caderas.
»—¡Sdenka! —dije, incorporándome—, ¿eres tú, Sdenka?
»—Sí, soy yo —me contestó con voz suave y triste—; tu Sdenka, a la que habías
olvidado. ¡Ah, por qué no volviste antes! Ahora, todo ha terminado, es preciso que te
vayas; ¡un instante más, y estarás perdido! ¡Adiós, amigo mío, adiós para siempre!
»—¡Sdenka —dije yo—, has sufrido muchas desgracias, me lo han contado! Ven,
hablaremos un poco, y eso te aliviará!
»—¡Oh, amigo mío! —dijo ella—, no debes creer todo lo que se dice de nosotros.
Pero vete, vete lo más deprisa que puedas; porque si te quedas aquí, es segura tu
perdición.
»—Pero, Sdenka, ¿cuál es el peligro que me amenaza? ¿No puedes concederme
una hora, una hora tan sólo, para hablar contigo?
»Sdenka se estremeció, y una extraña revolución se apoderó de toda su persona.
»—Sí, una hora; una hora, ¿verdad? Como cuando yo cantaba la balada del viejo
rey, y entraste en esta habitación. ¿Es eso lo que quieres decir? Bien, de acuerdo: te
concedo una hora. Pero no —dijo, rectificando—. Márchate, ¡vete! Vete cuanto antes;
te lo suplico, ¡huye!… ¡Huye, ahora que aún tienes tiempo!
»Una energía salvaje animaba su semblante.
»No me explicaba las razones que la hacían hablar así, pero estaba tan hermosa
que decidí quedarme, a pesar de sus ruegos. Cediendo finalmente a mi insistencia, se
sentó junto a mí, me habló de tiempos pasados y me confesó ruborizándose que se
había enamorado de mí desde el momento de mi llegada. Sin embargo, poco a poco,
observé que se operaba un gran cambio en ella. Su antigua reserva dejó paso a un
extraño abandono. Su mirada, hasta hacía poco tan tímida, tenía algo de atrevimiento.
Finalmente, vi con sorpresa que su actitud hacia mí estaba muy lejos de la modestia
que antes la había caracterizado.
»¿Es posible, me dije, que Sdenka no sea ya la joven pura e inocente que me
pareció hace dos años? ¿Adoptaría entonces aquella apariencia por temor a su
hermano? ¿Tan burdamente me dejé engañar por su fingida virtud? ¿Es, quizá, un
refinamiento de su coquetería? ¡Y yo que creía conocerla! ¡Pero no importa! Si
Sdenka no es una Diana como yo había pensado, muy bien puedo compararla con
otra divinidad no menos amable; ¡y por Dios que prefiero el papel de Adonis al de
Acteón!
»Si esta frase clásica que me dirigí a mí mismo les parece pasada de moda,
señoras, les ruego que recuerden que lo que tengo el honor de contarles ocurría en el
año de gracia de 1758. La mitología estaba entonces a la orden del día, y yo no tenía
ningún interés en ir por delante de mi siglo. Mucho han cambiado las cosas desde
entonces, y no hace tanto que la Revolución, al derribar los vestigios del paganismo a
la vez que los de la religión cristiana, ha puesto a la diosa Razón en su lugar. Esta
diosa, mis queridas señoras, no ha sido jamás mi patrona, cuando me he encontrado
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en presencia de ustedes; y, en la época de la que hablo, me sentía menos inclinado
aún a ofrecerle sacrificios. Me abandoné sin reserva a la inclinación que me
empujaba hacia Sdenka, y corrí gozosamente al encuentro de sus caricias.
Llevábamos ya un rato entregados a una dulce intimidad cuando, entreteniéndome en
adornarla con todas sus joyas, quise ponerle en el cuello el crucifijo de esmalte que
había encontrado sobre la mesa. Al hacer yo el ademán, Sdenka retrocedió con un
estremecimiento.
»—Basta de niñerías, amigo mío —me dijo—; ¡aparta esas fruslerías y hablemos
de ti y de tus proyectos!
»La turbación de Sdenka me dio que pensar. Al mirarla con atención, observé que
no tenía ya en el cuello, como antes, el montón de medallas, relicarios y bolsitas de
incienso que las mujeres serbias suelen llevar desde niñas, y no se quitan hasta la
muerte.
»—Sdenka —le dije—, ¿dónde están las medallas que llevabas en el cuello?
»—Las he perdido —contestó en un tono de impaciencia; y cambió en seguida de
conversación.
»No sé qué presentimiento vago, del que no me di cuenta, se apoderó de mí.
Quise marcharme, pero Sdenka me retuvo.
»—¡Cómo! —dijo—, ¿me has pedido una hora, y quieres irte ya a los pocos
minutos?
»—Sdenka —dije—, tenías razón al insistirme en que me fuera; me parece que
oigo ruido, ¡y temo que nos sorprendan!
»—Tranquilízate, amigo mío, todos duermen a nuestro alrededor, ¡y sólo el grillo
en la yerba y el abejorro en el aire pueden oír lo que tengo que decirte!
»—No, no, Sdenka; ¡es preciso que me vaya!…
»—Espera, espera —dijo Sdenka—; ¡te amo más que a mi alma, más que a mi
salvación; me dijiste que tu vida y tu sangre eran mías!…
»—Pero tu hermano, tu hermano, Sdenka; ¡tengo el presentimiento de que
vendrá!
»—Tranquilízate, vida mía; mi hermano es arrullado por el viento que juega en
los árboles; muy pesado es su sueño, y muy larga la noche, ¡y yo sólo te pido una
hora!
»Diciendo esto, Sdenka estaba tan hermosa que el deseo de seguir junto a ella
comenzaba a imponerse al vago terror que me turbaba. Una mezcla de recelo y
voluptuosidad imposible de describir inundaba todo mi ser. A medida que me
debilitaba, Sdenka se mostraba más tierna; tanto que decidí ceder, prometiéndome
permanecer alerta. Sin embargo, como he dicho antes, nunca he sido sensato sino a
medias; y cuando Sdenka, al notar mi reserva, me propuso combatir el frío de la
noche con unas copas del generoso vino que dijo haber conseguido del buen
ermitaño, acepté la sugerencia con un entusiasmo que le hizo sonreír. El vino hizo su
efecto. A la segunda copa, se me borró por completo la mala impresión que me había
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causado el detalle del crucifijo y las medallas; Sdenka, con la ropa desordenada, sus
hermosos cabellos medio destrenzados, sus joyas centelleando con la luz de la luna,
me pareció irresistible. No me contuve ya, y la estreché entre mis brazos.
»Entonces, señoras, tuvo lugar una de esas misteriosas revelaciones que yo no
sabría explicar, pero que la experiencia me ha obligado a creer, aunque hasta entonces
me había sentido poco inclinado a admitirlas.
»La fuerza con que enlacé los brazos alrededor de Sdenka hizo que se me clavase
en el pecho una de las puntas del crucifijo que les acabo de enseñar, y que la duquesa
de Gramont me había regalado al separarnos. El agudo dolor que sentí fue para mí
como un rayo de luz que me traspasó de parte a parte. Miré a Sdenka, y vi que su
rostro, aunque siempre hermoso, estaba contraído por la muerte, que sus ojos no
veían, y que su sonrisa era el rictus que deja la agonía en el rostro de un cadáver. Al
mismo tiempo, percibí en el aposento ese olor nauseabundo que emana normalmente
de las criptas mal cerradas. Ante mí se alzó la espantosa verdad con todo su horror, y
recordé, demasiado tarde, la advertencia del ermitaño. Comprendí cuán
comprometida era mi situación, y me di cuenta de que todo dependía de mi valor y mi
sangre fría. Me aparté de Sdenka para ocultarle el terror que mi rostro debía de
reflejar. Mis ojos se desviaron a continuación hacia la ventana, y vi al infame Gorcha
apoyado en una estaca ensangrentada, con sus ojos de hiena clavados en mí. La otra
ventana estaba ocupada por el pálido rostro de Jorge, que en ese momento tenía,
como su padre, un aspecto espantoso. Los dos parecían espiar mis movimientos, y no
dudé de que se abalanzarían sobre mí en cuanto hiciera yo el menor intento de huir.
Fingí, pues, no haberlos visto, y con inmenso esfuerzo seguí prodigando a Sdenka, sí,
mis queridas señoras, las mismas caricias que me gustaba hacerle antes del terrible
descubrimiento. Entre tanto, pensaba angustiado en el medio de escapar. Observé que
Gorcha y Jorge intercambiaban con Sdenka miradas de entendimiento, y que
empezaban a impacientarse. Oí fuera, también, una voz de mujer y gritos de niños;
aunque tan espantosos que habrían podido tomarse por maullidos de gatos salvajes.
»Ha llegado el momento de largarme —me dije—; ¡y cuanto antes mejor!
»Dirigiéndome luego a Sdenka, le dije en voz alta, de manera que me oyesen sus
horribles parientes:
»—Estoy muy cansado, amor mío; quisiera acostarme y dormir unas horas; pero
antes debo ir a ver si ha comido el caballo. Por favor, no te vayas, y espérame a que
vuelva.
»Posé entonces mis labios sobre sus labios fríos y descoloridos, y salí. Encontré el
caballo cubierto de espuma y forcejeando en el cobertizo. No había tocado la avena;
pero el relincho que profirió al verme llegar me puso la carne de gallina, porque temí
que delatara mis intenciones. Sin embargo, los vampiros, que probablemente habían
oído mi conversación con Sdenka, habían pensado en tomar medidas. Comprobé
luego que la puerta cochera estaba abierta y, saltando sobre la silla, hinqué las
espuelas en los ijares del caballo.
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»Al trasponer la puerta, tuve tiempo de ver que los congregados alrededor de la
casa, la mayoría de los cuales estaba con la cara pegada a los cristales, eran
numerosos. Creo que mi brusca salida les impidió reaccionar al principio; porque
durante unos momentos no discerní, en el silencio de la noche, otro ruido que el
galope uniforme de mi caballo. Creía ya poder felicitarme de mi astucia, cuando de
repente oí detrás un rumor semejante a un huracán irrumpiendo en las montañas. Mil
voces confusas gritaban, bramaban y parecían reñir entre sí. Luego callaron todas,
como de común acuerdo, y oí un patear precipitado como si se acercase a la carrera
un tropel de infantería.
»Acucié a mi montura hasta desgarrarle los ijares. Una ardiente fiebre hacía que
me latiesen con violencia las arterias; y mientras me agotaba en esfuerzos inauditos
por conservar mi presencia de ánimo, oí tras de mí una voz que me gritaba:
»—¡Detente, detente, amigo mío! ¡Te amo más que a mi alma, te amo más que a
mi salvación! ¡Detente, detente! ¡Tu sangre es mía!
»A la vez, un aliento frío me rozó la oreja, y sentí que Sdenka saltaba a la grupa
de mi caballo.
»—¡Corazón, vida mía! —me dijo—. No veo otra cosa que a ti, ni siento otra
cosa que a ti. No soy dueña de mí; obedezco tan sólo a una fuerza superior.
¡Perdóname, amigo mío, perdóname!
»Y, estrechándome con sus brazos, trató de inclinarme hacia atrás y morderme en
el cuello. Entablamos una lucha terrible. Durante largo rato, me defendí con gran
esfuerzo; pero finalmente logré coger a Sdenka por la cintura con una mano, y por las
trenzas con la otra; y enderezándome sobre los estribos, ¡la arrojé a tierra!
»A continuación me abandonaron las fuerzas, y el delirio se apoderó de mí. Mil
imágenes frenéticas y terribles me perseguían gesticulando. Primero salieron Jorge y
su hermano Pedro al borde del camino, e intentaron cortarme el paso. No lo
consiguieron; e iba yo a alegrarme cuando, al volverme, descubrí al viejo Gorcha,
que, valiéndose de su estaca, venía saltando como hacen los tiroleses para salvar
precipicios. Gorcha quedó atrás también. Entonces su nuera, que tiraba de sus hijos,
le arrojó uno; y Gorcha lo recibió con la punta de la estaca. Y sirviéndose de ella a
modo de balista, lanzó al niño con todas sus fuerzas sobre mí. Esquivé el golpe. Pero
con un instinto de verdadero bulldog, el pequeño tunante se agarró al cuello de mi
caballo, y me costó un esfuerzo tremendo arrancarlo. Del mismo modo me fue
enviado el otro niño; pero cayó más allá del caballo, y se despachurró. No sé qué más
vi; pero cuando recobré la conciencia, era de día y me encontraba tendido en el
camino, junto a mi caballo agonizante.
»Así acabó, señoras, un episodio amoroso que debería haberme quitado para
siempre las ganas de más. Algunas contemporáneas de sus abuelas podrían decirles si
fui a partir de entonces más precavido.
»Sea como fuere, todavía tiemblo al pensar que, de haber sucumbido a mis
enemigos, me habría convertido yo también en vampiro. Pero el Cielo no permitió
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que las cosas llegaran a ese punto; y lejos de estar sediento de su sangre, señoras, no
pido otra cosa, con lo viejo que soy, que verter la mía al servicio de todas ustedes.
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James Malcolm Rymer
VARNEY, EL VAMPIRO(1847)
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frescas y sabrosas, aunque el cine las haya convertido más tarde en el tópico más
gastado.
VARNEY, EL VAMPIRO[8]
Hay una antigua cámara en una casa inmemorial. Extrañas y singulares tallas
adornan sus paredes, y su amplia chimenea es por sí sola una curiosidad. El techo es
bajo; una gran ventana salediza, hasta el suelo, mira a poniente. Esta ventana tiene
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celosía, y la cierran multitud de cristales de rica policromía que arrojan extraña y
hermosa luz cuando el sol o la luna entra en el aposento. Sólo hay un retrato en la
estancia, aunque las paredes parecen enmaderadas como para contener una serie de
cuadros. Es el retrato de un joven de rostro pálido, frente majestuosa, y una extraña
expresión en los ojos que nadie osa mirar dos veces.
Hay una cama soberbia en esa cámara, tallada en madera de nogal; es de rico
diseño y trabajada ejecución: una de esas obras de arte que deben su existencia a la
era isabelina. La cubren pesadas cortinas de seda y damasco; en los ángulos hay
adornos de cimbreantes plumas… Están cubiertos de polvo, y dan un aire fúnebre al
aposento. El piso es de roble pulido.
¡Dios, cómo golpea el granizo en el viejo ventanal! Como un simulacro de
descarga de mosquetería, golpea, redobla, repiquetea sobre los pequeños cristales.
Pero éstos resisten: los salva su tamaño. El viento, el granizo y la lluvia agotan su
furia en vano.
La cama de esa antigua cámara se halla ocupada. En ella yace semidormida una
criatura dotada con todos los encantos de la belleza. Es una joven, hermosa como la
primavera. Su largo cabello ha escapado de su confinamiento y se desparrama sobre
la colcha, ennegreciéndola; ha tenido un sueño inquieto, a juzgar por lo revueltas que
están las ropas de la cama. Tiene un brazo sobre la cabeza; el otro cuelga casi fuera
de la cama, por el lado en que duerme. Su cuello y su pecho, que habrían podido
servir de estudio al escultor más exquisito que la Providencia hubiera dotado de
genio, están al aire. La joven gimió con desmayo en su sueño, y una o dos veces
movió los labios como en una oración… Al menos, así nos lo habría parecido; porque
de ellos brotó débilmente, una vez, el nombre del que padeció por todos nosotros.
Ha soportado muchas fatigas, y la tormenta no la desvela: aunque es capaz de
turbar el sueño, no tiene poder para suprimirlo enteramente: el fragor de los
elementos desasosiega los sentidos, pero no logra interrumpir por completo el
descanso de los durmientes.
Ah, qué embrujo había en esa boca apenas entreabierta, revelando en su interior
los perlados dientes que centelleaban incluso a la débil luz que entraba por la ventana.
Cuán dulcemente se posaban las pestañas sobre las mejillas. Ahora se mueve, y un
hombro se hace visible del todo… Más blanca, más bella que la ropa inmaculada de
la cama sobre la que duerme, es la piel suave de la hermosa criatura, recién llegada a
mujer, y en ese momento de transición en que une los encantos de la adolescencia,
casi de la niñez, a una belleza más madura y a la dulzura de los años.
¿Ha sido un relámpago? Sí… un relámpago, intenso, terrible, cegador; luego, el
estampido tremendo del trueno, ¡como si se derrumbasen mil montañas, una sobre
otra, en la bóveda del cielo! ¿Quién duerme ahora en esa ciudad antigua? Ni un alma.
La trompeta aterradora de la eternidad no habría despertado a nadie de forma más
efectiva.
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El granizo continúa. Y el viento. La furia de los elementos parece en su apogeo.
Ahora despierta la hermosa joven de la cama antigua; abre sus ojos azul celeste, y un
débil grito de alarma brota de sus labios. Es un grito que, en medio del fragor y el
estruendo de fuera, suena débil y apagado. Se incorpora; se frota los ojos con las
manos. ¡Dios mío, qué viento impetuoso y torrencial, qué lluvia y granizo! Y el
trueno parece empeñado en despertar ecos bastantes como para durar hasta que el
quebrado resplandor del siguiente rayo provoque otra conmoción en el aire. La joven
murmura una plegaria… una plegaria por todos los que ama; de sus labios brotan los
nombres de esos seres, tan caros a su corazón, y llora y reza. Y piensa luego en los
estragos que la tormenta está causando sin duda, y ruega al Dios de los Cielos por
todos los seres vivientes. Otro fucilazo: un relámpago azul penetra cegador por la
ventana, revelando un instante los colores con terrible claridad. Un grito escapa de los
labios de la joven; luego, con los ojos clavados en esa ventana que un instante
después es toda oscuridad, y una expresión sobrecogida en su rostro como no había
conocido jamás, se estremece, y un sudor de intenso miedo le baña la frente.
—¿Qué… qué era eso? —jadeó—. ¿Ha sido real, o acaso un delirio? ¡Oh, Dios
mío!, ¿que era? Una figura alta y flaca, intentando abrir la ventana desde fuera. La he
visto. El relámpago me la ha revelado. Ocupaba la altura entera de la ventana.
El viento amainó un instante. El granizo no caía ya con la misma furia… Además,
ahora descargaba en menor cantidad, vertical. Sin embargo, le llegaba un extraño
tamborileo de los cristales de este ventanal. No puede ser una ilusión: está despierta,
y lo oye. ¿Qué lo produce? Otro relámpago… otro chillido: ahora no puede ser
ninguna ilusión.
Hay una figura alta, de pie en el saliente de la ventana. Son sus uñas las que
producen ese ruido como de granizo en los cristales, ahora que el granizo ha dejado
de caer. Un terror intenso paraliza los miembros de la hermosa joven. Ese único
chillido es cuanto puede proferir: con las manos juntas, el rostro blanco como el
mármol, el corazón latiéndole con tal violencia en el pecho que a cada instante parece
que va a romper sus confines, los ojos dilatados y fijos en la ventana, espera
paralizada de horror. Continúa el arañar y golpear de las uñas. No suena una sola
palabra. Y ahora le parece a ella distinguir, más oscura, la silueta de esa figura
recortada en la ventana, y ver sus largos brazos moviéndose de un lado a otro,
buscando el modo de penetrar. ¿Qué extraña claridad es la que ahora se difunde poco
a poco en el aire? Roja y terrible… se vuelve más brillante cada vez. El rayo ha
incendiado un molino, y el reflejo de las llamas llega hasta esa alta ventana. No hay
error posible. La silueta esta ahí, palpando todavía en busca de un acceso, y arañando
los cristales con sus uñas largas con aspecto de una vegetación asilvestrada y secular.
La joven trata de gritar de nuevo; pero una sensación de asfixia se apodera de ella, y
se lo impide. Es demasiado espantoso; intenta moverse: cada uno de sus miembros
parece contener toneladas de plomo; sólo logra susurrar con voz ronca y desmayada:
«¡Socorro… socorro… socorro… socorro!».
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Y repite esa única palabra como alguien en un sueño. Continúa el rojo resplandor
de las llamas que da a la figura alta y flaca un horrible relieve contra la ventana.
Revela, también, el único retrato que hay en el aposento, y el retrato parece clavar los
ojos en el que está tratando de entrar, en tanto la fluctuante claridad de las llamas le
confiere una espantosa apariencia de vida. Salta roto un pequeño rombo de vidrio, y
la figura de fuera introduce una mano larga y flaca que parece totalmente descarnada.
Quita la falleba; y una de las hojas, que se abre como una puerta plegable, gira por
completo sobre sus charnelas.
Sin embargo, la joven no encontraba ahora fuerzas para gritar… ni para moverse.
«¡Socorro… socorro… socorro!», fue cuanto pudo susurrar. Pero la expresión de
terror que reflejaba su rostro era espantosa: una expresión capaz de obsesionar la
memoria de por vida… de anular los momentos más felices y convertirlos en
amargura.
La figura se vuelve a medias, y la luz cae de lleno sobre su rostro. Es un rostro
blanco, totalmente exangüe. Sus ojos parecen de estaño bruñido; sus labios están
contraídos, y el rasgo principal, aparte de sus ojos espantosos, son los dientes: unos
dientes de aspecto terrible, sobresaliendo espantosamente como los de una fiera
salvaje, de un blanco deslumbrante y con aspecto de colmillos. Se acerca a la cama
con paso extraño, silencioso. Entrechoca sus largas uñas, que parecen colgarle
literalmente de las puntas de los dedos. ¿Está a punto de enloquecer esta hermosa
muchacha, sometida a tanto terror? Apela a todos sus miembros; no puede siquiera
pedir auxilio. Ha perdido el habla, pero recobra la facultad de moverse: al fin
consigue desplazarse, despacio, al lado de la cama opuesto al que se acerca la
horrenda aparición.
Pero sus ojos están fascinados. La mirada de una serpiente no habría podido
producir en ella un efecto más intenso que esos ojos fijos, de calidad metálica,
concentrados en su rostro. Se inclinó la figura, perdiendo su altura gigantesca, y
acercó su rostro horrible, blanco, hocicudo. ¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que quiere?
¿Qué lo hace tan horrendo, tan diferente de cualquier habitante del mundo, a pesar de
hallarse en él?
Ahora la joven ha llegado al borde mismo de la cama. La figura se detiene; y al
detenerse, pareció como si la joven fuese incapaz de seguir: ahora se agarró con
fuerza inconsciente a las ropas de la cama. Alentaba con inspiraciones breves y
entrecortadas. Su pecho se agita, sus miembros tiemblan; sin embargo, no puede
apartar los ojos de ese rostro de aspecto marmóreo. Esos ojos encendidos la tienen
sujeta.
La tormenta ha cesado: todo está inmóvil. Los vientos se han calmado; el reloj de
la iglesia pregona la una: de la garganta del ser espantoso brota un sonido siseante;
levanta sus largos, flacos brazos. Sus labios se mueven. Avanza. La joven saca un pie
pequeño de la cama y lo posa en el suelo. Inconscientemente, arrastra consigo las
sábanas. La puerta del aposento está en esa dirección… ¿Logrará llegar a ella?
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¿Tendrá fuerzas para andar? ¿Conseguirá apartar los ojos del rostro del intruso, y
romper de ese modo el sortilegio? ¡Dios del Cielo! ¿Es real, o se trata de un sueño tan
vívido que casi podría trastornar la razón para siempre?
La figura ha vuelto a detenerse, y la joven se inmoviliza —mitad en el lecho,
mitad fuera de él— temblando. Su larga cabellera se extiende a todo lo ancho de la
cama. Al desplazarse lentamente, se le ha ido desparramando sobre las almohadas. La
pausa dura un minuto; ¡oh, qué ángel de la agonía! Y ese minuto bastó,
verdaderamente, para que la locura rematara su obra.
Con un ademán repentino que nadie habría podido prever, emitiendo un rugido
extraño capaz de infundir terror en el pecho de cualquiera, la figura le agarró sus
largas crenchas y, enroscándoselas en sus manos huesudas, la retuvo en la cama.
Entonces consiguió gritar ella. El cielo le había devuelto la fuerza de la voz. Y
continuó profiriendo chillidos, uno tras otro, en rápida sucesión. Cayeron las ropas a
un lado de la cama; y tirada de sus cabellos sedosos, fue devuelta otra vez al centro
del lecho.
Sus bellamente torneados miembros temblaban con la angustia de su alma. Los
ojos vidriosos y horribles de la figura recorrieron su figura angelical con espantosa
codicia y profanación. Le arrastra la cabeza hasta el borde. Se la tuerce hacia atrás
tirándole del cabello arrollado en su garra. E inclinándose veloz, le clava en el cuello
sus dientes afilados… Surge un borbotón de sangre, y se oye seguidamente un
horrendo ruido de succión. ¡La joven se ha desmayado, y el vampiro se entrega a su
espantoso banquete!
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Charles Baudelaire
Página 121
LES MÉTAMORPHOSES DU VAMPIRE
La femme cependant, de sa bouche de fraise,
En se tordant ainsi qu’un serpent sur la braise,
Et pétrissant ses seins sur le fer de son busc,
Laissait couler ces mots tout imprégnés de musC:
—«Moi, j’ai la lèvre humide, et je sais la science
De perdre au fond d’un lit l’antique conscience.
Je sèche tous les pleurs sur mes seins triomphants,
Et fais rire les vieux du rire des enfants.
Ja remplace, pour qui me voit nue et sans voiles,
La lune, le soled, le ciel et les étoiles!
Je suis, mon cher savant, si docte aux voluptés,
Lorsque j’étouffe un homme en mes bras redoutés,
Ou lorsque j’abandonne aux morsures mon buste,
Timide et libertine, et fragile et robuste,
Que sur ces matelas qui se pâment d’émoi,
Les anges impuissants se damneraient pour moi!»
Quand elle eut de mes os sucé toute la moelle,
Et que languissamment je me tournai vers elle
Pour lui rendre un baiser d’amour, je ne vis plus
Qu’une outre aux flanes gluants, toute pleine de pus
Je fermai les deux yeux, dans ma froide épouvante,
Et quand je les rouvris à la clarté vivante,
A mes côtés, au lieu du mannequin puissant
Qui semblait avoir fait provisión de sang,
Tremblaient confusément des débris de squelette,
Qui d’eux-mêmes rendaient le cri d’une girouette
Ou d’une enseigne, au bout d’une tringle de fer,
Que balance le vent pendant les nuits d’hiver.
Página 122
de olvidar en el fondo de un lecho la conciencia.
Seco todos los llantos con mis senos triunfantes,
reír hago a los viejos con risas infantiles.
¡Y para quien me vea desnuda y sin mis velos
soy la luna y el sol, las estrellas y el cielo!
Soy, mi querido sabio, tan erudita en goces,
cuando sofoco a un hombre en mis temibles brazos,
o cuando ofrezco el pecho a crueles mordiscos,
tímida y libertina, y frágil y robusta,
que sobre esos colchones que de emoción se pasman
¡los impotentes ángeles por mí se perderían!».
Cuando ella hubo chupado de mis huesos la médula
y yo, lánguidamente, me hube vuelto hacia ella
a besarle los labios con amor, hallé sólo
¡un pringoso pellejo, chorreante de pus!
Cerré al punto los ojos, en mi gélido espanto,
y cuando volví a abrirlos a la claridad viva,
a mi lado, en lugar del maniquí potente
que al parecer tenía gran provisión de sangre,
restos de un esqueleto se agitaban confusos;
de ellos brotaba el grito que lanza una veleta
o un rótulo que pende de una barra de hierro
y hace girar el viento en las noches de invierno.
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Joseph Sheridan le Fanu
CARMILLA(1872)
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muchas veces que es el mejor relato de vampiros; en cualquier caso es uno de los más
elaborados. Le Fanu que conocía a fondo el tema, centró su historia en una mórbida
pasión lesbiana que insinúa mucho más de lo expresado y logra describir con hondura
lo venenoso que puede resultar una pasión establecida sobre las intensidades más
suaves de la languidez.
CARMILLA[10]
PRÓLOGO
EN un documento adjunto al relato que sigue, el doctor Hesselius ha escrito una
nota bastante elaborada, en la que hace referencia a su ensayo acerca del extraño
asunto que este manuscrito aclara.
En dicho ensayo trata este asunto tan misterioso con su habitual erudición y
perspicacia, así como con notable franqueza y condensación. Ocupará todo un
volumen de los escritos completos de este hombre tan extraordinario.
Como yo publico el caso, en este volumen, solamente para interesar a los
«profanos», no voy a anticiparme en nada a la inteligente dama que lo relata. Y,
después de un detenido examen de la cuestión, he decidido, por tanto, abstenerme de
presentar cualquier précis del razonamiento del sabio doctor, o extracto alguno de su
exposición sobre un tema que, según él describe, «es probable que tenga que ver con
algunos de los más profundos arcanos de nuestra existencia dual, o de sus
intermediarios».
Al descubrir este documento, me sentí ansioso por volver a abrir la
correspondencia iniciada por el doctor Hesselius, hace ya tantos años, con una
persona tan inteligente y cautelosa como parece haber sido su informante. Con gran
pesar, sin embargo, descubrí que entre tanto la dama había muerto.
Probablemente poco hubiera podido ella añadir al relato que expone en las
páginas siguientes con, hasta donde yo puedo juzgar, tan concienzuda minuciosidad.
Página 125
permitido contarnos entre los ricos. Mi padre es inglés, y yo llevo un apellido inglés,
aunque no he visitado nunca Inglaterra. Mas aquí, en este lugar solitario y primitivo,
donde todo es tan asombrosamente barato, no veo en qué modo una suma de dinero
mucho mayor podría aumentar nuestras comodidades, o incluso nuestros lujos.
Mi padre sirvió en el ejército austríaco y, cuando se retiró, con la pensión y su
patrimonio adquirió esta residencia feudal y la pequeña propiedad en donde se alza:
una ganga.
No creo que exista nada más pintoresco y solitario. Está situada sobre una
pequeña colina, dominando un bosque. El camino, muy antiguo y angosto, pasa por
delante de un puente levadizo, que jamás he visto alzar, en cuyo foso, provisto de
percas, nadan los cisnes y flotan blancas escuadras de nenúfares.
Dominando todo aquel panorama, se alza el schloss, con su fachada provista de
numerosas ventanas, sus torres y su capilla gótica.
Frente a su puerta, el bosque se abre en un claro irregular y muy pintoresco, y a la
derecha un empinado puente gótico permite que el camino cruce un riachuelo que
serpentea, entre la espesa sombra, a través de la floresta.
He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgue usted mismo si no es cierto.
Mirando desde la puerta de entrada hacia el camino, el bosque en el que se yergue el
castillo se extiende quince millas a la derecha y doce hacia la izquierda. El pueblo
habitado más próximo se encuentra a unas siete de sus millas inglesas hacia la
izquierda. El schloss habitado más próximo, de cierta relevancia histórica, es el del
viejo general Spielsdorf, a unas veinte millas a la derecha.
He dicho «el pueblo habitado más próximo», porque, a tan sólo tres millas al
oeste, es decir, en dirección al schloss del general Spielsdorf, existe un pueblo en
ruinas, con su original iglesia, ahora sin techo, en cuya nave lateral yacen las tumbas
desmoronadas de la orgullosa familia de los Karnstein, ahora extinguida, que en otros
tiempos poseyó el igualmente desolado castillo que, en pleno bosque, domina las
silenciosas ruinas de la población.
Respecto a la causa que motivó el abandono de este sorprendente y melancólico
lugar, existe una leyenda que le referiré en otra ocasión.
Ahora debo decirle cuán exiguo es el número de habitantes de nuestro castillo.
Sin incluir a la servidumbre, ni a los subalternos que ocupan habitaciones en los
edificios anexos al schloss, sólo quedamos, ¡preste atención y asómbrese!, mi padre,
que es el hombre más bondadoso del mundo, pero que está envejeciendo, y yo, que
en la época de mi relato tenía sólo diecinueve años. Ocho años han pasado desde
entonces. Mi padre y yo constituíamos toda la familia del schloss. Mi madre, una
dama estiria, falleció siendo yo niña. Mas tuve una bondadosa aya, que había estado
junto a mí, casi diría que desde mi primera infancia. No puedo recordar ninguna
época en que su rostro grueso y benigno no constituyera una imagen familiar en mi
memoria. Era Madame Perrodon, natural de Berna, cuyos cuidados y buen carácter
suplieron en parte la pérdida de mi madre, a la que ni siquiera recuerdo. En nuestras
Página 126
modestas cenas, ella era el tercer comensal. Había un cuarto, Mademoiselle De
Lafontaine, una de esas damas a las que usted llama, según creo, «institutrices de
segunda enseñanza». Hablaba francés y alemán. Madame Perrodon, por su parte,
hablaba francés y chapurreaba el inglés. Mi padre y yo añadíamos el inglés que, en
parte para impedir que se convirtiera en una lengua perdida para nosotros, y en parte
por motivos patrióticos, hablábamos a diario. El resultado era una Babel, que solía
causar risa a los forasteros, y que no intentaré reproducir en esta narración. Había
además dos o tres damas amigas, más o menos de mi misma edad, que
ocasionalmente nos visitaban, durante periodos más o menos largos, visitas que yo a
veces devolvía.
Ésas eran nuestras habituales relaciones sociales. Aunque, por supuesto,
recibíamos visitas fortuitas de «vecinos», es decir gente que vivía a sólo cinco o seis
leguas de distancia. Mi vida era, a pesar de todo, más bien solitaria, se lo aseguro.
Mis gouvernantes ejercían sobre mí tanto control como es posible imaginar que
personas tan sensatas podían ejercer sobre una muchacha más bien consentida, a la
que su único progenitor permitía actuar a su entera voluntad prácticamente en todo.
El primer acontecimiento de mi existencia que produjo en mi mente una
impresión atroz, que de hecho jamás se ha borrado, fue uno de los primeros
incidentes de mi vida que consigo recordar. Algunos lo considerarán tan trivial, que
no debería ser consignado aquí. Pronto verá, sin embargo, por qué lo menciono. La
habitación de los niños, así la llamaban, si bien yo disponía de toda ella para mí sola,
era un vasto aposento en el último piso del castillo, con el techo de roble
abuhardillado.
No debía tener yo más de seis años cuando, cierta noche, me desperté y, mirando
en torno a la habitación desde mi lecho, no vi a la doncella encargada del cuarto.
Tampoco estaba mi aya. Creí encontrarme sola. No me asusté, porque era una de esas
niñas afortunadas a las que deliberadamente se había mantenido en la ignorancia con
respecto a los cuentos de fantasmas y de hadas, y todas esas consejas que nos hacen
esconder la cabeza cuando la puerta cruje súbitamente, o el parpadeo de una vela a
punto de extinguirse hace bailar sobre la pared, cerca de nuestros rostros, la sombra
de uno de los pilares de la cama. Me sentía molesta y ofendida al imaginarme
abandonada y empecé a gimotear, antes de que me asaltara un enérgico estallido de
bramidos. Entonces, con gran sorpresa por mi parte, vi un rostro solemne, pero muy
hermoso, que me miraba desde uno de los costados de la cama. Era el rostro de una
joven dama que estaba de rodillas, con las manos bajo mi colcha. La miré con una
especie de asombro complacido, y dejé de gimotear. Ella me acarició con sus manos,
se tendió a mi lado en la cama, y me atrajo hacia sí, sonriendo. De inmediato me sentí
deliciosamente apaciguada y me quedé dormida otra vez. Me desperté con una
sensación como si me clavaran profundamente en el pecho dos alfileres al mismo
tiempo, y lancé un grito. La dama retrocedió, sin dejar de mirarme, luego se dejó caer
al suelo y me pareció que se escondía debajo de la cama.
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En aquel momento me asusté por vez primera, y grité con todas mis fuerzas. El
aya, la doncella, el ama de llaves, todas acudieron corriendo, y, al oír mi historia,
hicieron poco caso de ella, tranquilizándome entre tanto cuanto les fue posible. Mas,
aun siendo yo sólo una niña, pude advertir que sus rostros habían palidecido y
mostraban una insólita expresión de inquietud. Las vi mirar debajo de la cama y por
toda la habitación, y buscar debajo de las mesillas y abrir de golpe los armarios. Y el
ama de llaves susurró a la niñera:
—Ponga la mano en este hueco de la cama; alguien ha estado acostado aquí, tan
cierto es como que usted no ha sido el sitio está todavía caliente.
Recuerdo que la doncella me acarició, y que las tres me examinaron el pecho, en
donde les dije que había sentido el pinchazo, y manifestaron que no había ninguna
señal visible de que tal cosa me hubiera sucedido.
El ama de llaves y las otras dos sirvientas que tenían a su cargo la habitación de
los niños no se acostaron en toda la noche. Y desde entonces hasta que tuve unos
catorce años siempre se quedó levantada alguna criada en la habitación de los niños.
Después de aquello estuve muy nerviosa durante mucho tiempo. Llamaron a un
médico, pálido y de avanzada edad. ¡Qué bien me acuerdo de su saturnal rostro
alargado, ligeramente picado de viruelas, y de su peluca marrón! Durante bastante
tiempo, cada dos días, venía a administrarme una medicina, que, por supuesto, yo
odiaba.
La mañana siguiente a haber visto aquella aparición, estaba yo aterrorizada y no
podía soportar que me dejaran sola, ni siquiera un momento, aunque fuera a plena
luz.
Recuerdo a mi padre, de pie junto a mi cama, hablando animadamente, haciendo
preguntas al aya y riéndose de buena gana de cada una de sus respuestas. Y también
dándome palmaditas en la espalda, y besándome, y diciéndome que no me asustara,
que no era más que un sueño, totalmente inofensivo.
Mas no me tranquilicé, pues sabía que la visita de aquella extraña mujer no había
sido un sueño, y estaba terriblemente asustada.
Me consoló un poco la doncella encargada del cuarto de los niños, asegurándome
que había sido ella la que había venido junto a mí, me había mirado, y se había
tendido en la cama a mi lado. Y que yo debía estar medio soñando para no haber
reconocido su rostro. Mas eso, aunque lo confirmara el aya, no me satisfizo
plenamente.
Durante el transcurso de aquel día, recuerdo que un venerable anciano, con sotana
negra, entró en mi habitación con el aya y el ama de llaves, charló un poco con ellas,
y luego se dirigió a mí afectuosamente. Su expresión era dulce y afable, y me dijo
que iban a rezar. Y juntándome las manos, me pidió que repitiera en voz baja,
mientras ellos rezaban: «Señor, escuchad estas plegarias en nuestro nombre, por el
amor de Cristo». Creo que esas fueron las palabras exactas, pues a menudo las repetí
para mí, y mi niñera, durante años, me las hizo decir en mis rezos.
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Recuerdo perfectamente el rostro dulce y pensativo de aquel anciano de cabellos
blancos, sotana negra, de pie en aquella tosca habitación marrón, en el piso alto,
rodeado de pesados muebles de más de tres siglos de antigüedad. Y la escasa luz que
se filtraba en aquel ambiente sombrío a través de la pequeña celosía. Puesto de
rodillas, y con él las tres mujeres, rezó en alto, con voz sincera y temblorosa, durante
lo que me pareció un buen rato. He olvidado toda mi vida anterior a aquel suceso, y
alguna etapa posterior también me resulta oscura. Mas las escenas que acabo de
describir permanecen vivas como las imágenes aisladas de una fantasmagoría surgida
de la oscuridad.