CONFERENCIA EPISCOPAL ECUATORIANA
Comisión Episcopal de Liturgia
Misal Romano
La Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, ha
preparado una nueva edición que en su día fue aprobada en la XCL Asamblea Plenaria
de los obispos celebrada en octubre de 2016 y que ha obtenido la
necesaria “confirmatio” de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos con fecha de febrero de 2019, desea ofrecer a los sacerdotes, a los
responsables de la pastoral litúrgica en las distintas comunidades y a los fieles cristianos
en general unas consideraciones de carácter pastoral y espiritual en orden a la recepción
más fructuosa y eficaz de la nueva edición del Misal Romano.
1. Breve referencia histórica del Misal Romano
La nueva edición que ve la luz, contiene la traducción oficial en lengua española
del Missale Romanum promulgado el 3 de abril de 1969, por san Pablo VI y cuya tercera
edición típica apareció en 2002 y, con algunas modificaciones en 2008 1. Por tanto, no
estamos ante un “nuevo misal”, expresión que se usa a veces pero que no es
correcta, sino ante una nueva edición del ya existente. En su título: Misal Romano
reformado por mandato del Concilio Vaticano II promulgado por S.S. el Papa Pablo
VI y renovado por S.S. el Papa Juan Pablo II se hace referencia implícitamente a la
reforma litúrgica promovida por el último concilio ecuménico así como a los papas
que la han llevado a cabo en el ámbito de la celebración eucarística promulgando el
libro litúrgico sin duda más importante después del Orden de lecturas de la
Misa o Leccionario. El Missale Romanum del Vaticano II ya no contiene las lecturas
de la Misa, tal y como sucedía en las ediciones precedentes, pero sigue siendo
heredero directo del libro que promulgó el papa san Pío V en 1570 a instancias del
Concilio de Trento siguiendo el modelo de lo que se conocía como misales plenarios,
es decir, conteniendo a la vez las lecturas, las oraciones y prefacios, la plegaria
eucarística y las antífonas para el canto.
La Comisión Episcopal de Liturgia, contando con la colaboración de los peritos
(obispos, sacerdotes y laicos) expertos en liturgia y lengua española, asumió esta
tarea con el mayor interés y empeño tanto en lo concerniente a los textos bíblicos
como a los demás textos del Misal Romano. En efecto, el trabajo de la traducción y
los respectivos informes de los trabajos se fueron presentando en las asambleas
plenarias de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana que de manera parcial y global
fueron aprobando. Al mismo tiempo se fueron dando a conocer los textos a la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos para la
preceptiva confirmatio.
2. El Misal Romano como testimonio de la Tradición de la Iglesia
El Misal es el libro litúrgico más importante al contener los textos que han de usarse
en la celebración de la Eucaristía. Se le ha denominado también Libro del altar, Libro
1
La edición latina, por tanto, ha conocido tres ediciones típicas (1970, 1975 y 2002/2008). La edición
oficial española para Ecuador, ha conocido dos (2008 y 2019). Anteriormente se utilizaron diversas
traducciones.
del celebrante principal y Oracional de la Misa, acepciones que denotan aspectos
parciales de un libro que fue surgiendo a partir de los antiguos sacramentarios
romanos y occidentales que desembocaron en la edición unitaria y oficial
promulgada por el papa san Pío V en 1570 y declarada obligatoria para el Rito
Romano a instancias del Concilio de Trento. El Concilio Vaticano II ratificó estas
características pero, fiel a su propósito de renovación de la vida litúrgica en la Iglesia
(cf. SC 21 ss.), propuso no solo conservar la sana tradición sino abrir también el
camino a un progreso legítimo a partir de las formas ya existentes, estableciendo
que se procediese previamente a “una concienzuda investigación teológica,
histórica y pastoral acerca de cada una de las partes que se habían de revisar” (SC
23).
Esta decisión, que afectaba de manera directa a los libros litúrgicos (cf. SC 25; 31;
38; etc.), fue aplicada cuidadosamente “según la primitiva norma de los santos
Padres” (SC 50), procediéndose siempre a una cuidadosa investigación teológica,
histórica y pastoral a fin de garantizar la pureza doctrinal de los textos (SC 23). De
este modo se recuperó buena parte del patrimonio eucológico de la liturgia romana
beneficiándose de las modernas ediciones de los sacramentarios y de “los antiguos
libros litúrgicos” (Ordenación General del Misal Romano [= OGMR], 8). Por este y
otros motivos el Misal actual, “que testifica la ‘lex orandi’ de la Iglesia Romana y
conserva el depósito de la fe transmitido en los últimos Concilios, supone al mismo
tiempo un paso importantísimo en la tradición litúrgica” (ib., 19). En este sentido la
Iglesia, fiel a su misión, ha actuado como el buen padre de familia “que va sacando
de su tesoro lo nuevo y lo antiguo” (Mt 13,52).
Por eso merece la pena conocer y estudiar a fondo el actual Misal Romano para el
Ecuador a fin de percibir esta solicitud de la Iglesia, abierta también a las
necesidades actuales de los fieles. Un ejemplo de esta solicitud lo ofrecen las Misas
rituales y por diversas necesidades, en las que oportunamente se combinan lo
tradicional y lo nuevo. En efecto, “mientras que algunas expresiones provenientes
de la más antigua tradición de la Iglesia han permanecido intactas…, otras muchas
expresiones han sido acomodadas a las actuales necesidades y circunstancias, y
otras, en cambio, como las oraciones por la Iglesia, por los laicos, por la santificación
del trabajo humano, por el progreso de los pueblos, por diversas necesidades, han
sido elaboradas íntegramente, tomando ideas y hasta las mismas expresiones
muchas veces de los recientes documentos conciliares” (OGMR 14).
Una contribución muy significativa del Misal Romano es la citada Ordenación
general que aparece al comienzo del libro a modo de introducción del rito de la Misa.
Inspirada en numerosos documentos del magisterio pontificio, su finalidad consiste
en fundamentar teológica y pastoralmente la acción litúrgica y disponer su correcta
realización estableciendo de manera detallada no solo el significado de las diversas
partes y elementos de la celebración sino también la función de los ministerios que
intervienen en ella. Al mismo tiempo ofrece las líneas básicas para instruir a los fieles
en una consciente y fructuosa participación en la Eucaristía (cf. OGMR 5; 13; 18;
etc.). En este sentido sobresalen por su alcance la Introducción y el capítulo
primero de este documento, que tratan de la dignidad de la celebración eucarística
y de su naturaleza en cuanto acción de Cristo y de la Iglesia y fuente de santificación
para el sacerdote y para los fieles (cf. OGMR 1-26). El estudio de todo el documento
es una garantía para poder celebrar la Santa Misa según las orientaciones y las
normas actuales de la Iglesia.
3. El Misal al servicio de la fe eclesial y de la vida cristiana
La Iglesia, desde los primeros tiempos, ha tenido conciencia de la trascendencia
del mandato institucional de la Eucaristía (cf. Lc 22,12; 1 Cor 11,24-25), de manera
que “se ha considerado siempre comprometida por este mandato, al ir estableciendo
normas para la celebración de la Eucaristía relativas a la disposición de las
personas, de los lugares, de los ritos y de los textos” (OGMR 1). En este sentido el
Misal es no solo testimonio de una tradición continuada y uniforme en lo substancial
acerca del Misterio eucarístico, garantía de la fe inalterada, sino también del interés
pastoral de la Iglesia para que los fieles de todos los tiempos accedan a la
celebración con las mejores disposiciones personales participando en los ritos
sagrados y comprendiendo los textos de modo que “no asistan a este misterio de fe
como extraños y mudos espectadores, sino que comprendiéndolo bien a través de
los ritos y oraciones, participen conscientes, piadosa y activamente en la acción
sagrada, sean instruidos con la palabra de Dios, se fortalezcan en la mesa del
Cuerpo del Señor, den gracias a Dios, aprendan a ofrecerse a sí mismos al ofrecer
la hostia inmaculada no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él” (SC
48; cf. OGMR 17-19).
Por eso es del todo necesario que los responsables de la liturgia en las parroquias
y los equipos litúrgicos se esfuercen en conocer a fondo el Misal con el fin de poner
sus riquezas al alcance de todos los fieles. No hay que olvidar que todo libro litúrgico,
promulgado por la autoridad competente de la Iglesia, es un testimonio de la lex
orandi, la norma de la plegaria, expresión segura de la lex credendi, la norma de la
fe, de manera que en ellos se conserva y se transmite el depósito de la fe no a la
manera de las definiciones del Magisterio sino en forma de plegaria y aun en las
indicaciones rituales que acompañan a los textos -las rúbricas- pero siempre como
testimonio válido y seguro de la tradición eclesial. Esto quiere decir también que el
modo de celebrar y de usar los textos puede condicionar la asimilación de la fe por
los fieles que participan en la celebración. De ahí la apremiante llamada de atención
que han hecho los últimos papas para que se observen fielmente las normas
litúrgicas en la celebración eucarística, porque estas son “una expresión concreta
de la auténtica eclesialidad de la Eucaristía… La liturgia nunca es propiedad privada
de alguien, ni del celebrante ni de la comunidad en que se celebran los Misterios”2.
Esta realidad movió a los Padres del Concilio Vaticano II a introducir las lenguas
vernáculas en la liturgia, no solo en las lecturas de la palabra de Dios sino también
en las oraciones y en los cantos (cf. SC 36; 39; 54; etc.), a la vez que invitaba a
realizar la oportuna catequesis litúrgica acerca de los ritos y de los textos (cf. SC 35;
56; 110; etc.), sin olvidar la importancia de la espiritualidad litúrgica (cf. SC 12; 16;
17; 94; etc.). Para facilitar este servicio a la fe y a la auténtica vida en Cristo de todos
los fieles las traducciones de los libros litúrgicos han sido especialmente cuidadas.
La edición del Misal Romano para el Ecuador que ahora ve la luz ofrece, en este
sentido, una mayor fidelidad a los textos latinos de acuerdo con lo establecido por
la Instrucción “Liturgiam Authenticam” como ya se ha indicado antes. Pero,
evidentemente, para que los fieles puedan comprender y asimilar el contenido de
las oraciones del Misal es preciso que quienes las pronuncien o canten lo hagan de
manera clara, atentos a las cadencias y a la puntuación del texto, observando
también la breve pausa que sigue a la invitación a orar (cf. OGMR 51; 259).
2
San Juan Pablo II, Encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, de 17-IV-2003, n. 52; cf. nn. 10; 30; 46.
Conviene recordar así mismo que los textos del Misal, especialmente los que
aparecen en las secciones del Propio del Tiempo, del Santoral e incluso en las
destinadas a las misas rituales, por diversas necesidades, votivas o de difuntos,
además de las plegarias eucarísticas y los prefacios, ofrecen una valiosa ayuda para
meditar y profundizar en los distintos aspectos del misterio de Cristo y de la Iglesia
siguiendo el año litúrgico, en las actitudes de la vida cristiana, en la visión evangélica
de algunas realidades temporales, etc. Todos deberían ser conscientes de que los
textos del Misal son muchas veces un eco de la palabra de Dios proclamada en las
lecturas, aspecto que podría aprovecharse muy bien para las homilías en el curso
del año o atendiendo a las circunstancias concretas de la vida de los fieles,
especialmente de cara a la espiritualidad, a la pastoral, a la santificación del Pueblo
fiel de Dios, etc.
4. Una leve pero importante modificación
Lo que acabamos de señalar acerca de los libros litúrgicos como testimonio y
expresión orante (lex orandi) de la fe de la Iglesia (lex credendi), tiene una delicada
y particular aplicación en las plegarias eucarísticas. Como todos saben, estas
plegarias constituyen el centro de la celebración de la Misa en cuanto acción de
gracias y ofrenda del Sacrificio que el sacerdote eleva a Dios asociando a toda la
asamblea de los fieles (cf. OGMR 54). Por este motivo se recomienda al sacerdote
celebrante que la pronuncie con voz alta y clara en consonancia con la importancia
del texto, pudiendo cantarla, especialmente la parte central (cf. OGMR 18-19).
Por otra parte, si la Iglesia pide un respeto reverencial a todo texto litúrgico, de
manera que no es lícito cambiarlo o sustituirlo en todo o en parte, con mayor motivo
esta norma ha de aplicarse a las plegarias eucarísticas y máxime a las palabras de
la consagración. En efecto, con ocasión de la publicación de la tercera edición oficial
del Misal Romano en español, se hacen efectivas y obligatorias para todo el ámbito
jurisdiccional de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana las modificaciones mandadas
introducir en su momento por el papa Benedicto XVI y confirmadas por el papa
Francisco, a saber, la inclusión del nombre de san José en las plegarias eucarísticas
IIª, IIIª y IVª –en la Iª ya estaba desde el 8 de diciembre de 1962– y la establecida
por medio de una carta del cardenal Francis Arinze, Prefecto de la Congregación
para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, a las conferencias
episcopales3 que afecta a la traducción de las palabras “pro multis” (“por muchos”)
y que ha de sustituir a la expresión “por todos los hombres” a la que estábamos
acostumbrados. Esta última modificación pretende una mayor fidelidad a los textos
originales del Nuevo Testamento (cf. Mt 26,28 y Mc 14,25) y a la tradición litúrgica
de la Iglesia latina. En este sentido, la expresión en uso no era realmente una
traducción del texto sino una interpretación, explicable en el clima de los primeros
años de la reforma litúrgica y sujeta, por otra parte, a la variabilidad del texto en las
diferentes lenguas modernas.
5. Nuestra actitud como ministros de la Eucaristía
Todo lo anterior atañe de manera particular a quienes en virtud del sacramento del
Orden hemos sido consagrados para el ministerio sacerdotal en cuyo centro se
encuentra la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana y de toda nuestra
actividad evangelizadora y pastoral (cf. SC 10; PO 5). A cada uno se nos dijo en
3
Con fecha de 17 de octubre de 2006 (Prot. N. 467/05/L) en “Notitiae” 481-482 (2006) 446-448.
nuestra ordenación cuando nos entregaron el pan y el cáliz: “Recibe la ofrenda del
pueblo santo para presentarla a Dios. Considera lo que realizas e imita lo que
conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor” (Rito de la
ordenación de presbíteros). Estas palabras contienen una llamada a vivir la
celebración del Sacrificio eucarístico con una profunda espiritualidad, conscientes
del don que hemos recibido, procurando que la Eucaristía sea en verdad el centro y
el fundamento de nuestra jornada y de todas nuestras actividades apostólicas de
manera que están unidas a ella y hacia ella se ordenen (cf. PO 5; 18). De ahí que la
liturgia, en cuanto ejercicio del sacerdocio de Jesucristo (cf. SC 7), constituya el
ámbito en el que hemos de tener particular conciencia de que somos ministros de
Cristo y dispensadores de los misterios de Dios (cf. 1 Cor 4,1).
Esta actitud nos ayudará a observar las normas litúrgicas con especial amor y
respeto, en la certeza de que esta fidelidad redundará en bien de los fieles, los
cuales tienen derecho a participar en las celebraciones tal como las quiere la Iglesia,
y no según los gustos personales de cada ministro como tampoco según
particularismos rituales no aprobados o expresiones de grupos, que tienden a
cerrarse a la universalidad del pueblo de Dios4. No en vano las normas del Misal
que regulan especialmente la celebración de la Eucaristía son expresión y garantía
de eclesialidad, testimonio de amor hacia el Misterio eucarístico y medio de ayuda
eficaz en orden a la participación de los fieles puesto que “el ‘ars celebrandi’ es la
mejor premisa para la ‘actuosa participatio’”5.
Ahora bien, para que se realice este ideal es necesario conocer bien el Misal y usarlo
como quiere la Iglesia, es decir, como testimonio de una fe inalterada y de una
práctica que ha ido asumiendo con el paso del tiempo la experiencia viva de las
sucesivas generaciones cristianas que se han esforzado en ser fieles al mandato
institucional del Señor en la última Cena cuando dijo: “Hagan esto en memoria
mía” (Lc 22,19; cf. 1 Cor 11,24-26). El buen uso del Misal comprende no solo ser
fieles a lo que pide la liturgia del día, especialmente en las solemnidades, fiestas,
memorias obligatorias y ferias de los tiempos litúrgicos de adviento, navidad,
cuaresma y cincuentena pascual, sino también cuando la liturgia deja la elección del
formulario de la Misa y de algunos elementos al criterio del sacerdote.
La Ordenación general del Misal contiene un amplio capítulo, el VII, en el que
describe y recomienda esta posibilidad invitando a que atienda “más al bien
espiritual común del pueblo de Dios que a su personal inclinación” (OGMR 352; cf.
353-367). En este sentido conviene elegir una u otra de las plegarias eucarísticas
que ofrece el Misal y no limitarse, la mayoría de las veces por razones de brevedad,
a usar la segunda (cf. OGMR 365). Precisamente por este motivo la nueva edición
del Misal ha colocado las denominadas Plegarias eucarísticas “de la
Reconciliación” y Plegarias eucarísticas que pueden usarse en las Misas por
diversas circunstancias y las plegarias eucarísticas para las misas con niños en
apéndice a continuación del Ordinario de la Misa.
El sacerdote, cuando preside la celebración de la Eucaristía, ha de ser consciente
de que su función consiste, ante todo, en actuar en todo momento “en la persona de
Cristo y en nombre de la Iglesia”, según la expresión clásica6, elevando al Padre la
4
Cf. Directorio para el ministerio y la vida de los presbíteros de 11 de febrero de 2013, n. 59.
5
Cf. LG 11; PO 11; san Juan Pablo II, “Ecclesia de Eucharistia”, cit., n. 52; Benedicto XVI, Exhort.
Apost. “Sacramentum caritatis”, de 22-II-2007, nn. 38 y 40.
6
Cf. Directorio… nn. 8 y 13.
plegaria y la ofrenda del pueblo santo, y tratando de ser instrumento dócil en las
manos del Señor para la santificación de la comunidad eclesial. El Concilio Vaticano
II recordó expresamente que “los presbíteros enseñan a los fieles a ofrecer al Padre
en el sacrificio de la Misa la Víctima divina y a ofrendar la propia vida juntamente
con ella” (PO 5).
6. Conclusión: unidad y armonía entre la “lex orandi” y la “lex credendi”
Por los mismos motivos, es fundamental que todos los ministros de la liturgia estén
convencidos también de la importancia que tiene el vínculo intrínseco existente entre
la lex orandi y la lex credendi de la Iglesia, es decir, entre la norma de la liturgia y la
norma de la fe, principio del que se derivan algunas consecuencias prácticas. Por
eso la Iglesia, a la vez que ha expuesto con sumo cuidado y autoridad, a lo largo de
los siglos, la doctrina eucarística, ha cuidado siempre con el mayor esmero la
celebración de la Eucaristía. Ella misma no tiene ninguna potestad sobre aquello
que ha sido establecido por el mismo Cristo, y que constituye la parte inmutable de
la liturgia (cf. SC 21). De hecho la celebración de la Eucaristía está estrechamente
ligada con la doctrina de la fe, de manera que la verdad de la fe no se transmite sólo
con palabras sino también con los signos y el conjunto de los ritos litúrgicos. En este
sentido el rito actual de la Misa ha sido cuidadosamente propuesto en el Misal para
expresar y vivir el Misterio eucarístico en su incomparable belleza y dignidad y
teniendo en cuenta su importancia esencial para la vida cristiana.
La Comisión Episcopal de Liturgia, al ofrecer estas consideraciones al alcance de
de los pastores y de los fieles con ocasión de la publicación de la tercera edición
oficial del Misal Romano en español, desea facilitar su recepción responsable y
eficaz en todas las parroquias eclesiásticas, consciente también de la función que
atañe no solo a los que trabajan en la pastoral litúrgica sino a todos los que tienen
alguna responsabilidad en la formación de la fe y en su celebración. Por eso
considera que el modo más adecuado para profundizar en el misterio de la salvación
y, particularmente, en la Eucaristía, “sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo
de caridad”7, pasa necesariamente por un doble compromiso de todos los pastores
a propósito del Misal: ofrecer una adecuada catequesis mistagógica que ayude a
descubrir el sentido de los gestos y de las palabras de la liturgia y realizar una
esmerada celebración que ayude a los fieles a pasar de los signos al misterio
centrando en él toda su existencia.
Quito, a 2 de mayo de 2019.
7
San Agustín, In Joh. Evangelium, 26,13.