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BIEN Y VALOR
La pregunta por el bien, tal como la plantea Platón, se desprende de la pregunta por
la mejor polis. Pero esto no significa que él tuviera ante los ojos un especial "bien
político", a diferencia de otras formas especiales de bien, a cuya multiplicidad
correspondería la diversidad de las artes. Más bien Platón supone que el bien político se
identifica con el bien humano. Pero también la pregunta de qué es bueno para el hombre es
para él una cuestión previa, que introduce a la pregunta del bien como tal, aunque sin
plantearla directamente. La pregunta previa se refiere a lo relativamente bueno, no al bien
como tal; pero relativamente no respecto de un punto cualquiera de referencia, sino
respecto del hombre que pregunta por lo bueno para él.
Pero, ¿qué es este bien que acredita su bondad a todos los bienes? Platón ofrece
dos respuestas en el Filebo: el bien o es agrado o es saber. La primera respuesta es
insostenible mientras nos veamos obligados a distinguir entre agrado bueno y malo. La
segunda no es una verdadera respuesta, sino una transformación de la pregunta. Para ser el
bien, el saber debería ser ante todo saber del bien, y precisamente éste es el que no
tenemos. Pero, la transformación de la pregunta es su precisión. Tal pregunta, frente a
todas las demás, se presenta como aquella que bajo todas las circunstancias impulsa a un
conocimiento del ser; ella y sólo ella no puede alimentarse de apariencia y opinión.
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del bien, así también en el reino de lo visible domina el sol. La idea de dominar se divide
en dos: En el mundo sensible lo visible adquiere realmente aspecto gracias a la luz del sol,
y de igual manera en el reino de lo invisible las ideas se hacen visibles a los ojos del alma
sólo bajo la luz de la idea del bien. Pero lo que conocemos por el camino de lo visible
permanece opinión, mientras que sólo la luz del bien otorga verdad bajo la forma del saber
o de la ciencia. Ahora bien, así como lo percibido por los sentidos, y sobre todo por los
ojos, de ningún modo es sol, pero sí solar, de igual manera lo conocido por la ciencia no es
el bien, pero sí es bondadoso o, mejor dicho, tiene forma de bien.
¿Es el bien, en Platón, Dios o un dios? Es difícil, sino imposible, entender como
Dios el bien platónico. Se opone a ello la naturaleza de la forma que Platón atribuye al
bien. Por otra parte es imposible no notar que el lugar y la función del bien en el
pensamiento platónico hacen fácil una interpretación cercana al monoteísmo. Así no es de
admirar que la equiparación del bien con Dios se llevara pronto a cabo por los sucesores de
Platón en la Academia.
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Por obra de Platón se instauró la unión del ser con el bien, que sella el pensamiento
occidental del ser. A través de Aristóteles y de la transformación aristotélica, el bien pasó a
ser la idea dominante en la tradición filosófica durante mucho tiempo. A primera vista
parece paradójica la afirmación que atribuye tal función mediadora a Aristóteles. En
efecto, la crítica a Platón, que recorre toda la obra del Estagirita, en ningún lugar es tan
incisiva como en el capítulo de la Ética a Nicómaco (I, 4) que tiene como contenido el
rechazo de la idea de bien. Y Aristóteles es consciente de que su bisturí corta en ese lugar
el nervio vital del pensamiento platónico. No es casual que se halle en este contexto la
famosa afirmación de que la verdad ha de tenerse en más que el respeto a los amigos.
Precisamente esa verdad exige de nosotros el reconocimiento de que no puede hablarse del
bien en forma tan directa como lo hace Platón. Quien habla del bien como de una unidad
demostrable, pasa por alto la multiplicidad de las significaciones expresadas en dicha
palabra. En efecto, ésta se usa bajo diversas categorías: a veces bajo la categoría de
substancia, como "el dios"; otras veces bajo la categoría de la cualidad, p. ej., con relación
a las virtudes; en otros casos bajo la categoría de cantidad, como lo sometido a medida, o
bajo la categoría de relación, como "lo útil"; o finalmente con relación al recto cuándo y
dónde. La referencia a la multiplicidad de significación categorial se agudiza todavía por la
reflexión de que a lo bueno como substancia o entidad, le corresponde la prioridad frente al
bien como cualidad, o sea, en el uso predicativo. Con ello el concepto de bien pierde su
pretensión de unidad y universalidad.
Aquí reviste una importancia decisiva, tanto para la doctrina de Aristóteles, como
para la tradición crítica dominada por él, que el desmembramiento del concepto tiene como
consecuencia la distribución de las diversas significaciones entre distintas disciplinas. En
lugar de comprender todo el campo del saber, el estudio del bien debe conformarse con un
lugar determinado dentro del todo de la ciencia, dividido en sectores particulares. En
Aristóteles, el bien se convierte en principio de la filosofía práctica. El problema del bien
pasa a ser la pregunta directora de la ética y política. Se trata, no del bien en cuanto tal,
sino del bien humano. Ahora bien, el hombre no es autarca, sino que necesita de la ayuda
de sus congéneres, es un ser político. De acuerdo con eso el bien humano es una parte del
bien político, la ética es una parte de la política. Pero estas tesis requieren una limitación.
Es ciertamente exacto que también la "suprema y más perfecta" de las fuerzas humanas, la
capacidad de conocimiento, no otorga plena independencia al hombre: otros deben trazarle
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Como el bien de Platón descuella sobre el ser, así también en Aristóteles la razón
como divina, pura, actualidad no mezclada con ninguna materialidad, se eleva por encima
del carácter natural de la constitución humana y de la comunicación comunitaria. En
consecuencia la afirmación de la naturaleza política del hombre no tiene validez ilimitada.
El bien para el cosmos y para el hombre es a la postre la energeia pensada como felicidad,
liberada de toda potencialidad, recogida toda ella en sí misma: el pensamiento del
pensamiento.
La adopción del concepto ático de bien por parte de los teólogos y filósofos
cristianos supone una transformación. La ascensión del hombre a la participación de lo
divino requiere el auxilio de la gracia que desciende hacia él, y su visión lograda por la
filosofía se consuma en una iluminación que se le otorga por la revelación divina. Pero la
apertura de la dimensión de la obra de la gracia divina nada quita de su importancia
ontológica al concepto de bien. Ahora como antes sigue en pie: una esencia o cosa es
buena en cuanto realiza su naturaleza, y es tanto mejor cuanto mejor es su realización. Este
principio universal no se rechaza, sino que se modifica por el hecho de que existe un ser -el
hombre- para el que su bien, su llegar a ser hombre enteramente, significa el fin de un
encargo, con la agravante de que tal fin no puede lograrse sin el auxilio divino. Pues la
gracia no suprime la naturaleza, sino que la consuma. El hombre está destinado a ser
hombre enteramente, y está destinado a Dios. Estos dos enunciados, lejos de contradecirse,
se corresponden.
El ser que es el fin del hombre no sólo se produce en él, sino también a través de él:
se le ha encomendado como su acción. Esta libertad suya lo capacita para negar el orden
ontológico del bien para su persona, e incluso para invertirlo en su contrario. No sólo por
falta de fuerza puede permanecer por debajo de la tarea impuesta a su naturaleza humana,
sino que puede también negarla y rechazarla. Bien es lo que merece y exige ser amado por
encima de todo. Pero esta exigencia, fundada en el orden del ser y especialmente en el
orden del ser humano, se plantea a una naturaleza que es libre de querer también el mal y,
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con ello, de negar tal orden explícita o implícitamente. La ética aristotélica habla de falta,
la ética cristianizada de pecado.
1.4.1. El problema.
Con la moderna descomposición del concepto metafísico del ser se astilla también
el concepto de bien, y cada una de sus partes componentes desarrolla la tendencia a querer
representar el bien entero. En esta parcelación el término "bien" pierde su rango. En parte
queda incluido en una ética que se entiende como disciplina autónoma y, en parte, se deja a
la libertad del lenguaje usual, y con ello se confía al uso poético y práctico. La pérdida de
estatus que sufre el bien conduce finalmente a que una palabra substitutiva intente ocupar
su puesto. El vocablo "valor", importando de la economía, es su sustituto. El bien,
desgarrado del ser, desenraizado ontológicamente, sin ser ya super-ente como entre los
platónicos, sino más bien infra-ente, ya no tiene sino "valor" (como también el dólar o la
peseta "valen" tanto o cuanto).
Hartmann reprocha a Heidegger que éste suplente la pregunta del ser por una
pregunta, a su juicio inadmisible, por el "sentido del ser". En el suelo de la metafísica la
pregunta del sentido no pudo plantearse porque en principio estaba resuelta mediante el
entrelazamiento del concepto de ser con el bien. Dicho de otro modo, la pregunta moderna
por el "sentido" -término que por primera vez adquiere con Nietzsche toda su carga
significativa, hoy día corriente para nosotros- es en el fondo la pregunta por el bien,
formulada en un estado de perplejidad ontológica.
Son ineficaces todos los intentos de restaurar el vínculo unificador entre ser y bien,
sea por la ordenación del bien a la voluntad en Leibniz, o bien por la formulación del
concepto de perfección de Wolff. Como único refugio se ofrece la interiorización decidida
del bien, que Kant, siguiendo a Crusius y a Rousseau, llevó a cabo. "Nada sino una buena
voluntad puede pensarse en el mundo, y ni siquiera fuera de él, que pueda tenerse por
bueno sin limitación" (Fundamentación de la metafísica de las costumbres). Esta voluntad
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es general, supremo y único principio de la razón práctica legisladora y sobre todo: está
limpia de toda mezcla de lo que pueda llamarse naturaleza del hombre, es decir, de
inclinación o aversión. El bien debe hacerse solamente por el bien mismo. Es principio
había sido expresado con toda claridad por Aristóteles (Ética a Nicómaco, 1115b 12s). Y
bajo una formulación teológica sobrevivió en la tradición del "amor puro", que alcanzó un
punto cumbre en la disputa de Fenelón con la moral burguesa de la utilidad, punto cubre
que ha vuelto a alcanzarse en la actualidad con S. Weil y su doctrina de la pudorosa
ignorancia, que protege la pureza del obrar bien.
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La respuesta a la pregunta ¿qué es bueno para el hombre?, debía cumplir ahora dos
condiciones: Como filosofía de la historia tenía que hacer comprensible el significado de la
revolución y, por cierto, ya como un suceso esencialmente concluido, ya como una acción
venidera todavía en lo esencial; y tenía que determinar en concreto al sujeto de este
acontecimiento, al autor de esta acción, convirtiéndolo en objeto de investigación: lo bueno
humano se convirtió en lo bueno social, la sociedad pasó a ser el sujeto de la historia.
Ambas condiciones se vieron satisfechas por el hegelianismo y marxismo, por una parte, y
en el positivismo, por otra. Las tres respuestas puntualizan una respuesta antigua mediante
su temporalización. No dicen tanto qué es bueno para el hombre, cuanto qué podría ser
bueno para él hoy día, en un momento dado de la historia. El horizonte metafísico es
suplantado por el horizonte histórico.
1.4.4.1. Hegel.
Historia es para Hegel historia del espíritu, que gracias a la dialéctica en el tiempo
actual es trasparente por sí misma: la filosofía de la idea absoluta consuma la revolución en
la esfera del espíritu y conduce la libertad a la victoria que en Francia se conquistó
políticamente. Para la historia universal, que da el horizonte de esta interpretación, Hegel
restablece la teleología desterrada por el cartesianismo: la autoconsumación del espíritu en
la libertad del saber absoluto ocupa el puesto del bien. El individuo, como el actor en la
historia, no puede saber ni querer el fin del devenir.
Pero, según la concepción de Hegel, es el tiempo el que en cada caso le dice concretamente
qué es el bien para él. La ética queda absorbida por una filosofía de la historia, que
introduce a un sublime oportunismo: no en la situación cambiante de la vida, sino en la
situación total de la historia universal ha de hallar su oportunidad el hombre.
1.4.4.2. Marx.
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negación de la propiedad privada de los medios de producción, negación del Estado, del
dominio y de la nación, negación del trabajo en el sentido antes conocido, negación del
cristianismo como fe en un más allá.
1.4.4.3. El positivismo.
2. El pluralismo valorativo.
2.1. Introducción.
Los partidarios del deontologismo moral ven los valores de modo diferente, pues
hablan en términos de reglas y principios más bien que en términos de bienes. El debate
en el caso del deontologismo es si hay una pluralidad de principios o bien un único
principio omniabarcador. Kant puede ser entendido como un monista, pues argumenta
que todo parte de un gran principio y que los demás se deducen de éste. Ross, por el
contrario, es un pluralista, porque piensa que hay una pluralidad de deberes, (véase su
libro Lo correcto y el bien).
Los monistas demandan que hay sólo un valor último. Los utilitaristas, por
ejemplo, por lo general argumentan que hay sólo un valor y es el bienestar, el placer o la
felicidad, o algo de esta índole. Los utilitaristas creen que todos los demás valores,
como la amistad, el conocimiento etcétera, son únicamente instrumentales - valiosos en
la medida en que contribuyen a la felicidad. Pluralistas, en cambio, argumentan que son
valores diferentes, y que estos valores no son reducibles el uno al otro o a un valor
superior. El monismo tiene la ventaja de una simplicidad relativa, pues una vez que se
ha determinado cuál es el valor superior se ha realizado ya la mayor parte del trabajo.
Pero el monismo puede ser demasiado simple y quizás no capture de modo adecuado la
verdadera textura de nuestras vidas éticas.
Si los valores son plurales, entonces las opciones entre ellos serán complejas. Y los
pluralistas piensan que como de hecho las opciones son complejas, entonces deberíamos
aceptar la hipótesis que los valores son plurales. El pluralismo tiene en cuenta la
complejidad y el conflicto que es la parte de nuestra experiencia moral. Los pluralistas han
argumentado que hay inconmensurabilidades y discontinuidades en comparaciones de
valor, y que realizamos opciones supone dejar fuera ciertos valores.
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De este modo, Mill afirma que hay placeres más y menos elevados (El
utilitarismo); y, además éstos se miden con escalas diferentes. En otras palabras, hay
discontinuidades en la medida de valor. Dicho de otro modo, la distinción entre placeres
más alto e inferiores nos permite para decir que ninguna cantidad de placeres menos
elevados puede pesar más que alguna cantidad de placeres más elevados. Como afirmó
Mill, es mejor ser un ser humano infeliz que un cerdo feliz. El fenómeno de la existencia
de discontinuidades en nuestras clasificaciones de valor parece apoyar el pluralismo: si
placeres más elevados no pueden ser equilibrados por la existencia de placeres inferiores,
ello sugiere que no son el mismo tipo de la cosa. Pues si lo fuesen, no habría ninguna razón
por la que placeres inferiores tarde o temprano no pesarán más que placeres más elevados.
Michael Stocker (1990) y Bernard Williams (1973 y 1981) han argumentado que
puede ser racional lamentar el resultado de una opción moral correcta. Es decir incluso
cuando se realizado la opción correcta, puede ser racional lamentarse por la rechazada, en
ese caso la opción implica un conflicto de valor genuino. Esto parece extraño si las
opciones fuesen comparadas en términos de un valor superior. ¿Cómo podríamos lamentar
si hemos escogido más o menos la misma cosa? Sin embargo, el fenómeno parece
innegable, y el pluralismo puede explicarlo. Si hay valores plurales, entonces
racionalmente puedo lamentar no habiendo escogido algo que aunque menos bueno, fue
diferente.
Vale la pena observar que el argumento pluralista no es que en todos los casos el
conflicto de valor el señal de pluralismo valorativo. Pueden existir conflictos debido a la
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Comencé la última sección diciendo que si los valores fundamentales son plurales,
entonces las opciones entre ellos serán complejas. Es claro que nuestras opciones son
complejas. Sin embargo, sería inválido concluir por ello que los valores son plurales –el
desafío para los monistas es explicar cómo puede tener sentido la complejidad de nuestras
opciones valorativas.
¿Son todas estas cosas que el dinero proporciona valiosas de tener por sí mismas?
¿Qué hay de las comodidades materiales que el dinero puede comprar? ¿Son deseables en
sí mismas? Seguramente, no: si se nos preguntase "pero ¿por qué desea usted estas
cosas?", podríamos dar una respuesta tal como "porque si las tengo seré más feliz".
Todavía las deseamos por mor de alguna otra cosa. ¿Qué hay de la felicidad? Esta parece
ser la cosa que valoramos por sí misma: deseamos las otras cosas a fin de ser más felices,
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pero la felicidad es algo que deseamos por sí misma. Si alguien pregunta "pero, ¿para qué
desea ser feliz?", tendríamos la sensación de que la pregunta es extraña, y difícilmente
podríamos saber cómo responderle. No deseamos la felicidad para alguna otra cosa,
deseamos ser felices, eso es todo. No la pretendemos para obtener otras cosas;
pretendemos otras cosas para obtenerla.
ordinariamente una fuente de displacer (pero no para el masoquista, para quien algunos
dolores son fuente de placer), y no la única fuente: las irritaciones que encontramos en
nuestra vida diaria (como ser cogidos dentro de un embotellamiento de tráfico)
difícilmente pueden ser llamadas dolores, pero causan un displacer considerable.
2.2.1.3. El hedonismo.
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a significar algo más apropiado para los cerdos que para los hombres. Es importante, por
tanto, recordar que "placer" incluye cualquier clase de satisfacción, no meramente la que
proviene de la comida, la bebida y el sexo. El hedonismo dice simplemente que, cuanto
más placer haya en el mundo, mejor, y que la vida que contiene más Bien intrínseco es
aquella que contiene el mayor placer y el menor displacer. Pero debemos tener cuidado
aquí:
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posibilidad de futura felicidad de las víctimas), debe tomarse cualquier medida para
asegurar que no sean disfrutados tales placeres, no porque no sean buenos intrínsecamente,
sino porque son instrumentalmente catastróficos, por el displacer extremo para todos que
causarían a la larga. A la luz del ideal de Russell de maximizar la cantidad total de
felicidad en el mundo, tales placeres tienden a alejar ese ideal más Bien que a promoverlo.
Kant no se fija en qué cosa o contenido apreciado como bueno puede ser propuesto
legítimamente como tal, sino en la obligación moral que inequívocamente acompaña a lo
bueno. La clave de la ética kantiana está en la búsqueda de los orígenes de esta exigencia o
deber-ser, partiendo de que lo bueno no es conocido a posteriori sino a priori. Dice Kant
que los fundamentos de la obligación no hay que buscarlos en la naturaleza humana o en
las circunstancias del mundo en que vive el hombre, sino a priori, simplemente en los
conceptos de la razón pura. La obligación es, por tanto a priori y, si algo es a priori, es
también formal. De aquí arranca el formalismo ético; del axioma gnoseológico de que todo
lo a priori es formal y todo lo formal es a priori. Y consecuentemente, todo lo material es
a posteriori y todo lo a posteriori es material.
Por tanto, cualquier motivo que no fuera el puro respecto a la ley porque es la ley, o al
deber por el deber, sería material y empírico.
Podemos imaginar un ser constituido de forma tal que siempre le sea posible actuar
dentro de máximas morales y que nunca se encuentre sujeto a una inclinación hacia
acciones que no estén basadas en aquéllas. Tal ser constituiría lo que Kant llama "santo" y
tendría una "voluntad santa". El hombre no puede alcanzar ese ideal, siempre se sentirá
inclinado hacia las acciones incorrectas, por lo menos a veces, y se encontrará entonces
ante el conflicto entre el deseo y el deber. Tratará de imponerse a sí mismo, con éxito o sin
él, máximas que concuerden con el principio formal de la moralidad. Las normas
impuestas son "imperativos". El hombre, a diferencia de los seres santos, entenderá el
principio formal de la moralidad como un imperativo. El imperativo del deber lo que nos
ordena es nuestro deber y cumplirlo por mor del deber.
Este imperativo categórico por el que los seres humanos aprehendemos el principio
formal de la moralidad, admite, según Kant, una diversidad de formulaciones. La primera
es: "actúa sólo con la máxima que quieres que sea al mismo tiempo una ley universal".
Puesto que todo efecto tiene lugar de acuerdo con las leyes de la naturaleza, puede también
formularse el imperativo categórico como sigue: "actúa como si la máxima de tu acción
llegara a ser, mediante tu voluntad, una ley universal de la naturaleza". La ética de Kant es
formal, a priori, racional, necesaria y universal para todo ser racional.
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Sea lo que fuere lo que consideremos valioso o digno de estima, surge obviamente
la siguiente cuestión: ¿Qué habremos de hacer con ello? ¿Qué se desprende de ello?,
podríamos preguntar por lo que concierne a nuestras acciones consiguientes. ¿Cómo
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habremos de actuar como resultado de estas consideraciones? Aquí es donde las doctrinas
éticas entran más en conflicto.
A la mayor parte de nosotros se nos enseñó a seguir ciertas reglas morales. Pero las
reglas morales seguidas por diferentes personas, particularmente en culturas diferentes,
difieren con frecuencia de modo tajante.
Pero ninguna teoría de la conducta puede contentarse con una lista de tales reglas
morales, por varias razones:
1. Ninguna de ellas es una guía completa de la conducta; cada una cubre sólo
cierto tipo de actividad, pero nada dice sobre lo que debería hacer en otros contextos o
situaciones.
3. La regla dice qué hacer, pero no dice por qué se debe seguirla.
4. Bibliografía.
• Ross, W.D., 1930, The Right and the Good, Oxford: Oxford University Press.
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