El Camino al Cielo: Fe y Esperanza
El Camino al Cielo: Fe y Esperanza
Mucha gente piensa que no podemos saber nada acerca del cielo. La sabiduría común
nos limita a una lista corta de negativos: no habrá sol, ni luna, ni mar, ni enfermedad, ni
tristeza, ni sufrimiento, ni lágrimas ni muerte. Oh, sí, de acuerdo que será maravilloso, pero
más allá de esto no se sabe mucho.
Es verdad que no sabemos todo lo que quizá nos gustaría para satisfacer nuestra
curiosidad acerca de nuestro hogar celestial. Pero es sorprendente cuánto podemos saber
acerca del lugar que el Salvador ha ido a preparar. Si usamos sencillamente las verdades
dichas en las Escrituras, las pistas que ahí se nos dan, y un poquito de imaginación
santificada, podemos pintar un cuadro bastante detallado de un lugar asombrosamente
delicioso.
1
El Camino A Dios
El camino ancho representa la doctrina popular de “salvación por obras”. Los que
viajan en él buscan ganar o merecer la vida eterna. Mucha gente piensa que éste es el camino
correcto (Pr. 14:12). En cambio, el camino angosto ofrece la salvación como un regalo
gratuito a aquellos que se arrepienten de sus pecados y reciben por fe al Señor Jesucristo.
Éstos reconocen que no merecen la salvación, sino que al contrario, merecen la perdición.
El camino ancho conduce a la destrucción (Pr. 16:25). El destino de los que viajan en
el camino angosto es el cielo.
Para entrar en el camino ancho y espacioso, uno no tiene que hacer nada, pues todos
ya estamos en este camino desde nuestro nacimiento. Para entrar en el camino angosto,
necesitamos hacer lo siguiente:
a. Dejar el camino ancho, renunciando todos nuestros esfuerzos para salvarnos a través
de buenas obras o buen carácter.
c. Creer que el Salvador murió en la cruz como nuestro Sustituto, pagando allí la paga
por nuestros pecados.
d. Entonces, por un acto definido de fe, recibir a Jesucristo como nuestro Señor y
Salvador, confiando sólo y únicamente en Él para nuestra entrada en el cielo.
Tan pronto como uno hace esto, está en el camino angosto que conduce a vida. Es
salvado del infierno. Es convertido a Dios. Es hecho apto para “la herencia de los santos en
luz” (Col. 1:12). Está tan seguro del cielo como si ya estuviera allí.
2
En Lugares Celestiales
¡Sorpresa! Tan pronto como una persona nace de nuevo, en un sentido ya está en el
cielo. Pablo escribió a los creyentes en Éfeso diciéndoles que ellos ya habían sido bendecidos
“con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo” (Ef. 1:3). Además,
estaban sentados “en los lugares celestiales en Cristo Jesús” (Ef. 2:6).
Estas verdades son difíciles de entender para muchos de nosotros. Nos parecen
etéreas, místicas, irreales.
Está claro que los lugares celestiales son lo mismo que el cielo, porque en Efesios 1:20
el apóstol dice que los santos están donde Cristo está, sentado a la diestra de Dios.
Obviamente Él está en el cielo en este momento.
¿En qué sentido, entonces, están los cristianos en el cielo ahora? Esto se refiere a
nuestra posición en Cristo. Es cómo Dios nos considera. La verdad de que ya estamos en
lugares celestiales es algo que tenemos que apropiarnos por fe. No es nada que podamos
sentir, sino simplemente algo que podemos saber, porque Dios lo ha dicho.
¿Qué efecto práctico debe tener esto en nuestra vida? Significa que debemos ver las
cosas desde Su punto de vista. Al mirar nosotros al mundo como algo que está bajo el control
del maligno, querremos proclamar el evangelio a los que están pereciendo. No permitiremos
enredarnos en los negocios de esta vida (2 Ti. 2:4). Pondremos nuestros afectos en las cosas
de arriba, no en las de esta vida (Col. 3:2). En general, intentaremos conducirnos como
ciudadanos del cielo (Fil. 3:20a).
Quizá hayas oído de personas que vivían en el cielo antes de llegar allá. En estos
casos, es porque ellas apropiaron la verdad de que posicionalmente ya estaban sentadas en
lugares celestiales en Cristo Jesús. Entonces procedieron a hacer práctica esta verdad en sus
vidas.
Lila Trotman fue otro ejemplo de este estilo de vida de otro mundo. Un día ella miró
sobre el lago Schroon, donde su marido en la distancia estaba luchando en el agua para
rescatar a alguien. Luego alguien vino a decirle que su marido, Dawson Trotman, se había
ahogado. Su reacción inmediata fue la de citar 1 Samuel 3:18, “Jehová es; haga lo que bien le
pareciere”.
Otra ilustración de una forma celestial de andar tomó lugar durante la segunda guerra
mundial. Un creyente nuevo y celoso vino corriendo e informó: “¡Nuestros bombarderos
estuvieron sobre el enemigo de nuevo anoche!” El creyente más viejo comentó: “No sabía que
la iglesia del Señor tenía bombarderos”. Su ciudadanía estaba en otro reino.
El hermano Vernon Schlief contó acerca de un matrimonio que visitó la iglesia que se
congregaba al lado de su granja. Un domingo, cuando estaban recordando y adorando al
Señor, la esposa miró por la ventana y vio que su granja estaba envuelta en llamas de fuego.
Se inclinó hacia su marido y dijo: “Cariño, nuestra granja se está quemando”. Él levantó su
cabeza y dijo: “Quieta, cariño, el Señor está en este lugar”. ¿Fue insensata o extremada esta
respuesta? Realmente no. Él simplemente estaba apropiando la verdad de que donde dos o tres
se congregan en el Nombre del Señor, el Señor está en medio de ellos (Mt. 18:20). ¿Qué
importa un fuego en una granja cuando estamos en la presencia del Señor? Y si el hombre
hubiera salido para apagar el fuego, ¿qué valor tendría una pequeña manguera de jardín contra
una granja llena de fuego?
3
Muerte O Rapto
Aunque es verdad que sólo hay un camino de salvación, un camino por el cual
podemos ser hechos aptos para el cielo, hay dos maneras de ser transportados al cielo. Una es
por la muerte, y la otra es por arrebatamiento.
Muerte
¿Qué sucede cuando una persona muere? El cuerpo va al sepulcro mientras que el
espíritu y el alma van al cielo o a hades, dependiendo de la condición espiritual de la persona.
Una de las grandes decepciones en la vida es la de pensar que el cuerpo es la persona. La
verdad es que el cuerpo es solamente la casa o tienda donde la persona vive.
Podemos vivir sin el cuerpo. Ni Dios Padre ni el Espíritu Santo tienen cuerpo. Antes
de venir a Belén, el Señor Jesús no tenía cuerpo. En la historia del rico y Lázaro, el rico murió
y su cuerpo fue sepultado. Sin embargo, él estaba consciente y podía hablar, ver, padecer sed
y tormentos, recordar el pasado y estar preocupado por el bienestar eterno de sus cinco
hermanos (Lc. 16:28).
Para los creyentes, la muerte es el mensajero de Dios que nos conduce al cielo. En el
momento de nuestra muerte nos hallamos instantáneamente en la casa del Padre,
conscientemente disfrutando del Señor Jesús y todas las glorias del cielo. No necesitamos un
cuerpo, como tampoco lo necesitó Cristo antes de Su encarnación, o durante aquellos tres días
y noches cuando Su cuerpo estuvo en la tumba de José y Él estaba en el cielo con el ladrón
que murió creyente.
Varias veces el Nuevo Testamento habla del creyente muerto como durmiendo (1 Co.
11:30; 15:51; 1 Ts. 4:14). Lo cierto es que esta descripción sólo se refiere a nuestro cuerpo.
Podríamos escuchar a alguien que vela a un muerto decir: “Parece que duerme”. Es el
lenguaje de apariencia humana. El espíritu y el alma, esto es, la persona en sí, no duermen.
Como hemos visto, si el que murió es creyente, está ahora viviendo con Cristo. Pero nos
parece que duerme.
No hay un cuerpo para el intermedio entre la muerte y el arrebatamiento. Algunas
personas citan 2 Corintios 5:1 como prueba de que hay un cuerpo intermediario: “Porque
sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un
edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos”. Estas palabras sólo pueden
referirse al cuerpo final, glorificado, porque es “eterna, en los cielos”. Esto no sería verdad
acerca de un cuerpo provisional. Pero es verdad acerca del cuerpo glorificado que recibiremos
en el momento del rapto. Se le describe como: “no hecha de manos”. Esta expresión es
explicada en Hebreos 9:11 de la siguiente manera: “no de esta creación”. En otras palabras,
el cuerpo glorificado ha sido diseñado especialmente para el cielo, no para esta tierra.
¿Debe una persona temer la muerte? Depende. Si no es creyente, tiene muchas razones
por las que temer. Para esa persona, la muerte tiene aguijón, esto es, el pecado, porque no ha
sido perdonado. Irá al encuentro con Dios, para escuchar Su sentencia de eterna perdición.
Por otra parte, los creyentes no tenemos que temer la muerte, aunque no nos gusta
pensar en el sufrimiento que la puede preceder. Todos podemos identificarnos con aquel santo
anciano que dijo: “No me importa que el Señor desmonte mi tienda, sólo deseo que lo haga
suavemente”. Aun en el mismo proceso de morir, tenemos la promesa del Señor, que Él nunca
nos dejará ni nos abandonará. Y por otra parte, la medicina moderna tiene sedativos tan
fuertes que ya no es necesario sentir esos dolores fuertes.
La viuda de un mártir en Ecuador escribió esta poesía para que fuera leída en el
funeral memorial de su marido:
El Otro Lado
No es tinieblas, es luz;
Anónimo
¿Qué de la tristeza de dejar atrás a seres queridos? Esa tristeza es real, pero si ellos son
hijos de Dios, la separación será sólo por un poquito de tiempo. No decimos “adiós” sino
“hasta luego”. Si todavía están en sus pecados, podemos orar y pedir que nuestra muerte sea
el medio por el cual ellos vengan al Señor. Podemos encomendarles en Sus manos y al poder
convincente del Espíritu Santo.
Si vamos a ser realistas, debemos enfrentar la verdad de que podemos ser llamados al
cielo por medio de la muerte. Pero hay otra posibilidad: el rapto.
El Rapto
Cerca del año 52 d.C. el apóstol Pablo reveló una verdad que nunca había sido
conocida antes. Hablando por inspiración divina, anunció que no todos van a morir. Algunos
serán llevados al hogar celestial sin pasar por el valle de sombra. Dijo que los cuerpos de los
que murieron en la fe serían levantados, glorificados, y que instantáneamente desaparecerían
porque se irían al cielo (1 Co. 15:51-55). Este evento sin precedente se conoce como el rapto,
de una palabra latina que significa llevar o arrebatar.
El Señor Jesús mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel, y
con trompeta de Dios (1 Ts. 4:16a). Nota el énfasis en la palabra “mismo”. Ésta no es una
misión que Él dejará encargada a un ángel. Será una aparición personal del Señor mismo. Su
voz de mando llamará a todos los creyentes, muertos y vivos, a la gran reunión en el aire.
Puesto que el arcángel está asociado principalmente con el pueblo de Israel (Dn. 12:1; Jud. 9),
la mención de su voz puede sugerir que los santos del Antiguo Testamento resucitarán
también en este momento. La trompeta de Dios aquí no debe confundirse con la séptima
trompeta en Apocalipsis 11. Aquella es una trompeta de juicio, pero ésta es de bendición.
Los santos vivos serán arrebatados con ellos para estar con Cristo en el aire e ir con Él
a la casa del Padre (1 Ts. 4:17). “Ciertamente volverán los redimidos de Jehová; volverán a
Sion cantando, y gozo perpetuo habrá sobre sus cabezas; tendrán gozo y alegría, y el dolor y
el gemido huirán” (Is. 51:11).
Todo esto sucederá en un momento, en un abrir y cerrar de ojos (1 Co. 15:52a). Quizá
no sea una exageración decir que todo el evento glorioso tomará lugar en un nanosegundo.
Los creyentes desaparecerán instantáneamente de vista. Puesto que será así, no hay
posibilidad de que los que quedan atrás vean suceder el rapto. No es extraño que ha sido
llamado un arrebatamiento secreto.
4
El Rey En Su Hermosura
La verdad más importante acerca del cielo es que el Señor Jesús estará allí. Ya está allí
en esplendor sobresaliente y hermosura más allá de palabras. Su rostro resplandece como el
sol en su fuerza. Él está allí como el escogido entre diez mil, el que es todo codiciable. Toda
hermosura física y excelencia moral residen en Él.
La visión del Señor exaltado es tan excelsa que los escritores tradicionalmente han
escogido la poesía y la música en lugar de la prosa para expresar la gloria de Su Persona.
Después del mismo Calvario, quizá el tema más frecuente en la poesía cristiana sea esa
reunión cara a cara con nuestro Señor en el cielo. Pero aquí aun la poesía falla y las palabras
se doblan bajo el peso de los superlativos.
Muchos de nosotros conocemos la letra del himno escrito por C.E. Breck.
Mi alma le contemplará”.
Fanny Crosby, la poetisa ciega, amaba el meditar sobre el momento cuando su ojos
serían abiertos para ver al Señor en Su gloria y esplendor.
El Señor Jesús está en el cielo en un cuerpo real y físico, que Él mismo describió
como compuesto de carne y hueso (Lc. 24:39-40). ) (No mencionó la sangre, porque fue
derramada en el Calvario). Enseñó a los discípulos Sus manos y costado (Jn. 20:20). E invitó
a Tomás, el que dudaba, a tocar Sus manos y meter su dedo en Su costado (Jn. 20:27). Es el
mismo cuerpo en que resucitó de la tumba. En cierta manera es similar al cuerpo que recibió
cuando entró en el mundo; tiene una semejanza física. El Señor resucitado todavía podía
comer. En una ocasión comió pez asado y un panal de miel (Lc. 24:41-43; ver también Lc.
24:30; Jn. 21:12). Podía manejar cosas, hablar, ver y oír. Caminó con dos discípulos tristes en
el camino a Emáus (Lc. 24:15).
En otras maneras Su cuerpo era y es distinto. No era sujeto a los límites del tiempo, y
espacio y la materia. Podía entrar en un cuarto cuando las puertas y ventanas estaban cerradas
(Jn. 20:26). Podía moverse sin aparente esfuerzo físico (Lc. 24:36), apareciendo y
desapareciendo cuando quería (Lc. 24:31). Es un cuerpo apto para la vida en el cielo y
también en la tierra. Pero la diferencia más notable es que todavía lleva las marcas del
Calvario. Después de la resurrección Él enseñó a Tomás y a los demás discípulos aquellas
heridas de amor divino (Lc. 24:40; Jn. 20:20, 27). Más tarde Juan le describió en gloria como
un cordero inmolado (Ap. 5:6). Piensa en esto. Las únicas marcas de dolor y muerte que habrá
en el cielo servirán de recordatorio eterno del precio de nuestra redención. Spurgeon lo
expresó así:ii
“Oh, si pudiera ver los pies que fueron clavados, tocar las manos que fueron
taladradas, mirar la cabeza que llevó las espinas y postrarme ante Aquel que es
amor inefable, misericordia inexpresable y ternura infinita. ¡Oh si pudiera
postrarme delante Suyo y besar Su rostro bendito!”
C. A. H.
En este mundo es verdad, como dijo Lew Wallace, que la hermosura está en los ojos
del que mira. Puede que un hombre que es hermoso para una persona no lo sea para otra. De
la misma manera no todos están de acuerdo acerca de qué es lo que le hace hermosa a una
mujer. Pero cuando veamos al Señor Jesús en el cielo, no habrá desacuerdo. Todos
concordarán que: “Él es del todo hermoso, del todo codiciable”. En Él se combinará toda la
hermosura que hayamos visto en este mundo.
Es probable que cuando veamos al Señor nos maravillemos de no haberle amado más,
servido mejor y vivido más para Él cuando estábamos en este mundo. El escritor de este
himno pensaba así:
Es imposible pensar en el cielo sin pensar en el Señor Jesús. John Peterson, escritor de
himnos, propuso a una editorial una obra suya acerca de nuestro hogar eterno. Le fue devuelta
con esta sugerencia: “Quita el nombre “Jesús” y agranda un poco más el cielo”. Peterson
encontró imposible semejante idea, y dio el himno a otra editorial.
Anónimo
5
Otros Residentes
Pero el Salvador no estará solo allí. Con Él en gloria habrá una compañía innumerable
de ángeles no caídos, espíritus ministradores que han servido a los herederos de la salvación
(He. 1:14; 12:22). Cada creyente tiene uno o más ángeles guardianes. Es razonable pensar que
los encontraremos y escucharemos como ellos nos ayudaron a escaparnos de peligros, nos
rescataron milagrosamente, estuvieron con nosotros en los momentos más tensos y nos
protegieron de peligros que ignorábamos. Aunque su posición es exaltada, estos seres
celestiales sólo serán espectadores del gozo de nuestra salvación. Nunca podrán cantar como
nosotros los cánticos de los redimidos.
Después, aprendemos que Dios el juez de todos estará allí, ya no con el ceño fruncido
de la justicia sino con la sonrisa amante de un padre. Esto, por supuesto, da lugar a una
pregunta interesante: “¿Realmente veremos a Dios Padre?” Por un lado hay versículos que
dicen que no será posible. Dios es espíritu (Jn. 4:24) y por lo tanto es invisible. Nadie le puede
ver y vivir (Éx. 33:20). Él “habita en luz inaccesible; a quien ninguno de los hombres ha
visto ni puede ver” (1 Ti. 6:16).
Debemos agregar otra consideración a esta cuestión. El Señor Jesús dijo: “El que me
ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn. 14:9). El apóstol Juan dijo: “A Dios nadie le vio jamás;
el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Jn. 1:18). Esto
significa que el Señor Jesucristo nos ha revelado plenamente al Padre. Si queremos saber
cómo es el Padre, todo lo que tenemos que hacer es mirar al Hijo. Así que, cuando lleguemos
al cielo y veamos al Hijo, habremos visto al Padre. Esto puede explicar cómo Job verá a Dios
y los puros de corazón le verán.
Volvamos ahora a los demás residentes del cielo. Los santos del Antiguo Testamento
estarán allí: “los espíritus de los justos hechos perfectos”. Sus espíritus fueron hechos
perfectos cuando creyeron al Señor; y ahora sus cuerpos también serán hechos perfectos.
Nos sentaremos a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, así también con José, Moisés,
Elías y David. Será el tiempo para buscar las respuestas a muchas de nuestras preguntas, y
comprender mejor las Sagradas Escrituras. Pero, ¿cómo podremos reconocer a personas que
no hemos visto jamás? ¡No será problema! Lo haremos del mismo modo en que Pedro,
Jacobo y Juan reconocieron a Moisés y Elías en el monte de la transfiguración (Mt. 17:1-5).
Todos los redimidos de todas las épocas estarán allí, y cantarán las alabanzas de Aquel
que nos ama y nos lavó de nuestros pecados en Su sangre (Ap. 1:5).
Será glorioso ver de nuevo a nuestros seres queridos. Fue triste nuestra despedida a la
orilla de la muerte, pero nuestra reunión con ellos será una recompensa más que suficiente.
Henry Alford
Al disfrutar de comunión en la tierra de Emanuel, nos conoceremos en mejores
condiciones que las que hemos pasado aquí. Espero que habrá un grupo de personas para
darnos la bienvenida, esto es, los que fueron ganados para Cristo a través de nuestro servicio
dedicado y nuestra mayordomía fiel. ¡Qué gozo dará oír a alguien decir: “Fuiste tú quien me
invitaste aquí”!
Anónimo
6
Prohibido El Paso
Éste es un capítulo triste. Es una lista de los que serán excluidos para siempre de los
atrios del cielo. Los que no van a entrar pueden encontrar la razón en una de las siguientes
categorías. La lista es completa (Ap. 21:8). Mucha gente piensa que tendrá que esperar hasta
que muera para saberlo, pero no es así. La razón está aquí mismo.
En primer lugar, encabezando la lista, están los cobardes. Estos son los que hicieron
caso de sus temores y dudas, y rehusaron confesar a Jesucristo como su Señor y Salvador. Les
importaba más el “qué dirán”, lo que pensarían sus parientes, en lugar de lo que piensa Dios
acerca de ellos. Tenían miedo de cómo reaccionaría su madre o padre, si se declararan
cristianos. Amaron la alabanza de sus amigos en lugar de la alabanza de Dios (ver Jn. 12:43).
Observa que éstos aparecen en la lista juntos con los pecadores escandalosos, los que son
culpables de hechos sobremanera malos.
Entonces están los incrédulos. Puede que fueran buenos vecinos, gente moralmente
recta, pero que rehusaron arrepentirse y creer en el Salvador. Quizá confiaban en sus buenas
obras, su religión, o en su personalidad simpática para ganarles admisión en las puertas
celestiales. Pero no aceptaron a Jesucristo como su Sustituto, ni confiaron únicamente en Él
como quien murió para pagar por sus pecados. Se consolaron con la vana esperanza de que un
Dios de amor no les rechazaría. Así fue que no aceptaron el único camino de salvación que
Dios ha provisto.
Los abominables son los pecadores que se involucraban en prácticas que disgustan,
hechos degradados y despreciables a los ojos de Dios. La idolatría y la inmoralidad que la
acompaña es una abominación (Mt. 24:15). Así también es el amor al dinero (Lc. 16:14-15).
Hay siete cosas que abomina el Señor. “Seis cosas aborrece Jehová, y aun siete abomina su
alma: los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el
corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo
falso que habla mentiras, y el que siembra discordia entre los hermanos” (Pr. 6:16-19).
Los siguientes en la lista son los homicidas, los que violan el sexto mandamiento. El
Señor Jesús amplió el sentido del homicidio para incluir el airarse contra un hermano (Mt.
5:21-22). El apóstol Juan agregó a esto el odio: “Todo aquel que aborrece a su hermano es
homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él” (1 Jn. 3:15).
A esta lista ahora es añadida la inmoralidad sexual. Este término es una descripción
general que incluye a los fornicarios, los adúlteros, los homosexuales, las lesbianas, en fin,
todos los que practican el sexo fuera del matrimonio. La sabiduría del mundo dice que estos
comportamientos son simplemente alternativas, cuestiones de cultura, o quizá como mucho,
son enfermedades. Dios dice que son pecado. En estos tiempos no es políticamente correcto
condenar semejantes cosas, pero Dios dice que impedirán que los que los practican entren en
el cielo, y los condenarán al lago de fuego.
Luego están los hechiceros. Este término incluye a los que se involucran en prácticas
ocultas: adivinación, espiritismo, comunicarse con los muertos, y los horóscopos (empleando
los signos del zodíaco). Se refiere a todas las formas de astrología, numerología y hechicería.
Los ocultistas emplean cosas tales como la bola cristal, las cartas Tarot y la tabla Ouija. La
Palabra de Dios es clara:
“No sea hallado en ti quien haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni
quien practique adivinación, ni agorero, ni sortílego, ni hechicero, ni
encantador, ni adivino, ni mago, ni quien consulte a los muertos” (Dt. 18:10-
11).
Los séptimos en la lista son los idólatras. Primeramente pensamos en los que adoran y
rinden culto a las imágenes de talla o los iconos. Existe un enlace entre la idolatría y los
demonios. El apóstol Pablo afirma que cuando la gente ofrece sacrificios a los ídolos, los
ofrece a los demonios (1 Co. 10:19-20). Pero en un sentido más amplio, un ídolo es cualquier
cosa o persona que toma el lugar del Señor en el trono del corazón.
En Apocalipsis 22:15, Juan da otra lista de los que estarán fuera, esto es, los excluidos
del cielo. Aquí él omite las palabras “cobardes”, “incrédulos” y “abominables” y añade la
palabra “perros”. Este término se usa en Deuteronomio 23:18 con respecto a los varones
prostitutos (homosexuales). Puesto que los perros eran inmundos bajo la ley de Moisés, la
palabra se usa para hacer referencia a la inmundicia de las vidas de estos hombres.
¿Significa esto que la gente que es culpable de estos pecados no puede ser salvada en
este tiempo? No, por cierto. Si se arrepienten de sus pecados y en fe doblan sus rodillas en el
nombre de Jesucristo, lavando así sus ropas en la sangre del Cordero, Dios les perdonará y les
hará aptos para el cielo. Pero si mueren sin arrepentirse y sin creer en el Hijo de Dios, escogen
pasar la eternidad con las gentes como Nerón, Hitler y Stalin.
7
La Maravilla Central
Si la atracción central del cielo es que el Salvador está allí, la maravilla central es que
nosotros los redimidos también estaremos allí. Aunque somos todos pecadores impíos,
indignos de la más pequeña de Sus misericordias, estaremos allí, de toda tribu, nación, pueblo
y lengua, como trofeos eternos de la maravillosa gracia de Dios. Los creyentes de todas las
edades, limpiados por la sangre del Cordero, estarán vestidos de ropas blancas de salvación.
Una canción antigua lo expresa bien:
Estaremos allí en cuerpos glorificados, tal como el cuerpo glorificado del Salvador
resucitado. No habrá arrugas, ni verrugas, cicatrices ni nada semejante. A.T. Pierson comenta
así:
“Piensa en esto: cuando el ojo omnisciente nos mire al final, no hallará nada
que a Su santidad inmaculada sea siquiera como una peca o grano en el rostro
humano. ¡Es increíble!”
F. W. Grant observa:
“No habrá marcas de vejez, ni defecto; nada menos que la flor y eternidad de
una juventud eterna le podrá satisfacer; la frescura de los afectos que nunca se
cansarán y que no podrán decaer. La Iglesia entonces será santa y sin mancha”.
Una de las metas finales que Dios ha preparado para nosotros es el cuerpo glorificado,
cuando lo mortal sea absorbido por la vida (2 Co. 5:4-5). Esto tomará lugar en el rapto,
cuando los cuerpos de todos los que han muerto en Cristo serán resucitados. Es una fase de la
resurrección de los justos.
Así que nuestros cuerpos son sembrados en corrupción. Son perecederos, decaen y
vuelven al polvo. A menos que sean embalsamados, tienen que ser sepultados pronto. Pero
serán resucitados en incorrupción, libres para siempre del deterioro y la podredumbre.
Nada puede ser más débil que un cuerpo muerto. Es impotente para cualquier cosa.
Pero en la resurrección aquel cuerpo será capaz de hechos físicos y mentales que ahora son
impensables.
Nuestros cuerpos ahora son mortales, esto es, sujetos a la muerte. Seremos levantados
en inmoralidad, sin la posibilidad de morir jamás.
¿Qué más sabemos acerca de nuestro cuerpo de resurrección? Sabemos que será como
el cuerpo glorificado del Señor Jesús. “Cristo...transformará el cuerpo de la humillación
nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya...” (Fil. 3:21). Nuestro cuerpo
brillará con esplendor. “Las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria
venidera que en nosotros ha de manifestarse” (Ro. 8:18). Pablo lo describe así: “cada vez
más excelente y eterno peso de gloria” (2 Co. 4:17).
En otro lugar Pablo escribe: “Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el
celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal,
traeremos también la imagen del celestial” (1 Co. 15:48-49)
“Ciertamente, una de las primeras cosas que recibiremos será una mente nueva.
¡Cuánto lo anhelo. Ahora mi mente está cada vez más confusa y olvidadiza, y
anhelo tenerla más despejada. Ya no puedo leer y recordar con precisión, y
esto me frustra. Mi cociente de inteligencia está bajando constantemente, y me
encuentro en circunstancias humillantes. Tengo añoranza de mis viejas vistas
mentales y de mis viejas memorias. Para mí, aprender siempre me ha sido un
gozo, y me gustaría poder explorar nuevas sendas mentales”. iii
Por fin seremos santos. ¿No anhelas el tiempo en el que jamás vuelvas a pecar? Nunca
más entristeceremos el corazón de Cristo con nuestra tendencia a vagar. No habrá jactancia en
el cielo; ninguno de nosotros dirá que llegó a las puertas de perlas a través de nuestros
esfuerzos o carácter. No habrá envidia, críticas ni chismorreo. Nunca más la lujuria nos
afligirá. Todas las manifestaciones de la carne darán lugar al fruto del Espíritu: “amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza...” (Gá. 5:19-23). El Señor
nos presentará “sin mancha delante de su gloria con gran alegría” (Jud. 24).
Norman Clayton
La vida será libre de tensión, confusión y agitación. Las crisis de nervios y los
problemas emocionales quedarán en el pasado para siempre. Nadie recetará drogas como
Prozac.
“...Ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras
cosas pasaron” (Ap. 21:4). ¿Puedes imaginar cómo será tener un cuerpo totalmente resistente
al dolor? Nadie experimentará el sufrimiento de la artritis, piedras en los riñones, ni dolores
de muelas.
Las huestes redimidas del cielo no tendrán hambre ni sed, “porque el Cordero que
está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida” (Ap. 7:17).
Esta promesa produce gozo y anticipación especial para las personas que han padecido
hambre y escasez de agua en esta vida. Pero también se aplica a los que han tenido hambre y
sed de santidad, justicia y la venida del Salvador.
A la diestra de Dios disfrutaremos lo que nunca pudimos hallar aquí en este mundo:
plenitud de gozo y placeres para siempre (Sal. 16:11).
“El postrer enemigo que será destruido es la muerte” (1 Co. 15:26). ¡Y qué enemigo
nos ha sido éste! Piensa en los padres que han llorado al lado de la tumba de sus hijos, o las
multitudes sumergidas en profunda tristeza por los desastres como el Titanic, los bombardeos
y los atentados. Recuerda las guerras que han diezmado poblaciones, y las atrocidades como
el Holocausto. ¡Cuán aptas son las palabras de las Escrituras: “reinó la muerte” (Ro. 5:14,
17)! Pero ese reino será terminado abrupta y finalmente, y en el cielo gozaremos de la vida
que es eterna.
Cuando estemos allí con Él, en gloria y en cuerpos glorificados, esta será la
culminación del plan de Dios para las edades. Él estará satisfecho (Sal. 116:15). Mirándonos
con aquellos ojos radiantes y benignos, el Salvador se regocijará y nosotros también. Él verá
el fruto de la aflicción de Su alma, y quedará satisfecho (Is. 53:11). Y nosotros estaermos
satisfechos cuando veamos Su faz en justicia, cuando despertemos a Su semejanza (Sal.
17:15).
Frances Bevan
8
Con demasiada frecuencia la gente se imagina que el cielo será un lugar no sólo de
descanso sino además, de inactividad, algo como unas vacaciones que nunca terminan. Un
cristiano joven dijo: “Pienso que el cielo será aburrido, todo el día sentados en una nube
tocando el arpa”. ¿A quién le gustaría ir a un lugar tan soso y aburrido? ¿A quién le gustaría
ser eternamente tumbado en un sofá”?
Personalmente anticipo que habrá otras asignaturas. La misma Biblia, siendo un libro
infinito y eterno, será la base de un sin fin de estudios. A penas hemos rascado la superficie en
esta vida. Hay tesoros en las Escrituras que maravillarán nuestras almas en el otro lado. Hay
misterios inexplicables ahora que entonces se aclararán.
Es posible que cuando lleguemos al cielo, veamos desplegado delante nuestro todo el
panorama de historia bíblica. ¿Te gustaría ver lo que sucedió cuando Dios habló e hizo existir
los mundos? A mí, sí. ¿O cómo era el huerto de Edén antes de ser arruinado por el pecado?
Quizá te gustaría ver el arca de Noé flotando pacíficamente por encima de las montañas más
altas? ¿Cómo sería ver aquella escena conmovedora en el monte Moríah cuando Abraham
llevó a Isaac para sacrificarlo en holocausto a Dios? ¡Mira! He allí los hijos de Israel pasando
el mar Rojo y detrás suyo vienen las tropas de Faraón, persiguiéndoles. Otra escena será
cuando se dio la ley en el monte Sinaí, con relámpagos terribles. Después verás al pueblo de
Judá cautivo en Babilonia.
Piensa así. Los rayos de luz que alumbraron estos sucesos están en algún lugar en el
universo. Verdad es que han sido revueltos y distorsionados de modo que ya no se pueden
reconocer. Pero si Dios puede traer y formar de nuevo los cuerpos de los que han muerto en la
fe, ¿le sería imposible recuperar la luz de los eventos de Génesis a Apocalipsis para que los
veamos? Por supuesto que lo puede hacer. Pero no tendría que hacerlo. Simplemente podría
tocar el botón “play”, por así hablar, y el panorama se desplegaría delante de nuestros ojos.
Cuando desde la calle miramos un desfile, sólo vemos lo que pasa delante nuestro de
momento. Pero si pudiéramos colocarnos en un edificio alto, veríamos todo el desfile de
principio a fin. En el cielo estaremos a una altura suficiente para revelar todo el desfile de la
historia, desde la creación hasta los cielos nuevos y la tierra nueva.
Por otra parte, considera esto: La luz viaja a la velocidad de 299.790 kilómetros por
segundo. La vista histórica de lo que está sucediendo ahora tardará aproximadamente 1.660
años luz en llegar a Orión. Otra forma de decirlo es, si miramos Orión ahora, lo que vemos es
historia, algo del pasado en lugar de eventos corrientes. De hecho, si pudiéramos estar en
Orión y mirar la tierra con un telescopio potente, podríamos ver a Alejandro Magno en su
cenit (338-328 a.C.). O si pudiéramos mirar desde un lugar a una distancia de entre 2.000 y
2.100 años luz, podríamos ver la vida y los tiempos del Señor Jesús.
En la escuela del cielo es de esperar que el Señor nos enseñe las maravillas de Su
creación natural. Ahora vemos y entendemos muy poco, por ejemplo, las dimensiones del
universo estelar. ¿Quién puede dudar que: “en cuerpos resucitados, sin las cadenas de la
gravedad, los redimidos del Señor tendrán una eternidad para explorar lo infinito del espacio...
por fin el hombre llegará a las estrellas”?iv
Adoraremos al Señor por las maravillas del cuerpo humano: voz, vista, oído, tacto, gusto,
olfato. también por el corazón y el sistema circulatorio, la estructura del esqueleto, los
músculos, el sistema nervioso, y por los logros maravillosos del cerebro humano. Tendremos
respuestas a nuestras preguntas acerca de la mente, el alma y el espíritu, cosas que nunca
hemos llegado a entender ni apreciar correctamente.
Y preguntaremos atónitos cómo un pueblo racional jamás podía creer que todo
sucedió mediante algo como la evolución, ¡la idea absurda de que detrás de todo diseño
intricado no hubo diseñador!
La Providencia Divina
Por fin podremos mirar detrás de las escenas de la historia y ver cómo Dios estaba
obrando para el bien de los que le aman. Comprenderemos la cronología y la secuencia de los
hechos que en su momento nos parecieron abstractos. Entonces veremos claramente que nada
sucedió al azar, que no hubo accidentes, y lo que nos había parecido coincidencia era en
realidad providencia divina. Las cosas que no se realizaron, resulta que fue así por diseño
divino. Todo lo que nos pareció equivocado o desafortunado estaba bien.
En el cielo veremos cómo fuimos protegidos por el ejército invisible de Dios. Seremos
como aquel hombre de los días de Elías, que cuando el Señor abrió sus ojos, vio la montaña
llena de carros y caballos (2 R. 6:17). Estará claro que los que estaban con nosotros eran más
que las huestes de Satanás desplegadas en nuestra contra.
Será una revelación de cómo Dios guiaba a Su pueblo, cómo usó las tormentas para
Sus propósitos, cómo proveyó las necesidades de la vida y cómo hizo a la ira del hombre
alabarle. Veremos cómo los hilos oscuros del tapiz divino de nuestras vidas eran tan
necesarios como los de plata y oro, en Su plan para nuestras vidas.
Maxwell N. Cornelius
Tiempo de Testimonio
Los que antes eran ateos y agnósticos contarán cómo nunca hallaron paz hasta que la
hallaron en Cristo. Los críticos relatarán cómo intentaron desacreditar la Biblia, pero acabaron
siendo sus defensores más tenaces. Escucharemos cómo vidas de borrachera y perversión
fueron transformadas en santidad.
Los grandes mártires cristianos estarán allí con los salvos de la Reforma, redimidos
por la sangre preciosa de Cristo. Los que antes eran budistas, hindúes y musulmanes contarán
las circunstancias maravillosas por las que escucharon el evangelio y respondieron.
No muchos de los sabios, fuertes y nobles de este mundo estarán allí, pero habrá
multitudes de gente común que escuchó de buena gana la Palabra. Los que antes eran
católicos y protestantes, clero y laico, comunistas y capitalistas, testificarán acerca de cómo
experimentaron convicción de pecado y se volvieron al Salvador para recibir de Él el perdón.
Se unen en alabanza”.
A. T. Pierson
El cielo retumbará con los testimonios de la gracia de Dios que convence y convierte.
Otras Revelaciones
El gorrión y el cuervo,
T. T. Lynch
En este mundo se nos dio un vistazo de estas cosas. Pero en el cielo nos daremos
cuenta de que todo predicaba una lección espiritual, si sólo hubiéramos tenido oídos para oír.
¿Es posible que al llegar al cielo aprendamos que Dios tenía otros programas en
marcha en otros lugares aparte de la Tierra? No se me malentienda. La Tierra es el único
planeta que tiene vida como la conocemos. Es el único lugar donde Dios planeó la redención
de la humanidad. Sólo en la Tierra fue erigida la cruz. En estos sentidos nuestro planeta es
único. Pero un Dios tan grande como el nuestro podría muy bien tener otros programas en
otras esferas. En la Biblia encontramos referencias breves a principados y potestades,
gobernadores (huestes) en lugares espirituales. No hay nada en la Biblia que prohíba la idea
de que los propósitos de Dios sean llevados acabo en el espacio intergaláctico. Esos planes, si
existieran, por supuesto que no tendrían nada que ver con nuestra salvación.
“¡La realidad detrás de todo este “terror y grandes señales del cielo” (Lc.
21:11) sólo puede ser porque realmente hay vida en el espacio! Pero estos
habitantes vivos de las esferas celestiales no son ni super hombres en naves
espaciales, ni glóbulos de protoplasma en fase de evolución. Al contrario, son
“...ángeles poderosos en fortaleza” (Sal. 103:20), “espíritus ministradores ,
enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación”
(He. 1:14), esto es, los ángeles de Dios. También existe en los cielos una gran
hueste de ángeles rebeldes que siguen a “la serpiente, llamado diablo y
Satanás, que engaña al mundo entero” (Ap. 12:9).” v
Será un tiempo glorioso. Con nuevo entendimiento, todos confesaremos: “En cuanto a
Dios, su camino es perfecto”. Samuel Medley (1738-1799) lo expresó bien en su himno:
El Lugar
Hay una palabra que describe al cielo mejor que cualquier otra: gloria. De hecho, a
veces es empleada como sinónimo para el cielo (Sal. 73:24; Col. 3:4; He. 2:10). El lenguaje
humano no alcanza describir su esplendor, así que Dios emplea objetos de magnificencia y
elegancia para comunicar una idea, aunque débil, de nuestra patria. Por supuesto que Él tiene
cuidado de no revelar demasiado, porque entonces estaríamos tan ansiosos por salir de este
mundo que no estaríamos dispuestos a cumplir nuestros deberes cotidianos. Así que,
tendremos que estar satisfechos con esto: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido
en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9).
Al pensar en la gloria, podríamos recordar las bodas de los ricos y famosos, las
coronaciones de realeza o las ceremonias del comienzo de los juegos olímpicos. Por hermosos
que sean estos sucesos, hay una gloria que los excede a todos.
“Piensa...
Autor desconocido
Los capítulos de la Biblia más consultados para saber cómo será en cielo son los dos
últimos de Apocalipsis. Realmente estos capítulos describen la santa ciudad, la Nueva
Jerusalén. Pero somos justificados al usar estos capítulos como una referencia al cielo, porque
lo que es verdad acerca de una parte (la cuidad celestial) es también verdad acerca de la
totalidad (todo el cielo). Esto será en la eternidad, porque el primer cielo y la primera tierra
vi
habrán pasado. Se contempla la ciudad como descendiendo del cielo, de Dios, como una
novia adornada para su esposo.
Inmediatamente nos impresiona la abundancia de oro. En un lugar Juan dice que la
ciudad es como oro puro, semejante al vidrio limpio (Ap. 21:18). Entonces dice que la calle es
de oro puro, transparente como vidrio. Aquí tenemos varios puntos interesantes. Primero, todo
el oro que ha sido minado en el mundo sólo llenaría 17.68 metros cúbicos. estamos hablando
de sólo 115.000 toneladas métricas. El oro abunda en el cielo. Segundo, el oro de allí es
transparente. Nuestro oro es puro cuando es de 24 quilates, pero no es transparente. La
definición celestial del oro debe ser distinta a la nuestra; el oro del cielo es sobremanera puro.
Tercero, los valores del cielo son distintos a los de la tierra. Lo que los seres humanos valoran
como dinero y joyas es como cemento o asfalto en el cielo. Lo que para un joyero aquí es un
tesoro, en el cielo ocupa el lugar de ladrillos, madera y cemento.
Las murallas y puertas de una ciudad normalmente son hechas para protección. En el
cielo no habrá necesidad de sistemas de seguridad. Las puertas no se cierran nunca. Al
contrario, son diseñadas para ser un adorno hermoso. Por ejemplo, cada una de las doce
puertas es una gran perla, donde está grabado el nombre de una de las tribus de Israel.
Las murallas son de jaspe y tienen doce fundamentos. Cada fundamento tiene el
nombre de uno de los apóstoles y está decorado con joyas de varios colores. Han sido cortadas
y limpiadas, y ahora relucen radiantemente, reflejando la luz de la gloria de Dios.
Ésta es la única ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Existe en gran contraste a las ciudades del mundo, llenas de contaminación y un sin fin de
otros problemas.
Allí no hay noche (Ap. 21:25; 22.5). En la tierra, la noche es el tiempo cuando
florecen el crimen y la injusticia. Pero también es el tiempo cuando los santos que sufren
anhelan ver los primeros rayos del alba. En el cielo, estaremos en la tierra del día eterno,
donde la luz es cual piedra de jaspe, diáfana cual cristal (21:11). No procede del sol, ni de la
luna, sino de la gloria de Dios.
No hay más mar (21:1). Los seres amados no están separados por kilómetros de agua.
No hay temporales terribles, ni tragedias tristes en las profundidades, ni se ahogan
accidentalmente los niños en la playa.
Las glorias del cielo quedan más allá de los poderes descriptivos del ser humano, y
sobrepasan nuestro entendimiento. Calles de oro. Puertas de perlas. Joyas de belleza
incomparable. Pero Spurgeon tiene razón al decir:
“Las calles de oro tienen poco atractivo para nosotros, y las arpas angelicales
poco nos encantarán, en comparación con el Rey sentado en medio del trono.
Es Él quien captará nuestra mirada, ocupará nuestros pensamientos,
encadenará nuestros afectos y conmoverá todas nuestras pasiones sagradas al
más alto tono de ardor eterno. ¡Veremos a Jesús!”
10
Adoración y Canción
Algunos de nuestros momentos más sagrados de esta vida han sido cuando
adorábamos al Señor en la Santa Cena. Los cielos se inclinaba y la presencia del Señor estaba
allí. Era como si estuviéramos en el vestíbulo del cielo. Semejantes experiencias simplemente
eran un pequeño anticipo de lo que nos espera cuando los símbolos del pan y el vino den paso
al mismo Señor.
Si adorar al Señor Jesús tiene tanto sentido ahora, ¡cuánto mejor adorarle y alabarle
cara a cara! Edward Denny, escritor del siguiente himno, lo expresó así:
El Dr. J. Vernon McGee señaló que cada vez que leemos del cielo en el libro de
Apocalipsis, vemos a los santos allí postrándose a adorar o levantándose después de hacerlo.
Añadió: “Si no te gusta adorar a Dios, no te gustaría el cielo, porque es lo que nos ocupará
allí.
vii
El problema por ahora es que nuestra adoración está estropeada debido a que pensamos en
nosotros mismos, nuestra mente divaga, y tenemos orgullo, motivos incorrectos y
pensamientos inadecuados acerca de Dios. John Newton escribió: “Débil es el esfuerzo de
nuestro corazón, y el pensamiento más caluroso, frío está”. Entonces agregó: “Pero cuando Te
veamos como eres, Te adoraremos como debemos”.
En el cielo nuestro amor, alabanza y adoración no tendrán las manchas del pecado.
Ningún impedimento ni distracción nos limitará. Tendremos más capacidad de adoración. En
aquel entonces, saldrán sin impedimento la gratitud y el homenaje que sentimos ahora pero no
podemos expresar. Alguien dijo que entonces podremos mostrar al Señor un amor que si fuera
derramado en nuestro corazón ahora, lo reventaría. Como hombre de raíces escocesas y que
siente dificultad para mostrar o recibir amor, espero que entonces perderemos nuestras
reservas y podremos abrazar abiertamente al Señor sin sentir vergüenza.
En un crescendo de alabanza, las canciones atribuyen al Señor una gloria cada vez más
grande:
· Gloria e imperio (1:6b).
Si pudiéramos juntar todos los grandes músicos del mundo y con ellos llenar una sala
de concierto con la música sinfónica más melodiosa que se pueda imaginar, su actuación
quedaría pobre ante la de todos los redimidos de todas las edades. En aquella gran
congregación estarán todos los creyentes, cientos de miles y miles de miles, y todos cantarán
en armonía perfecta, sin ninguna nota fuera de tono.
Servicio
Todos nuestros hechos serán motivados por nuestro amor a Él. Nunca entrará en
nuestra cabeza la idea de recompensa o galardón. Le serviremos porque le amamos. Esto
proveerá una forma muy satisfactoria de expresar más plenamente el amor de nuestro corazón
al que nos compró con Su sangre preciosa. Es así de sencillo.
Nuestro servicio nunca será monótono. En este mundo para muchas personas el
trabajo ha sido a menudo una rutina, una repetición constante sin novedad. Piensa en servicio
que es siempre agradable e interesante. Así será.
En esta vida el servicio muchas veces ocasiona sudor y fatiga. Sabemos por
experiencia propia lo que el Señor quería decir cuando le dijo a Adán: “Con el sudor de tu
rostro comerás pan” (Gn. 3:19). Pero entonces, en el cielo, no habrá más maldición sobre la
creación. Aunque suene extraño y contradictorio, nuestro servicio en el cielo significará
descanso perfecto.
Será servicio sin cesar, porque Sus siervos le sirven día y noche (Ap. 7:15). La
eternidad será demasiado corta para hacer suficiente por Aquel que dio Su vida por nosotros.
“Sus siervos le servirán con un servicio que es perfecto y será una delicia
perfecta. Aun ahora no hay servicio tan fructuoso y alegre como el servicio de
Dios; pero entonces el ministerio sacerdotal estará libre de todo cansancio,
imperfección e impedimento”. ix
Charles R. Erdman
12
Recompensas
El cielo será un lugar de recompensas dadas por el Salvador mismo. A lo largo de los
siglos Él ha guardado con detalle y precisión toda la información. No descasará satisfecho
hasta que salga a luz todo lo que ha sido hecho para Él. Su benignidad pagará la benignidad
de Su pueblo.
El Tribunal de Cristo
Pero, espera. ¿Hemos olvidado que las palabras tienen otro sentido? ¿Por qué no
pensamos en los jueces en los juegos olímpicos o en una feria de flores o algún concurso? En
esas situaciones no es cuestión de escuchar evidencia ni pronunciar culpa o inocencia. No se
sentencian los atletas a la prisión. Las flores no son declaradas dignas de muerte. Es cuestión
de otorgar premios por excelencia en llegar a metas predeterminadas. Así será el Tribunal de
Cristo.
Así que, al venir a este tema tenemos que quitar de nuestra mente cualquier idea de
pecado y juicio. Los pecados del creyente—pasados, presentes y futuros—fueron juzgados en
el Calvario cuando el Señor Jesús como Sustituto pagó el precio completo. Él resolvió de una
vez por todas la cuestión del pecado. Los cristianos nunca entrarán en juicio por sus pecados;
han pasado de muerte a vida (Jn. 5:24). Porque están en Cristo Jesús, están libres de
condenación (Ro. 8:1).
El Tribunal de Cristo será el tiempo cuando la vida y el servicio del creyente serán
revisados y recompensados. El lugar será el cielo. El juez será Cristo. Todos los creyentes
comparecerán. Pablo da la descripción más completa del Tribunal en 1 Corintios 3:9-17,
Así que, vemos que todo lo que haya sido hecho para la gloria de Dios—Pablo lo
llama: oro, plata, piedras preciosas—será recompensado. Todo lo demás será quemado y el
obrero sufrirá pérdida. Pero él mismo será salvo. Es cuestión de servicio, no de salvación.
No hay nada secreto acerca de los principios que el Juez seguirá al revisar y
recompensarnos. Él ha sido completamente abierto con nosotros para que sepamos antes
cómo correr para ganar. He aquí unas de las consideraciones Suyas en aquel día.
La fidelidad será premiada y no el lugar del éxito (Mt. 25:21, 23; 1 Co. 4:2). No
siempre podemos tener éxito, pero podemos ser fieles.
No es cuánto don o habilidad tenemos, sino cómo lo hemos empleado (Mt. 25:15-28;
Lc. 19:13-28). No hemos sido creados iguales. Pero el Señor basa Su juicio en cómo cada uno
ha empleado lo que Él le ha dado.
No es tanto la clase de servicio rendido, sino el espíritu con el que ha sido hecho (Col.
3:22-24). Debemos hacerlo como para el Señor, y no para los hombres. Y debemos recordar
que a Él no le agrada un espíritu de regateo que dice “¿qué tendré?” (Mt. 19:27-30).
El deseo será premiado aun cuando haya sido imposible realizarlo (1 R. 8:18; 2 Co.
8:12). A David no se le permitió edificar el templo, pero Dios le felicitó el haber tenido el
deseo en su corazón.
No es la cantidad lo que vale, sino la actitud de corazón (Mt. 10:42). La viuda que
echó sólo dos blancas en la ofrenda es un recuerdo perpetuo de esto (Lc. 21:2).
No es lo que ven los demás, sino lo que Dios ve y sabe (Mt. 6:1-18). Si hacemos algo
para ser aprobados públicamente, y lo es, ya hemos recibido nuestra recompensa, esto es, con
aprobación pública.
Cualquier cosa hecha para el pueblo del Señor será reconocida como hecha para Él
(Mt. 25:40). Esto abre vastas oportunidades para alimentarle, vestirle, visitarle y servirle tan
verdaderamente como si Él estuviera físicamente presente.
No carece de sentido ninguna cosa buena hecha para el Señor y para Su gloria; todo
será gratificado (Ef. 6:8). No hay distinción entre lo secular y lo sagrado. El servicio humilde
de uno que hace limpieza, cuando es hecho para la gloria de Dios, es tan sagrado como el
ministerio espiritual en la asamblea.
De ahí que no cuenta nuestra posición social (Ef. 6:8). Un jornalero emigrante que
trabaja en el campo no es excluido de las mejores recompensas en el Tribunal de Cristo. Los
cristianos prominentes no tienen preferencia sobre los ordinarios. Los primeros convertidos en
la época cristiana no tendrán ventaja sobre los que vivan en el tiempo del rapto.
Coronas
Está la corona de regocijo para los que fielmente ganan almas (1 Ts. 2:19).
Hay la corona de justicia para los que aman Su venida (2 Ti. 4:8). Cuando Pablo habla
de amar la venida de Cristo, no quiere decir tener pensamientos sentimentales y agradables
acerca del rapto. Al contrario, significa vivir a la luz de Su venida: vigilando, esperando,
orando y sirviendo.
Está la corona de vida, para los que perseveran fieles a Dios bajo tentación (Stg. 1:12).
Si olvidamos esto, descendemos en la tierra resbaladiza de tentación. Hay recompensa para
los que en lugar de ceder a la tentación, dicen: “no”.
Pedro nombra la corona de gloria para los que son fieles pastores de las ovejas de
Cristo (1 P. 5:4).
Pablo luchó para ganar la corona incorruptible que es para los que ejercen dominio
propio en la carrera cristiana (1 Co. 9:25).
Hay una corona especial para los mártires, los que han sido fieles hasta la muerte (Ap.
2:10).
Los cristianos estamos bastante de acuerdo que el único uso apropiado de estas
coronas será ponerlas con adoración a los pies del Señor Jesús, quien es el único digno.
Otras Recompensas
Hay otras recompensas. El Salvador prometió que cualquiera que le confiesa delante
de los hombres, Él le confesará delante de Su Padre en el cielo (Mt. 10:32). ¡Piensa en el
honor de ser nombrado así por el Hijo de Dios delante del Soberano del universo!
Se hacen promesas especiales a los vencedores, esto es, a cualquiera que confiesa que
Jesucristo es el Hijo de Dios (1 Jn. 5:5), que con fe vence el mundo (5:4), y que vence al
maligno y sus falsos maestros (2:13-14; 4:4). Comerá del árbol de la vida (Ap. 2:7). Comerá
del maná escondido, y se le dará una piedrecita blanca en la cual está escrito un nombre
nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe (Ap. 2:17). Recibirá poder sobre las
naciones y se le dará la estrella de la mañana (Ap. 2:26-28), y será vestido de vestiduras
blancas (Ap. 3:5). Su nombre no será borrado del libro de la vida, y además, será confesado
delante del Padre y delante de Sus ángeles (Ap. 3:5). Será hecho columna en el templo de
Dios, y sobre él estará escrito el nombre de Dios, y el nombre de la ciudad de Dios, la nueva
Jerusalén (Ap. 3:12). Se sentará con Cristo en Su trono (Ap. 3:219.
Esto levanta una cuestión crucial: “¿Cómo se determina nuestra capacidad para
disfrutar al Señor y las glorias de la casa del Padre?” Esto lo hacemos nosotros,
preparándonos en este tiempo para la eternidad. Permíteme sugerir algunas formas
específicas.
Segundo, cuanto mejor aprendamos a adorar al Salvador aquí en este mundo, más
podremos apreciarle y adorarle cuando nos juntemos a Sus pies en el cielo. El Cristo nos será
bien conocido.
Hacemos tesoros en el cielo a través de las almas que conducimos al Señor Jesús.
Spurgeon comentó: “Una razón por la que unos santos tendrán más plenitud que otros es
porque hicieron más para el cielo que otros. Por la gracia de Dios les fue posible llevar allí
más almas”.
Jaime se convirtió dos años antes de su hermano. Realizó avances asombrosos como
administrador de ventas internacionales. A su familia no le faltó nada en cuanto a los placeres
y las comodidades materiales. Pero su negocio le consumió. Él nunca supo trazar una raya de
límite para su carrera sin permitirle ir más allá.
Ambos eran salvos. Ambos estaban seguros del cielo por medio de los méritos de
Cristo. Pero David es a quien irías para comprender algo de la Palabra, o para contarle algún
problema espiritual. Siempre hablaba inteligentemente y con entusiasmo acerca del Señor
Jesús.
Podríamos decir que ambos hombres disfrutaban al Señor, pero David tenía mayor
capacidad de ello. Ambos tenían su copa llena, pero David tenía una copa más grande. Así
será en el cielo.
13
En años recientes las librerías seculares han hecho gran negocio con la venta de libros
que tratan las experiencias de los que dicen que han muerto y en seguida han vuelto a vivir.
Betty Eadie escribió Embraced by the Light (“Abrazado por la Luz”). Raymond Moody
contribuyó el título: The Light Beyond (“La Luz del Más Allá”). Otros autores como Elisabeth
Kubler-Ross añadieron sus puntos de vista sobre el tema.
No ignoramos sus artimañas. Él viene para hurtar y matar y destruir. La gente piensa
que todo está bien, pero entonces morirá y abrirá los ojos en las densas tinieblas para siempre.
Habiendo dicho esto, afirmo que creo que a veces los verdaderos creyentes pueden
gustar de antemano la gloria, antes de morir. Algunos ven al Salvador en Su esplendor
radiante. Otros tienen vistas del cielo mismo.
Esteban
Esteban, el primer mártir de la Iglesia cristiana, tuvo semejante visión. Mientras que la
turba con furia le estaba apedreando, “vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra
de Dios” (Hch. 7:5). Esto cambió todo. La amargura de la muerte ya había pasado. Unas
cuantas piedras fatales no importaban cuando él podía ver la gloria de Dios y al Salvador allí,
listo para recibirle. Con aplomo perfecto, Esteban oró: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”.
Entonces, con perdón perfecto, clamó: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado”.
La Coronación de Moody
Justo antes de morir Dwight L. Moody, su hijo mayor le escuchó decir: “La tierra
retrocede, el cielo se abre, Dios está llamando”. La familia se juntó rápidamente alrededor de
su cama. Moody pregunto: “¿Es ésta la muerte? No hay valle. Esto es gozo; es glorioso”.
Cuando su hija Emmy comenzó a orar para que se recuperara, él dijo: “No, no, Emmy. Dios
está llamando. Éste es el día de mi coronación. Lo he estado anticipando”. Después de que
una persona ha visto al cielo, este mundo no tiene atracción.
Cuando Frances Ridley Havergal se estaba muriendo, cantó una canción de victoria y
del cielo. Su cara se volvió radiante, como si mirara el Señor en la gloria. Uno de sus
parientes dijo: “Sabíamos que estaba reunida invisiblemente con su Rey, porque su rostro
estaba gozoso, como si ya hubiera hablado con Él. Entonces, intentaba cantar otra vez, pero
después de una nota dulce y aguda, su voz falló. Mientras que su hermana encomendaba su
alma a Dios, ella se deslizó y se fue”.
x
El Triunfo de un Padre
Cristy Wilson, misionero veterano, relata acerca de cuando su padre fue llamado a su
hogar celestial.
“En el último día de su vida, todos estábamos con él: mi madre, mi hermano
Jack, mi hermana Nancy, mi esposa Betty y un servidor. Notamos que él
estaba cada vez más débil y que tenía dificultad para respirar. Así que le
pregunté si quería sentarse en el lado de la cama. Respondió que le gustaría.
Me senté al lado suyo y tenía mi brazo alrededor de sus hombros. Sentado allí,
él lanzó su mirada al cielo y oró: “Señor Jesús, ayúdame”. Entonces su cara se
volvió radiante.
“¡Veo a Jesús!” exclamó. “¡Veo al Señor!” Ninguno de nosotros vio a Cristo,
pero él sí. Vio al Señor en toda Su gloria, tal como lo había visto Esteban.
Entonces mi padre dijo: “Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su
santo nombre”. Estaba tan emocionado.
Entonces cantamos sus himnos favoritos. Entre ellos estaba Sublime Gracia.
La última estrofa dice así:
¡Oh Gracia!
Una vez tenía un vecino en el apartamento al lado del mío, que tenía una disposición
muy desagradable. Parecía que había sido criado comiendo cosas amargas. Otro problema era
que tenía una enfermedad terminal. Pero en los últimos años de su vida, Jim fue salvo,
verdaderamente salvo. Era un tizón arrebatado del incendio.
Yo estaba de viaje en el extranjero cuando él fue llevado al hospital por última vez.
Cuando regresé, su esposa, Marge, me dijo que el último día de su vida ella estaba al lado de
su cama. De repente le vio sentarse en la cama, mirar intensamente como si mirara lejos, y
exclamar: “¡Oh, Marge!” Ella dijo que nunca le había escuchado hablar con tanto entusiasmo.
Pienso que Jim había visto la gloria del Señor. Entonces, se acostó de nuevo y murió.
Kamwandi
Pero la infección volvió, y empeoró, por lo que tuvo que volver al hospital. Anduvo de
casa en casa hablando a los pacientes acerca del Redentor. Entonces, un día llamó a la gente a
su casa y dijo: “Escuchad, les escucho cantando. ¡Oh, qué canciones más bonitas!”, y murió
con una sonrisa radiante en la cara.
xii
Cuando cinco misioneros jóvenes murieron traspasados por las lanzas de los indios
Waorani (Aucas) en Ecuador, no había indicación de que tuvieran una experiencia especial de
estar cerca de la muerte. Pero treinta y tres años más tarde, Olive (Fleming) Liefeld, la viuda
de uno de los cinco (Peter Fleming), visitó la zona donde vivían los indios. Ella y su esposo
Walter se maravillaron al saber que dos de los indios que estuvieron presentes en la matanza
habían escuchado canciones. Encima de los árboles vieron una multitud de personas con
cientos de luces brillantes.
¿No es razonable creer que esto fue un grupo de bienvenida organizado por Dios, para
transportar a los misioneros por los portales de esplendor?
xiii
La pregunta es, si esto le sucede a cada hijo de Dios antes de morir, o no. Puede que
no nos demos cuenta en el caso de muchas personas, quizá porque no vemos una expresión
especial de gozo o delicia. Puede que no haya ninguna manifestación especial de emociones.
Pero aun así, ¿no podría ser experimentado por el que muere?
Podemos estar seguros de que Dios da gracia para morir cuando llega el momento. Él
prometió: “Bástate mi gracia” (2 Co. 12:9). En otro lugar leemos: “como tus días serán tus
fuerzas” (Dt. 33:25b). Puede que temblemos hoy al pensar en la muerte, pero esto no es causa
de preocupación. No tenemos hoy la gracia para morir, porque no la necesitamos. Podemos
estar seguros de que si vamos a morir, recibiremos fortaleza para enfrentarlo con calma y
certidumbre.
Quizá hayas oído la expresión: “Gracia de mártires para días de mártires”. Esto
significa que Dios dio gracia especial a los mártires para testificar heroicamente para el Señor
Jesús mientras que eran terriblemente atormentados. Leemos aquellas historias y pensamos
que nosotros nunca podríamos hacer estas cosas. Por supuesto que no. Pero si el Señor te
llamara mañana a ser quemado vivo, te daría la fuerza sobrenatural para enfrentarlo con
aplomo y paz. Es inútil preocuparse por la muerte antes del tiempo. Si el momento llega,
podemos estar seguros de que el Buen Pastor estará con nosotros en el valle de la sombra de
la muerte. No estaremos solos. Y si Él está con nosotros, esto es todo lo que importa.
14
La Comida en el Cielo
¿Comeremos en el cielo? ¿Por qué no? Ciertamente es posible. El Señor Jesús comió en Su
cuerpo resucitado y glorificado. Sus discípulos le dieron “parte de un pez asado, y un panal
de miel, y él lo tomó, y comió delante de ellos” (Lc. 24:42-43). Puesto que tendremos cuerpos
glorificados como el Suyo (Fil. 3:21), es muy posible que nosotros también comamos.
No sólo es posible, sino que es probable. Piensa en la cena de las bodas del Cordero,
donde estarán presentes todos los creyentes. “Bienaventurados los que son llamados a la cena
de las bodas del Cordero” (Ap. 19:9). Obviamente, una cena significa que habrá algo de
comer.
Además, el reino del cielo es comparado a una fiesta de boda (Mt. 22:1-14), y a una
gran cena (Lc. 14:15-24). ¡Qué apropiado! El reino se caracterizará por el gozo, la comunión
y la celebración que están asociados con semejantes ocasiones.
Maná es una de las cosas que están en el menú del cielo (Ap. 2:17), y también está la
fruta (Ap. 22:2).
Jesucristo dijo: “vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con
Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos” (Mt. 8:11). Sentarse con los patriarcas
significa conversar con ellos, tener comunión con ellos. Al menos hay aquí la sugerencia de
que será una mesa llena de cosas buenas que comer.
Es verdad que no sabemos casi nada acerca de la fisiología del cuerpo glorificado,
pero basta saber que será capaz de disfrutar comida y bebida sin ninguno de los procesos que
ahora son el resultado del pecado.
Las religiones paganas a menudo retratan al cielo como un lugar donde se satisfacen
los apetitos animales mediante comilonas, gran consumo de vino, y generalmente en estar de
juerga licenciosa. ¡Cuán distinta es la forma cuidada y santa en que las Escrituras tratan el
tema de nuestro comportamiento piadoso en el reino eterno!
15
¿Matrimonio en el Cielo?
Nuestro Señor aclaró a los saduceos, los liberales de Su día, que en el cielo la gente ni
se casa ni se da en casamiento, sino que en este respecto son como los ángeles (Mt. 22:30).
Esto se dijo en respuesta a un rompecabezas hipotético que ellos levantaron para hacer que la
resurrección pareciese ridícula. Siete hermanos se casaron sucesivamente con la misma mujer
al morir el marido anterior. La pregunta era: “¿De quién será la mujer en la resurrección?”
La pregunta mostró una gran ignorancia de las Escrituras y del poder de Dios. La
Biblia enseña la verdad de la resurrección, y Su poder la garantiza.
La respuesta del Señor no significa que los creyentes glorificados serán ángeles. Ni
tampoco significa que no tendrán sexo. No significa que un marido no reconocerá a su esposa.
Ciertamente, no nos percataremos de las cosas menos en el cielo que en la tierra. Pero la
palabra del Señor significa que la relación del matrimonio no continuará en el cielo, y no se
engendrarán hijos.
Era una costumbre judía en tiempos bíblicos que el hombre iba a la casa de su novia
prospectiva para arreglar el pacto del desposorio. Esto era similar a lo que conocemos como el
compromiso de noviazgo, pero era más comprometedor. El pacto incluía un precio, una dote,
pagado al padre de la novia. Una vez pagada, el novio volvería a la casa de su padre para
preparar una morada. Puede que no viera a su novia durante un año.
Al final de ese tiempo, él y sus amigos irían para reclamar a su novia y llevarla al
lugar que él había preparado con amor y cuidado. La novia sabía que él volvería, pero no
sabía exactamente cuándo. Finalmente, en la casa de su padre, se consumaba el matrimonio.
Después de más o menos una semana, el novio presentaba a su novia a los invitados a la boda.
Era entonces que se celebraba una cena matrimonial, o banquete de boda, con gran
celebración y festividad.
Tome lugar la fiesta en el cielo o en la tierra, lo importante es estar seguro de ser uno
de los que estarán allí.
17
¿Qué lugar en el plan de salvación de Dios tienen los bebés que han muerto? Bueno,
personalmente opino que se les asegura un lugar en el cielo por toda la eternidad. La promesa
más clara acerca de esto se encuentra en Mateo 19:14 donde Jesús dice a Sus discípulos:
“Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de los
cielos” (ver también Mr. 10:14; Lc. 18:16). Esta frase: “de los tales es el reino de los cielos”
es decisiva. No deja lugar para discusión. No requiere que los bebés sean creyentes, que sean
bautizados, ni ninguna otra condición impuesta por los hombres.
Una prueba similar se encuentra en Mateo 18:3, donde el Salvador dice: “De cierto os
digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Se
debe notar que no dijo que los niños pequeños tienen que volverse como adultos. Es al revés.
Los adultos tienen que volverse como niños.
Muchos padres doloridos han hallado consuelo en las palabras que dijo David cuando
murió su hijo: “Yo voy a él, mas él no volverá a mí” (2 S. 12:23). David no mencionó
específicamente el cielo, pero no es un error leer esto en su consolación.
Cuando nuestro Señor hablaba de los niños, dijo: “Porque el Hijo del Hombre ha
venido para salvar lo que se había perdido” (Mt. 18:11). Cuando se refería a los adultos, en
cambio, dijo: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”
(Lc. 19:19). En un sentido Él tenía que buscar a los adultos, pero no era así con los niños
pequeños.
Pero esto hace surgir una pregunta. Puesto que los bebés y niños pequeños son
pecadores por naturaleza y práctica, ¿cómo puede un Dios santo llevarlos al cielo a menos que
nazcan de nuevo? La respuesta se halla en el carácter de Dios: “El Juez de toda la tierra, ¿no
ha de hacer lo que es justo?” (Gn. 18:25). Aunque es verdad que estos pequeños son
pecadores, también es verdad que todavía no son capaces de aceptar ni rechazar al Salvador.
En tal caso, Dios puede imputar el valor de la obra sustitutiva de Cristo a favor de ellos,
aunque no sepan nada del Calvario. Están seguros mediante la sangre de Jesús.
Todavía surge otra pregunta. ¿A qué edad viene un niño a ser personalmente
responsable para responder al evangelio? En otras palabras, ¿cuál es la edad de
responsabilidad? No hay ninguna edad específica para todos. Es algo que varía de individuo a
individuo. Cuando un joven ha recibido una presentación buena y fiel del evangelio, y cuando
es capaz de responder a las buenas noticias y creer en el Salvador, entonces el niño es
responsable ante Dios y necesita convertirse.
Una pregunta más. ¿Los bebés se quedarán en su infancia en el cielo, o habrá
crecimiento para ellos? Por un lado, pare difícil pensar en el cielo sin bebés, cuando nos dan
tanto gozo en esta vida. Si la gente envejeciera allí como en la tierra, entonces el cielo sería un
gran centro geriátrico. Cuando los discípulos vieron a Moisés y Elías en el monte de
Transfiguración, no hay nada que sugiera que fueran muy ancianos. Erwin W. Lutzer escribe:
“De esto podemos estar seguros. Un niño en el cielo estará completo. O el niño
parecerá cómo hubiera sido si hubiera crecido normalmente, o sus capacidades
mentales y físicas serán aumentadas para darle una igualdad con los demás
redimidos. El cielo no es un lugar para ciudadanos de segunda clase. Toda
minusvalía será quitada. El cielo es un lugar de perfección”. xiv
Dicho todo esto, todavía tenemos que admitir que no sabemos todas las respuestas
acerca de los bebés y el cielo. La Biblia no nos da una explicación detallada. Pero podemos
descansar seguros de que Dios lo tiene todo solucionado de manera que fascinará, placerá y
satisfará a todo Su pueblo.
18
¿Saben los santos en el cielo lo que está sucediendo en la tierra? Si es así, ¿cuánto
saben?
Primero, podemos decir con certeza que no saben todo. Los que están en sus cuerpos
glorificados nunca compartirán lo que llamamos los atributos incomunicables de Dios, tales
como omnisciencia, omnipotencia y omnipresencia. Cuando Juan dice que seremos como el
Salvador (1 Jn. 3:2), se refiere a la similitud espiritual y moral. Cuando Pablo dice que
conoceremos tal como somos conocidos (1 Co. 13:12), está diciendo que nos reconoceremos
en el cielo. Pero queda esta pregunta: ¿Hay sucesos en la tierra que son conocidos por los
ocupantes del cielo?
Parece estar claro que cuando un pecador se salva, la gente en el cielo lo sabe. En las
parábolas de la oveja perdida y la moneda perdida, el Señor Jesús dijo que hay regocijo en la
presencia de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lc. 15:7, 10). Esto no
limita el regocijo a los ángeles. Lo extiende a todos los que están en presencia de los ángeles,
lo cual seguramente incluye a los redimidos que están en la gloria. D. L. Moody comenta:
También es probable que cuando vuelve uno que se ha alejado del Padre, el cielo
irrumpe en regocijo. Podemos deducir esto de la parábola del hijo perdido (Lc. 15:22-24).
Nuestro Señor describió con viveza la celebración que hubo cuando aquel padre terrenal dio
la bienvenida a su hijo pródigo. Si esto es verdad en un sentido terrenal, cuánto más en un
sentido celestial. El Padre celestial no va a hacer menos, y las festividades serán compartidas
por toda la multitud en el cielo.
Hay algo más que los santos en el cielo saben, esto es, cuando un creyente se presenta
como sacrificio vivo a Dios (Ro. 12:1-2). Esto es lo equivalente en el Nuevo Testamento al
holocausto del Antiguo Testamento. Aquello era conocido como la ofrenda de olor grato. Esto
significa que la fragancia dulce de la ofrenda ascendía a Dios. Cuando el Señor Jesús se
presentó a Dios para ser completamente consumido en el Calvario, Pablo lo describió como
“ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). El cielo se llenó del aroma fragante.
¿Por qué vamos a dudar de que esto también sucede cuando un creyente presenta su vida y
voluntad al Señor para hacer lo que Él mande?
Ésta no es la única vez que el lugar del trono se llena de dulce perfume. Los filipenses
habían enviado a Pablo una ofrenda para ayudarle con sus necesidades temporales. Al
responder dándoles las gracias, el apóstol la describe como “olor fragante, sacrificio acepto,
agradable a Dios” (Fil. 4:18). De ahí concluyo que cualquier acto de benignidad hecho en el
nombre del Señor Jesús es conocido en el cielo por la fragancia que emite.
Finalmente, me gustaría sugerir que las oraciones de los santos son conocidas en el
cielo. En Apocalipsis 8:3-4, Dios corre el telón y vemos a un Ángel de pie al lado del altar
con un incensario de oro. Creemos que es el Señor Jesús, porque Él es el único Mediador
entre Dios y los hombres. Él toma una gran cantidad de incienso y lo ofrece con las oraciones
de todos los santos, sobre el altar delante del trono. “Y de la mano del ángel subió a la
presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos” (v. 4). Una vez más
el cielo se llena de incienso, la fragancia de la Persona y obra de Cristo. Toda aquella escena
es pública. Todo el cielo se llena del olor fragante.
Alguien dijo una vez que el pecado secreto es escándalo abierto en el cielo. Pues,
ciertamente es verdad que es conocido por Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pero no encaja
en la descripción bíblica del cielo pensar en la entrada de cualquier cosa que ocasione tristeza,
dolor o contaminación. Estamos más seguros si limitamos nuestra respuesta a cinco cosas que
suceden en la tierra que son conocidas por los redimidos en el cielo: la salvación de un
pecador, la restauración de un creyente que se había alejado, la consagración de un santo,
cualquier acto benigno hecho en nombre del Salvador, y las oraciones de los creyentes.
19
Quizá los amantes de los caballos encuentren consuelo al leer de los caballos que salen
del cielo (Ap. 6:2, 4-5, 8; 19:11). Los cinco caballos a los que se refieren podrían ser caballos
reales que han sido comisionados para una ocasión específica. Vistos como saliendo de los
cielos atmosféricos, están diseñados para representar conquista, guerra, hambre, muerte y
juicio.
Es verdad que en la Reina Valera hay referencias a los seres vivientes en el cielo, pero
esto no significa “bestias” como en algunas traducciones, sino más bien querubines (ver Ez.
1:5-10; 10:20). El texto aclara que son personas con intelecto, emociones y voluntad.
Salomón escribió: “Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a
las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma
respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. Todo
va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. ¿Quién sabe
que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende
abajo a la tierra?” (Ec. 3:19-21). Sin embargo, esas palabras no son revelación divina, sino la
especulación de un humano que lo cuestionaba todo. Son palabras de un hombre que miraba
las cosas “debajo del sol” (expresión hallada veintiuna veces en el libro). Salomón estaba
diciendo lo que todos diríamos si no tuviéramos la Biblia.
Una vez una mujer se acercó al hermano H. A. Ironside al final de una reunión, y le
preguntó: “Dr. Ironside, ¿tendré a mi perro en el cielo?” En lugar de reprocharla, su respuesta
fue tanto benigna como cierta. Respondió: “Sí, señora, [pausa] si lo desea”.
20
No hay palabras que si quiera se aproximen a una descripción adecuada de las glorias
del cielo. Ninguna mente mortal puede comprenderlo. Pero Dios nos ha dicho suficiente al
respecto como para que tengamos cada vez más añoranza de ir allá. Spurgeon dijo:
La Jerusalén de arriba”.
J. Sidlow Baxter presenta una vista con diez facetas de la salvación final en las huestes
incontables de pecadores salvados y transplantados en el cielo como santos glorificados:
Robert G. Lee llamó al cielo “el lugar más hermoso que la sabiduría de Dios puede
concebir y el poder de Dios puede preparar”. Dio en el blanco cuando dijo:
“Un día, cuando entremos por aquellas puertas de perlas, y veamos por primera
vez la hermosura asombrosa alrededor nuestro, pienso que buscaremos a Juan
y diremos: “Juan, ¿por qué no nos dijiste que es tan hermoso?” Y Juan
responderá: “Intenté decíroslo cuando escribí los capítulos veintiuno y
veintidós del último libro de la Biblia, después de tener la visión, pero no
pude”. xvii
Cuando nuestros parientes y amigos creyentes son llevados para estar con el Señor,
nos es un consuelo inexpresable saber que ellos están en el lugar del día eterno,
conscientemente disfrutando la presencia del Señor y las glorias del cielo. No quisiéramos
hacerles volver a este desierto de pecado y tristeza.
Para nosotros los que estamos en Cristo, ¡qué esperanza y qué perspectiva! Pronto,
muy pronto, el Salvador vendrá para llevarnos a la casa del Padre que tiene muchas moradas.
Nosotros también, por fin, estaremos en nuestro hogar.
Que dejó tus glorias una vez para morir por amor de mí,
Pero, ¿qué de los que no son creyentes? Si sólo supieran las glorias que podrían ser
suyas por toda la eternidad, no se quedarían lejos. Pero Dios no llevará a nadie al cielo en
contra de su voluntad. Tienen que venir arrepentidos de sus pecados, y con fe en el Señor
Jesucristo. Dave Hunt tenía razón al decir: “Sería una contradicción tan imposible que un
rechazador de Cristo estuviera en el cielo, como si un gusano enseñara matemáticas o que un
león apreciara grandes obras de arte”. Un pecador en el cielo sería sumamente miserable, y
xviii
Nadie tiene una situación sin esperanza en esta vida. Tan pronto como uno reconoce
su pecado delante de Dios y recibe al Señor Jesucristo como su única esperanza para ir al
cielo, puede estar tan seguro de cielo como si ya estuviera allí.
Apéndice
La señora Anne Ross Cousin (1824-1906), una poetisa escocesa, se sumergió en los
escritos de Samuel Rutherford y entretejió muchos de sus dichos memorables en un himno
llamado: “Las Últimas Palabras de Samuel Rutherford”. Por ejemplo, él a menudo se refería a
“la piedrecita blanca” y “el nombre nuevo”. Cuando se le iba la vida, dijo: “Me alimento con
el maná: tengo comida de ángeles”. “Mis ojos verán a mi Redentor. Sé que Él estará sobre la
tierra al final, y seré arrebatado en las nubes para estar con Él en el aire”. “La gloria
resplandece en tierra de Emanuel”. En los portales de gloria, dijo: “Dormiré seguro en Cristo,
y cuando despierte, estaré satisfecho a Su semejanza. ¡Oh, si tuviera brazos para abrazarle!”
Entonces clamó: “¡Oh, si tuviera un arpa afinada!” Encontramos muchas de estas frases y
otras también en el himno que ella compuso.
Rutherford hubiera preferido morir como mártir que fallecer en la cama. Dijo: “Pienso
que una manera más gloriosa de ir al hogar sería entregar mi vida en la cruz en la plaza
pública de Ediburgh o St. Andrews; pero me someto a la voluntad de mi Padre”.
A veces la poesía aquí citada es llamada: “Oh Cristo, Él es la Fuente”, y otras veces es
llamada: “Tierra de Emanuel”.
Caminan a su fin.
En “tierra de Emanuel”.
De ti bebió sediento
Mi pobre corazón.
Océano insondable
En “tierra de Emanuel”.
Me veo en su festín.
Cimiento de mi fe;
En “tierra de Emanuel”.
Misericordia y juicio,
Amor y compasión.
He de alabar radiante
En “tierra de Emanuel”.
La esposa: Su Señor
La mano taladrada
Prefiero a la merced;
En “tierra de Emanuel”!”
Notas Finales
iRobert Fowler, Winning by Losing (“Ganando en la Pérdida”), Chicago: Moody Press, 1986,
pág. 148.
iiWords of Peace (“Palabras de Paz”), vol. 36, nº8, Grand Rapids: Gospel Folio Press, pág. 1.
iiiMy Journey Into Alzheimer’s Disease (“Mi Viaje por la Enfermedad de Alzheimer”),
Wheaton, IL.: Tyndale Press, 1989, pág. 134.
ivHenry M. Morris, The Stars of Heaven (“Las Estrellas del Cielo”), San Diego: Instituto
Creacionista de Investigación, enero 1974, pág. 4.
vIbid.
viEl versículo 2 del capítulo 22 de Apocalipsis parece referirse al milenio, porque dice que las
hojas del árbol de la vida son para la sanidad de las naciones. Obviamente las naciones no
necesitarán ser sanadas en el cielo. No obstante, podría significar que las hojas sean la
provisión divina para preservar la salud de las naciones. Es similar a la expresión: “Dios
enjugará toda lágrima” (Ap. 21:4). Puede referirse a cómo Dios quitará las últimas lágrimas, y
puede ser simplemente una forma poética de decir que no habrá más lágrimas.
viiJ. Vernon McGee, Thru The Bible (“Atravesando la Biblia”), Vol. 2, Nashville: Thomas
Nelson Publishers, 1982, pág. 885.
viiiThe Heavenly Home (“El Hogar Celestial”), Clase Bíblica Radial, Grand Rapids, sin fecha,
pág. 31.
xM. R. DeHaan y H. G. Bosch, Our Daily Bread (“Nuestro Pan Diario”). Grand Rapids:
Zondervan Publishing House, 1959, lectura para el 22 de diciembre.
xiMore to be Desired than Gold (“Más Deseable Que el Oro”), South Hamilton, Mass:
Gordon-Conwell Theological Seminary, 1994, págs. 156-158.
xiiW. Singleton Fisher and Julyan Hoyte, Ndotolu, Ikelenge, Zambia: Lunda-Ndembu
Publications, 1987, págs. 166-168.
xiv One Minute After You Die (“Un Minuto Después de la Muerte”). Chicago: Moody Press,
1997, pags. 74-75.
xvHeaven and How to Get There (“El Cielo y Cómo Llegar”), Chicago: Moody Press, sin
fecha, pág. 53.
xviExplore The Book (“Escudriña el Libro”), Grand Rapids: Zondervan Publishing House,
1966, pag. 349.
xvii
Bread from Bellevue Oven (“Pan del Horno en Bellevue”), Wheaton: Sword of the Lord
Publishers, 1947, págs. 70-71.
xviiiWhatever Happened to Heaven? (“¿Qué le Pasó al Cielo?”), Eugene, OR: Harvest House
Publishers, 1988, pág. 28.