Un Cura Se Confiesa
Un Cura Se Confiesa
UN CURA SE CONFIESA
EDICIONES SIGUEME
SALAMANCA
2007
Cubierta diseñada por Christian Hugo Martín
Ediciones Sígueme S.A.U., 2003
C/ García Tejado, 23-27 - E-37007 Salamanca / España
Tlf.: (34) 923 218 203 - Fax: (34) 923 270 563
e-mail: [email protected]
www.sigueme.es
ISBN: 978-84-301-1503-7
Depósito legal: S. 1113-2007
Impreso en España / Unión Europea
Imprime: Gráficas Varona S.A.
Polígono El Montalvo, Salamanca 2007
Este libro ha sido escrito para vosotros,
vosotros , sacerdotes conocidos y desconocidos
desconocid os de España y
del mundo entero.
Sin embargo, quiero que esta dedicatoria sea para vosotros porque sois los únicos que
podéis comprender que estas páginas
pág inas no son fruto de la imaginación.
UN BICHO RARO
Acababa yo de abandonar uno de esos trenecillos vascos que cruzan por unos campos que
dan la impresión de estar siempre recién pintados. Había llovido y se metía por todas partes
aquel olor hondísimo a tierra húmeda. Yo me sentía contento, sin saber precisamente por
qué. Acaso por acompañar al paisaje en su alegría.
Como entre tren y tren había una hora —
hora — debía
debía coger a las ocho el exprés hacia Madrid — me
me
fui a dar una vuelta por el pueblo. Me pareció pequeño. Era, prácticamente, una sola calle
bastante larga que iba desde la estación a la iglesia. Comencé a andar por ella. Pasaban
muchos mozos en bicicleta hablándose a gritos.
La iglesia estaba casi desierta; sólo dos muchachas arrodilladas juntas en uno
un o de los primeros
bancos y una vieja en un reclinatorio. Yo me m e senté en el fondo de la iglesia. Se
S e estaba bien
allí. En la fresca penumbra descansaban ojos, los oídos y el alma. Me fue fácil orar. Nunca
he sido un hombre de grandes complicaciones en mi vida y para mí orar es sencillamente
hablar con El que está en el Sagrario. Así charlamos un rato y luego —
luego — sin
sin darme cuenta —
se me fue la cabeza y me puse a pensar que iba a casa. Sonreí. Sí, había motivos para estar
contento. Dos años lejos de la familia y ahora volvía para tres meses. Tres meses de permiso,
que dicen los soldados. Recordé los cuatro días pasados en Loyola
Lo yola con mi hermana. El hábito
le sentaba muy bien, aunque le hacía mayor. Tenía los ojos más alegres que nunca. Sí, estaba
en su sitio. Recordé que habíamos estado más de la mitad del tiempo contándonos chistes;
chistes que ella apuntaba en un cuadernito para contárselos a las demás
d emás novicias en el recreo.
«Tengo tan mala memoria —
memoria — me me decía — que
que dentro de media hora no recordaría ninguno».
No, no estaba ñoña.
ñ oña. Hablaba
Hab laba tan natural como antes, y más si cabe, porque hasta las cosas
más serias y tremendas las decía con un tono de ingenua delicioso. Hablábamos de todo: de
lo que les daban de comer, de que tenían el huerto atestado de manzanas, de sus horas de
oración, de sus misas. Y todo me lo decía sin el mínimo énfasis. Y os aseguro que resultaba
mejor el nombre de Dios dicho con el mismo tono con que decía, por ejemplo, manzana.
Resultaba más natural y al alcance de la mano.
Estaba distraído pensando en estas cosas y no había advertido que una de las dos muchachas
que estaban arrodilladas delante había venido hasta mí:
— Padre,
Padre, ¿podría confesarnos?
— ¡Oh! —
¡Oh! — dije. —
dije. — Yo
Yo no soy sacerdote todavía. Soy seminarista.
Ella se puso roja y se alejó pidiendo mil perdones.
Esta pequeña anécdota me divirtió muchísimo. Hubiera estado bueno haberme puesto serio
y haberlas confesado. Pero éstas son cosas con las que no se puede jugar ni andar
a ndar con bromas.
Rechacé el pensamiento como una tentación, pero la verdad es que me ilusionó muchísimo
que me hubiesen tomado ya por cura. Pensé: «¿Tendré ya cara de hombre serio?».
serio? ». Y me llevé
la mano a la mejilla. «Claro, estoy sin afeitar hace dos días... Voy ahora mismo a una
barbería». Me levanté, sin más,
má s, y sin decir una palabra de despedida al Señor me dirigí a la
puerta. Al-coger agua en la pila me di cuenta de mi descortesía y desde allí, riéndome, le dije:
— Perdona,
Perdona, soy un tonto. Ya comprendes.
*
Cuando salí de la barbería —
barbería — con
con cara ya más niña — fui
fui hacia la estación porque iba siendo
la hora. Sentí hambre y me dije: «Tendré que comprarme algo para cenar. Hasta las dos no
llego». Entré en uno de esos comercios que tienen trazas de venderlo todo y pedí,
perfectamente a bulto:
— Cien
Cien gramos de embutido.
La señora debió conocérmelo en la cara y me dijo.
— ¿Es
¿Es para un bocadillo?
— Sí.
Sí.
— Con
Con cincuenta le basta.
— Bien,
Bien, pues ponga cincuenta. Dije cien, gracias, por decir algo.
Me los cortó en rodajas.
— ¿Pan
¿Pan quiere?
¡Ah!, ¿lo venden también aquí? Mejor. Póngalo, sí.
— ¿Le
¿Le hago el bocadillo?
— Sí,
Sí, gracias.
— ¿Quiere
¿Quiere fruta?
— Sí,
Sí, póngame algo.
— ¿Dos
¿Dos plátanos?
— Bien.
Bien.
— O no. Mejor un plátano y una pera. ¿Unas pastas?
— Bueno.
Bueno.
— ¿Cuatro?
¿Cuatro?
— Sí.
Sí.
La dejé hacer, Se sentía ya un poco madre mía y yo no tenía la más mínima idea de lo que
iba a pedir. No he sabido jamás lo que como. La señora del comercio debió pensar que daba
gusto servir a personas tan contentadizas y me pagó ese dejarla hacer preparándome con
cariño el paquete. Casi como me lo hubiera hecho mi madre.
Con el paquete de la merienda por todo equipaje -el resto lo había facturado desde Irún —
subí al exprés iba bastante lleno. Pero encontré sitio.
Mi departamento era uno de esos que es fácil encontrar en el exprés de Irún. Junto a la
ventanilla iba una pareja de novios o recién casados italianos que se pasaron el viaje haciendo
crucigramas en colaboración. Frente a ellos un matrimonio valenciano que fue dos horas
comienzo rizo, otras dos hablando valenciano y otras dos engullendo queso. En colaboración
también.
Los otros seis hicimos corro único. Frente a mí dos muchachos ingleses y una chica española
que estaba en Inglaterra desde niña. A mi derecha un español con trazas de zapatero, que
volvía a España tras diecisiete años en Francia, y a mi izquierda un muchacho de unos
veinticinco años, bien vestido y que después supe estaba haciendo los estudios de ingeniería.
Y yo, que caía exactamente enfrente española-inglesa. Ella iba vestida vulgarmente y sin en
absoluto. Pálida, y con todo el pelo cayéndole hacia atrás en cola de caballo.
La conversación se mantenía a trancas y barrancas en (el único que lo dominaba bien era mi
vecino de derecha), pero ésta era la única manera de no dejar aislados a los dos chicos ingleses
que, bien o mal, algo de francés hablaban. Y siempre había la solución de acudir a la
muchacha que hablaba con ellos en inglés y con nosotros en español, un español casi perfecto,
pronunciado con mucha suavidad y oliendo un poquito a diccionario.
Pero, suavemente, la conversación fue pasando del francés al español y terminamos
arrinconando a los dos ingleses, que se encerraron en sus pensamientos. Hablan de lo que se
habla siempre que se viene del extranjero: los trenes españoles.
— Sin embargo, no puede negarse que estamos mejorando. Este tren en que vamos no está
precisamente mal.
— No, desde luego. Hay una mejoría indiscutible en muchas cosas. Siempre da gusto venir
y encontrarse cosas nuevas.
Mientras yo decía esto metí la mano en el bolsillo en busca del pañuelo y tropecé con una
cosa fría: una moneda.
La saqué y dije:
— Los duros, por ejemplo.
Y, cambiando rápidamente de idea, continúe:
— Por cierto, que ayer me pasó una cosa muy curiosa con ellos. Vengo ahora a Loyola donde
tengo una hermana religiosa, y el otro día me preguntó muy intrigada si había ya duros de
plata. Por lo visto habían discutido en el recreo, porque una de las novicias que acababa de
entrar decía que los había visto y las demás decían que después de la guerra no había vuelto
a haberlos.
— ¿Tiene usted una hermana religiosa? — me preguntó la muchacha sentada frente a mí.
— Sí, novicia. Aquí, en Loyola.
— Yo también tengo dos tías en Inglaterra. Por cierto, que... — Se detuvo como arrepentida
de lo que había comenzado a decir. Pero siguió: — No quisiera molestarle a usted, pero
siempre que voy a verlas me dan pena.
— ¿Pena?
— Sí, hablan desde otro mundo, como seres distintos de nosotros. Entraron casi niñas en el
convento y no tienen idea de la vida. No hablan nuestro lenguaje, no nos comprenden en
absoluto. El mundo corre y ellas están muertas
— Pero son felices.
— Son felices porque no conocen. Son como niños que tienen un vaso de agua y se creen que
tienen toda el agua del mundo porque no han visto más. Me dan pena, le digo. No saben nada
de la vida. Y no son felices, se creen que lo son. Siempre que voy a verlas salgo de allí muy
triste. Me parecen vidas perdidas inútiles, allí encerradas siempre.
— Eso depende de lo que usted entienda por «la vida»
— La vida es esto — y abría los brazos como no sabiendo explicarse — , la vida es todo esto
que hay delante ojos. ¿Por qué se meten monjas? Nunca he esto. Yo pienso que es por miedo
o por ingenuidad be todos modos, siempre resultan seres extraños, arrancados de todo.
El tema me hacía daño y ella lo comprendió, Por se detuvo y yo no hice la pregunta que tenía
en los labios. Entonces tampoco comprenderá por qué me hago yo cura. Hubo un silencio
embarazoso. En el departamento ahora todos nos escuchaban. Yo hubiera debido dar una res.
puesta, decir la palabra necesaria. Pero me sentí triste Hablé de la otra vida, de la verdadera
vida. Pero debí hacerlo como quien cita un libro, como si hablase de me moría.
Se había hecho de noche y yo busqué tras los cristales en el pasillo, aquel paisaje que pocas
horas antes me había llenado de alegría. Y no estaba.
Tampoco la alegría estaba en mi corazón, y sentía un gris desaliento, una secreta rabia, un
extraño deseo de llorar
El tren pasaba rápidamente dejando atrás las lucecitas temblorosas de los pueblos perdidos
en la noche y, conforme nos acercábamos a Castilla, se veían en el cielo más estrellas. Yo
apoyaba mi barbilla en el níquel de la barra que cruzaba la ventana y repetía con rabia —
masticándolas — las palabras que había dicho la muchacha.
Sí, yo era un extraño, un bicho raro llovido de otro mundo, yo no tenía nada que ver con
todos aquellos hombres que iban en el tren. Mi sotana era como una campana neumática que
iría disecando poco a poco mi corazón.
¿Por qué esto así? Sabían que no, que no éramos distintos, que nuestra carne es igual que la
suya, que teníamos idénticas pasiones, idénticas manías, que amábamos la vida: sí, la vida,
eso que veíamos, todo cuanto era hermoso. ¿Será verdad que nuestras vidas son inútiles,
vacías, que hemos renunciado a vivir por cobardía? ¡Por cobardía!
Sentí cómo en la boca se apretaban los dientes, cómo se clavaban mis manos en el níquel.
El tren seguía cruzando campos y campos, iluminándolos unos instantes con la luz de los
coches. Yo veía la sombra de mi cuerpo lanzada contra el suelo y persiguiéndonos, y decía:
«En efecto, sí debo ser un fantasma. Lo dicen todos, todos».
*
Conforme nos acercábamos a Valladolid se me fueron serenando las ideas. La espina, eso sí,
estaba dentro, pero yo ahora pensaba que tenía tres meses delante, Hacía dos años que no
veía a mi familia y esto para mí era mucho. Siempre había sido niño faldero y al entrar en
casa me aliviaba de todos los problemas.
En la estación me esperaba media familia. No hay por qué describir los abrazos y besos de
llegada que no creo que sean distintos los de un cura que los de otro cualquiera.
— ¿Y la niña, Crucita?
— En casa.
— ¿Cómo es?
— Ya lo verás,
Con los abrazos casi no había visto a Faustina, la criada que me había conocido de niño, vieja
ya en la casa,
Faustina. ¿cómo está?
Me miraba toda asustada.
— Bien, ¿y usted, señorito?
Yo me eché a reír:
— ¡Uy! Me trata de usted
—Es que ahora es usted tan… distinto.
¿Por qué? ¿Por qué ahora repetía Faustina las palabras de la muchacha inglesa? ¿Es que todo
el mundo estaba ahora de acuerdo para apartarse de mí?
Me duró poco tiempo el desaliento y quizá fue sólo un arrugar de cejas. Luego todos dijeron
que yo estaba más gordo, que Roma me sentaba muy bien y que estaba muy guapo con sotana.
Era la primera vez que me veían con ella.
*
Cuando llegué a casa, sin atender a nadie fui corriendo al cuarto de mi hermana. En el cestón,
dormida, estaba la niña. No pude resistirme y la saqué para comérmela a besos y abrazos. La
niña se quejó suavemente, se restregó los ojos, luego estuvo mirándome un rato largo,
— ¿Sabes
¿Sabes a quién he visto anteayer? A Gonzalo.
— ¿A
¿A Gonzalo? —
Gonzalo? — Sí,
Sí, en Barcelona.
¡Gonzalo! Tampoco él había cruzado el río. Se tres meses antes.
Cuando escribo estas líneas me parece que le veo, con los ojos atestados de lágrimas y un
cigarro apretado con entre los dientes, mientras esperábamos la partida del tren. Me
impresionó muchísimo su ida porque era un buen amigo. Cuando la noche anterior,
mordiéndose los labios, dijo que se iba y nos pidió perdón por todo el daño nos hubiera hecho,
yo exploté: «¡Calla, bobo!». Nos mirándonos unos instantes sabiendo de sobra que no había
nada de qué pedir perdón y que acaso nosotros teníamos la culpa de lo que ahora pasaba.
Fuimos todos a ayudarle y a hacer las maletas. Había en su cuarto un silencio impresionante.
Se trataba simplemente de despedirse y no había manera de abreviar. Acaso él quería
quedarse solo y le estábamos molestando, pero parecía necesario estar allí. Recuerdo que
José María estaba sentado en un rincón y sin decir palabra, como un bulto negro.
Gonzalo fue tirando la ropa en las maletas colocándolo todo como iba saliendo. Recuerdo
que del cajón de la mesilla salió un cilicio, y él dijo apretando los dientes.
— ¿Quién
¿Quién quiere «esto»? ¡Para lo que me va a servir!
— No, guárdalo. Gonzalo, no seas bobo —
bobo — dijo
dijo Manolo —
Se lo cogió de la mano y lo puso en un rincón de la maleta. Gonzalo dejó hacer. «Bobo,
bobo», dijo después Manolo poniéndole la mano en la cabeza.
cabez a.
Paco y yo no habíamos rezado el rosario aquella tarde. Salimos a rezarlo a la terraza. Había
una luna enorme y las nubes pasaban a la carrera. Era difícil rezar; difícil y fácil. Yo creo que
recé, pero no con las frases del rosario, porque mientras decía maquinalmente las avemarías
yo iba por dentro rezando otras oraciones. ¿Por qué se iba Gonzalo? ¿Por qué se habían ido
quedando tantos en el camino? Comencé a recordar y saqué en un momento más de cuarenta
nombres. Algunos lo habían dejado de chiquillos sencillamente porque
porq ue en el seminario hacía
frío o se comía peor que en sus casas. Otros lo habían dejado de muchachos en los años de
filosofía, enamorados de unos ojos azules o de una melena rubia. Los menos ya — ya — y los más
dolorosos — en
en los años de teología quizá en lucha brutal con las pasiones, quizá por otras
causas más profundas. Y Gonzalo, ¿por qué se iba ahora? ¿Por qué cuando ya sólo faltaban
tres meses y ya tenía todos los papeles para las órdenes? Dios lo sabe. Lo cierto es que
tampoco él había cruzado el río.
*
Bruno sí lo cruzó. ¡Y hasta el fondo! Lo cruzó con tal ímpetu que se fue para siempre de entre
nosotros, Bruno ya lee estas líneas desde el cielo.
Yo recuerdo sus lágrimas el día de la ordenación. Su no saber llorar, su cara casi divertida en
medio del llanto porque quería llorar mucho a la vez y parecía que lloraba por los ojos, por
las narices y por la boca.
Acaso nadie soñó el sacerdocio tanto como él. Se hizo mucho más humano aquellos días,
menos cuadriculado y matemático, menos casuista y minucioso. Bruno
Br uno temblará al decir misa
como si fuera a caerse de un momento a otro. Y sólo dijo treinta. Le trajeron a España
gravemente enfermo de un cáncer de estómago y quince días después nos llegó la noticia:
«Bruno ha muerto».
Bruno está celebrando sus misas en el cielo. Nos queda esta alegría. Pero el hueco está
abierto, vacía su habitación, su altar sin misa. La muerte está también en casa. El primero se
ha ido y alguien será el segundo. Ni decir misa salva de la muerte. Pero hay una alegría: saber
que al otro lado Bruno seguirá siendo sacerdote por los siglos de los siglos.
SER SACERDOTE ERA...
Aquel verano estuvo para mí lleno de descubrimientos.
descubrimien tos. Pero, sin duda, el más grande de todos
to dos
fue el del sacerdocio. Podrá parecer extraño, pero fue así. ¿Cómo es posible que después de
doce años de estudio para ser sacerdote, descubriese ahora el sacerdocio? Pues sí; las cosas
grandes, cuando están lejos, no es fácil imaginarlas, en seguida nos huele a retórica todo
cuanto de ellas se nos dice. Yo había oído, había pensado, había dicho mil veces que el
sacerdote era mediador entre Dios y los hombres, que era otro Cristo, que nuestro oficio era
llevar el mundo a Dios, pero creo que nunca había sentido seriamente todo esto.
Ser sacerdote era ser mediador entre Dios y los hombres. ¡Casi nada! Mediador, es decir,
escogido por Dios para hablar con los hombres y escogido por los hombres para comunicarse
con Dios. Mediador entre Dios y el mundo, es decir, hombre de Dios y hombre del mundo,
con mucho de hombre y otro mucho de Dios.
Todas estas cosas me fueron entrando suavemente en la cabeza hasta obsesionarme. Puedo
deciros que me atormentaron y que cuando pensaba en lo enorme de la cosa y en lo pequeño
de mi realidad no podía menos de ponerme a temblar. ¡Hombre de Dios! ¿Es que éramos
nosotros hombres de Dios? ¿Es que teníamos ante El algún influjo para por los hombres? ¿Es
que habíamos hecho algún para conseguir un «enchufe» tan grande? ¿Es que sabíamos, al
menos, hablar con Dios? ¿Es que entendíamos a Dios lo suficiente para transmitir su grandeza
a los hombres? Y, sobre todo, ¿es que a los hombres les importaba Dios? ¿Es que tenían
interés por estar unidos a Él?
Cuando iba por las calles y veía a los hombres ir deprisa a sus asuntos con la cara escondida
detrás de sus periódicos cuando los veía riéndose con el cigarrillo entre los dedos, saliendo
de los cines o entrando en los bares y las heladerías, «¿es que piensan en Dios alguna vez?»,
me preguntaba. Cuando iba a las misas de doce y los veía con los ojos clavados en el techo,
contando las vigas o los rosetones, pensaba:
«Estos son los raquíticos minutos que dedican a Dios». Y siempre terminaba preguntándome:
«Si Dios les importa tan poco, ¿qué puedo significar yo en la vida de estos hombres?». Claro
es que no todos pensaban y vivían así, pero eran tantos los que rodaban por la vida sin saberlo
siquiera...
Me dolía todo esto; me dolía mucho más todavía el pensar que yo era mediador de los
hombres ante Dios. Yo era —
era — yo
yo iba a ser — como
como su representante, como su diputado, ¿por
qué, pues, me sentía tan lejos de todos ellos? ¿Por qué mi modo de ver la vida, mis
preocupaciones, los temas de mi charla, el modo
mo do de gastar mis horas, eran tan diferentes de
los suyos? ¿Por qué aquella barrera de ignorancia entre unos y otros? ¿Por qué, por ejemplo,
cuando me sentaron en aquel convite en una mesa de chicos y de chicas les deshice y me
deshice la comida, aunque estuve toda ella esforzándome para serles simpático? ¿Por qué
cuando yo estaba en un departamento del tren la gente al verme prefería seguir buscando
sitio, aunque hubiese en el mío siete plazas vacías? ¡Su diputado!
Sí; os confieso que he sufrido mucho, por todo esto; porque ésta es la verdad: que somos
casta. No hay que hacer demasiado dramática la cosa, pero es indiscutible que hay que
morderse muchas veces el corazón debajo de la sotana. Nos respetan, sí, es verdad; nos ceden
de vez en cuando el sitio en los tranvías, hay muchos todavía que nos aman, pero nos aman
como a cosas distintas, como puede quererse a un rey, por ejemplo, y no como a un amigo.
No falta quien nos odia, quien nos confunde con el coco — porque dicen que prohibimos
todo, que no les dejamos «vivir» — quien nos cree unos frescos que nos aprovechamos de la
fe de la gente para vivir más cómodos, quien piensa que buscamos un puesto alto en la
sociedad, quien dice... Pero mejor será que dejemos estas cosas...
Y bien; ¿por qué esto así? Me hice cien mil veces esta pregunta. Me di cien mil respuestas
que eran muy suficientes para convencerme. Pero el corazón no se cura con razones. La
verdad es que nunca he amado a los hombres tanto como en aquellos días. Sí, por ellos me
hacía sacerdote y sólo por ellos. Os aseguro que me hubiera sido más cómodo hacerme
abogado, médico o periodista, que acaso hubiera sido más feliz humanamente con una mujer
y unos hijos — de esto aún hemos de hablar — que mi vida hubiera sido quizá más divertida
porque me gusta el cine y me encantan los toros y no creo tener vocación de solitario. Bien,
pero el hombre — aunque no lo supiese — necesitaba mi ayuda — aunque no la pidiese — el
hombre precisaba de mi sotana negra que le gritase siempre que Dios está arriba; era preciso
que yo me privase de cien mil goces lícitos para que ellos recordasen que éstos no eran los
definitivos. Hagamos, pues, todo lo que sea por el hombre; pero... ¿no podría él al menos
comprender estas cosas?
Recuerdo que una mañana mientras oía misa así se lo grité a Dios. Pero pensé en seguida que
amor con recompensa — y ya es bastante el ser reconocido — no es demasiado amor porque
en el fondo es fácil. «Es verdad — contesté — , pero uno es en hombre y quisiera que al
menos…».
*
Ser sacerdote era ser otro Cristo. Ninguna frase machaconamente repetida en toda mi carrera:
Sacerdos alter Christus. El sacerdote es otro Cristo. Los sacerdotes son Cristo en la tierra.
Y lo peor — y lo mejor — es que esto era verdad. No era una frase hueca, no; era verdad. El
sacerdote usurpa la persona de Cristo, continúa tras él en la brecha. Cuando absuelve no dice:
«Cristo, por medio mío, te perdona los pecados», sino «yo te perdono». ¿Y quién puede
perdonar los pecados sino Dios? Y cuando consagra no dice: «Este es el cuerpo de Cristo»,
sino «éste es mi cuerpo».
Pero esto tan enorme y tan consolador era a la vez motivo de temblores, porque Cristo es
Cristo, y nosotros ¿qué somos? ¿Es que podían compararse nuestras manos con las manos de
Cristo? ¿Es que quien ha pecado puede llamarse Cristo? Y yo había pecado.
¡Oh, no! Los curas no matan, no roban, oyen misa cada día, ayunan cuando manda la Santa
Madre Iglesia, pero son unos pobres hijos de pecado, pueden pecar y pecan. No estoy
hablando ahora a los que se complacen en inventa calumnias, hablo sólo a los hombres de
buena voluntad Y ni trato siquiera del pecado mortal en el que puede un día caer el sacerdote
porque es de carne igual que los demás, hablo de la idiotez de las minucias, de la vulgaridad,
de las pequeñas canalladas, de las roñoserías, de las envidias bobas, de las murmuraciones
chiquitas, de las infidelidades tontas, de las indelicadezas con Dios y con los hombres, hablo
de todo eso. De todas esas cosas que le duelen a Dios más que toda la ristra de pecados del
mundo, porque al menos nosotros sabemos que pecamos. Sí, en el mundo se peca; hay seres
que se arrastran por el vicio, pero ¿qué formación han recibido, qué saben del pecado, qué de
Dios? Viven como animales, embrutecidos por el dinero, el vino o la cochambre, y a última
hora es de creer que no saben lo que hacen. Pero nosotros, sí, nosotros lo sabemos; nos han
formado minuciosamente, hemos visto al Amor, y aún andamos con idioteces que han de
dolerle a Dios en carne viva.
Todo esto era verdad, yo lo sabía aquel verano y sufría por ello. Hemos sufrido todos y yo os
juro que queremos cambiarlo, pero somos de carne y egoísmo y no es fácil ser Cristo en la
tierra. Haced si no la prueba.
Una cosa os digo: Aquel verano me tropecé con bastantes que me dijeron cosas de los
sacerdotes, pero ni uno de esos charlatanes de oficio se daba disciplina por nosotros y quizá
en el fondo preferían que nosotros fuéramos como somos para encontrar disculpas a su vida.
Ser sacerdote era amar. Sí, amar, no me he equivocado. Aunque Nietzsche escribiera que
«los sacerdotes son los mayores odiadores del mundo», aunque parezcamos — y quizá
seamos — hoscos, y aunque ponemos muchos amores al árbol de nuestra vida, la verdad es
que ser sacerdote es amar, porque amar es la esencia del cristianismo y un sacerdote debe ser
un cristiano intensificado.
También sufrí por esto, porque siendo, como iba a ser, ministro del amor, yo no sabía amar.
Quiero contaros algo que me hizo pensar mucho. Sucedió así:
Hacía un día espléndido. Serían más o menos las cinco de la tarde. Se estaba bien a esta hora
en el Parque del Este. Me gustaba sentarme con un libro en la mano en aquel parque fresco
y luminoso. Iba todas las tardes. Un libro bajo el brazo, allí me dirigía apenas terminaba de
comer y me estaba leyendo hasta las seis. Porque a las seis la cosa se ponía difícil: el jardín
se llenaba de chiquillos, crujían los columpios y la tarde se inundaba de gritos. ¡Yavaleeee…!
Yo entonces continuaba con mi libro en la mano y era casi un placer el comparar la vida de
sus páginas con aquella otra vida tan fresca y saltarina.
El día de que os hablo, mi libro iba a salir malparado: una novela gris, con muchos personajes
anormales, mucho odio, mucha envidia, mucha vulgaridad, poco sol y un tremendo vacío en
cada alma.
A medida que pasaba sus páginas, me sublevaba: No, no, no es así. No es verdad que la vida
sea así. Hace sol en el mundo. Tenemos almas claras, niños, fuentes. Dios existe entre los
hombres. El hombre sabe amar, yo estoy amando.
Y era verdad: la tarde estaba clara, soplaba un viento suave y era un placer estarse mirando
la caída del sol sobre las curvas de las mangas de riego. ¡Qué juego de colores! ¡Qué
estupendo arco iris artificial...!
Yo no le vi venir. Acaso llevaba mucho tiempo sentado en el banco vecino cuando advertí
su presencia. Le conocí en seguida. Era Juan. Sí, Juan el tartamudo. Y recordé la escena de
mi pueblo: cuando el dueño de la tienda de ultramarinos estalló porque Juan tardaba media
hora en darle un recado:
— ¡Basta, largo de aquí! Yo no puedo tener de dependiente un hombre inútil.
No había vuelto a verle desde entonces. Sabía, sí, que había venido a la ciudad y que estaba
de sacristán en Santa Clara. Y ahora estaba allí cerca, casi a mi lado. «Mejor que no me vea
— pensé — . Resulta insoportable hablar con él».
Pero la manga de riego llegaba ya a su banco.
—Podría, por favor… — le dijo el jardinero —
Él se levantó. Le vi venir hacia mí, sentarse en banco (¿Le saludo? ¡Si no me conociera!)
— Bu-bu-bu-buenas ta-tardes.
— Muy buenas.
Un silencio. Luego rompió a hablar (¡Vaya, me ha conocido!). No tuve más remedio que
continuar el diálogo, escucharle. Yo le cortaba rápido apenas iniciaba la primera palabra, me
adelantaba a él adivinándole lo que iba a decir. Pero él continuaba inflexible su pregunta.
— ¿Qué-qué-qué-qué sabe de-de-de-de…
— ¿De Castrillo?
— Sí, de-de-de…
— De Castrillo.
—…de Ca-ca-ca-ca-ca-Castrillo.
Le hablé mucho del pueblo, le hablé sin descansar, temiendo en el vacío ver venir su
pregunta, aquel tartamudeo espantoso que me ponía nervioso. Señaló mi novela y me dijo si
estaba estudiando. Mentí, le dije que sí. Lo recalqué bien fuerte sólo para decirle que me
estaba estorbando, miré mucho el reloj. Le pregunté a qué hora abrían Santa Clara; me dijo
que a las cinco y yo le enseñé el reloj diciéndole:
— Ya es hora.
— Es-es-es-es lo mismo.
Se agarraba a mi diálogo, acaso hacía años que no encontraba a nadie de su tiempo de niño,
años tristes los suyos, siempre el que pagaba los platos rotos de toda la pandilla. Lo notaba
en sus ojos, que brillaban de gozo al pronunciar yo un nombre conocido. Le hablé de medio
pueblo. Le hablé con rabia, inventando, mintiendo… sólo porque no hablase.
Eran casi las seis cuando se fue. Se alejaba encorvado con aquel traje negro me parecía un
fantasma del mundo del ayer. Respiré y me dio pena, una pena terrible de ver su paso torpe,
su cansancio, verle luego volverse para decirme adiós como queriendo asirse aún a mi
hipócrita charla.
Seguía haciendo sol. Llegaban los primeros chiquillos y los hombres podían llamar bella a la
vida, Le seguí con los ojos hasta la puerta del jardín, necesitaba llamarle, hablar con él, decirle
lo canalla que yo había sido, acompañarle un rato, dejarle preguntarme — aunque doliese, sí,
aunque doliese — cómo iba la cosecha este año en el pueblo.
Y no tuve valor.
Aquella tarde, cuando hice la Visita al Santísimo, le pedí a Dios muy fervorosamente por las
primeras almas que pondría en mis manos, por el primer pecador que yo absolvería, por mi
primer cristiano, por el primer difunto a quien yo abriría las puertas del cielo, por el primer
mu. chacho a quien yo consolase. Y me sentí en una iglesia, en una iglesia clara y pueblerina
con un pueblo escuchándome mientras yo les hablaba de Dios y del amor. (Y me sentía al
hacerlo un poco héroe). Y de pronto la iglesia estuvo sola, y la sentí vacía hasta los huesos,
y vi cómo la puerta se abría lentamente y entraba Juan, y entraba triste y dolorido, y se
encontraba solo, y rezaba al Señor tartamudeando, ahora más que nunca, porque las lágrimas
le entraban en la boca y no podía hablar.
Creo que yo también lloré aquella tarde. Creo que hablé a gritos, que pedía a Dios que me
librase de papanatismos, de vivir tan en el cielo que pisaba los pies a mis vecinos. Le pedí
que me clavara en el alma que ser sacerdote era amar, amar sin consideraciones, y, cuando
más costase amar, más, y, cuanto más lo necesitasen, más; no fuera a sucederme que pasase
mis días pensando ser otro Cristo el día de mañana y hoy hiciese sufrir a mis vecinos.
Sí, creo que yo también lloré aquella tarde. Los días sucesivos volvía al Parque del Este sólo
para encontrarle. Pero Juan no volvió.
*
Ser sacerdote era tener fe. Siempre he creído que ésta debe ser nuestra virtud característica:
la fe, una fe enorme, desorbitada, dispuesta a arrodillarse ante todo lo que huela a Dios. El
sacerdote vive entre milagros, los palpa, los hace como si tal cosa y se necesita mucha fe pa ra
ver lo infinito tras cosas tan pequeñas.
Este verano comencé a emocionarme ya en la misa, comencé a comprender que nos jugamos
demasiado en ella para quedarnos fríos.
Siempre al llegar la consagración, mientras el sacerdote elevaba la hostia, yo miraba mis
manos y pensaba: «Dentro de siete meses...». Y despacio, con disimulo, las llevaba hasta mis
labios y besaba las puntas de los dedos. Y pedí a Dios con toda el alma que nos hiciera creer,
Esa fue, por así decirlo, «mi entrada en el amor». Ese ir retrasando el conocer la vida, ese
asustarme todo al llegar el momento de ser hombre, una pequeña historia sentimental y un
comenzar de pronto a pensar seriamente en las cosas.
La pasión vino enseguida, vino el sueño obsesivo la carne ya sin sueños, el estrujarse los ojos
con los puños, la tentación retórica, los deseos más o menos brutales y la hombría. El
asquearse de todo, la tristeza, el cerrarse del alma, el entender la vida con un sentido trágico,
el hacerse la iglesia la tortura mayor, el comulgar sin que supiese nada. El pensar que pesaba
la sotana, decirse muchas veces. «Esto se viene abajo».
No sé si esto les pasaba a mis compañeros. Quizá todos vivieron lo mismo antes o después,
porque en el fondo la vida es igual para todos, y quien ha vivido una vida hasta el fondo
puede decir que las ha vivido todas. Sí, hemos sentido casi todo lo que vosotros habéis
sentido, porque no son las calles lo que hacen la vida sino la propia alma. Y en nosotros todo
esto ha sido quizá más doloroso que en el resto del mundo porque ha ido siempre cruzado
con ese otro mundo de ideal, de espera de cosas tan enormes. La tentación es dura, sí, pero
duele mil veces más la conciencia de la propia idiotez, cuando uno sabe a dónde va su vida.
Lo doloroso no es amar la carne, ni siquiera sentir que uno la ama, lo tremendo es saber que
uno va a ser sacerdote, que quiere serlo con todas las células de su alma, y que la parte más
baja de nosotros, pero al cabo, nuestra, no deja por eso de amar y desear la carne.
Creo que ese momento de desesperación y rabia lo hemos sentido todos. Ese dolor de ver que
nuestra vida, que debía ser una pura línea de luz, sube y baja como un corcho en el mar.
Sentir que uno, por la mañana, promete a Dios salvar el mundo, y a mediodía se le escapan
los ojos al paso de una chica, sin que por eso deje de querer salvar el mundo. Ser santo es
muy difícil. Quizá ya es bastante quererlo. Pero la gran dificultad no está en ser santo sino en
llegar a serlo, en todo ese camino de vacío y de hueco, de estar siempre jugando al escondite
con Dios y con el diablo. ¡Oh, las tacañerías en la entrega, cómo duelen!
*
No os he hablado todavía de la soledad, ni de los hijos. Suele hablarse demasiado del placer,
de la carne, a la que los sacerdotes renuncian, como si el celibato fuese sólo la renuncia a los
placeres carnales. Es ésta una idea demasiado ingenua. Quizá lo verdaderamente doloroso de
la renuncia es mucho más humano, más hondo: es la soledad.
Siempre ha sido para mí estremecedor el ir a los cementerios y comprobar que las únicas
tumbas que no visita nadie, las que no tienen flores son... las nuestras. Nos damos a los
hombres, tan a todos los hombres que nadie se siente aludido al ver el abandono de nuestros
sepulcros. No, ya sabemos que con tener flores en la tumba no se gana nada, pero siempre se
sueña que alguien nos llorará tras nuestra muerte. Y ¿quién quiere a los sacerdotes viejos?
Cuando mueren su madre o sus hermanas y la casa comienza a llenarse polvo y las sotanas a
tener jirones, los sacerdotes deben de recordar mucho su ordenación de subdiácono. Sí,
también ellos soñaron en la casa caliente, en la comida puesta, unos hijos a quienes poder
besar, unas zapatillas calientes al levantarse.
Cuando yo sea viejo y a la tarde venga soplándome los dedos tras cuatro horas de
confesionario, ¿cómo estará mi casa? Yo sé que no podré abrir la puerta y gritar desde ella:
y sentir unos pasos de chiquilla — porque nuestra hija se llamaría como ella — y toda una
locura de besos en mi cara. Ni después vendrá ella con sus ojazos negros y verá desde lejos
que nuestra hija me quiere. Yo sé que no nos sentaremos juntos a la mesa y que no vendrá
Antonio — que estudia ya segundo de Medicina — y Marianín, que hace cuarto de
bachillerato. Yo estaré solo comiendo unas judías mal guisadas, mordisqueando el pan con
rabia y no podré decir a nadie mis tristezas, que se quedarán dentro para irme amargando.
Luego dirán, que tengo mal genio y hasta mis coadjutores pensarán que chocheo.
Pero, Marisa, ven. ¿Cómo no vienes? La casa está tan sola... ¿No podría venir a ponerme
unas flores en la ventana? Yo soy un pobre viejo, ¿cómo quieres que sepa cuándo hay que
regar los tiestos y cuándo hay que sacarlos al balcón? Mis libros tienen polvo. Sí, Felisa... Ya
sabes que Felisa nunca ha sido muy limpia. Está vieja, además. Somos dos pobres viejos
perdidos en un caserón más viejo que nosotros. ¿No podría venir alguno de nuestros hijos a
reírse? Hace falta que alguien se ría en esta casa. La risa es como un barniz sobre los muebles.
Y aquí no se ríe nadie hace ya años.
Voy a encontrarme muy solo esta tarde, Marisa. Como tantas otras tardes. Entonces éramos
unos chiquillos, Yo renuncié a ti con la más absoluta de las conciencias. No, no es que ahora
me pese. Sabía esto de sobra. Sí, sí, la soledad la conocía. Me quejo por quejarme, pero esto
lo sabía de sobra. Sí, ya lo sé, Marisa, que no comprendes el porqué de este sacrificio. Lo
comprenden muy pocos. Ni yo mismo lo comprendo del todo. DIOS, SI.
*
Todo esto lo recordaba ahora y no lo recordaba con un aire de tristeza, me parecían cosas que
no tuvieran nada que ver conmigo, que fueran la historia de otro. Marisa quedaba en esa zona
vaga de la fábula o del sueño que no podemos precisar cuándo hemos tenido. Porque, después
del dolor Y de la época romántica, la tranquilidad había ido viniendo poco a poco. Mi oración
había ido pareciéndose más a un diálogo de enamorados y el amor a Dios que unos años antes
se me hacía una cosa difícil y lejana ahora me cada vez más de carne y hasta diría que más
parecido a mi amor a Marisa, pero sin el temblor aquel del corazón.
Esta renuncia a la hora de hacerla, no era aquel desgarrarse de cuatro años antes, sino algo
muy sencillo, elemental: darse sin más contemplaciones.
*
Una tarde de aquéllas — faltarían diez o doce días las órdenes — , Alfredo me leyó su poema
«Víspera subdiaconado». Alfredo era el mayor de nuestro curso. Había sido médico y ahora
soñaba en el sacerdocio con la misma ilusión que los más chiquillos de nosotros. Yo sabía
qué hacía versos, pero nunca creí que fuera tan buen poeta. Por eso mientras iba leyéndome
su poema y yo sentía todo mi corazón saltaba ante aquellas estrofas, no pude contener mi
asombro. En el poema iba contando cómo aquella noche — precisamente la víspera de su
subdiaconado — había sentido estremecida su carne por todos los gritos de sus hijos que le
llamaban desde la nada.
Y musité sus nombres.
Uno se llama Alfredo, como yo.
Su cabello rizado
se desvanecía
por entre las estrellas.
¡Qué bullicio en sus manos
al yo llevarle aquel perrazo rojo
que vi ayer tarde en la juguetería de la esquina!
A otro le puse Federico;
como mi padre,
como mi abuelo.
Y una hijita de ojos vivarachos
se llama ya en la nada
como mi madre.
Sí, allí estaban nuestros hijos, allí, con carne ya y con nombre. Allí, soñando ya en sus juegos.
Nuestros hijos que nunca nacerían.
Palpé en la noche
sus cabezas llorosas
atormentadas
por el ansia brutal
de ser.
Terrible enfermedad la de la nada.
Removían frenéticos sus manos
de sombra, queriendo palpar
sus cuerpos doloridos y no los encontraban.
Sus gargantas — que nunca conocieron
el milagro de un sorbo de agua fresa —
me gritaban febriles
con rojos alaridos porque nunca serían ya nada más
que nada
Aquel poema removió todo el fondo de mi alma. Los hijos, sí se habla poco de ellos. Y ellos
son los que más duelen a la hora de dar el gran paso, Yo, que siempre he querido con locura
a los niños, ¿qué no daría por tener un hijo, sentir entre mis manos un trozo de mi carne? Y
recordé la tarde aquella del verano cuando me eché la siesta y a mi lado dormía la niña de
Crucita. Allí, aquel cuerpecito de poco más de un año, viendo alzar y bajarse su diminuto
pecho, con el pelito rubio, rizado y brillante, sobre la almohada blanca…
No dormí aquella tarde, comencé a acariciarla suavemente y sentí que el llanto se acercaba a
mis ojos. Hubiera dado la vida por saberla hija mía.
He sufrido mucho por esto, os lo confieso. Al ver a mis hermanos jugando con sus hijos, al
ver que son los niños el centro de sus vidas, al ver mi casa alegre y chorreando cariño por
todos los rincones, uno no puede menos de pensar ciertas cosas. Sí, a todo esto, había que
renunciar, y para siempre.
*
Os he dicho esto no para darme bombo y haceros pensar que uno es héroe y todo eso. Lo
digo simplemente porque hay quién nos cree cobardes e inconscientes. Y no; yo os aseguro
que los curas no somos los fracasados de la vida, no somos los pobres seres que nacieron con
los ojos cerrados. Yo al menos no lo soy, estoy bien cierto. Me hubiera sido fácil construir
un hogar y hasta vivir con relativa comodidad en él. Mis hermanos lo han hecho. ¿La carne?
Sí, me tira. ¿Los hijos? Si, me duelen; no soy un descastado. ¿El amor? He cerrado las puertas
al del mundo por un amor más grande. A los veintitrés años uno sabe más o menos en qué
mundo pisa.
*
Y uno, ¿por qué se hace cura? ¿Qué hay, qué puede haber que merezca y exija todas esas
renuncias? ¿Se hace uno cura para vivir más cónmodo? ¿Para ocupar un puesto elegante en
la sociedad? ¿Para tener asegurado el cielo? ¿Para no trabajar?
Yo no puedo deciros por qué se hacían curas todos mis compañeros. De mí puedo deciros
que me hice cura por vosotros, por tenderos la mano a los hombres, para ser quizá en medio
de vuestras vidas una espina que os haga recordar sin descanso que Dios existe arriba y que
hay una sangre que se derramó por nosotros.
Recuerdo aquel film de Delanoy — tan discutible como estupendo — que se titulaba «Dios
tiene necesidad de los hombres». Discutimos mucho si sería más exacto el título «Los
hombres tienen necesidad de Dios» fin convinimos en que la frase que encerraría toda la idea
del film sería ésta: «Dios tiene necesidad de hombres que le ayuden a salvar a los hombres
que tienen necesidad de Dios».
Sí, ésa es la cosa. Ese es el sacerdocio. Hace ya dos mil años que suena esa trompeta, esa
maravillosa necesidad de Dios. ¡Oh, nuestro Dios sin manos, nuestro Dios maniatado, que
precisa de nosotros como de muletas pan llegar al resto de la humanidad! iOh, el mundo de
las almas, seco, duro, como la tierra de Castilla, y nosotros, mis manos, como canales por los
que Dios viene, por los que Dios quiere venir; Dios, como un inmenso ciego que viene a
darnos luz, pero que necesita que le ayude una mano a atravesar la calle!
Sí, de eso se trata, de esa maravillosa cosa de prestarle a Dios los ojos y las manos, los pies
y las palabras para que pueda llegar hasta nosotros.
Cuando pensaba esto, ¡me parecía tan ridículo el hablar de renuncia! ¡Pero renuncia de qué!
¿De qué, Dios Santo? ¡Renunciar a la paternidad! Yo me reí. ¡Si ahora me siento padre en
una hostia (que eso es un sacerdote) se profane a sí misma es algo que no puede humanamente
comprenderse. Aunque es cierto que la carne y el orgullo pesan mucho en el hombre.
Me pregunto las causas de estas caídas y veo que en el fondo está siempre el orgullo.
Recuerdo el caso dolorosísimo, que hace un mes estudiamos, de la apostasía de Lamennais.
Ha sido una de las pocas veces que una ola de verdadera emoción ha corrido en una de mis
clases. Conteníamos todos el aliento cuando el P. Grisar hablaba de las tentativas que para
convertirle en el lecho de muerte hizo su hermano. Y el jadeo podía notarse físicamente en
la clase cuando el profesor leyó aquella frase de Jean Marie de Lamennais al saber la muerte
de su hermano: «Feliciano, Feliciano, ¿dónde estás?».
Pienso en el estado de convulsión en que debe encontrarse un alma sacerdotal alejada de la
Iglesia, y recuerdo la figura del cura «casado» de la novela de Grahan Greene que sabe que,
a pesar de todo, él es sacerdote.
18 de enero. Esta mañana he vuelto a meditar en lo mismo de ayer y he temblado pensando
que es posible que me pase a mí una cosa semejante. Soy hombre y no precisamente un santo.
Y estar en medio del fango sin marcharse no debe ser muy fácil.
Sesenta días. He levantado los ojos a la Virgen de la Clemencia — la veía borrosa en medio
de las lágrimas — y le he pedido que me ayude en los días que faltan, en los poquísimos días
que faltan.
He recordado después aquella oración del protagonista de Boy que decía más o menos:
«Átame, Señor, y así no habrá peligro». Me pregunto si no sería mejor dar de una vez la
libertad a Dios; pero este yugo de ser libres hay que llevarlo a cuestas, aunque duela. Al ir a
comulgar he repetido quince o veinte veces: «No permitas, Señor, que jamás me separe de
Ti».
Diez de la noche. Volviendo sobre los pensamientos de la mañana se me ha ocurrido el lema
de la cinta que me atará las manos en la ordenación. Hoy he escrito a mi hermana mandándole
los modelos y el lema. Será de un metro y medio de longitud y a todo lo largo la frase «Átame,
Señor, y eternamente seré tuyo», en latín, y en las iniciales cinco grandes medallones que
representarán el Corazón de Jesús, la Virgen, un Crucifijo, un diácono llevando la Eucaristía
y en el primero unos ángeles tocando las trompetas como convocando a la alegría. A ver qué
tal me la pinta.
20 de enero. Hoy, rezando el breviario, me ha dado un salto de alegría el corazón al leer la
escena en que Cristo pregunta a sus discípulos quién dicen los hombres que es El. Y en cuanto
he terminado de rezar he venido a mi cuarto y he escrito en un recorte de papel: «Cristo
curioso por lo que pensaban de Él».
Esto para mí es un consuelo. He pensado mucho si obsesión por lo que los seglares pensarán
de nosotros, los curas, vendría del orgullo, Y ahora me alegra el comprobar que a Cristo
también debió picarle la curiosidad de saberlo. Aunque no estoy muy seguro de que los fines
que Cristo se proponía al preguntarlo y los que hay en el fondo de mi preocupación sean los
mismos. Además, El, antes de preguntarlo, ya sabía la respuesta; pero, en fin, me agrada
imaginarme a Cristo curioso.
21 de enero. Esta tarde hemos estado rezando vísperas en San Pedro. Se sentía un temblor
especial arrodillándose en medio del espacio y notando bajo las rodillas el calor de los huesos
del Apóstol.
Cuando estábamos a medio rezo entró una peregrinación alemana cantando desde el fondo
(como ya quisiera yo que cantaran los españoles) y después se apiñaron en torno nuestro
mirando y sin hablar una palabra. Me daba la impresión de conocerlos a todos; no sé por qué
en la basílica toda la gente me resulta conocida, como si todos fuéramos del mismo pueblo.
22 de enero. Hoy he recibido una carta de Santos y Cristóbal que me hace mucha gracia.
Resulta que escribí un artículo en Incunable comentando lo que Gironella dice de los
seminarios en «Los cipreses creen en Dios» y ahora me dicen estos dos seminaristas que mi
defensa de los seminarios me salió muy mal y que lo malo es que Gironella tiene razón.
Santos me dice: «Acabo de leer en Incunable tu artículo discutiendo lo que Gironella dice
de los seminarios y me pregunto: ¿Quién lleva razón? Gironella no la debe perder. Habla
de 1930. Por las mirillas que aún quedan en puertas arrinconadas, por las crónicas de
"Correo Josefino" y por los ' 'buenos consejos" que nos dan podemos deducir que la historia
no es tan leyenda ni mucho menos. Otra cosa sería el eterno problema del escándalo. Pero
Gironella salva la tesis ¿no es así? A propósito, te contaré una anécdota. El año pasado, en
la campaña ' 'pro seminario" se me encargó un articulito para la prensa local. Yo, a pesar
de todo, lo escribí conto todos los que veo sobre el tema. Si quieres, acentuando la nota
alegre de nosotros, que también es un tópico. (Entre paréntesis: tú me conoces vamos, no
me comprarías para eterno anunciante de pasta de dientes). Bueno, el artículo lo titulaba
así: "Muchachos con sotana". Hasta recuerdo que decía estas mismas palabras: medias
negras y pelo al rape — rechazándolas, naturalmente — . Vaya por delante que yo no escribí
con sinceridad. No podía hacerlo honradamente sin prudencia y sin escándalo. Por tanto,
casi defendía la del "indio feliz". Yo pregunto: ¿A qué tanta comedia? ¿No sería mejor
empezar a presentarnos como somos, cautela, desde luego, y que todos nos ayuden con sus
observaciones o con sus puyas? Como ves, te he echado todos los santos abajo de un
plumazo... Aunque lo cierto es que la gente se va cansando de nuestra novela rosa y de
nuestra escayola. Luego, las decepciones...
Sí, José Luis, yo he llevado medias negras, pelo al rape, comida escasa, frío, he jugado con
pelotas de trapo y de lana, etc., etc. Hasta hace unos años los lectores de mi refectorio tenían
un tonillo especial. Mira, hace dos años yo llevé un diariejo y lo tuve que dejar a los dos
meses. Aquello era muy duro. Y si no, sólo escribía sueños y sentimentalismos. Yo te desafío
a que escribas tu vida de seminario como la has vivido, no como la hubieras querido vivir,
y verás... La figura menos fuerte que había de ocurrírsete en buena literatura sería de
hospiciano… lechuzo en la noche astorgana.
Santos sigue hablando mucho porque es muy charlatán Cristóbal es más parco, pero dice lo
mismo: que estuvieron de acuerdo con lo que dice Gironella y que creen que acaso se quedó
corto. Ten en cuenta — dice que si yo escribiera una novela sería tan claro que diría muchas
cosas que Gironella no dice.
Leí esta carta con más tristeza que alegría, pero ahora al releerla no deja de hacerme gracia.
Me pregunto si yo no seré un bicho raro o si no habré sido un pobre chaval ciego, porque lo
cierto es que mi novela del seminario no sería tan triste ni se me hubiera ocurrido imaginarme
hospiciano o lechuzo. Y, desde luego, hablo con toda sinceridad.
Cuando ahora, que me faltan dos meses para ser sacerdote, me vuelvo a contemplar mis trece
años de estudios, siento más aún sensación de alegría que de otra cosa. No sé si será que lo
hermoso de esta hora que estoy viviendo me lo transfigura todo y pienso que este gozo da
por bien pagados todos los sufrimientos, o es sencillamente que tales sufrimientos no han
existido.
No es que no le vea pegas a mi vida de seminario. Veo muchas, y el artículo que yo mandé a
Incunable ponía unas cuantas (que una mano de censor limó bastante), pero no creo que
fuesen más de las que en cualquier parte me hubiera tropezado.
Pelo al rape no he llevado nunca (aunque, eso sí, nos dejaban tan poco que apenas se veía;
pero, ¡menudo orgullosos que estábamos nosotros con nuestro mechoncete!). Medias negras
no llevé nunca tampoco. Con pelotas de trapo sólo juego ahora (y es porque jugamos en la
terraza al fútbol y si botasen se nos irían todas a la calle y no ganaríamos para reemplazarlas).
Frío pasé, pero quizá en el son bastante pocos los que no 10 pasan. Algo de sí se pasaba, y lo
malo no es que diesen poco, sino lo que daban resultaba intragable.
Sí, desde luego, en mis primeros años no se puede decir que mi seminario fuese un colegio
de nobles, pero yo os aseguro que lo pasé muy bien, y que hoy me resultaría juzgar el
seminario por ese montón indiscutiblemente existente de detalles oscuros.
Hoy creo que los seminarios españoles no están más bajos en general que un colegio normal
de bachilleres. Siempre habrá superiores que miren torvamente, incomprensivos que nos
hagan llorar alguna vez, y no faltarán los edificios viejos, medio destartalados.
Sí, amigo, sí; aunque no lo creas yo fui hombre feliz en el seminario. Quizá es que yo era un
inconsciente, fui feliz y no tengo por qué inventarme ahora una tragedia. Lloré algunas veces,
pero ésa es la vida y siempre hay que ensañarse contra alguien. Los muchachos de fuera nos
hablan de los fúnebres colegios en que realmente pasaron unos años estupendos, y nosotros
voceamos nuestro oficio de lechuzos. También eso es la vida.
¡Ah, no! Yo no defiendo la tesis del indio feliz ni creo que el hecho de que los sacerdotes se
formen para la santidad justifique el que los corredores sean sombríos o que los pupitres de
las clases sean incómodos, pero creo que siempre y por mucho que tengamos vamos a seguir
soñando que somos unos mártires. Es un papel bonito por lo demás. Y barato.
Y ahora me vais a permitir que os eche mi sermón; y es que, ¡caray!, siempre hablando de
los pobres y los desheredados y después nos jeringan las lentejas. Cuando yo entré en el
seminario era casi un niño repipi con llantina diaria en las comidas. Hoy no tendría
inconveniente en comer las alubias peor condimentadas de cualquier pobre Juan. Y puede
que de que yo haga esto dependa un día la salvación de un alma.
Y ahora quiero decirte que no puedes imaginarte lo violento que me resulta hablar de estas
minucias cuando me faltan dos meses para ser sacerdote. Esta alegría de que ahora gozo daría
por pagados quince años de prisión. y mucho más si tal prisión no existe. Si yo me pusiera a
sumar el montón de alegrías que en el seminario he tenido los amigos espléndidos que he
encontrado, los superiores comprensivos que me han caído en suerte, no acabaría pronto.
Dejadme ahora que os hable de la sólida formación que nos han dado. Sí, ya sé que temes y
temo a los tópicos y que se habla mucho de la cacareada formación. Sin embargo, a la hora
de la verdad, yo os aseguro que la creo más profunda de cuantas reciben ordinariamente los
seglares y que exige mucho menos esfuerzo personal en nosotros que en ellos. Quizá en el
fondo la formación propia siempre ha de hacerla uno, pero en el seminario se encuentra —
yo he encontrado — ambiente muy propicio. Lo malo es que apenas salimos del seminario
colgamos nuestros libros, nos frotamos las manos y pensamos: ya soy un hombre. Y, aun así,
se encuentra uno por ahí cada cura estupendo que hace pensar. A casi todos les falta ese
barniz, ese saber decir que muchas veces da el hojear las revistas y leer cuatro novelas. Quizá
sea por esto por lo que lucimos mucho menos que ellos. Aparte de ese complejo de
inferioridad que nos hace pensar que nuestras ideas no valen la pena de ser comunicadas.
Cuántos sermones he oído más profundos que muchos libros que ruedan por ahí (aunque, eso
sí, ¡tan mal dichos...!)
Quiero hablaros también de la alegría. No conozco demasiado los ambientes de fuera, pero
creo sinceramente que los jóvenes más alegres que he encontrado son mis compañeros. Era,
es verdad, una alegría sui generis, de la que no alborota, pero siempre deja buen sabor. La
tristeza de los curas viene después, cuando se encuentran solos, y no pocos avinagran su
espíritu. Sí, querido Santos, creo que aquí hay que dar la gran batalla. No es alegre el que
puede sino el que quiere. Es la paz del espíritu y no la esplendidez de la comida la que da la
alegría. Y esta paz del espíritu — este saber a Dios a nuestro lado — es lo que hay que
intensificar con toda el alma ahora que la vida es fácil entre las cuatro paredes de nuestro
seminario. Después viene la vida y es una triste pena encontrarse esa cantidad de curas
amargados que parecen descontentos de su sacerdocio. Y esto no es, no puede ser verdad.
25 de enero. Hoy estaba rezando el breviario en la Galería del Pilar cuando la gente volvía
de clase. Acababa de rezar Sexta y cerré el libro unos minutos antes de empezar Nona. Me
paseaba con las manos cruzadas a la espalda cuando vi que en el centro del patio estaba el
niño de Mauricio. Estaba tumbado en la silla — no se tiene sentado todavía — agitando los
bracines y los pies.
Entraba entonces un grupo de colegiales y me puse a observar las reacciones de cada uno.
Morales, nada más verle, echó a correr hacia el crío y estuvo cuatro o cinco minutos
haciéndole monadas y dejándose arañar. Pepe y Julio Manuel se acercaron un minuto,
chascaron los dedos, pero no se pararon. Esteban pasó sin mirarle y noté que casi se hacía
violencia (es demasiado bueno y le ha dado por los escrúpulos). Luego vino José Mari y le
cogió en brazos, le puso la teja e intentó hacerle andar (tiene seis meses y no sabe ni echar el
pie). Luego Sebastián y Robles también pasaron de largo sin darle importancia y Méndez,
que iba corriendo — como siempre — , creo que ni le vio.
Me divirtió el espectáculo y luego, en cuanto cruzaba uno la puerta, yo decía: éste se detendrá,
éste pasará de largo, éste le hará un guiño, pero sin detenerse. Era casi un deporte y acertaba
la mayor parte de las veces.
He observado que, en general, a muchos curas jóvenes nos resulta violento jugar con niños
pequeños en público Al menos a mí así me sucede; con mis sobrinos, en casa juego y soy
más crío que ellos. Pero en la calle me resulta una tortura tener que ponerme serio y no
cogerles en brazos, ni hacerles monadas. Comprendo que es una idiotez porque la gente
comprenderá de sobra, pero hay algo, una cosa extraña, inexplicable, que me pone violento.
Cuando ha tocado el timbre no había empezado Nona.
28 de enero. Parece mentira que estemos en invierno. Hace sol y Roma va tomando ese «color
de hoja seca» de que habla Valverde. Pienso que quizá la tarde de hoy ha sido trasplantada
desde la primavera. Por la calle cruza ahora un pelotón de tropa al ritmo de una marcha militar
que ha perdido — bajo el sol de esta tarde — todo lo que pudiera tener de delicioso. He
repetido el verso de Guillén: El mundo está bien hecho, y el de Rosales, y todo se restaña en
la alegría.
Luego, para confirmarme en la idea, he subido a la terraza, pero he bajado a escape porque
no soportaba el ruido de las Vespas. El mundo está bien hecho, pero los motores no.
30 de enero. Carta a Dios pidiéndole un milagro.
Querido Señor: El motivo de esta carta de hoy es un motivo raro; no escribe uno cartas todos
los días pidiendo un milagro.
Pero la verdad es que se trata de un milagro pequeñito y así creo que no te extrañará
demasiado mi audacia. Se trata simplemente de pedirte que el día de San José amanezca la
ciudad cubierta de nieve.
¿Te ríes? Es en serio. No busco simbolismos ni mística. Bien estaría que toda la pureza de la
tierra se juntase ese día en torno mío, pero te lo pido sólo por un ingenuo romanticismo.
¡Sería tan magnífico, al abrir la ventana, recordar en la nieve toda mi antigua vida!
Hace ya cinco años que no veo la nieve y esto es demasiado. No sé si en Nazaret habría
nieve cuando Tú fuiste niño, pero ya recordarás cómo se quieren todas esas cosas que jugaron
un papel importante en nuestra infancia. Y para mí quizá el recuerdo más representativo de
mis primeros años es la ciudad de Astorga recién nevada.
Aquel salir por las mañanas camino del seminario cuando repicaban las primeras campanas
y encontrarse la calle inmaculada, recién creada y nueva, toda para nosotros. Para nosotros:
para mi madre y para mí.
— Hijo, pon los pies donde yo.
ponerte toda mi alma de niño, posar en mi mirada todo el cariño de mi vida, hablarte con la
palabra ingenua que hoy quisiera tener.
Sí, estoy viviendo una infancia entre real y fabricada poéticamente. Sería tan espléndido
llegar hasta tu altar con un alma tan clara como la que me finjo... Poca historia tengo, pero
no es desde luego la que yo quisiera presentarte. De todos modos, el hacerse uno niño estos
días es la única manera de poder comprender algo de lo que me sucede, Es algo tan distante
de la lógica…
Mis manos, me obsesionan.
Hoy he recibido una carta de mi hermana religiosa que ha hecho llorar mucho. Únela, Dios
mío, a todos mis trabajos; ella será la que haga fructificar mi sacerdocio.
Si sacase un solo fruto de estos ejercicios ya sería bastante; me refiero a la ternura auténtica
hacia mi preciosa Virgen de la Clemencia. Ella va a iluminar mi vida sacerdotal. Que sea
clara como tu sonrisa.
Me siento muy cansado. Voy a acostarme (son ya las doce y media). Protege, Señor, este mi
sueño que hoy es terriblemente sagrado. Pienso ahora que podría morirme esta noche. ¡Sería
espantoso, oh, Dios mío! ¡Oh, no, no, ¡no es posible morirme así…! No, vélamelo, ponte muy
cerca de mi corazón para que no se pierda uno solo de sus latidos, y despiértame a un día
lleno de sol, de tu Sol».
Escrito esto me acerqué a la cama. Quité al calendario la hoja del 18 y apareció el rojo 19 de
marzo de 1953. Me acerqué y le di un beso; luego me reí de lo cursi del gesto. Me acosté y
desde la cama, con la luz encendida, todavía contemplé largamente aquella fecha, luego pasé
los ojos por las cuatro paredes de mi cuarto y me sentí feliz. Llevé las manos a los labios y
las besé casi vorazmente. Me sentía contento cuando apagué la luz.
*
A las tres y media de la mañana estaba ya despierto. Era aún de noche y continúe en la cama.
Di vueltas y más vueltas sin conseguir dormirme. Miré el calendario. 19. Ya. Sin embargo
— no sé por qué — recuerdo que pensé que el día no entraría propiamente hasta que el altavoz
rompiese a cantar el Aleluya. La noche anterior toda la casa se había llenado de altavoces
conectados con el tocadiscos de la galería y sería el «Alleluia» de Haendel el que nos
comunicase la noticia: «Ea, el día está aquí, ya podéis alegraos».
Así esperé en la cama a que tocase. Pocos minutos antes de las seis y media comenzó a crujir
el altavoz, Dije: lo están probando. Y ahora sí que comenzó a correr el corazón como un
caballo. Sonaba físicamente, me hacía daño; noté que jadeaba, y cuando la música rompió en
el altavoz ya habían subido a mis ojos las primeras lágrimas. Tremendamente emocionado
me incorporé en la cama sin. tiendo algo indefinible: una mezcla de agradecimiento, de gozo;
una sensación de seguridad, de llegada, de puerto, de haber cumplido todo. Sentí cómo caía
mi llanto sobre las sábanas, era un llanto profundo y ya sereno. Recliné la cabeza sobre la
almohada y me dejé llorar a todo lo largo del Alleluia, creo que, sin pensar en nada, llorando
nada más.
Me levanté de un salto. Me lavé y me afeité. Ante el espejo se me cortó el llanto y me vino
la risa al ver lo divertido de mi cara llena de lágrimas y jabón. Saludé gozosamente a mi
doble del espejo y hasta tuve fuerzas para reñirle: «¡Este crío…!».
Mientras, seguía sonando la música por todos los pasillos. Tras el Alleluia vino el Himno del
Papa tocado por las trompetas de plata y, tras él, una Coral y una Fuga de Bach. Por último,
el Ave María de Somma. Cada una de estas piezas iba haciendo saltar mis emociones desde
la alegría estallante de Haendel hasta el himno triunfal — YO recordaba y veía en este
momento tantas funciones en el Vaticano-- y de ahí a la piadosa música de la coral y la
juguetona de la fuga para acabar en la oración dulcísima que yo canté al compás del altavoz.
Cuando abrí la puerta de mi cuarto mis ojos con un gran XR (Cristo) y debajo en letras rojas:
TU ES SACERDOS IN AETERNUM (Tú eres sacerdote eternamente) y el quicio de mi
puerta señalado con una gran cruz roja — dos largos trazos de sangre — y unas líneas que
decían: JOSÉ EL ÁNGEL DEL SEÑOR HA PASADO POR TU PUERTA Y LA HA
SEÑALADO. DESDE HOY SERÁS SACERDOTE ETERNAMENTE.
Yo recordé la escena de la Biblia en la que los judíos señalaban con sangre del cordero sus
puertas, de modo que cuando, a la mañana siguiente, pasó el ángel exterminador, sólo las
casas que tenían la puerta señalada se libraron de la horrenda matanza de los primogénitos.
Nuestras puertas también estaban ahora señaladas con señales de vida, de la nueva vida que
iba a comenzar.
Y recorrí el pasillo, y fui deteniéndome en cada una de las puertas señaladas con sangre. En
la de Cipriano, en la de Mateo, en la de Fidel, en la de José María, en la de Alfredo... ¡Qué
temblor en la sangre! ¡Qué sentirse llamados… ahora ya sin dudas! Este signo nos marca
contra la espada de la muerte. La Señal en mi puerta se borrará quizá dentro de cuatro días,
pero en mi alma va a durarme siglos y siglos, y siglos, y siglos. Durará eternamente, porque
es sangre de Dios la que nos ha marcado, la sangre del Cordero que nos salva.
Habían adornado toda la casa. La escalera estaba llena de pergaminos con todas las frases
bíblicas referentes al sacerdocio, y a su lado dibujos de campanas, iglesias, cálices... Y recorrí
la casa complaciéndome en verla como si no la conociese. Necesitaba caminar, andar,
moverme, estar tranquilo.
Después fui a la capilla de los Sacerdotes, me senté en un rincón y fui leyendo el rito de la
ordenación, mientras por segunda vez me llenaba de lágrimas. Estaba diciendo misa Ángel,
y al pensar que dos horas después yo haría lo mismo, sentía que una mano me apretaba la
garganta.
Cuando elevó sus manos y la hostia temblorosa apareció detrás de su cabeza, yo sentí que
mis uñas se clavaban en mis palmas. Aquello era verdad, verdad, verdad.
Recuerdo que miré muchas veces el reloj en la hora que estuve allí, y cuando dieron las siete
y media salí corriendo como si fuera a llegar tarde y tuve luego que estarme un cuarto de
hora paseándome por la galería para hacer tiempo. En el bolsillo, enrollada, llevaba la cinta
pintada por mi hermana, que había recibido la tarde anterior y que iba a atarme las manos
tras la unción. Yo la estrujaba entre mi palma. Me sudaban las manos.
Eran las ocho menos cuarto cuando entramos todos a revestirnos. Éramos dieciocho,
dieciocho pobres muchachos, temblorosos, pálidos, tartamudeantes, con los ojos luminosos
de lágrimas y el corazón cargado de alegría. Tuvieron que ayudarnos a vestirnos, porque
solos no hubiéramos acertado. Recuerdo matemáticamente dónde fue. No lo olvidaré nunca.
Allí estábamos los dieciocho, vestidos de blanco, mirándonos sin vernos, sin conocernos;
sabiendo que la hora había llegado, que dentro de unos pocos minutos todo se habría
cumplido.
Cuando salimos a la galería faltaban seis minutos para las ocho. Era un mañana clara y el sol
que entraba por los arcos blanqueaba aún más nuestras albas. Cuando llegó el Obispo, en el
patio izaban la bandera de España al lado de la del Papa.
Comenzamos a andar hacia la iglesia y yo sabía que ahora cada paso nuestro era una cosa
muy seria: eran pasos que nos llevaban a Cristo, que nos llevaban a morir y a nacer de nuevo.
En el coro comenzaron a cantar y toda la emoción me subió a la garganta: « Filioli mei»,
decían: Hijos míos, he aquí que yo estoy con vosotros.
No pude escuchar más. Esta sí que era la hora de las lágrimas. Avancé repitiendo «Hijitos,
hijitos míos». Y Recordé la fiase que yo había escogido por lema de mi ordenación: «Et tu
puer Propheta altissimi vocaberis», «Y niño, serás llamado profeta del Altísimo». Y me
pareció que Él me la repitiera traducida: «Tú, niño mío, chaval vas a ser hoy llamado profeta
del Altísimo. Pero no he aquí que yo estoy a tu lado y para siempre, Yo estoy con vosotros.
YO».
Jamás me he sentido tan solo frente a Dios. Se le veía. le podía tocar, allí entre nosotros. No
me acordé de nada en este instante, de nada, ni de nadie. Dios estaba latiendo allí en la iglesia
y lo llenaba todo, hasta los últimos rincones de la vida.
Nos colocamos en el presbiterio y a mí me tocó en el ángulo, con los ojos cayendo en el
centro del altar en que la Virgen de la Clemencia sonreía preciosa, esta Virgen que ya era
una parte esencial de mi existencia. ¡Cuánto sabía de mí! ¡Cuánto de mis miedos, de mis
tentaciones, de mis caídas, de mis frialdades, de mis fervores! Había llegado con ella a la
oración esencial: a la sonrisa, y ya me resultaba fácil hablar con ella. Por eso esta mañana yo
tenía los ojos clavados en los suyos en espera de que Ella hablase. Y me habló; me dijo con
los ojos que había llegado la hora de la alegría y que pronto podría sentarme en sus rodillas
frente a frente con Cristo.
Se revistió el Obispo y comenzó la ceremonia como una misa ordinaria. Se ordenaron los
tonsurados, los subdiáconos y juntamente con ellos nos postramos en tierra.
La capilla era estrecha y estábamos pegando los unos a los otros, como haciendo una
alfombra, Mientras las letanías subían y bajaban en oleadas, yo llamé a Dios, grité; fue una
oración dramática, pidiendo que viniese, que tuviese misericordia de nosotros, que se dignase
oírnos. Me escocían los ojos y mis manos arañaban la alfombra pidiendo su venida. A mi
izquierda Luis estaba más tranquilo, podía oírle perfectamente que cantaba. Yo no podía
cantar, salía mi oración entre jadeos, con voz ronca y suplicante.
Se levantó el Obispo y su palabra de repente serenó mi espíritu: Que te dignes bendecir a
estos elegidos, cantó. Y mientras en el coro contestaban: «Te rogamos, óyenos», yo sentí la
alegría correr por mis entrañas al repetir con júbilo: Elegidos, elegidos, elegidos…
Y por segunda vez: Que te dignes bendecir y santificar a estos elegidos. Y yo como un eco:
Elegidos, elegidos…
Y por tercera: Que te dignes bendecir, santificar y consagrar a estos elegidos. Y mis ojos se
abrían ante el gozo y el pasmo de la palabra enorme ¡Elegido!
Siguió la letanía y me sentí sereno: Era Él, Él, quien no elegía, no los hombres. Qué tremenda
certeza la de sabernos suyos porque Él lo ha querido. Él, que nos conocía tal y como éramos,
nos llamaba, y nos llamaba con nuestro modo de ser, con nuestros defectos. Él vería lo que
hacía después con «su chatarra».
Nos levantamos y mientras se ordenaron los subdiáconos y diáconos yo miraba el reloj para
grabar bien la hora, la gran hora.
Ya. Ya. Ya. Ya. Comenzó a correr el corazón igual que por la mañana cuando entró el
Alleluia por el alma. Vertiginoso.
El reloj: Las nueve y media.
Nos llamaron uno por uno. Contestábamos: « Adsum». Y yo escuché mi nombre, la llamada
inconfundible, con los dos apellidos. Y contesté sencillamente mi « Heme aquí». Ya estaba
hecha la entrega en los brazos de Dios.
Cuando estuvimos todos colocados en semicírculo ante el señor Obispo, se adelantó don
Jaime y le pidió en nombre de la Iglesia que nos ordenase sacerdotes. Y contestó el Obispo
con la enorme pregunta: ¿Sabes si son dignos?
Y el Señor Rector: En cuanto a la fragilidad humana puede conocerlo, yo atestiguo que lo
son.
Y entonces el Obispo a todo el pueblo: Ved, hijos míos, que a todos interesa que la nave de
la Iglesia esté gobernada por buenos pilotos. Por eso, si alguno tiene algo que decir sobre
alguno de éstos, que se adelante sin temor y lo diga.
Y tras unos segundos de silencio se dirigió a nosotros y nos dijo:
Hijos míos queridísimos que vais a recibir el orden sagrado del presbiterado, ved bien de
recibirlo dignamente y de ejercerlo con esmero una vez recibido. Porque propio es del
estabas allí, que tu mano estaba allí para cuando fuera necesaria. Tú lejos de la casa, pero
sabiendo que la casa vive gracias a esta tu lejanía. Tú escribiendo siempre, pero sabiendo que
ahora idos estaba entre tus padres. No tiembles ahora, padre, abre los ojos bien. Sí, es tu hijo,
el más pequeño de todos tus hijos el que pone la Hostia sobre tu lengua, sobre tu lengua
temblorosa.
Corpus Domini Nostri,
Nostri, dije también para ti, Paquito, para ti, que ahora me miras con unos
ojos infinitamente abiertos, unos ojos que pudieran parecer llenos de ignorancia cuando lo
que tienen es una plenitud de certeza. Que Él custodie tu alma, tu alma diminuta y blanca
como quisiera tenerla yo ahora. Sí, es tu tío el que te da la comunión, el mismo que ayer tarde
jugaba contigo tirado por el suelo. Sí, con mis manos,
manos , las mismas que ayer te arreglaron el
mecano. Me comprendes, acaso eres aquí tú el que más comprendes de todos porque eres el
que más cerca estás todavía de Dios.
Que el Cuerpo de Cristo custodie vuestras almas, dije, sobre todos vosotros, hermanos, tíos,
familiares y amigos míos que recibís temblando la comunión de mis manos. Que Cristo esté
con nosotros por los siglos de los siglos.
El resto de la misa me pareció ya un juego. Dije las oraciones casi corriendo, con
incomprensible prisa. Cuando ahora me pregunto por qué fue así no consigo explicármelo,
pero así fue. Tampoco me di cuenta del besamanos ni de los abrazos y apretones de manos
en la sacristía. Quizá es que tenía necesidad de que llegase el momento de sentarme en aquel
ángulo cuando todos se fueron y, una tras otra, se apagaron las luces de la iglesia y yo me
quedé solo, sin rezar, sin mirar a ningún sitio, sin pensar nada, sin darme apenas cuenta de
que estaba llorando.
NUEVE CARTAS RECIBIDAS
En los días de mi ordenación y primera misa recibí infinidad de cartas. Creo que aquellos
días apenas las leí. pero ahora al releerlas siento ante ellas una emoción extraña. Me divierte
el ver cómo siente cada uno mi sacerdocio, desde qué ángulos tan diversos puede verse. Voy
a escoger algunas que me parecen interesantes.
1
Queridísimo hijo: Recibimos tu carta y nos llena de alegría la feliz disposición en que te
hayas en las vísperas de recibir la ordenación sacerdotal. Hoy echamos al buzón esta carta
con la seguridad de que te llegará exactamente el día de tu ordenación para comunicarte los
sentimientos que nos embargan a la vista del más grande acontecimiento familiar. Es
emocionante el ver cómo siempre hizo la Providencia que llegaran las cartas en el momento
exacto, Recuerda cómo llegaron en punto tus cartas en las bodas de tus hermanos y en la
toma de hábito de tu hermana Angelines. Así ésta yo sé que va a llegarte exactamente en la
fecha histórica del 19 de marzo que ya se aproxima.
José Luis, querido, si vieras cómo estamos estos días tu madre y yo. Tú no puedes ni soñar
lo que para nosotros es esto. Tú sabes que siempre soñamos tener un hijo sacerdote, pero
nunca podrás imaginarte la zozobra con que veíamos pasarse los años temiendo que el Señor
no nos fuera a otorgar tanta dicha. Doce años... Pero, ¿«será posible, Señor, que lo veamos?
Ahora sí que nuestra alma descansa tranquila. Lo tenemos a la vista y pronto será verdad.
Podemos estar satisfechos como padres cristianos. Con resignación ofrecimos al cielo el
primero de nuestros frutos y allí ha estado siempre intercediendo por nosotros el ángel que
no nació para la tierra. Después, de los hijos vivos le ofrecimos el 50 por 100. Un hijo y una
hija para el mundo a fin de que pueda perpetuarse nuestro espíritu familiar y un hijo y una
hija para Dios. ¿No es también esto un apostolado? Nuestra vida no ha sido del todo estéril
pues esperamos que nuestros hijos sabrán completar nuestra obra que en definitiva no
queremos sea otra que la gloria de Dios.
Y mira qué coincidencia maravillosa —
maravillosa — ¿recuerdas
¿recuerdas que decía Crucita que Dios nos protege
descaradamente?
descaradamente? — A A tu madre, a la misma hora de tu ordenación le impondrán un distintivo
de madre de sacerdote. Así podremos participar de un modo tangible de las emociones de
esta fecha. Bien merecido lo tiene tu madre porque ella supo moldear tu alma desde pequeñito
para que llegaras a serlo.
Nos dices que por Radio Vaticano daréis los nuevos sacerdotes vuestra primera bendición.
Quiera Dios que podamos oír la tuya, pero, aunque así no fuera sabemos que llegará hasta
nosotros como llegarán hasta tus manos consagradas los besos emocionados de tus padres.
Valeriano
Queridísimo hijito: Nunca he sentido con tanta emoción como ahora la extraordinaria gracia
con que el Señor quiere favorecernos; sí, hijo del alma, hoy recibo un aviso de mi centro de
Acción Católica diciéndome que el día 19 me será impuesta la insignia de madre de
sacerdote. Es casualidad, es Providencia;
Pro videncia; en el mismo día en que tú serás ordenado sacerdote
sacerd ote
de Cristo, tu madre ostentará en su pecho la insignia más grande, más emotiva, más ansiada;
sí, hijo mío, gracias a Dios llegas a la meta y ahora vas a dejarme que te recuerde algunos
detalles de tu vida de niño. Por una pura casualidad fuiste bautizado con agua traída de
Palestina, de donde acababan de llegar tus padrinos; ya desde aquel 30 de agosto de 1930 a
todos nos parecía que tú serías el elegido. ¡Ah, y no creas que fuiste ningún ángel, sino que
eras muy travieso y revoltoso! Corriendo los años y cuando tenías nueve y en el colegio de
los Hermanos te preparaban para el ingreso en el Instituto, tú me viniste un día a casa diciendo
que donde querías ir era al seminario. Yo me quedé sin saber qué decirte y llena de emoción
se lo dije a tu padre. Papá decía que mejor que cursases antes unos años en el Instituto y que
después veríamos si seguías con la misma idea. Pero tú te pusiste terco: «Yo quiero ir ahora
al seminario». Yo te describí lo que era la vida sacerdotal, vida de sacrificio y de austeridad;
te hablé del seminario que, recién acabada la guerra, estaba bastante mal; te hablé del frío, de
las comidas…
comidas…, y tú muy seriecito me contestaste (parece que te estoy oyendo): «Yo, mamá,
al seminario». Y en octubre ingresaste recién cumplidos los diez años. Aquel año estudiaste
externo todavía. Recuerdo que fue un invierno muy frío y que todas las mañanas al llegar la
hora de llamarte: ¡Dios mío, cómo ha nevado y son las seis y media!…media!… Pero, ¿cómo no
hacerlo? Te vestía muy aprisa y te ponía el pasamontaña y el abrigo Y te acompañaba hasta
el seminario (ni un solo día te acompañaron las muchachas) tu madre siempre, y luego me
iba a misa de siete a la parroquia.
De tu vida de seminario, ¡cuántas cosas te recordaría! Aquello del
d el abrigo, lo del jersey blanco,
lo de la sotana de Santibáñez…Sería interminable ¡Qué
interminable ¡Qué trabajo me costó luego cuando te
fuiste al seminario de Valladolid y mucho más luego cuando te fuiste a Roma! Pero ahora
todo pasó y todo está presente en mí. Y ahora, ¿qué es lo que va a suceder? ¿Tú lo has pensado
bien, hijo mío? Mira, hijo, el hacerte sacerdote no es hacerte
h acerte abogado, médico o así. Esto es
algo mucho más sublime, superior a todo lo de este mundo, es ser sencillamente otro Cristo,
vivir, hablar, enseñar, predicar y hacerlo todo, como Él lo hacía. Esto y únicamente esto
tienes que ser tú, mi pequeño. Puedes creerme que me parece un sueño, sí, un sueño todavía
pero que dentro de tres días tú habrás hecho el milagro de los milagros... Pero ¿es posible
que aquellas manos tan pequeñitas que yo cuidaba y lavaba tengan ahora este poder divino?
Pero, Dios mío, ¿qué he hecho yo para que me concedas esto?
No puedo pensar en el día de tu primera misa cuando depositarás
dep ositarás a Cristo en mi boca. Yo sé
que consagrarás esa forma pensando que es para que Jesús venga a mí por ti. No comprendo,
hijo mío, cómo sabiendo esto hay tantas madres que regatean a Dios sus hijos (tú recuerdas
el caso de los Suárez). No, hijo mío, yo te puedo certificar ahora —
ahora — y quisiera poder decírselo
a todas las madres de la tierra — que
que no hay alegría como ésta en el mundo, que el sentirse
colaboradora de Dios en esa catedral humana que es un sacerdote es la cosa más grande que
se puede soñar en una madre. Ya es maravilloso dar hijos para el cielo, pero que un hijo de
nuestras entrañas vaya a convertirse en Cristo
Cr isto es algo que queda más allá de todos los sueños
de una madre. Sí, hijo mío, esta satisfacción de saberte sacerdote, paga sobradamente todos
los sacrificios de ml vida de madre. Yo te llevé en mi seno. ¡Benditos los dolores que me
costaste!
Nada más, ya. Que te prepares bien para el gran día. Pide mucho a Dios que estos días calen
hondo en mi alma, y los con tal intensidad que olvide lo humano para ver solamente lo divino
que hay en ellos. Te abraza tu madre, que ya sabes que te quiere,
Pepita
2
Pepe Luis amigo: Bendíceme y dame un abrazo. Tan tonto soy que no sé qué decirte ahora
que llegas tú también. Desde ahora te explicarás por qué desde el 19-V-51 me interesaron
menos la ciencia y los títulos y hasta la misma poesía. Acabo de terminar la tercera tanda
consecutiva de Ejercicios y aún no está mediado el programa d Cuaresma. Con la gracia de
dios y «Diformil» a pasto, todo se realizará. Este es, definitivamente, querido y querible Pepe
Luis, este es el sacerdocio, esa cosa tan bonita y dolorosa que te va a traer San José.
Vamos a hablar, si quieres. Mira, aprovecha el primer mes de misas pasa hacerte santo para
siempre. Que luego todo son amargores y quejumbronerías cuando uno nota la piel
endurecida para el tacto de Cristo y de las almas. Me da vergüenza, créelo, hablar con alguien
que todavía pueda dar todo. Yo no sé, gracias al Señor, lo que es un sacerdocio tronchado.
Pero te puedo certificar que el robarle a Dios, aunque sea una migaja diaria es infinitamente
amargo. Una vez nos decíamos — apoyados ambos en la ventana tan recordada y familiar —
que la única pena auténtica es la de no ser santos. Y lo decíamos no citando una frase, sino
viviéndola. Y luego es lo único que queda, ya lo verás. Digo, no lo verás. Porque te tienes
que hacer santo a fuerza. Se lo estoy pidiendo a Jesús de una manera impertinente y glotona
y, además dándole razones que creo que le convencerán. También se lo van a pedir muchas
almas que Él mismo me va dando: los setenta muchachos que confesé ayer tarde al fin de
Ejercicios; las tres enfermas que van a operar a las doce, la muchachita me pidió esta mañana
intención para las penitencias de esta semana, y todos los que vayan llegando. También
entrarás en la intención de una niña de siete años que se pasa la semana pidiendo por los
pecadores. A fin de cuentas, todos somos pecadores, y tú también, Pepe Luis bendito que, si
no, no podrías ser buen sacerdote. Un ángel sentado en un confesonario sería una tortura para
los pobres hombres.
Me das estremecimiento y respeto. Y no es sólo tu nuevo carácter pontifical; esto, por
desgracia, por tan repetido, llega a no impresionarnos. (Bueno, a mí sí me impresiona, ¡qué
diantre! Tan vulgar no soy). Pero bueno, me refiero al presbítero José Luis, a todas las cosas
tuyas que podría repetirte y no repito, y todo ello al servicio de la gran tarea redentora que
comienzas. Al verte de casulla, pienso en los tremendos programas que te reserva el Señor y
me tienta la profecía. Te veo correr por los hombres y llorar enormemente y tropezar con
Dios a diario para tu consuelo. No estimes, José Luis hermano, no estimes ningún título ni
ningún valor criado al lado de tu sacerdocio. Ya verás cómo a pesar de nuestro ansiado
humanismo, el sacerdocio te hace extraño a todos, a ti mismo inclusive, e incluso extraño a
Dios cuando los hombres — tú mismo — no te den nada que llevarle. No creas, por Dios, que
esto es literatura. Lo vivo cada minuto y nos parecemos demasiado para que crea que no te
va a ocurrir a ti otro tanto. También lo dijimos otra vez: La virtud del sacerdote no es
específicamente la pureza o la caridad; es la fe. Apúntalo y recuérdalo.
(La carta, hasta aquí escrita a máquina, sigue a mano y con una letra endemoniada).
No lo querrás creer, pero hace ocho días que empecé esta carta y a estas horas no he tenido
cinco minutos materiales para proseguirla. Ha estado mi párroco nueve días fuera y esto ha
coincidido con mi primera semana de actuación en el hospital. Total, un infierno. Hoy te
escribo a mil por hora porque a las siete tengo que estar confesando en un Colegio Mayor y
luego predicar en la iglesia de las Angustias y por último preparar a mis operandos de
mañana. Esto es dulcísimo y burral. Dios es estupendo, a pesar de todo.
Quiero llegar contigo mañana de verdad. Mi misa será íntegra y exclusiva para ti y procuraré
disparar mi imaginación hasta el Colegio con la mayor asiduidad posible.
Diles a todos los compañeros que los quiero mucho y que pido a Dios todo lo bueno para
ellos. Os oiré con devoción por la radio. Os encomiendo a la Virgen.
Pide por mí, Pepe Luis. Que Dios te pague tu carta última. Yo no te he pagado con esta birria
y te prometo prepararte algo cuando las aleluyas pascuales (verás qué misas más dulces,
verás, qué misas) me saquen de este torbellino de verdades eternas que ahora respiro. Porque
a pesar de tanto novísimo tengo unas ganas de jaleo fantásticas. Llevo tres meses sin contar
un chiste y sin que me hagan una trastada. Me siento — no me desprecies — persona mayor
en el peor sentido de la palabra. La gente no se acuerda de los curas más que cuando tienen
pegas. Por eso todo el cupo de buen humor lo vengo habitualmente empleando en consolar
viudas y similares. ¡Cuánto gozaría haciendo gansadas por ahí, aunque fuese sólo una hora!
Bueno, ya está. Perdona este fárrago vertiginoso y ten piedad de mí. Beso mucho tus manos.
Adiós. Tuyo,
Paco
3
Querido José Luis: He estado mucho tiempo pensando cómo empezar esta carta y por fin he
empezado como me ha salido. La verdad es que no sé si debería escribirte porque quizá mi
carta te ponga triste. pero te agradecí tanto el que me mandases la invitación que me creo
obligada a escribirte unas letras.
No sé, no puedes imaginarte la sensación extraña que siento al saberte sacerdote. Pero te
ruego que no creas que es tristeza; es ciertamente alegría, pero una alegría muy rara. He
pensado muchas veces en ti, más de una he llorado, pero eso ya fue hace mucho, hace cinco
años por lo menos. Cuando recuerdo ahora el verano en que nos conocimos me parece que
fuese ya una cosa vieja, sucedida hace siglos. Mira, en el fondo estoy como orgullosa de verte
sacerdote y no sé qué daría por poder ir a tu misa. Comprendo que no lo debo hacer, pero sé
que lloraría de gozo si fuera y que sería para mí un recuerdo imborrable.
Es muy difícil decirte lo que siento, creo que no lo comprenderás nunca. Es casi lo que
sentiría por un hermano mío. Pero, tan distinto...
No, no creas que estoy triste. Te diré: Tengo novio. Ayer le dije que había recibido tu
invitación y le dije que hacía cinco años yo había soñado contigo. Él se puso un poco celoso
al principio, pero luego nos reímos mucho los dos y hemos decidido que tienes que casarnos.
Él quiere conocerte. Pero nunca me llegaste a dar una foto tuya. Es igual, ya te conocerá;
porque espero que vengas pronto al pueblo a decir misa.
No sé qué voy a sentir cuando te vea en el altar, y sueño en el momento en que me darás la
comunión. Creo que entonces comprenderemos todo, cuáles son los caminos de Dios. Sí,
sólo entonces lo comprenderemos. Recuerdo lo que lloré cuando me dijiste que todo había
terminado. Creo que entonces odiaba el sacerdocio y casi hasta dejé de comulgar.
Pero después la rabia se me fue pasando y comencé a ver todo más normal. Me sentía celosa
de Cristo que había podido más que yo, pero en el fondo me sentía feliz de verme vencida
por este enemigo tan estupendo. Si me hubieras dejado por otra chica creo que no lo hubiera
soportado.
Bueno, no debía decirte estas cosas que despertarán en ti recuerdos dolorosos en el más
emocionante de tus días. Perdóname y pide por mí. Creo sinceramente que me quieres todavía
pero que tu amor es ahora más puro que nunca porque te ha costado muchos sacrificios.
Acuérdate de mí en tu primera misa y, cuando vengas, perdóname si estoy muy nerviosa. Ya
comprendes.
Nada más. Que seas muy feliz, tan feliz como lo soy yo. Reza por mí para que lo sea como
Dios quiere. No te olvida,
Marisa
4
Inolvidable Pepe Luis: No sé por dónde empezar. La fausta noticia de tu primera misa me ha
cogido tan lejos... ¡Qué pena! Y yo querría haberme encontrado allí para palpar tu emoción,
y estar junto a ti para sentir más cerca las palpitaciones más íntimas y saber qué decías a
Jesús presente en tus manos nuevas y acabadas de estrenar. Todos desfilarán por tu
imaginación... y al elevar el cáliz « pro totius mundi salute», ¿estaba yo presente? ¿Te
acuerdas? Soy el que jugaba contigo... Sí, rezábamos juntos, estudiábamos juntos Y en el
paseo también íbamos juntos (porque éramos los más bajos del curso) y hasta las mantecadas
Y las chocolatinas las saboreábamos juntos.
Cuando anoche, por una de esas estupendas casualidades de los seminarios, oí tu bendición
por la radio el alegrón fue de pánico. Nada más abrir, uno de Madrid y tú. Yo creo que bailé
de gozo y desde luego no pude seguir escuchando más. Mira, Pepe Luis, cuatro veces me ha
ardido la cara de emoción: Una por un acontecimiento familiar, otra con la venida de la
Virgen de Fátima a España, otra en la definición de la Asunción. La cuarta ha sido esta vez.
Nunca creí que se pudiera gozar tanto. Podría repetirte todo lo que dijiste porque nada más
oírte corrí a mi cuarto a escribirlo: «Soy feliz, soy terriblemente feliz porque mi alma se ha
llenado de Dios y de sol, soy feliz porque al bendeciros sé que no se trata de un juego más,
del milagro. Cuando yo levantara mi mano iba a romperse en el cielo una página del libro de
una vida; no iba a hacer un rito más o menos bonito, ni a consolar con dulces palabras llenas
de esperanza; iba a llenar mis manos de milagros no menores que curar a un enfermo o decir
a un paralítico que ande. Porque, ¿quién puede perdonar los pecados sino Dios?
Me obsesiona esta idea: Los hombres hemos perdido la idea del milagro. Milagro nos parece
aquello que vemos como útil: Milagro es detener una inundación o un incendio, milagro es
volver a los muertos a la vida, milagro es multiplicar los panes. Pero el que una ofensa que
hemos hecho a Dios y que sería suficiente para hacernos infelices por toda la eternidad, se
aniquile como si nunca hubiera existido no nos parece que sea cosa de tocar las campanas.
Quizá hubiera convenido — no sé cómo — que Dios hiciera que de algún modo viésemos
cómo se borraban nuestros pecados, algo como la mano en el convite del Rey Baltasar.
Llegamos al pueblecito a las seis de la tarde y el párroco nos esperaba ya. Respiró al vernos
y dijo. «Cuatro, bien. Serán necesarios. Esta noche espero que haya tute para todos».
Subimos a la casa rectoral y tomamos una taza de leche. Dijo: «Ahora vendrán los niños y
las niñas hasta las nueve. A las diez tendremos adoración nocturna para todos los hombres y
los jóvenes y espero que habrá confesiones hasta las dos, que es la misa. Mañana a la mañana
las mujeres». Era un hombre simpático y nos miraba un poco como a hijos. Los cuatro nos
mirábamos bastante asustados mientras en el bolsillo apretábamos el rosario. Dijimos:
«Cuando quiera».
La iglesia era pequeña y más bien pobre, pero tenía unas espléndidas vidrieras que daban a
la iglesia un extraño colorido que invitaba a rezar, Él nos las con orgullo: «son regalo de un
americano a quien en guerra le mataron aquí un hijo. Fueron el estipendio de una misa».
Sonreía.
Nos señaló nuestros confesonarios. Eran estrechos y el asiento era duro. Un ruido precipitado
de pasos nos anunció que habían abierto la puerta y una riada de chiquillos había entrado en
la iglesia. Yo respiré hondamente.
Fueron dos horas felices, Al principio tartamudeé un poco mi elemental italiano, pero luego
todo fue sobre ruedas, Puedo asegurar que a la segunda confesión habían desaparecido mis
temores y sentía una paz inexplicable. Llegaban, me soltaban sus pecados corriendo y con
cuidado de no olvidar ninguno, se notaba la lista preparada, Yo entonces achicaba mis
palabras, procuraba hablarles en un lenguaje suyo y sobre todo que salieran contentos de mi
confesonario,
Sería una triste gracia que la confesión hecha para perdonar, sirviera para llenar de
intranquilidades.
En fin, salí contento. Sobre todo, una cosa me alegró inmensamente: el ver que tenían fe, que
no iban allí a cumplir un requisito, que iban creyendo que todos sus pecados serían
perdonados y me hablaban lo mismo que le hablan a Dios. Ya es bastante esto para llorar de
gozo.
Pero fue a la noche cuando me sentí de veras confesor. Fue una riada de hombres, de
muchachos, de mozos, Hoy que lo veo de lejos conservo la impresión de que yo era una playa
y que una tras otra venía las oleadas a dejarme su residuo de escoria, toda la suciedad de
bajamar que traían.
Yo ahora estaba sentado en una silla y ellos se arrodillaban en un reclinatorio porque no había
bastantes confesonarios, y así estábamos los dos, mano a mano viéndonos bien las caras.
Quizá para ellos fuese un poquito más duro — no mucho porque yo era un desconocido en el
pueblo — pero para mí era mucho mejor; detrás de la rejilla me da la impresión de hablar a
un fantasma.
Eran gente sencilla, todos con pecados idénticos y había que hablarles en su lenguaje, de sus
cosas. Creo que sus pecados no venían de malicia sino de esa pereza terriblemente aburrida
de los pueblos o de ese burdo materialismo que da ese mirar cotidiano a las cosas de la tierra.
Y levantar la mano y ver que se marchaban contentos y que por lo menos durante unos días
estarían en gracia del Señor. Y explicarles que la confesión es algo muy sencillo; que el
confesor comprende porque también es hombre y no va a escandalizarse por debilidades cuyo
peso puede muy bien conocer; y exhortarles a no dormir en pecado, a venir en seguida que
sucede cualquier cosa porque entonces todo será más bello. Y ver que sí, que, sobre todo los
muchachos, comprenden que es más bella una vida sin mancha, porque se les ve en la cara
la tristeza del vivir suciamente.
Eran las dos y media de la madrugada cuando me levanté de la silla. Rendido de cansancio,
pero contento, empapado de una alegría que no puedo definir. Queriendo ya a todos aquellos
muchachos y sintiendo la tristeza de verlos alejarse, quizá hasta el año próximo, y no poder
seguirles ni ayudarles en la vida, ayudarles siquiera a levantarse porque la vida es dura y el
demonio no duerme.
Cuando me acosté aquella noche y repasé mi día comprendí que era el más lleno de mi vida.
Cien almas habían dado aquella tarde un paso hacia Dios. Y esto... por mis manos. No me
sentí orgulloso porque sabía que yo no era digno de aquel don inmenso, pero no pude menos
de sentir mi alma llena y pensar que valía la pena de vivir.
A las siete de la mañana — muerto de sueño — estaba otra vez en el confesonario, ahora para
confesar mujeres.
Puedo decir que fue algo totalmente distinto. El confesar a los hombres me había acercado a
Dios, el confesar a mujeres me acercaba a la vida, a la pobre faena cotidiana a la cocina y al
patio de la casa. Y aquí había que llenarles la vida de sentido, luchar para que vieran a Dios
en sus pucheros y no se dejasen consumir por un aburrimiento que haría su vida, si no
pecadora, sí estéril, y llena de cominerías.
Y también había — sí, hay que decirlo — las confesiones que te dejaban temblando: las
mujeres cristianas que sabían sufrir y por qué sufrían; los hombres que no cedían un palmo
al egoísmo; los viejos que se pasaban la vida rezando por el mundo; los jóvenes que se
conservaban puros en medio de un ambiente de pecado.
Y entonces había que decirle a Dios que por qué permitía que nosotros estuviéramos sentados
y ellos de rodillas cuando quizá eran ellos los que debían absolvernos a nosotros. Y oír la voz
de Dios que se reía: «Tonto, tonto. En el fondo, ¿qué pone tu mano al absolver? Soy yo,
debes saberlo, quien perdona. ¿O es que hay alguien digno de absolver los pecados?»
A las doce, cuando dije mi misa y me volví a decir el « Dominus vobiscum», recorrí de una
mirada toda la iglesia y me dio la impresión de ser un poco mía, de que todos aquellos eran
un poco mis hijos temporales, mis hijos por el tiempo que dura un relámpago.
En el autobús volvíamos los cuatro con muchas más ganas de hablar. Todos queríamos
contarnos nuestras impresiones, que eran siempre las mismas: la alegría, el sentimiento de
paternidad espiritual, las ganas de comenzar a trabajar en serio. Todos cuidamos muy bien
de no hablar para nada de la materia de la confesión. Y uno se quedaba con ganas de contar
las pequeñas confusiones al hablar italiano que daban lugar a divertidos errores. Sabíamos
de sobra que eso podía decirse porque sólo es de los pecados de lo que se debe observar el
secreto, pero en esta materia preferíamos todos ser exagerados y no cometer ni la más leve
indiscreción.
El autobús ahora nos alejaba del pueblecito, y los cuatro, como de acuerdo, volvimos nuestros
ojos a la iglesia y la grabamos bien en la memoria como si fuese un poco la primera parroquia
de nuestro apostolado.
Una hora más tarde entrábamos en el tráfico de la ciudad, entre millares de hombres que
nunca podrían comprender el exacto porqué de nuestro gozo.
*
La segunda vez que confesé lo hice en circunstancias bien diferentes de esta primera. Y ahora
sí que fue sin esperarlo.
Cuando terminó el curso decidí pasar un par de meses en un pueblecito francés para descansar
y practicar a la vez una lengua que conocía más o menos de gramática, pero en la que nunca
había dicho cuatro frases seguidas.
Así fue como vine a este pueblecito francés no muy lejos de Lyon desde el que escribo estas
líneas. Cuando llegué y vi la paz de este paisaje y el silencio aldeano de este pueblo estaba
muy lejos de imaginar lo que dos días más tarde me iba a suceder, y creo que si alguien me
hubiera contado lo que voy a narrar lo hubiese juzgado inverosímil como lo juzgará — no me
cabe duda — el cincuenta por ciento de los lectores de este libro.
La verdad es que la cosa fue así: Serían las ocho y diez cuando yo estaba cenando
tranquilamente en el minúsculo comedor del convento en que hacía las veces de capellán.
Fue entonces cuando sonó la sirena. Un sonido largo y que me hizo detener la cuchara en el
aire a medio camino entre el plato y mi boca.
Cuando entró la demandadera que me servía la cena pregunté, como pude, en algo que parecía
francés, qué sucedía.
yo, es el resultado de la suma de José Luis + Ricardo + Manuel + Alfredo + Julio + Fidel +
etc., etc. Es éste un libro vivido en comunidad y casi también en comunidad escrito. Todo lo
que aquí se vive ha sido vivido por nosotros, pero no siempre por mí. Y hasta las cartas
recibidas han sido escritas para uno de los del grupo, pero no todas para mí. Sólo he tenido
que camuflar los nombres para dar más unidad al relato. (Espero que los lectores de mi libro,
si aparece, me sabrán perdonar esta mala partida).
Para quienes no me conozcan es lo mismo. Se inventarán un tipo que creerán que corresponde
a mí; pero con ello no se pierde mucho. Y los que me conocen se romperán un poco la cabeza
descifrando qué es mío y qué no es mío. Peor para ellos, perderán su tiempo inútilmente y no
sacarán fruto de este libro. Porque la verdad es que no soy yo, que no es nadie concreto quien
se confiesa, es sencillamente «un cura». De todos modos, te aseguro que no es un libro
cómodo y que más de una vez siento tentaciones de sepultar en mi mesa el manuscrito. Pero
quizá no tenemos derecho a guardarnos tanta alegría.
Me pregunto por qué te escribo esto y quizá es que necesito justificarme delante de alguien.
Perdóname y dejémoslo. Me parece un crimen robarte hoy tu tiempo hablándote de cosas tan
minúsculas.
Bien amigo Antonio, amigo sacerdote. Hoy recuerdo tu carta: Sacerdote, Sacerdote,
Sacerdote... ¿Verdad que es estupendo? Sí, hay que convencerse, los hombres seremos como
seamos; pero Dios es magnífico. Es una triste lata que todos nos esforcemos en sacarle brillo
a eso que llamamos los valores humanos y que ahora a la luz de estas alturas resultan cómicos
y ridículos. Claro que hay que evitar el convertirnos en los «nuevos ricos de Dios» como nos
llamaba un amigo mío; pero ¿cómo podremos evitar el ser ricos si lo somos? Ahora nos falta
saber serlo, que no es fácil. Saber darse y darle, sobre todo. Me escribía hace días Paco que
los curas estamos encargados de llevar a Cristo y a su Madre a las almas y nos estamos
contentando con llevarles estupendos montones de palabras. Yo le contestaba que ése es el
problema: que para darles a Cristo y a su Madre no tenemos más medio que esos pobres
montones de palabras. (Bueno, y los sacramentos. Pero eso es de Dios, sin nada nuestro).
Y nada más. ¿Me dejas que termine recordándote la definición del sacerdocio que el señor
Rector nos recordaba en el Colegio casi cada día?
«Segregatus a peccatoribus (separado — y sacado de entre-- los pecadores) et excelsior
coelis factus (Y subido por encima de los cielos). Ab hominibus assumptus (Escogido de
entre los hombres) pro hominibus constitutus (Y constituido en servicio de los hombres ) ut
offerat dona et sacrificia pro peccatis (Para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados).
Qui condolere possit (que sepa compadecerse) quoniam et ipse circundatus est infirmitate
(porque también a él le abraza la enfermedad)». Así, sin comentarios.
Todo esto y mucho más tú lo comprendes hay como sólo se comprende en la mañana de la
ordenación. Maravilloso.
Déjame que te estruje bien las manos contra mis labios porque definitivamente y para siempre
son manos que merecen besarse. No sé si recordarás que hace meses te decía que cuando te
ordenases verías lo que es bueno. Ya lo habrás visto, y mucho, pero yo te aseguro que en tu
vida comienza ahora la gran cadena de alegrías y también de magníficos dolores. Que sólo
siendo sacerdote se sabe lo que es bueno. En todos los sentidos. Mis 117 días de sacerdocio
te lo certifican. Y así mil, y cien mil, y… hasta la eternidad. ¿Recuerdas el cartel de la escalera
en la mañana aquella de San José, la mañana más grande de la historia?