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Kohan - Una Pena Extraordinaria

El documento es un relato en primera persona de un hombre condenado a muerte que espera su ejecución al amanecer. Describe su celda y rutina mientras espera, fumando y viendo pasar al guardia. Luego, un funcionario le informa que puede cumplir su última voluntad. El hombre pide ver a su ex novia Lucía una última vez antes de morir, a pesar de que ella no ha querido verlo en años. Ahora espera ansiosamente su llegada en lugar de la hora de su ejecución.

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Kohan - Una Pena Extraordinaria

El documento es un relato en primera persona de un hombre condenado a muerte que espera su ejecución al amanecer. Describe su celda y rutina mientras espera, fumando y viendo pasar al guardia. Luego, un funcionario le informa que puede cumplir su última voluntad. El hombre pide ver a su ex novia Lucía una última vez antes de morir, a pesar de que ella no ha querido verlo en años. Ahora espera ansiosamente su llegada en lugar de la hora de su ejecución.

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Martín Kohan

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UNA PENA EXTRAORDINARIA


Mañana, al amanecer, voy a ser ejecutado. Aquí, para peor, consideran que el primer albor que
comienza a verse en el horizonte es ya el amanecer, sin que haga falta esperar a que el sol aparezca
en el cielo. Por eso, presumo, establecieron las seis en punto de la mañana como hora exacta para
proceder a mi ejecución: a esa hora (estamos en mayo) no va a ser cabalmente de día; más bien va
a estar, como se suele decir, clareando. Para cuando sea de día. cabalmente de día. yo voy a estar
muerto. Nadie dice, desde luego, que mañana, al amanecer, me van a matar. Dicen, a veces, que
me van a ajusticiar (es decir, que me van a aplicar la justicia; pero también a quien es declarado
inocente, siempre y cuando lo sea y no se valga de un falso ardid para parecerlo, se le aplica la
justicia, y pese a ello, no se dice de él que lo ajusticien). Lo que casi siempre dicen, como yo lo he
dicho recién, es que me van a ejecutar, y lo que me gusta de la expresión (de la expresión, no del
hecho) es que cuando se habla de una cosa, no de una persona, cuando se dice que hay que ejecutar
algo, y no a alguien, la idea es la de hacer esa cosa: crearla o concretarla. Aplicada a mí, en este
caso, la palabra adquiere el sentido exactamente contrario.
En una celda estrecha y banal, una celda que no es ni siquiera aquella en la que pasé los meses que
demoró mi proceso y que llegó a tener, inesperadamente, algo que ver conmigo, no hago otra cosa
que esperar que el tiempo pase. Estoy sentado en el camastro de metal, fumando; a través de los
barrotes y del cerrojo veo al guardián ir y venir. No tengo ganas de hacer nada. Dentro de seis
horas voy a ser ejecutado (acaban de dar las doce: hoy ya es el día de mi muerte). Lo más extraño
de todo es la forma en que se ha transformado mi noción de futuro. Podría tratar de dormir, pero
me parece inútil hacer algún esfuerzo por dormir cuando dentro de un rato voy a entrar en lo que
la expresión vulgar, e incierta, denomina el sueño eterno. Podría tratar de leer algo, pero tendría
que ser algo breve: si empezara a leer una novela ahora, no llegaría a terminarla.
De manera que estoy aquí, en la celda, recostado contra la pared, los pies colgando, sin hacer nada.
Espero y dejo que el tiempo pase, pero la verdad es que no podría no esperar (para no esperar
tendría que suicidarme, pero son ellos, y no yo, los que deben encargarse de la ejecución), ni podría
tampoco evitar que el tiempo pase. Fumo, eso sí, y veo pasar al guardia, de un lado para el otro,
por delante de la puerta de mi celda: primero nada, después su sombra, después él, después su
sombra, después nada; y después lo mismo, de nuevo, pero desde el otro lado. Mi guardia, el que
ahora es mi guardia, mañana, al amanecer, es decir dentro de seis horas, va a ser probablemente
mi verdugo (considero verdugos a los que me van a llevar hasta la cámara, me van a hacer pasar,
me van a hacer sentar en una silla, me van a atar las muñecas y los tobillos con poderosas correas,
me van a palmear, van a salir de la cámara y van a cerrar con toda firmeza una puerta gruesa e
indudable: esos serán, para mí, mis verdugos, y no el que se ocupe de bajar la palanquita para que
la corriente me atraviese). Este guardia, como toca a todo guardia, ahora me vigila, me custodia:
vela por mí. Mañana, sin dejar de ser mi guardia, va a convertirse también en mi verdugo, y con
el mismo aire sereno e indiferente con el que ahora me cuida, mañana me va a matar.
Siento un poco de frío y me cubro las piernas con una manta gris que hay a los pies del camastro
(nadie podría suponer que un trapo tan corto vaya a servirle a alguien que quiera taparse con él
para echarse a dormir). Lo único que se oye es el tintineo de las llaves que cuelgan, como es propio
de todo carcelero, de la cintura del guardia; sus pasos, en cambio, son silenciosos, probablemente
tenga suelas de goma y sea eso lo que da la impresión de que algo falta a su taconeo enérgico y
regular. Camina con las manos cruzadas detrás de la espalda, como si estuviese reflexionando
sobre algo, cosa que dudo; sabe que lo miro cada vez que pasa por delante de la puerta de barrotes,
pero él nunca me mira a mí. Debe creer que, si me mira, voy a hablarle, que algo voy a decirle, y
entonces él tendría que contestarme o dejarme sin respuesta, y como mañana, cuando salga el sol,
yo ya voy a estar muerto, mi guardia seguramente preferirá no haber estado conversando conmigo;
pero tampoco se sentiría bien, y de ahí su ajenidad, dejando sin respuesta a un muerto inminente
como yo. Entonces va y viene sin hablarme y sin mirarme, para que tampoco yo le hable, y si en
algún momento piensa en mí, ha de sentir deseos de que de una vez por todas empiece a amanecer.
Hasta entonces, sólo queda esperar, y nadie supone que vaya a pasar nada. Algo pasa, sin embargo:
de pronto suena un timbre. Mi guardia le avisa a otro, a quien yo no alcanzo a ver, y ese otro habla
por un teléfono o un intercomunicador o lo que sea. Oigo palabras sueltas de su voz confusa y
distante. Pasa un rato y mi guardia se aparta de la línea monótona de su deambular; ahora sí se
oyen pasos, y otra vez ruido de llaves, pero no el tintineo de las llaves que cuelgan y chocan entre
sí, sino el chirrido que hacen cuando abren y cierran puertas.
Es un funcionario: viene a verme. Entra en la celda, por lo que mi guardia, en lugar de retomar su
ir y venir, se queda plantado frente a la puerta (mira al piso: es su forma de vigilar la escena en
general, sin que parezca que se inmiscuye en la tarea del funcionario). El funcionario me da la
mano, me dice su nombre, me pregunta como estoy. La mano se la doy floja, su nombre lo olvido
y a la pregunta, por absurda, la paso por alto. Pero es evidente que no hay nada que pueda
quebrantar su amabilidad a ultranza: es parte de la política de humanización de las ejecuciones.
Quieren demostrar que en todo momento, incluso al matarme, me consideran como persona (por
esa razón me evitan una muerte lenta. Siempre se asocia la electricidad con la rapidez, de ahí el
uso frecuente de frases que relacionan la luz o los rayos con la velocidad y lo repentino; y es por
eso que van a matarme con electricidad).
El funcionario cumple con su deber. Su deber es preguntarme si acepto que venga un cura a verme,
para poder así reconciliarme con Dios antes de morir. No le digo que sí ni que no, no le digo nada,
y el funcionario entiende, porque también eso ha de ser parte de su deber, que esa nada significa
que no, que no me interesa que venga un cura a verme para así poder reconciliarme con Dios, que
hasta tal punto la cuestión me deja indiferente, que ni siquiera me tomo la molestia de expresar mi
negativa.
En ese caso, dice el funcionario, siempre con formas amables, no me queda más que consultar cuál
es su última voluntad. Yo que fui, poco a poco, desprendiéndome de cada una de mis voluntades,
yo que me deshice de toda voluntad para poder así sentarme a esperar que den las seis de la mañana
y que amanezca, me encuentro de pronto con este funcionario que tiene el deber de preguntarme
cuál es mi última voluntad, y descubro así, no sin sorpresa, que me queda, efectivamente, un deseo
final, y advierto también, diré que con alegría, que ese deseo no podrá serme negado. Yo pensé
que, como es común decir, estas cosas pasaban nada más que en las películas, pero lo cierto es que
aquí han venido a preguntarme por mi voluntad, cuál es mi voluntad, una voluntad que, por ser la
última, necesariamente va a cumplirse. Podría pedir una cena, un puro, una botella de champagne;
tal vez hasta podría pedir una puta: conseguirme una que venga y sería como si yo no fuese a morir
mañana, ha de ser también parte de los deberes del funcionario.
Sin embargo, mi deseo es otro: mi deseo es volver a ver a Lucía. Esa, le digo al funcionario, es mi
última voluntad: ver otra vez a Lucía, antes de la ejecución. El funcionario saca, solícito, una
libreta y una lapicera, y toma los datos (Lucía qué, domiciliada dónde, el teléfono cuál es). Es el
pedido final de un condenado a muerte, y la última voluntad de los condenados a muerte ha de ser
siempre concedida. Es decir que, aunque durante casi dos años Lucía, a veces altiva y a veces
rencorosa, persistió en el rechazo de todo encuentro conmigo, esta noche, la víspera de mi
ejecución, no podrá no venir.
¿Sólo verla? — me interroga el funcionario, la lapicera todavía encima de su pequeña libreta, como
si también mi respuesta la tuviese que anotar. ¿Sólo verla?, sí — le digo yo —. Conversar con ella.
De manera que ahora ya es otro el sentido de mi espera y de mi sensación del paso del tiempo.
Desde ahora, desde el momento en que el funcionario, cumplida la primera parte de su deber, se
despide con gentileza y se va, presuroso, a cumplir con la segunda, lo que espero no es tanto la
temprana claridad del cielo, aunque eso va a llegar, irremediablemente, al fin y al cabo, sino el
momento en el que otra vez se oiga ruido de pasos y de cerrojos abriéndose, y sea Lucía la que
viene.
Ya no aguardo, como antes, sentado en el camastro, los pies colgando sin tocar el suelo, ni calmo
ni inquieto. Ahora también yo, al igual que el guardia, ahí afuera, camino de un lado a otro. Yo
dispongo, claro, de menos espacio para desplazarme: –si parto de la puerta de la celda, apoyando
la espalda contra los barrotes, me bastan tres pasos para llegar hasta el inodoro despojado; si parto,
en cambio, desde la pared, no alcanzo a dar tres pasos y estoy tocando el camastro. Lo mismo voy,
con pasos largos, de un lado al otro, y ya no pienso en la mañana de mañana, sino en esta misma
noche. Pienso en Lucía, que nunca quiso volver a verme y nunca quiso escuchar razones, pero que
hoy vendrá porque esa es mi última voluntad de condenado a muerte. Llegará, musitará algo, se
sentará en este borde del camastro, fumará; yo no voy a darle explicaciones: voy a sentarme a
conversar con ella, porque mañana, a las seis de la mañana, me van a ejecutar, y no tengo otro
deseo que ese.
¿Qué hora es? — le pregunto al guardia, y él, sin detenerse y sin mirarme, se fija en el reloj y dice
que más de la una. Una y cinco, una y cuarto, no lo dice: dice más de la una, y entonces yo sé que
faltan menos de cinco horas, algo menos de cinco horas, para que se cumpla con mi ejecución. Tal
vez alguien se esté ocupando ya de algunos detalles técnicos, quién sabe; pero aunque falte menos
tiempo, y no podría ser de otra manera, mi impresión es que ahora falta más, y no menos, para que
den las seis.
Debo decir, para que no se crea que mi condición de condenado me es indiferente, que la idea de
morir tan pronto no deja de apenarme. No es que tenga miedo del momento en que yo tiemble
como un muñeco, atado a la silla, porque eso es cierto que dura poco y me imagino que todo debe
acabar antes de que uno llegue a enterarse. Me apena morir tan pronto por las cosas que voy a
perderme. Pero también ocurre, y lo uno no quita lo otro, que yo me había resignado a no volver a
ver a Lucía y que también eso me tenía siempre amargado (sin esa amargura, no habría pasado lo
que pasó). Ahora que sé que, por estar condenado a muerte, voy a volver a verla, me siento incluso
feliz: me siento dichoso, si es que tengo derecho a decirlo, y la ansiedad de esperar a Lucía
disminuye la angustia de la otra espera.
De pronto se oye el mismo timbre de antes, otra vez el guardia que acude e interroga, de nuevo
suenan pasos y llaves en los cerrojos y puertas que se abren y se cierran. Yo estoy parado en el
medio de mi celda, aunque la celda es tan pequeña que tal vez no pueda decirse que tenga bordes
y tenga un centro. Miro hacia la puerta y no veo los barrotes, abro las manos, tenso, como si alguien
estuviese a punto de darme algo.
Detrás del guardia, que se acerca lento, viene el doctor Valentinis. El doctor Valentinis es mi
abogado defensor; yo, que deploro a los abogados en general, deploro en particular al doctor
Valentinis y al modo en que se le junta saliva en la comisura de los labios cuando habla. Advierto
la euforia del doctor Valentinis, la forma estúpida de su contentura: aprieta los puños, me abraza,
me palmea, me dice: lo logré, lo logré. Yo lo miro con desprecio: deploro, una y mil veces, al
doctor Valentinis; sueño a menudo con un mundo mejor, que no tenga abogados: un mundo
aliviado, por ejemplo, del doctor Valentinis.
— ¿No entendés, pibe? — me dice, ufano, socarrón —. ¡Lo conseguí!
Detesto la jerga de los abogados, la detesto; es por eso que empiezo a golpear, como un loco, los
barrotes de la celda, hasta que el guardia, presuroso ahora, viene a ver qué pasa, y entonces yo le
exijo, con una firmeza que, por alguna razón, el guardia acata, que se lleve de aquí al doctor
Valentinis: que lo saque de mi vista, le digo, apelando a la frase hecha, que se lo lleve, que se lo
lleve muy lejos. No quiero saber nada con el doctor Valentinis, mi abogado defensor; no quiero
oír esas buenas noticias que él cree traerme, no quiero oír esas noticias dichas con las palabras
ásperas y grises que son propias de la jerga de los abogados: apelación, recurso, conmutación,
perpetua.

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