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El autor valora la experiencia y la honestidad de Joe, quien estaba preparado para asumir la presidencia si fuera necesario, lo que brindaba tranquilidad a quienes dudaban de su juventud. La organización de la Convención Nacional Demócrata en Denver fue un proceso complejo y lleno de incertidumbres, especialmente en relación al clima y la logística del evento. A medida que se acercaba la convención, el autor observó la creciente emoción y actividad en torno al evento, contrastando con sus experiencias anteriores en convenciones pasadas.

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El autor valora la experiencia y la honestidad de Joe, quien estaba preparado para asumir la presidencia si fuera necesario, lo que brindaba tranquilidad a quienes dudaban de su juventud. La organización de la Convención Nacional Demócrata en Denver fue un proceso complejo y lleno de incertidumbres, especialmente en relación al clima y la logística del evento. A medida que se acercaba la convención, el autor observó la creciente emoción y actividad en torno al evento, contrastando con sus experiencias anteriores en convenciones pasadas.

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Y

aun así, me parecía que el contrate entre nosotros era más persuasivo. Me
gustaba el hecho de que Joe estuviera preparado para ejercer como presidente si algo
me sucedía y eso también podía darle tranquilidad a quienes todavía les preocupaba
que yo fuera demasiado joven. Valoraba su experiencia en política exterior en un
momento en que estábamos involucrados en dos guerras, sus vínculos en el Congreso
y su potencial para llegar a votantes aún recelosos de elegir a un afroamericano como
presidente. Aunque lo más importante me lo decía mi instinto: que Joe era un hombre
honrado, sincero y leal. Estaba convencido de que le importaba la gente de a pie y si
las cosas se ponían difíciles, podría confiar en él.
No me decepcionó.

Cómo se terminó de organizar la Convención Nacional Demócrata en Denver sigue


siendo en buena medida un misterio para mí. Me preguntaron sobre el orden del
programa durante las cuatro noches en las que se iba a llevar a cabo, los temas que se
iban a tratar y los ponentes. Me mostraron vídeos biográficos para que los aprobara y
me pidieron una lista de familiares y amigos que iban a acudir. Plouffe se puso en
contacto para ver si podíamos celebrar el cierre de la convención en el estadio Mile
High, sede de los Denver Broncos, en lugar de hacerlo en un recinto cubierto. Con
una capacidad de casi ochenta mil personas, podría albergar a las decenas de miles de
voluntarios que venían de todo el país y que habían sido la base de nuestra campaña.
Pero no tenía techo, lo que significaba que estaríamos expuestos al clima.
—¿Qué hacemos si llueve? —pregunté.
—Hemos revisado las estadísticas climatológicas de los últimos cien años de
Denver para el día 28 de agosto a las ocho de la tarde —dijo Plouffe— y solo ha
llovido una vez.
—¿Y si este año es la segunda? ¿Hay algún plan B?
—Cuando reservemos el estadio —contestó Plouffe— no hay vuelta atrás —hizo
una mueca ligeramente macabra—. Haz memoria. Las cosas siempre nos salen mejor
cuando no tenemos red. ¿Por qué cambiar ahora?
Efectivamente, por qué.
Michelle y las niñas viajaron a Denver unos días antes, mientras yo hacía
campaña en un par de estados, de modo que cuando llegué, los festejos estaban en su
apogeo. Las furgonetas de los medios para transmitir vía satélite y las tiendas de
prensa rodeaban el estadio como un ejército en asedio, los vendedores ambulantes
pregonaban sus camisetas, gorras, bolsas de tela y joyas adornadas con nuestro
icónico logo o mi orejudo retrato. Los turistas y paparazzi sacaban fotos a los
políticos y celebridades que pasaban ocasionalmente por el estadio.
A diferencia de la convención del 2000, cuando había sido el chico que apretaba
la nariz contra el escaparate de la tienda de dulces, o la convención del 2004, cuando
me había creído en el centro de la acción con mi discurso inaugural, ahora me sentía

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