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Sarah Palin, gobernadora de Alaska y figura disruptiva en la política nacional, se destacó por su historia única y su conexión con los votantes de clase trabajadora. Su discurso en la Convención Nacional Republicana fue un éxito, generando entusiasmo entre los delegados y desviando la atención hacia su figura en lugar de la de McCain. Palin representaba una nueva imagen de 'estadounidense de verdad', resonando con aquellos que se sentían menospreciados por las élites urbanas.

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Sarah Palin, gobernadora de Alaska y figura disruptiva en la política nacional, se destacó por su historia única y su conexión con los votantes de clase trabajadora. Su discurso en la Convención Nacional Republicana fue un éxito, generando entusiasmo entre los delegados y desviando la atención hacia su figura en lugar de la de McCain. Palin representaba una nueva imagen de 'estadounidense de verdad', resonando con aquellos que se sentían menospreciados por las élites urbanas.

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Sarah

Palin —la gobernadora de Alaska, de cuarenta y cuatro años, desconocida


en la política nacional— era, sobre todo, un elemento disruptivo. No solo era joven y
mujer, una potencial revolucionaria por derecho propio, sino que además tenía una
historia imposible de inventar: había sido jugadora de baloncesto de un pequeño
pueblo y reina de la belleza, antes de saltar de una universidad a otra hasta sumar
cinco para graduarse como periodista. Había trabajado un tiempo como comentarista
deportiva, luego había sido elegida alcaldesa de Wasilla, un pueblo en Alaska, se
había enfrentado a la arraigada clase dirigente republicana y le había dado un duro
golpe al gobernador de turno en 2006. Se había casado con su novio del instituto,
tenía cinco hijos (uno de ellos adolescente y a punto de ser desplegado en Irak, y el
otro un bebé con síndrome de Down), profesaba una conservadora fe cristiana, y
disfrutaba saliendo a cazar alces y ciervos canadienses en su tiempo libre.
Era una biografía hecha a medida para los votantes blancos de clase trabajadora
que odiaban Washington y sostenían la sospecha, no del todo injustificada, de que las
élites de las grandes ciudades menospreciaban su estilo de vida; ya fuera en los
negocios, la política o los medios. A Palin no le importaba si el consejo editorial del
New York Times o los oyentes de la National Public Radio cuestionaban sus
capacidades. Ella ofrecía esas críticas como prueba de su autenticidad, porque había
comprendido (mucho antes que la mayoría de sus detractores) que los
intermediadores estaban perdiendo relevancia; que se habían abierto las compuertas
de lo que se consideraba aceptable en un candidato para un cargo nacional; y que la
cadena Fox News, la radio y el incipiente poder de las redes sociales le podían
proveer de todas las plataformas que necesitaba para llegar al público al que se
dirigía.
También ayudó el hecho de que Palin era una artista innata. Su discurso de
cuarenta y cinco minutos en la Convención Nacional Republicana a principios de
septiembre fue una obra maestra de populismo simplón y acertadas ocurrencias. («En
los pueblos pequeños no sabemos muy bien qué hacer con un candidato que es
pródigo en elogios a la clase trabajadora cuando le están escuchando y luego habla
del resentimiento con el que se aferran a las armas y a la religión cuando no le
escuchan». ¡Ay!). Los delegados estaban eufóricos. Después de la convención y ya de
gira con Palin, los discursos de McCain empezaron a ser tres o cuatro veces más
largos de lo que normalmente duraban cuando estaba solo. Y mientras los fieles
republicanos vitoreaban amablemente los discursos de John, cada vez era más
evidente que en realidad estaban allí para ver a su compañera de fórmula, la «mamá
peleona». Ella era algo nuevo, distinto, era como ellos.
Una «estadounidense de verdad», y enormemente orgullosa de serlo.
En una época distinta y en otro lugar —por ejemplo, en las elecciones para
senador o gobernador en un estado indeciso— la auténtica energía que Palin
despertaba en las bases republicanas me habría preocupado. Pero desde el día en que
McCain la eligió, y hasta en los momentos cumbre de la palinmanía, me sentí seguro

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