No
fue hasta esa noche, después de que se cerraran los comicios, cuando me di
cuenta de que teníamos un problema. Mientras Michelle y yo estábamos en la
habitación del hotel preparándonos para lo que pensábamos sería la celebración de la
victoria, alguien llamó a la puerta. Cuando abrí me encontré a Plouffe, Axe y Gibbs
en el vestíbulo, como unos adolescentes temerosos que acaban de estampar el coche
de papá contra un árbol.
«Vamos a perder», dijo Plouffe.
Empezaron ofreciendo varias teorías sobre lo que había ido mal. Era posible que
los independientes que nos apoyaban antes que a Hillary hubiesen decidido votar en
masa en las primarias republicanas para ayudar a John McCain, pensando que
nosotros teníamos la carrera encarrilada. Podía ser que muchas mujeres indecisas se
hubiesen inclinado hacia Hillary durante los últimos días de campaña. O tal vez
cuando el equipo Clinton nos atacó en televisión o en las campañas por correo no
habíamos hecho lo suficiente para señalar sus tácticas negativas y nos habíamos
limitado a recibir los golpes.
Todas aquellas teorías parecían probables, pero de momento los porqués no
importaban.
«Parece que ganar esto nos va a llevar un buen rato —dije con una sonrisa triste
—; de momento veamos cómo podemos curar la herida».
Nada de tener aspecto de perro apaleado, les dije; nuestro lenguaje corporal tiene
que comunicarle a todo el mundo —la prensa, los donantes y sobre todo a nuestros
simpatizantes— que los contratiempos son algo habitual en el camino. Me puse en
contacto con nuestro desconsolado equipo de New Hampshire y les dije lo orgulloso
que estaba de sus esfuerzos. A continuación estaba el asunto de qué decir a las mil
setecientas personas que estaban reunidas en el gimnasio de la escuela de Nashua
anticipando la victoria. Afortunadamente durante la semana ya había trabajado con
Favs para rebajar el tono triunfalista del discurso, pidiéndole que enfatizara más el
duro trabajo que nos quedaba por delante. Le tenía ahora al teléfono para darle
instrucciones de que, aparte de incluir una palmadita en el hombro a Hillary, apenas
cambiara nada del discurso.
El discurso que di a nuestros simpatizantes aquella noche acabó siendo uno de los
más importantes de nuestra campaña, no solo un mitin para levantar los ánimos, sino
un valioso recordatorio de aquello en lo que creíamos. «Ya sabemos que la batalla
que nos queda por delante será larga —dije—, pero recordad siempre que no
importan los obstáculos que se interpongan en nuestro camino, nada puede
arrebatarle la fuerza a esos millones de voces que piden un cambio». Les recordé que
vivíamos en un país cuya historia había sido construida íntegramente con la
esperanza de unas personas —pioneros, abolicionistas, sufragistas, inmigrantes,
trabajadores a favor de los derechos civiles— convencidas a pesar de tener unas
probabilidades casi nulas.
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