Del ejercicio de la pegajodida y como no morir en el intento…
Desde que nos vemos inmersos en el sistema educativo nos vemos enfrentados a una serie de
problemáticas que delimitan, contextualizan y por sobre todo problematizan el significado de la
palabra “educar”. Cuando hablamos del concepto problematizar, nos vemos enfrentados
básicamente a un “problema” que paradojalmente se tiñe de matices, de claridad y oscuridad, y
que muchas veces, por no decir todas, nos ubica, como docentes, en un terreno que resulta
complejo y que a su vez, nos enfrenta a un tremendo desafío, desafío que a veces enfrentamos
desde una absoluta ignorancia práctica, ignorancia que aumenta o disminuye según la adquisición
de pericia para hacer frente a la serie de situaciones que se viven cotidianamente en el aula y que
dependen sustancialmente del cómo nos vamos “parando, empoderando, estructurando, siendo y
haciendo profesores dentro del mundo educativo.” Para Peña 1, este desafío es una eterna
exigencia puesto que : “No sólo se espera que seamos profesionalmente competentes, sino que se
nos pide, y aun exige, que seamos ejemplares”(p.299). Bajo esta premisa de exigencia y auto-
exigencia, el docente, debe ser el artífice de encontrar soluciones, el agente por antonomasia, que
guiará, a sus “Teseos” por un laberinto, donde cada uno deberá desmarañar su propia madeja.
Sumado a eso, debemos ser la cimiente, de los más altos valores de la sociedad, un ejemplo, un
reflejo positivo de lo que implica ser un ser social. Bajo el rótulo de profesor deben concentrarse
las más altas virtudes; y cuando esto no sucede, porque no debemos olvidar que la propia
naturaleza humana es una “fuente existencial de contrastes”, se degrada, se desvaloriza y caemos,
para esta sociedad que nos exige tanto, en un abismo sin fondo, en un proceso de satanización
constante, donde la cúspide del iceberg es ocupada por el docente, quien es arte y parte, sujeto y
objeto, víctima y victimario e inequívoco responsable de la mecánica y engranaje del “buen
funcionamiento” de nuestra sociedad. Por lo menos, así lo creen con convicción, quienes ostentan
“por actos profundamente democráticos”, cargos de poder e imponen bajo grandilocuentes
políticas ministeriales (que emanan de economistas, sociólogos y otros profesionales que en su
vida han pisado un aula) un camino, inequívoco y certero, según ellos. Una serie de pragmáticos
pasos que con “eficiencia y eficacia” nos llevaran al parnaso y que aseguraran, en el discurso al
menos, a nuestros alumnos igualdad de oportunidades para ejercer su ciudadanía, potenciaran el
1
Peña, J (s/a) Entre la actitud culta del alumno y las virtudes del profesor. Extraído de [Link]
Pp (292-314)
desarrollo del pensamiento crítico, los hará entes reflexivos y críticos, podrán comunicar ideas,
sentimientos y expresiones varias. No puedo dejar de pensar, que estas ideas “cocinadas a fuego
lento en oficinas acondicionadas para el segmento pseudo-pensante de este país, o casta política
imperante “ no hacen más que distorsionar nuestro verdadero foco, poner obstáculos al camino,
alejarnos de lo que realmente importa, cuestionarnos desde una mirada fustigadora y culposa e
imponernos directrices que fatalmente nos conducen a la mediocridad, una mediocridad
peligrosa que atenta contra lo más profundo del ser humano, su capacidad de ser, pensar y
decidir, como un acto profundo de voluntad.
Este devaneo y/o resignación pesimista tan sólo es el reflejo de “poner las cartas sobre la mesa”,
de transparentar la realidad política, social, económica y cultural donde se ve inmerso el proceso
educativo y el rol que cumple el profesor en dicho proceso. No es simple asumir, desde el discurso,
que la realidad ha superado todo tipo de ficción, esa ficción sustentada en el ideario de un sistema
que ofrece oportunidades a todos, desde la equidad e igualdad, premisa que con los cambios de
gobiernos e ideologías, se diluye en un profundo mar de buenas intenciones. Por lo tanto, esa
virtud llamada alegría que promulga Peña (casi como el cántico partidista de los 80 que promovió
el paso de una dictadura bizarra a una seudo-democracia) colisiona brutalmente con una sociedad
que a mi parecer va en decadencia; bajo ese escenario, yo como docente, me resisto a sostener
esa emoción, porque creo que la eterna alegría no permite ver con juicio crítico, la realidad
descarnada y propiciar los cambios que hacen falta. No se puede obviar, y está comprobado por la
psicología y la siquiatría, que los procesos de mayor lucidez crítica y creativa, son propiciados por
estados de hastío ante la realidad. Está en nosotros, sumirnos en la depresión más profunda o
tomar una actitud propositiva ante esta esquiva y compleja realidad.
Por lo tanto y en consecuencia, es en esta realidad, con sus soles y bemoles, donde el profesor
debe ejercer un rol preponderante, con un profundo sentido reflexivo; reflexión que debe
transmutar y “hacerse carne, verbo y sentido” para que el sinsentido de este sistema nefasto,
cobre significancia plena. La acción pedagógica, nuestra praxis dentro del aula, debe transformarse
en una acción intencionada y deliberadamente emancipadora de la conciencia de nuestros
estudiantes, cuyo fin último sea dotar de herramientas reales, que les permitan a ellos y ellas ser
miembros activos (pensantes, actuantes, comprometidos) de una nueva sociedad, realmente
inclusiva, tolerante y respetuosa de su devenir histórico. Y es en este sentido que la enseñanza de
la historia, como rama del saber, cobra importancia trascendental.
pá g. 2
Comparto con Prats2 que la trascendencia de la Historia, no sólo radica en su esencia disciplinar,
en su espíritu de conocimiento social, sino más bien, la enseñanza y aprendizaje de la Historia se
posesiona como columna vertebral para el surgimiento, florecimiento y enraizamiento de una
actitud cívica participativa, de nuevos ciudadanos, que logran tener visiones objetivas y críticas de
los procesos históricos de los cuales serán agentes activos; y que permitirán a estos “nuevos seres
sociales” mirar con esos mismos ojos, procesos del pasado, para discernir desde la altura de miras,
hechos, causalidades, historicidad; todo esto con el fin de no repetir errores ya acontecidos. En
palabras de Prats (Op. Cit)3 “Lo que planteamos es la utilidad del estudio de la Historia para la
formación integral (intelectual, social y afectiva) de los niños y los adolescentes”… Aunque se
asume que el ser humano, es el único animal que tropieza dos veces o más con la misma piedra,
para paradojalmente, aprender.
Esa formación integral, que promueve, según Prats, el estudio de la Historia, se sustenta en el
cumplimiento de una serie de objetivos didácticos asociados a la comprensión y análisis de los
hechos del pasado y su transferencia a los actuales procesos históricos, a la capacidad de
discriminar entre distintos puntos de vista y evaluar con juicio crítico distintos hechos históricos
considerando contexto y tiempo, entre otros 4.
Si ya existe la claridad conceptual y curricular del verdadero foco de la enseñanza de la Historia,
¿ dónde radica, entonces, la complejidad de potenciar estas habilidades en nuestros estudiantes?.
Tristemente, en nosotros mismos; porque ciertamente, no todos estamos capacitados para llevar
de forma airosa esta tarea, por que llevar a cabo esta tarea significa a su vez, desestructurarnos y
volvernos a construir, sacarnos juicios que nos han acompañado de por vida, dejar de creer en lo
que por años consideramos verdades absolutas e instalar la constante crítica de la labor docente y
del mundo que nos rodea; presentarnos cómo somos y no como la proyección de lo que
consideramos como válido en la configuración de nuestra identidad como docentes; en suma
volver a nacer, ajustarnos a los cambios, sin perder la esencia de aquellas convicciones que se
orientan a el bien común.
2
Prats, J (2001) Enseñar Historia: notas para una didáctica renovadora. Extraído de
[Link].es7histodidactica (pp 13-71)
3
Pp: 14
4
Prat, J (Op cit) apartado 2 “los objetivos didácticos de la historia”
pá g. 3
Tarea ardua y titánica mirarnos con verdaderos ojos críticos, ¿cierto?, pero hay que forzarse y
esforzarse, no para transformarnos en referentes 5, sino para que la palabra imposible no se
transfiera ni se instale en ninguno de nuestros estudiantes.
Algún escéptico señalará: ¿Por qué no es imposible?, porque en cada aula se cuenta con Capital
humano6, niños y niñas, que por su naturaleza, comienzan a querer “comerse el mundo”, desean
comprender, para luego explicarse su realidad.
Con ansias infantiles y adolescentes escudriñan nuestro mundo adulto y ante esta “voracidad”
preferimos seguir en nuestro podio de “autoridad”: castrando sueños, opiniones divergentes;
mientras que algunos “malvados alumnos” se empeñan diariamente en sacarnos a la fuerza de
nuestra zona de confort, porque simple y llanamente ya no “compran” esa imagen pre-fabricada,
porque sólo quieren vernos más humanos, más pares, más empáticos, porque necesitan creer
nuevamente en imágenes adultas significativas, con credibilidad y con una autoridad que se basa
en el respeto y no en la imposición. Pareciera que hago una descripción anacrónica de nosotros,
no obstante, ¡sorprendámonos!, el constructivismo no logró sacarnos los prejuicios, las ideas
preconcebidas de lo que significa ser docente, porque a pesar de que contamos con la tan ansiada
“educación formal universitaria” (señal inequívoca de prestigio, de ese prestigio que le puso
camisa y corbata a la pobreza de la clase media aspiracional ) olvidamos lo esencial: la enseñanza
en aula debe transmutarnos, hacernos cada día mejores profesores y mejores personas, en suma
cambiar nuestro ADN y permitir reinventarnos para lograr formar desde esa integralidad que
señala Prats, a las distintas generaciones que pasaran por nuestras manos. Para Peña (op cit)
“Nada de lo que hacemos en servicio de los demás se pierde; tenemos que tener fe en que estamos
formando a las personas que transformarán la sociedad del mañana. No es verdad de que todo es
muy complejo y que nuestras acciones son una insignificancia que a nadie llega y a nadie
transforma.”(p.302)
Personalmente asumo que mis convicciones no son parte de una crisis mesiánica, ni tampoco
utopía; es simplemente justicia social.
Y es esta búsqueda de la justicia social, como valor supremo, nos enfrenta a nuestros propios
demonios, a nuestras formas de concebir el mundo, a medir a otros con nuestros parámetros, a
nuestros conceptos de justicia, de lo correcto o incorrecto, de lo relevante y lo insignificante.
5
la búsqueda implacable del reconocimiento social, claramente es un proceso desgastante y creo no
conduce a nada, sino tan sólo a sobrealimentar nuestro ego y la historia ya nos ha demostrado que lo más
pernicioso de ciertos procesos históricos, es porque esta cualidad ha prevalecido sobre el sentido común.
6
óbviese la mirada neoliberal y el ser humano como producto
pá g. 4
Boicoteamos, implícitamente, lo que buscamos promover, y ante esta incongruencia de fondo,
terminamos aceptando y creyéndonos premisas y enunciados que se alejan de un espíritu
riguroso, analítico de la realidad que nos rodea; o bien, y en el mejor de los casos, nos terminamos
creyendo verdades a medias de lo que entendemos como enseñanza. Teñimos,
inconscientemente, el aprendizaje de nuestros alumnos de constructos obsoletos o no atingentes
a sus necesidades.
Se hace necesario, entonces, una búsqueda incesante del conocimiento histórico, como vehículo y
medio para entendernos y entender a nuestros alumnos, o bien como señala Prats,(Op. Cit) la
historia, como instrumento para el desarrollo personal y para difusión de ideas y actitudes; como
instrumento válido y confiable para que nuestros alumnos cuestionen, juzguen, construyan y
reconstruyan el diario vivir, desde una mirada objetiva, que les permita explicarse su mundo,
entender al otro en su globalidad y particularidad; porque la única forma de volver a construir una
sociedad más sana y justa, es desarrollar la empatía, el dejar “de mirarnos el ombligo” y medir a
todos con la vara que fuimos medidos o con la madera que fuimos construidos.
La naturaleza humana es compleja, la realidad social aún más; no obstante somos nosotros,
quienes estamos llamados a ejercer un rol activo de transformación, de instalar “semillas” y
“otorgar las condiciones” para que nuestros estudiantes adquieran un sentido de identidad y de
pertenencia a la sociedad; al sentirse partícipes y miembros activos, sujetos y garantes de
derechos y deberes, respetando su diversidad y la diversidad de otros, serán capaces de generar
cambios sociales, desde una actitud que entenderá el diálogo, como herramienta sustancial para
el entendimiento y el respeto por el pensamiento de otro.
Creamos en esa posibilidad, no por orgullo, no por ego, sino por el deseo de trascender, de
encontrar un sentido al camino elegido, sino hemos de estar destinados a repetir cíclicamente la
apatía y el desaliento, que muchas veces impone esta pegajodida…
Las cartas están echadas y NO MORIREMOS EN EL INTENTO.
Belén Peláez Díaz
pá g. 5