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MARTINA

Este resumen describe la obra de teatro "El médico a palos" de Molière. Introduce a los personajes principales Bartolo y Martina, un leñador y su esposa. Martina regaña a Bartolo por holgazanear. Esto lleva a una pelea donde Bartolo golpea a Martina con un palo. Más tarde, Martina engaña a dos hombres para que busquen a Bartolo, diciéndoles que es un doctor muy talentoso pero que sólo curará a los pacientes después de recibir una paliza.
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MARTINA

Este resumen describe la obra de teatro "El médico a palos" de Molière. Introduce a los personajes principales Bartolo y Martina, un leñador y su esposa. Martina regaña a Bartolo por holgazanear. Esto lleva a una pelea donde Bartolo golpea a Martina con un palo. Más tarde, Martina engaña a dos hombres para que busquen a Bartolo, diciéndoles que es un doctor muy talentoso pero que sólo curará a los pacientes después de recibir una paliza.
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EL MÉDICO A PALOS (Moliére)

Traducción Leandro Fernández de Moratín


PERSONAJES BARTOLO
DON JERÓNIMO MARTINA
DOÑA PAULA GINÉS
LEANDRO LUCAS.
ANDREA
La escena representa en el primer acto un bosque, y en los dos siguientes una sala de casa
particular: con puerta en el foro, y otras dos a los lados.La acción empieza a las once de la
mañana, y se acaba a las cuatro de la tarde.

Acto I
Escena I BARTOLO, MARTINA.
1. BARTOLO.- ¡Válgate Dios y qué durillo está este tronco! El hacha se mella toda, y él no
se parte… (Corta leña de un árbol inmediato al foro; deja después el hacha arrimada
al tronco, se adelanta hacia el proscenio, siéntase en un peñasco, saca piedra y
eslabón, enciende un cigarro y se pone a fumar.) ¡Mucho trabajo es este!… Y como hoy
aprieta el calor, me fatigo, y me rindo, y no puedo más… Dejémoslo, y será lo mejor, que
ahí se quedará para cuando vuelva. Ahora vendrá bien un rato de descanso y un cigarrillo,
que esta triste vida, otro la ha de heredar… Allí viene mi mujer. ¿Qué traerá de bueno?
2. MARTINA.- (Sale por el lado derecho del teatro.) Holgazán, ¿qué haces ahí sentado,
fumando, sin trabajar? ¿Sabes que tienes que acabar de partir esa leña y llevarla al lugar, y
ya es cerca de medio día?
3. BARTOLO.- Anda, que si no es hoy, será mañana.
4. MARTINA.- Mira qué respuesta.
5. BARTOLO.- Perdóname, mujer. Estoy cansado y me senté un rato a fumar un cigarro.
6. MARTINA.- ¡Y que yo aguante a un marido tan poltrón y desidioso! Levántate y trabaja.
7. BARTOLO.- Poco a poco, mujer, si acabo de sentarme.
8. MARTINA.- Levántate.
9. BARTOLO.- Ahora no quiero, dulce esposa.
10. MARTINA.- ¡Hombre sin vergüenza, sin atender a sus obligaciones! ¡Desdichada de mí!
11. BARTOLO.- ¡Ay, qué trabajo es tener mujer! Bien dice Séneca, que la mejor es peor que
un demonio.
12. MARTINA.- Miren qué hombre tan hábil para traer autoridades de Séneca.
13. BARTOLO.- ¿Si soy hábil? A ver, búscame un leñador que sepa lo que yo, ni que haya
servido seis años a un médico latino, ni que haya estudiado el quis vel qui, quæ, quod vel
quid y más adelante, como yo lo estudié.
14. MARTINA.- Malaya la hora en que me casé contigo.
15. BARTOLO.- Y maldito sea el pícaro escribano que anduvo en ello.
16. MARTINA.- Haragán, borracho.
17. BARTOLO.- Esposa, vamos poco a poco.
18. MARTINA.- Yo te haré cumplir con tu obligación.
19. BARTOLO.- Mira mujer, que me vas enfadando. (Se levanta desperezándose,
encaminase hacia el foro, coge un palo del suelo y vuelve.)
20. MARTINA.- ¿Y qué cuidado se me da a mí, insolente?
21. BARTOLO.- Mira que te he de cascar, Martina.
22. MARTINA.- Cuba de vino.
23. BARTOLO.- Mira que te he de solfear las espaldas.
24. MARTINA.- Infame.
25. BARTOLO.- Mira que te he de romper la cabeza.
26. MARTINA.- ¿A mí? Bribón, tunante, canalla, ¿a mí?
27. BARTOLO.- ¿Sí? Pues toma. (Da de palos a MARTINA.)
28. MARTINA.- ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!
29. BARTOLO.- Éste es el único medio de que calles… Vaya: hagamos la paz. Dame esa
mano.
30. MARTINA.- ¿Después de haberme puesto así?
31. BARTOLO.- ¿No quieres? Si eso no ha sido nada. Vamos.
32. MARTINA.- No quiero.
33. BARTOLO.- Vamos, hijita.
34. MARTINA.- No quiero, no.
35. BARTOLO.- Malayan mis manos que han sido causa de enfadar a mi esposa… Vaya, ven:
dame un abrazo. (Tira el palo a un lado y la abraza.)
36. MARTINA.- ¡Si reventaras!
37. BARTOLO.- Vaya, si se muere por mí la pobrecita… Perdóname, hija mía. Entre dos que
se quieren, diez o doce garrotazos más o menos, no valen nada… Voy hacia el
barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces; haré una carguilla, y mañana con la
burra la llevaremos a Miraflores. (Hace que se va y vuelve.) Oyes, y dentro de poco hay
feria en Buytrago; si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de
comprar una peineta de concha con sus piedras azules. (Toma el hacha y unas alforjas, y
se va por el monte adelante. MARTINA se queda retirada a un lado, hablando entre
sí.)
38. MARTINA.- Anda, que tú me las pagarás… Verdad es que una mujer siempre tiene en su
mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón,
y yo quisiera otro, otro que él sintiera más, aunque a mí no me agradase tanto.
Escena II MARTINA, GINÉS, LUCAS, salen por la izquierda.
39. LUCAS.- Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión… Y no sé yo todavía qué
regalo tendremos por este trabajo.
40. GINÉS.- ¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer a nuestro amo; además que la
salud de su hija a todos nos interesa… Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa…
vaya, todo se lo merece.
41. LUCAS.- Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han ido a visitarla no hayan
descubierto su enfermedad.
42. GINÉS.- Su enfermedad bien a la vista está; el remedio es lo que necesitamos.
43. MARTINA.- (Aparte.) ¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para vengarme!
44. LUCAS.- Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello… Como no hayamos
equivocado la senda…
45. MARTINA.- (Aparte, hasta que repara en los dos, y les hace cortesía. Pues ello es
preciso, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazón. Yo puedo olvidarlos…)
Pero, señores, perdonen ustedes que no los había visto, porque estaba distraída.
46. LUCAS.- ¿Vamos bien por aquí a Miraflores?
47. MARTINA.- Sí señor. (Señalando adentro, por el lado derecho.) ¿Ve usted aquellas
tapias caídas junto a aquel noguerón? Pues todo derecho.
48. GINÉS.- ¿No hay allí un famoso médico que ha sido médico de una vizcondesita, y
catedrático, y examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?
49. MARTINA.- ¡Ay! Sí señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en
español, y ya está el pobrecito debajo de tierra.
50. GINÉS.- ¿Qué dice usted?
51. MARTINA.- Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes a buscar?
52. LUCAS.- Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al río.
53. MARTINA.- ¡Ah, sí! La hija de Don Jerónimo. ¡Válgate Dios! Pues, ¿qué tiene?
54. LUCAS.- ¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende del cual ha venido a perder el habla.
55. MARTINA.- ¡Qué lástima! Pues… (Aparte, con expresión de complacencia. ¡Ay qué
idea me ocurre!) Pues mire usted, aquí tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace
prodigios en esos males desesperados.
56. GINÉS.- ¿De veras?
57. MARTINA.- Sí señor.
58. LUCAS.- ¿Y en dónde le podemos encontrar?
59. MARTINA.- Cortando leña en ese monte.
60. GINÉS.- Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
61. MARINA.- No señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre
batán; hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento
maravilloso que Dios le dio.
62. GINÉS.- Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener
siempre algún ramo de locura, mezclada con su ciencia.
63. MARTINA.- La manía de este hombre es la más particular que se ha visto. No confesará su
capacidad, a menos que no le muelan el cuerpo a palos; y así les aviso a ustedes, que si no
lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno
un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de
esta industria, y siempre nos ha salido bien.
64. GINÉS.- ¡Qué extraña locura!
65. LUCAS.- ¿Habrase visto hombre más original?
66. GINÉS.- ¿Y cómo se llama?
67. MARTINA.- Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un hombre de corta
estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con
un sombrerillo redondo.
68. LUCAS.- No se me despintará, no.
69. GINÉS.- ¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
70. MARTINA.- ¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en
Lozoya una pobre mujer, ya iban a enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por
casualidad en una calle, por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó a la difunta, sacó
una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se
levantó tan alegre, cantando el frondoso.
71. GINÉS.- ¿Es posible?
72. MARTINA.- Como que yo lo vi. Mire usted, aún no hace tres semanas que un chico de
unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se
le quedó hecha una plasta. Pues, señor, llamaron a don Bartolo, él no quería ir allá; pero
mediante una buena paliza, lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un
pucherete y con una pluma le fue untando, al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato
se puso en pie, y se fue corriendo a jugar a la rayuela con los otros chicos.
73. LUCAS.- Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos a buscarle.
74. MARTINA.- Pero, sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.
75. GINÉS.- Ya, ya estamos en eso.
76. MARTINA.- Allí debajo de aquel árbol hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.
77. LUCAS.- ¿Sí? Voy por un par de ellas. (Coge el palo que dejó en el suelo BARTOLO, va
hacia el foro y coge otro, vuelve, y se le da a GINÉS.)
78. GINÉS.- ¡Fuerte cosa es, que haya de ser preciso valerse de este medio!
79. MARTINA.- Y si no, todo será inútil. (Hace que se va, y vuelve.) ¡Ah!, otra cosa: cuiden
ustedes de que no se les escape, porque corre como un gamo, y si les coge a ustedes la
delantera, no le vuelven a ver en su vida. (Mirando hacia dentro a la parte del foro.)
Pero, me parece que viene. Sí, aquél es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer
bondad, menudito en él. Adiós señores.
Escena VIII
80. BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA
81. GINÉS.- Echa otra vuelta por aquí.
82. LUCAS.- ¿Y no sabes que el amiguito éste, había dado en la gracia de decir chicoleos a mi
mujer?
83. GINÉS.- Anda, que ya las va a pagar todas juntas.
84. BARTOLO.- ¿Estoy ya bien así?
85. GINÉS.- Perfectamente.
86. MARTINA.- (Sale por la puerta de la derecha.) Dios guarde a ustedes, señores.
87. LUCAS.- ¡Calle, que está usted por acá! ¿Pues qué buen aire la trae a usted por esta casa?
88. MARTINA.- El deseo de saber de mi pobre marido. ¿Qué han hecho ustedes de él?
89. BARTOLO.- Aquí está tu marido, Martina; mírale, aquí le tienes.
90. MARTINA.- ¡Ay, hijo de mi alma! (Abrazándose con BARTOLO.)
91. LUCAS.- ¡Oiga! ¿Conque ésta es la médica?
92. GINÉS.- Aun por eso nos ponderaba tanto las habilidades del doctor.
93. LUCAS.- Pues por muchas que tenga, no escapará de la horca.
94. MARTINA.- ¿Qué está usted ahí diciendo?
95. BARTOLO.- Sí, hija mía, mañana me ahorcan, sin remedio.
96. MARTINA.- ¿Y no te ha de dar vergüenza de morir delante de tanta gente?
97. BARTOLO.- ¿Y qué se ha de hacer, paloma? Yo bien lo quisiera excusar, pero se han
empeñado en ella.
98. MARTINA.- ¿Pero, por qué te ahorcan, pobrecito, por qué?
99. BARTOLO.- Ése es cuento largo. Porque acabo de hacer una curación asombrosa, y en vez
de hacerme protomédico, han resuelto colgarme.
Escena IX
DON JERÓNIMO sale por la puerta de la derecha, y ANDREA por la izquierda. ANDREA,
BARTOLO, LUCAS, GINÉS, MARTINA
100. DON JERÓNIMO.- Vamos, chicos, buen ánimo. Ya he enviado un propio a
Miraflores; esta noche sin falta vendrá la justicia, y cargará con este bribón… ¿Y tú qué has
hecho, los has visto?
101. ANDREA.- No, señor, no las he descubierto por ninguna parte.
102. DON JERÓNIMO.- Ni yo tampoco… He preguntado y nadie me sabe dar razón…
Yo he de volverme loco… (Dando vueltas por el teatro, lleno de inquietud.) ¿Adónde se
habrán ido?… ¿Qué estarán haciendo?

Escena X
DOÑA PAULA, LEANDRO, salen los dos por la puerta del lado derecho. DON
JERÓNIMO, BARTOLO; ANDREA, LUCAS, GINÉS, MARTINA
103. LEANDRO.- Señor Don Jerónimo.
104. DOÑA PAULA.- Querido padre.
105. DON JERÓNIMO.- ¿Qué es ésta? ¡Picarones, infames!
106. LEANDRO.- (Se arrodillan a los pies de DON JERÓNIMO.) Esto es enmendar un
desacierto. Habíamos pensado irnos a Buytrago y desposarnos allí, con la seguridad que
tengo de que mi tío no desaprueba este matrimonio; pero lo hemos reflexionado mejor. No
quiero que se diga que yo me he llevado robada a su hija de usted; que esto no sería
decoroso ni a su honor, ni al mío. Quiero que usted me la conceda con libre voluntad,
quiero recibirla de su mano. Aquí la tiene usted, dispuesta a hacer lo que usted la mande;
pera le advierto, que si no la casa conmigo, su sentimiento será bastante a quitarla la vida; y
si usted nos otorga la merced que ambos le pedimos, no hay que hablar de dote.
107. DON JERÓNIMO.- Amigo, yo estoy muy atrasado, y no puedo…
108. LEANDRO.- Ya he dicho que no se trate de intereses.
109. DOÑA PAULA.- Me quiere mucho Leandro para no pensar con la generosidad que
debe. Su amor es a mí, no a su dinero de usted.
110. DON JERÓNIMO.- (Alterándose.) Su dinero de usted, su dinero de usted. ¿Qué
dinero tengo yo, parlera? ¿No he dicho ya que estoy muy atrasado? No puedo dar nada, no
hay que cansarse.
111. LEANDRO.- Pero bien, señor, si por eso mismo se le dice a usted que no le
pediremos nada.
112. DON JERÓNIMO.- Ni un maravedí.
113. DOÑA PAULA.- Ni medio.
114. DON JERÓNIMO.- Y bien, si digo que sí, ¿quién os ha de mantener, badulaques?
115. LEANDRO.- Mi tío. ¿Pues no ha oído usted que aprueba este casamiento? ¿Qué
más he de decirle?
116. DON JERÓNIMO.- ¿Y se sabe si tiene hecha alguna disposición?
117. LEANDRO.- Sí señor, yo soy su heredero.
118. DON JERÓNIMO.- ¿Y qué tal, está fuertecillo?
119. LEANDRO.- ¡Ay! No señor, muy achacoso. Aquel humor de las piernas le molesta
mucho, y nos tememos que de un día a otro…
120. DON JERÓNIMO.- Vaya, vamos, ¿qué le hemos de hacer! Con que… (Hace que
se levanten, y los abraza. Uno y otro le besan la mano.) Vaya, concedido, y venga un par
de abrazos.
121. LEANDRO.- Siempre tendrá usted en mí un hijo obediente.
122. DOÑA PAULA.- Usted nos hace completamente felices.
123. BARTOLO.- ¿Y a mí quién me hace feliz? ¿No hay un cristiano que me desate?
124. DON JERÓNIMO.- Soltadle.
125. LEANDRO.- ¿Pues quién le ha puesto a usted así, médico insigne? (Desatan los
criados a BARTOLO.)
126. BARTOLO.- Sus pecados de usted, que los míos no merecen tanto.
127. DOÑA PAULA.- Vamos, que todo se acabó, y nosotros sabremos agradecerle a
usted el favor que nos ha hecho.
128. MARTINA.- ¡Marido mío! (Se abrazan MARTINA y BARTOLO.) Sea
enhorabuena que ya no te ahorcan. Mira, trátame bien, que a mí me debes la borla de
doctor que te dieron en el monte.
129. BARTOLO.- ¿A ti? Pues me alegro de saberlo.
130. MARTINA.- Sí por cierto. Yo dije que eras un prodigio en la medicina.
131. GINÉS.- Y yo, porque ella lo dijo, lo creí.
132. LUCAS.- Y yo lo creí, porque lo dijo ella.
133. DON JERÓNIMO.- Y yo, porque estos lo dijeron, lo creí también, y admiraba
cuanto decía como si fuese un oráculo.
134. LEANDRO.- Así va el mundo. Muchos adquieren opinión de doctos, no por lo que
efectivamente saben, sino por el concepto que forma de ellos la ignorancia de los demás.
135. FIN.

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