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Parte 3 Ña Catita

El documento presenta una serie de diálogos entre diferentes personajes en una casa. Don Jesús discute con Ña Catita sobre temas religiosos. Más tarde, Rufina le dice a Mercedes que planea mudarse y le pide que no le diga a nadie, incluyendo a su hija Juliana. Cuando Juliana habla con Mercedes, se entera de los planes de mudanza de su madre y le dice que ella también planea salir de la casa ese día. Mercedes le ofrece su apoyo.

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Parte 3 Ña Catita

El documento presenta una serie de diálogos entre diferentes personajes en una casa. Don Jesús discute con Ña Catita sobre temas religiosos. Más tarde, Rufina le dice a Mercedes que planea mudarse y le pide que no le diga a nadie, incluyendo a su hija Juliana. Cuando Juliana habla con Mercedes, se entera de los planes de mudanza de su madre y le dice que ella también planea salir de la casa ese día. Mercedes le ofrece su apoyo.

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DON JESUS.

- y tú qué haces aquí chismosa

MERCEDES. - yo nada solo vine a buscar el plumero

Ña Catita comiendo*

ÑA CATITA. – (Ya refocilé el ventrículo. Voy a rezarle a San Lázaro)

DON JESUS. – Mas yo no soy un estúpido, ni tengo alma de cántaro para que una vieja ideática me
vuelva loco o misántropo (sin ver a Ña Catita)

ÑA CATITA. - Eso es, don Jesús, verídico, porque un marido es el báculo de su casa.

DON JESUS. - (¡Vieja hipócrita!) Déjeme usted con sus cánticos.

ÑA CATITA. - De otro modo...

DON JESUS. - Allá a los clérigos.

ÑA CATITA. - Respete usted el santo hábito.

DON JESUS. - Respételo usted.

ÑA CATITA. - Herético. ¡Dios trastornará tus cálculos! Aunque me acometa un cólico caerás en la
trampa, pájaro.

Luego

RUFINA. - ¡Mercedes!

MERCEDES. - ¿Qué manda usted?

RUFINA. – Ven aca

MERCEDES. - ¿Qué pasa?

RUFINA. - Toma las llaves, y saca al instante un pan de la alacena y el frasco que con aguardiente
está, y ponlo todo ahí encima. Escucha….

MERCEDES. - (¡Qué vieja tan...!).

RUFINA. - Es necesario que sepas que nos vamos a mudar.

MERCEDES. - Muy bien, señora, ¿y adónde?

RUFINA. - Eso después lo sabrás.

MERCEDES. - Corriente. (¡Qué tramarán!)

RUFINA. - Oye, Mercedes, cuidado como le vas a contar nada de lo que te he dicho a la niña.

MERCEDES. - Bien está.

RUFINA. - ¡Ah!

MERCEDES. - (¡Esta es otra!).


RUFINA. - Ni al señor. Porque si no, lo verás.

ÑA CATITA. - Me parece bien que tomes medidas para ocultar a tu hija y a tu marido que a
mudarte de aquí vas; porque si llegan a olerlo...

RUFINA. - No hay miedo, no lo sabrán.

Luego

JULIANA. - ¿Mudanza tan repentina ahora, ¿Mercedes, a qué?

MERCEDES. - Señorita, yo no sé; cosa de Doña Rufina.

JULIANA. - Con que, ¿tanto te encargó que no me dijeras nada?

MERCEDES. - Sí, niña, y muy enfrascada; mas de eso me río yo. Porque a decir lo que siento, ya me
tiene, hasta los ojos, y sus canseras y antojos no sufro más un momento.

JULIANA. - ¿Cómo? ¿Qué dices, Mercedes?

MERCEDES. - Como usted lo oye; me fuera, aunque del hambre supiera que iba a arañar las
paredes.

JULIANA. - Escucha, ¿salió mi padre?

MERCEDES. - Sí, niña, hará una hora.

JULIANA. - Y di: ¿sabes lo que ahora estará haciendo mi madre?

MERCEDES. - Anda en continuo trajín con esa endiablada vieja, que la adula y la aconseja por
sacarle el alpechín.

JULIANA. - Mil gracias, Mercedes, vete.

MERCEDES. - ¿Se queda sola usted aquí?

JULIANA. - Sí, Mercedes.

MERCEDES. - ¿Cómo así?

JULIANA. - ¿Habrán dado ya las siete?

MERCEDES. - Ya no pueden tardar mucho.

JULIANA. - Vete, pues.

MERCEDES. - No, señorita...

JULIANA. - Aguardo aquí una visita.

MERCEDES. - ¿Una visita? ¡Qué escucho! Vea usted que ya no tarda doña Rufina en salir. Y la
puede a usted reñir porque su orden no se guarda.

JULIANA. - Que salga, poco me importa. Dentro de un rato quizá, a otro, no a mí reñirá.

MERCEDES. - ¡Me deja usted, niña, absorta!


JULIANA. - Quiero ser franca contigo.

Hoy de esta casa me salgo.

MERCEDES. - Bien hecho. Si sirvo de algo puede usted contar conmigo. Cosa mejor no la he visto;
porque, si una no se sale, que se le entregue más vale de una vez el alma a Cristo.

¡Pero... calle! Aquí se cuela Ña Catita.

JULIANA. - ¡Qué diablura!

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