DON JESUS.
- y tú qué haces aquí chismosa
MERCEDES. - yo nada solo vine a buscar el plumero
Ña Catita comiendo*
ÑA CATITA. – (Ya refocilé el ventrículo. Voy a rezarle a San Lázaro)
DON JESUS. – Mas yo no soy un estúpido, ni tengo alma de cántaro para que una vieja ideática me
vuelva loco o misántropo (sin ver a Ña Catita)
ÑA CATITA. - Eso es, don Jesús, verídico, porque un marido es el báculo de su casa.
DON JESUS. - (¡Vieja hipócrita!) Déjeme usted con sus cánticos.
ÑA CATITA. - De otro modo...
DON JESUS. - Allá a los clérigos.
ÑA CATITA. - Respete usted el santo hábito.
DON JESUS. - Respételo usted.
ÑA CATITA. - Herético. ¡Dios trastornará tus cálculos! Aunque me acometa un cólico caerás en la
trampa, pájaro.
Luego
RUFINA. - ¡Mercedes!
MERCEDES. - ¿Qué manda usted?
RUFINA. – Ven aca
MERCEDES. - ¿Qué pasa?
RUFINA. - Toma las llaves, y saca al instante un pan de la alacena y el frasco que con aguardiente
está, y ponlo todo ahí encima. Escucha….
MERCEDES. - (¡Qué vieja tan...!).
RUFINA. - Es necesario que sepas que nos vamos a mudar.
MERCEDES. - Muy bien, señora, ¿y adónde?
RUFINA. - Eso después lo sabrás.
MERCEDES. - Corriente. (¡Qué tramarán!)
RUFINA. - Oye, Mercedes, cuidado como le vas a contar nada de lo que te he dicho a la niña.
MERCEDES. - Bien está.
RUFINA. - ¡Ah!
MERCEDES. - (¡Esta es otra!).
RUFINA. - Ni al señor. Porque si no, lo verás.
ÑA CATITA. - Me parece bien que tomes medidas para ocultar a tu hija y a tu marido que a
mudarte de aquí vas; porque si llegan a olerlo...
RUFINA. - No hay miedo, no lo sabrán.
Luego
JULIANA. - ¿Mudanza tan repentina ahora, ¿Mercedes, a qué?
MERCEDES. - Señorita, yo no sé; cosa de Doña Rufina.
JULIANA. - Con que, ¿tanto te encargó que no me dijeras nada?
MERCEDES. - Sí, niña, y muy enfrascada; mas de eso me río yo. Porque a decir lo que siento, ya me
tiene, hasta los ojos, y sus canseras y antojos no sufro más un momento.
JULIANA. - ¿Cómo? ¿Qué dices, Mercedes?
MERCEDES. - Como usted lo oye; me fuera, aunque del hambre supiera que iba a arañar las
paredes.
JULIANA. - Escucha, ¿salió mi padre?
MERCEDES. - Sí, niña, hará una hora.
JULIANA. - Y di: ¿sabes lo que ahora estará haciendo mi madre?
MERCEDES. - Anda en continuo trajín con esa endiablada vieja, que la adula y la aconseja por
sacarle el alpechín.
JULIANA. - Mil gracias, Mercedes, vete.
MERCEDES. - ¿Se queda sola usted aquí?
JULIANA. - Sí, Mercedes.
MERCEDES. - ¿Cómo así?
JULIANA. - ¿Habrán dado ya las siete?
MERCEDES. - Ya no pueden tardar mucho.
JULIANA. - Vete, pues.
MERCEDES. - No, señorita...
JULIANA. - Aguardo aquí una visita.
MERCEDES. - ¿Una visita? ¡Qué escucho! Vea usted que ya no tarda doña Rufina en salir. Y la
puede a usted reñir porque su orden no se guarda.
JULIANA. - Que salga, poco me importa. Dentro de un rato quizá, a otro, no a mí reñirá.
MERCEDES. - ¡Me deja usted, niña, absorta!
JULIANA. - Quiero ser franca contigo.
Hoy de esta casa me salgo.
MERCEDES. - Bien hecho. Si sirvo de algo puede usted contar conmigo. Cosa mejor no la he visto;
porque, si una no se sale, que se le entregue más vale de una vez el alma a Cristo.
¡Pero... calle! Aquí se cuela Ña Catita.
JULIANA. - ¡Qué diablura!