Correspondencia en español de Freud
Correspondencia en español de Freud
1
Págs. 167-169. Vid. Bibliografía
2
Vid. Bibliografía.
142 FELICIANO PÉREZ VARAS
3
Freud, S., Gesammelte Werke. Frankfurt am Main: S. Fischer Verlag, 1968, vol. II-III, p. 220.
Este fragmento está recogido, en traducción española de Antonio de Zubiaurre, en el catálogo de la
exposición documental organizada por el Goethe Institut Sigmund Freud, 1856-1939, que recorrió
países de varios continentes, y que el entonces denominado Departamento de Germanística de la
Universidad de Salamanca presentó en el Colegio Mayor Arzobispo Fonseca del 31 de enero al 13 de
febrero de 1977.
LAS CARTAS SEVILLANAS DEL JOVEN SIGMUND FREUD 145
origen sefardí, suposición que presenta indicios a favor y en contra. Por un lado, su
procedencia rumana hace más presumible su adscripción al grupo asquenazí, es decir,
el de los judíos de Europa Central y Oriental, y en esa dirección apunta también un
recuerdo recogido por su nieta en la reseña biográfica incluida por Walter Boelich en
la edición de las cartas de juventud de Freud: Su nieta cuenta: “He liked the Yiddish
language.” (Boehlich 1989: 219). Este cariño de Silberstein por el “Yiddish”, la len-
gua de los judíos askenazíes, parece situarlo en esa órbita. Sin embargo, otro re-
cuerdo recogido líneas adelante, apunta al grupo de los judíos sefarditas, los proce-
dentes de España, cuando dice la nieta: “I rimember his love for me, the charming
ditties he composed for me in Spanish, and the stories he used to tell me.” (Boehlich,
ibidem). Esas encantadoras cancioncillas que Silberstein componía en español para
su nieta, podían, efectivamente, ser compuestas por él para la niña, o podían ser las
canciones, las narraciones y los romances que los judíos sefarditas se llevaron con-
sigo de España y han conservado amorosamente hasta nuestros días.
La presunción de que el contacto o la familiaridad con la lengua sefardita haya
podido servir de incitación para la dedicación de Freud al estudio del español tam-
poco se ve fortalecida por el fragmento de una carta de agosto de 1873, sino más bien
al contrario. En esa carta (Boehlich 1989: 37), escrita con un léxico y en un tono de
irrespetuosa petulancia juvenil, hay un fragmento (que por su desparpajo no me re-
sisto a copiar literalmente) en el que Freud le cuenta a Silberstein lo siguiente:
Mit einem Comptoir-Esel habe ich gesprochen (ich habe gesprochen, er hat ge-ia-t),
der sowohl in seinem Castilianisch als im Spagnuolischen zu schreien versteht. Dir
großem Sprachforscher teile ich gern einige Resultate meiner Untersuchungen mit.
Anstatt para qué sagen sie para lo que, für aprender gebrauchen sie “embesar”
(“einküssen” wörtlich übersetzt), ein Perfekt kennen sie nicht, sondern sprechen
meistens im Präteritum “Yo no tuve nada”. Das “e” am Ende sprechen sie überdies
wie i aus.
El fragmento ofrece materia para un comentario largo, empezando por los erro-
res que contiene. Por ejemplo, en el participio del verbo “iahen” falta la “h”. Y “em-
besar” no quiere decir, literalmente traducido, “besar” o “besuquear”, como él inter-
preta, sino “aprender” y “enseñar”, porque se deriva de “invitiare” y no de “basiare”.
Pero lo que nos interesa del pasaje, fundamentalmente, es el testimonio que implica:
si el judeoespañol, la lengua sefardí, le resulta extraña, curiosa, es evidente que no
estaban –ni él ni Eduard Silberstein– familiarizados con ella, que no era la lengua de
sus círculos familiares ni la propia de su ascendientes.
La auténtica razón de su dedicación al español es, hoy por hoy, una incógnita,
pero caben presunciones como la de que Freud y Silberstein habían idealizado a Es-
paña convirtiéndola en una vieja patria idílica de los judíos. A esa presunción incita
un pasaje de una carta (Boehlich 1989: 205) que volveré a mencionar luego y en la
que puede leerse: “….era mi intención dejarme caer en esa disciplina, [se refiere a la
Farmacología] de manera que no la estudiaba sino en el día antes del ejamen (Ereb,
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como dicen los antiguos Castellaños)…” 4 “Ereb” es una palabra hebrea que significa
“víspera”. Y si los antiguos castellanos hablan hebreo, pues… la deducción parece
obvia.
En una carta escrita muchos años más tarde, datada concretamente en Viena el 7
de mayo de 1923, y dirigida al traductor de su obra al español, Luis López-Balleste-
ros y de Torres, dice Sigmund Freud: “Siendo yo un joven estudiante, el deseo de
leer el inmortal “Don Quijote” en el original cervantino me llevó a aprender, sin
maestros, la bella lengua castellana.”5 Hay que conceder crédito a la declaración de
Freud, no obstante, es de rigor esbozar un par de observaciones. Por una parte, re-
sulta sorprendente que a tan temprana edad (Freud tenía 15 años cuando comienza el
intercambio epistolar con Silberstein y el estudio de la lengua española había comen-
zado antes) hubiera madurado ya como objetivo para el estudio del castellano el pro-
pósito de leer el Quijote en su lengua original. Por otra parte, entre las alusiones a la
literatura española ni predominan ni abundan las relativas a la inmortal novela cer-
vantina. Hay, sí, la permanente alusión, explícita o implícita, al Coloquio de los pe-
rros, de los que los dos amigos toman los nombres como pseudónimo académico. Y
hay –de acuerdo con la aguda interpretación de Boehlich– una referencia implícita a
Los tratos de Argel, como se verá páginas adelante. Pero (salvo distracción por mi
parte) de Don Quijote no hay más que una mención, que es, sin embargo, explícita y
contiene una doble declaración: la de poseer un ejemplar del Quijote y la de haberlo
leído. Está en una carta alemana datada en Viena el 30 de enero de 1875 (Boehlich
1989: 101), en la que después de contarle a Silberstein (que por entonces estudia en
Leipzig) su plan de vida, se queja, al final, de que el tiempo no le llega para leer más
allá de una pizca de Lessíng o de Goethe, aparte de las obras de Lichtenberg, y re-
mata la misiva del siguiente modo:
Von fremder Literatur entfremde ich mich immer mehr, nur unlängst las ich ein Ka-
pitel im Don Quixote und erlebte eine kleine Idylle. Das war um sechs Uhr, ich
allein in meinem Zimmer vor einem kräftigen Schüssel, die ich mit Heißhunger ver-
zehrte, und las die schöne Szene, wie der edle Doctor Pedro Rescio (sic) de Tirtea-
fuera, was im Spanischen etwas Fürchterliches bedeuten muß, dem armen Sancho
die Bissen vor dem Mund wegtragen läßt.
[…]
Leb wohl und sei herzlich gegrüßt von Deinem
Sigmund
Ich schicke Dir hiermit den Don Quixote, das bekannte Exemplar, aus dem ich gele-
sen habe, das mir deshalb besonders wert ist und von dem ich hoffe, daß Du es an-
ders empfangen wirst, als wenn es ein neuer, um ein gleichgiltiges Geldopfer er-
kauft wäre.6
4
En todos los casos, de aquí en adelante, se mantiene la literalidad de los textos españoles de
Sigmund Frteud tal como los reproduce W. Boehlich, respetando no sólo la ortografía, sino también la
grafía y los signos de puntuación.
5
Freud, S., Obras completas, Tomo III, p. 2821.
6
Permítaseme la observación de que gleichgiltig no es una errata, sino una variante austriaca de
gleichgültig .
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En cualquier caso, España y lo español le merecían por aquella época una aten-
ción considerable, y en las cartas escritas a Silberstein en alemán pueden encontrarse
alusiones como ésta, en una carta del 22 de agosto de 1874 (Boehlich 1989: 66), en
la que se gloría de la organización e importancia de su Academia Española y escribe:
“Zu einer Zeit, da alles die Spanische Republik anerkennt, scheint die Spanische
Akademie, an Organisation und Bedeutung ein unerreichtes Musterbild für ihren
mütterlichen Organismos […].”
No es posible saber a qué alude Freud en su juicio, como tampoco es posible
saber a qué se refiere (aunque es de presumir que comenta alguna noticia contenida
en la carta anterior de Silberstein) cuando en otra carta del 1 enero de 1875, también
en alemán, tras el comentario sobre la reunión familiar de Nochevieja (Boehlich
1989: 95), escribe de pronto en español: “¡Pobre España!” Y añade seguidamente un
verso del Wilhelm Tell de Schiller: “Wann wird der Retter kommen diesem Land?”
España era, ciertamente, una obsesión y un refugio ideal en sus fantasías juve-
niles. En una larga carta alemana del 7 de marzo de 1875 (Boehlich 1989: 112), en la
que comenta enamoramientos juveniles de Silberstein y cuestiones de actualidad
cultural y política, añade un largo apéndice en español, al que pone el título Parte
oficial. Cosas de la Academia Española o Castellana, y en el que entre otras cosas
dice:
Otro punto es, que propone D. Cipion la introducción de siguientos terminos en el
estilo oficial de la A. E., cuales términos no son nuevos, pero viejos y bien conoci-
dos y merecen ser sacados en limpio para el uso de los miembros de la A. E. Lla-
manse los miembros d. l. A. E. “perros”, que es su mayor titulo, que tienen ni ten-
drán, llamese “Sevilla” el mundo, en que están y el hospital de Sevilla el pais en
que viven, es decir la Alemania. Llamese en fin el paradero, en que están, la “cerra”
(ó si otra palabra es, que quiere decir “Dicke” y que el famoso Cervantes en el lugar
que V. conoce, ha usado, sea esa otra palabra). Así l. m. d. l. A. E. jamás digan de
alguien “ha muerto”, sino ha salido de Sevilla, jamas digan ha dejado la Alemania
sino ha quitado el hospital de Sevilla y jamas digan ha viajado en Alemania, de
Viena a Berlin, sino digan, ha mudado de cerra. Viena llamese con otro nombre y
asi también Berlin, pero los nombres no quiero proponer, sino dejo a Vm. de propo-
nerlos, que viva mil y doscientos años
y sea dos mil años mantenido
como desea Su D. Cipion
La frase incomprensible “Llamese en fin el paradero en que están la ‘cerra’ (ó si
otra palabra es, que quiere decir ‘Dicke’ y que el famoso Cervantes en el lugar que
V. conoce, ha usado sea esa otra palabra” la explica con agudeza el editor de las car-
tas, Walter Boehlich: En la comedia de Cervantes Los tratos de Argel dos cautivos
cristianos hablan del camino para su fuga, en el que se eleva una montaña “que se
llama el Cerro Gordo”. Freud, que escribe basándose en el recuerdo de la lectura de
la obra cervantina, no sólo ha cambiado el género gramatical convirtiendo “cerro”·
en “cerra”, sino que confunde el significado de las dos palabras, “cerro” y “gordo”.
Alguna vez más hispaniza Freud la geografía austroalemana. En carta fechada en
Viena el 13 de marzo de 1875 (Boehlich 1989: 114) escribe:
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¡Querido Berganza!
Ich bin noch erstaunt, daß Du den Aufenthalt in Cadiz einem Besuch in Madrid
vorgezogen hast. Du siehst, ich nehme deine Termini an und wünsche Dir Glück zur
ingeniösen Verbesserung meines Vorschlags.– Soll ich vielleicht schließen, daß es
Deinem principio zulieb geschehen? Oder hast Du die Absicht, nach Madrid zu stie-
feln, bloß aufgeschoben? Ist letzteres der Fall und gelangst Du wirklich nach der
capital de España, tierra prometida de la A. E., so schicke mir von dort einen “Car-
tel des hospital”, einen Lektionskatalog zu Deutsch, ein, damit ich ersehen kann,
was für Genüsse unserer dort harren.
Boehlich interpreta, con razón sin duda alguna, que el nombre de Madrid susti-
tuye al de Berlín y que Cádiz es la denominación escogida para la ciudad de Braila.
Pero como puede observarse, la invención corresponde a Silberstein, que ha aceptado
la invitación formulada por Freud en la carta anterior. Las letras “A. E.” son, como
siempre, las iniciales de “Academia Española”.
Después de esta hispanización de su ámbito vital, no puede extrañarnos que
Freud se permita la humorada de datar de vez en cuando en Sevilla cartas que escribe
en Viena, una humorada que repite hasta cuatro veces y de la que más adelante me
ocuparé con detenimiento.
3. El español de Freud
No sabemos cuándo comienzan los dos jóvenes el estudio del español. Cuando se
inicia la correspondencia regular, en 1871, Freud tiene ya del castellano un conoci-
miento, aunque ciertamente precario. Pero por entonces ya está constituida la Aca-
demia Española o Academia Castellana que han fundado y que no tiene más que dos
miembros, ellos dos, pero que tiene unos estatutos que prescriben. “hacer uso y uso
frecuente de la Noble Lengua Castellana” (según escribe el propio Freud en una de
las cartas), y que tiene incluso su propio sello, que han construido los dos académi-
cos artesanalmente, con tan poca pericia que no han advertido al grabarlo que en la
impresión se invierte el dibujo, y así el sello, en lugar de mostrar las iniciales AE,
muestra las iniciales EA. Y, como toda Academia que se precie, los académicos eli-
gen en ésta, también, un pseudónimo, que piden prestado a los dos perros del Colo-
quio de Cervantes: Freud firma como Cipión, y Silberstein se esconde tras el nombre
de Berganza.
Al comienzo de la correspondencia Freud no parece tener todavía muy asimilada
su personalidad académica, y en una de las primeras postales (19, enero, 1872, Boeh-
lich 5) se equivoca doblemente al firmar. Primero porque quiere firmar como “Ber-
ganza”, que era el nombre correspondiente a Silberstein, y luego porque no escribe
“Berganza”, sino “Braganza”, esto es, el nombre de la última casa real portuguesa y
de la bella ciudad capital del distrito de Braganza. Claro que, años más tarde, Eduard
Silberstein cometerá el mismo error y firmará una misiva con el nombre de Cipion, lo
que motivará un comentario desenfadado de Freud, que ofrece a su amigo la posibili-
dad de intercambiar los apodos.
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rio la equivalencia del giro alemán “Ich ergreife die Gelegenheit”, y ante la serie de
correspondencias de “ergreifen”: “asir”, “tomar” “agarrar”, “coger”, ha elegido la
primera o la que le ha gustado más. Pero para saber que el verbo “asir”, un verbo
irregular, toma una “g” después de la “s” del radical, hay que consultar una Gramá-
tica, salvo que (lo cual también es posible) el diccionario coloque tras la forma del
infinitivo la forma irregular de la primera persona. Lo peor de todo es que (segura-
mente por la falta de profesor) Freud no podía saber que ninguna de las otras equi-
valencias de “ergreifen” le hubiera servido tampoco para reproducir el giro alemán
“die Gelegenheit ergreifen”, ni que, para mayor sarcasmo, existe en alemán un giro
que reproduce exactamente la locución española “aprovechar la ocasión”: “die Gele-
genheit ausnützen”.
Sabemos, eso sí, que, al menos al principio, el estudio ha sido llevado a cabo
con entusiasmo y con disciplina. En una postal de 1871 escrita en latín y que lleva la
fórmula española de despedida “Quedo su seguro servidor”, Freud notifica a su ami-
go que tiene un dolor de dientes que le impide acudir a casa de Silberstein y le pide
que venga él a la suya “ne instructio x x x linguae turbetur” (“para que no sufra
trastorno el estudio de la lengua”).
El español escrito por Sigmund Freud, deja, naturalmente, mucho que desear,
tanto en la propiedad léxica –e incluso en la corrección léxica– como en la sintaxis,
en la morfología o en la ortografía. En esta última, por ejemplo, el uso de los acentos
es anárquico. Es cierto que se advierte un indudable progreso después de las primeras
cartas. Y se advierte igualmente un retroceso cuando pasa algún tiempo sin escribir
cartas españolas. En cualquier caso, no llega a escribir un español medianamente
aceptable, y en ocasiones resulta difícil –a veces imposible– saber exactamente qué
quiere decir.
En muchos casos se advierten rasgos definitorios como la confianza desmedida
en su memoria, que lo lleva a no consultar el diccionario y a utilizar palabras crea-
das analógicamente. Es permanente, por ejemplo, la confusión en el uso de ciertas
letras, como la “x” y la “j”·. Freud usa normalmente la “j” donde el español emplea
la “x”, y escribe “ejamines” por “exámenes” y “prójimo” por “próximo”. También
crea por analogía cuando usa los diminutivos, y escribe “cartilla” por “cartita”, y
otras veces usa “letrilla” para “cartita”, seguramente apoyándose en el francés “let-
tre”. O, por poner algunos ejemplos más, cuando escribe “tenereza” por “ternura” o
tal vez por “terneza”.
En otros casos el error está en el género gramatical, Así, por ejemplo, en una mi-
siva que escribe antes de partir de viaje, coloca como epígrafe la frase: “Antes del
partido” en lugar de “Antes de la partida”. O cuando habla de la epidemia que sufren
los arrabales de Viena, escribe “la Cólera” en lugar de “el cólera”
Walter Boelich, en un breve análisis de las características del español escrito por
Freud, deduce causas y llega a conclusiones que unas veces son más convincentes
que otras. Tiene razón cuando señala que Freud usa a veces palabras que no existen
en español y que él ha creado, por asociación o por analogía, a partir de otras lenguas
que conoce más o menos (el latín, el francés o el italiano). Pero esa es una conducta
LAS CARTAS SEVILLANAS DEL JOVEN SIGMUND FREUD 151
tilla la lengua materna, el alemán, lo mismo que la colocación de las comas. Lo que
realmente nos interesa es que hay en el fragmento un mensaje que parece claro y
coherente, pero en el que Boelich quiere ver un error que le sugiere una interpreta-
ción rebuscada y nada convincente. El error, sin duda, está en el propio Boelich y
comienza en su interpretación equivocada del texto español, porque la palabra espa-
ñola “vista” (“convidar a una vista”) que él acepta sin más como correcta, y traduce
por “Besichtigung”, es en realidad un error de Freud, que ha querido decir “visita”
(“convidar a una visita”), y debe, por tanto, entenderse y traducirse como “Besuch”.
El padre de Freud convida (invita, diríamos mejor) al hermano de Eduard Silberstein
a una visita a su casa porque parece tener en custodia pertenencias suyas. Y la lengua
española no hace en esto diferencias: se puede visitar una casa (entendiendo como tal
la vivienda o domicilio de una persona o de una familia) y se puede visitar también
un museo, un palacio o una ciudad. Pero la lengua alemana distingue claramente, de
modo que lo que se hace al acudir al domicilio de una persona es “ein Besuch”,
mientras lo que se hace al visitar una ciudad, un palacio o un museo es “eine Besich-
tigung”, una acción en la que hay una parte de adquisición de nuevos conocimientos,
de nuevas impresiones o de examen o comprobación de algo.
Pero la extrapolación viene al interpretar la frase “Se sirvia mi padre de un ruso
para convidar a una vista tu hermano”, que a Boelich le parece incoherente y a la que
da (p. 233) la siguiente interpretación:
Im Oktober 1875 schreibt Freud, wörtlich übersetzt: “Mein Vater bediente sich ei-
nes Russen, um Deinem Bruder zu einer Besichtigung einzuladen.” Das kann kaum
gemeint sein, denn erstens: woher sollte plötzlich der Russe kommen, und zweitens:
Jacob Freud kannte Karl Silberstein so gut, daß er keines Vermittlers bedurft hätte.
Wie ist dann der Russe zu erklären? Freud suchte nach einem Wort, das ihm nicht
geläufig war, bekam statt des spanischen ein französisches in den Kopf und ver-
suchte, aus diesem ein spanisches zu machen. Er hätte dann schreiben wollen “Mein
Vater bediente sich einer List” und aus “la ruse” ein spanisches Wort gebildet, das
es zwar auch gibt, wenn auch mit einem anderen Sinn. ‘El ruso’ ist eben ‘der Rus-
se’, der nicht gemeint sein kann, was auch daraus hervorgeht, daß Freud, wäre wirk-
lich ein Russe gemeint gewesen, ‘Ruso’ und nicht ‘ruso’ geschrieben hätte. Die
Auflösung des Rätsels ist hypothetisch, beweisen läßst sie sich nicht.
Como puede apreciarse, la interpretación es escasamente convincente y la argu-
mentación es contradictoria en sí misma. Preguntarse sorprendido de dónde puede
salir de repente un ruso en la Viena de aquel momento, y más en el distrito de Leo-
poldstadt, el distrito 2 de Viena, que era el lugar de residencia preferido para los
judíos procedentes de Bohemia, Moravia, Norte de Hungría, Galitzia, Bukovina y
Turquía, es ignorar la realidad histórica y social del contexto. En segundo lugar, si
como Boelich mismo dice –con razón– el padre de Freud conocía al hermano de
Eduard Silberstein, ¿para qué necesitaba un ardid o una estratagema para invitar a su
casa a Karl Silberstein? En tercer lugar, si realmente Freud. ha cometido el error de
españolizar la palabra francesa “la ruse”, que significa “ardid” y “estratagema”, tras-
pasándola al español, ¿por qué la cambia del género femenino que tiene en francés a
un masculino español? Jacob Freud se hubiera servido de una rusa, y no de un ruso,
para invitar a Karl Silberstein. Y, finalmente, ¿de acuerdo con qué norma, si Freud
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“El cólera”. Freud desconoce la diferencia entre el femenino “la cólera” con el signi-
ficado de “ira”, “enojo”, y el masculino “el cólera” como designación de la temida
enfermedad epidémica. La expresión “ni a otro hombre” quiere decir, en realidad, “ni
a otra persona”, y es, sencillamente, calco del alemán “noch keinem anderen
Mensch”. La diferencia entre “hombre” y “persona” en este contexto no era percepti-
ble todavía para él. En cambio es ya correcto el uso del imperativo: “no digas nada a
mi madre” y “contradice á las exageraciones”, aunque sobre la preposición “a”. Pero
el manejo del imperativo sigue siendo una cuestión que Freud no dominará por entero
nunca: en carta escrita poco después, 2 de agosto del mismo 1873, escribe: “Le digas
que con mucho gusto…” por “Dile que con mucho gusto…” y “Me escribas porme-
nores de ese infeliz accidente” por “Escríbeme pormenores...” (Boehlich 1989: 38).
Otra cuestión que nunca dominó fue la de los adjetivos o pronombres demos-
trativos. Utiliza únicamente “ese”, “esa”, “esos” “esas” para las tres posibilidades
que ofrecen los deícticos españoles, con lo que a veces el significado o el sentido de
la frase resulta ambiguo.
otra interrupción; en ese momento acabo de echar medio vaso de agua sobre esa po-
bre carta. Quizás para coronar la obra no llegará, y entonces creerá V. que yo he ol-
vidado su existencia y mis deberes de amistad. Puede ser que ya lo cree ahora, por-
que yo no he enviado arco de geigolina, como V. pedía en su carta. Ha de saber V.
que en ese momento está delante de mis ojos el maldito instrumento de tortura y
que mañana por cierto V. lo tendrá, pero le ruego de usarle con moderación alguna,
considerando su salud endeble y también de mi parte hay un respeto porque cada
vez que V. suena el geigolino, a mi me suena la oreja izquierda.
Vease otra maldicha [desdicha] en ese momento, que ha de figurar un klecks oval,
puntado, cosa que tal me desconcierta, que voy á acabar, prometiéndole otra carta
mas racional en los prójimos dias, lo que no quiere decir que su respuesta no ha de
ser cuan mas pronta.
Con mil respetos su
Cipion, el cual no irá a Triest
Respetos a su madre y tía. Su hermana ya goza de la posesión de los libros.
La carta, tan accidentada como el mismo Freud cuenta, merece un rápido co-
mentario. Efectivamente, el arzobispo de Burdeos, Ferdinand Donnet, había solici-
tado en 1873 la canonización de Cristóbal Colón, que fue rechazada cuatro años más
tarde por la Congregación de Ritos (Boehlich 1989: 181 y ss). La ironía sobre las
“sobrinas” usadas de los obispos se comenta sola. La incidencia de copiar mil veces
“Constantinquellle” debe referirse a alguna anécdota de su vida escolar. La muerte de
Fernán Caballero no era más que un falso rumor, puesto que Cecilia Böhl de Faber
murió en realidad casi un año después de escrita esta carta. Las peculiaridades lin-
güísticas han sido ya comentadas.
La tercera carta datada en Sevilla (Boehlich 1989: 205) es cuatro años posterior,
más corta, he aludido antes a ella, y tiene el siguiente tenor:
Sevilla, Julio 24 1880. ¡Querido mio. Berganza!
Por eso te annuncio que he pasado bien mi segundo ejamen teorético con unas pe-
nas y apresiones muy grandes, porque no alcanzaba el tiempo para la farmacología
y era mi intención dejarme caer en esa disciplina, de manera que no la estudiaba
sino en el dia antes del ejamen (Ereb, como dicen los antiguos Castellaños). Pero
me favorecia la dicha y ahí soy sano y salvo y quiero irme mañana sobre el Sem-
mering con dos rosas (una mi hermana y la otra hermana de Señorita Fanny) y es-
tarme con mis doñas allí dos dias ó mas ó menos, hasta que habiamos gastado nues-
tros escasos dineros. Vuelto te escribiré mas y ahora te ruego, que me respondías,
así que halle cartas de ti en casa cuando vuelvo. No era tarda mi respuesto, espe-
rando yo revivir después de tanto trabajo, que en todos miembros siento. Por ahora
basta eso; que iré á ver Bettelheim en el hospital y no tengo mucho tiempo tambien
soy muy cansado. Le ruego traer mis respetos a su madre y hermana y le saludo.
quedando como siempre era
su fiel Cipion p. e. e. h. d. S.
y m. d. l. A. E.
Las impropiedades y errores de lenguaje, en general, son inteligibles. Tal vez
convenga aclarar que la frase inicial “Por eso” quiere decir “Por esta [carta]”, y que
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la expresión “ahí soy sano y salvo” equivale a “aquí estoy sano y salvo”. Acaso, tam-
bién, procede llamar la atención sobre cómo ha trasladado al español el giro alemán
“mich fallen lassen” en la forma “dejarme caer”, equivalente a “dejarme suspender”.
O precisar que cuando escribe “me favorecía la dicha” quiere decir “me favoreció la
suerte”. En cualquier caso, el progreso es evidente, aunque más en el allegamiento de
léxico que en el dominio de la gramática. La firma tiene aquí las iniciales correctas, y
la segunda parte de la coletilla “y m. d. l. A. E.” quiere decir, lógicamente, “y miem-
bro de la Academia Española”.
Y la última carta con data de Sevilla (Boehlich 1989: 208) que es también la úl-
tima carta de esta correspondencia, es de seis meses después, y dice:
Correspondencia de la Academia Española 1881
Sevilla 24 Januar 1881
¡Querido Berganza!
Te hago saber dos nuevas, una de cercano y penible, la otra de muy lejos y mas
alegre. Es para comenzar con lo triste que hoy también no se han encontrado dos
caballeros gallantes, que conmigo aventuren ensayar la dicha asi que una semana
de mas pierdo, y cuando mas sea favorecido por la fortuna no podré llamarme doc-
tor antes de medio del prójimo mes. Me muerdo las uñas y me digo: “Tu l’as voulu
Georges Dandin”. Sigue la novela mas gozosa. Es que mi sobrina Ana de Odesa, la
cual tu conoces, se ha desposado a un ingeniero de un camino de hierro ruso y juz-
gan todos de allí ser un partido muy bueno. Así que sabes todo lo que sé yo de nue-
vo y estas rogado llegar a verme una de esas tardes, que siempre estaré en casa.
Saludote y quedo
tu fiel Cipion
p. e. e. h. d. S.
m. d. l. A. E. etc
La carta resulta inteligible con pocas explicaciones: la expresión “una de cer-
cano y punible” quiere decir, naturalmente, “una cercana y lamentable”. La mención
de los dos “caballeros gallantes” plantea mayor dificultad, porque no se puede saber
si ese término inventado, –“gallantes”– está montado sobre el,sustantivo,”gallo” por
la idea de pelea (que parece lo más probable), o es una escritura errónea de “galan-
tes”. En cualquier caso, se trata de los dos contradictores que debían actuar en su
tribunal de doctorado. La expresión “ensayar la dicha” quiere reproducir la expresión
castellana “probar fortuna”. Y la cita francesa “Tu l’as voulu Georges Dandin” co-
rresponde a la obra de Moliere Georges Dandin (Boehlich 1989: 209). “La novela
mas gozosa”, en las últimas líneas, equivale a “La novedad más gozosa”, un error
extraño debido a una distracción tal vez, porque líneas arriba ha escrito correcta-
mente “nuevas” para “noticias”.
Y aquí acaban no sólo las cartas datadas en Sevilla y las cartas españolas, sino
también las cartas alemanas a Eduard Silberstein. La correspondencia se interrumpe
con una brusquedad extraña, al menos por parte de Freud. Al año siguiente, 1882,
Freud conoce a Martha Bernays, se enamora apasionadamente de ella, y parece que
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Martha, su trabajo y sus investigaciones relegan por entero al olvido la amistad con
el amigo de la infancia.
Hay otra carta de Freud a Silberstein escrita en alemán, fechada en Viena 29
años más tarde, el 28 de abril de1910, en la que Freud se disculpa por no haber con-
testado una felicitación de Silberstein. Es difícil descartar la sospecha de que Silber-
stein siguió escribiéndole a Freud sin obtener respuesta de éste.
De todo lo expuesto se deduce fácilmente que es mucho más lo que se podría
decir de este capítulo poco conocido de la vida de Sigmund Freud. He intentado decir
todo lo que cabe en el marco temporal de una ponencia. No sé si lo he logrado.
BIBLIOGRAFÍA