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Mapas de Mi Barrio

Este documento describe brevemente el origen y desarrollo de la Ciudad de México desde los primeros asentamientos hasta la época colonial. Explica que los primeros poblados datan del periodo arqueológico y que la fundación de México-Tenochtitlan ocurrió en 1325. También señala que tras la conquista española en 1521, la planeación urbana adoptó influencias europeas.

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Mapas de Mi Barrio

Este documento describe brevemente el origen y desarrollo de la Ciudad de México desde los primeros asentamientos hasta la época colonial. Explica que los primeros poblados datan del periodo arqueológico y que la fundación de México-Tenochtitlan ocurrió en 1325. También señala que tras la conquista española en 1521, la planeación urbana adoptó influencias europeas.

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Título:

Mapas de mi barrio. Planeación participativa para el re-conocimiento cultural.


Autores: Alejandra Pérez Galicia Genaro Javier Delgado Campos

Primera Edición: Diciembre 2020


ISBN Epub: 978-607-30-3944-4

D.R. © Universidad Nacional Autónoma de México


www.unam.mx

Coordinación de Humanidades
Circuito Mario de la Cueva s/n, Ciudad Universitaria, Alcaldía Coyoacán, C.P. 04510, Ciudad de México.
www.humanidades.unam.mx

Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad


República de Cuba núm. 79, Centro Histórico, Alcaldía Cuauhtémoc, C.P. 06010, Ciudad de México.
www.puec.unam.mx

Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación


Avenida Chapultepec núm. 49, Colonia Centro, Alcaldía Cuauhtémoc, C.P. 06000, Ciudad de México

Esta monografía fue publicada gracias al apoyo otorgado por la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de
México, mediante el convenio sectei/245/2019

Depto. de Publicaciones PUEC: Graciela Chávez Olvera


Corrección de textos: Adriana Cataño Vergara
Diseño editorial: Sonia Wendy Chávez Nolasco
Portada: Marie-Nicole Brutus H.
Diseño del ePub: Óscar Isaías Del Río Martínez

Agradecimientos:
Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER).
Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP).
Mapoteca “Manuel Orozco y Berra”. Dirección de Diseminación.

El contenido de esta obra es responsabilidad del autor.


Prohibida la reproducción total o parcial por cualquier medio sin la autorización escrita del titular de los derechos patrimoniales.
Hecho en México / Made in Mexico
Índice
Agradecimientos

Introducción

Planeación urbana y transformación de la Ciudad de México

Los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México

Instrumentos, planes y programas del siglo XXI

a. Límites territoriales

b. Planeación participativa

c. Organización social y decisiones territoriales

¿Cómo planear espacios reconfigurados por lo intangible?

Cartografía participativa

a. Mapas narrativos

b. Cartografía cultural

c. Cartografía de lo intangible

d. Cartografía histórica

Mapas de mi barrio

Hallazgos importantes y el re-conocimiento cultural

a. El desconocimiento de los límites territoriales

b. Los usos, entre lo originario y lo urbano

I. Identidad

II. Asambleas comunitarias

III. Prácticas familiares

IV. Prácticas religiosas

V. Seguridad

VI. Comercio

VII. Mitos, leyendas y memoria oral

VIII. El patrimonio de los pueblos y barrios

Conclusiones

Bibliografía
Agradecimientos

E
l desarrollo de esta investigación fue posible gracias al apoyo de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de México
para el proyecto “Pueblos y Barrios Originarios: Historia Viva en la Ciudad de México”, bajo el convenio de asignación de recursos
SECTEI/245/2019.

Al Programa Universitario de Estudios Sobre la Ciudad de la Universidad Nacional Autónoma de México.


A las organizaciones de los pueblos y barrios originarios y a los habitantes de estos espacios, por apoyarnos con su invaluable presencia
física y virtual a lo largo del proyecto y por compartir con nosotros sus conocimientos, sus historias de vida y su lucha.
Introducción

L
os pueblos y barrios originarios son la base de la Ciudad de México tanto en términos culturales como urbanos, ya que, en su mayoría, se
trata de asentamientos establecidos desde la época mesoamericana y que en la actualidad se encuentran distribuidos en las 16 alcaldías.
En este documento hacemos un rápido recuento de cómo se dio el proceso de expansión urbana de la Ciudad de México, así como la
contemplación, o no, de estos asentamientos como parte de la traza urbana.
Posteriormente, abordamos qué son los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México, y cuáles han sido algunas de las principales
problemáticas que han enfrentado, en especial en términos de territorialidad.
De forma más completa, analizamos cómo se ha dado el fenómeno de planeación urbana en la Ciudad de México, que no solo se hizo
imitando modelos de ciudades europeas y algunas norteamericanas más modernas, sino que la salud pública fue el eje principal del
ordenamiento urbano bajo la supervisión de médicos y arquitectos.
En este apartado hacemos una pausa para señalar cómo los pueblos y barrios originarios se han integrado, como sujetos de derecho, en los
diferentes instrumentos de política pública, sobre todo la de planeación, desde su reciente reconocimiento en la constitución política de la
Ciudad de México desde 2017.
Pasamos a la revisión de los instrumentos, planes y programas vigentes, poniendo especial énfasis en la planeación participativa y cómo se
ha implementado hasta la fecha en la toma de decisiones territoriales de los pueblos y barrios originarios.
De este modo, finalizamos con una revisión sobre las firmas de organización política y social de estos asentamientos, así como de los
conflictos que han sido identificados en las formas de participación avaladas por el gobierno.
En una segunda parte del libro nos enfocamos en la metodología aplicada en este proyecto, a partir del uso de los Sistemas de Información
Geográfica como herramienta en la planeación tradicional.
Continuamos con la utilización de la cartografía participativa, que puede integrarse en la toma de decisiones territoriales, desde la
recuperación de narrativas de la vida cotidiana, el significado de la cultura dentro de las comunidades hasta las memorias históricas y la
tradición oral. Finalmente, planteamos estrategias sobre cómo incorporar los elementos intangibles en esta toma de decisiones.
Planeación urbana y transformación de la Ciudad de
México

C
omo otras grandes ciudades del mundo, la Ciudad de México tiene un origen antiguo. Se estima que las primeras poblaciones existieron
en el periodo arqueolítico (30000-9500 a.C.), cuyas actividades principales eran la caza de animales pequeños, la pesca y la recolección,
y en su territorio existían lagos en lugar de grandes vialidades y edificios. Se han identificado vestigios pertenecientes a este periodo en
lo que hoy en día es Tacubaya y Peñón de los Baños, al poniente y oriente de la ciudad, respectivamente (Arqueomex, 2009).
A partir de ese momento, la población en el Valle de México fue fluctuante y se organizó en poblados importantes: San Bartolo Atepehuacan
durante el Cenolítico inferior; Tlatilco, Tetelpan, Tulyehualco, Xalostoc, Zacatenco, El Arbolillo, Ticomán y Copilco en el Preclásico medio;
Cuicuilco en el Preclásico tardío; Culhuacán, Iztapalapa, Xochimilco, Tacuba, Azcapotzalco y Xaltocán en el Posclásico temprano y es hasta el
Posclásico tardío que la cuenca logra su mayor expansión (Arqueomex, 2009). En ellos es posible encontrar diversos centros ceremoniales.
En 1325 se fundó México-Tenochtitlan, una ciudad rodeada por un sistema de cinco lagos de agua dulce y saladas, que se comunicaba con
los diferentes pueblos ribereños mediante un sistema de canales y calzadas. Esta época se considera la precursora de la forma actual de la
Ciudad de México, donde el centro albergaba un espacio sagrado rodeado de los palacios de los señores principales, del cual partían las calzadas
principales.
Si bien resulta evidente que las ciudades mesoamericanas se construyeron bajo un esquema de planeación urbana, el conocimiento sobre el
tema es limitado. Sobre lo que sí hay certeza es que, tras la llegada de los españoles, la planeación urbana de los asentamientos coloniales tuvo
una notoria influencia europea.
En 1521, el imperio de México-Tenochtitlan es vencido y queda bajo el dominio español. Este periodo, conocido como la conquista, resultó
en una serie de cambios sociales, culturales, religiosos y urbanos. A partir de 1522, la construcción de la nueva ciudad quedó a cargo de Alonso
García Bravo, quien diseñó una traza que, de alguna forma, seguía el diseño de los canales y dos de las principales calzadas que ya existían:
Tlacopan (México-Tacuba) e Iztapalapa (Tlalpan).
El trazo de García Bravo se caracterizó por ser un polígono rectangular limitado por canales, que hoy en día corresponden a las calles de Eje
Central, Roldán, República de Perú e Izazaga. Alrededor de este contorno, se conservó la ciudad indígena con sus diferentes asentamientos,
actualmente conocidos como pueblos y barrios originarios, donde se conservan algunas características del mestizaje, como las trazas irregulares
y la construcción de iglesias, parroquias y capillas, algunas edificadas sobre los basamentos mesoamericanos (Sánchez, 1988).
Durante el régimen de Felipe II, en 1573, se aplicó una serie de ordenanzas, llamadas “Leyes de Indias”, que indicaban cómo debían
agruparse los conjuntos urbanos. De ahí que las calles sigan la traza de damero con una plaza central rodeada por la iglesia y los edificios
principales (Gutiérrez 2009).
La capital del país sufrió importantes inundaciones en 1555, 1604 y 1607; a raíz de las dos últimas se aprobó el proyecto de Enrico Martínez
para construir el Túnel de Nochistongo, con una longitud de 6,600 m, que se derrumbaría tras el “aguacero de san Mateo”, en 1629. Desde
1630 hasta 1780 se trabajó en una nueva obra de desagüe que daba salida al río Cuautitlán.
De este modo, aquel imperio que se fundó sobre un conjunto de islotes y grandes lagos, para el siglo XIX se había transformado ya en una
zona urbana (mapa 1).
Este proceso se inicia en 1821 con la venta de terrenos que eran propiedad municipal y se intensificó en 1835 a partir de un bando
municipal. Esto resultó en la construcción de nuevas calles y trazas urbanas que ya no respondían a la del cuadro principal de la ciudad
(Sánchez, 1988).
La actual Ciudad de México, antes Distrito Federal, ha atravesado un complejo sistema de administración territorial, en el cual los límites se
han modificado de modo constante. Oficialmente, el territorio del Distrito Federal se decretó el 18 de noviembre de 1824. Para ello, se midieron
8,380 metros a la redonda a partir de la Plaza de la Constitución para establecer los límites (Gutiérrez 2009).

Mapa 1. Mapa de la muy noble, leal e imperial Ciudad de México, de 1753.


Fuente: Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera https://mapoteca.siap.gob.mx/index.php/coyb-dfm43-v2-0076/

Con la delimitación de este perímetro se integraron diversos centros poblacionales que ya existían, como pueblos y villas menores. La capital
del país se dividió en una zona norte, integrada por Villa de Guadalupe Hidalgo, Santa Ana Aragón, Peñón de los Baños y Ticomán; al sur, se
ubicaban Churubusco, Coyoacán, Axotla y San Borja; mientras que en el poniente se encontraban Santa María Nonoalco, Tacubaya,
Chapultepec, Tacuba y parte de Azcapotzalco.
De acuerdo con los estudios de Humboldt, la ciudad pasó de 137 mil habitantes en 1804 a 200 mil en 1852; se conservó la zona urbana
para las clases sociales más altas, y se destinó a los pobres a vivir en las periferias y en poblados más populares en diferentes puntos (Sánchez,
1988).
En 1854, el territorio de la capital se extendió hasta el pueblo de San Cristóbal Ecatepec al norte; al noreste, el lago de Texcoco y
Tlalnepantla; al poniente, el río de los Remedios, San Bartolo y Santa Fe; al oriente, Huixquilucan, Mixcoac, San Ángel y Coyoacán; al sur,
Tlalpan; al sureste Tepepan, Xochimilco e Iztapalapa, y al oriente, Peñón Viejo (mapa 2).
En 1862 se señaló, por primera vez, cuáles eran las villas, pueblos y barrios que se encontraban en cada demarcación:

I. Municipalidad de México
II. Partido de Guadalupe Hidalgo, con las municipalidades de Guadalupe Hidalgo y Azcapotzalco.
III. Partido de Xochimilco, con las municipalidades de Xochimilco, Tulyehualco, Tláhuac, San Pedro Atocpan, Milpa Alta y Hastahuacán.
IV. Partido de Tlalpan, con las municipalidades de Tlalpan, San Ángel, Coyoacán, Iztapalapa e Iztacalco.
V. Partido de Tacubaya, con las municipalidades de Tacubaya, Tacuba, Santa Fe y Mixcoac.

Mapa 2. Plano general de la Ciudad de México en 1858. Fuente: Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera
https://mapoteca.siap.gob.mx/index.php/coyb-df-m43-v2-0080/

En 1900, la división política del Distrito Federal se configuró del siguiente modo:

I. Municipalidad de México
II. Distrito de Azcapotzalco
III. Distrito de Coyoacán
IV. Distrito de Guadalupe Hidalgo
V. Distrito de Tacubaya
VI. Distrito de Tlalpan
VII. Distrito de Xochimilco

Las modificaciones urbanas que sucedieron en el Valle de México alcanzaron su punto máximo a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX. En
esa época, el urbanismo latinoamericano estaba fuertemente influido por el diseño de la ciudad de París, Francia, concebido por Georges-
Eugène Haussmann, donde prevalecía la implementación de grandes avenidas, plazas, parques, áreas verdes, iluminación pública, estaciones de
tren y varios teatros.
En 1880 se inició el gobierno del general Porfirio Díaz, con el cual la transformación urbana de la capital se vio acelerada por las obras
públicas y los servicios urbanos (Sánchez, 1988):

En 1876 México tenía aproximadamente 580 kilómetros de vías férreas; para 1884 se había elevado a 5,731, y en 1910 el tendido
ferrocarrilero alcanzaba ya 24,288 kilómetros.
Se establecieron modalidades de transporte que conectarían las zonas urbanas con San Ángel, Tacubaya, La Villa, Tacuba y
Xochimilco.
Se constituyó el hospital general.
Se edificó el Palacio de Justicia Penal anexo a la Cárcel de Belén.
Se erigió la Rotonda de Chapultepec de los Niños Héroes.
Comenzó la edificación del Palacio de las Bellas Artes.
Se construyeron el Palacio de Correo y el Palacio Legislativo.
Se creó el acueducto que llevaría el agua desde el manantial de Xochimilco al centro de la Ciudad de México.
Se construyó el gran canal del desagüe, que permitiría sacar las aguas negras de la capital.
Se establecieron grandes tiendas departamentales, especialmente en el primer cuadro de la ciudad.
Se instauraron las bombillas eléctricas para el alumbrado público que sustituían el alumbrado de farolas de nafta y trementina.
Se estableció la red de comunicación telefónica.

Durante el porfiriato, como se puede ver, hubo una serie de modificaciones urbanas en la capital del país que buscaban semejar a las
grandes y modernas ciudades europeas, en especial París.
Las modificaciones más importantes de esta época se presentaron en las, entonces, periferias de la capital. Los pueblos y barrios originarios
existentes comenzaron a integrarse poco a poco con la capital del país.
En la zona norte, los pueblos de Azcapotzalco habían conservado un entorno rural, además de que era la región lechera más próspera de la
cuenca. Este escenario se vería modificado a finales del siglo XIX, cuando comenzaron a construirse casonas y mansiones para la aristocracia de
la época.
Por otro lado, las zonas más alejadas a estas mansiones dejaron de ser espacios de agricultura para dar paso al uso industrial y a la
creación de viviendas para los trabajadores de estas empresas.
Además, el tranvía y el ferrocarril comenzaron a circular por Azcapotzalco; en 1975 se tendió la vía que llevaba a Toluca, en 1884 a Ciudad
Juárez y en 1888 a Nuevo Laredo (González, 2010).
La importancia de Azcapotzalco era tal que, en 1899, recibió el nombre de “Azcapotzalco de Porfirio Díaz”, al mismo tiempo, se consolidaron
los pueblos y barrios originarios de esta parte de la ciudad (González, 2010).
En 1903 se determinó que el territorio quedaría dividido en 13 municipalidades, que se conservaron hasta 1929: México, Guadalupe Hidalgo,
Azcapotzalco, Tacuba, Tacubaya, Mixcoac, Cuajimalpa, San Ángel, Coyoacán, Tlalpan, Xochimilco, Milpa Alta e Iztapalapa.
Mapa 3. Plano Topográfico del Distrito Federal formado por Antonio Linares, 1902. Fuente: Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y
Pesquera https://mapoteca.siap.gob.mx/index.php/chis-ddrm54-v2-0064/

Con la construcción de estas mejoras urbanas se facilitó el establecimiento de nuevas colonias, que modificaron los límites territoriales de la
Ciudad de México y sus municipalidades. La expansión se dio de centro a poniente, a partir del antiguo proyecto del emperador Maximiliano, y
tuvo como eje principal el Paseo de la Reforma, donde Bucareli, la Alameda y Chapultepec se volvieron puntos vitales. En Paseo de la Reforma
se establecieron principalmente las colonias de clase media y los pueblos de esta zona vieron cómo esas nuevas casas sustituían las formas de
vida tradicional.
Al sur de la ciudad, Xochimilco se enfrentaba a una explotación y apreciación tanto de sus recursos naturales, como de su paisaje lacustre. A
inicios del siglo XX, el presidente Porfirio Díaz vio en los canales de Xochimilco un escenario ideal para recorrer en compañía de personalidades
internacionales, como los invitados a la Segunda Conferencia Panamericana en 1901. A partir de este momento la clase más alta de la sociedad
mexicana estableció en Xochimilco clubes de regata y áreas para desarrollar días de campo (Pérez, 2018).
Por otra parte, en 1904 se decretó la expropiación del agua de Xochimilco, la cual sería conducida al centro de la ciudad, para mejorar la
calidad de vida de los capitalinos. Las obras que llevarían el vital líquido resultaron en la construcción de un tranvía para trasladar a los
trabajadores y maquinarias, que posteriormente sería aprovechado por los visitantes y productores de la zona (Pérez, 2018).
A principios del siglo XX, Miguel Ángel de Quevedo (1911) hizo un llamado para alertar sobre la importancia de conservar los recursos
naturales de la ciudad, especialmente en la zona sur, en beneficio de la salud de los habitantes. Esta declaratoria —que se hizo hace más de un
siglo y ahora resulta tan importante a nivel global— ayudaría a la regulación del clima, la provisión de agua y el control del movimiento del
polvo que entraba a la urbe, que se vio azotada algunos años después tras la desecación del lago de Texcoco.
Coyoacán y sus pueblos también sufrieron algunas modificaciones durante el porfiriato; si bien fue una de las zonas preferidas por los
gobiernos desde la época Virreinal, el desarrollo en esta parte de la urbe se había frenado un poco, hasta que, a finales del Siglo xix se fundó la
Colonia del Carmen en honor a la esposa de Porfirio Díaz, Doña Carmen Ortiz Rubio de Díaz. Se estableció además el “México Country Club” y
se autorizó la instalación de un gran tianguis los viernes. Todo ello contribuyó al crecimiento demográfico de los pueblos y barrios de Coyoacán.
En 1929 la Ciudad se dividió en un Departamento Central y trece delegaciones. El departamento central incorporó las municipalidades de
México, Tacuba, Tacubaya y Mixcoac. Mientras que las delegaciones fueron Guadalupe Hidalgo, Azcapotzalco, lxtacalco, General Anaya,
Coyoacán, San Ángel, Magdalena Contreras, Cuajimalpa, Tlalpan, Iztapalapa, Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac.
La Ciudad de México duplicó su área urbana en el primer tercio del siglo XX (mapa 4), alcanzó zonas que antes eran periféricas e integró los
poblados que se encontraban en diferentes puntos de la urbe. En esa época, con motivo del centenario de la Independencia, en diversos lugares
del país se dio una serie de mejoras y modificaciones.
En esta misma década se decretó la Ley sobre Planeación General de la República, que propuso un Plano Nacional de México, en el que se
señalaba la planeación y zonificación urbana y regional, controlar el sistema hidrográfico del Valle de México, determinar las redes de
comunicación y transporte, así como la delimitación de las reservas forestales y parques nacionales.
En 1935 se publicó el Plan de Desarrollo de la Ciudad de México, a cargo del arquitecto Carlos Contreras. En este documento se habla por
primera vez del detrimento ambiental que sufría ya la Ciudad de México, por lo que proponía la creación de una zona agrícola conformada por
pequeñas granjas con una “base artificial” en el centro del lago de Texcoco, y una zona de reserva en un extenso territorio al este y sureste del
Distrito Federal, ubicado en las delegaciones Iztapalapa y Xochimilco (Toca, 1983).
Mapa 4. Plano de las delegaciones y colonias de la Ciudad de México. Fuente: Mapoteca Manuel Orozco y Berra, Servicio de Información Agroalimentaria y Pesquera
https://mapoteca.siap.gob.mx/index.php/cgf-df-m6-v5-0303/

A partir de 1930, debido a que la capital ofrecía grandes ventajas para sus pobladores, hubo una fuerte migración desde diferentes puntos
del país. Con la llegada del modelo económico estabilizador, llamado “milagro mexicano”, durante los años cuarenta se registró una
transformación en la dinámica urbana que dio paso a la urbe que conocemos en la actualidad.
En 1930, las aceleradas modificaciones urbanas comenzaron a poner en riesgo al patrimonio construido y a la imagen de algunas zonas, por
tanto, se promulgó la Ley Sobre Protección y Conservación de Monumentos y Bellezas Naturales, que integraba una “Declaratoria de Pueblo
Típico y Pintoresco”, la cual fue otorgada a Xochimilco y San Ángel con la finalidad de proteger la imagen de algunas poblaciones con la
prohibición de construcciones que fueran en contra del estilo arquitectónico propio de los pueblos seleccionados (LPCMBN, 1930:35),
En 1941 se estableció una nueva división territorial, a partir de la cual las delegaciones eran Villa Gustavo A. Madero, Azcapotzalco,
Iztacalco, Coyoacán, Villa Álvaro Obregón, Magdalena Contreras, Cuajimalpa, Tlalpan, Iztapalapa, Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac.
En esa misma década de 1940 se inició la construcción de nuevos sistemas urbanos, como el Sistema Lerma para traer agua desde la
cuenca del río Lerma. Se inauguraron varios edificios cuya construcción había comenzado en los años treinta, como el Monumento a la Raza, la
Lotería Nacional y la Escuela Nacional de Maestros, entre muchos otros. Y se presentó también uno de los más grandes fenómenos ambientales
que cambiaría la forma de vida de gran parte de los pueblos y barrios originarios de la urbe, la forma de transporte y el comercio: la desecación
del Canal Nacional. Este hecho cambió la imagen de gran parte de la fisonomía de la ciudad, al sustituir los antiguos caminos de agua por calles
pavimentadas y condenar a los antiguos cultivos a un cambio de uso de suelo precipitado ante la falta del líquido.
El pueblo de Iztacalco y sus siete barrios fueron de los más afectados por la pérdida de agua y zonas de cultivo. En cuanto la imagen
urbana, los canales fueron sustituidos por avenidas, como sucedió con el canal de la Viga y las chinampas de cultivo comenzaron a ser
ocupadas por viviendas e industrias. Estas modificaciones tuvieron, a su vez, un gran impacto social, económico y cultural en los habitantes de
los barrios. En primer lugar, tuvieron que buscar otras fuentes de ingresos, ya que no podían seguir con la actividad agrícola. De esta forma,
muchos habitantes se sumaron a las filas de los obreros de la zona central de la ciudad, o bien, se integraron en diferentes oficios que
brindaban servicios de limpia y transporte. Socialmente, esto significó un cambio en las dinámicas de vida, en la convivencia vecinal y familiar.
Culturalmente cambiaron las formas de alimentarse, ya que, antes producían gran parte de sus insumos, asimismo, tuvieron que reestructurar
la forma en que realizaban las fiestas patronales porque los arcos y las ofrendas se hacían con los productos de las chinampas.
A partir de los años cincuenta, como resultado del milagro mexicano, en la ciudad de México comenzó una expansión acelerada y por
completo modernizada. En Azcapotzalco y Gustavo A. Madero, al norte de la urbe, se instaló definitivamente la zona industrial, que integró a los
pueblos y barrios originarios de esta zona.
En el sur de la urbe se construyó la Ciudad Universitaria que, si bien estaba libre de otro tipo de construcciones, se encontraba rodeada por
diversos pueblos y barrios originarios, y por reductos arqueológicos de algunas de las culturas más antiguas en Mesoamérica.
Posteriormente, en la década de los sesenta, con motivo de la celebración de los Juegos Olímpicos de 1968, la ciudad enfrentó una serie de
modificaciones que daría forma a la actual urbe. En 1964 se construyó el conjunto habitacional Nonoalco-Tlatelolco, a cargo del arquitecto Mario
Pani, que vino acompañado de nuevos y modernos edificios que sustituyeron a los antiguos barrios de ferrocarrileros y trabajadores de la
industria.
En esta década, se crearon avenidas y ejes viales, como Avenida División del Norte y el Anillo Periférico, que permitían conectar los
diferentes puntos que serían escenario durante las Olimpiadas: el Campo Militar en el norponiente, la Villa Olímpica en el sur, la pista de Remo y
Canotaje en Xochimilco, la construcción de la Ciudad Deportiva en la Magdalena Mixhuca, al oriente. Todas estas adaptaciones estuvieron a
cargo de una nueva arquitectura concebida por Luis Barragán, Félix Candela y Ricardo Legorreta.
La ciudad central comenzó así a perder población por las nuevas viviendas establecidas en las zonas periféricas, que se integraban a la
ciudad a través de nuevas vialidades y caminos (Schteingart y Salazar, 2005; Terrazas, 2005).
La construcción de nuevos ejes viales, la construcción de nuevos equipamientos urbanos y el crecimiento poblacional, fueron elementos que
participarían en la invisibilización de los pueblos y barrios originarios dentro de la zona urbana de la Ciudad de México y en los cambios de uso
de suelo de los pueblos periféricos.
En este periodo se estableció la Comisión de Estudios del Territorio Nacional y Planeación, que se enfocaría en la elaboración de mapas
fotogramétricos, geológicos, usos del suelo, edafológicos, entre otros, con la finalidad de hacer un inventario de los recursos naturales del país
(Investigaciones Geográficas, 2008).
Si bien nos enfocamos en la evolución de la legislación urbana de la Ciudad de México, es importante señalar que parte de las leyes
formuladas se aplicó en el área rural de la urbe. En 1971 se expidió la Ley Federal de Reforma Agraria, que otorgó validez a los documentos
coloniales para reivindicar los reclamos sobre la propiedad comunal de la tierra. La importancia de esta ley fue vital para algunos pueblos
originarios del Distrito Federal (Medina, 2007).
Finalmente, en 1970, se decidió que el Distrito Federal se dividiría en 16 delegaciones: Álvaro Obregón, Azcapotzalco, Benito Juárez,
Coyoacán, Cuajimalpa de Morelos, Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Iztacalco, Iztapalapa, Magdalena Contreras, Miguel Hidalgo, Milpa Alta,
Tláhuac, Tlalpan, Venustiano Carranza y Xochimilco.

Mapa 5. División Delegacional del Distrito federal desde 1970.


Fuente: Elaboración propia con información de INEGI

En 1930 la población de la capital era de 1.2 millones habitantes, cifra que se vio triplicada en 1950. Esta tendencia se mantuvo en las
siguientes décadas y alcanzó un total de 6.9 millones de habitantes en 1970 (INEGI, 2019).
Este crecimiento poblacional hizo evidente la necesidad tener un instrumento de planeación y regulación de los asentamientos humanos. De
forma que en 1976 se publicó la Ley General de Asentamientos Humanos, que buscaba fijar las normas básicas para planear la fundación,
conservación, mejoramiento y crecimiento de los centros de población (LGAH, 1976). En el mismo año se decretó el Reglamento de Zonificación
del Distrito Federal, en el que se estableció la creación de “espacios dedicados a la conservación”. Estos sitios, que funcionaron como
antecedente del suelo de conservación, no contaban con un límite establecido, por lo que continuó la invasión de asentamientos humanos
irregulares (Aguilar y Santos, 2011).
En el mismo año, a través de la creación de la Ley de Desarrollo Urbano del Distrito Federal —reformada en 1982—, se determinaron los
usos y destinos del suelo; se contemplaron reservas de bosques, aguas y tierras, y se reconocieron los espacios donde se desarrollaba la
actividad agrícola (LDUDF, 1976). Destaca el Plan Director para el Desarrollo Urbano del Distrito Federal, documento que consideraba 40 por
ciento del territorio como espacio urbanizado, 54 por ciento como espacio de conservación y 6 por ciento como reserva territorial (DOF, 1976:3).
Sin embargo, el crecimiento urbano continuó.
En 1978 se decretó el Plan Nacional de Desarrollo Urbano para cumplir con lo señalado por el artículo 4º de la Ley General de Asentamientos
Humanos. En este documento se reconocía que la población nacional tenía un crecimiento acelerado y había una rápida transformación de la
población rural a urbana como resultado de las migraciones a las grandes ciudades, en especial a la Zona Metropolitana de la Ciudad de México
(PNDU, 1978).
Ante este problema, el 24 de enero de 1980 se planteó una serie de modificaciones en el Plan de Desarrollo Urbano del Distrito Federal, en
el que se establecía una zona de transición entre la zonificación urbana y la conservación ecológica, descrita como zonas de amortiguamiento.
Por ello los asentamientos irregulares se convirtieron en acciones fuera de la ley (Romero y Duffing, 2004), pero no se contempló la existencia
de asentamientos originarios tanto en la zona de transición como en la zona de conservación. A pesar de estas previsiones, tras el sismo
registrado en 1985, se vio un fenómeno de expulsión, en el cual las zonas periféricas de la ciudad comenzaron a poblarse, ya que fueron las
menos afectadas, en comparación de la zona central.
En esta misma década, la preocupación por la conservación ambiental se volvió uno de los ejes principales en la planeación urbana de la
Ciudad de México. En 1983 se decretó la Ley de Planeación, que señalaba el papel de la participación y consulta de diversos grupos sociales,
con la finalidad de la población expresara sus opiniones para la elaboración, actualización y ejecución de los planes y programas. Treinta y cinco
años después, se presentó una Ley de Participación Ciudadana que sigue teniendo algunas deficiencias en cuanto a la inclusión de los grupos
sociales, en especial de los pueblos y barrios originarios; esto refleja lo difícil de esta tarea.
En 1983 también se creó la Dirección General de Reordenación y Protección Ecológica, que decretaba que los asentamientos irregulares
debían ser expropiados, pero no pudo llevarse a cabo por la inconformidad social (Romero y Duffing, 2004) y porque no había alternativas de
reubicación para las familias, cuestión que prevalece a la fecha. Tales estrategias resultan poco funcionales ante la expansión urbana; por un
lado, al establecer zonas de transición se acepta la susceptibilidad del suelo a convertirse en urbano; por otro, no basta con decir que los
asentamientos son irregulares, sino que es necesario encontrar alternativas de reubicación para los asentamientos ya existentes y frenar la
aparición de nuevos. Esta cuestión es difícil de combatir debido al derecho a la vivienda y a la incapacidad gubernamental por atender esta
demanda, además de que no todos los habitantes pueden ingresar en un sistema hipotecario bancario y/o de gobierno (Pérez, 2018).
Posteriormente se presentó el Plan Nacional de Desarrollo 1983-1988, que en su capítulo séptimo indicaba, en cuanto a la política de
desarrollo urbano, un mejor uso de la infraestructura existente y el aprovechamiento del potencial de zonas alternativas a las que ya
presentaban una importante congestión urbana. Se proponía lograr un desarrollo urbano más equilibrado y responder a las necesidades del
suelo, infraestructura, equipamiento y transporte, además de preservar los valores histórico-culturales (PND, 1983).
Un año después se decretó el Programa Nacional de Desarrollo Urbano y Vivienda 1984-1988, que retoma los objetivos del PND 1983 y en el
que se identifica que hay una problemática de desarrollo urbano y vivienda en el país. Señala, además, algunos puntos de interés (PNDUV, 1984):

Reconoce que las raíces de la red urbana del país tienen origen en la época mesoamericana, que se consolidaron durante la época
colonial y propiciaron el desarrollo de la zona central del país.
Durante el siglo XIX hubo poca relación entre las zonas urbanas y rurales.
El crecimiento urbano, durante el porfiriato, expresó las características de la economía, dependiendo de la localización industrial, el
sistema ferroviario, el sector minero y la producción agrícola.

Estas situaciones derivaron en una concentración demográfica y económica en la Zona metropolitana de la Ciudad de México.
Finalmente, en 1989 se decretó el Plan Nacional de Desarrollo 1989- 1994 durante el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Planteaba la
consolidación de un sistema urbano nacional para el control del crecimiento de las grandes ciudades y una mejor integración rural urbana.
Además, se fomentó el programa de 100 ciudades, que buscaba la migración de la población hacia las ciudades medias.
La creciente preocupación ambiental que se había vivido en los años setenta, ochenta y noventa llevó a tomar medidas para la protección de
los recursos naturales de la urbe ante el acelerado crecimiento urbano. Se tomó la decisión de expropiar algunos terrenos de los pueblos del sur
de la Ciudad de México como San Miguel y Santo Tomás Ajusco, Xochimilco y San Gregorio Atlapulco. En algunos casos la resistencia de los
pobladores logró que estos espacios se conservaran para las prácticas agrícolas, pero la compensación por esas expropiaciones ha continuado
en debate. A partir de estos sucesos, se fundaron algunos movimientos, en 1980, como el Movimiento Popular de Pueblos y Colonias del Sur
(Medina, 2007).
Al finalizar el sexenio de Carlos Salinas, al sur del país surgió el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que tenía como bandera defender
los derechos de los pueblos indígenas mexicanos que hasta ese momento habían sido invisibilizados por los gobiernos, incluidos los planes y
programas de desarrollo urbano y vivienda que contemplaban únicamente a habitantes de zonas rurales y/o agrícolas, soslayando la presencia
de estos grupos en las zonas urbanas como habitantes originarios, o bien como migrantes y trabajadores en diferentes sectores económicos.
Este movimiento ha sido de gran importancia, a nivel nacional, para los pueblos indígenas y sus descendientes. En la Ciudad de México se
encuentra una serie de pueblos y barrios que se habían mantenido casi intactos desde la época mesoamericana, además de los establecidos en
épocas posteriores hasta inicios del siglo XX; sin embargo, fueron integrados en una dinámica urbana, e incluso algunos sustituidos, y perdieron
los espacios boscosos, lacustres y/o agrícolas en los que desarrollaban sus actividades cotidianas.
Dentro de este crecimiento acelerado los tomadores de decisiones, arquitectos y urbanistas invisibilizaron a los pueblos y barrios originarios
(Gomezcésar, 2011; Medina, 2007a), con lo cual vieron desvanecidos sus derechos a la tenencia de territorio. La forma de organización interna
en cuanto a la toma de decisiones era desconocida por las autoridades y quedaron de lado en la formulación de leyes y programas urbanos.
Esto les permitió levantar la voz en la década de 1990 y lograr así su reconocimiento como elementos vivos en la Ciudad de México.
Justamente el tema de interés en este documento es esa relación entre desarrollo urbano y los pueblos y barrios originarios. Algunos
autores, como Gutiérrez (2009), señalan que la planeación urbana en México se ha enfrentado a una complejidad urbana de las ciudades, así
como a una notoria orientación de la política nacional en favor de la cuestión económica y social, situación que ha frenado el avance de este
rubro (Gutiérrez, 2009).
Los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México

D
e acuerdo con el artículo 2º de la Constitución Política de la Ciudad de México, la urbe tiene una composición plurilingüe, pluriétnica y
pluricultural sustentada en sus habitantes, sus pueblos y barrios originarios, y en sus comunidades indígenas (CDMX, 2017).
La conformación territorial de la Ciudad de México tiene su origen en los pueblos y barrios originarios, los cuales existen desde la
época mesoamericana, como Xochimilco, Azcapotzalco, Tacuba (Tlacopan) y los culhuas en el oriente.
A pesar de haber dado origen a la Ciudad de México, el reconocimiento de estos espacios como elementos de la ciudad es reciente, ya que
fue hasta la década de 1990 que comenzaron a manifestarse los antiguos pueblos de indios de la cuenca de México, especialmente aquellos que
aún no eran alcanzados por la urbanización. En esta década se comenzó a configurar una identidad política que se reforzó con la adopción del
término “originario”, dado en el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo que, si bien se usa a nivel global para referirse a los
pueblos indígenas, en la Ciudad de México se adoptó para definir a los pueblos y barrios de la Ciudad de México. Se dejó de lado así la carga
racista de ser un “pueblo de indios” y se identificó con una especificidad cultural y política en un marco urbano (Medina, 2007a).
Posteriormente, en 2000 se celebró el Primer Congreso de los Pueblos Originarios del Anáhuac en la entonces delegación Cuajimalpa,
durante el cual se hizo una serie de anotaciones referentes al impacto de la urbanización de las últimas décadas. En 2011 los pueblos originarios
fueron considerados en la Ley de Participación Ciudadana como entidades sociales específicas y, en consecuencia, se definieron ciertas
modalidades particulares de su representación (los consejos de los pueblos). Sin embargo, solo se tomaron en cuenta algunos pueblos y barrios
originarios, básicamente aquellos que participaron activamente en la lucha por su reconocimiento
En 2017 se integraron en la Constitución Política de la Ciudad de México y se les definió, en el artículo 58, como aquellos que descienden de
poblaciones asentadas en el territorio actual de la Ciudad de México desde antes de la colonización y del establecimiento de las fronteras
actuales, y que conservan sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, sistemas normativos propios, tradición histórica,
territorialidad y cosmovisión, o parte de ellas (CDMX, 2017).
Cuentan, además, con características más visibles como una traza urbana desordenada1 —también llamada de plato roto—, una iglesia,
capilla o parroquia rodeada por un atrio y/o jardín, un quiosco, un mercado o área comercial importante, e incluso oficinas de gobierno o algún
espacio para la toma de decisiones (Medina, 2007b; Álvarez, 2011).
A causa de los efectos de la expansión urbana, presentan elementos como la presión inmobiliaria, reflejada en proyectos modernos de
viviendas, la creación de vías de comunicación e infraestructura y/o la conexión con otras partes de la ciudad a través del transporte público
(Escobar, 2016: 198)
En la actualidad aún se desconoce el número real de pueblos y barrios existentes en la Ciudad de México. El Instituto Electoral de la Ciudad
de México tiene el registro de 48 pueblos y barrios originarios (IEDF, 2020); la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades
Indígenas Residentes de la Ciudad de México estima un padrón de 193 pueblos y 56 barrios originarios (Proceso, 2019). En 2007 el Instituto
Nacional de Antropología e Historia y el Gobierno del Distrito Federal publicaron un Atlas etnográfico de los pueblos originarios de la Ciudad de
México, coordinado por la doctora Teresa Mora, en el que se asienta un total de 117 pueblos y 174 barrios originarios. Por su parte, en febrero
del 2017, el Consejo de los Pueblos y Barrios Originarios del Distrito Federal publicó una lista de pueblos y barrios originarios en la que se
identificaron 139 y 58, respectivamente (SEGOB y CPYBODF, 2017).
Estos datos son variables por el reciente reconocimiento de su existencia y por la construcción de un concepto subjetivo, que deja fuera a
muchas poblaciones, las migraciones territoriales que enfrentaron los poblados a lo largo de la historia y los cambios poblaciones que han
resultado en una pérdida de la identidad como pueblo y/o barrio originario.
Actualmente los pueblos en la Ciudad de México se pueden dividir, de forma general, en tres categorías (Gomezcésar, 2011): 1) pueblos
rurales y semirrurales, ubicados en las alcaldías de Milpa Alta, Xochimilco, Tláhuac, Tlalpan, Magdalena Contreras, Álvaro Obregón y Cuajimalpa,
donde parte de las actividades está ligada a la producción primaria y una vida comunitaria compleja; 2) pueblos urbanos con un pasado rural
reciente, que perdieron su carácter rural en los últimos cuarenta o cincuenta años, localizados en las alcaldías de Iztapalapa, Coyoacán,
Iztacalco, Benito Juárez y Venustiano Carranza; 3) pueblos urbanos con una vida comunitaria limitada, con sede en Cuauhtémoc, Miguel
Hidalgo, Gustavo A. Madero y Azcapotzalco.
Una de las características principales de los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México es el patrimonio intangible, en el que las
tradiciones, expresiones sociales y culturales tienen un reflejo espacial, tanto en el territorio que habitan como en el que los rodea. Estos
elementos se listan como parte de las variables que deben considerarse en la división territorial de la Ciudad de México, conforme a lo
establecido en el artículo 52 de la Constitución Política de la entidad.
Este punto se basa en cuatro elementos: un fuerte vínculo con la tierra; una estructura de parentesco consolidada, también llamada familias
troncales, y que puede variar en número y tamaño de acuerdo con el pueblo; una historia común, y un santo patrón propio a partir del cual se
organiza toda la vida festiva religiosa de la comunidad (Portal, 2007). Además, conservan elementos identitarios de carácter natural como
árboles o vegetación característica, ríos o algún curso de agua (Escobar, 2016: 198).
Se reconocen tres formas de fiesta en los pueblos y barrios originarios: las fiestas religiosas o sagradas (que pueden o no estar articuladas
con creencias católicas); las fiestas cívicas y las ferias comerciales (Portal, 2007). En la primera categoría se agrupa la mayoría de las
festividades, muchas veces vinculadas al territorio y la agricultura. Las fechas en que se organizan siguen un estricto calendario, que en muchos
casos es el que rige la vida en comunidad. De forma que año con año se celebra al santo patrón de la comunidad, a los demás santos que se
encuentran en la iglesia, en los altares y capillas ubicados en los espacios públicos y en las casas de los mayordomos a cargo. Muchas de estas
festividades se relacionan también con aquellas dedicadas a la fertilidad de la tierra, esto es, al inicio de la temporada de lluvias y a la cosecha.
El sistema de festividades es una clara muestra del mestizaje cultural entre las culturas mesoamericanas y la española.
Es importante señalar que las tradiciones ligadas a los espacios naturales ya sean de uso agrícola o conservación, asimilan que esas
porciones de territorio son parte de la identidad de los pobladores y desempeñan un papel importante en la memoria histórica y en la tradición
oral de las comunidades; es decir, no son espacios de no uso.
Las festividades cívicas se celebran en toda la Ciudad de México en ocasiones como el 16 de septiembre y el 20 de noviembre, pero también
hay algunos poblados que festejan el 5 de mayo. En estos casos la organización del evento está más ligada con las administraciones de las
alcaldías.
Las ferias comerciales, por su parte, han cobrado una mayor fuerza en los últimos años. En ellas se busca promover y preservar las
diferentes actividades que se realizan en los pueblos y barrios originarios, que pueden ser el cultivo de hortalizas, nopales, maíz, avena
forrajera y frutas; la producción de alimentos procesados, como mermeladas, dulces de amaranto y frutas cristalizadas; la cría de animales de
corral y la manufactura de artesanías, bordados y textiles.
Si bien en cada uno de los pueblos y barrios hay festejos particulares, otros son visibles en toda la ciudad, como el 2 de febrero, con la
bendición de los niños dios; la semana santa; el 3 de mayo, cuando se conmemora el día de la Santa Cruz; las fiestas patrias; el 28 de octubre,
con la celebración más grande para san Judas Tadeo; el día de muertos; el día de la virgen el 12 de diciembre y las posadas.
La importancia de contemplar estos elementos a la luz de la división territorial es que todos los pueblos hacen uso de los espacios públicos:
calles, avenidas principales, plazas, jardines e incluso viviendas particulares. Todas ellos inmersos en una identidad que, en años recientes, se
ha fortalecido en torno a la pertenencia a un pueblo o barrio originario.
El papel administrativo de las alcaldías en las festividades consiste en el otorgamiento de los permisos para el establecimiento de ferias
temporales, además de brindar la seguridad pública, servicios de emergencia y salud que acompañan a estos eventos. Los permisos son
tramitados por los mayordomos de las iglesias, o santos, los coordinadores territoriales o los comisariados ejidales. Todos ellos conforman la
administración interna de los pueblos y barrios originarios, que funcionan con un sistema de elecciones internas para nombrar a sus
representantes ante las autoridades legales. De este modo, los pueblos y barrios exigen su derecho a la participación y toma de decisiones
sobre el espacio que habitan y donde se encuentra su identidad sociocultural.
La apropiación, uso y conservación de los recursos naturales por parte de los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México se aprecia
tanto en las producciones materiales (agricultura, pesca, extracción minera y/o aprovechamiento forestal), o en su producción intelectual:
cosmovisiones, conocimiento de la naturaleza, mitos y leyendas (García, 2007).
Hablar sobre pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México es, en resumen, un tema muy vasto y complejo. Como vemos, los
elementos culturales, sociales, históricos e identitarios tienen gran efecto en el territorio, tanto el habitado como el de conservación. Las
problemáticas que afrontan estos espacios son de diversa índole. Por ejemplo, San Bartolo Ameyalco (alcaldía de Álvaro Obregón) desde los
años noventa tiene un desabasto de agua y ha visto cómo se ha fragmentado el pueblo de Tizapán por la construcción del Anillo Periférico; la
pertenencia de parques importantes, como el del Cerro de la Estrella al pueblo de Iztapalapa; o la existencia de propiedades ejidales,
comunales y privadas en alcaldías más urbanizadas como la Gustavo A. Madero.
El origen de estos conflictos radica, como se había mencionado anteriormente, en la expansión de la zona urbana (Ruiz, 2015) y al
desconocimiento sobre cuántos pueblos y barrios originarios existen en la Ciudad de México y dónde se ubican; además, se ignora cuál es la
extensión territorial de estos asentamientos, cuáles son los límites territoriales reales y cómo ha sido el proceso de la expansión urbana interna
que se ha dado como resultado de los procesos socioculturales.
Instrumentos, planes y programas del siglo XXI

Territorialidades administrativas en el nuevo esquema de planeación


urbana

E
n los últimos treinta años la administración de la capital del país ha pasado por dos momentos históricos importantes: en 1996 se aprobó
la expedición del Estatuto de Gobierno del Distrito Federal y se otorgó el derecho de voto a los habitantes para elegir a su gobernador.
Veinte años más tarde se adoptó el nombre de Ciudad de México y se dotó de una Constitución propia a la urbe.
En 1996 los pueblos del Anáhuac ya estaban levantando la voz en busca de ser visibles, y al mismo tiempo se expidió la segunda Ley de
Desarrollo Urbano, que trajo consigo la aprobación de programas y normas que van desde el nivel de Distrito Federal, al delegacional y, en
algunos casos, al de localidad, colonia y/o pueblo.
En esta ley destacan algunos puntos, como la necesidad de propiciar el arraigo de la población y la incorporación de nuevos pobladores en
las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Miguel Hidalgo y Benito Juárez (LDUDF, 1996).
Se instaura, además, la creación de programas delegacionales de desarrollo urbano que establecerían la planeación del desarrollo urbano y
el ordenamiento territorial de una delegación del Distrito Federal. Se desprenden de ellos los programas parciales, cuya finalidad es establecer
la planeación del desarrollo urbano y el ordenamiento territorial, en áreas específicas (LDUDF, 1996). En la tabla 1 se pueden ver cuáles son los
programas delegacionales vigentes para cada demarcación territorial. Cabe señalar que la actualización de estos programas es uno de los
pendientes que se vienen arrastrando desde gestiones anteriores.

Tabla 1. Programas de desarrollo urbano por demarcación territorial

Fuente: elaboración propia con información de la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial, “Programas del Distrito Federal” paoteca, y Seduvi (2021)
“Programas parciales de desarrollo urbano.

Si bien algunos de los programas parciales se aplicaron en pueblos y/o barrios originarios, siempre se hace alude a ellos como poblados o
asentamientos con pasado histórico, espacios ricos en costumbres y tradiciones, algunos con recursos naturales, pero nunca se menciona cómo
se pueden integrar esos elementos en la planeación urbana de los pueblos y barrios originarios en sí.
En esta ley se adoptaron algunos términos, como el de reciclamiento para referirse a las zonas susceptibles de someterse a un nuevo
proceso de desarrollo urbano, con el fin de aumentar los coeficientes de ocupación y utilización del suelo, relotificar la zona o regenerarla (LDUDF,
1996). También incluyó el término “relotificación” para referirse a la agrupación de inmuebles comprendidos en un polígono sujeto a
mejoramiento, para su nueva división, ajustada a los programas (LDUDF, 1996).
El suelo del Distrito Federal quedó dividido en dos zonas: suelo urbano y suelo de conservación. Este último integra promontorios, cerros,
zonas de recarga natural del acuífero, colinas y depresiones, y el suelo destinado a la producción agropecuaria, piscícola, forestal, agroindustrial
y turística y los poblados rurales, quedando prohibidas las obras de urbanización (LDUDF, 1996).
Llama la atención que, si bien se menciona a los pueblos rurales, aún no se adoptaba el término “originario” ni se reconocía la capacidad y
necesidad de expansión urbana de dichas poblaciones. En el mapa 1 se pueden apreciar los pueblos y barrios originarios que quedaron tanto en
la zona urbana como en la de conservación. Estos tienen a la fecha problemas por el abastecimiento de servicios básicos —en especial de agua
—; por la movilidad, derivado del aumento poblacional y la mayor demanda para uso de automóvil y los pocos caminos disponibles; por el
cambio de uso de suelo, en virtud de la demanda de espacios de vivienda, y las modificaciones económicas y socioculturales derivadas de la
expansión urbana.
Mapa 6. Pueblos y barrios originarios en Suelo de Conservación. Fuente: Elaboración propia con información de INEGI, Seduvi, plataforma de datos abiertos de la CDMX,
Instituto Electoral de la Ciudad de México, Consejo de los Pueblos y Barrios Originarios del Distrito Federal

Aunada al reconocimiento de los poblados, destaca la mención que se hace a la participación social, en la que indican que se respetará y
apoyará las diversas formas de organización, tradicionales y propias de las comunidades, en los pueblos, barrios y colonias de la ciudad para
que participen en el desarrollo urbano bajo cualquier forma de asociación prevista por la ley. En ese momento, no solo no existía el uso del
término originario, sino que tampoco se identificaban ni reconocían legalmente las formas de organización que los caracteriza.
Para garantizar la protección del suelo de conservación, en el año 2000 se expidió el Programa General de Ordenamiento Ecológico del
Territorio, en el se señala que, para alcanzar el objetivo, la participación de la sociedad es indispensable, de modo que reconoce la presencia de
pueblos, ejidos y comunidades en la zona rural, con usos y costumbres sobre la tenencia de la tierra (PGOET, 2000). Se supondría que este
programa debería proteger las formas de tenencia ejidal y comunal de la tierra; sin embargo, las reglas de estos usos en los centros
poblacionales se han ido modificando o saltando con el paso del tiempo, de forma que algunos espacios han sido vendidos o fraccionados entre
las familias y han pasado de ser agrícolas a habitacionales. Además, algunas secretarías, como la de Turismo, identifican estas formas de
tenencia como un problema para la implementación de proyectos que involucren el cambio de uso de suelo. Sin olvidar, por supuesto, que el
trabajo participativo con las comunidades es muy difícil, ya que cada vecino, agricultor, prestador de servicios turísticos, entre otros, tiene un
enfoque particular, una necesidad que atender, problemas que considera más importantes que los de los demás. A lo anterior se suma el hecho
de que una participación continua es difícil de conseguir, ya que generalmente esperan resultados inmediatos, tienen otras actividades o pierden
el interés. Esta situación hace que las problemáticas atendidas resulten insuficientes para ellos, independientemente de si sean buenas o no
(Pérez, 2018).
En el mismo 2000 se emitió el llamado “Bando Informativo número 2” que buscaba impulsar el crecimiento habitacional de las delegaciones
Benito Juárez, Miguel Hidalgo, Cuauhtémoc y Venustiano Carranza, restringiendo el crecimiento hacia las delegaciones con suelo de
conservación (Esquivel y Flores, 2007). Si bien de este modo se protegió a los pueblos del sur, se condenó a los pueblos de la zona urbana a un
impresionante cambio de uso de suelo y demanda inmobiliaria, transformando así los pocos elementos culturales que aún conservaban.
Un año después se hizo la actualización del Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal, documento del cual es indispensable
recuperar el siguiente párrafo:

En menos de 60 años, la urbanización ha absorbido a más del 50% de los pueblos indios originarios, ejidos y comunidades del Distrito
Federal, perdiéndose así derechos agrarios, territorios, cultura, tradiciones, usos y costumbres. De los 93 pueblos originarios, en la
actualidad quedan únicamente 46 (PGDUDF, 2001: 6).

Concordamos con lo acelerado de la expansión urbana en la segunda mitad del siglo XX. Llama la atención que, por primera vez, se habla de
los pueblos indios originarios, ejidos y comunidades, aunque cinco años antes se había adoptado simplemente el término originario, y se
reconocen las formas de tierra ejidal y comunal que prevalecen aún en algunas zonas de la capital del país. Concordamos, de igual manera, con
la alarmante pérdida de los derechos agrarios y territorios pertenecientes a estos pueblos. Pero definitivamente no estamos de acuerdo con el
conteo de 93 pueblos porque no están incluyendo a los barrios, ni con el hecho de que 47 de ellos desaparecieran junto con sus costumbres,
tradiciones, cultura e identidad. Aunque prácticamente todos los pueblos y barrios originarios se integraron en la zona urbana y fueron
convertidos en colonias de forma denominativa, en realidad no desaparecieron y a la fecha prevalecen como elementos vivos de historia,
tradición, cultura e identidad. Esta cuestión se reconoció hasta la promulgación de la Constitución de la Ciudad de México en 2017.
Al respecto, Medina (2017) señala que uno de los efectos de la expansión urbana ha sido justamente la invisibilización de los pueblos
previos, de los cuales se niega no solo la existencia física, sino también su historia y la cultura viva que persiste en ellos. Hernández (2018)
compara este fenómeno de expansión urbana como una expresión de racismo de la Ciudad de México, ya que contrapone el pasado indígena de
estos asentamientos con la imagen moderna y de civilización de lo urbano.
Al hacer esta división, por la cual la mayoría de los pueblos ha desaparecido por el “desarrollo urbano”, se asocia lo rural con los pueblos,
denominado por algunos como la “provincia del Distrito Federal” (López, 2015). Sin embargo, es habitada por grupos organizados que perciben
al territorio como su herencia y, por tanto, buscan la conservación de este y los recursos que posee.
Siguiendo el discurso de 46 pueblos existentes, la mayoría de ellos se ubica al sur de la urbe, por lo cual se propuso, en este programa,
brindarles apoyos para que colaboren en las estrategias de conservación a través de prácticas agrícolas y ecoturísticas, sin considerar que en un
futuro las primeras se verían sustituidas por las segundas por la derrama económica (Pérez, 2018).
Dos años después, se modificó el Programa General de Desarrollo Urbano del Distrito Federal. Retomó la idea de que se han perdido 47
pueblos, pero integró el proceso de consulta pública al que se sometió este programa y señaló que se consultaron a habitantes de pueblos y
barrios tradicionales (PGDUDF, 2003).
En 2004 se decretó el Reglamento de Construcciones para el Distrito Federal. En este documento no se hace ninguna mención a los pueblos
de la zona urbana, pero sí permitió la modificación de algunos aspectos en las edificaciones (RCDF, 2004), por lo cual se comenzaron a presentar
fuertes contrastes entre las imágenes urbanas originarias y las modernas, especialmente en las delegaciones centrales.
En 2004 y 2006 se presentaron nuevamente modificaciones a la Ley de Desarrollo Urbano del Distrito Federal. En ellas, si bien se omite a
los pueblos, se menciona la importancia de recuperar características del paisaje urbano tradicional, sobre todo el ligado al paisaje natural,
histórico, arqueológico, histórico y cultural.
Finalmente, el 15 de julio de 2010 se publicó en la Gaceta Oficial de la Ciudad de México una nueva Ley de Desarrollo Urbano del Distrito
Federal, reformada en 2018. Al igual que sus antecesoras, no presenta nuevas modificaciones en lo referente a los pueblos y barrios originarios
y su inclusión en los procesos de participación.
A lo largo de las políticas urbanas implementadas en las últimas décadas, los pueblos y barrios originarios han sido invisibilizados; se
consideran como elementos que desaparecieron en su gran mayoría por la expansión urbana y, por ello, han perdido la denominación de pueblo
o barrio convirtiéndose en colonias, o bien han sido fragmentados para dar paso a asentamientos más modernos.
Retomamos así una de las cuestiones planteadas al inicio: no solo desconocemos la cantidad de pueblos y barrios originarios existentes,
especialmente en la zona urbana, sino que también ignoramos cuáles son las transformaciones que han atravesado por los cambios de uso de
suelo y las nuevas construcciones y, por tanto, no sabemos cuáles son los limites reales, no aquellos determinados por las administraciones, y
cómo ha sido el proceso de reterritorialización de los pueblos y barrios de la Ciudad de México.

a. Límites territoriales
Tras la promulgación de la Constitución de la Ciudad de México en 2017, los pueblos y barrios originarios, así como las comunidades indígenas
residentes, se convirtieron, por primera vez, en sujetos de derecho y en actores clave para la toma de decisiones territoriales.
Los límites territoriales hacen referencia a una franja o frontera a la que se sujeta una zona geográfica por alguna entidad gubernamental;
se trata de una división territorial, mediante líneas invisibles, en su mayoría, para determinar áreas de actuación administrativa y/o
gubernamental.
De acuerdo con lo establecido por la Constitución Política de la Ciudad de México, en su artículo 52, “las demarcaciones territoriales son la
base de la división territorial y de la organización político-administrativa de la Ciudad de México”. Dichas demarcaciones se caracterizan por ser
autónomas en su gobierno interior, a cargo de un órgano político administrativo denominado alcaldía.
La denominación y límites de estos espacios deben tener en cuenta la población, la configuración geográfica, las identidades culturales de
los habitantes, el reconocimiento de los pueblos y barrios originarios y de las comunidades indígenas residentes, los factores históricos, la
infraestructura y el equipamiento urbanos, el número y extensión de colonias, barrios, pueblos o unidades habitacionales, las directrices de
conformación o reclasificación de asentamientos humanos con categoría de colonias, la previsión de los redimensionamientos estructurales y
funcionales, incluyendo áreas forestales y reservas hídricas, y el presupuesto de egresos y previsiones de ingresos de la entidad.
Sobre lo concerniente a los pueblos y barrios originarios y su autonomía, en el artículo 58 de la Constitución Política de la Ciudad de México
se definen estos espacios y se reconoce que conservan sus propios sistemas normativos en cuanto a la territorialidad. Es decir, tienen cierta
autonomía, la cual se define en el artículo 59, de la misma Constitución, como las facultades y competencias que los pueblos y barrios tendrán
en materia política, administrativa, económica, social, cultural, educativa, judicial, de manejo de recursos y medio ambiente. Además, que las
autoridades de la Ciudad de México acatan esta autonomía y establecerán las partidas presupuestales específicas destinadas al cumplimiento de
sus derechos, así como la coordinación conforme a la ley en la materia. Al tiempo que admite y respeta la propiedad social, privada y pública.
Finalmente, indica que ninguna autoridad podrá decidir las formas internas de convivencia y organización, económica, política,
administrativa y cultural, que se den de acuerdo con las tradiciones de los pueblos y barrios. Estos mismos derechos de autonomía se vieron
reforzados por la Ley de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes de la Ciudad de México, en particular en el título
tercero: de la autonomía, participación y representación.
Estos aspectos convierten a la Constitución Política de la Ciudad de México en una de las más avanzadas en América Latina, en cuanto que
reconoce todos los atributos históricos, culturales sociales, económicos y de organización y participación de los pueblos y barrios originarios,
además, claro, de considerar a las comunidades indígenas residentes en la Ciudad de México.
En 2018, como parte de las estrategias del nuevo gobierno, se estableció por primera vez una dependencia local enfocada en la atención de
estos grupos: la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes de la Ciudad de México (SEPI), la cual tomó a
su cargo parte de las atribuciones de la Secretaría de Desarrollo y Equidad para las Comunidades Rurales (SEDEREC).
En diciembre de 2019 se expidió la Ley de Derechos de los Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes de la Ciudad
de México. En este documento se señala la constitución de un Sistema de Registro y Documentación de Pueblos y Barrios Originarios y
Comunidades Indígenas Residentes; en él, estos grupos podrán registrar los antecedentes que acreditan su condición, los territorios y espacios
geográficos donde están asentados, los sistemas normativos propios mediante los cuales eligen a sus autoridades o representantes; sus
autoridades tradicionales y mesas directivas; las personas integrantes de las asambleas con derecho a voz y voto; la composición de su
población por edad y género, etnia, lengua y variantes, y cualquier indicador relevante que, para ellos, deba considerarse (LDPBOCIR, 2019:4).
En este sentido, el artículo 36 señala el derecho a la salvaguarda de saberes y conocimientos tradicionales, tarea que estará a cargo de la
Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas (SEPI) y de la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología y Educación
(SECTEI) de la Ciudad de México.
Señala, además, que el gobierno de la ciudad va a emitir los procedimientos para la acreditación de la información que se subirá a la
plataforma. Cabe indicar que al momento no existe aún la plataforma ni los lineamientos para la verificación.
Dentro de los elementos más controversiales de esta ley, podemos señalar el título cuarto, enfocado en la consulta previa, libre e informada.
En esta ley se dice que se respetarán las formas de organización y participación propias de los pueblos y barrios, pero a su vez, la participación
se hará mediante la implementación de consulta pública, un instrumento que ya ha sido rechazado en numerosas ocasiones justamente por no
corresponder con las formas tradicionales de participación.
Lo mismo sucede con los derechos económicos y sociales; al respecto se indica que el comercio de productos artesanales, las actividades
económicas tradicionales y de subsistencia de los pueblos, barrios y comunidades se deben proteger como factores importantes para el
mantenimiento de su cultura, autosuficiencia y desarrollo económico. Pero en la realidad se ven sometidos a una competencia injusta con
grandes cadenas nacionales e internacionales que instalan tiendas de autoservicio y centros comerciales, desplazando así el comercio
tradicional.
Sobre los derechos de tierra, los pueblos y barrios originarios pueden poseer, utilizar, desarrollar, controlar y gestionar las tierras, territorios
y recursos existentes debido a la propiedad tradicional u otro tipo en el marco constitucional de los derechos de propiedad (LDPBOCIR, 2019:18).
De igual modo, el gobierno de la Ciudad de México se compromete a proteger los territorios de los pueblos y barrios originarios ante las
obras urbanas, públicas o privadas, proyectos y megaproyectos, que generen un impacto ambiental, urbano y social susceptible de afectar sus
derechos o intereses. Esta situación se complica al no saber cuáles son los territorios de cada pueblo, por lo que se ha pasado por alto en
muchos casos, al permitir la construcción de grandes desarrollos inmobiliarios, centros comerciales, e incluso infraestructura urbana.
Señala, asimismo, que el Programa General de Ordenamiento Territorial de la Ciudad de México y los programas de ordenamiento territorial
de cada alcaldía deberán establecer medidas de protección de las tierras, territorios, medio ambiente, bosques, barrancas, aguas, paisajes y
recursos naturales, el suelo de conservación, zonas patrimoniales, cascos y monumentos históricos, su imagen urbana y los usos de suelo
tradicionales de los pueblos y barrios. En esto se aprecia un avance en la redacción de estos documentos, ya que anteriormente no se
contemplaban bajo el concepto de originarios ni fuera del suelo de conservación.
En materia de límites, hemos encontrado que existen dos fuentes oficiales: la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda de la Ciudad de
México (Seduvi), que publica la división por colonias, pueblos y barrios en los diferentes programas delegacionales de desarrollo urbano, y el
Instituto Electoral de la Ciudad de México, que define los límites con motivos más bien lectorales. La información generada por este último es la
que se encuentra disponible en la Plataforma de Datos Abiertos de la Ciudad de México y la que se tiene en cuenta para elaboración de la
mayoría de los estudios gubernamentales, ya que los programas de SEDUVI se encuentran desactualizados.
De acuerdo con la Ley de Pueblos y Barrios, “la delimitación del espacio geográfico de los pueblos y barrios se realizará en coordinación con
las personas representantes del respectivo pueblo o barrio, la alcaldía que corresponda, la Secretaría de Medio Ambiente, la Secretaría de
Desarrollo Urbano y Vivienda, la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes, el Instituto Electoral de la
Ciudad de México y el Instituto de Planeación Democrática y Prospectiva de la Ciudad de México” (LDPBOCIR, 2019:5).
En 2020 el Instituto Electoral de la Ciudad de México realizó un ejercicio para el trazo de las circunscripciones electorales. Estas son
definidas como una conformación o delimitación territorial que se integra por un conjunto de secciones electorales dentro de una alcaldía. Las
secciones se agrupan según la población, configuración geográfica, identidad social, cultural, étnica y socioeconómica.
Se determinó que era importante consultar a los pueblos y barrios originarios y a las comunidades indígenas residentes para tomar acuerdos
sobre el nuevo trazo del límite de la circunscripción. Sin embargo, se partió de la idea de que en cada alcaldía deberían existir entre 6 o 9
circunscripciones con un número de entre 10 y 15 concejales, lo cual no coincide con el número de pueblos y barrios existentes en las alcaldías,
y se obligó a nombrar a menos concejales que van a representar a varios pueblos.
El problema de este ejercicio fue que partió de un conteo de 48 pueblos y barrios originarios en la Ciudad de México, distribuidos en las
alcaldías Cuajimalpa, Magdalena Contreras, Milpa Alta, Tláhuac, Tlalpan y Xochimilco, mientras que a los demás se les considera colonias en la
zona urbana. Además de que se estimaron los límites territoriales establecidos por el Instituto Electoral que, como mencionábamos, no
coinciden con los de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda, ni con los que muchas veces son reconocidos por los pueblos y barrios
originarios.

b. Planeación participativa
La participación ciudadana es una práctica que permite vincular a los ciudadanos con el gobierno, acercando a ambos actores en la solución de
conflictos determinados (Tejera, 2015).
La reforma a la legislación del Distrito Federal en 1996 permitió que los pobladores de la urbe votaran por primera vez para elegir al jefe de
Gobierno. Si bien con ello comenzó un proceso democrático, seguía invisibilizando el derecho de los pueblos y barrios originarios para legalizar
la elección de sus autoridades locales (Ortega, 2010), ya que se seguían implementando las formas de representación social determinadas por
el mismo gobierno.
En la Ciudad de México se han dado varios intentos por poner en funcionamiento diferentes formas de representación social, como los
Consejos Consultivos Delegacionales, las Juntas de Vecinos, las Asociaciones de Residentes, Comités de Manzana, los Comités Vecinales y, en
2010, los Comités Vecinales. Tejera (2015) indica varias razones de corte político que limitaron las funciones y resultados de estos esfuerzos.
En agosto de 2019 se expidió la Ley de Participación Ciudadana de la Ciudad de México, así como el protocolo de Consulta a Pueblos y
Barrios Originarios y Comunidades Indígenas Residentes de la Ciudad de México en materia electoral y de participación ciudadana. Esta
establece, en el capítulo VI, que la consulta popular será el mecanismo que usará el congreso para someter a consideración de la ciudadanía,
por medio de preguntas directas, cualquier tema con trascendencia en el territorio (LPCCDMX, 2019).
Ambos documentos fueron rechazados por los habitantes de pueblos y barrios originarios por dos cuestiones: la primera porque solo se
consideraron 48 pueblos originarios, debido a que jurídicamente son las únicas unidades territoriales que se han delimitado con esa calidad y
cuentan con el soporte documental y procedimental que se indica en el dictamen referido para ser tomadas en cuenta como pueblos originarios
(IECM, 2019). Esta situación resulta un tanto difícil de creer dado que la misma SEPI identifica pueblos en la zona urbana, al igual que numerosos
grupos de investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma Metropolitana y la Universidad Autónoma
de la Ciudad de México.
La segunda razón por la cual se refutaron esta ley y su protocolo es porque, desde la perspectiva de los pobladores de los pueblos y barrios
originarios, no respeta los instrumentos tradicionales de consulta y participación, al determinar que la herramienta que se usará para todos es
la consulta popular, que ya ha fallado en ocasiones anteriores.
El rechazo a las implementaciones de participación no tardó mucho en pasar a la práctica. En el artículo 83 de la nueva Ley de Participación
Ciudadana se establece que, en cada colonia, pueblo y barrio, se elegirá un órgano de representación ciudadana denominado Comisión de
Participación Comunitaria (COPACO), conformada por nueve integrantes, cinco de distinto género a los otros cuatro, electos en jornada electiva,
por votación universal, libre, directa y secreta, y tendrán un carácter honorífico, no remunerado y durarán en su encargo tres años (LPCCDMX,
2019).
La elección de los COPACO, así como la consulta ciudadana del presupuesto participativo se canceló en los 48 pueblos y barrios originarios
reconocidos por el Instituto Electoral de la Ciudad de México por violar los derechos a la autonomía, el autogobierno y la participación.
En los casos de los pueblos urbanos, considerados ahora como colonias, la organización y cohesión social ha permitido el trabajo
colaborativo con los copaco, como es el caso del pueblo de Xoco, Benito Juárez, donde la Asamblea Ciudadana y la COPACO se han coordinado en
tareas para dialogar con los vecinos sobre la tal de árboles, la escases de agua, la falta de movilidad vía, el exceso de construcciones, entre
otros problemas.
Además, hay una percepción generalizada entre los habitantes sobre la aplicación de instrumentos de desarrollo urbano, ya que los
consideran como irruptores de la vida comunitaria por exponer a los pobladores a una dinámica de especulación de suelo y la presión en las
zonas ecológicas (Ruiz, 2015).
Lo anterior nos demuestra que el reconocimiento de los pueblos y barrios originarios, así como la validez de sus formas de autonomía,
autogobierno y participación, ha atravesado por un largo proceso que no se ha concluido aún, y que tenemos como tarea pendiente registrar,
comprender y aplicar la manera en que se dan estos procesos en cada pueblo y barrio originario de la Ciudad de México.
Lo único que tenemos claro es la necesidad de contar con un mecanismo o herramienta que nos permita vincular a la comunidad con los
diferentes niveles de gobierno, donde se exprese la capacidad de negociación e intermediación (López, 2015).

c. Organización social y decisiones territoriales


La forma interna de organización social de los pueblos y barrios originarios no ha sufrido grandes modificaciones desde su fundación. Esto se
debe a la existencia de familias troncales, así como a la memoria oral que existe en estos espacios, donde la cohesión social permite que estos
elementos no se pierdan.
Algunos pueblos y barrios originarios cuentan con la ventaja histórica de preservar sus títulos primordiales, que, redactados originalmente
en náhuatl, dan fe de la historia de los poblados. En estos documentos encontramos los derechos a las propiedades y la intervención de la
Iglesia en la construcción de templos para los santos patronos, y, además, señalaban las formas en que los habitantes tenían que coordinarse
para trabajar las tierras que pertenecían a la Iglesia, así como las aportaciones con las que se financiaban las festividades y se mantenía en
buenas condiciones a los templos (Medina, 2007a).
De acuerdo con Ortega, en 2010 las autoridades de los pueblos originarios se nombraron en una asamblea pública, en la cual se hacían
propuestas por parte de algunos habitantes que debían comprobar ser originarios, y se procedía a una elección popular a voto abierto. Estas
autoridades tomaban notas de las decisiones comunitarias y permanecían en el cargo hasta que se veían imposibilitados por su edad o alguna
enfermedad, y dejaban el poder a los pobladores de removerlos en cualquier momento.
La elección de estos representantes se homogeneizó posteriormente bajo la ley del Instituto Federal Electoral; en ella ya había un proceso
determinado que consistía en la emisión de una convocatoria por parte de la delegación, en la que podían inscribirse ciudadanos mayores de 18
años, quienes tenían derecho a una campaña que cerraría con un proceso de votación libre y secreta, tras la cual se daría a conocer al ganador,
quien permanecería en el cargo por tres años.
Esta oposición entre los usos y costumbres para la elección de una autoridad local y las formas de participación impuestas por el gobierno
han resultado en un vacío jurídico que coloca a la autoridad local de los pueblos originarios en tierra de nadie (Ortega, 2010), lo que además ha
generado una variedad de figuras como subdelegado, subdelegado auxiliar, coordinador, coordinador territorial o enlace territorial, aunque todos
ellos se refieren a la misma persona que está a cargo de la gestión de las peticiones comunitarias.
Por lo anterior queremos partir del hecho de que no hay una única forma de organización social y toma de decisiones para los pueblos y
barrios originarios de la Ciudad de México, ya que estas varían de acuerdo con los procesos históricos que atraviesan y las demandas
ciudadanas que identifican. Unos se han agrupado territorialmente, otros son independientes, algunos se organizan en torno a demandas
sociales, otros más por cuestiones religiosas o territoriales. Esto significa que estas formas de organización pueden llegar a ser tan numerosas
como la cantidad de pueblos y barrios originarios.
De acuerdo con Medina (2007), los pueblos que se han distinguido por tener una lucha más activa por el reconocimiento de sus autoridades
tradicionales han sido los de Xochimilco y Milpa Alta. En Xochimilco, por ejemplo, las autoridades se definen a través de una asamblea
comunitaria, donde el voto es libre y directo; este proceso, que ha sido histórico y de autogestión, se vio interrumpido en 1980, cuando empezó
a participar la autoridad delegacional.
En Tláhuac y Tlalpan también se han formado algunas asambleas comunitarias, cuyos requisitos para participar varían, permitiendo en
algunos casos la postulación de avecindados; en otras se requiere que, además de ser habitantes originarios, deben poseer algún cargo agrario
o incluso, en el caso de Milpa Alta, el seguimiento de la línea originaria debe ubicarse hasta el censo de 1919 (Medina, 2007).
Las tareas de estos coordinadores son diversas, como el reconocimiento de linderos, dar fe de límites de propiedad, apoyar en trámites de
los panteones comunitarios, tramitar el permiso para el cierre de calles (en especial para las fiestas patronales), apoyar en la organización de
las ferias y fiestas, organizar los trabajos comunitarios, apoyar las actividades agropecuarias y promover los derechos colectivos de los pueblos.
Existen diversos ejemplos de la organización social de los pueblos y barrios originarios en torno a la protección territorial. En la alcaldía
Cuajimalpa, los vecinos del pueblo El Contadero han formado una asociación civil, que se preocupa por el impacto ambiental que se pueda
generar en la reserva ecológica del pueblo (Ruiz, 2015). Esta organización vecinal se ha manifestado en contra del Programa de Desarrollo
Urbano de Cuajimalpa, en el que se habla de la redensificación de las colonias donde el crecimiento vertical estaba limitado a dos niveles.
Destaca que en este espacio los vecinos han declarado no estar en contra del desarrollo urbano de la zona per se, sino que solicitan que se dé a
partir del respeto y protección de las zonas ecológicas.
Uno de los elementos que más ha llamado nuestra atención a lo largo del trabajo de campo es el papel de las mujeres y las personas
mayores en la protección de los pueblos y barrios. Amas de casa y jubilados son quienes tienen mayor contacto día a día con sus comunidades,
por lo que se han organizado en grupos que identifican y canalizan las demandas para solucionar los problemas que aquejan a sus
comunidades.
Otra de las formas de organización que encontramos en los pueblos y barrios originarios se da en torno a las comunidades religiosas, donde
los mayordomos son los actores principales, ya que se consideran personajes con reconocimiento moral (López, 2015).
En el caso del pueblo de Los Reyes Coyoacán, la organización de los habitantes se estructura alrededor de la mayordomía (Romero, 2007),
que se reproduce anualmente en un ciclo festivo, a partir del cual se han ordenado para defender su espacio y forma de vida. La comisión de
festejos del pueblo de Los Reyes es una de las caras oficiales y surgió a partir de la negativa del gobierno de reconocer a los mayordomos como
autoridades y representantes legales del pueblo, retomando así las ideas discriminatorias que existen sobre el ser pueblo.
De manera alterna se han organizado diferentes movimientos, asociaciones, proyectos, colectivos y grupos sociales que buscan la solución
para problemas específicos, como la construcción de vivienda, la educación para adultos, las estancias infantiles, la salud popular, la cultura y el
acceso a financiamientos para la actividad agrícola y turística. La mayoría de estos colectivos trabaja en conjunto con el coordinador en turno.
Si bien a nivel administrativo se reconocen los pueblos del sur de la Ciudad de México y se ha hablado de los aspectos culturales y
tradicionales que subsisten en los pueblos de la zona urbana, manifestamos que ellos también tienen formas de organización propias, que
quizás se han adaptado más a las figuras impuestas por el gobierno, pero permanecen en lucha ante la defensa de su territorio, sus rasgos
culturales y su identidad como pueblo o barrio originario.
Encontramos así grupos en la alcaldía Iztacalco que están enfocados en el rescate de la gastronomía tradicional de los pueblos y barrios
originarios, de la memoria oral y del conocimiento colectivo. En estos barrios no existen figuras centrales como tales, sino que reconocen el
valor de todos los habitantes originarios, en particular de los mayores como preservadores de la memoria de un pueblo que hace cien años
todavía era lacustre.
Otros grupos existentes en todas las alcaldías de la Ciudad de México se han organizado en torno a la protección del patrimonio material e
inmaterial y han buscado difundir y crear un conocimiento comunitario a través de espacios de intercambio y convivencia.
La resistencia de muchos poblados de la zona urbana obedece a las transformaciones de uso de suelo y la presión que ejercen sobre ellos
los grandes desarrolladores inmobiliarios. Por medio de los diferentes colectivos, han dado a conocer las irregularidades en la adquisición de los
terrenos, las dimensiones de las obras, los ecocidios que se dan y la expulsión que generan al incrementar el valor de predial y servicios
básicos.
Los habitantes del pueblo de Xoco se caracterizan por tener una fuerte cohesión social y una identidad como vecinos de un pueblo originario
en la zona urbana de la Ciudad de México. Están organizados en asambleas vecinales y luchan contra las grandes inmobiliarias que están
estableciéndose en su territorio. En 2010 se inició el proyecto ciudad progresiva ahora conocido como Mítikah, una de las torres más altas en
América Latina, con 260 metros de altura y más de 60 niveles, donde se establecerán departamentos, oficinas, tiendas, servicios de hospedaje
y otros. También se han construido varios complejos de departamentos de lujo sobre la Avenida México Coyoacán y la Avenida Popocatépetl.
También advertimos un fenómeno de expulsión de la población originaria ante la turistificación de los sitios, sobre todo en las zonas
centrales de Coyoacán, donde los pocos habitantes conservan las tradiciones y, además, las siguen reproduciendo gracias a que los pobladores
expulsados regresan año con año para demostrar que conservan sus lazos identitarios con el pueblo que los vio nacer.
Cabe destacar en los últimos años la implementación de la tecnología para la organización comunitaria y vecinal. Hay presencia de grupos
en las redes sociales, especialmente en Facebook, donde es posible estar al tanto de lo que se habla en las reuniones comunitarias; se hacen
denuncias ciudadanas, algunas incluso anónimas; reportes para el mejoramiento de algunos servicios urbanos; se manifiestan problemas
vehiculares y de seguridad; se apoya el comercio local y se coordinan para las faenas comunitarias e incluso para los comités de las fiestas
patronales. Es decir, las formas de organización al interior de los pueblos no se mantienen estáticas ni son homogéneas, sino que se han ido
adaptando a sus necesidades históricas, a las transformaciones urbanas y también a la nueva tecnología. Y nos dejan la tarea de adaptarnos,
desde la academia y la administración pública, a estas formas de organización social y participación en la toma de decisiones.
Hay que considerar que las herramientas etnográficas van evolucionando conforme la sociedad cambia, es decir, tenemos el reto de cómo
interactuar con las personas sin perder la empatía, el respeto y la confidencialidad sobre aquello que no puede ser contado (Hernández, 2018).
Uno de los instrumentos que se ha introducido en la planeación participativa y en la toma de decisiones territoriales es la cartografía, que se
ha ido adaptando para poder trabajar en conjunto con las comunidades en el reconocimiento del territorio estudiado, la identificación de los
conflictos y la propuesta de posibles soluciones.
A lo largo de este proyecto identificamos que varios pueblos y barrios originarios han adoptado estos instrumentos de diferentes formas,
desde el uso de cartografías oficiales, cartografías antiguas, imágenes, mapas obtenidos de internet y mapas trazados por ellos mismos.
¿Cómo planear espacios reconfigurados por lo
intangible?

E
l uso de instrumentos cartográficos en los estudios antropológicos, así como el empleo de técnicas antropológicas en los estudios
urbanos genera todavía algunos debates.
Los estudios etnográficos estiman que los pueblos y barrios originarios solo se estudian desde la forma urbana y se deja de lado la
esencia; en cambio, desde de la óptica urbanista, se considera que los estudios etnográficos de los pueblos y barrios originarios no contemplan
la parte espacial. Es decir, se necesita reforzar la interdisciplina entre ambas vertientes para desarrollar estudios integrales de los pueblos y
barrios originarios de la Ciudad de México.
Desde lo etnográfico se ha planteado que los estudios de los pueblos originarios deben ser vistos fuera del ámbito urbano, ya que no
responden a las dinámicas de estos espacios. Sin embargo, en esta propuesta buscamos plantear dicha hipótesis de otra forma: es necesario
abordar lo urbano desde las características etnográficas.
Parte del desconocimiento de cómo se ha dado la reconfiguración territorial de estos espacios se debe a que, por lo general, se ven las
modificaciones urbanas como la apertura de nuevas vialidades, el establecimiento de nuevos asentamientos humanos, el crecimiento de los
pueblos y barrios originarios existentes. Se analiza la territorialidad de lo que circunda a lo ya existente, sea resultado de una presión externa o
interna, pero no se ven las reconfiguraciones internas y entre pueblos.
En estas reconfiguraciones encontramos que la necesidad de desplazarse de un punto a otro ha disminuido la extensión de atrios de
iglesias; se han abierto algunas calles, mientras que otras se han convertido en privadas; se construyen altares, se instalan arcos y portadas
floridas en los espacios donde se ejerce alguna mayordomía. De manera temporal e intermitente se cierran caminos por minutos o semanas de
acuerdo con la celebración que se lleve a cabo; bien puede ser el paseo a la misa dominical del Niño Pa, o bien la fiesta de la Virgen de los
Dolores Xaltocán, patrona de todo Xochimilco y cuya fiesta puede durar varias semanas.
Con ello nos referimos a que también se registran reconfiguraciones territoriales por la existencia de costumbres y tradiciones que, si bien
son intangibles, se reflejan en el espacio. Por tanto, se vuelve necesario estudiar estos espacios desde lo histórico, para saber cómo se dio la
configuración espacial original de estos asentamientos; desde lo etnográfico, para identificar aquellos elementos que resignifican el espacio y
generan identidades espaciales con la comunidad; y desde lo urbano-geográfico, donde todo ello se evidencia.
Por ello, en la presente investigación proponemos el uso de la cartografía como un elemento que nos permitirá identificar territorialmente los
elementos etnográficos.
Tradicionalmente, el uso de mapas en las tareas de planeación territorial ha sido de gran utilidad. Estas herramientas ayudan a reunir,
gestionar y analizar datos y sus ubicaciones espaciales, de modo que se generan capas de información para su visualización en mapas. Se
facilita la incorporación de diferentes datos para su análisis conjunto, como la construcción de asentamientos humanos y los caminos en los
diferentes terrenos de un país y las posibles rutas de emergencia en caso de un fenómeno natural.
Según Bosque y García (2000) los SIG se emplean para dos grandes grupos: la gestión y descripción del territorio y la ordenación y
planificación del territorio. Para fines de esta investigación nos centraremos en el segundo.
A lo largo del proceso de la planificación territorial los SIG nos ayudan en las diferentes fases de formulación y ejecución (Bosque y García,
2000). En la fase de identificación del problema, el uso de un SIG nos permite combinar datos y observar las interrelaciones que se dan en el
espacio geográfico. A partir de esta identificación podemos especificar los objetivos, que pueden previsualizarse de forma cartográfica para así
comenzar a generar alternativas y modelos en los que se reflejen diferentes soluciones. Finalmente, durante la ejecución de los planes podemos
contrastar el antes, con el objetivo planteado y el ahora (Bosque y García, 2000).
Como parte de los instrumentos utilizados en la planeación urbana, los sig son una herramienta básica para plasmar las caracterizaciones,
diagnósticos, escenarios futuros y propuestas, en los cuales los ejes principales son el desarrollo urbano, el comercio, la educación, salud,
patrimonio, movilidad, entre otros elementos que pueden cuantificarse y son tangibles.
Pero ¿qué pasa con aquellos elementos cualitativos e intangibles que han dado forma al territorio? Los espacios de los pueblos y barrios
originarios —públicos, privados, históricos, naturales, nuevos e históricos— están cargados de significados que se han construido a lo largo del
tiempo (Camarena y Portal, 2015).
Por ello la introducción de los estudios etnográficos en la reconfiguración urbana es justamente una forma de dar voz a la gente y a los
hechos que no son visibilizados; nos permite formalizar la relación entre quienes narran su realidad y quienes la analizan (Hernández, 2018).
Para fines de esta investigación se emplearon técnicas de cartografía participativa cualitativa, complementadas con enfoque históricos y
geográficos, poniendo énfasis en el vínculo existente entre el territorio y la tradición.
Cartografía participativa

D
e acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), la cartografía participativa es un proceso de captación de la
información geográfica del país con la participación activa de la sociedad, las unidades del Estado y la academia (INEGI, 2021). En 2009
el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA) la definió como “un proceso de levantamiento de mapas que trata de hacer visible la
asociación entre la tierra y las comunidades locales empleando el lenguaje, comprendido y reconocido comúnmente de la cartografía”. Además
de que remarca el hecho de que ayuda a generar cambios sociales y el empoderamiento de las comunidades locales.
La cartografía participativa es una herramienta que nos ayuda a fortalecer los procesos de investigación a través de la integración de las
comunidades o grupos sociales en el desarrollo de mapas, que nos presentan el espacio geográfico que queremos estudiar desde su
experiencia.
El México esta técnica se ha aplicado tanto en entornos urbanos como rurales, con fines de conservación arqueológica y patrimonial,
implementación de actividades económicas (turísticas en su mayoría), la construcción de infraestructura y proyectos urbanos, entre otros.
En el caso de los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México se han realizado algunos mapeos comunitarios para la defensa y la
gestión territorial ante la urbanización y los megaproyectos (Olivares y Escutia, 2018). En este estudio, Olivares y Escutia nos advierten sobre el
modo en que la expansión urbana se ha impuesto como una manera de apropiarse del espacio sobre otras formas, y ha desdibujado
territorialidades, invisibilizándolas y desapareciéndolas. Las autoras impartieron talleres de mapeo diagnóstico que les permitió determinar el
impacto de la urbanización en las comunidades, a la vez que contribuyeron en la autodeterminación, conocimiento y reapropiación social de los
territorios desde modelos propios.

a. Mapas narrativos
Los mapas narrativos son las representaciones visuales de los eventos que suceden, de forma que un espacio de información visual es
construido y presenta una serie de actividades complejas (Mamber y Alcalá, 2017).
El uso de estos mapas nos permite leer los lugares y entender que no solo son históricos, sino también biográficos (Camarena y Portal,
2015, Hernández, 2018), ya que en ellos se reflejan las actividades cotidianas, funcionan como escenario donde crecen las generaciones, se dan
reuniones familiares, los festejos que marcan una comunidad y los hechos buenos y malos que se funden con la vida del lugar. Camarena y
Portal (2015) señalan que la identidad de la urbe se genera a partir de la posibilidad de mirar a la ciudad a través de narrativas que se cruzan,
complementan y oponen entre sí.
De este modo, decidimos recuperar las narrativas de la vida cotidiana en los pueblos y barrios originarios para identificar los puntos en los
que suceden las historias, de modo que podamos recuperar cuándo y dónde se celebran las festividades patronales, qué espacios ocupan, por
cuánto tiempo, cuándo y dónde se organizan.
También los usamos para identificar dinámicas sociales, conocer los puntos de reunión, los espacios de mayor y menor uso y las razones de
estos.

b. Cartografía cultural
Los recursos culturales son vistos como áreas de estudio que requieren análisis complejos (Arcilla y López, 2011), ya que tanto los recursos
tangibles como los intangibles tienen una representación territorial.
La cartografía cultural se define como un “modelo de información territorial que permite ubicar los elementos propios de la actividad cultural
de un territorio (actores culturales, patrimonio y manifestaciones colectivas), en un sistema de coordenadas espaciales que, a partir de un
patrón de lectura, pueden ser relacionados entre sí y analizados de acuerdo con su distancia, distribución y densidad del espacio” (Gobierno de
Chile, 2012).
La UNESCO (2008) ha impulsado el desarrollo de la cartografía de los recursos culturales indígenas, al considerarla como un paso decisivo
hacia la demostración de que la diversidad cultural contribuye a enriquecer la sociedad, además de que estimula la cooperación y la cohesión
comunitarias, fomentando la transmisión de conocimientos a las generaciones futuras.
En resumen, podemos decir que la cartografía cultural es una herramienta que nos permite identificar los recursos culturales de una
comunidad para, posteriormente, establecer proyectos de planificación y gestión que vinculen lo cultural con lo territorial.
Esta modalidad de cartografía ha tenido un mayor desarrollo gracias a los Sistemas de Información geográfica (Arcilla y López, 2011), lo
cual ha permitido la creación de atlas e inventarios que ayudan en la planeación territorial.
En la Ciudad de México existen los inventarios de inmuebles catalogados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto
Nacional de Bellas Artes y la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda, que se encuentran disponibles al público en la plataforma Datos
Abiertos CDMX.
Si bien nosotros también consultamos esos inventarios, buscamos integrar elementos intangibles que dan forma a la cultura de los pueblos
y barrios originarios, además de identificar aquellos puntos que, por sus características físicas e históricas, no están catalogados, pero que sí
son patrimonio para los pobladores. Entre estos sitios encontramos casas de las primeras familias, de médicos, profesores y mayordomos, y/o
destinados al comercio tradicional (panaderías, tiendas de carbón, venta de alimentos); además, nos permitió verificar qué puntos dentro de los
catálogos son identificados también por los pobladores como sitios patrimoniales.

c. Cartografía de lo intangible
La tradición oral existente se transmite generación en generación en los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México con el propósito de
compartir conocimiento, experiencias e historia. Generalmente estos conocimientos se difunden por medio de la narración, proverbios,
adivinanzas, cuentos, canciones, poemas, leyendas y mitos.
Todas las sociedades estamos constituidas por estos elementos culturales que se remontan a las civilizaciones más antiguas, y nos ayudan a
comprender el entorno en el que vivimos.
Para este proyecto recuperamos algunos de los mitos y leyendas existentes en los pueblos y barrios originarios, a través del uso de la
cartografía de lo intangible. Gracias a esta herramienta se identifican los lugares asociados a los mitos (Ley et al., 2012), de forma que nos
permite reconocer usos del espacio, construcciones específicas y elementos identitarios.

d. Cartografía histórica
Al hablar de cartografía histórica nos referimos a los mapas existentes de un lugar determinado en diferentes épocas históricas. En el caso del
estudio, recurrimos a la mapoteca digital Manuel Orozco y Berra del Gobierno de México.
Encontramos una serie de dificultades para localizar mapas correspondientes a los diferentes pueblos y barrios originarios, ya sea porque
pertenecieron a haciendas, se ubicaban en diferentes municipalidades de la capital, o bien su tamaño y número de pobladores no era tan
importante como para registrarse en un mapa.
Por ello recurrimos a cronistas y pobladores de los pueblos y barrios originarios. La pregunta específica en este apartado fue: ¿Recuerda cuál
fue el proceso de expansión urbana que sufrió su pueblo/barrio?, y ¿cuáles han sido las modificaciones urbanas más importantes?
En este caso apelamos a la memoria histórica, tanto individual como colectiva, a partir de la hipótesis de que el papel de la memoria en la
reconstrucción de cómo era antes es vital, ya que nos muestra el contraste y la evolución de la construcción del espacio (Camarena y Portal,
2015).
Martínez y Camarena (2015:147) señalan que “la memoria colectiva es la construcción de un acontecimiento pasado por miembros de un
grupo social con base en su experiencia; es decir, con base en lo que vivieron, imaginaron, les contaron y sintieron hasta convertirlo en su
recuerdo”.
Mapas de mi barrio

M
apas de mi barrio es el nombre que se asignó a la metodología usada en el proyecto “Pueblos y Barrios Originarios: Historia Viva en la
Ciudad de México”. El objetivo de este proyecto fue “conocer la espacialidad de los pueblos originarios, así como la reconfiguración que
han experimentado en la segunda mitad del siglo XX, mediante un enfoque metodológico integrado entre el espacio geográfico, la
historia y la antropología”.
Esta metodología parte del uso de cartografías participativas como instrumentos que nos permitan fortalecer la organización social de los
pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México y la toma de decisiones territoriales donde los elementos culturales, sociales, históricos e
identitarios se vean reflejados.
Se denominó mapas de mi barrio partiendo de que es la unidad más pequeña de trabajo, aunque claro, debemos recordar que existen
pueblos originarios que se conforman por diversos barrios, pueblos que no tienen barrios y barrios que no pertenecen a un pueblo.
Para esta investigación, contamos con la valiosa participación de los pobladores de los siguientes pueblos y barrios originarios:

I. San Gregorio Atlapulco, Xochimilco


II. San Sebastián Xoco, Benito Juárez
III. San Pablo Tepetlapa, Coyoacán
IV. Los Reyes, Coyoacán
V. La Concepción, Coyoacán
VI. Coltongo, Azcapotzalco
VII. San Andrés Mixquic, Tláhuac
VIII. San Francisco Tecoxpa, Milpa Alta
IX. San Pedro, Iztacalco

La selección de estos pueblos obedeció a la tarea de abarcar la mayor cantidad de aspectos identitarios, desde pueblos donde todavía
existen espacios dedicados a la agricultura; pueblos en la zona urbana con una fuerte carga de patrimonio construido; pueblos urbanos donde la
resistencia ante la expansión urbana sigue siendo una constante; pueblos con pasado lacustre reciente; pueblos que son el resultado de la
expansión natural de los pueblos originarios hasta pueblos donde el cambio de uso de suelo ha llevado a la casi extinción de una memoria
histórica.
Se desarrolló un instrumento dividido en diferentes secciones: expansión urbana, vida cotidiana, patrimonio, religiosidad y memoria oral,
con el que se recolectó información sobre los puntos más importantes para los pobladores y la forma en que ellos viven y recuerdan, o no, las
transformaciones que se han dado en las últimas décadas.
Para esta labor implementamos cuatro herramientas de la cartografía participativa: los mapas narrativos, la cartografía cultural, la
cartografía de lo intangible y la cartografía histórica. De modo que los habitantes de un barrio siempre rememoran cuáles han sido las obras
urbanas y los efectos que han tenido en la transformación del espacio (Hernández, 2018).
Para fines de esta investigación, diremos que, en general, el término de memoria histórica-colectiva alude a la forma en que las personas
recuerdan y narran su pasado, el de sus familias y sus comunidades a través de una tradición oral que se difunde a varias generaciones. A
través de esta memoria, nos será posible justificar, desde los pobladores, la existencia de aquellos elementos que forman parte de la memoria
histórica física: monumentos, edificios importantes, lugares públicos y lugares cerrados. Es importante señalar que la memoria es subjetiva,
pero tiene una carga simbólica que ayuda a recuperar elementos intangibles claves en la configuración identitaria y territorial.
Puede parecer sencillo el trabajo con este tipo de elementos si únicamente se refiere a que la memoria se recolecta a través de entrevistas a
profundidad y charlas con los habitantes; sin embargo, es necesario considerar algunos factores de riesgo como la pérdida de memoria, la
modificación, ampliación y/o tergiversación. Por ello es importante corroborar con otros entrevistados las historias que ya reunimos, al igual que
con los registros históricos ya existentes, de modo que podamos seleccionar cuáles memorias podrían descartarse, cuáles ampliarse y, en
especial, cuáles deben integrarse en estos archivos.
Hallazgos importantes y el re-conocimiento cultural
a. El desconocimiento de los límites territoriales

A
cerca de los límites territoriales nos llamó la atención que a nivel gubernamental persiste una diferencia. Para este estudio consideramos
los límites señalados en los diferentes programas de desarrollo delegacional y los registrados por el Instituto Electoral de la Ciudad de
México, disponibles en la plataforma digital “Datos Abiertos de la Ciudad de México”. Al superponer las capas de ambas instituciones, nos
dimos cuenta de que algunos límites no coincidían, sobre todo en los pueblos originarios de Xochimilco, Tláhuac y Milpa Alta, y también en
algunos pueblos dentro de la zona urbana, como Coltongo y San Pablo Tepetlapa.
Es evidente que existen límites oficiales con fines administrativos, como facilitar los censos poblacionales o distribuir los distritos electorales.
Los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México se distinguen por el establecimiento de estos límites desde su origen, de forma que es
posible encontrar, entre los pobladores, a aquellos que recuerdan cuáles han sido los límites oficiales en diferentes épocas y las modalidades
que se adoptaron para delimitar el inicio de un pueblo o barrio.
En algunos pueblos y barrios de la Ciudad de México esta memoria oral y pruebas físicas se han perdido y en varios se conservan dos
modalidades: los arcos de mayordomía y los altares. Esta situación es un reflejo de la fuerza de la comunidad y de la religión como un eje de
cohesión, ya que el mantenimiento de estos elementos está a cargo de los vecinos y mayordomos, quienes pueden invertir grandes sumas de
dinero en pintura, tejido de arcos y fiestas para los santos de los altares.
A lo largo de los talleres desarrollados, encontramos que los pobladores de San Gregorio Atlapulco (mapa 7) y San Andrés Mixquic (mapa 8)
sí manifestaron su desacuerdo con los límites señalados por el Instituto Electoral de la Ciudad de México y por Seduvi, ya que consideran que no
se está reconociendo la propiedad sobre el espacio de cultivo —que en algunos casos queda incluso fuera de los límites de la Ciudad de México
—, que ellos identifican como un lugar que se ha trabajado por generaciones. En el caso de San Francisco Tecoxpa, la misma Seduvi determinó
que los límites estaban en definición.
Mientras que en el caso otros pueblos, como Los Reyes Coyoacán (mapa 9) y San Pablo Tepetlapa (mapa 10), las respuestas eran variadas
entre quienes no podían decir si estaban o no de acuerdo y otros que claramente estaban en desacuerdo, pero no lograban identificar cuáles
eran los límites reales.

Mapa 7. Límites territoriales de San Gregorio Atlapulco. Fuente: Elaboración propia con información de INEGI, Seduvi y Datos Abiertos de la Ciudad de México

Mapa 8. Límites territoriales San Andrés Mixquic. Fuente: Elaboración propia con información de INEGI, Seduvi y Datos Abiertos de la Ciudad de México
Mapa 9. Límites territoriales Los Reyes Coyoacán. Fuente: Elaboración propia con información de INEGI, Seduvi y Datos Abiertos de la Ciudad de México

Mapa 10. Límites territoriales San Pablo Tepetlapa. Fuente: Elaboración propia con información de INEGI, Seduvi y Datos Abiertos de la Ciudad de México

Mapa 11. Fuente: Elaboración propia con información de INEGI, Seduvi y Datos Abiertos de la Ciudad de México

En otros casos, como el de Coltongo, Azcapotzalco, encontramos que sí hay comunidad e identidad, pero se ha perdido el título de pueblo,
administrativamente, y mientras el IECM considera un solo polígono (colonia), el Programa de Desarrollo Urbano de la Delegación Azcapotzalco
del 2008 lo divide en colonia y barrio.

b. Los usos, entre lo originario y lo urbano

I. Identidad
Cuando uno piensa en comunidades unidas, sin importar el punto en el globo terráqueo en el que se encuentren, el imaginario nos presenta
imágenes de vecinos con relaciones estrechas donde las puertas no se cierran. Las pequeñas calles de los poblados italianos donde los mayores
sacan sillas para conversar con los vecinos, el malecón cubano donde vemos a mujeres abanicándose en los porches de las casas, incluso los
suburbios de las comunidades más modernas, donde los niños juegan en las calles. Todas estas son muestras de la identidad y de la
apropiación espacial de la comunidad.
En el caso de los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México encontramos que estas dinámicas se ven fortalecidas por la existencia
de las familias troncales, siendo normal que en una misma calle y/o manzana vivan dos o tres familias con una misma raíz. Esta situación,
aunada a la traza irregular y la poca disposición de espacios públicos como plazas y jardines, convierten a las calles en el escenario ideal para
las actividades sociales.
En las zonas de estudio mencionadas anteriormente, constatamos que esta práctica es muy común en Iztacalco y Azcapotzalco, donde
muchos adultos mayores aún salen a las puertas de sus domicilios para conversar con los vecinos y familiares que van pasando. En muchos
casos hallamos bancas en las afueras de estas casas colocadas justamente para fomentar la convivencia.
Encontramos, asimismo, que en torno a la niñez se ha creado una dinámica de apropiación espacial muy específica para sustituir los
espacios de juego y recreación. Esta dinámica consiste en el cierre de vialidades menores, de forma intermitente, para permitir que los niños
puedan salir a jugar. Así en los pueblos y barrios el uso de las calles como espacio de convivencia se forja desde la infancia, pasando de los
juegos a la convivencia en la edad adulta.

II. Asambleas comunitarias


Como en todas las sociedades, uno de los derechos fundamentales es el de la información. En este sentido, dentro de los pueblos y barrios
originarios, toda la relacionada con la comunidad, desde las festividades hasta las asignaciones del presupuesto público, se debe compartir con
los pobladores de forma adecuada. En casi todos los pueblos y barrios no existe un espacio que pueda funcionar, como una sala de reuniones, o
bien los que existen se encuentran en conflictos de interés por cuestiones familiares, políticas y religiosas. Es por ello que los pobladores buscan
un lugar que esté libre de intereses personales, que sea amplio para recibir a los asistentes y que sea representativo para la comunidad. El
lugar que reúne estos requisitos es, en todos los casos de estudio, el atrio de la iglesia, la parroquia y/o capilla principal.
Estos lugares son acondicionados en varios pueblos y barrios con carpas, mesas y sillas plegables que permiten el desarrollo adecuado de
las asambleas comunitarias, en las cuales participan todos los pobladores que así lo decidan, y la dirección de la reunión es asumida por
diferentes personas. Según sea el pueblo o barrio estas pueden ser los mayordomos, los encargados de las iglesias, los representantes
territoriales y/o las personas de más edad en las comunidades.
Los atrios, por su parte, muchas veces funcionan como espacios de usos múltiples, albergando también eventos relacionados con la
educación de los niños, actividades recreativas para la familia y festividades religiosas.
En algunos poblados, los atrios de las iglesias ya resultan insuficientes para este tipo de reuniones, por lo cual recurren al uso de espacios
en los barrios vecinos como Iztacalco, donde la Plaza de San Matías, ofrece el mejor escenario, ya que además de su amplitud, es un punto de
acceso rápido para los demás barrios; o bien, se han adaptado otros espacios públicos, como sucede en el Pueblo de San Sebastián Xoco en
Benito Juárez, donde el área frente a la lechería de Liconsa, que es de tránsito vehicular local, tiene el área necesaria para albergar las
reuniones de los pobladores.

III. Prácticas familiares


En México la familia es, sin duda, el pilar de la sociedad. No nos referimos solo a la familia nuclear, sino a la extendida. Por ello, el uso de los
espacios públicos para reuniones familiares es una de las prácticas más frecuentes en los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México.
Los festejos familiares son una de las principales causas de cierre de vialidades menores dentro de los pueblos y barrios originarios. Las
celebraciones más importantes corresponden a bautizos, presentaciones, XV años, bodas, graduaciones y cumpleaños de los miembros de más
edad en la familia. Muchas veces se hacen extensivas a los vecinos que llevan más tiempo en la comunidad e incluyen la instalación de carpas,
mesas y sillas, juegos inflables para los niños, instalación de equipo de sonido, grupos musicales y estacionamientos provisionales.
A diferencia de las fiestas religiosas, no logramos identificar si esos festejos se hacen bajo un permiso previo de la alcaldía, o bien son
organizados solo por los habitantes.

IV. Prácticas religiosas


Uno de los grandes elementos distintivos de los pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México son las fiestas ofrecidas en honor de los
santos patronos y de las imágenes religiosas más importantes para los pobladores. Detenernos a hablar de cada una de las festividades, o de
las características particulares que se dan dependiendo de la zona en que se festeje, resulta imposible para el alcance de este proyecto, ya que
existen más fiestas que días en el año. Por tanto, no causa sorpresa que muchas de ellas se den de forma simultánea en diferentes puntos de la
urbe, como el 28 de octubre, que corresponde a la fiesta mayor de san Judas Tadeo; el 2 de noviembre, fecha dedicada a la memoria de los
muertos y el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe.
A lo largo del año encontramos que, por un fin de semana o una semana completa, las vialidades que rodean los centros de los pueblos y
barrios, en especial las iglesias y capillas, así como los panteones, son cerradas para la instalación de ferias móviles, las cuales se componen de
juegos mecánicos y de azar y puestos de comida tradicional. Además, las calles son recorridas por el santo, o santa, festejado, mientras se
acompañan por diferentes grupos musicales, comparsas de baile y los pobladores, así como de la inconfundible quema de cohetes al paso de la
peregrinación.
Estas prácticas suceden no solo al interior de los pueblos y barrios, sino que muchas veces se extienden a nivel alcaldía, como sucede con el
Señor de la Misericordia en Coyoacán, o bien a nivel regional, como las peregrinaciones de Xochimilco a Chalma, los intercambios de Xochimilco
con Coyoacán, de Zacatenco con el Tepeyac, entre muchas otras.
Todas estas festividades son muestra del mestizaje religioso que se dio en nuestro país: las festividades mesoamericanas, que eran
acompañadas de alegría, flores y cantos, se combinan con la tradición católica de festejo a los santos más importantes.
En este caso los mayordomos de las iglesias y/o santos festejados, los coordinadores y/o representantes territoriales son los encargados de
gestionar los permisos con la alcaldía para indicar qué vialidades se van a cerrar, por cuánto tiempo y se comprometen a entregar las calles
limpias al finalizar el festejo. Encontramos que en los días previos a la celebración se colocan mantas en las calles para avisar sobre el próximo
cierre para las fiestas y cuáles son las vías alternativas que podrán usar quienes transiten por la zona.
Los recorridos realizados para cada una de las fiestas, que parten de las iglesias, están completamente identificados ya que, año tras año se
circula por las mismas calles y avenidas donde incluso, los horarios están bien definidos.
Únicamente, en los casos donde las mayordomías se ubican en domicilios particulares, o hay visitas entre particulares como ocurre con el
NiñoPa de Xochimilco, los recorridos y los horarios son variables.
Es importante señalar que las tradiciones ligadas a los espacios naturales ya sean de uso agrícola o de conservación, revelan que esas
porciones de territorio son también parte de la identidad de los pobladores, y que, seguramente, desempeñan un papel importante en la
memoria histórica y en la tradición oral de las comunidades; es decir, no son espacios de no uso.
Estas prácticas las identificamos en Tláhuac, Xochimilco y Milpa Alta. Una de las cosas que más nos llamó la atención es que estas prácticas
están ligadas con la historia del lugar, en especial con la época de la Cristiada, cuando los habitantes debieron esconder las imágenes religiosas
en puntos específicos para evitar su destrucción.
Luego de este periodo, se encontraron diversas imágenes religiosas en canales, chinampas, milpas y cerros, donde se les construyeron
altares y capillas dedicados a su culto, además de que las integraron en los calendarios festivos de las comunidades.

V. Seguridad
Parte de la identidad de los habitantes de los pueblos y barrios originarios tiene que ver con la seguridad que les genera, o no, el entorno donde
viven. Como hemos comentado anteriormente, el hecho de vivir en entornos familiares donde la convivencia entre vecinos es generacional, el
sentimiento de seguridad fue dado por hecho por muchos años, hasta que, algunos de los nuevos usos de suelo han modificado esta
percepción.
Hay usos de vía pública que en general son rechazados por los vecinos, como es el permiso para estacionar camiones. En los pueblos de
Azcapotzalco, por estar ubicados en una zona industrial, es común ver camiones de carga estacionados en las diferentes calles, que generan
espacios de inseguridad. Incluso parte de los habitantes prefieren no usar esas calles o bien transitar por el arroyo vehicular. Este fenómeno se
repite en otros pueblos con entornos industriales, como los de Iztacalco.
La disposición de residuos sólidos urbanos y los deshechos de construcción representan otro de los usos rechazados por la mayor parte de
los vecinos. Debido a que, en algunas zonas, especialmente en las periféricas de la ciudad, el servicio de limpia no es constante, alguno
habitantes usan la fachada de mercados, áreas de tianguis, bardas de predios, terrenos baldíos o esquinas de las calles como zonas para
depositar los desechos sólidos de las viviendas. Con ello no solo se propicia la llegada y reproducción de fauna nociva, sino que también
ocasiona problemas por los malos olores y por imposibilitar el tránsito en la zona. Lo mismo sucede con la disposición de cascajo que se deja en
las calles, generalmente durante la noche, y que en muchas ocasiones proviene de otras partes de la ciudad.
Uno de los factores sociales que se identificó también, en algunos casos, fue la presencia de grupos de jóvenes que no estudian ni trabajan;
algunos de ellos incuso, han adquirido diferentes vicios como fumar, consumir bebidas alcohólicas o drogarse. Dichos grupos caen en la práctica
de actividades delictivas que han derivado en el no uso de calles específicas durante la noche.
De acuerdo con los estudios realizados por la doctora Portal Ariosa —en el que analizó estas prácticas aunadas a la inseguridad que se vive
en la Ciudad de México—, una de las alternativas que se han encontrado para la recuperación de estos espacios es la construcción de altares
para la Virgen de Guadalupe, mayormente, y para otros santos de la religión católica.
En cuanto a la percepción de seguridad, la ubicación de los altares refleja también una de las características propias de todas las
civilizaciones del mundo: los mitos y las leyendas, y es por eso que se colocan en puntos donde solían aparecer espectros y entes propios del
folclor de cada región. Es así que en algunos apantles de la zona lacustre se ubica un altar para ahuyentar a la Llorona; en las cercanías de las
entradas a los cerros para evitar al Charro Negro; y en las zonas próximas a los bosques para alejar a los nahuales, entre otros.

VI. Comercio
La vía pública siempre ha tenido un uso comercial. No obstante, existen algunas diferencias en la forma en que se presenta. En los pueblos y
barrios originarios, el comercio es una actividad tradicional, por lo que las artes, oficios, costumbres y tradiciones dictan los usos de suelo. Es
así como hallamos pueblos en la alcaldía de Xochimilco especializados en la comercialización de dulces de amaranto, flores de ornato y dulces
cristalizados, o bien el oficio de la platería en los pueblos de Azcapotzalco y la madera en los barrios de Iztacalco.
Además, encontramos que los portales de las casas, las bardas de escuelas, los mercados, las empresas e incluso los hospitales se
convierten en un espacio para ubicar negocios familiares: pollerías, puestos de verduras, productos de limpieza, de belleza y uso doméstico.
El comercio nocturno y especializado en la venta de alimentos preparados es una práctica común que predomina en los pueblos y barrios
originarios. A diferencia de otras zonas de la ciudad, en estos espacios no se encuentran restaurantes, sino más bien se trata de puestos
establecidos en vía pública, donde se vende comida rápida (hamburguesas, alitas, papas), dulces, antojitos, pan, tamales, elotes preparados,
entre otros.
La venta de alimentos en este horario se asocia directamente con las largas jornadas laborales de los habitantes de los pueblos y barrios
originarios, quienes disponen de la noche para convivir con sus familias y, en muchas ocasiones, es el momento del día en que pueden realizar
la comida principal.
Esta situación genera diversas impresiones entre los vecinos. En su gran mayoría hay una percepción de cotidianeidad, donde incluso se
sienten más seguros por la presencia de más personas en horarios nocturnos. No obstante, también existen opiniones en contra de estas
apropiaciones de la vía pública, ya que obligan a los peatones a compartir la vía con automóviles. Algunos comercios no son bien recibidos por
los vecinos, especialmente aquellos que venden bebidas alcohólicas, debido a que propician la presencia de gente en estado de ebriedad en la
calle.

VII. Mitos, leyendas y memoria oral


Uno de los elementos más importantes en la determinación de horarios para el no uso de los espacios públicos está ligado con los mitos,
leyendas y la memoria oral. Como se comentó en el apartado de seguridad, estos mismos factores influyen en la instalación de altares. Sobre el
no uso de los espacios, hemos identificado leyendas que datan de hace ya varios siglos y que aluden a la aparición de seres sobrenaturales.
Tienen que ver con el miedo de habitar los espacios públicos en horarios nocturnos. En los casos de los pueblos de Xochimilco, Tláhuac y Milpa
Alta, estas apariciones se relacionan con los cuerpos de agua, milpas, cerros y algunos parajes, por lo que es normal ver que se encuentran
desiertos durante la noche. Mientras que en las zonas más urbanas tienen relación con los callejones, plazas y sitios antiguos.
Iztacalco, por ejemplo, al compartir un pasado lacustre reciente, cuenta con leyendas similares a las de Xochimilco, donde se cuenta que las
apariciones se dan en los espacios que, anteriormente, eran cuerpos de agua.
Entre todos estos relatos destaca que un punto de coincidencia como espacio público seguro, sin importar el horario y/o fecha, es la entrada
de las iglesias, capillas y/o parroquias. Además, de los sitios donde hay altares e incluso las casas de los mayordomos donde se alojan los
santos.
El elemento mítico también se relaciona directamente con los procesos territoriales, ya que, en algunos pueblos, especialmente los del sur
de la ciudad, la paulatina expansión urbana se relaciona siempre con las apariciones, con lo cual se determinaba hasta qué punto era seguro
habitar.
En otros casos, los mitos y leyendas nos señalan puntos que, por sus características físicas, son peligrosos, como las zonas de barrancas, las
zonas más profundas en los canales.

VIII. El patrimonio de los pueblos y barrios


En la Ciudad de México existen los inventarios de inmuebles catalogados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto
Nacional de Bellas Artes y la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda, que se encuentran disponibles al público en la plataforma Datos
Abiertos CDMX.
En la Ciudad de México existen los inventarios de inmuebles catalogados por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Instituto
Nacional de Bellas Artes y la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda, que se encuentran disponibles al público en la plataforma Datos
Abiertos CDMX.
Durante la consulta de esos inventarios, buscamos integrar elementos intangibles que dan forma a la cultura de los pueblos y barrios
originarios, además de identificar aquellos puntos que, por sus características físicas e históricas, no están catalogados, pero que, para los
pobladores, sí son patrimonio. Entre estos sitios encontramos casas de las primeras familias, de médicos, profesores y mayordomos, y/o,
destinados al comercio tradicional como panaderías, tiendas de carbón, venta de alimentos y, además, nos permitió verificar qué puntos dentro
de los catálogos son identificados también por los pobladores como sitios patrimoniales.
Las iglesias, capillas y panteones fueron identificados por todos los pobladores como parte del patrimonio construido. En general los
pobladores identifican los inmuebles inscritos en los catálogos, pero no por el contacto con estos documentos, sino por la memoria oral, donde
los padres y abuelos enseñaron, generación tras generación, la historia de los inmuebles principales.
En algunos pueblos y barrios, existen construcciones recientes que son consideradas patrimonio porque fueron edificadas en forma
comunitaria para el beneficio de los vecinos: espacios de estudio para los niños, áreas de recreación, espacios de convivencia e intercambio de
conocimiento.
Conclusiones

E
l estudio y comprensión de los pueblos y barrios originarios es una tarea permanente, ya que se mantienen en una constante adaptación
al tratarse de elementos vivos en una urbe en cambio continuo. Si bien se trata de asentamientos establecidos desde mucho antes que la
misma Ciudad de México se fundara como tal, su lucha por el reconocimiento es relativamente reciente (treinta años) y más reciente es
su reconocimiento como sujetos de derecho por el gobierno de la Ciudad de México.
Los pendientes que encontramos en el estudio de los pueblos y barrios, desde la transversalidad etnográfica y urbana, son muchos. En
primer lugar, es necesario considerar que el término es subjetivo, debido a las mismas transformaciones permanentes a las que están sujetos;
en segundo lugar, porque debemos dejar de lado el discurso político donde se habla de la existencia de menos de cincuenta pueblos originarios
en las delegaciones del sur y la desaparición de estos asentamientos en la zona urbana, como señala Medina (2007). Ya no debemos seguir
invisibilizando estos espacios y negando su presencia cultural en la práctica, ya que desde 2017 sí se reconocen en la legalidad.
Se necesita actualizar, urgentemente, el padrón de pueblos y barrios originarios de la Ciudad de México. Si bien es una tarea muy ardua, se
puede trabajar de manera conjunta con los diferentes grupos académicos de la UNAM, la UAM y la UACM; además, por supuesto, de la valiosa
colaboración de los habitantes de estos espacios, así como de la Secretaría de Pueblos y Barrios Originarios y Comunidades Indígenas
Residentes y la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación de la Ciudad de México. A lo largo de este proyecto hemos
identificado que hay una gran disposición a participar por parte de todos los actores mencionados.
Consideramos que, al momento, se han dado propuestas muy acertadas desde las dependencias de gobierno, considerando que, como en
todos los niveles, la contingencia sanitaria y los diferentes efectos en salud, economía, educación y convivencia social han sido prioritarios. Por
lo cual reconocemos estos ajustes que se han tenido que hacer para no desatender a las poblaciones objetivo, ni las metas propuestas.
Además, no se puede hablar de una introducción de los pueblos y barrios originarios en los procesos de participación ciudadana, ya que
siempre han estado presentes y siempre han colaborado. Pero sí queremos retomar la importante labor de reconocer las diferentes formas de
autogestión que prevalecen en cada uno de ellos. Si bien las consultas públicas populares o de la elección de COPACO no han sido bien recibidas
en algunos pueblos, en otros sí se han establecido como medios de comunicación con el gobierno. Pero tampoco se debe hacer una
homologación de figuras representativas, ya que, como hemos visto anteriormente, varían de acuerdo con las costumbres y necesidades de
cada pueblo y/o barrio. También hay que elaborar un padrón y catálogo sobre las formas de organización de los pueblos y barrios originarios, de
forma que se puedan diseñar instrumentos y herramientas específicas para los casos que tienen semejanza entre sí.
Finalmente, a nivel de legislación urbana, es necesaria una renovación completa de los programas de desarrollo urbano, en los que se
integren ya a los pueblos y barrios originarios, además de pensar en la importancia de diseñar programas parciales para estos espacios, donde
se consideren todos los derechos a los que son acreedores conforme a la ley.
Sobre las relaciones identitarias y las expresiones socioculturales en el territorio, es indispensable recuperar no solo las memorias históricas
y las narrativas de los habitantes, integrando los aspectos culturales e intangibles, sino también recobrar las investigaciones que ya existen.
Hablar de pueblos y barrios originarios no significa partir de cero, ya que existen numerosos estudios académicos y también muchos estudios
creados a partir de las comunidades de forma colectiva, como sucede en Iztacalco, Xochimilco, Azcapotzalco y Benito Juárez, donde los
cronistas, mayordomos y habitantes-estudiosos de la zona han realizado publicaciones de distribución gratuita y/o a un bajo costo. Han
organizado además espacios virtuales para el intercambio de conocimientos y conservan, a resguardo, archivos fotográficos y eclesiásticos que
dan fe de la historia que ha transcurrido por los pueblos y barrios.
La implementación de la cartografía participativa, con sus características etnográficas y cualitativas, sumadas a la cartografía institucional,
de corte más cuantitativo, nos ha permitido conocer algunas formas de organización vecinal, el valor de elementos existentes, la cohesión que
se da en torno a lo intangible, a la memoria histórica, el papel que han desempeñado los mitos y las leyendas en la construcción del espacio. Y,
sobre todo, la resiliencia que tienen los pueblos y barrios originarios y las formas en que han adaptado el uso de sus espacios ante la expansión
urbana.
Consideramos imperante la integración de estos elementos culturales, identitarios, intangibles e históricos en la formulación de los
programas de desarrollo urbano de los pueblos y barrios originarios, además de dar cabida a la participación de sus habitantes de acuerdo con
sus formas organizativas, tanto para frenar los impactos negativos de la expansión urbana de la Ciudad de México como la expansión natural de
los mismos pueblos y barrios originarios.
Queremos cerrar con la necesidad de re-conocer los rasgos culturales que identifican a un pueblo/barrio originario y las reconfiguraciones
territoriales que han atravesado, desde el reconocimiento como medida ante la invisibilización hasta el proceso de volver a conocer la historia
de la Ciudad de México a partir de los elementos vivos.
Notas
1 No todos los pueblos y barrios cumplen con esta condición, ya que algunos cuentan con cascos originarios trazados en cuadrícula.
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development/unesco-and-indigenous-peoples-partnership-for-cultural-diversity/cultural-mapping/
Mapas de mi Barrio. Planeación participativa para el re-conocimiento cultural,
editado por el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad,
se publica en versión electrónica, en formato ePub, en el mes de diciembre de 2020.

Para su elaboración se utilizó el programa Sigil.


La edición fue coordinada por
Graciela Chávez Olvera.
Versión digital en formato ePub
Óscar Isaías Del Río Martínez

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