I. Rosendo Maqui y La Comunidad.
La novela empieza hacia 1912, cuando el alcalde Rosendo Maqui, de vuelta a Rumi, se tropieza con una
culebra, lo que de acuerdo a la visión indígena es signo de mal agüero. Rosendo, machete en mano,
busca infructuosamente al reptil. El narrador hace un alto en el relato y nos cuenta la vida de este
personaje: cómo por su sapiencia y laboriosidad fue elegido primero regidor y luego Alcalde de Rumi.
También nos cuenta sobre su esposa Pascuala y sus hijos. Luego pasa a describir la vida e historia de la
comunidad. Nos relata como los gamonales, usando a su favor leyes que los indios no entendían, fueron
expropiando muchas tierras de los comuneros. Don Álvaro Amenábar, rico propietario de la hacienda
Umay, cercana a Rumi, llevó a juicio a la comunidad por un pleito de linderos. El tinterillo Bismarck Ruíz
fue contratado como «defensor jurídico» de Rumi. En el pasado, según recordaba Rosendo, hubo una
epidemia de tifo que mató a mucha gente. También años antes había estallado la Guerra con Chile y
muchos indios fueron reclutados. «Diz que Chile ganó y se fue y nadie supo nunca más de él». Luego
hubo una guerra civil entre los partidarios de Miguel Iglesias (los «azules») y los montoneros de Andrés
Avelino Cáceres («los colorados»). Los «azules» ocuparon Rumi y los indios fueron enrolados a la fuerza
a sus filas. La guerra civil llegó hasta el mismo pueblo. Ganaron los «colorados». Muchas mujeres
sufrieron violaciones de los montoneros y tuvieron hijos; uno de ellos fue Benito Castro, quien fue
criado como un hijo por Rosendo y Pascuala. Escenas muy logradas son las que describen la vida rural de
Rumi. Un buey llamado Mosco era muy apreciado por Rosendo pero desgraciadamente murió al
desbarrancarse. Otro episodio antológico es el duelo entre los toros Granizo y Choloque. Tras finalizar la
descripción de Rumi, el narrador retoma el relato: Rosendo retorna al pueblo con un negro
presentimiento. Efectivamente, se entera que su esposa Pascuala había fallecido.
II. Zenobio García y otros notables.
Todo el pueblo asiste al velorio de Pascuala. La hija mayor de la finada, Teresa, hace una apología de la
fallecida. Uno de los más compungidos era el arpista don Anselmo, quien tenía las piernas tullidas; él
había sido criado como a un hijo por Pascuala. Esa misma noche llegó a Rumi una comisión de vecinos
de Muncha (distrito vecino), presidida por su gobernador Zenobio García. Traían aguardiente, su
principal producto de venta, y las condolencias del caso. Un comunero, Doroteo Quispe, se puso a rezar;
él tenía fama de decir de memoria una serie de oraciones según la ocasión. Seguido de un nutrido
cortejo, el cadáver de Pascuala fue sepultado en el cementerio.
III. Días van, días vienen.
«Días van, días vienen…», es la frase típica de los narradores populares cuando intercalan historias
separadas por espacios largos de tiempo. Tras la muerte de Pascuala fue a vivir a casa de Rosendo su
hija Juanacha, junto con su esposo y su hijito, llamado Rosendo como el abuelo. En Rumi se construía
una escuela primaria, aunque las autoridades no parecían interesadas en mandar a un maestro. Llegó de
pronto don Álvaro Amenábar, montado a caballo, diciendo que los terrenos eran suyos y que ya lo había
denunciado. Rosendo sintió odio por primera vez. Al día siguiente partió junto con otros tres comuneros
hacia la capital del distrito, para encontrarse con Bismack Ruíz, el tinterillo contratado como defensor de
la comunidad, quien vivía junto con su amante, la tísica Melba Cortez. Bismarck les recibió cordialmente,
diciéndoles que no se preocuparan, que la justicia estaba de parte de ellos; solo les pidió un adelanto
del pago de sus servicios. Alentados, Rosendo y sus acompañantes retornaron a Rumi. Luego el narrador
se dedica a contarnos la vida del «Mágico» Julio Contreras, un comerciante de baratijas y prendas de
vestir, ya viejo y con habilidad para convencer al más reacio de los clientes. Su apelativo de «Mágico» se
remontaba a su época juvenil, cuando era un malabarista de una compañía de saltimbanquis que
recorría el país promocionando su «salto mágico». Luego el narrador se ocupa de otro comunero de
Rumi, Demetrio Sumallacta, un habilidoso tocador de flauta o quena.
IV. El fiero Vásquez.
Un bandolero llamado el «Fiero Vásquez», solía llegar a Rumi, alojándose en casa de Doroteo Quispe. El
Fiero dirigía un grupo de ladrones que asaltaban a los viajeros y tenían su escondite en las alturas o la
puna. Conoció a Doroteo cuando éste iba a comprar fuegos artificiales para la fiesta de San Isidro. El
Fiero le arrebató los cien soles que llevaba, pero después se hicieron amigos, devolviéndole casi todo el
dinero, cuando Doroteo le prometió enseñarle una oración del Justo Juez, que, según decía, le protegía
de la adversidad. El bandido quedó muy convencido y se esforzó en memorizar la larga oración. Doroteo
vivía con su esposa Paula y su cuñada Casiana, ambas venidas de otra comunidad. Casiana, una india
que pasaba de los 30 años, se convirtió en la amante del Fiero Vásquez. Ella se enteró por casualidad
que su hermano Valencio pertenecía también a la banda del Fiero. Valencio era un bandido de aspecto
grotesco y primitivo. Rosendo trató de aconsejar al Fiero de que cambiara su vida delictiva por otra más
tranquila, dedicada al trabajo. El Fiero le respondió que ya lo había intentado pero que parecía que su
destino era recaer en el mal. Relató enseguida su historia: en una ocasión, cuando ya era famoso ladrón,
un desconocido le disparó en la cara. A duras penas, sangrante y sosteniéndose de su caballo, llegó a un
pueblo, donde una señora muy amable, doña Elena Lynch (abuela de Ciro Alegría) le dio posada y le curó
la herida. Don Teodoro, el esposo de Elena, se acercó a verle y le interrogó. El Fiero le contó que su
desgracia había principiado cuando un vecino muy abusivo, don Malaquías, abofeteó a su madre,
cuando ésta le reprochó que dejara suelto sus animales, los cuales habían causado destrozos en su
chacrita que a duras penas mantenía con su hijo. El Fiero, todavía muy joven, no soportó el abuso y
acuchilló a don Malaquías. Fue el inicio de su vida en permanente huida y dedicada al bandidaje. Pero
agradecido con don Teodoro y su esposa, que le habían tratado con tanta bondad, prometió
regenerarse. Convencido, Teodoro le dio un empleo en su hacienda. El Fiero se sentía orgulloso de su
patrón que era un hacendado muy respetado en toda la provincia. Don Tedoro le dio tareas de mucha
responsabilidad y el Fiero no lo decepcionó. Pasado algún tiempo, el Fiero pidió a su patrón que le
dejara ir, para vivir junto con la Gumersinda, su pareja, en un terrenito que había comprado. Don
Teodoro le concedió, pidiéndole solo que no recayera en el mal. El Fiero se lo prometió y vivió un
tiempo feliz con su esposa y su hijo recién nacido. Pero poco después el hacendado tuvo que trasladarse
a Lima al ser elegido diputado, y el Fiero se sintió desprotegido. Un día, estando en su chacra, El Fiero
tuvo que matar a un desconocido, en defensa propia. Tuvo entonces que huir de la policía. A los seis
meses regresó y encontró su casa vacía. Su esposa había sido encarcelada, acusada de cómplice, y su
hijito había muerto víctima de la peste. A ella la violaron los gendarmes y para poder salir libre tuvo que
trabajar de sirvienta en casa del juez. Herido profundamente, el Fiero volvió a la vida delictiva. Así
terminó su relato. Muchos comuneros se habían acercado para oírle. Antes de partir de Rumi, El Fiero
informó a los comuneros que Zenobio García y el Mágico Contreras andaban en conversaciones con
Amenábar.
V. El Maíz y el Trigo.
Rosendo convoca a sus regidores a una junta para exponerles los avances del juicio de linderos y su
temor de que Zenobio y el Mágico anduviesen en tratos con Amenábar. El regidor Goyo Auca es enviado
donde Bismarck Ruíz para pedirle informes amplios. El tinterillo le da esperanzas de ganar la causa,
diciéndole que ya había presentado el alegato al que todavía no respondían los demandantes; en cuanto
a Zenobio y el Mágico, asegura que sería fácil anularlos hurgando sus antecedentes, en el caso de que
fueran a testificar en contra de la comunidad. Ese mismo día empieza en Rumi la cosecha, lo que
constituía una verdadera fiesta para la comunidad. Todos participan de la faena. La ocasión es propicia
también para que los jóvenes busquen pareja y se unan. Se convoca también a un grupo de jóvenes
repunteros para que arreen el ganado esparcido en las tierras de la comunidad, a fin de juntarlo para
que comieran los rastrojos. Son llamados Cayo Sulla, Juan Medrano, Amadeo Illas, Antonio Huilca, entre
otros. Adrián Santos, un chico de 10 a 12 años, consigue también a ruegos que lo sumen a la partida.
Luego de culminada la tarea los jóvenes se reúnen a comer y uno de ellos, Amadeo Illas, les relata el
cuento titulado: «Los rivales y el juez». Luego se narra la siega, el acarreo y la trilla. Se describe cómo se
avienta el trigo con horquetas y palos de madera, hasta separar la paja del grano. Ya de noche, los
jóvenes Augusto Maqui (nieto de Rosendo) y Marguicha se entregan al amor iluminados por la luna
llena. Finalmente se hace el reparto de la cosecha entre los comuneros y el excedente es destinado para
la venta.
VI. El Ausente.
Este capítulo relata la vida de Benito Castro, el mismo que había sido criado como un hijo por Rosendo y
Pascuala, pero que tras cometer un crimen se había ausentado de la comunidad, dedicándose a recorrer
el país. Se ganaba la vida como arriero y repuntero en las haciendas. Recorrió las serranías de
Huamachuco y en una ocasión, durante una fiesta carnavalesca de un pueblo, ganó una competencia de
carrera de caballos cuya meta fue atrapar un gallo enjaulado que colgaba de lo alto de un cordel; el
premio consistía treinta soles en monedas, que se hallaban dentro en la misma jaula. Benito no quiso
instalarse en pueblo alguno y siguió su vida errante, hacia el sur, llegando al Callejón de Huaylas. Allí los
gamonales pagaban menos, a pesar que el trabajo era más duro. Trabajando en una hacienda, en una
ocasión fue testigo de la tortura que sufrieron dos indios, acusados sin prueba de robo de ganado.
Conmovido por este hecho, de noche liberó a los indios, y él mismo debió huir. En todo este andar le
acompañaba su querido caballo Lucero. Llegó a un lugar llamado Pueblo Libre. Allí encontró a un
agitador, apellidado Pajuelo, quien arengaba a la gente hablando a favor de los indios y contra los
explotadores gamonales y autoridades. De pronto irrumpieron los gendarmes, se escucharon disparos y
Pajuelo cayó muerto. Mucha gente fue arrestada bajo cargo de subversión, entre ellos Benito. Todos
fueron quedando libres uno tras otro, menos Benito, quien por ser forastero no tenía quien lo
defendiera. Luego de un tiempo lo soltaron, pero no le devolvieron su caballo. Benito se vio solo y sin
ningún bien. La necesidad lo obligó a trabajar como peón en una hacienda. Allí, los indios le contaron
historias de revoluciones pasadas, siendo la más recordada la de Pedro Pablo Atusparia (1885), que
terminó en fracaso. Los indios esperaban algún día cobrarse la revancha.
VII. Juicios de linderos.
El plan del hacendado Don Álvaro Amenábar era apoderarse de las tierras fértiles de Rumi y convertir en
peones a los comuneros para que laboraran en una mina que pensaba explotar cerca de allí. Había
planteado un juicio a la comunidad por un asunto de linderos, pero al ver el alegato de Bismarck, se
enojó y se reunió con el tinterillo Íñiguez para reorientar su estrategia. Planearon sostener la tesis falsa
de que el límite de las tierras de la comunidad no era el llamado arroyo Lombriz, sino la quebrada de
Rumi, situada más adentro, y que el fraude estaba en que los indios habían cambiado los nombres de las
torrenteras. Ello implicaba que las tierras de la comunidad eran más reducidas y se limitaban a las que
se ubicaban en torno a la laguna Yanañahui, región pedregosa y menos fértil. Iñiguez sugirió comprar
falsos testigos para que dijeran que los límites auténticos habían sido modificados por los comuneros en
tiempos pasados. Don Álvaro dijo ya entenderse con el gobernador Zenobio García y el Mágico Julio
Contreras, quienes serían excelentes testigos contra Rumi, junto con otros indios colonos, y que además
ya tenía comprados al subprefecto y del juez. Por su parte, Iñiguez señaló que le preocupaba Bismarck
Ruiz y sugirió que se le debía también sobornar; don Álvaro aprobó la idea. De acuerdo a lo planeado,
Iñiguez respondió ante el juez el alegato de Bismarck. El Mágico Contreras, Zenobio García y otros más
fueron los testigos en contra de la comunidad. Quedó pendiente la respuesta de la defensa de Rumi
para días después. Mientras tanto, a Bismarck le llegó el soborno de Amenábar, de 5,000 soles; lo único
que debía hacer era no descalificar a los testigos del hacendado. Bismarck aceptó. Mardoqueo,
vendedor de esteras, fue enviado por Rosendo a espiar a casa de don Álvaro, pero descubierto, fue
flagelado salvajemente. El narrador trata enseguida sobre Nasha Shuro, bruja y curandera de Rumi,
única esperanza de la comunidad pues se creía que con sus artes podría acabar con Amenábar. Una
noche Nasha se metió sigilosamente en la casa-hacienda de Umay y extrajo una fotografía de don
Álvaro. Todo Rumi esperaba que de pronto don Álvaro enfermara o sufriera algún mal, pero nada de eso
ocurrió. Entonces se empezó a dudar sobre los poderes de Nasha, y al final la bruja confesó que no le
podía «agarrar el ánima». Volviendo al juicio de linderos, el juez escuchó la defensa de la comunidad por
boca del mismo Rosendo; finalmente, el magistrado aconsejó al viejo alcalde que buscara testigos para
que hablaran a favor de la comunidad pero que no fueran de Rumi. Los buscaron en varios pueblos y
haciendas colindantes; pero nadie aceptó para no terminar peleado con don Álvaro. Entonces se ofreció
como testigo Jacinto Prieto, el herrero Rumi, aunque natural de otro pueblo. Pero sucedió entonces que
un tal «Zurdo» buscó pleito al herrero, quien ofuscado, le dio una paliza. Prieto fue por ello encarcelado,
quedando así anulado como testigo. Para toda la comunidad era evidente que el «Zurdo» había sido
enviado por Amenábar.
VIII. El despojo.
Rosendo quiso dejar al sospechoso Bismarck, pero ningún abogado aceptó defender a la comunidad. El
fallo del juez favoreció a Amenábar, disponiéndose que la toma de las tierras fuera el 14 de octubre.
Bismarck, muy hipócritamente, dijo que había hecho todo lo posible y que ya no había más que hacer,
pues el fallo era definitivo (lo que no era cierto pues existía todavía la posibilidad de la apelación, lo que
el tinterillo intencionadamente no mencionó). Rosendo envió a su nieto Augusto a espiar a la hacienda
de Amenábar. El muchacho escuchó a unos guardias que don Álvaro ya se alistaba para ocupar la tierra
de Rumi y tenía 40 hombres armados; luego logró escabullirse con peligro de su vida, matando a un
perro guardián que se le abalanzó. Viendo que ya el despojo era inevitable, Rosendo convocó la
asamblea de la comunidad y expuso la situación. Uno de los comuneros, Artemio Chauqui, criticó su
gestión y la de los Regidores. Quedaban dos opciones: resistir o replegarse a las tierras altas y
pedregosas de Yanañahui. Se discutió. Gerónimo Cahua optó por la resistencia armada; otros preferían
la retirada. Los comuneros llegaron a un acuerdo: no ofrecerían resistencia para evitar muertes inútiles,
y se irían a Yanañahui antes del día 14. De paso reeligieron como alcalde al viejo Rosendo. Mientras
discutían, Casiana salió sigilosamente en busca del Fiero Vásquez, quien había prometido ayudar a la
comunidad en caso de peligro. Enterado El Fiero, marchó para defender a Rumi con veinte hombres
armados, sin conocer todavía la resolución que había tomado la comunidad. Al llegar a Rumi se enteró
de todo. En la plaza del pueblo y ante la presencia de don Álvaro, el tinterillo Iñiguez, el gobernador
Zenobio García, el subprefecto y otros principales, resguardados por un regimiento de gendarmes, se
procedió a la ceremonia de la entrega de las tierras de la comunidad. Rosendo rogó al Fiero que no se
enfrentara, ya que habían optado por la retirada pacífica. El Fiero optó entonces replegarse con su
banda, no sin antes hacer notar a Rosendo que el abogado Bismarck les había engañado pues quedaba
aún la opción de apelar. Cuando don Álvaro y su comitiva se retiraban triunfantes, de pronto vieron
venir sobre ellos una galga (piedra rodante), rodada por el indio Mardoqueo; el impacto de la roca mató
a Iñiguez. Los gendarmes sacaron una ametralladora y dispararon contra el pobre Mardoqueo,
matándolo. Al ver ello, uno de los bandidos del Fiero apodado el Manco alzó su machete y a galope se
dirigió contra los gendarmes pero también lo ultimaron a balazos. La comunidad de Rumi continuó el
camino del éxodo.
IX. Tormenta.
Yanañahui, hacía donde los comuneros de Rumi emigran, era una zona situada en la puna, muy fría,
pedregosa, dominada por los cerros Rumi y El Alto, y cerca de una laguna, que los indios creían
encantada. Decían que allí vivía una mujer negra y peluda, que era el espíritu de la laguna. Cerca había
ruinas de un antiguo poblado, que estaba ubicado en un lugar adecuado, pero los comuneros tenían
temor de asentarse allí pues decían que era la morada del Chacho, un ser maléfico en forma de enano.
Prefirieron construir sus casas en las faldas del Rumi, aunque no era un buen lugar pues le azotaba
directamente el frío viento de la puna. Siguiendo el consejo del Fiero, Rosendo intentó un recurso de
apelación a la Corte Superior. Una comitiva fue a la capital del distrito y contrató a un joven abogado,
Arturo Correa Zavala. Este les alentó a seguir el juicio y no les cobró sus servicios. En Yanañahui la vida
cambió mucho por la aspereza del lugar. Solo se podía cultivar productos de la altura, como quinua,
papa, oca, pero en menor cantidad y calidad. El ganado no se acostumbraba y muchos animales
intentaron volver a Rumi llevados por la querencia; varios de ellos fueron capturados por los caporales
de don Álvaro, quien los expropia. Se produce una gran tormenta en Yanañahui y algunos animales
mueren, entre ellos «Frontino», el caballo querido de Rosendo, atravesado por un rayo. Un emisario de
Zavala Correa llegó trayendo una mala noticia: habían asaltado el correo que transportaba el grueso
expediente del juicio a la capital, lo cual era muy grave pues ya no se podría apelar al perderse hasta los
papeles de reconocimiento legal de la misma comunidad. El expediente fue a dar a manos del
hacendado, quien lo quemó en la chimenea de su casa. Algunos comuneros fallecieron, como Anselmo,
el tullido. Otros abandonaron Yanañahui para probar suerte en lugares lejanos, trabajando en
plantaciones o minas lejanas. Los comuneros Doroteo Quispe, Jerónimo Cahua y Eloy Condorumi se
plegaron a la banda del Fiero Vásquez. Los tres fueron comisionados para matar a Bismarck y a su
amante Melba, quienes montados a caballo iban a la costa para disfrutar del dinero que cobraron de
Amenábar. Pero los comuneros no se atrevieron a ejecutar la misión: sólo se limitaron a robarles los
caballos, aprovechando que la pareja habían hecho un alto para dormir en una cueva ubicada en medio
de la puna. Bismarck y Melba debieron regresar al pueblo caminando muchos kilómetros, y debido al
esfuerzo la mujer falleció poco después, de una pulmonía fulminante. El desolado Bismarck volvió al
lado de su esposa y a la monotonía de su trabajo. Doroteo, Cahua y Condorumi se reunieron con los
otros bandidos; uno de ellos, apodado el Sapo, se burló de los comuneros por no haber cumplido con el
encargo. Doroteo y el Sapo se pelearon a cuchillo y venció el primero. Así, los tres comuneros se
ganaron el respeto de los otros bandidos.
X. Goces y penas de la coca.
Uno de los comuneros, el joven Amadeo Illas, se fue con su esposa a trabajar a una hacienda de coca en
plena ceja de selva. Un caporal lo recibió y lo instaló en una casa junto a una chacra. De acuerdo al
contrato debía bajar cada tres meses a raumar (deshojar las hojas de coca) en el temple o valle situado
al borde del río Calchis. Pasados algunos días fue notificado para empezar la labor y Amadeo marchó al
temple. En el camino se encontró con otro peón o raumero, llamado Hipólito Campos, de quien se hizo
amigo. La primera labor que se le encargó fue podar unos árboles bajo cuya sombra crecían los cocales.
Luego empezó con la rauma. El trabajo, al principio, le pareció fácil; pero después le ardieron las manos
y le salieron ampollas. Estas empezaron luego a sangrar. Le dijeron que era cuestión de acostumbrarse.
Pero de todos modos era una labor muy fatigosa. Otro peligro más grave eran las víboras. A Hipólito le
picó una en el pecho y a duras penas se salvó, tras ser cauterizada su herida con hierro candente. Pero
quedó muy mal y lo enviaron de vuelta a su casa. Amadeo pensó en el contraste de que una hoja que
tanto gozo daba al hombre andino se consiguiera con tanto sufrimiento. En fin, no pudo continuar en la
rauma y pasó al lampeo. También esta vez le sangraron las manos. Para colmo contrajo las fiebres
palúdicas y durante 30 días estuvo en cama. Su esposa debió ir al pueblo a comprar quinina. En total se
adeudaron en 60 soles. No les quedó otra opción que huir lejos. Amadeo consiguió empleo de peón en
la hacienda Lamas. Pero los caporales de Calchis lo persiguieron y lo encontraron. El hacendado de
Lamas acordó pagar su deuda, pero a cuenta de su trabajo. Amadeo quedó así nuevamente amarrado a
la tierra.
XI. Rosendo Maqui en la cárcel.
Rosendo Maqui no perdía la esperanza, pese a los sucesivos infortunios. La comunidad ya no tenía
dinero para continuar el juicio. El ganado estaba diezmado, pues muchos animales iban hasta las tierras
antiguas de Rumi y los caporales de don Álvaro los requisaban. Una vez un toro de labor se perdió y
Rosendo fue decidido a rescatarlo. Pero al llegar a Umay, Amenábar se negó a entregarle el toro pues
adujo que lo había comprado a Casimiro Rosas, cuyas marca de herraje eran similar a la de la comunidad
de Rumi (C R). Rosendo insistió y el hacendado lo arrojó a fuetazos y golpes. El viejo alcalde no se quedó
tranquilo y de noche ingresó sigilosamente al potrero del hacendado, pero los caporales lo descubrieron
y lo tomaron preso. Rosendo fue a dar a la cárcel, acusado de abigeo, además de los cargos de azuzador
de revueltas y de guarecer a los bandidos en su comunidad. En Yanañahui, los comuneros eligieron
alcalde a Clemente Yacu. En prisión Rosendo se encontró con Jacinto Prieto, el herrero, y con otros
personajes pintorescos como el loco Pierolista, y un estafador de nombre Absalón Quíñez. Otros presos
le conmueven por sus tragedias personales, como un pobre indio llamado Honorio, acusado sin pruebas
de ser ladrón de reses. Hasta la prisión llegó la noticia de que un piquete de gendarmes salía del pueblo
para atrapar al Fiero Vásquez. Los días pasaron y Rosendo continuaba encarcelado.
XII. Valencio en Yanañahui.
En Yanañahui, Casiana esperaba un hijo del Fiero Vásquez; de éste no se sabía nada. Tampoco se sabía
de Doroteo Quispe, el esposo de Paula, quien se había plegado a la banda del Fiero, junto con Cahua y
Condorumi. Valencio, el hermano de Casiana, arribó al pueblo. Contó que se había producido un
enfrentamiento de los bandidos con los gendarmes. Murieron varios de ambos bandos, pero El Fiero,
Quispe y Condorumi seguían vivos, y solo Cahua había sido herido, pero no de gravedad. Valencio
decidió asentarse en el pueblo y trabajar en las tareas comunales. Quiso tener mujer como todos y eligió
a Tadea, la hermana del vaquero Inocencio. Construyó su casa ayudado por la comunidad y se dedicó a
tejer esteras de totora y a hacer cal, productos que eran llevados al pueblo para venderlos, pero
Valencio no aceptaba dinero sino costales de pan. También iba a la laguna a cazar patos, riéndose de las
supersticiones de los comuneros. Le pareció que la vida en Yanañahui era feliz y que nadie debía
quejarse.
XIII. Historias y lances de minería.
Un comunero, Calixto Páucar, partió hacia el asiento minero de Navilca, para emplearse como peón de
mina. Allí fue recibido por un obrero llamado Alberto, quien le instaló en la barraca de los peones.
Calixto se enteró que los mineros empezarían una huelga al día siguiente. Luego, junto con Alberto salió
a dar un paseo, ya muy entrada la noche. Entraron a un salón donde había gente tomando y charlando.
Uno de ellos era un viejo apodado don Sheque, quien charlaba con un periodista. Los presentes
escuchaban atentos las historias de mineros que relataba el viejo. En una de ellas mencionaba al Fiero
Vásquez, cuya banda había asolado la mina, entonces administrada por unos gringos apellidados
Godfriedt. El viejo siguió contando sobre su propia experiencia en la mina y cómo en varias ocasiones
salvó de morir, pero el periodista estaba más interesado en la huelga. De pronto ingresó Alemparte, el
Secretario General del Sindicato de Navilca, quien había declarado la huelga. Esta empezaría al día
siguiente. Los huelguistas reclamaban aumento del jornal de S/. 1 a 1.5, así como máscaras protectoras
para los que trabajaban en los hornos y botas impermeables para los que laboraban en zonas
inundadas. Calixto y Alberto volvieron a la barraca y se echaron a dormir. Al día siguiente vinieron
muchos gendarmes al asentamiento. Se oyeron los gritos de: «¡Viva Alemparte!». Un gringo, llamado
Jack, y que trabajaba de mecánico, se sumó también a la causa de los trabajadores. Alemparte, junto
con otros más (entre ellos Calixto y Alberto) avanzaron resueltamente. Los gendarmes dispararon. Hubo
ocho muertos: entre ellos Alemparte y Calixto. Al día siguiente los obreros enterraron a sus muertos.
Jack y otro compañero desplegaron un trapo rojo y cantaron un himno que para el resto era
desconocido. Decían que eran socialistas. Calixto fue sepultado como anónimo pues nadie sabía su
nombre.
XIV. El Bandolero Doroteo Quispe.
Cuando nació el hijo de Casiana, Valencio encendió una fogata en la cumbre de un cerro, para dar aviso
al Fiero Vásquez. Pero éste ya estaba preso y su banda diezmada. Solo quedaban Doroteo, Condorumi,
El Zarco, El Abogao, y un tal Emilio Laguna. Todos enrumbaron al norte. Doroteo envió al Zarco a
Muncha, el pueblo donde vivía Zenobio García, el gobernador, quien tenía una pequeña industria de
fabricación de aguardiente, y una hija aun soltera para quien buscaba un buen partido. Zenobio tenía
una cuenta pendiente con la comunidad de Rumi, pues había sido uno de los que testificaron contra ella.
El Zarco entró a la tienda de Zenobio y pidió unos tragos; luego preguntó al empleado si necesitaban
operarios para la destilería. Zenobio le respondió que no, y el Zarco se retiró. A medianoche los
bandidos entraron al pueblo haciendo varios disparos. Zenobio huyó lográndose ocultar a duras penas
en el descampado, pero la esposa, la hija y la sirvienta se quedaron en la casa. Los bandoleros
destruyeron la destilería. Doroteo ingresó a la habitación de la hija y la violó. Cuando regresó a la casa,
Zenobio se encontró con la destrucción provocado por los bandoleros: todo su esfuerzo de años se
había perdido. Doroteo y el resto de los bandidos continuaron su camino. En uno de los senderos de la
puna se tropezaron con el Mágico Julio Contreras, el otro de los testigos comprados por Amenábar. El
Mágico rogó que no lo mataran, ya que enviaría a alguien para que fuera a traer un rescate en efectivo.
Pero Doroteo no quiso arriesgarse y sentenció su muerte. El Mágico fue llevado hacia una zona
inhóspita, poblada de pantanos. En uno de ellos fue arrojado, sufriendo así una de las más crueles
formas de muerte.
XV. Sangre de caucherías.
Extractor de caucho.
Augusto Maqui, el nieto de Rosendo, partió a las caucherías de la selva, cautivado por la elevada paga
que le ofrecieron. Junto con otros aventureros llegó al puesto Canuco. Su trabajo consistía en internarse
en el bosque, buscar los árboles de caucho y extraerles la savia o jebe. Don Renato era el jefe de
Canuco. Se servía de indios sometidos, quienes tenían que entregar su cuota en bolas de jebe; de lo
contrario eran castigados, sin distinción de edad y sexo. Augusto fue testigo de los abusos y atrocidades
cometidos contra los indios. El narrador nos cuenta enseguida un hecho ocurrido en 1866, que graficaba
muy bien la situación trágica del indio selvático: en esa ocasión, los nativos cashibos (que vivían en los
márgenes del río Pachitea) fueron cañoneados por las fuerzas del gobierno venidas en buques de vapor
desde Iquitos. Volviendo a nuestra historia, cada día menos indios iban a Canuco a entregar su cuota de
caucho y don Renato decidió traspasar el puesto a Custodio Ordóñez. Augusto también quiso irse pero
no lo dejaron pues se había endeudado. Escuchó fábulas propias de la selva, como la historia del
Chullachaqui, un ser mítico con un pie de hombre y otro de venado, quien se enamoró de Nora, la
esposa del cacique Coranke, e intentó llevársela consigo; pero Nora se negó y en castigo, el Chullachaqui
convirtió a su pequeña hija en un pájaro, el «ayaymama», el cual en las noches de luna suele pronunciar
un canto lúgubre que parece decir: «ay, ay, mama». Ordóñez tenía una amante, Maibí, una nativa de 15
años, a quien maltrataba de la peor manera. Augusto se conmovió al verla. Ordóñez era también muy
cruel con los indios que estaban bajo su dominio. Una vez descabezó con machete a uno de ellos por no
haber traído suficiente caucho. Hasta que ocurrió la desgracia para Augusto: mientras sahumaba una
bola de caucho, esta explosionó saltándole en la cara. El accidente le provocó ceguera total. Como ya no
venían indios a dar su cuota de caucho, Ordóñez preparó una expedición punitiva contra las tribus.
Augusto se quedó solo en el puesto y Maibí se acercó para acompañarlo. La batalla entre caucheros e
indios duró tres días. Los caucheros vencieron pero Ordóñez murió tras impactarle una flecha
envenenada. Los vencedores retornaron a Canuco trayendo como prisioneras a 30 mujeres nativas.
Augusto se quedó con Maibí y ambos se fueron a vivir en una cabaña a orillas del bosque. Maibí
cultivaba en una chacra y Augusto tejía hamacas y petates de palmera para la venta.
XVI. Muerte de Rosendo Maqui.
Rosendo seguía en la cárcel. Un acontecimiento memorable fue cuando ingresó el Fiero Vásquez al
presidio. Uno de los presos, el herrero Jacinto Prieto, escribió al Presidente de la República, seguro de
obtener justicia. Recordemos que Jacinto estaba encarcelado por agredir a un provocador apodado el
Zurdo. Jacinto recibió como respuesta una carta, donde se le informaba que el Presidente ya había
tomado nota de su protesta. Pero después de eso no hubo más respuestas y Jacinto quedó
decepcionado. Empezó a gritar lleno de rabia, pero de nada le sirvió. Los gendarmes lo torturaron. Al fin
pudo salir gracias a los 1,000 soles que le obsequió el Fiero Vásquez, que los usó como soborno. A
Rosendo Maqui lo pusieron en la misma celda que al Fiero, para dar a entender que ambos eran
cómplices de sedición. El Fiero Vásquez propuso a Rosendo que le acompañara en su huida, que ya la
tenía planificada. Rosendo lo pensó, pero no quiso seguirlo pues no quería ser un eterno fugitivo. El
Fiero sobornó a dos gendarmes con 400 soles para que le facilitaran la huida. Luego abrió con una
ganzúa el candado de su celda, salió al patio y allí mató a otros dos guardias. Ganó finalmente la calle,
donde sus amigos bandoleros lo esperaban. Los gendarmes los persiguieron a tiros, pero el Fiero logró
escabullirse. Otros gendarmes acudieron a la celda de Rosendo, a quien preguntaron por qué no había
alertado al ver huir al bandido. Rosendo dijo que no pudo ver ni oír nada pues se hallaba dormido al
producirse los hechos, pero los gendarmes no le creyeron, y acusándole de cómplice del Fiero, lo
golpearon a culatazos, hasta dejarlo desmayado. Cuando horas después le llevaron el almuerzo,
Rosendo ya no contestó: estaba muerto. El médico diagnosticó muerte por infarto y el juez levantó acta
de defunción. El subprefecto mandó a los gendarmes que lo enterraran de noche para que los indios no
armaran bulla, pues no quería desórdenes en el pueblo.
XVII. Lorenzo Medina y otros amigos.
El narrador nos traslada ahora hacia una cantina de Lima donde bebían y charlaban animadamente unos
amigos. Uno de ellos es Benito Castro, quien trabajaba de ayudante en una imprenta. Benito le cuenta a
su amigo, el tipógrafo Santiago, de su vida en las haciendas y la vez que domó a una mula. A la reunión
se suma Lorenzo Medina, un líder sindical. La conversación deriva entonces en temas políticos y
sociales, que a Benito no le atraían. Cada vez que le querían arrastrar a ese tipo de diálogos, solía decir
que su comunidad era mejor. Lorenzo le ofrece trabajar como fletero en su bote pesquero, en el muelle
del Callao. Benito acepta y se convierte en un fletero hábil. Lorenzo estaba al tanto de los problemas
sociales y leía en voz alta las noticias de los periódicos sobre los sucesos de provincias, como la
explotación de indígenas en las haciendas, en la construcción de caminos, ferrocarriles, etc. Todo lo cual
empieza a interesar a Benito, pues le recordaban las injusticias que él mismo había sido testigo en su
tierra. Un día, sumido en una angustia profunda le cuenta Lorenzo la razón por lo que había abandonado
Rumi. Como ya dijimos, Benito era fruto de la violación que un montonero (guerrillero venido de lejos)
cometió en una comunera de Rumi. Creció, pues, con el estigma de ser un indio «mala casta». Un día, su
padrastro, muy borracho, le amenazó con un cuchillo, pero Benito se le adelantó, matándolo. A falta de
cárcel, fue encerrado en un cuarto del alcalde Rosendo Maqui. Este y su esposa Pascuala lo querían
como a un hijo y decidieron por ello soltarlo. Rosendo le entregó el caballo Lucero y le pidió que se fuera
lejos. Benito obedeció, con el alma dolida. De eso ya habían pasado seis años y no había vuelto a saber
nada sobre Rumi y sus habitantes. Pero ahora sentía nostalgia y quería volver a su comunidad; por lo
pronto aprendía a leer y escribir. El bote de Lorenzo, llamado «Porsiaca», no producía mucho, debido a
la competencia, pero al menos les daba para comer. Benito vivía en un callejón pobre del puerto. Una
noche, mientras descansaba junto con Lorenzo, oyó una fuerte explosión que venía del puerto. Ambos
corrieron a ver lo que sucedía. Una lancha cargada con dinamita había estallado, arrasando con muchas
embarcaciones, entre ellas el «Porsiaca». Benito y Lorenzo quedaron en la miseria. Un día, un italiano
apellidado Carbonelli, tan pobre como ellos, los llevó a la playa. Allí recogieron conchas y se comieron
las almejas rociadas con zumo de limón y sazonadas con pimienta y sal.
XVIII. La cabeza del fiero Vásquez.
En los alrededores del distrito de Las Tunas, situada a legua y media de la capital de la provincia, una
pastorcilla encontró entre unos matorrales una cabeza humana, ya en descomposición, pero con rasgos
aun reconocibles. Se formó una aglomeración de campesinos en torno al hallazgo. Uno de los ellos lo
identificó: era la cabeza del Fiero Vásquez. Llegaron el juez y el subprefecto, acompañados de muchos
gendarmes. El juez confirmó que, en efecto, era la cabeza del bandido. Buscaron el cuerpo en los
alrededores pero no lo hallaron. Llevaron entonces la cabeza a la capital de la provincia y lo exhibieron
en la puerta de la subprefectura. Todo el pueblo acudió a verla. Pero no existía indicios de quién había
cometido el asesinato. Se especuló mucho. Se atribuyó el hecho a los gendarmes, quienes habrían
matado al Fiero cuando ésta ya se hallaba rendido. Se dijo también que la muerte lo había ordenado el
mismo hacendado don Álvaro. Hasta se habló de la venganza de una mujer por celos. Pero examinadas
cada una de esas teorías, ninguna parecía probable. La muerte del Fiero quedó en el misterio y fue todo
un acontecimiento en la región, que marcó época.
XIX. El Nuevo Encuentro.
Juan Medrano, el hijo del regidor Porfirio Medrano, se fue con su familia a la lejana Solma, situada en la
ceja de selva. Allí un hacendado, llamado don Ricardo, le arrendó un terreno para cultivar y donde
construir su casa. Juan se instaló pues, junto con su esposa Simona y sus dos pequeños hijos, Poli y
Elvira. De inmediato empezó a levantar su casa, y a sembrar la tierra, con la ilusión de obtener una
buena cosecha. Cierto día llegó a Solma una mujer que dijo llamarse Rita, quien se dedicaba a hilar y
tejer. Juan y Simona lo hospedaron y ella les ayudó en las tareas del hogar. Rita vendía sus tejidos a
otros colonos y un día invitó a Juan y Simona a que lo acompañaran a un velorio. Así empezaron a
relacionarse con otros campesinos colonos de la zona. Uno de estos era un tal Javier Aguilar, un indio
reservado y sombrío, quien vivía con una mujer y dos hijos tenidos en un compromiso anterior. Otro era
Modesto, un pastor que tenía fama de ser brujo, pues vivía únicamente acompañado con una culebra,
que era la guardiana de su pequeña huerta; le acusaban de haber causado la muerte de la primera
esposa de Javier. Pero volvamos a nuestra historia. Llegaron las lluvias y crecieron el trigo y el maíz. Juan
realizó la cosecha ayudado por su familia y por Rita. Acabada la cosecha llegó don Ricardo, el patrón,
quien de acuerdo al contrato se llevó la mitad de lo recogido, pero reclamó casi otro tanto por las
facilidades prestadas. Los colonos se quedaron únicamente con los granos necesarios para su sustento.
Pese a tamaño abuso, Juan pensó que cultivar la tierra era la mejor manera de ser hombre.
XX. Sumallacta y unos futres raros.
Uno de los comuneros de Rumi, Demetrio Sumallacta, el flautista, se había instalado en la capital de la
provincia, donde vivía con su mujer y su suegro. Durante un día de fiesta, cuando el pueblo se hallaba
lleno de visitantes, Demetrio reconoció una voz conocida que concentraba la atención de un grupo de
personas. Al asomarse reconoció a su viejo amigo Amadeo Illas, quien relataba el cuento de «El zorro y
el conejo». La fábula trataba sobre un conejo que con habilidad lograba constantemente burlarse del
acoso de un zorro que quería devorarlo. Demetrio se enterneció al ver a Amadeo pero no se acercó a
saludarlo, pues pensó antes cómo agasajarlo. Llevaba tres soles en su bolsillo, producto de la venta de
leña que debía entregar a su esposa. Su suegro le reclamaba también diariamente una botella de cañazo
y Demetrio le complacía a veces. Pero esta vez pensó gastar el dinero invitando a Amadeo y para tal
efecto entró a una bodega para comprar dos botellas de aguardiente. Allí estaban tres futres
(petimetres o presumidos): un folklorista, un escritor y un pintor, quienes discutían sobre el cuento que
acababan de escuchar. El zorro, según interpretaba unos de ellos, representaba al mandón y el conejo al
indio; pero el conejo, al igual que el indio, solía desquitarse. El pintor, al ver a Demetrio con su antara
colgada del cuello, le pidió ser su modelo para una pintura; a cambio le daría dos soles diarios.
Demetrio, sorprendido por tal oferta, aceptó y siguió a los tres futres hacia una habitación de hotel
donde el pintor tenía su estudio. Observó dos cuadros del artista: uno representaba a un indio orando y
otro a un maguey. Le impresionó este último, diciendo que él también tenía un maguey frente a su casa
y que viéndolo así reproducido pictóricamente, recién entendía que el árbol podía mirar. Los futres
celebraron lo dicho por Demetrio y discutieron entre ellos sobre las cualidades de la raza nativa. Al
regresar a su casa Demetrio entregó los tres soles a su esposa y una botella de cañazo a su suegro. Les
contó luego su encuentro con los tres futres raros que hablaban bien del indio, y cómo tras ver una
pintura había entendido que el maguey tenía vida y podía ver. El suegro se burló de sus ideas pero
Demetrio no le hizo caso y se durmió pensando en el maguey y sus cualidades, que lo hermanaban con
el indio.
XXI. Regreso de Benito Castro.
Luego de muchos años de ausencia, Benito Castro decidió retornar a Rumi. Esperaba encontrar a
Rosendo, a la Pascuala y a todos los comuneros, amigos suyos. Estaba lejos de imaginar lo peor. Pero
antes de seguir el relato retrocedamos en el tiempo y volvamos en el momento en que Benito y Lorenzo
se hallaban en el Callao, pasando hambre. Ambos lograron finalmente conseguir trabajo. Luego vinieron
tiempos duros y se produjo el paro de obreros de Lima y Callao del año 1919. Lorenzo fue apresado y
Benito huyó en un buque, que lo llevó hasta el puerto de Salaverry. Pasó a Trujillo y se enroló en el
ejército. Ascendió a Sargento primero. Fue enviado con su regimiento a combatir al guerrillero Eleodoro
Benel, quien controlaba varias provincias del departamento de Cajamarca. Benel fue encerrado en
Chota, pero no lo pudieron atrapar, pues se escurría y atacaba por la retaguardia, ayudado por los
campesinos lugareños. Hasta que un día el gobierno de Leguía decidió acabar de una vez con el
problema. El regimiento de Benito fue movilizado. Corría el año 1925. Un centenar de campesinos
fueron fusilados, acusados de benelistas. En una choza de un campesino encontraron escondidos
muchas balas de rifle máuser; el indio, junto con su mujer y sus dos pequeños hijos fueron acusados de
partidarios de los rebeldes y fueron fusilados en el acto. Antes de caer la mujer gritó: «¡Defiéndenos,
Benito Castro!». Benito quedó sorprendido. No conocía a la mujer o al menos no la recordaba. Se limitó
a explicar a sus soldados que la india le había confundido con su hermano. Pero su tropa empezó a
desconfiar. Benito decidió licenciarse. Había ahorrado 300 soles. Se compró un rifle y decidió volver a su
comunidad. Se compró un buen caballo y marchó hacia Rumi, donde llegó de noche. Se dio con la
sorpresa de encontrar casas vacías y arruinadas; la casa de Rosendo estaba convertida en un chiquero o
corral de cerdos. ¿Qué había pasado con la gente? ¿Dónde estaban? ¿Sucumbirían de la peste? Esto no
era posible, pues luego de una epidemia siempre sobrevivía gente. ¿O acaso algún gamonal les habría
desalojado? Y de ser así ¿hacía donde se irían todos? Temiendo lo peor, se sentó y se puso a llorar. Ya
con la primera luz del día, se acercó a una casa frente a la cual se había detenido una piara de cerdos.
Con su rifle en ristre gritó que salieran los que estaban dentro. Salió un hombre que se identificó como
Ramón Briceño (uno de los caporales de Amenábar). Benito le interrogó y Briceño le respondió que su
patrón don Álvaro había ganado un juicio de tierras a la comunidad y que los comuneros estaban en
Yanañahui. Benito galopó hacia allá y llegó al caserío. Se encontró con Juanacha, la hija de Rosendo,
quien pese al tiempo transcurrido lo reconoció y lo saludó abrazándole, muy emocionada. Benito
preguntó por Rosendo y Pascuala; el gesto triste de Juanacha fue elocuente y Benito entendió lo
sucedido. Fue hacia la casa del alcalde Clemente Yacu, quien estaba enfermo; éste le contó todo lo
sucedido desde su partida. A la historia que ya hemos relatado solo agregaremos que don Álvaro
Amenábar, aprovechando la desaparición del expediente de la comunidad, había vuelto a denunciarla
exigiendo pruebas de sus derechos. Lo que el hacendado quería en realidad era peones para que
trabajaran en una hacienda de cocales que había empezado a explotar. El juez falló en contra de la
comunidad pero, por intermedio de Correa Zavala, se hizo una apelación ante la Corte Superior, que
duraba ya años. Los comuneros tenían mucha esperanza de ganar el juicio. Contaban con el apoyo de los
Córdova, los hacendados rivales de Amenábar. Benito se despidió de Clemente y se sintió tranquilo al
notar que el espíritu de Rosendo animaba todavía a la comunidad.
XXII. Algunos días.
En los dos días siguientes Benito fue reconociendo a los antiguos comuneros y conociendo a los nuevos
que se habían sumado tras su partida. Entre ellos a Valencio, cuya figura pintoresca le llamó mucho la
atención. Muchos otros habían ya fallecido o se habían ido sin volver a saberse nada de ellos. Benito se
alojó en casa de la Juanacha y mientras comía con su familia (el esposo de Juanacha era Sebastián Poma
y su hijo mayor se llamaba Rosendo, como el abuelo), se presentaron ante él la joven Casimira y su
madre, rogándoles que les leyera la carta que el esposo de la hija, Adrián Santos, les había enviado.
Sucedía que nadie en la comunidad sabía leer y ya estaban enterados que Benito había aprendido las
letras en Lima. Benito leyó la carta, donde Adrián Santos contaba a su esposa sus peripecias en Trujillo,
donde se ganaba la vida como jornalero; al final prometía volver pronto. La carta estaba fechada un año
atrás, pero aun así la Casimira siguió esperanzada con el retorno de Adrián. Benito fue a conversar con
el doctor Correa Zavala, el abogado de la comunidad, quien le dio la noticia de que se podían quedar y
cultivar las tierras que ocupaban, porque la Corte Superior de Justicia había fallado a favor de la
comunidad. Benito regresó a dar aviso a todos, quienes festejaron la buena nueva. A la mañana
siguiente salió de caza con Porfirio Medrano. Mientras caminaban, Medrano le expuso los planes que
tenía para mejorar la vida de la comunidad. Quería desaguar la pampa cercana a la laguna, para ganar
más tierras de cultivo; deseaba también que los comuneros trasladaran sus casas al sitio donde se
elevaban las ruinas de un pueblo viejo, situado al otro lado de la laguna, zona que estaba mejor
protegida del viento. Para realizar todo ello se debía convencer a los comuneros a no creer en
supersticiones, como la leyenda de la mujer negra y peluda de la laguna y la del Chacho o ser maléfico
que supuestamente vivía en las ruinas. Medrano le anunció también a Benito que le propondría como
regidor. Benito asintió. Como la costumbre imponía que las autoridades tuvieran mujer, Benito eligió a
la Marguicha, la que fuera pareja de Augusto Maqui.
XXIII. Nuevas tareas comunales.
Benito Castro fue pues elegido regidor y todos quedaron a la expectativa de lo que haría. Se propuso
ante el consejo llevar a cabo los planes de Porfirio Medrano. Clemente Yacu se opuso pues decía que se
debía respetar la tradición, y Traidor Oteíza arguyó que no era sensato asustar al pueblo, muy
supersticioso. Artemio Chauqui también se oponía. Del lado de Benito estaban Ambrosio Luma, Antonio
Huilca, y, naturalmente, Valencio, quien desde el principio se había reído de las creencias de los
comuneros. Un día, Benito, junto con Porfirio Medrano, Rosendo Poma (el nieto de Rosendo Maqui) y
Valencio taladraron el lecho rocoso de la laguna, para formar cauces por donde hacerla desaguar. Luego
lo dinamitaron y el agua de la laguna empezó a bajar. Con la pampa ganada a la laguna se podía ya
habilitar más tierras de cultivo. Luego Benito y sus amigos fueron a las ruinas del pueblo viejo donde
pensaban levantar un nuevo asentamiento. Esta vez contaban con el apoyo del anciano alarife Pedro
Mayta, quien empezó a demoler los muros, demostrando a todos que no existía ningún Chacho. Pero
aun así muchos comuneros todavía estaban temerosos. El alcalde Clemente Yacu convocó a una
asamblea para juzgar los actos de Benito. Artemio Chauqui encabezaba a los descontentos. Benito
Castro se defendió: dijo que él era el único responsable de sus decisiones, y que sus actos eran para
beneficio de la comunidad. Luego de una ardorosa discusión, la mayoría voto a favor de Benito. El
tiempo le dio la razón. La pampa ganada produjo mucha cosecha, los comuneros construyeron casas
más espaciosas, y no había ningún indicio de la maldición vaticinada. Clemente Yacu renunció a su cargo
de Alcalde por enfermedad y Benito fue elegido en su reemplazo.
XXIV. ¿Adónde? ¿Adónde?
El relato empieza mostrándonos a los comuneros armados y en pie de lucha. Es el año de 1929. Sucedía
que la comunidad había perdido la apelación y el ambicioso Amenábar se disponía una vez más a
despojar de sus tierras a los comuneros. Seis caporales enviados por el hacendado Florencio Córdova
(rival de Amenábar) llegaron para prestar auxilio a los comuneros, trayendo 20 rifles. Junto con otros
rifles que guardaba Doroteo, sumaron una treintena de armas de fuego y los repartieron a los
comuneros. El alcalde Benito Castro arengó a los comuneros explicándoles la situación. Al desalmado
Amenábar no le importaba tanto las tierras sino lo que quería era convertir a los comuneros en sus
peones para obligarlos a trabajar en los cocales del valle del río Ocros, donde sin duda enfermarían de
paludismo y morirían. A las autoridades poco les importaba el abuso de los hacendados, si es que no
estaban también en complicidad con ellos. «Váyanse a otra parte, el mundo es ancho», solían decir
cuando los indios se negaban a abandonar sus tierras. Cierto que el mundo es ancho, explicaba Benito,
pero a la vez ajeno. Una vez desarraigados de sus tierras, al indio no le quedaba sino trabajar en tierras
de otros, expuesto a los abusos y al mal pago de su trabajo. La tierra propia, la tierra de la comunidad,
era lo único propio que el indio poseía y esta vez estaban dispuesto a defenderla con su sangre. Los
caporales de don Florencio, al ver el giro subversivo que tomaba la resistencia, quisieron regresar pero
los comuneros los detuvieron, quitándoles sus armas y encerrándolos. Benito desplegó a los comuneros
armados para emboscar a los hombres de Amenábar que venían apoyados por los guardias civiles. Un
grupo de indios armados se ubicó en las peñolerías al pie del cerro Rumi y otro grupo se desplegó en la
cima. Por el camino que bordeaba las faldas del cerro El Alto fue ubicado otro grupo y otro más en la
cumbre del mismo. Valencio fue enviado de madrugada para observar el movimiento del enemigo.
Regresó informando que los guardias, muy numerosos, se dirigían hacia el cañón de El Alto. Otro grupo,
formado por los caporales de Amenábar, iba al cerro Rumi. Los comuneros esperaron. Cuando los
guardias llegaron a El Alto, se produjo el tiroteo. Seis guardias murieron, aunque también de parte de
los comuneros hubo bajas, entre ellos Porfirio Medrano y el joven Fidel Vásquez (hijo del Fiero). De otro
lado, los caporales que subieron por la falda del Rumi, fueron recibidos también a balazos; al poco rato
sintieron un estruendo y vieron venir sobre ellos piedras enormes resbaladas por los comuneros.
Murieron muchos caporales y los pocos que sobrevivieron huyeron. La comunidad había ganado la
batalla. Pero era solo el comienzo. Rumi fue considerado zona de rebeldía y Umay siguió su ejemplo. Las
autoridades enviaron un batallón de guardias civiles (cuerpo que recientemente había reemplazado a la
gendarmería), en camiones y armados con ametralladoras. La batalla fue desigual. Los comuneros
fueron aniquilados uno tras otro. Algunos pocos heridos escaparon hasta el pueblo, rogando a sus
familiares que partieran rápido, antes que llegaran los guardias. Entre ellos estaba Benito Castro, herido
gravemente, quien rogó a Marguicha que se fuera con el hijito que tenían, de apenas dos años. Pero
Marguicha, angustiada, se limitó a responderle: «¿Adónde iremos? ¿Adónde?»