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Historia y uso del arcabuz en guerra

El documento proporciona información sobre el arcabuz, un arma de fuego de avancarga que fue un antecesor del mosquete y se usó ampliamente en la infantería europea entre los siglos XV y XVII. Explica que a pesar de su corto alcance, el arcabuz podía perforar armaduras a una distancia de unos 50 metros y revolucionó la guerra al reemplazar a armas como la ballesta. También describe el impacto cultural del arcabuz y cómo cambió las tácticas militares y la forma de librar batall
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Historia y uso del arcabuz en guerra

El documento proporciona información sobre el arcabuz, un arma de fuego de avancarga que fue un antecesor del mosquete y se usó ampliamente en la infantería europea entre los siglos XV y XVII. Explica que a pesar de su corto alcance, el arcabuz podía perforar armaduras a una distancia de unos 50 metros y revolucionó la guerra al reemplazar a armas como la ballesta. También describe el impacto cultural del arcabuz y cómo cambió las tácticas militares y la forma de librar batall
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Arcabuz

arma de fuego de avancarga


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No debe confundirse con arcaduz.
El arcabuz es una antigua arma de fuego de avancarga, antecesor del mosquete. Su
uso estuvo extendido en la infantería europea de los siglos XV al XVII. A pesar de
su longitud, el disparo era de corto alcance (apenas unos 50 metros efectivos),
pero letal; a esa distancia podía perforar armaduras. Era fácil de manejar y
desplazó rápidamente el uso de la ballesta, que desapareció a mediados del siglo
XVI. Requería mucha menos destreza para manejarlo con eficacia. Aunque el empleo
del arcabuz estaba difundido antes de la invención del mosquete (su evolución), fue
contemporáneo y rival en uso de esa segunda arma, la cual le desplazó lentamente,
desapareciendo casi por completo en el siglo XVIII.

Arcabuz
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Arcabuz en un museo.
Historia Editar
El primer uso documentado del término arcabuz se remonta a 1364, cuando el señor de
Milán Bernabò Visconti reclutó 70 archibuxoli, aunque quizás, en este caso, el
término arcabuz se usa aquí como sinónimo de cañón de mano, ya que el arcabuz se
desarrolló más adelante.[1] El primer uso a gran escala del arcabuz en un ejército
europeo tuvo lugar en Hungría, bajo el reinado del rey Matías Corvino. Después de
la caída de Constantinopla (1453), el rey Corvino, preocupado por la presión que
pudieran ejercer los turcos otomanos, reunió en torno a él a lo mejor que las
diferentes tropas de mercenarios europeos pudieran ofrecer, ya fuera en referencia
tanto a las tácticas de guerra como al nuevo armamento militar. Si bien el uso del
arcabuz en las batallas a campo abierto no fue decisivo sino hasta finales del
siglo XV e inicios del XVI, Corvino supo reconocer, al igual que los generales
chinos de la Dinastía Ming, la importancia del uso masivo del arcabuz, lo que se
refleja en el número de arcabuceros reclutados (1 de cada 4 soldados).

No se sabe con seguridad si los primeros modelos de arcabuces provienen de España o


de Alemania. No obstante, se sabe que en la década de 1420, en las guerras husitas
(1419-1434), los rebeldes emplearon armas portátiles de fuego que al parecer eran
unos primitivos arcabuces.

Lo que es un hecho es que ya en el siglo XVI el uso del arcabuz se había vuelto
reglamentario en casi todos los campos de batalla euroasiáticos. Esto se debió
principalmente al hecho de que la arcabucería resultó ser extremadamente útil
contra la caballería y los soldados de infantería, especialmente cuando piqueros y
arcabuceros batallaban conjuntamente.

Arcabuz alemán.
Fue en la batalla de Ceriñola (1503) la primera vez en que el resultado del
enfrentamiento fue decidido por un grupo de arcabuceros. Bajo el mando de Gonzalo
Fernández de Córdoba (llamado, por su excelencia en la guerra, el Gran Capitán), la
infantería española venció a las tropas francesas que dirigía el propio duque de
Nemours, aun cuando del lado francés se encontraban los invictos piqueros suizos.
Fue también en este enfrentamiento donde Gonzalo Fernández de Córdoba aplicó nuevas
tácticas en la batalla a campo abierto que sembrarían la semilla para lo que tiempo
después serían los Tercios españoles.

Usado en combinación con la protección de picas, el arcabuz cambió la forma de


hacer la guerra en Europa. En 1522 los españoles, con esta arma, destrozaron a los
famosos cuadros de piqueros suizos en Bicoca. Después le llegó el turno a los
caballeros con armadura medievales franceses en Nápoles, durante la batalla de
Pavía (1525), que fueron fácilmente vencidos por los arcabuceros. Fue después de
esta batalla donde el arcabuz mostró sin lugar a dudas su eficacia, por lo que su
empleo se propagó rápidamente entre los ejércitos europeos. Gracias a su uso, la
infantería se convirtió en la "reina de las batallas" durante más de 4 siglos,
hasta las primeras décadas del siglo XX.

El impacto del arcabuz en la cultura Occidental del Renacimiento Editar


Revolución militar Editar

Figurantes ataviados como arcabuceros castellanos de 1521.


Además del Humanismo, del retorno y recuperación de las culturas griega y romana,
el Renacimiento se caracterizó por ser el inicio de una Revolución científica así
como por ser la época en la que fue posible el desarrollo de las lenguas
vernáculas.[2] Pero es también en el Renacimiento donde tiene lugar una auténtica
Revolución militar, revolución que se nos hace patente gracias a la tratadística
militar de la época. Como ejemplo, basta mencionar Del arte de la guerra de Nicolás
Maquiavelo, publicado en Florencia, en 1521, que se sitúa a medio camino entre el
De re militari libri (1460) de Roberto Valturio y el Vallo. Libro continente
appartinente ad Capitanni de G. B. Della Valle (publicado en Nápoles en 1521). En
estos tratados o guías prácticas sobre el arte de la guerra, es posible ver el
profundo cambio que hubo en el Renacimiento gracias a las nuevas armas, técnicas y
tácticas de guerra, así como a los nuevos modos de reclutamiento, organización y
financiación de los ejércitos. La aparición de nuevas tecnologías militares dio
lugar a que cambiaran también las justificaciones y reglamentaciones jurídico-
políticas de los conflictos bélicos, lo que tuvo a su vez grandes consecuencias
económicas, geopolíticas, sociales e intelectuales.

En las guerras del Renacimiento la pica remplazó a la lanza y a la espada, y así


también el infante superó tácticamente al caballero. Cabe señalar que en el
Renacimiento, a la hora de entablar batalla, las armas no eran ya «consideradas por
su simbolismo, como era habitual en los tratados medievales de caballería, sino por
su eficacia técnica y táctica».[3] Así, al ser introducidos el cañón y el arcabuz
tanto en los asedios como en las batallas a campo abierto, los ejércitos europeos
tuvieron que abandonar gran parte de sus creencias con respecto al arte de la
guerra y el simbolismo que sobre este reposaba si no querían poner en riesgo sus
campañas militares. Sin embargo, es gracias a este abandono de las antiguas
creencias en torno al arte de la guerra que los ejércitos europeos lograron
perfeccionar su artillería, a diferencia de los ejércitos musulmanes, donde la
presencia de una organización feudal «impidió a la caballería musulmana bajar de su
caballo y manejar las nuevas armas de fuego, cuyo uso se reservaba para el más bajo
estamento social: los esclavos negros».[4]

La caída de Constantinopla y la reacción de Occidente Editar


La caída de Constantinopla representó un gran golpe para la Cristiandad por parte
del Islam, por lo que las naciones europeas, preocupadas porque eso significara una
nueva expansión musulmana, se dedicaron a perfeccionar sus tácticas y tecnologías
de guerra con el afán de poder hacer frente a cualquier posible ataque por parte de
los turcos. Para hacerse una idea del sismo que causó en la consciencia de los
europeos la utilización de las armas de fuego, basta mencionar que Occidente se
estremeció de espanto cuando Constantinopla, la capital del Imperio Bizantino, fue
saqueada por los turcos el 29 de mayo de 1453. Mehmed II, el Conquistador, quien
conocía y se había apropiado ya del gran invento de los cristianos, mandó construir
el Mahometta, un enorme cañón capaz de disparar proyectiles de casi 500 kg de peso
que requería de 60 a 140 bueyes para arrastrarlo, así como un centenar de hombres
para manejarlo y dos horas para cargarlo. «El ruido de sus disparos, según cuentan
los cronistas, fue la causa de que muchas mujeres embarazadas abortasen. Su
fracaso, sin embargo, fue absoluto: se resquebrajó al segundo día del sitio, y a
los cuatro o cinco días era ya completamente inservible».[5] No obstante, fue
gracias a cañones de menor calibre que las murallas de la ciudad cedieron, dando
inicio a la masacre. La reacción de Occidente, donde se aprendió pronto la
importancia de las armas de fuego, no tardó mucho en llegar. Es así que para 1492
los Reyes Católicos reconquistaron los territorios ocupados por los moros al
apoderarse de la ciudad y del Reino de Granada.

Censura del arcabuz: tema común en la literatura del Renacimiento Editar


La aparición de las armas de fuego portátiles modificó la manera en que las
batallas eran libradas, lo cual se puede constatar en la tratadística militar de la
época. En el caso del arcabuz, su aparición estuvo acompañada de un imagiario en el
que las más de las veces se le consideraba como fruto del ingenio del diablo, como
un invento que por la facilidad con la que arrebataba una vida solo podía provenir
del infierno mismo.

En el Quijote, en el capítulo «que trata del curioso discurso que hizo don Quijote
de las armas y las letras», Cervantes pone en labios de Don Quijote la opinión de
la preeminencia de las armas contra las letras, arguyendo que el oficio del
soldado, a diferencia del de los letrados (juristas y abogados), es tanto más
penoso y mal pagado cuanto que a cada batalla corre peligro de morir y «subir a las
nubes sin alas y bajar al profundo sin su voluntad», o bien, de quedar «estropeado
de brazo o pierna». Así, Cervantes, en su contar las penurias e inclemencias que
sufre el soldado al ser blanco de tanta arcabucería, dice lo siguiente:

Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de


aquestos endemoniados instrumentos de la artillería. A cuyo inventor tengo para mí
que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la
cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero,
y que, sin saber cómo o por dónde, en la mitad del coraje y brío que enciende y
anima a los valientes pechos, llega una desmandada bala, disparada de quien quizá
huyó y se espantó del resplandor que hizo el fuego al disparar de la maldita
máquina, y corta y acaba en un instante los pensamientos y vida de quien la merecía
gozar luengos siglos.
Don Quijote de la Mancha, cap. XXXVIII, Miguel de Cervantes.
Esa «diabólica invención», «maldita máquina» a la que alude Cervantes es el
arcabuz, que junto a los cañones, formó parte indispensable de la artillería usada
en los asedios y en las batallas a campo abierto, siendo estas últimas en las que
demostró su preeminencia sobre la caballería y el arco al cosechar importantes
victorias. Su aparición no solo significó el ocaso de la caballería, sino que
corrió paralela a un profundo cambio en las estructuras de la sociedad. Las
cualidades caballerescas que en la Edad Media se habían tenido en gran estima, como
la destreza, el valor, el honor, entre otras, poco podían contra la artillería y la
nueva infantería que combinaba el uso del arcabuz y la pica. Pronto la nobleza se
vio obligada a redefinir su papel en la nueva sociedad, y no cesó de maldecir «la
pólvora y el estaño»; la primera, por ser la que propulsaba los proyectiles de las
armas de fuego, y el segundo, por ser el mineral que componía las balas que
quitaban la vida de igual manera a un noble que a un artesano.

El descontento hacia las nuevas armas de fuego era un tópico común en el


Renacimiento, a tal grado que Sebastián de Covarrubias define en su Tesoro de la
lengua castellana o española (1611): «ARCABUZ. Arma forjada en el infierno,
inventada por el demonio»; definición que ilustra con unos versos de los cantos IX
y XI del Orlando furioso (1516, 1532) de Ludovico Ariosto. Es precisamente en la
obra del italiano Ludovico Ariosto donde por primera vez se censura el uso del
arcabuz. En el poema, después de que el rey Cimosco intentara matar con un arcabuz
a Orlando, este toma el arma no para usarla, sino para arrojarla en el profundo
mar, pues invento tan abominable y funesto que permitía hasta al más cobarde salir
victorioso no debía estar al alcance de los hombres, como seguramente Belzebú, en
su plan de destruir el mundo, hubiera querido.

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